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Prólogo a El origen de la Villa de Valverde: la problemática de la capitalidad en la isla de El Hierro

Díaz Hernández, Ramón

Abstract

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Full text

PRÓLOGO Para el que esto escribe es obligado iniciar el «Prólogo» de este libro, primero, haciendo un reconocimiento de humildad, ya que he de empezar por repetir aquello tan viejo y tan cierto de que la isla de El Hierro ha sido injustamente, para la mayoría de los habitantes del resto del archipiélago canario, una auténtica terra incognitae; y, segundo, agradeciendo públicamente la invitación que me hizo mi buen amigo el profesor Modesto Jiménez Pérez para prologar su magnífico trabajo, titulado El origen de la Villa de Valverde. La problemática de la capitalidad en la isla de El Hierro. Hasta ahora no había podido conocer en profundidad este espacio insular que tanto me sedujo cuando lo conocí, por primera vez, en 1977, con motivo de la inauguración del Monumento al campesino, obra de escultor grancanario Tony Gallardo. De ahí, que la lectura de este ensayo, además de contribuir a saldar una antigua deuda, me haya proporcionado momentos de satisfacción inenarrables. Además, me ha permitido acercarme a un texto coherentemente estructurado en cuatro capítulos que, a mi juicio, pone de manifiesto una vez más los buenos resultados que, por fuerza, se consiguen cuando el habilidoso investigador establece un diálogo con y entre fuentes documentales idóneas para el fin que persigue, en presencia de una bibliografía especializada y selecta, y todo ello aderezado con suficiente sentido crítico, talento y oficio. 15 Si a ello añadimos la oportuna y prudente utilización de la oralidad y de las prolíficas tradiciones y leyendas (tan características de una sociedad agropastoril, como históricamente ha sido la herreña), además de la elaboración de un texto sugerente, de rico contenido y escrito elegantemente, los objetivos alcanzados tienen, necesariamente, que satisfacer con creces las exigencias, tanto expresas como subyacentes, del proyecto ideado inicialmente por el profesor Jiménez Pérez. Una vez más, nuestro autor (hombre de convicciones ancladas en el futuro, pero conocedor de la importancia que el pasado posee en el presente de los pueblos), con enorme paciencia, destreza y honestidad científica, se ha aventurado en una temática tan delicada como compleja, en la que trata de desentrañar nada menos que el origen de la capital de «la isla más occidental del archipiélago canario», máxime teniendo en cuenta que los archivos del antiguo Concejo señorial y del Ayuntamiento constitucional (desde donde único podría arrojarse suficiente luz) sucumbieron como consecuencia de sendos incendios acaecidos hacia 1553 y 1899, respectivamente. Con lo cual, el mérito de una empresa de esta guisa tiene que ponderarse en relación directamente proporcional a las dificultades añadidas. Es verdad que todas las cosas tienen la importancia que muestra la escala con la que se mida. Una decisión tan difícil y compleja como en su momento fue la de fundar un villazgo en un lugar concreto y en un momento determinado y que, después de numerosas vicisitudes, ese emplazamiento resista la prueba del tiempo y se consolide como capital insular desde donde se ha venido administrando y organizando el resto del territorio, tiene -sin duda algunauna extraordinaria relevancia a escala local; al tiempo que justifica sobradamente la obligación de los estudiosos por esforzarse en interpretar su origen y desarrollo a fin de explicar el pasado con los ojos puestos en el presente, siguiendo la perspectiva indicada por el magisterio de la historia, que define el concepto de progreso como el deber intergeneracional de interro16 gar al pasado para conocer el presente desde donde preparar el futuro. Eso, precisamente, es lo que ha pretendido nuestro autor, que con envidiable tesón ha realizado una laboriosa búsqueda de material (fuentes esquivas e indirectas la mayoría de las veces), a través del cual fue urdiendo este ensayo con el que ha sido capaz de abarcar una obra de esta naturaleza, que lo ha tenido ocupado durante varios años de intensa investigación y estudio, que cuenta con unas 300 páginas, con algo más de 380 citas documentales y con una cifra superior a las 80 fuentes gráficas. Al mismo tiempo maneja nada menos que unas 90 referencias bibliográficas y «sobrevive» además tras un paciente recorrido por varios archivos insulares, regionales y peninsulares. Por consiguiente, este libro reúne méritos incuestionables, pero, sobre todo, cumple con los requisitos exigibles e imprescindibles a toda investigación científica, como son el rigor crítico con que se analizan los trabajos históricos precedentes y el suficiente apoyo documental y bibliográfico empleado en la misma. Pero no se queda sólo en lo expuesto anteriormente, sino que se expone además unas conclusiones originales y novedosas, cubriendo así con eficacia el vacío explicativo que se pretendía llenar. Con buen criterio, nuestro autor rehuye hacer historia local desde la inmediatez improvisadora o a través del socorrido método cainita de ajustes de cuenta con el pasado. Prudente, el profesor Jiménez Pérez demuestra aquí que la historia local, la buena historia local, se puede y se debe hacer científicamente, con respeto y sin concesiones, como un servicio responsable y comprometido con la comunidad a la que va dirigida. Consciente de las limitaciones de toda obra humana, tampoco sucumbe a la tentación de deslizarse en controversias pasionales e inútiles. Deja que elAiempo (es decir, el medio y largo plazo braudeliano, como juez implacable) ponga las cosas en su sitio. Es por lo que el trabajo paciente y silencioso, hecho con amor y generosidad, debe en último término exponerse a su juicio, sobre todo, por parte de los 17 que nada tienen que perder ni ganar, cuando de buena fe están convencidos de que las cosas no son nunca lo que parecen ser a primera vista. Por todas estas razones no espere el lector encontrar aquí resquicio alguno para la especulación gratuita, ni para dar o quitar razón a nadie, ni para corregir el pasado ni para establecer complicidades con el presente. Este trabajo -repito -es una aportación original, seria y honesta y, por lo tanto, en modo alguno es producto de la vanidad o del oportunismo. Al contrario, todo lo que encierra este ensayo está debidamente justificado. Pero en sus páginas hay algo sutil que se insinúa y sobre cuya existencia quiero avisar especialmente al lector poco avezado. Y es que este libro cuenta con un valor añadido que se encuentra algo velado: entre líneas fluye un mensaje susurrante y transversal que creo interpretar como afloramiento de sentimientos topofílicos que desbanalizan el paisaje bajo examen hasta trascenderlo al nivel de categoría. Son, pues, muchos y complejos los frentes que se contemplan. De este importante reto nuestro autor sale bien parado aun cuando deja abiertos - a conciencia - numerosos flancos para posteriores estudios que completen esta línea de trabajo con nuevas investigaciones interdisciplinares. En definitiva, el profesor Jiménez Pérez nos regala una obra en la que destacan la calidad de la pesquisa de campo, la búsqueda de vestigios, de referencias documentales y noticias, la comprobación de su veracidad junto a las propias reflexiones, todo lo cual ha coadyuvado a la producción de un ensayo historiográfico de encomiable madurez cuya lectura recomiendo vivamente. Decididamente, creo que ha valido la pena el esfuerzo por recomponer este rompecabezas que ha concluido -en mi opinión -felizmente, estableciéndose a partir de ahora un nivel y unos criterios fiables sobre los que debe establecerse el debate en torno al origen y situación de la capitalidad herreña durante el período normando de la isla (1404-1405 a 1418) y su evolución durante la etapa de dominio señorial castellano, desde mediados del siglo XV hasta la actualidad. 18 l. Villa de Valverde, La Calle (e/ Doctor Quintero); Fiesta Real, 1949. 19 Sobre el poblamiento de la Arnoco aborigen se superpone un proceso de colonización que, en diferentes etapas, propiciará la consolidación de una oligarquía insular que va a beneficiarse de los primeros repartimientos de tierras, agua, cuevas y otros bienes. La instalación de la sede del Concejo insular, la escribanía, los jueces del Concejo o alcaldes mayores, la escuela conventual, los familiares del Tribunal del Santo Oficio, las edificaciones religiosas (ermitas, iglesias, parroquia, convento y cementerios), la arquitectura civil (pósitos o alhóndigas, cárcel, etc.) y el establecimiento permanente de la oligarquía ganadera y terrateniente conducen a prefijar un modelo de ocupación en esta parte de la ladera del noreste insular a más de 550 metros de altitud. Decía Albert Dernangeon1 que «La necesidad de defenderse en períodos de inseguridad ha inducido a los campesinos a agruparse en pueblos; asimismo al reinar de nuevo la seguridad han abandonado los pueblos para establecerse libremente en el terreno de su elección». Sin embargo, muchas sociedades no muestran esta preocupación defensiva o adoptan otras estrategias en caso de peligro inminente. Por ejemplo, los lanzaroteños que residían dispersos fuera del ámbito proteccionista de la Villa de Teguise y del Castillo Guanapay se refugiaban en las cuevas de Los J ameos, al norte de la isla, durante los asedios de los corsarios entre los siglos XV y XVII. Por lo que podernos apreciar, el hábitat disperso persistió en El Hierro durante los tiempos de máxima inseguridad pirática, utilizando refugios habitados sólo en los casos de peligro. Las cuevas-vivienda, tan frecuentes en el hábitat troglodita en la protourbe de Valverde, debieron servir, sin duda eficazmente, de «alcázar» o de «Oppida» en esos momentos críticos. ¿No sería acaso la espaciosa Cueva de la Pólvora el refugio colectivo de los herreños del noreste cuando se aproximaba a la isla gente en actitud inarnistosa? Alguna razón debieron esgrimir Torriani y los gobernantes 1 DEMANGEON, Albert, Problémes de géographie hu1naine, El Cairo, 1925, t. IV, pág. 173. 20 ·.--- de la época, que prefirieron las virtudes de la inaccesibilidad geográfica corno el mejor instrumento defensivo frente a la edificación de castillos, torreones y baluartes -corno hicieron en las restantes islas - , máxime tratándose de una isla débilmente poblada y con escasos defensores. Parece que este criterio prevaleció durante mucho tiempo después, tal corno lo expone Pascual Madoz, quien a rnedidados del siglo XIX escribe que la isla es «áspera, montuosa y casi inaccesible a los viajeros. Se eleva con rapidez y desde las escabrosas costas que la rodean, haciendo todos sus puertos de difícil arribada»2. La Villa de Valverde es un claro ejemplo de pueblo colgado en la cara noreste de una serranía que cae en rápida pendiente sobre el litoral por lógicas razones defensivas. El colgamiento se debe al miedo que sus escasos habitantes sentían ante las frecuentes incursiones piráticas. De nuevo, Pascual Madoz hace un fiel retrato de La Villa en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico (1845-1850). Este pueblo colgado, de morfología maciza, apiñado en las inmediaciones de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción (en La Calle), se desdobla con el tiempo en arrabales y prebarrios (corno Tesine y El Cabo) junto a las principales vías de comunicación. Valverde, que al parecer contó con el título de villazgo desde finales del siglo XV, es también un pueblo encrucijada, puesto que todos los caminos de la isla confluyen en su trama urbana. En su elección corno capital no debernos subvalorar los condicionantes físicos. V al verde es, geográficamente, una espléndida atalaya emplazada a media y alta pendiente en un lugar lo bastante elevado para poder avistar fácilmente la llegada de enemigos y preparar con tiempo la defensa. Pero su emplazamiento está vinculado también a los manantiales, cisternas, aljibes y maretas que existían en sus inmediaciones y que recogían el agua para el aprovisionamiento humano y de los ganados. 2 MAooz, Pascual, Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Canarias (18451850), ed. facsímil y estudio introductorio a cargo de Ramón PÉREZ GoNZÁLEZ, Valladolid, Ámbito, 1986, pág. 125. 21 Tampoco se debe perder de vista la cercarúa de las fértiles zonas roturadas y cultivadas de Nisdafe. El alisio húmedo, que impera la mayor parte del año en esta comarca nororiental, provee de un régimen de precipitaciones más abundante que en el resto de la isla, lo que favorece la existencia de pastos frescos para los rebaños, prácticamente, durante todo el año y garantiza las cosechas. Otros condicionantes que hay que tener en cuenta son los siguientes: en la altura se busca también evitar el riesgo de riadas y rehuir las enfermizas humedades de los fondos de barrancos norteños. Los piedemontes litorales tampoco ofrecen seguridad debido a los frecuentes desprendimientos. Y, de otra parte, parece lógico que la existencia de cuevas naturales, ocupadas inicialmente por los bimbaches en la vertiente nororiental, vayan a ser reutilizadas por los nuevos colonizadores, unas veces como habitación, otras como santuario, refugio, cuartel, etc. Esto último -como bien apunta el profesor Jiménez Pérez -es otra cuestión que no podemos desdeñar en una isla con elementos constructivos autóctonos escasos (no existen vestigios o documentación de caleras u hornos de cal en los siglos XV o XVI y las arcillas son de poca calidad por tratarse de una isla de volcanismo reciente). El comercio y las actividades terciarias, que tanto contribuyen a dinamizar el desarrollo de los pueblos, han contado poco en una isla que ha sido prácticamente autárquica desde el dominio aborigen. La Villa de Valverde ha funcionado, desde el punto de vista económico, como una agrociudad, sin margen para otras actividades que no fueran la agricultura y la ganadería. De nuevo nos lo explica Madoz cuando escribe que «El comercio interior es casi nulo como sucede en un país en que cada uno se basta a sí mismo». Salvo en los años de sequías, en los restantes se consiguen cosechas que exceden al consumo, por lo que es innecesario importar productos de las otras islas. En el paisaje urbano de Valverde han perdurado sus rasgos característicos sin apenas mutación hasta las dos últimas décadas del siglo XX, si aceptamos como válida la imagen que Olivia M. Stone trazó de nuestra Villa después de reco22 rrerla en 1887. Esta ilustre viajera inglesa estuvo, en efecto, en «la isla más occidental del archipiélago» y dejó constancia, en su memoria escrita, de datos como que El Hierro se encontraba lejos de las principales rutas marítimas y sobre las consecuencias que entrañaban su aislamiento: «Es la más aislada de todas las islas. Su comercio es muy reducido y los visitantes escasos»3. Valverde, como pueblo emplazado en lo alto de una pendiente, adopta la forma alargada en sentido longitudinal como si fuera una curva de nivel. Pero Valverde es también un pueblo que no ha sido creado de una sola vez, sino que se ha ido aglomerando a través de un crecimiento lento y discontinuo. La Villa, asentada en una hondonada, no ha sufrido transformaciones bruscas más que durante la transición del hábitat troglodita a la urbe de edificaciones de casas y establecimientos públicos y privados. Como describe el profesor Jiménez Pérez, los cambios son lentos, escasos y tal vez por eso persistieron hasta el siglo XX numerosos elementos tradicionales junto a edificaciones de moderna arquitectura y de autoconstrucción. La rehabilitación de inmuebles antiguos ha sido, en general, respetuosa con el pasado, dándose bastantes casos de arquitectura mimetizada con el entorno en cada contexto histórico. Un modelo de ocupación del territorio desplanificado ha determinado un crecimiento urbano arrítmico ora por impulsos, ora por espontaneísmo, lo que ha conducido a un irregular trazado. Su trama viaria se articula sobre tres calles principales4. Para ello sus casas se han distribuido a lo largo de una serie de senderos, callejones, caminos, veredas, carreteras insulares y calles, con una estructura predominantemente abierta, de edificios diseminados y amplios espacios libres de huertas, cultivos, jardines, plazas y parques. Valverde es, con toda seguridad, la capital insular que 3 STONE, Olivia M., Tenerife y sus seis satélites, trad. y notas de Juan S. AMADOR BEDFORD, Las Palmas de Gran Canaria, Cabildo Insular de Gran Canaria, 1995, t. I, pág. 241. 4 NIEBLA TOMÉ, Enrique, «El medio humano de El Hierro», en VV. AA., Geografía de Canarias, Las Palmas de Gran Canaria, La Provincia-Diario de Las Palmas, 1993, vol. II, págs. 997-1011. 23 cuenta todavía con más espacios libres y menor desarrollo volumétrico de Canarias. De acuerdo otra vez con Pascual Madoz, el poblamiento de la isla, a mediados del siglo XIX, se distribuía en 29 lugares (nueve más que en la actualidad) en un territorio de sólo 268,7 km2 (inferior al municipio grancanario de San Bartolomé de Tirajana y con parecida superficie a los términos de Tuineje o Teguise). Por entonces la isla era administrativamente un solo municipio, con 4320 casas (con una densidad de 17 habitantes por kilómetro cuadrado), la mayor parte de ellas terreras, de piedra seca y cubiertas de paja. Al decir de este autor, «las casas de la Villa te1úan alto y bajo pero poca comodidad, y distribuidas en callejones y caminos empedrados y dos plazas públicas. La población alcanzaba los 4.152 vecinos, equivalentes a 4.580 almas». Una característica que se mantiene constante hasta el día de hoy es que el poder de atracción de La Villa no llega a la población de su entorno más inmediato que, por el contrario, prefiere dispersarse en más de una veintena de caseríos, pagos y aldeass. Este rasgo es, sin duda, otra peculiaridad más de esta capitalidad insular, la única del archipiélago situada en la actualidad en el interior de la isla, que además no se ha beneficiado del éxodo rural de la etapa desarrollista, sino que tampoco ha servido de acogida a la reciente inmigración de retorno procedente de América. La dispersión de los escasos habitantes de la isla es un rasgo secular después del siglo XVI. En ocasiones, los campesinos y pastores empiezan su establecimiento con la construcción de chozas o habilitación de cuevas naturales de carácter temporal, útiles para el reposo durante las horas más cálidas del día o para refugirarse de las lluvias. Poco a poco, estas improvisadas moradas se van haciendo cada vez más confortables hasta convertirse en viviendas habituales, sobre todo, cuando la distancia entre el domicilio familiar y el lugar de trabajo es muy distante y los caminos malos y peligrosos. Con el cambio se gana 5 El No11ze11clátor del 111u11icipio de Va/verde de 1970~1971 recoge hasta 22 núcleos de poblamiento, lo que es expresivo de la fuerte dispersión de su hábitat. 24 2. Paisaje urbano de la Villa de Va/verde co11 a11torretrato, óleo sobre tela de M. Padrón y Padrón. 25 tiempo en desplazamientos diarios y se intensifican las explotaciones con la aportación del trabajo familiar6. El profesor Jiménez Pérez refiere, en varias ocasiones, cómo es preciso, para comprender las desigualdades del agrupamiento de las casas, investigar el origen y evolución de la forma del hábitat y relacionar este origen y evolución con el conjunto de las condiciones agrarias, algunos de cuyos elementos son casi permanentes (suelo, clima y tecnología) a escala histórica y otros móviles (condiciones de seguridad, estructura social, sistema de cultivos, transhumancia, influencia del mercado extralocal e intralocal o, en ausencia de aquéllas, autarquía y trueque). Por lo que se refiere al origen del hábitat, es preciso remontarse a la época de la roturación de la meseta de Nisdafe y de oti;os .P:'.'edios aprovechables de la isla a finales del siglo XVI y prmc1p10s del XVII. De qué forma se llevó a cabo: si se efectuó en diferentes épocas o si cada una de ellas ha originado una forma de hábitat característica. Quién o quiénes ostentaban la titularidad del suelo antes de la roturación y cómo se hizo la división de los lotes de tierra. Qué tipo de colonización se introdujo y qué forma de explotación del territorio se impuso finalmente. La experiencia demuestra que cuando el reparto de lotes beneficia a un gran número de colonos, casi siempre trae como resultado un hábitat concentrado. En cambio, cuando la cesión de tierras se hace de forma aislada, de una en una, el modelo se traduce en un hábitat disperso. Es por lo que conviene estudiar con exactitud la cronología de los pueblos que surgen en el borde de la meseta de Nisdafe y en las zonas roturadas tardíamente. Madoz anota en su Diccionario: «Si se esceptuan 5 ó 6 familias herederas de feudos antiguos, el terreno se halla dividido con bastante igualdad; cada propietario cultiva su campo y consigue los frutos necesarios para el mantenimiento de su familia: de aquí el que no exista en la isla establecimientos de 6 LORENZO PERERA, Manuel J., El pastoreo en El Hierro. La 1nanada de ovejas, La Laguna, Centro de la Cultura Popular Canaria, Gobierno de Canarias y Cabildo Insular de El Hierro, 2002. 26 beneficiencia, porque la ociosidad y la indigencia son allí desconocidas». Sin embargo, estas consideraciones no contradicen el que la emigración herreña ha sido un fenómeno recurrente. Por ello insistimos en que las datas del siglo XVI favorecieron a muy pocas familias. La historia también nos recuerda que no existen determinismos absolutos. En ocasiones, los establecimientos humanos no son inmutables, evolucionando incluso hasta provocar formas completamente contrarias a las originarias. Los ejemplos de movilidad del hábitat son numerosos. Por ejemplo, Madoz señala la desaparición del pueblo de Liman, al sur de la isla, y Buenavista, en el norte, porque estaban «enteramente arruinados». En este contexto, la hipótesis que se apunta en este ensayo (de decadencia momentánea de la Villa de Valverde y el efímero esplendor de Los Llanos de San Andrés, con refundación nuevamente de Valverde como capital insular) se inscribe dentro de los normales altibajos de las sociedades preindustriales, pero la ausencia de documentación escrita contribuye a oscurecer estos procesos cíclicos, que quedan entonces recluidos en el ámbito de la tradición y las pasiones localistas, cuando no de la insustancial nostalgia. Cuando Olivia M. Stone visitó la isla de El Hierro en los años 80 del siglo XIX, describió muy bien el ambiente que por entonces se respiraba. Eso la llevó a afirmar que «Val verde, la ciudad principal -un escaso grupo de casas que más merece el nombre de pueblo -está a cuatro millas y media del puerto y a un par de millas de El Río»7. Y añade otras referencias de interés, así como anécdotas sobre el estado en que se encontraba la capital: «Caminando por la pequeña y limpia ciudad ya entrada la tarde, los habitantes nos miraban con mucha curiosidad, ya que no estaban acostumbrados a ver extraños». Su descripción de La Villa nos parece absolutamente familiar por cuanto que no apreciamos elementos nuevos que signifiquen cambios de cierta relevancia respecto de lo que ya conocíamos antes: «la ciudad de Valverde, ceñida por un semicírculo de montañas, con casas que rodean su base y suben y bajan por ellas. Las 7 STONE, Tenerife y sus seis satélites, op. cit., t. 1, págs. 239-241. 27 casas no están dispuestas en hileras sino diseminadas sin orden alguno. Nunca hay más de cuatro juntas. Algunas tienen azotea y otras las típicas tejas rojas. Las paredes están enjalbegadas y los postigos de madera, por regla general, no están pintados. Gran cantidad de vegetación se entremezcla agradablemente con las casas». Más adelante vuelve a señalar: «La isla no posee ninguna carretera ni ningún vehículo de ruedas». Luego aporta un dato que no nos resistimos a dejar de comentar; pues dice Stone que El Hierro tampoco se favoreció, como las restantes islas, del negocio cochinillero que enriqueció a numerosos cosecheros y exportadores de la famosa grana tintórea, generadora de una auténtica burguesía agraria y que contó con recursos económicos y capacidad para renovar el patrimonio inmobiliario de las agrociudades isleñas más importantes de entonces. Pido disculpas si me he excedido en consideraciones. Mi intención era ofrecer en este «Prólogo» algunas pinceladas sobre la evolución de La Villa a partir de su consolidación como capital insular. Con ello he querido contribuir a expresar el reconocimiento de lo que considero una exitosa decisión fundacional que ha resistido el paso del tiempo. Pero también ha influido en mi ánimo la necesidad de señalar algo tan obvio como trascendental cual es la revalorización del papel que ha desempeñado Valverde durante más de medio milenio, en tanto que ha sido capital y urbe decisiva en el desarrollo de El Hierro. Finalmente, deseo felicitar al profesor Jiménez Pérez por este espléndido libro y animarle a seguir trabajando con el mismo entusiasmo en esta línea, con la seguridad de que encontrará la satisfacción más decorosa que da la investigación: admitir lo mucho que desconocemos de las cosas. Tampoco puedo terminar estas lineas sin expresar públicamente mi agradecimiento al Ayuntamiento de Valverde por el patrocinio de esta publicación, lo que testimonia, una vez más, su noble afán por divulgar la cultura y el conocimiento de su propia historia en su comunidad y fuera de ella. RAMÓN DíAZ HERNÁNDEZ Departamento de Geografía de la ULPGC 28