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Tonterías víricas

Barceló Garcia, Miquel

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BYTE (22/09/97 - 34) TONTERIAS VIRICAS Miquel Barceló Hay algo tal vez extraño y misterioso en los virus informáticos. Algo que parece atraer la atención de muchos hacia una analogía biológico-médica que ha resultado ser terriblemente sugerente. Los virus "humanizan" en cierta forma a los ordenadores y les hacen susceptibles de ser atacados y, en definitiva, vulnerables. Posiblemente, gracias a los virus informáticos los ordenadores pierden gran parte de ese poder amenazador que antes habían tenido. Pero, reflexiones bien intencionadas aparte, la realidad es que, casi como las famosas cucarachas del anuncio televisivo, los virus informáticos nacen, crecen (en número...), se reproducen y, como gran y terrible diferencia, no parecen morir nunca. Muchos creen que la idea de esos programas parásitos y auto-reproductores surgió en la literatura de ciencia ficción. Y, simplemente, eso no es cierto. A menudo se cita la novela "El jinete en la onda de choque" del británico John Brunner, como origen de la idea de un programa "fagocitador de bits" que destruye a otros programas y llega a colapsar un sistema informático. Pero esa novela se publicó en 1974, cuando, en 1970, Bob Thomas ya había obtenido involuntariamente el primer virus conocido al escribir un programa de demostración de la red ARPANET. El Creeper (enredadera) de Thomas se descontroló, se reprodujo exageradamente y se extendió sin cesar por la red. Técnicamente, el Creeper era lo que hoy conocemos como "gusano" (worm), como el de Robert Morris Jr. que se hizo tristemente famoso el 2 de noviembre de 1988 cuando se difundió por la red Internet hasta colapsarla. Para eliminar el Creeper y su mensaje retador (I'm the Creeper, catch me if you can) no hizo falta echar la red abajo. Thomas escribió otro programa, el Reaper (segador), que se difundía en la red y destruía las copias del Creeper que encontraba. Por vez primera en la historia, la idea de un virus y su anti-virus se unían en la mano de su involuntario creador original. Es muy posible que John Brunner se inspirara en alguna noticia periodística sobre el Creeper para llevar su "fagocitador de bits" a la novelística de ciencia ficción. Como es bien sabido, la realidad supera a menudo la ficción. Con el tiempo los virus han proliferado incluso exageradamente, amparados en esa analogía biológico-médica tan sugerente. Hacia el final de los años ochenta, cuando la Asociación de Técnicos de Informática (ATI) de Barcelona organizó una primera charla sobre virus informáticos, se convocó el acto en un local del Hospital de la Esperanza de Barcelona, en lugar de recurrir, como era habitual, a aulas de centros universitarios o a los propios locales de la ATI. Lógico. Con el tiempo, el tema de los virus informáticos llegó a ser del dominio público y hace años que el Telediario de los jueves 12 nos advierte ya catastróficamente de que, al día siguiente, se activa el peligrosísimo Friday 13. Se promueve así una jornada de abstinencia informática, en claro paralelismo con los tradicionales consejos religiosos de abstinencia para uso y control del pueblo pecador... Hoy los virus crecen en número y alimentan una boyante actividad comercial (la de los antivirus), estimulada por la incesante aparición de nuevos virus informáticos. También generan algunas de las mayores tonterías que se han visto en los últimos años. Todos sabemos que un virus concebido para un determinado sistema informático nada le hará a una máquina con una estructura de procesador distinta. Es difícil infectar un AS/400 con un virus para PC... Pero quienes confunden la informática con la microinformática, parecen no haberse enterado todavía de ese hecho tan elemental. Cuando, al final de la película Independence Day, se derrota la invasión extraterrestre con un virus depositado en su "ordenador central", la ignorancia informática del guionista resulta patente. Ya se sabe: Hollywood suele ser muy poco seria, y conviene perdonar el desliz a beneficio de inventario. Pero esa misma tontería, esa misma imbecilidad, se ha repetido recientemente en un lugar donde parecía impensable. En la novela 3001, Odisea final, Arthur C. Clarke viene a demostrar que la fama que obtuvo hace 30 años a raíz de 2001, una odisea del espacio era excesiva e injusta. Le pertenecía, con mucha mayor justicia, a Stanley Kubrick. Porqué, en 3001, Clarke decide atacar también con un virus de ordenador terrestre a ese omnipresente monolito, que acaba siendo una especie de ordenador alienígena. Y, gracias al virus, logra destruirlo. Sencillo: si la idea en Independence Day era una tontería, una verdadera imbecilidad, no deja de serlo aun cuando la firme alguien presuntamente más serio y prestigioso como Arthur C. Clarke. Un ejemplo evidente de que no sólo es Hollywood quien se hace un lío con los hoy también omnipresentes virus informáticos. Quien lo hubiera dicho hace sólo unos diez años... - - - - - - - - -