Quoniam multa et magna utilitas est preterita et presentia scribere. La función del historiador en la Edad Media y en el presente
Abstract
En el presente trabajo se plantea la problemática de la utilidad de los estudios medievales atendiendo a las funciones de la noción de Edad Media en el presente, el desarrollo del área conocida como ‘medievalismo’ y los ‘usos del pasado medieval’ que se vienen dando en los dos últimos siglos. Se reflexiona sobre la actitud de los especialistas en el periodo en relación con estos fenómenos y se compara la idea de utilidad de la Historia en la Edad Media y en la actualidad.
Full text
Quoniam multa et magna utilitas est preterita et presentia scribere. La función del historiador en la Edad Media y en el presente Quoniam multa et magna utilitas est preterita et presentia scribere. The role of the historian in the Middle Ages and in the present day Covadonga Valdaliso-Casanova DOI: https://doi.org/10.7410/1575 RiMe Rivista dell’Istituto di Storia dell’Europa Mediterranea ISBN 9788897317746 ISSN 2035-794X numero 11/I n.s., dicembre 2022 Istituto di Storia dell’Europa Mediterranea Consiglio Nazionale delle Ricerche http://rime.cnr.it
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RiMe, n. 11/I n.s., dicembre 2022, 165 p. ISBN 9788897317746 - ISSN 2035-794X DOI https://doi.org/10.7410/1573 Special Issue El medievalismo en un mundo globalizado Medieval studies in a Globalised World A cargo de / Edited by Vicent Royo Pérez - Jesús Brufal Sucarrat
RiMe, n. 11/I n.s., dicembre 2022, 165 p. ISBN 9788897317746 - ISSN 2035-794X DOI https://doi.org/10.7410/1573 RiMe 11/I n.s. (December 2022) Special Issue El medievalismo en un mundo globalizado Medieval Studies in a Globalised World A cargo de / Edited by Vicent Royo Pérez - Jesús Brufal Sucarrat Table of Contents / Indice Vicent Royo Pérez - Jesús Brufal Sucarrat El medievalismo en un mundo globalizado / Medieval Studies in a Globalised World 5-11 Alejandro García-Sanjuán Medieval Iberia, Essentialist Narratives and Globalization 13-33
RiMe, n. 11/I n.s., dicembre 2022, 165 p. ISBN 9788897317746 - ISSN 2035-794X DOI https://doi.org/10.7410/1573 Covadonga Valdaliso-Casanova Quoniam multa et magna utilitas est preterita et presentia scribere. La función del historiador en la Edad Media y en el presente / Quoniam multa et magna utilitas est preterita et presentia scribere. The role of the historian in the Middle Ages and in the present day 35-50 Juan Francisco Jiménez-Alcázar Medievalister: el medievalismo en la encrucijada de la revolución digital / Medievalister: Medievalism at the Crossroads of the Digital Revolution 51-67 Ivan Armenteros-Martínez Quem patrem, qui servus est? Divulgar (y enseñar) la historia de la esclavitud en la Europa meridional el caso de España / Quem patrem, qui servus est? Disseminating (and teaching) the history of slavery in southern Europe: the case of Spain 69-89 Carlos Laliena Corbera El Centro de Estudios Medievales de Aragón (Grupo CEMA): veinte años de renovación historiográfica / The Centro de Estudios Medievales de Aragón (CEMA Group): twenty years of historiographical renewal. 91-112 Margarita Fernández Mier - Luis Miguel Flecha Rebollar Studies on local communities in a global framework 113-131 Focus Natascia Ridolfi Donne e lavoro in un'industria strategica italiana (1920-1940) / Women and work in an Italian strategic industry (1920-1940) 1-34
Quoniam multa et magna utilitas 41 2. Funciones de la Historia y usos del Medievo Se hace un uso del pasado medieval cada vez que se utiliza el adjetivo con un sentido peyorativo (Lynch, 2016); cada vez que se establece una identificación entre un personaje histórico, acontecimiento o territorio del periodo y uno actual (Di Carpegna, 2018; Elliott, 2017); cada vez que se quieren ver analogías entre conflictos armados del presente y fenómenos premodernos (Spiegel, 2008). En un sentido más amplio, es un uso del pasado proyectar la imagen de una Edad Media geográfica, étnica y lingüísticamente delimitada, política y religiosamente cristiana, y representada sobre todo por las islas británicas y el área noroccidental del continente europeo. Como lo es querer ver una correspondencia entre los conceptos de raza, nación o pueblo medievales y los actuales con el objetivo de situar en el Medievo — o en una época anterior— los orígenes de identidades colectivas que se han configurado para servir de soporte a intereses políticos contemporáneos. De ahí derivan, de hecho, esas ‘comunidades imaginadas’ que, ancladas sobre todo en la documentación y las narrativas medievales que se publicaron masivamente en el siglo XIX, enterraron en los tiempos premodernos las raíces de las naciones8. Dado que algunos de esos anacronismos utilitarios están en activo desde hace al menos dos centurias, fosilizados como piezas del armazón de construcciones identitarias en mayor o menor medida perennes, o manteniéndose en estado latente a la espera de ser resucitados por movimientos populistas, constituyen un fenómeno en sí mismos y, como tal, han sido objeto de bastantes análisis. Pese a ello, se siguen reproduciendo en discursos e investigaciones tanto de aficionados a la Historia como de especialistas en el periodo que —por motivos ideológicos o económicos— consideran que sus trabajos deben estar dirigidos a sustentar la identidad de un pueblo, territorio, cultura o ‘raza’. Muchas instituciones y editoriales alimentan la publicación de este tipo de estudios, entendiendo que eso es lo que la Historia debe del pasado medieval’ en el ámbito ibérico son el trabajo de Fernando Luis Corral sobre la conversión de la figura de Vellido Dolfos en un símbolo de la oposición identitaria entre lo leonés y lo castellano, el análisis del desarrollo del mito de Inés de Castro llevado a cabo por Alicia Miguélez y la iniciativa, encabezada por Alejandro García Sanjuan y Ana Isabel Carrasco Manchado, de solicitar a la Real Academia Española un cambio en la acepción del vocablo ‘reconquista’. Los dos primeros son trabajos aún inéditos, cuyas referencias incluimos en la bibliografía y cuya lectura nos ha sido facilitada por los autores, a quienes desde aquí se lo agradecemos. 8 Para esta temática remitimos a los trabajos de Joep Leerssen, 2006, 2008 y 2010.
Covadonga Valdaliso-Casanova 42 ser tanto desde el punto de vista de la educación como desde el de la divulgación. Paralelamente, estas prácticas se han venido acentuando debido, en gran medida, a que la disciplina se ha distanciado no solo de las recreaciones de la época, sino también de determinadas formas de ‘hacer Historia’ que la sociedad ha seguido demandando. En el siglo XIX la consideración de la Historia como ciencia estableció como axioma que lo que definía al historiador profesional era la objetividad. En cierto modo, esa objetividad se concibió como un estado mental y espiritual al que el historiador llegaría dejando de lado su género, sus ideas políticas, sus creencias religiosas y cualquier otro rasgo personal que pudiese influir en su trabajo. Ese trabajo, por su parte, consistiría en localizar y analizar los vestigios del pasado —y sobre todo las fuentes escritas— para identificar hechos pretéritos, en detectar las relaciones que existían entre esos hechos y en construir un discurso que reflejase dichas relaciones. Dado que muchas de ellas serían de causalidad, la Historia mantendría su función de ‘magistra vitae’ o depósito de ejemplos para el presente. Al mismo tiempo, por tomar como base documentación que emanaba, en su mayoría, de instituciones en mayor o menor medida políticas, seguiría teniendo los mismos sujetos y adoptando las mismas perspectivas que en los siglos anteriores9. Con todo, sus protagonistas no serían ya reyes y emperadores, sino naciones contemporáneas que se proyectaban y reconocían en tiempos pretéritos. En menor medida, también regiones, ciudades y villas cuyos recorridos a lo largo de los siglos podían dar lugar a narrativas de tipo biográfico. Las principales críticas a esa concepción decimonónica de la Historia se materializaron en la oposición que los fundadores de los Annales a aquello que en su día denominaron histoire événementielle. Desde entonces, las variadas escuelas que se desarrollaron a lo largo del siglo XX, la multiplicación exponencial de las publicaciones y los intensos debates han reorientado la disciplina, cuestionando algunas de sus bases y, sobre todo, alejando a muchos historiadores de las labores narrativas. Esto último se potenció en el campo teórico cuando el ‘giro lingüístico’ llegó a la Historia de la mano, sobre todo, de Hayden White (1973, 1997, 2014). La Historia científica presupone la existencia de una realidad fuera de la mente del historiador, que dicha realidad tiene una estructura y que puede representarse a través de un discurso retórico. Dicho de otro modo, asume que el relato mimetiza la realidad, porque identifica referente y representación mediante lo que Robert 9 Sobre todo ello, véase el primer capítulo de la obra de Elizabeth Clark, 2004, pp. 9-28.
Quoniam multa et magna utilitas 43 Berkhofer denominó ‘la ilusión referencial’ (Berkhofer, 1997). Para White, sin embargo, la Historia es un producto del discurso y de la discursivización; una construcción que se presenta como objeto encontrado, por lo que la objetividad de los historiadores consistiría básicamente en ocultar su desempeño en la composición (White, 2003, p. 43)10. Tanto el grueso de la sociedad como la mayor parte de los estudiantes de Historia son ajenos a estas discusiones teóricas. Fuera de los contextos académicos —e incluso dentro de algunos de ellos— se sigue considerando que la labor de los historiadores, profesionales o aficionados, consiste en investigar cual detectives para encontrar en los vestigios del pasado un modo de reconstruirlo, recuperando datos y pruebas que revelen nuevas y desconocidas, o poco divulgadas, imágenes de los tiempos pretéritos. Descubrir y valorar son los conceptos que subyacen tras las noticias en prensa relacionadas con la Historia, las iniciativas apoyadas por los gobiernos locales y las actividades recreativas orientadas hacia la divulgación histórica11. Nada se dice en ellas acerca de los debates sobre la adecuación del relato a la representación del pasado y los discursos que las acompañan a menudo son más propios de otras épocas que de la presente, en parte por una inercia que mantiene vigentes narrativas pretéritas y en parte porque la Historia tiende a fosilizar determinadas tramas, cual mantras consagrados que se consideran fiables porque en tiempos pretéritos mostraron su funcionalidad. 3. Los usos del pasado en el pasado y las funciones del historiador La reelaboración de los relatos históricos es necesaria, pues cada presente requiere una versión actualizada de un pasado que considera propio. En términos generales, la mayor parte de los estudios llevados a cabo por los medievalistas contribuyen a llevarla a cabo, ya sea destacando el papel de las mujeres, calibrando los efectos de las alteraciones climáticas y de las epidemias, revisando determinados aspectos de la teoría política y de la diplomacia del periodo, profundizando en el conocimiento de la vida cotidiana en el pasado, analizando relatos, atendiendo a las minorías religiosas o indagando en las dinámicas de las sociedades de frontera, de las comunidades campesinas, de las redes nobiliarias, de las cortes monárquicas o de 10 Sobre las reacciones, véase Chartier,2009. 11 Como, por ejemplo, el parque temático Puy du Fou, que comenzó a funcionar en Toledo en 2019.
Covadonga Valdaliso-Casanova 44 los grupos urbanos, por citar apenas algunos ejemplos de las varias áreas en desarrollo. Cualquiera de estas investigaciones responde a cuestiones del presente y altera la imagen que este tiene de un pasado siempre cambiante. Con todo, tal vez aquellas que mejor pueden justificar la existencia de los estudios históricos y mostrar su importancia son aquellas que indagan en las características de la historiografía, en sus transformaciones a lo largo de los últimos años y en el peso de los usos del pasado en tiempos pretéritos. De hecho, a través del análisis de las sucesivas crisis de la Historia, de los cuestionamientos de la disciplina y de los interrogantes sobre su función puede llegarse a conclusiones bastante reveladoras; como que la Historia probablemente será, en las próximas décadas, bastante diferente de lo que ha venido siendo hasta el día de hoy, o que los medievalistas vienen estando desde hace tiempo al frente de muchos de sus cambios. Cuando se pone en entredicho la necesidad de estudiar una Edad Media exenta de todo tipo de utilidad la respuesta más común parte de argumentar que la mera idea de ignorar un milenio relativamente reciente es totalmente absurda, y más aún cuando hablamos de una época a la que se debe remitir constantemente para comprender muchas cosas de un hoy que es, esencialmente, su prolongación. La Edad Media está presente de un modo inmaterial y material precisamente porque somos el futuro de ese pasado (Schmitt, 2000) y, hasta cierto punto, un futuro planeado. Las herencias del Medievo no son casuales: los materiales de escritura, las estructuras arquitectónicas y las entidades territoriales fueron concebidos para perdurar. Aunque esté perdiendo paulatinamente su papel como referente de los estados-nación contemporáneos, y de la Europa de la que muchos de ellos forman parte, el Medievo no ha dejado de ser el pasado al que remiten sus fronteras, pues las entidades geopolíticas en las que hoy se divide Gran Bretaña o las provincias españolas, por poner apenas dos ejemplos, tienen como bases segmentaciones territoriales que surgieron en época medieval. Como muestra el modo en que se ha difundido la noticia de la recuperación del fuero de Brihuega, también allí siguen ubicándose los pilares de muchas localidades. En un sentido más amplio, el periodo medieval es aún aquel en el que se buscan las fuentes, los motivos y las causas de muchos fenómenos, identidades territoriales y lenguas occidentales, cual infancia —como tantas veces se ha dicho— a la que inevitablemente siempre se debe volver. A lo largo de esos once siglos se plantaron y cultivaron las semillas de nuestras realidades, narrando o inventando pasados destinados a darles entidad. A partir de relatos que se iban ampliando y reformulando siglo tras siglo —añadiendo cuando era preciso elementos
Quoniam multa et magna utilitas 45 legendarios, mágicos o milagrosos— se justificaban regicidios, derrotas militares, mutaciones territoriales o la ocupación de territorios dominados por poderes musulmanes. La pervivencia de esas narrativas y, sobre todo, de muchos de los proyectos que sustentaban, es una prueba de la destreza con la que se manejaba la Historia en el periodo medieval. Trenzando la mitología, la historia clásica y el relato bíblico, los historiadores medievales crearon un tronco que definió el pasado de aquello que hoy entendemos por Occidente, y lo prolongaron mediante el registro de acontecimientos que documentaban —a veces reescribiéndolo— el desarrollo de entidades cuya existencia se debía fundamentar. Por ello el sujeto histórico de gran parte de los escritos historiográficos medievales son realidades geopolíticas —una ciudad, un condado, un reino, la Cristiandad— y los personajes apenas actores que dinamizan la narración. Los acontecimientos se ordenaban cronológicamente, pero las secuencias no se dirigían a un fin conclusivo y su significado solía estar abierto a la interpretación. La cita que da título a este texto —“Quoniam multa et magna utilitas est preterita et presentia scribere”— está tomada de los Annales escritos en el siglo XIII por Jacopo D’Oria (1929) y representa bien cuál era la función de la Historia en la época medieval. Registrar por escrito el pasado y el presente era considerado, por encima de todo, ‘útil’, pues los habitantes del periodo valoraban ese registro precisamente porque se proyectaban en el futuro. La idea de que la Historia no debe tener utilidad es relativamente reciente y se enfoca más hacia los peligros que conlleva usar el pasado con fines interesados que hacia el cuestionamiento de que su estudio deba cumplir una función. Por este motivo, el grado de objetividad se mide para determinar la validez de un discurso histórico. Sin embargo, es un medidor que presenta cada vez más problemas. La mayor parte de las corrientes historiográficas que se han desarrollado en las últimas décadas parten de la premisa de que lo objetivo y lo subjetivo son muy relativos, dan un mayor peso a la posición del observador a la hora de analizar un discurso y valoran la importancia de la percepción. La aparición de conceptos como ‘memoria histórica’ (Nora, 1984-1993) o ‘Historia pública’ (Liddington, 2002; Cauvin, 2018), la influencia de teorías como el presentismo (Hartog, 2003) o de nuevas maneras de aproximarse al conocimiento histórico a través de las tecnologías (Steinhauer, 2022), la idea de que vivimos en un momento de cambio sin precedentes (Simon, 2019, pp. 1-31) o las investigaciones sobre el modo en que funciona la memoria individual — reconstruyendo constantemente relatos que el cerebro no fija de manera
Covadonga Valdaliso-Casanova 46 permanente— son apenas algunas de las señales de que nos estamos alejando, a gran velocidad, de lo que la Historia fue hasta no hace mucho tiempo. Para lo que aquí nos ocupa, es importante insistir en que ello no pone en entredicho su funcionalidad. Figuras de innegable peso en la cultura occidental, como March Bloch, Georges Duby, Jacques Le Goff o el ya citado Umberto Eco, en el siglo XX, y autores de gran eco mediático en la actualidad, como Yuval Noah Harari, prueban que la sociedad reconoce los beneficios de que las mentes sean formadas a través del estudio de la Edad Media. Por tal se entiende hoy pensar en el pasado, contemplarlo como un mundo que se debe comprender mediante repetidas flexiones —acercarse para analizarlo y alejarse para visualizarlo en conjunto— y elaborar a lo largo de su estudio cuestiones que a veces resultan más reveladoras que sus hipotéticas respuestas. Este ejercicio intelectual —consistente, sobre todo, en problematizar— se plasma en ensayos que no siempre se dirigen únicamente al lector especializado, y que directa o indirectamente repercuten en la percepción contemporánea del pasado y del presente. 4. Bibliografía Benson, Robert L. - Giles Constable (eds.) (1991) Renaissance and Renewal in the Twelfth Century. Toronto: Toronto University Press. Berkhofer, Robert F. (1997) Beyond the Great Story. History as Text and Discourse. Cambridge MA: Harvard University Press. Brown, Peter (1971) The World of Late Antiquity. From Marcus Aurelius to Muhammad. London: Thames and Hudson Ltd. Catalina García, Juan (1888) El Fuero de Brihuega. Madrid: Tipografía de Manuel Ginés Hernández. Chapman, Adam (2016) Digital games as History: How Videogames Represent the Past and Offer Access to Historical Practice. London: Routledge. Chartier, Roger (2009), ‘A instituição histórica’, in A História ou a leitura do tempo. Belo Horizonte: Autêntica, pp. 17-31. Clark, Elizabeth A. (2004) History, Theory, Text. Historians and the Linguistic Turn. Cambridge MA: Harvard University Press.
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Covadonga Valdaliso-Casanova 50 5. Curriculum vitae Covadonga Valdaliso-Casanova es investigadora integrada en el Centro de História de la Universidade de Lisboa, sub-directora de dicho Centro y co-coordinadora del Grupo de Investigação Usos do Passado. La mayor parte de sus trabajos se centran en la historiografía medieval ibérica y en los últimos años se han enfocado especialmente hacia los textos breves, sobre todo los de tipo analístico.