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Abstract

En la presente investigación se analiza el discurso del feminismo institucional del Estado español en la actualidad en cuanto a las relaciones de pareja se refiere. Para ello, se proponen una suerte de claves feministas que permiten comprender la cuestión de las relaciones de pareja desde un punto de vista amplio, productivo y transformador, tales como la noción de heterosexualidad obligatoria, sexualidad, disconfort heterosexual y guerrillas cotidianas o pensamiento heteroamoroso. Después se explora el discurso del feminismo institucional general, y en concreto, los materiales de educación no sexista relacionados con las relaciones de pareja. Al final, se exponen las conclusiones. Cosculluela Melguizo, Jara; Hernández Piñero, María Aránzazu

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Trabajo de investigación del Máster en Relaciones de Género Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales Jara Cosculluela Melguizo Tutora: Aránzazu Hernández Piñero Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo Universidad de Zaragoza 10 de junio de 2013 Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 1 Índice Introducción 1.- Una intuición p. 3 2.- La investigación p. 7 Capítulo 1. La crítica a la heterosexualidad como clave para abrir el mundo 1.- La clave: las feministas hacen aflorar la sexualidad de las mujeres p. 15 2.- El descentramiento de la heterosexualidad P. 25 4.- ¿Se puede ser feminista y heterosexual? p. 35 4.1.- El disconfort heterosexual y las guerrillas cotidianas p. 36 4.2.- La heterosexualidad como opción p. 43 5.- ¿La pareja heterosexual? Avatares del pensamiento amoroso p. 46 5.1.- El encumbramiento de la pareja p. 47 5.2.- Pareja y amor p. 52 Capítulo 2. El discurso del feminismo institucional 1.- Algunas consideraciones e ideas fuerza previas. Discurso y feminismos p. 62 2.- ¿De qué hablamos cuando hablamos de feminismo institucional? p. 69 2.1.- El proceso de institucionalización del feminismo y la noción de feminismo institucional p. 69 2.2.- Efectos del la institucionalización y el discurso del feminismo institucional como discurso hegemónico p. 73 3.- Género y empoderamiento en el discurso del feminismo institucional p. 78 3.1.- Acerca de la noción de género p. 79 3.2.- Acerca de la noción de empoderamiento p. 86 3.3.- La importancia y el lugar de la educación p. 102 Capítulo 3. Las “relaciones sanas”: el discurso del feminismo institucional sobre las relaciones de pareja 1.- Consideraciones previas acerca de los materiales seleccionados y algunas claves de análisis p. 106 Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 2 2.- ¿Sexualidad o heterosexualidad? p. 112 4.- La tensión entre el placer y el peligro en el discurso sobre la sexualidad p. 121 5.- Amor y pareja heterosexual: relaciones sanas y violentas p. 126 Capítulo 4. A modo de conclusiones p. 153 1.- Claves y conclusiones generales p. 153 2.- Las relaciones de pareja para el feminismo institucional p. 158 I. Referencias bibliográficas p. 166 II. Anexo: Los materiales analizados p. 173 Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 3 Introducción 1.- Una intuición Esta investigación parte de una intuición personal, que, al mismo tiempo, puede resultar ser bastante común, y no especialmente novedosa. Esta intuición está relacionada con la siguiente idea: las mujeres en relaciones de pareja de mi alrededor, incluso aquellas que provienen de círculos feministas desde los que se suelen trabajar personal y políticamente estas cuestiones, parecen tener problemas y obstáculos, recurrentes y cotidianos, muy similares a la hora de vivir sus sexualidades y afectos en el marco de sus parejas, sea cual sea la configuración o la forma que adopten éstas. Además, algunas de estas mujeres mantienen estrategias comunes para intentar reducir el impacto o las tensiones de estos obstáculos. Por ejemplo, algunas de ellas no comparten vivienda con sus parejas (no cohabitación); otras han negociado otros límites al concepto de fidelidad (pareja abierta); otras conviven con sus parejas y con muchas más personas, encargándose todas ellas de los cuidados de las y los menores a su cargo (nuevos modelos familiares); otras comparten sus vidas con más de una persona a la vez (poliamor); etc. Y, aún así, las relaciones de pareja parecen suponer para las mujeres cierta dosis de sufrimiento o, al menos, de contradicción. La intuición de la que partimos igualmente tiene que ver con que el pensamiento y el movimiento feminista se han encargado en profundidad de corregir e indagar en estas tensiones que emergerían en el seno de las relaciones afectivas entre mujeres y hombres, sobre todo a partir de considerar que lo personal es político. Basten algunos ejemplos: desde los grupos de autoconciencia, pasando por las prácticas e investigaciones del feminismo lesbiano, las de los movimientos LGTIBQ 1 , las de las actuales escenas queer o transfeministas, hasta los programas de educación afectivo-sexual del Instituto de la Mujer. Y, sin embargo, el malestar de las mujeres persiste. Una de las causas es que la ideología patriarcal –auxiliada por la estructura capitalistaasegura que las relaciones entre mujeres y hombres, en especial las que se dan dentro del matrimonio o la pareja estable, se perciban desde un prisma de “guerra de sexos”, con base en la biología o una supuesta esencia sexual, y con el objetivo de mantener y hacer perdurar las estructuras de desigualdad de las que se beneficia. Me 1 LGTIBQ: Lesbianas, gays, transexuales y transgénero, intersexuales, bisexuales y queer. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 4 permitiré poner un ejemplo muy reciente y especialmente gráfico de esta narración patriarcal de la “guerra de sexos”, que mostraría la vigencia de la misma. El ejemplo es aquella pieza popular de hace pocos años que cabalgó con altas cifras de audiencia por diferentes cadenas de la televisión española –también en la pública-, Escenas de matrimonio, en la que se mostraba la vida de varias parejas heterosexuales en una disputa continua. Así se resume la trama de la serie: Celos, problemas con el trabajo, escasez de dinero, lo duro de ser ama de casa, largos años de convivencia, difíciles decisiones como tener o no hijos... son problemas que viven todas las parejas pero, parece que estos matrimonios ven agudizadas sus crisis con el paso de los días. Escenas de matrimonio muestra las divertidas reacciones de parejas de distintas generaciones. (...) Alba y Miguel son los jóvenes que acaban de iniciar una relación y han decidido vivir juntos; (...) Marina y Roberto interpretan a un matrimonio de mediana edad que no paran de discutir por cualquier cosa; (...) Asun y Emilio [son] otro matrimonio de mediana edad que se pasan todo el día discutiendo y (...) Carmina y Fidel son un matrimonio jubilado que no se soportan el uno al otro 2 Los problemas que vivirían “todas las parejas” heterosexuales dentro de la institución matrimonial, estarían vinculados al empleo (generalmente del hombre), el trabajo de cuidados (femenino), los celos (derivados de la ideología del amor romántico y base de la violencia de género) o la convivencia prolongada (parejas “hasta la muerte”), e incluso relacionados a la adquisición o mantenimiento de una vivienda común (que, junto a la “guerra”, es el ítem en común entre los matrimonios). Y nos llevan a deducir que Los hombres son de Marte, las Mujeres de Venus 3 ; es decir, que existen diferencias irreconciliables entre los sexos, que son además inmutables, y que condenan a las relaciones entre hombres y mujeres a una guerra perpetua. Y no es Escenas de Matrimonio el único producto cultural dedicado a la guerra de sexos que nos puede venir a la cabeza en estos instantes. Se han desplegado desde hace décadas y desde varias perspectivas feministas diversas estrategias para resolver y superar las tensiones que se producen en los núcleos densos de poder que suponen las relaciones de pareja heterosexual, sobre todo para las mujeres. Y, sin embargo, a día de hoy, -y teniendo en cuenta los colosales avances-, muchos nudos persisten, y estas estrategias no parecen tener un empaque consistente que pueda ofrecer soluciones amplias a las mujeres en pareja para sortear o mitigar estas discordancias. En este sentido, la intuición puede ser desarrollada en dos direcciones: una de las razones de “la falta de empaque” de estas estrategias tiene que ver con la falta de homogeneidad de los feminismos 2 Consultado en: http://es.wikipedia.org/wiki/Escenas_de_matrimonio. La última vez en noviembre de 2011. 3 John Gray, (1992), Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus. Guía definitiva para entender a tu pareja, Debolsillo, Madrid, 2003. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 5 en los últimos años, algo que no tiene por qué ser una debilidad de los mismos, y, además, no es un rasgo exclusivo de éstos 4 . Otra de las razones probablemente tenga que ver con que no es factible esperar un manual de recetas en el que encontrar soluciones enumeradas para cuestiones tan complejas como las relaciones entre personas, enmarcadas en ejes de desigualdad. Así, y ésta es la otra dirección en la que apunto, la proliferación de libros –que sorprendentemente tienen un lugar fijo en la estantería de “pensamiento feminista” de muchas bibliotecas públicas- a medio camino entre el manual de autoayuda, un kamasutra censurado y la terapia matrimonial a la americana, y que abundan en librerías, ahondaría en la idea común de que las cuestiones de pareja pueden resolverse a través del empeño personal y unas cuantas recetas. Y, sobretodo, desde la equidistancia de pensar que la pareja como institución no está atravesada por nudos de poder en los que las mujeres pueden quedar atrapadas. Si la “guerra de sexos” para explicar la opresión de las mujeres en las sociedades es un lugar común del pensamiento colectivo, -a pesar de que esta guerra naturalizada lo que hace es encubrir los orígenes de la dominación de las mujeres por los hombres-, la resolución individual de los conflictos de las parejas a través de la puesta en práctica de ciertas recomendaciones generales, dejando indemnes las estructuras de desigualdad, es también una idea frecuente y compartida. Con algunos matices, una situación similar relató ya Simone de Beauvoir: [En Estados Unidos], cada año se publican una multitud de obras de iniciación a la vida conyugal destinadas a enseñar a los esposos a adaptarse el uno al otro, y especialmente a enseñar al hombre a crear una feliz armonía con la mujer (...) [Pero] el joven puede aprenderse de memoria veinte manuales como Lo que todo marido debe saber, El secreto de la felicidad conyugal, El amor sin miedo; no por ello sabrá conquistar el amor de su nueva esposa 5 . Bastaría con cambiar hombre por mujer, puesto que hoy en día la mayoría de libros de este estilo encuentran su target también –y sobretodo- en las mujeres. En esta línea, afirma el sociólogo Anthony Giddens que “el cultivo de las habilidades sexuales, la capacidad de dar y experimentar la satisfacción sexual, por parte de ambos sexos, se organiza reflexivamente, por la vía multitudinaria de las fuentes de información, consejo y formación sexual” 6 . Fuentes, consejos y formación que también serían extensibles al terreno afectivo de las parejas. Con esta última dirección que sigo, quiero señalar otras dos cuestiones. Una de ellas, que las 4 Ocurre lo mismo en los movimientos sociales en general, por ejemplo. 5 Simone de Beauvoir, (1949), El Segundo Sexo, Vol. II. La experiencia vivida, Cátedra, Madrid, 2002, pp. 202-3. 6 Anthony Giddens, (1992), La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, Cátedra, Madrid, 1998, p. 64. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 6 relaciones de pareja, la sexualidad de las mujeres, etc. no son asuntos que interesen exclusivamente a feministas o, en el otro extremo, al Opus Dei, sino que ocupan un lugar importante –de hecho, “la pareja” o las y los “singles” son sendos nichos de mercado- en la vida de las personas, en las agencias de publicidad, en las agendas de los gobiernos. Por otro lado, la otra cuestión nos lleva a reparar en cómo los esfuerzos dirigidos a organizar las relaciones afectivo sexuales entre hombres y mujeres, incluso provenientes de algunos feminismos, muchas veces inciden en la idea de que es necesario el empeño individual para transformarlas, más allá de la modificación colectiva de estructuras más amplias –el sistema heteropatriarcal y capitalista, por ejemploque configurarían esta forma de organización social que es la pareja heterosexual. A día de hoy, se pueden encontrar un número razonable de parejas en ciertos aspectos “alternativas” a las tradicionales, y que cuestionan parcialmente los cimientos de la institución de la pareja y la familia heredados. A este respecto, traigo a colación un reciente texto de Dolores Juliano 7 , en el que se interroga por la potencialidad de “las nuevas relaciones” que “no estaban previstas socialmente”, como aquellas que involucran personas del mismo sexo –en el caso concreto del texto, mujeres-, y que, por consiguiente, no se había elaborado para ellas recetas de conductas, ni conjuntos de expectativas. Desde ese punto de vista, y por la falta de marcos normativos previos, son relaciones abiertas e innovadoras” 8 . Cabría esperar que “las nuevas relaciones”, como las denomina la antropóloga, o los “modelos emergentes” 9 de pareja, estén trastocando el mapa de relaciones posibles entre hombres y mujeres –y en relaciones de parejas del mismo sexo, u otras fórmulas menos típicas, como las poliamorosas, por ejemplo- y ampliaran el horizonte de posibilidad. Y probablemente ya lo hayan hecho. Ahora bien, habría que preguntarse también el impacto real de estas “nuevas relaciones” en la sociedad, su representatividad, y las transformaciones que éstas puedan provocar; algo que excede, con mucho, a esta investigación. En todo caso, entendemos que la gestión de las relaciones afectivas y sexuales entre las personas que componen una pareja no puede ser modificada exclusivamente a través de la visibilidad de nuevos modelos de relación, porque precisamente la cuestión es mucho más compleja que tener o no tener referentes alternativos. Si bien existe para las personas concretas, para las mujeres, la percepción real de vivir conflictos o tensiones cotidianas en sus parejas, estas tensiones no tienen que ver 7 Dolores Juliano, “Lesbianismo y roles de género”, Rebelión, 27 de noviembre de 2005. Enlace en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=24700. Consultado en noviembre de 2012. 8 Ibíd. 9 Teresa del Valle (coord.), Modelos emergentes en los sistemas y las relaciones de género, Ed. Narcea, Madrid, 2002. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 7 exclusivamente con intercambios asimétricos particulares entre las partes, debido a que una de ellas está en una situación de desigualdad –como podría ser el caso de una mujer en una relación heterosexual-. La desigualdad dentro de las relaciones afectivo-sexuales de mujeres y hombres está relacionada, como pretendemos analizar a lo largo de estas páginas, con otras estructuras. La idea en la que se basa la intuición puede perfilarse más en la medida que me parece interesante aproximarnos a las dificultades y obstáculos de las mujeres en relaciones heterosexuales por varias razones. En primer lugar, porque esta forma de relación, la heterosexual, ha sido –y continúa siendo, a pesar de los avances en este sentidola norma de obligado cumplimiento para la configuración de los vínculos afectivos, sexuales, económicos entre mujeres y hombres dentro de las sociedades, e incluso sabemos que interviene en los procesos identitarios de las personas. Por este motivo, sea cual sea la orientación de su deseos sexuales, las mujeres viven sus relaciones de pareja –y sus vidascondicionadas por esta norma. En segundo lugar, porque atendemos en la actualidad tanto a transformaciones sustanciales del modelo tradicional -heterosexual- de las relaciones de pareja, más allá del ideal de hombre ganador del pan/mujer perfecta ama de casa, como a nuevas formas de convivencia familiar; ya que, teniendo en cuenta el reajuste de los regímenes de cuidados, es posible encontrar, por ejemplo, familias transnacionales. Todo esto unido a cambios legislativos –en el caso reciente de Francia, y algo más anterior, por ejemplo, del Estado español- en materia matrimonial, incorporándose la posibilidad de matrimonios entre personas del mismo sexo. Y en tercer lugar, porque hoy en día la violencia de género ocupa un lugar específico en las agendas de políticas públicas de los estados; esta violencia estructural contra las mujeres suele centrarse en una de sus múltiples facetas, ésta es: la que surge dentro de las relaciones de pareja entre mujeres y hombres. De tal forma que se pone en primer plano una única dimensión de la relación afectiva heterosexual, la de las relaciones de violencia de los hombres contra las mujeres. Esta visión reducida de la violencia contra las mujeres, y este foco preciso sobre la pareja heterosexual, que alumbra casi en exclusivo la violencia del hombre a la mujer, podría estar conllevando unos efectos sociales determinados, y otros probablemente impredecibles por ahora. 2.- La investigación. El objetivo principal del presente trabajo es aproximarnos a la forma en la que el feminismo institucional en el Estado español concibe las relaciones de pareja, y, a partir de ahí, Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 8 despliega sus estrategias de transformación. Una de las hipótesis de partida es que el discurso feminismo institucional es hegemónico dentro de la articulación discursiva de los feminismos; en este sentido, tiene una capacidad de impacto social que las movilizaciones feministas no poseen y, por otra parte, no parece contar con mecanismos de autoevaluación específicos que permitan valorar los efectos de su discurso y de sus intervenciones sociales. Queremos comprobar si este discurso feminista hegemónico acerca de las relaciones de pareja contempla la rica y productiva producción teórica y práctica que los feminismos han aportado y aportan, - sobre todo desde la segunda mitad del siglo pasado-, para la comprensión y la transformación de las relaciones de pareja. De hecho, la segunda de las hipótesis que desplegamos es que el discurso del feminismo institucional sobre las relaciones de pareja no se apoya en las claves feministas esenciales que permiten comprender de una forma amplia y enriquecedora la cuestión de estas relaciones, por lo que los efectos de esta ausencia probablemente permeen en la propia definición de pareja del feminismo institucional. La segunda hipótesis que hemos articulado nos lleva a la tercera: intentaremos comprobar si el discurso del feminismo institucional relativo a las relaciones de pareja se mueve sobre una identificación entre relaciones de pareja y heterosexualidad, y si esta identificación comporta consecuencias graves, como, por ejemplo, incurrir en formas específicas de heterocentrismo. Esta asociación entre pareja y heterosexualidad creemos que podría venir determinada por la propia concepción de violencia de género que marca la Ley Orgánica 1/2004, de Medidas de protección integral contra la violencia de género. En el capítulo primero proponemos las claves que los feminismos ofrecen para abordar una cuestión de tal magnitud como es la de las relaciones de pareja. Partimos de la idea de que la pareja tiene un “lugar central incuestionable” en las sociedades actuales, es “el pedestal de toda organización social” 10 , en tanto en cuanto la pareja es una de las unidades mínimas de convivencia, así como una condición mínima para el reconocimiento pleno de los individuos en dichas sociedades. Entendemos que la institución de la pareja ha sufrido modificaciones a lo largo del tiempo, de tal manera que hoy por hoy, en occidente, existe “la posibilidad de elección y la lógica creciente de la individuación [que] han conllevado (...) un nuevo patrón amoroso que vincula menos la pasión a la durabilidad, y produce un proceso continuo de rotura y reconstitución de parejas” 11 , pero también debemos comprender que estos vínculos afectivo-sexuales entre personas estarían 10 Óscar Guasch, La crisis de la heterosexualidad, Laertes, Barcelona, 2000, p. 25. 11 Mari Luz Esteban, Crítica del pensamiento amoroso, Bellaterra, Barcelona, 2010, p. 59. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 15 componentes analíticas de placer y cuidados y aportan así vías de indagación especialmente fructíferas para los objetivos de este trabajo. Este capítulo, en resumen, pretende ofrecer un marco teórico feminista desde el que abordar el estudio del discurso del feminismo institucional en cuanto a las relaciones de pareja. 1.- La clave: las feministas hacen aflorar la sexualidad de las mujeres. El pensamiento y la praxis feministas se han ocupado del cuestionamiento de la heterosexualidad, de suerte que ésta se ha constituido en una clave esencial para abordar la cuestión de la opresión y liberación de las mujeres. En este punto, me gustaría proponer la idea de comprender -en una primera instancia de este análisisla crítica feminista a la heterosexualidad como una “clave” para los feminismos en el sentido que aporta Marcela Lagarde: claves en cuanto que “mecanismos o métodos, a manera de llaves para abrir puertas y ventanas” 25 que sirven para elaborar teorías útiles a la experiencia vital; para el desarrollo individual, pero sobre todo colectivo, de unas vidas vivibles. Una clave, en palabras de Monique Wittig, como un “ábrete sésamo para abrir el mundo” 26 . La heterosexualidad es explorada de forma intensiva por las feministas, sobre todo desde los años setenta del siglo pasado en el contexto europeo y estadounidense. Desde la teoría feminista, suele considerarse esta década –e incluso la anteriorcomo el arranque de la “segunda ola” del feminismo, que reformularía la “primera ola”, acontecida a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Esta segunda ola partiría del punto donde las lecciones sufragistas lo habían dejado: el hecho que el acceso al voto y a los estudios superiores no se había traducido en una mejora real de la vida de las mujeres (...) ya no se trataba de exigir la igualdad de derechos, sino de hacer una crítica a la organización del poder sobre la vida (...) en la que todos los rincones de la existencia debían ser sacudidos (el cuerpo, la sexualidad, las relaciones, las actitudes en lo doméstico, los valores, la moral) 27 . 25 Marcela Lagarde, Para mis socias de la vida. Claves feministas, Editorial horas y Horas, Madrid, 2005, p. 29. 26 Monique Wittig, “La marca de género” (1985), en Monique Wittig, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Madrid, 2010, p. 115. La escritora y feminista francesa utiliza esta frase refiriéndose al poder de una de sus obras, El opoponax, para generar una metáfora lesbiana. La autora usa la expresión en el sentido de forzar “a las palabras y al mundo a cobrar sentido”, por lo que la he considerado especialmente potente y propicia para completar el significado que de clave feminista da Marcela Lagarde. 27 Silvia L. Gil, Nuevos Feminismos. Sentidos comunes en la dispersión, Traficantes de Sueños, Madrid, 2010, pp. 33-4. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 16 Entonces, a pesar de que no hay un acuerdo claro en cuanto a la tipificación de las fases u olas del feminismo, en esta investigación llamaremos “feminismos de segunda ola” a aquéllos surgidos desde la segunda mitad del siglo XX, y que desbordan la propia lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, como habría sido la de las sufragistas, las obreras, o las partidarias del igual acceso de las mujeres a la educación, etc. En este capítulo nos situamos en las décadas que comprendería el movimiento feminista de segunda ola, en la medida que es desde donde se comienza a sistematizar la investigación acerca de las relaciones de pareja entre hombres y mujeres, entre otras cuestiones. Por otro lado, remarcaré que a lo largo de esta investigación hablaremos de feminismos, y no de feminismo. Me gustaría hacer notar que no es casual el manejo del término feminismos en lugar del singular. Ciertamente, como señala Teresa Maldonado, “las controversias en torno al uso del lenguaje (las feministas lo sabemos de sobra) no son triviales; al contrario (...) la lucha por el lenguaje es la lucha por el poder” 28 . El uso deliberado y político del plural pretende indicar la heterogeneidad de los movimientos y las corrientes feministas, en cuanto a la multiplicidad de las teorías, las ideas y nociones que de ellos emanan, las estrategias de lucha o formas de posicionarse en el mundo, etc. Muchas corrientes y movimientos feministas han surgido como ampliaciones de otros feminismos, de los que han cuestionado determinados postulados y prácticas. Yendo más allá, el manejo político de la noción en plural implica aquí la resistencia a los efectos de “un feminismo global homogeneizador y excluyente que bajo la opresión de género iguala a todas las mujeres” 29 , así como la ratificación de la idea de un extrañamiento de muchas mujeres con un movimiento feminista con el que se identifican pero cuya agenda y legado histórico resultan en gran medida ajenos puesto que toman como sujeto de referencia a la mujer blanca, occidental, heterosexual, de clase media, urbanita, educada y ciudadana 30 . Finalmente, en esta investigación nos interesa hablar de feminismos porque vamos a indagar en la forma en la que una de las versiones de éstos, lo que concebimos como feminismo institucional, analiza la realidad y propone soluciones para las desigualdades que genera el patriarcado, y qué efectos puede tener en el sentido que nos atañe 31 . 28 Teresa Maldonado, “Feminismos, jerarquías y contradicciones”, Pikara Magazine, 4/03/2013. Enlace en: www.pikaramagazine.com/2013/03/feminismos-jerarquias-y-contradicciones/. Consultado por última vez en marzo de 2013. 29 VVAA, Otras inapropiables. Feminismos desde la frontera, Traficantes de Sueños, Madrid, 2004, p. 10. 30 Ibíd. 31 En todo caso, para acercarse a una reciente revisión crítica del manejo del término en plural, se puede consultar el artículo ya citado de Teresa Maldonado. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 17 La preocupación por la heterosexualidad desde el prisma feminista proviene de la atención de las activistas y pensadoras de los dos últimos siglos a la sexualidad femenina. Por ello, nos interesaremos ahora por las consideraciones feministas sobre la sexualidad de las mujeres que, sobre todo, se desarrollaron en la segunda mitad del siglo XX. Nos vamos a detener fundamentalmente en dos aspectos interrelacionados de estas consideraciones: aquél que indica que la sexualidad es una construcción social, y aquél que, además, la sitúa en el plano político. En primer lugar, nos interesa comprender el contexto en el que comienza la sistematización del interés feminista por la sexualidad, que hemos situado en la segunda mitad del siglo XX, porque encontramos cardinal detenernos ante el impacto y la importancia de la lucha feminista, durante esta segunda ola del feminismo, para entender la emergencia de la sexualidad femenina. Desde la década de los sesenta, en Europa y en Estados Unidos comienzan a consolidarse cambios sustanciales en las vidas de las mujeres, conseguidos a través de las movilizaciones feministas, tales como la generalización del trabajo asalariado femenino o la presencia cada vez más manifiesta de éstas en la vida urbana, así como la extensión de los métodos anticonceptivos y más tarde el aborto 32 , entre otros. Por ejemplo, Simone de Beauvoir advertía ya en 1949 que se habían producido cambios tanto en la composición sexual de las fuerzas de producción, debido a la incorporación de las mujeres, como en la institución del matrimonio, que, en sus palabras, en parte, se había convertido en “una unión libremente aceptada por dos individualidades autónomas”, con un “compromiso personal y recíproco” entre los cónyuges y en la que “la mujer ya no está encerrada en la función reproductora”, entendiendo que “la tutela masculina está en vías de desaparición” 33 . Uno de los hitos de las luchas feministas a partir de los sesenta, que permitirá la consideración de la sexualidad como clave feminista, será el giro por el que la propia vida de las mujeres se toma como experiencia política individual y colectiva. De tal forma que algunos de los feminismos de segunda ola, más allá del cuestionamiento del “poder formal discriminatorio de instituciones y gobiernos” 34 , pondrán sobre la mesa cuestiones como las vías de la liberación de las mujeres, la autonomía personal, las relaciones entre sexos y con el propio sexo, las relaciones de pareja, la sexualidad, etc. Una muestra del emblema de la segunda ola “lo personal es político” serán los grupos de autoconciencia, “una nueva forma 32 Cf. Óscar Guasch, La crisis de la heterosexualidad, Laertes, Barcelona, 2000, p. 10. 33 Simone de Beauvoir, (1949) El segundo sexo. Vol. II, La experiencia vivida, Cátedra, Madrid, 2002, pp. 183-4. 34 Nuria Varela, Feminismo para principiantes, Ediciones B, Barcelona, 2008, p. 109. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 18 política y de organización de la práctica feminista” 35 que, además de transformar la realidad, realmente cambió a las mujeres 36 , constituyendo en muchos casos una suerte de redes de apoyo mutuo y acompañamiento para el camino de liberación personal. En esta época, pues, las mujeres liberadas no se olvidaron de su cuerpo. La libertad sexual fue el centro el debate. Se desvinculó la maternidad y la procreación de la práctica sexual (...), el matrimonio se identificó nuevamente como fuente de opresión (...) cotidiana (...). La liberación sexual y la autonomía de las mujeres en las relaciones de pareja fue una de las luchas principales 37 . Durante la segunda ola también se crea y consolida, en el seno de los movimientos feministas, la categoría de género, que se convertirá en una potente herramienta analítica, ya que permite explicar que no hay destino biológico alguno que justifique la desigualdad de las mujeres con respecto a los hombres. Suele considerarse El segundo sexo, escrita a finales de la década de los cuarenta del siglo XX por la filósofa y escritora francesa Simone de Beauvoir, como arranque de la configuración feminista de la distinción entre sexo y género. De hecho, “la introducción de la [categoría de la] sexualidad es posible por la aparición de la categoría de género” 38 . Es decir, al entender que el ser mujer no se da de una vez por todas al nacer, desde la esfera de la naturaleza o desde un nivel apriorístico, y que lo femenino es construido socialmente y subordinado a lo masculino, las formas en las que se relacionan los géneros, como la sexualidad o la heterosexualidad, también pueden entenderse como productos humanos, y no datos naturales. De este modo, los feminismos de segunda ola, a través de la categoría de género, están en disposición de explicar que en el ser mujer interviene un proceso de construcción histórico y social que tiene como hilo conductor la producción de ese ser mujer como la alteridad –lo inmanente, en el lugar de lo inmutable y de la naturaleza-, como lo subalterno del ser hombre –que sí tendría la capacidad de trascender, desde el lugar de la cultura y contando con la posibilidad de transformación-. De este modo, los feminismos, a partir de los sesenta –cuando se retoma la argumentación apuntada por Simone de Beauvoir acerca de que no se nace mujer, sino que se llega a serlo 39 -, y especialmente desde los ochenta, empiezan a cuestionar la supuesta naturalidad de la feminidad y la masculinidad, interesándose por la forma en la que los géneros (femenino y 35 Ibíd., pp. 108-9. 36 Ibíd., p. 108. 37 Ibíd., p. 110. 38 Cristina Garaizábal, “Debates feministas sobre la sexualidad”, Jornadas feministas de Granada, 2009, p. 1. Enlace en: <http://www.caladona.org/grups/uploads/2010/03/debates_feministas_sobre_la_sexualidad_cristina_ garaizabal.pdf>. Consultado por última vez en enero de 2013. 39 Simone de Beauvoir, op. cit, p. 13. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 19 masculino) son puestos en juego en el mundo y a partir de qué mecanismos son construidos. Podemos observar cómo comienzan a priorizarse las investigaciones acerca de los procesos que intervienen en la construcción de los géneros “en sus distintas dimensiones –institucional, normativo, simbólico, ideológico, relacional, identitario, corporal...”, de manera tal que el género surge como “principio de organización social que ordena y jerarquiza la sociedad, eso sí, de diferente forma según los contextos históricos o culturales” 40 . Tras esta contextualización, en segundo lugar, afirmamos que la revolución feminista del siglo pasado posibilita que la sexualidad femenina aflore y que obtenga su carta de reconocimiento 41 . Decimos que la sexualidad femenina no emerge hasta mediados del pasado siglo, porque ésta no podrá entenderse como tal hasta que no sea revisada críticamente por los feminismos de segunda ola, de tal manera que rompan los límites analíticos que imponen las teorías que asocian la sexualidad con la institución matrimonial y la reproducción, y con las ideas de inmutabilidad, naturalidad y pasiones reprimidas 42 . Aunque, del mismo modo, debemos reparar en que, como observa Carole S. Vance, a lo largo de la historia, la sexualidad ha sido “un tema permanente en la vida de las mujeres, como individuos que tienen que sopesar diariamente los placeres y el precio de la sexualidad en sus actos, elecciones y cálculos” 43 . Dicho de otro modo: la sexualidad de las mujeres permanece invisible hasta su reconocimiento, propiciado por la eclosión feminista de la segunda mitad del siglo XX, porque hasta entonces “no habría sido pensada ni por ellas ni para ellas” 44 . Además, porque la sexualidad femenina, tal y como sugieren las feministas de segunda ola, ha ocupado una posición subalterna, debido a que históricamente ha sido construida a partir de y en oposición a la masculina. De hecho, al mismo tiempo que las feministas cuestionan la construcción patriarcal de la sexualidad, lo que están permitiendo es comprender la sexualidad como una construcción social misma, que puede transformarse porque no es natural e inmutable. De estos rasgos generales de la sexualidad femenina, -invisibilidad, subalternidad e inmutabilidadque la han caracterizado durante siglos, quedan importantes vestigios y marcas que los movimientos feministas, desde diferentes perspectivas, siguen tratando de transformar. 40 Mari Luz Esteban, Crítica del pensamiento amoroso, Bellaterra, Barcelona, 2010, p. 164-5. 41 Óscar Guasch, op. cit., p. 25. 42 En todo caso, habría también que revisar los matices y las formas particulares en las que las mujeres vivían su sexualidad. Como advierte Carole S. Vance, “el discurso feminista del siglo XIX sobre la sexualidad de las mujeres y sobre la reforma sexual, por ejemplo, siguió siendo mayoritariamente heterosexual y matrimonial, a pesar de que hay pruebas de experiencias reales de mujeres con amistades románticas femeninas”. Cf: Carole S. Vance, “El placer y el peligro: hacia una política de la sexualidad”, en Carole S. Vance (comp.), Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina, Talasa, Madrid, 1989, p. 30. 43 Ibíd., p.9. 44 Óscar Guasch, op. cit., p 25. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 20 En tercer lugar, a pesar de que la forma en la que los feminismos se han acercado a la sexualidad de las mujeres no ha sido ni se ha mantenido unívoca, en esta investigación comprendemos que la sexualidad funciona plenamente como clave, en cuanto los feminismos ponen en tela de juicio la inmutabilidad de la sexualidad y su relación con lo biológico y la naturaleza. Nos resulta importante el movimiento por el que los feminismos de segunda ola propician el paso de una noción de sexualidad como un dato natural a lo largo del siglo XIX 45 , de la que las mujeres deben cuidarse, a otra postdecimonónica, que abandona el terreno del esencialismo sexual en pos de la construcción social. A partir del siglo XX, pues, las feministas comienzan a cuestionar la sexualidad entendida como dato de la naturaleza que incluye, a grandes rasgos, la consideración de ésta como un impulso masculino que compromete a las mujeres en tanto que receptoras pasivas, y que está relacionada con la reproducción. La perspectiva constructivista que aportan los feminismos pone en juego la clave de la sexualidad, en cuanto que se concibe como “construcción social que se articula en muchos puntos con las estructuras económicas, sociales y políticas del mundo material (...) [abarcando] la misma forma de conceptuar, definir, nombrar y describir el sexo en distintos tiempos y en distintas culturas” 46 . La sexualidad de hombres y mujeres es desplegada como un lugar socialmente construido en el que el poder también se expresa y, así, puede ser abordado. Cristina Garaizábal observa esta misma potencialidad de la consideración de la sexualidad como constructo social, al entender que este prisma constructivista “ha sido un acicate para nuestro movimiento [feminista]”, en tanto que “ha estimulado nuestra curiosidad para entender las diferentes formas de sexualidad y nos ha obligado a plantearnos numerosos interrogantes para los que, en muchos casos, no tenemos respuestas acabadas” 47 . Entender la sexualidad, desde este prisma feminista, como un producto sociohistórico, permite situarla en contextos concretos, conectarla con las normas generales que ordenan las sociedades, o en particular con los roles de género que el patriarcado produce, y con los sistemas de opresión. Posibilita, también, rastrear las formas en las que la sexualidad se ha construido a lo largo de la historia, de una forma androcéntrica que privilegia el placer y el deseo del hombre, asociada a la reproducción y a la institución familiar, eliminando la 45 Aunque, en palabras de Mari Luz Esteban, “ya desde el siglo XVIII, las feministas mostraron su preocupación por las contradicciones y consecuencias del amor en la vida de las mujeres”. Cita dos fragmentos de Mary Wollstonecraft y Alexandra Kollontai, referidos al amor, desde una perspectiva amplia, abarcando cuestiones relativas a la sexualidad femenina. (En: Mari Luz Esteban, op. cit, p. 139) 46 Cristina Garaizábal, “Sexualidad, una asignatura pendiente”, en Nosotras que nos queremos tanto, núm. 8, 1992, p. 52. Cabe aquí recordar que la –primeraantropóloga Margaret Mead ya “consideró la sexualidad como un hecho sociocultural” en 1928 en el estudio Adolescencia, sexo y cultura en Samoa. (Cf. Mari Luz Esteban, op. cit., p. 140) 47 Cristina Garaizábal, “Sexualidad, una asignatura...”, op. cit., p. 53. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 21 emergencia de una sexualidad femenina. Así mismo, se podrán analizar las construcciones, representaciones e imaginarios colectivos que se ponen en juego en cada sociedad y las posibilidades de generar nuevos órdenes sexuales más justos. Otro factor importante que facilitó la puesta en juego de la sexualidad como clave feminista es la consideración de ésta, ya no sólo como una construcción social, sino también política. Las activistas y teóricas feministas Kate Millet y Shulamith Firestone, -entre otras 48 -, comienzan el análisis social de la sexualidad de las mujeres en los inicios de la década de los setenta del siglo pasado, con sus respectivas obras Política sexual 49 (1969) y La dialéctica del sexo 50 (1970). A pesar de sus diferencias teóricas, las dos autoras apuntan con sendas obras en la dirección de colocar la noción de la sexualidad como una categoría política. Mientras Kate Millet profundiza en la idea de una política feminista de la sexualidad, Shulamith Firestone explora las posibilidades de una revolución feminista radical. En todo caso, tanto una como otra elaboran propuestas explicativas del origen de la subordinación de las mujeres, en relación con otros ejes de opresión, como la raza y la clase, situándolo en las relaciones mismas entre mujeres y hombres, en concreto, en la institución de la familia. Estas obras pioneras, pues, teorizan acerca del sistema de dominación que supone el patriarcado y del alcance de éste, observando cómo las relaciones de poder patriarcales penetran de lleno también en los lugares que habían permanecido recónditos hasta aquel momento: los considerados privados, que abarcarían la sexualidad, las organizaciones familiares, las relaciones de pareja, el papel de la reproducción, etc. Kate Millet, en Política sexual, advierte de la carga política de una categoría social como el sexo, que, de hecho, está “impregnada de política” 51 . A través de la distinción entre sexo y género, que ya había iniciado Simone de Beauvoir con El segundo sexo casi al final de la década de los cuarenta del siglo pasado, Kate Millet conecta la organización genérica y jerárquica de las sociedades con una asignación de papeles sexuales diferentes para mujeres y para hombres, que determinan y mantienen la subordinación de éstas. La teórica sitúa, de lleno, su 48 Habría que revisar la recepción de los textos feministas inaugurales de la segunda ola feminista en países “periféricos”. “Las que llegaron a manos de las españolas fueron, sobre todo, las de Simone de Beauvoir, que había publicado en 1949 El segundo sexo, y, en las décadas de los sesenta y setenta, La mística de la feminidad de Betty Friedan (1963), Política sexual de Kate Millet (1969), La Dialéctica del sexo de Sulamith Firestone (1970), El enemigo principal de Cristine Delphy (1970) y Escupamos sobre Hegel de Carla Lonzi (1972). A partir de estas obras se fueron definiendo conceptos tan importantes para el feminismo como los de patriarcado, género, política sexual o diferencia sexual, que permitirían leer la realidad desde otras coordenadas” (De: Silvia L. Gil, op. cit., pp. 34-5) 49 Kate Millet, (1969) Política sexual, Aguilar, México, 1975. 50 Shulamith Firestone, (1970) La dialéctica del sexo, Kairós, Barcelona, 1976. 51 Kate Millet, op. cit., p. 32. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 22 concepción de lo político en aquellas estructuras sociales que habían sido apartadas de los análisis macropolíticos hasta entonces: en la esfera de lo personal, en los vínculos de pareja de mujeres y hombres, y, en sus palabras, “en la institución de la familia (...) [que es] un espejo de la sociedad y un lazo de unión con ella” 52 . Kate Millet reviste así a la sexualidad de una carga política que desde entonces resultará difícil de despojar, porque para ella las relaciones sociales de dominio comienzan en el nivel más micro, en la familia y en la pareja, como expresión mínima del patriarcado, que entiende como sistema de dominación sexual de los hombres sobre las mujeres 53 . De hecho, las prácticas sexuales mismas -el coitocomo comportamientos socio-sexuales dependerían también “de una larga serie de respuestas adquiridas –respuestas a las actitudes y a los modelos de conducta, así como al objeto de la elección sexual-, que nos vienen dictadas por nuestro medio social” 54 . La sexualidad se habría construido bajo el patriarcado, como una asociación del sadismo del rol masculino y la postura de la víctima del rol femenino, y el control masculino de la sexualidad de las mujeres sería una de las formas en las que el patriarcado se asienta, ejerciendo “un tipo de violencia de carácter marcadamente sexual, que se materializa plenamente en la violación (...) claramente ilustrativa de lo que es la política sexual” 55 . La radicalidad de la teoría de Kate Millet, teniendo en cuenta la línea de esta investigación, opera en el sentido de situar la sexualidad fuera de la natural relación íntima y amorosa entre mujeres y hombres, colocándola en el centro de la política, al entender que en ella se dan de pleno relaciones de poder. Shulamith Firestone, por su parte, sitúa el núcleo y origen de la subordinación de las mujeres en la diferencia reproductiva natural, la maternidad y la crianza de hijas e hijos, analizada como servidumbre reproductiva determinada por la biología, llevando al extremo los postulados de Simone de Beauvoir sobre la maternidad. Para la autora, es esta diferencia reproductiva la que a su vez crea la división sexual del trabajo, y no al revés, de tal forma que, como propone Kate Millet, el poder y lo político deben observarse en las relaciones entre mujeres y hombres, en lo considerado como privado. Las mujeres estarían históricamente sometidas por los hombres porque han sido despojadas por éstos del control de los medios de reproducción y de sus propios cuerpos. Al igual que Kate Millet, entiende que la institución 52 Kate Millet, op. cit., p. 43. 53 Pero también, el dominio de los hombres sobre los hombres más jóvenes. Kate Millet introduce así la opresión intergeneracional masculina al mismo nivel que la opresión femenina dentro del sistema patriarcal. 54 Ibíd., p. 43. 55 Ibíd., p. 58. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 23 familiar es el magma en el que se fragua y sostiene la opresión de las mujeres, el núcleo denso de relaciones de poder patriarcales que después se plasma en el orden social patriarcal. Lo interesante para esta investigación de la obra de Shulamith Firestone radica, por un lado, en la denuncia de la falta de control de las mujeres sobre los medios de reproducción, estrechamente ligada a la ausencia de control de su sexualidad. La autora plantea que a través de las nuevas posibilidades científicas y tecnológicas -la reproducción artificial, los medios de contracepción o el aborto-, las mujeres podrían deshacerse del imperativo de la reproducción, y así liberar sus sexualidades, que no tendrían que ser necesariamente las que marca la institución de la familia: los usos sexuales, más allá de la barrera reproductiva, serían polimorfos, heterosexuales, homosexuales o bisexuales indistintamente. Es decir, Shulamith Firestone, en este sentido, propone la posibilidad de separar la reproducción y la crianza de la sexualidad de las mujeres. Por otro lado, resulta especialmente relevante que la teórica ubica en las relaciones familiares el origen de la represión sexual de mujeres, niñas y niños, de tal forma que destruyendo la institución familiar, el deseo sería liberado, y cabría la posibilidad de transformación de la sociedad entera. Un modelo de libertad sexual y amorosa apoyado en los supuestos de reproducción artificial, crianza comunitaria y transformación de la familia tradicional permitiría –como no había hecho la “revolución sexual” de los años sesentauna verdadera superación de las sociedades patriarcales. En suma, los esfuerzos de las teóricas de los feminismos de segunda ola por situar la sexualidad en un plano político, entendiendo que la sexualidad no es una esencia inherente al ser humano, que no funciona únicamente como una respuesta instintiva o un torrencial bajo la represión 56 y que no se alinea en el lugar de la naturaleza –de lo inmanente, acultural y ahistórico-, sino que es construida socialmente y que como tal, está atravesada por el poder pero también puede ser transformada, es un aporte imprescindible del movimiento feminista europeo y estadounidense de las últimas décadas del siglo XX. Al poner la mirada en algo tan íntimo y tan político como la sexualidad, las feministas estaban nombrando la sexualidad 56 Siguiendo el análisis de Michel Foucault, Anthony Giddens afirma que lo que él mismo denomina como “las hipótesis represivas” acerca del la sexualidad son improductivas y erróneas, porque entienden que "las instituciones nos obligan a pagar un precio -la represión crecientepor los beneficios que nos ofrecen". Como el primer Foucault, que piensa que "el poder disciplinar produce "cuerpos dóciles", controlados y regulados en sus actividades e incapaces de actuar espontáneamente a impulsos del deseo". Así, "la sexualidad (...) más bien sería un punto de referencia especialmente denso para las relaciones de poder, algo que puede ser utilizado como un foco de control social a través de la genuina energía que, difundida con el poder, genera éste.” Cf: Anthony Giddens, (1992), La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, Cátedra, Madrid, 1998, p. 27. Ahora bien, la tesis de Foucault no busca negar “la existencia de la represión sexual [a lo largo de la historia] sino que la enmarca en una dinámica más amplia” (De: Gayle Rubin, “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad” (1984), en Carol S. Vance, op. cit., p. 133) Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 24 femenina, haciéndola por fin visible y otorgándole su carta de reconocimiento. La lucha pasaría, según las diferentes apuestas feministas, por redefinir esa sexualidad mermada y controlada de las mujeres, reescribirla desde los márgenes del patriarcado, investigar de qué formas se ejerce control y poder a través de los modelos sociales sexuales, explorar nuevas formas de sexualidad que habían estado vetadas a las mujeres, liberar el deseo y pensar sobre el objeto de deseo sexual... Pero sobretodo, la exploración de la sexualidad de las mujeres se relacionará con la investigación sobre las formas en las que el poder se ejerce en y a través de ella. Sin embargo, debemos admitir que la potencia de comprender la sexualidad como una construcción social que es posible transformar, se enfrenta a algunos riesgos de interpretaciones erróneas o parciales. No entraremos aquí a efectuar una crítica pormenorizada de los postulados de las autoras arriba reseñadas, pero sí creemos que conviene plantear algunos riesgos en los que la teoría constructivista de la sexualidad pudiera incurrir. Por una parte, la idea, elaborada por Carole S. Vance, de que “si la sexualidad es algo construido a nivel cultural, entonces puede construirse o reconstruirse con facilidad a nivel social o personal” 57 , puede pasar por alto el problema de interpretar, como afirma Cristina Garaizábal, la “variabilidad del deseo sexual por un lado y al mismo tiempo su estabilidad” 58 . O, en otras palabras de esta última, “la cuestión de la estabilidad y la flexibilidad del deseo sexual en cada individuo y entre diferentes individuos [que] continúa siendo misteriosa y poco comprendida” 59 . En todo caso, y sin lugar a dudas, en la posibilidad de transformación de la sexualidad es donde radica la potencialidad de ésta como apertura, como clave feminista. Y esta posibilidad de cambio es también donde situamos la importancia de estas exploraciones feministas para el análisis del lugar de las mujeres en las relaciones de pareja. 57 Carole S. Vance, op. cit., p.22. 58 Cristina Garaizábal, “Sexualidad, una asignatura...”, op. cit., p. 52 59 Carole S. Vance, op. cit., p. 23 Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 31 Por su parte, Monique Wittig, en “El pensamiento heterosexual” 81 , señala que, incluso a pesar de los esfuerzos de los feminismos por desvelar la construcción androcéntrica del mundo, y por mucho que se haya admitido en estos últimos años que no hay naturaleza, que todo es cultura, sigue habiendo en el seno de esta cultura un núcleo de naturaleza que se resiste al examen, una relación excluida de lo social en el análisis y que reviste un carácter de ineluctabilidad en la cultura como en la naturaleza: es la relación heterosexual. Yo la llamaría la relación obligatoria social entre hombre y mujer. 82 De esta forma, Monique Wittig entiende que la heterosexualidad obligatoria, además de ser una institución social que se basa en la opresión de los hombres sobre las mujeres, dispone de una fórmula de pensamiento específica, el pensamiento heterosexual, que contiene categorías que “funcionan como conceptos primitivos en un conglomerado de toda suerte de disciplinas, teorías, ideas preconcebidas” 83 , y que configuraría la realidad social, la historia, la cultura, etc. Así, “el concepto de diferencia de sexos (...) constituye ontológicamente a las mujeres en los otros/diferentes. Los hombres, por su parte, no son diferentes” 84 . Hombre y mujer serían categorías políticas generadas, a partir de la diferencia sexual, por el orden heterosexual, para asegurar la dominación masculina. Monique Wittig entiende mujer como categoría política que sólo existe en un contexto en el que opera el pensamiento heterosexual: “lo que constituye a una mujer es una relación social específica con un hombre, una relación (...) de servidumbre, (...) que implica obligaciones personales y físicas y también económicas (asignación de residencia, trabajos domésticos, deberes conyugales, producción ilimitada de hijos, etc.)” 85 . Lo que le lleva a decir que para las feministas “no puede haber ya mujeres, ni hombres, sino en tanto clases y en tanto categorías de pensamiento y de lenguaje [que] deben desaparecer políticamente, económicamente, ideológicamente” 86 . Para la autora, el sexo es un producto de la opresión, y no al revés, por lo que gays y lesbianas deben dejar de entenderse como mujeres o como hombres, porque de lo contrario, seguirán contribuyendo “al mantenimiento de la heterosexualidad” 87 , desde donde “el lesbianismo, la 81 Monique Wittig, “El pensamiento heterosexual” (1980), en Monique Wittig, (1992) El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Madrid, 2006, pp. 45-57. 82 Ibíd., p. 51. 83 Ibíd. 84 Ibíd. 85 Monique Wittig, “No se nace mujer” (1981), en Monique Wittig, op. cit., p. 43. 86 Monique Wittig, “El pensamiento…”, op. cit., p. 54. 87 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 32 homosexualidad, o las sociedades que podamos crear, no pueden ser pensadas o enunciadas, aunque siempre hayan existido” 88 . La posibilidad de ofrecer resistencia, de minar el orden heterosexual, está relacionada con la necesidad de que las mujeres se hagan conscientes de esta opresión a través de un sistema binario y del sistema de pensamiento que la reviste, trabajando en “el nivel del lenguaje/manifiesto, lenguaje/acción, que transforma y hace historia” 89 , hacia la disolución del significante mujer 90 . En este sentido, las lesbianas, para Monique Wittig, serían el único sujeto político que se sustrae de la relación de dominación heterosexual y del sistema binario de opresión. Al estar las mujeres dentro de esta categoría derivada de la lógica del pensamiento heterosexual, y al desear que esta lógica de opresión se derrumbe para la emancipación femenina, cuando esto sucediera, la categoría mujer dejaría de ser operativa, por lo que no existirían más las mujeres. Y de ahí, también, que las lesbianas se encuentren en los márgenes del pensamiento heterosexual, y por ello, no sean mujeres 91 . Las propuestas para descentrar y minar la heterosexualidad obligatoria que proponen Adrienne Rich y Monique Wittig nos resultan interesantes en cuanto que dibujan los contornos de la misma al situar a un sujeto político (la existencia lesbiana y las lesbianas respectivamente), y ofrecen la posibilidad de imaginar alternativas a una norma que estructura la realidad y las identidades mismas. Resulta de interés, así, la lectura que Teresa de Lauretis, en “Sujetos excéntricos”, escrito a finales de la década de los ochenta, hace de la propuesta de la lesbiana de Monique Wittig. La autora la conecta con otras propuestas de teóricas feministas como la mestiza de Gloria Anzaldúa o la otra/inapropiada de Trinh T. Minh-ha, ya que, para Teresa de Lauretis, las tres buscan resituar aquellos sujetos que aparecen al margen de la institución y de la norma heterosexual y que pueden socavar sus límites 92 . El esfuerzo teórico de las tres autoras, Gayle Rubin, Adrienne Rich y Monique Wittig, permite entender que la institución heterosexual implica un determinado modelo de relación de dominio que, por un lado, recubre de naturalidad las relaciones entre hombres y mujeres, y, por otro, mantiene cohesionado y en activo todo un aparato de control –legal, médico, científico, psicológico, policial, etc.-. Del mismo modo, estos análisis hacen posible comprender que este modelo está fundamentado en una ideología totalizadora y excluyente, por lo que la 88 Ibíd., p 52. 89 Ibíd., p. 56. 90 Aránzazu H. Piñero, op. cit., p. 49. 91 Monique Wittig, “El pensamiento…”, op. cit., p. 57. 92 Cf. Teresa de Lauretis, “Sujetos excéntricos” (1987), en: Teresa de Lauretis, Diferencias, etapas de un camino a través del feminismo, horas y Horas, Madrid, 2000, pp. 111-146. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 33 heterosexualidad obligatoria funcionaría como un factor de doble opresión: hacia las mujeres y hacia las sexualidades diferentes de la norma heterosexual. Así, lesbianismo, homosexualidad, otras disidencias sexuales, las mujeres y numerosas categorías de hombres 93 , en suma, los y las otras diferentes, necesarias para que se constituya el no diferente –el uno-, serían las oprimidas por la institución heterosexual. Teresa de Lauretis considera que es la heterosexualidad obligatoria lo que instituye la sociedad, y que está interrelacionada con la división sexual del trabajo y la orientación heterosexual del deseo que, como vimos, Gayle Rubin enunció. De hecho, para la autora, la heterosexualidad obligatoria “no es simplemente uno entre los diversos mecanismos de dominación masculina, sino que está íntimamente implicada en cada una de ellos: se trata de una estructura sostenedora del pacto social y fundamento de las normas culturales” 94 , en la línea del análisis de Monique Wittig. A este sistema de dominación habría que conectarlo con otros sistemas de dominación, como aquellos que oprimen por clase, etnia, raza, edad, etc. que no funcionan por separado del primero, y que actúan de forma simultánea. Como afirmamos al principio de este epígrafe, las exploraciones feministas de segunda ola sobre la sexualidad y la heterosexualidad sientan las bases de las propuestas que posibilitan explicar los sistemas de dominación que someten a las mujeres, imbricando género, sexo, sexualidad, clase, raza, etc. Estas exploraciones vienen a cuestionar las aspiraciones de igualdad de, entre otros, el feminismo liberal, cuyo sujeto político respondía al perfil de una mujer blanca, heterosexual, joven y de clase media, y a poner sobre la mesa el debate, en algunos casos, sobre “la presuposición y la deseabilidad de la simetría entre hombres y mujeres” 95 . En esta investigación pensamos que la forma de conectar estos sistemas tendría que realizarse a través de un esfuerzo interpretativo que considere las “diferencias” como ejes que se simultanean, que no funcionan por separado y de forma paralela. En este sentido, lo que nos parece que reviste particular interés para este trabajo son los esfuerzos feministas por articular ejes analíticos de “diferencias o modos de opresión que de ellas derivan” 96 , y que incorporen, no de cualquier manera, una noción de sujeto caracterizada por la posición en la que una se halle y [por una comprensión de la] subjetividad [que] se constituye en y a partir de la intersección e interacción de distintos ejes de diferenciación tales como el género, la clase, la raza, la etnia, la sexualidad, la edad 97 . 93 Monique Wittig, “El pensamiento…”, op. cit., p.53. 94 Ibíd., p. 129. 95 Aránzazu H. Piñero, op. cit., p. 87. 96 Ibíd., p. 102. 97 Ibíd., p. 101. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 34 El juego, en la medida que atañe a este trabajo, apuntaría en la dirección de saber ponderar el eje de la sexualidad y de la heterosexualidad desde un análisis profundo que considere que los ejes de opresión son simultáneos, “no son paralelos, sino que se solapan, se entrecruzan, y se determinan recíprocamente” 98 . Como veremos en el siguiente capítulo, en este trabajo contaremos con la proposición de Adrienne Rich, de entender esta articulación como una política de localización 99 de un sujeto situado que, “por una parte aparece como una metáfora del mundo y sus fronteras (clase, raza, sexo, edad)”. Y que, en el análisis de Silvia L. Gil, por otra parte, “se resiste y recrea sus propias representaciones (mestizas, transgéneros, queer)” 100 . Como hemos visto, una vez que las feministas radicales y lesbianas analizan y cuestionan la institución heterosexual, algunas autoras y activistas comenzarán a proponer distinguir, al menos en la teoría, la práctica socio-sexual heterosexual de la norma social obligatoria de la heterosexualidad. En efecto, lo que se está poniendo en juego es que aquello que se presenta como una opción más, la heterosexualidad, en realidad es la única opción posible, puesto que cuenta con una estructura potente que la sitúa como eje vertebrador de las organizaciones sociales. El feminismo lesbiano se enfrenta a la “tarea de convencer a la mayoría heterosexual de que su conducta, tachada de masculina, no se hallaba identificada con el hombre (...) redefiniendo el lesbianismo como opción política” 101 . En este juego de identificaciones heterosexualidad-opción sexual/heterosexualidad obligatoria y sexualidad/heterosexualidad, el feminismo lesbiano consigue descentrar el segundo par, afirmando su posición lesbiana como anclaje político, y, en algunos casos, entendida también como el lugar desde el que las mujeres pueden liberarse de la dominación patriarcal. Por otro lado, la norma heterosexual fue desvelada y cuestionada, no sin algunas polémicas relativas a la presunta complicidad de las heterofeministas con sus parejas/opresores, dudándose en ocasiones de que la opción heterosexual pudiera ser una opción libre y emancipadora. Además, el feminismo lesbiano, de una mano procedió “a la consagración de la dominación sexual masculina como el factor principal en la opresión de la mujer" 102 , al mismo tiempo que, a través de “las políticas de la identidad y de la resistencia feminista lesbiana” se 98 Ibíd., p. 102. 99 Adrienne Rich, “Apuntes para una política de la posición” (1986), en Adrienne Rich, Sangre, pan y poesía. Prosa escogida 1979-1985, Icaria, Barcelona, 2000, pp. 205-222. 100 Silvia L. Gil, op. cit., p. 218-9. 101 Ibíd. 102 Ibíd., pp.116-7. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 35 abría un hueco “para reflexionar sobre el hecho de que todas las mujeres no eran blancas, heterosexuales y de clase media”, aunque en ocasiones corrieran el riesgo de “vincular lo perjudicial de las relaciones heterosexuales con la heterosexualidad misma” 103 . Será esta vinculación la que desarrollaremos en el siguiente epígrafe, entorno a la pregunta ¿se puede ser feminista y heterosexual? 3.- ¿Se puede ser feminista y heterosexual? Hemos analizado las indagaciones feministas esenciales para comprender las categorías de género, sexualidad y heterosexualidad y algunos nudos y potencialidades que estas exploraciones plantean. En síntesis, podemos afirmar que una vez otorgada la carta de reconocimiento a la sexualidad de las mujeres, las feministas encuentran en la heterosexualidad un punto clave desde el que analizar las relaciones de poder que se dan en las relaciones entre hombres y mujeres. A lo largo de este epígrafe veremos cómo, en la práctica de los movimientos feministas y de las mujeres, estas indagaciones tendrán consecuencias palpables y transformadoras. Porque la aceptación de la existencia de la institución heterosexual permite entender que la opción heterosexual es verdaderamente una opción cuando se es consciente de la norma obligatoria y de su alcance. Y porque también habremos de considerar que el deseo y la opción heterosexual comportan, como mínimo, contradicciones inherentes y riesgos de caer en ejercicios de exclusión, y la necesidad de construir ese deseo y esa opción con una atención expresa a la norma. En los epígrafes que siguen se desarrollan estas dos cuestiones. 3.1.- El disconfort heterosexual y las guerrillas cotidianas. Si bien los feminismos de la segunda mitad del siglo XX habían logrado desvincular la sexualidad femenina de la reproducción y de la heterosexualidad obligatoria, en algunas ocasiones no consiguieron trazar clara la diferencia entre la experiencia sexual heterosexual o el deseo hetero y la norma social de forzoso cumplimiento. Del esfuerzo que muchos feminismos estaban realizando al impugnar de forma integral la heterosexualidad como vector de opresión para las mujeres, surgirá también el cuestionamiento de las propias relaciones heterosexuales de las que muchas feministas, muchas mujeres, forman parte. Este cuestionamiento se dirigiría en el sentido de si éstas podrían estar reforzando con sus 103 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 144. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 36 “heteroprácticas” el régimen heterosexual. De modo que resulta razonable que en este marco surjan preguntas como ¿se puede ser feminista y heterosexual? o ¿todas las heterofeministas y las mujeres heterosexuales van a acabar siempre durmiendo con el enemigo? En otras palabras, a partir la aparición de la noción de heterosexualidad como construcción social y el contexto social, teórico y político que la acompaña, emerge en el panorama feminista una contradicción, un malestar, que se extiende más allá del plano del debate político acerca de la norma heterosexual, llegando hasta la esfera individual de muchas feministas heterosexuales, y plausiblemente, de muchas mujeres en relaciones heterosexuales. Con las anteriores afirmaciones no pretendo dar a entender que todas las feministas heterosexuales vivieran –siempre y en todo momentoesta contradicción, ni que ese malestar fuera superior o comparable al que las feministas lesbianas y las lesbianas en general pudieran padecer a causa de su invisibilidad y vulnerabilidad social dentro y fuera de los movimientos feministas. No obstante, a lo largo de esta investigación me referiré específicamente a este malestar porque está enlazado con la idea-fuerza de la misma, a saber, analizar el modelo de pareja heterosexual que maneja una parte de los feminismos en la actualidad. Quisiera considerar este nudo, este malestar, en un primer lugar, desde el nivel de la percepción individual de algunas de las feministas heterosexuales de la época. Traigo aquí a la feminista francesa Emmanuelle de Lesseps, que, en un texto de mediados de los setenta, significativamente titulado “¿Se puede ser a la vez feminista y heterosexual?” 104 , expone esta percepción a través de una anécdota: discutía con una feminista a la que le pregunté si se definía como heterosexual. “Desgraciadamente, ¡sí!”, me respondió. Me dijo que “prefería ser homosexual” porque –las dos estábamos de acuerdo- “las relaciones con los hombres son una mierda”, (...) que la única persona a la que había querido “hasta la locura” fue una mujer, pero que sus sentimientos hacia ella no habían podido traducirse nunca en deseo y placer “sexuales”, lo que la había frustrado. Ella estaba segura de que no se trataba de un sentimiento de culpabilidad. Era, simplemente, la ausencia de una clase de deseo que “habría querido tener” con las mujeres y que experimentaba hacia los hombres, sin “amarlos” ni valorarlos necesariamente.” 105 También hallamos el testimonio de Naomi Weisstbin que apunta que, en las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado, 104 Emmanuelle de Lesseps, “¿Se puede ser a la vez heterosexual y feminista?”, en Nosotras que nos queremos tanto, nº 2, marzo, 1985, pp. 9-18. 105 Ibíd., p. 13. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 37 las relaciones amorosas heterosexuales llegaron a convertirse casi en tema tabú en los círculos feministas, ya que, al parecer, no eran políticamente “correctas” o “adecuadas”. Y, no obstante, es una de las cuestiones políticas más importantes si (...) se toma en serio el lema (...) “lo personal es político” 106 . Sin embargo, el malestar que podría padecer las feministas heterosexuales no provendría únicamente de una idea de la heterosexualidad únicamente entendida como institución, sino también del giro que los estudios, prácticas y reivindicaciones feministas sobre sexualidad dan hacia el polo del peligro, de la violencia. En efecto, partiendo de la exposición de Carole S. Vance, por la que entendemos que las consideraciones sobre la sexualidad se han dado, históricamente, moviéndose entre los polos del placer y el peligro, observamos que algunas formas feministas de comprender el régimen heterosexual, como el feminismo cultural norteamericano, dejan “de lado el estudio de la sexualidad como intercambio consensuado y placentero”, dando “preferencia (...) a la reflexión sobre la sexualidad bajo la forma de violencia” 107 . Ésta última forma de entender la sexualidad, desde los peligros que comporta, como dijimos, puede estar también detrás de las contradicciones que se generaron para las feministas heterosexuales, pero también para las lesbianas feministas, en el seno de los feminismos. Por ejemplo, el Colectivo de Lesbianas Feministas de Madrid (CLFM), en la década de los ochenta, dentro de este debate acerca de la sexualidad y su relación con la violencia, denunciaba la presencia de un “mito reificado de una única sexualidad femenina”, la comprensión de la violencia “como un todo integrado en la sexualidad masculina”, y la “prostitución como violencia directa masculina y falocéntrica que colocaba a las mujeres – trabajadoras sexuales o no- en el lugar de la víctima del que era difícil salir” 108 . Es decir, en este contexto, muchas feministas vieron la necesidad de ampliar y desbaratar la idea de una única sexualidad de las mujeres, que de forma hegemónica se suponía suave, erótica, sorora y absolutamente alejada de la violencia y, además, querían superar la relación unívoca entre sexualidad masculina y violencia que dejaba a las mujeres en el lugar de una víctima pasiva incapaz de ser agente en la relación. La heterosexualidad misma, en muchos casos, sería entendida un núcleo denso de violencia. Entendemos que, al desvelar el régimen heterosexual obligatorio, las teóricas feministas no podrán sino advertir en primer lugar de la violencia que éste implica, en la medida que debe ejercerla para controlar y dominar a las mujeres, pero también para asegurar 106 Extraído de: Mari Luz Esteban, op. cit., p. 144. 107 Raquel Osborne, (1993) La construcción sexual de la realidad. Un debate en la sociología contemporánea de la mujer, Cátedra, Madrid, 2002, , pp.116-7. 108 Ibíd., p. 155. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 38 su continuidad. En este sentido, Adrienne Rich habla, por ejemplo, de las formas en las que la dominación masculina ejerce su poder coercitivo sobre las mujeres, y destaca que es la institución heterosexual la que más potencia tiene, en la medida en la que ha logrado convencer a las mujeres de que su deseo es heterosexual, y su destino, el matrimonio. Monique Wittig entiende que las presuntas características de universalidad y naturalidad del pensamiento heterosexual, al cancelar la posibilidad de cuestionarlo, permiten la desatención de la “violencia material (física) que realizan directamente sobre los y las oprimidos/as, violencia que se efectúa tanto por medio de los discursos abstractos y “científicos”, como (...) de los (...) de los medios de comunicación de masas” 109 . Monique Wittig encuentra un ejemplo de esta violencia física del discurso en la pornografía. Desde luego, aquí suscribimos la idea de que la heterosexualidad obligatoria implica directamente violencia en cuanto que somete a las mujeres y excluye a las lesbianas y a los homosexuales y otras sexualidades. Sin embargo, en esta investigación encontramos necesario que en los análisis y exploraciones que involucran a las mujeres en relaciones de pareja heterosexuales, se practique una administración consciente de la tensión entre la consideración de la sexualidad femenina como placer o como peligro. Esta idea es una de las ideas-fuerza del presente trabajo. Con la exposición anterior queremos mostrar en qué contexto comenzaron a darse las condiciones para que el hecho de ser feminista y heterosexual –e incluso mujer y heterosexualpudiera verse y vivirse como un hecho contradictorio en la teoría y en la práctica. Las concepciones de la propia práctica sexual heterosexual y la experiencia de una relación sexual, amorosa o de pareja con un hombre también se vieron envueltas en este halo contradictorio. Sobre todo en estos momentos en los que los feminismos apostaban muy fuerte por desvelar aquello que había permanecido oculto bajo la denominación lo privado, aproximándose a este espacio recóndito través de la estrategia de su politización. Para continuar la argumentación, hemos escogido el texto de Emmanuelle de Lesseps citado anteriormente, porque consideramos que nos puede resultar interesante, en cuanto que analiza las posturas del debate sobre el heterofeminismo que tuvo lugar desde años antes en el movimiento feminista francés, y que retomaría el del Estado español en los ochenta. En él, la autora se detiene, no tanto en contestar a la pregunta de si se puede o no ser heterosexual y feminista –respondiendo de esta forma a las posiciones del lesbianismo como opción política-, sino en cómo se puede serlo, asumiendo la contradicción existente entre ambas posiciones. Finalmente, y como ya veremos más adelante, la autora defiende “el 109 Monique Wittig, “El pensamiento…”, op. cit., p. 49. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 39 derecho a la heterosexualidad de las mujeres” y la necesidad de “la liberación de [éstas] en el campo sexual”, no solamente entendida como la liberación del deseo lesbiano, sino también como la liberación del deseo heterosexual, “que no es lo mismo que el hecho de tener relaciones sexuales heterosexuales” 110 . En todo caso, lo particularmente productivo para esta investigación del análisis de Emmanuelle de Lesseps radica en que la autora se sitúa en el centro de la contradicción para definir cómo se puede ser heterofeminista, cómo se puede ser mujer y heterosexual, sin negar la existencia de la contradicción misma. Para la autora, las mujeres en parejas o relaciones heterosexuales tienen que vivir en una permanente “guerrilla cotidiana”. Esta guerrilla es la que permite en el plano de la práctica hetero una cierta vigilancia con respecto a la norma heterosexual, un estado de alerta latente ante aquella norma que orientaría la identidad de las mujeres, su sexualidad, su lugar en la organización social hacia un lugar determinado, el lugar de la oprimida. En este sentido podríamos considerar la observación de la antropóloga feminista Mari Luz Esteban, que retoma una noción de la teórica queer Sara Ahmed, acerca de la necesidad de vigilancia con respecto a la norma en las prácticas heterosexuales. En sus palabras: no se puede ser heterosexual de manera acrítica, tranquila, inocente (...) [sino que hay que] incorporar una mirada lesbiana/queer a cualquier tipo de práctica amorosa o sexual, que sirva para generar un cierto grado de malestar, de inquietud, de interrogación continua... que nos haga estar alertas frente a los propios mandatos culturales 111 . Merece la pena destacar este giro que Mari Luz Esteban ofrece para la consideración del malestar de las feministas, de las mujeres heterosexuales que venimos rastreando. El giro consiste en entender el disconfort heterosexual –que sugiero leer como el malestar, los efectos de la contradicción o la guerrilla cotidianacomo una necesidad esencial para “revisar los límites del (propio) imaginario heterosexual, y escapar de las asimetrías del orden simbólico heterosexual (...) [reflexionando] sobre la propia heterosexualidad”, como también repensar cuáles son las “separaciones entre hetero y homosexualidades, fantasías y realidades, normas y prácticas” 112 . Para Sara Ahmed, la pertenencia o no de determinadas personas a una comunidad tiene que ver con que esa comunidad comparte ciertos significados, imaginarios y valores, que se traducen también en unos métodos disciplinarios colectivos, y que alinean a las personas 110 Emmanuelle de Lesseps, op. cit., p. 13. 111 Mari Luz Esteban, op. cit., p.175 112 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 40 dentro o fuera de la misma 113 . La heterosexualidad obligatoria sería una norma que organizaría “los comportamientos intercorporales que producen un comportamiento o un horizonte sedimentado, el cual permite identificar ciertos comportamientos como desviados” 114 . Así que la necesidad de retener el disconfort heterosexual, de cuestionar del confort, al habitar la norma, enlaza con la toma de conciencia de que esa norma nos alinea en una dirección determinada, pero que, en el mismo movimiento, produce violentas y dolorosas exclusiones de los cuerpos no alineados. La noción disconfort heterosexual, siguiendo a Mari Luz Esteban, tendría que ver con la incomodidad, no entendida “simplemente como un elección o una decisión (...) sino [como] un efecto de los cuerpos que habitan en espacios que no tienen ni “extienden” su forma”, ni tampoco observándola como mera “asimilación (...) resistencia”, sino como una forma de “habitar las normas de forma distinta” 115 . La contradicción, la guerrilla o el disconfort heterosexual, pues, serían tanto el rastro de la heterosexualidad obligatoria en las vidas cotidianas como también la llave para entender la norma y abrir las puertas a su cuestionamiento. Merece la pena detenernos ante esta última idea del relativo confort de las corporalidades que habitan la heteronorma, para profundizar en el atributo “relativo”. En la medida en la que, en la actualidad, una también está “incómodamente instalad[a] en una crisis ecológica, alimentaria, ética, participativa y de cuidados, seguramente menos pregonadas que la económica”, por lo que debería considerarse necesario (...) recordar estas otras [crisis] y de modo muy especial, añadir (...) las aportaciones y propuestas que desde hace cuarenta años ha venido haciendo el feminismo en relación a los cuidados. Unos cuidados que hoy día están en una profunda crisis. Esta crisis además de económica es ecológica y de cuidados porque es una grave crisis de reproducción social. Por ello (...) [debemos] visibilizar la crisis de cuidado, analizar su origen y cómo ésta se está agudizando como consecuencia de las medidas que el gobierno está aplicando siguiendo las directrices europeas 116 . En este sentido, en el contexto actual, deberíamos poder incluir en nuestros análisis socioeconómicos, tanto los niveles analíticos micro como los macro, relacionados con el orden 113 Esteban A. García, “¿Hay un camino recto desde la fenomenología hasta la teoría queer? Acerca de Queer Phenomenology de Sara Ahmed”, Riff Raff, año 2008, nº 36, pp. 15-22. 114 Ibíd. 115 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 176. 116 Begoña Marugán, “¿Y si cambiamos la lógica del beneficio por la de la sostenibilidad de la vida?”, Fundación 1º de Mayo. Enlace en: www.1mayo.ccoo.es/nova/NBdd_DesDocumento. Consultado por última vez en enero de 2013. Se puede consultar también: Amaia Pérez Orozco, “Amenaza tormenta. La crisis de los cuidados y la reorganización del sistema económico”, 2006. Enlace en: http://cdd.emakumeak.org/ficheros/0000/0378/amaia_perez._AMENAZA_TORMENTA_LA_CRISIS_DE_L OS_CUIDADOS_Y_LA.pdf. Consultado por última vez en: agosto de 2012. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 47 través de este encumbramiento, la pareja estable –antes en mayor medida el matrimoniose idealiza y se institucionaliza, por un lado haciendo de “la presencia masculina [el] símbolo de que la pareja (...) es y debe ser central, no sólo como núcleo de la familia, sino como base de la sociedad” 141 . Por otro lado, haciendo que la familia, “centrada en la pareja conyugal“ 142 , se erija como el lugar en el que se distribuyen las responsabilidades y valores. Esto puede ser así porque se privilegia el cuarteto esencial “familia/matrimonio/monogamia/convivencia” 143 , hasta convertirse en el lugar en el que deben darse los vínculos de reconocimiento, reciprocidad y redistribución. El siguiente paso para continuar con el desarrollo de la idea de pareja heterosexual me parece que debe ser el de seguir contextualizándola, porque de este modo podemos acercarnos a la práctica concreta y así poder salir de los callejones sin salida aparente a los que nos ha llevado la efectiva valoración del par como epíteto y como paradoja. La consolidación de la ideología de pareja, al pensamiento heterosexual y a esa forma específica de amor, tiene lugar tras la industrialización y la modernidad 144 , dando lugar a la heterosexualidad como “un estilo de vida” 145 hegemónico que podría resumirse en la siguiente secuencia: casarse y tener hijos, que a su vez se casen y los tengan, [que] ha sido la opción socialmente prevista para el conjunto de la población. Para ser “normal”, basta con ser esposo y esposa; pero el modelo establece, además, que la excelencia se alcanza siendo padre y madre. Un solo tipo de relación, la pareja estable y el matrimonio; un solo tipo de familia, la reproductora 146 . Así mismo, la articulación entre pareja-heterosexual tiene un origen concreto, que tiene que ver con el modelo de producción fordista y con “su reverso” invisible en el trabajo de cuidados obligatorio y exclusivo de las mujeres en los hogares. Al resquebrajarse este modelo, “la forma de cooperación social gravita sobre una nueva concepción donde lo individual cobra fuerza, la familia tradicional pierde peso y aparecen nuevas y multiformes versiones familiares” 147 . Entonces, intentar modificar en un sentido más justo las relaciones de las parejas heterosexuales, el orden sexual, tendría que ver también con la transformación de las condiciones que impone la (economía) política. Aunque, como ya vimos, es imprescindible hacerlo al mismo tiempo que se transforma el orden (hetero)sexual. 141 Ibíd., p. 66. 142 Ibíd., p. 58. 143 Ibíd., p. 191. 144 Óscar Guasch, op. cit., p. 24. 145 Ibíd. 146 Ibíd. 147 Silvia L. Gil, op. cit., p. 214-5. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 48 Por otra parte, la pareja heterosexual se transforma con el tiempo y en las sociedades. Por ejemplo, en el Estado español – y en general en Europa y en Estados Unidos-, atendemos a proceso reciente que implica una pluralidad de formas de convivencia y familias: personas que viven solas; personas divorciadas o separadas con hijos; parejas casadas o de hecho sin hijos, con hijos o con hijos de anteriores relaciones; parejas con hijos o sin hijos con otros familiares de distintas generaciones; parejas con hijos o sin hijos que optan por vivir en casas separadas acompañados o no de otras personas; parejas o matrimonios homosexuales; amigos/as que viven juntos/as; inmigrantes que comparten piso con paisanos, etc. 148 . Aunque no creo que debamos ser inocentemente optimistas en este sentido, ya que, como advierte Mari Luz Esteban, la familia, las mujeres, a día de hoy, sigue siendo “la principal institución suministradora de asistencia que atiende a las situaciones de dependencia de sus componentes y a su mantenimiento y protección” 149 , por encima del Estado y de las instituciones públicas. Y, además, estas transformaciones no tienen por qué dirigirse en el sentido de una transformación radical de las formas hegemónicas y patriarcales de la pareja heterosexual, así como tampoco están permitiendo un reparto justo de los trabajos de cuidados, ni un descentramiento de la pareja como único vínculo de las relaciones entre personas. En este sentido, para el sociólogo Anthony Giddens, -que ha investigado sobre la pareja y el amor desde una perspectiva “optimista” y “democrática” 150 -, a mediados del siglo XX occidental habría surgido con fuerza un modelo novedoso de entender y vivir la pareja – heterosexual-, estrictamente relacionado con una nueva concepción del amor, y en relación con “las transformaciones en la esfera pública y privada que conllevó a la revolución sexual (mejora en la posición social de las mujeres y reconocimiento de la igualdad de género, (...) transformaciones en la familia) y [que] se opondría” 151 a una forma anterior de amor romántico y de relaciones dentro de la familia. Esta modificación que apunta el sociólogo tendría en su núcleo una modificación del lugar de la intimidad en las sociedades modernas, que en este periodo conseguiría asentarse como eje vertebrador de las relaciones sociales en 148 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 72. 149 Ibíd., p. 73. 150 Mari Luz Esteban ha establecido una división entre los autores y autoras que se han dedicado al estudio de las parejas amorosas contemporáneas y sus transformaciones. A Una parte de éstos y éstas la define como “la hipótesis democrática, optimista, representada sobre todo por Anthony Giddens”. En este grupo yo incluiría también al antropólogo Óscar Guasch y su obra La crisis de la heterosexualidad, Laertes, Barcelona, 2000. Otra parte de los autores y autoras son definidos como la hipótesis “pesimista”, entre las y los que se encontrarían Zygmunt Bauman (con Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Fondo de Cultura Económica de España, Madrid, 2009) Ulrich y Elizabeth Beck-Gernsheim (El normal caos del amor; las nuevas formas de relación amorosa, Paidós, Madrid, 2001). Cf: Mari Luz Esteban, op. cit., pp.81-84. 151 Ibíd., p. 82. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 49 general. La intimidad, en la esfera pública, se instituiría como la priorización de la realización personal antes que el crecimiento económico; pero tendrá un espacio privilegiado en el ámbito de la pareja –que Giddens sitúa en el marco de lo privado-, dando lugar a la “relación pura”, que implicaría “una absoluta democratización del dominio interpersonal, en una forma del todo homologable con la democracia en la esfera pública” 152 . Si bien el factor clave de la transformación de la intimidad debe ser abordado para comprender las mutaciones de la pareja contemporánea, la investigación de Giddens puede pecar de optimista en la medida que olvida, por un lado, analizar “las relaciones entre poder y amor” 153 y por otro, no observa apenas, “en las negociaciones intra-pareja” 154 , la influencia y el margen que permiten para estas negociaciones un contexto social más amplio. Y es que “la negociación amorosa igualitaria requiere de unas condiciones previas, no sólo ideológicas sino económicas y laborales, por parte de los miembros de la pareja” 155 . Además, Anthony Giddens parece establecer una separación bastante estricta entre familia –o “relación pura”, democrática-, y “Estado, mercado y comunidad por otro” 156 , considerando quizá que, como afirma Mª Jesús Izquierdo, “la sociedad [es] un agregado de individuos libres e iguales, a la vez que se atribuye a la familia una consistencia orgánica, donde las funciones no son una opción libre, sino responsabilidad moral y por si acaso también obligación legal” 157 . Anthony Giddens no contempla, por ejemplo, la obligación moral y social de las mujeres de ser prácticamente las únicas proveedoras de cuidados dentro y fuera del entorno familiar, las sostenedoras de la reproducción de la vida, y que su redistribución equitativa implicaría apelar a la inclusión en este reparto de cuidados del resto de miembros 152 Anthony Giddens, op. cit., p. 13. 153 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 82. 154 Ibíd., p. 82. 155 Ibíd., p. 83. En este mismo sentido, Sandra Dema ha investigado recientemente las relaciones de poder dentro de las parejas heterosexuales españolas teniendo en cuenta el salario de cada miembro. En las relaciones de pareja en las que ella gana más o igual que él –es decir, las condiciones de emancipación económica podrían estar apuntadasmuchas veces las relaciones de poder y de sujeción de ésta pueden persistir. Para una consulta más detallada: Sandra Dema, Una pareja, dos salarios. El dinero y las relaciones de poder en las parejas de doble ingreso, CIS, Madrid, 2006. 156 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 73. Continúa: “Así mismo, habría que tener muy presente que esta idealización del amor y los sentimientos familiares producidos en los último siglos, conduce a las mujeres a ser las guardianas, las responsables de los sentimientos, lo que al mismo tiempo sirve para justificar su subordinación”. 157 Cf. en: Ibíd., p. 73. Se puede consultar la fuente original en: María Jesús Izquierdo, Del sexismo y la mercantilización del cuidado a su socialización: hacia una política democrática del cuidado, Congreso SHARE-2003 Cuidar cuesta: costes y beneficios del cuidado, Emakunde, 2003. Enlace en: http://www.fuhem.es/media/cdv/file/biblioteca/Boletin_ECOS/10/Socializacion_del_cuidado.pdf. Consultado por última vez en enero de 2013. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 50 de la familia, del Estado y de los mercados, así como una revisión de la concepción del par autonomía/dependencia, que conforma las identidades y las subordinaciones. En resumidas cuentas, y como venimos advirtiendo, las parejas, y así la institución familiar, se están transformando en la actualidad. En este sentido, remarcaremos que, por un lado, se ha producido la introducción de la posibilidad de una cierta negociación de las mujeres dentro de las parejas, en tanto que, al hilo del mayor acceso al mercado laboral 158 de éstas y el impacto de los logros de las luchas feministas y de una parte del discurso feminista 159 , se puede observar un cierto “incremento del estatus [de éstas], mayor independencia económica,” 160 etc. Lo que estaría permitiendo, en cierto modo, renegociar los roles de género que habían sido dominantes. Por otro lado, también se puede observar cierta “desinstitucionalización del vínculo conyugal”, con la aparición de nuevas fórmulas conyugales, aunque preferimos, como indica David Florido, hablar de una reconfiguración del vínculo conyugal, “porque la unión de dos personas sigue siendo la célula social del modelo” 161 . La transformación de la pareja tiene que ver también con el cambio de modelo familiar, que iría de una posición anterior, que Mª Jesús Izquierdo ha llamado familia fusional, caracterizada por “la división sexual del trabajo y las responsabilidades del hogar (...) [que] genera una red de mutuas dependencias” 162 , a una familia asociativa, en la que se parte de la pareja, cuyos miembros renunciarían a proyectos individuales para impulsar un proyecto de vida en común volcado en el bienestar de los hijos (...) [y donde] las relaciones intrafamiliares se valoran en términos de complementariedad: el saldo material, emocional e intelectual entre lo que cada persona obtiene de los restantes miembros, y en las aportaciones que realiza es lo más valorado y el nexo que explica la durabilidad de la misma 163 . 158 Acceso que debe ser cuidadosamente celebrado, en la medida que las mujeres entran a un mercado de trabajo mayoritariamente desregulado, que precariza sus condiciones laborales y de vida; además, esta lógica que separa estrictamente esfera privada de la pública no daría cuenta de las contradicciones que se dan, por ejemplo, en el marco de la crisis de los cuidados, reduciéndose a la necesidad de que los hombres hagan el camino contrario que hicieron las mujeres, es decir, un salto al mundo privado y doméstico. 159 Como se verá en el siguiente capítulo, además de los avances legislativos y sociales relativos a la igualdad de las mujeres en occidente, hay que considerar el impacto de un discurso feminista hegemónico entre los feminismos, basado en el igualitarismo social liberal, que ofrece una visión monolítica de los discursos feministas de la sociedad y se maneja, sobre todo, desde los organismos de igualdad del los estados europeos. 160 David Florido, op. cit., p. 8. 161 Ibíd. p.8 162 Ibíd., p. 9. 163 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 51 En todo caso, la transformación de los roles de género no sería la única causa de la transformación que viven las parejas. La pareja, basada en cierto tipo de amor que ya hemos referido, se sitúa en el centro de las sociedades contemporáneas, “en un contexto de desagregación de vínculos sociales y de emergencia del individualismo, irradiando su poderoso influjo sobre las percepciones y prácticas de conyugalidad y de familia” 164 , enmarcada en la lógica del individualismo capitalista, que impregna todos los niveles de las sociedades. En otro sentido, las familias han pasado de ser entendidas como unidades de producción 165 a ser comprendidas como parejas-unidades de consumo, aunque en la práctica no sea necesariamente así. De este modo, están directamente imbricadas en la lógica de los mercados y en relación con el Estado, que poco a poco se retira de su –ya de por sí débilfunción de proveedor de bienestar. En síntesis, la noción de pareja está constituida por el régimen heterosexual, encumbrada en la actualidad por encima de otras facetas humanas, y reforzada por la necesidad de los mercados de que las mujeres realicen los trabajos de cuidados y de atención de forma invisible y gratuita. Además, es el lugar en el que se producen de forma más densa los procesos de adquisición de identidad, y es una forma de reconocimiento social. En todo caso, la pareja heterosexual ha tenido cambios en los últimos siglos, en muchos casos propiciados por los movimientos feministas y LGTBQ, lo que permite entender que existe cierto margen de acción para las mujeres en ellas. No obstante, nos parece importante mantener en el horizonte la idea de que el par pareja/heterosexual parte de una contradicción (sólo está compuesta por Uno) y en sí, es un epíteto. Olvidar este punto de partida puede hacernos caer en la ilusión de creer que, por ejemplo, la mejora de las condiciones salariales de las mujeres, o la incorporación de los hombres al trabajo de cuidados, puede procurar un cambio profundo y radical en la institución de la pareja. Más aún, si comprendemos que ésta está íntimamente relacionada con el pensamiento heterosexual y, como veremos a continuación, con el pensamiento amoroso, de tal forma que es sostén de la dominación de las mujeres. 164 Ibíd., p. 11. 165 Surge aquí un debate interesante, ya que en la actualidad, las familias –las mujeres mayoritariamenteson las mayores proveedoras de trabajos de cuidados para la sociedad, más allá del Estado y los mercados. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 52 4.2.- Pareja y amor. Si el capital es la acumulación del trabajo alienado, la autoridad masculina (frente a la influencia de las mujeres) es la acumulación del amor alienado. Anna Jónasdóttir 166 Así como la consideración de la sexualidad ha ocupado un lugar esencial en el análisis y las prácticas feministas desde el siglo pasado, el amor también ha sido cuestionado. Las investigaciones feministas sobre el amor, sin embargo, han sido desplazadas por el interés por la sexualidad en determinados momentos históricos, lo que ha llevado a autoras como Mari Luz Esteban a señalar el “declive de la teorización feminista sobre el amor en los años 80” 167 . Es preciso, no obstante, contar con una mirada holística que analice el amor desde el punto de vista del análisis sociohistórico, que dé cuenta del modelo amoroso que impera en la actualidad y dónde hunde sus raíces, pero también que indague en el plano de las emociones o las relaciones íntimas entre personas. El pensamiento feminista resulta un punto de partida muy útil para conectar la investigación sobre sexualidad, heterosexualidad, pareja y amor, porque, como nos permiten afirmar los estudios elaborados por las autoras mencionadas, entre otras, el amor no significa lo mismo para las mujeres que para los hombres. Ya a finales de la década de los sesenta, Ti-Grace Atkinson “propugnaba la destrucción del amor entendido como institución” 168 , considerándolo “un dispositivo ideológico, una forma de falsa conciencia que sirve a los intereses de la clase dominante al impedir que las mujeres se unan con su misma clase sexual” 169 . También ha sido estudiado entendiéndolo como una construcción social por autoras como Kate Millet y Shulamith Firestone, y Adrienne Rich, indicando que debería establecerse un análisis serio sobre esta cuestión en pos de una teoría de la emancipación de las mujeres. Recientemente, Mari Luz Esteban ha puesto en juego una noción que me resulta especialmente productiva para esta investigación, la noción de pensamiento amoroso. Inspirada en la idea de “pensamiento heterosexual” de Monique Wittig, la antropóloga la define como una forma absolutamente dominante de concebir lo humano y de representar los vínculos entre personas; (...) un conjunto articulado de símbolos, nociones y teorías en torno al amor, que permean todos los espacios sociales, también los institucionales, y que influye directamente en las 166 Anna Jónasdóttir, op. cit., p. 53. 167 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 145. 168 Ibíd., p. 142. 169 Cf. en: Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 53 prácticas de la gente, estructurando las relaciones desiguales de género, clase, etnia, y un modo concreto y heterosexual de comprender el deseo, la identidad y, en definitiva, el sujeto 170 . La autora sostiene que existen dos formas de acercarse al estudio del amor. Por un lado considerándolo como “un potencial humano y universal”, entendido como la manera en el que las personas interactúan entre sí, y que implica la erotización, la intimidad y la búsqueda de una relación estable; y por otro, valorando el amor en cuanto a la forma en la que se ha construido culturalmente en un contexto específico 171 . En términos generales, los feminismos se han centrado en el análisis de una forma de amor específica, el amor romántico, como modo de deconstruir una de las facetas de las relaciones de poder dentro de las relaciones entre personas, sobre todo, a través de diferentes intentos de normalizar el mito. Muchas voces feministas han denunciado la potencia mítica del amor romántico para, por ejemplo, consolidar la violencia de hombres hacia mujeres dentro de las relaciones de pareja, o para mantener a las mujeres en un rol específico de proveedora abnegada de cuidados en las familias. Sin embargo, el amor romántico, no sólo ha de entenderse como un mito, sino también como una concreción de la ideología amorosa, fruto de “la particular tradición amorosa, social y científica desarrollada en Europa y Norteamérica en los últimos siglos” 172 . El amor romántico es una forma específica dentro de la ideología amorosa. Así conceptualizado, el amor romántico aparece como una concreción occidental del amor, privilegiada con respecto a otras formas de relación humanas, provocando que “el amor sexual o de pareja (...) entr[e] en tensión con otros tipos de amores (como el materno-filial) lo que posibilita a su vez la consolidación de un determinado orden social, desigual” 173 . Quisiera enfatizar esta idea de la preeminencia del amor sexual o de pareja por encima de otras formas de amor, o incluso de otras “facetas humanas [como] la solidaridad, la justicia, la libertad” 174 . Como Mari Luz Esteban, veo esencial destacar que existe la tendencia general a poner el amor de pareja por delante de otras relaciones, lo que tiene unos efectos y unas consecuencias que debemos considerar. La antropóloga llama la atención acerca de la potencia de ese “poner delante” el amor de pareja, en cuanto que es posible hablar de la hegemonía del amor romántico tal y como lo entendemos en la actualidad. Mientras los vínculos sociales se debilitan en pos del individualismo, en la pareja se instala en una forma de amor específica y privilegiada que, a su vez, supone el anclaje de diferentes 170 Ibíd., p. 23. 171 Ibíd., p. 42. 172 Ibíd. 173 Ibíd., p. 44. 174 Ibíd., p. 47. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 54 vectores de opresión. Una manifestación del amor que, paradójicamente, se convierte en uno de los mecanismos esenciales por los que las identidades se conforman, junto con la sexualidad. Así, amor de pareja y sexualidad en la actualidad operarían como manifestaciones de la intimidad de las personas, que regirían sus comportamientos y expectativas. Aunque, como no quiero dejar de remarcar, el amor no tenga el mismo significado para las mujeres y para los hombres. Además, siguiendo la advertencia de Mari Luz Esteban: en un periodo histórico como el nuestro, donde la economía, la política o la vida social se rigen por las leyes del mercado, el amor se ha convertido en el nivel ideal de la experiencia en una manera privilegiada de hablar de reciprocidad humana, disfrazándose, paradójicamente, en sus dimensiones material, económica o política, pero dejando al mismo tiempo en evidencia más que nunca la estrechez, los límites de nuestro propio concepto de reciprocidad (...) [de tal forma que] la conformación occidental hegemónica del amor es un obstáculo radical para el reconocimiento real del otro, para reconocerle un sitio en el mundo 175 . Si las respuestas de los feminismos para la reorganización justa e igualitaria de las relaciones entre mujeres y hombres no tienen en cuenta esta hegemonía del amor de pareja dentro de un marco de pensamiento heteroamoroso, si no es cuestionada, intuyo que cualquier estrategia de emancipación de las mujeres desplegada en este sentido podría tener unos efectos, cuanto menos, limitados. En otras palabras, me pregunto acerca de los peligros de no considerar que el amor de pareja, además de ser uno de los núcleos densos donde se realizan los procesos de adquisición de identidades, sea una forma de relación hegemónica individualizadora en un mundo marcadamente individualista. O también, me interrogo acerca de la posibilidad transformadora de aquellos feminismos que no consideren el individualismo extremo que refuerza “la conformación hegemónica del amor”, que no intenten incidir en la jerarquía que impone este amor hacia dentro (entre hombres y mujeres; entre heterosexuales y otras sexualidades, etc.) y hacia fuera (sobre otras facetas humanas potencialmente transformadoras). Con respecto a esta investigación, la cuestión pasaría por intentar atisbar si las propuestas que despliega el feminismo institucional para resolver las asimetrías dentro de las relaciones de pareja tienen en cuenta esta perspectiva amplia del amor, y si en consecuencia, se están poniendo en juego las herramientas propicias para la transformación. Por ejemplo, habremos de analizar cuidadosamente si la noción de empoderamiento que maneja el feminismo institucional como herramienta clave de transformación, guarda relación con su faceta individual o colectiva. ¿Podría el empoderamiento individual incidir en la transformación de 175 Ibíd., p. 85. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 55 una forma específica de amor, altamente individualista, a través de la que se someten otras expresiones humanas con potencial colectivo? No obstante, dejaremos estas cuestiones anotadas aquí, pues las desarrollaré en el siguiente capítulo. Una de las ideas que me resulta especialmente interesante es que este modelo contemporáneo de amor no significa lo mismo para hombres y para mujeres. Siguiendo a Anna Jónasdóttir, esta forma dominante de amor se basa en la premisa de que “el poder del amor de las mujeres, entregado libremente, es explotado por los hombres” 176 . A las mujeres se nos hace adictas al amor, respondiendo a un ideal autoasumido y heteroimpuesto, como ha expresado Adrienne Rich en Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana, anteriormente analizado, es decir, se nos sentimentaliza y se nos concibe como dependientes. Los hombres, por el contrario, son entendidos como independientes, sin contemplar que ese espejismo de autosuficiencia se suple con el trabajo de cuidados y afectos que proveen de forma invisible las mujeres. En su análisis, Anna Jónasdóttir ha señalado dos elementos constitutivos de la ideología y las prácticas del amor en las sociedades contemporáneas formalmente igualitarias, que implican consecuencias perniciosas para las mujeres. Uno de los elementos es la necesidad amorosa erótica –sexual-, y otro, la necesidad de cuidados. La autora concibe el amor desde el punto de vista de la interacción socio-sexual (entre mujeres y hombres), y no tanto desde el prisma de la diferente socialización de género o el marcaje de los sujetos desde el plano económico y laboral (perspectivas de análisis del feminismo radical y del socialista, respectivamente, que para la autora habían caído en un bucle teórico). Las relaciones sociosexuales heterosexuales se moverían, en esta teoría del patriarcado, entre los ejes interrelacionados “capital-trabajo” y “autoridad masculina-amor”, entendiendo que “tanto el contrato de trabajo” como la pareja “son relaciones libres pero establecidas desde la desigualdad” 177 . La interacción entre estos ejes y entre los sujetos, ofrecerían unas normas sociales predominantes (...) [que] dicen que los hombres no sólo tienen derecho al amor, a los cuidados y a la dedicación de las mujeres, sino que también tienen el derecho a dar rienda suelta a sus necesidades de mujeres así como la libertad para reservarse para sí mismos. Las mujeres, por su parte, tienen derecho a entregarse libremente, pero cuentan con una libertad muy restringida de reservarse para sí mismas. Así, los hombres pueden apropiarse continuamente de la 176 Anna Jónasdóttir, op. cit., p. 314. 177 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 146. Cf. también: Raquel Osborne, “Sobre la adicción (femenina) al amor”, en: Alicia Gil, Gemma Escrig y Águeda Forcada (eds.), Poder, poderes y empoderamiento... ¿Y el amor? ¡Ah, el amor! Actas 5º Congreso Estatal Isonomía sobre Igualdad entre mujeres y hombres, Publicacions de la Universitat Jaume I, Castelló de la Plana, 2009, p. 135. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 56 fuerza vital y la capacidad de las mujeres en una medida significativamente mayor de lo que les devuelven ellos mismos” 178 . Así, Anna Jónasdóttir introduce una idea relevante para los propósitos de mi estudio: las relaciones de pareja son relaciones de placer (sexual) y cuidados. Relaciones que, siguiendo a la autora, se hallan atravesadas por relaciones de poder al punto que “existe un intercambio desigual de cuidados y placer entre hombres y mujeres, no sólo en la intimidad sino en otros contextos: el trabajo, la política, etc.” 179 . Esta propuesta de análisis de la dominación de las mujeres por los hombres, con atención especial a los procesos que involucran amor y sexualidad, me parece un andamiaje teórico esencial para conjugar las ideas sobre la sexualidad, el amor y la pareja con una noción de necesidades de cuidados y afectos que la autora incorpora. Por un lado, encontramos la componente del placer, la sexualidad. En este trabajo entenderemos que la sexualidad no se da en el mundo como un hecho separado de los afectos y los cuidados. De hecho, algunas autoras que han reflexionado sobre los trabajos de cuidados, coinciden en la idea de que los afectos, elemento clave de los análisis en este sentido, no son sino un “continuum entre sexo, cuidado y atención”, tres productos históricos y culturales del afecto 180 . No obstante, me parece útil en el nivel analítico mantener esta distinción en la medida en la que encuentro deseable y productivo subrayar la introducción de la componente de cuidados en los análisis de las relaciones de pareja entre mujeres y hombres, aunque entendamos en este mismo plano que son categorías interrelacionadas. Por otro lado, la componente sexual de las relaciones de pareja, desde el punto de vista de esta investigación, deben ser cuidadosamente puestas en juego, teniendo en cuenta la necesidad de administrar la tensión entre una perspectiva que contemple la sexualidad desde el placer o desde el peligro. Como veremos en el tercer capítulo, esta gestión también pensamos que debe ser utilizada al observar la pareja heterosexual misma. En este primer sentido, una de las críticas efectuadas a la propuesta de Anna Jónasdóttir, elaborada por Raquel Osborne, guarda relación con cómo la autora concibe esta componente sexual. Para la segunda, la idea de que los hombres “dan rienda suelta a su necesidad de mujeres”, se basa en una concepción de la sexualidad bastante rígida. En concreto, en una concepción de la sexualidad masculina caracterizada como violenta e insaciable. Para Raquel Osborne, Anna Jónasdóttir basa una parte de su argumentación en una “división del deseo por 178 Cf. Ibíd., p. 146-7. 179 Raquel Osborne, “Sobre la adicción...”, op. cit., p. 136. 180 La idea se desarrolla pormenorizadamente en: Precarias a la deriva, A la deriva. Por los circuitos de la precariedad femenina, Traficantes de Sueños, Madrid, 2004. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 63 discurso sobre la sexualidad, el amor y la pareja que resultaba tener un alcance mucho más amplio y predominante en la sociedad de nuestro país: el procedente del llamado feminismo institucional. En este sentido, y considerando las precauciones antes mencionadas, presentaré algunos de los elementos clave con los que contaremos a la hora de realizar el análisis del discurso hegemónico del feminismo institucional. De una parte, explorar “las representaciones de la sexualidad que forman parte de la corriente principal de la cultura” 199 , del imaginario colectivo, puede ayudarnos a dar cuenta de cuál es la dirección en la que operan, es decir, qué modelo de orden sexual se está manejando y está permeando en la sociedad, teniendo en cuenta que estas representaciones funcionan como elementos de educación y socialización. No hay que olvidar la complejidad de estas representaciones, y cómo, “en distintos grados reflejan y distorsionan a la vez el comportamiento real, además de influir en él” 200 . La precaución aquí pasa por comprender que las representaciones y productos de la cultura dominante no son “reflejos exactos de la realidad social vivida” 201 , pero sí pueden ser una muestra general de cómo se organiza la sociedad en un modo ideal, y qué normas imperan y moldean cuerpos y comportamientos. Carole S. Vance, en esta línea, apunta a que el análisis de las representaciones de la cultura hegemónica nos ayuda a revelar que, en realidad, estos productos culturales tienen como referente un sujeto blanco, masculino, heterosexual y de clase media 202 . En el capítulo anterior ya contemplamos algunas de las propuestas y de los postulados feministas para modificar el orden sexual hegemónico y las representaciones de la cultura dominante acerca del amor, la sexualidad y la heterosexualidad. La cultura dominante es hegemónica porque tiene un espacio privilegiado en las sociedades, de tal forma que todas las capas sociales, incluso las más bajas –por lo general, culturalmente invisiblesconocen los productos de esta cultura, es decir, están familiarizadas con ella 203 . De esta manera, la “realidad social vivida” de los estratos sociales más bajos e invisibilizados no tendría por qué coincidir con el relato de la cultura dominante, pero ésta sí forma parte del imaginario colectivo, del modo en la que todas las personas de la comunidad de las propuestas de las mujeres para transformar cuestiones clave del modelo de pareja tradicional. Como afirma Carol S. Vance, “La descripción de las culturas alternativas hace posible considerar cuestiones importantes. ¿Cuánto poder y vitalidad tienen las formas culturales alternativas en lo que se refiere a la sexualidad [en nuestro caso, a la pareja heterosexual]? ¿Qué competencias hacen a las formas dominantes, en qué contradicciones intervienen y cuáles resuelven?”. En: Carole S. Vance, op. cit., p.30. 199 Ibíd., p. 27. 200 Ibíd. 201 Ibíd., p. 28. 202 Ibíd. 203 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 64 ven el mundo. Se produce así un efecto invisibilizador, en la medida en la que se ocasiona “la ilusión de creer que los grupos de bajo nivel comparten sus postulados y que no existen otras perspectivas ni otros puntos de vista” 204 . Ahora bien, ¿por qué desplazar la atención de los discursos y efectos discursivos de la cultura dominante hacia los discursos y efectos discursivos del feminismo institucional? No debemos entender que el discurso del feminismo institucional concuerda con la cultura dominante. Este desplazamiento permite, sin embargo, atender a la peculiar situación de un discurso que se articula en contra de la cultura dominante, en tanto que sexista, desde una posición institucional. Por otra parte, si bien simultáneamente, lo relevante para los propósitos de mi investigación radica en que, como trataré de demostrar más adelante, este discurso, sus representaciones y sus productos, son hegemónicos dentro de las narrativas feministas, también –pero no sólo-, en el contexto seleccionado, en el Estado español. Este discurso tiene un espacio importante y un impacto considerable en la sociedad actual. De forma más general, es cierto que los feminismos, sobre todo desde la segunda ola, han tenido una influencia palpable en el devenir de las sociedades contemporáneas. Y es que, siguiendo a Giulia Colaizzi, el “feminismo es teoría del discurso”, es una puesta en juego del carácter construido, discursivo del mundo, esto es: el carácter “histórico político de lo que llamamos realidad” 205 . Pero, al mismo tiempo, los feminismos entendidos como teoría del discurso también tienen una componente de participación consciente en la política “y en el debate epistemológico para determinar una transformación en las estructuras sociales y culturales de la sociedad, hacia (...) un mundo donde exclusión, explotación y opresión no sean el paradigma normativo” 206 . Así, observando la historia más reciente de nuestro país, podremos comprobar el impacto social, en el sentido de cambio social, que los feminismos han proporcionado, como por ejemplo, en cuanto a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, el reconocimiento de su sexualidad, la violencia de género, o el divorcio. Pero estas transformaciones no sólo se han dado en un plano legislativo; igualmente los feminismos han conseguido generar y sostener una “articulación de múltiples discursos” 207 que necesariamente modifica y altera la forma en la que la sociedad ve el mundo. Pongamos un ejemplo concreto, que ha sido investigado, entre otras, por Victoria Ferrer y Esperanza Bosch, relativo a la consideración social de la violencia de género en la actualidad, y 204 Ibíd., p. 29. 205 Giulia Colaizzi, “Feminismo y teoría del discurso: razones para un debate”, en VVAA, Feminismo y teoría del discurso, Cátedra, Madrid, 1990, p. 117. 206 Ibíd. 207 Ibíd., p. 123. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 65 el papel de los feminismos en la emergencia de esta consideración. Las autoras argumentan que los movimientos feministas de nuestro país son la clave para entender cómo “el crimen pasional”, una cuestión privada, ha pasado a ser entendida como un problema social, poniendo en juego la relativamente reciente noción de “violencia de género” 208 . En este ejemplo podemos comprobar cómo los feminismos han sido impulsores “de un doble proceso que incluye (...) la deslegitimación de la violencia contra las mujeres y (...) la elaboración de un nuevo marco de interpretación para este (...) problema social 209 ”. De tal forma que el modo de entender la realidad ha sido modificada a través de los procesos de traspaso de la cuestión de lo privado a la agenda política y del anclaje de la violencia contra las mujeres en la agenda pública, incluyéndola en el debate social en la calle y en los medios de comunicación 210 . Con todo esto, lo que pretendemos poner de manifiesto es que los feminismos tienen una componente, al menos potencial, de transformación de las estructuras sociales, y que, en ocasiones, han logrado modificar el orden de las cosas, han transformado la realidad. No obstante, al hablar de feminismos no podemos, en palabras de Giulia Colaizzi, referirnos a “un discurso unitario contra la teoría o el poder”, sino que debemos partir de la idea ya referida de que los feminismos, además de “significar una reflexión sobre el mudo, entendidos ambos – mundo y feminismocomo un devenir histórico y continuo”, suponen un engranaje de “múltiples discursos” que no pueden existir fuera de la realidad, “como no hay un fuera de la ideología, ni ningún lugar originario para la inocencia” 211 . Aún así, los feminismos no parecen producir discurso hegemónico. A pesar de la influencia, en distintos grados y formas, de los feminismos en amplias esferas del Estado español – académica, institucional, en los movimientos sociales, en la legislación, en los medios de comunicación, etc.-, tan sólo una parte de la multiplicidad de discursos de éstos logra hacer que sus relatos se inscriban en la cultura dominante, y con dificultades considerables. Deben disputar la hegemonía –si es eso lo que deseancon los discursos de otras instituciones relacionadas con las cuestiones de las que se habla: por ejemplo, con la Iglesia católica en cuanto a sexualidad y teoría del género. 208 Victoria E. Ferrer y Esperanza Bosch, “El papel del movimiento feminista en la consideración social de la violencia contra las mujeres: el caso de España”, Mujeres en Red, enero de 2007. Enlace en: http://www.mujeresenred.net/spip.php?article881. Consultado por última vez en: enero de 2013. 209 Ibíd. 210 Ibíd. 211 Giulia Colaizzi, op. cit., p. 123. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 66 En todo caso, lo que intentamos dilucidar es que algunos feminismos sí que tienen la potencia –por múltiples razones, como se verá-, de colocar sus visiones feministas del mundo en un lugar predominante. Esta potencia, en la actualidad, la posee el feminismo institucional. En los años setenta y ochenta del siglo pasado, muchas voces feministas, comenzaron a denunciar la corriente hegemónica de los feminismos euroamericanos 212 , que partía de una identificación directa con la mujer blanca, heterosexual, educada y de clase media. Evidenciaban de esta forma la hegemonía de un discurso que podía instalarse en lugares visibles de la sociedad y desde allí modificarla, pero que estaba haciendo invisibles y desconsiderando otras perspectivas feministas –a otras mujerescon unos efectos adversos para las no hegemónicas. Así, por ejemplo, a través de los descentramientos de este sujeto del feminismo hegemónico que propugnaron las feministas no blancas, se “han desmontado los conceptos de representación y representatividad y desvelado el sistema epistemológico de dominación del feminismo clásico”, denunciando que “las dicotomías excluyentes (sexo / género, tradición / emancipación, espacio público / espacio privado)” sostienen “las desigualdades estructurales y las relaciones de poder en que se sustenta el sistema capitalista (centro / periferia, primer mundo / tercer mundo, progreso / dependencia, industrialización / precapitalismo) y, por lo tanto, perpetúan la noción de inferioridad” 213 . Por lo que la corriente dominante feminista lo que habría hecho y estaría haciendo es “poner en cuarentena la simple noción de igualdad entre mujeres blancas y no blancas” 214 . Más allá, diremos que el feminismo predominante en el Estado español, si bien repite en líneas generales estos postulados básicos y problemáticos del feminismo euroamericano hegemónico, merece ser analizado de forma específica. En este capítulo intentaremos dar cuenta de estas especificidades, para perfilar los contornos de aquello que venimos denominando discurso hegemónico del feminismo institucional. En concreto, exploraremos el discurso que sobre la pareja heterosexual ha elaborado y subyace del feminismo institucional del Estado español en las últimas décadas. Porque el análisis de este discurso puede informar acerca de las propuestas que desde esta posición feminista hegemónica se ofrecen para corregir las desigualdades dentro de las relaciones de pareja y, además, observar qué modelo de pareja se está construyendo desde esa enunciación. En particular, nos acercaremos al discurso y las estrategias transformadoras que el Instituto de la Mujer –que tomamos como 212 Luz Gómez, “Colores del feminismo”, EL PAÍS, 16 de febrero de 2013. 213 Ibíd. 214 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 67 paradigma del feminismo institucional en el Estado 215 - despliega en las guías didácticas y manuales para la educación sexual y afectiva no sexista en diferentes niveles educativos; teniendo en cuenta el lugar privilegiado en el que se coloca la educación –sobre todo en los niveles de educación secundariapara incidir en la modificación de comportamientos sexistas y para la corrección de desigualdades. Como afirma Carole S. Vance, “es necesario observar cómo se transmite la información, la instrucción y la educación sexual a través de generaciones y entre ellas” 216 , pero siempre asumiendo que “dejar de lado el potencial de cambio es colocar a las mujeres (...) fuera de la cultura, salvo como receptoras pasivas de los sistemas oficiales de símbolos” 217 . Para ello, en primer lugar, evidenciaremos que el feminismo institucional en el Estado español está encarnado en el Instituto de la Mujer (IM) y en otros organismos de igualdad gubernamentales y las asociaciones y organizaciones que funcionan en la órbita. Veremos que, si bien el feminismo institucional ha favorecido –junto con los movimientos feministasavances considerables en materia de igualdad entre mujeres y hombres, y ha servido –y sirvecomo difusores de una determinada forma analítica de comprender la realidad social, por otra parte, han colocando una corriente concreta feminista en los debates sociales y las prácticas que es difícil ignorar ya por parte de los agentes políticos y la sociedad. Por eso, como analizaremos, el feminismo institucional produce un discurso que es hegemónico dentro de los feminismos. En segundo lugar, observaremos cómo estas estructuras institucionales manejan, en términos generales, un discurso feminista inseparable del origen de la agencia principal, el IM, creado al margen del movimiento feminista. Un discurso de origen socialdemócrata liberal y fundamentado también en un discurso europeo que surge ya a mediados de los setenta, estrechamente relacionado con la igualdad y la transversalidad del enfoque de género. Avanzamos ahora que, tanto el discurso feminista institucional del Estado español como el europeo están basados, por un lado, en una concepción monolítica de la noción “mujeres”; en 215 Siguiendo a Celia Valiente, “es importante resaltar que el Instituto de la Mujer no es la única institución feminista en España. Le precedió la Subdirección General de la Mujer, dependiente de la Dirección General de Juventud y Promoción Sociocultural del Ministerio de Cultura, y muchas otras han aparecido después de 1983, sobre todo en el ámbito autonómico y municipal”, además del breve y malogrado Ministerio de Igualdad. En todo caso, es la institución feminista que ha tenido más continuidad y presencia desde su creación en 1983. (Cf.: Celia Valiente, “El feminismo de Estado en España: El Instituto de la Mujer, 1983-1994”, Estudio/Working Paper, noviembre 1994, p.3) 216 Carole S. Vance, op. cit., p. 31. 217 Ibíd., p. 33. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 68 un concepto de género como construcción cultural bastante rígido y estanco, que presenta unos problemas específicos y en una noción de empoderamiento difusa. Nos interesa analizar el relato del feminismo institucional en la medida que la argumentación sobre las desigualdades dentro de la pareja heterosexual y la corrección de las mismas se enmarca dentro del mismo, y tiene unas determinadas implicaciones políticas y sociales. Intentaré, en los párrafos que siguen, explicar todas estas afirmaciones. 2.- ¿De qué hablamos cuando hablamos de feminismo institucional? Consideramos que una exploración del concepto de feminismo institucional debería efectuarse alejadas de “toda consideración dicotómica y maniquea del poder” 218 , yendo más allá de la observación reduccionista que viene a decir que las instituciones son malas per se, sin valorar que éstas mismas son también “construcciones sociales atravesadas por fuerzas y dinámicas de poder” 219 y enmarcadas en contextos sociales, económicos e históricos concretos. Además de entender que “que las instituciones no tienen cerebro” 220 , pero que cuentan con mecanismos de comunicación, investigación e implementación de políticas que tienen impacto en la sociedad. 2.1.- El proceso de institucionalización del feminismo y la noción de feminismo institucional. El feminismo institucional desde las últimas décadas del siglo XX es un hecho. Porque, si bien “la existencia de estructuras gubernamentales dedicadas a la mujer no implica la existencia de un verdadero feminismo institucional” 221 ; en el contexto del Estado español, como ha analizado María Bustelo, entre otras, es posible hablar de la presencia de feminismo institucional 222 . Es un hecho, también, en cuanto que podemos rastrear su existencia a través 218 Silvia L. Gil, Nuevos Feminismos. Sentidos comunes en la dispersión, Traficantes de Sueños, Madrid, 2010, p. 108. 219 Ibíd. 220 Lourdes Méndez, Una connivencia implícita: “perspectiva de género”, “empoderamiento” y feminismo institucional, 2005. Enlace en: http://www.pensamientocritico.org/loumen0306.html Consultado por última vez en noviembre de 2012. Texto publicado en: R. Andrieu y C. Mozo (coords.) Antropología Feminista y/o del Género. Legitimidad, poder y usos políticos, El Monte-FAAE, Sevilla, 2005, pp.203-226. 221 María Bustelo, La evaluación de las políticas de género en España, Madrid, La Catarata, Madrid, 2004, p. 24. 222 El desarrollo de esta afirmación puede encontrarse en: María Bustelo, op. cit., p. 22 Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 69 de diversos estudios, publicaciones, manifiestos y análisis que lo nombran y lo definen, lo contextualizan en un marco histórico político más amplio, cuestionan la necesidad de su existencia o analizan el impacto de las políticas que de éste emanan, etc. En gran medida, estos análisis parten de los propios feminismos 223 . Si bien las mayores críticas al proceso de institucionalización del feminismo suelen proceder del llamado feminismo autónomo, también es posible encontrar referencias a éste desde posiciones más afines a él, afines en el sentido de que no cuestionan su pertinencia, sino que revisan las posibilidades y el alcance de sus políticas. Aproximándonos desde un contexto socio político amplio, la aparición del feminismo institucional está contextualizada en un marco europeo en el que, en 1975 -considerado Año Internacional de la Mujer y año de celebración de la Primera Conferencia del Decenio de Naciones Unidas para la Mujer en Méxicola ONU recomienda la existencia de agencias de igualdad en los estados. La recomendación se asume de tal forma que estas agencias acaban convirtiéndose en ejes “fundamentales en las políticas de género; no sólo a nivel nacional, sino también a nivel supranacional, regional, provincial y local” 224 . Si bien esta Conferencia debe considerarse como un efecto más de las presiones y luchas de las movilizaciones feministas por forzar la inclusión de sus perspectivas en los organismos oficiales, el feminismo institucional en algunas ocasiones no menciona este antecedente para trazar su propia memoria y describir su relato. El eventual olvido de los movimientos 223 Otra cuestión sería la de evaluar de forma concienzuda el impacto del feminismo institucional en el Estado español. Siguiendo a Silvia L. Gil, “no podemos saber todavía cuáles son las consecuencias de este fenómeno ni, lejos de contraposiciones simplificadoras con las que se consolidan polos opuestos, cuáles son las oportunidades y límites de las relaciones entre procesos de autoorganización (...) y las prácticas institucionales”, en esta convivencia en un mismo escenario que se da desde los años noventa del siglo XX del “auge del feminismo institucional” con “prácticas queer, (...) mujeres transexuales y (...) migrantes en el movimiento feminista, (...) trabajadoras sexuales, (...) grupos autónomos”, etc. (Silvia L. Gil, Nuevos feminismos. Sentidos comunes en la dispersión, Traficantes de sueños, Madrid, 2011, p. 103). Lamentablemente, esta cuestión, a pesar de ser de extrema importancia para los feminismos y las prácticas políticas feministas, no puede ser abordada en esta investigación. Del mismo modo, Cristina Vega Solís afirma que existen “procesos de institucionalización (...) del feminismo, que se asientan en los noventa como fórmula de legitimación de agencias estatales, partidos y sindicatos, narrativa en la construcción de una “comunidad imaginada” de ciudadanos modernos democráticos y forma de sofocar y gobernar la creciente desregulación del empleo y los efectos que esto tiene sobre la vida cotidiana, reducida a la “conciliación”. Creo que en este terreno hacen falta más estudios de caso que nos den una medida exacta de cómo se ha ido asentando este marco, por ejemplo, en el campo de la salud, la educación, la violencia de género, etc.” (C. Vega Solís, “Prólogo”, en: Silvia L. Gil, op. cit., p. 26). 224 Sonia Reverter, “Los retos del feminismo institucional”, Revista Internacional de Filosofía, Suplemento 4, 2011, p. 224. Enlace en: <http://repositori.uji.es/xmlui/bitstream/handle/10234/37860/51982.pdf?sequence=1>.Consultado por última vez en agosto de 2013. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 70 feministas como piezas clave del origen del feminismo institucional podría producirse porque éste suele elaborar “su historia” a partir del relato de cómo la categoría y herramienta “género” es situada en un lugar influyente de las agendas y políticas públicas nacionales e internacionales. El feminismo institucional, en el contexto europeo, gracias a la labor de los feminismos de segunda ola y a una “concepción generalizada de una necesaria intervención pública en los problemas sociales” 225 , surge ya desde los 60 y 70 en el contexto democrático occidental, y desde los 80 en el Estado español, implantándose y desarrollándose “diferentes instituciones públicas con el fin de promocionar la situación de la mujer y promover la igualdad entre los sexos” 226 . En el Estado español, observamos cómo, a finales de los setenta y hasta la mitad de los años ochenta, se suceden muchos e importantes cambios legislativos, fruto de las luchas feministas desde los sesenta y setenta: “la legalización de los anticonceptivos (1977), (...) la regulación del matrimonio y el divorcio (1981), la protección de los hijos que nacen fuera del matrimonio, la patria potestad compartida (1981), las pensiones de los hijos y la legalización parcial del aborto (1985)” 227 . Veremos cómo en 1983 nace el IM y así, el feminismo institucional, algo que, como advierte Silvia L. Gil, influyó “en la potencia de los movimientos y disminuyó el deseo de forzar horizontes mayores de libertad” 228 . Las relaciones entre feminismo institucional y otros feminismos son complejas y difíciles de articular. Así, siguiendo a Silvia L. Gil cabría hablar de “malestar frente a la institucionalización” 229 del feminismo. Según la autora, este malestar surgiría dentro del seno del movimiento feminista español como punto de desencuentro y polémica ya en los años ochenta del siglo XX, y habría tenido a lo largo de las décadas siguientes “consecuencias paralizantes” 230 para el propio movimiento. En todo caso, este malestar no es exclusivo de nuestro país, ya que “las relaciones entre las femócratas 231 y numerosos sectores del movimiento feminista no han estado exentas de tensiones y problemas en la mayor parte de los países occidentales” 232 . 225 María Bustelo, op. cit., p. 18. 226 Ibíd. 227 Silvia L. Gil, op. cit., p. 40. 228 Ibíd., pp. 66-7. 229 Ibíd., p. 115. 230 Ibíd., p. 111. 231 María Bustelo utiliza el término femócratas para referirse a las mujeres que ocupan cargos en cualquiera de las agencias del feminismo institucional. El uso de este término, en todo caso, no tiene ya un sentido peyorativo y tiene un uso bastante extendido. (De: María Bustelo, op. cit., p. 22) 232 Celia Valiente, op. cit., p. 27. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 71 El origen del malestar ante la institucionalización del feminismo tendría que ver, sobre todo, con de la creación, en 1983, del IM, comúnmente considerado como hito del proceso de institucionalización 233 . Y el malestar se habría intensificado en los años noventa del siglo pasado con las “políticas fuertes impulsadas” 234 por este feminismo, considerando además que a la altura de 1994, el IM ya cuenta con un organismo análogo en la práctica mayoría de las Comunidades Autónomas 235 . Varias autoras coinciden en la idea ya referida de que el IM fue creado por unas pocas feministas vinculadas al PSOE. Por un lado, desde el feminismo autónomo, Silvia L. Gil expone esta misma idea, afirmando que el IM fue creado de espaldas al movimiento feminista y directamente ligado al partido que había conseguido el poder en 1982, de tal forma que el movimiento feminista habría quedado marginado en el proceso, con la consecuencia principal de una separación abismal entre unas y otras. De modo similar, aunque desde una perspectiva diferente, argumenta Celia Valiente cuando afirma que “el factor explicativo más importante [para la aparición del feminismo institucional] es (...) el papel desempeñado por el PSOE en la creación del Instituto de la Mujer” 236 . Celia Valiente sostiene que la fundación del IM está relacionada directamente con el hecho de que “un partido socialdemócrata, el PSOE, alcanzó el poder, siendo un factor crucial para el establecimiento de dicha institución feminista el creciente (aunque frágil) compromiso con la igualdad entre los géneros mantenido por el PSOE en años anteriores” 237 . Así, partiremos de que el IM sería creado inmediatamente después de la conquista electoral del PSOE, “principalmente como resultado de las demandas de un sector de militantes feministas que conocían la existencia del feminismo de Estado 238 en otros países occidentales” 239 . Además, fueron unas pocas integrantes socialistas las que lo gestaron, quedando el movimiento feminista fuera de la elaboración del IM, “como espectador de un drama ajeno” 240 . Como Celia Valiente afirma, apenas se tuvo en cuenta a las asociaciones de mujeres en cuanto a la consulta sobre la necesidad de un organismo tal, ni en cómo debería estar organizado, porque “las mujeres del PSOE no consideraron necesario trabajar al unísono 233 Silvia L. Gil no parte únicamente del malestar ante la institucionalización para efectuar el análisis de los feminismos desde la transición hasta la actualidad. También indaga la noción de autonomía como clave para entender las potencialidades de los feminismos. 234 Silvia L. Gil, op. cit., p. 37. 235 Desde 1988, se puede decir que el Estado español cuenta con un feminismo institucional también en el nivel autonómico (el Instituto Navarro de la Mujer es el último en constituirse, en 1995). 236 Celia Valiente, op. cit., p. 5. 237 Ibíd., p. 7. 238 Feminismo de Estado como sinónimo de feminismo institucional. 239 Celia Valiente, op. cit., p. 10. 240 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 72 con el movimiento asociativo (...) al entender que ésta era una tarea que debía realizarse exclusivamente dentro del partido que había conseguido la mayoría de los votos” 241 . En síntesis, el feminismo institucional está presente en el Estado español, encarnado en los diferentes Institutos de la Mujer y otros organismos de igualdad. Está asociado al IM, a su vez indisoluble en sus orígenes de un determinado sector del PSOE y a un soporte ideológico y económico europeo, así como coligado a un objetivo claro de contribuir a la consecución de la igualdad entre mujeres y hombres en la sociedad, a través de diferentes reformas del sistema, propio del llamado feminismo de la igualdad. De hecho, el IM reconoce que fue “creado por el primer gobierno socialista de la democracia” 242 , y que el nacimiento de [éste] supuso el comienzo de una política institucional para la igualdad de oportunidades [entre mujeres y hombres] que se concretó en los sucesivos Planes para la Igualdad de Oportunidades de las Mujeres (PIOM), encaminados a eliminar las diferencias por razones de sexo y a favorecer que las mujeres no fuesen discriminadas en la sociedad. 243 2.2.- Efectos de la institucionalización: el discurso del feminismo institucional como discurso hegemónico. El impacto de la creación, de esta forma unilateral, del IM, para Silvia L. Gil ha tenido varios efectos, que más arriba hemos llamado “paralizantes" para el movimiento feminista. En primer lugar, una de las consecuencias sería la neutralización de la componente radical y crítica del movimiento, en cuanto que los logros feministas progresivamente se vieron ceñidos a “las reformas legales necesarias de cada momento” y a la negociación dentro de las propias instituciones 244 . En este sentido, el feminismo institucional ha sido criticado en numerosas ocasiones por fomentar y hacer hincapié en la idea de que a través de reformas estrictamente legales se puede poner fin a las desigualdades entre mujeres y hombres, dejando de lado otros mecanismos de transformación social. Otra de las críticas al IM tiene que ver con el desgaste que supone el trabajo intra-institucional en y durante cada legislatura, de tal forma que se descuida el trabajo “hacia fuera”. 241 Ibíd. 242 Web del Instituto de la Mujer: Inicio>El Instituto>Conócenos. Enlace en: http://www.inmujer.es/elInstituto/conocenos/home.htm. Consultado por última vez en agosto de 2012. 243 Web del Instituto de la Mujer: Inicio>El Instituto>Conócenos>Historia. Enlace en: http://www.inmujer.es/elInstituto/historia/home.htm. Consultado por última vez en agosto de 2012. 244 Silvia L. Gil, op. cit., p. 112. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 79 en la medida que resulta complicado –y en algunos casos se propone como no deseableofrecer una definición cerrada y un sujeto unitario. De este modo, el manejo de un sujeto mujer cerrado y estático desde el feminismo institucional, si bien puede ser útil para implementar determinadas políticas públicas, desde el plano teórico y de políticas generales, resulta harto problemático, como ya vienen discutiendo los feminismos desde hace varias décadas. En todo caso, observemos que el IM considera, de algún modo, la diversidad dentro de este constructo “mujeres”, en la medida que entiende que “entre [éstas] existen diversidades, que son una fuente de riqueza pero también pueden suponer un motivo de discriminación” 271 y para ello, concluye, se debe “atender a las diferencias de los perfiles de las mujeres y las posibles formas de discriminación múltiple que pueden llevar a situaciones de exclusión social” 272 . La consideración de la diversidad de los perfiles de las mujeres pasa por la elaboración de políticas públicas encaminadas a mejorar la situación de las mujeres de determinados colectivos entendidos bajo las categorías de: mujeres migrantes (y la búsqueda de su inserción en el sistema sociolaboral), mujeres con discapacidad (y el objetivo del desarrollo de “formas de vida regulares y normalizadas” 273 en el espacio público), mujeres en situación de vulnerabilidad, que comprende: mujeres reclusas y ex reclusas (valorando la dificultad en el cuidado de calidad con sus hijas/os), mujeres prostituidas y víctimas de trata 274 , mujeres dependientes del consumo de sustancias tóxicas (en cuanto a su relación con el riesgo de violencia de género o de ser prostituidas), mujeres mayores (en cuanto a su acceso a las prestaciones de los sistemas públicos de protección social) y las familias monoparentales (en cuanto a la relación de estas mujeres con el empleo/desempleo y los efectos de esta relación con las personas integrantes (menores y mayores, dependientes) de la familia); y, por último, mujeres de minorías étnicas, refiriéndose en concreto a la comunidad gitana. El IM procede así a descentrar el sujeto monolítico “mujeres”, a través de la consideración de la diversidad, entendida de una forma estricta y reducida, valorando exclusivamente: la pertenencia a una minoría étnica –si bien sólo es citada la comunidad gitana-; ser reclusa o ex 271 Web Instituto de la Mujer: Inicio>El Instituto>Líneas de acción>Diversidad e inclusión social. Enlace en: http://www.inmujer.es/elInstituto/lineasAcciones/diversidad/home.htm. Consultado por última vez en enero de 2012. 272 Ibíd. 273 Web del Instituto de la Mujer: Inicio>El Instituto>Líneas de acción>Mujeres con discapacidad. Enlace en:http://www.inmujer.es/areasTematicas/multiDiscriminacion/mujeresDiscapacidad/home.htm Consultado por última vez en enero de 2013. 274 Nótese la noción de “mujeres prostituidas” y su relación con “víctimas de trata”, que da cuenta de una postura clara ante el actual –aunque no novedosodebate sobre la prostitución dentro de los feminismos. Las políticas y la consideración del Instituto de la Mujer con respecto a la cuestión tienen que ver con su postura abolicionista. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 80 reclusa; el estar prostituida; la situación de drogodependencia; ser víctima de violencia de género; ser madre en una familia monomarental; ser anciana. Todos estos subgrupos del grupo más amplio “mujeres” tienen en común el estar en una situación en riesgo/de exclusión. En todo caso, si bien el término “exclusión social” ha resultado –desde su consolidación en los 70- ser una herramienta especialmente útil para describir, no solo las situaciones y vivencias de exclusión, sino los procesos que perpetúan y realizan dicha exclusión, cabría señalar también que, en función de qué medidas se articulan para corregirla, genera algunos problemas específicos. En este sentido, Caterine Galaz ha afirmado que frente a la complejidad (...) de un contexto postcolonial caracterizado por importantes diferencias económicas y sociales, se recurre habitualmente a modelos de intervención [para grupos en exclusión social] dirigidos que se focalizan en el cumplimiento de indicadores preestablecidos. Abordar los problemas desde una mirada externa que descontextualiza y segmenta a la población dificulta la participación y el diálogo entre distintas formas de comprender y abordar la convivencia. De esta forma, la “diferencia” contemplada por el IM y su discurso sobre “las mujeres” podría estar pasando “a ser la bisagra por la que transita una cierta jerarquización comunitaria, entre grupos más próximos que otros colectivos, cimentando el camino” como mínimo para la “inclusión perversa” de ciertos colectivos a la comunidad en general (es decir, que se incluyen sólo en aquellos espacios donde no son problemáticos para el resto del grupo mayoritario)” 275 . Por ejemplo, un “cierto colectivo” sería la comunidad gitana, en el sentido que de facto es el único colectivo que incorpora el feminismo institucional a la hora de hablar de mujeres excluidas a causa del vector de opresión étnico. Olvidando, de forma consciente o inconsciente, a todas las mujeres que ese vector puede marcar, en especial a las migrantes. Porque de este modo se puede hablar “del drama de la inmigración, victimizando a las mujeres migrantes y del Tercer Mundo, pero no se critican las leyes de extranjería pidiendo los mismos derechos para todas las personas” 276 . Un problema de esta forma de entender la diversidad de “las mujeres” tiene que ver con que no se comprende desde el carácter relacional del sexo-género, la raza (etnicidad) y la clase social; “y es que la discriminación de género no es adicional, sino relacional, lo que significa que colorea y es coloreada por otras divisiones sociales, como la clase social y la raza (o 275 Caterine Galaz, “Los efectos de centrarnos en la diferencia cultural”, octubre de 2010. Enlace en: http://www.ambitmariacorral.org/castella/?q=node/1051. Consultado por última vez en enero de 2013. 276 Silvia L. Gil, op. cit., p. 118. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 81 etnicidad)” 277 . De esta forma, los feminismos pueden no tener “sentido sacándolos de su contexto racializado y de clase (...) y (...) fuera de las divisiones sociales basadas en la opción sexual, la edad, etc.; divisiones que (...), no podrán ser atendidas sin alterar cualitativamente el orden social existente” 278 . Seguimos ahora el análisis de Pilar Rodríguez, que, examinando el pensamiento de Audre Lorde, apunta a que aquellas estrategias feministas que únicamente conciban la categoría de género (“mujeres”) “corren el peligro de estar usando las ‘herramientas del amo’” 279 , y no pueden dar cuenta de las realidades vividas por mujeres “de la periferia social” 280 . Haría falta un análisis de las consecuencias del discurso del IM, del feminismo institucional en el Estado español, sobre “las mujeres”, ya que el relato acerca de éstas presenta dificultades para articular múltiples divisiones sociales que operan junto con el género. Efectivamente, una gran parte de los feminismos está dedicada a investigar y poner en práctica diferentes formas de entender y vivir esta articulación, no sin dificultades considerables. En todo caso, muchos de ellos trabajan en el sentido de desechar o ampliar la idea de que “en la sociedad hay dos categorías sociales homogéneas (hombres y mujeres)” 281 . Resultaría particularmente interesante que en el discurso del feminismo institucional permeasen las propuestas de feministas como Adrienne Rich y su “política de localización”, o las nuevas proposiciones de “los feminismos periféricos”, -en gran medida herederos de aquélla-, que “destacan la importancia de la localización y la interseccionalidad [y] no ponen énfasis en la identidad, sino en las múltiples identificaciones” 282 . Como ya exploramos en el capítulo anterior, la forma en la que se articulan los diferentes ejes de opresión puede concebirse desde el posicionamiento de eludir cualquier identidad previa, partiendo de la práctica cotidiana, y que se centre en “los efectos que producen determinadas maneras de aparecer –o de re-presentar a otras– como mujeres, y los cambios que operan en la identidad cuando se tiene en cuenta el contexto” 283 . Por otro lado, de lo anterior se deriva que la consideración de la diversidad en el concepto “mujeres” del IM parte de una forma de entender la articulación que podemos llamar 277 Pilar Rodríguez, “Feminismos Periféricos”, Sociedad & Equidad, nº 2, julio de 2011, p. 30. Enlace en: http://generatech.org/sites/default/files/feminismos_perifericos_a.pdf. Consultado por última vez en enero de 2013. 278 Ibíd., p. 35. 279 Ibíd. 280 Ibíd. 281 Ibíd., p. 41. 282 Ibíd. 283 Ibíd., p. 35. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 82 “aditiva” 284 , en cuanto que da a entender, o partir de él se presupone, que a la discriminación por género deberían ir añadiéndose unas –y no otrasrazones de opresión. Resulta muy complicado, a partir de este modelo de análisis de la realidad –y propuestas de transformación social en consecuencia-, dar cuenta de la “realidad social vivida” de las personas. En primer lugar, porque las personas no viven “las divisiones sociales una tras otra”, sino que el cómputo de los ejes de opresión que nos marcan “nos ubica en situaciones sociales concretas donde los efectos de una división social pueden multiplicar o evitar los efectos de otra división social” 285 . En segundo lugar, porque en realidad este modelo aditivo no puede dar voz a las mujeres en los márgenes, las atravesadas por múltiples discriminaciones. En palabras de Pilar Rodríguez, este modelo supondría que las mujeres de la periferia deberían poder conformarse con plantear sus reivindicaciones en un foro feminista y no parecen preocuparse por saber cuántas feministas blancas, de clase media, sin discapacidad, jóvenes y heterosexuales estarían dispuestas a abrazar luchas antiglobalización, contra las leyes de extranjería, antirracistas, obreras, que defiendan los intereses de las mujeres del Tercer Mundo, mayores, lesbianas, con discapacidades o transexuales: ¿Cuantas, por ejemplo, estarían a favor de una política de apertura de fronteras que terminara de una vez por todas con los problemas de ‘documentación’ de la mujeres –y hombresque provienen de países pobres? 286 Cuando hablamos de partir de las experiencias y de diferencias o singularidades entre mujeres, no deberíamos entender que partimos de un discurso individualista, o, al menos, deberíamos tener en cuenta este factor para evitarlo. De hecho, al fomentar la política de la localización, lo que debemos procurar es la comprensión de que en realidad estamos privilegiando el encuentro con otras y otros 287 , potenciando la idea de “la práctica “relacional” que hace pasar los afectos, las emociones, las ideas,… entre los varios, construye “colectivo”” 288 . Ahora bien, teniendo en cuenta que “el colectivo no es un “ente” compuesto por agregación de los singulares, sino entramado construido entre varios, siempre en proceso dinámico y abierto 289 ”. 284 Ibíd., p. 33. 285 Ibíd. 286 Ibíd. 287 Montserrat Galcerán, “Identidad, género y sujeto político”, en: VVAA, Laboratorio Feminista. Transformaciones del trabajo desde una perspectiva feminista. Producción, reproducción, deseo, consumo, En tierra de nadie ediciones, Madrid, 2006, p. 92. Enlace en: http://www.universidadnomada.net/IMG/pdf/texto_Laboratorio_feminista_cuarta_version_.pdf. Consultado por última vez en enero de 2013. 288 Ibíd., p. 93. 289 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 83 Siguiendo entonces la argumentación de Montserrat Galcerán, la componente colectiva y relacional de una política tal tiene una importancia crucial para frenar “la [actual y creciente] presencia de la administración” en las vidas de las personas, que puede llevar, entre otros efectos, a vernos atrapadas “en cierta lógica de la victimización que nos lleva a desplazar la dependencia: de los varones a los organismos estatales” 290 . Por último, esta forma de concebir la diversidad de “las mujeres”, ni siquiera imagina como vector de opresión la institución de la heterosexualidad o, al menos, no la nombra, que es lo mismo que hacerla invisible. Si bien, como veremos, algunos de los manuales que se van a explorar incluyen la idea de “diversidad afectivo sexual”, que comprende más o menos vagamente la homosexualidad y el lesbianismo. Esta no inclusión del vector de opresión de la heterosexualidad obligatoria es problemática. Una de las razones para este olvido puede llevarnos a una explicación más profunda que un simple descuido. Vimos ya en el capítulo anterior que el feminismo lesbiano hubo de descentrar aquel sujeto “mujer” heterosexual. Porque el análisis de “las mujeres” como mera oposición a “los hombres”, en realidad encubre “la heterosexualidad obligatoria, puesta en relieve por las lesbianas” 291 . No considerar que exista una norma heterosexual obligatoria nos lleva, al menos, a reforzar la idea de la naturalidad de la heterosexualidad. Además, este no reconocimiento coloca al discurso del feminismo institucional en una posición en ocasiones ciega a sus efectos, en cuanto que al manejar esta noción de “las mujeres”, estaría afirmando unas cuestiones, -como por ejemplo ha hecho con el matrimonio homosexual-, pero no otras, que serían desplazadas, -como, continuando con el ejemplo, la necesidad de que se mueva la hegemonía de la norma heterosexual- 292 . La forma en la que el discurso del feminismo institucional entiende la categoría “mujeres”, como hemos visto, está íntimamente relacionada con la forma en la que comprende la categoría de género. Y es que, a pesar de que la noción de género lleva revisándose desde antes de mediados de los años ochenta del siglo pasado, como vimos en el capítulo anterior, “tanto por su inadecuación teórica como por su naturaleza políticamente amorfa e imprecisa” 293 , el uso de esta perspectiva fundamentada en una noción de género invariable e 290 Ibíd. 291 Ibíd., p. 88. 292 Silvia L. Gil, op. cit., p. 118. 293 Rossi Braidotti, Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nomáde. Gedisa, Barcelona, 2004, p. 131, citado en: Lourdes Méndez, op. cit. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 84 incuestionable ha dado lugar a “una práctica institucional que resulta problemática para las feministas” 294 . De la definición de género que se maneja en el feminismo institucional, propia de la vertiente más formal del feminismo de la igualdad 295 , subyace la idea de éste considerado como un dato cultural, que tiene el efecto de dar lugar a una “dicotomización del propio concepto de género” 296 , en la medida en la que identifica a mujeres y a hombres y los constituye en dos bloques cerrados y totalmente homogéneos que nos hacen ver la realidad desde la “única rejilla” 297 del género. Una de las hipótesis que sostengo es que, en la práctica y en la articulación de su discurso en cuanto al género, el feminismo institucional puede estar dejando de lado una de las potencias analíticas que ofrece el género, ésta es, la componente relacional. La comprensión del género “en términos relacionales” 298 implica tener en primera plana “las relaciones que tienen lugar entre los sexos, eliminando la ficción de que la experiencia de cada sexo no tiene que ver con la del otro”, de tal forma que “lo que le pasa a las mujeres está estrechamente vinculado con los hombres, si no es su resultado directo” 299 . Además de no tener un marco contextual potente en el que encuadrar el género, en un mapa de diferencias y jerarquías simultáneas según otras variables, como hemos visto más arriba. Esta segunda noción relacional del género puede dar cuenta de estas diferencias “como consecuencia de unas relaciones de poder entre mujeres y hombres (y entre las propias mujeres) que estructuran lo social, e implica preguntarse cómo las diferencias son creadas por las relaciones de género en vez de enfatizar y contrastar diferencias” 300 que se ofrecen de partida. La componente relacional del género también debería llevar, a “ver la articulación del 294 Ibíd. 295 “Con el tiempo, dentro del movimiento feminista [del Estado español], se acabaron definiendo dos tipos de feminismos: el de la igualdad y el de la diferencia. Para el feminismo de la igualdad, el género es una construcción socio-cultural basada en el sexo biológico. Hay que luchar por deshacer esa construcción y llegar a la igualdad entre todas las personas, más allá del género impuesto socialmente (...) las feministas de la diferencia critican a las de la igualdad por buscar reformas institucionales y una igualdad que es la igualdad de un sistema injusto, asimilado a lo masculino (...) Y ambas tendencias compartían la idea de que existía un sujeto fuerte, unitario, el sujeto Mujer: en el caso del feminismo de la igualdad, en forma de sujeto político (...) [en el que] el cuerpo desaparece, se neutraliza, y el género como construcción social se aplica de forma homogénea para todas las mujeres (...) [haciendo] el género una esencia social (...) [partiendo] de una identidad que determina su destino” (De: Silvia L. Gil, op. cit., pp. 62-63). 296 Mari Luz Esteban, Crítica del pensamiento amoroso, Bellaterra, Barcelona, 2011, p. 165. 297 Lourdes Méndez, op. cit. 298 Ibíd. 299 Yuliuva Hernández, “Acerca del género como categoría analítica”, Nómadas. Revista Científica de Ciencias Sociales y Jurídicas, nº 13, 2006, 300 Lourdes Méndez, op. cit., Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 85 género con otros factores de organización y de estratificación social como la clase, la etnia, la edad, el gusto sexual, etc.” 301 , y la correlación de éste con “las dimensiones políticas y económicas de poder y desigualdad que estructuran los [géneros] y contribuyen a su reproducción” 302 . En suma, desde esta investigación entendemos que la categoría de género es esencial en cuanto que se desvela como una forma primaria de poder, e involucra en el análisis a hombres y a mujeres –y no sólo a éstas-. Pero no es la única, o al menos debe entenderse de forma relacionada y articulada con otras categorías, y en diversos niveles de análisis, como por ejemplo, la heterosexualidad obligatoria o el sistema capitalista. 3.2.- Acerca de la noción de empoderamiento. Consideremos ahora otro elemento clave del discurso del feminismo institucional: el empoderamiento, teniendo en cuenta en primer lugar que no podemos entender el sentido que plantea esta herramienta para el feminismo institucional sin comprender que está en connivencia y armonía 303 con la articulación de género específica que hemos expuesto en el apartado anterior. Antes de entrar de lleno en el análisis del sentido de la noción en el discurso del feminismo institucional, advertiremos que el término empoderamiento en general presenta ambigüedades, y que su uso generalizado ha hecho que “el concepto (...) haya sido utilizado muchas veces de forma indiscriminada, de modo tal que es apropiado para adecuarse a intereses teóricos, políticos e ideológicos diferentes” 304 . En este sentido, como vamos a observar, los esfuerzos feministas han sido ingentes a la hora de desvelar las tradiciones implícitas que la noción de empoderamiento entraña, incluso aquellas que provienen de los propios feminismos. La relación entre el término y los feminismos es clave, si bien la noción no es exclusiva de éstos. Y es clave en el sentido que se desprende de las palabras de Magdalena León en la cita que abre este epígrafe: si las feministas “occidentales” incluyeron la categoría de género en los análisis, las feministas “de la periferia” hicieron lo propio con la de empoderamiento. Tanto las feministas de países y regiones de la periferia como las que habitaban la propia periferia de los países del centro. Así, la negociación de una definición, o al 301 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 165. 302 Lourdes Méndez, op. cit., 303 Ibíd. 304 María Virginia Bentancor, “Empoderamiento: ¿una alternativa emancipatoria?”, Margen, nº 61, junio de 2011, p. 4. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 86 menos, un sentido preciso de empoderamiento entre las feministas del centro y de la periferia, haría que el empoderamiento mismo funcionase con conexión entre unas y otras. Dicho en palabras de la autora: El empoderamiento como concepto que representa un encuentro de la teoría y práctica del feminismo del primer y tercer mundo lo resumimos (...) como un potencial para ser utilizado en la planeación del desarrollo de manera que garantice que las necesidades de las mujeres sean abordadas. Para ello tiene que ser definido con precisión. Sólo así es un concepto útil como herramienta de análisis y planificación. 305 Y, de nuevo, antes de ofrecer la definición de empoderamiento para el feminismo institucional, merece la pena recordar aquí las características generales del discurso de este feminismo, en cuanto que enmarcan y delimitan las posibilidades de la noción, y delinean su significado. Anteriormente observamos que el feminismo institucional tiene unos límites estructurales claros, en cuanto que su origen está vinculado al PSOE, con su discurso social liberal, pero también en el proceso de desarrollo del estado del bienestar, que, como podemos observar, está siendo desmantelado por causa de la globalización neoliberal. Por lo que se producen “restricciones en las políticas de igualdad” 306 , y paradojas como que por un lado se acepten, o al menos se soporten, “políticas económicas liberales [que] suponen el recorte de servicios sociales, la desregulación del mercado laboral y la consiguiente precarización del trabajo”, y por otro se sostenga, desde algunas instituciones, “una retórica igualitarista” 307 con cada vez más calado social, a la par que las demandas emitidas por los feminismos. En esta lógica del discurso social liberal del feminismo institucional, la herramienta de empoderamiento necesariamente tendrá los mismos límites que el discurso que la articula. De este modo, operan como límites estructurales también las propias concepciones ideológicas que sustentan al feminismo institucional, “la versión más formal del discurso de la igualdad basado, entre otros aspectos, en la aceptación del sistema y del orden social establecido”, asumiendo así de paso las limitaciones estructurales que ese sistema impone a la libertad de las mujeres, así como las propias diferencias que los mecanismos de inclusión y de exclusión que le son inherentes establecen entre ellas: las que tienen trabajo estable y las que lo tienen precario, las que están en el 305 Magdalena León, “El empoderamiento...”, op. cit., p. 106. 306 Justa Montero, “Momentos singulares en la evolución del feminismo en el Estado español”, en: VVAA, Laboratorio Feminista. Transformaciones del trabajo desde una perspectiva feminista. Producción, reproducción, deseo, consumo, En tierra de nadie ediciones, Madrid, 2006, p. 168. 307 Ibíd., p. 168. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 87 poder y las que no tienen ni los papeles, las buenas esposas y las prostitutas, las que pueden hacer uso de las leyes y las que no 308 . Este límite claro del feminismo institucional en cuanto a la conformidad de fondo con el sistema establecido plantea algunos problemas. Como por ejemplo, tal y como ha referido María Virginia Betancor, que la misma idea de empoderamiento necesariamente pasa por entender, como mínimo, que hay sujetos excluidos y un objetivo de inclusión social en el horizonte; por lo que la noción incluiría la promoción activa “de la transformación de ciertas estructuras sociales existentes” 309 que sostienen esa exclusión. Podríamos decir que, al menos, cabría exigir a la noción de empoderamiento del feminismo institucional cierta administración entre la tensión generada por la necesidad de transformación de algunas de las estructuras y la aceptación del sistema social establecido. En palabras de María Virginia Betancor, “esto puede ir contra los intereses de ciertos grupos, generando tensiones que muchas veces los gobiernos prefieren evadir pues pueden perjudicar la competencia electoral” 310 . Que es lo mismo que decir que la noción de empoderamiento, necesariamente, debe ir acompañada del reconocimiento de que lleva asociada la idea de conflicto o “desafío a un orden establecido y excluyente” 311 . Sin embargo, otras autoras también han advertido que algunos enfoques del empoderamiento han puesto el énfasis precisamente en esta componente de conflicto, que vendría generado por la disputa de dos bandos con intereses diferentes por el control de los recursos. En este sentido, Stephanie Riger apunta a la necesidad de entender el empoderamiento sobre todo enfatizando la componente de comunidad, la colectiva, para mitigar las posibles disputas por el poder. Así, la autora afirma que, si bien la noción de empoderamiento debe incluir la idea de autonomía individual, “las vinculaciones comunitarias son tan importantes como el empoderamiento individual (...) aunque los intereses individuales puedan ser contrarios a los comunitarios” 312 . En cualquier caso, lo que sí queremos manifestar es que empoderamiento, en el seno de su concepción, encierra la idea de cambio. 308 Ibíd., p. 168-9. 309 María Virginia Betancor, op. cit., p. 4. 310 Ibíd. 311 Ibíd. 312 Catalina Denman, et. al. “Poder y empoderamiento de las mujeres”, Región y sociedad, vol. XI, nº 18, 1999, p. 192. Enlace en: http://oficha.com/project/etext/colson/18/18_8.pdf. Consultado por última vez en enero de 2013. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 88 Detengámonos ahora en la definición de empoderamiento que el IM, el paradigma del feminismo institucional del Estado español, despliega en el Plan estratégico de Igualdad 2008- 11 313 : “El empoderamiento de las mujeres, en el sentido de valorar y fortalecer sus formas de hacer, de ejercer el poder y de relacionarse. El concepto de empoderamiento posee una doble vertiente. Por una parte, se refiere a la capacidad de las mujeres para acceder a aquellos puestos donde se toman decisiones. Por otra, a la revalorización de la aportación de las mujeres” 314 Como se ha podido observar, incluye la doble vertiente de desarrollo de capacidades de las mujeres en “lo público”, y de revalorización de la aportación invisibilizada de éstas. Además, añade que el empoderamiento requiere que las mujeres tengan la capacidad de “adoptar sus propias decisiones”, la autonomía, pero estas decisiones han de ser reconocidas por el conjunto de la sociedad. Por lo que se requiere un trabajo colectivo, que el IM entiende como “un pacto” 315 , aunque no precisa quiénes son los agentes que intervienen en el pacto (¿sólo “los hombres”?, ¿también el Estado?, ¿y los mercados?). En primer lugar, debemos reparar en la cuestión de la autonomía, que parece clave en la noción de empoderamiento del feminismo institucional. Como ya se vio, una aproximación a la autonomía desde algunas perspectivas feministas, y desde la que parte esta investigación, creemos que debe hacerse a partir de la noción de la inter(in)dependencia, esto es, partiendo de la idea de que todas las vidas son vulnerables, y que necesitan ser cuidadas. También vimos que para que un sujeto sea autónomo –en el sentido que se dibuja desde la modernidad occidental-, otros sujetos deben ser desposeídos de su autonomía, de su calidad de sujetos, para proveerle cuidados y, de paso, invisibilizar este hecho. Del mismo modo, para que exista la esfera de lo público, en la que los sujetos tienen la promesa de ser libres e iguales entre sí, se ha tenido que someter y opacar la esfera de lo privado, donde se van a confinar otros sujetos sometidos e idénticos entre sí, que no acceden al estatus que confiere “lo público”. Carole Pateman 316 lo refirió ya a través de la idea de que existe un pacto sexual realizado en el mismo momento que el pacto social, ambos realizados exclusivamente por los hombres para 313 “Plan estratégico de igualdad de oportunidades 2008-2011”, Catálogo de publicaciones oficiales del Instituto de la Mujer, Madrid, 2008. Enlace en: http://www.inmujer.gob.es/areasTematicas/redPoliticas/metodologia/docs/0031-PlanEst.pdf. Consultado por última vez en febrero de 2013. 314 Ibíd., p. 15. 315 Ibíd. 316 Carole Pateman, (1988), El contrato sexual, Anthropos, Barcelona, 1995. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 95 análisis de estos tres autores sobre el poder, el feminismo institucional europeo hubo de incluir la idea específica que manejaban de género (recordemos que su consolidación parte de las mismas conferencias mundiales). El concepto así definido no puede entenderse, en este discurso del feminismo institucional, sin la noción de “mainstreaming o perspectiva de género”, que es un proceso político, a la vez que técnico, (...) definido en el Consejo de Europa como: «la organización, la mejora, el desarrollo y la evaluación de los procesos políticos, de modo que una perspectiva de igualdad de género se incorpore en todas las políticas, a todos los niveles y en todas las etapas por los actores normalmente involucrados en la adopción de medidas políticas»” 339 . De esta forma, empoderamiento y perspectiva de género se convertían así prácticamente en las únicas “dos estrategias para el logro de la igualdad” 340 , que en el caso específico de las mujeres tendría que ver con “una toma de conciencia sobre cómo las relaciones de poder operan tanto en el hogar como en la sociedad en general, y transformarlas” 341 . Como hemos mencionado más arriba, hablar de empoderamiento es hablar de una forma concreta en la que se analiza y se entiende el poder; “de manera que, su uso es un llamado de atención sobre las relaciones de poder o del poder como relación social” 342 . La noción de poder que despliega Michel Foucault a lo largo de su obra ha sido esencial para los feminismos, en el sentido “que si la razón de ser del feminismo es contribuir a la transformación de las relaciones de género basadas en el ejercicio del poder, y según Foucault, éste está presente en todos los niveles de la sociedad, entonces los cambios deben darse en todos los tipos de relaciones sociales” 343 . Y es que el filósofo francés ofrece una noción de poder multidimensional y relacional, por la que es posible comprender que los individuos también están insertos en las estructuras relacionales de poder, en palabras de Teresa de Lauretis, como agentes “que ejercen poder y como objetos de los juegos de poder, constituidos por las esferas de poder en las que están atrapados, mientas al mismo tiempo la configuran” 344 . Lo que supone, para los feminismos, con, desde, versus de, a: Éticas y políticas del poder y del amor”, en: Alicia Gil et. al. (eds.), op. cit., p. 252) 339 Mª Rosa Luengo, op. cit., p. 235. 340 Coral Cuadrada, op. cit., 252-3. 341 Ibíd., p. 253. 342 Magdalena León, “Empoderamiento: Relación...”, op. cit. 343 Ibíd. 344 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 96 una apertura, en el sentido que despoja de sentido las concepciones de poder por las que éste se tiene o no se tiene, en un juego de bandos opuestos en disputa por el mismo, y permite entender el poder como un proceso que, al mismo tiempo, está reconociendo la posibilidad misma de “mirar el empoderamiento y el desempoderamiento como dos caras de una misma moneda con sus múltiples interrelaciones” 345 . En el capítulo anterior vimos este mismo giro sobre la concepción del poder en el sentido que las feministas comienzan a ver en la sexualidad misma un núcleo denso en el que el poder se expresa. En este mismo hilo, para la noción de empoderamiento desde una perspectiva feminista amplia, el comprender que las mujeres pueden estar sometidas a ejes de poder que operan sobre ellas, pero que también pueden ejercer ese poder a través de cierta agencia, es un hito. En palabras de Magdalena León, “las relaciones de poder pueden, entonces significar dominación, como también desafío y resistencia a las fuentes de poder existentes o servir para obtener control sobre ellas” 346 . Como advierte la autora, el debate feminista sobre el poder y las mujeres se fundamentó, en los inicios, en una concepción de poder estrecha. Lo que ella llama “poder sobre” 347 , caracterizado por “la capacidad de imponer decisiones sobre” otros sujetos y que, a pesar de que puede contar con normas conocidas o “reglas visibles” 348 , y que “domina y suele manifestarse en la toma de decisiones en conflictos abiertos u observables” 349 , tiene otras formas de operar que no son tan visibles. De esta forma, es un poder que puede imponer decisiones sobre otros y otras, pero, más allá, puede “decidir lo que se decide” 350 . Aquí, la noción multidimensional de poder desplegada por Michel Foucault y recogida por muchos análisis feministas, se hace imprescindible para comprender que el poder también se expresa, más allá del acceso o no a los espacios de toma de decisiones, en “lo suprimido” 351 , en aquello que no se nombra ni se considera en la decisión o valoración del conflicto, en el ejercicio de invisibilización. Pueden hacerse invisibles tanto los sujetos como los conflictos mismos, de tal forma que así también está operando el poder, al no permitir que aparezcan otros agentes o un conflicto abierto mismo. 345 Ibíd. 346 Ibíd. 347 Magdalena León, “El empoderamiento...”, op, cit., p. 101. 348 Ibíd. 349 Ibíd. 350 Ibíd. 351 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 97 La diferenciación del “poder sobre”, de otras formas en las que el poder se expresa, también permitió abrir en el propio movimiento feminista el debate acerca de las mujeres y el poder, que hasta entonces, afirma la economista feminista, había permitido oculto. Observemos que la negación misma del debate en el seno de los feminismos permitía comprobar que, efectivamente, estaba operando ese “poder sobre”, en cuanto que se eludía el conflicto o la discusión. Como, por ejemplo, pudo ocurrir en los feminismos de segunda ola que sostenían un sujeto mujeres unitario y correspondiente a una mujer blanca, heterosexual, de clase media, educada, joven y sin discapacidades. Además, en la negación del propio debate también se incluía la “idea implícita de que sólo se concebía este tipo de poder 352 dentro de los feminismos. Y, de paso, lo que ocurría, era que se evitaba hablar de relaciones de poder dentro del propio movimiento 353 , y entre las mujeres mismas. En todo caso, asumir el debate permitió a los movimientos feministas adentrarse en una cuestión esencial, que pasaba por “la crítica [al] manejo negador y victimizado” 354 que las feministas estaban haciendo del poder hasta aquél momento, y, en el mismo movimiento, analizar de forma crítica la propia práctica feminista. En otras palabras: la idea de que sólo existe una forma de poder “suma cero”, el “poder sobre”, implica que aquéllas que tradicionalmente no han ostentado ese poder, se observan desposeídas o desempoderadas. Son consideradas víctimas carentes de poder, por lo que habrán de lanzarse a la conquista del mismo. Por otro lado, las estrategias de empoderamiento que se desplieguen irán encaminadas a situar a las mujeres en los lugares en los que se ejercita ese “poder sobre”, esto es, “lo público”. Y así, las formas de resistencia y otras formas de poder que quedarían subsumidas en esta categoría monolítica que las mujeres han podido articular en esa o en otras esferas –en “lo privado”-, o de formas alternativas al modelo del que se parte (que es androcéntrico, además), no se contemplan, por lo que se niega su existencia. Y, es más, ni siquiera aceptar que ese “poder sobre” existe entre mujeres también, y no sólo las del movimiento, implica una forma de “dominación implícita” 355 de unas sobre otras. En este último hilo, algunas voces críticas con el feminismo institucional del Estado español han cuestionado que su discurso, en ocasiones, ha contribuido a desplazar las demandas de las mujeres o del movimiento feminista, impidiendo así que si quiera se visibilice el conflicto que se denuncia. Habría que revisar más profundamente los efectos y las direcciones reales que 352 Magdalena León, “Empoderamiento: Relación...”, op. cit. 353 Ibíd. 354 Ibíd. 355 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 98 este proceso de invisibilización tiene sobre las mujeres en nuestro país; pero, lamentablemente, no podemos detenernos en ello ahora. Lo relevante es que, al hacer emerger la noción de “poder sobre” en el centro de los feminismos, a la vez que se ampliaba esta concepción unitaria del poder, permitía, de facto, considerar que las mujeres siempre han tenido la “posibilidad de poner resistencia o de manipular [ese poder] a su favor, disminuyendo el sentido victimizante” 356 , y aumentando su agencia. Por otro lado, también resultan esenciales las aportaciones de teóricas feministas, como por ejemplo Jo Rowland y Naila Kaaber 357 , que han puesto en juego una noción de poder que amplía la mera noción de “poder sobre”, facilitando el acceso a un concepto de empoderamiento más preciso y emancipador para las mujeres. En este sentido, Jo Rowland diferencia entre “poder sobre”, que sería “un poder suma cero”, y una consideración tripartita del poder, que no implica resta de poder de unas para la ganancia de poder de otras, sino que el aumento de poder de unas, implica el incremento del poder total: “poder para”, “poder con”, y “poder desde dentro”, o “poder interior”, como lo denomina Naila Kaaber. Tal y como sintetiza Magdalena León, este poder “suma-positivo”, que es “un poder generativo, productivo [y] permite compartir el poder y favorece el apoyo mutuo”, es poder para que, [que] invoca la solidaridad para el cambio; el poder con, [que] nos habla de solidaridad y alianzas, mientras el poder desde dentro nos remite a la capacidad de transformar la conciencia propia y reinterpretar la realidad en que nos movemos. Esta noción de poder se ubica en el núcleo del concepto de empoderamiento. 358 Estas tres componentes del poder que acabamos de analizar, pues, deben estar contempladas en cualquier estrategia de empoderamiento que se despliegue, teniendo en cuenta, además, la advertencia de las feministas periféricas: que no hay manual de recetas universal ni válido para todas las situaciones de desempoderamiento 359 . Como comenzábamos este capítulo, las relaciones de pareja son un círculo particular clave en el que el poder se inscribe. A la luz de esta caracterización del poder que venimos desarrollando, podemos entender que, si bien las mujeres no han estado desprovistas de poder, sino que “su situación social [ha expresado] poco poder y, el que ostenta, [se ha dado] 356 Ibíd. 357 Ver Catalina Denman, et. al., op. cit. 358 Magdalena León, “El empoderamiento...”, op. cit., p. 102. 359 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 99 dentro de limitaciones sociales muy rígidas” 360 , ha sufrido un especial control en “lo privado” y en instituciones sociales como la pareja o la familia. Observemos, tal y como se ha venido expresando a lo largo de la investigación, que es deseable partir, además, de la heterogeneidad de la expresión “mujeres”, articulando, por ejemplo, políticas de localización. En síntesis, algunas de las dificultades se abren al contemplar el discurso del feminismo institucional y en su articulación de las nociones “las mujeres”, “género” y “empoderamiento” son: Que el feminismo institucional tiene unos límites que podrían contradecirse con la potencia transformadora de la noción de empoderamiento, o al menos reducirla. Es decir, el pensamiento social demócrata igualitarista en el que se apoya no puede ni parece pretender eliminar las estructuras que sostienen las discriminaciones (al menos no todas). Por lo que el núcleo transformador que implica un concepto de empoderamiento como el que creemos que se debe manejar, aquél que contempla “el proceso histórico que crea la carencia de poder”, haciendo “evidente la necesidad de alterar las estructuras sociales vigentes” 361 podría no ser operativo o compatible con los objetivos reales del feminismo institucional. En última instancia, la hipótesis estaría relacionada con la posibilidad para la concurrencia de una noción de empoderamiento transformadora, aquella que reconoce “el imperativo de cambio” 362 , y el discurso del feminismo institucional, que en sí ofrece límites para ese cambio estructural, tanto en el plano discursivo como en la práctica. Que, como hemos advertido, poner en un contexto histórico y social específico la noción de empoderamiento, alejadas de recetas universales y prescripciones generales, es esencial para que la herramienta sea operativa. Y el discurso del feminismo institucional, en este sentido, puede no estar contemplando de forma profunda ni los contextos socioeconómicos en los que se inscribe, ni las múltiples discriminaciones que las mujeres soportan. Así, el manejo de una concepción reducida y estrecha del sujeto “mujeres”, unido a la puesta en juego de una única rejilla de análisis que sería el género, también pueden impedir que la estrategia del empoderamiento actúe y que, incluso, pueda tener efectos adversos para las mujeres. Que el empoderamiento de las mujeres tal y como lo entendemos –como así lo han expresado las feministas de las periferias-, aquél que se mueve de abajo a arriba, desde las bases, no se esté pudiendo poner en juego. Por que, como hemos visto, el feminismo 360 Magdalena León, “Empoderamiento: Relación...”, op. cit. 361 Ibíd. 362 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 100 institucional tiene algunas dificultades históricas para conectar con las bases y con el movimiento feminista, por lo que se podrían estar invisibilizando muchas de las demandas de las mujeres, incurriendo en el ejercicio de un “poder sobre” ellas; además, con una asunción acrítica de este hecho. Que, si bien la definición de empoderamiento del feminismo institucional incluye una doble vertiente de acceso a los lugares de toma de decisiones y de revalorización de lo femenino (entendemos de aquello tradicionalmente relacionado con la esfera de lo privado), habríamos de ver si este doble movimiento parte de la concepción amplia de poder que aquí estamos manejando. Es decir, habría que ver en qué sentidos funciona esta doble vertiente, y si las estrategias pasan por favorecer el “poder sobre” de las mujeres en “lo público” (con los problemas que comporta que se enfatice el trabajo –empleocomo forma de inclusión social) y revalorizar los otros poderes en “lo privado”, o funcionan en otro sentido. Esto es, si se está intentando potenciar, desde una noción amplia de poder, el poder de las mujeres en todos los ámbitos de la vida, o existen conflictos en la puesta en juego de las diferentes aproximaciones del poder a partir de la dicotomía “lo público” y “lo privado”. En el caso concreto del discurso del feminismo institucional en cuanto a las relaciones de pareja se refiere, las formas en las que se entienden género, empoderamiento y “mujeres” pueden también ofrecer problemas, además de los referidos más arriba. Porque este discurso, como vimos, tiene dificultades para articular pensamiento heterosexual, pensamiento amoroso, sistema sexo-género, y otras estructuras de discriminación 363 . Además, maneja un sujeto monolítico mujeres, que no tiene en cuenta, o al menos no de forma integral, la heterosexualidad obligatoria, ni la flexibilidad del género. Tampoco cuestiona la base del sistema capitalista y del pensamiento neoliberal globalizado en el que se inscribe, que está estrechamente relacionada con el sistema sexo-género y otros vectores de opresión. Además, esta posición que mantiene, es hegemónica dentro de los feminismos, de forma que las otras voces críticas, que podrían ampliar este discurso, enriquecerlo, o descentrarlo, no son oídas. Por lo que elaborar políticas de empoderamiento desde este punto de partida debería de ser, cuando menos, sometido a revisiones y evaluaciones que, sin ir más lejos, podrían ir apoyadas en la abundante producción teórica y práctica feminista con la que, desde hace décadas, contamos. 363 De hecho, los feminismos tienen dificultades para establecer esta articulación, pero muchos de ellos, como vimos, aportan argumentaciones más amplias y transformadoras, de las que el feminismo institucional no parece dar cuenta; e incluso aprovechan estas “dificultades” para proponer soluciones más imaginativas de cambio social. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 101 Otro punto interesante a analizar, pero que excede esta investigación, sería qué posición toma el feminismo institucional acerca de la conexión entre el empoderamiento de las mujeres y su relación e impacto en los hombres, en cuanto que este discurso pone énfasis en las relaciones entre hombres y mujeres, al mismo tiempo que apenas considera la institución de la heterosexualidad 364 . Hasta aquí hemos analizado algunos de los elementos esenciales del discurso dominante del feminismo institucional, con los que se ha contado para realizar el análisis de los textos elaborados por el Instituto de la Mujer y organismos afines que contemplaremos en el capítulo siguiente. Veamos, antes de llegar a este análisis, en qué lugar se sitúa la educación en este discurso referido. 3.3.- La importancia y el lugar de la educación. Una de las líneas de acción del IM es la intervención en el ámbito de la educación, entendida ésta como, “desde las edades más tempranas, uno de los pilares fundamentales de la socialización y, por tanto, (...) una de las estrategias básicas para conseguir un avance significativo en la igualdad entre mujeres y hombres en todas las áreas de actuación” 365 . De este modo, intervenir en todos los niveles de educación primaria y secundaria 366 aparece como un requisito esencial para los objetivos del feminismo institucional. El sentido de estas intervenciones en educación tiene que ver con el impulso de “experiencias y proyectos coeducativos que sirvan para contribuir a las limitaciones estereotipadas de roles, y que permitan un desarrollo más equilibrado y libre de la personalidad, ayudando a construir relaciones entre los sexos basadas en el respeto y la corresponsabilidad 367 e impulsando la participación de hombres y mujeres en todos los espacios de la sociedad” 368 . 364 En este sentido, Magdalena León abre el debate en: Magdalena León, “El empoderamiento...”, op. cit., p. 104. 365 Web del Instituto de la Mujer: Inicio>Áreas temáticas>Educación. Enlace en: http://www.inmujer.es/areasTematicas/educacion/home.htm Consultado por última vez en diciembre de 2012. 366 Si bien también se contempla la formación de diferentes colectivos de mujeres de edad adulta. 367 La noción de corresponsabilidad que maneja el discurso feminista institucional tiene que ver, como hemos visto, con el reparto equitativo de responsabilidades dentro de la unidad familiar, por lo que se referiría únicamente a una definición restringida de corresponsabilidad familiar. Ésta noción estrecha no tiene en cuenta la idea de corresponsabilidad más amplia que involucra en el reparto equitativo de responsabilidades del cuidado a los hombres, el Estado y los mercados, es decir, a todos los agentes involucrados de la sociedad. Una de las consecuencias de las políticas públicas desplegadas en función de la noción restrictiva de corresponsabilidad es que se confía a las mujeres de las familias el establecimiento de las condiciones de negociación de ese reparto dentro de sus entornos familiares y de cuidados, hecho que, además, aunque fuera llevado hasta su término –es decir, que efectivamente se repartiesen los trabajos de cuidados de forma equitativa dentro de algunas familiasno solucionaría la Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 10 2 Además, el IM “colabora en la elaboración de recursos didácticos y proyectos docentes de investigación y su difusión mediante diversas herramientas a disposición de la ciudadanía” 369 . Nos detenemos en este punto, porque es esencial incorporar algunos cuestionamientos que, incluso desde el feminismo institucional, se han hecho al respecto de los efectos que la coeducación está teniendo en nuestra sociedad. Así, parece importante referir la advertencia que plantea Mari Luz Esteban, cuando afirma que “los estudios llevados a cabo en la última década con población joven reiteran una y otra vez la misma idea: que aunque los chicos y las chicas estén siendo educados en discursos de igualdad y se observen algunos cambios en sus planteamientos, sus modelos de referencia y objetivos vitales, sus comportamientos y argumentos en torno a las diferencias entre mujeres y hombres, así como sus prácticas y relaciones concretas, desvelan que las diferencias de poder entre unos y otras siguen siendo evidentes” 370 . Efectivamente, no estamos poniendo aquí en duda que el IM junto con otros organismos de igualdad asociados entiendan que su intervención en el ámbito educativo ya ha conseguido las metas que se propone -es decir, la consecución de la igualdadpero sí que me gustaría incidir en la idea de que resulta complejo desde la perspectiva del discurso feminista institucional modificar las diferencias de poder, en la medida en la que éste concibe los roles de género como compartimentos estancos y no relacionales, y no incide en las diferentes estructuras de poder que operan en la constitución de las opresiones; como también resulta problemática, si no peligrosa, la estrategia de empoderamiento individual que manejan. Como afirmamos más arriba, el feminismo institucional, al menos, debería abrirse a otras perspectivas feministas que puedan descentrar su hegemonía y ampliar su discurso y sus prácticas. Para el discurso del feminismo institucional es esencial intentar romper las asociaciones que a cada género le corresponden a partir del proceso de socialización jerárquica de los sexos. Estas asociaciones operarían en el sentido de colocar al rol femenino en el lugar de lo privado, las emociones y los afectos, la sensibilidad, lo reproductivo, etc. y al masculino en lo público, la reserva de las emociones y afectividad, la agresividad, lo productivo, etc. Las socializaciones diferenciadas estarían en la base de determinados comportamientos de cuestión del desigual reparto de esas responsabilidades, al no integrar en esas políticas al Estado y a los mercados. Las familias, por sí mismas –que es casi lo mismo que decir las mujeres de las familias, por sí solasno pueden resolver la situación que se sigue de la denominada crisis de los cuidados, enmarcada, además, en una crisis multidimensional. 368 Web del Instituto de la Mujer: Inicio>Áreas temáticas>Educación. 369 Web del Instituto de la Mujer: Inicio>Áreas temáticas>Educación. 370 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 83. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 103 hombres y mujeres, y entre ellos y ellas, como puede ser la violencia de género (entendida de forma estricta como la que ejerce el hombre sobre la mujer dentro de una relación o ex relación de pareja heterosexual) o la desigual distribución de los trabajos de cuidados 371 dentro de las unidades familiares. De ahí que la educación afectiva y sexual desde tempranas edades sea considerada como elemental para la modificación de situaciones de violencia contra las mujeres dentro de las relaciones de pareja o ex pareja –heterosexual 372 - o el desigual reparto de tareas dentro del hogar. Coincidimos con la premisa de la importancia de la educación entendida como uno de los lugares apropiados para instalar las estrategias de transformación social. Ahora bien, también desearía destacar que, en palabras de Carol S. Vance, tanto la socialización genérica como el “concepto de transformación y cambio sexual que se da durante el periodo vital de un individuo es fundamental, ya que nos hace descartar la imagen estática de un orden sexual invariable que depende de una socialización infantil impermeable y rígida” 373 . La línea de acción de educación debería ser, entonces, considerada en todas las etapas de la vida. Por otra parte, como se verá en el siguiente epígrafe, los textos que se incluyen en los programas de coeducación para la intervención educativa que elabora el feminismo institucional del Estado español, tienen dos ejes de trabajo, dos ideas-fuerza tácitas y recurrentes para trabajar las relaciones igualitarias dentro de las parejas, a saber: la prevención de la violencia de género y la modificación del desigual reparto de tareas dentro del hogar. Estos ejes vertebradores de la intervención educativa dan una dirección concreta a las recomendaciones y análisis que estos textos incluyen, pero esta dirección no tiene intersección alguna con consideraciones de un contexto analítico más amplio; es decir, entienden la pareja como una forma de relación atravesada únicamente por el sistema sexo/género, eliminando prácticamente la atención a la institución de la heterosexualidad, el marco de la globalización capitalista, etc. 371 El feminismo institucional apenas utiliza la expresión “trabajos de cuidados”; más bien habla de las tareas domésticas o las de atención a familiares dependientes, e incluso actividades del ámbito reproductivo, desatendiendo los avances que la economía feminista ofrece al respecto. 372 El concepto de violencia de género que emana sobre todo de la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género aprobada en 2004 hace referencia exclusivamente a la violencia ejercida dentro de las relaciones de pareja (o relaciones de pareja ya disueltas) heterosexuales, situando el foco del derecho en un sujeto de protección que es las mujeres. Esta ley resulta problemática para resolver situaciones de violencia que se dan en el interior de parejas o ex parejas de personas del mismo sexo, así como impide dar cuenta de la violencia estructural en contra de las mujeres, entendiendo mujeres como un lugar en el que se simultanean diferentes vectores de opresión. 373 Carole S. Vance, op. cit., p. 31. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 104 Capítulo 3. Las relaciones sanas: el discurso del feminismo institucional sobre las relaciones de pareja “Reconocer que la búsqueda totalmente igualitaria y de sexo políticamente correcto es, cuanto menos, difícil” Alice Echols 374 1.- Consideraciones previas acerca de los materiales seleccionados y algunas claves de análisis. En este capítulo abordaremos finalmente nuestro análisis sobre el sentido del discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja. En los capítulos anteriores hemos examinado las exploraciones que los feminismos, sobre todo los de segunda ola, han realizado alrededor de los conceptos “sexualidad”, “heterosexualidad”, “amor” y “pareja”, incluidos los nudos que aparecieron en el curso de estas investigaciones y puestas en práctica. Del mismo modo, hemos realizado un análisis que pretendía encuadrar el discurso del feminismo institucional del Estado español en unas características determinadas, relacionándolo con su hegemonía dentro de los feminismos, con un lugar específico en las instituciones de igualdad actuales, con el discurso social liberal y con unas definiciones particulares de las nociones de “género”, “mujeres” y “empoderamiento”. Todo ello se ha efectuado con el propósito de elaborar un marco amplio en el que analizar la forma en la que este discurso feminista institucional plantea y dibuja la compleja realidad de las relaciones de pareja actuales. Como también he argumentado, en el Estado español, a través de las políticas públicas de igualdad de los organismos competentes en esta materia, se intenta incidir en este ámbito de la pareja, mediante diferentes intervenciones como la legislación, la educación o la sensibilización. Afrontaremos a continuación, pues, el estudio de los materiales educativos elaborados por el IM y estos otros organismos afines pretendiendo ofrecer una revisión de los elementos esenciales que articulan la concepción de pareja que del feminismo institucional emana. El IM dispone de diferentes programas dentro de la línea de acción de educación. Hemos revisado para esta investigación una parte de los materiales de coeducación de algunos de estos programas, relacionados con las temáticas de la educación afectivo-sexual, la prevención 374 Alice Echols, “El ello domado: la política sexual feminista entre 1968-83”, en: Carole S. Vance (comp.), Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina, Talasa, Madrid, 1989, [pp. 79-111]. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 111 afectos y al placer (pero no coincidente), desvinculada de la reproducción, esencial para el desarrollo personal e identitario, y desde la perspectiva de cuestionar la elaboración tradicional androcéntrica de la noción. Diremos que, en términos generales, en los textos asociados a la educación afectivo-sexual, la noción de sexualidad manejada está en disposición de funcionar como clave feminista. En Sexpresan, por ejemplo, la noción viene recogida como: una dimensión del ser humano tan amplia y rica que abarca todos los aspectos de la vida. Determina el principio biológico de la reproducción. Regula el factor psicológico que nos hace sentirnos hombres o mujeres, así como nuestras emociones y sentimientos, permitiéndonos expresarlos y compartirlos, ofrecer y recibir amor, afecto, ternura, intimidad, comunicación, compromiso, y sentir atracción, deseo, y placer, mediatizando la manera de relacionarnos con nuestro propio cuerpo, con las demás personas y el entorno. La sexualidad es la propia forma de ser y estar en el mundo.” 394 Es decir, como un pilar esencial de la construcción generizada de la identidad, y de las relaciones entre personas. Además, en todos los manuales de esta temática, la sexualidad se vincula directamente con los afectos, ubicadas ambas nociones en un lugar cardinal: Afectos y sexualidad nos acompañan a lo largo de toda la vida y en la adolescencia se constituyen en uno de los centros de preocupación, ya que es la etapa en la que las relaciones elegidas entre quienes comparten edad, centro de estudios, barrio, actividades deportivas, etc., empiezan a configurarse como importantes y van ganando terreno a las que tienen lugar en la familia. 395 Esta vinculación hace que desde los manuales de educación afectivo-sexual se traten también las cuestiones relacionadas con las relaciones de pareja con una profundidad muy estimable, incluyendo así una noción de sexualidad, como construcción enmarcada en procesos relacionales y estructuras como la pareja, las amistades o la familia. En estos materiales también se desvincula la sexualidad de la reproducción, si bien se abarca esta última a través de la información acerca de métodos anticonceptivos o la interrupción voluntaria del embarazo (la IVE únicamente en las Guías Sexpresan y Sex o no Sex) o, más escuetamente, a través de la enunciación de la necesidad de entender la reproducción desde el deseo de ser madre o padre. 394 Manuel Area et. al, Sexpresan. Multimedia para la educación afectivo sexual. Sex-Diccionario, Emakunde/Ayuntamiento de Irún, 2010. 395 Adelina Lena et. al., Ni ogros ni princesas. Guía para la educación afectivo-sexual en la ESO, Instituto Asturiano de la Mujer, 2007, p. 9. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 112 Del mismo modo, el cuestionamiento de la construcción androcéntrica de la sexualidad se repite en todos los manuales de este bloque. En Ni ogros ni princesas, por ejemplo, se aproximan a ésta perspectiva no androcéntrica considerando que: el coito [entendido como] “el acto sexual” y de que de él dimana tanto el placer como la reproducción depende de la creencia de que la sexualidad está justificada sólo por la reproducción y que la función de la sexualidad es tener placer sexual y reproducirse. Ni lo uno ni lo otro. La función de la sexualidad es encontrarnos con otra persona a la que le gustamos y que nos gusta, a la que deseamos y nos desea, a la que podemos llegar a querer o amar y que nos corresponde recíprocamente 396 . De hecho, todos los manuales afectivo-sexuales hacen referencia a la noción tradicional de sexualidad hecha a la medida del hombre. En Salud y Sexualidad, dirigido especialmente a mujeres adolescentes, se/les interrogan: ¿No crees que quizá estemos asumiendo el modelo antiguo y machista de sexualidad, donde deben estar presentes de forma prioritaria los genitales y la penetración?, ¿hay más placer así? ¿Conseguimos la igualdad si simplemente imitamos a los chicos? No nos engañemos, podemos comprobar día a día cómo generalmente para los chicos el ser sexualmente activos y haber tenido muchas experiencias sexuales, muchas «novias», aún hoy, es algo bien visto y valorado positivamente por los y las demás, pero ¿y las chicas? Cuando una chica se atreve a hacer lo mismo, no vamos a repetir aquí los adjetivos que puede recibir y la mala fama que adquiere en su entorno. La verdad es que es un lío, porque por un lado parece que somos iguales en derechos pero, la realidad no es así, aunque tampoco se trata de imitar el comportamiento sexual de un chico. 397 De este párrafo extraemos dos ideas que, en realidad, atraviesan todos los textos de educación afectivo-sexual, relativas a la crítica a la lógica androcéntrica de la sexualidad. En primer lugar, la genitalidad y el coitocentrismo de las relaciones sexuales de este modelo. Segundo, los problemas asociados a la idea de que las mujeres adopten el rol de sujeto sexualmente activo, tradicionalmente asociado a los hombres, que son básicamente el “estigma de la puta” 398 que recae sobre las mujeres que lo adoptan y la sobrevaloración de el modelo sexual androcéntrico que limita y excluye otros modelos sexuales. 396 Ni ogros ni princesas, p. 71. 397 Isabel Luna y Pedro Villegas, Salud y sexualidad. Aprendiendo a conocerte, Instituto Andaluz de la Mujer/Consejería de Bienestar Social e Igualdad, 2008, p. 7. 398 Resulta muy interesante uno de los ejercicios propuestos en la Guía de lectura de El diario íntimo de Carlota, relacionado con el debate actual sobre la prostitución. En ningún otro manual afectivo-sexual aparece la sexualidad relacionada con la polémica acerca de las posturas que confrontan a amplios sectores de los feminismos en la actualidad. La postura del feminismo institucional y otros sectores feministas no necesariamente relacionados con él, abiertamente abolicionista, y otras posturas feministas, relacionadas con la consideración del trabajo sexual y derechos sociales y laborales para las trabajadoras sexuales. La importancia de esta actividad radica en la inclusión de la prostitución –del debate y los análisis sobre la cuestióndesde una perspectiva más amplia que la del discurso del Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 113 En Sex o no sex se explica también cómo “el placer de las chicas se describió tomando como modelo el de los chicos y no el de chicas y chicos” y “que el asunto está en cambiar lo que entendemos por relaciones sexuales y por orgasmo, pues «cada persona tiene el suyo»” 399 . En Sexpresan hablan de un “deseo difuso” 400 reservado para las mujeres, dentro de la sexualidad androcéntrica, en contraposición al deseo centrado y compacto de los hombres. Se critica, pues un “modelo de sexualidad dominante en que el chico se sirve de cualquier indicio para ajustarlo a su deseo y en algunos casos para calificarlo de provocación” 401 , un modelo que “implica que si se consiente algún tipo de (...) acercamiento corporal, se está admitiendo todo tipo de intimidad, porque si no “¿para qué empezar?” 402 . Se pone así énfasis en la necesidad de negociación y de consentimiento en todo acto sexual, en la medida en la que este modelo puede comportar peligros para las mujeres. Sin embargo, la mayor parte de los textos dirigidos a la prevención de la violencia de género, el manejo de la categoría de la sexualidad es diferente. Por ejemplo, en Si me controlas no me quieres y en No te líes con los chicos malos, la sexualidad masculina está directamente asociada a la violencia y al impulso sexual, de la que las mujeres deben protegerse. Para interpretar este hecho, por un lado expondremos que debemos entender que estos manuales tienen el objetivo específico de tratar con mujeres adolescentes la sensibilización y prevención de la violencia machista, así que resulta a todas luces comprensible que la sexualidad masculina sea explicada de esta forma, con el fin de que las adolescentes aprendan a identificar comportamientos no aceptables y de riesgo. Ahora bien, nos parece que el hecho de que ninguno de los dos manuales presente una posible definición de sexualidad que interpele a las mujeres (y a los hombres no heterosexuales) desde un punto de vista productivo, puede resultar problemático. Así, desde la perspectiva de esta investigación, entendemos que la concepción de la sexualidad de los hombres como peligrosa para las mujeres, las niñas y los niños, puede ser una estrategia útil para prevenir agresiones sexuales y otro tipo de violencias, porque, de hecho, la sexualidad androcéntrica y la norma heterosexual de facto comportan peligros y violencia para las mujeres. feminismo institucional, que en este sentido es meridianamente claro en su postura abolicionista. No obstante, la guía de lectura de la que se ha extraído la actividad no tiene relación directa con el Instituto de la Mujer –pertenece a un libro para adolescentes- si no es porque algunos organismos de igualdad próximos a éste, en concreto FETE-UGT a través del portal del Programa –en el que ha participado el Instituto- Educando en Igualdad, lo recomiendan como manual didáctico para trabajar la educación afectivo-sexual en las aulas. 399 Amalia González et. al., Sex o no sex. Abecedario de la sexualidad, Consejería de Presidencia, Justicia e Igualdad/Instituto Asturiano de la Mujer, Oviedo, 2010, p. 37. 400 Sexpresan, Multimedia para la educación afectivo sexual, p. 6. 401 Ni ogros ni princesas, p. 172. 402 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 114 Es verdad que “muchas veces, las jóvenes y las mujeres son víctimas del ejercicio del poder masculino en el reino de la sexualidad”, pero, así mismo, debemos considerar que “no es lo único que hay que decir sobre esta cuestión” 403 . Conviene interrogarse también acerca de si existe la posibilidad de que la educación afectivo sexual relacionada con la prevención de la violencia de género que se organiza en los centros educativos desde la aparición de la Ley en contra de la Violencia de Género esté organizándose implícitamente “en torno a una preocupación por las posibles agresiones a la mujer”, algo que podría resultar “sospechoso”, en la medida que si la educación sexual se organiza principalmente para evitar las agresiones, y no para evitar la indagación en el deseo, ¿no habría más análisis tanto de los placeres como de los relativamente pocos riesgos (...) de embarazos relacionados con las relaciones lésbicas (...) o de los placeres de la masturbación y de la fantasía, que no comportan riesgo alguno? 404 De modo tal que nos preguntamos si acercarse a la noción de sexualidad atendiendo a los peligros de la sexualidad androcéntrica, por ejemplo, pudiera potenciar el colocar a las mujeres en el lugar de la víctima y o de la pasividad, trabajando en el sentido contrario que una noción de empoderamiento precisa que busque reconocer el poder de las mujeres y fortalecerlo; o, por otro lado, si esta perspectiva ubicara a las mujeres en un lugar desde el que no pueden desplegar la capacidad de articular sus propios deseos. Además, en estos textos, como veremos a continuación, no se contempla la noción de heterosexualidad obligatoria, por lo que sexualidad y heterosexualidad aparecerían identificadas, cancelando la posibilidad de otras sexualidades, si se nos permite, favoreciendo una suerte de proceso de heterosexualización 405 de la sexualidad de las mujeres que, precisamente, la lucha feminista intenta revertir. Nuestra conclusión al respecto es que resultan a todas luces necesarios estudios rigurosos acerca de la perspectiva de placer o de peligro desde la que se configura la sexualidad en los manuales actuales del feminismo institucional relacionados con la prevención de violencia, así como investigar si “el debate se ha desplazado del derecho de la 403 Debbie Epstein y Richard Johnson, Sexualidades e institución escolar, Morata, Madrid, 2000, p. 191. 404 Ibíd. 405 Monique Wittig utiliza este término para referirse al hecho de que el psicoanálisis ha mitificado sus conceptos elementales, y ha sobremitificado los propios mitos que maneja, “heterosexualizando” aquello que las mujeres, en sus luchas, han procedido a deconstruir. Cf. en: Monique Wittig, “El pensamiento heterosexual”, (1980), en: Monique Wittig, (1992), El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Madrid, 2006, pp. 45-57, [p. 55]. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 115 mujer al placer sexual al tema de la violencia y la persecución sexuales” 406 , porque, detenerse únicamente en la violencia y la opresión que la sexualidad implica para las mujeres, impide contemplar la propia experiencia de éstas, o sus posibilidades de agencia y de elaboración de su propio deseo sexual, pudiendo aumentar, “sin pretenderlo, el terror y el desamparo sexual con el que viven las mujeres” 407 . Por otra parte, en esta investigación, como ya vimos, hemos incluido también en la tensión entre placer y peligro de la sexualidad, la consideración de que en este esquema entra el amor, en concreto, el que aquí atañe, el amor relacionado con las relaciones de pareja heterosexual. Por un lado, por entenderlo como un producto del pensamiento amoroso, -análisis que ya hemos desarrollado en el primer capítulo-, y como categoría conectada con el pensamiento heterosexual, y así, con la sexualidad. Por otro, porque en los materiales analizados de los tres bloques temáticos, la tensión entre las “relaciones sanas” y las relaciones de maltrato emerge vertebrando los textos. De hecho, como observaremos detalladamente más adelante, lo que tratamos de averiguar es si el discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja mantiene en este sentido un equilibrio entre los dos polos de la horquilla, o si se sitúa en uno de ellos. En cuanto a la clave de la heterosexualidad que manejamos en este trabajo, hemos observado que únicamente la heterosexualidad es referida de forma explícita en los manuales de educación afectivo-sexual. Los dos únicos que se aproximan a una idea de la heterosexualidad como institución obligatoria son Ni ogros ni princesas y Salud y sexualidad. El primero de los textos la expresa de la siguiente manera: En nuestro país, hasta épocas recientes –finales del XX– y, en la actualidad, en muchos lugares del planeta, se entendía que el deseo sexual normal era el deseo heterosexual y, en épocas en las que nuestro estado era confesional, la homosexualidad era calificada de pecado por la Iglesia y de delito por el Estado. Ayudaban en esto algunos psiquiatras para quienes era una enfermedad. Así, la homosexualidad era pecado, enfermedad y delito. La ley podía llevar a la persona homosexual a prisión bajo la ley de “peligrosidad social”. Sin embargo, en la actualidad, en España, las relaciones homosexuales son consideradas en igualdad de condiciones a las heterosexuales, con la admisión del matrimonio entre homosexuales y su derecho a tener hijos. Pero la sociedad no ha “normalizado” las relaciones homosexuales, (...) lo que hace que la mayoría las “tolere” en el sentido de que “cada uno que haga con su vida lo que quiera”. Ahora bien, en determinados casos, cuando saben o sospechan que alguien es homosexual no dudan en estigmatizarlo (...) Ofrecer en 406 Carole S. Vance, “El placer y el peligro: hacia una política de la sexualidad”, en Carole S. Vance, op. cit., p. 9 407 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 116 clase una imagen positiva de la homosexualidad, puede ayudar a la autoestima y a paliar soledades. 408 Ni ogros ni princesas se sitúa en el lugar de observar la heterosexualidad obligatoria como contingente y con transformaciones a lo largo de la historia. En todo caso, no incluye en el análisis de la norma heterosexual el lugar en el que quedan las mujeres (heterosexuales o lesbianas), sino los hombres no heterosexuales. La guía Salud y sexualidad se refiere a la heterosexualidad obligatoria en el mismo sentido, a través de la explicación de qué es una cultura homófoba 409 , en la que las personas que “viven en una cultura contraria al hecho homosexual, comienzan un largo sufrimiento para ocultar su deseo” 410 . La discriminación de los homosexuales [¿y las lesbianas?] viene dada “por un concepto social que decidió que lo único “normal” era lo heterosexual en base a teorías inventadas sobre lo que es natural y lo que no” 411 . Ambos extractos de textos no están dirigidos al profesorado, sino a adolescentes. El resto de los manuales de educación afectivo-sexual se acercan a la heterosexualidad como práctica sexual, únicamente diferenciada del lesbianismo y la homosexualidad 412 porque estas dos opciones están sujetas a discriminaciones homófobas y lesbófobas, y ambas indican que la orientación del deseo es hacia una persona del mismo sexo. Merece la pena destacar el caso de Sexpresan, que a través de una entrada en el Sex-Diccionario, define heterosexismo como “la creencia de que todas las personas son heterosexuales y que la heterosexualidad es la norma y la homosexualidad una práctica antinatural” 413 . Estas consideraciones de la heterosexualidad a través de la discriminación de otras prácticas sexuales deja de lado la idea de que las mujeres están determinadas por la institución de la heterosexualidad obligatoria. Sólo en algunos de los demás materiales analizados, relativos a la prevención de violencia de género y a la promoción de la igualdad, no se muestran más que algunas breves referencias a la discriminación de las personas por su orientación sexual, pero ni siquiera se nombra la palabra heterosexualidad. Si bien es cierto que los tres manuales relacionados con la promoción de la igualdad, al igual que los manuales de educación afectivo-sexual 414 , nombran los problemas relacionados con determinadas prácticas minoritarias, eso sí, en bloques temáticos diferentes a los relacionados con la pareja, el amor o la corresponsabilidad familiar, 408 Ni ogros ni princesas, p. 122. 409 Hay que destacar que en este manual se habla de homofobia como si contuviera a la lesbofobia, de tal forma que cabe esperar que se refiera a las mujeres lesbianas como homosexuales. 410 Salud y sexualidad, p. 6. 411 Ibíd. 412 Aquí Sexpresan. Sex-Diccionario introduce también la bisexualidad. 413 Sexpresan, Sex-Diccionario. 414 Excepto, como vimos, Sex o no sex y Ni ogros ni princesas, que sí que incluyen la noción de heterosexualidad obligatoria. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 117 como si estos ítems no tuvieran interés o no apelasen también a las personas que mantienen relaciones con otras personas del mismo sexo. Esta separación puede ser entendida como un recurso metodológico de organización de contenidos; en todo caso, igualmente entendemos que puede resultar muy útil y productivo ofrecer una visión interrelacionada de los diferentes bloques temáticos, para que la crítica a la heterosexualidad obligatoria no se diluya. La ausencia de una crítica o alusión a la heterosexualidad obligatoria o a la práctica heterosexual en todos los manuales de prevención de la violencia de género, y la definición parcial en el resto de manuales, pudiera deberse a que existen otros materiales anteriores o en proyecto relacionados que aborden la cuestión. Esto es lo que ocurre con el manual Guía para prevenir y defenderte de las agresiones, de Mª José Urruzola, que es la guía número dos de varios números temáticos. Uno de ellos, dedicado a la educación afectivo-sexual, fue objeto de una gran polémica al ser denunciado por sectores conservadores de Castilla-La Mancha, a través la fantástica acusación de promover la homosexualidad y el lesbianismo entre adolescentes. Sin embargo, esta ausencia podría deberse a otras causas. Sobre todo, teniendo en cuenta la inexistencia del análisis de la heterosexualidad obligatoria institucionalizada de una forma profunda en el discurso del feminismo institucional. El hecho de no contemplar la heterosexualidad como institución, como ocurre con 14 de los 17 manuales investigados, implica no distinguir entre la norma heterosexual y la práctica. De tal modo que de ahí se derivan varios efectos, por un lado, que, “en consecuencia, no [se] alcanza a comprender el sentido de la heterosexualidad obligatoria como institución social” 415 ; por otro, se “contribuye a mantener la ilusión de la naturalidad de la heterosexualidad” 416 ; y, además, la homosexualidad y el lesbianismo quedarían igualmente marcados como relación sexual privada entre dos personas del mismo sexo. No obstante, hemos de admitir que en los manuales afectivo-sexuales en los que no se incluye la referencia a la heterosexualidad obligatoria, sí se especifica la necesidad de que las mujeres construyan su deseo, lejos del modelo androcéntrico de sexualidad, y construido desde la autonomía y libertad personal. No ocurre lo mismo en los textos que tienen que ver con la prevención en violencia de género, y, sin embargo, la (hetero)sexualidad aparece relacionada con la necesidad de autonomía y capacidad de negociación de las adolescentes ante posibles exigencias de sus parejas varones 415 Aránzazu H. Piñero, “Género, sexualidad y política del reconocimiento”, en: Aránzazu H. Piñero, Amar la fluidez. Teoría feminista y subjetividad lesbiana, Eclipsados, Pamplona, 2010, pp. 89-114, [p. 98]. 416 Ibíd., p. 99. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 118 y, como se verá, con algunas recomendaciones sobre qué es una relación sexual consentida y cuál no. En la guía Sexpresan, uno de los manuales de educación afectivo-sexual, se atiende a la diversidad sexual, podríamos afirmar, desde la idea de que “una moralidad democrática debería juzgar los actos sexuales por la forma en que se tratan quienes participan en la relación amorosa, por el nivel de consideración mutua, por la presencia o ausencia de coerción y por la cantidad y la calidad de placeres que aporta” 417 . Es decir, en Sexpresan –a través de las entradas de su Sex-Diccionario- se introduce la diversidad sexual desde un punto de vista que cabría esperar poco común, al menos, en las aulas. En el Sex-Diccionario es posible encontrar la definición de los siguientes términos: bestialismo (zoofilia), masoquismo, sadismo, sadomasoquismo, fetichismo y exhibicionismo. Ninguna de ellas es descrita como una práctica sexual patológica ni aberrante. Además, se contemplan los términos: bisexualidad, ambisexualidad, hetero (como práctica sexual), lesbiana, homosexual o gay, etc. Y se incluye, además: bollera, chapero, bujarra, ninfómana, entre otros, denunciando su carácter peyorativo. Ni ogros ni princesas entiende, como lo hacen la mayoría de los manuales de educación afectivo-sexual y los de promoción de la igualdad, que: El respeto a la diversidad sexual, el respeto a las diferentes formas que tenemos de ser varones y mujeres, está en la base de la convivencia pacífica entre los seres humanos. Nuestra identidad personal se conforma como un puzzle de distintos elementos: la biología, la familia, nuestro sexo, nuestra orientación sexual, los roles y estereotipos sociales, nuestra personalidad..., a lo largo del tiempo y en continua evolución. Es necesario aclarar los conceptos que nos ayuden a entender todo esto. 418 Y añade que, “por desgracia el desprecio y la violencia, en el peor de los casos, o la invisibilidad en el menos malo, son dos actitudes bastante frecuentes de enfrentarse a las orientaciones sexuales minoritarias en nuestra sociedad” 419 . En todo caso, debemos concluir que la ausencia reiterada de las nociones de heterosexualidad obligatoria y su relación con la heterosexualidad como opción sexual en la mayor parte de los textos, en realidad podría estar denotando una identificación de sexualidad y heterosexualidad. Si esto es cierto, la mayoría de los manuales consultados estarían incurriendo en una forma sutil de heterocentrismo. Tal y como he aclarado al inicio de este 417 Gayle Rubin, “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”, en: Carol S. Vance, op. cit., p. 142. 418 Ni ogros ni princesas, p. 144. 419 Ibíd., p. 193. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 119 capítulo, no se espera que cada uno de los materiales analizados sea un compendio de las reflexiones filosóficas feministas sobre la sexualidad y la heterosexualidad obligatoria. Pero resulta muy significativo que de los 17 manuales analizados, 8 no sólo no tomen como punto de partida el análisis de la heterosexualidad obligatoria, sino que no incluyan ni una referencia a la heterosexualidad. Todos ellos, no obstante, pertenecen al bloque relacionado con la violencia de género. Una razón lógica para que esto sea así, por un lado, puede tener que ver con la posibilidad apuntada más arriba, es decir, con que existan otros materiales didácticos previstos o realizados que traten la cuestión de la norma heterosexual y de la práctica de algún modo. Pero, por otro, parece también plausible que este hecho esté relacionado con la propia concepción de violencia de género, que estructura la misma composición de la pareja a la que se refieren los textos. Es decir, la violencia de género sólo es analizada en relaciones heterosexuales 420 , en la medida en que se concibe como aquella violencia ejercida por los hombres contra las mujeres en relaciones o ex relaciones de pareja amorosa. Sin pretender cuestionar la pertinencia de la ley -e incluso comprendiendo que es ésta una estrategia feminista para afrontar una parte del grave problema de la violencia estructural contra las mujeres-, me gustaría plantear la necesidad de valorar si no se estaría contribuyendo al deslizamiento de la consideración y representación de la pareja heterosexual hacia el plano del peligro en el discurso feminista institucional. En otras palabras, aunque la constatación de este peligro sea necesaria, quedaría por estimar si uno de los efectos colaterales no es el fortalecimiento de la heterosexualidad obligatoria. Retomaré esta hipótesis en los dos últimos apartados de este trabajo en relación con el discurso del feminismo institucional sobre pensamiento amoroso y la pareja heterosexual. 3. - La tensión entre placer y peligro en el discurso sobre la sexualidad. La tensión entre placer y peligro, que adelanté en el apartado anterior, se puede rastrear a través de todos los textos seleccionados. En algunos de ellos, esta tensión se hace explícita: A las chicas adolescentes se les empieza a dictar el miedo y a ellos la supuesta necesidad masculina de vivir lo sexual para identificarse como hombres y hacerse adultos. La chica debe asumir un buen número de responsabilidades para evitar embarazos y enfermedades, mientras que al chico no se le pide la misma responsabilidad con su reproducción (...) A estas edades, los 420 Aquí, tanto Ponle cara a la violencia como Sexpresan, introducen la posibilidad de que esta relación de violencia se dé entre hombres o de una mujer hacia un hombre –el primero a través de un ejemplo en el que la violencia se da de mujer a hombre y de hombre a hombre; el segundo afirmando que la violencia de las mujeres contra los hombres es un hecho aislado, marcándolo en un 2% de los casos- . Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 120 mensajes contradictorios [para chicas] de «evita la sexualidad», y por otro lado, invitándonos a vivir el sexo, hacen que el conflicto esté servido. 421 Aunque también hay matices: En numerosas ocasiones, las chicas y chicos comienzan a tener relaciones (...) porque con ello mejoran su imagen social y personal. La mayoría [de las razones] no tienen que ver con sentir placer, sino con experimentar y con mejorar su propia imagen frente a los demás. Es necesario ayudarles a pensar que los comportamientos sexuales no tienen como finalidad ni la reproducción ni el placer sino un encuentro íntimo y relacional con otra persona por la que sientan simpatía, empatía, deseo o cariño. No es un modelo cuantitativo: cuántos ligues he conseguido, cuánto placer, cuántas relaciones. La finalidad es el encuentro con los demás en un espacio más íntimo que requiere como mínimo una cierta complicidad y respeto. Es bastante probable que esto sea difícil de entender en la adolescencia. Las conductas sexuales dicen mucho de nosotros mismos por lo que si tenemos un buen autoconcepto y tenemos claro por qué o para qué mantenemos relaciones sexuales, las presiones para tenerlas sin que nos apetezca serán menores.” 422 Así, la sexualidad se vincula con los afectos y la comunicación y los vínculos relacionales entre personas, más allá del placer. Pero también podemos hallar otros elementos, tal y como afirma uno de los protagonistas de El Diario rojo de Carlota 423 , texto utilizado en una de las guías de lectura de Sex o no sex: Se me ocurrió que el sexo debería ser fuente de placer y de comunicación, pero que con demasiada frecuencia lo usamos como arma agresiva. Por ejemplo, para tratar de puta a una chica que lo practica, o de carca y estrecha a otra que ha decidido no tener relaciones hasta el matrimonio, como si hacer el amor sólo por placer, en lugar de una opción, fuera una obligación 424 . Los tres ejemplos anteriores pertenecen a materiales relacionados con la educación afectivo-sexual. Estos textos, y los otros dos de esta misma temática, mantienen en mayor o menor medida una considerable atención a la tensión entre placer y peligro en cuanto a la sexualidad se refiere. Además, en ellos encontramos también numerosas referencias a la necesidad de ofrecer a las adolescentes estrategias de negociación y de consentimiento para afrontar las relaciones sexuales, en la media en la que las investigaciones al respecto revelan que los abusos sexuales contra las mujeres se producen en los entornos más próximos (familia y amistades). 421 Salud y Sexualidad, p. 4-5. 422 No ogros ni princesas, p. 13. 423 Gemma Lienas, El Diario rojo de Carlota, Destino, Barcelona, 2006. 424 Sex o no sex, p.26. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 127 Las relaciones de enamoramiento difieren según las personas, no según la orientación. Podemos aproximarnos a una definición del estado de enamoramiento como aquella situación en la que una persona siente gran atracción física y psicológica por otra, lo que le hace pensar siempre en ella y querer pasar con ella el mayor tiempo posible. 443 Es éste el único manual que expone explícitamente la posibilidad de que las personas que participen en el juego amoroso (no exclusivamente sexual) puedan tener orientaciones sexuales diferentes a la heterosexual. El resto de materiales no introduce esta posibilidad, algo que puede llamar poderosamente nuestra atención si, además, recordamos la ausencia reiterada ya analizada de la noción de heterosexualidad obligatoria en muchos de los manuales, lo que nos llevaba a plantearnos la posibilidad de que así, el discurso del feminismo institucional estuviera cayendo en una forma de heterocentrismo. Ni ogros ni princesas también podría introducir la idea de que las relaciones amorosas basadas en la posesión y en la dominación de la otra persona, las del modelo del amor romántico, pueden darse entre vínculos afectivos de personas del mismo sexo. En este sentido, la unidad didáctica Ponle cara a la violencia incluye en un ejemplo una situación de celos, propia de la relación de amor romántico, entre una pareja compuesta por dos chicos, reforzando así uno de sus objetivos que es abrir las posibilidades de lo masculino. En segundo lugar, contemplamos cómo los manuales analizan la componente de cuidados 444 , que, como vimos en el primer capítulo, tomamos como elemento integrante del amor, en un eje conectado con la sexualidad. Muy pocos de los materiales, que coinciden con los manuales dirigidos a niñas y a niños más pequeños, se sirven del término amor para hablar del amor familiar, el que se profesa a las amistades, etc. Es decir, la mayoría de los materiales dirigidos a adolescentes, presumiblemente debido a sus objetivos relacionados con incidir en el tema de las relaciones de pareja, se refieren a un tipo de amor que surge de un vínculo de relación romántica. El único manual encaminado a un alumnado adolescente que ofrece una imagen del amor más amplia que la de aquél relativo a la pareja es Cómo compartir la vida en igualdad, perteneciente al tercer bloque temático: Los elementos comunes a todas las formas de amor son el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. A amar se aprende poco a poco, y resulta difícil; a dejarse amar también se aprende poco a poco y también es difícil, pero merece la pena el aprendizaje y el no dejarnos instrumentalizar por la otra persona. Los cuentos siempre terminan en el primer beso, no sabemos 443 Ni ogros ni princesas, p. 121. 444 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 61. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 128 lo que ocurre después, cuando la princesa y el príncipe tienen que hacer frente al día a día. Pero cada una de nosotras y de nosotros podemos continuar la historia y darle el sentido de nuestra propia vida, desde la libertad y la complicidad 445 . De este modo, en la guía, las definiciones de amor se amplían y concretan al conectarlas con otros conceptos, como son el cuidado, los afectos, la responsabilidad, etc. El mismo manual desarrolla algo más la unión entre amor y afectos, introduciendo la vinculación con la esfera de lo privado, tradicionalmente asociada con lo femenino: en ese otro mundo que cruzáis cuando se acaban las obligaciones del mundo de fuera hay un espacio para encontraros con las personas que queréis o con la tranquilidad de la soledad. En ese espacio habitan relaciones, afectos y todo un sinfín de experiencias que forman parte de la vida de los seres humanos. No se trata sólo de hacer las tareas del hogar o de echar una mano con los más pequeños. Se trata de humanizar la sociedad, reservando espacios para vivir. Espacios que durante siglos fueron preservados por las mujeres y que ahora pueden ser habitados por mujeres y hombres.” 446 Estas dos últimas consideraciones sobre el amor introducen la cuestión que la componente de cuidados, unida a los afectos y la sexualidad. Nos resulta esencial advertir la importancia que se le da en la mayoría de los manuales a los cuidados, la esfera privada y las emociones. Debemos añadir que en los manuales de educación afectivo-sexual, la consideración de los cuidados se pone lógicamente en relación con la sexualidad, ofreciendo claves para el autocuidado y la autonomía en el cuidado de una misma y uno mismo. Incidiendo así en la idea de potenciar la implicación de los hombres en los cuidados, al menos, intentando eliminar la situación de éstos como subsidiarios de los cuidados de las mujeres. Y, también, desplegar el hecho de que las mujeres, las proveedoras invisibles de cuidados para otras personas, dedican mucho menos tiempo que ellos al cuidado de ellas mismas, y, cuando lo hacen, el autocuidado puede ir unido al sentimiento de culpabilidad. En este sentido, dedican mucho más esfuerzo explicativo al factor amoroso de los cuidados, los tres manuales pertenecientes a la temática de promoción de la igualdad, como puede resultar previsible, pues el tema que abarcan es teóricamente más amplio o menos específico que el de los otros materiales. Aunque, quizá, podamos entender que los manuales dedicados a la educación afectivo-sexual o a la prevención de la violencia de género bien podrían abarcar un abanico más amplio en cuanto a los contenidos, como hacen los materiales 445 Luz Martínez y Rosa Escapa, Cómo compartir la vida en igualdad. Guía práctica para chicas y chicos, Instituto de la Mujer/ Consejo de las Mujeres del Municipio de Madrid/Dirección General de Igualdad de Oportunidades, 2009, p. 154. 446 Ibíd., p. 79. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 129 analizados vinculados con la promoción de la igualdad. La especificidad de los dos primeros bloques mencionados en cuanto a sus contenidos puede responder a varias razones: desde la necesidad de focalizar la atención en cuestiones poco tratadas en educación, hasta el olvido de un marco más amplio en el que se encuentren de forma interrelacionada asuntos como la violencia de género, la sexualidad o los cuidados, etc. Lo que quiero decir es que quizá también pudiera resultar plausible preguntarse si los objetivos de promover una educación afectivosexual placentera e igualitaria, y la prevención de la violencia de género –sobre todo nos estamos refiriendo a éste últimono deberían poder enfocarse desde una perspectiva feminista más amplia, que contemple las conexiones entre la violencia contra las mujeres, la heterosexualidad obligatoria y el pensamiento heteroamoroso, el desigual reparto de cuidados o la interseccionalidad del género. Recordemos que la Ley Integral en contra de la Violencia de Género, en su proyecto educativo, prevé el fomento de la corresponsabilidad familiar en las tareas relacionadas con el ámbito doméstico, por lo que resultaría ineludible hacer referencia a esta cuestión. Más abajo, exponemos más formas de contemplar esta crítica. Conectando la noción de amor de Anna Jónasdóttir y la noción de pensamiento amoroso de Mari Luz Esteban, hemos propuesto en esta investigación entender que el pensamiento heteroamoroso se desarrolla, además de en la pareja, en los cuidados, a través –pero no sólode la educación de las mujeres en la obligación moral de cuidar a las otras personas. De este modo, partimos de la idea de que una noción amplia de cuidados, que haga referencia a todas aquellos trabajos, materiales e inmateriales, que están involucrados en el mantenimiento y la sostenibilidad de la vida realizados por mujeres, de forma (mal) remunerada, o gratuita, y con condiciones laborales por lo general pésimas, podría ofrecer una clave esencial “en concreto” para uno de los sentidos de los manuales. Con ese “en concreto” me refiero a la consideración de la autonomía de las mujeres, que atraviesa los materiales didácticos analizados en cuanto que a objetivo último a perseguir. Como vimos, la autonomía de las mujeres es un objetivo esencial de los feminismos, sobre todo a partir de la segunda ola. Aunque las formas feministas de entender la noción de autonomía no se han mantenido estables a lo largo del tiempo, y han estado y están sometidas a revisiones. Fue la crítica feminista pionera en advertir que la autonomía, en el sentido de perseguir la meta de un sujeto autónomo, sólo podía conseguirse a través del sometimiento y la dependencia de otros sujetos, las mujeres; por lo que la autonomía había sido concebida desde una perspectiva androcéntrica, entre otras. Sin embargo, en la actualidad, algunas perspectivas feministas 447 están cuestionando la 447 En este sentido, se puede consultar: Mª Teresa Martín Palomo, “Autonomía, dependencia y vulnerabilidad en la construcción de la ciudadanía”, revista Zerbitzuan, nº 48, diciembre de 2010, pp. 57 Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 130 falacia del punto de partida: la dicotomía autonomía/dependencia, confrontándola con la idea ya referida de que todas las personas vamos a necesitar ser cuidadas a lo largo de nuestras vidas, aunque con más intensidad en algunos momentos. Al cotejar el par autonomía e (inter)dependencia, la cuestión del empoderamiento y el fomento de la autonomía individual de las personas, sobre todo de las mujeres, se problematiza: En las sociedades occidentales modernas, la idea de ciudadanía se vincula a una noción de autonomía, de independencia, ligada a la posesión de propiedades y otros recursos materiales, así como la autosuficiencia. El ciudadano ideal es un sujeto que debe sustentar económicamente a todos sus familiares “dependientes” (mujeres, hijos e hijas, enfermos y enfermas, ancianos y ancianas), mientras que las mujeres se encargan del mantenimiento de la vida cotidiana. Sin embargo, desde el feminismo se pone de manifiesto la falacia de una ciudadanía erigida sobre un sujeto público independiente; el concepto de dependencia, como los de autonomía y vulnerabilidad de las personas, están interrelacionados; y las formas de concebir el cuidado prestado a otros, así como el autocuidado, están estrechamente ligadas con dichos conceptos. El modelo de ciudadanía que construye la modernidad -especialmente el del pensamiento liberal -olvida que la dependencia es consustancial a la condición humana 448 . Lo que queda dentro del paréntesis –(inter)- da la clave para preguntarse que, si bien la lucha por la autonomía de cada una y de todas las mujeres es esencial, esta lucha quizá podría opacar la idea vulnerabilidad de todos los seres humanos, y frenar en este sentido apuntalando la falacia de ese sujeto universal perfectamente autónomo 449 que los feminismos se han encargado de efectuar; sujeto autónomo al que, por cierto, las mujeres han dedicado todo su poder de cuidados, parafraseando a Anna Jónasdóttir 450 . En la guía Cómo compartir la vida en igualdad sí que se incluye una reflexión somera sobre los cuidados, aunque no entra en los detalles que se acaban de exponer y confiere un gran valor a las medidas de conciliación de la vida familiar, laboral y personal. La estrategia de la conciliación ha sido cuestionada ya desde principios del presente siglo por numerosas voces -69; VVAA, Los afectos, Grupo Feminismos-Local Cambalache, 2006; Foro Vida Independiente y Agencia Precaria Todas a Zien, Cojos y precarias. Haciendo Vidas que importan, Traficantes de Sueños, Madrid, 2009; etc. 448 VVAA, Autonomía y dependencia en la construcción de la ciudadanía, Seminario Feminismo y cambio social, 2010. Enlace en: http://www.instifem.org/Portals/0/Documentos/Seminario%20Feminismos%20y%20Cambio%20Social %202010.pdf. Consultado por última vez en febrero de 2013. 449 Este sujeto podría ser tanto el sujeto kantiano como el modelo del trabajador champiñón al que se refiere Amaia Pérez Orozco. Esta última referencia se puede consultar en: Amaia Pérez Orozco, “Cadenas globales de cuidados: preguntas para una crisis”, Revista Diálogos, nº 1, 2009, pp. 11-17. 450 Sobre la cuestión han teorizado los ya citados Foro de Vida Independiente y la Agencia de Asuntos Precarios Todas aZien, en la medida que el primero, integrado por personas con diversidad funcional, buscan el reconocimiento de cierta autonomía, y las mujeres que conforman la Agencia, la consideración de la vulnerabilidad de las vidas y la reconsideración de la noción de dependencia. Se puede consultar y descargar el texto completo en: Cojos y precarias. Haciendo Vidas que importan, Traficantes de Sueños, Madrid, 2009. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 131 feministas 451 , al considerar que obliga a las mujeres a compatibilizar una triple jornada. Resulta algo paradójica esta única referencia a las medidas de conciliación, ya que, al inicio del texto en la guía se afirma que los agentes involucrados en la gestión de los cuidados de la sociedad son también el mercado y el Estado; y que, además, la reflexión e incidencia en la cuestión de los cuidados resulta imprescindible para cualquier exploración sobre el amor o las relaciones de pareja. La mayor parte de los materiales explorados que incluyen referencias a los cuidados en las explicaciones sobre las desigualdades en las parejas, contienen también la noción de corresponsabilidad, pero desde una visión reducida del término: aquella que únicamente contempla el reparto de responsabilidades dentro del ámbito familiar. Así, por ejemplo, en Educando en igualdad 452 , se expone que: “Manifestábamos así que no podrían [darse] (...) los buenos tratos sin la corresponsabilidad de los hombres en el ámbito doméstico. Sin un reparto justo y equitativo de las responsabilidades familiares nuestras familias no pueden dirigirse hacia el buen trato, sino que dan pasos hacia el maltrato” 453 En Ni ogros ni princesas, del bloque de educación afectivo sexual, entienden que: “Sea cual sea la fórmula de convivencia se ha de insistir en la corresponsabilidad de las tareas domésticas como un asunto de justicia, de reparto equitativo y como un asunto de autonomía, de saber cuidarse.” 454 Un único manual hace referencia a una forma más extensa, de entender la corresponsabilidad –más allá de esa fórmula problemática “corresponsabilidad ciudadana”-, expresada del siguiente modo: 451 A modo de ejemplo, citamos a autoras como Teresa Torns, “De la imposible conciliación a los permanentes malos arreglos”, Cuadernos de Relaciones Laborales, 2005, 23, núm. 1, pp. 15-33, o Cristina Carrasco, “¿Conciliación? No gracias. Hacia una nueva organización social”, en: VVAA, Malabaristas de la vida. Mujeres, tiempos y trabajos, Icaria, Barcelona, 2003; o C. Carrasco, “La sostenibilidad de la vida humana ¿un asunto de mujeres?”, Mientras Tanto, nº 82, otoño-invierno 2001). 452 En Cómo compartir la vida en igualdad, también tratan el tema. Se puede observar en este fragmento: “Una desigualdad que también se encuentra instalada en las relaciones que tenemos con las parejas: ¿sabíais que por cada hombre que abandona su puesto de trabajo por razones familiares lo hacen 27 mujeres? ¿Y sabíais que el tiempo invertido en el trabajo doméstico por las mujeres es de un promedio de 5 horas y 59 minutos al día, cuando el de los hombres es de sólo 2 horas y 20 minutos al día?” (Ibíd., p. 5.) 453 Vivir en igualdad en familia. Guía de profesorado, Emakunde/Gobierno Vasco, 2006, p. 2. 454 Ni ogros ni princesas, p. 59. Hay más citas en esta guía que hacen alusión al tema que tratamos, como por ejemplo: “El mensaje que intentamos transmitir es que todas las personas de la familia tienen que responsabilizarse de las tareas en la medida de sus posibilidades. En algunas ocasiones las situaciones personales de convivencia en el ámbito familiar pueden derivar en conflictos que generan tensión en los/as alumnos/as y que éstos/as no saben cómo enfocar” (Ibíd., p. 23) Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 132 “A la vez, la pareja, la empresa y la sociedad tienen que repartir las responsabilidades de cuidado (...). En lugar de buscar el equilibrio, seguimos esperando que sean las mujeres las que se ocupen de ello.” 455 Esta crítica amplia, como ya se ha expuesto, se reduce después a la necesidad de que las familias repartan equitativamente los trabajos de cuidados, y que el Estado y el mercado aseguren medidas de conciliación –para las mujeresde la vida personal, familiar y laboral. En la mayoría de las guías que abordan la cuestión del reparto de tareas del cuidado, hablan de sexualidad o de educación afectivo-sexual de una forma separada. Este hecho puede entenderse, como ya afirmamos más arriba, por cuestiones metodológicas y de espacio, pero también podría deberse a que no se parte de la idea de que sexualidad y cuidados, más aún si estamos hablando de relaciones de pareja, están íntimamente relacionados y son difíciles de aislar. En todo caso, parece ineludible apreciar que, aunque vengan recogidas en algunos de los manuales, las nociones de trabajos de cuidados y de corresponsabilidad resultan parciales, en la medida en la que no quedan enmarcadas en un análisis más profundo, que podría ser apuntado si por espacio o tiempo no fuera posible hacer una referencia más extensa. Un análisis más profundo, pues, que implique, en primer lugar, una mirada hacia la crisis global de cuidados, y en segundo lugar, hacia una noción de corresponsabilidad que abarque a todos los agentes interpelados, como son los mercados, el Estado y las familias –éstas, más allá de las mujeres, que son mayoritariamente las responsables-. Sin embargo, el mismo discurso feminista institucional presenta algunas lagunas y límites en este análisis, por lo que no debería resultar extraño que en los materiales educativos que produce o guía, no aparezcan referidos los ítems que acabamos de proponer. En cuanto a la componente de sexualidad del eje cuidados/sexo desde el que contemplamos el amor, las referencias que se hacen a la sexualidad como factor esencial para comprender las relaciones amorosas, como también se ha observado, resultan problemáticas en la mayoría de los manuales –excepto los relacionados con la educación afectivo-sexual-. Esto es así en parte porque, en muchas ocasiones y sobre todo en los manuales de prevención de la violencia, la sexualidad se expone como un peligro para las mujeres. Además, a excepción de los manuales afectivo-sexuales, la sexualidad también aparece separada del análisis del amor. Del mismo modo que puede entenderse por razones metodológicas, y como estrategia para desenlazar amor y sexo que configuran la noción tradicional de sexualidad femenina, si lo que se pretende es hablar de relaciones de pareja, quizá se debieran revisar 455 Cómo compartir la vida en igualdad, p. 17. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 133 estas separaciones estrictas para buscar un enfoque holístico que permita al alumnado (y al profesorado) contemplar la cuestión de una forma interrelacionada y contextualizada. En tercer lugar, analizaremos aquello que, como vimos en el primer capítulo, Mari Luz Esteban ha venido a llamar la “ideología de pareja” 456 . En un fragmento de la guía Jóvenes por la igualdad, que hemos citado con anterioridad, y que hace referencia al “mito del matrimonio” y el “mito del emparejamiento”, queda perfectamente reflejada la noción de ideología de pareja. En la definición de ambos mitos, la guía expone la asociación directa del amor romántico, producto concreto del pensamiento amoroso, con el pensamiento heterosexual, expresando que ambos mitos refuerzan la idea de que “la pareja (heterosexual) es algo natural y universal, y que la monogamia amorosa está presente en todas las épocas y culturas” y la idea de que el amor romántico “debe conducir a la unión estable de la pareja y constituirse en la única base de la convivencia de la pareja” 457 . Además, como vemos, se incluyen referencias históricas que permiten comprender el carácter contingente del amor, que en otros manuales no se observa. Ahora bien, si a través de la exposición de estos y otros mitos, la guía realiza un ejercicio explicativo considerable acerca de la cuestión del amor, la centralidad de un modelo de pareja heterosexual, monógama y reproductiva, etc. no utiliza este potencial expositivo en el resto del texto. Nombra la cuestión, pero diluye su complejidad al dedicarse a la atención de las relaciones de violencia de género dentro de la pareja heterosexual que, por otra parte, es su objetivo principal. Lo que en realidad se cuestiona desde la guía Jóvenes por la igualdad es la relación amor heterosexual/poder. Se afirma que el género es “uno de los ejes principales por donde se desarrollan estas desigualdades de poder, y la familia/pareja, uno de los espacios en donde se manifiesta” 458 , porque el género masculino es el preponderante en la sociedad patriarcal, de tal forma que pueden ejercer dominio sobre las mujeres de las parejas. Las relaciones de poder y de desigualdad suelen ser invisibilizadas en las relaciones de pareja, llevando a la creencia de que en ellas se desarrollan prácticas recíprocamente igualitarias y ocultando la mediación social que adjudica a los hombres, por el hecho de serlo, un plus de poder del que carecen las mujeres. Estas relaciones de poder (dominio) y de control tienen como consecuencia el establecimiento de relaciones de violencia en la pareja 459 . 456 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 66. 457 Jóvenes por la igualdad, p. 111-112. 458 Ibíd., p. 112. 459 Ibíd., 112-13. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 134 Ésta es la explicación más pormenorizada acerca de la relación pensamiento amoroso/pensamiento heterosexual/ideología de pareja/violencia de género que se ofrece en el conjunto de los manuales. Juzgamos que esfuerzos explicativos sobre los orígenes de la dominación de las mujeres, como el referido, son necesarios, y deberían estar más presentes en los manuales educativos del feminismo institucional. De hecho, más allá del manual citado, no hemos encontrado en el resto de textos analizados, otros cuestionamientos de la ideología de pareja, cómo única forma de estar absolutamente visible en la sociedad, ni reflexiones acerca de el par pareja/heterosexual, a pesar de que una minoría de los manuales atienden a la posibilidad de que las parejas estén compuestas por personas del mismo sexo o –menos todavíacontemplan la eventualidad de no estar en pareja. En este sentido, resulta paradójico que, a pesar de que tanto la Ley en contra de la Violencia de Género como la coeducación entiendan la necesidad y promuevan nuevos referentes de parejas sanas, de buenos tratos, estos referentes no salgan ni un ápice de la lógica de la ideología de pareja heterosexual, monógama y estable. Ciertamente, en algunos manuales sobre educación afectivo-sexual se han introducido a modo expositivo prácticas sexuales minoritarias e incluso estigmatizadas socialmente, como el sadomasoquismo, aunque sea a través de mera referencia. Del mismo modo, también se podrían establecer otros modelos de vinculación amorosa que se practican en la actualidad –aunque sean en algunos casos minoritarioscomo el poliamor, que propone un número de personas vinculadas amorosamente más allá del dos, o por ejemplo, o algunas fórmulas de las parejas emergentes como la relación abierta –es decir, la no monogamia pactada-, la no cohabitación, que comparten el deseo de no tener descendencia, etc. Para, de esta forma, contribuir a romper con un modelo de pareja cerrado, y abrir las posibilidades de experimentación y conocimiento de niñas, niños, adolescentes y, por qué no, familia y profesorado. En cuarto lugar, comprobamos que las consideraciones acerca de la pareja están en varios de los materiales vinculadas a la idea de familia, quizá provocado por la importancia que tienen las relaciones familiares para la adolescencia y la infancia -público que, recordemos, es la población diana de los manuales-. En este sentido, se ofrecen definiciones que incluyen la variabilidad y las transformaciones de la institución familiar: La definición más inclusiva de familia es la de “personas que conviven” con lo que se da categoría de familia a todas las formas de convivencia ya sea el modelo tradicional: padre-madre- hijos, ya sean modelos emergentes como el monoparental, frecuentemente de sólo madre, madre- Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 135 madre hijos, padre-padre hijos, abuelos y/o tíos con nietos o sobrinos, o tutelados en pisos de acogida 460 En todo caso, sí es de reconocer que se ofrecen modelos emergentes familiares, que bien podrían servir para brindar nuevos referentes de relaciones amorosas a adolescentes y niñas y niños, podríamos considerar que no se utilizan estos modelos en un sentido totalmente productivo. En realidad, la presencia de estos modelos en algunos de los materiales tendría que ver con la atención a la diversidad de formas familiares en las que cada alumna o cada alumno pueden estar inmersos, para evitar discriminaciones a este respecto. Pero no se hace hincapié en la posibilidad de que el alumnado pueda encarnar una futura unidad afectiva formada por una persona y su descendiente; o integrada por varias personas convivientes y relacionadas entre sí que se reparten las responsabilidades de cuidados de niños, niñas y adultas; o sencillamente una persona sin pareja; etc. Hemos encontrado también una definición de vínculo que no está exclusivamente relacionada con las relaciones dentro de la pareja, si bien sólo deja margen para que se efectúe entre dos personas; la definición entiende vínculo como “unión o atadura de una persona con otra” 461 . En todo caso, las consideraciones pareja/familia/vínculo, se relacionan con el amor en la unidad didáctica Vivo con otras personas. En parte, también, porque el objetivo de este material de coeducación, dirigido al profesorado de primaria, es “analizar y trabajar las relaciones de amor entre dos personas” 462 , pero considerando amor en el sentido amplio del término, por ejemplo, la amistad entre compañeras y compañeros de trabajo, entre amigas y amigos, entre familiares... Y relaciones de amor en el sentido tradicional más restringido, las relaciones de pareja. En todos los casos, cuando sentimos que nos quieren de verdad y cuando amamos de verdad, vivimos mejor y disfrutamos de los momentos más felices y dulces de nuestra vida, y los recordamos diciendo “¡qué tiempos aquellos, quién los pillara! 463 Por otra parte, el concepto de intimidad aparece varias veces asociado a la pareja, y es privilegiado como esencial para cada una de las personas: De entre todas las necesidades sociales que experimentamos las personas destacan las referidas a (...) las necesidades que sentimos en nuestra relación con otras personas cercanas (...). Básicamente son tres: seguridad emocional, apoyo social e intimidad. La resolución de estas necesidades interpersonales mediatiza cualquier aprendizaje y debe considerarse como uno de los objetivos primordiales de la educación. (...) La intimidad hace referencia a nuestra necesidad de 460 Ni ogros ni princesas, p. 23. 461 Sex o no sex, p. 39. 462 Vivo con otras personas. Guía profesorado, Programa Nahiko, Emakunde/Gobierno Vasco, 2006, p. 1. 463 Ibíd. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 136 comunicar y compartir nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestros sentimientos, y de establecer vínculos afectivos estrechos e intensos. Desde la educación debemos favorecer (...) la asunción de valores positivos y responsables en torno (...) al desarrollo de habilidades sociales y de una ética para las relaciones interpersonales 464 El ítem “una ética para las relaciones interpersonales” se repite en varios de los manuales, por lo que se revisa más adelante. Pero volviendo al concepto de intimidad, podemos observar el lugar predilecto que ocupa al ser referido como necesidad social fundamental de las personas, y vinculado también a esa ética de las relaciones. Otra definición apunta a la idea de “espacio de confianza y profunda amistad que se genera entre las personas que las invita a compartir sentimientos, emociones, deseos y sueños; parcela emocional reservada de una persona que puede compartir o no con los demás” 465 . Aquí se incluye la noción de espacio, parcela; a la relación entre intimidad y su representación en algún tipo de espacio, el filósofo Santiago Alba Rico la ha llamado “las imágenes de la intimidad espacial” 466 . De tal modo que la imagen de la intimidad que de aquí emana es la de una suerte de espacio-propiedad privada en la que “la felicidad, el bienestar, la memoria (...) están atadas por una raíz (...) a espacios subjetivamente elaborados (...) por la imaginación occidental” 467 . En este sentido, en Sex o no sex, también se despliega esta otra noción: aquello que consideramos que es tan propio nuestro que nadie tiene por que ver ni saber si no queremos (...) Referido a los actos y sentimientos, los íntimos son los que no nos gusta mostrar a cualquiera. Algunos de nuestros sentimientos sólo los mostramos a personas con las que tenemos, en principio, confianza (...) 468 . Así, la sexualidad y la pareja están relacionadas con algunas nociones de intimidad que en realidad parecen complejas de articular. Porque, en un sentido, la intimidad surge en el vínculo con otra persona –preferiblemente y mayoritariamente amoroso- y por otro, es un lugar, una propiedad privada, que se puede y se debe reservar –y defenderpara una misma de cualquier agente externo a ella. En todo caso, la intimidad se concibe como un requisito esencial para la vida libre, sana y autónoma de las personas, pero también para las parejas. No aparece ninguna referencia en ninguno de los materiales didácticos a las contradicciones que surgen a partir del requisito de esa intimidad para que se dé un vínculo afectivo que, por otro lado, aparece como el lugar donde refugiarse del la desaparición de otros vínculos –amistosos, 464 Sexpresan. Guía Didáctica, pp. 16-7. 465 Sexpresan. Sex-Diccionario. 466 Santiago Alba, La catedral y el aeropuerto: la lucha contra el cuerpo, Revista Bostezo, Año 2, nº 6, 2011, p. 21. 467 Ibíd. 468 Sex o no sex, p. 24. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 143 todo momento a rechazar el modelo de pareja violenta. Además, las personas del alumnado que no orienten su deseo hacia una persona de otro sexo, podrían quedar igualmente atrapadas en esta encrucijada, o sencillamente, no aparecer: ser invisibles. En sólo dos textos consultados –relacionados con la educación afectivo-sexual-, Sex o no sex y Ni ogros ni princesas, se ofrecen claramente sendas tipologías de modelos de pareja; uno de ellos es el deseable: Modelo fusional utópico: Los círculos están uno encima de otro, es decir, se comparte todo. Es un modelo que sólo se vive en momentos concretos. Modelo de separación total: No se comparte nada. Modelo de interdependencia: Hay un espacio personal compartido y un espacio personal no compartido. Modelo de inclusión: Un círculo es más pequeño y está dentro del otro. La relación de pareja es jerárquica y uno de los dos es dependiente del otro ya que no tiene espacio personal propio 480 1. Modelo de inclusión: Un círculo es más pequeño y está dentro del otro. La relación de pareja es jerárquica y uno de los dos es dependiente del otro ya que no tiene espacio personal propio. 2. Modelo fusional utópico: Los círculos están uno encima de otro, es decir, se comparte todo. Es un modelo que sólo se vive en momentos concretos. 3. Modelo de interdependencia: Hay un espacio personal compartido y un espacio personal no compartido. 4. Modelo de separación total: No se comparte nada. 5. Modelo de soledad: No hay proyecto de pareja.” 481 Otra fórmula para convertir la definición de una pareja no sana por otra que sí lo es tiene que ver con la sustitución de algunas palabras negativas por otras positivas: desconsideración/respeto; control/libertad; imposición/negociación, etc. Observemos cómo se expone en uno de los textos qué quiere decir “tratar con respeto”, considerado como la base de una relación sana: ¿Cómo es una relación sana? Las relaciones sanas son aquellas en las que tú estás a gusto con tu pareja porque te trata con cariño y con respeto. ¿Qué es tratar con respeto? Tus opiniones son tan importantes como las suyas. Tener confianza para hablar de cualquier tema. Escucharte. Habla de los conflictos sin temor ni imposición. Compartir los problemas y respetar las soluciones que cada uno encuentre. Que se comporte igual en público que en privado. Además, en una relación sana tú te sientes libre de hacer y decir lo que quieras, sin temor de no agradar al otro. Compartir cosas con otras personas y no sólo con él, con l@s amig@s, con la familia... No hacer siempre lo que uno quiera, sino compartir gustos y aficiones, sin imposiciones. 482 Tratarse con respeto tendría que ver con “confianza”, “conflictos sin temor ni imposición”, “compartir y respetar”, “sentirse libre”, etc. Se ofrecen elementos para la definición de una 480 Sex o no sex, p. 12. 481 Ni ogros ni princesas, p. 155. 482 Guía Si me controlas no me quieres, p. 8-9. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 144 pareja sana, sin entrar a valorar qué quieren decir esos elementos para cada una, cada uno, o cómo deberían ser interpretados. Se entiende que todas las personas sabemos de qué estamos hablando cuando hablamos de respeto, confianza, libertad, compartir... Así, como venimos advirtiendo, podemos entender que el amor puede ser objeto de deconstrucción y reescritura, pero no los valores y estrategias fundamentales que se dan al alumnado para enfocar sus relaciones amorosas personales, que responden también a facetas humanas. Si bien se recomienda a las adolescentes que no pongan el amor por delante de sus amistades y sus proyectos vitales, otras emociones y “facetas humanas (solidaridad, justicia, libertad...)” 483 quedan sin explicar o simplemente enumeradas. De tal forma que en este sentido se incide en el énfasis del amor como “forma dominante de representar lo humano [y que] se aplica de distintas maneras a hombres y mujeres” 484 . Un ejemplo de este hecho: amar es una de las capacidades intrínsecamente humanas y quizá aquella que todas y todos consideramos más importante, ya que tiene el poder de hacernos felices... 485 Otro rasgo compartido por los materiales didácticos en este sentido, e íntimamente relacionado con los dos anteriores, es la presencia de la relación de violencia de género para explicar el ideal de la relación sana. Nos preguntábamos antes si con esta consideración a la violencia de género –y así, el foco en la pareja heterosexualno se estaría deslizando el discurso del feminismo institucional sobre las relaciones de pareja hacia el polo del peligro y la violencia y se reforzaría además, el propio pensamiento heterosexual. Efectivamente, este deslizamiento podría observarse en todos los manuales dedicados a la prevención de violencia de género, pero también en aquellos relacionados con la promoción de la igualdad y con la educación afectivo-sexual. Aunque estos últimos, al gestionar la tensión entre placer y peligro de la sexualidad, y debido a conciben sexualidad relacionada con afectos y amor, despliegan una serie de fórmulas y precauciones que les permiten en cierto modo administrar también la tensión en el plano del amor y las relaciones de pareja. Una de las razones que explican este hecho, como se apuntaba al principio, puede ser el “déficit en la teorización feminista del amor” comparada con “las aportaciones en relación a la sexualidad, la violencia o el trabajo” 486 . Esta relativa abundancia de teorización feminista sobre la violencia en las relaciones de pareja en comparación con el amor, unida a la consideración 483 Mari Luz Esteban, op. cit., p. 47. 484 Ibíd. 485 Educando en igualdad. Guía para secundaria, p. 22. 486 Guía Si me controlas no me quieres, p. 8-9. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 145 de estas relaciones en un marco exclusivamente heterosexual por parte del feminismo institucional, hace que la posición en el eje del peligro pueda verse clara en los materiales didácticos consultados. Y los efectos que este posicionamiento podría tener son múltiples. Por un lado, que las mujeres sean guiadas hacia un lugar de “terror y desamparo” 487 afectivo y sexual, en el que su deseo apenas puede ser reconstruido si no es a través de la oposición con el deseo del hombre en una relación violenta. Del mismo modo, pudiera ocurrir que éstas sean colocadas en el lugar de la víctima potencial, por el hecho de ser mujer, mermando su capacidad de acción si no es a través de una pretendida negociación interminable con su pareja masculina. En este sentido, incluyo un matiz: tal y como prescribe la citada ley, y como se ha podido observar en los materiales consultados, la instrucción en la resolución pacífica de los conflictos se incluye someramente. Se puede observa en el siguiente fragmento: a la hora de mantener relaciones aprender a negociar con la pareja se vuelve imprescindible. En ocasiones esto no resulta fácil y, ante una petición, podemos comportarnos de forma sumisa y quedarnos bloqueadas y no saber cómo actuar o simplemente adaptarnos y responder según crea que es el deseo de mi pareja. A veces (...) puede ocurrir que respondamos de forma inadecuada, enfadándonos en exceso o respondiendo con agresividad a la otra persona sin explicar las razones reales de mi enfado ante la incapacidad de expresar y defender nuestros deseos. Por ello, para sentirnos bien es necesario saber decir «no» explicando las propias razones personales. El entender la postura de la otra persona no significa que tengamos que renunciar a la nuestra. (...) hacer algo porque «nos sentimos obligadas» es el camino más corto para unas relaciones poco sanas y desiguales. 488 En todo caso, de aquí puede surgir un problema para las mujeres, en la medida que son ellas las primeras que deben encargarse de la resolución de conflictos y de la promoción de esta forma de mediación en sus parejas. Este hecho, si bien puede situarlas en un lugar estratégico que, además, les permitiría adquirir cierta autonomía o empoderamiento individual, del mismo modo podría reforzar su lugar en la especialización amorosa y emocional. Un juego ambiguo similar propuesto también por el feminismo institucional ha sido denunciado por algunas voces feministas: los esfuerzos en el empoderamiento individual de las mujeres cuidadoras informales, que en parte las sitúan en la dirección de ser ellas mismas las que se encarguen de hacer comprender a todos sus familiares la necesidad de repartir de forma igualitaria las responsabilidades de cuidado. Las cuidadoras familiares, así, encuentran una tarea más –relacionada con la educación en emociones y valoresde cuidados que vendría a reforzar su sobrecarga. 487 Carol S. Vance, op. cit., p. 9. 488 Salud y Sexualidad, p. 16. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 146 La elaboración de las definiciones de “pareja sana” con un estilo que apela directamente a cada una de las mujeres individuales también es otro factor compartido por la mayoría de los materiales didácticos consultados. Incluyo dos ejemplos representativos: ¿Cómo sabes si tienes una relación sana? ¿Te aburres con tu pareja porque te deja de lado? ¿En ocasiones te hace sentir mal por lo que te dice y te hace? ¿Te interrumpe o te ignora cuando hablas? ¿Pasa de tus cosas? ¿Desconfía de ti? ¿Te impide o le molesta que estés con otras personas? ¿A veces tienes miedo de sus reacciones violentas? ¿Hace casas que te molestan para lograr lo que quiere? ¿Te ves obligada a hacer cosas que no te gustan por complacerlo a él? ¿Te sientes culpable porque te responsabiliza de cosas que hace mal y que te pueden dañar a ti? ¿Estás siempre enfadada porque él pasa de la relación y no cumple lo que ha dicho? ¿Te sientes nerviosa porque tienes miedo de no hacer las cosas como a él le gustan? ¿Te sientes humillada por él?” 489 Eres una auténtica chica del siglo XXI, de esas que están empezando a vivir su vida plena y libremente sin esperar a que venga un chico para indicarles el camino más adecuado. Quieres amar y ser amada, enamorarte, disfrutar de la pasión y de tu sexualidad, compartir espacios y tiempos con un chico que te guste especialmente y con el que puedas planear cosas importantes en la vida ¡pero no a cualquier precio! (...) No te equivocas al suponer que necesitas tener tu propia vida, tus propias amistades, aficiones y gustos, al igual que tu pareja necesita tener los suyos; tan sólo respetando vuestras propias vidas podréis conseguir tener una relación que os sirva como personas y os haga felices. (...) Sabes que no somos juguetes de usar y tirar y estás convencida de ello, hay muchas cosas importantes en la vida además de amar o ser amada por un chico y estás dispuesta a defender tu filosofía de vida: el amor es el combustible de la vida, pero en ningún caso la vida es el combustible del amor ¡amar a tope pero sin dejarse el pellejo en el empeño! 490 Este estilo puede tener que ver, además de con el uso de un registro lingüístico adaptado al alumnado, con la noción misma de empoderamiento individual, a través del refuerzo de la autoestima y las capacidades de las mujeres, que también maneja el discurso del feminismo institucional. Hemos visto que el empoderamiento individual es, por un lado, una herramienta parcial para la transformación social, en la medida en la que únicamente incide en la vertiente individual del término –el desarrollo de las capacidades personales de las mujeres- y que no debería poder entenderse separada de la colectiva –aquella que permite participar en la transformación económica, social y política de la comunidad en la que cada una está inserta. En este sentido, únicamente en dos manuales se aprecia el intento de corregir esta deriva individualista, aunque una de ellas de una forma un tanto problemática. Es el caso de Educando en Igualdad y de Cómo compartir la vida en igualdad, ambos textos relacionados con la promoción de la igualdad entre hombres y mujeres. En el primer material, se propone la necesidad de la participación social para la transformación colectiva. Para ello, elabora el 489 No te líes con los chicos malos, p. 30-1. 490 Guía Si me controlas no me quieres, p. 8. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 147 término de “corresponsabilidad ciudadana” 491 , que supondría una extensión de la noción de corresponsabilidad familiar. Este término implica la idea de que hay que compartir entre la ciudadanía la responsabilidad de participar conjuntamente en “el sostenimiento de la vida y de la convivencia” 492 , plasmada en la participación de cada cual en sindicatos 493 o asociaciones. Lo problemático de este argumento no es tanto que un material elaborado por un sindicato apele a la necesidad de la organización ciudadana en los sindicatos –algo que no tendría por qué ser reprensible por propagandísticosino que elabore de propio una noción de corresponsabilidad social para justificar tal apelación. El siguiente material citado habla de la necesidad de la participación social a través del asociacionismo y el compromiso social: Participar en la toma de decisiones es un derecho, pero además es una experiencia personal que nos permite poner en juego capacidades y habilidades como organizar recursos, compartir proyectos, hablar en público, coordinar equipos…, y lo que es más importante, nos ayuda a darnos cuenta de que con nuestras actuaciones podemos influir de forma decisiva en nuestro entorno y en el rumbo que lleva el planeta. La confianza en nosotras y nosotros mismas se fragua en el espacio del compromiso. Pensar globalmente y actuar localmente es una de las premisas de un mundo interconectado. Porque otro mundo es posible, participad en igualdad. 494 Pero iremos más allá de presuponer si la noción implícita de empoderamiento que se está poniendo en juego tiene que ver con la componente individual o colectiva, que, como vimos, puede sumirnos en la lógica de un debate que encuentra su límite en la dicotomía reduccionista individual/colectivo. Habríamos de ver si las herramientas para la autonomía y el empoderamiento que se están ofreciendo a las jóvenes en los manuales contemplan una situación previa en la que ellas están relacionadas con el poder, que, como ya dijimos, es un proceso y es relacional; o si, por el contrario, el lugar en el que las jóvenes se encuentran en los textos, las sitúa como desempoderadas, y las victimiza. Este hecho es ciertamente difícil de descubrir en el análisis de los manuales porque ni siquiera viene contemplada una noción precisa de empoderamiento en los objetivos de los mismos. Tampoco podemos dar cuenta de las formas en las que se concibe el poder, íntimamente asociada con la idea de empoderamiento, en estos manuales. Si bien puede decirse que en la mayoría de manuales se puede percibir cierta trama coincidente por la que el poder del que se habla es el “poder 491 Inés Campillo y Elia Villate, Educando en igualdad. Guía para secundaria, FETE-UGT-Instituto de la Mujer-Mº de Igualdad, Madrid, 2009, p. 37. 492 Ibíd. 493 En este punto, recordemos que el manual al que se hace referencia está elaborado por FETE-UGT. 494 Compartir la vida en igualdad, p. 123. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 148 sobre”, aquél suma cero, de los hombres, y se plantea la búsqueda de poder (la autonomía) de las mujeres, aunque no podamos advertir a qué forma de poder se estarían refiriendo. Las propuestas de relaciones de pareja sanas también vienen acompañadas de recetarios o recomendaciones, que funcionan en el mismo sentido que hemos venido exponiendo hasta ahora. En el ejemplo que sigue, las apelaciones se hacen a las dos personas de la pareja: Si evitamos este tipo de conductas [violentas], si respetamos de verdad a la otra persona y buscamos una forma apropiada y no violenta de regular el conflicto, no solo podremos llegar a resolverlo, sino que ambas personas nos sentiremos mejor, aumenta la confianza y unión de la pareja, la calidad de la relación, la seguridad en el cariño de la otra persona, produciendo beneficios como son: el aumento de la autoestima, al vernos capaces de salir de situaciones problemáticas sin ofrecer más dolor a situaciones que ya de por sí son dolorosas 495 Del mismo modo que uno de los manuales incluye una serie de “principios éticos” 496 o una “ética relacional”, con prescripciones concretas para la consecución de aquello que se denomina pareja sana: Las relaciones sexuales y los vínculos afectivos deben establecerse sobre criterios éticos que favorezcan su carácter saludable y la integridad de las personas. Algunos de ellos podrían ser: Igualdad entre los sexos. Sinceridad interpersonal. Placer, ternura, comunicación y afectos compartidos. Responsabilidad compartida. Apuesta por el valor de los vínculos afectivos, etc. 497 Ética para las relaciones: Sistema de principios que se propone para la mejora de las relaciones entre las personas, que contempla aspectos como la igualdad de condiciones, el respeto y la consideración; acuerdo mutuo que rige la relación de una pareja. 498 Existe una forma en la que algunos de los materiales consultados expresan de algún modo la idea de disconfort heterosexual que se ha manejado con anterioridad, y es a través de exponer que las relaciones de pareja se fundamentan en el conflicto, que, en algunos casos se advierte que no tiene por qué ser entendido de forma negativa –si no derivan en violencia de género- y para los que hay que educarse en la resolución pacífica de conflictos: Los conflictos surgen en ocasiones y se arreglan hablando y buscando soluciones. No hay que temer los conflictos, ayudan a consolidar la relación cuando es sana. Si es maltrato, estos conflictos y actitudes se darán de forma repetida y empeorarán con el tiempo. Lo reconocerás porque él cree llevar siempre la razón e impone su criterio sin respetar el tuyo.” 499 495 Jóvenes por la Igualdad, p. 121. 496 Sexpresan. Guía Didáctica, p. 15. 497 Ibíd., p. 15. 498 Sexpresan. Sex-Diccionario 499 Guía Si me controlas no me quieres, p. 2. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 149 En este sentido, la noción “relación sana” se consolida a través de los conflictos y la resolución de los mismos. En todo caso, no se especifica mucho más acerca del origen del conflicto. Y se ha de tener en cuenta, además –en palabras de Dolores Juliano, que: En todos los casos, la negociación parece la salida más sensata, pero el problema es que los roles sociales normalmente no se negocian salvo en situaciones de conflicto, por lo que (...) sólo [se] negocia cuando ya ha tropezado con la piedra, es decir cuando ha estallado el desacuerdo.” 500 Resulta estimable que algunos de los manuales incluyan la resolución de conflictos como forma de conseguir “relaciones sanas”, de tal forma que se puede entender que el conflicto o la contradicción forman parte de las mismas relaciones entre personas. En este camino, quizá podría ser interesante para estos manuales y para los textos de intervención educativa del feminismo institucional, partir del hecho de que la propia institución de la pareja heterosexual comporta contradicciones de las que situarse para desvelar la existencia de la norma heterosexual y del pensamiento amoroso. Plausiblemente, colocarse en el lugar de la contradicción o del disconfort, y de paso desvelar –como parece que no acaban de hacer los manuales de una forma explícitalas normas del pensamiento amoroso y heterosexual, pudiera ser una forma de aproximarse a las relaciones de pareja entre personas, y no únicamente entre hombres y mujeres. Además, tal vez así se pudiera intentar evitar el colocarse, al hablar de relaciones de pareja, en el extremo del peligro, en la relación violenta, porque, al desvelar régimen heterosexual y pensamiento amoroso, ya se podría estar contemplando esa posibilidad, y seguir denunciándolo como asunto social. Por otro lado, podrían evitarse así los riesgos de incurrir en el heterocentrismo, o de tomar el amor de una forma acrítica. Hasta aquí, hemos revisado de una forma pormenorizada la cuestión de las relaciones de pareja en el marco concreto del discurso feminista institucional de los manuales educativos que se elaboran. Tras nuestro análisis, creemos que las perspectivas desde las que se conciben las relaciones de pareja, en el interior de este discurso, deben ser profundamente revisadas, y contempladas desde una mayor amplitud teórica y práctica que los propios feminismos de 500 Dolores Juliano, Lesbianismo y roles de género, 2006. Enlace en: http://www.rompiendoelsilencio.cl/artiene6.htm. Consultado por última vez en agosto de 2013. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 150 hecho aportan. Para concluir, quiero suscribir las palabras de Dolores Juliano, en cuanto que entiende que la cuestión que aquí estamos investigando, las relaciones de pareja, no suponen únicamente un problema de comprensión teórica, porque, lo que verdaderamente resulta necesario es elaborar “nuevos discursos interpretativos, nuevos modelos interiorizados, a partir de los cuales, estas realidades cobren valor y significado”. Porque, de lo contrario, las realidades diferentes pueden ser vistas no como logros, sino como fracasos en la obtención de la norma, que no resulta cuestionada”. Hay que ir más allá de esa única forma de unión que supone el modelo de pareja heterosexual, y “esto implica la necesidad y el desafío de idear nuevas formas de convivencia. También implica reconocer que todas las innovaciones tienen sus costos.” 501 501 Dolores Juliano, op. cit., Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 151 Capítulo 4. A modo de conclusiones 1.- Claves y conclusiones generales. En esta investigación nos hemos interrogado acerca de cómo el discurso del feminismo institucional del Estado español concibe de las relaciones de pareja. Hemos considerado que las parejas están insertas en un lugar privilegiado de las relaciones sociales de nuestras comunidades, y además, suponen un lugar denso en el que el poder, en todas sus formas, se manifiesta. Son un círculo particular clave 502 porque, a la vez que están modeladas por sistemas interrelacionados como el sexo-género y el neoliberal globalizado, del pensamiento amoroso 503 y la norma heterosexual 504 , o los regímenes de cuidados 505 , forman parte del proceso de individuación y de adquisición de identidad de las personas. En el nivel de la vida cotidiana, los efectos de las normas y del “poder-sobre” 506 , -aquél que muestra la capacidad para imponer decisiones sobre otras y otros, pero también para decidir lo que se decide, para invisibilizarpueden ser más o menos palpables, sobre todo para las mujeres. Nos hemos aproximado a la cuestión desde el punto de vista de las mujeres, en la medida en la que entendemos que relaciones de pareja a día de hoy suponen ciertas dosis de sufrimiento y de contradicción para éstas; algo que los feminismos llevan advirtiendo décadas, y, así, trazando propuestas de transformación en consecuencia. Para ello, hemos propuesto una serie de claves iniciales desde las que hemos considerado que es necesario partir a la hora de observar las relaciones de pareja. Después, hemos analizado cómo se construye el discurso del feminismo institucional en lo referente a estas relaciones, partiendo del análisis de unos materiales específicos: los textos dedicados a la coeducación en los niveles de primaria y secundaria que, sobretodo con la aparición de la ley Integral en contra de la Violencia de Género, se han intensificado. Nuestro objetivo, en consecuencia, ha sido analizar algunos de 502 Marcela Lagarde, (2001) Para mis socias de la vida. Claves feministas para..., horas y Horas, Madrid, 2005, p. 42. 503 Mari Luz Esteban, Crítica del pensamiento amoroso, Bellaterra, Barcelona, 2011. 504 Adrienne Rich, “Heterosexualidad obligatoria y experiencia lesbiana” (1980), DUODA, Revista d'Estudis Feministes, núm 10, 1996, pp. 15-42.; Monique Wittig, (1980) “El pensamiento heterosexual”, en: Monique Wittig, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Madrid, 2010, pp. 45-57. 505 Amaia Pérez Orozco, “Cadenas globales de cuidados, preguntas para una crisis”, revista Diálogos. Monográficos de divulgación del pensamiento feminista, núm. 1, 2009; y Amaia Pérez Orozco, Cadenas Globales de cuidado. ¿Qué derechos para un régimen global de cuidados justo?, (UN-INSTRAW), Santo Domingo-Rep. Dominicana, 2010. 506 Magdalena León, “El empoderamiento de las mujeres: Encuentro del primer y tercer mundos en los estudios de género”, La ventana, nº 13, 2001; y Magdalena León, “Empoderamiento: relación de las mujeres con el poder”, versión de la introducción a Magdalena León, Poder y Empoderamiento de las Mujeres, Tercer Mundo, Bogotá, 1997. Las guerrillas cotidianas. El discurso del feminismo institucional acerca de las relaciones de pareja heterosexuales 152 los materiales coeducativos del Instituto de la Mujer y otros organismos, -en los que se materializa el feminismo institucional en el Estado español-, bajo la premisa de poder encontrar algunos elementos que, una vez desentrañadas las líneas y características elementales de su discurso general, puedan dibujar los contornos de la noción de pareja que este feminismo hegemónico despliega, a la luz de las claves feministas ofrecidas en esta investigación. Hemos partido de la idea de que cualquier aproximación a las relaciones de pareja debe hacerse de una forma sutil y lo más amplia posible, como se ha realizado y se está haciendo a día de hoy desde muchos feminismos. Esta investigación, con todos sus límites, ha pretendido mostrar de qué manera los feminismos han abierto muchos hilos para profundizar en las estrategias transformadoras del lugar de las mujeres en las relaciones de pareja. No hemos podido dar cuenta de todo el trabajo realizado en este sentido, pero sí que hemos pretendido explorar la cuestión con la mayor amplitud posible, y apoyarnos en las claves que los feminismos han aportado a lo largo de la historia en este sentido. Así, en esta investigación hemos desplegado varias claves feministas 507 que creemos que pueden ser útiles para entender la situación de las mujeres en las relaciones de pareja, y así poder pensar con toda la imaginación 508 a nuestro alcance las formas en las que modificar esas situaciones. Una de ellas ha sido la noción de la institución de la heterosexualidad obligatoria, que aquí hemos relacionado directamente con el pensamiento amoroso, porque que ambas pueden desvelar los modos en los que se ha ejercido históricamente el “poder sobre” las mujeres, a través del control de sus cuerpos, sus sexualidades, su capacidad de elaborar sus deseos, de su capacidad reproductiva, de su trabajo de cuidados gratuito, etc. Además, la heterosexualidad obligatoria invisibiliza, condena y puede llenar de sufrimiento la vida de las mujeres, de las lesbianas, y de algunos hombres no heterosexuales. Y, por otro lado, mina la posibilidad de la construcción de lazos entre mujeres, de su poder colectivo. La institución de la pareja existe tal y como la conocemos ahora porque ha sido modelada por la norma heterosexual y la ideología amorosa, y encumbrada como centro de las sociedades capitalistas y globalizadas actuales. Por otro lado, el pensamiento amoroso pone en el centro de la vida de las personas la pareja heterosexual (término que, como vimos, es un epíteto y entraña contradicciones) y determinada visión del amor, el amor de pareja; y provoca, entre otros efectos, que se 507 Marcela Lagarde, “El empoderamiento...”, op. cit., p. 29. 508 Simone de Beauvoir, (1949) El segundo sexo. Vol. II, La experiencia vivida, Cátedra, Madrid, 2002, pp. 183-4, [p. 543]; y Amaia Pérez Orozco, “Cadenas globales...”, op. cit. p. 11.