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Abstract

La finalidad principal de este trabajo es profundizar en la formación de Felipe II como monarca, estudiar su educación que, a la postre, será la que determinará su personalidad tan controvertida y las acciones de su reinado. Que su formación no fue exclusiva de él es evidente, pues en todos los ambientes cortesanos era parecido. Las familias nobles pugnaban por imitar en todos los aspectos a la realeza, y la educación no fue una excepción. Condes y duques tuvieron una enseñanza a la manera que la tenía un príncipe, como es el caso del futuro Felipe II. Por lo tanto, en este trabajo se intentará poner la formación del nuevo monarca en contexto de una época y una sociedad determinadas. HURTADO GONZÁLEZ, ÁLVARO; Serrano Martín, Eliseo

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LA EDUCACIÓN DE FELIPE II. LA FORMACIÓN DEL REY TRABAJO DE FIN DE MÁSTER DIRIGIDO POR DR. D. ELISEO SERRANO MARTÍN FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS DEPARTAMENTO DE HISTORIA MODERNA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA NOVIEMBRE DE 2013 ÁLVARO HURTADO GONZÁLEZ 2 ÍNDICE Contenido Páginas 1. Introducción. 2. Objetivos del trabajo. 3 5 3. Estado de la cuestión. 6 4. Felipe II como sucesor del Emperador: 17 4.1. Felipe II, el apoyo de Carlos V. 17 4.2. Personalidad de Felipe II. 17 5. La educación cortesana: 28 5.1. La educación de un príncipe. 5.2. La influencia del Humanismo. 28 33 6. La educación del rey: 43 6.1. Años de aprendizaje. Entre Leonor de Mascareñas y Honorato Juan. 43 6.2. Instrucciones a Felipe II. 48 7. De príncipe a rey: 52 7.1. Iniciándose en el poder. Regente de España. 52 7.2. El Felicísimo Viaje. 58 7.3. Primeros gobiernos. Madurando en el Corte inglesa. 65 7.4. La abdicación de Carlos V. 70 7.5. Felipe II, rey. 74 8. Epílogo. La imposibilidad de una continuación en don Carlos. 77 9. Fuentes y Bibliografía: 9.1. Fuentes. 9.2. Bibliografía. 78 78 78 3 1. INTRODUCCIÓN: La educación de un príncipe constituía un aspecto fundamental en su formación tanto como futuro gobernante como adulto, pues de la misma formaban parte ritos de iniciación en un mundo más maduro alejado de las distracciones propias de los niños. Esta formación, crucial para el destino del país y de la monarquía misma, era supervisada por el monarca, quien elegía directamente a los principales miembros de la casa de su hijo. Felipe II no fue una excepción a esto y su educación como rey comenzó a la par que su formación, pues un aspecto era inseparable del otro. Primero bajo la tutela de la Emperatriz Isabel y finalmente junto con Carlos V, el príncipe aprendió aquellas actitudes sociales y de gobierno que deberían convertirle en un gobernante adecuado, capaz de desenvolverse en la sociedad de su época. El mundo cortesano constituyó el espacio donde Felipe II se formó y todas las actividades que le eran encomendadas estaban relacionadas con el mismo, un espacio donde eran incorporados desde el principio, pues debían saber desenvolverse en ese medio que constituirá el principal, sino el único, que recorrerá a lo largo de su existencia. Los juegos y entretenimientos cortesanos, tales como justas, torneos o bailes, trascendían más allá de la mera diversión, formando parte de un conjunto de herramientas socializadoras que servirán al príncipe para adquirir un aprendizaje social de gran valor, pues la Corte será su espacio a lo largo de su vida. La educación como príncipe era prácticamente exclusiva del mundo masculino. A lo largo de la niñez los niños nobles fueran o no hijos de reyes, estaban al cargo de las mujeres de la casa de su madre, quienes le cuidaban y enseñaban las bases de todo comportamiento adecuado a su posición. Antes de la adolescencia los niños pasaban a formar parte del mundo masculino, que será el que le inculque los valores y enseñanzas propios de una persona de la Corte, en el caso de Felipe II de un príncipe. Por lo tanto, dos mundos muy diferentes y nunca complementarios, no era común que un niño estuviese tanto en un ambiente femenino como en uno masculino. Para su correcta formación, no era aconsejable que las mujeres formasen parte de su educación como 4 adulto, pues se temía que lo convirtiesen en una persona delicada y sin la firmeza que se presuponía a alguien que iba a dirigir una monarquía. 5 2. OBJETIVOS DEL TRABAJO: Los objetivos del presente trabajo consisten en profundizar en la educación y formación como heredero al trono de Felipe II, monarca de una Monarquía Hispánica cuya extensión y diversidad de reinos dificultaba sobremanera su gobierno. Además, los acontecimientos que le sobrevinieron a lo largo de su reinado, tales como el encarcelamiento y muerte de su primogénito don Carlos o la traición de su secretario Antonio Pérez, no ayudaron a hacer de su mandato un periodo tranquilo y sin sobresaltos. La forma con la que hizo frente a todas las adversidades, con su característica tranquilidad, pues era ya conocido entre sus contemporáneos como un hombre que de prudente podía llegar a ser inseguro, no era casual, sino que formaba parte de su personalidad, en la cual influyeron tanto su ambiente y relación con su padre Carlos V como la educación que se le otorgó. Sus habilidades con la pluma, redactando notas y órdenes, eran asombrosas, mientras que su capacidad para la oratoria y tratar asuntos de viva voz era mucho más limitada. Esta personalidad retraída también será, de alguna manera más o menos somera, objetivo de análisis en este trabajo, una personalidad que se forjó durante su formación como persona, cortesano y rey. La finalidad principal de este trabajo es profundizar en la formación de Felipe II como monarca, estudiar su educación que, a la postre, será la que determinará su personalidad tan controvertida y las acciones de su reinado. Que su formación no fue exclusiva de él es evidente, pues en todos los ambientes cortesanos era parecido. Las familias nobles pugnaban por imitar en todos los aspectos a la realeza, y la educación no fue una excepción. Condes y duques tuvieron una enseñanza a la manera que la tenía un príncipe, como es el caso del futuro Felipe II. Por lo tanto, en este trabajo se intentará poner la formación del nuevo monarca en contexto de una época y una sociedad determinadas. Como bien apunta Gonzalo Sánchez-Molero, “si se quiere comprehender al soberano de El Escorial –no al estereotipado por los mitos, sino al real y sorprendente contradictor de tales mitos-, se debe comprender antes al príncipe de Valladolid” 1 . 1 GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, José Luis (1997): El Erasmismo y la educación de Felipe II (15271557). Universidad Complutense de Madrid, p. 10. 6 3. ESTADO DE LA CUESTIÓN: La finalidad de el presente estado de la cuestión es abordar la educación de Felipe II como rey, su formación como futuro gobernante y su paso de príncipe a monarca, algo para lo que también es interesante observar su compleja personalidad y su discutida figura, siendo necesario desentrañar la realidad de la ficción de la Leyenda Negra que ha llegado hasta nuestros días. Por último, es inevitable la comparación con su padre, el Emperador, y como figura de gran relevancia para Felipe a lo largo de su educación, no se ha querido obviar. La imagen de Felipe II como monarca cruel y taimado viene, en gran medida, de la Leyenda Negra que fue popularizada en 1787, por Friedrich Schiller, encargado de llevar la vida y muerte de don Carlos a la ópera con su libreto Don Carlos. Infante de España. Las inexactitudes históricas son constantes y su único fin es promover una imagen del monarca español demonizada, aun a costa de ensalzar la de su hijo. Cierto es que esta obra tiene mayor relevancia analizando la persona de don Carlos, pero no puede dejar de ser reseñada como una obra de marcado carácter parcial y sesgado. El libreto adquiere mayor relevancia cuando es revisado por Verdi y estrenado nuevamente en 1870, ahora sí con éxito de público, aunque los fallos eran igual de flagrantes. Estas obras contribuyeron a construir una imagen de Felipe II alejada de toda realidad y que ha sido tristemente resistente al tiempo, llegando hasta nuestros días la imagen de un monarca oscuro, fanático y tirano. Biografías actuales del rey prudente se ven contaminadas por esta imagen y separar realidad de ficción construida desde hace siglos es cada vez una tarea más complicada y en la cual los documentos de los archivos son una pieza fundamental para arrojar luz sobre estas cuestiones. Si bien es cierto que a lo que respecta a este trabajo sólo importa de forma tangencial, pues su centro de investigación es el príncipe don Carlos, es innegable que la obra homónima de Louis Prospére Gachard es de enorme relevancia para el estudio de la figura de Felipe II. Ésta constituye el primer acercamiento científico a la vida y muerte de don Carlos, que vivió durante los años anteriores y posteriores al nombramiento de Felipe II como monarca. Aunque la obra data de 1863 es de gran importancia para repasar con exactitud todo lo acontecido en la Corte entre 1545 y 1568, ya que se aleja de cualquier intoxicación de una Leyenda Negra que había 7 incentivado que “la imaginación de las gentes fue impresionada, sobre todo, por la oscuridad y el misterio que se ciernen en derredor de las causas a que tal catástrofe [el arresto y muerte de don Carlos] puede ser atribuida” 2 . Gachard utiliza todo tipo de archivos y documentación, así como de bibliografía contemporánea, algo que hace de esta obra una fuente de consulta imprescindible para estudiar la persona de Felipe II y, más aún, de su primer hijo. La objetividad que demuestra a lo largo de la obra es encomiable, más aún cuando “los historiadores extranjeros, en su casi totalidad, recogieron, dieron por buenas y se apresuraron a difundir las versiones más absurdas e inverosímiles con tal de que halagasen los prejuicios populares” 3 . El gran valor de este Don Carlos y Felipe II es el de la ecuanimidad y el hecho de haber descubierto numerosos documentos de valor incalculable para entender qué pasó realmente durante la prisión y muerte del príncipe y para comprender mejor la persona detrás del monarca. Julián Juderías presentó en 1914 una obra acerca de la Leyenda Negra, donde además de ahondar en los factores que la determinaron, intenta otorgar al lector una perspectiva objetiva acerca de la situación real en la que se encuentra España. El término “leyenda negra” fue difundido por Juderías en esta obra, quien critica que “esta leyenda nos hace un daño incalculable y constituye un obstáculo enorme para nuestro desenvolvimiento nacional, pues las naciones son como los individuos, y de su reputación viven, lo mismo que éstos” 4 . A lo largo de La Leyenda Negra, Juderías estudia el origen, desarrollo, aspectos y verosimilitud de la misma, para demostrar que “dentro de los términos de la justicia y a la altura en que se hallan los trabajos de crítica histórica y de investigación social, es imposible adjudicar a España el monopolio de caracteres políticos, religiosos y sociales que la deshonran, o, por lo menos, la ponen en ridículo ante la faz del mundo” 5 . Esta labor, que ya el autor presupone ardua, la afronta con objetividad e imparcialidad. Juderías rechaza las críticas contra don Carlos que se realizaron en los textos de Guillermo de Orange y de Antonio Pérez, por ser personas poco proclives a la objetividad, rechazando la supuesta condena a muerte ordenada por un Felipe II cruel. 2 GACHARD, Louis Prospére (2007) [1ª ed. 1863]: Don Carlos y Felipe II. Madrid, Atlas, p. 29. 3 Ibídem, p. 29. 4 JUDERÍAS, Julián (1967) [1ª ed. 1914]: La Leyenda negra. Madrid, Editora Nacional, p. 17. 5 Ibídem, p. 18. 8 Las biografías de Felipe II son numerosas y entre ellas destaca la aparecida en 1940 a cargo de Carl Georg Bratli. Su Biografía de Felipe II. Destaca por ser una defensa del rey prudente de los ataques, a menudo injustificados, de los defensores de la Leyenda Negra, algo de lo que Marañón se maravilló, pues no fue sino un protestante y por lo tanto poco sospechoso de ser apologeta del rey, quien le defendiera. Bratli, hombre liberal y cuidadoso de la verdad, llevó a cabo un breve estudio biográfico de Felipe II, donde tienen gran importancia su “espíritu imparcial y sereno en que se inspira, por la excelencia de los materiales consultados y por el deseo de comprobar y aquilatar los datos y de hacer justicia desvaneciendo errores y prejuicios” 6 . Bratli, discípulo de Maurembrecher, nunca separa la figura de Felipe II de la de España, ya que “para comprenderle y saber apreciar en su justo valor, hay que conocer la España de su siglo” 7 , siendo su propósito “escribir una rehabilitación completa de la memoria del gran Rey de España” 8 . Pese a que la obra de Antonio Pérez de Gregorio Marañón se centra, como anuncia su título, en la figura del secretario real, también perfila con gran rigor histórico la persona de Felipe II. Publicado inicialmente en 1947, Marañón ya anuncia la objetividad de su estudio, el cual está fundamentado en diversas fuentes documentales y bibliográficas: “He aquí por qué quedarán defraudados los que busquen en las páginas que van a seguir una apología o una diatriba de Felipe II; o un intento de reivindicación o de agravación de la condena histórica que pesa sobre Antonio Pérez. Cuando se les estudia con un criterio humano, ni el gran rey aparece nimbado de santidad, como quieren sus defensores, ni su Ministro como dechado de malicias. Los dos eran hombres, uno inmensamente mejor que otro, pero ambos hechos, como todos sus semejantes, de una mezcla de bien y de mal” 9 . Marañón nos expone a un “escrupuloso Monarca”, tan detestado como respaldado, siendo la principal característica de los textos precedentes la falta de información unida a errores heredados. El Felipe II que nos muestra Marañón es un rey esclavo del deber, siempre obsesionado con gobernar a un pueblo contento y libre de herejías, pero con defectos que han sido magnificados maledicentemente por encima de 6 BRATLI, Carl Georg (1940): Biografía de Felipe II. Madrid, Bruno del Amo, p. 13. 7 Ibídem, p. 15. 8 Ibídem, p. 16. 9 MARAÑÓN, Gregorio (2006) [1ª ed. 1947]: Antonio Pérez. Madrid, Espasa-Calpe, p. XXXIII. 9 sus logros. Uno de esos fallos, aunque común a todos los príncipes de su época, era la “interpretación llamada maquiavélica de la Razón de Estado, como justificación suprema de la moral política” 10 , aunque deja claro que, en contra de lo que se pudiera pensar, era algo normal en la época, ya que El Príncipe es la consecuencia y no la causa de la doctrina ahí expuesta. Marañón establece la época más crítica del monarca en 1568, donde destaca la muerte de su hijo don Carlos, y reprocha a aquellos que lo juzgan que no hayan tenido en cuenta que su larga existencia posibilitó que fuera un hombre distinto en cada fase de su vida. La obra de 1959 Ensayo sobre Felipe II, hombre de Estado: su psicología general y su individualidad humana, donde Rafael Altamira confecciona un estudio detallado sobre el monarca, repasa la vida tanto privada como pública de quien a lo largo de los siglos ha desatado animadversiones tan exacerbadas. La de Felipe II es una personalidad compleja cuyo estudio Altamira afronta desde diferentes puntos de vista, como la administración del poder o la relación con Carlos V, además de repasar los acontecimientos que marcaron su reinado y la reacción a los mismos por parte de Felipe II. Se anota al iniciar la lectura de la obra que su elaboración se inscribe en el método de trabajo de la generación del 98, por lo que las obras impresas conforman la base para su estudio, no las fuentes documentales. Altamira defiende que la figura de Felipe II no se puede analizar sin antes haber hecho lo propio con el contexto histórico que le tocó vivir y en el cual se comportó de una manera determinada según su propia personalidad. A lo largo de este Ensayo sobre Felipe II se reivindica la figura de un rey prudente difamado por la Leyenda Negra, aunque también es cierto que siempre con el objetivo de definir una identidad común a todos los españoles para restaurar su imagen exterior. Altamira critica los defectos de Felipe II, reales o supuestos, como los de una excesiva religiosidad que el autor rechaza argumentando que el monarca era más asceta que beato 11 , y una intransigencia que se manifestó con el asentamiento de la Inquisición 12 , lo 10 MARAÑÓN, Opus cit., p. 49. 11 “Felipe era un devoto, palabra equivalente para nuestro vulgo a la de beato, pero no en la acepción que da la Academia a la voz «beatería», porque no era afectado, sino absolutamente sincero. En el fondo, su propensión era propiamente ascética (como parece haberlo sido en general la del espíritu español), aún más que hacia el misticismo”. ALTAMIRA, Rafael (1997): Ensayo sobre Felipe II, hombre de Estado: su psicología general y su individualidad humana. Fundación Rafael Altamira: Asociación Española de Historia Moderna, p. 53. 12 No era extraño que se estableciese un sistema represor como la Inquisición en Europa, pero sí que fue peculiar y perjudicial su autoridad tan elevada. Además de inflar de forma innecesaria y nociva la ya asfixiada burocracia, otorgó poderes jurisdiccionales excesivos a sus miembros. DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio (1998), “Balance de un reinado”, en VV.AA., La monarquía hispánica. Felipe II, un monarca y 16 impasible” 31 , frente a un don Carlos incomprendido, con afán de protagonismo y víctima de la rigurosidad de su padre. En el año 2008 apareció la versión revisada y ampliada de la biografía de Felipe II de Geoffrey Parker, publicada originalmente en 1984. Parker se posiciona en contra de Kamen acerca de la capacidad de control que Felipe II tenía sobre sus dominios. Éste, como ya se ha comentado, asegura que el rey nunca tuvo control efectivo sobre su reino ni siquiera sobre su destino. Para Parker, si bien es cierto que algunos territorios y acontecimientos escapaban al control del monarca, éste ocupaba la mayor parte del día en tomar decisiones para evitar esto 32 . Para este autor, las tres decisiones más controvertidas del monarca (a saber: la persecución del arzobispo Bartolomé de Carranza, la prisión de don Carlos y el caso de Antonio Pérez) le desprestigiaron, creando un retrato adverso que “ha resultado extraordinariamente persistente” 33 . Esta obra no es un estudio del rey, sino de la persona, atendiendo a otros aspectos más allá de los relativos al gobernante. Sus diversiones, su familia y su religión formaron parte también de Felipe II, conformando así una personalidad reservada y decidida. 31 MORENO ESPINOSA, Opus cit., p. 153. 32 PARKER, Opus cit., p. 18. 33 Ibídem, p. 24. 17 4. FELIPE II COMO SUCESOR DEL EMPERADOR: 4.1. Felipe II, el apoyo de Carlos V. Carlos V pudo gobernar tan vastos territorios por contar, entre otros factores, con el siempre útil apoyo de su esposa primero durante sus largas ausencias de España, y con su hijo después una vez fue considerado ya mayor para ejercer su función. Este apoyo, tan competente, de su familia fue fundamental y decisivo para que la monarquía no acusase la extensión de sus dominios. Carlos V sabía que podía contar con su esposa y su hijo para gobernar igual de bien que él mismo lo haría. Esto se convirtió en una ventaja innegable a la hora de llevar a cabo unas políticas con diversos frentes. Una ventaja con la que apenas pudo contar Felipe II, pues si bien el poseía el apoyo de sus hermanas María y Juana, con quien les unía un gran afecto, no tenía un hijo sobre el que depositar unas responsabilidades a la par que se iba acostumbrando a la tarea de gobierno que en breves le iba a ser recomendada. Esa falta de un apoyo cercano la acusó el monarca, pues su primogénito el príncipe don Carlos distaba mucho de ser el joven apuesto que aspiraba a ser y que veía en su abuelo Carlos un modelo a seguir. 4.2. Personalidad de Felipe II: La personalidad irresoluta de Felipe II era célebre entre los miembros de su Corte y los embajadores extranjeros 34 , por lo que la desesperación era común cuando se esperaba una resolución suya que se hacía de rogar. Felipe II no supo reaccionar a tiempo a los diversos problemas que le sobrevinieron durante su reinado 35 , más aún, nunca tomó decisión alguna sin antes haberla sopesado profundamente, lo que originó que, en no pocas ocasiones, reaccionase demasiado tarde. Este carácter inseguro puede explicar gran parte de los fracasos de su reinado 36 . Además de su propia naturaleza indecisa, también hay que mencionar que su obsesión por tener conocimiento de cualquier aspecto de su vasta monarquía hacía inviable una rápida actuación ante un 34 FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 408. Fernández apunta a que el duque de Feria no dejaba de desesperarse por la parsimonia del monarca, igual que Chantonnay, el embajador de Francia. 35 Esta lentitud a la hora de tomar decisiones viene dada por su timidez. No era prudencia, sino apocamiento. MARAÑÓN, Opus cit., p. 51. 36 Para ahondar más en la personalidad prudente del monarca, es de relevancia la obra FERNÁNDEZ ALBALADEJO, Pablo (1998), “Espejo de prudencia”, en VV.AA., La monarquía hispánica Felipe II, un monarca y su época, pp. 69-80. El Escorial, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V. 18 imprevisto. Leía y corregía todos los memoriales, las consultas de los Consejos, los despachos de sus embajadas, los escritos de sus ministros... todo iba rubricado de su puño y letra. Incluso las cédulas más accesorias debían contar con su aprobación 37 . Esta costumbre de supervisar hasta los aspectos más nimios de la Monarquía era contraproducente, ya que la consecuencia inmediata era que los asuntos más importantes eran pospuestos irremediablemente a pesar de su urgencia. Antonio Gracián, secretario privado del monarca, deja constancia, en su diario de trabajo rutinario desde 1572 a 1573, de la constante actividad de Felipe II: “[El 9 de marzo de 1572] llegó un correo con los pliegos del cardenal, Zayas, Antonio Pérez, Escobedo, Juan Vázquez, Eraso, Gassol, que fueron por todos catorce pliegos. Su Magd. respondió a todos y se despachó a la noche con todas las respuestas. [El 2 de mayo] Su Magd. Me mandó diese al Prior Don Antonio los despachos que el dia antes abian venido de Genova, Milan, Roma, Venecia, Turin, Sicilia, Francia y Alemania; lo que se hizo. Su Magd. Me mandó responder a una consulta del consejo de Ordenes: que guardase hasta Madrid unos papeles; que remitiese al secretario Antonio Pérez un memorial; y respondiese a una carta de Ambrosio de Morales. A la noche partió correo con despachos para Delgado, Zayas [...]. A las 10.30 de la noche llegó un correo con un despacho de Zayas, y con gran presteça se me ordenaba le diese a Su Magd. Antes de acostarse. Eran ya cerca de las once, y ya Su Magd. Era acostado, y no se le pudo dar” 38 . Aunque Felipe II delegaba en sus ministros, era ingente la cantidad de papeles que supervisaba a lo largo del día. No había una administración central y uniforme para todos los territorios de la Monarquía, lo que provocó que Felipe II tuviera que atender las consultas de los funcionarios. Este sistema de supervisión personal, que ralentizaba el funcionamiento de la Monarquía, se utilizó para obtener información de primera mano y para asegurar el cumplimiento de las órdenes dictadas 39 . Ya desde el comienzo de su reinado se le conocía como “el rey de los papeles”, pues tan involucrado estaba con los numerosos escritos de la Monarquía, como muestra este testimonio de L’Aubespine 40 de 1559: 37 GACHARD, Opus cit., p. 214. Gachard cita el caso de Giovanni Soranzo, embajador veneciano que relató que Felipe II llegaba a firmar autorizaciones para sacar un caballo del reino o para conceder gratificaciones de veinte ducados. 38 KAMEN, Opus cit., p. 224. 39 ALTAMIRA, Opus cit., p. 105. 40 Sebastien de L’Aubespine (1518-1582), obispo de Limoges, fue embajador de Francia en la Corte de Felipe II entre los años 1560 y 1561. Participó como plenipotenciario en nombre de Francia en la firma del Tratado de Cateau-Cambrésis. 19 “Encuentro a este príncipe muy metido en los asuntos, no pierde una sola hora, todo el día está con los papeles. [En 1560 en Toledo, insistía en manejar todo] estando él mismo y el maestro y el secretario, pero se ve una tardanza y una confusión tan notables que todos los que aquí residen están desesperados” 41 . Así pues, Felipe II trataba de tener un control absoluto sobre la documentación de mayor o menor importancia para el reino, además de intentar adaptar esta burocracia a sus crecientes necesidades. Esta administración, que estaba dominada por personalidades en continua pugna y con una corrupción generalizada, fue la que el rey intentó mejorar con instrucciones precisas sobre el buen ejercicio de las funciones dirigidas a cada secretario 42 , pero éstas eran observadas en raras ocasiones, como lo prueba que algunos como Antonio Pérez acumulasen un gran patrimonio fruto de este empleo 43 . Felipe II se levantaba temprano y se ponía a leer documentos antes de las ocho de la mañana, escribiendo hasta el mediodía. Después concedía audiencias públicas antes de asistir a misa, siempre con la puerta de su despacho abierta 44 . A pesar de que supervisaba cualquier aspecto de su reinado, delegó ciertas actividades en hombres de su confianza como Ruy Gómez de Silva primero o Antonio Pérez después, dos personalidades especialmente importantes que no fueron las únicas con este privilegio de la confianza real 45 . Esta forma de gobernar tan personal nunca fue comprendida por unos súbditos que veían cómo el aparato estatal era ralentizado hasta en la organización de acontecimientos de tal importancia como los conflictos bélicos 46 . Cualquier información 41 KAMEN, Opus cit., p. 225. 42 Felipe II aborrecía la corrupción e intentó eliminar cualquier rastro de la misma en su Corte, aunque con escaso éxito. BRATLI, Opus cit., p. 66. 43 MARAÑÓN, Opus cit., pp. 96-105. 44 Kamen menciona el hecho de que el monarca siempre despachaba con la puerta abierta como un símbolo de su libertad. Su importancia era tal que en 1578 el duque de Alba, su hijo llamado don Fadrique y el prior don Antonio de Toledo entraron cerrando la puerta tras de sí, a lo cual Felipe II les increpó diciendo “¿Es fuerza? ¿Venís a hacerme violencia?”. Después, durante un tiempo, se negó a recibirles en su despacho. KAMEN, Opus cit., p. 226. 45 Felipe II siempre desconfió de las personalidades fuertes, algo cuyo origen reside, también, en su ya conocida timidez. No confió enteramente en nadie, menos aún tras el caso de Antonio Pérez. Esta desconfianza en los hombres fuertes radica, según Marañón, en ser una persona que se siente humanamente débil. Esto tuvo efectos negativos, ya que receló de aquellas personas de valía, echándolas a perder, celoso, consciente o inconscientemente, de sus triunfos, como pasó con Alejandro Farnesio y Don Juan de Austria. Sólo confió en aquellos que tuvieron una personalidad más borrosa, como Ruy Gómez de Silva. Para Bratli, esta desconfianza fue consecuencia de su pesimismo, el cuál le hacía querer inspeccionar cada aspecto de su Monarquía. MARAÑÓN, Opus cit., p. 51. BRATLI, Opus cit., p. 77. 46 Felipe II necesitaba tiempo para observar con objetividad los acontecimientos que acontecían en su vasto imperio. Con frecuencia no tuvo esa posibilidad. PARKER, Opus cit., p. 170. BRATLI, Opus cit., p. 77. 20 se le entrega al rey por escrito, no de palabra, ya que gustaba de añadir sus propias impresiones y órdenes en los memoriales. Esto frenaba cualquier acción rápida de gobierno, ya que, tal y como decía Chantonnay en 1565, “en cuanto a nuestro maestro todo va de mañana en mañana la principal resolución de todas las cosas es permanecer perpetuamente sin resolver” 47 . A pesar de que Felipe II era consciente de la lentitud de su administración, no pudo realizar una reforma tan profunda como para resolver este problema, ya inherente al sistema. El término de “rey papelero” no era empleado en vano 48 . Era una crítica hacia una forma de gobierno que pocos compartían. No por la merma en la eficacia de la administración, que implicaba el que el monarca estuviese pendiente hasta de los detalles más nimios, sino porque consideraban que no era una actividad acorde a lo que se esperaba de un rey. No aceptaban la idea de que el gobernador fuese un funcionario que dirigía el reino desde su despacho, algo que le distanciaba de los súbditos y, como ya hemos visto, restaba eficacia a la actuación de la administración. Felipe II siempre rechazó estas insinuaciones, continuando con su forma habitual de gobierno, ya que había adquirido una notable habilidad en la lectura y respuesta de los numerosos papeles que le entregaban diariamente 49 . Felipe II nunca tuvo facilidad de palabra, menos aún comparándola con su habilidad escribiendo, y nunca consideró a la palabra como sustituto del papel en las toma de decisiones 50 . A pesar de que ya estaba acostumbrado a redactar sobre cualquier aspecto de la monarquía 51 , nunca fue éste un sistema eficiente, quejándose continuamente de que “cargan tantas audiencias que no me dexan ordenar cosas” 52 , necesitando para trabajar “tiempo y quietud, y con las audiencias creed que 47 KAMEN, Opus cit., p. 227. 48 No hay que confundir los términos. El principal medio de comunicación con los diferentes rincones de su imperio de Felipe II era la palabra escrita, pero esto no significa que atesorase documentos. Ordenó la destrucción de escritos de carácter confidencial cuyo contenido atañía al mismo monarca, como es el caso de los relativos a Antonio Pérez o su hijo. PARKER, Opus cit., p. 172. 49 En 1576 Mateo Vázquez le aconsejó que despachase de palabra y no por escrito para acelerar la administración, a lo que Felipe II respondió diciendo que “para quien ha ya casi 33 años que trata negocios, trabajo seria oyrlos y después verlos para responder, y mas los bien hablados”. KAMEN, Opus cit., p. 227. 50 Según decía el embajador de Venecia en 1574, el monarca “es más rápido que cualquier secretario”. Algo en lo que coincidía con su homólogo inglés, quien anotaba en 1575 que “se dice que Su Magestad escribe y despacha por billetes más que todos sus secretarios juntos”. PARKER, Opus cit., p. 171. 51 Felipe II llegaba a advertir acerca de errores formales u ortográficos en sus misivas, tal era la estima que le tenía a la palabra escrita. BRATLI, Opus cit., p. 67. 52 El testimonio está fechado el 25 de octubre de 1573. KAMEN, Opus cit., p. 227. 21 no puedo” 53 . El volumen de trabajo era enorme, llegando a superarle 54 , siendo común que se quedase leyendo hasta horas avanzadas de la noche y quedándose sin cenar en no pocas ocasiones, como él mismo escribió en un informe que le entregaron pasadas las nueve de la noche: “Agora me dan otro pliego vuestro. No tengo tiempo ni cabeza para verle y asi no le abro hasta mañana y son dadas las diez y no he cenado, y quedarme la mesa llena de papeles para mañana, pues ya no puedo mas agora” 55 . A pesar de este cansancio provocado por la acumulación de informes nunca renunció a su convicción de que el papel era de más utilidad que la palabra. Felipe II estaba dedicado completamente a gobernar, intentando responder puntualmente a cada escrito que le era entregado 56 . Bastaba un día de retraso en sus respuestas para que el sistema se tambalease y la gente se desesperase. Por norma general a las once de la noche dejaba de trabajar como tarde, ya que “hasta ahora que son las once he estado esperando el pliego y ya no puedo esperarle mas, que no tengo ojos en la cabeza, y mas aviendo de ir mañana a la iglesia a misa” 57 . Los papeles siempre acompañaban al monarca en sus viajes 58 , ya que no podía prescindir de ellos ni tampoco permitirse un solo día de dilación en emitir una respuesta, convirtiéndose su carruaje en un despacho rodante: “tengo hoy tantos papeles que no puedo ver agora estos, no podré oy. Antes me pienso ir al campo para ir los leyendo en el carro” 59 . Este trasiego de documentación hacía muy difícil su ordenación, lo que también repercutió en la eficacia de la administración, ya mermada como se ha visto, perdiéndose papeles continuamente, “mas no sé si los tengo, ni adonde están ni tengo tiempo de buscarlos” 60 . Felipe II pensaba escribiendo, lo cual hizo que la cantidad de papel dedicada a las tareas de gobierno se viese incrementada notablemente. 53 Kamen cita estas palabras de una nota de Aranjuez fechada el 30 de abril de 1586. KAMEN, Opus cit., p. 227. 54 Marañón nos presenta ciertamente a un monarca que “a procurar su felicidad [de sus súbditos] lo supeditó todo, incluso su propia vida, que fue de verdadera esclavitud al deber”. MARAÑÓN, Opus cit., p. 48. 55 KAMEN, Opus cit., p. 228. PARKER, Opus cit., p. 168. La cita proviene de un informe fechado en abril de 1578. 56 ALTAMIRA, Opus cit., p. 106. 57 Nota redactada por Felipe II en un pliego el 21 de abril de 1575. Citado en KAMEN, Opus cit., p. 229. 58 “No se vio en el mundo hombre tan gran trabajador: nunca tuuo hora ociosa, siempre sobre sus papeles, sobre sus consultas y negocios, por los bosques y los jardines, cargado de papeles: escribiendo y despachando sin cesar”. Sermón fúnebre por Felipe II pronunciado por el predicador real, Aguilar de Terrones, en 1598. PARKER, Opus cit., p. 167. 59 Escrito del monarca del 9 de marzo de 1576. KAMEN, Opus cit., p. 229. Escrito del monarca del 9 de marzo de 1576. 60 Carta de Felipe II del 28 de diciembre de 1574. Citado en Ibídem, p. 230. 22 Este sistema de gobierno no estaba ajustado a una política preestablecida, sino que variaba en función de los acontecimientos, reordenando sus necesidades y recursos para hacer frente a los imprevistos. El monarca nunca tomó decisiones de gravedad, acerca de la guerra o la paz, basándose en su propio criterio, sino que escuchó las opiniones de sus Consejos. Sus resoluciones no se adoptaron de forma arbitraria, sino que aceptaba cualquier opinión y consejo que le guiase en la toma de decisiones, no actuaba si no tenía informes que le apoyaban a hacerlo y dudaba a la hora de adoptar una decisión firme. Sólo una vez que los hechos habían sobrepasado toda gravedad, Felipe II se decidía a actuar. El rey no estaba cómodo en su papel de gobernador tomando decisiones de compromiso, prefería disponer su parecer desde la distancia y sólo cuando no era posible otra solución. Además, estas decisiones las debía tomar sin poseer toda la información necesaria para decidir una estrategia a seguir, haciendo que se alargase el tiempo que dedicaba a reflexionar sobre la conveniencia de realizar ciertas acciones. El hecho de que fuese el responsable último de las decisiones que había de adoptar le desagradaba en exceso, aunque sus consejeros cargaban con las culpas si algo no salía todo lo bien que se esperaba. Esta cantidad de compromisos que Felipe II debía afrontar se llevaban a cabo gracias a una burocracia que contaba con las personas de más confianza del rey 61 . Los gobernadores o virreyes, situados en las capitales regionales, recibían órdenes directamente del monarca y de su respectivo Consejo en Madrid, relacionándose con los órganos del gobierno local. El personal diplomático, que defendía los intereses de España en el extranjero, colaboraba con Felipe II. El equipo de agentes extraoficiales, que realizaban tareas encomendadas por el monarca, dependía de sus órdenes. El apelativo de “prudente” 62 lo obtuvo de aquellos defensores de una persona que era, a su juicio, cautelosa ante todo 63 . Su lentitud en la toma de decisiones era algo que 61 ALTAMIRA, Opus cit., p. 100. 62 Apelativo que ha provocado numerosos ríos de tinta tratando de explicar la piscología del monarca. Albadalejo, en lugar de remitir única y exclusivamente a la naturaleza del rey, aboga por argumentar su comportamiento con el contexto delicado en el que se desenvolvió. FERNÁNDEZ ALBADALEJO, Opus cit., p. 70. 63 Altamira ve, en lugar de la mencionada “prudencia”, un grave problema de indecisión, algo que Felipe II nunca fue capaz de superar a pesar de que le situaba en una posición de inferioridad respecto a sus competidores. Parker, por su parte, ve en este rasgo “insensibilidad y cierta astucia maligna”. Marañón entiende que esta prudencia “era sólo timidez disfrazada por la solemnidad ejemplar que tiene cualquier 23 debían aceptar aquellos que se relacionaban con él, ya que, “quien atiende a la brevedad no sucediendole bien lo que desea, pierde la reputacion” 64 . El tiempo era el bien más preciado por Felipe II, nunca teniendo suficiente para valorar las circunstancias y la forma más apropiada de actuar ante las diferentes incidencias que tenían lugar, siempre tenía relojes “delante de los ojos, de noche y de día, y que en suma son el gobierno total de este rey” 65 . Felipe II, tenido por retraído y tímido por sus propios contemporáneos 66 , no fue así exactamente 67 . Sus reservas a la hora de tomar la palabra radicaban en su voluntad de escuchar a su interlocutor antes de hablar. Este silencio, que el monarca obedecía por respeto, era tomado como una forma de intimidación. Esta forma de ser, tranquila, también tenía su reflejo en su vida personal y familiar. Nunca fue una persona melancólica, salvo en contadas excepciones, como la del arresto de su hijo don Carlos. Apreciaba los silencios y era un hombre sosegado, por lo que se explica que el volumen de su voz fuese bajo en la mayoría de ocasiones, hablaba “en voz tan baja, que nosotros, hallándonos muy cerca, no pudimos oírla” 68 . No solía mostrar sus emociones en público, resultando amable y tranquilo hasta en momentos tan difíciles como el arresto de su hijo. Felipe II, a diferencia de su padre, sólo hablaba el castellano, lo que limitaba su comunicación con embajadores de diversas naciones, como los italianos, los alemanes o los neerlandeses, quienes tuvieron la impresión de estar ante un príncipe retraído y poco afable 69 . Aunque no hablase ni francés ni italiano, los comprendía sin problemas. El latín, idioma que utilizaba para hablar con aquellos extranjeros que desconociesen el castellano, lo hablaba sin gran fluidez ni dominio. Por su parte, el portugués lo entendía medianamente como lengua de su madre, pero no lo utilizaba con frecuencia, aunque conocía su importancia, ya que, como dijo a sus hijos: “bien debéis acto en los jefes indiscutibles”. Su prudencia, según Marañón, era irresolución, la dilación de los asuntos de gobierno le era grata. ALTAMIRA, Opus cit., p. 109. PARKER, Opus cit., p. 308. MARAÑÓN, Opus cit., p. 50. 64 La cita es un consejo del propio Felipe II a los embajadores en la Corte de Madrid. KAMEN, Opus cit., p. 234. 65 La cita es de Pérez de Herrera, recogida por Cabrera de Córdoba. Ibídem, p. 234. 66 Marañón resalta que la timidez era una particularidad de Felipe II, dada como consecuencia de la herencia psicológica de su tatarabuela, Doña Isabel, de Doña Juana la Loca y de su padre. Hay un debate acerca de si este rasgo de su personalidad era timidez o realmente consistía en depresión. MARAÑÓN, Opus cit., p. 49. 67 Felipe II fue desde pequeño silencioso y grave, con gran habilidad para ocultar sus sentimientos. ALTAMIRA, Opus cit., p. 75. 68 KAMEN, Opus cit., p. 235. 69 Felipe II no aprendió en este caso de la experiencia vivida por su padre, quien comenzó a ser rey de Castilla sin saber su idioma. ALTAMIRA, Opus cit., p. 73. 24 entender el portugués” 70 . El catalán era probable que lo entendiese, ya que estaba vinculado con la casa de Requesens y asistió a los debates de las Cortes, que se realizaban en esa lengua. Los documentos en otra lengua distinta al castellano o al latín le eran traducidos para su mejor comprensión. En alguna ocasión el propio Felipe II tradujo textos del latín al español debido a la gravedad de los temas a tratar. Estas reservas de Felipe II a hablar eran naturales y no siempre transmitía la sensación de tranquilidad del monarca, intimidando a sus interlocutores, algo que nos menciona Teresa de Ávila: “empecé a hablarle porque su mirar penetrante, de esos que ahondan hasta el ánima, fijó en mí, así que bajé mi vista y con toda brevedad le dije mis deseos” 71 . Esta incomodidad que causaba en aquellos que se dirigían a él por mirarlos fijamente era conocida por el rey 72 , quien trataba de rehuir su mirada. A pesar de esto siempre fue cortés de forma natural, estando disponible para cualquier consulta y se lastimaba de tener que cancelar audiencias, enfadándose de “no tener tanto tiempo como querría para verle” 73 . No confió ciegamente en ninguno de sus colaboradores 74 , sólo delegó poderes a sus hermanas Juana y María a las que les suponía unas capacidades de gobierno así como una personalidad firme que él tanto apreciaba 75 . Pero esto no significa que nunca otorgase su confianza a aquellos más cercanos, aunque siempre asegurándose que las decisiones tomadas debían ser aprobadas por él 76 . Felipe II tenía una magnífica memoria, una gran capacidad retentiva que le servía para almacenar datos y hechos con facilidad, algo que le sería de utilidad en su gobierno. Era tanta la información que poseía que le resultaba difícil plasmarla en un escrito, más aún si la decía de palabra. Pero estos detalles que recordaba nunca le resultaron de importancia trascendental para su política. Siempre valoró por encima de 70 BOUZA ÁLVAREZ, Fernando (1998): Cartas de Felipe II a sus hijas. Madrid, Akal, p. 75. 71 KAMEN, Opus cit., p. 235. 72 Tal era la impresión que causaba el monarca que debía tranquilizar a sus interlocutores con un “sosegaos”. BRATLI, Opus cit., p. 65. 73 KAMEN, Opus cit., p. 235. 74 ALTAMIRA, Opus cit., p. 108. Como bien apunta Altamira, esta constante desconfianza hacia los demás produjo que todo el peso de la administración recayese sobre él, acentuando el absolutismo. 75 Acerca de la regencia de doña Juana de Austria, consultar SANZ AYÁN, Carmen (1998), “La regencia de doña Juana de Austria”, en VV.AA., La monarquía hispánica Felipe II, un monarca y su época, pp. 137-146. El Escorial, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V. 76 Altamira menciona que “de todas las doctrinas de Carlos I en materia de principios y de técnica política, la que más arraigó en el espíritu de Felipe II fue la de la suspicacia, o sea, la de la sagacidad hermanada con la desconfianza de los hombres”. ALTAMIRA, Opus cit., p. 72. 25 cualquier cosa la visión general de los acontecimientos, que le favorecía la creación de una estrategia 77 . Esta serenidad que transmitía en persona no implicaba que fuese alguien tímido, más aún no dejó de enfrentarse con aquellas personas con cuyas opiniones no coincidía, aunque esas personas fueran su propio padre. Comedido, siempre vigilaba que su conducta pública fuera intachable, y lo mismo exigía a aquellos que le rodeaban. No fue una persona grave a pesar de lo que pudiese aparentar por una vestimenta donde el negro era el color principal, algo que contrastaba con su personalidad amable y alegre 78 . Era educado, conocedor y respetuoso de las prescripciones de la etiqueta. No aceptaba las alabanzas, prefiriendo que la verdad imperase en la Corte, se debía hablar sin restricciones, para evitar unas mentiras que él tanto detestaba 79 . No significa esto que no hiciese uso de los secretos, algo que él mismo incentivó, unos secretos de Estado que en el siglo XVI no eran fáciles de guardar, a pesar de que él lo intentó imponiendo esta norma a secretarios, embajadores y funcionarios mayores: “conviene mucho el secreto, sin el qual ninguna cosa se puede bien proveer” 80 . El ejemplo más significativo de su afán por guardar los secretos se puede encontrar en el caso de Antonio Pérez, secretario personal del monarca, quien se valió del favor real para medrar económicamente y resolver problemas personales 81 . 77 El hecho de que controlase directamente todos los asuntos de su administración provocó una falta de perspectiva fundamental para valorar los acontecimientos políticos. ALTAMIRA, Opus cit., p. 111. 78 La vestimenta de color negro era algo común en España, ya que, como símbolo de luto, era utilizado en innumerables ocasiones, y Felipe II vivió varios fallecimientos en su familia. Este color simbolizaba además su sobriedad y sencillez. Pero no siempre vistió de negro, aunque sí que es cierto que gustaba de utilizar este color, que hacía resaltar su collar del Toisón de Oro. Atuendos plateados, rojos y blancos, negros y dorados son algunos de los que llegó a utilizar. KAMEN, Opus cit., p. 236. ALTAMIRA, Opus cit., p. 77. 79 En una audiencia, Felipe II paró las lisonjas de un clérigo diciendo: “Padre, dexad esto y decid el negocio a que venís”. Hecho documentado por Pérez de Herrera y recogido por Cabrera de Córdoba. KAMEN, Opus cit., p. 237. BRATLI, Opus cit., p. 59. 80 Instrucción realizada al virrey de Nápoles. Citada en KAMEN, Opus cit., p. 237. 81 Antonio Pérez (1540-1611) fue secretario de Felipe II, cuya influencia utilizó para mandar asesinar a un rival, Juan de Escobedo, quien conocía las formas ilegítimas de aquél para medrar. El encarcelamiento de Pérez, su posterior fuga a Aragón y persecución del monarca bajo la jurisdicción de la Inquisición, removió a una monarquía poco dada a los escándalos. Para obtener más información, es fundamental la consulta de la obra MARAÑÓN, Opus cit., y de PÉREZ, Joseph (1998), “El secretario Antonio Pérez y las alteraciones de Aragón”, en VV.AA., La monarquía hispánica Felipe II, un monarca y su época, pp. 377-386. El Escorial, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V. 32 incluso para su tiempo a cargo de un religioso fanático como lo fue Silíceo 112 y la negativa de éste a animarle a aprender otros idiomas 113 , puede estar en la génesis de su personalidad retraída y poco dada a comprender los puntos de vista de sus súbditos de los que tanto distaba, tanto geográfica como ideológicamente. Además, se debe tener en cuenta la variable religiosa, pues Felipe no se formó únicamente en el terreno social y político, sino también en el religioso, un medio en el que se desenvolvía tan bien como un obispo, pues sus conocimientos bíblicos eran muy vastos, algo que también definiría su personalidad marcadamente providencialista. A lo largo de la vida de Felipe II sus relaciones con el mundo terrenal y el religioso se entrelazarán, basando en no pocas ocasiones decisiones políticas o personales con argumentos religiosos. Felipe vivió, por lo tanto, varias etapas en su formación, una primera más familiar donde estuvo al cargo de su madre, entre 1527 y 1534, otra de enseñanza donde estuvo al cargo de sus maestros, entre 1534 y 1543, y una última de formación política al cargo de Carlos V desde 1543 hasta 1556. Nunca estuvo Felipe al margen de los planes formativos que para él tenía su padre ya desde su mismo nacimiento. El príncipe nació con un destino claro que debía cumplir y el Emperador organizó su vida para que se fuese formando para llegar a ser lo que se esperaba de él. De estas tres etapas, únicamente la primera era la que pertenecía al mundo femenino, en el resto el príncipe se desenvolverá en ambientes exclusivamente masculinos. Los espacios, tan importantes en la sociabilidad de la época, también pueden servir para establecer una periodización en la educación del príncipe a lo largo de tres etapas donde una primera sería exclusivamente femenina entre 1527 y 1533, una segunda de transición hacia el espacio masculino desde 1533 hasta 1535, y una última ya únicamente masculina entre 1535 y 1546. Aunque su formación será constante a lo largo de su vida, su educación como futuro rey finaliza una vez ha depositado en él su padre la responsabilidad de gobernar y sustituirle al frente de sus reinos. 112 Ciertamente, el Cardenal Silíceo estuvo muy preocupado por el avance del protestantismo y llevó a cabo, en su etapa como obispo de Cartagena, diversas limpiezas de sangre. ESPONA, Rafael José R. de (2005), “El cardenal Silíceo, príncipe español de la contra-reforma”, en Anales de la Fundación Francisco Elías de Tejada, Nº 11, pp. 41-61, p. 47. 113 Manuel Fernández Álvarez apunta a que esta poca predisposición de Silíceo a cargar con trabajo a su regio alumno se produjo por su voluntad de dar contentamiento al príncipe y, por extensión, al monarca, antes que entrar en disputas. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 647. 33 5.2. La influencia del Humanismo: Como apunta Gonzalo Sánchez-Molero en su tesis El Erasmismo y la educación de Felipe II (1527-1557), la formación del príncipe estuvo influida por el erasmismo, imperante en aquella época, tal y como se pone de manifiesto al observar que Bernabé de Busto, cronista de Carlos V, le dedicó al hijo del Emperador su traducción al castellano de la obra de Erasmo Institutio principis christiani 114 , algo que sólo habría de ser una anécdota si Felipe no hubiese contado entre sus libros de aprendizaje la obra Querela pacis 115 . Para este autor, el pensamiento de Erasmo tuvo gran peso en la educación de Felipe II, a pesar de que, en teoría, su influencia en España en aquellos años ya era escasa. La repercusión de Erasmo, no sólo en la educación del príncipe sino también en la propia Corte de Carlos V, no era algo extraño o particular, sino que fue fruto de que gran parte de los humanistas españoles seguían los dictados de Erasmo, cuya obra contaba con la protección de la Corte carolina. Dentro de este ambiente erasmista reinante, con el nacimiento del nuevo príncipe los distintos pensadores crearon modelos pedagógicos para la educación del que habría ser el nuevo monarca, educación que se debía basar en los ideales erasmianos que, por ejemplo, imperaban en la Universidad de Alcalá. Por lo tanto, la educación de Felipe se desarrolló en un ambiente intelectual del que incorporó no pocos aspectos a su personalidad. Tan pronto como se supo del nacimiento del príncipe los erasmistas españoles como Alfonso de Valdés 116 , Bernabé de Busto 117 , Francisco de Bobadilla y Mendoza 118 114 Conviene resaltar que la obra de Erasmo supuso una auténtica renovación en el género de los “specula principum”, es decir, obras dedicadas a mejorar la educación de los príncipes. FERNÁNDEZ ALBADALEJO, Opus cit., p. 74. 115 La obra Querela Pacis o Querella de la Paz, es un tratado pacifista publicado en 1517 donde Erasmo muestra unas profundas convicciones acerca de la conveniencia de la paz para el progreso de los pueblos. GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, El Erasmismo..., p. 7. 116 Alfonso de Valdés (1490-1532) fue un destacado humanista español que se inscribió dentro del pensamiento erasmista. Secretario de las cartas latinas de Carlos V, creó varias obras donde plasmaba su pensamiento, la mayoría bajo la forma de “diálogos”, entre las cuales destaca el Diálogo de Mercurio y Carón (1528). Para obtener una visión más detallada es conveniente la lectura de la obra DONALD, Dorothy (1982): Alfonso de Valdés y su época. Cuenca, Diputación Provincial. 117 Bernabé de Busto fue maestro de los pajes de la Emperatriz Isabel, cargo al que se incorporó en torno al año 1530. Defensor de la lengua latina en la educación de los príncipes, publicó unas Instrucciones grammaticas donde exponía enseñanzas sobre esta lengua. Un detallado análisis de la vida y obra de este autor se puede encontrar en el artículo GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, José Luis (1999), “Bernabé de busto, cronista y capellán de Carlos V”, en El Emperador Carlos y su tiempo: actas IX Jornadas Nacionales de Historia Militar, Sevilla, 24-28 de mayo de 1999, pp. 829-848. Sevilla. 118 Francisco de Bobadilla y Mendoza (1508-1566) fue un eclesiástico y teólogo cuya obra y pensamiento se inscriben dentro del humanismo. Arcediano de Toledo y maestrescuela de Salamanca. 34 o Lucio Marineo Sículo 119 se pusieron a la tarea de elaborar planes para la correcta formación de Felipe en los ideales humanistas que tanto éxito habían tenido en la Corte, donde tanto triunfaban las ideas de Erasmo y que se encargaron de divulgar en España. Este grupo, cuyos miembros tenían contacto entre sí, se convirtió en un movimiento intelectual cuyo centro fue Alcalá de Henares y que se dedicó a difundir los presupuestos de Erasmo y elaboró un programa pedagógico para la correcta educación de Felipe en los presupuestos que ellos apoyaban 120 . Por lo tanto, existía una preocupación por parte de pensadores humanistas acerca de cómo se iba a llevar a cabo la educación del que estaba llamado a suceder a Carlos V en el trono, y no iban a permanecer ajenos ante la labor que se les presentaba de formar correctamente al nuevo príncipe. El eco que consiguieron estos pensadores para el movimiento humanista fue innegable, alcanzando éste una intensidad mayor. La lista de humanistas con alguna relación con la Corte era amplia y abarcaba desde secretarios como Alfonso de Vergara, a profesores de griego como su hermano Juan, pasando por médicos como Suárez o por maestros de nobles como Bernardo Pérez de Chinchón 121 . Todos estos fueron testigos, más o menos directos, de la educación del príncipe y escribieron acerca de cómo ésta debía llevarse a cabo de una forma correcta y siguiendo los postulados humanistas. La Universidad de Alcalá, tras el nacimiento del príncipe, vio como surgía un interés creciente acerca de cómo iba a llevarse a cabo su formación, debates que los propios erasmistas alimentaron, aumentando el entusiasmo de estos intelectuales que polemizaban acerca de qué obras eran las más adecuadas para la educación del príncipe. Cierto es que, los erasmistas, tan vinculados a la política del Emperador, estaban, en cierta manera, obligados a preocuparse por la sucesión del trono, por la educación del joven Felipe puesto que, precisamente en la educación situaban las raíces mismas de la intelectualidad y, por extensión, del humanismo. Asegurar la correcta educación del príncipe era asegurar la pervivencia de los 119 Lucio Marineo Sículo (1460-1533) fue un cronista de Carlos V y humanista que se encargó de la educación de diversos nobles y que cuenta entre sus obras más conocidas el De laudibus Hispaniae Libro VII (1496), una relación de los acontecimientos más importantes en la Historia de España. Una biografía de este humanista se puede encontrar en ARAMBURU SÁNCHEZ, Celia (2008), “Lucio Marineo Sículo”, en Salamanca: revista de estudios, Nº 56, pp. 19-30. 120 La Universidad de Alcalá de Henares se convirtió en el gran centro del saber en la España de la época, incorporando nuevos sistemas pedagógicos y enseñanzas a su plan educativo, estableciéndose así como el lugar de reunión de los grandes humanistas. Para ahondar en la historia de esta Universidad, conviene la lectura de la obra de ALVAR EZQUERRA, Antonio (1996): La Universidad de Alcalá de Henares a principios del siglo XVI. Alcalá de Henares, Universidad. 121 GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, El Erasmismo..., p. 24. 35 humanistas que deliberaban acerca de la misma. Estos erasmistas se vieron vinculados con la educación del príncipe desde el mismo momento de su nacimiento. Una característica de este movimiento es su homogeneidad, su coherencia grupal, pues al ser la gran mayoría de sus educadores afines al humanismo, produjeron un discurso coherente y sin diferencias lo suficientemente grandes como para provocar divisiones entre el grupo de pensadores. Además, hay que señalar que el erasmismo español poseía con anterioridad una gran presencia en la pedagogía, tanto práctica como teórica, lo cual también tendrá una importante repercusión al postularse como la mejor opción a la hora de llevar a cabo la formación de Felipe. Por lo tanto, los gustos afines al erasmismo de gran parte de la Corte influyeron en el proceso de selección de aquellos que debían formar al príncipe, proceso de selección y educación que se desenvolverán en medio de un ambiente intelectual, pues el humanismo influyó tanto en la educación de Felipe como ésta en aquella. Según se iba debatiendo y creando obras acerca de ese tema, se fue creando un modelo de educación para príncipes que tendrá en la figura de Erasmo su pilar central como ejemplo de lo que los humanistas defendían 122 . Dentro del compendio de obras que vieron la luz con la finalidad de abordar el asunto de la educación del nuevo príncipe tendrá especial interés la de fray Antonio de Guevara 123 , titulada Relox de príncipes (1528-1533) 124 , por dos motivos: por ser la primera obra donde se intenta establecer un modelo para la correcta educación de los príncipes y por estar dirigida al joven Felipe, consciente de que su obra podría ser de utilidad y de lo mucho que convenía que fuera leída por aquellos cercanos al Emperador 125 . Además, esta obra abrirá una senda que recorrerán otros muchos humanistas que elaboraron diversos escritos donde se ocupaban de la formación del hijo 122 Paradójicamente este movimiento erasmista preocupado por la educación principesca no contó con el apoyo del propio Erasmo, quizás demasiado afectado por su debilitada salud. GONZALO SÁNCHEZMOLERO, El Erasmismo..., p. 26. 123 La vida de este humanista, cuya obra es de gran relevancia para entender el modelo pedagógico imperante en la época y para comprender la educación que recibió el príncipe Felipe, se puede estudiar mediante los libros: CONCEJO ÁLVAREZ, Pilar (1985): Antonio de Guevara, un ensayista del siglo XVI. Madrid, Ediciones Cultura Hispánica; y RALLO GRUSS, Asunción (1979): Antonio de Guevara en su contexto renacentista. Madrid, Cupsa. 124 Dicha obra ha sido objeto de análisis en el artículo de VALLE, Ivonne del (2002), “La prosa novelizada del Relox de príncipes de fray Antonio de Guevara”, en Nueva revista de filología hispánica, Tomo 50, Nº 1, pp. 181-190. 125 Esta obra será de especial calado para Carlos V, pues él mismo hará alusión al escrito de Guevara en un texto enviado al ayo del príncipe don Juan de Zúñiga cuando le dice que debe ser “reloj y despertador” de Felipe. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 646. 36 de Carlos V desde diversas perspectivas, puesto que algunas se centraron en la vertiente gramática latina, con las obras de Bernabé de Busto y Lucio Marineo Sículo; la Historia, con la producción de Gonzalo Fernández de Oviedo; o la política con las creaciones de Alfonso de Valdés. Libros como Espejos de Príncipes o Nortes de Príncipes eran comunes a la hora de educar a un hijo de reyes, obras que comenzaron a abundar desde la Baja Edad Media, cuando se empieza a plantear la adecuada formación del futuro rey de acuerdo con los valores predominantes en ese momento, entre los cuales la religión y la moral recta predominaban sobre los demás. Pero la obra que inició el debate acerca de cómo se debía afrontar la educación del príncipe pues el ya mencionado Relox de príncipes, de fray Antonio de Guevara, un auténtico tratado político que utilizaba la imagen de Marco Aurelio como modelo de conducta para el que estaba llamado a ser el futuro monarca 126 . Ampliación de su obra, el Libro áureo de Marco Aurelio de 1524 127 , esta que nos ocupa vio la luz cuatro años más tarde con la clara finalidad de constituirse en un tratado sobre la educación de los príncipes. Como buen humanista, Guevara utiliza fuentes clásicas rescatadas del olvido que utiliza a lo largo de un discurso retórico donde sobresale la preocupación, tanto religiosa como moral, fruto del uso del poder. Este es un estudio teórico y no práctico, motivado por el deseo del propio Guevara de convertirse en un consejero real mediante la elaboración de lo que él consideraba un perfil idóneo para un buen monarca 128 . El hilo narrativo de la obra lo crean los diversos consejos de filósofos que recibe el príncipe, subrayando la importancia que para él tiene un rey filósofo y destinando un volumen de esta obra a exponer su visión de cómo se debía llevar a cabo la educación principesca. “Hágote saber, Alexandre, que no está la perfeción de los hombres en ver mucho, en oýr mucho, en saber mucho, en procurar mucho, en trabajar mucho, en alcançar mucho, en poseer mucho, en poder mucho, ni en mandar mucho; 126 Marco Aurelio (121-180) fue emperador del Imperio Romano desde el año 161 hasta su muerte. Puntal de la filosofía estoica, su obra Meditaciones versa acerca del gobierno idóneo. Estas características hicieron que Guevara le considerase un ejemplo perfecto para el aprendizaje político de Felipe, pues Marco Aurelio combinó a la perfección la faceta política, militar y la filosófica. La historia de este emperador se puede encontrar en la obra ROLDÁN HERVÁS, José Manuel (2011): Historia de Roma. Salamanca, Universidad de Salamanca. 127 Un estudio de esta obra se encuentra en el artículo de GARCÍA GUAL, Carlos (2011), “Guevara y el ‘Libro Áureo’ del emperador Marco Aurelio”, en MARTÍNEZ GARCÍA, Javier (Coord.), Falsificaciones y falsarios de la Literatura Clásica, pp. 97-108. 128 GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, El Erasmismo..., p. 30. 37 finalmente digo que aquel hombre es perfecto que no merece lo que tiene a su parecer propio, y merece mucho más de lo que tiene al parecer ageno” 129 . Todo aspecto de la vida del joven heredero está controlado por un Guevara que traza el perfil ideal de un monarca, desde sus educadores hasta su esposa. Como para él la educación del príncipe debía estar controlada en todo momento, da una especial importancia al papel de la esposa en dicho proceso formativo, pues la crianza del pequeño era del círculo femenino casi exclusivamente en los primeros años de vida del joven, dándose, de esta forma, una cierta dignificación de la mujer que contrasta con la misoginia imperante en todas las escalas 130 . La comparación con Marco Aurelio es constante y Guevara hace una relación entre Isabel y Faustina y Felipe y Cómodo para llegar a la conclusión de que “si Carlos V no deseaba ser sucedido por otro ‘Cómodo’, libertino y gladiador, debería tener gran esmero en la educación de su hijo” 131 . También, Guevara enfatiza el papel que debía tener el rey en la educación del príncipe para, de esta manera, vigilar la correcta formación de su hijo, tarea que incluía desde escoger a los ayos del joven hasta escoger un determinado modelo pedagógico. Fray Antonio de Guevara creó así un modelo pedagógico y político que influyó en la educación de Felipe de manera decisiva, puesto que Carlos V fue un admirador de la obra del humanista, obra que constituyó la base fundamental para establecer una educación para el príncipe Felipe que se llevará a cabo según un programa llevado a la práctica por Alfonso de Valdés, Bernabé de Busto y Lucio Marineo Sículo, todo a pesar de que la obra de Guevara no despertó demasiados entusiasmos entre los humanistas, recibiendo críticas tanto de Erasmo como de Luis Vives, quien estaba frontalmente en contra del sistema de aprendizaje extendido en la época, consistente en memorizar la lección fruto de la continua repetición, algo que sufrió Felipe en manos de su preceptor Silíceo 132 . Si Guevara fue la base para plantearse una educación humanista del príncipe, Alfonso de Valdés será quien más ahondará en esa preocupación desde una perspectiva 129 GUEVARA, Antonio de (1533): Relox de príncipes. Capítulo XXXIII. 130 Gonzalo Sánchez-Molero además observa un cambio en la mentalidad de Guevara, que en esta obra otorga méritos a las mujeres que en su escrito previo, el ya comentado Libro áureo, le denegaba. GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, El Erasmismo..., p. 31. 131 Ibídem, p. 31. 132 FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 648. 38 intelectual y erasmista. Tanto éxito tendrá su planteamiento de formación del joven Felipe que marcará una tendencia en la educación política de las élites durante la primera mitad del siglo XVI. Valdés era un “intelectual al servicio del poder” 133 que dirigió, de forma implícita, sus obras a Felipe, entre las cuales destacan su Diálogo de Mercurio y Carón (1528) y su Diálogo de las cosas acaecidas en Roma (1527). Defensor de Erasmo, Valdés trabajó para extender sus ideas por la Corte y para que éstas arraigasen en el príncipe. Valdés no fue el iniciador del debate acerca de cómo se debía abordar la educación de Felipe, pues otros intelectuales como Juan de Molina, Francisco de Bobadilla o el ya comentado Francisco de Guevara habían tratado dicho asunto, pero sin embargo sí que otorgó al mismo una nueva dimensión. Valdés, como político que era, imprimió a sus obras un marcado carácter político, fruto de unas determinadas circunstancias y con unos objetivos políticos muy claros, la mayoría centrados en justificar aquellas acciones más polémicas del Emperador 134 . Por lo tanto, sus Diálogos son obras que tienen que enmarcarse dentro del Saqueo de Roma de 1527 135 o las tensiones con Francia e Inglaterra de un año después, un marco histórico que motivan y fundamentan las publicaciones de Valdés: “Alfonso de Valdés, aquel secretario de cartas latinas de la Corte imperial, de formación tan erasmista, se cree obligado a inventar un personaje en sus ‘Diálogos’, el buen rey Polidoro, que de furibundo amigo de la guerra se convertía en un auténtico príncipe cristiano, amante de la paz; y ello esperando que tal ejemplo pudiera influir sobre su soberano” 136 . Para Valdés, el monarca ideal es aquel que es un modelo de príncipe cristiano, defensor de sus aliados, amante de la fe, moderado con sus enemigos y amado por su pueblo, características todas ellas que, para él, constituyen la personalidad de Carlos V 137 . Felipe, heredero de tan grandes cualidades y de tan vasta monarquía, necesitaba 133 GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, El Erasmismo..., p. 34. 134 La visión política y, por tanto, la formación que Alfonso de Valdés tenía de la política, estaba profundamente influida por su amistad con el canciller Gattinara, algo que quedó plasmado en el artículo TUBAU, Xavier (2010), “Alfonso de Valdés y la política imperial del canciller Gattinara”, en Studia Aurea: Revista de Literatura Española y Teoría Literaria del Renacimiento y Siglo de Oro, Nº 4, pp. 1743. 135 Valdés fue uno de los defensores de la justicia del Saqueo de Roma, utilizando argumentos del Humanismo, tal y como se puede ver en la obra ALCALÁ GALVE, Ángel (2003), “Erasmo, Alfonso de Valdés y el Saco de Roma a cuenta de Dios”, en Erasmo en España: la recepción del humanismo en el primer renacimiento español, pp. 80-95. Universidad de Salamanca. 136 FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel (1993): La Emperatriz Isabel. Boletín de la Real Academia de la Historia, Tomo 190, Cuaderno 2, pp. 223-234, p. 232. 137 FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel (2006): Carlos V, El César y el hombre. Madrid, Espasa-Calpe, p. 374. 39 ser enseñado para llevar a buen puerto tan magna tarea para la cual había nacido predestinado. Que el rey Polidoro 138 , reflejo en la obra de Carlos V 139 , se extienda mediante el uso del monólogo en lecciones políticas a su hijo Alexandre, representación de Felipe, no hace sino confirmar que su intención es proporcionar al príncipe unas lecciones básicas para el buen gobernante, unas máximas basadas en el pensamiento político de Erasmo que conforman un modelo pedagógico que consideraba esencial para el futuro rey. Muestra del peso de Erasmo en esta obra de Valdés es que los consejos otorgados por Polidoro a su hijo son adaptaciones a las circunstancias españolas de las máximas que el humanista de Rotterdam plasmó en su Institutio. Valdés se convierte, de esta manera, en el nexo de unión entre Erasmo y su pensamiento y Felipe 140 . No se limita a mostrar las citas de Erasmo, sino que las interpreta y las adapta a la realidad tanto geográfica como política de la España de su momento. Valdés, sabedor de que la fama es el ansiado fin de muchos monarcas, recuerda que no es lícito conseguirla mediante la subyugación de su pueblo, pues ésta sólo es legítima cuando se consigue mediante el buen gobierno. La fama militar es, por lo tanto, incompatible con la gloria para Valdés, pues la bondad es la única vía posible para tener un buen gobierno y, así, llegar a conseguir la tan ansiada fama. En suma, para Valdés, y para el resto de los erasmistas por extensión, “el buen príncipe es imagen de Dios” 141 , por lo que la virtud debe sustituir a la ambición, la libertad a la represión, la verdad a la mentira, el interés universal al privado. Valdés se centra en enseñar a Felipe las virtudes de una doctrina cristiana que debía seguir si deseaba conseguir un buen gobierno. Para Valdés, la única utilidad de las guerras es poner a prueba a los monarcas. Los conflictos bélicos se erigen, de esta manera, como auténticas pruebas de fuego para los gobernantes, para demostrar su buen hacer y su bondad, pues la guerra siempre debe ser evitable y ser la última de las alternativas de un monarca que no tiene más remedio que atacar después de haber sido atacado, siempre por “extrema necesidad y [procurando] 138 El rey Polidoro es una figura inventada por Valdés para que sirva de modelo de conducta para Carlos V, puesto que era un buen rey, cristiano y amante de la paz. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Carlos V..., p. 593. 139 Valdés establece esa relación entre ambos reyes, pues ambos están preocupados por su heredero, algo que servirá al humanista para establecer su modelo de educación para el príncipe como una respuesta ante tal cuestión. GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, El Erasmismo..., p. 37. 140 Valdés estuvo fuertemente influido por el pensamiento de Erasmo, compartiendo además un espíritu crítico y un concepto moral de la cristiandad. VIVANCO SAAVEDRA (2003), “Notas sobre la influencia de Erasmo de Rotterdam en el Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés”, en Revista de filosofía, Vol. 21, Nº 45, pp. 1-26. Venezuela, p. 3. 141 GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, El Erasmismo..., p. 49. 40 primero algún concierto, porque más vale desigual paz que muy justa guerra, de la qual te deves apartar, aunque no sea sin por la honra del nombre christiano” 142 . La guerra contra el infiel, en este caso el turco, está justificada siempre bajo dos condiciones inexcusables: que el fin último sea defender la Cristiandad y que nunca se haga para beneficiarse con intereses terrenales. Además, el buen monarca tenía la obligación de evangelizarles en la fe cristiana, algo en lo que Valdés no está de acuerdo con un Erasmo que no contempla la guerra como vía para la evangelización. Valdés también aconsejó al príncipe que se hiciese acompañar siempre de gente justa y sabia, nunca de malvados, pues el pueblo no debía relacionarle con aquellos corruptos. El buen gobierno no dependía de forma exclusiva del monarca, sino que todos los miembros de la Corte debían tener un comportamiento ejemplar y virtuoso. Pero el gran consejo que le da Valdés es que sea un buen cristiano, pues Dios entonces le guiaría en tan ardua tarea de gobierno 143 . Bernabé de Busto, traductor de la obra Institutio principis christiani de Erasmo, publicó unas Introductiones grammaticas dirigidas al príncipe Felipe para que éste pudiera aprender a leer, escribir y hablar tanto en su lengua materna como en latín, lengua que pese a estar experimentando un retroceso seguía siendo la lingua franca de los círculos eruditos de toda Europa 144 . Por lo tanto, Busto estaba muy comprometido con la creación de un modelo pedagógico, adecuado al pensamiento erasmista, para el joven príncipe, a pesar de que su afinidad para con el pensamiento de Erasmo no llegó hasta años después de obtener el título de bachiller, una vez que se doctoró en la ya conocida universidad erasmista de Alcalá de Henares. No es casualidad que tras este acercamiento al erasmismo tradujese al castellano el ya mencionado Institutio principis christiani, que dedicó al joven Felipe, obra que calificó como “maravillosamente util e necessaria al que ha de tener gouernación e administración de gentes” 145 . Bernabé de Busto fue consciente de la importancia de esta obra de Erasmo para la creación de un sistema pedagógico para los príncipes cristianos, a lo largo de cuyas hojas se plasmaba el perfil del buen e ideal gobernante. Busto anhelaba ser maestro de Felipe y la obra de 142 VALDÉS, Alfonso de (1528): Diálogo de Mercurio y Carón, p. 116. 143 Ibídem, p. 5. 144 Dichas lecciones han sido estudiadas en el artículo de ESTEVE SERRANO, Abraham (1994), “La teoría gramatical de Bernabé de Busto”, en Nebrija V centenario: actas del Congreso Internacional de Historiografía Lingüística, Vol. 3, pp. 213-226. 145 La cita, proveniente del prólogo de su obra Arte para aprender a leer y escreuir, de 1532, se encuentra referenciada en la obra de GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, El Erasmismo..., p. 74. 41 Erasmo ya había constituido anteriormente el pilar de la formación de Carlos V, con lo que su traducción al castellano fue una consecuencia de este proceso, enmarcándose todo esto en un momento de auge de las lenguas romances en detrimento de un latín que aún se resistía a caer en el olvido. Bernabé de Busto no olvidó su preocupación para con la educación del heredero y siguió con ese objetivo con su obra posterior Arte para aprender a leer y escriuir perfectamente en romance y latin, además de unas Introducciones grammaticas, breves e compendiosas, ambas vieron la luz en torno al año 1532 y son dos tratados de gramática latina dirigidos a un Felipe que por entonces contaba con seis años de edad 146 . Se podría decir que las tres patas sobre las que se sostiene el modelo pedagógico planteado por Busto para el príncipe las conforman éstas junto con la ya mencionada Institutio principis christiani, conformando, por sí misma, una trilogía del pensamiento erasmista. A lo largo de estas obras, Busto establece un programa para, paso a paso, formar a Felipe como un buen monarca. La primera de las lecciones consistía en alfabetizar en lo más básico al joven, esto es, enseñarle a leer y escribir, algo a lo que estaba destinado su obra Arte para aprender a leer y escriuir, aprendizaje que debía llevarse a cabo cuanto antes, pues coincidía con otros humanistas como Erasmo o Luis Vives en que la niñez era el momento idóneo para educar a una persona por su facilidad para retener conceptos 147 . Busto no fue partícipe de forzar a un niño a aprender lecciones, pues sabía, por propia experiencia, que ese era un método del todo contraproducente, algo que no cayó en saco roto, pues tanto Carlos V primero como Felipe II después lo pusieron en práctica, al menos, con sus primogénitos y herederos 148 . Busto fue un maestro pragmático que no estaba anquilosado en una enseñanza tan tradicional como perjudicial para el alumno, la sencillez del método de trabajo que proponía en sus tratados ya mencionados era la clave de bóveda que sostenía todo el entramado de su 146 Un estudio del compendio gramatical de Bernabé de Busto se puede encontrar en el artículo ESTEVE SERRANO, Opus cit., pp. 213-226. 147 A lo largo del siglo XV diversos autores se postularán en contra del comienzo de la enseñanza después de pasada la infancia. GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO, El Erasmismo..., p. 81. 148 Bernabé de Busto era cronista de Carlos V, lo cual le facilitó el redactar obras destinadas a la educación del príncipe Felipe. GARCÍA FUENTES, José María (2001), “Bernabé de Busto, cronista de Carlos V”, en SÁNCHEZ-MONTES GONZÁLEZ, Francisco y CASTELLANO CASTELLANO, Juan Luis (Coords.), Carlos V, europeísmo y universalidad. Congreso internacional, Vol. 1, pp. 177-194. Granada. 48 6.2. Instrucciones a Felipe II: Fechadas en Palamós el 3 y 4 de mayo de 1543 179 , las llamadas “instrucciones” de Carlos V a Felipe II son una serie de consejos acerca de cómo debía ser un buen gobernante. Una suerte de lección personal basada, no en libros, sino en la propia experiencia de un Emperador que había tenido una vida llena de experiencias y que, una vez veía posible la continuidad en su hijo, se veía en la obligación moral de otorgarle consejo. “También, hijo, habéis de mudar la vida y la comunicación de las personas. Hasta agora todo vuestro acompañamiento han sido niños y vuestros placeres los que entre tales se toman. Daquí adelante no habéis de allegarlos a vos, sino para mandarles en lo que han de servir. Vuestro acompañamiento principal han de ser hombres viejos y de otros de edad razonable, que tengan virtudes y buenas pláticas y exemplos, y los placeres que toméis sean con tales y moderados” 180 . Era 1543 y el príncipe contaba con dieciséis años cuando su padre le entrega unas advertencias para que sea un buen rey, avisándole de que “habéis de mudar la vida”, apartarse de la compañía de otros niños y comenzar a gobernar, pues él es príncipe y futuro rey, y no debe seguir divirtiéndose con aquellos a los que el día de mañana serán sus súbditos. Además, le advierte de que “los placeres que toméis sean [...] moderados”, pues quería evitar que se entregase a una vida licenciosa que debilitase a la Monarquía Hispánica en un momento delicado por los numerosos frentes que poseía. Era hora de cambiar de vida, pues “más os ha hecho Dios para gobernar que para holgar” 181 y a su edad ya debía tener cargos de acuerdo a su dignidad y que le sirviesen de aprendizaje para su futuro cercano como rey. Las Instrucciones constan, en realidad, de tres versiones que fueron escritas y entregadas sucesivamente al príncipe. La primera es la pública, fechada en Barcelona el 179 Esto debió de causar extrañeza en el príncipe, pues la parada de Palamós no estaba prevista. El rey tuvo que detener su avance hacia el norte de Europa en esa ciudad por las desaconsejables condiciones para navegar. Durante esta inactividad forzosa, Carlos envía a su hijo las Instrucciones para el buen gobierno, pues consideraba que estos consejos le iban a hacer la tarea más sencilla. Las Instrucciones constan de tres versiones, una pública, una privada (pero no secreta) y otra secreta. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 662. 180 Instrucciones de Carlos V a Felipe II, fechadas el 4 de mayo de 1543 en Palamós. Instrucciones del Emperador Carlos V al príncipe Felipe (4 de mayo de 1548) Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/bib/historia/CarlosV/7_4_instrucciones.shtml [Consultado el 10 de octubre de 2013] 181 Ibídem. 49 1 de mayo de 1543, pública en tanto la política interna obligaba a guardar copia de los papeles burocráticos y más aún cuando el monarca abandonaba sus reinos, siendo su contenido principalmente de carácter administrativo y haciendo hincapié en los Consejos que sustentaban la Monarquía. Las segundas Instrucciones son las privadas, fechadas el 4 de mayo, pero no secretas, pues quedaban a cargo del ayo de Felipe, don Juan de Zúñiga, para que se las leyese y su contenido era estrictamente moral, dirigiéndose el padre al hijo. Las terceras ya sí que son secretas y muy probablemente fueron escritas por el propio monarca dos días después en Palamós, mientras que las anteriores seguramente las dictó a su fiel secretario Francisco de los Cobos. La importancia que tienen estas últimas Instrucciones es capital, pues aquí el monarca le habla directamente al príncipe sin intermediarios acerca de aquello que debe vigilar para el buen “gobierno de vuestra persona como en el de los negocios en general os habéis de guiar y gobernar” 182 . Y su secreta condición ya la remarca Carlos V desde el principio, pues “os escribo y envío esta secreta que será para vos solo, y así la tendréis secreta y debajo de vuestra llave sin que vuestra mujer ni otra persona la vea”, y vuelve a recordársela al finalizar la misiva, ya que “si Dios os llevase para sí, no os descuidéis de ponerla en tal recaudo que ella me sea vuelta cerrada, o quemadla en vuestra presencia”. El monarca sabe el enorme peso que acaba de dejar sobre los hombros de su hijo y así se lo manifiesta: “Lo primero que en ella os diré será, hijo, el pesar que tengo de haber puesto los Reinos y señoríos que os tengo de dejar en tan extrema necesidad”, pero no lo ha hecho por capricho, pues “por no dejaros menos de la herencia que heredé, me fuera a hacer este viaje; y aunque no ha sido por mi voluntad, mas bien forzosamente y contra ella”. Aparece el concepto de la herencia, pues era deshonroso que el hijo recibiese menor patrimonio que el que había tenido su padre, así que para “remediar lo que me tiene dado y no dejaros, hijo, pobre y desautorizado, [...] lo que he hecho ha sido forzosamente para guardar mi honra, pues sin ella menos me pudiera sostener y menos os dejara”. Esta nueva salida no dejaba de contar con riesgos, pues el viaje: 182 Cita y ss.: Instrucciones secretas de Carlos V a Felipe II, fechadas el 6 de mayo de 1543 en Palamós. Instrucciones secretas del Emperador Carlos V al príncipe Felipe (6 de mayo de 1548). Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/bib/historia/CarlosV/7_4_instrucciones_secretas.shtml [Consultado el 7 de octubre de 2013] 50 “es el más peligroso para mi honra y reputación, para mi vida y para mi hacienda que puede ser [...] El peligro que en él pasó por la honra y reputación es que voy a cosa tan incierta que no sé qué fruto se seguirá de él, porque el tiempo está muy adelante y el dinero poco y el enemigo avisado y apercibido”. El peligro, avisa Carlos V, no sólo está en las tierras de Europa, sino también en la acuciante falta de dinero que, a la postre, echaría por tierra cualquier incursión contra los enemigos de la Monarquía, era por lo tanto necesario “juntar Cortes, o por otra manera que mejor pareciese, para haber lo que conviniese. Yo no quiero hablar en lo de la sisa, porque tengo jurado de nunca pedirla”. “Porque tengo jurado de nunca pedirla”, no era una frase escrita arbitrariamente, aún en su recuerdo estaba aquella revuelta de las Comunidades de Castilla originada, precisamente, por exigir a las Cortes un dinero con el que asegurarse la corona imperial. Carlos V juró lo que ahí manifiesta, pero nada se dijo de su hijo, así pues la posibilidad, arriesgada evidentemente, estaba abierta por si era del todo necesario. El monarca contaba con el auxilio de su hijo para: “Ayudar a vuestro padre como por lo que os conviene para sacarnos de necesidad; y sobre esto podríades poner pies en pared y hablar, así en particular como en general, a todos, amonestándoles que sirvan”. Hasta aquí lo relacionado con el viaje del Emperador a los Países Bajos, pero la carta continuaba, ahora con consejos acerca del buen gobierno y de cómo llevarlo a cabo rodeándose de gente fiel y sabia. Pero le avisa de que tenga cuidado, pues “las pasiones, parcialidades y casi bandos que se hacían o están hechos entre mis criados, lo cual es mucho desasosiego para ellos y mucho deservicio nuestro”, para lo cual “he nombrado al cardenal de Toledo, Presidente y Cobos para que os aconsejéis de ellos en las cosas del gobierno”. Estos consejos se los da el padre al hijo pues es consciente de que “sois más mozo”, una inexperiencia que se puede acusar con errores tales como “poner [...] a otros grandes muy adentro en la gobernación os habéis de guardar, porque por todas vías que él y ellos susurren os ganarán la voluntad”. Ante todo, el monarca le recuerda que debe obedecer a don Juan de Zúñiga, pues se ha dedicado a “criaros y enderezaos, que hasta aquí, de que doy gracias a Dios, no se ve cosa en vos que notar notablemente”. Los consejos no finalizan aquí sino que ocupan gran parte de la misiva, resumiéndose en que debe escuchar aquello que sus consejeros le tengan que decir, pues son hombres de bien con experiencia en esas lides. Entre ellos destaca 51 Granvela, que tan bien servirá a padre e hijo hasta su muerte, un padre que era consciente de que: “Para los negocios de Estado y información de los tocantes a los reinos de la Corona, Italia, Flandes, Alemania, para Francia y Inglaterra y otros reyes y potentados y gobiernos dellos yo estoy cierto que no hay persona que mejor los entiende ni más generalmente y particularmente los haya tratado que Granvela, y él me ha muy bien servido y sirve en ellos”. Carlos V se muestra dubitativo, no sabe cómo actuar y, por lo tanto: “No os doy, hijo consejo de lo que deveríades de hacer en la sucesión que os tengo de dejar [...] así en lo de las tierras de Flandes como en la investidura que tengo hecha en vos del estado de Milán; el tiempo, los negocios, vuestro ánimo y condición serán los que os han de aconsejar. Por mi testamento, y por unos codicilos y consejos que tengo hechos y os doy y podría hacer y daros durante este viaje, entenderéis lo que sobre ello yo alcanzo. Yo os dejo mi heredero, vos dispondréis en ello a vuestra voluntad”. 52 7. DE PRÍNCIPE A REY: 7.1. Iniciándose en el poder. Regente de España: Felipe ahora se sentirá doblemente solo, por la muerte de su madre 183 y la nueva ausencia de su padre, que entre 1539 y 1541 viajará a los Países Bajos, algo que con toda probabilidad fortalecerá su carácter. Aquí tendrá la primera oportunidad de iniciarse en el poder pues, aunque sólo fuera a título nominal, el gobierno de la Monarquía recaía sobre él durante la ausencia de su padre, siempre auxiliado, eso sí, por el cardenal Tavera y Francisco de los Cobos 184 . Esta regencia era más simbólica que efectiva, pues el príncipe contaba con solo doce años de edad, pero Carlos V ya no contaba con el gran apoyo de su recién fallecida esposa y, ciertamente, la oportunidad era inmejorable para que Felipe se fuese iniciando en los entresijos del poder. Aquí el monarca le dejó unas Instrucciones cuya idea principal era que mantuviese la paz en Europa en la medida de lo posible, sobre todo con Francia: “Nos amonestamos, requerimos y esortamos al dicho Príncipe, nuestro hijo, que haga todo lo que le será posible convenientemente para conservarla, confirmarla y establecerla con el ducho señor Rey y sus hijos” 185 . El objetivo era que, por el “bien público de la Cristiandad” 186 debía respetar especialmente a la monarquía francesa pero únicamente para tener unida a toda la cristiandad, pues “Dios sabe que Nos no habemos sido promotor de las guerras pasadas entre nosotros” 187 . Como ya se ha apuntado, este primer gobierno de su hijo fue meramente nominal, pues el cardenal Tavera era quien realmente manejaba las riendas del reino durante la ausencia del Emperador, un cardenal que tenía plenos poderes sobre la Corona de Castilla mientras que sólo podía supervisar lo que aconteciese en la de Aragón. Carlos V, al regresar a España, ya tenía en mente los planes para formar a su hijo en la tarea de gobierno, algo que será una de sus principales preocupaciones a partir de 183 La Emperatriz Isabel murió durante el parto de su sexto hijo el 1 de mayo de 1539. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Carlos V..., p. 593. 184 ESCUDERO LÓPEZ, Opus cit., p. 97. 185 FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 674. 186 Ibídem, p. 674. 187 Ibídem, p. 674. 53 ahora, pues el príncipe contaba ya con catorce años, edad más que razonable para vincularle progresivamente al poder. Durante este viaje, Felipe había seguido con sus lecciones habituales con normalidad, a pesar de que ya era conocida su poca afición por los estudios, algo que lamentaba un Carlos V que sabía mejor que nadie la ventaja que otorga el poder de lenguas y aunque le animaba a que “ni sería malo también saber algo de la [lengua] francesa” 188 la terminó relegando a favor del latín “mas no querría que, por tomar la una las dexárades entrambas” 189 . La responsabilidad de ese poco gusto por el estudio del príncipe era únicamente del monarca, que había elegido como preceptor a un religioso como Silíceo que no tenía vocación de maestro y cuya mentalidad distaba mucho del Humanismo imperante. Felipe llegó a dominar el latín 190 , pero la utilidad de esta lengua se reducía exclusivamente a los círculos cultos, siendo de nula utilidad para el gobierno de sus pueblos, por lo que habría sido de mayor utilidad el haberse dedicado a entender las lenguas de aquellos reinos sobre los que iba a gobernar. Sólo dominará con soltura sus dos lenguas madres, el castellano de su tierra y el portugués de su madre. Por lo tanto, Felipe era un joven instruido en las lecciones imperantes en humanidades, pero carecía de toda experiencia en lo relativo al gobierno, algo que preocupaba al Emperador y que intentará remediar a su regreso a España en 1541, siendo una de sus prioridades que el príncipe fuese jurado como heredero por las Cortes de Aragón, Barcelona y Valencia 191 . Carlos V aspiraba a que su hijo siguiese el modelo de rey-soldado tan corriente era en ese momento y que también se daba en otras monarquías, por lo que, intentando que se formase en las cosas de la guerra, en 1542 le envió, bajo la protección del duque de Alba, al frente catalán donde se luchaba contra Francia, pero la brevedad de la batalla no mostró a Felipe lo que su padre pretendía enseñarle. 188 FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 656. 189 Ibídem, p. 657. 190 En palabras del propio Silíceo, Felipe “en lo de leer por latín, por romance y rezar va mucho adelante”, siendo estas lecciones las únicas que fueron de provecho para el príncipe. Carta de Juan Martínez Silíceo a Carlos V, fechada el 25 de febrero de 1536 en Madrid. ESCUDERO LÓPEZ, Opus cit., p. 97. 191 Ibídem, p. 98. 54 Es a finales de ese mismo año de 1542 192 , cuando Felipe tendrá uno de los primeros encuentros con la política, en la Corona de Aragón, a donde viajó junto a su padre para ser jurado como heredero por las Cortes reunidas en Monzón 193 . Unas Cortes que reciben a aquel príncipe que volvía victorioso del Rosellón de la lucha contra los franceses, algo que no se ajustaba estrictamente a la realidad pero que le servía a Carlos V para presentarle ante los órganos de poder. El juramento se hubo de repetir en Barcelona y Valencia, dando al joven príncipe una idea de lo heterogéneo de las instituciones que conformaban los diferentes reinos de la Monarquía, pues era esencial conocer sus diferencias jurídicas, políticas, económicas, sociales y culturales. A principios de abril de 1543 Felipe tendrá la primera oportunidad de adentrarse en el ejercicio del poder y demostrar su valía y los frutos de tantos años de formación. El motivo era la nueva marcha de Carlos V para hacer frente a la Liga Smalkalda, un monarca que ya no podía contar con el respaldo de su ya fallecida cómplice pero que veía en la nueva situación una ventaja, pues dejando a su hijo al frente de la Corte le daba oportunidad de demostrar su saber hacer y le introducía en las labores a las que estaba predestinado. El príncipe, de casi dieciséis años, veía como sobre él recaía la primera gran responsabilidad, una que consistía en gobernar la Monarquía durante la ausencia del monarca, aunque siempre bajo la supervisión de sus preceptores y junto con los Consejos del reino, los cuales eran el de Castilla y Aragón, el de Indias, el de Órdenes, Haciendo e Inquisición, el de Cámara de Castilla, el de Estado y el de Guerra. Por lo tanto, el príncipe no gobernó en solitario en la práctica, la maquinaria de la Monarquía siguió funcionando aunque ahora bajo la supervisión del nuevo regente. La necesidad de Felipe de trabajar junto con todos estos Consejos le debió de dar una visión más compleja y alejada de todo lo que hasta el momento había experimentado. Aquí ya se ve su afición por redactar las resoluciones a las consultas que le llegaban, resoluciones que no tomaba en ningún caso solo, pues contaba con el saber hacer del cardenal de Toledo, Juan Tavera, el presidente del Consejo de Castilla, Fernando Valdés, y el secretario Francisco de los Cobos 194 . Además de estos consejeros, Carlos V 192 En ese mismo año se concertó el matrimonio de Felipe con María Manuela de Portugal, prueba de la alta confianza que tenía en él Carlos V. BOUZA ÁLVAREZ, Fernando Jesús (1998), “María, «Planeta de Lusitania». Felipe II y Portugal”, en VV.AA., La monarquía hispánica Felipe II, un monarca y su época, pp. 105-118. Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, p. 109. 193 CABRERA DE CÓRDOBA, Opus cit., p. 11. 194 Ibídem, p. 11. 55 le recomienda en sus célebres Instrucciones que se apoye también el Juan de Zúñiga y el cardenal Silíceo, personas sobre las que recaían la responsabilidad de formar al príncipe como tal. Esta iniciación al frente de la Monarquía dio los frutos esperados por el rey, quien se muestra satisfecho de que “la gobernación desos Reinos vaya también como decís” 195 , una satisfacción que se afianza más tarde, pues: “El Príncipe ha comenzado a usar de los poderes que V.M. le envió, y en lo que hasta agora se ha visto, tiene más cuidado y buena manera en los negocios de lo que su edad demanda; y tengo esperanza de que cada día ha de dar a V.M. mayor contentamiento” 196 . Por lo tanto, Carlos V comprobaba que, poco a poco su hijo se iba haciendo a las tareas de gobierno y que hace buen uso de “los poderes que V.M. le envió”, esto es, que las Instrucciones referidas con anterioridad no cayeron en saco roto sino que fueron utilizadas y obedecidas por el príncipe con rigurosidad. Esta regencia ya era efectiva y la empleó bien en aprender los resortes del poder y en ganarse la confianza de su padre quien, viendo su buen hacer, dejó de escribirle en el mismo tono que imperaba en las primeras misivas tras abandonar la Corte. Confiaba en su hijo, ya tenía un apoyo y podía volver a llevar a cabo campañas ambiciosas sabiendo que tenía alguien que le iba a estar ayudando económicamente. Felipe no tuvo reparo alguno en reunir al Consejo de Estado para tratar la situación de la Corona, pues el monarca seguía pidiendo nuevas ayudas económicas que se hacían cada vez más difíciles de conceder, tal era la situación de la Hacienda del reino. El príncipe sabía cuál era su cometido: gobernar el reino ante la ausencia del monarca, y lo cumplió tal cual le fue encomendado, aunque para ello tuviera que frenar las aspiraciones de su padre: “Se platicó en Consejo de Estado en mi presencia y todos fueron de parescer que no hacían lo que debían a V.M. si, como fieles vasallos y súbditos no le avisaban de todo lo que acá pasa y de las grandes y extremas necesidades que se ofrescen y del poco o ningún remedio que hay para ellos [...] Y así yo, conosciendo lo mismo que ellos y el afectión y celo con que se mueven, de su parte 195 La cita corresponde a las instrucciones de Carlos V al cardenal Tavera del 10 de noviembre de 1539. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 675. 196 La cita pertenece a una misiva del cardenal Tavera a Carlos V fechada el 8 de junio de 1543. Ibídem, p. 675. 56 y de la mía, lo suplico a V.M. cuan encarecidamente puedo [...] La poca forma que hay para resistir y proveer en tantas partes, para que, mirándolo todo, con su grandísimo juicio [...] pueda medir las cosas según lo que se podrá y no según sus grandes pensamientos” 197 . El hijo apremia al padre para que firme la paz con Francia 198 . Un hijo que, si bien acababa de empezar su formación como futuro rey, se había adaptado con rapidez, llegando hasta reunir al Consejo de Estado y persuadir a Carlos V para que pare una guerra que suponía al reino unos gastos que era incapaz de afrontar. Carlos V era consciente de la madurez alcanzada por el príncipe y, no sólo le hace caso a sus peticiones iniciando las negociaciones de la paz de Crépy, sino que le llega a pedir consejo acerca de los puntos a tratar en las conversaciones con Francia, algo que mostró a Felipe su buen hacer al frente del reino. En 1545 Felipe contaba con dieciocho años y seguía al frente del gobierno de España, afianzándose en su posición que ya dominaba hasta el punto de insistir a su padre acerca de lo poco conveniente que era para las arcas del reino que siguiese guerreando por Europa. El príncipe también era conocedor de la situación geopolítica reinante y aconsejó al monarca que no se fiase del Papa en su apoyo al Emperador contra la Liga Smalkalda, pues “de la voluntad y ayuda que agora offresçe Su Santidad, estas cosas a las vezes suelen faltar, y después el peso y trauajo de todo podría quedar sólo a V.Mt.” 199 . Felipe era, por tanto, plenamente consciente de la política de su tiempo y cumplía con su función de apoyo de Carlos V a la perfección, algo que el monarca siempre agradeció 200 . Los consejeros sobre los que Felipe se apoyó al principio, por orden de su padre, fueron desapareciendo paulatinamente, destacando en el ánimo del príncipe las muerte de Tavera en 1545, de Zúñiga en 1546 y de Cobos al año siguiente. Tres muertes de aquellas personas que estuvieron al lado del príncipe y que él respetaba, siendo la de 197 Carta de Felipe II a Carlos V fechada el 26 de agosto de 1543. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 689. 198 La paz finalmente se rubricará en septiembre de 1544. PARKER, Opus cit., p. 74. 199 Carta de Felipe II a Carlos V. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 693. 200 La relación entre Carlos V y Felipe II siempre gozó de buena salud, confiando mutuamente en tareas de gobierno. Para ahondar en las diferencias y similitudes de ambos monarcas a la hora de ejercer el poder, es relevante la obra de BELENGUER CEBRIÀ, Ernest, (2000), “Los distintos ritmos del poder de los Austrias, de Carlos V a Felipe II”, en RIBOT GARCÍA, Luis Antonio (coord.), La monarquía de Felipe II a debate, pp. 137-158. Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V. 57 Zúñiga, con quien Felipe tenía “tanta compañía y buena amistad” 201 , la más sentida, pues le acompañó durante toda su juventud. Pero además, el príncipe habría de acusar la marcha, en ese mismo año 1547, del duque de Alba para ayudar a Carlos V en la futura victoria de Mühlberg. Así pues, Felipe se quedaba solo al frente del gobierno de España, solo en el sentido de que había desaparecido la inmensa mayoría de las personas de su confianza, pues algunos con Silíceo aún permanecían a su lado pero su influencia, y estima por parte del príncipe, era mucho menor. El hijo ya gobernaba los reinos de España en solitario, libre de las ataduras de un padre que ya preparaba el asalto final contra la Liga Smalkalda, un dúo que demostró tener un más que eficaz funcionamiento. Felipe, a pesar de todas las sentidas pérdidas de esos años, era más libre en su tarea de gobierno, unas tareas donde no estuvo solo pero ya sí que no contaba con los hombres fuertes de la Corte. De estos años que estuvo gobernando como regente los reinos de España, que abarcan desde 1543 hasta 1554, estos últimos serán en los que demuestre su valía como monarca. Felipe no era ajeno a las campañas de su padre y se debatía entre la ambición por derrotar a los protestantes, como sucedió en Mühlberg, y entre la miseria de una Castilla cada vez más asfixiada para pagar las andanzas de su rey por Europa. Finalmente se verá obligado, por convicción propia o por visión de futuro, a solicitar al Emperador mayor brevedad en sus planes bélicos, pues “la gente común a quien toca pagar los servicios, está reducida a tan extrema calamidad y miseria que muchos dellos andan desnudos, sin tener con qué se cubrir” 202 . Viudo de su mujer, María Manuela de Portugal 203 , y con un hijo, aquel que en no muchos años se convertirá en el príncipe don Carlos, célebre por sus desórdenes tan comentados en la Corte y que le llevaron a la reclusión primero y a la muerte después, en plenos dieciocho años, Felipe llega a la madurez personal con esta regencia, preparado para gobernar en cualquier momento, algo que pudo hacer, ya como rey, en no mucho tiempo. 201 Carta de Cobos a Carlos V del 3 de julio de 1546. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Felipe II..., p. 693. 202 Carta de Felipe a Carlos V del 25 de marzo de 1545. Ibídem, p. 697. 203 María Manuela de Portugal murió tras dar a luz al príncipe don Carlos, en 1545. BOUZA ÁLVAREZ, “María, «Planeta de...”, p. 109. 64 Fernando en sus pretensiones al Imperio, pues su política religiosa aspiraba a ser más laxa para con los luteranos, algo que además les prometió Maximiliano. La disputa se solucionó con un frágil acuerdo que nunca llegó a cumplirse, y consistente en que las dos ramas de los Habsburgo debían ostentar alternamente la corona imperial, por lo que Fernando debía suceder a Carlos V y Felipe a Fernando 231 . Una vez solucionados los problemas de la sucesión imperial, todo volvió a la normalidad. María de Hungría volvió a ejercer la regencia en Bruselas 232 , Fernando se trasladó a Innsbruck y su hijo a España para regresar definitivamente a tierras alemanas. Felipe comenzó a plantear el viaje de regreso a España que finalmente se inició en mayo de 1551 y recorrió los mismos territorios por los que antes había pasado en orden inverso. Una vez en Génova volvió a embarcarse rumbo a Barcelona donde pisó tierra el 12 de julio. Se terminaba así su gran viaje por media Europa, un viaje grande en todos los sentidos, pues había movilizado a todas las Cortes por las que transitó y duró más de dos años. El aprendizaje práctico que fue de gran utilidad para un joven Felipe le acompañó el resto de su vida, pues también aprendió una estrategia que utilizó en no pocas ocasiones: la de fingir y actuar posteriormente de forma contraria a lo anticipado. Además, el viaje había supuesto un éxito político, pues la persona del príncipe había sido admirada en Europa y Carlos V había mostrado a su sucesor a las diferentes Cortes de sus reinos en una campaña de propaganda del poder imperial. Por lo tanto, es innegable que esta experiencia de Felipe, donde vivió otras culturas alejadas de la suya en todos los sentidos, le enriqueció culturalmente, pues añadió a su propia persona los diseños que había visto en las Cortes europeas. Además, aquí puede estar el germen de su posterior política de mecenazgo 233 . En cualquier caso, a su llegada a España en 1551 gobernará con más firmeza y seguridad que antes, conocedor de la monarquía de los Habsburgo y tras haber adquirido, a lo largo de un 231 El acuerdo era manifiestamente endeble, pues nada podía evitar que la rama austríaca de los Habsburgo se aferrase a la corona imperial y la delicada situación política en la zona no ayudó a que se plantease siquiera la transición del Imperio a Felipe. GÓMEZ-CENTURIÓN JIMÉNEZ, Opus cit., p. 94. 232 María de Hungría demostró con creces sus dotes, tanto diplomáticas como gubernativas, siendo un apoyo fundamental para su hermano en las tierras de los Países Bajos, tan inestables. RODRÍGEZ SALGADO, María José (1998), “Las hadas malas van fuera”, en VV.AA., La monarquía hispánica. Felipe II, un monarca y su época, pp. 119-135. Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, p. 121. 233 Mecenazgo que le convirtieron en uno de los reyes más cultos de su momento, siendo El Escorial o Simancas los dos grandes ejemplos de reunión del conocimiento. DOMÍNGUEZ ORTIZ, Opus cit., p. 451. 65 viaje por numerosas tierras extrañas, nuevos conocimientos y experiencias que le servirán en la tarea de gobierno en solitario que comenzará en breves. Tras este Gran Viaje y en ese mismo año de 1551, Felipe fue jurado como heredero en Navarra, título al que en breve se le unirán en de rey consorte de Inglaterra. 7.3. Primeros gobiernos. Madurando en la Corte inglesa: Felipe había quedado viudo de su primera esposa, María Manuela de Portugal 234 con quien se había casado en 1543 y que había fallecido al poco de dar a luz al primogénito del príncipe 235 , un don Carlos que, nacido en 1545, llegará a ser aquel joven caído en desgracia fruto de sus propios excesos y desavenencias y que tantos quebraderos de cabeza causará a su padre 236 . El príncipe estaba sin esposa y sin una descendencia asegurada, pues en 1553, cuando Carlos V le plantea la necesidad de otro matrimonio 237 , don Carlos ya se descubría como una persona desequilibrada y poco capacitada para cualquier responsabilidad. Ese mismo año, el 6 de julio, Eduardo VI de Inglaterra fallecía y es su hermana, María Tudor 238 , la que se hará cargo del gobierno después de reducir toda oposición 239 . Su posición era débil por su catolicismo y por los pocos apoyos internos con los que contaba, con lo que ya desde el principio intentó una alianza con la rama española de los Habsburgo que tanto poder tenía en aquel momento. Carlos V no estaba dispuesto 240 , ya al poco de abdicar, a embarcarse en otra aventura, pero era el momento idóneo para que Felipe tomase las riendas del poder, pues así se garantizaba el restablecimiento del catolicismo en Inglaterra y el príncipe poseería un reino propio para gobernar antes de heredar el patrimonio de su padre, además la situación de Inglaterra era sumamente estratégica para gobernar unos territorios tan complicados 234 Para analizar la vida de María Manuela de Portugal es recomendable la consulta de la obra BOUZA ÁLVAREZ, “María, «Planeta de...”. 235 CABRERA DE CÓRDOBA, Opus cit., p. 13. 236 Para estudiar la turbulenta vida del príncipe don Carlos es de obligada lectura la obra mejor documentada del primogénito de Felipe II, GACHARD, Opus cit., p. 44. 237 PARKER, Opus cit., p. 114. 238 María Tudor (1516-1558) era hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón. Cayó en desgracia después de que el rey se divorciase de su esposa, quedando fuera de toda herencia al trono. RODRÍGEZ SALGADO, Opus cit., p. 122. 239 CABRERA DE CÓRDOBA, Opus cit., p. 18. 240 Carlos V estuvo prometido con María Tudor cuando ésta contaba con tan sólo ocho años de edad, pero se terminó desechando este plan en favor de Isabel de Portugal. RODRÍGEZ SALGADO, Opus cit., p. 122. 66 como los Países Bajos. La posibilidad de incorporar este nuevo reino al patrimonio de los Habsburgo era otra de las numerosas ventajas que poseía este acuerdo, por lo tanto, la oferta de María era demasiado tentadora como para ignorarla y tanto el Emperador como su hermana María estaban a favor de un matrimonio, pero únicamente si éste se realizaba con Felipe, algo que al principio ninguna de las dos partes contempló con agrado, pero había demasiado en juego y ni María quería quedar a merced de sus enemigos y para Felipe no dejaba de ser otra orden por parte de su padre, el rey, que acataría sabedor de ser una pieza fundamental de un engranaje mayor que él mismo: “Ya Vuestra Magestad sabe que como tan obediente hijo, no he de tener más voluntad que la suya, quanto más siendo este negocio de [tal] importancia y calidad” 241 . Ciertamente, la edad avanzada de María, que rozaba la cuarentena, y sus rasgos poco agraciados hacían de este enlace algo no del gusto del príncipe, pero el deber llamaba a su puerta una vez más y no podía rechazarlo 242 . La barrera del idioma, que nuevamente se volvía a mostrar como uno de los grandes puntos débiles del príncipe por culpa de aquella educación laxa y condescendiente de Silíceo, se podía solventar de alguna manera hablando latín o francés, el primero se terminará utilizando para los papeles oficiales y el segundo para entenderse con su nueva esposa 243 . Carlos V ya planteaba su retirada, cansado de reinar, y esta posibilidad que se abría ante él le daba la posibilidad de que Felipe se fuese incorporando a las tareas de gobierno en solitario y, quien sabe, si así podía resolver su problema con las lenguas extrañas. Este acuerdo era tan beneficioso para ambas partes, inglesa y española 244 , que los inconvenientes fueron desechándose con firmeza a medida que surgían 245 , como la revuelta de Sir Thomas Wyatt 246 en contra de que Felipe gobernase Inglaterra aún como rey regente o las clausulas del contrato que eran en exceso humillantes para un Felipe que quedaba desprovisto de cualquier poder real sin el consentimiento de su nueva esposa. Ambos inconvenientes fueron ocultados al príncipe para que su opinión acerca 241 Carta de Felipe II a Carlos V fechada el 22 de agosto de 1553. PARKER, Opus cit., p. 115. 242 CABRERA DE CÓRDOBA, Opus cit., p. 19. 243 “Vuestra Alteza acostumbre a hablar francés o latín”. Carta de Simón Renard, embajador de Carlos V en las islas británicas, a Felipe del 29 de octubre de 1553. PARKER, Opus cit., p. 116. 244 Una de las grandes ventajas para el propio Felipe era que pasaba de ser un príncipe-regente a un soberano de alto rango, lo cual para un heredero con tantas ansias de gobernar no era una cuestión pequeña. RODRÍGEZ SALGADO, Opus cit., p. 122. 245 Los inconvenientes eran casi exclusivamente para Felipe, quien veía frustrado un matrimonio muy ventajoso con María de Portugal, cómo su hijo don Carlos era relegado de toda herencia al trono y cómo su camino, que él mismo trazaba en torno a España, se desviaba hacia los Países Bajos. Ibídem, p. 124. 246 CABRERA DE CÓRDOBA, Opus cit., p. 20. 67 del matrimonio fuese aún más negativa, aunque éste no era del todo ignorante de estos detalles, por lo que, ante notario, firmó un acuerdo que desvinculaba a su patrimonio, herederos y reino de cualquier decisión que hubiera de tomar en Inglaterra 247 . Como apunta Parker, esta “disimulación (como se denominaba en el siglo XVI) se convertiría en un rasgo característico del gobierno de Felipe II: cuando se veía obligado a actuar de una forma que no era de su agrado, hacía una declaración ante notario a fin de que las concesiones realizadas bajo coacción no le comprometieran” 248 . Quizá esta fue una de las grandes lecciones de Felipe para cuando tuvo que gobernar, nunca comprometerse del todo y siempre tener una alternativa, algo que se confundió con la inseguridad cuando en realidad sólo quería tener capacidad de decisión propia sin estar expuesto a los manejos de los demás 249 . Finalmente, el 6 de marzo de 1554, con poder de Felipe, el obispo de Winchester consagró el matrimonio por “palabra de presente” 250 . Antes de embarcar en La Coruña, dejando a don Carlos nuevamente solo 251 , y abandonar España, Felipe viajó hasta Portugal para tratar con su hermana Juana el tema de su regencia, celoso de que todo se hiciese a su manera durante su ausencia. Tras una posterior parada en Yuste, a petición de Carlos V para que opinase sobre el lugar que habría de ser el retiro de un Emperador cansando del mundo, finalmente embarcó en La Coruña el 13 de julio de ese mismo año. En el horizonte, la boda con María Tudor y tomar el control de los Países Bajos 252 . 247 El documento, fechado el 4 de enero de 1554, está firmado en presencia del notario Juan Vázquez de Molina y con la presencia de los testigos Ruy Gómez de Silva y el duque de Alba. PARKER, Opus cit., p. 118. 248 PARKER, Opus cit., p. 118. 249 El ejemplo perfecto de este caso es el affaire Antonio Pérez, algo que endureció aún más, si cabe, este rasgo del carácter de Felipe II. Es imprescindible para estudiar este caso la consulta de la obra de MARAÑÓN, Opus cit. 250 La unión mediante “palabra de presente” no obligaba a la presencia física de ambos contrayentes, algo que convenía a un Felipe que era regente en España a pesar de que en Inglaterra se prefería la unión por “palabra de futuro” que obligaría a Felipe a viajar a Inglaterra. PARKER, Opus cit., p. 118. 251 Según Bratli, “quizá ya en esta época abrigaba [Felipe II] tristes presentimientos sobre el porvenir de Don Carlos”. BRATLI, Opus cit., p. 38. 252 El viaje se hizo igual que la travesía a Flandes, adoptando una solemnidad y magnificencia propias del hijo del Emperador para deslumbrar a todo el mundo. Los detalles del trayecto se encuentran en CABRERA DE CÓRDOBA, Opus cit., p. 23. 68 El viaje fue, felizmente, breve, por los mareos que sufría el príncipe a bordo, llegando en siete días a las costas de Southampton 253 . Allí le esperaban delegados británicos con presentes de parte de María y flamencos enviados por Carlos V con el título de rey de Nápoles. Felipe a continuación viajó hasta Winchester donde se pudo reunir, finalmente, con María. Los meses siguientes fueron de adaptación para un Felipe de natural introvertido y que no conocía la lengua de aquellos que le rodeaban 254 . María finalmente logró que el Parlamento declinase toda limitación impuesta a su esposo para que su posición no fuera tan vulnerable y dependiente de la de ella misma. Felipe trató de ganarse el afecto de unos nobles que, divididos en facciones, habían demostrado ser en exceso levantiscos, pero la inestabilidad de la política inglesa era algo contra lo que el príncipe no podía luchar, menos aún con los poderes limitados con los que contaba 255 . A pesar de esto, los papeles que implicaban asuntos relevantes de Estado le eran traducidos al latín o español, papeles que además debían de ir firmados por la pareja real, así Felipe intervino directamente 256 , aunque de la mano de María, en la política inglesa. Su visión política le hizo promover la liberación de presos que se habían levantado en el pasado, pues era prioritario el ganarse amistades en una nación sumamente hostil a los Habsburgo, una magnanimidad que fue perdiendo con el paso del tiempo hasta llegar a convertirse en crueldad, quizá escarmentado de los numerosos desengaños que su relación con las personas le causó. Felipe no quiso alterar la vida política inglesa tanto como para ser visto con animadversión por aquellos consejeros que ya demasiados esfuerzos hacían al aceptar que un enemigo natural gobernase su país de facto. Así pues, en la gran mayoría de las ocasiones, siguió el consejo y dictado de estos consejeros, siendo las menores de las veces las que añadió alguna nota o comentario al mismo. La situación inestable en lo religioso de Inglaterra hizo que Felipe tuviese que jugar un doble papel, pues era católico y su destino era preservar la unidad de la cristiandad como su padre antes que 253 La flota y el séquito que acompañaron al príncipe se rodeó de los mayores lujos con el fin de deslumbrar a ingleses y flamencos. RODRÍGEZ SALGADO, Opus cit., p. 125. 254 A estas limitaciones del príncipe habría de añadírsele las reticencias de los mismos ingleses, temerosos de que Felipe matase a la reina, o de los españoles, a quienes consideraban lascivos y avariciosos. Ibídem, p. 126. 255 En palabras del duque de Alba, esta situación convertía a Felipe en un “pobre pasajero en vez de imponerse como un verdadero rey”. Ibídem, p. 129. 256 Aquí se ven sus ánimos de intervenir directamente en política por encima de cualquier ministro o noble, un rasgo que irá parejo a su prudencia tan comentada. FERNÁNDEZ ALBADALEJO, Opus cit., p. 73. 69 él, pero no podía sino transigir ante ciertas actuaciones o personalidades protestantes, pues era consciente de que no podía cambiar las conciencias de toda una nación y menos alguien que no dejaba de ser un extranjero. El Papa Julio III no quería desaprovechar la oportunidad de devolver el catolicismo a Inglaterra, para lo cual presionó a Carlos V y Felipe II, para que acelerasen las reformas necesarias para conseguir dicho fin. Llegó a nombrar a Reginald Pole como su legado en las islas para contar con alguien de la máxima confianza y que sabía que llevaría a cabo esta política de restauración del catolicismo sin demora. Pero tanto Carlos como Felipe habían demostrado ser más pragmáticos que todo eso 257 , por lo que dilataron toda medida en esa dirección, pues la prioridad era conseguir el dominio de Inglaterra a través de un monarca que fuese deseado, si no por el pueblo, sí por los nobles que habían demostrado tener muy pocos reparos en levantarse contra los monarcas 258 . Además, asegurar la estabilidad de Inglaterra era un punto fundamental para conseguir la de los Países Bajos, de cuyas costas no distaba mucho. Por lo tanto, la visión del Emperador y el príncipe acerca de Inglaterra se circunscribía únicamente a la estrategia geopolítica. Pero la incorporación de Pole no se pudo retrasar mucho más en el tiempo y, finalmente, en noviembre de 1554, reincorporó la Iglesia de Inglaterra a la fe católica. No es de extrañar que esto sirviese a Felipe como lección de cómo la política o la diplomacia podían resolver lo que ejércitos nunca lograron. Mientras continuaba con su aventura inglesa, que comenzó únicamente para casarse y terminó residiendo en el país durante más de un año, Felipe no dejó de lado los asuntos de España que era, al fin y al cabo, su reino y la cabeza de sus territorios. Juana recibía puntualmente misivas donde su hermano le dictaba aquello que era más conveniente para el reino, en una serie de cartas en la cuales se decidía el destino de España. Éste puede ser el germen de aquel que llegará, con los años, a ser el conocido como “rey papelero” 259 , pues conformó una burocracia donde todo debía ser escrito y todo pasaba por su aprobación. 257 RODRÍGEZ SALGADO, Opus cit., p. 130. 258 “Algunos ingleses se mostraban ariscos, mas el Rey los ganó con prudencia, agrado, honras, mercedes; especialmente a los que fueron leales a la Reina, y conservando sus leyes, sus costumbres, estilo”. CABRERA DE CÓRDOBA, Opus cit., p. 24. 259 PARKER, Opus cit., p. 172. 70 Finalmente, el 5 de septiembre de 1555 Felipe se trasladó a los Países Bajos para tomar el relevo de su padre 260 , pero la distancia no evitó que siguiese en contacto con María y con la política de Inglaterra, pues continuó aconsejando a su esposa las medidas que debía adoptar y que ella se ocupaba de obedecer. La separación afectó profundamente a una María que estaba enamorada de Felipe, tal y como lo prueban las incontables cartas que envió a su amado durante su ausencia 261 . María murió en 1558 262 , quedando Felipe nuevamente viudo y libre para otra alianza ventajosa. La aventura inglesa había finalizado pero las ventajas que reportaron al príncipe fueron más allá de las meramente patrimoniales, adquiriendo experiencia en las labores de gobierno, mandando un país como rey regente, algo que pronto pondrá en práctica en solitario, pues su padre abdicará en breves. Felipe recibió, con este gobierno, una lección que el acompañará el resto de su vida, consistente en que una nación se convierte en débil frente a sus enemigos cuando tiene divisiones religiosas internas, lo cual explica, en parte, su afán por evitar cualquier disidencia religiosa en el futuro 263 . También pudo haber aprendido de esta experiencia que no se pueden cambiar las conciencias de una nación entera, más aún cuando quien lidera ese cambio es un extranjero que no conocía a su nuevo pueblo, ni sus costumbres ni su lengua. Sin embargo, repitió el error con los Países Bajos, más aún, su negativa rotunda a viajar hasta esas tierras y solucionar directamente el conflicto empeoró la situación de unos territorios que se veían gobernados por un monarca ausente, que desconocía sus necesidades y su lengua. 7.4. La abdicación de Carlos V: Carlos V ya llevaba tiempo planeando su retirada del trono. Anhelaba descansar de todo en Yuste con la tranquilidad propia de un monasterio. Ciertamente, había tenido una agitada vida, nunca había dejado de viajar entre sus territorios, nunca había dejado de enfrentarse a sus enemigos, a sus consejeros en busca de dinero y las enfermedades, como la gota, que le atenazaban cada vez más, siendo ya incluso cabalgar algo harto 260 “Salió don Filipe a ocho de otubre de Londres, y en pocos días se presentó a su padre”. CABRERA DE CÓRDOBA, Opus cit., p. 32. 261 PARKER, Opus cit., p. 127. 262 La muerte de la reina supuso el fin de cualquier aceptación que podía tener Felipe en Inglaterra, precipitando su salida de unas tierras con las que nunca congenió ni apreció. RODRÍGEZ SALGADO, Opus cit., p. 135. 263 Ibídem, p. 132. 71 difícil para alguien que, a pesar de contar con cincuenta años de edad se sentía demasiado mayor como para luchar en todos los nuevos frentes que se le abrían 264 . Es evidente que no se habría planteado su retirada tan temprana sin saber que dejaba sus reinos en buenas manos, pues Felipe había ido demostrando su valía y su buen hacer en las tareas de gobierno que se le habían ido encomendando. El camino a su retiro se le abrió a Carlos V cuando, paradójicamente, murió su madre, la misma Juana I de Castilla que se había visto recluida en Tordesillas 265 . En 1555 fallecía esta mujer que, pese a su encierro, compartió con Carlos V el gobierno de la Monarquía, al menos en el plano formal y para evitar cualquier levantamiento en favor de la todavía reina. Con su desaparición, el Emperador ya era totalmente libre de abdicar en su hijo sin que la corona pasase a Juana. Por lo tanto, aquel 12 de abril de 1555 supuso la primera piedra en el camino de Felipe al trono. Esta abdicación contó únicamente con dos actos públicos 266 , uno primero donde traspasaba el liderazgo de la Orden del Toisón de Oro a Felipe y otro donde oficialmente abdicaba como monarca y Emperador. Todo esto se llevó a cabo en Bruselas, a donde se había retirado a la espera de la venida de su hijo 267 . El día señalado para tal acontecimiento fue el 25 de octubre de 1555. Sabía el todavía Emperador que Europa estaba pendiente de ese momento y todo se llevó a cabo con la solemnidad y la simbología propias de acontecimientos tan cruciales. Ya desde el inicio, Carlos V entró en la sala de su palacio de Bruselas apoyado sobre el hombro del príncipe de Orange 268 , toda una declaración de intenciones hacia aquel Guillermo que había sido su aliado en los Países Bajos y que, de este modo, pretendía decirle a Felipe que se apoyase también en él 269 . Al monarca le siguieron Felipe y su hermana María. Después de leer un discurso argumentando tan extraña decisión en un rey, Felipe hizo lo propio pero al no saber hablar francés, lo tuvo que hacer en su nombre el obispo de Arras, Antonio Perrenot de Granvela. Si bien Felipe prometió que no se notaría el cambio de manos de esos territorios, lo cierto es que su manera de gobernar, desde su despacho en Madrid, 264 PARKER, Opus cit., p. 135. 265 FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Carlos V..., p. 779. 266 Abdicación que Fernández Álvarez califica de “función teatral” que se encuadra dentro de un “barroquismo incipiente”, cuyo “principal protagonista, por no decir único, es el propio Emperador”. Ibídem, p. 780. 267 CABRERA DE CÓRDOBA, Opus cit., p. 32. 268 ESCUDERO LÓPEZ, Opus cit., p. 100. 269 FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Carlos V..., p. 780. 72 era la opuesta frontalmente a la que había llevado a cabo Carlos V que nunca había dejado de viajar entre sus dominios viendo y haciéndose ver. Entre los presentes en el acto reinaba la inquietud, pues no sólo era una extrañeza que un monarca abdicase, sino que además lo hacía aquel Emperador que, con firmeza, había dominado sobre tantos reinos de Europa. Y venía a sustituirle su hijo, un joven del que se desconocía si tendría la suficiente fuerza, apoyos y arrojo como para continuar con la política de su padre y hacer frente a aquel partido opositor que tanta fuerza comenzaba a cobrar en los Países Bajos y que tanto preocupaban a Carlos V hasta el punto de que su secretario alertase al príncipe afirmando que “hay señales mortales de que, si Dios dispusiese de S.M., estando V.A. ausente de aquí, esto correría peligro” 270 . Carlos V, agotado por la guerra y atenazado por la gota, tomaba la insólita decisión de dejar paso a la nueva generación, consciente de que un monarca enfermo no era sino un obstáculo a su propia política: “Sé que para gobernar y administrar estos Estados y los demás que Dios me dio ya no tengo fuerzas, y que las pocas que han quedado se han de acabar presto” 271 . Pero el recambio estaba asegurado, pues Felipe había sido educado y formado para gobernar. Las regencias que ejerció el príncipe, la aventura inglesa y su capacidad de iniciativa a la hora de adoptar medidas en ausencia del rey le confirmaron a Carlos V la idoneidad de su hijo como nuevo monarca y de que ése era el momento perfecto para llevar a cabo el relevo, pues frente al monarca en decadencia se erigía el príncipe en ascenso. El refuerzo, preparado a conciencia durante tantos años, estaba listo para tomar el cargo para el que estaba destinado 272 . Felipe había sido primero un apoyo de Carlos V durante las campañas del Emperador y ahora se convertía en toda una garantía de la continuidad y estabilidad de la monarquía, una garantía que Felipe deseó tener para sí con su primogénito pero la vida de aquel don Carlos tomó un cariz desequilibrado que lo inhabilitaba para un cargo de semejante envergadura. 270 Carta de Eraso a Felipe, fechada el 23 de diciembre de 1553, en Bruselas. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Carlos V..., p. 780. 271 Extracto del discurso de abdicación de Carlos V. Ibídem, p. 786. 272 En palabras de su cronista Cabrera de Córdoba: “Nació para grandes cosas”. CABRERA DE CÓRDOBA, Opus cit., p. 13. 73 A parte de estos rituales, en esta reunión en Bruselas se discutió la entrega de sus reinos, que se hizo efectiva en enero del siguiente año 273 . Felipe obtuvo entonces los reinos meridionales de Carlos V, además del título de Rey Católico y el de Vicario Imperial en Italia. El pasado año 1555 había renunciado formalmente a toda pretensión sobre un título imperial que siempre anheló pero que nunca estuvo en mente de su padre legarle. Aún así, Carlos V firmó en secreto la renuncia al Imperio y su cesión a Fernando 274 . En septiembre Carlos V embarcó hacia su retiro en España, dejando a Felipe en los Países Bajos, pues su situación en esos territorios era fundamental a todos los niveles ya que había surgido una insurrección en Inglaterra y su cercanía de las islas le posibilitaba el envío de ayuda a su esposa, además la tregua de Vaucelles con Enrique II de Francia era sumamente frágil y tenía visos de quebrantarse por momentos, y por último la necesidad imperiosa y constante de dinero para sufragar las campañas debilitaba la posición del nuevo monarca que tuvo que quedarse en Bruselas para gobernar directamente, a pesar de que ya se había decidido que la regencia de los Países Bajos durante la ausencia del monarca habría de recaer sobre Manuel Filiberto de Saboya 275 . Felipe ya tenía, por lo tanto, las riendas de los reinos antes de Carlos V 276 , con la salvedad del Imperio que ahora ostentaría Fernando. El nuevo monarca ahora gobernaba sobre los Países Bajos, Castilla y León, Aragón, Cataluña, Navarra, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán y las Indias. 273 Las ramas española y alemana de los Habsburgo tenían intereses divergentes, que se magnificaron durante la renuncia de Carlos V en torno al Imperio. DOMÍNGUEZ ORTIZ, Opus cit., p. 454. 274 PARKER, Opus cit., p. 137. 275 El sucesor de María de Hungría fue decidido por consenso entre padre e hijo, aunque su designación antes de que los dos abandonasen los Países Bajos sólo contribuyó a aumentar la confusión acerca de quién era el gobernante de aquellos territorios. Ibídem, p. 137. 276 El patrimonio de los Habsburgo españoles era muy amplio como consecuencia de la convergencia en Carlos V de las herencias de los territorios pertenecientes a las Casas de los Austria, Borgoña y los Trastámara de Castilla y de Aragón. En definitiva: Por la rama paterna, Maximiliano de Austria, abuelo de Carlos V, le había legado las tierras de su Casa en Europa central; y María de Borgoña, abuela de Carlos V, había dejado en herencia sus tierras en los Países Bajos y el Franco Condado de Borgoña. En lo que respecta a la rama materna, de Isabel I de Castilla, abuela del Emperador, había obtenido las tierras castellanas y las conquistas en África del norte, Caribe y Centroamérica; mientras que de Fernando II de Aragón, abuelo de Carlos V, había recibido la Corona Aragonesa y sus posesiones de Nápoles, Sicilia y Cerdeña. Estos vastos territorios fueron ampliados con las incorporaciones, por conquista o por simple adhesión, del ducado de Lombardía, Túnez y diversas provincias de los Países Bajos. Felipe estaba destinado, por lo tanto, a gobernar una Monarquía más extensa si cabe que la que su padre recibió. 80 BRAUDEL, Fernand (1999): Carlos V y Felipe II. Madrid, Alianza Editorial. CABOT, José Tomás (1997): Felipe II. 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