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LA GUERRA DE FUEGO 1 UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA MASTER UNIVERSITARIO EN CIENCIAS DE LA ANTIGÜEDAD CURSO ACADÉMICO 2012-2013 Autor: Adrian Rivas Bonilla Tutor: Gabriel Sopeña Genzor Convocatoria: Noviembre LA “GUERRA DE FUEGO”: INTERACCIÓN INSTITUCIONAL ENTRE LAS CIUDADESESTADO CELTIBÉRICAS Y ROMA (154-133 A.C.)
LA GUERRA DE FUEGO 2 ÍNDICE INTRODUCCIÓN______________________________Págs. 4-10 CAPITULO I ●EL CASUS BELLI DE SEGEDA Y LAS CONSECUENCIAS DE LOS “PACTOS” DE GRACO________________________________Págs. 10-14 CAPITULO II ●LA GESTIÓN DE Q. FULVIO NOBILIOR Y LA CONTESTACIÓN DIPLOMÁTICA NATIVA_______________________________Págs. 15-17 CAPITULO III ●M. CLAUDIO MARCELO: LA ÚLTIMA OPCIÓN DE LAS EMBAJADAS________________________________________Págs. 17-23 CAPITULO IV ●L. LICINIO LÚCULO: EL FRACASO DEFINITIVO DE LA VIEJA DIPLOMACIA_______________________________________Págs. 24-27
LA GUERRA DE FUEGO 3 CAPITULO V ●LA RUPTURA DE LA PAZ Y EL MANDATO DE Q. CECILIO METELO MACEDÓNICO______________________________________Págs. 27-19 CAPITULO VI ●Q. POMPEYO AULO: LA PERVERSIÓN DE LA ESCENA DIPLOMÁTICA____________________________________________Págs. 29-34 CAPITULO VII ●LA VEJACIÓN DE GAYO HOSTILIO MANCINO Y EL POSIBLE HOSPITIUM DE GRACO_____________________________________Págs. 34-40 CAPITULO VIII ●ESCIPIÓN EMILIANO: LA SANCIÓN POR LAS ARMAS____________________________________________________Págs. 40-43 CONCLUSIONES______________________________Págs. 43-51 BIBLIOGRAFÍA_______________________________Págs. 52-61 ÍNDICE DE FUENTES_________________________Págs. 61-66 TABLAS______________________________________Págs. 66-71
LA GUERRA DE FUEGO 4 INTRODUCCIÓN El testimonio que nos legaron los autores antiguos sobre Numancia siempre ha ejercido una atracción enorme en la historiografía posterior que se ha ocupado de los hechos acaecidos en la Península Ibérica. El tópico de tenaz resistencia arévaca acaso no tiene parangón en toda la historia del Imperio Romano. Engrandecido ya desde el mismo momento de la conquista por las letras grecolatinas -con la clara intención de magnificar al enemigo vencido, para hacer más grande la victoria romana y a Escipión-, el mito no ha hecho más que aumentar con el paso del tiempo, fascinando a unos y a otros (JIMENO y DE LA TORRE, 2005; WULFF, en SCHULTEN, 2004). La última resistencia indígena vino precedida de un desarrollo bélico no muy estudiado hasta fechas tempranas en sus matices últimos, partiendo de la posible perspectiva nativa que deja entrever nuestra documentación. Desde el inicio de la narración de la guerra que llevará a la ciudad celtibérica a su perdición y a sus gentes a la pérdida de su autonomía, los autores antiguos pusieron énfasis en la extrema dureza de la guerra y en sus características anómalas, como pone de manifiesto el célebre fragmento de Polibio (XXXV 1): “<Guerra de Fuego>: la entablada por los romanos contra los celtíberos: pues tuvo una particularidad sorprendente en lo que se refiere a la continuidad de los combates. Ciertamente, las guerras en Grecia y Asia las dirime prácticamente una sola batalla y, las menos de las veces, una segunda; y las batallas mismas las decide únicamente el momento del primer ataque y encuentro de la fuerza en combate. Pero en esta guerra ocurrió lo contrario a lo dicho, pues las batallas las cesaba por lo general la noche, al tiempo que los combatientes no querían ni ser inferiores en valor ni ceder sus cuerpos a la fatiga, sino que de una retirada o del arrepentimiento hacía nuevas oportunidades de combate. El invierno al menos obstaculizaba por un tiempo el total de la guerra y la asiduidad de los enfrentamientos: y es que, sin duda alguna, si uno tuviese que pensar en una Guerra de Fuego, no le vendría a la mente ninguna diferente a esta”. (Polibio, XXXV 1. Versión de M. Ángel Rodríguez Horrillo, en SOPEÑA, 2013, p. 529) A partir del primer tercio del siglo XX, la historiografía moderna centrada en el estudio de la Antigüedad comienza a superar la imagen heredada de la representación que los propios estados conquistadores habían dejado de sí mismos y de los pueblos a los que sometieron. Con una confianza absoluta en la historia que narraban las fuentes, los
LA GUERRA DE FUEGO 5 pueblos bárbaros, incluidos los peninsulares, aparecían envueltos en un halo de primitivismo, inferiores técnicamente y culturalmente, en un grado de civilización muy anterior al exhibido por Roma. Todo ello hacía legítima su conquista, puesto que los indígenas se habían mostrado incapaces de disponer de su propio destino. Se trataba de una imagen completamente operativa desde la óptica del colonialismo imperante en la época. La evolución de los acontecimientos en el siglo XX y el desarrollo de nuevas corrientes ideológicas, pusieron de manifiesto las deficiencias en el conocimiento de la formación y funcionamiento de los grandes imperios, así como de las poblaciones indígenas sometidas. La utilización de las fuentes, en especial las literarias, sin resignarlas a una valoración crítica, había dejado de lado muchos aspectos relacionados con la expansión territorial y el ejercicio del poder. Los cambios políticos, el cuestionamiento de formas de pensamiento y comportamiento, llevaron a nuevos enfoques de análisis y explicación: entonces comenzó el interés por los pueblos indígenas, sus estructuras y funcionamiento; y, paralelamente también, se reorientó el estudio de las formas e ideología imperialistas. El desarrollo experimentado durante el siglo XX por las ciencias sociales, concretamente la etnografía, antropología y lingüística, contribuyó decisivamente a este análisis crítico de las fuentes, lo cual ha contribuido decisivamente a una reorientación de las investigaciones y de los problemas que afectan a la Hispania antigua. A partir de los años sesenta y setenta, se aprecia una cierta inclinación por el estudio de las poblaciones indígenas en todas sus facetas. Las investigaciones peninsulares han girado en torno a dos líneas de análisis; por un lado, el estudio de los cambios sufridos en las comunidades autóctonas como consecuencia del choque con Roma y su conquista y asimilación; y, por otro, el enfoque de las relaciones establecidas en el seno del imperio romano entre el poder central y las gentes sometidas, con especial atención a la llamada “ideología imperialista” y su representación de la realidad: la propiamente suya y la de los pueblos sometidos. En el ámbito del estudio de la Antigüedad peninsular, y más concretamente en el área indoeuropea de la Península Ibérica, los ensayos han ido enfocados hacia el análisis de las transformaciones que tuvieron lugar en el mundo prerromano, como consecuencia de su conquista e integración en el Imperio. El mal conocimiento del mundo nativo peninsular -debido a la ya de por sí escasa información, a la aceptación acrítica del caudillaje de Schulten en las Fontes durante los largos años
LA GUERRA DE FUEGO 6 de la posguerra y a la aplicación de un modelo teórico preestablecido con el que se pretendía explicar el funcionamiento social-, fueron elementos poderosísimos que contribuyeron a consolidar la concepción de una sociedad indígena de carácter tribal, poco desarrollada y con unas estructuras de organización “preestatales”. Vistas desde los principios evolucionistas del postulado antropológico de Morgan (1971), las sociedades del área indoeuropea aparecían en un estadio de desarrollo similar al mundo griego o romano, previo al surgimiento del Estado. Un exponente muy completo del modelo quizá lo constituyan los trabajos de Marcelo Vigil (cf. 1963), realizados a la luz del concepto de romanización entendido como un proceso de transformación de las estructuras sociales y económicas indígenas. En ellos el autor realiza un estudio de la sociedad prerromana y de su evolución a raíz de la conquista. A partir de los años 70 -coincidiendo con el hallazgo de nuevos documentos epigráficos y la intensificación de las excavaciones arqueológicascomienzan a aparecer una serie de trabajos encaminados al estudio de las sociedades indígenas, desde nuevas perspectivas y presupuestos. La ingente y pionera producción del profesor Blázquez –ya en proceso de total digitalización en la Red actualmenteresulta un magnífico exponente: perseguía unir las fuentes de la Historia Antigua, la Epigrafía, la Numismática y la Arqueología, buscando una visión de conjunto. Discípulo suyo es el profesor Mangas, cuya aportación más importante quizá es la edición de los Testimonia Hispaniae Antiqua, junto con la colaboración de otros investigadores hispanos. Los Testimonia constituyen una herramienta fundamental para el conocimiento de la península a través de las fuentes literarias antiguas, si bien no ha sido completada su edición hasta el momento. En consecuencia, el presente estudio se somete al examen del Tribunal con la intención de analizar algunos cambios y respuestas de las comunidades indígenas ante el implacable choque con Roma. El objetivo principal es, por lo tanto, demostrar hasta qué punto los celtíberos exhiben una cierta capacidad diplomática ante su poderoso agresor, son conocedores de las instituciones y magistraturas romanas y, consiguientemente, no ejercen un papel de mera comparsa a merced de la potencia itálica. Los indicios son numerosos en nuestras fuentes y serán tratados a lo largo del ensayo.
LA GUERRA DE FUEGO 7 El marco cronológico en que se ubicará este Trabajo de Fin de Máster será estrictamente el período conocido como Guerra Numantina, que abarca los años centrales del siglo II a.C. (154-133) y que constituye para los celtíberos la última fase de su independencia real, al final de la que pasarán a ser civitates stipendiariae controladas directamente por Roma. La cuestión ha sido objeto de suficiente atención en la historiografía reciente. A los estudios clásicos de Salinas (1986), García Moreno (1987), Richardson (1986), Le Roux (2006 (1995)) o Curchin (1996), hay que añadir aportaciones más recientes, también de enjundia, como las de Roldán y Wulff (2001) o Cadiou (2008). El profesor Pina Polo ha estudiado el suceso desde la órbita imperialista romana, con capitales trabajos de conjunto (2006) o tratando episodios específicos del periodo (2001; 2004). Desde la misma óptica romana parten los trabajos de García Riaza, con un punto de vista a medio punto entre el historicismo y el análisis de la historia del derecho. Su obra capital es Celtíberos y lusitanos frente a Roma; diplomacia y derecho de guerra, de 2002, en la cual nos ofrece la visión de romanos y griegos, confrontándola de soslayo, con la posible réplica indígena, en el marco de la diplomacia y derecho de guerra romano. En estudios posteriores ha ahondado en la cuestión (2006, 2013), habiendo llevado también a cabo minuciosas aportaciones sobre actuaciones de guerra (2007). Desde la óptica del indigenismo, resulta angular la aportación del profesor Francisco Marco Simón, quien ahonda sobre los aspectos ideológicos. Partiendo desde las manifestaciones expresadas por las fuentes literarias, epigráficas e iconográficas, como expresiones de la identidad y de la autopercepción indígena en un mundo cambiante, sus obras han abierto y siguen abriendo, de hecho, fecundas vías de debate y de comprensión de las realidades nativas (2006 (1990); 1993; 2007); y son referencia obligada igualmente sus aportaciones específicas al período de la guerra numantina (2005). El trabajo de Gabriel Sopeña, discípulo de Francisco Marco, se ha centrado en los aspectos antropológicos y espirituales de la sociedad celtíbera, analizando al detalle sus manifestaciones globales y demostrando que se enmarcan sin ningún tipo de problema en el ámbito céltico europeo. Desde su primera obra, Dioses, ética y ritos (Zaragoza, 1987), sus entregas posteriores han abundado en este tópico (1995 –fundamental en la renovación de los estudios-, 2004, 2012, por ejemplo), estudiando también métodos de
LA GUERRA DE FUEGO 8 castigo romanos en el marco del imperialismo (2008). Su aportación más reciente es Aragón antiguo; fuentes para su estudio, Zaragoza, 2013, en la cual ejerce como coordinador. La publicación ofrece novedosas traducciones de fuentes literarias antiguas para el estudio de los celtíberos. Pilar Ciprés, también desde la orilla indigenista, ha elaborado sus obras con un punto de vista más bien socio-económico. Su trabajo capital, Guerra y sociedad en la Hispania indoeuropea, de 1993 fue precedida por un estudio capital sobre la iuventus (1990). En ellos, Ciprés estudia la sociedad indígena partiendo desde las tendenciosas fuentes literarias romanas. En ensayos posteriores (2013), ha profundizado en los problemas del uso de las fuentes literarias, las cuales, en su opinión, enmascaran una realidad latente, pero descrita mediante los arquetipos y prejuicios mentales greco-latinos. Por no extender el discurso, Francisco Beltrán Lloris, fundamentalmente desde la epigrafía y la numismática, trata de conciliar los usos adoptados por los indígenas tras la conquista romana con el hecho de que estos pudieran haber tenido un empleo ancestral de instituciones similares, modificado paulatinamente tras la conquista y en provecho del conquistador. En éste sentido, ya desde sus primeras publicaciones (1989), son capitales sus aportaciones sobre el ámbito institucional (2001, 2004, 2005, 2010). Comprobado queda que la cuestión ha sido objeto de suficiente atención en la historiografía reciente, de modo que mediante la elaboración del presente estudio, se intentará poner a disposición del Tribunal un estado de la cuestión que constituya una aproximación sintética al conocimiento del período 154-133 a.C., desde la perspectiva de actuación diplomática indígena. Se trata de un tema atractivo a nivel personal y perfectamente acotado, que consideramos que presenta los requisitos de tiempo y de forma que exige la realización de un Trabajo de Fin de Máster. En tales circunstancias se han utilizado para la elaboración del presente trabajo las fuentes primarias para el período, mediante traducciones acreditadas. El uso de las colecciones Fontes Hispaniae Antiquae, Testimonia Hispaniae Antiquae, y Aragón antiguo: fuentes para su estudio, permite disponer de las fuentes para el período en su conjunto. Así mismo, también se han manejado las ediciones de nuestras fuentes fundamentales en colecciones solventes, Gredos y Alianza.
LA GUERRA DE FUEGO 9 De entre todas ellas, quizá la más importante sea Polibio (200-118 a.C.), en su condición de testigo directo de los acontecimientos que narra, pues se postula que estuvo, al menos, dos veces en la Península, la última de ellas acompañando a Escipión Emiliano en el cerco de Numancia. De sólida formación, estoico, preciso y riguroso, limita al campo político su relato y escribe una historia causal en la que los personajes políticos tienen una importancia capital; y Roma es el actor principal, garante de la paz y de la civilización. Livio (59 a.C.-17 d.C.), también posee una sólida formación intelectual pero, a diferencia de Polibio, nunca pisó la Península. Su obra se caracteriza por su visión conservadora, en la que paz, estabilidad, y justicia son sus tres pilares fundamentales. Apiano (95 d.C.-160-5? d.C) es el autor del que más fragmentos se nos han conservado, salvando la pérdida de los libros de Livio, de Polibio y de Posidonio de Apamea. El autor de Alejandría realiza una historia de Roma desde el punto de vista y para el público griego. Encendido admirador de Roma, de la cual proclama sus virtudes, los pueblos indígenas no le interesan en absoluto –según declara sin ambages al comienzo mismo de su libro-, lo cual le convierte en una fuente de muy difícil manejo. En fin, sin pretender abundar en un aspecto bien analizado por las autoridades, en las páginas finales del trabajo queda adjunto un índice completo de las fuentes utilizadas para la realización del estudio. Ciertamente, siendo el objetivo básico de las páginas venideras realizar un estado de la cuestión, se han utilizado fundamentalmente fuentes secundarias para llevar a cabo dicha tarea, justificadas mediante la aportación de la bibliografía preceptiva. También se ha aportado un esquema para la mejor comprensión del tema tratado. La estructura del trabajo pretende ser lineal y diacrónica, para una adecuada inteligencia del mismo y para acuñar una visión de conjunto. En virtud de ello, se plantean una serie de capítulos, coincidentes con la actuación en la provincia Citerior de cada uno de los magistrados romanos para las fechas comprendidas entre el 154-133 a.C. Desde el punto de vista documental, el estudio ha contemplado fundamentalmente las actuaciones indígenas correspondientes al derecho público, puesto que este permite el correcto acercamiento institucional al mundo celtíbero, ya de por sí muy velado por las informaciones sesgadas de griegos y latinos. El comentario esporádico de los casos particulares alusivos al ámbito del derecho privado, se justifica sólo por el interés que
LA GUERRA DE FUEGO 16 La exigencia de Nobilior era completamente inaceptable para los indígenas, puesto que el desarme era algo que no estaba contemplado en los pactos gracanos, marco al cual pretendían regresar. Trabajos clásicos como los de Knapp, Richardson o Curchin ya apuntaban que ceder ante Roma era renunciar de hecho a su soberanía, puesto que entonces la defensa frente a terceros ya no dependería de ellos mismos, sino de la conveniencia de los latinos (recientemente: ROLDÁN y WULFF, 2001: 151 y ss.; GARCÍA RIAZA, 2002: 67) Esta negativa indígena a entregar las armas condujo de manera directa a la entrada en el conflicto de Numancia, puesto que Roma consideró como enemiga a la polis arévaca a causa del apoyo que le había prestado a Belos y Titos, tal vez a consecuencia de las alianzas defensivas preexistentes. Se generó así una coalición entre belos, titos y arévacos para combatir al agresor; y un tal Caro de Segeda se hizo con el mando del ejército (Apiano, Ibérica, XLV, 185): con probabilidad, se trataría del mismo Cáciro/Megarávico citado por Diodoro y Floro para el mismo episodio (SOPEÑA, 2013: 532). Cabe añadir que los ejércitos celtibéricos surgían de la unión de los contingentes militares de las distintas ciudades mancomunadas. Sólo en tiempos de crisis extrema, como el que nos concierne, se eligió un mando militar único, consensuado, que ejerció su autoridad y liderazgo sobre el conjunto de efectivos (CIPRÉS, 1993: 119). Caro va a infligir un daño enorme al ejército de Nobilior –general carente de toda previsión e ignorante del terreno en que debía pelearen la llamada batalla de los Vulcanalia, tanto es así que el Senado decretó aquel dia 23 de Agosto como nefasto (dies ater) en el calendario e inhábil en lo sucesivo y para siempre para el ejercicio de la guerra. El caudillo celtíbero morirá en éste enfrentamiento; y, como consecuencia de ello, la asamblea y el Senado numantinos eligen en Numancia a Ambón y Leucón (Apiano, Ibérica, XLVI), un mando militar colegiado. Nobilior, con todo, marchó contra Numancia y estableció su campamento a escasos 6 kilómetros de la ciudad. Apiano afirma explícitamente que los numantinos pidieron reabrir las negociaciones de paz pero que, sin embargo, no pudieron llegar a buen puerto ante la exigencia de la deditio por parte de Nobilior. Como se ha señalado más arriba, como consecuencia del endurecimiento de su política, Roma no aceptaba ya otra fórmula que no fuera la rendición incondicional (Apiano, Ibérica, XLIX).
LA GUERRA DE FUEGO 17 El segundo descalabro de Nobilior va a producirse a escasa distancia de Numancia, unos pocos días después. Desmoralizado y derrotado, todavía envió su ejército contra Uxama, donde fue nuevamente humillado, tras lo cual –a la vista de la torpeza del general, maniobrando sin prudencia en un territorio ajeno y amenazanteOcilis y Nertobriga se sumaron a la resistencia celtibérica. Con los restos de su maltrecho ejército, Nobilior se vio obligado a acantonarse para pasar el invierno en espera de su sucesor en el mando: muchos de sus hombres perecieron a causa del frío y de las enfermedades (Apiano, Ibérica XLVI-XLVII) Concluyendo, Nobilior menospreció al enemigo y al asunto sustancial del entendimiento de sus peticiones. Los nativos, de nuevo, se manifiestan avisados en cuestiones diplomáticas, evidenciando en todo momento su solvencia: el desarme -no contemplado en los pactos de Graco, que pretendían restaurar con probabilidadera innegociable para ellos; y solicitaron –incluso derrotado Nobilioruna reanudación de las negociaciones, que en este caso era inasumible para una Roma abierta sólo a las deditiones. Ante la nueva situación, el sistema de alianzas indígena –expresado inmejorablemente mediante la respuesta de mandos militares únicos o colegiados y ratificado mediante la suma de ciudades a la resistenciacomenzaba a resultar un hecho diplomático que, a la larga, iba a resultar una pesadilla para el Senado. CAPITULO III M. CLAUDIO MARCELO: LA ÚLTIMA OPCIÓN DE LAS EMBAJADAS. El sucesor de Nobilior fue Marco Claudio Marcelo, hombre muy versado en guerra y política, cuya gestión en la Citerior durante el año 152 a.C. y los primeros meses del año siguiente se caracterizó por una conjunción de acciones global e inteligente, a diferencia de la temeraria ineptitud de su antecesor. Marcelo contaba con una excelente experiencia en los asuntos hispanos: fue pretor único para el 169-168 a.C. En este período fue enviado en calidad de cónsul, en condiciones constitucionales extraordinarias (lo era por tercera vez. tras el 166 y 155 a.C.). El nuevo general en jefe llegó a la Península en primavera y unió su ejército de 8.500
LA GUERRA DE FUEGO 18 hombres a los restos del ejército de Nobilior. La primera medida que tomó, fue restablecer la moral, tras lo cual marchó contra Ocilis –aliada, como se ha visto, de Numanciacon la intención de rendirla y convertirla en su centro de abastecimiento. La ubicación de la ciudad, debe de hallarse en la zona comprendida entre Segeda y Numancia, resultando arbitraria su identificación con Medinaceli (BURILLO, 2007: 199). Mientras Sopeña opina que la plaza fue tomada por la fuerza de las armas (2013: 538), García Riaza, afirma que la ciudad se rindió ante la visión del ejército del general ante sus puertas (2002: 69). En todo caso, al contrario de lo que cabría esperar de una plaza que había hecho defección de la causa romana el año anterior, Marcelo no aplicó medidas sancionadoras ni cargas muy duras. El cónsul se comportó con una inteligente clemencia y condiciones muy moderadas, actuación que pronto desveló sus frutos. No parece probable que la deditio de Ocilis fuera precedida de un pactum: ello habría supuesto una situación muy comprometida para el cónsul, debido a la trayectoria del enclave en la guerra. Apiano nos informa de las condiciones de la deditio (Ibérica, XLVIII, 199), consistente en la entraga de rehenes y de 30 talentos de plata: en opinión del autor, se trata de cargas moderadas. El conocimiento de la suerte de Ocilis propició que otras ciudades celtíberas se rindieran a Roma sin combate previo, tal es el caso de Nertobriga. La ciudad envió emisarios al campamento del cónsul para negociar la paz y el general solamente les exigió la aportación de 100 jinetes, como tropas auxiliares. (XLVIII, 201). Desconocemos el grado de participación de los nertobrigenses en el conflicto, pues ninguna fuente alude a ello, lo cual no nos permite valorar el modo de actuar de Marcelo. Una vez cerrado el acuerdo por ambas partes, Apiano continúa su relato diciendo que un número indeterminado de celtíberos atacó la retaguardia romana. Los 100 jinetes que Marcelo había exigido se presentaron más tarde en el campamento romano ignorantes de lo sucedido. El cónsul apresó a los jinetes, devastó la llanura y puso sitio a la ciudad. La explicación del episodio puede estar, por un lado, en una falta de comunicación entre los nertobrigenses, pero Marco Simón (2000) se inclina por una interpretación distinta: el episodio es producto de la heterogeneidad política de la sociedad nertobrigense, en la
LA GUERRA DE FUEGO 19 cual una facción estaría a favor de pactar la rendición y otra facción abogaría por continuar con la lucha En éste sentido, Pilar Ciprés –seguida y matizada en sus planteamientos por Sopeñaapunta a la existencia en Celtibería de grupos organizados, que contarían con sus propios jefes de guerra y con una cierta autonomía respecto de la ciudad. Se trata de la iuventus Celtiberorum mencionada por Livio (XXIV, 19 y 49; XXV, 32; XXVI, 50) que designa al conjunto de hombres movilizables para el ejercicio de la guerra, con autonomía en decisiones relativas a su tarea dentro de una sociedad estructurada por edad y función del individuo; y dotada de principes celtiberorum. En un contexto bélico, las decisiones de dicho grupo podían ganar peso en el conjunto de la sociedad respecto a las tomadas por los seniores o aquellos que se dedicaban al gobierno y representación de la ciudad (CIPRÉS, 1993:81-134; SOPEÑA, 2004: 61). Con la ciudad sitiada por el militar romano, los de Nertobriga enviaron un insólito heraldo a Marcelo. Apiano describe que su misión era solicitar el perdón y que iba con ánimo de aceptar la deditio (Ibérica, XLVIII, 204). Aquel hombre iba sólo, no como parte de una delegación, no portaba el bastón de buena voluntad, las ramas de olivo del suplicante o el caduceo de la paz del mensajero como era habitual, sino que se presentó ataviado con una piel de lobo. Sopeña –que se ha ocupado del asunto en varias ocasionessostiene que el sujeto actuaba como representante de un grupo que había atacado a los romanos en contra de la decisión ciudadana y por decisión propia, y buscaba restaurar el agravio para volver a la situación previa. Con toda probabilidad representaba a un grupo de edad –en ocasiones denominado “cofradía”- que no se encontraba dentro de la ciudad e ignoraba la decisión que había tomado esta; y atacó al detectar un ejército extraño y hostil. Para todos los pueblos celtas, la guerra fue un modo de ejercitar la virtus y define la percepción agonística de la vida que tenían éstas sociedades, de manera que las “cofradías” guerreras están perfectamente atestiguadas por todo el ámbito mediterráneo (SOPEÑA, 2004: 63-65). Ciprés, en la misma línea que el autor anterior, afirma que lo indudable es que aquel individuo era portador de atributos militares: por tanto, representante de un grupo de la iuventus celtiberorum de la ciudad, cuyas decisiones son en mayor o menor grado autónomas respecto de la misma (CIPRÉS, 1993: 112).
LA GUERRA DE FUEGO 20 Una de las singularidades que presenta el heraldo es que va cubierto con una piel de lobo, animal asociado al dios infernal celta Sucellus y preferentemente elegido como modelo para las fraternidades guerreras iniciáticas por sus cualidades: resistente, fiero, gregario, errante (SOPEÑA, 2012). En este sentido, la visión de tan inusual legado debió suponer a ojos romanos una desconcertante presencia, más próxima al desafío y al insulto que a la actitud suplicante del perdón: la arrogancia céltica, en lo tocante al ejercicio diplomático, es puesta de relieve por las fuentes en multitud de ocasiones, pues el decorum céltico no estimaba nada malo proclamar que se es el mejor, sino al contrario (SOPEÑA, 1995; 135-136, passim); pero Roma no entendía este proceder peculiar. La misión del heraldo no llegó a buen fin, puesto que Marcelo aprovechó su situación de superioridad para exigir una deditio de todas las tribus celtibéricas en su conjunto. El cónsul –atendiendo a Apianosólo aceptaría una rendición masiva de titos, belos y arévacos, percepción romana que de por sí revela la existencia de una cierta unidad político-militar de los celtíberos en armas en esta coyuntura. La tradición historiográfica reciente –Richardson y Astin, sobre todobasándose fundamentalmente en Polibio, postula que, por parte indígena, se ansiaba retornar a los acuerdos de Graco; y sin embargo, existía un sector que desconfiaba de los romanos si no obtenían una garantía de cumplimiento. Marcelo estableció una tregua, tras lo cual envió a Roma una delegación para que fuera el Senado quien dirimiera la cuestión, aconsejando que se aprobaran sus resoluciones. Tanto Apiano (Ibérica, XLIX) como Polibio (XXXV Fr. 2), muestran como la Urbs supo distinguir sin problemas a los tres grupos étnicos y, a su vez, cada uno de ellos por ciudades, kata polin. Titos y belos fueron reconocidos como aliados y admitidos dentro de la ciudad; pero a los arévacos se les indicó que esperaran extra pomerium. El Senado despachó a los embajadores indígenas alegando que Marcelo les comunicaría su decisión. Por orden directa del Senado, según consignan nuestras fuentes, Marcelo se vio obligado a reanudar las hostilidades. El vínculo de pertenencia a la etnia pudo ser motivo para pensar en compromisos supraciudadanos que obligasen al conjunto. Sin embargo, la ausencia de un poder estatal centralizado e identificado con la etnia, hizo que prevaleciera la autonomía politana en las decisiones políticas; y, de tal modo, las relaciones con las etnias no englobaron al conjunto de su territorio, sino a ciudades concretas del mismo.
LA GUERRA DE FUEGO 21 (BURILLO, 1998: 246). En todo momento la ciudad es el actor principal para establecer alianzas o para colocarse al lado de Roma. Se trata de comunidades autogobernadas en el seno de grupos étnicos menores (CIPRÉS, 1993: 64-65). En este mundo politano, la diferente relación entre cada una de las póleis celtíberas y Roma, determinó la aparición de discrepancias entre ellas. Según Apiano, fue la constatación de la experiencia de otros pueblos atacados por Roma la que desató, entre ciertos sectores, una posición de rechazo frente al acuerdo. El alejandrino alude a dos sectores, pero no especifica sus integrantes. Polibio sí concreta que el grupo partidario del acuerdo se componía de titos y belos, frente a los arévacos, que son presentados como enemigos de Roma, para luego matizar que sólo una parte de aquéllos eran aliados, de lo cual se deduce que no todas las ciudades de dichas etnias lo eran: había una división clara en facciones, probablemente a consecuencia de la acción de Roma, encaminada al disenso (CIPRÉS, 2013): “A la llegada de las embajadas a Roma, las de aquellos belos y titos que eran partidarios de los romanos fueron admitidas en la ciudad en su totalidad; en cambio, a la de los arévacos se le ordenó acampar sin cruzar el Tíber dada su condición de enemigos, hasta que se hubiera deliberado sobre la cuestión en su conjunto. Cuando pareció oportuno concederles audiencia, el pretor urbano hizo pasar a los aliados. Estos, a pesar de ser extranjeros, *** estructuraron su discurso y procuraron que quedasen bien claros todos los puntos de desavenencia, demostrando cómo, si no se iba a reducir y a aplicar el castigo apropiado a los que habían tomado las armas, en cuanto retornasen las legiones romanas de Iberia, al punto se tomarían la justicia por su mano sobre ellos como si se tratara de unos traidores. Además, en el caso de que consiguieran salir indemnes de la primera falta, pronto volverían a perturbar de nuevo el orden establecido y predispondrían a todos los pueblos de Iberia a rebelarse en la idea de que eran capaces de hacer frente a los romanos. Por consiguiente, reclamaban o bien que permaneciesen en Iberia las legiones romanas y cada año pasase un cónsul para velar por los aliados y castigar las tropelías de los arévacos, o bien que, si deseaban retirar sus fuerzas, la sublevación de los antes mencionados debería recibir un escarmiento ejemplar, con el fin de que nadie se animase ya a hacer otro tanto. Estas cosas y otras por el estilo argumentaron los embajadores de quienes entre los titos y los belos eran aliados de Roma. A continuación fueron presentadas las embajadas de los adversarios. Los arévacos se adelantaron y replicaron sirviéndose de un tono sumiso y humilde; pero lo cierto es que dejaban entrever una actitud que no cedía en nada ni era propia de unos vencidos, ya que con frecuencia aludían a la incertidumbre de la fortuna y, al atribuir a las batallas ya libradas un resultado dudoso, daban la impresión de que habían salido de todas ellas con mayor gloria. En todo caso, la conclusión de su discurso era que, si por su error debían sufrir un castigo convenido, lo aceptarían, pero, una vez cumplido lo estipulado, exigían volver al
LA GUERRA DE FUEGO 22 acuerdo que en tiempos de Tiberio Graco habían suscrito con el Senado”. (Polibio, XXXV Fr. 2. Traducción de J. A. Beltrán Cebollada, en SOPEÑA, 2013: 542). De la lectura de la fuente, por lo tanto, parece deducirse que los indígenas acudieron a Roma ante las perspectivas positivas, infundidas por Marcelo, de obtener un foedus. El hecho es que los celtíberos en su conjunto accedieron a una tregua para negociar con el Senado durante el verano del año 152 a.C., durante la cual, muy probablemente cargaron a sus expensas con el mantenimiento del ejército romano (TÄUBLER, 1964: 33-34; ZIEGLER, 1991: 63; WIERSCHOWSKI, L., 1995). La obra de Polibio, desde su libro XXI, es una historia diplomática, construida sobre un registro casi obsesivo de todas las embajadas que cada año llegaban a Roma y de todas las enviadas en respuesta a las solicitudes que se le hacían a ella (ZECCHINI, 2005). El historiador griego desde un punto de vista jurídico, no parece interesado en el derecho internacional, sino que más bien, se propone plasmar la presentación de las legaciones extranjeras en Roma. Las conquistas habían convertido a la Urbs en un escenario que permitirá a los romanos observar a las embajadas y formarse una idea directa sobre su carácter. Ello influyó también en el ánimo de los legati extranjeros. La diplomacia, que formaba parte de esa acción política y que compartía con ella el uso de la retórica, ponía también en juego esa teatralidad, a la que se debía agregar, la recepción (intra o extra pomerium): un hecho teatral similar a otras manifestaciones públicas, como la pompa o el triunfo. Elena Torregaray separa, en este sentido, entre una retórica diplomática y una retórica historiográfica. Esta teatralidad impregna la acción de los legados, formando parte de él, e influyendo en el escenario: primero la propia Roma y luego concentrado en el espacio del Senado, donde fueron recibidas las delegaciones (CLEMENTE, 1976; TORREGARRAY, 2005) La rendición de los celtíberos en conjunto no se produjo hasta el año 151 a.C., cuando Marcelo cargó contra Numancia por orden del Senado y consiguió su capitulación, tras entrevistarse con el jefe numantino Litenón. El cónsul ya había mantenido conversaciones previas con los distintos líderes indígenas antes del encuentro citado, a juzgar por la información de Apiano (Ibérica, L). Nos encontramos, entonces, ante un pactum anterior a la rendición en el cual se estipularían las cargas y
LA GUERRA DE FUEGO 23 los castigos a los cuales habrían de hacer frente los indígenas en la posterior deditio. Es seguro que Marcelo respetaría los acuerdos concretados personalmente antes de la rendición: obtuvo 600 talentos de plata (Estrabón, III 4, 13, citando a Posidonio), carga ligera -se nos dicecuya entrega fue garantizada mediante rehenes. Tras la entrega, el cónsul procedió al acto jurídico de la restitutio, en virtud de la cual se restituyó la autonomía local, en suspenso durante la deditio (GARCÍA RIAZA, 2002: 78; NÖRR, 1996). Para los nativos, ello suponía en cierto modo la vuelta al statu quo anterior a la guerra; para Marcelo, la consecución de la ansiada deditio y la aceptación de los términos por parte del Senado. Apiano no nos informa de ningún otro tipo de exigencia: ni contingentes militares, ni establecimiento de tributación regular (que tampoco se rastrea en el caso de Ocilis). En conclusión, las negociaciones del 152 a.C. presentan una evidente analogía con los acuerdos de Graco, ya que estos contemplaban la prohibición de fundar nuevas ciudades, limitaciones para fortificar las ya existentes, indemnizaciones de guerra y colaboración militar en forma de aportes de contingentes indígenas. A cambio, el respeto a la autonomía política indígena (KNAPP, 1977; RODRÍGUEZ ADRADOS, 1946). La década en la que la región estuvo en paz es la constatación de la eficacia y sensatez de la gestión de Marcelo. La no exigencia de la rendición previa de los celtíberos en el 152 a.C. muestra un matiz importante: la deditio suponía la desintegración jurídica de la comunidad vencida y, en consecuencia, cualquier acuerdo suscrito por ella sería anulado (GARCÍA RIAZA, 2002; 148). La primera propuesta de Marcelo, entonces, perseguía la vuelta al marco gracano; sin embargo, la posterior deditio de belos, titos y arévacos suponía la ruptura de ese marco. Derivada de ello es la necesidad de reelaborar un nuevo ámbito para los contactos entre las póleis indígenas y Roma. Parece ser que serían relaciones de amicitia, en consonancia con la política llevada a cabo por Graco, basada en ligar mediante pactos a las unidades políticas nativas, generando un cordón de seguridad alrededor de los territorios bajo control romano (ROLDÁN, 2013). La paz duraría 10 años.
LA GUERRA DE FUEGO 24 CAPITULO IV L. LICINIO LÚCULO: EL FRACASO DEFINITIVO DE LA VIEJA DIPLOMACIA. La paz, que se mantendrá hasta el año 143 a.C., impedía legalmente al sucesor de Marcelo, Lucio Licinio Lúculo, hacer la guerra a estas gentes. Miembro del sector más belicista del Senado, le acompañaba en calidad de tribuno un joven Escipión Emiliano (Polibio, XXXV, 3, 6). En todas nuestras fuentes se tacha al nuevo cónsul de pérfido y ciego de gloria y riquezas (Apiano, Ibérica, L-LII). Dicha consideración proviene de sus execrables acciones en Hispania (SOPEÑA y RAMÓN PALERM, 2006). A su llegada a Hispania en el 151 a.C., sin poder combatir a los celtíberoshabiendo estos acordado el armisticio de Marcelo con el Senado-, sin mediar provocación ni causa alguna, Lúculo penetró en la pacífica región vaccea en busca de botín y virtus imperatoria. Su ejército se presentó en el ager de la ciudad de Cauca. Las conversaciones iniciales con la ciudad no dieron ningún resultado. Apiano no identifica interlocutores indígenas concretos en ésta primera reunión (Ibérica, LI). El testimonio es muy interesante, puesto que presenta una analogía clara con la alocución del portavoz de la delegación de Certima ante Sempronio Graco en el año 179 a.C. (Livio, XL, 47, 6). Según Riaza nos hallamos ante manifestaciones de una fórmula local asimilable a la indictio belli del derecho fecial (2002: 82). Al parecer, la fase inicial del conflicto consistiría en calibrar las fuerzas del enemigo, en caso de desequilibrio manifiesto, se produciría una rendición sin lucha, caso de Certima. Ello sería complementado, en ocasiones, con una exhibición de soberanía sobre el territorio y con una exhortación a abandonarlo, puesto que la entrada en el territorio sin autorización previa, era considerada un acto hostil: es el caso de Contrebia ante Popilio Lenas (Diodoro, XXXIII). Este fracaso de las conversaciones iniciales, dio paso al inevitable enfrentamiento armado. La derrota de Cauca supuso una segunda delegación para dialogar con Lúculo. Dicha embajada fue enviada dentro del período precptivo de tregua y portaba, en palabras de Apiano, coronas y ramos de suplicantes (Ibérica, LII). El empleo de éstos
LA GUERRA DE FUEGO 25 elementos de carácter vegetal es una práctica muy extendida por el mundo Mediterráneo antiguo y en toda la Céltica, como símbolo de buena voluntad y de súplica; y posee paralelos incontestables en Celtiberia: es el caso visto del heraldo nertobrigense, vestido con piel de lobo en lugar de portar el bastón de embajador; el de la ciudad de Complega en el 179 a.C. ante Tiberio Sempronio Graco (Apiano, Ibérica, XLIII); el uso religioso de los mismos visible en el episodio de Olíndico en el 170 a.C. (Floro, I, 33, 13; Livio, períoca XLIII); y también se atestigua su presencia en referencia a los bastones de ruego que portaban Retógenes Caraunio y sus compañeros en el 133 a.C., cuando solicitan ayuda a las diversas ciudades del entorno de Numancia. El pasaje tiene la peculiaridad de que nos encontramos ante un diálogo entre indígenas (Apiano, Ibérica, XCIV) (SOPEÑA, 1995: 112, 140). La analizada iniciativa negociadora de Cauca pretendía sin duda evitar la destrucción de la ciudad tras la derrota en batalla, puesto que al tratarse de una rendición tras lucha armada, el general romano tenía las manos libres para imponer los castigos que quisiera. Apiano no específica de forma clara el tipo de acuerdo, lo más probable fue que se concretara bajo la fórmula de una deditio, posterior a un pactum. Tras la aceptación de la mencionada deditio, Lúculo presentó sus exigencias en dos bloques: primero la entrega de rehenes (en número desconocido), el pago de indemnizaciones de guerra, por valor de 100 talentos de plata; y la incorporación de la caballería local al ejército romano. Una vez aceptado esto por los representantes indígenas, el cónsul impuso el establecimiento de una guarnición romana en el interior de la ciudad, lo cual también fue aceptado por los caucenses, a pesar de tratarse de una atípica orden, dado que ya habían aceptado colaborar con Roma (GARCÍA RIAZA: 2002; 86) Ya detro del pomerio, Lúculo aprovechó para atacar de modo abyecto y traidor: “Después de haber ocupado estas [las murallas] los dos mil [soldados romanos], Lúculo introdujo al resto del ejército, y con la trompeta dio la señal de aniquilar a todos los habitantes en edad adulta. Ellos, entretanto, invocando las lealtades y los dioses protectores de los juramentos y recriminando su perfidia a los romanos, perecieron de forma cruel, consiguiendo escapar unos pocos de los veinte mil hombres a través de las escarpadas puertas de las murallas. Mientras, Lúculo arrasó la ciudad y llenó a los romanos de mala fama”. (Ibérica, LII. Versión de F. Javier Gómez Espelosín, 1993).
LA GUERRA DE FUEGO 32 Pompeyo obtuvo en el año 140 a.C. la prórroga de su mandato. Inmediatamente se dirigió contra Numancia y procedió a desviar el cauce del río para intentar privar del suministro de agua a la ciudad (Ibérica, LXXVIII) Según se nos cuenta, el intento se saldó con un fracaso y perecieron numerosos romanos. La llegada del invierno obligará a Pompeyo a retirarse; y es en este contexto en el cual comienzan las negociaciones con los celtíberos. Diodoro (XXXIII, 16 y ss.), y Apiano (LXXIX) son nuestras fuentes y ofrecen visiones complementarias. Ambos coinciden en que la iniciativa de la negociación surgió por parte indígena, enviando emisarios a Pompeyo. El alejandrino indica como razones para el inicio de los tratos la perdida de muchos combatientes, las dificultades para el aprovisionamiento y la excesiva duración de la contienda por parte indígena: el temor a ser acusado de inepto en Roma, por parte del cónsul. El cónsul andaba deseoso de conseguir la pacificación de la provincia mediante la rendición de los indígenas, como única tabla de salvación de su pobre campaña, aún a costa de falsear los términos reales del acuerdo (SOPEÑA, 2013: 561-565). De acuerdo con Apiano, Pompeyo solicitó la deditio de los indígenas, “pues no conocía otro acuerdo digno de Roma”. Afirmación análoga aparece en Diodoro (XXXI, 41), atribuida a Nobilior ante la negociación en el 153 a.C. De tales asertos se desprende que existían unas directrices marcadas desde el principio, ya existentes en los inicios de la guerra, y que continuaban inmóviles en el 140 a.C.: cualquier acuerdo con las ciudades indígenas que no estuviera basado en la rendición incondicional y el reconocimiento de la soberanía romana (dicio) sería denunciable. La realidad a la que se enfrentaba el cónsul es que resultaba imposible obtener tal grado de sumisión de los indígenas, a causa del propio desarrollo de la contienda. Pompeyo optó por una solución de compromiso; negoció un pactum secreto que contenía sanciones moderadas tras la deditio y que garantizaba la autonomía local. La analogía con la paz de Marcelo en el 151 a.C. es sólo evidente: existencia de un pactum previo y cargas leves, sí; pero sin embargo aquella paz fue reconocida, auspiciada y ratificada por el Senado, al contrario que la de Pompeyo, abocada al fracaso por su índole perfectamente personalista. Parece ser que la ligereza de las sanciones aplicadas, y no la fórmula de rendición, pudo ser la fuente del rechazo a la deditio. Rehenes, prisioneros y tránsfugas, además de 30 talentos de plata, son las exigencias que aparecen reflejadas en Apiano, casi idénticas a las reclamadas por Marcelo a Ocilis en el 152 a.C., ya consideradas moderadas por
LA GUERRA DE FUEGO 33 aquel entonces. Si son comparadas además con los 100 talentos que exige Lúculo a la vaccea Cauca, la suavidad es manifiesta. En el relato de Diodoro aparecen consignados 300 rehenes, 9.000 sagos, 3.000 pieles de buey, 800 caballos y todas las armas. Evidentemente, parece estarse ante dos versiones de una misma realidad: una valoración global en la versión del alejandrino y una lista pormenorizada en el sículo. García Riaza –en la línea de autores anteriores, como Simon o Astinincide en el uso genérico de la referencia a “los numantinos”, la cual, al menos a partir del 143 a.C. debería traducirse por “celtíberos en armas” (GARCÍA RIAZA, 2002: 95-96). Al respecto, es muy probable que el acuerdo no afectase sólo a Numancia, sino también a Termancia -puesto que Diodoro y Livio la mencionan en las negociacionesy a los lusones, ya que Apiano cita que el sucesor de Pompeyo los atacó tras la anulación de los tratados (BURILLO, 2007: 205 y ss., 214 y 307). Podemos concluir afirmando que a la llegada de Popilio Lenas, sucesor de Pompeyo, se le informó de la condicion de dediticii de los celtíberos, al tiempo que se negó la existencia de pactum reglado alguno. La entrega de armas, imposición imprescindible en una deditio para su aceptación por parte del Senado, no parece haber estado incluida inicialmente: pudo haberse exigido a la llegada de Popilio Lenas, lo que condujo a la ruptura del proceso de paz. Sobre las razones que motivaron el fracaso del tratado, Diodoro aduce la negativa indígena a entregar las armas y Apiano atribuye la responsabilidad a Pompeyo, el cual, tras la llegada de su sucesor negó la existencia de pacto alguno. A tal efecto, cabe anotar que, como es sabido, el de Sicilia es autor abiertamente filopompeyano, por lo que nos encontraríamos quizá ante la versión difundida por el propio cónsul para salir indemne de cualquier tipo de acusación: será finalmente enjuiciado en Roma por el doble juego que siguió con los indígenas y con Roma, aunque finalmente será declarado inocente y continuará con su carrera política, llegando a censor en el 131 a.C. (Cicerón, Sobre la República, III, 28 y Sobre los deberes, III, 109; Diodoro, XXXIII, 19; Apiano, Ibérica, LXXIX). En estas oscuras maniobras en beneficio propio –pervirtiendo la acción diplomática en todos sus extremos, lo que compete a los celtíberos directamente-, quizá la prolongada permanencia en Hispania de Quinto Pompeyo Aulo y su modus operandi le permitieron crear clientelas que, tras la toma de Ascoli en el 89 a.C., favorecieron la concesión de la
LA GUERRA DE FUEGO 34 ciudadania por parte de su descendiente, Gneo Pompeyo Estrabón, a los caballeros de la Turma Salluitana. (PLÁCIDO, 2009: 292). Consiguientemente, a la llegada de Popilio Lenas en el 139 a.C. los indígenas se presentaron ante él en embajada, agraviados, con el fin de que se cumpliera el resto de lo pactado con Pompeyo, convencidos de que este se había atenido a la legalidad. Pompeyo lo negó todo y la parte indígena le acusó de mentiroso. Desconcertado, Lenas envió a ambas partes a Roma con el fin de resolver el litigio que se saldó –obviamentecon la negación del Senado de todo trato con los numantinos. Así, el cónsul reanudó la guerra contra los celtíberos (Apiano, Ibérica, LXXIX, 345), con resultados pésimos: dos fracasados ataques contra los lusones (Apiano, Ibérica, LXXIX) y contra Numancia en 138 a.C. (Frontino, III, 17, 9; Livio, períoca LV). CAPITULO VII LA VEJACIÓN DE GAYO HOSTILIO MANCINO Y EL POSIBLE HOSPITIUM DE GRACO. Tras la inútil campaña de M. Popilio Lenas, el mando de la provincia Citerior para el 137 a.C. fue entregado a Hostilio Mancino, máximo representante de la inoperancia romana en la Celtiberia. Su incapacidad, ignorancia de los asuntos hispanos y falta de criterio condujo a su derrota y a la firma de un tratado paritario con los celtíberos en armas, que fue rechazado por el Senado por ser considerado indigno. Los detalles de sus primeras operaciones militares son ignorados, pero en todo caso parece que Mancino se dirigió frontalmente contra los arévacos, siendo derrotado en varias ocasiones. Finalmente el cónsul se verá obligado a firmar un foedus que será rechazado por el Senado romano. Las circunstancias concretas de este descalabro presentan divergencias, según la fuente escogida. Apiano (LXXX) relata que Mancino ordenó confiadamente la retirada durante la noche –cabe suponer que sin previsión alguna de ello ni conocimiento exacto del territorio para maniobrar en regla-, al conocer que se aproximaba un contingente de vacceos y cántabros en ayuda de los numantinos. Enterados estos, ocuparon el campamento romano y hostigaron la retaguardia del cónsul, obligándole a refugiarse en el antiguo cuartel de Nobilior, semiderruido ya, que
LA GUERRA DE FUEGO 35 fue cómodamente rodeado por las tropas celtibéricas. En efecto, la versión de Plutarco (Vida de Tiberio Graco, V) coincide con la de Apiano en todo, salvo en el lugar de la rendición, un lugar indeterminado de naturaleza escarpada y abrupta. Según una tercera fuente, Compendio de hombres ilustres (De viris illustribus, Ill, LIX), Mancino utilizó un lugar apartado donde entrenar a sus tropas y, al detectarlo los indígenas, se inició la ofensiva (BROUGHTON, 1968, I: 484-86; Y II: 104) El inmediato ataque de Lépido en el 137-136 a.C. contra los vacceos -bajo la acusación de haber ayudado a los numantinos-, parece avalar la versión de Apiano. Sin embargo Simon (1962: 153-157) considera que el rumor de la llegada de los refuerzos es una noticia falsa, bien extendida por los indígenas o bien para la defensa de Mancino en el proceso que se le aplicó a su llegada a Roma. Wikander (1976) afirma que la versión de los hechos recogida en De viris Illustribus y algunos elementos apianeos estarían basados en el informe de los hechos que ofreció el cónsul en su defensa ante el Senado. De acuerdo con esta hipótesis, el ejército romano se encontraba de maniobras para mejorar su eficiencia, cuando fue atacado. Se trata de una versión más adecuada a la dignidad consular, destinada a captar la benevolencia de los jueces y a desviar la responsabilidad hacia el infausto predecesor de Mancino, Quinto Pompeyo Aulo, por el mal estado en que dejó a las tropas. En cuanto al número de contingentes, tanto romanos como indígenas, no hay coincidencia en las fuentes. Queda claro en ellas que la inferioridad romana no fue numérica, sino táctica y motivada por la improvisación y la ignorancia orográfica. Apiano considera que existía peligro de aniquilación, por lo que fue Mancino quien solicitó parlamentar con los arévacos. En la Vida de Tiberio Graco quedan patentes los tiempos en la negociación: primero la tregua, seguidamente el inicio de las negociaciones relacionadas con el tratado. Plutarco informa que los primeros contactos no resultaron fructíferos, debido a la desconfianza indígena hacia los romanos, sólidamente fundamentada en la perfidia de los sucesivos cónsules de turno (baste recordar el recién cometado episodio de Pompeyo Aulo, en 140-139 a.C). Fueron los propios celtíberos los que pidieron que fuera Tiberio Graco –cuestor de Mancino, de servicio en Hispaniasu interlocutor y mediador frente a Mancino. Las razones de esta elección son obvias: la diplomacia nativa guardaba clara memoria de Tiberio Sempronio Graco, el padre del joven cuestor, como artífice de un acuerdo que valió una paz por muchos años; y a la que se invocó, como inspiración,
LA GUERRA DE FUEGO 36 siempre que Roma embruteció su maniobra política. No sólo eso: los celtíberos también recordaban al viejo Graco como el hombre que hizo valer las cláusulas del tratado ante el Senado. Con la elección de su hijo hallaban a un miembro de la nobilitas quizá capaz de hacer valer los pactos ante el Senado, por el prestigio político de su familia, famosa por su respeto a la fides desde la II Guerra Púnica (Livio, XXV, 16, 13): la necesidad de encontrar un mediador sensible a la realidad indígena, representante de un sector romano más abierto a la negociación y a los pactos, resultaba esencial para la diplomacia nativa (MANGAS, 1970: 504) Una vez finalizadas las conversaciones de manera satisfactoria, Mancino Juró respetar y hacer valer las cláusulas pactadas (Apiano, Ibérica, LXXX) Es posible que también se comprometieran públicamente los restantes oficiales romanos. El relato que nos ofrecen las fuentes, induce a pensar en la posibilidad de un compromiso de hospitium contraído por el cuestor Graco con implicaciones públicas. Es sabido que La hospitalidad era una costumbre muy extendida entre los pueblos del Mediterráneo antiguo haciéndose eco Diodoro –a través de Posidoniode dicha institución entre los celtíberos (V, 34, I). Dicha forma posee una fuerte connotación religiosa y ética, cuyo mejor indicador son las téseras de hospitalidad (SÁNCHEZ MORENO, 2008; BELTRÁN et alii, 2009). El establecimiento de un vínculo de este tipo cuenta con un precedente: el episodio de la promesa de hospitium entre Quinto Occio, legado de Metelo en el 143-142 a.C., y el celtíbero Pyrreso o Tyresio (Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, III 2, 21; Livio, períoca de Oxirrinco LIII). Al respecto, el hospitium no puede celebrarse entre individuos pertenecientes a dos pueblos en guerra, pues la necesidad de paz es condición de la existencia de implicaciones que trascienden el marco estrictamente personal para vincularse de algún modo a la esfera pública. Tal acuerdo posee un carácter socio-político y obliga a alojar al extranjero en casa y a defender sus intereses ante las instituciones locales (SOPEÑA, 1995: 120-145; 2013: 548-553). En el caso del presente episodio, la motivación que pudo llevar a la ciudad de Numancia a establecer un pacto con Graco, deviene de la propia importancia de su persona de Graco: un vínculo de este tipo, dotaría a la ciudad de un valedor en Roma, acogiendo a las delegaciones numantinas y defendiendo sus intereses (BELTRÁN LLORIS, 2010: 284).
LA GUERRA DE FUEGO 37 El cuestor Graco tuvo que regresar a Numancia tras el foedus del 137 a.C. para solicitar la devolución de sus libros de cuentas, que habían quedado en poder de los celtíberos (Polibio, XXIII, 14, 5-11; Livio, XXXVIII, 55, 10-13) Según Plutarco, lo hizo acompañado de varios compañeros (Plutarco, Vida de Tiberio Graco, VI). Parece haber indicios suficientes para mantener la hipótesis de un pacto de hospitalidad cerrado con el futuro tribuno. Siendo la cooperación rasgo definitorio de la hospitalidad, la inmediata disposición numantina en devolver al cuestor su contabilidad acredita la proverbial hospitalidad celtibérica: los nativos exhortaron a Graco a que confiara en ellos y a que utilizara su derecho a solicitar favores. También es posible que la asistencia del hospes convirtiera el acuerdo en efectivo. En segundo lugar, los indígenas tomaron a Graco de las manos, símbolo de buena voluntad, manifestación de la vigencia del vínculo. Por otra parte, el romano fue invitado a entrar en la ciudad. Dicho gesto denota la inexistencia de un estado de guerra –recuérdese la embajada celtibérica enviada al Senado por Marcelo en el 152 a.C., en la cual fue negada la entrada a los arévacosy, si bien ello no demuestra en sí mismo la existencia del hospitium, constituye una tácita moratoria de las hostilidades por parte de los celtíberos. El banquete ofrecido a Graco y sus acompañantes –bien estudiado en toda la Céltica como un espacio ceremonial habilitado para expresar la hospitalidad y el intercambio de donesy la devolución de las tablillas, fue seguido de la invitación que se le hizo a Graco a tomar algún objeto del botín: para no desairar a sus anfitriones y tampoco ser acusado en Roma de lucrarse, tomó sólo algo del incienso para los sacrificios públicos. Con ello, el cuestor participó en un rito específico del hospitium: el intercambio de regalos. Finalmente, la despedida del huésped, dando muestras de amistad, demostraría un vínculo establecido (SOPEÑA, 1995: 120-132; GARCÍA RIAZA, 2002: 164-166). El último indicio, en suma, procede del texto de Dión Casio (XXIII, 79), en el cual se describe el tratamiento ofrecido a los enviados numantinos a Roma meses más tarde: aunque fueron obligados a acampar fuera de la ciudad, se les enviaron presentes de hospitalidad, en clara analogía con el proceder indígena. Pasemos ahora a un breve análisis, desde el punto de vista jurídico, del compromiso alcanzado entre Mancino y los celtíberos. De entrada, de creer a Apiano, los numantinos poseían una copia escrita (Ibérica, LXXXIII); y, si atendemos a lo transmitido en De
LA GUERRA DE FUEGO 38 viris illustribus, LIX, el tratado fue redactado in leges hostium foedus percussit. Podría considerarse entonces alusivo al empleo de leyes indígenas para la redacción de las cláusulas. Sin embargo, atendiendo al lógico deseo indígena de que el tratado fuera reconocido, parece casi seguro que este fue elaborado mediante la aplicación del derecho romano y en lengua latina, pues otro proceder no tendría mucho sentido. La expresión mencionada con anterioridad posee una acepción política y debe interpretarse como una alusión a la autonomía plena del interlocutor indígena y a su preponderancia en negociaciones previas (SIMON, 1962: 151-157; GARCÍA RIAZA, 2002: 167; CIPRÉS, 1993) Por consiguiente, queda claro que la paz de Mancino se realizó sin una deditio de los numantinos: se trata de un foedus aequum, desde unas condiciones paritarias para los dos bandos: ello es el verdadero motivo de la indignidad del tratado para Roma, que sólo aceptaba rendiciones incondicionales. Una dificultad evidente a la hora de estudiar, desde la óptica jurídica el tratado, es la disparidad en las fuentes a la hora de definir el tratado. Las mayores dificultades se hallan en las fuentes griegas, pues no utilizan términos técnicos a la hora de aludir a los tratados. A través del estudio de la terminología utilizada para aludir al tratado en las fuentes, la historiografía estima que existen indicios que llevan a pensar en la celebración de una sponsio. La principal diferencia de la sponsio respecto del foedus, es que, mientras este tenía carácter público, aquélla vinculaba sólo al firmante, aunque poseía implicaciones de carácter sacral que se extendían a los respectivos pueblos y necesitaba de una deditio para ser anulada (MAGDELAIN, 1943; DE VISSCHER, 1946; HEURGON, 1969). Crawford y Rosenstein, sin embargo sugieren que la distinción entre foedus y sponsio no se produjo más que como consecuencia concreta del episodio de Mancino. La necesidad de justificación sobre lo ocurrido condujo a generar un marco legal para el repudio del tratado. En opinión de estos investigadores, foedus y sponsio, no fueron conceptos excluyentes: para contribuir a demostrar que los compromisos contraídos por los comandantes militares iniussu senatus populique y sin el rito fecial no constituían una obligatio del pueblo romano, sino una obligatio personal del sponsor -como es en este caso-, nace la sponsio como forma de estipulación de acuerdos con otros pueblos, distinta, formal y sustancialmente al foedus (CRAWFORD, 1973; ROSENSTEIN, 1986).
LA GUERRA DE FUEGO 39 El tratado no sólo comprometería personalmente a Mancino, sino también al conjunto de su Estado Mayor, al igual que en el análogo episodio de las Horcas Caudinas (321 a.C.), en el cual no sólo fueron entregados a los samnitas en reparación del indigno tratado los dos cónsules, sino también 18 altos oficiales implicados en el acuerdo. Tanto Sempronio Graco ante los numantinos, como Escipión Emiliano ante los de Intercatia, se comprometieron personalmente: la diferencia es que este garantizó una deditio y aquél un foedus en igualdad de condiciones y posteriormente denunciado. Mediante la información que nos transmiten las fuentes, podemos conocer el contenido específico del tratado, estructurado en: -Preámbulo: en el cual Mancino afirma la igualdad, tal vez la amicitia, entre romanos y numantinos (Apiano, Ibérica, LXXX) -Parte dispositiva: con cláusulas referentes al armisticio y las denominadas de fondo, consistentes en la entrega de armas (Floro, I, 34, 5) - quedándose con el botín obtenido y la caja del ejército los numantinos en la evacuacion de las tropas romanas del territorio controlado por los celtíberos en armas, considerado autónomo; y en el reconocimiento numantino de las posesiones romanas (Plutarco, Vida de Tiberio Graco, V). -Cláusulas finales: es decir, la entrada en vigor inmediata del tratado tras el iuramentum del cónsul y, probablemente, de su estado mayor. (SIMON, 1962: 151-157; WIKANDER, 1976; BRENNAN, 2004: 50-57; ROSENSTEIN, 1986) En opinión de Wikander (1976), es muy posible que los términos del tratado fuesen mucho más moderados de lo que se afirma. Ello respondería a una justificación de la historiografía antigua para la dureza con la que se trató a Mancino. Precisa que Apiano y Plutarco afirman que ambas partes renunciaron a parte de sus exigencias para conseguir lograr el acuerdo. La aceptación de la independencia arévaca a cambio del reconocimiento de las posesiones romanas, es un aspecto que Simon (1962) considera asimilable al pacto de Marcelo en el 152 a.C. A partir de la aceptación de la cercanía entre ambos es posible que Mancino y su Estado Mayor se amparasen en esta tabla de salvación esperando una ratificación senatorial. Como bien sabemos, la denuncia del
LA GUERRA DE FUEGO 40 tratado fue acompañada de una tremenda presión de la facción escipiónica, lo que llevó al repudio de Mancino, atendiendo al derecho fecial (deditio agentes nocivos: RICH, 2011; ZOLLSCHAN, 2012). A Emilio Lépido, colega de Mancino en el consulado, le fue encargada la tarea de continuar la guerra contra Numancia: esperó a la primavera del 136 a.C. para atacar a los vacceos contra la voluntad senatorial, en calidad de procónsul, so pretexto de que ayudaban a Numancia con víveres. El ataque fue dirigido contra Pallantia y supuso un gran fracaso, que pudo ser mayor si no hubiera acontecido un eclipse de luna que ayudó a escapar a los romanos (Apiano, Ibérica, LXXX-LXXXIII; Orosio, 5, 5, 13-14). Su sucesor fue L. Furio Filón, quien se limitó a cumplir con los designios senatoriales y entregó a Mancino, atado de pies y manos, a los arévacos, que no lo aceptaron (Apiano, Ibérica LXXXIII; Dión Casio, fr 82). En fin, de Calpurnio Pisón, asignado a la Citerior para el año 135 a.C., únicamente se nos dice que tampoco se atrevió a atacar Numancia y se contentó con devastar los campos vacceos sin combatir (Apiano, Ibérica, LXXXIII). CAPITULO VIII ESCIPIÓN EMILIANO: LA SANCIÓN POR LAS ARMAS. La lamentable situación que se vivía en la Citerior llevó a que se exigiera en Roma una intervención definitiva para solucionar el problema. El elegido para llevar a cabo la tarea fue Publio Cornelio Escipión Africano Emiliano, un hombre conocedor de la situación en la Citerior puesto que ya había estado en ella con Lúculo en el año 151 a.C., cónsul en el 147 y destructor de Cartago en el 146. Gracias a su prestigio e influencia, consiguió ser elegido cónsul por segunda vez de forma extraordinaria para el año 134 a.C. El Senado no concedió a Escipión tropas extraordinarias, sin embargo consiguió reclutar a 4.000 hombres de entre sus clientelas. El cónsul desembarcó con sus tropas en Tarraco en el mes de marzo del año 134 a.C. Los efectivos que se hallaban en Hispania presentaban un aspecto lamentable, entregadas a la molicie y totalmente desmoralizadas, pues llevaban muchos años destinados en la provincia siendo víctimas
LA GUERRA DE FUEGO 41 de derrotas continuas y de generales incompetentes. Así pues, durante los primeros meses, Escipión se dedicó a restablecer la disciplina y el ánimo de combate, como ilustran nuestras fuentes en numerosos párrafos (por ejemplo: Apiano, Ibérica LXXXIV-LXXXVI; Plutarco, Escipión el joven, XVI-XXIII; Frontino, IV, 1, 1; o Valerio Máximo, 2, 7, 1). Una vez consideró Escipión que la tropa estaba preparada, partió hacia la Meseta atravesando el valle del Ebro. A través de Apiano podemos reconstruir el trayecto que siguió. Al parecer marchó de Tarraco a Ilerda, tras lo cual viró su rumbo a Celsa para cruzar el Ebro; una vez ganada la margen derecha del siguió el curso del río hacia su nacimiento. También se desprende del alejandrino, que enfiló la marcha antes del mes de junio, puesto que iba segando el trigo aún verde (LXXXVII, 376). Ya cerca de Numancia, escogió marchar hacia tierras vacceas por el norte, en vez de ir directamente contra Numancia. El fin último era llegar a tiempo para confiscar la cosecha de los vacceos y que esta no pudiera abastecer a los numantinos, además de hacer acopio de víveres en previsión de rendir a los arévacos por medio de un sitio implacable. Así, el cónsul apareció por Pallantia justo a tiempo para segar el trigo ya granado, con lo cual debió de llegar a finales de julio, quedándose con una parte y quemando el resto (Ibérica, LXXXVII, 380). Tras pasar por el territorio de Pallantia, marchó hacia Cauca, siempre destruyendo las cosechas por donde pasaba (LXXXVIII-LXXXIX). La estrategia de Emiliano era aislar totalmente a Numancia, tanto por medio de imposiciones diplomáticas, como por la espada, ambas acciones basadas en la aplastante superioridad militar de su tropa. De Cauca, de donde se deduce que Emiliano debió de imponer sus condiciones – ningún daño causó a sus habitantes, a los que dejó marchar en paz tras las confiscaciones-, marchó a Numancia a la cual puso cerco con una doble muralla, custodiada por 7 fortines, que circunvalaba la ciudad (Ibérica, XC-XCII). Los indígenas trataron en varias ocasiones de alcanzar un acuerdo satisfactorio para ambas partes; y sin embargo Emiliano siempre se negó y se mostró inflexible. Demostración de ello es el terrible castigo que infligió a los de Lutia: a 400 jóvenes de dicha ciudad les amputó la mano diestra por intentar auxiliar a los numantinos (XCIII). El hecho parece responder a una medida de control, incapacitar a los jóvenes para combatir. Sin embargo tiene también un componente simbólico e ideológico muy potente a ojos de los
LA GUERRA DE FUEGO 48 prohibía amurallar ciudades ya existentes, sino fundar nuevas. A ellos también apelan cuando el Senado les comunica la reimplantación de los tributos, condonados por él mismo tiempo atrás, por vía unilateral. Análogo conocimiento e inteligencia diplomática demuestran cuando se presenta una delegación numantina en Roma exhibiendo una copia del tratado suscrito por Mancino y los miembros de su Estado Mayor, con la intención de exigir su validación por parte del Senado y su cumplimiento. La narración de los hechos a propósito de la campaña de Mancino en Celtiberia es sumamente interesante, puesto que contiene una actuación capital que pone de manifiesto la sutileza diplomática del bando indígena: una vez cercado y derrotado Mancino junto con su ejército, los numantinos podían haber optado por su aniquilación, en su mano estaba. En vez de ello, optaron por la vía diplomática: la redacción de un tratado paritario que les garantizase sus exigencias. Para ello, no dudaron en asegurarse las máximas posibilidades a su alcance de que el tratado sería cumplido por Roma. Por un lado, cedieron en algunas de sus exigencias. Por otro, se aseguraron de elegir al joven Tiberio Graco como su interlocutor y mediador ante Roma, muy bien valorado en el ámbito indígena por la impronta que dejó su padre. Con esta elección se buscaba un miembro de la nobilitas capaz de hacer valer los pactos ante el Senado: se pretendía utilizar el prestigio político de su familia (caso análogo representa la actuación de Emiliano con los intercatienses en el 151 a.C.). A su vez, el posible hospitium de Graco con los nativos no sólo debe de ser analizado como una iniciativa destinada a añadir un miembro prestigioso a la comunidad, sino también, encaminada a tener un valedor fiable en Roma de los intereses numantinos. Las maniobras diplomáticas se registran hasta el mismo fin de la guerra. La delegación numantina encabezada por Avaro en el 133 a.C., defiende la inocencia de la ciudad ya en la deriva abierta de la crisis. Afirmación cierta, hasta cierto punto, dado que el acuerdo suscrito entre los numantinos y Hostilio Mancino en el 137 a.c., había sido mantenido por los indígenas hasta la llegada de Emiliano. Dato a tener en cuenta es que los gobernadores del 136 y 135 no atacaron Numancia, sino a la region vaccea. Del análisis de la sucesión de contactos que se registran a lo largo del conflicto, extraemos, como ya han señalado especialistas acreditados en el tema, que la fides es un vehículo diplomático de primer orden. El respeto por la palabra dada es un hecho
LA GUERRA DE FUEGO 49 valorado muy positivamente en una sociedad como la celtíbera: deja huella, como demuestra la elección de Escipión Emiliano para garantizar lo pactado en la rendición de Intercatia ante Lúculo en el 151 a.C. (teniendo en cuenta la reputación de su padre L. Emilio Paulo en los asuntos hispanos, como hemos apuntado anteriormente); o la del cuestor Tiberio Sempronio Graco, esbozada en líneas anteriores. El cumplimiento de lo pactado genera una confianza indígena en la figura del magistrado romano que lo garantiza, lo que hace aumentar su prestigio. Por el contrario, el incumplimiento desacredita, no sólo al imperator que falta a su palabra, sino que repercute en el Estado romano en tanto que representante de aquél. La traición de Lúculo a los de Cauca genera un rechazo, no sólo en los indígenas -que a partir de ahora desconfían de los tratos con los romanos-, sino en el propio Estado romano que somete a juicio sumarísimo a su cónsul. Similares casos de incumplimiento son los acuerdos con Pompeyo, 140 a.C. y el tratado de Mancino en el año 137 a.C. Es precisamente por hechos como estos por los que los indígenas exigen garantías de cumplimiento de lo pactado en las figuras de Emiliano y Graco. Las fuentes griegas consignan meridianamente términos como ekklesía y boulé para referirse a los órganos representativos de las ciudades-Estado celtibéricas. Los clásicos distinguen claramente un tipo de ciudad con Senado, asambleas y magistrados, al estilo de las ciudades-Estado del ámbito mediterráneo. Si pretender abundar en este aspecto, cabe señalar cómo el poder de la asamblea popular creció durante la guerra en paralelo a la importancia de la iuventus como pilar para la supervivencia del grupo, contradiciendo en muchas ocasiones el parecer del Senado compuesto por los ancianos y encargado de la representación de la ciudad. La dinámica es consecuencia de la inercia brutal de la guerra de exterminio –“Guerra de Fuego”, en feliz expresión polibianaa la que Roma sometió a las comunidades indígenas, en contraste con las tradicionales contiendas de prestigio de antaño. Conflictos aquellos en las cuales no se producían muchas bajas, frente a la conflagración por la pura supervivencia a la que se vieron abocadas estas gentes. Tenemos consignados un buen número de descripciones de delegaciones indígenas, algunas descritas con todo tipo de detalles. La comisión que encabeza Avaro, comentada con anterioridad, consta de cinco integrantes más un portavoz. De sumo
LA GUERRA DE FUEGO 50 interés son las descripciones de las embajadas de Cauca, en el 151 a.C., ante Lúculo; y de la iniciativa de Retógenes ante las ciudades arévacas, pues se nos detalla que portaban coronas y ramos de suplicantes, símbolos bien conocidos por Roma y extendidos por toda la cuenca mediterránea en la esfera diplomática. El empleo de elementos vegetales por parte indígena posee antecedentes: es el caso de la ciudad de Complega en el 179 a.C. ante Tiberio Sempronio Graco y de Olíndico en el 170 a.C. Con todas las precauciones ante lo que pudiera ser una interpretatio grecorromana, las características que presentan las legaciones celtíberas son las propias atestiguadas por todo el Mediterráneo y manifestación, en consecuencia, de su capacidad diplomática exterior. A lo largo de las páginas de nuestro trabajo, hemos podido comprobar cómo el conflicto se focaliza en la etnia arévaca, y más concretamente en la ciudad de Numancia. La inclusión de los vacceos en la guerra es forzada y no voluntaria: la única mención de una ayuda activa por parte de los vacceos a los celtíberos en armas es a propósito de la derrota de Mancino en el 137 a.C.; y no sabemos hasta qué punto es cierta o invención de la historiografía romana para justificar la humillación del cónsul. Todos los testimonios salvo el ya mencionado, aluden al ataque de los generales romanos a los vacceos al ser caracterizados como aliados de los celtíberos (al respecto ya se ha aludido que pudiera ser un nexo más bien de tipo comercial), con el fin último de destruir la cosecha de trigo destinada a abastecerles. Por otro lado, belos y titos, involucrados directamente en el estallido de la guerra, desaparecen totalmente de nuestras fuentes tras la paz de Marcelo, en el 151 a.C. Los Lusones no son mencionados sino una vez de forma tangencial, tal vez ya subsumidos en pleno dominio romano en algún tramo del conflicto. Varios testimonios avalan la existencia de una hegemonía arévaca en el marco celtibérico, con Numancia como capital. Es el caso de la acogida de los refugiados segedenses en el 153 a.C. Aunque sin duda la constatación más evidente se produce a raíz de los hechos de Lagni-Malia, con la implantación de guarniciones. El mismo hecho de la importancia concedida por los autores grecorromanos durante la guerra a los arévacos es un punto a favor del hecho. Como ya apuntábamos al inicio, el período que constituye el objeto de nuestro estudio es la última fase de autonomía indígena efectiva. La guerra posee un carácter de
LA GUERRA DE FUEGO 51 empresa estatal desde el inicio de las hostilidades, manifiesta en la designación de la Citerior como provincia consular (casi sin excepción, para todo el período) en el año 154 a.C., en previsión de la futura conflagración, el tamaño del ejército enviado o la decisión senatorial de adelantar la toma de posesión del consulado para el 1 de enero, en lugar del 15 de marzo tradicional. Todo ello se enmarca en el contexto internacional romano, sin enemigos poderosos tras la derrota del rey Perseo en Pidna en el 168 a.C. y el fin definitivo de los problemas en Grecia. Análoga situación encontramos tras la destrucción de Cartago en el 146 a.C. y la reapertura de la guerra en Celtiberia en el 143 a.C. Celtiberia fue un escenario secundario hasta el 154 a.C.; pero a partir de entonces se conviertió en un frente de suma importancia, con muchas posibilidades de obtener virtus imperatoria, botín y triunfo con el que medrar en el cursus honorum. Si la política romana anterior se había caracterizado por el respeto de cierta autonomía indígena, como ilustran los pactos gracanos, el estallido de la guerra inauguraba un periodo en el cual la deditio será el único acuerdo aceptado por Roma. Al respecto, sumamente ilustrativo es el pasaje de Diodoro a propósito de la negociación entre los celtíberos y Marcelo del 153 a.C.: este solicita la deditio puesto que “no conocía otro acuerdo digno de Roma”. Tras esta paz de no hay ya restitución de la autonomía indígena con la citada deditio, sino paulatina transformación en civitates stipendiariae. La exigencia de entrega de armas es recurrente desde los inicios del conflicto y conlleva la desintegración de las estructuras militares indígenas, al asumir la potencia itálica la defensa de las comunidades rendidas frente a terceros, a la par que entraña la pérdida efectiva, en todo o en parte, de su autonomía. El recrudecimiento a partir del 143 a.C. del conflicto convirtió toda maniobra en aspecto de una guerra total en la cual sólo cabía, a ojos de Roma, la rendición o el exterminio. Ambos vinieron de la mano de Escipión Emiliano, poniendo fin a la existencia misma de Celtiberia como entidad histórica e iniciando la extinción de su cultura, paulatinamente disuelta ya en lo sucesivo en el ámbito de la romanitas.
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LA GUERRA DE FUEGO 64 III 17, 9 IV, 1, 1 LIVIO: Historia de Roma desde su fundación: XXIV, 19 XXIV, 49 XXV, 16, 13 XXV, 32; XXVI, 50 XXXVIII, 55, 10-13 XL, 47, 6 XLIII, 2, 1-12 Períocas: XLIII XLVIII LIII LV LXIII Períocas de Oxirrinco: LIII
LA GUERRA DE FUEGO 65 OROSIO: Historias: 5, 5, 13-14 PLUTARCO: Vida de Escipión el joven: XVI-XXIII Vida de Tiberio Graco: V VI POLIBIO: Historias: III, 4, 12 XXXV, Fr. 2 XXXV, 3, 6 XXIII, 14, 5-11 VALERIO MÁXIMO: Hechos y dichos memorables: II, 7, 1 III 2, 21 V 1, 15 VII 4, 5
LA GUERRA DE FUEGO 66 VELEYO PATÉRCULO: Historia romana: II 5, 2 TABLAS (Extraidas de García Riaza, 2002, modificadas) Rendiciones con exigencias conocidas (182-179 a.C.) Q. Fulvio Flaco Contrebia (urbs) -albergue de tropas exercitum omnem in urbem introduxit Livio, XL, 33, 3 Ti. Sempronio Graco Cértima (urbs, oppidum) -indemnización (2.400.000 HS.) -ayuda militar (40 nobiles equites) sestertium quater et viciens ab iis exactum, quadraginta nobiles equites, nec obsidum nomine – nam militare iussi sunt – et tamen re ipsa ut pignus fidei essent Livio, XL, 47, 10 Celtíberos (oppida) -indemnizaciones praeda potitus ingenti est Livio, XL, 49, 1 Alce (urbs) Rendición tras inicio de oppugnatio -entrega de bienes -saqueo -toma de prisioneros nobiles -decisión al arbitrium del imperator sobre la vida de los habitantes magna inde praeda facta est. multi captivi nobiles in potestatem venerunt Livio, XL, 49, 4 Celtíberos (urbes) -demolición de fortificaciones eosdem centum et quinquaginta urbium eversione multavit Floro, Epítome I, 33, 9
LA GUERRA DE FUEGO 67 Rendiciones con exigencias conocidas (154-133 a.C.) Q. Fulvio Nobilior Segedensesnumantinos3 -entrega de armas in legitimi foederis pretium iussi arma deponere Floro, Epítome I, 34, 4 M. Claudio Marcelo Ocilis -rehenes -30 talentos de plata Apiano, Ibérica, XLVIII Nergóbriga -100 jinetes4 Apiano, Ibérica, XLVIII Celtíberos -rehenes -pagos en metálico Apiano, Ibérica, L L. Licinio Lúculo Cauca -rehenes -100 talentos de plata -jinetes Apiano, Ibérica, LII Intercatia -10.000 saga -50 rehenes Apiano, Ibérica, LIV Q. Pompeyo Lagni-Malia -entrega guarnición numantina -armas -rehenes Diodoro, Biblioteca Histórica, XXXIII, Fr.17; Apiano, Ibérica, LXXVII 3 Tentativa. 4 Proyecto de paz sin deditio
LA GUERRA DE FUEGO 68 Numancia5 -300 rehenes -9000 saga -3000 pieles de buey -800 caballos de guerra -todas las armas -devolución de prisioneros -entrega de tránsfugas -30 talentos de plata6 Diodoro, Biblioteca Histórica, XXXIII, Fr.16; Apiano, Ibérica, LXXIX P. Cornelio Escipión Emiliano Numancia (Avaro y rendición final) -entrega de armas -esclavización de los habitantes -destrucción de la ciudad -desmembración de la Apiano, Ibérica, XCV; XCVI; XCVIII Tratados de paz (foedera) M. Claudio Marcelo – Celtíberos. 152-151 a.C. Solicitud romana Solicitud indígena Deliberación Referencias -petición conjunta de paz a belos, titos y arévacos -entrega de rehenes -sanción leve -nueva entrada en vigor de los pactos de Graco -debates en el Senado -no ratificado -Polibio, Historias, XXXV, Fr. 2 -Apiano, Ibérica, XLVIII-XLIX C. Hostilio Mancino – Numancia. 137 a.C. Solicitud romana Solicitud indígena Deliberación Referencias -salvaguarda de la vida de los oficiales y la -entrega de armas -rechazado por el Senado y los comicios -Cicerón, Sobre la Adivinación, 43 5 Tentativa 6 Valoración global en Apiano, de los bienes especificados por Diodoro.
LA GUERRA DE FUEGO 69 tropa -entrega de petrechos y bienes personales -cesión de los fondos del ejército -evacuación del área de combates -reconocimiento de las posesiones territoriales -acuerdo de deditio de Mancino -Veleyo Patérculo, II, 1, 3; 2,1 -Plutarco, T. G V -Apiano, Ibérica, LXXX-LXXXIII -Floro, Epítome I, 34, 5 -De viris illustribus LIX -M. Capella, V, 456 -Eutropio, IV, 17,1 -Orosio, V, 4, 20 Referencias a deditiones Q. Fulvio Nobilior Celtíberos Diodoro, Biblioteca Histórica, XXXI, 41 M. Claudio Marcelo Ocilis Apiano, Ibérica, XLVIII Id. Nergóbriga Apiano, Ibérica, XLVIII Id. Celtíberos Apiano, Ibérica, L L. Licinio Lúculo Cauca Apiano, Ibérica, LII Id. Intercatia Apiano, Ibérica, LIV Q. Pompeyo Lagni-Malia Diodoro, Biblioteca Histórica,
LA GUERRA DE FUEGO 70 XXXIII, Fr. 17 -Apiano, Ibérica, LXXVII Id. Numancia -Apiano, Ibérica, LXXIX -Diodoro, Biblioteca Histórica, XXXIII, 16 P. Cornelio Escipión Numancia -Estrabón III, 4, 13 -Apiano, Ibérica, XCV-XCVI -Orosio, V, 7 Subyugación violenta M. Claudio Marcelo Nercóbriga Polibio, Historias, XXXV, Fr. 2 Q. Cecilio Metelo Arévacos? Arbacos in Hispania domuit De viris illustribus, LXI Id. Contrebia subito ad Contrebiam reflexit eamque inopinatam et attonitam oppressit Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, VII 4, 5 Id. Contrebia Contrebiam (…) cepisset Floro, Epítome I, 33, 10 Id. Contrebia Contrebiam, inexpugnabilem Hispaniae civitatem (…) occupavit Ampelio, XVIII Q. Pompeyo Lagni Diodoro, Biblioteca Histórica, XXXIII, Fr. 17 Id. Termes Termestinos subegit Livio, Perioca, LIV
LA GUERRA DE FUEGO 71 P. Cornelio Escipión Emiliano Numancia captam urbem Livio, Perioca, LIX Id. Citerior partim cepit, partim in deditionem accepit, reliquam provinciam in fidem accepit Eutropio, IV, 17, 1 Sometimiento militar con represalias conocidas Q. Pompeyo Tangino -esclavitud Apiano, Ibérica, LXXVII Id. Lagni-Malia -muerte de los habitantes -destrucción de la ciudad Diodoro, Biblioteca Histórica, XXXIII, Fr. 17; Apiano, Ibérica, LXXVII