Full text
Trabajo Fin de Grado Crisis de la masculinidad y organización del trabajo: una aproximación Autor Carlos Viejo Orna Directora Aránzazu Hernández Piñero Filosofía y letras 2012/2013 REPOSITORIO DE LA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA – ZAGUAN HTTP://ZAGUAN.UNIZAR.ES 1
RESUMEN. La actual crisis económica y de valores es señalada por Lia Cigarini y Carla Lonzi como una crisis de la masculinidad. Empezando por una aproximación general al análisis de la masculinidad mediante la obra de R.W. Connell, pasaremos a analizar una de las principales fuentes de subjetividad para los hombres, el trabajo. Completaremos las ideas de Victor Seidler sobre la configuración de esta subjetividad en el ámbito fordista con la exploración de Richard Sennet al respecto, cuyo estudio también atiende a las nuevas formas de trabajo fordista. Sin embargo, debido al corto alcance de algunos de sus análisis y de su propuesta, y la falta de atención de Seidler a la heterosexualidad obligatoria, señalada como elemento básico para entender la división sexual del trabajo por Gayle Rubin, pasaremos al análisis del posfordismo de Iaia Vantaggiato y Annarosa Butarelli, que entienden este como trabajo feminizado, tanto por la incorporación de las mujeres al mercado laboral, como por la reconfiguración del mercado para acoger las cualidades que estas aportan. Esto da lugar a un desplazamiento de la producción industrial hacia la relación como fuente de valor, cambiando los marcos temporales y burocráticos rígidos que servían como fuente de reconocimiento masculino por otros volátiles y cambiantes, en los que los hombres son incapaz de reconocerse, quedando sumidos en una crisis interna, pero que es percibida como externa e indisoluble. La busqueda de salidas a esta crisis de la masculinidad pasa por el reconocimiento del valor de los análisis del feminismo. PALABRAS CLAVE: masculinidad, feminismo, subjetividad, crisis, trabajo, fordismo, posfordismo 2
INDICE. 1. Introducción 4 2. La cuestión masculina 6 3. Crisis de la masculinidad y cambios en la organización del trabajo 16 4. El posfordismo como forma de subjetivación 23 5. Conclusiones 31 6. Bibliografía 33 3
1. INTRODUCCIÓN. Este trabajo busca explorar los límites de la fraudulenta universalidad masculina, que en nuestros días percibimos a través de la crisis global económica, financiera, cultural y de valores, así como analizar el estado de las construcciones androcéntricas de la subjetividad masculina en términos de crisis de la masculinidad, tal y como señalan Carla Lonzi y Lia Cigarini, entre otras. Para ello, iniciaremos el estudio de la masculinidad mediante la tipología de las diferentes configuraciones de ésta elaborada por R. W. Connell. Dadas las muchas posibilidades de investigación que el trabajo de Connell abre, he optado por centrarme en examinar los modos en que la subjetividad masculina se constituye a través del trabajo. Con el propósito de desarrollar esta problemática, he articulado mi argumentación en dos momentos. En el primero, atenderé a la relación entre subjetividad masculina y las formas de trabajo desde el capitalismo decimonónico al fordista; mientras que en la segunda prestaré atención al vínculo entre aquélla y los modos de trabajo del postfordismo. Con respecto a la primera cuestión, en diálogo crítico con los estudios de Victor J. Seidler, analizaremos cómo la conjunción de la moral kantiana, la libertad individual del liberalismo clásico y la ética protestante dan lugar a una forma de trabajo, el fordismo, que requiere y estructura un tipo concreto de subjetividad en el trabajador que, como intentaré mostrar, es la que articulará la idea del hombre como proveedor al mismo tiempo que el sujeto autoconstituido. Con respecto al segundo asunto, los análisis de Richard Sennett, aunque no toman en cuenta la teoría feminista, nos ayudarán a articular el paso del fordismo al postfordismo. Sin embargo, las limitaciones del estudio de Sennett para explicar los problemas de los hombres con respecto a este nuevo modo de organización del trabajo nos conducirán a las reflexiones de Iaia Vantaggiato, quien introduce, junto con otras feministas, la idea de la “feminización del trabajo”, idea cuyas repercusiones evaluaremos. Ésta alude no sólo a la incorporación masiva de mujeres al mercado laboral sino también al deseo de éstas de contribuir con sus capacidades a este ámbito, capacidades que resultan ser fundamentalmente capacidades relacionales. Ésta es una de las principales características que definen la economía postfordista, y en la que coinciden los análisis de los autores y las autoras mencionadas: 4
se traslada a las relaciones el interés que antes primaba sobre la producción. En este contexto de discusión, intentaré argumentar que para los hombres tienen todavía un gran peso las formas de subjetividad masculina orientadas por el trabajo fordista, este desplazamiento los desequilibra y genera una ceguera que parece impedirles ver los orígenes subjetivos de la crisis en la que se encuentran sumidos. Así pues, buscar marcos de interpretación adecuados y hallar modos de repensar la masculinidad constituye el interés personal que mueve el presente estudio, político y filosófico, comprometido con el feminismo. Por ello, pese a las limitaciones que veremos en el análisis de Seidler, estimo su trabajo teórico, cuyo punto de partida es la experiencia adquirida en los grupos de autoconciencia masculina. Ésta es una práctica que los hombres aprenden de las mujeres y del feminismo, y que es la que tienen como base todas las filósofas feministas que veremos en este ensayo. Mi objetivo, en suma, consiste en el análisis y la búsqueda de salidas a la crisis de la subjetividad masculina, que imbricada profundamente en el paradigma fordista caracterizado por la producción, encuentra serias dificultades para adaptarse a las nuevas formas de trabajo posfordista articulado en torno al trabajo relacional. 5
2. LA CUESTIÓN MASCULINA. Es algo conocido y muy sabido por todos que la política, en Occidente y en Oriente, está en una crisis gravísima. Guerras, mercado global incontrolado, endurecimiento de las formas de la democracia representativa. […] En la decadencia de la política y en la degradación de la sociedad se empieza a transparentar – pienso yo – una cuestión masculina reprimida y no resuelta. Tiene como consecuencia ulterior que los paradigmas interpretativos de la realidad que se siguen usando, ya no sirven. Lia Cigarini1 El punto de partida de este ensayo se sitúa en el cambio de enfoque que supone el tránsito de la llamada “cuestión femenina”, que colocaba en el centro del debate de la relación entre los sexos a la mujer (en singular patriarcal), hacia la “cuestión masculina”, que evidencia que los problemas entre hombres y mujeres no se deben a los deseos de libertad de éstas, sino a la histórica represión de esos deseos por parte de los hombres. El feminismo critica y rechaza los paradigmas interpretativos a los que alude Lia Cigarini, revelando nuevos aspectos y erosionando aún más la ya profunda crisis de legitimación de la política. Con esto no nos referimos solamente al poder político establecido, sino que también atañe a las alternativas políticas de izquierda, puesto que el sujeto para y desde el que son pensadas sigue siendo el masculino. Así, en última instancia, la crisis en la que está inmersa el mundo es la crisis del hombre, y también de los hombres. Carla Lonzi ya es consciente de ello a comienzos de la década de los setenta: En realidad el drama del hombre consiste en que, habituado desde siempre a encontrar en el mundo exterior los motivos de su angustia como datos de una estructura hostil contra la que luchar, ha llegado al umbral de la conciencia de que el nudo indisoluble de la humanidad está dentro de él, en la rigidez de una estructura síquica que ya no consigue contener por más tiempo su carga destructiva. Así se ha establecido en el mundo la sensación de estar viviendo una crisis irreversible para la que siempre resulta una alternativa la vieja bandera socialista. […] El hombre debe abandonarla para romper con la continuidad histórica del protagonista2. Este ensayo intenta asomarse a ese umbral, que más bien es un abismo, en 1 CIGARINI, Lia, “Pero, ¿qué crisis es esta?”, en Duoda: estudis de la diferència sexual, num 35-2008, p.38. 2 LONZI, Carla, Escupamos sobre Hegel, La Pléyade, Buenos Aires, 1978, p. 40. 6
busca de respuestas para cambiar la forma de estar en el mundo de los hombres. Las respuestas de “la vieja bandera socialista” no permiten pensar un nuevo simbólico masculino libre de ideas patriarcales, puesto que, como nos muestra, entre otras, Carla Lonzi, está tejida con los hilos de la dialéctica amo-esclavo. Hegel habría expresado correctamente la forma que toma el reconocimiento entre las autoconciencias, pero estas autoconciencias no son universales, sino que están marcadas por lo masculino: un reconocimiento viril determinado por la hostilidad. No obstante, queda lejos de ser la única forma posible de entender la relación con lo otro, Carla Lonzi la señala como la forma de reconocimiento que toma la virilidad patriarcal3. Los análisis feministas sobre la construcción social de la identidad sexuada elaborados desde finales de la década de los sesenta han tenido repercusión entre los hombres. A lo largo de las últimas cuatro décadas han ido surgiendo diversos proyectos y estudios sobre las masculinidades que podemos dividir, siguiendo a Olivia Tena Guerrero, en dos grandes grupos. Por un lado, están aquellos que quieren “reclamar la recuperación de los privilegios perdidos”4. Éstos son hostiles al feminismo y tienen una ideología de corte conservador, cuya postura consiste en achacar al avance de las mujeres en el ámbito social, laboral, político, etc. la pérdida de los valores tradicionales y estereotípicos masculinos. Los ejemplos los encontramos en los movimientos por los men's rights (derechos de los hombres) y el movimiento mitopoético, cuyas ideas se pueden resumir citando uno de sus libros clave King, Warrior, Magician, Lover: Rediscovering the archetypes of the Nature Masculine de Robert Moore, que podemos traducir como Rey, Guerrero, Mago, Amante: redescubriendo los arquetipos de la naturaleza masculina. Por otro lado, hallamos a otros hombres que, despacio pero sin pausa, han ido recogiendo el desafío lanzado por el feminismo. En este movimiento participan hombres que tienen, a diferencia de los anteriores, el objetivo de deshacer y eliminar los supuestos patriarcales, mediante sus acciones y su hacer teórico. Así “reconocen, por tanto, las injusticias de género y son autocríticos respecto de su propio ejercicio del poder. Algunos de estos grupos surgen de la reflexión del conocimiento feminista, 3 Cf. LONZI, Carla, Escupamos sobre Hegel, La Pléyade, Buenos Aires, 1978, pp. 21-56. 4 TENA GUERRERO, Olivia, “Estudiar la masculinidad, ¿para que?”, en Investigación feminista : epistemología, metodología y representaciones sociales, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, México, 2010. 7
aunque otros más se organizan en torno a su propia vivencia alienante o reflexión sobre la masculinidad”5. Las reflexiones sobre la masculinidad en ocasiones surgen de los problemas de la reflexión de los hombres sobre la violencia6 y no de una forma directamente vinculada al feminismo, pero también en este caso acaban llegando a los análisis feministas y a enfoques que beben de una forma u otra, de las diversas teorias feministas. Olivia Tena Guerrero señala que incluso se ha usado la expresión “costilla de Eva” para metaforizar el surgimiento de los estudios sobre la masculinidad del feminismo. Tanto R. W. Connell como Victor J. Seidler, los autores que abordaremos a lo largo de este estudio en lo relativo a las masculinidades, se encuentran dentro de esta segunda clasificación y han elaborado críticas con respecto a la primera. El análisis de Connell en torno a la “masculinidad hegemónica”, desarrollado en su libro Masculinidades7, que trataremos a continuación, nos ofrece un marco de referencia amplio para profundizar en el planteamiento acerca de la cuestión masculina, ya que complejiza la masculinidad investigando las distintas formas interrelacionadas que ésta toma. Connell nos propone investigar la masculinidad como parte de una estructura mayor y no como un objeto. Trata de delinear esta estructura para ver cómo encajan en ella las diversas masculinidades y cómo es su dinámica de cambio. A pesar de que todas las sociedades tienen divisiones por género, para las que se han proporcionado diferentes explicaciones culturales, no todas presentan el concepto de masculinidad, ya que el autor lo entiende en tanto que elemento de una noción de individualidad propia de la Europa moderna, definido en tanto que oposición a la feminidad, esto es, como categorías de género polarizadas. En la propia Europa no parece existir esta idea antes del siglo XVIII, ya que la diferencia entre hombres y mujeres era explicada, en la estela aristotélica, en términos de incompletud y jerarquía: se conceptualizaba a las mujeres como una versión incompleta e inferior de los hombres8. Según esta concepción, sostiene Connell, la masculinidad es un producto histórico relativamente reciente. 5Ibíd., p.274. 6 Para profundizar en la cuestión de la relación entre hombres y violencia, véase: FISAS, Vincenç (ed.), El sexo de la violencia, Icaria, Barcelona, 1998. 7 CONNELL, R.W., Masculinidades, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2003. 8 Para ampliar esta cuestión consultar LAQUEUR, Thomas, La construcción del sexo: cuerpo y género desde los griegos hasta Freud, Catedra, Madrid, 1994. No obstante, los estudios de Irigaray muestran cómo la conceptualización de las mujeres en términos de incompletud e inferioridad se mantienen durante los siglos XIX y XX a través del psicoanálisis y la filosofía: cf. IRIGARAY, Luce, Espéculo de la otra mujer, Akal, Madrid, 2007. 8
Nuestro estudioso señala cuatro grandes arquetipos en las definiciones de la masculinidad: el esencialismo, el de las ciencias sociales, el normativo y el semiótico. En primer lugar, las definiciones esencialistas seleccionan una o varias características que serán centrales e inherentes a los hombres, características que nos dicen más de quién las enuncia que de los propios hombres. En segundo lugar, las definiciones de la ciencia social positivista ofrecen como solución el que la masculinidad sea lo que los hombres son en realidad, esto es, estudia cómo son de hecho los hombres y el resultado será la definición de masculinidad. Ésta constituye la base de ciertas escalas de grados de masculino/femenino de la psicología. Presenta, sin embargo, varios problemas, puesto que una descripción necesita un punto de vista para enunciarse, requiere la catalogación previa de los sujetos dentro de las categorías a definir, ignorando, por ejemplo, el hecho de que llamemos a algunas mujeres masculinas y algunos hombres femeninos. Por su parte, en tercer lugar, las definiciones normativas reconocen estas dificultades y las sortean definiendo la masculinidad como aquello que los hombres deberían ser. La dificultad aquí reside en que las normas son más bien ideales inalcanzables, por lo que, a juicio de Connell, estas definiciones tienden al esencialismo. Por último, tenemos las definiciones semióticas, que articulan la masculinidad en torno a un sistema de diferencias simbólicas, contrastando los espacios masculino y femenino siguiendo el método de la lingüística estructural. Siguiendo este tipo de definición, se habría entendido históricamente que “en la oposición semiótica entre la masculinidad y la feminidad, la primera constituye un término sin marcar, es el lugar de la autoridad simbólica. El falo es el significante de dicha autoridad y la feminidad se define de manera simbólica como una carencia”9. Con respecto a esta última definición, el autor señala que es muy útil en el análisis cultural, ya que no resulta arbitraria como el esencialismo, sin embargo, considera que su alcance es relativo, dado que argumenta que hemos de aceptar la premisa posmoderna según la cual el análisis social se referire exclusivamente al discurso, o de lo contrario su utilidad para otro tipo de relaciones será limitada. De la perspectiva semiótica, Connell toma la idea de que un símbolo solo puede comprenderse en un sistema de símbolos relacionados, aplicándola a la noción de masculinidad. De este modo, sostiene que no podemos tomar la masculinidad como un 9 CONNELL, R.W., Masculinidades, op. cit., p.108. 9
3. CRISIS DE LA MASCULINIDAD Y CAMBIOS EN LA ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO. Los análisis de Seidler sobre el trabajo ponen de manifiesto cómo gran parte de la subjetividad masculina se constituye en torno a las expectativas del mundo laboral. Este mundo laboral capitalista está basado en unas determinadas concepciones religiosas, el protestantismo; culturales y políticas, el liberalismo; y filosóficas, la moral kantiana. No obstante, hemos de tener en cuenta otro decisivo factor que contribuye a la formación de la masculinidad adulta, que no podremos explorar en el presente ensayo debido a la amplitud y complejidad de la cuestión, aunque quisiera dejarlo, al menos, apuntado: la heterosexualidad obligatoria. Gayle Rubin y Adrienne Rich23 son auténticas pioneras en el análisis del carácter normativo de la heterosexualidad y de la relación de ésta con la constitución de las identidades de género. Victor Seidler, por el contrario, no aborda esta cuestión, sino que se limita a estimar algunos de los efectos de la división sexual del trabajo. Seidler no atiende explícitamente a los análisis de ninguna de estas feministas. Su idea de la división sexual del trabajo es ingenua, puesto que no toma en consideración que ésta es previa al capitalismo, razón por la que también aparece en el socialismo; problema que el autor señala, pero de forma acrítica. Cuestión que Gayle Rubin explica al señalar que la división sexual del trabajo crea el género, y no a la inversa; es decir, al mostrar que la división sexual del trabajo opera como un mecanismo social para asegurar que la pareja como pareja heterosexual constituya “la mínima unidad económica viable”24. En sus palabras: La división del trabajo por sexos, (…), puede ser vista como un “tabú”: un tabú contra la igualdad de hombres y mujeres, un tabú que divide los sexos en dos categorías mutuamente exclusivas, un tabú que exacerba la diferencias biológicas y así crea el género. La división del trabajo puede ser vista también como un tabú contra los arreglos sexuales distintos de los que contengan por lo menos un hombre y una mujer, imponiendo así el matrimonio heterosexual25. Seidler, sin embargo, sólo contempla la división sexual del trabajo desde el punto de vista de sus efectos: el desequilibrio histórico en el acceso al mercado laboral y 23 RUBIN, Gayle, “Tráfico ...”, op. cit.; RICH, ADRIENNE, “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”, Sangre, pan y poesía. Prosa escogida 1975-1985, Icaria, Barcelona, 2000, pp. 41-86. 24 RUBIN, Gayle, op. cit., p. 57. 25 Ibíd., p. 58. 16
a los salarios, cuyo origen Seidler sitúa en la idea decimonónica de que las mujeres que accedían al mundo laboral ganaban un sueldo que debía ser un simple complemento al sueldo que se consideraba principal, esto es, el del marido. Si bien esta cuestión está en la base de las observaciones de Seidler, es pertinente la siguiente pregunta: ¿hasta qué punto sigue teniendo vigencia la concepción del hombre como proveedor en el imaginario social? La crítica feminista ha puesto en entredicho esta concepción. El derrumbamiento de esta idea juega un papel clave en la crisis de la masculinidad que tratamos de pensar en este ensayo. En su análisis sobre las masculinidades, Seidler atiende también a la cuestión religiosa, y, apoyándose en los análisis de Weber, indica que el trabajo capitalista, basado en la ética protestante requiere de una personalidad concreta en el trabajador, que se desarrolla utilizando elementos religiosos. En este sentido, no sólo el protestantismo es importante, Seidler señala que en general, el cristianismo, a lo largo de toda su historia ha enseñado a abstraer las diferencias entre las personas. Así, se aprende a que las condiciones sociales y materiales no deben influir en cómo tratamos a los demás, puesto que no cuentan para Dios, a quien sólo le importa la fe, con lo que las diferencias quedan descartadas como mundanas. En el protestantismo esta cuestión es incluso más profunda, pues lo único que cuenta es la relación individual con Dios. Para el autor, en el análisis realizado por Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo26 encontramos la conexión entre el protestantismo, la negación sistemática de la experiencia cotidiana y la desconexión con la realidad social. A pesar de que las religiones han perdido gran parte de su importancia y la influencia de la que gozaron en el pasado, Seidler afirma que aquellos valores que conectan la ética protestante con el espíritu del capitalismo siguen teniendo una gran relevancia. La secularización de las ideas protestantes ha permitido adaptarlas y usarlas al margen de la religión, cuestión de suma importancia, puesto que define una forma concreta de relación con el trabajo, que juega un papel protagonista en la formación de la subjetividad masculina, ya que ésta se basa, como hemos señalado, en gran medida en el rol del hombre como trabajador y proveedor, un rol en crisis pero que todavía es significativo en la conformación de la subjetividad masculina. A este respecto, Sennett nos ofrece una lúcida interpretación de la 26 WEBER, Max, La ética protestante y el espiritu del capitalismo, Revista de Derecho Privado, Madrid, 1955 17
mencionada obra de Weber, en la que éste argumenta cómo el capitalismo del siglo XIX logra estabilizarse gracias a la incorporación de una versión secularizada del protestantismo. A finales del siglo XIX, se establece una jerarquía militarizada, en palabras de Sennett, en la organización industrial, que supone la atribución de un lugar definido para cada uno de los trabajadores, dando paso al capitalismo social. En este estadio, la referencia temporal es a largo plazo, el futuro se presenta como predecible, el tiempo se racionaliza y permite narrar la vida, no lo que realmente ocurrirá, sino qué y cómo debería ocurrir. La planificación adquiere una gran importancia ya que posibilita el desarrollo de las capacidades potenciales del trabajador, aquello que Weber llama bildung, vocación, que alude a un proceso de formación en la juventud que fija el comportamiento de por vida. Lo que aquí trato de articular es que esta idea de vocación, inserta en el contexto de las grandes burocracias, da lugar al rol del hombre como proveedor así como a un ideal masculino y masculinizado de trabajo asalariado, sobre todo, según el modelo de trabajo asalariado fabril: el trabajador asalariado se piensa dentro del marco rígido y estable del trabajo asalariado, configurando su identidad y sus expectativas en torno a la promesa de una vida mejor que se inserta en la perspectiva de la familia nuclear heterosexual. Sennett, en su análisis de la La ética protestante, explica la conformación de la subjetividad de los trabajadores asalariados en términos de la gratificación diferida. Sin embargo, el autor no establece relación alguna entre la manera en la que se constituye la subjetividad del trabajador en el capitalismo decimonónico y, posteriormente, fordista y el modo en el que se conforma esta subjetividad como sexuada y generizada, es decir, como una subjetividad que prescribe y reproduce características relativas a la masculinidad. No obstante, podríamos interpretar la explicación de Sennett como el proceso a través del cual se forja un tipo de subjetividad masculina. Según el autor, las burocracias enseñan la disciplina de la gratificación diferida: aceptamos las actividades inmediatas pensando en la recompensa futura que se ofrece al que acata las leyes y las normas. La burocracia es una pirámide en la que es posible ascender para conseguir unas condiciones vitales mejores. Sin embargo, la promesa de gratificación, que rara vez se cumple, se convierte en una forma de vida y en un hogar al mismo tiempo que es en una prisión psicológica. Sennett afirma: 18
El motor temporal que impulsa La ética protestante es la gratificación diferida en nombre de las metas a largo plazo. Weber creía que este motor temporal era el secreto de la jaula de hierro, ya que la gente se encerraba en instituciones fijas porque esperaba poder permitirse al final una recompensa futura. La gratificación diferida hace posible la autodisciplina; te armas de valor en el trabajo, con o sin sufrimiento, porque te centras en esa futura recompensa. Esta versión tan personalizada del prestigio del trabajo requiere la acreditación de cierta clase de institución, institución que ha de ser lo suficientemente estable para producir las recompensas futuras y cuyas autoridades han de permanecer en su lugar para atestiguar tu comportamiento27. En el protestantismo, el trabajo desempeña una función principal, se convierte en un fin en sí mismo, en una forma que tienen los hombres de probarse a sí mismos. Seidler entiende que la idea protestante de probar la valía frente a Dios halla su forma secularizada en la prueba de la valía frente a los demás. Al ser los demás los que han de reconocer la valía de mis acciones, se da una suerte de dialéctica en la que la competitividad es la clave para el éxito. Al aplicar este modo de pensamiento al trabajo, observamos cómo la confianza mutua queda minada a través de esta búsqueda de reconocimiento, puesto que el resto de personas son vistas como potenciales competidoras. Dentro del paradigma liberal, nuestra experiencia social queda disuelta en simple experiencia personal, la competitividad laboral crea sujetos atomizados que son incapaces de poner su experiencia en común. Según Seidler, este individualismo queda codificado en diversos elementos de la filosofía moral kantiana: la identificación de moral y razón así como la definición de la racionalidad humana en oposición a las emociones y las necesidades, los sentimientos y los deseos. La moral kantiana crea un sentido muy fuerte del bien y del mal en función del deber moral, legitimando el cumplimiento de éste sin importar cómo nos sintamos al respecto, lo que, siguiendo a Seidler, promueve un ideal de represión de las propias emociones y sentimientos, ideal que ha configurado la masculinidad normativa. En la producción capitalista moderna, los hombres tienen cada vez menos en cuenta su experiencia personal, y concretamente, su experiencia en el trabajo. Ésta deja de tener sentido en sí misma y se vive el tiempo de trabajo como ajeno. Entenderemos esta cuestión con más profundidad si la vinculamos con la idea de gratificación diferida. Puesto que las mejoras vitales que prometía el trabajo nunca llegan o las expectativas de 27 SENNETT, Richard, La cultura..., op. cit., p. 70 19
promoción laboral no se satisfacen, se genera un malestar en el trabajo. Según Seidler, para otorgar de nuevo un valor al trabajo se produce un desplazamiento del sentido, así, el trabajo cobra sentido sólo en relación a la familia al tiempo que desplaza a ésta la responsabilidad del reconocimiento de la labor del hombre: Con los cambios en los procesos de trabajo, gran parte del trabajo se convierte en rutina, y no puede proveer la misma fuente de satisfacción y de estabilidad para la identidad masculina. Esto puede hacer que los hombres se identifiquen más con su experiencia privada. […] A menudo los hombres necesitan un mayor respaldo y aprobación en sus relaciones familiares, pero en realidad no saben cómo conseguirla, ya que están atrapados por las concepciones heredadas de qué es ser un hombre. El trabajo cobra sentido porque es para la familia, no puedes esperar mucho de él para ti mismo. Se fomenta así que los hombres concedan poca importancia al tiempo que pasan en el trabajo, a pesar de que ocupa la mayor parte del tiempo semanal. Esto acaba minando a los hombres puesto que el trabajo compone gran parte de la experiencia. Es como aceptar que el trabajo es “tiempo perdido” y que la vida solo comienza “fuera”. Esto precariza el sentido de la realidad de los hombres28. Ahora bien, abandonar un trabajo frustrante tampoco es una solución posible, dado que dentro del paradigma descrito se establece una oposición entre trabajo e inactividad, que es percibida por los hombres como una incapacidad y una amenaza a su masculinidad, puesto que el trabajo que no realiza uno mismo lo ha de hacer otro, minando la concepción del hombre como individuo autoconstituido y autosuficiente. Seidler señala que la búsqueda de reconocimiento no lograda en el trabajo se desplaza a la familia, pero no profundiza en la cuestión. El autor entiende la familia como familia nuclear heterosexual pero, como ya hemos apuntado con anterioridad, no analiza con rigor el problema de la división sexual del trabajo. Del mismo modo, tampoco atiende al trabajo no remunerado, realizado gratuita y mayoritariamente por las mujeres. Su afirmación genera cierta perplejidad puesto que los hombres desplazan su reconocimiento hacia un lugar al que no otorgan valor, esto es, el ámbito privado y el ámbito familiar. Es más, si atendemos a estudios recientes, cabe afirmar que el acceso amplio de las mujeres al mercado laboral no ha generado una nueva forma de relacionarse con estos ámbitos por parte de los hombres. Los datos recogidos en el informe “Social Norms and Household Time Allocation”, de las investigadoras Cristina Fernández y Almudena Sevilla29, muestran una escasa tendencia por parte de los 28 SEIDLER, Victor, Recreating..., op. cit., pp. 112-113. 29 FERNANDEZ, Cristina; SEVILLA-SANZ, Almudena, Social norms and household time allocation , IESE Busines School, 2006, [Consulta 14-11-13]. Disponible en 20
hombres hacia el reparto equitativo de las tareas domésticas y el cuidado de los hijos e hijas así como a la conciliación entre vida laboral, familiar y personal. Independientemente de si los ingresos de las mujeres son mayores o menores, el informe indica que éstas siguen asumiendo el 70% de las tareas domésticas. “Los hombres -escribe Mónica de Oriolvaloran muy poco, o bastante poco, lo de la conciliación. Al revés, casi es mejor llegar tarde a casa para encontrarse al niño bañado”. Sin tener en cuenta las necesidades familiares, autorregulan su propio horario: “en la famosa cerveza de después, que es donde te ganas el ascenso”30. En la actualidad nos enfrentamos, no obstante, a cambios significativos en la organización del trabajo. ¿Qué sucede cuándo, según Sennett “el trabajo no permite a los hombres legitimarse a sí mismos”31 como ocurría en otros momentos históricos del capitalismo?. ¿Qué consecuencias psicosociales, podríamos preguntarnos con Seidler, genera a los hombres este ideal de valía, a través de la competitividad, que alimenta a la masculinidad normativa. Seidler sugiere, con acierto a mi modo de ver, que este ideal normativo de masculinidad provoca una suerte de incapacidad emocional: Así, como hombres, no nos permitimos realmente tener sentimientos propios, hacerlos nuestros. Hemos llegado a pensar que no supone una diferencia para nosotros el expresarlos o no. Supuestamente ello no limita ni daña nuestra capacidad expresiva ni nuestra individualidad. Creemos que, al guardarnos nuestros sentimientos para nosotros mismos, estamos simplemente permitiendo que sea nuestra razón y nuestras creencias las que dicten nuestro comportamiento. Esto encaja con la importancia secundaria que le otorgamos a las emociones y sentimientos como fuentes de conocimiento, como si estos simplemente registrasen cómo, individual y subjetivamente, respondemos a las relaciones personales y a las distintas situaciones. No se relacionan de forma fundamental con quién somos o con cómo vamos a aprender sobre la sociedad32. Éste es un aspecto central para poder comprender la profundidad que la reflexión a partir de la propia experiencia en el trabajo puede tener sobre los hombres. El trabajo de autoconciencia, del que parte el análisis de Seidler, nace de la propia experiencia y no de unas preconcepciones ajenas. Como hemos visto, los estándares http://www.iese.edu/research/pdfs/DI-0648-E.pdf 30 ORIOL DE, Mónica, “Ponencia”, VII congreso para racionalizar los horarios españoles, p. 129, 2012, [consulta 14-11-2013]. Disponible en http://www.horariosenespana.es/descargas/pdf/ARHOE %20VII%20Congreso%20BAJA3d.pdf 31 SENNETT, Richard, La cultura..., op. cit., p.118 32 SEIDLER, Victor, Recreating..., op. cit., p. 127. 21
respecto a los que se miden los hombres son siempre externos, objetivos, y ésa es la razón por la que resultan inadecuados a la hora de repensar la masculinidad, pues, desde mi perspectiva, sin un trabajo personal de autocrítica y autodescubrimento, cualquier intento de pensar de forma libre qué supone la diferencia de ser hombre estará cayendo incurriendo en el universalismo androcéntrico que se trata de criticar. El analfabetismo emocional también es clave para entender por qué la crisis de la masculinidad se agrava con la llegada del trabajo postfordista. Éste es un tipo de trabajo en el que, como han señalado feministas italianas de la diferencia sexual como Wanda Tommasi, Luisa Muraro, Lia Cigarini, Annarosa Buttarelli e Iaia Vantaggiato, entre otras, la relación constituye un más necesario, ya que el plusvalor se genera mediante el trabajo con otros y otras, no solamente mediante el trabajo propio. El fordismo configura una masculinidad que es incapaz de aportar ese el valor que se crea en la relación con los y las demás del trabajo postfordista. Veamos en qué consiste este paradigma postfordista del trabajo, primero, explorando la caracterización realizada por Sennett para pasar, posteriormente, a las de Annarosa Buttarelli e Iaia Vantaggiato, principalmente. 22
4. EL POSTFORDISMO COMO FORMA DE SUBJETIVACIÓN. Sennett describe los cambios que definen al postfordismo en términos de precarización del empleo, reducción de los niveles jerárquicos y secuencia no lineal de producción. Estas dimensiones se interrelacionan: tener personas empleadas contratadas mediante contratos cortos en lugar de fijos o indefinidos permite reestructurar rápidamente la organización según las distintas necesidades, entre las cuales la novedad aparece como clave. Según el análisis de Sennett, esto hace que el énfasis se desplace hacia tareas poco significativas, incluso carentes de sentido para los trabajadores, pero que aportan una imagen de dinamismo a la empresa. Un ejemplo, que tomo del autor, es el de un grupo de programadores que, siguiendo las directrices de la empresa, pero en contra de su criterio, debían desarrollar un software incompleto, que luego requería continuas correcciones debido a las quejas de los clientes. Mediante este tipo de recursos se consigue que los inversores no sepan muy bien qué es lo que compran, lo único que saben de lo que compran es que es nuevo. En el marco de este tipo de trabajo, breve y cambiante, la predicción de futuro es imposible y los trabajadores pierden las condiciones para otorgar sentido a su trabajo. Las organizaciones flexibles buscan las “habilidades para las relaciones humanas” y la “formación interpersonal”, requieren de gente con iniciativa ante situaciones poco o nada definidas. Parece que existe un énfasis mayor en las relaciones humanas, ya que la sensibilidad sustituye al deber. Ahora bien, el análisis de Sennett atiende en gran medida al aparato empresarial y organizativo. Sus explicaciones contemplan únicamente a lo que llama organizaciones de vanguardia. La “cultura del nuevo capitalismo”, como la denomina el autor, sólo reflejaría las nuevas formas de trabajo que toman los puestos de mayor responsabilidad de las empresas punteras. La cuestión es que el postfordismo se está instalando ya como la forma de trabajo actual de manera generalizada. Ante sus críticas a la “cultura del nuevo capitalismo”, Sennett propone recuperar el espíritu artesanal, a saber, el sentido de hacer algo bien por el simple hecho de hacerlo bien, más allá de que haya sido el trabajo manual el que se haya asociado a la artesanía. Sin embargo, estimo que esta propuesta encierra un cierto grado de solipsismo, puesto que entiende que Si una persona puede utilizar las palabras «correcto» o «perfecto» para decir que algo está bien hecho es porque cree en un 23
patrón objetivo al margen de sus deseos y, en verdad, al margen de las recompensas de los otros. Hacer algo bien, aun cuando no se obtenga nada de ello, es el espíritu de la artesanía auténtica. Y únicamente ese tipo de compromiso desinteresado – es al menos lo que creo – puede enaltecer a las personas; de lo contrario, sucumben a la lucha por sobrevivir33. Para Sennett lo principal de este compromiso es que se contrae con uno mismo y que el trabajo realizado se juzga individualmente. Parece salvarse así la cuestión de la falta de reconocimiento personal en el trabajo, pero surgen dos dificultades: por un lado, el solipsismo al que esto conduce, que aumenta el individualismo y, por otro, la medida utilizada para valorar el propio trabajo que el autor presenta como una medida objetiva e independiente de cada individuo. Se alejaría, en suma, del carácter relacional de la subjetividad y del trabajo, al que nos referiremos a continuación. Dentro de las nuevas formas de trabajo postfordista, que buscan la capacidad relacional, cabe la posibilidad de desarrollar un modo distinta de valorar y entender el trabajo que nos aleje de la competitividad y nos permita nuevas maneras de desarrollo personal, como la llevada a cabo por las feministas italianas de la diferencia sexual. Una muestra muy significativa de estos planteamientos lo constituye el libro colectivo Una revolución inesperada: simbolismo y sentido del trabajo de las mujeres34, que recoge artículos de Annarosa Buttarelli, Luisa Muraro, Giannina Longobardi, Wanda Tommasi y Iaia Vantaggiato. Las autoras abordan la presencia femenina en el trabajo desde la perspectiva de la diferencia sexual, por lo que sus reflexiones distan tanto de los análisis de la economía clásica liberal como de los de la marxista. Tal como la describen las autoras de la Librería de Mujeres de Milán: la diferencia sexual es una diferencia humana originaria. No nos es dado encerrarla en tal o cual significado, sino que debemos aceptarla junto con nuestro ser cuerpo y hacerla significante: fuente inagotable de significados siempre nuevos. Si de hecho se reniega de la diferencia, cualquier subsiguiente tentativa de valorarla mostrando que responde a tal o cual interés social, por muy noble que sea, equivale en la práctica a obligar a uno de los dos sexos -innecesario es decir cuála justificarse por ser lo que es, diferente del otro sexo.35 33 SENNETT, Richard, La cultura..., op. cit., p. 166. 34 BUTTARELLI, Annarosa; MURARO, Luisa; LONGOBARDI, Giannina; TOMASS, Wanda; VANTAGGIATO, Iaia, Una revolución inesperada: simbolismo y sentido del trabajo de las mujeres, Narcea, Madrid, 2001. 35 LIBRERÍA DE MUJERES DE MILÁN, No creas tener derechos, Horas y horas, Madrid, 2004, p. 192. 24
Así pues, no parten en sus análisis de unos paradigmas interpretativos dados, sino que parten del ser mujer como significante, es la propia vivencia que tienen como mujeres del trabajo, tanto remunerado como no remunerado, la que es la base de sus exámenes de la realidad laboral. Estos son más concretos y profundos que los de Sennett, puesto que este abstrae las diferencias entre hombres y mujeres y, a pesar de que en su ejemplo del trabajo artesano refiere en varias ocasiones a las experiencias concretas de mujeres en el ámbito laboral, no considera el hecho de que sean mujeres como una cuestión relevante. Este es otro aspecto de las limitaciones del análisis de Sennett respecto de la cuestión que aquí nos atañe, la relación entre trabajo y subjetividad sexuada, cuestión que sí podemos analizar mediante los planteamientos de estas autoras, y que con este Sennett queda oculta y desatendida como secundaria. A diferencia de Sennett, que califica al postfordismo con un lenguaje neutro y objetivo, que impide atender a los problemas relativos a la subjetividad sexuada de hombres y mujeres dentro del mercado laboral, Iaia Vantaggiato conceptualiza al trabajo postfordista como trabajo feminizado. La autora caracteriza la “feminización del trabajo” postfordista mediante tres aspectos. Un primer aspecto, la feminización del trabajo refiere a la incorporación al mercado laboral de las mujeres, al aumento del número de mujeres trabajadoras y su nivel de cualificación. En la década de los setenta, esta incorporación se tradujo en el abandono de las mujeres del “pacto social”, que las circunscribía a las tareas de reproducción. El abandono del “pacto social” se traduce en que los hombres, dedicados al trabajo productivo, dejan de tener el sustento de una mujer que reponga las fuerzas materiales que han gastado durante su jornada laboral. Vantaggiato señala ésta como una de las razones principales que precipitaron la crisis de la sociedad fordista, puesto que esta ruptura conlleva un segundo aspecto de la feminización del trabajo postfordista: las mujeres buscan aportar al mercado su inteligencia y sus capacidades, y es en este momento “cuando la libertad femenina ha hecho visible un sentido independiente de las mujeres para estar en el mundo (y en el mundo del trabajo), entonces se ha roto el pacto y ha comenzado la «crisis»”36. Sin embargo, la apropiación del “modo femenino” de trabajar levanta las sospechas de la autora, puesto que parece que se quiera solucionar la crisis de la sociedad fordista recurriendo a las mujeres, o más bien, a un modo de trabajo de 36 VANTAGGIATO, Iaia, “«El tiempo que me queda» Relación entre el tiempo de la necesidad y el de la libertad”, Una revolución..., op. cit., pp. 41-63, p. 47. 25
6. BIBLIOGRAFÍA. BUTTARELLI, Annarosa; MURARO, Luisa; LONGOBARDI, Giannina; TOMASS, Wanda; VANTAGGIATO, Iaia, Una revolución inesperada: simbolismo y sentido del trabajo de las mujeres, Narcea, Madrid, 2001. CIGARINI, Lia, “Pero, ¿qué crisis es esta?”, en Duoda: estudis de la diferència sexual, num 35-2008. CONNELL, R.W., Masculinidades, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2003. FISAS, Vincenç, ed., El sexo de la violencia, Icaria, Barcelona, 1998. IRIGARAY, Luce, Espéculo de la otra mujer, Akal, Madrid, 2007. LIBRERÍA DE MUJERES DE MILÁN, No creas tener derechos, Horas y horas, Madrid, 2004. RIVERA GARRETAS, María Milagros, La diferencia sexual en la historia, Publicacions Universitat de València, Valencia, 2005. LAQUEUR, Thomas, La construcción del sexo: cuerpo y género desde los griegos hasta Freud, Catedra, Madrid, 1994. LONZI, Carla, Escupamos sobre Hegel, La Pléyade, Buenos Aires, 1978. MITCHELL, Juliet, Psicoanálisis y feminismo, Anagrama, Barcelona, 1982. RICH, Adrienne, “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”, Sangre, pan y poesía. Prosa escogida 1975-1985, Icaria, Barcelona, 2000, pp. 41-86. RUBIN, Gayle, “El tráfico de mujeres: notas sobre la “economía política” del sexo”, Revista Nueva Antropología, Vol. 8, Issue 030, p.95, 1986. SEGARRA, Marta, CARABÍ, Àngels, eds., Nuevas masculinidades, Icaria, Barcelona, 2000. SEIDLER, Victor J., Recreating Sexual Politics. Mend, feminism & politics, Routledge, London, 1991. ---, “Nombrando: poder fronteras y márgenes”, en Duoda: estudis de la diferència sexual, num. 39-2010 SEIDLER, Victor J., ed., Men, Sex and Relationships. Writings from Achilles Heel, Routledge, London, 1992. SENNETT, Richard, La cultura del nuevo capitalismo, Anagrama, Barcelona, 2008. TENA GUERRERO, Olivia, “Estudiar la masculinidad, ¿para que?”, en Investigación feminista : epistemología, metodología y representaciones sociales, pp. 271291, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, México, 2010. WEBER, Max, La ética protestante y el espiritu del capitalismo, Revista de Derecho Privado, Madrid, 1955. 32