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Abstract

Desde su surgimiento en los albores del siglo XX, el deporte moderno ha estado íntimamente ligado a la política. Este trabajo trata de abordar parcialmente cómo un modelo ideológico y político concreto, el del nacionalismo español, ha utilizado los diferentes éxitos deportivos de los atletas españoles en su beneficio. Concretamente, el estudio se interesa por cómo los medios de comunicación han instrumentalizado el deporte con objetivos nacionalizadores. Desde las primeras victorias de la selección española de fútbol hasta los Juegos Olímpicos de Barcelona. La prensa escrita ha incrustado en su narrativa diaria retóricas patrióticas que han buscado comunicar nación a raíz de los fenómenos deportivos más relevantes del país. El primer Tour de Francia cosechado por un ciclista español, el primer trofeo internacional de fútbol obtenido por la selección nacional, los primeros éxitos de los tenistas españoles en el circuito mundial. Logros deportivos que los medios de comunicación han interpretado en clave nacional. Mediante la creación de estereotipos y modelos de españolidad y la identificación constante de los atletas con la nación española en las crónicas, reportajes y columnas de opinión, los éxitos deportivos han pasado a ser algo más que victorias sobre los terrenos de juego: se han convertido en auténticos hitos de la españolidad, en producto de un proyecto nacional que concierne a todos los ciudadanos del Estado y que busca perpetuar y cohesionar su identidad nacional. Pérez Mohorte, Andrés; Martínez de Espronceda Sazatornil, Gema

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Nacionalismo español, deporte y medios de comunicación: del gol de Zarra a Barcelona '92 Andrés Pérez Mohorte Máster Interuniversitario de Historia Contemporánea Curso 2012/2013 15/11/2013 Universidad de Zaragoza Tutor: Gema Martínez de Espronceda 1 Índice 1. RESUMEN ························································································ 3 2. INTRODUCCIÓN ·················································································· 4 3. MARCO TEÓRICO ················································································ 7 i. El nacionalismo español en la historiografía contemporánea ····························· 7 ii. Deporte e identidad ········································································· 9 iii. Deporte y política en la España del siglo XX ·············································· 13 iv. El análisis de los discursos patrióticos en torno al deporte ································ 20 v. Conclusiones ················································································ 26 4. EL FRANQUISMO, EL FÚTBOL Y LOS OTROS DEPORTES ········································· 28 i. Introducción ················································································· 28 i. La victoria frente a Inglaterra de la selección española en 1950 ·························· 29 i. El gran éxito: la Eurocopa de 1964 ························································ 33 ii. 1959: el Tour de Federico Martín Bahamontes ············································ 41 i. Santana y la Copa Davis: del ostracismo al orgullo de ser español ······················· 48 5. BARCELONA'92 Y MIGUEL INDURAIN, LOS ÉXITOS DE LA DEMOCRACIA ····················· 63 i. Introducción ················································································· 63 ii. Barcelona'92: el progreso de España ······················································· 64 iii. Los cinco Tour de Francia de Indurain: el primer referente ······························· 77 6. CONCLUSIONES ·················································································· 83 7. BIBLIOGRAFÍA ··················································································· 85 2 Resumen Desde su surgimiento en los albores del siglo XX, el deporte moderno ha estado íntimamente ligado a la política. Este trabajo trata de abordar parcialmente cómo un modelo ideológico y político concreto, el del nacionalismo español, ha utilizado los diferentes éxitos deportivos de los atletas españoles en su beneficio. Concretamente, el estudio se interesa por cómo los medios de comunicación han instrumentalizado el deporte con objetivos nacionalizadores. Desde las primeras victorias de la selección española de fútbol hasta los Juegos Olímpicos de Barcelona. La prensa escrita ha incrustado en su narrativa diaria retóricas patrióticas que han buscado comunicar nación a raíz de los fenómenos deportivos más relevantes del país. El primer Tour de Francia cosechado por un ciclista español, el primer trofeo internacional de fútbol obtenido por la selección nacional, los primeros éxitos de los tenistas españoles en el circuito mundial. Logros deportivos que los medios de comunicación han interpretado en clave nacional. Mediante la creación de estereotipos y modelos de españolidad y la identificación constante de los atletas con la nación española en las crónicas, reportajes y columnas de opinión, los éxitos deportivos han pasado a ser algo más que victorias sobre los terrenos de juego: se han convertido en auténticos hitos de la españolidad, en producto de un proyecto nacional que concierne a todos los ciudadanos del Estado y que busca perpetuar y cohesionar su identidad nacional. Primero durante el franquismo, reafirmando tópicos sobre el carácter de los españoles a partir de los escasos logros deportivos obtenidos durante la dictadura, y más tarde durante la democracia, asociando al crecimiento casi imparable —a partir de la década de los noventa— del deporte español a la modernidad alcanzada por la nación, su progreso económico y su normalización política en el contexto de los estados europeos, los medios de comunicación han incrustado análisis deportivos en una retórica de claro corte patriótico. Sus discursos han variado en función del posicionamiento ideológico del periódico de turno o del contexto político y social imperante, pero en esencia han tratado de transmitir nación mediante el acto deportivo como telón de fondo. Este análisis que se presenta a continuación trata de conjugar el estudio del nacionalismo español, del deporte y de los medios de comunicación mediante la observación de los discursos tanto durante el franquismo como tras la llegada de la democracia, orientado hacia el fútbol como deporte rey y protagonista absoluto de la vida diaria de los ciudadanos españoles pero también hacia otros deportes de amplio calado social y protagonismo nacional —como el ciclismo, el tenis y el atletismo durante los Juegos Olímpicos—. Palabras clave: nacionalismo español, deporte y política, medios de comunicación 3 Introducción Desde su irrupción en la vida social de los europeos en la recta final del siglo XIX, el deporte se ha convertido en protagonista absoluto del día a día de occidente. No hace falta remontarse al origen de los tiempos para comprobarlo. Una observación superficial de la actualidad informativa del presente permite comprobar cómo el deporte goza de un estado de salud óptimo y de un protagonismo social por encima de cuestiones, en apariencia, menos triviales. Mientras los informativos televisivos realizan grandes despliegues para la cobertura de los eventos deportivos de más entidad y los gobiernos de distinta índole se movilizan en aras de obtener la organización de Juegos Olímpicos o campeonatos del mundo, la sociedad asiste encendida a los partidos de fútbol semanales o a los trofeos internacionales entre selecciones. El deporte, algunas modalidades por encima de las demás, es quizá uno de los principales puntos de socialización y nacionalización sobre los que se articulan las sociedades del siglo XXI. Alrededor de la parafernalia de banderas, símbolos y cánticos se gestan retóricas nacionalistas y discursos patrióticos. Una sociedad que mira hacia el deporte y que se mira en él, y cuyos medios de comunicación reproducen metáforas y discursos paralelos en clave social sobre los valores y los éxitos deportivos. España ha asistido a una auténtica explosión de su capacidad deportiva durante la última década. Los éxitos profesionales iniciados en los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992, cimentados durante la década de los noventa y finalmente refrendados en los primeros años del siglo XXI, han mostrado cómo las victorias deportivas han sido capaces de cohesionar a la sociedad española como pocos fenómenos recientes. Fascinado desde un primer momento por los discursos patrióticos de los medios de comunicación tras las grandes gestas de la selección española de fútbol y por las grandes reuniones sociales en todas las ciudades del país para disfrutar y celebrar sus éxitos, este trabajo nace de dos de las grandes pasiones del autor, que al fin y al cabo no son sino intrigas profesionales —como periodista— e intelectuales —como interesado en la Historia y estudiante del Máster de Historia Contemporánea—: por un lado, el papel de los medios de comunicación en la formación de mentalidades colectivas, de comunidades imaginadas, modernas; por otro, la labor del deporte como ejercicio de liturgia local, regional o nacional, en torno al cual se exacerban los sentimientos, se subliman las emociones primarias y se desarrollan discursos de pertenencia a una comunidad concreta. La mezcolanza de ambas materias, medios de comunicación y deporte, me ha conducido hasta este trabajo: el estudio de los medios de comunicación como reproductores de los discursos del nacionalismo español a través de los éxitos deportivos. Las siguientes páginas que podrán leer a continuación son fruto de una pregunta que ha rondado mi cabeza durante muchos años: ¿por qué? 4 O más concretamente: ¿por qué el deporte es capaz de generar cohesión identitaria allá donde otros elementos de la esfera pública, como los partidos políticos o el entramado asociativo de la sociedad civil, no lo son? Huelga decir que el origen de esta pregunta es antiguo y que, tras el estudio de las diferentes formas de nacionalismo y del efecto de los medios de comunicación en la sociedad española, se ha matizado y se ha transformado. La matriz de la cuestión, no obstante, ha permanecido inalterable. ¿Por qué? Y más concretamente: ¿cómo? Si este trabajo es el resultado de la primera pregunta, la metodología, su contenido, el modo de encontrar la respuesta, se encuentra en la segunda. ¿De qué modo se han reproducido los discursos del nacionalismo español en los medios de comunicación a raíz de los éxitos deportivos de distintas variantes? El único modo de averiguarlo es acudir a los discursos, y por tanto, a la fuente primaria. A la prensa escrita. A la hora de responder a las preguntas que guían las líneas básicas de este proyecto, es de obligado cumplimiento el repaso exhaustivo de la bibliografía existente. Las fuentes consultadas para tal efecto se pueden organizar en dos niveles. Por un lado, todas aquellas obras dedicadas al estudio del nacionalismo español. Por otro, aquellas relativas a las relaciones existentes entre el deporte y la política en la historia de España. Cabe incluir aquí la decisión de estudiar únicamente el nacionalismo español en detrimento del resto de nacionalismos que también se dan en España y que han supuesto un punto de conflicto fundamental durante los últimos dos siglos para comprender la historia del país. La decisión de escoger únicamente el nacionalismo español como vehículo de estudio responde a una mera cuestión logística y de espacio: es complicado, por no utilizar un adjetivo más grandilocuente, abarcar en un Trabajo de Fin de Máster como este un estudio tan amplio, que ocupa tantas ramas diferentes. En un principio, sopesé la posibilidad de extender el estudio al nacionalismo vasco y al catalán, e incluso al gallego. Pero la avalancha de bibliografía y de fuentes primarias que tendría que haber acometido me superaba ampliamente. Por lo que, ante la tesitura de elegir entre unos y otros, me decanté por el nacionalismo español. Dos motivos fundamentales me empujaron a esta decisión: se trataba del que mejor conocía en base a la historiografía tratada a lo largo del Máster y me interesaba más que los demás. Quizá porque mis experiencias personales, por situación geográfica y social, estaban más cerca del nacionalismo español que de los periféricos; quizá porque instintivamente siempre me ha interesado más su surgimiento, distintas formas y evolución a lo largo del siglo XX, con la piedra de toque fundamental que supuso la dictadura franquista para su actual formulación; o quizá porque era el que más preponderancia lograría en el discurso mediático de la prensa escrita, no sólo durante el monopolio informativo del franquismo, sino también antes y después, dado que los grandes medios españoles han tenido carácter nacional y que las competiciones deportivas internacionales nunca han contado con la presencia de las nacionalidades subestatales. 5 Determinada la materia —deporte, nacionalismo español y medios de comunicación— y el ámbito —siglo XXI, principales éxitos deportivos españoles— resta establecer los posibles vacíos historiográficos y bibliográficos al respecto. En lo relativo al ámbito del nacionalismo español las investigaciones son amplias, de hondo calado histórico y con profundos debates historiográficos. El nacionalismo español ha sido uno de los grandes temas de la historiografía nacional tanto a partir de la Guerra Civil como en las décadas posteriores. Las perspectivas al respecto han variado con frecuencia y los debates se mantienen muy vivos a día de hoy: de hecho, a lo largo del trabajo se mencionarán diversos libros o monográficos que en la actualidad están abriendo nuevas vías y perspectivas para el estudio del nacionalismo español, atendiendo a importantes teorías recientes y estudios culturales, y discutiendo ideas y trabajos de hondo calado durante las dos últimas décadas de la historiografía española al respecto. En fin, se trata de un campo muy prolífico y apasionante a partir del cual trataré de desarrollar las cuestiones que conciernen al tema concreto de este trabajo: deporte y medios de comunicación, haciendo hincapié en la prensa escrita. Sobre este aspecto, hay muchos trabajos que mezclan deporte y política, tanto a nivel universal como español, pero no tantos que establezcan lazos de unión entre los nacionalismos, piedra angular de buena parte de la historia contemporánea de España, y los medios de comunicación, vertebradores de las sociedades modernas. El debate historiográfico en esta materia es más reducido, y si bien se pueden encontrar algunos textos y proyectos relativos a la labor de los medios de comunicación escritos como proyectores de discursos nacionalistas en base a eventos deportivos, se trata aún de un campo donde se pueden llevar a cabo nuevas investigaciones. Este es el objeto, parcial y reducido, dadas las limitaciones de las que parte tanto este trabajo como el autor, de las líneas que seguirán a continuación. Cabe mencionar finalmente, y antes de entrar en materia, las líneas generales metodológicas sobre las que se asienta el proyecto. Como ya he explicado con anterioridad, este trabajo pone su atención sobre los discursos y los mensajes que los medios de comunicación transmitían a sus lectores con motivo de diversos éxitos deportivos, y si esos discursos tenían contenido nacionalizador o no. Por ello, buena parte del trabajo irá destinado a analizar qué se cuenta y cómo se cuenta en los periódicos. Se seleccionarán algunos de los triunfos deportivos más relevantes de las últimas décadas, y se buscará en los periódicos oportunos cuál era el tratamiento y exposición de estos hechos, y si existía una intención expresa de establecer paralelismos entre el valor de las victorias en la pista, la carretera o el terreno de juego y los atributos intrínsecamente positivos de España y los españoles. Si bien el tratamiento mediático de cada uno de los eventos deportivos destacables se analizará por separado, se debe entender el trabajo como un todo. 6 Marco teórico: bibliografía sobre el deporte, la política, los nacionalismos y los medios de comunicación El nacionalismo español en la historiografía contemporánea Antes de entrar propiamente en materia, hay algunos estudios sobre nacionalismo que por su influencia e importancia en la historiografía universal merecen ser mencionados brevemente. Es el caso de Anthony D. Smith, cuya obra se ha adentrado con frecuencia en esta cuestión y que ha aportado algunos conceptos fundamentales: entre ellos, cabe destacar la diferenciación del nacionalismo desde dos puntos de vista. Por un lado el cívico, que encontraría sus orígenes en el proceso de industrialización y de creación de los estados modernos y que surgiría como el acuerdo tácito entre una sociedad para dotarse de una organización común bajo el marco del estado, y por otro el étnico, cuyos orígenes se remontarían mucho más atrás en el tiempo y donde la existencia del estado o de la nación se daría por supuesta a un conjunto determinado de habitantes1. Otros autores que han publicado obras de obligada lectura sobre el nacionalismo son Benedict Anderson2 —y su teoría de las «comunidades imaginadas», construcciones sociales que generan identidad nacional tras la progresiva alfabetización de las masas, el surgimiento del capitalismo y el declive de las monarquías absolutas—, Ernest Gellner3 y Eric Hobsbawm4 —ambos representantes de la teoría modernista de los nacionalismos—. Por último, en este pequeño apartado, cabe apuntar la obra y tesis más célebre de Michael Billig: el nacionalismo banal. De las tesis de Billig sobre el nacionalismo cotidiano y los recursos y retóricas nacionalizadores comunes a los ciudadanos, en ocasiones imperceptibles pero que perpetúan la idea de nación, surge directamente el análisis de los medios de comunicación, de su discurso, en torno a los éxitos deportivos más relevantes del país5. En lo relativo al nacionalismo español, sin duda columna vertebral de este trabajo, su estudio ha variado a lo largo de los años, y buena cuenta ha dado de ello Ferran Archilés recientemente6. En su repaso historiográfico a las distintas corrientes que han estudiado el 1 SMITH, Anthony D.: Las teorías del nacionalismo, Barcelona, Ediciones Península, 1976; SMITH, Anthony D.: Nacionalismo: teoría, ideología, historia, Madrid, Alianza, 2004. 2 ANDERSON, Benedict: Comunidades imaginadas : reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1993. 3 GELLNER, Ernest: Naciones y nacionalismo, Madrid, Alianza, 2008; GELLNER, Ernest: Cultura, identidad y política : el nacionalismo y los nuevos cambios sociales, Barcelona, Gedisa, 1998. 4 HOBSBAWM, Eric: Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica, 1992. 5 BILLIG, Michael: «El nacionalismo banal y la reproducción de la identidad nacional», Revista Mexicana de Sociología, vol. 60, núm. 1, ene.-mar., 1998, pp. 37-57. 6 ARCHILÉS, Ferran: «Melancólico bucle. Narrativas de la nación fracasada e historiografía española contemporánea», en SAZ, Ismael; ARCHILÉS, Ferran (eds.): Estudios sobre nacionalismo y nación en la España contemporánea, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2011, pp. 245-330. 7 fenómeno del nacionalismo a lo largo de la historia, el historiador, de hecho, tiende a resumirlo en una sola tendencia: la del «melancólico bucle». ¿Qué significa esto? Que durante años, los historiadores españoles que se han acercado al nacionalismo español lo han hecho desde un punto de vista pesimista, marcado por las ideas de Ortega y Gasset7 y por el regeneracionismo postdesastre de 1898. Un nacionalismo, según ellos, que habría surgido fatalmente de la revolución liberal y burguesa fallida durante el siglo XIX y un nacionalismo que, finalmente, había tendido a ser reaccionario y conservador, como la dictadura franquista daba buena cuenta de ello. Para Archilés, la historiografía sobre el nacionalismo español y sobre la idea de España tendía a perpetuar el discurso de fracaso y metáforas negativas antes que ponerlo en duda. Así, la producción historiográfica hasta años muy recientes no ha sido capaz de romper con dicho bucle. Esta idea implica que, a la hora de adentrarnos en la producción historiográfica sobre el nacionalismo español, y siguiendo al historiador, nos encontraremos primordialmente con obras que destaquen su surgimiento anómalo a raíz de las circunstancias anómalas del siglo XIX español. Todas estas circunstancias confluirían en la «débil nacionalización» del pueblo español, o lo que es lo mismo, en la escasa penetración social del nacionalismo español. Esta teoría o tesis, formulada en su momento por Borja de Riquer8, sería la predominante durante prácticamente todos los años noventa. En este sentido, puede ser de gran utilidad primero citar aquí al propio De Riquer cuando apunta una definición de nacionalización: «complejo proceso social mediante por el cual diferentes colectivos acaban aceptando, de forma más o menos explícita, una 'nueva conciencia' de pertenencia a una comunidad definida ya como 'nación'». De Riquer desarrolla en páginas posteriores el fracaso del nuevo Estado liberal español surgido en el siglo XIX para realizar una nacionalización, conforme a los parámetros antes mencionados, efectivos. El nacionalismo español no logró desarrollar una empresa nacional común por las propias disfuncionalidades del Estado liberal y de la fallida o incompleta revolución industrial. Como consecuencia, sin despreciar su ascendencia secular y condicionantes culturales, surgieron identidades nacionales propias como la catalana y la vasca que ponían en duda la existencia misma del Estado español. Sobre este presupuesto se desarrolla la idea de la débil nacionalización española: débil impulso nacionalizador de la burguesía, deficiente administración, fuerte peso de los localismos y del militarismo y, en definitiva, un camino muy diferente al de otros países como Francia o Italia, que sí lograron imbricar a su población del espíritu nacional. En la línea de De Riquer se han situado obras de algunos historiadores contemporáneos, como es el caso de Juan Pablo Fusi9 o de 7 ORTEGA Y GASSET, José: España invertebrada: bosquejo de algunos pensamientos históricos, Madrid, Espasa-Calpe, 1999. 8 DE RIQUER, Borja: «La débil nacionalización española del siglo XIX», Historia Social, Núm. 20, 1994, pp. 97-144. 9 Véase FUSI, Juan Pablo: «Los nacionalismos y el Estado español: el siglo XX», Cuadernos de Historia Contemporánea, núm. 22, 2000, pp. 21-52; o la propia obra de FUSI: Juan Pablo, España, la evolución de la identidad nacional, Madrid, Temas de Hoy, 2000. 8 José Álvarez Junco10, cuyas obras han tenido un impacto muy amplio. Recientemente las tendencias historiográficas han cambiado. A ello ha ayudado la publicación de trabajos que han renovado los estudios sobre el nacionalismo español. Merece la pena destacar dos publicaciones recientes que aglutinan en sus páginas pequeños trabajos sobre la cuestión. Es el caso de los libros coordinados por Carlos Forcadell y Pilar Salomón11 y por Ismael Saz y el propio Archilés12. En el caso de los primeros, y sin abandonar la centralidad de la nacionalización como discurso primordial, se aborda la cuestión nacional española desde la perspectiva del siglo XX. En el caso de los segundos, se adoptan perspectivas novedosas, que se imbrican del nacionalismo banal, y que abarcan campos tan distantes como el deporte o los espectáculos televisivos. Los estudios de Alejandro Quiroga en torno a la nacionalización española y la identidad nacional española a lo largo del siglo XX también ahondan en nuevas perspectivas sobre el tema: ya sea aplicando estudios antropológicos o modelos comunicativos al proceso de transmisión de identidades o recogiendo la diversidad de identidades nacionales españolas que llega a darse en el seno de la sociedad a lo largo de la historia13. En todo caso, todos estos nuevos trabajos convergen hacia una dirección clara: un mayor peso de la historia social y cultural y, en definitiva, la apertura de nuevos campos de estudio respecto a los ya tratados14. Deporte e identidad Antes de entrar en las ramificaciones identitarias del deporte o en el uso nacionalista por parte de distintos movimientos políticos de las competiciones y los logros deportivos, conviene detenerse en algunos trabajos relativos a la realidad del deporte dentro de la sociedad y del marco del Estado. Uno de los autores que más ha trabajado este campo ha sido Luis María Cazorla Prieto, y una de sus obras más reseñadas y relevantes es Deporte y Estado15, donde el autor repasa algunas de las claves sociológicas, económicas, políticas e históricas para comprender el fenómeno deportivo a partir del siglo XIX y muy especialmente en el siglo XX. La obra de Cazorla Prieto es 10 ÁLVAREZ JUNCO, José: Máter dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, Madrid, Taurus, 2001. También: ÁLVAREZ JUNCO, José: «Los 'amantes de la libertad'. La cultura republicana española a principios del siglo XX», en TOWNSON, Nigel (ed.): El republicanismo en España (1830-1977), Madrid, Alianza, 1994, pp. 265-292. 11 FORCADELL, Carlos; SALOMÓN, Pilar; SAZ, Ismael (eds.): Discursos de España en el siglo XX, Valencia, Rústica, 2009. 12 SAZ, Ismael; ARCHILÉS, Ferran (eds.): La nación de los españoles. Discursos y prácticas del nacionalismo español en la época contemporánea, Valencia, Publicacions de la Universitat de Valencia, Rústica, 2012. 13 Véase, por ejemplo, tanto QUIROGA, Alejandro: «La nacionalización en España, una propuesta teórica», Ayer, núm. 90, 2013, pp. 17-38; como el número entero de la revista dedicado al mismo tema. 14 En este sentido, cabría mencionar aquí PERIS BLANES, Àlvar: «La nación española en la tele-realidad: símbolos, cultura y territorio», pp. 203-245; o GARCÍA CARRIÓN, Marta: «Escribir sobre cine para hablar de España: discursos de nacionalismo esañol en la cultura cinematográfica de los años veinte y treinta», pp. 169-203, ambos en en SAZ, Ismael; ARCHILÉS, Ferran (eds.): Estudios sobre nacionalismo y nación en la España contemporánea, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2011. También vale la pena destacar AIZPURU, Mikel: «Sobre la astenia del nacionalismo español a finales del siglo XIX y a principios del XX», Historia contemporánea, Núm. 23, 2001, pp. 811-849. 15 CAZORLA, Prieto: Deporte y Estado, Pamplona, Thomson Reuters Aranzadi, 2013. 9 promoción, tomando como modelos las estructuras organizativas y reglamentarias de otros países, en especial las suecas. Como se aprecia, el acercamiento de González Aja al deporte de inicios del siglo XX tiene un enfoque tanto histórico como sociológico, e ilustra la brecha existente entre la popularización de ciertos deportes durante esos mismos años —la profesionalización del fútbol llegaría a finales de los años veinte, antes de la II República— y el acceso a la actividad y a la educación física. No obstante, hubo proyectos encaminados a popularizar la misma en las clases populares. La autora cita el ejemplo de la Institución Libre de Enseñanza, desde donde se trató de introducir el deporte como una forma de completar la educación de los alumnos, no sólo desde un punto de vista físico sino también espiritual. Se promovieron excursiones y diversas actividades físicas, destacando asimismo la gimnasia por encima de otras. En cualquier caso, los intentos de la Institución Libre de Enseñanza quedarían igualmente reducidos a un campo aún elitista. Pero la gran aportación de González Aja al campo de estudio en el que se desarrolla este trabajo es su breve pero concienzudo análisis de la situación deportiva de España durante la dictadura franquista. El protagonismo del fútbol viene dado por la propia constitución de la realidad deportiva española durante el franquismo: fue el único deporte que a nivel nacional otorgó alegrías en forma de victorias. También era el más seguido y aquel donde los clubes privados eran más populares y cosechaban mejores resultados en competiciones internacionales. Sin embargo, González Aja no sólo se refiere al deporte rey en su estudio, sino que ramifica las posibilidades del mismo estudiando el modelo organizativo del deporte dentro de la dictadura. La estructura deportiva española durante el franquismo pronto quedaría completamente a merced del aparato estatal: como ilustra la autora, todas las federaciones estarían supeditadas desde muy pronto a la Delegación Nacional del Deporte (DND). Esta institución controlaría todas las facetas del deporte a muy distintos niveles: desde la designación de los presidentes de cada una de las federaciones, las cuales perderían su autonomía de manera inmediata tras la creación de la DND, hasta la supervisión y censura de la prensa deportiva. Los principales dirigentes de la DND pertenecerían al falangismo, quien rápidamente observaría en los deportes un vehículo idóneo para transmitir al mundo sus ideales sobre España y los ciudadanos españoles. Desde el punto de vista falangista, se observaba el deporte al modo fascista o nazi: una gran celebración patriótica en la que los deportistas nacionales mostraban al resto del mundo las virtudes de la raza. Lejos de este ideal, como muestra González Aja, el deporte español nunca logró los éxitos que sí lograron en su día los atletas italianos o alemanes. Según explica la investigadora, el franquismo deseaba explotar las posibilidades propagandísticas y nacionalizadoras del deporte, pero nunca ofreció las herramientas adecuadas para ello. Por un lado, la dictadura no estuvo dispuesta a financiar un modelo deportivo de Estado que, a la postre, permitiera aumentar los éxitos de las delegaciones españoles. Como se verá más 16 adelante en el trabajo del investigador Carlos Jesús López Díaz25, los atletas españoles participaron con escaso éxito en los primeros Juegos Olímpicos celebrados tras la Segunda Guerra Mundial. La tónica se mantendría durante todos los años del franquismo. La falta de recursos se unió a la escasa planificación directiva de quienes se situaron al frente de la Delegación Nacional del Deporte y de las federaciones. Lejos de tratarse de personas relativas al ámbito deportivo, el régimen colocó a cargos de confianza que poco o nada tenían que ver con la materia que tenían entre manos. Dada esta situación, relata González Aja, el deporte español apenas tuvo repercusión internacional durante la mayor parte de los años de la dictadura, con la excepción de deportistas singulares que cosecharon éxitos de diverso calado —el gimnasta Blume, el ciclista Bahamontes o el tenista Santana— cuyas victorias poco o nada debían al aparato franquista. En cualquier caso, González Aja pondera convenientemente la importancia del fútbol durante el franquismo. Utilizado como herramienta de distracción social de primer nivel, por la vía de la «cultura de la evasión», el fútbol se convirtió en el primer deporte de los españoles. Falange observó en las virtudes del juego atributos propios, y positivos, del carácter genuinamente español —como la furia o la impetuosidad, tópicos ya acuñados en los Juegos Olímpicos de Amberes y que se repetirían con frecuencia en la prensa deportiva— y los clubes españoles, así como la selección, ejercieron de embajadores del régimen en sus salidas internacionales. Como ilustra López Díaz en su investigación, los dirigentes de la Delegación Nacional del Deporte utilizaron los Juegos Olímpicos de Helsinki como herramienta diplomática, con objeto de colocar a España en el mapa internacional de las relaciones políticas26. González Aja es escéptica a este respecto y considera que el Real Madrid o la selección española difícilmente consiguieron dotar a España de mejores relaciones políticas con sus vecinos europeos o de otros continentes. En este sentido, España pasó largo tiempo después de la Guerra Civil sin poder enfrentarse a las principales selecciones europeas por la negativa de éstas —como es el caso de Inglaterra y de Francia— y la propia FIFA tuvo mucha delicadeza a la hora de configurar los grupos del Mundial de 1950, en el que España participó. Sí incide, en todo caso, en el papel de limpieza de imagen que ejercieron los clubes y la selección a partir de los años cincuenta y durante los años sesenta para el franquismo. Los triunfos del Real Madrid, cuyo máximo dirigente era un hombre del régimen, situaron a España en el plano mediático internacional y lograron suavizar la imagen que el resto de los europeos tenían de la España de Franco. Se puede decir algo parecido de la gran victoria de la selección española en 1964 frente a la Unión Soviética, con motivo de la final de la Eurocopa. El análisis de González Aja queda circunscrito de forma minoritaria al Real Madrid. Admite que el papel del Barcelona o del Athletic Club de Bilbao fue menor, no sólo por una trayectoria deportiva de menor calado 25 LÓPEZ DÍAZ, Carlos Jesús: «España en los Juegos Olímpicos de Helsnki 1952. La utilización del deporte y la prensa por el franquismo», AGON International Journal of Sport Sciences, 2(1) (2012), pp. 33-46. 26 Íbid., pp. 41-44. 17 internacional que la de su rival madrileño, sino también por las particularidades etnoterritoriales del fútbol español. Tanto uno como otro club sirvieron de baluarte a las aspiraciones regionalistas de catalanes y vascos. Así pues, González Aja incide también en la identificación popular del Real Madrid como equipo del régimen. Hay que entender esto último de forma relativa: si bien el Madrid no tenía demasiados problemas en servir de embajador de España en el extranjero y contribuir a mejorar la imagen del país gracias a sus triunfos, en una identificación voluntaria, fue el régimen quien utilizó los éxitos del club para asociarlos al éxito de la nación —figurado o no—. Si bien los artículos y libros que relacionan deporte y política son comunes, no es tan habitual, y por tanto se podría señalar cierto vacío bibliográfico, encontrar trabajos que también centren sus miradas en el efecto que los medios de comunicación tienen sobre ambos fenómenos. En este sentido, uno de los textos más citados y recurrentes en la bibliografía recopilada para este trabajo es el de Díaz-Noci. En un clarividente artículo, Díaz Noci analiza el arraigo social y las funciones identitarias de dos deportes muy distintos en el País Vasco: por un lado, qué papel jugó el fútbol a la hora de articular un discurso nacionalista vasco entre la población urbana y liberal de Bilbao; y, por otro, si ese papel fue replicado de algún modo por el nacionalismo vasco tradicionalista del ámbito rural, aunque en este caso alrededor de juegos de honda tradición popular, destacando por encima de todos ellos la pelota vasca27. De forma esquemática, Díaz Noci se vale del papel de los medios de comunicación tanto en castellano como en euskera para mostrar de qué modo los periodistas vascos propulsaron la popularización de uno y otro deporte, junto a una retórica nacionalista o de profunda significación local en base tanto a estereotipos relativos al juego como a la propia sociedad vasca. Se trata sin duda de un trabajo que sirve de referente para este que aquí se desarrolla. Combina nacionalismo, función social y nacionalizadora del deporte y papel de los medios de comunicación, prensa escrita en su totalidad, en la vertebración de la sociedad y en el desarrollo de un discurso nacionalizador y difusor del espectáculo deportivo. Parte de principios muy semejantes sobre los que se cimenta este trabajo, con dos salvedades de importancia: no dota de tanto protagonismo a los discursos empleados en las distintas publicaciones escritas a las que se acerca y se fija únicamente en el caso concreto del nacionalismo vasco, dejando de lado cualquier otra manifestación identitaria. Sin embargo, son cuestiones no demasiado relevantes a la hora de fijar el estudio de DíazNoci como modelo tanto metodológico como analítico del efecto nacionalizador de los deportes. Las virtudes de este trabajo son muchas, comenzando por la propia variedad y diversidad de la sociedad vasca de principios del siglo XX. Este es el marco que elige el investigador para centrar su análisis: los años veinte y los años treinta, época convulsa desde un punto de vista social y político 27 DÍAZ NOCI, Javier: «Los nacionalistas van al fútbol. Deporte, ideología y periodismo en los años 20 y 30», ZER Revista de estudios de comunicación, 9 (2000), pp. 357-394. 18 que contempló no sin celeridad la transformación del fútbol como un juego amateur en un espectáculo deportivo. La visión de Díaz-Noci es interesante desde el momento en que ilustra de qué modo el fútbol fue abrazado por la burguesía liberal-nacionalista de los grandes centros urbanos. El caso paradigmático es el del Athletic de Bilbao, uno de los primeros clubes de la península que desde sus inicios, gracias a la acción de sus fundadores, socios y jugadores, tuvo una ligazón obvia con el Partido Nacionalista Vasco (PNV). Según expone Díaz-Noci, el nacionalismo vasco urbanita y cosmopolita, abierto más al mundo exterior que sus homólogos rurales dada la posición de Bilbao como ciudad industrial y comercial, comprendió rápidamente que el fútbol podía ser utilizado como vehículo nacionalizador. No en vano, y al igual que se ha hecho mención en páginas anteriores en el análisis del trabajo de Llopis Goig28, el fútbol y el deporte en general permitirían crear nuevas identidades y lealtades sociales. Ideal en un contexto como el vasco, región receptora de inmigrantes durante estas décadas. Esta perspectiva puede ser proyectada a otros clubes de fútbol en otras regiones, y de ahí el interés que ofrece el trabajo de Díaz-Noci. Además, el autor lo antepone frente a la sociedad rural vasca, que rechaza en primera instancia el fútbol al ver en toda su modernidad asociada una amenaza a las formas de vida tradicionales del interior del territorio vasco. Allí el nacionalismo de corte foralista, según Díaz-Noci, se fijará en otro deporte, la pelota: a través de este juego implantado en la memoria colectiva del pueblo vasco desde mucho tiempo atrás, se impulsará la lengua autóctona y los valores asociados al tradicionalismo nacionalista. Esto sucederá especialmente, como comenta el investigador, en el País Vasco «continental», en referencia al territorio francés. De especial interés para esta investigación, dentro del propio trabajo de Díaz Noci, es el apartado dedicado al papel de la prensa en la formación de un imaginario colectivo en torno al deporte vasco. Díaz Noci no sólo hace acopio de numerosas publicaciones españolas y francesas a uno y otro lado de la frontera, sino que analiza, aunque con brevedad, sus relatos y su adscripción identitaria. No es casual que la prensa relativa al fútbol, como ya se ha dicho de corte liberal y urbana, estuviera escrita mayoritariamente en castellano y abriera su vocabulario a diversos anglicismos para describir las fases del juego. Como tampoco lo es que la prensa apegada al tradicionalismo rural se escribiera en euskera. Ambos son ejemplos superficiales pero significativos de cómo los medios de comunicación no sólo narraban una serie de hechos deportivos, sino que los edulcoraban y matizaban para insertarlos en un imaginario colectivo de corte nacionalizador. La relevancia del deporte en la sociedad vasca de los años veinte y treinta va de la mano de la proliferación de revistas y periódicos que tratan los eventos de mayor importancia. El trabajo muestra la evolución de la terminología periodística en torno al deporte, los usos habituales del lenguaje ya sea en castellano o en euskera o el desarrollo de clichés deportivos. 28 LLOPIS GOIG, Ramón: op. cit. pág. 40. 19 El análisis de los discursos patrióticos en torno al deporte El eje sobre el que rota este estudio es el análisis de los discursos patrióticos a propósito de los éxitos deportivos. Y en este sentido y relacionado con el trabajo citado por último en el anterior apartado, uno de los estudios que mejor se adapta a esta temática es el realizado por Julián Sanz Hoya sobre la evolución de la selección española de fútbol como vehículo del nacionalismo español desde el franquismo hasta nuestros días, tras los importantes éxitos obtenidos por el combinado nacional tanto en el verano de 2008 como en el verano de 201029. Sanz Hoya utiliza varios elementos que son comunes a los objetivos que aquí perseguimos: observar a través de la prensa los discursos patrióticos que los grandes medios de comunicación introducen con motivo de los éxitos deportivos. Sanz Hoya se centra exclusivamente en la selección española de fútbol, dado que es el elemento deportivo que mayor seguimiento logra en España, pero este análisis es igualmente válido para otros deportes y deportistas. El planteamiento de Sanz Hoya se divide en dos partes muy diferenciadas: la selección española de fútbol dentro del franquismo y la selección española de fútbol durante el periodo democrático actualmente vigente, en especial tras las victorias del combinado. Como el propio título de su texto da a entender, se trata de un viaje desde «la azul» hasta «la roja»: un análisis comparado del uso nacionalista y nacionalizador que tanto la dictadura franquista y todo su aparato mediático como los principales medios de comunicación de la democracia hicieron de los éxitos de la selección. La aportación más interesante de Sanz Hoya rota en torno a los discursos utilizados en prensa para exaltar y extrapolar las virtudes de los futbolistas españoles a las virtudes de todos los españoles. Esto se trata de algo especialmente evidente durante el franquismo: los periódicos, siempre controlados por el régimen, tratarían de explotar una serie de determinados tópicos sobre el carácter natural de los españoles para realizar una identificación consciente entre los once futbolistas reunidos bajo la camiseta de la selección española y el resto de ciudadanos del país. Se trata de una serie de atributos ya expuestos con anterioridad y que vertebran realmente el discurso mediático en torno al deporte español y la personalidad de los españoles: la raza, la virilidad, la impetuosidad, el genio hispánico y la furia, explotada desde la medalla de plata obtenida en Amberes en 1920 y que se convertirá en el auténtico tópico que habría de definir el estilo de juego de la selección y, de rebote, la idiosincrasia del pueblo español. Con mayor o menor entusiasmo, en función de la personalidad propia de cada periódico, Sanz Hoya analiza cómo todos los diarios reprodujeron fielmente el discurso en torno a las consignas articuladas por Falange en torno al 29 SANZ HOYA, Julián: «De la azul a 'la roja': fútbol e identidad nacional española durante la dictadura franquista y la democracia», en SAZ, Ismael, ARCHILÉS, Ferran (eds.): La nación de los españoles. Discursos y prácticas del nacionalismo español en la época contemporánea, Valencia, Publicacions de la Universitat de Valencia, Rústica, 2012, pp. 419-437. 20 deporte español, como ya vislumbrara González Aja con anterioridad. La selección española se convirtió así en un núcleo aglutinador de todas las identidades hispánicas y trató de servir de punto de unión entre el franquismo y todos los españoles, ejerciendo, al menos de forma teórica, de ancla identitaria entre los distintos ciudadanos españoles. Si los futbolistas de la selección representaban fielmente los atributos de la identidad española, entonces sus éxitos serían los de todo el país. Este doble juego representativo tendría su punto culminante, según muestra Sanz Hoya, en la victoria de España sobre la Unión Soviética en la Eurocopa de 1964. El equipo español se impondría en Madrid y bajo la atenta mirada de Francisco Franco al archienemigo tradicional del régimen: el comunismo. Los medios reprodujeron con entusiasmo las consignas enviadas por el régimen —los «veinticinco años de paz» son un lugar común recurrente en las crónicas posteriores al partido— y, partiendo del tópico de la furia y la genialidad pícara de los futbolistas españoles frente al orden industrial de los soviéticos, utilizaron la consecución del título europeo como espejo en el que reflejar el éxito del régimen: el gol de Marcelino se convertía así en la viva imagen de la modernización de la España de los sesenta, impulsada por el turismo y los planes desarrollistas, y la selección triunfante repleta de estrellas internacionales mostraba cómo la unión de todos los españoles en torno al régimen propiciaba el progreso del país. Como decimos, el discurso empleado por la dictadura era especialmente evidente en torno a la idea que el franquismo quería transmitir de sí mismo y del país que gestionaba al resto de los europeos, pero no significa que el discurso nacionalizador en torno a la idea de España quedara reducido únicamente a la dictadura. El gran logro, en lo que a historiografía sobre el deporte español se refiere, de Sanz Hoya reside en su análisis de los éxitos de la selección durante los últimos años. Se trata de un campo aún muy virgen, con pocos estudios al respecto y que, paradójicamente, cuenta con un gran potencial. No en vano, la última década ha visto nacer a grandes campeones nacionales en un puñado de deportes profesionalizados pero de gran relevancia social. Sanz Hoya establece un paralelismo histórico entre el objetivo nacionalizador —y explícitamente nacionalista— de los medios de comunicación franquistas con motivo de la selección española y el más sutil mensaje patriótico de los diarios generalistas y deportivos tras las conquistas recientes del combinado nacional. En el fondo subyace una idea semejante sobre el papel de la selección como elemento aglutinador de las distintas identidades nacionales del país. Los medios de comunicación contemporáneos también trataron de extrapolar su idea de la España del siglo XXI en base al modelo de juego de la selección española tanto en la Eurocopa de 2008 como en el Mundial de 2010: abandonado el tópico de la furia española y, por tanto, desligado el equipo nacional de las connotaciones históricas asociadas al periodo franquista gracias a un método de juego basado en la combinación y el pase en corto, los periódicos generalistas y deportivos encontraron en la selección nacional la imagen moderna y democrática que el país había alcanzado a finales de la primera década del pasado siglo. La 21 comunión de futbolistas de diferentes regiones supondría el éxito de la España de las autonomías y su fútbol vistoso, alegre y moderno refrendaría la España dinámica y europea construida tras la dictadura franquista. Del mismo modo que el franquismo utilizaría elementos cosméticos como argumentos identitarios y mediáticos, como el color de la camiseta durante los primeros años de la dictadura o en la final de la Eurocopa de 1964, se acuñó el concepto «la roja» para hablar de la nueva selección española victoriosa y renovada. Los paralelismos y las metáforas, como analiza Sanz Hoya, se introdujeron en lo más hondo de la tradición cultural española: del mismo modo que la selección se había sobrepuesto definitivamente a su halo catastrofista y derrotista, cultivado durante décadas por los fracasos del combinado nacional en cada Eurocopa y Mundial, la España que quedaba representaba en los jugadores españoles abandonaba la senda de la particularidad y se enmarcaba dentro de la modernidad europea como una nación en igualdad de progreso a todas las demás. Probablemente este discurso ha sido matizado a partir del Mundial obtenido en Sudáfrica, a raíz del recrudecimiento de la crisis económica en el país, pero en 2008 existía en la mayor parte de los medios de comunicación, como bien expone Sanz Hoya. Un discurso que busca cohesionar la identidad española en torno a hechos y argumentos muy distintos a los articulados por el franquismo, pero en el que subyace el mismo componente nacionalizador que en ocasiones anteriores. Otro de los estudios que más han abordado la interrelación entre identidades sociales y/o nacionales, medios de comunicación y fútbol es el pequeño texto de Luis Cantarero Abad30. En él, el autor aborda la cuestión del club de fútbol Real Zaragoza en su entorno social, tanto de la propia ciudad de Zaragoza como de la comunidad autónoma de Aragón. Cantarero estudia los discursos de los medios de comunicación aragoneses durante un periodo muy concreto de 2004, apenas tres meses, donde el Zaragoza obtiene la Copa del Rey frente al Real Madrid y la salvación de categoría en Primera División. Hay que tener en cuenta la importancia deportiva del Real Zaragoza en la región: en una comunidad carente de cualquier otro tipo de representación deportiva de alcance, el Real Zaragoza ejerce de núcleo aglutinador de diversas identidades sociales. Este polo de atracción del Zaragoza es poderoso en Aragón pese a que, al contrario que otros equipos españoles, no se desarrolla a su alrededor ningún tipo de retórica política nacionalista. Pero sí existe un fuerte componente cultural aragonés que, como analiza Cantarero, los medios difunden con entusiasmo. Así, Cantarero acude, al igual que pretende este trabajo acudir, a los recortes de prensa de una serie concreta de publicaciones de ámbito aragonés. Y analiza cómo se forja la idea del Zaragoza como depositario de una identidad aragonesa y zaragozana: ya sea mediante el apoyo explícito a la concesión de prebendas públicas —aumento de los presupuestos para su financiación en detrimento 30 CANTARERO ABAD, Luis: «La construcción de representaciones sociales a través del discurso textual: el club de fútbol del Real Zaragoza», en CANTARERO ABAD, Luis, ÁVILA, Ricardo (coords.): Ensayos sobre deportes: perspectivas sociales e históricas, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2007, pp. 143-178. 22 del deporte de base, promoción de un nuevo estadio de fútbol asimilable a otras grandes ciudades europeas— o la generación de una idiosincrasia propia del club en consonancia con el resto de la sociedad aragonesa —el valor de lo colectivo en detrimento de las personalidades individuales, por ejemplo, presente en los mito históricos del Real Zaragoza—. Estos relatos construyen una imagen del Zaragoza como embajador de Aragón y de la ciudad: sus triunfos son importantes porque tienen repercusión internacional y benefician al nombre de la ciudad, algo que podría traducirse en recursos económicos para la misma, y porque representan simbólicamente atributos concretos de los ciudadanos de la ciudad. No es casual que los símbolos del Real Zaragoza sean los mismos que los de la ciudad —el león dorado, por ejemplo, simboliza la rasmia y fiereza del conjunto de fútbol al mismo tiempo que hace lo propio para con el carácter noble pero orgulloso de sus ciudadanos— porque en él se desarrolla también la identidad local de los zaragozanos. Así la identidad se traspasa: el club de fútbol es una herramienta útil para proyectar la identidad de los aragoneses, y el primero termina definiendo y condicionando a la segunda. El Real Zaragoza ejercería así de ancla identitaria para miles de aragoneses, que mediante el despliegue de diversos símbolos contribuiría a construir un imaginario regional identitario común. Sería un paradigma de la comunidad imaginada y un elemento de cohesión. Toda esta retórica es común en los medios de comunicación de la ciudad, que animan a la unión de todo el pueblo en torno a una bandera que no divide y que encarna las virtudes históricas de los zaragozanos —«Zaragoza no se rinde»— y que es motivo de orgullo en las victorias y de dolor en las derrotas. Todo este análisis, como ya hemos dicho, complementado junto a recortes de prensa, hace del trabajo de Cantarero un importante punto de referencia para el estudio que aquí se aborda. En este sentido, y alejándonos ya de la órbita del fútbol, deporte que capitaliza en gran medida los estudios referidos a política y deporte en la historia de España, merece la pena citar el trabajo de Carlos Jesús López Díaz sobre la utilidad política de los Juegos Olímpicos de Helsinki, celebrados en 1952, para la dictadura franquista31. Al igual que el estudio de Díaz Noci, la investigación de López Díaz nos es de especial utilidad a la hora de estudiar las relaciones del poder, el deporte y los medios de comunicación. López Díaz afronta la cuestión desde una perspectiva mediática: cómo los Juegos Olímpicos sirvieron para transmitir en la prensa española valores sociales que la dictadura franquista creía conveniente transmitir al conjunto de la población nacional. No sólo eso: la investigación de López Díaz revela que el deporte era un arma de diferentes filos para el régimen dictatorial. Los Juegos Olímpicos sirvieron de punta de lanza para depurar la imagen en el extranjero de España y de la dictadura franquista: así lo muestran las comitivas glosadas por López Díaz que la delegación española celebraría en Helsinki, organizadas 31 LÓPEZ DÍAZ, Carlos Jesús: «España en los Juegos Olímpicos de Helsnki 1952. La utilización del deporte y la prensa por el franquismo», AGON International Journal of Sport Sciences, 2(1) (2012), pp. 33-46. 23 por el general Moscardó, presidente de la Delegación Nacional de Deportes, con el ánimo de establecer relaciones amistosas con diplomáticos de otros países en aras de mejorar la reputación del país en círculos internacionales. López Díaz acude tanto a extractos del Boletín Nacional del Estado como a crónicas y fragmentos de los medios de comunicación en su cobertura del evento deportivo para ilustrar estos hechos. La recta final del estudio sirve de modelo aproximado a lo que se pretende acercar este trabajo: un análisis de los discursos patrióticos subyacentes a las noticias, reportajes y crónicas de los medios de comunicación en materia deportiva. En el caso del franquismo se aprecian con especial notoriedad, como López Díaz desarrolla en los resultados de su investigación: pese al pobre desempeño de los atletas españoles en Helsinki, mermado el deporte español tras la guerra y carente de ayudas públicas que permitieran florecer una verdadera cultura deportiva de base durante estos años, la prensa escrita tratará de ilustrar del modo más benevolente posible los resultados obtenidos por los principales representantes del país. Así, y sin llegar aún al nivel de euforia desatado posteriormente en otros espectáculos deportivos —la Eurocopa de 1964 y las Copas de Europa del Madrid, como se verá más adelante—, diarios como ABC o El Mundo Deportivo transmitirían una imagen poderosa y triunfalista de los atletas españoles, exaltando victorias menores y minimizando las derrotas —con mención especial para la selección española de Waterpolo, principal protagonista mediático del evento—. Para López Díaz, la prensa generalista «manipuló a la opinión pública» y exageró las posibilidades de los deportistas españoles antes de la celebración de los Juegos Olímpicos, algo que le llevaría más tarde a maquillar sus fracasos. En lo relativo al campo del olimpismo, también merece la pena destacar el estudio de Gabriel Colomé sobre la organización y puesta en marcha de la Olimpiada Popular de 193632, que tuvo lugar en Barcelona, pocos días después del golpe de Estado de Francisco Franco. Colomé analiza cómo la organización de este evento tuvo desde el primer momento un fuerte componente político: se planteó como una oposición obrera a los Juegos Olímpicos burgueses que tendrían lugar en Berlín, en la Alemania nazi, ese mismo año. De este modo muchas organizaciones socialistas y comunistas, además de dirigentes nacionalistas catalanes, observaron en la organización de dicha Olimpiada Popular un método efectivo de protesta contra los JJOO organizados en un país fascista. La presencia del Frente Popular en el gobierno tanto francés como español dinamizó las gestiones de los organizadores, una pequeña asociación deportiva catalana: diversos organismos gubernamentales aportaron dinero para la puesta en marcha de la Olimpiada Popular y alrededor de unos 6.000 atletas se desplazaron a la ciudad condal. Se permitió la participación de atletas en representación de determinadas regiones o ciudades y tanto socialistas como comunistas 32 COLOMÉ, Gabriel: «La Olimpiada Popular de 1936: deporte y política», Working Papers: Institut de Ciènces Polítiques i Socials, núm. 264, 2008. 24 participaron activamente en las actividades de promoción y organización. En definitiva, Colomé expone cómo a mediados de los años 30 el deporte era un componente claramente instrumentalizable por el poder político, haciendo hincapié en las posibilidades nacionalizadoras, socializadoras e ideologizadoras de los grandes eventos deportivos. Colomé también analiza qué dijo la prensa catalana, más concretamente de Barcelona, sobre aquella Olimpiada Popular y cuál era el marco ideológico y nacionalizador que pretendía construir a su alrededor. Por último, merece la pena destacar que la utilización del deporte como vehículo de cohesión nacional o ideológica no se ha circunscrito únicamente al espectro mediático escrito. Sin duda tanto la televisión como la radio también han jugado un papel relevante, pero no hay que olvidarse tampoco del cine. Juan Antonio Simón Sanjurjo ha expuesto con claridad cómo el franquismo se sirvió de la industria cinematográfica para, a través de dos estrellas internacionales por aquel entonces enroladas en equipos de fútbol españoles, Ladislao Kubala y Alfredo Di Stéfano, transmitir valores que la dictadura franquista creía positivos33. La participación de Kubala y de Di Stéfano en filmes promovidos por el régimen coincidió con un buen momento de salud de los cines españoles, que por aquel entonces tenían una amplia recepción de espectadores. Sajurjo analiza como cine y fútbol fueron dos caras de la misma moneda para la dictadura franquista: dos herramientas idóneas para ahondar en la cultura de la evasión, desmovilizadora, que la dictadura pretendía imponer para mantener la paz social. En este sentido, la yuxtaposición de fútbol y cine en una sola ecuación permitió redoblar la potencia del mensaje. Las dos estrellas serían símbolos del poder financiero y deportivo de los clubes de fútbol españoles y portarían mensajes adecuados dentro del marco narrativo franquista: por un lado, Kubala sería presentado como una víctima del terror comunista, exiliado de su país de origen, Hungría, por la política represiva del régimen rojo; por otro, Di Stéfano encarnaría valores positivos asociados al modelo de hombre que el régimen deseaba, familiar, leal y valeroso. Las películas en las que participaron se enmarcaban dentro de discursos nacionalizadores en tanto que pese a ser extranjeros ambas estrellas decidían hacer suya la patria española y participar en la selección de fútbol nacional. Todo ello, en suma, apoyaba la cultura de la evasión citada con anterioridad y pone de manifiesto, aunque de manera singular, cómo las herramientas propagandísticas del régimen para utilizar el deporte como vehículo nacionalizador y de cohesión social se extendían ampliamente —aunque en este trabajo nos fijemos únicamente en el papel que los medios de comunicación escritos tuvieron en este sentido—. Y ya finalmente, desde una perspectiva más localista y reciente, Sixte Abadía Naudí y Xavier Pujadas Martí han tratado la realidad deportiva de la ciudad Barcelona a partir del proceso democratizador que surge en España tras la muerte de Francisco Franco y el agotamiento del régimen dictatorial. El estudio resulta de interés para la materia de estudio de este trabajo dada la relación que expone entre 33 SIMÓN SANJURJO, Juan Antonio: «Fútbol y cine en el franquismo: la utilización del héroe deportivo en la España de Franco», Historia y Comunicación Social, vol. 17, 2012, pp. 69-84. 25 siempre dentro de la sección de Deportes, frente a la apertura y las ocho páginas de ABC. Las diferencias no terminan ahí: si ABC recurría a tópicos más velados que en su previa pero aún presentes sobre la furia y el coraje de los españoles, La Vanguardia trazaba crónicas de perfil más ligero e indudablemente mejor escritas. Por contra, las felicitaciones de Francisco Franco al combinado nacional fueron publicadas en un gran cuadro a la derecha de la crónica/resumen del partido en la primera página de la sección de Deportes46. Del mismo modo que ABC, La Vanguardia se hizo eco de las reacciones furibundas y dignas de otro estudio sobre nacionalismo y fútbol, aunque en el caso inglés, de la prensa británica tras el partido. Aunque lo interesante aquí es, de nuevo, la utilización por parte de ambos diarios de estas altivas declaraciones de sus homólogos ingleses para realzar la victoria de España. Los dardos de su enviado especial resultaban esta vez más sutiles que los de ABC47: «Toda esta algarabía de reproches y confusiones revela, en realidad, la decepción que ha sufrido la opinión inglesa ante la derrota a manos de los españoles del otrora invencible fútbol inglés, una derrota que se ha producido al final de una semana especialmente aciaga para el deporte británico. Después de su total eliminación en Wimbledon y su derrota por los negros de las Indias Occidentales en Lords». Más adelante, La Vanguardia llevará a portada declaraciones de personalidades notables sobre el triunfo de «la furia española», de nuevo recurriendo al estereotipo del vigor y el empuje frente a la técnica inglesa. Hay que matizar, no obstante, que si bien La Vanguardia aplaude el partido de Inglaterra también se muestra crítica con su rigidez técnica, en un discurso menos maximalista y más matizado, y por tanto menos estereotipado, respecto a sus homólogos del ABC. Mayor interés reviste, sin embargo, una pequeña crónica publicada en la página 14 de ese mismo día sobre el seguimiento del partido en la capital catalana, Barcelona. Todo un ejemplo de proceso nacionalizador por medio del fútbol, y más aún en una ciudad donde el nacionalismo tuvo antes de la dictadura franquista tanta importancia. El redactor habla de más de un millón de barceloneses apoyando a la selección española en su encuentro contra Inglaterra y de un auténtico y hondo sentimiento de alegría por la victoria del combinado nacional que, en páginas anteriores, había vuelto a ser citado como «nuestro equipo». También el de los catalanes48: «Toda Barcelona, así, toda, sin excepciones, desde un punto u otro, se hallaba a la escucha. Y se fueron siguiendo, con la fértil imaginación española que Dios nos ha dado, paso a paso, las incidencias del encuentro. Cuando en los primeros minutos los delanteros ingleses 46 «España, en el sensacional encuentro de Río, derrotó a Inglaterra por 1 a 0», La Vanguardia, 04/07/1950, pág. 11. 47 «Fallo de la tradicional ecuanimidad inglesa», La Vanguardia, 04/07/1950, pág. 12. 48 «En Río había 100.000 y en Barcelona un millón», La Vanguardia, 04/07/1950, pág. 13. 32 bombardeaban sin descanso la puerta defendida por Ramallets, el barcelonés apretó con rabia las quijadas; cuando, acto seguido, vino la reacción del once de la camiseta grana, el barcelonés abrió los ojos en actitud de nerviosa expectativa; cuando llegó el descanso con el empate a cero (…), siguió la inquietud, porque no consistía en ganar la Liga del grupo, consistía en vencer al coloso». El gran éxito: la Eurocopa de 1964 Catorce años después del primer gran éxito de la selección española durante el franquismo, España lograría el que durante aún más años que el gol de Zarra serviría de punto de referencia mitológico para el fútbol nacional. En 1964 uno de los equipos más talentosos de la historia de la selección española se imponía en Madrid al combinado de la Unión Soviética por dos tantos a uno49. Se trataba del primer título, y hasta más de cuarenta años después único, que la selección española conseguía en su historia, tras la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920. La simbología del triunfo vendría marcada por las propias circunstancias políticas de la época y por la naturaleza del rival: nada menos que la Unión Soviética, el enemigo comunista, la antítesis del régimen franquista. Hasta el punto de que cuatro años atrás, durante la celebración del primer torneo europeo de selecciones, el propio régimen impidió al combinado español enfrentarse al soviético en los cuartos de final. Por aquel entonces Di Stéfano aún jugaba para España, y la negativa del régimen de permitir la entrada de los futbolistas soviéticos impidió que la selección demostrara si era capaz o no de alzarse con el trofeo50. Finalmente, fue la propia Unión Soviética la que se llevó el premio en aquella primera edición. En 1964 los mismos equipos volverían a encontrarse en la final y, esta vez, la dictadura franquista no se opuso a la celebración del partido. No en vano, la posible victoria se trataba de un elemento simbólico irrepetible a nivel deportivo. Y así fue: el gol de Marcelino con la presencia de Francisco Franco en el palco sirvió de elemento de reafirmación nacional frente al enemigo tradicional del régimen, el comunismo. Todos estos elementos —oportunidad histórica, poderío del rival, connotaciones políticas— estaban presentes en las crónicas previas al partido decisorio, que tuvo lugar el 21 de junio de 1964 en el estadio Santiago Bernabeu. Como ya sucediera frente a Inglaterra en 1950, ABC presentaba el enfrentamiento entre ambos equipos desde estereotipos deportivos y culturales. Por un lado, el conjunto soviético representaba la sublimación de lo mecánico, el encanto de lo industrial y la certidumbre de la técnica. Por otro, el español se aferraba al «divo» y al natural carácter individualista de los latinos. Los rusos, como son frecuentemente citados en las crónicas, habían «encontrado en el fútbol un juego muy acorde con su característica de hacer protagonista a la masa 49 «Marcelino dio a España su mayor triunfo», Historia de la Eurocopa, Madrid, As, 2008, pp. 40-41. 50 «La política se inmiscuye en el deporte», Historia de la Eurocopa, Madrid, As, 2008, pp. 18-19. 33 o al coro». Era un juego «muy asociativo, de conjunto», frente a «nuestro fútbol, el español», mucho más «individualista, como somos los españoles o los latinos, pendientes del 'divo'». Sin embargo, el cronista en cuestión no creía que se debiera subestimar a los soviéticos. En todo caso, la selección indudablemente favorita era la española51: «Nuestra historia futbolística es larga y dilatada, pero no aparece en ella un encuentro con Rusia porque el fútbol de este país en el orden internacional se desarrolla precisamente en los últimos treinta años en que hemos estado cortados diplomáticamente. Por antigüedad, por calidad histórica, España debería vencer a Rusia». Adiós al sentimiento de inferioridad propio de las crónicas previas al partido entre España e Inglaterra. La generación de futbolistas con la que contaba la selección nacional invitaba al optimismo, ahora más que nunca tras las victorias en Europa del Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona. El mensaje era claro: no hay ningún motivo por el que la Unión Soviética sea mejor que España. En una España en plena ascensión como país, el victimismo era algo ya enterrado. Por su parte, La Vanguardia se mostraba mucho menos entusiasmada en todos los sentidos. En su crónica previa del mismo domingo en el que tendría lugar el partido, el periódico alertaba sobre un posible exceso de optimismo por parte de los españoles. Lejos del claro favoritismo que su homólogo madrileño otorgaba a la selección nacional, La Vanguardia optaba por no reducir las posibilidades de los soviéticos. Esta prudencia y carencia de entusiasmo se veía reflejada también en el espacio dedicado a la previa del partido. Muy lejos de las varias páginas de ABC: apenas un recuadro a tres columnas en la primera página de Deportes, ni siquiera a página completa, tras, eso sí, un titular a cinco columnas meramente informativo. De mayor interés revierte sin embargo la entradilla de la noticia relativa al partido que enfrentaría a España y la Unión Soviética. Ocupa prácticamente un tercio del texto, y sobre él sobrevuela la sombra de la política. La Vanguardia hace un llamado para evitar caer en la politización del partido, hasta el punto de decir que «hemos de hacer el esfuerzo para comprenderlo así y atenernos a las consecuencias. De otra manera no valdría la pena la lucha por la convivencia que se viene sosteniendo en todo el mundo», en referencia a la compleja pero necesaria tarea de afrontar el choque como un evento únicamente deportivo52. Las diferencias se acentuaron aún más cuando, dos días más tarde, las diferentes cabeceras trataron la victoria de España en sus páginas. Si bien es posible establecer unas líneas comunes, al igual que el caso anteriormente tratado del Mundial de 1950, en esta ocasión el entusiasmo, traducido en una mayor relevancia informativa del evento, iba a corresponder a ABC. Es posible establecer una lectura política: mientras ABC hacía las veces de órgano nacionalista y leal al régimen franquista, La 51 «España y la URSS, en una final sin pronóstico», ABC, 21/06/1964, pág. 91. 52 «Las selecciones de España y la URSS, frente a frente en el partido final de la II Copa de Europa de Naciones», La Vaguardia, 21/05/1964, pág. 62. 34 Vanguardia, sin dejar de estar férreamente controlada por la dictadura, se orientaba hacia un público distinto. Catalán y de diferente sensibilidad. ¿En qué se traduce esto a la hora de leer los dos periódicos? No sólo en los contenidos, de un claro cariz propagandístico y patriótico por parte de ABC y de mayor peso informativo y analítico en La Vanguardia, sino también en la forma: ambos llevaron la victoria a su portada53, al contrario que en la gesta de menor importancia de 1950, pero las similitudes terminaron ahí. ABC desplegó todo un arsenal de crónicas y montajes fotográficos. La victoria de España frente a la Unión Soviética aparece en las páginas 14, 15 y 17 en forma de fotografías comentadas. Y más tarde, si bien no es apertura de periódico como en la victoria de España frente a Inglaterra en el Mundial de catorce años atrás, sí cuenta con un espacio preferencial en la sección de Deportes. Seis páginas completas, que junto a las previamente citadas hacen diez en total, dedicadas al partido. La Vanguardia se mostró mucho menos exhaustiva en su información sobre el tan trascendente partido: portada y apertura de Deportes, donde página y media, la 35 y la 36, se encargarían de dar cuenta de la victoria al lector barcelonés. Y ya, porque el resto de páginas de Deportes irían dedicadas a otros menesteres. En lo relativo al contenido y al tratamiento de la información, de nuevo ABC ofrece una perspectiva mucho más emocional e ideológica que La Vanguardia. Sin embargo, merecen destacarse dos aspectos de uno y otro periódico. Por un lado, ambos insisten en la culminación simbólica que la Eurocopa supone para el régimen franquista. Una especie de agregado emocional y deportivo a los paralelamente citados «veinticinco años de paz». ABC es mucho más exhaustivo en esta parcela, con fragmentos que se acercan al culto a la personalidad puro y duro, pero la mayor relajación ideológica de La Vanguardia no impide que las cartas estén marcadas de antemano. La crónica oficial del partido: desde el principio, la entradilla insiste en el tópico del particular temperamento español, destacado por su especial «elemento emocional». Se trataba pues de un partido de fútbol «entendido a la española», en el que los jugadores debían mostrarse aguerridos y corajidos, hasta el mundo de evitar «los fracasos que hemos lamentado en otras ocasiones». La victoria de España partía ya de un elemento tan español como atemporal: el carácter. «Todos hemos sentido un especial impulso que ha producido una situación nueva. Más aún, inédita», comentaba el cronista de La Vanguardia. Así que, por lo pronto, España había alcanzado el cetro europeo gracias a una especie de fuerza puramente española al margen de elementos tácticos o técnicos. ¿A qué se debía tan importante hecho, que había propiciado nada menos que una victoria que en años anteriores hubiera tornado en fracaso? Quizá a la particularidad política del partido. Política y emocional: 53 «Apoteosis en el 'Bernabeu': España vencedora en la II Copa de las Naciones», La Vanguardia, 23/06/1964, pág. 1; y «La Copa de Europa, para España», ABC, 23/06/1964, pág. 1. 35 «El clima en que se ha jugado este España-URSS no ha tenido —ni podría tenerlo— precedente. Se trataba de un partido único, aparte de los demás, distinto de todos. Un partido que no puede incluirse en la lista general. Más que nunca, esta vez el ambiente ha sido decisivo». Como se verá más adelante, esta sutilidad del redactor del periódico barcelonés no se verá correspondida en su homólogo madrileño. La Vanguardia en apariencia acoge el partido con frialdad y exquisita, por llamarla de algún modo, neutralidad. Pero en apenas una veintena de líneas ya ha introducido la idea fuerza que dominará la imagen del español y de sus futbolistas: su capacidad para estar unidos y para, con convicción y devoción, sobreponerse a las circunstancias adversas. Una suerte de pensamiento mágico que tendría su continuación en los párrafos siguientes, introducidos bajo el cintillo «Pueblo y público»: «Los ciento veinte mil espectadores que acudieron y se estrujaron en el estadio Bernabeu no estaban dispuestos a perder este partido. Su presencia y su actitud demostraban bien claramente su deseo, su exigencia, de victoria. Nada ni nadie les arrebataría el triunfo». De nuevo, la unidad por encima de todo lo demás. La unidad de los aficionados y, de forma paralela, la unidad del país, acaso uno de los pilares del nacionalismo español y muy afianzado en el imaginario franquista. Una unidad, además, que rotaba en torno a la figura que mejor representaba a España: Francisco Franco: «No faltó el primer español: Franco. Su presencia en el palco presidencial fue saludada con una inacabable ovación del estadio entero puesto en pie. Los españoles allí presentes quisieron demostrarle ante todo su adhesión en este cuarto de siglo de paz que le debemos y además su satisfacción porque estaba con ellos. Y Franco —junto a su esposa— saludó a su pueblo, enviándole, con su reposado ademán, el afecto y la seguridad». Si el pueblo español estaba unido en contra del enemigo era gracias, en gran medida, a la figura de Franco. La Vanguardia fusiona aquí dos de las ideas principales que manejan la crónica antes de comenzar a hablar estrictamente del partido. El poder genuino del carácter español y la necesidad de que éste se desarrolle en un contexto de unidad nacional, propiciado por el máximo representante de la misma, Francisco Franco. Una vez superadas estas líneas, la crónica se desliza hacia un terreno mucho más deportivo, alejado no sólo de consignas políticas sino también de clichés y estereotipos, impecable en el apartado formal54. 54 «España triunfa en la II Copa de Europa de Naciones», La Vanguardia, 23/06/1964, pág. 35. 36 La información de La Vanguardia del partido no termina ahí. Justo debajo de la crónica previamente citada aparece otra, de carácter más personal, que sirve de complemento a la pieza principal. En ella se da cuenta asimismo de lo sucedido en el partido, aunque la aproximación es más cercana a un artículo de opinión. Y es aquí donde podemos encontrar el análisis de lo sucedido en torno a los estereotipos, que de nuevo servirían para reafirmar una condición nacional distintiva del español frente a sus enemigos. En la pieza, titulada «Pereda, Jusainov y Marcelino consiguieron los goles del partido»55, se presenta a los jugadores rusos como auténticos portentos físicos, férreamente inexpugnables en defensa y mecánicos. A los españoles, por el contrario, se les atribuyen condiciones físicas menos impresionantes pero una vivaz imaginación. Ni siquiera a nivel técnico se trata de equiparar a ambos equipos. El autor del artículo sostiene que el fútbol de los soviéticos «quizá tuviera más técnica» que el de los españoles, pero considera que la selección nacional contaba con jugadores más «ágiles y hábiles» y con la dosis de ingenio e «imaginación» necesaria para vencer al bien plantado equipo ruso. En algún momento, incluso, se plantea la conveniencia de redundar en los tópicos sobre el rival: «Los lugares comunes, los tópicos, llegan a serlo porque calan pronto en la gente y les facilita su propia interpretación de los hechos. De esta forma, nos hemos cansado de oír estos días que los rusos, los jugadores rusos de fútbol, son poco imaginativos. No sé. Ocurre, eso sí, que los rusos son, constituyen un equipo fuerte y homogéneo, y concebido así el fútbol, es más difícil dar cuatro regates seguidos, lanzar el balón hacia atrás o pasarse al sitio del contrario». La imagen que se transmitía del fútbol español era la que, de algún modo, podría resumir el carácter del pueblo español: puede que no el más fuerte físicamente, puede que no el más dotado técnicamente, pero desde luego el que más corazón, empuje, espíritu e ingenio podía ofrecer. La crónica se complementa con un pequeño recuadro donde se da cuenta del recibimiento de Francisco Franco a los jugadores de la selección española después de la victoria56, como ya sucediera en el mismo periódico tras la victoria ante Inglaterra en 1950 —aunque en aquella ocasión se tratara únicamente de la felicitación del dictador—. Las similitudes entre los relatos de ABC y La Vanguardia existen pero, como ya se ha visto, el discurso del diario catalán es más laxo, menos patriótico y mucho más centrado en lo deportivo que, como veremos, el del periódico madrileño. No obstante, hay algo en lo que ambos coinciden plenamente: las crónicas de los periódicos extranjeros. ABC y La Vanguardia se sirvieron del mismo teletipo para recoger las reacciones de los diarios europeos57. Al igual que en el caso del Mundial de Brasil, se puede comprobar cómo los 55 «Pereda, Jusainov y Marcelino consiguieron los goles del partido», La Vanguardia, 23/06/1964, pág. 35. 56 «Audiencia del Jefe del Estado a los jugadores de la selección nacional», La Vanguardia, 23/06/1964, pág. 35. 57 «Prensa extranjera», La Vanguardia, 23/06/1964, pág. 36; y «Repercusión en la prensa extranjera», ABC, 37 estereotipos sobre el carácter y el fútbol español se reproducen con mayor profundidad en la prensa europea que en los periódicos nacionales. Es el caso de los diarios italianos: el Corriere della Sera llevaba a portada «España furia», como destaca el teletipo reproducido por ambos periódicos, y de algún modo podía contribuir a afianzar la imagen nacional que de sí mismo tenía el español. También merece la pena destacar el espacio dedicado a la prensa soviética. En la crónica se entrelazan dos elementos: por un lado, el redactor de turno destaca las protestas soviéticas a cuenta de los árbitros, señalando el mal perder, o achacando la victoria a elementos ajenos al talento español, del rival; por otro, se analizan los elogios que el mismo rival vierte sobre el propio equipo nacional. Este doble proceso permite presentar al equipo español tanto víctima de infundadas acusaciones y ataques —la victoria gracias a la connivencia arbitral— como ejemplo para el rival derrotado y admirable prodigio de talento. A partir de aquí, la efusividad y la carga ideológica de ABC no tiene nada que ver con lo anteriormente expuesto de La Vanguardia. Desde el primer momento el periódico no ocultaría sus cartas. La apertura de la sección de Deportes intercalaría la crónica del partido con un pequeño alegato propagandístico a modo de introducción. Antes que nada, el lector se veía obligado, por prioridad informativa, a leer lo siguiente58: «Ante el equipo de la URSS, cuya roja bandera estaba izada en lo alto del estadio (…) una masa heterogénea de 120.000 españoles de todas las edades y clases tributó el domingo al Jefe del Estado una de las más sostenidas, fervientes y clamorosas ovaciones que registra su larga vida política (…) Al cabo de veinticinco años de paz, detrás de cada aplauso sonaba un auténtico y elocuente respaldo al espíritu del 18 de julio. En este cuarto de siglo, diríase que nunca había rayado más alto la intencionada y entusiasta adhesión popular al Estado nacido de la victoria sobre el comunismo y sus compañeros de viaje, de dentro y de fuera». El mensaje no podría ser más explícito. Lo más importante del partido no era el resultado, aunque eso llegaría más tarde, sino la indudable muestra de cariño y afecto del pueblo español a Francisco Franco. Un hecho doblemente relevante dada la presencia de medios de comunicación de toda Europa y del enemigo tradicional del régimen: el comunismo. ABC lo recuerda: «la victoria sobre el comunismo», ya viniera desde fuera, en este caso la Unión Soviética, o desde dentro, en este caso los derrotados en la contienda bélica. España se enorgullecía primero del cuarto de siglo de paz y de Francisco Franco, y, más tarde, de sus futbolistas y de su sentimiento patriótico. Pero lo esencial, como la estructura informativa de ABC dejaba claro, era la lealtad al dictador. 23/06/1964, pp. 58-59. 58 «España gana la Copa de Europa de naciones al vencer a la URSS por 2-1», ABC, 23/06/1964, pág. 55. 38 El partido no sólo había servido para que el pueblo reafirmara su apoyo a Francisco Franco, sino que también ejercía de símbolo del progreso y la modernidad del país. Es en el siguiente párrafo del pequeño artículo introductorio donde se puede encontrar un mayor espíritu nacionalizador. Para ABC, la victoria de España sobre la Unión Soviética representaba el éxito del proyecto franquista, que durante los años sesenta comenzaba a despegar el vuelo gracias a los planes desarrollistas introducidos a principios de la década. El fútbol español caminaba en 1964 paralelo al crecimiento del país, o así al menos lo entendía el periódico. Más aún: estos éxitos, tanto los deportivos como los económicos y sociales, surgían de la «unidad» del pueblo español, de su solidaridad y de su coherencia. Las cuestiones deportivas quedaban más al margen. El partido culminaba la «ventura nacional» de todos los españoles. Era un éxito total: «Por encima de sus espléndidos y evidentes valores deportivos, esta final de la Copa de Europa de Naciones tiene una extensa significación cívica y política que sólo los miopes empecinados pueden negar. España es un pueblo cada día más ordenado, maduro y coherente, que marcha solidario por los caminos reales del desarrollo económico, social e institucional. A esta luz clara y rotunda, la hostilidad de quienes desde el exterior continúan con el reloj de la historia parado cobra un tinte grisáceo y grotesco. España avanza unida en la labor y en el propósito. Es una ventura nacional». Los destinos de la selección española y de España como país quedaban de este modo unidos, y los gestos de afecto y apoyo de los aficionados del Bernabeu a su equipo representaban su adhesión a la nación. Un relato, el del encuentro, que no haría sino perpetuar los clichés culturales y deportivos de cada selección e incidir en el simbolismo político y patriótico del partido. Por lo pronto, la crónica destacaría la justicia con la que España habría obtenido el título. Merece la pena respetar al equipo soviético, da a entender el redactor, pero España ha sido sin ninguna dura un equipo superior merecedor de la victoria. Aquí el triunfalismo es notorio, lejos ya de la equidistancia emocional de La Vanguardia o de la reverencial admiración hacia Inglaterra en el Mundial de Brasil. Pese a tratarse de un partido nivelado, según ABC, era «normal» que España se impusiera en el marcador, «porque fue el equipo de mayor chispa y mejores agudezas en el ataque». E insistía el redactor: «No es la primera vez, ni será la última, que un gol bien hecho justifica un resultado». España era la merecedora triunfadora no sólo del partido, sino de todo el campeonato. Más aún: ya no había que tener miedo a la leyenda de algunos equipos. La Unión Soviética no había parecido tan fiera durante el transcurso del partido. España estaba al mismo nivel que todos los demás, sino más alta. Una idea patriótica reflejada en el siguiente fragmento: «(...) vencer al campeón cuando el campeón era la URSS tenían un aliciente mayor por la 39 aureola que envuelve a todo lo soviético, a su gigante personalidad, a su fama, a la curiosidad por observar sus figuras, al misterio de lo desconocido, aunque luego, al hacerles bajar del pedestal, comprobemos que los jugadores son como nosotros y que en fútbol no son mejores que nosotros». Y si así se trataba no era gracias a la técnica, a la táctica o al físico. De nuevo, España había logrado imponerse a su rival gracias a su «inspiración» y «decisión en los frutos» típica del «temperamento español». ABC redundaba una vez más en los tópicos del fútbol español y del carácter nacional: la emoción, la «luz de esperanza», acaso el «genio de la hispanidad», aunque el propio periodista admita que no es para tanto. Los triunfos de España poco tenían que ver con su pericia técnica o con su fortaleza física. Se trataba de la inspiración, de la habilidad o el ingenio. La crónica tampoco quedaba exenta de connotaciones políticas, aunque en esta ocasión mucho más ligeras. Explica el cronista: «La final europea ha tenido una grandeza previa y otra grandeza posterior al partido que han sido superiores al partido mismo. El clima apasionante, el nerviosismo, el espíritu de lucha, el compromiso o la responsabilidad nacional, el temor a perder, tenían que influir en el juego». La idea de «responsabilidad nacional» sitúa al encuentro por encima de lo deportivo, en un estadio de reto patriótico que concierne a todos los españoles. Su superación es un éxito del país en su conjunto, no sólo del equipo nacional de fútbol. Se trataba, no en vano, de un «gran partido» que había jugado toda la nación: una «manifestación oficial y sentido popular» de «grandeza sorda y brillantez social colectiva», que debía mostrar al mundo «una comprensión libre, sin menoscabo del firme criterio de lo que somos y del por qué lo somos». La final de la Eurocopa era el espejo en el que España reflejaba su propia imagen hacia el resto del mundo. La imagen de un país unido en torno a su líder, Francisco Franco, que camina hacia la victoria de la mano de su selección de fútbol. El simbolismo es poderoso porque el fútbol, como bien recuerda el redactor de ABC, es un «mercado común» de «sociabilidad» y «contacto de los países» al que ahora España accedía por «derecho propio». Y si el fútbol se trataba de un gran teatro donde los países definían su identidad colectiva, España había ganado entonces algo más que un trofeo, había «ganado también para el mundo otro partido, como es el de la interpretación de nuestros pasos y nuestra vida en cada instante». Y mucho más, incluida la transformación del rojo de la camiseta en el azul nacional. «El 2-1 del marcador es bastante, pero hay más por debato y por encima de la victoria obtenida por nuestro equipo azul: es el triunfo nacional completo de la dirección del 40 deporte español, para el que tiene la política del Estado en pleno reconocimiento, la máxima confianza, el posible apoyo. Y la gratitud, en justa correspondencia a lo que el deporte español pone personal y colectivamente al servicio de su Patria»59. Cuesta encontrar mejores ejemplos de nacionalización de las masas por medio del deporte que el triunfo de la selección española frente a la Unión Soviética en 1964. Como se ha visto, el régimen desplegó toda su artillería mediática para relacionar la positiva marcha del país y su triunfo un cuarto de siglo después con la brillantez del equipo de fútbol nacional. Deporte y nación se mezclaban hasta el punto de no haber diferencia entre uno y otro. Los éxitos de uno y de otra quedaban estrechamente relacionados sobre los pilares ideológicos del régimen: la unidad de todos los españoles en torno al dictador Francisco Franco y los estereotipos y clichés sobre el carácter y la forma de ser de los españoles. Así, el fútbol determinaba la forma de ser política y social, o al menos así aspiraban a difundirlo los medios de comunicación analizados, de los ciudadanos españoles. ABC en gran medida y La Vanguardia con mayor sutileza. Será una constante el mayor protagonismo deportivo en las páginas del diario madrileño que el barcelonés, pero no convendría despreciar la ligereza y menor inversión emocional mediante la que La Vanguardia, frente al entusiasmo de ABC, trata la victoria del equipo nacional. 1959: el Tour de Federico Martín Bahamontes El fútbol fue sin duda el principal deporte del país durante el franquismo, pero los éxitos del combinado nacional y de los clubes más importantes de España tuvieron también paralelismos en otros deportes. Un caso significativo, por repercusión social e importancia de los logros, fue el del ciclismo: un análisis superficial de la prensa deportiva o de la sección deportiva de los diarios generalistas revela cómo el ciclismo, durante los cincuenta y los sesenta, tuvo un protagonismo importante en el espectro mediático español. Sin que ello tuviera una relación directamente proporcional con la frecuencia de sus éxitos, por muy paradójico que sea. En todo caso, sí hubo hazañas relevantes y de amplio eco mediático. Y la más célebre de todas ellas fue la consecución del Tour de Francia de 1959 por Federico Martín Bahamontes60. Por primera vez en la ya dilatada historia de la ronda francesa, la prueba más dura y prestigiosa del calendario internacional y en la que habían inscrito su nombre los ciclistas de mayor leyenda, un español se alzaba en París con el maillot amarillo. Este hecho tan excepcional, ubicado temporalmente en el corazón del franquismo, no pasó desapercibido para la prensa del régimen y para la propia dictadura. Poco a poco, conforme el delgado escalador afianzaba su ventaja sobre el resto de ciclistas europeos, tanto la prensa 59 «España gana la Copa de Europa de naciones al vencer a la URSS por 2-1», ABC, 23/06/1964, pág. 57. 60 Para consultar los resultados obtenidos por Indurain en el Tour de Francia de 1995, véase la página oficial del Tour de Francia. [http://www.letour.fr/HISTO/us/TDF/1959/index.html, consultado por última vez el 28/10/2013] 41 político de ABC se transformaba en Mundo Deportivo, una vez más, en un patriotismo de corte más deportivo, centrado en la propia salud del ciclismo español y en su comparación a otros deportes o naciones vecinas. Las referencias explícitamente políticas no son tan comunes, pero Mundo Deportivo también incluye menciones al grito unánime de los españoles en torno al corredor toledano o, en la misma línea, al «milagro» de «apasionar a todo un país»76. Por último, se podría mencionar la cobertura de La Vanguardia al respecto: si bien Bahamontes aparece en la página tres, en una hoja dedicada al reportaje gráfico, la sección de Deportes tan sólo dedica una página y media. Y con una retórica muy laxa, estrictamente deportiva, sin alardes patrióticos semejantes a los de ABC, en contraposición a, como hemos visto, las victorias de la selección española. No obstante, hay dos puntos destacables de La Vanguardia que pueden ser extrapolables al resto de crónicas sobre Bahamontes y su Tour tanto de ABC como de Mundo Deportivo: la presencia de Langarica, director del equipo español, como el líder por encima de sus corredores y sabio experto que supo controlar a Bahamontes y llevarle en brazos hasta la victoria final; y el punto exótico pero no exento de carga ideológica de Fermina, la mujer de Bahamontes que hace su aparición recurrente en los textos sobre el ciclista a medida que se acerca la última etapa77. La esposa del toledano será convertida en ejemplo de mujer que acude a París a felicitar a su marido el día de su victoria, además de objeto de aplauso y comentario por el resto de la prensa internacional o los propios aficionados franceses. Un papel que los medios le reservan y que, de algún modo, delimitaría el rol de la mujer en el franquismo. Santana y la Copa Davis: del ostracismo al orgullo de ser español El 2 de julio de 1966 ABC se rendía a Manuel Santana78. El tenista madrileño había logrado lo que ningún otro deportista español en la historia: se había impuesto en el Campeonato de Wimbledon, acaso aún hoy el torneo de tenis más prestigioso y relevante del circuito internacional. El diario madrileño dedicó la portada en su totalidad a la imagen de Santana levantando y besando el cetro que le acreditaba como campeón de Wimbledon. De este modo, Santana pasaba a la inmortalidad del deporte español y del espectro mediático del momento: no en vano, tanto ABC como La Vanguardia y Mundo Deportivo decidieron delegar en Santana las funciones que pocos años antes había desempeñado Bahamontes. La de un atleta excepcional a cuyos triunfos atribuir las mejores virtudes del pueblo español. En todo caso, el caso de Santana en Wimbledon fue excepcional por dos motivos: el primero, por la superficie sobre la que se disputa todavía hoy el campeonato, hierba, una excepcionalidad dentro de los grandes torneos de tenis del planeta; el 76 Todo lo expuesto en la última página extraído de: «El XLVI Tpur para Bahamontes: primer ciclista español que inscribe su nombre en el historial de los vencedores», Mundo Deportivo, 19/07/1959. pág. 1. 77 La Vanguardia, 19/07/1959, pp. 3 y 32-33. 78 «La primera raqueta del mundo», ABC, 02/07/1966, pág. 1. 48 segundo, y más importante en el contexto del trabajo que nos atañe, por el extraordinario eco mediático, quizá propiciado por el hecho mencionado con anterioridad, que su victoria alcanzó entre los tres diarios aquí analizados. En 1966 Manuel Santana ya había ganado por dos ocasiones el Torneo de Roland Garros, celebrado en París sobre tierra batida, y el Abierto de Estados Unidos en una ocasión, celebrado en Nueva York sobre hierba también. Y sin embargo, ninguna de sus otras victorias, sin duda tan relevantes para el deporte español como la certificada en Wimbledon, tuvo una respuesta tan entusiasta por los periódicos españoles. Santana fue el tenista que abrió el camino de muchos otros, un prodigio fuera de lo común al margen del sistema deportivo franquista. Una isla sin parangón dentro del deporte nacional, del mismo modo que Bahamontes, en absoluto producto de un proyecto de Estado. Pero su potencial nacionalizador y su instrumentalización por parte de la prensa no fue simétrica en todos sus logros, sino que se redujo, fundamentalmente, a sus éxitos en países anglosajones. Antes de llegar a la fecha con la que se abre este apartado del trabajo, conviene repasar cuál había sido el protagonismo informativo de Santana en sus anteriores victorias y qué se decía de él y de su deporte en los tres periódicos analizados. Manuel Santana irrumpió en el circuito internacional de tenis en 1961. Ese año, obtuvo su primera victoria de renombre mundial: el Torneo de Roland Garros. ¿Renombre? Depende. Para la prensa española del momento el acceso a la final del tenista español no mereció demasiado espacio en sus páginas. ABC, por ejemplo, se centraba en la actualidad futbolística y rellenaba el resto de la sección de Deportes con informaciones referidas a carreras ciclistas con un protagonismo limitado de los corredores españoles, campeonatos juveniles de atletismo, concursos de hípica, torneos de polo o incluso campeonatos de pesca y caza. Santana había accedido a la final del torneo parisino pero ABC ni siquiera hizo mención al respecto79. Sí recogía una breve crónica de su victoria ante el italiano Nicolo Pietrangeli al día siguiente, junto a noticias destacadas de hípica o etapas parciales del Giro de Italia. El pequeño recuadro, ni siquiera apertura de la sección deportiva, sí incluía nada disimulados elogios hacia su talento. El cronista de ABC utilizaba un recurso ya visto en las victorias de Bahamontes: destacar el apoyo de un público extranjero, en este caso de nuevo francés, para exaltar el talento excepcional del deportista, además de las habituales referencias a la patria y la identificación consciente del deportista con el resto de los españoles —«nuestro compatriota»—80: «Ningún jugador de tenis ha sido posiblemente más aclamado que Santana; el que fue de chico servidor de juego en las pistas del Club de Campo y debe la gloria deportiva que hoy se le entrega a su modestia, a su constancia y a la protección que le dispensa la familia Romero Girón». 79 Véase ABC, 27/05/1961, pp. 61-64. 80 «Manuel Santana, campeón internacional de Francia», ABC, 28/05/1961, pág. 111. 49 Más sorprendente es la clamorosa ausencia de Santana en Mundo Deportivo. El día que debía disputarse la final de Roland Garros, el diario barcelonés no dedicó ni una sola palabra al partido. Pese a tratarse de un periódico íntegramente deportivo y a glosar un listado amplio y profundo de eventos deportivos de diverso calado celebrados en España y en el extranjero —entre el que se incluyen deportes como el hockey sala o el tenis de mesa—, la final de Roland Garros no merece ninguna atención por parte de la publicación81. La victoria del tenista madrileño debía antojarse muy remota, dado que al día siguiente Mundo Deportivo incluía en un pequeño breve en portada el triunfo de Santana82. Tanto ABC como Mundo Deportivo no habían creído oportuno tratar por adelantado las posibilidades del español en París, fuera por la escasa relevancia social del tenis en el momento o por cualquier otro motivo, pero no tuvieron más remedio que recoger en sus páginas lo sucedido en París. En una breve crónica, Mundo Deportivo se cura en salud: se refiere a Santana como «bravo», en un adjetivo común a los deportistas españoles de la época, y glosa algunas hazañas anteriores de Santana. Más aún, el cronista habla de la principal gesta del tenis español de toda la historia y de Santana como el campeón de tierra batida del mundo. Palabras y adjetivos que dotan de relevancia y peso tanto al tenista como al torneo, pero que palidecen en proporción al espacio mediático del partido y del triunfo de Santana. Apenas tres columnas, en la esquina superior izquierda, de la quinta página del periódico —Mundo Deportivo contaba con menos de diez páginas por ejemplar, en términos genéricos, por aquel entonces—83. Desde luego, su éxito no inspiraba el mismo entusiasmo entre los periodistas que el de Bahamontes, pese a tratarse de hazañas pioneras y comparables en cuanto a magnitud deportiva. El tratamiento del primer Roland Garros obtenido por Santana choca frontalmente con la importancia otorgada a la Copa Davis de ese mismo año, cuya ronda eliminatoria entre España y Nueva Zelanda se disputaría pocos días después. Mundo Deportivo, por ejemplo, destacaría la celebración de los partidos entre ambas selecciones en la pista central de la Ciudad Deportiva del Real Madrid84, y durante los cuatro días entre los que se disputarían los partidos mantuvo una cobertura mucho mayor que la dispensada al triunfo individual de Santana85. El propio tenista madrileño ejercería de estrella de la selección en la eliminatoria, que finalmente vencería el equipo neozelandés. En cualquier caso, la aventura de España no llegaría más allá de los cuartos de final, cuando el combinado nacional cayó ante el equipo sueco. Un hecho proporcionalmente mucho menos importante que la consecución de Roland Garros por parte de Manuel Santana. Pero la Copa 81 Véase Mundo Deportivo, 27/05/1961, pp. 1-6 o más concretamente «Actividad deportiva», Mundo Deportivo, 27/05/1961, pp. 4-5. 82 «Santana vencedor del Torneo Internacional de París», Mundo Deportivo, 28/05/1961, pág. 1. 83 «Manolo Santana, gran vencedor», Mundo Deportivo, 28/05/1961, pág. 5. 84 «Mañana viernes, dará comienzo el encuentro de tenis entre España y Nueva Zelanda, para la copa Davis», Mundo Deportivo, 01/06/1961, pág. 2. 85 «España venció a Nueva Zelanda por tres victorias a dos», Mundo Deportivo, 05/06/1961, pág. 1 y «La Copa Davis», Mundo Deportivo, 05/06/1961, pág. 2. 50 Davis tenía un peso mediático mayor, probablemente al disputarse por selecciones nacionales y no de forma individual —cabe recordar que el Tour de Francia, pese a tratarse de una competición esencialmente individual, se corría por equipos-naciones—. Ya se ha visto más arriba como el Tour de Bahamontes compartió espacio informativo, puntualmente, con los progresos del equipo español en la Copa Davis de 1959. Durante los cuatro días en los que se disputó la semifinal entre España y Gran Bretaña de aquel año, Mundo Deportivo y La Vanguardia llegaron a situar los resultados del equipo español, encabezado por Andrés Gimeno, por encima incluso de los progresos de Bahamontes en las carreteras francesas. Todo ello bañado en un claro simbolismo nacional, puesto que era España al fin y al cabo quien se enfrentaba al equipo anglosajón: cuando se producían las derrotas, se recurría a los «imponderables» para explicar la inferioridad —como el calor, la suerte, o el mal momento de forma de los tenistas españoles—, pero jamás a una superioridad técnica o a un mayor talento del rival, en un ejemplo de cara a suavizar el fracaso de los deportistas españoles y, por tanto, de la nación que representaban86. Sin embargo, el combinado nacional terminó imponiéndose al británico y llegó a la final del cuadro europeo. Y como cabía esperar, su victoria se celebró en los términos que merecía. O al menos así se entendió en La Vanguardia: «Si como se dijo ayer después de las sensacionales victorias de Gimeno y Santana sobre sus adversarios ingleses, habían sucedido dos milagros, se trata ciertamente de esos milagros que proceden del entusiasmo y el acierto cuando son puestos al servicio del pundonor por quienes ostentan una representación a la que está vinculado el prestigio deportivo del propio país y se quiere tener la tranquilidad de conciencia de haber cumplido con el deber hasta el último esfuerzo». «Deber», «pundonor», «representación». El primer párrafo de la crónica de La Vanguardia denotaba claramente un simbolismo nacional y muestra la importancia comparada, para los medios de comunicación del momento, del equipo nacional de la Copa Davis frente a los triunfos individuales de Santana. Se exaltaban las virtudes naturales de los deportistas españoles, donde siempre primaban atributos relacionados con el orgullo y la virilidad —el «pundonor»— al servicio de la patria —la insistencia en el concepto de la «representación»—87. La Vanguardia publicó esta crónica a toda página en la sección de Deportes, y como ya hemos visto, Mundo Deportivo dedicó un amplio espacio a la eliminatoria completa durante cuatro días. Lejos de tanto entusiasmo se situaba ABC, cuyo interés por el tenis siempre parecía muy menor al de sus homólogos88. 86 En este caso, véanse las crónicas relativas a la victoria de Andrés Gimeno sobre su oponente en la primera ronda en «España en Inglaterra, empatadas a una victoria», Mundo Deportivo, 10/07/1959, pp. 1-2 y «Ventajas de Inglaterra por dos victorias a una», Mundo Deportivo, 11/07/1959, pp. 1-2. 87 «Con las brillantísimas victorias de Andrés Gimeno sobre William Kinght y Manuel Santana ante Michael Davies, el equipo de España eliminó al de Gran Bretaña por 3 puntos a 2, clasificándose para la final de la zona europea de Copa Davis», La Vanguardia, 12/07/1959, pág. 34. 88 Por ejemplo, véase el tratamiento otorgado a la eliminatoria de Copa Davis, breve y conciso, en «España elimina a 51 Aquel fue sin duda el hito más importante del tenis español, aunque más tarde cayera eliminado frente a Italia en la final de la fase europea del torneo. Hasta entonces la selección española nunca había llegado tan lejos en la Copa Davis ni el tenis español había obtenido un éxito tan rotundo —pese a ello, seguía siendo un logro menor, muy matizado posteriormente por el desempeño del combinado español frente a Italia—. Pero este caluroso recibimiento al desempeño de los tenistas españoles en el torneo internacional no tuvo respuesta alguna a la hora de glosar los posteriores triunfos de Santana. Ya hemos visto cómo las crónicas sobre su partido ante Pietrangeli en 1961 contaban con un espacio limitado tanto en ABC como en Mundo Deportivo, y la situación se repetiría tres años después: en 1964 Manuel Santana llegaba de nuevo a la final de Roland Garros y se enfrentaba, otra vez, al mismo rival. ¿Cuál fue la reacción de los periódicos? De nuevo ABC y Mundo Deportivo ignorarían casi completamente el trayecto de Santana hasta la final del considerado torneo sobre tierra batida más importante del planeta. El mismo día del partido el diario deportivo no reseñaría el acceso del tenista español a la final: por el contrario, sus páginas estarían trufadas de eventos de todo tipo y de relevancia internacional limitada —torneos locales de vela, atletismo o rugby—89. Lo mismo se puede decir de ABC. El periódico generalista dedicaría tres páginas a la final de la Copa de Europa, en la que participaba el Real Madrid frente al Inter de Milán, y dejaría en un segundo plano el desarrollo de Roland Garros —muy por debajo en relevancia informativa del Campeonato del Mundo de Tiro de Pichón o de designaciones institucionales de la Federación Internacional de Hockey sobre patines—90. ABC sí incluyó, en todo caso, un pequeño breve informando de la suspensión del partido de dobles entre la pareja española Santana-Arilla y la australiana Emerson-Fletcher91. Pero nada relativo al acceso de Santana a la final del torneo individual masculino. Al igual que en ocasiones anteriores, sería La Vanguardia quien mayor cobertura diera al partido, ofreciendo tanto una previa el día del mismo92 como una crónica al siguiente, en la que se reconocía la valía de Santana como uno de los mejores tenistas «no profesionales» del mundo, además de una nueva celebración de sus virtudes más hispánicas. A saber: «su ímpetu, su tenacidad, su muñeca vigorosa», contrapuesta a la elegancia y al tenis «puro, preciso» de Pietrangeli. Del mismo modo que la derrota servía para minimizar la inferioridad de los tenistas españoles ante sus rivales británicos en base a excusas e «imponderables», como se ha visto en base a la Copa Davis de 1959, la victoria de Santana permitía una exaltación de las virtudes del oponente italiano, de modo que las propias del español Santana quedaran aún más resaltadas. Pietrangeli era uno de los Inglaterra y jugará contra Italia la final de la Copa Davis», ABC, 12/07/1959, pp. 87-88. 89 Véase Mundo Deportivo, 30/05/1964, pp. 5-8. 90 Véase ABC, 30/05/1964, pp. 16-19; «El Español Pedro Rael, campeón del mundo de tiro de pichón» y «Oliveras de la Riva, nuevo presidente de la federación internacional», ABC, 30/05/1964, pág. 99. 91 «El partido Santana-Arilla y Emerson-Fletcher», ABC, 30/05/1964, pág. 101. 92 «Santana y Pietrangeli disputarán el partido final del Campeonato Internacional de Francia», La Vanguardia, 30/05/1964, pág. 33. 52 «diez mejores jugadores del mundo», y pese a su dejadez en los entrenamientos y provecta edad, su talento le había permitido llegar a la final como en sus mejores años93. El diario barcelonés aprovechaba la coyuntura para destacar la participación del propio Santana y de Roy Emerson en el XII Trofeo Conde de Godó, que comenzaría a disputarse al día siguiente94, demostrando el mayor peso informativo que el tenis siempre había tenido en sus páginas. Todo lo contrario que ABC, para quien la segunda victoria de Santana sólo merecía, al igual que en la primera ocasión, una pequeña pieza al final de la sección de Deportes95. Mundo Deportivo, por su parte, no tuvo más remedio que publicar la victoria de Santana en la segunda página y dedicándole un espacio mucho más notorio que en 1961. El diario iniciaba la crónica del siguiente modo: «Monolo Santana inscribió ayer a su ya dilatado y brillante palmarés otro triunfo resonante: el de campeón de los Internacionales de Francia, la famosa competición anual de Roland Garros que equivale, en realidad, a un campeonato mundial sobre pistas de tierra». La relevancia era lo primero: Santana no era un mero ganador de Roland Garros sino que se había proclamado campeón del mundo, un título mucho más redondo, en tierra batida. Dado que, al igual que en 1961, tamañas palabras no se correspondían con el eco que el torneo había tenido en las páginas del periódico, Mundo Deportivo se excusaba del siguiente modo: «También en esta ocasión hemos tenido que padecer la inexplicable carencia de información de la Agencia. Inexplicable, en efecto, tratándose de una competición de tanta resonancia mundial. Para subsanar esta deficiencia informativa, tratamos de establecer enlace telefónico con Manolo Santana, pero el recurso nos falló las dos veces que tratamos de llevarlo a la práctica». En la crónica no faltaron las referencias obligadas a los anteriores fracasos españoles en Copa Davis, comparando la victoria de Santana con un desquite nacional, ni la explicación de la victoria del tenista en base a los atributos ya mencionados con anterioridad en otros textos: Santana se había hecho campeón «a fuerza de tenacidad, de perseverancia y de vocación y de haber sabido superar pasajeras etapas de desaliento, por las que forzosamente hubo de pasar cuando no teniéndosele, como se le tiene ahora, como jugador imprescindible». El campeón español no lo era tanto por su pericia técnica como por su capacidad de resistencia, empeño y sacrificio. Atributos 93 «Tenis: extraordinaria victoria de Manuel Santana en Roland Garros», La Vanguardia, 31/05/1964, pág. 36. 94 «Manuel Santana y Roy Emerson, grandes figuras del XII Trofeo Conde de Godó – XXXVII Concurso Internacional del Real Barcelona que se inicia mañana», La Vanguardia, 31/05/1964, pág. 63. 95 «Santana venció a Pietrangeli en la final de París», ABC, 31/05/1964, pág. 92. 53 que casaban bien con la imagen que el franquismo transmitía de otros deportistas españoles y que son redundantes en toda clase de crónicas deportivas. También merece la pena destacar el pequeño dardo envenenado que el cronista de Mundo Deportivo envía a las autoridades federativas del tenis español. Como ya sucediera con Bahamontes, la victoria de Santana no se debía ni remotamente a los esfuerzos de las instituciones deportivas españolas, y así lo hacía saber Mundo Deportivo al lector96: «En estas horas jubilosas para Santana, vaya también nuestra felicitación a don Álvaro Romero Girón, el único que ayudó a Santana en las horas difíciles de su niñez y el único que ha seguido ayudándole después, incluso cuando Manolo estaba ya, como jugador, en una etapa en la que las ayudas debía haberlas recibido única y exclusivamente de la federación de su deporte: esa Federación que en estos momentos debe estar bañándose en el agua de rosas del resonante triunfo del otrora despreciado Santana». El crecimiento mediático de Santana se tornó imparable a partir de ese momento. En 1965 se alzaría con el título del Abierto de Estados Unidos. En 1966 se impondría en el Campeonato de Wimbledon. La conquista del mundo anglosajón por parte de Santana supuso un grata noticia para ABC, que llenó sus páginas deportivas de fotos y crónicas elogiosas hacia el deportista español. El diario, que anteriormente había pasado por encima de los logros de Santana en suelo francés, no perdió la oportunidad de presentar el triunfo de Santana en Estados Unidos como el exponencial crecimiento del prestigio español en el continente americano. Al día siguiente de su logro, en una crónica del corresponsal en Nueva York, el diario prefería presentar le victoria de Santana como un elemento más dentro del «buen año» de los españoles en Estados Unidos. En primera instancia, Santana no era un deportista excepcional, sino un embajador de la imagen de España en el país anglosajón, junto al comisario del pabellón español de la Feria Mundial de Nueva York, Miguel García Sáez, y al arquitecto Javier Barroso. Los tres hombres simbolizaban para el redactor «un magnífico año» para el país: «Todo ello, la excelencia deportiva, el buen gusto dinámico en una sociedad tecnológica y la presencia del pasado en el presente, era indispensable no sólo afirmarlo en los libros, sino demostrarlo en los hechos en el coloso anglosajón del Nuevo mundo. Lo ha sido en este año de 1965 por esos tres españoles llamados Javier Barroso, Miguel García Sáez y Manolo Santana». Santana se unía de este modo a otros dos nombres más o menos institucionales. Por la 96 Todo lo relativo a la crónica de Mundo Deportivo en «Santana, triunfador de 'Roland Garros'», Mundo Deportivlo, 31/05/1964, pág. 2. 54 estructura de la información, ABC dejaba claro que la valía de su logro, cosechada en un «deporte minoritario», tenía más que ver con la imagen de España en el mundo anglosajón que con su propio talento como atleta. Santana se convertía así en un instrumento político: él ante todo era un embajador de España y sus logros definían lo que otros países pensarían de su nación97. La cuestión deportiva quedaba relegada a un segundo plano, como demuestra la introducción de la crónica del partido, de un carácter más técnico y ajustado a lo acontecido en la pista, después del texto del corresponsal sobre la buena marcha de los asuntos españoles en Estados Unidos. ABC no dio prioridad a Santana por el valor deportivo de su triunfo, sino por el valor simbólico nacional y político. El éxito de Santana coincidió con la celebración de los Campeonatos Mundiales de Ciclismo en San Sebastián, donde en el campo de la pista los corredores españoles se mostraron superiores a muchos de sus rivales. La medalla de oro de Miguel Mas y el éxito de Guillermo Timoner, junto al inevitable desarrollo de la competición doméstica de fútbol, contaron con mayor respuesta informativa por parte del diario98. Esto ayudaría a explicar la repentina relevancia de Santana para los redactores de ABC: cuando el diario observó elementos políticos y nacionalizadores aprovechables en su carrera no dudó en otorgarle cobertura informativa, designándole como un representante del devenir de España en Estados Unidos. Al parecer, nada de esto tenía demasiada importancia si la victoria se lograba en Francia. Por el contrario, no se aprecia un especial entusiasmo ni en La Vanguardia ni en Mundo Deportivo. La primera ocupaba gran parte de sus páginas deportivas en los Mundiales de Ciclismo y en el inicio de la Vuelta a Cataluña, y reservaba tanto parte del reportaje gráfico del día como parte de la sección de Deportes al éxito de Santana en Forest Hills99. Lo mismo se puede decir del diario deportivo: pequeño espacio en portada y elogiosa crónica, como era habitual hacia Santana. Se trataba la suya de una «gesta», acaso «una de las más señaladas del deporte español de todos los tiempos», dotando de gran carga épica al relato. La importancia de lo realizado por Santana era doble, porque se había impuesto en la hierba de Forest Hillls y eso permitiría al equipo español de Copa Davis batirse en menor inferioridad de condiciones al equipo australiano, especialista en dicha superficie y siguiente rival en el torneo. Las miradas se centraban otra vez, de manera inevitable, en el combinado nacional100. En 1965 España había conseguido lo impensable. Tras sortear con éxito los cruces ante 97 «Manuel Santana: personalidad deportiva del momento en Norteamérica», ABC, 14/09/1965, pág. 75. 98 Véase «Campeón y campeonísimo», ABC, 14/09/1965, pág. 14; «Dominio incesante del Atlético de Madrid sobre el Elche, con fruto de tres goles», ABC, 14/09/1965, pág. 69; o «Clamoroso final de los campeonatos del mundo en Anoeta, con el triunfo de Timoner», ABC, 14/09/1965, pág. 73. 99 «Tenis: Manuel Santana, Campeón de Estados Unidos», La Vanguardia, 14/09/1965, pág. 42 y «Santana triunfa en el trofeo de Forest Hills», La Vanguardia, 14/09/1965, pág. 32. 100«Santana triunfó en Forest Hills», Mundo Deportivo, 14/09/1965, pág. 1 y «Sensacional triunfo de Santana», Mundo Deportivo, 14/09/1965, pág. 16. 55 Grecia, Chile, Alemania del Este y Checoeslovaquia, se había plantado en la final del cuadro europeo de la Copa Davis. Al igual que seis años atrás, España alcanzaba la final parcial de uno de los cuadros clasificatorios para la definitiva ronda final, que habría de decidir el candidato a arrebatar el trofeo al vigente campeón, Australia. La hazaña se logró: España eliminó a Sudáfrica en Barcelona., y en la fase inter-zonal eliminó primero a Estados Unidos y más tarde a la India. El combinado español había llegado más lejos que nunca en la Copa Davis, y en diciembre, al final de la temporada, los tenistas viajarían a Australia para disputar la copa sobre la superficie de hierba. Y con ellos algunos corresponsales: entre ellos el de ABC, quien albergaba pocas esperanzas en la consecución del título. Según su visión, Australia partía como favorita porque su segundo hombre, Stolle, era mejor que el español, Gisbert, y sería «pedirle demasiado» a Santana que ganara sus tres partidos respectivos —el individual y el dobles—. Pero el tenis era sólo accesorio y complementario: desde el titular hasta el cuerpo del texto, el redactor enviado a Australia destacaba la unión de la comitiva española en las fechas tan señaladas de Nochebuena y Navidad. Los deberes litúrgicos se cumplían, haciendo hincapié en la unión, incluso desde las antípodas101. Las diversas piezas que servían de previa al partido dejaban claro tanto la confianza de los jugadores australianos como la resignación de los españoles. Dadas las circunstancias, y pese a las palabras de los deportistas nacionales —«nosotros creemos que tenemos probabilidades de ganar», explicaba en un apartado el entrenador de los tenistas españoles, Kurt Nielsen—, ABC decidió mirar el lado positivo: «Pero sea cual fuere el resultado, el éxito financiero se halla asegurado, y habrá bastante dinero para el equipo español». ¿Un consuelo prematuro? No tanto como la venda antes de la herida recogida por el diario en boca del tenista Andrés Gimeno, quien no participaría en esta ocasión en la eliminatoria: «Si España tuviera pistas de hierba, ganaría»102. Antes de jugar, España ya tenía preparadas las excusas para poner en contexto la derrota de sus tenistas: se debería, primeramente, al terreno de juego, no a su falta de talento frente a los australianos. Sea como fuere, y pese a los augurios, ABC hizo del equipo español el depositario de todas las esperanzas de los españoles: «En vísperas del ya trascendental encuentro con Australia, publicamos una nueva relación de entidades y personas que, con su firma, se suman a este apoyo moral que ofrecemos a nuestros tenistas, aspirantes calificados en la disputa de la Copa Davis». El diario, como había hecho en días anteriores, dedicó prácticamente una página entera a mostrar al resto de los españoles la comunidad imaginada: un listado de personalidades relevantes 101«La circunstancial, pero unida, familia tenística española pasó tranquila la Nochebuena y Navidad de Sydney», ABC, 26/12/1965, pág. 103. 102«El éxito financiero, asegurado» y «Si España tuviera pistas de hierba, ganaría», ABC, 26/12/1965, pág. 104. 56 que mostraban su «aliento» al tenis español. La Copa Davis era una empresa nacional, y así lo certificaba el interés y el apoyo mostrado por, entre otros, la Federación Castellana de Fútbol, la familia Prats o el presidente de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones103. De poco serviría el espíritu unido y entregado del resto de los españoles para que el combinado español se sobrepusiera a Australia. Tanto Santana como Gisbert perdieron sus respectivos partidos, dejando la eliminatoria en una muy difícil situación para los españoles. Ni los cánticos de apoyo de los aficionados españoles congregados en Sidney ni la «luminosa aparición» de las banderas nacionales —apoyando el papel identitario de los deportistas en las crónicas— lograron que Santana, la estrella del equipo, se impusiera a Stolle. El partido había estado muy igualado. Tanto que ABC consideraba que Stolle había tenido «chorra»: según el redactor, el australiano «estuvo afortunado en tres 'net' o pelotas que caen en campo ajeno después de dar en la red». Pese a ello, se aplaudía tanto a Stolle por su buena victoria como a Santana por su derrota104. La Vanguardia llevaba la información a primera página: como hemos visto desde el inicio de este apartado, apostó con mucha más firmeza por el tenis desde un primer momento que su homólogo de la capital105. Para el diario barcelonés también era importante resaltar la presencia de españoles, con actitud típicamente española —«se distinguen por sus corbatas y pañuelos con la bandera española y por su contagiosa alegría»—, al otro lado del mundo. Para el redactor de La Vanguardia la derrota española debió ser matizable: «[Santana] técnicamente ha sido superior a Stolle. El jugador español ha leído una extensa gama de golpes desde todos los ángulo de la pista (…) Pero [Stolle] ha tenido más fuerza en las piernas, más suerte y se ha beneficiado de alguna decisión dudosa del juez árbitro, Sprouls, también australiano (…) España ha perdido hoy dos puntos, pero debió alcanzar el empate a uno. El tenis da resultados anormales, y el del partido de Santana-Stolle ha sido uno de éstos». Los favores arbitrales, la conspiración —la nacionalidad del árbitro, común a la del rival— o el mero azar privaron a España de su suerte, en un nuevo ejercicio de minimización de la derrota y de los logros del rival. Las crónicas aceptaban los resultados desfavorables, pero dejaban claro que si España caía ante su rival se debía a factores externos e incontrolables, y no tanto a la superioridad natural o puntual del oponente106. Fueran cuales fueran los motivos del fracaso, los diarios recogían 103«Más telegramas de aliento para los tenistas españoles», ABC, 26/12/1965, pág. 105. 104«Cuando los aficionados lean estas líneas ya se habrá resuelto el partido de dobles», ABC, 28/12/1965, pág. 93. 105«España entra con mal pie en el 'challenge round' de la Copa Davis», La Vanguardia, 28/12/1965, pág. 1. 106«Australia —con las victorias de Stolle y Emerson— aventaja a España por dos a cero», La Vanguardia, 28/12/1965, pág. 61. 57 Barcelona'92: el progreso de España Pocos eventos deportivos atraen las miradas de todo el planeta como los Juegos Olímpicos. Y pocos, también, logran un impulso mediático tan amplio. La reciente candidatura de Madrid 2020 —finalmente fracasada— pone de manifiesto la poco frecuente unanimidad mediática, que no social, alrededor de un evento deportivo: organizar los Juegos Olímpicos se considera positivo al margen de cualquier otra consideración. Un símbolo de modernidad, la definitiva implantación de España en el marco de la normalidad democrática, su asiento maduro en la comunidad internacional y en la Europa occidental: todo ello vinieron a representar los Juegos Olímpicos de Barcelona, celebrados en el verano de 1992, para España. El discurso mediático alrededor de los Juegos Olímpicos —JJOO en adelante— trató de crear nuevas referencias nacionales para los españoles. Dejados atrás los años del franquismo, y en un contexto diferente de nacionalización y de promoción de patriotismo constitucional120, Barcelona'92 colocaba a España en la primera línea del mundo moderno y representaban la unidad de la empresa nacional, de todos los españoles, por un futuro común. Este discurso se mantuvo presente desde la elección de la ciudad condal como sede de los JJOO hasta la ceremonia de clausura, pasando por los muy diversos y múltiples éxitos deportivos españoles cosechados en Barcelona'92: nunca antes —y nunca después— la delegación española lograría tantas medallas. Un total de 22 metales y la sexta posición del medallero121: un hecho sin precedentes que simbolizaría, para los medios de comunicación aquí analizados, el progreso de España y su posición, digamos natural, en el escenario político y deportivo internacional. Por supuesto, la interpretación que cada diario hizo de Barcelona'92 quedó supeditada a su propia visión de España. Mientras La Vanguardia analizó el éxito de la candidatura en clave local y regional, ABC siempre primó la imagen de España sobre la de Barcelona y Cataluña. España era interpretable desde diferentes ópticas y el tratamiento de Barcelona'92 en los medios de comunicación sólo es un reflejo más de ello. Hay que tener presente en todo momento, no obstante, que todos los periódicos serán consciente durante el tratamiento de Barcelona'92 de la dicotomía nacional a la que hacía frente la organización: por un lado la identidad nacional catalana y, por otro, la española. Ambas se superponen difusamente en las noticias y artículos de opinión de la prensa analizada y caminan de la mano, a veces desde ópticas divergentes, pero siempre en paralelo. 120Véase, por ejemplo, la construcción de la nueva identidad nacional española de perfil conservador construida tras el franquismo en Balfour, Sebastian: «La derecha política y la idea de nación», en Ortiz Heras, Manuel (coord.), Culturas políticas del nacionalismo español: del franquismo a la Transición, Madrid, Libros de la Catarata, 2009, pp. 59-73. 121El medallero de Barcelona'92 se puede consultar en la web oficial del Comité Olímpico Internacional. [http://www.olympic.org/barcelona-1992-summer-olympics, consultado por última vez el 14/10/2013] 64 Reflejo que se intuye desde el primer momento: el Comité Olímpico Internacional eligió a Barcelona sede de los Juegos Olímpicos de 1992 el 17 de octubre de 1986. Al día siguiente la noticia era portada en todos los diarios nacionales: La Vanguardia optó por dar protagonismo al nombre de Barcelona con una fotografía panorámica de una multitud de barceloneses celebrando la designación —en la que se pueden apreciar las banderas de Cataluña y de Barcelona, en ningún caso la española—122. Sin duda se trataba de un hecho con una significativa relevancia local para La Vanguardia: en páginas interiores el diario barcelonés prefería fijarse en la «expresión de júbilo» de los vecinos de la ciudad condal, reafirmando el carácter popular, integrador y comunitario de los JJOO. El proyecto olímpico no podía tratarse únicamente de una idea propulsada por las élites políticas cuando miles de personas celebraban en las calles de Barcelona la designación del COI. El protagonismo popular se anteponía al institucional: «El pueblo lo celebró y los representantes de todas las instituciones se sumaron a la alegría común». Pese al claro enfoque local de La Vanguadia, el diario también incidía en su crónica de los acontecimientos en el encuadre de Barcelona y Cataluña en la España democrática. No en vano, la noticia se introducía con las declaraciones de Pasqual Maragall, alcalde de Barcelona, tras la decisión pública del COI: «Lo que es bueno para Barcelona es bueno para Cataluña; lo que es bueno para Cataluña es bueno para España. Visca Barcelona». En la construcción de esta frase, elegida por el diario para abrir la primera crónica del número, se incluyen todas las representaciones identitarias presentes en el relato de La Vanguardia alrededor de los Juegos Olímpicos: por un lado, el carácter de Barcelona como ciudad protagonista; por otro, el marco de Cataluña como región diferenciada del resto de la unidad nacional española; y por último, España como referencia estatal en la que se encuadran las dos anteriores. En los JJOO cabían todas las identificaciones nacionales o regionales posibles y La Vanguardia decidió no cerrar la puerta a ninguna de ellas123. Estas ideas se reproducían en el editorial del periódico: «Creíamos que eso [los JJOO] era bueno para Barcelona, para Cataluña, para España, y pensábamos que nuestro periódico tenía que aportar también a ese compromiso el esfuerzo y el entusiasmo de todos nuestros equipos». La empresa era ya común a todos los ciudadanos de Cataluña: estaba a prueba «la inventiva, el buen sentido, todas las cualidades que tradicionalmente se nos atribuyen a los catalanes». Y una responsabilidad mayúscula, no sólo dada la naturaleza propia de los JJOO, sino también por los hechos excepcionales que habían ensombrecido las anteriores ediciones —desde el terrorismo hasta el fracaso económico, pasando por los boicots—: Barcelona'92 tenía ante sí el reto de ser más brillante y más ejemplar que ningunos otros Juegos Olímpicos. Para La Vanguardia, sólo la unidad, «el entusiasmo y la cooperación», podían ser la vía que llevar hacia el éxito: una unidad que incumbía a todo el Estado 122«Barcelona ya vive su sueño olímpico», La Vanguardia, 18/10/1986, pág. 1. 123«La elección de Barcelona como sede olímpica provoca una de las mayores expresiones de júbilo de su historia», , 18/10/1986, pág. 3. 65 —«Barcelona es Cataluña y es España»— sin perder de vista la particularidad cultural y política de Cataluña —la referencia a las «instituciones históricas» recuperadas por la comunidad autónoma o el llamamiento a que Cataluña «no se encierre en sí misma»—124. La unidad era la idea central sobre la que rotaba gran parte del imaginario olímpico de La Vanguardia, pero también del ABC. La diferencia estribó en la perspectiva territorial: si el diario catalán abría su número con el protagonismo indiscutible de Barcelona, ABC despojó del componente local a la decisión del COI. Su portada era lo suficientemente indicativa: «España olímpica», sobre el logotipo de los JJOO y un mapa de la península ibérica. La nación española por encima de cualquier otra consideración. ABC acompaña tan explícita portada con las fotografías de algunas de las personalidades políticas que, a juicio del diario, más habían colaborado para la consecución del éxito español. El primero de todos, en la margen superior izquierda, naturalmente, era Juan Carlos I, quien había liderado el proceso y sobre quien recaía gran parte del éxito en tanto que representaba la unidad de los españoles. Véase el párrafo que acompañaba a la ilustración de la primera plana: «Barcelona, y España entera con Barcelona, fue elegida ayer en Lausana sede de los Juegos Olímpicos de 1992. La victoria de la Ciudad Condal es, en primer lugar, la victoria de España y de todos los españoles que, encabezados por Su Majestad el Rey, han apoyado, con entusiasmo y esperanza que ahora se cumple, la candidatura de la capital catalana. Es, también, un éxito del Gobierno de la nación y, sobre todo, de la Generalidad de Cataluña, que preside Jordi Pujol». El patriotismo de ABC rota aquí en torno a la figura de la estabilidad institucional, el rey Juan Carlos I, sin dejar de lado uno de los cimientos de la constitución de 1978: el Estado de las Autonomías —representado por la referencia explícita y elogiosa hacia el Gobierno de Cataluña—. El éxito aunaba todos los ingredientes de la España moderna125. En páginas interiores la disposición de la información hacía hincapié en las mismas ideas: tras una serie de reportajes gráficos sobre la ceremonia del COI y el estado de las obras en la capital condal, ABC comenzaba su información nacional destacando el llamamiento del rey a todos sus compatriotas: «Tengo una gran alegría, como todos los españoles». El Estado, en su máxima representación institucional, y los ciudadanos quedaban unidos, al igual que en La Vanguardia, por el proyecto común de Barcelona'92. Las disparidades regionales quedaban en un segundo plano dado que «el éxito de Barcelona nos llena de orgullo a todos los españoles». De manera consciente, ABC incluía a Barcelona y Cataluña como punta de lanza del imaginario nacional, de un proyecto que trascendía del mero hecho deportivo y que implicaba a toda la sociedad en algo, no especificado, de mayor entidad e importancia social126: 124«La generación del 92», La Vanguardia, 18/10/1986, pág. 4. 125«España olímpica», ABC, 18/10/1986, pág. 1. 126«El Rey: 'Tengo una gran alegría, como todos los españoles'», ABC, 18/10/1986, pág. 41.; y «Barcelona olímpica», 66 «Hasta que el fuego se apague, Barcelona ve cumplido su deseo, se hace realidad su sueño. Su polideportividad merecía la atención y la entrega de la antorcha. España asciende así a un grado que nos compromete a todos, porque no es sólo el deporte lo que se pone en juego». Las ideas de modernidad y éxito en torno a Barcelona'92 se reproducían en cada rincón del espectro político y ABC se encargaba de reproducirlas: en boca del PSOE, los JJOO eran el «éxito de la España democrática», una imagen del país que «el mundo empieza a conocer y a estimar en su más justa medida». Alianza Popular reivindicaba el «punto de unión» que los JJOO debían ser para todos los españoles; la CDS consideraba la decisión del COI un éxito «para Barcelona, para Cataluña y para España, por el que debemos felicitar a todos los catalanes y nos debemos felicitar todos»; el presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina, felicitaba a la ciudad condal y ofrecía «nuestro abrazo [el de la Comunidad de Madrid] y nuestra ayuda. Barcelona'92 ha de ser la más hermosa e importante Olimpiada de la historia, todos estamos y estaremos cerca de vosotros». En fin, los testimonios eran diversos pero recogían sentimientos unánimes en una página dedicada completamente a esta labor —en la que cabían también las palabras de los empresarios de la construcción y de la hostelería, incluyendo a nuevos actores sociales en el balance sobre la designación de Barcelona—, compartidos tanto por el propio diario como por sus homólogos127. No en vano, La Vanguardia destacaba en una de sus muchas páginas dedicadas a la cobertura de la noticia la felicidad del rey por la decisión del COI y su mensaje de unidad para todos los españoles, quienes debían ahora trabajar juntos por los JJOO. Idéntico discurso mantenían Felipe González y Jordi Pujol, instituciones, partidos políticos de diversa índole, empresarios y sindicatos128. El eco mediático no ofrecía dudas ni admitía espacio para la disidencia. Sólo El País, y de manera marginal, dedicaba al día siguiente de la elección de Barcelona'92 espacio a los grupos políticos contrarios —y siempre minoritarios— a los Juegos Olímpicos129. Pero este pequeño espacio de disidencia quedaba fuertemente contrarrestado por la información ofrecida por el diario al día siguiente de la decisión del COI. El propio editorial de El País resumía la postura del periódico al respecto, en la línea de las ya mostradas por ABC y La Vanguardia: «La elección de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992 es una gran noticia ABC, 18/10/1986, pág. 42. 127«Las fuerzas políticas creen que el esfuerzo colectivo ha sido la clave del éxito», ABC, 18/10/1986, pág. 44. 128«El Rey exhortó a todos los españoles a trabajar por los JJOO», La Vanguardia, 18/10/1986, pág. 12; «Felipe González y Jordi Pujol apelan a un esfuerzo colectivo para afrontar con garantías el reto olímpico», La Vanguardia, 18/10/1986, pág. 13; y «Instituciones, partidos políticos, sindicatos y empresarios se felicitan por el triunfo de Barcelona», La Vanguardia, 18/10/1986, pág. 18. 129«Grupos minoritarios se oponen al proyecto», El País, 18/10/1986. [http://elpais.com/diario/1986/10/18/deportes/529974025_850215.html, consultado por última vez el 14/10/2013] 67 para España. Las citas olímpicas se han convertido en acontecimientos multitudinarios de enorme importancia, y su convocatoria en nuestro país abre una oportunidad más para mostrar a la comunidad internacional la realidad española. Al mismo tiempo servirán para dar un empuje histórico a las obras de modernización y a la mejora de la infraestructura de la Gran Barcelona». Los inconvenientes y obstáculos enumerados por El País —la pobre competencia deportiva de los atletas españoles o la escasa formación física de la sociedad española, así como las dificultades económicas a las que habría de hacer frente el Estado a la hora de financiar los JJOO— no tenían tanto peso como las ventajas ofrecidas por la organización del evento: Barcelona podía convertirse en «la ciudad racional y pujante que desean y merecen sus habitantes» y los JJOO simbolizaban «la unidad» de todas las fuerzas políticas catalanas y las instituciones españolas — según El País, el éxito olímpico permitió «la primera tregua interior que se conceden los partidos políticos catalanes desde la muerte de Franco»—. La elección de la ciudad condal respondía también a una deuda histórica —«España era el único gran país europeo, moderno e industrializado que, nunca había conseguido albergar unos Juegos Olímpicos»— y sus frutos ya eran tangibles — Barcelona contaba ya con «el 70% de las instalaciones deportivas necesarias» y se habían iniciado obras «decisivas», como la remodelación del estadio de Montjuic—. El éxito de Barcelona se había convertido de este modo en una celebración necesaria por sus consecuencias positivas para la ciudad y el país y por lo que simbolizaba: un logro nacional construido a base de «unanimidad» entre todos los españoles. Algo que debía «servir de lección en otras cosas», según El País, «para Cataluña y para España»130. Seis años después y llegó «el día D»: así bautizó La Vanguardia a la fecha en la que se celebraría la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Tan memorable evento tuvo lugar en el Estadio Olímpico de Montjuic el 25 de julio de 1992, y ese mismo día, al margen de su ejecución final, La Vanguardia desplegaba su suplemento olímpico y todo un arsenal de columnas de opinión apoyando con entusiasmo el evento. «El día D» culminaba un proyecto que, el día de su presentación, se anteponía a la «larga crisis económica» y al «recuerdo del reciente golpe de Estado». Los Juegos Olímpicos eran un foco de optimismo frente a la difícil situación económica y política de España a principios de los años noventa. Una década después, «unas inversiones superiores a 800.000 millones de pesetas» habían cambiado la cara de Barcelona y había puesto de manifiesto la capacidad organizativa de catalanes y españoles en torno a dos pilares identitarios básicos del sentimiento regional catalán y de la Transición: los Juegos Olímpicos y la colaboración entre distintos promotores para ejecutarlos con éxito mostraba «el seny» y «el espíritu 130«Victoria olímpica», El País, 18/10/1986. [http://elpais.com/diario/1986/10/18/opinion/529974006_850215.html, consultado por última vez el 14/10/2013] 68 de pacto» de todos los implicados. Como ya se ha visto, todos los implicados era la sociedad española en su conjunto. Las palabras del director de La Vanguardia, Juan Tapia, también iban dedicadas a reafirmar la personalidad catalana dentro de la vorágine española de los JJOO y de las posibles lecturas políticas que el evento traía al país: había «quedado garantizada» la presencia de símbolos catalanes, lo cual satisfacía los deseos de «una inmensa mayoría». Un ejemplo más de cómo los JJOO de Barcelona'92 eran los «más universales de la historia», además de un hito fruto de su tiempo: aquellos en los que, hasta la fecha, participaron más países131. La Vanguardia tenía claro que los Juegos Olímpicos eran una empresa de rango nacional haciendo suyas las ideas de Jordi Pujol: «El prestigio de Barcelona, de Cataluña y de toda España no se podrá defender si los Juegos no salen bien». Todo lo que aconteciera en Barcelona'92 afectaba y determinaba «la identidad de Cataluña», y también definía la percepción que desde esferas internacionales se tendría de España en el futuro. El discurso en torno a la identidad nacional catalana quedaba siempre enmarcado dentro de la estructura estatal o identitaria de España: ambas ideas, Cataluña y España, compartían espacio dentro del imaginario de La Vanguardia a la hora de explicar los Juegos Olímpicos en clave identitaria132. Los columnistas del diario tampoco renegaban del conflicto identitario que suponían los JJOO, pero quitando hierro o conflictividad al asunto: se presentaba la exhibición de banderas de distinta índole desde un punto de vista ameno, ofreciendo la gran variedad de filiaciones políticas e identidades nacionales que conformaban Cataluña. En este caso, el toque nacionalizador no tenía nada de español y sí mucho de catalán: la comunidad imaginada de todos los catalanes y su construcción era variada y diversa, pero al final se resumía, aquellos días, a la bandera olímpica133. Al día siguiente de la ceremonia el discurso resultaba redundante: Juan Tapia titulaba su columna con un sonoro «Barcelona deslumbra», y afirmaba que «al empezar a escribir esta nota, cuando desfila el equipo de Lituania, ya se puede afirmar que la ceremonia inaugural de la XXV Olimpiada ha sido un éxito». En realidad, esa afirmación se había realizado mucho tiempo atrás sin dar tiempo a que se realizara. Y por un motivo simple que poco tenía que ver con el acto en sí o con el desarrollo deportivo de los JJOO: «[durante la ceremonia] ya se vio que estábamos ante una magnífica exposición de Barcelona, de Catalunya y de la nueva España y democrática»134. El País compartía el mismo punto de vista. Los JJOO determinarían la nueva imagen de Barcelona, Cataluña y España en el globo terráqueo: «El gran objetivo de la cita olímpica ha sido resituar a Barcelona, y a su través España y 131«Llegó el día D», La Vanguardia, 25/07/1992, pág. 2. 132«Un día histórico», La Vanguardia, 25/07/1992, pág. 22. 133«El forastero y las banderas», La Vanguardia, 25/07/1992, pág. 23. 134«Barcelona deslumbra», La Vanguardia, 26/07/1992, pág. 2 69 Cataluña, en el mapa del mundo, en plena era tecnológica y de profundas mutaciones de la geopolítica y la economía mundiales. Esta nueva ubicación, más competitiva, en el entrecruce de los flujos internacionales, será directamente proporcional a los elementos intangibles pero perceptibles, del acontecimiento». En resumen: de los JJOO dependía en gran medida no sólo el prestigio de España y de Barcelona, sino también su éxito económico futuro y político. Todo estaba en juego, de algún modo, y todo dependía de «la exactitud organizativa», «la exactitud horaria», «el funcionamiento de las comunicaciones» o «la calidad de las ceremonias». Una gran prueba para el país al completo, cuyo éxito dependía en no menor medida de cuestiones «imponderables» como «la cantidad de los récords o la emergencia de nuevas grandes figuras de los récords». El País afirmaba que llegar hasta la ceremonia inaugural había sido un éxito, pero recurría a un viejo mantra de la prensa española para justificar los posibles fracasos: los imponderables. De manera mucho más sutil que en anteriores ocasiones, no cabe duda, pero presente al fin y al cabo135. En el mismo sentido se expresaba el director del diario por aquel entonces, Joaquín Estefanía: el «hito en la historia de España del siglo XX» de Barcelona'92 respondía a la unidad —ilustrada en esta ocasión con la metáfora «remando unidos en la misma dirección»— de instituciones y ciudadanos. Los JJOO no sólo representaban una unión por un objetivo, sino la prueba de fuego por la propia convivencia entre las distintas identidades nacionales de España. El mensaje central de Estefanía, en todo caso, no era este, sino uno mucho más interesante para los objetivos que se ha marcado este trabajo: «Las limitaciones localistas más insólitas han tenido su manifestación en ese 'Freedom for Catalonia' que han desplegado los sectores más estultos del independentismo catalán y algunos nacionalistas sobrepasados de tono. Su sorprendente leyenda —¡en inglés!— demuestra la palmaria necesidad de buscar una repercusión artificial en los visitantes y periodistas extranjeros, que a miles estarán en Barcelona durante los Juegos, deseosos de marcas y emociones fuertes». Estefanía cargaba con dureza contra el independentismo catalán acusándole de politizar los Juegos Olímpicos y recurriendo al actual estado democrático de España y el amplio grado de autonomía obtenido por Cataluña tras la dictadura. Para ello el periodista recordaba la colaboración y el apoyo de todos los españoles a la candidatura de Barcelona y a su posterior empresa organizativa, además de al compromiso de los políticos catalanes de velar por la exhibición de símbolos catalanes y españoles en igual proporción. Los JJOO eran posibles gracias a la colaboración decidida de tres entidades territoriales como la ciudad de Barcelona, la comunidad 135«Arrancan los Juegos», El País, 25/07/1992. [http://elpais.com/diario/1992/07/25/opinion/712015212_850215.html, consultado por última vez el 16/10/2013] 70 autónoma de Cataluña y el Estado español. Sobre ese modelo —exitoso como ya se ha visto anteriormente— no sólo se asentaba la construcción de Barcelona'92, sino también las bases de futuro para la prosperidad de todos los actores implicados. Estefanía, en definitiva, acudía a la legitimidad de la democracia, el reconocimiento de la diversidad y las relaciones colaborativas, identitarias y económicas que vertebraban tanto a Barcelona, como a Cataluña, como a España para desarrollar un marco nacionalizador español. Es decir, apostaba por utilizar la imagen de éxito de los JJOO para apuntalar el proyecto unitario de España. Con todos los matices que los ciudadanos catalanes quisieran argumentar, pero desde la articulación de un espacio de colaboración y unidad136. En este sentido, El País no dudaba en destacar «las palmas» que ahogaban a «los pitos» nacionalistas —catalanes— durante los ensayos previos a la inauguración oficial. Puede que una pequeña muchedumbre pitara tanto al himno de España como al rey Juan Carlos I, pero «los aplausos atronadores de la inmensa mayoría de los espectadores redujeron los silbidos a un indefinido fondo de agudos»137. En este sentido, ningún diario dotó de tanta importancia a la figura del rey, y al respeto que concilió entre todos los presentes, como ABC. Como es natural, el diario monárquico decidió dotar de mayor protagonismo a las instituciones estatales y a la idea de España que a Barcelona o Cataluña. La portada del día siguiente a la inauguración hacía pivotar a Barcelona sobre España: «Barcelona convierte a España en centro de atención del deporte mundial». La construcción de la frase es interesante: Barcelona era un accesorio para el auténtico protagonismo de la noche, España, de modo que su importancia quedaba relegada a un segundo plano. La idea fuerza no tendría que corresponderse con el resto de piezas del periódico porque servía de eslogan y gancho para sus lectores. El texto se sobreponía sobre una imagen del príncipe Felipe portando la bandera138. Las prioridades de ABC quedaban claras: el marco de referencia era España, en un discurso de clara connotación nacionalizadora, puesto que extendía el éxito de los Juegos Olímpicos a todos los ciudadanos españoles por igual, dejando a un lado el protagonismo de Cataluña y, en menor medida, Barcelona. Por ejemplo: el recibimiento al equipo olímpico español por parte de los espectadores de Montjuic fue «emocionante», y lo más destacable, al igual que en portada, era el abanderamiento del príncipe Felipe. Al mismo tiempo se introducían las fotografías en primer plano de las infantas Elena y Cristina139. ABC también apostaba por la unidad, pero desde el rey: no se trataba del encaje de bolillos identitario propuesto por La Vanguardia, ni de la apelación al progreso, la alianza y la 136«Dentro de quince días...», El País, 25/07/1992. [http://elpais.com/diario/1992/07/25/opinion/712015211_850215.html, consultado por última vez el 16/10/2013] 137«Las palmas ahogan los pitos», El País, 25/07/1992. [http://elpais.com/diario/1992/07/25/deportes/712015207_850215.html, consultado por última vez el 16/10/2013] 138«Barcelona convierte a España en centro de atención del deporte mundial», ABC, 26/07/1992, pág. 1. 139«Emocionante recibimiento al equipo olímpíco español, con el Príncipe de Asturias como abanderado», ABC, 26/07/1992, pág. 4; y «Los barceloneses recibieron clamorosamente a los Reyes al hacer su aparición en el palco», ABC, 26/07/1992, pág. 5. 71 unión de España por un futuro mejor alentado por El País, sino la potencia del símbolo monárquico como nexo de unión de todos los españoles. De este modo, ABC podía afirmar que «los barceloneses recibieron clamorosamente a los Reyes al hacer su aparición en el palco» y, más tarde, dotar de un protagonismo desmesurado a Juan Carlos I en la crónica del evento. ABC optó por el siguiente titular: «Los Reyes inauguraron, en medio de una cerrada ovación, la XXV Olimpiada de la era moderna». Barcelona como ciudad quedaba relegada a un segundo plano, y el protagonismo de los voluntarios, los atletas o el espectáculo ofrecido por la organización eran prioridades secundarias para el periódico conservador. Los reyes encabezaban el éxito de los JJOO: unos reyes que por sí mismos ya representaban la estabilidad institucional, el orden territorial y nacional vigente y a toda la ciudadanía española en su conjunto. La construcción del éxito olímpico que hacía ABC se realizaba desde arriba hacia abajo, pero siempre desde el punto de vista de España — sustituida por el rey— antes que el de Barcelona o Cataluña —que ya quedaban englobadas dentro de la figura del rey—140. Desde un punto de vista comparativo, también es interesante mostrar cuál fue el protagonismo dado por ABC y por Mundo Deportivo al momento culminante de la ceremonia de inauguración: el encendido del pebetero olímpico por Antonio Rebollo, una vez recibió la antorcha olímpica de las manos de Juan Antonio San Epifanio —Epi—, jugador del Fútbol Club de Barcelona de baloncesto. El periódico generalista optó por el equilibrio: Rebollo aparecía en el reportaje gráfico que poblaba las primeras páginas del periódico, pero Epi protagonizaba, en una fotografía a toda página, la apertura de la sección dedicada a los Juegos Olímpicos. En lo relativo a las crónicas, tanto Epi como Rebollo contaban con un pequeño espacio conjunto en el relato general de la ceremonia y con apartados específicos para cada uno: una columna para Epi y un gráfico dedicado en integridad a explicar la labor de Rebollo en el encendido del pebetero141. Mundo Deportivo prefería delegar todo el protagonismo en Epi, llevando su nombre y su fotografía a la primera crónica del periódico sobre la ceremonia inaugural. Empezaba de este modo: «Llegó con la noche. De la mano de un catalán nacido en Zaragoza el 16 de junio de 1959 y del pulso firme de un arquero que colocó una flecha de gloria en lo alto de un pebetero de 21 metros de altura y millones de ilusión». El primer párrafo de Mundo Deportivo adelantaba la posición del periódico en páginas 140«Los Reyes inauguraron, en medio de una cerrada ovación, la XXV Olimpiada de la era moderna», ABC, 26/07/1992, pág. 23. 141ABC, 26/07/1992, pág. 8; «...y se hicieron los Juegos», ABC, 26/07/1992, pág. 71; «Los Reyes presidieron la brillante inauguración entre el clamor popular», ABC, 26/07/1992, pp. 72-73; «Epi: 'He tocado la felicidad, fue una sensación increíble'», ABC, 26/07/1992, pág. 74; «El día más largo, la noche más hermosa», ABC, 26/07/1992, pág. 75. 72 venideras. Epi era un símbolo tanto de la selección española de baloncesto como del Fútbol Club Barcelona de baloncesto, y sin embargo el diario le bautizaba como «un catalán nacido en Zaragoza». ABC y Mundo Deportivo componen los extremos de este análisis: el periódico generalista trazó el relato más nacionalizador desde el punto de vista español, y la publicación deportiva hizo lo propio desde el catalán. Rebollo pasaba a un segundo plano, citado con frecuencia como «el arquero», aunque con una gran fotografía del momento del relevo en la siguiente página142. Este enfoque de Mundo Deportivo se ve apoyado por otros pequeños detalles: destacó como en ningún otro diario el «trato preferente» del idioma catalán en la ceremonia de apertura, llevando al primer nivel informativo el uso que de él hizo Juan Carlos I a la hora de leer su discurso inaugural; del mismo modo, citó en varias ocasiones la presencia de Lluís Companys tanto desde un punto de vista simbólico como por su protagonismo en la alocución de Pasqual Maragall; o hizo referencia al diseño de las corbatas de la delegación española durante el desfile de deportistas: cuatribarrada y compuesta por los mismos colores que la bandera catalana —aunque en diagonal—. Es interpretable: los colores también representaban la bandera de España y, como muestran las fotografías, contaban con más de cuatro barras rojas143. Quien no tenía ninguna duda del significado subyacente de los Juegos Olímpicos, corbatas incluidas, era ABC: Barcelona'92 era, ante todo, una celebración de la españolidad. Del mismo modo que los triunfos deportivos de la selección española de fútbol en la Eurocopa de 1964, los de Bahamontes en el Tour de Francia de 1959 y los de Santana durante la década de los sesenta servían para reafirmar a los españoles dentro de un marco identitario común, cohesionado en torno a hitos deportivos presentes y reivindicables por el nacionalismo español, los JJOO de 1992 eran el teatro donde se escenificaba la identidad nacional común de todos los españoles. Los triunfos deportivos conducían al mismo punto que en ocasiones anteriores. Con motivo de la victoria de la selección española de fútbol en el torneo olímpico, cosechada ante la selección de Polonia en el Camp Nou, estadio del Fútbol Club Barcelona, ABC tituló lo siguiente: «Los barceloneses dieron un baño de oro y españolidad a los Juegos Olímpicos». Y en un amplio texto de portada, añadió: «La Cataluña profunda, la del desafío de Gaudí y el misterio de Pau Casals, la de la fuerza de Miró y la imaginación de Dalí, la del vanguardismo de Tapies y la que acogió al genio de Picasso, la de Montserrat Caballé y José Carreras, la de Josep Pla y Joan Maragall, la del gran Cambó y el inolvidable Tarradellas ha bañado de españolidad los Juegos Olímpicos». 142«Epi lleva el fuego el día más grande», Mundo Deportivo, 26/10/1992, pp. 2-3. 143Véase «El rey Juan Carlos abre los Juegos en catalán y Montjuïc explota de júbilo», Mundo Deportivo, 26/07/1992, pp. 4-5; «Un aplauso que duró 81 minutos», Mundo Deportivo, 26/07/1992, pág. 9; y «El Príncipe conquista Montjuïc», Mundo Deportivo, 26/07/1992, pág. 10. 73 sentido común». El «carácter» y unos «sólidos principios en la formación de la personalidad» hacían de Indurain el gran campeón que era, y El País aprovechaba su particular personalidad para emitir un mensaje moralizante para el resto de la sociedad —y también nacionalizador, en tanto que transmitía un mensaje unitario de atributos a obtener para la identidad nacional del país y de todos los españoles—, quien no había prestado la atención que merecía a tan grandes virtudes. «Por eso hay que felicitar a Indurain por su quinto Tour. Esperamos felicitarle por el sexto. Y tenemos que felicitarnos todos por él», remataba el editorial del diario. El País jugaba con la ambivalencia también en páginas anteriores: hacía de Indurain un ejemplo para los españoles pero no le dotaba de liderazgo generacional; le señalaba como un producto natural del progreso deportivo del país, pero le reservaba una parcela de trabajo individual al margen del sistema. «Nos pertenece, pero no nos pertenece», llegaría a escribir el cronista. Esta figura ambigua rompía, quizá por primera vez, con los clichés asociados a la españolidad y a los deportistas españoles: en Indurain no residía la furia, ni la rabia, ni el golpe de genialidad. Su principal virtud era el trabajo metódico, y la humildad y el saber estar su seña de identidad. Al igual que en la editorial, esta particularidad de Indurain se proyectaba, como un deseo, hacia el resto de la sociedad española y del deporte nacional. Contrapuesto al fútbol, protagonista total de la vida diaria de los españoles, Indurain proponía «un nuevo estilo: la buena administración de los recursos, el trabajo bien hecho, el método y, además de todo ello, el espíritu necesario para perseguir los grandes objetivos». ¿Hablaba el redactor del futuro del deporte español o de España misma? Indurain podía ser una isla en el proyecto deportivo nacional, pero debía erigirse como referente para los años venideros dados sus atributos intrínsecamente positivos y, por qué no decirlo, adecuados a los tiempos modernos de la España que debía ser moderna162. ABC, naturalmente, observaba la victoria de Indurain desde otro punto de vista. Por lo pronto, su éxito sí podía entroncarse, a modo de epílogo brillante y dorado, en lo más hondo de la tradición deportiva española: él se ubicaba en lo más alto, por encima de nombres como Paco Gento, Federico Martín Bahamontes, Manuel Santana, Seve Ballesteros o Pedro Delgado. El día en que Indurain debía cruzar la meta de París y coronarse como uno de los mejores ciclistas de todos los tiempos, ABC construía su portada en torno a la figura imponente de Indurain y su mirada al infinito sobre la bandera de España. Por encima el montaje se sobreponía el titular: «La mayor hazaña de la historia del deporte español». El diario no tenía reparos en identificar a Indurain con España, y a su victoria con un éxito compartido por toda la nación163. El mensaje se repetía un día más tarde: «Induráin, el mejor deportista español de todos los tiempos». ABC moldeaba el referente a su antojo: Indurain no era únicamente el mejor deportista español de todos los tiempos, sino que rivalizaba, cuando no superaba, a Anquetil, Hinault y Merckx, los otros tres ciclistas que subieron a 162«Un campeón sin límites», El País, 24/07/1995. 163«La mayor hazaña de la historia del deporte español», ABC, 23/07/1995, pág. 1. 80 lo más alto del Tour de Francia en cinco ocasiones, si bien ninguno de ellos lo hizo consecutivamente164. Miguel Indurain había roto todos los esquemas del ciclismo y su nueva meta, los seis Tours, de cuya consecución ya parecía alardear ABC, no tenía referentes en la historia165. Más adelante, el propio Federico Martín Bahamontes hablaba de «siete Tours» y se recogían los elogios a Indurain de algunas personalidades relevantes del mundo ciclista. La resonancia internacional del ciclista navarro era exhibida con orgullo por ABC. Matías Prats, uno de sus columnistas, hablaba del «estilo Induráin». Tanto ABC como El País incidían por igual en la personalidad del atleta de Villaba: su carácter era elogiado hasta el paroxismo en las páginas del medio conservador166: «Miguel Induráin no solo es un ciclista excepcional, el mejor del mundo por ahora, nacido en Villaba, Navarra, España, una gloria nacional en lo deportivo, sino que es, además, un arquetipo, un modelo original, un tipo duro en lo biológico, que parece hecho, mejor dicho, creado, como signo de lo mucho a lo que puede aspirar ese animal hambriento de perfección que es el hombre». El estilo Indurain, el de un hombre que parecía representar un modelo ético prácticamente perfecto, debía ser querido «para nosotros y para mucha gente de nuestro país». Indurain era presentado otra vez como un referente moral, como el espejo en el que debían mirarse muchos españoles para que descendiera, de este modo, «el censo de los opinantes vacuos, los pretenciosos, los parlanchines, los hechiceros y los engallados». Indurain era «uno de esos españoles armónicos, sordo a los cantos de sirena, incapacitado para dar un mítin en parte alguna, que no le gusta alterarse, quizá porque intuya que en la violencia a uno mismo está el germen de la violencia a los demás». En definitiva, un hombre cuya «esencia» era al mismo tiempo «estilo», y cuyos indudables y exagerados atributos debían servir como modelo ético aceptable para el resto de la sociedad española. El referente deportivo trascendía así lo meramente atlético y se asentaba en lo más profundo, a ojos de Matías Prats, de la sociedad española. Esta idea cobraba toda su forma y se expresaba con la mayor intensidad posible en boca de Antonio Garrigues, quien hablaba directamente de «Indurainizar España». Los valores que se presuponían a Indurain debían servir, necesariamente, para depurar la vida pública española. Uno de los muchos atributos del ciclista navarro, la profesionalidad, parecía una quimera, en palabras de Garrigues, en España167: «[la profesionalidad] tema especialmente serio en un país como el nuestro, materialmente 164«Induráin, el mejor deportista español de todos los tiempos», ABC, 24/07/1995, pág. 1 165«El sexto sentido para el Tour», ABC, 24/07/1995, pág. 65; «Clamor en Villava: '¡Ya falta menos para el sexto!'» y «Trabajar para el siguiente», ABC, 24/07/1995, pág. 69. 166«Un hombre verdadero» y «El 'estilo Induráin'», ABC, 24/07/1995, pág. 72. 167«Indurainizar España (1995)», ABC, 24/07/1995, pág. 73. 81 inundado de individuos incompetentes que disfrazan su incultura, su falta de preparación y, en definitiva, su radical incapacidad mintiendo, gritando, amenazando y comprando voluntades. Hay que cambiar a toda prisa unos sistemas y unos mecanismos de valoración que favorecen la selección automática de los mediocres, de los tramposos y de los irresponsables». Lejos quedaban ya las felices identificaciones deportista-nación del franquismo o el optimismo generalizado durante los Juegos Olímpicos. En 1995 España atravesaba una vez más un difícil contexto económico y una convulsa situación política y social, y en tales circunstancias Indurain, un ciclista capaz de ganar el Tour de Francia durante cinco años seguidos, no podía responder a la imagen del país. Debía ser al contrario: España tenía que construirse en torno a los atributos positivos de Indurain. Garrigues denunciaba «la creciente distancia de nuestra vida pública frente a lo que podríamos denominar 'el modelo Induráin'». Según el escritor, España se encontraba descabezada, sin referentes a los que encomendarse para evitar la «italianización» del país. En este sentido, «quienes pretendan alcanzar un liderazgo tendrán que llegar a ser 'nuestro mejor yo'. Eso es exactamente lo que es Induráin, el ganador del Tour 1996». Desconocemos si esta última frase, referida a 1996, se trata de un error o de una premonición. No es lo relevante, en todo caso. Garrigues definía en su artículo una españolidad modelo —«nuestro mejor yo»— en torno a Miguel Indurain y sus virtudes humanas y deportivas. El resto de españoles, desde la clase política hasta el conjunto de los votantes, podía encontrar en el navarro una suerte de guía espiritual para mejorar el país y hacer de España un lugar mejor. Se trataba de una nacionalización de las masas diferente, qué duda cabe, a las observadas hasta ahora, y generalmente radicadas en el orgullo por la identidad nacional compartida con el campeón, pero una nacionalización al fin y al cabo. ABC y El País, en gran medida, promovían iconos nacionales y redefinían la identidad española en torno a un modelo concreto, el de Indurain, que debía servir para depurar el país y para proyectar una mejor imagen de España hacia el futuro. 82 Conclusiones Del gol de Zarra a la eclosión de Miguel Indurain como estrella rutilante del deporte español terciaron cuarenta y cinco años. Cuatro décadas y media de éxitos puntuales y sinsabores frecuentes. A partir de la década de los noventa, favorecidos por el impulso insoslayable de los Juegos Olímpicos de Barcelona, los deportistas españoles comenzarán a destacarse en diversas disciplinas que antes parecían vedadas. A partir del siglo XXI, el deporte español sencillamente estallará y se ubicará a la altura de los países históricamente punteros en diferentes modalidades como el tenis en cualquiera de sus superficies, el ciclismo en ruta en cualquiera de sus especialidades, el baloncesto, el balonmano, la Fórmula 1, la natación sincronizada, el motocolismo y un sinfín de modalidades deportivas en las que España, tras años de sequía, comenzaría a ser competitiva. Lejos quedan aún las 22 medallas de Barcelona'92, pero más lejos parecen las escasas cosechas que la delegación nacional recogía cada cuatro años antes de la cita en la ciudad condal. Todo esto, sin embargo, es un pasado más reciente al que el propósito de este trabajo no alcanza a analizar. Lo hubiera deseado, en cualquier caso: no creo que exista campo más prolífico para el análisis de los discursos patrióticos en torno al deporte español que el siglo XXI, en plena ebullición económica del país, crecimiento exponencial de la difusión de la prensa escrita y otros medios comunicativos y estallido sonoro de los éxitos deportivos españoles. Pero de eso habrá de ocuparse otro trabajo en el futuro. Lo aquí presentado resume, esencialmente, a la España que trató de asomarse al mundo del deporte profesional sin demasiado éxito, demasiado dependiente de los éxitos individuales, eternamente atrasada respecto a sus homólogos europeos. Ese contexto deportivo alcanza tanto a la dictadura franquista como a los primeros años de democracia tras la muerte del dictador Francisco Franco. El deporte se asentó definitivamente como fenómeno de masas en la segunda mitad del siglo XX, y fue entonces cuando se postuló como una herramienta propicia para la nacionalización de las masas. Como se ha visto, este hecho no es únicamente propio de la dictadura: también en democracia, ya fuera durante los Juegos Olímpicos o a raíz de los éxitos de Miguel Indurain en las carreteras francesas, el deporte sirvió de vehículo óptimo para transmitir un ideal de españolidad y una imagen a menudo positiva y optimista del país. Uno de los objetivos primordiales de este trabajo era salirse del marco de análisis del franquismo, dado que, en cierto modo, obstruía una visión más general del deporte como instrumento nacionalizador. Sin duda, los éxitos de la selección española de fútbol, de Manolo Santana y de Federico Martín Bahamontes fueron instrumentalizados por el franquismo a diferentes niveles. España, por ejemplo, vencía al comunismo por segunda vez, guiada por Francisco Franco, en la final ante la Unión Soviética disputada en 1964. Bahamontes representaba el espíritu del español pobre, terco, resistente, humilde pero de genio fugaz, imprevisible y sufridor. Las victorias de 83 Santana fueron identificadas con el porvenir de España en los países anglosajones, y su papel como líder indiscutible del equipo de la Copa Davis permitió a todos los españoles sentirse orgullosos de sus compatriotas al otro lado del planeta. Pero, de algún modo, la creación de relatos nacionalistas en torno a hechos deportivos no resulta tan sorprendente, a priori, si hablamos de un régimen autoritario como la dictadura franquista. Los estudios hasta ahora publicados se han centrado en demasía en este aspecto, cerrando la puerta a otras posibilidades. Pudiera parecer que tan sólo las dictaduras o los regímenes autoritarios podían instrumentalizar a sus deportistas para transmitir ideales de nacionalidad o identidades sociales. Nada más lejos de la realidad. El camino por recorrer en este sentido aún es largo, pero podemos decir que no es exactamente así. Tanto los Juegos Olímpicos de Barcelona como los triunfos de Indurain sirvieron para desarrollar relatos nacionalistas y patrióticos. Los medios de comunicación libres de la democracia ejercieron un papel semejante, en este sentido, al de los medios de comunicación subyugados por el aparato franquista. Tanto durante uno y otro periodo las victorias españolas eran motivo de orgullo, y los deportistas españoles aspiraban a representar modelos de conducta, de pensamiento y de identidad nacional para el resto de sus compatriotas. Nada de esto es tan especial del franquismo como a priori podríamos pensar: los discursos en democracia son más sutiles, están dotados de mayor elegancia y no caen en el burdo patriotismo —no siempre—, pero en última instancia persiguen objetivos similares. Cada uno desde su punto de vista, por descontado: El País presentó los Juegos Olímpicos de Barcelona como una vía para la modernización del país y para mejorar la imagen del mismo en el extranjero, actualizando la visión que el resto del mundo podía tener de España a su realidad política y social, totalmente renovada tras el fin de la dictadura y la llegada de la democracia; La Vanguardia optó por amalgamar diversas identidades —locales, regionales y nacionales— en una cobertura equidistante, repleta de referencias al catalanismo pero también al encuadre de Barcelona y Cataluña en España; Mundo Deportivo no perdió de vista sus raíces catalanas pero tampoco se resistió a celebrar los triunfos de los deportistas españoles en clave nacional-española; y ABC aprovechó la imagen proyectada por Barcelona'92 para realzar la figura de España sobre el nacionalismo catalán y desarrollar un discurso patriótico y vigoroso en torno a la idea de España como nación. Esta pluralidad de visiones no se daba en el franquismo, donde la mayor parte de los medios de comunicación reproducían estereotipos más o menos canónicos en torno a la figura individual de Bahamontes y Santana y alrededor de la selección española de fútbol, depositaria de las esencias de la españolidad gracias a su furia, a su genio irregular y a su pundonor. En definitiva: los discursos se actualizaron y se transformaron, pero nunca se apagaron. Los medios de comunicación, tanto durante el franquismo como después, transmitieron nación. Comunicaron España. Trataron de hacer patria y de hacer españoles. ¿Lo consiguieron? La respuesta a esta pregunta no era objeto de este trabajo, pero sin duda sería interesante conocerla en el futuro. 84 Bibliografía ABADÍA, Sixte; PUJADAS, Xavier: «Deporte y democratización en la España contemporánea: apuntes para un estudio», Cultura, Ciencia y Deporte, Murcia, núm. 2, 2005, pp. 51-56. 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