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Desarrollo Sostenible, sostenibilidad urbana y ecobarrios Análisis de las interpretaciones mayoritarias del Desarrollo Sostenible y su implementación en las políticas urbanas, con especial mención a los ecobarrios. TRABAJO FIN DE MÁSTER 2014 Autor Saúl Domínguez Albero Directora Mª José González Ordovás Máster Universitario en Sociología de las Políticas Públicas y Sociales Facultad de Economía y Empresa
1 ÍNDICE. INTRODUCCIÓN. (2) I. EL PRINCIPIO DE DESARROLLO SOSTENIBLE. (6) 1. MARCO CONCEPTUAL. (7) 1.1. El Informe Brundtland y la Cumbre de la Tierra: punto de partida. (7) 1.2. Interpretaciones estratégicas mayoritarias. (11) 1.2.1. La teoría de la triple sostenibilidad. (11) 1.2.2. La desmaterialización de la Economía. (16) 2. LA CRÍTICA DEL DECRECIMIENTO AL DESARROLLO SOSTENIBLE: ESE OXÍMORON. (19) II. LA SOSTENIBILIDAD DE LAS CIUDADES. (25) 3. DESARROLLO URBANO SOSTENIBLE. (26) 3.1. Un futuro en clave urbana. (26) 3.2. Principales iniciativas a raíz de la Agenda Local 21 (Cumbre de Río, 1992). (28) 4. RASGOS DE INSOSTENIBILIDAD DE LAS CIUDADES. (31) 4.1. Factores de índole social y económica. (31) 4.2. Factores territoriales y urbanísticos. (35) 4.3. Factores ambientales. (38) III. ECOBARRIOS PARA CIUDADES SOSTENIBLES. (42) 5. CARACTERÍSTICAS QUE INTEGRAN EL CONCEPTO DE ECOBARRIO. (43) 5.1. Los cuatro ejes del modelo de Salvador Rueda (2005). (44) 5.2. Principios vertebradores de Hernández, Velázquez y Verdaguer (2009). (47) 6. LA EXPERIENCIA EUROPEA. (54) 6.1. El caso Vauban. (55) CONCLUSIONES. (58) BIBLIOGRAFÍA. (62) WEBGRAFÍA. (65)
2 INTRODUCCIÓN. “1. Todos tienen el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo. 2. Los poderes públicos velarán por la utilización racional de todos los recursos naturales, con el fin de proteger y mejorar la calidad de la vida y defender y restaurar el medio ambiente, apoyándose en la indispensable solidaridad colectiva.” (Constitución Española de 1978, artículo 45, ap. 1 y 2). La preocupación por el impacto de la actividad humana sobre el medio natural, no es exactamente un fenómeno reciente. Ya los griegos y los romanos constataron la problemática que subyacía a las acciones de erosión, deforestación y contaminación (Hughes, 1994). Incluso la reina Leonor de Inglaterra, en el año 1257, hubo de abandonar el castillo de Nottingham a causa del malestar ocasionado por las humaredas procedentes de la ciudad industrial. Sin embargo, los modelos de interpretación de la realidad natural, previos al surgimiento de la Ecología y su adhesión a la termodinámica y las teorías del caos, estaban basados fundamentalmente en paradigmas orgánicos y el modelo contemporáneo de máquina, cuya característica principal era la capacidad de automantenimiento y la recuperación automática del orden (Botkin, 1990), lo que contribuyó a generalizar la creencia de que la naturaleza era capaz de regenerarse por sí misma, pese a cualquier daño infligido. Con la llegada del siglo XX y los nuevos paradigmas de modernidad y desarrollo económico, social y tecnológico, sumado a la proliferación de catástrofes naturales, como la marea negra desatada por el naufragio del petrolero “Gran Canyon” en 1967 frente a las costas británicas, el escape de gas pesticida en Bhopal en 1984 que produjo la muerte de casi tres mil personas, el accidente de Chernóbil en 1986 y todas cuantas acudan a nuestra mente, acaban con la creencia referida anteriormente y ponen de manifiesto la vulnerabilidad de la naturaleza y con ello la de la propia especie humana.
3 De este modo, hacia la década de los 80, la cuestión ecológica adquiere mayor entidad y se redimensiona en problemas de carácter planetario, ambientales y de recursos: destrucción de la capa de ozono, contaminación de los océanos, deforestación de los bosques, disminución del agua potable o cambio climático, entre otros. La protección del medio ambiente se constituye en un reto sistémico, que requiere, además de respuestas individuales, soluciones colectivas. Algunos autores como Jamieson (2005: 15) señalan incluso que estamos ante “el mayor de los problemas de acción colectiva a nivel mundial”. No obstante, si bien la degradación antropogénica del ecosistema es un fenómeno global que no encuentra fronteras, sí las encuentra la toma de decisiones. En este contexto surge el paradigma del Desarrollo Sostenible, que desde su formulación inicial en el Informe Brundtland (1987) ha guiado y vertebrado todas las acciones llevadas a cabo, desde gobiernos, movimientos sociales y organismos internacionales, en la lucha por la sostenibilidad, es decir, en la consecución de un equilibrio entre la especie humana y la naturaleza de forma que no se pongan en riesgo ambas sustantividades. A su vez, para comprender el enfoque de este tipo de políticas, es preciso entender que el futuro se escribe en clave urbana, siendo las ciudades el medio en que se desenvuelve más de la mitad de la población actual y habida cuenta de que los últimos estudios realizados prevén, que para el año 2050, más de el 70% de la humanidad se agruparía en torno a megaciudades o megalópolis1. Por lo tanto, no es de extrañar que las ciudades se configuren como el foco central de actuación para la consecución de un futuro sostenible, siendo a la vez el principal agente contaminante y generador de residuos. Es por esto que las políticas de sostenibilidad no se entienden sin una referencia explícita a las políticas de desarrollo urbano sostenible. Desde esta perspectiva, el presente trabajo se configura bajo el objetivo general de explicar las principales interpretaciones de la sostenibilidad y del principio de 1 Datos extraídos del informe de KPMG International, “Cities Infrastructure: a report on sustainability”. 2012.
4 Desarrollo Sostenible que guían las acciones que se llevan a cabo en la materia, poniendo especial atención en la ciudad y la sostenibilidad urbana, como elemento que debe centrar las actuaciones ecológicas y que permite comprender las políticas implementadas a raíz de las mismas. A su vez, el presente documento se divide en tres partes, dotadas de objetivos específicos. Así, en la primera de ellas, centrada en el principio de Desarrollo Sostenible, se quiere transmitir cómo ha evolucionado la concepción del mismo desde sus primeras formulaciones hasta las interpretaciones actuales, y qué papel ocupa la cuestión ecológica en todas ellas. En el mismo sentido, y dada su importancia creciente, no puede obviarse en un trabajo de estas características la crítica que se realiza desde el Decrecimiento a las teorías del Desarrollo Sostenible, como ineficientes y centradas en no distorsionar los presupuestos de la economía capitalista. En una segunda parte, elaborada en torno a la ciudad, se pretende traducir los elementos vistos del Desarrollo Sostenible a la sostenibilidad urbana, en sus dimensiones social, económica y ecológica, poniendo de manifiesto las principales iniciativas surgidas en la materia y los rasgos principales de insostenibilidad de los núcleos urbanos a los que las distintas acciones políticas deben hacer frente. En último lugar, la tercera parte se focaliza en torno a una de las propuestas de mayor popularidad dentro de las estrategias urbanas, para la consecución de ciudades sostenibles, como es la de los ecobarrios. Si bien en un momento inicial, esta sección iba a estar incluida dentro del epígrafe relativo a la ciudad, se ha preferido introducirla como parte separada, para resaltar su interés y trascendencia como opción integral a la hora de afrontar las causas principales de insostenibilidad, no sólo urbana, sino global. Vistas todas estas consideraciones, este trabajo da como resultado un estudio amplio y heterogéneo, desde un enfoque multidisciplinar, habida cuenta de los temas abordados, cada uno de los cuales da de sí para realizar una tesis per se. Esto constituye una fortaleza, puesto que permite observar el fenómeno de la sostenibilidad desde una perspectiva global y abierta, pero también una debilidad, puesto que la limitación de extensión de los Trabajos Fin de Máster (aproximadamente 20.000 palabras) impide analizar en mayor profundidad cada una de las cuestiones propuestas.
5 En el mismo sentido, la bibliografía existente en materia de sostenibilidad es muy numerosa y diversa, razón por la cual se han seleccionado los autores más relevantes y aquellos otros capaces de agregar aspectos que doten de personalidad a nuestro estudio, sumado a las aportaciones personales de quien escribe. Todo ello canalizado a través de un lenguaje sencillo y accesible, que redunda en la claridad y concreción de las explicaciones, pero sin perder calidad académica ni precisión conceptual respecto de las materias abordadas.
6 I. EL PRINCIPIO DE DESARROLLO SOSTENIBLE.
7 1. MARCO CONCEPTUAL. 1.1. El Informe Brundtland y la Cumbre de la Tierra: punto de partida. Para comprender el origen de las teorías sobre el Desarrollo Sostenible, es preciso remontarse a finales de los años 60, donde los problemas ambientales derivados del crecimiento económico habían alcanzado tal magnitud, que comienza a extenderse por diversos ámbitos de la sociedad una preocupación generalizada por la búsqueda de alternativas al crecimiento descontrolado, promoviendo una nueva idea de desarrollo más respetuoso con la naturaleza e incidiendo en la necesidad de buscar soluciones abordando la material de manera global. Bajo estas premisas, se funda en 1968 el denominado Club de Roma, a iniciativa de distintas personalidades de la ciencia y la sociedad, pues en dicho momento la cuestión medioambiental era un tema residual, toda vez que los políticos, medios de comunicación y en general la opinión mayoritaria, no parecieron prestar apenas atención a pronunciamientos que cuestionaban el modelo imperante de producción industrial. El Club de Roma publica su primer informe en 1972, bajo el título “Los límites del crecimiento”, también conocido como informe Meadows, que sentará las bases de las futuras propuestas de sostenibilidad. Este documento fue inicialmente tachado de radical por defender la idea de un crecimiento cero para los países desarrollados, como respuesta al problema ambiental y de escasez de recursos, recibiendo numerosas críticas provenientes de sectores de la economía ortodoxa. De este modo, el Club de Roma se vio obligado a moderar su manifiesto inicial mediante la emisión un segundo informe, publicado en 1974, en el cual se defiende por primera vez la idea de un crecimiento limitado. La crisis del petróleo de 1973, en un contexto de depresión económica, acarreó una reducción significativa en el consumo de recursos que pospuso el debate sobre crecimiento y degradación medioambiental. Sin embargo, a raíz del precedente del Club de Roma, numerosos autores comenzaron a desarrollar teorías integradoras de la variable ecológica en el desarrollo económico, como es el caso de Sachs (1981) y
8 su propuesta de ecodesarrollo, o Rizhkov (1986) quien sostiene la idea de un desarrollo intensivo como objetivo de crecimiento que no lleve aparejado un aumento en el consumo de recursos, frente a la idea de desarrollo extensivo, que implica crecer aumentado el consumo de los mismos. Pero es en 1987 cuando se adopta por primera vez, de forma oficial, el concepto de Desarrollo Sostenible. En dicho año, la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo de Naciones Unidas (CMMAD) presenta el conocido como Informe Brundtland (apellido de la Ministra de Medio Ambiente y después Primera Ministra noruega que presidió la Comisión), titulado oficialmente “Nuestro futuro común”. Este informe introduce la noción de Desarrollo Sostenible, que fue aceptado por los gobiernos de manera amplia gracias a ser un concepto excesivamente genérico, formulado con ambigüedad, y por lo tanto susceptible de interpretaciones particulares que no violentaran los intereses predominantes, incluso superando la cifra de varias centenas de definiciones distintas en la actualidad. No obstante, el Informe Brundtland tuvo la virtud de representar las dos nociones fundamentales sobre las que se asienta este principio, afirmando lo siguiente acerca del Desarrollo Sostenible: “Encierra en sí dos conceptos fundamentales: el concepto de necesidades, en particular las necesidades esenciales de los pobres; y la idea de limitaciones impuestas por el estado de la tecnología y la organización social en la capacidad del medio ambiente para satisfacer las necesidades presentes y futuras” La alusión expresa a las necesidades esenciales remite a la idea de que el crecimiento es necesario, en cuanto gran parte de la población mundial no tiene satisfechas dichas necesidades, especialmente en los países en vías de desarrollo. Si bien este crecimiento no es ilimitado, sino que se encuentra circunscrito a la satisfacción de las necesidades básicas “de los pobres”. Además, se hace referencia al “estado de la tecnología” como expresión del infradesarrollo tecnológico de estos países y a la “organización social”, en cuanto es preciso una transformación de la sociedad mediante mecanismos distributivos en el reparto de la renta. Si bien respecto al desarrollo tecnológico, precisa este Informe más adelante que éste habrá de contemplar la escasez de los recursos, los cuales son limitados.
15 Es destacable, desde el ámbito de la Unión Europea, la apuesta por las “políticas de productos integradas”, como se denominan institucionalmente, y que propugnan la idea reducir los efectos ambientales nocivos de los productos durante su ciclo de vida completa, desde la extracción de la materias primas hasta la obtención del artículo manufacturado. Para ello, se impulsan medidas como el etiquetado, la distribución de información sobre el impacto ambiental de cada producto, la consideración de cuestiones ecológicas en la contratación pública o en la normativa sectorial, o directrices ecológicas en el diseño industrial. Algunos autores centran su discurso en lo que se ha denominado “internalización de externalidades”, es decir, incluir estas externalidades ambientales negativas asociadas a la producción en las funciones de coste industriales. Sin embargo, el problema viene de la mano, nuevamente, de la imposibilidad de cuantificar estas externalidades y darles valor económico acorde. *** La crítica fundamental a esta formulación del Desarrollo Sostenible en torno a la tridimensionalidad económica, social y ecológica, viene de la mano de haber pasado de una interpretación inicial en el Informe Brundtland en la que si bien aparecían todos estos aspectos, se delimitaban por un lado los factores del desarrollo (ámbitos económico y social) y por otro la sostenibilidad (ámbito ecológico), a un concepto universal que engloba todos estos elementos. De este modo, la cuestión ecológica se encuentra en la práctica subordinada a los aspectos socioeconómicos y, en ocasiones, relegada al último lugar. Máxime teniendo en cuenta que la introducción de la sostenibilidad económica ha permitido asociar a ella los factores y pretensiones del sistema capitalista. No es de extrañar, por lo tanto, que esta interpretación sea calificada por algunos autores, especialmente los que se encuentran en el seno de movimientos anticapitalistas, como un uso fraudulento del concepto de Desarrollo Sostenible. Así, estos pensadores entienden que la triple sostenibilidad es la reacción defensiva de los poderes institucionalizados, los cuales han condicionado la integración de la cuestión ecológica a la afirmación de los fundamentos del sistema capitalista.
16 1.2.2. La desmaterialización de la economía. Otra de las corrientes mayoritarias que encuentra acomodo en la interpretación del principio de sostenibilidad es la teoría de la desmaterialización o desacoplamiento de la base física (Herman, 1990). Desde esta perspectiva, se defiende la continuidad del modelo tradicional de crecimiento, a la vez que se reduce el consumo de materias primas y el impacto ambiental. Dicho de otra forma, esta teoría propugna la reducción del volumen de desechos por unidad de productos fabricados, permitiendo que la economía crezca (produzca más bienes y servicios) toda vez que no se incremente el consumo de recursos naturales. En esta formulación cabe de entrada realizar una apreciación, y es que si bien en la fabricación de un producto el volumen de recursos empleado es el parámetro predilecto a tener en cuenta de acuerdo con esta teoría, caben también otros que deben ser tenidos en cuenta a los efectos de valorar el impacto ambiental, como la durabilidad de los materiales escogidos, su facilidad de reparación y su capacidad de reciclaje. Para explicar la génesis de esta tendencia, se suele aludir al momento histórico de crisis de los años 70, donde el descenso en el consumo de energía por parte de algunos países en relación a su PNB, indicaba una tendencia progresiva que independizaba el crecimiento de este último respecto de la utilización de energía y materias primas. Específicamente, pueden mencionarse dos elementos que justifican el origen de esta visión: El primero de ellos sería el crecimiento significativo del tercer sector en los países desarrollados, con respecto a los sectores primario y terciario. De este modo, el sector servicios parecía demandar una menor cantidad de energía y recursos naturales (cuestión discutida por algunos autores), y habida cuenta de que una parte significativa del crecimiento económico estaba ocasionada por el incremento de estas actividades, comenzó a defenderse la idea de que era posible crecer disminuyendo a su vez el consumo de recursos. Un segundo elemento haría referencia a la modernización de las industrias en torno a procesos más eficientes y menos contaminantes, así como la aparición de las actividades de I+D y la sustitución de las materias primas tradicionales, como el hierro,
17 cobre, plomo, entre otras, por nuevos materiales, a modo de ejemplo los plásticos y las fibras sintéticas, que exigían un menor gasto energético en cuanto a su obtención y transformación posterior. Puede decirse que la teoría de la desmaterialización, en sus múltiples variantes, goza de buena aceptación en el ámbito institucional y dentro de los defensores del Desarrollo Sostenible. Es fácil encontrar referencias a estos procesos desde organismos como la OCDE, la propia Unión Europea o algunos gobiernos nacionales. Sin embargo, existe una gran diversidad a la hora de medir este grado de desmaterialización o desacoplamiento (del crecimiento económico respecto del consumo de materias primas y energía), por ello es preciso introducir una precisión conceptual en torno a la idea de dos tipos de desmaterialización: absoluta y relativa, o bien fuerte y débil, respectivamente. Esta diferenciación ha cobrado fuerza en los últimos años y distingue la desmaterialización absoluta o fuerte, que es aquella que supone una reducción de la cantidad de recursos utilizados en la economía en términos absolutos. Y la desmaterialización relativa o débil, que conlleva un aumento de la eficiencia en el uso de los recursos, es decir, aumentar la cantidad de producto obtenido por unidad de recurso empleado, siendo esta última la acepción preferida por ser la menos crítica con el modelo actual de crecimiento. En cualquier caso, no pasan desapercibidas las contradicciones entre la teoría de la desmaterialización y la de las tres sostenibilidades, a la que nos hemos referido con anterioridad. La propuesta que nos ocupa tiene esencialmente un carácter bidimensional, centrado en los aspectos económicos y ecológicos, pero fundamentalmente en estos últimos, los cuáles determinan las condiciones del crecimiento, identificándose con mayor claridad con el concepto de Desarrollo Sostenible presentado en el Informe Brundtland, si bien esta teoría margina lo relativo a la dimensión social. Por otro lado, la perspectiva que ofrece la desmaterialización ha servido para legitimar el planteamiento que desde la teoría económica convencional trata de presentar al crecimiento no como la causa de los problemas de degradación ambiental, sino como la solución a los mismos. De este modo, se afirmó que si bien los países en sus primeras fases de desarrollo dependen en mayor medida del consumo de recursos, a
18 partir de un determinado nivel de renta per cápita, un mayor crecimiento implica una reducción en el uso de materias primas y energía y en general una disminución del impacto ambiental. De este modo, la relación entre crecimiento económico y degradación ambiental podía representarse en forma de “U” invertida, a la cual se le otorgó el nombre de curva de Kuznets ambiental, por su similitud morfológica con la función presentada años antes por Kuznets en la medición de la relación entre crecimiento y desigualdad. En el mismo sentido, bajo este enfoque se argumenta que el aumento de la riqueza permite incrementar la inversión realizada en instrumentos para la protección del medio ambiente, lo que redunda en una reducción de la huella ecológica. Si bien atribuir este mérito al aumento de la renta a consecuencia del crecimiento, es altamente criticable. En primer lugar, porque no tiene en cuenta el proceso de terciarización de estas economías conforme a su desarrollo, al que antes hemos hecho alusión, y que supone un desplazamiento de la industria hacia actividades en principio menos contaminantes. En segundo lugar, porque omite el fenómeno de la deslocalización de las actividades industriales de los países desarrollados hacia países en vías de desarrollo, en la búsqueda de una reducción en los costes de producción. Así las cosas, cuando abordamos este fenómeno en términos absolutos, que son los verdaderamente importantes a efectos de valorar la sostenibilidad, lejos de reducirse el consumo global de recursos naturales y energía, y la generación de residuos, estos se han incrementado en los últimos años, apoyando la crítica mayoritaria que define la teoría de la desmaterialización como una mera reinterpretación del concepto de productividad a la que se le añaden matices ecológicos.
19 2. LA CRÍTICA DEL DECRECIMIENTO AL DESARROLLO SOSTENIBLE: ESE OXÍMORON. “Estamos en un barco que se mueve a una velocidad de 25 nudos camino de un acantilado con el que, si no modificamos el rumbo, inevitablemente vamos a chocar. ¿Qué es lo que hemos conseguido en los últimos años al calor, por ejemplo, del llamado Protocolo de Kioto, que pretende limitar nuestras emisiones contaminantes? Hemos reducido un poco la velocidad del barco, de tal manera que ahora nos movemos a 23 nudos. Pero, como quiera que no hemos modificado el rumbo, aunque el choque se producirá algo más tarde, no conseguiremos evitar el acantilado.” (Taibo, 2011) Tras haber analizado los presupuestos básicos de las teorías del Desarrollo Sostenible, desde su génesis a sus interpretaciones mayoritarias, y antes de adentrarnos en la traslación de dicho principio al entorno urbano, es preciso detenernos en una de las corrientes de pensamiento que están ganando fuelle en los últimos años, la teoría del Decrecimiento. Si bien su inclusión en este trabajo tiene como objetivo resaltar su naturaleza crítica, dada su creciente popularidad que obliga a su mención en un documento que pretende abordar de forma global el fenómeno del Desarrollo Sostenible. El Decrecimiento no es un postulado de creación reciente, sino que de una u otra forma ha estado presente desde los orígenes de la propia definición de sostenibilidad en Brundtland y la Cumbre de Río. Responde sin duda a la proliferación de una serie de pensadores críticos con la sociedad del consumo y del crecimiento ilimitado. Así, entre estos padres del decrecimiento podemos encontrar a autores como Ivan Illich, Cornelius Castoriadis, François Partant o André Gorz. Incluso ya en los años 70, el economista rumano Georgescu Roegen intentó demostrar cómo el crecimiento ilimitado no constituye más que una ilusión, a la vez que enunciaba la insostenibilidad ecológica de las economías de corte neoclásico. Georgescu es considerado el padre la bioeconomía, caracterizándose por introducir en la ciencia económica aspectos provenientes de la física y la biología. Así, desde la física, pone en relación el concepto de crecimiento con el Segundo Principio de la
20 Termodinámica y de este modo afirma que cuando un sistema tiende a incrementar su entropía, la energía tiende a disiparse, de forma que cada vez es más complicado conseguirla (ampliando el concepto de energía también a la materia, de forma que los recursos materiales inicialmente más concentrados tienden a disgregarse, a disiparse, siendo su obtención cada vez más complicada). No obstante, las teorías decrecentistas han cobrado una mayor importancia en la década de los noventa, en consonancia con un incremento de los movimientos anticapitalistas en todo el mundo y especialmente, gracias a la adaptación de estos principios llevada a cabo por economistas franceses como Latouche, Cheynet o Aryés, entre otros. País, Francia, donde incluso estos movimientos toman la forma de partido político, el PPLD (Partido por el Decrecimiento). El decrecimiento se constituye como una dura crítica a los paradigmas de la economía capitalista, enfocada en el crecimiento, la producción y el consumo ilimitados, y por tanto, un reproche a la formulación de sostenibilidad identificada con Desarrollo Sostenible, pese a que la idea de decrecimiento suela catalogarse bajo el mismo, esencialmente para neutralizar su carácter subversivo (Latouche, 2009). La mayoría de estos autores coinciden en calificar el Desarrollo Sostenible como un oxímoron, ya que, por definición, consideran que el desarrollo no puede ser ni sostenible, ni sustentable. La proliferación de este principio no responde para ellos, sino la única finalidad de “mantener los beneficios y evitar el cambio de costumbres modificando escasamente el rumbo” (Kempf, 2007). Así, los defensores de esta corriente afirman que interpretando los resultados de distintos indicadores, puede observarse que las sociedades industriales alcanzaron un determinado límite en los años 70 a partir del cuál los incrementos en el PIB no se traducían de manera directa en una mejora de la calidad de vida. Y dado que la dimensión de la economía global está rebasando los límites asimilables por la naturaleza, consideran necesario que ésta decrezca, para reducir la amenaza de la destrucción de los ecosistemas y el agotamiento de los recursos naturales limitados, sustento de la vida humana. Taibo (2011) mantiene una postura crítica con los principales indicadores manejados en el sistema económico mundial, especialmente con el PIB, al cual achaca su
21 desinterés por incluir actividades que contribuyen a aumentar el bienestar colectivo, toda vez que éstas no conlleven producción y gasto. Además, la aceptación del indicador del PIB per cápita como medida de la riqueza, respondería a una falacia que da por supuesto una distribución equitativa de la misma, utilizándose como expresión para medir el nivel de vida o salario de todos. De este modo, él aboga por el uso de instrumentos de medición alternativos, como el IBES (Índice de Bienestar Económico Sostenible), que toma en consideración algunos de estos aspectos olvidados por los indicadores oficiales. En relación a la huella ecológica del crecimiento, estos autores utilizan el argumento de que si generalizáramos el nivel de vida de los europeos a toda la población terrestre, serían precisos tres planetas, en términos de superficie necesaria para sostener las actividades económicas hoy existentes. Y siete planetas Tierra si hiciéramos la misma operación con el nivel de vida norteamericano. A nivel planetario disponemos de una superficie de 51.000 millones de hectáreas, de los que solamente unos 12.000 millones son bioproductivas, lo que otorga un cálculo aproximado de 1,8 hectáreas por persona. Sin embargo, el consumo actual medio de los individuos equivale a 2,2 hectáreas, por encima del límite medioambiental y de recursos del planeta. De hecho, un norteamericano precisaría, en consonancia con su nivel de vida actual, de 9,6 hectáreas y un español de unas 5,7 hectáreas, frente por ejemplo una persona en la India que requeriría solamente de 0,8 hectáreas. Por hacer la comparativa en términos históricos, en 1960 hacíamos uso del 70% del planeta, en 1999 la cifra había aumentado hasta aproximadamente el 120% y, si hacemos caso de los pronósticos para el año 2050, este consumo se elevaría hasta un 200% (Taibo, 2011). La elección del término “decrecimiento” supone una provocación en sí (Martínez-Alier, 2008), es una “palabra obús” (Latouche, 2009), pretendiendo hacer surgir un debate sobre la necesidad de constituir economías autocentradas, que vivan a costa de sus propios recursos de forma sostenible. Así las cosas, el decrecimiento no es una simple desaceleración del crecimiento, pues esta tendencia en las sociedades actuales precipitaría un aumento de las tasas de desempleo y una renuncia a los programas de gasto social (sanidad, educación,
22 cultura, medio ambiente…), sino que se configura como una llamada de atención o toma de conciencia sobre la situación que viven nuestras sociedades modernas. En este sentido añade Taibo (2011: 50) que “no se trata, claro, de llevar a cero los niveles de producción y de consumo: se trata, antes bien, de restaurar los equilibrios con el medio natural que la industrialización, la urbanización y el colonialismo han roto”. Latouche (2009) nos recuerda además la diferencia entre los conceptos de crecimiento y desarrollo, siendo este último un término más amplio que engloba no sólo un aumento del bienestar material, sino un aumento del bienestar humano, social, cultural y de acceso a la salud; en definitiva una mayor felicidad, como habíamos apuntado con anterioridad en este trabajo. De este modo, el no crecimiento económico (material) puede conllevar desarrollo, aumentando los niveles de relación social, de convivencia y de intercambio de experiencias humanas. El autor, para mostrar cómo el decrecimiento no implica una visión negativa, utiliza la metáfora del río desbordado. Así, cuando un río crece hasta desbordarse de su cauce anegando todo a su paso, todos esperamos que cese la crecida, es decir, que decrezca y que las aguas vuelvan a su cauce natural. Lo mismo ocurriría con la insostenibilidad de las sociedades actuales, convirtiendo el decrecimiento en algo no sólo positivo, sino necesario. Taibo (2011) precisa el contenido de la propuesta del decrecimiento, haciendo hincapié en que ésta no se agota en la persecución de los fines de reducción de los niveles de producción y de consumo, sino que conlleva la defensa de unos principios y valores, de un modo de vida integral, que supone una ruptura con las tendencias imperantes en la actualidad. Estos presupuestos, enunciados someramente, vendrían a ser los siguientes: − Primacía de la vida social frente a los valores de producción, competitividad y consumo frenéticos, abandonando los fundamentos de la economía capitalista. − Nuevas formas de ocio creativo frente al ocio basado en el consumo y el gasto, constituyendo una crítica a la oferta promovida por la industria cultural actual. − Reparto del trabajo entre sectores económicos, propiciando el desarrollo de actividades relacionadas con la atención a las necesidades sociales y el respeto
23 al medio natural: transporte colectivo, energías renovables o agricultura ecológica, etc. − Establecimiento de una renta básica para la ciudadanía, configurada como un ingreso mínimo, la cual además de actuar con efectos distributivos de la riqueza, ayudaría a mitigar los posibles problemas surgidos de la aplicación de programas de decrecimiento. − Reducción del tamaño de una gran mayoría de infraestructuras administrativas, productivas y de transporte. − Recuperación de elementos de la vida local frente a los parámetros de la globalización y al estilo de vida en las grandes metrópolis. − La sobriedad y sencillez voluntarias de los individuos, cualidades apartadas por el ritmo frenético del capitalismo. En este apartado tendrían cabida los nuevos movimientos “slow” (educación lenta, comida lenta, etc.), los cuales contribuyen supuestamente a recuperar una vida social saludable. Vista la esencia de la teoría decrecentista, la mayor polémica se presenta a la hora de enfocar ésta bajo la óptica de los países en vías de desarrollo, los cuáles necesitan aumentar su economía productiva para atender las necesidades de una población creciente que no tiene acceso a las coberturas más básicas. Es por esto que al concepto de decrecimiento le acompaña recientemente el adjetivo sostenible o sustentable (decrecimiento sostenible), entendido, como planteó Martínez-Alier (en su ponencia celebrada en el marco de la primera Conferencia sobre Decrecimiento en París en 2008) como “un decrecimiento económico socialmente sostenible”. El decrecimiento sostenible ha sido definido como una reducción en los niveles productivos y de consumo, que permita incrementar el bienestar de los individuos y la mejora de las condiciones ecológicas tanto a nivel local como global y tanto en el corto como en el largo plazo. Entendiendo el bienestar no sólo como acumulación material, sino como un concepto mucho más amplio, como se ha explicado anteriormente. A esta problemática de la necesidad de crecimiento que demandan las sociedades menos desarrolladas, ha de añadirse la interdependencia sistémica entre los países Norte-Sur, Desarrollados-Infradesarrollados, sabiendo que el incremento en el
24 consumo de los países del Norte conlleva una reducción de los recursos disponibles para los países en vías de desarrollo (del Sur). Por todas estas razones, los partidarios de la teoría decrecentista defienden que el peso del decrecimiento ha de recaer sobre las sociedades desarrolladas, de modo que la rebaja en el tamaño de sus economías permita una reducción en términos globales, facultando a su vez el desarrollo de las sociedades cuyos ciudadanos no tienen satisfechas las necesidades más básicas. Así las cosas, a raíz de todo lo expuesto y dando una visión de conjunto, podemos afirmar que el decrecimiento se presenta como la alternativa más reciente al Desarrollo Sostenible en la pugna por alcanzar el concepto amplio de sostenibilidad de las economías productivas, no sólo en términos de reducción de la huella ecológica, sino aludiendo a cambios en la estructura social y a un modo completamente diferente de entender nuestra realidad. Si bien, pese a los esfuerzos de los partidarios de esta tendencia, la aceptación del Desarrollo Sostenible, en sus múltiples interpretaciones, sigue siendo la opción mayoritaria de economistas, instituciones y gobiernos, en un mundo marcado por el orden capitalista, quedando las teorías decrecentistas relegadas mayormente a su defensa por un determinado sector de la ciencia económica y movimientos sociales, siendo calificadas por algunos de irrealizables o extravagantes.
31 4. RASGOS DE INSOSTENIBILIDAD DE LAS CIUDADES. Como se ha visto hasta ahora, la ciudad es el núcleo principal de las políticas de sostenibilidad, por ser un agente decisivo en el cómputo global de la huella ecológica de la humanidad. De este modo, han sido muchas las iniciativas en la promoción de ciudades más sostenibles, pero para poder centrar las actuaciones específicas, es preciso conocer cuáles son los principales rasgos comunes y más habituales de insostenibilidad en los núcleos urbanos. Para ello, acudiremos a una perspectiva integral del concepto de sostenibilidad, puesto que el impacto medioambiental de las ciudades sobre su entorno guarda estrecha relación con las cuestiones económicas, de crecimiento demográfico y los hábitos adquiridos en materia de movilidad, consumo, vivienda, entre otros, que componen los procesos desestabilizadores que se traducen en desequilibrios ecológicos. Es preciso señalar que los factores de insostenibilidad no son, obviamente, iguales para todas las ciudades del mundo, especialmente si comparamos los núcleos urbanos de países del Norte con los de países del Sur. De cualquier modo, a continuación se intentará ofrecer una posible sistematización de los aspectos más relevantes que deben ser objeto de atención por parte de las políticas de sostenibilidad urbana, presentando así tanto las deficiencias existentes, como los retos a abordar. Para esta tarea, usaremos la clasificación propuesta por Castro (2009), que agrupa estas causas de insostenibilidad en relación a tres tipologías de factores: de índole social y económica, territorial y urbanística, y ambiental, intentando asimismo extrapolar estos presupuestos al conjunto de las ciudades europeas, las cuales recaban nuestro mayor interés. 4.1. Factores de índole social y económica. Como hemos visto, la ciudad constituye un sistema en el que confluyen diversos elementos los cuales están interrelacionados entre sí. Cuando este sistema es incapaz de amortiguar o erradicar las tensiones generadas en sus dimensiones social y
32 económica, éstas acaban por minar de forma directa el desarrollo y derivan en problemáticas que no sólo se manifiestan a nivel socioeconómico, a través de pobreza o paro, sino también en la dimensiones ambiental y urbanística, con consumos excesivos de agua o recursos, escasez de zonas verdes, acumulación de residuos, etc. Podría decirse que la variable poblacional es la de mayor potencial explicativo en el análisis de la sostenibilidad urbana, tanto por el número de habitantes y su densidad (análisis cuantitativo), como por su nivel de desarrollo social y económico (análisis cualitativo), siendo determinante en el consumo y uso de recursos y energía. Respecto a la densidad de población, dos serían los problemas principales: los núcleos urbanos superpoblados, como ocurre en algunas ciudades asiáticas y sudamericanas, y los denominados “barrios-colmena”, distritos con tasas muy elevadas de ocupación. Respecto a estos últimos, pueden convertirse en auténticos focos de problemática social y ambiental si no se dotan de los equipamientos e infraestructuras necesarios: tanto educativos, como asistenciales, ambientales o sociales. De hecho, existe una relación directa entre el nivel de educación de los individuos y la sensibilidad respecto a los temas medioambientales. Si bien un nivel económico elevado conlleva por lo general un mayor consumo de recursos y productos, también se presupone a estos individuos un interés más elevado por las interacciones entre sociedad y medio natural. En todo caso, la educación o sensibilización ambiental es un factor importante para el éxito de las políticas que nos ocupan. Ésta puede articularse mediante la puesta a disposición de los ciudadanos de información relativa a los hechos urbanos y su huella ecológica, así como mediante la implementación de instrumentos para la participación de los residentes en la mejora del entorno. A modo de ejemplo, esto puede traducirse en: programas de educación y participación ambiental, centros de documentación, aulas de naturaleza, voluntariado ambiental, granjas escuelas y observatorios, entre otros. Otro foco de insostenibilidad urbana es sin duda la existencia de desigualdades sociales y bolsas de pobreza, que tienen su reflejo en barrios marginales o guetos, los cuales conllevan una segregación espacial entre ciudadanos de distintos estratos
33 económicos y son generadores de procesos de insolidaridad social: marginación, exclusión, etc. En el mismo sentido operaran las tasas elevadas de desempleo, cuestión de actualidad en nuestro país, causantes principales de trastornos como: pobreza, descontento social, precarización, etc. De hecho, estas cuestiones de paro, distribución desigual de la riqueza e inequidad están directamente relacionadas con la capacidad o contingencia de hacer frente a los problemas medioambientales, habida cuenta de que para los individuos con bajos niveles de renta, es más difícil resolverlos de forma autónoma, si bien la preocupación por la satisfacción de necesidades básicas es labor suficiente para la rutina diaria. La pérdida de identidad individual que se produce en las ciudades, consecuencia de una socialización cultural absorbente, que resulta alienante para determinados individuos, también puede influir respecto de los objetivos de sostenibilidad, así como la creciente globalización que impone formas de vida homogéneas. De este modo, es complejo implicar a los ciudadanos en la mejora de un entorno urbano con el que no sienten identificación. De igual modo, una sociedad excesivamente fragmentada o desarticulada es asimismo factor de insostenibilidad, pudiendo desembocar en problemáticas de marginación, xenofobia, racismo, etc. Por lo general, esta falta de cohesión y pérdida de tejido social se traduce en desinterés por la participación ciudadana, haciendo que asociaciones, grupos y gremios se constituyan no como mecanismos para encauzar el diálogo social, sino para obtener una mayor trascendencia en la gestión de la ciudad. También se constituye como foco problemático la proliferación de actividades de la economía sumergida, que se acrecienta en épocas de crisis o depresión económica como la actual, en respuesta a un sector público poco flexible y que ejerce una presión fiscal elevada, bajo la finalidad de evitar la tributación o mitigar un desempleo elevado. Así, este supuesto genera trastornos que provocan ineficiencias en todos los ámbitos y que lastran los objetivos de la ciudad sostenible. En primer lugar, ineficiencia económica, ya que la elusión del pago de impuestos reduce la cantidad total recaudada por los gobiernos y que presumiblemente se invertiría en infraestructuras y servicios públicos, además de aumentarse la presión fiscal sobre la economía no sumergida. En segundo lugar, ineficiencia ambiental, al entender que dichas
34 actividades, al margen de la legalidad, escapan por tanto de la normativa ambiental que pudiere serles aplicable. Y en último lugar, ineficiencia social, al destinar recursos públicos a determinados sectores productivos o de población que podrían no corresponderles en relación a su volumen de actividad real. Otro problema representativo del entorno urbano y en general de las sociedades de los países desarrollados es el del consumismo desmesurado, tanto de recursos, agua y energía, como de productos transformados. Este patrón de consumo influye tanto en el agotamiento de reservas naturales y energéticas, como en la generación de residuos en grandes cantidades e incluso en la falta de sensibilización ambiental, siendo una de las principales causas de degradación del medio ambiente a nivel mundial. Finalmente, dentro de estos factores de índole social y económica, principalmente de esta última, destaca la necesidad de implementar sistemas de producción ecológicos y tecnologías que favorezcan la sostenibilidad, siendo la ciudad el entorno idóneo para ello a causa de la concentración de actividades en los núcleos urbanos. De este modo, algunas buenas propuestas para lograr esta meta son la implementación de certificaciones de calidad con base en criterios ambientales, la puesta en marcha de redes de colaboración, la práctica de auditorías ambientales y en general, la introducción progresiva del valor ambiental en el mercado. Lo cierto es que existe una demanda creciente de productos ecológicos entre los consumidores de europeos, factor que se encuentra estrechamente relacionado con la promoción de la educación ambiental. No en vano, en el Eurobarómetro Flash publicado en julio de 20135, y realizado a instancias de la Comisión Europea, se extraen como conclusiones que aproximadamente un 80% de los encuestados se preocupa por el impacto ambiental de los productos y un 75% estaría dispuesto a pagar más por un producto de fabricación respetuosa con el medio ambiente, de tener certeza de que esto es así, pues la mayoría alude también a la falta de información sobre la materia y desconfían del reclamo publicitario de algunos fabricantes al hilo del ambientalismo6. 5 Comisión Europea. Eurobarómetro Flash 367, “Attitudes of Europeans towards building the single market for green products”. Publicado en julio de 2013. 6 En el sentido señalado por Bergua (2009: 211), para quien el ambientalismo es una corriente de opinión fundamentada en una “apreciación estética de la naturaleza o que impulsa estilos de vida sanos, líneas verdes que venden muy bien en el mercado”.
35 Otra buena propuesta para alcanzar este sistema de producción ecológico se articularía desde la legislación en materia de empresa y medio ambiente, de forma que se implementase un marco operativo de prácticas empresariales sostenibles, o bien recurriendo a mecanismos de penalización de conductas insostenibles, vía sanciones o tributos. Este último aspecto, el de los tributos medioambientales, podría centrar el debate de los próximos años, ya que es un instrumento excelente no sólo para reducir el impacto ambiental de las actividades productivas, sino para aumentar significativamente la recaudación pública. Así lo atestigua el informe de 2013 del centro de investigación “Economics for Energy”7, en el cual se estima que la reforma del sistema impositivo ambiental y energético en España permitiría recaudar una cantidad de 5.500 millones de euros anuales, lo que podría aprovecharse para reducir la tributación sobre las rentas del trabajo. 4.2. Factores territoriales y urbanísticos. La importancia de la cuestión urbanística en el desarrollo de políticas de sostenibilidad es innegable y nuestro país es un claro ejemplo de ello. El urbanismo desenfrenado de las décadas pasadas lleva asociado una degradación ambiental irreconciliable, teniendo en cuenta que toda vez que una zona es urbanizada, el medio natural implicado es difícilmente recuperable, pese a un abandono posterior del área afectada, pues de volver, el elemento natural vuelve en forma degradada. Así, se extinguen especies, se destruye y esquilma suelo fértil, se cortan y trasladan cursos naturales de agua, los suelos se impermeabilizan y los residuos que producimos son vertidos a la naturaleza en cantidades muy superiores a su tasa real de absorción, aspectos en los que se profundizará en el epígrafe siguiente relativo a los factores ambientales. Estos procesos de urbanización caracterizados por su profusión y su rapidez, rara vez han considerado en su actividad los aspectos ecológicos. La práctica tradicional en estos sectores se constituye en torno a una preocupación por la asignación eficiente de usos al suelo urbano, toda vez que éste se configura como un bien escaso, con un elevado coste de oportunidad ante usos alternativos. Por ello, es importante que la intervención pública sirva para garantizar un nivel mínimo de suelo de utilidad comunitaria, como zonas verdes, espacios abiertos o infraestructuras básicas. 7 Economics for Energy. “Impuestos energético-ambientales en España”. 2013.
36 En términos de planificación urbanística, los ámbitos donde se centra la principal problemática son dos: los centros históricos y la periferia de las ciudades8. De este modo, los rasgos principales de insostenibilidad radican en torno a, por un lado, los procesos de terciarización de los centros históricos, que desplazan actividades preexistentes como los comercios minoristas, por usos alternativos como administraciones públicas, oficinas o grandes comercios, con la consecuente pérdida de diversidad y de identidad tradicional. Consecuencia de esto, se produce también en los centros de las ciudades un aumento del tráfico de vehículos motorizados, que contribuye a deteriorar las condiciones paisajísticas y ambientales y los propios edificios del centro histórico, debido al aumento de emisiones contaminantes. Si bien sería preciso hacer hincapié en la promoción de obras de mejora y reforma de dichos edificios. Respecto a la zona de la periferia urbana, su desarrollo se ha caracterizado por servir como instrumento de absorción de los rápidos incrementos de población. La construcción en dichas zonas ha destacado por arrasar con el territorio preexistente, modificando por completo el medio natural circundante. Asimismo, en ocasiones estos asentamientos no se dotan de una estructura coherente, que asegure el acceso a infraestructuras y equipamientos básicos, obligando a la población residente a depender del núcleo urbano principal y aumentando en consecuencia el número de desplazamientos, lo que incrementa el volumen de emisiones contaminantes. En línea con el planteamiento anterior, la calidad y tipología de las viviendas es también un factor determinante, así como su cercanía a los lugares de trabajo, ocio y compras (aumentando o reduciendo los desplazamientos). Precisamente, el paradigma de ciudad difusa asociado a la descentralización de la población, centros de empleo y grandes complejos de ocio, que se alejan del centro para instalarse en zonas más descongestionadas, conlleva traslados más largos y numerosos9. Por esta razón, es preciso dotar a estos asentamientos con los servicios locales y acceso a transportes públicos necesarios, que contribuyan a minorar los efectos de tal circunstancia. 8 Basado en un informe de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía (1997). 9 El modelo de ciudad difusa se contrapone al de ciudad compacta. Un análisis detallado se encuentra en Rueda, S. (1998). “La ciudad compacta y diversa frente a la conurbación difusa”. Ciudades para un futuro más sostenible, Madrid, Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, edición electrónica (disponible en: http://habitat.aq.upm.es).
37 El tráfico rodado es uno de los principales factores contaminantes a nivel global, debido a la emisión de gases contaminantes y CO2 que acrecientan los efectos del cambio climático, pero además, también provoca alteraciones de efecto invernadero a nivel local y grandes nubes de contaminación que envuelven a las ciudades. Así mismo, las hileras de vehículos estacionados dominan el horizonte urbano, ocupando espacio que pudiera ser destinado a usos más beneficiosos para la comunidad. Por esto, la peatonalización de los centros urbanos es un elemento a considerar, así como la creación de vías de alta capacidad que canalicen el tráfico descongestionando las zonas nucleares y evitando atascos que ocasionaren mayor contaminación, ambiental y acústica, así como alteraciones en la vida diaria de los individuos. El paisaje urbano es otro elemento a tener en cuenta, entendido éste como una percepción estética o sensorial que tienen los ciudadanos en relación a los elementos naturales y que influye en la calidad de vida. Nos referimos tanto a aspectos físicos (integración de zonas verdes, espacios abiertos, zonas peatonales, etc.), como a aspectos de naturaleza social (por ejemplo actividades culturales en las calles o actividades al aire libre). Si bien hasta ahora el urbanismo tradicional tenía por costumbre contemplar estos elementos desde una perspectiva meramente estética o residual, no tomarlos en consideración deriva en ciudades estresantes y caóticas, agresivas para el ciudadano, influyendo en su estado de ánimo y su salud. No en vano, la presencia de un gran número de zonas verdes, bien integradas en el espacio urbano, coincide con la representación de ciudad sostenible instalada en el imaginario colectivo. Así las cosas, es preciso resaltar el papel de estos espacios en su contribución a la calidad de vida de los ciudadanos, mediante la construcción de parques y cinturones verdes, los cuales además contribuyen a reducir la densidad de edificación y evitan el emplazamiento en estas zonas de usos contaminantes. En última instancia, formularemos una consideración que también debe ser tenida en cuenta en nuestros análisis, como es la posición geopolítica o económica que ocupa la ciudad en el contexto nacional e internacional, ya que ésta puede determinar la localización en su territorio de determinadas actividades o flujos de población, especialmente si hablamos de capitales de Estado o de provincia.
38 4.3. Factores ambientales. La insostenibilidad urbana en términos puramente ambientales va de la mano de desequilibrios en los ciclos de energía y materias, esencialmente. Esto se traduce tanto en efectos internos, relacionados con el consumo de recursos y la producción de residuos, como externos, relativos al menoscabo de la biodiversidad, agotamiento de recursos naturales, degradación del suelo y del ecosistema (como apuntábamos al hilo del urbanismo incontrolado). Así, en este último apartado se hará referencia las siguientes circunstancias clave: desequilibrios en el ciclo del agua, en el ciclo de la energía, en el ciclo de materias y presencia de contaminación atmosférica, acústica y lumínica. Respecto al ciclo del agua, se ha considerado que los dos efectos principales del crecimiento urbano son: la sobre-explotación de los cursos o yacimientos naturales y la contaminación de los acuíferos, que conlleva una pérdida de calidad (y que sigue empeorando) de este elemento fundamental. La relativa escasez del agua en las últimas décadas, agravada por una reducción de las precipitaciones, ha disparado sin duda su valor ambiental y económico. No en vano, este elemento es principal en todos los procesos urbanos (y no urbanos), pudiendo adaptarse a todas las modalidades de bienes de la Teoría Económica. Algo que ejemplifica perfectamente Clemente (2008: 264)10, cuando dice que “el agua es un factor de producción (como el carbón), es un bien de primera necesidad (como el pan), es un bien de lujo (como los diamantes), es un bien publico (como el paisaje), es un monopolio natural (igual que la electricidad), es receptora de residuos (como la Tierra), es un bien común (como los pastos de Garrett Hardin), es un pilar ambiental (como el oxígeno de la atmósfera), es vehículo de diversas externalidades (como al aire)... La lista podría seguir hasta completar todas las categorías y subcategorías que podamos imaginar.” En cualquier caso, los problemas fundamentales suceden en dos ámbitos, como son el abastecimiento y consumo de agua, y su depuración o saneamiento. Respecto al primero, la ciudad es un consumidor neto, demandando cantidades crecientes, lo que 10 Citado en la bibliografía por orden alfabético de los autores: Bielsa, J., Clemente, J. y Marcuello, C. (2008). “Agua y sostenibilidad: elementos para el debate”, Informe España 2008: una interpretación de su realidad social, Madrid, Fundación Encuentro, pp. 255-326.
39 supone un grave trastorno desde el punto de vista de la sostenibilidad (especialmente de la sustentabilidad de las fuentes hídricas y de los ecosistemas dependientes de las mismas), siendo necesario cambiar la percepción social de este recurso y las pautas de consumo. En tiempos recientes, ha sido habitual observar un desarrollo urbanístico que no ha tenido en cuenta su repercusión al generar crecientes necesidades de abastecimiento hídrico, incidiendo en el agotamiento de las fuentes naturales del entorno urbano y siendo necesario transportar el agua cada vez desde lugares más lejanos, lo que también incrementa la huella ecológica. Para evitar perjuicios mayores, es preciso iniciar procesos de contención de la demanda urbana de agua, así como diversificar las fuentes de suministro. Respecto a las aguas residuales, es preciso tener en cuenta que éstas son el medio principal de contaminación de ríos, mares y acuíferos subterráneos. Por lo tanto, habrán de iniciarse procesos de reutilización o depuración de las mismas. En este sentido es especialmente llamativo el caso de las zonas de litoral, caracterizadas por un aumento poblacional en periodos estivales que provoca una concentración estacional de la producción de aguas residuales, que van a parar al mar. Por lo tanto, es de mayor conveniencia en este tipo de poblaciones incorporar planes integrales de saneamiento. El segundo gran grupo de desequilibrios ambientales urbanos es el producido por las alteraciones en el ciclo de la energía. Las ciudades se caracterizan por una elevada dependencia energética, así como por una baja eficiencia en su consumo, también de tendencia creciente. Los aumentos de gasto energético asociados al desarrollo, como transporte, alumbrado, calefacción o localización de industrias, entre otros, son una causa principal de agotamiento de recursos naturales y contaminación. La mayor parte de la energía consumida en las urbes proviene de combustibles fósiles (petróleo, gas y derivados), producidos en centrales térmicas de enorme impacto ambiental, frente al uso escaso de fuentes de energía limpias, como la solar o la eólica. Asimismo, la huella ecológica de estos consumos se multiplica exponencialmente si tenemos en cuenta el transporte de combustible proveniente de países productores como Rusia, Oriente Medio o el norte de África, a través por ejemplo de gasoductos que atraviesan otras tantas regiones en su camino.
40 Por todo ello, es necesario enfocar los sistemas urbanos hacia un mayor nivel de eficiencia energética, capaz de aprovechar mejor los rendimientos de este recurso y minorar el impacto ambiental de su consumo. En el mismo sentido, hemos de movernos hacia fuentes de energía alternativas, como las antes mencionadas, bien sea solar, eólica o la procedente de biocarburantes, una alternativa que además permite la transformación de residuos, que son el siguiente problema urbano que vamos a enfocar a continuación. Desde el punto de vista del ciclo de materias, la problemática esencial gira en torno al impacto que se produce en los ecosistemas de las zonas donde se sitúan las fuentes de abastecimiento, para la extracción de los recursos naturales, así como en torno a la generación de residuos sólidos y desechos urbanos, unido al afloramiento de vertederos no controlados. La gestión de los residuos domésticos es un tema clave en las políticas urbanas de sostenibilidad y uno de los principales problemas de las ciudades. Por ello, se apunta a soluciones como la recogida selectiva de los mismos, que facilite su reciclaje (lo que implica a su vez un ahorro de materias primas y de energía en la extracción de éstas), o la creación de plantas de compostaje o de biocombustibles. Esto permite cerrar el ciclo de los residuos, que vuelven a incorporarse al metabolismo urbano una vez transformados. Caso a parte es el de los residuos industriales, que generan importantes riesgos ambientales y para la salud humana, habida cuenta de que la respuesta tradicional ha sido la de ubicar las industrias más contaminantes en la periferia de las ciudades, arrasando con el entorno preexistente en estas zonas. Para finalizar, mencionaremos lo relativo a la contaminación, principalmente atmosférica, aunque también vienen poniéndose de relevancia últimamente los perjuicios para la salud y calidad de vida ocasionados por la contaminación acústica y lumínica, e incluso la de las ondas electromagnéticas, cuyos efectos sobre los individuos son aún desconocidos. Todos estos factores influyen, como decimos, en la calidad de vida de los ciudadanos y en salud física y psíquica. Además, las emisiones de gases, las partículas de polvo en suspensión y en general la polución del aire de las ciudades, suponen, como puede
47 oportunidades y de acceso, sin discriminación racial, sexual, por causas religiosas, etc. Todo ello, fomenta la cohesión y nutre el crecimiento individual y colectivo. 5.2. Principios vertebradores de Hernández, Velázquez y Verdaguer (2009). Desde la génesis de estos ejes centrales formulados por Rueda (2005), distintas disciplinas y sobre todo la experiencia práctica, han ido desarrollando nuevos principios que recogen la características que debe reunir un ecobarrio integrado en el tejido urbano, lo que se traduce a su vez en propuestas de acción concretas. En este sentido, aparece en 2009 el estudio “Ecobarrios para ciudades mejores”, de los investigadores Hernández, Velázquez y Verdaguer, que será publicado en la revista “Ciudad y Territorio”, componiendo uno de los análisis más completos existentes hasta la fecha en España sobre los ecobarrios y los principios que deben regir en su desarrollo. De este modo, en este espacio recogemos estos criterios y propuestas, los cuales entrañan una actualización de los ejes fundamentales vistos en el apartado anterior, desarrollados de una forma integral y traducidos a la práctica concreta. Para ello, respetaremos la denominación literal otorgada por estos autores a cada uno de los principios, que son fundamentalmente siete: integración, responsabilidad social, diversidad, naturaleza urbana, movilidad, metabolismo urbano y construcción sostenible. - Integración. La idea esencial que intenta transmitir este concepto puede resumirse con una sola frase, en palabras de Velázquez (2009): “el ecobarrio debe ser parte de la ciudad”. No será, por lo tanto, una zona separada o aislada, un nido de ecologistas que motivados por su sensibilidad diferenciada de la del resto de los ciudadanos, decidan exiliarse e iniciar un proyecto común de autogestión en términos de impacto ambiental. El ecobarrio es parte del tejido urbano y debe estar perfectamente conectado con los servicios e instalaciones de la ciudad, respetando los espacios que ya existen así
48 como la estructura de la metrópoli y su modelo previo de desarrollo, suponiendo una pauta de reinterpretación de dicho modelo, pero no una escisión radical del mismo. - Responsabilidad social. La responsabilidad social dentro de los estados del bienestar de las sociedades occidentales, reviste un carácter asistencial respecto al cuidado y la protección de los colectivos más débiles, como señalan los autores. Esto se traduce en actividades de intervención social, voluntariado, participación, y en general labores que permitan perfeccionar las capacidades humanas. Además, la ciudad nos ofrece accesibilidad directa a la diversidad de los distintos individuos que le dan vida, y esta diversidad permite compartir experiencias y fomentar el crecimiento individual y colectivo de los mismos. Pero para ello, es fundamental garantizar la libertad personal de los ciudadanos, tanto a gestionar su propio tiempo y espacio, como a optar por el contacto social o por mantenerse en el anonimato. A esta visión, el ecobarrio añade el concepto de “responsabilidad ecológica”, que se traduce en la encomienda colectiva de reducir el impacto de la actividad humana en el medio, cerrar los ciclos ecológicos y sobre todo, dejar de consumir recursos y producir residuos por encima de sus tasas de absorción y renovación, respectivamente. - Diversidad. Este concepto se entiende en sentido amplio, tanto diversidad funcional, como diversidad de personas y familias, de todos los niveles sociales, que cohabitarán en este espacio. Respecto a la diversidad funcional y de actividades, en el ecobarrio, como parte integrada y conectada con la ciudad, deben estar representadas gran parte de las actividades económicas que se realizan en el resto la metrópoli. Se intenta mayormente huir del concepto de “zona monofuncional” en el sentido que señalaba Rueda (2005). Además, se hace hincapié en que las actividades que se llevan a cabo en este distrito deben aportar asimismo empleo, para no convertirse en un “barrio dormitorio”. Concretamente se da por válida una tasa de empleabilidad que supere el 40% de la demanda de actividad de los residentes.
49 En cuanto a la diversidad personal, los ecobarrios deberán contener residencias de todas las tipologías representadas en la ciudad, así como combinar vivienda libre con otras de protección oficial, proporcionando de este modo cabida a un conjunto heterogéneo de individuos y familias, de distintos estratos sociales, que componen una variedad constituida en factor de crecimiento humano. Asimismo, deben localizarse espacios públicos como plazas o parques, que sean lugar de encuentro de los residentes del ecobarrio, generando un ambiente óptimo para la interrelación personal, así como para centralizar comercios o servicios en estas áreas. Estos espacios, como el resto de edificaciones, deben permitir un régimen de usos flexible, pudiendo adaptarse y transformarse en función de las necesidades de la población. En el mismo sentido, se debe intentar dotar al barrio, además de con todos los equipamientos necesarios para su habitabilidad, de otros particulares que hagan a este distrito atractivo para la convivencia. En añadidura a las cuestiones anteriores y dada la vocación del ecodistrito de fomentar el contacto del ciudadano con el medio natural, se implementarán instalaciones dedicadas a usos relacionados con temas ambientales, como la difusión de los procesos ecológicos seguidos en la zona, sensibilización ambiental, exposiciones, centros de documentación ambiental, etc. - Naturaleza urbana. Con este principio se pretende ir más allá del establecimiento de zonas verdes (parques y jardines) para la mera contemplación o recreo, por el contrario, se busca una integración de la naturaleza en estado puro con el entorno urbano. Para ello, el ecobarrio debe adaptarse a la vegetación ya existente en el territorio al momento de la edificación, tanto arboledas como cualquier otro tipo de condición natural y paisajística. En este mismo sentido, los parques localizados en el área deben ser abiertos y ofrecer continuidad con el propio espacio natural. Se fomenta el uso eficiente del agua, su reutilización para los sistemas de riego, por ejemplo, así como la recogida del agua de lluvia al mismo fin. También se debe reducir al máximo las superficies asfaltadas, es decir, deben evitarse los efectos negativos de la impermeabilización del suelo, manteniendo el mayor número posible de superficies en su estado originario.
50 Asimismo, se impulsa la creación de huertos ecológicos dentro del tejido urbano, no sólo en aras de producir alimentos vegetales para el autoconsumo de las familias, sino como actividad de ocio y espacio para el fomento de la cooperación ciudadana y las relaciones sociales. Además, se destaca el papel biorregulador que ejerce la vegetación respecto de las condiciones atmosféricas y cómo ésta, localizada estratégicamente, es capaz de filtrar contaminantes y puede ayudar a reducir la sensación de calor durante el verano. - Movilidad. El ecobarrio tiene como objetivo potenciar el transporte público, que permita a los ciudadanos trasladarse a los espacios centrales de la vida diaria, desincentivando el uso de vehículos privados. En el mismo sentido, habrán de diseñarse zonas peatonales que conecten estos espacios nucleares y permitan los desplazamientos a pie, habida cuenta de la compacidad del distrito, contribuyendo a revitalizar los espacios públicos y aumentando la seguridad de niños y personas mayores. Se debe evitar además el aparcamiento en las calles, las hileras de vehículos estacionados que distorsionan el paisaje y restan espacio público. Para ello, se reducirán y concentrarán en puntos concretos las plazas de aparcamiento dentro de la zona central, localizando los grandes parkings en áreas periféricas, lo cual sirve a su vez para desincentivar el uso del transporte privado y eliminar flujos de tráfico dentro del barrio. - Construcción sostenible. La edificación y la construcción dentro del barrio debe realizarse para que sean instalaciones duraderas, pero minimizando el consumo de energía y materiales empleados. Los edificios serán proporcionados, sin albergar grandes volúmenes, y preferiblemente orientados hacia el sur, lo que permite obtener mayor cantidad de energía mediante la radiación solar. Se persigue simplificar al máximo los procesos de construcción, mediante soluciones prefabricadas o estandarizadas, frente a obras de gran detalle que ocasionan una mayor cantidad de desechos y cuya realización se prolonga en el
51 tiempo, con el consecuente gasto energético y de mano de obra. Así como se prolongan las molestias en el entorno, tanto a nivel visual como acústico. Se persigue también reducir el número de construcciones subterráneas, que suponen un mayor gasto energético y material. Se construirán estrictamente las necesarias, y la tierra procedente de la excavación se reutilizará para otras actividades como la instalación de jardines o terrazas. Del mismo modo habrá de incentivarse el uso de materiales y mano de obra local, del propio barrio o zonas cercanas, de forma que se reduzcan al mínimo los desplazamientos en el transporte de estos recursos, teniendo en cuenta el gasto de energía y la emisión de contaminantes que ello conlleva. Los materiales usados en la construcción, han de ser pensados para su posible reutilización o reciclado una vez que se consuma la vida útil del edificio construido. - Metabolismo urbano. En este punto se persigue esencialmente regular el consumo y la utilización del agua, incrementar el ahorro energético y mejorar la gestión de los residuos, bajo criterios de eficiencia. De este modo, en relación al consumo de agua, destaca el papel central de la elaboración de un Plan de Gestión de la Demanda de Agua, que incluya medidas básicas de comunicación e información a la población, así como otras para la eficiencia y para la reutilización de aguas regeneradas, entendiendo como tal agua regenerada la suma de la acumulada procedente de la lluvia más el agua residual, sometidas a procesos de depuración. Estos, se llevarán a cabo en una estación depuradora propia, que permita purgar las aguas residuales y el agua de lluvia, para la cual se diseñará un sistema de canalización desde las cubiertas de los distintos edificios hacia zanjas soterradas, donde se acumulará, actuando a su vez como elemento natural regulador de la humedad del terreno. Así, se sustituye el agua potable por este agua regenerada para determinados usos domésticos secundarios, como la descarga de inodoros, riego de zonas ajardinadas, de huertos ecológicos, sistemas de extinción de incendios y lavado de vehículos. Para hacernos una idea, sólo la sustitución entre estos tipos de agua para el caso de los
52 sanitarios, permite un ahorro de aproximadamente un 27% respecto del consumo de agua potable global en una vivienda situada en un barrio convencional. En relación a los procesos de eficiencia energética, se conceptualizan mecanismos centralizadores de la producción de agua caliente para calefacción y otros usos, que se distribuiría entre las distintas instalaciones mediante una red de tuberías. Se recomiendan asimismo formas de obtención de energía basadas en fuentes renovables como la biomasa o la energía solar térmica, respecto de la cual se instalarán paneles fotovoltaicos en todas las superficies favorables para su implementación, especialmente tejados de edificios y azoteas, o mobiliario urbano. En la gestión eficiente de los residuos prima la recogida selectiva, instalándose contenedores diferenciados para la recolección de los distintos tipos de desechos, situados en puntos próximos de modo que no sea excesiva la distancia que los vecinos tengan que recorrer para su depósito. También se prevé la instauración de puntos limpios, para residuos que requieren de un tratamiento especial, como puede ser el caso de muebles o electrodomésticos, concebidos no sólo como puntos vertedero, sino como un lugar al que otras personas puedan acceder y reutilizar si lo desean esos objetos que allí se encuentren. En última instancia, se sugiere que el ecobarrio debe contar con una planta de compostaje propia en la que convertir residuos orgánicos, que suponen aproximadamente el 50% del total de residuos sólidos urbanos, en compost o abono que pueda ser utilizado en la fertilización de jardines, huertos o macetas, incorporándose de nuevo al ciclo natural. Todas estas instalaciones deben estar situadas en un lugar a la vista de los ciudadanos, de modo que estos puedan así familiarizarse con su funcionamiento y tomar conciencia de estos procesos, favoreciendo su desarrollo. - Participación. Tal y como se ha explicado, el diseño de estos barrios implica también una nueva forma de relacionarse de los ciudadanos tanto entre los propios individuos y grupos sociales, como con el entorno, fomentando y reforzando en este proceso los instrumentos para la participación ciudadana.
53 Esta participación se instrumenta a través de dinámicas colectivas de evaluación y seguimiento de los distintos proyectos ecológicos implementados en el distrito, así como mediante el diseño de propuestas y planes abiertos a la colaboración, que impulsen consensos entre administración, ciudadanos y variados agentes políticos y económicos, facultando espacios para el debate y el diálogo, donde cada persona implicada pueda manifestar sus ideas y opiniones. A su vez, se resalta nuevamente la importancia de la distribución de información y la implementación de programas para mejorar la sensibilización ambiental, lo que permite a los residentes conocer el impacto de sus hábitos cotidianos sobre el ecosistema, fomentando la implicación personal de estos y propiciando la instauración de comportamientos menos dañinos en términos impacto ambiental, así como un sentimiento de corresponsabilidad, que en última instancia alienta el afianzamiento de una verdadera “cultura ambiental”.
54 6. LA EXPERIENCIA EUROPEA. En los últimos años, diversas ciudades europeas han ido implementando estos proyectos de nuevo urbanismo y políticas urbanas sostenibles, ajustándose en mayor o menor grado, con mayor o menor éxito, a principios similares a los vistos en los dos epígrafes anteriores y agrupados en torno al Ecocity Project11. De entre todos los ecodistritos europeos, podemos destacar algunos como el barrio de Ecolonia en la ciudad holandesa de Alpen aan der Rijn, el BedZed de Londres (Reino Unido), el ecobarrio de Grand Large en Dunkerque (Francia), el ecobarrio fluvial para la Isla de Saint Denis (también en Francia), el barrio Eco-Viikki en Helsinki (Finlandia), el barrio Hammarby Sjostad en Estocolomo (Suecia), o el Västra Hamnen en Mälmo (también en Suecia). En España se han llevado a cabo igualmente experiencias en este sentido, creando distritos ecológicos con una implementación aceptable de todos los criterios, aunque con dificultades en la gestión de algunos aspectos como la reducción en el uso de los transportes privados, o la falta de compacidad y complejidad, entendiendo por ésta la coexistencia en la zona de una variedad de actividades representativas. Mayor es el éxito de los ecobarrios españoles en términos de eficiencia energética y gestión de residuos, así como en integración directa con el medio natural. En atención a su grado de desarrollo, sobresalen los ecobarrios de: Sarriguren en Pamplona, Trinitat Nova en Barcelona, Vall d’Uxó en Castellón, Civitas Nova en Toledo, Santa Bárbara en Sevilla, Tropical en Granada, Soto del Henares, Puente de Vallecas, La Rosilla, Ensanche Sur, Plata y Castañar, estos cinco últimos pertenecientes a la Comunidad de Madrid y, por último, la ecociudad de Valdespartera en Zaragoza, la cual pese a haber implementado una buenas instalaciones, estas revisten un abandono significativo al no haber sido apenas revisadas desde su instalación. Pero si hay un país que mantiene el liderazgo en la implementación de distritos ecológicos, es sin duda Alemania. Cuando hablamos de liderazgo, no nos referimos en 11 El Ecocity Project es una iniciativa europea surgida al hilo del “V Programa comunitario de política y acción en relación al medio ambiente y el desarrollo sostenible”, que pretende servir de foro de reflexión, investigación y difusión de experiencias de la puesta en marcha de ecobarrios o ecociudades en Europa.
55 términos de cantidad, sino de grado de desarrollo y cumplimiento de los criterios ecológicos de los ecobarrios alemanes, pioneros en el tiempo y actualizados en cuestiones de eficiencia energética, energías renovables y construcción sostenible. Así, podemos destacar el barrio de Kronsberg en Hannover, la ciudad universitaria de Tübingen y especialmente el distrito de Vauban en Friburgo, uno de los primeros ecobarrios que se pusieron en marcha en territorio europeo y también uno de los más estudiados. Por ello, y por ser un modelo de referencia, nos detendremos en analizar brevemente los rasgos característicos de Vauban, lo cual nos permitirá observar más de cerca la puesta en práctica de los criterios de sostenibilidad a los que se ha ido haciendo referencia. 6.1. El caso Vauban. El barrio de Vauban en Friburgo se fundó a raíz de recuperar una antigua base militar, utilizada en el pasado por el ejército francés y que fue abandonada en 1992. De este modo, en 1993, se proyecta por la administración la creación de un barrio residencial bajo el concepto de ecobarrio, que dé cabida a unos 5.000 habitantes e integre más de 600 puestos de trabajo. En su génesis, se plantea como un distrito de distribución compacta, densa, vertebrado por criterios de consumo mínimo y eficiencia energética en viviendas e instalaciones, omnipresencia de espacios verdes y movilidad accesible mediante una buena red de transporte público. A su vez, se respetó la zona natural y el arbolado preexistente, integrándose en el nuevo tejido urbano. A través de procesos participativos que han permitido la cohesión entre la población residente, se han ido introduciendo nuevos planteamientos como los de ciudad sin coches (sin transportes privados), construcción sostenible, centros y proyectos comunitarios y diseño participativo de espacios públicos, entre otros. Algunas de las características más reseñables del barrio de Vauban son: § Producción local de aproximadamente el 65% de la electricidad demandada en el distrito, procedente de energías renovables y especialmente de energía solar térmica gracias a la instalación de paneles fotovoltaicos. Además se ha
56 construido una planta generadora, que se abastece de astillas de madera y de los mencionados paneles solares, y que permite el suministro a viviendas e instalaciones de la energía necesaria para el funcionamiento de la calefacción durante el invierno. § Las viviendas se han construido en atención a criterios de eficiencia y bajo consumo energético, incluyendo factores como la generación de energía para el autoconsumo, llegando incluso a vender los excedentes a las compañías eléctricas. § Así mismo, estas viviendas tienen estructuras fundamentalmente de madera proveniente de explotaciones locales. Un material mucho menos contaminante en su extracción y refinamiento, y que permite su posterior reutilización, en atención a los fundamentos de la construcción sostenible. § El barrio presenta una estructura lineal que facilita los desplazamientos de sus residentes, así como la proximidad a líneas de transporte público (autobús y tranvía). Cuenta además, con una amplia red de carriles bici que se extienden por todo el distrito y, respecto al tránsito de vehículos privados, se impulsan alternativas desde la iniciativa ciudadana como los coches compartidos. Se reparten permisos de acceso con vehículo privado a las zonas residenciales y las plazas de aparcamiento, en edificios construidos al efecto, se sitúan en la periferia, consiguiendo una reducción de hasta el 35% del número de coches que circulan por las calles centrales. § Respecto a la gestión del agua, se han implantado mecanismos de recuperación del ciclo natural, mediante la distribución estratégica de espacios verdes que consiguen filtrar en el terreno la mayor parte del agua de lluvia. Por otra parte, aquella que no es filtrada, se recoge y acumula para ser reutilizada. Asimismo, se han desarrollado procesos muy eficientes de depuración de aguas residuales, consiguiendo la reutilización de un gran porcentaje de éstas y purgando las restantes para ser incorporadas nuevamente al ciclo natural. § Por último, cabe reseñar el fomento del tejido asociativo que permite el intercambio de ideas, las iniciativas creativas y el debate, estimulando la participación en los asuntos de naturaleza pública, como el diseño de calles,
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