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Abstract

La investigación analiza las condiciones que permitieron el surgimiento y consolidación de la violencia política armada en Colombia y España durante la segunda mitad del siglo XX, preguntándonos: ¿qué contextos sociales y condiciones discursivo-simbólicas hicieron posible que un determinado grupo social generase unas prácticas sociales ligadas a la violencia política armada? para ello utilizamos el estudio comparado de dos organizaciones armadas, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y Euskadi Ta Askatasuna (ETA) para investigar este fenómeno social. Defendemos la tesis de que en el nacimiento del ELN y ETA incidieron tanto factores internos como externos, pero fueron los factores externos o el ambiente internacional determinantes para que unos sectores minoritarios de la población de estos países, tomasen conciencia de sus posibilidades para la toma del poder por la vía de la lucha armada; y se sirvieron del marxismo para hacerlo confluir con una larga tradición de lucha de las gentes de estos territorios. Sancho Larrañaga, Roberto; Casanova, Julián

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UNIVERSI DAD DE Z ARAGOZA FACULTAD DE FILO SOF ÍA Y LETRA S DEPARTAM ENTO DE HISTORI A MODERNA Y CONTEMP ORÁNEA TESIS DOCTOR A L LA ENCRUC IJADA DE LA VIOL ENCIA P OLÍTICA ARMADA E N LA SEG UNDA MITAD DE L SIGLO XX E N COLO MBIA Y ESP AÑA: ELN Y ETA Autor: RO BERTO SANCHO LARRAÑAGA Director: Dr. JULIÁN CASAN OVA RUI Z JUNIO 200 8 2 Agradecimientos En esta tesis hablamos de la intera cción del pasado con el presente, y por lo tanto debemos comenzar por un reconocimiento a esas herencias a cumuladas a lo larg o de los años que ha n ido sedimentándose en lo que ho y es esta inves tigación y su autor. En primer lu gar, quiero hablar de mi familia, de mis padres, l uchadore s incansables de la vida, q ue lo dieron todo para que sus hijos fueran lo qu e ho y son, personas felices. Ellos que desde que me engendra ron se han convertido en el soporte cotidiano de mi espíritu cosmopolita y desarra igad o, el cable a tierra, necesario en los momentos de máxima tensión, de dificultades y obstáculos vita les. A ellos sólo puedo decirles que m il gracias por la formación que me dieron, que l os quiero y espero que s e sientan orgullosos de s u hijo. A mi hermana Merche, mi secretaria personal, mi salvadora mil veces ante mi impostura frente al poder y la burocracia , le agrade zco su esfuerzo y le ex preso todo mi cariño. L os últ imos años, he tenido dos arbotantes fundamentales y exist enciales, mi esposa Elvira y mi hija Mariel, la alegría de mi vida y el oriente de mi exist encia, l as que le h an dado s entido final al esfuerzo de escribir esta tesis y han soportado mis ausencias y sus ceptibilidades. Al resto de mi familia por tener la paciencia d e soportar mi espíritu vagabundo y autista, por estar siempre a hí cuando uno regresa al pequeño terruño , para mi tía Mari Carmen, para mi cuñado José André s, par a mis primos Izaskun e I ñaki y sus consortes, etc. A mi familia adoptiva en Colombia, a Jesús , Carmen y toda su descende ncia; a todos, mi más sentido cariño. Quiero seguir hablando de herencias, de mi s g enerac iones a nte riores y su esfuerzo de superación, de esos que no son y a o que no están aquí, de esas personas qu e se aferran a nuestros recuer dos, esos que se hacen presente todavía gracias a la memoria: la abuela Antonia, el abuelo José y 3 Manuel, al tío José Félix, etc. Quiero seg uir e scuchando e l eco de los que me prece dieron, de los que me ay udaron a se r lo que so y ; por eso tozudamente sigo hablando del pasado, a pesar de la tend encia actu al a olvidar palabras co mo, ayer o agradecimiento. Después de mi familia, soy d eudor y herede ro de grandes maestros y personas, en primer lugar, me siento discípulo de Julián Casanova Ruiz, mi director de tesis, una de esas p ersonas que uno puede decir a g ritos que es un Mae stro, ejemplo de vida y de profesión, persona intachable, respetuosa y coherente. Su faro intelectual y su pasión p or la historia, me guió hacia el estudio de los movi mientos sociales y su paciencia infini ta permitió ir madurando esta tesis. Hay otros espíritus críticos que me e nseñaron que más que comprender e l Cómo, lo importante es comprender el Po r Qué; que a yuda ron a tatuarme aquello de Sapere Aud e o atrévete a saber; que convirtieron el saber en pasión, la pasión en amor y el amor en sentimiento, e sa trilogía que da s abor a mi ex istencia. Do y las gracias a los profesores colombianos Medófilo Medi na, Ar mando Martínez, J aime L ondoño, Luisa Piedrahita, Esmeralda Prada, Santiago Ca stro y Juan Alberto Ru eda, a los peruanos Heraclio Bonilla y Julio Benavides, al uruguayo Luís Bertola, a los españoles Mi guel Ángel Ruiz Carnicer, Carlos Forcadell, I gnacio I zuzquiza, José Luís Rodrí guez. Agradezco a las instituciones qu e a yudaron en mi form ación , desde el colegio de Castelserás hasta la s universidades laboral es de Hu esca y Logroño, el Departa mento de Histori a Moderna y Contemporánea de la Universidad de Zar agoza, la Esc uela de Historia de la Universidad I ndustrial de Santander en Bucaramanga, Colombia; y mu y especialmente la Universidad Autónoma de Bucaramanga, qu e en los últimos años apoyó en diver sos momentos la elaboración de esta tesis otorgá ndome los ti empos necesarios para poder escribirla. 4 ÍNDICE: INTRODUCCIÓN 8 CAPÍTULO PRIM ERO : SURGIMIENTO DEL EJÉRCITO DE LIBERACIÓN NA CIONAL (ELN) 41 1.1. Pr imera acción armada d el Ejército de Liberación Nacional 42 1.2. El “Vivo”, Fabio Vásquez: e l Che colo mbiano 55 CAPÍTULO SEGUNDO: LOS FAC TORES EXTERNOS Y EL SURGIMIENTO DE ORGANIZACIONES ARMADAS 68 2.1. La im portancia de los factores externos en el surgimiento de organizaciones armadas o “la chisp a que enciende la pradera ” 69 2.2. Tiem pos revueltos en el contexto internacional 73 2.3. Amér ica Latina su mergida en el maremoto revolucionario 77 2.4. Cuba: el paraíso terrenal de los revolucionarios 84 2.5. Nicaragua sandinista y la segunda ola r evolucionaria en Amér ica Latina 99 2.6. EE.UU. y la política contrainsurgente: P lan Laso, Doctrina de Seguridad Nacional y el enemigo interno 106 2.7. Impacto de otr as experi encias y colaboración entre organizaciones armadas 114 2.8. Ruptura chino-soviética y nacimiento de la nueva izquierda: la izquierda enferm a de infan tilismo 133 2.9. Foquism o : la vanguardia que con su foco ilumina la revolución 146 5 2.10. Conclusiones sobre el papel de los factores ext ernos en el surgim iento de o rganizaciones armadas: ELN 163 CAPÍTULO TERCERO: REGRESO DE CUBA E IMP LANTACIÓN DE L FOCO INSURRECCIONAL 172 3.1. El regreso de Cuba de la Brigada Proliberación “José Antonio Galán” 173 3.2. El “Joven campe sino”, Nicolás Rodríguez Bautista: “Y a partir de ese día yo fui comunista” 196 CA PÍTULO CUARTO : LOS FACTORES INTERNOS Y EL SURGIMIENTO DE ORGAN IZACIONES ARMADAS 228 4.1. La importancia de los factor es políticos en el surgimiento de la violencia política a rmada: la victoria del fusil sob re la palabra 229 4.2. Colonización agraria y ausencia del Estado: campesinado y surgimiento de la guer rilla 252 4.3. Cultura política de la violencia y epidem ia de “plomonía”: Colombia, una población con carenc ia de hierro y exceso de plomo 276 4.4. El proceso de form ación del Estado -nación en Colom bia 304 4.5. La cam isa de fuerza del Frente Nacional 319 4.6. El clientelismo y la caj a de galletas del Estado 332 4.7. Elipse de violencia: coerción, repre sión y revolu ción arm ada 337 4.8. Oposición política y el cam bio del voto por el fus il 356 4.9. Conclusiones: exclusión política y militarización de la sociedad 362 6 CAPÍTULO QUINTO: DISCURSO, RE -PRESENTACIONES E IMAGINARIOS 368 5.1. Guerrer os -santos: religiosidad y tradición de violencia en el ELN y ETA 369 5.2. Re -presentaciones de guerreros-santos: genealogía de un fanatism o 373 5.3. La sociedad es un infierno de salvadores: viaje del culto a la razón, a la razón del culto 378 5.4. “ETA para mí era San Dios” 386 5.5. Cuerpos de sacrificio a la diosa causa 399 5.6. Cristianismo y soc ialis mo: deificación de la realidad y realización de la deidad 403 5.7. La mística evangélica de la re volución 418 5.8. Ejércitos de l pueblo y h éroes de los pobres en plena guerra santa 431 5.9. Par a ser un au téntico cristiano hay que ser revolucionario, ¿o tal vez al re vés? 440 5.10. Conclusión: el marxismo fue su religión y la organización su iglesia 458 CAPÍTULO SEXTO : A SPECTOS COMP ARADOS DE LAS CARACTERÍSTICAS SOCIO-ECONÓMICAS DE LA MILITANCIA EN GRUP OS ARMADOS EN COLOMBIA Y ESPAÑA: ELN Y ETA 464 6.1. ¿Quiénes son y de dónde vienen? 465 6.2. Militantes según sexo 469 7 6.3. Militantes según edad al ser de tenidos 472 6.4. Militantes según estado civil 474 6.5. Militantes según tamaño de su localidad natal 477 6.6. Militantes según su ocupación 481 6.7. Clase social de los militantes 485 6.8. Militantes según el nivel de formac ión 488 CONCLUSIONES INCONCLUSAS 497 ANEXOS 517 1. Cronología comparada 518 2. Cuadro de siglas de organizaciones 532 BIBLIOGRAFÍA 537 8 INTRODUCCIÓN 9 “La vida de be entenderse hacia atrás, pero vivirse hacia de lante” Soren Kierkegaa rd, Diarios , 1843 En una ocasión Joaquín, un alumno inquieto, me preguntó en la parada del autobús frente a la un iversidad, en la ciudad de Bucaramanga en C olombia : “¿Profesor, usted es viol entólogo 1 ? ” Y le contesté, “N o J oaquín, …, pacifólogo”. Él quedó desconcertado con la respuesta, cogió su autobús y se fue. Y es que parto e n esta investigación d el convencimiento, que p ara conseguir la paz y vivir con respeto al otro, se necesita re flexionar y comprender l os factores que hacen posible la existencia de la violencia en una sociedad y las razones de las conductas violentas de unos individuos contra otros. Este tipo de razonamientos fueron los que me motivaron desde mu y joven , en mi s visi tas y correrías por Pamplona, a investigar las razones o causas del surgimiento, consolidación y persistencia de la vi olencia en esa sociedad. Esa mi sma violencia que se percibía tan diferente en mi pueblo, llamado C astelserás e n Aragón, y por otro lado, en mi familia en Navarra o Bilbao. Esta investi ga ción responde entonces principalmente a es a “ inquietud existencial ”, d ado el o ri gen m itad vasc o - navarr o y mita d castellano-aragonés de mi familia, y la encruc ijada emocional y racional qu e eso supuso desde la inf ancia para entender el conflicto vasco. Tal vez Sancho no entendía a Larra ñaga y viceversa, constituí an una unidad pero se sentían diferente s; mientr as tant o Roberto quedó atrapado en esa encrucijada, encrucijada 1 La duración, inte nsidad y per sistencia de los fenómenos v iolentos en Colo mbia, sup uso d entro muchas d isciplinas sociale s q ue sector es i mportantes de sus pro fesionales ded icasen sus es fuerzos investigativos a co m prender esta viole ncia. Este ca mpo inve stigativo es ta n p rofuso que ade más de ser econo m ista, h istoriador , sociólogo, p olitólogo, etc. , uno es defi n id o co mo viole ntólogo. E sta importancia y reconoci miento social se concretan en espacios científico s pro pios, departamentos específicos en las universidad es, congresos o revi stas. 16 presupuesto de que una mejor comprensión histórica d el fenómeno puede a y udar a que la socieda d lo enfren te, porque constatamos como afirma Mitx el Unzueta, que: "P resentada de una u otra forma, conscien te o inconscientemente, ho y aparece como una constante el sustraer, de toda actividad que tienda a despejar las incógnitas, la referencia al orige n de la cuestión (... ) Cada día se afianza en mí la convicción de que nos encontramos ante un evidente deseo d e eludi r la definición de la naturaleza de la violencia (...) Sólo después de una co rrecta definición de las causas, de las situaciones, puede obtenerse un análisis certero. Sólo después de este análisis certero pueden proponerse soluciones, medidas que enderecen situaciones no deseada s" 14 . ¿Y por qué estudiar el periodo fundacional y de consolidación de estas organizaciones? Porque creemos que fue en este momento cuando se establecier o n unos ra sgos fund amentales de estas organizaciones a rmadas (vanguardismo, militarismo, autoritarismo, mesianismo, etc.) que las marcaron, como los primeros años de vida de una persona son cruciales p ara su desarrollo futuro. Así se constata que algunos de estos rasg os iniciales perduran e n gran medida a lo larg o de la histor ia de las or ganizaciones y que la condiciona ro n de form a desta cada, como a lo larg o d e nuestra investigac ión podr emos comprobar. C reemos que son estas caracter ísticas qu e están presentes en los primeros a ños de ETA y E LN, las que determinan e n gra n medida que la violencia armada continúe utilizándose como instrumento político por estas o rganizaciones. Com o afirma Cristina Rojas: “L os elementos comunes de la violencia del pasado y del presente refuerzan la necesidad 14 Mitxel Unz ueta, “ Claves p ara co mprender una situación”, en Fernando Reinare s, Vio lencia y política en Euskadi , Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 1 984, p. 19 . 17 de escudriñar e n el prime ro para comprende r el segundo” 15 . Por tanto, la pregunta gener al qu e se plantea en esta investigación es: ¿P or qué surgen y se consolida n, en la se gunda mitad del si glo XX, o rganizaciones armadas como el ELN y ETA, en Colombia y España? Este planteamiento y a ha sido desarrolla do para cada caso y país, lo que esta investigación busca es pensar comparadamente los dos casos con la preten sión de que este ejercicio de comparación nos puede permitir una comprensión más amplia del fenómeno de la violencia política armada. Pretendemos que la comparación nos permita buscar "regularidades" que a y uden a una comprensión más completa de este fenómeno y d e su realidad hist órica. Sabemos que en la historia no se encuentran le yes, pero el pasado tiene contextos que permiten ex plicar los fen ómenos hist óricos. Buscar regularidades en la com paración d e casos o “co nexiones causales” compartidas por dos o más contextos estudiados puede ayudar a darle una perspectiva de an álisis más amplia a estas investi gaciones. No hablamos de b usc ar ex plicaciones generalizables , pero sí de superar esa “cult ura de las idiosincrasias locales o nacionales”, donde se analiza cualquier c aso como totalmente distinto de otros y sin posib ilidad de comparar con otros hech os similares o parecidos. Tal vez este esfuerzo nos permita formular expli caciones c ausales que ten gan un alcance medio y que super en la mera descripción individual e histórica de un solo caso de estudio. Este puede ser el camino para que, en estos tiempos posm odernos, nuestra disciplina siga p or la senda del conocimiento científico. El método que nos proponemos s eguir, es el que nosotros definimos como “ historia comparada an alítica ” 16 , y que pretende art icular el nivel necesario de descripción ( responder el cómo) de los acontecimientos históricos 15 Cristina Rojas, Civilizació n y violencia . La b úsqueda de la iden tidad en la Colombia del sig lo XIX, Ed. No rm a, Bo gotá, 20 00, p. 77. 16 Esta d efinición es to mada como derivación del utilizado por la Sociolog ía Histórica Nortea mericana, “Sociología histórica ana lítica”. 18 estudiados con el análisis (responder el porqué) de estos acontecimientos dentro de un fenómeno social más amplio. Pretendemos que sea un método inductivo y comparado, qu e mediante el conocimiento de dos casos de estudio (ETA y E L N) nos permita encontrar esas reg ul aridades que nos den pist as de las causas o fa ctores determinantes del sur gimiento y consolidación de la violencia política armada en España y Colombia en la seg unda mitad del siglo XX. La comparación se convierte para nosotros en una estrategia metodoló g ica que busca mejorar la int eligibilidad del fenómeno histórico de la viol encia política armada y que p retende romper con algunos “lu gares comunes ” de l as historiografías nacionales sobre el tem a. También creemos que la comparación puede a yudar a encontrar nuevos enfoques, cuestiones o problemas sobre un caso particular, sobre todo cuando ha y otros casos bien documentados (como el fenómeno etarra) lo que puede a yudar a mejorar el conoc imiento de otro caso hist órico (e n nuestro caso, sobre la historia del ELN). La comparación de casos puede contribuir a un enriquecimiento investi gativo mutuo entre los casos estudiados, por e jemplo la amplia bibliografía e inv estigación sobre ETA pu ede mejorar la comp rensión de los factores de surg imiento del EL N, al aportar n ue vas entra das a la investigación a partir de ese “ espejo” an alítico y metodoló gico; y por otro lado, el f enómeno etarra puede cobrar nueva dime nsión a la luz de los aportes de l estudio de la grave e int ensa crisis política y social qu e ha vivido en las úl timas décadas Colo mbia, y que hace que los e lementos básicos de esta crisis sean más e videntes que e n el caso etar ra: l a intensidad de la violencia polí tica armada en Col ombia, convierte a este país en un laboratorio ideal para an alizar este fenómeno soc ia l. Pero el método comparado nos introduce en cuestiones que requieren tomar vari as decisiones estratég ico- metodológica s para el bu en desempeño de la investigac ión : 19 1) En primer lugar h a y que responder a la pregunta: ¿Qué compa rar? Nosotros proponemos que un similar fenómeno histórico (en nuestro caso la violencia política armada ), a p artir d e la búsq ueda de ras gos diferenciadores y comunes; una vez ident ificados alg unos rasgos comunes, éstos se convierten e n objeto de estudio en los contextos estudiados. Estudiar cier tas coincidencias de un similar fenómeno histórico en varios contex tos puede permitir desa rrollar interpretaciones más generales qu e si s e realiza el estudio de un solo caso. Partimos por tanto, d e la hipótesis de qu e estas regularidades compartidas por ambos casos estudiados pueden ser determinantes para establecer l as bases de un mejor conocimiento de los factores que posibil itaron el surgimiento y consolidación de la violencia política armada en estos dos contextos. Esta pe rspectiva nos acerca a lo que John Stuart Mill definió como método de comparación de concordancia 17 . Éste centra su atención en lo s puntos similares de lo s casos estudiados e int enta luego analizar si estos son r elevantes y forman p arte de esas regularidades causales que pueden ex plicar la emergencia d e los p rocesos de violencia política a rmada en estas sociedades. Por lo tanto, mediante el uso sistemático de la comparaci ón entre los casos estudiados (E LN y ETA), se busc a encontrar puntos de coincidencia que permitan establecer algún tipo de regularidades que expliquen conjuntamente la aparición del fenómeno de la viol encia polí tica armada en Colom bia y Es paña en la segunda mitad del si glo XX. La investigación sigue las propuestas de “contrastes de 17 A p esar d e las múltiples de nominaciones de la s e strategias utilizadas dentro del método c omparado, la m ayoría n o s re miten a la p ropuesta ideal d e co ncordancia o d e diferencia establecidas por J ohn Stuart Mill e n A System of Log ia, (1ª. ed . 1843), traducido co m o Sistema de ló gica indu ctiva y dedu ctiva , Ed. Jorro, Ma drid, 1917. Nosotros ubicamos esta i nvestigación e n el método de concordancia, que se refie re a las v ariables operati vas homogénea s ( que pos een iguales características) que serán analizad as en contextos hetero géneos ( co mpuesto de partes de distinta naturaleza). Par a explicar un fenómeno co mo la vio lencia política ar mada e n dos co ntexto s total mente heterogéneos, debe mos aislar algunas variables si milares s usceptib les de co mparación y que ade más pueden tener una connotació n causal. Se trata d e comparar situaciones do nde ocurre ese fenómeno con otras situ aciones similar es donde muchos de los elemen tos de la situ ación anterior también pueden darse o definitivamente se dan. Si varias vari ables de un mismo fenó meno po seen circunstancias similares, esta s variables analizadas e n a mbos contextos son s usceptibles de ser lo s factores o causa s deter minantes del fenómeno estudiad o. 20 contextos” que permita n encont r ar es as r egularidades c ausales qu e a yudan a la compresión de la acc ión social de los actores políticos. 2) ¿Cómo comparar? Nos atenemos a la propuest a de Jürgen Kocka cuando plantea que : “La comparación se configura a través de la formulación de una pregunta. Dos o más fenómenos sólo pueden s er comparados en r elación a al go, a un tercero ( tertium comparationis ). Quien compara, precisa conceptos claros, nítidamente definidos, que designen las que, de acuerdo con la pregunta planteada, constituya n las simili tudes relevantes de los objetos a comparar y formen así la base sobre la cual queda des pués determinar las diferencias entre ellos” 18 . Por lo tanto , una vez seleccionados los rasgos susceptibles de s er comparados en los dos contextos, la comparación es precedida por una pregunta detonante sobre el papel que cumple tal el emento o factor en el fenómeno de la violencia política armada en Colombia y España. 3) La historia comparada por la gran cantidad de información que requiere manejar de ambos caso s estudiados, deb e com binar el conocimiento d el contexto ge neral con el análisis d e cada caso específico in vestiga do; po r lo tanto, se requiere el conocimiento de una amplia bibl iogra fía s ecundaria y la labor de inv estigación archivística no puede ser tan intensa com o en ot ro tipo de investi gaciones históricas . Creemos conveniente utilizar la fórmula de “tanta abstracción como sea precisa, tanta concrec ión y referencia c ontextual como sea posible” 19 . 4) Nuestra investigación utiliz a de forma explícita el método compara do (aunque creemos qu e la comparación es inherente al quehacer de lo s estudios históricos), pero la balanz a de la comparación entre los dos casos analizados está 18 Jürgen Kocka, Hi storia socia l y co ncien cia histórica , Marcial Po ns, Madr id, 2002, p. 49. 19 Ibídem. p. 62 . 21 claramente “ desequilibrada ” , a f avor del estudio del E LN y de l a violencia política armada en Colombia. El motivo principal de esta decisión metodológica fue que frente al abundante conocimiento científico sob re ETA y el conflicto vasco, el horizonte investigador sobre el ELN se caracteriza por su “semidesierto” historiográfico. Por último, otra decisión teórica y metodológica 20 tomada es que, si bie n hace unos años partíamo s de la hipótesis que el factor o las causas más determinantes del surgimiento de estas organizaciones tenían que tener un carácter político, dado que hablábamos de violencia políti ca armada; h oy creemos que después de más de diez años de investigar e ste fenómeno social, debemos int roducir d e forma destacada en el estudio, los fac tores culturales y l as motivaciones de los militantes de estas organizaciones armadas. Este dilema se r esolvió intentando inte grar ambos enfoques en nuestra investi gación y ésta es nuestra apuesta teórica, entendi éndola como plantea Julián Casanova: “Por teoría d ebe entenderse a quí un sistema explícito y cohere nte de conceptos utilizado para organizar y exp licar los datos históricos, que, si n embargo, no puede d erivar sólo del estudio de las fuent es materia les ni tampoco provenir de un proceso de razonamiento puramente deductivo sin relación alguna con el traba jo empírico. L as teorías son, por consiguiente, ingre dientes fundamentales en la inv estigación histórica que ofrecen simplificaciones de los procesos y rel aciones sociales que, de pendiendo de su campo d e aplicación, ay udan al historiador a ex aminar y comprender casos particula res o 20 Entende m os lo metodo lógico o el método en e ste ca so, cercano a s u si gnificado et i mológico “el camino a seguir”, el proce dimiento o los pasos a seguir para alca nzar un obj etivo. 22 construir amplias síntesis históricas donde encajar los estudios específicos de objetos limitados” 21 . La propuesta teórica de esta investigación r ealiza un ejercicio d e “historia social comprensiva”, que incluye el estudio de l o “subjetivo” , de los sentidos de la acción soci al, en de finitiva estudiar la formación de l sentido subjetivo que guió l a acción de los militantes de las organizaciones armadas ; y por otro lado, el estudio “objetivo” de los factores hist óricos, las causas “estructurales” de la violencia política armada en Colombia y España. Deseam os establecer un puente entre un conocimiento histórico- social “objetivo” y el análisis de los mecanismo s de formación, distribución y consumo de sentidos socialmente construidos que realizan los actores sociales en su vida cotid iana. D emostrando con ello, la existencia de una realidad histórica, t anto socio -real como socio-sim bólica imprescindible para interpretar y analizar la violencia política armada. Entender las racionalidades de los actores individuales, colectivos y del propio conflicto, supone superar las perspectivas maniquea s, d e los buenos y los malos, y pensar inte gralmente los problemas de la sociedad y relaciona rlos con el conflicto. Esta fue la gran apuesta de esta investi gación buscar esas racionalidades, el sustrato cultural que las fundamenta y que ha permiti do la persistencia de la violencia política armada en la s eg unda mi tad del siglo XX. P ara defender esta propuesta investigativa y teórica, en primer lugar esta investigación se posi ciona frente a la disciplina histórica desde la constatación del cará cter eminente político, discursivo y comunicativo de la his toria y de la s fo rmas de comunicar el pasad o . Pues la experiencia histórica no es la traducción directa y objetiva de una realidad externa a 21 J ulián Casanova, La historia soci al y los h istoriadores. ¿Cenicien ta o prince sa? , Crítica, B arcelona, 1991 , pp. 147- 148. 23 las subje tividades de los individuos, así como a las relaciones de poder que se establece n en una sociedad. Con ello la H istoria, para nosotros debe recurrir también a métodos interpretati vos y comprensivos, que se acerquen no solam ente a las condiciones materiales que constitu yen las sociedades sino también “se hace imprescindible reconstruir las creencias, las intenciones y el universo mental de los sujetos, única manera de calibrar los efectos de la mediación simbólica sobre su práctica” porque “el ser s ocial es el se r percibido , pues es en éste, y no en el primero, donde están inmediatamente enraiz adas la i dentidad y las acciones de los individuos” 22 . A partir de esta apuesta teórica y a lo lar go de esta lar ga l abor investi gativa , se han ido cuestionando algunos de los “lu ga res comunes” en las historiografías nacionales de Colombia y España, sobre los facto res determinantes en el s urgimiento de actores armados ile gales en l a se gunda mi tad del siglo XX. Uno d e est os lugares comunes o versiones hegemónicas sobre el tem a afirma que la violencia política armada sur gió en ambos países fundamentalme nte por un bloqueo persist ente del sistema político nacional: Dictadura de Fra nc o en España, Frente Nacional en Colombia. El gra n predominio o la hege monía de la historiografía que trabaja con una perspectiva nacional (aunque los temas sean locales o reg ionales, el e nfoque implícito que prima suele ser el nacional), ha sup uesto un peligro metodol ógico a la hora de analizar ciertos acontecimientos o fenómenos históricos; y a que ha so brevalora do estos fact ores in ternos nacionales , “objetivos” o “estructurales” en el análisis de los mismos . Ante el p eso de las “idiosincrasias nacionales” en las investigac iones históricas, que en muchas ocasi ones nace d el desconoci miento de esos mismos fenómenos históricos en otros contextos geog ráficos, l a historia comparada puede ayudar a compensar este desequilibrio, contraponiendo el l ugar que 22 Miguel Ángel Cabrera, Historia, lengu aje y teoría de la sociedad , Ed. Cátedra, Ma drid, 2001, p. 31. 24 los factores externos, e l ambiente inte rnacional y lo “subjetivo” cumplieron en muchos de estos casos. La inv estigación pretende reflex ionar sobre es a causalidad social para comprender l as condiciones de posibilidad que permiten la acción política armada, pre guntándonos: ¿Qué contextos sociales y condicion es discursivo - simbólicas hicieron posible que un determina do grupo social gene rase unas prácticas sociales ligadas a la violencia política armada? Así en nuestra investi gación pretendemos redimensionar la im portancia que tuvieron factores como el papel de “contagio” i deológico y de l as form as de luch a que se dio en muchos países y en cientos de sus ciudadanos en un período relativamente breve d e tiempo. Es así, como el ejemplo de otras e xperiencias revolucionarias o el “efecto demostración”, llevó a que muchos militantes analizasen las realidades locales o nac ionales a partir del espejo de esas ex periencias revolucionarias exitosas. El discurso ideoló gico, se encargó de adecuar u na realidad “externa” a los intereses de los distintos actores armados, haciendo coherente la realidad local con l a situación vivida en ot ros co ntextos donde la revolución triunfó. Paradójicamente , mientras que en la historiografía sobre el tema prima lo nacional, en la decisión de tomar las armas primó el ambiente revolucionario internacional. Por lo tanto, defendemos la hipótesis de que los factores externos o el ambiente internacional fueron determinantes para que unos sectores minoritarios de la población en el País V asco o en Colombia, tomasen conciencia de sus posibi lidade s para la tom a del poder por la ví a de la lu cha armada; y se sirv ieron del bagaje intelectual de la época ( marxismo, gue varismo, f oquismo, etc.), para hacerlo confluir con una la rga tradición de lucha de las gentes de estos territorios y de unos conflictos sociales históricos. Es d esde esta perspectiva qu e entr an a ju gar un papel destacado en nuestra investi gación el estudio de las creencias y re -presentaciones de los 25 militantes de las organizac iones armadas. En nuestro caso mediante el análisis del papel que tuvieron las id eologías, con una centralidad social destacada en la seg unda mitad del siglo XX, como los principales dispositivos de ge stión y administración de los universos de sentido de cientos de indi viduos que siguieron reli giosamente sus presupuestos. Estas ideologías administraron “la r ealidad” de miles de per sonas, los individuos/crey entes vivi eron E L discurso ideoló gico y ex istieron EN es e discurso, su realidad se convirtió en una espec ie de “revival” religioso alterno. La s ideologías tuvieron la pretensión de hablar en nombre de “lo real”, como en otras épocas hicieron las religiones, y éste es el principio básico que sustenta lo que “debe ser creído” como una tot alizació n; en este sentido, se convirtieron en el gesto cotidiano del renovado “acto de creer” tradicional. El discurso “autorizado” de las ideologías se convirt ió en “normas de fe” y “técnica de hacer creer”, en de finitiva en “elementos organizadores de las prácticas” 23 cotidiana s de los individuos . Entonces debemos explorar los procesos de construcción social de lo sa gra do y la instit ución socio- li ngüística de “las realidades”, los “distintos marcos subjetivos para la representación de lo real” 24 , como procesos de “realización de la realidad” , de obj etivación y subjetivación de la misma; y en definitiva d e reificación y deificación humana. M iguel Ángel Cabrera introduce la cuestión afirmando que: “En este sentido, se podría decir que los sujetos se constituye n como result ado de la interpelación que el discurso hace a los individuos (… ). Lo que esta afirmación significa es que si es el discurso, y no el referente social, el que est ablece las pautas de constitución de la subjetividad, entonces los individuos devienen sujetos al ser movilizados por y encuadrados en las formas de identidad inherentes a una formación discursiva dada. Es 23 Fabián Sanabria, “De la d es -regulació n d e lo sagrado a la circul ació n del creer , hoy”, en Memorias XII Cong reso Colombia no de Historia , Univers idad d el Cauca, P opayán, Agosto 4 al 8 , 2003, p. 14. 24 Jo sé Luís Rodr íguez García, Mirada, escritura, p oder. Una relectura del devenir occidenta l , Ed. Bellaterra, Barcelona, 2 002, p. 153. 32 Ricardo Lara P arada”; y, sobre todo, el libro de Nicolás Rodríguez Bautista, fundador y máximo responsable de la organización, Y nos hicimos guerrille ros . Esta etapa i nvestigativa se complementa fundam entalmente con entrevistas a mi embros desta cados de la or ganización y podríamos afirmar que perdura hasta nuestros días; así tendríamos los traba jos de Marta Harnecker, Unidad que multiplica: entrevista a dirigente máximos de la Unión Camilista Ejército de Liberación Nacional ; o el más reciente de Carlos Medina Gallego, ELN: una historia contada a dos v oces , Arturo Ala pe, La paz, la violenc ia: testigos de excepción , Germán Castro Caicedo, En secreto , J avier Darí o Restrepo, La revoluci ón de las sotanas. Golconda 25 años después , C arlos Ara ngo Zulua ga, Crucifijos-sotanas y fusiles , etc. En el caso del estudio de ETA, esta primera etapa se prolonga generalmente hasta la lle gada de la d emocracia y estaría representada por los t rabajos de José L. Álvarez Enparantza, “T xillardeg i”, De Santoña a Burgos 1937-1970 ; Federico de Arteaga , ETA y el proceso de Burgos ; Eugenio Ibarzabal, “Así n ació E TA. A los veinte años d e su aparición”; Emili o L ópez Adán, “Beltza”, Nacionalismo vasco y clases sociales y El nacionalismo vasco en el exilio ( 1937 -1960 ) , etc. O más recientemente, los textos de Xavier Z umald e, Mi lucha clandestina en ETA. Memorias del primer jefe del Frente Militar (1965-1968 ) y Las botas de la guerrilla. Memorias del jefe de los Grupos Autónomos de ETA ( 1969 -1977) . Todos estos trabajos se caracter izab an por ser reflexiones hechas desde el interior de la organización y mezclaban una exposición de hechos destacados de ETA con justificaciones, más o menos claras, de las c ausas de este fenóme no social: reflexiones sobre la cone xión de la lucha de ETA con procesos de resistencia anteriore s, como l a resistencia vasca al finalizar la Guerra C ivil; el p roblema de la 33 lucha de clases, etc. Tie nen un valor testimonial mu y importante y fu ero n el origen del conocimiento cient ífico sobre ETA, pero están cargadas de valoraciones personales que m arcan indudablemente su análisis . En este apartado ha y qu e destacar la publicación que la editorial Hordago hizo en 1981 de los Documentos Y , casi 10.000 páginas en dieciocho volúmenes, donde se hallan la ma y or ía de los documentos internos de ETA que los editores co nsiguieron localizar, así como una gran cantidad de docu mentos sobre la organización. Otros textos internos de la organización se recogieron independientemente, por ejemplo, K. De Zunbeltz, Hacia una estrategia revolucionaria vasca . Un segundo momento en el cono cimiento de estas or ganizaciones vendría caracter izado por la sis tematiz ación de la información "dispersa " que se t enía en el período anterior en obras que pr etende dar un a perspectiva más integral de la organización. En Colombia, el cono cimiento sis temático del EL N está dando sus primeros frutos, gracias al trabajo realizado por C arlos Medina Gallego, donde tras un periodo lar go d e investigac ión c on fue ntes primarias y entr evistas con protag onistas, ha conse guido establecer los acontecimientos fundamentales de la organización, así como l os aspectos y periodos d el E LN. Un tr abajo po rmenorizado indispensable para poste riores investigacio nes so bre aspectos más concretos de la organización, sus reflexiones se han c oncretado en su li bro, Elementos para una historia de las ideas políticas del Ejército de Liberación Nacional. L a historia de los primeros tiempos (1958-1978). Por otro lado, hay que mencionar también el intento de contex tualización del surgimiento y consolidación del E L N re alizado por el autor de esta tesis doctoral en su li bro, Roberto S ancho, Gu errilla y terr orismo en Colombia y España: ELN y ETA . Con estos t exto s de Carlos Medina y Roberto Sancho, nos encontraríamos con el horiz onte investigativo sobre la histori a del E LN; 34 por ello creemos que nuestra investigación pue de aporta r elementos que llena rán parte de ese vacío inves tigativo exist ente sobre un fenómeno social tan import ante como es la existencia del EL N. Este segundo mom ento se corresponde en Esp aña con las ob ras "clásicas" de la historia de ETA, los dos volúmenes de J osé M. Garme ndia, Historia de ETA ; Gurutz J aureg ui, Id eología y estrategia políti ca de ETA. Análisis de su evolución entre 1959 y 1968 ; J ohn Sull ivan, El nacionalismo vasco radical ; R obert P. Clark, The Basque Insurgents. ETA 1952-1980 , o el t exto más reciente coordinado por Antonio Elorza, La hist oria de ETA . También hay otras obras menos afortunadas en es te bloque como las de Luigi Bruni, ETA, historia política de una lucha armada o Pedro Ibarra Güell, La evolución estratégica de ETA . Con estas ob ras se sistematiza el conocimiento de los a contecimientos de la o rganización, se e stablecen periodos de evolución o los principal es elementos que caracterizan la or ganización. Estos textos que se pu eden definir como "tradicionales" o l a "historia política" de la organización, se centra n fundamental mente, en el estudio de la documentación interna, los congresos, las discusiones ideológicas, las sucesiones en la cúpula de la organización, etc. Esta sistematización ha sido un paso previo indispensab le para los análisis posteriores que inciden en aspectos más concretos de la organización. Por tanto, el tercer momento de la historiografía s obre el ELN o ETA es aquel con una bibliografí a que desarrolla asp ectos puntuales de estas o rganizaciones. Podemos destacar en este punto el intento de escribir biografías de algunos de los protag onistas, a pa rtir de entrevistas con e llos mismos; por ejemplo, los li bros q ue se publicaron en España a raíz de la muerte d el "cura español guerrillero": la obra de Ion Arregui, Los sueños intactos, “el cura Pérez” o el de Fa biola Calv o Ocampo, Manuel Pérez, un cura español en la guerrilla colombiana . Herede ros est os últimos 35 textos, de las obras surgidas a raíz de la muerte de Camilo Torres, en especial el li bro de María L ópez Vigil, Camilo camina en Colombia . Como afirmamos anteriormente, el conocimien to que se tiene sobr e l a organización etarra es amplia y enlaza con estu dios de diversas disciplinas, desde análisis de polí ticos, sociólogos, periodistas o propiamente de historiadores. La bibliografía que surge consta ntemente sob re el tema es mu y abundante y se caracter iza por esa div ersidad de enfoques existentes: desde aspectos como el estudio de los procesos de captación o abandono de l a or ganizac ión, las características sociológica s de l a militancia de ETA, el estudio de las fin anzas de ETA, el papel de las mujeres dentro de la organización, la repercusión social y económica del terrorismo, etc. L ibros como los de Florencio Domínguez Iribarren, ETA: Estrategia organizativa y actuaciones 1978-1992 , Dentro de ETA. La vida diaria de los terroristas y Las raíces del miedo. Euskadi, una sociedad atemorizada o el texto de Fernando Reinares, Patriotas de la muerte. Quiénes han militado en ETA y por qué. Todas las obras referenciadas anteriormente y el resto de la extensa bibliografía tendrán su análisis a medida que vay an participando en la elaborac ión del tex to. Pero lo que evidencia esta primer a apr oxim ación es el poco av ance de la historiografía sobre el E LN, esta tesis por tanto aporta al conocimiento de la hist oria de esa organización con una p erspectiva comparada con otros grupos armados, esencialmente con ETA, y s e propone con ello indaga r en las condicio nes socio - políticas y psicocultural es que permitieron el surgimiento y consolida ción de este tipo de or ganizaciones armadas. Para ello se perfilan tres ámbitos de análi sis: por un lado los contex tos socio-políti cos nacionales y el contexto internacional en el momento de surgimiento de las organizaciones; e n se gundo lugar, el estudio de los contextos culturales y l os imag inarios que h acen posible las conductas de los 36 militantes; y po r últ imo, la observación de la dim ensión personal a partir de algunos activistas represe ntativos. Se sigue la propuesta de Kocka: “Representar las estructuras y los procesos a través de acontecimientos y personas y , en este sentido, también narrar” 32 . Mostra r probl emas estructurales sociales y polít icos, y paralela mente narrar la vida de varios de los protag onistas rep resentativos de estas organizaciones; porque no sólo existe la Hist oria con ma y úsculas sino también las historias con minúsculas, queremos con ello recup erar al se r humano en esa Historia. Con este planteamiento se pret ende dar salida a la propuesta teórica d e trabajar las dimensiones objetivas y subjetivas del fenómeno de la violencia política ar mada; esa propuesta ecléctic a que i ntenta abarcar varia s dimen siones del fenómeno. También se propone esta tesis varias formas d e “ contar ” o de escribir l a historia, pretende narrar con much a argumentación y a rgumentar co n mucha narración, por ello se combinan capítulos “duros” ex pli cativos con capítulos “blandos” que ponen ma y or én fasis en las formas de narrar el pasado , en u n ejercicio consciente de escritura de la historia. Se busca con ello maneja r una “tensión del relato” en l a tesis, con c apítulos descriptivos y analíti cos habituales en la academia con otros más narrativos que intentan explorar las posi bilidades literarias de la historia, ambos basados en un ri guroso tr atamiento de las fuentes y de l a abundante bibliografía secundaria. L a pre misa es que es tan importante el qué decir, como el cómo decirlo y que sobr e el tema se requiere tanto una mir ada general como otra más precisa que se aprox ime a los hechos, los ambientes y las personas de forma más precisa y narrativa. A partir de las consideraciones anteriores, la estr uctura del texto se divide de la siguiente manera: el capítulo primero tit ulado Surgimiento del Ejército de Liberación N acional , comienza con una narración de la primera acción armada del 32 Jürgen Kocka, óp . cit., p . 101. 37 ELN, intenta res catar los ecos de la historio grafía en sus orígenes en la A ntigüedad clásica, y p ropone una estructura narrativa tradicional con un conflicto, un desarr ollo y e ncadenación de su cesos y un desenlace. Este capítulo pretende recrea r las atmósfera s que vivi eron los primeros militantes del ELN. Un se gundo mo mento de este capítulo, reconstruy e la hist oria del primer líder de la organización Fabio Vázquez; ésta se convierte en una ex cusa para analizar el surgimiento del germen de la organización en Cuba, la Bri ga da Pro-liberación J osé Antonio Galán, y sirve d e entrada al análisis del papel que los factores ex ternos tuvieron en el nacimiento del ELN. El capítulo segundo titulado Los factores externos y el surgimiento de organizaciones armadas , es el primer capítulo “duro” de la tesis, donde nos interrogamos sobre el papel que cumplieron los factores ex te rnos y el contexto internacional en el surgimiento de org anizacion es a rmadas en América L atina y Europa, a partir del análi sis comparado de los casos estudiados: E L N y ETA. El análisis de los contextos internacionales dond e s urg ieron estos grupos armados, cree mos qu e arroja luz sobre “los con textos necesarios o que favoreciero n” un eventual é xit o o fracaso de las experiencias revolucionarias. En este capítulo se analizan aspectos como l as dos olas revolucionarias en América Latina en la segunda mitad del si glo XX, la influencia del modelo cubano, las polí ticas contrainsurgentes de la Doctrina de Se guridad Nac ional, el sur gimiento de la Nueva I zquierd a, etc. El capítulo tercero titulado Regreso de Cuba e implantación del foco insurreccional , es otra se cción “blanda” d e la tesis, un descanso antes de p rofundizar en el análisis de los factores internos nacionales. Comienza con el relato del regreso de Cuba del ge rmen d el ELN después de su corta estadía de formación en la isla y sirve de “e xcusa” para analizar l as ra zones que los llevaron a e legir la zona de 38 implantación del foco guerrillero; razones qu e se convierten en un buen ejemplo del papel que los factores internos cumplen en estas organizaciones para su consolidación. De esa zona elegida para la i mplantación del foco e s Nicolás Rodríguez Bautista, fundador y actual máximo dirigente del E LN, con la narración de su infancia se busca entender las sensacio nes que llevan a muchos jóvenes campesinos colombianos a in gresar a los grupos armados, década tras década . La infancia de Nicolás Rodríguez es un relato cosido a la realidad hist órica d e es te país, y a su v ez con este tipo de relatos nosotros intentamos coser la realidad hi stórica de ese momento. El capítulo cuarto titulado Los factores internos y el surgimie nto de organizaciones armadas , analiza las condiciones estructurales del conflicto armado colombiano a la luz del “especial” proceso de config u ración de la sociedad y el moderno Estado liberal, así como la institucionalización de unos tipos de relaciones y vínculos sociales determinados por la violenci a. C onfiguración de la sociedad e institucionalización de la misma, marca da por las formas de ocupación de l espacio, ese fenómeno de colonización agraria que h a det erminado las formas esp ecífica s de cohesión social y de articulación con el Estado. La hipótesis que se d efiende es que la violencia ligada al pro ceso de colonización del país muestra que es me diante esta violencia como se fue integrando territorialmente el país; así como que con el uso de la fuerza, est as poblaciones por fuera d e la n ormatividad e institucionalización tuvieron acceso a la ci udadanía. En este capítulo se desarrollan al gunos de los factores que determinaron esa evolución históric a, como la colonización agraria, la desleg itimación d el Esta do, la cultura política de la violencia, el bloqueo del sistema político colombiano, etc. 39 El capítulo quinto titulado Discurso, re-presentaciones e imaginarios , tiene como objeti vo profundi zar en el conocimiento de la dimensión subjeti va de la violencia polí tica armada en Colombia y España , así como d e las m ediaciones simbólicas que hacen p ensable, justificable e incluso necesaria para l os actores armados, la existencia de la violencia en e stas sociedades. P artimos de una perspec tiva que considera que las causas estructurales u “objetivas” resultan insuficientes para hacer int eligible la violencia p olítica armada , po r ello se requiere analizar también las perc epciones que de la “reali dad” tienen estos actores sociales. Qué referentes culturales y simbólic os en la sociedad determina ro n las práctica s y conductas de los militantes de organizaciones armadas ilegales. Nos preguntaremos qué relación existe entre la cultura de la violen ci a, lo simbóli co y lo sa grado; ese espacio donde se gesta el culto a la viole ncia en estas organizaciones. I ndagaremos qué re-presentaciones de guerra, mue rte-sacrificio, entrega sa cramental, santidad del héroe muerto en combate, etc., alimentan esa cultura de la violencia de estos actores armados. Por último, el capítulo sex to titulado Aspectos comparados de las características socio-e conómicas de la militancia en grupos armados en C olombia y España: ELN y ETA , propone conocer los pe rfiles socioló gicos d e los m ilitantes de las or ganizaciones armadas que surgieron en la década de l os años sesenta, especialmente del E LN y ETA; además realizaremos la comparación de ambos perfiles así como su evolución histórica, a partir de categorías pre establecidas como la edad, el sex o, el nivel de estudios, el t amaño de la lo calidad de naci miento, la profesión, et c. El eje c entral de este capítulo se c ompone del análisis cuantitativo de los documentos judiciales del Tribunal Especial , los e xpedientes judiciales contra 40 guerrilleros, que se encuentran en e l Archivo Central del Palacio de Justicia de Bucaramanga. Por últ imo, la tesis se completa con un cuadro de cronolog ía comparada d el período estudiado de Colombia y España, a sí como un cuadro de siglas de organizaciones de ambos países. 41 CAPÍTULO PRIMERO SURGIMIENTO DEL EJÉRCITO DE LIBERAC IÓN NACIONAL (ELN) 48 del alba, el grupo guerrillero llegó a las cercanías de la población, tomand o posición en un cafetal desde do nde se divisaban tanto las salidas del pueblo hacia las poblaciones cercanas de S ocorro y C himá, como la plaza principal. Esperando el momento adecuado p ara atacar, se vieron sorpren didos por la lle gada de c ampesinos al pueblo qu e venían de otras v eredas vecinas. Hubo que actuar rápida mente, un comando se precipitó por la colina, para retener a los labriegos en la casa de doña Resura. El resto del grupo guerrillero se puso en acción. Todo se precipitó en poco tiempo, se necesitaba co ntrolar las entradas en la población, varios hombres del E LN se dist ribuyeron por las esquinas estratégicas del pueblo: el triángulo formado por la Caja Agraria, el esta nco de don Pedro Elías y Telecom. La noche anterior, la pob lación había estado d e fi esta, lo que aprovecharon varios hombres del grupo para inspeccionar el pueblo y comprobar q ue varios policías se encontraba n inmersos en los festejos. Por eso, cua ndo el sargento de policía, Alberto Herreñ o Ruiz, medio borracho, se tropieza con una pareja que precipitada mente sube por la calle, cerca de las oficinas de teléfonos; y ambos extraños levantan los brazos para sacar sus armas escondidas debajo de s us camisas; el agente, cre y endo un sa ludo, alza la mano para contestar, en el mismo momento en que Fabio y Mariela le descargan sus revólveres, rociándolo con 14 disparos 42 . Mariela, todavía nerviosa, se dirigió a F abio y le dijo: “Mi corazón está en pa z. H erreño está muerto”, esta joven no podía olvidar que el sargento había to rturado en varias ocasiones a su p apa por ser li beral, lo mi smo que a otros f amiliares y vecinos de El Hato y El Palmar 43 . Entonces la confusión reinó en toda la población, los disparos silbaban por encima de las cabezas de los pobladores que caminaban buscando refugio; la gente se 42 Álvaro Acevedo , Rev olución sin alma , óp. cit., p . 36. 43 Pastor Virviescas, óp. cit. , p. Judicial 5 - A. 49 asomaba a las ventanas intentando comprender qué sucedía; las madres corrían a esconder a sus hij os. Un policía se refugió en una esquina d e la Iglesia, pe ro fue alcanzado por una bala disparada desd e un costado de la plaza. Otro cayó frente al Café Naranjo. El último resistió lo que pudo en el puesto de policía. En la misma plaza los tres policías fueron asesinados por los elenos – nombre c on e l que se conocerá coloqui almente a los miembros del ELN - , los guerrilleros “recuperaron” las armas de dotación de los age ntes, así como las guardadas en el puesto de poli cía; posteriormente un grupo encabezado por Ma riela asaltó la Caja Agraria de donde sustrajeron 54.000 pesos, se dirigieron luego a la sucursal de Bavaria dond e robaron 2.500 pesos; en la casa de don Félix Villareal s e apropiaron d e 9.000 pesos y un caballo; en el Hot el Central, 1.000 pesos y una carabina; en la Dro guería Saravita, Mariela como enfermera del grupo revisó el material y se ll evaron varias cajas de antibióticos, jeringas, antisépticos, vendas y jabón ; por últim o, del Palacio Municipal sustrajeron una maquina de escribir, una ra dio y una bande ra colombiana 44 . La pobl ación observ aba estupefacta la situación que prota gonizaban esos hombres vestidos con uniformes verde oliva y uno s brazaletes con las letras E L N, sin comprender en principio qué su cedía. La anécdot a que muestra esta incertidumbre y que ha quedado en la m emoria colectiva de esta población, es la protagoniz ó aquel gracioso borracho qu e creyendo que los guerrilleros pertenecían a la guardia chulavita – grupo paramil itar conservador que dur ante todos los años 50 sembraron el pánico por las poblaciones de ma y oría liberal-, empezó a dar grandes gritos y viv as a los conserva dores y sus l íderes, hasta que los guerrilleros le comentaron qu e ellos no eran cons ervadores. Sin espera r ma yor respuesta, el borra chillo comenz ó a dar vítores a favor del partido liberal, obteniendo similar respuesta; lo mi smo sucedió 44 “El sistema y su hija, la guerrilla: el q ue siembra vie nto s...”, en La Nueva Prensa , nº 127, Bogotá, 23 d e enero de 1965 , pp. 21 -22. Tomado de Alejo Vargas Velásquez, Po lítica y arma s al inicio del Frente Nacion al , Ed. Universidad Nacio nal de Colombia, Bogotá, 1995, p p. 163 - 164. 50 cuando probó fortuna con las aclamaciones al Partido Comunista. El borrac hito indignado e xclamó la fa mosa frase: “¿Entonces, quién putas diablos son ustedes?” 45 . Los guerrilleros con centraron a la pobla ción en la plaz a d el pueblo, donde Víctor Medina Morón (alias Andrés), uno de l os primeros ideólogos d el E L N, y Fabio Vásquez (alias Carlos) animaron a l a población a unirs e a la lucha revolucionaria y a luchar contra la explotación capitalista. Se le yó y repart ieron unas hojas mimeografiadas con un manifiesto a los colombianos, que se conoce rá como el Manifiesto de Simacota 46 : “La violencia reaccio naria desatada por los diversos gobier nos oli garca s y continuada por el corrompido régimen Valencia-Ruiz Novoa- Lleras, ha sido un arm a poderosa p ara sofocar el movimiento campesino revolucionario, ha sido una poderosa arma de domin ación en los últimos quince años. La educación se encuentra en manos de negociantes que se enriquecen con la ignorancia en que mantienen a nuestros pueblos. La tie rra es explotada por campesinos que no ti enen donde caerse muertos y qu e ac aban sus energías y las de su familia en beneficio de los oliga rcas que viven en las ciudades como re y es. Los obreros tr abajan por jornales de hambre, so metidos a la miseria y humill aciones de las grandes empresas extranjeras y nacionales. Los intelectuales y profesionales jóvenes demócratas se ven cercados y están en el dilema de entregarse a la clase dominante o perecer. Los pequeños y mediano s productores tanto d el c ampo como de la ciudad ven arruinadas sus economías ante la cruel competencia y acapa ramiento de los créditos por parte del capital extranjero y de sus secuaces vendepatrias. 45 Pastor Virviescas, óp. cit. , p. Judicial 5 - A. 46 Tomado del libr o de Jaime Arenas, ó p. cit., pp. 47 - 48. 51 La s riquezas de todo el p ueblo colombiano son saqueadas por los imperialistas norteamer icanos. Pero nue stro pueblo que ha se ntido sobre sus espalda s e l látigo de la explot ación, de la miseria, de la violencia reaccionaria, se levanta y está en pie de luch a. L a lucha revolucionaria es e l único camino de todo el pueblo para derrocar el a ctual gobierno de engaño y de viole ncia. Nosotros que agrupamos el EJ ÉRC I TO DE LIBERAC IÓN NACIONAL, nos enco ntramos en la lucha p or la liberación nacional de Colombia. El pueblo liberal y el pu eblo conservador h arán frente juntos para derrocar la oligarquía de ambos partidos . VIVA L A UNIDAD D E L OS CAMPESINOS, OB REROS, ESTUDIANTES, P ROFES I ON ALES Y GENTES HONRADAS QUE DESEAN H ACER DE COLOMBIA UNA PATRIA D IGNA PARA LOS COLOMBIANOS HONESTOS¡ LI BERAC IÓN O MUERTE¡ EJÉRCITO D E LIBERACIÓN NACIONAL Fre nte “José Antonio Galán” Carlos Villarreal y Andrés Sierra ”. Transcurridas dos horas desde el inicio de la tom a de Sim acota, en torno a las nueve de la m añana, los guerrilleros que vigilaba n la carretera que comun icaba con Socorro, la población más importante de l a zona, escucharon un ¡rurrrrrrrr!, de un vehículo que se aproximaba. El “c omando” había dejado sus posicion es, porque después de una pequeña “asamblea” revolucionaria, decidieron repartir la leche d e unas cantinas grande s q ue había cerca de la carretera y que pertenecían, seg ún afirmaron los campesinos a un ricachón del puebl o. Los aldeanos, que tuv ieron que retener en la casita de do ña Resura 47 , recibieron a gust o estos tragos de pura leche d e 47 Fab iola Calvo Ocampo, Manuel Pérez, u n cura españo l en la guerrilla colo mbiana , Edicio nes VOSA, Mad rid, 199 8, pp. 46 -47. La autora, p eriodista colom b iana y do ctora en Sociolo gía y C ie ncias 52 vaca. L os ca mpesinos muy agradecidos por el inesperado detall e, comenzaron a preguntarles: ¿ Quiénes son ustedes ? ¿Por q ué se tom an el pueblo? E n esa conversación de “ acercamiento a las masas y adoctrinamiento político” se encontraban cuando la estafe ta, el úni co que permaneció próx imo a la carretera, corrió a avisarles de la cercanía de dos vehículos, aparentemente mi litares. S alieron rápidamente del porche de la casa y se precipitaron a ambos lados de la vía, atrincherados, pre parando sus armas para el inminente enfrentamiento. ¿Cómo era posible que el ejército en tan sólo dos horas est uviera en la s puertas de Simacota? ¿Era una casualidad o la inteligenc ia mili tar era mu y sofisticada? En esas reflex iones estaban los emboscados cuando se a cercaba la patrulla militar, en dos vehículos con unos ocho h ombres. Sólo unos meses más tarde sabrían que el destino, o tal vez Cupido, dios del amor, quiso que en el m omento del ataque a la población, la telefonista estuviese hablando con su novio, el enamorado no era otro que el comandante del batallón del S ocorro 48 ; al que su amada a lcanzó a comunicarse que se oían tiros en la calle, justo antes de que el co mando de guerrilleros encarga dos d e cortar la línea tele fónica, cumpliera su objetivo mili tar. El comandante decidió, sin mucha convicción, mandar unos hombres para que averigua sen lo que sucedía en Simacota. Si los guerr illeros fueron sorprendidos por la llegada del ejército, éste podía esperar todo menos que sería recibido a tiros por un grupo armado. Al aprox imarse el primer vehículo, un “campero” con un suboficial y tr es soldados, a cuarenta met ros de los insurgentes, estos apuntaron y disp araro n sus “sofisticadas” a rmas, que Políticas de la Universidad Co mplutense, constru y e u na breve biografía del cura aragonés Manuel Pérez , máximo responsab le po lítico de la o rganización ar mada hasta su muerte el 14 de febrero de 1998 , a partir de entrevistas al protagonista y o tros des tac ado s m ie mbros del ELN. Ma nuel Pérez, Manuel Marulanda “Tirofijo” el m áxi m o responsable de las F ARC y Pab lo Escobar, el narcotraficantes, han sido los enemigos más b uscado s p or las fuerzas del Es tado, en la se gunda mitad del siglo XX en Colo m bia. 48 María López Vigil, óp. cit., pp. 60 - 61. 53 servían más para most rar que para dispar ar. El ar mamento consistía en un fusil de un solo tiro, una escopeta 16, una carabina calibre 2 2 que había perdido el proveedor y que para dispararla tocaba meterle el tiro en la recámara , girar el arma y en cerrejarla para dispa rar un ti ro. P eor sue rte corrió el joven Gabino, su escopeta d espués de martillarla, no disparó; s acó su revólver, marca “Lechuza”, fabricado artesanalmente en su pueblo, p ero tampoco funcionó. La primer a acción a rmada del ho y máximo responsable militar del ELN, consistió en no poder disparar ni un tiro y s ólo corre r para s alvar la vida. Porque después de la primera sorpresa, los v ehículos militares pararon y los soldados d esde tierra disparaban sus fusiles M-1, semiautomáticos. Este sería el primer cho que armado con soldados profesionales. Todo el grupo guerrillero inició la retirada por la quebrada La Malpas a, mientras eran perseguidos a co rta distancia por algunos soldados. Estos continuaron la persecución hasta que la noche, aliada fiel siempre de los “enmontados”, permitió que los guerrilleros se zafaran d el acoso militar. Caminaron toda la noche en dir ección al Cerro de los Andes; e ironía del destino, estos “valientes” combatientes se encontraban en plena Cordillera d e los Cobardes. Caminaban son rientes con sus nuevos “fierros”, por fin armas de verdad. Aunque algunos como Gabino no podían disimular su pesadumbre por la muerte de su “cuñ ao”, la única b aja qu e ha bía tenido el grupo. P edro, habí a sido su mejor amigo y confidente en la guerrilla. Por él había entrado a la milicia, cuando Pedro Gordillo, alias Parmenio, era novio de su hermana. Era duro para un “pelao” de catorce años tener qu e perder a su compañ ero, pero más duro resultó d ejarlo en el camino porqu e en el momento de r eplegarse sólo pudieron cargar el cad áver un trecho; el ejé rcito e staba cerca y e l muerto podía poner en peligro el repliegue. Unos cuantos compañeros se quedaron en la r etaguardia pa ra darle una rápida y últim a despedida a l primer “mártir” del E LN; allí mismo se le 54 otorgó el grado póstum o de capitán. Fabio ma ndó a G abino que r egistrase los bolsillos del cadáver, no se le fueran a quedar cosas que pudie ran s ervir de pistas al ejército 49 . Allí quedó el cuerpo sin vida de Pedro, en una orilla de la trocha. Algunos de los compañeros, entre ellos Gabino, no pudieron contener el llanto; otr os bajaron la mirada y con p aso vivo se alejaron de su com pañero como quien se aleja de su propia muerte. Al día siguiente, al final de la jornada d ecidieron descansar a orillas de una quebrada donde decidieron dejar el barro que ha bían arrebatado a la trocha; quitarse el sudor pegado al cuerpo durante esos dos últimos días y r ecuperarse un poco del cansanc io y la t ensión acumuladas. F abio fue de l os últimos en dedicarse a esta faena de aseo person al. Se acercó a la quebrada cuand o y a la ma y o ría del grupo se había acomodado para descansar unas hor as. La no che era cl ara, un a de esas bel las noches de verano, con las estre llas alumbrando. Se sent ó en una piedra y acun ado por el sonido del ag ua, empe zó a hacer balance de estos primeros años de lucha revolucionaria. Su memoria se vio inundada, en medio de la somnolencia, por los recuerdos de su estancia en Cuba y el sur gimiento de la Brigada Proliberación José Antonio Galán, verdadero germen del ELN e ini cio del proceso que llevó a la Toma de Simacota y qu e, cuarenta años de spués, continúa en las montañ as y ciudades colombianas. 49 Ibídem., p. 6 2. 55 1.2 . EL “VIV O 50 ”, FABIO VÁSQUEZ : EL CHE COL OMBIANO Su pr imer recuerdo de Cuba es la imagen pro yectada en l a ventanilla del avión de la compañía KL M, qu e los transpor taba 51 . Esa estampa del hermoso contraste cromático entr e el az ul intenso del mar y el verde d e la vegetación. Cuba, un vergel natural, y ahora por fin también un p araíso social, pensaban Fabio y sus aproximadamente sesenta compañeros colombianos . Fidel Castro, después de unos primeros momentos de duda, había impuesto su proyecto socialista en la isla; ¡a la caribeña!, como los rebeldes americanos deseaban. F abio estaba embargado por la emoción, podía conocer de primera mano la revolución socialista; era un colombiano privilegiado por un a beca de estudios conce dida por los cubanos. Cuando el avión se detuvo y se abrieron las puertas, b ajó tropezando por las escaleras del avi ón, quería conocer, to car inmediatamente a un cubano, a un revolucionario de verdad, estrecharle la mano y agradecer el gesto de hermandad que tuvieron con ellos. Y no espero al recibimiento oficial, a l primer trabajador del aeropuerto que vio, se l e acercó y dándole la mano lo saludó fraternalmente, como quien lo hace de una persona por largos años sepa rada. En la misma pista del a eropuerto, el g obierno 50 La persona o el individuo “vivo”, en Colo m bia, es a quel que sabe sob revivir en cualquier circunstancia, es rec ursivo po rque utiliza el ingenio par a salir adelante en circu nstancias adversa s; muy si mila r a lo que en Espa ña se entiende co mo el “espab ilado”, el que aviva el ente ndi miento y es ingenioso. 51 Par a reco nstruir la esta ncia en Cuba se utilizó e sencial mente la entre vista a Ricardo Lara Parad a, otro de los fundadores del EL N, en Cristi na De la T orr e, “Nacimie nto del ELN. Re velacio nes de Ricardo Lara Par ada”, en Trópicos. Crítica y réplica , nº 3, Marzo -Abril, 1 980, especialmente pp.1 7 - 22. Esta entrevista es fu ndamental ya q ue el en trevistado estuvo p resente en los momento s d ecisivos de la co nformación del germen del ELN y en su posterior consolidación con la p uesta e n marcha de un foco guerrillero en la s montañas d e Santander. 56 cubano pr eparó el recibimiento a sus invitados; por cierto , no faltó la música tradicional: g uantanameras, maniseros, sibone yes,... Después del recibimiento, los estudiantes colombianos fueron trasladados en cadillac del Icapa (Instit uto Cubano de Amistad con los Pueblos Americanos), al Hotel Habana Riviera . Éste, antiguo emporio de la oli garquía cubana , había sido convertido en residencia estudiantil. Fabio y sus compañeros, estaban aso mbrados de los lujos y el confort, y se convencieron de que así se hacía la revolució n: ¡Quitarle a los ricos para darle a los pobres! ¡La fórmula p erfecta de la revolución y la felicidad! Tan sólo unos días después, el 26 de julio de 1962, llegó la culminación de este éxtasis místico-revolucionario, ese clímax de júbilo en el que se encontraban el grupo de colombianos; estos fueron llevados en autobús a La H abana para una multitudinaria conmemorac ión. Allí en medio de miles de personas, pu dieron ver, e scuchar, aclamar, apla udir al “Caballo”, Fidel Castro en persona. F abio, en ese momento, no podía imaginar que estos h echos y, unos meses después, l a Crisis de los Misiles Rusos (octubre 1962), condicionaría el re sto de su vida. Tal vez ninguna persona, represente tanto a miles de jóvenes colombianos que han decidido ingresar en grupos armados ilegales en las últim as décadas en Colombia, como Fabio Vásquez C astaño. Ese es el principal motivo para traerlo a esta investig ación. Este hombre, que se convirtió en el máx imo dirigente del ELN durante más de diez años, hasta 1974, p ro ye cta el sentir, las mot ivaciones, los estímulos de muchos jó venes; puede ser, tal v ez , uno de los a rquetipos del joven guerrillero colombiano (otro podría ser Manuel Marulanda , máx imo responsable de las FARC). Todo ello, tanto por la cultura popular que representa, co mo por su tray ectoria personal. Con una infancia difícil en el campo, Fabio estaba acostumbrado a tr abajar duro y al esfuerzo; fue testigo de excepción de l a violencia 57 contra su familia y desde joven s e habituó al uso de las armas; aventurero, “rec ursivo” por naturale za, vividor, machista empedernido, g alán trasnochado de película mexicana, de fuerte carácter, autoritario,... Fabio pu ede ser el típico colombiano, definido rápidamente c on una palabra: un superviviente. Era una p ersona sa ga z, que sabía sa car el máxim o provecho a sus fortalezas y debilidades. No tenía gran preparación académica o política, sus problemas físicos lo limitaban en el plano militar ; sin embarg o, se convirtió rápidamente en el líder del naciente movimiento insurgente. Y es que Fabio, ante todo cuidaba su imagen, era consciente qu e “la vida e s puro teatro”, como es as películas mex icanas que a él tanto le gustaban; y él, como nadie, r epresentaba el papel de lí der guerrillero. Había visto decenas de películas d e la revolución mexicana, y había interiorizado perfectamente el modelo de sus héroes. Fue , po co a poco, c onstruye ndo e sa imagen y se fue crea ndo un aura en torno suyo. A ello contribuían su aspecto físico d e galán duro mexicano, la sonrisa et erna en sus labios, sus ojos brillantes, la seguridad e n sí mismo, en sus ideales, la charla franca como buen paisa,... En la construcc ión de esta personalidad, de este e go, contribu y ó mucho los elogios que el mismo Che Guevara le dirigiese en público 52 . U ngido con el “agua bendita de la revolución”, todo en él se convirtió, poco a po co, e n virtuosismo, lo bueno y lo malo: “Si la revolución era superior, él también era superior; si inf alible, él así mi smo infalible; si era pura, él intachable. L o ideal de la revolución lo tomó para sí como cos a cierta y en contraprestación le transmi tió, como cosa revolucionaria, todas sus virtudes y defec tos. La revolución terminó siendo inflexible, puesto que él era inflexible; acabó 52 Walter J. Broderick, E l guerrillero in visible , In ter medio Editores, Bogotá, 2000, pp. 31 y 7 0. Brod erick en este lib ro constr uye la mejor bibliografía ex istente so bre el cura ar agonés M anuel Pérez, el autor decide con este texto seguir la estela de su anterio r biografía sobr e Ca m ilo T orres. Ambas están basadas en una exhaustiva in vestigación documental y entr evistas, p ero tambi én en su conoci m iento co mo exjesuita y s u relació n generacional c on los protagoni stas, de las exp eriencias vividas por estos curas q ue decidiero n seg uir la v ía ar m ada para la transfor mación social. T ambién se convierte en instru mento d e c omprensió n, desde el á mbito de la relig iosidad, del o rigen del ELN y de la relación entre marxismo y cristianis mo. 64 posibilidad de aprovec har esa preparación para formar un grupo a rmado en Colombia, que desarrollará la teoría de foco guerrillero d el C he Guevara. Analizaron la situación d e Colombia en comparación con la Cuba pre -revolucionaria, y llegaron a la conclusión de que e xistían condiciones para la lucha revolucionaria en el país y la posibil idad de generar un fuerte movi mi ento insurreccional de masas. S egún su análisis, las condiciones internas eran positivas para obtener el poder mediante la conformación de un foco revolucionario: un fuerte movimiento estudiantil en todo el país; paros y huelgas generalizadas en los principales emporios in dustriales, como Barrancabermeja o Medellín; lar ga trayectoria de luchas campesinas; a mplia experiencia en lucha guerrillera reciente,... Tam bién el contex to internac ional era analizado de forma positiva, la reperc usión de la revolución cubana se estaba dejando sentir en v arios países a través de ex periencias foquistas: Venezuela, Guatemala,... Pero no to dos los jóvenes estuvier on de a cuerdo en imple mentar un grupo armado en Colom bia. Es así como de ese grupo de veinte hombr es, sólo diez deciden continuar la experiencia para armar un grupo guerrillero: Fabio Vásquez Castaño, Víctor M edina Morón, Ric ardo Lara Parada, Mario Hernández , L uís Rovira, Cruz Modesto, Alfonso Ibarra, Mauricio Agredo, R aimundo Cruz y José Stalin Merchá n 65 . Este grupo decide hablar con los cubanos y pl antearles su decisión. El gobierno cubano d ecide apo y arlos con un po co de dinero y les of recen intensificar la preparación mi litar con vistas al surgimiento del foco guerrillero en Colombia . Además d el entr enamiento en táctica guerrillera, comenzaron el estudio y análisis de otras ex periencias revolucionarias, es el caso de Vietnam, Argelia y, sobre todo, la cubana. Aunque el curso terminó en 1963, e l día 11 de Noviembre de 1962, se constituyó la Brigada pro Liberación Nacional José Antonio Galán . 65 Ibídem., pp. 22 - 23. 65 El sig uiente paso fue nombrar una dirección para hacer más operativa y adecuada la estructura de este grupo cl andestino. El análisis para la elección del líder del grupo se realizó teniendo en cuenta el comportamiento en el curso de entrenamie nto: quién tuvo mayor entusiasmo, q uién desarrollo ma y or esfuerzo,... Víctor Medina, el compañero con ma y or capacidad polí tica, propone que el jefe militar sea Fabio. Víctor rechazó la propuesta de Ricardo La ra de que él fuera el máximo dirigente. Alegó que nadie tenía la ca pacidad militar y e l manejo de las armas, como Fabio; era el que mejor se desenvolvía en las z onas agrestes dado su orige n ca mpesino. Se gún Víctor, Fabio era e l líder nato. Todos acogieron la propuesta de Víctor Medina, pero también conformaron una dirección colegiada : Fabio sería el jefe militar; Medina dirigiría los li nea mientos políticos y , a ambos, los apoy aría Heriberto Espitia, dada la ex periencia que tenía éste en la lucha guerrillera, y a que fue comp añero del fa moso g u errillero l ibe ral y lueg o b andolero, Chispas. Ironía de la vida, Víctor Medina no podía im aginar que ese hombre que defendió con tanto ahínco para dirigir el grupo, se convertiría u n día en su verdugo, la p ersona que lo mandaría fusilar. Hay pequeñas decisiones en la vi da que pueden costar la existencia. Fabio mandó asesinar a Víctor Medi na, cuando éste era el segundo al mando; y su su cesor, Ricardo Lara también corrió la mi sma su erte y fue fusilado. Y es que, parece, que Fa bio intentó acabar con todo aquel que puso en peligro su liderazgo; tal vez, esto es lo que lo llevó a poner en peligro la vida d e Camilo Torres o a sentenciar a muerte al cura aragonés, Manuel Pérez. El período de com andancia de Fabio en el E LN fue r ecordado por las purgas internas y los múl tiples fusilamientos de militantes que ponían en duda las directrices de la línea política de la organización, o sea lo que dispusiese Fabio. 66 A lo lar go d el año 1963, los int egrantes d el grupo van lle gando a Colom bia, para preparar el lugar de im plantación del foco guerrillero. Al g rupo de diez colombianos, se les unieron dos cubanos, J uan Martín y un herm ano de Antonio Larrota. Una vez en Colombia, se descubre que estos dos supuestos cubanos, son colombianos que pertenecen al MOEC, Movimiento Obrero Estudiantil de C olombia, movimiento de masas que toma como modelo la revolución cubana. Esto crea una crisis en el grupo, porque algunos cree n que se trata d e una in filtración, de una intromisión de los cubanos en el proceso. Este problema obligó a Fabio a regresar a Cuba, en enero de 196 4, donde se entr evistó con el Che y un repres entante del MOEC. El Che planteó la posibilidad de int egrar la lucha de masas del M OEC, con la lucha guerrillera d el grupo comandado po r Fabio. Este último se opuso , condicionado por los estre chos criterios foquistas, y qu e tuvieron tant a importancia en la historia del E L N. Esta decisión conllevó un distanciamiento de los cubanos y la división del g rupo, porque ade más de los hombres del MOEC, se descubrió que otros, como I barra, eran “fichas” del PCC, Partido Comuni sta C olo mbiano. En definitiva, el grupo se vi o reducido a siet e miembros: Víctor Medina, Fabio Vásquez, Mario Hernández, Luís Rovira, Heriberto Espitia y Ricardo La ra 66 . Fabio regresa a Colombia y se fu e para Bucaramanga, donde se en con tró que y a h abía una cierta estructura o rganizativa de apo y o en es a c iudad, en Barrancabermeja, S an P ablo, Puerto Wi lches y h ay conta ctos con campesinos de la región de San Vic ente de Chucur í. Pero pronto surgen problemas con el comportamiento de Espitia, lo que h ace, que el grupo con la excusa d e que tres miembros en la dirección son muchos para hacer funcional la estructura clandestina; decidan que la dirección quede a carg o de Fabio y Medina. Este último fue nombrado el jefe políti co, pero sigu iendo los li neamientos de una o rganiz ación político-militar, 66 Ibídem., pp. 24 -26. También en W . J. Broderick, El gu errillero invisible , óp. cit. , p. 50. 67 debía estar supeditado al jefe militar, o sea a Fabio. Dando se comienzo a un período de la organización c aracterizado por el personalismo y autoritarismo, el campesinismo, el extremo militarismo,... y tamb ién a la explosi ón del ego de nuestro protag onista. Ejemplo de ello fue qu e uno de s us proy e ctos más desea dos e ra la creación de un Museo de la Re volución, para el c ual era impresc indib le g uardar todas las evidencias de su vida. Fabio escribía en su vieja Rémington, cientos y cientos de hojas y documentos con minuciosas instrucciones para los hombres de la organización; y daba e strictas órd enes de gua rdarlas para las generaciones posteriores. Lo que en más de una ocasión, su incautación provocó la caída de las estructuras del ELN e n varias regiones. Pero dejemos en este pu nto a nuestros siete protagonistas, qu e una vez que han regresado a Colombia, se im pusieron la ta rea de conformar grupos d e apo yo y buscar un a z ona para la implantación del p rimer foco gue rrillero. Para ell o, unos se distribuye ro n por ciudades como Bucaramanga, Bogotá o Barrancabe rmeja; mientras los otros s e e chan al monte a contactar a lo s primeros militantes. Uno de los primeros campesinos que militó en el EL N fue nuestro siguiente pr otagonista, Nicolás Rodríguez Bautista, alias Gabino. Antes de continuar con nuestros personajes, analicemos e l papel que cumplió Cuba y los otros factores ex ternos en el surgimiento del EL N. 68 CAPÍTULO SEGUNDO LOS F ACT O RES EXTERNOS Y EL SURGIMIENT O DE ORGANIZACIONES ARMADAS 69 2.1. LA IMP OR T ANCI A DE LOS F ACT ORES EXTERNOS EN EL SURGIMIENT O DE ORGANIZ AC IONES ARMADAS O “L A CHISP A QUE ENCIENDE L A PRADERA” En esta parte de la investigac ión nos planteamos el interrog ante sobre e l papel que cumplieron los factores externos y el contexto internac ional en el surgimiento de or ga niza ciones armadas en Amé rica L atina y Europa, a partir del análisis comparado de d os casos: ELN y ETA 67 . Con este primer ejercicio analític o pretendemos mostrar ta mbién por qué es necesa rio comparar en la disciplina histórica 68 , qué puede ser susceptible de comparación 69 y cómo podemos comp ar ar 70 . 67 El autor ha desarr ollado este te m a a nteriormente e n l os siguie ntes te xtos: Rober to Sancho Larrañaga, “La influencia de los f acto res externos en el surgimiento de la violencia p olítica en Colo m bia en la seg unda mitad d el siglo XX”, en Stud ia Hist orica. Historia Contemp orán ea , vols. 19- 20, Universidad d e Sala manca, 2001 -200 2, pp . 295 -315. También d el mismo autor , se p uede consultar el capít ulo corr espondiente del lib ro, Guerrilla y terrori smo en Colo mbia y Esp aña , ó p. cit., pp. 69 - 88. 68 Defende m o s la idea d e que la comparación es una estrate gia metodo lógica que b usca mej orar la inteligibilidad de un fe nómeno his tórico. Au nque un similar fenó meno social se desarrolle por proceso s s ingulares, distintos, paralelo s,... puede mostrar rasgos co munes q ue den “pistas” de factores necesarios y/o posibles regular idades de las acciones colectivas. Ta m bié n la comparación puede ayudar a e ncontrar nuevos e nfoques, c uestio nes o p roblemas sobre un ca so particular , sob re todo cuando ha y otros casos bien docu m entado s; lo que a yuda a m ejo rar el conoci miento de un hecho histórico singular. 69 Plantea m os e n esta tesis qu e es po sible comparar un si milar fenó meno histórico a partir de la búsqueda de r asgos di ferencia dores y co munes, estos ras gos co munes se pueden co nvertir en o bjeto de estudio en varios co ntextos. E studiar ciertas coi ncidencias d e un similar fenómeno histór ico en varios contextos p uede per mitir desarr ollar interpretaciones más g enerales que si se realiza el estudio de un solo caso. 70 En este capítulo sostenemos la hipótesis de que la coyuntura int ernacional tuvo una enorme inciden cia en la emergencia de diversos grupos armados en la s egunda mitad del siglo XX, tanto en América La tina como en Europa. L a situación internacional, en la cual surgen las organizaciones armadas durante la década de los años sesenta y comienzos de los setenta, explica en gran medida, la emergencia d e gran cant idad de “focos revolucionarios” en casi todo el mundo y el ambiente de simpatía con el que se encuentran. El análisis de los contextos int ernac ionales donde surgen estos grupos armados puede arrojar luz sobre “los contextos ne cesarios o que fa vor ecen” un eventual éxit o de las ex periencias revolucionarias, igual que aquellos fa ctores que inducen al fracaso de est os movimientos insurgentes. El contexto internacional y los factores externos pueden servir de inst rumentos para activar o desactivar e l potencial revolucionario en un país . C on todo ello, se hace más necesario se guir profundizando en los estudios comparados de casos para pode r calibrar adecuadamente l a rel ación entre factores internos y e xternos en el mom ento de nacimiento de estos grupos armados. L o cual pu ede dar pistas también de la importancia que esto s fac tores pueden ten er en la resolu ción de estos conflictos s ociales y en el fin de estos grupos insurge ntes. Del estudio de caso del E L N y ETA se identific ó un proceso seguido por estas organizaciones en su sur gimiento, con seis momentos destacados: 1) Un prime r momento, de una corriente de sim patía hacia otras experiencias revol ucionarias 70 Compartimos la per spectiva de Jürgen Kocka, par a quien: “La co mparación se co nfig ura a través de la formulación de una p regunta. Dos o más fe nómenos sólo pueden ser co m parad os en relac ión a algo, a un ter cero ( tertium co mparatio nis ). Quien co mpara, prec isa concep tos claro s, nítida mente definidos, que desi gnen las q ue, de acuerd o con la pregu nta planteada, constitu yan las similitudes relevantes de los ob jeto s a comparar y formen así la base s obre la cual q ueda des p ués deter minar las diferencias entre ellos”. Asimismo, sostenemos que la historia comparada, por la gra n ca ntidad de información que req uiere m anejar, d ebe co m binar la d escripción con el conoci miento de las condiciones generales de cada caso analizado, po r lo tanto, la labo r de investigación arc hivística no puede ser muy i ntensa. Utiliza ndo la fórmula de “tanta abstracció n co m o sea precisa, tanta concreció n y referencia co ntextual como s ea po sible”. Jürgen Kocka, ó p. cit., p p. 49 y 62. 71 armadas; 2) Esta simpatía se tr ansforma rápidamente en un pro ceso d e ide ntificación de situaciones entre el o t ro contexto y el propio; 3) Esto último se interpreta como una necesidad de recurrir a similares métodos de l ucha, que además han sido exitosos en esos otros contextos; 4) Todo lo anterior, llevó a exag erar y fom entar los antagonismos para adaptar la reali dad a ese discu rso de lucha y enfrentamiento de la organización armada; 5) El discurso ideológico del grupo se encargó de adecuar una realidad “externa” a unos int ereses “internos” de las or ganizaciones armadas legitimando el uso de l a violencia a rmada; 6 ) P or último, este ba gaje ideológico – marxismo, gueva rismo, foquismo - se hizo confluir con una larga tradición de lucha de las poblaciones donde se inserta el grupo armado. Por lo tanto, en esta investigación re saltamos el papel que otras experiencias revoluciona rias tuvieron como referentes en el surgimiento de e stas organizaciones, cada experienc ia revolucionaria exitosa se convirtió en u n ejemplo definitivo de cómo hacer otras revoluciones, c ada victori a táctica de un grupo armado fue exportada y se inten tó replicar en otros contextos y por otras organizaciones. El proceso comenzó con una corriente de simpatía h acia otras experiencias revolucionarias armadas, ésta no tar dó en traduc irse en un proce so de identificación de situacion es y esto último se interpretó como una necesidad de recurrir a sim ilares métodos de lucha. S urgió el convencimiento de que el uso de la violencia había funciona do en escenarios fo ráneos y por lo ta nto e ra valido para el propio. El intento forzado de comparar contextos para justifica r el recurso a la violencia, llevó a estas organizaciones a exagerar los antag onismos par a adaptar la realidad a un discurso d e lucha y enfrentamiento. Esto redujo las posibilidades de diálogo y resolución de los conflictos. El discurso ideológico, se encargó de adecuar una r ealidad “externa” a los intereses de los distint os actores armados; en el caso de 72 los grupos armados estudiados, el discurso foquista sirvió para que muchos militantes sobrevalora se n la verdadera ca pacidad de estas organizaciones y las posibilidades del éxito revolucionando. P or lo tanto, los factores externos o el ambiente internacional f ueron determinantes para que unos sectores min oritarios de la población en el País Vasc o o en C olombia, tuvi eran concienc ia de sus posibilidades para la toma del poder por la vía de la lucha armada; y se sir vieron del bagaje id eológico de la época -mar xism o, guevarismo, foquismo,... -, para ha cerlo confluir con una larga t radición de lucha de las gentes de estos territorios – tanto nacionalistas en Euskadi, como campesinos li berales radicales y com unistas en Colombia-. Lo anterior nos remite i nm ediatamente a la cuesti ón de: ¿P or qué d espués del surg imiento de e stos focos, unas ex periencias re volucionarias tuvieron éxito, otras fracasa ro n y , por último, otras se estabiliza ro n, como en el caso del ELN, ET A o Sendero L uminoso? Si bien esta pregunta va más allá d e los planteamientos de esta investigac ión, y cada ex periencia requi ere un estudio detallado, creemos que son los factores internos los q ue esencialmente explican el f racaso o triunfo en la consolidación de estos grupos armados, en especial, la existencia o no de una tradición de lucha en las regiones donde sur gen, así como la consecución o no de la articulación de los dist intos sectores proclives a l a protesta social: ca mpesinos, obreros y e studiantes. 73 2 .2 . TIEMPOS REVUEL TOS EN E L CONTE XTO INTERNACIONAL Para nuestr a investigación es im portante destacar que en medio de la Guerra Fría, se produjo un fenómeno político de enorme relevancia hist órica , como fue la descoloniz ación d e importantes zonas de Asia y África: Argelia, Túnez, L ibia, Malasia, Madagascar,... Esta lucha contr a el colonialismo, tuvo su hit o en 1955 en la Conferenc ia de Bandung, donde 29 países de África y Asia, dieron un g iro a la ge opolítica mundi al, pon iendo en crisis la bipolar idad emanada d e la conf erenc ia de Yalta, con el surgimiento del “tercermundismo” y e l desplazamiento del choque de las grande s potencias y de sus intereses a estos contextos periféric os. Aunque también, este movimiento estimuló, en el interior de los dos bloques hegemónicos, las disi dencias internas 71 ; cada bloque es amenazado en su interior por movimientos que asumen posturas c ercanas al bloque contrario. En el caso europeo, hubo un resurgir de las ideas soc ialistas y de los nacionalismos, donde podemos insertar el nacimiento de ETA; este fenómeno se dio también en otras regiones como Irlanda, Cataluña, Galicia, Bretaña, Cerd eña, Alsacia 72 ,... En Amé rica, este proceso 71 Jaime Zuluaga Nie to, “Nuev a izquierda, guerrilla y utopía en los sesenta”, e n Amado . A. Guerrero, Cultura política , movimien tos socia les y violencia en la historia de Colo mbia , Mem o rias VII I Congreso nacional de historia d e Co lombia, U niversidad Industrial d e Santa nder, Bu cara manga, 19 92, pp. 395-396. Las disidencias interna s en los do s grandes bloques de la Guerr a Fría , se basaron en sobrevaloran la utopía del o tro bloq ue, el autor mu estra esta circunstancia en Colo mbia y critica la visión de utop ía sostenida por las o rgan izacio nes ar madas e n Colo mbia, porq ue ab ogaba po r valores absolutos e i mpidió la con secución de metas concreta s que p er m itirían ta mbién la tra nsfor m ació n social. Por ello el autor cree que e stas o rganizacio nes convirtieron la u topía del socia lismo, e n un dogmatismo y autoritaris mo que ali mentó su lucha ar mada. 72 Gurutz Jáuregui Ber eciart u, Id eología y estrategia política de ETA. An álisis d e su evo lución entre 1959 y 1968 , s. XXI, Mad rid, 198 1, pp. 196 -197. Este libro se con virtió e n uno de lo s p recursores d el acerca mien to acadé mico a l es tudio d e ET A, justo con las obras d e Jo sé Mari Gar mendi a, Florencio Do m ínguez o Franci sco Leta mendia, y q ue per mitieron el amplio desarrollo investigati vo p osterior. 80 internacionale s. C onvirtiendo las victorias polít icas de Cuba y Nica ragua, en estrechos tr iunfos militares. Esta visión “of icial” de la iz quierda latinoameric ana sigue pes ando mucho en la hist oriografía sobre estos temas, corroborándose el dicho que “los mitos son más fáciles de crear que de destruir”. Los an álisis comparados de estas experiencias revolucionarias y de los grupos armados, y una amplia contextualización de los factores int ernacionales creemos qu e pued en a yudar a un análisis más verídico de esta situación. Creemos que el aná lisis comparado de este fenómeno de idealización de la luc ha armada por parte d e la izquierda latinoamericana, nos entronca el fenóm eno con una “cultura políti ca latinoamericana” que re curre a l uso de las armas y d e la violencia para obtener beneficios polí ticos, sin recurrir al campo de la negociación o de la me diación. Esta “cultura polí tica latinoamerica na” tuvo su reflejo en la derec ha a través del caudillismo, la impli cación de los militares en la política o, más recientemente, el asesinato de opositores por parte de la guerra suci a del Estado; y que en la iz quierda, se transformó en una “compulsión” a recurrir a las armas, ante la imposibilidad o la renuncia voluntaria a l os espacios d e media ción política. Con esta post ura la izquierda latinoamericana no estaba si endo “revolucionaria” sino todo l o contrario “conser vadora”, a l c o ntinuar e sa tradición guerrera y mili tar en e l espa cio de las demandas políticas. La r evolución se convirtió en guerra, y sólo la guerra podía traer la revolución; no se pudo romper la tradición decimonónica, sim plemente se sustitu y ó la espada por el fusil. Esta sobre valorac ión de los medios armados se corre sponde con la interpretación que suelen ha cer los actores armados, a sí el E L N interpreta estas dos olas revolucionaria s y su influencia de la siguiente manera: “La revolución c ubana es un ejemplo histórico de cómo hacer r evolución en pa íses depe ndientes, al partir de sus raíce s nacionales y con clara v oluntad de poder trazar una estrategia de 81 guerra de guerrillas y d e lucha de masas, que concreta en forma exitosa las consigna s de liberación nacional y socialismo, con base en la movi lización del campesinado y algunas capas urbanas. Son in cuestionables los lo gros de la revolución cubana en el bienestar del hombre: salud, educación, deporte y cultura y sus contribuciones en la lucha anti-i mperialista, el internacionalismo y la autonomía para definir su futuro. En ese mismo camino la revolución sandinista desarrolla otros aspectos como la combinación de la insurrección y la guerra, la dirección colectiva del proceso, la participac ión de l os cristianos en la revolución, las ideas de poder popular y un man ejo flexible del contexto internacional y del pluralismo político” 84 . En América Latina, el triunfo de la revolución cubana si gnificó, e n principio el derribo de los prejuicios y do gmas pol íticos establecidos por los partidos comunistas or todoxos. L o que supuso un estímulo para la formación de nue vos grupos polí ticos al marg en de los partidos comunistas nacionales. La victoria revolucionaria cubana c ondujo a la idealización de las acciones m ilit ares como medio de obtener poder políti co, y creo un imaginario soci al donde la revolución socialista era un problema de heroísmo, decisión personal, espíritu de sacrificio y de una concepción “monacal” de la vida guerrillera. La revolución cubana zanj ó, en apariencia, la discusión sobre las condiciones pa ra r ealizar la revolución socialista; demostraba que si éstas no exist ían, sería la vang ua rdia o el foco insur rec cional el encargado de crearlas. La forma de destruir el Estado capitalista y s us medios coerc itivos era la guerra de guerrillas li brada en zonas rurales propicias 84 Dirección Nacional UCELN , Con clusiones II Congreso Unión Camilista Ejército de Liberación Naciona l, Pod er Popular y Nuevo Gobierno , Ed . Co lombia Viva, Colo mbia, 1990 , pp. 2 13 -21 4. Como docume nto interno del ELN que intentó sintetizar el desarro llo histórico e ideológico de la organización y plantear una nueva prop uesta político -militar, este texto se convier te en una herramienta valiosa p ara anali zar las pr im era s décadas d e la historia del ELN. 82 estratégicamente, que ser ían el núcleo del futuro ejército popular que esta blecería el Estado socialista. Esta fue la gran lección que dio la revolución cubana a la iz quierda latinoamericana. Toda línea políti ca que no siguiera estos presupuestos, no era verdaderamente revolucionaria y, por tanto se d espreciada 85 . Sin embargo, según Eduardo P izarro, la segunda ge neración se diferencia de la primera, en q ue aporta otra visión de cómo realizar la revolución: “1. Los “ grupos de s egunda generación” ha n buscado consolidar su presencia en núcleos de la poblac ión (sindica tos, barrios, veredas) con ma y or e ficacia y ampli tud que sus antece sores. 2. Frente a las tácticas tradicionales de l a gu errill a de los sesenta, fundadas en las tesis del foco guerrillero, estos nuevos grupos insurgentes se f undan en la pe rspectiva de l a guerra prolongada y la conformación de frentes pop ulares de masas (tales como el F rente S andinista o e l Frente Farabundo M artí), que desborda n la concep ción de vanguardia leninista. 3. A la amplitud de su influenc ia interna se añade n redes de relaciones “diplomáticas” que se extienden en el contexto internacional. 4. Una amplia gama de actores internacionales les brindan su apo y o en distintos planos (propagandístico, financiero, político, logístico): partidos, ig lesias, sindicatos. 5. Estos movimientos han vivido un proceso progresivo de “latinoamericanización”, sim ultáneamente con una visión crítica de los polos de poder comunista (Moscú, Pekín) y ligan su estrategia más al conflicto centroamericano y caribeño que a las disputas en el bloque socialista. 6. Igua lmente, p resentan una ruptura con el marxismo hirsuto y con un “internacionalismo” que los hace simples peones 85 Roberto Sancho Larrañaga, Gu errilla y terrorismo en Colomb ia y Espa ña , óp. cit., pp. 73- 74. 83 de un ajedrez global que los desborda, para asumirse como parte de una historia nacional: Bolívar, los sím bolos patrios, las tradiciones culturales no son concebidas como “símbolos burgueses” , sino como patrimonio de la revolución” 86 . 86 Eduardo P izarro Leong ó mez, “La guerrilla y el proceso de paz”, en Gu stavo Galló n Giraldo (comp.), E ntre movimiento s y caud illos: 50 año s de b ipartidis mo, izqu ierda y alternativa s p opu lares en Colomb ia , CINE P-Cerec, Bogotá, 1989, p. 252. 84 2.4. CUBA: E L PARAÍSO TERRENAL DE LOS RE VOLUCIO NARIOS Cuba a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, se ha convertido en un constante referente y f aro ideológico para los reb eldes latinoamericanos, y en muchas ocasiones para los de otros lugares del planeta. L a isla se convirtió en lugar de descanso, refugio, entrenamiento militar o formación política; dependiendo del grupo armado y el momento hist órico. El triunfo del Movimiento 26 de J ulio, encabezado por Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, supus o sobre todo un ejemplo a se gu ir , marcó definitivamente a la iz quierda latinoamericana y determinó la reconfiguración de todas las fuerzas progresistas de Amé rica Latina, concretada e n : 1) E l cuestionamiento a las fuerzas opositoras t radicionales; 2) un giro radical a la izquierda del firmame nto político, en espec i al, de la tradicion al corriente nacional- populista; y 3) el surgimiento del fenómeno de la “Nueva I zquierda La tinoamericana”. Una n ueva generación opositor a emprenderá una doble lucha, por un lado, peleará con la “ oligarquía l atinoamericana y la dominación de E E.UU.”; y por otro, batallará con l os partidos opositores tradicionales: partidos co munistas o corrientes radicales de l os partidos li berales. Los g rup os armados ge rminaron en abierta oposi ción con los partidos comunistas , y frente al reformismo de estos últimos, im plantaron multitud de “focos revolucionarios” , empezando por Venezuela y República Dominic ana. El sector social que jalo nó el proceso, fue el de l os jóvenes intelectuales o estudiantes latinoamericanos, que anal izaron e l triunfo de la revolución cubana y qui sieron importar la exper iencia a sus propios paí ses. Como 85 afirma C arlos Medina, s e pensó en ese momento que la r evolución cubana aportaba tres grande s enseñanz as a los revoluciona rios latinoamericanos: “· P rim era, qu e una fuerza político-militar relativamente pequeña, resp aldada efectivamente por las masas, podría derrotar un ejército regular , equipado y entrenado por los Estados Unidos. · Segunda , que no bast aba ll amarse a sí mismo Partido Comunista para ser realmente vanguardia de las clases populares, sino, que una or ganización revolucionaria que interpretara correctamente el momen to histórico y s e lanz ara a la luch a con una táctica y una estr ategia político -militar convenientemente empleada, podría colocarse al frente del pu eblo y conducir el proceso revolucionario. · Tercera, que no siempr e era necesario que se dieran todas las condiciones objetivas que hicieran posible la victoria, sino que la misma dinámica de la lucha las iba madurando” 87 . Estos elementos fueron a similados sin una crítica previa, lo que condicion ó fuertemente el sur gimiento y el desarrollo de muchas organizaciones. En todos los países de América L ati na y el Ca ribe surgier on grupos que pre tendían emular la revolución cubana, con su ideolo gía, estrategia y tácticas. La iz quierda se divi dió entre procubanos y ortodox os comunistas pro-soviéticos, aunque también aparecerán otras familias. Desde 1959 la antorcha re volucionaria ha permanecido constantemente prendid a en el hemisferio, aunque las victorias han sido muy pocas. Antes de la r evolución cubana, la izquierda latinoamericana se caracteriz aba por estar resignada al fracaso de las experiencia s revolucionarias, se mantenía ge neralmente en una pos ición moderada y con un marcado carácter refor mista. Pero 87 Carlos Medina Gallego, Elemento s para una historia de las ideas políticas del Ejército de Liberación Naciona l , óp. cit., pp. 62 - 63. 86 con el ejemplo cubano, l a r evolución pasó a ocup ar el lu gar pr eferente de la agenda de muchos idealistas de i zquierda. Cuba prendió e l “efecto demostración”, el guiño a los jóvenes rebeldes de todo el hemisferio fue c laro. La isla atizó el fuego de la revolución en el continente y apo y ó desd e un comi enzo los intentos de rep etir su experiencia en otros p aíses; como sucedió en el caso del ELN colombiano y d e otros muchos grupos armados del centro y sur de América. En este trabajo defendemos la hi pótesis de que C uba sirvió de “catalizador” de las experiencias revolucionarias y de los grupos armados que surgieron en muchos países. Ayudó a que procesos de oposición polí tica, que estaban en marcha en muchos países, tom asen un nuevo ímpetu e incluso en muchos casos orientaran su lucha hacia el uso de la v iolencia como medio par a tomarse el poder. En u nos casos a través de ese “efecto demost ración” y en otros con la a yuda directa del gobierno cubano. Como afirma, Jorge G. Castañeda : “Allí donde las condi ciones para las insurge ncias habían madurado, la f alta de u n orige n cubano no implicó la inexistencia de un factor cubano, y allí donde nada más expli caba el estallido de la lucha armada y el surgimiento de guerrillas en l a ciudad y en el campo, la incitac ión cubana brindab a una inte rpretación consistente ” 88 . El tránsito continuo por la isla de intelectuales y políticos latinoamericanos de izquierda, fue aumentando el grado de admiración al pro y ecto revoluciona rio c ubano y a la fig ura de F idel Castro. L a aut oridad moral de F idel sobre los “nuevos” revolucionarios de otros países, le otorgó una capacidad de ingerenc ia en los int entos de “exportar” esta experiencia a otros contextos. También a y udó evidentemente , el esfuerzo del gobierno cubano, por formar polít ica y milita rmente a los cuadros d irigentes; así como el intento de equipar y armar estas experiencias insur gentes. Cuba pretendía extender los 88 Jor ge G. Castañeda, óp. cit., p. 101. 87 movimientos re volucionarios, con la intención de aumentar sus a po y os externos; pero también porque exist ía la convicción d e que la situac ión d e muchos países mostraba “ el carác ter co ntinental de la revolució n”. Una revolución socialista, que requería el apo y o ini cial a esos fo cos r evolucionarios y armados, qu e crearían las condiciones para la toma de pode r en sus países y la im plantación posterior de modelos políticos socialistas. Los cubanos intenta ron interferir en la ma yoría de estos procesos d e sur gimiento de movimientos insurgentes porque creían que ellos tenían mucha más experiencia que los neófitos revolucionarios locales. I ntenta ro n establecer con estos grupos una extraña combinación de asesoría, cooperación, solidaridad, pero t ambién llenaron esas ex periencias locales de inte rferencias y presiones. El g obi erno cubano reiteradamente h a insi stido ante la opini ó n pública internacional que su infl uencia en estos movimie ntos armados de otros países se h a reducido a un apo y o moral y un “sana” asesoría; escondiendo que en muchas ocasiones sus servicios secre tos influyeron directamente en la construcción de muchos de estos grupos. La capacidad de a yuda militar, asesoramiento, la posibilidad de refugio en la isla y la predisposición de la izquierda latinoamericana de aceptar la asesoría- dirección de los cubanos, desempeñó un papel determinante en el desarrollo de muchas organizaciones. En unos casos determinó el c urso de algunos acontec imientos de estas organizaciones, en otros condicionaba la dirigencia o introdujo agentes con un destacado p apel de dir ección, etc., c onvirtiéndose en parte integrante de muchas organizaci ones armadas. Estas últ imas “accedieron” a la asesoría c ubana para gan arse su apoy o y el favor de algunos de sus agentes secretos. Dentro de este papel director de C uba, fue d estacado el trabajo de Manuel Piñeiro, esposo de la célebre esc ritora y periodist a chilena Marta Harnecke r, que durante años diri gió el Departamento de Amé rica en la isla, y que condujo el 88 entrenamie nto militar de cientos de revolucionarios america nos y de otras partes del mundo. También fue d estacada la función de ado ctrinamiento polí tico de los cuadros de estas or ganizac iones en la Escuela d e cuadro s Ñico L óp ez. Sobre el tema Peter Clement y W. Ra y mond afirman que: “En Cuba, la educación de las guerrillas la supervisan el Departamento de Operaciones Especiales del Ejército cubano y e l Departa mento de Améric a, dirigido por Manuel P iñeiro. Este, como íntimo amigo de Fidel Castro, g oza de do s décadas de experiencia guerrillera en la re gión y cono ce personalmente a muchos de los comandantes insurgentes izquierdistas de l a zona” 89 . Manuel P iñeiro es un nombre que apareció relacionado con gran cantidad de grupos armados de todo el mundo. Uno de los casos más destacado es el apoyó a los sandinistas, donde Piñeiro coordinó el transporte por aire de más de 500 toneladas de armas d esde la isla a t ravés de Costa Rica y fue el r esponsable de que en la gran ofensiva d el FS LN en 1979, estuviera n al frente las tropas d el Departamento de Operaciones Especial es (DOE) 90 . L a polémica sobre el papel jugado por Cuba en la victoria sandinista sigue abierta, según J. G. Castañeda, cumplió un triple papel: “Cuba hizo de conduc to entre los sandinistas y otras organizaciones revolucionarias y propor cionó a lo s sandinistas los servicios de inteligencia, las comunicaciones y l a seguridad personal de muchos de los dirigentes del FS LN. Hacia el fin de la guerra , proporcionó incl uso el “equipo” para lanzar una fuerza aérea sandinista que cumplió una función sec undaria, pero significa tiva, en términos simbólicos. También entrenó directamente a p arte de la dirigencia sandi ni sta. C uba envió armas, sobr e todo viejos fusiles automáticos belga s FAL, a través de Panamá y de la ciudad costarricense fronteriza de Liberia; proporcionó personal mi litar adiestrado – o ficiales re gulares chilenos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias C ubanas-, y 89 Tomado de J orge G. Castañe da, óp . cit., p. 73. 90 Ibídem., p. 7 2. 89 brindó una valiosa asesoría para unificar a las facciones sandinistas” 91 . Pero el p apel de Cuba tomó un carácter determinante a partir de la vi ctoria sandinista. Fue entonces cuando la influencia cubana se hizo más notoria, gracias a ella, los sandinistas pudieron formar todo el aparato de se guridad indispensable para mantener la revolu ción en unas condiciones totalmente adve rsas, dad a la fu erte oposición de EE.UU. La asesoría cubana a y udó a la reconstrucción y transf ormación del estado, a portó los cuatros necesarios encarga dos de asesorar en los diver sos ámbitos: militar, económico, educativo, salud, comunicaciones, e tc. Recordemos que Cub a también participó en l a d écada de los ochenta en la convulsionada situación de El Salvador. Las or ganizacio nes opositoras – el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), el Partido Revolucionario de los Tr abajadores Centroamericanos (PTRC), las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional (FARN),...- que a lo largo de los años setenta fueron aparec iendo, cobraron u na dimensión importante a partir de la llegada m asiva de armas en 1980, cuando intervino Cuba en la situación del pequeño país ce ntroamericano. El ejército salvadoreño emprendió a finales de 1979 una o fensiva contra estas or ga nizaciones, lo que les obligó a re fugiarse en las montañas, y plantearse definitivamente la opción militar. Para ello pidieron la a y uda de Cuba y de otros países. El p rimer p aís que dio armas fue Etiopía, las ar mas fueron enviadas desde Adis Abeba a través de Cuba; desde la isla se transpor taron en barcos nic aragüenses hast a el Golfo de Fon s eca donde el FMLN, se encar gó de reco ge rlas. P ero las mejores armas prov inieron de 91 Ibídem., p.72 . 96 fracasaro n. T al vez el mejor ejemplo f ue Méx ico. Recordemos que en este país se dio el fenómeno revolucionario más importante del si glo X X en América Latina, existía por lo tanto una importante tradición guerrillera, una profunda cultura de las armas; y sobre todo, unas condiciones internas propicias p ara l a luch a de clas es. Según Jorge G. Castañeda: “En Méx ico, imperaban condiciones maduras para el sur gimiento de un movi miento armado i mportante. Abundaban estudi antes iracundos y c ampesinos empobrecidos, un gobierno represivo y los inicio s de u na contradicción económica. La tr adición, una cultura de violencia y la falta de alternativas, parecían la receta perfecta p ara el combate arma do” 103 . ¿Por qué no surgieron movi mientos armados importantes en Méx ico en las década s d e los sesenta y setenta? Un fac tor, y evidentemente no el únic o, fue la falta de apo y o de C uba. En Morelos o en Guerrero, se había mantenido durante décadas la tradi ción de lucha armada y de levantamientos campesinos en defensa d e la ti erra. La tierra de Emili ano Zapata, vio su rgir a finales de los sesenta nu evos grupos insurgentes, los ma estros lideraron esta lucha a rmada por la tierra. En Guerrero , los maestros que se encontraron cercanos a la realidad del mísero pueblo, o rganizaron a las comunidad es par a auto d efenderse de las agresiones del e jército y la policía, guardiane s éstos de los intereses de los grandes terratenientes. Con la dirección de Cab añas y Gen aro Vázquez or ganizaron el P artido de los Pobres, con una sólida base campesina y un apo y o importante de la población; el problema se les planteó por la gran cantidad de camp esinos que se presentaro n para reclutarse y la falta de armas para luchar. A pesar de los intentos por buscar el apoy o de Cuba, la isla le s dio reiteradamente la espalda como pasó con ot ros grupos armados mexicanos: la Liga 23 de Septiembre, la ACNR , etc. La política d e Cuba frente a estos grupos fue no inmiscuirse, a cambio el gobierno mexicano mantuvo sus relaciones dipl omáticas durante los peores años de la Guerra F ría y el bloqueo de la 103 Jor ge G. Castañeda, óp. cit., p. 105 . 97 isla. No ex iste evidencia del apo y o cubano a las guerrillas mex icanas, y esto no sólo supuso para éstas la falta de armas o de preparación militar y política; sino sobre todo, un aislamiento y una falta de reson ancia internacional. El caso mex icano corrobora la importan ci a del “factor cubano ” en el sur gimiento y consoli dación de grupos insurgentes armados en América Latina. Parece inne gable por tan to, que el “factor cubano” aceleró la radi calización de sectores sociales progresistas y la emergencia de focos guerrilleros a lo larg o y ancho de toda América La tina. Según Wickham -Crowley 104 , la victoria cubana, e n abierta oposición con la hegemonía e stadounide nse en el hemisferio, re definió la perce pción psicológica de las posibilidades revolucionaria s de los actores individuales, así como el cambio de rep ertorio en la acción colectiva, r elegando casi al olvido la moviliz ación de masas y privilegiando el recurso a la lucha armada. En definitiva, en las déca das de los sesenta y s e tenta en América Latina, ex istieron en la mayor ía de los países las condiciones de pobreza, exclusión política y rep resión, que favorecier on el impacto de la revolución cubana en amplios sectores de la población y el sur gimiento de focos armado s de unas mi norías “iluminadas”. P ero para la consolidación, v ictoria o fracaso de estos pro yectos insurge ntes, ha y que tomar en cuenta otros muchos factores como la tradición de lucha en el país o región, la cultura de violencia, las redes de solid a ridad primarias previas, etc ., en definitiva unos factore s culturales adecuados 105 . En Colombia: “E l mito del guerrillero difundido por la Revolución Cubana, el ejemplo a seguir, encontró un terreno abonado para su germinación. La s guerrillas liberales fueron una experiencia temprana que favoreció el post erior sur gimiento d e las guerrillas 104 T imothy P. Wickham -Cro wley, Gu errillas & Revolutio n in Latin America. A compa rative study of insurgents a nd regimes sin ce 195 6 , Princeton Universit y Pr ess, New Jerse y, 1993. 105 Carlos Medina Gallego, Elemento s para una historia de las idea s p olíticas del Ejército de Liberación Naciona l, óp. cit. , p. 66. 98 de c arácter socialista o comunista. Las guerrillas de los años sesenta encontraron – y buscaron expresamente, ter ritorios donde las guerrillas liberales habían sido importantes - regiones y grupos sociales con una l arga tr adición de lucha, d ond e pudieron insertar fácilmente sus pro y ectos de focos insurrecciónales; enlazando las nuevas doctrinas ideol ógicas marxistas con los laz os de solidaridades que los campesinos habían construido en su lucha contra los terratenie ntes” 106 . Por otro lado, las condiciones interiores del país favorecieron la implantación y consolidación de los p ro y ectos in surgentes, como recuerda Eduardo Pizarro: “El impacto del Frente Nacional y de l a temprana militarización de la izquierda sería profundo: al frustrar las posibilidades de emergencia de una iz quierda democrática, se creó el clima para el d esarrollo ampliamente ma y orita rio de una izquierda ex traparlamentaria y conspirativa. La nueva era de violencia tendría como o rigen no sólo la R evolución Cubana y su efec to d e demostración, como en el resto de América Latina. El sistema cerrado del Frente Nacional la incubó tanto o más que otros factore s, ya que sirvió para prolongar la tra dicional “cultura de la intolerancia”. Esta comenzaría a ejercitarse y a no sobr e el partido tradicional excluido del poder, sino s obre las fuerzas opositoras al bipartidismo convertido en e l partid o del orden” 107 . 106 Roberto Sancho, Guerrilla y terrorismo en Colo mbia y E spaña, óp. cit., pp. 84 -85. 107 Eduardo Pizarro Leongómez, Las FARC (1949 -1 966) , óp . cit., pp. 15 9-160. 99 2.5. NICAR AGUA SANDI NISTA Y LA SEGUNDA O LA R EVOL UCIONARI A EN AMÉRICA L ATINA Veinte años después de que el sueño insur recciona l se expandió desde Cuba al resto de América Latina, el triunfo del F rente Sandinista de Liberación Nacional en 1979 en Ni carag ua, supuso renov ar la marea revolucionaria en muchos países: Guatema la, El Sal vador, C olombia, Perú, Jamaica o la victoria d e Maurice Bishop y su pa rtido Nu eva J o y a en la isla de Gra nada – abortado el e xperimento revolucionario con la invasión de EE.UU. - . Esta “segunda generación” de grupos guerrilleros que lucharo n por implantar modelos socialistas de sociedad, constituye ron una rup tura con la tradi ción foquista y militarista heredada de la revolución cubana; implantando un “modelo mixto partisano - societal”, caracterizado por cinco elementos: “1. Buscaron consolidar su presencia en núcleos de la población (sindicatos, b arrios, veredas), con mayor eficacia y amplitud que sus antece sores. 2. Frente a las tácticas tradicionales de la g uerrilla de los años sesenta, fundadas en las posibilidades del foco guerrillero, estos nuevos grupos insurgentes se apo y aron en la perspectiva de la guerra prolon gada y en la conformación de frentes populares de masas (tales como el Frente Sandinista o el Frente Fara bundo Martí), que de sbordaron las concepciones de sus a ntecesores. 3. A la amplitud de su influencia interna se añadí an redes d e relaciones “di plomáticas” que se ex tendían hacia otros países, 100 gracias a las cuales una amplia ga ma de actores int ernacionales (partidos, iglesias, sindicatos) les brindaron su apoyo en distintos planos: propagandísticos, financieros, políticos y logísticos. 4. Estos mo vimientos vivieron un proceso pro gresivo de “latinoamericanización”, en forma sim ultánea con el surgimiento de una visi ón crítica de los dos principales polos de poder comunista (Moscú y Pekín), y li garon su estrategia más al conflicto centroamericano y ca ribeño que a las di sputas en el seno del campo socialista. 5. De la misma manera, representaron una ruptu ra con u n marxismo esquemático y un “internacionalismo” que los convertía en simples apé ndices de un ajedrez global que los de sbordaba, para asumirse m ás com o parte de una historia nacional a l auto repre sentarse como los adalides de una “segunda independencia”. Sandino, Mar tí, B olívar, los símbolos patrios o las tra diciones culturales eran c oncebidos como un patrimonio de la revolución, y no sólo como lo s emblemas de un nacionalismo estrecho” 108 . En conclusión, la r evolución sandinista si gnificó un giro en la líne a tradicional de la ma y oría de or ganizaciones ins urgentes, una ruptura c on la línea foquista y castrista, así como un intento de cor reg ir las desvia ciones militaristas y campesinistas anteriores. Esta tendencia general en el continente, su puso una renovac ión también e n el discurso de las organizaciones; así como el int ento de crear frentes amplios que se ar ticulasen con los movi mientos sociales, que dirigidos por la estrategia de l a “guerra popular prolongada”, se concretaban en la articula ción de los grupos guerrilleros con l a lucha de m asas en los centros urbanos estratégicos de los países 109 . Dentro de esta segunda generación de movi mientos ins urg entes, cabe destacar el n acimiento de dos organizaciones, que si bien no tuvieron la cap acidad de 108 Eduardo Pizarro, Insurgen cia sin revolución , óp. cit., p. 105. 109 Juan Carlos Sierra, óp. cit., p. 68. 101 tomarse el poder como los sandinistas, sí que fueron un factor desestabilizador en sus respec tivos países. Esta mos hablando Sende ro Luminoso en Perú y del M-19 en Colombia, esta última organización su rgió en 197 2 después de un fraude electoral y que se caracterizó por su original y creativa acción político -militar. Por su parte Sendero L uminoso ( su nombre or iginal es “El Partido Comunista de Perú -Por el Sendero Lumi noso de J osé Carlos Mariátegui”) fue un fenómeno único en América La tina, por s er un a or ganización sumamente s ecre ta, hipernacionalista, con una extraña reverencia a sus ídol os y líderes: Mao y el fundado r, Abimael Guz mán o “Presidente Gonzalo”. De o rtodoxa ideología maoísta y un marcado fundamentalismo, llevaron al límite su lema de “servir al pu eblo”, con un estrecho vínculo entre discurso y acción, que convirtió a sus militantes en activistas seudo relig iosos obsesionados con su organización. Sen dero encontró sus apoy os en alumnos y p rofesores de la Universidad Nacional S an Cristóbal de Huamanga, y del empobrecido c ampesinado de Ayacucho. Posteriormente, se fue extendiendo por zonas de la sierra como el Alto Huallaga , z onas cocaleras que le p ermit ieron financiar se; y ll egó en los noventa a Lima, convirtiéndose en un ve rdadero f actor desestabilizador del estado perua no. Según Jorge G. Castañeda: “Detrá s de esta expansión pe rsistía la cuestión de la b ase social de Sendero. Son innegables muchas de l as prácticas terroristas atribuidas al movimiento. Su ideología sim plista, la falta de una alternativa c oherente y sus métodos brutales, que con frec uencia dej an a sus seguidores desvalidos frente a un a repre sión d e los militares asimismo violenta, son exp resiones esencialmente exactas de Sendero Luminoso. P ero la brutalidad difícilmente ex plica la base de apo yo a la que ni el arcaísmo ni la violencia han alejado ni desalentado. (...). La clave consisten en entender cómo se convirtió S endero en la primera o r ganización 102 guerrillera que reclutó con éx ito una base social entre los indigentes y marginados de las ciudade s” 110 . En Colombia, esta etapa de la se gunda ola revolucionaria en el continente, se caracterizó por un auge de nuevos movimientos insurgentes (l os más conocidos son el M-19 y el Quintín Lame 111 ) y la recomposici ón de los grupos guerrilleros de primera generación (E LN, EP L y FARC). El ejempl o de la revolución sandinista o el “efecto Nicara gua” y el surg imiento en el escenario polí tico y guerrillero d e Colombia del M- 19 significaron una verdadera “re volución en la revolución”. El movimiento guerrillero colombiano comenzó d e esta manera el tránsito de una marg inalidad soci al com o actor ex clusivamente mili tar, a se r un eje fund amental de la polí tica nacional. El movimiento M -19 surg e e n 1972 112 , de spués de un rob o electora l a su organización base, la ANAPO, el 19 de abril de 1970. Un sect or de esta organización conocido como ANAPO Socialista (Carlos Toledo P lata, Andrés Almarales, I srael Santamaría, etc.) se unió a un sector ex pulsado del partido comunista y de las FARC por sus críticas a la línea política de esta organización (Jaime Batema n, Álvaro Fa y ad, Iván Mario Ospina , Carlos Pizarro, etc.) y emprendier o n la “segunda independencia” del país. P ara ello, se di eron a conocer ante la opinión pública con un acto de enorme trascendencia sim bólica, el robo de la espada del L ibertador Simón Bolívar y el lema de: “Bolívar, tu espada vuelve a la lucha”. Fue este ti po de mensajes que entronca ro n con el na cionalismo populista, a 110 J orge G. Castañeda, óp . cit., p . 147. Par a ampliar el tema se reco mien da co nsultar el texto de Carlos Ivá n Degregori, Ayacu cho 1969-1979. El surgimiento de S endero Lumin oso , Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 199 0. 111 Gr upo guerrillero indígena d el nor te d el Cauca, par a aproximarse al estudio de esta organización se puede consultar el libro de M y ria m Amparo Espinosa, S u rgimiento y andar territoria l d el Quintin Lame, Ediciones Ab ya-Yala, Quito, 1996 . L a autor a p ropone un interesante diálogo ent re la teor ía etnográfica y las subj etividades de los militantes de esta organizac ión ar mada par a rastre ar la historia de la lucha paéz en la décad a de los años ochenta del si glo XX. 112 Eduardo Pizar ro, “La guerrilla en Colo mbia”, óp. cit., pp. 130 - 140. 103 través d el uso de sim bologías, discu rsos sen cillos y el manejo adecuado de la comunicación y l a opinión públi ca, lo que les permitió un incremento rápido y un importante apo y o en la población. Sus acciones armadas se caracterizaron por su es pectacularidad, el emento tomado de los Tupamaros uru guayos (por cierto, en u n comienzo “el eme” o M -19, también s e d enominó Movi miento de Liberac ión Nacional), algunas de las más destacada s fueron l a toma de la Embajada Dominicana y e l asalto al P alacio d e J usticia, en el mismo corazón político del país, la Plaza Bolívar de Bo gotá. Esta organización insur gente tuvo su centro de operaci ones en los espacios urbanos, tomó s u base de militancia espe cialmente de sectores pro fesionales y subemplea dos, y rompió con la tradición del control territorial de la guerrilla, caracter izándose por su enorme movilidad. Este movimiento guerrillero entró en un proceso d e paz a finales de los años ochenta y , hoy en día, está convertido en partido político. Esta “revolución en l a re volución” también afectó a las vieja s organizaciones de la primera generación (ELN, EP L y FARC), que sufrieron un vuelco importante en su estrategia y t ácticas, al in tentar adopta r los modelos de lucha desarrolla dos por la revolución nicaragüense. Most rando esta circunstancia de nuevo el peso y la importancia de los factores externos y del entorno internacional en el desarrollo de las or ganizac iones armadas colombianas; en esta ocasión me diante otra revolución triunf ante, la sandinista. Como afirma, Edu ardo Piz arro: “En efecto, el movimiento insurgente de la “primera generación (FARC, E LN y EP L) no fue ajeno a la grave crisis que afectó a todos los grupos armados del continente en este período. Pocos años después, vivirá un auge sin precedentes y se conv ertirá en un actor con una amplia incid encia en la vida nacional, como habría d e ocurrir tam bién en los países centroamericanos en los cuales s e vivieron procesos similares de 104 recomposición de la insu rgencia tr as un declive p rofundo: Nicaragua, El S alvador y Guatemala” 113 . El cambio fundamental en estas organizaciones de primera ge neración fue el paso de una guerrilla de marca do carácter militar a otra más societal, que b ajo el m odelo de Frente buscó articularse estrechamente con los movimientos sociales. Las organizaciones insurgentes pretendieron con estas nuevas estrategias supe rar la pr ofunda crisis planteada por la limitada estrategia foquista, vang uardista y militarista, heredada d el influjo la revolución cubana, y qu e las había mantenido aisladas de los movimientos societales e im pedido su expansión militar y territorial. La ex periencia nica ragüense tuvo una honda influencia en el E LN, y a qu e alejó a esta organización en cierta medida, de su marcado carácter foquista practica do desde el com ienzo y lo cambi ó por l a estrate gia de la “Guerra P opular Prolongada”. Ca rlos Medina define l a imp ortancia que tuvo la experienc ia nicarag üense p ara salvar la profunda crisis del E LN después de la operación mili tar de Anorí contra su columna princ ipal: “Pese a sus dif icultad es, el ELN no se h alla marginado de la lucha internacional; está bebiendo de la ex periencia nicaragüense porque tiene ge nte en Nicaragua; y está viviendo el proceso nicarag üense que va a serle mu y im portante, n o sólo desde el punto de vista de su participación sino, fundamentalmente, desde el punto de vista del aprendizaje que tiene en e sa ex periencia. Es tal vez de la lectura del caso de Nicaragua, y posteriormente de El S alvador y Guatemala, q ue el ELN v a a definir su estrat egia de poder, ha ciendo una rup tura con el viejo paradigma de “la toma del poder” para asumir uno nuevo. En la lectura que h ace d el movimiento int ernac ional, el ELN “renuncia” a tomarse el poder, lo q ue es mu y importante en el campo de su 113 Eduardo Pizarro, Insurgen cia sin revolución , óp. cit., p. 95. 105 nueva p erspectiva política, pu es va a pasar de la toma a la construcción y el ejercicio del poder popular como alternativa re al de poder polí tico. Eso va a quedar plasmado en las conclusiones del II Con greso, donde s e caracteriza la nu eva es trategia política, como de „Poder Popular y Nuevo Gobierno ‟” 114 . También supuso la experiencia nica ragüense una reorganización interna del ELN, con nuevas compa rtimentaciones y una diferenciación de funciones dentro de la organización, aca ban do en gran medida con los personalismos anteriores, el caudillismo y la concentración de poder 115 . Como colofón de este período, el triunf o militar sandinista, así como el derrocamiento de Salvador Allende en Chile con un golpe militar, reconfirmaron la voluntad del uso de las armas para tomarse el poder por parte del ELN. 114 Carlos Me dina Galle go, “Aproximación a las ideas políticas d el ELN”, en Co rp orac ió n Observatorio para la Paz , Las verdaderas inten ciones d el ELN , óp. cit., pp. 141 - 142. 115 Juan Carlos Sierra, óp. cit., p. 79. 112 EE.UU. intervino directamente en el conflicto interno colombiano: entren ó a más de 5.300 militares colombianos entre los años 19 50 y 1970 122 , y asesoró acciones militares como la famosa operación contra Marquetalia, una “república independiente” se gún los políti cos tradicionales y la prensa de la época, y que no era otra cosa que el reducto de unos grupúsculos de guerrilla apo ya dos por el Partido Comunista. La cons ecuencia directa de esta o peración fue el sur gimiento del actual mayor grupo guerrillero de C olombia, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) 123 . Esta acción entraba d entro de la ló gica de la “guerr a preventiva” , tan de moda ho y en día y que EE.U U. lleva aplicando hace décadas e n su he misferio y que ac tualmente ha extendido al resto d el planet a. Est a política preventiva seguía los li neamientos del plan La so y fue ll evada a cabo por el Batallón Colombia, que había participado en la guerra de C orea y que d e esta maner a puso en práctica las enseña nzas de g uer ra contrainsurge nte e irregula r ap rendidas e n esos últimos años por los mandos militares en las academias norteamericanas. Esta operac ión fue el pu ente entre una visión tradicional del ej ército y los nuevos prece ptos de la Do ctrina de Seguridad Nacional. Pierre Gilhodes afirma q ue: “N o es exagerado concluir que e n C olombia, desde el punto de vista estrictamente mili tar, se inventó el enemigo en n ombre de una respuesta continental (...). La inspi ración vino del e xterior en esta of ensiva ideológ ica -militar de comienzos de los sesenta. Se presionó sobre un presidente débil para ten er en la cúspide mili tar a un oficial de nuevo corte, apto para aplicar una teorí a gemela y complemento de la Alian za para el Progreso” 124 . Recorde mos que Colombia fue uno d e los más fuertes defensores d e esta Alianza, en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA), en la 122 Ibídem., p. 1 53. 123 Sob re el tema se puede consu ltar el texto de Eduardo Pizar ro Leongó mez, Las FAR C (19 49 - 1966), es pecialmente el capítu lo titulado : “El nacimiento de las FARC”, óp . cit., pp . 187 y siguientes. 124 Pierre Gilhodes, “El E jército co lombiano a naliza la violencia” , Po nencia I Simposio I nternacional de la violencia en Colo m bia, Bo gotá, 1984, p. 15. 113 reunión de presidentes en Punta del Este; y así fue como este p aís “se convirtió en el programa piloto para la apli cación de la Alianz a para el Progreso, concebid o como el instrumento para d esactivar el potencial revolucionario d e los pueblos america nos” 125 . Estas nuevas condiciones auspiciada s en el continente por EE.UU. fueron una de las razones que impidieron a muchos grupos insurgentes, el objetivo de la toma del poder. La experiencia cubana fortaleció la vigilancia de l os Estados latinoamericanos y las a cciones d e carácter preventivo de las fuerzas de seguridad del Estado contra los sectores de la iz quierda latin oamericana, bajo la pe rcepción del “enemigo interior” inspirado por l a Doct rina de Seg urida d Nacional, con lo que se consiguió cortar e l desarr ollo de la izquierda en muchos países. 125 Jaime Zuluaga Nieto, óp. cit. , p. 3 97. 114 2.7. IMPA CTO DE OTRAS E X PERIEN CIAS Y COLABORACIÓN E NTRE ORGANIZ AC IONES ARMAD AS El contexto internacional o los factores e xternos pueden se rvir de instrumentos para activ ar o desac tivar el potencial revolucionario en un país. Alguna s medidas aplicadas de la Doctrina de Seguridad Nacional, sirvi eron para que los ejércitos estuviesen más preparados pa ra enf rentar el surgimiento y consolidación de grupos insur gentes. P ero a pesar de l as medidas contrainsurgentes, el contacto y la relación ent re ex periencias revolucion arias, a rmadas o terroristas, ha sido una constante hasta nuestros días. Esta relación, esencialmente se ha caracterizado por dos tipos de situaciones: en primer lugar, el estudio y an álisis de otros contex tos revolucionarios y armad os, con el consiguiente intento de reprodu cir experiencias y tácticas, que han sido exitosas en otro contexto; y , en se gundo lugar, las asesorías directas entre lo s miem bros de las organizaciones, el apo y o en la formación de militantes o activistas, en armas, etc. Deten gámonos a analizar cómo han sido algunos de estos procesos, en la mayor ía de los casos clandestinos, pero que muestran la im portancia que estos contactos tuvieron para las organizacio nes. Especialmente, porque rompieron el aislamiento de algunos grupos armados y también porque les sirvieron par a intercambiar ex periencias, entrar en c írculos de trafica ntes ilegales de armas, etc. Cada experiencia revolucionaria exitosa se convirt ió en un ejemplo definitivo de cómo hacer otras revoluciones, cada éxito táctico de un grupo armado fue 115 “ exportado ” y se intentó aplicar en otros contextos y por otras organizaciones. La mitificación de las victorias revoluciona rias y el intento de universalizarlas, ha sido una constante hasta nuestros días de este tip o de or ganizaciones. Este “efecto demostración ” tuvo una im portancia crucial a l a hora d e la “terrible d ecisión” de tomar las a rmas para obtener c oncesiones polític as, tanto a nivel de las organizaciones como de los propios militantes. Fernando Reinares recogiendo una serie de testimonios de militantes de ETA, plantea que: “Otros testimonios, recogidos entre militantes que ingre saron en el grupo armado clandestino du rante el franquismo, ponen de manifiesto que sobre su aceptación de la violencia como método eficaz de acción polí tica, sobre su conformidad con ese terrible empujón tenido incluso por necesario, n o sólo influ y ó la repre sión p ropia de la d ictadura entonces exist ente. También lo hizo la infor mación que re cibieron sobre ca mpañas insurrecc iónales desarr olladas, con resultados aparentemente satisfactorios, en dist intos países árabes o latinoamericanos durante los años cincuenta y s esenta. M ás incluso de lo que pudo haber influido el marxismo como doctrina de la violencia, pese a que algunos rudimentos de dicha ideología política eran combinados, sobre tod o en los inicios de la or ganización terrorista, con el nacionalismo predominante dentro de ella. Aunque, como es obvio, aquellas campañas s e d esarrollaban en realidade s socioeconóm icas o culturales muy diferentes a la propia y no siempre manifestaban conflictos de carácter nacionalista, fue ron percibidas como referencias oportunas, en la medida en que proporcionaban mod elos reconocibles y eventualmente emulables de oposición arma da a un orden establecido” 126 . 126 Fer nando Rei nares, Patriotas de la muerte. Qu iénes h an militad o en ETA y por qu é , T aurus, Madrid, 20 01, pp . 88 -89. En este libro se a naliza las carac terísticas soci ales de los militantes d e ET A, así co mo sus moti vaciones. La mayoría de los i ndividuos que han entrado e n ET A se car acterizan por su juvent ud, por ser varones y en gran p ropo rción también guipuzcoano s. Ade más habían estado cer ca 116 Surgió con ello, toda una subcultura de la violencia que susten tó el uso de las armas entre los mi litantes de estas organizaciones y que tuvo como referente b ásico el convencimiento que el uso de la violencia ha bía funcionado en e scenarios foráne os y por lo tanto era v alido para el p ropio; de esta manera, se revolvían las disputas políti cas por ese medio violento y se conseg uía altera r d e esta manera las relaciones de poder en la sociedad. E sta “internacionalización” de las luch as locales, permitió a las organizaciones dar se le gitimidad, crear l a ilusión de las posibilidades de victoria entre sus militantes y justificar at rocidades con el argumento que en otro s contextos también fueron necesarios ciertos “sacrificios”. En el proceso de formación de estas orga nizaciones armadas, todas buscadon modelos foráneos de violencia colectiva que se constituy eron en refer entes-legitimadores de su propia violencia. Las organizaciones se encargaron de socializar estos modelos fo ráneos entre sus militantes y estos a su vez interioriza ro n estas experiencias, lo que les permitió dar mayor “legitimidad” al uso de la violencia armada. Un antiguo mili tante de ETA percibía la revol ución en Argel de la siguiente manera: “En aquella época teníamos muy en ment e la r evolución argelina. S í, la teníamos muy en cuenta. Hab ían echado al invasor francés y... n os mirábamos mucho en aquello. No como sociedad en el aspecto de que, bu eno, p ues er an musulm anes o eso, pero sí en cuanto a expulsar al enemig o y quedarte aquí”. Este testimonio se puede completar con el de otro militante de ETA que hacía esta r eflexión sobre la relación entre el contexto internacional y la lucha armada: “ Lo que está c laro es que nin gún país del mundo ha de círculos d e sociabilidad del nacionalismo vasco, del cual sustrajer on unos rudimentos d e su filosofía política, la cual articularo n con unos va gos cono cimientos de marxismo. Tam b ién esto s militantes hace n par te d e una cultura q ue valo ra lo s rasgos m asculinos co m o la fuerza y la l ucha, lo cual se tr asladó al ca mpo de la po lítica con el conve ncimiento de que la l ucha ar mada era útil para obtener propósitos p olíticos como la independ encia de Euskadi. El libr o se construy ó co n d ocumentos judiciales de más d e seiscientos militantes de la orga nización, así co mo con más de cuarenta entrevistas a etarras acti vos o q ue dejaron la o rganización. 117 conseguido la independe ncia, nin gún p aís del mu ndo ha llegado a ser independiente sin muertos y ... sin violencia. No te van a dar así, por la cara. Está cla ro que había que luchar pa ra ello. (...) A la lucha armada ll egas porque por otros medios no puedes... no te da n. O sea, todo es un proceso de... el que pega , manda...” 127 . De bemos resaltar entonces en esta investi gación el peso de estos referentes, el papel que algunas experiencias re volucionarias tuvieron en el surgimiento de otras organizaciones y posteriormente en su expansión y consolidación a partir del intento de re plicar estr ategias, tácticas, etc . La fu erza de e stos refe rentes revolucionarios estaba acorde con la tr adición internacionalista de la izquierda en esa época y la consecue ncia d e los famosos alineamientos internacion ales: maoístas, castristas, trotskistas, etc. En palabras de Maur icio Archila: “A lo largo de los años estudiados resalta el p eso de las experiencias revolucionarias en la gestación de las orga nizaciones de izquierda y en las no pocas divisiones que sufrier on. Esto era una consecuencia de la tradición internacionalista que las nutrió desde su cuna. Si algunas de ellas, como el F rente Unido, Firmes o la URS, no se alinearon interna cionalmente , las experiencias revolucionarias concretas de otros países (principalmente la Unión Soviética, China, Albania, Cuba y Nicaragua) las impregnaron tan hondamente, que buscaron reproducirlas en nuestro medio aunque la realida d les impusiera ciertos acondici onamientos” 128 . 127 Ibídem., pp. 90 - 91. 128 Mauricio Archila Neira, Ida s y venidas, vueltas y revueltas. Protestas socia les en Colo mbia, 1958 - 1990 , ICANH-CINEP, Bogotá, 2003, p. 298. Este libro se co nvierte e n ref erente básico para la aproxi m ación al estudio del pap el de los movimientos so ciales en la se gunda mitad del siglo XX e n Colo m bia. Archila pro pone un ac erca miento histórico al tema, in tentando ro mper con los planteamiento s ese ncialistas q ue dan por hec ho la e xistencia d e éstos y d e las cla ses que lo s s ustentan. Frente a este plantea miento, Arc hila muestra co m o fu e el p roceso de construcción d e estos acto res sociales y sus iden tidades, y destaca como fre nte al cont rol bip artidista de los movimientos sociale s antes de 194 8, la segunda m itad del siglo se caracterizó por la ruptura co n el modelo bipar tidista de poder en la socied ad. Esta emancip ación de los m o vimientos sociale s lo s co nvirtió en s ujetos de disputa e ntre el Estado y los partidos p olíticos p or un lad o, y los actores armado s ilegal es por otro. Con una b uena su stentación t eórica, el autor abor da la explicación histórica de las pr otestas sociales 118 En el caso de ETA, la ne cesidad de buscar fórmulas que validen su lucha y la ha ga efectiva contra la d ictadura militar del franquismo, ll evó a la organización a seguir con mucho interés los acontecimientos y las experiencias en el resto de Europa y en el Tercer Mundo. En especial, la r evoluci ón cubana y argelina, a sí como el resurgimiento de los movimientos nacionalistas europeos, in yectaron nueva vitalidad a los jóvenes nacionalistas radicales de fin ales de la década del cincuenta y comienz os de los sesent a: “Sus diri gentes conocen de sde el primer momento las obras escritas por algunos de los principales lí deres de los movimientos de resistencia de los país es tercermundistas, tales como La Révolte d´Israel , de Menaghen Be gin, o Tunez , de H abib Burguiba, y, asimismo, traban conocimi ento del movimiento etnicista y federalista que e n Europa, y particularmente en Francia, propugnan Gu y Héraud, Yann Fouéré, Alex andre Marc y otros” 129 . En ETA tuvo un destacado papel el estudio de experiencias como el movimiento Irgum israelí o el FLN argelino, la guerra antiimperialista vietnamita,... Estas ex periencias revolucionarias fueron canalizadas a tra vés de l pe nsamiento de personajes como Krutwig, que se encargaron de asimilar el c aso vasco a las gue rras de l iberación nacional, tan en bo ga en ese momento histórico. S i bien la comparación de contextos tan disímiles como el industrializado País Vasc o y los países pobre s de l Tercer Mundo, pudiese parecer disparatada p ara un observador externo; desde e l discurso etarra se justificó esta operac ión “mágica” porque les permitió pro poner los esquemas y modelos de lucha del FLN argelino, d el Che o de Mao, a la rea lidad local de Euskadi. Desde los pr imeros números del ó rgano oficial de E TA, la revist a Zutik , en la segunda mitad del siglo XX en Colom bia, par a ello utiliza una amplia base de datos que le permiten sustentar sus conclus iones y la refle xión académica en dato s empíricos. 129 Gurutz Jáure gui Bereciartu, Id eolog ía y estrategia po lítica de ETA, óp. cit., p. 199. 119 se insistió re iteradamente en comparar la s ituación vasca con la de otros movimientos de liberación de países del Tercer Mundo, par a justificar la convenienc ia de practicar la violencia armada en la sociedad vasca: “El caso de Euskadi es sim ilar al de Argelia o al de An gola. Sojuzgados por España, no podemos confiar en q ue ni Fra nco, ni la Monarquía o la República española estén dispuestos a otorga rnos la independenc ia que exigimos. España obtiene demasiadas ventajas ec onómicas de Euskadi como para que pod amos creer que vendrá el dí a en que se resi gne a perder su <<colonia >>, si nosotros no esta mos dispuestos a conquistar nuestro derecho por la f uerza. Partiendo de esta premis a es evidente que el camino que hemos de seguir es similar a l de los argelinos o los angoleñ os” 130 . Esta aproxim ación, identificación y post eriormente comparación con es as guerra s anticoloniales, o bligó a fundamentar un discurso eminentemente nacional - tercermundista, que identificó a Euskadi como una c olonia y a Madrid o España como su metrópoli, todo ello inundado de cierta simplicidad mu y des ligada de análisis certeros d e la compleja re alidad vas ca del momento . L o c ual planteó la necesidad de que la sol ución al “problema vasco” debía pasar por la expulsi ón del colonizador y su cultura imperial ista, y ésta sólo s e podía llevar a cabo a tr avés de la violencia, como demostraban las experiencias de otros países. Como plantea Gurutz Jáuregui: 130 José Mari Gar m endia, Hi stor ia de ETA , vol. I, Haranb uru edito r, San Seb astián, 1 983, pp. 9 7 -98. El autor analiza la evolución ideo lógica y de las prác ticas p olíticas de ET A a partir de los textos de esta organizació n, y e n e special tiene e n c uenta alg unos ejes ce ntrales de su evoluc ión: la r elación nacionalismo y so cialis m o, la discu sión sobre la lucha ar mad a y la participac ión p olítica , la relación con los movimientos sociales, etc. Este texto fue u no los primeros intentos por realizar una historia de la organización terror ista. 120 “El proceso de aproximación a las tesis anticolonialistas resulta realmente sencillo y line al. S e ini cia con una inmediata corriente de simpatía hacia los países terc ermundistas, simpatía que no tarda en convertirse en proceso d e identificación d e la situación objetiva de esos pueblos colonizados y Euskadi. Tal identificación no hace referenc ia tanto a la realidad objetiva interna (social, ec onómica, política) de cada pueblo, sino a la relación de ocupación, opr esión o dependencia que los mismos sufren por parte de las potencias colonizadoras. De esta identific ación de situaciones se deriva in mediatamente una identificación de mé todos de lucha. Argelia, Vietnam, etc., son países ocupados por potencias ex trajeras. Euskadi , también. Argelia, Vietnam, etc., han iniciado una guerra de l iberación nacional. Euskadi debe, asimismo, ini ciar su guerra de liberación naciona l. El análisis g ira, e n consecuencia, en torno a este eje e lemental y un tanto sim ple de < <situación objetiva de ocupación/respuesta a esa ocupación>>. Para ETA, Euskadi es un país ocup ado; tal afirmación no presenta duda alguna. Si, para llevar a cabo su liberación nacional, otros p aíses ocupa dos utili zan la guerra re volucionaria como método adec uado, ¿por qué ETA no? Se produce de esta f orma un <<espejismo colonialista>>” 131 . Se rea lizó de esta manera un a superposición de sit uaciones que llevó también a la comparación de E TA con el F rente de Liberación argelino o vietnamita, como si esta organización armada vas ca fuese un verdadero ejército de li beración. Y es que en estas organizaciones pesó mucho m ás el voluntarismo que el aná lisis de la realidad. Así aunque la idea de que Euskadi era una colonia, sólo perma neció 131 Gurutz Jáure gui, “ET A: o r ígenes y evol ución ideo lógica y política”, en Antonio Elo rza (Coord. ), La historia d e ETA , Ed. T em as de Ho y , Madr id, 20 00, p. 246. El autor en este te xto parte d e la tesis de que ET A es el resultado de d os factor es ínti mamente u nidos: el nacionalis mo sabinia no co n la id ea de Euskadi co mo país ocupad o y el franquismo q ue hace efecti va esta idea. Por lo tanto, Jáuregui r astrea los fundamentos ideo lógicos del nacionalis mo vasco histó rico así como el co ntexto po lítico de surgimiento de ET A. 121 oficialmente en el discurso etarra hasta 1968 (con la aparición del texto del dirigente José L uís Zalbide, bajo el seudónimo de K. De Z umbeltz, titulado Hacia una estrategia revolucionari a vasca ), la concepción que sustentó esta idea estuvo implícitamente a lo largo de la mayoría de la exist encia de ETA. Fue tal el peso de esta visión de la realidad vasca, que se convirtió en una de sus principales líneas estratégicas: la vía ter cermundista. L as b ases ideológicas de esta estrategia armada basada en las ex periencias de países del Tercer Mundo fueron condensa das en el libro de Federico Krutwig, Vas conia , donde s e pr etendía adecuar las experiencias de los movi mientos de liberac ión ter cermundista a la realidad de una so ciedad vasca industrializada, buscando renovar la teoría del naci onalismo vasco tradicional con los aportes ideológicos contemporáneos que ofrecía el marxismo. El texto defendía la idea de que Euskadi era un territorio más oprimido que la s colonias someti das al imperialismo europeo y , por lo tanto, la úni ca vía para la independencia del país pasaba por la guerra d e liberación nacional – como había sucedido en los casos con los que se comparaban -, que comenzase con fo cos guerrilleros que per miti eran cr ear las condiciones para la lucha de masas y la toma del poder. Para Krutwi g el proceso que se d ebía imitar era similar al se guido en Argelia. Par a ETA: “La lu cha revolucionaria del pueblo argelino por la liberaci ón nacional muestra claramente que la destrucción del apa rato de l Estado francés en Argelia no se logró mediante la destrucción de sus fuerzas armadas. L a situación políti ca que se había creado en Francia como consecuencia del proceso revol ucionario argelino fue el aspecto principal de la derrota” 132 . Este autor ofreció el soporte teórico e ideológico, para el acerca miento de la or ganiz ación a la vía violenta y la lucha armada. El uso de la violencia armada se convertió en único método o camino para conse guir la liberación de Euskadi, como supuestamente demostraba la historia de Euskadi y la experi encia 132 ET A, Hacia una estrategia revolucionaria vasca , Hend ay a, Editions Hord ago, 197 6, p. 193. 128 armada o por lo menos l a búsqueda de ese c amino para r esponder a la violencia que implantaba y desataba la oligarquía de nuestro país ” 139 . Además, las relaciones entre grupos insur gentes de todo el mundo, pone sobre la mesa las im plicaciones geopolíti cas y estraté gica s de estos contactos. Sobre todo, la posible polémica sobre la existencia de “tram as internacionales de terrorismo” o la existencia de unos “Estados terror istas” que apoy a ro n financieramente a estas orga nizaciones armadas . Si bien esta polémica ha sido utilizada habitualmente como “arma propa gandístico - política arrojadiza”, el hecho fue que estas r elaciones exist ieron y se conocen algunas a pesar del marcad o carácter clandestino que tuvieron. Aunque ello no significa que detrás había un único estado, la URSS, como dura nte a ños se de nunciaron EE.UU. y sus aliados. Además la sobredimensión de e ste fa ctor imposibilita un acercamiento a decuado al tema, e invisibiliza factores determinantes como la sit uación interna de los países. Muchos gobier nos diri gieron la atención unidireccionalmente al apoyo internacional de las organizaciones armadas d e sus países para d esacreditarla s y no r econocer los elementos internos que podía n expli car el surgimiento y consolidación de estos grupos insur gentes: represión, fa lta de democ r acia interna, etc. La polémic a continuará en el futuro en España, Colom bia o en el resto de países que co ntaron con grupos insur gentes, porq ue los intereses políticos por medio son muchos. El debate tuvo un momento álgido en la década d e los ochenta y vuelve a estar a l a orden de día en la actualidad, a partir de la lucha de EE.UU. contra el “Terrorismo Internacional”. Sobre el tema y p ara la época del surgimiento de ETA y el E L N, es interesante observa r las ex plicaciones de Flore nci o Domínguez sobre como: 139 Fabiola Calvo Oca mpo, Colo mbia: EP L, una historia armada , óp. cit. , p. 33. 129 “Un li bro de la pe riodista norteamericana Claire Sterling 140 alentó una polémica sub y acente y la elevó a c uestión de política internacional al desarroll ar una teorí a según la cu al, desde 1964, los soviéticos estaban promoviendo la actividad de los grupos terroristas por todo el mundo, primero con la a y uda de los cubanos y después con la de otros países afines como Argelia, Libia, Corea, Yem en, Bulgaria, etc. El ter rorismo, desde este punto de vista, constituía una modalidad de la Guerra Fría, una forma de enfrentamiento indirecto para desgastar a los sistemas occidentales. Un ma gnicidio frustrado, el del Papa Juan Pa blo I I, con roc ambolescas im plicaciones internacionale s, acrecentó el nivel de la polémica sobre las responsabilidades de la URSS en las tramas terroristas” 141 . Estas teorías conspirativas son mu y difíciles de demostrar y pa rece que l a actualidad en el mundo, nos muestra que el fenómeno terrorista o de grupos insurge nte, estaba más allá de la divi sión bipol ar de la Guerra Fría. L o que sí han existido son contactos directos con al gunos est ados o entre las organizaciones para intercambiar experiencias, armas, métodos, dinero, formación, etc. En el caso del ELN es bien conocido el apo yo inicial de C uba al grupo, desd e el mismo hecho de que su embrión, la Brigada Proliberación J osé Antonio Galán, surgió e n la isla. En ETA la relación es m ás indirecta, aunque no por ello menos importante. ETA ha tenido a lo largo d e su hist oria contacto con div ersos gobiernos qu e le ha n apo ya do en determinados momen tos, por ejemplo a través de sus campos de adies tramiento: Argelia, Cuba, L íbano, Nicaragua, Yemen del Sur, etc. Estos lugare s, además de campos de entrenamiento, sirvieron a ETA de refugio para sus cu adros y mi litantes, así como para que l a or ganización entrase en contacto con otros grupos insurgentes. 140 Claire Sterling, Le Reseau de la terreur. En quête sur le terrorisme internationa l , J. C. Lattès, Par ís, 1981. 141 Florencio Do mínguez, E TA: estrategia organ izativa y actuacio nes. 1978 -1992 , óp. cit., p. 1 13. 130 Fue lo que su cedió con Argelia, en este país ma grebí ETA puedo entrar en contacto con militantes de organizaciones armadas de muc hos países, entre ellos de Colombia, fue el caso del M-19 en la década de los ochenta. Se puede destacar como en 1972, ETA firma ba comunicados de solidaridad conju ntamente con organizaciones como el IRA, el Frente de Liberación de Bretaña, y los frentes de liberación de Québec, Eritrea, P alestina, Bangla Desh, Djibut i 142 , etc. Pero los contactos más cercanos lo s ha mantenido la orga nización radical vasca, con grupos e uropeos: “La postura ofici al de ETA en este periodo es negar la existencia de <<contacto s orgánicos>> con cu alquier grupo. (...), los repre sentantes de ETA se refieren a or ganizaciones izquierdistas como la Fracción del Ejército Rojo (RAF ) o las Briga das R ojas asegura ndo que con estos g rupos <<ha y un punto de confluencia ideológica>> en la medida que buscan l a revolución en sus propios países. Con el I RA, la OL P o los grupos de América C entral se admite una confluencia <<tanto ideoló gica com o política en c uanto que son movimi entos de liberación nacion al>>. Sin embargo, ni en un c aso ni en otro se admite la ex istencia de <<contactos orgánicos>>. Pese a las declaraciones oficiales, con las Brigadas Rojas, ETA habría mantenido contactos en los años 1975 o 1976 , según se desprende de las m anifestaciones d e un mie mbro del Aparato Internacional de ETA en el periodo anter ior a l a amnistía de 1977, que habría intervenido d irectamente en los mismos . En ese mismo periodo se establecen contactos con los Tupamaros, el M I R chileno y otros grupos arge ntinos y bolivianos” 143 . La presencia de e tarras ha sido significativa históricamente en América La tina, sobre todo en Méx ico y V enezuela, aunq ue hubo presencia etarra en Cuba, 142 Ibídem., p. 1 16. 143 Ibídem., pp. 116- 117. 131 Nicarag ua, El Salvador, Panamá, Urugua y y Repúbli c a Dominicana; si bien los casos más destacados de conta ctos con otras organizaciones armadas, tal vez fuero n con el MIR chileno y con los sandinistas nica ragüenses. Militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) tr abajaron en distintos momento s como milicianos a sueldo de ETA. La acción más destacada d e la col aboración entre ETA y el M I R, fue el secuestro del empresario Emi liano Revilla en 1988. Esta vinculación se conoció a partir de la documentación incautada por la poli cía en la operación S o k oa, donde aparecier on los correspondientes pagos a los “chilenos” y l as tensiones en tre las dos organizaciones por la forma de repartir el botín. Claro que la relación más “llamativa” que h a mant enido ETA con grupos latinoamericanos, ha podido ser con los sandinistas en Nicaragua. Y la “llamarada” que demostró esta vincula ción, fue la explosión en 1992 en Manag ua del arsenal de S anta Rosa 144 . Este polvorín pertenecí a a las Fu erzas Populares de Liberación de El Salvador, y era custodiado por mi litantes de ETA. El gobierno de Violeta C hamorro expulsó por este c aso a tres activist as de la organización: Larreátegui, Etxaniz y Francisco Javier Azpiaz u; aunque e l principal responsable, Eusebio Arzalluz Tapia logró es capar a Cuba. Este mili tante unos años más tarde fue el responsable del aparato logístico de ETA en Francia. Todo hab rí a comenzado unos años antes (1978-1979), cu ando los sandinistas se toma ro n el poder en Nicaragua y ET A entró en contacto con el Frente S andinis ta y el nuevo gobierno, en ese mom ento, fu e J avier María L arreátegui, Atxulo el “embajador” de la organización, quien pidió ayuda y a cambio ofreció su colaboración. Ac tivistas de primera línea de ETA se desplazaron a Nicaragua, muchos de ellos entraron a trabajar p ara los servicios secretos, en lo que se conoció como el Directorio V, lugar 144 Florencio Do mínguez, Den tro de ETA. La vida diaria de los terroristas , Aguilar, Ma drid, 2002, p p. 130 -131 y 136 -139 . Este libro indaga po r las subj etividades de los m ilitantes de ET A, el a utor a partir de do cumentos internos de E T A, como reclamos a la dire cción, cartas ínt imas inter venidas por la policía, etc., reconstruye algunos aspectos del imaginario de lo s etar ras, su s d eseos, mie dos, a mores, sus sentimiento s, sus prob lemas cotidianos de relac ión con o tr os compañeros, etc. 132 de “trabajo” donde ad emás de sandinistas, participaron eta rras y miembros del M I R chileno; todo ello bajo la asesoría de los cubanos. L as tareas de esta doce na de militantes etarra s consistieron en labore s de espionaje, ocultación de armas, explosivos, formación de militantes de otras organizaciones centro y sur american as, sobre todo de El Salvador. También se les responsabiliz ó del atentado contra Edén Pastora, el comandante Cero . Con este tipo de “tra bajill os ” los etarras completaro n el sueldo que recibían ca da mes de la orga nización etarra. Evidentemente este no es un cuadro completo de las relaciones de ETA con otros gobiernos y organiz aciones armada s, sól o se pretende mostrar con estos ejemplos, la realidad de unos contactos entre gru pos insurgentes de todo el mundo y las posibles funciones que cumplieron estas relaciones. Las cuales deben ser mu y importantes porque las org anizaciones gastan mucho esfuerzo en conseguirlas. 133 2.8. RUPTUR A CHINO-SO VIÉTICA Y NA CI MIENTO DE L A NU EVA IZ QUIERDA: LA IZQUIER DA ENFERMA DE INFANTILISMO Otros factores internacionales decisivos en el surgimiento de organizaciones insur gentes en los años ses enta f ueron: la divi sión de la izquierda internacional debida al choque de las concepciones china y soviética sobr e la lucha socialista; y l a fr agmentación de los Partidos Comunistas y el consiguiente surgimiento de la “Nue va I z quierda”. Esta división internacional del comunismo a partir de los d ebates ch ino- soviético y en menor medida el deba te ch ino-albanés, sobre las formas d e conducción d e la revolución, así como el ejemplo de los movimientos gue rrilleros en América La tina y otros países del Te rcer Mundo, llevó al enfrentamiento de los sectores d e la izquierda en la ma y oría d e los países. Las discusiones discu rrieron en torno a la vía y las formas que había que utiliz ar para conseguir la revolución, en especial sobre la conveniencia del uso de l a violencia revolucionaria. Estas discusiones terminaron en la extrema divi sión en grupúsculos de la mayoría d e la izquierda radical, y en la aparición de “familias” u organizaciones con in finidad de siglas, qu e intenta ro n marcar diferencias con otros grupos mu y sim ilares ideológicamente, a partir de posicionamientos ante las divisiones in ternacionales de 134 la iz quierda: comunistas prosoviéticos, marx istas -leninistas, trotsqui stas, guevaristas, maoístas, tercermundistas, anarc omarxist as, etc. Carlos Medina plantea que: “U na pr ofunda escisión comenzó a producirse e ntre las distintas fuerzas de izquierda a raíz del conflicto chino -soviético: los comunistas chinos al combatir a los partidos comunistas tradicionales influenciados por la órbita soviética, alimentaron y estimularon a un crec ido número de revolucionarios a avanzar en su lucha ideológi ca contra los métodos y las plataformas de los partidos comunistas, llegá ndose a producir como en el caso colombiano fraccionamientos importantes que dieron origen a un nuevo p artido: el PCC (ML) de orientación prochina. En nuestro país organizaciones como el M OEC y las Juventudes del MR L, recibieron la influencia de las tesis chinas. Durante la década del sesenta y comienzos de la siguiente, la influencia de la Revol ución Cubana y su s olidaridad con los movimientos de libera ción nacional especialmente de A mérica La tina, así como las tesis políticas de los comunistas chinos, a pesar de representar enfoques diferentes d e la lucha políti ca por el poder, animaron a muchos se ctores revolucionarios a impulsar la lucha popular, buscar nu evos métodos y form as de tr abajo y, estructurar núcleos guerrilleros que en la ciudad y en el campo desarrollaron la lucha armada ( en los enfoques insurreccional o de guerra popular prolongada) como el ca mino principal para l a toma del poder” 145 . Con todo ello, hubo una ruptura con l as formas organizativas tradicionales de la iz quierda, sobre todo se rompió con la he gemonía de los partidos comuni stas y surgió un a heterogeneidad de or ganizaciones q ue disputaron con estos partidos el intento de transformar radicalmente la sociedad. La emergencia en los primeros años sesenta de lo que se con oció como “nueva izquierda”, “iz quierda r evolucionaria” o 145 Carlos Medina Gallego, Elementos pa ra una historia de las ideas políticas del Ejército d e Liberación Naciona l , óp. cit., p. 65. 135 “izquierda radical” en la ma y oría de los países , enlazó también a pe sar de su diversidad ideoló gica , con un cambio generacional y con un enfren tamiento directo contra el representante h istórico de la izquierda, el Partido Comunist a de cada p aís, porque se le vio in capaz de impulsar la revolución. Fre nte a la post ura tradicional de los partidos comunistas, se rechazó cualquier forma de compromiso político que no supusiera un cambio radical de las estructuras de la socieda d. L as guerras de descolonización en Asia, África y los movimientos guerrilleros de Améri ca Latina, se interpretaron como síntomas o expresiones de un fenómeno planetario de liberación nacional y social. La s experiencias revolucionarias de muchos países del Tercer Mundo reactiva ro n la discusión sobre la po sibilidad de realizar en c ada país la “lucha armada revolucio naria”. Por eso, otra d e las características d e e sta “nueva izquier da” fue la asunción de los medios viole ntos como una opción clar a para conseguir los objetivos de la r evolución, en contr a de las posturas mod eradas de los partidos comunistas ortodox os. Este fue un factor decisivo p ara el sur gimiento de los grupos armados: ELN y ETA. Como plantea Lorenzo Castro: “Para un sector reducido de la izquierda revolucionaria , constelación de grupúsculos de vida efímera en su ma y or parte, el recur so a la violenci a no deberá posponerse a la espera de una determinada conjun ción de “condiciones subjetiv as y objetivas”, ni restring irse a unos co yunturales objetivos “a gitativos”, sino que su empleo, el ejerc icio de la “lucha armada”, es el elemento central en la creación d e es as con diciones. Para ellos, la violencia armada es “una necesi dad práctica del momento histórico en que vivimos, una necesidad impostergable. No podemos ni debemos pasarnos meses y años discutiendo estérilmente sobre la ne cesidad de la lucha armada porque estaríamos falsificando (como nuestros revisionist as disfrazados de revolucionarios) la realidad objetiva: la lucha armada es la única forma de acabar con la contrarrevolución armada 136 encarnada por el ejército fascista” . Un voluntar ismo inversamente proporcional al poderío numérico de grupos limi tados a un ámbito loca l que raramente supe ran la decena de miembros” 146 . El recurso a la violen cia de est as organizaciones d e la nueva iz quierda r adical o re volucionaria, fue en la ma yor ía de los casos más un re curso discursivo que práctica política y el “t echo revolucionario” llegó en muchos casos a lanz ar en las manifestaciones al gunos cócteles mol otov o al i ntento de consegu ir algunas armas, vetustas ha bitualmente, que se convirtieron más e n objetos sim bólicos, que propiamente en recursos armados; y ciertamente sólo una mi noría de organizaciones y militantes dio el salto a las acciones armadas. A pesar de que en general sólo una minoría de estos grupos pasó a la luch a armada revolucionaria, esto último tuvo unas repercusiones sociales destaca das. Este “a ventur ismo ” o “vanguardismo armado” sitúo a estos g rupos marginales, en muchos casos en el centro del d ebate político, porque con sus acciones armadas (muchas de e llas, d e carácter terroristas) consiguieron una resonancia públi ca que les permitió multiplicar enormemente su limit ada capacidad políti ca o de movil ización de recursos, masas, etc . Para legitimar la acción armada, estos grupos de la iz quierda revolucionaria hicieron un u so parcial de la teoría de Mar x, así como plantea Hannah Arendt: “La fuente retórica marxista de la Nueva I z quierda coincide con el auge sost enido de la convicción entera mente no -marxista proclamada en el f amoso aforismo de Mao Tse - Tung: “El poder nace 146 Lorenzo Castro Moral, “La izq uierda radical y la te ntación de las ar mas”, en José Ma nuel Ro ca (ed.), E l proye cto ra dical. Auge y dec live de la izquierda revolucio naria en Españ a (1964 -1 992), Madrid, Ed. Los libros de la Catarata, 19 94, pp. 13 5 - 136. L orenzo Ca stro rastrea el “aventurismo ar m ado” de carácter generacional que vi vieron muchos j óvenes espa ñoles en lo s a ños 60 d entro d e la nueva izq uierda o izquierda revolucionaria. E stos si guieron el eje mplo d e lo s r evolucio narios del tercer m undo e intro dujero n en su disc urso y práctica p olítica, la luc ha armada r evolucionaria. Entre otras organizacio nes que di er on el salto a la luc ha ar mada y que el a utor analiza, e stán: Las F uerzas Armadas Revolucio narias ( FAR), Grupos de Resi stencia Antifascista Pr imero de Octubr e (GRAPO), Movimiento Ibér ico de Liberación (MIL), T erra Lliure, etc. 137 del fusil”. Ma rx estaba consciente, por supuesto, del papel qu e h abía desempeñado la violencia en la historia, pero ese papel le parecía secundario; no era la viol encia sino las contradicciones inherentes en la vieja sociedad la causa de su derrocamiento. La emergencia de una nueva sociedad estaba precedida, pero no causada, por la violencia; Marx la compar aba a lo s dolores del parto que preceden, pero no causan, e l nacimiento orgánico” 147 . Ej emplos de estos grupos que surgieron con una vocación de romper con la tradición “re formista” de los p artidos comunista s y que recurrieron al uso de la violencia, existen en la ma y oría de los países. P or cercanía hemos ele gido uno que aparece en 1971 entre lo s alumnos de la Universi dad de Zaragoza, fue un a pequeña formación llam ada “Colectivo Hoz y M artillo”, ideológicamente enmarcada en el marxismo-leninismo. L a historia de esta “o rganización” recuerda la novela de Mario Varga s L losa, Historia de Mayta 148 , que aunqu e en otro contexto muestra ese “infantilismo de izquierda” de l a época: las peleas por cualquier cuestión mínim a ideológica o es e “hechi zo de la contradicción”, una verdadera en fermedad de es a ultra-izquierda, que en lo s años sesenta y seten ta se empeñó en ser más radical o más revolucionaria que la organización de al lado. El Colectivo Hoz y Martillo 149 no pas ó de seis militantes, de lo s cuales tr es componían el Co mi té Central C oordinador y otros tres coordinaban las tres secretarías d el Colectivo: p olítica, propaganda y 147 Hannah Are ndt, Sob re la vio lencia , Ed. Jo aquín Mortiz, México , 1 970, p p. 15 - 16. E l pensamiento de Arendt e stá estre cha mente vinculado a su e xperiencia vital co n el nac ional -socialis mo, que la lle vó a intentar explicar p or qué hab ía sucedido esta barbarie y p or qué fracasó la políti ca y se impuso la violencia. E n esta cita, vemos la crítica profun da que hace Arendt a la asunción de la lucha armada como un principio básico d el marxismo. 148 Mar io Vargas Llosa, Hi storia de Mayta , Ed. Seix Barral, B ogotá, 19 84. El autor p eruano reconstruye m agistral mente el a mbiente de la época d e los grupúsc ulos de la izquier da rad ical latinoamericana, aunque se p uede hacer extensible a otros contextos, co mo el español. El pro tagonista Mayta con otros siete co mpañ eros decid en i mplantar un foc o revoluciona rio e n la sierra d e los Andes desde d onde tomarse el po der p olítico en P erú. La novela es una crítica a las fals as exp ectativas creadas por esos grupúsculos de jó venes voluntario sos, as í como a las divisione s de la izquierda del m o mento entre trots kistas, ma oístas, gue varistas, etc. 149 Lorenzo Castro, ó p. cit., p . 139. 144 Estas fuerzas de la izquierda re volucionaria surgieron esencialmente de sectores u rbanos r adicalizados, que partieron del hecho d e la exist encia de las condiciones “objetivas” para un a in mi nente situación insurreccional en el país. Lo que llevó a muchos de es tos grupúsculos polí ticos a aventurarse en la constitución de focos o grupos guerrilleros. J aime Zuluaga, refiriéndose a esta nueva iz quierda colombiana, plantea que: “Orga nizativamente se configura con se ctores radicales provenientes de los parti dos tradicionales, especialmente el li beral, y disidencias del Partido Comunista de Colombia. Generalmente adoptan la forma más f lexible de movimi ento que de partido. Su orige n so cial se encuentra predominantemente en sectores medios de la población: estudiantes, profesionales, empleados, intelectuales y, en menor medida, populares. I nicialmente su campo de acción es la ciudad pero lu ego migr an al campo cuando su opción es la lucha armada revolucionaria. La s organizaciones que optaron por la lucha armada desarrollaron un fuert e paralelismo con los movimientos y organizaciones sociales, en medio de una intens a agitación soci al y política, lo que hace más paradójico su aislamiento en relación con el movimiento popular. La iz quierda ha sta ese momento formalmen te unida se fracciona y mul tiplica: e n 1959 na ce el M ovimiento Obrero Estudiantil Campesino, MOEC, en 1961 las J uventudes del Movimiento R evolucion ario L ib eral, J MR L , en 1 962 el Frente Unido de Acción Revolucionaria, FUAR, y el P artido de la Revolución Socialista, PRS , en 1964 el Ejército de L ib eración Nacional, E LN, en 1965 el Partido Comunista Marxista-leninista, PCML . Estas organizaciones representan diferent es propuestas estratégicas, diferentes modelos de revolución. Pero para todas la revolución es viabl e, el triunfo es posible a corto plazo y, con la 145 excepción del FU AR, la violencia revolucionari a es el medio más seguro par alca nzarlo” 156 . Esta Nueva Izquierda se puso a la tarea d e transformar la so ciedad, est e programa revolucionario debía ser realizado por una pequeña “elite int electual” que como “nueva vanguardia re volucionaria armada ” , convenciese a l as masas de la necesidad d e realizar la revolución: “ La tarea de estos ´iluminados` de la izquierda revolucionaria era llevar esa ´luz revolucionaria` a las clases sociales opri midas (…) El mom ento para ll evar a cabo este fin es el a decuado porque exist e un movi miento de li berac ión social y nacional de nivel mundial, como lo demuestra n las revoluciones en países d e África y América Latina, las luchas contestatarias de los hippies, el Concilio Vati cano II , el rechazo a la intervención de EE.UU. en Vietnam, las revueltas estudiantiles, la primav era de Praga,...” 157 . Algunas de l as voces que se escucharon en el horiz onte revolucionario colombiano, a principios d e los años sesenta, fueron: ¡Todo depende de la volunt ad de los verdaderamente revolucionarios! ¡Entonc es, adelante , ni un paso a trás hasta la victoria! 156 Jaime Zuluaga, óp . cit., p . 397. 157 Roberto Sancho Larrañaga, Gu errilla y terrorismo en Colomb ia y Espa ña , óp. cit., pp. 78- 79. 146 2.9. FOQUISMO : LA VA NGUARDI A QUE CON SU FOCO IL UMINÓ LA RE VOLU CIÓN En general, en la may oría de los países de Latinoamérica, así como en medio planeta, surgieron en las década s d e l os sesenta y setenta, fo cos armados o guerrilleros, que pretendían tom arse el poder con las armas. Pero sólo en muy pocas ocasiones, esta multi tud de grupos armados que emergieron en este período , lograron consolidarse y plantear dificultades a los gobiern os. En su ma y oría, quedaron reducidos a grupúsculos, que fu eron anulados con cierta fa cilidad por los c uerpos de seguridad de los respectivos estados. Sobre la diversidad de contextos donde sur ge n, Eduardo Pizarro afir ma q ue: “Estos focos pueden s urgir en cir cunstancias hist óricas y escenarios nacionales e xtremadamente diversos. En países con sistemas democráticos (Francia) o con regímenes autoritarios (Brasil); en na ciones que viven una grave recesión económica ( Italia) o que s e hallan en pleno proceso d e expansión (Alemania); en países dependientes, b ajo ocupa ción extranjera o relativamente autónomos; finalmente, pueden emerger b ajo el im pacto de una experiencia internacional ejemplar izante (por ejemplo, la revolución cubana), o como resultado de un a crisis int erna de ide ntidad nacional cu yo orige n provenga de conflictos de índole rel igiosa, lingüística, regional o étnica” 158 . 158 Eduardo Pizarro Leongó mez, Insurgen cia sin revo lución , óp. cit., pp. 15 - 16. 147 Este hecho, de la diversidad de situacion es local-nacionales donde surgieron grupos insur gentes, para nosot ros tien e dos signifi cados fundamentales, y que venimos defe ndiend o como hipótesis de trabajo: a) Debemos superar las visiones simplistas que ex plica n la emergencia de grupos insur gentes s olamente por las condic iones “objetivas” d e los contextos nacionales: pobreza, repr esión, falta de democracia, etc. Expli cación que ha servido esencialmente para anali zar los procesos i nsur gentes en el Tercer Mundo . Debemos replantear esta entr ada al problema d e la violencia política armada p o rque se puede comprobar como estos grupos surgieron en una gran variedad de contextos locales, lo que lleva a plantear como la pobreza u otras situaciones pueden ser condiciones necesarias, pero nunca s uficientes para expli car la emergencia de est e tipo de acción colectiva a rmada. T al vez por ello , lo más adecuado en estas investi gaciones debería ser infe rir las condiciones más adecuadas p ara el sur gimiento y consolidación de estos grupos armados. En esta tesis defendemos la hipótesis de que estas condiciones nacionales o local es, si bien no fueron determinantes en el surgimiento, sí que lo fueron a la hora de la con solidación y de sarrollo d e estas experiencias insurgentes. b) A pesar de que s e constata la v ariedad de situaciones de estos contextos locales o nacionales, ha y un periodo h istórico marcado po r la emerg encia de estos movimientos armados en la ma y oría de los países. L o que nos im pulsa a relacionar este fenóm eno con el “ambiente” o co ntexto internacional; con el posible “efecto domi no” debido a experiencias ex itosas que sirviero n de “demostración” a otros grupos. Fu e lo que sucedió por ejemplo con el intento de implantación de focos revolucionarios e n muchos c ontextos donde no existía la mínima posibilidad de éxito. Defendemos la idea de que en mu chos países, entre ellos C olombia y Esp aña, hubieran sur gido focos a rmados, a pesar de las cir cunstancias internas que hubiesen 148 existido en las décadas de los sesenta y setenta. Pero estos focos insur gentes, sólo se pudieron desa rrollar y c onsolidar allí donde existieron unas condiciones adec uadas internas: falta de democracia, tradición de lucha, etc . En general, como nos r ecuerda Edua rdo Piz arro, se han d ado dos tipos de explicaciones para la aparición de estos grupos insurgentes: “Por una parte, quienes se opusieron de manera frontal a la guerrilla, privilegiaron en sus análisis los esquemas inst rumentales: los focos armados sur gieron, según esta visión, de una manipulación externa desde centros de poder internacional, a través de revolucionarios profesio nales. Por otra parte, quienes les brindaron su apoyo o su s impatía o, al menos, “justificaron” sociológicamente su emerg encia, colocaron el acento en ex plicaciones e structurales, tales como la situación de marginamiento y pob reza de una porción alta de l a población o la ausencia de esp acios de participación democr ática” 159 . Nosotros quere mos superar estas visiones maniqueas y analizar el proceso que llevó a una amalgama de sit uaciones estructurales inte rnas con factores e influencias ex ternas o in ternacionales. La “teor ía del foco” permitió a estos actores armados establecer el puente entre los factores i nternos y externos y tal vez nos de “pistas” para resolver esa e cuación. Se trató d e una teoría “común” que permitió establecer paralelismos entre situaciones, y que en América Latina a yudó a definir la región como u n a zona “ caliente” donde l as condiciones para la revolución estaban dadas desde hacía si glos y , por lo tanto, sólo falta ba la determinación de u n grupo y la concienc iación de las masas. Se partió de una supuesta evidencia: la crisis de legitimidad de los sist emas políticos y d e las oligarquías locales dist anciaban al pueblo de los gobier nos, por lo que restaba resolver la cuestión militar de apoyar a 159 Ibídem., pp. 17 - 18. 149 esas masas contr a las instituciones mi litares del Estado que mantenían ese sistema ilegítimo. Ya que si l as oligarquías no tenían le gitimidad políti ca, el argumento llevaba a sostener que ést as se apoy aban sólo en su capac idad de represión a través de los ejércitos nacionale s. Esto unido a la adopc ión acrítica de experiencia s revolucionarias como la cubana, ll evó a un a sobr e valoración de los factores armados en detrimento de las acciones políticas. Como recue rda, uno de los protagonistas de Historia de Mayta : “U na pequeña van guardia bien armada y equipad a, con apoyo urbano e ideas claras so bre la meta estrat égica y los pasos tácticos, podía ser el foco del que la revolución irradiaría hacia el resto del país, la y esca y el pedernal que d esatarían el in cendio revolucionario. ¿Acaso las condiciones objetivas no estaba n dadas desde tiempos inmemorables en un país con las contradicciones de clase del P erú ? Ese núcleo inicial, medi ante aud aces golpes de propaganda armada, iría creando las condiciones subjetivas pa ra que l os sectores obreros y campesinos se sumaran a la acción...” 160 . Los jóvenes revolucionarios de los sesenta y sete nta, constitu ye ron gracias a esta teoría foquista y su consiguiente estr ategia, un resurgir de la “utopía armada” en la izquierda latinoamericana . Esta teoría, con u n claro tono voluntarista, abogó por la inevitabilidad de la confrontación armada, dada la represión de las elites locales y la sit uación prerrevolucionaria d el continente. P or eso una vanguardia q ue aplicase bien la estrategia del foco insurreccional podría ser el detonante del éxito revolucionario. Esta concepción puso su énf asis en el fo co rural, y bus có que éste se convirtiera en catalizado r del descontento d e las masas; así a partir de este pequeño núcleo inicial rural y a rmado se preparar ía la insurrección general. Por lo ta nto, todas 160 Mario Var gas Llosa, óp. cit., p. 96 . 150 las fuerzas iniciales de e stos revolucionarios se c oncentra ro n en este pequeño grupo armado y en la sobre valorac ión del factor militar. Se gún Ca rlos Medina, varias fueron las ens eñanzas sobre estos focos que l a revolución cubana transmit ió al resto de los procesos revolucionarios latinoamericanos: “· Primera, que una fuerza político -militar relativamente pequeña, respaldada efecti vamente por las masas, podría derrotar un ejército regular , equipad o y e ntrenado por los Estados Unidos. · Segunda , que no bastaba llamarse a sí mismo P artido Comunista para ser realmente vanguardia de las clases populares, sino, que una orga niz ación revolucionaria que int erpretar a, correctamente el momento histórico y se lanzara a la lucha con una táctica y un a estr ategia polí tico-mili tar convenientemente empleada, podría colocarse al f rente del pueblo y conducir el p roceso revolucionario. · Tercera, que no siempre era necesario que se dieran tod as las condiciones objetivas q ue hiciera n posible la victoria, sino que la misma dinámica de la lucha las iba madurando. Estas tres enseñanzas en gran medida contenían el fundamento que ex plicaría las actitudes y comportamiento s que, bien o mal, caracter izaron el movimiento revolucionario de la época: la primera se prestaba pa ra que en el desarrollo de la concepción d el foco guerrillero, dad as las particulares condiciones d e la lucha, afloraron las posiciones militaristas; la se gunda, contenía el ge rmen del vang uardismo revolucionario que distanció durante décadas los distintos grupos de iz quierda; y l a tercera, generó una lectura su bjetiva de las rea lidades nacionales, que se acomodaba más a las condiciones y necesidades de las organiz aciones, que a la realidad...” 161 . 161 Carlos Medina Gallego, Elementos pa ra una historia de las ideas políticas del Ejército d e Liberación Naciona l , óp. cit., pp. 62 - 63. 151 Este ex cesivo voluntaris mo polí tico ll evó a estos militantes a ex acerbar las posibilidades de éxito de sus organizaciones, sup editando la orientación po lítica a las directrices de la luch a armada de estos focos ru rales. La orientación política quedó supeditada al accionar mi litar del embrión rural, ve rda dero fundamento d el foquismo o de lo que muchos g rupos después d e un a autocr ítica d efinieron como desviación foquista. El c orolario de este supuesto básico del foquismo, fue que en Améric a La tina la clase con may or potencial revolucio nario era el c ampesinado; a la sobredimensión de este e lemento, se le denominó desviación campesinista. Con estos aspectos, hubo en muchos casos un de sprecio c asi total a esas masas que se dec ía defender, como confirma Caraballo, máximo dirigente del PC (m - l): “Otro asunto era el menosprecio de la lu cha de masas, sobre tod o en cu anto a la prác ti ca. A ve ces manifestado en tratar de suplantar la importancia de la lucha popular por la nueva decisión de grupos escogidos, sele ctos o semihéroes, a islados del movimiento de masas; luego, la de ficiente comprensión del p apel de la clase obrera com o dirig ent e del proceso. (Cuando hablo de semihéroes me e stoy refiriendo a la infl uencia del foquismo en Colombia)” 162 . Los principios donde se sustentó esta concepción foquista o teoría d el foco, lo s extrajo Er nesto “Che” Guevara de l a experiencia revolucionaria cubana. Esta teoría del foco fue difundida posteriormente por Regis Debra y 163 , alentando la impaciencia de muchos revolucionarios en todo el mundo e influ yendo en todo el activismo de inspiración tercermundista, en nuestro caso, tanto en el E LN como ETA. Por lo tanto, el foco insurrecc ional fue el elemento que caracterizó el 162 Fabiola Calvo Oca mpo, Colo mbia: EP L, una historia armada , óp. cit. , p.39. 163 Régis Deb ra y se co nvirtió en uno de los pr imeros teórico s d el ca strismo co n su te xto El c astrismo: la larga march a de América La tina , y de la lucha ar mada en la izq uierda latinoa merica na co n s u te xto ¿Revolu ción en la Revolu ción? (196 6), do nde sintetizó el principio de E ngels de que “la violencia es la partera d e la historia” y lo presentó co mo ep ife nómeno legiti mador de la teor ía del “f oco”, d onde una vanguardia revoluc ionaria y vo l untarista se co nvertiría en motor de la rebelió n. Esta teoría se volvió verdadera guía práctica para la ac ción de muchos revolucionarios d e la épo ca. 152 surgimiento d e la ma yoría de las or ganizaciones a rmadas so cialistas en la década de los sese nta. En los “Principios g enerales d e la lucha guerrillera”, E rnesto “Che” Guevara afir ma: “Cons ideramos que tres aporta ciones fundamentales hiz o la revolución cubana a la m ecánica de los movimientos revolucionarios en América Latina, son ellas: 1º L as fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército; 2º No siempre hay que esperar a que s e den todas las condiciones para la revolución; 3º En la América Subdesarrollada el terreno de la lucha armada debe se r fundamentalmente el campo. De estas tres aportaciones, las dos primeras luchan contra la actitud quietista de revolucionarios o pseudo revolucionarios que se refugian, y refugian en su inactividad, en el pretexto de que contra el ejército profesional nada se puede hacer, y algunos otros q ue se sientan a esperar a que, en una forma mecánica, se den todas las condiciones objeti vas y subjetiv as necesarias, sin pre ocuparse de acelerarlas” 164 . Estas enseñanzas que s ali eron de un a inadecu ada lectura de la revolución cubana, tuvi eron un impacto trascendental en una juventud impaciente liga da a la iz quierda radical latinoamericana, y logró reactivar el optimismo guerrillero, de larga tradición en América Latina: revolución mex icana, guerras de Independencia, etc. El énfasis en la or ganización popular de Mao fue despreciado, y dada la lectura de la situación prerrevolucionaria de Latinoamér ica que se realizaba, el paso sig uiente dentro de esta ló gica era la puesta en m archa de e se “pequeño mot or” que encendiese 164 Ernesto Guevara, “La guerr a de guerrillas”, en Obras, 1957 -1967 , L a Habana, Casa de las Américas, to mo I, 197 7, p. 31. Gue vara prop uso co n este te xto una especie d e manual pa ra la acció n, donde detalla las característ icas principales que tiene q ue po seer un ej ército guerrillero. Plantea las líneas de una e strategia g uerrillera q ue per mita conseg uir el o bjet ivo de la toma de poder y asimis mo las tácticas guerr illeras par a llevar a cabo esta estra tegia, el tipo de or ganización, etc. La guerra de guerrillas era una primera fase de la guerra revo lucionaria hasta que ese pequeño grupo se convirtiese en un ej ércit o regular. P or eso el voluntari smo de esta va nguardia tenía q ue llevarse hasta las últi mas consecuencias ( “patria o muerte”) y esta luc ha existencial re quería una co nducta c uasi -ascética. 153 el “gran motor de la revolución”. De ahí, la insistencia de R eg is Debra y de comenzar la g uerra de guerr illas incluso antes de constituir un par tido revolucionario. Esta inversión doctrinaria realizada entre el partido y el foco armado, entre l os medios y los fines, tuvo gran tras cendencia históric a para estas organizaciones insurgentes, sus militantes y los países q ue sufriero n sus acciones. Eduardo Pizarro, resume las tesis de Debray en oc ho puntos: “1. El reclutamiento, el entrenamiento militar y l a preparac ión política del primer nú cleo de combatientes (entre unos 20 y 60) deben ser severos. 2. L a lucha armada comprendida como un arte, en el do ble sentido de técnica e inve nción, sólo es si gnificativa en el cuadro de una políti ca concebida como ciencia. Es decir, la lucha armada d ebe responder a las siguientes preguntas: ¿para quién, cuándo, dónde, con qué progra ma y con c uál es alianzas? 3. L a pr esencia de un par tido de vanguardia no es, sin embarg o, una condición previa absoluta para el desencadenamiento de la lucha armada. 4. L a organización político-militar no pue de ser diferida. Es indispensable impulsarla de inmediato, no dejándola condiciona da a la dinámica de la luc ha. 5. En la América subdesarrollada, con predomini o rural, no se puede propa gar de manera durable la ideolo gía r evolucionaria entre las masas, más que a part ir de un foco insurreccional. 6. L a necesaria subordinación de la lucha ar mada a una dirección política central no debe pr ovocar la s eparación entre el apara to político y e l aparato milit ar. 7. L a lucha armada r evolucionaria sólo es realizable en el campo. En la c iudad ésta se de gra da. 256 colonización hacia nuevos baldíos ubicados en la periferia d e la frontera” 295 . Estos colonos desposeídos de sus propiedades, desarraigados de sus entramados sociales y económicos, y con un estatus de ilegalidad (pues colonizan tierras baldías sin títul os de propiedad) son sujetos sin gobierno y sin Estado, “carne de cañón” de los dist intos actores arm ados ilegales que pueden permitirles acceso a ciertos bienes materiales, justicia privada, etc. Además, después de la época de la Violencia y las famosas “repúblicas independientes” y durante el Frente Nacional, los colonos y las zonas de colonización se identificaron habitualmente por parte de los gobiernos y de l as élites del país, como t erritorios subversivos don de toda la población apo ya ba a las distintas guerrillas y estaban en contra de la aut oridad del Estado. Esto trastocó la relación habitual entr e el Estado y los colonos - ciudadanos, y a que ést a estuvo mediada esen cialmente por el p apel de las fuerzas de se guridad; el resultado fue una escalada mutua de desconfianza y resentimientos. Esta situación se agravó por l a lucha constante entre los grandes propietarios de tie rra y l os colonos, ya que los pr imeros ampliaron sus producciones ga naderas extensivas normalmente a ex pensas de sus vec inos, los pequeños propietarios; recordemos que el enfrentamiento entre latifundios y minifundios parece s er otr a constante hist órica en C olombia. En el mom ento d e surgimi ento del ELN, a finales de los años cincuenta y prin cipios de los sesenta, se pueden 295 Ibíd em ., p. 69. 257 diferenciar varios tipos de situaciones so ciales dependiendo d e la estructura d e propiedad de la tierra 296 : 1) La ma y oría de la sup erficie agraria del país co rrespondía a las zonas má s planas, donde predomin aba el l atifundio gana dero, especialmente en l os valles interandinos de los ríos Magdalena y C auca, los llanos orientales y la costa atlántica. Esta estructura agraria señorial y atrasada, qu e uti lizaba poca mano de obra y en situaciones semifeudales, empezó a cambiar en los años sesenta con la introducción de cultivos agroexportadore s como la caña de azúcar, algodón, c aña de azú car, e tc., y esta capita lización del agro necesitó de trabajadores asalariados. 2) La otra gran zona era las regiones monta ñosas andinas, tanto de la cordillera o riental como occidental, donde en las vertientes abun daban las explotaciones de café, base de la eco nomía de Colom bia en la época y fuente de sostenibilidad de miles de familias campesinas. En estas z onas predominaba la pequeña explot ación fam iliar, que aseguraba su sostenibilidad además de con el café, con alimentos de “pan coger”: maíz, papa, f ríjol, e tc. En estas zonas andi nas exist ía un fuerte predominio del minifundio, cobijaban a la ma yoría de la población del país, y además tenían un alto crecimiento demo gráfico, por ello er an prop ensas a ex pulsar población. Estas dos zonas de pre dominio de latifundio y de minifund io respec tivamente, most raban las dos caras d el agro colombiano de la époc a, así como la re lación clara entre la e structura de la propiedad de la tierr a en e l país y la situación de pobreza de la ma y oría de la población ; este contexto se convirtió en fuente constante de conf lictos sociales y políticos. Este enorme desequilibrio en la 296 Para profundizar en este argumento , consultar el artículo de Go nzalo Sánchez, “Tierra y violencia. El desar rollo desigual de la s r egiones”, e n An álisis Político , nº 6, Iepri -Universidad Nacio nal de Colo m bia, B ogotá, 19 89. 258 propiedad de la tierra se reflejaba en las cifras 297 de 1960, donde el 5,7% de la s propiedades tenían el 70 % de la extensión agrícola del país, a lo que había qu e añadir que además est as tierras eran las más productiva s. L a extensión media de esta gran propiedad era d e 250 h ectáreas, p ero un mi smo pr opietario o familia p odía tener varias haciendas; incluso en al gunas zonas de la costa atlántica o pacífica era fáci l encontrar propiedades d e más de 2.000 h ectáreas. Por otro lado, el 64,1% de las propiedades ocupaban el 5,5% de l área c ultivada del país, e ste era el reino del minifundio y del campesinado que con su fa mi lia se encont raban al borde de l a subsistencia. Por últ imo, la propiedad intermedia representaba el 30,2% de las fincas y ocupaban e l 24,5 % del área agrícola del país. Este tipo de distribución de la propiedad d e la tierra fue importante par a generar un contexto necesario que f acilitó el impacto de las “nuevas” formas d e r esistencia al pro ye cto d e la élite ter rateniente colombiana, aunque com o plantea Eduardo Pizarro: “Tales estructuras definen los tipos de relaciones sociales y d e poder prevalecientes en las áreas rurales y las formas mediante las cuales ciertos sectores del campesinado son someti dos a la dominación por parte de las clases dominantes rurales. S in embargo, las estructuras a grarias y l as concomitantes rel aciones de dominación, por sí mismas, no pueden dar cuenta de la súbita emerge ncia de a ctividades revolucionarias por parte de los campesinos. Estructuras agrarias basadas en el predominio del latifundio sobre las economías de subsistencia campesinas o indígena s han ex istido en toda América Latina por mucho tiempo, sin que ha y an p roducido gr andes subl evaciones en el continente. D e tal manera que, aparte de este determinante estructural, deben encontrarse otr as variabl es que afectan al campesinado y que pueden 297 Los dato s ha n sido to mados del interesa nte ar tículo de León Zamosc, “Trans formaciones agrarias y luchas ca m pe sinas e n Colo mbia: un b alance retrospectivo (19 50 - 1990 )”, en Aná lisis P olítico , nº 15, enero-abril, Iep ri-Universidad Nacional de Colo mbia, Bo gotá, 1992, pp. 35 - 66. 259 explicar la emerge ncia de insurgencias, rebeliones o actividades revolucionarias” 298 . Indaguemos pues otros factores, como la estrecha relac ión histórica entre l a propiedad de la tierra y los recursos naturales co n el sistema polí tico colombiano. Colombia, como país tropical, se caracteriza por la riqueza de suelos y sub suelos, por lo que la actividad agrícola ha sido fundamental p ara la constitución de su sociedad y el desarrollo del país. Los distintos intereses f rente al sistema a grícola d eterminaron el surgimiento de las principales fuerzas sociales, en especial la forma de o rganizar la producción agrícola caracterizó la dicotomía entre la hacienda de los terratenientes y la economía familiar p arcelaria. L a relación entre la tierra y el trab ajo det erminó las formas de domi nio social y político, así los terratenie ntes intentar on dominar l a propiedad de la ti erra, lo que les ase gur aba las fo rmas de dominación y ex plotación del campesinado. Est e últ imo presionado por la dificultad de expandir su p ropiedad y la presión de unos índi ces de natalidad altísimos, se veía obligado a supeditarse a l os intereses e conómicos, políticos y sociales d e l os terra tenientes. Estos contextos sociales y políticos estuvieron atravesados habitualmente por distintos conflictos, que se trasladaron al sistema político colombiano y q ue lo marcaron profund amente. La hegemonía de los grandes propietarios o terratenientes en la constitución del sis tema político colombiano y de los partidos tradicionales en el si glo XIX y X X, permitió que sus intereses marcasen el proyecto de construcción del Estado -nación. Este bloque de poder confeccionó un pro y e cto político después del p roceso d e Independe ncia que les permitió mantenerse como clase dirigente del país. El proy ecto político de los hacendados se concretó en la creación de los dos partido s políticos heg emónicos en los dos ú ltimos siglos: Liberal y Conser vador. La 298 Eduardo Pizarro, Insurgen cia sin revolución , óp. cit., p. 145. 260 diferencia entre ambos no fueron sus intereses ec onómicos (que eran mu y sim ilares) sino la dispu ta entre la p ermanencia o no de la or ganización política hered ada de la época colonial. A pesar que estos partidos polí ticos incorporaron a otro s sectores sociales, el sistema político bipartidista se “blindó ” y creo los mecanismos necesarios de protección para que la situación política sig uiese fa voreciendo los intereses económicos de las élites del país. Por lo tanto, el papel del Estado s e supeditó más a los intereses de estas minorías que a las ma y orías, así “el Estado hacía de convidado de piedra”, como afirma Gonzalo Sánchez: “Frente al trípode Iglesia -Hacienda-Partidos, el Estado colombiano aparecía, e n efecto, com o un Es tado crónicamente suplantado y por lo tanto como un poder con casi inexistentes solidaridades nacionales. Nada que se pareciera, pues, a un Estado - cere bro re gulador del fu ncionamiento de la soci edad, como el que visualizaba Durkheim; ni a un Estado de corte weberiano en tanto apara to institucional mo nopolizador de la fuerza legítima, ni a un Estado árbitro de los conflictos sociales, como esperarían otros. Este carácter semiausent e del Estado ll evaba, en to do caso, a qu e la política y el problema del poder se resolvieran en la desnudez de la guerra . La matriz de la p olítica, como en la visión clausewitziana de Carl Schmitt, era aquí la relac ión amigo -ene migo, a la cual se subordinaban eventualmente las de más oposiciones” 299 . La relación entre la estructura de la propi edad de la ti erra y la construcción del Estado-na ción ha si do un eje histórico clave de la constitución de los países latinoamericanos. Para el caso colombiano, Fernando Guillén Martínez 300 fue el encargado d e most rar esta continuidad, así él c ree qu e el ori ge n de est a estre cha 299 Gonzalo Sánchez Gó m ez, “Guerra y política en la so ciedad colo m biana”, en Análisis Político , nº 11, Sep t.-Dic., Iep ri-Universidad Nac ional de Colo mbia, Bogotá, 199 0, pp. 11 - 12. 300 Fernando Guillén Martí nez, E l pod er político en Colo mbia , Planeta, B ogotá, 2ª ed., 1996. 261 relación se remonta al período colonial y al tránsito de las formas de org anización social que tenían las comunidades indígenas a la encomienda ; también muestra como el proc eso de I nd ependencia no supuso grandes cambios en la re lación entre los propietarios de la tie rra y las formas de pod er du rante la nueva república en el siglo XIX. El autor demostr ó el fuerte vínculo entre el poder económi co de los terratenientes y el control oligárquico del sis tema político colombian o, concretado este vínculo en formas de c lientelismo político que eran la transposición de las formas de relación personales que s e estable cían en el nivel lo cal entre los hacendados y los campesinos, al ámbito polí tico re gional y nacional. La dificultad d e romper estas dinámicas culturales y polí ticas, que mediaban la participación de la ma y o ría de la población en los beneficios del Estado a su subordin ación a los grandes propietarios de la tierra, as eguró a los hacendados su hegemonía en el proceso de co nstrucción del Estado-nación y d el sistema políti co bipartidista. Este sistema político que mantenía los privilegios de los terratenientes y posteriormente c apitalistas, frustró las expectativas de amplios sectores de la población con ese sistem a. Ello añadido al uso de las fuerzas de seguridad del Estado para mantener los privileg ios cuando otros cana les no funcionaban, llevó a mucha población a “los márgenes” de la no rmatividad, a las front eras físicas y m entales de la sociedad, z onas que se convirtieron en válvulas de escape de la conflictividad social, en especial las zonas de frontera agrícola como el Magdalena Medio, la selva amazónica, Urabá o los Llanos Orientales. Estos procesos de colonización interna en Colombia fueron habitualmente caóticos, sin presencia del Estado, lo q ue llevó a formas d e organización s ocial ajen as a la normatividad establecida. Est as z onas “sin Dios y sin Ley”, se construían a sí mismas, con todas las dificultades de un proceso no monitoreado por un Estado que con sus aportes a y ude al mismo. P or el contrario, 262 la “le y de la selva” se encargó d e ir moldeando esta socie dad, así esos pioneros colonos que con gra n dificultad van ganando ter reno a la manigua , posteriormente serán pr esionados por el descenso d e la produ ctividad de las tierras, po r el aumento demográfic o y por los grandes hacendados q ue buscan extender su latifundio ga nadero. Y vu elve a co menzar el ciclo con la e xpulsi ón del colono a otras ti erras vírge nes. Como plantea Manuel A. Alonso: “La consolidación del latifundio ganadero fue un elemento decisivo en la descompos ición de la colonización. El establecimiento de la ganadería ex tensiva, a partir de la conce ntra ción de las mejoras de los colonos, a gotó las posibilidades de desarrollo autónomo y real del minifundio campes ino, empujando al campesino hacia l a periferia de las hacienda s o hacia nuevas tierras baldías” 301 . Generalmente este conflicto económico y social comienza con la llegada del colono par a roturar t ierras vír genes con a y uda de su familia, por ello el número de integrantes es tan importante y la natalidad tan alta. Pero el paso de los años no sólo trae el incremento del número de miembros de la familia, sino también la pérdida d e r endimiento de las tier ras por la ex plotación intensiva y la imposibilidad de comprar y utiliz ar fertilizantes químicos, etc. L a dificultad de capitaliz ación de estas pequ eñas m ejoras campesinas im pide tambié n que aumente su productividad, a ello se une la leja nía a los mercados y la falta de vías de c omunicación. Estas dificultades económicas ponen a estos colonos en manos de otros campesinos medianos que sí han conseguido romper est e círculo, o habitualmente son presas de las ambiciones de terratenientes que quieren expandir sus explotaciones ganaderas (rec ordemos que en estas socieda des el “ahorro agrícola” suple la inex istencia o las 301 Manuel A. Alo nso, ó p. cit., p . 40. 263 reticenc ias al sistema fi nancier o, y s e concreta en la acumulación de ca bezas de ga nado). P ero la ga nadería ex tensiva sólo puede ex pandirse a partir de i r aumentando el número de hectáreas de tierra de s us propietarios. Así esta forma de “acumulación primitiva de capital” a partir de cabezas de ganado se realiza a costa de la p roducción agrícola, lo que incrementa la presión sobre la propiedad de la ti erra y sobre los residentes de las zonas aledaña s a las grandes hacienda s; además es te tipo d e explotación extensiva ganadera (una vaca por dos hectáreas d e tierra) no i ncorpora a los c ampesinos desposeídos ni mucha mano de obra. Este proc eso económico de acumulación de recurso s que en p rincipio es legítimo, en Colombia ha estado marcado históricam ente en muchas ocasiones por el despojo violento de los pequeños propietarios por los grandes terratenientes (recordemos que a ctualmente existen tres mi llones de personas desplazadas viol entamente en el p aís). C omo plantea Jaime E. Jaramillo: “C ompra a bajos preci os de sus tierras a campesinos sin recur sos de capital para ex plotarlos adecuada mente; boleteo y, muchas ve ces, emigración forzada por la a cción de grupos armados que, lo menos que puede decirse, es que cuent an con la complicidad de los grandes propietarios o de algunos r epresentantes del poder regional; imposibil idad de lograr el reconocimiento de sus títulos de propiedad a los ca mpesinos colonos, re presión a todo intento de organización políti ca o s indical autónom a, son todas ellas formas d e una sangrienta acumulación primiti va perman en te que reproduce así, el ciclo infernal d el pequeño camp esino: colonización -emigración- colonización” 302 . 302 Jaime Eduardo Jaramillo, Colonización, coca y gu errilla , Un iversidad Nacio nal de Colombia, Bogotá, 1 989, pp. 159 -160. 264 Estos procesos de colonización y los conflictos e n las zonas de frontera agrícola del país se c aracterizaron por la ausencia casi tot al de la mediación del Estado y porque su re solución en muchos casos fue de terminada por el uso a la violencia armada. Esta expansión de la “civilizac ión” a los márge nes del país creo nuevos espacios de sociabilidad, marcadamente aislados, generalmente por la falta de vías de comunicación. S urgieron a grupamientos aislados de colonos, precarios en su comienzo pe ro que poc o a poco van configurando re des de pode r sociales, una economía semi-autárquic a, etc. Estas agrupaciones sociales crecen s emiaisladas del resto del país y con una p obre institucionalización de las relaciones sociales por parte del Estado. Como afirma J aramillo, esto implica “un proceso de ge neración espontánea , conflictiva y no regu lada, de relaciones laborales y socia les,...” 303 . Esta ausencia o debilidad crónica del Estado colombiano en amplias zonas del territorio nacional, ha impedido a éste mediar o ser árbitro de muchas confrontaciones sociales, económicas o políti cas. La falta d e espac ios d e mediación institucional llevó a que estos conflictos se resolviesen por la fuerz a, as imismo la falta de un Estado que “obligue” a buscar esos es pacios para la resolución, llevó a la “ley del m ás fuerte”, do nde el vencedor es quien tiene ma yor capacidad de pr esión económica, polí tica y en muchos casos armada. Ante la ausencia o insuf iciencia de un poder instit uido fuerte, los conflictos pe rsonales o entre grupos sociales se resuelven por la fuerza; a sí siguiendo a Eduardo Pizarro podemos af irma r que: “E l elemento final que hace de este conflicto uno potencialmente viol ento es el hecho de que el Estado no ha y a sido capaz de ex tender su control del territorio h asta es tas regiones. En la mayor ía d e ellas, el Estado se h a mostrado e n extremo débil o totalmente ausente, incapaz de hacer valer allí las relaciones l egales 303 J. E . Jaramillo, Estado , socieda d y campesino s, óp. cit., p .22. 265 que regulan la propiedad. Como consecuenc ia, los conflictos sobre la propiedad de la tierra en la mayoría de estas r egiones se resuelven en una suerte de ´estado de naturaleza` hobbesi ano, por la fuerza. En estos casos, las guerrillas actúan como una espe cie de ´ Estado en embrión`, r esuelven conflictos y regulan las r elaciones de propiedad, es decir, desempeñan funciones estatales que el propio Estado no ha querido o no ha podido cumpli r. En algunas zonas, como subra ya Pierre Gilhodés en sus estudios, el Estado o h a permanecido ausente o sólo ha tenido una ´presencia traumática`, r educido a un simple apara to de coerción a través de las fuerzas armadas, y en general en beneficio ex clusivo de los terratenie ntes. En ambos casos, las guerrillas establecen una relación de beneficio mutuo con los colonos: su respaldo se intercambia por p rotección contra los terratenientes o c ontra el Estado mismo, el c ual se ha aliado en forma unil ateral con uno de los sectores en conflicto o ha reducido su presencia al simple ejercicio de la fuerza” 304 . Después de los intentos de reforma agraria en la década de los treinta y como resultado de la rep resión de los cuarenta y cincuenta, los colonos e mpezaron a desconfiar del Estado; el cual y a no fu e pe rcibido como ineficiente o d ébil, sino simplemente como un enemigo aliado de los terratenientes. Por lo tanto, lo que el colono requería era defenderse del Estado y d e sus fuerzas de seguridad, conformando a utodefensas ca mpesinas y propiciando fenómenos de c oloni zación armada. Co gieron las armas para defenderse de las propuestas armadas de los terratenientes, del ejército y la policía. Por lo tanto, la parcialidad del Esta do dificultó que estas regiones de fr ontera y colonización se integra sen a la normati vidad de l resto del país, y l a conflictividad armada a su vez en estas regiones y las l uchas entre actores armados dificultó la presencia de otras insti tuciones del Estado que no fuese 304 Eduardo Pizarro, Insurgen cia sin revolución , óp. cit . Pp. 163- 164. 272 que realizaron acciones (alg unas arm adas) par a visibiliz arse y p edir paso en la institucionalidad na cional. Inc lusive cree mos que la pretensión “r eal” de algunas organizaciones armadas, en muchos casos, no es tanto derrotar al Estado como llevarlo a una posición de neg ociación, donde puedan introducir en la agenda nacional temas como la reforma agraria, la mejor a de vías, el acceso a m ercados de los campesinos, etc., en definitiva la inclusión d e las zonas aisladas a l a so ciedad y al proy ecto de Estado-nac ión. Por lo tanto para mucha población campesina, la violencia armada ha sido hist óricamente una forma de acceso a la ciudadanía, negado anteriormente por su ais lamiento y por las r eticencias de las élites del país a los compartir beneficios del Estado. L a guerrilla consiguió en parte recoger estos sentimientos e hiz o su y as algunas reivindicaciones hist óricas de los campesinos para conseguir el afecto y la legitimidad ante los sec tores que fueron su base social y cantera de militantes. Claro que este proceso y a te nía antecedentes antes d e la década de los sesenta, con la e strecha relación que s e estableció durante el período de la Violencia entre las guerrillas, la propiedad de la tierra ( y más en concreto la disputa por el t erritorio) y las luchas políticas. En general, las guerrillas li berales d e los años cincuenta d efendieron las propuestas de los colo nos y de los pequeños p ropietarios frente a los intere ses d e los g randes ha cendados que contaba n c on e l apoyo del ejército, la poli cía y los chuladitas, verdaderos “bandoleros de los terratenientes”. Como plantea Eduardo Pizarro, esta relación: “ Es la que toma cuerpo en la región del Sumapaz (e ntre Cundinamarca y Tolima ) de a mplia tradición d e lucha organizada por la tie rra. En esta zona latifundista la Violencia asume el carácter de gue rra r evolucionaria. En este pola rizad o conte xto los bandoleros, estimulados por los terratenientes y gamonales, l o mi smo que por el 273 ejército y los servicios secretos, actúan como a gentes del terror contra la lucha orga nizada de los campesinos” 311 . Los grupos armados ilegales propiciaron d esde su comienzo la articulación de su discurso con las demandas de los campesinos, en especial se soli darizaron con sus peticiones y sentimiento s; como se muestr a en el primer levant amiento armado de campesinos auspiciado por el EPL : “E l ajusticiamiento de un terratenie nte, acción considerada como una reivindicación propia (para los campesinos). (...) Los campesinos pedían just icia popular contra el que era considerado un “verdugo” . (...) Esta ma sa tenía antecede ntes d e participación en la guerra como combatientes y guerrilleros, con un a experiencia vivi da y s entida en la lucha contra el capitalismo; (...) Los diri gieron entonces hasta la finca del hace ndado y como no lo encontraron, tomaron posesión de sus bienes, pr endieron fuego a la casa grande e hicieron una primera dis tribución del ganado. ( …) El propósito de estos dos levantamientos era el d e iniciar en serio acciones militares con la participación de la s masas, canalizar el odi o que sentían hacia los terratenie ntes del área, quienes por décadas venían fu sti gá ndolos como presas perseguidas por matones a sueldo” 312 . Como vemos el odio represado durante dé cadas por los colonos fue encauzado po r las organiz aciones guerrilleras p ara obtener el apo y o en s u lucha d e clase. Los sentimientos personales, los odios o v enganzas, las ambicione s, tanto de los campesinos como de los terr atenientes, s e entremezclaron en la s disputas políticas y armada s que supuestamente tenían un cariz ideoló gico, como podemos ver en e l si guiente ejemplo: 311 Eduardo Pizarro, Las FARC (19 49- 1966) , óp . cit., p. 177. 312 Fabiola Calvo, Colombia : EPL, un a historia armada , óp. cit., pp. 48 - 49. 274 “Rosendo Arango era u n campesino joven, de unos 26 años, que había crecido lucha ndo con unas novillas y unas rozas de maíz que su padre había logrado conseguir y conservar con muchas dificultades. Sus asientos en un lote pequeño, unos potreros estrechos,... están en me dio de algunas grand es haciendas que había en la reg ión. Los terratenientes habí an hecho lo indec ible por sacarlo del medio, por hacerlo desocupar, por expropiarlo ´legal y pacífica mente `: pero él, hombre viejo, tozudo y n ecesitado, aferrándose a sus lomas, se había logrado m a ntener. El último recur so para echarlo fue emparentar lo e strechamente con ´los del monte` y así enlistarlo, para d espués s acarle el viento con unos escopetazos, en uno de los caminos polvorientos y pedregosos” 313 . En resumen, para comprender el papel que l a cuesti ón agraria cumplió en el surgimiento y consolidación del E L N, y por t anto en la exist encia de la violencia política armada en estos contextos rurales, debemos tener en cuenta la lucha por la propiedad de la tier ra y sus recursos, los problemas de l e ga lidad de los títulos de propiedad de los campesinos, las ansias de los terratenientes por expandir sus propiedades, la aus encia del Estado y su falta de legitimidad, el tipo de formación y extensión de la ciudadanía, etc. Como hemos mostrado las zonas d e colonización o frontera agraria pueden ser altamente conflictivas dado el específico modo de constituirse al margen del monitoreo o acompañamiento de las instituciones del Estado; por lo tanto estas z onas no son violentas de forma innata, ni los colonos son propensos a enfrentarse con el Estado, sino que el vacío institucional y o rganizativo puede ser cubierto por actores armados contraestatales o paraestatales. La cuestión central entonces que se debe analizar es la legitimidad del Estado frente a los 313 Ibídem., p. 65. 275 ci udadanos de un territorio concreto (tem a crucial también para comp render el conflicto vasco), y el inte nto de otros a ctores armados por r estarle el monopoli o de la fuerza y po r ganar le gitimidad frente a él, cubriendo ciertas necesidades o reivindicac iones de la po blación. Como plantea Jaramillo: “L o que allí se jue ga ho y en dí a, si somo s capaces de p ensar el problema con una óptica política y verdaderamente nacional, son, en lo fundamental, las modalidades de int egración y asimilación de estas regiones y sus po bladores, que reclaman ya un a ma y oría de edad, a los circuitos regulares de nuestro mer cado interno e internacional, así como a las instituciones, juricidad y s ervicios públicos, de un Estado liberal de derecho” 314 . Por lo tanto, las acciones de los campesinos o de los grupos guerrilleros e n las zonas de colonización además de mostrar las conexiones entre ambos int ereses, sugieren la necesidad de este sector de la poblac ión de incorporarse a la estructura política, de poder y a la ciudadanía, y a qu e hi stóricamente han quedado ai slados en las frontera s agrícolas rurales o en las más recientes fronteras urbanas. La violencia armada se convirtió así en un método de reivindica ción social y de incorporación al proy ecto común de Estad o-nación en Colombia. Como Plantea Álvaro Camacho: “S e puede argüir qu e d e al guna manera la confrontación entre el Estado y la guerrilla ha sido un componente de coloniz ación armada, también lo ha te nido de ex tensión territorial estatal. No ha y manera de sustentar que en ausencia de conflicto armado en esa s regiones el Estado hubiera extendido su acción. En este sentido la guerrilla es una base esencial de la expansión territorial de la sociedad y e l Estado colombianos” 315 . 314 J. E . Jaramillo, Estado , socieda d y campesino s , óp. cit., p. 24. 315 Álvaro Cam ac ho Guizad o, “El ayer y el ho y de la violencia e n Colombia: co ntinuidades y discontinuidades”, en Análisis Político , nº 12, Enero -Abril, Iepr i-Universidad Nacional d e Colo mbia, Bogotá, 1991, p. 28. El autor analiza las línea s de continuidad entre la violencia de lo s año s cincuenta hasta la actualidad, encontran do que esta cultura d e la violencia es un componente ese ncial de las 276 4.3 . CULTURA POLÍT IC A DE L A VIOLENCI A Y EPIDEMIA DE “PLOMONÍA” 316 : COLOMBIA, UNA POBLACIÓ N CON C ARENCIA DE HIERRO Y C ON E X CESO DE PLOMO En esta parte de la inves tigac ión aspiramos a comprender la relación entre violencia y sistema polí tico en Colom bia. Una relación con ante cedentes remotos y que persiste hast a nues tros días: desde el co mienzo de la República -por no remontarnos a l período colonial-, pasando por l as guerra s civiles del siglo XIX, incluye ndo los levantamientos de comienzos del siglo XX, la época de la Violencia de mitad de ese siglo, las guerrillas l iberales de los años cincuenta, las guerrillas revolucionarias surgidas en los años se senta, la guerra sucia y el par amili tarismo desde los ochenta o el narcotrá fico en la actualidad. Este e ntrecruzamiento entre política y violencia, su persistenc ia y continuidad, nos introduce en una dim ensión fundamental de la hist oria y sociedad colombiana, que podemos definir como “la cultura política de la violencia”. Concepto polémico, tal vez como todos, pero q ue nos puede p ermitir acercarnos a una dimensión de la v iolencia política armada, que queda relegada a s egundos planos relaciones sociale s; lo que si gnifica que las r elacione s so ciales viole ntas crean sus pr opias for mas culturales, y vice versa esa cult ura d e la violencia ali menta lo s tipo s de ac ció n social de los individ uos. Todo ello con el intento de acced er a ámbitos de pr ivilegio político a partir del uso d e la fue rza. 316 Plomonía hace r eferencia a l a expr esión “darse p lo m o” o “darse bala”, dispararse con un ar m a de fuego. Esta epide mia social h a dej ad o 475 .000 muertos desde 1979, según una inves tigación del Centro d e Recursos par a el Análisis de Conflictos (Cerac) d e Colo mbia, y el Small Arms Survey de la Universidad de Ginebra (Suiz a). El mismo est udio calcula q ue se han perdid o más de 35 0.00 0 años d e vida p roductiva de las víctimas, pues la mayoría son hombres entre los 20 y 2 9 años. T omado de http://eltie m po.terr a.co m.co/judi/20 06 - 04 -05/ARTICULO-PRINT ER_FRIENDLY -_PRI... 277 tradicionalmente en las investi gaciones del conflicto colombiano. Aut ores como Gonzalo Sánchez, Alfredo Molano o Eduardo Piz arro se refieren explí citamente a ella, aunque no se defina detenidamente: “No se trat a de una “cultura de la violencia” en el sentido en que algunos autores, en f orma apresurada y er rónea, han calificado el contexto cultural colombiano. Ningún pueblo es ni cultural ni ge néticamente violento. S e trata de una tradición que se alimenta de una historia real, fundada en numerosas experiencias en las cu ales la violencia ha sido utilizada como un medio pa ra disputar e incidir sobre el poder polí tico. En este sentido, al menos desde la emerge ncia gue rrillera de los años cincuenta, la violencia se convirtió e n Colombia en p arte del “re p ertorio de l a acción colectiva” , no como la ú nica e inevitable posibilidad, pero sí como una de las posibilidades disponibles con alg ún grado de eficacia” 317 . La cultura de la violencia se convierte en u n factor dec isivo pa ra la comprensión del funcionamiento del sistema polí tico colombiano, las relaciones de poder y l a propia socied ad. Colombia, ese país de contrastes y paradojas retra tado magistra lmente por Gabr iel Garc ía M árquez, cu enta con una de la s tradiciones más largas d e gobiernos civiles, pero al mismo tiempo la violencia ha persistido hasta nuestros días como una forma específica de hábi to políti co. Esa perdurabilidad ha significa do la interior iz ación de esta práctica social y política, su pos terior naturalización por parte de los sujetos e incluso l a instit ucionalización en los propios organismos estatales. Todo esto hace percibir la v iolencia como un recurso legítimo para secto res amplios de la población, tanto para quienes quieren mantene r el orden establecido como para quienes pretende n acabarlo, sustituirlo o simplemente modificarlo. Esta generalización y perdurabilidad de la violencia es lo creemos que 317 Eduardo Pizarro, Insurgen cia sin revolución , óp. cit., pp. 110- 111. 278 permite hablar de cultur a en el contexto colombiano y diferenciarlo de la repercusión que este fenómeno tiene en otros contex tos. Por ejemplo, en España o Irlanda del Norte, donde autor es co mo R oge lio Alonso utiliza el concepto de “subcult ura de la violencia” 318 pa ra re ferirse a las actividades de socialización donde se s umergen muchos jóvenes irlandeses antes de entrar en el IRA; o Fernando Reinares que habla de “subcultura política” en el entorno de ETA: “La a ceptación de la violencia e incluso su práctica, como la de otras posibles fórmulas que componen un re pertorio de acción colectiva d esbaratadora, es entonces el res ultado de normas interiorizadas mediante procesos formales e informales de socialización que ocurren en el seno de aquella subcultura política. Procesos que constitu yen, en definitiva, un ver dadero ap rendizaje social de la violencia e inciden especialmente sobre a dolescentes cuy as primeras ex periencias de movilización polí tica se desarrollan, como ha ocurrido con tantos quinceañeros vascos a lo largo de los últimos veinte años, en grupos juveniles y movim ientos sociales subordi nados a una organización terrorista” 319 . Es este contexto de socialización y de aprendizaje social, el que permite hablar de cultura de la v iolencia, como hábitos adquiridos a partir de la ex periencia personal desde la infan cia pero con e special i ncidencia en la adolesc encia como demuestra Fernando Re inares con los “jóvenes ca chorros o delfines” de ETA . Asimismo compartimos la idea de Robinsón M. Salazar, de que: “El contexto que ofrece un aprendizaje d e fuerza, de confrontación y neg ación de l otro es una cir cunstancia apropiada 318 Rogelio Alonso, óp . cit., p. 60. 319 Fernando Reinares, Patriotas d e la mu erte, óp. cit., pp. 9 5 -96. El autor a partir de d o cume ntos judiciales de más d e seiscientos militantes y e ntrevistas de etarras se p regunta por las motivaciones para entrar en esta or ganizac ión, sus características social es, etc. En cua nto al uso de la viole ncia como recurso para ac ceder a demandas políticas, la mayor ía de los militantes más que justificarla ideológica mente, la percib en como un método eficaz de acción po lítica. 279 para generar un sujeto violento, porque él va a reaccionar de forma natural, tal como se lo da a entender la ambientación socio-políti ca. La violencia va a ser el único imaginario y recurso para enfrentar la realidad y no la ve a jena a un quehacer cotidiano” 320 . Este contexto social donde se transmite esa cultura de l a violencia es el caldo de cultivo de los j óvenes militantes de los grupos insur gentes. Esto no quiere decir que toda la juventud en un cier to contexto o que todos los herm anos de una misma familia están abocados a entrar en los grupos armados, la realidad es mucho más compleja; pero también es cierto que los jóvenes cercanos a estos círculos de sociabilidad son más propensos que otros a tom ar la decisión de utili zar la viol encia como recurso para obt ener r éditos políti cos. En estos contextos o subculturas ha y un verdadero “culto a la violencia” 321 , que convier te a ésta en una solución a unas demandas políti cas concretas, en vez de un prob lema social. Por eso, a la hora de rastrear a partir de cróni cas e historias de vidas de militantes de las FAR C, Alfredo Molano a segura que e sta organización: “N o son sólo un pr oblema político relacionado con el poder sino también con la cultura, la cultura de la violencia en Colombia” 322 . P ara este autor, esta cultura de la violencia comprende tres elementos fundamentales: 1) las razones hist órico-sociales de la rebeldía; 2) las formas comunitarias de su mantenimiento; y 3) la conciencia colectiva sobr e una forma mu y particular d e r econstrucción del tejido social. Por todo ello , como plantea Gonzalo Sánchez: 320 Robinsón Ma nuel Salazar, “ Conflicto y violenc ia en América Latina ( en b úsqueda de un enfoque teórico) ” , en R eflexión Política , Rev ista del Instituto de Estudios Po líticos, U niv. Autó noma de Bucara m anga, Año 3, nº 6 , Diciembre de 20 01, p . 31. El autor indaga e n e ste artíc ulo los espac ios de interfase entre varias disciplinas q ue ayude n a la co mprensión de lo s conflictos ét nicos, polític o s,… que se vive n en América Latina, con la p retensión d e m ejor ar la instrumentalización d e po líticas que lleven a su posible sol ución. 321 José Mari Garmendia, “ETA: naci miento, desar rollo y crisis (19 59 -1978) ”, óp. cit. , p. 140. 322 Alfredo Mo lano, Troch as y fusiles , El Áncora Ed itores, Bogotá, 1 998, pp. 18-19. 280 “Es preciso volver a poner las cosas en su justo lugar e insi stir, más que en las dicotomías, en las intersecciones de la guerra y la política. Pero esto no debe impedir reconocer igualmente q ue la cronicidad de nuestra v iolencia, especialmente bajo su expresión bélica, es excepcional en el contex to latinoamericano, y qu e produce, aparte d e los obvios efectos económicos y políticos, impactos culturales en una doble dirección: primero, r emitiendo, quiérase o no, a la idea de una cultura d e violencia, no necesari amente en el sentido de una naturaleza violenta del hombre colombiano, sino al menos, de una tendencia hist óricamente identificable, explicable y recurrente de la guerra. Pese a todos los temores y los escrúpulos, hay qu e decirlo claramente, la pres encia histórica de la g uerra tiene vínculos determinantes con la construcción de nuestro im aginario de na ción. La guerra también hace que a menudo la política se viva como guerra de religión, y l a religión se viva como polí tica. (…). S egundo, la cronicidad de nuestra violencia remite también, paradójicamente, a una cultura d el consenso , que a la larga h a lleva do a la idea d e que todo es neg ociable, todo el tiempo. Se trata de un pactismo que atraviesa todas las esfera s de la vida social, y que va generando con su propia reproducción el menoscabo de reg las bási cas d e convivencia y de un orden estatal cole ctivamente aceptado” 323 . Por tanto, la cronicidad y persistencia de las intersecc iones entre polí tica y violencia en C olombia, muestran un elemento estructural que alimenta la reproducción de la a cción colectiva violenta tanto en el ámbito de lo pú blico y la política, como en el e ntorno privado (como muestran las cifras de violencia intrafamiliar o el gran porcentaje de homici dios debidos al factor venganza). Este fenómeno de cultura de l a violencia es reiteradamente rechazado por la hist oriografía 323 Go nzalo Sánchez, Gu erras, memo ria e historia , Instituto Colo mbiano de Antropo logía e Historia (ICANH), B ogotá, 20 03 , pp. 36 -37. Este libr o sintetiza las reflexio nes d e la s i nv estigaciones anteriores so bre violencia de este autor, uno de lo s más reconocid os violentólogos co lombianos. El autor analiza la artic ulación de la m emoria y el olvido y las p osibles relacio nes e ntre víctima s y victimarios, en un contexto d e solución negociad a al con flicto armad o en Colo m bia. 281 “oficial” , que lo ve como un hecho puntual li gado a al gunos contextos históricos; por el contrario, nosotros defendemos la posi ción de que este fenómeno es tra nsversal a la historia de los últimos dos sig los en Colombia, como afirma Arturo Alape: “El período 1947 -1957, conocido ge néricamente como la “Violencia”, no puede tomarse como un breve interregno en el que s e rompieron los marcos jurídicos del país y por causas desconocidas, éste se precipitó a una guerr a civil no declarada, a la que siguió el restablec imiento de la paz, gracias al pr oceso de “educación ge neracional” que propiciara el Frente Nacional, a cuerdo de olvido y perdón histórico, especie de amnistía dada por mutuo interés entre los dos partidos. Esta int erpre tación, la de que el pe ríodo 47 -57 fu e ex cepcional, por las pasiones políticas desbordadas, vi ene oc ultando una historia diferente, la de un país cuy a clase dominante lo ha mantenido sumido en una violencia secular. La visión simpli sta de que la sumatoria de los “odios heredados” fue la responsable d el desangre, oculta la otra realidad, la que ex presa hist óricamente que la violencia h a sido consustancial a las costu mbres políticas desde los orígenes mismos de la etapa re publicana de nuestra historia.” 324 . Por lo tanto, no se puede desconocer en una inv estigación sobre los factores que propiciaron el surgimiento y consolidación de los grupos in surgentes en Colombia en la segunda mitad del siglo XX, el h echo que la cultura d e la violencia ha sido una constante en la his toria contemporánea d e C olombia; asimi smo es consustancial a los hábitos y costumbres políticas desde, por lo menos, el surgimiento de la Repúbl ica y hasta nuestros días, como se ve con la persi stencia de las g ue rrillas y los vínculos entre e l Estado, los pa ramilitares y la mal llamada “g uerra sucia” -como si alguna guerra fuera limpia y bonita -. Entonces el i ntento por 324 Así co m ienza el autor, este i nteresante libro de entrevistas s obre la violencia, óp. cit., p. 19. 288 violencia es necesaria o s encillamente útil pa ra ob tener determinados fines de índole pol ítica, e n este caso d e orientació n nacionalista, hace a una persona p articularmente propensa a im plicarse, de uno u otro modo, en su realización efe ctiva con el propósito de alcanzar tales objetivos. Asimismo, el hecho d e haber inte riorizado la utilidad d e la violencia, mostrando además conformidad con su práctica en contra de quienes sean etique tados como adversarios o enemigos qu e obstaculizan el log ro de aquellos objetivos polí ticos, facilita que se activen los mecanismos psicosociales a través de los cu ales se desposee de su hum anidad a las posibles víctimas del terror ismo” 337 . La aceptación del uso de la violencia p ara obte ner objetivos polí ticos no suele surgir de una clari dad ideoló gica sobr e el tema, sino mas bien del contexto psicosocial y cultural, co mo reiteran muchos de l os mili tantes del IRA entrevistados por Roge lio Alonso: “´Yo era simplemente un chaval joven, insensato que se volvió una fiera, fácilmente influenciable y qu e fue utili zado y manipulado por las personas que dirigían la violencia. Lo que quiero decir es que no tenía idea al guna de l o que era el republicanismo o el socialismo` (…) Apréciese cómo este antiguo activista reconoce su disposición a matar por unos principi os sobre los que él mismo admite un nulo conocimiento. El proceso d e socialización a través del cual lleva a cabo el aprendizaje de la violencia es enormemente revelador de las care ncias que presenta s u “politiz ación” y su “educación” desde el punto de vista republica no” 338 . Podemos apreciar como los procesos de socializ ación de la violencia, entendido como hábitos tienden más a explotar senti mientos de odio y viol encia, que 337 Fernando Reinares, Patriota s de la muerte , Op cit., pp. 87, 90 y 96. 338 Rogelio Alonso, óp. cit., p.134. 289 a una verdadera poli tización de los candidatos a la militancia en grupos armados. Para ello, las organiz aciones clandestinas utiliz an espacios y ritos li gados a aspectos violentos, que puedan ex plotar las emociones propias de esta etap a vital de la adolescencia. Como reconoce este antiguo mi embro del IRA: “Los republicanos y el folclore republicano han ensalzado la lucha armada y el martirio y todo lo qu e la rodea, subra yando la importancia de la fuerza física, hasta el punto de que más que una táctica era un princi pio. Era una vaca sa grada y para s er republicano tenías que participar en ac tividades armadas” 339 . Si como vemos en los contex tos donde ha y conf lictos de violencia política armada son evidentes los procesos de socialización de una cultura política de la violencia, el intento p or resolver tales conflictos debe t ender a tra bajar esta dimensión cultural tan determinante desde nuestro punto de vist a. ¿ Pero cuáles serían los rasgos fundamentales de esta “cultura políti ca de la violencia” qu e hunde sus raíces históricas en los procesos psicosociales de formación de los individuos? ¿Qué papel cumplieron en el s urgimiento y consolidación de los grupos insu r gentes en la década de los sesenta? Las respuestas a estas preguntas, pu eden esta r en esos momentos esenc iales para la historia política de Colombia que son La Violencia (1946-1953) y su apéndice el Frente Nacional (1958-1974). Estos periodos son claves para entender el surgimiento y consolidación de grupos armados en los año s sesenta, pero pa ra ex plicar la fuerza con la que se implanta la insurgencia, el número de dife rentes grupos guerrilleros y su perdurabilidad hasta la actualidad, sólo pueden entenderse por el papel que cumple esa tradición de cultura política de la violencia como recurso para acceder a la ciudadanía o par a obtener ventajas políticas. Como 339 Ibídem., p. 2 50. 290 afirma Luís Alberto R estrepo refiriéndose al su r gimiento de los grupos guerrilleros en los años sesenta del siglo XX : “E l fervor guerrillero surgió en América Latina c on motivo del triunfo de la revolución cubana. Pero la tradición de sectarismo y violencia polí tica implantada por los Pa rtidos tradicionales, el alto grado d e pe rmanente agresión legal y armada d e muchos s ectores dirigentes sobre las clas es subordinadas, y la h ondura de la crisis social, le han dado su peculiar a rraigo en Colombia. P or otra parte, el estrecho régimen bipartidista tampoco le ha ofrecido cauces institucionales alternativos (...) L os Partidos tradi cionales, instalados en el poder, se habituaron a re sponder preferencialmente por vía repre siva a la protesta social, desconociendo su reto político y reduciéndola a la cate goría de p roblema d e “orden públi co”. El recur so casi permanente al Estado de Ex cepción y su uso represivo contra la protesta así lo demuestran. De este modo, el acuerdo liberal-conservador ha contribuido decisivamente a la militarización del conflicto en Colombia” 340 . Esta mi litarización de la sociedad, se ha dado históricamente en una doble vía: de los sectores marginados del sistema polí tico hacia las clases p rivilegiadas del país y del Estado contra las formas de re sistencia al orden establecido. P or ello, el uso de la viol encia como método de lucha polític a se h a extendido hast a nuestros días, en un “remolino ciego de violencias encontradas”, en una elipse que no para de crecer y de sorprender por su intensid ad. Analicemos a continua ción, qué responsabilidad tiene el “ establecimiento” en la pe rsistencia de este ent recruz amiento entre política y violenc ia. Luís Alberto Restrepo afirma al respecto que: 340 Luís Alberto Restrepo, “ La guerra como su stitución d e la polít ica” , en Aná lisis Político , 4, Enero- Abril, 1 988 , p.88. En este art ículo el a utor analiza la evolución hi stórica de conflicto en Colombia, constatando la intensi ficación d e la co nfrontación ar mada y el deb ilitamiento de la s mediacione s políticas. El e nfrentamiento a vanza en u n p roceso d e degra dación y esq uizofrenia d e lo p o lítico hacia el terror ism o y la g uerra sucia. 29 1 “L a guerra sucia en Colo mbia ha tenido un a la rga preparación. Durante los últimos cuare nta años, en el p aís se ha venido desarrolla ndo un lento “golpe de socie dad civil”, regido por el br azo armado del Estado, cuando no sim plemente de los P artidos. Ho y la relación se ha invertido: numerosos diri gentes c iviles son el brazo político de las Fuerzas Armadas. Ante la de fección de la “clase política” genera da por el F rente Nacional, los militares se han convertido casi obli gatoriamente en ideólogos de la sociedad civil dominante, al menos en relación con el creciente conflicto social. Y, como es apenas lógico, han impreso en ella su propia perspectiva profesional: una visión de “orden” y “seguridad” 341 . De esta m anera las fuerzas de seguridad del Estado se convirtiero n en garantes del sistema social y político, por encima de pilares institucionale s como el sistema justicial. Ello supuso que su presencia en la sociedad se incrementó y por su centralida d en el sis tema, impuso su visión de mundo, el “principio de autodefensa”, lo que llevó a un inc remento de la mi litarización social. Los ciud adanos se convirtieron en fiscalizadores y policías de sus vecinos, y cada individ uo, grupo o clase social debio defender por l as armas sus pro p ios int erese s. El Estado d elegó sus responsabilidades en actores particulares – esp ecialmente paramilitares- c on lo que el mo nopolio de la violencia se rompio todavía m ás, se incrementó la “priva ti zación de la violencia”, se intensifi có l a cultura de la violencia y s e terminó establec iendo una verdadera “ley de la selva social”. Claro que: “La guerra sucia de ho y no es, por lo tanto, un fenómeno sorpresivo e inesperado. Emerge de una socie dad que se viene militarizando de tiempo atrás. P uede operar en forma centralizada o autónoma. Es responsabilidad, ante todo, de las c lases dominantes y de los Partidos tradicion ales que han abdicado de su responsabilidad 341 Ibídem., p. 9 0. 292 política y la han d elegado, abusivamente, a la coerción militar. No se dirige contra la gue rrilla. Es más bien el resultado de la frustración producida por la imposibilidad de exterminarla . Es una g uerra de intimidación y exterminio contra el pensamiento indepe ndiente, la prensa y la cultur a, cont ra todas las fuerz as que podrían ampliar el estrecho ré gimen bipart idista y tr ansformar en lucha política el enfre ntamiento armado. Esta guerra informal le da ho y los mejores argumentos a la guerrilla y bloquea el camino de la paz, aunque no facilita tamp oco la victoria militar del establec imiento” 342 . Esta evolución so cial lle vó a un exacerbado recurso a la violencia por p arte del Estado y de aquellos movimientos sociales que p retendían forzar al Estado para que ef ectúase reformas. Todo ello en detrimento de las mediacion es políticas, judiciales e incluso sociales; en lo que Gonzalo Sánc hez define como “militarización de la pola rización social”. Un proceso dond e se establece un contacto estrecho entre violencia y política, y q ue se int ensificó de forma irreversible en la Violencia y el Frente Nacional. Este proceso unido a las condiciones int ernacionales y el mesianismo de la iz quierda latinoame ricana, fomentó el surgimiento de grupos insurge ntes. Estos y a no abogaban por la “i ncorporación” al siste ma polí t ico existente sino por su “sustit ución” , incrementá ndose la quiebra so cial y e l conflicto armado: “L os rebeldes de los año s 50 operaban ma yoritariamente dentro de una perspectiva de incorporación al poder. Su razón de ser estaba en su capacidad d e representar a los ex cluidos del poder. P ero carecían d e horizonte pr opio. Su horizonte era el que les imponían sus jefes, que no era otro que el de la posibil idad para éstos de entrar a compartir el poder. Las fuerzas insurge ntes de h oy, por el contrario, operan dentro de una estrategia de destru cción-susti tución del poder, 342 Ibídem., pp. 90 - 91. 293 es decir, con una perspectiva qu e se pro clama a sí mi sma revolucionaria” 343 . Pero a pesar de las diferencias entre las protesta s y los guerrilleros li berales o comunistas de los años cincue nta y los guerrilleros marxistas de los se senta o setenta, sobre su concepción del poder, existe una estrecha relación y conti nuidad entre ambos: “Muchos de los anti guos combatientes d e la Vi olencia fueron invitados a realizar una purificación de su pasado (el revolucionario era la prefi guración d el Hombre Nuevo qu e pregonaba el Ché Guevara) y a enrolarse en la que habría de ser la verdadera guerra, la guerra revolucionaria. Eran los tiempos de una América Latina idealizada frente a sí mi sma y frente al cansado pensamiento occidental, en la cual, además, tanto la guerra como la políti ca se inscribían en los dominios de un nuevo mi to, el mi to del recomienzo . Todo parecía apuntar, desde esta óptica, hacia un reencuentro d e lo político y lo mili tar, hac ia una recon strucción de la complementarie dad entre la guerra y la política, como en el siglo XIX, pero en aras esta vez de un pro yecto d e so ciedad enteramente inédito. (...), la g uerra y todos los valores asociados a las armas se fueron imponiendo sobr e las relaciones políti cas hasta convertirse lisa y llana mente en su susti tuto” 344 . Además con la llegada del narcotráfico a partir de los años ochenta y s u entrelazamiento con el conflicto políti co y armado, se da en Colombia una intensificación de la viol encia en el ámbit o de la política y de la socied ad, en lo qu e Gonzalo Sánchez denom inó “bandolerización de la guerra”, y sus comple mentos de 343 Co misión de estudios de la violencia, Colombia : vio lencia y d emocracia , Bo gotá, Universidad Nacional, 198 7, p. 35. 344 Gonzalo Sánchez, “Guerra y política en la soc iedad co lombiana”, óp. cit., pp. 24 - 25. 294 “refeudalización y cartelización de la g uerra” , en definitiva, un fenómeno de “pulverización de lo político”: “Colombia había en trad o en lo que el sociólog o mexicano Serg io Z ermeño ha llamado una “dinámica de desorden” que, en nuestro caso, convirtió la confrontación social y política en un a cadena de retaliaciones sin fin que sólo pueden capitalizar los más fuertes. Así, a los frentes guerrilleros se respondió con “autodefensas” ; a la movilización popular de los paros cívicos y las marchas c ampesinas, asimilada a la subversión, se respondió con la “g uerra sucia ”; al secuestro, con las desapariciones; al asalto, con la masacre. S e produjo, en suma, una verdadera clandestiniz ación no sólo de la extrema derecha sino en términos más ge nerales de la guerra , o de las múlti ples guerras, para ser más precisos. Frente a ellas la unidad del Estado parece simplemente deshacerse y a que éste en algunos aspe ctos víctima; en otros es testigo tolerante o complaciente, y , en otros es parte de los pode res “clande stinizados” 345 . Claro que estos fenómenos no son nuevos en la historia del p aís, Álva ro Camacho encuentra la relación entre, por ejemplo, la fi gura del “pájaro” d e los años cincuenta y la del “sicar io” en la actualidad; en una continuidad de ex presiones de esa cultura política de la viol encia: “Al pájaro se le ll ama para “hacer un trabajo”... y se ajusta el precio y s e conviene la partija. L a mecáni ca políti ca se monta contra comités y directorios municipales. A m ano de los pájaros ca en los miembros liberales de estos organismos con p recisión cronométrica, sin respetar lugares ni personas y sin esperar castigo para los criminales porque las ge ntes se arredran y no los denuncian... S erán famosos: el “Cóndor” León María Lozano, “Pájaro Az ul”, “Pájaro 345 Ibídem., p. 2 7. 295 Verde”, “Pájaro Negro”, “Lamparilla”, “Turpial”, “Bola d e Niev e”. (...) De pre ferencia, aunque no exclusivamente, los pájaros actuar on a partir de adhesiones p artidistas o movidos por lealta des pe rsonales a dirigentes reg ionales. Su acción se ejecutaba en nombre de un orden políti co-económico que se consideraba amenazado o que se quería imponer. La relación monetaria, po r lo general, se subordinaba a la adhesión personal del ejecutante a su amo y señ or. La forma actual, en cambio, tiende a omitir tales consideraciones, a despojarse de dimension es políticas o éticas y a convertirse en un oficio cu ya única motiva ción es l a p aga. Es frecuente el caso en q ue el ejecutor ni siquiera conoce a su futura víctima... El sicario es un pistolero al servicio del mejor postor” 346 . Pero las comparaciones pueden continuar por ej emplo entre los “chulavitas” y los “escuadrones de la muerte” en la actualidad: ¿P or qué la memoria colectiva en C olombia es tan d ébil? ¿C ómo intentar no repetir estas experiencias crueles si no se recuerdan y se toman medidas p ara que no vu elvan a suceder? ¿P or qué insi sten en formas d e control social que histó ricamente h an fracasado? ¿P or qué el Estado y l as élites locales insisten en la guerra sucia? ¿P or qué no s e establece relación entre estos episodios bárbaros, si las similitudes son claras? S obre los Chulavitas y pa ramilitares se puede plantear que: “L os primeros fue ron campesinos explícit amente seleccionados en una reg ión del país para que, como integrantes de la policía, ocupara n y limpi aran a ciertos municipios de sus p obladores liberales y e rradicaran a las guerrillas. Eran, pues, agentes estatales directos, y cumplían una tarea qu e se suponía contaba con la legitimidad de ser oficial, aunque realme nte operaban a partir de los interese s concretos de un partido político, más que de l Estado. 346 Álvaro Ca m acho G uizado , óp. cit., p p. 32 -33 . 296 Los de hoy pueden ten er un origen variado: algunos han sido creaciones de las Fuerzas Armadas en v irtud de un a disposición legal que las autoriza para armar civiles, pero que han adquirido una dinámica propia y han desbordado los propósitos originales de autodefensa; otros ti enden a ser productos de alianzas tanto de narcos como de militares y terra tenientes. Al gunos de ellos en sus v ersiones rurales se llaman pa ramilitares, y aunque se tienda a confundirlos con los sicarios, su diferenc ia central estriba en que responden a intereses económicos y políticos específicos concretados en la eliminación de d irigentes campesinos y en supuestos auxiliadores de las fuerzas guerrilleras insurgentes. En sus versiones urbanas pueden ser, como en Cali, Pereira , Bucaramanga y Medellín, tanto ciudadanos privados qu e se organizan para realizar labores de limpieza barrial, como age ntes de la policía desaconductados que asumen para sí mi smos las tareas que la instit ución no puede rea lizar legal y le gítimamente” 347 . Estas conexiones en la cultura política de la violencia nos hablan d e q ue continúa implementándose un “campo social de c onflicto” 348 y una “civilización del conflicto”, una soci edad en conflicto, qu e su pone en palab ras de Luís Alberto Restrepo, que “avanzan los tambores de guerra, pero no como continuación de la política, sino como su ruda sustitución desordenada” 349 . Esta sustitución , complementación o im bricación de la política y l a viol encia, incrementa el “antagonismo de la exclusión” , el no re conocimiento de la alteridad, un fac tor que según Daniel Pécaut tie ne carácter prepolítico. Este carácter prepolítico trad uce el peso que alguna s instituc iones sociales han tenido en Colombia: 347 Ibídem., pp.3 3 -34. 348 Ibídem., p. 2 3. 349 Luís Alberto Restrep o, óp . cit., p. 93. 297 “La exclusión, el sustra to pr epolítico de los enfrentamientos debe en contrarse entonces en las tradiciones educativas de la famili a, la Iglesia y la escue la. El pueblo colombiano fue d omado para la exclusión bajo el firm e domi nio de la Iglesia catól ica que adoptó un a posición defensiva contr a las ideas modernas que atentaban contr a su hegemonía ideológica. L o diferente, lo otro, la li bertad de pensamiento, de conciencia y de investi gación, fue elimi nada a favor de una concepc ión intolerante del mundo” 350 . La ide a de que esta cultura de la exclusión y violencia empata con el pasado y el peso de la Iglesia en la sociedad colombiana es defendida por v arios autores, entre ellos Ambro gio Adamo li 351 , para quien la mentalidad religiosa s e convierte en causa estruc tural de la violencia, porque el intento de imponer una verda d a los demás ti ene un papel determinante en la formación de la moral y d el imaginario nacional. Para Carlos Ma rio Perea 352 existen unos claros vínculos, que él rastrea en la prensa colombiana de m itad del siglo XX, entre la cultura polí tica y l a violencia en Colombia, que hunden sus raíces en un horiz onte imaginar io de naturaleza religiosa, que tiene su ori gen en la colonia hispano -católica y la Contrarreforma. Por su parte, Cristina Rojas 353 se propone pensar la viol encia desde la cultura, para ello parte del hecho de que ha y una vi olencia ori ginaria o de representación que antecede y sirve para alimentar un discu rso de justificación de la viol encia “real” o la agresión física. Esta violencia de representación se origina en un rég imen monológico de comprensión del mundo, que niega al otro su posibilidad de ser dist into a esa cosmovisión. El régimen de represe ntación que se impuso con la llegada de los 350 Carlos A. Londoño, “La modernidad y el pap el del Estado en la épo ca de la Violencia” en Memorias de Historia , IX Cong reso de Historia de Colomb ia , Tunja, 1995 , p. 124. 351 Ambrogio Adamoli , Violencia y religiosida d , Ed. Escuela Co lombiana de Ingeniería, B ogo t á, 1 996. 352 Carlos Mar io Per ea , P orque la sang re es espíritu. Im a ginario y discurso político en las élites capitalin as (1942- 1949) , Santafé d e Bogotá, Ed. Santillana, 1996 . 353 Cristina Rojas, óp. cit. , pp. 17 - 33. 304 4.4. EL PROCESO DE FO RMACIÓN D EL ESTADO-NACIÓ N EN CO LOMBIA Los últimos doscientos años, en e l territorio que ho y co noc emos como Colombia, pueden esta r caracterizados por la búsqueda ini nterrumpida de la construcción y consolidación del Estado-n ación; fenómeno que puede ser extrapolado a muchos p aíses de Latinoamérica. El int ento por establecer un orden político común, encontró para las élites la dificultad de adoptar u n tipo de organización política moder na, sin que esto supusiese verdaderos ca mbios en la estructura so cial y económi ca tradicional. La imposición de un pro y ecto de nac ión exclusivo de unas élite s, dificultó el surgimiento de identidades nacionales que ag lutinasen a diferentes sectores de la poblac ión. Esto supuso que es e proy ecto ex clusivo debio ser posi cionado con el uso de l a fuerza, por lo tanto asignaron al Estado y sus fuerzas armadas una función determinante en este p roceso de construcción social y po lít ica. La s élites criollas con un a perspectiva civili zatoria y racista, partieron de la i dea de que lo socia l no es susceptible de autogobierno y autorregulación, el res ultado fue unos “sistemas de dominación tradiciona l, clientelismo tra dicional o moderno, coacción física y fraude” 363 . Así el discurs o civilista del orden y la violencia se retroalimentó para justificar una socied ad basada en la ig ualdad formal o legal, pero con una gran desigualdad en el plano re al: “América L atina soporta una larvada cultura de viole ncia y clientelismo. El Estado de Derecho presenta una fac hada cuyos basamentos son, de hecho, la prá ctica clientelista y la viol encia, recur sos de poder que se refuerza n recíprocamente. Nos hemos 363 Daniel Pécaut, Orden y vio lencia , óp . cit., p. 27. 305 asegura do ilusoriament e de que los colombianos estamos a salvo de esa re gla latinoamericana. S e nos dice que nos hemos salvado. Sin embargo, de sde la misma Independencia el patriciado creó una visión civilista y le galista del desarrollo político, ente ramente afín con el proceso de guerras civile s que se desató en el mis mo año de 1811, en pos de alcanzar una hegemonía sust itutiva del poder de la Corona” 364 . Este proc eso d e formación del Estado -nación donde orden y violencia van de la mano, se convierte en un tipo histórico de articulación social y territ orial que define la historia de Colombi a. Como plantea Ingrid Bolívar: “C uando se parte de que el estado es una forma de vinculación social que impli ca la articulación de distintos grupos sociales y d e distintos territorios en períodos también diferenciables, la Violencia puede aparecer como una modalidad de articulación. Esto no significa que la Violen cia se justifique o deba ser conde nada. Precisamente, esta formulación saca a la Violencia del juicio moral y recuerda que distintos historiadores han constatado que el conflicto, y sobr e todo el conflicto violento es característico de la formación de los estados y no su negación o límite” 365 . Parece una paradoja que el proceso de formación nacional 366 en Colombia, uno de los países con mayor tra yectoria en re gímenes políticos civiles; sea al mismo 364 Marco Palac ios , La clase más ruido sa y o tros ensayo s sobre p olítica e historia , Ed. Norma, Bogotá, 200 2, p. 15. El autor recoge algunos de sus e nsayos m ás i m portante s para r astrear la formación de la cultura po lítica en Co lo mbia d esde m ediado s d el siglo XIX hasta el XX; en u no de los capítulos inda ga en los informes d e dip lom át icos ingleses sob re la per cepción que tienen de Colombia y enc uentra la si guiente defini ción: “Gente que depende del gobierno para vivir y que b usc a estar bien con el partid o del gob ierno, cualquiera que éste sea”. 365 Ingrid J. B olívar, Violencia política y formación del Estado , ó p. cit., pp. 24 - 25. 366 So bre el te ma se puede consultar se puede consultar la obr a d e Hans-Joac him König , Au f d em Wege zur Nation: Natio nalismu s im Prozess d. Staa ts -u. Nationbild ung Neu -Granad as 1750-1 856 , Steiner-Verl, Stuttgart, 19 88. T raducción al español: En el camino a la nación . Na cionalismo en el proceso d e formació n del Estado y d e la Nación de la Nueva Granada, 175 0 -1856 , B anco de la República, Bo gotá, 199 4. El autor e xa mina las co ndiciones e n q ue surgió y se manifestó el 306 tiempo “el país en que la violencia está más ex plícitamente presente, tanto en las relaciones sociales y polí ticas, como en su representación” 367 . Mostran do este proceso una tendencia co nstante a combinar la unidad y l a fragmentación, se une y s e fragmenta al mi smo tie mpo, y esta fragmentación se convierte en una forma de construcción de unidad: “La violencia, por otra parte, no es el reverso del orden. No ha y duda de que es una moda lidad concr eta de acción del Estado o de los diversos g rupos soci ales; pero expresa también, de manera más ge neral, la concepción de lo social que alimenta la referencia a l orden. La violencia remite, ante todo, a aquello que, en lo social, aparece en c ada mom ento constituido como “exterior”. La anti gua figura de la “barbarie” o de lo inasim ilable subsis te todavía. Otros “exteriores” s e form an a medida que progresa la r egulación estat al o la polí tica de “incorporación” (…), la violencia está en relación con lo que se considera como una frontera de ésta en relación con lo que se considera como una frontera de l a socialización e impide la “rea lización” de la unidad de lo social” 368 . ¿Por qué la joven República no incorporó a tod os los sectores sociales al nuevo pro yecto políti co en los comienzos del siglo XIX? ¿Por qué después de dos siglos el régimen político no ha conseguido inco rporar a la población en un proyecto común y legitimado ant e tod os los ciudada nos? El inicio de la conciencia nacional surgió por p arte de un as élites criollas que asumiero n una identidad de grupo frente a nacionalismo e n la Nueva Gr anada y extiende su reflexión al surgimiento d e la Gran Colombia y las primeras etap as d e for mación de los nuevos Estad o - na ció n. Para ampliar la i m portancia del debate se pueden co nsultar los textos clásico s d e E rnest Re nan, ¿Qu é es u na nació n? Cartas a Strauss , Alianza, Madrid, 19 87, (1ª ed. 1 882); Benedict Anderson, Comuni da des imaginadas. R eflexiones sobre el origen y la di fusión del na ciona lismo , F.C.E., México, 19 93; E. J. Hobsb awm, Naciones y nacionalismos d esde 17 80 , Crítica, Barce lona, 1991. 367 Daniel Pécaut, Orden y vio lencia , óp . cit., p. 26. 368 Ibídem., p. 2 5. 307 la reo rganización fiscal planteada por l as reformas borbónicas en torno a 1780 , que las discriminaba del acceso a los re cursos de la Colonia; posteriormente esta concienc ia de grupo se e ntendió a un amplio sector de la poblac ión y s e convirtió en identidad nacional. Este proceso aglutinó variados intereses económicos, políticos o culturales posibilitando las experiencias independ entistas de la metrópoli española y los proy ectos de construcción de nu evos marcos político -jurídicos. P ero las disputas entre los distintos sectore s de las élites y l as diferentes re giones obligó a retomar los restos de la or ganización institucional del período colonial, así las antiguas Audiencias de la época c olonial se convirtieron en los nuevos países. Lo cual puede mostrar que más que una conciencia nac ional , en la construc ción de los nuevos Estados nacionales, primaban los intereses d e una élite de familias criollas pegadas a la burocracia del Estado colonial y que intentaron mantener sus intereses políticos y económicos. Todo ello alimentó las gue rras que d urante todo el siglo XIX int entaron imponer un orden político y social. Tal vez, aquí esté la respuesta a la persistencia de la violencia en el sistema polí ti co colombiano, el intento por mant ener los privilegios de unas élites mediante la instauración de regímenes políti cos restringidos, de tal manera que “el modo de institución de lo social; p rocede sobr e todo de la posibi lidad de su no- institución parcial” 369 . Por ello, el descifra miento de la viole ncia en Colombia pasa por analizar la forma de confi guración del sis tema políti co y a su vez la inteligibilidad de la política e n el país requiere la referenc ia constante al uso de la violencia en el ámbito polí tico. Como destaca Francisco Leal Buitrago: “La formación de la naciona lidad es un t ema funda mental para la comprensión de la realidad política colombiana a lo largo de toda su historia.” 370 . 369 Ibídem., pp. 34 - 35. 370 Francisco Leal Buitrago, Estad o y política en Colomb ia , Siglo XXI, B ogotá, 1984, óp. cit., p.2 5. 308 Otro factor básico par a la comprensión histórica del sistema políti co colombiano es el cara cterísti co bipartidismo, o la histórica hege moní a de dos partidos políticos: el L iberal y el Conservador. Fue la c apacidad de estos partidos de ag lutinar y de enfrentar los difere ntes sectores d e la población, lo que d eterminó la config uración del siste ma polí tico y social, l as formas de cohesión s ocial y la imposibilidad de una unidad simbólica. Francisco L eal lo resume afirmando que: “El caos políti co colomb iano del siglo X IX reflejó en términos amplios los sucesivos f raca sos de la única clase dominante, los terratenientes, para ge nerar un pro yecto po lítico viable. La competencia política interregional entre sus grupos dirigentes, a la vez que alimentó la inestabilidad del país, permitió que éste no se desmembrara administ rativamente. Y, cuando se fue pl anteando un proceso de disgregación regional con el federalismo, surgió el bipartidismo como factor de coh esión ideológica nacional, inclusi ve alentando ma yores conflictos como fueron l as guerras civiles de la segunda mitad del sig lo... ” 371 . Esta for ma de regular la socie dad “desde arriba” por parte d e las élites criollas ter ratenientes, de muestra el int ento de l as mismas por extender un a forma de dominio tradicional al nuevo sistema político libe ral-moderno que sur ge después de la Inde pendencia. De esta lógica política de ex clusión emerge la r elación entre violencia y política, así como las identidades antagónicas y la imposibil idad de conseguir la unión sim bólica y política de la población. Daniel Pécaut refi riéndose a los dos partidos tradicionales, plantea que: “Las guerras civiles facilitan su transformación e n subculturas. Los partidos presiden la formación d e dos sistem as de pertenencia y de identidad colectivas; generan dos concepciones incompatibles del 371 Ibídem., p.10 8. 309 orden social (…) encie rran a l indi viduo en un vínculo a la vez prepolítico y político y de esta man era garantizan una legitimidad de tipo tradiciona l para las élites civiles; e n contrapartida, privan al Estado de la posibilidad de afirmarse como ga rante de la unidad simbólica de la s ociedad: la división que los partidos perpetúan es compatible con arreglos gubernamenta les e impide la formación de una imagen de un cuerpo social unifica do. Estilo libera l de desarr ollo, arraigo de lo político en lo prepolítico, precariedad del Estado: so bre estas bases se afirma la democracia colombiana. Una democrac ia que, más que restring ida, es funda mentalmente t radicional; que revalida las formas de dominación constituidas en el siglo X IX; y que, a manera de división social, sólo admite la separación partidista, a l a que confi ere el estatuto de ruptura insup erable” 372 . De esta manera las guerras consiguen configurar y engordar unas endebles maquinarias polí ticas a partir del odio al otro partido y del sentimientos de venganza. La pugnacidad entre los partidos escondía intereses de cac iques locales y élites regionales, ide a sostenida por auto res como Dani el Pécaut, Fernán Gonzál ez o I ngrid Bolívar, esta última defiende la idea d e que “no se trata de dos fuerzas ideológicas, homogéneas y contrapuestas, sino de redes que e xpresan y dan forma a n umerosos conflictos de las sociedades locales” 373 . Postulados que profundiza Fernán G onzález, quien caracteriza a estos pa rtidos: “ Como ´federaciones laxas de élites` que fueron unificando al país y li gando a l a burocracia central con las regiones y localidad es. Pero esta consolidación nacional a través de la mediación del bipartidismo no modific ó esencialmente el carácter fragmentado y privado del poder (…) Esta del egación/mediación, por la cual 372 Daniel Pécaut, Orden y vio lencia , óp . cit., p. 32. 373 Ingrid J. B olívar, Violencia política y formación del Estado, ó p. cit., p. 21. 310 compensa la f ragmentación del poder y se lo gra cierta p resencia del Estado nacional en las regiones, pero basánd ose en los poderes locales que conservan así la capacidad de entrabar las reformas modernizantes pensada s desde el centro” 374 . Esta combinación de élites regionales, caciques y poderes locales, centralización del poder en el Estado-nación y los diferentes niveles de la burocracia estatal, marcan la form a como el bipartidismo fue articulando y consoli dando la construcción de nac ión. Pero al mi smo tiempo, la disputa entre el partido liberal y conserva dor por los beneficios, privilegios e ins tituciones del Estado ha dejado una amplia huella en el pasado político del país. Fue esta disputa por la administración de los re cursos y el control del Estado por parte de las diver sas y dispersas élites políticas del país, lo que configuró las fortalezas y d ebilidades del p ropio Estado. El control de éste permitio a las élites la intervención del Estado en defensa de sus intereses y asimismo a los cuadr os medios y simpatiz antes de los partido s tradicionales pa rticipar en el “botín” del Estado. P or eso, compartimo s las ideas de Ingrid Bolívar cua ndo afi rma que: “Las constant es rivalidades y luchas entre grupos de poder no hablan necesariamente de un mal funcionamiento del estado o de la debilidad del poder central. P or el contrario, tales rivalidades pueden constituir una modalidad del domi nio pol ítico, la for ma como un poder logra cierta centralidad. De nuevo, las luchas entre rivales e incluso las luchas viole ntas antes qu e evidenciar l a disolución del estado o del ordenamiento polí tico revelan un a de sus modalidades de funcionamiento” 375 . 374 Ibídem., p. 2 0, nota nº 13 . 375 Ibídem., p. 32. 311 Tanto en el siglo XIX como en el XX, el partido L iberal y Conservador fueron f actores deter minantes de la p eculiar forma de unificación del país. Ambos jugaron un papel fundamental para im pedir la fragmenta ción del país e n redes de poder re gionales contro ladas por caciques loc ales, y asimismo la adscripción partidista de los s ectores populares los in cluyó en este pro yecto de construcción nacional. Como plante a Francisco L eal Buitrago, esta esp ecial articulación del Estado con los intereses de las elites económicas y políticas del país y sus clientelas, va a definir la forma de configurac ión y desarrollo del Estado colombiano: “Solamente la identificación común que sobrevino progresivamente con la afiliación familiar a uno u otro de los dos partidos pudo contrarrestar la pro y ección centrífuga. Bien p ronto el bipartidismo, con un faccionalismo que mostraba las realidades regionales, se convirtió en el mediador por ex celenc ia de los procesos sociales m ás visibl es. La s guerras civile s ex presaron la f alta de pro y ectos polí ticos de or ganización social, pero tendieron a integrar la sociedad bajo sus banderas.” 376 . La s elites política s conservadoras y liberales , desde media dos del si glo XIX, se encargaron de fomentar el odio al otro partido como principal gestor d el sentimiento de pertenencia al partido propio; así llevaron a sus seguidores periódicamente a san grientas guerras civiles. A pesar de ello, estos partid os fueron garantes d e la peculiar forma de unidad n acional que fue constru yendo el moderno Estado colombiano. Francisco Leal Buitrago continúa most rando los lazos estrechos entre el régimen político bipartidista y la form ación y consolidación del Estado - nación libera l moderno, a l afirmar: 376 Francisco Leal Buitrago , Estado y política en Colombia , óp. cit., pp.148 -149. 312 “Las guerras civiles del sig lo X I X in y e ctaron en el alma de todos los colombiano s el orgullo de senti rse liberales o conserva dores. L a organización polít ica de ese entonces pudo reproduc irse largamente disimulando su debil idad y , sobre todo, su tremendo desco yuntamiento reg ional, grac ias a la grandeza funcional del bipartidismo como int eg rador ideológico de la nacionalidad colombiana. A partir de allí, todo fenómeno social de alguna importancia, aunque no f uese visiblemente político, fue mediatizado y canalizado por los partidos. Por lo general, las lealtades personales no tuvieron su orig en en identidades de clase social, sino que se manifestaron incondicionalmente, y con no mucho interés material visible, como debere s de copartidario. El compadrazg o y las relaciones de lo que hoy se llama clientelismo operaban dentro de estos parámetros sociales. El tipo de relaciones de domi nación apo y a das en form as de producción diversas de servidumbre, proporcionaba una fácil compenetración con las relaciones de clientela dentro de los partidos. Es obvio que esta situación fue tr emendamente fructífera para el ejer cicio de la do minación de clase. El disfraz ideológ ico bipartidista, donde s e o cultaron las diferencias de clase , facilitó durante el siglo XIX la r eproducción de los terratenientes y, y a en el siglo XX, la de los com erciante s y finalmente la de los indus triales, como las clases dominantes que fueron disputándose el lugar hegemónico en el concierto polí tico de la nación. Sin emba rgo, este mismo disfraz afectó también a los grupos dirige ntes: a la vez que les facilitaba su papel como tales, les impedía su unificación política...” 377 . La im posibilidad de conseguir una unidad so cial, simbó lica y real, fue el resultado de mantener u n sistema político que se sustentó en las diferencias sociales aunque tuvo una apariencia democrática, y que a demás se basó en un a confrontación 377 Ibídem., p.15 2. 313 partidista asentada en identidades no de clase sino en el odio al contrincante. La politización de la soci edad se sustentó, por tanto, en ese tipo de elementos prepolíticos, que sobrepolitiz an la vida cotidiana de la población y d e los actores sociales. La con frontación polí tica y pa rtidista se tradujo en una separación amigo- enemig o, verdadera esencia de la cultura p olítica de la viol encia. Por lo tanto, esta naturaleza prepolítica impidi o que el sistema político y la democracia se convirtiera n en antídoto contra esta relación ami go-enemigo; ya que el odio al otro, al enemigo fue la fuente de id entidad y c onsolid ación de los partidos polí ticos y estos últ imos, a su vez, son el eje central del sistema políti co. En el corazón de este régimen políti co está su propia debilidad y autodesmembración. Como plantea Da niel Pécaut: “La violencia colombiana no se redu ce a lo prep olíti co de lo político. Signo de lo no -instituible pone tambié n al des cubierto las fisuras de lo social. (…) L a división política organiza identidades colectivas: frente a la imposibil idad de tomar a su c argo las divisiones sociales, se tr aduce en una rupt ura entre la esfera política y la esfera social y contribu y e finalmente a que e sta última parezca regida a su vez por la pura fuerza. Al hac er de la relación amigo - enemig o el fundam ento de lo polí tico, crea las condiciones para que la misma relación inva da lo social y c ircule allí sin barreras” 378 . El país fu e enquistándose, poco a poco, en el uso de l a fuerza como r ecurso para imperar en las relaciones políticas, factor que se extendió también a las relaciones soci ales de los ciudadanos y a cabó po r prevalec er en mul titud de facetas de la vida cotidiana. M ostrándose con ello, co mo un fenómeno contin gente de la experiencia hist órica del país, se fue convirtiendo en hábito, luego en costumbre y ésta por último en tradición; es en este momento cuando podemos hablar de cultura política de la violencia. Este factor cultural de la violencia partidista y p olítica que 378 Daniel Pécaut, Orden y vio lencia , óp . cit., p. 36. 320 Fue así que al mismo tiempo como si fuera un río paralelo, a l extenderse la violencia, iba apareciendo la guerr il la. Fue el comienzo en este siglo de una n ueva forma d e violen cia, desde abajo en defensa de los de a bajo. Y naturalmente, esa def ensa de la vida se entrelazaría con los odios heredados, la confrontación partidista y la c ontienda se amplió en una gue rra civil esta vez no declar ada por ningún documento público. Lo primero fue la defensa de la vida.” 385 Esta situación generalizada de odios y asesinatos que cobró la vida de una s 300.000 personas, se intentó superar con el F rente Nacional (1958-1974), que fue el acuerdo del p artido Cons ervador y Liberal para superar la p eor crisis social y polí tica que vivió Colombia e n e l siglo XX, el pe ríodo conocido con el nombre de L a Violencia (1946-1957). La anterior guerra civil se había d ado, en la y a lej ana Gu erra de los Mil Días (1899 -1902) que culminó con la p érdida del territorio de P anamá. La Violencia 386 fue un período caracter izado por el ase sinato del candidato populista y liberal a la presidencia del gobierno, J orge Eliéce r Gaitán, el 9 de abril de 1948. Esta muerte desató una asonada general en todo el país, comenzando en la capital con el famoso Bogotazo y que se extendió a todas las regiones en una guerra civil entre facc iones de los dos partidos. El país quedó dividido en dos partes totalmente irreconciliables. Así el Frente Nacional se con virtió en el intento d e las élites políticas y económicas del país por controla r esta violencia sectaria que puso e n peligro su situación privileg iada en la sociedad. Este pac to entre los dirigentes del partido L iberal y C onservador consistió en repartirse periódicamente la 385 Arturo Alape, La p az, la violencia: testigo s d e excepción , Planeta, Bogotá, 1993 ( 1ª ed. 1 985), pp.6 9-71. 386 Sob re el te m a co nsultar e l l ibro de Gonzalo Sánchez y Ricar do Peñaranda (Co m p.), Pasad o y presente de la vio lencia en Co lombia , ó p. cit ., en especial, para pro fun dizar e n este per íodo se p uede consultar el bala nce historiográfico planteado en el capít ulo de G. Sánchez titulado : “L os est udios sobre la Violencia, balance y perspec tivas”. 321 administración del Estado y de sus recursos. Este sistema político se ba só en la paridad de los dos partidos tradicionales y en cerrar la posibil idad de la existencia de otros partidos, y a qu e otr as fuerzas políticas no podían participar en las elecciones ni acceder a puestos en l a administración, porque pa ra ello se requería ser mi embro de uno de estos dos partidos y hacer un juramento al partido L iberal o C onservador. Como plantea Eduardo Pizarro: “La fórmula idead a por los dirigentes máximos de los dos partidos tradicionales, Alberto Lleras Camar go y La ureano Gómez, consistió en la distribución ig ualitaria de todos los cargos públicos entre el Partido Liberal y el Partido Conservador, en el establecimiento de la paridad en el interior de los cuerpos designados mediante la elección popular (Concejos Municipales, Asambleas Departa mentales, Cámara de Representantes y Senado de la República) y la rotació n en la presidenc ia de la República de repre sentantes de uno y otro pa rtido por 16 años. En estas condiciones la alternación entre los partidos dejó de ser el resultado de un proceso de audiencia y apo yo electoral, p ara convertirse en el producto rígido y le gal de un pacto entre los pa rtidos tradicionales, elevado al ran go de mandato constitucional por el plebiscito votado en el país a f inales de 1957” 387 . La fecha de comienzo del Frente N acional se pue de establecer en diciembre de 1957 con el plebiscito , sin embargo l a fe cha d e finalización del pacto, si bien fue 1974, se postergó porque el desmonte total del régim en no se dio hasta las elecc iones para la Asamblea Nacion al Constitu y ente de diciembre de 1990 y la posterior nueva Constitución de C olombia en 1991. Claro que el comi enzo del pacto tampoco surgió en un día con creto sino que tuvo unos antecedente s mu y importantes, así d espués de 387 Eduardo Pizarro, La guerrilla en Colomb ia , óp. cit. p. 113. 322 varios años de guerra civ il incubierta las élites políticas decidieron aca bar c on el caos en el país imponiendo una dictadura mili tar comandada por el general Gus tavo Rojas Pinilla (1953-1957). Esta salida política s e frustró por las pretensiones del general de prolongar su mandato y la oposición d el bloque bipartidista, la Iglesia y los gremios económicos a esa opción . Así los líderes de los partidos, Alberto Lleras y L aureano Gómez se vieron obligados a pactar para acabar c on las ambiciones del general Rojas Pinilla y recuperar el espacio tradicional del bipartidismo. Este acercamiento entre los dos partidos buscó crear un Frente Ci vil contra los mi litares con la intención de consensuar un candidato presidencial en el periodo de 1958 -1962, pero ante la resistencia del dictador y de parte del escalafón mili tar, los lideres de los partidos Liberal y Conser vador se vier on obligados a pa ctar un a cuerdo de ma yor trascendencia que superase el poder de los militares y recobrará la prop uesta civil frente a la militar. Fue así como se s elló el p acto de Sitges, con l a convic ción de que este “pacto de caballer os” entre los líderes de los partido s resolvería todos los problemas del país. La convocatoria d e un paro nacional el 10 de ma yo de 1957 obligó a salir al gene ral. Por lo tanto, el Frente Nacional pretendió recobrar la situación de dominio tradicional basado en e l sis tema político bipartidis ta después de dos peligrosas experiencias populistas que pretendieron incluir a las clases populares co lombianas en el jue go político: la p rimera con la figura de Gaitán hasta su muert e en 1948 y la segunda con el populismo del gene ral Rojas Pinilla. De al guna manera podemos afirmar que el pacto r espondió al mi edo de las élit es frente a las clases populares y su inserción en el poder políti co mediante figuras po pulistas. Elemento éste destacable en la historia latinoamer icana hasta nuestros días. Como propo ne Leopoldo Múnera: 323 “Las características excluy entes del Frente Nacional, que durante diez y seis años limitaron el ejercicio de la fuerza del Estado a los dos partidos tradicionales, impli caron una continuac ión y una metamorfosis del sis tema oligárquico d e pode r, dominante en l a escena políti ca nacional desde la época de la colonia española. Tal sistema, entendido a la manera de Fernando Guillén como una estructura aso ciativa, una tendencia y una ten sión general de la sociedad construidas alr ededor de los privilegios de un pequeño grupo dominante y de la particip ación políti ca subordina da d e la mayor ía de la población, pasó de la encomienda a la hacienda, de ésta al clientelismo por ads cripción (señorial) de los partidos tradicionales y d e éste al clienteli smo transaccional del Frente Nacional” 388 . El Frente Nacional, ig ual que había suce dido c on e l sis tema bipartidista desde el comienzo de la República en el siglo X IX, permitió recuperar la dominación de clase que ambos part idos aseguraban. Situación que se puso en peli gro con La Violencia y el golpe militar de Rojas Pinilla y su posterior independencia política de los dos partidos tradicio nales. Por tanto, la reconfigurac ión del bipartidismo con el nuevo pacto permitió la vig encia de una estruc tura social de dominación, caracter izada por la rigidez de la estratificación so cial, el autoritarismo y la represión de la oposición. Se pued e defender la tesis de qu e el Frente Nacional s e convirtió en un régimen político con más continuidades que cambios. Un claro ej emplo fue su carácter totalmente ex cluy e nte con relación a otras fuerzas sociales y políticas que no estuviesen representadas en el li beralismo o el conservatismo, especialmente sucedió esto con el Partido Comunista. Por tanto, el Frente Nacional empata hi stóricamente 388 Leopoldo Múnera, óp. cit., pp. 127 -128. 324 con el mi smo proceso de I ndependencia na cional y con el lejano period o colonial. Sobre la relación entre bipartidismo y formas de dominación, Daniel Pecaut afirma : “Son los dos partidos, el liberal y el conservador, sur gidos a mitad del siglo XIX, y no el Estado, los qu e han definido las formas de identificación y d e pertenencia colectivas, los que han dado nacimiento a subculturas transmitidas de generación en generación, los que han instaurado una división simbóli ca sin relación, o c asi, con las divi siones sociales, los que han en gendrado fronteras políticas que se han perpetuado hasta ahora. Esta división del cuerpo social ha sido lo bastante impositiva como para prohibir a los movimientos, nacionalista s, populistas, la expresión política de los conflictos de clase, lo mismo que para impedir las intervenciones de los mili tares, de los intelec tuales o de los tecnócratas que, por lo demás, han acompañado la construcción de las unidades nacionales. Lo ha sido también bast ante para qu e el régimen , ya se a que esté fundado sobre la hegemonía de un partido o sobre un pacto entre ambos, no disponga nunca sino de una le gitimidad incierta. En fin, lo ha sido suficientemente c omo para que el Estado, perpe tuamente repartido entre facciones y subfacciones de un pa rtido o de los dos, no pueda considerar en f orjar la sociedad, ni siqu iera en reivindicar sobre ella una autoridad i ndiscutible” 389 . El Frente Nacional que supuso una etapa de connivencia y convivenc ia pacífica entre los partidos tradicionales L iberal y Cons ervador, fue incubando una nueva situación política explosiva. La s élites polí ticas y económicas anqui losadas en su pacto burocrático bipartidista y en utili zar a las fuerzas de seguridad del Estado para “mantener a ra y a” a la oposición política y a los movimientos sociales; se mostraron sordas a l as reivindicaciones social es y políti cas de importantes sectores de la población, lo cual imposibi litó la paz social. A la reconfiguración del régimen 389 Daniel Pécaut, “Prese nte, pas ado y futuro d e la violencia”, óp. cit., p. 16. 325 político para mantener los privileg ios sociales d e unas élites, se contestó con un proceso de reestructuración de la c onfrontación política y social. Esta última s e caracter izó por el tránsi to de una violencia bipartidista a otra de lucha armada revolucionaria, asimismo por el paso de un a disputa por el cont rol desd e dentro del orden a otra de confrontación radical contra el orden establecido. Por lo tanto, el Frente N acional que fue diseñado para acabar co n la violencia de forma negociada, terminó creando, al establecer nue vas formas d e exclusión, una nueva fase d e la histórica violencia polít ica armada en el país, en este caso la violencia revolucionaria. Por último cabe recor dar que ade más, el inicio del Fre nte Nacional coincidió con dos hechos trascendentes en la historia de América L atina: la Revolución Cubana y la emerge ncia de la “Nueva I zquierda”. Estos hechos unidos al cerramiento del sistema políti co colombiano supuso una tendencia d e ruptura y militarización de las for mas de protesta so cial y políti ca. Por tanto, com partimos la valoración de este periodo hist órico realizada po r Leopoldo Múnera cuando afirma que: “Ni la dictadura del Gen eral Rojas Pinilla ni el Fr ente Nacional cortaron la continuidad de la viol encia dent ro de la política colombiana. Sin embargo, originaron un a metam orfosis de ella que iría a estar en el centro de las relaciones entre el Estado y los movimientos populares a partir de 1960. La violencia de los partidos se institucionalizó y fu e centralizada por e l Estado, mientras los pocos grupos popula res armados qu e sobrevivier on a la pacificación de Rojas Pinilla siguieron una doble tra y ectoria: evolutiva hacia las guerrillas revolucionarias e involutiva hacia el b andolerismo, según el análisis de Gonzalo Sánchez. L a disputa por la legitimidad (entendida como reconocim iento social y como d efensa de un orden que se pretende justo) de las nuevas formas de la violencia; 326 dominaría la actividad políti ca durante el Frente Nacional. En est a lucha, el Estado buscaría detentar el monopolio de la viol encia y los grupos insur gentes tratarían de i mpulsar la guerra revolucionaria. El enfre ntamiento armado tomaría así la forma de los conflictos de clase y dejaría a trás la de los c onflictos partidistas. El hilo de la violencia seguiría marcando la vida política del país y envolvería la acción col ectiva de los sectores popula res, la cual empezaba un nuevo proce so de au tonomía con respec to a los partidos tradicionales” 390 . Vemos como uno de los resultados del Frente Nacional fue el surgimiento de nuevas formas de exc lusión política, que se acompañaron de nu evas ex presiones de protesta social, que ya no respondían a las tradiciones centenarias c ontestarias bipartidistas, sino a intentos de abolir el orden establecido por medio de una guerra insurrecc ional. Esta nueva forma de articular la política con la gu err a, ad emás respondió al mom ento de ex cepcional mesianismo revolucionario de la épo ca, que en Colombia se concretó especialmente con el surgimiento de dos gue rrillas que perdura n h asta nuestros días: E L N y FARC. Pero otra consecuencia de este período histórico fue que los parti dos L iberal y Conservador dejaron de cumplir el papel de mediadores entre las clases populares y el Estado, ya que ambos se insertaron plenamente con este último. Por tanto, esto se tradujo en descrédito de estos partidos como gara ntes de los intereses c omunes de la población, el esc epticismo en su ge stión y la abstención creciente dada la r epartición previa de las cuotas de poder en el Estado. Todo ello abri ó camino para que creciese la cuota de simpatía con aquellos movimientos políticos y sociales que luchaban contra el bipa rtidismo y su sistema cerrado frentenacional, como fue el caso del creado por el general Rojas Pinilla, 390 Ibídem., pp. 137- 138. 327 Movimiento de Alianza Nac ional Popular (ANAPO) o el Movimiento Revolucionario L iberal ( MRL). Se puede comprob ar co mo el pacto tra nsformó radicalmente la r elación tradicional entre las élite s del país y l as clases populares, se desvanecieron poco a poco las adscripciones pasionales partidistas y los movi mientos sociales desconfia ron de la posibil idad de canaliza r sus reivindicac iones por el sistema político y el bipartidismo como formas de medi ación, y tendieron cada vez más a reivindicar por canales separados de la institucionalidad. L os espacios de mediación política se redujeron dr ásticamente, ya que fr ente a la anterior competencia por el Es tado entre dos partidos que necesita ban de la adscripción de militantes y p ara ello r espondían a las necesidades d e estos últimos; todo ello se su stitu y ó por un a media ción política incompleta que defendía los intereses de u na mino ría y que desconocía las demandas de amplios sectores de la población. En definitiva, el Estado se supeditó a los intereses de los partidos y no éstos a una razón de Estado, el Estado con la mediación del bipartidismo respon dió a los intereses de unas reducidas élites políticas y económicas. Como af irma Leopoldo Múne ra: “La eficacia estatal para permitir la articulación d e las élites y las clases domi nantes y garantizar la subordinación de las c lases populares por diferentes medios, que van desde la adscripción partidista hasta la re presión ilegal, pasando por el clientelismo transaccional, contrasta con la ine ficacia est atal para crear vín culos de inte gración alrededor del orden institucional y de los valores qu e él representa. No obsta nte, en el Est ado colombi ano, la eficacia como for ma de dominación no se opone con la ineficacia c omo forma de int egración; por el contrario, una depende de la otra. El conjunto de debilidades que se le pueden imputar, obed ece a un conjunto sim ilar de forta lezas , desarrolladas d espués de l a dictadura militar y pocas v eces seña ladas. La fa lta de autoridad y la 328 precarieda d del aparato judicial y de las fu erzas del orden, ti enen como contrapeso el control efectivo de la protesta social, aún por fuera de la le y que él mismo promulga. La incapacidad p ara r egular los conflictos sociales y su endeble presencia en ciertas regiones del país, muestra en la otra cara d e la moneda, la capacidad para servir de espa cio de media ción política entre las élites dominantes, sin que éstas pierdan su especificidad, e im pulsar polít icas de desarrollo favora bles a las oligarquías industriales y a grarias. (…) Su aptitud para realizar las t areas propias a una forma de do minación dentro de un sis tema oligárquico de poder, no le permite cumplir otra s funciones, que en teoría un Estado moderno debería efectuar” 391 . Un Estado mod erno d ébil se convirtió de alguna forma en el resultado d e l a fortaleza de las élites económi cas, y a que éstas han defendido a ultranza a lo largo del tiempo, un sis tema tributa rio poco im positivo. A ello se unió un paí s extremadamente fragmentado por una agres te geografía, que fort aleció los cacicazg os polí ticos loc ales y los int ereses re gionales fr ente a la centraliz ación del poder. Y por último, otro factor que muestra esta de bilidad estructural es la inclusión lenta e insuficiente de la s clases popular es en la ciudadanía social y polí tica. Todos estos factores coad yuvaron para aumentar la falta de legitimidad del Estado y del sistema político en amplios sectores de la socieda d en la época d el sur gimiento de la violencia re volucionaria en la segunda mitad del siglo XX. La legitimidad del Estado le permite a éste que los ciudadanos acepten que el único qu e tiene der echo a us ar la violencia en la socied ad es ese Estado y t ambién a mediar entre los intereses de los ciudadan os; cuando el Estado pierde esa legitimidad ante un sector importante de la sociedad, este sector puede dec idir que hay un g rupo opositor a ese Estado que puede tene r may o r leg itim idad por los 391 Ibídem., pp. 233- 234. 329 valores que sostiene. Genera lmente, una d e las condiciones necesarias para que un grupo social proteste ar mada y viol entamente es la falta de legitimidad del sis tema político y por ende del Estado en un s ector d e la población. Por tanto, se puede afirmar que los grupos armados ilegales no cuest ionan tanto la autoridad del Estado sino su legitimidad para gobernar. Este últim o punto es el que define a estos grupos como pertenecientes a u n fenómeno de violencia política armada, y su sur gimiento y consolidación no se debe tanto al potencial de respuesta mi litar que tengan sino a la capacidad de presentar su lucha como le gítima contra el Estado en sect ores de la población. Francisco L eal l o resume con la siguiente explicación: “E l factor más consistente de int egración nacional en Colombia lo constitu y ó el bipartidi smo. En este sentido, fue el medio principal para la dominación polí tica con bas e en la competencia sectaria entre los partidos, competencia que implicaba la exclusión burocrá tica del partido contrario po r p arte del que estuviera en el gobierno. La eliminación de esta caracter ística, por razón del mandato constitucional que estableció el Frente Nacional, generó el debilitamiento progre sivo de la ideología de secta que identificaba a los miembros de c ada un a de las dos organiz aciones. Con ello salió a flote la n ecesidad de muchos sectores sociales de buscar otros canales de expresión política distintos del bipartidism o. Pero el monopolio que éste esgrimía, en virtud de la nueva modalidad de régimen, desarrolló mecanismos de defe ns a que se fueron traduciendo en un bloqueo progresivo a las nuevas formas de participación, bloqueo que al convertirse en represión no sólo destruy ó est as nuevas ex periencias, sino que estimuló salidas radicales, incluidas las guerrillas” 392 . 392 Francisco Leal Buitrago, Estad o y política en Colombia , óp. cit. p. 68. 336 demoledora qu e la “su bversión desde abajo” q ue tom a d e aquella s us mejores razones” 397 . Por tanto, el Frente Nac ional acrecentó el fe nómeno del clientelismo y l o convirtió en un factor determinante de su supervivencia. Por otro lado, e l clientelismo también supuso el detrimento del era rio públi co lo q ue impidió que la mayor ía de la población acce diese a los bene ficios del Estado. En c onclusión, apoy amos lo que plantea Leopoldo Múnera: “E l consenso alrededor de los partidos pa só de estar socialmente extendido y de articularse alrededor de un núcleo compuesto por la adscripción partidista, y en menor medida por la ideología (por la identi ficación programática o doc trinaria), a limitarse a quienes participaban en los eventos políticos y a articularse alre dedor de las transacciones clientelistas, sin que l o ideológico y la adscripción partidista desaparecie ran totalmente del panorama político colo mbiano. La m a y oría de la población qu edó por fuera d e los canales inst itucionales destinados a la construcción del consenso, lo cual se manifestó en un deterioro d e la le gitimidad y en un aumento constante de los conflictos sociales. Estos tuvi eron como respuesta una coerción policial o militar del Estado, apo yada por las no rmas adoptadas bajo el estado d e sitio, que durante l argos períodos adquirió el ca rácter de p ermanente. Las estrategias políticas de presión y represión por medio del Estado fuer on ganando terreno e imponiéndose sobre las de le gitimación. La hegemoní a política con respec to a las clases pop ulares, que como dijimos con anterioridad se había mantenido sob re la base de un ejer cicio indirecto e interiorizado del poder, empezó a reposar ca da vez más sobre un ejercicio dire cto del mi smo, en el que l as Fuerzas Armadas ju ga ron un papel prepondera nte ” 398 . 397 Luís Alberto Restrep o, óp . cit., p. 86. 398 Leopoldo Múnera, óp. cit., pp. 143 -144. 337 4.7. ELIPSE DE VIOLENCIA: COE RCIÓN, REPRESIÓ N Y REVOLUCIÓN A RMADA La reducción progresiva de los canales polí ticos habituale s durante el Frent e Nacional tuvo esencialmente dos consecuencias: la primera, una presión de los grupos económicos o sociales re presentados por el sis tema políti co formal sobre las fu erzas de seguridad del Estad o para que def endiesen sus intereses; y la segunda, un incremento del uso de la viol encia por part e de los grupos ex cluidos o no repre sentados en el sistema polí tico. L as élites económicas y polí ticas del país creyeron que con el pacto político quedaban re sueltos todos los problemas y se solucionaba la guerra civil encubier ta anterior, y por lo tanto, los conflic tos que surgieron posterior mente al pacto respondían a expresiones de bandidaje o delincuencia común, y debían ser tr atados como un problema de o rden público. L os conflictos políticos que apa recieron después d el pacto bipartidista, ya no fueron tratados por el Estado y los partidos tradicionales como asuntos políticos, sino como cuestiones policiales o mili tares. Esta pers pectiva se reafirmó después del miedo que adquirieron las élites del país con las protestas “d esde abajo” d e las clases populares, por el asesinato del líder populista J orge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 194 8. A partir de este momento, la p rotesta socia l es percibida con gran desconfianza y temor por las élites del país, y por ende reprimida. Como afirma Fernán E. González: “La otra cara de esta incapacidad de integración social por el sistema y el Estado fu e el desborde de las lu chas sociales, que h ace cada vez más frecue nte el recurso a la repre sión, ilegalización y criminalización de la protesta, que se consideraba inst rumentalizada 338 por la guerrilla, sin prejuicio de justificarla a veces como instrumento contra un gobierno adversario, como hace el ospi nopastranismo en el Paro Cívico Nacional de 1977. En ese sentido, Archila recoge la idea de Francisco Leal cua ndo señala que la principal debilidad del Estado colombiano reside en su incapacidad de institucionalizar los conflictos, como lo ilustra la histo ria reciente del movi miento sindical. En una línea similar, se recogen los planteamientos de Daniel Pécaut sob re la crisis de representaci ón política por la ampliación de relaciones sociales, y el abandono de la soci edad civil a su propia suerte. Según P éc aut, las tr ansformaciones soci ales ocurridas a pa rtir de los años sesenta sobrepasaron los organismos tradicionales de regulación interna, sin eng endrar nuevas formas organizativas o haciéndolo lentamente. Y el resultado de este remedio, que pre tendía la n eutralización de la movilización social autónoma, fue peor que la enferme dad, al cerrar los caminos disti ntos a la opción ar mada” 399 . Esta democracia limitada discriminó a amplios sectores de l a población: indígena s, negros, campesinos o población pobre. Es ta discrimina ción supuso una continuidad de las formas de dominio estamentale s del siglo XIX y del período colonial, y fue uno d e los rasgos principales que marcó el r égimen político colombiano. Esta forma de dominación se basaba en una combinación de anti guas formas cultur ales autoritarias hispanist as, una estratificación social rígida y una tradición de violencia y represión contr a la contes tación a la autoridad. Estos factores culturales se intensificar on con el Frente Nacional y el sistema políti co mant uvo las formas de dominación con una combinación de e strategias de pr esión y de r epresión. Los rivales políticos del bipartidismo fueron p ercibidos como enemi gos y tr atados como tales haciendo uso de los mecanismos puni tivos del Estado. Todo ello acrecentó 399 Fernán E. Go nzález, “Presen tación”, e n Ma uricio Archila, I das y venida s, vueltas y revueltas , ó p. cit., p. 26. 339 los conflictos sociales y políticos, “inventados o rea les” que mostraban la intolerancia de la cultura política instituida en el país, porque como afirma Jaime Zuluaga : “El desconocimiento, por parte de los gobiernos, del derecho a la oposi ción y su asimi lación como actividad sub versiva d eterminó, el tratamiento de orden público que se le dio a los conflictos sociales. Se produjo así una polariz ación sectaria de doble vía: del e stado frente a los movimientos políticos y sociales y , d e los movimi entos políticos frente al Estado. Ambos fracasaron desde lue go: ni el Estado logró una represión eficaz que los eliminara , particularmente al movi miento insurge nte; ni el movimiento insurgente constru y ó una alterna tiva viable” 400 . El colofón de esta cultura política i ntolerante y ex cluyente fue la militarización de la sociedad colombiana, por un lado el Estado contr a las formas de protesta social y por otro lado el surgimiento de varios grupos guerrilleros contra ese Estado y las élites económicas. P or todo ello los mi li tares fueron cobrando cada vez más protagonismo, no sólo por controlar el orden o desorden público, sino también como mecanismo público armado para prote ger los intereses de las redes de clientelismo locales y regionales. Si e l control socia l de la prote sta social pa saba ge neralmente antes del F rente Nacional por la adscripción a los partidos tradicionales, con este pacto ese control se realizó principal mente con las fuerzas armadas del Estado. Además esta sit uación se completaba con la influencia que tuv o en las relaciones internacionales, la Guerra Fría y el surgimiento de la Nueva I zquierda en el continente americano. Esta intervenc ión de los militares para aseg urar l a Seguridad Nacional, los colocó como el mecanismo de defensa de un sistema político es trecho; por lo tanto podemos sostener que el militarismo de la época fue el resultado de la 400 Jaime Zuluaga, “Nueva Izquier da, guerrilla y utop ía en los sese nta”, óp. cit., p. 402. 340 crisis de legitimidad de los partidos político tras el pacto frentenacionalista. Como afirma Le opoldo Múnera: “A nte la superación del conflicto bipartidista c on la fór mula del Frente Nacional y el deterioro de la legitimidad del li beralismo y el conserva tismo, las Fu erzas Armadas asumieron la tarea de ejercer el control mi litar de la protesta popular o contestataria , la cual desbordó unas instituciones polí ticas de p or sí estrechas y en las qu e los dirigentes de los movimi entos popular es no se sentían repre sentados; por otra parte, la militarización de un se ctor importante de la iz quierda contribu y ó a que la autonomía de las Fuerzas Armadas den tro del Estado tomara cu erpo y se consolidará” 401 . El papel destacado de los militares en la sociedad colombiana de principios de la dé cada de los años sesenta del si glo pas ado, fue una continuación de l a tradición centenaria militarista del bipartidismo en el p aís. Esta mili tarización también estuvo influenciada por la pre sión ejercida por EE.U U. en su “patio trasero” con la implementación e n Colombia del P lan L azo (1962 -1965) y el Plan Andes (1968- 1970). El principal obj etivo de las Fuerzas Armas pasó a s er la lucha contra cualqu ie r tipo de protesta social, que d ado el contexto de la “ex pansión del comunismo internacional” , llevó a q ue se asumiera en un plano de igualdad una sim ple huelga o un paro armado guerrillero. Esta política contrainsurgente se ejecutó con un dispositivo amplio represivo que intentaba contar los lazos del comunismo en Colombia, y que inclu yó acciones le gales e ilegales sistemáticas contra sectores de la población tachados com o “supuestos” auxil iadores de las guerrillas. Como plantea Manuel Alberto Alonso: 401 Leopoldo Múnera, óp. cit., p. 147. 341 “L a crisis estructural del Estado colombiano hace que las Fuerzas Armadas aparezcan como el últim o reducto de la defensa del orden de la so ciedad mayor . L a opción orde n -caos y el p apel asigna do a las Fuerzas Ar madas e n el manejo del orden públic o interno, intro y ecta en los mi litares una especie de autoleg it imación para definir quién se enc uentra dentro o fuera d e los interese s de l a Nación. En este contexto, la lógica del enemi go int erno es la clave que permite definir lo permisible y lo atentatorio para el destino nacional, dentro d e un estado de guerra int estina que es funcional para dobl egar las dinámi cas de lo social a las exigencias de un orden cautelar y vertebrado, a tra vés de la adopción de a lgunos de los postulados de la Doctrina de la Segur idad Nacio nal” 402 . La militarización de la sociedad se hizo cada día más evidente con el surgimiento y consolidación de varios grupos guerrilleros en el país y con los cambios en l a le gislación del Estado. Entre estos cambios tuvieron un carácter destacado: el recurso permanente al estado d e sitio, el restablecimiento de la justicia penal militar en 1965 y la creación por parte del Estado del paramilitarismo (le y 48 de 1968) que le galizaba el apo y o de l as Fuerzas Armadas en la crea ción de au todefensas de civiles armados. Con estos marcos jurídicos se afianzó una especial forma de percibir el orden interno, y po r lo tanto también una peculiar con cepción de la protesta social. P or ejemplo, la aplicación indiscrim inada durante el Frente Nacional del estado d e sit io, cre emos fue un a demostra ción más del carácter cerrado del sistema político colombiano porque r espondió más a la percepción y mi edo de las élites, que a un incremento de la combatividad de la protesta social. Hubo una desproporción habitualm ente entre las limita das d emandas de la protesta y su escaso poder para desestabilizar el país, y la respuesta desmedida del Estado con la 402 Manuel A. Alo nso, óp. cit. , p. 143. 342 imposición del estado de sitio y la utiliz ación de los organismos de seguridad. Recordemos el ante cedente de 1955, cuando para doblegar a un movi miento campesino comunista en la región de Villarrica (Tolima), el ejé rcito colombiano no tuvo problema en bombardear la zona con Napalm. Claro que el uso de estas bombas, que se hicie ron f amosas en las guerra s que EE.U U. desarrolló en el sureste a siático, fue “discreto” c omo reconoce el comandante en jefe de la fuerza aérea, porque: “El gobierno de los Estados Unidos no consideró conveniente el envío de 3.000 bombas de Napalm solicitadas por Rojas Pinill a, debido a los ries gos d e ensombrecer aún m á s su imagen en el continente. Esto a pesar de que Rojas, en una reunión con el embajador norteamericano, trató de convencerlo de la presencia de agentes extranjeros del comunismo en la zona, como el español “L ister” (seudónimo d e Isauro Yosa, quien se h al laba d etenido en ese momento), un comunista int ernacional de ap ellido Richard (el seudónimo de J osé A. Castañeda) y ot ros de p rocede ncia alemana, checa y rusa. Lo cual no impidió que la misión mi litar estadounidense prest ara su asesoría en la fabricación d e las bombas de Napalm (cu yos componentes se tr ajeron final mente de Europa) y brindara sus conocimientos a la F uerza Aérea para su utilización” 403 . Vemos la desproporción entre la crisis planteada y la respuesta del Estado, pero los mecanismos de control del orden se com pletaron con ce rcos de ex terminio o asfixia económica de la s zonas donde había pr esencia rebelde o contestataria , el masivo desplazamiento forzado de la población o la ubicación de ésta en “campos de concentración” como Cunday . Por lo tanto la maquina de guerra y l a judicial se unían para e l control del orden interno. Como plantea Leopoldo Múnera: 403 Eduardo Pizarro, Las FARC (19 49- 1966) , óp . cit., p.127. 343 “Visto desde una perspectiva más global, el estado de sitio es, a partir de la Violencia, el punto de encuentro entre la institucionalidad democrática y el sistema oligárquico d e poder domi nante en Colombia; el espacio jurídico en el que se resuelve la contradicción formal entre un poder f undado sobre los privileg ios personales o adquiridos y unas inst ituciones que pregonan la ig ualdad ante las leye s. De allí se deriva s u vigencia du rante lar gos períodos cuando la adscripción partidista ent ra en crisis. En los ocho años comprendidos entre 1968 y 1974, el estado de sitio general duró cinco años, siete meses y veinticinco días. En consecuencia, el papel de la coerción directa dentro de la vida política c olombiana durante la se gunda mitad del siglo XX q uedó definido con claridad. El paso del clientelismo señorial al transaccional redujo el espacio de construcción del consen so y d entro de él puso en primer plano el intercambio entr e el vot o u otras fo rmas d e respaldo político y el favor d e las decisiones o los recursos públicos; el nuevo pap el institucional de las Fuerzas Armadas permitió ampliar el espacio de la coerción dire cta, me diante la repre sión poli cial o militar de la protesta popular; y la impl antación del estado de sit io dentro de la democracia colombiana, como una dictadura comi sional atípica, sentó las bases inst itucionales de un sistema político construido más sobre las estrategias d e presión y represión que sobre las de legitimac ión” 404 . Esta democracia restringida o “dictadura comisional” uti lizó mecanismos d e control social característicos de algunas dictadura s militares de la épo ca. La respuesta contundente del régimen a cualquier tipo de opo sición y la represión acercó al Frente Nacional a regímenes como el franquista en España; por cier to con quien mantuvo unos lazos estrechos, f rente a la falta de r elaciones dipl omáticas del f ranquismo con otros países de La tinoamérica como Méx ico. Recordemos que F ranco también 404 Leopoldo Múnera, óp. cit., pp. 156 -157. 344 decre tó once estados de ex cepción entr e 1956 y 1973, diez de los cuales afectaron a Euskadi. Claro que en el caso español, la r epresión es mucho más evidente, y no existe la cortina d e hu mo de unas elecciones democráticas como en Colo mbia, aunque sólo podudiesen participar dos partidos y se conociese de antemano los resultados. La r epresión en España se cebó evid entemente en Euskadi, so bre todo con las peculiarida des vasca s: la lengua, su cultur a, etc. Esta viol encia contra lo vasco tu vo su contra parte en la violencia de ETA y del nacionalismo vasco radical contra todo lo español. Es ta v iolencia estatal contribuyó a consolidar la base social de l nacionalismo radical vasco donde sur gió ETA, y esta o rganización al presentarse como la defensora d el pueblo vasco contra el o presor fue adquiriendo l egitimidad entre se ctores de la so ci edad vas ca. Por tanto, l a represión del régimen franquista proporcionó, como afirma Florencio Domíng uez: “C redibilidad al discurso de ETA, que recibe la comprens ión y el aplauso de una parte de la so ciedad para la que ETA aparece como la organización que los defiende de las agresiones injustas que sufren. El sentimiento provoca do por la propia agresión bloquea la capacidad de perc ibir a E TA como agresor de los otr os” 405 . A la violencia institucional, ETA respondió con la viol encia terrorista, y a su vez, a ésta se respondió desde el Estado en muchas oca siones con terrorismo de estado: Batallón Vasco Español, Triple A, Guerriller os de Cristo R ey , Grupos Armados Españoles, Or ganización Antimarxista y Antiseparatista (OAMA S), etc. El terrorismo de estado aumentó la desle gitimidad del propio Estado en ampli os sectores de la sociedad vasca y sirvió de inne gable combustible a la estrategia armada de ETA. La estrategia acción -reacción se im plementó y el círculo de la v enganza estuvo 405 Florencio Do mínguez, La s raíces d el miedo , ó p. cit., p . 200. 345 servido, asimism o todos los grupos armados se ot orgaron la función de vengar a los ciudadanos. Tanto en Colom bia como en España, la crisis d e le gitimidad del Estado en algunos sectores de la p oblación fue paralela al surgimiento d e grupos armados que privilegiaron el rec urso a la violencia para obtener acceso al poder político. Otro elemento común es el hecho de qu e c ada actor armado justificó su violencia remitiéndose a una “vio lencia originaria ” ejercida por su contrario; y por tanto, la violencia propia siempre se consideró derivada y respuesta just a a la ejercida por el otro. Así se consolidó un círculo vicioso de violencia y guerra permanente, donde la violencia revolucionaria se just ificó como respuesta a la violencia estata l o parae statal, y ésta última como respuesta de aque lla. Pero la violencia revolucionaria no sólo tuvo como de tonante el sistema político cerr ado e n el caso español y cuasicerrado en el colombiano, hubo otros factores. Para la iz quierda revolucionaria colombiana fueron determinantes los siguientes factores: 1) El carácter exclu y ente del Frente Nacional; 2) La consi guiente crisis de adsc ripción partidista y la pa ralela desle gitimación del Estado en los sectores excluidos de sistema político; 3) La cultura políti ca colombiana y su larga tradición del recurso armado pa ra obtener beneficios políti cos y 4) La revolución cubana y su “efecto demostración” de cómo la viol encia insu rgente se podía tom ar el poder. En Colombia la nueva izquierda partió, por un lado de las enormes ex pecta tivas para realizar la revolución soc ial en el país, como ejemplo de lo sucedido en otr os lugares, especialmente en Cuba; y por otro lado, de las poca s posibilidades de cambio mediante los cana les polít icos tradicionales, dado el acuerdo de l Frente Nacional. Por lo tanto, la estrechez del r égimen político colombiano durante el Frente Nacional no pued e ser el factor único para ex plicar la r adicalización de las posturas 352 decisiones. L a militancia generalmen te aceptó e ste he cho como “natural” por el carácter clandestino de la organización. Además la falta de contactos horiz ontales de la militancia, y a que era peligroso conocer a mucha ge nte, dificultó t ambién el cuestionamiento colectivo. Por ello las disiden cias generalmente fueron individuales, lo que contribuy ó a presentar a la organización arma da con un fuerte consenso interno frente a la estrategia o las acciones d esarrolladas. Pero, ¿ cómo la cúpula de organizaciones como ETA consiguieron imponer tan fáci lmente sus decisiones? , José Manuel Mata lo re sume : “ -Por el capital sim bólico acumulado, por el carisma que contiene, la adhesión a fectiva y la base de l eg itimidad que se proy ecta. -Por su cará cter armado, secreto y autónomo, sin ningún control externo; con lo que i mplican de mitificac ión y connotaciones sacra les. -Por la de finición explícita de v anguardia que d e ella se realiza en los documentos del ML NV. -Por su capacidad d e coacción, que se deduce de la posibilidad legítima – par a el colectivo - de la utili zación de la fuerza (algo así como un poder estatal alterna tivo y late nte). -Por la capacidad de extender sus propuestas y ejercer su control en KAS; que es el órgano que l as genera y que, posteriormente, son asumidas a través de la doble militancia y de los miembros fijos de KAS en la Mesa Nacional de HB” 413 . ETA para sus militantes llegó a convertirse en un elemento trascendental por su capacidad de infalibili dad, por controlar todas las situaciones e incluso tener la 413 J osé Manuel Mata, E l Na cionalismo Va sco R adical. Discurso, organ ización y ex presiones , Servicio Editor ial Universidad d el País Vasco , Bilbao, 199 3, pp. 342 -343. [Document text truncated for crawler view.]