Full text
TESIS DOCT ORAL
El pintor V icente Berdusán (1632-1697) y Aragón:
Catálogo razonado, clientela y fuentes gráficas,
literarias ydevocionales de su pintura
Dirigida por: Dra. Mª. Isabel Álvaro Zamora
JUAN CARLOS LOZANO LÓPEZ
Universidad de Zaragoza
2004
ISBN: 84-7733-766-7
DL: Z-1062-2005
I
El pintor Vicente Berdusán (16 32-1697) y Aragón: Catálogo razonado,
clientela y fuentes gráficas, literarias y devocionales de su pintura
ÍNDICE GENERAL
1. PRESENTAC IÓN
1.1. Justificación. p. 1
1.2. Ob jetivos, co ntenidos y estruct ura. 1
1.3. Metodología. 2
1.4. Obstáculos y agradecim ientos. 4
Anexo I. Relación de in ventarios no p ublicados cons ultados. 5
Anexo II. Mapa de localizaciones. 6
Anexo III. Relación de archivos c onsult ados y siglas . 7
Anexo IV. Principales repertorios de grabado s utilizados. 9
Anexo V. Abrevi aturas y te rminol ogía bibl iográfica. 10
2. CONTEXT O HISTÓRICO- ARTÍSTICO: ARA GÓ N Y SU PINTU RA EN EL SIGLO XVII
2.1. A ragón en el siglo XVI I: conte xto histó rico: 12
2.1.1. Las instituciones 12
2.1.2. La población 15
2.1.3. La sociedad 17
2.1.4. La ciudad y el campo 20
2.1.5. La economí a 22
2.1.6. La religión y la Iglesia 25
2.1.7. La cultura 35
2.2. Esta do y pros pectiva del conocim iento de la pi ntura ba rroca en Ara gón: 44
2.2.1. Fuentes y bibli ografía 44
2.2.2. Estado actual 52
2.2.3. Prospectiva y m etodología 54
2.3. Pan orama de l a pintura barro ca en Aragó n: 55
2.3.1. Definici ón y lím ites cronol ógicos 56
2.3.2. El problema de la “escuela a ragonesa” 57
2.3.3. El desarrollo de la actividad profesion al y el estatus de los artistas 58
2.3.4. La clientela 61
2.3.5. Los géner os y la tem ática 61
2.3.6. Las tres ge neraciones de pinto res 73
2.3.7. Presencia de artistas y obras forá neos 76
2.3.8. Valoración cuantitativ a-cualitativa y distribución geográfica 79
2.3.9. Las fuentes gráficas y literarias 80
II
3. VICENTE BERDUSÁN Y ARAGÓN
3.1. R evisión hi stori ográfica y est ado de la cues tión: 85
3.1.1. Met odolo gía 85
3.1.2. Consi deraciones previ as 85
3.1.3. El siglo XVII: la ausencia de Berdusán en la literatura artística 90
3.1.4. El siglo XVIII: de las Vidas de Palom ino al Viaje de P onz 92
3.1.5. El siglo XIX: de Ceán Be rmúdez al c onde de la Viñaza 99
3.1.6. El siglo XX (1 900-1980 ): de Ricardo del Arco a Esteban C asado 116
3.1.7. El siglo XX: los últimos veinte años 128
3.2. Biogra fía artística: 140
3.2.1. Nacimiento y formación artíst ica ( 1632-1660) 140
Infancia y t raslado a Tudela ( 1632-1 644) 140
El period o 1644- 1653 1 41
El inicio de la actividad artística (165 5-1660) 157
3.2.2. La década de 1660 159
Prim era obra conocida 159
El period o 1660- 1668 1 64
Berdusá n en la ciudad de Hues ca 166
Pinturas para un ret ablo doc ume ntado en Za ragoza 197
Un lienzo nava rro en E jea de los C aballe ros (Z.) 2 03
3.2.3. La década de 1670 205
El San Acacio de Biota (Z.) 205
Nuevas obra s para la ciudad de Huesca 211
Las pintu ras para el m onasteri o de Veruel a (Z.) 239
El monast erio de Ver uela y los d uques de Villa hermosa 274
El San José y el Niñ o del c olegio de San Vi cente (Z .) 2 78
3.2.4. La década de 1680 283
El retablo ma yor de l a parro quial de M agall ón (Z.) 2 83
El retablo de la Visitación en la cole giata de Daroca (Z.) 290
El San Francis co de Asís de Corella (Na varra) 299
Dos retabl os en Gea de Al barracín (Teruel) 300
El retablo de la D ormic ión de san J osé en M aluenda (Z. ) 310
El retablo de la I nmacula da en la pa rroquial de Magall ón 312
Nuevas obra s en Dar oca 313
Un Obi spo b auti zando en una colección partic ular 318
El retablo de la Virgen del Pilar de la parroquial d e Magallón 321
El retablo mayor de la parroquial de Villafranca de Ebro (Z.) 324
El San José y el Niñ o de la parr oquial de Hecho (H.) 3 32
El retablo de la Transfi guración en Daroca 333
3.2.5. Los últimos años: 1690-1697 339
Primeras obras en Tarazona (Z.) 339
Un San José y el Niño en una colección particular zaragoza na 347
El ciclo euca rístico de la capi lla de San J osé (Z.) 348
La María Ma gdalena arrepen tida de L os Fayos (Z.) 370
Dos reta blos e n Ojos Negros (T.) 3 76
El retablo de S an Sebasti án de l a parroq uial de M agall ón (Z.) 383
Nuevas obra s en Tarazona 384
El San Francisco Javier de la parroq uial de Encinacorba ( Z.) 388
El retablo de la I nmacula da en la pa rroquial d e Fuendejal ón (Z. ) 38 9
III
3.2.6. Obras sin datación preci sa 395
La Doble Trinid ad de Albalat e del Arz obispo (Z.) 3 95
Una Levit ación de san J uan de la Cruz e nTarazona 397
El San Lorenzo del Sant o Sepulc ro de C alatay ud (Z.) 4 01
Una Santa Catalina de Sien a en el M useo de Zaragoza 402
Una Gl orificación d e Sant a Águe da en paradero desconoci do 402
Tres cuadr os con guirnal das de fl ores 403
3.2.7. Obras de atribución rechazada 407
Obras en la ciudad de Huesca 408
Obras en la provincia de Za ragoza 415
Obras fuera de Aragón 419
3.3. El “berdusanism o”. 422
3.4. C o n c l u s i o n e s . 4 2 6
4. FICHAS DE CATALOGA CIÓN
Apéndices
5. BIBLI OGRÁF ICO (fue ntes ma nuscritas y bibliogra fía)
6. EXPOSICIONES
7. DOCU MENTAL
8 . G R Á F I C O
1. Pr esentación
1. Presentación
1
1. PRESENTACIÓN
“ En general, la época del barroco tardío en España es
aún prácticamente desconocida por todos excepto por los
especialistas. Los esfuerzos in vestigadores no han hecho justicia
a la mayoría de los artistas que florecieron en este tiempo.
Muchas de las principales figuras carecen todavía de
monografías y catálogos razonad os ”.
(Traducción del texto o riginal: SULLIVAN, Edward J.; y
AYALA M ALLORY , Nina (1982): P ainti ng in Spai n 165 0-170 0 from
North American Co llections (catálogo de exposici ón). Prin ceton, The
Art Museum y Princeton University Press, p. XV).
1.1. Justificación
En los últimos veinticinco años han teni do lugar una serie de acontecimientos
expositivos y editoriales que han perm iti do un mayor y m ejor conocim iento de la
trayectoria vital y a rtística del pintor Vi cente Berdusán (Ejea de los Caballeros,
Zaragoza, 1632- Tudela, Navarra , 1697), superando de esta fo rma el infortunio crítico y
el olvido historiográfico del que había si do objeto. Estas aportaciones contemporáneas
han servido también para evidenciar las la gunas y carencias relativas a determinados
aspectos biográficos y artís ticos, entre ella s algunas concretas y obj etivas, com o es el
periodo 1644-1653, durante el cual se pierde el “rastro docum ental” de Berdusán, o las
concernientes a su formación artística, tema que hasta el mom ent o no ha recibido una
explicación satisf actoria, y otras más dif usas y sutiles com o la valoración de la
participación del taller y de otros artistas en la extensa producción artística a él
atribuida, asunto éste que ha planteado no pocos problemas y ha impedido una correcta
definición de su personalidad artística.
Además de éstos y de o tros retos que la investigación tenía pendientes, existía
otra deficiencia importante que af ectaba al desigual conocim iento de la producción
berdusanesca en los distintos territorios de su “dom inio artístico”. Así, e n los últimos
diez años ese conocimiento ha avanzado notablem ente, en lo que a Navarra y País
Vasco se refiere, m ediante la incorporación de nuevas obras a su catálog o, el hallazgo
de valiosos –aunque escasos- datos documen tales, el planteam iento de nuevas
atribuciones y la profundización en aspectos formales, estilísti cos, iconográficos y
sociológicos. En Aragón, por el contrario, las aportacione s en todos estos campos han
sido puntuales y se echaba en falta un estudio de conjunto que incluye ra la actualización
y expurgo de su producción.
1.2. Objetivos, contenidos y estructura
Las carencias y desigualdades apuntadas anteriorm ente motivaron la decisión de
dedicar nuestra tesis doctoral a la obra aragonesa de este ar tista, con el doble propósito
de completar los estudios ya existentes y de situar convenientem ente a Berdusán en el
panorama general de la pintura aragonesa y española de su centuri a. La investigación
cuyos resultados presentamos aspira, pese a su inevitable y ju stificada lim itación
territorial, a conformar una historia tota l que tenga en cuenta lo ya conocido y
comprenda tanto e l necesario catálo go crí tico y razonado como los m últiples aspect os
1. Presentación
2
que conforman el hecho artístico: circuns tancias v itales, rel aciones personales,
encargos, promoción y m ecenazgo, coleccionism o y gusto artístico, fun cionamiento del
taller, modos de trabajo, program as ic onográficos y mentores de los m ismos,
transmisión y utilizació n de m odelos, fuentes filológicas, préstam os e influencias de
otros artistas, consideración artística, relaciones con otras artes, etc.
Para ello, se consideró imprescindible, adem ás de definir el p unto de llegada (los
objetivos anteriormente citados), establece r el contexto gene ral en el que se
desarrollaron los acontecim ientos estudia dos, razón por la que incluim os sendos
capítulos dedicados, por un lado, al ambi ente histórico y ar tístico aragonés del
seiscientos, con especial atención a la segunda mitad de la centuria y a los aspectos de
mayor relevancia para el tem a estudiado, y por otro al estado del conocimiento de la
pintura barroca en esas mismas coordenadas es p acio-temporales. Este an álisis previo, en
el que aportamo s datos e ideas inéditos a cerca de artistas, ob ras y m odelos
iconográficos, resultaba además necesario para poder estim ar debidam ente tanto la
aportación artística de Berdusán com o nue stra propia contribución investigadora.
El cuerpo del trabajo, centrado en las relaciones entre Vicente Berdusán y
Aragón, aborda, en primer lugar y como punto de partida inexcusable, una exhaustiva
revisión historiográfica que sirv e, al m ismo tiempo, de estado de la cuestión hasta el año
1999, fecha en que dimos inicio a nuestra te sis doctoral. A continuación se acomete,
siguiendo –en la medida de lo posible- el or den cronológico y por décadas, el estudio y
análisis de los datos obtenidos durante la investigación, con los que se intenta
reconstruir y com pletar la “biografía artíst ica” del pintor. Se incorporan también sendos
apartados dedicados a obras de cronología imprecisa, a obra s de atribució n rechazada y
al “berdusanismo”, térm ino en el que engloba mos a una serie de autores y obras que, de
forma evidente, acusan la influencia de Be rdusán y prolongan durante algún tiempo –
aunque con una acusada pérdida general de calidad- sus estilemas característicos. Este
capítulo finaliza con unas conclusiones genera les en las que se intenta determ inar el
protagonismo y papel de Ber dusán en la pin tura aragonesa del barro co, así como su
ubicación correcta en el panorama pictórico na cional, y se analizan objetivamente la
importancia de las aportaciones, los avances conseguidos respecto de la situación
anterior, los problemas y lagunas todavía ex istentes y las vías abiertas a futuras
investigaciones.
Como capítulo com plementario de l anteri or, se han elabora do las fichas de
catalogación de todas las obras estudiadas.
El trabajo incluye cuatro apéndices: el bibliográfico (que incluye tam bién las
fuentes manuscritas), el de exposic iones, el docum ental y el gráfico.
1.3. Metodología
En una primera fase de la investigación se procedió, por un lado, al acopio de
bibliografía y otras fu entes sobre el artis ta y su época, al vaciado sistemático de los
mismos y a la creación de un fichero de trab ajo. Con estas informaciones, que se fueron
enriqueciendo y completando constantemente y hasta el último mo mento, se elaboraron
el estado de la cuestión y la revisión historiográfica.
Paralelamente, y con el fin de iniciar la búsqueda de obras inéditas para
completar el catálogo berdusanesco, se v aciaron todos los catál ogos monumentales e
inventarios -publicados y no publ icados- referidos a bienes muebles, que instituciones
diversas –con criterios, métodos y resu ltados igualmente diversos- han venido
realizando en esta comunidad autónom a ( vid. Anexo I), así como algunos archivos
1. Presentación
3
fotográficos antiguos que han aportado, en algunos casos, datos de gran importancia. De
todos estos documentos se extrajeron las in form aciones pertinentes para confeccionar
un mapa de localidades a visitar, que en un primer mom ento superaban en número las
cuatrocientas cincuenta (expurgos posteriores, realizados f undamentalmente m ediante la
visualización de fotografías, permitieron afinar la búsque da y rebajar levem ente esa
abultada cif ra inicial). Una vez co ncedidos los perm isos solicitado s, dio comienzo el
trabajo de campo, consistente en la visita, mediante ru tas preestablecidas, a las
localidades seleccionadas ( vid. Anexo II), a la catalogación y fotografiado sistemáticos
de las obras halladas y, en su caso, a la consulta d e los archivos -eclesiásticos y
notariales, básicamente- conservados ( vid . Anexo III). Los re sulta dos obtenidos en esta
fase del trabajo no sólo sirvie ron para localizar la producci ón –bastante dispersa, como
veremos- de Berdusán, sino que nos propor cionaron un conocim iento amplio y directo
de la pintura barroca existen te (que también hem os intentado sistematizar y analizar,
con enfoques y aportaciones inéditas); conoc imiento que ha sido fundam ental para
contextualizar y valorar m ejor a nuestro artista.
Los datos obtenidos en el trabajo de cam po fueron co ntrastados con lo ya
conocido y completados con las inform acione s procedentes de fuentes de diversa
naturaleza. El trabajo en esta fase d e la investig ación se centró tam bién en los aspectos
iconográficos y en los modelos y textos literarios que pudie ron servir a Berdusán de
pauta e inspiración para sus pinturas, para lo cual se han re visado los catálogos
razonados de numerosos artistas y algunos de los m ás importantes repertorios y corpus
de obra gráfica ( vid. Anexo IV).
La última fase del trabaj o consistió en la ordenación y análisis de los datos, la
redacción del texto y de las c onclusiones, y la elaboración de las fichas de catalogación
y de los apéndices.
Las fichas de catalogación han sido cl asificadas en cuatro categorías:
atribuciones seguras, atribuciones dudosas, at ribuciones rechazadas y obras perdidas o
en paradero desconocido. Dentro de esta clasificación, el or den elegido es el
cronológico y la numeración correlativa. En el caso de los retablos, existe una ficha
general y otras (individualizadas mediante letras del alfabeto) para cada pintura.
Para la bibliografía y las referencias en notas se ha optado por el sistema
abreviado o anglosajón, de tal forma que en el aparato crítico y en las fichas se citan
únicamente los apellidos (en m ayúscula) del autor o autores, seguidos del año de
publicación y, en su caso, del tomo, capítulo o páginas correspondientes, m ientras en el
apéndice, que incluye tam bién las fuentes m anuscritas, las citas se ordenan
alfabéticamente, son completas y se in ician, p ara su perfecta identificación, con el
nombre co mpleto del autor o auto res, segui do del año de publicac ión entre par éntesis.
En los casos en que a un mismo autor le corresponden dos o m ás publicaciones del
mismo año, éstas se diferencian con una letra minúscula.
El apéndice de exposiciones sigue la misma pauta: la referencia extractada
incluye la primera palabra si gnificativa del título de la exposición (en m ayúscula y
cursiva), seguida del año en que tuvo luga r y del número de catálogo (si lo hay),
mientras en la referencia desarrollada apar ecen el título completo de la exposició n, el
año, el lugar y las fechas concretas del evento.
El apéndice documental está ordenado por orden cronológico y en él se incluyen
la fecha y el lugar de expedición del documen to, la regesta, la localización topográfica
exacta, la referencia bibliográfica de la s publicaciones donde el docum ento se cita o
reproduce y la trascripción in extensum . En muchos otros casos, las referencias a
documentos se incluyen únicam ente en notas, por tratarse de informaciones puntuales,
indirectas o de menor relevancia.
1. Presentación
4
1.4. Obstáculos y agradecimientos
No puedo obviar en esta presentación, sin que ello pretenda ser una justificación
de los posibles errores c ometidos, sino más bien una crític a constructiva y positiva, los
obstáculos y dificultades que han surgido duran te los casi cinco años que ha durado esta
investigación. En primer lugar, la falta de inventarios y catálogos, así como de buenos
repertorios fotográficos, de la que adolece nuestra Comunidad Autónom a; carencia ésta
que ha sido denunciada ya en repetidas ocas iones y desde hace bastan tes años por voces
más autorizadas que la nuestra, y que sigue suponiendo un lastre considerable para
cualquier tarea de este tipo. En segundo lugar, el propio estado de los conocimientos
sobre la pintura barroca ara gonesa (asunto al que dedicamo s un apartado específico), y
en concreto la inexistencia de catálogos razonados de otros artistas del s. XVII
aragonés, sin los cuales resu lta complicado establecer rela ciones form ales o visiones
generales de cier ta consistencia ; lo mism o puede decirs e de los escasos estud ios
monográficos o temáticos, siquiera de asunt os transversales o interdisciplinares
(historias locales, b iografías…), lo q ue oblig a a costosas indagacione s paralelas a las del
tema propio de investigación. En tercer luga r, la dificultad para conocer las obras
conservadas en las colecciones particulares y, una vez salv ado este primer obstáculo,
para acceder a las mism as; este mism o problem a afecta a algunos conventos de
clausura, cuyas rígidas -y respetables- norm as hacen imposible el estudio del riquísimo
patrimonio que suelen alberg ar. Y, por últim o, las pérd idas, expolios y enajenaciones,
producidos en determinados momentos hi stóricos bien conocidos, pero también
constatables en tiempos m ucho más reci entes; a e ste triste e irrem ediable
empobrecimiento patrimonial se suma el defi ciente estado de conservación de m uchas
de las obras conservadas, que en ocasi ones hace cas i imposible su identificació n,
descripción y estimación artística.
Finalmente, quiero expresar un prim er y especial agradecim iento compartido a
mi familia, por su ayuda y comprensión, y a m i directora de tesis, la profesora Mª.
Isabel Alvaro Zamora, quien desde el princi pio de esta aventura –y aún antes- depositó
en mí su confianza y ha sabido durante este tiempo dosificar, a partes iguales, su apoyo
y exigencia.
En segundo lugar, a los propietarios y res ponsables de las obras estudiadas, por
las facilidades dadas para su estudio, y en particular a lo s obis pados, delegaciones de
patrimonio y religiosos de las diócesis aragonesas, sin cuya colaboración este tipo de
trabajos no serían posibles.
Y, por último, a un numeroso conjunto de personas que con sus inform aciones,
consejos, opiniones y apoyo moral han hech o que el resultado final se haya visto
enriquecido de forma notable.
Juan Carlos Lozano López
Abril de 2004
1. Presentación
5
ANEXO I
Relación de inventarios no publicados consultados (entre paréntesis, el autor o
autores, y entre corchetes la localización del ejemplar utiliz ado):
· Inventario artístico del par tido judicial de Ateca (Francisco Martínez García y Agustín
Rubio Semper) [Agustín Rubio Semper].
· Inventario artístico del par tido judicial de Borja (Mª. Isabel Álvaro Zamora y Gonzalo
M. Borrás Gualis) [Borja, Cent ro de Estudios Borjanos].
· Inventario artístico del partido judicial de Calatayud (Francis co Martínez García y
Agustín Rubio Semper) [Agustín Rubio Sem per].
· Inventario artístico del par tido judicial de Cariñena (Belén Boloqui Larraya y Carmen
Morte García) [Carmen Morte García].
· Inventario artístico del partido judicial de Daroca (Juan F. Esteban Lorente y otros;
revisado por Fabián Mañas Ballestín) [J uan F. Esteban Lore nte y Fabián Mañas
Ballestín].
· Inventario artís tico del partido judicial de La Almunia (Adelaida Allo Manero, Juan F.
Esteban Lorente y Ana Jesús Mateos Gil) [Juan F. Esteban Lorente].
· Inventario artístico del partido judici al de Pina de Ebro (Belén Boloqui Larraya, Mª.
Carmen Lacarra Ducay y Carm en Mort e García) [Carmen Morte García ].
· Inventario de bienes muebles e inmuebles del obispado de Jaca (Jesús Lizalde, José
Luis Lobera y José Ramírez) [Jaca, palacio episcopal].
· Inventario de bienes muebles e inmuebles del obispado de Teruel (Ped ro Martíne z y
Ángel Novella) [Teruel, palacio episcopal].
· Inventario de bienes muebles e in muebles del arzobispado de Zaragoza (Hermanos
Albareda) [Zaragoza, palacio arzobispal].
· Inventario de la diócesis de Tarazona (borrador) (Fabián Mañas Ballestín, a partir del
inventario realizado a fines de la d écada de 1960 por Carlos Domínguez y José
Galindo, completado con otras fuente s) [Fabián Mañas Ballestín].
· Inventario General de Bienes Muebles de la Iglesia Católica en Aragón (diócesis de
Huesca, Barbastro, Jaca y parte de la de Zaragoza) (Mª. Carm en Lacarra Ducay,
dir.) [Zaragoza, Diputac ión General de Aragón].
· Arxiu Mas del Institut Amatller d ’Art Hispanic (Barcelon a). Copias de las f otograf ías
correspondientes a las provincias de Zarago za [A.D.P.Z.] y Huesca [Fototeca de la
Diputación de Huesca].
· Archivos fotográficos de arte aragonés “J uan Mora Insa” y “Jos é Galiay” [A.H.P.Z.].
1. Presentación
6
ANEXO II
Mapa de localizaciones
Leyenda:
Localidad visitad a in situ.
Localidad revisada exclusivamente medi ante la consulta de catálogos y/o
inventarios.
Localidad con obra de atribución segura.
Límites diocesanos actuales.
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1. Presentación
7
ANEXO III
Siglas y relación de archi vos consultados y/o citados
A.B.S.L. Archivo de la Basílica de San Lorenzo de Huesca
A.C.C.H. Archivo del Convent o de Capuchinas de Huesca
A.C.C.D.H. Archivo del Convento de Carm elitas Descalzas de Huesca
A.C.C.D.O. Archivo del C onvento de Carm elitas Descalzas de Orduña (Vizcaya)
A.C.D. Archivo de la Colegiata de Daroca
A.C.H. Archivo de la Catedral de Huesca
A.C.P. Archivo Capitular del Pilar de Zarag oza
A.C.S. Archivo Capitula r de la Seo de Zaragoza
A.C.T. Archivo de la Catedral de Tarazona
A.D.A. Archivo Diocesano de Albarracín
A.D.J. Archivo Diocesano de Jaca
A.D.P.Z. Archivo de la Diput ación Provincial de Zaragoza
A.D.T. Archivo Diocesano de Tarazona
A.D.Z. Archivo Diocesano de Zaragoza
A.E.P. Archivo Episcopal de Pamplona
A.H.N. Archivo Histór ico Nacional (Madrid ) *
A.H.P.B. Archivo Histórico de Pr otocolos Notariales de Borja
A.H.P.C. Archivo Histórico de Pr otocolos Notariales de Calatayud
A.H.P.D. Archivo Histórico de Pr otocolos Notariales de Daroca
A.H.P.H. Archivo Históric o Provincial de Huesca
A.H.P.M. Archivo Histórico de Pr otocolos Notariales de Madrid
A.H..P.T. Archivo Histórico de Pr otocolos Notariales de Tudela
A.H.P.Ta. Archivo Histórico de Prot ocolos Notariales de Tarazona
A.H.P.Z. Archivo Históric o Provincial de Zaragoza
A.H.Prot.Z. Archivo Histórico de Pr otocolos Notariales de Zaragoza
A.M.H. Archivo Municipal de Huesca
A.M.P.Z. Archivo del Muse o Provincial de Zaragoza
A.M.Z. Archivo Municipal de Zaragoza
A.P.A. Archivo Parroquial de Albalate del Arzobispo
* . Consultado en soporte digital en el Centro de Documentación Ibercaja (Zaragoza).
1. Presentación
8
A.P.B. Archivo Pa rroquial de Biota
A.P.E. Archivo Parroquial de Encinacorba
A.P.F. Archivo Parr oquial de Fuendejalón
A.P.G.A. Archivo Parroquial de Gea de Albarracín
A.P.H. Archivo Parroquial de Hecho
A.P.L. Archivo Parroquial de Lucena de Jalón
A.P.M. Archivo Pa rroquial de Magallón
A.P.O.N. Archivo Parroqui al de Ojos Negros
A.P.S.F. Archivo Parroquial de San Fe lipe y Santiago el Menor (Zaragoza)
A.P.S.G. Archivo Parroquial de San Gil Abad (Zaragoza)
A.P.S.Gi. Archivo Parroquial de San Ginés (Madrid)
A.P.S.I. Archivo Parroquial de San Ilde fonso (o Santiago el Mayor) (Zaragoza)
A.P.S.M. Archivo Parroquial de San Miguel (Zaragoza)
A.P.S.P. Archivo Parroquial de San Pablo (Zaragoza)
A.P.S.S. Archivo Parroquial de San Sebastián (Madrid)
A.P.V.E. Archivo Parroquial de Villafranca de Ebro
A.R.A.H. Archivo de la Real Acad emia de la Historia (Madrid)
A.V.B. Archivo Vizconda l de Biota (particular)
B.A.D.C.D.D.P.U.Z. Biblioteca del Área de Derecho Civil del Departamento de
Derecho Privado de la Universidad de Zaragoza
B.C.S.Z. Biblioteca Capitular de la Seo de Zaragoza
B.G.U.Z. Biblioteca General de la Universidad de Zaragoza
B.L.G. Biblioteca Lázaro Galdiano (Madrid)
B.P.H. Biblioteca Pública de Huesca
1. Presentación
9
ANEXO IV
Principales repertorios de grab ados utilizados (además de los catá logos raz onados,
catálogos de exposiciones y monografías reseñados en el aparato crítico)
· BERNINI, Grazia; MASSARI, St efania; y PROSPERI, Simonetta: Raphael Invenit.
Stampe da Raffaello nelle collezione dell’Is tituto Nazionale per la Grafica . Rom a, Ed.
Quasar, 1985.
· GARCÍA VEGA, Blanca : El grabado del libro español: siglos XV, XVI y XVII , 2 vols.
Valladolid, Diputación Provincial, 1984.
· GONZÁLEZ DE Z ÁRATE, José M ª .: Real Colección de Estampas de San Lorenzo de
El Escorial , 12 vols. Vitoria, Ed. Ephialte, 1992-1996.
· MAUQUOY-HENDRICKX, Marie: Les estampes des Wierix conservées au Cabinet
des Estampes de la Bibliotheque Royale Albert I er , 4 vols. Bruselas (Bélgica),
Bibliotheque Royale Albert I er , 1978-1983.
· PÁEZ RÍOS, Elena: Repertorio de grabados españoles en la Biblioteca Nacional , 3
vols. Madrid, Ministerio de Cultura, 1981-1983.
· VV.AA.: The Illustrated Bartsch . Norwalk Connecticut (USA), Abaris Books.
· VV.AA.: Corpus Rubenianum Ludwig Burchard . Bruselas (Bélgica ), Arcade Press.
1. Presentación
10
ANEXO V
Abreviaturas y terminología bibliográfica utiliz ados
Abad. Abadiado.
Agust. Agustino / a / os / as.
Áng. Ángulo.
Ant. Anterior (para cronologías)
Aprox. Aproximadamente.
Atrib. Atribución / atribuido.
C.m. Con marco.
Cap. Capítulo.
Carmel. Carmelita / s .
Cat. Catálogo.
Cfr. Confróntese.
Cister. Cisterciense.
Cms. Centímetros.
Cron. Cronista.
Dcho / a. Derecho / a.
Dean. Deanato.
Dep. Depósito (para obras de arte).
Det. Detalle
Doc. / s. Documento / s.
Dom. Dominico / a / os / as.
Episc. Episcopado.
F. / ff. Folio / folios.
Fig. / s. Figura / s.
Franc. Franciscano / a / os / as.
H. Hacia (para cronologías)
Ibídem En la misma obra (para impresos).
Ídem Del mism o autor.
Il. / s. Ilustración / ones.
Imp. Im prenta / impresor.
Inf. Inferior.
Infra Más abajo.
Inv. Inventario.
Izdo/a. Izquierdo/a.
Lám. / s. Lámina / s.
Leg. Legajo
Loc. cit. Lugar citado (para documentos).
Ms. Manuscrito.
Not. Notario.
Núm / s. Número / s.
Op. cit. Obra citada.
P. / pp. Página / páginas.
Passim En toda la obra.
Post. Posterior (para cronologías).
R. Recto (para documentos o m anuscritos foliados).
Resp. Respectivam ente.
1. Presentación
11
S. / ss. Siglo / siglos.
S.f. Sin foliar.
S.I. Comp añía de Jesús.
S.m. Sin marco.
S.p. Sin paginar.
Sic Así, de este modo.
Sig. Signatura.
Supra Más arriba.
Ss. Siguientes (referido a páginas o folios).
T. Tomo
Trad. Traducción.
Ut supra Arriba del todo.
V. Vuelto (para documentos o m anuscritos foliados).
Vers. Versículo (para citas bíblicas).
Vid. Véase.
Vol. Volumen.
V.gr. Por ejemplo.
2. Contexto histórico-artístico:
Aragón y su pintura en el siglo XVII
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
12
2. CONTEXTO HISTÓRICO-AR TÍSTICO: ARAGÓN Y SU PINTURA EN EL
SIGLO XVII
2.1. Aragón en el siglo XV II: contexto histórico 1
La situación general que Aragón presenta en el s. XVII reproduce, con algunos
matices sing ulares, la existen te en el rest o de España. Ese parale lismo incum be tam bién
a la fortuna historiográfica del periodo, pues tanto en el ámbito aragonés como en el
español se han ido deslizando algunos t ópicos que han lastrado el acercamiento
científico a la realidad histórica. Uno de los más extendidos afecta precisam ente al
reinado de Carlos II (1661-1700) –periodo en el que centraremos nuestra atención- y a
la propia figura real, considerados de fo rma particularm ente despectiva dentro del
contexto de crisis y decadenc ia que caracteriza el reinado de los Austrias m enores. Aun
siendo innegables las evidencias empíricas de la crisis y la pérdida de la hegemonía
europea en beneficio de Francia –fenóm enos en realidad heredados del reinado anterior-
, así como el carácter enfermizo del úl timo monarca Habsburgo, considerado por
algunos como un “ final de raza ”, la historiografía actual tiende a una reivindicación de
la imagen del Hechizad o e incluso apunta a un ligero cam bio de tendencia de signo
positivo en las dos últimas décadas d e su gobierno 2 ; cam bio materializado en una cierta
recuperación económica y dem ográfica que no afectó por igual a todas las regiones,
pues fue más evidente en la periferia cantá brica y mediterránea –z onas donde la crisis
no había sido tan aguda- y que en cualquier caso quedó interrumpida por la guerra de
Sucesión (1701-1714).
2.1.1. Las instituciones
En el ámbito político, d urante el si glo XVII Aragón m antiene sus ins tituciones
de origen medieval independientes de la Co rona, que constituyen el fundam ento de su
identidad frente a Castilla. Entre ellas destaca el Ju sticiazgo, tal vez la más
representativa en la defensa de los fu eros y libertades aragoneses, que serían
conculcados a raíz de la promulgación de los Decretos d e Nueva Planta (1707-1711)
por Felipe V. Sin embargo, a lo largo de la centuria se observa cómo alguna de esas
instituciones cede progresivamente parte de su autonom ía en bene ficio del poder central
–así sucede con el propio Just iciazgo, cuya estrella había comenzado a declinar a fines
del s. XVI como consecuencia de las denominadas “alteraci ones de Aragón”-, mientras
otras ven limitada su capacidad de actuación y alguna – v.g r. la Diputación del Reino-
concentra múltiples competencias , convirtié ndose en un órgano complejo de difícil
definición.
Las instituciones aragonesas de la épo ca pueden agruparse en cuatro categorías,
en función de su dependenci a: Diputación y Justiciazgo (del Reino ), Audiencia Real,
1 . Para la elaboración de esta síntesis he mos tomado como base los siguie ntes autores y obras:
DOMÍNGUEZ O RTIZ, 1963 y 19 70 / 1992; SO LANO y ARMILLAS, 1 976; COLÁS LATO RRE y
SALAS AUSÉN S, 1977; VV.AA., 1977 ; TORRAS ELÍAS, 1982 ; MARAVALL, 1983; G ÓMEZ
ZORRAQUINO, 1987 a y 1987b ; UBIETO ARTETA, 1994; CA LVO POYATO, 1998 ; GARCÍA
CARCEL y ALABRÚS IG LESIAS, 2001; BENNASSAR, 2001 ; y VV.AA., 2001. A ello s hay que
añadir, para cuestiones pa rticulares, otras refere ncias que aparecen en not as.
2 . La mayor parte de los historiadores sitúan el periodo más crítico de la España m oderna entre lo s años
1640-1 685, la pso en el que se pr odujo una la mentabl e coinc idencia de factores negativ os.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
13
Gobernación, Virreinato, Consejo de Aragón e Inquisición (de la Corona), Cortes
(mixta) y Concejos (de los m unicipios).
La Diputación suplía a las Cortes cuando estaban disueltas y hacía cumplir sus
dictámenes y acuerdo s, entre ellos los re ferid os a las prestaci ones –los llamados
“servicios”- económicas y m ilitares a la Cor ona, que fueron especialmente gravosos en
dinero y capital humano para Aragón. Los ocho diputados se elegían por insaculación
entre los cuatro brazos: es tamento eclesiá stico, con dos bolsas: alta jerarquía y
capitulares; alta nobleza, con otras dos bolsas: nobles con y sin título; baja nobleza,
también con dos bolsas: caballeros –los qu e eran armados con el cerem onial- e
infanzones –que podían heredar o comprar la infanzonía-; y universidades (nombre
dado en Aragón a las ciudades, villas y luga res del Reino), que di sponían de cuatro
bolsas, una de las cuales correspondía a Zaragoza, que proporcionaba un diputado, y las
otras tres (resto de ciudades de realengo, villas con voto en Cortes y las cuatro
comunidades del Reino: Teruel, Albarracín, Daroca y Calatayud) que aportaban el otro
de forma rotativa.
El Justiciazgo simbolizaba las libert ades del Reino basadas en la primacía
absoluta de la ley, que obligaba por igual al monarca y al últim o de sus vasallos.
Defendía al Reino y a los regnícolas de los ab usos de la monarquía, como se puso de
manifiesto a fines de la centuria anteri or en el caso de Antonio Pérez (1591-1592).
La Real Audiencia representaba la justicia im partida por el monarca. Sus dos
consejos, civil y criminal, er an presididos por el virrey o, en su ausencia, por el
gobernador, y sus miembros eran elegidos en tre los naturales y doctores en derecho.
El gobernador era nombrado por el mona rca entre los caballeros y tenía como
misión m antener el orden y la paz social.
El virrey era también un representante de l m onarca, quien lo nombraba entre los
miem bros de la alta nobleza, pero sus facu ltad es estaban lim itadas por los Fueros. De
los que ejercieron el cargo cabe mencionar al arzobisp o Juan Cebrián, que tomó
posesión del virreinato y la capitanía ge neral de Aragón en 1658, lo que suponía un
extraordinario acaparamiento de cargos y d e poder; y a Juan José de Austria,
hermanastro de Carlos II y uno de los personajes m ás intere santes de la España de su
tiempo, que ocupó el puesto desde 1669 3 hasta 1677 en que tras un golpe de estado
recibió el nom bramiento de p rimer m inistr o, y destacó por su clara vinculación hacia
Aragón, lo que le granjeó las simpatías de la aristocracia y la burguesía locales y un
gran predicamento entre las clases po pulares; a sus oficios se debe, entre otros logros, el
viaje real de 1677 a Zaragoza (el desplazam ient o m ás largo que el m onarca hizo en toda
su vida), en el que Carlos II, además de visitar otras poblaciones 4 , juró los fueros de l
Reino en las únicas Cortes aragones as reunidas durante su gobierno.
El Consejo Supremo o Consejo de Ara gón fue el m edio de comunicación entre
el rey y sus súbditos.
El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición era el brazo eclesiástico de la
administración del Estado encargado de com ba tir la herejía y tuvo presencia regional en
Zaragoza –y esporádicamente en otras ciudades de Aragón- desde 1484 hasta su
supresión en 1834. La jurisdicción del tr ibunal de Zaragoza incluyó, desde 1519, las
3 . El nom bramiento fue ampliament e celebrado e n Zaragoza, pese a la prohibición real de cualquier
festejo. Su ent rada triunfal en la ciudad es el ac ontecim iento que, a juicio del pr ofesor Art uro Ans ón
(VV.AA ., 2001, pp. 89-91), quedó i nmortal izado en la c onocida Vista de Z aragoza con la Vi rgen del
Pilar en el cielo de autor a nónimo (1669; M adr id, colección Gonzalo Mora).
4 . El borgoñón Francisco Fabro Brem undans, secretario del virrey , fue el e ncargado de redactar l a cróni ca
del viaje (FAB RO BRE MUNDANS , 1680 / 1985 ), dura nte el cual tuvo oportu nidad de entablar am istad
con la intelectualid ad local, representad a por Diego Vicencio Vidania, Luis Porter y Casan ate, Vincencio
Juan de Lasta nosa, Jua n Fran cisco André s de Uzta rroz o D iego José Dorm er, entre ot ros.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
14
diócesis de Zaragoza, Huesca, J aca, Barbastr o y Lérida, mientras la d e Teruel quedó
incorporada ese mism o año al de Valencia . No obstante, los tribunales regionales
durante la edad Moderna carecieron de ind e pendencia pues dependían de un inquisidor
general y no eran sino meros transm isores de órdenes superiores 5 , por lo que no cabe
buscar en ellos particularismos ni comportam i entos diferenciados. La sede del tribunal
zaragozano fue habitualmente la Aljafería hasta 1708, año en que se trasladó a un
edificio en cuyo solar se construyó poco después la casa Tarín (o del Canal Imperial), si
bien sus autos tuvieron lugar en los habituales escenarios urbanos de los
acontecimientos públicos (plaza de la Seo, plaza del Mercado …).
Las Cortes, formadas por el m onarca y los cuatro brazos, eran el órgano
legislativo del reino y eran convocadas por el rey, quien no perdía ocasión para obtener
de ellas cuantiosas sumas de d inero en concep to de “servicios” que el Reino debía pagar
a la Corona. Durante el s. XVII pueden difere nciarse dos periodos ba stante definidos en
la actividad parlamentaria: el prim ero, que podríamos denom inar “periodo autoritario”,
se inicia en las Cortes de Tarazona de 1592, termina c on las de Zaragoza de 1646
(coincidiendo por tanto con la influyent e actividad política del conde-duque de
Olivares) y se caracteriza por un aum ento de la potestad real en detrimento de los fueros
y libertades, y por un incremento de la pres ión fiscal a costa de la cada vez m ás débil
economía aragonesa; en ese tiem po hubo sólo dos reuniones de Cortes (1626 y 1645-
1646) y algunas juntas de brazos (1599, 1601, ¿1632?, 1634 y 1641) que suplían en
parte la no convocatoria de aquéllas. El segundo periodo, qu e coincide básicamente con
el reinado de Carlos II, signi fica una cierta reactivación de la vida parlam entaria, una
evidente distensión en las relaciones entr e el Reino y la monarquía y un intento por
liberalizar el comercio y agilizar la ac tividad económ ica; las Cortes se reunieron
también en dos ocasiones (1677-1678 y 1684-1687) 6 .
Finalmente y por lo que se refiere a lo s Concejos, dependientes de los señores
laicos o del rey, se elegían por insaculación, y entre los ca rgos que lo co mponían –casi
todos ellos de origen medieval- estaba el justicia o zalm edina (juez municipal de
designación real, con jurisdicci ón civil y crim inal), los ju eces de tabla, el racional
(inspector de cuentas), los jurados, el mayordom o, el almutazaf (juez de pesas y
medidas)… adem ás del Tribunal de los Veinte (Veinte o Privilegio de los Veinte), que
defendía los intereses de la ciudad.
La vida política aragonesa del siglo XVII, tal como ya ocurrió en la centuria
anterior, estuvo pues caracteri zada por la tensión originada debido a la existencia de
instituciones y privileg ios forales pro pios, frente a la política autorita ria, centralizador a
y castellanizante de los Austrias. Felipe I II (II de Aragón, 1598-1621) intentó solventar
el tema de las “alteraciones” con un perdón general a los implicados pero, como ya se
ha visto, durante su reina do no se celebraron Cortes. Este monarca decretó adem ás la
expulsión de los moriscos ( 1610), medida que, adem ás de producir perniciosos efectos
demográficos y económ icos, evidenció la im posibilidad de una integración cultural y
puso fin a la convivencia pacífica y a la po lítica de asim ilación con esta minoría étnica
puesta en práctica por los Reyes Católicos.
5 . Este hecho provocó recelos y no poc os enfrentamie ntos políticos y jurisdiccion ales, pues la presencia
en el Tribunal de nu merosos castellanos y la act uación arbitraria –y en ocasiones ilícita- de sus
funcionari os se enten día com o una inje rencia en la admi nistración d el Reino y una m erma de sus
derechos forales. Est os problem as queda ron perfect amen te escenificados en las Co rtes de 1654, donde el
rey hubo de ceder a la presión popular y dictó un a serie de reform as que cons tituyeron un punto de
inflexión en la autoridad y cons ideración que la institución había tenido hasta enton ces en Aragón.
6 . En 1702 se celebraron en Zara goza las últimas Cortes privativas del Reino de Arag ón, pues éstas
queda ron disue ltas po r los De cretos de N ueva Plant a de 170 7 y 1711.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
15
Uno de los aspectos que ha suscitado mayor controversia entre los historiadores
de este periodo –y concretamente del reinado de Carlos II- es el de un supuesto
renacimiento del sentim iento foral (el denominado “neoforalismo” aragonés, surgido
como respuesta a la inhibición y debilidad de l poder central), cuya cabeza visible habría
sido el mencionado Juan José de Austria, hombre de no table popularidad en el que
muchos habían depositado sus esperanzas de cambio, frustradas con su inopinada
muerte por enfermedad tifoidea en 1679. Este f enómeno está actualmente en revisión,
pues parece que lo que en realidad se produjo fue un cambio de estrategia: se abandon ó
la vía de la confrontación, que tan nefastas consecuencias había producido
anteriormente, y ante la neces idad de en tendim iento centro-periferia se optó por la
negociación y la colaboración.
2.1.2. La población
En lo demográfico, el siglo XVII fue un periodo de estancamiento –si no de
recesión- para Aragón, pudiéndose fijar el cam bio de tend encia con respecto al siglo
anterior 7 en los primeros años de la centuria, momento en el que el núm ero de
nacimientos com ienza a descender, y sobr e todo a raíz de un acontecimiento de
profundas y funestas repercusiones: la expul sión de los moriscos decretada en 1610 por
Felipe III (II de Aragón). El vacío dejado por esta población 8 , unido a otros fenómenos
menos tangibles 9 ( v.gr. el descenso de m atrimonios, el asce nso de la soltería y la b aja
natalidad 10 , fenómenos que a su vez se relacionan con el increm ento del número de
eclesiásticos 11 ), no pudo ser compensado por el ú nico factor demográfico positivo del
periodo: la inmigración francesa, ya ex istente desde la r econquista pero que
experimentó un notable crecim iento en Aragón durante los siglos XVI y XVII 12 .
7 . Entre 1601 y 1605 Aragó n había alcanza do su techo de mográfico (al go m ás de trescientos trei nta mil
habitantes registra el cens o de Tomás Gonz ález de 160 3), llegánd ose a una sit u ación que los especialistas
llam an de “mundo l leno” . No todos los aut ores son de la m isma opi nión; así , Jaum e Torras Elías piensa
que, si bien durante el s. XVI se dio un crecimi ento signi ficativo, nunca existió una excesiva te nsión
demográfic a, sino m ás bien u na “sobrepoblación rel ativa”, visión que m inimiza el ret roceso del s. X VII y
aún lo conv ierte en positivo, por lo que tuvo de reaj uste de la po blación a los recursos disponibles.
8 . En Arag ón los moriscos s uponían e ntre el 15 y el 20 % de la po blación y se conce ntraban en las z onas
más fértiles: el valle del Ebro, sus aflu entes de la margen derecha y algun os “islotes” como Teruel,
Albarracín o Huesca. Gran pa rte de esa población atravesó los Pirine os y se estableció en ciudades como
Rouen, Nantes, Burde os o Lyon, ap ortando su rica expe riencia com ercial e ind ustrial y cont ribuyen do al
“esnobismo español” que impre gnó la sociedad fra n cesa en las prim eras décadas del siglo (B ATICLE,
1962, p. 282) . El paso a Francia y a otros lugar es pudo prod ucirse, en gran medid a, en los años prev ios a
la expulsión, de tal forma que el contingente realm ente exp ulsado pudo no ser muy numeroso.
9 . Entre estos fenómenos no se incluye la emigr ación a América, pues apenas t uvo repercusión en
Aragón .
10 . A juici o de l a profeso ra Carm en Ansón ( ANSÓN C ALVO, 19 77, p. 1 32) los bajos nivele s de
reproducción , que se mantuvieron est acionarios durante bastantes años, fu eron una causa determinante de
la despoblaci ón, hasta el punto que un pe queño aum ento en l os mism os hubiera enj ugado los efec tos
negativos de las causas co yunturales.
11 . Increm ento que, com o ocurrió e n el resto de España, af ectó a los frailes en m ayor medi da, debid o a
que las penurias econ ómicas obli gaban a los c onventos de m onjas a e xigir una dot e a las can didatas, l o
que a su vez e xplica la m ayor proporci ón de religiosas de fami lias nobles y acom odadas. Las d otes podían
ser en dinero y/o en especie, y en este último caso no eran raras las aportaciones de obras artísticas a la
comuni dad.
12 . Ignacio de Asso ( ASSO Y DEL RÍO, 179 8, p. 202) seña la, tal vez con exage ración, “… que en 1628
se contaba n en Zaragoza di ez mil frances es los más pelaires …”, ci fra que c oincide con la que daba en
1604 Bart olom é Joly, consejer o y limosn ero de Enriq ue IV de Fra ncia. En 16 35 la poblaci ón franc esa
podía sup oner una cua rta part e de la po blación tot al del reino . La corrient e migrat oria se fre nó –sin lle gar
a desaparecer los contactos transfronterizos- a raíz de la guerra de secesión catalana (1640-1652),
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
16
Además, la población de origen galo se asen tó preferentemente en las ciudades y en los
núcleos rurales al norte del Ebro, y se dedi có fundam entalmente al comercio, a la banca
y al sector te xtil –sin ser desdeñable s u vinculación a otro s oficios como la impresión de
libros o a actividades artíst icas-, por lo que no solucionó uno de los problem as
principales producidos por la expulsión: la falta de brazos y de arredantarios para el
campo. El peso de la población francesa fue tal que, a fines del siglo, el com ercio del
Reino dependía fuertemente de las importaci ones de productos manufacturados galos,
controladas por individuos de esta nacionalidad 13 . De la notable presencia frances a y de
otros acontecimientos del peri odo se hicieron eco y dejaro n testimonio escrito algunos
ilustres viajeros extranjeros, como por ejem plo Juan Francisco Pablo de Goudi, cardenal
de Retz, en sus Memorias (1654), donde afirma que “… todo el mundo hablaba francés
en las calles ”, o Antonio de Brunel en su Diario del viaje de España (1655), donde se
dice que “… no obstante las guerras con Francia se ha mantenido siempre el comercio
libre más allá de las fronteras, y los come rciantes de Olorón, de Tolosa, y de otros
sitios de Bearne y Languedoc van y vienen muy libremente a Zaragoza y a todos lo s
sitios ” 14 . No obstante, a fines de siglo la población gala se había reducido
considerablemente 15 .
A los factores demográficos negativos hay que añadir o tros que, a su vez,
interactuaron entre sí: las ep idem ias (como el brote de peste o tifus de 1623-1631; la de
1642-1643, posiblemente de gripe y que causó gr an núm ero de muertes; y sobre todo la
peste bubónica que, procedente de Argel, pe netró en Aragón por el Levante en 1647 y
adquirió especial virulencia en los años inme diatos), las sequías (com o la de los años
1614-1615), las hambrunas, los conflictos bélico s (y entre ellos la guerra con Francia y
el conflicto de Cataluña de 1640- 1652, que supusieron levas continuas 16 y provocaron
no sólo pérdidas humanas y económ icas, sino ta mbién la destrucción de cosechas y la
desertización de las regiones fr onterizas), las crisis agrarias (la serie de m alas cosechas
fue especialmente continuada entre 1676-1685 , y de m odo general se produjo un
descenso en los rendimientos cerealistas), la presión fiscal (sobre todo en virtud de las
aportaciones obligatorias de hombres, arm a s y dinero que imp licaba la “Unión de
llegándos e incluso a una expulsión de fr anceses en 1646, pe ro tomó nuevo impu lso, sin llegar a los
niveles a nteriores, tra s la Paz de los Piri neos (16 59). La pr ocedencia de estos nuevos ha bitant es del rei no
era, pred ominantem ente, el Languedoc y la Gasc uña, y su aceptación e i ntegraci ón fue buena, salvo en
contadas ocasione s en que se pro dujeron e pisodi os xenó fobos e incluso t entat ivas de e xpulsión.
Sobre el tema de la em igración fr ancesa a Ara gón en la edad Moderna, vid .: SALAS AUSÉNS,
1985; REDOND O VEINTEMILLAS, 1986; LANG E, 1993; y un estado de la cuestión actualizado en:
BENEDICTO GIM ENO, 20 02.
13 . En estos inte rcambios cabe incluir, por su puesto, el tra siego de obras a rtísticas (franc esas, españolas,
pero sobre to do flam encas) y en m enor medida de artista s, constant e durante t oda la c enturia a pesa r de
las circunstancias políticas, las p rohibiciones oficiales y lo s frecuentes cierres de fronteras. Los
porm enores y repercusi ones que este trasi ego t uvo a un o y ot ro lado a penas ha n sido e studia dos; p ueden
citarse como excepcione s el tem prano artículo de Jeannine Baticle (BATICLE, 1962) y las
investigaci ones que en este m omento está ll evando a cabo Fré déric Jimé no y que han dado ya algu nos
interesantes frutos (J IMÉ NO, 199 8; ídem , 2000).
14 . GARCÍA MERCADAL, 1999 , vol. III, pp. 247 y 350.
15 . Según Asso, en 1678 s u nú mero ro ndaba l os 2.50 0.
16 . Estudios del Depart amento de Hi storia M oderna de la Uni v ersidad d e Zaragoza estim an en más de
14.000 la cifra de aragoneses que sirvieron en el ejér cito ha sta 1653 , número al que hay qu e añadir 10 .000
soldados que l a ciudad de Zaragoza a portó por s u cue nta ent re 1638- 1652. Fue ron m uchos l os nobles que
“levantaron bande ra” y reclutaron e jércitos mal pert rechados y organi zados, i ntegrados por ge nte de
variada c ondic ión, pe ro tam bién debieron de ser n umeros as las d esercio nes. En genera l puede afirm arse
que la actitud aragonesa hacia este conflict o fue bastan te apática, a pesa r de su proximidad geográ fica, y
se limi tó a sumini strar a dis gusto las a portacione s y los cont ingentes pactados.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
17
Armas”, proyecto unificador diseñado por el conde-duque de Olivares para distribuir los
gastos de sostenimiento de l ejército) y el bajo desarrollo económ ico y técnico.
La peste de 1647-1654 causó tal impacto en Aragón –sobre todo en los centros
urbanos- 17 que la recuperación demográfica –y ec onóm ica- fue más lenta que en otros
territorios d e la Corona ( v.gr. Cataluña o Valencia) y hubo que esperar a la década de
1680 para que se produjera una inversión en la tendencia 18 y hasta comienzos del s .
XVIII para conseguir tapar el hueco crea do cien años atrás con la expulsión 19 .
2.1.3. La sociedad
Si en lo político el Aragón del s. XV II conserva –más o m enos íntegras- sus
instituciones medievales, en su estructura social responde al modelo clásico del Antiguo
Régimen, basado en sistem as de dominio m uy arcaizantes de origen rural, o rganizado
en torno a la tierra y su propiedad, que de finía el estatus de los hombres según una
jerarquía estamental bastante rígida y desi gual, y sometido a la am enaza constante de la
muerte en forma de hambres, epidemias y guerras.
En el Aragón del seiscientos se co nsolid a una élite ar istocrática (en la que se
incluye el alto clero 20 ) que monopoliza gradualm ente los poderes económico y político,
acapara la propiedad de las personas, los m e dios de producción y los servicios, detenta
los cargos públicos, copa las altas esferas del ej ército y de la Iglesia, protagoniza la vida
municipal y goza de m últiples privilegios y ex enciones fis cales. A diferenc ia de la de
Castilla, la nobleza aragonesa tuvo un fuerte cuño señorial, casi feudal, y no fue, en
general, una nobleza de dinero. Los título s arago neses lo eran de sangre o a natura y no
eran personales sino vinculados a la tierra; a mediados de siglo se contabilizaban dos
ducados (Villahermosa e Híja r), diecisiete m arquesados, veintiún condados y cuatro
vizcondados.
Paralelamente, una burgue sía escasa y pobre aspira a ocupar su lugar en la
pirámide social sin conseguirlo nunca de form a estable; en general su actuación en el
seiscientos f ue bastante tím ida y menos atenta a buscar el benefici o en sus inversiones
que a obtener títulos honoríficos –así com o lo s privilegios inherentes a los m ismos- con
los que ascender en la escala social y repr oducir así mim éticamente el com portamiento
aristócratico 21 . Para mantener la posición social alcanzada, esta burguesía ennoblecida
hizo uso del sistema de m ayorazgo como fórm ula histórica de prop iedad vinculada y de
17 . MAISO GONZÁLEZ, 1982. Se calcula que en la ciudad de Zaragoza entre un 10 y un 30 % de la
población fue víctima de la peste, m ientras en Hue s ca el porcentaje os cilaría entre el 20 y el 25 %.
18 . Afortunada mente, l a siguient e gran epidem ia de peste (1 676-1684) afectó sólo a la mit ad sur
penins ular. Según el cronista Dormer, Zaragoza no tenía t odavía en 16 89 la poblaci ón de 16 50, aunque el
profeso r Antoni o Domí nguez estim a que el núm ero de hab itantes a m ediados de si glo y a com ienzos del
s. XVIII e ra apro xima damente el m ism o: unos 30. 000 habitantes. E n cualquier caso, esta cifra era la
mitad de la que era capaz de albergar la ci udad, si hacem os caso a l o que el nuncio Nicolini escribió en
1686 (DOMÍNG UEZ ORTIZ, 1992, pp . 155 y ss.).
19 . En 1700 la po blación aragonesa d e estima en unos 45 0.000 individuo s (DOMÍNGUEZ ORTI Z, 1992,
pp. IX y ss.).
20 . Dada s u jerarquía inte rna, al habla r del estam ent o eclesiá stico se hace necesaria una distinción pre via
entre el alto clero (obispos, canónigo s, pri ores, abades…) y el bajo cl ero (pá rrocos, capel lanes y m onjes),
pues las desigual dades entre a mbos son notori as, com o ta mbién lo son las existentes e ntre el clero regular
y secular, e inclus o entre frailes y m onjas. Esta com plejidad acons eja tratar el tema de forma
individualizad a (ver más adel ante en el apart ado “La religión”).
21 . El escaso crecimiento y el comportamiento acom odatici o de la burguesía y de las clases m edias,
habituales im pulsoras de la r enovación y el cambio social, fue sin duda una de las causa s principale s del
anquilosamiento de la so ci edad del seiscient os.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
18
perpetuación del pa trimonio fam iliar 22 , y se rodeó de signos ex ternos que evidenciaran
y justificaran su nuevo estado siquiera de forma aparente: servidumbre, m ansiones,
fiestas, indumentaria, joyas y adorno persona l… pero también fund aciones pías, capillas
funerarias, etc. 23
En Aragón existió también una clase intermedia, la de los “ciudadanos
honrados” (o simplemente “ciudadanos”), cuya situación se puede calificar como
prenobiliaria.
Frente a todas estas m inorías se sitúa la am plia mayoría del es tado llano
(formado por m ercaderes, comerciantes, ar tesanos, labradores, ganaderos, etc. 24 pero
también por el bajo clero y por un considerab le y creciente núm ero de pobres acogidos a
la caridad pública 25 ), el m ás sensible ante cualquier alteración de las ya de por sí
difíciles circunstancias económicas, principa l proveedor de la m ano de obra y receptor
de las cargas impositivas, con nula partic ipación política y escasas posibilidade s de
ascenso social.
Uno de los fenómenos m ás llamativos en es ta centuria es el notable in cremento
del contingente de nobles (lo que se ha veni do en llam ar “inflación de los honores”) y el
consiguiente acaparamiento de cargo s e influenc ias por parte de esta clase privilegiada.
Este aumento se produce durante todo el si glo y no es exclusivo de A ragón (ni de
España respecto de otros países) 26 y denota el peso que en es a sociedad s eguía teniendo
el concepto caballeresco medieval del honor, entendido com o emulación por alcanzar
un elevado grado de consideración social y pr incipal motor de la movilid ad social
vertical 27 .
Los nuevos títulos reco mpensaban servicios o sancionaban la asc ensión social –
léase económica- de ciertos individuos, pero no modificaban la jerarquía nobiliaria,
pues los mism os linajes seguían controlando la sociedad y sus instituciones, y los
grandes personajes acumulaban numerosos título s (hasta seis o siet e, en algunos casos),
produciéndose así una clara tendencia a la endogam ia 28 . Estos “grandes” copaban los
puestos claves, pero en lugar de servir al estado y de pres tar buenos servicios al rey –
22 . Fórm ula que tuvo c omo fenóm eno asocia do el ingres o en reli gión de los segundones , debid o también
a la incapaci dad de casar debidam ente a todos los hijos.
23 . Estas manifest aciones mat eriales deben entende rse como una m uestra más de la obsesi ón barroca por
el aspecto y la apariencia, por la im agen de las cosa s y las pers onas. De hecho , las me didas de control del
lujo que en oca siones se quisiero n impone r no surt ieron efe cto.
24 . Dentro de este grupo, e inc luso en el seno de cada oficio, cab ría establecer una jerar quía interna , con
“élites populares” que ten ían una mejor consideración social, que asp iraban a una mayor participación en
los órganos de p oder y qu e en alguno s casos conseg uían el ascenso a los siguientes escalones de la
pirámide social: la ciudada nía y la infanzonía, de mostrando así la flexibilización del sistema. Cfr.
DESPORTES BIELS A, 2000.
25 . Amén de un nutrido grupo de vagabundos, pícaros, gen tes de mal vivir, niño s indigentes y pro stitutas
que puebl an las ciuda des y forman una est ampa tan ani mada y pinto resca com o sórdida y dram ática que
dejó su huella en la literatura y en el arte.
26 . En 1580 había en Esp aña un centen ar de títulos. A fines del reinado de Felipe IV (que creó 116
títulos) había unos 250 y Carlo s II dobló esta cifra (en 35 años creó 236 marquesados y 8 9 condados). En
Aragón el m ayor paquete de títulos se adjudicó en las Cortes de 1677-1678. La creaci ón de títulos fue
práctica habitu al y estuvo motivada por la necesidad del m onarca de pr ocurarse dine ro, razón por la que
su vent a incrementa ba a medida q ue aument aba la deuda del Estado.
27 . La movilidad horizontal (e s decir, los desplazam ientos y cambios de re sidencia) fue bastante intensa y
no sólo est uvo moti vada por la bús queda de mejores co ndiciones de vida, si no tambi én por el deseo de
elevar el status social e ncubriendo una tacha fam i liar, ca mbiando un a pellido m alfamado, lim piando los
antecedentes “infect os”…
28 . La endoga mia no fue exclusiva de la alta no bleza, pues se dio también entre los caballeros e
infanzones, e inclu so en la burguesía mercantil, pues era una estrategia qu e garantizaba y refo rzaba el
poder del grupo.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
19
circunstancia que en tiempos pa sados había sido lo habitual- pasaron a servirse de aquél
y a aprovecharse de la debili dad de éste para controlar el gobierno. Y es que en esos
tiempos convulsos la nobleza m uestra una in clinación general al parasitism o, abandona
las ambiciones políticas y evita cualquier iniciativa o inversión arries gada para ocuparse
exclusivamente de mantener sus cargos (cargos que, paradójicamente, suponían en
ocasiones cuantiosas pérdidas para sus poseedores), lo que provocó la aparición
esporádica de movimientos antinobiliar ios y también de alguna iniciativa de
regeneración promovida por la propia nobleza; sirvan como ejem plo de esto último los
escritos de tono moralista y aleccionador en clave cristiana de Lu isa María de Padilla,
condesa de Aranda, donde advierte de los vicios y malas costumbres de su clase social y
propone a cambio una serie de pautas de comportam iento virtuoso 29 .
Si bien los nobles ocupaban un lugar preem inente en las sociedades urbanas, la
mayor parte de sus ingresos procedía de las rentas de la tierra, razón por la cual la
nobleza aragonesa acusó especialmente la expulsión de 1610, que la dejó sin b razos y
sin arrendatarios. A estas pérdidas económicas se sumaron en m uchos casos las deudas
producidas por la imposibilida d de obtener dinero líquido m e diante ventas de bienes
raíces o señoríos, y otros gast os a los que la posición social obligaba: la oste ntación y e l
lujo, signos externos de riqueza y poder; las dotes que concedían a sus hijos para “tom ar
estado” o “entrar en religión”; la obligación de practicar la caridad con los pobres y la
santa limosna, tan estim adas en la sociedad barroca 30 ; y por supuesto las grandes sumas
dedicadas a honrar su padrinaz go en iglesias y monasterios 31 y, por ende, a promover la
actividad artística, de la que algunos aristócratas fueron ad emás practicantes (sobre todo
en el campo de la pin tura, la más acces ib le de las manifestaciones artísticas) y, en
menor m edida, el coleccionismo 32 .
Otro aspecto peculiar, here dado del siglo anterior y de origen castellano, que
afectó a la sociedad del seisci entos, fue el del estatus de los conversos y la pureza de
sangre 33 . Instituciones de diversos á mbitos (incluidas las de carácte r religioso y los
gremios) prom ulgaron estatutos para im pedi r el acceso a los candi datos qu e no pudieran
probar que su linaje estaba limpio de sangre -j udía o m ora, indistin tam ente- desde dos o
más generaciones 34 . Las ofensivas contra los conversos llevaron incluso a la confección
29 . Entre sus obras: N obleza vi rtuosa (1639), Noble perfecto y se gunda parte de la noblez a virtuos a
(1639), Lágri mas de l a nobl eza (1639), Ideas de nobles y sus deseng años en aforis mos. Cuarta parte de
nobleza vi rtuosa (1644) y un a Cartilla para instruir nobles .
30 . Acciones que redim ían de los pecados y, en ocasio nes, se m aterializaban en lega dos de parti culares
para “colocar doncellas” huérfanas o necesitadas.
31 . Con estas donacione s se pretendía asegurar la vida en el m ás allá pero, al mism o tiempo, transm itir
una buena im agen en l a vida terrenal . Sin e mbargo, para cum plir con los “pí os legados ” y otras m andas
testamentarias se debía recurrir co n frecuen cia a préstam os de otros pa rticulares o del pro pio estamento
eclesiástico, como hemos podido constatar en bastantes ocasiones.
32 . No obstante, es éste un tema por investig ar, pu es únicamente ha y algunos casos del s. X VII bie n
estudia dos – v.gr. el de Vincencio Juan de Lastanosa e n Hu esca-. Para una aproxi mación al coleccionis mo
en Arag ón, remitim os a: CEN TELLAS SALAMERO, 2001 a.
33 . Fenómeno éste que a su vez debe rel acionarse con el concepto de ho nra, que afectaba a los
antecedentes religiosos pero tam bién a la actividad laboral, al consi derar los oficios m anuales como
degradan tes e incompatibles con honor es y distincione s. No obstante, ya en los año s iniciales del reinado
de Carlos II l as duras condici ones socioec onóm icas se encargaron de m odifi car paulatinam ente esa form a
de pensar.
34 . Uno de l os m ás conocidos fue el llam ado Estatuto de Siliceo (llam ado así po r su pr omotor, J uan
Martínez Siliceo , arzobispo d e Toledo), p rom ulgado por la Iglesia Prim ada en 154 7 y aplicado l uego po r
el resto de l as diócesis espa ñolas con l a final idad de que per durase la mem oria de los descendie ntes de
judíos y se distinguiesen de l os hom bres nobles. La aplicación del estatuto llevó consigo para m uchos la
pérdida de o ficios públi cos y de di gnidades y prebendas ec lesiást icas (AMADOR DE LOS RÍOS , 1984, t.
III, p. 332 -333, 495 y 504 ).
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
20
de listas negras y, en muchos casos, obligaron a los individuos incluidos en ellas a la
emigración 35 . En numerosas lugares se colocaron, en las partes más visibles de los
templos, grandes lienzos o tablas donde se incluían “… para eterno baldón e
ignominia ...” los nom bres de las familias conversas; estos listados recibían el nom bre de
“mantas” y en algunos casos no fueron retirados hasta com ienzos del s. XX 36 . La
nómina de las fam ilias expue stas a la pública execración fu e abundante, com o tam bién
lo fueron los casos de individuos cuyos escritos se incluyeron en los denominados
“índices expurgatorios” 37 .
2.1.4. La ciudad y el campo
La herencia medieval se percibe también en el hábi tat y modo de vida de los
aragoneses, que eran básicamente rurales; de hecho, m ás del noventa y cinco por ciento
de los núcleos de población no superaban lo s cinco mil habitant es. Los niveles de
densidad de población eran muy bajos y no se recuperaron ni siquiera a partir de la
década de 1680, cuando se inic ia una recuperación dem ogr áfica natural que afectó
especialmente al m undo rural. Otro fenómen o arcaizante que afectó también a este
ámbito fue la importante im plantación del régim en señorial 38 , como lo demuestra el
reparto de la propiedad de las tierras: a co mienzos del s. XVII las de realengo suponían
unos 21.495 km 2 ., la nobleza sería d ueña de unos 13.467 y la iglesia de unos 12.198. En
el mundo rural había unos pocos propietarios , algunos arrendadores y una gran m asa de
jornaleros que vivían en condi ciones miserables y tenían una baja consideración social,
lo que impulsó a m uchos de ellos a aba ndonar el campo y m archar a la ciudad, donde la
mayor parte term inaban por engrosar el contingente de pobres.
En cuanto a los centros urbanos, los de mayor influencia y peso demográfico
fueron Zaragoza, Calatayud, Tarazona, Daroca, Huesca y Alcañiz. Zaragoza, capital
política del Reino, centro de la vida admini strativa y núcleo de concentración de la
aristocracia y de la burguesía mercantil, funcionaba casi como una república urbana
(como ocurría tam bién con Valencia o Barcel ona) y fue potente foco de inmigración
sobre todo durante la primera m itad del si glo, aunque el éxodo de población afectó
igualmente al resto de ciudades episcopales 39 , debido a que la Iglesia fue la única
institución que resistió bien la crisis y de stinaba un alto porcenta je de sus rentas a la
asistencia a los más desfavorecidos. Esta aten ción se m aterializaba en repartos direc tos
de alimentos o en importan tes subsidios de stinados a hospitales (como el de Nuestra
Señora de la Piedad o de Convalecientes en Zaragoza, fundado gracias a la espléndida
donación del arzobispo Diego Castrillo en 1686), albergues u hospicios ( v.gr. la Casa u
Hospicio de Misericordia en esta misma ciudad, ina ugurada en 1669). También en
Zaragoza abrió sus puertas en 1642 la Real Hermandad del refugio y P iedad, dedicada
35 . Estas listas tenían ya precedentes en la centuria anterior, com o lo demuestra el famoso Libro Ver de de
Aragón (1507), libelo cla ndesti no que alc anzó ampl ia difusi ón, don de se detall aban geneal ogías de
familias aragonesas de a scendencia hebráic a, m uchas de ellas emparentad as con linajes aristocráticos.
36 . Conocido es el caso de la “man ta” de Tudela, colo cad a en 1610 en la capilla d el Cristo del Perdón de
la entonces colegiata, donde perm aneció hasta fi nes del siglo XVII.
37 . AMADOR DE LOS RÍOS, 1984, t. III, p. 504 y 542 .
38 . La excepción la pr otagoni zaron los va lles pi renáicos –salvo el condado de R ibagorza- , donde la
població n viví a indepe ndie nte co n curi osas form as de auto gobier no.
39 . Antonio Dom ínguez Ort iz se refiere a ello cuand o habla de un “ éxo do de miserabl es ” form ado po r
campesinos a rruinados, m endigos, oci osos… que si bi e n increm entaron cuantitativ am ente la población de
las urbes, la em pobrecieron cualitativam ente.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
21
al socorro de los indigentes 40 , com o también lo hizo la llamada “Casa d e locos”, que
tuvo su sede en el Hospital Real y Genera l de Nuestra Señora de Gracia y que fue un
centro pionero en toda Europa por aplicar a sus pacientes –sin distinción por razón de
nacionalidad o religión- la consideración de enferm os, y por hacer uso de tratam ientos
médicos y terapias ocupacionales para su curación. Este hospital 41 , junto con la
prestigiosa Facultad de Medicina zarag ozana, son adem ás considerados los
protagonistas de la renovación de la enseñanza tra dicional y la ciencia aragonesa, que se
produjo –paralelamente al resto del país y c on considerable retras o respecto de Europa-
en las décadas de 1670-1680, tras un periodo de aislamiento y anquilosam iento; esta
ruptura del pensamiento científico, que se dio especialm ente en los campos de la
Medicina, la Química y la Biología, coincidió con la aparición de los novatores ,
inspirados a su vez por autores y obras im portadas de otros países (fundam entalmente
Francia e Italia), y tuvo en Juan José de Au stria a uno de sus principales valedores y en
el médico zaragozano Jo sé Lucas Casalete y su discípulo Cabria da a sus más precoces
representant es.
En cuanto a la morfología urbana, Zaragoza debía de ofrecer a com ienzos del
siglo una imagen de gran ciudad. En el Guzmán de Alfarache (Lisboa, 1602) de Mateo
Alemán se la nombra como “ ciudad tan principal y generosa […] tan hermosa y fuertes
edificios, tan buen gobierno, tanta provisi ón, tan de buen precio todo, que casi daba de
sí un olor a Italia ”; y Bartolomé Joly, consejero y lim os nero de Enrique IV de Francia,
la visitó en 1604 y la calificó como “ la harta ”. Su caserío experim e ntó a lo largo de la
centuria escasos cambios, aún condicionado en buena m edida por el trazado medieval,
aunque mediado el siglo el estilo barroco se ha bía hecho presente en el paisaje urbano y,
en especial, en los edificios religiosos. En ese es cenario, la vida ciudad ana alcanzaba su
auge con los abundantes acontecimientos qu e tenían lugar en los espacios públicos:
festividades religiosas como procesio nes, beatificacione s y canonizaciones;
acontecimientos profan os como entradas r eales, ajusticiam ientos y nombram ientos; y
celebraciones m ixtas como las ex equias po r la muerte de algún m iembro de la familia
real. Todos estos eventos se rodeaban de una especial pompa y conseguían con ello un
efecto epatante, evasivo y anes tesiador para una sociedad habitualm e nte castigada en su
devenir cotidiano, además de ser aprov echados com o m edio de control social 42 .
En el s. XVII el río Ebro era navegable y en sus riberas se desarrollaba una
intensa actividad ciud adana, como quedó reflej ado en las espléndidas vistas pintadas por
Juan Bautista Martínez del Mazo (h. 1646-1647; Madrid, Museo del Prado) y por un
anónimo aragonés (1669; Madrid, col. Gonzal o Mora). Ya desde com ienzos del s. XVI
existía un paseador desde la puerta del Ángel hasta el postigo del m ercado (es decir, el
equivalente a la actual calle Echegaray y Caballero) que fue, hasta m ediados del s. XIX,
uno de los principales lugares de esparcimient o de la ciudad. El prop io río fue utilizado
para vistosas naumaquias nocturnas entre em barcaciones ilum inadas.
En las calles zaragozanas había una presen cia habitual de juglares, títeres de
guante, titiriteros, mundinuevos y otros ar tefactos que ayud aron a fam iliarizar a l público
con los espectácu los escénicos y a crear un ambiente que propiciar ía la aparic ión de
teatros permanentes. Esp acios urbanos especi almente indicados para lo teatral f ueron las
40 . Esa misma finalidad tuvo el “padre de huérfanos”, institució n de origen medieval que seg uía
prestando sus s ervicios en var ias ciuda des durant e el s. XVII.
41 . Fue allí probablemente dond e pasó sus últimos días el pintor Jusepe Leonardo ( MAZÓN DE LA
TORRE, 1 978, pp. 74-75) y si glo y m edio después sir vió d e inspi ración a Fra ncisco de Goya para pint ar
su Corral de lo cos (1794; Dall as, EE.UU.; Meadows Museum).
42 . Para este t em a, remit imos al que co nsider amos el estudio de conj unto más am bicioso sobre l as fiest as
públicas en Aragón realizado hast a el momento: VV .AA, 1995 a .
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
22
plazas frente a las igles ias -y sobre todo la de la Seo-; el ensancham iento del Coso frente
a la puerta Cineja; y la plaza del Mercado, escenario históric o de ejecuciones, au tos de
fe, algaradas, m ascaradas, arquitecturas efímeras… pe ro tam bién justas, torneos,
corridas de toros y otros esp ectáculos que todavía se celebraban en ese lugar a
comienzos del s. XVII –y, en el caso concreto de las capeas y corridas de toros,
siguieron teniendo esa ubicación hasta media do el s. XVIII, cuando se construye el
nuevo coso taurino de la Misericordia- 43
La evocación del panorama urbano no es taría completa sin una alusión a la
importante presencia d e las corporacion es de oficios (gremios) y sus cofradías 44 ,
distribuidas en calles cuya nom enclatura todavía hoy los recuer da, y cuya intensa
actividad resultaba una curiosa m ezcla de el ementos sagrados y profanos. Puestas bajo
el control municipal d esde pr incipios del siglo, su repr esentación en el gobierno
municipal fue sin embargo escasa, debi do a las duras condiciones im puestas.
A considerable distancia de Zaragoza, el resto de ciudades aragonesas con cierta
entidad respondían curios am ente al modelo de ciudad-conv entual y dos de ellas (Huesca
y Tarazona) eran además sede episcopal, lo que dem uestra el peso y la atracción que lo
religioso tenía en la sociedad y en la vida cotidiana del seiscientos. Algunas de estas
ciudades desarrollaron una notabilísim a activ idad cultu ral con proyección internacional
( v.gr. Huesca) y otras como Daroca o Calata yud fueron cuna de num erosas familias
linajudas cuyas casas y escudos en piedra –pe ro también capillas, retablos, pinturas,
etc.- son todavía testimonio m ate rial de su pasado esplendor.
2.1.5. La economía
La integración del Reino de Aragón en la política centralizadora de los Austrias
menores se produce en el m omento de mayores dificultades económ icas, por lo que los
continuos aportes de hombres, dinero y produc tos solicitados por el rey (los llamados
“servicios”), de forma ordinaria o extraord in aria (com o los destinados a la guerra de
Cataluña), resultaron especialmente gravosos. A ello se sumó el impacto negativo de la
expulsión de los moriscos, sustento fundament al de la economía ar agonesa, cuya salida
provocó la extinción de una buena parte de la mano de obra y de los arrendatarios del
campo, la dism inución de los ingresos en el tr ibunal del Santo Oficio, el descenso de la
presión demográfica 45 , una contracción en la demanda de géneros de consumo interior,
la desaparición de algunos importantes centros artesanos, una redistribución territorial
de la población y de las fuerzas productivas, la desaparición de islotes comarcales de
agricultura intensiv a con fuerte densidad de población y, a la postre, un retraso de casi
un siglo en las ya de por sí débiles estruc turas económ icas aragonesa s, ancladas todavía
en el sistema feudal y con esporádicos y m uy leves síntomas de capitalismo.
La base de la economía seguía siendo la ac tividad agraria, de la que la industria -
casi inexistente, reducida a la p roducción textil y muy m ermada por la crec iente
circulación de géneros extran jeros- y el com ercio eran un mero com plemento. En todos
43 . MARTÍNEZ HERRA NZ, 1999 a , pp. 49-5 4.
44 . Para una visión de conjun to, vid . REDONDO VE INTEM ILLAS, 1981 a. Para los gremios artístico s:
ANSÓN NAVA RRO, 1993, p p. 23-45.
45 . La conc urrencia de los f actores analiza dos e n el apart ado dedicad o a “la po blación” p rodujero n
además una pérdi da de pobla ción acti va. La rec uperación demográfic a de la década de 1680 no se t radujo
inm ediatament e en un aumento de di cha poblaci ón y cuando éste com enzaba a notarse se vio
lament ablement e interrum pido por los efect os devastado res de la gue rra de Sucesión. Para A ntonio
Domínguez Ortiz , la recuperación eco nómi ca no fue posib le porque n o hubo recuperaci ón dem ográfica,
hecho que provoc ó falta de cons umo, desce nso de pro duct o s agrícolas y de las re ntas, abandono de zonas
cultivables, d ecadencia de las industrias de con sumo habitual, etc.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
23
estos ámbitos la crisis generalizada tuvo ef ectos evidentes: los campesinos, acuciados
por la presión fiscal, las malas cosech as y los bajos rendim ientos del cereal,
malvendieron sus tierras; artesanos y com ercia ntes v ieron caer su s beneficios debido a
los impuestos y las devaluaciones, y am bos redujeron su actividad en las economías
rurales y urbanas, lo que produjo un desmoron amiento de la anterior estructura de
división del trabajo.
Una de las causas de la caída de las indus trias artesanas y de su incapacidad para
transformarse f ue la aniquilac ión del capital me rcantil aragon és. Y es que en este siglo –
en realidad el fenóm eno se vislumbra ya en la década de 1 580- van a extinguirse las
principales dinastías mercantiles de judeo-c onv ersos formadas en la cen turia anterior,
bien por falta de herederos (como ocurre c on los Zaporta y Santángel en Zaragoza), bien
por las consecuencias de la expulsión de los moriscos y por los escasos beneficios que
producía el rentismo. Los descendientes de alguno de aquellos m ercaderes del s. XVI
van a caer en la ociosidad, desentendiéndose de las actividades pr oductivas, o van a ser
absorbidos por la “sed de títulos” que pa rece marcar el signo de los tiem pos, lo que
favorecerá la llegada de foráneos, fundament almente franceses pero también italianos
(genoveses), que sin se r muchos en número, van a copar los circuitos co merciales y los
negocios especulativos (es dec ir, las activid ades que generan la m ayor acumulación de
capital) en la primera m itad del siglo. Este protagonism o extranjero trajo a su vez
nefastas repercusiones a la economía autó ctona: por un lado, provocó la ruina de las
formas de producción ineficie ntes (sin que fuera posible su renovación o cambio); por
otro, impidió la formación de una nueva burguesía y la acum ulación del capital
mercantil necesario para la tr ansform ación del sistema de producción artes anal en un
sistema protoindustrial, provocando inclus o un fenóm eno de desindustrialización.
Esta situación se modificó en parte en la segunda m itad de la centuria, mom ento
en que una nueva burguesía mercantil re gnícola se refuerza y vuelve a ocupar –
aprovechando la posición antifrancesa de las Cortes- un lugar priori tario, desplazando a
los foráneos, de tal forma que consigue llen ar el hueco social y económ ico dejado por
los mercaderes de la centuria anterior, si bien las circunstancias de ambos fueron bien
distintas. Ahora, la burguesía local emergente 46 abandona los pilare s básicos de la
actividad com ercial de sus antepas ados del s. XVI (los arrendam ientos de las ren tas
feudales y eclesiásticas, y la inversión en censa les) y se centra en la p articipación en
empresas de la m onarquía, en la comprave nta y arriendo de bienes inmuebles, en el
arrendamiento de las Generalidades –de las que luego se hablará- y, en m enor medida,
en la comercialización de productos y préstamos monetarios y de productos a
particulares. Sin embargo, la acum ulación de capital se orientó a la adquisición de
prebendas y señoríos y una vez más, la am bici ón por formar parte de la cúspide social,
integrarse en la alta no bleza 47 y desem peñar cargos en las instituciones públicas y
privadas más influyentes, dieron al traste con cualquier posibili dad de cambio en el
sistema.
46 . De la que formaban parte influyentes familias como los Francés de Urritigoiti (apellido éste cuya
grafía presen ta en las fuentes múltiples va riantes) y los Virt o de Vera , que aunque afinca das en Zaragoza
procedía n de otros l ugares: Navarra y So ria, respecti vam ente. En am bos casos s us miem bros oc uparo n
importantes respon sabilidades tan to en las institu ciones públicas (co ncejo y reino) como en algunas
privadas (c omo l a poderosa Casa de Gana deros ), lo qu e nos da idea de su prestigio soci al y capacidad de
influenci a.
47 . La mayor parte de la burguesía mercantil aragonesa de la segund a mitad del siglo pertenecía a la baja
nobleza, lo que eliminaba toda duda sobre posibles oríg enes “infectos”; el salto a la alta nobleza era su
máxim a aspiración, que podí a consegui rse por co ncesión real, m edi ante la compra de seño ríos o p or
enlace matrimonial. Este ascens o era además compatib le, desde 1680, con el desem peño de la actividad
comercial.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
24
El desplazamiento de los géneros ara goneses por los de procedencia extranjera
(fundamentalmente francesa) se intentó contra rrestar con m edidas pr oteccionistas y con
un fortalecimiento corporativo grem ial, pero esto trajo consigo otros efectos negativos:
rigidez técnica y organizativa y pérdida de com petitividad, de tal form a que su situació n
en el últim o cuarto del siglo era esp ecialmente caótic a. Los gremios alcanzaron un g ran
desarrollo, sobre todo en la ciudad de Zaragoza, y su funcionamiento, heredado sin
apenas cambios del siglo anterior, e s bien conocido: estructura jerárqu ica encabezada
por los mayordomos; veedores y exam inad ores encargados respectivamente del
cumplimiento de las ord inaciones y del acceso de nuevos miem bros; aprendiz, oficial
(mancebo) y m aestro como etapas obligadas del cursus honorum profesional; reuniones
periódicas; estr icto control del trab ajo de los agremiados y pers ecución del intrusismo,
etc. 48 .
Por otro lado, la m iseria y la inse guridad económica provocaron un aumento
notable de la delincuencia, el bandolerismo, el contrabando (en la m ontaña), los motines
–breves, pero violentos y duramente re prim idos- y las revueltas organizadas 49 .
Un aspecto poco estudiado todavía pero que tiene claras implicaciones
económicas es el de las com unicaciones. Gracias a fuentes como los libros de viajes o
los relatos de diplom áticos y militares s abemos que los desplazamientos por tie rras
aragonesas durante este periodo resultaban bastante dificulto sos, con pistas y carreteras
polvorientas que se convertían en lo dazales c on la lluvia y carecían de firm e. A ello se
añade el problema para vadear algunos ríos , la inseguridad genera da por los bandoleros
y salteadores, los gravámenes por atrav esa r algunos territorios o por utilizar ciertos
servicios 50 , la incomodidad y lentitud de carretas y diligen cias y la dificultad para
encontrar posadas y alimen tos durante el viaje.
Las principales vías terrestres de co municación aragonesas de los siglos XVI-
XVII partían de Zaragoza o atravesaban la cap ital: el cam ino real que, procedente del
reino de Castilla, tenía como destino el principado de Catal uña (que pasaba por Ariza,
Ateca, Calatayud, La Almunia, Zaragoza, Pina , Bujaraloz, F raga…); el camino que unía
el reino de Valencia con Zaragoza a través del Bajo Aragón (Peñarroya, Alcañiz,
Velilla, Pina, Alfajarín…); la vía que nos poní a en relación con Navarra por el corredor
del Ebro (Alagón, Pedrola, Mallén…); y la que se dirigía a Francia a través del Som port
(Zuera, Almudévar, Huesca, Ayerbe, Jaca…) 51 . Estas vías terrestres se com pletaban
con las fluviales, reducidas al río Ebro, el único navegable, que perm itía el comercio
con parte de Cataluña y con Italia a trav és de barcazas, m ientr as el comercio con
Flandes, que intuimos de especial im portancia en el ám bito artístico (importación de
obras, desplazamientos de artistas e importación de modelos e influ encias), se realizaba
principalmente a través del Cantáb rico (puertos de Bilbao y San Sebastián).
48 . Caso especia l, del que nos ocuparem os más adelante, fue el del g remio de pintores, escindido del de
doradores y desapareci do com o tal en el año 1666.
49 . C o m o l a d e l o s barretines catalanes de 1688-1689, provocada por la negati va de los campesinos de
Centell es a pagar la c ontribu ción para el manteni mient o de tropas, q ue fue sof ocada –no si n proble mas-
por el nuevo virrey Carlos de Gurrea y Aragón, duque d e Villahermosa.
50 . El “derecho del General” o “Generalida des” (im puestos que gravaba n la import ación y exportaci ón de
productos) consistían, algunas veces, en una tasa sobre el valor de la m ercancía (que podía oscilar entre el
5 y el 20%, según el tipo de producto, la coyuntura económica y la adopción de m edida s proteccionistas)
y otras en un gravamen fijo (GÓMEZ ZO RRAQUINO, 1991).
51 . SERRANO MARTÍ N, 1991.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
25
Dentro de todo este desalentador panoram a, la Iglesia fue la única institución
que soportó bien la crisis económica 52 , aunque ésta también se dejó sentir en las
administraciones eclesiásticas, que debieron hacer frente a im pagados en los censos y
diezmos 53 ; esta acumulación de deud as obligó incluso en alg unos lugares a cambiar el
sistema contable 54 . La recesión también se dejó sentir en los conventos, y de m odo
especial en los femeninos, que solían estar en deudados, debido a su peor administración
y a su menor capacidad para cap tar y generar recursos 55 , lo que llevó a tom ar medidas
como la petición de socorro a la Corona y a los concejo s, la elevaci ón de las dotes, el
trabajo manual de las religiosas y la adm isi ón de seglares en calidad de huéspedes o
pupilas.
Para terminar este apartado, nos referirem o s brevemente a la moneda habitual de
cuenta y sus equivalencias: la lib ra jaquesa 56 ; el sueldo (1 libra = 20 sueldos); y el
dinero (1 sueldo = 12 dineros). Como mo nedas efectivas o reales encontramos el
escudo, el real (1 libra = 10 reales; 1 suel do = medio real) y el dinerillo o “menudo” ( ≈
dinero). También aparecen monedas anteri ores como el ducado y otras foráneas
procedentes de Cas tilla, Va lencia, Cataluña y Francia 57 , así com o la denominada
moneda “perulera”, moneda de plata acuña d a en Perú falta de peso y ley. Las
alteraciones monetarias y las continuas def laciones m otivar on una pérdida de confianza
en el sistema, lo que exp lica la perviv encia de la primitiva pr áctica del trueque.
2.1.6. La religión y la Iglesia
Aunque no es un fenómeno privativo de Ar agón, todos los aspectos de la vida
del seiscientos estuvieron impregnados de lo religioso, fenómeno que se manifiesta en
las constantes referencias a la divinida d y en la generalización de una acusada
mentalidad providencialista, si bien la complejidad y las contradicciones que
caracterizan al barroco como concepto de época, es decir, ex tensible a todas las
manifestaciones que se integran en su cultura 58 , obligan a matizar esa afirmación, o al
menos a tom ar ciertas cautelas a la hora de va lorar sus implicaciones. S irva de ejemplo
el tan traído y llevado Concilio de Trento y s us consecuencias tanto en el seno de la
propia Iglesia com o, por ejemplo, en la faceta do ctrinal y en la actividad artística. O el
comportamiento de no pocos clérigos que m antuvieron costumbres al m argen de la
rigurosa doctrina conciliar, aunque es i nnegable que ésta, unida a la actividad
inquisitorial, limitó y condicionó la actividad intelectual de muchos otros. Del m ismo
modo, frente a la pretendida unidad de la Iglesia, se pr odujeron abundantes –e incluso
cruentas- pugnas teológicas en tre la s distintas órdenes, así com o enfrentamientos por
hacerse con el monopolio de la enseñanza en los distin tos niveles 59 ; debates que, por
52 . Lo hizo fu ndament almente m ediante l a percepci ón de donaciones, fundaci ones de particulares ,
adquisición d e tierras, títulos d e deuda y ren tas enaj enadas.
53 . El diezmo era la principal fuente de las rentas eclesiásticas, y era una tasa obligat oria (d e justificación
religiosa y que ob ligaba sob re todo en conciencia) pa gada por los fieles y destin ada al mantenimiento de
la iglesia local, si bien el prin cipa l beneficiario fue el alto clero.
54 . LATORRE CIRIA, 1992.
55 . Tal vez por e fecto de los m ayores condi cionam ientos que im puso el rigo rism o contrarre formi sta ( v.gr.
la estricta clausura).
56 . Calificati vo éste que se a plicaba a t odas estas m onedas y t enía más un sentido sim bólico o histórico
que real, pues la única ceca e n activo fue la de Zara goza.
57 . VV.AA., 2001, pp. 47-5 0.
58 . MARAVAL L, 1983, p. 29.
59 . Los jesuit as tuvie ron gran p rotagoni smo en esta s luchas que , en el siglo si guiente, alca nzaron su punto
álgido con l a entra da en escena de los e scolapi os, orden fundada e n el s. XV II por el ar agonés san Jos é de
Calasanz.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
26
otra parte, tuvieron la virtud de elevar el discurso teológ ico, generando una interesante
literatura, del mism o modo que la competenci a en el terreno educ ativo acrecentó el
prestigio de los colegios que las distintas órdenes fundaron en torno a las universidades
de Huesca y Zaragoza.
Otro fenómeno, también atribuible a Tr ento, donde se evidencia la am bigüedad
de los tiempos, es el aumento de la importancia del episcopado y su suprem acía como
autoridad jerárquica –frente a la cual só lo los cabildos ejercieron alguna oposición,
aunque solían emplear sus energías en asuntos internos y formales de escasa repercusión
exterior-, una vez anulada en gran medida la ascendencia que en la vida pública habían
tenido anteriormente las fundaciones m onásti cas. No obstante, éstas experim entaron un
crecimiento notable, con un especial prota gonism o de las órdenes mendicantes, bien
reformadas o bien de nueva im plantación 60 , que m ostraron claram ente su preferencia
por las áreas urbanas como lugar de ubicaci ón, frente al tradicional em plazamiento rural
de las instituciones monacales 61 . A diferencia de lo ocurrido en otros lugares, en
Aragón esta “floración” de conventos no supuso una intensificación del fenómeno
místico, que careció en estas tie rras de f iguras estelares –tal vez con la excepción del
controvertido Miguel de Molinos- y de incidencia popular . En cam bio, la vinculación
de estas fundaciones pías con miembros de la alta y baja nobleza –más profunda en el
caso de las fundaciones f emeninas- fue, igual que sucede en otros l ugares, considerable,
y se materializó en dotes, herencias y donaciones que contribuyeron –junto con la
práctica de la limosna- a contrarrestar la debi lidad económ ica y la austeridad m onacales.
A fines del siglo XVII, en Zaragoza ha bía más de 1.500 frailes y monjas y unos
30 conventos, de los cuales más de una tercer a parte se habían fundado a lo largo de la
centuria 62 . Otras ciudades importantes por su número de fundaciones fueron Huesca 63 ,
Calatayud 64 , Tarazona, Teruel, Caspe, Alcañiz, Borja, Barbastr o y Alagón; la
repercusión social y urbanística que la im plantación de todas estas comunidades y sus
edificaciones tuvo en la trama de estas pobl aciones convirtieron a éstas en verdaderas
ciudades-convento.
Aunque las fundaciones aumentaron sobre todo durante la primera m itad del
siglo, su dotación se prolongó durante el resto de la cen turia, fenóm eno al que cabe
añadir la reform a y modernización de las co munidades es tablecidas con anterioridad y,
en menor medida, la erección de iglesias secu lares (parroqu ias, ermitas, santuarios…)
de nueva planta o la reforma de las ya existentes. Reformas que podían tener una
60 . El peri odo ál gido pa ra la int roducció n de ést as se corre sponde c on el últim o tercio d el s. XV I y la
primera m itad del XV II. A parti r de ese m omento se asis te a una prog resiva deca dencia de la vida
monástica, reflejo inevitable del declive nacion al en todos los ámbitos.
61 . En el caso de las comuni dades fem eninas, el t raslado a lugares ha bitad os fue obligato rio a partir del
concilio de Tren to. Otra excepción la constituyeron los cartujo s , que buscaban siempre emplazamientos
no demasi ado alejados de los núcle os urba nos.
62 . Este cálculo parece no concordar con la estim aci ón hec ha a com ienzos de si glo por fray Diego Murillo
(MURILLO, 1616 / ANSÓN CALV O, 1977, p. 395), quien nos dice que en Zarago za había “… 19
conventos de frai les, 12 de monj as, o iglesi as parroq uiale s y otras 17 que no lo era n, es decir, en tot al,
56 iglesias ”.
63 . En 1618 la ciudad ten ía 450 eclesiásticos y 4.523 civiles (DOMÍNGUEZ ORTIZ, 1992, pp. 3-15).
Para los conv entos de cl ausur a fem eninos de la ciuda d de Huesca en el s. XV II rem itimos a: FONTA NA
CALVO, 1998. Esta magníf i ca monografía es u n extracto de la tesis doctoral, to davía inédita, que la
autora dedicó a la “Arquitectura re ligi osa en la ciuda d de Hues ca durant e el siglo XVII” (dirigida por el
prof. Go nzalo M. Borrás Gual is y defe ndida en 1997 e n la Uni versidad de Zara goza).
64 . El crecimiento conventual de esta ciudad resulta es pecialmente notabl e, pues a com ienzos del siglo
existían siete co nventos y a lo largo de la centuria se fun daron otros seis (DOMÍNGUEZ O RTIZ, 1992, p.
79). Sobre la prolife ración de fun daciones rel igiosas en Calat ayud y su com unidad hi stórica, vid. : RUBIO
SEMPER, 1980, pp. 9 y ss.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
27
finalidad estética (actualizar su apariencia y adaptar los tem p los al nuevo gusto barroco)
o bien basarse en criterios prácticos (ampliar los espacios de culto para santos y
devociones locales o particulares y, de esta forma, dar satisfacción a la fuerte dem anda
de misas, capellanías y lugares de enterram ient o por parte de cofradías y particulares), si
bien esta distinción entre lo bello y lo func ional puede resultar eq uívoca y superficial,
pues todos estos aspectos tienen un fundamento simbólico y doctrinal que, como
veremos, es preciso interpretar de form a conj unta. En cualquier caso, todo ello da idea
del fervor relig ioso existente 65 , y de la actividad construc tiva y artística que este
fenómeno implicaba.
No obstante esta proliferación de fundaciones y consagraciones 66 , sería
conveniente analizar hasta qué punto m uchas de las “vocaciones” religiosas fueron
producto de la obligación, de la necesidad o de la comodidad, dada la heterogeneidad en
la composición de las com unidades re gulares, su bajo nivel intelectual 67 , la relajación
de costumbres (que tuvo a su vez contest ación en form a de movimientos reformadores,
de censuras y reprobaciones in ternas) e inclus o el comportam iento poco decoroso y
apartado de sus reglas de algunos religiosos 68 , defectos que los viaj eros extranjeros se
encargaron especialmente de poner en eviden cia. Sirvan como ejem plo las numerosas
anécdotas recogidas en la crón ica del viaje de Cosm e de Médicis por España y Portugal
(1668-1669) 69 , y en concreto algunas que tuvieron lugar durante su vi sita a Zaragoza,
donde las monjas del convento cist erciense de Santa Lucía, “… alcune delle quali
confessano liberamente starvi per forza ” , hacían señas a los carruajes que pasaban por
allí para que se detuvieran, y hablaban “… facendo un cicaleccio orrendo e assai più
simile a una sinagoga sollevata che a un ritirato monastero ” (p. 63). En general, la
imagen algo sesgada por interesada q ue los cronistas de este viaje sacaron de España, en
lo que a la religión se re fiere, era la de un país fa nático y milagrero, con un clero
licencioso y poco preparado que sermoneab a sin fundamento sobre lo divino y lo
humano, y unas prácticas religiosas dond e se mezclaban la beatería, los
comportamientos extremosos o desviados y lo s hábitos profanos. Otros síntomas de las
prácticas supersticiosas de esta sociedad, que parecía buscar de esta form a soluciones
irracionales para sus penurias y males co tidianos (epidemias, plagas, sequías,
tempestades…), eran las creencias, m uy ex tendidas, en pronósticos, adivinaciones,
sortilegios y m aleficios, en la eficacia de f iltros de am or y conjur os, y en los actos de
65 . Interpretado con dureza por alguno s autores com o una demostración “… de moji gatería, de
alucinació n religiosa y de auténti co escaparat e de las cree ncias ” (ANSÓN CALVO, 1977, p. 130) .
66 . Ya hemos dicho que la toma del estado religioso fue una de las causas de la recesión dem ográfica,
razón por l a cual se inte ntaron t omar me didas para re ducir el elevad o núm ero de clérigos –sobre t odo
regulares- y de fundaci ones; medi das que a la postre resul taron infr uctuosas debi do al fuerte at ractivo que
la Iglesia ofrecía en un m omento es pecialmente difícil (poder e infl uencia, incentivos espirituales y
materiales, ventajas jurídicas, pri vilegios y exencione s… ). No obstante, la sobrep oblación eclesiástica er a
un problema fundamentalmente u rbano, pues el reparto territorial de los relig iosos y de los conv entos fue
desigual y hubo tam bién zonas desat endidas en lo espiri tual.
67 . Consec uencia de l a falta de e stablecim ientos dedic ados a la fo rmación de l clero, pues las
disposicio nes de Trento ace rca de la creación de seminari os fueron pa pel mojado, d ebido a que est o
significa ba retraer re ntas de la s mensas episc opales.
68 . Como muestra, un texto del lib ro de Miguel Antonio Fran cés de Urritigoiti, arcediano mayor de la Seo
de Zaragoza , Deseng año de eclesiásti cos en el amor desorden ado a sus parientes (Zaragoza, Diego
Dormer menor, 166 7, p. 67): “… si tu viese el Eclesiástico un hijo ileg ítimo puede sustentarlo d e los
frutos del Benefi cio y si fuera hi ja dotarl a honest amente par a casarla ” . Recogido en: ANSÓ N CALVO,
1977, p. 131.
69 . SÁNCHEZ RIVER O y MARIUTTI DE SÁNCHEZ R IVERO, s.f. La crónica oficial del viaje (dos
volúm enes manuscritos e ilustrados con dibujos Pi er María Baldi, conse rvados en la Biblioteca
Laurencian a de Florencia) correspond ió probablemente a Loren zo Magalotti, quien en general se muestra
bastante crítico –aunqu e menos que los cr onistas oficiosos- con los españoles.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
28
brujería y hechicería 70 . Así se explica, por ejemplo, la frecuencia con la que se d an
casos de supuestos envenenamientos y posesiones, o el recurso a exorcism os para
solucionar lo que en realidad eran trastor nos neurológicos o psicológicos. Todas estas
prácticas motivaron también la intervención de la Inquisición en forma de persecuciones
y autos de fe.
Lo cierto es que los casos verdaderam ente escandalosos protagonizados por
religiosos fueron escasos y que la situación má s preocupante se vivía d e puertas adentro,
pues conforme avanza el siglo se aprecia un decaim iento del fervor, una mecanización
de la devoción y una tendencia a la vida fácil y regalada 71 , a pesar de que en la m ayoría
de los conventos primaba la pobreza y la m ortificación.
Otros aspectos no menos interesantes del periodo que tienen que ver con lo
religioso y que tuvieron sus correspondiente s implicacion es artísticas fueron la acción
pastoral, las devociones, la aplicación de las decretales tridentinas y las fiestas religiosas
y funciones litúrgico -teatrales.
La acción más fecunda de la Iglesia ara gonesa del periodo fue la acción pastoral,
que promovía la piedad popular y divulgaba el concepto de caridad entendida como
limosna. En este sentido , el mecenazgo y la pro moción artísticos son en tendidos como
vía de indulgencia y m anifestación extern a de piedad, lo que explica su m ayor
inclinación al terreno religioso.
Dos fenómenos relacionados entre sí y directam ente implicado s en la
divulgación de la doctrina que apenas han recibi do la atenci ón de los investigadores en
Aragón -a pesar de su trascendencia- fueron las misiones interiores y la oratoria sagrada.
Las misiones interio res, en las que la Co mpañía de Jesús desem peñó un papel muy
activo, eran un medio alternati vo y directo de dar a conocer en lugares alejados de las
ciudades los dogmas de la fe y tuvieron como consecuencias positivas una cierta
equiparación entre el mundo rural y el urba no, así como una intensificación de ciertas
devociones –las propias de los jesuitas, a lo s que cabría achacar por ello un cierto ánimo
proselitista- que se tr adujo en la realización en los l ugares de misión de gran núm ero de
pinturas, imágenes y retablos 72 .
Por su parte, la oratoria sagrada, ejem plificada en los sermones, fue al m ismo
tiempo un instrumento fundamental de la práctica religiosa, un poderoso medio de
conversión 73 y una forma literaria popular que tendría s u análogo profano en la
comedia. Los serm ones cubrían todo el año litúr gico y constituyen también una fuente
fundamental para el historiador del arte en la edad Moderna 74 , bien por abordar
directamente cuestiones artísticas (descripci ones de edificios, inauguraciones de capillas
70 . MAZÓN DE LA TORR E, 1 978, p. 73; a prop ósito de la locura del pint or Juse pe Leonar do.
71 . El profes or Ant onio Dom ínguez (D OMÍNGUEZ OR TIZ, 19 92, pp. 12 5 y ss.) habl a de una incl inación
general a la “ vida muel le ” y de u na religiosidad “ … llena de c ompostur a externa, pero de esca sa vida
interior ” que se p rolongará durante el s. XVIII.
72 . Una magnífica fu ente para el estudio de las misiones interiores j esuíticas en la segund a mitad del s.
XVII es la tercera parte -la única localizada hasta la fe cha- del m anuscrito de J uan de Arbizu (S .I.)
Historia de el Col egio de la Compañí a de Iesus de Çarag oza , redactada en 1725 (ARBIZU, 1725). Véase
un estudi o de est a fuente, a la que al udirem os en diversas ocasiones, y de las noticias artísticas que
contiene en: LOZANO LÓPEZ, 2001 .
73 . Hubo, en este sen tido, predicad ores que se hicier on famosos por sus conver siones de almas, razón por
la que su presencia era re querida por los prelados. Un b uen ejemplo es el del P. Jerónim o López, llamado
en 1648 por el arzobi spo Juan Cebrián (ANS ÓN CALVO, 1 977).
74 . Entre los estudi os que, con método com pilatori o y finalidad inst rume ntal, han aborda do este asunt o,
están los ya clásicos : SÁNCHEZ CANTÓN, 1923- 1941 y HERRERO GARCÍ A, 1943; o el más reciente:
DÁVILA FERNÁNDEZ, 1980. La in troducción a este ú ltimo libro corrió a cargo de Juan J. Martín
González, a quien seguim os básicamente en las líneas que siguen.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
29
y retablos…), bien por contener grabados ilust rativos, bien por presentar la obra de arte
como encarnación o manifestación tangible de lo divino, bien por hacer uso de la
retórica de las analogí as y los parangones ( v.gr. la con sideración de Dio s como “pintor
del mundo”) 75 , o bien porque el sermón condici onaba y dirigía la lectura e
interpretación de las im ágenes por parte de los fieles, en su m ayoría analfabetos.
Muchas de esas prédicas se dieron a la imprenta, garantizando su conservación y
facilitando su difusión y reutilización, aunque hay muchas otras manuscritas que
convendría recopilar y estudi ar; de las que salieron de prensas aragonesas podemos
señalar, a título demostrativo, las siguientes 76 :
- AZNAR, Jerónimo : Conceptos en Honor de la Purissima Concepcion de la
Madre de Dios . Huesca, Imp. Pedro Blusón, 1620.
- JARQUE, Juan Antonio: El Orador Cristiano , t. I. Zaragoza, Imp. Pedro
Cabarte, 1657. (Destinado precisamente a fomentar el celo con que los jesuitas
se ejercitaban en las misiones.
- JUSTICIA, José de la: Aparato fúnebre de la Imperial Ciudad de Zaragoça en
las exequias de la S.C.M. Doña Isabel de Borbón reina de España… Zaragoza,
1644.
- LORTE Y ESCARTÍN, Jerónimo: El exaltado cedro, en el encumbrado Libano
de la Iglesia, San Antonio de Padua, Dixo sus heroycas virtudes… Zaragoza,
Herederos de Ybar, 1677.
- LUMBIER, Raimundo: Josephina Carmelita na, de varios Sermones del
Santissimo Patriarca San Joseph . Zaragoza, Imp. Agustín Verges, 1676.
- MAYA, Mateo: Jardin de Sermones de varios Assuntos, y de diferentes
oraciones evangelicas , 2 tomos. Zaragoza, Imp. Agustín Verges, 1676.
- MOSQUERA, Melchor: Sermones Varios . Zaragoza, Imp. Herederos de Juan
Ybar, 1678.
- ORTIGAS, Manuel: Discursos Predicables en los Triunfos del Carmelo .
Zaragoza, Juan de Ibar, 1670.
- ROJAS, Francisco: Fragmentos de los Santos Padr es de la Iglesia, sobre los
Evangelios… Zaragoza, Imp. Vda. Pedro Verges, 1647.
- SOS, Raimundo: Oratoria Carmelitana, de Vari os Sermones de diferentes
Autores en Gloria del Carmelo… Zaragoza, Imp. Dom ingo Gascón, 1684.
- UNDIANO Y SARASA, Francisco : Oracion panegyrica que predico… en las
fiestas de la Canonizacion de San Francisco de Borja . Zaragoza, Imp. Agustín
Verges, 1672.
- ZEYTA, Juan de: Sermones de Christo y su Madre, y del Santissimo
Sacramento . Zaragoza, Imp. Lucas Sánchez, 1625.
En alguno de los títulos anteriorm ente mencionados se plasm a otro rasgo
caracterizador del periodo: la exuberante de voción a los santos, considerados com o los
intercesores del hombre ante la divinida d, así com o la pr opagación de ciertas
devociones locales (y de modo particular la de la Virgen del Pilar, que tomó un
75 . Analog ías que, po r otra p arte, fueron también apr ove ch adas por los tratadistas y teórico s de la pintu ra
para justificar la nobleza y liberalidad de su arte, fenóm eno reivindicativo que en Ara gón adquiere gran
intensid ad a partir de 16 66 (año en que, como ya hemos avanzado, los pintores zaragozanos aba ndonan la
cofradía de San Luca s, que com par tían con los doradores) y que fructif i ca a fines de la década de 1670
cuando sol icitan y obti enen del rey Carlos II la declaración de la pi ntura com o “arte libera l”.
76 . Extractad os de: DÁV ILA FERNÁNDEZ, 1980 .
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
30
extraordinario impulso tras el m ilagro de Calanda, acontecido en 1640 77 ). La Iglesia
postridentina utilizó las canonizaciones y el culto a los santos como un instrum ento de
exaltación del sacramento del orden sacerdotal ante la contestación p rotestante, y al
mismo tiempo se sirvió de ellos para mantener vivo el esplendor de la España católica.
Por ende, una buena parte de los cuarenta y tres españoles q ue subieron a los altares en
el s. XVII estaba entroncada con la nob leza y además en estas canonizaciones
estuvieron representadas las principales órdenes y cong regaciones religiosas: los
franciscanos con san Juan de Perugia y san Pedro de Saxoferrato (1627), san Pedro de
Alcántara (1669) y san Pascual Bailón (1690); los carm elitas con santa Teresa de Jesús
(1622) y santa María Magdalena de Pazzi (1669); los jesuitas con san Ignacio d e Loyola
y san Francisco Javier (1622) y san Francisco de Borja (1671); los dominicos con san
Luis Bertrán (1671) y santa Rosa de Lima (1673); los mercedarios con san Pedro
Pascual (1674); los hermanos de la Miseri cordia con san Juan de Dios (1691); los
oratorianos con san Felipe Neri (1622); lo s agustinos con san Juan de Sahagún (1691)…
a los que hay que añadir a sa n Isidro Labrador (1622), sant a Isabel de Portugal (1625) y
san Fernando (1671).
A falta de modelos prestigiosos co etáneos 78 , los católicos se aferraron al culto
mariano, a la exaltación de los sacram entos –y en especial la Penite ncia y la Eucaristía,
los más cuestionados por los protestantes- y a la Inm aculada Concepci ón, que vive en el
s. XVII un momento de esplendor. No obstant e y como ya se ha dicho, se produjeron
enconados debates internos sobre alguno de estos asuntos, como los habidos sobre las
tesis inmaculadistas, con los franciscanos y los jesuitas que apoyaban las tesis suaristas,
favorables a aquéllas, y los dominicos, alin eados con el tomismo, que las com batían.
Felipe III sólo pudo conseguir de Roma un brev e (1617) en el que se imponía silencio a
las opiniones contrarias, y durante el reinado de su sucesor la corte española envió al
Vaticano varias delegaciones encargadas de solicitar y apoyar la proclamación del
dogma 79 , acciones que dieron un primer fruto en 1661 con la erección de la fiesta de la
Inmaculada por parte de Alejandro V II (bula Sollicitudo omnium ecclessiarum ), que fue
respaldada al año siguiente por la s medidas tom adas por Felipe IV ( v.gr. el decreto de
salutación a la Inmaculada en los serm ones) . No obstante, ya anteriormente el culto
inmaculista había producido en las ciudade s aragonesas certám enes poéticos, fiestas,
juramentos de defensa del voto (como el que hicieron el capítulo y concejo de Zaragoza
en 1619) y textos impresos ilustrados con gr abados alusivos (sirvan de ejem plo las
celebraciones que tuvieron lugar en la ciudad de Huesca en los años 1619-1620 80 ), que
como es lógico vieron aum entado su número a raíz de su reconocim iento oficial, como
se observa ya en los año s finales de la d écada de 1660 (sermones, oraciones panegíricas,
oficios, octavas…).
Aumentó también considerablem ente el culto al “ángel de la guarda” o “ángel
custodio”, cuya fiesta en el reino de Aragón pudo tener su origen remoto en el Llibr e
dels Angels (1392) del franciscano Eixim enis 81 ; impulsada a raíz de las luchas
77 . Tanto es así que en e se mismo año se confirmó el voto de guardar la fiest a del 12 de octubr e,
instaurado en 1613, y en 1642 el municip io zarago za no declaró a Nuestra Señor del Pilar patrona de la
ciudad y del rei no, solicitan do de Rom a rezo propio e n varias ocasione s (aunque n o obtuvo res puesta
positiv a hasta 1723).
78 . Bennassar ( op. cit .) ha o bservad o que el s. XVII no tu vo grandes sa ntos contem poráneos, pues los que
fueron elevados a los altares e n dicha cent uria eran anteriores.
79 . Proclamación que, como es sabido , no se produj o hasta el año 1854, fecha en que el papa Pío IX
prom ulgó la e ncíclica Ineffabilis Deus .
80 . GARCÉS MANAU y FELICES SA, 2003, p. 44 . Sobre el culto a la Inmaculada Concep ción en la
ciudad de Hue sca, vid. ARCO Y GARAY , 1915 a, pp. 447-454 .
81 . SEBASTIÁN, 1981 , pp. 315 y ss.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
31
religiosas de la centuria anterior, esta devoc ión se manifestó mediante la erección de
altares y creación de cofradías 82 , hecho que Benassar interpreta –junto al culto a María,
a la Inmaculada y al sacram ento de la Eu caristía- com o un signo de la necesidad de
intercesión en un tiempo decadente en el que apenas h abía confianza en las cosas
terrenales. Esta misma explicación, unida a la obsesión por la m uerte y por la salvación
del alma, podría aplicarse pa ra justificar la fundación de gran número de m isas y
aniversarios –el medio m ás poderoso para so correr el espíritu, pero también signo de
distinción social- que aparecen en las fundaci ones de capellanías y en los testamentos.
Por lo que respecta a las decretales tridentinas 83 y a su aplicación al t erreno
artístico, es preciso puntualizar que tal vez se haya ponderado en exceso su im portancia,
pues en realidad aquéllas son muy generales –y en ocasiones im precisas- en lo que se
refiere al uso de las im ágenes:
- el mandato a los obispos “… y dem as personas que tienen el cargo y obligación
de enseñar, que instruyan con exactitud a los fieles ante tod as cosas, so bre la
intercesion e invocacion de los Santos, honor de las reliquias, y uso legítimo de
las imágenes …”. Que se destierre toda supersti ción y se evite t oda torpeza, de
forma “… que no se pinten, ni adornen las imágenes con hermosura
escandalosa ”.
- “… que se deben tener y conservar, principalmente en los templos, las
imágenes de Cristo, de la Virgen madre de Dios, y de otros Santos, y que se les
debe dar el correspondiente honor y veneración: no porque se crea que hay en
ellas divinidad, o virtud alguna por la que merezcan culto […] sino porque el
honor que se da a las imágenes, se refier e a los originales, representados en
ellas …”. Y que cuando se representen hist orias y narraciones de la Sagrada
Escritura, “… enseñese al pueblo que esto no es copiar la divinidad, como si
fuese posible que se viese esta con ojos corporales, o pudiese expresarse con
colores, o figuras ”.
- el mandato a los obispos para que enseñen “… que por medio de las historias
de nuestra Redencion, expresadas en pi nturas, y otras copias, se instruye y
confirma el pueblo recordandol es los articulos de la fe […] se exponen a los
ojos de los fieles los saludables ejemplos de los Santos, y los milagros que Dios
ha obrado por ellos; con el fin de que den gracias a Dios por ellos, y arreglen
su vida y costumbres a los exemplos de los mismos Santos; así como para que
se exciten a adorar, y amar a Dios, y practicar la piedad ”.
- “… que no se coloquen imágenes algunas de falsos dogmas, ni que se den
ocasión a los rudos de peligrosos errores ”.
- “… que nada se vea desordenado, o puesto fuera de su lugar, y
tumultuariamente, nada profano, y nada deshonesto …”.
82 . Este culto dejó su im pronta no sól o en las arte s plásticas (donde el tema se entrem ezcla en ocasio nes
con el del a rcángel R afael y el jove n Tobí as) sino también en la produ cción editorial. Sirvan como
ejemplo d os libros de F ran cisco Blasco de Lanuza: Beneficios del glori oso A ngel de N uestra Gua rda, y
efectos del gobierno de Di os invisible (Zarago za, 1637 ) y Patrocinio de an geles y combate de demo nios
(San Juan de la Peña, Juan Nogués, 1652), éste último dedicado a san Miguel como “ Príncipe de los
Serafin es, y Nobilissimo General de los An geles Custodios ” y concebido como “… una ilustración de los
beneficios que hazen l os Angele s de la Guarda a los hombres, desde que Dios cria su s almas hast a que
suban al Ci elo en la resurrec ción general, y también de l as astucias y i mpugnaci ones d e los demoni os ”
(Ibídem , p. 5 4).
83 . Nos referimos al famoso decreto II de la sesión XXV del concilio, que tuvo lug ar los días 3 y 4 de
diciembre de 1563, titu lado “De invocatione, veneratione et reliqu iis Sanctorum, et sacris imaginibu s”
(LÓPEZ DE AYA LA, 1785, pp. 474- 480).
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
32
- “… que a nadie sea licito poner, ni procurar que se ponga, ninguna imagen
desusada, y nueva, en lugar ninguno, ni iglesia, aunque sea de cualquier modo
esenta, a no tener la aprobacion del Obispo ”.
Fue más bien el espí ritu de Trento, explicitado y desarrollado en las
disposiciones papales posteriores y, sobre todo, en las c onstituciones sin odales y cartas
pastorales, el que dejó su impronta en las iglesias a nivel diocesano. Hay buenos
ejemplos impresos de esas constituci ones correspondientes a las sedes aragonesas 84 : en
la de Barbastro durante el obispado de Juan Moriz de Sa lazar (Zaragoza, Imp. Lorenzo
de Robles, 1605); en la oscense bajo el gobierno del anterior (Huesca, Joaquín
Oldersum, 1617) y de Esteban de Esm ir (Hue sca, Juan Francisco Larumbe, 1641); en la
de Jaca con Vincencio Domec (Huesca, Pe dro Blusón, 1634); o en la de Zaragoza
durante el episcopado de Juan Cebrián (1656) y de Antonio Ibáñez de la Riva (1698).
En las de Juan Cebrián, por ejemplo, se determina que “… no se pongan trages
profanos a las Imágenes de vulto, y las de pincel sean de mucha devocion ” o que “…
cuando las Imágenes de vulto, o pincel estu vieren viejas, o ro mpidas, que causen
irrision, o indevocion, se entierren en la Iglesia, o Cimenterio ” 85 .
Ese espíritu trentino intentaba superar el fi n puramente estético de la obra de arte
para convertir a ésta en herramienta o m edi o de instrucción y doctrina, en factor de
elevación espiritual. El artist a, sin ser indiferente a la de lectación, debía, con todos los
medios a su alcance, “… hablar al intelecto, herir el se ntimiento, mover la voluntad y,
hasta, sugerir lo sobrenatural ” 86 . El arte era una forma de doctrina, aunque esto no
impedía que el artista fuera fiel a un estilo, a una manera de pintar o a las tradiciones de
una escuela. Los temas, sin em bargo, se so metían a unas pautas de representación, de
acuerdo a la idea del decoro 87 y por ello la iconografía religiosa es m uy similar en
todos los lugares y ha permanecido, sin gran des cam bios, hasta los comienzos de la
edad contemporánea 88 .
Los jesuitas llevaron a sus últimas c onsecuencias esa tendencia del arte
contrarreformista, haciendo com patibles las exig encias de la fe con un arte halagador de
lo sensorial que buscaba, ante todo, mover y conmover al espectador. E n palabras del
jesuita A. Possevino:
“… impresionar los corazones expresando el tormento en los martirios,
las lágrimas en los que lloran, el dolor en los que sufren, la gloria y la alegría
en el resucitado ” 89 .
Dicha compatibilid ad es interpretada por alguno s autores como uno de los conflicto s o
dramas internos del arte postrentino, pues a la s imposiciones de seri edad y severidad en
lo externo dispuestas por lo s cánones del concilio se o pone la tendencia hacia lo
84 . Se trata, no obstant e, de un fenóme no generalizad o. Para lo refer ente a Navar ra, por ejem plo,
remitim os a: MANRIQ UE ARA, 2 002, p p. 20-22, a propósit o del reta blo ma yor de Santa Ma ría de
Uncastillo, pintado por Jusepe Martín ez h. 1649.
85 . CEBRIÁN, 1656, Título XVIII, Cons titución III, ff. 72 r.-73 r.).
86 . OROZCO DÍAZ, 19 89, p. XXI.
87 . El decoro o conveniencia, entendido por Vitruvio como “ el aspecto corre cto de la obr a ” pero
interpretado de forma particular por la Iglesia como sometimiento estricto al dogma y a las Sagrad as
Escrituras, tuvo también su vertiente práctica, diri gida a los artistas, a través de una literatu ra que
determinaba con bastan te precisión la forma correcta de representa r los tem as y las paut as a seguir p or el
“pintor cristiano”.
88 . MÂLE, 1951, passim .
89 . PO SSEVINO, 1594 / OROZCO D ÍAZ, 198 9, p. XXII I y W EISBACH, 1 942, p. 266 .
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
33
recargado y artific ioso del barroco. El cardenal Roberto Bellam ino (S.I.) intentó
justificar así la suntuosidad de los templos de su orden:
“… los templos adonde acude la gente sencilla del pueblo es bueno y pío
que se construyan y adornen magníficament e. Porque el templo suntuosamente
adornado, atrae a los hombres a la piedad, conserva la majestad de los
sacramentos y la reverencia debida a la s cosas divinas, y es un incentivo a la
devoción ” 90
, aunque otros autores jesuitas también m anife staron sus recelos hacia la suntuosidad de
lo temporal si ésta no iba acom pañada de un adecuado comportamiento espiritual,
censurando –en sintonía con las invectivas que san Bernardo lanzaba en sus sermones- a
todos aquellos que:
“… contentos de pulir piedras a los ojos de los hombres, descuydan de
labrar sus costumbres al nivel de los Mandamiento s de Dios: contentos con
sobredorar curiosos artesonados, arcos y bobedas en las Iglesias, descuydan de
realzar las virtudes de su alma con el oro de la Caridad: afanados en fabricas,
aunque sean de Capillas devotas; y desc uydados de sus conciencias embueltas
en vicios: mucho de perfumes materiales en los Altares, y nada del incienso de
la Oracion en sus espiritu s; como si apreciasse Dio s mas los marmoles
lustrosos, y tersos, que las almas limp ias ” 91 .
Pese a estas discusiones internas, no cab e duda de que los jesuitas marcaron la
pauta de las directrices en materia artí stica y desem peñaron tam bién, en m uchas
ocasiones, el papel de mentores de los programas iconográficos.
Las funciones litúrgico-teatrales 92 , que desde fines del s. XV se trasladaron al
exterior de los templos, constitu ían junto con otras ce lebraciones r eligiosas ( v.gr. las
procesiones o las romerías) acontecim ientos ciudadanos de primera m agnitud, y puede
decirse sin exagerar que el calendario litúrgico marcaba el devenir cotidiano, de la
mism a forma que las campanas de las parroqu ia s constituían el referen te tem poral. En
todos estos eventos, la fiesta barroca en su vertiente sacra se desplegaba con gran
aparato y ceremonia, conjugando el sentim ie nto íntim o y devocional con la exhibición
poderosa y epatante –tan conscientemente al ejada de la austerid ad e instrospección
propugnadas por los reformadores- de la Iglesia Católica triunfante, sin que faltasen
tampoco ciertos abu sos de carácter terrenal o profano a los que la propia fiesta daba
lugar 93 . Además de la dram atización de los textos litúrgicos, es de reseñar la
importancia y desarrollo que adquirieron lo s autos sacramentales y, sobre todo, la
procesión del Corpus Christi , que en los territorios de la Corona de Aragón alcanzó ya
en fechas muy tempranas un carácter teatral, festivo y popular.
90 . Citado en: OROZCO D ÍAZ, 1989, p. XXIV.
91 . MUNIESA, 1691, p. 235.
92 . Para este tema, rem itim os a: GONZÁLEZ HERNÁNDE Z, 1986; EGID O MARTÍNEZ, 1987; y
MARTÍNEZ HERRANZ, 1999 a, pp . 45-48.
93 . Las populosas concentracione s y la inevitable m ezcla en ellas de hom bres y mujeres constituyeron
para la Iglesia un problem a moral de difícil solución y no era extraño que el talante profano acaba ra por
adueñarse de l a fiest a, aunqu e resulta exage rado generalizar -c om o hicieron alg unos vi ajeros e xtranje ros-
y achacar estas actitudes a la hipo cresía y falsa religiosi dad.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
34
Finalizaremos este apartado haciendo m ención a las divisiones eclesiásticas,
aspecto que, aunque de forma tangencial, tam b ién tuvo cierta repercusión m ás allá de lo
meramente adm inistrativo. En el s. XVII el de sajuste entre los lím ites eclesiásticos y los
civiles fue bastante acusado, pues existi eron obispados aragoneses con jurisdicción
sobre territorios que no lo eran y obispa dos foráneos que incluían en sus límites
territorios de Aragón.
Mapa del reino de Na varra (det.), gra bado (París, 1 652).
Así, la diócesis de Tarazona incluía parte de Navarra (la merindad de Tudela,
constituida en deanato de la sede turiasone nse hasta 1783, año en que por bula del papa
Pío VI se erigió la silla episcopal tudela na) y Soria (zo na de Ágreda), mientras la
castellana de Sigüenza tuvo dur ante algún tiempo bajo su gobierno gran parte de la
antigua comunidad de Calatayud, que luego pasó a depender del obispo de Tarazona.
Algo parecido sucedió en las Al tas Cinco Villas, primero perten ecientes a la sede de
Pamplona y luego inco rporadas a la de Jaca, aunque ésta (creada en el s. XVI, como la
de Barbastro, a costa de la oscens e, con el fi n de hacer frente al pelig ro de infiltra ción
protestante a través de los Pirineos) se ha mantenido hasta la actualidad como
sufragánea de la archidiócesis navarra. Por lo que respecta a las diócesis turo lenses,
Teruel y Albarracín, controlaban un territorio bastante reduc ido concentrado en la parte
meridional del reino, en benefi cio de la de Zaragoza, la m á s extensa de las aragonesas.
Los mayores problem as de la centuria en rel ación con este reparto territorial estuvieron
en la dura pugna sostenida entre Calatayud y Tarazona por las pret ensiones bilbilitanas
de obtener la catedralidad para su ig lesia de Santa María frente a la oposición
turiasonense, contencioso que en la segunda mitad del siglo alcanzó sus m ás altas cotas
de gravedad y generó una abundante literatura.
2.1.7. La cultura
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
35
El s. XVII es para Aragón, lo mismo que para el resto de España, un m omento
de esplendor de las principales mani festaciones de la cu ltura, fenómeno que
tradicionalmente se h a puesto en relación dialéctica con la decadencia y crisis que
caracterizan los dem ás aspectos de la vida, como si la sociedad, en su búsqueda de
valores nuevos, hubiera encontrado en estas ma nifestaciones del espíritu y la creación –
como también lo hizo en lo religioso- el sopor te m oral para afrontar el desasosiego y la
inestabilidad. No obstante, en la segunda parte de la centuria se observa, a nivel
nacional, una desaparición progresiva de los gr andes creadores en todos los géneros (tal
vez por comparación con la extraordinaria prim era mitad del siglo) de la que sólo se
salvan algunos supervivientes formados en otro c lima intelectua l y artístico que no
tuvieron sucesores de su talla, fenómeno que en Aragón se dio de forma atenuada e
incluso adquirió, en el ámbito artístico, un rumbo bien distinto, pues las principales
novedades (importadas o adoptadas) y la asim ilación de la esencia del nuevo estilo se
dan precisamente, como verem os, a partir de 1660.
Por otro lado, la cultura del s. XVII adquirió un fuerte carácter sociológico y una
orientación eminentemente visual, con una clara vocación de representación muy
vinculada al mundo literario y teatral y, al mismo tiem po, con una notable carga de
instrumentalización por parte del poder.
El mayor lustre cultural del periodo se hace patente en la literatura, en la
presencia de significados círculos eruditos, en los estudios de arte s y la universidad, la
imprenta, la m úsica, los espectáculos calle jeros y el teatro y, por supuesto, en las
manifestaciones artísticas, a las que prestarem os especial atención.
Cabe destacar, por lo que a nuestr os intereses se refiere, la in tensa actividad
cultural que despliega en los dos primeros tercios del sigl o la ciudad de Huesca, cuyo
motor fue el círculo erudito aglutinado en torno a Vincencio Juan de Lastanosa 94 ,
estrechamente relacionado con el grupo zaragozano y del que formaron parte, entre
otros, Juan Francisco Andrés d e Uztarroz 95 , el je suita Baltasar Gracián y Morales 96 , el
carmelita J erónimo de San José 97 , Juan de Moncayo 98 , Francisco Ximénez de Urrea 99
y Ana Francisca Abarca de Bolea 100 ; en la magnífica casa las tanosina del Coso oscense,
94 . Lastanosa (1607-168 4), escritor y mecenas, pro t ector y editor de Gracián , bibliófilo ejemplar,
numísmata y tal vez el m ejor coleccionista aragonés del m omento.
95 . Uztar roz (1606 -1653) f ue escritor, poeta cult erano, hist oriador, c ronista del Reino y a nticuario; entre
sus obras, la que está conside rada mejor crónica local del siglo: los Progresos de la hist oria en el reino de
Aragón , en la qu e también intervinieron Diego J. Do rmer y el cisterciense Miguel Ramón Zapa ter y
López. Acerca d e Uztarroz y del amplio cír culo eru dito al que pertenecía, v id.: ARCO Y GARAY, 1950.
96 . Gracián (160 1-1658), pr edicador, confeso r, profesor y, probablemente, el mejor escritor aragonés de
la centuria y el de mayor fam a internacional. Entre sus obras, El Héroe (1637 ), El Político (164 0), El
Discreto (1646), Oráculo m anual (1647), La Agudeza y A rte de Ingenio (164 8), El comulg ador (1655) y
sobre todo El Criticón (en tres partes; 1651, 1653 y 1657), la d e más trascendencia posterior.
97 . En el sigl o Jerónim o Ezquerra de Rozas (1587-165 4), historia dor religioso , poeta, cronist a general de
su orden y bi ógrafo de sa n Juan de la Cruz; autor de u na polémi ca Historia de la Ref orma (1635), cu ya
edición fue reti rada, de una Historia (1641) –alterada por la cen sura de su o rden- y un Dibujo (162 9) de
san Juan de la Cruz, de una inédit a Historia del Pilar y d el Genio de la Hist oria (1651), su ob ra más
conocida y la única que se publicó sin modificaciones.
98 . Marqués de San Felices, poeta zarag ozano del grupo c ulterano, a utor de Rimas (1652) y del Poe ma
trágic o de Atalant a e Hipóme nes (1656).
99 . Ximénez de Urrea (1589-1647 ), bibliófilo y nu mísmata perteneciente a la casa de los condes de
Aranda y cronista de Aragón.
100 . Ana Francisca (h. 160 2-h. 1685), d e familia nobl e, vivió desde lo s tres años e n el monasteri o
cisterciense de Santa Ma ría de Casbas (Huesca), del que fue abadesa. C omo escritora participó en varios
certám enes poéticos y m antuvo relación e pistolar con i mportant es literatos. Entre s us obras destacan
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
36
calificada como un “teatro del m undo” barr oco donde tenían cabida las creaciones del
hombre y de la natu raleza, se desarrollab an cenáculos y tertulia s a las que asis tieron
también artistas com o Jusepe Martínez (pinto r y teórico de la pint ura), Francisco Artiga
(arquitecto, matemático y grabador) o los Agüesca (Lorenzo, Jerónim o y Teresa).
A todos ellos cabría añadir, en el pórtic o del siglo, los hermanos de origen
barbastrense Lupercio (1559-1613) y Bartol omé Juan Leonardo de Argensola (1562-
1631), literatos, cronistas de Aragón y auto res de escritos histór icos cuyas obras s e
publicaron póstumamente; el sallentino Vi ncencio Blasco de Lanuza (1563-1625),
doctor en Teología, calificador del Santo Oficio y regido r del Hospital General de
Nuestra Señora de Gracia, autor de Historias eclesiásticas y seculares de Aragón (1619
y 1622), obra que continuaba los Anales de Jerónim o Zurita; fray Domingo la Ripa
(1622?-1696), catedrático de Te ología en la universidad de Huesca, a quien debemos
obras históricas como Corona real del Pirineo, establecida y disputada (1685 y 1686);
y el zaragozano José Pelli cer de Ossau (1602-1679), genealogista e historiador de
desigual rigor, cronista de Ca stilla y de Aragón y autor de casi trescientas obras, entre
ellas algunas de crítica literaria (dentro de la tendencia culterana) y de los Avisos
históricos… , manuscrito que narra una serie de su cesos curiosos de carácter nacional e
internacional acaecidos entre 1639 y 1644 por el que es considerado el precurso r del
periodismo en España.
Se ha mencionado en las líneas precedentes a varios individuos que ostentaron el
cargo de cronistas del reino, institución que en este siglo va a sufrir ciertas dificultades
pecuniarias (son frecuentes las quejas por la escasez y tardanza en los pagos) y un
excesivo control por parte del poder, manifest ado en las dificultades para publicar la
historia inmediata y para acceder a la docum entación, lo que llevó a muchos de ellos a
preservar los anales p róxim os o coetáneos y dar a la imprenta sólo los referidos al siglo
anterior. Si bien hicieron gala en su ma yoría de m étodos de crítica documental, los
condicionantes apuntados –ext rapolables a sus colegas hispanos- les llevaron a una
postura afín al sistema y a centrars e en ex ceso en la historia de la clase dominante 101 .
En las principales ciudades y con ocasi ón de los grandes eventos se celebraron
justas poéticas (adem ás de en Zaragoza y Huesca, las hubo en Alcañiz, Barbastro,
Calatayud, Épila…) 102 y hay constancia docum ental de academias literarias en
Calatayud, Huesca, Tarazona y Zaragoza 103 . De la actividad poética del mom ento, tanto
en la vertiente culteranista-gongorina (a la que pertenecen el citado Juan de Moncayo o
el navarro Miguel de Dicastillo ) como en la clasicista (re presentada por el turias onese
Martín Miguel Navarro) han queda do algunas comp ilaciones, como el Cancionero de
1628 (Zaragoza, Biblioteca Universitaria) o las Poesías varias del editor Alfay de 1654.
En cuanto a la literatura religiosa, tal vez la obra de más trascendencia por sus
numerosísim as ediciones fue el Catecismo (1591) del jesuita turolense Jerónimo de
Ripalda, mientras en la corriente heterodoxa habría que incluir –aunque con reservas- al
muniesino Miguel de Molinos (16 28-1696), representante aragonés del quietismo , cuya
Guía espiritual (1675) es uno de los mayores logros de la prosa mística española.
Catorze vidas de sa ntas de la Orden del Cister (Zaragoza, herederos d e Pedro Lanaja y Lamarca, 165 5) y
la de carácter misceláneo Vigilia y Octavario de San Juan Baptista (1679).
101 . ORCÁSTEGU I y REDONDO, 1986, pp . 13-45.
102 . Vid. VV.AA., 1995; y en part icular el t exto de Auro ra Egido y Lui s Sánchez Laíl la “Cert ámenes
literarios aragoneses d el siglo de oro” (pp. 47-55 ).
103 . A esta ciudad trasladó su sede una tertulia –la Pítima co ntra la ociosidad - creada a comienzos de
siglo en Fréscano por el conde de Guim erá, que en s u nueva ubicación pa só a llamarse “Academ ia de los
Anhelantes” ( o “de los Augustos” ), a la que asisti ó entre otros Uzta rroz bajo el pse udónim o de el
Solitario .
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
37
En contraste con el auge de otros géne ros, en Aragón hay una escasa presencia
de literatura artística, y especialmente de tr atados de pintura, si bien la escasez en
número es com pensada por la calidad del único conocido: los Discursos practicables …
del pintor erudito Jusepe Martínez, f echable en los prim eros años de la década de 1670
aunque no publicado hasta mediado el s. XIX (si bien tem pranamente circularon copias
manuscritas).
Tampoco hubo un claro reflejo de lo artístic o en la literatura en prosa y en verso,
pudiéndose citar como rara avis el Aganipe de los cisnes aragoneses … de Uztarroz,
inédito en vida del autor y que no vio la prensa hasta 1781 (en Amsterdam y a cargo de
Ignacio Jordán de Asso), donde aparecen citados algunos artífices coetáneos. Hay
también alusiones puntuales, com o la del cita do Uztarroz a Jusepe Martínez en su
Mausoleo (Lérida, Imp. En rique Castán, 1636).
Nada desdeñable –aunque bastante desc onocida- fue la literatura epistolar,
representada por la abundante corresponde ncia entre intelectuales y eruditos,
privilegiada fuente de información histór ico-artística de la que han quedado buenos
ejemplos.
En el ámbito educativo es preciso m enci onar los “estudios o escuelas de artes”
(según su acepción medieval), activos en Alcañiz, Barbastro, Calatayud, Daroca,
Huesca, Jaca, Tarazona, Teruel, Uncastillo y Z aragoza; y sobre todo la s universidades
(“estudios generales”) de Huesca, la más antigua de las aragonesas (f ue fundada por
privilegio del rey Pedro IV en 1354 y revita lizada en 1465), y Zara goza (cuya creación
se retrasó, tras superar no pocas dificultade s, hasta 1583). A su la bor propia, docente e
investigadora, hay que añadir otras empres as no menos importantes que surgieron a su
amparo; nos referim os a los colegios universitarios, impulsados por las principales
órdenes religiosas –que también aportaban una considerable cuota de profesores a la
institución- como instrument o de form ación de sus novicios 104 , y a las imprentas de la
Universidad, encargadas inicialmente de la s ediciones de los textos académicos aunque
pronto ampliaron a otros ámbitos su cam po de actuación. La actividad, tanto individual
como conjunta, de es tos tres elementos (univ ersidades, colegios e im prentas) coadyu vó
en gran medida a crear un ambiente rico en intercambios y relaciones –no exento de
controversias ideológicas- que tuvo, co mo verem os en el caso que nos ocupa,
consecuencias positivas para el arte.
La imprenta aragonesa 105 vive en el s. XVII el periodo de su consolidación, con
Zaragoza como principal y más antiguo foco editor, con m ás de mil obras im presas y
unos setenta y cinco impresores en ac tivo durante la segunda m itad del siglo,
alimentados fundamentalm ente por las necesida des de la Universida d y por la actividad
de la Diputación del Reino. No todos tenían establecim iento propio y en ocasiones se
dedicaron también a actividades vinculadas a su oficio: edición, peritación de
bibliotecas, explotación de molinos papele ros, etc. Papel destacado tuvieron, por el
número y calidad de obras im presas, las pren sas del Real Hospital de Nuestra Señora de
Gracia y los tipógrafos Pedro Argayón, Pasc ual Bueno, Diego Dormer menor –que lo
104 . Nacidos con un elevado sen tido de justicia soci al, estos col egios aca baron c onvirt iéndos e en uno de
los más pode rosos instrumentos del predominio político y social de la clase domi nante, pues acogieron en
su seno a un numeroso grupo de segun dones.
105 . Para lo relacionado con la i mprenta, los impresor es y los libreros en Zarago za y Huesca, rem itimos a:
VELASCO DE LA PEÑA, 1 998; PALLARÉS y VELASCO, 2000, pp. 56 y ss.; GARCÉS MANAU y
FELICES SA, 2003; y a la tesis d octoral (inédita) de Nativid ad Herranz sobr e La cofra día de San
Jerónimo de lib reros y la cultu ra del libro en Zaragoza en la segunda mitad del s. XVII (dir. Á ngel San
Vicente; Zarago za, 2000).
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
38
fue de la ciudad y del Hospital- y sus herede ros, Diego Larumbe Español, Juan de Ibar,
Agustín Verges y los herederos de Pedro Lana ja y Lamarca –impresor del Reino y de la
Universidad-.
En Huesca la imprenta nació al servicio de su Universidad en el último cuarto
del siglo anterior y, aunque de forma no estable, tuvieron actividad tipográfica
Tarazona, Barbastro y Calatayud y espor ádicamente también otros lugares ( v.gr. el
monasterio de San Juan de la Peña), merced a las im prentas ambulantes.
En general, la calidad de los im presos cae notab lemente (tendencia qu e se había
iniciado ya en la se gunda mitad del s. XVI), debido funda m entalmente a los criterios de
ahorro impuestos por lo s editores en un momento de recesión económica (papeles y
tintas de bajo precio, tipos gastados por el uso…). Por el contrario, aumenta la
producción –sobre todo de libros de temática religiosa- y los tipógrafos hicieron frente a
esa demanda invirtiendo m enos tiempo y diner o. A todo ello debe sumarse el control e
injerencia ejercida por la Inquisición y la censura im puesta por las órdenes religiosas
sobre la actividad editorial.
A propósito de la condición y estimación social de los impresores, éstos
consideraban su oficio como un arte li beral, aunque seguían organizados en una
cofradía (la de San Jerónimo); casi todos sa bían leer y escribir y algunos com o los
Dormer o Juan de Ibar en Zarago za llegar on a form ar parte de la élite inte lectual y
participaron en los círculos literarios. No obstante, en contadas ocasio nes esta estima
social iba acompañada de una situaci ón económica desahogada, fenómeno análogo al
que atañe a los pintores.
Otra cuestión es la referida al uso y consumo de esta producción editorial, para
la que no existen, de mom ento, estudios sist emáticos, aunque conocemos la existencia
de importan tes bibliotecas entre las que de stacaría, sin duda, la reunida en Huesca por
Vincencio Juan de Las tanosa, con casi un m ill ar de títulos, entr e los cuales h abía una
gran presencia de autores italianos.
Inseparable del mundo editorial es el del grabado de ilustración, cuyo valor
didáctico en el barroco fue especialment e significativo. En los libros impresos en
Aragón encontramos estam pas de autores españoles (Albiniano de Rajas, los hermanos
Juan y José Vallés, José Almandoz, Juan de Renedo, Juan Felipe, Pedro de Baeza,
Bernardo Bordas, Domingo de la Fuente, Fr ancisco de Artiga, los Agüesca…) pero
también de conocidos extranjero s (Nanteuil, Jansen, Jean Blav et, Juan de Courbes, Juan
de Noort…), y es habitual el uso, implanta do po r la escuela planti niana e introducido en
España por Pedro Perret, de lla mativas portadas arquitectónicas.
Un hecho coetáneo relacionado con la im prenta pero con repercusiones más
amplias fu e la aparición de la p rensa peri ódica, de la que los citado s “Avisos” del
zaragozano José Pellicer serían un precedente en el inicio de la centuria, en la que
además surgieron las prim eras relaciones de noticias o crónicas informativas, com o la
Gaceta Nueva (Zaragoza, 1661), los Avisos ordinarios de las cosas del Norte , las
Noticias Generales de Europa o la Gaceta de Zaragoza , con impresores especializados
( v.gr. Pedro Argayón) en es te tipo de productos.
La música desem peñó un papel particular mente im portante en las catedrales,
tanto por la presencia de los colegios de infantes, al cuidado del maestro de capilla,
como de las “capillas m usicales”, en activo desde m ediados del s. XV. Estas
instituciones estuvieron al día de las corrientes europeas de la g ran polifonía, lo que
demuestra el elevado niv el de exigencia y la preocupación de los cab ildos por la calidad
de la enseñanza musical, lo que se tradujo en el especial rig or a la hora de examinar a
los aspirantes al puesto de maestro de capilla.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
39
La importancia de la música catedr alicia se reflejó tam bién en el auge de la
imprenta musical y en la riqueza en ór ganos históricos, instrumentos de cuya
construcción existe en Ara gón una arraigada tradición, con figuras como José de Sesma
o los Longás.
En cuanto a la composición, la m úsica producida en Aragón en los siglos XVI y
XVII es de un planteamiento profundo en cu anto a su factura técnica, con un
conocimiento m uy notable de las voces human as y un gran virtuosismo en los efectos
sonoros conseguidos (especialmente con la a bundancia de contrapun tos). El s. XVII es
particularmente progresivo y significa la culminación de la escuela polifónica en
Aragón, iniciada por Melchor Robledo y personificada en Pedro de Ruimonte, Sebastián
Aguilera de Heredia y fray Manuel Correa.
Por lo que se refiere a la música instrum e ntal, las dos principales aportaciones al
panorama español y europeo fueron la escu ela de órgano de la Seo (con el citado
Aguilera de Heredia, José Ximénez y Andrés de Sola) y la obra de l guita rrista calandino
Gaspar Sanz; también merece des tacarse la figura del darocense Pablo Bruna, al que se
llegó a considerar uno de los más insignes entre los españoles.
Otros dos fenóm enos de gran incidencia en la vida co tidiana del seisc ientos y
muy conectados con la sensibi lidad barroc a fueron los espe ctáculos calle jeros y el teatro
106 . En paralelo al desarrollo del teatro vinc ulado a lo religioso, tema del que ya hem os
tratado, el teatro secular surge en la baja ed ad Media vinculado a vi sitas reales, victorias
bélicas y coronaciones, y se desarrolla en los palacios y en las calles m ediante ricas
tramoyas y com plejos elementos simbólicos . T ambién hemos hablado de los lugares
públicos destinados a los espect áculos callejeros, y a la crec iente necesidad de habilitar
espacios ad hoc para las representacione s teatrales. Éstos adoptaron primero la forma de
“corral de comedias”, fórm ula intermedia entre la instalación provisional y el edif icio
estable; los corrales disponían de disc retas maquinarias escénicas, aunque desde
mediados del s. XVII los decorados se fuer on sofisticando, tal vez por influencia del
teatro cortesano, y en el último tercio se ap recia un especial gusto por obras de aparato y
escenografías complejas -sin duda debido al in flujo italiano- que exigían mayores gastos
de producción para la ela boración de las tramoyas.
En Zaragoza las prim eras casas de comedias se pusieron en funcionam iento en el
último tercio del s. XVI : la casa de farsas d e la calle Alcover (junto a la p uerta del Sol y
la Universidad), que ya estaba en marcha en 1584 y que se uso de form a esporádica
durante el siglo XVIII; la casa de comedias de la ciudad, de propiedad m unicipal, sita en
el Coso (en el mismo solar que hoy ocupa el Teatro Principal), en activo hasta 1589; y
una tercera, el teatro del Hospital, también en el Coso (en el so lar ahora ocupado por el
Banco de España), que vino a sustituir a la anterior y perduró hasta 1778. Regentado por
el Hospital de Nuestra Señora de Gracia 107 y por el Consistorio, es te teatro experimentó
varias reformas (como la de 1657-1658, que le fue encargada a Felipe Busiñac y
Borbón, o la reedificación de 1692-1693), así co mo frecuentes clausuras (especialm ente
graves las habidas mediada la centuria) y reaperturas, hasta que finalmente quedó
destruido por un incendio en 1778. Durante su azarosa existencia, sin embargo, tuvo un
106 . Para este tema resultan i mprescindibles las siguientes publicaciones : GONZÁLEZ HERNÁNDEZ,
1986; EGIDO MA RTÍNEZ, 1987, pp. 91-12 3; MARTÍNEZ HERRANZ, 1999 a, pp. 48 y ss.
MARTÍNEZ H ERRANZ, 19 99 b, p. 13.
107 . Era frecue nte el aprovec hami ento económ ico con fines benéficos que algu nas cofra días piados as y
hospita les obtuvi eron a tra vés de pri vilegios para l a explota ción de c orrale s.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
40
funcionamiento bastante continuado y su pr ogramación se convirtió en una distracción
casi cotidian a, integrándose com o una actividad más en la vida de la ciud ad 108 .
Zaragoza gozaba de un enclave estratégico y su carácter de ci udad de tránsito
hizo que recalaran en ella numerosas com pañ ías que itineraban por Madrid, Barcelona,
Lérida, Valencia, Burgos, País Vasco, La Rioja o Navarra. La ciudad del Ebro era
además –todavía lo es- una plaza atray ent e y su público tenía fama de exigente y
generoso. No debieron de existir en Za ragoza teatros cortesanos, pero sí hubo
representaciones palaciegas y en casas nobles , así como celebraciones de “saraos” con
motivo de grandes festividades. Algunos ed ificios instituciona les (la Diputación del
Reino, el Palacio Arzobispal…) se convi rtieron esporádicamente en im provisados
escenarios y otros, como la Universidad o lo s centros d e enseñanza, hicieron uso de las
representaciones con fines pedagógicos.
La influencia de Zaragoza hizo que en otras poblaciones aragonesas surgieran
infraestructuras para las representaciones, ampliando así los circui tos teatrales. Así,
Huesca dispuso de un teatro desde 1626, y también tuvieron casas de comedias
Calatayud y Tarazona.
Por lo que respecta al fenómeno teatral desde la óptica literaria, Aragón no fue
ajeno a los movimientos y modas nacionales (c om o lo prueba, por ejemplo, el éxito y la
influencia de Lope de Vega, algunas de cu yas comedias se im primieron en Zaragoza),
ni tampoco dejó de aportar un rico caudal de poetas y literatos que lustrab an las tertulias
y academias, presentab an sus obras a certámenes y participaban del fecundo ambiente
cultural.
En definitiva, en el siglo XVII existió en Aragón un interés por el arte dram ático
y se dio un clima favorable para su de sarrollo, avalado por el gran núm ero de
espectadores, de compañías de actore s, de escritores y de imprentas.
El barroco es uno de los momentos más fecundos del arte aragonés, que
despliega una gran vitalidad creadora haciendo suya una de las principales
características del estilo: la unidad de las artes. Papel preponderante adquirieron en él la
Iglesia y la nobleza, habituales prom otores y mecenas que p agan sus obras recurriend o a
menudo a cargas tributarias sobre terceros. La s actividades artística s no fueron ajenas al
movimiento corporativo gremial, que regulab a el quehacer de los agrem iados y defendía
sus intereses pero al mismo tiempo lim ita ba en gran medida la creación artística
imponiendo a las obras y a sus autores una re strictiva consideración m anual-artesanal
109 . Este hecho propició un movimiento re ivindicativo, iniciado por los pintores
aragoneses, que pretendía la di gnificación social del oficio y el logro de la liberalidad
artística 110 , movimiento que pasaba por el desm antelamiento del sistema grem ial y que
no concluyó hasta la promulg ación por Carlos III de la Re al Cédula de 1785, por la que
se declaraba la libertad de la profesión de las Bellas Artes. Si bien los pintores fueron
los primeros en conseguir estos objetivos ya en la segunda m itad del siglo, los
escultores y arquitectos –salvo algunas excepciones- permanecieron hasta bien
avanzado el s. XVIII sujetos a las ordenanzas grem iales.
108 . Algunos autores han llegado incluso a valorar la importanc ia del teatro seiscentista en términos de
necesidad, dada su funci ón evasiva y su uso didáctico.
109 . ANSÓN NAVA RRO, 1993, pp. 26-45.
110 . En realidad las aspiraciones d e los pintores ar agon eses conectan co n una sensibilidad existente en
toda España por conse guir; com o ya lo habían hech o los pintore s ital ianos, el reconoci mient o de la
liberalidad, ingenuinad y nobleza de la pintura. Esta pretensión dio l ugar a famosos pleitos que buscaban
la exención de impuestos car gados sobre la pintura, así com o a una rica tratadística, repleta de retóricas
argum entaciones, que en Ara gón tu vo com o único pero jugos o frut o los ya citados Discursos
practic ables… de J usepe Mart ínez (1853, 1ª edic ión).
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
41
En arquitectura 111 se emprenden muchas obras, predom inantemente de carácter
religioso, tanto edifi caciones de nueva planta como remodelaciones de las ya existentes,
aunque la precaria situación eco nómica se hizo sentir en forma de interrupciones
frecuentes del proceso constructivo. El foco artístico se s itúa en Zaragoza, con gran
número de artistas lo cales, a los que se sum a una amplia nóm ina de artífices vasco-
navarros y franceses, dedicados sobre todo a la cantería. Especialm ente intensa fue la
década de 1680, en la que se renovaron gr an número de edificaciones relig iosas y
privadas y se inició la c onstr ucción del nuevo templo del Pilar 112 , la m ayor empresa
edilicia de la época. Arquitectos destacados fueron Felipe Busiñac y Borbón, el bearnés
Juan de Marca y José Estorguía.
Las características de la arquitectura aragonesa del m omento podrían resumirse
en: sobriedad exterior frente a riqueza de corativa interior y uso mayoritario de
materiales pobres com o el ladrillo, el tapial y el yeso, con los que sin embargo se
consiguen resultados de gran vistosidad, m uy en línea con el esp íritu apariencial d el
barroco. La tipología templaria más habitual pr esenta planta de cruz latina de una nave
con cabecera plana, capillas la tera les, coro alto a los pies, altares bien visible s -
concebidos para una predi cación cómoda- y com plejos si stemas decorativos, a veces
con evidente impronta mudéjar ( v.gr. las lacerías labradas en yeso que cubren bóvedas y
cúpulas). En la arquitectura ci vil lo más señalado es la apar ición del palacio de planta
abierta, integrado en el urbanismo y co m unicado mediante tribunas con una capilla
anexa, modelo que sustituye len tamente al re nacentista de planta cerrada, articulado en
torno a un patio inte rior, si bien en el alza do de los param entos la impronta de la casa-
palacio aragonesa es to davía visible. La r ecepción de esta nueva ti polo gía palacial de
filiación rom ana con c iertos rasgos escurialenses, cuyo ejem plo paradigmático es el
palacio condal de Morata de Jalón (Zaragoza), se produce h. 1670 y está vinculada a la
presencia del citado Juan de Marca, que pocos años despué s proyectará, siguiendo en lo
fundamental el mism o esquema, la casa-pal acio del señor de Vi llafranca de Ebro
(Zaragoza).
En escultura se producen gran cantidad de obras: escultura en piedra y estuco
para exteriores (fachadas ) e interiores (embocaduras de capillas), im aginería, sillerías de
coro, cajas de órganos , monumentos funerari os y otras arquitectur as efímeras… y sobre
todo retablos en madera –la tipología m ás característica del peri odo- para iglesias
parroquiales y conventuales, destinados a satisfacer una demanda popular alentada p or
la religiosidad del periodo e impulsada por las numerosas beatificaciones y
canonizaciones. Iglesias y conventos serán pues los grandes beneficiados de esta
producción escultórica, cuyo foco principal se sitúa en Zaragoza. Aquí se asientan los
talleres más importantes, entre los cuales se dan abundantes relaciones familiares y
profesionales, lo que origina una notable end ogamia. Destacan entre ellos el de la
familia Mesa (Antonio y sus hijos Antonio y Gregorio), de origen bilbilitano, cuya
actividad se extiend e hasta el s. XIX; el de los Franco (los hermanos Antón y Francisco
y el hijo de éste, Pedro), con producción fechada hasta 1694; el de los Ruesta (Pedro, su
111 . Para las ideas que si guen, re feridas sólo a la arquitectura y la escultura (pues la pi ntura es tratada de
form a individualizada) n os hemos vali do fundamenta lmente de las conclu siones extraí das por los autore s
de una serie de tesis de licenciatura que, bajo la dirección del profesor Gonzalo M. Borrás, e xhumaron
durante el perio do 1978-1985 las no ticias artísticas existentes en los protocolos no tariales de Zaragoza.
Para ello, y co n el perm iso expreso de sus autores, hem os consultado y vaciado las veint iuna tesinas que
abarcan los años 1634-1696, así co mo las publicaciones a que dieron lugar: ALMERÍA GARCÍA y otros,
1983; BRUÑÉN I BÁÑEZ y SENAC RUBIO, 1983; BRUÑÉN, CALVO y SENAC, 198 7.
112 . La primera piedra fue colocada por el arzobispo Diego Castrillo en 1681, cinco años después de la
unión de los cabi ldos de la Se o y el Pila r por bula de Clem ente X.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
42
hijo Pedro y su sobrino Tomás) ; y el de los Salado (Pedro y su hijo Joaquín Antonio),
tal vez el más activo en la pr oducción de m uebles litúrgicos. En otros lugares, talleres
no menos activos afron tarán los encargos loca les de menor entidad o los trabajos que
los “grandes” son incapaces de asumir; sirv a de ejemplo, por bien conocido, el caso de
la ciudad de Calatayud, donde además se da una presencia notable de escultores –y
también canteros y obreros- de procedencia vasco-navarra ( v.gr. Antonio Bastida, P edro
de Jáuregui o Pedro Virto) que ayudarán a di fundir duran te la prim era mitad del sigl o la
influencia de Juan de Ancheta y darán origen a algunas de las sagas de escultores más
activas en la comunidad de Calatayud ( v.gr. Bernardino Vililla, Bernardo Ibáñez…) 113 .
En cuanto a la form ación profesional de los artífices (mazoneros,
ensambladores, carpin teros y escultores), cab e reseñar aquí la persistencia de la
tradición gremial, aunque se dieron algunos conatos de ruptura en el sentido de una
cierta renovación académ ica. Así pueden inte rpretarse la conces ión en 1672 de la
licencia de escultor s in examen previo a Pe dro Salado por parte de los jurado s de la
ciudad de Zaragoza, o la existencia a fines del s. XVII, según consta en un documento
de la Real Audiencia fechado en 1784, de una academia de dibujo, precedente de la que
fundó Juan Ramírez en 1714, a la que acudían pintores y escultores pa ra hacer estudios
del natural 114 .
Si bien el s. XVII es un siglo de decadencia para la escultura en Aragón –y más
en comparación con el brillan te s. XVI-, en las dos últim as décadas se aprecia un
movimiento renovador, enriquecido por influencias extranjeras (italianas
fundamentalmente) que abandona la rigid ez anterior, dotando a las im ágenes de
contrapostos y de ropajes más airosos y ondulan te s; este fenóm eno se dejó n otar
especialmente en las iglesias de Zara goza y afectó a encargos de m uy diversa
procedencia en los que se apr ecia la participación de una generación de ar tífices hasta
hace poco desconocidos (Jusepe Guiral, Jaime Rosic, Dom ingo Tris…) que se sum an a
los nombres de otros m ás famosos (l os citados Mesa, Franco, Salado…) 115 .
Para los retablos se da la clientela ecl es iástica, la personal (bien para encargos
particulares o de función restri ngida, bien para obras de inte rés general) y la comunitaria
(cofradías, concejos…) 116 . El retablo s eiscentista, tal com o sancionaba e l Concilio de
Trento en su famoso decreto sobre “Invocaci ón, Veneración y Reliquias de los Santos y
de las Sagradas Imágenes”, es un instrum e nto pedagógico y persuasivo que hace uso de
un discurso visual complementario del se rm ón (discurs o verbal) y de la liturgia
(discurso ritual). De acuerdo con esta finalid ad, que perm anece invariable a lo largo de
los siglos, el retablo fue el soporte idóneo de program as figurativos cuyo estilo y
lenguaje se fue modificando en virtud de la s modas, de la m entalidad y de las
circunstancias de cada momento.
Puede establecerse una prim era clasifi cación entre los retablos m ayores, con un
sentido doctrinal más acusado, y los retablos colaterales o de cap illas, de carácter
113 . RUBIO SE MPER, 1980.
114 . BOLOQUI LARRAYA , 1978, p. 55 ; ANSÓN NAVARRO, 1993, pp. 49 y ss. Esta p ionera
institución formativa tuvo probablem ente su sede en la casa del barón de Ayerbe y desapareci ó a causa de
la guerra de Sucesión. Su ori gen podría estar relaci onado con los contactos establecidos por Gregori o de
Mesa –quien fue m aestro de Ramírez y ejerció de profesor en esa academ ia- en su viaje a Toulouse
(Francia), dond e existían varios centros de este tipo, aunqu e también pudo inf luir el poso académico qu e
los viajes de formación a Italia de jaron en otros artistas aragoneses.
115 . Esta reno vación de la escult ura , ya apunt ada por el profe sor G onzalo M . Borrás (BORR ÁS GUALI S,
1977, pp. 430-431) , fue subr ayada y ejemplificad a por la prof esora Belén Boloqui ( BOLOQUI
LARRAYA, 1978, pp . 53 y ss.).
116 . Para este aparta do, seguim os básicam ente a: B OLOQUI LARRA YA, 1983, t . I, pp. 120 -124; y
ARCE OLIVA, 2002, pp. 351-392 .
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
43
devocional o funerario. Otra taxonomía, en función de la iconografía, establecería
básicamente tre s categor ías: los retablos m ari anos, los cristológicos y los hagiográficos.
No obstante, la diferenciación más habitual se basa en los elem entos morfológicos
(estructurales y decorativos) y su evoluci ón; según este criterio, pueden distinguirse 117 :
- El retablo contrarreform ista (t ambién denom inado escurialense,
romanista, vignolesco o de tradición he rreriana): es un retablo de tendencia
clasicista y fundamentalmente escultór ico, con escaso m ovimiento en planta,
porte monum ental y estructura raci onal aunque fragmentada, dotado de
columnas de fuste estriado, frontones partidos y pináculos apiram idados en los
remates. Se da desde com ienzos del siglo hasta la década de 1630, aunque hay
pervivencias en zonas rurales más allá de 1650.
- El retablo del primer barroco (tam bién protobarroco o
prechurrigueresco): sigue teniendo gran cl aridad de líneas y plantas rectas, con
grandes columnas de orden com puesto estriadas o m ejor entorchadas con los
tercios inferiores decorados, frontones cu rvos, partidos y a volutados en los
remates y una ornam entación cada ve z más abundante y carnosa. A estos
retablos se incorpora como elemento novedoso la columna salom ónica, que
aporta mayor unidad al conjunto y se en riquece con m otivos eucarísticos. Este
tipo de retablo surge en la década de 1630 y su uso se extiende hasta 1690. El
primero –bastante tem prano- con columnas salomónicas es el de la capilla de
Santa Elena (actual del Carmen) en la Seo zaragozana (1637), obra de Ramón
Senz y Bernardo Conil, y su difusión a las o tras dos capitales aragonesas se
produce en la década siguiente (el mayor de la basílica de San Lorenzo de
Huesca, fechado en 1648, y el de los Sa ntos Reyes en la catedral de Teruel,
datable h. 1649), para genera lizarse a partir de 1650 118 .
A partir de la cuarta década del sigl o se da un predominio de lo pictórico,
con la aparición de los primeros grandes cuadros de altar (con o sin calles
laterales), siguiendo la moda madrileña. Uno de los primeros ejem plos es el
retablo de las Santas Justa y Rufina en su capilla de la Se o de Zaragoza, cuyo
gran lienzo central, firmado y fecha do en 1644 por Francisco Camilo (aunque
durante largo tiempo atribuido, sin ningún cr iterio, a Juan Pérez Galbán), debió
de resultar muy innovador en el panorama artístico zaragozano, pues marcaba un
cambio hacia el pleno barroco decorativo, con claro y dulce colorido, pincelada
suelta y fluida e influjos evidentes de la pin tura veneciana y flamenca.
- El retablo del pleno barroco (churrigueresco): presenta un acusado
movimiento en planta y alzado, enta blamentos y cornisas quebrados que
permiten la fusión del cuerpo con el ático (éste de forma semicircular) y una
decoración aún más abundante y jugosa de la que desaparecen los motivos
eucarísticos en beneficio de los moti vos vegetales y frutales. Los hay de
columnas salomónicas (desde la década de 1690 hasta 1730) y de columnas de
fuste liso adornado con guirnaldas (a part ir de 1710). Una variante de retablo
coetáneo de los dos an teriores es el que hace uso de estípites, elemento que
abandona el carácter decorativo que había tenido anteriorm ente para sustituir,
117 . Como se verá, esta clasificación no es muy difere nte de la que puede apli carse a la zona castella na,
aunque en algunos casos se introduzcan, a tr avés de la nomenclatura , algunos matices.
118 . En Tudela –y Navar ra- el retabl o con colum nas salomónicas se documenta por pri mera vez en 1655
(FERNÁNDEZ G RACIA, 1998, p. 35).
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
44
total o parcialmente, a la s columnas. En todos esto s retablos la escultura
recupera el protagonismo perdido, si bien a partir del últim o tercio del s. XVII (y
durante las prim eras décadas del XVIII) se rec urrió con frecuencia al retablo
fingido, pintado bien directamente sobre el muro o bien sobre lienzos cosidos y
ensamblados, com o alternativa económica y vis ualmente impactan te al retablo
tradicional
En el último tercio del siglo una nueva tendencia de procedencia italiana
vino a sumarse al retablo convencional: el baldaquino; diseñados a im itación del
modelo de Bernini para San Pedro del Vaticano (1624-1633), en Aragón su
recepción se produjo a partir de 1666 (año en que se fecha el de la capilla de San
Pedro Arbués en la Seo) y alcanzó su punto álgido con la realización del
espléndido tabernáculo de la colegiata d e Santa María de Daroca (con tratado en
1670 pero finalizado veinte años despué s), en el que tuvo una participación
destacada el citado Francisco Franco.
2.2. Estado y prospectiva del conocimien to de la pintura barroca aragonesa 119
El estado actual del conocimiento sobre la pintura barroca aragonesa, con ser
todavía deficiente en muchos aspectos, pr esenta el gran alic iente de ofrecer al
investigador un inmenso cam po de trabajo, in explorado en gran parte. Y es que las
aportaciones que se han produci do en el último cuarto de siglo, con ser im portantes, no
han hecho sino poner de manifiesto las m uchas carencias que todaví a existen, así como
la necesidad de revisar y poner en cuestión lo publicado anteriorm ente, con especial
atención a las atribuciones formales y a ot ras noticias que carezcan del suficiente
respaldo documental.
Dichas aportaciones, de las que darem os cuenta a continuación, han permitido
avances puntuales en el conocimiento de algunos artistas –a unque ninguno de ellos
dispone todavía de un catálogo razonado-, y se han centrado en tareas de carácter
instrumental (catálogos e inventarios, expurgos de noticias artísticas en corpus
documentales…) que facilitan enorm emente la realización de cualqui er investigación en
este campo.
Ordenaremos las referencias según los siguientes apartados: fuentes y
bibliografía, estado actual, pr ospectiva y metodología.
2.2.1. Fuentes y bibliografía 120
Fuentes
Las propias obras constituye n, sin duda, la fuente princi pal para el historiador
del arte y la inf ormación que apor tan sigue siendo insustitu ible, más todavía cuando los
datos que proporcionan las demás fuentes (documen tales, gráficas y li terarias) es escasa,
si no inexistente. Para el conocimiento de las obras resultan fundam entales su
119 . Este estado de la cuestión fue el ob jeto de una comunic ación que presentam os a las III Jornadas de
“Estudios so bre Ara gón en el um bral del siglo X XI” (Caspe, 1 5-17 de d iciem bre de 2000), or ganizada s
por el ICE-Universi dad de Zaragoza. Dado que las actas de estas jorna das no han si do publicadas hasta la
fecha, hem os optado por inclui r aquí ese trabajo de c ompi lación y análisi s, comple tándolo co n las
novedades que en los tres últimos año s se han producido.
120 . En este apa rtado y e n el siguient e se menciona n únicam ente los tra bajos m ás relevantes, bi en por su
aportación cuan titativa o cu alitativa, bien por sus planteamien tos metodológ icos o bien por incluir estados
de la cuest ión o repertori os bibli ográficos de inte rés, siem pre dentr o del peri odo 19 78-2003.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
45
localización, inventario y cat alogación, ya se trate de obras que han permanecido en el
lugar para el que fueron rea lizadas, ya de obras conserva das en mu seos y colecciones
públicas o privadas, e incluso de obras desapa recidas o destruidas. De ello se deduce la
importancia de los catálogos, inventarios y guías artí sticas, así com o de las
publicaciones referidas a museos y colecciones.
Desde el año 1978 se ha realizado una im portante labor, todavía inacabada, de
inventario y catalogación de bienes muebles, aunque se echa en falta una mínima
coordinación en cuanto a los criterios eleg i dos para la división de l territorio, pues hay
inventarios que siguen la divi sión eclesiástica por diócesis y arciprestazgos, y otros que
utilizan la división civil por provincias, por partidos judiciales o incluso por comarcas;
también sería deseable la norm alización de los modelos de ficha y de la metodología
aplicada, empezando por el uso correcto de los términos “inventario” y “catálogo”, con
los que se suelen designar tr abajos de diversa índole 121 . Durante este tiempo y en lo que
a bienes muebles se refiere se ha conti nuado la labor emprendida en 1961 por el
Servicio Nacional de Inform ación Artístic a, Arqueológica y Etnológica para la
realización de inventarios artísticos a ni vel nacional, que como es sabido fueron
contratados siguiendo la división en parti dos judiciales. Desde 1978 hasta ahora han
sido publicados los de Hues ca, Tarazona y Boltaña 122 . En 1991 y como resultado de un
trabajo de campo realizado en 1977 para la diócesis de Zaragoza que pretendía ser el
primer paso para la elaboración de un cat álogo monum ental de dich a diócesis –proyecto
finalmente truncado- se publicó el inventar io artístico del arci prestazgo de Alagón,
coincidente con el antiguo part ido judicial de La Almunia 123 . También puede
considerarse dentro de este contexto, pue s es la consecuencia de un trabajo de campo
llevado a cabo entre 1981 y 1986 por un equi po de especialistas en los partidos
judiciales de Sos del Rey Católico y Ejea de los Caballeros, un inventario que se fue
dando a conocer parcialmente desde 1988 en dive rsos artículos publicados en la revista
Suessetania y que finalmente ha visto la lu z con v ocación de catálogo m onumental 124 .
Realizados pero sin publica r están los inventarios artísticos de los partidos
judiciales de Jaca (redactado po r Mª. Carm en Lacarra), Barbastro y Sariñena (José
Francisco Forniés Casals), Ateca y Cala tayud (Agustín Rubio Semper y Francisco
Martínez García 125 ), Borja (Gonza lo M. Borrás y Mª. Isabel Alvaro Zam ora), Daroca
(Juan Francisco Esteban Lorente, revisa do y completado recientem ente por Fabián
Mañas Ballestín), La Almunia (Juan Franci sco Esteban, Ada Allo Manero y Ana Jesús
Mateo Gil), Pina de Ebro (Mª. Carmen L acarra, Carmen Morte Ga rcía y Belén Boloqui
Larraya), Cariñena y Caspe (Carmen Mort e y Belén Boloqui) y Zaragoza (José Luis
Morales y Marín y Wifredo Rincón García). En este apa rtado de los trabajos inéditos
también debe reco rdarse la s ituación del c atálog o monumental d e Teruel realizado en
1909-1910 por Juan Cabré Aguiló, que espera desde hace años una edición crítica y
actualizada que actualmente preparan Ernest o Arce y Francisco Burillo. Sin realizar
están los inventarios de los partido s judiciales de Benabarre, Fraga, Tamarite de Litera y
Belchite . 126
121 . Para u na apro xim ación al estado ge ner al de l os invent arios y catálog os, pue den c onsultarse:
BORRÁS GUALIS, 1984 a; BO RRÁS GUALIS, 1993; LACARRA DUCAY, 1993 a; y BORRÁS
GUALIS , 1998;
122 . NAVA L MÁS, 1980; ARRÚE U GARTE, 1991 ; y GARCÍ A GUATAS, 1 992.
123 . BORRÁS G UALIS , 1991.
124 . RÁBANO S FACI, 1998.
125 . En est e inve ntario n o se incl uyó la ci udad de Calat ayud, pues su est udio había sid o ya real izado e n
1971 y publicad o poco después como guía ar tística: BORRÁS GUALIS y LÓPEZ SAMPEDRO, 1975.
126 . El inve ntari o de l os bienes de la F ranja ha sid o uno de l os o bjetivos del pr oyecto de i nvest igación del
Departam ento de Hist oria del Arte "Rec uper ación cul tural de u n Patrim onio", dirigi do por el Dr. Gon zalo
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
46
De forma paralela, la Iglesia católica, propietaria de un gran porcentaje de los
bienes muebles conservados, ha em prendido ta mbién por su cuenta diversos proyectos
de catalogación de sus fondos. Además de las in iciativas ya com entadas es de destacar
la existencia de inventarios diocesanos en Zarag oza, Jaca y Teruel-Albarracín, aunque
el más ambicioso de estos proyectos, todavía en fase de realización, fue el resultado de
un acuerdo establecido en di ciembre de 1988 por la com i sión mixta Diputación General
de Aragón-Iglesia Católica en Aragón para la elaboración en nue stra com unidad del
Inventario General de Bienes Muebles de la Iglesia. Desde 1989 este plan, amparado
por un convenio entre el Ministerio de Cultu ra y la Universidad de Zaragoza, se ha
ejecutado en distin tas etapas bajo la d irecci ón de la profesora Mª. Carm en Lacarra y con
la coordinación de los distintos responsable s de las diócesis aragonesas. Hasta el
momento se han realizado las fichas correspondientes a la s diócesis de Huesca (1989-
1990), Barbastro-Monzón (1991) y Jaca (1 992-1993). El trabajo ha proseguido,
siguiendo el sentido no rte-sur -y ya en la diócesis de Zaragoza-, por la comarca de las
Cinco Villas, y en este momento se está procediendo al inventario de la antigua
comunidad de Daroca, zona ésta, com o la an terior, de gran riqueza artística en el
periodo que nos ocupa. Es de desear que la s campañas del inventario continúen sin
interrupción en el resto del terr itorio aragon és y que el resultado final sea un único
fichero informatizado, accesib le al público in teresado con las debidas cautelas que la
seguridad y conservación de este patrimonio exige.
Otros trabajos de inventario y catalog ación que no deben quedar soslayados aquí
son los realizados como parte de los planes directores, tan to de las catedrales com o de
otros destacados monum entos aragoneses. Hast a el mome n to s e han finalizado los
planes de las catedrales de Tarazona, Teruel, Albarrací n, Huesca, Jaca, Barbastro y
Monzón, faltando los de las cate drales zaragozanas, y se han redactado o están en fase
de realización los de los monasterios de San Pedro el Viejo (Huesca), Rueda (Zarago za)
y San Victorián (Huesca), el del castillo del Co m promiso en Caspe (Zaragoza) y el de la
colegiata de Santa María en Calatayud (Zaragoza).
Con un carácter mucho m ás limitado en cuan to al ámbito espacio-temporal y
temático, en los años 1989-1990 Carlos Buil Gu allar y el que esto escribe acometieron,
con la colaboración del Departamento de Hist oria del Arte, un trabajo de catalogación y
fotografiado de la pintura barroca en la ciudad de Zaragoza. Sin ser un trabajo
exhaustivo, incluía un centenar de fichas de otras tantas obr as conservad as en
instituciones eclesiásticas y civiles, ordenadas según un criterio topográfico,
completadas con un am plio corpus gráf ico de diapositivas de conjunto y detalle, con u n
estado de la cuestión, una bibliograf ía específica de casi cien títulos y los
correspondientes índices.
Las guías artísticas, tanto de localid ades com o de monumentos aislados,
constituyen un apartado que ha experimentado un especial crecim iento con el auge que
han experimentado en nuestra com unidad fenóm enos como el turismo cultural o con la
creación de los parques culturales. Entre la s iniciativas de este tipo que por su
continuidad pueden resultar consolidadas y con proyección está n las coleccio nes
“Monumentos de Aragón” (Institución Fe rnando el Católico), “Cuadernos de
restauración”, “Guías de Ara gón” y “Guías artísticas de Aragón” (Gobierno de Aragón),
“Monumentos y m useos (Musea Nostra-iberCaja) 127 , “Monumenta” (Instituto de
M. Borrás Gualis y dependi ente de la Dirección Ge neral de Enseñanza Superior del Ministerio de
Educación y Ciencia. Las fichas de este inventario están siendo ahor a debidam ente informatizadas y sus
imágenes digitalizadas.
127 . Entre los título s publicados hasta la fecha están el dedicado al Museo de Zaragoza (núm.1, 1990) y a
la catedral y Museo Di ocesano de Jaca (núm. 5, 1993).
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
47
Estudios Altoaragoneses) 128 o la serie “Inventarios. Patr imonio artístico relig ioso” del
Centro de Estudios Borjanos 129 . El actual proceso de co m arcalización también ha
suscitado la aparición de publicaciones de divulg ación como la colección “Territorio 2”,
editada por el Gobierno de Aragón, que incluye un apartado histórico-artístico de cada
comarca.
De modo individual, cabe reseñar por su carácter m odélico y alta calidad
científica la Guía histórico-artí stica de Zaragoza 130 y también por su carácter general
la de Caspe 131 . Aunque desborda por distintos m o tivos la consideración de guía
artística puede m encionarse el todaví a no m ejorado estudio de conjunto de Las
catedrales de Aragón 132 y lo mismo puede decirse del tr abajo colectivo sobre la Seo de
Zaragoza editado con motivo de su reapertura en el año 1998 133 .
Otro grupo de trabajos bastante nume rosos que, por su carácter científico y
especializado, superan la consideración de guías, han sido el resultado de estudios
histórico-artísticos y/o documentales sobre m onumentos concretos que suelen incluir el
correspondiente apartado dedicado a bienes muebles 134 .
Las publicaciones referidas con carácter gl obal a los museos aragoneses y sus
fondos son escasas 135 , cada vez m ás abundantes la s que tratan de m useos
individualizados 136 , y algo m ás numerosas las de col ecciones de institucio nes públicas
o privadas 137 .
En lo que se refiere al sigl o XVII son casi inexistente s los trabajos ref eridos al tema
del coleccionism o artístico 138 , y casi nada se ha publicado, desde que en 1958 Juan A.
Gaya Nuño escribiera su conocida monografía Pintura española fuera de España ,
128 . Colección iniciada co n: DURÁN GUDIOL, 1991.
129 . De esta últ ima serie ha n visto la luz las m onografías c orrespo ndientes a Alberit e de San Juan , Albeta,
Ainzón , Fuende jalón, Mal lén, M agallón y Pozuel o de Aragón , redactadas por Pedro Lui s Calvo Her nando
y José Carlos Sancho Bas , que am plían la inf ormación sobre estas localidade s contenida en el inve ntario
(inédito) del partido judicial de Borj a.
130 . FATÁS CABEZA, 1991 (3ª ed. revisad a y ampliada. 1ª ed. 1982). Especial inter és tiene para
nosotros el capítulo “Zaragoza barr oca”, redactado por Arturo Ansón Navarro y Belén Boloqui Larraya
(pp. 249 y ss.).
131 . CALVO R UATA, 1994.
132 . VV.AA., 1987. Esta publicación bien merecería una edición re visada y aume ntada (incluyendo en
ella la i glesia de Santa M aría del Rome ral, concate dral de l a diócesi s de Ba rbastro-Mo nzón).
133 . LOZANO L ÓPEZ, 1998. De la catedral zaragozan a han apa recido recientem ente otras ediciones y
reediciones que se apro ximan m ás al form ato y a la func ión de guía artí stica: RINC ÓN GARCÍ A, 2000
(1ª ed. 1987 ); y CO RRAL LAFUENTE, 2000.
134 . Pueden ser vir a modo de ejempl o por conte ner refere ncias a obra s de pintu ra barroca: OLIVÁN
JARQUE, 1983 ; ALLO MANERO y MATEO S GIL, 1987; ÁG REDA PINO, 1995 ; y BUIL GUALLA R
y MARCO FRAILE, 1995.
135 . GORRÍA IPAS, 1987; BELTRÁN LL ORIS, 1990; BIEL, BUIL y EXPOSITO, 1991-1992; y
RINCÓN GARCÍA, 1995.
136 . LACARRA DUC AY y MORTE GARCÍA, 1984; IGL ESIAS COST A, 1986; MA RTÍNEZ PÉREZ,
1987; BELTRÁN LLORIS y DÍAZ DE R ABAGO CA BEZA, 1988; OLIVÁN B A ILE, 1990; VV.AA.,
1999 a; BELTRÁN LLORIS, 2000; y BELTRÁN LLORIS y PAZ PERALTA, 2003.
137 . ORDÓÑEZ FERN ÁNDEZ, 1983; ABAD ROM EU, 199 5; CALVO RUATA , 1991; ANSÓN
NAVARRO, 1991 (se refiere a la galería de retratos del Palacio Arzobi spal de Zaragoza, e dificio que
alberga un interesante y po co conocido f ondo ar tístico cuya catalogación y estudio preparam os);
GONZÁLEZ HERNÁNDE Z, 1992; y VV.AA ., 1995 c.
138 . BARRI O MOYA, 1980 (este m ism o investiga dor h a publicado en diversas re vistas científicas
noticias referidas a inve ntarios y colecciones en lo s que, e sporádicam ente, aparecen obras y a rtistas de
filiación ar agonesa); MORÁN TU RINA y CHECA CREMA DES, 1985 (en el capítu lo XII -pp. 201 y ss.-
los autores inc luyen una ext ensa y actualizada biblio gra fía sobre la colección de pi nturas del os cense
Vincencio J uan de Last anosa, al que s e dedi có un im portante apartad o en la exp osición Si gnos –V V.AA.,
1994 b-); y ESQUI ROZ MATILLA, 1989 .
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
48
acerca de la presencia de la pintura ara gonesa en m useos y colecciones españoles y
extranjeros 139 .
Fuentes documentales, gráficas y lite rarias. Aunque ya hemos hablado sobre
ello, es preciso destacar la tarea de exhum ación de documentación artística del siglo
XVII procedente del Archivo Histórico de Protocolos Notariales de Zaragoza que
abordaron como tesis de li cenciatura (leídas entre 1979 y 1985) un grupo de veintiocho
investigadores dirigidos por el profesor Gonzalo M. Borrás. El periodo estudiado
abarcaba de 1613 a 1696, dividido en trienios, y las conclusiones de estos trabajos 140
han renovado y clarificado de forma notable los conocim ientos sobre el arte del
seiscientos, tanto en lo que se refiere a la historia social del periodo como a la nómina
de artistas en activo y a las obras ejecutadas. Actualment e algunos integrantes de los
mencionados equipos están preparando la edic ió n electrónica de las noticias artísticas
exhumadas. En este m ismo sentido también so n de destacar los trabajos basados en
fuentes docum entales de Vicente González Hernández en archivos diverso s 141 , Agustín
Rubio Semper en los fondos notariales de Calatayud, Jesús M. Franco en Belchite,
Teresa Thom son en Alcañiz, Manuel Gómez de Valenzue la en Jaca o Emilio Jim énez
Aznar en Borja 142 . El resto de trabajos de esta índole han sido desarrollados a nivel
individual para temas de investigación específicos, sin que exista por el m omento
ninguna iniciativa sistemática, individua l o colectiva, de exhum ación documental
artística similar a las ya com entadas 143 .
Las fuentes gráficas aplicadas al estudi o de la pintura han sido hasta ahora una
herramienta escasam ente utilizada, a pesar de su especial validez en los casos –
desafortunadamente abundantes en Aragón- en los que las obras han desaparecido o han
sido destruidas 144 . Particularmente válidos para nos otros pueden ser los conocidos
archivos fotográficos Mas (propiedad del Instituto Amatller de Arte Hispánico) y Mora
(propiedad del Gobierno de Ar agón), pero también cualquier otro fondo fotográfico, sin
necesidad de que éste sea dem asiado antiguo.
En cuanto a las fuentes litera rias, nos referiremos en exclusiv a al pintor y
tratadista Jusepe Martínez, a quien dedi ca un m erecido capítulo F rancisco Calvo
Serraller en su Teoría de la pintur a del Siglo de Oro 145 . Muy destacables son las
aportaciones a la teor ía del arte del seiscientos y a la lite ratura artística que está
haciendo Mª. Elena Manrique Ara, quien ha defendido como tesis doctoral el análisis
crítico de los Discursos (en vías de publicación), obra de la que por cierto vio la luz en
1988 una nueva edición con estudio introduct orio de Julián Gállego (Madrid, Ed. Akal)
139 . Excepción d igna de destacar, au nque en ell a no aparezca ningu na obra docum entada de proce dencia
aragonesa, es la tesis de licen ciatura de Món ica Vázquez Astorga, titulada La pint ura espa ñola en los
museos y col ecciones de Génova y Liguria (Italia), leída en 1998 y dirigida por la Dra. Mª. Isabel Alvaro
Za mor a . U n r esu me n d e l a mi s ma e n r ev i st a Artigrama núm. 13 (1998) , pp. 443-44 7.
140 . BRUÑÉN IBÁÑEZ y SENAC R UBIO, 19 82; ALMERÍA GARCÍA y otros (1983); GIL ASENJO y
otros, 1984; L ANASPA MORENO , 1984; BRUÑÉN, C ALVO y SENAC, 19 87; RINCÓN GARCÍA,
1990; y ROMERO SANTAMARÍA, 1995 .
141 . GONZÁLEZ HERNÁNDEZ, 1994 . Este mismo autor ha pub licado numerosos ar tículos con no ticias
extraídas de docum entos notariales de las que irem os dando cuenta.
142 . RUBIO SEMPER, 198 0; FRANCO ANGUSTO, 19 87; THOMSON LLIS TERRI, 1998 y 2002;
GÓMEZ D E VALENZUE LA, 199 8; Emili o Jiménez Aznar , por su part e, ha publ icado abun dantes
noticias documentales de tema musical y ha reali zado también, a unque perman ece inédito, el expurgo de
noticias art ísticas existe ntes en el Archivo H istórico de Protocol os Notarial es de Borja .
143 . Sí las ha habido e n comunidades vecinas, lo que favorece el establecim iento de interrelacione s
artísticas, como ocurre en el caso de Ca lahorra: SÁEZ HE RNÁEZ y SÁEZ EDESO, 1992 .
144 . Sobre este asunto, remitim os a: LOZANO LÓPEZ, 2004 a (en prensa) .
145 . CALVO SERRALLER, 1981, pp. 478-525.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
49
146 . Queda sin embargo un am plio campo por est udiar referido a la literatura religiosa
(sermones, hagiografías, autos sacram entales…) y profana, de tanta incidencia en el arte
barroco y tan íntimamente relacionadas con él.
Bibliografía
Entre la abundante bibliografía sobre la pintura española del Siglo de Oro,
destacaré únicamente el es tudio global elaborado en 1977 por José Camón Aznar 147 ,
quien dedica un capítulo único a la pint ura aragonesa en el que se analizan
individualmente las personalidades artísti cas más destacadas, sin establecer nin guna
periodización ni sistematización, y el trabaj o, fruto de m uchos años de investigación en
la materia, de Alfonso E. Pérez Sánchez 148 , que pu ede considerarse la publicación m ás
actualizada y com pleta sobre el particular. En este libro se dedican sendos apartad os a
Aragón que se incluyen en la sistem atizaci ón global establecida para todo el ám bito
español. Puede ser ilustrativo lo que el prof esor Pérez Sán chez dice al referirse a la
pintura barroca aragonesa: “ se carece de estudios del conjunto con criterio moderno
[…] Por fortuna se conservan muchísimas obras en iglesias y conventos, pero en muy
mal estado de conservación y casi nunca fotografiadas ” 149 .
En cuanto a las obras de car ácter local o m onográf icas, distinguirem os los siguientes
apartados:
1. Publicaciones que abordan la to talidad de la pintura aragonesa.
2. Publicaciones monográficas de artistas.
3. Publicaciones sobre artistas menores u obras concretas.
4. Publicaciones de carácter temático.
5. Catálogos de exposiciones.
6. Publicaciones periódicas.
7. Actas de congresos, jornadas, coloquios, etc.
1. Al primer apartado pertenecerían los tr ab ajos de: José Luis Morales y Marín 150 ,
libro que carece de materi al gráfico y que debe ser manejado con prudencia, pues
contiene datos no verificados; Arturo Ansón Navarro 151 , quien incluye una cronología y
una periodización y sintetiza asuntos com o las técnicas y soportes, la temática y el
mecenazgo, aspectos sociológicos de la pi n tura y los pintores y las influencias
(nacionales e internacionales) ; Gonzalo M. Borrás Gualis 152 , a quien debem os la que,
por el momento –y a pesar de lo s años transcurridos-, puede considerarse la visión de
conjunto más lúcida y consistente; Vicente González Hernández 153 , cuyos trabajos de
exhumación docum ental, anteriormente citados, le convierten en referencia inexcusable;
Alfonso E. Pérez Sánchez 154 , quien ha trazado un esquem a bastante sólido para la
pintura barroca oscense; y Ernesto Arce Oliva 155 , que ha actualizado convenientemente
146 . La citada investigad ora ha realizado algunas in cursiones en el tema de los memoriales artísticos,
inédito en nuestra historiografía: MANRIQUE ARA, 1998; y MANRIQUE ARA, 199 9 a.
147 . CAMÓN AZNAR, 1977, pp. 189-199.
148 . PÉREZ SÁNCHEZ, 1992.
149 . Ibídem . , nota 78 al capí tulo I de la se gunda pa rte, p. 437.
150 . MORALES Y MARÍN, 1980.
151 . ANSÓN NAVARR O, 1980 b.
152 . BORRÁS G UALIS, 1984 b; y esp ecialmente BORR ÁS GUALIS, 1987 a.
153 . GONZ ÁLEZ HERNÁ NDEZ, 1989.
154 . PÉREZ SANCHEZ, 1994 a.
155 . ARCE OLIVA, 1997.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
50
el panorama trazado por el profesor Borrá s. Finalm ente y aunque limitada en su
cronología y ámbito espacial, citaremos la visión de las artes en Zaragoza durante la
época de Baltasar Gracián (1620-1666) que ha planteado Arturo Ansón 156 .
2. Aquí pueden incluirse los trabajos sobre Rafael Pertús 157 , Pedro García Ferrer
158 , Antonio Bisquert 159 , Francisco Ximénez Maza 160 , Jusepe Leonardo 161 , Juan Pérez
Galbán 162 , Jusepe Martínez 163 , Vicente Berdusán 164 , Bartolomé Vice nte 165 y
Francisco del Plano 166 . A las referencias citadas deben añadirse las voces dedicadas a
estos y otros artistas en la Gran Enciclopedia Aragonesa 167 .
3. Se incluyen aquí aportaciones de varios autores que tratan sobre artistas menores
y obras concretas; entre ellas des tacan lo s numerosos y docum entados trabajos de
Vicente González Hernández 168 .
4. Se agrupan en este apartado trabajos de diversa índole que abordan temas
transversales o de enfoque sociológico. Así, destacaremos el estudio de Arturo Ansón
Navarro sobre los orígenes de la enseñanza académica de las bell as artes y sobre l a
superación del sistema grem ial 169 , o los todavía escasos referidos a prom oción y
156 . ANSÓN NAVARR O, 2001 a.
157 . REDONDO V EINTEMILLAS, 1981 b. Un estado d e la cuestión actualizado en : PARDOS
SOLANAS , 2003.
158 . GALÍ B OADELLA, 1996.
159 . PÉREZ HERNÁNDEZ, 1985; BUIL GUALLAR y LOZANO LÓP EZ, 19 90; FON TANA CA LVO,
1992; y VV.AA., 1995 d. Esta última publicación contiene, adem ás del estudio de la trayectoria vital y
artística de B isquert, a carg o de Carlos Bui l y Juan Carl os Lozano , un texto fi rmado p or Ernesto Arc e
Oliva dedica do a “La pintura ara gonesa en el tiempo d e Antoni o Bisq uert” y otr o de Fernand o Benit o
Doménech titulado “An tonio Bisquert, en el eje artístico en tre Valencia y Aragón durante el siglo XVII”.
160 . CANELLAS LÓPEZ, 1977; y G ONZÁLE Z HERNÁ NDEZ, 19 88.
161 . MAZÓN DE LA TOR RE, 1977; SANGÜES A, URZAY e IBARRA, 2 001; y CENTEL LAS
SALAMERO, 2001 b.
162 . GONZÁLE Z HERNÁNDEZ, 1 983. Este texto contiene noticias doc umentales sobr e el encargo de
varias obras a Juan Galbán para este conve nto. Se com pletan de esta forma las prim eras informaciones
publicadas sobre este artista en: BORR ÁS GUAL IS, 197 4.
163 . GÁLLEGO , 1979 (reco pilación de art ículos de prensa, e ntre los que de dica uno a Juse pe Martínez );
GONZÁLEZ HERNÁNDE Z, 1976; GONZÁLEZ HERNÁNDEZ, 1981 (c ontiene el catálogo de ob ra
más completo realizado hasta ese m omento); VV.AA ., 198 2 (en el catálog o figuran ob ras del pro pio
Martínez y de otros artistas aragoneses com o Vicen te Berdusán, Juan Felices de Cáceres o Jusepe
Leonardo); AN SÓN NAVA RRO, 1989; MA NRIQUE ARA , 1999 b; MANRIQUE A RA, 2000 a ;
MANRIQUE ARA, 2001; MANR IQUE ARA, 2 002; ANSÓN NAVARRO, 200 2.
164 . Vid . apart ado 3. 1.
165 . ANSÓN NAVARR O, 1985.
166 . GUTIÉRREZ PASTOR, 1985; GUTIÉRREZ PA STOR, 1986 a; y CALVO RUATA, 1995.
167 . VV.AA., 1980. Esta edi ción se com pletó con tres apén dices (1983, 1987 y 1997) y r ecientem ente se
ha publicado por entre gas la Gran Encicl opedia Ar agonesa 200 0 (Zaragoza, iberC aja, Gobierno de
Aragón y El Periódico de Aragón, 20 00), aunq ue lame ntablem ente no se han realiza do, en l a mayoría de
los casos, las corres pondientes re visiones y actualizaciones de la in formación, ni tam poco aparecen los
autores de las voces.
168 . GONZ ÁLEZ HERN ÁNDEZ, 19 79 (adem ás de Juse pe Martínez, trata de l os Altarri ba (Juse pe,
Miguel y Pedro), Juan Orcoy en, Francisco Lupicini y los Urzan qui); GONZÁLEZ HERNÁNDEZ, 1981;
GONZÁLEZ HERNÁN DEZ, 1989 ; GONZÁLEZ HERNÁNDEZ, 1991 (recog e noticias documentales
sobre los Altarriba, Juan Aznar, Ignacio Blasco, Diego Calzado, J u an Zapata, Juan Domínguez y Diego
Escobar); GONZÁLEZ HERNÁNDEZ, 1993 (recoge noticias doc umen tales sobre Diego González,
Pedro Labetá n, Pedro Lo rfelín y Franci sco Lupici ni); ES CRIBANO S ÁNCHEZ, 1 982; MART ÍNEZ
VERÓN y RI VAS GIMEN O, 1985; VAL LÉS ALLUÉ, 19 87 (sobre uno de l os miembr os de una saga de
pintores de apellido Jalón oriundos de Calatay ud y que aparecen documentados en J aca); PALLARÉS
FERRER, 1991; RAMÓN PALA CIO, 1994; y FONTANA CALVO , 1994.
169 . ANSÓN NAVARR O, 1993.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
51
mecenazgo 170 . Sobre las cofradías y gremios zaragozanos han aparecido algunos
artículos que amplian la visión dada por Vicente González Hernández en su conocido
artículo del año 1967 171 . Son poco numerosos los estudios iconográficos 172 , así como
los referidos a la transmisión de modelos artísticos y la utilización de estam pas 173 .
Tampoco son abundantes los tr abajos sobre artistas aragone ses que trabajaron fuera de
Aragón 174 , ni los que se centran en encargos artís ticos a pintores foráneos u obras de
estos artistas conser vadas en esta región 175 .
5. Los catálogos de exposiciones han a dquirido en los últimos tiem pos una
importancia notable, por cuanto estas m ues tras tem porales no sólo hacen posible
restaurar las obras –facilitando de paso su adecuada contemplación-, sino que dan lugar
a estudios individualizados o de conj unto que suelen aportar novedades a la
investigación. Son además un buen sistema pa ra poder ver reunidas obras habitualm ente
dispersas y para dar a conocer piezas desconocidas o de di fícil acceso (pensem os, por
ejemplo, en las p iezas procedentes de c onventos de clausura o de colecciones
particulares) 176 .
6. En este apartado incluimos una serie de publicaciones periódicas editadas por
centros e institu tos de estud ios locales y co marcales do nde frecuentem ente suelen
aparecer noticias artísticas, normalmente de carácter lo cal. Adem ás de las ya citadas en
las notas, pueden señalarse: El Ruejo (Daroca, C entro de Estudios Darocenses), Turiaso
(Tarazona, Centro de Estudios Turiasonenses), Boletín (Alcañiz, Centro de Estudios
Bajoaragoneses), Treserols (Boltaña, Centro de Es tudios del Sobrarbe), El Ribagorzano
(Graus, Centro de Estudios Ribagorzanos), Cuadernos (Monzón, Centro de Estudios de
Monzón y Cinca Medio), Somontano (Barbastro, Centro de Estudios del Somontano),
Ador (La Almunia, Centro de Estudios Almunienses), Cuadernos de Estudios
Caspolinos (Caspe, Grupo Cultural Caspolino (Caspe), Mas de las Matas (Mas de las
170 . CANELLAS L OPEZ, 1977 (sobre del mecenazgo artís tico del arz obispo Diego de E scolano en su
capilla de la parroquial de Longares); ÁLVAR O ZAMORA, 1981; RUBIO SEMPER, 1981; DEL
DIEGO IN VERNON y MOLINERO FRANCO, 1985; TO VAR, 1981; y LEÓN, LÓPEZ y V ELASCO,
1985.
171 . GONZÁLEZ HE RNÁNDEZ, 1967; RED ONDO VEINTEMILLA S, 1981 a; y REDO NDO
VEINTEMILLAS, 198 2.
172 . SEBASTIÁN, 1980; de este mismo autor, los “via jes icon ográficos” publi cados por entregas ent re
los años 199 0-1993 en la revista Xiloca del Centro de Est udios del Jiloca (Cal amocha ), referi dos a
diversas localidades del entorno: Singra, Sant a E ulalia del Campo, Torremocha, T orrelacárcel,
Villarquemado…, con información textual y gráfica sobr e pintura barroca del s. XVII, serie continu ada
por Jorge Seb astián; RINCON GARCÍA y ROM ERO SANTAMARÍA, 19 82; LATRE GO NZÁLEZ,
1984; PÉREZ HERNÁN DEZ, 1991; y FONTANA CALVO, 1992.
173 . PEREZ SANCHEZ, 1994 (sobre la utilización de gra bados para al gunas obras osce nses); JIMENO,
1998; JI MENO, 2000 ; y AZANZA LÓPEZ, 2003.
174 . GUTIÉRREZ PASTOR, 1986 b; y MATA, 1998 .
175 . Se omiten las referencias bibliográ ficas a obras conservada s en museos y colecciones. Sobre la
presencia de a rti stas y obras foráne os, rem itim os a lo expu esto sobre este particular en el apartado 2.3.7.
176 . Se enumeran aquí solam ente las exposici ones m ás relevant es celebradas en la región que i ncluyan en
su catálogo obras del peri odo: María en el a rte de la di ócesis de Zaragoz a (Zar agoz a, 19 88), Ma ría en el
arte de la ciud ad de Borj a (Borja, 1989) , Huesca: la recupe ración de un patrimonio (Huesca, 1991), El
Espejo de nuestra Historia . La di ócesis de Zarag oza a tr avés de los si glos (Zarago za, 1991), Signos. De
Forment a Last anosa (Huesca, 1994), El Pilar es la Columna. Historia de una devoción (Zaragoza,
1995), Lux Ripacurti ae (Graus, 1997), Lux Ripacurtiae IV (Gra us, 2000 ), María, fiel al Esp íritu. Su
iconograf ía en Aragón de l a Eda d Media al Barroc o (Zaragoza, 1998), Joyas de un patri moni o II
(Zaragoza, 1999 ), Arte para l a devoción. Pi ntura de l os siglos XV I al XI X en Ejea de lo s Caballeros (Ejea
de los Caballero s, 1999), Imagen de l a Reina Sant a. Sant a Isabel, Inf anta de Ara gón y Re ina de Portu gal
(Zaragoza, 1999 ), Zaragoza e n la époc a de Balt asar Graci án (Zaragoza, 2001), Joyas d e un Pat rimoni o
III (Zara goza, 2003).
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
52
Matas, Grupo de Estudios Masinos), Serrablo (Sabiñánigo, Asociación Am igos del
Serrablo) y Vía Lata (Almudévar, Asociación Cultural La Lonjeta).
7. En lo que a congresos y jornadas se refiere, lo más destacado para el tema que
nos ocupa fue la celebración del III Coloquio de Arte Aragonés (Huesca, 1983), cuya
sección I estuvo dedicada al arte barroco en Aragón 177 . En las actas correspondientes
figuran un buen número de estudios, todos el los ya citados, que supusieron en m uchos
casos el punto de arranque para nuevas in vestigaciones. En otra s ediciones de estos
mismos coloquios tam bién ha habido puntuales aportaciones de interés 178 .
Son también reseñables, aunque con un carácter local, los Encuentros de estudios
bilbilitanos ; cuyas ponencias-marco de arte abordar on, en las cuatro prim eras ediciones,
el estado de la investigación en los diversos p eriodos históricos y, en el último de los
casos, el estado de conservación del patrim onio artístico y las actuaciones en él
realizadas 179 ; en estos mismos encuentros se presentaron algunas co municaciones
interesantes referida s a obras pictóricas del s. XVII 180 .
Se han llevado a cabo también otro tipo de encuentros, enfocados hacia aspectos
metodológicos e instru mentales, a los que ca be hacer referencia. Es el caso de las
Jornadas de Metodología de la investi gación científica sobre fuentes aragonesas 181 .
2.2.2. Estado actual
Tesis de licenciatura y de doctorado leídas
Durante estos años se han presentado y defendido en la Facultad de Filosofía y
Letras de Zaragoza un buen núm ero de tesis -y memorias- de licenciatura y tesis de
doctorado que han abordado fundamentalment e el estudio histórico-artístico de
edificios, incluyendo la descripción de sus bienes muebles. En la mayoría de las
ocasiones estos trabajos se han publica do en forma de monografías o artículos de
revista, pero otros perm anecen inéditos.
De las tesis de licenciatur a leídas –y dejando aparte la s ya citadas en apartados
anteriores- cabe destacar por su interés (s e citan por orden cronol ógico de lectura):
- Estudio histórico-artístico de la iglesia parroquial de Longares (1979),
realizada por Alicia Ruiz Domingo y diri gida por el Dr. Gonzalo M. Borrás 182 .
- La iglesia parroquial de San Gil de Zaragoza (1983), realizada por Alfonso
García De Paso y dirigida por el Dr. Federico Torralba Soria no 183 .
- Estudio histórico-documental de la des aparecida iglesia de San Andrés Apóstol
de Zaragoza (1983), realizada por Ana Mª. Ca stañeda y dirigida por el Dr.
Gonzalo M. Borrás.
177 . ACTAS, 1985.
178 . Sirva como ejem plo: BORRÁS GUAL IS, 1978.
179 . BORRÁS GUALIS, 1982 b; BO RRAS GUALIS, 1989; MORTE GARCIA , 1992; y LACARRA
DUCAY, 1997.
180 . SANMIGUEL y PETRIZ, 1992 (contien e una escuet a referencia al retablo m ayor de la iglesia
bilbilitana de San Clemente y al lienzo p rincipal); CACHO NAVARR O, 1992; BARRIO MOYA, (en
prensa); y SANMI GUEL M ATEO, (e n prensa).
181 . Nos intere san especialment e las siguient es ponenci as: SALAS AUSÉN S, 1986; ALM ERÍA
GARCÍA, 1987; AN SÓN NAVARRO, 19 87; BUESA CON DE, 1991; PUEYO C OLOMINA, 1 993; y
ALONSO CRESPO , 1994.
182 . Un extracto en Cuadernos de Historia “Jerónimo Zurita” , nú m. 37-38 (1980). Zaragoza, IF C.
También en “ Nueva colección m onográfi ca”, núm. 28. Zaragoza, IFC , 1981.
183 . Publicada en la colección “Monumento s de Aragón” núm. 11 (1985) y en Seminari o de Arte
Aragonés núm. XXXIX (19 85), pp. 5-79.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
53
- Estudio histórico-artístico de la desaparecida iglesia de San Andrés Apóstol de
Zaragoza (1983), realizada por Mª. Pilar Garc ía y dirigida por el Dr. Gonzalo
M. Borrás 184 .
- La iglesia parroquial de Mosqueruela (1986), realizada por José F. Casabona y
dirigida por el Dr. Gonzalo M. Borrás.
- Estudio histórico-artístico de la iglesia de la Exaltación de la Santa C ruz de
Zaragoza (1986), realizada por Mª. José Garc ía-Rodeja y dirigida por el Dr.
Gonzalo M. Borrás.
Existen otras tesis de licenciatura que, aunque no se refieran directamente a bienes
muebles, pueden resultar interesantes por aportar una información comp lementaria:
- El Itinerario del Reino de Aragón de J uan B. Lavanha. Edición crítica y estudio
(1984), realizada por Antonio Paulo Ubie to y dirigida por el Dr. José A.
Armillas.
- Cronología y localización de la ar quitectura conventual. Zaragoza
desaparecida. Aporte documental al est udio de la arquitect ura desaparecida en
Zaragoza (1985), realizada por Rosa Mª. Germ án y dirigida por el Dr. G onzalo
M. Borrás.
Y aunque escapa al ámbito aragonés:
- Primera aproximación al estudio de la pintura de Lucas Jordán en las
colecciones españolas: estado de la cuestión de la investigación y nuevas
aportaciones documentales de los archivos madrileños (1998), memoria de
licenciatura realizada por Miguel H ermoso Cuesta y dir igida por la Dra. M ª.
Isabel Álvaro 185 .
Entre las tesis doctorales cabe reseñar:
- Las artes en Soria durante el siglo XVII. Estudio documental y artístico (1987),
realizada por Mª. Ángeles Manrique y dirigida por el Dr. Gonzalo M. Borrás.
- La pintura durante el siglo XVII en Huesca (1992), realizada por Mª. José
Pallarés y dirigida por el Dr. Ángel Azpeitia 186 .
- El libro zaragozano en la primera m itad del siglo XVII, según fuentes
notariales “in situ” (1994), realizada por Mª. Esperanza Velasco de la Peña y
dirigida por el Dr . Ángel San Vicente 187 .
- Arquitectura religiosa en la ciudad de Huesca durante el siglo XVII (1997),
realizada por Mª. Celia Fontana y diri gida por el Dr. Gonzalo M. Borrás 188 .
- Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura. Estudio y edición
crítica (2003), realizada por Mª. Elena Manrique Ara y dirigida por el Dr.
Gonzalo M. Borrás Gualis.
184 . Esta tesis y la anterior se pu blicaron de forma conj unta en Seminario de Arte Arag onés núm . XX XIX
(1985), pp. 117 -228.
185 . HERMOSO CUESTA, 2002 .
186 . PALLARÉS FERRER, 2001.
187 . VELASCO DE LA PEÑA, 1998.
188 . Un re sume n de la m i sma en Artigrama , núm. 12 (1996-1997) , pp. 721-726. Una parte de esta tesis, la
dedicada a los conventos fem eninos, ha sido p ublica da en form a de mono grafía: FO NTANA CA LVO,
1998.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
54
Trabajos de investigación en curso
Actualmente están en m archa en el Depa rtamento de Historia del Arte de la
Universidad de Zaragoza las siguientes tesi s doctorales relaciona das con el tem a que
nos ocupa:
- José Mª. Carreras: El retablo en la antigua comuni dad de Daroca en los siglos
XVII-XVIII (dir. Ernesto Arte Oliva).
- Javier Costa: El retablo barroco en Hue sca (dir. Ernesto Arce Oliva).
- Miguel Hermoso Cuesta: La pintura de Lucas Jordán en las colecciones
españolas (dir. Mª. Isabe l Álvaro Zamora).
- Carmen Abad Zardo ya: El espacio doméstico en la Edad Moderna:
distribución, amueblamiento y ajuar en la arquitectura privada aragonesa
entre los siglos XVI y XVIII (dir. Mª. Isabel Álv aro Zam ora).
2.2.3. Prospectiva y metodología
Según nuestra opinión, resulta prioritario a bordar el estudio de las personalidades
artísticas, revisando todo lo anterior –y de modo esp ecial las atribuciones- y
actualizando los datos con las aportaciones documentales o de otro tipo que se hayan
producido, con vistas a elaborar los catálogos razonados de l mayor número posible de
pintores.
Con este objetivo fundamental, el plan de actuación que se propone para la
investigación f utura pasaría por las siguien tes fases, cu ya consecu ción perm itirá
aproximarnos a la idea d e “historia total”:
I. Tareas previas (trabajos instrum entales y colectivos):
- completar lo s inventario s, revisar los ya re alizados, inform atizarlos y
hacerlos consultables.
- campañas de exhum ación y tras cripción de documentos que
contengan noticias artísticas.
- campañas sistem áticas de fotografiado con vistas a form ar un
exhaustivo archivo de imágenes.
II. Fijación de personali dades artísticas:
- trabajos de campo y estudios de carácter form alista.
- búsqueda de información docum ental que permita contrastar las
informaciones que la obra nos da.
- realización de catálogos razonados de artistas y establecimiento de
filiaciones artís ticas, grupos, escuelas…
III. Trabajos transve rsales:
- sobre coleccionismo y gusto artístic o: colecciones particulares, obras
en anticuarios, obras disper sas, inventarios de bienes…
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
55
- sobre la movilidad de obras y de artistas : pintura y pintores
aragoneses fuera de Aragón, presencia de artistas y obras foráneos en
Aragón e influencias que se derivan de ambos fenóm enos.
- sobre el funcionamiento de los talleres y m odos de trabajo.
- sobre la transmisión de modelo s y utilización de estam pas.
- sobre promoción y m ecenazgo.
- sobre la relación con otras artes (música, teatro...).
- sobre la consideración d el arte y de los artistas.
- estudios iconográficos: ciclos religiosos, pi ntura profana, fondos
pictóricos, géneros…
- estudios basados en fuentes gráficas y literarias.
2.3. Panorama de la pintura barroca en Aragón
Es un hecho comúnm ente aceptado que la pi ntura aragonesa del seiscien tos
quedó en gran medida eclipsada por la bri llantez de otr as esc u elas peninsulares 189 , lo
que ha producido un desdén historiográfico y un olvido del que toda vía se resiente, lo
que a su vez ha provocado, en un nefasto cí rculo vicioso, su de sconocimiento y escasa
valoración. No obstante, como ya hemos vist o en el apartado anterior, en las últimas
décadas se han venido produciendo algunos avan ces investigadores que lentam ente van
modificando ese estado de cosas y nos permiten trazar, siquiera de form a orientativa, un
panorama de la pintura barroca en Ara gón. Para ello, nos hem os servido de las
aportaciones recientes –fundamentalme nte de las de carácter docum ental 190 -, y sobre
todo de los datos y observaciones que nosot ros mismos hemos podido recabar de forma
directa durante el trab ajo de cam po, de tal forma que muchas de las inf ormaciones que
aquí se dan, así como su sistem atización, interp retación y análisis, c onstituyen de por sí
una aportación inédita a ese panorama. Conf rontar esta com pleja realidad con los
estudios existentes sobre el tema produce, sin em bargo, la impresión de que todavía
queda mucho por hacer, de que hay muchos aspectos por revisar y de que nuestro s
conocimientos actuales apenas nos perm iten aproximaciones m ás o menos consistentes
a la cuestión. Hacie ndo uso de la retórica literaria de la época, podríamos decir que el
retrato de la pintura barroca aragonesa es tá ap enas esbozado, medi ante gruesos trazos,
en su contorno o silueta, faltándole todavía muchos detalles y m atices que le aporten
definición.
En las líneas que siguen nos proponemos avanzar algunas inform aciones e
hipótesis de trabajo que han de ser contrast adas con otras fuentes y deberían conducir, a
medio o largo plazo (en f unción de la disponi bilidad investigadora, tanto personal como
material), a una historia general de la pint u ra barroca aragonesa que, hoy en día, s e nos
antoja imposible y, dada su m agnitud, in abarcable desde la acción individual.
189 . Centrándonos en la se gunda m itad del siglo, a ni vel nacional destaca sobre el resto la escuela
madrileña, encabezada por artistas com o Francisco Rizi, J uan Carreño de Miranda, Francisco de Herrera
el Mozo , Franc isco Cami lo o Claudio C oello, y secundada po r los de nominados “m aestros m enores” (J osé
Moreno, F ranci sco Ignacio Ruiz de la Igles ia, Pedr o Ruiz G onzález, Alonso del Arco, Francisc o Solí s,
Joé Antolínez, José Jim én ez Donoso, Sebastián Muñoz, Mateo Cere zo, Juan Martín Ca bezalero, Isidoro
Arredond o, Aciscl o Antoni o Palom ino…). Del rest o de escuelas provi nciales, únicamente la sevillana
consiguió co mpetir con ella, no tanto cu antitativa mente como por la calidad de dos de sus artistas,
Bartolomé Esteban Murillo y Juan Valdés Leal, y en me n or medida la granadin a, gracias a la estela de
Alonso Cano.
190 . Vid . nota 140 y lo dicho en el apartad o 2.2.1. sobr e “fuentes documentales, gráficas y literarias”.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
56
Para su mejor sistem atización y compre nsión, hem os dividido este apartado en
los siguientes temas: definición y lím ites cr onológicos, el problema de la “escuela
aragonesa”, el desarrollo de la actividad pr ofesional y el estatus de los artistas, la
clientela, los géneros y la tem ática, las tres generaciones de pintores, la presencia de
artistas y obras foráneos, valoración cuantita tiva-cualitativa y dist ribución geográfica, y
las fuentes gráficas y literarias.
2.3.1. Definición y límites cronológicos
No es fácil determinar con rigor el cont enido de la expresión “pintura barroca
aragonesa”, ni siquiera el de la aparentemente más concreta y acotada “pintura barroca
en Aragón”. Aquélla, por la que nosotros nos inclinamos, plante a algunos problemas
que incumben tanto a la espinosa cuestión de la existencia de una “escuela aragonesa”
de pintura –tema al que dedicam os un aparta do específico- com o al ámbito pu ramente
metodológico, pues dada su am plitud acogería elementos tan heterogéneos com o:
- Obras realizadas por artistas aragones es (léase naturales de Aragón), aunque
aquéllas se encuentren fuera de los límites regionales o éstos no ejerzan su
actividad dentro d e dichos límites. Un caso extremo que puede ayudar a
comprender la su tileza de la cuestión es el pintor Jusepe L eonardo Chavacier
(1601-1656), nacido en Calatayud pero que, hasta donde sabemos, trabajó
exclusivamente en Madrid y lo hizo bajo presupuestos estilísticos m uy
personales.
- Obras realizadas para Aragón por arti stas foráneos, independientem ente del
lugar donde esas obras se conserven en la actualidad. Un ejemplo que nos
interesa especialm ente, pues incumbe de lleno a nuestra inves tigación, es el de
la presencia -nada desdeñable como vere m os- en nuestra región de pintores y
pinturas de origen madrileño, cuyo influjo en los naturales hubo de ser bastante
determinante para el rumbo que tomó la pintu ra local en la s últimas décadas del
s. XVII y las primeras del siguiente.
- Obras conservadas en Aragón, sea cual sea su procedencia. Nos encontram os
aquí con la cuestión que plantean los museos y colecciones, cuyos fondos han
sido producto –casi siempre en momentos posteriores al periodo estudiado- de
un cúmulo heterogéneo de adquisiciones, depósitos, legados o m ovimientos de
obras con frecuencia arbitrarios o azarosos.
Vista la casuística, nos resulta comp licado considera r bajo el concepto “pintura
barroca aragonesa” a artistas com o Jusepe Leonardo , cuya incidencia en el desarrollo
del arte en esta región fue más bien escaso o nulo, y difícilmente podem os aceptar como
objeto de estudio, por ejemplo, muchos de los depósitos del Museo del Prado que se
encuentran dispersos por la geografía ar agonesa. Sin embargo, no nos cabe ninguna
duda de que entran de lleno en la definición todos aquellos pintores y obras que, en su
momento, tuvieron relación co n Aragón y, con su presenci a, ejercieron alguna
influencia en el devenir del arte local, aunque somos conscientes de que los lím ites de
este territorio conceptual han de ser forzosam ente flexibles.
Desde el punto de vista cronológico las cosas parecen un po co más claras, pues
el lapso tem poral abarcaría desde la superación del m anierismo tardío y los inicios d el
naturalismo (fenóm enos que en Aragón se dan, con cierto retraso, durante el primer
tercio del s. XVII) hasta la superac ión del plen o barroco y la llegada de la pintura
rococó y académica representada magníficam ente en nuestra región por José Luzán
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
57
Martínez, cambio éste que comienza a producirse en el segundo tercio d el s. XVIII. No
obstante, durante esos más de cien años de vigencia del barroco se observan en la
pintura aragonesa notables alte raciones que, salvo por alguna s singularidades, se sitúan
en la línea evolutiva que sigue la pintura del resto de España.
2.3.2. El problema de la “escuela aragonesa”
Relacionado con el problema term inol ógico y metodológico que planteábamos
antes está el de la existe ncia, durante el periodo establecido, de una “escuela aragonesa
de pintura”, cuestión no menos ardua que af ecta al planteamiento m ismo del concep to
“escuela”, tema sobre el que volveremos en distintas partes de este trabajo. Tanto si
aceptamos el térm ino “escuela” en el sentido de comunión de rasgos estilísticos en tre un
grupo de artistas y obras, como si lo h acemos argum entando la presencia en ellos de
características que denoten un cierto cará cter o personalidad, pensamos que en el
Aragón barroco no puede hablarse en puridad de una escuela de pintura, aunque no por
ello dejen de apreciarse ciertas ma neras o tendencias que en ningún caso nos
atreveríamos a relacionar –com o algunos au tores han hecho en el pasado- con los
habituales tópicos asociados al ser aragonés. Así, se observa entre los pintores locales
del s. XVII una inclinación general hacia el na turalism o de corte tenebrista que prolonga
este tipo de pintura hasta bien avanzada la segunda mitad de la centuria, convirtiéndose
así en pervivencia retardataria que pudo obs taculizar una m ás temprana aceptació n del
pleno barroco; el claroscuro acentu ado, el m odelado duro y la pincelada apretada, los
tonos apagados, el predominio del dibujo sobre el color, una cierta rigidez en
composiciones sim étricas y poco dinámicas y un punto de comp lacencia en el detalle
ornamental, son características que encontram o s en un alto porcenta je de obras. Por el
contrario, conforme nos acercamos al final del siglo y lo s obrepasamos, nos hallamos
ante un panorama bien distinto: pinturas de ilum inación clara y tonos vivos, pincelada
suelta y vibrante, figuras de perfiles difuso s, apuesta decidida por el color sobre el
dibujo, y de la expresión sobr e la representación, compos iciones dinámicas que huyen
de la simetría y una cierta sensació n general de caos orga nizado; esta form a de hacer,
común a una serie de pintores lo cales –t odavía poco estudiados- que trabajan en
formatos grandes, podría considerarse una de rivación personal de la pintura del pleno
barroco, incluso como un amaneramiento de sus presupuestos artí sticos, fenóm eno que
podría dar pie, cuando la i nvestigación sobre estos autore s y obras se encuentre más
avanzada, a su consideración como una verdad era escuela regional, en la que la “veta
brava” formulada por Elías Torm o y Enrique Lafuente adquiriría todo su sentido.
En cualquier caso y centrándonos en el s. XVII, las opciones y propuestas
particulares de los artífices lo cales p arecen diluirse ante la presencia de o bras y artistas
foráneos que condicionan y determinan la evol ución general de la pintura aragonesa del
seiscientos 191 . Es como si ésta se hubiera contagiado del fenómeno de
despersonalización que afectó a otros ámbitos de la vida (y sobre tod o al político),
debido a la presión centralizador a de los Austrias, hasta tal punto que durante el reina do
de Carlos II la influencia mutua entre los territorios de la Corona de Aragón, que tan
buenos frutos había dado en los siglos an teriores, se disuelve ante el mayor
protagonismo que adquieren especialmente los artistas y las obras de la escuela
madrileña, de m odo similar a lo que había oc urrido durante los dos reinados anteriores,
en los que la pintura aragonesa se había some tido de buen grado al in flujo inicial de la
191 . El mism o fenóm eno se observa e n Navarr a, donde a la i nfluenci a aragonesa del bajo Renacim iento le
sucede du rante los si glos X VII-XVIII el pri mado de la pint ura proce dente de la C orte (ECHEVERR ÍA
GOÑI y FER NÁN DEZ GRA CIA, 19 88, p. 87).
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
58
pintura valenciana y riberesco-napolitana y a la posterior ascendencia de la pintura
clasicista ita liana.
2.3.3. El desarrollo de la actividad profes ional y el estatus de los artistas
En el s. XVII trabajaron en Aragón un número muy elevado de artistas que
surgieron como respuesta l ógica a la fuerte dem anda de obras, especialmente de
temática re ligiosa. Es por ello que la com pet encia debió de ser dura, tanto en el m ercado
“doméstico”, con un bajo nivel de exigencia, como en los encargos de mayor entidad,
acaparados por artistas o talleres de renom bre e inaccesibles para muchos artistas
profesionales, que tenían que conformarse c on ejercer dignam ente su oficio y buscar la
supervivencia con la colaboración esporádica com o pintores de taller, o mediante la
realización de otros trabajos menos “artísticos” vinculados a su actividad propia: pintura
decorativa, cielos rasos, m otivos heráldic os, ornam entación de carruajes, policromía de
imágenes y retab los, aderezo y rest auración de obras ajenas, decorados y otras obras
efímeras, etc.
Por otro lado, los artistas de la épo ca desarrollaban su queh acer en un marco de
acción muy lim itado, pues estaban sometidos a la acción grem ial (al menos durante los
primeros tercios del siglo), a la volunt ad del encargante, que im ponía los temas e
incluso la forma de abordarlos (b ien directamente o a través de mentores), al decoro y la
moral públicos, y por supuesto a la censura de la Iglesi a, que de acuerdo con los
preceptos em anados del concilio de Trento anteponía la finalidad doctrinal-pedagógica
y la defensa de la fe al valor puramente ar tístico de las obras. Se com prenderá por ello
que los artistas buscaran su desahogo creativo en los aspectos puramente pictóricos y
estilísticos, o a través de ci ertas licencias en detalles secundarios o anecdóticos
(bodegones integrados, fondos de paisaje, decorados arquitectónicos…), pues todo lo
demás les venía im puesto, fenómeno que afecta de lleno a la pintura religiosa, la m ás
abundante, y en muy inferior medi da a la de carácter profano.
La actividad gremial en la pintura fue, no obstante, inferior a la de otras
manifestaciones artísticas, y en el caso de Zaragoza finalizó de forma brusca y precoz
en 1666, año en que se produce la ruptura de la cofradía de San Lucas, que hasta
entonces agrupaba a pintores y doradores 192 , de la que se separaron los prim eros, que
pasaron a autodenominarse “profesores de pi nt ura” y a ejercer por libre –fenómeno sin
precedentes en España- su actividad profesi onal. Esta escisión se produjo no tanto po r
los frecuentes problemas de com petencia e intrusismo profesional existentes entre los
dos oficios como por los deseos de los pintores de superar el caráct er se rvil y artesa nal
de su trabajo y conseguir para la pintura la consideración de “arte lib eral”; aspiraciones
que, sin duda, debieron de ser alimentadas por los num erosos contacto s con Italia de los
que se tiene constancia, y tuvieron el reconoc imiento oficial en las Cortes de Aragón de
1677-1678 193 .
En Huesca no debió de existir un gremio de pintores durante el s. XVII, si bien
algunos estuvieron inscritos en la cofradía de San José y Santa Ana, que agrupaba a los
fusteros, mazoneros, obreros de villa, cu beros y torneros; algo similar sucedió en
Calatayud, donde la cofradía de San José, funda da en 1625 y con sede en la colegiata de
192 . La cofra día de pintores – de la q ue form aban part e los “ pintores de oro” o doradores -, puest a bajo la
advocación de San L ucas Evangelista, existía al m enos desde com ienzos del s. XVI y tenía su se de en la
iglesia del c onvento de San F rancisco (ANSÓN NAVARR O, 1993, p. 29- 30).
193 . Sobre el m emorial presentado p or los pi ntores a los cu atro braz os que com ponía n las Cortes para
conseguir ese reconocimiento y la t rascendencia de éste , rem itimos a: ANSÓN N AVARRO, 1993, pp .
33-38; y MAN RIQUE ARA, 19 98.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
59
Santa María, agrupaba a la mayoría de los artistas 194 . No fueron ajenos los pintores
oscenses a los progresos que se estaban pr oduciendo en otros lugares de España acerca
del reconocimiento de la noble za e ingenuidad de la pintura, como se evidenció en
algunos pleitos recientemente docum entados 195 . En cualquier caso, ni en Zaragoza ni en
Huesca se han localizado, hasta la fecha, exám enes para acceder al rango de m aestro
pintor, ni noticias sobre concursos públicos de obras pictóricas, aunque sí existe
documentación de contratos de afirm amiento o aprendizaje. Gracias a éstos s abemos
que la estancia en e l taller, que se inicia b a entre los doce y los dieciséis años, podía
durar entre uno y seis (tres era lo más frecuen te) y así se pasaba a oficial (m ancebo) y,
en su caso, al ejercicio de la profesión como maestro pintor.
En ese proceso de dignificación y ennobl ecimiento de la pintura resultaron
determinantes los se rvicios prestados por ésta en defensa de la fe católica, qu e la
encumbraron al puesto de honor entre las artes plásticas 196 . Estos reconocimientos, sin
embargo, apenas repercutieron de f orma tangibl e en el estatus soci al de los pintores.
Sabemos que algunos perten ecieron a la baja nobleza, e incluso hubo algún diletante
entre la aristocra cia ( v.gr. el propio Juan José de Aust ria), pero m uy pocos se vieron
reconocidos o laureados con otros títulos, que además solían ser honoríficos o estaban
mal pagados. La com pensación habitual por el trabajo era pues la remuneración (en
función de la categoría del ar tista y de la entidad del enca rgo) y, en el mejor de los
casos, la obtención de nuevos contratos.
La liberación del corsé normativo y del sesgo artesanal del gremio tuvo, sin
embargo, repercusiones en el aspecto contra ctual y burocrático, pues se observa cómo,
de forma progresiva, desaparecen las capitulacio nes en los protocolos notariales, lo que
indica que los pintores comenzaron a contratar directamente, bien de palabra o m ediante
documentos privados. E ste fenómeno, unido al de las subcontratas, hechas tam bién de
forma particular por los escultores para las pinturas de los retablos, dificulta
considerablem ente la investig ación, pues nos priva, entre otras informaciones, de las
circunstancias precisas del encargo y de los programas iconográficos y sus m entores 197 .
En cuanto a la formación, en Aragón hay que esperar al s. XVIII para la
aparición de las primeras academ ias orientad as a la enseñanza de la pro fesión, aunque
hubo algún intento en la centuria anterior; po r tanto, los jóvenes ap rendices adquirían su
oficio de acuerdo con la tradición gremial y, desaparecida ésta, si guieron haciéndolo en
los talleres de los maestros, que funcionaron de fac to como academias, aunque en ellos
se utilizara un sistema pedagógico más intuitivo y empírico qu e organizado y
normalizado. Por tanto, con o sin grem io, la ba se del aprendizaje de la pintura seguía
siendo la relación entre maestros y discípulos , lo que im plicaba la perpetuación en éstos
del estilo, la “manera” y el talante de aquél.
194 . RUBIO SE MPER, 1980.
195 . PALLA RÉS FERRER, 2002, pp. 10 0-102.
196 . En la transformación de art esanos a artistas, la pi ntura precede a la escultura, pues durante el s. XVII
la actividad del escultor y otros gr emios afines ( carpintero s, ensam bladores, ental ladores o mazoneros …)
no se consideró en Ara gón sustancialmente distinta de cualquier otra ac tividad manual , y permaneció
sujeta al control gremial.
197 . Esta mi sma situació n se da en m uchos ot ros lugares de la Pe nínsula, por lo que estam os ante un
fenómeno ge neralizado. En oc asiones, en l os protocolos apa rece sólo la mi nuta o bastarde lo y, en otras, se
obvian las fó rmulas notari ales al uso. En m uchos otros casos los protocol os se han perdid o o están en
pésim as condiciones . En el mejor de los casos, se han cons ervado y han sido or denados y clasificados ,
pero la tarea de su vaciado sistemático conlleva es fue rzos y tiempo ím probos, a veces inas umibles por el
investiga dor indi vidual.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
60
En la pintura existió, en general, una menor endogam ia que en la escultura,
aunque se dan algunos casos de parentesco entre artistas ( v.gr. Agustín Jalón y Felices
de Cáceres, Francisco Xim énez Maza y Pedr o Aybar Ximénez, o Barto lomé Vicente y
Asensio Eleicegui) y d e talleres u obradores fam iliares ( v.gr. los Jalón en Huesca-Jaca o
los Florén en la comunidad de Calatayud) que acaparaban los pe queños encargos en su
área de influencia. Tam bién se dieron no pocos casos de relación fam iliar entre pinto res,
doradores y escu ltores ( v.gr. los Jalón y los Ruesta, los Za balo y los Salado, el pintor
Juan García de la Cueva y el dorador Ambr osio del Plano, etc.), fenómenos todos ellos
que habitualmente tuvieron repercusiones ar tísticas (colaboracion es profesionales,
recomendaciones, traspaso de clientes…). En otras ocasi one s -y a sin vinculación de
sangre- los artistas más aventajados o estim ados se organizaban en talleres que daban
trabajo a otros artífices o se asociaban con terceros para obras de cierta entidad
mediante contratos de sociedad o com pañ ía, aunque de todo ello no haya quedado
excesivo rastro documental.
Si bien no existen estudios sobre los desplazam ientos de los artistas, parece que
éstos no viajaban con las obras, salvo en ocasiones excepcionales o por motivos de
publicidad. Los traslados, en cualquier caso, serían penos os y, desde luego, peligrosos
para la integridad de la s pint uras, que solían ir enrolladas 198 . Los trabajos hechos a
distancia contaban con m edidas predetermina das, lo que en el caso de los retablos
originaba con frecuencia problem as de ajus te y exigía recortes o dobleces en el
perímetro de las telas, lo que a su vez pr ovoca la ocultación de al gunas inscripciones (el
caso de Berdusán puede resultar, en este sentido, paradigmático).
Para los encargos im portantes podía re querirse la pre sencia de “visores” o
peritos que mediaban en los conflictos y dict am inaban sobre la corrección técnica, la
adaptación de la obra al encargo y los posibles incumplim ientos del contrato. Estas
labores recaían, como es lógico, en artistas de prestigio, o bien en personas de confianza
de alguna de las partes.
Asunto de especial interés es el del ta lante artístico, concepto de difíc il
definición que incumbe al m odo de afrontar la actividad pictórica. Según este criterio,
encontramos por un lado el prototipo represen tado por artistas como Jusepe Martínez,
de sólida formación y amplia cultura libresc a, en cuyo aprendizaje artístico resulta
determinante el viaje fuera de España (nor m almente a Italia), bien relacionado co n los
círculos eruditos y aristocráticos, laur eado y premiado con honores, acaparador de
grandes encargos y tan preocupado por la prax is artística como por la reflexión teórica
acerca del arte y de los artistas. En el extremo opuesto estaría el pinto r artesano 199 ,
proletario o “practicón” de la pintura que la ejerce con la preparación mínima que su
maestro y sus dotes personales le proporcionan, que diversifica su ac tividad para lograr
la supervivencia, trabaja de m anera utilita ria y mecánica para satisfacer las dem andas de
una clientela poco exigente y se muestra ind iferente a lo s grandes debates sobre la
nobleza de la pintura y el carácter liberal de la profesión. Entre ambos polos, un amplio
abanico de modelos –tantos como pintores- que , por lo general, suelen derivar hacia la
segunda opción.
2.3.4. La clientela
198 . En este senti do, se han po dido docum entar al gunos casos de det erioro que provoca ron plei tos entre el
artista y sus clientes. Véa se, a m odo de ejem plo: PALLAR ÉS FERRER, 2 001, pp. 1 51-153 y 3 57-361
(doc. 24 4).
199 . Un bue n ejem plo de esta t ipología e n: MANR IQUE AR A, 2000 b.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
61
La influencia de la mentalidad contrarre f ormista y el ambien te de religiosidad y
devoción populares convirtieron a la Iglesia en el principal receptor de la pintura que se
hizo en Aragón durante el s. XVII, en algunos casos mediante encargos propios (clero
secular y regular, obispos, cabildos…) y en muchos otros com o beneficiaria de
iniciativas ajenas (parti culares, concejos…). A me dio camino de unos y otras
encontramos tam bién a religiosos qu e actúan en realidad como com itentes y mecenas a
título indivi dual, o a instituciones o entidades semirreligiosas com o las cofradías o
hermandades de los grem ios, cuya labor en este terreno no es nada despreciable.
Entre los particulares laicos, la n obleza destaca po r encim a de los demás
estamentos en su labor de patrocinio, dest inando im portantes sumas a sus residencias –
urbanas y rurales- y, por supuesto, a la cons trucción y dotación de capillas de patronato
en edificios religiosos. En uno y otro caso, la pintura se convierte en un signo distintivo
de clase, y el mecenazg o en una manifest ación externa casi obligada d el poder y del
estatus; las fundaciones, lega dos píos y m andas testam entarias eran p ues, al mismo
tiempo, un seguro para el m ás allá y una forma de ostentación y reconocimiento en la
vida terrena. La baja n obleza -y sobre t odo la de nuevo cuño- reprodujo este m ismo
comportamiento, tal vez buscando de esta form a los méritos necesarios p ara ascender al
siguiente escalafón, del mismo modo que lo hicieron algunos –pocos- integrantes de la
burguesía acomodada ávidos de t ítu los, si bien esta clase no destacó especialmente por
su demanda de obras debido a los bajos niveles de renta, lo que sin duda repercutió en el
escaso desarrollo de ciertos géneros y asuntos. Por lo que se refier e al estado llano,
carecemos todavía de estudios específicos pa ra conocer la cu antía y peculiaridad de su
consumo de pintura, aunque en los testam entos, capitulaciones m atrimoniales y
relaciones de bien es no suelen faltar las alusiones a “quadros” y “lám inas”. Podemos
suponer que, dada la abundancia de pintura barroca que ha llegado hasta nosotros, el
encargo de obras debió de estar muy generali zado, lo que convierte a la calidad –y tal
vez también la tem ática- en la única variab le que permite m arcar las diferencias.
En el seiscientos aragonés las pin tur as responden casi si empre a un encargo
previo, y ello im plica la imposición al ar tista de los a suntos a representar, bien
directamente por el cliente, o bien por un m entor, quien suele in tervenir cu ando se
abordan iconografías complejas. El pintor es el encargado de traducir en imágenes los
conceptos verbales, con un margen de actuación inversam ente proporcional a la
concreción del programa. No obstante y ex ceptuando algunas órdenes religiosas como
los jesuitas, que cuidaban especialmente esto s temas, el nivel de exigencia no fue muy
alto, lo que sin duda incidió en el nivel de calidad de las obras. Un claro ejemplo lo
tenemos en los exvotos pictóricos, en los que la función particul ar de la obra como
acción de gracias se antepone, en la m ayoría de los casos, a su valor artístico.
2.3.5. Los géneros y la temática
Si tomamos com o referencia las listas de cuadros que aparecen en testam entos,
capitulacion es matrim oniales, inven tarios y relaciones de bienes, aproximadamente un
sesenta por ciento son de te mática religiosa, porcentaje que se eleva al noventa por
ciento si hablamos de la obra conservada –y conocida-, aunque esta últim a cifra está
condicionada por la mayor dispersión y pé rdida de la pintura profana y por el
desconocimiento del coleccionism o privado, que históricamente se ha convertido en su
destino principal.
En cuanto a la pintura religiosa, las abundantes canonizaciones abrieron un
amplio campo de posibilidades para los progr amas o series históricas, muy apropiadas
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
62
por otra parte para cubrir las necesidades ornamentales y tam bién didascálicas de las
fundaciones religiosas recién creadas. Los nuevos santos ge neraron nuevas iconografías,
que en ocasiones no son sino adaptación de la s anteriores, a veces de form a forzada o
incluso equivocada. La pintura de visiones, que por su abundancia y peculiaridad podría
ser considerado un subgénero dentro del relig ios o, intenta ser la traducción plástica del
fenómeno m ístico, que también generó un notable corpus litera rio y gr áfico del que
pintores y mentores hicieron frecuente uso. La representaci ón pictórica re sultab a idónea
para la comprensión de la experiencia v isi onaria, en la que la imagen desem peñaba un
papel fundamental, con el valor añadido de involucrar al espectador, m ediante un
lenguaje perfectamente codificado (ges tos , actitudes, objetos, formas de
composición...), com o testigo de l acontecimiento taum atúrgico.
En la pintura profana se aprecia una incl inación especial por las obras italianas y
flamencas, con los sig uientes asuntos (por orden de importancia): paisaje, retrato,
bodegón, mitología, postrimerías, escenas cotid ianas y pintura de hi storia; las escenas
de caza, las fábulas y la cartografía apenas es tán representad as. No obstante, es preciso
matizar la división entre pintura religiosa y profana, pues en ocasiones encontramos
elementos insertados en la pintura reli giosa que corresponden a géneros profanos
(bodegones, paisajes, arquitectur as, retratos, escenas cotidi anas…) y, al contrario, hay
pinturas de tema aparentem ente profano que encierran un claro simbolismo religioso 200 .
Consideración aparte merece la pintura de arquitecturas efímeras, levantadas con
motivo de celebraciones callejeras 201 de variado carácter (re ligioso, profano o m ixto).
El “arte de las tramoyas” o “arte para el caso” constituyó una de las m anifestaciones
más originales del barroco español y cont ribuyó notablemente a la difusión pública de
una cultura visual de base literaria basada fundamentalmente en la em blemática
(representada por autores com o Andrea Alci ato, Cesare Ripa, Paolo Giovio, Juan de
Horozco, Sebastián de Covarrubias, Diego de Saavedra Fajardo, Juan de Borja, etc.) y
materializad a en forma de alegorías, jerogl íficos, emblem as y empresas, elementos cuya
presencia fuera de este ámbito fue, hasta donde sabemos, bastante escaso 202 . Las
arquitecturas efím eras más importantes se erigían en conmemoración de los nacim ientos
de los príncipes o de las ceremonias de rece pción y coronación de los reyes (arcos de
triunfo), con motivo de fiestas religi osas (m onumentos de Semana Santa y Corpus
Christi , canonizaciones, recepción de reliquias , colocación de primeras pied ras y
bendiciones de tem plos etc.) y en las honras f únebres de los m iembros de la familia real
(los “capelardentes” que custodiab an el cenotafio), com o ocurrió en Zaragoza tras los
óbitos de Felipe III (1621), Isabel de Borbón (16 44), Baltasar Carlos (1646), Felipe IV
(1665), Mª. Luisa de Borbón (1689), Mariana de Austria (1696) y Carlos II (1700) 203 .
Para la definición de los programas se convoc aban concursos en los que rivalizaban la
Universidad y las distintas congregaciones re ligiosas, y en particular los jesuitas,
quienes a partir de Felipe IV monopolizaron la dirección intele ctual y poética de los
adornos de las exequias 204 . Si bien eran las ciudades má s importantes las que com petían
200 . Esta “cont aminación” de los géne ros es propia de la pint ura españ ola, cuyo sup uesto realism o,
entendido exclusivam ente como aproxim aci ón a lo cotidiano, rara vez se da.
201 . Vid. ESTEBAN LORENTE, 1973, pp. 35. Una visión más completa e interd isciplinar sobre este tema
puede ve rse en: VV .AA., 19 95 a.
202 . Según el profesor J uan Francisc o Esteban (ESTEBAN LORE NTE, 2000), “ encon trar jero glíficos,
empresas o em blemas en el arte monumenta l es bastante extraño ; sin embargo, fu eron muy abundantes
en el arte pri vado y en el de la fie sta durante el Renacimiento y el Barr oco español, aunque estos
ejemplos ha yan desa parecido …” (p. 143 ).
203 . Sobre las exequias reales de la Casa de Aust ria y sus programas iconográficos, vid .: ALLO
MANERO, 1992 y 1994.
204 . ESTEBAN LORENTE, 2000, p. 146.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
63
para dotar a sus construcciones efímeras de una m ayor aparatosidad y riqueza, el signo
de los tiempos obligó a ciertas restricciones y medidas de contención ( v.g r. la
eliminación de arquitecturas, la reutilización de elem entos o la repetición de trazas), del
mismo modo que en la dotación de las iglesias se aprecia la utilización creciente de
retablos fingidos –de los que luego se hablará- como alternativa m enos gravosa al
retablo convencional, o en otras manifestacione s artísticas s e apuesta por la vistosidad
utilitaria y la suntuosida d aparente en detrimento del valo r ( v.gr. la genera lizaci ón de
orfebrería de baja ley, los estucos polícro mos de frontales y zócalos que im itan las
taraceas de piedras duras, las efectis tas decora ciones en yeso tallado dis puestas en las
embocaduras de las capillas, el uso de la cúpula encamonada…) 205 . El carácter
provisional de esas construc ciones hizo que los únicos tes timonios de su existencia
fueran precisamente los im presos editados para la ocasión, que contenían el desarrollo
de los festejos, los panegíricos y loas, las oraciones fúnebres, las descripciones de los
monumentos erigidos y sus adornos poéticos y, en algunos casos, grabados con su traza
o planta 206 . La pintura para elementos efím eros hubo de dar trabajo a no pocos artistas,
muchos de ellos en calidad de pintores-deco radores y los m enos como supervisores del
trabajo y autores de las partes principales. Como circunstancia curiosa, la primera obra
de Vicente Berdusán de la que se tiene constancia docu mental es precisam ente la
realización del adorno pictór ico y los jeroglíficos pa ra el arco triunfal que los
carpinteros de Tudela levant aron en 1656 en dicha ciudad con motivo de la entrada de la
reliquia de Santa Ana 207 . Relacionadas con lo anterior están las escenograf ías teatrales,
especialidad que está por est udiar pero que, habida cuenta del auge del teatro y su
progresivo enriquecimiento es cénico a lo la rgo del siglo –asunt o del que ya hemos
tratado- implica ría a no pocos artífices experimentados en pintura ilusionista y
trampantojos.
Los temas de la pin tura religiosa 208
En la pintura religiosa se observa, de modo general, un predom inio de las
escenas protagonizadas por santos, en detrimen to de las historias evangélicas (canónicas
y apócrifas), aunque éstas no desaparecen completamente o adquieren m atices
diferenciadores: el Sueño de san José (convento de San Miguel en Huesca), la
Presentación de la Virgen (la Se o de Zar agoza ), lo s Desposorios (Cadrete y Daroca), la
Anunciación (Longares), la Visitaci ón (santuario de Salas en Huesca, La Puebla de
Alfindén y Nuévalos), la Huida a Egipto y la Matanza de los inoce ntes (la Seo de
Zaragoza), el Anuncio a los pastores (Museo Diocesano de Teruel), las Adoraciones
(Arándiga, Calatayud, Tauste, catedral e iglesi a del Salvador en Teruel y la Seo de
Zaragoza), la Purificación (Lituénigo), Jesús entre los docto res (Arándiga, Bardallu r y
Daroca), las Bodas de Caná (santuario de Salas en Huesca), la Entrada de Jesús en
205 . El profesor Esteban Lo rente (ESTEBAN LORENTE, 197 3, p. 47) m arca como punt o de infl exión
para esta decadencia artística la mita d del sig lo, señalan do como signo s evidentes no sólo la sustitución de
los materiales nobles, sino también la “falta de inquietud pro yectista” en la arqu itectura y la pobreza
intelectual que denotan el afá n por el al arde y la vistosi dad superfici ales o la pr oliferación de la copia y l a
repetición.
206 . Vid. VV.AA., 1 995 a; y en particula r el texto de Ad elaida All o Manero “La arquitectura provisional
en los túmulos para exequias reales” (pp . 131-154).
207 . GARCÍA GAINZA, 1998, p. 68.
208 . Sin un propósito exh austivo ni estad ístico, hemos tratado de reunir aqu í los asun tos más frecuen tes y
algunos e jemplos rel evant es, así com o otras pi ntura s con t emas m enos habit uales pero cuy a calida d los
hace dignos de mención. Tam poco se analiza su dist ribución geográfica, aspecto que requeriría una
investigaci ón y una m etodologí a específicas.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
64
Jerusalén (catedrales de Huesca y Zaragoza), la Última Cen a (San Martín del Río), el
Prendimiento (la Seo de Zaragoza), Jesús camino del Calva rio (Torrijo de la Cañada),
la Transfiguración (Jaraba), Pentecostés (Calcena) y la Asunción y Coronación de la
Virgen (Almudévar, Ariza, Calatayud, Calcena –c on santa Teresa y san Juan de la Cruz-
, Casetas, Cetina, Daroca, Fuentes de Jiloca, monasterio del Pilar en Huesca, Longares,
Navarrete del Río, Peñaflor, Pozuel de Ariza y Uncastillo). Más escasos son los
personajes veterotestamentarios, como el espléndido Jacob con el rebaño de Arándiga,
y tampoco abundan, como verem os, las repr esentaciones del cicl o de la Pasión y
Resurrección de Cristo. Las series evangélicas debieron de ser más abundantes de lo que
indican los ejemplos conser vados, aunque afortunadam ente las hay de notable calidad
tanto de la vida de la Virgen (Brea de Aragón) como de la de Jesús (palacio espiscopal
de Huesca).
En el s. XVII decae progresivamente la representación de m artirios, aunque
constituye un subgénero que si guió teniendo cierta vigencia, como lo demuestran los de
san Sebastián (Ainzón, Alagón, Añón, Arándiga , Cella Longares, Pradilla de Ebro, La
Almunia y Tarazona), santa Bá rbara (Albarracín), san Pedro mártir de Verona (E jea y
Sierra de Luna), san Pedro Arbués (Fuentes de Jilo ca y su capilla en la Seo de
Zaragoza), san Juan Lorenzo (Cetina), Santa Bá rbara (Torrijo de la Cañada), Santiago
(en su capilla de la Seo de Zaragoza), san L upercio (iglesia del seminario de San Carlos
de Zaragoza), san Esteban (Broto), san Matías (benedictinas de Jaca), san Ped ro
Bautista (Paracuellos de la Ribera) o san Bartolomé (Calatorao y Sestrica). Lo más
habitual, sin embargo, es que las escenas cruentas pasen a un segundo plano de la
composición en beneficio de la glorifi cación o coronación del santo correspond iente
(como ocurre con san B artolomé en Belm ont e de Gracián; con san Lamberto en Las
Pedrosas; con san Pedro m ártir de Verona en Borja y Villafranc a de Ebro; con san
Esteban en Fréscano; con san Vicente en Sádaba y Somané s; o con santa Bárbara en
Fuentes de Ebro y Lanzuela), o bien que se omitan y en su lugar aparezca un elemento
alusivo (las arm as del martirio, las huella s físi ca s de la tortura, la pa lma, la corona de
flores…), aplicando una especie de “metonimia visual”; sirvan com o ejemplo el retablo
de san Bartolomé en Murillo de Gállego, la Santa Apolonia de Alfocea y Badules , el
San Pedro Arbués de Cariñena, Luna, Monterde y Salillas de Jalón, o el San Lorenzo de
Alfocea. Un caso especial lo constituye la estig matización de san F rancisco de As ís,
cuya representación mezcla lo s elementos del le n guaje martirial (las herid as y la sangre)
con los propios de las experiencias extáticas y místicas (presencia divina figurada o
simbólica, gestualidad de m anos y rostro …); al san to italiano estigm atizado lo
encontramos, entre otras m uchos localizaciones, en Ad ahuesca, Cariñena, Ép ila,
Monzalbarba y la Seo de Zaragoza.
Cuando se trata de santos que no su frieron martirio, suelen aparecer
simplemente en efigie, acom pañados de algún atributo relativo a su biografía, com o el
San Francisco de Asís de Encinacorba, el San F rancisco de Borja de Alcalá de Ebro, el
San Luis de Tolosa de Épila, el San Bernardo de Ateca, el San Orencio obispo de Auch
de la basílica de San Lorenzo en Huesca, el San Antón de Cadrete, la Santa Clara y la
Santa Gertrudis de Alfocea, el San Agustín de Alcañiz, el San Pedro de Alcántara de
Pedrola, el San Pascual Bailón de Mallén, Campillo y Torreherm osa, el San Pedro
Nolasco de la Seo de Zaragoza y el Santo Domingo de Guzmán de Pedrola, San Mateo
de Gállego y Tobed. O bien como penite ntes, com o sucede con María Magdalena
(Ariza, Bolea, Borja, Cubel, Oseja y sa ntuario de Rodanas) y con san Jerónimo
(Caminreal, Daroca, Paracuellos de la Ribera, Sierra de Luna y seminario de San Carlos
en Zaragoza). O en escenas historiadas con má s personajes, com o las de los dos cuadros
de san Francisco de Borja del seminario de San Car los de Zaragoza, o la de San Martín
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
65
partiendo su capa (Biel, Cadrete, Calatayud, iglesi a de Santo Dom ingo en Huesca,
Salillas de Jalón, San Martín de Moncayo, parroquia de San Martín en Teruel e iglesia
de San Pablo en Zaragoza) o Santo Domingo en Soriano (santuario de Rodanas y Torres
de Berrellén) o San Silvestre bautizando a Constantino (Ambel) o la Invención de la
Vera Cruz por santa Elena (iglesia de Santa María in Fo ri s en Huesca, Velilla de Jiloca
y la Seo de Zaragoza) o la Muerte de san José (Rubielos de Mora). San Juan
Evangelista se puede presentar con la copa y la serpiente alada (convento de San Miguel
en Huesca), pero también como escritor a la orilla del mar en Patmos (Calatayud,
Illueca y sem inario de San Carlos en Zaragoza). A santo Tom ás de Villanueva lo
encontramos siempre vestido de pontifical y repartiendo limosna (palacio episcopal de
Tarazona, seminario de San Carlos en Zarago za y la S eo de esta ciudad), mientras San
Agustín es testigo de una vi sión (Used) o protagonista de una espléndida apoteósis
(Alfajarín).
Las apariciones celestiales (la Virgen, el Niño, Cristo, Dios Padre…) a santos
son muy abundantes; entre ellas ocupa un luga r destacado por el número y calidad de
las representaciones san Antonio de Padua , acompañado de la Virgen con el Niño
(Alhama de Aragón) o sólo del Niño (Alagón, Biel, Casetas, Cetina, Codos, Fuentes de
Rubielos, Luna, santuario de Monlora, m onast erio de Santa Clara en Teruel, Torrijo de
la Cañada y Villafeliche). Le sigue de cer ca san Ram ón Nonato (A tea, Carenas, Embid
de la Rivera, Godojos, Grisel, Grisén, Lu ceni, Pedrola, Ricla, Sisamón, Tarazona,
Tierga y Villafeliche) y a bastante d istancia san Felipe Neri, quien se prosterna ante la
presencia de la Virgen (Alagón, catedral de Huesca, Morata de Jiloca, Tronchón,
parroquias de la Magdalena y San Miguel en Zaragoza y Museo Provincial de esta
ciudad), san Francisco Javier (Calanda, La s Pedrosas, Luna, Pozuelo de Aragón y San
Mateo de Gállego), y san Bernardo (Gea de Albarracín – Lactatio - y Longares). Un tipo
peculiar de apariciones lo constituyen las “sagradas conversaciones”, aunque en
ocasiones los límites con aquéllas no son de masiado nítidos; algunos buenos ejem plos
existen en Épila, Lum piaque y Salvatierra de Escá.
Otros santos ofrecen una iconografía más variada. De forma destacada lo hace
san Juan Bautista, al que podemos encontrar con el Agnus Dei (Cubel, Fu entes de Jiloca
y santuario de Rodanas), predicando (ayuntam iento de Tarazona), bautizando a Cristo
(Calatayud, Cetina y Tarazona ), en el banquete de He rodes (Calatayud) y en su
degollación (Bardallur, Calatayud, Pedrola y V illafeliche). Otro personaje evangélico,
san Pedro, puede aparecer como orante (Cetin a, Uncastillo), liberado por un ángel
(parroquia de San Pablo de Zaragoza y Un iversidad de Zaragoza) o como pontífice y
cabeza de la Iglesia (Alagón, Pastriz y Sa biñán). Algunos santos de reciente
canonización com o santa Teresa ofrecen también una notable diversidad: como
fundadora (convento de carmelitas de Teruel), com o escritora (Bolea, erm ita de
Lagunas y Miedes), extasiada en la transverberación (Almudévar, Cetina, Litago,
Perdiguera y Tarazona), recibiendo el collar de manos de Cristo y la Virgen (Cadrete.
Miedes, Tarazona y Zuera) o acompañando a sa n Juan de la Cruz en su levitación
(convento de Santa Ana en Tarazona). Sant o Tomás de Aquino suel e presentarse como
escritor (santuario de Salas en Huesca) o, tal como aparece en Al fajarín, reuniendo en
un solo cuadro casi todos los elementos que integran su iconograf ía, entre ellos los
ángeles que le colocan el cíngulo.
Junto a las devociones locales, de las que ya se han dado algunos ejemplos,
aparecen esporádicamente o tras importadas de distintos lugares de la P enínsula, como
ocurre con san Isidro Labrador (San Ma teo de Gállego) pero tam bién con Nuestra
Señora de la Almudena (erm ita de Lagunas) y la Virgen de Montserr at (basílica de San
Lorenzo en Huesca y Villafeliche), esta últim a explicable tal vez por la existen cia de la
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
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ruta jacobea del Ebro”, e incluso encontra mos cultos del otro lado del Atlántico, com o
la Virgen de Guadalupe (colegiata del Santo Sepulcro en Calatayud).
Son muy frecuentes las agrupaciones de santos, en ocasiones reunidos de forma
“natural”, en otras respondi endo a criterios menos evidentes y en algunos casos de
manera algo forzada. Entre las prim eras: sa ntos Abdón y Senén (Nuévalos), santos Justo
y Pastor (iglesia de San Pedr o el Viejo en Huesca), santos Cosme y Dam ián (Chodes e
iglesia del Hospital de Nuestra Señora de Gracia en Zarag oza), san Juan de Perugia y
san Pedro de Sassoferrato (R ódenas), santas Justa y Rufi na (Sestrica y la Seo de
Zaragoza), san Orencio y sant a Paciencia (catedral de Huesca), san Sim ón y san Judas
(Lechago), san Ignacio y sa n Francisco Javier (Cella –con donante-, Sos del Rey
Católico, Torralba de Ribota y Villa nueva de Huerva), santa Teresa de Jesús y san Juan
de la Cruz (Tarazona), santa Orosia, santa Bárbara y santa Catalina de Alejandría (la
Seo de Zaragoza) y santo Domingo de Guzmán y san Francisco de Asís (Borja). Más
extraños resultan los emparejam ientos de sa n Antonio y san Sebas tián (Albarracín), san
Sebastián y san Francisco Javier (Fanlo), san Vicente y santa Romana (Jaca), san
Braulio, san Antonio Abad y san Roque (Torre s de Berrellén), san Jerónimo y san Blas
(Belmonte de Gracián) y san Blas y santa Lucía (Godojos). El caso de la Santa Teresa
de Jesús y san Ignacio de Loyola de San Martín de Moncayo es especialmente
interesante, por cuanto forman un matrimoni o m ístico que tanto la imagen como las
inscripciones del lienzo expresan de ma nera com plementaria. También responden a
criterios definidos los cuadros de santos obispos, de los que son buen ejemplo dos
lienzos conservados en la iglesia de San Felip e en Zaragoza, en los que los cuatro
personajes de cada uno están divididos en dos parejas por una columna salomónica
cubierta de vides y pámpanos, tal v ez interpreta ción plástica de la metáfo ra –recurrente
en la literatura relig iosa- por la cual eva ngelistas, santos padres, santos doctores… se
consideran los pilares o soportes del “edificio” de la Iglesia.
Los ciclos de vidas de sa ntos son escasos, tal vez debido a su dispersión ;
conocemos los de santo Dom inguito de Va l (Diputación Provincial de Huesca), san
Vicente (en la parroquia de San Gil de Zaragoza) y sa n Lorenzo (en su basílica
oscense).
Al igual que sucede con los martirios, dism inuyen las escenas referentes a la
Pasión y Resurrección de Cristo, muy poc o representadas (Bardallur, El Frago,
Monzalbarba y seminario de San Carlos de Zaragoza), aunque es pate nte la persis tencia
de la devoción al Ecce Homo (Alagón, iglesi a de Santo Dom ingo de Huesca y Juslibol)
y por supuesto la de Cristo Crucificado; esta última se m anifiesta tanto en los Calvarios
que rematan los retablos com o los que cons tituyen su parte principal, que pueden ser
sólo de pintura (Paniza y Somanés), a veces con santos y donantes que se añaden a las
figuras tradicionales de san Ju an y la Virgen (Trasobares), o mixtos, con el crucificado
de bulto redondo y el resto constituyendo un fondo pintado (Bardallur, Bordalba,
Martes y Monterde).
Por el contrario, se generalizan asunto s m ás amables pero no por ello menos
expresivos y cargados de significado e intención doctrinal, cambio que puede
interpretars e en el contexto de la supera ción de la etapa “comba tiente ” de la Igles ia
católica, correspondiente a las décad as inmediatas al Concilio de Trento, y el inicio de
la etapa “triunfante”, en la que se rebaja la dureza e impacto visual para dar paso a un
lenguaje más blando pero no menos espectacu lar, que se expresa habitualmente en
rompimientos de gloria con ángeles m úsico s acompañando a las teofanías; cambio que
lleva consigo las consiguiente s transform aciones en los aspectos formales y estéticos:
luminosidad, colores claros y brillantes, gestualidad y dinam ismo en las figuras,
teatralidad y grandilocuencia en los decorados y en los encuadres… En algunos de estos
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
67
asuntos se aprecia también, com o consecuenci a del concilio trentino, la revalorización
de personajes hasta entonces considerados secundari os; caso paradigmático es el de san
José, que en ocasiones se convierte en pr otagonista e incluso llega a desplazar a la
Virgen a un segundo plano. De los m últiples ejemplos de sagrad as familias y sus
múltiples variantes en cuanto a lo s personajes que las in tegran, señalaremos los de
Alagón, Bolea, Brea de Aragón, Carenas, Cast ejón de Torm os, Castejón de Valdejasa,
Castellote, Fuentes de Jiloca, Gea de Alba rracín, palacio epsicopal y ayuntamiento de
Huesca, Ibdes, Luceni, Luesia, Nueros, Orés, Paracuellos de Jiloca, Sarrión, Velilla de
Jiloca y Zaragoza (ig lesia de San Pablo). La Trinidad celes tial suele ocupar la m itad
superior de las composiciones anteriores, pero a veces se convierte en argum ento
principal (Alcalá de Ebro e iglesia de A ltabás en Zaragoza) o se m ezcla física y
conceptualmente con la parte terrena (Car iñena y Épila). Una icono grafía bastante
peculiar presenta un magnífico lienzo conservad o en la iglesia de Sa n Juan de Torrijo de
la Cañada, en el que san José es coronado por Cristo y la Virgen en presencia d e Dios
Padre y el Espíritu Santo (e n la parte celestial) y de sa n Joaquín y santa Ana (en la
terrenal).
Una devoción que adquirió especial auge fue la de la Virgen del Rosario,
impulsada sobre todo por los dom inicos, a la que se daba culto en ostentosas capillas
dependientes de cofradías; la Virgen va acompañada de santo Domingo de Guzm án y de
santas dominicas com o Rosa de Lima o Ca talina de Siena (Alf ajarín, Chodes, Jaca,
Moyuela, Pinseque y Sabiñán) y esporádi camente por santos de otras órdenes ( v.gr. san
Leonardo y san Francisco Javier , como sucede en una de las capillas de l tras coro de la
Seo de Zaragoza).
Otras advocaciones de la Virgen mucho menos im portantes por su frecuencia
pero de notable culto local son la Virgen de los Ángeles (Belmonte de Gracián), Nuestra
Señora de Magallón (Magallón) y la Virgen de la Soledad o de las Angustias (Ejea y
Miedes).
Frente a los predicadores, el resto de órdenes secundaron y propagaron el culto a
la Inmaculada Concepción, cuyas representaci ones son abundantísim as y de una calidad
media apreciable (Alarba, Ateca, Badules, Bolea, Borja, Cadrete –é sta con Niño-,
Daroca, Ejea, Épila, Farasdués, ermita de Cillas en Huesca –pintada en 1659 por
Joaquín Juncosa, sobre tabla y recortada en su silueta-, catedral de Hu esca, Lucena de
Jalón, Miedes, Monreal del Campo, Monterde , Ródenas, Santa Eulalia del Cam po,
parroquia de San Andrés en Teruel, Torrijo de la Cañada, Villanueva de Jiloca,
seminario de San Carlos y Museo de Zaragoz a); lo hic ieron de fo rma significa tiva los
jesuitas, que también procurar on la difusión plástica de los santos de su religión, y en
particular de san Ignacio de Loyola (Alfocea, Alarba, Cetina, Luco de Jiloca,
Munébrega, Pedrola y la Seo de Zaragoza) y san Francisco Javier (Carenas, Paniza y
Valdealgorfa, en estos casos com o evangeliza dor y apóstol de las Indias), a veces de
modo conjunto, como ya se ha visto; en este sentido, las m isiones interiores
desempeñaron un importante papel, fenómeno que conocem os por algunas fuentes
coetáneas 209 y que bien merecería un estudio m onográfico.
La Virgen del Pilar es, por supuesto, otra devoción muy extendida, que cobra
especial protagonismo en la pintura a part ir de la amplia difusión del m ilagro de
Calanda (1640), pero que cuenta desde an tiguo con un im portante bagaje iconográfico,
lo que influirá en la repetición de unos modelos ya codificados. De los asuntos
pilaristas, el más frecuente en la p intura aragonesa es la aparición de la Virgen a
Santiago y los siete convertidos, interpretado también como venida de la Virgen del
209 . Vid. LOZANO LÓPEZ, 2001.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
68
Pilar en carne mortal a Zaragoza (Alcañiz , Bea –con donante-, Fr éscano, Fuendejalón,
Gea de Albarracín, Gurrea de Gállego, basíli ca de San Lorenzo en Huesca, Lanzuela,
Malón, Orés, Pastriz, Pozuel del Campo, Ta razona, Tosos –en esta ocasión con san
Pedro Arbués-, Urrea de Jal ón, Villafeliche, seminario de San Carlos, ig lesia de San
Pablo y la Seo de Zaragoza), y a gran distancia el de la Virgen en s u camarín (San
Mateo de Gállego, m onasterio de la Resurrección y la Seo de Zaragoza) y el de la
restitución de la pierna a José Pellicer (Museo Diocesano d e Huesca, Monzalbarba y
catedral de Tarazona). A Sa ntiago lo podem os encontra r también so bre su caballo
blanco combatiendo la herejía, representada por la morisma en la célebre batalla de
Clavijo (Alerre, basílica de San Lorenzo en Huesca, iglesia de San Pablo y la Seo de
Zaragoza), de forma similar a como se m uestr a san Jorge, ya sea alanceando al dragón
(Chimillas, Erés, basílica de San Lorenzo en Huesca e iglesia de San Pablo en
Zaragoza) o más raram ente abatiendo musulmanes en la batalla del Alcoraz.
Son numerosas también las representaci ones de la Virgen del Carmen, que
puede aparecer con el Niño y ángeles (M orés y Tarazona), m ás habitualmente
acompañada de o tros santos que interceden por las almas del Purgatorio (Alagón,
Paniza, Pozuel de Ariza, Tobed, Villafeliche ) y en menor medida vi nculada a asunto s de
contenido soteriológico como el del Niño Jesús sangrante sobre la bola del m undo
(Aguarón, Cariñena, Gallur y Perdiguera) o lo s de la prensa y la fuente m ísticas
(Alfajarín y San Mateo de Gállego). Los al tares dedicados a las ánimas prescinden en
ocasiones del protagonismo de la Virgen de l Carmen y se enriquecen iconográficamente
con temas eucarís ticos como la m isa de San Gregorio (Tierga, Torrijo de la Cañada y
Velilla de Jiloca). También comparten esos m ismos significados, con un matiz
prefigurativo, los denominados Niños de Pasión ((Calatayud, Miedes, Torrehermosa y
Torres de Berre llén) y los cuadro s dedicados a Cristo-Salvador del m undo (monasterio
de Santa Teresa en Huesca, Monzalbarba, Morés y Purujosa).
El tema angélico y arcangélico m erece un comentario aparte. Habida cuenta de
la popularidad que alcanzaron esto s seres sobrenaturales, de la tradición arraigada de su
culto y de lo acaecido en otros lugares, es l ógico pensar que existieron gran número de
pinturas a ellos dedicadas, aunque lamentab lemente el número de las conservadas es
bastante bajo, sobre todo en el caso de los arcángeles –tanto los tres canó nicos como los
restantes- y del ángel de la guarda, pues el resto de la jerarquía angélica (querubines,
serafines ángeles m úsicos, tenantes, turife rarios…) aparece form ando parte de otras
representaciones; buenos ejem plos de arcángeles son el San Gabriel de Luna, el San
Rafael de la Facultad de Filosof ía y Letras de la Universid ad de Zaragoza y los de la
serie de las concepcionistas de Calam o cha. El de culto más extendido y, por
consiguiente, el más frecuentado por los pintores, fue san Migue l, que cas i siem pre
aparece combatiendo el mal (A inzón, Bijuesca, Borja, Case tas, Castejón de Alarba,
Castejón de Valdejasa, Illueca, Paniza, Pastriz, Plasencia de Jalón, Villanueva de Jilo ca
y parroquial de San Pablo en Zaragoza). En alguna ocasión se muestra explícitam ente
como “príncipe de las milicias celestiales” (C adrete), mientr as la escena del pesa je de
las almas es prácticam ente inexistente.
Apenas encontramos representación aragonesa para los cuadros de vanitas , de
los que únicamente podem os señalar un ejemplo aceptable en Alm udévar. Y aunque no
constituye propiamente un subgénero, no es infrecuente la existencia de escenas
enmarcadas m ediante orlas o guirnaldas floral es (Alfajarín, Báguena , Clarés de Ribota,
Jaca y catedral de Teruel), esp ecialidad de origen flamenco que tuvo bu ena acogida en
España, y de modo particular en la pintura madrileña.
Finalmente, m encionaremos algunas series o ciclos destacados (nos referimos
exclusivamente a cuadros de caballete, aunque estas series podían ocupar tam bién las
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
69
casas y calles de los retablos), si bien de un buen porcentaje de ellas sólo tenemos
constancia docum ental, lo que hace pensar que se pintaron en gran número pero que han
tenido, en general, una existenc ia azarosa. Tal vez la más nu m erosa es la de cuarenta
medios puntos de la vida de san Bruno y otro s monjes de su orden para la cartuja de
Aula Dei en Zaragoza ( diez de ellos se cons ervan en el Mus eo de Zarago za), en la que
intervino Je rónimo Jusepe Bautista Martín ez y Jenequi, hijo de Jusepe Martínez. Ya
hemos hablado de la de arcángeles del conve nto de concepcionistas de C alamocha, así
como de las que narran la vida y mar tiri o de san Vi cente (ocho lienzos) y san Lorenzo
(doce lienzos más los retratos de los dos en carg antes) en la zaragozana iglesia de San
Gil y en la basílica oscense, respectivamente 210 , de la de santo Dominguito de Val en
Huesca, formada por trece lienzos de calid ad m ediocre que tuvieron su correlato
literario en la biografía de l santo escrita por Uztarro z 211 , y de las dos de escenas
bíblicas conservadas en Brea de Aragón (seis lienzos) y en el palacio episcopal de
Huesca (ocho), obra de Francisco A ntolínez 212 . Tam bién de tem a bíblico son los ocho
cuadros que actualmente se conserv an en la igle sia del convento de carm elitas de Santa
Teresa en Huesca y el mism o número de pi nturas, pero de pequeño formato, compone la
del convento de la Purísima Concepción y San Blas en Miedes (Zaragoza), inspirada en
los grabados que ilus tran la Regia Via Crucis (Amberes, Im p. Baltasar Moreno, 1635)
de Benedictus van Haeften 213 . Nueve piezas forman la serie de cobres sob re la vida de
Cristo que decoran la capilla de los Villahermosa en la igles ia del seminario de San
Carlos. Desaparecidas están la de ocho cu adros de la vida de san Bernardo del
monasterio de Sant a María de Rueda 214 y la de veintitrés lienz os de la vida de san Elías
para el claustro del conv ento de Nu estra Señora del Carmen en Zaragoza 215 , ejecutadas
ambas por el turiasonense Francis co Ximénez Maza.
Poca consideración m erecen los apostola dos barrocos arago neses, pues ninguno
de los conservados ofrece una calidad artí stica digna de m ención y muchos se han
disgregado.
A medio cam ino entre la pint ura religiosa y la de caráct er profano estarían las
galerías de retratos de prel ados, fundadores de órdenes re ligiosas, abades, etc. Entre
ellas podemos destacar la de fundadores de la iglesia parroquial de Munébrega,
encargada por Roque Martínez del Villar, natural de dicha localidad y canónigo de la
colegiata del Santo Sepulcro de Calatayud 216 , al pintor bilbilitano Adrián del Pozo 217 .
En el museo parroquial de esta localidad encontram os también una serie formada por
diez retratos de obispos nacidos en la villa, en la que están repres entados, entre otro s,
Juan González de Munébrega, que ocupó la m itra de Tarazona, o Gonzalo Fernández de
Heredia, que se hizo cargo de las de Barcelona y Tarragon a a fines del s. XV. De las
series episcopales que en la actualidad pos een, m ás o menos com pletas, casi todas las
210 . BUIL GUAL LAR y LOZA NO LÓPEZ, 1990.
211 . ANDRÉS DE UZTARR OZ, Juan Fra ncisco : Historia de Santo Domingo de Val . Zaragoza, Im p.
Pedro de Lanaja y La marca, 1643. Lo s cuadros fueron adquiridos en 1984 por la D iputación de Huesca a
los herede ros de la casa Cardere ra. Esta seri e ha sido obj eto de estudio reciente por parte de Wifredo
Rincón Garcí a, y en e stos mom entos se prepara s u publi cación.
212 . LOZA NO LÓPE Z, 2002.
213 . AZANZA LÓPEZ, 2003.
214 . BRUÑÉN, CALVO y SENAC, 1987, pp . 243-244.
215 . Ídem., p. 248. Y MADOZ, 1845-1850 / MADOZ, 1985, p. 323.
216 . Hermanos de Roque Martínez del Villar fueron Pedr o, provi ncial de los jesuitas, y Miguel, que ocupó
importa ntes cargos, e ntre ellos el de re gente del R eal Consej o de Aragó n, y fue probable mente el
protector del pint or Jusepe L eonar do dura nte sus prim eros años en Madrid. MAZÓN DE LA T ORRE,
1978, p. 52.
217 . RUBI O SEMPER, 1980. Para l as series de retratos de fun dadores y prelados de la parroqui al de
Munébre ga, el est udio m ás com pleto y actua lizado pue de verse e n: BESC ÓS TORR ES, 20 04, pp. 2 5-45.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
70
diócesis aragonesas 218 , únicam ente las de Tarazona –la más antigua, pues se com enzó a
fines del s. XVI-, Barbastro y Zaragoza tienen re tratos pintados en el s. XVII, y de ellas
la última interesa especialm ente, pues tuvo su origen en una don ación efectuada en 1693
por el arzobispo Antonio Ibáñez de la Riva Herrera, de la que formaban parte cuarenta y
seis retratos de obispos de medio cuerpo y veintiséis de arzobispos 219 . A los ejem plos
citados también podemos incorporar otras series desaparecidas, como la de cardenales
dominicos que adornaban un salón del co nvento e iglesia de Santo Dom ingo en
Zaragoza 220 .
Los temas de la pintura profana
Como ya hemos dicho, la pintura prof ana representa, en la docum entación
notarial, un cuaren ta por cien to del total, por centaje n ada desdeñable que en absoluto se
corresponde con el que actualmente se conoce. Hemos de pensar, por tanto, que en las
casas aragonesas -y también en ciertas depe ndencias de conventos y monasterios- era
habitual encontrar, además de cuadros devoc ionales, paisajes, retratos y bodegones (los
géneros profanos más habituales), y m ás rara mente escenas mitológicas, históricas o de
vida cotidiana y de tema cine gético, etc. En las líneas qu e siguen nos centraremos en el
género retratístico, tal vez el mejor representado y conocido.
En el siglo XVII alcanzaron un notable desarrollo, por razones obvias de
propaganda y exaltación de la monarquía, las galerías de retratos reales, muy apropiadas
para espacios de uso público e ins titucional com o eran, por ejem plo, los salones de
sesiones donde se reunían las corporaciones municipales. De las conservadas, la más
completa (q uince lienzos) es la que decora las escaleras y el ves tíbulo del Archivo-
Biblioteca Capitular de la Se o de Zaragoza, con toda prob abilidad procedente d e un
palacio de Calatorao propiedad del Cabildo; dedicada a los Austrias españoles, se inicia
con Juana la Loca y Felipe el Hermoso y term ina con Carlos II y Mariana de Neoburgo.
Le sigue en importancia la que cuelg a en la sala de plenos d el ayuntamiento de Borja,
encargada por el concejo h. 1658 y cuyos do ce prim eros cuadros, dedicados a los
monarcas aragoneses que concedieron privileg ios a la ciudad, pudieron ser pintados por
un fraile dom inico; esta colección se comple tó con un lienzo de Cristo Crucificado –el
“rey de reyes”- y, desde del s. XVIII, con todos los reyes Borbones, has ta completar las
diecinueve obras que componen el conjunt o. De m enor entidad son los grupos de
retratos de los ayuntamientos de Huesca (cuatro lienzos que representan a Sancho
Ramírez y sus tres hijos, atribu idos a Juan Pérez Galbán) y Fraga, y com o cuadros
sueltos se pueden considerar los de Felipe II y Felipe V de la catedral de Teruel,
pintados por el valen ciano Juan Conchillo s (1641-1711). Tam bién se ejecutaron galerías
de retratos reales para part iculares, com o el conde de Sástago, y para instituciones
privadas como el grem io de alparg ateros, en ambos casos desaparecidas 221 .
Aunque su destino final era el palaci o madrileño del Buen Retiro, hem os de
mencionar la serie que contrataron en 1634 un grupo de pintor es “habitantes” en
Zaragoza (Pedro y Andrés Urzanqui, Vicente Tió y Francisco Camilo), consistente en
copias de los cuarenta retratos de los condes y reyes de Aragón que habían sido
realizados en 1586-1587 por Fe lipe Ariosto -y Alonso Sánc hez Coello- para el salón
principal (Sala Real o de San Jorge) del pa lacio de la Diputación del Reino de Aragón
218 . Para el estudi o de las ga lerías de retr atos episc opales en l as diócesi s aragonesa s, rem itim os a:
LOZANO LÓPEZ, 2004 b (en pre nsa).
219 . ALMER ÍA y otros, 1 983, p. 289
220 . SAN VICENTE, 1991, p. 43.
221 . MORTE G ARCÍA, 1990b , p. 20.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
71
en Zaragoza; actualmente los cuadro s que la form aban se encuentran dispersos como
depósitos del Museo del Prado 222 .
En cuanto a retratos de nobles y prebe ndados, pueden destacarse los de cuerpo
entero y tono severo de Faustino Cortés, v i zconde de Torresecas, y su tío Tom ás Cortés,
obispo de Teruel, en la basílica de San Lo renzo en Huesca, obra del valenciano Antonio
Bisquert 223 ; los orantes de Vincencio Juan y Juan Orencio Lastanosa en su capilla de la
catedral oscense, tradiciona lmente atribuidos -sin m u cho fundamento- a Jusepe
Martínez; los de la familia Escolano en la parroquial de Longare s; y el de Juan
Francisco Montemayor en la que fue su igles ia de Alfocea.
En ocasiones los retratos seriados de linajes destacados se completaban con
ciclos historiados referidos a gestas y hec hos de armas de sus m iembros, de forma que
la imagen pintada sirvier a como memoria y recordator io de las virtudes f amiliares y, al
mismo tiempo, como reafirm ación pública de su poder y gloria. Como ejemplo, los
dieciséis cuadros que repres entaban las acciones más cél ebres del prim er duque de
Villahermosa, Alonso de Ara gón, que pintó Rafael Pertús 224 por encargo del duque
Francisco de Gurrea y Aragón (s erie sobre la que volveremo s más adelante), o las de
retratos y hazañas de la saga de los Pala fox que mandó realizar Juan de Palafox h. 1638
para la casa-palacio de Ariza 225 . Tanto en la serie de hist orias de los Villahermosa
como en la de los Pa lafox late adem ás el espíritu y la forma del programa ideado por el
conde-duque de Olivares para el Salón de Reinos, circunstancia que reafirm a la
influencia foránea (cortesana en este caso) en la pintura ar agonesa y que tal vez requiera
un estudio comparativo.
La pintura mural y los retablos fingidos
La pintura mural -tanto historiada como decorati va- que ha llegado hasta
nosotros no es demasiado significativa ni en cantidad ni en calidad, y tampoco abundan
las referencias a encargos de este tipo en la documentación, aunque se puede apreciar un
incremento de su im portancia a finales de la ce nturia y comienzos de la sigu iente, tal
vez como consecuencia de la tend encia del pleno barroco a buscar más y mejores
efectos escenográficos y ornamentales. Aunque es uno de los muchos tem as que no han
merecido excesiva atención por parte de los in vestigadores, intentaremos señalar, al
menos, los conjuntos más destacados, ubica dos en todos los cas os en edificios
religiosos. Dentro de este pa norama general, las pinturas ejecutadas al fresco por Juan
Pérez Galbán en 1628-1629 en la iglesia del convento de las concepcionistas de Épila
constituyen un hito importante a nivel naci onal, con un planteam iento novedoso a base
de arquitecturas fingidas en visión di sotto in su que evidencia la formación italiana del
artista 226 . A este mism o autor se le adjudica la pintura al óleo de la cúpula sobre
pechinas de la capilla de las Santas Ju sta y Rufina en la Seo de Zaragoza. Más
problemas en cuanto a la autoría presenta la pintura m ural de la capilla de los Lastanosa
en la catedral de Huesca, de tem a eucarísti co, cuya atribución íntegra a Juan Jerónimo
Jalón resulta más que dudosa, por cuanto se aprecian claramente varias manos y alguna
222 . Sobre la seri e de Ariosto/Sánc hez Coello, vid .: MORTE GARCÍA, 1990a, pp. 204 y ss. Sobre la s
copias: Íd em, 1990b y 1990c. La noticia de las copias fue dada a conoce r por Tom ás Xim énez de Em bún
(XIMÉNE Z DE EMBÚ N, 1901, pp. 30- 31), aunque c on la fecha equivoca da.
223 . BUIL GUAL LAR y LOZANO LÓPEZ, 1990.
224 . Este mismo artista realizó también, po r encargo de la Diputación del Reino , una serie de nueve (¿? )
cuadros de batallas y conqu istas de los reyes de Aragón (REDONDO VEIN TEMILLAS, 1981 b).
225 . Vid. FERNÁNDEZ G RACIA, 2000, pp. 78 y ss. Este autor atribuye los cuadro s de historia a un
pintor poco conocido, Ant onio López de Ca stro.
226 . BORRÁS GUALIS, 1974.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
72
de ellas pertenece a un estilo m ás propio del s. XVIII 227 . Tam poco se ha podido
confirmar la partic ipación de los Jalón en la s pinturas m urales que en origen cubrían la
totalidad de los muros de la capilla de los Santos Justo y Pastor en la iglesia de San
Pedro el Viejo en Huesca; esta decoración, hoy muy perdida y de svirtuada (salvo el
paño de la Epístola), se incorporó a este espa cio en el s. XVIII junto con la espectacular
portada en yeso y los azulejos de l pavimento y de los arrimaderos.
Excelente aspecto presentan hoy, una vez restauradas, la s pinturas mu rales de la
capilla de San José o d e los Villahermosa en la iglesia del Real Seminario de San
Carlos, a las que dedicaremos especial atención al abordar la serie eucarística realizada
por Berdusán para este ámbito 228 .
De gran interés nos parece la profusa d ecoración que cubre la práctica totalidad
del oratorio privado del palacio episcopal de Tarazona, ubicado junto al Salón de
Retratos, aunque en algunas zonas (la parte baja de la cabecera y parte del m uro de la
Epístola, que da al patio) la capa pictórica se ha perdido. Esta pequeña estancia consta
de un presbiterio cubierto por cúpula hemies férica con pechinas y una nave con bóveda
de medio punto y lunetos reforzada con fajones que apean en pilastras sencillas. En la
cúpula se ha representado la Asunción de la Virgen , m ientras en los medios puntos de la
nave encontramos escenas de la vida de la V irgen, completadas con decoración de
guirnaldas, angelotes y cartelas con inscri pciones, todo ello tratado con un colorido
claro y una gran soltura de pincelada no m uy alejados del modo de hacer de Francisco
del Plano, cuya actividad se inicia en los ú ltim os años del s. XVII y se desarrolla en el
primer cuarto del XVIII. A este m ismo artista correspondieron, entre otras ob ras
murales, la cúpula de la capilla de San Lore nzo en la basílica del Pilar de Zaragoza, y
con toda seguridad algunas no conservadas, como el techo de la antesacristía y sacristía
del santuario de Nuestra Señora del Portillo, las pinturas del convento de clarisas de
Teruel y parte de la decoración mural de la capilla de la Soledad en la colegiata de
Alcañiz.
El resto de la pintura mural aragonesa presenta una calidad mediocre, o bien un
estado de conservación que impide su adecuad a valoración artísti ca, como ocurre, por
ejemplo, con las de la capilla de San Miguel del Tercio en la zaragozana iglesia de San
Pablo, que forman conjunto con los lien zos del retablo mayor y colaterales 229 , o con la
interesante capilla de San Marcos en la Seo de Zaragoza, cuyas pinturas se atribuyen al
polifacético Juan Zabalo Navarro. En este sen tido y para finalizar, hem os de referirnos
aquí a las pinturas mu rales de la iglesia de Santo Tomás de Villanuev a (la Mantería) en
Zaragoza, ejecutadas en 1683-1684 por Claudi o Coello y su colaborador Sebastián
Muñoz 230 . Si bien la historiografía ha sobrevalorado la infl uencia que esta obra tuvo
para el devenir de la pintura barroca local, lo cierto es que tanto desde el punto de vista
iconográfico como desde sus planteam ientos propiamente plásticos constituye un
conjunto de extraordinario interés, lo que hace todavía m ás lamentable el deterioro y
desinterés –que ya se cobró en el pasado la mitad inf erior de la capa pictórica- a q ue
sigue estando sometido.
227 . Mª. José Pallarés (PALLARÉS FERRER, 2002, pp. 39-40) piensa que la capitulación de 1666 entre
Lastanosa y el pintor, da da a conocer por Ricardo del Arco, no se refi ere a esta obra, sino a pinturas
hechas par a la casa del erudito o scense. Celia Fon tana (FONTANA CA LVO, 2003, pp. 1 85-186) apunta a
la posibl e intervenció n en esta obra del pint or-grabador Lorenzo Agüe sca, aunque no descarta la
interven ción de un segundo artista.
228 . Vid . apart ado 3. 2.5.
229 . Todas estas pinturas han sido atri buidas tradicionalmente a Jerónim o Secano, quien ajustó el contrato
para las mismas en 167 2 pero lo canceló en 1679 (ALMERÍA GARCÍA y otros, 1983 , p. 301).
230 . Para el estudio de est e conjunto, rem itimos a: CHAMOSO L AMAS, 194 4 y 1953; LATRE
GONZÁLEZ, 1984; y SU LLIVAN, 198 9.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
73
Los retablos fingidos o “de perspectiva” forman una tipología que aparece en la
segunda mitad del s. XVII y constituyen una a lternativa económica al retablo tradicional
que resulta muy apropiada para el carácter escenográfico y apariencia l de la m entalidad
barroca. El soporte podía ser el propio mur o, o bien bandas de lienzo o sarga cosidas y
claveteadas a un armazón de tablas, por lo que sus autores, sin ser necesariamente
especialistas, sí precisaban de unos ci ertos conocimientos y habilidades que les
permitieran afrontar con solvencia los encar gos. Los tram pantojos utilizados, sin llegar
ni de lejos a la espectacularid ad de lo italiano, van más al lá de la representación de un
retablo y perforan virtualmente la superfic ie bidimensional y prolongan el espacio,
creando ciertos juegos visual es y explorando posibilidad es perceptivas ilusorias
imposibles en el m ueble litúrgico convencional. En ocasiones estos retablos se hacían
de manera provisional, en espera de poder encargar, cuando las posibilidades
económicas lo perm itieran, un retablo de mazonería; pero a veces no se dio tal
coyuntura, y lo provision al devino en definitivo.
Entre los escasísimos ejem plos documentados y conservados, mencionarem os el
espectacular retablo mayor y los colaterales de l transepto de la igle sia de las capuchinas
de Calatayud, obra de Jerónimo Secano 231 , que por su singularidad pudieron servir de
modelo para otros altares de l mismo tipo en el entorno bilbilitano, com enzando por las
propias capillas laterales de esta misma iglesia, dond e dos artistas hasta ahora
desconocidos, Ibañes 232 y Moreno, firmaron respectivam ente los retablos de San Íñigo
y de San Juan Bautista. De los conservados pero no estudiados citaremos los de
Bordalba, Chodes, Cabañas de Ebro, El Fr asno, Gotor, Jaraba, Ladruñán, convento de
concepcionistas en Miedes, orator io de Nuestra S eñora del Buen P arto en Calata yud,
Illueca, Tierga, el de Santa Teresa en la ig lesia de San Nicolás en Zaragoza y el lien zo-
telón enrollable de la capilla de San Marcos en la Seo zarag ozana. Y finalmente los hay
que, dada su frágil naturaleza, no se han conservado, aunque sí tenemos testimonio
documental de su existencia; así sucede, por ejemplo, con el de Figueruelas (Zaragoza),
desaparecido en la década de 1960, con uno encargado a Francisco del Plano para el
convento de Santa Rosa en Zaragoza 233 , o con los que presidían los altares de la iglesia
del convento de capuchinos de Zaragoza, de los que “… el Mayor era de fabrica, y los
demas pintados en sus paredes …” 234 .
2.3.6. Las tres generaciones de pintores
El esquema generacional trazado por Diego Angulo 235 para la pintura española
del s. XVII continúa siendo, a pesar del tiempo transcurrido desde su formulación,
perfectamente válido –al m enos para los arti stas más significativos-, aunque com o es
lógico se hace necesario introducir algunos m atices para su adecuación al caso
aragonés, debido a la existencia de pintores de transición, de arti stas retardatarios y
avanzados, y también de otros de acusada pe rsonalidad y difícil cl asificación, así como
231 . ALMERÍA y otros, 1983, p. 301.
232 . De este interesante artista hemos localizado o tra obra en la parroquial de Torralba de Ribota: el lienzo
central del retab lo dedicado a san Ign acio de Loyola y san Francisco Jav ier, firmado y fechado en 1688.
Ambas obras parecen vincularle con la pi ntura madrileña.
233 . ALMERÍA y otros, 1983, pp. 94 y 299.
234 . A.M.P.Z., I mbentarios de los Conve ntos y Monasterios suprimidos e n Zaragoza y s us inmediaci ones
(ms.), h. 18 36, f. 9r.
235 . ANGULO ÍÑ IGUEZ, 1971. Este mismo esquema, ya ensayad a anteriormente por Ricardo del Arco
(ARCO Y GARAY, 1954), es el que apl ican el profe sor Alf onso E . Pérez Sánc hez pa ra su Pint ura
barroca en España 1600-175 0 (PÉREZ SÁNC HEZ, 1992) y el profesor Go nzalo M. Borrás par a su
historia de la pintura barr oca aragonesa (BORR ÁS GUALIS, 19 87 a)
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
74
a la mayor resistencia a las novedades que hab itualm ente se da en los lugares alejados
de las ciudades principales. Las tres genera ciones se ajustan con bastante aproximación
a los tercios del siglo 236 :
- La primera generació n es la de tr ansición, protobarroca o del primer
naturalismo, tal vez la m ás ecléctica por que en ella incluimos tanto a los
epígonos manieristas (también llam ados “rezagados” o “primitivos”) como a
pintores más avanzados que acusan la infl uencia naturalista -tenebrista italiana,
recibida fundamentalmente por vía va lenciana. Entre ambas tendencias se
mueve con cierta indecisión el valenciano Antonio Bisquert, que se forma en el
círculo ribaltesco valenciano, vive y trab aja en Teruel, y cuya obra se reparte
entre las tres capitales provinciales; el segundo grupo estaría representado por el
alcorisano Pedro García Ferrer, tambié n de formación valenciana pero m ás
evolucionado 237 , aunque de él sólo dispone mos de una –aunque magnífica-
obra segura: el Martirio de San Lupercio (1632; Zaragoza, ig lesia del sem inario
de San Carlos Borromeo). También ecl éctico pero algo rezagado es Rafael
Pertús, miembro de una saga de pi ntores y afamado artífice zaragozano
especialista en cuadros de batallas, mi entras Pedro Orfelín, de origen f rancés
pero formado en Rom a, tendría mucho que ver en la renov ación naturalista,
aunque no tenemos ningún testim onio de su arte.
- La segunda generación es la de Jusepe Martínez, y en ella predomina la
influencia del clasicismo italiano, en mu chos casos adquirida de modo directo.
A este grupo pertenecerían, adem ás de Ma rtín ez, Juan Pérez Galbán y Francisco
Ximénez Maza, si bien este último se m uestra más avanzado estilísticam ente y
tal vez cab ría situarlo en la transici ón a la siguiente generación. Rasgos
caracterizadores son el predominio del dibuj o so bre el color, la apuesta decidid a
por el naturalismo, la perviven cia del claroscuro y el uso de com posi ciones
simétricas y regulares ( v.gr. el clásico esquema piram i dal utilizado por Jusepe
Martínez en bastantes de sus obras). De todos los pintores citados, es Martínez
el más conocido y estudiado 238 , tal vez por sus contactos con la Corte y por su
faceta añadida de teórico de la p intura, si bien hemos de señalar que su
producción atribuida ha de someterse a re visión, com o ya demostramos en su
momento con la atribución correcta a Bi squert de los ciclos de san Vicente
(Zaragoza, iglesia de San Gil) y san Lo renzo (Huesca, basílica de San Lorenzo),
pues seguimos encontrando en ella atribuc iones totalm ente descabelladas (como
la de La degollación de santa Catalina del Museo de Guadalajara 239 )
adjudicaciones formales escasam ente fundadas ( v.gr. el lienzo titular y los
retratos de la capilla de los Lastanosa o la Santa Cecilia del Museo de
Zaragoza, con el agravante de ser esta pintura una de las más reproducidas en
los textos donde se nombra a su s upuesto autor), así com o ausencias
importantes, entre las que proponem os, a título provisional: los retablos
mayores de las iglesias parroquiales de Campillo de Aragón (banco y lienzo s
laterales), Sabiñán y Sant a Eulalia del Campo, una Aparición de la Virgen del
Pilar a Santiago y una Inmaculada en el Real Seminario de San Carlos
236 . Para u n desarrollo m ás detall ado de lo a quí expuest o, vid.: BORRÁS G UALIS, 1987 a , pp. 44 5 y ss.
237 . Montser rat Galí (GAL Í BOADEL LA, 1996, p. 114) ha anal izado la di stinta evoluc ión de Bis quert y
García Ferrer en funci ón de la influencia de R ibalta y del m omento en la que ésta se p rodujo en ca da caso.
238 . Vid. a partado 2. 3.
239 . MUÑOZ JIMÉNEZ, 2000.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
75
Borromeo, el lienzo titular de la capilla de las Santas Mártires en la Seo de
Zaragoza y la espléndid a Coronación de la Virgen del ático del retablo mayor
de la parroquial de Casetas. Otros pintores de menor entidad que también
podrían formar parte de esta generación son Jeróm ino Jusepe Bautista Martínez,
hijo de Jusepe, y Juan Jerónimo Jal ón, miembro destacado de una saga de
pintores activos en Huesca y Jaca del que ya se ha hablado a propósito de la
capilla Lastanosa, en la que por cierto tam bién se le ha venido atribuyendo la
Inmaculada que preside el retablo de la cr ipta, buena copia donde se mezclan
los modelos de la catedral de Málaga y del Museo Goya en Castres, obras
problemáticas por su dudosa atribución a Claudio Coello o a Mateo Cerezo 240 .
- La tercera generación es la del pleno barroco, tamb ién llamada “generación de
Vicente Berdusán”, por ser éste su m ejo r representante. S e caracteriza por la
fuerte influencia de la escuela madrile ña y por tanto, de form a indirecta, del
barroco flamenco (Rubens, van Dyck, Jordaens…) y el ren acimiento venecian o
(Tiziano y Veronés): colores vivos, es cenarios y ambientacion es teatrales,
dinamism o en las figuras, abocetam iento de la pincelada… Este nuevo estilo
empieza a surgir en Madrid en la d écada de 1640, y en Aragón existen algunas
obras foráneas de ese momento inicial que pudieron preparar la asim ilación del
nuevo estilo, que no obstante se produjo lentamente, tal vez debido al fuerte
arraigo del naturalismo, convertido en ra sgo retardatario en muchos artistas
menores hasta bien avanzada la centuria. A esta tercera gen eración
pertenecerían, adem ás de Berdusán, que vive y trabaja en Tudela: Bartolom é
Vicente, Pedro Aybar Ximénez, Jeróni mo Secano, Pablo Rabiella y Díez de
Aux y Francisco del Plano, pintores que en su mayoría sobrepasan, vital y
artísticamente, los lím ites del siglo, y sirven de enlace con la prim era
generación dieciochesca. Es pues en los a ños finales de la década de 1660 y los
primeros de la siguien te cuando empezam os a ver las primeras obras ejecutadas
por los naturales que responden a lo que llamamos “pleno barroco”, de forma
coetánea al despegue definitivo que se produce también en la arquitectura
(sobre todo con la recepción de la tipol ogía de palacio barroco abierto, cuyos
primeros ejemplos los encontram os en Mo rata de Jalón y Villafranca de Ebro, y
la introducción del baldaquino berninesco en la capilla de San Pedro Arbués de
la Seo zaragozana y poco después en la colegiata de Daroca 241 ) y en la
escultura (con la generalizac ión de la columna s alomónica, cuya eviden cia más
antigua conocida corresponde al retablo de la capilla de Sant a Elena en la Seo
de Zaragoza, contratado en 1637 242 ). El salto cualitativo operado en la pintura
no es ajeno a ciertos acontec imientos puntuale s que coinciden en el tiem po,
como por ejem plo el regreso de Bartolom é Vicente de su estadía m adrileña en
1669, o la intervención tres años antes de Vicente Berdusán en la disputa
surgida entre los tr initarios de Pamplona y el pintor Juan Carreño de Miranda a
propósito del famoso cuadro de La fundación de la orden trinitaria , que como
veremos debió de constituir una auténtica revelación artística pa ra el ejeano. Por
otro lado, en esos años se produce la ex tinción natural de los pintores de la
generación anterior: Ximénez Maza m uer e en 1670 –Galbán lo hab ía hecho ya
240 . Algunos au tores ( v. gr. Elías Torm o) han adjudicado la pint ura oscen se a Herrera el Mozo , pero a
nuestro juicio encaja mejo r con el estilo inicial d e Pedr o Aybar, como más adelante se justificará al hab lar
del trab ajo de Berdu sán pa ra la capilla de San Joaqu ín ( vid . apa rtado 3. 2.2.).
241 . Vid. GONZ ALO BORRÁS , 1984 c.
242 . GONZ ÁLEZ HERNÁ NDEZ, 1979.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
76
en 1645- y las últim as obras de Martín ez s e fechan h. 1669. Finalmente, la
pintura de filiación madrileña term in ará por im ponerse, ayudada por la
presencia de artistas y obras foráneos, y cobrará un nuevo impulso en tierras
aragonesas, ya con personalidad propia, en las primeras dé cadas del s. XVIII,
con la denominada “generac ión de Juan Zabalo”, también llam ada tardobarroca
o de los pintores-decoradores (Francisco del Plano, Pablo Rabiella y Sánchez,
Miguel Jerónim o Lorieri…), que enlaza c on la pintura rococó rep resentada por
José Luzán. Se imponen las grandes com posiciones escenográficas en vistosos
conjuntos murales, retablos fingidos y grandes cuadros de altar donde abundan
los escorzos violentos, los colores y luces claros mezclados con efectos
claroscuristas de gran teatralidad… ; en def initiva, la aparatos idad y
“extremosidad” barroca llevada a su m áxima expresión.
2.3.7. Presencia de artistas y obras foráneos
En el devenir de la pintura barroca ar agonesa desem peñó un importante papel -
todavía difíc ilmente m ensurable- la p resencia de pintores y obras venidos de fuera que,
sin duda, actuaron como cataliz adores de los cambios es tilísticos anteriormente
perfilados. Es lógico pensar que esos artist as fueran requeridos para encargos concretos
de cierta entidad, o que su c oncurso se debiera a contacto s y relaciones personales que,
por lo general, resulta complicado averiguar, por lo que el estudio en este ámbito
requiere una investigación específica que des borda los objetivos de este trabajo. Por
ello, y dado que la historia de la presencia pictórica foránea en el Aragón del seiscientos
sigue siendo una asignatura pendiente, en las líneas que siguen nos limitarem os a reunir
algunos ejemplos –en determinados casos inéditos- que al menos puedan ayudar a
comprender la m agnitud y posibilidades de la cuestión.
Comenzaremos por los pintores extranjeros 243 con obra conservada, entre los
que encontramos a (por orden cronológico): A nton van Dyck, a quien se atribuye la
Virgen con el Niño y santa Catalina de Alejandría (h. 1628-1631) de la iglesia
parroquial de Pedrola, pintura que con toda seguridad fue traída de Flandes por el IX
duque de Villahermosa 244 ; un anónimo napolitano que pintó h. 1630 los lienzos Jesús
entre los doctores y A doración de los Reyes que se conservan en la parroquial de
Arándiga (aunque proceden de la ermita de la Concepción) 245 ; Basilio Cagier, que
firma en 1661 el lienzo principal del que fue retablo m ayor de la iglesia parroquial de
San Martín en Huesca (actualmente en el transepto de la iglesia de Santo Dom ingo y
San Martín en la m isma ciudad ) 246 ; B ernardino Balduino, autor de sendas versiones de
la Sagrada Familia con san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier , fechadas en
Roma en el año 1663, para el Hogar Doz de Tarazona –donde tam bién se le atribuye un
Martirio de san Vicente - y para la iglesia de San Juan el Real de Calatayud 247 ; y
Giacinto Brandi, pintor romano a quien corr esponden los cuatro lienzos, fechables h.
1670-1675, que ocupan los machones centrales de la iglesia del Hospital de Nuestra
Señora de Gracia (antiguo Hospital de Conva lecientes), y que pudieron ser traídos por
su fundador, el arzobispo Diego Castrillo 248 , quien seguramente enriqueció la dotación
243 . Utilizamos este término en su acepción actual, pue s en el s. XVII solía ap licarse en sentido más
ampl io, com o sinó nim o de extrañ o o fo ráneo.
244 . LACARRA DUCAY, 1985.
245 . PÉREZ SÁNCHEZ, 1999, pp. 213-221.
246 . HIJÓS LAVILLA, 198 7.
247 . CALVO RUATA, 1991, pp. 69-70 .
248 . Ibídem ., pp. 467-470.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
77
artística del edificio con otros tres cuadros de filiación italiana y air e clasicista que
representan a Cristo y la Samaritana , Judit y Holofernes y el Éxtasis de santa María
Magdalena 249 .
También en este capítulo hem os de la m entar la pérdida de algunas obras
destacadas, como el lienzo La Virgen con el Niño y san Francisco , atribuido a Giovan
Battista Crespi, llam ado el Cerano 250 , que hasta la década de 1 960 se conservaba en la
iglesia parroquial de Brea de Aragón 251 .
Si en todos los casos anteriores la llegada de las obras no se vio acompañada de
la presencia de sus autores, tam bién existen ejemplos de pintores de origen extranjero
que residen y trabajan en Ar agón, como ocurre con el flor entino Francisco Lupicini, a
quien pertenecen las pinturas (h. 1638) de la capilla de Santa Elena en la Seo de
Zaragoza, y de muchos otros de los que te nem os constancia documental pero no –hasta
donde conocemos- obra conservada, com o los Or felín, procedentes de Poitiers (Francia)
pero establecidos en Zaragoza, los f lamencos José Jacobs (en Zaragoza ) y Guillermo
Donquers (en Huesca) 252 , o el francés Juan Blavet (en Zaragoza), pintor-grabador
natural de Aviñón que contrae matrimonio en la capital del Ebro en 1676 253 , tal vez
emparentado con el Raym ond Blavet que firm a en 1673 el lienzo titular del retablo de
San Pedro Arbués en la parroquial de Fuentes de Jiloca.
Al igual que sucede en el resto de Espa ña, el caravaggismo no tuvo, a juzgar por
lo conservado, especial protagonismo en tie rras aragonesas, aunque pueden encontrarse
interesantes obras ais ladas de esta tendenc ia en Bardallur, Huesca (ermita de los
Mártires), Jaca (convento de las “b enitas”) y Monzalbarba. No m ucha m ás relevancia
cuantitativa parece tener el tenebrismo de corte riberesc o-napolitano, si bien algunas
exitosas composiciones del pintor de Játiva dieron lugar a versione s de calidad notable,
como el San Sebastián atendido por las mujeres Irene y Lucina y Jacob con el rebaño
(Arándiga), San Pedro orante (Uncastillo), La estigmatización de san Francisco de Asís
(la Seo de Zaragoza) o el Martirio de san Bartolomé (Sestrica). Más intensa fue la
influencia de los pintores clasicistas italia nos, y en particular de Guido Reni, sin duda
debido a la amplia difusión que alcanzaron su s obras a través de la estam pa, como
sucedió con sus célebres San Miguel combatiendo al demonio , Aparición de la Virgen a
san Felipe Neri y Judit con la cab eza de Holofernes . Lo mismo se puede de cir de los
flamencos Rubens y van Dyck, cuya incidenc ia es bastante notable, com o lo prueban
varias versiones de ado raciones claramen te inspiradas en modelos rubenianos ( v.g r. la
de la capilla de la Vi rgen de Sancho Abarca en la parroqu ial de Tauste, las de la catedral
y la parroquial del Salva dor en Teruel, o las del Hospital Provincia l de Nuestra Señora
de Gracia 254 y la de la Seo de Zaragoza), una m agnífica Sagrada Familia (Gea de
Albarracín) que copia libremente la de Rube ns del Museo del Prado (procedente de El
Escorial); un Juicio de Salomón (la Seo de Zaragoza) inspir ado en otro del mismo autor
(Copenhague, Statens Museum for Kunst); o una Visión de san Agustín (Used) que se
sirve del modelo ideado por van Dyck para la iglesia de los agustinos de Amberes. A los
ejemplos citados sería preciso incorporar una nóm ina todavía imprecisa –por dispersa-
de cobres de origen flamen co, como por ejem plo el lote que trajeron consigo en 1680
los duques de Villahermosa, del que se conservan dos piezas en la antesacristía de la
Seo y nueve más en el Real Sem inario de San Carlos Borromeo de Zaragoza, o la
249 . Ibídem ., pp. 74- 75.
250 . PÉREZ SÁNCHEZ, 1965, p. 352.
251 . LOZA NO LÓPEZ, 2002 , p. 333, no ta 10.
252 . La biografía de este artista, en: P ALLARÉS FERRER, 2001, pp. 125-127.
253 . ALMERÍA GARCÍA y o tros, 1983, p . 294. Cfr. JIMÉNO, 2000, p. 69.
254 . CALVO RUATA, 1991, p. 76.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
78
magnífica serie de cuatro, copias de Rubens, qu e se guardan en la sacristía m ayor de la
Seo 255 . La influencia de la pi ntura francesa parece menos evidente, tal vez por se r
menos conocida, hecho que se aviene m al c on la documentada y abundante presencia en
tierras aragonesas de ciudadanos de esa naci onalidad y con la existencia de un comercio
de obras de arte perfectamente establ ecido y organizado desde el país vecino 256 .
La nómina de artífices y obras pro cedentes de otras zonas de España que
podemos reseñar de m odo provisional es toda vía mayor que la anterior, aunque como
sucedía allí su estudio ha merecido hast a el m omento escasísima atención. Conocidos
son los trabajos ejecutados por Alejandro de Loarte ( Milagro de san Bartolomé ; 1626,
palacio episcopal de Huesca) 257 ; Pere Cuquet (serie –incom pl eta- de los santos padres
de la Iglesia latina 258 ; 1637, iglesia parroquial de Fuen tes de Ebro); Pedro Núñez del
Valle ( San Orencio obispo de Auch ; 1628, basílica de San Lorenzo en Huesca);
Francisco Cam ilo (lienzo principal del retablo de las santas Justa y Rufina; 1644, la Seo
de Zaragoza); Bartolomé Rom á n (lienzo principal del reta blo de la capilla de San
Joaquín; 1645, colegiata de Santa María de Calatayud) 259 ; José Moren o ( Sagrada
Familia en Nazaret con san Juanito ; la Seo de Zaragoza 260 ); Juan Carreñ o de Miranda
( Inmaculada ; parroquial de Marlofa 261 ); Claudio C oello y Sebastián Muñoz (frescos de
la Mantería en Zaragoza; 1682-1683); Ju an Antonio de Frías y Escalante ( Muerte de
Santa Clara ; iglesia del convento de Santa Cl ara en Huesca); José Antolínez
( Anunciación ; 1667, basílica del Pilar en Zaragoza) 262 ; José de Cieza ( San Agustín y
San Jerónimo ; Museo Diocesano de Huesca) 263 ; Acisclo Antonio Palom ino (retablo
mayor de la parroquial de Navarrete del Río 264 ); y Francisco Antolín ez y Sarabia (serie
de ocho lienzos de historia evangé lica; palacio episcopal de Huesca 265 ). A la relació n
anterior podemos añadir los siguientes ha llazgos : del citado Francisco An tolínez, una
nueva serie de seis lienzos de te ma evangélico en Brea de Aragón 266 ; de fray Agustín
Leonardo, mercedario m adrileño de la fam ilia Argensola y errón eamente em parentado
con el pintor bilbilitano Jusepe Leonardo Chavacier 267 , una Asunción de la Virg en
fechada en 1633 (Sobradiel); de Matías Ximeno (Jimeno) el lienzo titu lar del retablo de
la Asunción de la Virgen, firm ado y f echado en 1658 (Villanueva de Jiloca); del
valenciano Vicente Salvador Gómez un lienzo de La Redención fe chado en 1676
(Nueros); una Aparición de la Virgen del Pilar de clara filiac ión madrileña y autor
todavía no identificado (Cariñen a); y las atribuciones a Mateo Cerezo de las pinturas del
retablo mayor de la parroquial de Ariza, y a Francisco Ignacio Ruiz de la Iglesia de un
Ángel salvando almas del Purgatorio (Tronchón) 268 .
255 . MORTE G ARCÍA, 1998 a, pp. 98-99, 1 18-119, 122- 123 y 154- 155.
256 . Come rcio que está siendo actualm ente objeto de invest igación p or Frédéric Jime no, quie n como
veremos ya ha hecho alguna s aportaciones de inte rés sobre la utilización de modelos fra nceses en la
pintura esp añola (JIMENO, 1998 y 2000) .
257 . PÉREZ SÁNCHEZ, 1994, p. 161.
258 . MORTE GARCÍA, 1998 d.
259 . BORRÁS GUALIS y LÓPEZ SAMPEDRO, 1975.
260 . ANSÓN NAVARR O, 1998 .
261 . LACARRA DUCAY, 1991 a.
262 . MORTE G ARCÍA, 1998 a, pp. 120-121.
263 . PÉREZ SÁNCHEZ, 1994, p. 162. En este texto to d avía se identificab an estos cuadr os, aunque con
ciertos reparos, como Galileo y Copérnico .
264 . GARCÍA HINOJOS A y otros, 1995.
265 . PÉREZ SÁNCHEZ, 1994, p. 162.
266 . LOZANO LÓPE Z, 2002. En est e artícul o se da not icia de otros cuadros de e ste autor que
actualm ente están en para dero desc onocido.
267 . MAZÓN DE LA TORRE, 1978, p. 25 y nota 101. Cfr. ARRESE, 1977, pp. 308-310.
268 . QUESADA VARELA, 2000, pp. 1 56-157.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
79
La influencia de los grandes artistas es pañoles se deja notar también en algunas
obras anónimas; así, encontram os ecos velazqueños en un San Juan Bautista (convento
de clarisas de Báguena), así co mo recuerdos murillesco s en un San José con el Niño
(ermita de la Virgen del Agua de Castellote) y en una Inmaculada (Ródenas). Copias
ligeramente modificadas de Claudio Coello (o Mateo Ce rezo) son las inm aculadas ya
citadas de la cripta de los Lastanosa en la seo oscense y de la parroquial de Lucena de
Jalón, así como el Triunfo de san Agustín de Alfajarín, tal vez por deberse a un pintor -
¿Pedro Aybar?- formado con el madrileño; y de Carreño de Miranda encontramos
versiones tan conseguidas como el Bautismo de Cristo de la colegiata de Santa María de
Calatayud y el espléndido Martirio de san Sebastián del palacio episcopal de Tarazona.
Tampoco faltan en este capítulo las obr as docum entadas o catalogadas en
paradero desconocido, de las que citaremos un par de ejem plos. El primero se refiere a
dos cuadros (una Inmaculada y un San Nicolás de Tolentino ) pintados h. 1651 por el
toscano –afincado en Madrid- Angelo Nardi para el convento de Agustinos Descalzos
de Zaragoza 269 . El segundo lo tenemos en la iglesia de Monreal de Ariza, en cuya
sacristía se cita la ex istencia 270 de “… cinco pequeños lienzos con pasajes de la vida de
Cristo ” de escuela madrileña, fechables en la segunda m itad del s. XVII. Se ignora el
paradero actual de estos lienzos, que desapa recieron, junto con otros bienes muebles que
componían la dotación artística de es ta iglesia, en la décad a de 1960 271 .
2.3.8. Valoración cuantitativa-cuali tativa y distribución geográfica
La producción pictórica durante el s. XVII, a juzgar por la obra conservada y por
la documentada, fue abundantísima, especi alm ente en pintura religiosa, que pudo
representar entre un sesenta y un setenta por ciento del tota l. La pin tura profana, en
general menos estudiada, ha sufrido m ayores dispersiones y pérdidas. El número de
obras es ligeram ente inferior en el norte de la región que en el resto, y lo m ismo sucede
con la mitad oriental re specto de la occidental.
La mayor cantid ad y calidad se da, además de Zarago za, en torno a las
denominadas “ciudades-convento” (Huesca, Calatayud, Daroca y Tarazona), en las que
los encargos de mayor entidad corresponde n a pintores foráneos -cuya producción
aparece por ello m ás dispersa-, circuns tancia ésta que lim itó la actividad de los
naturales, incapaces de afrontar tan dur a com petencia y cuya actividad suele
circunscribirse al grueso de la demanda local y a un dominio artístico m ás limitado y
concentrado.
Existe un desconocimiento casi absoluto de la pintura barroca turolense, que a
juzgar por lo conservado en las cerca de oc henta poblaciones (cifra que representa poco
más de la cuarta parte de las exis tentes ) que no perdieron su patrimonio durante la
guerra civil y que se agrupan en el oeste de la provincia, en torno al valle del río Jiloca,
es de una calidad media superior a la del resto de Aragón. Ésta presenta un nivel m edio-
bajo, debido a su abundancia y al escaso grad o de exigencia por parte de la clientela,
que en el caso de la pintur a religiosa veía fácilm ente colmadas sus neces idades
devocionales. No obstante, esporádicam ente aparecen obras de evidente calid ad, con
269 . MONEVA RAMIREZ, 1984, doc. 8334.
270 . ABBAD RÍOS, 1957, p. 251.
271 . CACHO, Ángel Vicente; CERRO, Francisco Javier del ; LÁZARO, G onzalo; y RENIEBLA S,
Adolfo: “I nventa rio inverte brado de la pa rroquia de Nuestr a Señora de la Asu nción de Monreal de Ariz a
(Zaragoza)”, e n actas del III Encuentro de Estudios Bilb ilitanos. I.- Arqu eología, Geografía , Arte .
Calatayud, Cen tro de Estudios Bilbilitan os (IFC), 1992, pp. 465-488. Los autores descartan la posibilid ad
de robo y hablan de “ venta indiscri minada” po r parte de las autorida des ecl esiásticas.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
80
frecuencia no suficientem ente valoradas, bien por el estado en que se encuentran, b ien
por estar almacenadas o en lugares poco visi bles, o bien por la influencia -tod avía
latente- de los prejuicios hi stóricos hacia el recargamie nto y la efusión barrocas. Con
mayor motivo han sido relegadas al olvido obr as que, sin tener una calidad pictórica
apreciable, sí poseen un interé s iconográfico o incluso extra- artístico, así com o piezas
que pueden calificarse como “r aras”, y por supuesto la de nom inada “pintura popular”,
expresión que con frecuencia se convierte en cajón de sastre o, lo que es peor, en
sinónimo de pintura de m ala calidad.
Otro problema que afecta a la justa valora ción de las pinturas pero también a su
conservación y a su crítica de autenticidad es el de la descontextualización: retablos
desmontados y conv ertidos en cuadros de caba llete; pinturas troceadas o recom puestas a
modo de collage ; obras retiradas de cap illas que son almacenadas en fals as y
habitaciones mal acondicionadas o, en el m ejo r de los casos, reunidas en “museos” o
salas de exposición de dudosa utilidad.
Frente al elevado número de piezas conservadas y a la abultada nómina de
artistas y talleres de nombre conocido 272 , existe una alarmante escasez de ob ras
documentadas. A m edida que se avanza en la centuria, disminuyen las capitulaciones de
pintura –casi inexistentes para la pintura profana-, frente a la abundancia de noticias
relativas a tare as de dorado y policrom a do-, problema que se complica dada la
ambigüedad con que se usa el térm ino “pin tor”, que aúna actividades muy diversas.
Cuando los documentos notariales aluden a un ar tista, salvo excepciones, no se refieren
a contratos, ápocas y coma ndas, sino a otros negocios (v entas, alquileres, cen sos,
insolutundaciones…). Las noticias sobre obr as y autores suelen ser indirectas y
aparecen sin m ucho detalle en las mandas te stam entarias, en los inventarios o en las
capitulaciones matrim oniales. A todo ello se suma la abundancia de obras no firm adas,
aunque a lo largo del periodo se observa una m uy leve tende ncia a signar las pinturas,
tal vez por la progresiva toma de conciencia por parte de los artist as de la dignidad y
carácter liberal de su actividad.
Como resultado de todo lo anterior, nos encontramo s con una abultada nómina
de artistas documentados sin obra conocida, y una cifra m uchísimo mayor de pinturas
cuya paternidad se ignora.
2.3.9. Las fuentes gráficas y literarias
Si bien no cabe encontrar en la pint ura barroca aragonesa ningún rasgo singular
en el modo de acom eter la práctica de la pint ura, es decir, en los métodos, las fases del
trabajo y los aspectos técnicos, sí parece per tinente indagar en las fuentes que sirvieron
de pauta o inspiración a los pintores o a sus mentores. Aunque en casos puntuales el
contacto con obras acaba das de otros artistas dieron orig en a copias o versiones, como
ya hemos visto, las principales fuentes visuales eran las g ráficas, es decir, el dibujo y la
estampa. En este sentido, es frecuente enco ntrar en los testam en tos de los artistas
alusiones a “borrones”, “rasguños” o “láminas” que form aban parte de su patrimonio y,
lo que es más importante, eran una herra mienta fundam ental, junto con el uso de
modelos al natural, del traba j o diario. Además de los dibuj os propios y ajenos, que con
toda probabilidad eran objeto de intercambio en tre m aestros y talleres, los reper torios de
272 . A modo de ejempl o, sólo en la ciudad d e Huesca se ha po dido consta tar la prese ncia de, al m enos,
una cuarent ena de pintores co n talleres en ac tivo (PAL LARÉS FERRER , 2001, p. 14), núm ero que en el
caso de Zaragoza se supe ra con creces (ALMER ÍA GARCÍA y otros, 1983; BRUÑÉ N, CALVO y
SENAC, 1987).
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
81
grabados –tanto sueltos como en series o bien formando parte de libros ilustrados-
permitían la ef icaz circulación y divulgación, a nivel intern acional, de com posiciones
exitosas de grandes artistas, y al mism o tiem po proporcionaban a los pintores el bagaje
iconográfico necesario para af rontar con solvencia cualq uier tipo de encargo. El
concurso del grabado era espe cialmente im portante en el ca so de la pint ura relig iosa,
sometida a un férreo control por parte de la Iglesia, que fijaba la form a correcta de
representar las escenas y los personajes de acuerdo con la id ea del “decoro” y, al mismo
tiempo, hacía uso de las posibilidades didáctic as y doctrinales/misionales que la imagen
proporcionaba. Tanto es así que fue la propia Iglesia la im pulsora de series grabadas,
acompañadas en m uchas ocasiones de textos que com pletaban la información gráfica y,
de paso, evitaban cualquier interp retación eq uívoca o desviada; en esta labor interesada
de promoción artística destacaron los jesuitas 273 , que utiliz aron los grabados com o
instrumentos de form ación y evangelización, pues vieron ellos un soporte sensorial
idóneo para la actividad espiritual, y en sus asuntos modelos visibles de imitación 274 .
Otra cuestión bien distinta es el escaso uso que los artistas aragoneses –como los
españoles- hicieron del grabado de reproducci ón para dar a conocer sus propias obras,
circunstancia de la que el propio Jusepe Martínez se lamenta en sus Discursos :
“… que todas las naciones menos ésta, ti enen tal inclinación a grabar en
estampas, para que todo el mundo vea lo sutil de sus ingenios, así en obras
mayores como menores, y como vos sabéis, en vuestra Roma e Italia han
grabado tres y cuatro veces una misma cosa, hasta las piedras viejas, d onde por
este medio han adquirido grande fama y estimación: bien al contrario de lo que
sucede en nuestra España, que si lo que hasta ahora hay obr ado se grabara la
centésima parte de lo admirable que hay, superara a muchas provincias, así en
pintura como es escultura, y arquitectura ” 275 .
Tampoco parecen m uy abundantes los casos de pintores-grabadores, ni los de
artistas que participen como “inventores” o “dis eñadores” de composiciones pensadas
para ser pasadas a la plancha, con la excepción –una vez más- de Jusepe Martínez,
quien además de ejecutar algunos aguafuer tes (técnica que pudo ap render en Italia)
realizó en 1622-1623 los dibujos preparatorios para las veintic inco ilustraciones de la
Historia di San Pietro Nolasco que grabaron los Greuter (M atías y Juan Federico ) y
Luca Ciamberlano en 1627 276 .
En cuanto a la procedencia de los grabados y a los artistas y grabadores m ás
representados, únicamente podem os apuntar, da da la carencia de investigaciones sobre
estos asuntos, que en general fueron las es tampas manieristas de fines del s. XVI y
principios del s. XVII las m ás utilizadas, y que las reprodu cciones grabadas de obras
flamencas (Rubens, van Dyck) parecen introd ucirse tardíamente, bien avanzada la
centuria.
No obstante la importancia del grabado com o vehículo y herramienta, otros
soportes de amplia producción y difusión pudieron actuar, a menor escala, de
273 . Sirvan de ejem plo las Adnot atione s et Meditati ones in Ev angelia –1593- encar go del prop io san
Ignacio al P. Jerónimo Nadal, referido a los evangelio s del año litú rgico e ilustrado con g rabado s de los
Wierix, o las Imago Primi Seculi Societatis Iesu –1640- con estampas de Cornelis Galle.
274 . RUBENS y BARBÉ, 1992, pp. XLV-XLI X.
275 . MARTÍNEZ, 1988 , pp. 278-280. Martínez expresa esta queja indirectam ente, en una carta de un
pintor it aliano, Ped ro Anto nio, a su am igo Crescenci, firmada en Madrid en 1610 , en la que el prim ero
pone estas pal abras en b oca de Eugeni o Cajé s, lo que viene a indicar que otros ar tistas participaban de esa
mism a opinió n.
276 . Sobre el viaje a Italia y esta serie de grabados , rem itimos a: MANR IQUE AR A, 200 1.
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
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transmisores de com posiciones e incluso de modos de pintar; tal sucede con los cobres,
y especialmente los de procedencia flamenca, cuya circu lación fue especialmente
intensa en la segunda mitad del s. XVII, creando una dependencia que se sigue
acusando una vez superado éste 277 . La incidencia que en estos procesos pudieron tener
los tapices, otra forma de arte m últiple a pa rtir de un m odelo, es todavía una incógnita.
Complem entarias de las fuentes gráficas son las literarias o filológicas, si bien el
recurso a éstas no era tan frecuente entre los artistas –salvo contadas excepciones- como
en los comitentes y en los m entores. Esta última función correspondió norm almente a
eclesiásticos de sólida fo rmación, con un especial prot agonismo por parte de los
jesuitas, que hacían gala de una esmerada preparación y adem ás evidenciaron desde su
instauración en España una decidida inc linación por el uso del arte como m edio de
evangelización y de reforzamiento de su propia orden.
La incidencia de este tipo de fuente s en los programas iconográficos se vio
favorecida por la existencia –ya comentada anteriorm ent e- de una notable cultu ra
libresca y de una abundante producción impresa, con predom inio de obras religiosas
(hagiografías, libro s de fundaciones, textos taum atúrgicos, fies tas de beatificación y
canonización, serm ones, catálogos de santos , m anuales de perfección y comportam iento
virtuoso, constituciones sinodales, textos doctr in ales sobre asuntos varios, etc.).
Si bien el estudio de los textos impresos en su relación con la iconografía
pictórica está por hacer, queremos señala r de modo tentativo, entre las ediciones
aragonesas del s. XVII, algunos títulos que presentan un valor pote ncial com o fuente
literaria (por orden al fabético de auto res):
- ABARCA DE BOLEA, Ana Francisca: Vigilia y octavario de San Juan
Bautista . Zaragoza, Pascual Bueno, 1679.
- AÍNSA E IRIARTE, Diego de : Fundación, excelencias, grandezas y cosas
memorables de la antiquísima ciudad de Huesca . Huesca, 1610.
- Ídem: Translación de las reliquias del glorioso pontífice san Orencio . Huesca,
Juan Pérez de Valdivieso, 1612.
- ALEGRE DE CASANATE, Marco : De los Milagros de Nuestra Señora del
Carmen . Zaragoza, Imp. Pedro Verges (m ayor), 1625.
- ANDRÉS DE UZTARROZ, Juan Francisco : Historia de Santo Domingo de
Val . Zaragoza, Imp. Pedro de Lanaja y Lam arca, 1643.
- Ídem: Monumento de los mártires Justo y Pastor en la ciudad de Huesca …
Huesca, Juan Nogués, 1644.
- Ídem: Vida de San Orencio obispo de Aux . Zaragoza, Imp. Pedro de L anaja y
Lamarca, 1648.
- ANÓNIMO: Relación de las fie stas que la ci udad de Huesca de el reyno de
Aragón ha hecho al nacimiento del Prínci pe nuestro señor D. Felipe Próspero
de Austria, hijo del Rey Catholico don Felipe IV y de la reina doña Mariana de
Austria, su segunda mujer . S.l., s.a.
- ANÓNIMO: Vida, virtudes y dichoso tránsito de la gloriosa, y es tática virgen
Rosa de Santa María. De Lima. Compuesta por un dev oto. Zaragoza, herederos
de Diego Dormer, 1675.
- BASURTO, Diego: Vida y milagros de Santa Te resa de Iesus, de su
Beatificacion… Zaragoza, herederos de Diego Dorm er, 1677).
277 . Sobre la circulación de los cobres flam encos, rem itimos a: FERNÁNDE Z PARDO, 1996, passim .
2. Contexto histórico-ar tístico: Aragón y su pintura en el siglo XVII
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- BATISTA DE LANUZA, Jerónimo: Sermón que predicó en la fiesta de la
Beatificación de la Bienaventurada Virgen y Ma dre Santa T eresa de Jesús… en
su religiosisimo Convento de Religiosas Carmelitas desca lzas de Zaragoza .
Zaragoza, Juan Lanaja y Quartanet, 1615 (impresa también al año siguiente por
los herederos de Pedro Lanaja y Lamarca).
- Ídem: Homilías sobre los evangelios de la Quaresma . Zaragoza, Juan de
Lanaja, 1633.
- BLASCO DE LANUZA, Vicencio: Peristephanon seu De coronis sanctorum
aragonesium, vita, morte, miraculis Beati Petri Arbuesi… libri quinque…
Zaragoza, Imp. Juan Lanaja y Quartanet, 1623.
- BONETA Y LAPLANA, Joseph: Vidas de santos y venerables varones de la
religión de Nuestra Señora del Carmen , de la antigua observancia. Zaragoza,
Domingo Gascón, 1680.
- BRIZ MARTÍNEZ, Juan: Sermón que predico en el Colegio de Jesuitas… por
la Beatificacion de San Francisco Xavier . Zaragoza, Juan Lanaja y Quartanet,
1620.
- CARRILLO, Martín: Historia del glorioso San Valero, obispo de… Çaragoça .
Zaragoza, Imp. Juan Lanaja y Quartanet, 1615.
- CLAVERÍA, Juan: Discurso sobre la imagen de Santo Domingo de Soriano .
Zaragoza, Imp. Pedro de Lanaja y Lamarca, 1643.
- DÍEZ DE AUX, Luis: Relato de las fiestas que a la beatificacion de… Santa
Teresa de Iesus… hizo… la Imperial Ciudad de Zaragoza . Zaragoza, Imp. Juan
Lanaja y Quartanet, 1615.
- Ídem: Sumario de la venida de Santiago a España y fundacion de la Capilla .
Zaragoza, Juan Lanaja y Quartanet, 1631.
- FÉNIX DE CANALE S, Francisco : Historia de Santa Maria de Magallon .
Zaragoza, Imp. Juan Lanaja y Quartanet, 1614.
- Ídem: Historia del milagroso aparecimient o y venida de la Santa Imagen de
nuestra Señora de Magallon a la santa casa de este nombre . Zaragoza, Imp.
Juan Lanaja y Quartanet, 1614.
- Ídem: Sermón de la conversión y lágr imas de Santa Maria Magdalena .
Zaragoza, Imp. Juan Lanaja y Quartanet,1614.
- FUENTES, Jerónimo de: Sagrado triunfo y fiestas de la ciudad de Huesca en la
canonización de san Pedro de Alcánt ara y santa María Magdalena de Pacis .
Huesca, Juan Francisco Larumbe, 1668.
- GUADALAJARA Y JA VIER, Marcos: Catálogo de los Santos de la Orden de
Nuestra Señora del Carmen . Zaragoza, Juan Lanaja y Quartanet, 1616.
- Ídem: Compendio de la vida, virtudes favorables y milagros de… Sor Maria
Magdalena de Pazzis . Zaragoza, Imp. Pdro Verges (mayor), 1625 (otra edición
en 1627).
- Ídem: Tesoro espiritual de la religi on de Nuestra Señora del Carmen .
Zaragoza, Imp. Juan Lanaja y Quartanet, 1616.
- JESÚS, Teresa de: Libro de las fundaciones de los Conventos de las Carmelitas
Descalzas . Zaragoza, Imp. Pedro Gel, 1623.
- Ídem: Los libros de la B. Madre T eresa de Jesús… (edición a costa de Juan
Bonilla). Zaragoza, Imp. Pedro Cabarte, 1615.
- LANAJA Y PALLÁS, Martín de: Estado de la perseguida iglesia del Xapon,
prodigioso milagro del Após to l de las I ndias S. Fr ancisco Xavier de la
Compañía de Iesus . Zaragoza, Imp. Hospital de Nuestra Señora de Gracia,
1639.
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