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Abstract

Este trabajo constituye el primer estudio lingüístico de la obra americanista de fray Íñigo Abbad y Lasierra, autor culto aragonés dieciochesco. En él se analizan sus obras más importantes: el Diario del Viaje a América, la Descripción de las Costas de California y la Relación de la Florida, junto con otros documentos americanos coetáneos, para tratar de mostrar cómo era el español americano del siglo XVIII y de qué manera se refleja en la lengua de fray Íñigo. Con este objetico, se examina la ortografía, la fonética, la morfosintaxis y, fundamentalmente, el léxico, aspecto, este último, que arroja los datos más interesantes de la investigación, puesto que en él se analizan un buen número de indigenismos y americanismos léxicos atestiguados por primera vez en los textos de Abbad y Lasierra. Gómez Gonzalvo, Mónica María; Frago Gracia, Juan Antonio

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1 EL ESPAÑOL AMERICANO DEL SIGLO XVIII EN LA OBRA DE ABBAD Y LASIERRA Tesis elaborada por Mónica Mª Gómez Gonzalvo bajo la dirección del Pr. Dr. D. Juan Antonio Frago Gracia Universidad de Zaragoza Departamento de Lingüística General e Hispánica 2007 2 ÍNDICE 1. INTRODUCCIÓN ....................................................................................... 3 2. FRAY ÍÑIGO ABBAD Y LASIERRA : BIOGRAFÍA Y EXP ERIENCIA EN AMÉRICA ................................................................................................................. 8 2. 1. Biografía ............................................................................................................ 8 2. 2. La obra americanista de Abbad y Lasierra ...................................................... 23 3. FUENTES CONSULTADAS.................................................................................. 50 3. 1. Obras de Abbad y Lasierra .............................................................................. 50 3. 2. Manuscritos ...................................................................................................... 61 3. 3. Otras fuentes consultadas................................................................................. 64 4. GRAFEMÁTICA..................................................................................................... 71 4. 1. La puntuación .................................................................................................. 72 4. 2. La acentuación ................................................................................................. 82 4. 3. Mayúsculas ...................................................................................................... 85 4. 4. Grafías de los fonemas vocálicos..................................................................... 88 4. 5. Grafías de los fonemas consonánticos ............................................................. 90 4. 6. Consonantes dobles.......................................................................................... 96 4. 7. Grafía de la nasal ante /p/ y /b/ ........................................................................ 97 5. REFERENCIAS FONÉTICAS Y GRAMATICALES ........................................... 99 5. 1. Modismos fónicos ............................................................................................ 99 5. 1. 1. Vulgarismos vocálicos y consonánticos ................................................. 99 5. 1. 2. Antihiatismo.......................................................................................... 101 5. 1. 3. Grupos consonánticos ........................................................................... 102 5. 1. 4. El meridionalismo fonético ................................................................... 103 5. 1. 5. Documentos del sur de los Estados Unidos .......................................... 106 5. 2. Rasgos morfosintácticos ................................................................................ 108 6. EL LÉXICO ........................................................................................................... 115 6. 1. Indoamericanismos ....................................................................................... 123 6. 2. Americanism os .............................................................................................. 282 7. CONCLUSIONES ................................................................................................. 471 3 DOCUMENTOS NOVOHISPANOS DEL A.G.I. .................................................... 497 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS ...................................................................... 541 4 1. INTRODUCCIÓN Fray Íñigo Abbad y Lasierra, preocupado por los intereses económicos y políticos de España en el Nuevo Mundo, dedicó buena parte de su vida a los asuntos amer icanos, dando lugar a una extensa labor historiográfica, interesante no sólo pa ra el análisis de la historia de América, sino también para el est udio del español del ot ro lado del Atlántico, puesto que los nueve años que vivió en Puerto Rico tuvieron algunas consecuencias lingüísticas que han quedado reflejadas en sus obras. Por ello, con el propósito de examinar tales repercusiones, hemos seleccionado tres de sus es critos más im portantes: el Diario del Viaje a l a América , la Descripción de las costas de California y la Relación de la Florida. Así, pues, nuestro obje tivo no es otro sino llevar a cabo el análisis lingüístico que merece la obra de este ilustrado ara gonés; y es que, a pesar de que ha dado lugar a numerosos trabaj os de carácter histórico, por el momento carecemos de estudios que cen tren su atención en la lengua de Abbad y Lasierra. Como ca be esperar de un autor como fray Íñigo, nacido en la región aragonesa en el Siglo de las Luces, su lengua escrita no refleja otra modalidad sino la del espa ñol culto de ti po norteño, máxime si tenemos en cuenta que sus obras son fruto de un trabajo muy elaborado; de hecho, nuestro autor prepara borra dores que luego revi sa varias veces hasta llegar a la versión definitiva que finalmente entregará al copista. 5 Pero nuestro obispo pasó varios a ños de su vida al otro lado del Atlántico, circunstancia que no debem os olvidar a la hora de examinar la lengua de nuestro autor, pues en ella hallamos al gunos rasgos del español americano. Precisamente en este aspe cto, esto es, en estudiar en qué medida se vio afectada la lengua es crita de Abbad y Lasierra por su estancia en el Nuevo Mundo, vamos a centrar nuestra atención en la presente tesis doctoral. Para ello examinaremos si existe o no alguna huella de fonetismo meridional y algún rasgo gramatical característico del español de América, pero sin perder de vista el hecho de que fray Íñigo pertenezca a la España norteña y de muestre una enorm e erudición; pues, dadas estas dos circuns tancias, resulta espe rable que los rasgos americanos tanto en el nivel f onético-fonológico como en el morfosintáctico sean o bien fruto de lexicalizaciones, o bien consecuencia del proceso de creación textual, ya que , por un lado, dichos rasgos pueden estar tomados directamente de alguna de las fuentes documentales que Abbad y Lasierra empleaba para ela borar sus libros y, por otro, pueden proceder de la mano de algún copist a criollo a cargo de nuestro obispo. Mayor atención requiere, sin duda, el nivel léxico, pues las obras de fray Íñigo ofrecen un buen número de in digenismos y de americanismos léxicos, algunos de ellos documentados por primera vez en el siglo XVIII, motivo por el cual no ha de extrañar que buena parte de nuestro estudio se centre en este aspecto. Además de las obras de fray Íñi go Abbad y Lasierra, estudiaremos varios documentos pertenecientes al Archivo General de Indias y al Archivo Diocesano de Barbastro dados en el sur de los Estados Unidos y en el norte de México, territorios de l os que fray Íñigo, alarmado por la pérdida de la hegemonía española, se ocupa en sus escritos, aunque sólo 6 en parte. La incorporación de esto s documentos del Archivo General de Indias a nuestro corpus com pleta la visión del español americano de finales del siglo XVIII que se despre nde del análisis de las obras de Abbad y Lasierra. Y es que el enorme esmero con el que el clérigo aragonés confecciona sus obras tiene, co mo es natural, una consecuencia lingüística, pues escribe sus textos en un lenguaje muy culto y cuidado. En cambio, los manuscritos anali zados, aunque presentan un lenguaje formal, puesto que se trata de textos oficiales, son más espontáneos. Por este motivo constituyen un testimonio má s fiel de cóm o era la lengua de la época en los dominios indianos . Y es que la lengua de Abbad y Lasierra refleja los rasgos del espa ñol peninsular norteño, mientras que los documentos de archivo estudiados han sido escritos en tierras americanas, por lo cual algunos refl ejan los rasgos meridionales más representativos en el aspecto fonétic o-fonológico, esto es, confusiones seseo-ceceosas y aspiración. De nuestro estudio esperamos pode r ofrecer el análisis lingüístic o de la obra de Abbad y Lasierra de jando a un lado los aspectos generale s del español del siglo XVIII, que en muy poco difiere de la situación lingüística actual, y atendiendo exclus ivamente a los rasgos propios del español americano, intent ando determinar hasta qué punto se vio influida la lengua escrita de nuestro au tor por el periodo de tiempo que permaneció en tierras caribeñas. Asi m ismo trataremos de establecer las repercusiones lingüísticas de cada uno de los distint os procedimientos de creación textual utilizados por fray Íñig o a la hora de elaborar cada una de sus obras, esto es, có mo dichos rasgos americanos pueden ser consecuencia de la experiencia pers onal o del conocimiento erudit o. Por último, completaremos nuestra visi ón de l español americano del siglo 7 XVIII en la obra de Abbad y Lasierra atendiendo a los rasgos principales que caracterizan el español del sur de l os Estados Unidos a finales del periodo colonial a través del expurgo de los documentos procedentes del Archivo de Indias que aquí estudiamos. 8 2. FRAY ÍÑIGO ABBAD Y LASIERRA: BIOGRAFÍA Y EXPERIENCIA EN AMÉRICA 2. 1. Biografía Trabajador incansable, liberal, ilu strado y adelantado a su tiempo , fray Íñigo Abbad y Lasie rra fue un hom bre de vida muy intensa cuya obra supone una fuente inagotable pa ra los estudios americanistas. Íñigo Abbad procede de un li naje noble procedente del señorío de Vizcaya, cuya casa troncal radicó en el valle de Gordejuela, pero que acabó teniendo ramas en Castilla, Asturi as, Valencia, Sicilia, Andalucía, Aragón y América. En Aragón hubo varias ramas de la fam ilia Abad asentadas en Jaca, Loporzano, Alagón, Ayerbe y Estadilla 1 . El primer Abad que se establ eció en Estadilla, pueblo natal de nuestro biografiado, fue Bernardo Ab ad y Allué, bisabuelo de Íñigo Abbad. Éste se casó con Isabel Marías y tuvo un hijo llamado Esteban que se casó con Esperanza Bernad y tuvi eron seis hijos. Uno de los hijos de éstos, llamado Francisco, obtuvo una sentencia del Justicia de Aragón que probaba su infanzonía en un pleito contra el marqués de Aitona, señor temporal de Estadilla. Francisco se casó con Teresa Lasierra y tuvieron once hijos, entre los cual es destacarían Manuel Este ban y el benjamín de la familia, Agustín Íñigo. 1 Hilton, Descripción , 61. 9 Juan Antonio Pascual Agustín Íñig o Abbad y Lasierra nació el 19 de abril de 1745 y se crió en un am bi ente familiar de elevada cultura y de inconfundible sello ilustrado 2 . Estudió Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Ingresó en la Orden bene dictina en el monasterio de Santa María la Real de Nájera. Por instru cción de sus superiores, continuó sus estudios de Filosofía en el colegio de San Juan del Poyo, en Galicia, y después se trasladó a la Univer sidad de Irache, donde amplió sus conocimientos y recibió los grados de maestro en Artes y doctor en Teología y Cánones. Term inados sus estudi os, dedicó algún tiempo al ministerio de la predicación, tarea en la que al parecer manifestó una profunda erudición 3 . En este tiempo fray Íñigo comenz ó a escribir su apellido con dos bes – Abbad – como lo hace su herm ano Manuel, quizá para distinguirse de las otras ramas de la familia, o pa ra diferenciar el apellido Abbad, del correspondiente cargo monástico 4 . En 1771 embarcó para tierras am ericanas como secretario y confesor de fray Manuel Jiménez Pér ez, monje del Monasterio de Santa María la Real de Nájera y Catedrátic o jubilado de la Universidad de Oviedo, quien había sido nombrado obis po de Puerto Rico. La diócesis de Puerto Rico era muy grande; incluí a las islas de Puerto Rico, Trinidad y Margarita, más las provincias de Cum aná, Orinoco y la Nueva Barcelona, de la actual Ven ezuela. Por este motivo, era comprensible que el obispo necesitase ayuda para cu mplir con las tareas eclesiásticas y administrativas que requería la diócesis. 2 Gutiérrez, Puerto Rico , 14. 3 Nieto y Sánchez, Hermanos Abbad, 38. 4 Nieto y Sánchez, Relación , 14. 16 La respuesta del rey se limitó, sin embargo, a comunicarle al General de San Benito el deseo de que se exonera se a fray Íñigo de las actividades del convento sin con cederle la ayuda económica que necesitaba. Así, pues, el 28 de agosto de 1783 Pablo Fernández Valcárcel, el General benedictino, ordenó el nombramiento de Abbad como conventual de San Martín dispen sándole de otras tareas ajenas a su proyecto 18 . Conseguido este logro, fray Íñi go reiteró la petición de ayuda económica para continuar su labor hist oriográfica en otra misiva que escribió al rey el 22 de septiembre de 1783: “Suplico a V. R. M. se sirva dispensarme su real protección y los medios que tengo pedidos para poder continuar y publicar la obra que propon go. Gracia que espero de la real piedad de V. R. M.” 19 . En esta mis ma carta incluía el índice de las provincias e islas de Amér ica, cuyas descripcione s ya había elaborado, pertenecientes a los obispados de Lima, Arequipa, Trujillo, Huamanga, Cuzco, La Plata, La Paz, Santa Cr uz de la Sierra , La Asunción del Paraguay, Buenos Aires, Chile, Puerto Rico, Guatemala, et c. 20 Entretanto, puso fin a la primera parte de la Descripción de las costas de California, cuya advertencia pre liminar firm ó el 13 de diciembre de 1783. Siguió con sus tareas historiográficas, pasando del archivo de la Secretaría de Indias a i nvestigar en las Bibliotecas reales de Madrid, donde extractó documentos de l a Miscelánea de Ayala , y San Lorenzo del Escorial y en el Archivo General de Barcelona , para lo cual 18 Nieto y Sánchez, Ilustración , 145. 19 Hilton, Descripción , 193. 20 Ibídem, 195-196. 17 solicitó y obtuvo el permiso real para consultar y copiar los manuscritos más relevantes para su obra. Estudió el comercio con Filipinas y Asia. El 2 de septiembre de 1784 envió desde San Ildefo nso una obra sobre el co mercio de Filipinas, aún inédita, en la que incluía un ma pa de los rumbos de América a Filipinas 21 . En octubre envió dos cuadernos sobre el mismo asunto: en el primero, titulado Reflexiones sobre el comercio de Filipinas , proponía la necesidad del co mercio con Asia; el segundo era una copia de los documentos enviados desde Cantón po r los comisionados de los gremios de Madrid sobre las posibilidades comerciales en el que critica los veintidós artículos de privilegios qu e dichos comisionados solicitaron al rey porque le parecían abusivos 22 . El 28 de junio de 1785 entrega la Relación de la Florida , su última obra conocida sobre América. Mientras tanto, la carrera eclesi ástica de Abbad y Lasierra no se quedó estancada. De hecho, en 17 83 fue nombrado Pr ocurador General de la Congregación benedictina en la corte española, cargo de indudable importancia política. En 1787 tom ó posesión de la abadía mitrada de San Pedro de Besalú en Cataluña que le había concedido Carlos III. Ocupó este cargo hasta que en el año 1790 Car los IV lo presentó para la silla episcopal de Barbastro en Aragón, llega ndo así a la cumbre de su carrera eclesiástica. Fue obispo de Barbastro durante ve intitrés años, tiem po en el que fray Íñigo dejó de trabajar en su proyecto del Diccionario , quizá por falta de tiempo, pues em prendió importantes reformas en la organi zación de la 21 Nieto y Sánchez, Relación , 21. 22 Nieto y Sánchez, Ilustración , 145. 18 diócesis y además sostuvo algunas dife rencias con otros fr ailes. Tuvo una contienda con el monast erio benedictino de Sa n Victorián, renovando un antiguo pleito entre los abades de dicho monasterio y los obispos de Barbastro por la jurisdicción y rentas de más de cincuenta pueblos, que se resolvió con la obtención de un decr eto de la Real Cámara de Castilla en el que los monjes de San Victorián que servían y percibían los beneficios de la iglesia de Graus estarían sujeto s a la aprobación, visita y correcci ón del obispo Abbad y Lasierra 23 . Nuestro autor poseía un talante ilustrado que no tardaría en ocasionarle problemas con la Santa In quisición, que, aunque en el siglo XVIII era una institución en decadencia, había orientado sus fuerzas para combatir las nuevas ideas revoluciona rias que, procedentes de Francia, suponían una amenaza para el Estado absoluto 24 . En consecuencia, en 1792 el obispo de Barbastro fue acusado de jansenista al Santo Oficio al manifestar, junto con otros miembros significados del alto clero español, su apoyo a la Constitución Civil de l clero francés en una carta hecha pública en Francia 25 . Afortunadamente, la intervención de su hermano Manuel Abbad y Lasierra, quien por entonces gozaba de gran autori dad por ser Inquisidor General, hizo que la acusación quedara archivada. Pero el problema no iba a quedar zanjado definitivamente, puesto que el endurecimiento de la postura permisiva de los medios cortesanos ante el extendido jansenismo se materializó en una real orden en la que se reconocía la Bula Auctorem fidei promulgada por Pío VI en 1974 en la que se condenaban las conclusiones de l Sínodo de Pistoia asumidas por el 23 Nieto y Sánchez, Ilustración , 148. 24 López, Movimiento ilustrado , 257-258. 25 Ídem. 19 jansenismo español 26 . Tal circunstancia hizo que fra y Íñigo nuevamente tuviera problemas con la Inquisició n que había asumido la tarea de vigilar el cumplimiento de dicha bula. Así, fray Íñigo por segunda vez fue acusado por el Santo Oficio de incu mplimiento de la mencionada real orden junto con otras personalidades relevantes com o la condesa de Montijo, el obispo Palafox de Cuenca y Josef Espluga 27 . P e r o n o s e pudieron aportar pruebas de herejía contra ninguno de los encausados y, por tanto, se salvaron de sufrir las posibles consecuencias disciplinarias. Aunque finalmente salió bien lib rado de los problemas con la Inquisición, no por ello dejó de padecer conflictos y tensiones. Se había n refugiado en España muchos sacer dotes franceses, fugitivos de la Revolución, y algunos se habían establ ecido en la diócesis de Barbastro. El obispo Abbad y Lasierra no toleraba su presencia y, en diciem bre de 1792, publicó un edicto por el cual les ordenaba salir de su diócesis en diez días bajo pena de prisión. Dic ho edicto causó cierto escándalo y, si bien el obispo finalmente anuló esta amenaza, no po r ello dejó de criticar públicamente a estos clérigos refractarios de la Ilustración 28 . La sede episcopal de Barbastro contó, pues, con un personaje excepcional, de só lida formación te ológica y filosófica, pero también geográfica y económica, gran estudioso y gran viajero 29 . La huella que dejó Abbad y Lasierra en la organización de su obispado fue muy importante. En la catedral y el obispado estableció reformas económ icas y administrativas, y asim ismo reformas sociales y sanitarias. Interesado por el elemento de reactivación econó mica, intervino decisivamente en la 26 López, Movimiento ilustrado 260. 27 Ibídem, 259. 28 Demerson, Manuel Abbad , 126-12 7. 29 Nieto y Sánchez, Relación , 22. 20 creación del Hospicio de la Mise ricordia de Barbastro y tuvo un destacado papel en la hist oria de la demografía eu ropea al autorizar en su diócesis la vacuna contra la viruela 30 . En Barbastro el obispo realizó un proceso de reformas eclesiásticas que, en palabras de Saturnino L ópez Novoa, dieron como resultado “mayor culto a la iglesia y aumento del culto divino” 31 . En 1795 reestructuró la planta de la Iglesia: aumentó el número de racioneros que tendrían la obligación de residir en Ba rbastro; suprim ió la dignidad de chantre, junto con los oficios de arci preste y sacristán mayor; el antiguo capellán mayor se convirtió en ca nónigo vicario que tendría bajo su dirección a tres vicarios con ración aneja para atender la parroquia, que mantuvo única para toda la ciudad. Acompañó esta reordenación con nuevos estatutos, estableció en la diócesis veinte nuevas vicarías y enriqueció muchas parroquias que te nían ingresos insuficient es. Entre las muchas preo cupaciones del obispo Abbad y Lasierra en Barbastro, no descuidó el fomento de las nuevas técnicas de la agricultura, obligando a los párrocos de la diócesis a suscribirse al Semanario de Agricultura, Artes y Oficios. En 1802 decidió fundar una biblioteca en el palacio episcopal de Barbastro, abriéndola al público, bajo la dirección de su secretario de cámara José Aillón 32 . También patrocinó la continuación de la elaboración de una gran Historia de las iglesias de Aragón. 30 Nieto y Sánchez, Relación , 22. 31 López Novoa, Historia de Barbastro , 222. 32 Ibídem, 223. 21 El comienzo de la guerra de la Independencia en 1808 supuso el inicio de uno de los peri odos más críticos de la vi da de fray Íñigo Abbad y Lasierra. Inevitablemente, su id eología y su carácter le llevaron a enfrentarse con el nuevo sistema bonapa rtista en defensa de la causa nacional. Colaboró activamente en la creación de los Tercios de Voluntarios de Barbastro dando órdene s a sus párrocos para que ayudasen en todo lo posible a los voluntar ios que defendían la frontera con Francia 33 . El 30 de mayo de 1808, tras enterarse de los acontecimientos del 2 de mayo de Madrid , pronunció su conocido manifiesto pastoral de Castejón del Puente, reflejo de su firm e carácter, en el que arengaba a sus fieles diocesanos a luchar contra el enemigo: Concluimos, hijos m íos, encar gándoos y rogándoos por las adorables entrañas de vuestro Seño r Jesucristo, Obispo y Partes de nuestras alm as, que el calor con que hagáis el ser vicio de nuestra m ilicia, sea seguir las leyes y reglas cristianas. Limpios por la penitencia de la inmunda y asquerosa lepra de la culp a, alimentados con la carne y sangre del Salvador por la dign a recepción de la Divina Eucaristía, no volviendo a caer o levantándose pr estamente, en vuestr as m archas, en las guarniciones, en los ataques no se tr ate sino de ofender al enem igo, y que esto sea sin m ezcla de vicio alguno, y únicamente im pulsados de estos grandes y poderosos motivos: La Religión, el Rey, la Patria, nuestro honor 34 . En el mes de junio de 1808 se ex ilió voluntariamente de Barbastro tal vez, según la opinión de Luis Al fonso Arcarazo y Mª Pilar Lorén, por los hechos acaecidos el 13 de junio 35 . En dicha fecha varios franceses avecindados y casados en la ciudad fueron acusados de connivencia con 33 Arcarazo y Lorén, Huella erudita , 67. 34 Baso, Andadura americana, 222. 35 Arcarazo y Lorén, Barbastro , 108. 22 el invasor. El obispo Abbad y Lasie rra acogió en el Palacio Episcopal a sus mujeres puesto que las autorida des civiles no fueron capaces de controlar el motín. Co mo consecuencia, una vez encar celados los extranjeros, la residencia diocesan a fue asaltada, saqueada y destrozada y fray Íñigo fue acusado de afra ncesado, para continuarse el registro en su casa de Estadilla 36 . En cualquier caso, éste fue el inic io de una vida errante entre las Islas Baleares, Reus, Ta rragona, Vinaroz, Valencia y Alicante, m ientras los franceses saqueaban y destrozaban el palacio episcopal y confiscaban todos sus bienes. El obispo se vio reducido a la mayor pobreza hasta que en 1810 la Regencia le asignó las rent a s del arcedianato de Huete para que pudiese subsistir decorosamente. Desde su exilio en V alencia fue uno de los pocos obispos que escribió felicitando a las Cortes de Cádiz por haber suprimido el Santo Oficio y haber establecido los Tribunales protectores de la fe, muestra, u n a vez más, de su carácter ilustrado 37 . En 1813, como reconocimiento a su patriotism o, la Regencia le presentó para arzobispo de Valencia , sede vacante desde febrero de ese mism o año. Sin embargo, no llegó a tomar posesión puesto que, al poco de recibir esta noticia, murió de una apoplejía el 24 de octubre de 1813 en la masía del Poyo, en el término de Ribarroja del Turia, donde fue enterrado por su propia voluntad. 36 Arcarazo y Lorén, Huella erudita , 68. 37 Nieto y Sánchez, Ilustración , 150. 23 2. 2. La obra ameri canista de Abbad y Lasierra A pesar de los desafortunados in cidentes que provocaron el regreso de fray Íñigo a España nueve años de spués de su llegada a Puerto Rico, nuestro autor no perdió su interés por A mérica y, de hecho, dedicó buena parte de su vida a trabajar sobre el Nuevo Mundo. Poseía un vasto conocimiento del mundo americano gracia s a sus amplias lecturas y a su estancia en la isla. De allí había regresado con apuntes, mapas, planos y tablas que emplearía después en la elaboración de sus obras. Asim ismo, había traído consigo el Diario del Viage a América 38 , su primer trabajo americanista, fruto de las sucesivas visitas pastorales por la diócesis de Puerto Rico. De este viaje por tierras american as de Abbad y Lasi erra da cuenta el aragonés coetáneo Antonio Arteta de Monteseguro, c on el que nuestro autor compartió su e xperiencia, en su Discurso Instructivo sobre las ventajas que puede conseguir la Industria de Aragón con la nueva ampliación de puertos concedida por S. M. para el comercio de América en que se proponen los gé neros y frutos de este Reino más útiles a este fin, y los medios de extraerlos y negociarlos con mayor economía y beneficio. Así, pues, dicho autor cita a fr ay Íñigo en el inicio del capítulo que dedica a Puerto Rico: Por noticias que me ha com unicado el Padre Don Frai Iñigo Abad, que ha estado algunos años en las Islas de Am érica, de donde hace poco que ha regresado, he sabido que en esta Isla tienen despacho los m ismos géneros y efectos de España que en Santo Domingo, especialmente los tafetanes de color o listados, los lienzos, angaripolas, indianas, bombasíes, y todo 38 En lo sucesivo nos referiremos a esta obra como Diario . 24 género de telas de seda, hilo o algodón. Asimismo las lonas y lonetas, y todo género de hilos y sedas para cose r, cordeleria para barcos, trenzas, trenzillas, cintas y todo género de listoneria, sables, achas, candados y clavazon 39 . Y un poco más adelante indica lo sigu iente: “Por un Estado general de esta Isla, formado el año de 1773, que m e ha franqueado dicho Padre Abad, consta que sus pueblos y di stancias son como se expresan” 40 . Fray Íñigo remitió dicha obra el 8 de julio de 1781, probablemente a Eugenio Llaguno, primer oficial de la Secretaría de Estado, según Jua n J. Nieto Callén y José M. Sánchez Molledo 41 , consciente de que en ella aportaba información suficiente para obtener una visión actualizada de la situación de los territorios que comp rendía el obispado de Puerto Rico: Su relación fiel y m oderna le facilitara la in teligencia del e stado actual de las provincias que comprenda el progr eso de nuestros establecim ientos, y plantaciones, la calidad, y bondad de su s frutos, la riqueza de las minas que se trabajan, nuestras fuerzas actu ales, numero de avitantes para su defensa, puertos, rios na vegables, y demas noticias que desea, no solo para satisfacer su curiosidad sino para ex tender sus conocim ientos sobre quanto sea util, y tenga relacion de aquellos paises con los nuestros ( Diario , f. 1r.). El Diario es resultado de su experien cia personal y, por tanto, ofrece información de primera mano. De hecho, el propio Abbad y Lasierra en la carta que acomp aña la entrega del Diario advierte: 39 Arteta, Discurso instructivo, 108-109. 40 Ibídem, 125. 41 Nieto y Sánchez, Diario , 47. 25 Primera página del Diario (1r) 32 en cuanto a materia hist órica e historia natural 50 . Así, pues, Abbad y Lasierra suple la imposibilidad de consultar fuentes documentales primarias con el m anejo de numerosas fuentes secundarias, motivo al que podemos achacar su enorme cautela en lo referente al análisis histórico de Puerto Rico. Aunque esta obra sea, por tanto, de segunda mano, no por ello deja de ser una buena síntesis de la historia puertorriqueña y, de hecho, ha sido valorada como el punto de partid a de su historiografía. En la elaboración de la segunda part e de la obra, la referente a la vida de los habitantes de la isla, fra y Íñigo se si rvió de su experiencia personal durante los nueve años que permaneció al otro lado del Atlántico, que le permitió una obser vación directa de la geografía, la fauna, la flora, las costumbres, etc., de la isla. Esta es la causa de que dicha parte de la Historia geográfica, civil y política de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico tenga mayor frescura. El conocimiento directo hace que el autor no tenga la necesidad de ser tan prudente como en lo concerniente a los datos histór icos y que se permita el lujo de reflexionar y aconsejar acer ca de có mo mejorar la situación de la isla. Observador inteligente, señala las causas que, a su juicio, han propiciado la postración económica del país, algunas de las cuales ya había apuntado en el Diario . Las insuficientes y precarias vías de comunicación dificultan el co mercio, por lo que sería necesario construir nuevos caminos y habilitar más puertos . La injusta y desproporcionada repartición de las tierras favorece el enriqueci miento de unos y la miseria de otros. Critica asimism o los lím ites comerciales considerando que el régimen del libre cambio, al prom over un auge económico, causaría un 50 Gutiérrez, Puerto Rico, 23. 33 enriquecimiento de los ciudadanos y, por tanto, un au mento del consumo de objetos de lujo que repercutiría favorablemente en la recaudación de impuestos por el Estado. Tacha de inhumano el sello del carimbo sobre los negros esclavos y además lo ju zga de medida fiscal equivocada que dificulta la explotación agrícola. Re conoce en la población un factor económico indispensable y señala la necesidad de favorecer la repoblación de la isla con colonos espa ñoles a quienes se debería proveer de terrenos suficientes para su subsistencia e industria 51 . Destaca, además, las posibilidades económicas que ofrece la explotación de los recursos naturales de las tierras puertorriqueñas. Todo ello revela el carácter reflexivo y crítico propio de un autor ilustrado com o Abbad y Lasierra. Reflejo de estos rasgos de la pers onalidad de fray Íñigo es el estilo sobrio, recto y severo con el que está es crita la obra. El autor huye de las estridencias históricas y de las posic iones extremas, que sustit uye siempre por la objetividad, siempre imperante en el texto, que a veces parece ocultar su origen español y su condici ón de religioso. Así, por ejemplo, cuando se ocupa del tema de la esclavitud, en ge neral se limita a exponer los hechos sin entrar en la contienda ideológica que se estaba dando en el siglo XVIII y que, a juzgar por su form ación intelectual y por sus lecturas, sin duda, conocía. A esta objetivid ad se une su expresión siempre mesurada que lo mantie ne dentro de una expresión digna y elevada 52 . Destaca, asimismo, su preocupación por la claridad y la precisión: Llevando siempre el objeto de evitar la confusión y deseos o de manifestar en la descripción de la isla el diseño m ás confor me al original y en cuanto 51 Gutiérrez, Puerto Rico, 52. 52 Ibídem, 58. 34 me sea posible trasladar a la plum a el concepto y observaciones hechas sobre el mismo país, procuro guiar s obre él al lector por el cam ino más claro y desembarazado ( Historia, 315). Dicha preocupación se refleja en la abso luta fidelidad al objeto descrito. Sus descripciones nunca son recargada s, sino siempre sobrias y sencillas, destacando con certeza las característic as imprescindibles. Estas buenas descripciones son fruto de su afinada facultad de observación. El hecho de que fray Íñigo tratase de elaborar una historia completa de Puerto Rico, la información de pr imera m ano que él mismo aportó y la sobriedad y la objetividad con que está escrita la Historia geográfica, civil y política de la isla de S an Juan Bautista de Puerto Rico son, sin duda, las causas de que hoy en día es ta obra sea considerada como el punto de partida de toda la hist oriografía puertorriqueña. La siguiente monografía americanista que concluyó fray Íñigo es la Descripción de las costas de California 53 , que se integra en el ambicioso proyecto del Diccionario General o Enci clopedia de la América española, al que dedicarem os nuestra at ención más ad elante. Abbad y Lasierra ofrece al Conde de Floridabla nca, el 23 de septiembre de 1783, como ad elanto del diccionario, la parte de la obra en la que se ocupaba de la descripción de la California, ya que era la que tení a más adelantada 54 . 53 A partir de este momento, para que la lectura del estudio no sea tan pesada, me referiré a esta obra como Descripció n. 54 Nieto y Sánchez, Relación , 20. 35 Primera página de la Descripción (1 r) 36 El autor firmó la advertencia preliminar de la Descripción el 13 de diciembre de 1783 en San Martín de Ma drid. El título completo de la obra es Descripción de las costas de California septentrional y meridional hasta el estrecho de Ani án. Su descubrimiento; variedad de nombres que le han dado; geografía de las costas del mar del sur desde el cabo de San Lucas hasta el Círcul o Ártico; viajes hechos a ella; temperamento y calidad de la tierra, puertos, misiones; y descubrimient os de los rusos sobre nuestras Indias e is las situadas al N.O., y comercio de éstos. Es una crónica relativamente extens a, se com pone de 83 folios, que el autor divide en 12 capítulos 55 : - Cap. 1º. Variedad de nombres, ex tensión y descubrimiento de la California y estrecho de Anián . - Cap. 2º. Descripción ge ográfica de California. - Cap. 3º. Descripción de las costas de el Mar del Sur desde el cabo San Lucas hasta el Círculo Ártico. - Cap. 4º. Primeras noticias y viages de la California. - Cap. 5º. Primera entrada en la Ca lifornia: cli ma, temper amento y calidad de la tierra. - Cap. 6º. Descripción topográfica de los pueblos de la California Meridional. - Cap. 7º. Descripción de las misione s y pri n cipales puertos de la California Septentrional. - Cap. 8º. Descubrimientos sobre las costas septentrionales hasta el estrecho de Anián. - Cap. 9º. Continuación del precedente 55 Reproduzco los títulos de los cap ítulos tal y como el autor lo hace en el índice de la obra respetando la ortografía que aparece en la edición de la obra que manejo. 37 - Cap. 10º. Descubrimientos de los rusos sobre nuestra América e yslas. - Cap. 11º. Descripción de las prin cipales yslas del archipiélago situadas al N.O. de la América. - Cap. 12º. Comer cio de la Rusia en la América, e yslas de su archipiélago. Según señala el propi o Abbad y Lasierra en la advertencia preliminar 56 , la descripción que presenta se puede considerar en dos partes. En la primera parte, del cap ítulo prim ero al noveno, el autor da noticia del descubrimient o y de los viajes por m ar y por tierra que los españoles han llevado a cabo desde Hern án Cortés hasta el momento en el que escribe Abbad y Lasierra; c ontinúa con la descripción y fundación de todos los pueblos desde el cabo de San Lucas hasta Monterrey y de los territorios y ríos que corren desde el río Colorado hasta el puerto de la Trinidad. En la segunda parte, del capítulo décimo al decimosegundo, e l autor describe los viajes y los desc ubrimientos que realizaron los rusos sobre las costas españolas de Améri ca y las islas de Anadir desde 1727 hasta el momento en el que fray Íñigo escribe; señala la situación, la extensión y las circunstancias de cada isla y el comercio que hacen con el continente, sus establecim ientos, go bierno y utilidades; por últim o, concluye señalando las c onsecuencias que con llevará el creciente comercio de Rusia con estos territorios. El autor escribe esta obra en un deseo de apoyar su afán expansionista en el territorio californi ano y de dar una respuesta eficaz a las amenazas políticas y comerciales de rusos e ingleses. Pretende 56 Hilton, Descripción, 99. 38 descubrir y corregir todos los errore s que otros autores han cometido en la descripción de las costas de Calif ornia. Atribuye esta falsa geografía californiana a una deliberada política de fomento de la confusión por parte de las potencias extranjeras con el objeto de disminuir el alcance de los derechos de soberaní a española en esos territorios 57 . El propio Abbad y Lasierra, en la advertencia preliminar de la obra afirma: Quando la serie de los siglos y de los innum erables viages executados en ellos hacia estas partes debía ilustrarnos con nuevos conocimientos, vemos que los yngleses y rusos aprovechan los que han adquirido en estos últimos año s para difundir mayor c onfusión, y alucinarnos con la m isma luz con que aparentan guiarnos ( Descripción, 98). No sólo reprocha esta intencionada confusión en los datos, sino que, además, se da cuenta de l as omis iones que realizan los autores que describen estas costas que él tratará de restaurar en la Des cripción : “En el extracto del viage de Cook se ha dado también alguna luz para aclarar l o que intenta ocultar en los parages más im portantes” ( Descripción, 99). La primera car acterística que hay que señalar en el análisis estilístico de la obra que aquí nos ocupa es el hecho de que no sea una fuente primaria. Fray Íñigo Abbad y Lasierra para elaborar esta obra emplea una extensa bibliografí a y algunas fuentes manuscritas de primera mano que forman parte de los apuntes y anotaciones que tomó durante su viaje a América. Al analizar las fuentes que emplea Abbad y Lasierra 58 , observamos al autor como un auténtico e xperto en la bibliografía de tema americano. El autor conoce las prim eras crónicas de Indias, como la Historia general y natural de las Indias de Gonzalo Fernández de 57 Hilton, Descripción, 79. 58 Vid.Hilton, Descripción, 81-88 para consultar las fuentes empleadas por fray Í ñigo Abbad. 39 Oviedo, la Historia general del las Indias de Francisco López de Góm ara, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, etc.; pero también la s obras más recientes como la Noticia de la California escrita por Miguel Venegas o el Método de la navegación que convendrá se observe en lo s descubrimientos de la costa septentrional de la California… de Juan Francisco de la Bodega y Cuadra, etc. Aprovecha la in formación que ofrecen distintas publicaciones periódicas (por ejemplo la Gaceta de Madrid, la Gaceta de Londres… ), atlas y alm anaques. Adem ás hay que destacar que Abbad y Lasierra maneja bibliografía escrita en distintas lenguas (francés, italiano, inglés) e incluso, como ya hem o s vist o más arriba, obras de autores como Raynal y Robertson cuya lectur a estaba prohibida en España 59 . No obstante, hay que tener en cuenta que es habitual qu e el autor realice citas de segunda mano. El abundante empleo de fuentes escritas nos conduce a que, durante la lectura de la obra, echemos en fa lta el frescor y la espontaneidad que aporta la vivencia direct a, pero, por otro lado, nos aproxima a la erudición historiográfica de fines del s. XVIII en la que se sitúa esta obra. D e cualquier modo, hay que tener en cuenta la visión práctica con que el autor concibe la Descripción ya que la finalidad de la crónica no es otra que la de actualizar los datos disponibl es sobre California para afianzar la presencia española en esas tierras. La labor de Abbad y Lasierra en esta obra consiste básicamente en realizar una síntesis de aquellas fuentes que le parecen más fiables, apenas a porta explícitamente opiniones ni interpretaciones personales. 59 Hilton, Descripción, 79. 40 Sin embargo, podría destacarse como una aportación original su concepción y organización de la obra. La Descripción puede considerarse como un primer intento de trascender la clásica división historiográfica entre la California jesuítica y la franc iscana y de incorporar las últimas noticias sobre el Pacífico septentrional 60 . En virtud de esta concepción de su obra Abbad y Lasierra es uno de los primeros autores que percibió l a unidad o indivisibilidad de las cost as noroccidentales del continente americano. Muchas otras obras hablan de la Vieja o Baja California, de la Nueva o Alta California, del actual Es tado de California, de la Columbia Británica, de Alaska, etc. En cambio la Descripción pretende abarcar toda la costa desde el cabo de San Lucas hasta el estrecho de Bering, ofreciéndonos la sugerente visión de la entonces todavía posible identificación entre continuidad geográfica y unidad política 61 . Del estilo literario de fray Íñigo Abba d y Lasierra en esta obra podemos destacar dos rasgos muy claros : la sobriedad y la objetividad, presentes, como ya hemos visto, en otras obras suyas. La sobriedad estilística está relacionada con la er udición dieciochesca. Con un uso del lenguaje que se caracteriza por la concreción y la corrección, nuestro obispo se toma muy en serio la labor historiográfica que pretende llevar a cabo para desterrar toda s las equivocaciones que ha sta el momento se han cometido en lo concerniente a la desc ripción de las Indias. Aunque es un texto elevado y sobrio, no obstante, en la advertencia preliminar podemos apreciar cierta ironía cuando, p ara señalar las incorrecciones que co mete James Cook en la descripción de lo s rum bos, dice de sus navegantes: “más parecen buzos que sacan la cabeza por donde menos se les esperaba que navegantes que van a reconocer la costa” ( Descripción, 97) o “no 60 Hilton, Descripción, 78. 61 Ibídem, 79. 41 obstante que tomaron la precaución de ocultar el sol con cerrazones y neblinas, para dispensarse de darnos la latitud de los días siguientes” ( Descripción, 97). Por otro lado, nuestro obispo casi nunca dejar entrever su subjetividad. Sin embargo, su ad miración por Hernán Cortés, su afán expansionista y su dese o de dar una respuesta eficaz a las amenazas políticas de rusos e ingleses nos re velan que Abbad y Lasierra era un hombre que estaba al tanto de los acontecimientos internacionales y que se preocupaba por la po lítica imperial de España. Rel acionado con esta objetividad es tá el hecho de que fray Íñigo intente aportar a su obra el mayor gr ado posible de exac titud en los datos que incluye. Según afirma Sylvia L. Hilton 62 , la descripción que hace Abbad y Lasierra de las costas que están dominadas por los españoles es bastante adecuada. En cambio, los da tos que aporta en la descripción de la costa septentrional son más confusos e incom p letos. Esto se debe a que las fuentes escritas que existían sobre estos territorios eran escasas y de difícil acceso y las que estaban dispon ibles eran confusas y parciales. Cualquier valoración de este texto ha de hacerse teniendo en cuenta que la obra formaba parte de un proyecto má s amplio que Abbad y Lasierra no llegó a concluir. El propio autor, al final de la obra, prom ete una segunda parte que comp letará los datos ofrecidos en la primera: En la segunda parte de esta obra, se dará noticia del gobierno, carácter, usos y costumbres de las naciones que habitan las costas del mar del Sur, desde el cabo de San Lucas hasta el estrecho de An ián, con la historia natural de las producciones útiles al com ercio que puede hacerse en aquellos m ares, y las utilidades que de todo res ultará a la España, y los 62 Hilton, Descripción, 80. 48 No obstante, formó las descripciones de los obispados de Lima, Arequipa, Trujillo, Huamanga, Cuzco, La Plata, La Paz, Santa Cruz de la Sierra, La Asunción del Paraguay, Buenos Aire s, Puerto Rico y Guatemala, contribuyendo de este modo a una práct ica habitual en la España del XVIII según la cual se realizaban numer osos estudios de la botánica, la geografía, las costumbres, la historia , etc., de la América española. Fruto de su viaje al Nuevo Mundo y de la tarea historiográfica que emprendió fray Íñigo a su regreso a Es paña es tam bién la colección de documentos americanistas que, en la actualidad, se conservan en el Archivo Diocesano de Barbastro. Es te conjunto docum ental, conocido como Fondo Abbad y Lasierra, es el má s am plio y complejo de todos los fondos americanos que se atesoran en los archivos eclesiásticos aragoneses 71 . Tal complejidad ha hecho que dicho fondo haya sido objet o de distintos intentos de catalogación a lo largo de los años. En 1929 Ricardo del Arco realizó un primer inventario del Archivo de la Curia de la ciudad de Barbastro, en el que proporcionó un índice de setenta y dos títulos de documentos de índole americanista 72 . Lamentablemen te, co mo consecuencia de la Guerra Civil, los papeles del Archivo Diocesano de Barbastro quedaron deteriorados y desordenados. En 1945, Ambrosio Sanz Lavilla, canónigo arcediano de la ca tedral de la ciudad, emprendió la tarea de recuperar y or denar la documentación c onservada, reagrupándola en mil ciento trece legajos, dentro de los cuales los fondos americanistas ocuparon los números 780 a 789 73 . Convencido de la importancia de 71 Buesa, Fondos americanos, 28. 72 Pardo, Fondo Abbad y Lasierra, 12. 73 Canellas, Noticias , 30. 49 estos diez legajos, redactó un inventario de un total de ciento treinta y dos documentos cuyo manuscrito original depos itó en e l archivo. En 1951, la americanista Marie Helmer revisó el trabajo de Sa nz Lavilla y elaboró un nuevo inventario, compuesto por 215 docum entos, que fue publicado en el Anuario de Estudios Americanos , dando así a conocer el legado que Abbad dejó en Barbastro 74 . La importancia de es te fondo americanista y los problemas que planteaba el estado de los docum entos suscitó la tesis doctoral El fondo americanista del obispo don Agustín Íñigo Abbad y Lasierra en el Archivo diocesano de Barbastro defendida por Ángela Pardo García en 1990. En ella la autora ha llevado a cabo la reorde nación y el análisis de los papeles americanistas de fray Íñ igo para confeccionar un inventari o definitivo que consta de 333 documentos agrupados en nueve legajos bajo la notación de “Papeles de I. Abbad y Lasierra” 75 . Además, ha el aborado un índice onomástico, toponím i co y temático que, sin duda alguna, facilita en gran medida la id entificación de los documentos. El Fondo Abbad y Lasierra contiene borradores y apuntes empleados por fray Íñigo en su elaboración de la Histori a de Puerto Rico, la Relació n de la Florida y la Descripción de las costas de California . De hecho, la misma Á ngela Pardo halló la pr om etida segunda parte de esta última obra 76 . El resto de los documentos conservados son materiales acopiados para la realización del proyectado Diccionario General de América que nuestro autor nunca co mpletó. 74 Helmer, Documentos americanistas , 551-567. 75 Pardo, Fondo Abbad y Lasierra, 19-41. 76 Pardo, Fondo documental , 105 5-1070. 50 Los papeles conservados en el Arch ivo Diocesano de Barbastro, el soñado Diccionario americano y las cuatro m onografías que fray Íñigo escribió tras su estancia en el Nue vo Mundo son el fruto de toda una vida dedicada al estudio histórico, social y económico de la presencia española en América, sin duda, reflejo del car ácter erudito e ilustrado de nuestro autor y cantera inagotable para la investigación. 51 3. FUENTES CONSULTADAS Para la elaboración de la presente tesis doctoral hemos anal izado fuentes documentales de diversa pro cedencia y naturaleza. En primer lugar, hemos estudiado algunas obras americanistas de fray Íñigo Abbad y Lasierra. En segundo lugar, hemo s expurgado documentos manuscritos procedentes del Archivo General de Indias y del Archivo Diocesano de Barbastro. Por último, hemos maneja do distintos textos im presos que tienen en común el hecho de proceder de los territ orios que comprenden en la actualidad el sur de los Estados Unidos y el norte de México. Como resultado hemos obtenido un corpus do cumental cuya heterogeneidad queda justificada porque permite, por un lado, estudiar las consecuencias lingüísticas que tuvieron los nueve a ños que nuestro autor permaneció en tierras americanas y, por otro, dete rminar los rasgos principales del español del sur de los Estados Unidos a finales del periodo colonial. 3. 1. Obras de Abbad y Lasierra Fray Íñigo Abbad y Lasierra, preocupado por los intereses económicos y políticos de España en el Nuevo Mundo, dedicó buena parte de su vida a la historiograf ía americana, dando lugar, como ya hemos visto, a una extensa labor bibliogr áfica, interesante no sólo para el análisis de la historia de Améric a, sino también para el estudio del español del otro lado de l Atlántico, puesto que lo s nueve años que vivió en Puerto Rico tuvieron algunas consecuencias lingüísticas que han 52 quedado reflejadas en sus obras. C on el propósito de examinar tales repercusiones, hemos seleccionado tr es de sus escritos más importantes, cuyos datos hemos incluido e n nuestro corpus. Se trata del Diario del Viage a la América , la Descripción de las costas de California y la Relación de la Florida. El Diario del Viage a la América fue entregado por el autor a un funcionario de Madrid el 8 de julio de 1781. Es una obra extensa que consta de 270 folios, incluido e l escr ito de remisión. A nuestros días ha llegado una sola copia escrita con le tra itálica que, aunque está realizada por un copista profesional, contiene algunas tachaduras y enmiendas. Por motivos desconocidos, dicha copia fue a parar a las manos de un librero de Barcelona que hacia 1929 la ve ndió al Dr. Pedro Manuel Arcaya, quien la llevaría a Venezu ela donde hoy se conserva 77 . Sus herederos, conscientes de la im portancia de esta obra, puesto que frecuentemente era objeto de consu lta para diversas investigaciones, aprobaron que el Banco Nacional de Ahorro y Préstamo llevara a cabo su publicación facsímil en Caracas el año 1974 bajo el título de Viage a la América 78 . De este modo, el primer tr abajo americanista de Abbad y Lasierra se ponía al alcance de los investigadores. A partir de esta reproducción facsímil, Juan José Nieto Callén, licenciado en Historia por la Universi dad de Zaragoza experto en archivos altoaragoneses, y José María Sánchez Molledo, doctor en Historia Moderna por la Universidad Complutense de Madrid, prepararon la edición del Diario del Viaje a América, que fue publicada en el año 2003 77 Nieto y Sánchez, Diario , 47. 78 Abbad y Lasierra, Diario , 1. 53 por Miraguano Ediciones, poniendo así la obra más original de Abbad y Lasierra a nuestra disposición. Aunque, sin duda, se trata de una edición muy cuidada en la que apenas hemos hallado algún error de transcripción ( venerco por venéreo ), presenta el inconveniente de que, al ser una publicación pensada en principio para el estudio histórico, la acentuación, la ortografía y la puntuación han sido m odernizadas. Por este motivo, a pesar de que iniciamos nuestras investigaciones acerca del Diario a partir del texto preparado por Nieto y Sánchez, fi nalmente decidimos expurgar el documento facsímil que, obviamente, ofrece datos m ucho más interesantes para la i nvestigación lingüística, en tanto que nos permite estudiar la ortografía y la acentuación del español del s. XVIII. Íñigo Abbad y Lasierra envió el manuscrito original de la Descripción de las Costas de California el 13 de diciem bre de 1783 desde el monasterio de San Martín de Madrid al conde de Floridablanca. En la actualidad se conservan dos copias comp letas de la obra. La primera de ellas es el manuscrito de la Bibliot eca de Palacio de Madrid, bajo la signatura 1480; lleva por título Descripción de las costas de California septentrional y meridional hasta el estrecho de Anián. Su descubrimiento; variedad de nombres que le han dado; geografía de las costas del mar del sur desde el cabo de San Lucas hasta el Círculo Ártico; viajes hechos a ella; temperam en to y calidad de la tierra, puertos, misionales; y descubrimientos de los ru sos sobre nuestras Indias e islas situadas al N.O., y comercio de éstos. Es el manuscrito más cuidado y completo que existe de esta obra, consta de 4 hoj as, 83 folios y 2 hojas; 54 está escrito en letra itálica de perf ecta caligrafía; su tamaño es de 297 x 195 mm y conserva el ex libris “B iblioteca del Rey Nuestro Señor”. La segunda copia manuscr ita completa se conser va en la Biblioteca del Ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid, ms. 137. Lleva por título Descripción histórico-ge ográfica de la California y sus costas e islas hasta el estrecho de Anián, formada so bre los viajes de mar y tierra más exactos de españoles, ingleses y rusos . Se compone de 6 hojas, 94 folios y 1 hoja. Este manuscrito contiene tachaduras y correcciones y, además, le falta la portada con el título comp leto de la obra. En cambio, ofrece algunas líneas más del text o que el otro manuscrito 79 . Por último, se conserva una copia incompleta de la obra en el Archivo Diocesano de Barbastro en el Fondo Abbad y Lasierra. Es una copia en limpio de perfecta caligrafía con enmiendas autógrafas de Íñigo Abbad. Consta de 80 folios, contiene ínt egros los c apítulos 2 al 11; falta la portada, el prólogo y parte del capítulo 1 y el 12 80 . En 1981 la doctora Sylvia Lyn Hilton elaboró la edición de la Descripción de las costas de California para la colecci ón “Tierra nueva e Cielo nuevo”, que publicó en Madr id el Centro Superior de Investigaciones Científicas con motivo del medio milenario de l Descubrimiento de América. Se trata de una cuidada edición en la que la autora, además de realizar un intere sante estudio sobre la figura de fray Íñigo Abbad y Lasierra y sobre el te xto que aquí nos ocupa, lleva a cabo la transcripción de la obra teniendo en cuenta las dos copias manuscritas completas que se conser van. La edición sigue la transcripción del 79 Hilton, Descripción , 89. 80 Nieto y Sánchez, Relación , 52. 55 manuscrito del Palacio Real, que es más limpio y cuidado, m odernizando la puntuación pero conservand o la ortografía. Con es ta edición Sylvia L. Hilton dio a conocer el referido texto que hasta entonces había permanecido inédito y advirtió, asim ismo, de la importancia de la segunda parte de la obra prometida por el propio Abbad y Lasierra al final de la Descripción . De dicha segunda parte se han ha llado algunos folios en el Archivo Diocesano de Barbast ro. Efectivamente , Ángela Pardo García durante la elaboración de su Tesis Doctoral El fondo documental americanista del obispo don Agustín Abbad y Lasierra en el archivo diocesano de Barbastro localizó dos manuscritos (S/ 47 y S/48), que contienen tres capítulos de esta anunciada segunda parte que todavía permanecen inéditos 81 : Cap. 1. Carácter, gobierno, religión us os y costum bres de California. Cap. 2. Estado de las artes, vestidos y fiestas entre los californios, al tiempo que los descubrieron los españoles. Cap. 3. Creencias y usos relig iosos de los californios. La doctora Pardo en su Tesis Doctoral incluye la transcripción de estos textos, cuya consulta nos ha sido m uy útil sobre todo para el estudio del aspecto léxico de la lengua de Abbad y Lasierra. Para el an álisis de los ra sgos lingüísticos que ofrece la Descripción hemos empleado el texto preparado po r Sylvia L. Hilton que, no obstante, hemos comparado con la copia conserva da en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid. Sin duda alguna, este cotejo nos ha corroborado que la edición es fruto de un trabajo bien elaborado y cuida do que merece la 81 Pardo, Fondo documental , 105 5-1070. 56 mención de otros autores 82 . De hecho, tan só lo hemos hallado una diferencia entre la copi a y la transcripción, riqueras por riquezas , que, seguramente, responde a un error de impresión. Sin embargo, la lectura de dicho manuscrito sí nos ha planteado ciertas dudas. Así pues, cuando leemos la palabra alijo en el siguiente ejemplo: “El país es frondoso, c ubierto de arboleda, de sauces, alijos , parras, zarzamoras, rosales y variedad de flores y yerbas m edicinales, que cubren las praderías” (f. 44r.) y la buscamos en los diccionarios, nos damos cuenta de que ninguno de ello s da un significado válido para este vocablo en tal contexto ; más adecuado es el significado de la forma aliso . Según el profesor Juan Antonio Fr ago, en muchas ocasiones, bien por mera distracción ocasional, bien por la incultura del que escribe, se acortan las distancias que, impuestas por la convención ortográfica, separan la lengua ha blada de la escrita 83 . No parece muy probable que se trate de un caso de aspiración de [s], puesto que la forma aliso es propi a del habla culta y porque fray Íñigo Abba d es un hom bre bien formado, y con una enorme cultura que, además , no da m uestras de poseer una fonética afectada por su estancia en América. Más aceptable parece pensar en un error de transcripci ón según el cual el copista habría confundido una ∫ alta con la grafía j ( aliso ). Aún m ás evidente es la confus ión que se ha producido en las formas baydara y naydara . Sin duda alguna, donde se ha leído n , debió de ponerse u , grafía que también representaba al fonema /b/. Tal error parece deberse a un despiste que ha tenido lugar durante la copia del texto, ya que las grafías correspondientes a n y a u poseían trazos muy 82 Nieto y Sánchez, Relación , 54. 83 Frago, Tradición ortográfica, 115. 57 semejantes que pueden dar lugar a malas lecturas. Dado que podemos afirmar con seguridad que naydara es fruto de un error, hemos decidido sustituirla por uaydara , fonéticamente equivalente a baydara . En otras ocasiones observamos ejem plos de confusión de una vocal por otra, que claramente se deben a un lapsus cálam i que se ha producido en algún momento del proceso de ela boración de la copia. Así, pues, encontramos nopoles (f. 37v.) por nopales . La forma que aparece en la copia que manejamos no ha sido registra da por ninguna de las obras que empleam os en la elaboración de este trabajo excepto por el CORDE, que recoge el ejemplo que aquí nos oc upa, por lo que pode mos estar seguros de que se trata de una forma equivo cada, que bien podría deberse a un error de lectura de la grafía a por la grafía o . El caso contrario, de confusión de o por a , lo encontramos en caba que aparece en lugar de cabo en el siguiente ejemplo: “sigui endo el m ismo rumbo se hallan los montes de San Pedro y San Pablo fo rm ando un cabo: el mismo que en muchos mapas se conoce por caba de San Ermógenes, y que los rusos en 1741 tubieron por yslas” (f.18v.). Como en el cas o anterior, ninguna de las obras que hemos consu ltado recogen la forma caba con el significado que requiere este contexto, por lo que tenemos que pensar en una equivocación o en una errata. Mientras que estas formas no pr oducen dificultades insalvables a la hora de estudiar las voces que deberían aparecer en el texto, no sucede lo mism o con algunas palabras que no perten ecen al léxico español. Es el caso de arckeas, arjas, baydara, chaiko, galubel, pestreki, postuchina, etc. Hemos podido identificar algunas de estas palabras como vocablos del ruso, pero no hemos logrado en contrar todas. Aunque podríamos 64 Por otro lado, la lengua de Abbad y Lasi erra refleja los rasgos del español peninsular norteño, aunque algunas veces hallamos grafías seseo- ceceosas y ejemplos de aspiración; si n embargo, en estos casos, debemos pensar en un proceso de lexicalizaci ón según el cual nuestro aut or ha reproducido estos sonidos tal y como lo s ha escuchado durante sus viajes por el Nuevo Mundo. Por el contra rio, los documentos estudiados han sido escritos en tierras americanas, por lo que algunos reflejan los rasgos meridionales más representativos en el aspecto fonético-fonológico, esto es, confusiones seseo-ceceo sas, aspiración y yeísmo. Estas características, unidas al hecho de que los documentos pertenecen a distintos territorios de l sur de los Estados Unidos y de México de los que no se ocupa Abba d y Lasierra, com pletan la visión del español americano del XVIII que o frece la obra de fray Íñigo. 3. 3. Otras fuentes consultadas Además de expurgar las obras de fray Íñigo Abbad y Lasierra y los manuscritos del Archivo General de In dias y del Archivo Diocesano de Barbastro que aquí transcribimos, hemos ma nejado una serie de obras impresas que nos han servido para a poyar y com pletar los datos obtenidos de los documentos que hemo s descrito hasta ahora. Así, pues, hemos estudiado part e de los textos que incluye la doctora Concepción Company Company en Documentos Lingüísticos de la Nueva España publicado por la Universi dad Nacional Autónoma de México en 1994. En concreto, hemo s analizado un tota l de setenta y 65 cuatro documentos que corresponden a la segunda mitad del siglo XVIII, desde el año 1740 hasta el año 1800, y que pertenecen a distintos estados de México: Guerrero, Hidalgo, Jalisco, México, Michoacán, Morelos, Oaxaca, Puebla, Qu eretaro y Tlaxca la. Entre estos escritos hallamos cartas privadas; denuncias, autodenun cias y testim onios de juicios; confesiones; notas privadas y ofic iales; informes; inventarios de embargos y de bienes; etc. Las trans cripciones que ofrece Concepción Company en este corpus documental reproducen fielm ent e el texto ya que están destinadas al estudio filológico. Por consigui ente, aunque se ha modernizado la puntuación, la separación de palabr as y el empleo de mayúsculas y minúsculas, se respetan la acentuación y todas las grafías del original. De este modo, hallam o s aquí una fuente de estudio m uy interesante que ofrece además de valiosa informaci ón léxica, datos f onético-fonológicos y morfosintácticos muy útiles para apoya r o contrastar los datos que hemos obtenido en el expurgo de las obr as de Abbad y Lasierra y de los documentos que reproducimos en la presente tesis doctoral. Puesto que Abbad y Lasierra escribió la Descripción de las costas de California a partir de su experiencia personal en América, pero, sobre todo, basándose en diversas fuente s documentales, he mos consultado otros textos coetáneos que se ocupan del mism o territorio con el objeto de corroborar, contrastar o ampliar los da tos léxicos que ofrece esta obra. Así, pues, hemos revisado el extenso tomo IV de la Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España que escribió el jesuita Francisco Javier Alegre en el m o mento de la expulsi ón de su orden de todos los territorios de la corona española (1767) en el que describe las 66 misiones jesuitas en México y California desde el año 1676 al 1766 aportando valiosa información no sólo sobre su formación y su historia, sino también sobre la geografía, el co mercio, la agricultura, los pueblos indígenas que habitaban en dic hos territorios, etc. En el presente trabajo hemos manejado la reedición prepar ada por Ernest J. Burrus y Félix Zubillaga que fue publicada en 1960 por el Instituto Histórico de la Compañía de Jesús en Ro ma. Esta edición reproduce el texto de Francisco Javier Alegre moderniza ndo la ortografía, la puntuación y la acentuación. No obstante, contiene información léxica que resulta muy útil para nuestro estudio. Asimismo, hem os consultado la Descripción física de las costas de la California, comprendidas al su r del cabo Blanco, con algunas nociones sobre las provincias internas y sus habitadores, cuyo autor anónimo ha sido id entificado con Felipe Bauzá y Cañas (1764-1834), cosmógrafo que iba a bordo de la De scubierta, almiranta al mando de Alejandro Malaspina 87 . El texto original se c onserva en el Museo Naval de Madrid (ms. 621), pero en el presente trabajo hem os manejado la versión que fue editada en 1987 por W. Michael Mathes en su Aportación a la Historiografía de California en el Siglo XVIII, obra en la que presenta varios textos sobre California, entre ellos, la Descripción de Abbad y Lasierra. Este docum ento constit uye un estudio sobre California que proporciona numerosos datos geográficos, meteorológicos, geológicos, zoológicos, botánic os y et nológicos que se intercalan con las observaciones personales del autor. Por consiguiente, ofrece valiosa información para el estudio del amer icanismo y del indigenismo léxico. 87 Mathes, Historiografía , 129. 67 Por último, hemos examinado la Historia nat ural de la Antigua California escrita hacia 1780 por el je suita Miguel del Barco, cuya edición, que es la versión del texto que utilizam os en el presente trabajo, preparó Miguel León-Portilla y fue pub licada en 1989 en la serie de Crónicas de América de Historia 16. Miguel del Barco (1706-1790), autor de origen extremeño y coetáneo de Abbad y Lasierra, viajó al Nuevo Mundo en 1735 y trabajó en las misione s de California treinta años desde 1738 hasta 1768. Hombre ilustrado, escribió su Historia natural de la Antigua California con el mismo propósito con el que Abbad y Lasierra elaboró sus obras, es decir, con el objeto de enmendar los errores que habían cometido autores anteriores co mo Miguel Venegas. De hecho, en este texto incluye nueva información fru to de su experiencia personal. El autor inicia su obra con la relación de las características geográficas de la península de Calif ornia, después dedica once capítulos a los animales, los vegetales y los mi nerales de dichos t erritorios y concluye con otros cuatro capítulos má s dedicados a los distintos pueblos que habitan el país, sus costumbres, su religión y su lengua. Esta obra de Miguel del Barco aporta datos muy in teresantes para nuestro trabaj o, puesto que, además de incluir in formación léxica de primera mano, contiene descripciones va liosísimas sobre animales , vegetales y minerales que menciona Abbad y La sierra en sus textos. Debido a que fray Íñigo elaboró la Relación de la Florida a partir de fuentes documentales, hemos cons ultado dos obras que, aunque no son de la misma época en la que escr ibió nuestro autor, contienen datos que son fruto de la experien cia personal. Se trata de Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y de La Florida del Inca Garcilaso de la Vega. 68 A pesar de que en Naufragios se entremezcl an la realidad y la ficción en el relato de las peripecias del autor por los te rritorios del actual sur de los Estados Unidos y el norte de México, presenta algunos datos léxicos muy útiles para nuestro estudio que, además, tienen la particularidad de corresponder a las pr imeras décadas del periodo colonial ya que dicha obra fue publicada por vez prim era en 1542. Para la obtención de dichos datos léxicos he m os empleado la edición del texto preparada por Juan Francisco Maura que publicó la editorial Cátedra en 1996. La Florida del Inca (1605) narra la historia de la expedición española capitaneada por Hernando de So to y, después de su muerte, por Luis de Moscoso al sureste de Norteamérica durante los años de 1539 a 1543. En esta obra el autor reproduce la versión que le dio oralme nte su amigo Gonzalo Silvestre, un viejo so ldado que había participado en la expedición, si bien después la co tejó y completó con otras fuentes documentales. Como el texto anterior, ofrece valiosa información léxica que hemos exam inado en la edición facsímil preparada por Sylvia L. Hilton que la Fundación Universitari a Española publicó en Madrid en 1982. Por último, debemos señalar la utilización de un corpus documental que si bien no se ocupa de los m ism os territori os que describe Abbad y Lasierra en sus textos, corresponde a la misma época en la que escribió nuestro autor. Se trata de Trujillo del Perú, obra cuyo autor, el obispo Martínez Compañón, elabor ó com o consecuencia de la visita pastoral a su extensa diócesis desde el 20 de juni o de 1782 al 8 de marzo de 1786. Dicha obra se compone de diez volúmen es que incluyen di bujos, mapas y 69 planos, además de numerosos americanism os e indigenismos léxicos a propósito del relieve y la condición del terre no, la habitación, la agricultura y la ganadería, la fauna y la flora, la m i nería, la industria y el comer cio, etc. Por este motivo, el ex amen de este corpus ha sido de gran ayuda para cotejar y obten er más información acerca del léxico americano que utiliza fray Íñigo. La consulta de Trujillo del Perú ha resultado muy fácil gracias a las nuevas tecnologías, ya que en la actualidad la reproducción facsímil de esta obra, que se conserva en la Bi blioteca del Palacio Real, s e encuentra disponible en la red en la Bib lioteca virtual Miguel de Cervantes ( www.cervantesvirtual.com ). Como hem os visto hasta aquí, nuestro corpus documental incluye textos muy diversos: al gunos han sido e laborados en España y otros, en América; unos han sido escritos por autores cultos y otros, por autores con menos formación; unos son fruto de un largo proceso de creación y otros se caracterizan por ser más espontáneos. Esta heterogeneidad, aunque a priori pudiera parecer un inconveniente porque hace más complejo el análisis del propio co rpus, resulta muy útil para nuestro propósito de ofrecer un estudio más completo de la lengua de Abbad y Lasierra y de los aspectos del espa ñol del sur de los Estados Unidos a finales del periodo colonial. 70 71 4. GRAFEMÁTICA La Academia, con un apoyo ofic ial que no habían tenido los ortógrafos anteriores, estableció ya en el Discurso Proemial del Autoridades una serie de recomendaciones con el fin de limpiar “los defectos que la variedad de los geni os ha introducido en la Lengua” y de lograr “la hermosura y esplendor que tanto se debe a su pureza y elegancia” ( Autoridades , LXXXIV). Continuó esta reforma con la publicación de la Orthographía en 1741 que se iría modificando progresivamente a lo largo del XV III hasta llegar a fijar el sistema ortográfico vigente hoy día en 1815 88 . No obstante, aunque impresores y editores tendieron a acoger los presupuestos de la primera ortografía a cadémica, lo cierto es que esta nueva normativa no se adopt ó de hoy para mañana, sino que los cam bios se fueron introduciendo poc o a poc o, pues existía una tradición escrituraria muy arraigada. De este modo, aunque los textos del siglo ilustrado se van acercando, cada vez más, al sistema ortográfico actual, todavía se observan rasgos gráficos antiguos, como comprobaremos al estudiar nuestro corpus. En el presente apartado nos ocupa remos del análisis de los rasgos grafémicos que caracterizan los documentos que com ponen nuestro corpus, esto es, los pertenecientes al sur de los Estados Unidos, cuya transcripción incluimos en el Apéndi ce Documental, y los textos escritos 88 Lapesa, Historia, 424. 72 por Abbad y Lasierra 89 . A partir del estudio de dichos rasgos, trataremos de observar si existen diferencias en tre nuestros documentos atendiendo tanto a la distribución cronológica como a la diferenciación dia tópica o si, por el contrario, no se da n tales divergencias a pesa r de la heterogeneidad de nuestro corpus. 4. 1. La puntuación Durante los siglos XVI y XVII fueron muchos los autores que se ocuparon de describir cuáles eran lo s signos de puntuación y cóm o debían emplearse 90 . Y es que, aunque no había una norma tiva única al respecto y se escribía de acuerdo con distintas prácticas que se aplicaban con mayor o menor rigidez, desde el Siglo de Oro se observan razonamientos que tratan de justificar la necesidad de puntuar bien los textos. Sirvan como ejemplo las palabras que Lópe z de Velasco incluye en su Orthographia y Pronunciación castellana : “La puntuación tiene fin a tres cosas: las primera, apartar los m i embros de la oración dudosos; la segunda, señalar los lugares donde el a liento y voz, hablando o le yendo, hace pausa y la tercera, distinguir las cláusu las, partes y miembros dellas” 91 . 89 Para el análisis grafemático de las obras de Abbad y Lasierra, así como para el estudio fonético fonológico y morfosintáctico, vamos a tener en cuenta l a edición facsímil del Diari o y la copia de la Descripción que se conserva en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid. Excluimos de este estudio la Relación, puesto que la edición de la que disponemos ofrece una transcripción del texto plenamente actualizada y se trata, com o hemos dicho, de una obra que fray Íñigo copió de otro autor. 90 A lo largo de este periodo de tiem po autores como Alejo Venegas, Francisco de Robles, Cristóbal de Villalón, Jiménez Patón o Palaf ox y Mendoza, entre otros, se ocuparon del buen uso de los signos de puntua ción. Vid. Santiago, Puntu a ción. 91 Cita de Santiago, Puntuaci ón , 270. 73 En el siglo XVIII la Real Acad em ia Española daba argumentos semejantes en el Discurso Proem ial de s u primer diccionario: “la recta y legítima puntuación con que se deven señalar, divi dir y especificar las cláusulas y partes de la oración, pa ra que lo escrito m anifieste y dé a conocer clara y distintamente lo que se propone y discurre” ( Autoridades , LXI). Según la Academia, los signos de puntua ción que debían emplearse en los textos eran ocho: coma , punto, punto y coma, dos puntos, interrogante, admiración, paréntesis y diéresis ( Autoridades , LXII). No obstante, aunque la Academia pr etendía establecer una serie de indicaciones que fijasen el uso de nue stra lengua, en el XVIII se seguía escribiendo de acuerdo a la tradición y a los usos más frecuentes, como ponen de manifiesto nuestros textos, cas i siempre sin tener en cuenta la normativa académica que, desde lue go, no llegó a generalizarse. Los signos de puntuación más frecuentes en nuestro corpus son el punto, la coma, el punto y coma y lo s dos puntos; asim ismo hallamos el signo de admiración, las com illas, la diéresis y el guión. En nuestro corpus el punto aparece para indicar la pausa a final de enunciado y a final de párrafo, cump liendo de este modo las funciones que le son propias según los usos act uales, aunque, en ocasiones, se prescinde de este signo en esta segunda posición (doc. 5: 1r, 8; 2r, 9). Sin embargo, tam bién lo hallamos en ot ros casos que, aunque hoy no son usos correctos, no eran desconocidos en la ép oca. Es el caso del punto ante la conjunción y que hallam os en uno de los documentos pertenecientes a 1770: “se sirve de mandarme esté a la m ira sobre el comercio de 80 Academia señalaba que sólo era nece sario cuando la oración em pezaba con “partículas, o voces, que de sde luego explican el afecto” 100 . Los documentos 6 y 10 presentan el uso de las comillas para reproducir una cita textual como en la actualidad. Sin embargo, este signo además de aparecer al principio y al fi nal de la cita, con la particularidad de que se sitúa en la parte inferior del renglón, antecede a cada una de las líneas de las que se compone. añadiendole en carta confidencial lo siguiente. / ,,Todavia no hay ningun / ,,partido seguro tomado contra los Chac -/ ,,tas, es cierto que la estasion presente / ,,no permite. (doc. 6: 5v, 5-10) le digo lo siguiente. / ,, Yncluyo a U.S. copia certificada de la carta muy re- / ,,servada de 20 de noviembre de l año proximo pasado, en / ,,que el señor capitán general me hace varias preven ciones /,,para evitar en todo evento el venir à las manos con la / ,,compañía de la Carolina del Sur en el Yasú… (doc. 10: 1r, 3-8). La diéresis o crema se usaba según Autoridades “para apartar dos vocales, que se pueden juntar en una sylaba, y notar que se deben pronunciar distinta y separadamente… Esta unicamente se halla en las articulaciones gue, gui, que , las quales en unas dicciones se usan separadas, y en otras no” (LXIII). De este m odo, en nuestro corpus hallamos conseqüencias (doc. 7: 1v, 26), cinqüenta (doc. 8: 1v, 13), freqüentes ( Diario, 10r). Pero también registra mos otros ejemplos en los que el copista ha olvidado este signo ortográfico: antiguedad ( Diario , 37r), desague ( Diario , 43v), quenta (doc. 2: 1r, 21), y otros, como saqüeò 100 RAE, Orthographia, 266. 81 ( Diario, 6r), donde la diéresis no es n ecesaria; circunstancia que prueba que el uso de la diéresis todaví a no se hallaba plenamente fijado. Por último, hallamos en nuestro cor pus el guión (-), que en él tiene dos funciones: separar los elementos que integran una palabra compuesta y dividir una palabra a final de re nglón cuando no cabe en éste completa. El primer uso del guión tan sólo lo hemos hallado e n dos ocasiones: en la Descripción aparece en el topónimo Kams-kat-ka (VIr, 19; 79v, 8) y, en el documento 5, en el gentilicio Anglo-americanos (1v, 5), referido a los Estados Unidos. Hoy la Academia dice que este signo ortográfico se emplea en aquellos com puestos que aún no se sienten consolidados 101 . Seguramente esto es lo que sucede c on dicho gentilicio, pues fue en el XVIII cuando se fundaron los Estados Unidos. Respecto al uso del guión a fi nal de renglón, observamos que se da la circunstancia de que en los docum entos 1 y 2 de nuestro corpus, ambos pertenecientes a 1700 y anteriores, po r tanto, a las primeras normas ortográficas académicas, se prescinde de este signo ortogr áfico, aunque la palabra quede interrumpida al final de la línea. En el resto de los textos que hemos estudiado, en cambio, el guión se utiliza para señalar que la palabra se divide porque no cabe entera en el renglón 102 , siguiendo los preceptos que la Academia incluyó en el Autoridades (LXXXII). Aunque en general el uso del gui ón que ofrecen nuestros textos coincide con el actual, en el XVIII difiere en algunos casos. Así, pues, 101 RAE, Ortografía , 83. 102 Aunque esta es la norma general, en el documento 5 registram os algunos casos en los que el copista ha olvidado poner este signo ortográfico (1 r, 5 y 7). 82 cuando el renglón corta la palabra de tal manera que interrumpe una letra duplicada, cada una de ellas se coloca en líneas distintas: ocur-rir (doc. 4: 1v, 2), construc-cion ( Descripción de Panzacola : 2v, 7), el-las ( Diario, 33v), tier-ra ( Diario , 9v); no obstante, en la primera Orthographia se señalaba que rr y ll debían aparecer siempre unidas a la vocal que les sigue 103 . Asimismo, registram os ejemplos en los que dicho signo ortográfico se emplea de modo inadecu ado. En efecto, hallamos varios casos en los que este guión interrumpe diptongos, a pesar de que la Academia insistía en la necesidad de tener en cuenta si dos vocales forman parte o no de una m isma sílaba ( Autoridades , LXXXIV): conveni- entes (doc. 5: 4v, 13), establecimi- ento (doc. 7: 1r, 3), pu-ertos ( Descripción : Ir, 12), bu-en ( Descripción : VIv, 6), ci-entos ( Diario : 7v), etc. Además, el documento 3 presenta varios guiones a final de renglón que resultan innecesarios, pues está colocado tras palabras co mpletas que no forman parte de ningún compuesto: el-/ governador (1r, 1); paramos- /dentro (1r, 10). 4. 2. La acentuación En el siglo XVIII el uso de la marca acentual no estaba regularizado ni siquiera en lo c oncerniente a su forma gráfica 104 , aunque la Academia se había preocupado de este aspecto en el Discurso Proemial del Autoridades . Y es que en dicho discur so ya se afirmaba que en castellano sólo existían dos tipos de acento: “el grave, que es el que baxa obliquamente de la izquierda a la derecha en esta forma (`)” y “el agudo, que es el que baxa de la der echa a la izquierda de este modo (´)” 103 RAE, Orthographia , 268. 104 Frago, Goya, 20. 83 ( Autoridades , LXIV), y en la Orthographia de 1741 ya se advertía que, como sucede en la actualidad, sólo “se ha de usar de la virgulilla que de la izquierda sube a la derecha” 105 . Sin embar go, lo cierto es que en este periodo el acento podía estar representado por un punto ( . ), por la tilde dibujada de izquierda a derecha (`) y la de rasgo contrario (´ ), y, también, por la marca propia del acento circunfle jo (^); prueba de esto es lo que sucede en los documentos que aquí an alizamos, pu es en ellos hallamos estas cuatro marcas acentuales. Los documentos 1 y 2, ambos pertenecientes a 1700, se caracterizan, frente al resto de los text os que estudiamos, por la ausencia de acento gráfico, a excepción de la voz êdad (doc. 1: 1r, 8), ejemplo en el que observamos el uso del graf ema (^) que, según palabras de la Academia, en 1726 ya “no tiene uso al guno, y, si tal ve z se halla usado por algún autor, es sin necessidad” ( Autoridades , LXVI); de hecho, no corresponde aquí a un acento fónico, pues se trata de una palabra que siempre ha sido llana. En decadencia estaba también el empleo de ( . ), marca acentual que sólo registram o s en el documento 6, donde también hallamos (`), sobre la vocal a en los ejemplos siguientes: a (2r, 2-3; 4v, 12; 5v, 12; 6r, 13) y tomar (6v, 3). En los documentos 3 y 10 y en la Descripción solamente se utiliza la tilde dibujada de izquierda a derecha (`); los manuscritos 4 y 5 presentan el grafem a empleado actualmente (´); y los textos 7, 8, 9, 11 y el Diario combinan ambas ma rcas acentuales. Difícil mente podemos establecer unas reglas de acentuación que sirvan para explicar el uso de la marca acentual que presentan nuestros documentos, pues no se adecuan a las pa utas dictadas por la Academi a y, 105 RAE, Orthographia , 246. 84 mucho menos todavía, a la norma act ual. No obstante, a excepción de los documentos 1 y 2, el resto de los te xtos presentan algunos rasgos generales. Así, pues, casi siempre aparecen acentuadas las vocales a, o, e, u cuando constituyen una pa labra, coincidiendo, de este modo, con las recomendaciones académi cas 106 ; además, en los textos en los que se combinan los dos trazos de la tilde, para estos casos se prefiere la dibujada de izquierda a derecha (`). Suel en presentar la marca acentual las formas del pretérito perfecto simple para evitar conf usiones con las formas del presente de indicativo o de subjuntivo, tal y como sugería la Academia 107 : mandò (doc. 3: 1r, 1), pasè (doc. 6: 1v, 7) , comunicò (doc. 6: 3v, 11), tomé (doc. 8: 1r, 17), proveyò ( Diario , 27r), quedò ( Diario , 8r). Asimism o, este grafema se empl ea para distinguir las form as del futuro de indicativo: resultarán (doc. 7: 1r, 3), acompañará (doc. 8: 1v, 15), manifestará (doc. 9: 1r, 3), entenderà (doc. 10: 1r, 9), darà ( Descripción , 83r). Aunque en 1741 la Academia afirma ba que las palabr as de una sola sílaba no se acentuaban 108 , en nuestro corpus hallamos monosílabos con marca acentual: yà (doc. 3: 2r, 1), dàr (doc. 3: 3r, 5), fuè ( doc. 3: 3r, 5), plán (doc. 7: 1r, 3) o sùr ( Descripción , VIIr), entre otros. Asim ismo, registramos tilde en voces co mo cosechàr (doc. 6: 4r,10), perjudicàr (doc. 7: 1v, 8), hacér ( Descripción, VIr), errór ( Descripción , VIv), conòcer ( Descripción de Panzacola : 1v, 2), donde dicho gra fema no era necesario 106 En 1726 la Academia advertía que el acento grave única mente debía emplearse en à,è,ò,ù “quando cada una es como voz separada de otras, y hace cabal sentido por sí sola, dexando de ser mera vocal” ( Autoridades , LXIV). En 1741 afirmaba que la marca acentual debía ponerse sobre cualquiera de estas vocales “quando hablasse por si sola… no porque demuestre su acentuación, sino porque no se pronuncie unida a la voz antecedente” ( Orthographía , 258). 107 La Academia señalaba qu e una de las f unciones del acento era “evitar la equivocación en la pronunciación de algunos tiempos de los verbos, señalando quando es presente o pretérito, quando es indicativo o subjuntivo , etc” ( Autoridades , LXV). 108 RAE, Orthographía , 248. 85 según las normas dictadas en la Orthographía ; pues las palabras que terminaban en cons onante distinta de -s, -n o de - y , sólo llevaban acento gráfico si no eran agudas 109 . Otras veces, en cambio, falta la mar ca acentual donde la Academia recomenda ba ponerla, bien por tratarse de voces llanas terminadas en consonante como facil (doc. 5: 2v, 14), bien por ser palabras esdrújulas como Mexico (doc. 4, 1v, 10). 4. 3. Mayúsculas Como cabe esperar, el uso de las mayúsculas que presentan los documentos que componen el corpus que aquí estudiamos difiere del empleo actual y, no sólo eso, sino que tam poco sigue siempre las normas que la Academia, consciente de la necesidad del buen us o de las letras mayúsculas “para la integridad y pe rfección de la Orthographía” (LXV), había dictado ya en el Autoridades. Y es que, aunque la Academia había tratado de fijar cuándo debían emplearse las letras capitales, a lo largo del XVIII estas recomendaciones todavía no se aplicaban de form a general tal y como podemos observar en nuestros textos. Todos los documentos anali za dos se caracterizan por poner mayúscula a principio de párrafo y de trás de punto en consonancia con las reglas dictadas por la Academia 110 , aunque también hallamos ejemplos en los que aparece mayúscu la tras punto y coma (doc. 2: 1r, 18) o dos puntos (doc. 7: 1v, 20). No obstante, los documentos 1 y 2 presentan un uso arbitrario de las letras capitales, pues, aunque no estén precedidas de punto, las consonantes p, c y v suelen aparecer en mayúscula, estas dos 109 Ibídem, 252-253. 110 RAE, Orthographía , 235. 86 últimas incluso en interior de palabra: expliCación (doc. 1: 1r, 17), noVenta (doc. 2: 1r, 13), ejeCutare (doc. 2: 1r, 16), a veces coincidiendo con el inicio de renglón: ter / Çera (doc. 2: 1r, 27), a / Visarme (doc. 2: 1v, 5). En los documentos 1 y 2 el sonido correspondiente a la vibrante múltiple está representado con R- : Reçiuo (doc. 1: 1r, 5), Reduçe (doc. 2: 1r, 29); incluso en interior de palabra: aRegle (doc. 2: 1r, 16). Esta R , sobre todo en interior de palabra, es una herencia de la medieval erre en forma de li ra. Dicha grafía aparece as imism o en el documento 3 y en la Descripción en los siguientes ejemplos: Real ‘campam ento’ (doc. 3: 2r, 23), Ranchos ( Descripción, 43v), Rancherías ( Descripción , 43r), Rusos ( Descripción , VIr); no obstante, se da la ci rcunstancia de que se trata de nombres de lugar y de gentilicios, ti pos de palabras que, como veremos, se solían escribir con mayúscula. Todos los documentos de nuestro co rpus coinciden en escribir con mayúscula los nombres propios de pers ona y de lugar, tal y com o había señalado la Academia ya en el Discurso Proem ial del Autoridades (LXV). No obstante, podemos señalar algun as excepciones, pues en los documentos 1 y 2 hallamos con m i núscula los nombres de pila henrrique (doc. 1: 1r, 4) y francisca (doc. 2: 1r, 19), así como los apellidos rribera (doc. 1: 1r, 5) y barbosa (doc. 2: 1r, 9); además, en el documento 11, manuscrito autógrafo de Abbad y La sierra, registram o s el topónimo europa (2v, 2) sin la mayúscula correspondiente. Con letra capital se escriben asim ism o los puntos cardinales, las fórmulas de tratam iento ( V. S., Don, Señor, Fray ); los títulos, cargos y 87 nombres de dignidad ( Baron, Gefe, Governador, Capitán, Mariscal, Comandante, Rey, Virrey ); las distintas disciplinas científicas ( Geografía ) y los nombres de las instituciones ( Ministerio de Hacienda ) coincidiendo con el empleo actual de las mayúscu las. Pero también suelen llevar mayúscula los nombres de los meses, los tipos de embarcaciones ( Lancha, Fragatas, Buques de Guerra ), los nombres de accidentes geográficos ( Loma, Rios, Arroyos, Ysla, Bahía ) y las denominaciones de algunas edificaciones ( Almacenes, Puerto, Muelle, Real , Fábrica ). Además, también pueden ir en mayús cula los nom bres de plantas ( Maíz, Piñas, Tabaco, Nogal ) y de animales ( Periquitos, Cotorras ), aunque generalmente aparecen escritos en minúscula. La Academia prescribía que debían tener mayúscula “aquellos nombres apelativos que llaman cole ctivos, porque significan m u cha personas, o cosas juntas y unidas de algún modo” 111 , por lo que no ha de extrañar que hallemos con le tra capital palabras como Reyno, Provincia, Ranchería, Colonia, País, etc. Asimismo pueden aparecer en mayúscula los gentilicios ( Yngleses, Franceses, Califo rnios, Españoles, Yndios ), los nombres de las tribus indígenas ( Texas, Ayses, Vidais, Cumanagotos, Palenques ), las órdenes religiosas ( Dominicos, Franciscos ), los oficios ( Zirujano, Doctor, Tratant es, Navegantes, Escriptores, Maestros, Marineros ), e incluso otras denom inaciones que se aplican a un grupo en función del color de la piel ( Zambos, Mulatos, Negros, Mestizos ) o de la relación de amistad ( Amigos, Enemigos ). Por último, hay que señalar que en nuestro corpus se atestiguan algunos ejemplos en los que algunas palabras se escriben con mayúscula 111 RAE, Orthographía , 236. 88 simplemente para destacarlas porque se consideran importantes para la comprensión del contenido del texto. De este mo do, aparecen con letra capital voces como Hermosura ( Diario, 7r), Pieles (doc. 6: 4r, 7), Armas (doc. 8: 1v, 3), Mapa ( Descripción, Vv), Plano ( Descripción , Vv) e incluso Yo ( Diario , 45v). 4. 4. Grafías de los fonemas vocálicos Como cab e esperar, las grafías de la s vocales me dias /e, o/ y de la vocal /a/ no presentan ninguna particul aridad, por l o que sólo nos vamos a ocupar de las grafías que representan a las vocales cerradas /i, u/. En los textos que com ponen el corpus que aquí estudiamos observamos que el fonema vocálico /i/ puede aparecer representado con las grafías i e y . Aunque la Academia en la primera Orthographía ya había fijado en qué casos debía emplear se cada una de estas grafías, lo cierto es que el expurgo de nuestra documentación revela una realidad bastante distinta. Si bien las normas académicas reservaban el uso de la grafía y para las voces de origen grie go, la conjunción copulativa y los diptongos decrecientes 112 , en nuestro corpus frecuentemente la registramos en posición in icial de palabra ante / n /: ynformado (doc. 1: 1r, 19), Yndios (doc. 3: 72r, 20), Yngleses (doc. 5: 3r, 10), Ynfanteria (doc. 7: 1r, 20); y asimism o la atestiguamo s ante otras consonantes en el Diario de Abbad y Lasierra: Ystmo (155v), yslas (1v), ysleños (8r), yzquierda (220v), Yglesia (3v). 112 RAE, Orthographía , 169- 172. 89 No obstante, la grafía i es la más frecuente, llegando incluso a ser la única empleada en los docum entos 7, 8, 9 y 10, correspondientes a 1791, exceptuando los casos en los que aparece y para la conjunció n copulativa. Aparte del uso habitual de esta grafía para representar al fonema vocálico / i /, aparece en los ca sos reservados para y . Así, pues, en contra de lo que dictaba la Academia, la hallamos en algunos diptongos decrecientes, por ejemplo: reinan ( Diario, 230v); y en el documento 11, texto autógrafo de fray Íñigo, registramos la conjunc ión copulativa bajo la grafía i (2r, 15), extravagancia de la que ya daba cuenta la Academia en 1726 ( Autoridades, LXXII). Por último, hay que señalar el hec ho de que en los documentos 1, 2, 5 y 6, así como en la Descripción, la grafía i presenta la particularidad de ir acompañada de una tilde sin va lor acentual, rasgo arcaizante de reminiscencia m edieval, pues en aque lla época las íes se puntuaban tanto con punto como con tilde 113 . Aunque la Academia en el Discurso Proem ial del Autoridades (LXXI) ya señalaba la necesid ad de emplear la grafía u para el fonema vocálico / u / y la letra v para el fonema consonántico / b /, todavía tardaría mucho en generalizarse. Pru eba de ello son nuestros textos en los que, a pesar de que casi siempre se utiliza la grafía u , también se emplea v en posición inicial de palabra en lo s documentos 1, 2 y 6, y en la Descripción : Vna (doc. 1: 1r, 6; Descripción , 44r), Vriça (doc. 2: 1r, 33), vnión (doc. 6: 1v, 3) 113 Frago, Documentación , 78. 96 4. 6. Consonantes dobles Dejando a un lado las grafías rr , ss , ph, th y ch de las que ya nos hemos ocupado en el apartado anterior , en algunos documentos de nuestro corpus hallamos otras consonantes dobles que, según la Academia, deberían sustituirse por las graf ías sim ples corresp ondientes, pues “aunque en antiquíssimos libros se hallan algunas de estas letras duplicadas, en el uso moderno no se encuentran, y a la verdad son enteramente inútiles” 129 . Así, pues, registramos las letras dobles tt , cc , vv , sin olvidar la grafía bb con la que fray Íñigo escribe su apellido. La doble tt aparece, tanto en interior de palabra como en posición inicial, en numerosos ejem plos de los documentos 1 y 2 y, con menor profusión, en el Diario de Abbad y Lasierra: quentta (doc. 1: 1r, 2), cartta (doc. 1: 1r, 2), falttando (doc. 1: 1r, 12), Ttorress (doc. 2: 1v, 13), Anttonia (doc. 2: 1r, 18), parttes (doc. 2: 1v, 6), suertte ( Diario, 109r), ttodos ( Diario, 122r), asisttia ( Diario, 215v), minuttos ( Diario, 242v). Contamos con algunos ejemplos de cc tanto en la Descripción y como en el Diario de Abbad y Lasierra en lo s que la doble consonante tiene justificación etimológica: secco ( Diario, 59v), succesivamente ( Diario, 2v), aficción ( Descripción , 148). No obstante, en otros casos la doble consonante parece tener af án cultista; es el caso de occeano que puede llegar a aparecer incluso con la grafía triplicada: occceano ( Diario , 2v). 129 RAE, Orthographía, 229. 97 En el corpus que aquí estudiam os tan solo hem o s registrado un ejemplo de vv. En efecto, hallamos la grafía doble vv en navvios ( Diario, 94v), rasgo de signo cultista que pone de manifiesto que fray Íñigo no seguía los dictados académicos. 4. 7. Grafía de la nasal ante /p/ y /b/ En la primera Orthographía la Academia adver tía que delante de b, p y m siempre se escribe m (281), tal y como había prescrito varios sigl os antes Valdés 130 . En general, los documentos estudiados suelen poner m ante p y b ; pero tam bién observamos algunas excepciones, pues los documentos 1 y 2, pertenecientes a 1700, y el 11, autógrafo de Abbad y Lasierra, presentan ejemplos de n ante p o b : enpleo (doc. 1: 1r, 11), enbargar (doc. 1: 1r, 15), cunplimiento (doc. 2: 1r, 11), inportancia ( Descripción de Panzacola : 2r, 1), inposivilidad ( Descripción de Panzacola : 3v, 3). 130 Valdés, Diálogo, 100. 98 99 5. REFERENCIAS FONÉTICAS Y GRAMATICALES 5. 1. Modismos fónicos Está claro que un autor como A bbad y Lasierra, por el tiempo al que sus textos pertenecen y por la región en que nació, no podía representar en su lengua escrita sino un español normativamente culto de tipo norteño, es decir, de la modalid ad no meridional. De manera que sus referencias fonéticas y gramaticales apenas podrían reflejar algún ligero particularismo dentro de esa gran va riedad diatópica del español. Pero Abbad y Lasierra pasó va rios años en territorios caribeños, y esa estadía no sólo se refleja en su adquisición de léxico hispanoamericano, aunque sí de modo m uy preferente, sino que asimismo pudo recibir en su habla lexicalizaciones de fonetismo andaluci sta. También ha de tenerse en cuenta que buena parte de sus textos los redactó en Es paña, aunque sobre papeles manuscritos en Indias, en lo s cuales seguramente intervino la mano de algún secretario criollo del clérigo aragonés. 5. 1. 1. Vulgarismos vocálicos y consonánticos a) Las formas nuevecientos y ciñiéndose son meramente populares ( Diario , 3v, 66r), y vulgares, ta mbién en el siglo XVIII, didicados (229r), dirruida (120v), dispertó, dispierta (48v), disertado ‘desertado’ (194v), distreza (171v), vírgines (1v), regidez (208r). El caso de sugeriéndoles 100 (293v) en analógico con el infinitivo, y en otros casos tal vez se trate de ocasionales descuidos del amanuense ( didicados, vírgines ). b) Esta explicación seguramente cabe en los registros de trempano (15v) y pedestral (58v). En cacaguales (133v) tenemos un refuerzo con [g] del diptongo [wa] desde mucho an tes lexical izada. En cuanto a tortúas ‘tortugas’ (135r, 138r, 228v), pero también tortugas (258r), presenta la lenición extrema de la s onora [-g-], en el caso de que no se trate de muestras de deficien te transmisión textual. Y en honorreas ‘gonorreas’ (187r) quizá haya que hablar de una hipercorrección, dada en un término de por sí culto. c) Los casos de propio y priesa (231r, 245r) pertenecen al acervo tradicional del español, el primero com o cultismo y el segundo como voz de uso general, todavía muy fr ecuente a finales del XVIII. En fierro (“cañones de fierro ”, Diario , 213r-v, 250r) no nos hallamos ante una pervivencia de f- , sino frente a un dialectalismo, leonés y navarroaragonés, que en América ge neralizó el comercio durante el periodo virreinal y que ha pervivi do como americanismo léxico. Todas estas formas pertenecen al Diario del viaje a América , redactado en España sobre notas traída s de ultramar. Por el contrario, la Descripción de las costas de California , escrito también en España, pero a partir de fuentes historiográficas, eruditas por consiguiente, no present a nada significativo en relación con lo expuesto; pues en la lengua escrita culta era normal la variación propria-propia ( Descripción , 132-133), y en lutrias ( Descripción , 177) quizá haya un cruce del estándar nutria y el aragonesismo ludria . Nad a acerca de estas particularidades fónicas se 101 observa en su Relación de la Florida , corpus de idéntico carácter erudito, mientras que en el documento autógr afo de Abbad y Lasierra apenas se registran los aislados descuidos de convenienzas ( Descripción de Panzacola : 3r, 10), adqueri do ( Descripción de Panzacola : 1r, 6 y 18) y adquerir ( Descripción de Panzacola : 1r, 9; 3r, 2), si bien adquerir fue antiguamente voz de uso literario. En cuanto a priesa ( Descripción de Panzacola : 3v, 7), valga lo dicho anteriormente. 5. 1. 2. Antihiatismo La solución antihiática se conoce de sde los orígene s del castellano y es de carácter vulgar y rústico, pudi éndose registrar en cualquier área castellanohablante, si bien en el espa ñol de América ha logrado un arraigo especial, y llega a registrarse incluso en hablantes cultos. Por lo cual no extraña que donde se testimonia con especial frecuencia sea en el Diario , de acuerdo con las circunsta ncias arriba señaladas: San Juaquín (200v, 201v). Ni que el único antihiatismo ocurrido en el documento autógrafo de Abbad y Lasierra se dé en el topónim o americano Virgínea ( Descripción de Panzacola : II, 1v, 49). No obstante, tam bién se atestiguan ejemplos que, seguramente por ultracorrección, muestran la solución contraria según la cu al se deshacen los diptongos transformándolos en hiatos: Ysl a Antigoa (2v), descarreado (27v, 137r), punteaguda (33r, 130r). 102 5. 1. 3. Grupos consonánticos En lo que respecta a m precediendo a otra m , hallam os un uso bastante heterogéneo en nuestros docum entos. Así, pues, si bien en los documentos 3-10 registramos n ante m , como sucede en la actualidad, en los textos de Abbad suele aparecer la grafía m seguida de m . No obstante, en el Diario también se observan ejemplos com o inmediatas (62r) o enmienda (196r). Además, tanto en esta obra como en el documento 11, se atestiguan casos de simplificación consonántica: imediaciones ( Descripción de Panzacola : 2r, 20), imensas ( Descripción de Panzacola : 3r, 3), iminente ( Diario, 128v). Dicha reducción consonántica no sólo se da en estos ejemplos, sino que registramos m u chos otros en el Diario de Abbad y Lasierra. Así, hallamos algunos casos en los que cc ha pasado a c como produciones (6v) o jurisdiciones (8r), entre otros, a pesar de que la Academia aconsejaba mantener las dos consonantes si éstas se pr onunciaban. Otras veces, la doble nn se transforma en una sóla n : enegreci do (36v) o conaturalizado (168r). También se reduce el grupo bv dando lugar a la forma ov ios (41r) y ct en respeta (196v) o conflito (8v). Por último, el sonido [ks] suele aparecer casi siempre representado con la grafía x , pero también atestiguamos ejemplos de simplificación: estranjeros (doc. 2: 1r, 15), estendiendo (doc. 5: 2v, 9), esperiencia (doc. 7: 2r, 14), estraños ( Diario, 24r), esclusivo ( Diario , 79v). Y, al contrario, registra mos la grafía x donde debería haber s : conte xtó (doc. 6: 2r, 5), intextinos ( Descripción , 71v), axequible ( Diario , 208v). 103 5. 1. 4. El meridionalismo fonético Muestra rara de neutralizaci ón de /-r, -l/ es la de argive ( Diario, 3v). En este mism o corpus abundan las atestiguaciones del seseo, con cacografías que unas veces son de s por c o z ; verbigracia en cocuisa (98v), hasia (118v), sapotes (25v), seyvas (51v, 259r), seyvo (56v), trese (49r) 131 ; y las más raras de z por s : “Pueblo de las Mezetas ” (95r), Mecetas (210r), nízperos (159v). Estas grafías a buen seguro corresponden al amanuense al servicio de Abbad y Lasierra en América, sin descartar alguna lexica lización seseosa, que a t odas luces lo es en el fresada , americanismo léxico de la Descripción (141), y el Pensacola de la Relación (135), mientras que ningún testimonio seseo-ceceoso testimonia el autógrafo de Abbad y Lasierra. La aspiración /h/ de voces amerindias e hispánicas se iguala con /x/, rasgo meridional y andalucista co mún en el español de Améri ca, fenómeno que, en el Diario, delatan las atestiguaciones de bajareque (110r) , gicaco (25v) , giguera (3v, 31v), giguereta (18r), javilla (184v, 259r), jovo ‘hobo’ (35v), emajagua ‘mahagua’ (63v), xicoteas ‘hicoteas’ (225v). Y no deja de ser curioso que preci samente sea este corpus el que manifieste tales hechos grafémico-fonéticos. 131 Llama la atención la en mienda realizada por el copista en es ta palabra, pues, si bien originariamente escribió trece , después corrigió con una ese alta. 104 Caso de seseo lexicalizado ( fresada ) en la Descrip ción (39v) 105 Grafía seseosa en osúas y caso de j por h en jovos ( Diario , 35v) 112 Guachaco ya” ( Relación, 128); “rogándole ( que ) se retirase a su pueblo” ( Relación, 129); “se sirue V. M. mandarme ( que ) alivie en todo lo que no sea açer falta al real seruiçio” ( doc. 2, 1r, 24); “prevenía al teniente governador… vigilasen (que) no se in t rodugesen armas en Texas” (doc.6: 2r, 10); “pero le insinuó ( que ) no podía dejar de obserua r” (doc. 6: 2r, 17); “digeron ( que ) no querían hacer daño a los blancos” (doc. 6: 5v, 3). En cuanto a la distinción pronominal le / lo , existe la falsa creencia de que es general, o casi, en la Amér ica española, pero ni el uso actual es exactamente éste ni lo ha sido en pasados siglos, y los t extos aquí considerados descubren casos tanto de leísmo como de confusión laísta, con algún testimonio raro de loísm o: a) Ejemplos leístas: “y ruego a Di os me le guarde m uchos años” ( Diario, IVv); “No tienen juegos pa rticulares, alguna vez se divierten con los gallos y el ba yle, este quando le empiezan suele durar seis y ocho días” ( Diario, 15r); “por la parte del sueste y oeste le vaña el río Neveri” ( Diario, 183v); “a medio día le riega el de Jacome” ( Diario, 235r); “aunque el establecimiento del Yasú pueda aumentar rápidamente por el número de personas… que por sus intereses se hallan empeñados en promover le , sin embargo, mientras quede en el Misisipi un terreno vacante… habrá emigrantes de éste y otro s parages prontos a ocupar le ” (doc. 7: 2v, 7-12). b) Ejemplos laístas: “y que no podían uti lizar las colonias a la metrópoli sin dar las livertad y franqueza” ( Diario, 72v); “y no parece acertado atar la las manos” ( Diario, 77r); “ las daban en propiedad y para siempre una porción de tierra” ( Diario, 78r); “juntaron leña al pie de la Santa Cruz y la pusieron fuego” ( Diario, 113 90v); “y solo hay la dife rencia en el cult ivo que la dan” ( Diario, 238r); “Gobernaba esta provincia una señora bizarra y discreta... la habló con gran despejo” ( Relación, 118). c) Muestra de loísmo: “les ministran las arm as y efectos que han menester en mayor abundancia y a precios más cómodos que los que se los dan nuestros tratantes” (doc. 6: 4v, 6-8). 114 115 6. EL LÉXICO 133 En el pr esente capítulo nos ocuparemos del an álisis de las consecuencias lingüísticas en el aspect o léxico que tuvieron los años que Abbad y Lasierra permaneció en tierra s americanas, no sin antes señalar brevemente algunas cuestiones previas a propósit o del estudio del léxico del español americano. Sobradamente conocido es el hecho de que el origen del español de América está en el caste llano de finales del Mediev o, el que hablaban los primeros conquistadores y coloniza dores, y básicamente el de los emigrados durante los primeros decen ios del siglo XVI. Est e castellano de finales de la Edad Media no er a una lengua uniforme, sino que se caracterizaba por la heterogeneidad en lo que a la norma lingüística se refiere y por la diferenciación diatópica. A América llegan colonizadores pr ocedentes de todas las regiones de España. Así, pues, fue important e la presencia en el Nuevo Mundo de castellanos viejos y le oneses, de andaluces, extremeños y canarios; aunque también participaron en la em presa colonizadora los riojanos, los navarro-aragoneses, los cas tellanos nuevos, los vascos, los gallegos y los catalanes. El castellano que se hablaba en estas regiones poseía sus propias peculiaridades, algunas de ellas basadas en otras lenguas romances, que tuvieron su reflej o en el español de América. 133 Para el análisis del léxico a mericano en Abbad y Lasierra empleamos la edición del Diario elaborada por Nieto y Callén, cotejada con su copia facsímil, y la versión de la Descripción que preparó Hilton debidamente comparada con la copia que se conserva en la Biblioteca del Palacio Real. 116 Estas particularidades lingüísticas influirían en los aspectos gramatical y fonético-fonológico de la lengua llevada a tierras americanas, pero también en el léxico, que es el aspecto de la lengua que nos interesa en este apartado. Pero en la configuración de l español de América no sólo intervinieron los hispanos, sino que lo hicieron también los usuarios de otras lenguas, como el portugués, el francés, lenguas africanas, lenguas orientales, etc., cuyo reflejo se deja notar sobre todo en el l éxico. Son numerosos los lusism os, los galicismos y los italianism os que aparecen en los textos cronísticos americanos. Por último no hay que olvidar el influjo que ejercieron las le nguas indígenas americanas que se hablab an en América cuando llegaron los españoles a finales del XV. El náhuatl, el taíno, el quechua, el aimara, etc., prestaron al español un buen núm ero de vocablos que si rvieron a los colonizadores para dar nombre a los obj etos que com ponían esa realidad americana desconocida y mara villosa ante sus ojos. En la formación del español de América intervinieron, por tanto, elementos de distintas procedencias que no quedaron insertados en el español americano simplemente, si no que se produjo un proceso de nivelación o criollización lingüística que consistió en la alteración, fundamentalm ente, de ese español di alectalmente diferenciado. En esa nivelación influyeron distintos aspectos: la mezcla de razas y culturas, la organización de las comunidades hispánicas recién implantadas en Indias 117 que se instalaron en pequeños centros urbanos; donde to dos se fundieron y confundieron, el come rcio y la navegación 134 . El proceso de formación del espa ñol de América es complejo y muy heterogéneo. Las m i smas características deben ser tenidas en cuenta en el análisis del léxico hispa noame ricano, puesto que se nutre de distintos materiales: arcaísmos, creaciones léxico-semánticas, adaptaciones de vo ces españolas a la nueva r ealidad americana, aprovechamiento del acervo de vocabul arios especiales, generalización de regionalismos o dialectalismos hispán ic os, préstamos de otras lenguas, etc. En el análisis del léxico del es pañol de América adquiere especial importancia el uso de dos conceptos: indigenismo y am ericanismo léxico. Aunque todos los investigadores que se ocupan de esta parcela del estudio de la lengua española en el Nuevo M undo utilizan estos dos té rminos, hay que decir que no lo hacen de la misma manera. Así, pues, podem os diferenciar entre aquellos autores pa ra los cuales el concepto d e americanismo léxico posee un significado gene ral dentro del cual se incluye el indigenismo y aquellos otros que prefi eren diferenciar entre americanismo léxico e indigenismo o indoamericanismo atribuyéndoles significados independientes entre sí por una serie de razones que explicaremos más adelante. Cuando buscam os la entrada americanismo en los diccionarios generales encontramos definicione s m uy semejantes. Para el DRAE un americanismo es ‘todo aquel vocablo, giro, rasgo gramatical o sem ántico 134 Para ver una visión más completa del proceso de criollización lingüística, vid. Frago, Historia (300-312), obra de la que proceden estos datos. 118 que pertenece a alguna lengua indígena de América o proviene de ella o que es peculiar o procedente del es pañol hablado en algún país de América’. Según María Moliner, americanismo es ‘toda palabra o expresión originaria de la América de habla española y utilizada en otras áreas del español o en otras lenguas’ ( DUE ). Al utilizar los diccionarios dedi cados al léxico del español de América observamos definiciones de l concepto de americanismo mucho más precisas, pero que le atribuye n un significado muy general. Santamaría en la introducción de su diccionario explica qué entiende por americanismo Toda entidad elocutiva que con raigambre y oriundez en la estructura misma, en la índole de la lengua española, constituya por su fisonomía o por su con texto una m odalidad o modificació n, una variante semántica, lexico lógica o ideológ i ca, una nueva forma de la lengua misma; pero una variante o una form a peculiares de la América española, reservadas al uso de esta porción del Nuevo Mundo, que han tenido origen en este Continente o que, aun cu ando sin haberlo tenido aquí, nos pertenecen por el derecho de u so co mún exclusivo, por lo m enos casi exclusivo, y porque de tal suerte se han perdido para el solar natío, que sólo se conservan en Am érica 135 . Esto significa que para Santamaría un americanismo es toda aquella palabra que, independientemente de su origen, posee significado americano y fisonomía española. Por tanto, americanismo es una palabra de origen hispánico que haya adquirido en América un significado especial, un galicismo que se haya adaptado a un significado americano y 135 Santamaría, DM, IX-X. 119 haya adoptado forma española, un indigenism o que se haya castellanizado, etc. Para Marcos A. Morínigo ameri canismos son las voces indígenas incorporadas al español general o regional; las palabras creadas o inventadas en América o d erivadas de otras españolas patrimoniales, según las normas de la m orfologí a española; los arcaísmos; los marinerimos y regionalismos español es desconocidos h oy de la lengua peninsular general o regi onal, pero que en Améric a se m antienen vigentes con sus acepciones antiguas o derivada s; y, por último, los latinismos, helenismos, anglicismos, africanismos, etc., que entraron a formar parte del léxico americano 136 . Aunque este lexicógraf o haya titulado la última edición de su diccionario com o Diccionario de americanismos e indigenismos , hecho que podría llevar a pensar que el autor ha cambiado su idea acerca del concepto de amer icanismo léxico, hay que decir que mantiene la misma defini ción que explica en el Diccionario de americanismos, con la incorporación de una aclaración que consiste en especificar que las voces que proceden de las lenguas indígenas americanas se denominan indigenismos 137 . La misma concepción del término americanismo está presente en las obras de Pando de Villarroya, de José G. Moreno de Alba, de Tomás Buesa y José María Enguita, entre otro s. Otros autores hacen coincidir americanismo con la palabra que proced e de una lengua indígena americana que se ha incorporado al español. Es el caso de Fernando Lázaro Carreter define este término como la ‘p alabra de procedencia 136 DA (I), 11-12. 137 DA, 10. 120 indígena americana, incorporada a cualquier lengua no americana’ 138 . Manuel Alvar en su obra titulada Americanismos en la “Historia” de Bernal Díaz del Castillo analiza sólo aquellas vo ces que aparecen en la obra que proceden de lenguas indoamericanas 139 . Como ya hem os mencionado antes, otros autores, es el caso de Juan Antonio Frago Gracia y Mari ano Franco Figueroa, prefieren diferenciar entre americanismo e in digenismo por varios motivos. En primer lugar el indigenism o léxico supone la impronta lingüística ejercida por las culturas precolombinas sobre los conquista dores y colonizadores del Nuevo Mundo, m ientras que el americanismo consiste en la adaptación a la realidad indiana del bagaje idiomático de los inmigrados, cualquiera que fuera la procedencia de éstos. Americanismo es sinónimo de particularismo regional hispánico como aragonesi smo , extremeñismo o andalucismo, y es obvio que por su or igen la mayoría de las peculiaridades léxicas hispanoamerica nas son de ascende ncia e spañola, peninsular y canaria, con muchas palabras que en América se verán sujetas a una nueva dialectalizaci ón y otras propicias a la innovación semántica 140 . Pero, como dice Frago, en el caso del español ultramarino identificar el americanismo léxico con el elemento patrimonial resulta abusivo, pues si en cualquier habl a regional española se encuentran préstamos de otras lenguas, en ning una de ellas su presencia es tan acusada y variada como en Améric a, donde m uchos afronegrismos, orientalismos, galicismos, anglicism o s, italianismos, etc., no han entrado a través del español de España ni siquiera durante en periodo colonial 141 . 138 Lázaro, Diccionario, s.v. americanismo . 139 Alvar, Americanismos . 140 Frago y Franco, El español , 53. 141 Ídem. 121 En segundo lugar, otra diferenc ia entre indoamericanismo y americanismo léxico radica en el hec ho de que el primer tipo léxico fue traído al español m etropolitano en gr an número de voces, que, una vez asimiladas por sus hablan tes, sólo constituyen -ismos desde el punto de vista de la erudición lingüística, pero no en una consideración dialectal: tan americanos como españoles son hoy palabras como tomate, cacao o maíz . En cambio, el término americanismo hace referencia a peculiaridad diatópica y, por su misma razón de se r, comparativamente son pocos los que han revertido al español europeo y cuando se han asentado en él ha n perdido la restricción americanista para convertirse en pa labras generales, si no en propias del español de Es paña, con disolución de su raigambre indiana 142 . Muchos de los repertorios léxi cos que se ocupan de recoger los vocablos propios del español de Amér ica lo hacen sin distinguir entre indoamericanism os y americanismos léxi cos. Esta manera de elaborar dichos repertorios indudablemente tiene ventajas prácticas sobre la elaboración de rep ertorios distintos, siempre que quien los emp lea conozca las caracterí sticas de uno y otro s inventarios, ya que en una sóla obra podem os consultar aquellas formas particulares del español de América que pueden aparecer en un a crónica dedicada a la temática americana. Teniendo en cuenta esto último, en este trabajo preferim os distinguir entre indoamericanismos, por un lado, y a mericanismos léxicos, por otro lado; porque dichos ti pos léxicos tienen características radicalmente diferentes. Indoamerican ismos y americanismos léxicos se 142 Frago y Franco, El español , 54. 128 Entonces forman de esta masa panes que sirven para teñir el color encarnado muy fino en las lanas o en cualquier otras telas ( Diario, 119). A juzgar por los ejemplos que ofrece esta obra de Abbad y Lasierra, con la palabra achote se designa tanto al árbol: “Todas estas tierras son feraces y de muy buena calidad, están pobladas de árboles útiles, el cacao silvestre, la can ela, la cascarilla, el pucheri, el achote , el bejuco de la vainilla y el de clavo” ( Diario , 297); como al fruto que produce: “No es de om itirse la noticia del árbol que produce el achote que, aunque se halla en todas partes, es más frond oso y abundante en las riberas del Arecibo” ( Diario, 119). Achiote es una palabra propia de América Central, Bolivia y México, territorios en los que se ha lla el árbol al que da nom bre ( DA, DRAE ). Sin embargo, según Morínigo , la forma con reducción vocálica empleada por nuestro autor, esto es, achote, e s p r o p i a d e P e r ú ( DA ). No obstante, Boyd-Bowman en el siglo XVIII también registra ejem plos de esta voz en Puerto Rico y Colombia ( Léxico ), lugares que describe Abbad y Lasierra en su Diario. aciguatado Procedencia indígena tiene también aciguatado . Este adjetivo procede de ciguato ‘el que padece ciguatera’, enfermedad que suelen contraer los peces y crustáceos ( DRAE ), que hace que se pongan amarillos, tal y como explica Abbad y Lasierra en su Diario : “Comiendo el pescado de esta manzanilla queda infectado y se conoce que lo está en los dientes y en que sus agallas to man un color m uy amarillo o negro que los isleños llaman estar aziguatado ” ( Diario, 82). El que se alimenta de 129 estos peces envenenados padece palid ez intensa y relajación general de las fuerzas ( DCECH , s.v. ciguato ), por lo que aciguatado se aplica también en México y Venezuela a las personas enfermizas ( DA ). Autoridades , que ya recoge el adjetivo aciguatado , afirma que es voz mejicana, mi entras que Co rominas y Pascua l señalan que probablemente es palabra indígena de las Antillas ( DCECH, s.v. ciguato ), origen por el que también se inc linan los profesores Buesa y Enguita 150 . Las primeras documentaciones de esta forma datan de la época en la que escribió nuestro autor, esto es, el siglo XVIII. Corominas y Pascual registran por vez primera aciguatado en 1721 en el español Pedro Silvestre y, en segundo lugar, en 1788 en la Historia de Puerto Rico de Abbad y Lasierra ( DCECH, s.v. ciguato ). No obstante, los ejemplos del Diario suponen una documentación anteri or a esta última, puesto que nuestro autor lo concluyó en 1781. En el siglo XVIII aciguatado era una palabra usada en Andalucía con el sentido de ‘atiriciado, pálido y de color amarillo’ ( Autoridades ), por lo que nuestro autor pudo cono cerla antes de viajar a América 151 . No obstante, más probable parece pensar en que fuera durante su estancia en Puerto Rico donde tomó contacto con dicha voz a juzgar por cómo la emplea en el Diario . Y es que, junto a la voz indígena, escribe la correspondiente castellana: “A las di ez del día ll egamos al río de Loysa que es bastante caudaloso y abundant e en buenos pescados, pero suelen estar aziguatados o infectados del manzanillo” ( Diario , 84). Además, hay que tener en cuenta que dicha palabr a se emplea en toda la América 150 Buesa y Enguita, Léxico , 72. 151 Aún hoy, según Alcalá Venceslada, se utiliza en Alm ería con el significado de ‘parado’ ( V A , s.v. aciguatado ). 130 Meridional, con excepción del Río de la Plata, y por supuesto en las Antillas, por lo que es seguro que la oyera en Puerto Rico. aguacate En el Diario registramos el indigenism o aguacate, procedente de la forma nahuatl ahuacatl ‘testículo’ ( DA, DAm, DCECH, LFF ), nombre común de la persea gratissima , árbol de la familia de las lauráceas, muy frondoso y corpulento, propio de las regiones tropicales, y nombre, asimism o, de su fruto ( DA, DAm, DRAE ). En los ejemplos que ofrece dicha obra verificamos su empleo tanto con el sentido de ‘árbol’: También se ve la planta del m a guey, la zarza, el bejuco de vainilla, el que llaman de parra y otros m uchos que ci erran el paso por estos dilatados bosques llenos de excelentes maderas y resinas, com o son el cupey, árbol de María, el de maza, el tabanuco, el jovo, aguacate , moca y el espino, el palo de mora, el capá, el palo pollo o sangre de drago, el laurel, la osua, yagrumo, tagua, el granadillo — que adem ás de su excelente madera da el tinte amarillo m uy fino — el árbol de tea — cuya madera exhala una fragancia admirable — el nogal, el de quiebra hachas, el de hueso y otros que, además de ser m uy apreciables por la calidad de sus maderas, de su s resinas, aceites y tintes, tienen la proporción de pode rse portear por el río hasta el mismo puerto ( Diario, 113), como con el de ‘fruto’: “Los guayavos, gicacos, aguacates , corazones , anones, algarrobas, mameye s, sapotes y otras m uchas frutas cubren estos bosques” ( Diario, 89). Aguacate se registra desde los primeros tiem pos de la colonización, de hecho, Corominas y Pascual la docum entan por primera vez en el 131 padre Las Casas en 1560. Por este moti vo, no es de extrañar que esta voz hoy goce de amplísima difusión tanto en América com o en España y que en la época en la que escribió nue stro autor fuera recogida por los diccionarios. Así, pues, Terreros y Pando define aguacate como la ‘fruta de América de la figura de un calabacino; es muy verde en el color, por cuya causa llaman también aguacat es a las perillas, o esmeraldas, que tienen la figura de una pera’ ( DCCA ). El diccionario académ ico, en cambio, sólo recogió este últi mo significado que, según Juan Antoni o Frago Gracia, sería el único verdad eramente usual entre las minorías pudientes en España 152 : ‘lo mismo que esmeralda, y sólo se diferencia en que no es tan perfecta y que es de hechura redonda o prolongada’ ( Autoridades ); aunque para ejemplificar su uso hubiera incluido una cita de Fernández de Oviedo en la que esta voz tiene el sentido de ‘fruta’: “Hypérboles y energías parecen fruta s de las Indias como plátanos y aguacates ” ( Autoridades ). ají En la obra de Abbad y Lasierra ta mbién está presente el tainismo ají : “Sus manjares se reducen a lo s frutos de su hacienda sin otro condimento que el ají ” ( Diario , 80). Esta voz se documenta desde los primeros tiem pos de la colonización, de hecho, está presente ya en el Diario del primer viaje colombino ( DCECH ). Dicho producto americano llegó pronto a la Península, donde ense guida se extendió su cultivo ta l y como muestra el testim onio de Monardes en el siglo XVI 153 , y, después, a Europa, según el propio Abbad y Lasierra: 152 Frago, Indoamericanismo , 1723. 153 Ibídem, 1726. 132 Este gusto de los indios, adoptado por los españoles, pasó a Europa y estuvo tan introducido que sustituy ó ge neralmente a la pimienta, cuyo precio y estimación decayó considerable m ente al paso que se introdujo el jengibre y su comercio estuvo en auge hasta fines del siglo pasado, en que se abandonó su cultivo y se sustituyó en su lugar el uso del pimiento, que lo hay de muchas especies y a todas llaman ají ( Diario, 104). Dadas estas circunstancias, no es de extrañar que el tainismo ají fuera registrado ya en Autoridades como ‘lo mi smo que pim iento colorado’ sin marca alguna de su procedencia amer icana. No obstante, aunque en América el empleo de dich a voz taína es m uy usual, sobre todo para designar a las varied ades picantes de ají ( DA ), en España acabar on triunfando los hispanismos pimiento o guindilla de las Indias 154 . anón De origen taíno es también anón, que hallamos en nuestro corpus una sóla vez: “Los guayavos, gicacos, aguacates, corazones, anones , algarrobas, mameyes, sapotes y otras muchas frutas cubren estos bosques” ( Diario, 89). Con esta voz se da nombre a un ‘árbol de la familia de las anonáceas, propio de t oda la América intertropical, cuyo fruto es comestible’ y, asim ismo, al ‘fruto’ que produce ( DA, DAm ). El primer testim onio de este indigenismo lo encontramos en 1535 en Fernández de Ov iedo ( CORDE ). Autoridades recoge dicho tainismo bajo la entrada anona y ofrece una minuciosa explicación de las características del fruto al que designa: 154 Ídem. 133 Fruta de las Indias, especie de me mbrillo del tam año de una pera muy grande, y casi de su figura , que se abre y hiende por la parte superior. La carne es blanda y tierna como una m a nteca, blanda, dulce y m uy sabrosa, las pepitas que tiene en medio son ne gras y en cantidad. Llam anle en Indias manjar blanco y por otro nombre guanávana. Precisamente con este último nom bre, esto es, guanábana, tainismo más general en América del que nos oc uparemos más adelante, convive en nuestro corpus la palabra anón , cuyo uso se extiende a los territorios de Colombia, Cuba, México y Puerto Rico ( DA ). araguato En el Diario el autor emplea la voz caribe araguato . Según Morínigo se trata de un ‘mono aullador , habitante de las grandes selvas del norte de la América meridi onal y del sudeste de México’ ( DA ) que se caracteriza por poseer pelaje de color leonado oscuro, pelo hirsuto en la cabeza y barba grande ( LFF ). Si Abbad y Lasierra utiliza este indoamericanism o es porque el animal al que designa era objeto de las cacerías de los indios: “En sus montes, que están cubiertos de robus tos árboles de exquisitas maderas, tienen mucha caza de tigre s, osos de varias espe cies, antas, baquiras, venados, araguatos , cachicamos, murrocoies y muchas castas de monos que les surten de carne para su regalo” ( Diario, 166). Y es que, además de atemorizar a los pasajeros: “A esto se agrega la m ultitud de tigres, leones, osos, antas, curis, araguatos y otros varios, todos form idables, unos por su ferocidad, otros por sus rugi dos espantosos, que todo contribuye al susto y pavor del pasajero” ( Diario, 183), ocasionaban 134 cuantiosos daños en los ganados y los cultivos: “A la derecha de este camino, que es la banda del sur, se ven las elevadas montañas de Cocoyar, llenas de grandes ár boles, pobladas de tigres, osos, araguatos y otras diferentes especies de monos y animales que hacen notable daño en los ganados y frutos” ( Diario, 167). La primera documentación de esta palabra corresponde al año 1660 en Venezuela (Boyd-Bowman) y la sigui ente al 1758, fecha próxima a la de la obra americanista de Abbad y Lasierra, por lo que los datos que ofrece nuestro Diario son muy interesantes, ya que constituyen uno de los primeros testimonios de araguato . Es voz propia de México ( DA ), Colombia y Venezuela ( DA, DRAE, LFF ), territorio, este último, al que pertenecen los ejemplos de dicha obra, puesto que aparecen en el capítulo que nuestro obispo dedica a la descripción de los pu eblos de la provincia de Cuman á, en concreto , a San Lorenzo, San Antonio de Río Colorado, Ciudad de San Felipe de Austria y San Francisco de Charapacuar. araguaney Caribe es también araguaney ‘árbol indígena, cuya madera de corazón muy duro, color de aceituna oscuro, se emplea para bastones y que produce una hermosa flor m uy vistosa’ ( DAm ). En nuestro corpus hallamos esta voz como consecuencia de la utilidad práctica de dicho árbol, y es que de él se obtenía un tinte: “También abundan en estos montes los árboles de algodón, caña fístula, pita y el árbol araguaney — que da el tinte amarillo más fi no y otros útiles para teñir” ( Diario , 165). 135 Araguaney es palabra propia de Colombia y Venezuela ( DAm ), país, este último, al que pertenec e el pueblo de Cumanacoa en cuya descripción aparece dic ho indoamericanismo. El CORDE y Boyd- Bowman registran esta voz por pr imera vez en Venezuela en 1935 en Canaima, escrita por Rómulo Gallegos ( Léxico ). Por este motivo, los ejemplos que aparecen en el Diario son de gran interé s, dado que suponen la primera documentación de araguaney. bahareque (bajareque) De acepción ‘mezcla de barro y paja o bosta de ganado vacuno que se usa en la construcción de viviendas’ ( DRAE, DV ) es voz indígena del Caribe ( DCECH ). El DRAE y el DA afirma n que esta palabra es taína. Sin embargo, según el DCECH no se sabe con certeza qué idiom a indígena proporcionó el vocablo a los españoles y, aunque se ha propuesto el origen antillano y el ar ahuaco, dado que se documenta por primera vez en 1565 en la Historia de Venezuela de Aguado , parece más probable que proceda de un a lengua de Tierra Firme. Dicha voz es propia de Améri ca Central, Colo mbia, Ecuador y Venezuela ( DA, DRAE ), por lo que no resulta raro que aparezca en la descripción de la provincia de Cumaná que ofrece el Diario de Abbad y Lasierra. Así, pues, hallamos este indigenismo en los siguient es ejemplos que revelan aspiración de la h : “La iglesia parroquial de esta ciudad es de tres naves de fábrica de bajareque o de orcomos, caña y barro; está poco decente y muy reducida para el vecindario” ( Diario , 154); “La repetición de éstos dict a a los habitantes del país la 136 Documentación de araguaney ( Diario, 103v) 137 arquitectura de sus casas y ed ificios que llaman fábrica de bajareque ” ( Diario, 183). A pesar de que este indoameri canismo se registra desde los primeros tiem pos de la colonización, no debió de tener mucha repercusión en España. De hech o el CORDE tan sólo recoge diecisiete ejemplos del empleo de bahareque y otros dos de la variante aspirada y no aparece en ninguno de los diccionarios consultados de la época en la que escribió nuestro autor. Además, aunque el DRAE incluye esta palabra, está marcada como propia de América. baquira Significa ‘mamífero paquidermo’ ( DRAE ) es un indoamericanismo léxico de origen Caribe que se usa en Colombia y Venezuela para designar al pecarí ( DA, LFF ). Así que no es extraño que Abbad y Lasierra utilice esta palabra en su Diario en los apartados que corresponden a la descripc ión de dichos territorios , en concreto, a la de San Lorenzo, San Francisco de Cha caracuar, Guri y Sabana Grande. Dicha voz se documenta ya en Fernández de Ov iedo en 1535 ( DV ). Sin embargo, no aparece registrada ni en el Tesoro , ni en los diccionarios del dieciocho que hemos consultado, esto es, el Autori dades y el DCCA . Y es que para designar a este animal fue más frecuente entre los españoles recurrir al empleo de otras palabras como saíno , chancho de monte , puerco de manada , e incluso jabalí ( DA ). De hecho, el propio Abbad y Lasierra junto a la voz indígena incluye una aclaración con la denominación equivalente pa trimonial: “Multitud de baquiras —que son 144 gruesa y redonda, la cáscara delicada, algo fría y húmeda, que tostada y molida en piedra, hech a a este fin, es el principal material par a fabricar el chocolate”; como con el de la especi e vegetal: “Árbol que lleva la fruta de este nombre semejante al naranjo en la grandeza y las hojas, aunque algo mayor, y su copa es m uy hermosa”. Nada tiene de particular, por ta nto, que en la obra de Abbad y Lasierra que aquí nos ocupa aparezca este indigenismo léxico en tan numerosas ocasiones, ya que en la época en la que vivió nue stro obispo había alcanzado ya difusión general ta nto en América como en España. No obstante, llaman la atención las cuantiosas alusiones a este producto que fray Íñigo hace a lo largo de las páginas en las que se ocupa de la descripción de los territorios venezo lanos, y es que en el siglo XVIII Venezuela se convirtió en el principal exportador de cacao gracias al establecimiento en 1728 de la Compañía de Guipú zcoa en Caracas, que se dedicó a estimular su producción 160 . En el Diario de Abbad y Lasi erra hallamos también la forma derivada cacaguales con el sufijo –al que expresa la idea de colectividad ‘arboleda de cacao’ y con una g que refuerza a la semiconsonante: “que todos tienen su propensión a destrozar las sementeras de maíz, calabaza, patatas y cacaguales ”( Diario , 195). Tanto el CORDE co mo el Léxico documentan por vez primera este indoa mericanism o léxico en 1748 en el Viaje al reino del Perú de Antonio de Ulloa. Así, pues, esta palabra todavía no está incluida en Autoridades , aunque, sin embargo, a finales del XVIII aparece ya en el DCCA que recoge tanto la forma cacahual 160 EUI , s.v. cacao. 145 ‘árbol que lleva el cacao’, como cacahuales que es la voz con la que “llaman en América a las arboled as de cacao o de su árbol”. cachicamo Cachicamo es voz procedente de un dialecto caribe de Venezuela ( DA ), el tamanaco ( DRAE, LFF ), con la que se desi gna al animal que los españoles bautizaron como armadillo , palabra de la que nos ocuparemos más adelante. Abbad y Lasierra menciona esta palabra cuatro veces en su Diario al referirse a la fauna de los territorios que describe en los capítulos dedicados a Cumaná, el río Orinoc o y la Isla de la Trinidad. De todos estos ejemplos el más interesant e es el pertenecien te a este último capítulo, ya que, además de que el autor incluye la voz patroní mica correspondiente al indigenismo cachicamo , ofrece una descripción del animal al que tal vocablo designa: El día catorce pasé a este pueblo de Monserrat, que dista una legua del antecedente y está situad o a la orilla del mar en la desem bocadura del río Sipero, en una dilatada y fértil vega en la que los indios cultiv an algún maíz y cazabe, que es la única cosecha que tienen, dedicándose continuamente a la caza, de que hay mucha en todo el país, especialm ente de armadillos o cach icamos , que es un cuadrúpedo pequeño vestido de conchas que abre y cierra a su gusto. Viven en cuevas subterráneas que abren con sus uñas y si el perro no los apresó antes de pon er la cabeza en la cueva, ya no puede sacarlos, porque ensan chando el cachicamo sus conchas hacen fuerza estribando con ellas en la tierra, dejando burlada toda diligencia ( Diario, 312-313). Este indoamericanismo ha si do documentado por Boyd-Bowman en 1578 en las Relaciones geográficas de Venezuela ( Léxi co ). Sin 146 embargo, su difusión se ha restringido a los territorios de Colom bia 161 y Venezuela, ya que para designar al animal americano que aquí nos ocupa ha sido mucho más frecuente el empleo de la voz guaraní tatú y del americanismo léxico armadillo. cachipae En el capítulo que Abbad y Lasie rra dedica a la de scripción de las provincias del río Orinoco podemos leer la palabra cachipae : “Otras especies de palmas hay como la llamada cachipae , camuirro, besirri y otras que dan muy buenos dátiles, de que hacen pan, sacan aceite y de todo hacen chicha, que es lo que más estiman” ( Diario, 300). Se trata, según el DAm , de una voz procedente de la forma indígena brasilense gasipaes con la que en Colombia se designa a una ‘palma de fruto oval y ástil espinoso’ ( LFF ). La presencia d e cachipae en nuestro texto es especialmente interesante, porque, según los da tos que hem o s empleado para la realización del presente trabajo, se trataría de la segunda documentación de dicha palabra en una obra escrita en español; y es que este indoamericanism o está presente en El Orinoco Ilustrado del padre Gumilla 162 . 161 El Atlas Lingüístico-Geográfico de Colombia registra cachicamo como voz usual en el territorio colombiano ( GLALEC , 63). 162 Gumilla, Orinoco , 285. 147 Documentación de cach ipae, camuirro y besirri en el Diario (249r) 148 cacique La voz ca cique aparece en las tres obras de Abbad y Lasierra que aquí estudiamos en numerosas o casiones designando a los reyezuelos indios, mantiene, por tanto, su si gnificado original: “El capitán Cookc bajó a tierra con un destacamen to, resuelto a apoderarse del cacique y a contener con las armas a los yndios, pero éstos atacaron a los yngleses con tanta resolución que al primer c hoque mataron a cinco, y entre ellos al capitán Cookc, cuyo cuerpo se lleva ron los yndios, y apenas pudieron los yngleses recoger algunos restos” ( Descripción , 159); “Le salió luego al encuentro el cacique Cayaurima, con dos mil indios armados, a quienes deshizo después de tres horas de un reñido y dudoso comb ate, retirándose Cobos al cerro Santo, que está frent e del Salado desde donde, por la falta de aguas, se tras ladó a Chacopata” ( Diario, 232); “De algunos indios que arrestaron, supieron la resolución de su cacique de hacer guerra a lo s españoles mientras estuvi esen en su provincia” ( Relación, 117). El DCECH y el DA afirman que este término procede del taíno de Santo Domingo, nom bre con que los indios de esta isla designaban a sus señores. Esta voz es uno de los pr imeros indoamericanism os que se incorporaron a nuestra lengua; Coromi nas y Pascual lo documentan por primera vez en el Diario de Colón en 1492 ( DCECH ). Fueron los propi os españoles quienes difundieron por t oda América esta palabra para designar a los indios señores de va sallos o jefes guerre ros, tal y com o aparece en todos los ejemplos de nuestro corpus. 149 caimán Del caribe acayuman proviene, probablemente, la voz caimán que aparece en el Diario en el capítulo que su au tor dedica a la descripción del río Orinoco: “En esta estaci ón quedan sus riberas cubiertas de innumerables tort ugas y caimanes empollando sus nidadas” ( Diario, 270). No se sabe con seguridad si esta pa labra procede de una lengua africana o del caribe. No obstante, Corominas y Pascual consideran que tanto la temprana documentación del vocablo en América, como la existencia de la voz caribe mayacuman ‘cangrejo de mar’, que puede tomarse como prueba de que hay una ra íz caribe común a las dos palabras, apoyan la hipótesis de que caimán pertenezca a esta lengua indígena americana ( DCECH ) . E n e s t e s e n t i d o , e l DA indica que es probable que tenga origen caribe, pero, el DRAE , en cambio, afirm a que procede del taíno kaiman . En cualquier caso, lo cierto es que caimán se incorporó muy pronto al español. De hecho, Corominas y Pascual documentan por primera vez esta voz en 1530 en Nuño de Guzmán ( DCECH ) y está incluida ya en el Tesoro con el significado de ‘pez lagarto que se cría en las rías de Indias y se come los hom bres que van nadando por el agua’. No obstante, esta palabra convivió con lagarto, que fue el nom bre casi general en el siglo XVI, pero cuyo uso a finales del XV III fue decayendo por la crecient e implantación de caimán , ya incorporada en Autoridades y en el DCCA 163 . Dada esta circunstancia, no ha de ex trañar que dicha voz aparezca en nuestro corpus en el que podemos leer la siguiente descripción de este feroz animal: 163 Frago, Historia , 239. 150 Los caimanes , cuya fealdad espantosa y su propensión a devorar todo viviente lo hacen form idable en el agua y en la tierra; su trompa larga, negra, derrubosa y de duro hueso; sus quijadas, por lo común de una vara de largas, guarnecidas de dos f ilas de largos colmillos en c ada una; sus ojos, resaltados sobre la cabeza; vestido de unas conchas que form an una fila de agudas puntas a lo largo de l lomo y sus garras destrozadoras ( Diario, 286). cambur Con referencia a la isla de Puerto Rico, hallamos la voz cambur en el Diario de Abbad y Lasierra: “Hay ot ras especies de plátanos más pequeños, pero más suaves y delicados . De esta clase son los congos, dominicos, cambures, guineos, que son de m uy buen gusto y hacen de ellos vinagre” ( Diario, 87). En efecto, con esta voz se da nom bre a un plátano pequeño y regordete, de carne suave y comestible ( DAm ); pero también es el nombre de la planta de la familia de las m usáceas que produce dicho fruto ( DHAV, DRAE, DV ). La palabra cambur se emplea en Venezuela, Colombia 164 , Puerto Rico y México ( LFF, DAm ), por lo que su aparici ón en nuestro texto está sobradamente justificada. Las obras lexicográficas que hemos consultado para la elaboración del presente tr abajo no recogen información acerca del origen de este vocablo. No obsta nte, dada la difusión geográfica de cambur , es posible que se trate de una voz procedente de algún dialecto caribe que se habría aplicado a una de las especies de plátanos que desde Canarias llegaron a América. Podr íamos pensar asi mismo en la posibilidad de que cambur tuviera origen afronegroide, pero para 164 El GLALEC recoge la voz cambur y también la variante cambul , con neutralización de - r y - l , en el territorio colombiano. 151 sustentar esta hipótesis deberíamos haberla hallado en otros territorios americanos co mo Cuba y las Antillas. Indoamericanism o léxico o no, lo ci erto es que se trata de una voz documentada en el siglo en el que escr ibió nuestro autor, por lo que, como es esperable, todavía no está registrada ni por Autoridades ni por el DCCA. Y es que Boyd- Bowman no la atestigua hasta mediados del XVIII en una relación geográfica de Ve nezuela que data de 1745 y, unos pocos años más tarde, en 1758, en la Historia corográfica, natural y evangélica de la Nueva Andalucía del padre Antonio Caulín ( Léxico ). De esta última obra tal vez adoptó Abbad y Lasierra la palabra cambur , por lo que es probable que su aparición en el Diario se deba al conocimiento libresco y no a la e xperiencia personal. camuirro En el Diario de fray Íñigo se registra la voz camuirro en el siguiente ejemplo: “Otras especies de palmas hay como la llamada cachipae, camuirro , besirri y otras que dan m uy buenos dáti les, de que hacen pan, sacan aceite y de todo hacen chicha, que es lo que más estiman” ( Diario, 300). Aunque de las palabr as de Abbad y Lasierra se deduce fácilmente que se trata de un tipo de palmera, no hem os podido contrastar esta información, ya que no hemos hallado esta voz en ninguno de las obras lexicográficas utilizadas para la elaboración del presente trabajo. Seguramente nuestro autor adoptó camuirro de El Orinoco Ilustrado del padre Gumilla, única docu mentación que recoge Boyd- 152 Bowman para dicha voz ( Léxico ). Muy ilustrativa resu lta la descripción de esta especie veget al que incluye este je suita en su obra: Las mismas naciones dichas cultivan otra especie de palm a pequeña que, con serlo, en la hermosura y en el gusto de sus dátiles sobresale y se lleva la hermosura y gallardía de todas las dem ás especies de palmas: trece ojas tan pobladas de cogollos arroja esta palma, que se llam a camuirro , que forman una maceta tan proporcion ada y hermosa que se arrebata a la vista. Al pie de dichas o jas arroja sus ra cim os de dátiles tales que mejor se podían llamer ubas m ollares assí por la forma como por el color y sabor y, sin duda, compite ésta con las mejores frutas 165 . Suponiendo que no se trate de un error del jesuita copiado por fray Íñigo, es posible que se trate de una palabra perteneciente a algún dialecto caribe, pues, si los datos de nuestro autor son reales, es ta palma crecería en las tierras bañadas por el río Ori noco. Tal vez tenga alguna relación con el caribe camuro ‘árbol que produce un fr uto globoso de epicarpio delgado y frágil’, voz propia de Venezuela ( DV ). canaguaro En la descripción de la provincia de Cumaná del Diario de Abbad y Lasierra hallamos la voz canaguaro : “que todos tienen su propensión a destrozar las sementeras de maíz, ca labaza, patatas y cacaguales con que se mantienen otros como el canaguaro , que es una especie de gato cerval o montés” ( Diario, 195). Efectivamente, con es ta palabra se da nombre en Venezuela al ocelote ( felis tigrina ), esto es, un felino domesticabl e cuyo cuerpo mide cerca de un metro, de pelaje de color rojo pardo con 165 Gumilla, Orinoco , II, 287. 153 manchas negras redondeadas en todo el cuerpo, con las orejas negras y punteadas, que se alimenta de peque ños mamíferos, pájaros y huevos ( DV ). La form a que encontramos en nuestro te xto es canaguaro y no cunaguaro que es el vocablo que se utiliza en el territorio venezolano y el que registran los diccionarios ( DRAE, DV, LFF ). Com o podemos observar, la variante que em plea fray Íñigo es conse cuencia de un proceso de asimilación vocálica según el cual se han igualado la s vocales de las dos primeras sílabas, si es que no es tamos ante un error de transcripción producido en algún momento del pro ceso de la elaboración de la copia final del Diario . Cunaguaro es un indoamericanismo léxico de origen cumanagoto ( DAm ) que se documenta por primer a vez en 1578 en una Relación geográfica de Venezuela ( DV ). No obstante, la siguiente atestiguación pertenece a la Historia corográfica, natural y evangélica de la Nueva Andalucía del padre Caulín de la que nuestro autor pudo tomar dicha palabra. A finales del XVIII este indigenism o aparece registrado en el DCCA, aunque con un signifi cado bastan te sorprendente: “Cunaguaro llaman en el Nuevo Reino de Granada a la lagartija”. Sin duda alguna, Terreros y Pando estaba equivocado respecto del significado de esta palabra a pesar de haber acertado en su difusión geográfica. canoa Hallamos en nuestro co rpus la voz indígena canoa ‘embarcación de remo muy estrecha, de una sol a pieza, sin quilla y sin dife rencia de forma 256 aparece siete años antes en el Diario de este mismo autor y Boyd- Bowman la ha hallado en un documento que data de 1776 ( Léxico ). tabasco Tabasco o pimienta de tabasco es el nombre co mún de un ají de fruto rojo, pequeño y m uy picante con el cual se p repara una salsa mu y conocida ( DA, DAm, DRAE ). Este condimento se llama así porque se cree que procedía del es tado mexicano de Tabasco ( DA, DAm ). Morínigo y Santamaría consideran que este indoamericanismo léxico con el significado señalado es propio de Puerto Rico ( DA , DAm ), territorio a cuya descripción perten ecen los ejemplos que hallamos en nuestro Diario. En otros lugares de las Antillas, en cam bio , recibe el nombre de pimienta malagueta o malagueta ( LFF ). Abbad y Lasierra pone de relieve la sinonim ia de esto s dos vocablos oponiéndolas m ediante la conjunción disyuntiva en el siguiente ejemplo: “Además de las excelentes maderas que se encuentran en los bosques de estos pueblos y de variedad de frutales, hay también árboles de pi mienta malagueta o de tabasco , nuez de especie, vainilla y ot ros frutos útiles que, si se cultivasen, pudieran formar una part e del comercio de estas islas” ( Diario, 93). Aunque hoy esta voz tiene amplís ima difusión sobre todo con el sentido de ‘salsa picante’, en el si glo XVIII no debi ó de ser tan conocida. Boyd-Bowman no atestigua esta palabr a hasta la segunda mitad de esta centuria en un documento datado en 1765 ( Léxico ), por lo que no es de extrañar que tabasco no estuviera todavía recogido en Autoridades. No 257 obstante, a finales de dicho siglo el DCCA incluirá ya la entrada pimienta de Tabasco. Este hecho dota de singular va lía a los ejem plos de nuestro corpus, ya que constituyen documentaci ones bien tem pranas del uso de dicha voz americana. tagua Menciona esta voz Abbad y Lasierra en su Diario entre las especies vegetales que proporc ionan maderas y resi nas a los indios de la isla de Puerto Rico: También se ve la planta del m a guey, la zarza, el bejuco de vainilla, el que llaman de parra y otros m uchos que ci erran el paso por estos dilatados bosques llenos de excelentes maderas y resinas, com o son el cupey, árbol de María, el de maza, el tabanuco, el jovo, aguacate, m oca y el espino, el palo de mora, el capá, el palo pollo o sangre de drago, el laurel, la osua, yagrumo, tagua , el granadillo — que además de su excelente m adera da el tinte amarillo m uy fino — el árbol de tea — cuya madera exhala una fragancia admirable — el nogal, el de quiebra hachas, el de hueso y otros que, además de ser m uy apreciables por la calidad de sus maderas, de su s resinas, aceites y tintes, tienen la proporción de pode rse portear por el río hasta el mismo puerto ( Diario, 113). Tagua es el nombre de una palm era de tallo muy corto y corona muy frondosa, que produce una sem illa cuyo endospermo, muy duro, es el marfil vegetal, que se emplea pa ra hacer botones, dijes, etc. ( DAm, DRAE ). Según Morínigo y Sa ntamaría, se trata de una palabra de origen mapuche ( DA, DAm ). Sin embargo, Malaret considera que es una voz indígena antillana que coincide con la derivada del mapuche thahua con 258 la que se denomina en Ch ile a un ‘ave nadadora’ ( LFF ). En cualquier caso, lo cierto es que es propia de Colombia y Ecuador ( DA, DRAE ) 230 . En la época en la que escribió nuestro autor, a juzgar por la información que ofrecen los corpus lé xicos que hemos consultado, esta voz ni siquiera había sido incluida en ningún texto escrito. De hecho, el CORDE y el Léxico no documentan tagua hasta bien entrado el siglo XIX. Así, pues, el Diario de Abbad y Lasierra se convierte, por tanto, en el primer registro para este indoamericanismo léxico. tayé En la Descripción de las costas de California hallamos la voz taye que es el nombre de un animal calif orniano: “L as vegas abundan de flores y de excelentes pastos que di sfrutan grandes ma nadas de venados, cierbos, tayes , liebres, conexos, y otros quad rúpedos, con algunas lagunas y ciénagas, en que se ve variedad de anfibios y multitud de aves” ( Descripción, 136). Asim ismo, aparece en la segunda parte de la Descripción : “y así los tayes, antas, civolas , y demás que se hallan en la California, capaces de servirles para la agricultura, sólo eran objeto de sus flechas” ( Tesis , 1061). En la Historia natural de la Antigua California de Miguel del Barco, texto del siglo XVIII que tamb ién se ocupa de los territorios californianos, encontramos una de scripción de este animal: 230 Buesa y Enguita adscriben esta voz al territo rio andino, aunque sin especificar de qué lengua indígena procede ( Léxico , 109). 259 En la California se hallan dos especies de montería, que no se conocen en la antigua ni en la Nueva España. La primera es la que los californios en la lengua monqui llaman tayé. Este es un animal de la corpulencia de un ternero de año y medio m uy parecido a él en la figura, la cabeza es semejante a la de los venados, las as tas ex traordinariame nte gruesas, pero parecidas a las del carnero, aunque má s retorcidas y m enos abiertas que las de éste, la pezuña grande, redonda y hendida como la de los bueyes, el pelo como de venado, pero m ás cort o, y algo manchado, la cola pequeña y la carne sabrosa y regalada 231 . El DCCA es el único diccionario de todos los que hemos consultado que recoge esta forma, precisamente aportando los datos que ofrece este texto diecioches co que, al parecer, había leído. Esta voz era el nombre que los indios de California daban al berre ndo, un animal nativo de California que todavía hoy se encuentra en las m ontañas de la Baja California y en Sonora 232 . Según Esteban de Terre ros y Pando, esta voz pertenece a la lengua que hablaban los monquis, un pueblo indio de California ( DCCA ). Este indoamericanismo léxico no se hallado en los textos españoles hasta la época en la que escribió nuestro autor. De hecho, el CORDE registra por primera vez es ta palabra en 1780 en la Historia Antigua de México de Francisco Javier Clavijero, ta n sólo tres años antes de que nuestro autor escribiera su Descripción. No obstante, hemos encontrado la voz tayé en la Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España que escribió el jesuita Franc isco Javier Alegre en el 231 Barco, Antigua California , 53. La voz tayé , con idéntica explicación a la que ofrece Barco, también se encuentra en Descripción física de California, 159. 232 Blanco, California, s.v. berrendo . 260 momento de la expulsión de su orden de todos los te rritorios de la corona española (1767) 233 . tiburón En el Diario de Abbad y Lasierra encontramos tiburón ‘pez selacio marino, del suborden de lo s escuálidos’. Puesto que no está clara la procedencia de esta palabra, se han pr opuesto distintas hipótesis acerca de su origen. Por un lado, dado que Pe dro Mártir de Anglería y Las Casas afirman que se trata de una voz indí gena, se ha considerado que podría pertenecer al taíno de Haití ( DCECH ) 234 . Por otro lado, tam bién se ha sugerido una posible adscripción caribe m uy poco probable, en vista de que en esta lengua indígena el nombre del tiburón es waibayawa ( DCECH ). Por últim o, se ha propuesto que el tupí brasileño uperú o iperú, con la t- inicial que en esta lengua funciona como artículo, habría pasado primeramente al portugué s y de aquí al español ( DCECH ). Corominas y Pascual consideran que esta tercera hipótesis es la más convincente ya que en la lengua lusa dicho vo cablo se documenta antes que en español ( DCECH ). En cualquier caso, lo cierto es que la voz aparece ya desde los primeros tiempos de la colonización en los textos españoles. Está presente en Pedro Mártir de Angler ía, Fernández de Oviedo y el padre Las Casas ( CORDE, DCECH ) y Covarrubias lo incluye ya en su diccionario: “Un pescado grande que sigue las naves que van a Indias y es muy tragón y engulle quant o cae dellas en la mar” ( Tesoro ). Y es que 233 Alegre emplea este indigenismo en una ocasión: “Hallaron tres pequeñas bahías con pozos y fuentes de agua dulce, muchas y diversas especies de pájaros, venados o tayés , conejos negros, pequeños y de pelo m uy suave” ( Compañía de Jesús, 355). 234 Alvar, aunque con reservas, asume este posible origen arahuaco ( Americanismos , 99). 261 este vocablo debió de difundirse muy rápidamente, de hecho, aunque en los mares europeos ya se conocía n tiburones y existían denominaciones romances co mo marrajo o tintorera , la denominación americana acabó por generalizarse ( DCECH ). Así, pues, en el siglo XVIII el diccionario académico, al igual que haría el DCCA varias décadas después, incluyó tiburón pero sin hacer alusión alguna a su procedencia americana: “pez marino, especie de perro u lobo, pe ro de monstruosa grandeza, hasta veinte pies de largo y a proporción grueso, tiene solamente en todo el cuerpo la esquena o espinazo, es voracísimo de carne humana” ( Autoridades ). A dicha voracidad alu de fray Íñigo en su Diario al describir a este pez tan temido: Los monstruos m arinos más carnívoros y com unes en estas costas son los tiburones y las mantas; aquéllos son una especie de cerdos de mar m u y grandes y de una tez parda oscura, su boca rasgada y poblada de dos andanadas de grandes co lmillos por cada lado que af ianzan un hom bre por el cuerpo o muslo, tronzándolo de l primer golpe; sus fauces, proporcionadas para tragar cualqu ier m ole, lo engullen con mucha facilidad ( Diario, 219) totuma, totumo Hallamos las voces totumo y totuma en el Diario de Abbad y Lasierra. Con la primera de estas dos formas designa nuestro autor a un árbol de la familia de la s bignonáceas más conocido por higüero c uya fruta, esto es, la totuma , además de constituir un importante recurso alimentario, se em pleaba para elabor ar buena parte de los utensilios que constituían el menaje del hogar ( DA, DRAE, VPR ): 262 El menaje de cocina consiste en una olla de tierra, los platos, cucharas, escudillas etc., lo hacen de la corteza de la fruta de la giguera, que también llaman totumo . Este árbol no es muy alto, sus ramas cortas, torcidas y correosas; su hoja, pequeña, gruesa y de un verde claro; la corteza blanca y nudosa. Se cría en cualquier pa rte sin cuidado alguno, aunque procuran tener inmediato a sus casas algunos de estos árboles cuyo fruto parece una sandía en el color y figura. Su cortez a es delgada y lisa, pero tan fuerte y flexible que resiste los golpes aunque caiga de muy alto. Su carne es blanca y tiene algunas pepitas que se seme jan a las de la sandía. Su zumo lo toman como rem edio eficaz para evita r las resultas de las caídas. De la corteza de esta fruta hacen platos, esc udillas, cucharas, vas ija s para traer el agua y guardarla. En ellas toman el café, la leche en el m ismo árbol les dan la figura que quieren en moldes que les ponen cuando pequeñas ( Diario, 96). Y no sólo eso, sino que además, como explica nuestro autor, servía para otros usos: “También suelen poner en la copa del som brero alguna totuma para defender la cabeza de los ardores del sol” ( Diario, 96). Tanto totuma como totumo proceden de la forma totum ‘calabaza’ ( DCECH ). Según Corominas y Pascual es ta voz debió tomarse de la lengua caribe en Tierra Firme, a pesar de que Santamaría la haga derivar del congolés tutu y tuma ( DCECH, DAm ). En la actualidad, según el DCECH , se emplea en casi todos los pa íses de América, a excepción de algunos centroamericanos, en alguno de los cuales ha ampliado su extensión significativa mediante recurs os m etafóricos. Así, pues, en Chile se denomina totuma al ‘chichón’ y a la ‘joroba’ y, en Perú y Venezuela, a la ‘cabeza’( DA ). No obstante, en Puerto Rico, territorio al que pertenece el ejemplo de fray Íñi go arriba citado, es más frecuente el 263 empleo de las voces higüero ‘árbol’ y de higüera ‘fruta’ ( VPR ) y en Centro América y Cuba se suele denominar güira o güiro ( DA ). Totuma , aunque no está recogida por ninguno de los diccionarios de la época en la que vivió Abbad y Lasierra, aparece ya escrita en 1565 en la obra de Aguado ( CORDE, DCECH ). La forma totumo , en cambio, según los datos que arrojan el CORDE y el DCECH no debió ser tan habitual hasta mediados del si glo XVIII, aunque Boyd-Bowman la registra ya en un documento venezolano de 1578 ( Léxico ). tuatúa Entre los nombres de plantas medicinales que aparecen en el Diario de Abbad y Lasierra hallamos la voz tuatúa : En todo este territorio se encuentran muchas plantas m edicinales entre otras la yguereda o palma christi que en España llaman tartago, los piñones, brusca hedionda, tuatúa , pajabrava que tam bién la hay en Cumaná, y Caracas, triquitraque, qu e los botánicos llaman valeriana, y otros arbustos, y hierbas medicinales, cuyas virtudes son muy apreciables en la medicina cuya descripción particular sería cosa m uy di fusa ( Diario, 244). Con esta palabra se refiere nuestr o autor a un árbol americano de la familia de las euforbiáceas, de unos tr e s metros de altura, cuyas hojas y semillas se usan en m edicina como purgantes y cuyas raíces tien en propiedades diuréticas ( DRAE, LFF ). 264 Santamaría considera que tuatúa procede del caribe ( DAm ), en cambio Malaret indica que se trata de una voz indígena antillana ( LFF, VPR ). Su uso se restringe a las Antilla s, Colombia y Venezuela, territorio este último al que pertenece el pueblo de Nuestra Señora del Pilar en cuya descripción aparece el ejemplo citado, dado que se trata de una especie vegetal propia de la región caribeña ( DAm ). Este indoamericanismo léxico no se hallaba recogido por el diccionario académico en la época en la que escribió nuestro autor, y es que tuatúa no se ha documentado hasta mediados del siglo XVIII. Efectivamente, el CORDE registra este indigenismo en el texto venezolano Ciudad de Barquisimeto que José Lorenzo Ferrer escribió en 1745. La misma fecha tiene una rela ción geográfica de Venezuela en la que Boyd-Bowman ha hallado tuatúa por vez primera. Así, pues, el Diario de fray Íñigo contiene un dato muy interesante para el estudio de la historia este indigenism o por constituir una de sus primeras documentaciones. tule, tular En la Descripción hallam os el indigenismo tule que es la planta con la que los indios de la misión de San Diego de Alcalá, situ ada cerca de Monterrey en la California septentr ional, cubrían sus casas: “Las casas de todos son de madera cubiertas de tule , circunbaladas de estacada para seguridad de los insu ltos que pueden ocurrir” ( Descripción, 145); “Todos los edificios son de madera, cubiertos de tule ” ( Descripción, 146). 265 El indoamericanismo tule procede de la forma náhuatl tollin o tullin ( DRAE, DM, LFF ). Dicho indigenismo es el nombre genérico que se da en El Salvador, Honduras y México a va rias especies de plantas de tallo largo, con cuyas fibras se tejen petates y asientos de silla ( DRAE ). Según Santamaría, en México es ‘el junco o espadaña cuyas hojas se emplean para tejer petates, cortinas, etc.’ ( DM ). A estas aplicaciones que recogen los diccionarios podemos añadir la que aparece en el texto, esto es, como material para cubrir lo s tejados de las casas. En el texto encontramos la forma tular que deriva de la voz tule . El sufijo –ar, que es muy usado en Améri ca Central, expresa idea de colectividad. De este modo, en la Descripción , tiene el significado de ‘terreno poblado de tu l’ que recoge el DRAE : “A la espalda de estas sierras encontró el capitán comanda nte de Monterrey don Pedro Fages muchos tulares y grandes lagunas, de donde in firió, según el curso de los ríos que salían de ellas, y que sólo se podían salvar y pasar por tierra a San Francisco” ( Descripción, 150). A juzgar por los datos que ofrecen los diccionarios y los corpus que hemos manejado, esta voz se incorporó al español fundamentalm ente, al menos en la lengua escrita, a lo lar go del siglo XVIII. No obstante, el CORDE registra una documentación anterior en 1600 en la Descripción de la Laguna de México de Eugenio de Salazar y otra para la voz tular en 1578 en un Acuerdo de Junta que pertenece a la recopilación de textos notariales Documentos sobre las cuatro villas de la Costa de la Mar . 272 yagrumo Hallamos esta voz en la relación de los árboles que crecen en los bosques de los pueblos puertorriqueños de la Moca y Pepino que describe Abbad y Lasierra en su Diario : También se ve la planta del m a guey, la zarza, el bejuco de vainilla, el que llaman de parra y otros m uchos que ci erran el paso por estos dilatados bosques llenos de excelentes maderas y resinas, com o son el cupey, árbol de María, el de maza, el tabanuco, el jovo, aguacate, m oca y el espino, el palo de mora, el capá, el palo pollo o sangre de drago, el laurel, la osua, yagrumo , yagua, el granadillo — que adem ás de su excelente madera da el tinte amarillo m uy fino — el árbol de tea — cuya madera exhala una fragancia admirable — , el nogal, el de quiebra hach as, el de hueso y otros que, además de ser m uy apreciables por la calidad de sus maderas, de su s resinas, aceites y tintes, tienen la proporción de pode rse portear por el río hasta el mismo puerto ( Diario, 113). El yagrumo es uno de los árboles más abundantes en Puerto Rico 242 . Perteneciente a la fami lia de las moráceas, se caract eriza por poseer hojas grandes, palmeadas, verd es por el haz y plateadas por el envés, y flores en racimo, rosadas con visos amarillos ( DRAE , LFF ). Es una especie vegetal muy valiosa por sus múltiples aplicaciones: de los tallos huecos de las ramas se hacen boyas para las re des de pescar y también canales para el a gua, de la m adera se obtie ne una pasta de papel, de su corteza fibrosa los indios el aboraban esteras y toda suerte de cordelería y de las hojas, la corteza y la resina que produce se elaboran remedios medicinales 243 . 242 Little, Wadsworth y Marrero, Árboles , 61. 243 Ibídem, 62. 273 Yagrumo es la variante, propia de Puer to Rico y Venezuela, de la voz yagruma que procede del taíno yaruma, yauruma o yabruma ( DA ). Probablemente nuestro autor adoptó es te vocablo durante las sucesivas visitas pastorales que realizó en lo s años que vivió al otro lado del Atlántico, y es que esta voz no sólo no estaba incluida en el Autoridades , sino que no se ha documentado en lo s textos españoles hasta mediados del siglo XIX 244 . Así, pues, el ejemplo que aquí nos ocupa constituiría el primer testim onio de este indoamerica nismo léxico en la lengua escrita. yagua En el Diario de fray Íñigo hallam os la voz taína yagua con dos significados. Por un lado, de signa a la ‘palma real’ ( LFF ) que nuestro autor describe minuciosamente: Estas tierras se ven llenas de frutales , especialm e nte de naranjos, limones, limas, cidras, palm as de co co de corozo, grana y de yagua . Esta últim a es muy común y m uy útil en toda la isla, se cría igualmente en los bosques que en las vegas. Es muy elevada y forma una colum na perfecta, pues la naturaleza p arece im itar desde el pedest al hasta la cornisa to das sus partes y dimensiones, que la constituy en a primera vista una colu mna perfecta. Sobre el tronco principal o columna se forma otra com o de siete pies de alta sin diferenciarse de la primera sino en el tam a ño y color, que es del todo verde, de suerte que parecen dos co lumnas, una sobre otra. Esta pequeña se desnuda todas las lunas de su camisa o corteza que es de m edia 244 El CORDE d ocumenta yagruma en la o bra poética del Cucalambé entre 1840 y 1862 y l a variante yagrumo en 1964 en el Cóctel de Don Nadie de Francisco Arriví. El Léxico registra la forma yagruno en 1849 en El Gíbaro de Manuel A. Alonso y no halla la voz yagrumo hasta el siglo XX. 274 pulgada de gruesa, de seis a siete pi es de larga y como dos y medio de ancha. Es flexible y de mucha duración ( Diario , 121-122). Por otro lado, da nom bre a esta “camisa” o vain a de tejido fibroso, que envuelve la parte más tierna de la palma real ( DA ), que, tal y como explica el propio Abbad y Lasierra, tiene divers as aplicaciones prácticas: Con esta camisa —que llam an yagua por la palma que la da— cubren las casas, hacen las divisiones o tabiques, forman de ellas una especie de baúles o cajas para guardar su poca r opa, sirven de sacos o costales para transportar el arroz, maíz, café y cu anto necesitan portear de un pueblo a otro. En sus viajes llevan siempre alguna yagua arrollada en la grupa del caballo y cuando llueve se la ponen sobre la cabeza para defenderse del agua. En fin, ellos se sirven de la yagua para diferentes usos dom ésticos ( Diario , 122). Y no sólo eso, sino que además tambié n se utiliza para la construcción de tejados: “Luego atan, desde lo alto del caballete hasta las viguetas que corren entre los postes, muchas cañas y éstas las cubren con yaguas de palma” ( Diario, 95). Este indoamericanismo léxico se re gistra ya en fray Bartolomé de Las Casas ( CORDE ), sin embargo, no está recogido todavía en los diccionarios del siglo XVIII ( Autoridades, DCCA ), y es que, aunque aparezca en algunos textos escritos desde fechas tempranas, debió de alcanzar mayor difusión a partir del siglo en el que vivió nuestro autor 245 , seguramente gracias a las investig aciones botánicas llevadas a cabo por 245 Aunque el CORDE registra esta voz en el padre Las Casas, la siguiente documentación que recoge data del siglo XI X. Asimismo, Boyd-Bowman ha hallado este indoamericanismo léxico por primera vez en un doc umento de la Real Hacienda de Puerto Rico datado en 1516, pero después no lo ha encontrado hasta 1762 en un documento de Santo Domingo. 275 aquella época 246 . En la actualidad, la voz se halla difundida por todo el territorio antillano, Colombia, México, Perú y Venezuela ( DA ). yautía En el Diario de Abbad y Lasierra halla mos el indoamericanismo léxico yautía con el que se da nombre a una planta de raíz y brotes comestibles muy apreciada en la ali mentación rural ( DA, DRAE ). Efectivamente, nuestro autor menciona esta voz en el capítulo dedicado a la descripción de la isla de Puerto Rico: “Los ñames, yautías , calabazas y fréjoles son tan abundantes que, una vez que los siembran, duran m uchos años” ( Diario, 88), y en el que se ocupa del viaje a la provincia de Cumaná por ser uno de los productos que constituían la dieta de los habitantes de La Con cepción de Coquisas: Sin embargo de las excelentes v egas para cacao y otros frutos de que goza este pueblo, viven con la escasez de víveres que los demás pueblos de indios, contentándose con beneficiar alguna corta porció n de fríjoles, maíz, calabazas, yautias , ñames, patatas y otras raíces y legum bres, con algún cacao, tabaco y ganado que se cría en sus montes ( Diario, 179). Yautía es voz indígena antillana ( VPR ), aunque se desconoce de qué lengua procede exactamente. Se documenta ya en la obra de Fernández de Oviedo; sin embar go, no aparece en ninguno de los diccionarios de la época en la que es cribió nuestro autor, y es que es ta palabra no gozó de amplia difusión, sino que su uso quedó restringido a 246 Acerca de las investigaciones botánicas lleva das a cabo en el XVIII, vid. Clement, De los nombres de plantas. 276 las Antillas, donde todavía continúa siendo una de las viandas más apreciadas 247 . yuca Otro producto americano es la yuca . Bajo este nombre se confunden tres plantas americanas diferentes, según Corominas y Pascual: la llamada yuca agria, amarga o brava, Manihot utilissima , que se emplea para hacer almidón cu yo zu mo, una vez decantado, es venenoso; la yuca dulce o blanca, Manihot aipi , que, como la anterior, es una especie de mandioca que se utili za para hacer almidón y tam bién se come sancochada; y, por últ imo, otra planta decorativa que pertenece a la familia de las Liliáceas ( DCECH ). Los cronistas de Indias se refieren muchas veces en el S. XVI a la Manihot utilissima ; Fernández de Oviedo parece ser el prim ero en mencionar la Manihot aipi con referencia a la zona de Cartagena de Indias y la del Istmo de Panamá, recalcando que no es venenosa como la yuca de las Antillas ( DCECH , s.v. yuca ). Parece que los españoles vieron por primera vez esta esp eci e de yuca en Tierra Firme y le aplicaron el nombre de la yuca antillana a causa del parecido entre las dos especies 248 . Esta yuca comestible constituye un im portante alimento para los pueblos que habitan en la América tropical ( LFF ). En el Diario Abbad y Lasierra menciona estas dos variedades de yuca, esto es, la agria: “El más usual es la yuca , un arbolito de un estado de alto y recio como un brazo. Su fru to único son las ra íces que parecen 247 Buesa y Enguita, Léxico , 61. 248 Alvar, Americanismos, 104. 277 batatas, de éstas hace n el pan aunque su jugo es un veneno m uy frío” ( Diario, 87), y la dulce: “Hay otra clase de yuca qu e llaman dulce, cuyas raíces se asemejan a las batata s y asadas les sirve de pan” ( Diario , 87). Asimism o , dicho indoamericanismo léxi co aparece una sóla vez en la Descripción : “Su territorio es seco y quebrado, pero tiene algunas tierras en que se siembran maíz, yuca , legumbres y otros frutos de la tierra” ( Descripción, 139). La planta que pertenece a la famili a de las liliáceas, cuya raíz se usa para hacer jabón, crece en el Norte de México y en el Sudoeste de los Estados Unidos. Blanco afirma que yuca es el nombre vulgar con el que se conoce a una planta liliácea cuya raíz produce amole en la Baja California 249 . Aunque cuando Abbad y Lasierra emplea esta palabra en la Descripción se está ocupando de la California meridional, no parece que la yuca a la que alude sea la planta d ecorativa propia de estos territorios; sino que se trata de la variedad cuyo fruto es comestible, puesto que el autor la pone al lado de otros alimentos. Procedente del taíno de Santo Domi ngo, esta voz se documenta por primera vez en 1495 en fray Ram ón Pané ( DCECH ). La palabra yu ca fue trasplantada por los conquistadores españoles al continente, donde convivió con la forma náhuatl guacamote y compitió con el guaraní mandioca en su difusión 250 . Con el significado que tiene en nuestro corpus la definen los di ccionarios del XVIII: según Autoridades se trata de ‘cierta raíz pareci da a nuestra batata que en algunos lugares de América la emplean para hacer pan’; el DCCA dice que es ‘una raíz de América que es parecida a un rábano y que se emplea para hacer pan’. 249 Blanco, California, s.v. yuca . 250 Frago y Franco, Español , 46. 278 zam uro Con esta voz se designa en Ve nezuela y Colombia al zopilote común, un ave rapaz diurna que se alimenta de carroña ( DA, DAm, DRAE ). El propio Abbad y Lasierra dem uestra su conocimiento del léxico americano introduciendo una ex plicación de tipo metalingüístico, para explicar el significado de zamuro, e n l a q u e d a c u e n t a d e l a correspondencia con el nahuatlismo zopilote : “Entre los volátiles, se ven multitud y variedad de periquitos y cotorras, pero los m ás comunes y dignos de atención son los zamuros , que en otras partes llaman zopilotes , que son carnívoros y muy feos” ( Diario, 223). Y no sólo eso, sino que además, dado que este animal no se conocía en España , describe al zamuro o zopilote con todo lujo de detalles, seguramente, gracias a la propia experiencia personal: Son de tamaño de un cuervo, su co lor de humo oscuro, su cabeza pelada y de color amoratado ; estas aves tienen su rey, que es la m ás hermosa de cuantas aves se conocen. Es algo mayor que los otros de su especie, de color negro, fino y dorado; en la ga rganta trae un collar prolongado que le cae sobre el pecho, de plumaje m uy vistoso; su cabeza y cuello, aunque pelada como los otros, es de colo r de escarlata con una coronación de plumaje y un penacho de lo m ismo sobre el pico; en fin, los ojos y toda su disposición lo hacen de una figura m uy agradable. Ellos se paran sobre los tejados de las casas y por las maña nas extien den sus alas en forma de cruz, en cuya postura se mantienen hor as enteras, quizá para mejor recibi r el fresco o rocío de la mañana. Cuando están com iendo sobre algún animal m uerto y llega su rey, todo s se apartan y form ando un cerco le dejan comer sólo sin que nadie se llegue hasta que se haya apartado ( Diario , 223-224). 279 Efectivamente, este indoame ricanis mo léxico no se conocía en la época en la que escribió nuestro autor. El CORDE no registra esta voz, con o sin seseo, hasta el siglo XX y el DCECH la docum enta por primera vez en el DCCA , el único diccionario del siglo XVIII en el que tuvo cabida esta palabra con la explicaci ón ‘lo mismo que zopilote’. No obstante, aunque el Léxico ha hallado zamuro , sobre todo, en el siglo XX, añade asimism o un dato correspondiente a una relación geográfica de Venezuela datada en 1578 que constituir ía el primer testimonio de dicho indigenismo en un texto escrito en español. De t odos modos, dejando a un lado este ejemplo aislado, la info rmación que ofrece fray Íñigo en su Diario sitúa la documentación de zamuro en fechas más tempranas a las que se proponían hasta el momento. Zamuro proviene, al parecer, de alguna lengua indígena de Venezuela ( DCECH ). En la actualidad su uso está restringido a los territorios que comprenden Colom bia y Venezuela, lugar al que pertenece la descripción en la que aparece nuest ro ejemplo. Y es que, aunque se trata de un ave rapaz que vive desde el este y el sur de Estados Unidos hasta el centro de Chile y Argentina ( DRAE ), dicha voz convive con otras designaciones: zopilote en América Central, zoncho o noneca en Costa Rica, aura tiñosa en Cuba, jote en Chile, gallinazo en Colombia, etc. 251 zapote Con esta voz procedente del náhuatl tzapotl se designa en América a un árbol de la familia de las sapotáceas de unos diez metros de altura, de tronco recto y liso, cuya madera es bl anca y poco resistente, y cuyas hojas 251 Rosenblat, Unidad y diferenciación , 36. 280 son como las del laurel ( DA, DRAE ). Asimism o, esta palabra se utiliza para dar nombre al fruto que prod uce dicho árbol, que tiene una carne dulce, fofa y amarilla y una gruesa semilla negra ( DA ) . E n e l Diario de Abbad y Lasierra hallamos zapote con este segundo si gnificado, ya que dicho indoamericanismo léxico aparec e junto al nombre de otras frutas comestibles: “Los guayavos, gicaco s, aguacates, corazo nes, anones, algarrobas, mameyes, sapotes y otras muchas frutas cubren estos bosques” ( Diario, 89). Zapote se docum enta en la lengua escrita desde fechas bien tempranas. Así, pues, está presen te en la obra de fray Bernardino de Sahagún en 1532 ( DCECH ). En la lengua náhuatl tzapotl designaba a la fruta y no al árbol y así empezó a utilizarse en la le ngua castellana que después, a través de un proceso met onímico m uy frecuente, la emplearía también para denominar al árbol ( DCECH ). De hecho, Autoridades recoge ya este indoamericanismo léxico con am bos sentidos: Árbol mui frequente y conocido en toda la India Occident al, el qual está ya trasplantado en nuestra España. Es de elegante estatura y mui pronto en criarla y es de hermosa vista porque su tronco es redondo, derecho y nada nudoso; el color de su corteza, musco, y la entraña de su m adera, dócil y blanda; su copa es bellísim a a modo de la del pino real, pero más agradable y frondosa porque sus hojas son como las del laurel, pero más espesas y su verdor más obscuro. Hai cinco especies: zapote mame y , zapote de Santo Domingo, zapote prieto, zapote blanco y chico. Fruta comestible y en dulce m ui agradable al gusto. 281 Este nahuatlismo se difundió a otros países americanos como la República Dominicana, Ni caragua o Venezuela 252 y llegó también a España, donde pervive en Canarias 253 . En América, según Morínigo, zapote alterna con el tainismo mamey ( DA ), sin embargo, en nuestro Diario parece claro que ambos indoame ricanismos léxicos no aluden a la misma realidad, puesto que en el ejem plo arriba citado aparecen juntos en la enumeración, y es que tal vez nuestro autor se refiera, por un lado, al zapote chico y, por otro, al zapote mamey . Merece nuestra atención el hecho de que se lea sapote en el texto con grafía seseo-ceceosa. Puesto que Abbad y Lasierra era un autor de elevada cultura y, además, oriundo de la España norteña, es muy difícil que su estancia en América hubiera influido en su pronunciación. Por este motivo, resulta mucho más fácil pensar que, si hallam os este ejemplo de seseo en el Diario , es porque el autor escribió la palabra tal y como la escuchó a lo largo de sus viajes por la diócesis de Puerto Rico. zopilote Con esta voz se da nom bre al vultúrido negro de gran tamaño, cabeza pelada y pico corvo que abunda en todas las latitudes de la América tropical ( DA, DAm ). Procede del náhuatl tzopilotl , compuesto de tzolt ‘inmundicia’ y de piloa ‘colgar’, porque se ll eva por los aires restos de animales muertos ya que se trata de un ave carroñera ( DCECH ). 252 Alvar, Americanismos , 106. 253 Frago, Historia , 92. 288 colombiana ‘hoja o batiente de una puerta o ventana’ ( DCECH , DM ), la de ‘grieta sísmica’ ( DRAE ) o la cubana ‘distanc ia entre los palos de un buque’ ( DA, DM ). En América, actuan do el mismo in flujo y la tendencia general del habla criolla a aplicar el vocabulario marítimo a la topografía continental, abra tomó pronto el significado de ‘abe rtura entre dos montañas’, por lo general un valle anc ho y despejado a distinción de l as quebradas o bien un collado abierto y fácilmente practicable ( DCECH ). El DRAE da est e significado en su segunda acepción, pero sin ma rca de americanismo; el DM adscribe el significado de ‘abertura de las dos colinas entre las cuales pasa el río’ a Cuba, el de ‘abertur a ancha y despejada en una montaña o en un bosque’ a Argentina y el de ‘b recha en medio de la selva’ al territorio de Tabasco; el DA recoge abra con el sentido de ‘cam po ancho y despejado en un bosque’ que se us a en Argentina, México, Paraguay y Uruguay y con el sentido de ‘distancia entre dos colinas separadas por un río’ empleado en Cuba. Esta voz con el sentido de ‘vall e ancho y despejado’ aparece ya en el Padre Las Casas y hoy se mantiene muy viva en el Río de la Plata, Venezuela, Colombia y Cuba ( DCECH ). Corominas y Pascual advierten que han recibido noticias de que el empleo de abra con esta acepción puede hallarse en viejos cronista s de Nuevo México o Californi a ( DCECH ). Apoyando esta advertencia pode m o s aportar los dos ejemplos que encontramos en la Descripción de las costas de California en los que aparece abra con el significado de ‘valle’: “Cerca de la unión de estos dos ríos, que es a los 33 grados y medi o en el sitio de San Dionisio, hay dos cerros que dejan una abra de 125 brazas” ( Descripción, 112) y “en 289 las abras o valles, adonde las tierras de las alturas se han re cogido, hay terrenos pingües y a propósit o para el cultivo de todos frutos, aunque lo irregular de las lluvias y falta de riego aventura las cosechas” ( Descripción, 133). Asimismo, hallam os este ameri canismo léxico en el Diario : “Está situado en una abra que forman dos elevadas serranías, en tierra áspera y seca” ( Diario , 240). Abra con el significado de ‘valle’ o ‘lugar descampado en m edio de un bosque’ aparece en escritores ameri canos de la época colonial en todo el territorio americano, desde Chile hasta los Estados Unidos, por lo que no es extraño que esté presente en nuestro corpus; sin em bargo, no parece haber existido en la Peníns ula donde es ajeno a la toponim ia ( DCECH ), aunque sí se documenta en Canarias 266 . Por esta afirmación no parece adecuado dar como uso general el empleo de es ta forma con el sentido de ‘abertura ancha y despej ada entre dos montañas’ tal y como hace el DRAE en la segunda acepción para esta palabra. Mucho más seguro es afirmar que la voz abra con este significado es un americanismo léxico , en concreto un marinerismo de tierra adentro, puesto que se trata de una forma que ha modificado su sentido m arinero para acomodarse a la s necesidades de la geografía interior americana 267 . aguaje En nuestro corpus hallamos la voz a guaje que es la ‘corriente de mar’ según Autoridades y el DCCA . El DRAE registra cuatro significados distint os que puede tener esta palabra en el uso marinero: 266 Frago, Raíces peninsulares , 80. 267 Sobre marinerism os de tierra adentro vid. Enguita, Léxico marinero ; Garasa, Voces náuticas ; Guillén, Americanismos de origen marinero ; Lope Blanch, Léxico marítimo. 290 ‘crecientes grandes del mar’, ‘agua que entra en los puertos o sale de ellos en las mareas’, ‘corrientes del ma r periódicas en algunos parajes’ y ‘corriente impetuosa del m ar’. El sentido náutico de esta palabra no es válido para el contexto en el que aparece en la Descripción , por lo que es mucho más probable que aguaje tenga el significado de ‘abrevader o, lugar de aguas permanentes o recogidas en presas o estanques en los campos de las haciendas del interior del país’ que recoge el DM . Este uso de la voz aguaje fue muy frecuente en el antiguo territorio m e jicano, hoy norteam ericano, en los estados de Texas, Arizona , Nuevo México y Californi a, lugar este último del que se ocupa Abbad y Lasierra en la obra que aquí analizamos; mientras que en Tabasco y en el resto de la costa oriental la palabra que se empleaba para aludir a es te mism o significado era aguada ( DM ) . C o n igual sentido aparece en el DA para el territorio mejicano y con el de ‘lluvia torrencial’ para Colombia, Ecuador y Guatemala y el de ‘regaño largo’ en Guatemala y Honduras. Aunque el diccionario académi co recoge el significado de ‘aguadero’ como primera acep ción de aguaje y como significado general a todo el mundo hispánico ( DRAE ), sin em bargo, a juzgar tanto por la información que aportan los diccionarios de americanismos, como por los datos que podemos obtener en el CORDE a propósito del uso de esta palabra 268 , parece más lógico pensar que se trata más bien de un americanismo léxico y no de una forma del español general. 268 El CORDE registra catorce docu mentaciones para aguage todas ellas correspondientes a México. Asimismo recoge sesenta y nueve casos en los que aparece la forma aguaje de los cuales tan sólo quince pertenecen a documentos esp añoles, aunque alguno de ellos de temática americana, y ninguno de ellos tiene el sentido de ‘abrevadero’, el resto corresponden a textos colombianos, cubanos, gua temalteco s, venezolanos y mexicanos. 291 Esta voz, marinera en su origen , ha adecuado su significado para aplicarse a las circunstancia s de la geografía interior. Sin em bargo, eso sí, mantiene cierta similitud con su uso primitivo, puesto que sigue utilizándose para designa r una masa de agua de tamaño considerable, aunque, esta vez, estancada. aliso En la Descripción hallamos el americanism o léxico aliso . Aunque en el texto de Abbad y Lasierra aparece alijo , debem os interpretar, co mo ya hemos señalado en la descripción de nuestro co rpus, que la aparición de esta forma se debe a una confusión de las grafías j y ∫ seguramente producida por un error de transcripci ón durante el proceso de elaboración de la copia provocado, probablemente, por la mala calig rafía de nuestro autor. Así, pues, debem os leer aliso , voz que, por otra pa rte, se encuentra en la coetánea Historia natural de la Antigua California de Miguel del Barco 269 y en el documento 3 de nuestro corpus (3r, 7) que se ocupa del territorio californiano. El aliso es un ‘árbol de la familia de las Betuláceas , de unos diez metros de altura, copa redonda, hojas alternas, trasovadas y algo viscosas, flores blancas en corim bos y frutos comprimidos, pequeños y rojizos’ ( DRAE ). Sin embargo, en A mérica, siguiendo un procedimiento muy habitual según el cual el nombre de algunas plantas conocidas por los colonizadores, se adecua semántic amente para designar a otras americanas, y esta voz se emp lea para designar otra especie de árboles que por su aspecto y tamaño se asemej an al aliso europeo ( DA ), tal y 269 Barco, Antigua California , 130. 292 como seguramente sucede en el siguiente ejemplo: “El país es frondoso, cubierto de arboleda, de sauces, alisos , parras, zarzamoras, rosales y variedad de flores y yerbas medici nales, que cubren las praderías” ( Descripción, 145). almud En la obra de Abbad y Lasierra hallam os la voz almud cuyo uso en la Península ha caído en desuso, pero que, sin embargo, toda vía pervive en el español de América. Almud ‘medida para áridos, de capacidad diversa según las épocas y regiones’ ( DCECH ) que aparece en la Descripción en el siguiente ejemplo: “De ocho almudes de éste cogieron el primer año 120 fanegas, que se aumentan diariamente con los auxilios del arado, azadas, y ganados de toda s especies que se van multiplicando” ( Descripción, 146). En la época en la que escribió nuestro autor dicha palabra ya había entrado en declive 270 , de hecho el diccionario académico señalaba que en Castilla se llamaba celemín ( Autoridades ). Esta palabra en España ha quedado relegada al uso regional 271 ; así, pues, la hallamos en el territorio aragonés al que pertenece el autor 272 . En América, en cambio, aún se usa en México y Nuevo México ( DM ) y también en Paraguay ( DA ). Sin embargo, esta unidad de medida es antigua ( DM ) y está en vías d e 270 Prueba de que esta voz estaba en desuso en el siglo XVIII es el hecho de que de los seis registros que ofrece el CORDE para dicho siglo, cinco de ellos pertenecen a obras de tema americano. 271 Lerner, Arcaísmos léxicos , s.v. almud . 272 Andolz, Diccionario aragonés , s.v. almud ; Borao, Voces aragonesas , s.v. almud . 293 desaparecer en los territorios amer icanos en los que todavía subsiste ( DA ). Dada la procedencia aragonesa de nuestro autor, resulta m uy difícil asegurar con rotundidad que en este caso almud sea un arcaísmo léxico propio del español americano, y es que tal vez nos encontramos ante una de las pocas peculiaridades lingüísti cas regionales que asoman en la lengua de nuestro autor. ancón Americanismo léxico es tambi én la palabra ancón que aparece en la Descripción de Abbad y Lasierra . Esta voz procede del latín ancon, anconis y éste del griego αγκων ‘codo’, ‘recodo o sinuosidad en un río’ ( DCECH ). El DRAE define el signifi cado de esta palabra como la ‘ensenada pequeña en que se puede fondear’. Para Autoridades un ancón es un ‘puerto abierto que forma la ma r en sus costas, y donde se suelen abrigar los navíos’, esto es, una ‘ensenada’. Definición semejante es la que proporciona el DCCA que la define como ‘bahía o ensenada en que suelen abrigar los navíos’. Sin em bargo, este significado de ancón no es válido para los casos en que aparece esta voz en el texto: “A los 49 y 33 minutos latitud y 233 con 16 minutos longitud entró Cooke en vna ba hía en cuya i mmediación había un ancón ” ( Descripción, 120) y “volvió a la costa sobre los 49 grados 33 minutos latitud y fondeó en una bahía immediata a un ancón , cuyos yndios dice tenían diferentes co sas de fábrica europea, y creyó las adquirían por mano de los rusos” ( Descripción, 153). 294 En estos dos ejemplos esta palabr a posee el sentido de ‘rincón en la tierra’ que recogen los diccionarios de americanism os. Así, pues, el DM adscribe el significado de ‘rincón’ para la voz ancón al territorio de México, por lo que pudo emplearse también en California que, como sabemos, form ó parte del antiguo terr itorio mexicano, asim ismo recoge en Puerto Rico el empleo de esta misma palabra con el sentido de ‘balsa de maderas unidas que se usa para el servicio de rí os y puentes’. En el DA el significado que esta palabra tiene en el texto se atribuye a Colombia y a México, pero en el territorio co lombiano además puede significar ‘espacio entre dos colinas’. Parece, por tanto, que la palabra náutica ancón, tan usada en las relaciones antiguas de nue stros navegantes, ha sufrido un proceso de adecuación semántica según el cual ha pasado de designar un aspecto de la topografía costera o marítima a da r nombre a otro de la topografía continental de semejantes caracter ísticas, dado que, en ambos casos, se alude a rincones o recodos bien sea en el mar, bien sea en la tierra. Es cierto que en América se ha generalizado con el sentido de ‘rincón en la tierra’. No obstante, no podemos considerar esta voz como un marinerism o de tierra adentro orig inario sin más, puesto que con esta misma acepción se había desarrollado ya en parte de Andalucía a finales del S. XV. Corominas y Pasc ual docum entan ancón con este sentido en un texto andaluz de 1494 ( DCECH ), y Frago y Franco en numerosos Repartimientos del Reino de Granada de fina les del siglo XV, así como en antiguos textos canarios 273 , por lo que es anterior al uso americano. 273 Frago y Franco, Español , 72. 295 Además, esta palabra tuvo también el sentido marinero de ‘pequeña ensenada’ que pudo deriva r de este signifi cado 274 . Aunque podemos afirm ar que el uso de esta palabra con el significado de ‘rincón en la tierra’ ha derivado del uso que esta voz tenía en el lenguaje marinero, no podemos pasar por alto, por todo lo que hemos indicado hasta ahora, que este uso ameri cano tuvo un precedente en el mediodía peninsular y que, por tanto, ha de ser considerado como un regionalismo léxico, en concreto como un andalucism o, cuyo uso se ha extendido en América hasta ha cerse general. anime En el Diario de Abbad y Lasierra hallamos el americanismo léxico anime : Todas estas tierras son fe races y de muy buena ca lidad, están pobladas de árboles útiles, el cacao silv estre, la canela, la cascari la, el pucheri, el achote, el bejuco de la vainilla y el de clavo, adem ás de las resinas, aromas, flores, hojas y raíces de gr an aprecio para la medicina y el comercio, sin detenerm e a referir las admirables resinas y m aderas de excelente calidad y virtud, como el anime , algarrobo, otuba, currucay, mara, pepita de toda especie, ár bol de aceite y otras producciones particulares de la tierra de que no se tiene noticia ( Diario, 297). Con esta voz se da nombre a una resi na con propiedades curativas que se extrae de varios árboles americanos tr opicales como el curbaril o el copal ( DA, DRAE ). Procedente del latín m edieval amineus ‘blanco’ ( DRAE, DUE ), probablemente este vocablo se aplicó a dicho producto americano 274 Ibídem, 74. 296 en virtud de su color blanquecino, aunque, también, pudo influir su semejanza con la mirra amin ea, conocida m ucho antes del Descrubrimiento del Nuevo Mundo, a la que alude Autoridades : “Lagryma, goma o resina de un árbol qu e se cria en las Indias Orientales y Occidentales, muy parecida y semejant e al incienso y a la myr rha”. El anime aparece mencionado en los textos españoles desde los primeros tiem pos de la colonización 275 . Así, pues, no ha de extrañar que el médico hispalense Nicolás Monardes dedicase varias líneas de su Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales a la explicación de las diferencias exi stentes entre el anime que ya se conocía en Europa y el anime americano: El anime es lagrima o resina de un árbol grande. Es blanco, tira a color de encienso, tiene m ás oleaginosidad que el copal, viene en granos com o el encienso, aunque más gruessos, quebrados tienen un color amarillito como resina, es de muy gracioso olor, y suaue… Difiere del anime nuestro que traen de Leuante, en qu e no es tan blanco, ni tan lu cido: traen el nuestro en grandes pedaços transparentes, tanto que han dicho algunos que es especie de charabe o succino que llaman ambar… (fol. 2v-3r) Y no sólo eso, sino que además desc ribe sus aplicaciones terapéuticas: “Vsamos dello para muchas en fermedad es, principalmente para males de cabeça y dolor della, causado de humor es o causas frías, y para cadarros (sic)… Conforta el celebro aplicado a forma de emplasto y assimism o el estomago”(fol. 3r). 275 Boyd-Bowman registra este americanismo lé xico en la obra de Fernández de Oviedo ( Léxico ). 297 Estas propiedades ta n beneficiosas del anime americano le valieron su entrada en el diccionario de Covarrubias que, siguiendo l as explicaciones de Monardes, describe esta voz con re ferencia a su procedencia americana: “Es una lágrima o resina de cierto árbol muy a propósito para perfumar la cabeça. Monardes… dize aver dos especies de anime: uno que se trae de Levante y otro de las Indias Occidentales” ( Tesoro ). Asimismo, en el siglo XV III tuvo cabida en el diccionario académico, que aludía a la denom inación anime copal que recibía en Castilla, ya que así se denominaba en México, país de donde se traía a España ( Autoridades ). anta Algunos de los americanismos léxi cos pertenecientes a la fauna que aparecen en el Diario de Íñigo Abbad y Lasierra se han originado a través de un proceso de ampliación sem ántica, según el cual el nombre de un animal bien conocido por los col onizadores europeos ha pasado a designar a otro americano con el que posee alguna seme janza. Esto es lo que ha sucedido con anta , nombre que recibía el alce y que los españoles y portugueses emplearon para designar al tapir americano debido a la semejanza de su piel y a l a utili zación que se hacía de ella una vez curtida ( LFF , DA ). En nuestro texto la voz anta aparece en cuatro ocasiones, con la particularidad de que una de ellas presenta un proceso de fonética sintáctica según el cual la –s final del artículo anterior ha contagiado a la vocal de la palabra anta dando l ugar a las santas : «Las santas , tigres, leones y osos, ofrecen a los indios ocasiones de ejercitar su admirable destreza en el tiro de la flecha» ( Diario, 173). 304 para teñir—, igualmente que much as hierbas medicinales como son cariaquillo, donadilla, bretónica y zarza” ( Diario , 165). Bretónica es variante de la forma betónica procedente del latín vettonica . Dicha palabra da nombre en Espa ña a una planta de la familia de las labiadas, de medio metro de altura, con tallo cuadrado y lleno de nudos, de cada uno de los cuales nacen dos hojas, y de flores moradas y alguna vez blancas y cuyas hojas y raíces son medicinales ( DRAE ). Sin embargo, al otro la do del Atlántico se aplicó a diversas especies de plantas esterculiáceas con propie dades arom áticas y medicinales ( DAm, LFF, VPR ). Covarrubias explica que esta planta era conocida y común ( Tesoro ), por lo que no es extraño que lo s colonizadores designasen de la misma manera a o tras especies vegeta les americanas en virtud de su semejanza, en este caso, probablemen te por sus aplicaciones medicinales. Según Santamaría, este americanism o léxico se emplea en Puerto Rico y la región caribeña del norte de Sudamérica ( DAm ); según Malaret, se adscribe a Cuba, Puerto Rico y Ve nezuela, territorio, este último, al que pertenece el ejemplo arriba citado; el DRAE , en cambio , lo registra como propio de Cuba. La variante betónica se encuentra en un texto m exicano de 1592, el Tractado breve de medicina de Agustín Farfán ( Léxico ); no obstante, no podemos saber con certeza si se refi ere a la planta española o a la americana. 305 brusca Corominas y Pascual documentan la palabra brusca con el sentido de ‘leña menuda’ desde 1793 y afirman que posteriormente aparece como nombre de varias plantas ( DCECH ). Efectivam ente, con esta voz se da nombre en algunos países americanos a una planta de la fam ilia de las papilionáceas cuya raíz se emplea co mo remedio contra los dolores reumáticos y el cólico uterino ( DAm, DRAE ). Sin embargo, con este significado se halla en fechas anteriores a la que propone el DCECH. De hecho, en virtud de dichas propie dades medicinales aparece en 1781 en nuestro Diario : En todo este territorio se encuentran muchas plantas m edicinales entre otras la yguereda o palma christi que en España llaman tartago, los piñones, brusca hedionda , tuatúa, pajabrava que también la hay en Cumaná, y Caracas, triquitraque, q ue los botánicos llam an valeriana, y otros arbustos, y hierbas medicinales, cuyas virtudes son muy apreciables en la medicina cuya descripción particular sería cosa m uy di fusa ( Diario, 244). Y no sólo eso, sino que Boyd-Bowm an atestigua este americanismo léxico en la Historia corográfica, natur al y evangélica de la Nueva Andalucía del padre Caulín en 1758, obra que Abbad y Lasierra conocía muy bien. Brusca con el sentido de ‘planta papilionácea’ se emplea en Venezuela ( DRAE ), territorio al que debem os adscribir nuestro ejemplo, pero también en Cuba, Puerto Rico y en Colom bia donde se emplea como café para el tratamiento de la disentería crónica ( DAm ). 306 caballada En la Descripción de las costas de California hallamos el americanismo léxico caballada, en cuya formación ha intervenido el mecanismo de creación morfológica de la sufijación según el cual se ha añadido el sufijo – ada, que puede expresar idea de colectividad o idea de abundancia, entre otros valore s posibles, a la palabra caballo . Asim ismo atestiguamos dicho americanismo léxico en el documento 3 (2r, 6) que versa sobre el viaje que José Gálvez realizó al norte de California con su tropa. Los diccionarios del XVIII recogen ya la forma caballada. Así, pues, según Autoridades es la ‘manada de caballos y yeguas’ y para el DCCA es el ‘conjunto de caballos’. Definiciones semejantes aportan los diccionarios actuales: según el DRAE , caballada es la ‘manada de caballos o de caballos y yeguas’; para el DM significa ‘conjunto de caballos, sea cual fu ere su número’; el DA define esta voz como ‘conjunto de caballos reunidos para un determin ado objeto’. Con este signi ficado aparece en nuestro texto: “Las bega s y vertient es de dichos ríos están pobladas de alamedas y praderías; en ellas mantienen los yndios yumas grandes caballadas ” ( Descripción, 135). La documentación más temprana de esta forma se halla en la obra titulada Historia de Nuevo México de Gaspar Villagrá fechada en 1610 ( CORDE ). Esta palabra, además del sen tido con el que la hallam os en la obra, se usa también en América con el sentido figurado de ‘desatino, disparate, barbaridad’ que recoge el DRAE y el DM. 307 cambalachar Corominas y Pascual registran cambalachar como forma anticuada para el siglo XVIII. De hecho, el DCCA y Autoridades incluyen la forma más moderna cambalachear que significa ‘hacer cambalaches’, esto es, hacer ‘cambios o trueques de una cosa por otra’. Esta palabra, propia del lenguaje familiar y vulgar ( Autori dades ), aparece en la Descripción de Abbad y Lasierra con el sentido de ‘t rueque’: “El mayor obstáculo, eran los corsarios extrangeros que corrían libreme nte aquellos mares, y los comisionados se valían de este pret exto para quedarse en el buceo de perlas y cambalachar con los yndios del golfo” ( Descripción, 130); “se les arrimaron algunas piraguas pescadoras y cambalacharon pieles por cosas de Europa, y manifestaban mucha ansia por el tabaco” ( Descripción, 155). Aunque, según los datos que arroja el CORDE , dichas citas constituirían los datos má s tardíos para la voz cambalachar , lo cierto es que Boyd- Bowman en su Léxico atestigua esta palabra no sólo en textos americanos pertenecientes al siglo XVIII, sino tam bién en documentos del XIX e, incluso, del XX 279 . Así, pues, parece que , a pesa r de que e n España se prefirió la variante cambalachear , en América tam bién se h a mantenido la forma arcaizante cambalachar . 279 Boyd-Bowman registra cambalachar en 1839 en Cecilia Valdés o La loma del ángel del cubano Cirilo Valdés; en 1960, en Picardía mexicana del m exicano Alfredo Jiménez y, en 1983, en Changó el gran p utas del colombiano Manu el Zapata Olivelle ( Léxico ). 308 cantil En la Descripción hallamos el americanismo lé xico cantil que designa un accidente geográfico. El si gnificado general de esta palabra es el de ‘sitio o lugar que form a escalón en la costa o en el fondo del mar’ ( DRAE ), pero en nuestro texto posee el sentido de ‘borde de un despeñadero’ que el DRAE y el DM dan como propio de América: “Se han empezado a malear y han intentad o alguna vez impedir el paso, lo que les sería fácil en algunas partes por los cantiles y paredones que hay, y lo mismo convenía en los te rritorios que median entre San Luis y San Antonio, y de éste a Monterrey, que son 50 leguas de buenas tierras y bien pobladas” ( Descripción, 148). Friederici y Boyd-Bowman documen tan este uso americano de cantil en la segunda m itad del siglo XVIII, en la obra de José Martín Félix de Arrate Llave del Nuevo Mundo datado en 1761 ( AWH, Léxico ), tan sólo un par de décadas antes que la Descripción de Abbad y Lasierra. cañafístula Entre los frutos que se dan en Puerto Rico y Venezuela menciona nuestro autor la cañafístula : “Igualmente que la nuez de especie, la pimienta, malagueta, la cañafístula , el achote, el jengibre, el incienso o resina del árbol tabernácu lo, la resina de guayacán , con gran variedad de árboles de admirable magnitud y calid ad y las abundantes minas de or o que están abandonadas” ( Diario, 76); “Sólo en las hondonadas de los arroyos se encontraban algunos ár boles sangre de drago, tama rindos, cañafístu las , mara, palo de cruz y algunos bejucales” ( Diario , 168). 309 Cañafístula es el nombre de un árbol de la familia de las papilionáceas, propio de las regiones tropicales de la costa del Pacífico, de unos diez metros de altura, con tr onco ceniciento y hojas compuestas y flores amarillas en racim os colgantes ( DAm, DRAE, LFF ); pero también es la denominación que recibe el fruto que produce di cho árbol: una vaina cilíndrica de color pardo que contiene una pulpa negruzca y dulce que se usa en medicina ( DRAE ). Con este segundo signific ado aparece registrada esta palabra en el diccionario de Covarrubias: Es fruto de un árbol grande que tiene la cortez a pardilla, la madera negra, maciza y de m al olor y la s hojas casi como de nogal. De los ramos de estos árboles, cuelgan las cañasfístolas , luengas, redondas y medulosas, las quales, como se van m adurando, de co loradas se tornan negras… Es la casia fístula solutiva, húmida en el grado primero, y entre frío y calor, templada, por donde clarifica la sangre, refrena el furor de la cólera y purga ligeramente los hum ores co léricos y flemáticos, que andan vagamundos por el vientre y el estómago ( Tesoro ). Como podemos observar, Covarrubias no alude a la procedencia americana de este producto, y es que, antes del Descubrimiento, la cañafístula era una especie vegetal conoc ida, de hecho se traía de Egipto, de la India e incluso se cultivaba en el lev ante español. Pero, al llegar al Nuevo Mundo, el nombre de cañafís tula se aplicó también a un árbol de la misma fam ilia que, sin embargo, producía un fruto de mayor calidad que el empleado hasta entonces y que, además, tenía un aroma muy agradable. Buena cuenta de estas di ferencias da el médico hispalense Monardes en su Historia Medicinal de l as cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales : 310 La que viene de nuestras Indias es muy mejor sin comparación, que la que trayan de la India a Venecia y las Ga leaças de ay a Genova, y de Genova a España… Esta nuestra que traen de Sancto Domingo y San Juan es madura, gruessa, llena, pesada, m elossa y fresca. Tanto que muchas vezes viene desde a sesenta días que se cogio, y con ser fresca, es de gracioso gusto y no del olor horrible que era la del Lev a nte, y assi haze su obra muy mejor y con m ás facilidad (fol. 20r.) Asimismo explica cuáles son las aplicac iones medicinales de este fruto: Purga benignam ente… Evacua principalm ente colera, despues flegm a, y lo que está en las vias y en las tripas… Haze m uchas buenas obras en todo género de enfermedad: especialm ente en passiones de riñones y de vrina… y en reumas haze m anifestissimo provecho… Fácilm ente cura males de pecho continuada y dolores de costado… Quita los dolores graves del pulmón y dolores de Riñones. Es buena en fiebres calientes, y… prohibe el engendramiento de la piedra. Quita la sed (fol. 20r.). En el siglo XVIII cañafístula también tuvo cabida en el diccionario académico con idéntica explicación que la que dos siglos antes había dado Covarrubias. No obstante, explica que esta palabra se ha formado a parti r de caña y de fístula “porque parece trompeta de caña” ( Autoridades ). Este vocablo se halla en los textos americanos desde los primeros tiempos de la colonización. Así, pues, Boyd-Bowman atestigua su aparición en un documento de la Real Hacienda de Puerto Rico datado en 1512 ( Léxico ). Y es que, dada la buena ca lidad del producto procedente del otro lado del Atlán tico, pronto se fom entó el comercio de la cañafístu la con España y, desde aquí, con Europa y el resto del mundo tal 311 y como explica Monardes 280 . Por tanto, no tiene nada de raro que hallemos este vocablo en nuestro te xt o, ya que es muy probable que Abbad y Lasierra lo conoc iera antes de viajar al Nuevo Mundo, y mucho menos que nuestro obispo considere las posibilidades mercantiles que tiene la producción de este fruto: Si llegan a solidarse estas nue vas poblaciones, podrá ser m uy considerable, pues además de ser el terreno a propósito para toda especie de frutos, se encuentran en él cacao, nuez de especie, vainilla, quina, canela, pucheri, zarzaparrilla, achote, caña fístula , un sinnúmero de bálsamos, resinas, m aderas y otra s producciones que voluntariamente ofrece esta tierra, capaces por sí sola s de formar un considerable com ercio a poco que ayude la industria, que c onvendría mucho fomentar en estas partes aunque sólo fuese para cont ener los portugueses que despueblan estas posesiones ( Diario, 284). cañada En la Descripción hallamos un americanismo léxico con el que se da nombre a un tipo de accidente ge ográfico, se trata de la voz cañada. El significado general de esta palabra es ‘espacio de tierra entre dos alturas poco distantes entre sí’ ( DRAE ). Sin embargo, en América este término puede poseer dos sentidos dist intos del general: ‘corriente de agua de poco caudal que no suele ser permanente’ ( DA, DAm, DRAE ) y ‘terreno bajo entre lomas, cuchillas o sierras, bañado de agua a trech os o en toda su extensión y con vege tación propia de tierras húmedas’ ( DA, DRAE ). Con este último significado aparece cañada en la obra, como podemos comprobar en los ejem plos siguientes: “A la falda de los cerros 280 Monardes, Historia medicinal , fols. 19v y 20r. 312 en las cañadas tienen algunas huertas que riegan con el agua de llubia s que recogen con estanques” ( Descripción, 140); “fundóse en vn pueblo de yndios bastante numeroso, cuyas casas son de forma esférica y piram idal, en la misma playa, a la entrada de vna buena cañada por la qual sale un río que desagua en la mar cerca del m ismo pueblo” ( Descripción, 147). Asimismo atestiguamos este americanis mo léxico en el documento 3 de nuestro corpus, manuscrito que también se ocupa del territorio californiano: “el terreno formado de lomas de mediana altura con pendiente a varias cañadas que todos iban a terminar se al mar” (2v, 3-5). La primera acepción de esta pala bra se emplea en Cuba según el DM ; el DA afirma que se utiliza en C uba y en Puerto Rico y el DA la adscribe a las Antillas, Colombia, México, Perú, Río de la Plata y Venezuela. El DRAE adscribe el segundo si gnificado americano a Argentina, Bolivia, Cuba y Para guay y según Morínigo es propio de Argentina, Paraguay y Uruguay ( DA ); sin embargo, también aparece en la obra que aquí nos oc upa que describe el te rritorio californiano. caño Tanto en la Descripción como en el Diario hallamos la voz caño , americanismo léxico con el que nuestro autor alude a un accidente geográfico . El DRAE registra trece acepciones dist intas de esta palabra. Así, pues, caño puede significar ‘tubo corto, particularme nte el que forma las tuberías’, ‘tubo por el que sale un chorro de agua’, ‘chorro de agua u otro líquido’, ‘albañal’, ‘en el ór gano, conducto del aire que produce el sonido’, ‘cueva donde se enfría el a gua’, ‘en las bodega s, subterráneos donde están las cubas’, ‘gal ería de mina’, ‘en las marism as, brazo de agua 313 poco profundo’ ( DRAE ). En el lenguaje de la marinería este vocablo se emplea, además, con el sentido de ‘ canal angosto de un puerto o bahía’ y el de ‘canalizo’ ( DRAE ). Asimis mo el dicci onario académico registra la acepción americana de ‘curso de agua de caudal irregular y lento, sin ribera arenosa, por el que desaguan los ríos y lagunas de las regiones bajas’ ( DRAE ). Este es el sentido que hallamos en la Descripción : Estas qualidades son más sensibles qua nto más se abanza para el norte, pues con la mayor altura del polo, se aum entan las niebes y las aguas que bajan de la Sierra Madre, que corre N.S. desde el Nuevo México hasta la más septentrional que se ha descubierto, dejando entre e llas y la mar del Sur grandes lagos y caños que inundan el país en muchas partes, especialmente el territorio de San Fr ancisco, Trinidad en tradas de Ezeta, Bucareli, y otras partes, en donde se lebantan exalaciones y nieblas muy frecuentes ( Descripción, 152). Y el que atestiguamos en el Diario en más de treinta ocasiones: “Tiene por imposible la unión de los rí os Orinoco y Amazonas mediante el caño de Casiquiare y río Negro y hoy no hay navegación má s frecuente entre los ríos de estas provincias que la del Orinoco y Amazona s, mediante el enlace del caño Casiquiare con el río Negro y de éste con el de las Amazonas” ( Diario, 58); “Éstos, siguiendo su natural propensió n, desamparan con facilidad el pueblo y se van a vivir a las riberas de las lagunas y caños de Orinoco, alojándose en los manglares” ( Diario, 198); “El día once salí del caño de Pedernales, que desa gua en el golfo Triste tres leguas y media al sudoeste de l islote llamado el Soldado” ( Diario, 306). Corominas y Pascual ad scriben el uso de caño con el sentido de ‘arroyo’ o ‘torrente’ al territorio de Colombia ( DCECH ), el DRAE lo 320 cazadora Americanismo léxico es tambi én cazadora ‘especie de serpiente de gran tamaño’ ( DAm , DRAE ) que ocasiona gran daño a los hombres y a los ganados, según la explicaci ón que ofrece nuestro autor: Lo que más suele inco modar a los españoles e s la multitu d de culebras y reptiles, cuyas venenosas mordeduras ocasionan no pocas m uertes, no solamente en los racionales, s i no qu e tam bién en los ganados, a quienes asalta frecuentem ente en los pastos, pues hay especies de culebras carnívoras que se m antienen de la caza. De esta clase son las que se llaman cazadoras , las tigras, macaqueles, tragavenados, etcétera ( Diario, 195). Poca es la informaci ón que aporta n los diccionarios acerca de esta voz, pero no es difícil suponer que la serpiente americana reciba el nombre de cazadora debido a la actividad que de sarrolla para alimentarse, puesto que cazador se aplica tanto a hombres como a animales que cazan a otros animales ( Autoridades , DRAE ). La primera documentación que he mos hallado de este vocablo con el uso que tiene en el texto co rresponde al año 1738 en Colombia 283 , territorio al que lo adsc riben los diccionarios ( DAm , DRAE ). Sin embargo, el ejemplo que aparece en el Diario corresponde a la descripción del pueblo de San Francisco de Chacar acuar, en la provincia de Cuman á. 283 Boyd-Bowman atestigua este americanismo léxico en El Orinoco Ilustrado del padre Gumilla ( Léxico ). 321 chalupa En la Descripción hallamos un préstamo de l francés que pertenece al lenguaje náutico, y es que en la primera etapa de la conquista y colonización de América el galicismo, salvo el que para dicha época era absolutamente común en la lengua espa ñola, prácticamente se reduce a la terminología marinera 284 . Es el caso de chalupa , adaptación de la voz chaloupe ( DA, DCECH, DRAE ) que da nombre a un tipo de embarcación pequeña que suele tener cubier ta y dos palos para velas ( DRAE ). Corominas y Pascual documentan dicha voz por primera vez en 1587 en G. de Palacio y af irman que hay ejem plos de chalupa en Vicente Espinel y en otros textos del si glo XVII como la Recopilación de Indias ( DCECH ). En francés este vocablo es más antiguo, pues se halla desde 1522 y los testimonios abunda n allí en la segunda mitad del XVI, por lo que parece más claro que el préstam o se haya producido del francés al español y no al revés ( DCECH ). Los diccionarios de la época en la que Abbad y Lasierra escribió la obra que analizamos regist ran dicha palabra. Según Autoridades se trata de un barco prolongado mayor que un esquife o bote, el qual tiene dos árboles pequeños para el uso de las ve las, y suele tener seis u ocho remos por banda que llevan los navíos de alto bordo para embarcar y desembarcar. Para el DCCA una chalupa es un vaso pequeño de m ar, destinado al servicio de los naví os de alto bordo y otras pequeñas navegaciones. 284 Frago, Historia, 175. 322 Chalupa es una palabra usada en Am érica donde, en las chinampas de México, es ‘una pequeña ca noa, de fondo ancho y plano’ ( DM ). Según Santamaría, dicha voz se utiliza en México y también en Puerto Rico ( DM ) . E l DA , en cambio, adscribe esta fo rma con el sentido de ‘canoa angosta’ a Colombia, Ecuador, México, Perú y Puerto Rico. Puesto que chalupa se emplea en México, no es ex traño que aparezca en nuestro texto para aludir a un tipo particular de embarcación dado que Californi a perteneció al antiguo territorio mexicano: “Se construirá en Kams-Kat- Ka, o en otro puerto cóm odo, una o dos chalupas cubiertas, con las quales se irán a visitar las costas desconoc idas del norte, para saber si están contiguas a la América” ( Descripción, 161); “embió las chalupas armadas a tierra, que jamás bolvieron aunque la s esperó algunos días e hizo toda diligencia” ( Descripción, 163). chinchorro La palabra chinchorro tiene, según el diccionario académico, tres acepciones: ‘especie de red a modo de barredera que usan los pescadores para pescar’, ‘embarcación de remos, muy chica y la menor de a bordo’ y ‘hamaca ligera, tejida de cordeles o fibra’ ( DRAE ) 285 . Corominas y Pascual afirman que es ta voz deriva de chinche , aunque puede dudarse entre dos posibles explicaciones semánticas ( DCECH ). Por un lado, la denominación chinchorro se habría aplicado en primer lugar a la embarcación por tener el ta maño de una chinche, de aquí se habría pasado a designar a la red para pescar que en ésta se usaba y después a la hamaca ( DCECH ). Por otro lado, se puede par tir del sentido de ‘lecho lleno de 285 Chinchorro también se emplea en México con el sentido de ‘pequeño ganado’ ( DA, DAm ). 323 chinches’ y de ‘hamaca’ pasar al de ‘red’ y, por últim o, al de ‘embarcación que lleva esta red’( DCECH ). En nuestro Diario hallamos esta voz con dos significados distintos. Así, pues, en primer lugar encontram o s chinchorro con el significado, derivado de la segunda acepción que recoge el DRAE , ‘barquichuelo usado en América para pescar’: “Ded ícanse enter amente a la navegación y pesca, que ejercitan en la punta de Araya e isla de Cubagua en las tres temporadas al año que van con los chinchorros ” ( Diario, 160). Con este sentido se atestigua en la primera época colonial. De hecho, está presente en los escrito s de Hernán Cortes, Fernández de Oviedo y el P. Las Casas ( CORDE ). Por este motivo, nada tiene de particular que Autoridades incluyera dicha acepción de chinchorro con referencia al Nuevo Mundo: “Barco pequeño que usan en Indias para pescar’. Idéntica ex plicación darí a Terreros y Pando en su diccionario varias décadas después ( DCCA ). En segundo lugar, en dicha obra de fray Íñigo este americanismo léxico, de ascendencia andaluza según Frago 286 , aparece con el significado de ‘hamaca tejida en forma de red’ : Como todo su m e naje y muebles se redu cen al arco, flechas y anzuelos y a un mapire o cesto que lleva la india a las espaldas atado a la cabeza y , dentro de él, el chinchorro o red para dorm i r, con una cazuela para coger iguanas, peces o caza que la suerte les depara, no necesitan prevenir bagaje ni aperos para verificar sus transmigraciones ( Diario, 198). 286 Frago, Historia, 88. 324 El DCECH y el CORDE atestiguan este uso de chinchorro en la Primera parte de noticias historiales de las conquistas de tierra firme en las Indias Occidentales de fray Pedro Simón en 1626. A pesar de esta temprana documentación, en la época en la que escribió nuestro autor este significado americano todavía no había tenido cabida en el diccionario académico, y es que debía de se r m u cho más conocido el tainismo hamaca ( Autoridades ). No obstante, a finales del XVIII Terreros y Pa ndo ya incorpora chinchorro en su DCCA con el sentido de ‘hamaca’. Llama la atención el hecho de que el DRAE incluya este vocablo sin referencia a su uso americano; sobre todo, por que, según los datos que ofrece el DA, ni siquiera es un término de difusi ón general al otro lado del Atlántico, sino que su empleo se restringe a Colom bia, República Dominicana, Puerto Rico y Venezu el a, territorio este último al que pertenecen los ejemplos de nuestro texto. cimarrón Esta palabra se em pleó desd e los primeros tiempos de la colonización para aludir a la condición de ‘alzados, montaraces’ de los indios, negros y animales huidos. Se gún Corom inas y Pascual, esta voz probablemente deriva de cima por los montes hacia los que escapaban los cimarrones ( DCECH ). Asim ismo significa ‘salvaje, silvestre’ ( DCECH ). En el Diario de Abbad y Lasie rra hallamos este vocablo para calificar a animales, por un lado, y a pl antas, por otro. Así, pues, llama cimarrones a los perros salvajes de la is la de Puerto Rico: “Perecieron de tal suerte que, habiendo estado la isla m uy poblada, hoy sólo existen 325 tres familias de indios en toda ella aunque se encuentran en los bosques muchos perros monteses que llam an cimarrones ” ( Diario, 74); “En el interior de la isla sólo que encuen tran cotorras, periquitos, cuervos y palomas, siendo de notar que en toda e lla haya otra especie de fieras, sino los perros monteses o cimarrones ” ( Diario, 124). Según el DRAE dicho adjetivo se usa para designar tanto al animal salvaje como al que, siendo domés tico, huye al campo y se hace montaraz. Santamaría, en cambio, c onsidera que se llama así al animal montaraz de cuyo mism o nombre hay otra especie doméstica ( DAm ). En cualquier caso, cualquiera de estas acep ciones son válidas para nuestro contexto. Asimismo, en el Diar io se halla este adjetivo aplicado a las cañas que empleaban los indios para cons trui r la iglesia de Ciudad de San Felipe de Austria en la provincia de Cumaná: Cubren el edificio poniendo por viguetas las cañas que llaman coacas, cuya longitud y diámetro son suficiente s para resistir el cañizo de otra especie de cañas que llaman cimarronas , sobre las cuales colocan con buen orden las puntas y despojos de las mismas cañas, dejándolas en tal disposición que resisten perfectamente las aguas ( Diario, 184). Según Santam aría, con este vocablo se hace referencia a la planta silvestre de cuyo mism o nombre hay ot ra variedad cultivada como sucede con nuestro ejemplo ( DAm ). Cimarrón aplicado a los indios y a los animales se documenta ya en Fernández de Oviedo ( DCECH ). En cambio, atribuido a especies 326 vegetales no se atestigua hasta el siglo XVIII 287 . Dada esta temprana datación de dicho calificativo aludiendo a animales, no ha de extrañar que Autoridades explique el significado de es te adjetivo como ‘silvestre, montaraz, indóm ito’ haciendo referenc ia a su empleo al otro lado del Atlántico: “es nombre común en la s Indias de todos los animales silvestres”. A finales del XVIII, en cambio, Terreros y Pando explica que significa ‘silvestre, indómito’ y que por eso en Am érica llaman cimarrones “a los esclavos o libres que se retiran a los montes a hacer insultos” ( DCCA ). cochinilla A este tipo léxico pertenece asimism o la voz cochinilla ‘insecto hemíptero’ que halla mos tanto en la Descripción : “En todo este territorio se da el añil y grana silvestre, que utilizan poco sus naturales, aunque la tierra es muy a propósito para esta s producciones, pues en ella abundan los nopoles (sic) que facilitan la cría de la cochinilla ” ( Descripción, 139), como en el Diario como mues tra del interés de nuestro autor acerca del aprovechamiento económ ico de los r ecursos naturales que poseen los territorios que describe: “¿Por qué no se fome ntará este ramo de industria en esta isla cuya natural propensión a producir tunales vocifera por todas partes que —si se niega al culti vo de otros frutos— está pronta a mantener las más gr andes porciones de cochinilla que se ven en diferentes árboles y se quieran aumentar?” ( Diario, 226). 287 El CORDE documenta por primera vez este adjetivo aplicado a la malva en Argentina en 1710 en la Materia médica misionera de Pedro Monteseguro. El Léxico , en cambio, no registra este empleo, con referencia a tabaco, hasta 1746 en el Theatro americano de José Antonio de Villaseñor. 327 Con el nombre cochinilla se designaba en España a un insecto pequeño y negro que se cría en la hum edad y se ci erra en forma de bola, por la semejanza de és te con la hembra del insecto americano podría haberse transplantado esta voz a Améric a para designar al que habita en el nopal ( Autoridades ). Cochinilla se adaptó semánticamente a la realidad americana desde los primeros tiem pos de la é poca colonial. De hecho, el DCECH documenta por primera vez esta voz con la acepción americana en 1555. No obstante, a pesar de tan temprana datación, Covarrubias todavía no recoge dicha forma con el sentido que tiene en nuestro corpus ( Tesoro ). En el siglo XVIII, en cambio, dada la im portancia co mercial para la industria textil del tinte de color rojo que se obtenía de dicho insecto, ya aparece incluido en el diccionario a cadémico, pero, aunque hace referencia a su origen americano, lo confunde con un pr oducto vegetal: “Cierta fruta o grano que se cría en las Indias, de cier tas plantas pequeñas la cual produce unas como uvas salvages de que se usa comúnmente para dar a las sedas y paños el color r oxo como se hace con la grana” ( Autoridades ). Mucho más acertada es la definición que da Terreros y Pando en su DCCA a finales de este mismo siglo: Insecto que se cría en un árbol de Méjico y de ot ras partes de Am érica. Este insecto, cuando vuela, es rojo; cuando cae, negro, y cuando seco, blanco, aunque luego muda de color. De hecho, yo le tengo seco y es rojo y, echado en el agua, la tiñe de en carnado, para cuyo color se usa… El árbol que la produce se llama tonna …, aunque otros le llaman nopal y es una especie de higuera. 328 Debido al interés mercantil que había or iginado en España la explotación de la cochinilla, ya que producía un tinte ro jo de m uy buena calidad, es muy probable que Abbad y Lasierra conociera este americanismo léxico antes de viajar a América, aunque de sde luego pudo haber escuchado esta palabra durante su estancia en el Nuevo Mundo, ya que alcanzó difusión general. coco En el Diario de Abbad y Lasierra hallamos el americanismo léxico coco ‘fruto del cocotero’: “También es muy común el árbol que produce la caña fístula, pero lo que más a bunda en estas vegas son las naranjas chinas, que son muy especiales, las li m as, limones, c itrones, tamarindos, cocos de palmas, aguacates, papayos, guanábanas y otras especies de frutas gustosas y saludables” ( Diario, 111); “Abundan sobremanera los plátanos de todas especies, las naranjas chinas, lim ones, citrones, cocos , tamarindos y otras muchas” ( Diario, 317). Aunque el cocotero es un árbol pr ocedente de las tierras ribereñas del Océano Índico, en la época de l Descubrimiento había algunos en l a vertiente meridional del istmo centroamericano ( DCECH ). Fueron los compañeros de Vasco de Gama en 1498 quienes bautizaron este fruto, de suerte que el vocablo debió ser inve ntado por los portugueses durante su primera visita a la India ( DCECH ). El nombre debió de darse por comparación de la cáscar a y sus tres agujeros con una cabeza con ojos y boca como la de un coco o fantasma infantil ( DCECH ). Según Corom inas y Pascual, la denominación coco com o nombre de dicho fantasma aparece en portugués ya en 1518 y se debe a la comparación de la cabeza esférica 329 del coco con uno de los numerosos frutos que llevan este nombre en iberorromance ( DCECH ) . A s í , p u e s , coco fue primero nombre infantil de algunos frutos esféricos europeos , después se aplicó al fantasma infantil por su semejanza, y, partiendo de este último sentido, se designó al fruto del cocotero. Es por tanto americanismo léxico de ascendencia portuguesa y no voz de origen ai mara como propone Santamaría ( DM ). Coco ‘fruto del cocotero’ se atesti gua en los textos escritos en español desde los primeros tiem pos de la colonización. De hecho, está presente ya en Fernández de Oviedo o López de Gómara ( CORDE ). Este vocablo aparece recogido en los diccionarios desde fechas muy tempranas. Así, pues, hallamos coco, con alusión a su procedencia americana, en el Tesoro de Covarrubias, quien explica el origen de dicha palabra: El nombre de coco se le dieron los es pañoles, por el ges tillo que se figura con los tres agugeros, que parece n ojos y boca, en razón de que oridinariamente llamamos coco una postura de rostro, qual la tiene la mona quando da a entender estar enojad a, y haze un sonido en la garganta de ko ko, de donde se tomó en nombre de coco y cocar. Además, da cuenta de las propiedades medicinales de la pulpa de este fruto: La pulpa de aqueste fruto es caliente, en el segundo grado, y húmedo en el primero. Com ida, engendra buenos humores, aunque con dificultad se digiere, acrecienta la esperma, haze engordar admirab l emente. Exprím ese della un azeyte muy singular para m itigar el dolo r de almorranas ( Tesoro ). 336 corozo Corozo es la variante, con asimilaci ón vocálica, del occidentalismo peninsular carozo ‘hueso de la fruta’ pr ocedente del latín vulgar carodium ( DCECH ). En Amér ica esta palabra se aplicó a un fruto que contiene un hueso muy duro, conocido com o marfil ve getal, y, de aquí, a la palmera que lo produce adecuándola a las necesidades de denominación que exigía una realidad completamente nueva ante los ojos europe os. Es, por tanto, un americanismo léxico de origen occidental. Dicho americanismo léxico está presente en la documentación americana en las últimas décadas del siglo XVI. Así, pues, Boyd- Bowman atestigua la voz corozo con el sentido de ‘fruta de una palma’ en una relación geográfica de Ve nezuela que data de 1578 ( Léxico ) y Frago la registra en la obra Derrotero al Estrecho de Magallanes que Pedro Sarmiento de Gam b oa concluyó en 1580 293 . No obstante, en el siglo XVIII el diccionario académico todavía no había incluido en su definición de carozo la acepción americana ( Autoridades ). En nuestro Diario hallamos corozo como el nombre de la elovis guineensis , esto es, una palma espinuda de fruto comestible originaria de América Central y del territorio antillano ( DA ): “Entre la variedad de palmas que hay en esta pr ovincia y en la de Barc elona, la más apreciable de los indios es la que llaman corozo , cuyo tronco está todo cubierto de espinas largas de cuatro o seis dedos” ( Diario, 300); “Por ahora todo es bosque cerrado de elevados cedros, caobas… y otros de excelentes maderas y tintes que cubr en la isla, con variedad de palmas reales, 293 Frago, Historia, 62. 337 corozos , muriches, chaguaramas, de so mbre ro y otras diferentes especies” ( Diario, 314). Con idéntico significado hallamos este vocablo en las obras de los padres Gumilla y Caulín que, como sabemos, llevó consigo fray Íñigo en su recorrido por los distintos territorios que com ponían la diócesis de Puerto Rico. Por este motivo, aunque se guramente nuestro obispo escuchó esta palabra durante su estancia en el Nuevo Mundo, debemos advertir que él ya la conoc ía antes de viajar a América. Corozo aparece en esta obra de Abba d y Lasierra no sólo por ser uno de los árboles que cubrían lo s bosques venezolanos, sino también porque a partir de su fruto los indios elaboraban un vino para aliviar el estado de embriaguez: “Los españoles m ismos suelen ir los días de fiestas a vino de corozo ; lo cierto es que es muy sano y lo aplican por medicina singular a los que padecen calenturas etílicas” ( Diario, 300). Parece claro que en es te ejemplo con la voz corozo nuestro autor se refiere al fruto y no a la palma que lo produce. Aparte de los significados ‘c orazón de la mazorca de maíz’ y ‘hueso de la fruta’ propios del occi dente peninsular y, este último, también de Bolivia, corozo en la actualidad se emplea en Colom bia, Venezuela y en las Antillas tanto con el sentido de ‘palma espinuda’ como con el de ‘fruto de esta palmera’ . Por este motivo no ha de extrañar que aparezca en las páginas de nuestro Diario que Abbad y Lasierra dedica a la descripción de los terr itorios venezolanos bañados por el Orinoco. 338 cotorra Americani smo léxico es también la voz cotorra, que es un ‘ave americana parecida al papagayo, c on pluma de varios colores en que domina el verde’ ( LFF , DRAE ) que, según dice nuestro autor en su Diario , forma parte de la fauna de la provincia de Cumaná y de la Isla Margarita: “Sólo diré que los i ndios y españoles… viven en una continua y viva guerra con el nombre de caza… para guardar sus haciendas de las bandas de guacamayos, loros, cotorras , periquit os, puipuis, araguacos, monos y m ultitud de baquiras” ( Diario , 195); “Entre los volátiles, se ven multitud y variedad de periquitos y cotorras , pero los más comunes y dignos de atención son los zam uros, que en otras partes llaman zopilotes, que son carnívoros y muy feos” ( Diario, 223). Parece que esta voz se obtuvo regresivamente de cotorrera ‘mujer parlanchina’ ( DCECH ) por la virtud que tienen estas aves para repetir palabras e incluso frases enteras y no al revés como sugiere el Autoridades , aunque en la actualidad, no obstante, cotorra se emplee en la lengua coloquial pa ra denominar a la persona habladora ( DRAE ). Esta voz no aparece en los diccionarios hasta el DCCA, que define cotorra y cotorrera como ‘la hem bra del papa gayo’. De hecho, nuestro texto constituiría una de las primeras documentaciones de este uso 294 . Hoy es voz especialmente arraigada en Cuba, pero tamb ién en España y conocida asimism o en otros países americanos ( DCECH ) donde incluso ha adquirido otros significados: en Ecuador es una enfermedad; en México, el orinal; en Puerto Rico, una planta; etc. ( LFF , DA ). 294 Boyd-Bowman atestigua cotorra por vez primera en un documento mexicano datado en 1781 ( Léxico ), precisamente el año en que Abbad y Lasierra entrega su Diario . 339 criadilla de tierra La agrupación sintagmática criadilla de tierra está constituida por un sustantivo genérico m ás un compleme nto significativo que precisa su significado. En nuestro corpus aparece en los siguientes ejemplos de la Descripción : “Generalmente se ha visto que la tierra es crasa, poblada de bosques, de pinos, cipreses, robles c on mucha vellota, piñones, pastos, y muchas plantas de Eur opa, como morales, zar zas , fresas, apio, cardo, cevollas dulces, criadillas de tierra , grosellas” ( Descripción, 136); “los rosales, el orégano…, criadillas de tierra , grosellas, y otras muchas yerbas, frutas y plantas saludables, son muy comunes, que al paso que dibierten la vista y recrean el olfato , purificando el ayre, sustentan a los yndios, quienes en sus huertos cultiv an tabaco y algunas semillas” ( Descripción, 152). Probablemente Abbad y Lasierra c on dicha expresión se refiere a las ‘trufas’. Según el DRAE , la criadilla de tierra es un hongo carnoso, de buen olor, de figura redondeada, negruzco por fuera y blanquecino o pardo rojizo por dentro, que se cría bajo tierra y guisado es muy sabroso. Corominas y Pascual definen esta expr esión como la ‘trufa’ y afirman que se llama así porque la produce espont áneamente la tierra como si de turmas de tierra se tratase ( DCECH ). Es probable que con la expresión criadillas de tierra el autor se refiera a un fruto distinto de la truf a. De hecho, Boyd-Bowman recoge algunos ejemplos en los que tal designación se aplica a distintos tubérculos como la patata o la papa 295 . Debemos considerar esta 295 Léxico , s.v. criadilla. 340 construcción como un americanismo probable ya que posiblem ente nos encontramos ante un uso peculia r americano, aunque no lo podemos afirmar con absoluta seguridad. dominico Entre las v ariedades de plátanos que se encuentran en Puerto Rico y en la Isla Margarita, incluye Abbad y Lasierra en su Diario el dominico : “Hay otras especies de plátanos más pequeños, pero más suaves y delicados. De esta clase son los congos, dominicos , cam bures, guineos, que son de muy buen gusto y hacen de ellos vinagre” ( Diario, 87); “En ellas se dan los plátanos más delicados que en otras partes de la América, especialmente de las bananas y dominicos , que son de un gusto m uy especial” ( Diario, 218). En efecto, dominico es el nombre vulgar de una variedad de plátano cuyo fruto es i gual que el hartón, pero más pequeño ( DAm ). Afirma Santamaría que este fru t o debe su nombre al fraile dominico Tom ás Berlangas que lo llevó de las islas Canarias al Nuevo Continente en 1516 ( DAm ). Así, pues, el adjetivo dominico, aplicado a los frailes pertenecientes a la orden de Santo Domingo, habría am pliado su contenido semántico para designar dicha fruta. En la época en l a que escribió fray Íñigo esta palabra todavía no se hallaba recogida en los diccionarios, y es que dominico con el significado que posee en el texto no se document a hasta mediados del siglo XVIII. Boyd-Bowman atestigua por vez primer a este uso léxico en una relación geográfica de Venezuela datada en 1745 y, posteriormente, en la Historia 341 corográfica, natural y evangé lica de la Nueva Andalucía del padre Caulín ( Léxico ), obra que consultó Abbad y Lasie rra. Por t anto, los ejem plos que aquí nos ocupan resultan del todo inte resantes por suponer una de las primeras documentaciones de dominico com o nombre de un tipo de plátano. El empleo de esta voz se ad scribe a América Central, Antillas, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Ve nezuela, territorios entre los que se incluyen los lugares que visitó nuestro autor durante su visita pastoral. No obstante, dominico en América ha adquirido tam bién otros significados. De hecho, en Cuba es el nombre de un pájaro de plum aje negruzco con manchas blancas que produce desagradables chillidos ( DRAE ). doradilla Bajo la voz doradilla se conoce en España a una clase d e helecho de abundantes hojas, cubiertas de escami llas doradas por el envés, que se ha usado en medicina como vulnerario y diurético ( DRAE ). El propio Covarrubias explicaba que dicha planta recibió el nom bre de doradilla “por ser dorada por el embés” ( Tesoro ). En América esta palabra debió aplicarse a otras especies vegetale s que guardaban alguna semejanza de color, forma y utilidad con el helecho hispánico, convirtiéndose, de este 342 Documentación de cambures, dominicos y guineos en el Diario (23v) 343 modo, en americanism o léxico. As í, pues, en Cuba es un helecho apreciado como remedio contra las enfermedades hepáticas ( LFF ); en Colombia denomina a un helecho ar om ático parásito del roble ( LFF ); en Argentina designa a una planta medicinal ( LFF ); y, en Bolivia, Colombia, Chile y Venezuela da nombre a dive rsas plantas de lugares húm edos ( LFF ). Co mo americanismo léxico la hallamos en el Diario cuando Abbad y Lasierra hace una relación de las pl antas medicinales que se encuentran en la provincia de Cumaná: También abundan en estos m ontes los árboles de algodón, caña fístula, pita y el árbol araguane — que da el tinte am arillo más fino y otros útile s para teñir—, igualmente que much as hierb as medicinales com o son cariaquillo, doradilla, bretóni ca y zarza, variedad de resinas aromáticas y muchas frutas agradables, especialme nte los nísperos, piñas, parchas, melones, sandías, etcétera ( Diario , 165). En la documentación americana esta palabra se halla con referencia al Nuevo Mundo desde los primeros tiem pos de la colonización. De hecho, Boyd-Bowman la re gistra ya en 1549 en la Historia general y natural de las Indias de Fernández de Oviedo ( Léxico ). Sin embargo, en el XVIII los diccionarios no hacían alusión alguna al uso americano de esta palabra, como todaví a sucede actualmente en el DRAE , a pesar de que en esta época se había presta do especial atención a la botánica americana 296 . Prueba de ello e s la obra Trujillo del Perú del obispo 296 Acerca de las investigaciones botánicas lle vadas a cabo en el XVIII, vid. Clement, De los nombres de plantas. 344 Martínez Compañón, coetáneo de fray Íñ igo, en la que incluye una lámina que reproduce la planta que aquí nos ocupa 297 . drago Con esta palabra, proced ente del nominativo latino draco, se da nombre a un árbol de la fam ilia de las liliáceas, oriundo de Canarias y de África, que puede alcanzar de doce a ca torce metros de altura, con flores pequeñas, de color blanco verdoso, y fruto en baya amarillento de cuyo tronco se obtiene la resina conocida como sangre de drago que se ha usado en medicina como astringente ( DRAE, DC ). Esta apreciada sustancia ya aparece atestiguadaen la Sevillana medicina de Juan de Aviñón en 1381 ( CORDE ). No obstante, tras el Descubrim iento de América encontramos la palabra drago en la documentación americana, pero con refe rencia a una especie vegetal distinta de la conocida hasta ent onces. En efecto, dicha voz patrimonial se aplicó a otras plan ta s de cuya corteza se obtenía un jugo encarnado semejante a la sangre de drago. Así, pues, en México se denomina drago a la jatropha spatulata , esto es, una planta euforbiácea cuya corteza produce tanino ( DA ) y en Colombia, al croton sanguine us , un árbol euforbiáceo del que se extrae un líquido de color rojo utilizado en la medicina popular ( DA ). Drago se atestigua en la obra de fra y Bartolomé de las Casas ya en la primera etapa de la colonización y, asimismo, está presente en la obra del médico hispalense Monardes Historia Medicinal de las cosas que se 297 MC , V, 38. 345 traen de nuestras Indias Occidentales que además de explicar el origen del nombre de este árbol: Pero el tiempo, que es descubridor de todas las cosas, nos ha descubierto y enseñado que sea sangre de drago y por qué se dice assí , y es por el fruto deste árbol, y porque echa de sí esta la grima, a modo de sangre, de que es el fruto que diximos. El qual es un dragón form ado, como lo quiso produzir naturaleza, de do tomó muy a la clara el nom bre el árbol (fol. 65r.). da cuenta de las virtude s beneficiosas de la sangre de drago : Tiene virtud de retener qualquier flato de vientre… Prohibe los corrimientos de la cabeça las partes inferiores . Aplicada en qualquier fluxo de sangre, lo retiene y estanca. Consuelda y conglutina las llagas frescas rezientes. Prohibe que no se caigan los di entes y haze crecer carne en las enzias corroydas Es color mara uillosa para los pintores (fol. 65v.). En el siglo XVI Covarrubias incluye la voz drago en su diccionario, pero sin alusión alguna al Nuevo Mundo ( Tesoro ). No obstante, en el XVIII Autoridades menciona su procedencia americana afirmando que dicho árbol se cría “con gran abundancia en las Indias Orientales y Occidentales y también se hallan algunos en Ceuta”, y es que en dicho siglo el drago y, sobre todo, la sangre de drago eran ya muy conocidos tanto en España como en América. No debe extrañar, por tanto, que nuestro autor me ncione tal árbol en su Diario al hablar de las especies vegetales apreciadas en Puerto Rico por su importancia comercial: “El árbol drago , cuyo humor de color sanguíneo es apreciado en la medicina, los cedros, coavas (sic), ósuas, jovos, robles y otros diferentes, surten de maderas, bá lsamos, resinas y frutas a las islas 352 texto, tenía ya poco uso, porque era más habitual estanque ( Autoridades ); asimismo, el DCCA afirma que la voz estanco era anticuada. estero Americanismo de origen andaluz es la vo z estero, que procede del latín aestuarium ( DCECH , DRAE ). El DRAE afirma que dicha forma sirve para designar al ‘estuario’, al ‘t erreno bajo pantanoso, intransitabl e, que suele llenarse de agua por la lluvia o por la filtración de un río o laguna cercana, y que abunda en plantas acuáticas’. Según Autoridades, estero es lo mismo que ‘albufe ra’ y para el DCCA tiene el significado de ‘laguna, brazo de mar, reflujo, bals a’. Con este sentido aparece dicha forma en la Descripción de Abbad y Lasierra en do s ocasiones: “En ella se forman algunos puertos y esteros con dos ríos que bajan de la m isión de San Gabriel, y otros dos desaguan en la costa antes de llegar a esta bahía” ( Descripción, 115) y “se interna por tres partes formando grande s bahías y esteros que, con los ríos que le bajan de la Sierra Ne vada y de los lagos que están al leste de la sierra de Santa Lucía, deja el país inundado por algunas leguas, especialmente en los tiempos de nieves y lluvias” ( Descripción, 117-118). Asimismo, atestigua mos dicho americanismo léxico en el documento 3 pertenecien te al territorio ca liforniano: “que todos iban a terminarse al mar, introduciéndose sus aguas en ellas por diferentes esteros en que se cu aja cantidad de sal” (2v, 6). Este andalucismo léxico viajó a América donde rápidamente se difundió haciéndose general con el significado de ‘terreno anegadizo’, que es el que aparece en el texto, y que ya registra el profesor Frago en fray Toribio de Benavente y en fray Reg inaldo de L izárraga en la primera 353 época colonial 302 . A esta difusión cont ribuyeron los navegantes andaluces que emprendieron el viaje al Nuevo Mundo, así com o aquellos hombres que para em igra r a América debían perm anecer un tiempo en los puertos andaluces. El DM da estero con el sentido de ‘t erreno bajo, pantanoso, inundado o inundable, cubierto de yerbas y plantas acuáticas’, como propio del Río de la Plata. Con este m ismo significado el DA adscribe esta forma a Argentina, Paraguay y Uruguay. No obstante, como podemos comprobar en nuestro texto, ap arece en docum entación de otros territorios americanos. Según Corominas y Pascual en la s tierras de América el vocablo tuvo y conserva vida más lozana que en España, y a me nudo se refiere a parajes del interior contin ental para aludir a la ‘laguna que forman en su desembocadura los afluentes de un gran río’ y a la ‘laguna que forma un arroyo en su desembocadura al mar’ ( DCECH ). El DRAE da en su tercera acepción para estero el significa do de ‘riachuelo, arroyo’ para Chile y el DM y el DA adscriben este mismo sen tido a los territorios de Chile y Ecuador. En el siguiente ejem plo, “se inunda igualmente que sus immediaciones por algunos caños y esteros ” ( Descripción, 152) la voz estero puede interpretarse con el senti do de ‘riachuelo’ por las exigencias del contexto en el que aparece, a no ser que dicha construcción sea una incongruencia del autor. Además de estos significados, dicha palabra ha adquirido el valor de ‘c harca’ en Venezuela ( DA,DM, DRAE ) y en Colombia ( DRAE ). 302 Frago, Historia , 18 y 88. 354 farallón Italianismo léxico pertenecien te al mundo náutico es la voz farallón que en la Descripción aparece con el significado de ‘roca alta y tajada que sobresale en el mar’ ( DRAE ): “Desde este puerto hasta el Morro Hermoso situado en los 27 grad . 50 min. se encuentran los farallones de los Alisos, los Abreojos y la ysla de la Asunción” ( Descripción, 115); “cerca de tierra hay al gunos yslotes y varios farallones , pero no el río que Martín de Aguilar vio en los 43 grad., en donde sale el cabo de Diligencias” ( Descripción, 119); “treinta leguas del presidio de Monterrey está el de San Francisco sobre el pue rto de su nombre, situados en los 37 gr. y 50 min. de latitud en tre la ensenada de los Farallones y punta de los Reyes” ( Descripción, 150). La etimología de est a voz no está clara, se ha dado como posi ble la adscripción italiana y el origen catal án, de hecho hoy se mantiene en las zonas de habla catalana de la costa Mediterránea y también en Italia, en Capri y en Sicilia ( DCECH ). En l a documentación americana esta palabra se atestigua desde los primer os tiempos de la colonización, de hecho aparece ya en Fernández de Oviedo ( CORDE ). Dicho vocablo en América se ha aplicado a la geografía interior tomando el significado de ‘gran peñasco en las montañ as’. Con este sentido aparece en el este de Cuba, en los Andes chilenos, en el Norte y el Oeste de Argentina ( DCECH ). 355 frijol (frejol) Americanismo de raigambre noroccidental es frijol , con las variantes fríjoles y fréjoles , que hallamos tanto en la Descripción como en el Diario de Abbad y Lasierra. El frijol es la ‘judía’ ( DRAE ). Esta forma procede del latín faseolus y éste del griego ϕασηλο s ( DCECH ). Según Corominas y Pascual, esta palabr a debió tom arse en castellano del gallego-portugués y quizá parcia lmente del mozárabe ( DCECH ). En España estos autores registran dicha forma por primera vez en 1492 en el Diccionario latino-castellano de Nebrija ( DCECH ). En la documentación americana aparece ya en Fern ández de Oviedo con la forma fesoles y fresoles , y en una disposición del Cabil do de Santiago de Chile en 1547 ( DCECH ). Este vocablo que viajó a Amér ica en los primeros tiempos de la colonización gozó de una gran difusión de tal manera que hoy frijol es la manera general para designar a la ‘judía’ o ‘habichuela’ y pervive en algunas zonas del norte peninsular 303 . La palabra ha tenido distintas vari antes a lo largo de la historia. Covarrubias registra la variante con acentuación esdrúj ula frísoles y la define como ‘ciertas habitas en fo rm a de riñoncitos de pollo, que nacen seis y ocho en la vainilla, y házense dellos sabrosos guissados, assí con carne como con pescado, y quando so n tiernos los aderezan con sus vainillas’ ( Tesoro ) 304 . El DCCA recoge las formas frejoles y frisoles como una ‘especi e de legu mbre, judihuelos’. En Autoridades encontramos la entrada frisoles , con la misma e xplicación que el diccionario anterior, y afirma que en algunas partes los llaman frixoles . 303 Lerner, Arcaísmos . Esta palabra pervive en algunas zonas de Palencia, León y Salamanca como podemos comprobar en el mapa 229 del ALCL. 304 Esta es la variante que hallam os en Naufragios , 194. 356 El DRAE sólo marca como am ericanismo la voz frijol , pero también registra las variantes fríjol y fréjol que aparecen en nuestro corpus. El DM asegura que frijol es la ún ica forma de la voz usada en América y que nunca se ha dicho frísol, frésol, fríjol ni fréjol , voces que aparecen bien documentadas por Friederici y B oyd-Bowman en la documentación americana y que, además, ap arecen en las obras de Abbad y Lasierra que aquí nos ocupan. Corominas y Pascual aseguran que en casi todas partes de América el acento recae en la o tal y como sucede en nue stro ejemplos de la Descripción 305 : “El pueblo está rodeado de dos arroyos de bastante agua para regar las dilatadas llanuras de tierras excele ntes para todos frut os, pues da más de 150 por uno de trigo, maíz, frijoles y dem ás semillas que cultivan los yndios” ( Descripción, 148); “En sus inmedi aciones tienen los vecinos de Barcelona algunos trapiche s de caña en que trabajan azúcar y aguardiente; igualmente, tienen algunas sementeras de arroz, frijoles y otros frutos” ( Diario, 252). En estas dos obras aparece también frejoles como podem os comprobar en los ejempl os siguientes: “No obstante de estar esta misión en el centro de la sierra, tiene m uchos y buenos valles, que riegan con el expresado arroyo co rtado por una pres a, con la que aseguran las cosechas de trigo, maíz, ab as, frexoles y legumbres, de que están bien surtidos, como tambié n de ganado de todas especies” ( Descripción, 148); “El terreno más inmediato a la mar es arenoso y en él cogen mucho cazabe, frejoles , batatas, algodón, mel ones, con otras frutas y legumbres que lleva n a la ciudad” ( Diario, 85). 305 Aunque Sylvia L. Hilton en su edición de la Descripción transcribe esta palabra con acentuación esdrújula, lo cierto es que en la copi a conservada en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid no se halla dicha marca acentual. 357 Aunque frijol es voz de difusión general al otro lado del Atlántico para referirse a la ‘judía’, en alguna s zonas de América esta palabra ha adquirido significados distintos al orig inario. Así, pues, en México los frijoles en sentido figurado son ‘e l puchero, la comida diaria’ ( DA ) y en Puerto Rico y Cuba designa a algunas plantas decorativas ( LFF ). fresada En la Descripción encontramo s fresada en el siguiente ejemplo: “Los fundadores de estas misiones, de seando aprovechar las lanas de su colonia, llevaron maestros, hi cieron telares y fabricaron fresadas y sayales para vestir a los yndios, a quienes enseñaron sus manufacturas” ( Descripción, 141). Fresada es, según Santamaría, la forma enteramente vulgar que la gente iletrada usa por frazada ( DM ). Sin embargo, Blanco afirma que fresada es la manera habitual de designar a la frazada en California 306 . E s t a v a r i a n t e e s u n a f o r m a lexicalizada puesto que es el único ejemplo de seseo y de disim ilación vocálica que hallamos en la Descripción y porque Abbad y Lasierra, auto r de gran cultura, no da muestras de poseer un fonetismo afecta do por su estancia en América. Al parecer frazada procede del cat alán frassada , vocablo común con la lengua de Oc que desde estos dialectos se extendió a muchos dialectos del Norte de Italia y de Francia y a Grecia ( DCECH ). Corominas y Pascual documen tan por primera vez la voz fraçada en 1541 en Antonio de Guev ara. Aparece en el Libro de la Cámara Real de Fernández de Oviedo, en el Guzmán de Alfarache y en el Quijote ( DCECH ). En el siglo XVII esta voz c ae en desuso en castellano en el 306 Blanco, California , s.v. fresada . 358 habla común. Sin em bargo, en la mayor parte de América es de uso general, aunque allí predom ina vulgarmente la forma frezada que ya era antigua tal y como indica el DCCA . Así, pues, esta pa labra se emplea en Chile, en Ecuador, en Colombia, en México, en Cuba y en Argentina, aunque en estos dos últimos países dicha forma ha quedado obsoleta 307 . La frazada es la ‘manta peluda que se echa sobre la cama’ ( DRAE ). En California se han anotado distinto s tipos de frazadas o fresadas: la fresada pastora , muy popular y m ás pequeña que la normal; la fresada camera , más grande y costosa que solía ser usada como manta de cama y la fresada de mancebo 308 . fierro Americanismo l éxico es también la voz fierro que registramos en el Diario de Abbad y Lasierra: “Tiene tr einta y siete varas de largo y veintiséis de ancho y nueve cañones de fierro montados y amunicionados” ( Diario, 267); “Tiene cuarenta vara s de largo y veinte de ancho con diez cañones de fierro ” (301). Nos hallamos ante un regionalismo que se generalizó en América gracias al comer cio virreinal 309 . Aunque esta forma fue general en toda España, a mediados del siglo XVI hierro , con h m uda o aspirada, era ya la forma predom inante en buena pa rte de la Península, pero fierro subsistió en León y Aragón ( DCECH ). Se trata, por tanto, de un dialectalism o de origen leonés y aragonés que ha pervivido en casi toda la América 307 Chuchuy, Argentina, s.v. fr azada y Haensch, Cuba , s.v. frazada . 308 Blanco, California , s.v. fresada . 309 Frago, Historia , 305. 359 hispanohablante, donde se documenta desde los primeros tiempos de la colonización 310 , si bien en l a actualidad se encuentra en retroces o frente a la forma hierro . No obstante, quedan fuer tes huellas del empleo de fierro en acepciones particulares: ‘herramien ta’, ‘marca del ganado’, ‘cuchillo’ en Guatemala y Argentina, ‘quebrac ho’ en Costa Rica, ‘centavo’ en Nicaragua y México ( DCECH, DRAE ). gallina guinea En el Diario de Abbad y Lasierra hallamos la expresión gallina guinea : “Además de las comunes en Es paña, domestican otras silvestres como son las gallinas guine as , pavas montesas, pajuines, gansos, etcétera” ( Diario, 195). Se trata del nombre que recibe un ave galliforme que se caracteriza por poseer pl umaje negro azulado con manchas blancas, pequeñas y redondas, distribu idas simétricamente por todo el cuerpo ( DRAE ). Gallina guinea es reducción de gallina de Guinea ( DRAE ). Dicha ave recibió tal denominación por ser ori unda de esta parte de África, esto es, de Guinea 311 . Se trata, por tanto, de un afronegrismo léxico. Esta gallinácea africana se llevó a Europa y a América donde se domesticó ya que su carne es muy estimada ( DRAE ). Buena cuenta de ello da nuestro autor: “En este camino se ven m uchas gallinas guineas , que son m ayores que las gallinas comunes y de me jor gus to; con facilidad se domestican y crían en las cas as como las otras, lo que es muy común en toda la isla” ( Diario, 117). 310 Boyd-Bowman atestigua la voz fierro por primera vez en un documento puerto rriqueño datado en 1512 ( Léxico ). 311 Megenney, Lenguaje afron egroide , 219. 360 Según Tejera, la expresión gallina de guinea es propia del español peninsular ( DV ), mientras que en América se emplean otras designaciones como gallineta en Argentina, Colombia , Chile y Venezuela, o gui nea en Venezuela y Puerto Rico ( LFF ). No obstante, lo cierto es que aquella denominación tam bién se atestigua en la documentación americana. Así, pues, además de en nuestro te xto, aparece en un docum ento puertorriqueño datado en 1582 o en Compendio y descripción de las Indias Occidentales de Antonio Vázquez de Espinosa ( Léxico ). gallinaza Este americanismo léxico, fruto de la adición del sufijo aumentativo - aza o -azo a la base léxica gallina , se utilizó en América desde los primeros tiem pos de la colonización 312 para designar a un ave rapaz diurna americana, conocida también com o aura o zopilote, que se alimenta de carroña, de 70 cent ímetros de longitud y hasta 180 centímetros de envergadura, con cabeza , desprovista de plumas, de color rojizo, y plumaje negro con la parte ventral de las alas de color gris plateado ( DRAE ). Con este significado lo recoge ya el diccionario académico en la época en la que escr ibió nuestro obispo: “Ave que se cría en las Indias Occidentales, mayor que una gallina y menor que un pavo. Es mui negra y sirve de limpiar las calles de las inmundicias que en ellas se echan” ( Autoridades ). Sin embargo, éste no es el signi ficado que dicha voz tiene en el Diario , ya que nuestro autor con la palabra gallinaza hace referenci a a una de las piedras semipreciosas que se encuentran en las min as 312 Boyd-Bowman registra gallinaza ‘zopilote’ en 1571 en la Relación y conquista del Perú de Pedro Pizarro. 361 colombianas de Pampl ona, Susa y Anserma ( Diario , 285). Efectivamente, gallinaza amplió su significaci ón para desi gnar a una piedra semipreciosa que por su color oscuro mostraba cierta semejanza con la tonalidad del plumaje del ave rapaz americana. Buena cuenta de ello dio Antonio de Ulloa en su Viaje a la América meridional en 1748: La piedra de gallinazo es sum a mente dura, vidriosa como el pedernal, y su color, negro; d e aquí nace el nombre que le dan, alusivo al colo r de esta ave, y tiene algo de diafanidad. Esta la labraban igualmente por las dos caras, haciéndola también en figura circ ular; por la parte superior la agugereaban y por allí la suspendían con alguna cuerdecilla, no dexaban menos tersas sus superficies que las de los antecedentes, pues reflectan en ellas suficientemente los objetos q ue recibe. Entre los espejos de esta piedra, se hallan muchos planos, unos cóncavos y otros convexos…, siendo tan bien trabajados como si aquellos pueblos huviesen tenido abundancia de instrumentos adequados para el fin y grande conocim iento de la Optica (567). Tomando com o referencia esta misma obra de Ulloa, a finales del siglo XVIII Terreros y Pando incluyó la entrada gallinazo en su diccionario como ‘cierta piedra de Améric a’ ( DCCA ). No obstante, a juzgar por la documentación americana que ofrecen los corpus léxicos que hemos utilizado para la elaboración de este trabajo así como por la ausencia de esta acepción en los diccionarios consultados 313 , podemos afirmar que gallinazo , americanism o gen eral al ot ro lado del Atlántico con el significado de ‘ave rapaz’, no debió de tener apenas difusión para aludir a dicha piedra. No obstante, en al gunos países americanos adecuó su significación para denominar a deter minadas especi es vegetales. Así, 313 De todos los diccionarios consultados únicamente hemos hallado esta acepción d e gallinazo en el DCCA. 368 Perú se usa para hacer referencia a la chichería de ínfima clase ( DA , DAm ). guineo Entre los tipos de plátanos que se cultivan en la isla de Puerto Rico, nuestro autor incluye en su Diario el guineo : “Hay otras especies de plátanos más pequeños, pero más suaves y delicados. De esta clase son los congos, dominicos, cam bures y guineos , que son de muy buen gusto y hacen de ellos vinagre” ( Diario, 87). Guineo es abreviatura de la expresión plátano guineo , procedente, a su vez, de plátano de la Gui nea 315 , seguramente por proceder de esta parte del continente africano. Se tr ata, por tanto, de un afronegrismo léxico. Según Santamaría, se denomina guineo al plátano de las especies exóticas que se distingue por su car ne blanda y por su aroma y sabor peculiares ( DAm ). Asimismo, Morínigo considera que es el nombre genérico de plátanos o bananas ( DA ). Sin embargo, según el DRAE , designa al fruto de una musácea originaria de la India y muy cultivada e n América Central y las Antillas. Este último significado es el que posee guineo en nuestro texto. Boyd-Bowman atestigua por vez primera guineo con el sentido de ‘plátano’ en un documento co starriqueño datado en 1703 ( Léxico ). Así, pues, no es extraño que Covarrubias todavía no incl uyera en su diccionario esta acepción en la entrada guineo que definía como ‘el negro de Guinea’ y ‘danza de movimientos apresurados’ ( Tesoro ). A finales del 315 Megenney, Lenguaje afron egroide , 219. 369 siglo XVIII, en cambio, Terreros dio cabida en su DCCA al significado americano de guineo : “cierto plátano de Amér ica, más grueso que los demás y mui sabroso y azucarado”. habilla (javilla) En la descripción que h ace Abbad y Lasierra en su Diario de l pueblo de San Bernardino de la pr ovincia de Nueva Barcelona podemos leer la voz javilla : “Todo este territorio está falto de aguas y cosechan pocos frutos, aunque hay grandes y crecidos árboles, especialmente el que llaman javilla ” ( Diario, 240). En efecto, con esta palabra se da nombre a un árbol corpulento, propio de la Am érica intertropical, de corteza recia erizada de púas cuyo fruto, que es co mo una calab acita ach atada, estalla con ruido cuando está completament e seco arrojando sus semillas a distancia ( DA, DAm, DRAE, LFF ). Este amer icanismo léxico está fo rmado a partir de la base léxica haba con el sufijo diminutivo –ill a , habitual en muchos nombres de especies vegetales, p or la semejanza de las semillas que contiene el fruto de dicho árbol con las ha bas. A pesar de que esta es la etimología que defiende Morínigo en su DA , el diccionario académico hace deri var javilla del vocablo de origen americano jabí ( DRAE ); asim ismo, Malaret en el VPR incluye esta palabra sin refere ncia al origen español. Sin embargo, parece más lógico c onsider ar que dicho vocablo procede de la voz patrimonial haba , ya que en algunos países de América se dice habilla o habillo y es que es más normal que a partir de aquí se haya producido la aspiración de la h- inicial y no al revés, esto es, que la consonante inicial de javilla se haya perdido. 370 Como hemos podido observar, en nue stro corpus fray Íñigo incluye la variante aspirada de habilla , aunque desde luego no podemos pensar en que se trate de un rasgo que evidencie la repercusión fonética de los años que nuestro autor vivió en el Nuevo Mundo, sino que m ás bien demuestra que nuestro obispo la escribió en su obra tal y como la escuchó en los territorios americanos que visitó. Y no sólo eso, sino que además cabe pensar que dicha aspiración la pudo tomar del propio padre Caulín que escribió jabilla en su Historia corográfica, natural y evangélica de la Nueva Andalucía que, como sabemos, co nsultó Abbad y Lasierra. En la época en la que escribió nuestro autor esta palabra american a todavía no había sido incluida en el diccionario académico, y es que la obra de Caulín arriba citada constituye la primera atestiguación para esta voz en la documentación americana. Así, pues, cobra mayor importancia el ejemplo de nuestro corpus, ya que se erige en una de los primeros registros de dicho americanismo léxico . Que esta palabra se halle en los textos del XVIII no es casualidad, ya que responde al interés por la botánica fomentado a través de la s numerosas expediciones que se hicieron en América a lo largo del siglo ilustrado. hartón (artón) 316 En las páginas que Abbad y Lasierra dedica en su Diario al cultivo del plátano en la isla de Puerto Rico, hallamos la voz artón : “Los que llaman artones y son los que sirven de pan, son más de una cuarta de largos y gruesos com o una muñeca regular” ( Diario, 88). Con esta 316 Nieto y Sánc hez transcriben orcón en su ed ición del Diario , pero en la copia facsimilar se lee claramente artón . 371 palabra se da nombre en Colombia, México y Puerto Rico a una banana de gran tamaño ( DA,VPR ). El americanismo hartón debió aplicarse a esta variedad de plátano porque, por su gran tamaño, saciaba el apetito fácilmente. De este modo, estaría semánticamente relacionado con el significado de ‘glotón’ que esta palabra tiene en América Centra l, México y República Dominicana ( DRAE ). Aunque Malaret registra por vez pr imera este vocablo en 1788 en la Historia de Puerto Rico de Abbad y Lasierra ( VPR ), ya aparece, como hemos visto, en nuestro Diario siete años antes. Además, hartón está documentado por Boyd-Bow man en 1775 en Maravillas de la naturaleza de Juan de Santa Gertrudis ( Léxico ) y está presente en 1738 en El Orinoco Ilustrado de Gumilla 317 . Así, pues, este americanismo léxico se atestigua bien entrado el XVIII, motiv o por el cual no debe sorprender que todavía no esté presente en Autoridades. higuera de Indias (giguera) Según explica Abbad y Lasierra en su Diario , ésta es la denominación que se da ba en España a la tuna : “Ya dije que la isla por todas partes está cubierta de tunas, que en España llam an gigueras de Indias ” ( Diario, 225). Los colonizadores españoles le aplicaron est e nombre en virtud de la semejanza entr e el fruto que prod ucía la cactácea americana con el que daba la higuera, esto es, el higo. Y como en este proceso de adecuar el léxico patrimonial a la realidad americana se hacía 317 Gumilla, Orinoco , II, 276. 372 Caso de g por h ( giguera ) en el Diario de Abbad y Lasierra (31v) 373 necesario diferenciar entre lo que era de aquí y lo que era de allá, se l e añadió el complemento de nombre de Indias 318 . Higuera , con referencia a su procedencia americana o no, se empleó desde los prim eros tiempos de la colonización, por eso no ha de extrañar que en el siglo XVI Covarru bias ya le diera cabida en su Tesoro . En la época en la que escribió nue stro autor esta cact ácea era ya bien conocida en España, y es que, además de la importan cia comercial del insecto conocido como cochinilla que se criaba en es ta planta, dicha especie vegetal se había naturalizado en la España meridional. Buena cuenta de ello daba el diccionario acad émico en la entrada que dedicó a la higuera de tuna o de la India en la que explica que “se halla en abundancia en las costas de Andalucí a y particularmene en Gibraltar, Cádiz y Algeciras” ( Autoridades ). higuereta Con esta voz se da nombre a una plant a de las regiones cálidas intertropicales, cuya semilla produ ce el conocido aceite de ricino de importantes propiedades medicinales ( DAm ). En efecto, el propio Abba d y Lasierra en su Diario da cuenta de las virtudes curativas de este aceite vegetal: “el de higuereta es un purgante eficaz” ( Diario , 83). Y no sólo eso, sino que los habitantes de Puerto Rico empleaban dicha planta para alumbrarse: “De los cocos de las palmas y de unos granos en form a de racimo de un arbusto que lla man higuereta sacan aceite muy claro y hermoso, am bos sirven pa ra luces y otros usos” ( Diario, 83). 318 Figueroa, De Castilla , 355. 374 Afirma Santamaría que la higuerilla es común al Antiguo y al Nuevo Continente ( DAm ), y es que el ricino se conocía antes del Descubrimiento . No obstante, según Frago, ex istían diferencias entre la especie europea y la am ericana co mo refiere el médico hispalense Monardes a propósito “Del azeyte de la higuera del infierno” 319 : De Gelisco, prouincia de Nueua España, traen vn azeyte o licor, que han llamado los españoles azeyte de higuera del infierno porque se saca de vn árbol que es ni más ni m enos que nuestra higuera del infierno , assí en la hoja como en el fru to… Es assí lactic inosa com o la nuestra, saluo que es más ardórea (sic) en las Indias por la grossedad de la tierra. Así, pues, la denominación botán ica ultramarina se debe a un procedimiento léxico-semántico bien conocido e n la formación de los americanismos originado gracias a las semejan zas entre una y otra planta. No obstante, com o indica Frago, aunque Monardes incide en las similitudes de am bas especies vegetale s, nota la salvedad de que “es más arbórea en las Indias” 320 . Higuerilla es, pues, un americanismo léxico que se ha formado mediante el proced im iento derivativo de la sufijación, según el cual se ha añadido el sufijo di minutivo –illa a la base léxica higuera . No obstante, en los ejemplos de nuestro corpus di cho sufijo se ha sustituido por el caracterí stico de las tierras aragonesas –eta , dejando entrever, de este modo, el origen regional de nuestro obispo como también hiciera el autor coetáneo Antonio Arteta de Monteseguro 321 . De los datos que ofrece fray Íñigo en su Diario a propósito de la higuereta llama la atención, una vez más, el com e ntario metalingüíst ico 319 Frago, Palmacristi o higuereta , 346. 320 Ibídem , 347. 321 Arteta, Discurso Instructivo , 110. 375 que introduce respecto del uso de este americanismo léxico: “En todo este territorio se encuen tran muchas pl antas medi cinales entre otras la yguereta o palmachristi que en España llaman tártago ” ( Diario , 244). Efectivamente, estos son algunos de lo s nombres que ha recibido la planta del ricino 322 , aparte del de higuera del infierno , higuera infernal o higueruela 323 . Higuerilla se atestigua desde los primeros tiem pos de la colonización en la documentación indian a, de hecho está incluido ya en 1571 en el Vocabulario en lengua cast ellana y mexicana de Alonso de Molina ( Léxico ). Más rara debía de ser la variante higuereta que se documenta por vez primera en 1758 en la obra del padre Caulín ( Léxico ), circunstancia que nos hace sospech ar que la aparición del sufijo –eta en Abbad y Lasierra no sea fruto de su origen regional, sino, más bien, del conocimiento libresco. Aunque los diccionarios del sigl o XVIII no registran la entrada higuerilla , sí atestiguan, en cambi o, la denominación culta palmacristi con explicaciones de las que nos ocupa remos más adelante al tratar de este americanismo léxico. Nada tiene de particular el tratamiento que recibe esta voz en dicha centuria, puesto que el ricino indiano fue objeto de un activo comercio 324 que, de alguna manera, también explicaría su aparición en nuestro Diario que, como sabemos, Abbad y Lasierra escribió llevado por su preocupaci ón por los inte reses económicos de España en América. 322 Vid. DAm , s.v. higuerilla. 323 Frago, Palmacristi o higuereta , 347. 324 Ibídem, 348. 376 horqueta En las páginas que Abbad y Lasie rra dedica a la de scripción de la provincia de Cumaná hallam os la voz horqueta : “Esta ciudad refundó en 1717 por el Capitán don Baltasar de Ar ias, quien… acordó fundar la ciudad de Cumanacoa, que asentaron en el valle de Furim iquiri, cerca de la horqueta que forman los ríos de Cumaná y Mar garita” ( Diario, 164). Registra el DRAE sin nota de regionalismo la palabra horqueta como ‘horca’ y ‘parte del árbol don de se juntan formando ángulo agudo el tronco y una rama medianamente gruesa’. Según Te rreros y Pando, el término horca sirvió para designar a otras cosas cuya forma se asemejaba al palo hincado en el suelo y bifurcado en lo alto para quitar la vida a los malhechores ( DCCA ). De este modo se explica el significado americano que tiene horqueta en nuestro ejemplo, esto es, el de ‘fi gura en ángulo formada por la conc urrencia general de dos corrientes, o de dos caminos, que se juntan’ ( DAm ). Así, pues, un térm ino de la vida cotidiana ha ampliado su contenido sem ántico para ser aplicado a las circunstancias de la geografía interior americana en virt ud de la sim ilitud de forma; es, por tanto, americanismo léxico. El DA , el DRAE y el DCECH adscriben esta acepción de horqueta al territorio argentino. No obstante, Santamaría incluye esta palabra como americanismo general ( DAm ) y, aunque tal vez no haya alcanzado difusión general, es cierto que se atestigua en otros lugares como Colombia, Paraguay y Venezuela ( Léxico ), país este último al que corresponde el ejemplo arri ba citado. En Améric a, además, esta pal abra tiene otros significados: en Cuba desi gna a la vara terminada en horquil la 377 que las lavanderas clavan en el su elo para levantar el tendedero ( DA ), asimism o se emplea para referirse al corte angular que sirve para marcar el terreno ( DRAE ); en Chile es la denomin ación de la herramienta utilizada para remover la tierra o para recoger pasto o paja; en Costa Rica es el nombre de la plántula de café con sus dos primeras ramas ( DRAE ); etc. La primera documentación que hem os hallado horqueta con el significado de nuestro texto corresponde a la Historia corográf ica, natural y evangélica de la Nueva Andalucía que el padre Antonio Caulín escribió poco menos de tres décadas antes de que fray Íñigo entregase su Diario, obra que constituiría, según los datos de que disponem os, la segunda atestiguación de dicho americanismo léxico. hueso (árbol de) Entre los árboles de madera útil que menciona Abbad y Lasierra en la descripción de la isla de Puerto Rico que lleva a cabo en su Diario incluye el palo de hueso : Otros muchos que cierran el paso por estos dilatado s bosques llenos de excelentes maderas y resinas, com o son el cupey…, el árbol de tea — cuya madera exhala una fraganci a adm i rable — el nogal, el de quiebrahachas, el de hueso y otros q ue, además de ser muy apreciables por la calidad de sus m aderas, de sus re sinas, aceites y tin tes, tienen la proporción de poderse portear por el río hasta el mismo puerto ( Diario, 113) 384 Los rosales, el orégano , llantén , los lirios , apios, fresas, yerba buena, manzanilla, berbena, cardo, moreras, zarzamoras, cebollas dulces, criadillas de tierra, grosellas, y ot ras muchas yerbas, fru t as y plantas saludables, son muy comunes, que al pa so que dibierten la vista y recrean el olfato, purificando el ayre, su stentan a los yndios , quienes en sus huertos cultivan tabaco y algunas sem illas ( Descripción, 152). El llantén es una ‘planta medicina l que en Europa se caracteriza por tener hojas radicales, pecioladas, gruesa s, anchas, ovaladas, enteras o algo ondeadas por el margen, flores pequeña s y verdosas dispuestas en espiga, de corola tubular y partida en cuatro pétalos en cruz’ ( DRAE ). Malaret afirma que en Argentina, Colomb ia, Costa Rica, México, Uruguay y Venezuela se denomina así a una plan ta medicinal que es una variedad del verdadero llantén y también a una pl anta de hojas parecidas al llantén europeo ( DAmer ). Aunque no lo podemos af irmar con seguridad, con la voz llantén Abbad y Lasierra podría aludir a una de estas especies de plantas americanas puesto que con este uso se utiliz a en México, territorio del que formó parte California. lobo marino En la Descripción de fray Íñigo hallamos la expresión lobo marino aludiendo a un animal cuyas pieles si rven a los indios californios para confeccionar sus vestidos y para revestir sus barcas: “Salen a la mar solos, o dos o tres en sus baydaras que , como se dijo de otros ysleños, las hacen de las costillas de las ballenas. Son largas y a ngostas. Las forran con pieles de perros y lobos marinos . Algunos las hacen también grandes, capaces de transportar oc ho o diez familias. Todas son muy ligeras” ( Descripción, 172). 385 Afirma el DRAE que lobo marino se emplea par a hacer referenci a a la ‘foca’. Asimism o, Morínigo afirma que con esta voz se alude en la lengua común a ‘los carniceros m arinos de la familia de los otáridos que frecuentan las costas del sur de la Am érica m eridional’ y la adscribe a los territorios de Argentina, Ch ile, Ecuador, Perú y Uruguay ( DA ). Chuchuy define dicha expresión como el ‘mam ífero marino similar a la foca, que, a diferencia de ésta, posee orejas c on un pequeño pabell ón externo; se alimenta de peces y calamares; habita en la costa atlántica argentina y uruguaya’ 332 . La expresión lobo marino aparece registrada en la documentación americana desde la primera etapa de la colonización. Así, pues, Boyd- Bowman atestigua esta voz en la Historia general y natural de las Indias de Fernández de Oviedo e incluso en cartas y documentos anteriores ( Léxico ). Por consiguiente, en la época en la que escribió nuestro autor era ya una denominación bastante conoc ida, de hecho los diccionarios del XVIII ya registran esta forma, aunque eso no quiere decir que sus definiciones sean del todo acer t adas. Y es que para Autoridades un lobo marino era un ‘pescado muy semejante en tamaño y figura al lobo terrestre’ y varias dé cadas más tarde el DCCA lo definía como un ‘pez anfibio, grande, sembrado de mancha s, la espalda blanca y azul con escamas medianas, la cabeza grande y larga con una boca y tragadero muy ancho’. Obviamente, la explicación de Terreros no corresponde a la descripción de una foca, sino más bien a la de un cetáceo como la ballena. No obstante, resulta interesante la definición que da la Academia, puesto que en ella se pone de manifiesto la motivación semántica según la cua l se ha designado así a la foca, esto es , por su parecido con el lobo terrestre. 332 Chuchuy, Argentina , s.v. lobo. 386 Así, pues, este americanismo léxico se ha formado a partir de una agrupación sintagmática formada por el nombre de un animal, conocido por los europeos, en este caso lobo , a l q u e s e u n e e l a d j e t i v o marino para expresar que pertenece al medi o acuático. lutria En la Descripción de Abbad y Lasierra hallam o s la palabra lutria que aparece en el texto en el siguien te ejemplo: “Estas mercaderías las cambian con los yndios por pieles de castor, zorros, zivelinas, lutrias , y otras muchas muy preciosas de que abundan aquellos países” ( Descripción, 177). Lutria deriva del latín *lutria , voz de la que también proceden otras formas romances com o la aragonesa ludria, la catalana lludria, la gallega lontra o londra y la portugue sa lontra ( DCECH ). Aunque hallamos este vocablo en dicha obra, lo cierto es que en el siglo XVIII debía de estar ya en desuso, pues ni Autoridades , ni el DCCA recogen ya la palabra lutria . Además, dicha palabra convive en la Descripción con la voz más moderna nutria que posee el mism o signifi cado. Se trata, por tanto, de un arcaísmo léxico que ha dejado de emplearse no sólo en España, sino también en América. machete En la Descripción aparece machete en el siguiente ejemplo: “Entre los yndios se hallaron cuchillos, machetes y otras manufacturas europeas” ( Descripción, 152). Dicha voz se adecua semánticamente a las 387 Documentación de lu trias ( Descripción, 79v) 388 circunstancias indianas para designa r un arma blanca, de tamaño m ucho mayor que la española, que se emplea sobre todo pa ra cortar la caña de azúcar ( DRAE ). Esta forma es general en Amér ica y aparece m uy pronto en los textos americanos. De hecho, el profesor Frago la doc umenta en 1558 en la Visita de la Gobernación de Popayán de Tom ás López Medel 333 . No obstante, los diccionarios de la época en la que escribió nuestro autor todavía no dejan constanc ia de las diferencias en tre el machete usado en España y el que se empleaba en Am éri ca para abrir paso en la selva, sino que Terreros y Pando se lim ita a definir esta palabra como una ‘especie de cuchillo grande’ ( DCCA ). malagueta Con esta voz se da n ombre a un fruto pequeño, aovado, de color de canela y de olor y sabor arom áticos, que suele usarse como especia, y es producto de un árbol tropical de la fa milia de las mirtáceas que recibe la misma denom inación ( DRAE ). Abbad y Lasierra em plea esta palabra en las páginas de su Diario dedicadas a la descripc ión de Puerto Rico con ambos significados. Así, pues, hallam o s ejemplos en los que malagueta tiene el sentido de ‘fruto’, unas veces como nombre: “A pesar de tan admirable fecundidad, la isla está en su mayor parte despobla da, casi toda inculta y sin comercio activo, pue s todo él se reduce a una corta extracción de café, malagueta , arroz y algunos cueros… que furtivamente venden a los extranjeros” ( Diario, 76); y otras com o especificador del nombre pimienta : “También se ven multiplic ados los árboles de la 333 Frago, Historia, 45. 389 pimienta malagueta por estos bosques en donde recogen considerables porciones” ( Diario, 101). Asimism o, fray Íñigo utiliza esta palabra refiriéndose al árbol que da dicha pi mienta: “Sus faldas, entre otros árboles, están cubiertas del árbol malagueta que da la pimienta del tabasco y cogen los habita ntes de Guayama en gran cantidad, para cuyo efecto trasladan su vivienda a estos bos ques en tiempo de la cosecha, que dura dos meses” ( Diario, 94). Afirma Santamaría que malagueta es la denominación que recibe dicha planta mirtácea en Tabasco y en Cuba, aunque según Morínigo y Malaret esta voz es propia de todo el territorio antillano ( DA, LFF ), y que son más com unes otros nombres como pimienta de tabasco , pimienta gorda, pimiento, pimiento oloroso, etc. Como podemos comprobar en el último ejem plo del Diario arriba citado, fray Íñ igo también em plea la expresión pimienta de tabasco . Al parecer el nombre de dicha especia s e debe a la costa africana donde comerciaban los españoles, esto es, la costa Malagueta. Sin embargo, no está tan claro cuál es el origen del topónimo. Y es que, según Morínigo, Colón menciona en su Diario la costa de la Menegueta ( DA ), por lo que cabe suponer que fuer an los propios españoles quienes podrían haber asimilado ta l designación a la de Malague ta que les resultaba mucho más familiar. En cualquier caso, malague ta , sea voz genuinamente africana o no, fue lleva da a América desde fechas bien tempranas por los españoles, puesto que en el siglo XV andaluces y canarios ya comerciaban con la costa guineana así llamada 334 . Así, pues, Frago documenta esta voz ya en el memorial del capitán burgalés Juan de 334 Frago, Historia, 180, n.11 1. 390 Salazar escrito en 1552 335 . No obstante, la voz está presente ya en el Padre Las Casas ( CORDE ). Este supuesto afronegrismo en América ha pasado a designar, además de a la planta mirtácea, a otra s especies vegetales. En Panamá y Colombia se emplea com o nombre de una planta anonácea de propiedades medicinales que sirve como tónico para el aparato digestivo y para corregir la dismenorrea ( DAm ) y en Puerto Rico se llama malagueta a la majagua ( DAm ). manta Manta es un ‘pez monstruoso de los mares antillanos, de la familia de las rayas, que llega a pesar hasta seis tonela das y se desenvuelve en una especie de manto como de diez metros de diámetro’ ( DAm ). Sin duda alguna, la forma de dicho pez es el aspecto que se ha tenido en cuenta en el proceso de meta forización mediante el cual manta ‘cobertura de la cama’ ha amplia do su significación para de signar a dicho pez tal y como nos explica el propi o Abbad y Lasierra: “Las mantas , cuyo nombre viene de su figura, envuelven y arrolla n a los nadadores y así, arrollados y envueltos, los devora sin resistencia” ( Diario, 219). En dicha denominación parece haberse tenido en cuenta, asimismo , el enorme tamaño de estos peces como podem os ver en la observación que Fernández de Oviedo hace al respecto en su Histori a general y natural de las Indias : “Por esta grandor grande dest as rayas, les quitan los ma rineros su nombre e las llaman mantas” 336 . 335 Ibídem, 180. 336 Fernández de Oviedo, Historia , vol. 1, 197. 391 Aunque este americanism o léxico se atestigua desde la primera etapa de la colonización, de hecho, como hemos visto, se documenta ya en Fernández de Oviedo ( Léxico ); no tiene cabida en los diccionarios hasta finales del siglo XVIII, fecha en la que Terreros y Pando la incluyó en su DCCA con el significado de ‘especie de pescado que se halla en la ensenada de Panamá’, y todavía hoy no ha sido incluido en el diccionario académico ( DRAE ), y es que el uso de tal americanismo léxico está restringido al territorio antillano y a Colombia ( LFF ). manz anillo Con esta voz se designa en las Antillas y Venezuela a un árbol de la familia de las euforbiáceas, con tr onco delgado y ramas derechas que contienen un jugo blanquecino y cáustico, hojas ovales, flores blancas y fruto parecido al de la manzana, con pulpa lechosa y hueso duro ( DAm, DRAE ). La palabra manzanillo se le aplicó en virtud de las sem ejanzas entre dicho fruto americano, que Abbad y Lasierra llama manzanilla ( Diario , 82), y la manzana con la sufijación dim inutiva –illo tan característica en la creación de nombres d e plantas y animales. Afirma Santamaría que “el jugo, el fruto y hasta la sombra de este árbol son venenosos” ( DAm ). Buena cuenta de el lo da nuestro autor en las páginas de su Diario que dedica a la descripción del manzanillo : Este árbol no es muy grande. Su tr onco, cuando m ás llega a tener dos pies de circunferencia, su corteza lisa y tiern a, su flor rosada, su fruta es una pequeña manzana de color del pérs ico, con un hueso en su centro, sus hojas se parecen a las del laurel, au nque abundan de una substancia láctea. La hermosura del árbol manzanillo y el agradable olor de su fruta, inclinan 392 a comerla y a descansar en su sombra. Lo prim ero causa la muerte sin remedio. Lo segundo suele tenerlo si se acude prontamente con las sanguijuelas. Mediante éstas s e sac ude el letargo y entumescencia que sobrevino con sólo sestear un ra to a la sombra del manzanillo , el cual con el ardor del sol va soltan do el jugo lácteo que tiene en sus hojas y flores y es veneno tan eficaz que mojando la punta de la flecha en él conserva su actividad para siempre y con una leve herida que haga quita la vida con mucha brevedad, sin q ue se reconozca en el pacien te señal de dolor o convulsión ( Diario, 83). Aunque estas palabras pudieran pare cer exageradas, nada tienen de extraño si tenemos en cuenta que el manzanillo es el árbol m á s venenoso de Puerto Rico 337 . De hecho, en 1733 una ordenanza real ordenó la destrucción de todos los árboles de esta clase en San Bartolomé 338 . A pesar de que los diccionarios de la época en la que escrib ió fray Íñigo no registran esta voz, lo cierto es que se atestigua ya desde los primeros tiempos de la colonización en la obra de Fernández de Oviedo ( CORDE ). Y es que, como es lógico , los primeros exploradores no pudieron pasar por alto un árbol que causaba tan desastrosos resultados. Este americanism o se halla di fundido en las Antillas, México y Venezuela por ser en estos territorios donde crece dicho árbol a pesar de que se ha tratado de exte rm inar. En estos lugares manzanillo ha adaptado su contenido semántico y sirve pa ra aludir al amarillo tiznado ( DAm ), sobre todo al hablar de caballer ías, por el color que adquieren los peces y crustáceos que han comido manzanilla. 337 Little, Wadsworth y Marrero, Árboles , 350. 338 Ibídem, 351. 393 maría (árbol maría, árbol de maría) Entre los árboles que su rten de madera y resina s la isla de Puerto Rico y la provincia de Cumaná, cita Abbad y Lasierra en su Diario el árbol maría o árbol de maría : “El árbol María , el de maza, el algarrobo, el árbol de aceite, el árbol cupey da en su fruta una brea especial, el tabanuco da incienso abundante y bue no del cual se surten todas las iglesias de la isla” ( Diario, 99); “En 6 de m arzo volví al valle de Funantar… poblado de robustos árbol es y maderas útiles para la construcción de navíos, como son el árbol de maría , pardillo, laurel morado, árbol de aceite y otros con muchas palmas silvestres, zarzaparrilla y otras planta s medicinales, igualmente que varie dad de aves y animales silvestres” ( Diario, 162). Árbol de maría es el nombre patrim onial que se le da al calambuco, esto es, un árbol de la familia de las gutíferas, propio de la América meridional, de unos treinta metros de altura, con tronco negruzco y rugoso; hojas aovadas, lisas, duras y lust rosas, flores en ramillete, blancas y olorosas, y frutos redondos y car nosos, que produce una resina de propiedades medicinales conocida como bálsamo de maría ( DRAE ). Recibe otras denominaciones com o palo de maría, santa maría, maría o mara 339 , ésta última presente también en nuestro Diario : “Sólo en las hondonadas de los arroyos se encont raban algunos árbole s sangre de drago, pumarindos, cañafístulas, mara , palo de cruz y algunos bejucales” ( Diario, 168); “Apenas cultivan los indi os má s que los frutos precisos para sus subsistencia, con alguna pr oporción de tabaco y el cacao que recogen de los montes, en donde es m uy común este árbol, como también 339 Little, Wadsworth y Marrero, Árboles , 459-460. 400 Boyd-Bowman atestigua por primera vez melado con el significado que posee en nuestro texto en un docum ento de Costa Rica fechado en 1603 ( Léxico ). Sin embargo, a pesar de tan temprana datación, este americanismo léxico todavía no se halla recogido por Autoridades y, varias décadas después, tampoco tuvo cabida en el DCCA . Aunque Santamaría adscribe este uso léxico de melado a Cuba, México y Venezuela, según el DA y el DRAE se trata de un americanismo de difusión general que, además, es también propio de Canarias ( DC ), y es que dicho archipiélago fue uno de lo s principales pro ductores de azúcar durante todo el siglo XVI. mulato Según Corominas y Pascual, mulato deriva de mulo , por comparación de la generación híbrida del m u lato y el mulo, con sufijo -ato , aplicado a las crías de animales ( DCECH ). De la etimología de esta palabra ya daba cuen ta Covarrubias en su Tesoro que explicaba que “se llamó assí por comparaci ón a la generación del mulo”. En el siglo XVI esta palabra se utilizaba para el hijo de negro y blanca o viceversa, pero también para aludir al mestizo de europeo y mor o ( DCECH ). Tras el descubrimiento de América, asi mismo se aplicó al hijo de negro e india. Así, pues, el Inca Garcilaso escribe: “llaman mulato, como en España, a los hijos de ne gros y de india o de indio y de negra” 347 . En este uso de la voz mulato hay que interpretar el uso 347 Garcilaso, Florida , fol. 53r. 401 americano como una traslación de los hábitos europeos 348 , es, por tanto, americanismo léxico. Probablem ente, éste es el sentido que mulato tiene en nuestro Diario : “En el fondo de este valle, hay una casa de un mulato que habita con su sola familia y es dueño de más de seis leguas de tierra, en las que después de una corta seme ntera de ma íz, tabaco y legumbres, tiene un hato de cuatrocientas va cas con algunas yegu as y mulas” ( Diario, 168). No obstante, dicha palabra tambié n sirvió para dar nombre a otros cruces étnicos: hijo de mulato y mulata, hijo de zam bo y blanca, hijo de blanco y mulata, etc. 349 En este sentido, podemo s aducir un ejemplo de nuestro Diario en el que Abbad y Lasierra identifica mulata y grifa : “Los que se quedan en Puerto Rico se casan sobre la marcha con las primeras mulatas o grifas que se presentan a recogerlos en sus ranchos” ( Diario, 133). Y es que, según Terreros, en América mulato es “el que nace de india y español, o al contrari o, o de mezcla semejante” ( DCCA ). Aunque mulato con el sentido americano aparece ya en 1602 en la obra del Inca Garcilaso e incluso Fra go la ha documentado en un texto anterior datado en 1583 350 , este uso léxico no tuvo cabida en los diccionarios hasta finales del XVIII, fe cha en la que, como hem os visto, fue incluida en el DCCA con referencia a su empleo en América. 348 Alvar, Mestizaje , 176. 349 Ibídem, 175. 350 En la carta que Diego de Navarrete, emigrado andaluz a Indias, envía a su m u jer desde Santo Domingo con fecha de 26 de mayo de 1583 puede leerse: “que no son pa rte las damas de Santo Domingo ni las mulatas , como por acá se dizen” (Frago, Textos , 471). 402 ñame Afronegrismo léxico es la voz ñame , nom bre de una planta herbácea de la familia de las dios coreáceas que produce un tubérculo comestible ( DRAE, LFF ), que aparece en varias ocasiones en el Diario de Abbad y Lasierra: “Los ñames , jacitias, calabazas y frejoles son tan abundantes que, una vez que los siembran, duran m uchos años” ( Diario, 88); “En once de abril al amanecer tomamos el camino hacia el oriente por un hermoso valle en que hay buenas haciendas de cacao y sementeras de maíz…, ñames y otras legumbres y raíces que son el alimento más común de estos pueblos” ( Diario, 187). La palabra ñame , así como la planta a la que designa, procede del África occidental, pero se desconoce si es palabra hereditaria africana o una expresión onomatopéyi ca creada en los prim eros contactos entre portugueses y bantúes ( DCECH ). Quienes debieron lle var esta palabra al Nuevo Mundo debieron ser los propios españoles que habrían tomado tal préstamo africano en el curso de las navegaciones que andaluces y canarios relizaron hasta el golfo de Guinea antes del Descubrimiento 351 . Y es que ñame , con la grafía niame , ya es usada por Colón en 1492 y puesto que Colón emplea todavía pocas vo ces indígenas en el relato de su primer viaje y ni él, ni Oviedo, ni el Padre Las Casas, hacen referencia alguna a que esta voz sea americana, hay que pensar que se trata de una palabra aprendida por Colón antes de su primer viaje al Nuevo Mundo en el trato con navegantes portugueses o directamente en sus expediciones africanas ( DCECH ). 351 Frago, Historia , 179. 403 A finales del XVI, ñame era bien popular en las Antillas, y es que la planta africana se cultivó en se guida para la alimentación de los esclavos africanos llegando a sustituir a otros riz omas indígenas ( DA ). Sin embargo, Covarrubias todavía no la incluye en su diccionario ( Tesoro ) y, dos siglos después, tam poco tendría cabida en Autoridades a pesar de ser una palabra muy recurrente en la doc umentación americana. No obstante, a finales del XVIII Terre ros y Pando registra esta voz bajo la entrada name con el signifi cado de ‘raíces de que se hace el cazabe’ ( DCCA ). Aunque el diccionario académico incluye esta voz sin alusión alguna a su difusión americana ( DRAE ), Morínigo considera que no se trata de un americanismo gener al, si no que su uso se adscribe a América Central, el territorio antillano, Co lombia, México y Venezuela ( DA ). Así, pues, no ha de extrañar que nuestro obispo em plee esta palabra al hablar de Puerto Rico y Venezuela. pajabrava La p alabra paja , procedente del latín palea , designa a la caña de trigo, cebada, centeno y otras gramín eas, después de se ca y separada del grano ( DRAE ). Sin embargo, en América se empleó como no mbre genérico vulgar de diversas plantas, por lo com ún de hojas más o menos filiformes y rígidas, que si rven como pasto natural ( DAm ) . E s t a v o z , p o r tanto, adecuó su contenido semántico para designar una realidad distinta en el Nuevo Mundo seguramente en virtud de que am bas sirven de alimento para el ganado. 404 Afirma Alonso que a veces se r econocen subespecies de este tipo de plantas y así hay entre las pajas la chica, la cortadera , la brava , la mansa , etc. 352 Efectivamente, en el Diario de Abbad y La sierra hallamos la voz pajabrava , americanismo léxico que refleja una estructura de núcleo sustantivo más adjetivo que define una caract erística de la planta a la que denomina: “En todo este terr itorio se encuentran m uchas plantas medicinales entre otras la yguereta o palma christi…, pajabrava que también la hay en Cumaná, y Car acas…, y otros arbust os y hierbas medicinales, cuyas virtudes son muy apreciables en la medicina, cuya descripción particular se ría cosa muy difusa” ( Diario, 244). La palabra pajabrava da nombre a una hierba de la familia de las gramíneas, propia de las tierras de gran altitud en América Meridional, que es apreciada como pasto y co mo combustible en los hornos de min er ale s ( DRAE, LFF ). Aunque fray Íñigo la incluye entre las plantas medicinales que crecen en las tie rras de Nuestra Señora del Pilar, población de la provincia de Nueva Barcelona, no hemos hallado ningún dato a propósito de sus propiedades curativas. Respecto a la difusión de este am ericanismo léxico hem os hallado diferentes explicaciones. Así, pues, Malaret considera que es voz propia de Argentina, Guatemala y Uruguay ( LFF ); Santam aría, en cambio, aunque afirma que la planta es propia de las tierras elevadas de Sudamérica y que abunda en Argentin a, no da cuenta de cuál es la difusión de la palabr a que le da nombre ( DAm ), al igual que hace el DRAE . En nuestro Diario aparece pajabrava en las páginas dedicadas a la descripción de la provincia de Nueva Barcelona, territorio 352 Alonso, Problema , 150. 405 perteneciente a Venezuela, por lo que no parece que la opinión de Malaret sea adecuada. Tanto el Léxico como el CORDE atestiguan por primera vez pajabrava en 1870 en la obra del arge ntino Lucio Victorio Mansilla Una excursión a los indios ranqueles. Así, pues, el ejemplo de nuestro texto constituye una documentación casi cien años anterior a ésta. Cabe suponer, por tanto, que su aparición en el Diario tal vez se deba a la experiencia personal de nuestro autor, quien adoptaría esta palabra en alguna de sus visitas pastorales por los territorios que com ponían la diócesis de Puerto Rico. pajonal La voz pajonal , derivada de pajón con sufijo – al que expresa idea de colectividad, significa en Espa ña ‘terreno cubierto de pajón’ ( DRAE ), pero, teniendo en cuenta que en algunas partes de América paja se em plea con el sentido de ‘hierba’, no es de ex trañar que al o tro lado del Atlántico pajonal signifique ‘herbazal’ ( DA , DRAE ). En efecto, ésta parece ser la acepción con la que Abbad y Lasierra emplea dicha palabra en las páginas dedicadas a los territorios que actualm ente comprende Venezuela: “Esta cuchilla por la parte del sur es tierra pobre cubierta de pajonal y sólo en las hondonadas se ven árbol es de sangre de dra go y cacao silvestre” ( Diario , 175); “En catorce de septiem bre tomé el camino volviendo para el norte por sabanas cubiertas de alto pajonal , en las que se crían muchas y grandes culebras que hacen peligroso el viaje” ( Diario , 243). 406 Según el DRAE este uso de pajonal es propio de América Meridional y de Honduras; el DA , en cambio, lo adscribe a Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay y Venezuela, territorio este último donde este vocablo también se emplea, junto co n Cuba y México, con el sentido peninsular. Esta palabra al otro lado del Atlántico ha adquirido otros significados me tafóricos, pues en C uba sirve para designar al ‘pelo enmarañado de una persona’ ( DRAE ). Este ameri canismo léxico apar ece en la documentación americana desde los primeros tiem pos de la coloni zación. Así, pues, está presente ya en Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca 353 . Sin embargo, la voz pajonal no se halla recogida en los di ccionarios de la época en la que escribió nuestro autor y ni siquiera tuvo cabida en el DCCA, en el que Terreros y Pando tan sólo incluyó pajón como ‘término de labradores’; no obstante, la información apor tada por Boyd-Bowman en su Léxico revela que pajonal fue una palabra muy frecuente en los escritos de toda Sudamérica. palmacristi Este es uno de los múltiple s nombres que recibe la higuereta , esto es, el ricino ( DAm ), como bien indica nuestro autor en su Diario : “En todo este territorio se encuentran m u chas plantas medicinales entre otras la yguereta o palma christi que en España llaman tártago”( Diario, 244). Afirma el DRAE que esta palabra se ha formado a través del mecanismo de la composición según el cual a palma se le ha añadido el 353 Naufra gios, 169. 407 modificador Christi . La explicación del porqu é de dicha etimología la hallamos en el primer diccionario académico: “Planta semejante al lirio, cuya raíz tiene la figur a de las manos del hombre, puestas una sobre otra, por lo qual le di eron este nombre” ( Autoridades ), que además especificaba que existían dos especies, hembra y macho: “Esta tiene las hojas anchas y salpicadas d e una s manchas negras, las flores m u y blanquecinas y mui olorosas. El ma cho tiene las hojas más angostas y largas, parecidas a las del azafrán, y sin ma ncha alguna, y las flores purpúreas” ( Autoridades ). No es extraño que esta palabr a quedase ya incluida en este diccionario, así como tampoco que ap arezca en dicha obra de nuestro obispo, puesto que, como indica Frago, el ricino indiano fue objeto de un activo comercio gracias a sus propiedades heméticas 354 . De hecho, a partir de finales del XVIII es frecu ente hallar este vocablo en la documentación indiana bien con sus dos com ponentes separados como hace fray Íñigo y como aparece en Autoridades , bien con sus dos lexemas ya unidos formando una sóla palabra ( CORDE, Léxico ). No obstante, según el CORDE esta palabra se atestigua por vez primera en la Traducción del Tratado de la peste de Marsilio Ficino datada en 1598 . palma de coco (V. palma real ) palma de sombrero (V. palma real ) 354 Frago, Palmacristi o higuereta , 348. 408 palma real Entre los árboles que proporci onan excel entes maderas a los habitantes de la provincia de Nuev a Barcelona incluye nuestro obispo en su Diario la palma real . Est e americanismo léxi co está compuesto por el sustantivo palma más el adjetivo real , y es que, según Santamaría, se trata de la palmera por excelencia de las tierr as tropicales, caracterizada por el aspecto majestuoso que le proporciona su tronco recto, erguido y liso que puede llegar a elevarse más de tr einta metros, rematando en un bello penacho de pencas largas , arqueadas y abiertas ( DAm ). No es extraño que Abbad y Lasierra resalte la calidad de su madera, puesto que resulta de gran utilidad. Así, pues, aunqu e su tronco es fofo en el interior, es muy resistente en el exterior, por lo que se emplea en la construcción de embarcaderos y casas ( DAm ). Asim ismo, sus pencas o yaguas se usan para la fa bricación de las techum br es de las viviendas de los campesinos ( DAm ). La grandiosidad de esta palm a hizo que su nom bre estuviera incluido desde fechas tempranas en la documentación americana. De este modo el CORDE la atestigua por prim era vez en 1607 en la Descripción de Panamá y sus provincias y el Léxico en el Compendio y de scripción de las Indias Occidentales de Antonio Vázquez de Espinosa. No obstante, no tuvo cabida en los diccionarios de la época en la que escribió nuestro autor. Dada la distribución de la denom inación que recibe dicha palmera, es lógico que aparezca en nuestro Diario , y es que, según Malaret, palma 409 real es propia de las Antillas, Colom bia, Panamá, El Salvador y Venezuela, territorios entre los que se incluyen los visitados por Abbad y Lasierra. No obstante, esta palmera, así como su nom bre, también se da en el norte de México ( DM ). Además de la palma real , fray Íñigo menciona el nom bre de otras especies vegetales pertenecien tes a la misma familia: la palma de coco y la palma de sombrero. Se trata de americanismo s léxicos constituidos por un sustantivo genérico, en este caso palma, más un complemento que precisa su significado. Palma de coco es el nombre con el que vulgarmente se conoce al cocotero ( DAm ), esto es, un árbol americano que puede alcanzar de vein te a veinticinco metros de altura y que suele producir anualm ente dos o tres veces su fruto, el coco, al que debe su nombre ( DA, DRAE ). Aunque n o aparece incluido en los diccionarios de la época en la que escribió nuestro autor, lo cierto es que Fernández de Oviedo ya hace referencia a los palmares de cocos en su Historia general y natural de las Indias ( Léxico ). La palma de sombrero , en cambio, debe su denominación a la utilidad de sus pencas, y es que sirven para teje r som breros campestres, además de para construir techos ( DAm ). palo La voz palo , procedente del latín palus ‘poste’, se documenta desde los orígenes del idioma en todos los ro mances con el sentido de ‘trozo de madera más largo que grueso’ ( DCECH ). Según Coromina s y Pascual, a 501 Henrrique Primo de Riuera, / 10 sarg en to mayor de aquel press idi o, p ar a / 11 su manejo y gouernar las pro- / 12 uinçias a falta del gou ernad or. Y, en / 13 su cumplim ien to, dice pasa su edad / 14 de 72 años y que ay t iem pos en que / 15 no se le perçiue la voz y padeçe / 16 achaques continuos para / 17 que, en vista de ello, mande / 18 su M a g esta d lo que fuere seruido. / 19 Preuiénese hauerse ordenado / 20 al gou ernad or de la Hauana por despa / 21 cho reseruado de 23 de sept iemb re de / 22 1698 que, luego que supiere que / 23 este gou ernad or hauía muerto, embia-/ 24 se persona de toda su satisfaz i ón / 25 y esperiençias militares que / 26 gouernase la Florida en el ýnte-/ 27 rin que se nombraua gou ernad or por/ 28 que no recayga el gouierno en / 29 d ic ho sarg en to ma yor y que diese / 30 quenta de lo que suçediera y / 31 respecto de vibir el gou ernad or. No (fol 2v. col. a) ha llegado el caso de que la dé, / 2 además de estar prouehido en / 3 aquel gouierno el m inist ro de cam - / 4 po d o n Yoseps de Çuniga y la Çer- / 5 da el qual sedmbarcó (sic: ‘d esembarcó) en la flo- / 6 ta de jullio de 99 y no con ∫ ta / 7 aya llegado a la Florida. / 8 Traherá vna carta del capi tá n Jul. / 9 Ruíz Mexía de 22 de abril de / 10 1697 nº 10 en que, con m otibo / 11 de pedir futura de d ic ha sargen- / 12 tía mayor por la mucha edad y/ 13 achaques del propietario, acor-/ 14 dó la junta en 3 de junio del / 15 1700 se dijese a este gou ernad or que, / 16 por su naturaleza, deue suplir/ 17 por el sarg en to mayor el capp itá n / 18 más antiguo y que, en esta for-/ 19 ma, puede acudirse a las faltas / 20 que hiciere el sarg en to mayor y que / 21 se tubiese presente d ic ha carta / 22 y a Jul. Ruíz Me xía, quando lle- / 23 gase el caso de la vacante, cuyo / 24 despacho está ejec utado para re- / 25 mitirse en primera ocasión. / En 7 de 8 ( octubre ) de 1700. Visto. [Document text truncated for crawler view.]