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Abstract

El presente trabajo de investigación analiza la construcción y desarrollo de los complejos sistemas de representaciones, conductas y creencias que, a través de modelos imaginados y racionalizados, han tratado de buscar una explicación convincente ante la pérdida traumática y definitiva que supone el hecho ineludible de la muerte. El contexto cronológico del estudio se centra en el siglo XVII y se articula sobre tres ejes vertebradores: Simbolismo, religiosidad y rituales funerarios. El fenómeno religioso y sus creencias constituyeron el origen del proceso de la negación de la muerte. A partir de esta idea se elaboraron sistemas simbólicos destinados a controlar y atenuar este acontecimiento perturbador. Estos símbolos preservarán el equilibrio social y moral manteniendo la identidad entre los que los comparten actuando como medios de comunicación cultural a la vez que como instrumentos de dominación y de poder. Su manifestación externa y material estará representada por los rituales que supondrán una visión codificada de la muerte a través de las acciones y palabras de la jerarquía eclesiástica. El empleo de múltiples fuentes (registros parroquiales, testamentos, sinodales, visitas pastorales, libros racionales de misas, sufragios, censos y aniversarios, tratados de teología moral y canónica, artes de bien morir, textos sobre las postrimerías, manuales de confesores, literatura hagiográfica, ceremoniales religiosos, tratados médicos, iconografía y obras de literatura profana) pone de manifiesto que la concepción de la muerte durante la época barroca, se constituyó a partir de una amplia pluralidad de factores. Sobre una dimensión sagrada y trascendente acompañada de sustratos mágicos y paganos, se conformaron una serie de símbolos, espacios, prácticas y rituales a los que se agregaron unos componentes de carácter social tales como entidades piadosas de todo tipo, grupos profesionales, estatus económicos, solidaridades familiares y vecinales, estrategias de prestigio y de poder, convencionalismos y costumbres locales que actuaron como elementos de distorsión entre el discurso modélico que la iglesia había propuesto sobre la muerte y los intereses cotidianos de la sociedad laica. En este nivel de respuestas sociales se produjeron frecuentes conflictos y tensiones pero también equilibrios y aceptaciones consensuadas. García Hinojosa, Pablo; Latorre Ciria, José Manuel

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http://zaguan.unizar .es TDR-UZ [ T esis D oc torales en R ed U niv ersidad de Z aragoza] P ablo García Hinojosa Simbolismo , r eligiosidad y ritual barroco . La muer te en T eruel en el siglo XVII T esis Doc toral Universidad de Zar agoza SIMBOLIS M O, RELIGIO SIDAD Y RITU AL B ARROCO . LA MUE RTE EN T E RU EL EN E L S IGLO XV II PAB LO GARC ÍA HINOJOSA DIR ECTOR DE LA TESIS: Dr . D. JOSÉ MA NUEL LATORRE CI RI A DEPARTAME NTO DE HI STORIA MOD ERNA Y CONTEMPORÁ NEA UNIVERSIDA D DE ZARAGOZA 2010 Si m bolis m o, religi osidad y ritual barroco . La muerte en Teruel en el sigl o X VII Te s is present ad a por Pabl o Garc ía Hi nojo sa para l a obte n ción d el grado de d octor Director de la tesis doctoral: Dr. D. José Manuel Latorre Ciria Departamento de Historia Modern a y Contemporánea Universidad de Zaragoza 2010 A la memoria de Mar ía de los Ángel es Hino josa Ologaray que me ense ñó a lee r en tiempos difíciles dándome así la vida dos vece s. SIG LAS Y ABR EVIATURAS A . H.D.T. : Archi v o His tóri co Dioce sano d e T eruel A . H.P.T.: Archivo Histórico Provincial de Teruel A . P.L . M. : Archivo P a rroquial de la Merced A . P.S.A . : A rchi v o Parroquial de San A ndr és A . P.S.S . : A rchi vo Parroquial de San Salv ador B .N. : Bibliotec a Nacional de España B .P.T. F . A. : B ibli otec a Pública de Teru el , F ondo Antiguo C.S.: constit ución sinodal cap.: ca pítulo caps.: capít ulos const.: constituc ión cuest.: cuesti ón d. : di neros doc.: docume nto fol.: folio fols. : fol ios imp.: impre sor lec c.: lec ción lib.: libro mat.: ma teri a p. : pá g ina part.: part e pp. : pá g ina s punt.: punto r. : re cto reg.: re gistros rls. : re ale s rúbr. : rúbri ca s.: sueldos s.a. : sin a ño s.f.: sin fecha secc.: secci ón ss.: sig uient e subsec. : subsecci ón t.: tomo tít.: tí tul o trat.: tra tado v . : vuelto v ol. : volumen v ols. : volúmenes 16 había qu e poner alg ún tipo de soluci ón. L a may o ría de las relig ione s, pa rticularmente la cristia n a, han proy e cta do la c on ti nuidad de la vida en un m undo posterior. Una vida imperecedera capaz de de rrotar el tremendo temor a la nihiliza ción, a la nada a bso luta. El cristianismo propone un fut uro escat o lógico ete rno ba sado, no en una inmortalidad continua d a qu e permita esquivar indefi nidame n te la mue rte , sino en una mil ag rosa resurrección en l a que e l ser resucita a la vez en c uerpo y alm a, lo que supone la salv a ción de t oda la persona. Como a punta el filó sofo Vladimir Jankélévitch, “el v ivo es morta l, p ero la v i da de e se v i v o y la v ital idad de es a v ida son indestruc tibl es e incorrupt ib le s; conse cue ntemente la mu erte no es e l final de la v ida, sino únicam ente el final d el v ivo: la muerte cl ausura la carrera indiv i dua l, pero no la vida univ ersal” 9 . Contradictoriamente, e l c ristianismo nieg a l a muerte a tra v és de l a misma muerte que supone el pa so definitiv o a la i nmortali dad. Resulta pa rticularmente signifi c ativ o su discurso ide ológico. L a inmorta lidad origin aria del ser humano se pierde por el pecado quedando é ste abocado hacia un destino u niversal del c u al es rescatado por la m uerte de Cristo y su posterior re surrecci ón. L a h istori a de la salv ac ión promete un universo ete rno, un m ás allá dond e l os cuerpos será n reconstruidos en una existencia p erpetua libres de t od as la s trag e dias terren al es. En e ste proceso, l a r el igión cristian a adquiere un a cara ciertamente sombría: e l estado en l a t ierra se constituy e en un suc e so superfic ial, ca rente de t odo valor que h a y que despreciar puesto que la vida en el más al lá es im aginada c o mo la felicidad a bso luta capa z de t erminar con todos los males. En este contexto l a nat ur al eza humana se v uelve miserable, cargada de l as de bilidades de la c arne que constituy en un ob stác ul o para la salv a ción. No sólo esta consideraci ón des valoriza t odo lo humano sino que la salva ción que se ofre ce a los fi eles pasa por la e xigencia de la sumisión aceptada de una seri e de práct icas y cree ncia s sin l as cua les la sup erviv enci a en e l más allá s e transforma en un castigo et erno. Desde esta p erspectiva, la vida d espués de la muerte r esultaba un inte rrog ant e y a la vez una esperanza a l a que se aferra ban l os crey ente s c on una intensida d v a riable pero continua. L a ang ustia de los últ imos instantes y los t emores ame nazan tes de la v ida de ul tratum b a fue concitada por un sistema religios o que aseguraba i nsiste ntemente una retahíla d e t erribles c astig os de stinados a aque llos que no cumplían con los pre ce ptos est abl ecidos. L a ce rcanía inopinada d e la muer te y la v i sión 9 JA N KÉL É VITCH, V.: La muerte , Val e ncia , Pr e-T ex t o s, 2002, pp. 361- 362 . 17 de una e scatología terrible e i napelab le dio lugar a que la prevención y el miedo se instala r an en las m e ntalidades de los indiv i duos que adopta ron una serie de posturas y ritua les enca minados a conjura r el desastre que la m uerte producía. E n el acto de la muert e, la participa ci ón d e la col ectiv idad s e h ac ía i mprescindible. E ra un as unt o público de enorme tra sc ende ncia e n el que se impli caban l os miembros superviv i e ntes del grupo, las instituciones relig i osas e i ncluso los podere s laicos. L l e gados a este punto, c abría p reguntarse si el imag inari o, las actitudes y la s conduct as sobre la m uerte en cualquier época , en nuestro c aso el sig lo XVII , fu eron conforma dos por la tenaz propaganda de la escatológ ic a eclesiástica, o por el cont ra rio, y a v enían arrastra d as desde l argo tie mpo atrá s y únicame nte a floraron con n ueva ident idad debido a una serie de elemento s co y unturale s. No cabe dud a que el deco rado donde se representa el drama de la mu ert e ha experim ent ado cambios de ima g e n, t antos como c ambios culturales sobrevienen en l a propia sociedad y resulta e v ide nte que el ser humano, e l único de l os seres viv ie ntes inc apaz d e aceptar su propia muerte, ha ido el aborando una ser ie de recursos explicativ os sobre este hecho universal que ponen e n ev idenc ia la a ng ustia de morir y el m iedo a l más al lá. Pero tambié n es cierto que, una de las primeras manifestaciones culturales de las soc ie dades a r ca icas, ha sido institucionalizar el fe nó me no de l a super vivencia d espués de l a muerte c omo rem edio apac iguador ante el terrible v ací o que la acontece. En este sentido, todos los rituales de la muerte se con stituirían en me ros soportes artificiales destinados a e xpr esar la preca riedad hu ma na ante el sentimiento d e la pérdida d el ser. Pero no hay que olvidar otro asp ec to, cu y a de limitación y aprehensión re sulta más di fíciles de definir. El futuro difunto, cua ndo pre para todo aquello que va a hacer refere n ci a a s u muer te, lo hac e est a ndo en e l m undo de l os viv os y como vivo ac túa. Conformada su mente en las experiencia s y sensaciones del t iempo que le ha tocado v i vir, significa, de al g una ma n era , su forma ción social y religiosa j unto con su mentali dad ec onómic a. A t odo esto ha y q ue a ñadir la aporta c ión de un impreciso ba g a je en el que se am onton a n, desde primitiv a s e str ucturas menta les, hasta senti mie ntos contra dictorios de aceptación y rechazo pasando por s upe rsticione s, mundos mág icos, experi encias oscuras y t ensiones indefi nidas. Morir se m uere sie mpre y e l hec ho de l dece so siempre es el mismo por lo que, biológicame n te , l a muerte no tiene historia ni antigüedad. Pero sus manif estaciones, fruto del pensam ient o del indiv iduo que muere 18 son variabl es y , e v idente mente distintas. En el tra nce de finitivo de la vida, que e s la muert e, el ser hum ano queda convertido en un desp ojo que es el cadá v er inanimado pero e sa m isma m uerte es un reflejo de su conce pción del mundo y deja un profundo trazo en su devenir por ser má s que nada, la ce sación t otal del ser. L a muert e, la s muert es nos dejan ent r ever los cambios c o nce ptuales que se desarrollan muy lent amente y siempre a lo l argo de un t ie mpo larg o y pe rversamente recurrente. L a v isión de la m uerte nunca fue g ené rica pero si difusa y contra dict oria. E l éx ito del modelo de la muerte barroca t iene su b ase en la exp ansión de lo v isual . L a prolife ración de las formas y la densida d de las mismas impregnaron el subconsc iente cole ctiv o, hasta lleg ar al c olapso fin al bien entrado el sig lo XI X. L a divul g ac ión de l as imág enes de la violencia en la Pasión de Cris to y e l martirio truculento de los santos confirm aron e l papel cruc ia l que las im ág enes mant uv ie ron en l as mentalidad es de l a g ent e del sig lo XVII. L a muert e inv isibl e se podía v er de mil formas diferentes a tr a v és del a co n te cer di ario. L le gó a t ener tal consistencia que pareció un hech o natural y cotidiano au nque su familiar ida d no dejó por ello de inqui etar. El triunfo del espec táculo de la mue rte fue d irigido por la I glesia intentando, en todo momento, refrenar dentro de unos espac ios y unos ti empos a decuados, el sentim iento del dol or por la muerte de los seres queri dos. Nuestro objetiv o de par ti da se plantea, fundamentalmente, re f le xionar e n torno a las forma s de experiencia dentro del imaginario de la muerte, ta n to en su v ert iente reli g iosa popul ar como en e l ámbito de la jerarquía eclesiástica. L a conce pción de la muert e durante l a Edad Moderna se c onstituy ó a part ir de un univ erso de inte reses m u y ampli o. En primer lugar hay que destac ar su dimensión sag rada acompa ñ ada de ele mentos anteri ores de carácter profan o que c onformaron una serie de c reen cia s, símbolos, e spacios, prácticas y ritual es. En segundo lugar unos component es a g rega dos de c ará cter social que en forma de asociaciones piadosas de todo t ipo, e n te s vecin a les, g rupos soci oprofesiona les, de género o de intermedia r ios actu aron co mo responsables del est abl ecimiento d e unas pr ác ticas para lelas, unas v ec es consentidas y otras recha zadas por l as autorid ades eclesiásti ca s. E n los rituales de l a mue r te se expresan también una vari ada g am a d e vínculos de clientelismo, socia b il id a d y afini dades político-cívicas. Este a spe c to const ituir á el núc leo b ásic o de nuestra inv estigación en la 19 que se prestar á especial atención a dos grupos sociales escas a mente tr at ados: los pobres y desfa vorecidos y e l estam ento clerical. Esto nos lleva a co ntemplar una seg unda hipóte sis. En muchos tr aba jos sobre el tema de la m uerte se ha planteado una dicot omía entre l as e xpresiones relig iosas populares y el c omporta miento de las elites a nte el hecho de la mue rte sin ca er e n la cuent a qu e la dif erenciación s ustancial fue m ínima y que ambos estrat os siem pre estuv ie ron uni dos por unos eleme ntos comunes. L a s cofra días, s ant uarios y fiestas, e l cal endario devocional, l os mil agros y apari cione s, la s creencias y la salud, la sanidad y la c uración junto c on las prá cticas funerarias, los símbolos y los ri tuale s m ortuorios, fueron am pliament e compartidos por todos los ele mentos sociales de la época. Sólo en la apl icación y e xpresión de e stos el ementos se pueden advertir a lg una s disti nciones, pero e n el fondo las actit ud es fueron s ie mpre l as misma s. A sí pues, uno de los propósitos de l pre sente t r aba jo será comprobar tal extremo d emostrando c omo los modelos propuestos por la I glesia a tra v é s de l a literatura doctr ina l, se fueron de sl izando desde las cl ases soci ales poderosas hasta inv a dir todo el tejido social en un afán de emulación y presti gio. Conv iniendo e n que este c omporta mi ento ante las prác ticas rela cionad as con la muerte estuvo favorecido por l as estructuras m entales e specíficas de la é poca. F inalm ente t r at aremo s de v eri fica r un últi mo a specto. L a artic ulación del discurso ecl esiástico sobre la m uerte v a pe rdiendo a finales del siglo XV II g ran part e de su originalida d conv irti éndose en un dis curso repetitivo en el que la s a ctitudes y comport amientos func ionan por inercia y a comoda miento consensuado. L as prác ticas entorno a la muerte se afi r ma n y c onsoli dan a la v ez que se t ransforman en rutin aria s . A nima das por la fuerza de la c ostumbre y por l as le y es de la t radición ll egar on a identi f ic ar lo socialmente ac eptabl e con la s normas establecidas. Estas rep et ici ones continua d a s g ene ra ron t ensiones y co nfl ict os entre las fuerzas heg emóni ca s y discipli n ari as de la jerarquía eclesiástica y el com ún de la sociedad de crey ente s que desplazaron e l marc o de ref ere ncia de un universo simbóli co dom inado por el código teológico a un mundo de ada p taciones cotidianas y profundame nte humanizado en el que los comportamientos tuvie ron un clar o sentido utilitario. 20 La Hist oria de la Muerte H ace más de ochenta a ños, el filósofo y a ntropól og o L uci en L e vy-Bruhl, a l anal izar las representac ione s en las socie dades primitiv as dem ostró que un h echo biológico com o es el de l a mue rte se transforma en un hecho social y c ultural de extra ordinaria importancia dentro de l a concepción g ene ral del mundo que rodea al ser humano. L e vy-Bruhl establ eció la tesis de que e l pensamiento ar ca ico sobre la muer te se constit uy ó a part ir de formas de pens a r prelógicas sustentadas por categ oría s de pensamie n to diferentes a l as nuestras, ra zón por la cual res ulta muy difíc il aproxim arse a estas es tru c turas m entales. Sin em b argo, todav ía quedan perv ivencias de este pensamie n to que se pue den advertir e n el hecho de que las e nfermedades, los desastres y la muerte son atribui bles a l a acción d e las potencias div in as 10 . En esta misma lí nea Robert H ert z, descri bió el carácter social de l a muerte bajo dos espacios temporale s: el tiem po indi v idua l y preca rio y el ti empo soci al e terno. L a muert e no constituy e una mera destrucción sino una transición que supone la inc orpo ración a otro mundo media n te una serie de ritos y repre sentac iones colectivas. De esta forma el ser hum ano establece un equi librio entre el profu ndo desorden qu e c ausa la m uerte y la superv i vencia e n el m undo de los muerto s afi rmando una continuidad sin fi suras e ntre esta v ida y la del más allá 11 . L a muerte, ta l y como señala Edgar Morín, constituy e u na triple c onstante antropológica: la c onciencia de la muerte, e l profundo horror que ésta produce ante la pé rd ida de la indi v idua li dad, lo que él d enom ina el t r aum atismo de la muert e, y la cree ncia en la i n mort alidad 12 . Es evidente que el saber de la muerte conduce indefe ct iblem ent e a un profundo re cha zo de l a misma . El ser humano se resiste a dejar de ser afirmando en su individualidad y má s all á de la concien ci a realista de su muert e aspira a c onserv ar su personal idad a través de la creencia incondic iona l en la inmortalida d. Partiendo pues de estas c onsideraciones, el he cho de la muerte, sin dej ar de ser un fenómeno estrictamente f isiológico de ca rácter ine v it a b le y universal care nte de t oda historici d ad, se nos presen ta c o mo una ela bor ac ión intelectual c apaz de promov er 10 LÉVY-BRUHL, L.: A lma primitiva , Madri d, Sar pe, 1985, pp. 203 y ss . 11 Véase HERTZ, R.: La muerte y la mano derec ha , Madri d, Alian z a E d i to r i a l, 1990. 12 MORIN, E.: E l hombre y la muerte , Barcel o n a, Kai ró s, 1999, pp. 32 -37. 21 discursos difere ntes seg ún l os marc os cul turale s en los c uales se produc e 13 . L a m uerte entra a formar p arte de l a H istoria desde el m o me nto en q ue g enera modelos colectiv os de conducta, m odelos c uy as repercusione s cult urales, ec onómic as y soci ale s adquieren una significación funda mental dentro del proceso de a dapta ci ón de toda socied ad ante su t errible amenaza. No obstante, e l tema de la m uerte ad quiere g rados de e xtrem a compl ejidad dado que su desarrollo no s e c ircunscribe a unos espacios de terminados sino que se expande e n la conciencia g enera l d e los i ndividuos y por e nde, impregna l a totalidad de los esquemas cult ur al es de una sociedad dete r mi n a d a. Su misma complejida d le hac e ser un ob je to de estudio privileg ia do p a ra l a H istoria de las mentalida d es. A propósito de la H istoria de l as me ntalidades – en la que se i nscribe nuestro traba jo – es necesario ha ce r c ie rtas observac iones que en modo alg uno pretenden entrar en la polémica hi stor iográfica suscita d a des de ha ce a lgunos años sobre la validez real de sus métodos y resultados 14 . L a s princ ipales críticas qu e se le han h ec ho a la H istoria de las mentalidades se centran en la apreciación de un prog resivo abandono de la inves t igación de la ba se histórica soci al a favor de l estudi o de l as superestructuras mentales y cul turale s. Muchos historiad ores han trasladado los cambios sociales y mentales a las éli tes cult urales, donde los cam bios se producen de ntro de un t iem po largo. E sta insi stencia por los tiempos de l arga dura ción ha favorecido una historia inmóvil en la qu e lo mental aparece inm utable y el ser humano se presen ta como un objeto pasivo de l a hi storia 15 . Por otra parte, algunos crí tic os ha n ach ac ado a la H i storia de las mental ida des una a mbigüedad en sus conc lusion e s da do que mu c has d e sus aprec iac ione s tienen su b ase en l as actitudes, comportamien tos y repre sentac io ne s cole ctiv as de ca r ác ter incon sciente que e ntran a formar parte de l a sic ologí a social. 13 VOVELLE, M.: I deologías y mentalidades , Barcel o n a, Ariel , 1985, p. 106 . 14 Res pect o de est a pol é mica véase B ARROS, C.: “ L a Nouvell e H i st o i r e y sus cr í t i co s”, Manuscrits , 9 (1991), pp. 83- 111. 15 Véa se DO SS E, F.: La histor ia en migajas . De “Annales” a la nueva his toria” , Val e nc ia, E d i c iò ns Alf o ns e l M ag n à nim , 1988. En e st e an á lisi s cr í t i c o de l a nueva hi storia de n u ncia que l a d ispersi ó n y la m u l t i p li cac i ó n de o bjeto s de estudi o , de m ét o d o s y de e nf o ques han pro p i c iado una e xcesiva parcelac i ó n de l a H is t o ri a o lvi da n do co n f recue nc i a que e l o bjet iv o fi na l es dar una explicaci ó n tot al de l o s hech o s soc i a les . 22 Partiendo de la de finición de mentalidad, que hace re ferencia a l a disposición parti cular que tiene un individuo o una colectiv ida d pa r a pensar o enjuiciar los he chos , se puede n distinguir c inco com ponente s que fuertem ente imbricados configuran el aspect o global de la ment a lidad: lo ra cional, lo emotivo, lo i mag inari o, lo inconsciente y la conducta 16 . L a misma het erogeneidad de estos fac tores hace que ca da manifestaci ón mental aparezca influenciada e n diversos g rados por e stos com ponentes seg ú n lo s discursos ideol óg ic os impe r a ntes. Desde esta perspectiva la muerte se constituy e e n un ele mento re ferencial de primer orde n en e l que se conjugan todos los recursos mental es en un afá n por trata r de comprender un fenómeno que para el ser humano c arec e de inteligibilidad. L os sentimi entos y la s ensibil idad, la s c onstrucciones m entales que distanc iadas de la real ida d mate r ia l se transforman a t r avés de l i mag inari o en símb olos g ráfi cos de extra ordinari a e ficacia, símbolos que se representan me diante reproduc ciones ic onog ráfi cas y l ite raria s, las re spuestas del inconsciente y la s c onducta s y act itudes resultantes, han contribuido a que la h istoria d e la muer te , en palabras d e L e G off, sea el campo más fe cundo de la H istoria de las mentalidades 17 . En el mo me nt o actual en el qu e nos encontramos l a b ibli og rafía historiográfica sobre la m uerte se ha enri quecido de manera e x tra ordinari a. Prete nd er hacer a q uí un estado de la cuesti ón no sería sino v olver a reiterar las re vis ione s analíticas del el evado número de títul os que h a g enera do ta n s ug e stiv o te ma y que ot ros se han enca rgado paci entem e nte de elaborar. Esta remisión nos lle v a a señala r el doc u me ntado a rtículo de L o urde s Mate o Bretos 18 e n el que ha ce un ampli o r ecorri do c ríti co por la histor iografía de la mue r te e n Europa y en E spaña, subray ando que en nuestro país el mode lo met odológico de Vov el le ha sido secunda do por l a may oría de los histori adores que se han serv ido de l as fuentes t estamen ta rias, a v ece s c on c arácter exclusiv o, con el fin de co mprobar el fenó meno de descri st ia niz aci ón propuesto por él m ismo para el s iglo XVIII. L a de cant ación de los estudios sobre este espac io cronol óg ic o en la s div ersas área s geográficas español as ha supuesto u n me nor tratamiento de l os siglos X VI y XV II que han que dado rel egados a esporádi cos trabaj os. Por otra parte , Mateo Bretos obs erva 16 BARR OS, C. : “ H is t o ri a de l a s m e nta li dades : po s ibili dades actua l es”, Terceras Jo rnadas de Estu dios Históricos , Sa l a manca, Universidad, pp. 49 -52. 17 LE GOFF , J.: Pensar la historia. M odernidad, pre sente, progre so , Barce l o na, Pa i dó s, 2005, p . 131. 18 MATEO BRETOS, L.: “L a hi st ori o gra fí a de l a muerte: T ray e ct ori a y nue vos h o r i zontes”, Manus crits , 12, 1994, pp. 321-356. 23 una reproducción de la m etodolog ía c uantitativ a como una constante en la ma y orí a de los estudi os llevados a cabo sobre la muerte en Españ a. Otr a reseñ a bi b li og ráfi ca que ofrece una visión globa l del tema de l a m uerte y l a re ligiosidad popul ar la podemos encont rar en Máximo G arc ía F ernánde z 19 . E n e lla de staca el esc aso interés en la may oría de los trabajos por profundi zar en l os aspec tos e conómic os generados por la muert e, seña la ndo t ambién la frecuente l imitación c ronológica a l sig lo X VIII, con mu y escasas referencias a las centurias ant eri or es. Como re flexión sobre los a por te s historiog ráfic os hechos a f ina les del sig lo XX para la historia de la muerte e n el perio do ba jomedieval, el a rtículo de Emilio Mitre F ernánde z 20 tiene el valor de s int etizar las bases de l discu rso s obre la m uerte en Occide nte y descri bir los diversos tra tamientos que di st int os autor e s han hecho s obre este tema. Con ca r ácter general, el balance sobre l a historiografí a mode rni st a realizado por Ri cardo G arcí a Cárcel ha st a el a ño 2001 21 , pone de re lie v e la enorme importa n ci a de las investig aci ones sobre la s actitu des ante la muerte destacando las diversas tipologías metodológicas emple a das. E n este senti do también resulta i nter esan te el exte nso a rtícu lo de Domingo G on zález L o po sobre l a e v oluc ión historiográfica de la historia de l as m e nta lida d es 22 e n e l que presta especial a tención a la preoc up ación de muchos hi storiadores por consolidar los estudios de las actitudes ante la mue rte y los comport amien tos religiosos a tra vés de u n número muy apre cia ble de títulos sobre esta temática. En un a co ntinuidad cronológ ic a, Soleda d G óm ez Na v arro presenta un aná lisis sintético de l a producción h istoriográfica sobre la muer te h ispánica s eñala ndo que, en muchos de los estudi os se adv ie rte una te ndencia a desv incula r l a muerte de los conte xtos religiosos y soci ale s, a la vez q ue echa en falta la construcción de un mo delo 19 G A RCÍ A FERNÁ NDE Z, M.: “ Te ndencia s histo r i o gráfi ca s r ecientes so bre re li gi o sidad po pu l ar e hi st o ri a de l a muerte y de las me nta li dades”, en B ARROS, C. (coord.): Histor ia a debate , vol . II, San t i ago de Co m po st el a, 1995, pp. 143-158. 20 MITRE FERNÁNDEZ, E .: “La m u erte y sus d iscursos do m inan t es e n t r e l os s i g l o s XIII y XV ”, e n SERRA NO M ARTÍN, E. (ed.): Muerte, religiosidad y cultura popula r. Siglos XII I -XVIII , Zaragoza, Ins t i t uc i ó n “ Fern a ndo e l Cat ó li co ”, 1994, p. 1 - 34 . 21 GA RCÍA CÁR CEL, R.: “La reciente hi sto ri o grafí a m o dernista española”, Cr ónica Nov a , 28, 2001, pp. 185-219. 22 GONZÁ LEZ LOPO, D. L.: “His t ori a de l as m e n t a li dades. E vol uc i ó n hi sto r i o gr áfi ca de u n co nc epto com p lej o y po l émico”, Obradoiro de Historia Mo derna , 11, 2002, pp . 135-190. 24 teóri co que e xplique la e volución de los comport amien tos hispánicos a nte la m uerte 23 . F inalm ente , una aproximación má s a ctualiz ada al estado de la cuestión sobre l a historia de la muerte se puede ver en e l reciente artícul o d e María A zpetia Mart ín aunque fundame ntalm e nte ha g a e n él referencia a obra s que trat an la muerte en el periodo medie v a l 24 . Desafortunada ment e este a luvión de traba jos traducidos e n forma de multitud d e tesis doctorales y de licenc iatura, art ículo s en rev istas, ponenci as y comunica ciones ha n sosla y ado e l panorama arag onés el c ual , seg ún G arc ía Cárcel y pese al magní fic o coloqui o org a nizado por la Institución Fernando el Católico y c oordinado por E liseo Serrano Martí n sobre la muerte y l a religiosidad, carece de estudios r epre sentat ivos sobre las actitude s ante la muerte durante l a Eda d Moderna 25 . Algunas puntualizaci ones concept uales El simboli s m o El tít u lo del presente trabajo e n modo al g uno constituy e un e lem ento estético y formal ist a . Si mbol ismo, religiosidad y ritua l representan, a nuestro modo de ver, los tres eje s fundamenta le s sobre los cuales s e artic ula el f e nómeno objetiv o de la m uert e en cual quier épo ca . Desde el punto de v ista historiográfico el análisis his tórico de la muerte ha suscitado un i nterés general izado dentro de amplios sectores debi do a su enorme 23 GÓMEZ NAVARRO, S.: “En t re e l Barro co y l a I l ustr aci ó n: l as act i t udes an t e l a muerte en l a E spaña Moderna”, e n S ANZ CAMAÑES, P. (c oo rd.) La monarquía hispánica en tiempos d el Quijot e , Madr i d, S il e x, 2005, pp. 271-304. 24 AZPEITI A M A RTÍ N, M .: “ Histori o gra fí a de l a Hi sto r i a de l a Muert e”, Studia Histórica, His tor ia Medieval , 26, 2008, pp. 113-132. 25 GAR CÍ A CÁRCEL, R . : La reciente ..., op. cit . , p. 213. L o s es ca sos artícul o s pu blicados en el área ar ago nes a h acen re f ere ncia a la ép o ca m ed ieval . GARCÍA HE RRERO, M ª C.: “La m uert e y e l cuidado del alma en l o s t estam ento s zarago zan o s de la pr im era mi t ad del s igl o XVI”, Aragón en la Edad M edia. Estudios de Economía y Sociedad, VI, 1984, pp. 209 - 246; RUBIO S EMPER, A.: “Pi ed ad, ho n ras fúneb res y le gado s p iadosos en A ragó n (Calata y ud ) en l a Ba j a E dad Med i a”, en SERR A NO M AR TÍ N, E. (ed.) : Muerte, religios idad y cultura popular. Siglos XIII -XVIII , Zaragoz a, I n st i t uc i ó n “ Fernando el Católi co ”, 1994, pp. 241- 261; G ARCÍ A HERRERO, M ª C. y F ALC ÓN PÉ REZ, M.ª I . : “E n t o r n o a l a m uert e a fi na les de l a Edad Media arago nes a”, E spaña M edieval , n.º 29, 2006 , pp . 153-186. Tam bién, y siem pr e dentro del ma rco m ed ieva l , e l e st udi o de Marí a Luz R o dr i go Es t ev a n so b re la co m u ni da d de al deas de Daro ca b a sado en e l t r at am ien t o de l o s t es t a m ent o s cons t i t uy e, co n t o da seguri d ad, l a pr i m era apro xim ac i ó n a l t ema de l a muerte en e l ámbito aragonés . RODR IGO E STE VA N, M ª L.: Testamentos medievales aragone ses . Rit os y actitudes ante la m uerte (s iglo XV) , Zaragoza, Edi c i o ne s 94, 2002. 25 poder explicativ o para comprender l as e s tructura s sociales, económicas y m enta les de l pasado. L a ext raordinaria importancia de lo simból ic o y su influenc ia e n l as sociedades han sido cl aramente señaladas por soci ólog os como Pierre Bourdieu, que det ermi na en los el ementos simból icos tres ni ve les de a ctuación. En primer lug ar, s u empleo c omo instrument os de conocimiento y de construcción del mundo objetivo. L os símbolos dan sentido al mundo real perm itiendo una c oncepción homogénea del tiempo, e l espaci o, e l número y las ca usas, fa cilitando la integración social y moral a partir de un ac uerdo ace ptado e ntre todos aquellos que los c omparten. En segundo lugar, a ctúa n c omo medios de comunicación en la lengua y en la cul tura modificando los d iscursos y e l co mportamiento. Y, por últim o, los sistemas simbólic os encierran en su producción un cla ro intento de dominación c onst ituy énd ose en instrumentos de pod er. En este asp ect o, B ourdie u distingue entre los sistema s si m bólic os produc idos por el conj unto de un dete rminado g rupo y l os producidos por un cue rpo de “ especialistas” en di scurs os y cultos religios os. Estos úl timos estarí an encarg ados de refle jar l a diferen ciación ent re el traba jo de las c lases s oci ales y el tra bajo ideológico que conduc e a l monopol io de la producci ón c ultural despos e y endo a los l aicos de l os instrumentos d e e laboración simbólica 26 . Así e l pode r simbó lic o cumpl e una función de do minación qu e asegura la imposici ón de unas clases s obre otras. Pero tal y c omo advierte Pete r Burke, l a descripc ión de l o simból ico y su represent aci ón no c onstituy en sino una a proximac ión entre otras a l c omplejo mu ndo de las ment al idades colect ivas 27 . Es e l fe nómeno relig ioso y sus c reenc ias el origen de las visiones simbóli cas y de l as múl tiples acciones y estrategias destina das esenc ial me nte a a tenua r el acont ecimiento p ert urbador de la muerte y a preser v ar el e quilibri o i nd ividual y soci al de l os miembros de una colectiv ida d. M irc ea Eliade ha destacado la importancia dete rminant e del simbolismo e n l a v ida relig iosa. El interés de los Padr es de la Ig lesia por c onjugar los símbolos propuestos por el cristianismo y l os símbolos elem entale s de la humani d ad pret endía cont inuar sin ruptura s la com prensión del mundo sobrenatural. L a reli g ión c ristiana , de sarrollada e n un ti empo hi stór ic o en e l que la enc arnación y resurrección de Cristo corroboraba n los antiguos símbolos de reno vación y eterno 26 BOUR DIE U, P.: “ So bre el po der sim bó li co”, en Intelectuales, política y poder , t raducci ó n de Alic i a Gut i érr ez, Buen o s Ai re s, UBA / E udeb a, 2000, pp. 65 -73. 27 BURK E, P. : ¿Qué es la historia cultural? , Barcelona , Pai dó s, 2004, p. 15. 32 L a retór ic a ec lesial b arroca, c uy a e xpres ión má s popul ar fue l a predicación pública, invadió toda s las dim ensiones de la s oci e dad i ntentando centrar l a at enc ión d e los individuos en lo concret o y rea l com o mét odo de pe rsuasión de las conciencias. A través de una pedagog ía del a nonadamiento, las postrime rías y la muerte fueron desarrolla das con g ran luj o de d etalles por una orato ria sagrada que postulaba l a me ditación sobre los mome ntos finales del individuo y e l po ste rior desti no de su a lma. Pero no sólo la propaganda del púlpito fue decisiva en est e sent ido. Toda una s erie de a ctuaciones confluy er on para c onsiderar al trasmund o co mo algo mucho más real que la propia vida terrenal. L a l itera tura doct r ina l de l as A rte s de Morir, g éne ro inic iado a f ina les de l a Eda d Media , experimentó de spués de l Concilio de Trent o una e x tra ordinari a re v ita lización. Será durante el s iglo XVII cua n do l as prime ras edic ion e s y las reimpresiones de libros sobre esta temática a lca n ce n su punto má s el evado 37 . Por otra parte, esta evocación descriptiva de la m uerte tendrá su traducci ón en una iconografía re lig iosa pla g ada de imá g ene s capaces de suscitar un a profunda inquie tud exist encial. Un refe rent e pictórico de la confrontación e ntre la v ida y la muert e serán los cua dros de la vanit as cargados de ele ment os simból icos que representarán la exi st encia mundana co mo un sueño efíme ro que inevitablemente conduc e a la muerte. L o s re cursos a legóricos ut ilizados e n las vanitas estarán cara cter izados por su extra ordinari o poder v isual y una penetrabilidad co mprensiv a capa z de ser c aptada por todas la s m e n tal idades, tanto por las cultas com o por la s populare s. El emp leo de una serie de eleme ntos alejados de toda a bstrac ción, explicita r á, de m anera con tunde nte y prec isa, el d estino final de lo terreno sus ci tand o la refle xión sobre los Nov ísimos. Durante e l período b a rroco, particularmente desde los comie nzos del sig lo XVII , el arte hisp áni co d esarrollará esta s representaciones de mane ra redundant e como consec u enc ia de la s manife staciones de una literatura religios a que ex acerbará e l t ema de la mue r te en todos sus senti dos. A sí la may oría d e los sectores sociales de ma nda rán est e ti po de obras como plasma ci ón esté tica d e un universo ment al en el que se hab ía in stal ado, de ma nera de finitiv a, la pe rcep ción efím era de la e x iste ncia. 37 M A RTÍ NEZ GIL, F .: Muerte y Sociedad en l a España de los Austr ias , C ue nca, Uni ver sida d d e Cas t ill a-La M ancha, 2000. pp. 643-48. Est e au tor af irma que el 61,5% de las obras de l A rs Moriendi public ada s en Españ a fuero n edi t adas en e l sigl o XVII . 33 H a y que señala r que el de sarro ll o de estas conc epciones mentales se vio favorecido por un m ar co político, social y económi co profundamente c rispado y confli ctiv o. Sal v ando las preci siones cronol óg ic as, e l siglo X VII se pre senta como una época de crisis. Cri sis de las conciencias traducida en el fra caso de los i d ea les humanísticos que propug naban, ent r e otra s cosas, l a espiri tualid ad í ntima y personal del hombre con Dios y su a firma ción indiv idual co mo ser ca paz de construirse a sí mi s mo. Pero ta mbién cr i sis materia l traducida en los grandes des g arros demográficos c ausados por las pestes y las enfe rm edades epi dém icas; en los desórdenes y fluctua ciones moneta rias que junto con la fisc al idad, cada v ez má s cre ciente, conducían a la ruin a de muchos sectores pr oductiv os; en las tensiones políti cas i nternas y en la s guerras constante s jalonad as de abunda n te s derrotas; en los períodos de desastres cl imatológicos que die ron lugar a ma las cosecha s c on la c onsig uie nte rupt ura de l as frágiles e structuras de subsistencia , todos estos fa ctores contribuy e ron a c rear e n las mentalid ade s cole ctiv as una profunda i nse g urida d y un senti miento de pesimismo. Si bie n es cierto que todas estas c onsideraciones no re sul ta ban nov edosas y que y a habían sido e xperim entadas e n é pocas ante r iore s, la sens ac ión confusa de una pérdida de los antig uos v al ores y la perce p ci ón del fra c aso del m od el o teológ ic o -político de una soci edad en franco retroceso que perdí a prest igio e n t odos los frentes, se i n stal ó con una fue rza especial en el sentir colecti vo. L a Iglesia, y en buena ma nera, el poder de la mona rquía, se encarg aron de apacig ua r y control ar me diante un discurso ll eno de im ágenes y simbolismos e sta a guda conciencia de i n esta bilidad y de i nseg urida d vital. L a esfera de lo relig ioso se conv ie rte e n el úni co bien dese abl e para e l hombre. E n unos tiem pos de cri sis existencial e l despr ecio de la mis e rable vida y e l ansia por la muerte como refug io seg uro de todos los males de la époc a se ofre cerá c omo un a salida a l a insoportable realidad t errena l. L a i magen de la muerte será e nsalzada a trav és de las cere monias fune rales de la realeza y de las alta s di g nida des eclesiásticas. L a manife stación expresiv a y espect acula r de este universo m ental estará c onstituida por los complejos c atafalcos cargados de j erog l ífic os y cart eles alusivos a l a mue rte, los sermones panegíricos funer ari os, la br i llantez y majestuosidad de los acompañamie ntos que junto con ornamentos, l uces, incienso, música y campa nas despertarán la atenci ón y admir ación de un pueblo que dev oto y ente rnecido ll egará a la paralización g enera l de la v ida c otidiana, reforz ando su ad hesión hac ia los pode r es constituidos en un proce so de iden tific a ción con su propia mue r te . Estas esce nog rafí as públicas serv irá n de pautas 34 imitat ivas para qu e el común de l as gentes aspire, en un proceso contradictori o y complejo, a di sfrutar de funerales parecidos. As í, dura nte la época barroca, la ostentación d e la muerte abandonará el ámbito priv ilegiado de los poderosos para instala rse en t odas las cap as sociales. Durante el sig lo XVI I se consumará la in vasión de los muertos e n el interior de los tem p los en un a carrera imparable qu e se habí a iniciado a f inales de la E dad Media a la vez que l a mue rte será exaltada y dra matizada a t r avés de l rec uerdo y del c ulto conti nuado a las sepul turas. L as clases i nferiore s alcanzarán parte de l os honores exequi ales que antes e staban reservados a los pode rosos. Pero tam b ié n ser á el m o mento álgido de la s donacione s destinada s a la salvación. L a prol ifera ción de la s m andas piadosas t endrá un c laro referente en la fig ura de l Purgatorio que, c omo un lugar ca si tan terrible como el I nfierno, había que e v it ar a toda cost a. L os bie nes terrenales podían ser utilizados a tr avés de mi sas, pl egarias y obra s de carida d para sortea r los espantos os castigos que ag ua rdaban a la may oría de las almas. Una buena p art e d e los capitales de los muertos repararán l as falt as cometi d as propic iando l a salvación personal. En un proceso de alqui mia te ológica, las moned as t emporales se trasforma r án en espiritu ale s g rac ias al c ri sol de una I g le sia que se considerará g a rante y admini str adora de la salv a ción. Fuent es y m etodología Un objeto de e studio tan c omplejo com o es el de la m uerte , inserto e n un espacio temporal de not able especi f icidad re quier e, en nue stra opini ón, del c on curso de di versas tipologías de fuente s. En prime r lugar par a e v it ar c aer e n una visión reduccioni st a sobre una rea lidad que presenta múltiples fa cetas y que está c argada de com portamientos diverg ente s y a v e ces para dójic os, pe ro ta mbién para c onjurar, de al g ún m odo, las crít icas del pensamiento postm oderno que supone u na falta de tra nsparencia e ntre el lenguaje de las fuentes y los objetos representados 38 . 38 Para este t em a véase WELLMER, A.: “La d ialéct i ca de Moderni d ad y Po st m o dernida d”, Debats , 14 (1985), pp. 67- 87. 35 Dos han sido las b ases funda mentales so bre las c uales se ha sustentado nue stro traba jo: los re gistros parroqui ales y un i mportante número de fuentes i mpresas de l a época cuy a tem ática, bi en de form a directa, bien de man era tangencial, hacen refe r encia al he cho de l a mue rte y sus im plicacione s. L a utili zación de la doc umentación testamentaria ha sido uno de los punt os cent rales sobre e l que han p ivotado los múltiples artículos, tesis y obras g ene rale s destina das a a n al izar los com por ta miento s y las me ntalidades colectiv as ante la mu ert e. Probableme n te debido a l excesiv o influ jo emanado de la metodología francesa , e l panoram a d e l as i nv estigacione s sobre el te ma ha que dado impre g na do por este condic ion a miento. Sin entrar en dialéctic as di scursiv as sobre las amplias posibilidades que ofrec en los testamentos como fuente s preferent es para el e studio de las actit ude s ante la muerte, nue stra propuesta e stá v incul ada al e mple o de los reg istros parroquiales de de función, no c omo fuente comple me ntaria y subsidiaria , sino como e le me nto v al orativo de pri mer ord en capa z de encerrar una informaci ón m ás com p le ta y exhaustiva, si cabe, que las actas notari al es . L a muerte nunc a fue u n hecho de c arác te r homogéneo dentro de l a praxis social. Con respecto a ella se establecieron una pluralidad de modelos de i ntelig ibi lida d en cl ara depend encia con l os niveles mental es de l os distintos g rupos socia les. Desde este punto de vista, e l testame nto (en su vertiente e spir it ual) representa uno de los múl ti ples instrument os c on los que los sujetos hi cie ron frente al p ert urb ador de st ino de su f initud. Quizá por la influ e ncia de la historiog rafía fran ce sa, muchos tra bajos sobre la muerte se han apoy a do de manera in te nsiv a y rei terada e n las fue n te s te stament ari as c onvirti endo a éstas en el pr inc ipal elemento nuclear de los mismos . L os testam entos, por s u g ra n número y su part icula r estru ct uración, han re sultado ser unas fuentes c omplacientes y a la vez a daptabl es a l os di v ersos fines reque ridos por los histori adores de l as mentalid ades. Explicaba n ampliamente las act itudes religiosas del m omento; inv esti dos de una hipot ética aur eol a de sinceridad, se le s ha venido atribuy e ndo l a condición de última decisión p ersonal d el suje to, que ante su postrer momento, expresaba sin vel ada s inte ncionalidades su m ás verdadero sentido de la v ida y de la muert e. L a prodi galidad testa mentaria ha per mitido s u c uanti ficación s erial dando lugar a distribuci ones, agrupamie ntos y diferencia ciones e n un i ntento por capt ar con may or prec isión un fenóme no de l arga duración como s on l as actitudes a n te la muerte. F ruto de estos 36 anál isis sist em áti cos se ha llegado a establecer catálog os de elementos repetitiv os en la redac ción de l as fórmulas piadosas: i n vocac iones, protest ac iones de fe , solicitud es de intercesores divinos y otras diversas consideraciones. Como r esultado d e esta v ersat ilida d, los t estame ntos se han tr ansforma do en un e xtraordinar io marco de refere n ci a cuy a capaci dad d e a daptació n ha que dado b ien patente a trav és de l os numerosos trabaj os que sobre el t e ma de la muerte se han public ado. Pero e l testamento com o doc u me nto de empl eo m ay oritari o pa ra el e studio de las postura s me ntales ant e l a muerte no ha podido sus tra erse de a lgunas obj eci on es y debili d ade s. T radic iona lmente se le ha v eni do otorg a ndo una importa n ci a exces iva debido, principalm e nte, a que un a pa rte d e su conte n ido tiene una nat ur aleza trascende n tal, lo que ha llev ado a considerarlo c omo una expresión em inentemente espiritual que mue str a l a expecta n te inquietud de los individuos ante la v ida del más allá . Cierto es que e l t estamento del A ntiguo Ré gimen manifi esta a través de una serie de formulaci ones la expresión ine quívoca de la reli g iosida d del indiv i d uo el cual, en un discurso pre lim inar más o me nos ela bora do, al ude a su firme a dhesión a l os princ ipios de la fe cri stiana para pasar d espués a toma r las medi d as oportuna s de cara a la salv a ción de su a l ma. Pero tambi én hay que c onsid era r en el testamento un carácter emine n te mente jurídic o en c uanto constit u y e un docum ento sucesorio de disposición y distribuci ón de bie n es. Esta doble dimensión le re sta una buena parte de espontaneidad en s u pape l de mostrar expr esividad personal a n te la m uerte. No c abe duda d e que e l testamento e stuv o impregnado por un fuerte discurso e clesiástico, acentu ado con ma y or énfasis si se qui ere da do su carác te r de postre r a cto jurídico, pero no muc ho má s que cual quier ot ro d ocumento de la época. En una soc ie dad profundamente sacr al iz ada, pocas actuaciones huma n as se vieron libres de cie r ta s consideraciones religiosas . Un sentido de j usticia y m oralida d, de e qu it ativ o re parto de los bie nes entre las dos partes que int egraban al ser hum ano, el espír itu y l a ma teria, sub y ac e e n su c o nfección sin descubrir plenamente l a verdadera e i n timísima postura ant e la muert e. El testamento tan sólo mue stra una pa rte visible de l a verdadera dimensión de las conce p ci ones qu e se dieron a nte la mue r te . Un se gundo plante amiento, observ ado por la mayoría de los historiadore s, hac e refere n ci a a la rig ide z en el empleo d e la s fórm ulas notariales. Estas reducid as a model os expre siv os consensuados difícil ment e muestran al g ún s ent imiento indiv idual. 37 L o que da pie para considerar hasta qué punt o est e docume nto t uv o un empleo emine n t emente mater ia lista p ero que se present ó arropa do b ajo consider ac iones espirituales que pretendían j ust ifi car, de alg una forma, la cruda realidad de un a estricta trasmisión y repa rto d e los bienes a cum ulados. L as protestac iones d e fe, las invocaciones solicitando la protección de la Virgen o de los santos, l os c onsiderandos y las encomendaciones del alma c on s u ca rácter est ereotipado difíci lm ente pe rmiten dete ctar la s verdaderas inqui et ud es del suj et o. Sujeto que de algún m odo se v e forzado a ceñi rse al modelo te o lógico devocional t es ta mentario e inc luso a orde nar unos sufragios mínim os en consonancia con sus circunst anci as socioeconómicas c on e l f in de no ca er en pel ig rosas disonancias que podían dar lug a r a la repulsa general. F inalm ente , ha y que conside rar un último a rg ume nto: l a práctica t estamentari a no fue ni m u cho menos universal. Una bu ena pa r te de la pob la ción no testó por dive rsas circ unstan cias. L a situac ión de pobreza, la mue rte repentina y l a minorí a de edad fue ron, en tre otras, las razones má s co mune s por l as que un not able porcentaje – en nu estro caso el 58,2% – no dictó dispos ic ión notari al a lguna. L a c onstatac ión de este hecho nos ha lleva a cue stionarnos la representativ idad testa mentaria com o base arquetipo para e l estudio de l as mentalidades co lectivas a nte la m uerte e n la ciuda d de Teruel. Con un tratamie n to e xclusivamente centrado en e l e studio de l as actas notari al es, este importa nte número de individuos quedaría oculto produ c iendo una v isión distorsio nada de l a realidad que pretendemos descri bir. Esta ríam os a nte los “silencios” que señala Vov ell e cuando a firma que n ada hay más desig ual que la m uerte. L os ricos y poder osos deja n más pruebas y testimonios de su muert e que la masa a nónima de los pobres 39 . Tam bién Jean Chesneaux advierte del pelig ro de oscurecimiento y ocul tac ión c on que act úan las fuentes escritas sobre l a nominación d e los com por ta mientos d e l as clases subalterna s 40 . Con respecto a l a elección d e los reg istros parroqui ales o Quinque libri como una de l as fue n te s primarias par a nuestro estudi o, e s necesario s eñalar algunas matiz aciones. Se han c onsul ta do y a nalizado exha ustivamente un t otal de 7.960 actas de defunci ón correspondie n te s a l perí odo que va desde 1600 a 1700. E st a cifra puede 39 VOVELLE, M.: I deologías. . . , op . cit ., pp. 108-109. 40 CHESNE A UX, J.: ¿Hacemos tabla ras a del pasado? A propós ito de la Historia y de los histor iadores , México, Si g l o XXI , 1981 , pp. 29 y s s. 38 consider arse c omo bastante aproxi mada al número de l os fallecimientos producido s e n la ciudad de Teruel en el trascurso de l si g lo XV II , si se e xceptúa n a l os párvulos, que fueron registrados de ma nera e sporád ica , y a los mie mbros de la s diferentes órde nes reli g iosa s. L os libros de re g istros c orresp ondient es a l as sie te iglesias que existieron en la ciudad j unto con l os de la C ate dr a l, que e n esa época tuvo entidad parroquia l, se encue ntran di str ibuidos en tre s a rchiv os di ferentes. Por diversas ci rcunstancias y debi do princi palmen te a la s suce siv as reform as llevadas a ca bo en la s á reas de i nfluenc ia de las distinta s parroquias, pa rte de los fondos documentales originarios han sido ag regad os a los de a qu el los templos que han conservado su funcionalidad parroquial. En el A rchiv o Parroquial de San Sa lvador se halla n de p osita dos los c orrespondientes a esta parroquia junto c on los de la Catedral, los de la desaparecida i g le sia de Santiago y los de San Martín, que en la actualidad está fuera de culto; en el Archiv o de la pa rroquia de San A ndrés, junto con sus fondos se e ncuentran los de las iglesias de San J uan y San Pedro, la primera t am bién d esaparecida y la segunda con culto r estringido; f ina lmente, e l A rchi vo Parroqui al de la Merc ed g uarda la documentación p ert eneci e nte a la i g le si a de San Mig uel, de smante lada en los años setenta del pasado siglo. L a s act as de d efunción que hemos manejado presentan idénticas fórmulas burocrát icas en su reda cción. Durant e el trascurso de toda la centuria su estructura será homogénea e in v ari able para las ocho parroquia s. E n ellas se expresa la fecha del fallecimiento seguida del nombre y apel lido del difunto j unto con la relación de los sacram entos recibi dos. En el caso de los hom bres se c itará, con c ierta regularida d, la profesión o ca rgo desempeñado. L a c ausa de la muerte solamente se espe cifica en el caso de que la na turaleza de la misma ha y a im pedido a l sujet o la recepción de l os últim os a uxi lios espirituales. Seg uida mente se hace referencia a si e l d ifunto te stó o, en su ca so, los mot iv os por los cua les no hi zo disposición alg una. G e neral mente, sie mpre que se hac e menci ón al t estamento, aparecerá el nombre de l not ario que lo te stifica y , con menor frecuencia, la fecha de su otorgamiento. En e l caso de exi st ir última s v olunt ades figurar á un extracto de las di sposiciones hec h as por el alma junto co n la s obras pías y el lugar ele g ido como ent erram iento. F inal ment e, s e hac e menció n al nombre de la person a o personas e n ca rg ada s de ejecutar dichas disposiciones así como el de aquellos que se constit uy en c omo fia nza a los derechos c orrespondientes a la mitra , qu e e n ocasiones es dif ere nte al d e los ejec utores test ame n ta rios. 39 Un apunte muy si g nifi cati v o son la s refer enc ias c ontables que aparecen i nsertas en un buen número de actas. Con ma y or o m enor detalle, s egún la escrupulosidad de los distintos vicarios qu e e fectuaron los asientos , se expre san los capitales consignados para misas y sufra gios y el prec io fi nal de las funeraria s. Esta inform ación resulta decisiv a para conocer los i mport e s qu e i nv irt ieron a fav or de su a lma aquellos m enos dot ados de recursos económicos y a los que l es estuv o vedado el a cto de testar. Estas observ ac iones con frecuencia v ie nen precisad as c on l a a notación marginal “ c ompletum ”, que e x presa de modo ine quívoco el cump limiento total de todas la s disposiciones e spir it uales hechas por el fi nado. Esta última informaci ón resulta de ext r aordi naria importancia y a que permi te h ace r un análisis pormenorizado de la efe ct ividad y verdadero alcance d e las práct icas funer ari as. L a heterogeneidad del hecho d e la mu ert e con sus di v ersas real idades culturales, su carga psicológ ic a y s u fuert e cont enido económi co dan l ug ar a que, frente al supuesto hecho indiv idua l, de cisorio y v olit ivo de l acto de te star donde se e xpresa una potenc ialidad, no s iem pre cierta, la s act as de d efunci ón nos inform en de un h echo consumado. Explican con todo de talle el ti po y ca tegoría de las exequias, su c ost e , la cant id a d y ca l ida d de mi sas a celebrar como sufragios; l as limosnas y obras pía s; el lugar de ent erra miento y , l o que e s má s i mport ante, c onfirman si las di sposicion es del testador se cumpl ieron tal y com o se expresaban en el doc umento notarial. Ce rti fica n una ac tuación y a c onclusa fre nte a la e xpectante inseg urida d del hi potético final del acto de te star. El r egistro parroquial – al menos en nuestro ca so – a caba con l as ince rtidumbres e xplicitando el de senlace de t odo un proceso. Pero además nos de s vela las di stin ta s estrategias que emplearon las clases más de sfav orec id a s para enfrentar se a la muerte. L as actas desc ubren las soli daridades familiares, las t ension es y equi librios que se produjeron en los ám bitos sociales re stringidos , los c lient elismos y obli gaciones y , fina lme nte, las actit udes coerciti v as del poder eclesiástico capa z de reg ula r y tra stocar con sus dispos ic iones el último d estino de los indi v iduos. De a lguna ma nera los re g istros parroquial es univ e rsalizan l a muerte y expresan, al menos, dos de los niveles que propone Vovelle: l a muerte “sufrida” en la que entran los parámetros fundame ntal es de la dem ografía, la muerte por sexos, edad, e stado… muert e cu antitativ a, num érica y mensurabl e; y la muerte “v ivida” representada p or el 40 aspecto formal que con sus ri tos y prác ticas funera rias conform an un sistema de ele mentos que se enc adenan en u n aspec to s oci alizante 41 . A pesar de que es necesario e stablecer c ie rto grado de ca utela en est e tipo de docume ntación 42 , no hemos adv ert ido en e l período estudiado trasposiciones, enmi e nd as o tachaduras t anto e n el c uerpo de los te xtos como e n l a s pa g ina ci ones de las actas. Son raras las i nv ersione s cronol óg ic as y l as om isiones de l os nombres, en todo caso las ha y con respecto a las muje r es, dando c o mo referencia el nom bre y profesión de l marido o hijo. Por otra pa rte, se observa un puntual cumplimie n to de las relaciones y registros , y a que en l as v isita s pastorales no hay refere ncia alg una sobre inobservancias al respecto. Respecto al tratamiento cuan ti tativo de este cue rpo doc umental y dado su import ante volumen, se ha optado por organizar l os da tos en agrupaciones quinque n al es correl ativ as con el fin de a preciar de m anera solv ente l a evolución de las distintas v ari able s en e llos registradas. Por razones de e stricta operatividad matemática, en la may oría de la s apre cia ciones, se ha n e xcluido l os dat os cor re spondientes al año 1700 con el fin de ajustar el número de quinque nios quedando re ducido e l número referen ci al de la muestr a a 7.873 sujetos, c onsiderando que est a disminu ci ón en muy poco podía afec tar a las observ ac iones fina les. A sí pues, en gran parte de los cua dros y grá ficos present ados el soporte fundamental está constitui do por el conj un to pobla ci onal de fallecidos a rticulándose sobre e l mismo los distintos resultados porcentuales, tanto los que hac en refer enc ia a la seg mentación temporal como a la s apreciaciones globales. L a necesida d de v eri fica r las informaci on es contenidas en las actas de defunción confrontá ndolas con la práctica test am entaria con el fin de profund izar en la real ida d social, m ental y ma teri al de la época, nos ha l levado a cont emplar la documentación notari al. E l testamento, como acto de última voluntad y pe se a sus fórm ula s estereotip adas cargadas de convencionali smos , muestra la consolidación y el grado de rece ptiv idad social que los discursos reli g iosos tuvieron en las me ntal idades colectiv as. Recom endado insist ent emente por la Ig l esia, quedó instit u ido c o mo un element o de 41 VOVELLE, M.: I deologías …, op. cit ., pp.102-104. 42 Sobre este aspe cto Garcí a Fernández cuest i o n a e n el V a ll ado li d de l sigl o XVII I las c i fra s arro j adas por l o s lib ro s parr o qui a les co n s ide ra ndo que estas debieron de ser m a y o re s. GARCÍA FERN Á NDEZ, M.: Los castellanos y la muerte , Valla do li d, Ju nta de Cas t ill a León, 1996, p. 45. 41 salv a ción de primer orden. Un medio d e gran consistencia espiritua l capaz de pon er en orden las c onciencias y e n el que prev iamente se proclamaba la adhesió n inquebrantable a los pri n ci pios fundamentales de l a reli gión ca tólica a t ravés de fórmu las de fe . Y si bien es cierto que el testamento deja esca sos resquic ios para detectar la pied ad personal de los sujetos, constituy e un indi cador privileg ia do que pone al descubierto las sensibilida d es general es de la colecti v idad ant e la muerte en un momento cronológ ico dete rminado. A través de sus expresiones lit erarias consensuadas se ponen en reliev e tres ni v el es ínt i ma mente relacionados: la a ctitud de c o mprom iso qu e se e st abl ece entre el sujeto que re d ac ta la s formulas, el di s curso relig ioso oficial y l as pe tic iones de l os testadore s 43 . Del fondo de protoc olos nota riales corre s pondient es a l siglo XVII , conser vados en e l Archiv o His tóri co Pro vincial d e Teruel, se ha n consultado 405 testamentos distribui dos e n 35 protocolos di ferentes. El criterio seguido para l a selección de este cuerpo doc umental se ha basado en sondeos de a mplit ud cronol óg ica variable procurando que todas las dé cadas del sig lo te ng an repre sen ta tiv i da d. L a disconti nuidad serial por pérdi d as y deteri oros en e ste t ipo de doc u me ntac ión nos han aconsejad o la utili zac ión de este método. Método qu e se ha revelado como adec uado de sd e e l moment o en e l que e ste tipo de doc ume ntación ha defraudado las e xpectat iv a s informa tiv as que le suponíamos. Porque si bie n es ci erto que su consulta ha ser v ido como ratif ic ación del t enor expres a do en las acta s d e defunción en cuanto a la peti ci ón de sufrag ios y remedi os e spirituales dest inados a la salv ac ión p ersonal , l a ev o luc ión del hipotético sentido piadoso que se prete nd ía observar a t ravés de l as c láusulas de fe ha queda t otalmente oscure cida debido al la conis mo literario de la fuente. En efecto, frente a la ampulosidad y recarg a mient o de los a rtícul os iniciales que com únmente s e le atri buy e al testamento barroco, una de las notas características de los testamentos turole nses es l a om isión casi g ene ralizad a de fórm ulas y decla raci on es piadosas. En la may oría de los testam entos estudiados, t ras la i nv oca ción i nici al : “ En el nom bre de Dios, a men” o su v ersión la tina: “ In dei Nomine ” , se suele pasar dir ec tamente a la s clá usulas dispositorias siendo raras la s protestaciones de fe, la solici tud de inte r ce s ores cel estial es y las c onsiderac iones y e ncome ndaci on es de c uerpo y alm a. Esta parquedad 43 VOVELL E, M.: “Mi nut es notari ales et hi st o i r e de s cu l t ur es et des m e nta li t és”. Actas del I I Coloquio d e Metodología histórica aplicada. La do cument ación notarial y la Historia , v o l . I I, San t iago de Com po st e l a, Universi dad de San t i ago , 1984, p. 21. 48 difundida por los Fl os Sanctorum 52 sino por una ing ent e cantidad de obras de m ay o r o menor pre dicamento. L a descripc ión de sus admi rable s t ránsitos y de sus re put ada s v isiones del más allá, se convirtió en un tema recurr ent e en la predicación, la iconografía y la s repre sentac iones te at rales. E l univ erso re ligioso se hi zo ente ndible a través de la s biog rafí as de unos pe rsonaje s que lleg aron a producir v erdaderos a rrebatos de pie dad popular. Muchos s a ntos se transformará n en abog ados e inte rmediarios ante la enferm edad y la m uerte despl azando a la misma d ivinidad en un proceso de im br icaci ón entre lo humano y lo sobren a tural. L as crónic as y pront uarios de la s distint as órdene s religiosas, en un a fán de em u lación, nos informan de una v erdade r a m are a de v ene rable s, bea tos y beat as, e státicos y p i adosísimos mi embros cu y a veneración l oca l tenía c omo nota común haber te nido una muerte ll ena de sig nos sobrenaturales. Para a bordar el complejo mundo de la liturg ia funerari a repleta de ceremonias, orname ntos, músic a, luminarias y gestos destina dos a crear una a dhesión emocion al de los fieles a t r avés de i má g ene s sensoriales , ha sido necesario exa minar alg unos t extos publica dos a raíz de l a cont r arre forma trident ina desti n ados a fi jar l a liturgia de las cel ebrac ione s exe qu ia les. L os c erem oniales rel i g iosos inform an con todo detalle de la exte rioriz ac ión material de un a morfolo g ía sacra que a trav és de un ri tual, a veces incom prensible para una ma y oría de fi ele s, c analizaba la i nseg urida d de l a mu ert e con simbolismos capaces de crear patrones i deal es d e conducta ocu lt ando la realidad descarna d a de la muerte tr as los e spacios litúrgicos y funerari os. El ceremo nial funerari o constituy e el punto c u lm inant e de l a inte r me diac ión eclesiástica sobre l a muert e. L o s rit uales vi ncula dos a l a misma a dqu irí an un e l evado componente de sociali zac ión de st ina do a fort alecer la un ión de los g rupos para hacer frente al h echo inevitable de la desaparición pe rsonal. L a Iglesia aseguraba que la muerte no era el fin y que a t rav és de l a co muni ón de t odos sus fel igreses , el in d ividuo podía alca nzar l a v ida ete rna. No obstante, ésta solame n te se podía obtener a través de la gesticulac ión de una serie de formalid ade s cuy a única administración y re g la mentaci ón estaba d eposita d a en el c uerpo sacerdo ta l. Una de la s cara cterístic as de la muerte es su fuerte com ponente antropológico. L a c oncie ncia de la mue rte generaba tem or y an gus ti a pero a l a v ez una cre enci a en l a 52 A qu í nos re f er im o s a la s o b ras de co m p ilac i ó n escr i t as po r Al o nso de V ill egas y e l jesui t a Pedro de Rib ad eney r a, que f uero n sucesivamente reim pr esa s a l o l argo de l o s s i g l o s XVII y XVII I. 49 superv i vencia temporal d e l m uerto. L o s m uertos nunca a cababan de morir y con fr ecue n ci a invadían el mundo de l os vi vos. L a conc epci ón sobre la m uerte no pudo libra rse de los viejos sustratos mentales que l e o torgaban un sentido mágico y supersticioso. L a te ología oficial, incapaz m uchas veces de e xplic ar satisfactor ia mente sus conce ptos, no tuvo má s rem edio que pe rmit ir l a proliferación de numer osas cree ncias de carácter e minentemente heterodoxo e n el qu e primaron l as v isiones de ultrat u mba . L as apa rici ones de los espíritus dol ientes de los difunt os j un to con sus manife st a ciones malig nas, c aracterizaron la cultura popu l ar de la época. L a mezcla de conoci mientos racionales, norma s cri stianas, prá cti cas mágicas y tra dici ones cul turales constituy eron una amalgama e n el que la líne a div isoria e n tre l a r ea lidad fisiológ ica de la muerte y su s poste riores m anife st ac iones a pare c ía de una manera im precisa carg a da de rasgos negativos y pel i g roso s. A utores como el franc isca no Mar tí n de C astañeg a, Pedro Ciruelo, Antonio F ue ndela peña, G aspar Na varro, B enito Re migio N oy d ens, Je rónimo Plane s o el jesuita J uan E use bio Nieremberg , e ntre otros, se ocuparon de comba tir muc has de estas super sticiones, dando, sin embargo, cre dibili dad a las numerosas mani f e staciones sobrenaturales y mi steriosas protagonizadas por los cadá v ere s cuy o s comport amientos e jemplariz aban la s terribles tensiones de l t rasmu ndo de los muert os. En esta mis ma líne a, lo s trat ados m édicos de la épo c a confirman l a íntima rel ación que exi st ió e ntre l a percepción de la e nfermedad como causa primera de la muerte y los designios ocultos de la d iv inida d. L as enferm edade s no sólo i ntentaban ser e xplicadas como un d esequilibrio de las cual idades básicas de la naturaleza humana (cál ido, húmedo, seco y frío) sino que e n su de senca d ena miento interv e nían otros muchos factores entre los que destacaba n la conju nción de l os a stros, l os fenó menos intem p esti v os ocasionados por las fuerzas de la nat uraleza, los hechizos provocados por sujetos que ac tuaban c omo t rasmisores de la s fue rzas ma lignas del demoni o y , princi palmen te , los castig os por los peca dos c ometidos. Desde e sta p erspec tiv a, el mu ndo de la s a n ida d integ rado por un ele n c o de médic os, saludadores, ciruja nos, ensalma dor e s, boticari os, herbolarios, c u rande ros, parteras y exorc istas se encargó de palia r, sin mucho éxito, la letalidad prov ocada por la s e nferm edades m ientras que el discurso ecl esiástico intent a ba por todos los medios inc ulcar en las me n ta lidades una ace ptac ión re sig nada ante la e nfermedad conside rando que l a mue r te era un suceso natura l e inevit abl e fruto del pecado d el q ue ni ng ún ser huma no podía librarse. 50 Una fuent e cuy o s rec ursos no han sido sufic ientement e expl o ta dos en este tipo de trabajos es la l iteratura profa na. Recha zada e n m uchas ocasiones por los historiad ores por considerarla escasamen te r iguros a , representa en nue str a opi n ión un mate rial importante para el conocimiento de mu cha s de las act itude s colectiv as an te la muert e. L a obra l iteraria pon e de manifi esto m ultitud de tópicos social es producidos dentro del c on te xto donde fue escrita. A utore s como Ce rvantes, Ca lderón, L ope de Veg a o el i nefable Quev edo proy ect aron en sus escritos bajo una interpretación est éti ca de la re alidad l o lo ca l y lo cotidia no, lo te rrible y lo sublime, d escri bieron las ang ustias, las em oci on es y el mundo im aginario de toda una socie dad ante la muerte, satirizan do y crit icando m uchos de sus gestos. El escr it or barroco pone en contacto su obr a con la socieda d e n la que viv e a t ravés de un dis curso más o menos ajustado a l pensamiento normal izado de la época. En este pro ceso se produce un doble intercambio: l a descripc ión lite r aria pone e n evidencia el complejo mundo de l as representa ciones mentales pero a su vez e s c apaz de g enerar modelos claramente i n te ncionados que pueden c onstituirse en conductas capaces de transformar las sensibi lida d es col ectiv as 53 . Para finalizar esta breve descrip ción de fue ntes impresas utilizadas, h ay que señala r que la construcción del discurso cr istia no sobre la muerte hund e sus raíce s e n los textos bíblicos y e v angélicos. L a di cotom ía e n tre el bie n y e l mal , el pecado y la m u ert e, la salvación o la cond ena ción const it uy e n los fundame ntos prim igenios que conform aron l as a ctitud es y comporta mientos ant e la muerte en el oc cident e e ur opeo. Este hec ho nos ha llev ado a repa sar los l u gares bí blicos donde se sustenta la concep ción cristia n a de la mue r te y que dieron or igen a la articulac ión del pensamiento medieval y moderno sobre la s postri me rías y sus impli caciones. El presen te trabajo e s de udo r de muchas personas e inst ituciones s in cuy a cola boración no hubiera sido posible su realiza ci ón. En primer lug ar q ui ero expre s ar mi agradecimiento a José Manuel L atorre Ciria, director de e st a t esis, que ha conduci do la inves ti g ac ión con un talante siempre a b ie r to y g eneroso. J unto con su defer enc ia, i n terés y exc ele nte acogida, ha sabido tra nsmitir me la seriedad y e l ri g or que se requieren e n un 53 En est e sen t i do v éase IFE, B.W.: Lectura y f icción en el Siglo de Oro. Las raz ones de la picaresca , Barcel o na. Cr í t ica , 1992, pp. 16 y s s. 51 estudio como el presente. Sus exc elentes c onsejos y puntuali zaciones ha n l legado más allá de l o e str ic tam ent e académico e stableciéndose entre a mbos una profunda am is ta d en la que no han estado ajenos e l án imo y l a comprensión e n los momentos de desalie nto. H e de menc ionar l as enorme s facilidad es que me ha n brindado don Ernesto F ranco, don Marc elino Hernández y don L ucas Clem ente , p árroc os de la s iglesias de San Salvador, San A ndré s y L a Merc ed, respectiv ament e, para accede r a los archiv os parroquia les. Su actitud y singular dispos ic ión v iene n a contr ade cir los fr ecuentes problema s con los se encuent ra el investigador a la hora de uti lizar este tipo de a rchiv os. Ig ual ment e h e de resaltar la atención y c ordiali d ad de don Pedro H e rnández, c anónig o archi v ero de la Ca tedral de Te ruel. En esta mi sma línea, te ng o que seña lar la ama b ilidad del personal a sig nado al F ondo Antig uo de la B ibl ioteca Pública d e Teruel, qu e en todo moment o h an de mostrado su exc el ente pr ofesional idad. Así mismo debo expre sar mi g ratitud al Departamento de H istoria Moderna y Contemporá n e a de l a Univ ersida d de Zar a g oza, a l Grupo consolida do de i nv estigación “Blancas” y a los compa ñeros del G rupo de Moderni stas de la F acul tad de Ciencias Sociale s y H uma nas los c ua les, a t ravés de l diálogo conceptual y el inte rcambio de idea s, han aportado me joras s ustanc iales a nuestro t rabajo L a lec tura de esta tesis hubie ra dejado mucho que desear sin l as inestim abl es correccione s de la Dra. Dolore s Ro y o L a t orre que ha c on tr ibui do a l a clari f ic ació n de mis i deas cuidando con esmero l a forma y estilo del t exto, demostr ando su exce lente preparación y una generosidad personal difíci l d e olvidar. F inalm ente qui ero hacer una menci ón esp ec ial a Socorro, m i compañera, que ha sabido devolv erm e con c r e ces el t iempo que le he quitado. Su c o mpre nsión y apo y o han contri buido, e n buena man era , a llevar est a nave a buen pue r to. 52 53 I. EL DIS CURSO BARROCO SO BRE LA MUERTE “Por lo ta nto, sea c u al sea el género de tri bulación que nos a flija, siempre debemos t ener pre sen te este fin: ac ostumbrarnos a menospreciar esta vida presente y de e sta mane ra incitar nos a medi tar en la vida futura. Por tanto, aprovechemos mucho la disciplina de la cruz, esta vida e stá l lena de inquiet ud es, de pe rtur bacion es y de toda c lase de tribulaciones y cala mida des y por cualqui er lado que la consideremos no ha y en el la felicidad; que todos los bie nes son i n ci ertos, transitorios, v anos y m ezclados de m uchos m ales y sinsabores. Y así c oncluimos que aquí en la tie rra no debemos busca r ni es perar m ás qu e l ucha”. Instituc ión de la rel igi ón crist iana (Juan C alvino) No es de tem er la m uerte sino la vida Con estas palabras, fray Juan de Jesús María ev oca ba una de las g randes constante s de l pe nsa mi ento barroco : la infra valora c ión de la v ida. L a vida fue considerada como un paso c ircunsta ncial que de bía c onducir a l indiv iduo a un l ugar superior donde c omenz aba la v erdade ra e xistencia. Desde el siglo XV I, un profundo pesimi smo se h abía inst a lado e n las mentalid ades occidentales y g ran parte de esta profunda desilusión fue propiciada por las resol uciones y discursos de l a Iglesia c ontrarreform ista . El ideal renacentist a se transformó en una suer te de debilidad que a tenazaba a un hombre t rágico inmers o en una soci eda d t rág ica; l o que los tratadistas del mome nto dieron en llam aron “fra g ilidad humana ”. L a mue rte t emida fue sustitui da por l a vida temida. L os v iej os t extos del Comtemptus mundi, el de sprecio del m un do , se retomaron y ac tualizaron. L a existencia en el mu ndo es taba llena de des dic h a s y c om o a firmab a el trinitario “ aunque el ho mbre sea tan ajustado como lo era Dav id, no sabe de c ierto si las obra s que exec u ta e n e ste v al le de miserias son g rat as a los divinos ojos o no” 54 . Se pre sentaba a sí una inqui eta nte duda: l as actu ac iones humana s, a ún siendo en su esenc ia buena s, no daba n la seg ur ida d de ser agradabl es a los ojos de Dios. L a Iglesia se erig ió en el único j uez y arbit ro capaz 54 JESÚS MAR Í A , J ua n d e: L ibro de la vida en la e scuela de la muer te: lecciones vitales pa r a vivir b ien y morir santame nte , Zarago za, im p. Pedro Carre res, 1715, lec c. II , p. 18 54 de canalizar y or ganizar las conduct as de sus fiel es y pa ra ello pulsó t odos lo s re sortes que te nía a su al c ance. Entre todos los mie dos, l a muerte, c o mo he cho ine ludible y fi nal de todo ser humano, c argada de profundas te nsiones psic ológicas y sociale s, fue el c ampo pre f eri do para articular un discurso totali zador: el discurso de la v i da y el de s u final. El cristi anismo e ncumbró a la m u ert e como el bi en más de seable, pues sólo a quel que crey era en la muert e y resurrección de Cristo podía alcanzar la i nmortalidad. El cu erpo del c ristiano debía resucitar también de la mue rte e n un p roceso c ontradictorio e n el que se produc ía la negación de la misma. L a muert e pasó a ser el núcleo básico de todo su sistema teológico. Dios h abí a mandado a su hijo para que muriendo en l a c ruz libra ra a los hombre s de la muerte eterna que sup onía la desa parición irremisib le del indi v iduo por e l efecto de l pecado. Desde e ntonces , e l ritual básic o de la ig le sia c atólica giró en torno a l a conm emoración de la mue r te . Muert e com o r ec ordatorio d el sacrif icio de Cristo, muerte como e sper a nza o temor del hombre, m u ert e com o promesa de liberación de los tra bajos y penalida des t errenales, muert e, en fin, c o mo única a lternativ a al vacío absoluto. El intento de la doctrina c ristiana de e stablecer una sa li d a posibi lista a la real id a d constatada y contra stada de la de s aparición total y absoluta d el ser tri unfó desde los primeros tiempos g racias a que ofrecí a una i ndefinida prolongación d e la vida a través de la fe en la resurrección f ina l. Pero esta resurrección sólo podría alcanza rse a través de la m u erte, y m u y t empra name nte los padres de la Ig lesia se apresuraron a demostrar que el hec ho de la muerte no era sino un tránsit o hacia la verdadera v ida y que este pa so no debía infundir te mor y a que la verdadera destrucción d el ser humano consistía e n mori r para sie mpre con p e cado y ser conde nado a l os terr ibl es tormento s del infie rno. El mismo Ag ustín de H ipona a firma ba que l a vida de los morta les merecía má s el nombre de mu ert e que e l de v ida. El ho mbre nun ca estaba en la vida porque desde su naci miento hacía sino m orir y forma lmente no podía re sidir a l a v ez en la vida y e n la muert e por lo cu al e r a forzos o que fue ra su existencia la muerte misma 55 . 55 SAN AGUSTÍN: La ciudad de Dios , (edici ó n de S alv ado r An t uñ a no Alea), Madr i d, Tecnos, 2007, lib . XIII, pun t. 10 , p. 346 . La co nsideraci ó n de la m uer t e y el mal que e ntraña lleva a San Agust í n a refl exi o nar so b re l a vi da co m o al go caduco , m o rtal y miserable que después ser vi r á de i nspiraci ó n a un t i po de espi r i t ua li dad cr is t i a na pesimis t a. 55 Conv ert ir la v ida e n un penoso destierro bascula ndo toda la c arga em ocional en la muerte, no fue una tare a fácil y la s resi s te ncia s siempre fue ron ev ide ntes. Junto a un ampli o r epe rtorio de ob ras devocio nale s, re la tos hag iográficos, sermonarios, instrucci ones y disposiciones ecl esiás ticas de carácter em ine ntemente ped agóg i co y eje mp la rizante coex istió, con t oda c erteza, en el f ondo ínti mo de l os indi v iduos de la época , un ape g o a la v italidad de l a existe nci a qu e arrastró a muchas de l as concien cia s y que ha dejado a mplias zonas oscureci das por una gama de c o mport amientos hete rodoxos. A pe sar d e e st as distorsiones, ha y que c onv e ni r en que la la bor que se impuso la I glesia después de Tre nto alcanz ó su extra ordinario éxito g rac ias a q ue se desarrolló sobre un t erreno y a re ite radamente abona do. Com o a cert ada ment e ha señalado Caro B aroja, la conce p c ión d el mundo como un lug ar donde c ampa el Mal e n contra posic ión con el má s allá donde r eside e l B ien era una i dea muy a ntigua que y a estaba presente e n e l pensamiento filos ófico clásico y cu y o pri ncipal representante fue Platón, que considera b a la vida com o una m edita ci ón de l a mue rte. Pos teriorm ent e Erasmo de Rótterdam re produjo en su tratado de prepar ac ión de la m uerte esta m is ma idea 56 . El Mal habitaba e n la v ida y e l Bien en la muerte. L a vida tení a un c arácter efím ero y pasaj ero y estaba pl agada de desg ra cia s y profundos sinsabores. Ca d a d ía que transcurría en la existencia terrena l era uno más de constante tem or ante la i nseg urida d de la bondad de l os ac tos. Porque era extre mad amente di fícil cumplir con todos y c ada uno de los prece ptos que los moral istas y te ól og os presentaba n ante los oj os asombrados de los fie les. L a e norme cant idad de supu e stos, cá nones y re g lam enta ciones fueron una fuente inagotable para crear conciencia s escrupulosas; hasta tal punto que m u chos trata dos morales incl uy eron un apa rtad o de stinado a aquellos fieles dad os a una escrupulosidad e x acerbada 57 . Debilida d, inseguridad, sent im iento de im potencia, fueron alg unos de los co nceptos que, reiterados c on ext r em a rigurosidad, contribuy eron a confi g urar el mundo 56 CARO B AROJA , J.: Las f ormas complejas de la vida religiosa (Siglos X VI y X VII) , Madr i d, Sarpe, 1985. E n e st a cues t i ó n se ñ a la que las co nc epc i o nes del mundo pr o ceden de símb o l o s pr im ar i o s qu e son re in t er pre t ados en cada épo ca y lugar po r l o s t eól o gos, dan do ori ge n a d is t in t as po si c i o nes. Par a una am p liaci ó n más e x t ens a d e esta i dea v é ase e l cap. V, § II, pp. 147-151. La mi sma idea re f er ida al puebl o de Israel se puede ver e n COH N, N.: E l cosmos , el caos y el mundo venidero , Barce l o na, Cr í t i ca, 1995, pp. 177-179. 57 Véase com o ejempl o la o bra del d o m inico Franci s co Carrasco: Manual de esc rupulosos y de los conf esor es que los gobiernan , im p. Felipe Franc is c o Márquez, Val la do li d, 1687. 56 de la vida como un lugar árido y peli g r oso. L os predicad ore s y tra tadista s l le g aron a negar l a risa y la ale g ría por e star la exi st enc ia sujeta a toda clase de males 58 . Según L e G off, este rechazo t uv o su ori gen e n l as r e g la s moná sticas que prohibían la risa po rque represent aba e l triunfo del cuerpo: la risa pro cedí a d el v ient re qu e simbolizaba la carne, mient r a s que las l ágrimas las producía el espíritu 59 . Pero el may or pe ligro estaba e n la pérdida del alma, la única parte noble del hombre capaz de a lcanzar un estado de biena v ent uranza j un to a los áng el es y san t o s en la G loria de Dios. L a vida, seg ún d ecía A lej o Venegas, parafra seando a Séneca, no e ra o tra c osa sino un largo tormento de l a muert e que cua nto más dura ba má s intens o se volv ía, por e llo la expiración e r a la puerta de toda s las fe li cidad es, el inmedi at o camino de la inmortalidad. L a ima g en de la vida como una cárcel que retenía la parte corruptible d el ser humano se difundió ampliamente a trav és de la intensa prop aganda que ej erc ió la Co ntrarre forma. El pri v il egio que tuvo el hombre de perpetu arse en l a v ida sin sufrir la muert e en v irtud de l a justicia div ina bajo la cual había sido creado, se había perdido por el pe cado y su cuerpo quedaba sujeto a las ley es de la natura lez a que inevitablement e, lo conduci rían a la muerte. Muert e que no debía ser c ons id era da como un ma l sino “ una salida de cárcel, un fi n del destierro, un rema te de los tra bajos del cuerpo, un término del v iaje , un d exo de la carga pesada, u na s al ida del caedizo e dificio, una e v asión de peligros, una exclusión de t odos los males, una pa ga de l a deuda que a na tural eza se debe, un c amin ar a la pat r ia y , fi nalme nte, un recibimiento y entra da en l a gloria” 60 . El drama del hom bre barro co se debatió agónicam ente ent r e e l de term ini smo y el libre a lbedrío. Incapaz de c onstruir un sistema to ta l qu e consiguiera d ar una 58 “ La r i sa y la a legr í a, que sa t i sface l o s co r az o n es, no la mi re e l h o mb r e sabi o com o a l a xa su ya , a n t es l a t en ga po r c o sa de D i o s, a qu ien de be o f r ecer l a. Alaxa d e l homb re es e l llanto , l a t r is t eza, na c ida de l o s m a les, que cada dí a nos cercan y nos han de cercar ha st a l a sepul t ura. ¿ Qué es la vi d a de l ho mb re s ino un a can t era de desv e nturas ?¿ Qué es nuest ra na t ur al eza s in o u n so l ar co n o c i do de l a e nfer m edad, de l a m uert e?¿Y qué t i e n e n que v er m uert es, enfer m eda des, desventuras co n ris a, con a l egr ía? I m po s ible es que n o sea l a t ri st eza, el do l o r , l o que más man e jan l o s ho mb res e n e st a vida y l o que so l a men t e deven mi r ar c om o su y a”, B AEZA , Diego de: Se rmones f uner ales catorc e y ánima s del pu rgatorio siete, Vallado li d, imp. Marcos Pérez, 1645, Sermón decimocuarto, fol . 123v. 59 LE GOFF, J.: “Le Mo y en  ge a pour sui vi quelque chose de p lus f o r t que l e bonheur: la j o i e”, Le Poi nt , 23, 2009, pp. 64-65. 60 VENE GA S, Al e j o : Agonía del tráns ito de la muerte con los avis os y consuelos que acerca de ella son prove choso s , Barce l o n a, imp. Antoni o Laca balle r í a, 1682, [ 1ª edi ci ó n en To l edo 1537], punt. II, cap. 3, p. 20. 57 explica ción coh erente a su esen cia co mo ser, se v io abocado a una profund a fe en la religión pe ro también a una c arencia de r a zones para la v ida 61 . El interés por la muerte g ene ró un afá n simból ico por re presentarla que fue i nv a diend o toda s las parce las de la sociedad de la épo ca dando l ug ar a que numerosos escrit ores y trat adistas int entaran dar una imagen de la muerte capaz de sinte ti zar sustancia lme n te su esencia fi n al . F é lix de L uc io E spinosa y Malo, que fue c ronista de l Reino de A ragón, nos ha dej ado una descripc ión de l a mue r te de c ierta calidad literaria en la que se resumen tod as la s constante s de l pe nsamiento barroco y que por su interé s merec e ser t ranscrita: “Es la mu erte la p uerta d e las f elicidades , el inmediato ca mi n o de la inmorta l idad, el pu erto d e la naturaleza, el escollo donde se quiebra el b ajel de la vida, la s columnas de Hé rcules del alien to, el templo d onde se c uelgan lo s m ila gros de la respiración; el que h aze vanidad de esp era rla e s ge n til; el q ue la desea, es teme r ari o ; el que la teme es cob arde; el que la a caricia es consola do r; el q ue se res i gna es prudente católico. Ninguno puede eternizar s u vida; todo s deven eternizar su gloria. E l qu e vivió mucho tiemp o acabó d e vivir con poca du ración, el q ue vivió po co rato dexó de ser, con iguales extre mo s, con u n mismo s emblan t e hal l aron ambos la muer te. Es honor p ara el descuidado, delic ia para e l d es p reven ido, es examen de las acci o nes hum anas en su c onfo rmidad o en s u repugnancia se comprueban los p assado s hechos. El susto d e la muerte e s acusación del ánimo, la seren idad de su golfo es f ian z a d el espíritu, no hay razón q ue persuada con mayor viveza, no hay f uerza que conqu i ste con m ayo r po der, no hay d iscurso q ue adelante con m ás r eflexiones , no hay m artiri o que at orment e con mayor vi o lencia n i hay motivo que desenga ñe con m ayor ver d ad. El des p edirs e del s er e s la mayor hu mildad del ser; el dispo ne r se a d exa r d e se r, es la pr ueba del vicio o de la vi r tud de aver sido. Es irre pet ible en l as con tingencias, puede s e r p romo vida en las disposicione s, no p uede cautelarse en el tiempo pero puede p revenirse en la preci s ión. El q ue vive meditándola, muere no temi éndola, el que se d escui d a de cons ider arla, se confunde al conce b irla. E n f in, sin ser el fin, sin ser el pri nci p io y sin s er el medio, lo desvane ce tod o y lo con f un de tod o, que dando de un todo la ce n iza , e l po lvo, la mue rte, la nada” 62 . Se pue de adivinar en l as últimas frases de este te xto el profundo p esimi smo que aboca ba al hombre barroco hac ia la n eg aci ón de cua lquier re al idad pos ible y a l a desestimación de todas la s a cti v ida d es munda nas puesto que t odo se resolvía c on la muert e, que era al fin y al cabo, la na da. Esta visión desespera nzada del mundo permi tió dec ir a l doctor Jua n Sán che z V aldés, parafra seando a Diógenes L ae rcio, que la 61 JURISICH, M.: “ Donde t er m ina e l sueño: dra m a barroco y mel a nco lí a”, E spéculo , (Madr i d) , 17 -VII , (2001) Marcel o Jur isi c h, al analizar l a o b ra dra máti ca de Ca lde ró n de la Barca, in t u y e e l r echazo de l a i dea r enace nt i sta de que el h o mb re l o puede todo y l a pr ese nci a de u na prof u nda an gust i a ante l o i ne xplicable de la m uert e. 62 ESPINOSA Y MAL O, Félix de Luci o : Oc io s mor ales divididos en descripciones simbólica s y declamaciones heroica s , Za rago za, im p. Man ue l Ro m án, 2ª im presi ó n , 1693, cap. XXXV, p. 59. 64 La enf erm edad, m ensajera de la m uer te. Médicos y boticari os En e l imag ina rio de la é poca, l os t rabajos del hombre sobre la tierra e ran innume rables. Durante e l b arroc o, la fig ura del hombre como un pereg rino que, brevemente, discurría su exi stencia sobre un bosque erizado de penalida des y fatigas , fue una c onstante. L a prim itiva imag en m ediev al d el homo viat or, que n unca desapareció del todo, fue adoptada por la Ig le sia Tridentina como medio de pe rsua sión para explicar la futil idad de la existencia. El tópico de la brevedad de la vida ( te m pus fugit ) es más que rec urr e nte en la literatura y en la poe sía barroca, y de ta l modo se populari zó es te sentimie nto de caducidad que todas las capa s sociales s e sinti eron impregnadas de una sensación de pérdida inexorable de la vida. Ésta, convertida en un v ert iginoso ca mino ha cia la mu ert e, era una l ucha a tormentada contra el paso del tiem po, que, inev ita blemente, pese a todas las ac titudes, acababa por consumirse. Así, no result a extraño que el reloj fuera uno de los instrumentos c on más ca rg a simbólica para representar esta pr eoc up ac ión. Poe ta s c omo Quev edo o G óngora, e ntre otros, dedic aron composiciones a div ersos ti p os de rel ojes los c u a les av isaban d el lento consumir de la vida 83 . El pe simis mo y la mela ncolía se insta laron firmemente en el pensamie n to de l momento y mu y poco s se li braron de la angus ti a existe n ci al que suponían las penalidad es de la v ida en el sig lo y el post e rior dest ino que les aguardaba. L a m a y oría de los moralistas de la época inci dieron s obre la im posib ili d ad de una vieja aspiraci ón tan antig ua com o el propi o ho mbre : la búsqueda de la felicidad en el e s tado que le había toc ado v ivir. El ca pitán Miguel Mart ín ez de L eiva, m etido a tratadista de medicina, afirmaba que “no se ha lla hom bre ni se ha hallado jamás que en este mundo a y a hall ado ni t enido c ontenta mi ento con su esta do, porque si es niño mancebito querría ser g arç ón, y si garçón querrí a ser hombre, y si hombre que rría t ener dig nida d; s i es v ie jo querrí a ser moç o, y si pobre quer ría ser rico, si ri co querrí a ser prínc ipe y si prínci pe querr ía ser monarca, y si m onarca querría ser inmortal” 84 . Por ot ro lado, t od as las prete nsiones que movían al hom br e es ta ban baj o la sospecha de l pecado. L a pob reza 83 En e l poema “Este po lv o sin sosi ego ” de Quevedo , se puede adv ert i r l a visi ó n pesim i st a de l d iscurri r del t i empo a t r av és de u n re l o j de arena que po n e f i n a to das l as asp i r aci o ne s humanas. QUEVEDO, Francis co de : Obra poética , edi ci ó n de José Man u e l Blecua, Madrid, Casta li a, 1969, t. I, p. 599. 84 M ARTÍNE Z DE L E IVA , Mi gue l: Remedios p r eser vativo s y curativos par a el ti empo de la pes te y otras cu riosas experiencias , Madrid, imp. Juan Flamenc o , I m pre n t a Real , 1597, lib . I I, cap. XIX, f o ls . 166v -167r . 65 engendraba la envidia, la riqueza la avar ici a, la belleza la v anagloria, l a sabidurí a la ambición. No había lugar y esta do en que las múltiples cont raried ade s de la vida no diera n lugar al desg a rrami ento interior d e l hombre, siempr e abocado al pecado. En la máxima exaltac ión negativis ta barroca, alg unos aut ores ll eg a ron a enaltecer el “no ser” considerando dichoso a a qu el que no n acía, pues no lleg a ría a conocer los trabajos del mundo. Entre t od as las desg rac ias que afl igían al ser humano, la enfermedad era considera da una de la s pe ores. L a naturale za hum ana esta b a corrupt a y ell o inclinaba al hombre al pecado. A pes ar de l a r ede nció n de Cri sto, el hombre c onserv aba una fuerte predisposici ón a cometer pecados. Éstos, en muc hos casos, conducían a la e nfermedad y por ende a la muerte. El obispo J uan de Palafox, siguiendo la vieja obra De Miseria humanae c onditi onis de Inocencio III , consideraba el cuerpo hum a no c omo una congreg ación de desdichas que sólo Dio s podía conservar como instrumen to de vida, siendo, ellas mismas, la di sposic ión y el canal qu e conducí an a la mue r te . Tan sólo una delgada tel a cubría el v erda dero c uerpo del hombre ba jo la cual se e scondía una maraña de miseri as, corrupciones y g usanos. Cada día que pa saba esta e nv oltura iba deshacié ndose mostr a ndo tod a s la s fe aldades interiores de un cue rpo en el que “ imposible parece y m ila g roso, que en tanta d e fl aqueza, dificultad, cont r ari edad de humores, debilidad de p artes, co ncurso de tantos c anales, conductos, y minera les interi ores , y secretos, y en t an g ra nde ob scuridad, pued a haber, ni salud, n i fuerz a, ni duraci ón un instante ” 85 . El de spre c io del c u erpo hu mano, lo repul siv o que podía llegar a ser, sirvió de el eme nto de meditación sobre la dé bil condición del hom bre y su impote n ci a para librarse d e las enfermeda des. El j esuita Alonso de Andrade c onsid eraba al hombre como un abismo de m iserias cu y o de stino fi nal era l a muerte 86 . Pero a pesar 85 PA LAFOX, J ua n de: Obras de l Ilustrísimo, ex c elentísimo y vener able sier vo de Dio s Don Juan de Palafox y Mendoza, Obispo de Osma, Madri d, i mp. Gabri el Ramírez, 1762, Cart a pas to ral XI, punt. 86, p. 218. 86 “ E l pr in c i pi o del ho mb re es e l que t i e ne un gus a no en un muladar; vive poco t i e mpo y ninguno t i en e ci ert o, porque n o pocas vec e s se da n las manos e l nacer y e l m o r i r y se eslab o nan e l co men çar y acabar y el pr i ncipi o con e l f in y e l po co t i empo que viv e es dest errad o de l a pat r i a par a que D i o s l o cri ó , t an lleno de m iser i a s que n u nca per m anece e n u n estado y siem pr e c ami na a l a co rr upci ó n y aunque e n el ext eri o r o b st en t e al gu na her m o sura, es co m o l a que t ien e u n mulada r cu bie rto de ni e ve, po rque en su in t er i o r es un asc o y u na po dre y u n c e nagal de hedi o ndez y mise r i a qu e causa hor ror el mi rar le y aú n pe nsar l e; t a n flac o , t an s i n fuerzas, t an to sc o e i g n o rante y t an desti t ui do de to da vi rt ud, que si D i o s no se l a da, n o puede adqu i r ir a lguna; y t an inclinado a l vici o qu e s i e mpre ca ye ra e n mil pecado s. A to do esto ech a e l sell o de la muert e que e s la ú l t i ma de sus mi ser ias y se convierte en po dredu mb r e y manjar de gus an o s” 66 de todas e st as diatribas , conserv ar la salu d fue una constante pre o cupa ción en todos los estados y condic iones. Resulta al tamen te rev e lador el estudio episto lar del teólog o jesuita L uis de la Puent e, fam oso por sus escrit os a scéti cos. En la s sesent a y n ue v e cart as y billetes que rec og e Cami lo Ma ría A ba d de l a a mplia corre sponden ci a que sostuv o, tanto con l os m iembros de su c ompañía como c on numerosas damas de las que era guía espiri tual, se mez cla , junto con los consejos mís tic os y mora les, un ma n ifiesto interé s por la sa lud. Él mi smo sufrí a l o que sus conte mporá neos d enom inaban gota artétic a o artrít ica - lo qu e en la ac tualid ad llamaríamos pol iartritis reumática - En una cart a escrita al joven Don Álvaro E spinaredo, que le habí a solicitado consejo pa ra ingres a r en al g una orde n reli g iosa, l e rec o me ndaba que sus deseos y fer vores estu viesen en proporción con su salud c orporal porque “ al fin el cuerpo ha d e hazer su pe daz o, y sin salud hará poc o ”. En ot ra, escrita a su m adre de sde Salamanca en 1590, le da cuenta pormenori zada de su estado de salud, la c ual e ntonces era razonab le , pero quejándos e de que “ aunque este humor es tan traidor que, c uando m enos pienso, me saltea; y no se ha conte ntando con aflig ir los pies y l os braz os, me ha, por algunos días, af li g ido los ojos, y otros huesos de l rostro, no con p equeño pe lig ro de a lgún gran daño, si pasara adel ante ” 87 . E s cuant o me nos curioso que un guía espirit ual de la talla de este jesuita, que no sólo ac onse ja ba a los penitentes or d inarios sino qu e c onfesores y otros dire ctores espirituales recibían su asesoramiento, y que re comendaba a las da mas más li n ajudas la lectura d el Con te mptus Mundi , introd uje ra en sus escritos constantes qu eja s p or su delicado estado de salud junto con l a s de scripcione s de sus acha ques, rec aí d as y enferm edades, prodigándose en e sta actit ud de ma nera insistente a lo larg o de más de treinta años. Este h ec ho demuestra que la preocupa ción por l a salud a fectaba por igual a todos los sujetos independientemente de su ca tegoría soc ia l y de su niv el intel ectual 88 . A ND RADE, Alf o n so de: Escuela de Christo nues tro señor, maestro de la verdad, Madri d, im p. Melchor Sán c hez, 1688, m at . I, l ec c. I, punt. I, p . 36. 87 PUENTE, Lui s de l a: “ E p i st o l ar i o ” en ABAD, C. M. (edi t ): Obras esc ogidas del P. Luis de la Puent e , Bibli o t eca de Autores E spañ o l es, t . CXI, Madri d, 1958, carta 2, p. 354. 88 El padre Lu i s de la Puente no só l o m o str ab a preocupac i ó n por su estado fí sico: “ E l apr i eto de es t e añ o es m ay o r que l o s pasados, porque el hum o r no se b a ja a l o s p i e s, sin o quédase en e l b a zo , es tó mago y pech o y co r azón. Cua l qu ier cos i t a de t rab a j o m e hace aceza, y a ndo co m o qu i e n t i e n e as ma y r espir a co n d i fi c u l t ad. Tem o sa li r de l aposen t o ; ni sé si po dré subir l as e scale ras de allá, según m e f a l t a la respi r ac i ó n en esto s casos”, I bídem , cart a 65, p. 415. En algunas cart as habla de l as enfer m edad es que a fecta ban a l o s miem bro s de las c a sas de l a Co m pa ñía “ Po rque e l puebl o est á m u y l leno de enferm o s; y en casa, mis n o vici o s a ndan muy apret ad o s; cuat ro es t án con cal e ntur as y l o s de má s n o m u y f u ert es. Y y o t ambién h e an dado a lc a nz ado de cuen t a co n mi s v ó m i t o s, que m e han algo m o l estado y e nf la quec i do ”, Ibídem , cart a 5, p. 358. 67 Pobreza y enfe rmeda d e stuv ie ron repre sentada s en el imag ina rio barroc o no ta nto como raíz de un e stado qu e n ec esari ame nte c onducía al o tro, sino a la inversa. L a privación de la salud conll evaba la pobreza. Pobreza por no poder disfruta r de los bienes que se poseía n, y pobreza porque se po nía la ha ciend a en ma nos de los mé dicos y botic arios que según c reenc ia a mpliame nte exte nd ida siempre intentaban alargar l as enferm edades par a conseguir may ore s em olumentos 89 . E l propio Martínez L e i v a afirm aba: “de sto podré y o da r fe y ser bue n testigo, por a v e r c a y do c omo los dem ás e n tal mald i ción ” 90 . El pe nsamiento de que l os médic os tr aí an la ruina e conómica a una casa, co ntribuy endo a a cel erar el trá nsito de l enfermo ha c ia la muerte, fue muy común durante la época. Quev edo satirizó despiada damente a los médicos, consid erá nd ole s como los ma y ores enemi g os de la vida del hombre, porque según él “ de n inguna enferm edad se muere sin a sistencia de la m edicina; pocos males son t a n hábiles que sin la ma no d e l físico sepan ac abar con el ho mbre” 91 . L a pre sencia de l m édico e r a considerada como un a v iso seg uro de l a mu ert e y , dentro de la experiencia vital de una socie dad acostumbrada a la carica turi zación d e l os ele mentos externos y de l os métodos profesionale s, los suje tos dedicados a l os oficios curat iv os fue ron el blanco d e numero sas burla s de orig en muy ant iguo que se exac erbaron not ablemente en todos l os ám bitos populare s. No solo aque llos que eje rcían la medicina, como los físi cos, sufrie ron las ch anzas y burlas de la ép oca; ciruj anos, barberos, alg ebri stas, ensalmad ores, he rbalistas, especieros y botic arios n o se libraron de numerosas i nv ec tiv as 92 . Por otra pa rte, ent re todas l as profe sion es liberales, 89 Los m éd icos y b o t i cari o s, f u ero n e l blanc o de nu m ero sas cr í t ic a s a l o la rgo del per i o do ba rr o co. “Su i ncapa cidad para d i ag nost i c ar y cur ar m uc has enf er m edades, l o s méto dos primi t iv o s que u saban y, sobre to d o, e l acapara miento ecle s i á st ic o que se extendió desde el mism o pr i nc ipi o de la e nfermedad has t a l a m uert e, contri b u yeron al d esprest i g i o de est as pro f es i o nes ”. MAR TÍ NEZ GIL, F: op. cit . , p. 133. 90 MA RTÍNE Z DE LEI VA , Mi gue l : op. cit. , f o l . 167v. 91 QUEVE DO, Francis co de: Virtud Militante , ed. A. Rey , San t i ago de Co m po st el a, Unive rs idad, 1984, p . 1456. E n est a mism a lí ne a, e l pa sa j e e n e l qu e u no de l o s cr iados cae enf er m o en e l pup il a je de l d ó mine Cabra y recibe l a t ardí a visi t a de l médico “llam ó en t o nc es a un pl at i ca n t e e l cual le to m ó e l pu lso y d ij o que e l h ambre le h a bía ga nado po r l a mano e l m atar aque l h o m bre” , QUEVE DO, Fran c isc o de: E l Buscón , ed. P. Jaura l de Po u, Madr i d, Cast a li a, 199 4, p. 100. I gual mente la l et a li d ad de l o s mé d icos e n l o s lib r o s de m ed ici na: “para t acos de arcab uces, no m enos o f e ns iv o s qu e las b a las”, S AA VEDR A FA J ARDO, D i ego: R epública literaria, Madri d, im p. Beni t o Cano, 1790, p. 30. 92 “An t e este do c to r h an pa sado l o s m á s d ifunto s, co n a y ud a dest e b o t i cari o y barbero, y a e ll o s se l es deb e gra n part e deste d í a. Alegó un á ngel po r el b o t i car i o que da ba d e b a lde a l o s po bres , pero dijo un d i a bl o que hallaba po r su cuen t a que h abían sido más dañoso s do s botes de su t i enda que d i ez mil de p i ca 68 los médic os t enían fa ma de actuar con to tal impunidad a la hora de e jercer su ministerio y rara v ez se les pedía responsabilida des. Cervantes los consideraba siempre e ximidos de pe na, pues sus v i cti mas que daban prontam ente enterradas sin posibil idad de comproba ciones 93 . De ig ual opini ón era el franciscano fr ay Juan de Pineda , que se ha ce eco de la arbitrariedad c on que a ctuaban los mé dicos, cuando escribe: “ para cont ra los errores de las otras artes ay le y es puni tivas, con s er el daño hec ho de poc a ent idad y contra los errores de la medi cina que destruy e la sal ud y la v ida no se halla rá que alguno a y a sido c astigado. Pr et enden dar salud matando a los v i vos y entre todos los linajes de g ent es, sólo el mé dico queda sin casti g o de los homicidios que comete y aún sobret odo así, los mal mu ert os son repreh endi dos ” 94 . De e ste despres tig io g enera lizado tuv o gran culpa la ac titud de la Ig lesia , que procuró controlar la prá ctica mé d ic a ant eponiendo la admi n istra ción de los sacramentos a la int ervención d e la medicin a y rel egándol a a un p apel se cundario de ntro d el pro ceso de la enfermedad. L os médicos debían estar adv ert idos de que mu cha s e nfermedade s se producía n por los pecados d e l prop io e nfermo, “porque e s de fe católica qu e por nuestros pecados enfer ma mos muchas v ezes, como lo dan a entender los sag rados cán o nes” 95 . L a ma y oría de los trat adi stas de la medicina afirmaban qu e la s enferm edades te nían un origen di v ino y que e ste punto e staba c onfirmado desd e l a antigüedad en l as obra s de los pa dres de la medicina, H ipócrat es y Galeno , l os c u al es, en la guerra, por que to das sus m ed ici nas eran espur i as, y con est o h abí a hec h o li ga co n u n a pes t e y h a bí a destrui do do s l ugares”, QUEVEDO, Fran c is co de: E l sueño del Juicio Final , ed . Igna c i o Arell a n o , Madri d, Cátedra, 1999, pp. 123-124. 93 “ Po rque n o hay gent e m á s da ñosa a l a república q ue e ll os. E l juez n o s puede to rcer o di l at ar l a jus t i c ia; el mercader, chuparnos la hacien d a; fi na lmente, to das l as personas con quien d e necesidad t ratam o s nos pueden h ac er a l gú n daño, pero qui t arnos l a vida s in quedar sujeto s al t e m o r del cast i go ninguno, s o lo l o s mé d icos n o s pued e n m at ar y nos m at a n sin t e m o r y a pie qu edo , sin de senvainar o t ra espada que la d e un réc i pe ; y no hay descubr i rse sus de li t o s , p o rque al m o m e nto l o s m et en de baj o de la t i er ra”, CERVAN TES, Mi gue l de: “El l ice n c iado V i dr i er a”, en Novelas Ejemplares , vo l , I , Barcel o n a, Orbis, 1983, pp. 236-237. 94 PI NEDA, Juan de: Segunda parte de la A gricu ltura Cristiana: que contiene diez y nueve diálogos postre ro s dende el decimoséptimo, Salaman ca, im ps. D ie go Ló pez y Pedro de Arduza , 1589, cap 18, § XXX. f o l . 36r . 95 M URILLO Y VE LAR DE, To m ás de: Aprobación de ingenios y c uración de hypochond riacos , con obser vación y remedios muy particulares, Zarago za, im p. Diego de Or m er, 1672, cap. III, f o l . 28 v . En el mism o sen t i do P edro de Oñ a siguiendo a H i pó crat es esc r ibí a: “ T é n ga se gr an cu idado e n las enf er medades, si e n e lla se halla algu n a co sa d ivina, po rque en t a l ca so no se ha de recurr i r a l o s m ed icam e nto s o rdi na r i o s s in o a at en der mucho a co nocer es t a di vi na providencia. Y to dos s us com e n t ado res l o ent i e nden de las ep i de mias o enfer m edades de l pue bl o , que son la co r rupci ó n y la pest e”, OÑA , Pedro de: op. cit ., li b. II, cap. II, di sc. III, p . 638. 69 aunque gentile s, habían servido de v o z a Dios para anunc iar a l os cristianos que l a causa de muc h as de las enfermedades era n los p ec ados de los hombre s y que no podía cesar e l efec to de e llas sin quit ar prim ero la causa. Era pues nece saria l a má x im a dilig e ncia para acudi r en primer l ug ar a los eclesiásticos con el fin de qu e el e nf erm o no abando nase esta vida sin el consuelo espir it ual y el pe rdón de sus pecados. De una manera general, la creencia en que el pecado a bría la puerta a la muerte, estuv o siempr e present e a través de la s pa labra s de San Pabl o : “Por tant o, así como por un hombre entro el p ecado en el m undo, y por el pecado l a muerte, y así la muerte pasó a todos los hombre s, porque todos pec aron” 96 . E l pecado y la enfermedad est aban ínti mamente relac ionados. En un principio, l a enfe r me dad no existía por esta r el ho mbre en estado de inoce n ci a pe ro el pe cado la int rodujo haciéndola prec ursora de la m uerte. Ésta s e e ncargaba de destruir l a disposic ión y te mpera mento que se reque rían pa ra la unión del c uerpo con e l alma, desarticul ando la e sen ci a v i tal que an im aba a los seres humanos, produciéndoles l a muerte. Pero no siempre las enfermedade s y los males conducí an in evitablemente al tra n ce final. Muchas enf ermedade s que remitían eran considerada s c omo avisos pa ra el alma del enfermo que, afectando al cuerpo, casa del alma , ma nifestaban la llamada de Dios a una mej or a sustancial de su v ida e spiritual. El de sprecio a los remedi os proporc iona dos por la me dici na queda patente a través de l os i nnumera bles tra tados de las arte s de bien mor ir y de l os c onsejos de moral istas y t eólogos . L a enfermeda d de l cue rpo nac ía de l alma y estando en e lla e ra nece sario acudir primero a Dios ant es que a ning una otra c osa 97 . En la extensa obra d el benedi ctino Antonio de A l varad o, que en su c uarta parte contiene un A rte de bien morir y guía de l camino de la muerte, se nar ra como muy bue na y pro v ec hosa la a cción real izad a por el rey Ezequías, que sint iéndose e nfermo no acudió a los médicos y medicinas hum a nas, sino a l a oración, r ecobrando com p le tamente la sal ud, no sin antes destruir un fa moso libro que ha bía c ompuesto Sal omón sobre me dicinas y reme dios para t odas las enfermedade s c on el fi n de que na die a cudiese a él sino a Dios en ca s o de 96 Romanos , 5 , 12 97 “ Y a nsí en l as enfer meda de s no n o s h e m o s de confi ar s ó l o en l o s m éd icos, s in o en pr i mer l ug ar r o gar a D i o s n o s dé sa l ud ”. E NRÍQUEZ de Z ÚÑIG A, Juan: Conse jo s Políticos y Mo rales . Primera parte , [s. l .] 1663, c o ns e j o V, f o l . 12v. 70 estar enfer mo 98 . El mismo Erasmo de R ótte rdam tampoco tenía una op inión mu y favorable sobre l os m édic os, sobre todo si el concurso de ell os e ra muy numeroso e n la cabe cera del e nfermo porque no hacían sino acelerar la muerte del pa ciente distray é ndole, c on sus opiniones encontra das, del ordenamie nto de su alma: “ De los médicos, ni d e todo se confíe n i de todo desc onf íe. Tod a es per anza tenga pu esta e n Dios. El cual, com o Él solo puso e l ánima e n el c uerpo, as í Él solo la s aca cuando q uie re. B ien es, empero, llamar al m édico, especia lme nte en las en f erme d ades agudas, po rque no parez ca q ue te ntamos a Dios. Pero no llamen much os médi cos, no solo po rque comúnmente muchos médicos más aí na matan , pero aun porque queriendo cada uno dar su p arece r y en vida ajena hacer experie ncias, multiplican d o unas med i cinas tras o tra s, causan que el enfermo no tenga l ugar para e ntender e n las cosas de su ánima ” 99 . El jesuit a F ranci sco G a rcía fi aba má s la cura de las e nfermedad es en la intervenci ón del a rcáng el San Rafa el que en la me diac ión de los médicos porque éste tenía la potestad, encomendada directamente por Dios, de cura r las dolencias de l os morta les. Se basaba para hac er estas afi rmac iones en las pala bras de San J erónimo, que había interpre tado el no mbre de Raf ael com o c uración o medic ina de Dios; considerando que é st e la había aprendido de Dios para enseñarla d e spués a l os hom bres. L a enc omenda ción diaria a dicho arcáng e l da ba la seguridad de sanar de todas l as enferm edades, “ honrémosl e t odos los días para que todos los días nos favorezca curándonos de l os m ales que p adecemos y preserv ándonos de los que podemos padec er” 100 . L os médi cos nunca p udie ron com petir contra estas tesis y a cept aron la subordinación de sus conocimientos a l o s designios de Dios, el único capaz de sanar v erda deram ente al enfermo. F ueron c on stante s las crítica s a los facul tativ os que no 98 ALV ARADO, An t o ni o : Arte de vivir bien y guía de los caminos del cielo: que contiene las meditaciones de la v ida , Madri d, im p. Lucas Anto ni o de Bed m ar, 1717, p . 604. E ste mi s m o re l ato l o reco ge Pedro de Oña en sus Postrimerías : “ Seg ún re fiere Sa n Atanas i o , San Hipó li t o se pregu ntab a ¿ Có m o escribi e ndo t an to s li bro s Sa l o m ó n, com o refi ere la E scr i t ur a, parti cu l ar m e n t e uno que e scribi ó de m ed icina , e n que descubr i ó t o das l a s pro pi edades de p i edras, a nim a l e s, p l antas, aguas, fl o res, s imples y com pue sto s, par a rem ed i o de l o s cuerpo s human o s y de t o das sus e nfermedades, no parece est e li br o ni rastro del , y o t ro s se h a l lan dest e re y t an sabi o ? Y respo nde Eusebi o Pánf il o que l o s lib r o s de Sa l o m ó n l o s j u ntó e l re y Ezequ ías , que a ndaban a nt i gua m e nte desbaratado s y perd i do s y co m o entre otro s ll egasse a m a nos deste re li g i o s ísim o r e y est e li bro de la medic in a y v i esse que quando e l pue bl o e nfer m a ba , a cu d í a n po r el re medi o a l li bro e n qu al qu iera enfer medad, m a n dó j u ntar l o s t o dos, rom p i o l o s y quemo l os, conside r ando pí amente, co n gran aviso de l c ielo , que l as enfer m edade s l as em b iava Di o s , para que avi sado s l o s ho mb r es po r e l las se vuel va n a su Majes t ad a ped i r l e re medi o , y so n co m o azot e para que despe r t em o s y b o lv a m o s l o s o j o s p i d ien do m iserico r di a”, OÑ A , Pedro de: op. cit . , li b. II, cap. II, d i sc. II I, pp. 641-642. 99 ROTT ERDA M, E rasm o de: op. cit. , p . 57 . 100 GARCÍA, F ra ncisco: E l perfecto médico San Raphael A rcángel, Madr i d, imp. Juan Garc ía Infanzón , 1683, p. 3. 71 recom endaban en su prime ra o seg unda visita la confe sión de l enfermo, porque e n e l caso que m uriese antes de exoner a r su s pec ados, éstos quedaban a c argo de sus conci enci as 101 . E l agus ti no Ag ustín F arfán, tra tand o de la enfermedad de dolor de costado, a dv ie rte: “ lo primero que debe manda r el m édico en esta enfermedad y e n todas pelig rosas es que confiese el enfermo y orde ne su alma en t odo y no agua rde quando el miserable no pueda y muera sin los sacramentos co mo c ada día vemo s. Y mandá ndole esto en la pri mera v isita no teme tant o como qua ndo lo manda estando muy malo” 102 . L a Iglesia siempre intentó controlar l a pr ác tica médica, y bue na prueba de ello fue la conf irm ación d el antig uo decre to de I nocencio I II, dado d urante el con cilio L a tera nense, a t r avés de un motu propr io de Pío V, publicado en 1566. En él se ordenaba a l os médicos que cuando fu esen conv oca dos para cur ar a los enfer mos, aconseja ran ll amar primero al c onfesor. Pío V, dando una vuelta más de tuerca a la sev eri dad del decret o, añadió que si a la tercera visita el enfermo no se había c onfesado, el médico de b ía cesar sus v isit as e inter rum pir el pro ce so de curación, salvo que el confesor por a lguna circunstancia j usta dilatase l a absolución o el escuchar a l penitente. Este bre v e pont if ic io no hac ía re ferencia exc lusiv a a las e nferme dades grav es sino a todas aquellas que tuvieran n ec esid a d de l concurso del médico sin esperar a que el m al fuese prog resa ndo 103 . L os mé dicos que no cumplie r an con esta constit u ci ón podían ser decl arados i nfames y priv ados de sus grados de doc tores e stando a d i sposición de los ordinari os para que s e les ag ravas en l as penas. L a s a utoridade s civ i les corrobora ron estas di sposiciones canónicas en m uchas ocasiones. Por e jem p lo, en la s corte s de Valla dolid de 1548, conte st ando a una petici ón hecha en la s de 1537 donde se e xpresaba la nec esid ad de que todos los mé dicos y cir ujanos qu e hubieran visitado a un enfermo por segunda vez de una enferme dad aguda, no debían hac erlo una tercera v e z si a ntes no le h abí an recomendado la confes ión “ porque por e xp eri encia se ha v isto p or no averse hec ho esto, m orir mu chos sin 101 MURILL O Y VELARDE, To m á s de: op. cit. , f o l . 29r. 102 FARFAN, A gust í n: Tratado breve de medicina y de todas las en f ermedades que a cada pass o s e of rece n, Méxic o , im p. Pedro Ochoo rta, 1592, li b. I, cap. II, f o l . 10v. 103 AL V ARADO, Anto ni o : op. cit. , p . 605. 72 confesión y tam bién será c ausa qu e sabie ndo los enfermos que los médicos l o dicen por la pena que tienen, no se e scandalizar án n i congoxarán dello, pues principalmente s e ha de tener consideración a l a cura d el ánima de la qual prov i ene alg unas ve zes la corporal ” 104 . Así mismo, se ordenaba guardar e l derecho canónico y se condena ba a los médic os que no lo hi ciesen a la pena de d iez m il marav edí s. Sobre e l c umplimiento de e sta di sposició n existen serias dudas que cuesti onan, tanto por parte d e l os m édicos c omo d e los enferm os, su t otal observancia tal y com o lo demue stra la profusa mención que de esto se hace e n las const it uciones sinodales 105 . En algunas, como la promulg ada por el obis po de Teruel F e rnando de Val d és y L la no, e n 1627, se adjunta el texto ínteg ro de l brev e ponti fici o con el fin de dar may or fu e rza persuasoria a la constitución 106 . En otras, se obligaba a los propios médicos a i nformar de la g ravedad del enferm o a los sacer dote s y rel igiosos para que los exhortasen a reci bir los san tos sacramentos 107 . E n este punto, c on una sutileza no exenta de i nterés, la Ig le sia descargaba sobre los m édic os l a tens iona lidad que producía la administr ac ión de los últim os sacramentos. No eran los ecl es iá sticos quienes debían decidir el momen to de su i ntervención. L os sanitari os t enían l a responsabili dad d e informar sobre el p eli g ro en que se enc on tra ba el paciente. De este modo, l as a lteracio nes que pod ían sufrir algunos enferm os a los que se ordenaba confesar eran siempre achacadas a la propia prác ti ca médica 108 . 104 B.N. : Las premáticas y capítulos que. .. el Emper ador... en las Cortes que... con el Pr íncipe.. . e n Valladolid, año de 1548. im p. Sa l a man c a J. Can o va, 1564, s i g. R/16614, f o l . 13v . 105 La práct i ca t otali d ad de l a s const i t uci o nes s in o da les hispanas de l o s sigl o s XVI y XVII , h acen men c ión a este decre to pon t ifi ci o . MAR TÍ NEZ GIL, F: op. c it . , not. 87, p. 128. 106 “ Co nf or m á ndonos con el Sacro general Concili o Lat era l e nse y co n e l M o t u pro pi o de Pí o qu in t o , d e felic e reco rdac i ó n , san ct a s y nodo aproban t e, est a tu ym o s y m a n da m o s que de aqu í en adelante, el méd i co cor p or al , a l a segunda o ter cera vi s i t a y antes, s i a ntes l e parec iere ser necesa r i o , a vise a l enfer m o que se confie s se y or dene su ánim a y si a l t ercero dí a después que le h u viesse avisado , no se hiuviesse conf es ado, n o l o vis i t e m ás, l o qual h ag a y as í cu mpla, so pena, que no l o cu mpli endo i nc urr a e n p ena d e pr iv aci ó n de ingreso de l a Ig lesia y n o se a ad mi t i d o a l a s horas y of i c i o s d ivin o s h a sta que l o enmiende y m á s cayga e n pe n a de u n e scudo po r cada vez que l o hiziera, para l o s po bres . Y para que to dos tengan n o t i c i a de l Mot u, m a n d a m os qu e se insiera e n est as m uest ras co n st i t uc i o nes ”, C.S. Teruel, 1627, c o ns t . XII, pp. 109-112. 107 E n l as co n st i t uc i o nes s in o da les de l arzo bispa do de Zaragoza, se orden a que l o s m édicos den avis o a l os curas so b re e l pe ligro de l a e nfer me dad y que esto s inf o r m e n a l o s f e ligres e s de l a o bligato r i edad que t i e nen l o s médic o s de adverti r l o , C.S. Zaragoza, 1698, li b . I, t i t . 7, cons t . I, pp. 77-78. 108 En este punto, l a r ecom endac i ó n de l a co nfesi ó n po dí a ser vi r co m o e l e mento de cur aci ó n de l e nferm o si se usaban l a s co rr espondi e ntes pr ecauci o nes: “l o qual , co m o s ea po r m andamiento del de creto 73 L o s compromisos de los médicos y cirujanos no terminaba n aquí. El padre He rm ann Busembaum, a l hablar de las obli g ac iones de los médi cos, boticarios y ciruj anos, se h acía e co de una serie de reg la s que estos debían c u mpl ir escrupulosame n te . Entre ellas menciona l a oblig at orieda d de a plicar los tratamientos más seguros deja ndo a un lado las interv enc iones dudosas por conside r arlas pe lig r osas para l a vida de l enfe rmo. E n el c aso de que l a cura ción no fue se cie rta, de bían opta r por el tratamiento más pr oba ble procurando ej ercer su ofi cio con el menor pelig ro y da ño para el enfermo. Si no exi stía e xp ec tativ a de curación, se podí an em p le ar re medios ambiguos para satisfacer la c onformidad del e nfermo y hac erle creer que su enferm e dad estaba en v ía de c ur ación 109 . Todas estas normas éticas no dife rían del c o mport amiento deontológico que se h a bían impuesto los propios mé d ic os para reg ula r su conduc ta profesional de sde los ti empos hipoc ráti cos. Era en el c apítulo de l os pecados e n donde todos aquellos re lacionados con la sanidad deb ía n estar av isados de las faltas qu e con ll evaba e l m al ejercicio de su profesión. H asta siete pecados rec og e el d omi nic o Bartolomé de Medina referentes a las inte rv enc iones de l os sana dores: las curas arriesg ada s pra cticadas sin conocer l a v erda dera naturalez a de la enfe rmedad; la administración de medicinas pelig rosas pa ra la salud del e nfermo o la expe r im entaci ón con las mismas sin tener la ce rtez a de la curac ión; las neg li g enc ias en l os t ratamientos faltando a las v isita s; los consejos de emborra charse o y ace r con otra muj er que no fue se la propia par a curar ci ert as enferm edades; faltar a la curación de los pobre s que no te nían di n ero par a pag ar las v isita s y ser laxo en da r li cencias para disculpa r el ay uno en ca sos de extremada debili d ad del paciente, resumían una amp li a casuística de f al tas y pecados de las c ual es los sanadores debía n d e ser e x ami n ados a la hora de la confesión 110 . A po stó li co , no será cau sa que e l pacien t e s e a l t ere y incurra en pe ligro de m uert e, pues t en drá po r ci erto que no haze aquell o e l médico po r peli gro y pr o n ó st i co de la muert e sin o po rque l o t i ene d e man da miento espe c ial de la I g l es i a, l o qua l s i l o s médicos, co m o so n obli gado s o rdi na r i a m e nte hizi e sen, a llen de de la salud de las á nimas , sana r í a n muchas e nfer m edad es y no s e a l t er ar ía e l pac ien t e, vien do que la co sa s e h az í a más po r ofi c i o que po r n ecesidad” , VENEGA S , Alej o : A gonía del ..., op. cit. , pun to I I, cap, 17, p. 45. 109 BUSEMBA UM, Herm a nn : Médula de la teologí a moral, que explica y re suelve sus mate rias y caso s . Redúcela al es pañol y añade un tratado de la bula de la Santa Cr uzada el doctor V icente A ntonio I báñez de Aoyz , b arce l o na, im p. Jacin t o A ndreu, 1674, tr a t. III, dud . IX, p. 169. 110 MEDINA, Bartol o m é de : Breve instrucción de cómo se ha d e adminis t rar el sacramento d e la penitencia, dividida e n dos libros , Al calá d e Henares , imp. Juan Iñiguez de Lequer i ca, 1593, “ D e l o s m éd icos y cirujanos”, cap. VII I, f o ls . 214r- 214v . Lo s pro n t uari o s m o r a l es y l o s man u a les d e confesores de 80 L o s teólogos apuntaba n que l a muerte natural no se de bía a l a prog resiv a descomposici ón de la naturaleza, que en t iempos anteriores había te n ido una g ra n fu erza primigenia, permitiendo a los a ntiguos patriarc as bíblicos alcanzar edades insospecha das, sino que l a decisión divin a era la c ausante de que el tiempo de v ida del ser humano se v iese reduci do para serv ir como aviso de la transitoriedad de la misma y para m antener al espíri tu vig ilant e a nte la me moria de la mu ert e 130 . Pero la may oría consideró el deces o nat ural de l indi v iduo com o una consecue ncia neces a ria e inev it able producida por el ag ota miento de l os humores v it ales. L a c onsumi ción del calor natural, que a rdía e n el humor radical de shací a l a proporción de las calidades primeras con lo que los c uatro humores contra rios dejaban de act uar y se produc ía la separac ión entre el alma y el cuerpo por falta de los instrument os necesarios pa ra g oberna r e l alma. El orden lógico de l as cosas est abl ecía que todo aquello que t uviese sustentación material, por su propia finitud, e s taba condena do a la destrucción. Otros tra ta distas simboli zaron la m uerte natural con l a v ej ez, mom ento postrero de la v i da del hombre, en el cu al la exp ira ción ocurría su avemente y sin g rande s afl icc iones. L a ide alización de l a muerte tr a nquila y apa cible ale jada de toda s l as terri b le s a ng ustia s que conll evaba estuvo siempre asimilada a la beat ifica mue rte que expe rimentaban m uchos de l os santos. Sin emba rg o, se sabía que mu y poc os podían aspirar a el la. Una mujer, Olivia Sabu co de Nantes, propug na ba inves ti g ar la s causas na turales que influían e n l a v ida y m uerte de los h ombres median te reflexiones de orden éti co y moral que evitaran la mue rte t emprana o violenta pudiendo así ll egar a una “ m uert e natura l de v ej ez que se pa sa s in dolor ” . S u obra e s un ale g at o cont r a l a m edicina tradiciona l de aquel ti empo, que demostraba consta ntem ent e s u ineficacia, incapaz de curar l as enferm eda des ep idé micas que pe riódic amente s e pre sen t aban. “Pue s han p rovado la m edicina de Hipócrates y Galerno, d os mil años i e n ell a han hallado tan p oco ef ec to y fine s t an inciertos, como se v e claro cada día, y se 130 “La vi d a no se abrevi ó después de l D il u vi o por flaque za de la Nat ural eza, por que nun ca fuero n peores l o s h o mb r es c ua ndo vi v iero n muchos años, porque al v ers e le j o s de la muerte cay ero n e n gr andes pecados. Po r es to Di o s d ispus o a la n at ura l eza cerc ena r l a vida, para que l a m uert e, m ás vezina a nosot ros , m á s repet i da e n l o s v e z i nos, r ev o cass e n ue st ra s l icen c ias con l a m e m o r i a de nue st ra co ndi ció n”, NIEREMBERG, Juan E usebi o : Curiosa y oculta fil osofía: primera y segunda parte d e las maravill as de la Naturaleza, (3ª im pre si ó n ), Al ca lá de Hen are s, im p. Mar í a F erná nde z, 1649, li b. I, cap. XVI, p. 12. 81 ve en e l gran catarr o , tavardete, viruelas y peste s passadas y otras mu chas en f ermedades , do nde no tie ne efecto alguno, pues d e mil, no viven tres tod o el cu r so de la vida natural h asta l a mu erte natural y to do s los demás mueren m ue rte viole nta de enfermedad sin aprovechar nada su medici n a antigua” 131 . Cuando e st a au tora ha bla de l a mu ert e n at ur al l a atribuy e m ás a l a transform ación qu e expe rimenta el alma q ue al deb ilitamiento fi sio lógico del c u erpo. E l alma tiene dos de l as tr es columnas de l a v ida que son l a aleg ría y la esperanza del bie n pero la experiencia hace que surja el deseng año. Y a no ha y lu gar pa ra aque llo que engañosamente producí a a leg ría e n la j u ventud. Se v e n los errores de la vida pa sada dando lug ar a la tri st eza que v iene c on el tem or de l a muerte cercana y ciert a. También cesa la esp eranza de bi en corpora l, porque y a no que dan fuerzas para a lcanzarlo , ni salud ni gusto para goz arlo, y la prudencia no de ja engañarse com o en la juv entud con v ana s e spera nzas. L a te rcera columna, qu e es la armonía del estómago, se de b il ita por la falta de calor y va dismi nu y endo la humeda d. De e sta m anera , v an c reci endo en el al ma la tristeza, los dolore s y l as pe nas y ell a misma v a a y udando a causar la muerte natural porque ama l os de leites que son perdurabl es y no los del cu erpo que son pasajeros. E sta curiosa t eoría de la qu e se de sconoce e l g rado de ace ptación que t uv o e ntre la cl ase médica del m ome n to, t ermin a con una des cri pción de carácter g eront ológico en el q ue el símil e n tre la v ida veg eta l y la del hombre es ev ide nte: “... y p or e sto no pue d e faltar e n la v ejez los d ec r ementos especia le s viole n tos del án im a que a y udan a los f orçosos del ti empo y simiente que de secan el hum id o de l a rayz con su mov imiento propio y natural, dessecan do se la rayz, desseca nse con ellas sus r amas, qu e son los nervios y t elas qu e della nacen . Dess e case y e ndurecese e l n ervio que cubre tod o el cuer po (q ue es e l c uer o ) y v a ce s sando su vegetación y v ienen las rugas: e l q ual cuero comie nça en la v értice o remolin o de la ca b eça p or donde va l a mayo r parte d e la v egetativa. Dessecanse todo s los d emás nervios y telas q ue desta rayz y s u tronco na cen p or do va el x ug o blanc o de la nutri ción. D essec ans e tambié n la s vías, acetábulos o chu p adores y f ilos de nervios po r do chu p a y assí muere por sequedad el homb re que va ganando y po r la h um idad radica l q ue va perdiendo” 132 . 131 S ABUC O DE N A NT ES, O li via: Nueva f ilosofía de la naturaleza del hom bre, no conocida ni alcançada de los gr and es f ilósofos antiguos la qual me jora la vida y s alud humana , Madr i d, imp. P. Madri ga l , 1588, f o l . 4r. 132 Ibídem , ti t . LXIX, f o l s. 137r-137v. 82 Una eti ología de las enfermedades Dentro del am p li o concepto de enferm eda d, las e nfermedades individuales te nían un ori g en más explicable que aq ue llas que a fec taba n masivamente a am pli as capa s de la población. El sentido estricto de una dole n ci a p art icular, aun sin olvida r su origen di v ino – era Dios quien permitía que e l sujeto enferm ara – radicaba en una ruptura de l equilibr io i nterno del individuo debido a agentes exte rnos que estaban presentes en la Naturaleza. L as teoría s de G ale no, que a dmití a e n las e nfermedad e s unas causas predi sponentes y otras oca sionale s e inmediatas tuvieron un a amplia vig encia durante siglos. L o s síntom as de una enfermeda d e ran sólo “signos ” y por medi o de la inducc ión h a bía que remontarse a sus causas. L a s enfe rmeda des se descomponían en s us ele mentos más simples para después f ormul ar un a hipó te sis causal que p ermitiera explicar por de duc ción los hec hos observados; final mente, se procedía a c omprobar la hipótesis por medio de experimentos . A l a mparo de esta doctrina, l a me d ic ina, d e sde G ale no hasta el siglo X V II, fue generando un compl ejo sistema metodológ ico y biológico en el qu e l a expe r ie ncia resultab a fundam ental. El cuerpo humano era c onsiderado como el instrume n to más noblemente ordenado e ntre t odos los creados por Dios. E staba compuesto, como t oda la mat eri a, por los cuatro e lementos primigenios: ai re, ti erra, a g ua y fueg o, que ma nifesta ban sus cual idades e n dos parej a s de efectos contra puestos: ca lor y fria ldad; seque d ad y humeda d. E stas cuatro c ualid ade s o “calida de s” como la s denominaban en la época , se dividían en acti vas y pasivas. L a s a cti v as eran e l ca lor y la frialdad porque eran ca p ac es de conservar a l as otras cualidades, m ientras que las pasiv a s actuaban más lentamente 133 . Cuando éstas sufrían alguna alt erac ión, la t erapé u ti ca a seguir consistía en aplicar sobre el e nf erm o, según lo requiriese l a ocasión, el ementos t anto v egetales como a nimal e s y minera les ca p ac es de restablecer de nuev o el equi librio. Este equilibrio fue llamado c omplexión y m arca ba el estad o de salud o enferm edad del indi v iduo. L a cree ncia ari stotélica en qu e la s raíces fun dame ntales de la vida est aba n e n l a hum eda d radic al ( humidi tas radicais) y e l calor natural, fueron un a constante e n el pe nsami ento 133 SÁNC HEZ V AL DÉS DE LA PL A T A , Juan : op. cit. , li b. II , cap . X, f o l s. 98r-98v. 83 médic o de la época que expl icaba las enfermeda des mediante la c onstante l ucha e ntre e l equili br io de estos dos co nceptos 134 . Todas las pato logías radicaban en la alte raci ón de los cuatro hu more s: sang re, flem a, bilis amarilla y bil is negra. Cua ndo se producía un de sequilibrio entre ell os ap arecía la e nfermedad, que se m anife sta ba a través de tum oraciones, c orrupción de l os propios humore s, procesos febriles y , sobre t odo, en la fisonomía del enfe r mo, el c ual exte rioriz aba la pre ponderancia excesiv a de a lg uno de estos compone n te s dando como resulta do individuos flemáticos, s anguíneos, melancólicos y coléri cos. L os médicos debía n determinar la ca n ti d ad de hu me d ad radi cal y de ca lor de cada persona, pu es era v ari able y disti nta según la compl exión de la m isma y a l ca rece r de medios cuant ificadores recurrieron frecuentem ente a la astrolog ía. De e sta maner a, se i ntentó establecer un a relación ent r e e l m acro cosmos y el mi crocosmos. El poder div i no act uaba sobre t odo y esta blecía una sue rte de determi n ismo que fue muy difíc il de conci liar con la li bertad que, supuestamente, se había otorg ado a l hombre 135 . A lonso de Burgos , mé dico pe rsonal del obispo de Córdoba fra y Domingo de Pimentel, expl icab a l a dificultad en que se ha lla ban los mé d ic os a la hora de tratar cie rtas enfermedade s y recom endaba usar los rem edios má s seguros con el fin de caus ar los menores riesg os para la salud de l paciente. Den tro de estos remedios se d ebían emplear ta nto aquellos que había n demostrado su eficac ia en la antigüedad como los más re cie ntes, siempre que e stos estuvieran sufic ie ntemente com prob ados para “cuidar la c al umn ia de l os maledicentes y murmuradores, adv irtiendo que no est á en la mano del m édico que el reme dio haga prov e c ho y que con él a lca nze l a salud aunque sea 134 E l co nc ept o de humedad rad ical y e l cal o r innato, daban e xplicac i ó n al or i ge n de la vida y al pro ce s o del e nv e jecimien t o. A l o largo de la vida humana se pro duc í a u n pro ceso de desecaci ó n que co n duc ía a la m uert e. “ co n l o húme do nos al imenta m o s y co n lo cali ente vivim o s... y po r es to t enem o s necesidad de alim e nto s que res t auren al húmedo que, coti d i anamente, por el mi s m o cal o r, se d i sipa, pues e l cal o r que n o s engen dró , ese mi sm o nos m at a” GONZÁ LEZ, Al o n so: op. cit ., f o l . 4r . 135 Las t écni ca s astr o l ó g i ca s per mi t i ero n a la m edi c i na just i ficar, de a l gu na m a n era, l o s d i versos t ratami e nto s según l a c lase soc i a l de l enf er m o . S e co nf i r m aba y re f o rzab a la estr at i fi c aci ó n social y esta m e nta l . C ierto s t ratami ento s so l o de bían de ser ap li cado s a l o s e nfer m o s de elevada po s i c i ó n o de reco n o ci da n o ble za po r que a las c las e s subal t ernas, l e bast ab a co n tr at am iento s gene ra les. Véase e sta i d ea en G ARCÍA BALL E STE R, L: op. cit ., pp. 151-15 2; 84 oportuno y puesto en razón” 136 . Con e sto salía al paso de la s c onstan te s c ríticas que sufrían los médicos sobre el empleo de me dicina s de dudosa eficacia. L a s indic acione s o remedios que se a plicaban sobre el enfermo se div idían en curat iv a s y no curati v as. L as c urati v as eran a quellas que convení an pa ra logra r e l restabl ecimiento de una e nfermedad d ete r mi nada; pero estos re me dios dependían de la co stumbre, t em p era mento, ed ad, región y t iem po d el a ño y una vez hal lados, debía n ser aplicados c uantitativ ame nte según canti d ad y grado de ca lor o frío para determin ar s u efec to sobre el enfermo. En este punto la c ostumbre – ent endida como la situación social del sujet o - e ra un a specto digno de t ener en cuenta porque se volv ía a justificar con el la la estratificación social de forma perversa: “L os enfer mo s acostumbrado s en salud a co mer y beber comidas y bebidas de mal m an tenimiento y d e depravada c a lidad, les es conveniente en la enf erme dad permití r sel o s por la f uer za de la costumbre y es m ucho de adve rtir q ue no convi e ne darle s a limentos b uen os a los que no est á n acos tu mb ra d os po rque los lle van mal y los m olest a y enfada, luego bien se saca d e este lugar que aunque la cost umbre sea mala s e a d e p ermit i r que los que están enseñ ados a te ner y l levar trabaxos, aunque estén f lac os y viejos (que es harta en f ermedad) no se h al lan sin s u c o stu mb re, a ntes los lle v an me jor q ue lo s fuer tes y mo ços no acostumbrados” 137 . Una v ez más los pobres perdí an oportuni dades frente a l os ricos, pues, en el hipotético c aso de que alg ún jornal ero o menestral rec ibie ra asistencia médica, su trat amiento en cu a nto a m edicin as y dieta e ra muy inferior al a plicado e n l as personas de cierto e status social c on lo que su s posibilidade s de s upe rv ivencia queda ban disminui das notablemente. Toda la práctica médica debía de tener en c u enta que aquel los que est aba n acostumbrados a l as penal idades y esfuerzos, simplem ente por su comple x ión y ori g en, nece sitaban tratamientos más groseros y perm isivos . L a m u erte , una vez má s, ganaba de ntro de l os sec tores sociales m ás desfavorecidos. El mismo A lej o Venegas, sig u ie ndo los principios de Galeno, no dudaba e n afirmar “ qu e má s presto y a me nos sanaba n l os pobres que los ri cos” 138 porque Dios da ba ejemplo con 136 BURGOS, Al o nso de: Método curativo y uso de la nieve: en que se declara y p rueba la obligación que tienen los médicos de dar a los purgados agua de nieve, C ó rdoba, im p. Andrés Carrill o , 1640, cap. II, f o l . 11 v . 137 Ibídem , f o l . 12v. 138 VENE GA S, Al ej o : Agonía del transito... , op . cit. , cap. III, p. 291. 85 ellos de que má s valía l a confianza en él que en la experiencia del médico y en sus reme dios. El m ás cruel y opu esto enem igo q ue la natural eza hum ana tiene Sin duda al g una, una de las e nfermedade s que sobresalió sobre t od as las de más durante e l A ntiguo Régimen por su extra ordinari a v irul encia y sus efec tos devastadores fue la p este . Su pre sen ci a persistió a lo lar g o de toda la E dad Moderna pre sentándose de mane ra a leatoria e int ermitente y siem pre fue asociada por las mentalidades colectiv as con la muerte salvaje e inmiseri corde. L a peste desarticulaba el sist ema social establec ido, rompía los la zos vecinale s y fami liares crea ndo un gran tra st orno psicológico dentro de la m asa de la pobla ci ón. Tal fue su labor de structiv a que llegó, en muchos ca sos, a reba sar las posturas estoic as y de resi gnación que l a Igle sia recom endaba. Destroz ada la c onv ic ción de que la m uerte suponía el paso a una vida mucho mejor por la propia i ntensid a d dramát ica de su fuerza, la s socie d ade s mostraron una e x al tada rebelión ante la mue r te pestífera. T ant o las autoridad es laicas como ecl esiás ti cas temían sus consecue ncias porque c reaba profundas a ct itudes de desasosieg o vital de ntro de la s estructuras de la conviv enc ia. El descontento popular, l as crít icas a una soci edad donde los abusos y pri vilegios e staban firme mente re spaldados por un ríg ido sistema je rárquico de po de r, no podían dejar de s e r el blanco de la desesperaci ón d e las masas 139 . A nte el fenómeno catastrófico de la p este, la I glesia intentó contro la r los fr ecue ntes brotes de i rracionalidad y d e sesperación d e la sociedad a t r avés d e su interpret ación como un castigo divino que Dios env iaba a l os ho mbre s por los pecados cole ctiv os. L a perv ersión moral, los es cándal os públi cos y las im piedades e ran el motivo de aqu el las te r ribles morta ndades que no cesarían hasta una e n mienda g ene ral 140 . Muchos pre dicadores presentaron la fi g ura de un Dios te rrible, airado y 139 DELUMEAU, J.: E l miedo en Occidente , Madri d, T aurus, 2002, p. 37. Del u m eau, s e ñal a acertadamente que e l co njunto de mi edo s i ndividua l e s su ma do s de n t ro de una masa puede dar lugar a páni co s co l ect iv o s que se resuelven con ex p l o si o nes de vi o l e ncia y de búsqueda de chiv o s expiato r io s. 140 El j ur is t a Fra n c is co S al ado dec í a de l a t erribl e pest e que asol ó An d a l uc ía en 1649: “De st e co n t agi o , su s ef ect o s p o r n uestra desdi cha e m o s ad v ert i do , sus ri go r es e xamina do y sus exec uc i o nes m o rt al e s e m o s vi st o , que l a just i c i a div i na a exerci t ado en tan t as poblaci o ne s por t an t as m aldades, estrago s, o f e n s as, 86 v en gativo, rec urriendo a las exégesis bíbl icas donde se narraban l os e jemp la res c astig os que ha bía i nf li g ido a los israelitas por sus constante s desobedien cias. El t rinitario fra y Martín de Villanuev a, dando gracias en una orac ión por pr eservar a la ciuda d d e T o le do de la terrible pest e de 1649, amena zaba: “Ya vemos el castigo q ue Dios haz e en los otros con tanta peste, con t anta mortan d ad y con t anta desdi ch a. Libres estamos a hora, la salud s ob ra, no hay en f erme d ades, pero hay cuchillo ; y es ceguedad no conocer que, D ios q ue t iene l a espada para q uitar la vida a tantos, no tiene e spadas y cu c hillos p ara que perez camo s nosotros. Por esso, cua ndo allá castiga acá amenaza . Aquellas voces ha c en a c á los e cos. Aqu ell o s rayos son aquí ce ntella s, aquell o s truenos, s i no n os corre gimo s y enmendamos, han de ser aquí ray os; aquellos amag os, aquí d uras exec u ciones. Y en f in, a unque la ira d e Dios no ha ll egado p or su b ondad a nu estro contorn o, es m e nester mirar que está e nsangrenta d o el cuchillo, Dio s enoja do y nosotros con poca en mienda” 141 . A nte las ment alida d es de la época se extendía la l óg ic a a p la stante de la justicia divina c omo un e quivalente a la justici a humana que apl icab a sev eros ca stig os a l os trasg re sores de las ley es. L a v iol enci a in stit uc ionalizada por la sociedad civ il, con su cará cter público y ejem plarizante, tenía su transposición en la im placable justicia de un Dios omnipot ente y j usticie ro, que al igual que los jueces de la tierra aplicaban l os m ás duros torm entos y condenas. Por enc ima de t odo pl aneaba l a id ea de que la s ociedad tenía que ser gobernada con m ano du ra, y si guiendo un símil mé dico, a quellos mie mbros que la dañaban debían ser a mputados de ma nera ra dical para evitar su descomposic ión: “ Mis t eri o s son divinos para e nmen dar vicios y corregir errores, y de l a medicina se toma para o bviar mayores daño s; no se corrompan los cuerpo s, ha zer ca uterios y cort ar mi embros dañado s, que en los malos es justo el que p adece rigor quan d o lo merec en, p ues como brut o s ofen d ier on, e l d olo r de b rut os p adece ran; que no hay r epúb lica q ue s e pueda gobernar s in e l cas t igo, o ca sión de t an t as v ariaciones y mudanza s en to do s tie mpo s, p ue s llaman el a zote divino y provocan su enojo, ca u sando novedades qu e tanto se desean saber y colegir sus d educci ones, com o en la o ca s ión presente, quando se abra sa esta An daluz í a con e l mal del contagio q ue se padece ” 142 . at revi miento s, so be r bi as, d is o l uc i o n es, vanidades, cu l pa s y pec ados in decibles”, SALADO G ARCÉ S Y RIBERA , F ra ncisco: Varias materia s de div ersas f acultades y ciencias: política contr a la peste, go bi erno en lo espiritual, temporal y médico , Utr e ra, im p. Juan Ma l part i da, 1655, li b. I, disc. I, f o l . 2v. 141 VILLA NUEV A, Mart ín de: Exclamación a Iesu Christo muerto en la cruz en la rogativa que po r la pres e rvación de la peste de la ciudad y reyno de Tol edo hizo, acompañada de la I mperial, la muy obser vante y religiosa comunidad de la Santí sim a Trinidad, de R edempción de cautivos, To ledo, imp. Juan Ruiz de Pereda, 1649, p. 7. 142 SALA DO G ARCÉS Y RIBERA , Fran c isco : op. cit. , li b. I, di sc. I, f o l . 1v . 87 En efecto, a l o l argo del se isci entos , la calamitosa situación de Españ a rodea d a de constant e s crisis de todo tipo: descenso de mográfico, pre carieda d de l a s haci endas pública s con re petidas al teraciones de la moneda , e pidemias c íclicas aco mpa ñada s de crisis de subs iste n cias y a lza de pre cios, d errot as y pé rdida de la he g em onía en Europa, sublev a ciones sece sion ista s y el e stado lamentable de am plias ca pas de la población, instauraron una conciencia de crisis c o le ctiv a. Y si bien es cierto que t odos e stos males fueron ac h acados a la p érdi da de la m o ral idad y a la corrupción d e las costumbres pública s, se intuía que la c ausa prin c ipal radi caba en los de sa strosos g obie rnos de una monarquí a inc apaz de ma ntener su presti g io. A rbit ristas, moralistas y teól og os coinc idían en la urg e nte restauración de los princi pios autoritarios y de la jer arqui za ción tradi cional, como úni co medio de v olver a los anti g uos v al or es 143 . Respecto a los terri b le s e stragos ca usad os por la pe ste , se conocía la íntim a rela ción que existía e ntre las enferm edad es epi démicas y e l hambre oca sionada por l a esteri lidad y l as m alas cosechas. L a Ig l esia aprov echó est a s reciprocidades para ha cer una amplia críti ca de la situación política. Porque si bien era c ierto que Dios, como causa prime r a, et erna y poderosa de toda s l as c ausas y primer agente de los ma les de pena, se podía serv ir de la s c osas na turales para abri r las puertas a la s e pidemias siendo comúnm ente admitido que l a corrup c ión del aire e ra uno de los principales orígenes de la peste, “ enfe rmedad contag iosa, que a más de las v e ces tiene s u principio d e la corrupci ón del a ire , a unque algunas veces se origina de ot ras causas” 144 , también l o era que “ el riguros o castigo de la peste y enfe rmeda d común del pue blo, no se causa tanto por la m al a disposición del ay re o infl uencia de stemplad a del cielo o ri gor de e st rella quanto por el pecado de soberbia del prínc ipe o gobernador ” 145 . L a peste y l as enferm edades eran castig o para los re y es y eje mplo para el pueblo porque a trav és de ella s Dios m ostraba su condi ción natural de c ompade ce rse del humilde degradando públicamente la aut oridad de l os soberanos a los que habí a concedido el pode r 146 . Se tomaba n así las palabras de San Pablo en las que se considera b a que toda autoridad de 143 RODRÍGUEZ-S A N PE DRO, L. E. y S Á NCHE Z LORA , J. L.: Los siglos X VI-X VII. Cultura y vida cotidiana , Madri d, S ín t esis, 2000, pp . 111-112. 144 SALA DO G ARCÉS Y RIBERA , Fran c isco : op. cit. , li b. I, di sc. I, f o l . 1v . 145 OÑA, Pedro de: op. cit ., l ib . II , cap. II, di sc . II I, p. 634. 146 Ibídem, p. 635. 88 los hombres provenía d e Dios, el cual la concedía a los gobernantes p ara procurar la paz y el bienesta r de los ci udadanos 147 . L a c ond ucta del soberano t enía que e st a r a justada a esta nor mativ a y cua ndo por la consecuencia de su soberbi a comet ía a bus os e injusticias, Dios env iaba las enfe rmedade s como c asti g o a su com portamiento 148 . Con estos razonamient os l os t r atadistas no ha cían sino int entar e stablecer un p lano igualatorio, pe ro ficticio, entre los soberanos y el pueblo a nte el espectáculo desg arra dor de la peste - ta n difíc il resultaba que el rey muri era e n la guerra como que fuese víc tima de al g unas de l as epide mias que pe riód ica ment e se desencadena b an -; lo que sí que daba cla ro es que la salud y la vida del reino e staban í ntimamente lig ados a la salud del Re y y a sus a ctuaciones, depe ndiendo todo d e la div ina providencia. Con e ste planteam ie nto la Ig le sia establecía, una v ez m ás, l a su prem acía d e lo religioso sobre l os poderes tem porales. L as faltas y pecados del re y tenían com o consecuencia los terribles desastres que se producía n e n la na ción. Muy convencido debía de esta r de el lo F elipe I V, cuando e n una carta escr ita desde Z aragoz a e n 1643 a su cons ej era espir itual sor María de Ágreda y ante las grandes dific ultades que se l e presentaban e n aque llos moment os de cí a: “ Yo, aun que suplico a Dio s y a su Madre santí s ima nos a sistan y ayuden , fio m uy po co en m í, porq ue es mucho lo q ue le he o f en d ido, y justamente merezco los ca stigos y aflicciones que padezco [...] y el mayor f avor que p odré recibir d e su bendita mano es q ue el castigo que d é a estos reinos p or mis peca do s me le dé a mí persona lm ente, que soy q uien los m erezco, y ellos no, que siempre han s ido y serán ve rdaderos católi cos ” 149 . L l e gados a este punto, surg ía una pregunta evidente: ¿ por qué siendo l a peste junto c on las guerras y el ha mbre c astig os i nfligidos al prínci pe por sus om isiones, 147 “ Que cada uno se so m et a a l as aut ori dades que están e n e l po der , porque no hay aut ori d ad que n o ve n ga de D i o s; y l o s que ha y h a n sido puestos por Di o s” ( Romanos , 13 , 1) 148 “ Est a es pu es u na de l as razo nes po rque D i o s e m bia e nfe r m ed ades ge ne r ales y co m u ne s, que sir ven de cárcel a l Rey y a l Pr ín cip e, por que en l a guerr a, c om o ll e va l a s m e j o re s ar m as y caball o y va e n medio de l a t ro pa de l o s v a li e ntes, sue l e m u c has vec e s escaparse; y de e l h a mbre, si empre e l r i co sal e m e j o r, que con ti e mpo se pro v ee y pr o vi e ne y au nque fal t e para to d o s , par a el Rey y para e l se ñ o r , pocas veze s o n u nca f a l t ó. Y así só l o es cárce l para e sto s po de roso s l a enfer meda d, essos son gr ill o s que s ien do contagi o com ú n t o do es t á cerrado, p o rque l a l a ndr e y la se ca t ambi é n se h a lla y co nser v a e n las seda s y o l andas com o en l o s t r apos r oto s y t a mbi én lle ga a manos de l Re y en u n a cart a, c o m o a l co razó n de l po bre c o n e l m a l m a ntenimiento que comi ó . Desta pr i si ó n na d ie se e scapa y co n esa l o s humill a e l ciel o y se v e a llano que ese t i r o es so l o de l braz o po deroso de D i o s q ue acierta a l co razón del Pr íncipe qu e e st á sol o e n sus m a nos”, OÑA, Pedro de: op . cit ., l ib. I I, cap. II, di sc. I II , p. 638. 149 Epistolario español. Col ección de carta s de es pa ñoles ilust res antiguo s y modernos, t . LXII, Madri d, A t l a s, 1965, t. 2º, carta XLVII, p. 81. 89 injusticias y soberbi a, los sufrían todos s us súbditos de i g ual mane ra, muchos de e llos sin habe r c ometido pe cado alg uno? A esto, Pedro de Oña contestaba con una cosmov isión j erarqui zada de la sociedad en l a que é sta asemejaba a un gran cuerpo biológico e n el que la s funciones eran interdependientes. L a pe ste c a stig aba a la ca beza que era el Re y cortá ndole los miembros y reduciéndole los v asall os que era n sus pies y sus manos, éstos re cibí an el influjo y la vida de la c abeza y por tant o t ambié n de bía n parti cipar d e los males que les to caban por depender de e ll a. A dem ás serv ía para muchos como aviso admoni torio de penitencia despertándoles d el sueño del p ecado y a los i nocentes, de premio, porqu e Dios los sacaba d e est e mundo p ara que n o se conta minasen de los pe cados de l a cabe z a 150 . E l mercedario afi rmaba que, aunque las g rande s m ortanda de s servían para lim p ia r las repúbli cas de toda clase de pecadores que la corrompían, ta mbién causaban un terrible da ño e n e llas pues m orían muchos ju stos, siendo este el may or daño y castigo que p odía sufrir el g oberna nte 151 . L a s manife staciones sintomáticas de la pe ste e ran bi en c onocidas por l a medicina de la época pero, en mu chas oc asiones, se pre sentaba n dudas pa ra identi f ic arlas según ésta apare cie r a en alguna de sus t res form as : bubónic a, pulmonar e intesti n al . L a peste bubónic a se ca racteriz aba por la presencia de bubones en la s zonas de los gang li os, sobre t odo en los i ng ui na les, axi lares y ce r v ic ale s. E n ocasiones l as lesiones se hacían más e v ide ntes a trav és de una necrosis e n las zonas de la piel donde se había n produci do las pic aduras de las pulgas tom ando un color ne g ru zco. E sta s infla macion es rec ibían el nombre de ca rbunco pestífero y era n extremadamente dolorosas. L a peste pulmonar resultaba altame n te contagiosa porque de ntro de su grav e cuadro bronc oneumónico s e a rrojaban g ran c antidad d e gérmen es con la tos y las expec torac ione s, las cuales era n sanguino le ntas. F i nalm ente, la peste i ntestinal curs aba con un cua dro tífi co o c olérico ag udo que provocaba una mue r te rápida. 150 OÑA, Pedro de: op. cit ., l ib . II , cap. II, di sc. II I, p. 642. 151 “ Cast i ga e l c iel o a l Re y y Gobernador sus pecado s y cu l pas, co n guerras, hamb re s y pe stes, perro el acabamien t o de to do es qua ndo l e sa ca l o s b ue n o s y le qu i t a a l o s vi rt uo so s . Porque aunque e n l a s p lagas d i c has de guerr a, h a mb re y enfermedad, m uere n y f a l t an m uc hos e n e l reyn o , est o antes po dí a ser b e nefici o del mi s m o estado , pues suelen ser esto s t r ab a j o s un b arr i sco de l as ge ntes o ci o sas y perd i d as y eso ser í a co m o esc ardar la h ered ad y limpiar l a ; pero quan do to ca Di os e n l o s b u e nos y a estas vuel t as de tr a baj o s entr esac a a l o s que viven bi e n , es so y a es acabar con to do, y a e s echar l a s m ur allas de l r eyno p or t i err a para que a pi e l lan o l e aca b e n l o s e n e migos” I bídem, di sc. IV, p. 646. 96 publica do en 1535, decía, sig uie ndo a Sénec a, que la preparación para la mue rte era el ensa y o de la nue v a v ida 159 . Se imponía pues una constante reflexión sobre el postrer momen to, en la cual el cri stiano debía con siderar l a corrupt ibi lidad del cuerpo huma no y el rechazo a las c osas te rrenas com o ún ic o me dio para lleg ar a una buena muerte. Seg ún la pe d agog ía de teól og os y moral istas la vida buena c ondu c ía a m orir bie n, mientra s q ue la vida en el p ecado implicaba la muerte p erpe tua y , por lo tant o, una mala muerte. El proceso de implantación y di fusión de este pensamiento se basó en una ser ie de fac tores m u y c omplej os. Con toda seg uri dad uno de los hec hos que contribuyó al desarroll o de l a concepci ón cristiana de la buena y mala mue r te fue e l proces o de mu ndanización y seculari zación que se a dv ie rte en la sociedad europea a partir del impulso ec onómico del siglo XV 160 . L os m ora listas y pre dica dores ha bían agotado los v ie jos exe mpla medievales, mi entras que la sociedad i ba adquiriendo una conciencia cada v ez m ás ind ividual en la que se propag aba , con crec iente intensidad, la i nclinación por la vida terre nal. Como reac c ión a este creciente afán por las cosas profana s se produjo la respuesta de las institucione s e cle siásticas que advertía sobre la terrible real id a d de la m u ert e capaz de aca b ar, no sólo con todos l os goces y place res mundanos, sino c on e l cuerpo biológico a t ravés de la corrupción. Surg irá n a bundante s tratados en los que l a imagen de la muert e se ce ntrar á en un rec hazo insistente de l a mala muerte frente a la buena m u ert e, que será considerada como la má xima aspiración que debe tene r todo cristiano. En e stos te x tos se mostrará el m iserable fin del ser humano a la v e z que, en e l polo opu esto, se a seg urará su inmortalidad siempre qu e la vida del individuo hubiese sido virtuosa. L a insistenci a d e los trata d ista s por describir las t r e mendas fases de l a ag onía y l os espantosos castigos pos te riores a l a mu erte, e n el c aso de m ori r en peca do, generaron un t emor vis ce ral a lo s últ imos m omentos popularizando el género lite r a rio d e las A rs moriendi e ncaminadas a la preparac ión del c r istia no para morir bien y te ner un dic hoso tránsito. En e l paso de la Edad Medi a a la Edad Moderna, las a rtes de bien morir se difundirán de manera notable gracias a la simp li ficación de sus mens aj es retóri cos a com pañados de abunda ntes xilog rafía s que ilustrará n, de m ane ra convincente 159 E RA SMO de RÓTTE RDAM : P reparatio ad morten , (t raducci ó n d e Bernardo Pérez de C hinch ó n), en REY HAZAS, A.: Artes de bien morir. Ars mo riendi de la Edad media y del siglo de Oro , Madr i d, Le ngua de Trapo, 2003, p. 31. 160 MARA V ALL , J. A .: E l mundo social de “L a Celestina”, Madri d, Gr edos, 1972, pp. 172 y ss. Este hi st o ri ador argu m ent a que, a fi na l e s d e l a baj a E dad Media, la muer t e aparecerá simplemen t e co m o a l go n egat i vo s in co nnot aci o nes c l aramente defini d as c o n respec to al dest in o so b renatural de l individuo. 97 y didác tica, una m editaci ón que hasta entonces estaba r eservada a los cír culos intelect uales e clesiales. Por supuesto que siendo la may orí a de l os fieles iletrados esta perce pción les llegó de maner a reducida a t ravés de la pre dica ci ón y de la s imá g enes, pero fue sufi cie nte para crear en e l comú n de la s g ent es una cre cie nte ang ustia por la forma de morir. D e los principales tratados de bien mori r, se fue ron desgaja ndo numerosos manuales y peque ñas obrita s destinadas a la instrucción del clero. E n ell os se explicaba de mane r a sencilla los pasos qu e el sacerdote te n ía que lle var a cabo durante la asistencia al mor i bundo y las fórmulas de las ora cione s que convenían recit ar seg ún las di stintas situ ac i ones. A media dos del sig lo XV II, las edici ones de las artes de bien morir alcanzarán en Españ a su punt o má s ál g ido, si bi en es ci erto que muchas de ellas serán ree dicion es y c opias de la s anteriores 161 . A l a v ez que l a r epre sen ta ción de la bue n a muerte v a c alando en todas las capas sociale s, su int erpretación fi nal i rá variando susceptible mente. L a inmort alidad del a lma dará paso a una c onc epción mucho más restringida: la e v ita ción de la s terribles penas del Purg atori o. T odos los e sfuerzos del fiel c r istia no estarán c entrados en sa li r de este mundo libre de los pecados cometidos , pos ponie ndo, de ma nera di fus a, el futuro destino del a lma en la res urre cción y en la inmort alidad 162 . La mal a muert e L a s múlt iples forma s de a b andona r este mundo: muert es repentinas, acc identales, v iole ntas, la rgas y dolorosas, contri bu ía n a i ntensific ar y dram ati zar e l dolor y la pena de l os sobreviv ient es a la vez que generaban un profundo te mor ant e los terri bles sufrimientos que aguardaban lleg a do el trance final. L a concepción d e la muert e rápida e insta n tá nea , tan apreciada desde l os t iempos ant iguos , dej ó de te ner una v al oraci ón positiva a medida que e l pr og rama doctrinal de la Iglesia sobre la muerte fue adquiri endo perfiles más defini dos. L a lit eratura d el primer cristianismo r e presenta ba la muert e c omo un dul ce tránsito, una dormición que c onducía a l de scanso y a la paz 163 . 161 MA RTÍNE Z GIL, F.: op. cit ., p . 53. 162 En contr ap o si c i ó n con l o s pr imeros tr a t ado s , centrado s m ás e n l a agonía del m o r ib u ndo y su s e fe ctos , duran t e l a épo ca barr o ca, l a s o b ras ed i t ada s de ars moriendi e star án e nca mi nad as a u na pr eparaci ó n en la vi da par a l a m uert e l a cua l se presen t ará com o al go b ue n o y des eable. 98 En los siglos posteri or es, l a pr e sen ci a inev it able de la muerte se fue haciendo má s acuc iant e. É st a e mpezaba a grav i tar sobre e l hombre d esde su nacimiento amenazán dole de ma n era incesante, pudie ndo sorprenderle e n cualqu ier momento de su v ida . Este recorda torio persiste n te , unido a la i ncer ti dumbre de hallarse com p le tamente libre de peca do, dio lugar a que la aspiración de la ma sa de los fieles estuviese centrada e n disponer durante la agonía d el tie mpo suficie n te para confesar sus pecados y recibir la absolución que l es libraría de la s penas de l I nfie rno. L a ma y orí a de los autores consideraba n que el estadio prev io de la agonía era impresci ndible par a reconciliarse con Dios y al canzar la sal vaci ón. El re chaz o a l a mue rte imprev ista, rápi d a e inesperada, fue contestado por el pensamie n t o era sm ista . L a m uerte súbita no re sultaba a bo mi nable si se ha bía tenido una buena vida ant erior. E ras mo e scribía que la muerte inopinada no existía como t al porque ésta ac o mpa ñaba constantem ent e a los hombres a través de todas las inseguridades de su existe ncia, dando c laro a v iso y m emori a de la muerte. L a forma de morir no era síntoma de c ondenación. Ning una muerte era mal a. Se podí a morir sin sufrimiento alg uno e ir direc tamen te al Infierno, mient ras que otros que morían ent re grandes congojas y pesadumbre s te nían asegurada la ent r ada e n e l P ara íso 164 . Ya en 1494, en la obra d e l 163 E sta concepci ó n de o ri gen c l á s i co f ue r eelaborada por el cr ist i an ism o que co n s ideró l a muerte com o un desc a ns o do n de e l jus t o r eci bía co m o reco m pe ns a de sus tr ab a j o s la paz y la qu ietud de l espíri t u. BO UZA ÁLVA REZ, J. L.: R eligiosidad contra rreformista y cultura simbólica d el Barroco, Madr i d, C.S.I .C., 1990, pp. 392-393. El m ercedar i o Pedro de Oña des arro ll ará a mpli a m e n t e este s im bo li s m o apo y á ndose e n l o s t ex t o s de l o s escri t o res esto i cos y p at r í st i co s. La muerte co m o un su eño que propor ci o n a qu ietud y desc a ns o t anto a l cuerpo co m o a l a lma suponía e l fi n de t o dos l o s t r ab a j o s y mi ser ias de l a vi d a: “Luego bi e n se d i ce que l a m uert e es s ue ño. S i sueño es una paz y fi n de l o s cu idados, qua nto al alma, y u n desc a ns o y reparo agrada ble del cu erpo , l o mi s m o es la muert e, aunque n o h a ya g l o r i a, sin o s o l o e l desc a ns o del cuerpo en l a s epu l t ur a y del a lma e n l a o tr a vi da, aunque n o vea a D i o s. De m a n era que si le pregun t asen a l cuerpo y a l alm a s i qu er í an vo lv er a est a vi da m o r t a l , d i r í a n que n o ; y s i les d ies e n li be rt ad, n o vo lv er ían , y s i les hizi e se v o l ve r po r l a fue rza , l es pe sar ía y se que xar í a n de e ll o ”, OÑA, P edro: op. cit ., li b. II, cap. IV, di s. I, p. 759. 164 Erasm o r estaba va li d ez y ef i ca cia a l a s f o r m as co nsensua da s de m o r i r s e ñal a ndo qu e la es p ir i t ua lidad del indivi duo y sus act uac i o nes so l a mente podí an ser j uzgadas por Di o s: “Infi n i t a s m a ne ra s de m o r i r h ay: un a s espanto sas porque m at an de súbi t o , com o acon t ece que m uchos m uere n e n l o s co nvi t e s; ot ros porque duran mucho y da n gra n t or m e nt o , com o so n l a pe r l esía. La ciát i c a, l a go t a; ot ras que hacen enmudecer y enl o quec er, co m o so n l a apo p l e jía, l a f re nes í a, la m o do rrill a; o tr as que h acen que l o s h o mb r es se despeñ e n, o se ech en en algún un pozo, o que se ah o rquen, o se m at en con hi erro . Ha y ot ras enf er medades que corrom pe n l o s instru m e n t o s in t er i o res del a l ma, y a estas ll a mam o s co m ú nmen t e endem o nia d as. A ot ros vem o s m o r i rse t an sin pe na que m ás parecen dor mi rse. Pero, c o m o qui era que sea la muert e, no p o r eso debem o s juzgar a ninguno. Aun de l o s que mueren a j u st i c ia do s po r al gu nos e xcesos, dado e l cas o que m uera n co n infamia, n o por eso di r e m o s que van co ndenados. Porque puede ser que, po r revolvedo r y alb o rot ador de puebl o s, m u er e hecho cuatro cuartos v u e l e derecho a l C iel o , a la co m pa ñí a de l o s á nge l e s, y que o t ro que m u ere en su cama, co n e l hábi t o de Santo Domi ngo y co nfes ado , desci e n da derec h o a l i n fi er no. Sol o e l Señor es qui e n pueda j uzg ar de esto”, ERA S MO de RÓTTE RDA M: op. cit ., p. 47. 99 teólogo y huma nista Sebastián Brant, aparecerá un g raba do atribuido a Durero, que representa a un moribundo ag onizando, en apariencia, pi adosament e , mientra s que un monstruo, simbol izando al demonio, a cec ha c erca del l echo. E l texto que a compaña a la xilografía resume la idea de que la ap ari encia de l a forma de morir no im pli caba nece sariam ent e tener un a bue na o mala m uert e 165 . L a Cont rarreform a fu e ocultando las observacione s erasmi stas sobre la buena y la mala muerte, v ulgarizando y ext eriori zando e l tránsito vital en una serie de imág enes en las que se integraron e lementos m ágic os y supersticiosos. Parti cula rmente, a quellas muert es ocasionadas por los a g ent es de la nat uraleza tenía n una larga tra dición de ser considerada s como un castig o di v ino. L o s ra y os que mat aban, los de sprendimien tos de tierra s, las g ri etas en el s uel o o las a v eni das inespera d as eran los instrume n tos de sanción que podía us ar la div i nidad contra los que incump l ían sus preceptos. Esta aprec iación se mant uv o dent ro de l im ag inario popula r a pesar de los procesos de reel aborac ión doct r ina l que la I glesia introdujo. Sin embarg o, los posos era smistas sig uieron pe rviv iendo en al g unos autores como el ag ustino A ntonio de la Natividad que mantuvo la opinión sobre lo arriesg ado que era juzg ar al g unos tipos de mue rtes: “S i nos gob ern amos por l o q ue los s entidos n o s d ice n m ala mu erte es d e aque llos que muer en mozos, o ajus ticiados, d e acc ide nte , o d e desas tre; hasta la muer t e d e los mártires santos nos parecerá m al, si de este mod o la juzgamos y p or lo contrario tendremos siempre p or b ue n a la muerte más t ardía . P ero a los ojos d e la Fe divi na , no ay muerte buena, si no e s de aquel los que c on Dios mu eren en s u gr acia y ami stad, o mueren viejos, o mozos, o d e dolenc i a, o de d esa stre, ni bi en mayor que el de essa muerte” 166 . L a m ala muerte se i dentificó con la mue r te a dv ersa y arreba tada. E l padre L uis de la Puente decí a sobre l as m uertes desastrada s que era n el castigo que Dio s infl ig í a a algunos peca dores para que sirviese de e jemplo y a v iso a los demás. No hacía falta ser un gran im penite n te , l os designios de Dios podían escoger a aquellos que simplemente 165 “ Cada cua l cree buena su vida, pero s ó l o Di o s con o ce el co razó n. Por m a l o s se tiene co n f recue ncia a m uc hos que, s i n e mbargo, Di o s co n o ce y a ma. Much o s son v e n erado s en l a t i err a, pero van a l inf ie rno t ras l a mue rt e. Un ne c i o es qu ien o sa deci r que est á c o m p l et a mente l impi o de pecado. Pero to do neci o t i e ne e ste de f ect o : que no qui er e s er l o que es”, BR A NT, Sebastián: L a nave de los ne cios, (edi c ió n de An t o ni o Regal e s Serna ), Madr i d, A ka l, 1998, pp. 1 30 -131. 166 NATIVIDA D, Anto ni o de l a: Silva de sufragios de clamados, alabados y encomendados para común prove cho de vivos y dif untos , Zaragoza, im p. P edro Lanj a, 1648, p. 267. 100 había n pecado sin te n er en cue nta e l número y c alida d de sus fal tas 167 . L a m uerte inopina da se c onv ert ía en ama rg a memoria para a quellos que cifraban sus a spiraciones en lo m undano y de bía producir en ellos el temor y e l arrepent imi ent o. As í, la mu ert e formal se pr esent ó como modelo significativ o ca paz de suscitar en la opini ón general d e las g e ntes el sentido de premio o castig o por sus comportamient os mor al es. E l m orir bien o m al tenía un compone nte externo re presenta do por l a manera de abandonar este mundo. L a forma de mori r no se c ircunscribía únicamente al individuo. L os cómplic es del peca do también estaban expuestos a sufrir e l mismo desti no porque “no ha y peca dores má s a bominables y obstina dos que los que se c onciertan y a y udan en sus malos intentos para esme rarse e n ellos” 168 . Con e llo se a dv ert ía que cie r ta s forma s de mo rir podí an e star c ausadas por el contacto y l as rel aci ones que se hab ía n mantenido con los pec adores durante la vida. No fa ltaron a utores que a prov ec haron la perplejidad que causaba la muert e repe ntina pa ra in citar a los c rey e ntes al culto reverencial por los muert os con la esperanz a de que serí an r ec ompensados por ello. E l franciscano Rojas, habla ndo sobre el asombro que c ausaba la muerte inesperada de a lgún am ig o o pa rie nte, escribía qu e debía serv ir de t emor y ad vertencia y proponí a esta re f le xión: “No te quedas admirado y t emer oso d icien d o en tre sí: ¡Válgame Dios si me su c edera a mí lo mi smo! Y sin o lo p iensas e res loco po rque imagina s te sucederá todo bien y t en d rás m u erte a tu g ust o y qu e te saldrán la s cosas como m al te las imag i nas. Teme a la muert e que t e enseña l a misma naturaleza a t emer, no seas teme r ari o , honra los muertos y sus se p ulturas, o f rén dales s i quieres q ue te honren l a tuya y h agan bie n po r tu a lm a” 169 . Este mi smo autor opinaba que las muertes inesperadas y ac cident ales podí an serv ir c omo m étodo de purg aci ón: 167 E l je su i t a a vi s aba que a lgunas f o r m a s de m o r i r estab a n ín t im amente re l ac i o nadas co n l a vida d el pecador y que servían para co ndena r justa m ente a unos pero t ambi é n par a l lamar mise r icor d i o sa m e nte a ot ros a fi n de que e nca uz aran sus conductas de cara a l a m u ert e. “ Por t an to, si vosotro s s o i s t am b ién pecadores, esc ar m e n t ad en ca beza agena y mirad q ue est a m uert e es voz de D i o s que o s ll a m a y co nvida a l a pe ni t encia, po rque no v en ga so b re v o sot ros sem e j a nte pena , pues verdaderamente so i s d i g n o s de ell a”. PUENTE, Lui s de la: Obras espirituales d el Ve nerable L uis de la Puente, de la Compañía de Jesús. Tomo I I en el qual contiene el p rimero y segundo de los estados: D e la pe rf ección en el estado chri stiano desde su primera voc ación y na cimiento e spiritual hasta su mu erte, Madri d, imp. Anto ni o Ro m á n, 1 690, t rat. I, cap. XIV, p. 66 . S o b re l a vi o len c ia que e n c ie rr a l a muerte de l pecado r, Pedro de Oña ded ica to do un d isc urso para de m o s t r a r que m uchas muertes vi o lentas y a n t i c ipadas t i e nen su o ri ge n e n l o s vic i o s y pecados de l o s h o mb r es. OÑA, Pedro : op . cit , li b . II , cap. IV, di s. VI, pp. 812 - 823 . 168 Ibídem, p. 69. 169 ROJAS, Fran c i s co de: Teatro funeral de la Igles ia Católica , Madri d, 1636, f o l . 124v . 101 “ L a s muertes que ay at roze s y repentinas violentas y con naufragios, ta mb ién pueden s er p urgatori o para m uchas a lmas: el morir ahogados, el r ayo que le mató al otro, la casa q ue s e le c ay ó encima, la cayda que dio d e repente , tod o ess o puede se r purg a torio y como está en este mundo mereciendo, de mucho p rove cho. Ta mb ién los tra bajos de la enfermedad son penas que purgan a l alma ” 170 . L a inci denci a de las muerte s re pentin as que a fectaban a todas las clases sociale s, entre las que se encont raban indiv iduos a l os cuales se le s suponía una acri solada piedad unida a una categoría moral fuera de duda, di o lugar a que al g unos autores esta b le ci esen una serie de condi cionantes pa ra atenuar el pánic o qu e suscitaba e se tipo de m uertes . L a mala muerte era consecuencia de haber tenido una mala vida en la que se había postergado el mome nto de la penitencia. No se podía habla r de la muerte súbita con aprensión cuando las de funciones e ran un hec ho cot idiano desde l a niñez . “Donde quiera s que v uelvas está la muerte”, escrib ía fray Pedro A moraga, en 1602. “Qué o tra cosa oymos sino ge mido s de los q ue se mueren, qué o tra cosa ve mo s sino m ortuori o s, enterramient o s, muertes, llantos, sepulturas y l etreros y bl a sones de los q ue muer en ; y si nos mueven p oc o l os aj enos mal es, c uántas veces nos zumban a los oydo s muertes de p arientes o amigos. Y si esto nos p arece po co para rec onoc er nuestra f ragili d ad quié n hay que no aya halládo se a d os dedo s de la muer t e por p est ilencias, la d rones, guerras o enfermedades.. .” 171 . El c ristiano de bía c onsiderar que , incluso la s c asas, las cua les se juzg aban c omo lugares seguros , podía n caerse aplastando a sus moradores; la tierra, que p are cí a un ele mento firme y maci zo, se abrí a en ocasiones provocando g rande s mort andade s; por no decir de l aire qu e, sirviendo pa ra viv ir, podía resultar mortífero; o de l os a limentos y bebida s que amenazaban cada d ía con la m uerte l a v ida de los hombr es. No era pues la muert e súbita la qu e ha bía que det estar sino la de aquellos que esta ban mal a p ercib idos para recibirla. Del mismo modo, el trinitario J uan de Jesús María , c onsid era ba qu e los fallecidos de forma ine sper ada , sin haber recibido l os socorros sacra mentales, no debían tene r temor a lguno si habían v ivido c ristia nam ente. Dis ting uía entre l a muer te r epe n tina y la muert e desprevenida, la única que resultaba mala. Además, la m u erte súbita p odía ser c onv eni ente para m uchos porque era e fect o de su e te rna predestinación y a que c on este g éne ro de m uerte se libraban de las tentacione s d e l demonio, que eran t erribl es y 170 Ibídem , f o l . 117v. 171 AMORAGA, Pedr o de: Libro intitulado instrucción del pecador en diálogo, contiene diversas materias , Madr i d, im p. Pedro Madri g a l , 1602, p. 142. 102 peligrosas en los mom ent os finales de l a agonía 172 . Otro trinitari o d e nom br e cas i homónimo, J osé de J esús María , confirmaba también que ning ún católico d ebí a desesperar e n los casos de se mejantes muertes porque exi st ía n r evelaciones m or almente cie rtas de que al g unos que las habían padec ido estaban g ozando e n la g loria . L a v ene rable sor M ariana de Escobar, en su s frecuentes conversaciones c on Dios, le o y ó deci r estas palabras: “ No penséis que y o t an f ác ilmente perm ito la conde n ac ión de la s alma s; c ostáronme mucho y mucho es m enester para conde nars e un alma . No pens éi s que todos los que m ueren sin sacramentos se condenan” 173 . L a miseric ordia de Dios era infinita y ocul tísimos s us j uicios, y podía ser que l a m uerte súbita fuera para algunos ju stos la aseg urac ión de su s alvación porque les evitaba com et er nuev os pecados. Sobre este punto los trat adistas sos tuvi eron not ables diverg encia s. Muchas v ec es e ra n ecesaria la pre sen cia de l demo nio par a que el m or ibundo se justific ase ante Dios a trav és de su lucha contra la s tentaciones a l a qu e e ra sometido. Pedro M edina argumentaba la i nevitable aparición de l dem onio a la hora de la muert e a duciendo v ari os m otivos. En prime r lug a r, durante los m omentos finales e l alma se iba separa ndo lentamente d e su envoltura m aterial lo que daba lugar a qu e adquiriera una percep ci ón del mundo ultrasensori al mucho má s profunda, “como e l ánima se aparta de la c arne y está c asi desas ida del cuerpo, tiene abilidad natural pa ra ver lo que antes, estando inme rsa y em bebid a en todo el c u erpo, ver no pudo” 174 . Esta consideración, enraiza da en la s antig uas t eorías que h abl aban de la puri f icaci ón y levedad que e xperimenta el alma c u ando deja a un lado el peso de la consistencia material, l e permitía desarrollar sus potenc ial idades má s fi nas. L a mate ria e ra lo que separaba de Dios, el e spíritu l o que unía. Por eso era justicia de Dios que, ta n to l as buenas ánimas como las malas, vieran a l 172 JESÚS MA RÍA , Juan de: op. cit ., trat. II, l ec c. IV , pp. 183 -184. 173 JESÚS MARÍA , José de: Vida del Venerable y ex tático Padre Fr . Miguel de los Santos. Religiosos del Orden de Desc alzo s de la SS. Trinidad, Sal amanca , im p. Lucas Pérez, 1688, li b . I I, cap. XXVII, p. 26 5. 174 MEDINA, Pedro de: Libro de la ve rdad donde se contienen do zientos diálogo s, que ent re la ver dad y el hombre, se t ratan sob re la conv ersión del pe c ador , Má l aga, imp. Ju an R e ne , 1620, part . III, diál o go XX, f o l . 136v. Me d ina, c o s m ó gr af o e his t or ia do r sevill a n o , m uerto en 1567 f ue c l ér igo de l a ca sa de Medinasi do nia y u n gran mate m át i co . En 1555 publi có este li bro de caráct er ascéti co que se re im pr imi ó v ar ias ve ce s. Su cur i o so t ra t ad o resul t a una co p i a de l de Alej o Venegas Agonía del tránsito de la m uerte, Mucha s def inici o ne s y co nsej o s e st án to m ados t extua lm e nte y s u ú nica noveda d e st rib a en pr ese n t ar e l t em a de la m u ert e y de la salvaci ó n co m o un d iál o go entr e el ho mb r e y la Verdad. Venegas f a llece en 1554 y Med i na publica s u t ratado en 1555, l o cua l h ace pens ar e n una apropi aci ó n más que descarada de l a o bra de Venegas, que ya e n vi d a tuvo numero sas edici o n e s; VENEG AS, Al e j o : Agonía del ..., op . cit ., pun t . I V , cap. II, p. 152. 103 demonio al tiempo de su partida . L os malos para que contemplaran a los horr ibl es demoni os ant es de mori r y c omprobara n a qué l es había llevado el menosprecio d e las ley es divinas; l os bue nos, pa ra dem ostrar por últi ma vez la fe cie g a en su salvación. A sí la vis ión del Demonio era la última prue b a que el cristiano tenía qu e superar. Todos los trata distas recomendaban no t urbarse ni de sesperar ante la s vis ione s horribl es y espantosas que a doptaba el Dem on io a la hora de la muerte. Muchos santos habían tenido visiones del demonio en e l momento de l a a gonía, y los m étodos que utilizaron para evitar sus tentaciones esta b an recog idos en una profusa relación d e fenómenos que corría de boca en boca . Era fre cuente exponer que el mismo Señor había expe rimen ta do las t entaciones y visiones del Demoni o pa ra d em ostrar que la tentación no era argumento de c ondenac ión y que el cristiano debí a mantenerse fi rme y no de sespe rar considerando que su alma podía caer en los últim os pecados. Sin embarg o, el Demonio no se aparecía a los que morían de muer tes arrebatadas porque la t ensión que tenía el alma al d espedi rse del c uerpo esta b a soslay ada por la premura d e la mue rte. No obstante, e ste ti po de muerte era c onsid era da com o pelig rosísimo y l a Iglesia debía rog ar e n sus oraciones para que sus fie le s no sufrieran una muert e i nesperada. Como c ontrapunt o, un insistente dis curs o ec lesial c argado de tópic os ret óricos, estableció que la bu ena muerte era aquella que s e ocasionaba tras un a ag onía consensuada que diera lugar a l a pr epa rac ión del alma y a la confesión de los pecados . El pa dre Nieremberg decía que la muerte má s dic hosa e r a aqu ella que no s e producí a de mane ra violenta ni re p ent ina, sino de spa cio a trav é s de alguna enfe r me dad n at ur al que term inaba paulatinamente con la vida. No obstante, no oc ulta ba que i ncluso con s e r una de las me jores m anera s de mori r que podía d e searse, la agonía enc erraba terribles padec imientos fí sicos que dejaban al d e scubierto tod as la s miseria s humanas 175 . El espíritu barroco terminó por instaurar un terror a mbiv alent e ante e l hecho de la m u ert e. Si terribles eran las penas que a g uarda ban a l o s que m orían e n pecado, terribles tam bié n eran l os sufrimientos que se manif estaba n durant e la agonía. 175 “ Qu é m a y o r mi s er ia de la vida que llegue a ser di c h a u na co sa t an mi sera ble, só l o po rque es men or mis er ia Pero en sí no deja de s er l o m u y gra n de ; po r que ¿ qu é a ngust i as y congo j a s no pas a qu ien de est a m a ne r a m uere ? ¡Cuá n t o l e a fli gen l o s acc i d e ntes de l a e nfermedad, e l ca l o r de la ca l e ntura que le abrasa l a s entr añ as, la sed d e la boca que no l e de ja habla r, e l do l o r de l a cabeza que l e im p i de e ntender, las congoj a s de l co r azón que l e mel a nco li za n d e muert e , y o tro s grav e s acc iden t es !”. NIEREMBERG, Juan Eusebi o : De la dif erencia... , op. cit ., li b. II ,cap. I, p. 55. Venega s, o bvi a n do t al es co n s ide rac io nes , reco m e ndaba que la agonía fues e espaci o sa y casi ap l az ada para que se t uvi ese t i empo de enco m e n da rse a l o s mé r i t o s de l a Pa s i ó n de Cristo , o rdenar el t estamento, co n f e sar l o s pecado s y r ecibi r l o s sacra men t o s. VENEGAS, Alej o : A gonía del ..., op. cit ., pun t . VI, cap. XII, p. 264. 104 Tam bién las ag onía s la rg as y prolon g adas tuv ieron dos int erpret aciones difere nciad as. Aunque l os e scritos doct rinal es se esforzaron por señal ar que podía n serv ir como un periodo de expiación con e l que se ac ortaban las pena s del Purg at orio media n te e l sufrimient o que se e xperim entaba 176 , en el ima g ina rio popul ar perviv ió l a idea d e que el a lm a del moribundo se resi stía a abandonar este m undo por a lgún tipo d e responsabili dades morales cometidas dura nte su v ida. L os estados a gónicos prolonga dos fueron considera dos como negativos adq ui riendo por l o tant o la c onno ta ción de una mala mu erte . Una l arga agonía suponí a, además de l os tra stornos domésticos que conlle vaba, la sospecha de qu e el mori bun do te nía c ausas p endi entes en e ste mundo y le resultaba muy difíc il a bandonarlo sin hab erlas satisfecho. Las m uertes súbitas L o s reg istros parroquial es c onst it uy en una fuente de primer ord en para conoce r la incidencia de muertes s úbit as producida a lo la rg o de un pe riodo determi n ado. Uno de los apartados en la s a ctas de defun ci ón ha c e referencia a la consta tac ión de si el difunto ha recibido los úl timos sacramentos y en caso contrario, la espe ci f ic ación d e los moti v os que le im pidieron cumplir con un re quisito ta n indispensable y obli g a torio. G raci as a e llas pode mos c onjeturar e l nú m ero de turolenses que fa ll ecieron a fa lt a de alguno de ellos o de su tot ali dad. Cuando e ste últi mo hecho se producía , apare ce rá anota da, indefectiblemente, la causa. El grado de fiabilidad que tienen estos apuntes está en relación con la preocupación que la Ig lesia tuv o por e l cont ro l de las actuaciones religiosas de sus fieles, y máxime en l os m oment os finales de sus vidas. No obst a nte ha y que señal ar qu e las cifra s obtenid a s en cua nto a l as muertes súbita s son meramente aproxim ativ as y a que, e n m uchas o c asiones, l a de terminación de e ste tipo de mu ert es tuvo un ca ráct er subjetiv o e n clara inte rdependencia con apreciacione s pe rsona les y formal ismos soci a les. L a muert e súbita o repentina que entraría más en el c a mpo d e la historia médica de b ido a sus c omponente s esenc ialmente bi ológicos, es, sin emb argo, un apa r ta do dig no de t ener en cuenta a la hora de precisar los c omportam ientos sociológicos y las actitud es funerarias que se adoptaron ante est e tipo d e mu e rte que, de mane ra sorpr esiva, truncaba el curso v it al de los indiv iduos. 176 PUENTE, Lui s de la: Obras e spirituales del Venerable Pad re L uis de la Puente, de la compañía de Jes ús, Tomo II en el qual contiene el primero y segundo de los e stados , Madr id, i mp. An t o ni o Román, 1690, t rat. V, cap. I, pp . 274-275. 105 Cuad r o 1 Relación d e muertes súb itas po r quinquenio s Qu in quenios Homb re s Mujere s To tal 1600-1604 1 3 4 1605-1609 3 3 6 1610-1614 4 4 8 1615-1619 7 4 11 1620-1624 5 8 13 1625-1629 5 7 12 1630-1634 3 4 7 1635-1639 4 2 6 1640-1644 3 2 5 1645-1649 7 4 11 1650-1654 1 4 5 1655-1659 7 1 8 1660-1664 6 4 10 1665-1669 3 4 7 1670-1674 4 2 6 1675-1679 6 2 8 1680-1684 1 5 6 1685-1689 6 4 10 1690-1694 4 2 6 1695-1699 3 3 6 TOTAL 83 72 155 Como se puede observar en e l Cuadro 1, e l núme ro de varones fallecidos inespera damen te superará a l de l as muj ere s en un 7% con respecto al computo global, mie ntras que e l comportamien to medio de este t ipo de m or ta lidad se acercará a las ocho defunci ones por quinquenio y el porc entaje sobre e l total de f alleci dos en el pe r iodo estará m uy próximo al 2%, una c ifra que en la actualidad resul ta ría e x tra ordinari amente ba ja 177 . L a ma y oría de e stas muert es habría que atri bu irl as a la s m orb il idades corona ri as y a ot ros t rastornos g ra v es de l apa rato c irculatorio e ntre los que d esta can las hemorra g ia s o embolias cerebrales, tam b i én l lamadas apoplejías. En la époc a, gran parte de la s m u e rte s r epe ntinas se a tribuí an a esta e nf erm edad cuy a e tiol og ía se creía que radic aba en una paralización tot al del sistema nerv ioso 178 . D e todas formas, la 177 Ha y que t ene r e n cuenta que en n uestro s dí a s l o s t rab a j o s so b r e l a m uert e súbi t a af i r m an que e l 12% de l a s de f u n c i o nes son pro duci da s po r es t a contin genc i a. M ARRUGA T , J., ELOSUE, R. y GIL, M.: “Muert e súbi t a. E p idem i o l o g ía de l a m uer t e súbi t a card iaca e n Espa ña ”, Revista d e Estudios ca rdiológico s , 52, (1999), I MIM, Barcel o n a, pp. 717 -725. 178 “ La apop l exia es u na enfer m ed ad t an peli gro sa com o notori a, de que m u c h o s m u eren repent in a men te. D i ce n l o s méd ic o s ser u n a est uper f acci ó n y pas mo de l o s nierv o s de t o do el cuerpo con pr iv ac i ó n de l o s 112 Martíne z, que murió a consecuencias de un escope tazo e n 1682 201 . L os homi cidi os que se producían en desca mpados resta ban posibi lidade s para recibir atenc ione s tan to corpora les como e spirituales . E l labrado r Nic olás A lc aine fue encontrado muerto de mano a ira da en la partida de San A bdó n y San Senén sin saber quienes fueron los autore s del hec ho 202 . Varios de e stos crímenes se com etieron fue ra d el perímetro de l a ciuda d. Particula r me nte, e l lugar de la s Gasconillas 203 fue e l escena rio de cuatro d e ellos, lo que i ndica que las m uertes por homici d io fueron más abund ant es e n las a ldeas de la Co m unidad que en el ámbito de la c iudad. L o s ajuste s de cuentas, la s peleas por linde ros y los odios enconados debi eron de ser las ca usas de l a may or part e de estas muert es. En cua nt o a los medios utiliz ados para perpetrarlas, se advierte un cl aro predominó de las armas blancas 204 aunque los asesinatos m á s alev osos y preme dita d os se cometie ron con armas de fueg o 205 . En el G ráfic o 2, donde se re presenta la di stribución numérica de los hom icidios conoci dos perpetrados en l a ci ud ad de T eruel por quinqueni os, se pue de observar que la may or inci dencia de los mi smos se produj o en el interv al o corre spondiente a 1640- 1644. Quizás este repunte de la c r im in a lidad pudo e star relacion ado con las lucha s de bandos que die ron lugar a enfrentamient os y venganzas 206 . Resulta sig nific ativ o que 201 A .P .L.M ., Lib. R eg . (San M iguel ), vo l . III , f o l . 9 6r. Tan só l o do s vict im as t uvieron t i e m po de rec ibi r to d o s l o s sacra mentos. Un a de e llas f u e Jo sé Do mi ngo , m u erto en 1690, e l cual “ t u vo t iem po de confesa r y co m u lgar antes de m o r i r”, A . P.S. S. Lib. Reg . (El Sa lvador) , vol . II , f o l . 305r. La otr a, Diego Forn és, m uert o en 1675, i ncl u so pudo tes t ar el mi s m o día de su m uer t e, A.P.S.A . Lib. R eg . (Sa n Pedro ), v o l. IV, f o l . 406 v . 202 A.P.S. S. Lib. Reg . ( San Mart ín ), vo l . II, f o l . 276. 203 E l lugar de las Ga sconillas, qu e d ist a u nos d iez k il ó m et ro s de l a c iudad, esta ba as i g nado a l a i g lesia d e San Pedro y cua n do se producía un fall e c imi e nto sus h a bi t antes est ab a n o bligados a enterr arse en d i cha i g lesi a. En la actua li d ad está despobl ado. 204 S i r van co m o e jempl o l o s siguientes c asos: E l est ud i a nte Miguel Ab r il e s a sesinado de u na puñalada en 1616, a l i gua l que Juan Bened i ct o, en 1645, “muerto de una puña lada que le d ieron”. Otro s t ermin aro n sus días dur ante pen denc ias en las que in t erviniero n l a s e spadas co m o el j o ven Do mi ngo Ca st e l l a no “ qu e rec i bi ó u n a esto cada de l a cual m ur i ó repe n t inamen t e” , en 1645, o e l so l dado Jaime Gast ó n , que en u na d i sput a “l o m at aron de una esto cada en el cuerpo de guardi a”, en 1672. 205 De u n e scopet azo m ur i ó José Marín , en 1617 y t a m b ién l o s c lér i go s Juan P i na, en 1642, y José López Camarena, en 1643, vica r i o s de las l o calida d es d el Olm o y Sarr i ó n, respect ivamen t e, A.P.S. S. Lib. Reg . (Catedr al ), vo l . III , f o l s. 1 v, 21v y 22r (respect iv a m e nte). De i gua l f o r m a fue asesinado el ciudadan o Ja im e Car l o s, en 1644, A.P.S. A . Lib. Reg . (S an P e dro), vol . I V, f o l . 353v. 206 Véas e LA T ORRE CIRIA , J. M.: “ La c o nf li ct ivi dad po l í t ica y soc i a l e n l a ciuda d y co m u nida d d e Teruel dura n t e l o s si g l o s XVI y XVII ”, e n Los fueros de T eruel y Albarracín , T erue l , I nsti t uto de Est udi o s T urol enses, 2000, p. 174. 113 entre la nómina de las v ict imas enc ontre mos dos clérig os, un notario y un ciudadano Respecto a la c ateg oría social de la s victimas, la m ay orí a pert enecerán a las clases bajas destaca ndo los labra dores , c riados y ma ncebos, que, c on frecuencia serán enterrados como pobres de bido a sus e scasos recursos . Únicame nte se puede seña lar co mo fig ura rele v ant e a doña R afa ela Valterra y Bágue na, viuda de don J ulián de la Mata, m uerta de un arcabuzazo en el puerto Cansador (ac tualmente Puer to Esca ndón), e n 1 656, seg uram ente durante un asalto ejecutado por ma lhechores 207 . Esta señora ser á una d e l as seis mujere s de la s cu ale s tenemos const ancia de su muerte v iolent a 208 . Gráfico 2 M u ert e s po r viol e ncia 0 1 2 3 4 5 6 7 8 16 00-1 604 16 05-1 609 16 10-1 614 16 15-1 619 16 20-1 624 16 25-1 629 16 30-1 634 16 35-1 639 16 40-1 644 16 45-1 649 16 50-1 654 16 55-1 659 16 60-1 664 16 65-1 669 16 70-1 674 16 75-1 679 16 80-1 684 16 85-1 689 16 90-1 694 16 95-1 699 n ú m e r o H ubo ot ros ti pos de muertes violenta s qu e fueron suaviz ada s baj o el epígrafe d e muert es por desg racia . L a muert e a cciden tal produci d a por percanc es en e l trabajo o por circ unstan cias i mprev isibles que oc asiona ban el fallecim ie nto inst ant áneo, adquirí a una imagen de consternación no e xenta d e un tra sfondo de sensibilidad colectiv a. L as ta reas agrícolas podían dar lugar a fata les desenl ace s sobre t odo durante la reco le cción. L a 207 A.P.S. S., Lib. Reg . ( Catedral ), vo l . I V, f o l . 180r. 208 En 1640 será a sesi nada Ángela Mart ín e n e l lugar de Las Ga sconil l as ; e n 1645, de u n arca buzaz o, Cata li na Sa nz, casada co n u n l a brador; e n 1696, l a do n ce ll a M ar í a Bell o c, A . P.S. A . , Lib. Reg . (S an Pedro), vol . IV, f o l s. 344v. y 354 v. (r espec t iv ament e) y v o l . V, f o l . 4v; l a m u je r de l calcetero Juan Mart ín , en 1649, A .P .S. S., Lib. Reg . (San Martín ), vol . II , f ol . 182. 114 prov erbi al debilidad de las ra ma s del nogal fue l a causa d e las muertes fulminante s de los labr a dores Jua n Campillo, que e n 163 2 “cay ó de un nogal muriendo súbit amente” 209 y , en 1688, de B ene dict o Chi r il aque, muerto también de i déntica forma 210 . L os vuelcos y ca ídas de c arros ocasiona ban frecuentes a cci d ent es como el ocurrido a José T ello, que en el verano de 1675 muri ó instant ánea me nte sin re cibir los sacramentos al cae r del carro donde transportaba l a mie s 211 . L os pas tore s que se arriesgaban a c ruza r el río con fuerte s crecidas t enían el peligro de p erecer a hog a dos como un c riado de J uan P omar “que pastando el ganado m urió a hogado en el río” 212 . L as mue rtes por aho gamie nto se prodigaron e specialmente entre los niños y jó venes 213 . L o s t rabaj os domé sticos ta mbién podían causar muertes inesperadas c omo l e o curri ó a Catalina Castellano que en 1625 murió asfixiada por el humo de s u horno 214 . Ocasionalmente, los jueg os infantiles desemboc aban en muertes trá gicas. En 1692, Ana Vill alba muri ó súbita ment e al c aerse de una t apia en la que estaba subida 215 ; a la hija de F ra ncisco H ernánde z, que “ esta ba ju gando en una enruna la cogió una peña y murió de repent e” 216 . El deplorable estado de algunas viv ienda s y su ínfi ma c onstr ucc ión daba lugar a frecuentes desplomes ocasiona ndo que s us moradores fu esen sepulta dos b ajo las ru inas. En estos f a tales acc ident es re sultaba n m uertas familias e ntera s com o l a de l pelaire A ndrés Torres que perec ió junto con su mu jer y una hij a pequeña que tenían 217 . L o s cam inos y veredas eran lugares pe li gros os donde se podía perder l a vida, no solamente por el ataqu e de los 209 A.P.S. S., Lib. Reg . ( El Sa lv ador ), vol . I I, f o l . 250r . 210 A.P.S. S., Lib. Reg . ( San Martín ), vol . I I, f o l . 266. 211 Ibídem , f o l . 220. 212 Ibídem , f o l . 206. 213 Si r van co m o ej empl o l o s sigu i e ntes casos: En 1648 m u ere ahogada en l a acequ i a de l Mo l in o de Med i o, l a hij a de l l a b rado r An t ó n Mat a “ qu e l e da va mal de cor azón”. En 1674, l a do ncella Isabel Ana G in és, sobrin a de l vicari o Pedro Sanz , “ de desgracia qu e cay ó en e l po zo del do ctor Gregori o ”, A.P.S.S., Lib. Reg . (San Mart ín ) , v o l , I I, f o ls. 180 y 219 (r espe ct iv amente). E n 1692, aparecerá ah o gad o en el r í o un h ij o del pe lai re Ju a n J imén ez. A .P. S.S., Lib. Reg . (E l S alv ado r), vol . II, f o l . 305r. E n 1696, despué s de do s d í a s, se encontrará e l cadá ve r de l párvul o Francisco San z, a hogado en e l r í o , A .P .L.M., Lib. Reg . (San Mi gu el ), vo l . I I, f o l .111v. 214 A.P.L.M., L ib. Reg . ( San Mi gu el ), vo l . I II, f o l . 29r. 215 A.P.S. S., Lib. Reg . ( San Martín ), vol , II, f o l . 221. 216 A.P.S. S., Lib. Reg . ( El Sa lv ador ), vol . I I, f o l . 285r . 217 A . P.S. A., L ib. R eg . (San Pedro ) , vol . I II, f o l . 117. De l mism o m o do f a lle c i ó S im ó n Garc ía e n 16 76 , “sin sacra mentos po rque cay ó se l a casa do nde vivía y l o m at ó ” . A.P.S .S. , L ib. R eg . (Cat ed ral ), vol . I II, f o l . 51r. 115 saltea dor e s sino por los v uel cos de ca rruaje s o e l desboca mie n to de las bestia s de carg a; de esta maner a muri ó e l cardero A ntoni o Cuñig a , e n 1666, viniendo de Albarracín con unas c argas de lana 218 o por las incle menc ias del t iempo, com o e l a rriero J uan A ndr és que muri ó helado en el té rmino de la local idad de Visiedo en 1616 219 . Sobre la s muertes por ajus ti ciamiento, lo s libros parroquial es pe rmanecerán en silenci o a l o largo de todo el si g lo que nos ocupa 220 . L a fa lta de documentación sobre las cofradí as, y en especial sobre aquellas q ue se d edicaron e specíficamente al auxi li o de los condena dos a muerte acom p añá ndoles en sus últimos momentos, re cogiend o sus cadá v ere s y dándoles s e pultura, im pi d e aventurar cualquier suposición. Con toda seg urida d, e n los fondos documentales de esta s cofradías debió hacerse mención a e ste tipo de m u ert es y a l as act ividades de asistencia llevadas a ca bo 221 . No ca be duda de que los trat adistas de l a buena muert e tuvieron muy presente s las div ersas formas de morir que acaecían en el ámbito c o ti diano c on el fin de construir un entra mado que sacralizaba cie r ta s muertes frente a otr as de carácter c laram e nte negativ o. V i v ir e ra un continuo peligro y , dentro de é ste, a lgunos t ránsitos se presentaron como indeseables. E n realidad, no hicie ron sino re conducir las v ie jas cree ncias exi ste ntes sobre la muerte y ada ptarlas a un c oncepto de sal v ac ión que dependí a de la eficiente in te rv e nción ecles ia l. Sin e lla re sultaba casi i mposible alcanzar la g lori a d ado que era im pres ci ndible la p resencia de un sace rdo te que proporcionara el salv oc onducto hac ia e l m ás allá a través de una serie de ritos sacra mentales. 218 A.P.S. S., Lib. Reg . (San Mart ín ), vol , I I, f o l . 204. 219 A.P.S. A . , Lib. R eg . (San Jua n ), vol . I I, f o l . 201r. 220 Lo mi sm o o curre en Zam o ra cu y o s reg is t ros parroqui a l es n o reco gen inf o r maci ó n a l gu na so b re e s te t i po de m uert es. L ORENZO P IN A R, F. J .: M uerte y ritual en la Edad Moderna. El c aso de Za mora (1500-1800) , Sal a manca, Uni versidad de S alamanca , 1991, p. 153 . En Toledo, sobre una m ue st ra de 1.483 regi str o s, en l o s que 86 m enci o nan l a causa mortis , tan sól o aparece un caso de m uert e por aj u st ici a mi ento . MA RTÍ NEZ GIL, F.: op. cit ., p . 170. 221 M art ín ez Gil señala que en T o l edo l a cof rad ía de l a Car idad es t uvo ded i cada preferen t e m e nte a l a as istenci a de l o s po b res, ah o gado s, asesi nados y ej ecut ado s, apareci e n do to d o s el l o s reg i strado s e n sus lib r o s de May o do m ía de Finados. MAR TÍ NEZ GIL, F . : op. cit ., p . 44. 116 El m odelo de la buena m uerte: la muerte del santo L a v iej a hag iografía m edie v al se había encargado de difundir a mpliamente l as trucule n ta s mu ert es d e los santos qu e alcanz aba n la in mortalida d y la pe rf ec ta biena v e nturanza a t ravés de a troces tormentos en los que se pint aban t errorífi cas formas de mori r: deca pitaciones, de s ollamientos, la pidaciones, amputaciones de miembros ... Estas terri b le s muertes conferían al san to una especialí si ma v irt ud que le garantizaba, no sólo la gloria ete rna, sino la fama ejemplarizante de habe r muerto proclamando la fe con su m arti rio 222 . L os sant os di stinguidos por su vida v i rtuosa y su mue rte heroica se transforma ron e n personajes m itificados que re pres e ntaban los v alore s más acendr ados del me nsaje c ristiano. Con su c onducta , pro y ec taba n su pa rtic ular c omportamiento en el mundo de l a vida cotidi ana c onformand o una guía de c onducta moral qu e de bía ser im itada. E l martirio otorgaba la santidad y la iconografía ba rroca siguió adornand o l os te mplos con escenas de santos marti rizad os 223 , pe ro con escenas cada v ez m ás cuidadas y selec ciona d as. A la v e z, muc hos textos hag iográficos fueron aba ndonando la descrip ción ma rtiriológ ic a para centra rs e prefe rentem e nte en un mode lo d e muerte care nte de v iol encia, una muerte soseg ada y apac ible que se re solv ía de una manera dulce y ac e ptada. Un e lemento clav e en es ta transformación se debió, sin duda, a las órdenes mendicantes que percibieron e l a g ota mie nto d e l mode lo anterior. Morir en el mart irio, además de r esulta r extra ordinari am ente doloroso, sólo estaba reserv ado a unos cuant os eleg idos. Se requería n un a seri e de cualidade s qu e era n muy difíci les de a dq uiri r para e l com ún de la s gentes. L a Iglesia se dio cuent a de que , si bien l as g rande s e scenas de los santos que m orían e n ar a s de l a fe y l as narraci ones d escriptiv as de estas muertes impactaba n e n los crey ente s, éstas no eran lo sufici entemente a ccesibles y ade cuada s para inducir al cri stiano a a nhelar aqu e l ti po de fin. El género hag iográfico experi mentó una transformación sustancial: las v ida s de los santos adquirieron un for ma to cla ramente literario. Se desc ribía c on todo de talle el nacimiento y la niñez del v ene rable , las admirables cual i dades y vir tudes de mostradas a lo largo de su existe nci a adulta , a veces cu aj adas de e xtraordinario s milagros y , fina lme nte , e l sie mpre edific ant e 222 De l u meau ad vie r t e que e n esta ago nía victo r i o sa de l o s t o rt u rados se puede ad vert i r la inculca c i ó n de un miedo vis cera l a l su f r imi e n t o que f ue e xpl o t ado h á bilm ente po r pred i cador es y t eó l o go s con el fin de estable cer un par alelism o co n l a s t erribl es penas del i n fier n o , D ELUMEA U, J.: op. cit. , pp. 38-39. 223 MÂL E, E .: El arte religioso d e la Contrarref orma. Estudios sobr e la iconograf ía del f inal del sigl o XVI y de los siglos XVII y XVII I , Ma dri d, Encuen t r o , 2001, pp. 113 y ss. 117 dece so que se producía aco mp aña do de pia dosísimas prácticas de devoción y al egre ace ptac ión. L a contrarr e forma expurgó de las relaciones hag iográfica s a muchos sa ntos antiguos por considerarl os legendarios y poc o documentados 224 , pero a la v ez i ntrodujo, como reacción al fue r te cuest i on am iento que sobre ellos hicieron los prot esta ntes, otros nuevos cuy a s historia s estaban más acordes c on los ti empos mode rnos. Reforzó la v ene raci ón de sus reliquias, el c ulto a las im ágenes y la re v ere ncia a los lugares y objetos que habían santifi ca do con su presencia. L a gracia divina se materializ ó sobre sus despojos haci éndose apreh ensible pa r a el com ún de la s gentes que a través de los sentidos se sentían tocadas por su fuerz a sobrenatura l 225 . F ue una rea cción desmedid a, que indujo a l a piedad popula r a situa rse en extremos claramente irracionales . Se fortal eció un cri stianismo m ágico y mil agrero lleno de prác ticas exte rn as donde l a supercherí a y l a exa ltación col ec tiv a se fundie ron en muchas oc a siones 226 . L a m uerte de la Virgen fue considerada junto c on la de Cristo como el máximo exponent e de la buena m uerte. Ambos h a bían muerto sin c onocer el pec ado y a mbos había n ascendido al ci elo sin dej ar en e st e m undo su parte humana. L os dos suponían el v erda dero t riunfo sobre la muerte cuy a not a más caracterí stica era la destrucción corporal . F ra y Pedro de Oña en el capítulo te rcero de su obra , que t rata sobre los efectos del pecado y sus consecue ncia s, d edicó todo un di scurso, el cuarto, a consider ar este aspect o. L a expira ción de la Virgen planteaba grav es p robl ema s teológ ic os. L a m u erte era una de l as consecuencias má s t erribles del pecado ; María , que no h abía incurrid o en ninguno tam bién ha b ía tenido que pasar por e ste tra n ce como c ualqui er ser humano. Este hecho, entre ot ros, permitió a l os prote stantes mi nimizar e l c u lt o a la Virgen por considerarla un me ro instrumento en el plan de redenc ión de Cristo. L os trat adistas de l a Contrarre forma se apresuraron a cont estar esta a f irm ación. Una de las razones que ad ujeron para dar e xplicación a e ste contrasentido fue e minentem ent e fisiológica. Si bien la muert e se d ebí a al pecado qu e ha b ía dado lugar a una sepa r ac ión del hom bre con 224 CA RO B AROJA , J.: op. cit ., p. 98. 225 Bouza Álv arez apu nta que l a m u l t iplicaci ó n de l a s representac i o n es mater i a les y sen s i b les v u lgarizaron e l cu l t o reli gi o so en el B arro co. BOUZA ÁLV A REZ, J. L.: op. cit ., p . 42. 226 M A R A V ALL, J. A.: La cultura... , op. cit ., pp. 458 y ss . ; R ODRÍGUEZ - S AN PEDRO, L. E . y SÁ NCHE Z LORA , J.: op. cit. , pp. 221 y ss. ; SÁNCHEZ LORA, J.: “C l a v es m ág ic a s de l a se nsi b ilidad b arro ca ” en La religiosidad popular, Barce l o na, A nthro po s, 2003, v o l . II, pp . 125 -145; F RANCO RUBIO, G. A . : Cultura y Mentalidad en la Edad Moderna, S evi lla, M ergablum, 1999, pp. 160 y ss.; CARO BA RO JA, J.: op. cit ., pp . 100-118. 118 Dios, la causa formal de la mism a estribaba en la par te corrup ti ble que formaba toda constit ución humana. L a ma terialida d era corruptib le por s er l os eleme ntos que la componía n repug nant es y c ontrarios. A sí, fue ne cesaria la muerte de la Virgen porque estaba r evestida de un cuerpo natural 227 . No obstant e, ést a se produjo sin dolor ni enferm edad corp oral esta ndo rodeada d e los a póstoles y un a g ran mult itud d e ángeles, que al tercer día de su muert e a compañ aron su cuerpo resuc ita do h asta el c ielo 228 . Marí a se convirtió por sus e xtraordinarias cua lidades en la abogada d e l os pe cadores y la auxiliadora e n los últi mos mo me ntos de la v ida de todos a quel los que espera ban el perdón de sus culpas. El tránsito d e san José también fue c onsi dera do como pa r adi g ma de una buena muert e. Aunque los ev an gelios no dec ían nada en partic u la r de l g éne ro de mue rte que tuvo ni de la enfermedad de la cual terminó su s día s, se de ducía que su tránsito le sobrev ino e n compa ñía de Jesús y de María , los cuales le a sistieron en sus últim os mome ntos. Par a da r may or consistenc ia a su pat ronaz go sobre la bue na muerte , fue nece sario que los tratadistas ima g ina ran su deceso sim ilar al d e cua lquier hombre. San José t uv o una a g onía do lorosa acomp añada d e t odos los acci d ent es comunes que se manife staban en l os m oment os fi n a les ll egando a perder el habla 229 . Sin e mbargo l a consolaci ón y los á nimos que le di eron la Virg en y su hij o le hicieron esperar serena y confia damente su fi n. T uv o por lo ta n to, una muerte santa y feli z, la mejor mue r te que podía desear un ho mbre . San F ranci sco de Sale s era de la opinión de que J osé fue uno de los que sa lieron del sepul cro al m ismo ti empo que re suc i tó Cri sto y que lo a compañó en su asce nsión g lori osa. A bonaba esta a firmación el hecho d e que nunca se había encont rado su tumba a pesar del hallazg o de mi les de reliquias de otros sant os menos 227 La part e humana h ac ía m o r t al al mism o Cr is t o “ Que s i a Cr is t o no l o m at arán , m ur i era naturalm ent e de vi e j o , po rque aun que se l e alargara la vida, a l fi n se acaba ra po r l a co m po s i c i ón y car ne que t enía c o m o v erdadero ho mb re”. OÑ A , Pedro : op. cit ., li b. II , cap. I II, di s. I V, p. 694. La m is m a co nsi derac i ó n ha c e VILL E G A S, Al o n so de: Flos sanctorum y his t oria ge neral en que s e e scribe la vida de la V irgen Sacratís ima y de lo s s antos antiguos , Madr i d, im p. F ra ncisco de l H i err o , 1724 , ca p. XXI , p. 11 3. “Y conside r a n do est o nos co n so l e m o s to dos m ur i e n d o , vi e ndo que Cr isto m ur i ó y su Madre, de manera que po r es t as r azones , aunque la d is pe nsó co m o V i rgen de o t r as l e yes generales , co m o ser co nc e bi d a sin pecado, pa r i r sin do l o r, ser m adre y vi rge n, e n el mor i r no se di spensó co n ell a”. 228 E l sil e nc i o que guarda n l as E scri t uras so bre l a muerte, en t i erro y sepul t ura de l a Vi r ge n era conside r ado co m o una precauc i ó n que habían t o mado l o s e vangelis t as con e l fin d e que la s ge n t es n o l a ador asen equ i vocada m e nte co mo Di o s. OÑA, Pedro : op. cit ., li b. I I, cap. III, di s. I V, pp. 697 -698. 229 VA L DIVIELSO, José de: Vida, excelenc ias y muerte del glorios ís simo Patr ia rca y espos o de nue stra Señora San Ioseph , Madri d, i mp. Mart ín Vázquez de l a Cruz, 1610, can t o vi gé sim o t erc i o , f o l s. 322- 337. 119 importa n te s 230 . San J osé se convirtió e n uno de los mejores int ercesores a la hora d e la muert e y é l mismo simboliz ó uno de los modelos de la buena muerte 231 . Su vida ha bía sido un cúmul o de virtudes ent re las que de staca b an la pobre za, castidad y obe dienc ia, que eran la guía básica de c ualquier orden religiosa, así qu e no e s de extrañar que mucha s fomentasen su cu lt o a partir d e l si glo XVI 232 . Después del Concil io de T rento, l os trat adistas conside raron, de manera reite rada, qu e l a mala muerte de los pec adores s e debí a a las fuertes uniones que existían entre el al ma y la pa rte c orpor al , si em pre inclina d a a los v ic ios y pla cere s terrenales: “e s mu y corpora l el pecador munda no y está su alma m ás t ravada y a ñudada al c uerpo que la del justo que de sea verse desatado. Por esta conside ración podem os decir que el peca dor de cual qu ie ra manera que m uera, siempre muere d e muerte violenta y e l jus to no” 233 . E sta violenc ia se t raducía e n el dol oroso de sg arra mient o que se produ cí a en e l moment o de la agonía “porque lo pri mero que hace D ios e n esta hor a postrer a es arrancarle el a lma de l as carnes” 234 . Se av isaba que las c ong oja s, angus ti as y temores que prov oca ba la a g onía tenían su origen e n e sta intima unión y que era importantís imo llegar a ella acompañado de bue nas ob ras y con un desasimiento d e las pasiones humana s a fin de que e l tránsito fuera l o más t ranquilo posible. L os justos que ha bían tenido una v ida llena de a bst ine ncias y pe nitencias a penas tenían sufrim ie ntos a l a hora 230 FIERA D, José: La vida y muer te del hombre justo: propuesta en los exemplos de San Josef, esposo d e María s antísima, sacada del Evangelio se gún la inter pretación de los santos Padr e s, Pa m p l o na , im p. Beni t o Coscull uela, 1789, cap. IX, pp. 154-155. 231 S o n m ú l t iple s las o raci o nes d i r igidas a e st e san t o pi d i e ndo t ene r una b ue na mue r t e y que han perdura do p ráct i camente hast a bien entr ado el sig l o XX. S i r v a co m o ejempl o la siguiente: “ Sa n José b e ndi t o , tú que expi ra ste en l o s brazos de Jesús y d e Mar í a, cua n do l legue la h o r a de mi muerte, ven e n mi auxili o con Je sú s y Mar ía. Co n s í gue me d e nues t r o Padr e D i o s un a m u ert e sa nta, para que pueda resuci t ar con Cr i sto . Si es po sibl e, abogado de l a b uena m uert e, que m uera e n paz, co n serenidad, ll e no de espe r anza. Al e ja de mi e l su f r imi e nto duro y largo , aunque acepto l a v o l u ntad de nuestro b ue n D i o s”. Devocionar io a San José , Barcel o na, 1941. 232 E speci a lmente l o s car m e li t a s y l o s jes u i t as. MÂLE, E.: op . cit ., pp. 292. 233 REBOLL E DO, Lu is de: Cincuenta oracione s f une rales , Zarago za, im p. Juan Quart an et , 1608 , o ración XVII, p. 128. E ste au tor r epresen t a l a mue rt e del justo y de l pe cador c o m o do s h o mb re s preso s: a l uno se l e ha co m u nica do su sentenci a de mue r t e y se sobres a l t a cu a ndo ve entrar a l confesor sabi e ndo que en b re ve será ejecutado ; mi e n t ras que el o t ro, al que se l e ha d icho que queda l ibre, se r egocij a po rque sal e de l a prisi ó n que es el cuerpo, cárce l de l alma, quedando defi n i t ivamen t e l ibre de t o da a t adura , Ibídem , p. 130. 234 OÑA, Pedro de: op. cit ., l ib . II , cap. IV, di s. II, p. 805. 120 de su m uerte porque el hilo que unía su espíritu con el cue rpo era muy te nue y pasa ban de esta vida a la otra s in t ensi on es y c on sum a facilidad 235 . L os hagiógrafos cont rarreformistas des cri bieron el d eceso de los santos modernos con una serie de not as cara ct erísticas que pretendían d esdramatiza r el moment o f inal de l a muerte. Generalme nt e el Señor le s sol ía manifesta r c on an te la ción el m omento de su muerte, incluso e l día y la hora. Según San J uan Dama sceno, la misma Virg e n había tenido conocimiento de la suy a a trav és del arcáng el san Gabriel 236 . F ra y J osé de J esús María a seg uraba qu e el v ene rable Miguel d e los Santos conoció meses antes el día qu e i b a a morir sin ha ber ma nifestado anteriormente enfe r medad alguna. L a muert e de e ste relig ioso result a el paradigma, tantas veces reproduci do, d e la muert e d el santo. Duran te su enfer medad, producida por un ta bar dillo o f iebres tifoideas, se m antuvo sin mole stias y dolores mostrando g ran sereni dad, aleg ría y sosieg o, como s i estuv iera sano. Su i nstan te final recog e todos los eleme n tos tópic o s del g éne ro 237 , así c omo el estado e n que qued ó el cuerpo tras su muerte: l os miem br os trata b le s, la ca rne bl anda y sua ve, el ro stro t an herm oso como cua ndo v i vía con un semblante apacible y ri sueño 238 . F recue nte mente la ausencia de r igidez ca davéri ca solí a in acomp aña da d e ot ros prodigios com o era l a incorrupción de l cuerpo y l a f raganc ia post mortem . El c uerpo de Santa Rosa de Viterbo de spués de su muert e permaneció ente ro, sano y t rata ble exh alando un o lor suavísimo. Del cadáver de la rel igiosa merc edari a S ant a M aría de Ce rvellón emanaba “una frag ancia ce le stial y como un ung üent o o li cor odorífero, por cuy o med i o Dios obró e n qua n tos lo usaron con vi v a fe 235 En este as pect o , h ubo autores que acudi ero n a in t erpret ac i o nes f isi o l ó g icas pa ra de m o st rar que l os fen ó m e nos que se pr o ducí a n durante l a ago nía estaban re laci o nados co n l o s desórdenes y pe cados com et i do s dur an t e l a e xis t enci a. E l pecado corro m p í a la s a ngre y a la h o ra de l a m u erte acudí a a l corazó n pro duci e ndo en é l u n gran do l o r. “ E sto pues es l a causa de las a ngust ia s de l o s m a l o s y b ra midos que dan l o s pecado res e n la h o ra de l a mue rt e, porque l a ma l a sa n gre de l o s pecado s que en vi da la t enía apar t ada del co r azón y echada e n el r incón de l o l vi do, a llí e n la h o ra de l a muerte se l e s va llegando po co a poco a l cor az ó n” , I bídem, p. 806 236 VILL E GAS, Al o ns o de: Fructus sanctorum y quinta parte de Flos sanctor um, que e s libro de exe mplos, assí de hombres ilustres en santidad como de otros , Barce l o na, im p. José T exi do , 1728, p. 519. 237 “A co sa d e l a m ed i a noch e co m puso su cuerpo lo mej o r que pudo y e n presencia de l a co m u nida d fixan do apac i blemente sus o j o s en el s a nto crucifix o que t enía e ntre sus manos y e l co razó n en e l c iel o , fue aú n con may o r co nato y fe r vor pro si gu ien do l o s r ef er i do s act o s, has t a que c o n gran d ísima p az y sereni d ad, s i n hazer est re m o ni m o vimien t o al gu no , m ás que a lç ar sus o j o s a l c iel o , co m o s i e m pre avía mi r ádo l e vi v iendo y e n part i cu lar en sus éxtas is fr ecuentes, durmi ó a h o r a en e l Señor, a po co m ás d e l a s do ce de l a n o che”. JESÚS MA RÍ A, Jo sé de: op. ci t . , li b. II, cap. II, p. 279. 238 Ibídem , p. 284. 121 diversas ma ravillas” 239 . Estas portentosas ma n ifestaciones se inte rpr etaban como la confirm ación de l a auténtica santidad qu e la divin ida d concedía a aquellos que h abí an logrado vencer las ley es natural es de l a corrupción. No fal ta ron en los últimos moment os de los santos las descripciones te atrales de gran contenido simbólico que confirm aban sus e xtraordi narios mé r it os. Cue nta t ambién R ibadeneira que Santo Tomás de Villanuev a, arzobispo de Valencia, famoso por sus obra s de caridad, en l os últimos días ante s de su muerte e ntreg ó todos sus mue bles a los p obres, incl u ida su propia cama, lo cual le obligó a pedirl a prestada para mori r. Expiró durante la celebración de la mi sa que ordenó dec ir en su aposento en el m oment o en que el sace rdo te acababa de consumir l a eucaristía recitando el úl timo v erso de l salm o “ in manus tuas Domine commendo spiritum meum ” 240 . T ambién las señales exag erada s de pur eza y v i r ginidad eran ha b it uales e n este tip o de rela tos como las mostradas por San F elipe Neri, que mient r a s la v aba n su cadáv er, como si e st uviese vivo, se cubría l as pa rtes na turales para que no las viesen 241 . En este ti po de n arraciones resultaban frecuentes las de scripcion es de hechos prodi g iosos y v isiones sobrenatura les que l os el egidos exp erimentaban en el moment o f inal. San F el ix de Ca n ta licio murió cantando alab anzas mie n tra s re ci b ía la v isita de l a Virgen Marí a a compa ñ ada de num erosos ángeles 242 . Sin emba rg o, hubo e n todas e llas un a nota domina nte c argada de un alto g rado ejemplar izante: la a ceptación resig na da de l a muer te en medio de las fatigas de la enfermedad y l a recepción fervoros a de los últimos sacramentos. El f ranc iscano J osé Jiménez Sama n i e g o, biógrafo de la venerable madre María Jesú s de Ágreda, desta caba este des ea ble comport amien to 243 a l a vez que de scribía s us últimos mom entos en l os qu e aparecí a rodeada de sace rdo te s, prelados y rel igiosos que l a ac ompaña ban ay udándola en su agonía. 239 RIBA DENE YRA, Pedro de: Flos sanc torum de las vidas de los santos, Barcel o na, i mp. S ierra, Ol iva r y Mart ín , 1790, vol . I II, pp. 17 y 104 ( respectiv amente). 240 Ibídem , p. 72. 241 Ibídem , vol . I I, p. 103. 242 Ibídem , vol . I I, p. 115. 243 “ Los do l o res, co ngoxas y m o lest i as de la e nferm edad que po r to do e l d isc ur so de e ll a fuero n vivos , pen o sísim o s y m o rt al es, llevó co n t an t a paciencia, i gua ldad de á nim o y r esignada co nf o r mi dad e n la v o l u ntad d ivi na, que er a a t o dos de admi rac i ó n pues no sól o no se l e vi o aú n el má s leve indici o de m e n o s suf r imi e nto , s i no que l a vim o s siempre co n t a l q u i et ud, so si ego, m o desti a y co m po stur a ex t eri o r, qual pud i era t en er la s i n ada padeciesse y to das sus pal abras sonab a n re s i g nac i ó n o ex erc ici o de otr as a l t as vi rt udes ”, JIMÉNEZ SAMA NIEGO, Jo sé: Prólogo y relación de la vida de la Vener able M adre Sor María de Jesús de Ágreda , Madri d, i mp. B l a s de Villanueva, 1712, p. 330. 128 procla maba uno de los artículos de fe en el Cre do. E l limbo, según la doc tri n a de la Ig le sia, no era un lugar t an n eutro como la pi edad popular imaginaba. L as alm as de l os que a llí esta b an sufrían la privación de la v ista de Dios y perm anec ían perpetu amente ale jadas de los b eneficios de su g lori a. H abría que a ñadir una nota m ás sobre l a desestimaci ón de l os no ba utiz ados. Muchos trat adistas recha zaron la i d ea de que sus cue rpos resuci tarí an e l día del Juicio Univ ersal . L a expl ica ción a este razona mi ento se sustenta ba e n el hecho de qu e la resurrección e staba desti n ada a premiar o c astigar l os m erecimien tos que c onjuntamente había n hecho el cue rpo y el alm a. L os inf a ntes que m orían sin serle s pe rdonada l a culpa original nada ha bían hecho con su cue rpo, por l o que era inútil que este se uniese c o n su án ima manchad a por el p ec ado. Sobre esta opinión se impuso la rig ide z dog mát ica de una iglesia que i ntentaba uni v ersal izar todos los supuestos en un afá n por no dej ar ninguna la guna int erpretativ a. Sus ra zona mient os no vinieron a pa liar la sit uación de los niños sino a confirm ar la perpetu a desesperanza a la que estaban condenados. L os niños también resucitar ía n e n e l ju ic io final por que ha bían contraído e l pecado e n uni ón c on su cuerpo, y éste debía ser castig ado, junto con s u a lma, con la p ena d e da ño. Resp ald aba más e sta as e v era ción el h echo de qu e con la resurrección sus cu erpos tendrí an la int elig enc ia y conformac ión correspondiente a una persona de t reinta y tre s años y que su ent endimi ento sería ca p az de da rse c uenta de la pena de daño que t enían asig na da 260 . Con e sto se dulci ficaba, aparen tem ente, la c rueldad de la sente ncia. Ya no era un ni ño el c ond ena do pe rp et uamente a estar privado de la vis ión de Dios, sino un hombre adulto con toda s l as pote nciali dades de su entendimie n to. L legados a este punto, no re sul ta ría, con nue stros act u al es pará metros, dif íc il de juzg ar la bondad de l resultado fi n al . El triste desti no de los no bautizados g eneró un problema de e quidad entre los teólogos. L a s pa labras de San A gus tí n, que a firmab an que su suplicio sería et erno, fu eron contrarrestadas por ot ras en l as que e xpresaba que las penas d e los infantes eran levísimas e n compa r a ción con l as qu e podían sufrir los habitantes de l Purg at orio. Dimas Serpi, recogiendo la opinión de Santo To má s, Escoto y San Buenaventura, c onvenía en que la justicia de Dios era tan pe rf ec ta que no podía d ar pena e terna sino por los 260 Ibídem , f o l . 142r . 129 peca dos actuales y v olunta rios. Por ta nto, los niños que h abían recibi do el pe cado como herenc ia, y no por propia voluntad, no te nían posibi lida d de experimentar dolor y arrepe ntimiento por a lgo que no pudieron c ometer. A mpa rado en e ste ra zonamie nto, afirm aba que aquellos que habían mue r to sin e l ba utismo no t enían pena al g una en el limbo 261 . Como una c oncesión graciosa estaban libres de que los demonios s e le s manif estasen de forma terrible y espantosa aunque e stos fue ran los enc argados de ll evar sus alma s al limbo un a v ez fallec idos 262 . No obstante, a pesar de e st as matizaciones, s e mantuvo en esencia la opinión de qu e los niños sin bauti zar j am ás v erí an a Di os ni compa rtirían con los bi enaventurados las g l orias del c ielo. En el colmo de l paroxi smo moralizante y como advertencia, tant o a los niños de tierna e dad co mo a los pa dres, el i mplacable clérigo J osé Boneta advertía qu e algunos niños podían estar padeciendo las pe nas d el Infierno. En su obra G ritos del infierno , un niño de c inco años clama t e rriblemente des de e l Infierno describie ndo la s penas que está sufriendo por la costu mbre qu e t enía de ju rar, advirtiendo que: “ El mal del p ecado, es una culpa contra D ios, una culpa q ue trae una p ena que s iempre te ha de afligir y nunca h a d e cesa r; s iempre has d e estar quemándo te viv o e n estos hornos, y s iempre han de estar lloviendo cruelíssimos azotes e n esse tu cu e rpecito que han d e abr ir horribles llagas en él y que so b re esa s ll agas han d e volver a d escargar a zotes y más azotes, y no es d e d ecir qu e con látigos, sino con pesadís s imas ca denas de e ncen d ido hie r ro, que a un tiempo te rasguen la carne y quemen lo que ra s gan; y no es d e dec ir que vi en e este c astigo de man o d e maes tros cri s tianos, sin o de m ostru osíssimos d emonios, que como jamá s se cansan, jamás descans an, con q ue s iempre y sin cesar has d e estar padec iendo su s i nhumanas ho sti l idades, si empre vie ndo sus feí ssi m as f i gu r as, s iempre oy en d o sus hor rorosos bramidos, d e que asusta do y oprimido, desea rás morir por librarte d e estas agonías, y no pod rás , porque h as de es t ar siempre muriendo y siempre d esean d o m orir ” 263 . Esta terrible des c ripción de las p ena s a que se ve sometido un niño de tan cort a edad, seguramente q ue estaba destinada a serv ir de a viso a aquell os padres que no casti g aba n c on decisión y dure za cualquier comporta mi ento consid e rado c omo peca minoso desde l a má s t emprana infa nci a. Pero lo que no deja de asombra r es la trucule n c ia del ejemplo, que c ontrav i ene t odas las consideracione s teológicas que la 261 Ibídem , f o l . 35v. 262 Ibídem , f o l . 54r. 263 BONET A , José: Gritos de el Inf ierno par a des pe rtar al mundo: parte primera, Zarago za, im p. T om ás Martín , 1706, cap. III, § I, p. 166. 130 Ig le sia había hecho sobre la muerte de los niños. De t od as forma s, este riguros ísimo ecl esiás ti co am ena zaba en el prólog o de s u li bro con la próxima publicación d e otro, que deberí a de ll evar por título Gritos de los ni ños del L imbo, contra l as madres delinque n te s . Ig nora mos si ll egó a escribirlo, pero a juzg a r por l os a nterior es, los sufrimient os que aguardaban e n el L i mbo no de bían de ser me nor es. A parta dos de toda relación, tanto de la divina como de la h umana, re sul ta ba inútil rezar por ell os porque los sufragios no podían a lca nzarles y a que no e st aban purific ados por el sacramento del Bautismo y no podían reci bir mérito a lg uno. Rele g ados pues a poc o menos que un vago re cuerdo, sin sufragios que los e voca ran, sin capa cidad a lguna de media ci ón, sin e spe ranz a en la v ida del m ás allá, los no bautizados se disolvieron en la bruma de una inexiste nci a fatal y predestina da. L o s niños no bauti zados tenían vedado el entierro e c lesiástico si m orían fuera del v ie ntr e de la madre . Pero si ésta f a llec ía sin haber dado a l uz, podían ser en te rrados en la misma sepultura porque se entendía que formaban parte sustancial de la m isma. Se recom endaba, no obstante, si la madre pa rturienta e staba mue rta y se sospechaba que el niño tení a vida, e xtraer al ni ño de su v ie ntre para bauti zar lo. Sirva como eje mplo el caso de Ca talina B e rnabé, muerta durante el parto, en 1621, a la cual se le abrió el vientre para bautizar a la cri atura qu e más t arde murió 264 . Esta práctica estuv o t an arr ai g ada, debido a la obsesión por que el rec ién n ac ido recibiera la s aguas bautismal es lo ant es posible, que no falta ron l as disposiciones prohibie ndo practic ar c esáreas a la s m adres si éstas estaban viv as, por considera rlo intrí nsecam ente m al o y un a sesina to enc ubierto 265 . L a m isma premur a en administrar el s ac r a mento del ba utismo, dispensaba incluso del emple o de l a materia for mal de l s acramento que era el agua líquida y a que e n caso de 264 A.P.S. A . , Lib. R eg . (San Pedr o), vol . II I, f o l . 75v. 265 VILLAL O BOS, Enri que de: Suma 2ª parte ..., op. cit ., trat. XXXI, p. 510. Los teól o go s , es t able c ieron a este r espec to , toda un a ser ie de pro ba bilidades e ntre l as que se co n t e m p l aba e l h echo de que la cr i at ur a no t uvi es e ori gen human o , “ U na muje r que agoniza en e l part o n o t i e n e obligaci ó n de d e jarse abr i r par a b aut i zar a la cr ia t ur a, p o rque el soco rrer al pr ó j im o no o bli ga co m o m edi o extr a o rdin ar i o . Si nace un m o ns t ruo y su padre n o es h o m bre n o se t i e ne qu e baut i zar, sin o matar, per o s i pro cede de sem e n viril y t i e ne do s ca b ezas o d o s cuerpos bi e n f o r m ado s, se h a de baut i zar co m o do s. La m e j o r f o rm ada, ab so l ut a m e nte y la o t r a , baj o condici ó n ”. SALAZAR , S im ó n de: Súmulas d e moral y índice de vocablos: primer a y s egunda par te. Contiene la prime ra el c ompendio del R. P. Fr. Simón de Salazar, del órden de predicador e s, y los p reámbulos, advertencia s y í ndice d e vocablos del R. P. M. Fr . Juan Anastasio de Arana, del órden de Nuestra Señora del C armen; contiene la s egunda unos f ragmentos de l Revere ndísimo Padre ma estro Fr . Raymundo Lum bier, Zarago za, im p. Heredero s de Pedro Lan a ja, 1 684, t rat. II , p. 26. 131 nece sidad ext rema se podí a bautizar c on nieve o hielo colocándo la en la fr ent e. Ta mbién, si existía la presunc ión de una muerte inminente, se pe r mi tía ba utiz ar al niño en un pie o en un de do con tal que asomase, aunque si sobrev ivía, se le debía v olver a bautizar porque la primera ablución había sido hecha sub conditione 266 . Pe ro no solamente caían en e l olv ido los infantes no bau tizados. A quel los que moría n habiendo recibido las aguas bautismales también eran releg ados fue ra del ámb ito del recuerdo. Como los ni ños baut izados ha bían muerto sin perde r la gracia que dicho sac r am ento les c onfería, no neces itaba n sufragios porque iban directament e a l cie lo sin mácula de culpa pe rdonada com o los adultos. L os te ólogos explica ban qu e la salv a ción de los ni ños ba utizados se realizaba por el merecimiento de congruo , es dec ir, aunque ellos no habían podido just ifi ca rse por las obras he chas en gracia, ha bían cumpli do con la ley de Dios que m andaba purificarse con e l bautismo, con lo cual, aunque pe cadores, eran merecedores de la gracia 267 . L o s niños que moría n con el bautismo sin haber alca n za do e l uso d e la razón podían c onsiderarse a for tuna dos porque se v eí an libres de las pos teri ores t entaci ones demoníacas que l es aguardaban una v ez alc anzad a la madurez. Salv ador J osé Mañer, expresaba muy g ráfic amente e ste pensamie n to: “L a a stucia d e Satan ás, está como do rmida mientras el niño baut iz ado no tie n e uso d e razón pero en viendo q ue asoma, luego a cude a comb atirle po r sí y p or su s malos ministros que son las ma las compañías, p rocur a ndo quebrar est o s v as o s en su tierna edad con alguna c ulpa morta l p ara que se derrame el licor de la gracia y el vino de la c ari d ad que tenían, y destituido d este socorro, po co a po co se despeñen en o tros gr a ves p eca d os, d urando en e llos ha s ta la vejez y hasta la muerte confo rme a lo q ue dijo un amigo d e Job: sus hu e so s s e llenarán de vicios de su mocedad y do rmirá n con él e n la tumba” 268 . Venegas, atribuía c omo único mérito a los niños que no ha bían ll egado al uso de razón su inocenc ia baut ismal y cierta capacidad de mediación ante Dios en el mome nto de la agonía 269 , pero esta pres unc ión de cand or inm aculado no les perm it ía ser admitid os 266 Ibídem , p. 24 267 SE RPI, Dim as: op. cit ., cap. XLVIII, f o l . 175r. y c ap. LII, f o l . 182v. 268 MA ÑER, Sa lv ado r Jo sé: Disertación crítica-histór ica sobr e el Juicio Univers al, señales que le han de prec ede r y estado en que ha de quedar el mundo, con el destino de lo s niños del limbo, Madri d, I m prenta Real , ( s.a). 132 a los ofic ios divinos ni enterrarse e n sepultura eclesi ástica en tiempos de entredicho si ante s no se había t omado por e llos una bul a de difuntos 270 . L a ri g idez del do gmatismo ecl esiás ti co se mostraba, una vez má s, i nflexible con l a infa n ci a en general; el niño care ció durant e est a centuria de t oda sig nifica ción indiv i dual. L os mi smos padres considera ban que cuando moría un niño n o eran n ecesarios los g astos fune rarios porque contri buían a sobrecargar l as ec ono mía s fam iliares y procuraba n hac erles pa sar por individuos que no ha bían alcanzado e l u so de raz ón con el fi n de e v it ar los aran ce les parroquia les. El bo ticario Diego B lasco, a la muerte de su hijo e n 1672, sostuv o una ardua polémica con l os c lérig os de San Pedro alegando que éste no era t odavía a dulto y que debí a ser ente rr a do pagando como niño. P ero e l vicario general conside ró que por la edad que tenía, ocho años y dos meses, se l e consider aba a dulto ord enando que se le hicie se una fu n era r ia qu e ascendió a 199 s ue ldos y que se c argasen dosci entos más para un aniversario por ser e nterrado en la ig lesia 271 . El c aso demuestra h asta qu é punto colisiona ron mucha s veces los intereses ecl esiás ti cos con la v a loración que el se nti r popular ot org ó a l a i nf anc ia. Para los párv ulos, de t odas forma s, l a Ig lesia reducí a notablemente el cer e monial d e los oficios funerarios. El fra nciscano fray Pablo Jim eno, en su ceremonial de la misa y de otros oficios di v inos, publica do en 1650, conside raba que en los ent ierros de los niños, ba staba dec ir tres salmos acom pañados de tre s antífona s y tres oracione s. El oficiante debía ll evar alba y e stola blanc a y en el caso de que los padres pidiesen t oque de campanas, estás de bían ta ñer como en las fiestas pa ra sig nifi car la aleg ría de la salid a de este m undo de unos sere s que no habían conocido el estigma del pecado. No era pre ceptiv a la c ele brac ión de misa alguna, pero si acontecía que los familiares l a dema nd aba n, ésta tenía que ser del oficio de Áng el es y ce lebra rse 269 “ Hará n a todos l o s niñ o s que e st uvie re n e n cas a o f uere n ll a mado s de l o s vecin o s, porque es m u y aceptada a D i o s aque ll a bapt i s mal in o cenci a que t i enen que au nque po r no t en er el uso de la razó n, n o h az en o b ras de m erecer, co ngruen t e co sa es, y de l a inmen sa b o ndad de D i o s, es don y merce d co pi o sa, que Di o s oi ga la p l egar i a de aquell o s niñ o s, s i qu ier a por el est ado de graci a en que est án ”, VE NEGA S, Al e j o : A gonía del ..., op. cit. , cap. 20, p . 53. 270 A l o s niñ o s que t ení an uso de razón, en caso de en t redicho, l e s est ab a vedado e l ac ce so al en t erra mi e nto den t ro de l as igle s ias s i no mediaba una b u la para e ll o . Aquell o s que no h abían alca nzado l a edad de la d i s creci ó n , au nque se les per mi t í a asist i r a l o s o fi cio s, n o po dí a n ser sepul t ado s en l o s rec i nto s ecl e s i ást i co s s in haber to m ado l a co rr espon d i ent e bula , RODRÍGUEZ, Manuel: Explicación de la Bulla de la Sa nta Cruzada y de las cláusulas de l os jubileos y conf esionarios que ordinariam ente s uele conceder su Sanctidad , S al a man ca, i mp. Juan F er nández, 1594, f o ls . 31r -31v. 271 A.P.S. A . , Lib. R eg . (San Pedro) , v o l . I V, f o l . 398v. 133 en aquellos días que se permitiese decir misas votivas porque los párvulos no te nían el privileg io de la m isa d e c uerpo present e como los adult os 272 . 272 J IMENO, Pabl o : Ceremonial de la Missa, oficio divino y otros actos solemnes c onf orme al mis al , brev iario y ritual romanos en el año 1650 . Cor regido y añadido por f ray Joseph Hernández, Va len c ia , imp. V i uda de Jerónim o Co nej o s, 1747, tra t . VI, ca p. I V , p. 387. 134 135 III. EL CUER PO MUERTO “A cué rdate de la corrupción y la m uerte , y guarda los mandamientos” Ecl esiást ic o , 28,6 El cadáver El c uerpo en e l proceso de su descompos ic ión siempre prov ocó un treme ndo horror y una repulsión manifi esta. Duran te el barroco son esca sas las representaciones iconográficas de l os mu ertos en fase de descomposición 273 . Sólo en e l programa ic onog ráfi co diseñ ado por e l nob le Mi guel de Maña ra par a decorar la ig le sia del H o spital de la Santa C ari d ad de Sev illa , a parecen, en uno de los l lamados Jeroglí fi cos de l as postrimerías , la s figuras de v a rios ca dáveres descompuestos invadidos por g usanos y cuc ara chas en medio del tétrico am biente de una c ripta de e nterramiento. Su propio t ítulo, Finis gloria e mundi , e st á encargado de alecciona r al espectador sobre la banal id a d de la s glorias terre n al es y el destino re pug nant e del cuerpo de l hombre 274 . Si n emba rg o, las imágenes d e scriptiv as de la podre dumbre ini cial de l cadáver s erán ampliame n te u tiliza das por l a literatura d oct rinal, que, en muchas ocasiones, se re creará en los a spe ct os má s truculentos de e ste proc eso. F ra y L ui s de G ra nada nos ha dejado unas macabras reflexiones sobre el horr or de la sepu ltura y el destino i nmediato de l cuerpo e n ell a de positado. El hombre, una v e z que es a bandonado por e l alma, se ad mira del tri st e destino reserv ado a su cue rpo qu e e n tanta es ti ma tenía: “ Mir a quan estrecha es aquella casa q ue s e le apar eja en la tierra; quan escur a, qua n hedionda, quan acompañada de gusanos y de huesos y calaveras de muer tos; y quan horri b le, aun d e solo mir ar, a lo s vivos. Y como ve qu e aquel cu e rpo a q uién é l solía trat ar con tanto r egalo y aqu el v ientre a quien é l tenía po r su Dios, y aquel paladar a cuyos de leites servían la mar y la tierra, y aquella carne para 273 RÉA U, L: I conogra f ía del arte cr istiano , t. 1, vol. 2, Barcel o na, Serbal , 2000, pp. 659 y ss. 274 Es t e t i po de represen t aci o ne s, a part e de no pr o digars e m ucho en e l sigl o XVII, estuvo encamina da a cen t rar l a at en c i ó n sobre l o s despo j o s de l o s poderos o s en un i n t e nto de h acer r ef lexi o n ar so bre l a t ransi t o ri edad de l a vi d a, que a t odos af e ct ab a p o r i gual . E nr i qu e V aldivieso, señala o tr a pin t ura que guarda s e m e janzas e st ilí st icas con l as de Va l dé s L ea l . Se t r a t a del Cadáv er de un e clesiástico en una cripta pert en ec ien t e a la cat edra l de Segovia. E n ell a aparece u n cadá ve r co n e l vientre a bierto y c o n las ví s ceras cor roí da s po r gusan o s. Aparte de su val o r vis u a l a lecci o n ado r, l as insc r i p c i o ne s que aco m pa ñan a l a p in t ura, r esumen e l pe n samiento m o ra l d e la é po ca: “ Fijaos en mí y aso mb raro s. Yo , el que t uv o e l m á xim o po der h ace t i e mpo, he s i do r educi do a la nada”, “A d ve r t i d que t o do l o que vive f i na liza en la m uert e y que nadie se libra de ella”. V A LDIVIESO, E. : Vanidades y desengaños en la pintura espa ñola del Siglo de Oro, Madri d, Fundac i ó n de A po y o a la Hi sto r i a del Art e His pá nic o , 2002, p. 81. 136 quien se t exia el oro y l a s eda, y se aparejaba la cama blanda y regalada, ha d e ser ec h ada en tan mi se r able muladar, y a llí ha de ser p isada, y comida de gusanos, y allí ha d e venir a tener la misma fi gura que ti ene un rocín que se m ue r e po r esos ca mpo s; q ue el caminante se ta pa la s n arices y s e da p riesa a caminar po r no o lerlo. Quan do todo est o cons ide ra y ve qu e a l a cam a b lan d a, sucede la t ierra d ura, y a la ve s tidura preciosa la p obre mo rta j a, y a los suaves o lores la po dre y la he d iondez, y en lugar de tantos ma njares se r vidos, ha de haber t ant os gusanos y comedores, no puede, si algún j uicio tiene, dexar d e mara villarse v iendo a qua n baja suerte de sciende t an noble naturaleza y con q uie n e s igualado en aqu ella hora el qu e con tan t a desigualdad vi v ía en la vida” 275 . Tam bién en la senectud se podían v er las im ágenes de la descomposición inmi nente. Ya en la po esía moral del sig l o XV exi sten ant ecedentes sobre l a intima rela ción que se establecía en tre e l proce so de desintegración del c uerpo tras la muer te y el lento efecto de descomposi ci ón que e l indiv iduo iba experimentando e n el transc urso de su v ida 276 . En este punto, la literatur a barroca de corte estoica y sene quista s e enca rg ó de difundir la imag en de la progresiv a c onsunción fi sio lógica 277 . L a v eje z iba deja ndo al descubierto una repulsiv a maquinaria llena de fétidos humore s que el a specto exte rior y a no podía di simular. L a misma natur al eza del cuerpo lo a bo ca b a a su disolución e n medio de una corrupci ón es pant osa en la que y a nada era identifi ca ble. E l mer cedario fray Pedro de Oña, describía la vejez como aviso inminente del abandon o de la vida. E n la v ejez l a figura de la mue rte se mani festaba d e manera irr em isible a trav és de la de c ade n ci a fisiológ ica que c omenz a ba a causar la misma r epulsa que l a descomposic ión. El v iejo c onstituía la rep resenta ción sustancial de l a muerte y no d ebía hace rse ilusiones sobre su inevitable fin: “ Pero e l viejo que está un pie en la sepultur a, y en víspera de pone rlos ambos, no hay quie n le d iga que ha de viv ir m ucho, sino es el demonio: porque las fue rzas flac as, la salud at ribulada, e l calor del estómago t ibio, la 275 GRA N AD A , Lu i s de: Obras del vene rable P. Maestro F. Luis de Granada de la orden de Sant o Domingo, t . III , Madri d, im p. Anto ni o de Sanch a, 1786, Pri mera part e de l a o raci ó n , § I I, pp. 244 - 24 5. 276 Quev edo y a t uvo su p recursor en Juan de Mena que an u nciab a e l d esengaño de l a vi da en una visión pesimi sta de la mism a cua n do es cr ibí a e n Coplas contra lo s pecado s mortales : “¿Quién n o m uere an t es que m uer a?/ Que la muert e no es m o r i r, /pues co nsi ste e n el vivir / mas e s f i n de la ca rr era.”, MENA , Juan de, en Antología poética de los siglos XV y XVI, M adr i d, An a ya , 1989, p. 57. 277 La vejez co m o desart i cu l ac i ó n pat ente de l cu erpo y pr o l egó m e no de la muert e inmi ne nte, est á muy presen t e en la po esí a barroca. Si r va co m o ej emp l o : “Señ o r do n Ju an , pues con l a f ieb re apenas/ Se cali e n t a l a san gre desmayada,/ Y p o r l a m uc ha edad desabr i gad a/ Tiem bla, no pul sa e ntre l a art e r i a y v e nas/ Pues que de ni eve e st án l as cu mbres llenas/ l a boca de l o s a ños saqueada,/ l a vi st a enf er ma e n n o che s epu l t ada,/ y l as pot en c i a s de e j er cici o a j e nas:/ Sali d a rec i bir l a sepul t ura, / ac ari c ia d la t um ba y m o numen to / que m o r i r viv o es ú l t i ma co rdura/” QUE VEDO, Fran cisco de: Poesía varia , ( edi c ió n de James O. Cro sby ), Madr i d, Cátedra, 2003, p. 152 . 137 carne suelta y el pe r g a mino desca rnado, arrug ado y pegado a los huesos, son nota rios de Dios, que le noti f ic a la br evedad de su v ida ” 278 . L a expresividad del c o m portamien to del cue rpo mue r to e n e l pla no biol óg ic o mostraba la separación definitiv a e irremediable e ntre su envoltura fisiológica, cara cteriz ada por el mov im iento, y el sistema que l o animaba. El mue rto qu e da convertido en un rostro ine xpresivo. Des vesti do de todo contenido, e ra toda v ía tolerado durante alg ún t iem po, hasta que el fenómeno de la descomposición ter mina ba por destruir cualquier r asg o de i dentidad que in cli n ara a un senti mi ento a fectivo 279 . El miedo y la repulsión hici eron intolerab les las repr e sentaciones de la m u ert e en su fase de destruc ci ón, y e ste co mponente macabro vino a ser sustituido por o t ro m u cho más asequible y desperson ali zado: el es quel eto. Símbolo fá cilmente manipu lable, extra ordinari ame n te gráfico y conv inc ente , que sin presentar l a imagen de la c arroña descompuesta , pod ía serv ir i g ual mente de adv erte ncia admonitoria. L o s indi v iduos de la época siempre se sintie ron sorprendidos ante la descomposic ión de l cadáver. A pe sar de su fa ctua li dad e mpíric a, a d mi tir l a t otal destrucci ón c orpórea nunca fue del todo aceptado. De aqu í la extraordinaria veneración y exalt aci ón que tuvieron los cuerpos incorruptos de los santos, que de a lguna manera había n log ra do v enc er a la putrefacció n corporal manteniendo, de este m odo , la apari enci a de est ar “vestidos” con sus atributos biol óg ic os. L a descomposici ón del cadáver estaba justificad a porque en l a m isma disposición del cuerpo hum ano radicaba la fa cultad de engendrar toda clase de ani ma les cap aces de de struirlo. El capuchino Antonio de F uent ela pe ña, en su tratado E l ent e diluci dado. Discurso único y novísimo que muestra ay en naturaleza anim ales irracionales i nv isibles y quales sean, public ado en 1676 280 , escribí a que de ntro de los 278 OÑA, Pedro de: op. cit. , li b. II, cap. III, dis . VI, p. 736. 279 Resul t a a l t amente in t er esa nte est e sent imi e n t o de m iedo y repulsi ó n que se ñ a la E mm a nuel Levinas, y que se t r aduce en u na llama da a la no in d i ferenc i a ante el cadáver. El vi vo se siente respo n sable a nte la m uert e de l ot ro y pro cur a o cul t ar, l o an t es po si ble, l a de snudez de l cuerp o, evi t an do que m uestr e l a cl ara adv ert enci a de su d is o l uc i ó n. LEVINAS, E. : op. ci t . , pp. 22-23. 280 E ste l ibro sobre a nimale s f a ntást i co s debi ó t en er g ran acept ac i ó n ya qu e a l año s iguiente f ue r e im preso ( y o m a nej o la edici ó n de 1677) 144 No sólo a quellos que habían muerto de mane ra violenta podían hacer fl uir su sang re. L os aho gados, en pre sencia d e s us amigos o de personas a las que amaron, ta mbién tenían e sta cua lidad. En estos casos, se descart aba la interv e nción de la just ic ia divina, pues no existía razón pa ra ca usar semej ante por te nto. El origen ra d ic aba en cie rtas m aravillas ocul ta s de la na tura le za, la s cua les eran c apac es de conserv ar en la sang re algunas cualidades dimanadas del afe cto que había e xistido entre las pe rso nas. Entre todos, el am or era el a f ec to más fue rte e intenso c apaz de gobernar y c ausar alte racion es en el esta do del fl ujo sa ng uíne o del difun to al igual que l o había hec ho durante su v ida te rrenal. Una v ez más, las imá g e nes barroquizantes del amor y de la muert e aparecen unid as, esta vez por la teorí a de l os a fectos 293 . El jesuita consideraba el afec to de l amor com o uno de los m á s p oderosos, capaz de alt e rar el comportami ent o biológico general a través de una disfunción sang uíne a que se olvidaba d e aliment ar al cuerpo de l sujeto v ivo causándole enflaquecimiento y c onsunción hasta provocarle la muert e. De todo e sto se deducía que e l a fect o del a mor ta mbién podía c ausar en l a sang re del cadáver ciertas alteracion es c o mo eran el volv erse líquida a n te l a prese nci a de aque llos a los que h abía prof esado c ari ño y a mistad. L o s cuerpos de los mue r tos fueron, durante mucho tiempo, protag on i stas de una serie de f enóm enos y hechos prodi giosos que se deba tían e n tre lo natural y lo sobrenat ural. E l im aginario popular, haciendo c aso omi so de que los c adáveres sepultados en l os recintos s agrados estaban libres de las influencias malig nas debido a la santidad que de estos lugares dima n a ba, l es at r ibuy eron a ctua cione s mág ica s, demoníacas o milagros a s. Otro aspec to a t ener en cuenta con re specto a la corrupción de l os ca d áveres se cent ra e n l os perj u ic ios que para l a s al u d ocasionaban las em ana cion es fét ida s que se producía n du ra nte el per iodo de la put refacción. E n efecto, se sab e que, desde los prime ros tiempos de l a Ed ad M oderna , el conjunto de la socie dad tuvo conciencia de que la s i nmundici as de t odo tipo que pr oli feraban, tanto e n las vías púb l ica s de las 293 Los afecto s po dí an i nc idir a d ista nci a so b re l o s indiv i duo s co m u nic á ndo l e s repu lsi o n e s o at racci o n es de caráct er i ne x p li ca ble. T o d o s l o s cuerpo s dim a naban u na serie de vi rt udes , ax ha la c i o nes y calidades que perduraban e n e l t i e mpo y que era n c apaces de con d i ci o n ar e l cuerpo , a l t erar l a sangre e i n fl u ir so bre ot ros h u m o res. Juan Eusebi o N ie re mberg, si gu iendo l a Historia Médica de Marcel o Do na t o consi d eraba que: “ Los a fec t o s so n t an po deros o s que puede n a l t erar el cuerpo h a sta pr i va r le de la vida y esp í r i t u [ .. .] m uc hos m ur i ero n de t r i steza, de a legría, de m ied o , de vergüen za, de i nd ignaci ó n, de e no j o y de a m or ”, Ibídem , li b. I, cap. LIII, p. 232. 145 ciuda des como en los esterco le ros i n controlados, era n ca p ac es de producir e fluv i os mali g nos. L as pestile ncia s y hedore s nauseabundos ocasionados por la de s composición de toda c lase de materias org ánica s fuer on conside rados como nociv os para l a salud. Esta apre cia ci ón resulta ev ide ncia d a por la s rudiment arias medidas de hi g ie ne que intentaron im p la ntar l as autorid ade s m u nic ipales 294 . Este sent imiento de i nsalubrid ad también se hiz o exte nsiv o a los cemen terios y a l interior de las iglesias. En much as ocasiones, los enterramient os re alizados de mane ras descuida d as y mu y superfic iales se convirtieron en fue nt es de exha lacion es ma lignas capace s de corromper el ai re causa ndo g ra ves enferme da des. A quell os que trabajaban e n te rrando en las ig le sias sabían hasta qué punto la maldad pestilente de los cadáv ere s e n descomposición podía hacer estrag os en la sa lud de los v ivos 295 . Pero a pesar de estas pe rcepciones, los enterramien tos dentro de las i g le sias c ontinuaron hasta bien e ntrado el sig lo XVIII . L a fuert e c reencia en que el cuerpo m ue rto e staba más proteg ido d entro de l os espacios sagrados y las v e ntaj as que repor ta ban a su a lma la liturg ia y l as ora cione s que allí se celebraban influy e ro n de mane ra d ec isiv a en la pro longación de esta c ostumbre en cont ra d e los sig nos e v ide ntes que ac onsejaban lo cont r a rio. Tant o Ph. A riè s como el historiador de las re ligiones M. di Nola c o inc iden en señalar que la obra De miraculis mortuorum , del médico alemán L . Ch. F . Garma n, publica d a en Dresde en 1709, resulta ser resum en y c ompendio de todas las c r eencia s supersticiosas difundi das sobre l os cadá v ere s desde é pocas a ntiguas, tanto de sus comport amientos c omo de su letalidad fre nte a la salud de los viv os. L o s mé dicos higienistas de la seg unda m itad del siglo XV III se apo y a ron en este trata do, seg ún A riès, para denunc iar l a insalubri d ad de los enterramientos e n los t emplos pero 294 E l pro blema sani t ari o fue per m a n e nte dur an t e to do el per i o do debi do , en part e, a l a esc a sez de recur s os m u nicipales pero tambi é n a la de fi c i t ar i a red de ev acuac i ó n de aguas residuales. CARM O N A G ARCÍA , J. I .: “ Insalu b r i d ad y a fecci ó n. Est udi o de percepci ó n soci al”, e n GONZ Á LEZ S ÁNC HE Z, C. A. y VILA VILAR, E . ( co m p il ado res): Gr af ías del imaginario. R epres entaciones culturales en España y A mérica (s iglos X V I -X VII), Méxic o , FCE, 2003, pp. 583 -584. E n l a c i ud ad de Terue l , la red q ue a bas t ec ía de agua a s us habi t a ntes dis curr í a por l ugare s de dudo sa s a lubrili dad ta l y co m o se pone de manif i est o en l a si gu ien t e descr ipci ó n: “ .. .desde d i cha arca sec ret a v a e l agua a l a ca ll e abax o de San t Sal va do r asta dar en el f o sa l d e San Salvador en do n de hay u na f u e nte; del arca secret a que est á en l a ca nto nada de l a casilla de Juan Pérez, que es ago ra c o rral , v a e l agua a dar en una arca pr in cipal descu bie rt a del co rr al de l a Cat edra l y atr av esando el co rr al y e l c la u st ro de Santa Ma r ía por deb a x o de l a cap illa de l o s po bres...”, NA V ARRO A R ANDA, M.: “ Docu mentos in éd i t o s para e l est ud i o de l a geogra fí a ur b a n a de Terue l” , Teru el , 6, 1951, pp. 49-51. 295 A este pro pósi t o, A r i è s relata v ar i o s c aso s e n lo s que se m u estr a l a ex t r aor di nar i a malignidad q u e pueden pr o duci r l o s cadá ve re s, ARIÈ S, P h . : Historia de la muerte en Oc cidente. Desde la Edad Media hasta nuestr os días, Barcel o n a, El Acan t il ado, 2000, pp. 165-166. 146 recha zando la profusa amalg ama de rel ac iones ca suísticas atribuidas a los astros , al demonio y la fil osofía natural humanístic a 296 . Re sultan extraordi naria me nte repul siv as las descri p ci ones de l as pes ti lencias insufribles, las e xplosiones provocadas por los cuerpos putrefactos dentro d e sus t umbas y el peli g ro de la propagación de enferm edades malignas que hicie ron estos mé dicos te niendo a la vista el t rat ado de G arma n, depurado y a de t odos los el em entos considerados ing enuos y superstic iosos. Cincue nta años antes, el padre Niere mberg , que, con t oda se guridad, había be bido de l as mismas fuent es clásic as que German, coinc idía con éste en que e l cadáv er e r a a la vez el cuerpo y l os despojos de la pe rsona, matizando que lo que se suponía v igor y sensibilida d en los cadáveres no era n retazos de l ánima que le im pulsaban realiz a r cie rtos com portam ie ntos por ser contrari o a la F e y a que el a lma era ind ivisible pero “ que después de m u ert o, que dan en e l c uerpo alg unas qualidades y disposicione s con que pueda en el c adá ver aparec er alg ún efe cto como de v ivo. Si a esto llamó alg uno reliquias del ánima, no sintió falso. Mejor las llamara de spojos, que el despojo no sig nific a part e de a lguna cosa, como las reliquias ” 297 . Las apariciones de los m uer tos L o s muert os no podía n a bandonar defi n itivamente a los viv os. L a i nterre lación que se habí a establecido ent re e l más allá y el mundo t errena l median te l a reci proc idad de ay udas consolidada s por la exi stencia d el Purg atori o, hizo que los difuntos estuviesen de alguna mane r a pre sentes en l a vida coti diana de los indiv i duos. Esta presenci a adquirí a may or perdurabi lidad e in te nsi dad según la cate g oría social de l fallec ido, aunque ta mbién i nfluía su comport amiento m oral y reli g ioso. A propósito de este tema , el r acionero zaragoz ano J osé Boneta llamaba la atención sobre lo que solía oc urrir cuando moría algún pe rsonaje cé lebre o importa nte, “ que siempre hay al guien al que se le a parece su alma diciéndole que está en el Purg atori o, cuando l as más de la s veces son 296 A r i ès ll a ma la at en c i ó n s o bre u n a specto f undamen t a l e n la o bra de Ga r m a n : el im po s ibl e desli g ami e nto de l o s h ec h o s n at ura l es co n l o s s o br en at ura l es. Dur ante to d o e l sigl o XVII l a in t erve n c i ó n de l a s caus ali d ades y la t eorí a de l o s e fe ct o s co ntr ar i o s, t r a t aron de ex p licar l o s fenó m e nos o bse r v ado s en l o s cadá ve re s, Ibídem , p. 168; So bre l a ins is t enc i a de v est i g i o s de vi da e n el cadáver Alf o n so M. d i No l a, resum e además de la e f u si ó n de sangre, l o s m o vimiento s del mism o , e l hech o de que le s igan crec ien do l o s ca bell o s, las u ñas y l os d i e ntes, l a sudorac ión, otro s aspec t o s com o l a ere cc i ó n de l pe ne e n l o s ah o rcado s, NOLA , A . M. di : La negra señor a. .. , op. cit ., p. 278. 297 NIE REMBERG, Juan E usebi o: Curios a y oculta... , op. cit. , li b . I , cap. LVII, p. 234. 147 ardi t es d el demonio ” 298 . El doctor Mar tín Ca rrill o tam b ié n co incidía e n esta apreciación advirtiendo que m uchas d e las a pariciones de las a lmas eran causadas por el demonio, que fi ngía ser e l á nima de a lg ún peca dor pi diendo oraciones y sufrag ios c on el fin de salir del Purg atori o, c uando su objetiv o concret o e ra manifestar a las gentes c orrientes que, si un hombre tan pe ca dor e staba en el Purg atorio, podí a cu alquier pecador t ener esperanza de su sal v ac ión 299 . En otras ocasiones, los dem onios podían e ng aña r c on sus apari ciones c omunicando que e l alma es ta ba y a en e l ci elo o en e l infierno y que resulta ban y a inútil es las orac ione s y sufrag ios 300 . L a s aparici on es de la s alma s fue r on c osa tan común en l a époc a barroca que los trata d ista s eclesiást ic os tuv ieron que cate g ori zar y ordenar, de a lg ún modo, l as ince santes visitas y comuni caciones de los fal lec idos. El cosmógrafo e hi storiador Pedro de Medina, en su tratado ascéti c o Diálogos de l a v erdad, publicado en 1555, mantenía una posición ambigua sobre l as apariciones. Conce día que solo las almas que esta b an e n el cielo podían apa r ec erse a los hombre s gracias a la mis eri cordia de Dios con el fin de avis a r o dar al g ún ejem plo a l os vi vos. L a s que estaban e n el Infierno o en e l Purgatorio, no podía n sal ir de ninguna m anera hasta pa g ar la de uda de sus pec ados. Para Pedro de Medina toda s l as apariciones era n tentaciones del de monio e i ncluso había que dudar de aquel las en la s que los aparecidos decían estar goz ando y a de la gloria en e l cielo 301 . Por el c on tra rio, al g unos teólogos com o Dimas Serpi afi rmaban qu e, no solamente las almas de los bi enav entura dos podían ap arecerse para a y udar y ac onsejar a los mor tales sino 298 BONETA, Jo sé: Gritos del Purgator io y remedios para acallarlos , Zarago za, i mp. Mª Án ge les Mart í n, 1761 (1ª im pre si ó n en Za rago za, 1697), pról o go. 299 CARR IL LO, Mart í n: Explicación de la B ulla de dif untos , Zarag o za, im p. Án g e l o T áb a no, 1602, pa rt. I, cap. V, p. 73. Las apar i c i o n es de almas que decían estar en e l Pur gator i o , podí a n r esul t ar un mal e j e mpl o puesto que m uc hos s u jeto s que h a bían co n o c ido en vi da a l fi na do y sabían co n det a ll e de sus com po rt am iento s, podí a n e scan da liza r se de que a pesar de sus pecados, estuvi ese li br e de l Infier n o y so l o en vía de purgac i ó n, co n l a espera n za segur a de a lcanzar l a g l or i a a pesa r de to do. 300 “ Es m u c ho de advert i r en est o de las ap ar i ci o n e s de ánim a s que l o s dem o ni o s hazen m u c hos e n ga ños d i c iendo m uc has vezes : y o so y el ánima de t a l p ersona que esto y e n e l i n fi er no, otras v ezes, y o soy e l ánim a de t a l perso n a que est o y e n el ciel o y t o do es m ent i ra, por que c o m o v e que se h aze n suf rag i o s po r un á nima y qu e saldrá presto del purgat o ri o , por q ue no l o s hagan y e st é ell a más t i empo penando, di ze que es aquell a á nima” , SERPI, Dim a s: op. cit. , cap . XXXVI, f o l . 136r. 301 “A ss i qu e de l in fi er n o , ni de l purgat ori o , n o sa len l as á nimas para h a bl ar con l o s viv o s. Los de l L imb o n o t i e nen par a qué. Pues d e l Ciel o no salen po r cur i o si dad ni espa n t an a l o s que l a s v e n y habla n . De do n de debes tener que to das l as ap ar i c i o n e s que consigo traen espa n t o y duda, te m o r y sospecha son il us i o nes y e nc u bierto s engañ o s que e l diabl o h a z e para en g a ña r a l o s h o m bres , para que de xen de creer l o que manda D i o s y la sa n t a i g l e s i a e n su no mbre”, MEDINA , Pedr o de: op. cit. , diál o go XXX, f o l s. 141v -142r . 148 que llegaban a v isit ar a las á n im as qu e e s taba n en el Purg atori o p ara ali v ia r le s las p ena s o para l lev arla s, una v e z cumpl idas sus c ondenas, al cielo. E n este punto, e ra de la mi sma opinión qu e mu c hos tratadis ta s de la é poca, los c uales conferían a l as almas de los di funtos c apacida d es y prerrog ativas similares a las de los á ngeles 302 . Este mismo autor aseveraba que t ambién l as a lmas del Purg atori o y del Infierno podí an mostrarse, siempre con permiso divino, a nte los mortale s. L a s pri mera s pa ra pe dir sufragi os y oraci ones con el fin de salir lo m ás rá p idamente de los t or me n tos del Purg atori o y las seg undas para ma nifestar a los v i v o s su et erna conde n ac ión y servir de ejempl o a l os peca dores. L os conde nados a l infierno sol ía n manifestarse de forma teatral y dramá tica con gran concu r so de gente y en lugares cercanos a su enterr am iento. Vo ces y gri tos dentro de las tumbas, sepulcros vacíos, cadáveres que a parecen fuera de la s i g le sias, son los element os más comunes para sig nifi car su estado de condena ción y el re chazo de sus cuerpos de l ámbito ec le sia l. En much as oca siones las ánimas s e ap arec ían en lugares en los que h abían come tido sus pec ados. No importaba si éste esta ba revestido de un ca r ác ter sag rado ni el hecho de que el apa recido p erteneciese a l estamento relig ioso. En las cró nicas de los franci scanos se h izo muy popul ar el caso de un religios o que y a estaba sentado e n uno de l os sitia les del coro a ntes de que e ntraran los de más a l a medianoche para rezar el ofici o de ma itines. Intrigado ot ro relig ioso por verlo siempre e n el m ismo sitio una noche le interrog ó sobre quié n era. El fraile, env uelto e n una viv a lla ma, l e dijo que había sido un miembro de la comuni d ad, ya fall ecido, y que habí a ocupado ese mismo lugar pero como no se i n cl inara a l a hor a del Glori Patri , Dios le h abía concedi do el parti cular privilegio de purgar en la misma sill a donde no le ha bía hec ho la rev ere ncia . El relig ioso le pidió al otro que ofreciese e l sac rificio d el altar por él y se vería libre de su torm ento. H echo este sufragio, el ánima no v olvió a ap a rece rse más 303 . L a narraci ón reúne t odas las constantes comunes inherentes al fenómeno de las apariciones: advertencia e jemplarizante por los pecados come tidos y m anifesta ción a los viv o s para que se apre surasen a ofre cer sufrag ios por la pronta remisión d e las penas. 302 SERPI, Dim as: op. cit ., cap. XXXVI, f o l .132 v. Las a lmas de l o s j u sto s y l as de l o s án ge l e s, po dí an ab a n do nar el c iel o sin m e noscabo de su g l o r i a, que esen c ialmente segu í a n d isf rut ando, según l a s pa l abras de San P abl o : “ S ere m o s arrebat ado s a ll á sobre l as n u b e s y est are m o s s i e mpre co n Cr isto, de s uerte q ue l a ánim a de l biena ven t urado puede aparecern o s y n o por esto perderá un punto de su gl o r i a”. 303 Ibídem, cap. XVI, fols . 70r -71v. 149 L a cuestión de las apariciones no era una cosa baladí y l os teól og o s doctrina les trata ron el tema desde variados aspe ct os. No podían negarlas, pue s la tradición a t rav és de los e xempla estaba llena de ellas 304 , pero intentaron graduarlas y ponde ra rlas de acue rdo con la s m ás v ari adas subjetividades, a lgunas de e lla s de una e xtraordi nari a si m plicidad. Si los m uertos se a parecían entre sueños pi diendo un lug ar má s de cente de sepultura de ac uerdo con s us mé ritos, e ran los á ng el es quie nes permití an e s tas apari ciones; si por el contrario el sueño e ra turba do por difunt os que espanta ban y causaba n inquietud, sin conseguir por e so na da de prov ec ho, eran los de monios los causante s de e stas visiones 305 . L as insidia s y ame nazas del demon io en e st e aspe cto e ran constante s. El demonio se com un ic aba con los hombre s a través de falsas re v ela ciones que tenían todos los visos de ser real es, de cía el franciscano Jeróni mo Pl anes 306 . A pro v ec haba cualquier oca sión para confundir a l cri sti a no y ha cerle ver cosas extra ordinarias. Para ello se serv ía de las debili d ade s huma n as que e r a n incontabl es y tal y como afirmaba e l jesuita Pedro de R ibade ney ra , “ muchas veces no son verdad era s las a pariciones de l as al mas, sino de nuestra flaca cabeza e il usion es del Demonio que nos i nquieta y eng aña , dándonos a entender que v emos lo que no vemos y que y a som os santos y te nemos visione s y re velacione s de Dios, para que nos de sv anezcam os y nos descu y de mos de nuestro aprovechamiento” 307 . Pero a pesar de las ca utelas q ue establecieron teólog o s y trata distas, e l marco social r el igioso y l as inte rpretaciones populare s fav orec ieron l a implantación d e una profund a creencia en l as v isita s d e las ánima s. No importaba t anto e l hecho de que a lgunas de la s a paricion es fueran obras del demonio c omo el c onsue lo que suponía la vuelta de ser es del más allá qu e se daban por perdidos. L o s muertos po dían vol v er y comuni carse con los v ivos dando lugar a una reproci dad que ro mpía , de alguna ma nera , e l hecho de la pérdida definitiva. Muchas de las reprobaciones de la iglesia oficial sobr e estos fenómenos no ha bría que busca rla s e n 304 Est ab a m u y d ifundido el r el at o de l a apar ici ó n de l a l m a de su herm ana a S anto T o m á s, m uert a en Nápol e s, so li c i t ándo l e sacr ifi ci o s y o r aci o n e s para a l iviarle de l as t erribl es pe nas que estaba suf r iendo en el P urgato ri o . Muc ho ti e mpo después, se l e volvi ó a aparecer r o deada de un gran resplandor y g l o r ia para com u nica r le que, grac i a s a sus suf r agi o s est ab a ya en la g l o r i a y que po r especi a l licencia de D i o s, se l e h a bía per mi t ido presen t arse par a da r l e las gracias por sus orac i o n es. I bídem , cap. XXXIX, f o l s. 149r- 149v . 305 CA R RILLO. Mart ín : op. cit ., pp. 79 y ss. 306 PLA NES , Jerónim o : Tratado del examen de las revelaciones verdadera s y f alsas y de los raptos , Val e ncia, im p. V i ud a de Juan Cr isósto m o Garr ai z, 1634, li b. I, cap. XXV, f o l . 136v. 307 RIBA DENE YRA, Pedro de: Flos Sanctorum, Barc e l o na, im p. Francisco Surí a, 1761, p. 329. 150 el ámbito de la estricta ortodoxia te o lógica sino en un afán por mantener el control y e l poder socia l sobre un h ec ho, que e n gran m edida provenía de su propi a e stru ctura ideológica 308 . De esta manera , las apariciones de los muertos estuvieron firmemen te arrai g ada s dent ro de l a m e ntalid ad de la époc a y l a línea e n tre los v ivos y l os mu ert os resultó extraordin ari amente permeable. L os sentimi entos de angus tia colectiva establecieron – a l meno s por un tiempo – la permane ncia de los difuntos en e l mundo de los v i vos, unas v ec es como da dores de g r ac ias, otra s c omo acuciantes sombras e n busca de resti tuciones. E ste hec ho nunca dejó de ser c onsiderado a pesar de que l a Iglesia había decretado que l a e x iste ncia terrenal term inaba con la mue rte y la posterior sali da del a lma del cuerpo. L a forma que toma b a n las apariciones p ara su visualiza ción por los hu manos podía ser muy v ari able . Muchos autores negaban que la s almas t omasen el cuerpo que había n t eni do o que adoptasen el d e otro ser viv ient e. Su consistenc ia y concre ción la adquirí an a pa r ti r de la c ondensación del ai re y así podían ser vistas 309 . Pero ot ros no dudaron en re pres ent ar los espíritus de los apa recidos con ciert a semejanza a l os falleci dos e incluso vestidos con l as mi smas mortajas con l as que h abía n sido ente rrados. Se ha escri to mu cho s obre e l mi edo q ue las a p ari ciones ejercieron sobre la cole ctiv ida d social de la époc a. Muchas veces los relatos d e almas e n pena que han llegado ha sta n osotros e stán amplificados y ll enos de notas comunes que hac en pens ar en un cultiv o precoz de ci ert o subgénero de te rror c uy o apogeo c ulmina r á e n el sig lo XIX. No obstante , hay que señalar que l a firme creencia en la s almas de l purgatorio, dio también lugar, dentro de l a sociedad de la época, a una inte rp enetración entre lo escatol óg ic o y l o mundano t an inte nsa y persuasi va, que las áni mas de l os m uertos adquiri eron un ra ngo de presencia c on stante y fa miliar . E sta famili ari dad con los 308 Resul t a e vidente que en e l deba t e por de li mi t ar l o s m árge n es entre l a re ligi o sidad popu l ar y l a re li g i o s ida d o fi cial e s necesari o i n t ro duci r e lemento s co ncili ador es que im p liquen u na co exist en c ia superpues t a t al y co m o se puede v er en G A RCÍ A GARC Í A, J. L.: “El co ntexto de l a re li g i o sidad po pu l ar” en C. ÁL V AR E Z S A NT ALÓ, Mª. J. BUXÓ REY, S . RODRÍGUEZ BECERRA ( coo rds.) : La religios idad popular , v o l . I, pp.19-29. 309 CIRUELO, P edro : Tratado en el qual se reprueb an todas las supe rstic ione s y hechizecías , Barcel o na , imp. Seb a st i á n Corm e llas, 1628, f o l . 50. Las ánimas de l o s aparec idos to m aban del a i re f o r m a s para po der ser vis t as. E sto ex p li ca ba la f acilidad con que po dían t ras l adars e de una part e a otr a part e del m u ndo en u n i nst an t e, VENE GA S , Al e j o : A gonía del... , op . cit. , pun t o IV, cap. 9 , p.168. 151 habita n te s del más allá hizo que el horr or de las apa r ic iones fuese sustituido po r un cie rto temor no exe n to de consuelo. Por otra part e el mundo de l os viv o s estaba pobla do de sere s invisibles ca p ac es de aterrar o al menos de mo le star a los hombres. Estos espíri tus v ivían oc ult os e ntre la s tinie b la s y podían manife st arse e n det erminadas ocasiones. Ex iste un curi oso tr atado escrito por el capuchino fra y Antonio de Fuentelape ña, en el cu al se describen toda l a cla se de duend es, trasgos y fant asmas así como la nat ur a leza de las aparici ones demoní acas. En una primera intención, es te religioso manifiest a en el prólogo que sólo prete nde descubrir la g ran cantidad de seres que pe rmanecen ocultos dent ro de l a Naturale za: “a la luz saco o y , los que do s v e zes obscuros, han perse verado por tant os tiem pos e scondidos, y a a nuestra vis ta por las t inieblas d e su ser y y a a nu estro conoci miento por la obscuridad de nuestra e spe cul ación”, 310 par a despu é s afi rmar que muchos de e stos ser es no t ienen nada de dem onios y que solam ente son unos a nimal es irrac ional es que poseen v ida sensitiv a y no son e n absoluto dañosos para el hom bre. F uente lapeña no reni ega de las apariciones del demoni o y ni duda, de ninguna mane ra, “que l os e spíritus buenos y mal os y la s a lma s, sepa n dar bue nas y ma las y que a ún mucha s v ec es por pe r mi sión divina se apa rezcan e n c uerpos a ssumptos” 311 . S in emba rg o, no incluy e a los duendes e n el g rupo de los ángeles y de monios, ni t am poco los conside ra como á nimas separadas del cuerpo. A duce para esto varias ra zones: los duendes y trasgos no podían ser ángeles ni demonios porque l os primeros s ólo se ocupaba n del servicio de los ho m br es y l os de monios no podían dedicarse a cos as simples cuando su verdadera misión era actua r con pe rversidad y mal ignidad buscando en el hombre su condenación. A demá s, c uando los dem onios se aparec ía n adqui ría n formas corpóreas con el fin de eng aña r a l os hombres y hac erle s c aer en e l pec ado. B asta ba toma r como e jemplo la t r ansformación del demonio en serpiente para inducir al peca do a Eva, o la pre sencia de Sa ta nás a nte e l mismo Jesús tentá ndo le durant e su a y uno de cua renta días en el desi ert o. Por esta r azón, los duendes e ran seres que sólo se manife st a ban a l os ni ños y l os c ab allos que e ran inc apaces de pec ar por su eda d y natura lez a 312 . Estas ente lequias estaba n defi nidas como e n te s corpór eos, simple s y d e 310 FUENTELA PE ÑA , Anto ni o de: op. cit. , (Pró l o go). 311 Ibídem , Pról o go. 152 escasa inteligencia que se c on te ntaban c on tirar piedrecillas, contar dinero y j u g ar a los bolos haciendo trav esuras. A l cont rario que las apa ricion es vis ibl es de los demonios que estaban destinad as a i nfun dir el terror e n los santos y a proc urar apartarlos de l ca mino de la v erda dera sa lvación. A sí m ismo, se aduc ía qu e los demonios eran incapaces de la menor aleg ría y di v ersión dada su natur aleza de tristez a perm anente, y por lo tanto no podían de dicarse a e ntretenimientos y de le ites inocentes como hacían los duende s 313 . El cl érig o B eni to Remi g io No ydens, ca lificaba a estos seres de “demonios cas eros, fam iliares y t rata bles que se ocupaban de jugar c on las pe rsonas y ha z erle s burlas ridículas” 314 y los equipara ba a l os dioses L a res y Penat es de l os roma nos. Estos duendes t enía n varias de nominaciones seg ún e l pa ís e n que ac tuaba n; los franc eses los ll amaban guelicos y los it alia nos f arfare lli y según este mismo a utor se limitab an a hace r ruidos diversos , de rriba r mesas, quitar las rop a s de las camas y otras burlas más, que si bie n era n t olerables podían l leg ar a e nfadar a los ha bitantes de l as ca sas d onde moraba n 315 . En una é poca en l a qu e l o de scono ci do y enig má tic o no tenía otra explicación que las fuerzas espir itua les, este m undo invisible de seres menore s v enía a satisf ac er numerosas causalidade s. No obs ta nte, tod a la prudencia era poca, y nunca se dudó de l as apari ciones de las a lma s y demoni os c om o estaba de mostrado por los cientos de eje mplos que l a abundant e literatura hag iográfica ha bía acumulado. Innumerables eran los santos v a rones que se h abían e nfr entado a estas v i siones: almas en pena, espíritus demoníacos de forma s horribles; t odo u n e lenc o de seres del más allá encarg a do de conduci r a los hombres a l a condenación y en e l me jor de los casos, en a dv ert irle s de las riguros as pena s que conlle v a ba el pecado. 312 Ibídem , sub sec. II, p. 125. 313 Ibídem , secc. III, p. 126. 314 NOYDENS, B e ni t o R e mi g i o : Práctica de e xorcismos y ministro s de la Iglesia: en que con muc h a erudición y singular cla ridad, se trata d e la inst rucción de los exor ci smos pa ra lança r y ahuy entar los demonios, Madr id, im p s. Francisco Serr an o de Figuero a y An drés G arc ía de la Ig l e sia, 1678, part . III , f o l . p. 272. 315 Ibíd em , p. 273. 153 L o s mue rtos se apa recían con má s frecu enci a de la desea d a. A media dos de siglo el obispo de Osma, J uan de Palafox, glosaba y expl ica b a una relación de 229 apa riciones de almas que estando e n el Purg a torio se m anifestaron a l a Madre F ra ncisca de l Santísimo Sa cra mento, carmelita de sca lza . L os personajes que se presentan constitu yen un abigarrado cua dro social de la época: frailes, sace rdotes, hida lgos , oidores, escriba nos, caballeros, obi spos, ca nónigos , v i rre y e s, m esoneros, soldados, le trados... todos piden sufragios por su alm a a la vez que explic an las razones de su estanci a en el Purg ato rio. A l gunos de e llos rei tera n, h asta por quinta v ez, sus a paric iones dema ndando con g ran insistenc ia misas y ora cione s para su pront a sa li da de a qu el t errible lug ar que no dudan en c ali ficar de sitio donde se sufren incont ables pe nalidad es 316 . Curi osamente, a lo l argo de l a obra se i ntercalan a lgunas mani festaciones de l de monio, que en variadas formas i ntenta acosar a l a religiosa, la c u al se defiende d e sus ata qu es pronuncia n do el nombre de Je sús y a y udá ndose con la cruz 317 . Y es que el demonio estaba sie mpre ata cando a los devotos de las santa s al mas del Purgatorio y aun que no podía e vitar su sa l v ac ión, constantemente i ntentaba retra sar su salida del Purg at orio. Éste no e ra pues un lugar t an seguro como se preconiz a ba en l os tratados te o lógicos. El de scu ido de los v i vos podía alargar muc hísimo tiempo l a estanc ia de las al ma s de los muert os en tan tr emendo lug ar donde l os sufrimientos eran es pant osos. L o s mue rtos tampoco d esdeñaba n apa re cerse a los p ersonajes de m anifiesta sa nt idad. El mercedari o fray Jua n de la Pr esenta ción, a l escribir la bi og rafí a de la madre María de J esús, cue n ta como ésta t uv o dos v isit as de di funtos. L a prim era de una herma na suy a, que e stando muy enferm a promet ió visitarla pa r a com unicarle dond e se encont raba. Dicha hermana se l e apareció diciéndole qu e las mi s as que por ella se cel ebraban te n ía n que de cirse hasta el día de S a n Pedro, con lo cua l ent endió la relig iosa que estaba e n el Purgatorio. En la s e gunda, la r el igios a e xp eri mentó un pode roso conta cto fí si co con un difunt o, que l e a g arró fuertemente de l as muñecas mientras pronuncia ba el no mbre de Jesús María, dándole a entender que se ha b ía descuidado en encom endarl e e n las misas que había man dado c elebrar por el sufrag io de su al ma 318 . En 316 PAL A FOX Y MENDOZ A, Juan de: Luz a los vivos y escarmiento en lo s mue rtos , Madr i d, im p. Mar í a de Qu iñ o nes , 1661, (Véase l a t abl a de apar i c i o nes ) . 317 Ibídem , p. 101. 256 redac ción de estos te stamentos. E ra conveniente consignar en la cubie r ta del doc umento el l ug ar, d ía mes y año con el fin de que si apa recían otra s voluntades se pudiera dete rminar cuales ha bían sido l as prime ras. Cuando e l te sta me nto esta b a e scrito por mano ajena ha bía que prestar e speci al cuidado en que e l nombre del a manuens e no apare cier a c o mo heredero de al g un a man da o leg ado salvo que e l testador lo hub iese decl arado con anterioridad por ot ro i nstr ume nto, porque de lo contra r io, el testamento era c onsiderado nulo. T ambién se advertía sobre ciertas mod al idades de testam entos cerra dos que no se realizaban delant e del escri bano, los c uales sólo t enían la calidad de una simple escrit u ra pri v ada , cons i derándolos c omo mu y peli g ro sos porque si m oría alguno de los testigos ante s de su p ublic ación queda b an sin e fecto, mi entras que en e l caso de interv eni r el notar io bas taba con que sobrev ivieran dos de los testig os que se halla ron presen te s e n el momento de otorg a r el testam ento 610 . Una de las c aracterí st icas fundame ntales de l testamento ce rrado fue su si g il o. L as disposiciones del otorgante perma necí an oc ultas hasta e l mo mento d e su fallecimiento, con lo cual el t estador s e v eí a libre de posible s pre siones que podían merma r su ca pacidad decisoria. Naturalmente este género de doc u me ntos estuvo re se rv ado a mie mbros de la s clases privileg ia das, dado que se exi g ía a los sujet o s estar e n posesión de una s ci erta s habili d ade s intelectu ales, ta les como s aber leer y escribi r, junt o c on la capac idad suficiente para expresar de manera ord enada la s cláusulas dispue s tas 611 . El testamento nuncupativo o abi erto te nía m enos solemni dad. L os siet e t est igos convocados (en el reino de A ragón bastaba n dos) oían las disposicion es declarada s por el t estador en v oz arti cula d a que el no tario ponía por escrito para mej or prueb a y seg urida d en ca so de la m u erte de los t e stig os o de su inhabi litación. Es ta clas e de te stamentos present ará una densidad muy superi or sobre todos l os demás porque supondrá la a ceptación total y compl eta de los gestos y discursos con vencionale s de la 610 VILLAL OB OS, Enri qu e de: Suma 2.ª parte ..., op. cit ., t ra t. XXX , di f . II , p . 462. 611 FAYARD, J.: op. cit. , p. 479; REDE R G ADOW, M.: op. cit., p. 18. Sin e mba rgo , n o parece que e l t es t am e n t o cerrado f uera una práct i ca m u y habi t ua l incl uso dentro de l as eli t es l o cales t a l y co m o l o señala Mar í a Araceli Serran o e n ref ere nc ia a l o s r eg i do r es de L u ce na . De l o s 65 t est am e nto s que est udi a t an só l o 7 se rá n cerr ado s, SE RRA NO T ENL LADO; M. A.: El poder socioeconómico y político de una elite local. Los r egidores de Luce na e n la segunda mitad del siglo XVII, Córdoba, Univers i d ad de Cór d o ba, 2004 , p. 41. En Zam or a l a prepo n d erancia d e l t est am e nto abierto será ap l a st an t e sobre otros t i po s de t est am e nto s: el 68,7% de l o s v aro nes y e l 80, 9% de las mujeres o pt ar án po r él , mientras q ue el t es t am e n t o cerrado supondrá el 10, 4% so bre l o s ho mb r es y el 5,6% para l a s muje res, LORENZO PI NAR; F. J.: op. cit . p. 301. 257 muert e 612 . E l te st ador tenía que enfre ntarse después de e lla al i n me diato juici o de su alma en c ompleta soledad, y no estaba de m ás que a ntes personalizara individualmente sus postreros deseos disponiendo los recurs os nece sarios p ara su salvación. Por otra parte , d ado e l grado de public ida d del testam ento a b ie rto, se mostraba ante to do e l mundo que se mo ría c omo un buen cristiano ta l y com o expresaban los dis tintos modelos de fórmula s pi adosas que enca bezaban l os t estamentos: in v oca ción inicial a Dios, la Virgen o l os sa ntos; prot estac ión de fe sobre los misteri os de la Sant ís im a Trini dad y de la Iglesia; ru e g os a los intercesores celestiales y considera cione s finales sobre e l a lma y su destino. El t estamento se c onv ert ía en este caso en una especie d e confesión públ ica e lev ada a i n strumento de dere cho civ i l. En ellos también ha bía que observ ar ci erta s formalidades. L o s t estigos debía n ser “rogados y lla mados” v olunt aria mente y nunca c ompelidos ba jo inte rés o ame naza alg una procura ndo que fueran vecinos y ha bitadore s de la ciudad, e v it ando a l os e studiantes fora steros que podían a usenta rse de e lla con fa cilid ad. A los here deros y herm anos del t estador l es estaba prohibi do actuar como testig os, pe ro sí podían serlo los legatarios o l as pers onas a la s que se de ja b a n en fidecomiso 613 . L o s testam entos dobles eran aquellos rea lizados por dos personas conjuntame nte, g enera lmente matrimonios , que e n mismo act o otorgaban pareci das disposiciones insti tuy é ndose mutua mente c omo he rederos, e n el ca so de no tener herede ros forzosos y ordena ndo la m ism a ca lidad de honras fúnebres y sufra gios para ambos. Este tipo de testa me nto tuvo gran predicamento e n tre los matrimonios de l as cla ses m ás humildes debido a su meno r coste y a que l es permi tía en un solo acto ordenar a la vez el destino de sus e scas os bienes y disponer todo l o relativ o a sus funeral es, sa lvag uardando los derec hos del sobreviv ient e al de clararse rec íprocamente usufructuari os de por v ida de l os bienes gananciales frente a l a s posibles reclamaci ones de sus he rederos 614 . En oc asiones el matrimonio instituí a he rederos universales a sus 612 E n To l edo , so bre un tot al de 737 t estamen t o s c o ns u l t ado s, el 95% será n n u ncupat i vos , correspondi e ndo a l o s cerrado s t an só l o e l 7%, M A RTÍ NEZ GI L, F.: op. cit . , p. 512. E n l a Mál a ga de l si g l o XVII I pr edomi nará e l t esta mento abiert o en un 95,4% so b re l o s cerrado s, un 1,1 %, co rr esp o ndi e n do el resto del por cen t aje a l o s t estam e nto s c o nj u n t o s, RED ER GA DOW, M . : op. cit . , p. 23. En el si g l o XVIII, l a pr o porci ó n e ntre l o s t esta m e nto s cerrado s y l o s n u ncupat iv o s e n Pro venz a será ex t rao rdi nar i amente baja, VOVELLE, M.: P ieté barroque et déchistianisation en P rovence au XVIII siècle. Les attitudes devant la mort d’ apres les clauses des testame nt s, Par í s, Le Seuil , 1978, pp. 47 -48. 613 VILLAL OB OS, Enri qu e de: Suma 2.ª parte ..., op. cit ., t ra t. XXX , di f . II , p. 463. 258 hijos e sta bleciendo determinada s condiciones y obl igaciones que ha bitualmente h ací an refere n ci a a sus funerarias y sufragios 615 . S iguiendo el c omportamiento ha bitual d e l a época , la may oría de estos t e st ame n tos er a n ot org ados ante la enfermedad d e alguno de los cóny u g es 616 o incluso e stando los dos c on dolencias y acha ques 617 . A unque con menor incidencia, a lgunos mie mbros de las cla ses privilegiadas también optaron por el testamento c onjunto. El caballero y j urado ma y or L uis G ami r, muert o en 1617, ha ce testamento ocho días a ntes de su falle cim ie nto junto con su esposa Úrsula Paloma r . En él disponen l os mismos sufragios señal ando el l ug ar de su enterram iento 618 . Est os testamentos también podí an realizarlos l os he rmanos solteros sin ascendi ente s ni descendie n te s inst ituy éndose m ut uame n te como herederos a fav or del superviv i ente. En 1657, los herma nos F ra ncisco y José A íns a, a mbos canóni g os de la catedral , d ispondrán su t estame n to conj un to en los mis mos términos nom brándose recíprocam ent e here deros y ej ecut ores testam ent arios del sobreviv i ente 619 . Dentro de l os actos testamentarios existió un tipo de do cum entos especí f ic os denomi nados testamentos ad pías c ausas . Tenían un ma rcado carácter espiritual y a que 614 El ma t r i m o ni o f o r m ado por el lab r ador J uan E st eban de Gil y Cata li na Calv o , estando es t a úl t im a enf er ma, des i g nan co m o heredero s a sus hij o s estableci e ndo el m ut uo domi n i o sobre su h a cienda h as t a el fin de sus d í a s, A.H.P. T., Notari o Juan F er nández ( 1627), n .º 1.100, f o l s . 101-104. E n l o s t estam e ntos de i nd ividuos ded i cado s a l as t areas agr í co l a s, una de l as not as más signif ic at iv as s erá l a part i ci ó n de l os bi e nes e ntr e l os hij o s, au n que e l so breviviente del matr im o ni o se reserve el us u f ru ct o uni vers a l sobre ell o s. E l lab r ado r Juan Est eb a n y su mujer Fra n c isca Ca l vet , repart i r án su hac ien da e n t r e sus do s hij o s asignán do l es l a part e corr esp o n d i e nte a cada uno per o acl ara n do que el sobreviviente será usu f ruct uar i o duran t e to da su vi da, Ibidem, f o ls . 145r -150v. 615 V i cente Fo mb u e na y Cat a l ina Esteban dejan h ereder o s univ er sa le s a su s hi j o s co n l a co n d ici ó n de que l e s de n sepu l t ura e n l a c ap ill a de San La mberto de l a i g lesi a de San Juan, le s ce leb re n el d ía de su muert e un a misa ca n t ada co n d iá co no y subdiáco no y que en su n o v e na, cab o de n o vena y ca bo de a ño se g ast en t resci ent o s suel do s, A.H.P.T., Notari o Gaspar Cavero de M o ro s, (1617) , n.º 1.176, f o ls . 61v - 65 v. 616 E l pu ñale ro F r a n c isco S án c hez y s u m u jer D i o ni sia Per ales, hace n t estamento in s olium est an do e l m ar ido enferm o de “ gra ve enfer me dad de l a qua l t em e m o r i r”, A .H. P.T., Notari o Agus t ín No vell a ( 1 652), n º . 616, f o l s. 108-111 v. E l m at r im o ni o f o r m ado po r el lab rado r Bar to l o m é N a va rr o y Ju a n a Be ned icto, l o h ac en est an do enferma é st a ú l t im a, A.H.P.T., N ot ari o Lucas So ri a no ( 1650), n.º 726, f o ls . 60 v- 66v . E l l a brador Fran c isco Ca lv o y su mu j er Úrsu l a Nava rro, es t an do ést a en ferm a so li ci t an ser e nterr ad o s en la i g lesi a de Sa n Mart ín en sepu l t ur a de u na de su s hijas, A .H. P.T ., Not ari o Luc as So ri a no ( 1660), n.º 220, f o s. 186r -188r. 617 El l a b rado r J uan Murc ian o y su e spo sa Jua n a N o guera t es t arán e stando amb o s e nf er m o s , A . H.P.T . , Not ari o Juan Fernández (1627) , n . º 1 . 100, f o l s. 214v- 218r. 618 La esposa f allecerá en 1621, si endo el co ntenido de l as d ispo s ici o ne s el siguiente: Ser sepu l t ados en l a capill a de Sa n t a E m ere nci a na d e la Cat edra l , co n e l aco m pa ñamien t o del Cap í t u l o Ge nera l y e l c a bildo catedrali c i o . Fundan u n aniversar i o de c uat roci ent o s suel do s y o rdenan cuatro mi sas ca ntadas y m il do sci entas rezadas po r cada uno j u nt o co n un a l im o sna de c i e nto vein t e suel dos dest i na da a l Ho sp i t a l , A .P .S. S., Lib. Reg . (San Mart ín ), vo l 2, f o l s. 116 y 119 (r espec t iv amente). 619 A.P.S. S., Lib. Reg . (Catedral ), vo l . 3, f o l . 36r . 259 en ellos se instituía com o her ede r a la pro pia causa pía con el fin d e satisfac er l as c ulpa s propias o aj enas, o simplemente para ho nrar a Dios alcanzando de esta manera más gr aci a santifican te . L as limosnas a los pobre s, las donaciones a iglesias, mona st erios y hospitale s, los dona tivos destinados a l a redenci ón de caut ivos y las ma ndas pa ra casar huérfana s fueron los legados píos más usuales. Pero no faltaron los otorgantes que nombraron heredera a su propia alma. En estos casos l a beneficiari a absoluta, salv o que no e xistiera disposición al c ontrario, e ra l a Ig l esia que se enc argab a de administrar los biene s otorg ados a su a bsoluta discre ción. Es difíc il e n cont rar testamentos que estricta mente observ en estas cond ic iones porque, ta l y como advertía Villalobos, “n o se llama te st am ento ad pí as c ausas porque den en é l al g unas ma ndas pía s, que desta suerte pocos te stamentos huviera qu e no lo fue ran” 620 . En efecto, la in me nsa ma y oría de las v olunt ade s otorgadas contempla b an de una u otra forma alg ún ti po de le g ado pío h a sta el punto que t oda disposición hecha por el alma estuv o c onsid erada c omo una manda piadosa. F ueron los mi embros del clero y de las clases pri v il egiadas los que en algunas ocasiones se atrevieron a consignar mediante instrumento público y con ca r ác ter excl usiv o legados de este t ipo 621 . L os c anonistas se em peñaron e n considerar c o mo testamento de carácter piadoso cual qu ie r disposición al respecto aunque no se guardaran las forma lidades que exi g ía el derecho civil. J ustificaban e st a postura aduciendo l a superiorida d j ur ídica de los pa pas sobre el derecho emanado de los gobiernos dado que estas donaciones tenían un fin e spiritual y estaba n d esti nadas al bien de las almas al contra rio d e la mera distr ibu c ión de los bienes entre los he rederos. L a normativa que se estableció sobre e st as disposiciones era ext raordinariamente l axa, de t al mane ra que aunque un testamento quedase invalidad o por falta de al g una solemn ida d, l os legados hechos por ca usas pías conservaban ínt egramente toda su fuerza y debía n de c umplirse inape lable me nte. Cuando el testamento era a fav or de causas pías bas taba n dos te stig os y la firma o señal de l testador. En este caso uno de l os testigos podía ser muje r. El pá rro co o co nfesor podía n actuar de testigo en este tipo de testamentos aunque los l egados fu era n destinados a su parroquia c on el único fi n de poder d ar testimonio a nte el juez de l a 620 VILLAL OB OS, Enri qu e de: Suma 2.ª parte ..., op. cit ., t ra t. XXX , di f . IV, p. 464. 621 Si r va co m o e j empl o l a ac t i t ud de l ca nóni go Juan An t o ni o B urill o que otorga m ediante e scr i t u ra públic a do ce m il sue ldos para la ce leb ra c i ó n de unas misas e n la cat edra l . A.H.P. T., N ot ari o Jeró nim o Calv o de Ma l o (1630), n.º 1.844, f o l s. 226v-227 v. 260 v olunt ad de l sujeto. Otra pa r ti cularid ad de esta clase de testam ent o consistía en su v al idez incl uso c uando sobrev inie ra la muerte sin acabarlo. Si el tes ta mento se ha cía en el campo bastaba la pr esencia de cinco tes tigos, que podían o no firmar. En los tie mpos de peste no era neces ari o que concurr ie r an l os siete test igos para firmarlo y se p odía firma r por sep ara do. Busenbaum seña la b a que cuando la peste e stab a en su punto más álgido, se permitía que el testamento fue s e v ál ido c on l a sola presencia de dos testi gos, uno de l os cua les podía ser e l confe s or 622 . Ta mbién apuntaba que l os e statuto s especiales de m uchos lugares, com o A ragón, pe rmite n testa r c on dos testigos , de los cual es uno de ellos podía ser mujer y ot ro el propio nota rio, con tal que no tuv ie ran consanguinidad con el d ifunt o 623 . A pesar de que un testam ento por causas pías se considerara invalidado por faltar las solemni d ade s que disponía el derecho de fuero e xterno, en cuanto al derecho int erno, los herede ros ab i ntestato d e bían rest ituir los bie nes y le g ados a a quell os que por testa mento m enos solemne o por v olunt ad del difun to, había dispuesto. A quí el dere cho moral eclesiástico era partidario d e no deja r p erde r ninguna oportunidad de obtener cie rtas g ananc ias de l os que moría n sin testamento y conde naba a los que re tenían una herenc ia e n su totalidad porqu e se suponí a que ci erta p arte de ella era v olunta d “oculta” del di funto el dest ina rla a ca usa pía. ¿Qui én podía testar? L a fa culta d de testar estaba extendida a todos los hombre s y muj eres sal v o los casos que prohi bía el de r e cho na tura l. L a e dad mínim a para pode r hacer te st am ento e ra de catorce años para los varones y doce para l as m ujeres. De esta manera , y a pesar de disponer de bie nes por fall ecimiento de su s padre s, a B e rnardo Muñoz , de doce años, estando e n el t r ance de la agonía, se le i mpide hacer t estam ent o por no te ner eda d suficiente para e llo 624 . L os ni ños, los furiosos y los locos, no podía n testar aunque entr e 622 A qu í , Buse nb au m t rasc r ib e el t ex t o de l a Le y I II de l a s Ley e s de T o ro. Véas e Á LV AREZ POSA DI LL A , Juan : Comenta rios a las Leyes de Toro , Madr i d, i m p. Antoni o Mart ín ez, 1826, p. 40. 623 BUSENB A UM: op. cit ., pp. 201 -202. Este será el t i po de t estam e nto que encontrarem o s en la ciudad de Teruel . 624 A.P.S. S., Lib. Reg . ( San t i ago ), vol . I , f o l . 183r. 261 estos últim os se admitía en aquellos que tuv ie sen mome ntos de lu cidez o que sus deli rios fuesen siempr e sobre un mi smo tema y no v ariasen e n sus ideas delirantes 625 . Con respecto al estado mental del testad or se desarroll ó un a a mplia gama d e moment os y situac iones para qu e los escriba nos t uv ie sen e n cuenta los het erogé neos g rados de las enferm eda des mentales a l a hora de rubri car l os di ferentes testamento s. E l notari o debía tene r algunas noc iones de l a rudimentaria psiqu ia tría d e la é poca . Se especi ficab an t od a una serie de trastornos ment ales que i mp e dían la adaptación a la v ida social corri ente. L os m ente catos eran aquellos que siempre ca r ec ían de ent endim ient o por estar e n un fr ene sí continuo y dent ro de el los estaban los furiosos y los qu e no teni endo acce sos de furia estaban faltos de razón. E n ambos c asos era causa suficiente para no testar. As í, c uando fal lece en 1 675 J uan Ranque std, diácono racionero de la iglesia del Salvador, se expresa que no hizo testamento “ por estar fuera de j uici o 16 años” 626 . L o s fatuos eran los que c ausaban risa con su s razonamientos por dispara tad os y fuera de l ug ar. Se les r ec onocía alguna falta de capacidad pero podían te star si no estaba n incapacitados para administrar sus bienes y e ran reconoc idos en el l ug ar como personas que habían he cho tratos. Aunque no fue el caso de José L ario, muert o e n 1 695, “que era in ca paz por ser fatuo y inoce ntísimo, e nterrándose como párv ulo” 627 . También se tenía en c u e nta si habían contra ído m atr imonio o si no e st aba n impedidos para e llo 628 . A tendi endo al estado d el enfermo, se contemplab an los casos de de lirio por enferm edad, di st inguiéndolos de los loc os habitua les. A e ste respect o, si el e nf erm o tenía m o me n tos de l ucide z podían di spo ner testamento. Jua n de la Ri pia aconsej aba a los no t arios “ que en e stos negocios, se porten con g ran adv ertenc ia y reca to, y c u ando tenga que otorgar a lguno sea con la interve nción de la Justici a precediendo dilig enci a y 625 BUSENBA UM, Her m a nn : op. cit. , p. 209. 626 A .P .S. S., Lib . Reg . (Sal vador ), v o l . I, f o l . 290v. E n l o s reg i str o s par roqui a l e s se co nsi g na ba de f o rm a re gul ar l a s causas de l po r qué el su je t o no habí a h echo t es t am e nto . E ntre el las est ab a n l a l o cura contin uada y la debilidad m e nta l . Si r van co m o ej e mpl o l o s s i gu ientes casos: l a vi uda Ana S o rian o , parroquiana de la iglesia de S an Miguel que fallece e n 1650 , no ha ce t est am e nto por est ar l o ca, A .P .L.M., Lib. Reg. ( San Miguel ), vo l . III, f o l . 63v; igualmente, e l m o linero Domi ngo As e nsi o , m uerto en 165 5, n o t es t a por uni r se a su e n a jena mi e nto e l h echo de ser po bre, Ibídem , f o l . 70v.; José R ill o , m uere e n 166 4 s in t es t am e n t o por estar f uera de j u i c i o , A.P.S. A., Lib. Reg . ( San Andrés), vo l . II, f o l . 338v. 627 A.P.S. S., Lib. Reg . (Catedral ), vo l . I II, f o l . 74r . 628 RIPIA, Jua n de la: Práctica de te stamentos y mo dos de suceder, Madr id, imp. An ge l Pascual Rubi o, 1718, p. 28. (Hay ot ra i m pre si ó n en Cuenca, 1676). 262 decl a rac ión de médi cos” 629 . Se hac ía pues ne cesaria la presencia del médico, el cual debía confirmar si el intervalo de luci d ez e ra el adec ua do para ordenar disposiciones testa mentarias. A estos se les advertía d e que dar fe contra la v erda d sobre el es tado mental d el sujeto en el momento de la redacc ión de su te st a mento e ra p ecado y estaban obligados a restitui r e l da ño producido con sus afirm a ciones 630 . Por supuesto que esta s form al id a des sólo debi eron de ser observ adas en casos verdadera mente ex c epcionales y siempre en cont extos donde la s c u antías testamentarias era n realment e i mportantes dada la c ate g oría social del individuo, existiendo razon able s dudas sobre la in te rv enc ión asidua de los g al enos para e l común de las gentes. No obsta nte, re sult a ba extre madament e dif icultoso valorar esta clase de supuestos y no de bió de ser infrecuente que en los delirios provocados por la enferme dad, a g ravados con l a fiebre y otros trastornos, resul ta ra muy fácil qu e el enfermo nombr a ra a otros herederos di st int os a los que en caso de ab intestato lo ha bían de hereda r. E n e stos supuestos se reco mendaba una s util prueba para r econocer l a c apacidad d e l t estador: se le proponía n al g unos asuntos m u y dife rente s de l o que se pre tendía tratar; si el enfermo correg ía t ales propuestas de forma cla ra esta ba ca p a citado para hacer testamento pue s demostraba discernimient o y sano juic io. Por de recho positi v o a l os sordomu dos de nacimiento, los pródigos , los usureros públicos, los cautivos en t iempo d e g uerra, los c ondenados a m uerte y los re ligiosos profesos, les estaba prohibido te st ar. Con respecto a los conde nados a la última pe na ha y que seña lar que en España se les pe r mi tía hacer disposiciones siempre que no se le s hubiesen incautado sus bienes, pero los condenados por herejí a lo tenían proh ibi do por ser conside rados “incapaces” 631 . Muchos de los casos de inha b ilitación pa ra testar eran conmuta dos en el c aso que fuese pa ra obras pías. L o s sordomudos de na cim ient o no podían de cl arar con pa labra s o por e scr ito qui enes serían s us he r ede ros pero bastaban sus s eña s pa ra el caso de l as obras pías o cuando no se instit uía heredero. A los excom ulgados, si no te nían pri v ac ión de t e star, se le s pe rmitía orde n ar l egados píos, pero aque llos que lo estaban por más de un año les era i mpedi do porque la le y lo s 629 RIPI A , Juan de l a: op. cit. , p . 29. 630 NOYDENS, Beni t o Remi g i o : Pr áctica de curas... , op. cit ., t rat. V, cap. V, p . 312. 631 FERNÁNDEZ DE CÓ RDOBA , Anto ni o : op. cit ., part. I, d o c. V. p. 73 ; “pueden hacer l o de l o s biene s que n o se ap lic are n a la cámara o a otr a perso n a po r el de li t o a que son conde nados”, RIPIA, Juan de l a: op. cit . , p. 27. 263 consider aba como herejes. L os re ligiosos , durante su noviciado podían di sponer de sus biene s sin permiso de sus superiores 632 . Es el caso de J osé Ramos, natural de A lbent os a, que hace te stamento e n 1660, siendo fraile novicio en el c onv ent o de l a Santísima Trini dad de Teruel. Deja 1.000 sueldos para cinco aniversarios de st ina dos a sus padres, parie ntes, su propia alma y un t ío, cura d e A demuz. Dona una c aja de damasco con g uarni ción de oro para l a iglesia del convento y deja herede ro universal de sus bi enes al capí tu lo de l convento 633 . A este respect o los mie mbros de la s órdene s religiosas podí an ser instit uidos como he r ede ros, incluid os l os profe sos, a excepción de los capuchinos y los frai les menore s de la observ anci a. ¿Cuándo se debía testar? Se recome nd a ba hacer testamento “en salud, quando está el ánimo quieto, los sentidos enteros y el j u y c io soseg ado, li br e de congojas y agon ías de la e nfermedad y de las i mportunaciones y mole stias de parientes, que arr astrados de i n te rés, suelen codic iosos, más qu e advertidos, alte r ca r e n presencia del e nfermo, dándole con esto congoja y a ún ocasión de i mpaciencia” 634 . Esta advertencia no sólo la ha cían lo s juristas, sino que estaba presente en t o das l as artes de mori r. En 1534, Erasmo de Rótterdam aconsejab a que el cri st ia no debía desembarazarse de sus negocios mientras v i vía y e staba sano (“ y primero que la enfermedad d é con nosotros en la cam a, ordenem os nuestro testamento”) saliendo al paso de l a extendida cr ee ncia supersti cios a que otorg aba al acto de testar el presagio de una muert e inminente 635 . Porque los casos de escrúpulos de conciencia, las rest ituc iones, las censuras eclesiásticas y la s enem ist a des era c onv eni ente resolv erl os estando en sal ud, no por temor a la muerte sino por v erdade ro amor a la s e nseñ anzas de Jesucristo. No obstante, el te stamento hecho e n 632 BUSENBA UM, Her m a nn : op. cit ., p. 210. 633 A .H. P.T ., Notari o , Mi gue l Jeró nim o Esco b edo (1660) , n . º 55, f o l s. 104r-107r .; BUSENBAUM , Her m a nn : op. cit ., p. 210. 634 PAL O M A RES, Tom ás de: op. cit. , f o l . 69v . 635 “Al gu nos huyen de hacer t est am e nto co m o s i h u biere en ell o al gú n m a lagüe ro : t anta es la f r ag ilida d d e n ue st ra carne: Pues es verdad que hace r t estamento n o es caus a para que m ueras más presto , sin o para que m ueras más qu i et o ”, ERA SMO DE RÓTTERDAM : op. cit ., pp. 43-44. 264 plenit ud de fa cultades y sin la ame naza de l a enfermedad pod ía t ener consec u enc i a s no deseada s para la v ida familiar y socia l del sujeto. Por ello, otro tratadista de la muert e , el benedi ctino J uan de Salazar, r ec omendab a que se hiciese cerrado pa ra qu e realmen te el testador expresase sus deseos sin te mor a incurrir en el d esagrado de l cóny u g e o de l os herede ros. L as presiones famili ares p odía n modificar sus inte nciones i nici ale s disponiendo desacertadam ent e sus últimas voluntades c on la esperanza de poder subsanarlas de spués en al g ún codici lo, sat isf aci endo de e sta manera las e xpectat ivas de los testamentarios 636 . T odos l os tratadist as abogaron unánimeme n te por el testamen to previs or c onsiderando el que se hacía e n la i nmediatez de l a mue rte c o mo un t estam ent o defec tuoso e i ncompleto. A sí, A lej o Ven eg as opinaba sobre los que hacía n su te stamento en l a agonía: “aunque el t estamento hecho e n la agonía, y a que le escus e de alguna m anera , no se escusará de mucha s neg l i g enc ias que entonces no podía discu tir y de muc h as sinrazones, que aún no se ha gan a drede a cossado d el agonía h ará ” 637 . El testa mento tenía que efectuarse estando sano de cuerpo y me nte porque con ello se evitaban los apre suramientos d e última hora que po d ían i nfluir en las decisiones de l testador. Pero e l hec ho real – corroborado por numerosos inves ti g adores – es que el act o de te star distó m uy poco t iem po de la muerte de los sujet os y , g enera lme nte, se hic ieron estando estos en la enf erm edad, próximos a m ori r 638 . L as i nstruccione s religiosas, como un modo más de la preparación para la mue r te , recomendaban tratar en v i d a de “apa rejos de muerte” p ara qu e los hombr es y mujere s estuviesen acostumbra dos a ellos y no sintiesen tant o t emor a su hor a fin al. Se advertía ta mbién de l o ine sperado de la llegada de la mu ert e que podí a s orpre nd er en c u al quier momento, echa ndo ma no a la v ie ja m etáf ora que c omparaba la figura de la m u ert e con una red “que c oge a los morta les c omo a pezes con el c ebo de su deleite y mue ren apri e sa, sin p ensar donde 636 “ Po r do nde co nvi e n e much o e l h ac er l o cerr ado, si se hiciere e n vida, co m u nican do sus pensamientos solamente con personas de letras, pr uden t es y r e ligi o sa s, d e m o do que l a d ispo si ci ó n d e su hacienda y alm a no sea sabida de sus deudo s hast a de spués de s us dí a s”, SALAZAR , Jua n de: Arte de ayu dar y disponer a bien morir a todo géne ro de pe rsonas , Ro ma, 1608, (E d. An t o ni o Re y H azas), e n A rt es de bien morir . Ars moriendi d e la Edad M edia y del Siglo de Oro , Len gua de t rapo, Madri d, 2003, t rat. II, cap. 2, p. 154. Idén t ic as o bs er vaci o nes h a ce e l f r a n c iscano Pedro de l a F u ente, ref iriéndo se part i cu larmente a l o s t em o res que e mba rga ban a m uc h a s m u jeres en el m o mento de di spo n er su s ú l t im a s v o l u ntades an t e l a r eacci ó n de sus m ar i do s, FUENTE, Pedro de l a: Breve compe ndio para ayudar a bien morir . Con algunas ad vertencias al Mini stro, si hubiere de e xercer lo s Sacramentos de la Penitencia y Extremaunción, Sevill a, i mp. Juan Gó m ez de Bl a s, 1640, f o l . 187. 637 VENE GA S, Al ej o : Agonía del ..., op . cit ., pun t . II, cap. 9, p. 35. 638 Po r ej empl o , en la ciudad de Huelva, e l 95% de lo s que hacen test a m e nto se en co ntr ab a n e n e stado de enf er medad, L A R A RÓDENAS, M. J.: Contrarr eforma y bien morir . .. , op. cit ., p. 30. 265 están y donde v an ni qué l os ac ontec ió. A sí el hombre tiene dos penas, una cuando ca e en la red de la muerte y otra por estar preso dentro de la red y no poder salir ( que es el Purg atori o) ha sta que el d ivino ca zador venga a sacarlos m ediante la r ede nción de s u sang re” 639 . El jurista Tomás de Paloma res, del mismo modo, y usa ndo una ima g e n semeja n te , t ambién c on mina a hacer los testamentos en plena salud y a que el pec ador “que c og e l a mue rte de scuidado, com o el pe z o el paja rillo, ¡ qué de y das y v eni das haze aquel con la mue rte a la garg anta e n e l anzuelo! ¡ Qué rebol versse con la mesma el pi e en el l a zo! ¡Q ué i nquie tud l a d e ambos! ¡Qué turbac ión! ¡ Qué diligencia tan sin fruto! ¡ Qué mue rte t an ansios a por ser i nopinada ! 640 L a mani fiesta reticencia a h ac er el testamento e n vida que m ostraron am p li os sectores de la sociedad dio lugar a l a introducción de un dis curso más a ceptable . Se conce día la posibilidad de t estar e n l a enfermedad sie mpre que ésta estuviese en sus comie nzos . A pesar de e llo, la avidez de fami liares y he rederos siempre se suponía que estaba rev olot eando a la cabecera del enfermo. El dominico B art olomé de M edina apunta ba que era preferible hacer e l testamento a comienz os de la dolencia porq ue s i ésta s e ag ravaba era muy probable que los pa rientes aprovechasen la ocasión para coart ar la libre v olunt ad del e nfermo, a la vez que los mismos a chaque s de l a enferm edad podía n impedir su e jecución 641 . L os confesores má s de una vez tu vieron que advertir a l os familiares que todos los que impedían ha c er testamento por la fuer za o por fra ude estaban c ometiendo pe cado mortal y t enía n obl igación de re stitución de la herenc ia 642 . Seguramente permanecerá en el anonimat o el número de l os t estamen tos 639 ROJAS, Fran c i s co de: op. cit ., f o l . 214v . 640 PAL O M A RES, Tom ás de: op. cit. , f o l . 69v . 641 MEDINA, Barto l o m é de: op. cit. , cap.XIX, f o l . 3 34r. P ero no sól o e st ab a n las t r ab a s de l o s p ar i e n t es a l a hora de hacer e l t esta m e nt o . E l cap í t u l o d e la satisfacci ó n d e la peni t e nci a era muy impor t an t e. Fray Luis de Granada ad ve rt í a a aque ll o s que d ilataban la pe ni t e nc ia hast a l a hora de l a muert e: “ Po r que el que se v e apret ado con l o s do l o res de l a enfer m edad y espantado con el t e m o r de la pe na, c o n d ifi cu l t ad ll egará a haze r v erdadera sat i sfacc i ó n . May o r mente viendo del ante de si l o s hij o s, que d esordenadam e nte am ó y a la muge r y a l m u ndo que e st á ti ra ndo de é l . Y porque ay muc has co sas que en este t i e m po impiden el h azer l a pe ni t enc i a, e s pe ligros í s ima cosa d il at ar l a ha st a l a m uer t e”, GR A N A D A, L u is de : Guía de... , op. cit ., li b. I, cap. XXVI, § I, pp. 230- 2 31. 642 “ Qu e l o s not ari o s, ni o t r as per sonas a lgunas seg l a res, ni ec lesiás t i c as seculares o regul ares, so pe na d e ex co m u ni ó n, vi o len t en, ni f uerz e n, ni induzca n a lo s enferm o s, que qu isieren hacer sus t est am e nto s, a que en e ll o s o rden e n más de las que ell o s qu isie r en, ni les est orben a e le g i r sepul t ura do nde qu isie re n; más pueden ad vert i r l es y aco nsejar l es l o que de ban hacer, acerca de l o cua l l es c arga m o s l as co ncien ci a s”, C.S. de Ter uel (1609-1612), De test am e nt i s et pii s le gat i s ad im p l e ndis , pp. 200 -201. 272 idént icas a l as que se solí an gastar por otros indiv iduos de la s m ismas caracterís ti cas que habí an hecho te stamen to. Como puede suponerse, ent re muchos de l os he rederos el male st ar por e sta v al oración debió de s er bastante frecuente y a que podía resultar extre madamente difícil la j usta estimación de las diversas situa ciones que c ad a fa lle ci do deja ba a s u mue rte. En l a ciudad de Zarag oza, si alg uie n moría sin hab er h ec ho testamento el enca rg a do de hacerl o era e l jue z de Pías Causas; en el r esto del a rzobispado y quizá por las protesta s, excesos o neglig enc ias de m uchos de los curas, estos estaba n obligados, en el plazo de quince días, a pre sentar a nte di cho jue z un inventario de los biene s del falleci do así c o mo un i nfor me sobre el e st ado de sus deuda s y obligaciones con e l fin de que se ordena se la cantidad más a decua da a detraer del g rueso de l a heren ci a para destinarla a sufr agios 650 . No obstante, los v ic arios y re ctore s de los l ug are s, sin e sper ar la resol ución, qu e podía tardar v aria s s e mana s, tenían oblig aci ón de no di latar los sufrag ios procedie ndo a e fectuar el entierro conforme a l a calidad r ec ono ci da del difunto y de a cue rdo con las costumbre s de l a parroqui a. Se conside r aba que , c o n un monto g loba l de doscie ntos escudos de hac ienda, se de bía hacer e l entierro y c elebra r cinc uenta m isas en la parroquia del finad o, s in ex ce der de treinta libras. Esto suponía tomar el 16,5% del cuerpo de la herencia pa ra funerarias y misas, y aunque el juez de Causas Pía s se re servaba el de recho de aumentar o disminuir dicha cant ida d mediante una resolución posterior, no parece probable que estas actuaciones se m odific ara n. En la muert e de l os niños que e r an capaces de reci bir l os sacramentos, pero que d ebido a su edad no podí an hacer te st am ento, los párrocos podía n t estar sobre el cuerpo siempre que el finado tuviese a lg unos bie nes de su propi edad bajo e l pretexto de que " participen de los sufragios, porque serí a impiedad qu e a título d e ser de poca ed ad, no se cuidass e de sus almas ” 651 . En Teruel, los vicarios d e las diferentes p arroquia s tenían potestad para ordenar testamentos en caso de mue r te ab i ntestato . L a s consti tucione s sinoda les de 1588 expresan l os t rámites administrativ os que de bían seguir los vicari os de las di stintas parroquia s cuando alg uien fa llecía. E n los li bros de difuntos, adem ás del nombre del 650 C. S. Zaragoza, 1698 , li b. 2, t i t . 9, De t es t am entis, co n st . VII, pp. 321 - 322. 651 Ibídem , p.223. [Document text truncated for crawler view.]