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Reposito rio de la Universida d de Z ar a go za – Zagu an h tt p: //z agua n.un i zar .e s
Tesis Doc toral
MORFOL OGÍ A DEL CAMBI O URBAN O E N
HISP ANIA: L A ADA PTACI ÓN DE L OS E SPAC IOS
PÚBLI COS ROM ANOS A LA NUE VA RE AL IDAD
TAR DOANTIGU A
Auto r
Diart e B las co, Pila r
Director/es
Martín Bue no, Manuel A.
FACULTAD DE FIL OSOF IA Y LET R AS
Departam ento de Ciencia s de la Antigüedad
2011
Morfolog ía del cambio urbano en Hispania : la adaptació n de los
espacios públi cos romanos a la nue va realida d tardoantigua
Pila r Diarte B lasco
Tesis dirig ida por:
Prof. Dr. Manuel A. Martín -Buen o
Catedrático de Arque ología, Epigraf ía y Num ismática
de la Univer sidad de Zaragoza
Agradeci mientos
Supongo que cuando uno decide escribir unos agradecimientos tras algo más de cu atro
años de trabajo, le asaltan siempre los mismos t emores. Uno no quiere olvidarse de nadie pero
supone que puede hacerlo, que es mucho el tiempo y mucha la gente que ha formad o parte de este
trayecto y que en mayor o menor medida, de un modo o de otro, ha contribuido al desarrollo de
este trabajo de investigación.
No puedo empezar est as lín eas sin agradecer en primer lugar el apoyo de mi direc tor
de tesis, el Profesor Manuel Martín- Bueno. Hace más d e diez años que nos conocemos y siempre
he contado con su confian za . Por ello y porque en t odo este tiempo ha sido mi tutor quiero
expresar mi reconocimiento a su labor y agradecerle todo s estos años de dedicación.
Al Prof. Josep María Gurt i Esparraguera de la Universidad de Barcelona porque en
las estancias de investigación que h e realizado en aquella Universidad ha sido la mejor guía
posible, aconsejándome en el desarrollo de mi investi gación y ofreciéndome lucidez y seguridad
en el oscuro mundo del urbanismo tardoantiguo. Por su preocupación y sus consejos. Por su
tiempo. Gracias.
Al Grupo de Investigación Urbs al que pertenezco, que ha sido fundamental en mi
formación y en la consecuci ón de mi trabajo. A t odos y cada uno de los miembros del
Departamento de Cien cias de la Antigüedad, muy especialmente a los miembro s del Área de
Arqueología, Prehistoria e Historia Antigua . A la Pro f. M . Ángeles Magallón y la Prof. Elena
Maestr o , porque si n duda si empre que han podido me han ayudado.
A mis compañeros de "La Pecera" . Al Dr. Alejandro Martín López y los futuros
doctores Carlos García Benito y María Sebastián Lópe z que me han acompañado estos años, en
los buenos y en los malos momentos. Los tres han sido y son parte de mi vida profesional pero
sobre todo de la personal. Y sin ánimo de hacer difere ncias -ya lo sabéis, chicos - tengo que decir
que sin María todo se me hubiese hecho mucho más difícil. Que ha sido mi gra n ayuda y mi
amistad sin condicione s. Solo espero haberlo sido yo también para ella.
Si bien los años de investigación han estado repletos de personas que me han ayudado,
no puedo olvidarme de los años precedentes. Por ese motivo quiero hacer especi al referencia a
Carmina Gustrán que durante cinco años ha sido mi co mpañera y amiga y a la que echo mucho de
menos en su nueva aventura londinense. A todos los profesores de la licenciatura de Historia, muy
especialmente al Prof. Gabr iel Sopeña y a la Prof. Victoria Escriba no que tanto me enseñaron y
que tanto me enseñarán.
Si hablo de los años de la licenciatura y de formación tengo que hacer refer encia por
fuerza al Municipium A ugu sta Bilibilis , que es el yacimiento que me ha visto crecer y el que sin
duda mejores momento s me ha dado. Pero sobre todo me ha dado grandes compañera s como
Rom ina Luesma y Cristina Godo y. Sin ellas todo habría sido diferente.
Una vez Licenciada, mi formación como arqueóloga continuó en gran medida en It alia.
Por ese motivo quiero agradecer a la Universidad de Bolonia su generosidad al poner en mis
manos todos sus medios disponibles, dándome la posibilidad de aprender cosas que de otro modo
no habría aprendido. En co ncreto agradezco a la Prof. ssa Scagliarini y a la Prof .ssa Coralini la
posibilidad de trabajar con ellas en el proyecto Vesubiana. A Antonella Guidazzoli por haberme
abierto las puertas del Co nsorzio Interuniversitario CINECA. Y como no, a los esplendidos
arqueólogos que tanto me enseñaron y a los que tanto debo: Dott. Enrico Giorgi, Dott. ssa.
Federica Guidi, Dott. Marco Podini, Dott.ssa Erika Vecc hietti y el Dott. Massimo Zanfini . Gracias
por todo.
Al Dr. Albert Ribera y al Dr. Jorge Morín de Pablos que siempre han estado a mi
disposición para cualquie r duda, tanto para explicarme detenidamente l'Almoi na de Valencia
como para mostrarme el for o de Ercavica. Porque ambos han atendido siempre paci entemente mis
preguntas y porque siempre que los he necesitado ha n puesto tod o los medios que tenían a su
al cance para ayudarme. A la Dra. Isabel Sánchez Ramos, excelente profesional y excelente
consejera, porque en este último año me ha ayudado a no decaer en mi objetivo. A los tr es , gracias.
Dejando la Arqueología aparte no podría ser menos justa si me olvidase de mis amigas:
mi prima -mucho más que prima - Teresa Vela , Carmen Artero , Silvia Cruz, Laura Marco y muy
especialmente a Berta Pa rís. Porque sin ella mis plan os nunca hubieran tenido unos iconos tan
estupendos. Por el tiempo brindado, por el esfuerzo y p or la paciencia. A Alberto, por su ayuda,
por su dedicación, por las c omas que me sobraban y p or alguna que me faltaba, por el apoyo sin
condiciones.
Y en último lugar, pero no por últimos los menos imp ortantes, quiero agradecer todo
el amor que he recibido sie mpre de mi familia De mis primos y de mis tíos. De mi s abuelos. Pero
sobre todo de mi hermano y de mis padres . A mi hermano Jesús, por haber tenido sie mpre la
palabra apropiada y por haberme enseñado a dar el justo valor a las cosas. A mi padre, porque
siempre le ha sobrado el tie mpo para ayudarme y por h aber sido un ejemplo insuperable . Y a mi
madre, porque solo ella sabe cómo me siento en cada momento, po r que es mi apoyo y mi
seguridad. Ellos, los tres, me han enseñado el valor del esfuerzo y de la integridad. Porque
siempre han estado ahí y porque siempre lo estar án. Este trabajo es para ellos.
Índice
páginas
Introducción 7
Bloque I. La morfología del cam bio urbano: la ciudad tardoantigua a debate
I. 1. Los núcleos urbanos durante la Antigüedad Tardía: características generales 33
1.1. El concepto de ciudad en la tardoantigüedad 33
1. 2. La topo grafía cristiana y su inf lu encia en la morfología urbana 37
1. 2. 1. La inserc ión de l as iglesias en el tejido urbano 39
1. 2. 2. Sepulturas y ciudad 41
1. 3. La mu ralla como elemento definitorio de la ciudad Bajo I mperial 45
1. 4. El tejido urbano: los espacios domésticos 48
1. 5. La s in fraestructuras públicas: la gestión de los vertidos y deshechos 52
1. 6. Los espacios públicos romanos y sus transformaciones durante
la Antigüe d ad Tardía. 56
1.6. 1. El área forense 58
1. 6. 2. Los ed i ficios de espectáculos 60
1. 6. 3. Las termas 63
1. 6. 4. Espacios cultuales paganos 64
1. 6. 5. Vías, pórticos y o tras áreas públicas 65
1.7. El fenómeno del spolium y la reutilización de los espacios
públicos: las ciudades como canter as 68
I. 2. Metodología y plan de trabajo 71
2. 1. Planteamiento metodológ ico: conceptos básicos 74
2. 1. 1 Abandono 74
2. 1. 2. Pervivencia 78
2. 1. 3. Funcionalidad 80
2. 2. Programac ión y eventualidad 86
2. 3. ¿Pragmatismo o ideolog ía? 87
2. 4. Objetivos finales: comprobación de hipótesis de trabajo 91
Bloque II. Las ciudades hispanas y sus espacios pú blicos en la Antigüe dad Tardía
II. 1.Marco de Estudio: Hispania y sus ciudades 97
Acinipo 101
Aquae Flaviae 113
Astigi 119
Asturica Augusta 129
Baelo Claudia 143
Barcino 157
Bobade l a 177
Bracara Augusta 183
Caesaraugusta 199
Calagurris 223
Carmo 233
Carteia 245
Carthago Spartia 259
Cartima 285
Clunia 289
Complutum 303
Conimbriga 315
Corduba 331
Edeta 359
Emerita Augusta 367
Ercavica 405
Gades 415
Gerunda 421
Gigia 433
Hispalis 441
Ilici 453
Italica 465
Lancia 483
Lucus Augusti 491
Malaca 503
Munigua 515
Myrtillis 525
Olisipo 531
Pollentia 539
Regina 555
Saguntum 561
Segobriga 571
Sexi 595
Tarraco 599
Tiermes 629
Toletum 637
Turobriga 649
Uxama Argaela 655
Valentia 663
Valeria 693
Bloque III. El análisis de los espacios públi cos e n la Antigüedad Tardía hispana
III. 1. Foros 701
1. 1. La s p rimeras transformaciones 704
1. 2. El proceso de no retorno: las estructura s forenses y el siglo IV 712
1. 3. La pri vatización 717
1. 4. Spolium : la nueva funcionalidad productiva 723
1. 5. El mantenimiento de la titularidad pública :
una excepción en los foros hispanos 724
1. 6. La cristianiz ación 728
III. 2. Espacios comerciales : m acella 739
2. 1. Los ejemplos hispanos 740
2. 2. La evolución bajoimperial 740
2. 3. La reutilización de los macella : la nueva funcionalidad tardoantigua 742
III. 3. Termas 745
3. 1. Hispania: el modelo consolidado 746
3. 2. El siglo III y la vigencia de las instalaciones termales 747
3. 3. La cua rta y la quinta centuria: el camino de no retorno 749
3. 4. El nuevo uso privado 751
3. 5. La cristianiz ación : ¿un fenómeno excepcional en Hispania ? 755
III. 4. Teatros 759
4.1. El caso hispano 761
4. 2. El siglo II y las pr i meras transformac ion es 763
4.3. La t ercera centuria y el final de los teatros hispanos 767
4. 4. Los últimos supervivientes: el siglo IV y el V 769
4. 5. Pervivencias y a ban donos:
la ubicación de los teatros como factor en su evolución 772
4. 6. La pérdida de la condición públi ca y su domesticación 775
4. 7. La cristianización: ¿el último eslabón en la reutilización del edificio? 780
III. 5. Anfiteatros 787
5. 1. Los e j emplos hispanos 789
Introducci ón
11
sobre todo, con Au gusto, la crea ción de ciudades como realidad física se acelerará de
modo notable. Solo para Italia, po r ejemplo, Estr abón y Eliano h ablan de 474 ciudades
durante el periodo augusteo. Para entonces, el modelo urbano estaba y a compl etamente
fijado y s e exportaba con facilidad a las nuevas provincias conquistadas.
El nuevo modelo de urbanidad que se ex porta no será más que la
trascripción monumental de las funciones soci ales, religiosas, culturales e i deológicas, a
las que, además, se añade, o por lo menos se int enta que así sea, una serie de garantías
ge opolíticas -grac ias a u na posición favorable r especto a l territorio que controlaba- e
ideológico-culturales como centro unifica dor y garante de romanidad. Una ciudad
escaparate 9 , como algunos investi gadores la han definido, que ex ponía
permanentemente las ventajas que la ciudad rom ana ofrecía tanto a rom anos como a no
romanos. En ese escaparate era fund amental el mantenimiento del modelo urba no y de
los ti pos edilicios más representativos de la estructura socio -política y económica que se
pretendía exportar. En palabras de Adriano, esas colonias serían effigies parvae
simulacraque de Roma 10 .
El modelo urbano d e las ciudades rom anas h a sido ampliamente estudiado y
es de sobra conocido, por lo menos en sus rasgos básicos: plano or togonal, foro,
templos dinásticos y capitolia , edificios de e spectác ulos y servicios públicos c omo
espacios termales o el s istema de alcantarillado, son solo a l gunos de las principales
caracter ísticas de estos núcleos urba nos. Sin embarg o, en la reconstrucción de la
planificación urbana de Roma, debemos por fuer za señalar la herencia griega y etrusca
que la ca racterizó. Los esquemas urbanos grieg os e itálicos, independientes o no entre
sí, tuvieron en común la intención de crear particiones iguales en las ciudades de nueva
planta, lo que más tarde marcaría la orto gonalidad de la ciudad romana. De hecho, el
instrumento fundamental para la división de las tierras -acto car gado de una
extraordinaria r eligiosidad-, la groma, recibe su nombre del gnomon griego y su
latinización es produc to de la mediación con su nombre en etrusco cruma 11 . El
instrumento se uti lizaba para establecer el centro exacto de la limitatio y fijar, de este a
oeste, el decumanus m aximus y , de norte a sur, el cardo maximus , ejes viales
9 Las ville-vitrine de las que, sobre todo p ara el periodo antonino, hablan los estudioso s franceses. Vid .
BOST , J . P., " Spécificité des v illes et eff ets de l’u rba nisme dans l’Aquitaine augustéenne" en V illes et
campa gnes d e l’Empire romain, Actes du colloqu ed’Aix - en -Proven ce (197 9), 198 2, p p.59-68;
BONNEVIL LE, J. N et alii, “Les villes ro maines de la Péninsule I bérique “ en Le s Villes da ns le mo nde
Iberlque, 1982 , pp.68 y ss.
10 Gelio , Noctes Attica e , XVI , 13, 8 .
11 GROS, P. - TORELLI, M. , S toria dell’ urbanistica. Il mo ndo roman o , 1988 , pp.128 - 129.
Introducci ón
12
fundamentales del núcleo urbano, cuyo cruce marcó la característica centr alización y la
planificación axial de las ciudades romanas. En el lugar de intersección de estos dos ejes
principales se abría el espacio del forum , desde d onde partían l as calles p rincipales que
iban a dar a las cuatro pu ertas de la ciudad. Los griegos d e la época clásica, a diferencia
de los romanos, no su bordinaban sus calles o p lazas públicas a espacios domi nantes
dispuestos ax ialmente 12 . Es más, según P . Zanker, la planificación orto gonal romana se
puede diferenc i ar de la griega en tres aspectos cardinales:
1. la ciudad romana no se desarrolla únicamente en torno a una de las calles
de larg a distancia, sino que entre t eje toda su malla vial a partir de l cardo y el
decumanus .
2. en la intersección del cardo y e l d ecumanus se sitúa el Capitolium .
3. el lug ar de reunión de la comunidad es el es pacio situado en frente del
Capitolium . Ese espacio en las colonias tempranas será el qu e dará lu gar, décadas más
tarde, al que constituirá el elemento central y or ganizador de la ciudad r om ana: el foro 13 .
El Capitolium es, por tanto, parte fundamental de la unión entre Roma y las
colonias de I talia por su valor relig ioso, su volu men arquitectónico y su dispo sición
preeminente en la or ganización del c entro mo numental . Sin embarg o, no ocur re lo
mismo con las otras prov incias del Imperio, en las que este edificio qued a en ocasiones
sustituido por templos dedicados al culto imperial. En las provincias occidentales, por
ejemplo, parece qu e estos santuarios se erigieron en relación con el teatro o el foro y
que muchas veces, const ituían el eje a p artir del cual se articulaban los d emás edificios
públicos 14 . No obstante, aunque el santua rio capitoli no sea pa rte fund amental en la
organización urban a de las ciudades itálic as, el espacio públi co más representativo de
estas y de los demás centros urbanos del I mperio es, sin duda, el foro. Su importanc ia
radica en que en torno a la plaza, núcleo principal de todo el conjunto, s e agrupaba n
otros edific ios que mater ializaban conceptos de carác t er político, religioso y
administrativo, fundamentales en la evolución de las ciudades romanas. L as muy
diversas acepciones que tenía la palabra forum -vestíbulo del sepulcro, mercado,
juzgado, lu gar de dis cusión y debate, lu gar conmemorativo… - nos d a u na idea de las
12 ROBERT SON, D. S., Arqu itectura Griega y Roma na , 1971, pp.186 - 188.
13 ZANKER, P., “The city as s ymbol: Ro me and the creation o f an urban i mage” e n FENT RESS, E. (ed .)
Roman ization and the city : crea tion, tran sformation, a nd failures : Proceedin gs of a conf erence h eld at
the American Aca demy in Rome to celebrate the 5 0th ann iversary of the excava tions at Co sa, 14 - 16 May,
1998 , 2000, p.27.
14 GROS, P. - TORELLI, M. , Op . Cit., 1 988, pp.256 - 257.
Introducci ón
13
distintas actividades que en él se realizaban. Vitrubio expli ca que el for o er a en origen la
definición espacial que se realizaba dur ante el arearum electio , es deci r, durante la
distribución de las zonas libres para uso público en el momento de la fundación de la
ciudad 15 . Tra s el rito de l augurio para li berar la zona de malos espíritus, la nueva área
era locus inauguratus y, c omo señala de nuevo Vitrubio, el área preexistía a toda
construcción al ser un es pacio contemplado desde el principio en la planificación urbana
y c ontar co n un pre eminente carácter religioso. S in embargo, esta condición de espacio
sagrado no impedía que también se realizaran en él las principales actividades
económicas, jurídicas y políti co-sociales de la ciudad.
Desde la época R epublicana, uno de los princip ales o bjetivos urbanos fue
conjugar el sistema isonómi co con grandiosas edificaciones qu e permitiesen prolongar a
más de un año la carga de prestigio de un ma gistrado. Por otro lado, la disponibilidad de
recur sos e conómicos del imperio que poco a poco se estaba formando era la fórmula
idónea para financi ar operaciones de interé s colectivo que, además, servían como
inmejorable propaganda de la paz y prosp eridad que R oma había conq uistado 16 . L as
construcciones públicas marcaron desde el inicio el urbanismo romano, ya que, aparte
de la teórica distribución del suelo en lotes iguales, una d e las características definitorias
de las colonias y municipios, es decir, de las ciudades dotadas de una constitución
romana, era la disposición de organismos administrativos y cult uales indispensables y ,
como consecuencia, de los edificios construidos a propósito para ellos.
Como hemos señalado con anterioridad, la ubi cación del foro tenía lu gar en
el punto ex acto dónde se cruzaban el cardo y el decumanus . Sin embargo, existían
factores como la topografía, una idónea comunicación y el interés tr adicional de un
lugar 17 , que podían propi ciar un cambio de ubica ción. Er a, sin duda, un eleme nto
destacado que contaba c on edificios dedicados a las actividades político administrativas
como la curia , el comitium y la basilica , a las funciones comerciales como las tabernae
y m acellum , además de todo lo referido al mun do religioso, como los templos y los
altares 18 . Todas estas construcciones confluían en una gran plaza c entralizadora , que
comenzó siendo un área abierta para posteriorm ente transformarse en u n modelo de
15 Vitrubio 1. 7.1
16 GROS, P ., “L’urbanesi m o ro mano dopo le guerre d’Orie nte” en C LEMENTE , G . et alii (a cura di),
Storia d i Roma, II,I. L’I mpero mediterraneo . I principi e Il mondo , 1991, pp. 384 -397.
17 ET XEBARRIA, A., Los foros roman os rep ublicanos en Italia cen tro-merid ional tirr ena. Origen y
evolució n formal , 2008, pp.41 - 97
18 GROS, P ., L'architecture ro maine : du d ébut du II Ie siècle a v. J. -C. à la fin du Ha ut -Empire. Vol. 1,
Les monumen ts pub lics, 1 996, pp.207 - 233; E T XEBARRIA, A., Op. Cit ., 200 8, p.101.
Introducci ón
14
plaza cerra da, paviment ada con losas y delimitada por una sucesión d e pórticos 19
alrededor. Estos últ imos, a partir de la ép oca i mperial, se convirtieron en elementos
indispensables de cua lqui er conjunto foral.
Tras el foro, la dotación urbana más característica de la ciudad romana f ue
la construcción de edificios de espe ctáculos: teatros, anfiteatros y circos formaban parte
fu ndamental de l a confi guración urbana. El te atro que fu e el p rimer e dificio de
espectáculos en construirse en las ciudades, no es en cambio uno de los edificios que
antes aparece en el urb anismo romano. El primer theatrum lapi deum de Roma lo
construy e Pompe y o en el 55 a. C. Hasta entonc es, la representación de obras escénicas
se realizaba en edific ios de carácter provisional. L os teatros permanentes se
desarrollaron antes en la península I tálica que e n la capital - Pompe ya y Sarno a fin ales
del siglo III a. C. o Capua antes del final del si glo II son buena muestra de ello -. Será
durante el periodo julio -claudio cuando en Italia se atestigüe l a construcción de más de
cincuenta t eatros 20 , mi entras que en el r esto de las provincias occ id entales, salvo
contadas excepc ion es, la construcción de estos se acelerará durante el siglo I d. C.
Del mismo modo que l a dramaturgia romana nace como im itación d e la
griega, también lo ha ce la construcción d e los edificios que acogen las rep resentaciones.
Sin embargo, a diferencia de los g riegos, los teatros romanos no aprovecharán siempre
las facilidades orográfi cas. Así, a partir del modelo de Pompe yo, germinará una
construcción teatral que no se apoy a en una ladera para levantar el graderío, sino que se
construirá en llano. P ara cuando se eri ge el teat ro de Mar cello , durante la época de
Augusto, e l modelo est á y a p erfectamente definido 21 .
El circ o roma no, por su parte, partiendo d el modelo de edificio grieg o del
hipódromo, será la estructura monum ental que albergue las carreras de c arros. El hecho
de que estas competiciones hípica s no fue ran mu y del g usto de los g riegos motivó que
estos no realizaran edificios monumentales para ellas y, como norma, prefirieran
soluciones más simples y estruc turas provisionales 22 . L os romanos, sin embargo, y a e n
el siglo I a . C., habían pe rfeccionado un modelo que se exportó al re sto de provincias.
19 ET XEBARRIA, A., Op. Cit ., 2 008 , pp.125 -145.
20 GROS, P., Op. Cit., 1996, p.288.
21 GROS, P ., " La fonction s ymbolique des éd ifices théȃtraux dans le pa ysage urbain d e la Rom e
augustéenne" en L'Urbs. Espa ce u rbain et Histoire (Ier siècle av J. C. - I II siècle a p. J. C.), 1987, pp 319-
346; GROS, P., Op. Cit., 1996, p.2 83; MONT ERROSO, A., “Los teatros de Pomp eius, Marcellus y
Balbus : la for mación del m o delo teatral ro m a no” en VE NT URA, A. et alii (ed.) , El te atro romano de
Cór doba , 200 2, pp.33 - 35.
22 CIANCIO ROSET T O, P., “Il circo Mass imo: la cr eazione di u n modello architettonico” en
NOGALES, T . - SA N CHEZ -PALENCI A, J. (co ord.), El circo roma no en Hispa nia , 2002, pp.13 - 14.
Introducci ón
15
El anfite atro, a diferencia del teatro y del circ o, es una estructura
originalmente roman a, cu y os primeros ejemplos se encuentran en Campania y dónd e es
posible que además hub iese tenido lugar el ini cio de las luchas de gladiadores 23 . L a
ubicación del anfiteatro en la topogra fía urbana rara vez tiene lugar en el interior mismo
de la ciudad. Roma es quiz á la excepción más im portante, y a que el Coliseo se
en cuentra en una posici ón central que no se explica sino como consecuencia de sus
extraordinarias dimensio nes y, sobr e todo, por el inmenso espacio li bre qu e dejó la villa
de Nerón. La posición periférica de los anfiteatros tien e su razón d e ser en el
consolidado desarrollo urbanístico del centro de las ciudades y en la escasa
disponibilidad de suelo suficiente para e ste tipo de construc ciones, a sí como en la
decisión de facilitar el acceso a los ludi al resto de habitantes del e nt orno de las
ciudades. Precisamente p or estos motivos, estos edificios se sit úan además próx imos al
núcleo urbano y, a poder ser, junt o a una de las v ía principales de a cceso al mismo. En
esta línea, la costumbre habitual era qu e el anfiteatro se constru yera después que los
principales edifi cios del centro u rbano y , en concre to, d el teatro, y a que, rara vez,
aparecerá si la ciudad no está también dotada de teatro. Es por ejemplo el caso de la
misma Roma pero tambi én de Pompei, Tusculum, Spoletum, Emerita Augusta, Lepcis
Magna y otras ciudades en las que l a sit uación d el teatro y del anfiteatro parece estar
relacionada, e ntr e otros aspectos, con la cuestión cronológica 24 .
Aparte de los edificios de espectáculos, muchas de las dotaciones públicas
de la ciudad clásica ti enen que ver con l a distribución y el uso del agua. Acueductos,
fuentes, cloacas y termas forman parte de algunos de los servicios que los núcleos
urbanos ofrecen a los ciudadanos. L os edific ios termales, introducidos con al gunas
transformaciones en Italia a finales del sig lo II I-inicios de l I I a. C. y procedentes del
mundo griego, son fundamentales e n el mundo romano, y a que fue ron uno de los
lugares de enc uentro preferidos por la población. Aunque desde la perspectiva cultural
el auge de las actividades balnearias en Itali a pue de entenderse como parte del proceso
de helenización que vivió la República en el siglo II a. C. 25 , lo cierto e s que existen
diferencias claras entre los balaneia grieg os y los complejos termales romanos. En
23 COARELLI, F., “Gli anfiteat ro a Roma pr im a del Colosseo ” en LA REGINA, A. (a cura di), Sangue e
Arena , 2002, p.43., GOLVIN, J. C., L'amphithéâ tre roma in: essai sur la théo risation de sa forme et de
ses fonction s , 198 8, pp.15 -17.
24 GOLVIN, J. P., Op. Cit. , 19 88, pp.408 -411.
25 VEYNE,P. , “The Hellenisati on of Rome and the Q uestion of Acculturation”, Diogèn e , CVI, 19 71,
pp.1 - 27; MAR, R., “Las ter ma s imperiales” e n FE RN ÁNDEZ , C. - G AR CÍA, V. (ed.), Terma s ro mana s
en el Occid ente del Imperio: Gijón 1999 , 2000, p p.15- 16.
Introducci ón
16
orige n, los baños roman os nacen a partir de un a palestra samnita com puesta por un
peristilo para r ealizar ejercicios gimnásticos y un balaneion con pequ eñas bañeras
individuales 26 . Sin embargo, el carácter de baño p úblico romano se adquirió a raíz de
perder el ori ginal sentido gimnástico e, incluso, suprimir el espacio que estaría
reservado a ello. Como señala Vitrubio, la palestra era non italicae consuetudinis
mientras que el balneum era de origen itálico 27 .
En principio, los thermae públicos estaban abiertos a todos, aunque
existiesen también baño s regidos por privados que podían restringir su clientela por
cuestiones de sexo, clase, ocupación o, incluso, por la actitud moral de los usuarios 28 .
Como consecue ncia de un uso tan ge neraliz a do de las termas, el núme ro d e estas creció
exponencialmente dura nt e el periodo imperial. D e este modo, su inserción en el plano
urbano fue bastante desi gua l y aleatoria, aunque observamos una tendencia a sit uarse en
aquellos lugare s que mejor conexión tuvieron con los principales surtidores de agua,
para así también facilitar el drenaje posterior con las cloacas de la ciudad 29 .
Precisamente estas constitu ye n otra de las paradigmáticas estructuras p úblicas de la
ciudad romana, que mar can, entre otras cosas, u na diferencia net a ent re l a c ategoría de
centro urbano y la de pueblo o aldea. La s ciudades al estar más habitadas y tener una
mayor exigencia d e a gua , tendr án también como consecuencia una importante
necesidad de dre n ar 30 , no solo las aguas pluviales, sino también las residuales.
En resumen, como señala A. Zacca ria, la ciudad romana se bas a
fundamentalmente en un plano urbano regular, en la dist ribución de los espac ios según
las exigenc i as políticas y funcionales y en l a pres encia de un espacio público
estructurado con edificios y formas canóni cas 31 . Haciendo uso de las palabras de
Cicerón la ciudad romana crea "una identidad de ciudad, donde muchas cosas son
comunes a los ciudadanos: los foros, los templos, los pórticos, las vías, le y es, el
derec ho, los tribuna l es, el voto, y otras costumbres y cono cimientos, y las relac iones e
26 NIELSEN, I., “Considerazioni sulle prime fasi dell’e voluzione dell ’ edificio ter male ro mano”,
AnalRo m , nº14, 1 985, pp.81 - 112.
27 VIT RUBIO, 11, 1.
28 NIELSEN, I., Therma e et b a lnea : the architecture and cultural history o f Roma n pu blic b aths, 19 90,
p.14 6.
29 NIELSEN, I., Op. Cit., 19 90, p.149.
30 JANSEN, G. M. C., “Systems for the disposal o f w aste and excreta in roman cities. The situation in
Pompeii, Her culaneu m a nd O stia” en DUPRÉ, X. - REMOL Á, J. A. (ed.), So rdes Urbis. La elimina ción
de lo s rehu idos en la ciud ad r oma na: Actas de la reun ión celebrada en Ro ma, del 15 al 16 de n oviembre
de 19 96 , 2000, p p. 37 -38.
31 ZACCARI A, A., Sp azio privato e spa zio pubblico nella città romana , 1995, p.28.
Introducci ón
17
intereses por mu chos con muchos otros" 32 . Evidentemente, estas son solo algunas de las
principales características urbanas que definen a estos núcleos urbanos. Es cierto que no
en todas las ciudades de las provincias del I mperio encontraremos todos y cada uno de
los aspectos que hemo s definido, pero sí la vocación d e crear un n úcleo urbano
ordenado, que jerarquiza sus espacios y potenci a las á reas y servicios p úblicos. Una
ciudad que en su romanidad, como señala L . Cracco Ruggini, es una gran estructura de
integración, sede de la autoridad pública y de la le y , que basará su exist encia en una
serie de deberes, derec ho s y privilegios 33 .
La ciudad medieval
Fustel de C oulanges, y con posterioridad tambi én otros autores, puso de
relieve qu e las ciudades antiguas s e caracterizaban por ser nú cleos de poder or ganizado,
en los que se reco gían y gestionaban los excedentes de producción p ara asegurarse la
subsistencia y , sob re tod o, se ll evaba a cabo una dominación simbólica y material del
territorio por medio del control político, administra tivo y reli gioso 34 . Esta definic ión,
como ocurre la ma yoría de las veces que se intenta deli mitar un conc epto, provoca la
pérdida de matices fund am entales que ase gurarían una mejor identificación de la ciudad
clásica. Sin embargo, para la cuestión que nos ocupa, resulta especialmente útil por
revelar la principal dif erenc i a de estos núcleo s urbanos con lo medie vales, cu y a
existencia parece no estar ya relacionada con "un acto de coacción, sino por la presencia
en la c iudad de los propietarios de las tierras que continúan vivi endo en e lla, por
intercambios comerciales libres y finalmente por un consenso sobre la n ecesidad d e la
ciudad. [...] Este consen so hace por c ompleto de la ciudad de la Alta Edad Media una
ciudad medieval y no una forma degenerada de la ciudad anti gua" 35 . L a elección final
en este consenso, en muchos de los casos, se veía condicionada por la exist encia de un
núcleo urbano previo, clásico, que favorecía la c ontinuidad de uso del tejido u rbano.
Una continuidad que pudo haber sido rechazada, evitada o sustituida, pero que en
muchos casos, ya sea por pragmatismo o por cuestiones ideológicas y culturales, y p ese
a que no fa ltaran tamp oco las creaciones ex -n ovo , se mantuvo como la principal
32 Cicerón, De Officii s, I , 17, 53-54; Z ACCARI A, A., Op . Cit., 1995, p.28.
33 CRACCO RUG GINI, L., Op. Cit., 198 7, p.127.
34 FUSTE L DE COULNAGES, N. D. , La Cité an tique , 1864.
35 DUT OUR, T., La ciudad medieval. Orígen es y triunfo d e la Europa urbana , 2003, p. 297.
Introducci ón
18
dinámica en e l proceso evolutivo de la nueva ciudad.
El interés y cono cimiento de la ciudad medieval, sin embarg o, es bastante
posterior al de l a ciudad clásica. En 1925, el historiador bel ga H. Pirenne publica ba e l
novedoso trabajo de investi gac ión Las ciudades d e la Edad Media , donde partiendo del
desarrollo urbano del a nt iguo Imperio Romano de Oc cidente proponía una continuidad
en los rasgos fundamentales de la fisonomía de l as ciudades del Mediterráneo hasta el
siglo VIII, asegurando, s obre todo, que las invasiones bárbaras no habrían modi ficado
sustancialmente estas ciudades. Las instituciones, la lengua , los componentes
económicos y sociales habrían p ermanecido inva riables hasta mucho m ás adelante, por
ejemplo, para los casos de África del Nort e y España, la entrada del Islam 36 . Co n
Pirenne, además, se in corporaba el rol económico de las ciudades como factor
determinante de la super vivencia de las mismas, de modo que las c iudades eran
consideradas como tales mientras funcionaba n como centro económico de in tercambio.
Años más tarde, en 19 68, el historiador F. G . Maier retomaba esta tesis en Las
transformaciones del mundo mediterráneo. Sigl os III-VIII , donde, desde el punto de
vista de la unidad mediterránea, estudiaba la ev olució n histórica, e conómi ca y soci al
desde Constantino a Carlomag no, mar cando con el rey carolingio la verdadera f ractura
con el nuevo periodo 37 .
La unificación europea que int entaron llevar a cabo los caroling ios, pese a
todo, no tiene desde el p unto de vista de l a hist oria urbana un a inm ediata repercusión en
la fisonomía de las ciudades. Sin embargo, es durante estos años hasta la frontera del
siglo IX y X, cu ando la ma y o r part e de los centros urbanos europeo s madurarán
diferentes experiencias en su crec imiento, como la fundación de nuevos centros y la
intensa renovación arquitectónica, que llevará a la consolidación de nuevos organismos
urbanos 38 , que definirán a la ciudad medi eval y en algunos casos todavía ho y
sobreviven. Ninguna de las c iudades her edadas del pasado clásico, incluidas aq uellas
donde las pervivencias del antiguo tejido urb ano parecen más evidentes, conservaba
entre los siglos X y XI una fisonomía similar a la que tenían las ciudades en el siglo III
o I V. La tr ansformación física de las ciudades afectó al rol de la mismas, a su estructura
36 PIRENNE , H. Las ciudades de la E dad Media , 1981.
37 MAIER, F. G. La s transfo rmacio nes del mu ndo med iterráneo. Sig los III-VIII , 1972.
38 GUIDONI, E., "Lo spazio medievale in I talia e i n Europa" en SOLORZ ANO, J. A . - ARIZAG A, B .
(coor d.), El espacio urba no en la Europa medieval: Nájera. Encuentros In ternacionales del Med ievo ,
Nájera, 26 -29 de julio 2005 , 2006, pp.373 -385.
Introducci ón
19
social y a su r elación con e l territorio 39 lo que, en cierto modo, intensificó la
metamorfosis. Es más, en los siglos medievales, desde la mentalidad hasta la economía,
pasando por la composición de la población, se vivió una importante mut ación que
reforzará las p articularidades de cada ciudad, como resultado de un poder
descentralizado que predomi na sobremanera. A partir del siglo X, los modelos de
gobier no establecidos por los carolingios -deudor es en gran medida del m undo romano-
desparecen, dejando a los poderes locales como garantes de l nuevo d esarrollo urbano.
La s p articularidades propias de cada centro urbano sumadas al hecho de qu e
hasta casi el si glo XII no ex istiera una legislación urbana conoci da, perjudicó
enormemente la síntesis sobre los p rimeros ti empos d el pasado medieval. Los discursos
historiográficos sobre l a voluntariedad o l a espontaneidad del nu evo urbanismo
agravaron la dificultad de conocimiento y caracterización de este modelo urbano. Estos
discursos suelen completarse en muchos c asos con cierto determinismo g eográfico-
económico que, como señala E. Guidoni, se contrapone a la calidad y cu alidad cultural
que deb e reconocerse a cualquier intervención colectiva del hombr e 40 . Sin embargo,
como señalábamos antes, tanto en Oriente como en Occidente, conviene t ener presente
que hasta el siglo VIII o IX, la conservación de las obras defensivas -a veces, difusa-, de
los puentes, puertos y d e las prin cipales vías del mundo romano anterior, será común
incluso en las áreas isla mizadas. Sea como fu ere y aunqu e en el entramado urbano
pudiese permanecer algún resquicio del pasado clásico, la ciudad mediev al se erige con
una personalidad definida, con un carácter social y un a organización edilicia diferente
que se conecta dire ctamente con el proceso de feudalización que está viviendo toda
Europa.
Según L. Benévolo 41 , pese a que las circunstancias histórica s y g eo gráficas
puedan va riar, existe una serie de características generales que indi vidualizan a las
ciudades medievales y que conviene t ener presente:
1. El entramado viario suele ser bastant e irregular, si bien está or ganizado
de tal modo que p arece presentar un aspecto bast ante unit ario. Las calles se divid en de
modo que queda patent e cuáles son las calles pr incipales y cu áles las secundarias.
Dentro de este tejido se sit uarán también las pl azas, que aunque independientes, estarán
conectadas a las ví as que conflu ye n en ellas. Lo mismo ocurre con las c asas particulares
39 GUIDONI, E., La città eu ropea , 1 978, pp.9 -10.
40 GUIDONI, E., S toria dell'urba nistica. Il Med ioevo. Secoli VI - XII, 1991, p.5.
41 BENEVOLO, L., Storia d ella città. La città medieva le , 1975, pp166 -176.
Introducci ón
20
que se abren a las vías y plaz as contribu y endo en el aspecto final de la ciudad. Lo
público y lo privado no q ueda cla ramente s eparado por lo que se infiere un compromiso
entre la ley públic a y los intereses privados, dando lugar a una suerte de unicum.
2. El espacio público tiene una estructura compleja y v ariable en la que se
debe dejar suficiente espacio para que los di ferentes poderes qu e tienen su sede ahora en
la ciudad puedan des arrollar sus funciones: el gobier no municipal, el obispado, las
órdenes religiosas, las corporaciones, etc. En realidad, una ciudad grande tiene más de
un centro público, repartiéndose entre el c entro r eligioso, el cívico y uno o más centros
comerciales donde se sit úan no solo las tiendas sino también las logias y edificios de las
asociaciones mer cantiles. La separ ación ent re el p oder r eligioso y el p alacio municipal,
aunque puede en algún momento sup erponerse , es una de las partes fundamentales de la
nueva ciudad.
3. El núcleo urbano med ieval "es un cuerpo políti co privilegiado" en el que
la concentración h abitacional es elevada. La población men os favorecida
económicamente es la que se v a a situar e n l a perif eria, mientras que el centro de la
ciudad viven las clases d ominantes. El centro es, además, el lu gar donde s e ubicarán los
edificios más altos e importantes, c omo la catedra l o los edificios municipales.
4. Las ciudades medievales continuarán transfo rmándose durante lo que se
ha dado en llamar la Alt a y Baja Edad Media, n o completando su evolución y forma
definitiva hasta el siglo XV, momento en el que la mayor parte de el las tiene una
población más estable y ha a dquirido un aspecto menos de sordenado que en los siglos
prece d entes
Como hemos visto, el aspecto cardinal que camb ia con respecto a tiempos
anteriore s tiene qu e ver con el discurso de lo pú blico y lo privado y su relac ión con el
urbanismo. El perfil de las ciudades no se parece al clásico porque sus edificios
principales no son y a t emplos y t eatros, sino catedrales y p alacios m unicipales. La
tradicional a ctividad muni cipal asociada a las ciudades roman as y con ella los edificios
construidos como parte del escenario p rivilegiado de la polít ica pública desaparecen,
pues ya no son ne cesarios. Ese antiguo espacio p úblico queda ocupado ahora por otra s
actividades que pu eden varia r, y de hecho lo hacen, de ciudad en ciudad. El espac io
público está ca mbiando y si algo resulta común a la may or parte de las ciudades
medievales tanto en el Norte de Europ a como en la zona mediterránea es que lo
relig ioso está gana ndo terreno. La jerarquía eclesiástica ocupa ahora una posición
central y sus iniciativas tendrán, en consecuencia, un impacto directo en el urba nismo
Introducci ón
27
fisonomía principal l as ciudades y son el vehículo conductor de la imagen y percepción
que pose emos de las mismas . Por es e m otivo consideramos que el análisis
pormenorizado de las transformaciones que se dan en estas áreas públi cas será más
aclaratorio y si gnificativo -intentando despojarlo de prejuicios culturales - que
cualquiera d e los aspectos nombrados con anterioridad a la hor a de generar un marco
válido de estudio aplicable al periodo que va d el siglo III al V I d. C. Un análisis
detallado que permita comprender qué ciudades tuvieron una evolución similar, cuáles
no y qué motivos o realidades acuciantes marcaron esta diferencia. Los prejuicios
culturales a los que nos referimos fundamentan sus raíce s en la obsesiva visión del fin
del Mundo Antiguo como un desastre urbano sin precedentes del que los territorios
antigua m ente pe rtenecientes al I mperio tardaron sig los en recuperarse. De este modo,
mientras no dudamos del adjetivo urbano referid o a las calles pavimentadas o de los
edificios de espectáculos y templos de las ciudades clásicas, sí lo h acemos, en cambio,
de las calles d e tierra, la ausencia de cloacas o las construcciones que pu eblan la ciudad
medieval, dando la sens ación de que, en mucho s casos, lo urbano parece estar más
relacionado con lo estéti co que con ot ra cuestión -con toda la carga de ind efinición que
soporta este concepto-. El aspecto ex terior de las ciudades, por tanto, va a ser el
principal creador del imag inario colectivo de la urbanidad de las mismas, de la identidad
de las ciudades y del concepto y v aloración que hacemos d e ellas. L a fisonomía de los
núcleos urba nos, en consecuencia, será el p rincipal registra dor de las mutaciones
urbanas de este e studio, y aunque no olvidemos la " diversificación e conómica" y l as
instituciones públicas que residen en la ciudad como factor es fundamentales para definir
a estas, consideramos que es el aspecto exterior de las ciudades, focaliz ado en sus
espacios públicos, lo que va a marcar la definición de su carác ter urban o. Como y a
señalábamos al inicio, el análisis de los espacios públicos romanos y su evo lución en los
siglos que dan paso a la Edad Media serán cardinales para comprender las dinámicas
que llevan a desaparecer a a l gunas ciudades, durante la Antigüedad Tardía, mientras que
la mayoría permanec en activas e incluso algunas se convertirán en urbes de ma yor
importancia.
La transformación de los espacios públicos - a veces solo de sus estructuras y, otras
también, de su condició n- va a s er el ej e principal del fin al de la ciudad clásica y el
impulso fundamental en el nacimiento de la ciudad tardoantigua. Pese a que en este
proceso pa rticiparán también otros fenómenos -de los que solo nos referire mos a
aquellos que se pueden constatar en el registro arqueológico -, como las modificac iones
Introducci ón
28
en los hábitats doméstic os o la cristianización topog ráfica de algunas áreas de la ciudad,
es el desvanecimiento de los espacios públicos romanos tal y como fueron pro y ectados
en su ori gen, el qu e va a marcar la post erior evol ución de los centros u rbanos. Por es e
motivo, en el estudi o de la evolución d e las ciuda des de Hispani a entre lo s siglos III y
VI, hemos considerado n o todo su urbanismo, sino solo aquellos espacios que pensados
para el disfrute público vivi rán un proceso de cambio de tal ma gnitud que convertirá n a
la ciudad clásica e n un n úcleo diferente.
En el estudio de esa n ueva ciudad h emos incluido tanto las promocionadas a
municipium como las que no, las que serán sede episcopal como aqu ellas que no
alcanzará n esa categoría. H emos considera do aquellos centros urba nos de la Península
Ibérica cu y o conocimiento arqueológico aporta algún d ato sobre la evolución de sus
espacios públicos durante el periodo ta rdoantiguo . Su a nálisis nos permitirá detectar si
la condición administrativa, primero, y la religiosa, después, serán causantes de al guna
alterac ión en el proceso. Si generarán un a serie d e situaciones comunes que nos sirvan
para identificar y definir el fenómeno, o si en cambio serán indiferentes en el
establecimiento y consolidación de estas transformaciones urbanas. Evidentemente, la
información de que disponemos destaca sobre todo por su heter ogeneidad. Como
consecue n cia el resultado es desi gual si comparamos el conocimiento q ue se tiene de
ciudades como Tarraco o Barcino con otr as com o Myrtillis o Acinipo. Por ese motivo,
decidimos en primer lu gar h acer una des cripción individualiz ada de l os edificios y
espacios públicos de cada ciudad y , finalmente, una confrontación por tipología d e
espacio públi co, intentando establecer dentro d e un mismo marco de estudio qué
procesos afectan por igual a estos espa cios y cuáles pueden considerarse
particularida d es propias de cada ciudad. La creación de la civitas tardo antigua hispana,
por tanto, qued a delimitad a a p artir de unos espacios públi cos que en muchos ca sos s e
embarcará n en procesos que derivarán en la pé rdida de su condición públ ica. Esto nos
lleva a plantear si no será e sta, pr ecisamente, la c aracterística d efinitoria de una nueva
ciudad, donde lo pri vado toma fuerza frente a una cada vez más debilitada esfera de lo
público.
Bloque I. La morfología del cambio urbano:
la ciudad tardoantigua a debate
31
I. 1. Los núc leos urb anos durante la Antigüedad T a rdía:
caracterí sticas generales
La evolución y el perfeccionamiento de las técnicas de excavación y de
procesa do y gestión de datos arqueológicos han permitido , en los últimos años, una
profundización en el con ocimiento de las vicisitudes que las ciudades romanas vivi eron
en el periodo de la tardoantigüedad. Estas mejoras téc nicas, junto con el interés que e l
urbanismo tardío ha d espertado en gran pa rte de la comunidad ci entífica, han
contribuido a mejorar el conocimiento sobre el mundo tardío. Sin embargo, todavía son
muchas las cuestiones por resolver en el complica do mundo de las transformaciones qu e
vivieron las ciudades du rante este p eriodo de tr ansición que transcurre des de el final de
una época, la romana, y el comienzo de otra mu y dist inta, la medieval. En muchos
casos, los e studios dedicados a este periodo y, en concreto, a su urbanismo, se
caracter izan po r una constante comparación con el periodo precedente. Una
comparación que , de modo fre cuente, sirve para reiterarse en la manida ide a de
decadencia que, desde E. Gibbon hasta ho y, caracteriza a todo lo que ti ene que ver con
el final del mundo clásico.
Haciendo uso de las palabras de A. Carandini, las “transformac ion es
inarmónicas y las impe rfecciones que caracteriz an a la tardoantigüedad” fueron la
consecue n cia de la catá strofe d el mundo anti guo y de la ruina d e las ciudades, qu e
vieron un crecimiento desproporcionado de la estratificación, la caída de edificios
públicos y privados, además, del abandono d e los principales servicios urbanos 1 . Para
1 CARANDINI, A. “L‟ultima civiltà sep olta o del massimo oggetto des ueto, secondo un a rcheologo” en
SCHIAVONE, A. (dir.), Sto ri di Roma . 3. L’età ta rdoantica. II. I luoghi e le culture , 1993, pp.12- 17.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
32
Carandini, las tr ansformaciones tardías de la ciuda d no son más que un claro síntoma de
involución que llevó a la civilización romana a ser la últ ima civilización en desparecer
“ sotto i campi di grano ”, mientas que, por el contrario, el paso de estas mismas
ciudades de la Edad Media a la Mod erna, o de ésta a la Contemporánea, no tuvo un
efec to tan demoledor y a gresivo 2 . Sin entrar en cuestiones como la artificiosidad de los
periodos históricos y de la necesidad que los hist oriadores sienten de encua drarlos
dentro de procesos de cambio que los diferenc ian de la época inmediatam ente anterior,
lo cierto es que la información arqueológica de la que disponemos para los siglos que
componen el final del mundo clásico es bastante desigual y de diferente calibre, no sólo,
como resulta lógico, com parada con el periodo Moderno y Contemporáneo, sino in cluso
con el periodo anterior, el de la República y el del Imperio. Este desconocimiento
provoca una tendenc i a generalizada a hacer un may or énfasis en el declive de los ideales
clásicos de la topo grafía urbana, como parte fundamental de una dis cusión más amplia:
la supervivencia o decadencia o, lo que es lo mismo, la continuidad o ruptura de las
ciudades del Imperio. El debate gira en torno a la preocupación común de esclarecer si
las ciudades pier den ún icamente un modelo urbano o si, más bien, la pérdida del
modelo urbano existente im plica el abandono del carácter urbano de las mismas. Para la
mayor í a de los investigadore s, estos centros urbanos -muchos sobreviven hoy todavía-
vivirán un periodo crítico, con una evolución desigual, que los encaminará a l Medioevo.
Otros en cambio, entre ellos A. Carandini, se ñalan que es un er ror confundir la
continuidad de uso de una u nidad topográ fica, e n e ste caso una ci udad, con la
continuidad de una misma forma de asentamiento. Es decir, las trans formaciones
internas de las ciudades provocarán una invol ución tal, que much as se verán redu cidas a
burgos dónd e la alterna ncia de e spacio s habitacionales con espacios de cultivo los
alejará d e la tradicional idea de ciudad.
Como señala B. W ard Perkins, sería necesario ace ptar como punto de
partida que la definición de ciudad es relativa y fl exible 3 , por lo que el debate sobr e los
cambios en la misma s igue siendo, a día d e hoy , inseguro y poco fructífero. La
diferencia que ex iste entre un centro u rbano y un grupo d e casas que crecen en torno a
una parroquia, en el caso de la ciudad tardoantigua es , a ve ces, tan suti l que resulta
complejo establecer las transformaciones que tuvieron lugar en una u otra ciudad, y que
2 Idem, pp.11- 12.
3 WARD PERKIN S, B. , “Urb an continuit y ? ” en C H RISTIE, N. – LOSEBY, S. T., Town s in transition.
Urban ev olution in Late Antiquity an d early Middle Ag es , 1996, pp.6 - 7.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
33
llevaron a aquel centro u rbano a se guir siéndolo o, en cambio, a transfor marse en a l go
totalmente alejado del concepto de urbanitas , muc ho más parejo al mudo rural de alde as
y pueblos. Lo cie rto es que definir qu é entendem os por ciudad 4 en la Antigüedad Ta rdía
resulta complica do a la luz de unas ag rupaciones urbanas que, frente a la solidez de
conceptos y características del Mundo Clásico, emer gen con rasgos y especificidades
propias que varían en cada región e, incluso, en cada ciudad. D ebemos ser conscientes,
además, d e que nu estros re quisitos pa ra de terminar qué distingue una c iu dad de la que
no lo es, se soportan casi siempre en un a vi sión moderna que dista mucho de acercarse
al conce pto qu e podía tener el contemporáneo al proceso.
1.1. El concepto de ciudad en la Tardoantigüedad
La soli dez de los conc eptos y normas que definen a l a ciudad clásica
provoca que l a ciudad tardoantigua se caracterice a partir de lo que ha dejado de tener,
de lo que ha d escuidado y abandonado, de lo de que y a no ex iste e, incluso, a pa rtir de
las características medie vales que todavía no posee pero que en un futu ro, con toda
probabilidad, poseerá 5 . El declive y caída de la civilización romana 6 , como señalábamos
con anterioridad, y las teorías sobre la d ecadencia urbana de las ciudades romanas de M.
Rostovzeff 7 han mediatiza do de tal modo el estudio del urbanismo tardoantiguo que,
después de años en que n o parecía dudarse de la i nvolución que sufrieron l as ciudades a
partir del siglo III, las nu evas perspectivas que abogan por un reestudio y revalorización
del concepto d e tardoantigüedad en general, y de su urbanismo en particular, ha n creado
una im portante fractura, no exenta de desentendimientos y cont roversias. Controversias
que en muchos casos plantean aut énticos dilemas de difícil solución por que tan cierto
como que en algunas ciudades decae palp ablemente la vida urbana es que otras resurgen
4 MU MFORD, L., The City i n History , 1961 ; HAMMON D, M., The City in the Ancient World , 19 72;
FINLEY, M. I., “Th e Ancient Cit y : from F ustel de Coula nges to Max Weber and B eyond”, Comparative
Studies in Society an d Histo ry , 19 , 1 977, pp.305 - 327; CRACCO RUGGI NI, L.,“La ci ttà ro mana dell ‟età
imperiale” en ROSSI, P. (a cura d i), Mo delli di città , 1987 pp.127 -152; GROS, P . -TORELLI, M., Storia
dell’urba nistica: il mondo romano , 1988; CRACCO RUGGINI , L., “La città i mperiale” en GABB A, E. -
SCHIAVONE. A. (eds.), Sto ria di Ro ma, 4, Caratteri e mo rfologie , 1989, pp. 201 - 226
5 CANTINO WAT AGHIN, G., “I mmagini della città tardoa ntica: riflessioni” en BE AUJARD, B., (ed.)
La naissan ce de la ville chrétienne. Mélà nges en ho mmage a Nancy Ga uthier , 2002, p p. 156- 157
6 GIB BON, E., The decline and fa ll of the Roman Empire , 1776 . P ese a q ue Gibb on es por excelencia el
historiador de la “ d ecadencia ” d e Ro m a, con viene co ns ultar ta m bién a A. H. M. J ones , O. S eeck , O. y M.
I. Rostovtzeff.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
34
con fuerzas renovadas e inauguran un periodo más esplendoroso que el que habían
vivido en plena época imperial. No sólo eso, sino también en algunas zonas del Imper io,
su revitalización llevará a fundar nuevas ciudades 8 , aunque esta posibil idad afecta
escasa m ente a nuestro marco de estudio . Este proceso de establecimie nto de nuevas
ciudades lo enc ontrarem os, tanto en e l siglo IV c omo en el V, en la pars Orientalis y a
que, a dife rencia de lo que ocurre en Occidente , como señala J. Arce 9 , no sufr irá las
presiones de los pueblos bárbaros y su instalación dentro de ter ritorio imperial.
Sin embarg o, la idea de declive de la ciudad tard ía tiene una base literaria
contemporánea al periodo que debemos considerar, pese a que ésta, en muchos casos,
resulte incon gruente a la luz de los hallazgos arqueológicos. Es decir, la ma yo r parte de
las fuentes antiguas de la s que disponemos para el periodo del siglo III al VI, nos hablan
de una de solado ra realidad urbana, que no siempre la Arqueología constata. Nos
debemos plantear entonces la necesidad de v alorar la fiabilidad de nu estras fuentes, que
influidas por un a mentalidad ciudadana particular y un momento crítico donde las
transformaciones económicas y sociales se multipli caban, ofrecen una image n urba na
que no siempre e s completamente fidedig n a 10 .
La s fu entes literarias, no obstante, son fundamentales para nuestra
investigac ión como complemento esencial de la información arqueológica. A final es del
siglo IV, por ejemplo, A mbrosio de Milán, en un a ca rta a su amigo Faustino, hace una
caracter ización feroz de la situación urbana de l a zona del Apenino que va desde
Bolonia a Piacenza, afirmando que se encuentra ante « semirutarum urbium cadavera» . 11
Es posible que la z ona estuviese viviendo una c risis económica en aquel m omento, pero
la Arqueología ha demostrado que no es real el abandon o generalizado de la ciudad, que
no exist en los cadáveres urbanos 12 . Ante esta situación, se plantea la du da de sab er
porque Ambrosio diseña un escenario de desolación urbano que pa rece no ser
exactamente así. Según Ward-Perkins, las fuentes escritas que pos eemos son e scasas,
7 ROSTOVT ZEFF, M. I. , Historia so cial y eco nómica del Imperio Roman o , 2 vols., 1 962.
8 ARCE, J ., “La fundación d e nuevas ciudad es e n el I mperio Ro mano Tar dío : d e Diocleciano a Justinia no
(s. IV -VI) ” en RIP OLL, G. - GURT , J. M., (eds.) Sedes Regiae (ann .400 - 80 0), 2000, pp. 31 - 62
9 Idem , pp. 54- 55
10 Sobre la disyuntiva e ntre fuentes literarias y arq ueología: CR ACCO RUGGINI, L. “La città nel modo
antico: r ealtà e idea” en WIRTH, G. et alii (ed s.) Ro manitas-Christianita s. Untersuchu gen zur Geschich te
und Literatur der römischen Kaiserzeit , 1 982 , pp. 61 - 81
11 Ambrosio , Ep istolas , 3 9, 3.
12 GELICHI, S., “ Le città in E milia Ro magna tra tard o -antico ed alto -medio evo ” e n FRANCOVI CH, R. -
NOYÉ, G. (a cura d i), La Storia d ell’alto med ioevo ita liano alla luce dell’archeo logia (Siena, 1992),
1994 , pp. 567- 600 .
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
35
refiriéndose incuso a la similit ud con la situación protohistórica, no tanto por su
cantidad sino por su validez, y a que dependiendo de los objetivos y del pú blico al que se
dirija el autor tendremos la idea de un paisaje abandonado y d ecadente o, en cambio, la
sensación del triunfo ur b ano. 13
El cambio de mentalidad y el subsiguiente cambio en el tejido urbano
referidos con anterioridad, ti enen en el cristianismo el factor determinante. El populus
christianus es un pueblo ciudadano y el cristianis mo es un fenómeno qu e triunfa en las
grandes ciudades. Y a un que ciertamente se a lzan voces cristianas discordantes que ven
en la vida urbana poco de positivo y mucho de cor rupto 14 , lo cierto es que la ciudad
seguirá siendo la columna dorsal de lo que queda de I mperio. A partir de e ste momento,
serán precisamente los obispos los que tome n las riendas de la vida urbana,
encargándose en consecuencia d e la edilicia y el patronazgo de las act ividades que
anteriormente realizaban los everg etas pag anos. La presencia episcopal es en la ciudad
medieval un factor determinante en su definición 15 . En la ciudad tardí a, además del
obispo, parece qu e serán las murallas las que marquen el gra do d e urbanidad de la
misma, no solo como atributo defensivo, sino también monumental y delimitador del
marco urbano, percibiéndose, incluso, como elemento de recuerdo del brillante pasado.
En este proc eso de tr ansición entre la Antigüedad y la Edad Media, marcad o
por una importante r edefinición del arte, la literatura, de la aut oridad política y religiosa
y , como no, del ornamento básico urbano, los vínculos con el pasado se m antuvieron e,
incluso, fueron exhibidos como garantía d e continui dad. Un c aso paradi gmático, por
ejemplo, se produc e en Roma en el año 609, c uando el emperador Focas cede e l
Panteón a la Iglesia, mientras erige la última columna honorífica en el Foro 16 .
Ciertamente, esta ejemplificación referida a R oma no es desde luego un caso
extrapolable al resto de ciudades del Imperio, p ero sirve para il ustrar el proceso gra dual
de transformación urb ana que se está viviendo tanto en la capital como en el resto de las
13 WARD PERKIN S, B., Op . Cit ., 1996, pp. 6 -7
14 Interesante re flexión de L. Cracco Ruggini, q ue co nsidera que el m o delo urbano negativo que señalan
miembros del cr istianis m o ti ene s u base en B abel, So doma, Go m orr a y en el hecho de que en la
concepción cristiana el primer fundador de la ciudad es prec isamente Caín, mientras que el pueblo
elegido se caracteriza por el n om adi smo y no d esde luego p or la urban itas . CRACCO R UGGINI, L. Op.
Cit., 198 2, p. 70
15 ORSELLI, A. M., “ Simboli della citt à cristiana fra tard oantico e medioevo” en C ARDINI, A. (a cura
di), La città e il sacro , 1994, pp.4 21 -428.
16 BERT ELLI, C., “Visual Image s of the to wn in Late Antiq uity and the Ear ly Midd le Ages” en
BROGIOLO, G. P. - WARD-PERKINS, B. (eds.), The Idea and Ideal o f Town between Late An tiquity
and the Early Middle Ag es , 1999, pp.1 27- 128.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
36
ciudades d el Imperio. Es obvio que la ciudad cambia su asp ecto, sus espacios
funcionales y su mor fología, pero eso no implicó la muerte de la vida u rbana. De h echo,
el debate ac tual se centra pr ecisamente en qué varia bl es podemo s señalar c omo
caracter ísticas absolutamente necesarias para afirmar que estamos ante una ciudad y no
otro tipo de asentamiento o grupo poblacional y, sobre todo, determinar qué influ ye en
el desarr ollo de una ci udad para que algunas lang uidezcan y desaparezcan, otras
sobrevivan e incluso se vea n reforzada s en el proceso y al guna s surjan como nuevas
fundaciones.
Desde la perspectiva del hombre de l a Antigüedad Tardía, s egún parece, lo s
at ributos de una ciudad no distan mucho la tradici onal imagen de urbanidad clásica. En
el se gundo cuarto d el siglo V, se compone la Notitia urbi s Constantinopolitane que
enumera todos los monumentos urbanos, región por reg ión, si guiendo el modelo de de
la No titia de regionibus urbis y de la Curiosum urbis Romae . Fuentes, e statuas y
monumentos honoríficos sigue n siendo los elementos principales que se utilizan para
describir la ciudad 17 , tal y c omo ocurría con la ciudad clásica . D esde nu estro punto de
vista, en cambio, los parámetros que se establecen para det erminar qué d istingu e un a
ciudad de la que no lo e s tiene mucha s veces más que ver con cuestiones de
dimensiones y habitantes que con otr as características funcionales o morfológicas y,
desde luego, forman par te de una visi ón moderna que dista mucho de a cercarse a la
image n antigua.
El tama ño y l a población son conceptos que empleamos pa ra definir y
diferenciar una ciudad de un pueblo o una aldea, sin embar go, y más allá d el
desconocimiento que en la may or parte de los casos tenemos de la población de
ciudades antiguas, lo c ierto es que no sab emos con segur idad si estos factores e ran los
únicos que considera b an los antiguos o si, además, tenían en consideración otros. Estas
dudas aumentan cuando comprobamos que en el siglo V, por ejemplo, la poblada y
urbanizada Dijon no tiene más categoría que la de castrum , mientras que el pequeño
asentamiento de Sen ez a lcanza la c ategoría de civitas 18 . En estos casos el tamaño o la
población son factore s q ue o bien no se ti enen en cuenta o bien son secundarios, por lo
que valor ar qu é es lo que las diferencia, qué m arca la consideración que se tiene de una
y de otra y , en definitiva, averiguar de qué depnede la superiorida d administrativa de
17 BERT ELLI, C., Op. Cit., 19 99, p. 128 .
18 Gregorio De Tours , Historias, III.19 ; Notitia Galliaru m XVI.11. En WARD P ERKINS, B ., Op. Cit.,
1996 , pp. 6-7
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
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La diversidad en la ubi cación y evolución de e stos cementerios intra y
extra urbem será la nota predominante de esta inicial cristianización topográfica. Pese a
ello, observamos que dur ante los siglos III y IV la s áreas funerarias de nu eva formación
se irán acercando al perímetro urbano. Un h echo que parece no tener muc ho que ver con
el determinismo cristiano. Estas necrópolis paganas que ya en el siglo III se sit úan en
zonas más cercanas al pomoerium son las mismas que , todavía en el siglo IV,
convivirán con enterramientos cristianos, lo que hace sospechar que este p rimer
acerca miento a los muros urbanos no s ean consecuencia de la nueva reli gión 43 . Si es
cierto, en cambio, que en l a evolución del proceso será det erminante l a prol iferación de l
llamado culto mar ti ri al y la práctica de la inhum ación ad sanctos . L a construcción de
basílicas cementeriales y martiriales va a marcar una nueva jerarquía en los espacios
funerarios que traerá consigo la reor ganización de los mismos y un nuevo magnetism o
de estos lu gares s antos. De este modo, los suburbio s se r eordenan en torno a estos
espacios que pueden ser el lugar del martirio, dónde ocurre la pasión propi amente dicha,
o el lugar en el que el mártir ha sido inhumado. L a tumulatio ad sanctos , es decir, el
fervor de los cristianos por e nterrarse junt o a las personas santas de su comunidad, les
llevará a convertir esos espacios en auténticos nú cleos de atracción 44 en torno a los qu e
los cristianos querrán s er enterrados. Esta nue va sit uación provocará una intensa
transformación en los suburbios, que se convierten en uno de los polos primordiales de
la actividad urba na.
La existencia de santuarios de culto martirial en el interior de los núcleos
urbanos va ser una real idad posterior a l proces o que tiene lugar extramuros,. Una
circunstanc i a que tenemos que tener presente en los procesos de t ransformación de la
ciudad clásica por la nueva costumbre de enter rar dentro d e las urbs . Los primitivos
loca sanctorum no están dentro de la ciudad pues la legislación romana i mpide que se
entierre en el interior d e la ciudad . Sin embargo, gracias al fenómeno de mul tiplicación
CANTINO WATAGHIN, G. - LAMBERT , C., Op. Cit ., 1 998, pp.96 -98.
43 P ICARD, J. Ch., Le sou venir des évêqu es. Sépu ltures, listes épiscop ales et culte des évêques en Italie
du Nord des origines a u X e siècle , 198 8; FASOLA, U. - FI CCHI NI CO LAI, V., Op. Cit ., 1 989, p p. 1153
-12131 989; CANTINO W ATAGHIN, G. - LAMBERT , C., Op. Cit., 1998 .
44 DUVAL, Y., Aup rès des saints. Corps et âme. L’inh umation “ad san ctos” d ans le chrétienté d’Orien t
et d ’Occident du II Ie au VI Ie siècle, 19 88, pp . 148, 184 -199; GODOY, C., “Les c iutats d‟ Hisp ania sota
la pro tecció dels sants mártirs tran sformacion s del concepte espai religió s entre l‟Antiguitat Tardana i
l‟Edat Mitj ana” en GURT , J. M. - RIBER A, A. (ed iciò a cura d i), VI Reunió d’A rqueologia Cristian a
Hispànica . Les ciu tats tardoan tigues d’Hispa nia: cristianizaciò i topografia ( València, del 8 al 10 de
mayo de 200 3), 2005, pp.65 - 66.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
44
de reliquias 45 por medio del contacto dir ecto con el lugar s anto en cuestión, se irán
multiplicando los centros cultuales que ahora s e sitúan tambié n dentro de la ciudad.
Bien por contacto o bien por la p ráctica de fragmentación de reliquias, lo cierto es que
estos edificios cultuales que en principio se re lacionaban con el ámbito funera rio
comienzan a int roducirse en el tejido urbano, provocando adem ás la proli fera ción de
sepulturas en z onas ad yace ntes a ellos, como c onsecuencia, entre otros m otivos, de l ya
nombrado gusto por la tumulatio ad sactos .
La transformación y el establecimiento de finitivo de estas inhumaciones
en el interior de la ciuda d parecen ac elerarse en los siglos V y V I. Un periodo en el que
además observaremos cómo se reutilizan materiales arquit ectónicos para las sepulturas
y cómo se ocupan ed ificio s o antiguos espacios públicos abandonados para la
instalación de estas áreas funerarias. Esta situación solo es posible en el contex to de una
ciudad diferente a la imperial, que ya no siente la necesidad de sep arar el espacio de los
vivos del de los muertos. Sin embargo, como señala C antino Watghin, la di sposición de
los ex tra o intra urb em de los cementerios puede ser más un prob lema par a los
estudiosos actuales que para los contemporáneos al proceso. El concepto jurídico y
abstracto de ciudad p arece pasar a un segundo pla no ante la preeminencia de cuestiones
como la disponibilidad de esp acio, la pr esencia d e reliquias y la relevancia de un lu gar
que por tradición o por s ituación topográfica lo haga apropiado para el establecimiento
de una nueva necrópolis. Aunque estas motivaciones sean difícilmente discutibles, es
cierto también que ex iste un cambio de mentalida d, menos pragmático y más ideológico
que no debemos descartar. Un proceso de transformación que tiene que ver con el
cristianismo pero no solo , pues como de cíamos con anterioridad las ne crópolis pagana s
de nueva formación, a partir del siglo III, comienzan a trasladarse hacia zonas más
cercanas al pe rímetro urbano. Quizá, en la inclusión definitiva de las sepulturas en la
ciudad, fu era el cristia nismo es el factor diferenciador, pero sin olvidar que e l proceso
era parte de otro más g eneral qu e h abría comenz ado antes con las n ecrópolis paganas
que, poco a poco, iban trasladándose y acercá ndo se hacia los límites de la ciudad.
45 GODOY , C., Op. Cit ., 20 05, pp. 67 -68.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
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1. 3. La muralla com o e lemento definitorio de la ciudad Bajo Imperial
Como se ñalábamos a ntes las murallas son uno de los eleme ntos m ás
significa tivos de la ciudad tardoantigua, tanto por su significado en sí como por toda la
cuestión referida a los suburbios, necrópolis y demás situaciones del teji do urbano y
social que el mu ro parece separar de la ciudad. P ese a ello, debemos subra y ar el hecho
indiscutible de que las mura llas no son una peculiaridad de la ciudad t ardoantigua. La
idea de limitar el espacio y prote ger a los habitantes de un posible ataque exterior
tampoco es ex clusiva del Imper io Romano y mucho menos del periodo tardoantiguo. Lo
que parece probable es que la ciudad bajoimperial va a tene r en sus murallas un
elemento importante de su urbanismo. De hecho, como señala G. Cavallo, la ciudad
romana s erá cada vez menos un complejo de edificios y d e esp acios urbanos, para
convertirse cad a vez más en un sistema d e de fensa. La s mur allas pasan a ser desde
entonces una característica topo gráfica del ex terior de las ciudad es tardoantiguas 46 y ,
como consecuencia, Ausonio, L ibanio, Casiodo ro y otros autores de l a Antigüedad
Tardía harán continuas al usiones a ellas 47 , hablando de su magnificencia, d e su cualidad
como elemento de cisivo para la de fensa y de otros detalles. Tarrag ona, Aquilea o
Tolosa serán citadas gracias a la sunt uosidad de sus murallas, mientras qu e por e l
contrario, aquellos núcl eos urbanos q ue no po seían muralla, como fue el caso d e
Scolacium en C alabria, serán consideradas sólo civitas ruralis . 48 Pese a ello, aunque
numerosas fu entes cont emporáneas al periodo no hablen de ellas, ex isten también
ej emplos de ciudades qu e permanecen abiertas, si n murallas. El porqué de esta situación
no queda claro y lo cierto es que no estamos en condiciones de señalar qué es lo que
determina e sta elección.
Los estudios arqueológicos de muestran que l os núcleos urbanos que
contaban ya con mura llas en la época altoimperial ver án estas refor zadas con
posterioridad, mientras que las ciudades que no p osean un recinto amurallado previo, en
la may or parte de los casos y a partir de la seg u nda mi tad de l siglo III, se rode arán de
una cinta muraria. Se p uede señ alar el periodo tetrá rquico como el más fructífero e n
cuanto a murallas y obras defensivas se re fiere; no obstante, no será el único, ya que
46 CAVALLO, G., “Il seg no delle mura. L‟iconogra fia della c ittà cristiana fra ta rdo a ntico e medioevo” en
GABBA, E. - SCHI AVONE, A. (a cura d i), Op. Cit. , 198 9, pp.267 - 268.
47 CRACCO RUG GINI, L., Op. Cit., 198 2, p. 79
48 Casiodoro , Variae , 12 . 15.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
46
existen núcleos urbanos que construirán sus defensas durante el siglo V o inclus o el V I.
El porqué de este r etraso de unas ciudades respecto a otras resulta bastante confuso. Así
como en época tetrárqui ca su erección podría responder a una situación d e inse guridad
-el peligro bárbaro, la i nestabilidad política -, la respuesta pa ra si glos posteriores no
resulta tan clara.
La construcción de obras defensivas condicionará notablemente el espacio
urbano, pero además condicionará el esquem a mental de los estudiosos qu e en algunos
casos han atribuido a la ciudad tardoantigua mur allas que, e n realidad, pertenecían a la
ciudad medieval 49 . Éste hecho, junto a la opinión genera lizada de que la con strucción de
murallas tiene lugar com o consecuencia de las in vasiones bárbaras en el III y constitu y e
además el origen de la reducción del perímetro ur b ano para todas las ciudades, provoca
una simplificación abusiva de la finalidad y el momento de la construcción poliorcética :
ni todas se construye n por el pavor que producen las invasiones bárbaras ni tampoco
todas se erigen a finales del III. De todos mo dos, es innegable que en algunas ciudades -
no en todas, Milán es un clar o ejemplo d e ex pansión de la superficie ur bana - sí que
vamos a observar una contracción de la ciudad, como consecuencia de la aparición un a
muralla que va a disminuir el perímetro urb an o. El caso de Périgueux , que hemos
nombrado con anterioridad, es un a buena muestr a de la reducción del perímetro urbano,
pero también de un reaprovecha miento del anfiteatro como estructura defensiva, y a que
será en globado por la muralla, del mismo modo qu e en Verona y R imini. 50 Ésta
reducc ión que s e ha valo rado durante muchas dé cadas como símbolo inequívoco de un a
retracción demo gráfica, económica y u rbana parece ahora discutible a la luz de la
proliferación de barrios alre dedor d e l as murallas. Una nuev a rea l idad que se
acompañará con iglesias cementeriales, santuario s martiriales y todo un nuevo tejido
urbano que será la proyección al exterior de la ciudad intra -muros. El everge tismo
público y privado no descuidará esta periferia extramuros e incluso part icipará en su
monumentalización con la construcción por ejem plo de un elemento tan urbano como
las vías porticadas, que en contramos en Milán, Gerasa o Timgad 51 . No obstante, la
situación de estas ciudades no es el común denominador del Imperio y la
monumentalización de la que hablamos es mucho más escasa, o incluso nul a, en muchas
49 CANTI NO WATAGHIN, G., Op . Cit, 19 95, pp. 244 - 245
50 DEMEGLIO, P., “Città e ci nte defensiv e nell ‟Italia an nonaria” en DEME GLIO, P. - LAMBE RT, C. (a
cura di), La civita s christian a. Urban istica della città ita lian e fra tarda antichità e alto med ioevo. I
Semina rio di studio , 1992, pp .43- 53 .
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
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ciudades romanas. Pese a ello , la ocup ación de la zona exterior de la ci udad es un a
realidad incont estable para la tot alidad del I mperio, que asistirá a l flor ecimiento de los
suburbios de un modo significativo, ya que, mientras las murallas ciñen parte de
entramado u rbano, ex istirá una realidad paralela fuera de él, que desarrollará no solo
elementos característicos de la cristianización topográfica -como el establecimiento de
necrópolis e iglesias-, sino también construcciones privadas domésticas que poblarán
algunas zonas del área e xtramuros.
Volviendo a l a cuestión de los recintos amurallados y al porqué de est a
construcción debemos considerar que quiz á no exista una relación dire cta entr e
amurallamiento o refor ti ficación e inse guridad g eneral 52 , Así por ejemplo en el caso
concre to de Hispania parece claro que la const rucción d e las mu rallas fue bastante
posterior a la invasión fra nca 53 . René Rebuffat, a propósito de las ci udades y la
insegur id ad urbana en la Mauritania Tingitana, hace una interesante reflexión cuando
plantea la hipótesis de ve r en el amurallamiento un modo de «enriquecer y ennoblecer la
ciudad» 54 . Este argumento, que lleva y a décadas valorá ndose, tiene otro ejemplo
paradigmático en las murallas de L e Mans 55 , que se constru yen a finales de l siglo I II o
inicios del siglo I V. Su belleza y carácter monum ental e xclu y en la posibilidad de que
estas murallas posean ún icamente un c arácter d efensivo. La exist encia de otros casos en
los que pa rece p rimar el aspecto ornamental sobre el factor defensivo avala la hipótesis
de que estas murallas formen parte de un programa políti co unitario, del que
desgrac i adamente no tenemos noticias que lo confirmen.
En cuanto a la cronologí a de las murallas, los datos resultan fraccionarios y
dispares: mientras algunas son meras reestructuraciones de las murallas tardo -
republicana s o alto-im periales, otr as se constr uirán en pleno siglo III, como la
construida en V erona, o incluso en pe riodos m u cho más tar díos. Se gún S. Johnson,
51 CANTI NO WATAGHIN, G., Op . Cit ., 20 02, p.160.
52 ARCE, J . “La crisi s del si glo III d .C. en Hispa nia y las in vasiones bár baras”, Hispa nia Antiqu a, VIII,
1978 , pp. 268- 269 .
53 I. A. Ric hmond se ce ntra en la s murallas de Leó n, Lugo, Asto rga, Zaragoza y Bar celona; vid.
RICHMOND, I. A., “ Five to wn- walls in Hispa nia Citer io r” , Jo urnal o f Roman Studies , núm. 2 1, 19 31,
pp. 86 - 100
54 «Les e nceites urbaines ne doivent pas être utilisée s p our dater les crises, avec lesquelles e lles n ‟ont p as
de relatio n chronologique i mmédiate ; elles doivent e ncore moins être utilisées po ur i maginer des crises.
Il est plus légitime d ‟y voir des monume nts de l‟en ric hissement et d e l‟e nnoblisement des villes ». Vid.
REBUFFAT , R., “Enceintes urbaines et i nsécurité en Mauritaine T ingitane”, Mélang es de l’École
française d e Rome, núm. 86, 19 74 , pp. 501- 522
55 BIARNE, J. “L „enceite r o m a ine du Mans. Un témoin de la p olitique urb aine d u Bas - E m p ire en Ga ule”
en Mélanges R aymon d Chevalier , 1994 .
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Diocleciano p romoverá una campaña de construcción de mu rallas 56 que atestiguamos
sobre todo en la Galia, no así en I talia, donde más allá del caso de Milán, no
encontramos dem asiados paralelos que cor roboren tal empresa 57 . Otras muchas se
erig i rán en plena tardoantigüedad, c omo Rávena y Albenga que s e alzará n y a en el si glo
V. De hec ho, que las murallas continuaron constru y éndose o restaurándose en el siglo
VI, queda patente en el Codex de J ustiniano, donde se recomienda la reducción de l
perímetro fortificado para poder asegurar la defensa c on el menor número de soldados
posible 58 . P ese a todo y por desgracia, no todas las muralla s ofrecen u na datación
precisa, y a que debido a las restauraciones y reconstrucciones, a veces, re sulta
complicada su a dscripci ón a un periodo cronológico concreto. Es el ca s o de Brescia y
Bolonia, cu yas murallas se realizarán en un momento indeterminado entre el siglo III y
el VI 59 .
1. 4. El tejido urbano: los espacios domé sticos
La erección de murallas era el modo de ha cer tangible la división entre
intra y ex tra muros. Con o sin reducción del perímetro urbano, la ciuda d prolongó su
crec imiento fuera d el recint o murario en un pr oce so de ex pansión que, c o mo señala L .
García Moreno, sirve para evitar la tentación de establecer una correspondencia
inequívoca entre la posib le reducción d el perímetro urbano y el descenso d emográfico y
económico 60 . Este desarrollo de la ciudad fuera de sus murallas, qu e se generalizará
durante el siglo IV y V, será uno de los principales impulsores de la nueva re lación
entre urbs , suburbium y territorium 61 , y tendrá e n este área el foco p rincipal donde las
necrópolis y lu gares de culto cristiano comenzará n a afi anzarse. Los subur bia no serán,
sin embar go, zonas de e nterramiento o de celebración religiosa únicame nte, sino que
56 JOHNSON, S., Late roma n fortification s , 1983 , pp. 113 y ss.
57 REBUFFAT , G., “ Come les moissons à la chale ur du soleil” en M AST INO, A. (a cura di), L’Africa
romana . Atti del VI convegno di studio (Sa ssari, 1988 ) , 1989, pp . 113- 133
58 Cod. I us . I, 27 , 2 y 14 , vid. RAVEGNANI , G., Castelli e città fo rtificate nel VI secolo. Rh omania.
Quadern i di Storia bizan tin a slava , 1983, p.24
59 CANTINO WATAGHI N, G. , “Quadri urbani nell‟Italia settentrionale : tarda antic hità e alto medioevo”
en LEP ELLEY, C. (ed.), La fin d e la citè antiqu e et le début de la cité médiéva le. De la fin du IIIe siècle
à l’avè nement de Cha rlemag ne , 1996, pp. 249- 251
60 GARCÍA MO RENO, L . A., “La transfor maciones d e la topografía de las ciudades en Lusitania en la
Antigüedad Tardía”, Rev ista de Estudios Extremeñ os , vol. 42 , 1 , 1986, p. 100
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además desarrollarán un tejido doméstico paralelo al que acontecía al mismo ti empo en
el interior de la ciudad. La intensa actividad de los suburbia , ligada en muchos casos a
la construcción o recons trucción de las murallas 62 , se topa con la documentación de
amplios espacios abandonados intramuros 63 . Este fenómeno parece tener que ver co n
dinámicas internas de la ciudad y no con posibles emigraciones de habitantes o
desastres d emográficos ya que, como señalábamos, de modo paralelo, se constru y en
nuevos espacios residenciales en lu gares en los q ue antes no existían y s e reforman las
antigua s domus dentro d e un proceso genera l de tra nsformación, que las va a alejar del
modelo clásico de vivienda.
La tradicional casa itálica de atrio-peristilo comienza a desarticularse
durante estos siglos 64 , en un proceso que se intensifica sobre todo en el siglo V. La
nueva unidad habita cional se reorganiza y se co mpartimenta para ac oger en su int erior
más de una unidad f amiliar. Los ambientes qu e ahora son considerados superfluos s e
eliminan y el peristilo se transforma en un patio abierto común de forma irreg ular, con
acceso desde el exterior y, a su vez, con paso a las diferentes c asas. Si las viviendas s on
de nueva planta se caracterizan ahora por unas dim ensiones más reducidas y por estar
construidas con muros de mampostería ir reg ular, alzados de tierra o adobe y la
reutilización de el ementos arquitectónicos procedentes de otras construcciones, a v eces,
también públi cas. El prag matismo invade también e l ambiente dom éstico que va a
conjugar en muchos casos tanto los ambiente doméstico s como los espacios dedicados a
la función ar t esanal e incluso comercial 65 .
La ma y or pa rte de la información que poseem os sobre las normas y la
legislac ión relativa a la c onstrucción de viviendas en el p eriodo que va des de el si glo IV
al VI está basada en el C odex Theododianus y el Corpus Iuris C ivilis 66 . Aunque ambos
61 GURT , J. M. , et alii, “To pografía de la a ntigüedad tar día hispánica. Reflexiones para una pr opuesta de
trabajo”, Antiquité Ta rdive , núm. 2, 199 4, pp. 161 - 180.
62 BROGIO LO, G. P ., " Città e s uburbio tra tard oantico e alto medioevo i n Italai se ttentrionale" en
VAQUERIZO, D. (ed .), Las áreas subu rbana s en la ciudad hi stórica. Top ografía , usos, fun ción., 2010,
p.91 .
63 GURT , J. M. - HID ALGO, R., “L‟urbani sme a la ciutat hispana al llar g de l‟Antiguit at T ardana” en
GURT, J . M. – RIB ERA, A . ( ediciò a cura di), Op. Cit. , 2005. p .74.
64 E LLIS, S., "T he end of t he ro man hou ses" , American Jo urnal of Archa eolog y , Vol. 92, No .4, 1988 , p p.
565 -576. RAMAL LO, S. F., “Arqui tectura d o méstica en ámbitos urb anos entre los siglos V y VII ” en
CABALLERO, L. - M ATEOS, P. (eds.), Visigodos y omeyas u n d ebate entre la Antigüedad tardía y la
Alta Eda d Media, (Mérida, a bril de 1999 ) , 2000, pp.367 -384.
65 RAMALLO, S. F., Op. Cit., 20 00, pp. 367-38 4.
66 J ANVIER, Y, La lég islation du Ba s- Empire romain sur les édifices p ublics , 19 69 ; P HILLIPS E . J .,
"The ro m an law on d emoliti on of b uildings", Latomus , 32, 1973, pp.86 -95; GARNSE Y, P ., "Urb an
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
50
textos se refieren a c asos específicos de Roma y Constantinop la , respectivamente, no
cabe duda de que serían aplicados a otras ciudades romanas que, como estas, apreciarían
del mismo modo la necesidad de crear distinciones claras entre los espacios públicos y
privados ante la invasión de los construcc iones privadas en las áreas públicas.
La s primeras le yes se concentran en castigar a los constructores que no
mantienen las distancias de seguridad entre edificios . Un problema mu y s ensible en un
momento e n el que los incendios y otras catástrofes urbanas eran extremadamente
comunes 67 . De hecho, el primer caso que tenemos recogido en el Codigo de Teodosio
sobre constru cciones do mesticas data d el año 326 y prohíbe l a construcción de edifi cios
a menos de 100 pies - ca. 30m.- de depósi tos y almacene s, y orden a, además, la
destrucción d e todos l os e dificios que no respeten la norma 68 . Estas primeras
disposiciones, p ese a to do, tiene n un e scaso refle jo en e l urbanismo. La se guridad
parece un tema que no preocupa demasiado a los habitantes y la costum bre de
aprovec h arse de muros perimetr ales d e otros esp acios domésticos o de áreas públi cas,
de pórticos y de construcciones monumentales , se exti ende a partir del siglo III sin
apare nt e remedio. T radicionalmente, la Arqueología venía considerando estas
ocupaciones como propias de personas con pocos recursos económicos, qu e construían
pequeños espacios domésticos, utilizando materiale s de gradables y/o elementos
constructivos de otr as edificaciones 69 . Lo cierto es que aunque en principio la hipótesis
no c arecía de sentido las ex cavaciones arqu eológicas en diferentes c iudade s demuestra
que no es pr ecisamente así. A finales del si glo IV, por ejemplo, e n el agora de Cyrene
se construyen domus qu e se dotan de mosaicos y grandes peristilos centrales. O en
Anemurium en Cilicia, dó nde un anti guo edifi cio termal se r eutiliza como vivienda, con
un diseño regular y una habitación de recepción de gran tamaño, que se abre a un pasillo
axial 70 . Estos casos constituyen un buen ejemplo de que no se tra t a de un fenómeno
arra i gado únicamente en las c lases menos favore cidas, sino también en las propias
prop erty invest ment, appendix: de molition of hou ses and the la w " en FIN LEY, M. I., Stud ies in Roman
Property , 1976 , pp.133 -136; ZACCARI A, A., Spazio privato e spazio pu bblico nella città roman a, 1995;
PANERO, E., " Pars pub lica and p ars privata : utilizzazion e di ar ee residenziali p er l'edilizia pubblica in
lacuni centri delle r egiones IX e XI", Antichità Altoadr iatiche, 4 9, 2001, pp.1 03 - 126.
67 BALDINI L IP POLIS, I., "Private Space in Late Antiquity ci ties: laws a nd building pr ocedures" en
LAVAN, L. et a lii (eds.), Housing in Late An tiquity , pp.198- 199.
68 Cod. Theo d . 15.1.4 ; Idem , pp.199
69 ELLIS, S. " Po wer-broking and the re fuse o f public b uildings in Late Antiquity" en CAMBI, N. -
MARIN, E. (ed s.), Acta XIII Cong ressus Internation al is Archa eologiae Christian ae , 1998, pp.237.
70 ST UCCHI, S., L'A gorà di Cirene. I lati No rd ed Est della pla tea inferiore , 1 965; RUSSELL, J .,
"Excavations at Anemurium ", Tü rk Arkeoloji Dergisi , 20 , 1973, pp.201 -219 ; idem , 2 1, 1 974, pp. 153 -165;
idem , 2 2, 1975, pp.121 - 39
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
51
élites, en la aristocracia, que también aprovechará y oc upará los edificios desocupados .
En re alidad, como señala Ellis, la tentación de ocupa r un espacio abandonado con una
ubicación favorable y material es arquitectónicos de buena calidad y disponibl es para
una nueva construcción, podría t enerla cualquier habitante. Por es a razón, buscar una
motivación exclusiva de un único grupo o clase s ocial resulta cuando menos arriesgado
y poco factible 71 .
La reutilizació n de mate riales arquitectónicos y espacios públi cos es, com o
decimos, común en el de sarrollo urbano de e stos siglos. La privatización de lo públi co
es una realidad que no va a af ectar exclusivamente a es pacios monumenta les, sino que
la vamos a encontrar in cluso antes, a partir del sig lo II d. C., en las calles y vías de las
ciudades. Est as invasiones por parte de privados estaban prohibidas po r ley desde la
época de Cicerón, permaneciendo así por lo men os hasta la de Adriano y continuaron
presentes tod avía en el dere cho justinianeo 72 . Pese a ello, la construcción de pórticos
para domus particulares o el aumento del suelo residencial a costa de las vías públicas s e
ge n eraliza por todo el arco mediterráneo. En Volubilis , en la Mauritania Tingitana,
comprobamos como la Casa de los Trabajos de Hércules se ap ropia de los pórticos que
bordean el decumanus maximus 73 . O en Ventimiglia (Italia), l a c alle entre la s insulae V I
y VII que entre el si glo V y la edad longobarda, se v e ocupada por dive rsos tipos de
construccione s privadas 74 . El dinamismo privado y el abuso edilicio se conj ugan en un
fenómeno que desarticula el tejido urbano y que, no obst ante, e xistan casos
excepcionalmente tempranos, como e l qu e se da en época helenística en el barrio
situado al oeste del ágora de Priene (Asia Menor) 75 , donde, las casas se agrandan a costa
de la calle, se trata sobre todo de un hecho adscribible al periodo tardoantiguo y
altomedieval.
La manutención de las calzadas 76 es también un problema recurrente
durante estos años. Como norma general, son los propietarios de las casas que flanquean
71 ELLIS, S., Op. Cit ., 1998, pp. 237- 238
72 " Edictum perpetuum praetoris urb ani, III. DE lo cis et itineribus p ublicis " en FIRA I, 1968 , p.377 ;
" Edictum p erpetu um praeto ris urb ani" en FIRA I, 1968, p .377; ZACCARI A , A., Op, Cit ., 19 95, pp.260 -
262.
73 T HÉBERT , Y., " Vita privata e ar chitettura do mestica ne ll'Africa romana" en ARIES, P. - DUB Y, G.
(eds.), La vita priva ta da ll'imp ero roma no a ll'ann o mille , 199 0 , pp .240-242; ZACC ARIA, A., Op, Cit .,
1995, p.261.
74 LAMBOG LIA, N., " Ventimiglia" en Arch eologia in Liguria I. Scavi e scoperte 1976 -1981 , 1984,
pp.1 71-176; ZA CC ARIA, A., Op, Cit ., 1995, p .263.
75 HÖPFNER, W . - SCHWANDNER, E. L., Ha us und Stadt im klassischen Griechenla nd , 1 986, p p.183 -
186; ZACCARI A, A., Op, Cit ., 19 95, p.263.
76 ZACCARI A, A., Op, Cit ., 1995 , pp.273 - 279.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
52
la calle quienes están obligados a prever la limpieza y manuten ción de ésta. Sin
embargo, como en el caso de la privatización viaria, las normas resultan con el paso del
tiempo cada vez menos respetadas. La falta de li mpieza traerá consi go el crecimiento
del nivel de c irculación y , sobre todo, la aparición de verte deros en lu gares en los que
antes no había. Las necesidades urbano -sanitarias no son, por tanto, las mismas que las
de siglos atrás y, por ese motivo, cambian o desaparecen seg ún sean consideradas por
sus habitantes. Esta tend encia u rbana es un a más en el ma rco d el colapso de algunos d e
los servicios higiénic os d e la ciudad clásica .
1. 5. Las infraestructuras públicas: la gestión de los vertidos y desechos
Aunque algunos investi gadores afirman que con toda probabilidad la ciudad
romana fue menos monumental y presentaba una menor provisión de servicios de
cuanto norma lmente se ha señalado 77 , lo cierto es que en comparación co n la ciudad
tardía, los centros urb anos romanos destacan p recisamente por su importante dotación
de infraestructura s públicas.
La evacuación de las aguas pluvi ales y fecales es uno de los elementos má s
caracter ísticos y definitorios de la ciudad clásica. Por ese motivo, el colapso de la red
ge n eral d e alcantarillado es uno de los procesos a los que se alude con frecuencia para
ilustrar la ruptura urbana que supuso l a tardoantigüedad. El desmantelamiento de la red
de sane amiento es un proceso ta rdío que po r lo general comienza con el cese de la
limpieza de mismo y su colapso. L a obstrucción total del sistema de evacuación y
circulac ión de las aguas se produce en un mom ento que no podemos determinar con
exactitud, por lo que resulta complicado precisar cuánto tiempo transcurre entre el final
de las operaciones d e mantenimi ento y la colmat ación tot al del canal. Com o señalan X.
Dupré y J . A. Remolá, si las cloacas están bien planificadas y no se produc e una
situación de bloqueo, au nque el sistema de mante nimiento de las mismas cese, la red de
alcantar illado pod rá continuar su actividad durante un larguísimo periodo de tiempo 78 .
Dentro de esta posible falta de planificación urbana, en la ciudad tardía
77 B ROGIOLO, G. P. et alii., “Pro cessi di stratificazione in c entri urbani (d alla stratificaz ione «naturale»
alla stratificazione « archeolog ica» )”, Archeo logia stratig rafica dell’I talia Settentriona le , n º 1, 1988, p.23.
78 DUPRÉ, X. - REMOLÁ , J. A., “A propó sito de la gestión de los resid uos urbanos en Hisp ania ”,
Romula , nº1, 2002, pp.39- 56.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
59
un im portante cambio de mentalidad, que no debe ha cernos olvidar que llevaba tiempo
ge stándos e, pues desde un siglo antes, junt o al circo, los mausoleos alto imperiales se
reutilizaban y a como hábit at. 94 O en Luni, donde si bien el abandono y la de cadencia del
centro monumental comenzó a finales d el sig lo III, no será hasta el siglo VI cuando
documentemos en el foro los primeros hábitats domésticos 95 .
El colapso de estos espacios públicos que hasta hacía relativa mente poco
tiempo habían sido centro fundamental de las c iudades plantea serías dudas sobre la
posición del Estado ante este fenómeno. Las disposiciones lega les inic iales parecen
estar determinadas a evit ar precisamente l a privat ización de esos espacios pú blicos, la
usurpación de pórticos y edificios que han perdido su func ionalidad original pero que
son fundamentales en la urbanitas de la ciuda d. Sin embar go, la firmeza en esta
posición parece atemperarse en las últimas décadas del siglo I V y obse rvamos co mo
empiezan a aparecer leyes que, en realidad, permiten este tipo de invasiones del suelo
público. En el 362, en el Codigo Justinianeo ( Cod. Iust . 8. 11. 3), se prescribe que si
una persona constru ye a sus expensas en un área pública , sin inferir e n el decorum
urbano, se convi erte en el propietario le ga l de la constru cción y, es más, deberá ser
reconoc ido como un contribuidor a la belleza de la ciudad. Esta disposición de bía
aplicarse aunque la pers ona en cuestión hubiese comenzado con la construcción sin
contar con un permiso oficial. De hecho, un ejemplo específico emiti do por J uliano
(360-363), que con toda probabilidad se habría da do en Alejandr í a, e stablecía que
cualquier casa construid a sin permiso sobr e los super ergasterai publi ca debía ser
considerada lega l.
A finales del siglo IV, como decíamos, el fenómeno de la ocupación del
suelo público prolifera s in grandes dificultades . De he cho, el Est ado se rebela si no
como fomentador, sí como parte consentidora en este proceso. Las motivaciones que se
debaten son much as: incapacidad económica pa ra mantener lo s complejos
monumentales, desaparición del evergetimo, desidia y desinterés por unos edificios que
no tiene ya una función clara, etc. En r ealidad, ninguna de estas pos ibilidades son
excluyentes y po drían h aberse conjugado todas ellas sin grandes inconv enientes. Otra
posibilidad que no es desde luego desechable es la que propone S. Ellis, que sugiere
94 SINT ES, C., “La réuti lisation des espaces p ublics à Arle s: un té moigna ge de la f in d e l‟Antiquité”,
Antiquité Ta rdive , 2 , 1994, pp.181 -19 2; LOSEBY, S. T ., “A rle s in Late Antiquity: Gallula R oma Arelas
and Urbs Genesii” en CH RIST IE, N. - LOSEBY , S. T .(ed s.), Op. Cit. , 1996, pp. 45 - 70.
95 WARD P ERKINS, B., " Lo sc avo nella zo na nord d el Foro" en FROVA, A. (ed ), S cavi d i Lu ni II , 19 77,
pp.6 33-638; id em, Op. Cit ., 1 978, p.316 ; idem, Op . Cit , 1981, p p. 91 - 98 .
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
60
que, del mismo modo que en la actualidad, la preserv ación del patrimonio cultural tiene
diferentes vías, durante la tardoantigüedad la preservación podría hab er consistido
precisame nt e en la v enta del mismo a privados, ex igiéndose únicamente el
mantenimiento de la fachadas originales. Los nuevos propietarios podrían
compartimentar el interior de los edificio a su gusto, estando solo obliga dos a respetar la
fisonomía ex terior de las construcciones 96 . Es el caso de la b asílica de Ordona o de las
termas de Anemurium , p or ejemplo 97 .Por des gracia, no son d emasiados los edificios que
mantienen su alzado y no podemos g eneraliz ar, pero no es descartable q ue este fuera
uno de los métodos escog idos para man tener la s grandes glorias monum entales del
pasado.
1. 6. 2. Los edificios de espectác ulos
Sea como fuere, los procesos de c ambio que do cumentamos en L uni, Arles
o Alejandría son prolongables a otras muchas ciudades romanas y, como hemos visto, el
complejo for ense no va a ser el único edificio púb lico que sufra estas trans formaciones.
Los edificios de e spectáculos, por ejemplo, serán parte fundamental de este proceso d e
cambio. La o posición cristiana 98 y , sob re todo , las transfo rmaciones sociales y
dificultades económicas 99 que se vivie ron durante este periodo tardío prov ocaron que
teatros y anfitea tros, e n primer lu gar, y el circo, casi siempre en último, fueran
abandonados y reutilizados con una nueva funcionalidad o utilizados como enormes
canteras de materiales.
La importancia de la reprobac ión que, ya d ese el sig lo III, los Padres d e la
Iglesia muestran hacia el teatro y los ludi es c apital para comprender el abandono de
unos espectáculos que en modo alg uno habían dejado de contar con el favor del
público 100 . Tertuliano escri bió un tratado exclusivo contra ellos llamado De Spectaculis
y siglos más tarde, ya en el V, S alviano dedica casi en la tot alidad de un capítulo de su
96 ELL IS, S., Op. Cit., 1998, pp. 236.
97 Idem, p.237
98 A partir del De Spec taculis d e T ertuliano, la co ndena cr istiana a los juegos clásicos es un te ma qu e
aparece continuamente en la liter atura de los P adres d e la Iglesia.
99 BASSO, P ., “Gli edi fici di sp ettacolo nella città medievale” en T OSI, G. (a cura di), Gli edifici per
spettacoli n ell’Italia romana. V ol. I, 2003, pp.902 - 921.
100 GARCÍA MO RENO, L., Op. Cit ., 2 001 , p.15.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
61
De Gubernatione D ei al mismo tema 101 . El topos circus furens, arena saviens, scaen a
lascivienes será el eje f undamental de los ataques continuos que estos espectáculos
recibían por pa rte de los escritores y predicadores cristianos 102 . Sin embargo, alguno s
investigadores consideran que el excesivo gasto que estos juegos suponían para la
economía imperia l fue también uno de los fa ctores deter minantes en el proceso 103 . No
se puede dejar de lado tampoco la im portancia que en el final de los m ismos tiene la
nueva religión, aunque es verosímil que fuera la confluencia de ambos fa ctores la razón
última de la desaparición de los espectáculos, algo así como lo qu e M. F orlin Patrucco
señala como "una c om pleja coincide ncia de motivaciones re li giosas, económica s,
sociales y políticas: el t riunfo del cristianismo y d e su inspiración hu manitaria , los
costes insostenibles del ejercicio del munus , la disminución de las bases d el
reclutamiento gladia torio , los cambios institucionales, los cambios de costumbres" 104 .
Dentro de este proc eso, el teatro será uno d e los edificios que antes s e ver á
afec t ado por p rocesos d e abandono y posterior am ortización del espacio qu e, en muchos
casos, se v erá o cupado con espacios habitacionales como es el caso del te atro de Leptis
Magna y H eraclea Lyncestis 105 o el de Bolonia y Brescia 106 . En un buen nú mero de
estos ejemplos, la intensa actividad de spolia que sufrirán tanto para las nuevas
construcciones que tendrán lugar dentro o adosados a ellos, como para otras
edificac ion es, marcará el cambio en la fisonomía principal de las estructuras teatrales.
Aparte de la reocupación con fines domésticos, alg unos estos espacios pasarán también
por procesos de cristianización a partir del establecimiento de sepultur as o, incluso, con
la instalac ión de espacios cultuales, como la posi ble c apilla bizantina que se descubrió
101 W ARD PERKINS, B ., From cla ssical antiqu ity to the Middle Ages. Urban publi c building in n orthern
and central Italy, AD 300 -8 50 , 1984 , p.92; VIZCAINO, J ., La presencia bizantina en Hispania (siglos
VI -VII). La documenta ción arqueológica , 2009, pp. 344 -345.
102 TEJA, R., " Los juegos del anfiteatr o y el cristia nismo" en AL V AREZ, J . M . - ENRÍ QUEZ, J. M.
(coor ds.), El A nfiteatro en la Hispania Romana, C oloq uio In ternacional. Bimilenario del Anfitea tro
romano de Mérida (Mérida, 1992) , 1994 , pp.69- 77 .
103 VIILE, G., " Les j eux de glad iateurs dans l 'Empire chrétie n" , Méla nges d e l'école franç aise de R ome,
LXXII, 196 0, pp.273 - 335; TEJA, R., Op. Cit., 199 4, pp.69 - 77.
104 Citado y trad ucido por T EJA, R., Op . Cit., 1994, pp.70; FORLIN P ATRUCCO, M. , "T ra paganesimo
e cristianesimo: gladiator i, m artiri e il sangue ver sato nell'arena" en Atti della Setti man a " S angue e
Antropo logia nella L iturgi a" , vol. III, 1984 , pp.1609-161 0.
105 CAPUT O, G., I l teatro augusteo d i Leptis Magn a , 1951 ; JANAKIEVSKY, T ., "L'architecture po st -
justinienne à Stobi et Her aclea" en Acta XII I Congressus Internation alis arch elogia e ch ristianae , Vol.I I,
199 8, pp.837 -842.
106 ROSSI, F., " Bre scia, vicolo Deserto 2 . Area del teatro romano: sonda ggi" , NSAL , 19 92-1993 , pp.95 -
97; DEL MO RO, M. P. , " Spo liazione, riocc upazione, obliterazio ne: modalità di rei mpie go d egli edific i d i
spettacoli i n età tar doantica e d altom edie vale" en Domum Tuam Dilexi. Miscellanea in On ore d i Aldo
Nestori , 199 8, pp .277-278 .
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
62
en las gradas del primer moenianum del tea tro de Cartago 107 .
La amortización de los anfiteatros es po r lo general algo más tardía. Durante
el siglo IV, los mun era gladiatoria fueron desaparec iendo po r todo el I mperio,
perviviendo hasta la primera mitad del siglo V en Roma, donde en el An fiteatro Flavio
parece que tuvo lugar el último espectáculo de gladiadores. Para cuando se publi ca en el
438 e l Código de Teodosio, parece que los jueg os g ladiador es y a h an de s parec ido 108 y
quizá incluso ha comenzado y a el reaprovechamiento de alguno de estos e dificios.
Como en los teatros, los episodios de spolia será n comunes, así como la reocupación
como espac io doméstico. Destaca especialmente el reaprovecha miento del anfiteatro
como estructura defensi va 109 , en globado por la muralla, como ocurre también en
Périgue ux 110 o en Verona y Rimini 111 .
Como decíamos con anterioridad, el circo es con segur idad el edificio de
espectáculos que más ti empo perdura, quizá po rque despertaba una hos tilidad meno r
entre los cristianos. De todos modos, el circo o el hipódromo acaban corriendo la m isma
suerte que teatros y anfiteatros. En Sirmium , en los Balcane s, comprobamos c omo la
utilización de la are na con fines domésticos tiene lugar a partir del sig lo VI 112 , co mo
ocurre también en Arles, aunque en este e jemplo las casas aparecen adosadas a la
facha d a del cir co y no en la arena 113 . O en Gerasa, donde el hipódromo tras un periodo
de abandono pasará a ser amortiz ado como espacio doméstico y artesanal, ade más, de
la aparición de tumbas en él 114 . Sin embargo, al igual qu e en los otros edificios de
espectáculos la ocupación doméstica pare ce ser la más abundante, pero como en el
teatro y en el anfiteatro, no va a ser la única. En realidad, este tip o de construcciones,
como en la de los anfiteatros, suele n caracterizarse por una robustez y longitud de sus
muros que permite, entre otras cosas, la adop ción de funciones def ensivas. En Aquileia,
107 L ACHAUX, J . C., Théa tres et amp hithéa tres d'A frique Proconsulaire , 1981, p.51 -55; P ICARD, G.
C. - B AILLON , M., Le T héȃtr e ro m ai n de Carthage" en Histoire et A rchéo logie de l'Afrique d u No rd.
Actes du V Colloque Internaciona l réun ie d ans le cadre du 11 5e Congrès national des sociétés sauva ntes
(Avignon, 1990), 1992, p.13.
108 SÁNCHEZ L AFUENTE , J., “Algunos testi monio s de uso y abandono d e anfiteatros dura nte el Baj o
Imperio en Hisp ania ” en ALVARE Z , J. M. - ENRÍQUEZ, J. M. (coords.), Op. Cit., 19 94, pp.17 9 -181.
109 CAPOFERR O, A. M. , " Gli o rganismi anfiteatrali in Itali a nella loro variabile funcionale", Inarco s,
393, 1978, pp.336- 340.
110 MAURIN, L., Op . Cit., 1 992 , pp.365 - 389 .
111 DEMEGLIO, P ., Op. Cit., 1 992, pp .43- 53.
112 BAVANT , B. , " La ville da ns le nord de l'Illyric um (Pannonie, Mé sie I, Dac ue et Dar danie) " en Villes
et peu plement dan s l?Illyricum proto byzantin . A ctes d u colloque organ isé par l'e cole française de Rome
(rime, 12 -14 mai 1 982) , 1984, p p.250 - 263.
113 SINT ES, C., Op . Cit ., 1994, pp.1 81 -192; LOSEBY, S. T ., Op. Cit., 19 96, pp. 6 -7
114 Los eje mplos de Sirmiu m y Gerasa apar ecen citados en VIZC AINO, J., Op. Cit. , 2009, p.345.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
63
Mediolanum o Thesasalonica 115 , los muros perimetrales de sus circos se convierten en
paramentos defensivos, sin apenas modificaciones importantes.
1. 6. 3. Las termas
Frente a la tempr ana a mortización de los edificios de esp ectáculos, las
termas -fund amentales en la dotación d e inf raestructuras públi cas de la ci ud ad romana-
se mantuvieron en uso y siguieron siendo part e de los prog ramas ev ergéticos im periales
durante los siglos I V y V. Es cierto que se está gestando un c ambio en los estilos de
vida y sob re todo en c uestiones de orden moral o cultural, sin embr ago, mu chos
edificios termales vivi rán refacciones y ope raciones de mantenimiento durante toda la
Antigüedad T ardía 116 . En P avía o Benevento, por ej emplo, continuaban funcionando las
termas públicas en la tardo edad longobarda (s. VII -V III ) 117 . Del mismo modo que
habrá nuevas construcciones de termas o, simplemente, se mantendrán las que formaban
parte de la dotación públi ca urbana, ex istirán también ejemplos de conjuntos termales
abandonados o amortizados con una nueva funcionalidad, como oc urre en Saler no,
donde sus termas se van a convertir en lugar de culto cristiano .
El hecho de que estos edificios sea n en muchos casos los qu e un a ma yor
perdura bilidad -con su función original- tienen en la ciu dad tardoantigua ha puesto de
relieve qu e, más allá d e cue stiones r eligiosas o i deológicas, estas edifica ciones dejarán
de funcionar cuando dej e de hacerlo el acueducto que los ab astecía de agua 118 . S e a
como fuere, tras sufrir o no un periodo d e ab andono, las termas s erán casi siempre
amortizadas. La v ersatilidad de sus estructuras ar quitectónicas favoreció l a reocupación
y adaptación de las mismas hacia nuevos usos, pese a que no podamos señalar una
dedicac ión funcional preferente -al menos por el mom ento-, ya que las construcciones
balnearia s serán reaprovechadas c omo espaci os funerarios, sede s de actividade s
productivas, lugare s de h abitación y , en menor medida, para usos religiosos.
115 HUMPHREY, J., Roman Circus. A renas for ch ariot racing, 1986, p .410.
116 FERNÁNDE Z, C. - ZARZALEJOS, M., “Las ter mas públicas de las ciudades hispanas en el bajo
Imperio” en GARCÍ A MORENO, L. A. - RASCÓN, S. (eds.), Ocios y espectá culos en la A nt igüedad
Tardía. Actas del II en cuentro Hispania en la Antigü edad Tardía ce lebrado en Alcalá de Henares,
octubre de 1997 , 2001, pp.19 - 35.
117 BROGIOLO, G. P., " Alcuni spunti p er lo studio della ci ttà altomedievale italia na" , Hortu s Artium
Medievalu m , vol.12 , 2006, p .10
118 Ibidem.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
64
1. 6. 4. Espacios cultuales paganos
Una men ción particular merecen los espacios cultuales paganos que
siguieron una tr a y ectoria diferenciada del r esto de los complejos monumentales de la
ciudad romana. Los templos, a diferencia de otros edificios, se mantuvi e ron intactos
durante más ti empo hasta que muchos fueron s ecularizados, otros destr uidos y , los
menos, convertidos e n espacios religiosos cristianos. En principio, las posibles
transformaciones que podían vivi r estos espacios se reducían a tres: el abandono total
del espac io, su reutilizac ión como espac io domésti co o bien, como dec íamos, su
conversión en iglesia cristiana. Esta últ ima sería el signo palpable del Ecclesia
Triumphans que ya aparece en la segunda mitad del siglo V en la frase qu e el obispo de
Ravena, Pedro Crisólogo, pone en boca de Jesucristo y dice "...se cambian en iglesias
los templos, se transforman en altares, las aras..." 119 . La cristianización de los templos es
sin embarg o bastante tardía, a excepción de la Pars Orientis , donde puede ade lantarse
algo 120 . En Aphrodisias d e Caria, por ejemplo, a mediados de l siglo V, e l templ o
dedicado a la diosa Afrodita se transformó en iglesia y de spu és en ca tedral de la
ciudad 121 , sufriendo importantes modificaciones en su estructura original para adaptarlo
a la nueva reli gión. En Roma, en cambio, la primera vez que un templo se cristianiza
tiene lugar a ini cios del siglo VII, cuando el P anteón -quizá uno de los símbolos más
importantes del paganismo - se convierte en iglesia consagrada a la Virgen María y
todos los mártires 122 .
La preservación de los te mplos -probableme nte u no de los edificios que más
tardíamente s e reutiliz an-, está direc t amente en consonancia con la relativa abund ante
legislac ión que sobre esta cuestión ex iste. Una ley d el año 342, por ejemplo, dirigida a
Aco(nius) C atullinus, praefectus urbis Romae , dice que “aunque toda superstición
( superstitio ) debe ser totalmente eliminada, queremos, sin embargo, que los edificios de
los templos ( aedes templorum ) situados fuera de los muros de l as ciudades se qu eden
intactos y preservados”. En el 382, otr a le y dirigida a Macrobius que es vicarius en
119 B ELTRÁN, J ., " Altares visigodo s: reutil izac iones paganas (I) " en SAÉZ, P . - ORDÓÑEZ, S. ,
Homena je al Profeso r Presedo , 1994 , pp.785 - 810 .
120 ARCE, J., “ Fana, templa , delubra d estrui praecipimu s : el final de los te m plos d e la Hispa nia r omana”,
Archivo Españo l de Arqueología , vol.79 , 2006, p.117.
121 WARD -PERKINS, B., "Re -Using t he Architectural Legacy of the P ast, entre idéolo gie et
pragma tisme " en B ROGIOLO, G. P. - WARD PERKINS, B . (ed s.), Op. Cit. ,199 9, pp. 225 - 244.
122 El e mperador bizantino Focas d ona el edificio al Pap a B onifacio I V, vid., KRAUTHEIMER, R.,
Rome, Pro file of a City, 3 12 -1308 , 1980, p. 72.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
65
Hispania dice "de la m isma forma que prohibim os los sacrificios, de l mismo modo
queremos que los orn amentos de los edific ios pú blicos se pr eserven” 123 . La legislación
es tajante en cuanto a l a protección de los templos, sin embargo su ex istencia nos señala
que de alg ún modo estos edificios estaban ya sufriendo algún tipo de acción humana
que los estaba dañando, quizá simplemente con el abandono del paganismo o el spol ium
de alguno de sus ele m entos arquitectónicos.
Como señala J . Arce, en el an álisis de la ev olución de estos edificios
conviene tene r presente otros factores que puede n incidir en la aceler ació n del proceso
transformador, como son destrucción de los templos como consecuencia d el fanatismo
cristiano o el aba ndono paulatino y su amortización por parte de privados 124 . En
Sabartha, por ejemplo, entre los reinados de Justiniano y Focas, el templo se ve
convertido en esp acio do méstico, como también o curre en el templo d e Ap olo de E gina
o el santuario de Zeus de Gerasa, que aparte de amortización doméstica, también
desarrollará una instalaci ón artesanal 125 .
1. 6. 5. Vías, pórticos y áreas públicas
La s transformaciones qu e experimentan las áreas públicas no suelen afectar
única y exclusivamente al espa cio concreto don de se desarrollan, sino que más b ien
afec t an a toda e l área ci rcundante, construcciones públicas y privadas, a demás de las
vías y calzadas qu e los ponen en relación. El viario urbano, que como sabemos es
también parte del espacio público, se modifica muy tempranamente. En realidad, a
partir del si glo II y sobre todo en el si glo III , en m uchas ciudades, la organización viaria
comenzará a descomponerse, sin aparente solu ción de c ontinuidad . Apropiación de
tramos de la calzada por parte d e particulares, obliteración de ví as y vertidos
incontrolados son solo algunos de los proceso q ue traerán consigo la el evación de la
cota de circ ulación, que nombrábamos c on anterioridad, l a modi ficación d e la
123 CTh . 16.1 0.3. y CTh 1 6.10 .15, vid ., KUNDEREW ICZ , C., " La protectio n des monume nts
d‟architecture a ntique dans l e Cod e T héodosien" , Studi in on ore E. Volterra , IV, 197 1, p . 137 -153 ;
SARADI-MENDE LOVICI, H., " Christian Attitude s T o wards Pagan Monu ments in Late A ntiquity a nd
their Legacie s in Later B yzantine Cent uries", Dumb arton Oaks Pa pers , 44 , 1990 , pp. 47 -61; LEPELLEY,
C., " Le Musée d es statues divines. La volonté de sauvegarder le patrimoine artistique à l‟époque
théodosienne" , Cahiers a rchéolo giques , 42 , 1994, p. 5 -15 ; KLEIN, R., " Distruzione di tem p li nel la tar da
Antichitá. Un p roblema politico, culturale e sociale" en Atti Accad.ro m. constantin iana , X Cong resso
Internacio nal, 1991, 1995, pp. 128 - 152; ARCE, J., Op. Cit., 2006, p.1 16.
124 ARCE, J., Op. Cit., 2006, p.117.
125 Los tres casos so n citados po r VIZCAINO, J ., Op. Cit., 2009, pp. 343 - 344.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
66
orientación d e los ejes principales y secundario s y, finalmente, en algunos casos la
desaparición del entra m ado original.
El viario de las ciudades, como ocurre con otros espacios públicos, entra e n
una dinámica transformadora que parece no ten er marcha atrás. Y como ocurre con
otros espacios públicos, desde la le gislac ión im perial se pretende poner freno a este
hecho, por ejemplo, intentando hacer de la conveniencia de tener las calles limpias de
basura y escombros 126 una necesidad. Pese a todo, los vertidos en las calles proliferan,
así como, en muchos casos, la obstrucción de las cloacas que pasan por deb ajo de éstas.
Del mismo modo, la leg islación intenta bloquear los ex cesos de los privados en las
calles que se ven r epentinamente desmembradas de algunos d e sus tramos o estrechadas
como consecuencia de la ampliación del perímetro de una casa. El emperador Zenón, de
hecho, mostrará su inconformidad ante esta situ ación prohibiendo en Const antinopla
que nadie ocupe la calle con su vivienda y tapie pórticos públi cos, normativa que
Justiniano hará extensible para todo el Imperio 127 .
En todo este proceso de aparente descuido del viario urbano, no seríamos
precisos si pasásemos por alto el hecho de que m uchas vías, en las que crecerá el nivel
de circulación, se repavimentarán buscando precisamente su ma ntenimiento en el mejor
estado posible. I ncluso ta mpoco serán raros los fenómenos de restauración de pórticos y
aceras que en algunas ciudades, sobre todo orientales, vamos a constatar. En Éfeso,
Bosra, J erusalén y C esaréa Marítima, por señalar solo alguna s de ellas, s e restaurarán
porticados durante estos siglos 128 . Sin embargo, aun que los ejemplos como hemos vist o
existan lo ha bitual es que los ejes viarios comiencen a per der su forma y trazado
original en detrimento del trazado regular común a las ciudades altoimperiales. En
palabras de I sidoro de S evilla, las calles se convierten en "[...] los espacios estrechos
que quedan entre las ma n zanas de ca s as" 129 .
El entramado viar io, por tanto, va a vivir procesos similares a los que
vivirán otros espacios públicos. De este modo, la adaptación ante las nuevas
necesidades, el abandono y la amortización tant o de calles como de plazas, pórticos y
demás edificios son uno de los exponentes fundamentales de la metamorfosis formal y
funcional del espacio u rbano clásico. S in emb argo, estas transformaciones varía n tanto
126 Digesto 43. 10. 1.5
127 Cod. Iu st . 8.10.3
128 MOR RISON, C. - SODINI , J . P ., "T he Six th -Centur y E cono my " en LAIOU, A. E . ( ed.), The
Econo mic History of B yzantium. From the Seven th th rough the Fifteenth Century , 2002 , pp.186 - 187 .
129 Etym. XV, 2, 22.
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
67
de ciudad en ciudad y generan un a fenomenología tan amplia, que la heterog eneidad
que se crea, tan alejada del concepto de ciudad cl ásica, provoca una cierta sensación d e
inestabilidad y , c omo consecuencia, de involución y falta de programació n urbana. Si n
embargo, el abandono y deterioro de los espacios públicos se topa en muchos casos con
la conservación de l a organización u rbana principal y d e los e jes viarios. Un
mantenimiento que podría verse como un clar o sínt oma de continuismo, como así lo
considera C. La Rocca, si bien para G. P. Brogiolo, tomando como ejemplo el caso de
Bre s cia, solo estaría marcando l a continuidad d e la propiedad a ambos lados de la
calle 130 . En el c aso del ej emplo veronés que nombrábamos con anterioridad, C. La
Rocca considera que si hablamos de continuidad nos estamos refiriendo no al
mantenimiento del tejido urbano y de las estructuras anti guas, sino a la voluntad
constructiva y a l as exigencias urbanísticas relacionadas con las necesidades de una
sociedad ciudadana vivaz y mu y activa todaví a 131 . En realidad, la visi ón po sitivista de
La Roc ca parte de un concepto básico que compartimos: si existen todas estas
modificaciones en el suelo urbano, si aparecen vertederos en lu gares donde antes no los
había, debemos considerar cuando menos que exist e una po blación activa todavía que
tiene unas necesidades d iferentes a la ante rior o que, por lo menos, las cubre de modo
distinto. Una población q ue vive en la ciudad clási ca y que la adapta para u n nuevo ti po
de vida.
El desencuentro entre ambas posiciones es el resultado de la maner a
desigua l en la que s e han tratado las grandes generalizaciones. En realidad, el factor
arqueológico no e s discu tible: e n un momento determinado que va desde el siglo III al
siglo VI, dependiendo de los núcleos urbanos, los centros públicos monum entales de las
antigua s ciudades romanas se verán afectados por diferentes p rocesos de cambio en los
que, poco a poco, los edificios irán perdiendo sus funciones o riginales para adaptarse a
las nuevas necesidades urbanas. En este pro ceso, algunos edificios sobrevivirán
acomodándose a dif erentes modificaciones estru cturales, mientras otros se convertirán
en ca nteras de materiales constructivos para o tras edificaciones. La ciudad y sus
espacios públi cos se encuentra c iertamente en un periodo crít ico, pero no en el se ntido
negativo que acostumbramos a entender y que señala G. P. Brogiolo, sino en el sentido
130 BR OGIOLO, G. P., “Problemi archeo logici della continu i tà urbana in Italia settentrionale, tra tardo -
anti co e a lto m edioevo” e n BERMÚDE Z , J . (coor d.), Coloq uio Hispano - Italiano de Arqu eología
Medieval. Del 18 al 21 de abril de 19 90 , 1992, pp .129 -132.
131 LA RO CCA, C. Op . Cit ., 198 6, pp.731 - 733; id em , “Dark Ages a Verona: edilizia pr ivata, aree aper te
I. La mor fología del cam bio urbano : la ciudad t ardoantigu a a debate
68
de coyuntura de c ambios que la encamina a una nueva realidad. Unos cambios
profundos y trascendentales que al no producirse de manera violenta ni súbita, sino que
se ge stan durante v arios siglos, no podemos considerarlos como una revolución, como
algunos historiadores y arqueólogos ha n pretendido.
Los criterios políticos y administrativos que acompañaron a este proceso
nos son, en la mayor parte de los casos, desconocidos y, desde luego, no se apoyan en el
registro arqueológico. Ante esta situación es difícil plantear si existe o no una
planificación urbana, más allá de la posibilidad de proponer hipótesis más o menos
fundadas. No obstante, para nuestro objetivo, esta plani ficación es relativame nt e
imp ortante y a que, el he cho en sí y su representación en el registro arqueológico no
cambian. De este modo, por ejemplo, en el desmonte de gran parte d e edificios públicos
parece, sin duda, que exist e un conocimiento y apr obación por parte de la
administración 132 . Sin emba rgo, aunque esto no fuese así, la realidad arqueológica si gue
siendo la misma: el edificio se de smonta. C omo de hecho tampoc o lo hace el carácter
urbano de la ciudad, a un que sí en cambio el modelo de funcionamiento de la misma.
1.7. E l fenómeno del spolium y la reutilización de los espacios públicos:
las ciudades como c anteras.
La r eorganización que a todos los niveles supuso el periodo de gobierno d e
Diocleciano y la Tetr arquía inauguró en el plano urbano una importante v ariación en el
destino funcional de las áreas públi cas, en la rela ción entre éstas y las áreas privadas o,
incluso, en la jerarquización de los espacios 133 . Uno de los elementos fundamentales y
más significativos en el proceso de pérdida de l uso original de los e dificios y la
reutilización de los mismos fue el del expolio - spolia- de sus materiales constructivos y
decora tivos. Sin embargo y , aunque no podemos nega r que sea un fenómeno
caracter ístico de la anti güedad tardía, la r eutilización de materiales antiguos procedentes
de otras construcciones se documenta también en el periodo altoimperial como por
ejemplo en la restauración que Alejandro Severo llevó a cabo en el Porticus Octaviae . 134
e strutture pubbliche i n una città dell‟Italia settentrio nale”, Archeolo gia Medieva le , nº13, 1986, pp.31 - 73.
132 DE LACHEN AL, L., Sp olia. Uso e riempiego dell’An tico dal III al X IV secolo , 1995, pp.40 - 45.
133 CANTINO WATAGHIN, G. , Op . Cit., 19 92, p.173 .
134 DE LACHEN AL, L., Op. Cit. ,1 995, p.11 .
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
75
S. J ohannessen, en un est udio que realizaron sobre las formas y comportamientos de los
residuos domésticos, señalaban que, más allá de la eliminación de residuos primaria y
secundaria (que tenía un ca rácter intencionado y se dife renciaban entre sí por la
proximidad entre el lugar de vertido y el origen del desecho), ex istía un tipo de
eliminación de residuos que estaba directamente relacionado con pr ocesos de abandono
graduales – abandonmen t refuse disposal-, dónde, poco a poco, se producía una
relajac ión en la limpieza y mantenimiento d e los niveles d e uso. Aparte de estos tres
tipos de elimi nación de residuos, existía un último tipo que era el que te nía que ver con
objetos que no llegaron a convertirse en residuos – de facto refuse disposal-, pero que sin
embargo, tras el abandono, habían permanecido en el lugar 2 . Este tipo de abandono, a
diferencia del planificado, era un abandono apresu rado y qu e sol ía completarse un breve
periodo de tiempo. S eg ún estos mi smo autores y tomando parte de los preceptos de M.
B. Schiffer 3 , en el pro ceso de abandono era necesario considerar el modo en el que los
sitios en cuestión habían sufrido el proceso; si ex istía o no una voluntad de volv er
después al sitio abandon ado; la distancia del lugar a l que se ac udía y , p or último, la
estación del año en la que se producía el abandono 4 . Aunque se a indudable la
importancia de estas va riables, exist e una constante fundamental: el tiempo. Con toda
probabilidad ser á el q ue marque en m a y or medida la formación del reg istro
arqueológico: si el abandono es rápido y sin planear, el patrón y cantidad d e materiales
que quedarán en el área estudiada serán mu chos más, que si el proceso es gr adual en el
tiempo y se trata d e una migración or ga nizada. En este mismo sentido, el hallazgo de
ítems de un cierto valor económico o práctico estará rel acionado con los lugares en los
que la emigración no h a sido planeada y ha t enido lugar d e modo veloz 5 . Es tos procesos
de aba ndono, sobre to do si nos refe rimos a nivel de asentamiento, suele n estar
relacionados con situaciones catastrófica s o de pán ico generalizado.
El tipo de abandono que interesa en este estudio es el que tiene que ver con
una escala diferente en concepto y tiempo, y a que en la ciudad tardoantigua, los motivos
que se aducen para explicar el abandono de cierta áreas se alejan de procesos
calamitosos. S e relacionan más con cambios socio-económicos, culturales e, incluso, de
2 JOYCE, A. A. – J OHANNE SSEN, S., “Abandon ment and the prod uction o f archaeolog ical variability
at domestic sites” en C AMERON, C. M. – TOMKA, S. A. (eds.), Op. Cit. , 1993, pp. 138 - 139 .
3 SCHIFFER, M. B ., “Archeological Context a nd S ystemic Context”, Ame rican Antquity, nº 3 7, 197 2,
pp.1 56- 165
4 JOYCE, A. A. – JOHANNE SSEN, S., Op . Cit., 1 993, p.139.
5 STEVE NSON, M. G., “ Toward an Un dersta nding of Site A bandonme nt Behavior: Evidence f ro m
Historic Mining Camps i n t he South west Y ukon”, Journal of An thropo logical Archaaeology, nº1, 1982,
pp. 242 - 244.
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
76
mentalidades, que provocarán el hallaz go de estructuras públicas que en un mom ento
determinado se abandonan -mientras otras mucha s perviven o continúan funcionando
dentro de una apa rente normalidad-, y que, en muchos casos, pasado e l ti empo, se
vuelven ocupar y utilizar. Precisamente este reaprovechamiento, junto aquellos que se
producen sin un periodo de abandono de por me dio, es el que int eresa a este estudio.
Existen casos entre las c iudades hispanas en los que el abandono de ciertos espac ios
públicos está provocado por un desastre n atural, como un terremoto, o por un fenómeno
de origen humano, como un incendio, lo que inducirá al aceleramiento del proceso. De
este modo, los espacios que se vean alterados por una de estas dos sit uaciones iniciarán
el proceso de abandono antes, y con una ruptura q ue en algunas ciudades s e consolidará.
Esto significa que el esp acio no volverá a ser r eocupado durante un importante periodo
de tiempo, mientras que en otras ciudades, tras la ruptura, será reutiliz ado, en la ma y or
parte de los casos, con una nueva f uncionalidad.
Según J o y ce y Johannesen, las estructuras esp ecializadas, por lo g eneral,
sufren un meno r impacto en los proc esos de abandono que las estructuras que no lo
son 6 . En este sentido y si guiendo esta hipótesis, po demos suponer qu e espacios públi cos
tan significa tivos como son los fora , con una importanc ia trascendental para la vida
política, social y económica de la ciudad, subsist irán de un modo u ot ro dentro del
núcleo urbano, donde po r el contrario localizaremos otras z onas menos espec ializadas
que sufrirán un pro gresivo abandono. Sin embargo, y aunque sería un prec epto eficaz
para explicar por qué no es raro que los foros se mantengan como espacios públicos de
reunión, la norma es difícilmente aplicable a la ciudad tardía, donde precisamente la
súper-especialización de los edificios de espectáculos o de los templos será el mot ivo en
muchos casos de su abandono. En la pérdida de l a función originaria, el e dificio olvida
su razón de ser y se readapta con un a nue va funcionalidad , o bien se abandona y se
convierte en cantera d e mate riales -fenómenos común en la Antigüe dad Tardía -.
Detectamos entonces un abandono de tipo temp oral, común a la ma yor parte de los
espacios públicos de las ciudades hispanas que perviven hasta el M edioev o. Determinar
las causas que lo produjeron y el motivo por e l cual vuelve a se r reocupado serán
fundamentales pa ra comprender la dinámica de las tra nsformaciones que afe ctarán a la
ciudad clásica.
Los procesos de formación que afectan al r egistro arqueológ ico son muy
6 JOYCE, A. A. - JOH ANNESSEN, S., Op. Cit., 1993, p .151.
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
77
variados y las potenciales combinaciones que estos pueden tener para la génesis de este
registro se multiplican exponencialmente, di ficultando de modo considerable la
tipificación del arqueólogo 7 . No obstante y simplificando la situación, ide nt ificar si los
depósitos sedimentarios que se crean son cultur ales o naturales (no culturales) 8 , será
fundamental para comprender si el abandono ha sido rectificado con posterioridad con
fenómenos antrópicos, p or ejemplo, de aterrazamiento o de nueva ocupac ión, o si en
cambio ha permanecido durante siglos acumulando sedimentos naturales producidos por
la erosión. Por lo general, en las zonas urbanas que forman pa rte de nuestr o estudio, los
espacios públicos sufrirán procesos de abandono que, salvo en ciudades que se
abandonen de finitivamente en su tot alidad como Tiermes, Uxama o Cluni a, volverán a
reocuparse pasado un breve, o no tan breve, pe riodo de ti empo. En este c aso, más que
de abandono preferimo s hablar de un a etapa de no uti lización , ya que más que
si tuaciones de a bandono que implican, por lo general, un proceso si no irre versible, sí
duradero en el tiempo -hasta el punto de llegar a perder l a me moria del edificio o
monumento que ocupaba ese espacio-. La no utiliz ación permite comprend er mejor que,
durante un periodo relati vamente corto, no se le da un uso a un espacio. Eso no significa
que en un futuro no vaya a tenerlo, o que se hay a perdido el interés por el espacio, sino
que por motivos que a v eces conocemos y otr as no, esa área en concreto se ve pr ivada
de la funcionalidad que tenía con anterioridad.
En estos periodos de no utilización o de abandono, surge además una cuesti ón
fundamental que tiene que ver c on el concepto de memoria . Seg ún la duración en el
tiempo de estos proces os, tendremos casos donde los nuevos constructores s erán
perfectamente conscientes de las estructuras - y su funcion alidad- que están
reapr ov echando, mientras en otros, la arqueología demuestra que no es así. Estamos
hablando, por ejemplo, de situaciones en las qu e tras un lap sus de tiempo largo y un
periodo de crecimiento d e los niveles sedimentarios, el constructor ocupa el espacio sin
tener consciencia de la anti gua funcionalidad del edific io. P uede ocurrir además que el
constructor excave para cimentar la nueva edificación y sea entonces cu ando localice,
probablemente por casualidad, las estructuras anti guas que pu ede que amortice, más por
una cuestión de comodi dad que por otra motivación. El mantenimiento de la memoria
7 REID, J. J., “Form ation processes for the practical prehistorian: an example for th S outheast” en
DICKENS, R. S. - W ARD, H. T. (ed..), S tructure and process in So uthea stern Arch aeology , 19 85, pp.11 -
13.
8 SCHIFFER, M. B., “To w ard the identi fication of for mation p rocesses”, American Antiquity, Vol. 4 8,
nº4, 1983, pp.675 - 706.
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
78
del edificio cuando s e qu ema, por ejemplo, implic a un p eriodo de no uti lización breve y
una clara identificación de la antigua estructura arquitectónica. La p érdida de la
memoria, en cambio, par ece estar más relacionada con procesos de abandono duraderos,
que con periodos de no utilización.
2.1.2. Pervivencia
Existen muchos espacios públi cos donde el pro ceso qu e observaremos será
totalmente inverso al abandono y hallaremos unos im portantes niveles de continuidad.
En estos niveles donde la persistenc ia de vida m arcará la evolución de las estructuras,
distinguiremos si se tra ta de una pervivencia estructural, una pervivencia espacial o si,
en cambio, se trata de un a pervivencia funcional:
1. L a pervivencia estru ctural supone un mantenimiento de la arquitectura
principal del edificio o d el espacio públi co, sin que se conserve la actividad que en él se
realizaba. Es con toda probabilidad una de las pervivencias que más comúnmente
identificamos en las ciudades tardorromanas, que mantendrán construcciones que
perderán la función para la que fueron concebidos y no v erán alterada, en cambio, su
fisonomía. En e ste tipo de p ervivencia es necesario comprob ar si el conjunto
arquitectónico no fue nu nca aba ndonado o si, por el contrario, pasó por un periodo de
no utiliz ación hasta la posterior reocupación y r eaprovechamiento de las estructuras qu e
perdura n. La dificultad, por lo general, r eside en identificar este periodo de abandono
cuando en muchos casos sabemos que los posi bles acumulaciones de mate riales dejados
o los desperdicios generados cuando se deserta un edificio, son limpiados por los
nuevos habitantes, recuperándose de nuevo el nivel anterior al proce so de abandono.
2. L a pervivencia espacial implica que una z ona determinada no será nu nca
abandonada. S e mantendrá en uso pero no, necesariamente, la s estructuras
arquitectónica s básicas que la formaban. Estas se verá n modificadas y pr obablemente
también, aunque no siempre, su funcionalidad original. Este tipo de pervivencia suele
llevar apa rejada los procesos de desmant elamiento y r eutilización de los materiales
co nstructivos que fo rmaban el edificio, que serán aprovechados en las nuevas
edificac ion es de ese lu gar o de otro a otro diferent e. Por lo general el proc eso diacrónico
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
79
que seguirá la pervivencia espacial es el de abandono, perdida de la funció n originaria,
expolio y , por último , la reocupación. Aunque como comprobare mos después, no
siempre se mantendrá este orden. Uno d e los factores principales que convendría
discernir es si existe, como hablábamos con anterioridad, memoria a la hora de reutilizar
el espacio. Es decir, si e xiste una conciencia de hito topográfico o del valor histórico -
cultural. Por ejemplo, un espacio como el f oro cuando se reocupa con nuevas
construcciones o cuando en cambio ha perdido co mpletamente su identida d y s e invade
como un espacio más d entro de la ciudad. Esta s ituación se puede d ar, sobre todo, en
aquellos lugares dónde el antiguo espacio público ha sido completamente a rrasado y sus
muros perimetrales prin cipales no quedan a la vist a. En ese caso comprobaremos
además cómo a la hora de cimentar las nuevas const rucciones, en algunos ejemplos se
llegará – por casualidad o no- a los antiguos cimientos y s e seguirá la lí nea constructiva
del muro romano, y en ot ros, por el contrario, se apoy ará algún se gmento de los nuevos
cimientos pero se seguirá una nueva alineac ión.
3. La pervivencia f uncional se da rá en aque llas construcciones qu e, con
modificaciones estructurales o no, mantendrá n la función originaria con la que fueron
concebidas. Entenderemos que se mantiene la función, cuando el obje tivo inicial, la
esencia funcion al de la construcción, s e mantenga. Es ló gico que al gunos conceptos
específicamente clásicos que definen a los espacios públicos romanos no encuentren
parangón en las concepci ones urbanas de las ciuda des del siglo V o V I . Si n embargo, es
cierto también que algunos de los rasg os principales podrán conser varse y si, tomando
de nuevo el ejemplo del que es el elemento central de una ciudad romana, el foro, se
mantiene como plaza principal del núcleo urbano, como centro de r eunión y de
intercambios comerciales e, incluso en algún caso, como lu gar dónde se ubica una
ecclesia - en tanto que se comporta de manera similar a un templo paga no, centralizando
en un edificio la religiosidad y su relación con los habitantes del nú cleo urbano -,
consideraremos que la p ervivencia funcional es un hecho. Que ex ista esta pervivencia
no impide que el edificio hay a sufrido en algún momento una fase de desinterés y
abandono por parte de las entidades públicas. El caso d e los edificios de espectáculos
tendrá una consideración especial, ya que aunque se ha venido aceptando que su
reutilización como lugar de reunión de un grupo ex tenso de personas con motivo de una
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
80
celebración 9 sería una pervivencia funcional, cr eemos que la función básica de éstos, la
de recinto dónde se celebran los ludi se ha perdido y por tanto no existirá nunca una
pervivencia fun cional sa lvo en los tempranos y ex cepcionales c asos de edificios de
espectáculos reconvertidos en otra tipología de los mismos, como los teatros
transformados en anfiteatros.
2. 1. 3. Funcionalidad
Determinar de qué tipo de pervivencia estamos hablando será fundame ntal
para valorar más tarde el impacto que la misma tuvo en la configuración de la ciud ad
tardía. Sobre todo, po rque, en los c asos en los que no se d é un abandono de l espacio y
se constate una fr ecuentación continuada que nos permita hablar de p ervivencia espacial
-que, como sabemos, implica que un edificio o área se si gue ocup ando, aunque las
estructuras o riginales h ayan sido desmant eladas y el espa cio h a y a perdido su
disposición primaria-, el nuevo uso del espac io o bien mantendrá la funcionalidad
original p ara la que fue crea do o, lo que es más probable, adquirirá una nueva
funcionalidad. La nu eva funcionalidad, más allá de implicar con toda seguri dad una
reforma estructural, supo ndrá un cambio tan d rástico y agresivo en la fis onomía de la
ciudad, que evidentemente no permitirá hacer una valoración sim ilar a la que se hará de
aquellos espac ios en los que existe una pervivencia estructural y /o funci onal. La
pervivencia espacial solo implica que una zona determinada s e manten drá en uso y
frec u entada con el paso del tiempo -pe se a que exista la posibilidad de que no hay a ni
una pervivencia estructural ni una funcional -, y q ue, por lo tanto, no sufrirá fenómenos
persistentes de abandono. Sin embarg o, en esta situación, en el análisis que estamos
haciendo de los espacios públicos, el fa ctor fund amental no será la pervi vencia de uso
de la zona, sino las tr ansformaciones estructurales y funcionales qu e la m isma vivirá en
consecue n cia. En este sentido, y partiendo d e la base que la p ervivencia del uso de una
zona concre ta no impedirá que c ambie su función original, sino que, de hecho, lo
potenciará , hemos dividido en nu eve gra nd es grupos las posibles funciona li dades qu e
adquirirán los espacios públicos romanos, una vez que pierdan, o est én en vías de
perder, la funcionalid ad inicial para la que fueran concebidos. Las nu eve
funcionalidades son: doméstica , productiva , comercial , religiosa , f uneraria ,
9 BASSO, P., “Gl i edifici di sp ettacolo nella cittàmedievale” en T OSI, G. ( a cura di), Gli edifici per
spettacolo nell’Ita lia romana. Vo l.1 , 200 3, pp.909- 910.
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
81
higiénico-sanitaria -constituid a fundamentalme nte por vertederos - , defensiva,
político-administrativa y portuaria .
1. Función domé stica : la reocupación de los diferentes tipos de espacios
públicos con fines domésticos es un denominador común a muchas ciudade s
tardoantig uas, a partir del siglo IV, pero sobre todo, en el siglo V y VI. En este
momento de auge de amortización de edificios públicos con construcciones
domésticas, se asiste ta mbién a la obli teración de algunos ejes viarios y a la
transformación y compartimentación, mucho menos evidente, de las antigua s
domus, que se dividen ahora en un ma yor número de unidad es de habitación 10 .
Parece que se da un especial valor a la funcionalidad, dejando a un lado cuestiones
más superficiale s o estéticas, dentro de un cambio más amplio en el que lo público
pierde importancia en favor de lo privado. S i e l proceso será espontán eo o una
intervención pro gramada será una de l as cuestiones principales que intentaremos
esclarecer. Entre otros motivos, porque en caso de que exist ies e un plan
preconcebido estaríamos no ante un urbanismo descuidado y una pérdida del interés
por él, sino más bien, a nte un cambio de la con cepción urba n a. Los eje mplos de
ocupación privad a de su elo público son numer osos en e l periodo tardío. No solo a
través d e la invasión de las vías públicas, s ino también de l a ubicación de
numerosas domus en a ntiguos edificios públicos propiamente dichos, como la
ocupación dom éstica en Roma del Diribitorium en el Largo Argentina o de las
Sette Sale en el Oppius 11 .
2. Función p roductiva: la función doméstica que adquirirán muchos espa cios
públicos irá a compañada en gran cantidad de casos del nuevo concepto de casa
como unidad de producción. De este modo, no será raro que además de las
viviendas hallemos espacios habilitados junto a ellas como talleres o pequeñas
unidades productiva s qu e incluso sirven para comerc ializar el producto en ese
mismo lug ar. Aparte d e los ejemplos de domus asociadas a talleres, tambié n
10 RAMALLO, S. F., Op. Cit ., 2 000 , pp .367- 384 ; P OLCI, B. , “So me aspec ts o f the transformación of t he
roman do mus b et ween Late Antiqui ty a nd the Earl y Middle Ages” e n LAV AN, L. - BOW DEN, W. (ed s.),
Theory an d Practice in late Antique Archa eology , 2003, pp.79- 109.
11 Par a la zona d el Lago Argentina: GUIDOB ALDI, F., “L’ed ilizia unifamiliare nella Ro ma tardoantica”
en GI ARDIN A, A. (a cura di) , Op . Cit., II, 1986, pp.169 y ss.; P ENS ABENE, P ., “Reimpiego e d epositi
di marmi a Roma e Ostia tra la seconda metà del IV e i p rimi dec enni del V secolo ” en FIXOT , M. (ed.),
Paul- Albert F évrier de l’An tiquité au Moyen A ge. Actes du co lloque de F réjus , 7 et 8 a vril 200 1, 200 4,
pp. 285 - 286.
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
82
aparecerán espacios pro ductivos independientes amortizando espac ios públi cos
abandonados. Son comunes las reutilizaciones de antiguas termas y baños públicos
en espacios dedicados a la producción, al ofrecer la posibilidad de disponer de
ag u a. Ocurre algo simil ar en otros edificios públicos que destacan por la s olidez d e
sus estructuras, un r asgo arquitectónica m ente mu y valorado a la ho ra de afrontar la
amortización de un inmueble con fine s productivo s.
3. Función comercial: pese a que en mucha s zonas del I mperio s e notó un
descenso acusado de las rutas comerciales y u n aumento progresivo del
autoabastec imiento loca l y el comercio a pequeña escala, la adaptación de
estructuras arquitectónicas como mercados no será al go extraño a este p eriodo. De
hecho, en el ca so concreto de Hispania , gracias a los traba jos arqueológico s más
reciente s, sabemos que en sus ciudades existe un dinamismo comercial hasta ahora
desconocido 12 , que complementaría al comerc io d e autoabastecimiento. Se habilita n
espacios ex novo par a la función comercial, pero también se amortiz an antiguos
complejos públi cos par a este uso. Además, en muchos casos, los espacios
dedicados a funciones comerciales vendrán asociados a zonas de producción.
Dentro de este g rupo inc luimos también las estruc turas portua rias y los almacenes
vinculados a ellas.
4. Función religiosa: el aprove chamiento de la antigua arquitectura imp erial
con funcionalidad cristiana, en torno a la que se articulará el nuevo d esarrollo
urbano, tiene lugar a partir de la Paz de la Ig lesia, es decir, desde el siglo IV,
momento en el que el cristiani smo tiene que buscar sitio para ubicar sus iglesias 13 .
No obst ante, aunque sean comunes las r eutilizaciones de áreas residenciales para la
situación de los complejos cultuales cristianos, tampoco son anómalos los
reapr ov echamientos de e structuras públicas p reex istentes. Foros, termas e, incluso,
edificios de espectáculos, se reutiliz an generalmente, de modo parcial, para ser
adaptados como ecclesiae cristianas.Serán las nuevas exigencias monumentales y
funcionales de esta r eligión las que provoque n u na necesaria reelaboración de la
arquitectura, en la que la estructura y fisonomí a de las antiguas co nstrucciones
12 GURT, J. M. - S ÁNCHEZ, I. , “La ci udades hispanas durante la antigüedad tar día: una lectura
arqueológica" en OLMO, L. (ed .), Recópolis y la ciuda d en la época visigod a, 20 08, pp.182 - 202.
13 CANTINO WATAGHIN, G. et alii, Op . Cit., 1 996, p.35 .
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
83
romanas -morfolo gía, accesos, sis temas d e cubrición, etc.- se vieron alteradas. En
muchos casos, la intencionalidad de estos reusos es fundamental en el nuevo
discurso ideoló gico d e l a civitas christiana , donde ad emás podemos señalar un
comportamiento algo di fere nt e de unas zonas a otras del Imperio. Valga como
ejemplo el interés por evitar la reutilización de sue lo pagano, es decir, los templos,
para la construcción de iglesias, es mucho más acusado en el territorio occidental
que en el orie nt al 14 .
5. Función fun eraria: de las funciones estudiadas, la funeraria es
probablemente la que tiene más vocación de continuidad. Así, e s común la
superposición de las áreas c ementeriales tardoantiguas sobr e las ne crópolis
romanas. Sin embargo, n o son escasos los ejempl os de formación de nuev as z onas
funerarias, y a que d esde el siglo II I d. C. se perc ibe una tendencia de los
cementerios suburbiales a cambiar de posi ción y , por lo general, a ir acercándose a
los límites de la ciudad 15 . El paso de las necrópolis de fuera de las muralla s a los
cementerios intra urbem va a caracterizar un proceso en el que, a demás,
observaremos como se ocuparán edificios abandonados. El d eseo de enterrarse ad
sanctos , desde el si glo IV, va a s er d ecisivo e n la estructura y jerarquía de los
cementerios urb anos. Por ese mot ivo, si hallamos ecclesiae que ap rovechan
antiguos espacios públicos para su ubicación, encontraremos también, en muchos
casos, el c ementerio contiguo que amortiz ará esa mi ma área. Ap arte de estos
cementerios r elacionados con complejos cultuales, hasta el si glo VII , ta mbién se
desarrollarán cementerios urba nos aislados de pequeño tama ño. Estos ocuparán de
modo ocasional espacios urbanos, otras ve ces, espacios conti guos a zonas
domésticas, y otras,anti guas áreas públicas ahora abandonadas 16 .
6. Función higi énico-sanitaria: la aparición de basureros dentro del perímetro
urbano es uno d e los fenómenos más ca ra cterísticos de la ciudad tardía.
Colmatando estructuras públicas abandonadas o a provechando solares abandonados
junto a estructuras doméstic as urba nas, van a dotar a la ciudad de un aspecto
14 ARCE, J., Op. Cit, 2006, pp.115 - 120.
15 CANTI NO WATAGHIN, G., Op . Cit , 19 99, pp.152 - 153.
16 So bre las prácticas funeraria s y su a fecció n a la to pografía urbana de las ci udades tard oantiguas, vid.
LAMBERT, C.M., Se polture e pratich e funerarie in contesto u rbano fra ta rda antichità e alto med ioevo
nell’Italia Settentrionale , T esis do ctoral, Univeridad de Rom a “La Sapienza”, 1994; CANTINO
WATAGHIN, G., Op. Cit ., 199 9, pp.158 - 160.
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
84
ciertamente pa rticular d e “manchas de l eopardo” 17 . El registro arqueológico que
tendremos de estos basureros dependerá si son de corta du ración como, por
ejemplo, fosas de ex polio que se re llenan en un pequeño espacio de tiempo y qu e
suelen tener un material arqueológico c ronológicamente similar o, en c ambio, de
larga duración que frecuen temente están formado por los complejos púb licos qu e
estudiamos y que, tras su abandono se amortizan como grandes contenedores de
basuras. La documentación de vertederos es importante para identifica r la dinámica
económica de la ciudad y, sob re todo, pa ra constatar que no estudiamos, salvo
algunos casos, ciudades abandonadas o con una baja densidad de población, sino
núcleos urbanos activos que harán uso del espacio de la ciudad según sus
necesidades puntuales 18 .
7. Función defensiva: las murallas son part e fu ndamental de la image n que
tenemos de la ciudad tardoantigua. Pese a que no se c onstru y en en todas, lo cierto
es que exist e un elevado número de núcleos urbanos que en el arco c ronológico qu e
va del siglo III al VI d. C. levantan unas nuevas o refuerza n las y a exist entes 19 . Sin
embargo, e l inte rés que tenemos por las murallas esconde una doble problemática
que no debemos perder nunca de vista: por un lado, las murallas de la ciudad
clásica son una construcción públi ca susceptible de ser amortizada y , por tanto, de
ser estudiadas dentro d e nue stra investi gac ión; y por otro, las nuevas murallas que
se construy en, en alg unos casos, reutilizan antig uas construcciones públicas,
defensivas o no, a dquir iendo e ntonces la funcionalidad defe nsiva a la que nos
referimos. En este proceso, obse rvamos cómo se r eutiliza gran c antidad de
materiales arquitectónicos procedentes d e construcciones públicas y, lo qu e es más
interesante para nuestr a investigación, se amortizan estructuras propi amente dichas
de estas edificaciones a la hora de construir las cintas murarias. Desde el
aprovec h amiento de los muros externos de fora hasta la inclusión de los edificios
de espectáculos como pa rte del lienzo de la mur alla, los ejemplos de r eutilizaciones
de espacios públi cos con funciones defensiva s son comunes en las ciudades
17 WARD PERKIN S, B ., Op. Cit., 19 84. CANTINO W ATAGHIN, G., Op. Cit ., 1999, pp.154
18 So bre vertederos en el mundo clásico y co n u n acer ca miento a la m isma cuestión pero en p eriodo
tardío, vid . DUPRÉ, X. - RE MOLÁ, J . A. ( ed.), Op. Cit., 2000; GURT, J. M. – SÁNC HEZ, I., Op. Cit .,
2008, pp.190-19 1.
19 J OHNSON, S., Op. Cit. , 1983 ; CHRIST IE, N., “War and order: urb an remodelling and d efensive
strategy i n Late Roman Ital y” en LAVAN, L. ( ed.), Recent resea rch in Late Antique urbanism , 2001,
pp.1 07-122.
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
91
2. 4. Objetivos finales: compr obación de hip óte sis de trabajo
Este trabajo de inve stigación pretende sistematiz ar la información
arqueológica ex istente de los espacios públicos ro manos de las ciudades de Hispani a de
modo que la información sea susceptible d e se r analizada, cl asificada y, sobre todo, de
ser comparada entre sí, para pode r crear así un marco de estudio específico para los
casos urba nos hispanos. La confrontación entre las diferentes e volucio nes de estos
espacios permitirá establecer si ex iste una corr elación directa entre los proc esos de
abandono, reoc upación y amortización de estos edificios – no necesariamente por este
orden- y si su funcionalidad original definirá, en algún sentido, su futura
transformación.
Los edifi cios o espacios públicos que estudiaremos serán conside rados, en
primer lugar, individu almente. Dentro de la Pení nsula, ciudad por ciudad, se analizarán
como un ente aislado. Consideramos que toda s las construcciones y los espacios
públicos estudiados atesoran las suficientes vicisitudes particulares y la intrahistoria
mínima necesaria como para no estimar de especial interés y utilidad el estudio de cada
caso y l a observación espec í fica de los respectivos patrones evolutivos. Si bien
reconocemos que podría mos haber actuado d e manera m enos precisa y d etallada, y
haber acudido a las tend encias principa les y a los rasgos básicos para tratar de perfilar
un proceso general, e ntendemos que solo a p artir de l ex haustivo conocimiento de c ada
edificio o espacio pued e llevarse a cabo un análisis global de conjunto que permita
comprender, identifica r y d elimitar las posibles conductas de actuación. En este sentido,
entendemos que en las t ransformaciones que viv irán estos edificios y es pacios resulta
necesario tener en cuenta que e xist en varios factores, al gunos ya insinuados, que van a
incidir en la evolución de los mismos:
a. Las caracter ísticas arq uitectónicas-constructivas,
b. La ubi cación en el tejido urbano,
c. La na tur aleza de la propiedad (pública, privada o eclesiástica),
d. L a sucesión de contingencias como incendios, inundaciones u otro ti po d e
desórdene s, debidos a causas antrópicas o naturales, que marcarán no solo el tipo de
transformaciones que tendrán lugar, sino, además, el momento en el que se producirán y
el alcance de las mismas.
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
92
Este primer análisis, nos servirá para caracterizar el tipo de transformación
vivida por el espacio concreto para establecer con poste rioridad la relación de e sta con
el resto de edificios públ icos del centro urbano y , finalmente, con el resto del tejido de
la ciudad. Si la información existente y la preci sió n en el análisis de estos espacios,
tanto en calidad como en cantidad, ha sido la requerida por este estudio, obtendremos
información suficiente p ara comprobar si este ha sido abandonado definitivamente, si se
trata de un abandono y después de una amo rtiza ción, o si nunca ha ex istido un
abandono y el espacio se ha reutilizado sin solución de continuidad, cas o en el qu e
tendríamos una clara pervivencia espacial.
En este sentido comprobaremos la nueva o nu evas funciones (doméstica,
productiva, comercial, religiosa, funeraria, higiénico-sanitaria, defensiva y polí tico-
administrativa) que adquiere el antiguo espacio público romano y si, en esta nueva
funcionalidad, existe únic amente una a mortizació n del espacio o, en cambio, hallamos
también una pervivencia estructural, que aprovecha parte de los paramentos del edificio
anterior para la nueva c onstrucción, o incluso una pervivencia funcional si, en sus
rasgos básicos, el espacio o edificio público romano sigue desempeñando el mismo
objetivo con el que fue pro y ect ado. L as relaciones entre los niveles estratigrá ficos
permitirá en muchos casos discernir si se trata de una amortización casual, sin una
planificación pr evia, o si en cambio exist e un nuevo programa constru ctivo, que no deja
margen a la improvisación. Tras comprob ar l as relaciones ex istentes entre la nue va
construcción y el espacio público anterior, y si los datos disponibles lo permiten,
comprobaremos si ha habido un cambio de p ropiedad, o si por el contrario, se mantiene
la titularidad pública.
El segundo análisis pondrá en relación las transformaciones se gún el espacio
público al que pertene zcan. Es decir, cada tipología de edificio o espacio públi co se
estudiará como un todo e n el que cabe una fenomenolog ía a mplia y variada. Esta
fenomenología, sobre tod o en cuanto al ti po, funci ón y evolución, será determinante a la
hora de marcar las transformaciones y pervivencias en los espacios p úblicos y su
intervención en los cambios que se dan en el núcleo urbano.
El tercer y últim o análisi s abandonara la escala m icroespacial, para confrontar
las transformaciones de los espacios públicos observa das desde la globalidad del
conjunto urbano al que pertenecen, de modo que podamos evidenciar si habrá algún
cambio en la evolución de las á reas públicas se gún pertenezcan a una z ona u otra de la
Península y , sobre todo, si se verán afectadas en algún modo por poseer o no una
I. La m orfología del cam bio urbano: la ciudad tard oantigua a debate
93
condición administrativa o religiosa determinada . Nos est amos refiriendo, en primer
lugar, a la condición de c apital, bien sea de conventus, provincia y en últi ma estancia de
la Diócesis, y en segundo lug ar, a la elevación a sede episcopal que algunas de estas
ciudades vivirán con la legalización del cristianismo durante la Antigüedad Tardía. Este
último análisis será fund amental par a tener una visión general del proceso de ca mbio
que afecta las ciudades d e Hispania y que las diri ge irremediablemente hacia el mundo
medieval. De este modo quedará patente que el devenir de los esp acios públicos
romanos desde el siglo III al V I d. C. va a m arcar el desarrol lo posterior de las ciudades
de la Península Ibérica. Las áreas de representación pública qu e defin ían la ciudad
imperial, como comprobaremos, pierden su r azón de ser durante la Tardoantigüe dad,
quedando inactivas indefinidamente hasta que se amorticen, si está reutilización tiene
lugar, con una nu eva fun cionalidad. De est e modo, el análisis de la topografía urbana a
través de la evolución de estos espac ios permite una visión global del centro urbano y ,
en caso de qu e permanezca, del origen de la futura ciudad medieval.
Bloque II. Las ciudades hispanas
y sus espacios públicos en la Antigüedad T ardía
97
II. 1. Mar co de Estudio: Hisp ania y sus c iudades
Como y a señalásemos al inicio de este tr abajo el objeto de estudio del
mismo es Hispania y , en concreto, sus núcleos urbanos. La elección de este marco
ge o gráfico, más allá d e cuestiones obvias como la cercanía al objeto de estudio, se
fundamentaba en la existencia de una p ersonalidad diferente d e la ciud ad
hispanorromana con r especto a la g alorromana, itálica, africana o la de las provincias
orientales y que, en consecuencia, la evolución de la misma durante la Anti güeda d
Tardía tendría unas pe culiaridades y unos rasgos que la caracterizarían. A partir de ahí,
la idiosincrasia particular de las ciudades y los espacios público s de la P enínsula Ibérica
y de l as Islas Baleares se convertían en el eje vertebrador del estudio.
Pese a que es innegable la ex istencia de desigualdades en el urbanismo de
tan vasto territorio y que no podamos nega r las diferencias entre las ciudades del
Noroeste peninsular y u na, por ejemplo, d e la Béti ca, es indudable que el concepto de lo
hispano prevalece, primero por la pertenencia a una clara unidad geográfica, la
Península Ibérica, separa da del resto del I mperio por el istmo rocoso de los Pirineo s, y
segundo, porque tra s las Guerras Púnic as y definitivamente desde Au gusto, la
consolidación de la administrac ión provincial sobre el sustrato prerromano peninsular
supuso una definitiva organización polí tica que fortaleció la sepa ra ción de las
provincias hispánicas d e otras zonas del Imperio, en este caso particular, con su
inmediato vecino galo.
La s ciudades hispanorromanas en general y sus espacios públicos en
particular son el r egistro arqueológico de este estudio que, aunque mutilado por la
continuidad de muchas de las ciudades desde la Antigüedad hasta nuestros días,
constituye la base sobr e la que se asienta n uestra hipótesis de partida que es,
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios públic os en la Anti güedad Tar día
98
precisame nt e, que la evo lución de los espacios públicos será la que definirá la post erior
morfología urbana t ardoantigua de nuestras ciud ades. Partiendo, como e s lógico del
orige n, la ciudad clásica , elegimos nuestras ciudades atendiendo, como ya señalamos en
el capítulo de dicado a la Metodología y al plan de trabajo , a todos aqu ellos centros
habitados que tuviesen una densidad demográfica alta en comparac ión con el ámbito
rural, un centro político/administrativo monume ntal y alguna, por lo menos, de las
infraestructuras públicas típicas de la ciudad. S in embargo, para pod er llevar acabo
nuestro estudio tuvimos que, y más allá de estos requisitos, seleccionar aquellos centros
que tuvi esen al menos un espacio pú blico con ocido y ex cavado y que además éste
tuviese algún tipo de información sobre qu e proc esos afectaron a sus estructu ras durante
la tardoanti güedad. D e este modo, y tras repasar concienzudamente los núcleos urbanos
que conforman Hispani a, el total final de ciudades estudiadas fueron el numero de
cuare nt a y cinco, esperando siempre qu e en el futuro a medida qu e aumente el
conocimiento de otros núcleos urbanos podamos completar el registro. P or otro lado,
debemos mencionar que no todas las ciudades tiene el mismo número de espacios
públicos, ni todos han sido excavados, ni mucho menos todos han registrado su
información siguiendo ningún ti po de pará metro o línea guía. Por este motivo,
decidimos, como ya explicamos en el c apítulo dedicado a la Metodología, realizar
primero una análisis de l os espacios públicos ciudad por ciudad y , después, uno general
por tipologías de edificios 1 .
En las páginas que vien en a continuación se de sarrolla el estudio de las
ciudades compuesto, pri mero, por una breve r eferencia a la historia de la ciudad,
después por un aparta do dedica do a la topografía urbana de la misma - Topografía
urbana - y , finalmente, el análisis de cada uno de los espacios públicos que la conforman
- Espacios públicos conocidos -. Este apartado, el dedicado a los esp acios p úblicos , hará
al inicio un breve repaso de su morfolo gía dur ante el Alto Imperio, p ara d espués pode r
enumerar y describir las transformaciones, en caso de que ex istan, que aquellos espacios
vivieron durante la tardoantigüedad. Por lo demás, como el objetivo últ imo el estudio es
tener una visi ón global d e la topo grafía urban a d e las ciudades hispanorromanas durante
el pe riodo tardoantiguo a través d e sus esp acios públicos, en aquellos cas os que exist a
un plano conocido d el centro urbano, realizaremos un nuevo plano en el que se señale n
1 vid. Anejos, en los que se reco gen las tabla s excel completadas con los principales aspectos que
analizamos.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios públic os en la Anti güedad Tar día
99
en que siglo inician las transfor maciones conocidas de los espacios públi cos de aquella
ciudad y que funcionalidades a dquiri rán, en caso de que cambien l a funcionalidad
original por una nueva. De las cuarenta y cinco ciudades estudiad as, ocho - Cartima,
Edeta, Gades, Malaca, Myrtillis, Olisi po, Regina, Sexy - s e encontrarán sin el citado
plano, bien porque todav ía no se ha realizado un p lano de conjunto de di chas ciudades o
bien porque el que existe se encuentra desactualizado y por tanto no nos sirve para dicha
empresa. El estudio in dividualizado de cada ciudad se ce rrará final mente con un
apartado dedic ado a la bibliogra fía referente a los estudios realizados sobre el núcleo
urbano, siendo espacial mente exhaustivos en lo referente a dicha ciudad y su
tardoantig üedad.
Mapa d e Hispa nia que ubica las cuarenta y ci nco ciudades a nalizadas e n el estudio
Retomando la cuestión de los planos de conjunto que re cogerán el momento
en el que se pr oducen las primeras transformaciones y las funcionalidades que los
antiguos espacios públicos adquirirán, para evita r tener que repetir la le yenda en cada
plano, a continuación, adjuntamos los colores que identificarán el si glo en el que se
inician las transformaciones y los iconos qu e r epresentan las nueve funcionali dades,
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios públic os en la Anti güedad Tar día
100
desarrolla d as en el capítulo de M etodología , que pueden afectar a los espacios públi cos
estudiados. P ese a que n uestro e studio se inicia en el siglo III , in cluimos el siglo II ya
que, en l a segunda mitad de este siglo, se inician en algunas ciudades las
trasformaciones de sus espacios públicos que, au nque tempranas, pueden considerarse
como características ya del inicio de la Antigüedad Tardía. Los colore s utiliz ados y los
iconos son los siguientes:
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
107
observada s directamente sobre el pavimento, lo que parece indi car que en este espac io
podrían realizarse l abores de transformación vinculadas con los trabajo s previos d el
vidrio 24 . Finalmente, aun que no quede d emasiado claro tras l a excavación, se ha
propuesto que la palestra es tuvo en uso, quizá como zona de circulación hacia otras
partes del taller o bi en como zona de almacena j e de materia o incluso d e desecho 25 .
El taller de vidrio estaría en uso durante la segunda mitad del siglo I V y gran
parte del siglo V, según los materiales halla dos durante el proceso de excavación. A
partir de este momento, el edificio se abandona nuevamente y sufre otro proceso de
expolio. Este ex polio irá ac ompañado
por el aporte intencionado de rellenos
que borrará cualquier tra za del edificio
termal. El relleno, que se realizó con
rapidez como se percibe de l aporte de
materiales cerámicos d el siglo V e
inicios del VI , obliterará el edi ficio
que quedará inactivo y convertido en
zona de vertedero 26 .
La últim a ocupación de l a zona tuvo lugar en el siglo V II, según se despre nde
de los hallazgos materiales como por ejemplo fragmentos de cerámicas focenses ta rdías.
Sin embargo, c abe desta car, que si bien los nuevos muros -de escasa calidad-, en alguna
zona puntual del espacio, rea provechan p arcialmente algún muro de la s termas, éstas
estrían casi completamente soterradas en este momento. Esta ocupac ión, que podríamos
señalar como doméstica, se iniciaría en la séptima centuria, p ero no irá más allá de ella 27 .
24 CASTAÑO, J. M. et a lii, Op. Cit., 2007 -2008, p .70.
25 Idem, p.71.
26 Ibidem.
27 Idem , pp. 71- 72.
Estructuras tardías ha lladas en las ter m as
(CASTAÑO, J. M. et a lii, 2 007- 2008)
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
108
Inicio de las trans formaciones y evol ución funcional d e los espacio s públicos
de Acin ipo en la tardoantigüedad .
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
109
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AQV AE FLAV IAE
· No mbre actual de la ciud ad: Chaves (Portugal)
· Coordenadas: U. T.M.: X= 626763.751 / Y= 462 1219.444
· División administrativa rom ana: provincia Hisp ania Citerior;
conventus Brac araugust anus; diocesis Hispanarum; provincia Gallaecia.
La ciudad de Aquae Flauiae 1 se encuentra en lo alt o de un cerro, próxima al
río Támega. Las aguas termales de la ciudad son parte fundamental de la misma, como
queda constatado en su topónimo. Aquae Flauiae nació como conse cuencia de una
mansio situada en l a vía XV II que Au gusto mandó construir, aunque no será h asta el
si glo I o p rincipios del II d. C. cu ando te nga lu gar su promoció n jurídica y
administrativa y se convierta en muni cipio, con to da probabilidad, d urante el reinado de
Vespasiano.
Pero si las noticias del pasado cl ásico son pocas, los pertenecientes al mundo
tardoantig uo son casi n ulas. Pese a ello, sabemos por fo rtuna que en el s. V Aquae
Flaviae tuvo un obispo, Hidacio, y por tanto fue sede episcopal, aunque no pod amos
precisar en qué momento se inició este obispado.
Topograf ía urbana
Aquae Flavaie es una cr eación ex no vo que se ubica sobre un altozano , al que
no se puede acceder desde todas sus laderas. El núcleo urbano, en época altoimperial,
estaba desprovisto de murallas y los lí mites de la ciudad, por des gracia, no se c onocen
todavía con precisión, aunque se ha señalado q ue, quiz á, haya qu e buscarlos en la
Avenida Tenente Val adin, en su lado más occidental, siendo el límite oriental el propio
río 2 . Sin embargo, se estima que la ciudad perdió dos tercios de la superfic ie urbana 3
1 Ptolo meo, II, 6, 4.
2 NÚÑEZ, S. - CURC HIN, L. A., “ Aqu ae Flavaie ” en NAVAR RO, M. - P ALAO, J. J., (textes réunis
par) , Villes et territoires dans le ba ssin du Do uro à l’époqu e romaine, 2007 pp.438 - 439
3 Idem, p.441.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güe dad Tardía
114
con la construcción del recinto bajo imperial, del que no sabemos demasiado, excepto
que A. Tranoy ha identificado materia les romanos a ltoimperiales re aprovechados en la
construcción 4 .
Recinto altoi mperial y baj oi mperial de Aquae Flaviae
(RODRÍGUE Z, A. - ALCORT A, E., 1 999).
Los vesti gios arqueoló gicos que conocemos a día de ho y de la ciudad romana
de Chaves son bastante escasos. Tenemos noticias de la existencia de unas termas, de un
teatro (o de un anfitea tro , ya que los arqueólogos no están se guros de l a tipología de
edificio de espectáculos, y a que desde el si glo XVII éste quedó despar ecido con l a
construcción de la murall a) y de la posible ubicación del fo ro. Por lo demás, se ha
señalado que la ciudad r omana se estructuró basándose en la planta ortogonal y p arece
que el cardo y d ecumanus maximi siguen las normas vitruvianas, cruzándose ambos
ejes en las en las actuales R ua Directa con la R ua Trinidade o, quizás, en Rua de Bispo
Idacio/Rua da Cadeia con la R ua da Trinidade 5 .
4 T RANOY, A., La Galice roma ine, 1981, p.410
5 NÚÑEZ, S. - CURCHIN, L. A., Op. Cit ., 2 007, pp.438 -439.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güe dad Tardía
115
Espacios públ icos co nocidos
For o
Como señalábamos con anterioridad, el foro 6 estaría situado en la zona
comprendida entr e la Rua Tulha, por el Oeste, prolongándose hacia la Iglesia Matriz de
la Rua Trinida d e, en el Este, mientras que por el Norte limita con la Rua del Bispo
Idacio y por el S ur queda limitado por la murall a. Esta zona es pr ecisamente el lu gar
más elevado de la ciudad, lo que pudo hacer precisamente que el foro se u bicase en es a
posición. P or otro lado, la epigrafía -como el a ltar monum ental dedicado a Júpiter
Optimo Maximo por la Ordo Municipalis - y el hallazgo de tambores de c olumna de un
metro de diámetro -su puestamente localizados in situ 7 -, estarían corroborando la
hipótesis.
Antigüedad Tardía
No tenemos datos arqueológico indiscutibles que nos permitan h ablar del
primer grupo episcopal, sin embargo, las ex cavaciones realizadas en torno a la I glesia
Matriz de Chaves, debajo de la cual esta ría ubica do el hipotético forum , demuestran un
nivel de ocupación dura nte los siglos tardo antiguos. Este hecho más el hallazgo de
algunos c apiteles y un sarcófag o 8 empujan a plantear la hipótesis de una posible
reutilización del foro con funcionalidad religiosa , llegándose incluso a seña lar que la
basílica paleocristiana de Hidac io s e encuentra bajo la actual iglesia 9 .
Termas
Actualmente, nada se conserva de lo que debieron ser las termas 10 de la
ciudad. Sin emba rgo, se ha podi do precisar que estarían ubicadas extramuros y que,
probablemente, habrían sido fundadas o restaura das por Vesp asiano 11 .
6 RODRÍGUE Z, A. - AL CORT A, E., " Aquae Flaviae (Chaves), ciudad romana: Balance y po sibilidades"
en RODRÍGUE Z, A. (coo rd.), Los orígenes d e la ciud ad en el n oroeste h ispánico , Vol. 2, 199 9, pp. 781 -
782.
7 Ibidem.
8 RODRIGUEZ, A., Aqu ae Flavia e II, 1999, p p.36- 40 .
9 RODRÍGUEZ, A. - ALCORT A, E., Op, Cit., 1999, p.782.
10 ALFENIM, R., " A barrage m de Aquae Fla viae", Conimbriga, XXX I, 1992, pp. 85 -98 ; NÚÑEZ, S. I.,
"Conj untos termales públicos en ciudades ro manas de la cue nca del Duero " , Zeph yrus , LXII, 2 008, p.164.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güe dad Tardía
116
Antigüedad Tardía
Hemos querido ha cer esta breve referencia, ya que, en el año 1696 12 se
conserva b an restos de este edificio, aunque n o sabemos si con añadidos o con
modificaciones, ni mucho menos, la funcionalidad que en aquel momento poseía . Pese a
que la información es escasa, podemos asegurar que en relación a estas termas existiría
por tanto una pervivencia espac ial y e stru cturas de las mismas.
Posible evolución funcional d el foro de Aquae F laviae en la tard oantigüedad.
11 CIL II, 34 4, 246 8; LEIT E, J., Medicina da Lusitan ia ,192 5, p.1 8. ALARCÃO, J . d e, Port uga l roma no ,
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p.52 ; NÚÑEZ, S. I., Op. Cit., 2008 , p.164.
12 GONÇ ALVES, M. “As Cald as de C haves e os militares”, Revista Aqu ae Fla viae , 2 , 198 9, p .77;
RODRÍGUEZ, A. - ALCOR T A, E., O p. Cit , 1999, p.79 0; RODRÍGUE Z, A. - ALCORT A, E., O p, Cit.,
1999 , pp.790 -791; NÚÑEZ, S. I ., Op. Cit., 20 08, p.164.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
123
Antigüedad Tardí a
Sin embarg o, a partir de la segunda mitad del sig lo III, comienza y a el
proceso d e abandono de las estructuras forenses, que se int ensificará en el siglo IV
cuando comprobamos qu e comienza a afectar incl uso al complejo de culto imperial. La
piscina del gran estanque monum ental se colmató a inicios del siglo IV, datándose
gracias las cerámicas africanas (Ha ye s 45, 46, 50 Ay B , e im itaciones de Hayes 23 B ,
181 y 182). En este momento, en el comienzo de la cuarta centuria, es cuando parece
que tiene lugar el arroje de la mayoría de las piezas escultóricas que apar ecen en el
estanque, lo que se ha r elacionado con la ex istencia de un posible e pisodio iconoc lasta
en la ciudad 17 , y a que los fragmentos, de gran c alidad, están depositados de forma
agrupada . El estanque qu edará totalmente colmatado y oculto bajo estructuras murarias
del siglo V 18 , momento en el que el proceso se intensificará con el inic io de una
importante cristianización topográfica del espaci o con la ubicación de u na necrópolis,
que algunos han querido relacionar con la existencia de una hipotética ba sílica que, en
principio, duraría hasta el siglo VIII 19 .
Contexto de la aparició n del reperteor io escultórico en el gran esta nque monu mental del fo ro
(ROMO, A. S . , 200 2).
17 ROMO, A. S . , Op. Cit , 2002, p.168.
18 Idem, p.158.
19 En la Fase II de las excavaciones d e la Plaza de E spaña de É cija se identificaron unas e st ructuras co mo
pertenecientes a la b asílica paleocristiana. No obstante, los datos están hoy en f ase de revisión por p arte
del equipo de la Fase II I. ROMO, A . S., In tervención arqueo lógica en la Plaza de Espa ña. Écija.
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et alii, Op. Cit ., 2005, p.260.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
124
La nueva funcionalidad funeraria que adquiere parte del antiguo espacio
forense tiene lugar, como decimos, después del abandono de parte de las estructuras en
el siglo IV, y se mantiene incluso durante el periodo islámico 20 . Las veintiséis tumba s
tardoantig uas doc um entadas reutilizan la co nfluencia del cardo maximus y el espacio
abierto que se ex tendía al norte del temenos , siendo su límite meridional el propio muro
del peribolos 21 . De hecho, este muro poseía un vano que se constituía como el acceso
noroccidenta l del recint o y que se tapi a en el siglo V pa ra configurar el espacio
funerario. El límite oriental era un muro de opus caementicium , que se adosa por el
extremo sur al peribolos , y qu e está revestido por su cara oeste de o pus testaceum y se
fecha en el siglo IV. El límite occidental sería la fachada de la domus de la insul a
oriental 22 .
Aparte de los enterra mientos, s e documentan otras estructuras como la que se
sitúa adosada al peribolos y que está con formada por un potente basamento de sil lares,
tambores de columnas, más otras piezas (algunas tan variadas como un pi e de prensa de
aceite) que debido a su estado no se puede ident if icar con segur id ad, per o que pudiera
ser la base de una pequeña torr e 23 . Además, el interior de la necrópolis que d a
compartimentado por d os potente s muros de sillares reutilizados, probablemente de
edificac ion es forenses, y otros materiales, como un ara fun eraria roman a, que se calzan
con ladrillos en las juntas. Estos dos m uros separan tres ambientes, orientados de oeste a
este, cu y as dimensiones son 9,64 por 2,22 el espacio de la z ona sur, 9,4 0 por 3, 74 el
ambiente central y, por último 9,17 por 6,29. Sin embargo, no se pueden precisar los
límites de la necrópolis, primero por el propio espacio de l a excavación y, después,
porque un pozo de cronología bajo mediev al g enera una interfacies de dest rucción que
impide que tengamos el tamaño r eal de la necrópolis.
Los muros "s ellaron y c onservaron la pa vimentación pública or i ginal,
consistente en grandes losas polig onales de cali za", lo que significa que apo y arían
directamente sobre el nivel al toimperial del complejo forense, funcio nando según
parece a modo de panteones. Los individuos, coloca dos en decúbito supino, tendrían
uno o varios ent erramientos asociados. En casi todos ell os, además, se documentan
vasos cerá micos, jarras o botellas situados junto a la ca beza o la cadera del individuo.
En tres casos aparecen re cipientes cerámicos. Solo una de las tumbas tendrá inscripción.
20 ROMO, A. S., Op. Cit . , 200 3, pp.111 -116 ; GARC Í A DILS, S . et a lii, Op. Cit ., 2005, p .260.
21 GARCÍA DI LS, S . et alii, Op . Cit ., 200 5, pp.261 -263.
22 Ibidem.
23 ROMO, A. S., Op. Cit ., 200 3, pp.111 -116 ; GARCÍA DILS, S . et alii, Op. Cit ., 2 005, p.263.
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125
Ésta reutiliz ará una placa de má rmol de grano fino p ara recoger la inscripción visigoda,
que se halló in situ, aun que con una fractura antigua. La inscripción, en la que parece
una cruz griega , está dedi cada a Sapatio que murió el 9 de febrero del año 659 24 .
Circo
El circo de Asti gi 25 , según lo que han aportado las más reciente s
excavaciones, s e sit úa en una franja de t erreno ex tramuros, en la zona no roccidental de
la Colonia. El edificio, que se construye sob re o cho hil adas de canto s rodados trabados
con arcillas en las que apoya el cimiento de opus caementicium, se erige en la segunda
mitad del siglo I, prob ablemente durante los principados de Claudio y Nerón 26 .
No se ha podido excavar el edificio en su tot alidad, aunque se conoce con
seguridad la prima meta y parte del podium y de la spina , de la qu e s e ha calcula do que
podría haber tenido una longitud superior d e 20 0 metros, lo qu e hace prever que se
tratase de uno d e los ma yore s de Hispania , solo por detrás de Toledo y Mérida 27
Antigüedad Tardía.
Según sus excava dores, e l edificio tendría una larga vida "hasta bien entrada
la Tardoantigüe d ad", atestiguándose una reforma en la Fase II de la intervención
realizada en la Avenida de los Emigra nt es nº25-27, que señala una refectio en la arena 28 .
Por otro lado, cabe señalar, que este sector de la ciudad queda despoblado en
un momento impreciso de la Antigüedad Tardía, quedando abandonado hasta que se
ubique, en el siglo XV, un conve nto augustino. Con anterioridad a esta construc ción
muy poco sabemos d e la evolución de esta z ona, a ex cepción de la aparición en l a
esquina de Plaza de Colón con la Avenid a d e los Emigrantes, d e una inhumación
construida con ladr illos, cubierta a dos aguas y sarcófag o de plomo 29 .
24 GARCÍA DI LS, S . et alii, Op . Cit ., 200 5, pp.266 -269.
25 CARRASCO, I. - JÍME NEZ, A., Op. Cit ., 2 008 , pp.11 - 26.
26 Idem, pp.17- 18.
27 Idem, p.21.
28 Idem., p.25.
29 RODRIGUEZ, I., " Notas acerca del urbanism o de la Colonia Augusta Firma Astigi " en Actas del I
Congreso sob re Historia de É cija, 19 88, p.109; CARRASC O, I. - JÍMENEZ, A., Op . Cit ., 200 8, p.13.
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Inicio de las trans formaciones y evol ución funcional del foro de Astigi en la tardoantigüedad .
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ASTV RICA AUGV STA
· Nombre a ctual de la ciudad: Astorga
· Coordenadas: U. T.M.: X= 247867.681 / Y= 4706234.146
· División administrativa romana: provincia Hispania Cit erior;
conventus Asturum; dioceis is Hispanarum; provincia Gallaec ia.
Asturica Augusta es un núcleo urbano que sur ge tras la fin alización de las
Guerras Cántabras, a partir del ca mpamento milita r establec ido en el interfluvio de los
ríos Jerga y Tuerto 1 . La posi bilidad -todavía no confirmada con se guridad - de que
existiese un pasado prerromano de la ciudad, se mantiene sin embargo como una
hipótesis factible por la mención de Ptolomeo de Asturia como la ciudad perteneciente a
un pueblo astur y, ad emás, por la aparición en el solar u rbano de estructuras
arquitectónica s consideradas prerromanas y alg un os de objetos de carác t er indígena.
El origen de la ciudad romana está directamente relacionado con la ocupación
militar del territorio, tras la conquista del Noroeste. L a vida del campamento, del que
todavía no queda claro si era una inst alación de campaña o un estable cimiento más
duradero , fu e relativamente breve, y a que a finales del reinado de Augusto o inicios del
de Tiberio, el asentamiento mili tar vivió un importa nte impulso constr uctivo que lo
convirtió en una auténtic a ciudad, promocionand o a ciuitas peregrina 2 . No queda claro
del todo si Asturica Aug usta acaba convirtiéndose en municipio en este momento 3 o no
pero como señala A. Tran oy e s probable que la c iudad, y pese a que ella fue el centro
administrativo más importante de la zona, no hubi ese adquirido este estatut o jurídico, en
el momento de la re o rganización administrativa del Noroeste 4 ,
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3 P ara V. García Marco s y J. Vidal, la ciudad será ya municipiu m d esde el perio do augusteo, como Lucu s
Augu sti, vid. GARCÍA, V . - VI DAL, J . M., " Asturica Aug usta : recientes investigaciones sobre su
implantación y desarrollo urbano" en FERNÁNDEZ, C. ( coord.) Los Finisterres Atlá ntico en l a
Antigüed ad (Gijón, 1995 ). Homenaje a Ma nuel Fernández -Mirand a , 1 996, p.135.
4 T RANOY, A., La Galice Romaine. Recherches sur le nord ouest de la péninsule ibérique dan
l’Antiqu ite , 1981 , pp. 203-20 4.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
130
Durante el periodo flavio, la ciudad se c onvertir á en el c entro del Conventus
Iuridicus Asturum, lo que fa vorecerá el auge constructivo 5 . L a vitalidad urbana parece
ser una constante hasta el siglo III, momento en e l que se inicia la decadencia de la
mima coincidiendo, y en esto están de acuerdo la ma y oría de los investigadores, con el
fin de la a ctividad de las minas de la zona 6 . L as primeras r eferencias a la ciudad en
relación con el cristianis mo las tenemos ya en la carta de Cipriano 7 , obispo de Carta go,
pero con seguridad sabemos que será sede episcopal desde el siglo I V (Hi dacio, c. 338-
470), no obstante esto no va a mejorar la situación de ruina que vivi rán gran parte de sus
edificios 8 , si bien es cier to que será durante la tardoantigüedad cuando se construy e la
muralla y cuando, además, la ciudad incrementa sus funciones e im portancia políti co
administrativa.
Topograf ía urbana
A finales del siglo I d. C. o inicios del sig lo II d. C., el núcleo urba no tenía
una extensión de ca. 27 hectárea s, aunque exist e la posibilidad de que fue se algo más
grande. La planta o rtogonal de la ciudad es probablemente heredera de la primitiva
planta del campamento y sitúa el foro en uno de los lu gares más elevados de la ciudad,
lo que provoca una diferenciación del núcleo urb ano en dos sectores y un a variación en
la orientación de los ejes viarios.
La primera organiz ación del núcleo urbano, al igual que los primigenios fosos
defensivos, muestra una orientación Noro este-S uroeste, marcada en gran parte por la
propia topografía del cerro. Esta pri mera or ga ni zación se mantendrá sobre todo en la
mitad occidental del sentamiento, siendo ésta l a más re gular de todo e l núcle o. El
colapso del acantonamiento militar tiene lugar, c omo hemos señalado con anterioridad,
con los primeros julio claudios, siendo con Tiberio cuando se erigen las primeras
5 GARCÍA, V. - VID AL, J. M., Op. Cit., 1996, p.1 35.
6 DOMERGUE, C., “Dix -huit ans de rec herche (1 968 - 1986) sur les mines d’or ro maines du nord-ouest d e
la Péninsule Ib érique” en Actas del I Co ngreso Interna cional de Astorga Romana I I (Astorga, 1986 ) ,
1986 , pp.38 -42; GARCÍA, V . - VIDAL , J. M., “R ecen t Archeological Resear ch at Asturica Augusta”,
Proceedin gs of the British Academy , nº 86,1995, p p.389 -390.
7 TEJA, R., " La carta 67 d e S. Cipriano a las co munidades cr istianas de León -Astorga y M érida: algunos
prob lem as y solucione s" en Cri stianismo y acultura ción en tiempo s del Imperio Ro mano, Antigüedad y
Cristianismo, VI I, 19 90, pp.115 - 124.
8 GA RCÍA, V. – VID AL, J. M., Op. Cit., 19 95, p.390
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
131
edificac ion es públi cas y domésticas 9 . Las insulae más gra nd es serán las elegidas para la
edificac ión de las estruc turas públicas que s e co ncentran, en su ma yoría, en la part e
central de l a ciud ad, no a sí el foro, que se construye en la parte meridional del cerro que
es la parte m ás elevada del mismo.
Reconstrucción de la red urbana d e Asturica A ugusta , basa da en
García Vidal y Sevillano (BURÓN, M., 20 06).
La forma del recinto urbano no es completam ente rectangular porq u e el
estrechamiento que sufre el cerro en el espigón más meridional obli ga a tomar una
forma li geramente triangular. Esta disposición topográfica e s, con to da se guridad,
responsable de l la diferente orienta ción de las vías a las que nos referíamos antes. La
zona norte, desde Puerta del Rey y la esquina nororiental , dibuj a un plano ortogona l de
430 por 380 metros, con insuale cuadradas. La parte meridional, en cambio, estaría
ocupada en gran parte por el foro y sus calles parecen haberse ordenado a partir del
lado meridional del rec into triangular 10 . L as vía s que han podido ser identificadas
poseen una anchura de e ntre 4 y 7 metros, aunque algunas pudieron ser ligeramente más
anchas, aunqu e según V. García Ma rcos y J . M. Vidal Encinas, nin guna fue más ancha
9 BURÓN , M. Op. Cit., 20 06, pp.289 - 292.
10 SEVI LLANO, A. - VI DAL , J ., Urbs Magnifica. Una aproximación a la Arqueo logía d e A sturica
Augu sta , 2002, p.34 .
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
132
de 9 o 10 m. La s calles tendr ían pórticos, por lo menos en uno de sus lados, como
ocurre en las calles de López Peláe z, Puerta Obispo, Obispo Gr au y la Plaza de Calvo
Sotelo 11 .
La evolución d el núcleo urbano du rante el periodo tardoantiguo es todavía
mal conocido, sin embar go, parece claro que, de los pocos datos arque ológicos que se
han podido obtener, el área habitada quedará restringida al espacio que rodea el recinto
amurallado, que comienza a construirse a final es del siglo III 12 . C abe des tacar qu e, si
bien, siempre se ha señ alado la de cadencia d e la c iudad a partir del si glo III , lo cierto es
que en esa c enturia y la siguiente, se comprueba como los espacios domésti cos se
seguirán dotando c on b ellos pavimentos e incluso algunos de ellos con áreas termales 13 .
Edificios y e spacios públicos c onocido s
For o
El foro 14 de Astorga o cupa casi por completo el tercio orien tal de la
plataforma donde se ubica la ciudad, siendo ésta la parte más señalada del conjunto
urbano no solo topog ráficamente, sino también por sus dimensiones. De ti po ce rrado,
planta cuadra ngular y de ca .185 m. de lado y ocupando algo más de 31.000 m², e stá
delimitado por un doble pórtico que rod earía l a to talidad de la plaza públic a. En tres de
sus lados tiene estancias de planta también rectangular, las tabernas. Su construcción se
hizo en su totalidad en opus caementicium , lo que confiere un a robustez a sus
estructuras que, cuando menos, asegurar su p erdurabilidad en el tie mpo 15 . Est á
orientado norte sur , axialidad que respetan los edificios integrantes del complejo.
De este espacio público se cono cen especialmente dos elementos: la
estructura abovedada cen tral, conocida como “ergástula”, y el edificio que sobr esale en
el lado más occidental y que se identificó con u n Aedes Augusti . El pri mero de ellos
posee una planta en f orma de rectáng u lo a bi erto en uno de sus la dos, que fue
identificada por A. B alil c omo un criptopórtico, por su gran parecid o con otros
11 GARCÍA, V. - VIDAL, J . M., Op . Cit., 1 995, p p.376- 377.
12 BURÓN, M. Op. Cit., 200 6, pp.307- 308.
13 Ibidem.
14 SEVILLANO, M. A., El Forum d e Artúrica, 2005 ; BURÓN, M. Op. Cit., 2 006, pp.298 - 300.
15 SEVILLANO, M. A., Op. Cit., 20 05 .
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
139
Inicio d e las transform aciones y e vo lución funcio nal de lo s espacios público s d e Asturica Aug usta en la tardoantigüed ad.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
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BAELO CL AUDIA
· Nombre a ctual de la ciudad: Bolonia, Tarif a.
· Coordenadas U.T.M.: X= 260210,552 / Y= 3992827,803
· División administrativa rom ana: provincia Hispania Ulterior;
conventus Gaditanus; diocesis Hispanarum; provincia Baetica.
La c iud ad de Baelo Claudia, citada tanto po r Estrabón como P linio y
Pomponio Mela 1 , se sitúa a 53 mill as romanas de Gades, en el florec i ente marco d el
Estrecho de Gibraltar, beneficiado sin duda por la prosper idad lograda gracias al
comercio del garum y l os salazones. Conocido desde anti guo, el núcleo nace como
ciudad estipendia ria de Roma, probablemente conformada en un primer momento por
habitantes que bajaron del oppidum de la Silla del P apa 2 . Con Au gusto, el pequeño
centro urbano adquirió el derecho latino y, finalmente, con Claudio, se guramente en
relación con su aventajada economía, la categoría de municipium, como queda
atestigua do por el pede stal de un tal Pupius donde se puede leer M(unicipium)
C(laudium) B (aelo 3 ).
La ma yor parte de e dificios públicos se c onstru y en entre los a ños 50 y 70 d.
C., reemplazando construcciones au gustea s. La estratigrafía no muestra dudas con
respec to a esta sit uación, si en cambio la explicación y a que , si bien, tradi cionalmente,
se proponía que con Claudio -y para adecuar el centro monum ental al nuevo rang o de la
ciudad- se ha bía llevado a cabo una importante remodelac ión de los espacios públicos
de la ciudad 4 , en los últimos años y , gracias a las investigaciones de P . Silliers y su
equipo, se ha propuesto la hipótesis alternativa de la e x istencia de un terre moto a
mediados del si glo I d. C., que hab ría obli gado a la reconstrucción no s olo del centro
monumental, sino también de los espacios domésticos de la ciudad 5 .
1 Estrabó n , Geogr , II I, 8; Plinio , Nat. Hist., III , 7 y V, II; P omponio Mela , Corografia , II , 9.
2 SILLIÈRES, P ., Ba elo Claud ia. Un a ciudad roman a de la Bética , 1 997, pp. 9-10 y 67- 68.
3 LE RO UX P . et alii," Un document nouveau s ur B elo (Bo lonia, pr ovince d e Cadix): l 'inscrip tion d e Q.
Pupius Urbicus" , Archivo E spañol de Arqueología , 4, 1 975, p.140.
4 LE GAL L , J., " A B elo (Andalo usie): p roblè mes d'urbanisme r o m ai n d'après les fo ullies réc etes",
Comptes rendu s de l'Aca démie des In scriptions et Belles - Lettres, 1980, p.724.
5 SILLIERS, P ., "I nvestigaciones arq ueológicas en B aelo: b alance, interpretac i ón y p erspectivas" en
SÁNCHEZ, C. (ed.), I Jornadas In ternacion ales d e Ba elo Claud ia: balance y perspectivas (1966 -2 004 ),
2006, pp. 45- 47.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
144
Mi entras que el terremoto del siglo I d. C. plantea dudas, existe la certeza
que, en e l siglo III d. C., un movimiento sísmico a fectó a la ciudad, causando e l
derrumbamiento de algunos de sus edificios más emblemáticos. Todo apunta a que, tras
el terre moto, la ciudad se mantuvo mucho tiempo en ruinas 6 , hasta que se retome la
actividad urba n a, aunque ésta no consista en la r econstrucción de los edificios sino en
nivelar sobre los esco mbros y en no retirar los derrumbes d e algunas calles. Sin
embargo, su po blación perdurará, s eguramente, hasta el si glo V II 7 , aunque convien e
recor d ar que la ciudad no ll eg ará a ser sede ep iscopal y qu e, a ex cepción de algún
documento epigráfico 8 , es muy escasa la información de la que disponemos sobre su
cristianización.
Topograf ía Urbana
Baelo Claudia se ubica al borde del estrecho de Gibraltar, ocupando po co
más de una decena de he ctáreas 9 y extendiéndose por una reducida lom a de unos 300 m.
de ancho, entre la cañada del Arro yo de las Viñas y la de la Chorrera Jim énez. La
ciudad baja es la p arte principal de la ciudad, comprendiendo no solo la pla ya y l as
fábricas de s alazón -fundamentales pa ra la e conomía de la ciudad -, sin o también el
decumanus max imus y el foro. Los templos de la ciudad se construyeron do minando el
foro y l a parte b aja d el n úcleo urbano, sobr e una t erraza artificial, mi entras que el teatro
y las te rmas se situaron precisamente en la unión de la ciudad alta y l a baja.
Desde el periodo augusteo, la ciudad quedó perfectamente or ganizada con
una trama ortogonal y definida por una muralla con puertas monum entales , que se
mantendrá como perímetro delimitador del espacio urbano durante la Antigüedad
Tardía 10 . Sin embargo, como señalábamos con anterioridad, los espacios p úblicos que
identificas se construyen de nuevo a mediados de l siglo I d. C. , aunque adaptándose al
trazado urbano establecido en el periodo anterior. La prosperidad de la ciudad parec e
6 SILLIERS, P., Op. Cit., 19 97, pp.147 - 15 2; idem, 2006, pp. 44- 47.
7 SILLIERS, P. , Op . Cit., 1 997 , pp .62-63; CEPAS, A., C ris is y co ntinuidad en la Hispa nia d el siglo III,
1997, pp.208-21 0.
8 BONNEVI LLE, J. N . et a lii, Belo V. L'épigraphie , 1988, nº 134 y 135; SILLIERS, P., Op. Cit., 2006,
p.50 .
9 En las publicaciones más rec ientes se se ñala q ue, en co ncreto, se tr ata d e13 hectár eas; SILLIERS, P.,
Op. Cit., 1 997, p .9 .
10 SÁNCHEZ, I. , "Las ciudades de la Bética en la Antigüedad tardía", A ntiquité Tardive , 18 , (en prensa).
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
145
continuar hasta finales del siglo II, cu ando al gunos edificios como el macellum 11 y
basílica 12 se abandonan prematuramente. No obstante, la transformación fundamental de
la ciudad tendrá lu gar a partir de l siglo III cuando tenga lugar el terremoto que echó
abajo gra n p arte de la ciudad.
Planta de Baelo Claudi a con sus principale s edificios hacia e l siglo II d . C.
(FINCKER, M. - SILLIE RES, P ., 2 006).
11 DIDIERJ EAN, F. et alii, Belo II I. Le Macellum, 1986, p.97 y 102; SILLIERS, P., Op. Cit., 1997, p .57.
12 LANCH A, J. et alii, "La seizième campagne de fouilles d e la Casa de Velázquez à B elo en 1981
(Bolo nia, pro vince de Cadix)", Mélanges de la Casa V elázquez , XVIII, 1982, p.425 ; SILLIERS, P., Op.
Cit., 199 7, p.57.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
146
A partir del siglo IV, como ex plica P. Silliers "los baelonenses hicieron tabla
rasa del pasado: demolieron los lienzos de muro que amenazaban ruina, igualaron todo
y p areció una nueva ciudad que bien poco s e parecía a la antig ua. Se hiz o una
ordenac ión urbana completamente dist inta, que no respetaba ni si quiera la red de calles
anteriore s y el centro mo numental anti guo" 13 . P or lo demás, en la Anti güedad Tardía, la
población se extendió , sobre todo, en la z ona monumental, entre la basíli ca y la puerta
oeste, además de la zona de los templos, es decir, fundamentalmente la parte baja de la
ciudad 14 . Cabe destacar q ue, el nivel de ocupación de la ciudad tardía, s e encue nt ra
situado a un metro, aprox imadamente, por en cima de los suelos de los edificios
altoimperiales. Se gún las estrati grafías de l a terraza del c apitolio, del santuario de Isis y
del macellum , e sta t ransformación se produjo durante el periodo constantiniano 15 .
Espacios públ icos co nocidos
For o
El foro se encuentra l imitado por el norte -sobre una terraza elevada sobre el
resto- por los templos capitolinos . En su lado corto septentrional s e dis puso el área
capitolina en un espacio sobreelevado mediante u n podio, al cual se accedía por sendas
escaleras latera l es y delante del que se disponía una fuente, una tribuna de are ngas y
sendos sacella de culto dinástico; en época neroniana , aunque con probables
antece d entes augusteos, se constru ye ron tr es templos sobre la plataforma sobreelevada,
conformándose un amplio espacio de culto cu y o p ronaos pudo ser la propia explanada y
sus cellae los templos que albergaría n los simulacros de las deidades capitolinas 16 . En
su lado sur, el espacio del foro estaba cerrado por la Basílica. En el est e, estaba n los
establecimientos comerciales y tabernae, separadas de la plaz a por un pórtico L a curia,
la sala de votaciones, el tabularium y un templo, estaban en el lado oeste.
13 SILLIERS, P., Op. Cit., 19 97, p.61 .
14 Ibidem.
15 SILLIERS, P., Op. Cit., 20 06, pp.55- 60.
16 SILLIÈRES, P., “Le Capitol e de Baelo Claud ia : un cas d ’incohérence de datacio ns ar c héologique et
stylistique et un exe m ple de solution s”, A nas , 7-8, 1994 -95, p p. 285 -298; SILLIERS, P., Op. Cit., 1997,
pp. 87 -96; BONNE VILLE, J. N. et alii, Belo VII. Le Cap itole , 20 00.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
147
Antigüedad Tardía
La s inte rvenciones arqueológicas pusieron de relieve que a finales d el siglo II
d. C., algunas zonas del foro, en concreto la basílica 17 , habían sido abandonadas. Sin
embargo, no ser á hasta el siglo III d. C., en relación con el seísmo que afectó a la
Bética , cuando el foro quedará en ruinas. Va rios muros de los templo s del capitolio
quedan totalmente en ruinas, como la cella del templ o C, tot almente hundida 18 . También
el templo de I sis y la curia vieron como sus muros se desplomaban 19 , casi c omo
cortados po r la base, y no volvieron a recuperars e. Por su lado, el templo A, parece que
también en el siglo III , verá como se abandona, aunque y a a finales de este mi smo
siglo, re reforma, par a que ya en el IV se eleve la cota de uso y se mantenga, se gún sus
excavadore s, aparentemente con la misma función, hasta el siglo VII. El templo B, por
su parte, t ambién se guirá en uso h asta el si glo V II, au nque con un uso diferente, qu e no
se especifica 20 . Sea como fuere, en el área de los termos habrá una ocup ación que se
constat con muros añ adidos de l siglo V y VI en la z ona norte y , sobre todo, en el área
del templo de Isis 21 .
En ge neral, desde m ediados del siglo IV, los niveles de de stru cción del áre a
forense serán cubiertos por capas g ruesas de tierra que sirvie ron para nive lar y, de este
modo, permitir que nuevas construcciones, en e ste caso domésticas, se estableciesen
sobre el antiguo solar d el foro. Las viviendas h arán uso de los sillar es de calcarenita
para la base de sus muros, mientras que el alzado se habría hecho en tierr a. Se cubrirá,
con estos espacios domésticos, tanto la plat aforma del foro, como la zona de los templos
y la que va d esde la b asílica hasta la puerta Oeste 22 . Entre los si glos V y VI, las
viviendas ocuparán también la zona del santuario de Isis 23 .
17 LANCHA, J. et alii, Op . Cit, 1982, p.425.
18 SILLIERS, P., Op. Cit ., 1997, p. 5 8 ; BONNEVILLE, J. N. et alii, Op. Cit., 2000.
19 SILLIERS, P., Op. Cit., 19 97, p. 59.
20 CEPAS, A., Op . Cit., 1 997 , p.210.
21 DAR DAINE, S. et alii, " Belo: le temple d 'Isis et le forum", Mélanges d e la Casa de Velázquez , XXI II,
1987, pp. 65- 105; CEPAS, A., Op . Cit., 19 97, pp.210 - 211.
22 SILLIERS, P., Op. Cit., 19 97, p.61.
23 CEPAS, A ., Op. Cit., 19 97, p.2 10; BERNAL, D. , " Ciuda des d el " Fretum Gad itanum " tar doantiguo :
pesquerías y co mercio trans mediterráneo en época bizantina y visi goda" en OLMO, L. ( ed.) Recó polis y
la ciud ad en la época visigo da), 2008 , pp. 368 -369.
23 SILLIERS, P., Op. Cit., 19 97, p. 57.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
148
Macellum
El macellum 24 altoim perial (fig. 5.2 ), que s e erige a finales del siglo I d. C. 25 ,
se sitúa en la e squina sudoeste del foro y posee unas dimensiones 30,40 (N- S) y 23,10
(E -O) metros. El edificio contaba con una acera por delante de la fachada, accesible por
medio de dos escaleras laterales. Tras el pórtico, se abren a la calle cuatro tabernae , dos
a cada lado de la pu erta principa l. El p atio interi or, dotado con una tholus macelli , se
encuentra a medio camino entre la planta rectangular y la circular. En el interior se
abren un total de 10 ti endas, sobre las que hab ía un segundo piso de menor altura,
accesible por dos escaleras situadas en la s tiendas de las esquinas.
Antigüedad Tardí a
A finales del si glo II d. C ., algunas de las tiendas del ma cellum y a no están en
uso 26 . Sin embargo, no se rá hasta el si glo III, en concreto a fin ales de este si glo, cuando
se produzca parcialmente la perdida de la funcionalidad del espacio, cuando el patio del
edificio se convierte en vertedero 27 . No existe una pérdida total de l a f uncionalidad
original, porque mientras en el patio se utiliza como el vertedero y l as t ie ndas int eriores
habían queda do cubiertas por la ca ída de las techumbres, las tabernas que se abrían al
decumanus maximus seguirán funcionando 28
Desde mediados del siglo IV, y tr as el terremot o y el probable periodo de
ruina que l e siguió, se llevará a cabo un a nivelación sobre los edificios derruidos s e
comprueba cómo la zona del macellum va a ser su stitui da por unidades domésti cas qu e,
de hecho, se m antendrán en uso hasta el siglo VI 29 .
Termas
La s termas 30 de Baelo C laudia son un edificio que ha traído no pocos
desencue nt ros. Si bien, R. Etienne y F. Ma ye t con sideraron que se trataba de un edificio
de baños t ardoantiguo, c onstruido entre m ediados del si glo III e inicios del siglo IV, P.
24 DIDIERJ EAN, F. et alii, Op . Cit., 1986; T ORRECILLA, A., " Aproximación al e studio de los macell a
romanos en Hispan ia", Cæsara ugu sta , 2007, 78, p.478 - 479.
25 DIDIERJ EAN, F. et alii, Op. Cit. , 1 986 , pp. 78 - 103.
26 DIDIERJ EAN, F. et alii, Op. Cit ., 1 986 , pp.97 y 102; SI LLIERS, P., Op . Cit., 1 997, p. 57.
27 SILLIERS, P., Op. Cit., 19 97, p. 58.
28 DIDIERJ EAN, F. et alii, ., Op. Cit ., 1 986 , pp.96-10 3; SILLIERS, P., Op. Cit., 1997, p. 58.
29 CEPAS, A., Op . Cit., 1 997, pp.210 -212; BERNAL, D., Op. Cit., 2 008, pp. 363 -383.
30 SILLIERS, P., Op. Cit., 19 97, pp.162 - 163.
II. Las ciud ades hispanas y sus espacios públ icos en la Anti güedad Tardía
251
En relación con la n ecrópolis, cuya ma y or parte ocupa la escalinata frontal de
acceso al antiguo templo republicano, aunqu e se han hallado más sepultu ras dentro la
cella, tuvieron lugar una serie de transformaciones en la z ona como, por ejemplo, el
expolio de materiales de la escalinata del podium, que continúa durante el siglo VI, o la
amortización de la escalinata de acceso al te mplo para la creación de una gran
plataforma ho rizontal. Esta sit uación, más el rec recimiento de los muros perimetr ales
del templo, ha permitido hipotetizar que en el lugar donde se ubicaba el templo
republicano se habría constru ido, como decimos, un edificio cultua l cristiano 30 ,
alrededor del cual se habría establecido la
pequeña necrópolis. Sin embarg o, D.
Bernal considera que esta iglesia s e
habría establecido poc o antes de la gra n
necrópolis, con toda probabilidad en la
primera mitad del siglo V I "quizá
anterior a la p resencia bi z antina en el 533,
si tenemos en cuenta la a parición en estos
contextos de otros mate riales, como las
ánfora s sudhispánicas del tipo Almag ro
51c (CRT98/A/FT/5/35) y Kea y XV I
(CRT97/A/FT/5/92), cuya producción se
mantiene hasta precisamente inicios del
siglo VI" 31 .
La s últimas investigaciones sobre la necrópolis tardorromana,
tradicionalmente c onsiderada como hispano visigoda, han pr opuesto que quizá se trate
de una necrópolis biz antina -destacando espe cialmente dos broches de cinturón
metálicos 32 - y qu e, además, la población tenga un posible carácter mi litar, ya que lo s
individuos enterrados son hombres y adultos. Se ha querido r elacionar, de hecho, la
30 ROLDÁN, L., Op. Cit., 19 92, p.38 ; ROLDÁN, L. et alii, Op. Cit., 1998, pp. 107; BERNAL, D., Op .
Cit ., 2006 , p.454.
31 BERNAL, D., Op. Cit ., 2 006 , p.455.
32 RIPOLL, G. , "Los hallazgo s de época his pano -v i sigoda en la región del E strecho de Gib raltar" en I
Congreso Internacio nal E l Estrecho de GIb raltar (Ceuta, 1987), 1988, p .1130; BERNAL, D. , " La
presencia bizantina en el litor al andal uz y en el E strecho d e Gibraltar ( s. VI -VII d . C.). Análi sis de la
docu m entació n ar queológica y no vedad es de los últimos años" en II I Congreso de Historia de A ndalucía
(Córdoba, 2 001), 2 003, pp.4 8- 49.
Necrópo lis tardorroma sobre el foro
(ROLDÁN, L. et alii, 200 3)
II. Las ciud ades hispanas y sus espacios públ icos en la Anti güedad Tardía
252
existencia de esta necrópolis con la destruc ción de la ciudad por los visigodos 33 . Sin
embargo, a falta de estudios conclu y entes, la filiación y el carácter de los en terramientos
sigue quedando e n el ámbito de la hipótesis 34 .
Termas
La s te rmas públicas de la ciudad 35 se ubican en la zona baja de la ciudad,
cerca d e la muralla ho y de saparecida en este tr amo. Aunque no han sido e xcavadas en
su totalidad, lo que se conoce de ellas ha permitido señalar las principal es fases de la
misma y la problemática general de estas inst alaciones balnearias. El edifi cio se eri ge a
finales del siglo I d. C., aunque entre los siglos II y III d. C. sufrirán una importante
remodelac ión. En cuanto a la té cnica constructiva, buena parte del edificio está
realizado en opus vittatum -sobre todo en la fase más antigua de su construcción- que
emplea fund amentalmente la piedra caliz a y sillares de calcarenita en las esquinas ,
umbrales y otras zonas donde es necesario r eforzar los muros. En las sucesivas
ampliaciones y reformas que sufre el edificio se opta por otros sis temas c onstructivos,
como el opus caeme nticium y el uso de otros materiales, sobre todo, ladrillos de
distintas dimensiones y ti pologías 36 .
Antigüedad Tardía
A finales de la tercera centuria o ini cios de la cua rta se construirá un muro de
contención o aterra zamiento, apareciendo ya un epígrafe dedicado a Publi us Perillius
reapr ov echado en la con strucción 37 . A partir de es te momento, comienza el fenómeno
de ocupación de las termas por estructuras que en principio parecen de carác ter
doméstico. De hecho, aparece un opus signinum perte neciere a est as estructuras que,
además, queda cubierto por una capa de sedimentos compuesta po r f auna quemada,
cerá mica de almacenaje y co cina, restos dispersos de carbón, que esta rían indicando que
33 SALAVDO R, F., Hispa nia meridio nal en tre Roma y el Islam , 1 990, p.268 ; BERNAL, D., Op . Cit .,
2006 , p.457-45 8.
34 BERNAL, D., Op. Cit ., 2 008 , p.373.
35 PRESEDO, F. - C ABALLO S, A., " Infor m e de la ca mpaña arqueológica de 1985 en el yacimiento d e
Carteia (Sa n Roque, Cadiz)" , Anu ario Arqu eológico d e Andalucía 1985 , 1987, p p.387 -391; RO LDÁN, L.,
Op. Cit., 1 992, p p.124-129 ; ROLDÁN, L. et a lii, Op. Cit., 2003 , pp.241-250.
36 GARCÍA, M. et alii, "Actuaciones en las ca nalizaciones de las term a s de Carteia " , Almoraima, 33,
2006, p.56.
37 B ERNAL, D. et alii, " El abandono de Carteia en el siglo VI d . C. r esultados de la actuación
arqueológica en la zo na baj a de la ciudad " en GURT , J.M. - RIBE RA, A. (eds.) VI Reu nió d’ Arqueologia
Cristiana Hisp ànica (València 2003 ), 2005, p. 426.
II. Las ciud ades hispanas y sus espacios públ icos en la Anti güedad Tardía
253
la z ona se habría reutilizado como lugar de habita ción hasta, por lo menos el siglo VI 38 .
La característica común a estas estructuras tardoanti guas será l a reutiliz ación
ge n eralizada de elementos constructivos y la mala calidad de los muros, muchos de
ellos ubicados sobr e los pavimentos originales, q ue en ese momento se encuentran ya
bastante destruidos 39 .
Recientemente se ha propuesto que las transformaciones del siglo I V -en las
que se amortizan las let rinas, se ciegan los desa gües y se tapian habitaciones - podría
haber tenido un uso posiblemente industrial, vinculado a la producción d e salazones que
aprovec h a algunas de la s canalizaciones anteriores y las piscinas. Esta hipót esis surge
como consecuencia de l a aparición de abundante cantidad de malacofauna y de varias
piletas realizadas en opus signinum -asociadas a esta é poca- y un suelo pavimentado
con material constructivo cerá mico reutiliz ado 40 .
El abandono d efinitivo y derrumbe d e las estructuras termales que aún
permanecían en pi e y de la amortización del si glo IV, como decíamos, tiene lugar a
inicios del siglo VI. Las formas cerámicas aparecidas -Ha yes 82B, Hayes 194, sigillatas
lucentes, luc ernas tipo Atlante VIII, etc. - más la ausenc ia de cerámica ti po Ha yes 99,
cuy a producción arranca entre el 525 y el 530, y producciones m ás tardías como Ha ye s
104 tardías y Ha y es 105, ha servido para señalar el 530 las últim as décadas de vida de la
parte baja de las termas 41 . Los potentes paquetes estratigráficos señal an una im portante
colmatación de las estru cturas, que h abría tenido lugar como resultado d e la paulatina
destrucción de los edificios, pero sin un incendio o una acción violenta que lo produz ca.
Tras el abandono de la zona, que parece haber sid o una proceso generalizado en la parte
baja de la ciudad, a finales del siglo V I y durante el siglo V II se inst alará un núcleo
cementerial, con 17 sepulturas, ubicado sobre las termas 42 . Cabe señalar, además, que
el uso de esta necrópolis coincide con la del foro, creando por tanto dos ámbitos
funerarios sincrónicos e "infiriendo la exist encia de dos po sibles lugares de hábitat de
hábitat difere nciados " 43 .
38 Ibidem.
39 ROLDÁN, L., Op. Cit., 1992, p.12 3.
40 GARCÍA, M. et alii, Op . Cit ., 2 006, p p.69- 70.
41 BERNAL, D. et alii, Op . Cit., p.427.
42 PRESEDO, F. - CAB ALLOS, A ., Op . Cit., 1 987, pp.387 -391; CEPAS, A., Op . Cit., p . 222.
43 ROLDAN, L . et alii, Op . Cit ., 20 03, p.284 ; BERNAL, D., Op . Cit ., 20 06, p.459.
II. Las ciud ades hispanas y sus espacios públ icos en la Anti güedad Tardía
254
Planta de las ter mas de Cartei a. La sala 14 - ca ldarium- pudo ser reutilizada
como iglesia (G ARCÍA, M. et a lii, 20 06).
La necrópolis, fase final de la amortización de las termas, reflejada en la
rotura del pavimento de la habitación 7. L as últimas investigac iones en l a zona de las
termas han puesto de relieve la existencia de un edificio , que reutiliza el caldarium
(núm.14 en el plano) y q ue se ha interpretado como una se gunda i glesia de la ciudad 44 .
Esta posibilidad radica, fundamentalme nte, en la estructura absidial del edificio, la
datación tardorromana y la cerca nía con la necrópoli s 45 .
44 ROLDAN, L . et alii, Op . Cit ., 2 003, pp.284 - 285 ;BERNAL, D. et alii, Op. Cit., 2005, pp.426- 427;
BERNAL, D., Op . Cit ., 20 06, p.4 59; GARCÍA, M. et a lii , M., Op. Cit ., 2 006, p.70 ; BERNAL, D ., Op.
Cit., 200 8, pp. 372 -373.
45 Ibidem.
II. Las ciud ades hispanas y sus espacios públ icos en la Anti güedad Tardía
255
Inicio d e las transform aciones y e vo lución funcio nal de lo s espacios público s de Carteia en la tar doantigüed ad.
II. Las ciud ades hispanas y sus espacios públ icos en la Anti güedad Tardía
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CARTHAGO SPARTIA
· Nombre a ctual de la ciudad: Cartag ena
· Coordenadas U.T.M.: X= 678244 / Y= 4163576
· División administrativa rom ana: provincia Hispania Ci terior;
conventus Carthaginense; dioce si s Hispanarum; provincia Carthaginenesis
La ciudad que en época clásica fue conocida como Carthago Nova recibe en
época tardía el nombre de C arthago Spart i , que si bien no había sido utilizado con
profusión con anter ioridad, si que había sido empleado en el periodo a lto imperial por
Plinio, Livio o Apiano y después por el Itinerario Antonino.
En alg unos puntos de la ciudad se ha n documentado restos ibéricos que
inmediatamente se relacionaron con la Mastia indígena que citan las fuentes 1 . De hecho,
existen trazas d e un habitado del que no conocemos ni el espectro cultural que ocupa ni
las dimensiones, pero qu e en cambio nos sirve p ara establecer qu e Asdrubal no hará su
fundación sobr e un solar deshabitado. Su ubicaci ón estratégica constitu y e a esta ciudad
como una de las centros urbanos más importantes durante el periodo bá rquida, como
capital del territorio cartaginés en Ibe ria y además retaguardia y aprovisionamiento de la
empresa militar cartaginesa en la Península. Tras la conquist a roma, la ciudad junto a
Ampurias y Gades, se va a convertir en uno de lo s puertos fundamentales y ejes vitales
de comunicación en torn o a los cuales gira el comercio del Mediterráneo con la el suelo
hispano 2 . Su promoción jurídica a c olonia parece tener luga r en époc a de Cesar, c omo
premio por su apo yo a este bando, aunque esta h ipótesis plantea todaví a alguna duda 3 .
Sin embargo, lo que es se guro es que a partir de este momento Cartagho Nova no
perdió su posición c ardinal en Hispania tanto es tratégicamente como comercialmente,
siendo la capital de la Hispania Citerior durante el siglo II y I a. C.
Tras la reforma dioclecianea, y tras un period o algo crítico vivi do entre
mediados del siglo II y el siglo II I, la ciudad se convertirá en capital de la provincia
1 RAMALLO, S. F. , La ciu da d roma na de Cartha go Nova: la do cumentación arqueológica , 1989;
RAMALLO, S., " Cartagena en la Antigüedad: estado d e la cuestión. Una r evisión quince año s d espués"
en XXIV Con greso Nacion al d e Arqueo logía , 19 97, pp.11 -12;
2 Estrabón, I II, 4, 7.
3 RAMALLO, S., Op. Cit., 19 97, p.13.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
260
Carthaginensis y finalmente, de la Hispania bizantina 4 . C abe destacar además que la
ciudad se convertirá en sede metropolitana, como lo atestigua la presencia del obispo
Héctor e n el Concilio de Tarr agona en el 516 y de Liciniano, en la se gunda mitad del
siglo VI 5 .
Topograf ía urbana
El solar urbano donde se asienta la ciudad se ve condicionado por una
topografía acc id entada 6 compuesta por cinco colinas -que rodena a lo qu e podríamos
considerar una p enínsula - y sus co rrespondientes corredores inte rmedios que, como era
probable, condicionan la disposición y orientación de l urbanismo . Como dec íamos, la
arqueología está d emostrando la existencia de u na inst alación a nterior a la fundación
bárquida de la que sin embargo no tenemos es tructuras a excepción d e una posible
cabaña de planta oval co n pavimento de ti erra api sonada 7 y otras estructuras en el cerro
de S an J osé 8 . No queda c laro si el poblado anterior fue destruido por los cartagineses o
si fue absorbido por la nueva fundación. Del periodo bárquida, el mejor testimonio es
parte de la muralla que q ueda en la z ona meridional del cerro de San J osé y que cierra el
único acceso natural al i nterior del recinto urbano 9 . Tras l a conquista de Escipión -de l a
que de momento no podemos asegurar si fue acompañada o no por l a devastación de la
ciudad-, en las últim as décadas del siglo II a. C., la ci udad vivió un gran impuls o
económico que facilitó la remodelación urb ana, que queda patente en la ampliación de
zon as portuarias y la urbanización de nuevas zonas del solar.
Pese a que la promoción a colonia tuvo lugar con Cesar, el desarrollo
monumental de la ciudad no acaece h asta época medio -augustea. Con ant erioridad, son
4 RAMALLO, S., " Carthago Spartia , un núcleo bizanti no en Hispan ia " en RIP OLL, G. - GURT , J. M.
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II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
267
de los vertederos que aparecen se pueden sit uar en época bizantina, lo que ha servido
para señ alar que el din amismo comerc ial que se atribuía a las centu rias anteriores
continuó durante e l si glo VI y VII.
Aparte d el uso dom éstico y artesanal, en el foro vamos a document ar un
parcial uso funerario del mismo. Se halló una inh umación infantil en ánfora en el p atio
porticado de la sede colegial, más otras tres situadas en el decumanus que delimita la
plaza por el sur, 43 . S in embargo, no es un uso funerario masivo, sino q ue, en realidad, da
la se nsación que es un a situación circunstancial r elacionada con la entorn o de degra do
del espacio for ense y q ue aparece tanto e n
relación al mismo como en el entramado
urbano circundante. De hecho, que en estos
momentos la ubica ción d el foro sea periférica
con respecto a la ciudad tardía ha p ermitido
plantear la hipótesis, según S . Ramallo y J.
Vizcaíno, que éste pudiese formar p arte del
entorno de los ejes de acceso a la ciuda d
crea ndo algo similar a un "cinturón funerario" 4 4 .
Termas de la Calle Honda
El edificio termal de l a c alle Honda 45 se encuentra ubica do entre el for o y la
zona portuaria, al pie de la ladera meridio nal del Cerro del Molinete. Es una
construcción pública que ocupa ca. 440 m 2 , que se exti enden de forma longitudinal, y
que está for mada por dos peque ñas piscinas, conducciones hídricas, tres hipocaustos y
un horno. No podemos asegurar sin dudas cuando se constru yó, aunque uno de los
43 NOGUERA, J. M. et alii , Op . Cit ., 2009, pp.284 -285.
44 RAMALLO, S. F. - VIZCAÍ NO, J ., Op . Cit., 2 007 , pp.510-514; NOGUERA, J. M. et alii , Op. Cit .,
2009, p.287.
45 MART ÍNEZ, M., " Las termas ro man a s de la calle Honda" , Memorias de A rqueología. 1982 - 1988 ,
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Necrópo lis tardoantigua empl azada sobre el
entramado urbano de época altoimperial
(RAMALLO, S. F. et a lli, 20 10).
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
268
elementos más si gnificativos, un fra gmento d e arquitrabe y un c apitel jónico de
travertino rojizo, parecen llevarnos a cronología julio -claudia 46 .
Antigüedad Tardía
El complejo termal se remodela en el si glo V y es la fase que m ejor queda
documentada. La evolución posterior del conjunto termal está marcada por una
persistente utilización de sus estructuras. Según su ex cavador, M. Martínez. "el úl timo
momento de ocupac ión de las termas corresponde a l siglo I V de nuestra Era. L as
cerá micas en contradas en el estrato más pro fundo del praefurnium así parecen
demostrarlo. En ese momento o tal vez poco an tes debió producirse la últ ima refor ma
del recinto y posiblemen te algunas reparaciones del hipocausto mayor" 47 . Sin embargo,
S. F. Ramallo lleva la reforma del edificio, como decíamos, h asta el siglo V 48 ,
documentándose un am plio uso de materiales de otras construcciones 49 . Tras esta
remodelac ión, en la colm atación del edificio, s e documentan cerámicas de los siglos VI -
VII d. C., que mar can una amplia utilización del edificio. S e ha propuesto que e l
edificio, en e l periodo bizantino, hubiese continuado funcionando com o un espacio
termal, aunque el ri co deposito cerámico pudie ra ser también parte de un vertedero
instalado sobre las temas 50 . L a posibil idad del vertedero cobra sentido, sobre todo,
porque contiguo a él, dentro de una de las piscinas, se ha do cumentado el uso
doméstico, que se confi rma igualmente en el e ntorno 51 . La proliferación de material
cerá mico mu y fragmentado e incompleto aso ciado a material ós eo d e animales, y la
usencia, identifi can este espacio como un hábitat doméstico y un vertedero de
cronolog í a de los siglos V y VII d. C 52 .
46 RAMALLO, S.F., Op. Cit., 19 90, pp.161 - 178
47 MARTÍ NEZ, M., Op. Cit., 1 997, p.13.
48 RAMALLO, S. et a lii, " Contextos cerá micos d e los siglos VI -VII en Carta gena" , Arch ivo Espa ñol de
Arqueolo gía , 69 , 1996, pp.136 - 137;
49 Acerca del m aterial reutilizado, MARTÍNE Z, M., 1983, “Excavaciones arqueológicas en el casco
antiguo de Carta gena” en I Jo rnad as de A rqueología de las ciu dades a ctuales su perpuestas a las an tiguas,
Zaragoza, 1983 , p .16; RAMALLO, S.F., 198 9, La ciudad roma na de Carthago Nova: la d ocumen tació n
arqueo lógica , 198 9, p.157.
50 MADRID, M. J. et alii , Op . Cit., 2000, p.35 9; VIZCAÍNO, J., Op. Cit., 20 09, p.351.
51 ROLDÁN, B. - DE MIQUEL, L., Op . Cit., 2 000, pp .394; NOGUE RA, J . M. et a lii , Op. Cit ., 2009,
p.28 5.
52 RAMALLO, S.F., Op . Cit., 1 990, p.165;RAM ALLO, S. et alii, Op. Cit., 19 96, pp.13 6 -137; MADRID,
M. J. et alii, Op. Cit., 2000, p.359; RAMALLO, S. - RUI Z, E., Op . Cit., 2 000, p.308.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
269
Teatro
El teatro romano de Cartagena 53 a diferencia de lo que ocurre con el anfiteatro
se conoce desde h ace po cas décadas. Situado en l a ladera noroccidental de l Cerro de la
Concepción, qu edó cubierto en parte por la llamada Catedral Vieja, cuyas
cimentaciones se intercalan con parte de la sust entación de la cavea . El edificio, qu e
ocupa unos 5000 m 2 , se ha visto perjudica do por una intensa ocupa ció n humana que
llega hasta ho y, qu e co mo consec uencia ha inci dió notablemente en la f isonomía del
mismo.
Parte del solar que después ocupó el teatro -por lo menos en la zona m ás baja-
según se desprende de las excavaciones, estuvo precedido por estructuras de ti po
habitacional con vivi endas unifamiliares de ti po it álico, constatándose además
estructuras d e almacena miento que estarí an en relación con el pue rto . La elección de
este solar para la erección del tea tro tuvo en la pendiente del cerro uno de sus motivos
fundamentales, ya que e n ella se excava la parte central de l graderío, mientras que los
flancos laterales se levanta ron en opus caementicium . El teatro, que se ina ugura en el 5
a. C., ti ene un aforo de 7000 espectadore s y u n a cavea con un diámetro de 87 m.,
articulándose en tres sectores o maeniana . La orchestra , que separa el escenario d el
graderío ti ene un diámetro de 13 m y entorn o a ella se estruc turan las tres filas
escalonadas de la proed r ia . En la parte posterior de la escena se d esarrolla el porticus
post scaenam , que ubic ado a un a cota infe rior que el cuerpo escénico, qu edaba formado
por un jardín u un pórtico de doble galería que rodeaba un amplio espacio porticado 54 .
Antigüedad Tardía
El teatro de Carthago Spartia no estará en uso más de dos siglos, pasando
prontamente por un periodo de abandono, como pudo documenta r en la zona del
hyposcaenium "por unas tierra s rojizas con abundantes cenizas y un gran número de
tegulae planas y de imbrices pro cedentes con seg u ridad de la cubierta superior d el
scaenae frons, caídas e n un mom ento en e l que había desparecido ya el pavimento de l
pulpitum o proscaenium. Las cerámica s asociadas a estos estratos datan de la seg unda
53 RAMALLO, S. et a lii, " T eatro romano de Cartagena. Una a pro ximación preliminar" en RAMAL LO, S.
F - S ANTIUST E, F. (ed s.), Te atros romanos de Hispania. Cuaderno s de arqu itectura romana , vol. 2
1993 , pp. 5 1 -92; RAMALLO, S., "La ar ticulación de los espacios externos e n el teatr o roman o de
Cartagena" , en MÁRQUE Z, C. - VENT URA, A. (ed.), Los teatros roman os de Hisp ania. III Jornadas
Cordobesas de Arqueo logía Anda luza. Córdoba , 2002, 2006, pp .291 - 310; RAMALLO, S. et a lii, Mu seo
Teatro Roma no de Cartag ena, 20 09.
54 RAMALLO, S. et alii, Op . Ci t., 20 09, pp.195 - 203.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
270
mitad del siglo II d. C . ( Ha y es 8, 9, 6, 18. Dragendorf 27, 29). Estas fechas de abandono
o transformación pa rcial están en relación con un período de crisis que afectó a la
ciudad y que ha sido constatado en amplios sectores del solar urbano e incluso en
algunas zonas del F oro" 55 . S obre estos niveles de abandono, y gracias a los materiales
que aparecieron en los niveles de aterrazamientos, documentamos la construcción de un
nuevo edificio público en el si glo V. El arc o de tiempo que transcurre entr e el abandono
y la nueva constru cción es bastante amplio, sin e mbargo, no qu eda claro que ocurre en
esos siglos, pues los niveles intermedios habrían sido completamente elimi nados cuando
se constru y ó el nuevo edificio, queda ndo únicamente un pavimento de argamasa y
piedra de pequeño tama ño que está cortado por una de los espacios del nuevo edificio 56 .
La nu eva construcción t endría un mar cado carácter comercial y se hab ría
extendido sobre el pulpitum , que se hab ría nivela do con la plataforma del fro ns scanae .
Sobre esta niv elación se ex tendieron las tabernas, que pa ra salvar el desnivel del foso
del hyposcenium (rellenado con sillare s d el teatro piezas d e carácter ornamental y en
especial sillares de aren isca procedentes prob ablemente del frons pulpiti .), re alizaron
unas im portantes cimentaciones 57 que re utilizaban gran cantidad de elemento s
arquitectónicos y decor ativos d el frente escénico, como son capiteles, ba sa s, arquitrabes,
etc. El edificio se abrió hacia el sur y daba hacia un espacio libre, quizá una calle o un
patio, y de ahí se accedía a un espacio absidiado ubicado sobre la ima cavea, que
ocupaba prácticamente el espacio de la orchestra. P arte de los mate riales constructivos
del cierre de la cavea se utilizaron e n la construcción de la escalera que p arte d esde la
plaza y va h acia la parte superior de la construcción 58 .
La s tabernae se constru y eron con grandes sillares de caliza gris y are ni sca,
alternados con lienzos de piedra mediana bien escua drad a, ad emás de capiteles y
cornisas de mármol blanco de época julio -claudia 59 . La s quince tabernae ub icadas en el
sector del antig uo prosc aenium vieron como ba sas, fustes, capiteles, cornisas o incluso
un fragmento del ara de Minerva , se insertaron en sus muros , mientras que losas d e
caliza gris reutilizadas se utilizaron para el pavimento. P ese a esta profusión de
materiales expoliados, según S. Ramallo y E . Ruiz hubo interés por ocultar aquellos
55 RAMALLO, S. et alii , Op . Cit., 19 93, p.56.
56 Idem, p.57.
57 Idem , pp. 56- 58.
58 Ibidem.
59 LÁIZ, M. D. - RUI Z , E., " Área d e tabernae tardorro man a s en Cartage na", Antigü edad y Cristianismo ,
V, 198 9, p.432.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
271
materiales, incrustándol os dentro de los paramentos de piedra 60 . L as ta bernas que
tuvieron una anchura de unos 2'50 metros no estuvieron en a ctivo mucho tiempo, y a qu e
en la ex cavación que se l levó a cabo en 1986 s e d ocumentó un nivel de ceniz as con T. S.
clara D , que nos marca el abandono de la estructura comercial a finales del siglo V 61 .
Planta del teatr o con la estruct ura co mercial del siglo V so bre él.
(RAMALLO, S. et alii, 2009)
Sobre el proceso de spol ia de materiales en el teatro, J. Vizcaino seña la que
"la cavea , excepto en el sector inferior, se ve desprovista completamente de todas sus
piezas calizas. El hecho de que presente un aspecto mayorita riamente homogéneo, lleva
a deduc i r que el pro ceso debió p roducirse muy rápidame nt e (inmediato a la
construcción del m ercado), y además, b ajo la dirección de una o pocas iniciativas". Esta
particularida d es espec ialm ente interesante a la h ora de determinar si hay un uso casi
60 RAMALLO, S. - RUI Z, E ., "Cartage na en la ar queología bizanti na en Hispania : estado de la cuestión"
en GURT, J . M. - TENA, N. (eds.), Op. Cit., 2 000, p.314; VIZCAÍNO, J., “Reutilización de material en la
edilicia tard oantigua. El caso d e Cartagena”, MASTIA , 1, 2 002, p .207-220.
61 LÁIZ, M. D. - RUI Z, E ., Op . Cit., 1989, pp.425 - 433; MURCIA, A. J. et alii , " Conjuntos ce rámicos
tardíos de las e xcavacio nes en el teatr o r omano d e Cartagena" en GURT , J. M. et a lii (ed s.), 1 st
Internatio nal Con ference Late Ro man Coa rse Wares, Cooking Wares a nd A mphora e in the
Mediterranean : Archa eology and A rchaeometry (Barcelona , 14 -16 ma rzo 2002), 2005 , pp.1- 36.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
272
ininterrumpido de las estructuras y, sobre todo, si estamos ante un interés p or parte de la
administración de mantener la prop iedad como pú blica 62 .
Parte de las estructuras co merciales y su reconstr ucción 3D (R AMALLO, S. et alii, 2009)
La fase si guiente, l a del domino bizantino, va a traer consigo la ocupación del
antiguo solar teatro-m ercado con un barrio de ca s as y almacenes que s e di stribuirá por
los escalones de la cavea y d e la escena 63 y que, según Viz caino, dado el fuerte carácter
comercial que t endrá el barrio, podría relacionarse con el abastecim iento de la
guarnición militar ubicada en el inm ediato castillo de la Concepción 64 . L a nueva
estructura se asentará sobre los niveles de abandono de los siglos siguientes,
adaptándose a la topografía y reutilizando también abundante materia l del teatro y del
mercado 65 . L a zona del proscaenium y el adit us se ocuparán con viviendas bastante
regulares, distribuyéndose casi paralelamente a la línea de la escena. Las viviendas
situadas en la ima y media cavea , en cambio, serán men os regulares, y adoptarán una
posición radial, fosilizando la curva que ha ce la forma del teatro. Las casas dispondrán
de elementos típicos como hornos, piletas, banc os a dosados e , incluso, bajo sus
pavimentos circulan can alizaciones par a la ev acuación de a guas. L os para mentos serán
de piedra s de mediano t amaño sin escuadrar tra badas c on barro y los p avimentos de
tierra apisonada 66 . L as z anjas de cimentación han da do materiales como cerámica s
africanas Ha yes 99C, 103, 105, 107, cerámic as toscas de p roducción local tipos
62 VIZCAÍNO, J ., Op. Cit, 2002, p.207 - 215.
63 RAMALLO. S. - RUIZ, E., "Bizantinos en Cartagena: una revisión a la luz de los n uevos h allazgo s",
Anna ls de l'Institut d'Estudis Giron ins , XXXVII I, 199 7, pp.120 3 -1209; RAMALLO, S. - RUI Z, E., Op .
Cit ., 2000 , p.314.
64 VIZCAÍNO, J ., Op. Cit, 2009, pp.230 - 23 1.
65 VIZCAÍNO, J ., Op. Cit, 2002, pp.210 -213.
66 RAMALLO. S. - RUI Z, E ., Op . Cit., 1 997, pp.1 204-12 05; idem , Op . Cit ., 2000 , pp.314 -315.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
273
Cartagena 1.4, 3.1, 11 y 12, así como ánforas o rientales Kea y LIII A y a fricanas Kea y
XXVIG, LXI y LV, lo que da una cronología de mediados del si glo VI para este
barrio 67 . A finales de este mismo siglo, se pro ducirá una int ensa remodelación del barrio
que significará una ma yor compartimentación de los espacios, recrecimiento de algunos
muros y la repa vimentaci ón de algunas estancias.
La s estructuras h abitacionales, que tienen des de formas rectangulares, a
trapezoidales y triangulares, se enc u entran separadas por calles estrechas e irregulare s,
que se caracterizan por estar compuestas por una capa mu y endurecida, asentada sobre
una gravilla compactada 68 . L as c alles y las habitaciones fosili zarán parte de la estructura
original. De hecho, la mayor parte de los nuevos muros se apo y an en los antiguos muros
del teatro, de este mod o "el esquema bá sico sobre el que se articulan las distintas
habitaciones está sustent ado sobre muros maestro s, en su mayoría radiales al arco de la
cavea, a los que se a dosan o se tr aban los m uros que determinan los distint o s
compartimentos" 69 .
Barrio bizantino ubicado sobr e el antiguo teatro de Cartagena (VIZCAINO, J ., 20 08).
67 RAMALLO. S. - RUI Z, E ., Op . Cit., 1 997, p .1208.
68 Idem, p. 1205.
69 Idem , p .1205.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
274
El final del barrio resi dencial bizantino se relac iona con un proceso de
destrucción que colmató la ma y or part e de las estructura s habitacionales. L a
colmatación se car acterizó por un estrato de adobes disueltos pertenecientes a los
alzados y esquistos disgre gados que podrían p ertenecer a las cubie rtas. Gracias al
análisis de las cerámicas aplastadas en el moment o de la d eflagración d el barrio, se data
el pr oceso a finales del siglo VI o inicios del VII. L as cerámicas importa das que
aparece n son mate riales caracter ísticos de los contex tos bizantinos del norte de África
(como sigillatas africanas de los tipos Ha y es 99, 105, 91 D, etc.), lucernas con tem as
cristianos en el disco y , además, cerámicas toscas de producción local 70 . Ante esta
cronolog í a, Ramallo señ ala que la destrucción de l barrio coincide ento nces con las
fecha s transmitidas por San I sidoro para la deva stación de la ciudad tras la conquista
visigoda. Tras este episodio de destruc ción, los nive les documentados marcan un
proceso generalizado de abandono, hasta la construcción de un barrio artesanal en época
islámica, es dec ir, a partir del siglo IX d. C 71 .
Anfiteatro
El anfiteatro de la C arthago Nova se enc uentra bajo la a ctual plaza de tor os
de la ciudad, construida entre 1853 y 1854, y que aprovecha parte de los muros radiales
del anfiteatro . L os restos del edificio son por ta nto visibles durante la E dad Media y
Moderna. Sobr e su evolución en el periodo t ardío, solo sabemos que el edificio fu e
abandonado en el sig lo II d. C 72 .
Horre um de la Plaza de los Tres Reyes
Cerca de las termas de l a c alle Honda, exist e un complejo formado por dos
amplios espacios rectangulares, que queda n divididos en su in terior por pilastra s que
flanquean un patio abierto. Se ha señal ado el posible carácter mercantil y /o comercial d e
estos, estableciendo una clara comparación con los almace nes portuarios y horrea de
70 RAMAL LO, S. et alii, Op. Cit., 1996, pp.136- 137; RAMALL O, S. F., Op. Cit. , 2 000 . p p.5 96-597;
VIZCAÍNO, J ., Op. Cit, 2 009, p.233.
71 Ibidem.
72 PÉREZ, P. et a lii, Op. Cit. ,1995 , p.91 -117; VI ZCA ÍNO, J ., Op . Cit, 2002, pp.208 -209.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
275
ciudades como Aquileia, Milán o Treverís 73 . Las est ructuras, que limitan con la calzada
de la P laza de los Tres Re y es por los lados Sur y Norte, h acen uso de material
procede nt e de otras estructuras, ocurriendo de igual modo en este edifi cio porticado
situado en el lado Sur. P ara l a columnat a de fachada, emplea cuatro basas toscanas, dos
basas ática s, un tambo r de fuste con astrágalo decorado y otros cinco tambores lisos 74 .
Muralla
Carthago Spartia debió estar amurallada durante el periodo bárquid a y el
romano como docum entamos gracias a v arios e pígrafes aparecidos en la ciudad. S in
embargo, a duras p ena s conocemos el encintado romano de la ciudad y como
consecue n cia mu y po co sobre su evolu ción. No queda claro si dur ante l a Antig üedad
Tardía se utilizará el viejo ce rco o si se levanta u no nuevo durante los siglos IV y V o
incluso durante el period o bizantino 75 . Ramallo y Vizcaíno apo y an la hipót esis de una
reducc ión del c erco murario que seguramente habría reutiliz ado materiales de otras
edificac ion es para l a nueva construcción. De he cho, recientemente, se ha propuesto
además qu e alguno de los edificios público podrían haber quedado englobados en la
nueva línea defensiva qu e transcurriría entre los Cerros de la Concepción y el Molinete,
por el mismo lugar por el que después pasaría l a muralla de época mod erna, probable
causante de la desaparición del registro arqueológico. Es más, en concreto, se refieren al
augusteum de la calle C aballero, el templo capit olino, la c uria de la calle Ada rve o los
porticados de la plaza forense qu e, quiz á, no habrían s ervido solo como cantear de
materiales, sino qu e quizá pudiesen haber sido integrados en la construcción defensiv a.
En este senti do, se ha apuntado el hecho de que e l edificio que limita el augusteum por
su lado occidenta l ha que dado englobado en la fortificación de época mod erna 76 .
73 RAMALLO, S.F., Op. Cit., 2000, p.59 0.
74 MADRID, M. J ., “ El conjunto ar queológico de la P laza d e los Tres Rey e s ( Cartagena): Elementos
arquitectónicos” en XXIV Cong reso Nacio nal de Arqueolog ía, (Cartagena , 1 997) , vol.4, 1999, pp .89 -96;
VIZCAÍNO, J ., Op. Cit, 2 002, pp.208 - 211.
75 RAMALLO, S. F. - VIZC AÍNO, J. , Op. Cit., 2 007, pp.494-522; VI ZCAÍNO, J., Op. Cit, 200 9, pp.417-
420.
76 RAMALLO, S. F. et alii, Op. Cit., 2010 , p.236.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
276
Tem plo de Esculap io?
Como la muralla del posible fortín bizantino es más lo que se presupone que
lo constatado arqueológ i camente. La hipótesis fundamental es que donde está el castillo
de la Concepción, en la cima del cerro, h abría estado ubicado el fortín bizantino. En
nuestro caso, rec ogem os este hecho aquí porque se seña la ade más que originariamente
la zona habría e stado o cupada por un templo dedicado a Esculapio 77 .
Inicio de las trans formaciones y evol ución funcional d e los espacio s públicos
de Cartha go Spartia en la tar doantigüedad.
77 VIZCAÍNO, J ., Op. Cit, 2009, pp.425 -426.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
283
VIDAL, M. (1997), “Calle Cuatro Santos nº 40”, Memorias de Arqueología
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documentación arqueológica. Antigüedad y Cristianismo , XXIV , Murcia.
VV. AA. (2005 ), Bizan cio en C arthago Spartaria. Aspectos de la vida cotidiana.
Murcia.
285
CARTIMA
· Nombre a ctual de la ciudad: Cártama, Málaga .
· Coordenadas U.T.M.: X= 354374 / Y= 4064154
· División administrativa rom ana: provincia Hispania Ulterior;
conventus Gaditanus; diocesis Hispanarum; provincia Baetica.
A diferencia de otras ciudades hispanas , Carti ma no aparece citada por las
fuentes anti guas, pero sin embargo exist e abundante epigrafía que palia este d éficit. En
realidad, Tito Livio citó una población llamada C ertima 1 que quiso relacionarse con esta
población, aunque su ub icación junto a Munda , en la Celtiberia, impidió que pudiera
relacionarse con ella, si bien es cier to que la r aíz del topónimo es mu y común en el
mundo púnico y no en el celtíbero 2 . El hecho de que no apa rez ca nombr ada o apenas
apare zc a una ve z, complica mucho la identific ación de su categoría administ rativa.
Según E. Hübner, a partir de la prese ncia de decemviri, dice que Cartima se ría civitas
libera, algo que no comp arte C. González Román 3 .
Topograf ía urbana
La ciudad de Cartima se ubica en el valle d el Guadalhorce, vía de penetración
entre la costa y el interior bético. Bajo la ciudad romana se ha doc umentado la
existencia de estructuras púnicas fecha das en el siglo V I a. C. 4 , que serían parte del
núcleo urbano de Quartima. Poco es lo que se conoce sobre la ciudad romana. No
obstante, uno d e los elementos fundamentales, el foro, está per fectam ente localizado
1 Hist., XL, 47.
2 BERLANGA, M. J. - MELERO, F., "Car tima a través d e las fuentes arq ueológicas y ep igráficas" en
GONZÁLEZ, J. - P AVÓN, P. ( eds.), Andalucía romana y visigoda. Ordena ción y vertebración del
territorio , 2 009, pp.1 67- 168.
3 GONZÁLEZ, C., " Conquista y municipalizació n d el territo rio malacitano" en W ULFF, F. - CRU Z, G.
(eds.), Historia A ntigua de de Málaga y su pro vincia, 19 96, p .90; MELERO, F., "El estudio de la
Cartima ro m a na (Cárta ma, Má laga) a travé s de los nuev os hallaz gos", Mainake , XXIX, 2007 , pp.342 -
343.
4 Se han docume ntado en la P laza d e la Constitución, e n la Plaza d el Pilar Alto y en el Cerr o del Castillo.
II. Las ciud ades hispanas y sus espacios públ icos en la Anti güedad Tardía
286
bajo la P laza de la Constitución, esquina de la Plaza Pilar Alto, donde se sitúa
amortizando la muralla bárquida 5 .
Espacios públ icos co nocidos
For o
El foro se aprovecha de la muralla bárquid a -en la que se han hallado
materiales cerámicos de l siglo II- I a. C -, ve rtiendo tierra qu e l a cubre casi en su
totalidad para de este mo do crear una gran plataforma. El foro republicano se organizará
en diferentes terrazas, aprove chando se la m ás alta del lienzo de la muralla como
separación de la te rraza intermedia. A esta primera etapa se asocian muros de
mampuesto y unos e sp acios porticados 6 .
El foro altoim perial se constru y ó como resultado de l a gran r eforma
monumental augustea, pr obablemente en el último cuarto del siglo I a.C . E n esta fase, la
alineación d e estru cturas varía con respecto a l a época republicana, dis tribu y éndose
ahora con el tramo principal de la muralla que separa la terraza superior de la
intermedia. Aparte de la reforma augustea, en el siglo II, a partir del 129, se llev ó a cabo
otra gran r eforma en la que se colocaron las majestuosas estatuas sedent es, conocidas
como las matronas sedentes 7 . En la terraza supe rior se halla el edificio absidial, que es
la estructura más monum ental que in situ queda en Cártama. El edificio, que
probablemente tend ría unos 30 metros de longi tud, poseía una pavimentación de losas
de mármol y t endría una planta rectangular con cabece ra absidial.
Antigüedad Tardía
El edificio absidial, que es el que mejor se conoc e, se desploma ent re la
segunda mitad del si glo II y el final de esta centuria, como queda docum entado por los
materiales -sobre todo sigillata africa na tipo 8A (que dando ausentes totalmente las
formas del siglo II I)- que se encuentran sobre la cubierta desplomada. El final del
5 MELERO, F., Op . Cit ., 20 07, p.3 43.
6 MELERO, F., Op . Cit ., 20 07, pp. 344 - 345.
7 RODRÍGUEZ, P. , "Esculturas del conventus de Gades -III: las matronas seden tes d e Cárta ma (Málaga)
en Cárta ma en su historia. V Cen tenario de su inco rporación a la Corona de ca stilla (1485 -1985 ), 1985,
pp.5 9-70.
II. Las ciud ades hispanas y sus espacios públ icos en la Anti güedad Tardía
287
edificio absidial, que se hace extensible a todo e l for o, cuando prob ablemente queda se
toda la estructura en ruinas, quizá por ca usas violentas 8 .
Pese a todo, las e xcavaciones en otras zonas de la ciudad, concretame nte en
domus privadas, señ alan que, por lo menos en la primera mitad del siglo III, los
pavimentos se renovaron y por lo tanto se guirían en uso 9 . Sea como fuere, el foro pierd e
en esas fechas su funcio nalidad original, pe ro no termina en cambio su frecuentaci ón.
Sobre el edificio abasidial se hallan hogares y estructuras qu e señalan su transf ormación
en espa cio doméstico. Estas estructuras se asocian a sigillata africa na del s iglo IV y V.
A pa rtir del siglo V I, la zona vivió una intensa remodelación en la que pa ra construir
nuevas e structuras se aprove charon de sillare s fore nses. Estos últimos momento s
constructivos señalan dos niveles de ocupación: uno bizantino y otro final
probablemente visigótico 10 .
Bibliografí a
BALIL , A. (1985), "Mosaico con representación de los tra bajos de Hé rcules
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8 Se ha relacionad o con los asolam ientos pr oducidos por las invasiones m auritanas, vid. MELERO, F.,
Op. Cit ., 2 007, pp.344 -345 ; BERLANGA, M. J . - MELERO, F., Op . Cit., 2 009, pp.178 -179.
9 BALIL, A., " Mosaico con representación de los trabaj os de Hér cules hallad o en Cárta ma" en Cártama
en su historia. V Centen ario de su incorpo ración a la Corona de castilla (148 5 -1985), 1985 a, pp.27 -35;
idem, "Mosaico con repr esentación de los trabaj os d e H ércules hallado e n Cárta ma" en Cártama en su
historia. V Ce ntena rio de su inco rporación a la Corona de Castilla (1485- 1985), 19 85b, pp.7 -25;
MELERO, F., Op. Cit ., 2007 , p.352..
10 MELERO, F., Op. Cit ., 2007, pp.342-34 3 y bibliografía sobr e la ce rámica de mamelones digitados,
asociada al periodo b izantino, que aparec e en los niveles de esta é poca en el foro .
II. Las ciud ades hispanas y sus espacios públ icos en la Anti güedad Tardía
288
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su provincia, Málaga.
289
CLUN IA
· Nombre a ctual de la ciudad: Alto del C astro, Peña lba de Castro (Burgos)
· Coordenadas U.T.M.: X= 470906.931 / Y= 4624011.283
· División administrativa ro mana: provincia Hispania Citerior; conve ntus
Cluniensis; diocesis Hispanarum; provincia Carthaginenesis o Gallaecia.
La primera noticia que la s fuentes nos o frecen sob re C lunia hace r eferencia al
apoy o que la ciudad ofreció a Sertorio frente a Pompeyo 1 . Tras la muerte del primero ,
en el 75 a. C., la ciudad fue ocupada 2 junto a otros núcleos como Uxama, Tierme s y
Valentia. Más tarde, Clunia se alió con los va cceos hasta que Afranio , legado de
Pompeyo, terminó por someterla 3 . Con Aug usto, Clunia adquirió el estatuto de ciuda d
peregrina, para post eriormente, en época d e Tib erio, promocionar a municipium. L a
ciudad, sin embargo, cambi ó otra vez de estatuto y s egún parece en el corto gobier no de
Galba, aunque no ha podido confirmarse la cronología con seguridad 4 , se convirtió en
colonia.
La colonia Clunia Sulpic ia , al parecer, fue un núcleo crea do ex novo que no
posee bajo la ciudad, por tanto, el asentamiento original arévaco, aunque conservó el
topónimo modificado de Clunia. L a fundación se produjo con toda probabilidad a partir
del 56 a. C., tras la con quista del núcleo arévaco. El emplazamiento de la ciudad fur
fruto del pro grama romano de organización d e la meseta septentrional, tras el fin de las
guerra s contra cántabros y astures. La ciudad adquirió además la ca pitalidad del
Conventus Cluniensis 5 , lo que le dió un importante empuje urbano, con una clara
intención propagandística. S in embargo, a partir del siglo II, la vida en la ciudad no se
desarrolló como se h abía previsto y Clunia co men zó un proceso de transformación, que
1 T ito Livio , Per. 92
2 Exuperancio, 8 ; Floro , 2, 10, 9.
3 DION C ASIO, 39, 54 . 2.
4 PALOL, P., Historia de la ciudad y guía de las exca vaciones d e Clunia , 1994, pp. 15 -22; IGLESIA, M.
A. - T USET, F., "Clunia ce ntro de poder territorial" en B URÓN, M. ( coord.) Patrimonio cu ltural y
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du Do uro à l'époqu e romaine, 2 007, p p.477- 486
5 La d esignación de capital de co nvento se realiza sobre la exist e ncia de este municipio, pero no sabemos
con seguridad en qué momento se pr oduce, su pri mera referencia, no o bstante, la tene mos en Plinio,
Historia Natural, II I y IV .
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
290
la fue alejando de la i magen urba na altoimperial. Por lo demás, la ci udad, aunque
prontamente cristianiz ada, no llegó a ser sede episcopa l. A pa rtir del siglo V I, las
fuentes históricas y arqueológ icas d ejan de ofrecer información sobre la ciudad 6 .
Topograf ía urbana
La ciud ad se asient a sobre una plataforma am esetada que se de sarrolla so bre
unos 130 hectáreas, au nque quizá no todo el espacio hubiese est ado ocupa do. Su
ubicación tiene un claro objetivo estra tégico y de dominación sobr e el territorio de los
clunienses indí genas. Por otro lado, y más all á de las cuestiones de control de los
habitantes y el espacio ci rcundante, la elección de este lugar es consecuencia de la gran
reserva de a gua que hay bajo ella, que ocasi onó la construc ción de toda un a
infraestructura para su aprovechamiento.
La orden ación del t ejido urbano pa rece ha bers e desarrollado en dos
momentos 7 fundamentales : el primero, cuando se funda la ciudad, en el que se
estableció un primer plano ortogonal que despu és fue modificado hasta por tres ejes
urbanos dist intos, y el se gundo, con el advenimiento de la dinastía flavi a, en el que se
desarrolló y se reorganizó el centro de la ciudad. De hecho, gra n parte de la
monumentalización de la ciudad que se produce en un breve periodo d e tiempo, ti ene
lugar con l a de cisión de s ituar a Clunia como capital del conventus 8 . Es más, parece que
el hecho de que esta ciud ad sea el centro aglutinador de un extenso territor io es la única
explicación factible p ar a que se la dotase de un teatro de gran tamaño -con una
capacidad ma yor que los habitantes que viví an en la ciudad- y de la constru cción de dos
grandes t ermas en un solo lugar, que con toda probabilidad estar í an activas en
momentos de aumento circunstancia l de la población de la ciudad -q uizá por una
celebración-. Por lo general, la ciudad t endría s uficiente con las pequeñas termas del
foro 9 .
La capital flor eciente d el conventus Cluniensis , sin embar go, perduró poco en
el tiempo y a partir del s . II po r causas qu e todav ía nos son desconocidas, se inició un
6 IGLESIA, M. A. - T USET, F., Op. Cit., 2008, p.84.
7 PALOL, P., Op. Cit., 1994 , p.60; NÚÑE Z, S. I.- CUR CHIN, L. A., Op. Cit ., 2007 , pp.479- 480.
8 IGLESIA, M. A. - T USET , F., Op. Cit., 2008, pp.81- 82.
9 Ibidem.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
291
drástico proceso d e tra nsformación, en el que los principales afectado s fueron los
espacios públicos como el foro o los conjuntos te rmales 10 . Sin embargo, a mediados del
siglo II, en con creto, en el 169 d. C., el te atro vivió una im portante ref orma que lo
adapta a los nuevos gustos de la población y que, por tanto, indi ca ría un cierto
dinamismo para la ciudad.
Planta de Clunia co n los espacios p úblicos y privados exca vad os (P ALOL, P. - GUITART, J.2 000)
Espacios públ icos co nocidos
For o
En 1958 comenzaron las excavaciones en el conjunto público for ense de
Clunia 11 , del que hasta d ía de ho y se h a excav ado la mitad de las estructuras que
corre spond en al ala Este del mismo. Se distinguen perfectamente los tres elementos
10 Idem, p.84.
11 PALOL, P., "E l foro romano d e Clu nia" en La casa urban a hispano rromana. Ponencia y
comun icaciones , 19 84, pp.153 -163; P ALOL, P., Op . Cit., 19 94, p p.28 - 46; PAL OL, P . - GUIT ART, J ., Los
grand es conjuntos p úblicos. El foro colon ial de Clunia , 2000.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
292
definitorios del conjunto: la plaza pública y l as tabernas, los edificios religiosos y por
último la basílica jurídi ca, que lo c aracteriza como el ti po de fo ro con basílica en el lado
menor de la plaza. Esta, que tiene 140 m. de longitud, se encuentra limitada en sus lados
larg os por las tabernas, q ue en número d e die cinueve, son regulares y mi den 5,35 por 8,
50 metros, qued ando separadas de la plaza por un pórtico de 5, 50 m. de anchura. En el
centro de la gran plaz a, en el eje mayor y sobre un podio, está el templo que domina
todo el conjunto. La lí nea S ur del foro que cierra el conjunto está constituida por una
exedra re ctangular y un pórtico que enmarc an la fachada posterior del templo. En el
lado Norte, se sit úa la basílica de tr es naves - de 26 m. de anchura por 80 m. de
longitud- con su tribunal en el lado Este. Adosado a una de las fachadas mayores de la
basílica, quedando ubicado axialmente al foro, se encuentra un edifi cio que se ha
identificado con e l A edes Augusti .
Antigüedad Tardía
En cuanto a su evolución, podemos señalar que en el conjunto de las tabernae
excavadas no existen ni monedas ni cerámicas posteriores al siglo III, lo que hace
pensar que desde finales del siglo II el espacio habría perdido su funcionalidad original.
A ex cepción de la taberna 6, en la que aparición un conjunto homogéneo, que se fecha
en época de Galieno 12 , el resto de tabernae, como decimos, no tendr án materiales
posteriores al si glo II, lo que podría indic ar qu e s olo existe una actividad residual en l a
taberna 6. Por fortuna, en la basílica tenemos una ma y or información sobre los si glos
del periodo tardoantiguo, hallándose abundantes fragmentos de terra sigillata hispánica
tardía y monedas del siglo IV, que estarí an indicando una frecuentación durante el siglo
IV y V 13 , de la que no pod emos especificar la tipología. En el ex tremo del eje ma yor de
la plaza, adosado a la basílica, aparece un espacio del que solo tenemos la línea exterior
de la cimentación, del q ue no podemos esta blece r sus uso ni cronología, aunque podría
se julio-claudio, y dond e cabe señ alar que ha y un nivel mu y rico en terra sigillata
hispánica tardía, apareciendo también restos de un fuste estriado troceado 14 . Si n
embargo, e stos mate riales claramente tardoa nti guos no se corresponde con estructuras, o
con una posible reutilización de los edificios, sino, como hemos señalado, con una
simple frecue nt ación, que no iría acompañada de una actividad determinada.
12 GURT , J. M., Clunia III. hallazgos monetarios , 1 985; PALO L, P . - GUIT ART, J. , Op. Cit., 2000,
pp.6 3-85; IGLESIA, M. A. - T USET, F., Op. Cit., 2008, pp.83- 84.
13 PALOL, P. - GUIT ART, J ., Op . Cit., 20 00, pp. 27-30 y 33 ; IGLESIA, M. A. - TUSET , F., Op . Cit.,
2008, pp.83- 84.
14 PALOL, P. - GUIT ART, J., Op . Cit., 2 000, p.30.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
299
Inicio d e las transform aciones y e vo lución funcio nal de lo s espacios público s de Clunia en la tardoantigü edad.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
300
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303
COMPL UTUM
· Nombre a ctual de la ciudad: Alcalá de He nares
· Coordenadas U.T.M.: X= 441767,132 / Y= 4473522,224
· División administrativa rom ana: provincia Hispania Cit erior;
conventus Caesarugustanus; diocesis Hispanarum; provincia Tarraconensis
Sobre el cerro de San J uan del Viso, en la margen iz q uierda del río Henares,
se situó el núcleo carpeta no de Complutum. Su proceso de urbanización al estilo romano
comenzó con toda proba bilidad antes del periodo augusteo. Sin embargo, hacia el
cambio de Era, se produ ce una transformación importante en la ocupación del Valle del
Henares, abandonando en parte el cerro y estableciendo l a nueva ciudad romana en la
margen d erecha del río , en las p roximidades de la vía que comunicaba Mérida con
Zarag oza.
La p rimera noticia que te nemos de Complutum nos la proporciona Livio 1 con
motivo de las guerras sertorianas, ya que la ciudad fue lugar de paso de Sertorio cuando,
tras la muerte de Hirtuleyo el año 75 a. C., se retiró hacia Valencia. Por Plinio 2 , además,
sabemos que e ra una civit as sti pendiaria aunque es mu y probable que par a cuando s e
publicó este tex to la ciudad hubiera promocionado y a a municipio porque desde
mediados del siglo I d. C, segur amente con Nerón, había tenido lugar u na re fundación
de la ciudad. En el 74 d. C. Complutum promocionó a municipium a partir del Edicto de
La tinidad de Vespasiano 3 . Mas tardíamente, en el siglo III , Paulino de Nola h aría
referenc i a - en la epístola XXXI de la correspondencia mantenida con su amigo Ausonio
de Burde os - a algunas de las ciudades más significativas de Hispania , como Barcino,
Tarraco y Ca esaraugusta, añadiendo también con la cate goría d e urbs a Complutum 4 .
En ésta ciudad era bien conocida por Paulino pues residió en ella unos cuatro años y ,
1 T ito Livio, Per. 91.
2 Plinio , Nat. Hist., III , 24.
3 VALLEJO, M., " Nuevo dato par a el estu dio de la municipalizació n d e Complutu m: Lucius Aemilius
Candidu s , un soldado pretoriano com plute nse" en Acta s del I I encuentro de Historiad ores del valle d el
Henares , 1990, pp. 79 -84 . RASCÓN, S., La ciuda d hispanorroma na de Comp lutum. Cuadernos de
Junca l 2, 1995, p.4 1.
4 RASCÓN, S. - SÁNCHE Z, A. L., " Realidades ca m bia ntes: Co mpltum tardoantiguo" en GURT , J. M. -
RIBERA, A. (eds.), VI Reunión d e Arqueolog ía Cristiana Hispá nica (Cartagen a, 2003 ), 2005, p.499.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
304
además, en ella quedó enterrado su hij o Celso, junto a los niños-már tires Justo y Pastor.
Éste últim o dato resulta relevante, ya que en el proceso de cristianización que vivió la
Península, solo trece ciudades, ent re ellas Complutum , tendrán mártires originales 5 . La
ciudad fue s ede episcopal desde el si glo IV, en concreto, desde el año 3 80, cuando el
obispo Ampelio acudió al I Concilio de Caesaraugusta.
En el siglo V com enzó a notarse un cierto declive en la ciudad y en época
visigoda la ciudad prácti camente y a no ex istía 6 . Con la llegada de los m usulmanes se
cambió el emplazamiento y el nombre de la ciudad , aunque según S . Ra scón y A. L .
Sánchez, pervivió con una pe queña ocupación durante el pe riodo mozárabe e, incluso,
en el tiempo de re pobl ación 7 .
Topograf ía Urbana
El pomoerium d e la ciud ad e stuvo bien delimitado, gra cias a la aparición de
un muro de menos de 1 metro de anchura (3 pies) -hallándose la muralla solo en zonas
puntuales de la ciudad 8 -, por el río C amarmilla por el Norte y la confluenci a de éste y el
Henares por el Oeste. Las dim ensiones máximas de la ciudad son 900 metros de larg o
en el eje Este-Oeste y 520 de ancho en el Norte a Sur, calculándose unas 42,67
hectáreas totales para Complutum.
En la Vega de recha del río, como decíamos, se e stableció un urbanismo
hipodámico inicial con manzanas rectangulares de 32 por 45 metros . Con la refundación
de los últimos Juli o-Claudios, se a mpl ió el espacio ocupado por e l núcleo urbano,
variando ap enas 2º el tr azado anterior, aunqu e ahora las insulas eran cuadrados de 32
por 32 metros. En este momento, además, se dotó a la ciudad con los edificios públicos
como el foro y las Termas Nor te . A finales d el siglo III , la may or parte de estas
dotaciones públicas vivieron una im portante rehabilitación, en la que como
consecue n cia algunos es pacios c ambiaron su d e uso y ade m ás se privilegian itinerarios
5 Prudencio , Perist., IV, 41 -44; VALLEJO, M., " Complutum en las fuentes de la Antigüed ad tard ía" en
GARCÍA MORENO, L. A. - RASCÓN, S. (eds.), Acta Antigu a Compluten sia I. Co mplu tum y las
ciudad es hispanas en la Antigüedad tardía, 199 9, pp.203- 224.
6 RASCÓN, S. - SÁNCHE Z, A. L., Op. Cit ., 2005 , p.502 ; R ASCÓN, S., " Co mplutum" en MORÍN, J. -
LOPEZ, J . - M ARTÍ NEZ, A. (eds.), El tiemp o de los bá rbaros. Perviven cia y transforma ció n en Ga lia e
Hispania (s. V- VI d. C .), 2008, pp .540-541.
7 RASCÓN, S. - S ÁNCHEZ, A. L., Op. Cit ., 2 005, p.501.
8 RASCÓN, S. - SÁNCHEZ, A. L., " Comp lutum. La ciudad de las ninfas" en RASCÓN, S. - SÁNCHE Z,
A. L. (coor ds.), Civilización. Un via je a la s ciudades de la Es pa ña antigu a , 2 006a, p.64.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
305
y lu gares qu e hasta el momento no lo eran. P ero no solo los espacios públ icos vivieron
esta reforma, sino que el ámbito privado se vio también beneficiado po r este periodo de
bonanza. S e iniciaron las construcciones de lo qu e se h a dado en llamar casas -palacio 9 ,
donde preva l ecen los espacios dedica dos a la re presentación.
Entre los siglos I V y V la ciudad lleg ó a las 45 hectáreas 10 . A partir de e ste
momento y el final de l a época hispanovisi goda se configuró una nueva ciudad que
según el registro arqueológico continuó en ac tivo. No sólo eso sino que a demás inició
las modificaciones perti nentes de la tradición r omana, no siendo hasta la conquista
musulmana cuando se e s tablezca un marco urban o y geopolítico diferente al anterior 11 .
Cabe destacar que la ciu dad fue uno de los polos cristianos más im portantes del centro
peninsular gracias a los s antos y mártir es J usto y Pastor, citados y a en el P eristephanon
de Prudencio 12 .
Planta de Complutum co n los principales sectores exca vados , ad em ás de la hipotética tra ma urbana
(RASCÓN, S. - SÁNCHEZ, A. L., 200 6a).
9 RASCÓN, S. - SÁNCHE Z, A . L., "Urbanis m o de la ci udad de Co mplutum los siglos VI y VII" en
OLMO, L. (ed. ), Recópolis y la ciudad en la época visigod a , 2008, p p.249- 252.
10 Idem , p .247.
11 Idem, p.243.
12 Prudencio , Perist., I V, 17 - 46.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
306
For o
Solo se conoce con exactitud la mitad occidental de la plaza forenses aunque,
por fortuna, esa parte permite establecer con precisión el cierre de la plaz a y la b asílica,
el pórtico Sur y Norte y además del decumano III. La plaz a, que tiene 72 metros en
dirección Este-Oeste y 30 metros en dirección N- S, queda cerrada en el lado corto po r la
basílica, como en Vale ria , Ercavica o Clunia .
La basílica tuvo 29,30 p or 16,60 metros, es d ecir, 100 por 56 pies re partido s
entre una n ave central y un ambulacrum , que rod eó la nave po r los cuatro costados. La
construcción se hiz o en opus caementicium sob re una o dos hiladas de sil lares. S in
embargo, la basílica que podemos ver ho y no es la que se construyó originariamente con
el for o, sino que es una remodelación del últ imo tercio del sig lo III 13 , aunque el plano
coincide casi totalmente con el de l siglo I d. C 14 . La edificación tiene una plant a
rectang ular con dos antae , que enmarcarían un pórtico situado en la facha d a Norte.
Probablemente, en el lado Sur, también existió este pórtico, pero resulta complicado de
demostrar, pues en el siglo III, este espacio queda incluido en la construcción de las
Termas S ur. La construcción de este nuevo conjunto termal al sur de la basílica
responde a la necesidad de una ciudad que había sacrif icado las Te rmas Norte, como
veremos a continuación, en pos de la c onstru cción de unas termas 15 .
Antigüedad Tardía
De la basílica original del siglo I solo se conserva un rudus que sirvió de
soporte para un suelo, del que solo se ha m anteni do las lascas de piedra caliza y varias
teselas de má rmoles crema y ne gro. Este p avimento fue después sustituido por un opus
signinum en un segundo momento y finalmente, e n el siglo III, por ot ro op us signi num.
De he cho, la nueva basíl ica solo se elevó unos 5 0 cm. respecto a l a cota anterior. Cab e
destacar que S. R ascón y A. L. Sánche z hacen hincapié en que si bien lo único que
queda del espa cio original es el suelo, la reforma del si glo III no ga nó espacio sino que
"la planta conservada y descrita fosiliza la anterior" 16 , hecho que pod ría corroborarse
por el arcaísmo de la pla nta -que r esponde a paralelos del siglo I-, el mantenimiento del
módulo urba no preexistente y el re speto a la planta de las Termas Norte. No obstante,
13 RASCÓN, S. - SÁNCHE Z, A . L., "La b asílica y los edificios adm i nistrativos del foro d e la ciudad
romana de Comp lutum . De los edificios d e ép oca d e Claudio a la m onu mentalización urbana" , Anales de
Arqueolo gía Cordobesa , 20, 2009, p.194.
14 Idem , p .178.
15 Idem , p .187.
16 Idem , p .180.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
307
aunque se mantuvo prácticamente intacto la estructura perimetral de la primera basílica ,
cambió su configuración interna y sus acabados interiores 17 .
Planta diacr ónica de lo s edificios del foro, incorporand o los restos construido s
en el siglo I y en el siglo III (R ASCÓN, S. - SÁNCHE Z, A. L., 200 9)
Sin embargo, estas modificaciones, que son parte de un programa más amplio
que mejoró gran parte de las estru cturas públicas del centro de la ciudad a finales del
siglo III , no du rarán mucho. El ab andono de l foro o, mejor dicho, de su funcionalidad
que no del espacio, comenzó ya a finales del siglo I V, cuando se datan los primeros
pavimentos y muros de poca entidad 18 que alternarán materi ales constructivos. Estas
nuevas construcciones s e datan g racias a unos vidrios -hallados en a bundancia- y
escoria de vidrio, que podrían estar s eñalando u na nueva función art esanal para este
foro 19 .
17 Idem , p .198.
18 MÉNDEZ, A. - RASCÓN, S. , Los visigod os en A lcalá de Henares, 1989 , p.180
19 RASCÓN, S. - SÁNCHEZ, A. L., Op. Cit ., 2 008 , pp.254 -255.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
308
Entornos virtuales q ue representan la hipótesis del Foro y el co njunto monumental
el siglo -izquierda -y en el I II -der echa- (RASCÓN, S. 2 009) .
Macellum
Entre 1999 y el año 2000 se excavaba la esquina s udoeste del foro, hallándose
el macellum c onstruido p robablemente en la década de los sesenta del sig lo I d. C.
Antigüedad Tardía
La planta del edi ficio er a cuadrangular, d e 15 po r 15 metros. Con la reforma
del siglo III 20 se convirt ió en una plaza abierta, solo cerrada por un a fachada
monumental. Pese a que el macellum desaparece, la plaz a se siguió utilizando como
mercado, solo que con puestos móviles de madera 21 .
Termas Norte
La s Termas Norte se constru y en en l a manzana que cerraba la plaz a del Foro
por su parte occidental en el periodo de Claudio, durante los años 50 y 60 d. C. Se
ubicaron mu y cerca d e la basílica, aunque separadas y sin sol ución de continuidad. La s
termas estarían delimi tadas por el Norte por el decumano III -calle que permitiría el
acceso a e llas, atravesando un pórtico- y por el Sur por el decumano IV. Estas termas
quedaban abastecidas p or un a cueducto de op us caementicium que a limentaba la
20 RASCÓN, S., " La ci udad d e Complu tum en la T ardoantigüedad: restauración y renovación" en
GARCÍA MORENO, L. A. - R ASCÓN, S. (ed s.), Op . Cit., 1 999 , pp. 65 y 67 .
21 RASCÓN, S. - SÁNCHE Z, A. L., Op. Cit., 2 009 , pp.187 -188.
CONIMBRIGA
· Nombre a ctual de la ciudad: Condeixa-a-Nova , Coím bra.
· Coordenadas: U.T.M.: X= 545846.626 / Y= 4603928.448
· División administrativa romana: provincia Hispania Ulterior;
conventus Sc allabi tanus; diocesis Hispanarum; provincia Lusit ania.
Son escasas las referencias literarias qu e tene mos sobre Conimbriga . La
información se reduce a lo que nos narra Plinio el Viejo 1 , que la señala como uno de los
oppidum que formaban parte de la Lusitania y , posteriormente, a la cita que el Itine rario
Antonino hace de Conimbriga, que aparece como una etapa de la vía que va de Olisipo
(L isboa) a Bra cara Augusta (Braga), situada a 10 millas de Aeminium (Coimbra).
El núcleo proto-urbano origen de la ciudad de C onimbriga es una funda ción
de la tribu celta Conii 2 , que se remonta al siglo VIII o V I a. C 3 . Hasta el periodo
aug usteo no comenzó la romanización del núcleo, donde comprobamos que ninguna de
las edificaciones y e spacio s públicos son a nteriores al 12-10 a. C . Sin embargo, no fue
hasta el reinado de C laudio, cuando comenzó el verdadero desarrollo de la ciudad,
culminando en el periodo flavio -probablemente en el 77 d. C. - cuando la ciudad
promocionó a municipio y pasó a llamarse Flavia Conimbri ga.
El apoge o d e la ciudad tuvo lugar en el siglo II, notándose un periodo crí tico
a partir de l a segunda mi tad del si glo III 4 . No obstante, tras la crisis, la r ecuperación de
la c iudad tuvo lugar en el siglo I V y como J. Alarcão y R. Etienne "les gens de
Conimbriga ne paraiss nte pas m anquer d 'activité économique" 5 . Pes e a ello, l a
evolución posterior de la ciudad y el conoc imiento que t enemos de ella va a estar
marcado por la informaci ón que obtenemos de la Crónica de Hida cio, en la que se
narra n los constantes ataques de los suevos a la zona y los asaltos que Conimbriga
sufrió en el año 456 y 468. Pese a estas destrucciones, la ciudad continuó en activo
1 Plinio, Na t. Hist ., IV, 1 1.
2 ALARCÃO, J . - ETIENNE , R., Fou illes de Conimb riga. Vol. I, L’Architecture , 1977, p.9.
3 CORREI A, V. H., " Os materiais p ré -ro m anos de Conimb riga e a pr esença fenícia no Baixo Vale do
Mondego" en Os Fen icios no Territfirio Portugu ês, Estudo s Orientais IV , 1 993, pp.229 - 283.
4 MOUT INHO, A., "Co nimbriga" en Hispa nia el leg ado d e Roma . Catálogo d e la exposición, 1998,
pp.4 29- 432.
5 ALARCÃO, J . - ETIENNE , R., Op. Cit. , 197 7, p.160.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
316
hasta el si glo VII, cuando comprobamos que quedó definiti vamente fuera de los
circuitos comerciales 6 .
Por lo demás, según la li sta proporcionada por el Ovetensis del Escorial,
sabemos que Conimbriga fue sede episcopal, mientras que la capital del convento,
Scallabis, nunca llegó a serlo. Conimbriga , no obstante, acabó por ceder e l privilegio a
la vecina Aeminium 7 , la a ctual Coímbra, cuya situación geográfica permitía una mejor
defensa. Alr ededor de l 580 d. C. se produce el tr aslado de la sede que , en el siglo IX,
acabará por adquirir el nombre original de la mi sma 8 , ya que probablemente desde la
invasión musulmana la Conimbriga original estaba abandonada.
Topograf ía urbana
La ciudad de Conimbriga , situada a 15 km de C oimbra, ocupa un lugar
privilegiado en un a meseta que se ex tiende sobre un espolón calcáreo ubic ado entre dos
valles. Conimbriga no es una ciudad que n ace e x novo , si no que se ubica sobre un
oppidum indígena que se exti ende en la z ona que va desde la llamada Casa Cantaber, al
oeste de la ínsula del acueducto, haci a el Norte, coincidiendo co n la muralla
tardoantig ua 9 . Sobre e ste poblado indígena , en l a zona más visible del mismo , se
establece el espacio forense primigenio que par a su construcción destru y ó gran parte del
hábitat indí gena. P oco a poco, en l a época au gustea , se fu eron añ adiendo nuevos
espacios y vías pública s, hasta que se conformó lo que se ha dado en llamar vicus novus .
Con motivo de la promoción municipal, se llevó a ca bo un gra n programa de
obras públicas, gemelo al que se h aría en otras mu chas ciudades hispanas . Se levantó un
nuevo foro sobr e el antiguo y se pro yectaron un as nuevas term as, finalizad as y a dur ante
el periodo trajaneo, que serán el doble de grandes que su predece so ras augusteas. El
desarrollo de los espacios privados será también mu y importante en esta ciudad, donde
6 DE MAN, A ., " Algumas co nsideraçõ es e m to rno d a cerâmica co mum tar dia co nimbrigense" , Revista
Portugu esa de Arqueo logia , vol.7, 2, 2004 a, pp. 459 -471.
7 GURT, J. M. , "Topografía cristiana de la Lusitania. T esti monios ar q ueológicos" en VEL AZQUEZ, Α. et
alii (eds.) , Los ú ltimos romanos en Lu sitania, 199 5, pp. 73 - 95.
8 BARBOSA, M. R., " T he Coim bra See and its C hancery i n Medieval Times", E-Journal o f Portuguese
History, Vol. 4 , nº. 2, 2006, pp.1 - 12.
9 CORREI A, V. H . - ALAR CÃO, J ., " Conimbriga: um e ns aio de topo grafia histórica" Conimbriga , 47 ,
2008 , p.42
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
317
destacan espe cialmente las casas decoradas con ricos mosaicos que se datan en los
siglos II y III .
Pese a que la ciudad, desde comienzos del I mperio contaba con una muralla,
durante la Tetrarquía, como muchas otras ciud ades hispanas, se re-amuralla. El recinto
de la ciudad se contr ajo ahora, seccionando p arte de un secto r residencial de la zona
Este y dejando fuera de l a muralla al anfiteatro, unas termas y , como decimos, algunas
de las ricas domus que hemos nombrado, y a qu e toda la zona habitada fuera de la
meseta fue s acrificada para disponer de una muralla defe nsiv a de mayor eficacia 10 .
E
Extracto de la planta de Conimb riga, centralizada en el área d onde se desar rollan
los espacios p úblicos de la ciu dad (CORREIA, V. H. - ALARC ÃO, J ., 2008 ).
10 GURT, J. M., Op. Cit., 1995, p.88.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
318
Espacios públ icos co nocidos
For o
El foro 11 de Conimbriga se encuentra ubicado en la z ona central de lo que fue
el espacio u rbano rom ano, que corresponde adem ás a una z ona ligeramente elevada. El
foro flavio, que e s que ha ll egado ha s ta nosot ros, se encontró condici onado por la
construcción precedente del siglo I d. C., el espa cio for ense original. El foro flavio fue
diseñado como un espacio re ctangular d elimitado por un muro con una so la abertura
ubicada al S y con un a rco cuadrifronte que hací a las veces de entrada. El templo, uno
de los elem entos peor co nocidos del forum, s e ubicaba delante de la plaz a, que qued aría
rodeada por pórticos. El espacio forense se constru y ó con la piedra calcárea local en
opus vittat um de bloques de dimensiones regulares y s e pavimentó y decor ó con
mármoles importados.
Antigüedad Tardía
Resulta complicado señalar cuando se inician las primeras transformaciones
en este foro, aunque se ha señal ado el si glo IV 12 como la probable centuria en la que
tiene lugar el comienzo. Una de esas transformaciones consistió precisamente en las
transformación del cripto pórtico situado en el lateral Este en cisterna, qu e gracias a un as
monedas de Claudio el Gótico, Aureliano y M aximiano se ha podido datar a ini cios del
siglo I V 13 . La cisterna se aprovec hó de las estru cturas precedentes y t ambién de los
materiales decorativos. Estos materiales eran visi bles y se encontrarían en la plaza,
como hemos podido documentar en el opus signinum que recubría el reservorio, donde
se hallaron fragmentos d e pilastra en pied ra calcárea p erteneciente con se guridad al gún
punto del espacio forense, con toda probabilidad, a las pilastras del muro del fondo del
pórticos de la plaza 14 . L a exedra oriental quedó bloqueada p ero mantuvo su
revestimiento interior int acto c on un opus si gninum de 3,5 cm. de espesor, que
impermeabilizó las paredes y los pila res, asegurando de este modo que no se perdiese
ag u a. La nueva funcionalidad de l criptopórtico oriental flavio de recogida y
11 CORREI A, V. H., " O forum de Conimbriga e a evolução d o centro urbano" en NOGALES, T . (ed.),
Ciudad y foro en Lusitania. Stvdia Lusitana IV, 20 09, pp.89- 105 .
12 CORREI A, V. H., Op . Cit., 2009, p.1 01.
13 ALARCÃO, J . - ETIENNE , R., Op. Cit., 1977, p. 145.
14 CORREI A, V. H., Op . Cit., 2009, p.1 00.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
319
almacenamiento de agua está señalando, entre otras cosas, una necesidad que se cubre,
como así mismo ocurre cuando se aña den, ad emás, un conjunto de letrinas 15 .
En el siglo IV, no obst ante, el foro continuaría en pleno func ionamiento,
hasta que se produce un proceso de destrucción que afectará a gran parte del foro y que
conllevará un p roceso de ex polio y reocupación en el si glo VI. Esta d estrucción del foro
se quiso relacionar con las razias suevas de los años 465 -468 citadas por Hidac io, sin
embargo, parte de las cerámicas recuperadas -TS A D Ha yes 103, 104 a, 1 08, 110 y Late
Roman C - permiten poner en duda esta cronolo gía e, in cluso retra s arla, y a qu e estos
contextos arqueológicos , estarían señalando el si glo V I como el mom ento en el qu e
tiene lugar esta destrucción 16 . S e ha querido, además, ver una posible relación entre
posterior la cristianización del espac io y los fenómenos de destrucción, seña lando V.
Correia que, además la destrucc ión voluntaria que se hace de algunos elementos del foro,
como la escultura im perial, y a que se halló por ejemplo un torso hüfmantelty pus
fragmenta do en más d e sesenta piezas, que post eriormente fueron arrojadas en la ca lle
exterior del forum 17 .
La cristianización del espacio se realizará c on la instalac ión de la necrópolis
en la e x planada de lante del templo. L a necrópolis se encuentra, como decimos en la
plaza, sin embargo, destacan especialmente dieci ocho de las tumbas ubi cadas entre l a
plaza y el podium del templo, en clara relación con él , aunque aparecerá también alg un a
inhumación visigótica en el criptopórtico y en el vaso de la fuent e situada en la entrada
del foro 18 . Algunas tumbas de estas tumbas que aparecen delante del podium s e
superponen a inhum aciones anteriores, lo que indi caría una clara volunt ad de enterrase
en ese lu gar 19 . Según De Man, el templo del foro se habría utilizado como espacio
cultual cristiano d esde el siglo IV 20 . En relación a este posible edifi cio de culto cristiano ,
cabe destacar la aparición de una celosía con decoración vegetal De todos modos, cabe
destacar que si bien, en el sig lo VI, g ran parte del for o estaría c o mpletamente
derrumbado, no podemo s señalar con se guridad si esa s ería t ambién la sit uación del
templo 21 . Con posterioridad a las destrucciones, no obstante, se detecta un nivel de
15 ALARCÃO, J . - ETIENNE , R., Op. Cit., 1977, pp. 146 -150.
16 ALARCÃO, J. - ETIE NNE, R., Op. C it., p.240; GURT , J. M., "T opografía cristian a d e la Lusitania .
Testimonios arq ueológicos" en VE LAZQUEZ, Α. et alii (eds.), Op. Cit., 1995, pp.88- 89.
17 CORREI A, V. H., Op . Cit., 2009, p.1 02.
18 ALARCÃO, J . - ETIENNE , R., Op. Cit., 1977, p.1 69.
19 DE MAN, A., "Sob re a Cristianizaçãod e um Foru m " , Al -mad an, n.º 13, adenda electr ónica, 2005.
20 DE MAN, A., Op. Cit., 2005.
21 ALARCÃO, J ., “Conimbriga: 20 anos depo is” en Perspectivas S obre Con imbriga , 2004, p. 105.
II. Las ciud ades hispanas y sus espa cios p úblic os en la Anti güedad Tar día
320
hábitat que se extenderí a por el fo ro y a las in sulae periféricas del mismo 22 , donde
comprobamos como los muros se lev an por en cima de l as capas d e destrucción del foro,
apareciendo e n relación a ellos sigill ata clara D tardía y Late Roman C 23 .
Ubicación de la necrópo lis tardoantigua del foro y planta de la necró polis
según ALAR CÃO, J. - ETI ENNE, R., Op . Cit., 1977 (DE MAN, A., 20 05)
Termas do Aqueducto
La s Termas do Aqueducto 24 que se situaron ju nt o al castellum aquae se
construy eron a final es de l siglo II o, incluso, a inicios del siglo III . La entrada se hacía
por un pequeño apodyte rium del que se pasaría al fri gidarium , cu y o muro Sur estaría
delimitado por la p ared d el acueducto. Después, s e podía acceder a la natati o o bien a la
zona caliente 25 . En relació n con este complejo termal de carácter público, V. C orreia
halló una inscripción del siglo II que decía REMETIBUS AUG(UST IS) y que s e ha
relacionado con e l términ o remetes que se refiere a divinidades del agua 26 .
22 ALARCÃO, J . - ETIENNE , R., Op. Cit., 1977, pp. 165 -166; GURT, J . M., Op. Cit., 1995 , p.89.
23 Ibidem.
24 CORREI A, V. H. - REIS, M. P., "As T ermas d e Co nimbriga: tipo logía arq uitectóni cas e integração
urbana" en FERNÁNDE Z, C. - GARCÍA, V. (eds.), Term as romana s en el Occid ente del Imperio. II
Coloquio Interna cional (Gijón, 1999), 2000 , pp. 277- 278; REIS, M. P. , Las terma s y ba ln ea roma nos d e
Lusitania, Studia Lusitan a I, 2004,pp.62 - 63.
25 REIS, M. P ., Op. Cit ., 2004, pp.62 -63.
26 Idem, p.63.
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