Full text
2012
32
M. Rosario Carcas Castillo
El alcohol entre la vida y la
obra de Toulouse-Lautrec
Departamento
Director/es
Psicología y Sociología
Pablo Elvira, Ana Cristina de
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
M. Rosario Carcas Castillo
EL ALCOHOL ENTRE LA VIDA Y LA OBRA DE
TOULOUSE-LAUTREC
Director/es
Psicología y Sociología
Pablo Elvira, Ana Cristina de
Tesis Doctoral
Autor
2012
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
U N IVERSIDAD DE ZARAGOZA
Departamento
Director/es
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Departamento
Director/es
Director/es
Tesis Doctoral
Autor
Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
UNIVERSID AD DE ZARAGOZA
DEPARTAMEN TO DE PSICOL OGIA Y SOCIOLOGI A
TESIS DOCTO RAL
EL ALCOHOL
ENTRE LA VIDA Y LA OBRA DE
HENRI TOULOUSE-LAUTREC
-
M. ROSARIO CARCAS CASTILLO
2011
DIRECTORA: ANA CRIST INA D E PABL O ELVIRA
AGRADECIMIENTO S
Verdadera mente me considero una persona muy afortunada, por contar con muchas
personas que me rodean y muchos motivos para ello, por los que me siento hacia ellas
agradecida. Por eso, quiero expresar y reconocer explí citamente mi profunda y admirada
gratitud en el quehace r del oficio artesano como i nvestiga dora en la presente tesis.
Mi agra decimiento especial a la Psicólo ga Profe sora, Doctora Dª Ana Cristina de
Pablo Elvira, Directora de esta Investigación, por su amistad, colab oración, a yuda,
compañía, ánimo y consejos mantenidos, sin los cuales no habría sido posible la
elaboraciñn de este trabajo tan dilatado en el tiempo, porque c omo dice n los pint ores: “ O
sabes cua ndo acabas un cuadro, o te pegas toda la vida estropeando el mismo cuadro”.
Después, mi a gra decimi ento a los usuarios, especialmente a los enfermos
alcohñlicos y sus familias, “mis pacientes”, tanto en Aragñn como en Catalun y a , los qu e
nos enseðaron a “vivir” , a quererlos y con los que siempre estaré en deuda.
Quiero hacer una mención espec ial a Joan Martí, compañero, que fue Presidente de
la Asociación de los Al cohólicos Rehabilitados del Hospital Clínico de Barcelona y que
desde donde está, sé que se alegrar á d e vernos reu nidos por este tema, por su constancia en
la lucha y a y uda a los enfermos, fidelidad y amista d. Como él decía: “Todos los días sale el
sol”.
Al Prof esor Gonzalo B orrás por encender la llama en su tiempo, cu ando da ba clas e
de Historia del Arte, por los años 70, en la Univ ersidad de Zaragoza, qu e me hiz o dudar
hacia dónde diri girme profesionalmente y con el que coincidí últim amente en la visita a
una Exposición sobre Dega s realizada en Madrid.
A mi s mae stros y compañeros del campo de las Drogod ependencias, esp ecialmente
a la psicñloga y farmacéutica Constanza Ala rcñn Palacios, “compaðera d el alma”
reciente mente falle cida y a quien consideré afectivamente una segunda madre, porque con
ella apre ndí verd aderamente tanto la profesión como a re spetar y qu erer a los pa cientes y
muchas cosas más; a L lu ís Bach i Bach, también r ecientemente fallecido, por ser como era,
la “madre” y desprender esa profesionalidad generosa y a la vez cariðosa c on las mujere s
dependientes del alcohol y sus hij os y con nosot ros; a Francesc F reixa i Santfeliu por s er el
“padre”, por sus c ons ejos, acertadas o rientaciones y firmeza en los planteamientos; y a
Rafael H errero con quie n comparto la misma “locura” como profesional es, por el arte y
por todo lo relacionado con el alcohol.
A ellos, mi agradecimiento por la ay uda que m e prestaron siempre que la solicité.
A todos estaré siempre agradec ida, por los desvelos y al egrías compartidas durante
años en relación a l as d ependencias y a los dependientes, porque nos su pieron transmiti r
valores como trabajo, creatividad, diálogo honest o y sincero, justicia, rigurosidad, crítica y
libertad, pero sobre todo porque siguen siendo ve rdaderos ami gos a pesar d e la dist ancia en
kilómetros y en años, desde que todos coincidimos en el Hospital C línico de Barcelona
hacia el año 75 y aquellas Primer as J ornadas de Socidrogalcohol que tanto nos unió, para
bien de los usuarios.
A otros compañeros, como Mª Pilar Martínez, Mar isol L or ente, Giovan na Gentile,
Margarita Castillo, Jose Antonio Sanc ho y An a Aldea, también mi a gradecimiento; así
como a los compañeros del Colegio P rofesional de Psicólogos de Aragón y del Consejo de
Colegios de Psicólogos de Espa ña.
Agradezco también, por su ay uda in condicional y generosa a l as perso nas de la
Biblioteca de la Fa cultad de Ciencias Sociales y T rabajo de Zaragoza; al personal de la
Biblioteca del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zarag oz a; al
personal de l a Biblioteca de I nt erfacultades de l a Universidad d e Zaragoza; a Mª Jesús
Dueñas, bibliotecaria del Museo Provincial de Zaragoza; a Mª Luisa Antón y a Neus Milán
de la Biblioteca de l Doctor Laporte en el Hospital de San Pablo de Barcelona.
Y por último, a todos y cada uno d e los miembros del Tribunal, po r aceptar
participar y compartir e st e día tan importante en posit ivo, en mi vida.
A todos ellos, muchas gracias.
INDICE
“Toulouse-Lautrec era un apasionado de la libertad”
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 15
_______ _________ ______ _________ _________ ______ _________ ____________ _____
I. - SOBRE ALC OHOL Y SOBRE PSICOL OGÍA DEL
ARTE
1.- Marco teórico sobre alcohol y sobre alcoholismo ....................................... 25
1.1 Para ac lararnos: Conceptos generales .................................................. 25
1.1.1 Definiciones de l alcoholismo .................................................. 27
1.1.2 Depende ncia ............................................................................ 29
1.1.3 Toleranc ia ................................................................................ 31
1.1.4 Consumo excesivo de a lcohol ................................................. 31
1.1.5.Alcohol y aspectos epidemiológicos………………………….33
1.2 De la cultura del vino a la justificación del beber ................................ 35
1.3 Desarrollo del Proceso Alcohólico ...................................................... 41
1.3.1 Alcoholismo primario .............................................................. 42
1.3.2 Fases del proceso alcohólico ................................................... 44
1.3.3 Modos de beber y tipos de alcohólicos .................................... 45
1.3.4 Detección y dia gnóstico del alcoholismo ................................ 49
1.4 Consecuencias negativas del alcohol ................................................... 51
1.4.1 Síndrome de Abstinencia: leve y agudo o
Delirium Tremens ................................................................... 53
1.4.2 I ntoxicación alcohólica a guda o borrachera ............................ 56
1.4.3 Síndrome Dependencia Alcohólica (SDA) .............................. 59
1.4.4 Aspectos cognitivos ................................................................. 60
1.4.5 Consecuencias psicológica s y neuropsiquiátricas
del consumo excesivo de alcohol ............................................ 62
1.4.6 I ntervención terapé utica o tratamientos aplicados en
consumos de riesgo y c u ando ex iste dependenc ia al alcohol .. 69
2.- Psicología de l arte ................................................................ ........................ 74
II.-METODOL OGÍA
1.- Metodología cualitativa ............................................................................... 86
2.- Definición del pr oble ma .............................................................................. 90
3.- Estructura de trabajo .................................................................................... 91
4.- Fuentes... …... . ............................................................................................. 99
5.- Objetivos …... ............................................................................................ 103
6.- Procedimiento ............................................................................................ 105
6.1 I ntroducción ....................................................................................... 105
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 16
____________________________
6.2 Distribución ....................................................................................... 111
III. - LA FAMILI A DEL PINTO R
1.- La fa milia del pintor como un árbol ......................................................... 115
2.- Genealog ía del pintor ............................................................................... 125
2.1 Antecedentes de los Toulouse-Lautrec ............................................. 125
2.2 Antecedentes de los Tapié ................................................................ 129
3.- Pilares que se resquebrajan: L os padres del pintor .................................. 136
3.1 Madre ................................................................................................. 136
3.2 Padre ................................................................................................. 142
IV.-HENRI T OULOUSE-L AUTR EC
1.- Infancia, a dolescencia y e s colaridad ........................................................ 151
1.1. Enfermedades de Toulouse-Lautrec, hasta la s caídas ..................... 167
1.2. Caídas y su tratamiento ................................................................... 173
1.3. Picnodisostosis ................................................................................ 192
2.- Vuelta a París: J uventud ........................................................................... 199
2.1 La sífilis ............................................................................................ 202
3.- Aprendiendo a pintar y aprendiendo a volar en París .............................. 205
3.1 René Princeteau ................................................................................ 205
3.2 El señor Bonnat ................................................................................ 207
3.3 El señor Cormon, alias “Papá Rñtula” ............................................. 210
V. -JUVENTUD E N MONTM ARTRE
1.- El ambiente de la colina de Montmartre: vive y pinta en libertad ........... 216
2.- Amigos para siempre ................................................................................ 230
2.1 Compañeros de ba lnearios ................................................................ 231
2.2 Familia y a la vez amigos ................................................................. 233
2.2.1 El Doctor Gabriel Tapié de C éleyran, alias “Gab” .............. 233
2.2.2 Louis Pascal ......................................................................... 240
2.2.3 Désiré Dihau ........................................................................ 242
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 17
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2.2.4 George s -Henri-Manuel ................................ ......................... 243
2.3 Amigos íntimos ................................................................................. 244
2.3.1 Henri Bourges ....................................................................... 244
2.3.2 Maurice Joyant ..................................................................... 246
2.4 Amigos inseparables de taller y co rrerías juveniles .......................... 250
2.4.1 Emile Bernard ....................................................................... 251
2.4.2 Louis Anquetin ..................................................................... 252
2.4.3 François Gauzi ................................................................ ...... 255
2.4.4 Vincent Van Gogh, alias “el viejo” ...................................... 255
2.4.5 Henri Rachou ................................................................ ........ 258
2.4.6 Charles-Edouard Lucas ........................................................ 260
2.5. Amigos “elevados” cultura l intelectual o socialmente .................... 261
2.5.1 René Grenier ......................................................................... 261
2.5.2 Lily Grenier .......................................................................... 262
2.5.3 Maurice Guilbert................................................................... 266
2.5.4 Los Natanson: Los hermanos Alfred, Alexandre y
Thadée, má s su esposa Mi sia. ............................................... 267
2.6 Amigos profesionales ........................................................................ 273
2.6.1 Paul Sescau ........................................................................... 273
2.6.2 Tristan Bernard ..................................................................... 274
2.6.3 Louis Bouglé ........................................................................ 274
2.6.4 Paul L eclerc .......................................................................... 275
2.6.5 Roger Max ............................................................................ 277
2.6.6 Félix Fénéon ......................................................................... 277
2.6.7 Victor Jozé ................................................................ ............ 278
2.7 Amigos de borracheras...................................................................... 278
2.7.1 Charles Maurin ..................................................................... 279
2.7.2 Romain Coolus ..................................................................... 279
2.7.3 Edmond Calmèse .................................................................. 281
VI.- SUS MU SAS SON MUJ ERES
1.- Toulouse-Lautrec y sus damas .................................................................. 286
1.1 Mujeres de día ................................................................................... 286
1.1.1 Familiare s ............................................................................. 286
1.1.1.1 Madre: Adè le Zoé Marie Marquette Tapié de Céle y ran 286
1.1.1.2 Abuelas ................................................................ ......... 292
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 18
____________________________
1.1.1.2.1 Ga brielle d‟ Imbert du Bosc ................................ 292
1.1.1.2.2 L ouise d ‟ Imbert du Bosc .................................... 294
1.1.1.3 Otros familiare s ............................................................ 295
1.1.1.3.1 Joséphine d‟ I m bert du Bosc ............................... 295
1.1.1.3.2 Ar mandine d‟A lichoux de S énég ra .................... 295
1.1.1.3.3 Jeanne d‟A rmag na c ............................................ 295
1.1.1.3.4 Tía É milie d‟A ndoque de Serr iè ge ..................... 295
1.1.1.3.5 Tía É milie le Melorel de la Haichois ................. 296
1.1.1.3.6 Tía A lix-Blanche de Toulouse-Lautrec .............. 296
1.1.1.3.7 Made leine T apié de Céleyran, ............................ 296
1.1.1.3.8 B e atrix Tapié de Céleyran ................................... 297
1.1.1.3.9 Marie Dihau ....................................................... 297
1.1.1.3.10 Honor é ............................................................... 298
1.1.2 Personal de servicio .............................................................. 299
1.1.2.1 Adeline Cromont .......................................................... 299
1.1.2.2 Berthe Sarrazin ............................................................. 299
1.1.3 Modelos y prostitutas ........................................................... 299
1.1.3.1 Marie Clémentine Va ladon .......................................... 301
1.1.3.2 Carmen Gaudin ............................................................ 307
1.1.3.3 Hélène Vary ................................................................. 311
1.1.3.4 Rosa la Roja ................................................................. 313
1.1.3.5 Justine Dieuhl ............................................................... 315
1.1.3.6 Renée Vert ................................................................ .... 314
1.1.3.7 Amélie Élie « C asque d‟ Or » ......................................... 314
1.1.3.8 Victorine Louise Meurent ................................ ............ 314
1.1.3.9 Louise Blouet “Croquesi Margouin” ............................ 315
1.1.3.10 La pasa jera del 54 ....................................................... 315
1.1.4 Otras modelos femeninas sin identificar .............................. 317
1.2 Mujeres de noche ................................ .............................................. 317
1.2.1 Amigas bailonas y cantantes ................................................ 317
1.2.1.1 L ouise Weber “La Goulue” ................................ .......... 318
1.2.1.2 Jane Avril «L a Mélinit e » .............................................. 323
1.2.1.3 Yvette Guilbert ............................................................. 330
1.2.1.4 May Milton ................................................................... 334
1.2.1.5 May Belfort .................................................................. 336
1.2.1.6 Cha-U-Kao ................................................................... 338
1.2.1.7 Marie Louise Fuller ...................................................... 339
1.2.1.8 Anne Marie Marcelle Bastien “Marcelle Lender” ....... 342
1.2.1.9 Em ilie Z oé Bouchaud “Polaire” ................................... 344
1.2.1.10 Marie Céc ilie Ci ssy Brown, “ Ciss y Lof tus” .............. 345
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 19
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1.2.1.11 “La Macarona” ............................................................ 345
1.2.1.12 Miss Doll y ................................ ................................... 345
1.2.1.13 Otras mujere s pelirrojas .............................................. 347
1.2.2 Amigas teatreras ................................................................... 347
1.2.2.1 Mademoiselle Cocy t e ................................ ................... 347
1.2.2.2 Marie Thérèse Ganne .................................................... 347
1.2.2.3 Gabrielle Rèju ............................................................... 347
1.2.2.4 Sara Bernhardt .............................................................. 348
1.2.2.5 Emilienne d‟ Alençon .................................................... 348
1.2.3 Mis amigas de los burdeles, las flores del a rroyo ................. 348
2.-El álbum “Elles” ........................................................................................ 362
3.-Amores femeninos ..................................................................................... 371
VII.-EL ALCO HOL EN LA VI DA DE TOUL OUSE -
LAUTREC
1.- El alcohol en su vida ................................................................ ................. 387
1.1 Primeros “usos” y primera borrac hera .............................................. 387
1.2 Un poco de a bsenta ........................................................................... 388
1.3 La otra carrera, camino del alcoholismo ................................ ........... 392
1.4.-Sintomatología alcohñlica “e n cubierta” a través de las cartas ........ 401
1.5 A partir del año 1895, el otoño. ........................................................ 404
1.6 Los añ os ne gros, 1898 y 1899. ................................ .......................... 413
1.7 El ocaso, año 1900. ........................................................................... 429
1.8 Su adiós, año 1901 ............................................................................ 433
VIII.-PSICO PATOLOGÍA DE TO ULOUSE -LAUTREC
1.- Psicopatología de Toulouse-Lautrec ......................................................... 444
IX.-LA OBR A DE TOUL OUSE -LAUTRE C
1.-Nuevas técnica s, nuev as artes y nuevos estilos ......................................... 453
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 20
____________________________
2.- Pintura y dibujo en Henri de Toulouse-Lautrec ....................................... 465
2.1 Firmas y monogra mas de nuestro pintor .......................................... 468
2.2 ¿Pintor maldito? ............................................................................... 473
3.- Influenc ias recibidas por otras per sonas y por otros estilos artísticos ..... 475
3.1 I nfluencias de sus famili ares ............................................................ 476
3.2 Principales pintores que influyeron e n su obra ................................ 477
3.2.1 Jean L ouis Forain ................................................................. 477
3.2.2 Edouard Manet ..................................................................... 478
3.2.3 Hilarie Germain Edgar de Gas, “Dega s” ............................. 482
3.2.4 La estampa japones a ............................................................ 487
3.3 Otros pintores contemporáneos co n menor influencia .................... 490
3.3.1 Paul Cézanne ........................................................................ 490
3.3.2 Jacob Abraham Camille Pisarro “Pisarro” ........................... 491
3.3.3 Claude Oscar Monet............................................................. 492
3.3.4 Berthe Morisot ..................................................................... 494
3.3.5 Pierre Auguste Renoir .......................................................... 495
3.3.6 Vincent Willem Van Gogh .................................................. 496
3.4 Otras influencias ............................................................................... 499
3.4.1 Théophile Alexandro Steinlen ............................................. 499
3.4.2 Gustave Courbet ................................ ................................... 499
3.4.3 Hono ré Daumier ................................................................... 500
3.4.4 Jules C héret .......................................................................... 502
3.4.5 Federico Zendomeneghi “Zando” ................................ ........ 502
4.-Influenc ias de Toulouse -Lautrec en otros artistas ..................................... 504
4.1 Robert de Montcabr ier ................................ ...................................... 504
4.2 Los Nabis .......................................................................................... 504
4.3 Los Fauvistas .................................................................................... 505
4.4 Pablo Ruiz Picasso ........................................................................... 506
4.5 Edvard Munch .................................................................................. 507
4.6 Un apunte publicitario ...................................................................... 508
X. -EL ALC OHOL EN ALGUNA S DE LA S OBRAS DE
TOULOUSE-L A UTREC
1.- El alcohol entra en su obra ........................................................................ 512
1.1 A table - 1880 ................................................................................... 515
1.2 Bebedor en la taberna - 1882 ............................................................ 518
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 21
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1.3 Mujer joven sentada cerca de un caballete (en el estudio) - 1884 .... 521
1.4 Gin Cocktail - 1886 ........................................................................... 524
1.5 A L‟E l y sée-Montmar tre:
Le quadrille de la chaise L ouis X III - 1886 ................................ ...... 527
1.6 Le Refrain de la chaise L ouis X III
au Cabaret d‟A risti de Bruant - 1886 ................................ ................ 531
1.7 A Greneille o la bebedora de a bs enta – 1886 / 1888 ........................ 534
1.8 Retrato de Va n Go gh - 1887 ............................................................. 537
1.9 Au bal de l‟ El y sée Montmartre - 1887.............................................. 542
1.10 A L‟E l y sée-Montmartre -1887....................................................... 545
1.11 La Buveuse o Gu eule du bois - 1888 .............................................. 548
1.12 Bal masqué - 1888 .......................................................................... 555
1.13 En la Ba stille: J eanne Wenz - 1888 ................................................ 559
1.14 Au Bal du Moulin de la Galette - 1889 ............................................ 565
1.15 Femme de bout derrière une table - 1889 ........................................ 570
1.16 A la Mie - 1891 ............................................................................... 573
1.17 Un coin du Moulin de la Galette - 1892 ......................................... 580
1.18 Reine de Joie - 1892 ........................................................................ 584
1.19 Ambassadeurs. Aristide Brua nt en su cabaret - 1892 ..................... 588
1.20 Au Moulin Rouge - 1892 ................................................................ 591
1.21 Ces dames au réfectoire - 1893 ........................................................ 595
1.22 M Boileau e n el café - 1893 ............................................................ 599
1.23 Dos mujeres en el bar - 1893 .......................................................... 603
1.24 Aux Ambassadeurs: Gens chics- 1893............................................ 606
1.25 Alfred la G uigne - 18 94 .................................................................. 610
1.26 Bebidas americanas y otras - 1895 .................................................. 614
1.27 Programa para L‟ Argent - 1895 ...................................................... 617
1.28 A table chez M. Mme Thadée Natanson - 18 95 ............................. 620
1.29 Le bon joke y - 1895 ........................................................................ 622
1.30 Irish and American Bar, T h e Chap Book - 18 96 ............................ 625
1.31 M. Maxime Dethomas au bal de l‟ op éra - 18 96 ............................. 629
1.32 Chocolat dansant - 1896 ................................ .................................. 632
1.33 Au Bar Picton, 4, rue Scribe - 1896 ................................................ 636
1.34 Skating Professional Beauty: Mlle Liane de Lanc y a u
Palais de Glace - 1896...................................................................... 639
1.35 Baron dans Le s Charbonniers - 1897 .............................................. 642
1.36 Snobisme - 1897 ............................................................................. 644
1.37 En el bar - 1897 ............................................................................... 647
1.38 Au Café: Le conso mmateur el la caissière chloro tique - 1898 ....... 650
1.39 Camarera del bar de L ondres - 1898 ................................ ............... 654
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 28
____________________________
Jellinek, afirma que el a lcoholismo sería, “todo uso o abuso de bebidas
alcohólicas que origina un perjuicio al individuo, a l a familia o a la s ociedad,
siendo la pérdida de control una de l as características (Soler y S an 1984; Soler,
Freixa y R eina, 1988).
Otra definiciñn es la de P . Fouquet: “ es alcohñlico el individuo que ha
perdido la libertad de abstenerse o de detenerse e n beber” ( Fouquet y De Borde ,
1985 ).
Por últ imo, F. Freixa y Bac h (1975 ) c onsideran alcohñlico, “a toda persona
que usando del alcohol y conociendo que su uso le produ ce cambios
caracter ológicos y conductuales, no es capaz de disminuir la dosi s que ingiere o
de dejar de usar el alco hol, y que co n mu y alta probabilidad, de esta et apa de
dependencia (alcoholomanía) pasará a la int oxicación persistente con a dicción
(alcoholización), con la s manifestaciones del Síndrome de Abstinencia que
evidentemente mejora o se palia con una nu eva ingesta del tóxi co”.
El alcoholismo se caracteriza fundamentalmente por la dificultad de
controlar el consumo d e alcohol como ocurre con la pérdida de co ntrol de
cualquier otra dro ga (Giesbrecht, 2008 ). Al pri ncipio puede se r intermitente y
ligera pero más adelante puede ll egar a ser contin uada. Esta pérdida incipiente de
control se pu ede utiliz ar por el profesional en e l periodo de abstinencia ini cial
(Wutzke, C onigra ve, Saunders and Ha ll , 2002), una vez se inicia la intervención,
para probar de establecer e n a lgunos casos, un límite de consumo de a lcohol que
sirve también para qu e el usuario aprenda sobre el proceso y tome conc iencia de
problema, que por ot ra parte le está generando su consumo ( Gu ardia, J imenez,
Pascual, Flórez y Contel, 2008 ).
La cuestión de la definic i ón del a lcoholismo está pues lejos de ser un mero
trámite.
Por nuestra parte, y siguiendo a la OMS, consideramos al alcoholismo
como una dependencia d e la droga alcohol, y a sea e sta dependencia de tipo físico,
psíquico, o se den ambas sim ultáneamente. Es d ecir, una persona que se
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 29
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emborracha ocasionalmente no tiene por qué tener establecida una dependencia de
ningún tipo frente al alcohol. En cambio, un bebedor excesivo regular que llega a
presentar síntomas de adicción, sin emborracharse jamás, será clasifi cado como
alcohólico.
Nos parece int eresante in sistir en la diferencia entre alcohólico y borrac ho,
lamentablemente confusa tanto en el len guaje popular c omo en la terminol ogía
técnica ( Llamazares, 1981). Ni todos los alcohólicos se emborrachan, ni todos l os
que se embriagan eventualmente deben ser cons iderados alcohólicos. El criterio
ha de se r forzosamente más estricto, requiriendo un diagnóstico polidimension al
por parte d e profesional es especializados (Ceccanti , Balducci, Atti lia y Romeo,
1999).
Existe una casi total una nim idad al señalar que el alcoho lismo es una
enfermedad soc ial (Vega , 2000).
1.1.2.-Dependen cia
Por otro lado e l conc epto de depe nden cia ha sido objeto de matizaciones y
diferentes revisiones po r parte de la OMS, la Am erican Ps yc hiatric A ssociation y
otros org anismos, e n las que se ha insisti do en la sustitución de la denominación
de alcoholismo por la de depende ncia del alcohol (OMS, 2001).
Depende ncia psicosocial es la conducta inevitable del sujeto a la búsqueda
de los efectos que produ ce el alcohol como depresor del Sistema N ervioso
Central, desinhibidor, seudoeuforizante, ansiolítico etc.
Depende ncia física o adicción ha estado definida clásicamente como un
estado adaptativo del or ganismo hacia la sustancia, caracter izado por la aparic ión
de problemas físicos, cuando la administración de la droga se interrumpe.
En la ma yoría de las culturas, el alcohol es el depresor del S istema
Nervioso C entral utiliz ado con m ás frecuencia y el re sponsable de una morbilidad
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 30
____________________________
y un a mortalidad consid erable (Ala rcón, 1979; Rivara, Garrison, Ebel, McCarty
and Christakis, 2004).
La característica esencial de la D ependencia del Alcohol (F10.2x 303.90)
según el DSM- IV -TR (Asociación Ameri cana de Psiqui atría, 2002 ), consiste en
un grupo de síntomas cognoscitivos , de comportamiento y fisiológicos que
indican que el individuo continúa consumiendo la sustancia. Ex iste un patrón de
repetida administración que a menudo ll eva a la tolerancia, la abstinencia y a un a
ingesta c ompul siva de l a susta ncia (Rehm and Monteiro, 2005; Rehm, Patra,
Baliunas, Popoya, Roerecke a nd Ta y lo r, 2006).
Los criterios diagnósticos en la dependencia de alcohol (Sociedad
Española de Psiquiatría, 2003), como en las otras sustancias, c ontempla un patrón
desadaptativo de consumo que conlleva un d e terioro o malestar clíni camente
significa tivos y la prese ncia de tre s o más de los ítems siguiente s, en algún
momento de un periodo continuado de 12 meses:
- Toleranc ia
- Abstinencia
- Deseo persistente o esfuerzos por controlar o interrumpir el consumo.
- Reducción en actividade s sociales, laborales o recreativas.
- May ores cantidades o durante un p eriodo má s largo de ti empo d e
consumo, de lo que inicialmente se pretendía.
- Consumo continuado a pesar de tener conciencia de problemas
psicológicos o físicos persistentes.
(Asociac ión Americana de Psiqui atría, 2002).
Algunos autores (Midanik and Room, 1992; Midanock, Tam, Greenfiel d
and Caetano, 1994) señal an que el riesgo de desarrollar depe ndencia al alcohol se
incrementa de manera sig nific ativa cu ando se be be más de 12 litros/etano l/año, lo
que viene a ser unos 230 gramos/etanol a la semana (Standridge, Zylstra and
Adams, 2004) y que, a igualdad de volumen consumido, la aparición del cuadro se
relaciona estrechamente con la proporción de situaciones en las que el individuo
toma más de 5 copas.
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 31
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1.1.3.-Tolera ncia
La tolerancia p ermite al bebedor, si guiendo las n ormas sociocultur ales, en
especial en la Europa del S ur (Anderson y Bau mberg, 2006), ir increm entando
paulatinamente las dosis, sin marcados efectos fisiopatológicos a parentes (May o r
y Cano, 1996). Ten gamos en cuenta qu e la tolerancia en los s eres humanos se
desarrolla en un period o de 5 a 10 años o más, por lo que tenemos nueva
confirmac ión de que la enfermedad es p rocesual. Durante este tiempo, todos se
dan cuenta, en la ma y oría de los ca sos, de que “aunque beben ma y or cantidad, e l
alcohol le produce menos efecto” y el p aciente cree que es porque sab e beber y
resiste mejor (Rodríguez-Martos, 1989 ).
El de sarrollo de la tolerancia, e s la base de los tras tornos conductuales que
cursan con irritabilidad, cambios de humor, rasgos de conducta caracteropáticos
y / o conductas que clínicamente parecen ti pificadas como psicopáticas. Una de las
caracter ísticas b ásicas de dicha conducta son los trastornos de memoria , con
manifestaciones de carácter la cunar (bla ckouts), de amn esia tot al de un periodo
durante el cual el sujeto pare ce ac tu ar normalmente, pero del que después no
recuerda nada, o sólo mantiene recuerdos confusos que rellena falsamente
(palimpsesto) o que recordará c on cierta verosimilitud unos días después.
1.1.4.- Consu mo excesiv o de alcohol
La s bebidas alcohólica s también pueden tener unas consecuencias
desfavorables en cualquier persona que consuma por encima de los límites de
consumo considerado como moderado o prudente sea consumo reg ular, oc asional
o presentar alcoholismo ( Asociación Alcohólicos Rehabilitados, 1989).
En España existe una medida que nos permite cuantificar el consumo de
alcohol, nos facilita la detección de consumo de riesgo a la par que se suele
utilizar con frecuencia e n la práctica clínica que es la ll amada U BE, Unidad de
Bebida Estándar. Par a España 1 UBE equiv ale a 1 0 gr de alcohol puro o lo que es
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 32
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lo mismo el alcohol existente en una copa de vino o de cerveza mientr as que 2
UBE (20 gr d e alcohol) equivale a una m edida d e bebida d estilada (Rodríguez-
Martos, Gual y Llopis, 1999).
En el consumo excesivo podemos distinguir tres gr upos llamados consumo
de riesgo, consumo perjudicial y d ependencia alcohólica.
Consumo de riesgo es el qu e supera los límites de consumo moderado o
prudente y e l que aumenta las prob abilidades de sufrir trastornos m entales, del
comportamiento, accidentes o enfermedades aunque estas todavía no se han
producido. Este consumo ha sido d efinido como un consumo cas i diario superior a
40 gr de et anol/día en varones (supone más de 4 UBEs) y de 24 gr de etanol/día
en mujeres (más de 2 UBEs). Estas medidas responden a puntos de corte extraídos
de diferentes estudios epidemiológicos que comparaban el ries go d e sufri r
problemas de salud con los consumos de alcohol de las personas que conformaban
las muestras. (Álvarez, Del Rio y F ernando, 2003 ).
El consumo ocasional de ries go se produce cuando una p ersona consume o
hace un consumo concentrado de bebidas alcohólicas en pocas ho ras. Se considera
ocasional de riesgo el qu e supera 50 gr de etanol por ocasión para los varones y de
40 gr d e etanol por ocasión para las mujeres (Gua rdia, Jimenez, Pascual, Flórez y
Contel, 2008 ).
El consumo de riesg o d e alcohol es motivo de gran pre ocup ación sanitaria
y social (Santacreu, Zaccagnini y M árquez, 199 2), dado que su p revalencia, más
elevada que el alcoholismo puede causar las mi smas enfermedades y las mismas
alterac iones de comportamiento que el alcoholismo suponiendo un gran reto en
prevenc ión.
Sin embarg o en nuestro país aun no se ha realizado un estudio completo
que cuantifique la prevalencia tanto del alcoholis mo como del consumo d e riesgo
en toda la poblac ión española.
Mientras, conocemos que Europa es la p arte d el mundo donde se consume
más alcohol, 11 litros de alcohol puro por habit ante y año. (Ba bo r, Caetano,
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 33
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Caswell, Edwards, Giesbretch, Graham, et al., 200 3, Hibbel, Andersson, J arnason,
Alströhm, Balakireva, Kokkevi and Mo rgan, 2004) y la prevalencia anu al sería
de:
Depende ncia del alcohol, hombres 5 %; dependencia en mujeres 1 %.
Consumo de riesg o de ambos 15 % ( Le ifman y c ols, 2002).
Consumo perjudicial para la CIE -10 (Décima revisi ón de la Clasificación
Internacional de Enf ermedades de la OMS) e s un consumo de alcohol que y a ha
afec tado a la salud física y/o psíquica aunque n o llega a cumplir los criterios
diagnósticos de dependencia del alcohol ( OMS, 1992; 1995 ). S on especialmente
adversa s situa ciones como el e mbarazo o cuando existe un problema físico como
la cardiopatía, hi pertensión o diabetes, y los t ratamientos con fármacos que
presentan int eracciones con el alcohol y en menores de 18 años. ( Arias y Latorre,
2006; Rodríguez-Martos, 2002c ; Wannamethee and S haper, 1997).
En la pr áctica se tiende a conside rar que un con sumo regular por encim a
de 60 gr alcohol/día en hombres y de 40 gr alcohol/día en la mujer, es p robable
que llegue a generar consecuencias adversas características del con sumo
perjudicial (Guardia, Jimenez, Pascual, Flórez y Contel, 2008 ; Fillmore, Kerr,
Stockwell, Chikritzhs and Bostrom, 2006).
1.1.5.-Alcohol y a spectos epide m iológico s
El a lcohol e s una dr oga socialmente aceptada y ampliamente integrada en
nuestra cultura. Eu ropa e s la región d el mundo donde se c onsume más alcohol,
a pesar d e que los 11 litros de alcohol puro be bidos por cada adulto y año
siguen representando una sustancial caída desde el reciente pico de consum o de
15 litros, a mediados de los años setenta del siglo pasado. L a ma y or parte de
europeos consumen b ebidas alcohólicas, pero 55 millo nes de adultos (15 %) s e
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 34
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abstienen (en Esp aña, esta cifra asciende al 33% de la población); teniendo en
cuenta este hecho y el c onsumo no re gistrado, el consumo por bebedor alcanza
los 15 litros por año (Plan Nacional sobre Drogas 2011).
Alguna s características básicas del consumo en Europa son las siguientes
(Anderson y Baumberg, 2006):
- 1.-Casi la mitad d e este alcohol e s consumido en forma de cerveza (44%),
dividiéndose el resto entre vino (34%) y licores (23%).
- 2.-Dentro de la UE15, en los países nórdicos y centrales se bebe sobre todo
cerve za, mientras que en el sur de Europa la be bid a más consumida es el vino.
España empieza a ser una excepción, puesto qu e el consumo de cerveza s e ha
incrementado notablem ente en detrimento del de vino (World Health
Organization, 2004; Word Drink Trends, 2005)
- 3.-En la mayor parte de la UE15, alrededor d el 40% de l as ocasion es de
consumo se concentran en la cena, aunque en los países del sur es mucho más
probable consumir a lcoh ol a la hora de l almuerzo que en otras regiones.
- 4.-Mientras que exist e también un gradiente norte -sur en el nivel de consumo
diario, la fr ecuencia de consumo no diaria (por ejemplo, beber varias v eces
por semana, pero no cada día) parece ser más común en la Europa C entral, y
se observa una reciente armonización dentro de la UE15.
- 5.-España no supone una ex cepción en lo qu e s e r efiere a la g eneraliz ación del
consumo de bebidas alcohólicas: el 88% de la poblac ión entre 15 y 64 años ha
tomado e n alg una ocasión bebidas a lcohólicas, y la ma yoría (el 60%) ha
consumido alcohol al me nos una vez en los últimos 30 días. Sólo el 10% de la
población española entre 15 y 64 años manifiesta haber consumido alc ohol a
diario en el últ imo mes . La Encuesta Domicili aria sobr e Alcohol y D rogas en
España ED ADES (2007- 2008) muestra un de scenso notable en los niveles de
consumo esporádico de b ebidas alcohólica s, y también en el c onsumo diar io y
en el porcentaje d e b ebedores d e riesgo: en tod os los casos se alcanzan los
porcentaje s más bajos de los úl timos diez años
-
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 35
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Fig ura 4.-Consumo esporádico, bebedores de riesgo y consumo diario de bebidas
alcohólicas en E spaña, 1997 -2008
Consumo esporádico: consumo en el último mes o en los últimos 30 días.
Consumo diario: consumo de todos los días.
Be bedores d e rie s go: m ás de 50 cc/ día p ara ho mbres y más de 30 cc/ día para
mujeres.
(Plan Nacional sobre Drog as, 2008)
1.2.- De la cult ura del vino a la justi ficación del beber
Hasta lle gar al siglo X X, haremos un re p aso de las “necesidades” d el uso
del alcohol en nuestro medio, que nos a y udará a comprender la ausencia muchas
veces de sensibilidad a los graves problemas generados por el uso de bebidas
alcohólicas y el sil encio cómplice, la ocultación y la ne gac ión de d eterminadas
estructuras soci ales (Bobes, Bascarán, Bobes- Bascarán, Carball o, Díaz, Fl órez, et
al., 2007; Rubio, Jiménez, Ponce y S anto -Domingo, 2003).
Es sabido que el uso de bebidas alcohólicas s e remonta como mínimo a
una anti güe dad de 4.00 0 años, época en la qu e en Babilonia existía ya una
importante industria de producción de cervezas (Caca uelos, 1985). El vino ti ene
una historia más reciente, contribuyendo su aparición a la ex tensión del
alcoholismo. Sin embargo, hasta la ap arición y perfeccionamiento de los métodos
de destilación y conserva ción de las b ebidas a lcoh ólicas, esta plaga no comenzó a
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 36
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adquirir los car acteres endémicos que presenta en la actualidad ( S chivelbusch,
1995 ).
El proceso de expansión de las b ebidas alcohólicas en la antigüedad no fue
exactamente paralelo al del cultivo de la vid, sino al d e los cereales , siendo las
culturas g r ecolatinas las re sponsables de su implantación en e l área medit erránea
y persistiendo en ellas su lig azón con lo sagra do y lo divino, que en cier ta medida
ha persistido hasta nuestros días.
Antes de que las bebidas calientes no alcohólicas (c afé, té y chocolate)
llegaran a ocupar un lugar fijo en la dieta europea, el alcohol desempeñaba un
papel cu y a importan cia ho y nos resulta difícil de imaginar. Er a a la vez
estimulante y alimento (Braudel, 1994). La población medieval se emborrachaba
con cerveza y vino, esp ecialmente durante los en tonces numerosos días f estivos,
fiestas patronales, bodas, bautizos y entierros; y entre semana la cerveza y el vino
formaban parte d e la alimentación. (Por eje mplo, en París, hacia 1600 se
contabilizaban ciento tres festividades al a ño).
Por otro lado, antes de la introducción de la patata, la cerveza era junto co n
el pan, el principa l alimento de amplios se ctores de la pobla ción europea centra l y
septentrional. “Lo beben ambos sex os, a cualquier edad, l os sanos y los enfermos”
censuró Johann Brettschneider en 1551. El pla to básico era la sopa de cerveza.
Hasta el X IX la fabricación de la cerveza fue una tarea domésti ca más,
como la matanza o hacer el pan. El orig en doméstico de la c erveza se manifiesta
en el he cho de qu e todavía en el siglo XVII esta bebida solí a ser servida por
mujeres. Igualmente, la cerve za y luego el aguardiente, formaban parte de las
provisiones habituales de los ejércitos europeos (Kobold, 2001; Escotado, 1994).
Aparte d e la función nutritiva (Santo-Domingo, Gual y R ubio, 2005), fue
básicamente la fun ción ritual la que condicionó un c onsumo de alcohol excesivo,
en las soci edades preind ustriales. Estos rituales d e la b ebida todavía siguen mu y
vivos en nuestros días: brindar, beber a l a salud de alg uien, la obligación de
corre sponder una rond a con otra, sella r una amistad con una copa, las
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 37
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competiciones para ver quien bebe más y otras tantas costumbres qu e siguen
repre sentando conductas y obli gac ion es de las que parece difícil sustraers e.
También es ve rdad que ya en el si glo XVI comen zaron a levanta rse fuertes
críticas contra dichas costum bres, que ll evó a ca mbi ar el conc epto que se tenía de
la bebida. No cambió el consumo re al de alcohol, que ya anter iorment e había
alcanzado tal grado d e s aturación que difícilmente cabía aumentarlo más . En el
XVI al alc oholismo se le llamaba “diablo de la bebida” (Schivelbusch, 1995 ).
Esta nueva conce pción fue naciendo en tiempos de la Refor ma y sus
principales paladines fueron destacados re f ormadores, encabezados por Lutero.
Sin embarg o, este movimiento de templanza no obtuvo resultados
duraderos y menos en la z ona vitivinícola mediterránea (Gasull, 1978).
Por lo visto, la saturac ión todavía no er a suficientemente madura como
para conse guir un auténtico cambio en las costu mbres de la bebida. No sólo era
precisa una id eología pu ritana pa ra condenar al “diablo de la b ebida”, si no una
base material que lo posibilitara. Dicha base era, por un lado, una soci edad y
economías más desarrolladas, ma y ores obli gacio nes obj etivas, una ma y or
disciplina en el tra bajo y por otro lado un nuevo conjunto de bebidas capaces de
sustituirle, había de darle un nuevo a tractivo.
Gracias al café, la humanidad que iba sin rumbo bajo los vapores del
alcohol logra desper tar a la razón y a la laborios idad burguesa (Velasco, 2004) .
Esta era la publicidad a favor de l c afé.
Al café se le atribuía una virtud que a pesar de haber quedado invalidada
por diferentes estudios f armacológicos, todaví a pervive en l a creencia popular: la
capacidad de serenar a una persona ebria.
El vino era una bebida de desa yuno medi eval (Santo-Domingo, 2000) .
Sólo en el X IX, ya firmemente implantadas las bebidas calientes, los p ersonajes
dandis y snobs redescubrieron el desa yuno con champán y t enedor, es decir, si n
café .
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 44
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El facultativo, incluso a hora, pocas veces inda ga, pocas ve ces investiga
sobre la falta de control y la incapacidad de mant ener la abstinencia de la bebida,
porque el alcoholismo no es cuestión de dosi s. Cuando el alcohol plantea
problemas, entonces, el alcohol es el problema (Feuerlein, 1982 ).
Un estudio control ado h a demostrado que la identificación de bebedores
excesivos puede reducir la tasa d e bajas labor ales, hospitaliz aciones e in cluso la
mortalidad, debidas al abuso de alcohol (Kristenson, Osterling, Nilsson and
Lindgarde, 2002)
En cualquier caso, se ll eg ue por la ví a que sea, el S DA es una realidad
compleja, con la que no se nace, no se hereda, sino que se hac e. La c onsideramos
una enfe rmedad social y que se va desarrollando sobre la marcha , día a día,
llega ndo en un momento dado, en unos casos ante s, en otros más tarde, la ma y orí a
de los casos en años, a cruz ar una suti l línea, a partir de la cual y a no se pu ede dar
marcha atrás, porque el individuo ha perdido las riendas, y ahora quien la s dirige
es el alcohol, produciendo la depende ncia psicosocial (R odríguez-Martos, 1996 ).
1.3.2.-Fases del proceso alcohólico
La s fases clásicas, a efectos puramente didácticos del pro ceso alcohól ico,
según Jellinek, podrían tener la for ma de curva descendente, de cue sta hacia
abajo, donde una vez “tocado fondo”, el paciente inicia la recuperaciñn, cuando
pide ayuda e inicia tratamiento, iniciándose la parte de curva ascendente.
Serían según nos describe Rodríguez-Martos (1989), cuatro fases:
Prealcohólica. El consumo de alcohol es frecu ente, buscando alivio o
“gratificaciñn”.
Prodrómica. Piensa con tinuamente en el alcohol, pero evita hablar de
alcohol, bebe a escondi das, a cumula reservas d e a lcohol , bebe ávidamente el
primer trago, reacc iona violentamente a la palabra estímulo -alcohol.
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 45
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Tiene sentimi entos de culpa y fundamentalmente aparecen lagunas de
memoria.
Crítica: Hace ostensibles intentos de permanece r abstinente, pero
disminu y e la capacidad d e beber cuando los demás lo hacen y pierde el con trol, se
hace autorreproches y sufre os cilaciones de l estado de ánimo, y a la vez, se
muestra fanfarrón y a ve ces agresivo. Se dist ancia de la influencias de su entorno,
se estr echan y pie rde intereses, deterio rándose las r elaciones interpersonales,
incluso problemas en el trabajo.
Crónica. Es frecuente el temblor matutino. Disminu y e la tol erancia y las
embriagueces se prolon gan pudiendo durar día s enteros. Al final, bebe con
personas muy por de bajo de su nivel social.
1.3.3.-Modo s de beber y tipo s de alco hólicos
De acuerdo con las dif erentes posibil idades de cultivo en los distintos
países, se han desarrollado varios patrones de consumo que podríamos agrupar en
dos tipos principales: e l modo de beber que denominaremos ang losajón, más
frec uente en Norteamérica y los países de la Europa C entral y Septent rional, y el
de tipo mediterráne o, correspondiente a los países vitivinícolas (Farke y
Anderson, 2007; Kuntsche, Rehm and Gmel, 2004).
El modo de beber “angl osajñn” se c aracteriza por un consumo p rimordial
de bebidas destiladas, para facilitar las r elaciones sociales, d e fo rma que la
dependencia del alcohol e n esos pa íses se distingue por la in gesta d e licor es
durante periodos cortos del día, concentrado en o casiones en los fines de semana,
y por la embriaguez manifiesta (Carrillo de la Peña, 2000).
Por el contra rio, el modo de beber “medite rráneo” se ca racteriza por el
consumo en for ma de vino, formando parte de las comidas. Bajo estas p autas de
consumo, el alcoholismo se define po r una ingesta más continuada de bebidas
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alcohólicas de b aja graduación, y por la infr ecuencia de la embriaguez aguda
(Cano y Ma yor, 1991 ; Cano, Ma y or y López, 1993).
Estos distint os patrones de uso interaccionan con actitudes sociales y
legales ante l a bebida, n o menos diferentes (Anderson, Ka n er, Wutz ke, Wensing,
Grol, Heather, et al., 2003). Así, mientras en los países “anglosajone s” se da una
baja disponibi lidad del alcohol, un fuerte con trol social, y en definitiva, un
concepto frente al alcohol, ce rcano al de droga, en los medios “mediterráneos”, la
disponibilidad es ilimitada, el control social ampliamente relajado, y el concepto
de alcohol está más próximo al de alimento (Jackson, Sher and W ood, 2000). Una
gran cantidad de tópicos y refranes relativos a las supuestas cualidades del vino y
otras bebidas alcohñlica s constituyen buena prueba d e ello. “Con pan y vino se
hace el camino”, “el vino hac e sangre”, etc. (Freix a y S oler, 1981 ).
Señalare mos cuatro autores que han marcado de forma convin cente la
realidad plur al de los alcoholismos, pues debemos hablar de alcoholismos en
plural.
Por un lado Jellinek en 1960, define cinco tipos, que las nombra con las
primeras letras del alfabeto grieg o (Puente, 1975, Babor, 1996):
Alfa: Representa una d ependencia psicológica continua con objeto de
neutralizar el “dolor c orporal o emocional” producido por una enfermedad
subyacente. Be b e para aliviarse, no pierde el control.
Beta: Comprende aqu ellas especies de al coholismo en el que las
complicaciones alcohólicas como polineu ritis, gastritis y otr as, o curren sin ex istir
dependencia física o psi cológica para el alcohol. Recoge una serie de c uadros de
alcoholización directa y pura y de avitaminosis y dé ficit alimentario, estando
producidos ésos últ imos por la asociación d el alco hol y la alimentación deficiente.
Bebe dor ocasional o inducido, no pier de el control, pero puede lleg ar a
alcoholizarse. Tarda e n aparecer la dependencia.
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Gamma: Bebedor alcoh olómano, con d ependencia psíquica y pérdida d e
control. Capacidad de abstención conservada. De pendencia física ulterior,
registrada en signos de abstinencia y la falta de control. Se da una definida
progresión de la dependencia psicológica a la física. L os alcoholismos alfa y beta
pueden conducir al ga mma
Delta: Be bedor habitual que desa rrolla dependencia física con incapacidad
de abstenerse. A diferencia del gamma, el alcohólico delta no pu ede estar un solo
día a agua, sin manifestar sínt omas de abstinencia. La capacidad de controlar la
cantidad de alcohol ingerido permane ce, sin embargo, int acta en todo momento.
Por tanto, si pérdida de control, en principio. Dependencia psíquica tardía. Estos
alcohólicos, raramente piden ayuda, hasta más adelante, a causa de sus escasos
trastornos psíquicos y sociales.
Épsilon: Bebedor epis ódico o alcoholismo periódico, es el menos
frec uente. En Europa e Hispanoamérica se le c o noce c omo dipsomanía, siendo a
menudo sintomático de una enf ermedad psíquica.
Para Jellinek, solamente los alcohólicos gamma y delta constit uyen
claramente una e nfermedad alcohólica (Freixa y S oler, 1988).
Por otro lado, Santo Domingo y Llopis (1963), nos describen cuatro
“modos de beber”, r ecogiendo todas las posibili dades de consumo (Belascuain,
Tutti, J ulia, Massano, Na cón, Ortiz et al., 1982, Llopis, Gua l y Rodríguez- Martos,
2000).
1.-Sin pérdida de control, con capacidad de a bstinencia conservada y
ausencia de síndrome de abstinencia.
-2.-Con tolerancia aumentada, metabolismo adaptado al alcohol, síndrom e
de abstinencia, in capacidad de abstención y capacidad de control
conserva da.
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-3.-Con tolerancia aumentada y metabolismo ada p tado al alcohol, síndrome
de abstinencia, incapacidad de abstención y pérdida de control.
-4.-Con capacidad de abstención conservada y pérdida de control. S on los
bebedore s de curso inter mitente.
Años más tarde, Alonso-Fernández (1981), nos describe cin co tipos que se
equiparan a los de Jellinek:
Bebe dor enfermo psíquico .............................. Alcoholismo alfa
Bebe dor alcoholizado ..................................... Alcoholismo beta
Bebe dor alcoholómano ................................... Alcoholismo gamma
Bebe dor ex cesivo regular ............................... Alcoholismo delta
Bebe dor episódico .......................................... Alc oholismo épsilon.
Por últ imo Rodríguez-Martos (1989), nos muestra como las formas de
beber sociales, a trav és de una ingesta cotidiana excesiva, con cantidades
consideradas a menudo como normales, p ero que sobre pasen los límites de riesgo,
60 g/día de alcohol puro par el hombre y 20 g/día para la mujer, o bien de i ngestas
reitera das abusivas y /o patrones de ries go como la ingesta excesiva en ayunas,
darían paso al tipo bebedor excesivo regular , el más frecuente en nuestro m edio.
La forma de beber caracteropática, abocaría al tío alcoholómano. El
enfermo psíquico ajusta su forma de beber al alivio de su malestar, dando un
patrón etílico sintomático.
Ahora bien, como al sín drome de d ependencia alcohólica s e llega a través
de un proceso, sea la forma de entrada un a u ot ra, se llega a la dependenc ia bio -
psico-social, que siempre conlleva alcoholomanía y alcoholización.
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La comprensión biopsicosocial del consumo alcohol, requiere considerar a
esta práctica integralmente, reconociéndola como un “hecho social tot al” (Orti;
1991) que se p resenta interrelacionado con la totalidad social estructurada y
constituye la expresiñn sintética del estado de la socie dad (una “ objetivaciñn
totalizadora”).
Pero también las bebidas alcohólicas pueden tener una s consecuencias
desfavorables en cualquier persona que consuma por encima de los límites de
consumo considerado como prudente, calculado en un consumo es de 0 a 20 g d e
alcohol al dí a (Corrao, B agnardi, Zambon and La Vecchia, 2004; Di Castel nuovo,
Rotondo, Iacoviello, D onati and De Gaetano, 2002 ), sea consumo regular u
ocasional (Le hman, Chiu and Schaller, 2004).
1.3.4.- Detección y diagnó stico del alco holismo
Destacaríamos como instrumento de diagnóstico, la encuesta
semiestructurada donde se recogen además de asp ectos generales, los relacionados
con las área s de la vida donde el usuario pueda tener problemas, tenie ndo en
cuenta r eseñar la situación y el consumo actual, cuándo y cómo fue el in icio, el
consumo de la últ ima semana , el de los últimos seis meses, la cantida d máx ima
consumida y duración, as í como los intentos de dejar el consumo y su dura ción, si
es que han e xistido (Guardia, Jimenez, Pascual, Flórez y Contel, 2008).
Es importante contemplar la utiliz ación de d iversos test y cuestionarios en
la detección del alcoholi smo, entre los que destacamos (Rodríg u ez-Martos, 1986,
2002a).
CAGE: Es un test muy sencillo, consta de cuatro preguntas, es mu y útil
para el cribaje entre pob lación general a través de aten ción pri maria san itaria y
social, pero mucho más útil si estas preguntas se camuflan entre otras preguntas
por ejemplo de la e ntrevi sta en la acogida (Ewing, 1984; Cherpitel, 2002).
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INDICE GRAVEDAD DE L A ADICCION (Eur opAS I ): Es una entrevista
multidimensional utilizada para valorar la gra v edad de la depe nd encia de las
sustancias, salud, temas laborales, familiares, sociales, y síntomas psicológicos
y / o psiquiátricos que pudieran asociarse al consumo de alcohol y otras drogas y
que puede servir para establecer tratamientos individualiz ados en los servicios
especializados en drog odependencias.
MALT: Validado por R odríguez-Martos y Suarez en 1984 , consta de dos
partes. El MALT-S cons ta de 27 ítems autoadministrable donde reco ge aspectos
psicoconductuales y el MA L T -O qu e consta de 7 ítems a cumplimenta r por el
entrevistador profesional. Esta prue ba está indicada en confi rmación del
diagnóstico de dep endencia de alcohol y también se puede utiliz ar para mo delar el
proceso terapé utico (Rodríguez-Martos, 1984, 199 3).
AUDIT: Validado en nuestro país por R ubio y colaboradores en 1988, es
un cuestionario autoadministrado que consta de diez pr eguntas, utiliz ado para
detectar problemas leves y moderados relacionados con el alcohol centrándose
con el consumo d e riesgo (Ande rson, La urant, Kaner and Wensing, 2004 , Gómez,
2005). Se relaciona con el riesgo de futuro de pr esentar problemas relacionados
con el consumo de alcohol. (Babor, Higgins-Biddle, Saunders and Monteiro,
2001)
CIWA-Ar : Escala Cli nical Institute Withdrawal Assessment scale for
Alcohol, Revisada. Este cuestionario permite evaluar la gravedad del Síndrome de
Abstinencia al alcohol, permitiendo ma y o r pr ecisión re specto al tratamiento de
desintoxicación del usuario (Gomez, Conde, S antana y J orrin, 2005; Guardia,
Jimenez, Pascual, Flórez y Contel, 2008).
Así mismo pueden utilizarse diversos indi cadores biológicos en la
detecc ión de usuarios con problemas relacionados con el consumo perjud icial de
alcohol, y tanto para po blación general como en atención especializada, sí como
otras exploraciones complementarias.
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 51
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Queremos señalar el uso de la medición del alcohol en sangre en
situaciones de emergencia por se r más pr ecisa, así como la medición a través del
aire espir ado. Esta últ i ma, es mu y sencilla d e medir y puede servir para
comprobar la abstinenc ia mantenida a lo largo del proceso de trata miento
(Guardia , Jimenez, Pascual, Flórez y C ontel, 2008).
1.4.- Consecue ncias neg ativas del c onsu mo de alcohol
Figura 5
El alcohol es una sustancia que, aparte de las cualidades que la d e finen
como droga, constitu y e un tóxico específico para la mayor p arte de los órganos y
sistemas del cuerpo humano. S u peligrosida d no radica pues tan sólo en la
presentación del síndrome de abstinencia grave, delirium tremens, con todo y ser
éste letal en num erosas ocasiones, sino también e n la a cción d el alcohol sobre
todo el organismo, y muy especialmente sob re el S NC y sobre l a glándula
hepática.
El alcohol produ ce una amplia variedad de efectos tanto en sistemas
inhibitorios como excitatorios del cere bro (Guerri, 2000; 2006). Este psicotrópico
modula positivamente a los rece ptores GABA -A, inhibe a los receptores
glutamatérgicos NMDA y Kainato y ti ene efectos excitatorios e inhibitorios sobre
los re ceptore s nicotínicos de a cetilcolina, entre otros (Davies, 2003 ; Fleming,
Mihic and Harris, 2006 ).
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 52
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El alcoholismo, en definitiva, es una enfermedad que causa eno rmes daños
al individuo y a la sociedad. Veamos lo que di ce al respecto el Manual sobre
dependencia de las dro gas de la OMS: “La dependencia del alcoho l puede
ocasionar al individuo un daño cuantitativamente ma y or que el causado por
cualquier otro tipo de farma codependencia (Gronbaek, Becke r, J ohansen,
Gottschau, Schnohr , Hein, et al., 2000; OMS, 2 000). El alcohol menoscaba la
eficacia del pensamiento y de la coordinación psicomotora, lo que conduce al
deterioro del rendimiento en el trabajo y a los accidentes (Martinez, P lase ncia,
Rodríguez-Martos, Santamariña, Marti y Torralba, 2004). El deterioro del juicio
ocasiona todo tipo d e er rores en los ne gocios y l a perturbación de las relaciones
con otras per sonas.
La relajación de los controles conscientes del comportamiento, conducen
al exhibicionismo, la agresividad y el ataque. Además, el alcohol ori gina graves
enfermedade s somáticas o predispone a ellas. E l daño físico puede ser indirecto a
causa del des cuido de la higiene o de la insuficie ncia del c onsumo de alimentos,
con las consi guientes deficiencias de, por ejemplo, vitaminas, minerales y
proteínas. La complicación grave más frecuente d el alcoholismo p rolongado es la
cirrosis porta l adiposa. Los alcohólicos se lesionan con frecue n cia a causa del
menoscabo de la coordinación y del juicio (Fleming y Lawton, 1994).
El da ño pa ra la socie dad es gra nd e. El alcohólico usa sus re cursos, a
menudo escasos, para obtener su bebida, su productividad disminuye y pued e
descuidar hasta tal punt o a su familia que ésta tenga que se r mantenida por la
sociedad (Cano y Piera, 1994, Ostergaard, 2009). L os alcohólicos están
complicados con frecuencia en accidentes, con d año a la propiedad y lesiones a
otras personas. La carga económica d e la dependencia del alcohol es enor me, pero
es aún más import ante la tremenda cantidad de sufrimiento que soportan el
alcohólico y todos los que le rodean.
Cuando la int oxicación alcohólica se hace crónica, van apareciendo una
serie de patologías que a efectos p rácticos las clasifica mos en somá ticas y
psíquicas, con repercusión y af ectación en ma yor o menor grado, bien en forma
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 53
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clínica o subclínica en todo el organismo. El sistema nervioso es junto con el
hígado, el principal blanco de la toxicidad del alc ohol.
Nosotros nos limi taremos exclusivamente a re co ger las a lt eraciones
psíquicas, que s e manifi estan en el consumidor a nivel psicoco n ductual por ser
estas conductas más propias de la Psicologí a que el resto de r epercusiones o
consecue ncias.
1.4.1.- Síndro me de abstinencia: l eve y a gudo o deliriu m
tremens
La s cl asificaciones más utili zadas actualmente son las últ imas revisiones
del CIE- 10 (Organización Mundial de la Salud, 1992) y el DSM - IV -TR
(Asociac ión Americana de Psiqui atría, 2002).
Según DSM- IV -TR, (Asociación Americana de Psiquiatría, 2002), los
criterios para el diag nóstico de F10.3 Abstinencia de alcohol (291.81) serían:
- Disminución o int errupción del consumo de alcohol, tras un consu mo
prolongado y en grande s cantidades.
Tras cumplirse el criterio anterior, deberán darse d os o más de los siguientes
síntomas:
- Hiperactividad autonómica
- Temblor distal de las manos
- Insomnio
- Naúseas o vómitos
- Alucinaciones visuales, táctiles o auditivas transitorias o ilusiones
- Agitación psicomotora
- Ansiedad
- Crisis comiciales de gran mal
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comprendido ni entendido muchas veces, ni por el mismo afec tado ni por su
familia, deteriora el comportamiento y las relaciones interp ersonale s, y se
desarrolla una neurotización alcohólica que l a d esintoxicación, sola, no resuelve y
explica a la vez la com plejidad del tratamiento de esta enfermedad (Marcos y
Aizpiri, 1996; Valdés, 2003). Nos recuerda la atención que recibió Henr i de
Toulouse-Lautrec, en l a clínica de Neuill y , donde sim plemente se dio una
desintoxicación física (Joy ant, 1926 ).
La abstinencia, si no se acompaña de un largo camino de r econstrucción
personal, de un aprender a vivir sin alcohol, manteniendo la abstinencia tot al y
cambiando la forma de vivir, no es suficiente para modifi car los apre ndizajes
negativos del vivir bebiendo. Así, la abstinencia completa al alc ohol es
imprescindible para ini ciar la resolución de la dependencia alcohólica.
El efecto tóx ico que las bebidas alcohólicas ejercen en todos los
organismos, aunque toda s las personas no lo expresen de la misma man era ni con
la mi sma ra pidez , e s siempre superponible. En todas las clases sociales y en todos
estos enfermos es similar (Rodríguez-Martos, 1985 ).
1.4. 4. -Aspectos cog nitivos
No existe un patrón ún ico de personalidad alcohólica o prealcohólica
(Bravo de Medina, Echeburua y Aizipiri, 2007; Mill on y Davis, 2001), pero
algunos aspectos cognitivos se uniformiz an en cualquier bebedor, son rasgos
comportamentales comunes en el bebedor activo . Los tres ras gos característicos
serían autoengaño y negación, inmadurez y depresión.
Autoengaño y negación: En la ma yor parte d e los casos, durante el
desarrollo lento del pro ceso o carrera ha cia la alcoholización, las inge stas de
alcohol confieren al bebedor masculino cualidades de “macho”, para quien el
beber constituye una necesidad social (Scha rfetter, 1979). Por otro lado la pr opia
tolerancia social hacia el tema, hace que al b ebedor se le ha ga mu y difícil
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 61
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identificarse y menos aun rec onocerse en su pro pio conflicto alcohólico. Esto le
conducirá, si sospecha su problema, a n egarlo rotundamente para así prote gerse de
ser estig matiz ado o bien autoestig matiz arse como vicioso. Es decir, de “ no saber
beber” , no a guantar a l perder el control (Serrano, González y López, 1987). Este
mecanismo psicosocial se extenderá a toda su vida, de tal manera que no se rá
capaz de relacionar el hecho de beber con sus desajustes y problemas. Pa ra que el
paciente haga frente a s u problemática alcohólic a, el autoengaño tend rá que se r
desenmascara do en el abordaje profesional.
Inmadurez: En el camin o para conocer “sus problemas”, el alcohñlico es
incapaz de corresponder emocionalmente a los problemas que él ha generado en el
medio en el que vive. Quiere qu e se le entienda, pero él no s e es fuerza ni
emocionalmente, ni intelectualmente en comprender el apo y o de la pareja y /o
familia. En ocasiones, la inmadure z de expresión afectiva, se transforma en un a
apare nte indiferencia. Este rasgo ha ce que el tr atamiento sea en muchos casos,
conflictivo, pero nuestra misión es ay udarle en este momento a quitarse la coraza,
el escudo protector (Fre ix a, 1993).
Depresión: Con frecuencia, cuando el paciente llega, ha intentado tratarse
en solitario, por su cue nt a y a su manera, con intentos de reducir dosis o bien tras
los repetidos fracasos para conseg uir una abstinencia tempor al más persist ente
(Neighbors, Larimer, Lostutter and Woods, 2006), con las consig ui entes recaídas,
y cada f racaso sirve d e refuerzo a su auto convencimiento del fracaso. A la vez, las
discusiones, conflictos o errores, el usuar io se em peña en no relacionarlos con su
consumo de alcohol, aumentando su d esesperanza, su fracaso, y fa vor eciendo
reacciones dep resivas e incluso el suicidio (Kessell and Grossman, 1961 ; Freixa,
1993 ).
Hoy día sabemos que el alcohol es un depr esor del sistema nervioso
central que actúa impidiendo la iniciación y conducción de los es tímulos
nerviosos por medio de un efecto depresor tanto en la tasa de incremento como en
la amplitud de los potenciales de a c ción (Goldstein y Chin, 1981).
La depr esión también se enc uentr a como base ex plicativa de la alta tasa de
prevalencia d e intentos de autolesión y sui cidios que se da n en e l alcoholismo
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(Monrás, Ma rcos y Ram ón, 1993; Driesen, Veltrup, W eber, J ohn, Wetterling y
Dilling, 1998).
Parece un hecho innegable que la incidencia de la depresión en e l etilismo
crónico es un problema de gran mag nitud y que h ay que considerarla como una de
las posibles evoluciones dentro del curso a largo plazo de esta conducta adictiva
(Dawes, Frank y Rost, 1993).
1.4.5.-Consecuen cia s psicológicas y neuropsiquiá tricas del
consu m o excesivo de alcoho l.
El consumo excesivo de alcohol contribu ye al des arrollo de sintomatología
de tipo psicológica y psiqu iátrica, como serí a el deterioro d e la ex presión
emocional, síntomas de ansiedad, de depresión y trastornos d e condu cta qu e
pueden producir desadaptación social (Kazdin, 1987). Son sínt omas o síndromes
producidos por el consumo excesivo de al cohol o bien por su abstinenci a
(Echeburúa, Aizpiri y Bravo de Molina, 2008).
Según el tipo de c omorbilidad asociada al alcoholismo, las características
clínicas del trastorno g lobal pueden ser diferentes (Varo, 1993).
Los principales signos conductuale s son: i rritabilidad y susceptibilidad,
intolerancia a l a frustración, a gresividad verbal y física, a ctitud rece losa y rasgos
celotípicos, incapa cidad para lleva r a cabo sus propósitos y promesas acerca de la
resolución de su proble mática con el alcohol, que son imposibles de c umplir.
El consumo excesivo de alcohol puede provocar o bien precipitar los
siguientes tra stornos y cuadros clínicos:
a) Tr astornos cognitivos : Amnesia episódica o persistente, d eterioro
cog nitivo y demencia. Con frecuencia y como uno de los rasg os caracte rís ticos de
un paciente alcohólico son los problemas de memoria. Se pue de dar: a m nesia en
bloque, llamada así por ser una amnesia total para los hec hos ocurridos entre dos
momentos cronológ icos definidos. Amnesia lagunar, que como su nombre indica
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 63
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aparecen lagunas d e memoria dentro del periodo amnésico. Conductas de fuga y
estados crepusculares: E l alcohólico puede desplazarse, perderse y vagabundear,
sin saber, posteriormente, ni cómo ni por qué ha ll egado a su destino.
Palimpsestos y par amnesias: Estos s on trastornos de la memoria típicos del
enfermo alcohólico. P alimpsesto consiste en rellenar o cubrir una la guna con un
falso recuerdo, el p aciente se lo inventa, “escribiendo así sobre lo escrito” ( Freixa,
Bac h, Bru guera, Costa, Erra , G alí, et al., 1985 ; J unqué, 1994a ).
El consumo abusivo de alcohol produce una atrofia c erebral, más intens a
en los lóbulos frontales. Esta atrofia se asocia a las alteraciones co gnitivas
(Aizpiri, 2004; Echeburua, Aizpiri y Bravo de Mo lina, 2008).
En el DSM- IV -TR, (Asociación Americana de Psiquiatría, 2002 ), se
considera, como dete rioro cognitivo inducido por el alcohol: la demencia
persistente, el tr astorno amnésico persistente inducidos por el alcohol y los otros
trastornos cognoscitivos. L os déficits neuropsicológicos más fr ecuentes son la
alterac ión de las fun ciones viso -perceptivas, la pérdida de capacidad para el
razonamiento abstracto y las dificultades en la resolución de problemas, capacidad
de aprendizaje y d e me morización. Suelen ser défi cits transitorios y reversibl es
(Gual, Robles, Santo-Domingo, Aragón, Miquel, Correa et al., 2002 ).
b) Trastornos de l compor tamiento: I ntox icación patológica.
c) Trastornos del niv el de Conciencia, como el Delirium Tremens y el
Síndrome de Wernicke.
La manife stación clínica de la fase aguda del síndrome de Wernicke -
Korsakoff , en cefalopatía de Wernicke, se caracteriza por confusión mental, apatía,
ataxia y p arálisis oculares (Victor, Adams and Collins, 1971; L ehman, P ilich and
Andrews, 1993; Lishman, 1990; Knight and Longmore, 1994).
El estado confusional s e caracteriza por d esorientación en tiempo, espacio
y persona, la incapacidad para reconocer a los familiares y l a dificultad par a
mantener una conversa ción. Si la ence falopatía de Wernicke no se trata el
paciente puede sufrir hemorragias diencefálicas (Junqué, 1994b) y aunque el
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cuadro puede mejorar c on la abstinencia de alcohol y con la administ rac ión de
tiamina (Oscar-Berman and Zola-Mor gan, 1990) los síntomas persisten en el 60%
de pacientes que padecen el síndrome de W ernicke-Korsakoff (Adams y Victor,
1993).
d) Suicidio: El consumo abusivo de alcohol es un importante fac tor de
riesg o para l as condu ctas suicidas ( Jim énez, Pascual, Flór ez y Contel , 2008 ). Los
dos trastornos mentales que con ma y or frecuencia se asocian al suicidio son la
enfermedad depresiva y el alcoholismo (Mutrux , 1972). Cuando en un
determinado país aumenta la venta y el consumo de alcohol, tienden a au mentar
las tasas de suicidio y de homi cidio. Parecen ser más bien las bebidas destiladas
las que estarían asociadas al suicidi o, mientra s que el consumo de las bebidas
fermentadas no paree influir en la tasa de suicidios. El alcoholismo es más
frec uente entre los suicid ios de varones y pa rticularmente, entre los a lcohólicos de
inicio precoz. La probab ilidad de suicidi o entre los alcohólicos es 60-120 veces
mayor qu e en la población general (Casas, Fraile y San, 1994 ; Gual, Rod ríguez-
Martos and Torres, 2001).
e) Depresión. El consumo excesivo y continua do de bebidas alcohólicas
puede inducir e stados d epresivos graves pe ro transitorios, en cualquier persona
que no tenga antecedentes de depresión. L os síntomas depresivos remitirán
rápidamente durante las cuatro a seis semanas poste riores a la desintoxicación .
Ningún estudio ha d emostrado que los trastornos depresivos puede n ser la causa
del alcoholismo. Sin e mbarg o, el consumo excesivo y continuado de alcohol
puede inducir síntomas afectivos transitorios, incluso en personas que n o tenían
antece dentes por depresión. Por otro lado, la depresión puede formar pa rte del
proceso d e recuperación de cu alquier conducta ad ictiva, no sólo del alcoholismo.
El hecho de tener que renunciar al consumo de alcohol o bien la perdida de
relaciones y amistades significativas o importantes puede resultar emocionalmente
doloroso y triste (Freixa, 1996).
A lo largo d e la carrera alcohólica, el paciente acumula sentimientos de
culpa, soledad, vergüenza, baja autoestima, se auto desprec ia, pérdidas
emocionales, dej a a los amigos y los amigos con frecuencia se apartan del
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 65
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bebedor, y re c aídas que todo esto le a y uda y le fa cilit a una postura depresiva,
aparte de la p ropia autodestruc tividad que conlleva el abuso m antenido de alcohol
(Rodríguez-Martos, 2003 ).
En este sentido, los signos clínicos relativos a la apa tía emocional y la
perseveranc ia (Oscar- Berman, Hutner and Bon ner, 1992) y la fluidez verbal
(L ishman, J acobson and Acker, 1987) han sido asociados con el daño en la
corteza fr ontal, las deficiencias a la hor a de realizar asociac iones visuales se han
atribuido a la atrofia cortical temporal bilateral (Oscar-Berman and Zola-Morgan,
1990) y l as alteraciones relativas a la baja capacidad de aten cion y el
enlentecimiento en el p rocesamiento perceptual se consideran debidas al daño
difuso de las regiones corticales (Ellis and Oscar-Berman, 1989).
f) Trastorno de ansiedad : El alcoholismo puede inducir trastornos d e
ansiedad, con frecuencia en personas vulne rables y en relación con las pérdidas de
relaciones, fracaso formativo, acontecimientos vitales o episodios repetidos de
abstinencia fracasada ( Crece, 1974). Los pacientes alcohólicos pr esentan una
elevada prevalencia de trastornos afectivos (Ávila, Pérez, Olazábal y López,
2004) y de ansi edad, pe ro la mayor ía de ellos son concurrentes. En función de la
prevalencia de vida, los trastornos de ansiedad s e dist ribuyen en agorafobia con
trastorno de pánico, trastorno obsesivo -compulsivo, fobia social, trastorno de
pánico, fobia simple y agorafobia.
Aquéllas personas que presentan elevados n iveles de ansiedad en
situaciones sociales pueden ll egar a desarroll ar una dependencia de aquéllas
sustancias que inicialmente les ayuden a relajarse o a mejorar su es tado de ánimo
(Heimberg , Dodge and Becker, 1987) y ello puede observarse frecuentemente en
muchos de los casos de alcoholismo.
g) Trastorno de la personalida d: El alcoholismo induce trastornos de
conducta, que se pued en acompañar de viol encia verbal o física, falta de
honestidad, mentiras, no respeto a los derechos de los demás y otros rasgos de
conducta antisocial. Pero el trastorno de personali dad antisocial se inicia a los 15
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años de edad y persiste incluso tras la abstinencia p rolongada del alcohol
(Pedrero, Fernánde z, Casete, Bermejo, Secades y Tomás, 2008).
h) Otras drogodependencias: Cada vez con may or frecuencia, el
alcoholismo aparece asociado al abuso o dependencia de otras drogas. El co nsumo
de otras sustancias puede aumenta r el riesgo de recaída en el consumo de alcohol,
en pacientes alcohólicos que se e ncuentran en recuperación o tratamiento.
i) Otras conductas adictivas: Existen e levadas tasas de comorbilidad entre
dependencia de a lcohol y ludop atía (Schwan, 20 05). Respec to a los trastornos de
la conducta alimentaria, la bulimia nerviosa y el subtipo de anorexia que cursa con
atracones de comida y comportamiento purgativo, están más frecuente asocia das
al alcoholismo que la anorexia nerviosa r estrictiva.
j) Otras alteraciones conductuales graves: Una elevada proporción d e
personas que han com etido delito con violencia y también sus víctimas se
encuentran bajo los efe ctos del alcohol, cuando se produc e el hecho violento. Esto
es importante cuando se trata de personas jóvenes (Foxcroft, Ireland, Lister-Sharp,
Lowe y Bre en, 2005).
k) Enfermedad mental grave: El alcoholismo es el trastorno menta l
comórbido más frecuente en p ersonas con enfermedad grave, c omo esqu izofrenia
o trastorno bipol ar. La esquiz ofrenia tiene una ma y or p revalencia de vida e ntre los
alcohólicos que en la población gene r al.
l) Trastornos psicóticos inducidos por alcohol: Determinados trastorno s
psicóticos pue den ser inducidos por el alcohol, como el delirium tremens, la
alucinosis tra nsit oria, la alucinosis alcohólica, el trastorno delirante (para noia,
celotipia), y la intoxicación alcohólic a idiosincrásica.
El delirium tremens es un trastorno mental orgánico que cursa con un
síndrome confusional, trastornos per ceptivos c omo ilusion es o alucina ciones,
interpretaciones delirantes y alteraciones , agitación psicomotriz e insomnio,
síntomas vege tativos y alteraciones hidro-electrolíticas (Aguilar de Arcos, 2004).
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La alu cinosis alcohólica c ursa con alucinaciones auditivas, frec uentemente
en forma de voces, y /o visuales, de contenido a vece s, amenazador o ins ultante,
ideas delirantes pers ecutorias y muchas v eces sis tematizadas, intensa ansiedad y
riesg o de auto o hetero-lesión.
El trastorno delirante cursa con ideas delirantes de tipo persecutorio o
celotípico, riesgo de auto o hetero- agresión que puede ser contra la pareja cuando
las ideas delirantes son de ce los.
La intox icación alcohólica idiosincrásica es un grave trastorno de
conducta, de tipo agresivo o violento, que se produce tras una pequeña ingesta de
alcohol, la cual no produ ciría intox icación en la mayor í a de las personas. Cuando
cursa con un estado de ag it ación psicomotriz, puede estar acompañada de una
reducc ión del campo de la conciencia.
m) Encefalopatía minor: Este síndrome fue descr ito por Freixa y Bach en
el 1975. Recoge manifestaciones psicoconductuales más típicas del paciente
alcohólico, como jovialidad ex agerada, indiferencia optimi sta frente a la gravedad
de su situación, conocido como humor v acuo, desorientación, labilidad
emocional, dificultades de concentración, dificultades de aprendizaje y de
memorización, irritabilidad y susc eptibil idad, agresividad verbal y /o física , actitud
de recelo, promesas de que resuelve su prob lem ática pero que v e imposible de
cumplir, etc (Bac h y Frei xa, 1983).
n) S índrome alcohólico F etal: El efecto tóx ico del alcohol sobre e l feto
puede producir otro cuadro de ma y or o menor int ensidad, con alteraciones
cog nitivas desde el momento del nacimiento, como serían, alterac iones
específicas en funciones cognitivas como me moria verbal, memoria espacial,
razonamiento y tiempo d e latencia, así como r educción en los niveles genera les de
inteligenc ia. Est as alteraciones generan disfun ciones sociales que mu chas veces se
vuelven a manifestar en la adolescencia. El consumo de alcohol en el embarazo,
incluido el consumo de cantidades mod eradas, se asocia con a lt eraciones
cog nitivas (Alarcón y Galí, 1982 ).
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La afectación cerebral del alcohol recorre un abanico de alteraciones que
abarcan, sin solución de continuidad, desde los más leves cuadros con alteraciones
de la m emoria reciente hasta la psicosis irr evers ible de Korsakoff y la demencia
(Junqué, 1994b).
El tipo de daño ce rebral que puede presentar el individuo c on alcoholismo
crónico y la severidad del mismo dependen ad emás de otra se rie de variables
como la predisposicón genética (O‟Connor , Hesselbrock y Baner, 1990), el sexo
(Acker, 1986; Crawford y R y der, 1986 ; J acobson and Lishman, 1987 ), la c antidad
y el tipo de alcohol consumido (Oscar-Berman, 1990) o la edad de aparición del
trastorno (Teichman, Richman and Fine, 1987 ).
La s encefalopatías con lesión grave propias de la ingesta continuada y
persistente están asociad as a alteraciones an atomopatológicas que e n un principio
fueron fun cionales. La d esorientación, los trastornos de la memoria y la al teración
de la concienc ia, por ejemplo, se presentan sin dejar una alterac ión
anatomopatológ ica en el SNC, en las etapas te mpranas del uso de bebidas
alcohólicas (Bach, 2000).
Cuando ex isten las alterac iones neurológicas clínicas del complejo
síndrome de Wernicke- Korsakoff, su final, excepto en contados casos, es la
demencia alcohólica , d enominada demencia paralítica, por su semejanza, en el
estadío final, con la meningoencefalitis luética o sifilítica, como pará li sis g en eral
progresiva (A cker, Ron, L ishman y Sha w, 1984 ; J acobson and Lishman, 1990 ;
Shimamura, Kernigan an d Squire, 1988 ). Los est udios necrósicos o por a utopsia
han demostrado una p rofunda destrucción cerebr al. De cua lquier manera, en los
estadios finales, todas las demencias tienen características s emejantes ( Freixa,
1996).
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 69
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1.4.6.- Interven ciones terapéut icas o tratamientos
aplicados en consu m o s de riesg o y cuando existe
dependencia al a lcohol
Tanto el consumo de riesgo como la d ependencia v an a generar
consecue ncias, muchas veces graves, no solo a la persona que beb e sino también a
su fa milia y entorno. Algunas de esas consecuencias pueden desaparecer pero
otras pueden ser difíciles y ser necesario la der ivación a un recurso específico y
especializado en drog odependencias.
En relación al tratamiento cuando el consumo es de riesgo, p arecen
eficaces las Intervenciones Breves desde Aten ción Primaria a fin de que el
individuo modi fique sus hábitos de consumo y su estilo de vida ( Balbuena,
Barrios y Fernández de la Larrinoa, 2000; Ma y o r y Tortosa, 1990; Cano, Cantón y
Montoso, 1991).
En general, el usuario tiene en principio una actitud en la que no es
consciente d e su p roblema y es ambivalente, qu iere y no quie re dejar de beb er .
Con la a yuda del terapeuta va tomando conciencia del problema y que por
“distintas” razones, fa mi liares, sociales etc, debería intentar solucionar. Más tarde
intenta solucionarlo y se plantea qu é puede hacer, inici ando cambios en su
conducta y en sus hábitos de vida, para luego esos cambios afian zarlos y
mantenerlos (Guardia, Jimenez, Pascual, Flórez y Contel, 2008 ).
Cuando el indi viduo sigue bebiendo a pesar de que le genere problema a
diferentes ámbitos, de c onducta, salud, laborales et c, s e podría d ecir qu e es un
paciente alcohólico.
El tratamiento en este caso debería ser integrado, int eg ral e integra dor
(Galanter y Cléber, 1997), ofreciéndole a cada paciente una estrate gia terapéutica
individualizada, porque no hay un alcohólico igual a otro, donde se comb inen los
tratamientos farmacológ icos y psicológicos más apropiados para cada caso, en
función de las características personales, familiares y sociales, ofreciéndosele
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 76
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Fec hner, obtuvo datos cuantitativos sobre la P sicolog ía de las proporciones
visuales, iniciando la tradición de la estética experimental dentro de la que entran
muchos investigadores como son Wundt, Külpe. Yhorndike y muchos más.
Desde Dewey, que publi có en 1933 Art as Experience (Dewe y , 1934), a
las aportaciones de la Psicología de la Gestalt o del Psicoanálisis, las
aproximaciones desde el campo de la Psicología al fenómeno estético cu entan con
una historia tan antigua como continuada (Buela y Caballo, 1991).
En la España de l os años setenta, Álvarez (1974) dedicó g ran parte de su
Psicología del A rte a la estética experimental. Los estudios de la percepción de la
forma y de la percepción del color, constituye n los campos fundamenta les de la
estética experimental, y como nos indica Zeki (1990) el color se conviert e en una
propiedad del cerebro.
La s cautelas aparecen cuando se constata que esa presencia tan temprana
del interés por la estéti ca, casi en los propios orígenes de la Psicología como
ciencia, no consig uió lograr que la P sicología del Arte avanzase luego al paso
marcado por los logros de la Psicolog ía general.
A partir de los años 80 la Psicología co gnitiva abre por fin la puerta a l a
Neuropsicología y resurge t ambién el interés por las relaciones entre emoción y
memoria. Tradiciona lmente los estudios se limit aban a la memoria visual y a la
memoria auditiva.
Gardner (2011), en “Arte, mente y ce rebro”, reconoce que P iaget,
Chomsky y Lé vi-Strauss son los tres gra ndes col osos de las ciencias cognitivas,
pero acusa a los tres de un plante amiento estructuralista en el que los aspectos
semánticos quedan apartados.
En un artículo d e Mart y (1997), nos explica las razones de este re traso: lo s
paradigmas qu e dominaron los estudios psicológicos impusieron un tipo de
metodología qu e impid e, la investigación d e la comprensión y producción
artística. De hecho, esos obstáculos han sido un te ma de análisis permanente para
algunos de los autores más brillantes, como V yg otski o posteriormente Gardner,
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 77
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entre los que intent aron sacar a la Psicología del A rte de su situación de
desamparo.
H. Gardner, es el que más a fondo ha investigado la relación del arte con el
desarrollo humano y ha marcado una g uía c ont inua para los interesados en la
Psicología del Arte. Tendremos que esperar a los trabajos de Mandler (1984) para
encontrar una vía de conexión entre estructura y e moción.
En una línea simil ar de conexión de afec tos y estructuras cognitivas,
dentro de la Psicología cognitiva, e s la de Furth (1987).
Se trata de hacer evidente que emoción y cono cimiento no pueden e xistir
por separado, y mucho menos aún si de lo que estamos hablando es d e c onseguir
una Psicología de l Arte.
En el tema de la personalidad creat iva, nos encontramos con el problema
de que no hay consenso e ntre los psicólo gos acerca d e cuáles son l as habi lidades
cog nitivas qu e constit u yen la c apacidad c readora, lo que no es de extrañar si, la
crea tividad no es un proc eso específico de pensamiento ( C ano, Montoso y May o r,
1997). Entre los rasgos que se suelen proponer como característicos de la
personalidad creativa están la independencia mental, la no conformidad, la
persistencia, la toler ancia a la ambi güedad y un bajo nivel de sociabilidad. S in
embargo, estas c aracterizaciones no tienen una validez universal porque son
innumerables los casos de individuos creativos cu y os rasgos de pers onalidad
difieren de este modelo (Mart y , 1997 ).
En los años nov enta, y de la m ano de autor es qu e proceden del terren o de
las neurociencias, se ha intentado construir una perspec tiva psicobio lógica
directamente aplicada a la cuestión de las ex periencias estéticas, destacando
fundamentalmente dos francese s, Changeux y Vibouroux (Marty , 1999).
Loc ura y genio se dan a menud o la mano, pero lo difícil es encontrar los
porqués de las diferencias. S e llega a una conclusión ambigua: el genio se
constata, pero no se explica. Ir más allá, e s mu y complicado.
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Alonso-Fernánde z en 19 96, analiza si la enfermedad mental puede tener
efec tos positivos o negativos sobre la cre atividad. Así sostiene que la tesis clásica
de que el genio es un enfermo psíquico por ne cesidad, es una exageración. P ero
los estudios estadísticos muestran que entre las personas de talento abunda más la
enfermedad mental que en la población general. Paralelamente, el genio lo es
gracias a su habilidad, su talento y su c reatividad, pero con frecuencia deja mucho
que desear en los par ámetros del auto control, el equilibrio psíquico y la
integración.
Entre las enfe rmed ades mentales que desorganizan o bloquean la
crea tividad, Alonso-Fer nández indica que sobresalen los c uad ros psicóticos
intensos, el estado depresivo completo, el deterioro psicoor gánico producido por
el alcohol y otras drogas, los tra umatismos cr aneoe ncefáli cos y los procesos
cere brales degenerativos. Esta influencia n egativa, pu ede s er temp oral o
irreversible (Alonso-Fernandez, 1996).
La perturbación mental puede actuar como activador de l proceso c reador,
pero no convierte a una persona mediocre en un genio (Álvarez, 1974).
El aporte ne urobiológico, es el último desafío qu e marca los límites de la
investigac ión de la Psicología del Arte en esto s momentos. Así, Changeux y
Connes (1993) muestr a cómo las sombras qu e rodeaban los misterio s de la
creación artíst ica y del placer estético parecen disiparse poco a poco, g racias,
sobre todo, a la P sicología cognitiva y a la Neurobiología. Se empieza a e ntender
lo que ocurre en el cerebro del artista cu ando éste está creando. Se pueden
identificar, aunque s ea a grandes rasgos, los pro cesos que se desatan en nuestra
mente cuando admiramos una obr a de arte. Pode mos preguntarnos si es posi ble
encontrar en nue stras neuronas la huella de la ge nialidad.
Vigouroux en 1996, empiez a por relacionar el arte con el len guaje para
buscar el camino que v a de la p ercepción a la sensac ión estética, entrelazar la
memoria con la e moción estética y an alizar las estructuras de la creación artística.
Pero esto no quiere decir que se tengan todas las respuestas.
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 79
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Si optamos por la alternativa qu e v e en la creatividad algo p ropio de unos
pocos sere s excepcionales, nos podemos en contrar en dificultades incluso para
plantear que ésta se a un objeto de estudio legítimo para la Psicología. P ero con
frec uencia, la consideración de la crea tividad como un don ex celso coincide con
la intuición de que se trata de algo im posible de ex plicar, o por lo menos
imposible de explicar en términos psicológ icos.
Bastante s a utores se han plante ado que ha y debajo de esa identific ación d e
la creatividad con la locu ra. A menudo lo que descubrimos es una simple y burd a
simplificación.
Se han estudiado los procesos humanos creativos, desde la perspectiva de
la psicología cognitiva, sobre todo por parte de los psicólogos contemporáneos, el
número de los que se ha n dedicado a estudiar la creatividad, es mu y grande
comparado con los pocos que han hecho un verda dero aporte al t ema (Gardner,
2011 ).
La s ideas clave s las dieron e l psicólogo Piaget, el li ngüista Chomsk y y el
antropólogo L évi-Straus s.
Ernst Cassirer, Susanne La nger, Nelson Goodman y Ernst Gombrich
adoptaron un enfoque simbólico de las artes y suminist raron mucha s claves sobr e
cómo realizar un e studio psicológico del proceso artíst ico.
Ernst Gombrich aparece como un historiador del arte de primer nivel que
siente que las respuestas a muchos enigmas hist óricos sobre el arte se en cuentran
en el estudio de la psicología humana (Gardner, 2011 ).
Es tan posible un a Psicol ogía del A rte como lo es e n sí la Psicología como
investigac ión d e la conducta. Así, cada en foque de los m ist erios de la creación
artística encierra la promesa de arrojar luz sobre una posición levemente distinta
del enig ma total.
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 80
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Pero la tarea de describir la actividad artística y la creatividad en sus
manifestaciones más acabadas está reservada al futuro en g ran medid a. Es un
nuevo campo de estudio.
“Sólo desde el Arte es po sible el disfrute de la existencia” (Gardner, 2011 ).
Desgraciada mente el Ar t e es voz que clama en el desierto. A pesar de l a
divulgac ión de las ob ras artísticas, de las facilidades de des plazamiento de una
ciudad a otra, etc., la inmensa ma yor ía de nuestros semejantes sigue ciego ante el
mensaje de la obra artística.
El Arte es el reino de lo hermoso, en el sentido etimológico de este
término. Gracias al A rte, el Universo se transfor ma. En cuanto a rtista, el hombre
transforma el Universo. Todo a rtista comienza siendo el primer sorprendido de su
obra.
En la P sicología del Arte, queremos reseñar la importancia del color y la
importancia de la forma en relación con el pintor que nos ocupa. El color se
impone en la baja eda d media como un lenguaje más. Sin embarg o es en el XVIII
cuando resucita el r eino del color, que poco a po co va d esplazando al t enebrismo
cara vaggiano (Álvarez, 1 974).
La invasión del color hay qu e atribuirla no sólo a los imp resionistas, sino
sobre todo al postimpresionismo, en el sentido más genera l de la pal abra , en el
cronológ ico (G ualdoni, 2008) . El descubrimie nto del c olor es tam bién un
descubrimiento de la química y no sólo del Arte. El pintor impresionista se
aprovec hará de un avance tecnológico en la quí mica de los pigmentos y de sus
ag lutinantes y emulgentes. El color tiene, además, un significado espacial.
En la percepción estética intervie nen múltiples factore s que se entre lazan,
sumándose o interfiriéndose como ondas sonora s o dos ra yos de luz.
La forma adquiere una importancia primordial en la Psicología de l Arte.
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 81
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A partir del XIX, sur ge en el arte o ccidental un fenómeno de mimético con
respec to al ori ental: gracias a Gau guin y a los pin tores nabis e n general, el e je de
simetría deja de ser ve rtical y horizontal para c onvertirse en diagonal.
La dia gonal de la pintur a japonesa divi de al cuadro en dos mitades, que
para una mentalidad oc cidental son asimétricas, puesto que en una de ellas se
concentran prácticamente to das las masas, mientras que en la otra reina el vacío
más o menos absoluto. Ahora bien, desde el pun to de vista de la filosofía Zen, el
vacío tiene e l mismo valor que la realidad (Álvarez, 1974).
El mundo del a rtista, oriental u occidental, es un mundo sin fronter as, li bre
como los espacios sidera l es. Es el mundo de la libertad.
De aquí la extravaga nci a en la vida de los artistas. El artista no suele ,
acomodarse a ningún horario impue sto por los demás, se a utoprograma y se
autodisciplina de una manera rígida. Tampoco su ele estar a gusto en un p aís o en
una ciudad. De ahí los atri butos de bohemio, indisciplinado, extravag ant e y hasta
licencioso y p erezoso.
Pero aun dentro del campo de la personalidad creadora ha y que señala r
que, por el contrario, un ex ceso d e “indisciplina” puede deteriorar el r endimiento.
Éste ha sido el ca so de T oulouse-Lautrec, Modigliani, Utrillo (Álvarez, 1974).
Según este m ismo autor, la psicología de los proce sos crea dores se divide
en las siguientes ramas o corrie ntes:
1º- La corriente fenomenológica
2º- La corriente psicomé trica y factorialista
3º- S e asimil a la conduct a intelige nte a la conducta cre adora y se re la ciona
inteligenc ia y capacidad creadora.
4º- La corriente psicopedag ógica
5º- La corriente histórica y bio gráfica
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Por otro lado, las cuatro fases, a efectos didácticos, descubiertas p or
Wallas y que pueden aplicarse al proceso creador, son las siguientes:
- Fase de la preparac ión
- Fase de incubación
- Fase de iluminación
- Fase de verificación
Todas estas etapas se encadenan de un a man era tan inexplicable qu e
cuando queremos rea liza r un corte en la mente de un pint or que está cumpliendo
su quehacer pictórico, a duras penas encontramos algo que pueda ser p ercibido
por el consciente del artista: es la mano del pintor la que q ueda iluminada
directamente sin casi pasar por la imagen crea da por el cerebro (Álvarez, 197 4).
El ge nio en cualquier rama del arte, nace como un producto único dentr o
del árbol genealóg ico en el que todo lo más podemos encontra r a nivel de pa dre o
de tío un hombre que pr ofesaba , en un rango mediocre o todo lo más destacado
con re specto al prome dio, la misma vocación artística o científica de la
personalidad ge nial que estamos consi derando (Álvare z , 1974).
Genio y locura: es obvi o que el artista suele lleva r un ritmo de vida qu e
diverge del de sus semejantes.
El artista es más sensibl e que el resto de los mortales. Más sensible quier e
decir más sentimental, más abierto a las vibraciones de su psiqu e, a los cambios
de matiz en su estado de ánimo. El artista v ibra ante cosas que dejan indif erente a
otras personas (Massó, 2009).
Esto se debe a que el acto creador supone también una educación
sentimental, como diría Benjamín Constant. Por eso, el artista se nos p resenta
como más veleidoso, más impresionable, más apasionado que los demás.
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Su vida afectiva es mu cho más rica qu e la del ho mbre vulgar, aunque é ste ,
por su parte, tenga arrebatos emocionales que nunca cristalizan en obras de arte.
Por eso, cualquier situación frustrante, neurotiz a al artista con más facilidad que al
hombre vulgar.
Por último, viviendo el arte como situación límite, consideramos que las
caracter ísticas del objeto artístico son contradictorias. Por un lado el arte es
inquietante, por otro lado es tranquilizante y por otro es fuente de mel an colía.
Cuando nosotros contemplamos una obra de arte, o simplemente un hermoso
paisaje, nos sentimos, a la larg a, melancólicos.
Estas tres características fundamentales d e la ob ra artística, condicionan
una cuarta, que es como la moraleja de est e análisis fenomenoló gico del ente
estético, el arte es “psi copompo y psicagogo” porque es un aliciente para la
autenticidad, para “el ser en sí”, para huir de la dimensiñn del “estar arrojado en
las cosas”, promovida por la Sorge , la preocupaci ón (Álvare z, 1974).
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II - METODOLOGÍ A
Sin preocupac ión, sin sos pechas,
Tus ojos se entrega n a lo que ven:
Son vistos porque ellos miran.
Paul Éluard (1895-1952)
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En principio, me hubiese gustado realizarla sobre un pintor español, pero
tanto su vida como su obra debían reunir dos cualidades: la primera, que no me
llevara a la batalla de dar a conocer y tener que convencer de que dicho pint or
había tenido probl emas con el alcohol, por la p osibilid ad de ser rechazada est a
verdad, much as veces sil enciada por l a fama. N ormalmente se omite, o en todo
caso se niega, la relación con cualquier dependencia cuando el estatus f amiliar,
artístico o económico d el artista es alto. Y la s egunda cualidad es que su obra
fuera viva, verdadera y rea l, en definitiva, que me apasionara.
Comprobé, revisando d ocumentación, cómo en un artist a reconocido,
famoso y “nuestro”, quiero decir de nuestro país, era mu y difícil aceptar y sobre
todo re conocer, sin marginarlo ni e mpequeñecerlo, su relación con el alcohol. Era
mucho más fácil ver reflejado en diferentes publicaciones, l a relación del arte c on
la salud mental general y con la psicosis en p articular, que su r elación con nuestra
droga n acional, el alcoho l. Diferentes autores y biógrafos no ponen nin gún reparo
en aceptar problemas mentales en genios d e la l iter atura, n arrativa, pintu ra, cine
(Ortiz y Piqueras, 1995), tanto directores como actrice s o actore s, en general e n
todas las ramas d el a rte. Pero se sigue sin hablar a las claras cu ando la relación es
de dependencia con el alcohol, incluso ho y día. No encontré estud ios que
relacionaran sola mente alcohol y pint ura sin otros consumos.
De entre los pintore s e sp añoles nadie ponía en du da la relación del pintor
José Gutiérrez S olana (1886-1945) con el alcohol y sin embargo, su obra y o l a
vivía oscura y triste y su pint ura feista y tene bros a. Tras comentar con C onstanza
Alarcón y con el Doctor Freixa esta situación y p ensando en pintores de los que
no se jug ara con la dud a de su dependencia por ser gra nd es maestros, ni su obra
fuese trist e de temas o de colorido, es como fui a parar a “m i amig o ” Henri de
Toulouse-Lautrec, porque si vivi ese seguramente sería mi amigo, entre otras
razones por ser alcohólico. Centramos pues así el campo de estudio.
Además, este artista tenía un Museo en Albi donde se recoge mucha de su
obra, en el sur de Fran cia, zona vitivinícola como la nuestra y con unas pautas de
consumo similares a las nuestras. Por otro lado, tanto los dibujos, ca rteles, como
su pintura, siempre me habí an impresionado por su fuerza , colorido y temas
tratados. Hoy, la obra de Toulouse -Lautrec me pr oduce admiración, pero también
ang ustia y tristez a al pensar en la p ersona. Puede gustar o no, pero a na die deja
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 93
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indiferente. Personalmente, me desp ertó sentimientos contra dictorios, de trás de
una técnica p erfecta, cas i siempre en sus obras se asomaba soledad, amargura y
tristeza. Eso que nin gún otro autor me transmitía, hizo ejer c er un efecto imán
hacia la persona y hacia su obra y me llevó hac ia él.
Así decidí, hace ya mucho ti empo, estudiarlo y analizarlo desde el punt o
de vista de una psicóloga . Utiliz ando la formación y la ex periencia acumuladas en
el campo de la psi cología clínica y de las drogodependencias, el trabajo en
diferentes recursos y c on dist intos tipos de usuarios, inicié esta andadura
elaborando lo que sería la tesis do ctoral con el compromiso además, d e hacer
justicia con esta persona especial, Henri de T oulouse -Lautrec.
3-A partir de este mom ento, comencé a rec oger t oda la documentación a
mi alcance en diferentes revistas especializadas y libros en castellano, tanto en
bibliotecas como en librerías, comprando todo lo que encontraba sobre Toulouse-
La utrec. Mu cho era de divulgación y sus cuadros se r epetían, encontrando
dificultad en loca lizar un catálogo completo de su obra.
La le ctura de este primer material, me llevó a c omproba r la carencia de
estudios sobre alcohol y Toulouse- Lautrec. Esto fue lo que finalmente dirigió mis
pasos hacia esta investigación.
4-Primera visita al Muse o Toulouse-Lautrec en Albi en el verano de 2004.
Si nec esitaba ace rcarme a la obra del autor, debía ir donde estaba c oncentrada la
mayor parte de su obra conocida.
El edificio mante nía la estructura de C asa de los Obispos, con g r andes
chimeneas en las Salas, muros mu y anchos, mos aicos originales en el suelo, etc,
contrastando la vida de los antiguos moradores con la vida bohemia y libertina,
reflejada en los cua dros de muchas de las muj eres de Toulouse-Lautrec. Se había
iniciado la rehabilitación del lu gar pero no la d el Museo, g uardando el s abor de
mansión antigua. C ompré mis primeras publicaciones en francés: adquirí
materiales tanto de tipo biográfico c omo reproducciones de láminas .
De c ada documento, libro o publi cación elabora mos una ficha, escrita a
mano, con los datos fundamentales, en los que se incluían los datos
corre spondientes a l a reseña bibl iográfica, a demás de las anotac iones de
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valoraciones personales que podrían ser utiliz adas posteriormente. Además, cada
una de estas fichas incluía re súmenes comentados de temas diver sos que, más
tarde se agruparían e n carpetas monográficas.
Los temas tr ab ajados y q ue dan nombre a las carpetas son:
1ª) Ajenjo
2ª) Alcoholismo en su vida
3ª) Alcohol-pintura
4ª) Amistades: Amigos y a migas
5ª) Bebidas a lcohólicas
6ª) Bibliografía
7ª) Cabarets
8ª) Colores
9ª ) Crono-vida
10ª ) Enfermedades
11ª ) Ex posiciones
12ª ) Francia en esa época
13ª ) Frases
14ª ) Historia Familiar
15ª ) I lustra ciones
16ª ) I mpr esionismo
17ª ) I n fluencia en otros
18ª ) I n fluencia de otros
19ª ) Madre
20ª ) Montmartre
21ª ) Mujeres
22ª ) Mundo Privado
23ª ) Museo Albi
24ª) Obra pintada
25ª) Obra gráfica: carteles
26ª) Padre
2ª) Rasgos p er sonalidad
28ª) Pintura, características
29ª) Pintura francesa
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30ª) Política en Francia S/ XIX
31ª) Retratos
32ª) Simbología
Más tarde pasé todo lo escrito a soporte informático, por ser mucho m á s
rápida su re visión.
Dado que el trabajo se preveía lar go en e l ti empo y qu e debía
compatibilizarlo con múltiples actividades, me vi impelida a buscar tiempos y
espacios diversos para continuar con la tarea. P or eso, vacié nu evamente la
información en soporte de papel, lo que me per mitía transportar aquella parte en la
que estuviese profundizando en ca d a momento y seguir escribiendo.
Esta documentación la di spuse en carpetas transparentes, para ca da uno de
los temas, que a su vez se reunían en archivadores de colores, verde, amar illo y
rojo. En el verde , lo relacionado con su vida, e n el amar illo, lo relacionado con el
alcohol y e n el rojo, todo sobre su obra . Siempre quedaba en un apartado diferente
la bibliografía c onsultada.
5- Se consideraba impre scindible un acercamiento a otros trabajos d e
investigac ión sobre el pintor. Por este mot ivo, a través de la Biblioteca Mar ía
Moliner de l a Universidad de Zaragoza, preguntamos y consultamos sobre las
tesis relacionadas con Toulouse-Lautrec, tanto en España como en Francia.
Encontramos una en la secc ión d e Medicina, en la Biblioteca Universitaria de
Montpellier. Ampliamos el campo de búsqueda a tesis de Psicología y So ciología
sobre drogas y pintores, así como de pintura y Psiquiatría. Entonces, el Doctor
Freixa me habló de una tesina elaborada en Farmacia de la Universidad de
Barcelona sobre Santiago Rusiñol y diri gida por el profesor Sánchez Tu ret. La
conseguimos buscando y contactando con la autora, farmacéutica en Barcelona
(Pascual, 1981 ).
6- Como el r esultado d e las pesquisas no logra ba sa tisfacernos, ya que l as
investigac iones se centraban fundamentalmente e n el plano de la psicosis , de l uso
de la morfina o de otros aspec tos que no co rrespondían a la relación e ntre el
alcohol y l a pintura, ex tendimos, en un momento posterior, la revisión de
materiales y tesis de arte recientes, o bi en de un a rtista, o bien de obra comentada,
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 96
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como por ejemplo a quello que hubiera sobre r etratos. Y a travé s de la Biblioteca
virtual Miguel de C ervantes, consultamos tesis doctorales con el catálogo po r
autores, tesis y unive rsidades. Especialmente interesante nos resultó la tesis,
Análisis documental de contenido de la im agen artística: Fundamentos y
aplicación a la produ cción retratística de Francisco de Go y a de Agustín Lacruz M.
C. de la Universidad de Zaragoza. (A gustín, 2004 ). De dicha autor a tomamos los
parámetro s re cogidos en el análisis del significado de la imagen y que se
organizan en tres planos : Descripción, Ide nti ficación e Inter pretación , p ara cada
una de las obras de Tou louse- La utrec donde explí citamente estuviesen presentes
las bebidas alcohólicas de una u otra forma y que se muestran en la se gunda parte
de nuestra investigación.
7- Debido a qu e la investigación r ecorrería divers os a spectos de la ob ra y
vida de Toulouse-Lautrec se consideró nece sario indagar sobre las enfermedades
que He nri Toulouse-Lau trec había suf rido, como la sífilis y la conocida como
picnodisostosis por lo qu e, g uiados por Constanza Alarcón y el Doctor Bereng u er
acudimos a la Biblioteca del Doctor Laporte del Hospital de San Pablo de
Barcelona para c onsul tar documentaciones, al gunas en depósito, y en soporte
digital funda mentalmente.
8- Año 2002, d urante un viaje a Colombia, sabía que en el Museo B otero
de Bogotá ha bía una obra de Toulouse-Lautrec (“Bebedora de ajenjo de
Gr enelle” ) y la conocimos.
9- Para complementar información bibliográfica se adquirieron, a través de
diversos portales de int ernet publicac iones difíciles de encontrar,
fundamentalmente en francés y alguna en inglés. También se usó la re d para
consultas de información y visualización de imág enes de la obra.
10- En el afán por conseguir toda la documentación re lacionad a con el
tema, solicitamos la compra de fotocopias de a lguna public ación, cu y o ejemplar
único lo guarda y custodia la Biblioteca Nacional de Fr ancia, como por ejemplo lo
escrito por Joya nt en 1926.
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11- Quedaba incompleto, sólo textos e imágene s, pero poco conocíamos de
los espac ios por donde nuestro artista se h abía movido en París. En el otoño de
2008, realizamos un viaje a dicha ciudad, donde conocimos las ca sas donde ha bía
vivido y tenido los talleres, vis itamos los Museos d‟ Orsay y Louvr e, el Moulin de
la Galette y el Moulin Rouge, así como calles y callejuelas de su querido
Montmartre. También aprovechamos pa ra buscar y comprar li bros sobr e
Toulouse-Lautrec en librerías y merca dil los y también comprar revistas en el
Merca do de las Pulgas.
12-En el Museu P icasso de B arcelona visitamos la exposición tempora l
sobre I mat ges sec retes, Picasso i l‟e stampa erótica japonesa en 2009 . En ella
encontramos referencias a nuestro pintor, sobre grabados eróticos japoneses que
habían pertenecido a Toulouse-Lautrec y que conocemos a través de un conjunto
de veinte fotografías ins critas en la reserva de la Biblioteca Nacional d e Francia
con el epígrafe: Estam pes japonaises erotiques ayant appatenu de Toulouse -
La utrec. Dest acan entre ell as, las fotos de dibujos que representan escenas eróticas
principalmente entre mujeres y animales, como por ejemplo una versión de la
estampa de Hokusai.
13-El Museo Provincial de Zaragoza tiene en dep ósito objetos orientales y
abundante do cumentación sobre el arte erótico japonés de la Colección donada
por el profesor Federico Torralba. Fue estudiada y analizada a fin de co nocer la
influencia ejercida en la pintura de Toulouse-Lautrec.
14-Compramos a través de FNAC Zaragoza, varias de las publicaciones d e
la directora del Museo Toulouse-Lautrec de Albi, Daniéle Dev ynck, sobre
To ulouse-Lautrec y sobr e el Museo, considerándola, persona experta en todo lo
relacionado con nuestro pinto r.
15- Co n toda la documentación posible y las visi tas a los museos, fuimo s
seleccionando las obr as de Toulouse-Lautrec a comenta r, en las que estaba
presente explícitamente el alcohol, foto grafiando y escaneando tod as las
repre sentaciones qu e se n os presentaban con el fin de seleccionar la que fu ese más
fiel a la obr a original. Así mismo elaboramos una pequeñ a fich a sobr e título,
fecha realización, me didas, propiedad de, localización, catalogaciones e
inscripciones si se contemplaba, de cada una de l as obras elegidas.
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 98
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16-A continua ción seleccionamos abundante bib liografía sobre alcohol y
alcoholismo y sobre Psicología d el Arte. También sobre r ev istas especi alizadas
como Adicciones y l a v alenciana Revista Española de Dro godependencias (RED) ,
Fons Informatiu, Infocop, J ano, British Journal of Addiction, Ps y cholo gie Médica,
Revista de Trabajo Social, Drug Alcohol Abuse, Addictive Behaviors, Comuni dad
y Drogas, Revue d‟A lcoolisme , Psiquiatría y Psicología Médica, Papeles del
Psicólogo, Alcohol, Alcool ou Santé, P sicothema, Alcohol and Alcoholism,
Journal of Studies on Alcohol , Alcohol Research and Health, L ‟ alcoolisme,
Gace ta Sanitaria, Atenci ón Primaria, J ano, New England Journal of Medicine,
Informac ión Psicológica, R evista de Metodolo gía de Ciencias Sociales , Drug and
Alcohol-Dependence, Alcohol Clinical and Experimental Research, Journal of
Psychiatry & Neuroscience, Ps ychological Bulletin, Journal of Studies on
Alcohol, British Medical J ournal, P syc hological Medicine, B ritish J ournal of
Psychiatry Neurops y c hol ogia, R evista Española Salud Pública , Medicin a Clínica
y Trastornos Adictivos, e ntre otras.
17- Tra s leer, analiz ar y valorar la información recogida, se inicia la
reflexión y posterior redacción de la t esis, según el procedimiento posteri ormente
descrito.
18-Por último en agosto de este año 2011, visitamos la casa natal de Albi y
el Château du Bosc donde se crió nuestro pintor. Así mismo el Chât eau de
Malromé, cerca de Burdeos, donde f alleció y su tumba en el cementerio de
Verdelais en la Gi ronda f rancesa. D e nuevo visitamos el Museo Toulouse - Lautrec
de Albi, aun en rehabilitación, con menos obra ex puesta pero convertido en un
museo moderno.
19- A lo lar go de todo el tiempo que ha llevado la redacción de este
trabajo, h emos a sistido y disfrutado de Exposici ones bien sobre nue stro p intor, o
bien de su época, como por ejemplo sobre los Impresionistas en la Funda ción
Mapf re de Mad rid, so bre D egas en el Th yssen-Bornemisza, Carteles en la
Fundac ión March (2005), Originales d e Toulouse - Lautrec Ilustrador propiedad de
la Residenc ia de Artistas de Jaulí n en Zaragoza (2007), la exposición titulada
“Mirar y ser visto ” en l a Fundación Mapfre, de Fotografía sobre P arís del XIX
también en la Fundación Mapfre y l a última este diciembre de 2011, sobre
Delacroix en Caixa Fórum de Madrid. Así mismo hemos ido reuniendo más
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 99
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documentación continuamente, aprovechando F erias del Libro en diferentes
ciudades españolas, libr erías de viejo y mercadillos y realizado mul titud de
fotografía s.
4. - Fue nt es
A efectos prácticos presentamos, en una pin celada, los diferentes bloque s
estudiados y analizados, por orden cronológico, de dist intos documentos y
estudios que nos dan información sobre nuestro pint or, tanto a través de escritos
de sus propios amigos contemporáneos, investigaciones poste riores así c omo de
las distintas publicaciones de a rte localizadas en el mercado entre otros.
Fuentes textua les:
Entre ellas mencion amos Obras de referencia, fuentes informativas
primarias y fue ntes informativas secundarias.
Fuentes de r eferenci a:
Aquí englobamos los diccionarios, cr onologías y enciclopedias revisadas.
Fuentes de i nform a ción p rimaria s :
Serían las mono grafías, publicaciones periódicas, tesis, conferenc ias etc
realizadas sobre nuestro autor.
De stacamos l a única investigación localizada sobre Toulouse -Lautrec
presentada como tesis do ctoral de M edicina por Devoisins P. de 72 pá ginas. Es un
estudio clínico donde nos da a conocer al p intor desde un pun to de vista
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 100
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biologista, sus enfermedades, sus anomalías óseas y su muerte, h ablando de forma
clara de su dependenci a al alcohol sumada a la sífil is. “Un determinismo
psiquiátrico no puede explicarnos el alcoholismo de Toulouse-Lautrec, y sí un
determinismo psicológico parece haber provocado, condicionado y favore cido el
etilismo de Toulouse-Lautrec” (Devoisins, 1958 ).
Igualmente m erecen destacar se las conferencias de Danièle Devynck,
directora d el Museo de Albi, como conferenciante inaugural en dif erentes
exposiciones sobre parte de la obra de nuestro pintor (Devynk, 2005 ).
También entre las Fuentes d e su época, r ecogemos algunas de las
monografías escritas p or persona s que fueron amig os del artista o bien
compartieron r atos de la vida con él y que nos dan información sobre su
experiencia y obras, y de los que entresacamos los sig uientes:
.- L a publicación de Maurice Jo y a nt, titulada “M. He nri de Toulouse-
La utrec, 1864-1901 ”, por ser su autor, amigo y compaðero de es cuela de
Toulouse-Lautrec, y más tarde, incluso fue alb acea testamentario artístico tras la
muerte de Henri. Un personaje importante en la vida de Henri.
M. J oya nt fue crítico d e arte y di rector de l a Gale ría Boussod et V aladon,
desde donde potenció y ay udó a diversos pintores de la époc a pero sin e mbarg o,
en la biografía señal ada y la más documentada, no recoge toda la obra d e nuestro
pinto r (Jo ya nt, 1926).
.- Diferente es el libro de Tadée N atanson, (1992 ), ti tulado “Un Henri de
Toulouse-Lautrec” . Fue un im portante col eccionista de pint ura impr esionista,
periodista y a la v ez, empresario. Reconoció inmediatamente en Toulouse -La utrec
la marca del genio. Lo quería mucho y pa ra él contaba entre los “espíritus más
finos” de su generaciñn. Eran unos jñven es „vi va la virgen‟ que l es gustaba
quemar sus vidas en los placeres y excesos de todas clases. Esta publicac ión es
una descripción casi poética c argada de una profunda admiración, cariño y
respeto, e inter cala frecuentemente caricaturas del pintor, con mu y pocos trazos.
Minimizando el problema de su amigo nos dice: “ La laminería es el origen de su
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alcoholismo”, “El apetito de dibujar o d e pintar no es más que una parte del
apetito más general de mirar”
.- Renard J. autor de Diario 1887 -1910, muestra cómo a través de la p rosa
narra tiva, fundamentalmente de forma fragmentaria en diarios y revistas, fue
transcribiendo lo vivido y mu y pronto s e conve rtiría en uno d e los esc ritores más
leídos y respetados de su tiempo. Así, buscando la profundidad más transparente y
a la vez más sobria, nos ofrece un realismo con unas frases, casi versos, cargadas
de imáge nes leves e inte nsas, como un poe ma japoné s. En dos días concretos, 26
de noviembre de 1894 y 19 de febrero de 1895, nos habla exclusivamente de
Toulouse-Lautrec en el largo monólogo consigo mismo que es este Diario
(Renard, 2009).
Como Fuentes de Arte enc ontramos mucho pub licado, pero muchos de
esos libros son de divulg ación. Por ejemplo: el de la Editorial Gustavo Gili que,
aunque breve, recoge dibujos de los años felices y alude a las amarguras de la vida
de Toulouse-Lautrec (Gili, 1971 ).
Podemos considerar ta mbién d ivulgación el l ibro de Cogniat (1966 )
incluye ndo, ade más de apuntes y dibujos, las p inturas más conocidas d onde a
veces el propio color es un dibujo y res alta la o riginalidad de su propia visión,
ajena a los impresionistas consi derados como revolucionarios.
Estas informaciones y p ublicaciones se reiteran a lo largo del tiempo en
editoriales asequibles al públi co y donde, cada vez más, introducen información
sobre su vida, mitos y leyendas que a yudan a conocerlo y a la vez, a
estigmatizarlo como per s ona.
De ma y or riqueza en cuanto a los come ntarios artísticos, encontramos las
publicaciones de Danièle Devynck, ( Dev ync k, 1 990a, 1990b, 1992, 1999, 2001,
2003, 2005, 2011) actualmente directora del Museo de Albi, bien como autora
individual o como autora en publicaciones en colectivo.
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Agradeciendo la respuesta, y viendo cómo expresa D. Devynck, por
principio, su consideración en relación a la alcoholemia de nuestro pintor,
declinamos seguir c on el planteamiento inicial de mantener correspondencia.
De toda la do cumentación consultada, me gustaría poner un poco en
entredicho la v eracidad que recogen algunas de estas r eferencias esc ritas
señalando entre ellas, un as veces las anécdotas o curridas en l a vida de Toulouse -
La utrec o bien en últ ima instancia solamente las ley endas y que much as veces se
han mantenido en e l tiempo. La realidad es que nos encontramos de todo.
Alguna s reflexiones acerca de esta realidad podrían ser las siguientes:
En primer lugar, Toulou se- Lautrec al fo rmar pa rte de una familia noble,
conserva dora y llena de prejuicios es fácil que en ocasiones se enmarañasen y
confundiesen las pistas.
En se gundo lugar, por se r Toulouse -Lautrec un consum idor de im portantes
cantidades de alcohol, bien se niega o se mi nimiza su consumo , bien por ser una
sociedad altamente tolerante con esta sustancia , o bien el alcohol apenas se
nombra gene r almente en otra clase de documentación, como por ejemplo su
amigo Mau rice Jo y a nt, (1926), que pens amos, silencia episodios en l a biografía
del pintor. Tampoco se encuentran apenas referencias al consumo de alcohol y
los problemas generados en la correspondencia recogida y publicada.
Y e n tercer lugar, aunque nos sep are solamente unos 110 años d e su
muerte, ha llega do h asta nosotros como pintor genial y magnífico cartelista.
Estas tres ca r acterísticas hacen a veces difícil distinguir lo verd adero y lo
falso.
Con mucha frecuencia, son las mentiras y sobre todo las m ás bellas, las
que forman la le y enda y la historia de las personas, y lo lamentable much as veces
es que ade más la forjan mal.
El valor del testimonio, a veces, es tan dudoso como una moneda gastada,
nos gusta saber, nos gusta conocer lo más posibl e de una persona famosa, de un
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pintor, de un artista, y el escritor sa be que una vi da, aunque e sté cuidados amente
escrita, sólo constituye una ayuda limitada para el conocimiento de la vida y de la
obra, la vida de los demás se nos aparece a nte nue stros ojos como l lena de mag ia,
casi irr eal, sin rec oger apenas los vaivenes y sufrimientos de dicha vida, porque
escribir también e s un arte.
Recog iendo lo que nos indica Jean Bouret (1968), “el a rte de la bio grafía
es un arte burgués, sólo la clase burguesa siente curios idad por la vida íntima de
los artistas, de los po etas, que intu y e diferente a la su y a. La vida de Van Go gh,
más que su arte, es lo que hiz o ganarse la simpatía de las ma yor ías entre s u muerte
y su entrada e n la gloria. Ex iste un cierto mas oquismo del triu nfador hacia el
fracasado y del rico hacia el pobre. Junto a la burguesía, también a la c lase
popular le gustan esas novelas vividas, esas im ágenes fantaseadas. La a ristocracia,
en cambio, no siente por lo común sino desdén por esas ficciones. ¿Quié n tiene
razñn?”
De cualquier mane ra sabemos que cuando salen estas biografías, en todos
los tiempos, aumenta el número de p ersonas que visitan los museos y aunque solo
sea por e sta razñn…bienvenidas sean.
En el caso que nos ocupa, el de Toulouse -Lautrec, relativamente cercano
en el tiempo, se han podido mane jar documentos recientes, fotografías, películas,
cartas, pero sin embarg o ¿qué conocemos verdaderamente de su vida íntima?
El padre y su tío Charles llegaron a quemar muc has de las tela s pintadas,
también a romper sus cartas. Por parte de sus a migos más íntimos, es e scasa la
corre spondencia recogida y publicada que mantuvieron con He nri, como por
ejemplo J oy ant, y l as pocas referencias ha cia su estilo de beber y más tarde hacia
su a lcoholismo. Puede se r por olv ido consciente, ocultación con vergüenza o bien
por interés personal, pues fue incluso su albacea , tras la muerte de nuestro artista.
En la corresponde n cia, si se habla de alcohol, quizá por verg üenza se niega
el alcoholismo. En general, n o se acepta que u na persona rica, de abolengo, d e
familia influy ente, conocido e inteligente sea un enfermo a lcohólico.
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Sin embargo, puede emb orracharse, marearse, no sabe r beber, senta rle mal
algo que ha tomado, pero no ser un alcohólico.
Nos preguntamos, ¿es diferente ho y?
En Toulouse -Lautrec, se minimiza al máximo su consumo o bien se nieg a,
se le conside ra gracioso en el g rupo de compañeros, hasta que los h echos se hacen
y a inn egables, cuando ap arecen las crisis muchas de ellas agudas, pero aun así se
achacan a cualquier problema orgánico ex clusivamente. C omo les pasa a todos los
alcohólicos, los amigos desapa recen y que dan los “amigos” de beber.
No digamos del pr oceso de la sífilis, tema que la madre de Henri no
aceptaría nun ca, enfermedad conside rada mal dita en es a épo ca y q ue ho y
podríamos equiparar con el SI DA.
Reley endo la obra de su amigo Maurice Joyant nos lleva a plantearnos la
cantidad de nubes que sobrevuelan la vida y la m uerte de este genio de la pintura
que fue Henri de Toulouse- Lautrec pues siendo un amigo c ercano, nos pare ce
observar que oculta e pisodios, sobre todo lo relativo a la última etapa d e la vida y
el alcohol (Joya nt, 1926).
Jo y ant nos dice: “La vid a de Toulouse - Lautrec es una d e las m ás simples ,
sin circ unstancias ni episodi os sensacionales. S e desarrollará de forma lógica,
dolorosa desde el principio, dolorosa siempre ha sta el final, con sobresal tos con
los que olvidar y disf razar las amarguras”, pero nada más.
Mi planteamiento es de alg una manera, ponerle voz escrita a sus
sentimientos, a su sufrimiento, a su independencia, a su li bertad, a su verdad ,
valorado pero o culto, reconoc ido pe ro escondido y donde su posición
socioeconómica y parte de su obra, fundamentalmente los carteles, enmascara n la
vida de un a persona genial, independiente, única, y alcohólica, a pesar y
precisame nte de su estilo de vida, que no por el ambiente en que había nacido.
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Por otro lado, a lgunas personas consideran que para intentar aproximarnos
al personaje elegido, el mejor ca mino pasa por uno mismo y en el caso de
Toulouse-Lautrec e l problema no deja de ser curioso.
Uno puede identificars e con la m anera de c oncebir la vida, con su
desprec io d e los acontecimientos y costumbres fami liares, con su dureza d e jui cio,
con su lucha ante las dificultades, con su actitud ante la vi da, con sus dific ultades
y problemas, pero hallar en uno mismo los caminos es otra cosa.
Consideramos que no es necesario s er un a persona con Síndrome de
Depende ncia Alc ohólica (SDA) p ara comprender , empatizar y entender a estos
pacientes, los qu e suf ren l a dep endencia del alcohol; igualmente no es ne cesario
ser pa ciente alcohólico para s er un profesional comprometido y especiali sta en
drogodependencias. Eso es otra cosa.
6.2 Distribución
En relación a nuestra i nvestigación, la hemos organizado en gra ndes
apartados o bloques, intentando conciliar los tres sistemas, que son:
1º) Bloque teórico: com prende los aspectos relac ionados con el alcohol y
el alcoholismo, con la P sicología d el Arte y en tercer lu gar lo relacionado con la
metodología que se seguirá en la investi gación
2º) El concerniente a la b iografía del pintor, en el que se estudian de forma
minuciosa, los hito s de su trayectoria vital, que representan c ambios de primer
orden para comprender su evolución persona l y pictórica. El mismo comienza
desde su fecha de nacimiento en 1864, incluye ndo su infancia y a dolesc encia, su
periodo de formación, re laciones, amigos, salidas, consumos etc hasta su
incursión, por otro lado, difícil de catalogar en ningún grupo artístico concreto.
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3º) El relativo al artista y su obra , analizando los diferentes lenguajes
estéticos que afec t an a su forma de expresión. También se analiza las te máticas
que aborda , con especial desarrollo la visión del al cohol en su obra.
El cómputo total de la obra pintada de Toulouse - Lautrec, según Jo y a nt, es
de cerca de cuatrocientas litografías y carteles, miles de croquis, de dibujos y
algunos centenares de pi nturas, como resultado d e un tra bajo intenso en mu y po co
tiempo (Jo y ant, 1926 ).
De toda ella, parte de la obra está destruida, y de lo que h a lle gado a
nosotros, exclusivamente extraemos una muestra de 41 obras. En ellas e l autor ha
repre sentado explícitamente el alcohol, ad emás de personajes o ami gos que le
rodeaba n, y nosotros consideramos la presencia de la bebida alcohólica como
único criterio a la hora de seleccionarlas para su posterior comentario.
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III. - LA FAMILIA
DEL PINT OR
“Hay otros mundos, per o están en éste.”
Paul Éluard (1895-1952)
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1. - La familia del pintor como un árbol
En este aparta do, re cogemos las ramas más cercanas del árbol genealógico
de las dos familias de ori gen de Hen ri de Toulouse -Lautrec y Monfa recogidos e n
Gallimart, 1992.
(P áginas sigu ientes)
Árbol genealógico de los Toulouse-Lau trec y Séré de Riviéres
Château du Bosc.
Figura 10
Árbol genealógico de los Tapié de Céleyran y D’Imbe rt du Bosc.
Château du Bosc.
Figura 11
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Tíos Maternos:
Amédée- Marc T apié de Céleyran (1844-1925 ), casado con Alix -Blanche
Toulouse-Lautrec-Monfa. Tuvieron 14 hijos, de ellos, tres minusváli dos de
nacimiento y un enano (Denvir, 1991 ).
Fot ografía d el Château de Malrom é. Agosto 2011.
Figura 16
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2. - Gen ealogía del pintor
2.1.- Anteced entes de los Toulo use -La ut rec:
Es ve rdad que la hist oria de estas familias frec uentemente se adornaba d e
hazañas mili tares, heroicidades etc, pero también es verdad que los Toulouse -
La utrec podían enorgullecerse de raíces de prestigio.
Escudo de los Toulouse-Lautrec. Château du Bosc. Agosto 2011.
Figura 17
Sñlo al cabo de muchos siglos se ha descubierto que no fueron “cuarenta
reyes los que en mil að os hicieron a Francia”, como proclamaba el periñdico
monárquico Action Française, sino qu e fu eron cuarenta familias apenas, las qu e
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luchando a menudo contra el rey y contra el destino, instauraron, a pesar d e todo,
una civilización en el territorio que se repartían.
Entre es as cuarenta familias había una llamada a ocupar un puesto
privilegiado, la d e los C ondes de Toulouse-Lautrec, que del Atlán tico al
Mediterráneo, de los P irineos al Macizo Central, reinaron en Languedoc hasta el
siglo XIV. De una r ama secundaria, de una de l as más antiguas y más p ujantes
familias de Francia, la d inastía d e los condes de Toulouse, había reinado en la s
regiones del La nguedoc, Rouergue y de la Prove nza. Durante generaciones, esta
línea produjo “jefes feudales familiares” cu y a fuerza física, energía moral, audacia
y ambición eran legendarias.
Los Toulouse-Lautrec descienden de los condes de Toulouse que
introducidos en el torbellino de las Cruzadas, se habían distinguido por su coraje y
su ferocidad al servicio de la Verdadera Fe contr a las herejías de los albigenses o
Cátaros.
La importancia de los condes de Toulouse no es sólo de ord en políti co o
milita r; es sobre todo de orden moral e intelectual. En aquellos tiempos de
feudalismo, la p ersonalidad del s eñor era la úni ca fu erza capaz de conseguir la
adhesión real de sus hombres. Y como los condes de Toulouse poseían el b rillo de
los g randes capitane s y l a cultura de los amantes de lo bello, podían engrandec er
su feudo e incluso esperar que un día sus territorios formar an un reino.
Durante c inco siglos serán c onquistadores de t ierras, y si bien Ra ymond IV,
consagra do por enter o a las cruzadas y muerto en 1105, de scuida la
administración de su inmenso reino y es ex comulgado por casarse con una prima
hermana, sin embargo, p or la necesidad d e mantener las pos esiones y las ti erras se
darán desórdenes; Ra y m ond V al casarse con C onstance de France, hija de Luis
VI apodado El Gordo, p arece entrar en la Francia de los Capetos, calzado, con
casco y con un rico tesoro en su silla de montar. Durante esos años Toulouse se
convertiría en una capital tan brillante como P arís, llena de edificios suntuosos.
Tuvo dos hijos: Ra y mon d V I y Ba udouin de Toulouse (J oyant, 1926).
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Con R ay mond V I (1156 -1222) y apodado el Viejo, que se c asó cinc o
veces, la cuarta con Jeanne de I nglaterra, hija de Henri II Plantagenet y cuñada del
rey de Inglaterra, Rica rdo Corazón de León; (después se casó con Eléon ora de
Aquitania, hij a de Alfonso II , rey de A ragón), l a aventura entra de lleno en la
familia de los Toulouse siendo una de las figuras más celebres de los albigenses.
Excomulgado dos veces por la Santa Sede, Ra y m ond V I de Toulouse,
luchará y co gerá p risionero a su propio hermano Beaudoin ( Balduino), que era
partidario de la corona y de Simón de Monfort haciéndole ahorcar en 1214 cuando
las guerras cátaras. Cu ando muere la s angre vuelv e a correr de nuevo. Ahora bien,
18 años antes de su muer t e, Beaudoin de Toulouse, jefe de la rama segundogénita,
se había casado con Alix , vizcondesa de Lautrec y he redera de los señ oríos d e
Monfa, últ ima descendiente de este señorío de T arn. E l apellido se hace usual,
incluso se tripl ica con el de Monfa, otra f amilia aliada, de donde viene e l
verdadero nombre de familia del pintor: Henri de Toulouse -L autrec-Monfa
(Bouret, 1968 ).
En Albi, localidad que da nombre al movimiento relig ioso combatid o por
la fuerza por la Ig l esia C atólica donde el recuerdo de la Guerra Santa o cruzada
contra los c átaros o albigenses permanecía vivo (aunque de he cho fue un c onflicto
armado que tuvo lugar e ntre los años 1209 y 1244) se constru yó la espectacular
catedral Santa Catherina, desde 1282 a 1480, con gruesos muros de ladrillo s ro jos
y mur allas sim ilares a la s de una fortaleza pa ra el c aso qu e la población se viese
tentada en r evelarse de nuevo, teniend o un a specto de verdadero castillo (Dalmau,
2002).
La ram a Toulouse- Lautrec-Monfa es l a única qu e pervivió d espués que el
conde de Toulouse, Ra ymond VII fu era condenado por el papa I nocenci o III en
1229, como hereje albigense.
Raymond VII, el J oven, vuelve a ocupar Toulo use, pero todo el pueblo
está cansado y cuando su única hija, J eanne, s e ca s a con el h ermano ma yor de s an
Luis, el príncipe Alphon se de Francia, e n 1271, una parte mu y importante de los
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bienes ac umulados por los Toulouse, el Condado de Toulouse, a lo lar go de 400
años, pasaron a la c orona de Francia (J o y ant, 1926 ).
A partir de entonces, los descendientes estarán siempre al servicio de l a
corona y pasarán su ex istencia como gentes independientes, en sus tierras, entre
los caballos, los perros y los halcones.
La r eligión, como todas las guerras santas, sirvió sobre todo para una lucha
por el control político y económico de la re gión. Así la familia de Toulouse fue
excomulgada diez veces por el papa. El catarismo amenazaba la he gemonía del
papa en el S/ XII.
La guerra civil y relig iosa asola y d espuebla los dominios del conde de
Toulouse y l e obligan, en otros momentos p oderosos, a hacer juramento de
fidelidad y a pagar un tri buto al rey de Francia. El noble estatuto de independencia
de la familia est aba aniquil ado y sus te rritorios, la vasta y extensa provin cia del
La nguedoc, pasarán, como hemos indicado, a Francia.
Guerreros y sensuales, así era n los Toulouse - Lautrec, y también se nsibles
a una cierta forma de grandeza, con carácter y te rriblemente ape gados a su tierra
natal, las cróni cas hablan de Odet d e Foiz, muerto en el sitio de Nápoles en 1527
después de h aber estado a punto de perecer en Rabean, del libertinaje de P ierre -
Joseph de Toulouse -Lautrec, y de los excesos am orosos de Ade laida de Toulouse,
vizcondesa de Carcassonne y dama de Burlats (Joy a nt, 1926).
Aunque a veces los Toulouse -Lautrec habían servido a la corte d el re y ,
parecen tener preferencia por el L anguedoc para incrementar el pa trimonio y
construirse una reputac ió n legendaria de valientes cazadores (Dalmau, 2002).
Durante generaciones acumularon trofeos de caz a, que de coraban los
muros de la mansión o casa s eñorial en Albi, compartido con la equitación y el
cultivo de las artes c omo pasatiempo familiar.
Ejemplares devotos, no sólo los Toulouse-L autrec disponían de una iglesi a
y un cap ellán privado, sino que podían permitirse invitar a los obispos para venir a
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oficiar las ceremonias fami liares, o bien invitar a los arzobispos a comer, a fin de
sermonear a sus hijos sobre su comporta miento, como hacían los abuelos de
Henri.
Igualmente los Toulouse-La utrec abominaban la República y como bueno s
legitimistas, esper aban q ue Hen ri, conde de Cah mbord, último descendiente de
Luis XI X acabara por subir al trono de Francia.
Enfrentados con la evolución igualitaria de una Tercera República, s e
refugian en un mundo d e fant asía, mar cado por un indi vidualismo exacerbado,
cultivan su particularidad y distinción desafiando el conformismo general y
utilizando su fortuna en erig ir ciudadelas, p alacios o casa señoriales con torres
redondas o cuadradas donde podían r esguardar su sensibilidad destrozada, y
dedicarse a la cría y caza de animales en sus extensos dominios.
Segur os de sí mismos, a rrogantes y orgullosos hasta la megalomanía, a l a
vez, tenía n que hacer notar su desprecio por las normas y las virtudes burg u esas,
donde veían en ellas una afre nta a la cultura francesa , la nega ción de los valores
tradicionales y el símbolo de su impotencia. No eran bur gueses e ran aristócr atas,
no lo olvidemos.
En el X IX, se realizó una nueva alianza, consanguínea otra vez, al casarse en 1863
el conde Alphonse de Toulouse- La utrec y Monfa con su p rima carnal, l a
vizcondesa Adèle Zoé Tapié de Céle yra n. Pero el título de ella era much o meno s
antiguo que el de los La utrec (Jo y ant, 1926)
2.2.- Anteced entes de los Tapié
En este cuadro histórico, la madre de Henri, Adèl e Zoé Tapié de Céle y r an
(1841-1930) era relativamente una figura advenediza. Provenía de buena familia
burguesa, d‟ Azil le en Minervois (Aude) cerca de Carcassonne, un a familia que
proporcionó a la monarquía, ma gistrados, consejeros, tesoreros, y h asta canónigos
muy letra dos. Se tiene no ticias de ellos desde el S/ XIII.
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En el XVII , la familia se estableció e n Narbonne, empezaron a menud ear
los matrimonios entre miembros de la familia y el vínculo con la aristocracia no se
establecerá h asta 1798, con la adopc ión de Esprit -Jean-Toussaint Tapié por su
primo Jacques Men gau, a la moda de Bretagne, seg undo seño r de Céleyran, ce rc a
de Narbonne, cons ejero de la corte soberana de los Condes de Montpe llier, y
heredero del título y de las tierras.
Añadieron a su considerable fortuna un título, un castil lo y unas 1500
hectáreas de v iñedo de C éleyra n y d e Riccardel ( Vigué, 2007 ).
Ambas familias, los Toulouse- Lautrec y los Céleyra n estab an
emparentadas desde el XV III .
Los Condes de Toulouse- Lautrec habían proporcionado los títul os de
nobleza, pero era la fam ilia de Adèle, los Imber t du Bosc (título mucho menos
antiguo que los L autr ec) quienes habían acumulado la ma y or parte de las riquezas
permitiendo a los padr es de Henri ll evar el estilo de vida al que estaban
habituados.
Aunque de rango m enos elevado que los Toulou se-Lautrec (los I mbert n o
eran barones), la familia era respeta da y cono cida, formada por hábiles hombres
de negocios que compraban con perspicacia tierras y viñedos, mansiones y
palacios.
En el curso de las sigui entes generaciones, este patrimon io fue divi dido
pero no por e so fue menos considerable.
Cuando el abuelo de Adèle, Esprit J .J. Marc Toussaint Tapie de Celé y ran ,
murió en 1847, dejaba 8 domi nios, como el de Céleyran con sus 3500 acres d e
tierra arada y de viñedos, con la espléndida villa Cesar, un verdadero palacio
donde la mad re d e Adèl e, L ouisse Tapié de Céle yran, viviría a diez kilómetros del
Mediterráneo.
En la Bibliotec a del Bosc, hoy se encuentran dos retratos de 1801, de los
bisabuelos de Henri por vía materna. La bisabuela era crioll a.
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Bisabuela mater na. Biblioteca Château du Bosc. Agosto 2011.
Figura 18
Esprit J. J. Marc Toussaint Tapie de Celéyran
Bisabuelo mater no. Biblioteca Château du Bosc. Agosto 2011.
Figura 19
En este tipo de familias del mi smo modo que se reunían la s tierras, se
unían los apellidos.
No fueron años ideales para hacerse aristócrata, pero los Tapié -Céley r an
salieron indemne s de la tormenta post -revolucionaria y se felicitaron al ver su
fortuna y la d e los Toulouse -Lautrec-Monfa unirse gracias al matrimoni o de la
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 132
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biznieta de Esprit-Jean-Jacques- Toussaint y d el conde Alphonse Charles el 5 de
mayo de 1863.
La aristoc racia se encont raba en una situa ción rara en la Francia d el XIX:
había conservado su rol de primera línea en la armada y muchos de sus miembro s
habían tenido éxito en los negocios o en la industria (Weber, 1989).
Mientras, su d eclive qu e había comenzado con Luis X IV, h abía s eguido
con los cambios polí ticos y económicos que había n marc ado la evolución d el país
hacia la democracia y la industrialización (Jo y ant, 1926 ).
La s grandes familias, como los Toulouse -La utrec, tr adicionalistas y
regionalistas, tenían un mundo aparte, vivían en una burbuja, y viví an con enfado
el valor de los títul os de nobleza, diluidos con el Primero y Se gundo I mperio y a
la vez veían multiplicarse los “noble zas inferiores”.
En la edad adulta, Henri podía esperar heredar al gunas de estas
propiedades, particularm ente el palac io del Bosc, sin contar su título de conde que
le venía de su pa dre.
A lo larg o de su in fancia, conscient e o no, su famili a le preparará par a
asumir esta herencia en la apacible vida rural en la que se des envolvían qu e
contrastaba con las explosiones épicas y militares de sus antepasados.
Se da a entender con f recue ncia, más o menos sinceramente, que esta
ascende ncia noble confiere a Toulouse -Lautrec una clase de distinción hereditaria
que no sería a jena en sus hazañas de vida. Está lejos de ser así. Es una forma más
de trivializ ar y normalizar sus proezas con la be bida, sobre todo en las ocasiones
que se le reconocía en los bares y bailes de Montmartre, o bien lo uti lizaba él pa ra
aprovec harse del r espeto que podían generar sus dist inguidos apellidos cu ando se
encontraba en a puros, tras días y noches de be bida c onti nuada. De cualquier
manera, este Toulouse-Lautrec era diferente.
Henri, por otro lado, a lo largo de su vida, se beneficia de un desarrollo
cultural y social privile giado en su época y en su clase , que le vien e dado por su
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 133
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familia y que det ermina de alguna manera sus reacciones y su comporta miento ,
forja su sensibilidad y e xplica al menos en parte, su posición ante la vida y en el
arte como mecanismos aprendidos.
En paralelo y en relación a las dolencias, en casa de los L autrec, había
siempre alguna enfermedad y la ma y or p arte del tiempo no se con o cía el
tratamiento del mal, conviviendo (como se observa en diferentes fotografías de la
familia) en la familia extensa, va rios fa mi liares afec tos de diferentes minusvalías
o bien pudieron ser afecciones congé nit as y a la vez se sucedían múltiples abortos,
quizá como otra consec uencia de la consanguinidad.
Fot ografía d e Toulouse-Lautrec c on su madre , abuelas , tía Alix-Blan che, t ía
Cécile Pascal, pr imo Louis Pascal y d emás fam ilia.
Figura 20
La consanguinidad perpetuada a través de siglos, un día u otro h abía d e
ponerse de manifiesto, como suce de en algunas de las familias reales, y a se tra te
de los Borbones o del zar ruso.
En la aristocracia o nobleza, el nombre individual con el que se conoc e a la
familia, encarna ba la parte inmortal e imperecedera del i ndividuo, la que no
cambiaba y se utilizaba de generación en generación.
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De la correspondencia que nos ha dejado Henri y que recoge
práctica mente toda su vida, (la primera carta de la que tenemos constancia, Henri
tenía 6 años y la últim a unas semana s antes de morir), 190 son dirigidas a su
madre, mientras que a su padre tenemos referencia y conocemos solamente tres
cartas. Desconocemos si no hubo más cartas, se perdieron o fueron censurdas
(Gallimard, 1992 ).
La condesa, que Henri llamaba „ma má‟ delante de ella y Adèle detrás,
necesitaba pensar que era el sostén mor al y material de su hijo, y que Henri no
mentía, como muestran las cartas que él le diri ge en 1897: “Tengo muchas ganas
de veros en París, pues las noche s están va cías para los viejos muchachos”
(Gallimard, 1992 ).
Una confesión por carta, que es también en parte un disimulo, un disfraz,
sobre todo conociendo cómo vivía su t iempo Henri con sus amig os, que por
entonces tenía 33 años. En realidad la r elación con su madre fue para Henri un
conflicto que no podría r esolver jamás.
„T engo dos vidas‟ confi aba a un amigo. Su „sa nta madre‟, como a él l e
gustaba llamar en su ausencia, no sabía sin duda nada de esta „ otra vida‟.
La s cartas que e lla recibía de su hijo no hablaban más que de e cos de
sociedad, de h erencias, d e acontecimientos deportivos, de caballos, de vin os y de
coches (Gallimard, 1992 ).
Por otro lado, la madre, en 1884, (a ño a partir del cual Henri no vivirá más
con su madre, compartiendo el mismo espacio) somatizará pr oblemas
psicológicos, reflejando los problemas de re lación que tenía con s u hijo.
Diag nosticada como tr astorno nervioso, tenía neura l gias, fatiga ne rviosa,
insomnio y trastornos dige stivos. Siempre tomaba el rol de mártir resignada, y se
esforzaba e n busc arle excusas a Henri, disculpándole en todo, ante cualquie r
pretexto fuera ligero o grave (Frey, 1996 ).
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A la vez, Henri de Toulouse- Lautrec no retra tó a nadie tantas veces como a
su madre. En todos esos retratos, la madre tiene los ojos bajos aunque pose de
frente, con la cara mu y triste , como resig n ada.
Es muy raro encontrar un artista que hay a pintado tantos cuadros a su
madre como Toulouse-Lautrec.
Sin embarg o, la madre d el a rtista no comp rendió en absoluto la obra d e su
hijo, pero tampoco puso ningún obstáculo voluntario para su d esar rollo. Estaba
convencida de que la pintura sim plificó a su hij o el peso de su desgrac ia, y de su
sufrimiento.
Pero igualmente, como su hijo ha cia e lla, Adèle también p resentaba un
estado de dependenc ia total en relación a él.
A pesar de los aires de már ti r, tormento y sufrimi ento que ella se daba
cada vez que hablaba de Henri, toda su ex istencia giró alrededor d e este hijo
imprevisible, y no olvidemos, discapacitado físicamente (Gallimard, 1992 ).
Sin darse cu enta, fu e su hij o quien le dio contenido a su vid a, fue su ra z ón
de vivir, mientras Henri vivió y d es pués de fallecido, luchando contra la muerte a
través del recuerdo pe rpetuado en el Museo de Albi.
Ese rasgo de entrega máx ima y protección extrema ante un hijo con esa s
caracter ísticas, es frecuente en p erfiles de madres de hij os discapacitados,
anulando en muchos cas os los esfuerzos para conseguir una mínima autonomía
por parte de los hijos. De todas formas, el espíritu de sacrificio que tienen las
madres de estos niðos “distintos”, es inaudito.
En este caso, aunque guardaron las for mas, no cabe dud a que ambos
tuvieron que aprender y aceptar del otro, a veces con mi edo, tanto el permitirle
volar con autonomía, c omo la asimilación de que era un hombre adulto.
Al fina l de los años, Tou louse -Lautrec y su madre habían desarrollado un a
relación de amor y d e odio en el seno de la c ual cada uno se e sforzaba en dominar
al otro.
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 142
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En 1898, alarmada por los problemas de su hijo, Adèle d ecide reinstalarse
en París, volvi endo a vivir ahí y esforzarse en soportar las ex c entricidades de su
hijo, intentando controlar las escenas y episodios de bebida.
Hasta el 3 de enero de 1899 (fe ch a en la que Adèle se va d e París
inesperadamente, sin de cirle nada a su hijo, provocando una crisis nerviosa e n
Toulouse-Lautrec, sint iéndose totalmente abandonado sin cariño ni apo yo en un
mundo ex terno y a jeno, hostil y agresivo) estas relaciones, de tira y afloja, de
luchas constantes habían sido “enmascaradas”, disi muladas por un ba rniz de
cortesía, de “ gente bien” y de distancia, con buena educación. Entonces, el hijo
tenía 35 años (dos años antes de su fallecimiento) y l a madre 58 años. Pero en este
episodio nos detendremos más adelante .
Adèle vivió hasta 1930, sobreviviendo al hijo e n 29 años y consagrando
con abnegación el resto de su vida a proteger la obra de su hijo, amparando,
patrocinando e inc rementando su renombre, y funda mentalmente viviendo de l
recuerdo de su hijo.
3.2.- Padre
La ram a de los Toulouse -Lautrec tení a la fama y la gloria de hacer
excentricidades, eran a la vez belic osos y sensuales sibar itas, también sensibles a
cierta forma de magnanimidad, y desm esuradamente apegados a su suelo natal.
Entendían que los c astillos fortificados, las ti erras y los viñedos eran de verdad
realidade s tangibles y h acían todo lo posi ble por conse rvarlos y po r conquistar
otros (Dalmau, 2002).
Alphonse here dó de sus antepasados, el or gullo de su nombre, de su linaje
y de su san gre, considerando a sus con ciudadanos como gente sin importancia,
dejándose llevar solame nte por su antojo, po r su capricho y por su fantasía, que
desde lue go er a mu y grande. Cazaba a caballo pero también dibujaba, pi ntaba y
en ocasiones esculpía.
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Fot ografía d el padre, conde Alphonse-Charles-Marie de Toulouse-Lautrec,
como halconero e n traje típico escocés.
Figura 23
No se siente inclinado por la política, a pesar de que lo invi tan a ello, pues
detesta tanto a los personajes franceses del Segundo I mperio como a los
revolucionarios del 69, tanto a los republicanos como a los orleanistas ( Joy ant
1926 ). Es contrario a todo lo que ostenta el poder y la autoridad, no respetando ni
considerando nada que sea ajeno a él.
Con un físico fuerte y r esistente, poseía una esp esa barba ne gra y un a nariz
ag uileña como su pa dre. Sus g r andes ojos castaños brillaban de inteligencia pero
su mirada encantadora y z alamera, al parecer r evelaba una debilidad p rofunda,
contradiciendo el modelo de héroe coraje que quería encarnar (Bouret, 1968 ).
“Alf” como le llamaba su esposa Adèle, era en realidad un ser seductor,
obstinado y despótico, caprichoso, totalmente indisciplinado, insumiso y rebelde,
incapaz de hacer pl anes para el futuro o bien pro y ectos qu e alguna vez soñara
desarrollar.
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 144
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Desprecia todo lo que tiene relación con lo plebe yo, no pasa mucho tiempo
en el mismo lugar, se deja dominar por cap richos momentáneos y hace de la
noche el día y del invierno el verano, con sus extravagancias.
Un monárquico excéntrico y ultraconservador, el Conde dedicaba buena
parte de su tiempo a la ca za, la cetrería y las ca r reras. Parece que tenía una pasión
devoradora por la caza a caballo. L as cartas a su joven esposa poco después de su
viaje de novios ocup an s eis páginas de descripción mi nuciosa de sus c aballos, sus
perros y los anima les que había matado: “Odñn guardaba 10 perros co rredores
para e l corzo y m e cedió 15 para el jabalí” (Denvir , 1991 ).
Fot ografía d el padre, conde Alphonse-Charles-Marie de Toulouse-Lautrec
Figura 24
Casi inmediatamente al nacimiento de su hijo Henri, Alphonse deja Albi,
por un pabellón de caza que alquiló en L our y, en el valle del Loire. No irí a a casa
para Navidad, pero sin embargo envió un jamón de jabalí. La caza representaba,
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para él, más que un deporte, era un amor ferviente y entusiasta el que le tenía a los
animales.
Después de varios meses de aus encia anuncia a los suy os el deseo d e
residir durante todo el año en su pa bellón de L our y. Eso suponía no asumir
ninguna responsabilidad, ni como esposo ni como padre .
Se decía que “de spu és d e haber llev ado a su joven esposa a Niza de viaj e
de novios, él había, lisa y llanamente, desapa recido. Convencida qu e había
muerto, Adèle regre sa a casa de su madre” (Denv ir, 1991 ).
Lo que le gustaba a Alp honse era recorrer Francia de cacería en cacería,
según las amistades fa mi li ares y las invitac iones que recibía.
Fot ografía d e construcción sólo p ara los canes.
Château du Bosc. Agosto 2011.
Figura 25
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 146
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Pero lo que más le g usta ba por enc im a de todo era asombrar a los de más.
Sus viajes al extranjero repercutían en la manera de vestirse y d e sus variados
trajes, amante del disf raz y del exhibicion ismo y en su forma de comer,
preparando personalmente platos raros de una manera especial y al aire libre, que
luego no se comía.
Otra de sus manías era r odearse d e especies de animales raras o exóticas
que trataba y cuidaba como si fuesen animales domésti cos: halcones, águilas,
búhos y ga vilanes ( Frey, 1996).
Todas la manías de las f amilias rancias se reunían en este p ersonaje que n o
se daba cuenta que el ti empo había pasado y que vivía a finales del siglo
diecinueve y principios del veinte c omo si fuese plena Edad Media.
Otro de sus pasa tiempos era el disfraz. Tenía un conjunto de disfraces con
los que le g ustaba fotografiarse y otras veces pas earse por Albi y alr ededores, de
turco, con un casco cir casiano, de cruzado, con falda escocesa etc. se gún vemos
en diferentes fotografías.
Otro día, se disf razó en los bosques de Bolonia, cubierto con un extraño
casco medio mong ol c on una cresta de tela roja. Era un apasionado halconero qu e
le gustaba e n verano, recorrer las calles de Albi, sin ca misa y en el p uño u n
halcón al que nutrí a de trozos de c arne cruda y que decía no bebía más q ue agua
bendita. Otra vez, pasó v arias semanas en una tie nda de ca mpaña plantada debajo
de la escalera monum ental de la catedral de Albi. Esas eran, entre o tras, sus
rare zas (Fre y, 1996).
Mantiene la tradición fami liar hasta en los más pequeños detalles y en las
horas en qu e se aburre se dedica a dibujar y modelar perros y caballos que tiene
próximos, en su propia casa.
Hasta su matrimonio, a los 25 años, Alphonse había sido ofi cial d e
caballería, en el cuerpo de lanceros, g r aduándose en la Academia Mili tar de Saint -
Cyr en el año 1860. Pero su inconformismo le hizo ver rápidamente la vida militar
como insoportable (Joyant, 1926 ).
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Llevaba una vida mu y o ciosa, consagrando ca si todos sus deseos a montar
a caballo, asistir a carreras o pasar los fines de semana en París. Más tarde, cuando
vivió en París era un fanático del vodevil, de los cafés cantantes y de los
prostíbulos.
Su im age n reflejaba su inconformismo de una forma que rozaba la h isteria,
entre los fastos cumplidos de su linaje, los halagos amables de su cortesía y la
realidad de una familia “cerrada” y reducida a la impotencia políti ca. De aquí la
ocurre ncia que se cuenta de su hijo: “Papá se de se spera por hacerse notar”.
Adèle y Alphonse se co nocían desde pequeños, pero su matrimonio fue,
por lo que se ve, un mal casamiento. L a familia dec ía de Adèle que era un „á ngel‟
y de Alphonse qu e tenía un carácter „impe tuoso‟, violento, pero con una gran
inteligenc ia (J oyant, 1926 ).
La re alidad seguramente, era mucho más comple ja, pero nos basamos e n
lo que de ellos nos ha llega do escrito.
Cada uno de ellos, padre y madre, esperaba del otro que ju gara un rol
diferente y esta profund a ambivalenc ia ejerció so bre He n ri una influencia mucho
mayo r.
En una carta dirigida a su madre desde París, carta nº 100, en o ctubre
1884, alude por primera vez Henri, a las relaciones muchas veces difíciles que
tenía con su padre (Gallimard, 1992 ).
Padre y madre tenían propiedades cada uno de ellos, pero no tuvie ron
nunca un hogar común, una casa de ellos dos e hijos, como familia, siempr e
estuvieron con la familia extensa, con e l clan.
Al principio, tras su matrimonio, se establecieron en el château du Bosc,
con todos los familiare s de Alphonse, abuel os, tí os con sus mujeres y la
descende ncia, mas una se rvidumbre mu y numerosa. Pronto viajaron de la casa
solariega al pabellón de caza de L ou r y donde poder prac ticar la caza y la cetrería,
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 148
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de los palace tes a pensio nes, en Albi, en P arís, juntos o se parados, y así sigu ieron
a lo largo de toda su vida.
Es bastante imaginable la incompatibilidad de caracteres en los dos
cóny uges. Alphonse oponía a la piedad rígida de su mujer, una combinación de
chauvinismo viril y d e liberal anticlericalismo. Es de los que consideraban q ue los
siete pecados capitales, t an perfectamente refleja dos en los frescos d e la Catedral
de Albi, no son más que seis; “el miedo al infierno lo dejaba pa ra las mujeres”.
Su único temor era no tener un hij o, pues como buen La utrec, únicamente
le interesaba tener hijos varone s, que p erpetuaran el linaje, el apellido, los bienes
y en definitiva el poder en el sur rural francé s, pero un hijo como un verdadero
animal de raza d el que poder vanagloriarse, y además convertirlo en un hábil
criador de halcones. Pero todo eso caerá por tierra.
El padre es severo por naturaleza, y vive soñand o en la Edad Media. La s
relaciones entre padre e hijo no fueron nunca cordiales, se cuenta en Albi que el
padre se aver gonzaba de salir con el hijo, a unque muchos biógra fos lo cal len. El
padre sost iene que la fa milia ha de perpetuarse, ha de seguir adelante y ve que en
la su ya no va a ser posible. Para él, la fortaleza física y la agilidad recoge el valor
de un hombre, tal como recog ía su educación.
Su hijo le exacerba y siente por él un profundo d esprecio, v e una criatura
fracasada . He n ri lo pre si ente con dolor, con muc ho desengaño y sufr imiento y s e
apartará de él (J edlicka, 1965 ).
Alphonse nunca comprenderá la obra de su hijo, punto por e l que el a rtista
añadiría sufrimiento a su vida pues para é l era lo esencial, era su profesión.
Según otros biógrafos (F rey, 1996), Alphonse en realidad, giraba sobre dos
registros, sobre comportamientos duales: igua l re c lamaba la atenc ión de todos por
una actitud teatral, excesiva, histriónica, q ue se iba de caza para encontrar l a
soledad, enviando a su familia c artas con un contenido más sombrí o. Una
conducta que nos evoca tendencias maniaco -depresivas. Cuando sentía depresión
prefería disparar.
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Por últim o señalar que los padres, cada pr ogenitor, mitigaba los
sentimientos de culpa como podía: la escapada fóbica y l a negación del padre,
para no en frentarse con ningún problema. Su posición social y económi ca
participñ en el “jueg o”. ¿Qué hubiese ocurrido si no hubiesen podido disponer de
ese “desahogo econñmico”? Seguramente H enri hubiese fallecido en la primera
infancia.
La madre , abnegada y mártir, muestra otra forma de “pe nar” sus
sentimientos de culpa, aislada, rezando, sufriendo y visitando lugares de
peregrinación re li giosa.
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Pero es de la versión que dio Bernard, de la que L autrec se inspiró en los años
1890. L os p arecidos son notables entre la « Fem me au Salon » de Bernard y «Au
salon de la rue des Moulins » de Lautrec (Neret, 1999).
La s similit udes no faltan entre el c artel del “M oulin R ouge ” de Lautre c
(1891) y el dibujo de “la Goulue” realizado poco antes de 1889 por Bernard, sobre
todo en la pose espectacular de Desossé, el corte del público como sombras
chinescas, las nub es de l uz amarilla y la aud acia del reparto de espacios ( Tobien,
2000 ).
En su carrera como pint or, que duró hasta bien entrado en S/XX, B ernard
se dedicó posteriorment e a r ealizar paisajes si mbol istas más bien blandos y
piadosos sin alcanzar nunca lo que pr ometía de jo ven.
En la historia de la pintura moderna, el lugar ocup ado por Be rnard se debe,
no obstante, al importante hecho de haber logrado tejer los lazos teóricos que unen
a los cuatro grandes pers onajes de la pintura de aquella época: Céz anne, Gaugu in,
Van Gogh y Toulouse-Lautrec (Rodríguez, 2005).
Reconoció en los caracteres fu ertemente individuales de sus obras los
componentes de un im pulso o fuerza común, capaz de producir un nuevo estilo,
distinto a lo habido hasta entonces (Tobien, 2000 ).
2.4.2.- Loui s Anquet in (1861-1932)
Compañero en el taller de Cormon sit uado en el nº 10 de la calle Constante
en la colina d e Montmartre. H enri los pinta en el cua dro “A L‟ El y sé e-
Montmartre: le Cuadrille de la Chaise Louis XIII” a Laval, Anquetin, y Gauzi,
pintores y compañeros de ruta.
Tres años ma y or que He nri, lo tom ó bajo su protección, le protegía de las
humillaciones y de las bromas habituales frecuentes en el mundo cruel de los
jóvenes. Era un amigo e ncantador, apasionado de su trab ajo, lleno de ganas de
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vivir, de aleg rí a, amante del juego y de las muj eres. Forma con Toulouse - La utrec
el núcleo de una cuadrilla de jóvenes c ompañeros que seguirán unidos a lo largo
de los diez a ños siguientes. Hizo mucho por el interés que Toulouse -Lautrec tuvo
por el mundo de los cabarets, d el vodevil y de Montmartre en general. Es
Anquetin quien introdujo a Toulouse- Lautrec en el círculo de Aristide Bruant y
del Mirliton, y con quien pasará muchas velad as n octurnas, compartiendo t ambién
ciertas a migas, como la Goulue.
Se hará famoso en el taller de Cormon por su sed de innovación y de
experimentación en la pintura y pronto se hará conocer por su pintura imag inativa
y mode rna, estilos tan diversos como el impresionismo, el puntillismo o el
cloisonismo resaltarán el hecho, pero como artista no se quedará mucho tiempo en
una tendenc ia particular.
A pesar de tene r una extrema facilidad tanto para el dibujo como para el
color, la calidad de sus obras se queda en superficial y a menudo de pendiente de
modas pasajeras.
Al principio, Toulouse-Lautrec le admir a sin límites, cre y endo que sus
imitaciones de paisajes impresionistas c ontenían un verdade ro ge nio,
infinitamente superior a l su y o.
Louis Anquetin ju gará un rol decisivo en la f ormación de Toulouse -
La utrec, qu e le mencion a con frecuencia en su c orrespondencia y le cons ideraba
el ma y or pintor después de Manet. Cuando Toulouse-Lautrec le conoce, no era
todavía el pintor de llameantes pinturas mura les rococó que marcarían su apogeo.
Más que cualquier otro, coloca a Toulouse-Lau trec y su generación en
contacto con a ctividades artísticas novedosas de su tiempo, don de su
extraordinaria e nergía intelectual hacía de él un extraordinario catalizador .
Había pasado por el im presionismo, revelado por las ex posiciones que se
sucedieron de 1874 a 1886. Deja el taller de Cormon en 1887, abandona su
periodo impresionista que l e había llevado algunos éxitos, ensaya el puntillismo,
después el cloisonismo. Acabó por establecerse un tiempo en Vétheu il para
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sentarse a los pies de su maestro Monet. En ese estadio, Anquetin rebosaba
alegría. L o que le intere saba verdaderamente no era la luz ni e l c olor, y las
estampas japonesas le suscitaban más que Degas (del que imita las carr eras, las
bailarinas, los eleg antes, y la utili zación del pastel) o Monet cu ya aproximación al
ar te era eminentemente pragmática (Welton, 1994).
En 1886, Anquet in re al iza un retrato de Toulouse- La utrec a l óleo, así
como varios dibujos. S u obra será interesante durante algunos años más, pero
después de 1893, no producirá gran cos a de v alor y se c onsagra a lo qu e él llama
“la vuelta a l oficio”, imitando en particul ar las obras de Rubens.
En febrero de 1894 Henri de Toulouse - Lautrec y Anquetin viajan a
Holanda a visitar museos.
Henri se sentía incapaz de vivir al ritmo de los demás y alababa l a
ge ntileza d e su a migo y colega Luis Anquetin que: “ paralizada mi p ersonil la, tan
lento, que me impedía an dar a su lado, pero que hacía como que no le mol estaba”
(Denvir, 1991 ).
En 1887, con Emile B ernard, crea el cloisonismo (que debía sumarse a las
tendencias del simboli smo pictórico), acabándose sus experimentac iones
novedosa s.
Desde el punto de vist a pictñrico, su “J eune femme lisant un journal”
(1890) influ y ó sin duda en la imag inación de Lautrec. S e encuentra netamente la
seðal en la c ubierta de “L‟ Estampe Original” publicada en 1893.
En 1903, dos años después del fallecimient o de Toulouse-Lautrec ,
Anquetin produjo un gran lienzo, “la Salle de Danse au Moulin R ouge”, que
respec to d e Toulouse-La utrec un homena j e a éste , puesto que fi guran el cartel de
Jane Avril y e l lienzo el “Baile du Moulin Rouge” de Toulouse- Lautrec.
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2.4.3.- Franç ois Gau zi (1851-1925)
Es otro de sus amigos y condis cípulo del taller de Cormon y decía de
Toulouse-Lautrec: “Henri tenía el don de crear afectos, sus ami gos le adoraban,
no pr ovocaba jamás a quien quiera que fu ese y no intentaba jamás desarrolla r su
ingenio a costa de los demás” (Denvir, 1991 ).
Gauzi, originario del L an guedoc como H enri, había estudiado en
Toulouse, era un joven d e carácter alegre y excesivamente flaco, que ll evaba una
barba ne gra rala. Toul ouse-Lautrec lo pinta en “A L‟ El y sée - Mo ntmartre: le
Cuadrille de la Chaise L ouis X III ”.
Era fotó grafo y Toulous e-Lautrec hacía que l e fotografiara modelos como
Carmen Gaudin y luego Henri las pintaba bien d e prime ra o de seg unda mano, a
partir de dichas fotografías.
Formarán el g rupo de los Meridionales, que y a lo formaba Ra chou,
Grenier y Henri.
Aunque como pintor no c onsiguió una re putación duradera , pa ra Henri fue
un apoy o fiel y c ariñoso en los años siguientes.
Conocemos tres re tratos de Gauzi pintados por Toulouse- Lautrec.
2.4.4.- Vincen t Va n Go g h, alias “el viej o” , (1853-1891).
Poco después de llegar, por se gunda vez a París, en febrero de 1886, s e
convirtió en compañero de Toulouse-Lautrec también en el taller de Cormon.
Vincent llega a París des pués de p asar por una serie de malas experie ncias.
Había trabajado como misionero protestante en las minas de ca rbón de Bélgica,
viviendo en la pobreza y pintando cuadros ne gros y grises, representando la vida
ti erna y r uda de los trabajadores (Woodford, 2004).
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 256
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Habiendo roto sus lazos familiares, salvo con su hermano Theo, estudia
sólo, y su ca pacidad de trabajo, al parecer, era impresionante.
Aunque Van Gogh tenía 11 años más que Toulou se- Lautrec, era más serio
y c arecía de l a des envoltura social d e He nri y fueron buenos ami gos. Ambos
aprendieron a conocerse y tr abaron una buena amistad, aunque g ua rdando las
distancias que les impedían dos caracteres tan distintos y un as ambiciones tan
divergentes.
No es posible, en efecto, escribir nada r egocijante respecto a los contactos
de Van Go gh con los miembr os de ese estudio exuberante que se ag itaba s in c esar
en torno a Lautrec. “ Vincent lle gaba arrastrando un pesado cuadro qu e dejaba en
un rincón dond e se d isfrutaba d e una mejor claridad. Entonces, esperaba
pacientemente a que alguien se dignase a echarle u n vist azo. Pero nadie se
interesaba por sus obras. Y él, sentado delante de la tela, acechaba las miradas de
los otros sin tomar parte en la conversación, hasta que, cansado, se m archaba
llevándose su cuadro. P ero volvía a la semana siguiente y reanudaba el mismo
espectáculo” (Denvir, 1991 ).
Exasperada por tal conducta, Suzanne Valadon, a la que debemos este
relato, pensaba que los pintores eran unos individuos espantosos, aunque ella y a
conocía el medio, pues había posado para Degas. Ignorando sus burlas, Vince nt
trabajaba en silencio, y de repente, empezó a hablar con locuacidad y a entablar
amistad con sus compañeros. En estas ocasiones, mascullaba en un m al f rancés,
exponiendo a lto y fuerte sus teorías sobre el tr azo y el color, mientras su voz
silbaba a través de sus dientes postizos y m al ajustados (Arno, 2005 ).
Rembrandt, Delacroix y los Impre sioni stas eran sus últimos
descubrimientos y poco a poco ba jo la influencia parisina, realiza numerosas
repre sentaciones hasta conseguir colores más claros (Walter, 1993).
A pesar d e todo, no se sentía cómodo en el ambiente que le rodeaba, aqu el
taller era un poco cruel.
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 257
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Van Go gh sirvió igualmente de intermediario ent re L a utrec y su hermano
Théo V an Go gh, que fue dire ctor d e la Gal ería Boussod y Valadon e n París,
sucursal de la cas a Goupil & Cía, casa especializada en el comercio de obras d e
arte y situada en el bulevar Montmartre. P or su ca pa cidad de trabajo, sus jefe s le
pondrán mu y pronto al frente de esta Sucursal.
Theo, durante sus funciones como di rector de la sucursal Goupil & Cía, no
dejó nunca de p restar todo su apoy o a los jóvenes impresionistas contribuy end o
decisivamente a la popularidad de artistas como Monet y De gas. Sus superiores y
patronos, que reservaban sus favore s y homenaj es al arte oficial expue sto en los
Salones, se hallaban muy irritados con Théo Van Go gh. Cuando no pudieron
contar y a con Théo, confiaron la dirección de la s ucursal a Maurice J o y ant , amigo
de Lautrec de sde la infancia, como anteriormente hemos indicado (Tobien, 2000 ).
La utrec le fue d eudor de numerosos contactos con compradores y
organizadores d e ex posiciones, por cu yos favores nuestro pintor luch aba sin
descanso. Aunque no necesitaba vender sus obras para vivir, le era indispensable
el éxito entre el público, y a qu e a sus ojos justi ficaba su existencia c omo p intor.
Se debe a Lautrec un retrato profundamente sentido del pintor holandés
que, mejor que otro cualquiera, desvela lo qu e pasaba en el alma d e Van Gogh
(Figura , 202).
Por consejo de Lautrec, hacia 1888, Vinc ent Van Gogh se instaló en Arlés,
en el sur de Francia don de la luz era muy espec i al. Van Gogh soñaba con irse al
Japón, pero L autrec le convenc ió de que en el Mediterráneo hallaría idénticas
condiciones de luminosidad.
Vicent siempre le pedía a su hermano qu e le tuvi ese al corriente d e todo l o
relativo a Lautrec, y és te, por el mismo conducto, tenía siempre noti cias de
Vicent. Fue así cómo t uvo varia s ocasiones de contemplar las obras q ue Van
Gogh le enviaba a su hermano, a París (Tobien, 2000 ).
El 6 de ag osto de 1889, H enri fue invitado a cenar en el apartamento de
Théo en compañía de Vincent que llegaba de Auvers -sur-Oise, donde el Doctor
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Gache t (pintor aficionado y amigo de Theo) seguía su estado depresivo tras su
retorno de Saint-Rém y - d e Provence. Este será su últ imo encuentro. Tr es s emanas
más tarde, Vin cent Van Gogh se suicida disparán dose con un revólver, un tiro en
el pecho.
Desesperado, su h ermano Théo se hund e, no pue de soportar el dolor d e la
ausencia de su he rmano, su estado de salud es malo y el trabajo es exc esivo, y seis
meses más tarde, con parálisis nerviosa, Théo vuelve a Holanda donde m uere a
causa de l a sífilis a los 34 años, siendo enterrado junt o a su hermano Vinc ent en el
cementerio de Auvers-sur Oise, cerca de París.
Vincent Van Go gh, genio innovador de la pintura, es uno de los pocos
pintores cu ya bio grafía resulta tan inte resante como sus cuadros; no por sus
aventuras, pues su vida casi ca rece d e ellas, sino por la rica vida interior que supo
volcar en las 821 cartas que se c onservan, la mayoría a s u hermano Theo. El
cariño y l a abne gación de este hermano entrañable, ilim itado en su generosidad
hacia el pintor genial, extraño y desvalido, es un monumento a la bondad humana ,
tan hermosa c omo cualq uiera de los cuadros de Vincent (Aris, 2002).
Sobre na d ie se ha es crito tanto, intentando perf il a r un dia gnóstico
retrospec tivo. Sin duda, siendo Vicent Va n Go gh un enfermo mental mu y g rav e,
resultó tan independiente en el terr eno de la p atología como en el del Arte
(Vallejo-Nágera, 1979).
2.4.5.- Henr i Racho u (1855-194 4)
Fue pintor destacado en el Salón, grabador, escritor y autor dramático.
La utrec lo conocía y a de Toulouse, los dos eran del sur francés.
Su estilo menos excéntrico que el de l joven aristócrata, le gusta a Bonnat.
Pero Rachou estaba mu y unido a Henri, del que admiraba su inteligencia,
vivacidad y generosidad. “Era increíblemente psicñlogo”, de cía de Toulouse -
La utrec.
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Toulouse-Lautrec hizo amigos, que le quedaron h asta el final de su vid a, le
procuraron consuelo y se guridad, y a p esar de su porte des cuidado, tenía
desesperada n ecesidad de amistad. Hizo todo para hacerse querer. Hac i a 1 893, le
ofrece Toulouse-Lautrec a R achou, un mono que había bautiz ado “Senateur”
porque según é l se parecía a Béranger.
Toulouse-Lautrec vivió y trab ajó algún tiempo en el taller de Rachou del
nº 22 de la c alle Ganneron, hacia 1884 y trabajar on juntos e n las ilustraciones de
“Vieilles histories”.
Rachou, el más protector de sus amigos, rec uerda la impresión que le hizo
en esta época Toulouse -Lautrec: “Se sorprendía por todo, me pare cía, por su
inteligenc ia siempre en alerta, su gentileza ina gotable en relación a sus amigos
fieles y su profund a inteligencia de hombre. Nun ca le he vist o engañar a uno de
nuestros amig os; tenía una intuición psicológ ica notable y no concedía f ácilmente
su confianza. Llegaba a dirigirse a los desconocidos con un a brusquedad que
rozaba la a spereza. No le he visto jamás pecar de presunción o ambición. Era ant e
todo un artista y buscaba los elogios, no se daba im portancia. Con sus íntimos,
rara mente estaba satisfecho de sus obras”.
Rachou ha d escrito los días del aprendiz Lautrec: “Conmigo, trabajaba sin
descanso, por la mañ ana en el taller d e Corm on y p asaba la t arde p intando
modelos re gulares. No creo h aber ejercido la menor influencia sobre él, m e
acompaña ba al L ouv re, a Notre -Dame, a Saint-Severín continuando a ad mirar el
arte gótico, pe ro prefería y a claramente a Degas, Manet, y a los impresion istas en
ge neral, aunque su horizonte no se limitaba al estudio donde él tra bajaba”
(Jedkicka, 1965 ).
Rachou fu e más tarde, tras sus años de bohemia, conservador del Muse o
de los Agustinos en Toulouse, donde procuró la c ompra de cuadros d e To ulouse -
La utrec.
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2.4.6.- Char les-Edouard Luc as (1841-1895)
Ccompañero de taller de Toulouse -Lautrec, según cuentan sus amigos, se
pone de acuerdo con una joven modelo, Marie Charlet, para que seduzca a Henri y
éste pierda su vi rginidad, consciente de sus cr eencias y de la ti midez que se
escondían detrás de sus bromas groseras y sus re ferencias sexuales obsesivas.
Ella, a gredida y maltrata da por un padre alcohólico, había lo grado ga n arse
su independencia sirviendo de modelo y en ocasiones prostitu y éndose. Se le decía
ninfómana, d esprovista de todo tipo de inhibiciones y emociones y de una
curiosidad insaciable .
Es probable que Henri no se hici ese nin guna ilusión sobre lo qu e podí a
pasar de tal encuentro, pero desde entonces supo con qué clase de mujeres podía
encontrar placer (Frey , 1 996 ).
2.5.- Amigos “eleva dos” cultural, int electual o
social mente.
Lo formarán un pequeño grupo que destacará funda mentalmente en el
aspecto cultural y social . y que coincidirá con la etapa de ma yor productividad
artística de nue stro pintor. Destacamos a los Grenier, Guilbert y los Natans on.
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Toulouse-Lautrec en P arís con amigos hacia 1885 . De izquierda a derecha: R.
Grenier, H. Rac hou, L. Anquetin, Lily Grenier y Toulouse-Lau trec .
Figura 90
2.5.1.- René Gren ier (1861-1917)
Los Grenier, desd e el punto de vist a social, t enían una respetabilidad
irreproc hable.
René era un joven rico y amable , de familia pudiente, cuyos padres habían
querido que fue ra constructor de barcos y t enía una renta d e 10.000 francos e n
oro. Nac ido en Toulouse, y compañero de estudios de Toulouse- Lautrec, e ra
independiente, se decía d e él que tenía talento per o no pare c ía preocupado por su
carrera de a rtista, vivía la pintura como pasatiem po. También fue compañero de
taller c on Bonnat y con Cormon pero lo que le gustaba rea lmente era la vida
bohemia en medio de sus amigos a rtistas; a l parecer tenía buen carácter y no er a
celoso.
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Fot ografía d e Toulouse-Lautrec c on Thadée y Misia Natanson
en el balneario de Etretat, 1898.
Museo Toulouse-Lautrec. Albi.
Figura 92
La Revue Blanche, publica da entre 1889 y 1903, era un a revista liter aria y
artística en la que participaban los artistas y e scritores más importantes de la
Francia de la época. F ue fundada y diri gida por los hermanos Natanson, y
rivalizaba con la re vista “Mercure de France”.
En 1891, la “Revue Blanche” fue retomada por Thadée N atanson, donde
su c asa no tardara en se rvirle de refugio a Toulouse -Lautrec, como antes fue la de
los Gremier.
Los h ermanos Natanson anclados en la cultur a fin de siglo d e París, no
ag otaban los elogios ha cia Toulouse -Lautrec, si n hablar de Misia que se había
casado con Th adée con 1 5 años y medio y cuya b elleza hechizaba a L autrec como
demuestra e l llamativo cartel que le realizó para la revista en 1895 (Figura 93).
Los Natanson no l e disminu y eron a lo la rgo del tiempo, ni apo yo
profesional ni hospitalidad. Al contrario, le ofrecieron mucho más. Le invitaron a
su casa d e campo, en pri ncipio a Valvins, d espués a V illeneuve-sur- Yonne, donde
Henri les visitaba con fre cuencia en los veranos. Comi das, natación, largas
veladas escuchando a Mi sia tocar el piano, pas eos por el c ampo etc, fueron entre
otros, momentos idílicos que iluminaron la vida de He nri.
Entre los invitados de los Natanson se encontra ban: Rendir, Valloton , el
crítico y actor dramático Octave Mirb eau, Maeter li nck, Vuillard, Bonnard,
Roussel y Romain Coolus, que iba a acompañarle a Toulouse -Lautrec en la
exploración cada vez más audaz del universo d e la prostitución y del alcohol
(Neret, 1999 ).
Toulouse-Lautrec pas aba casi cada fin de sema na en un a u otra de sus
propiedades, siendo para él un nuevo oasis de libertad y de amistad. Hací a lo que
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 269
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quería, se paseaba po r la propiedad, dibujaba, bebí a, remaba o n avegaba en el río.
Le gustaba particularmente fotografiarse haciendo muecas ante la cámara.
En el seno de este medio privilegiado y bohemi o, en esta curiosa mezcla
de elegancia, belleza, s nobismo y marginalidad es donde Toulouse - L autrec se
reenc uentra con los dos mundos, que eran su y os.
Louis-Alfred Natanson (1873-1932)
Le pide a Toulous e- Lautrec un carte l para una obra de J ean Richepín
(1848-1926), “La Gitana ”, en la que su mujer, l a actriz Marth e Mellot, tenía el
papel principal. El preestreno tuvo lugar el 22 de enero de 1900 en el Teatro
Antoine.
El boceto de 1900, realiz ado por Toulouse-Lautrec en óleo sobre cartón,
muestra la figura d e la g itana en movimiento, con trastando con el est atismo de la
litografía. Hoy se e n cuentra en el Museo Toulouse- Lautrec de Albi.
Más simple que la ma yoría de sus otras obras , este retrato-cartel brilla po r
sus cualidades dramáticas: un personaje blanco ocupa una gran parte del cartel,
pero nunca fue impreso.
Alexandre Natanson (1867-1936)
Hombre de negocios y periodista, forma parte de ese grupo inteligente de
orige n judío, que ocupa una alta posición en la burguesía parisina, debido a su
poder financiero, sus div ersas actividades en el mundo de la prensa y el pa trocinio
de artistas de renombre .
Fue junto con su hermano Thadée, director y financ ie ro de la revist a
“Revue Blanche”. Esta publicaciñn se p roponía explorar las tendenc ias más
extremas y más nuev as en mate ria de arte y liter atura. Pronto se c onvertirá en el
catalizador de la élite intelectual parisina y publi cará ilustraciones de To ulo use-
La utrec y d e otros artistas (Mil ner, 1992).
En 1895, tuvo lu gar en c asa de Alexandre, una fiesta memorable, en la que
La utrec actuñ de “maestro de ceremonias” y b arman para 300 invitados. J unto a
Maxime Dethomas mezcló cócteles americanos fulminantes, de forma que la
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fiesta acabó en un caos y él al v er l a r espuesta de los invitados, bebidos
totalmente, disfruta. Al pare cer, en esa ocasión, Toulouse- La utrec se mantuvo
abstinente.
Thadée Natanson (1868-1951)
Fue un importante coleccionista de pintura impresionista, periodista y a la
vez empre sario. Reconoció inmediata mente en Toulouse- Lautrec la mar ca del
ge nio. Lo qu ería mucho y para él contaba entre los “espíritus más finos” de s u
ge neración.
Sin embarg o, Henri no se consideraba como un intelectual.
La s person alidades con l as que Toulou se - Lautrec tenía más afinida d de la
“Revue Blanche” eran como él, originales, i nconformistas, que re chazaban
pertenecer a alguna escuela o movimiento con la „e ti queta cultural‟. Todos era n
unos jñvenes „viva la virgen‟ que les gustaba quemar sus vidas en l os plac eres y
excesos de todas clase s.
Thadée qu e conocía la riqueza y la sutileza de Toulouse -Lautrec se
asombraba de sus comp ortamientos de fracaso, cada vez que intentaba s educir a
una mujer. No solamente a causa de sus defo rmidades sino porque no era c apaz d e
reconocer su valor real. Como si, desde el principio, no hubiese for ma de
conciliar su superioridad interior con su desgracia física (Natanson, 1992 ). En
1951, fueron e ditados sus “Recuerdos de Toulouse -Lautrec”.
Misia Godebska (1872-1950)
De nombre Marí a Olga Zofia Zena jd a Godebska, fue pianista de Polonia,
hija de padr e escultor polaco de renombre y medio -bel ga, profesor de la
Acade mia Imperial de las Artes en San Petersburgo y madre medio rusa, que
falleció al dar a luz.
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Misia, fue la pr imera esposa de Thadée Natan son, y mu y pronto será
traspasada a un segundo ex ótico marido multimillonario, el magnate de prensa,
Alfred Edwards, otro amigo de nuestro pintor. En 1920 abandonará a Edwards por
el pintor catalán J osep María Sert, que triunfab a en P a rís y d el que también se
separará dolorosamente, pero a quien no dejará de amar d esesperadamente hasta
el final d e sus dí as. Pasará el resto de su vida en un luj o sin g loria, de cadente y
adicta a la morfina, hast a su fallecimiento en 1950. Fue un personaje complejo y
enigmático.
Misia se casó en 1893 con Thadée, era una seductora polaca de 21 años.
Pronto adquirió una considerable influ encia e n los círculos p arisinos musicales y
artísticos, quienes le llamaba n Misia, un diminutivo polaco, de María. Dueña de
una sensibilidad artística desbordante, sintonizaba fácilmente c on los artistas.
Pronto será ella la reina de la revista <Revue Blanc h e>. Tenía 8 años
menos que Toulouse-L autrec, pero los dos eran sibar it as y poseían un fuerte
carácter . Se le describe de personalidad poliédrica, con muchos y atractivos
áng ulos. Se gún su a migo Paul Morand, “en Misia hay algo de todas las muj eres, y
en toda mujer hay una M isia”.
De alguna forma, encarna en los ojos de Henri una nueva e incandescente
Lili Grenier, una de e sas mujeres que deseaba en secreto, pero qu e eran
eternamente inaccesibles (Boehringer, 1968).
Al principio, a Misia le molesta la fealdad d e Toulouse - Lautrec y su
alcoholismo manifiesto, pero muy pronto olvida sus primeras reacciones negativas
y acepta al artista.
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Misia Natanson. Cartel para la Revue Blanche, 1895.
Litografía en colores, 26 x 91,2 cm. M usée d’Ixelles, Bruselas.
Figura 93
Su belleza, fue pintada m uchas veces. C omo mode lo, posó para Toulouse -
La utrec en el cartel “La Revue Blanche”, encargad o po r Thadée en 1895. Este
cartel nos recuerda al realiz ado a May Belfort, aunque Mi sia vist e un vestido azul
y su figura está un poc o inclinada. Es importante la influencia de la estampa
japonesa en trabajos como éste, donde la plenitud de la figura y el aspecto
decora tivo de la imagen, servirán más adelante a los modernistas.
La se gunda mujer de Thadée , R éine, le gó después de su muerte una pa rte
de su colección de arte a l Museo Nacional de Arte Moderno de París.
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2.6.- Amigos prof esionales
Con este grupo de amigos, compartía a ficiones y hobbies, como la
fotografía y la bicicleta, además de incluir entre ellos a escritores, editores,
periodistas, poetas o bien críticos de arte, del medio y l a z ona donde Henri se
desenvolvía y re lacionaba. Podrían considerarse, compañeros de trabajo.
2.6.1.- Pau l Sescau
Era fotógrafo, cu yo talle r lo tenía en la Plaz a Piga lle 9 y donde todavía
existía el establecimiento hacia mil novec ientos sesenta.
Toulouse-Lautrec lo conoció a tra vés de Maurice Guibert, que también era
fo tógrafo y se convirtió en amigo para toda la vida .
Henri subra yó su reputación de muje riego viv aracho en la litografía que
hizo de él e n 1899 y en el c artel que le realizó en 1896 para anunciar la t anda de
fotografía s de Sescau de la Pl ace Pigalle.
En 1891 , Toulouse- Lautrec le r ealizará un retrat o de pie, en el taller, de
formato alargado en cartón, afinidad que nos re cuerda la construcción de un
cuadro japonés, qu e se hace uniendo tres grabados. En la pared está colgado el
mismo cuadro japonés que en el retr ato de Bourges, también de formato lar go y
estrecho. Está pintado en azules y negros al óleo, pero diluido.
Sescau conservó este retrato hasta 1898, cuando en contra de la voluntad
de Toulouse- La utrec se lo vendió al escritor y crítico, Roger M arx por 40 0
franc os.
También aparece Ses cau, como figura mar ginal en dos cuadros de L autre c,
“En Moulin Rouge” y en “Danza mor a (Les Almées)”, mientras Paul foto grafió a
Henri en muchas ocasiones, colaboró profesiona lmente y fotografió sus cuadros
(Neret, 1999).
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Igualmente, en 1898, Paul intentará , con otros amigos, que La utrec no
beba pero demasiado tarde.
2.6.2.- Trist an Bernard ( 1 866-1947)
Amigo de Toulouse- Lautrec, fue asesor comercial, después abo gado,
hombre de neg ocios, periodist a, poeta, autor dramático y dir ector deportivo .
Fue nombrado director del velñdromo “B úfalo” en Neuill y, pista muy
célebre en París y también fue el director jefe del “Journal des Vélocipédistes”
Era miembro del círculo de “La Revue Blanche” editada por los Natanson
donde conoció a Henri y a quien debe su afición por la bicicleta. T oulouse -
La utrec lo retrató en un cuadro e hizo dos carteles sobre la bicicleta.
Tristan, amigo que organizaba el programa d e competiciones de las
carrera s ciclistas, le introduce a He nri en los entresijos de e ste deporte y conocerá
a los famosos corredores de la época que acompañará en las carreras con bloc y
lápiz en el bolsillo.
Henri los dibuja y también realizará un óleo de Tristan, de pie en el
estadio, con su eterno sombrero hon go. La impresionante figura de T ristan da la
sensación de enormidad, cuando de hecho result a pequeño, (0,81 x 0,65), pero
parece grande porq ue es un hombre repleto de salud y fuerza.
Quedó tan encantado que colgó esta obra en s u sala de estar (Milner,
1992).
2.6.3.- Loui s Bouglé (1 8 71 -1957)
Cuando Toulouse-Lautrec por medio de T ristan va al velódromo,
conocerá, entre otros a L ouis Bouglé, c o rredor muy e duc ado y que siente e l
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mismo interés por el arte que por la bicicleta, iniciándose entre ellos una a mistad
entusiasta.
Comerciante d e bicicletas al por ma y o r, es representante en Francia de la
firma Simpson, fabricant e de ruedas y cadenas y muy aficionado a las c arreras.
Para mejor ar el nombre de la firma in glesa, se p uso el nombre de L. B. S poke, y
se vistió también a la inglesa.
Toulouse-Lautrec h ará distintos viajes con L o uis a Ar romanches y a
Granville, pero pasados los 30 años.
Le p edirá a Toulouse- Lautrec que le realice un c artel, que con el nombre
de “La Chaîne Simpson”, muestra una escena de ciclistas en pleno ejercicio,
aparecerá en los muros de las calles y es con siderado un cartel publicitario
(Denvir, 1991).
2.6.4.- Pau l Leclercq (187 1-1957)
Era escritor y poet a. “Un joven de mundo y d e los mejores” es como lo
describe Toulouse- L autrec a su madre en una carta que le escribió, advirtiéndole
que pensaba llevar al amigo a su casa de Malromé de visita en el verano.
Alrededor de los 80, Toulouse- La utrec amplía el círculo de ami gos, y uno
de los foc os pr incipales era la R evue Blanche, dirigida y fund ada en 1 889 por
Paul Leclercq y Au guste Jeunehomme, para la que Toulouse- Lautrec di señó un
cartel.
También realizará Toulouse -Lautrec un retrato en 1897 de Paul, que éste
donñ en 1920 al Museo de l Louvre y que ho y se encuentra en el Museo d‟O rsa y.
Si el últim o plano de esta obra es característic o del estilo de est e periodo, el
modelo cansado, con una cara que muestra claramente, por la utilización de los
negros y la pose un poco ampulosa del personaje, influencia de Whistler. Salvo
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excepciones, la paleta de nuestro pintor, en esos a ños últ i mos de su v ida, utilizará
colores oscur os.
Paul L eclercq evoca la amistad que le une al pintor:”Toulouse- Lautrec
adoraba la sociedad d e las mujere s y además no tenía lógica, pu es eran
atolondradas, espontáneas o locas, pero si le complac ían era a condición de que
fuera n naturales.
La compañía pasajera de uno de sus amigos fue du rante mucho tiempo una
de sus mujeres c ompañeras. Era una modistill a con la c abellera rubia y s untuosa,
fino rostro de ardilla despierta, que le llamaba Croquesi - Margouin o simplemente
la Margouin (en ar got: maniquí). Toulouse -Lautrec era con ella c omo un ni ño con
otro niño. Se comprendían. El sentimiento que sentía por sus amigas era una
curiosa mezcla de com pañerismo jovial y de deseo refrenado y com o tenía
concienc ia de su inferioridad, el tal Cy rano, no conocía la envidia mezquina,
porque apreciaba una mujer a la que se l e prohibía mostrarla, siendo t ambi én su
más gran alegría, si era querida por un amig o”.
Toulouse-Lautrec consciente de no pod er cons eguir las mujeres que él
desea, las ofrecía a sus amigos, en un lento proceso de autodestrucción.
P. L ecl erc, en “Entorno de Toulouse- Lautrec”, de 1921, describe a nuestro
pintor c omo un selecto gourmet, para quien el punto exacto de cocc ión, la calidad
de la manteca y las especies er an al go fundamenta l a la hora de cocinar. Presumía
de cocinar la langosta a la americana, como nadie. I gual que en la pintura añadía
tonalidades, la imaginac ión en la cocina añadía condimentos.
Leclerc también lo describe como poseedor de una apreciable capa cidad de
improvisación a la hora de mezclar b ebidas, de h acer cócteles. P or ejemplo, una
tarde con sus amigos preparó un cóctel sóli do, a base de sardinas, ron y vino de
Oporto (Denvir, 1991).
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2.6.5.- Ro ger Marx ( 1859-1913)
Fue cole ccionista de arte, pe riodista y crítico de arte en numerosos
periódicos y revistas. También inspector de Bellas Artes y más tarde inspector
ge neral de museos provinciales.
Amigo y promotor de Lautrec a partir de 1982.
2.6.6.- Fél ix Fénéon (1 861-1944)
Fue anarquista militante, es critor, periodista y crítico d e arte del
simbolismo, pero sobre todo aprec ió m ucho la obra de Toulouse- Lautrec.
Empleado del Ministerio de la Guerra en París, desde 1881, fue llevado en
1894 a los tribunales, como anarquista, por tene r ex plosivos en su p oder, t eniendo
que dejar su carg o.
Pasñ a ser crítico, después redactor jefe de la “Revue Independante” y en
1903 jefe de redacciñn de “la Revue Blanche” du rante casi diez aðos, para la que
organizó diversas exposiciones.
De 1906 a 1925, fue director de la tienda de arte “Bernheim-J eune”.
Nunca publicó un libro, pero durante algunos meses de 1906, publicó d e
forma anñnima sus 1220 “nouvelles en tríos lignes” en el diario Le Matin. Cada
noticia ocupaba mu y po co espacio y Félix Fénéon se encargaba de redactar las. Sin
quererlo, fu e un precursor del micro relato, aunque nunca pensó o nunc a quiso,
unir sus noticias en un l ibro. Participó en la creación de va rias revistas y publicó
artículos mordaces de gran va lor literario sobre los impresionistas.
Al parecer es autor del término neo-impresionismo, desempeñando u n
papel im portante en su divulgación y análisis, así como del movi miento de los
nabis y de muchos artist as ignorados por la crític a oficial contemporánea, amigos
también como Seurat, Sig nac y Toulouse-Lautrec .
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 284
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Tanto en la vida de Tou louse- La utrec como en s u obra, las mujeres han
estado prese ntes y a veces han sido tan importantes c omo su trabajo.
La s musas son mujeres, escribió S. de Beauvoi r en el “Segundo Sexo” y la
historia del arte e stá llena de ellas.
La s musas s erán mujeres excepcionales que intens ificarán la creatividad de
quienes las aman. Muje res que inspiraron a grandes artistas y de p aso fo rmaron
parte de sus vidas. Musas que ho y aparecen retratadas en los mejores museos de l
mundo, aunque su nombre no aparezca e n ningún cartel.
No son las reinas ni las nobles pint adas por enca rgo, pero fueron el egidas
por el artista, quizás por su belleza, su manera de posar o por tener algo e spec ial,
y fueron inmortalizas más d e un a vez en las telas y c arteles, convirtiéndose en
protag onistas de su obra y también de su vida.
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1. - To ulouse-Lautrec y sus Da mas
Un cuadro pint ado, es la más alta poesía que se le puede dedicar a un a
mujer y Toulouse- La utr ec manifiesta poesía en todo su arte. A todas ellas las
pintó, las retrató y de a l guna manera las quiso.
Revisando la documentación podemos afirmar que el ideal de belleza de
mujer para Toulouse- Lautrec era: nariz respingona, tez blanc a y cabello rojiz o
recogido en un moño.
1.1.- Mujeres de día
1.1.1.- Fam il iares
1.1.1.1.-Madre: Condesa Adèle Zoé Marie Marquett e T apié de Céleyran
(1841-1930)
Los retratos de su madre son mucho más psicológicos, donde se deja ver la
tristeza de una vida, a la par que reflejan el físico.
Henri no re trató a nadie tantas veces como a ella, posó innumerables veces
para su hij o. Dur ante al gunos años, de 1879 a 18 87, Toulouse - Lautrec m ultiplica
los retratos de su madre, variando los efectos, multiplicando sus investigaciones,
sus formatos, su técnica . Entre ellos destacamos:
1.- “La condese Adèle de Toulouse- Lautrec” 1882
La muest ra sentada en e l parque de C éleyran con un libro en las manos y
una sombrilla en las pier nas. La pincelada y los sombreados que cruzan el cuadro
revelan la influen cia de Paul Cézanne (1839 -1906) y los impresionistas. Con la
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 287
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mirada recogida y los ojos bajos, la madre pa rece resignada con la vida que le h a
tocado vivir.
Por otro lado, el cuadro de la “Condesa Adè le de Toulouse-Lautrec” se
puede r elacionar dire ctamente con tres cuadros impresionistas que Toulouse -
La utrec pudo haber visto en 1879-1880:
“En el c onservatorio” de Monet y exhibido en el Salñn, en 1879, a parece
un mujer sentada sobre un banco.
“El jardín” d e Mar y C asta, ha y una muj er con un casqu et e parecido,
sentada al aire libre y f ue ex hibido en la Sexta Exposición impresionista en 1880.
“La niðer a y el b ebé” de Berthe Morisot, en el que aparece una mujer
sobre un banco en una pose sim ilar a la de la madre de Toulouse -Lautrec. Este
cuadro fue exhibido en la misma exposición que el anterior (Felbinger, 2000).
La condese Adèle de Toulouse-Lautrec leyendo en el jardín, 1882.
Óleo sobre tela, 41 x 32,5 cm. Museo Toulouse-Lautrec. Albi.
Figura 95
2.- “La madre del artista, condesa Adèle d e Toulouse-Lautrec, desa y un ando en el
palacio de Ma lromé”, ha cia 1881-1883
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La madre posa la mirada en una taza de porcelana y toda la escena está
sumerg ida en una luz suave, que suscita la impresión de una jovi alidad suti lmente
contradicha por los labi os tensos. E n este cuadro penetramos en el ve rdadero
universo de Toulouse-Lautrec que ya nunca abandonará (Dev ynck, 2011).
En el óleo de su madre desa yuna ndo en el castill o Malromé, presenta no
sólo un mom ento de in timi dad y recogimiento al tomar café, sino el estado
emocional y la fijac ión m aterna de nuestro artista.
La condesa Adèle de Toulouse-Lau trec , desayunando en el palacio de
Malromé , 1881.
Óleo sobre lienzo, 93,5 x 81 cm . Museo Toulou se-Lautrec. Albi.
Figura 96
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3.- “La condesa Adèle en el jardín”, hacia 1881-82.
Representa a la condesa sentada en un banco del parque, donde Toulouse -
La utrec exhibe todos los matices mágicos de la paleta, ahora más clara. El efecto
de este cuadro e s aún más sorprendente.
Se aprecia formalmente cómo la amargura, la pena y el suf rimiento hace n
mella en esta mujer, que asume calladamente todo s los ava tares d el destino, desde
la infidelidad del marido hasta la enferme dad de su hijo.
Por medio de este cuadro se comprende el si gnificado que para Toulouse -
La utrec tenía su madre. Ya lo hemos comentado anteriormente, es la mu jer por
excelencia, la p rimera p ersona qu e ha cre ído en él, que muestra para con él una
comprensión c asi sobrehumana y que cierra los ojos ante sus excéntricos y
extravagantes devaneos, idas y venidas.
La condesa Ad èle de Toulou se-Lautrec en e l jardín, 1881 -1882.
Óleo sobre lienzo, 55 x 46. Sao Paulo, Museo de Sao P aulo Assis
Chateaubriand.
Figura 97
4) “ La condesa Adèle de Toulouse-La utrec e n el salñn del Palacio de Malromé”,
1887.
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Aquí no sigue a ciegas la técnic a impresionista; aunque la composición
con su fina alternancia de líneas y curvas sigue siendo clásica, la sil ueta se destaca
del fondo en vez de fundirse en un efec to luminoso regular como ocurre en los
impresionistas. La fi gura se encuentra en primer pla no, y lo qu e aquí se pone en
escena es la expresión psicológica, la presencia humana de la figura. Toulouse -
La utrec dota a l a técnica im presionista de un carácter mucho más p ersonal, por
ello no se considera int egrado entre los pintores impresionistas (Neret, 1999 ).
A la madre la representa con ojos bajos y los comentaristas y críticos ve n
en ello un sig no de buen tono, propio de su rango y clase social que corresponde
con el papel impuesto a la mujer en las clases acomodadas a finales del XIX. Esa
mirada “sustraída” no tiene la mi sma significaciñn que los ojos cerrados de la
pintura simbolista: expresa una serenidad más e sencial, cercana al misticismo de
ciertos monjes pintados por El Grec o. Es cómo ve el hijo a la madre, de vota,
creye nte y muy religiosa.
La condesa en el salón del Château de Malromé, 1887.
Óleo sobre lienzo, 54 x 45 cm . Museo Toulou se-Lautrec. Albi.
Figura 98
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El hieratismo y la serenidad de la madre, recuerda el de las madonas
romanas y acentúa el asp ecto escultural y rí gido, como si fuese tallado en piedra.
Es un personaje de una d ignidad imponente, el pintor le llama en una carta “J uno
Luc ina”. Es la figura que domi nñ su infancia, y aunque intentñ alejarse de ella,
fue siempre su refere ncia.
Es una imagen como angelical. Era lo qu e en e l siglo X IX se ll amaba una
„sa nte femme‟, una sant a mujer (Ollero y De Luca, 1991 ).
Desde hace algunos añ os, aparecen una serie de comentarios menos
amables en cuanto a la r elación de m adre e hij o. Alg unos auto res han pr esentado
la vocación pictórica del joven Henri, como un medio de escapar de un a madre
posesiva.
La condesa, solí cita en ex tremo, se ocupa ex clusivamente del único hijo
que le ha quedado, y, separada de su marido, una madre pu ede s er una t errible
invasora.
Mathias Arnold (2001) traza de ella u na imagen mu y dura: “Su devociñn
era e nf ermiza, una hipocondríaca y una enferma histérica”; también se le ha
tachado de avara. Sin entrar en polémica, los problemas fina ncieros se mencionan
con frecuencia en la correspondencia de Henri y la madre se muest ra como la que
lleva las rienda s de los negocios familiares.
Si por un lado da pru ebas de dureza ante los reveses económicos en cu anto
a la pérdida de la fortuna de sus primos los Pascal, por otro es de una gran
ge nerosidad en el momento de la creación d el Museo de Albi. Tambié n se ve
después, como cu ando concedió una pensión anual a Madame Dihau para
asegurar la adquisición por el Museo de las pinturas que ésta poseía de To ulouse-
La utrec (Dev y nck, 2011).
La condesa desempeñará a lo largo de su vida, el pap el que su educación le
ha impuesto: su evangelio y su conducta era de coraje y r esignación, modelo de
madre heroica, en definitiva, madre de aquellos años.
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1.1.1.2.- Abuelas
1.1.1.2.1.-Gabrielle d‟ Imbert du Bosc, (1813-1902)
Era la abuela paterna d el pint or y amaba la p intura, que desarrollaba
pintando pa isajes con acuare l a como pasatiempo, formando parte del enca nto
femenino, típico del XI X.
Casi todas las ca rtas qu e dirige a la que llama su “bonne -mam an” son
fascinante s y mu y afectuosas. En los primeros tiempos le cuenta a la abuela que
tiene molestias en las piernas, (carta nº 23 de Gallimard, 1992), antes de las
frac turas y que se somete a un tratamiento, u na clase de masaje destinado a
estimular la circ ulación de la sangre en las piernas.
Henri le habla como a u na verdadera profesion al. En sus carta s le informa
de su trabajo, que él considera muy especial (carta nº 137 de Gallimard, 1992 ) y
sobre det alles de su carrera, le dice qu e trabaja con “la santa Pal eta y los perros”
(carta nº 54 de Gallimard, 1992 ).
También cua ndo pasa del taller de Bonnat al de Cormon (carta nº 71 A d e
Gallimard, 1992 ). Le mantiene al corriente de las exposiciones en las que
participa c omo cuando ex pone un cuadr o en Pau (carta nº 40 de Gallimard, 1992)
y m ás tarde e n Burdeos (carta nº 603) y en Bruselas (carta nº 629-631 y carta nº
173 de Gallimard, 1992 ).
Al pr incipio de su estancia en París le c ontará Henri que no se habitúa a la
vida bohemia por est ar s ujeto a consideraciones sentimentales por estar lejos de
las personas que más qu iere, pero su tristeza y sus lloros no tienen escapatoria:
“saldré adelante” le dic e (carta nº 73 de Gallimard, 1992 ).
Así, le cuenta que cuando vende dos cuadros al depuesto re y Millan de
Serbia se auto bautiz a “p intor de la corte de Sofía ” Toulouse-Lautrec se confunde,
no es el rey de S erbia, es Stéphane Stambouloff (1854 -1895) personaje no table en
la escena política búlgara y asesinado en Sof ía en 1895. Toulouse -La utrec,
confunde Serbia con Bulg a ria (carta nº 449 de Gallimard, 1992 ).
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Siempre le f elicita el a ño nuevo y la abuela fr ecuentemente le envía cosas
que le gustan al nieto como patés. Henri siempre se lo agradece, es mu y afectivo y
en sus c artas se despid e diciéndole: “Os quiero mucho” u “Os beso de todo
corazñn”.
De las cartas que conocemos Henri le escribe a esta abuela la primera carta
con 8 años (carta nº 4 d e Gallimard, 1992 ) y la úl tima con 23 años (carta nº 629 -
631 de Gallimard, 1992 ).
Henri la retratará al c arboncillo en el vera no de 1882, destacando la
redondez de su rostro, creando una abuela a rquetípica. Hoy, este r etrato se
encuentra en la Galer ía Nacional de Canadá, Ottawa.
Dibujo a carboncillo de su abuela paterna, conde sa Ray mond de Toulouse -
Lautrec, 1882.
Galer ía Nacional d e Canadá, Ottawa.
Figura 99
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 300
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De 1888 a 1891 pintaría a esas mujeres modelos pelirrojas con verdadera
obsesión, aunque siempr e fueron sus favoritas. S e prendó y enamoró de muchas
de ellas.
Adoraba el cuerpo de las muj eres, de todas las mujeres, con las que no
podría mantener relaciones estables. Mientras las pintaba era una forma de
poseerlas.
Thadée Natanson escribe: “ Las mujeres de Toulouse -La utre c no ríen
nunca, no sonríen más que en e l tea tro y cuando están en su pa pel. De to das, las
más melancólicas son l as enamorad as. El habla raramente de mujeres, salvo
cuando va borracho” (Natanson, 1992 ).
En 1882, año en el que entró en el taller de B onn at, realizará un estudio de
desnudo de mujer. Es un a mujer sentada en un diván c on las piernas cubie rtas con
unas medias negras. Henri tra bajaba a partir de fi guras de escayolas y de modelos
desnudos, esmerándose en el dibujo que f avorecía su aprendizaje. En este caso,
Toulouse-Lautrec tomará una imagen erótica tra dicional.
Pero la originalidad de este cuadro viene de la ambigüe dad entre esa
sensualidad im plícita que refleja y la pose por otro lado tímida, casi asustada de la
modelo, evocando una secreta frag ilidad.
Esta paradoja resume las emociones contradictorias de Toulous e -Lautrec
hacia las mujeres que reflejará hasta el fin al d e su vida. Repartido entre un
profundo ca riño para su madre piadosa y su atra c ción por las señora s de los bajos
fondos, Henri sabía que no podría jamás conocer el ver dadero equilibrio.
Ninguna mujer adulta de su clase social se arriesgaría a ele girlo c omo
pareja y sus posibilidades de realizar un matrimonio convencional al uso eran
pocas. Era consciente de ello, lo sabía.
Como siempre en Toulouse- La utrec lo trágico es taba en el corazón de lo
truculento, el placer no podía inscribirse más que en la decadencia ( Frey, 1996 ).
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1.1.3.1.- Marie Clementine Valadon ( 1867 -1938)
Fue durante un tiempo modelo predilecta y am ante oficial de Toulouse -
La utrec, conocida y reconocida por todos sus amigos. Su nombre era Mar ie -
Clementine Valadon y se conoc e como Suzanne Valadon.
Era hija de una c osturera y , después de pa sar fugazmente por una escuela
de monjas, ejerc ió diver sos oficios: fue modista, muchacha de se rvicio, camar era
en un restaurante, ve ndedora de verdura y a los 15 años artista d e trap ecio en un
circo amateur, e l circo ambulante “Molier”, en el que una c aída puso fin a su
carrera como trapecista.
Pronto pasó a trabajar de modelo para diferentes artistas, entre otros:
Degas, Renoir, Puvis de Chavannes, Toulouse-Lautrec y para el impresionista
italiano Federico Zandomeng hi que también vivía en Paris.
Autorretrat o de S. Valad on, 1883.
Óleo sobre tela. Musé e National d’Art Moderne Georges Pom p idou, París.
Figura 101
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 302
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Era una mujer muy cél ebre entre la bohe mia de Montmartre y también
vecina d el estudio d e T oulouse- Lautrec en 1886; Clienta asidua del Café d e l a
Nourella-Athénes, en la Plaz a Pigalle, centro int electual de Montmartre, donde se
daban cita los pintore s agrupados frecuentemente en torno al escritor Zola.
Pronto se difundió el n uevo lugar de reunión y po día verse a poetas y
pintores como Paul Verlaine (1844-1896), Manet o Degas y a las damas del
ga lanteo mu y dadas a andar con artistas para libr arse del aburrimiento de sus ricos
amantes.
Suzanne Va ladon, era entonces una modelo mu y codiciada que pasaba por
ser intelige nte y astuta. Degas mostraba gran interés por ella y le hab laba de
pintura mientras le hacía posar en las posturas más atrevidas. Bajo su influencia
comenzó ella misma a pint ar y a D egas le imp resionaba el trazo duro que ella
empleaba (Vig ué, 2007).
Renoir también la eligió c omo modelo para varios cuadros, lo mismo que
Puvis de Chavannes (1824-1898) que la uti lizaba para pintar sus musas y e febos y
que además le enseðñ a coger el pincel. H abía pos ado para el “Bois S acre” (1884)
de P. Puvis de Chavannes (1824-1898) parodiado por Toulouse-Lautrec en un
croquis de 1884 y para Federico Ze ndomeneghi.
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Miguel Utrillo, por su m adre S. Valadon, 1921.
Óleo sobre tela, 65,5 x 52 cm. Musée Maurice Utrillo, Samois, Francia.
Figura 102
Tuvo un hijo que sería Miquel Utrillo (1883-1955), también pintor famoso
y alcohñlico. Este pintor fue compaðero de Casas, Romeo y Rusin yol en “Els
Quatre Gats ”, bar finan ciado por Casas y loc alizado en los ba jos de la Casa Martí,
edificio del a rquitecto Joseph Puig i Cada falch, si tuado en la calle Montsia en el
centro de la ciudad de Barcelona (un b ar al est ilo de “Le Chat Noi r” de P arís),
donde se desarrollaban e xposiciones de arte y tert ulias. Fue inaugurado en el mes
de junio de 1978 y estuvo abierto durante seis años.
Suzanne, c onoció a Toulouse-Lautrec en París en 1885 y ést e se enamoró
de ella. Pronto se convertirá en la modelo pr eferida, haciéndose de rogar, hasta
convertirse mu y pr onto en su amante. Durante dos años vivieron esa intensa
relación (Vig ué, 2007).
A través de él a prenderá re almente el oficio de pintora y e xhibirá las
caracter ísticas d el a rte de Toulouse - Lautrec , como la perspicacia, la agudeza
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 304
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psicológica y la incapacidad de embellecer las cosas (para algunos c ríticos),
siempre con una fuerza agresiva en su pincel y e n su lápiz que Toulouse -La ut rec
no poseía.
Fot ografía d e Suzanne Valadon con su madre .
Figura 103
Convertida en una modelo de excelente consti tución y de b elleza
llamativa, pasó de mano en mano hasta ll egar al taller de Toulouse- Lautrec. All í
se reveló inmediatamente como una modelo fue ra de toda no rma, cu y a belleza
admiraba el pintor, pese a tener el pelo cast año. Se sentía obsesionada por el amor
físico.
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 305
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Suzanne Valadon, 1885.
Óleo sobre tela, 54 x 45 cm. Ny Carlsberg Glyptotek, Copenhagu e.
Figura 104
La relación al parecer no fue del todo cordial y hu biera durado más tiempo
si a Suzanne no se le hubiera antojado casarse.
Se dice que la Valadon le había echado el ojo a Toulouse -Lautrec y que
quiso ca sarse con él, llega ndo a amenazarle con el suicidio si se negaba a h acerlo.
Cuando el pintor descubrió la estratagema y cansado de sus mentiras, de sus
escapa das, de sus irreflexiones llena s de maldad y de su continuo mal humo, se
separó de ella y nunca más la volvió a ver (Neret, 1999 ).
Posará como su mod elo en una d e las más admirables telas de este ti empo,
“La bebedora o la r esaca” y para “Polvos de arroz”. Es probable qu e fuese
también modelo para “A la mie”.
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Polvos de arroz, 1887-1888.
Óleo sobre cartón, 56 x 46 cm. Ste delijk Museum, A msterdam.
Figura 105
También Toulouse- La utrec le consagrará varias pint uras y va rios
bosquejos de perfil, ex istiendo un óleo de 1886, que la presenta grande, con sus
cabellos en turbant e que sugieren un c uad ro de Van Gogh. Es un re tr ato de gran
calidad en el dibujo aunque con g esto rudo y s erio.
En “Polvos de arr oz” le hace un retrato vista de cara, reflejando las
influencias conflictivas que subsi stían alrededor de Toulouse - Lautre c y da más
impresión de enc ontrarse la modelo ante una mesa de bar que maquillá ndose.
El primero lo pinta en un estilo suelto, casi expresionista, cuy a
reproducción aparec ió en « El Correo Francés » el 19 de abril de 1889.
El segundo de ellos es más tradicionalista y hace pensar más en P issarro
que en otro artista contemporáneo (Denvir, 1991).
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La historia con S uzanne Valadon demuestra que Toulouse - Lautrec no está
dispuesto a que le echen el gua nte y sin embargo su colecc ión de mujeres es ca da
vez más amplia y florida.
Los distintos biógrafos nos cuentan que la V aladon fue el ma yor encan to
para Toulouse - La utrec, sería la quint aesencia de la belleza femenina. “Sñlo esa
maldita Valadon es de pelo castaðo” decía.
“La mejor forma de p oseer a un a mujer es pintándola” dijo Ingres.
Toulouse-Lautrec comenta cínicamente : “A ésa podría tenerla por 50 francos”
(Rodríguez, 2005).
En esta afirmac ión re side toda su desesperac i ón y a la vez todo su
desengaño.
1.1.3.2.- Carmen Gaudin (1866-1920)
Carmen Ga udin será durante un tiempo la modelo preferida de Toulouse -
La utrec.
Es una sencilla trabajadora, modesta, suave y ta mbién pelirroja. (Se teñía
el pelo porque realmente era ca staña). Toulouse- Lautrec le llamaba la mujer de la
“cabeza dorada” c on cabellera de un naranja decolorado y con aire severo.
Buscar modelos con los cabellos rojos iba a ser en el fut uro un hábito para
Henri, que se convertiría en una marca de fábrica, en una seña fija de sus cuadros.
Un día, Henri con fiesa a un compañero de taller que las encuentra
particularme nte excitantes a causa del olor particular de su piel (Fre y, 1996 ).
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Busto de mujer, de perfil, Carme n Gaudin, 1884.
Óleo sobre tela, 50 x 55 cm. Colección Bührle, Zurich.
Figura 106
El fie l He nri Gauzi nos p roporciona infor maciñn concreta sobre ella. “Él y
Toulouse-Lautrec, iban a comer a Boivin, cuando se topan con una joven vestida
de obrera. S u cabeller a roja le hace detenerse y Toulouse -Lautrec g rita
entusiasmado: “¡Va ya m ujer, qué rostro de caballo tiene!, se ría fantástico tene rla
de modelo. Preg úntale si quiere” . Nada más fá cil, contestñ su amigo, que echo a
correr tras la joven seguido penosamente por Toulouse -Lautrec. Cuando la joven
escucha la amable proposición del pintor, titubea un poco : “Nunca he posado de
modelo”. Pero fina lmente accede. Toulouse -Lautrec la había tomado a primera
vista por una “puta respetable” (Gauzi, 1954).
La habían encontrado los dos amigos, Gauzi y To ulouse - Lautrec paseando
por la calle en 1885 (d espués de h aber d ejado Toulouse -Lautrec a los Gr enier,
para instalarse en casa Rachou), en la 22 de la calle Fanneron, tras el cementerio
de Montmartre, que estaba abierto.
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Para sorpresa del pintor y a compañado aca so d e decepción, la muchacha
resultó ser una mujer tier na y algo enfermiza. A veces venía al taller de To ulouse -
La utrec con el cuerpo cu bierto de moratones, con huellas de las tremendas paliza s
que le propinaba su amante, un oficial del ejército.
Lo que a Toulouse-Lautrec le impresionaba de Carmen era su cuerpo
ga stado, su pu reza de ex presión, sencilla y sincera y sus ademanes toscos, no
disimulados por educ ación alguna. Rep resentaba a la clase trabajadora qu e
sobrellevaba con energía, humildad y cansancio, todo el peso de la vida ( Neret ,
1999 ).
La lavandera, 1888.
Óleo sobre tela, 93 x 74,9 cm. Colección privada. P arís.
Figura 107
En el cuadro “Mujer pelirroja sentad a en el jardín de Monsieu r Forest” d e
1889, aunque la modelo ha sido identificada fa lsamente como Rose, se trata
también de Carmen Gau din. Está sentada en un jardín o parque que se encontraba
bajo el cementerio de Montmartre, del que el propietario del lu gar, medio
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 316
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em bargo es un cartel triste, nostálgico. Parece e x presar la contrariedad del artista
por no poder c onquis tar el amor de esta mujer que e stá sola, con la mirada
perdida.
La pasajera del camar ote 54, 1896.
Litografía en color (cartel), 59 x 39,7 cm. Colección particular, P arís.
Figura 109
La composición nos recuerda a De gas o Mar y C asta, de la misma mane ra
que el g rafismo (las ra yas del tr asatlántico y el punteado de la falda) y el encuadre
(la modelo está de espaldas).
Tiene un detalle p ropio de un genio: e l perfil pu ntiagudo d e la nariz de l a
joven, señalado por un minúsculo bote que se destaca sobre el azul de las olas
(Ollero y De Luca , 1991 ).
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 317
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1.1.4.- Otr as m o delos fem eninos sin iden tificar
Fueron pintadas muchas otras mujeres alrededor d e 1890 -91 y formarán un
grupo aparte.
Entre ellas desta can: “Mujer fumando un cigarro” , “La que se peina”,
“Mujer sentada de perfil”, “En me ublé” y “La mujer de la boa negra” (Oller o y De
Luca, 1991 ).
1.2.- Mujeres de noche
Toulouse-Lautrec, con f recuencia tomaba muchas veces el rol de ena no
borrac ho que divertía a las mujeres, cuando no las asustaba.
1.2.1.- Am igas bailonas y c antantes
Para H enri, las mujeres que le atr aían se divi dían en dos cate gorías:
bailarinas y cantante s que admiraba de l ejos y las prostitutas que le vendían sus
cuerpos.
Su tendencia a considerar las mujeres tanto c omo objetos de respeto como
de explotación no le im pide buscar i gualmente en e llas la ternura o l a amis tad que
no puede encontrar en o tros lados y sobre todo entre las mujeres de su rango y
clase socia l.
Toda su vida Toulouse- Lautrec buscará entablar amistade s con mujeres
extremadamente seducto ras y por tanto esa característica las ha cía inac cesibles
para sí.
En lugar de enfadarse y encolerizarse por sus propias desgracias, la b elleza
de estas mujeres le apo rtara verdadero placer, qui zá por el sentimiento de poder,
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 318
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pero sobre todo porqu e ellas se exhiben en públi co con él, s e sientan y pasean
juntos.
En lugar de ser un a mante, Toulouse -Lautrec era el compañero, el
confidente, e l amigo.
1.2.1.1.- L ouise Weber “La Goulue” (1866-1929)
De sobrenombre “La Goulue” (la trag ona), fue una bailarina alsaciana que
sería figura principal e n el cabaret Moulin Rouge.
Nacida en L or ena en 1866, su fa milia hu y ó refugiada a París en 1870,
donde creció, ganándose la vida por los medios de una niña proletaria: vendedora
de flores, lavandera, y quizás prostituta ocasional.
Fot ografía d e la Goulue hacia 1891.
Figura 110
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 319
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El sobrenombre le ve nía por su ape tito descontrolado, ll evaba siempr e los
labios relucie ntes de comida y porque se bebía todo lo que queda ba sobre las
mesas de los clientes.
Arrogante, camorrista, altiva y d e maneras vulgares e ra sin embargo una
excelente bailarina y ac tr iz que sabía sacar el ma yor partido de su esca so atractivo
y conseguir en las no ches que actuaba el a plauso frenético d e un público
desaforado. Bailará muc has veces en compañía de Valentín le Desossé, apodado
“el sin huesos” a quien le debía parte de su éxit o pe rsonal. Será la b ailarina de
can cán más atractiva y soli citada. Se desco noce cuándo empezó a bailar
profesionalmente pero hizo una carrera meteórica.
En el M. Rouge o El paseo, 1891-1892.
Óleo sobre cartón, 80 x 65 cm. Cole cción privada.
Figura 111
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 320
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El cancán, caracterizado por movimientos de piernas que dejaban al
descubierto d escaradamente los muslos de las piernas, se convirtió pronto en una
danza exhibicionista reserva da a los alborotadores de los ca barets. El e spectáculo
se terminaba tradicionalmente por abrirse de piernas, las bailarinas se dejaban caer
en el suelo y sus faldas hacían un c ír culo en el suelo alrededor de ellas.
La Goulue bailaba mu y bien, con gestos sensuales y provocativos,
decidiendo muchas veces al final de su número, d ar vueltas por detrás del público
y subir sus piernas po r encima de la cabeza de l os espectadores, mostrando debajo
del vestido un pantalón de encajes provocativo y haciendo volar en numerosas
ocasiones, el sombrero de la cabeza de algún espectador con las carcajadas
espera das (Vigué, 2007).
Jo y ant nos revela en la biogra fí a del artista que L a Goulue y Valentin
también bailaba n valses con mucha eleg ancia, señalando que también tuvieron
momentos de gloria elegantes.
Henri amaba el espectáculo y sob re todo y particularmente a la Goulue,
cuy as extravagancias le encantaban; quiz á se ide ntifi caba con ella en la b úsqueda
de todos los placere s.
De cua lquier manera la Goulue, se transfiguraba con la danza, y esta
transfig uración era pa ra Toulouse -Lautrec un misterio que le atraía con
entusiasmo (Harris, 1997).
Normalmente bailaba en los ca ba rets, con su “quadrille” compuesta po r
mujeres menos conocidas que ella como Mòme Fromage (en realidad una
compaðera lesbiana que compar tí a su vivienda), Grille d‟ E gourt (llam ada así por
tener los dientes separa dos), Nini Patte- en -l‟a ir o R ayon d‟ Or y La Torpille.
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Fot ografía d e la cuadrilla del M. Rouge hacia 1894.
Figura 112
Fot ografía d e la Goulue bailando el cancán
Figura 113
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 322
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Los dueños del Moul in Roug e, J oseph Oller y C harles Zidler, le encargan
a Toulouse-Lautrec e l ca rtel de la temporada de 1891, re al izando éste su primera
litografía original. Querían deslumbrar y super ar el aforo de cualquier otra sala de
baile. A finales de ese año, se pegarán los carteles sobre los muros de París y
La utrec se paseará por l a c iudad en coche de caballos. A sus veintis iete años,
La utrec se hará famoso en un día.
Será uno de los carteles más populares de la historia del arte. En él
Toulouse-Lautrec pintará a V alentín y a la Go ulue con una técnica en la que
simplifica las líneas y uti li za colores reg ulares, sin veladuras (Figura 169).
Pero el éx ito de La Goulue, será tan v ertiginoso c omo efímero. La c arrera
en el Moulin Roug e con un sueldo de 3.750 francos a la se mana acabó en 1895.
Bebía demasiado y se estaba poniendo gorda. Cuando ella engordó toda su
“quadrille” fue sustitui da en el Moulin Roug e.
Posteriormente a su espectác ulo en el Moulin Rou ge, a brió una barraca e n
Foire du T rône donde b ailaba la danza del vient re y donde Toulouse- Lautrec a
petición de su amiga, s e encargó de decorar el frontal de la barraca c on dos
paneles, uno a cada lado de la entrada: A la iz quierda estaba “ La Danse au Moulin
Rouge” y a la derecha “La Dansa mauresque, o Les Almées”, ñleos de
aproximadamente 300 x 300 cm, que ho y se encuentran en el Museo de Orsa y
(Bey ler, Coignard, Madeli ne, Dufour, Larroche, Gotees, 1982).
En 1929, el año mismo en que muere la Goulue, las telas fueron
recompradas por e l Museo del L ouvr e que reconstruyó el c onjunto, habiendo
pasado éstas por difer entes manos e incluso cortadas y vendidas por trozos en los
que se re fl ejaban los distintos personajes (Gallach Instituto, 1998).
Con estas telas Toulouse-Lautrec penetraba r esueltamente en uno de los
campos más humildes a que pu ede rebajarse el trabajo d e un artista pero, sin
ningún problema, nuestr o pint or aceptó con el f in de a yudar a su amiga. Pero por
otro lado, hay que reconocer que sólo los grandes son capaces de pintar esa s
dimensiones.
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Más tarde, la Goulue trabajaría como vendedora de flores, como luchado ra
en la f eria de Neuill y en 1896, como domadora y c omo vended or a de g olosi nas en
la entrada del Moulin Rouge.
Posteriormente viviría co n un hombre qu e en 192 5 la expuso públicamente
como curiosidad. Totalm ente fracasada t erminó sirviendo de criada en un burdel y
luego de trape ra vivi endo en una roulotte en Saint -Ouen con un pe rro bautizado
Rigolo.
Murió pobre en el hospital parisino de Laribosiére en 1929, el mi smo año
que los paneles que Toulouse -Lautrec había pintado para su barraca de feria
fueron e xpuestos en Luxemburgo (Ne ret, 1999 ).
Gracias a él, a T oulouse- Lautrec, todo el mundo conoce a la Goulue.
1.2.1.2.- Jane Avril “La Mélinite” (1868-1943)
Se le considera bailarina , cantante y a ctriz, aunque la realida d es qu e sólo
cantaba mu y de vez en cuando.
Era discreta, delicada y elegante pero con una e ner gía endia blada,
desbordante y de ahí el apodo de “La Mélini te” (sustancia parecida a la dinamita);
vivía rodeada de un a corte de admiradores, entre los que se encontraba Toulouse -
La utrec.
Era hija de un emigrante italiano de origen noble, que no se había c asado
nunca con su ma dre, la “ Belle Elise” , un a alcohñlica, demi -mondaine.
Después de una infancia miserable, se enamorará de un estudiante de
medicina que la llevará a bailar al Bal Bullie r. Jane trabajó primera mente de
taquillera y después de ar tista en un espect áculo e quino, en el “Hippodrom e” en l a
Avenue de l´Alma.
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Fot ografía d e Jane Avril
Figura 114
Finalmente, y bajo el pseudñnimo de “Mélinite”, bailñ en la cuadrilla del
“Moulin Roug e” junto a la Goulue. Allí se hizo tan famosa que actuñ en los
mejores locales de París.
Sin embargo su v erdadera vocación es la danza en solitario, gracias a la
cual triunfará en el “Diván J aponés” y en el “J ardín de París” ” aproximadamente
entre 1890 y 1894. Otros la llamará n “l´etrange”, la extraða.
En escena su timidez cedía el paso a un a frenéti ca coreografía donde la
bravura y fe rocidad ha cía pensar en los baile s del Prince I gor y de la Goul ue. Para
ella el baile era e spírit u y fuerza e x presiva.
Ahora se dedica a bailar “c omo una orquídea en delirio”, decía Joy ant.
La característica pr incipal de su coreografía era una posición c on una
pierna levantada que movía hacia uno y otro lado y pronto se convirtió en el
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 325
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personaje favorito del públi co parisino. L a tez pálida y los ojos de color azul
turquesa le da ban “el por te de una virgen depravada”.
Muy autoritaria, eleg ía ella misma sus vestidos con cuidado, prefiriendo el
verde, el malva y el azul, a los colores chillones de sus compañera s del Moulin
Rouge y otros cabare ts que le habían bautizado “Jane la Loca”.
Ya en Moulin Rouge, e ra la única bailarina qu e no llevaba ropa interior
blanca, sino de color, s edas, muselinas ne gras, verdes, lilas, azules o nar anja, en
maravillosa combinación de colores. Cuida sus movimientos, elige los pasos de
danza y sus “disfraces” realzan su perso nalidad.
Toulouse-Lautrec se divi erte pintando es as fi guras raras e inusuales de l a
bailarina con sus piernas por lo a lto y sus vestidos y trajes armónicos y hechuras
perfectamente cortadas (Neret, 1999 ).
La figura d e J ane Avril, símbolo de la “femme f atal ”, encierra contrastes
permanentes, es una criatura elegante que salió milagrosamente indemne de las
vicisitudes que le hiz o soporta r una madre a la que odiaba como lo confiesa en sus
memorias, re dactadas e n 1933, durante los últimos años de su vida (De v y nck ,
2003 ).
Internada mu y joven e n Salpetriére , a causa de una “ enfermedad nerviosa”
bajo los cuidados del célebr e doctor J.M. Charc ot, recibirá la visita de Sara h
Bernhardt, que fue a ver un ataque de locura real.
Una noche ingresada e n el hospital, Jane A vril asisti ó a un baile de
máscaras or ganizado en el Pabe llón del doctor vecino; se había disfrazado de
“Descente de la Courtille”. Fue ahí donde sintiñ la revelac iñn de la da nza, la
atracción por el baile, que la cur ó.
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fuego y luz. Durante ese gesto me fijé en su mano de enano, ancha y afilada, que
pendía de un e xtravagante brazo de marioneta”.
Yvette G uilbert saludando, 1894.
Gouache sobre cartón, 48 x 28 c m. M useo Toulouse -Lautrec. Albi.
Figuras 119
Sin embargo, la s encillez , seducción y encanto de Toulouse -Lautrec
surtirán efecto, aunque ella lo despreciará al principio. Cuando la prensa en
ge neral, a laba y se quita el sombrero ante el primer álbum de litografías, “Yvette
Guilbert” la diva, se convence de las cu alidades del pintor y se congratula con su
“peligroso” retra tista.
Le dice: “realmente es usted el genio de la defo rmaciñn” y él le contesta
con voz arisca: “Sí, así parece” .
Sus enc uentros son tormentosos. “ ¡Oh, el amor, el amor!” clama él, “usted
Yvette, sabe cantar en todos los tonos, pero debe mantener la nariz ta pada, querida
¡La n ariz tapada! Si usted cantara con añoranza, podríamos entenderla y nos
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divertiríamos con la verdad de esta emoción ¡Pero el amor, mi querida y pequeña
Yvette, el a mor no existe!” “Y el ca rácter nada ti ene que ver con el amor. ¿ Cñmo
puede una chica inteligente c onfundir el coraz ón con los negocios? Pero los
hombres, mi pequeña Yvette, los hombres que son amados por jóvenes bellas,
solamente tienen el vicio en los ojos, en los labios, en las manos el vicio en el
vientre ¿Y qué pa sa con las mujeres? Se divierten con ello, esas dulces carátulas”
(Harris, 1997).
Yvette G uilbert, 1894.
Pintado a colore s sobre carboncillo, 186 x 93 cm . Museo Toulouse-Lautrec.
Albi.
Figuras 120
Parece que é l mantuvo largas conversaciones ínti mas con ella y en u na
ocasión le confió qu e s ólo creía en el d eseo y que pa ra él, el amor no ex istía,
como vemos en la frase anterior. El pap el de ella como confidente nunca creció
hasta convertirse en el d e amante, aunque es pro bable que Toulouse - Lautrec lo
hubiese deseado.
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Al final de su carrera recupera rá su esplendor con la vieja canción
francesa. Una vez que la cantante y bailarina abandona la escena, se hace e scritora
y publica varios ensa y os sobre la Belle Époque (N eret, 1999 ).
Toulouse-Lautrec la dibujará por primera vez e n enero de 1893 y en lo s
años siguiente s le hará numerosos retra tos, generalmente sin su autorizació n y la
repre sentará siempre fea (Dev ync k, 1992).
Hacia 1930, Yvette le había dicho a la actriz Arlett y : “Lautrec es
bisutería”.
Para Toulouse- Lautrec la estética no est aba l ejos del placer erótico.
Cuando encontraba una mujer seductora le invitaba a posar para él, teniendo así
un pretexto para controlarla, pa ra dominarla.
Hacía simbólicamente el amor a las mujeres que no podía seducir,
dibujándolas o pintándolas, pose y éndolas sobre te la o sobre el papel (Fre y , 1996 ).
1.2.1.4.- May Milton
Fue ba ilarina y a mi ga inseparable de Jane Avril.
Según Toulouse-Lautrec tenía una melena revuelta y una piel llena de
pecas. Otras vo ces no eran tan fa vorables a ella, res altando su pes ado aparato
masticador, con di entes amarillos, su piel sebácea y otros detalles d e su cuerpo
poco agraciados.
Había venido a París con un grupo de girls ingl esas y tuvo la ventaja d e
contar con la prot ección de J ane Avril, que porfió e insi stió en ll evarla a su lado,
cuando la invitaban a ce nar.
Por e so Toulouse-La utre c que pintñ dos retratos de ella, la llamaba “ Mi ss
Aussi” (Seðorita También). En el cartel azul la repre senta con el atuendo e scénico
y en el otro, c on v estido de calle. En Fra ncia l a li tografía fue publica d a e n la
revista “Le Rire” el 3 de agosto de 1895 (Devynck, 2011).
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May Milton, 1895.
Litografía en cinco colores (c artel), 78,5 x 59,7 cm. Museo Toulouse-Lau trec .
Albi.
Figura 121
Peses a sus benevolentes protectores, Ma y M ilton actuará sólo un invi erno.
El público no disfrutaba especialmente con sus salt os en el aire.
Henri sentía int erés y admi ración por la forma en que hombres y mujeres
se presentan ant e el mundo y nin gún artista ha ya comprendió tanto como él que el
vestuario, el maquillaje y los g estos for man parte del arsenal con el que una mujer
hace frente al mundo.
Su única fama se la d ebe a Toulouse - Lautrec. El int erés de Toulouse-
La utrec por “Miss Aussi” tenía su origen, lo mi smo que por Jane Avril, en su
fascinación por todo lo q ue fuera diferente en el te rreno sexual, sobre todo el amor
lesbiano (Neret, 1999). T uvieron una relación entre iguales, lo que a trajo al uno al
otro fue la sensación de ser dife rentes de los demás, de ser especiales, singulares.
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1.2.1.5.- May Belfort
Cantante irlandesa, actuará en un a opereta, pero sus actuaciones dejaban
bastante que desear. Trabajó también en café -conciertos y su verdadero nombre
era May Egan.
Esta “oveja baladora”, p orque cantaba mal, con atuendo de bebé rec ié n
nacido, con rizos que le caen hasta los hombros, con encajes en las mangas y una
cofia sujeta por un cor dón bajo la barbilla, salía a escena con un gatito negro en la
mano.
Otras vec es se presentará llevando vestidos de color pastel, con mangas
bombachos y con volantes, a lo Kate Greenawa y ( Ollero y De Luca, 1991 ).
Cantará sus e logios con voz suave, melosa e inf antil, al tiempo que acuna
el gato negro e n los brazos.
Pero no nos en gañe mos, pese a su aspecto infantil e inocente, ella tiene
una cierta inclinación p or lo morboso y depravado. La relación entre nuestro
pintor y May Melfort fue muy fluida a pesar de que la ca ntante no e ra mu y
popular entre sus amigos debido a la reputación de sadismo que corría sobre ella.
Sus animales prefe ridos son las culebras, tortugas, cangrejos y
escorpiones. Jo y ant la ll ama “rana”, Toulouse- Lautrec la llama “orquídea” a esta
criatura viciosa y le e stampará besos con sabor a ajo.
Toulouse-Lautrec hace cinco retratos de ella, publi cará varias litografías y
le hará un cartel, un sueño en rojo que tiñó de color las vallas de París.
Pese a su esfue rzo y a su tale nto, Toulou se- Lautrec no consig ui ó
convencer al público de las cualidades d e Ma y Belfort y des apareció
simultáneamente de la esce na parisina y de la vid a de Toulouse - Lautrec, que aú n
concluirá a lgunos dibujo s y otra litografía de ella (Dev y nck, 1992 ).
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May Belfort con gato, 1895.
Litografía a cuatro colores, 79,5 x 61 cm . Colección particular, París
Figura 122
May Belfor t caerá en el olvido. Su inmortalidad se la debe a Toulouse -
La ut rec, retirándose a causa de su mala salud.
Como lesbiana mantuvo relaciones con sus colega s Jane Avril y sobre todo
con Ma y Milton, lo cual quizá le dio a Toulouse -Lautrec la idea de
intercambiarla s en sus carteles. Toulouse - Lautrec las representa en dos de sus
carteles que tir ados a pr ecio de ejemplares, susc itarán la admiración de todo el
público parisino.
Pablo Picasso poseerá un cartel que lo introduc ir á en uno d e sus cuadros:
“Interior con mujer e n el baðo”.
May Belfort se encuentra en al menos diez obras de Toulouse-Lautrec.
1.2.1.6.- Cha-U-Kao
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Es una bella muje r a l a que Toulouse - Lautrec a dmiraba fervientemente.
Bailarina, acróbata y có mica, una chica li gera d e cascos que s e hacía pasar por
japonesa; incluso eligió ese nombre de sonido or iental.
Toulouse-Lautrec la ha p intado con todos los disf races posibles, habiendo
organizado por ello verdadera s m ascaradas en el Moulin R ouge.
Fue para Toulouse -Lautrec, en la época d el Moulin Rouge, una especie d e
arquetipo en ese sentido: personalizaba la doble in versión, la de una mujer que no
solamente actúa en papeles tra dicionalmente masc ulinos, sino que también ama a
las mujeres.
Cha-U-K ao: la mujer payaso, 1895.
Óleo sobre tela, 64 x 49 cm. Museo d’Or say, París.
Figura 123
En la composiciñn “En Moul in Rouge: dos mujer es bailando el vals”,
parece como si el espectador se hubiera inmiscuido en su vida íntima. Había sido
sorprendida en un mom ento muy p ersonal, casi secreto, como si Toulouse -Lautrec
quisiera de cirnos: “Mirad, aquí os muestro lo que es una lesbi ana, un a prostitut a:
ante todo, una mujer” (N eret, 1999 ).
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En el Moulin Rouge: dos mujere s bailando, 1891 -1892.
Óleo sobre cartón, 93 x 80 cm. Galeria Nár odní, Praga.
Figura 124
Fue una de las grandes fuentes de inspiración de Toulouse -Lautrec quien
la retrató tanto montada en un burro en un baile de carnaval, como sentada de
frente con las piernas separada s en actitud mu y poco equívoca (Figura 140).
Durante mucho tiempo fue una de las modelos pre feridas d e Toulouse -
La utrec.
1.2.1.7.-Marie-Louise Fuller (1862- 1928)
Conocida como L oïe Fuller, a los cinco años salió a escena como c antante
y acompañándose ella misma al piano.
A los 13 años pronunci aba con ferencias y a lo s 18 recitaba textos de
Shakespeare.
Después de traba jar en Nueva York y en Londres, se t rasladó a París en
1892, donde ba jo e l no mbre de “La L oïe” entusiasmñ a l público del “Folies
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Bergere” con la danza de los velos, siendo e l descubrimiento de la tempor ada
parisina 1893-94.
Parece que la id ea de m eterse a b ailar s e la dio una antigua actriz, cuando
la vio probándose un ve stido para una representación teatral.
Cultivó un ti po de danza en la que parecía una mariposa o mejor un a
orquídea al girar sobre s í misma bailando con vestido de velos, manteniendo las
piernas prácticamente inmóviles. Aparecía en escena cubierta de tules con los que,
ay udándose de largas vara s que prolongaban los brazos, hacía movimientos
espirales que parecían increíbles, vuelos que formaban una aureola de luz tan
misteriosa como poética, ensimismando al públi c o (Frèche s , Roquebert, Thomson
y Dev ynck, 1991).
Su “Danza del fuego” se comparaba así a un t orrente d e lava a rdiente.
Justamente bajos sus pies, y sepa rados por u na plataforma de crista l, había
reflectores rojos, que ju nto con los movimientos que realizaba le hacían p arecer
una figura irr eal. Se ay udaba de esp ejos, distintos efectos extravagantes y
manchas luminosas que acentuaban su originalidad y p ara algunas pe rsonas ese
movimiento reflejaba la mag ia de su representación (Devynck, 1992).
En un tiempo en el que la il uminac ión eléctrica se empleaba mu y
modestamente en el teatro, ella consiguiñ “esculpir” la luz con sus velos y
dispersar los colores como un caleidoscopio.
Interesa da por los nuevos descubrimientos, se c artea c on Marie Curie que
acaba de descubrir el radi o y le de clara que tiene un ve rdadero laboratorio en el
que se dedica a impre gnar las telas con sales fos forescentes. ¡Por eso sus números
se llaman “Danza del ra dio” y “Baile ultravioleta”! Coloca espejos por t odo el
escenario, que multiplicará n hasta el infinito su salida.
Al crecer su éx ito amplia rá sus investigaciones sobre la luz y los tejidos ,
diciendo que en realidad es una científica que ha encontrado su camino en el
mundo de la danza. Nada más lejos de la realidad.
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 341
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Toulouse-Lautrec quiere traducir a su lenguaje la ori ginal escena d e
colores excitantes que le brinda Loïa cada noche y para ello buscará nuevas
posibilidades en el campo de la litografía. Sacada una copia del litio, la repasa con
acuarela, extendiendo el color c on un fieltro grues o pa ra después esp arcir sobre la
superficie polvo de oro. De esa forma, todas las copias de esa litografía son
diferentes, va riando la tonalidad de color e n la túnica de la Fuller, bajo la luz de
los reflectores.
La Rueda (Loïe Fuller), 1893.
Gouache sobre cartón, 63 x 47,5 cm. Sao Paulo, Museo de Arte de Sao Paulo
Assis Chateaubriand.
Figura 125
Ahora puede de cirse que las litografías mar can la fase final de un largo
camino en la obra de To ulouse- Lautrec, un ca mi no que ha necesitado de muchas
etapas pr eparatorias para conseguir efectos sem ejantes a los g rabados en color
sobre mad era japoneses. Por eso, en oc asiones, se c onsidera que ti enen el mismo
rango que sus cuadros (Devy n ck, 1999 ).
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1.2.2.4.- Sarah Bernhardt (1844-1923)
Su nombre real era Rosine Bernart, hija de un a prostituta de lujo con la
que mantuvo un a r elación tensa y distante; su vida familiar no fu e sen cilla. D e
carácter excéntrico y capricho, se le llamñ “ la divina Sarah”.
Fue la más grande actriz de teatro y cine fra ncesa de su era, y también la
primera actriz -empresaria del mundo de l espectáculo y un a d e las pion eras del
cine mudo. Su estilo de actuación se basaba en la naturalidad. También se i nteresó
por la escultura y la pintura llegando a expone r varias veces en e l Salón de París
entre 1874 y 1896 recibiendo premios y men ciones.
La pintó Toulouse- La utrec en el papel de Cleopatra, hacia 1891; su cabello
era c olor rubio oscuro, pero rubio y sus ojos azul cobalto.
1.2.2.5.- Emilienne d´Alençon (1869-1946)
De nombre Èmilie An dré, se le conoce como bailarina de cabaret y
cortesana. Es otra div a de la vida no cturna parisina de l a que Toulouse - La utrec
realizará diversas litografías con gesto altivo y distante.
Llama da una de las “Trois Grâ ces” de la Bell e Epoque, con L ian e d e
Pougy y Caroline Otero, actuará en los locales de moda de París y Londres. L iane
será su ama nte de forma int ermitente y a la vez rival en el music -hall de la época.
1.2.3.- Mi s amigas d e los burdele s , las fl o res del arroyo
En el únic o lugar dond e Toulouse-Lautrec se s entía li bre y s eguro era en
las casas de prostitución, en los burdeles, donde pasaba s emanas entera s como si
estuviese en su misma casa . Se sentía libre tan to como artista como h ombre.
Actuará como compañero y amigo de la s mujeres y esto si gnificará mucho; pero
no es el único que lo hace, pues artistas japoneses ya lo hicieron antes que él.
Con sus pasitos cortos se paseaba po r ese ambiente como un divertido y
experto obser vador mostrándose tal y como e ra. En el fondo, le envolvía una g r an
soledad.
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Henri ve a estas chic as tal y como ellas son; mi entras les pint a crea el
ambiente que les rodea y permanece ent re las muj eres no solo para conocerlas
sino porque entre ellas se encuentra a gusto.
Toulouse-Lautrec adoraba el cuerp o de las mujeres, de todas las mujeres
pero sobre todo las que además eran alegres y c aprichosas. Se gún declara el
crítico de arte Gustave Coquiot, nacido también en 1864 en Francia y con
problemas por el éter y la sífilis: “A Toulouse-Lautrec, le habría gustado
encontrar una muj er que fuera su amante pero más fea que él y e xcepcionalm ente
dotada en e l plano sex ual” (Denvir, 1991 ).
A Toulouse-Lautrec se le comparaba en los burdeles a una cafetera con
larg o pit orro, teniendo en la opulencia y abund ancia de s u barba el si gno de su
virilidad. Se jactaba de conoce r po r e xperiencia los mínimos rincones del c uerpo
femenino y f recuentemente las evocaba c omo entidades aparte, como
abstracciones de pura poesía. Todo era bu eno par a estimul ar su lirismo: la forma
de la boca, la calidad de la cara , la dulzura de la piel, pero sobre todo el hueco de
las rodillas y de los codo s.
Le gustaba el olor de las mujeres, sobre todo el d e rosas, y había invent ado
para ol fatear, lo que llamaba la “técnica de l bolsill o”. Le int eresab an
particularme nte las axil as que les llamaba „ los des pachos del tabaco‟ .
Todos los complementos del vestido de las mujeres y los accesorios
femeninos también le e stimulaban: jo y as, manguitos, perfumes, etc.
Le gustaba todo, particularmente observar a u na mujer a hurtadillas,
mirarle ocuparse d e su aseo personal y atavia rse con la ropa. Como si sólo le
interesara una v erdad interior que él sólo tenía el privilegio d e observar (Harris,
1997).
En los ñleos “ La gorda María” d e 1884 (Óleo s obre lienzo, 80,5X65 cm.
Van de r He y dt Museum. Wuppertal) y “Desnudo femenino sentado en un diván”
de 1883 (Ó leo sobre lien zo, 55X46 c m. Musé e Toulouse -Lautrec d e Albi), la luz
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 350
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se expresa mediante un n uevo cromatismo, de forma indirecta, que constit uye una
audaz invención de Toulouse-Lautrec.
En su con cepción pictó rica e intele ctual estos retratos tienen algo e n
común: dirigen la atención a los sentimientos que irradian ante las mujeres, ante
esas mujeres. S on con frecuencia sentimientos de tr istez a o des engaño, que
pasará n a constituir un lema en la vida de Toulouse -Lautrec igual que la soledad.
La familia de Toulouse -Lautrec ignoraba que la modelo era una prostitut a,
un ser y a al go ma rchito por el que Henri sentía u na evidente simpatía, un ser cu ya
decadencia f ísica es como un eco de su propia miseria corporal.
El estudio sobre la participación de Toulouse- Lautrec en la vida de los
burdeles y sus relaciones con las prostitutas se ha contado a veces con el hecho de
que éste se sentía emocional y s exualmente confortado en un ento rno donde el
amor era irre lev ante y su propio físico repulsivo no llamaba la atenc ión. Le
gustaba r epetir una vieja fra se famili ar, se guramente frecuente en su p adre: “No
debe confun dirse el amor con los asuntos de la carne” (Harris, 1997).
Cuando se encontraba en compañía exclusivamente masculina decí a
poseer, en el plano sexual, ca pacidades extraordin arias y no ser más qu e “un pene
entre sus piernas”. Algunos de sus amigos que habían tenido la ocasiñn de verlo
desnudo afirman que te nía macrogenita lismo. P ero es posible que l a impresión
naciese del contraste entre las piernas anormalmente cortas de Henri y su sexo de
talla normal. Con las pr ostitutas todos los problemas de f ealdad y apariencia no
deseada se desvanecían, lo mismo la culpabilidad que el temor de no ser alto ni
gua po.
Le gustaba alardear o al menos tomar a la ligera, el uso que ha cía de los
burdeles; como por ejemplo, dando la dirección de uno de ellos c omo si fuera su
domicilio, a posibles compradores de cuad ros y en otra oca sión, re unién dose con
su desconcertado ma rchante por entonces, Paul Duran-Ruel, en el conocido como
“El salñn de la Rue de s Moulins”.
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 351
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Entusiasmado por su carácter y encantado por esos cu erpos qu e se
desplazaban casi desnudos alrededor de él con una espontaneidad i gnorada po r las
modelos profesionales, p rofundizará en est a vida que se convertirá en una clase de
retiro.
Llega a vivi r varia s semanas seguidas en el de la calle Amboise de París.
De hec ho, a partir de 1882, e l consumo abundante de alcohol y las visitas asiduas
a los burdeles ocuparon una parte importa nte de su vida (Devoisins, 1985).
Toulouse-Lautrec multiplicará los dibujos eróticos que serán destruidos
más tarde , la mayor parte por su madre a la muerte de nue stro pintor y otros
quedara n en pr opiedad d e los Gr enie r. Entre ellos tienen un croquis -caricatura de
Toulouse-Lautrec y Lil y Grenier de 1888 que conmemora su paso por la casa d e
los Grenier y representa una fe lación (Denvir, 1991 ).
Fot ografía d el burdel de 24 de la rue des Moulins hacia 1890.
Biblioteca Nacional de París.
Figura 129
En 1894 cambiará su estancia en ese burdel, po r un establecimiento más
suntuoso que acababan de inaugurar en el “24 de la rue de les Moulins ”, cerca de
la Biblioteca Nacional. Magníficamente decorado con antigüedades, c an delabro s,
tapicerías y espejos, disponía de habitaciones según los gustos de cada uno que lo
visitaba, tanto gustos estéticos como de otro ti po; se podía pasar de la cama china
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 352
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a la gran sala morisca o a la gótica d eliciosamente aderezada de látigos y otros
instrumentos sadomasoquistas.
Toulouse-Lautrec se h ace un inquilino asiduo a este establecimiento, que
dirigían Ma dame Barón y su hija Paulette que se hacía pasar por su hermana.
Toulouse-Lautrec a esta s mujeres les colmaba de flores y bombones,
jugaba con e ll as, presidía las comidas en común cuando los c lientes estaban
bebidos y se ocupaba del piano mecánico cuando ellas bailaban. Este burdel y sus
internas le inspira ron la serie que ma rca el apogeo de su creación artística, la seri e
Elles (Devoisins, 1985).
Ni ngún otro artista ha d ado un cuadro t an evoca dor de ese aspec to d e la
vida.
Dedica más de 40 telas y dibuj os a las internas. Algunos h an des aparecido,
otros están bajo el anonim ato. De los que son asequibles, algunos b iógrafos
confirman que su anarquism o le ll evaba a condenar el rechazo o a compadecerse
de las prostitutas que frecue ntemente estab an considerabas como aliena das de la
sociedad.
Toulouse-Lautrec las muestra como seres h umanos, sin ironía, sin
desprec io y a la vez recha z a el sentimiento que permite a otros conc il iarse con los
favore s del público que frecuentaba el Salón.
“La modelo es siempre una muðeca dise cada” dice Toulouse -Lautrec,
“pero ellas están vivas. No me atrevería a darles cien sueldos por posar, y sabe
Dios si merece ría la pena. S e repantigan sobre los canapés como animales. No
tienen ninguna exige ncia y carecen de presunción.
¡He encontrado a una ch ica de mi estatura! En ni ngún otro sitio me sien to
tan cñmodo” (Harr is, 1997).
Allí puede dedicarse a componer obras maestras.
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El domingo les decía “¿J ugamos a los dados?”, como si estuviese e n
familia. L as prostitutas son a la vez sus modelos y sus cómplices. En sus cuadros,
dibujos y li tografías est as c hicas se visten y se desnudan, se lavan, desa y u nan, se
miran al espejo y no se inquieta n ni se ponen nerviosas ante el hombre p equeño
que las dibuja sin cesar y que parece pertenecer a l mobi liario de la ca sa.
No todas son bellas pero a sus ojos son algo más: melancólicas, human as y
conmovedoras.
En estas esc enas íntimas que pint a in situ, no hay nada vul gar, nada
disoluto y nad a a mbiguo. “Tienen cor azñn, la buena educac iñn viene del corazñn.
Eso me basta”.
Toulouse-Lautrec no busca en los burdeles otra cosa que lo vital. Sus
cuadros son alegatos de defensa: solamente pinta mujeres (Devoisins, 1985).
Ama esa ambig ü edad co nsistente e n vivir en la fronte ra de dos universos.
Lo “sucio” a fuera, lo “puro” dentro. L a tensiñn entre individualidad y anonimato
era esencial en el disc urso de la época sobre la prostitución. Mientras una
corriente humanitaria miraba con ma y or sim patía a las mujeres, la opini ón
burguesa predominante sólo podía tolerar la pr ostitución cua ndo era discreta y
diferente de la soc iedad “respetable”.
La s aparentes incertidumbres al interpretar “Au Salñn”, sugieren la mi sma
ambigüe dad en Toulouse- Lautrec e n relación a este debate.
“Au Salon” podría interpretarse como una imagen del comerc io sex ual o
en términos de sus pena lidades: enajenación, humill ación, enfermeda d.
En cualquier ca so, las m ujeres no las representa como incitantes: parecen
dóciles, dispuestas y ma quilladas, alertas en su e xpresión corporal pero n o en la
mirada. Como imagen libre de una “maison clase”, “Au Salon” no revela mucho.
Como es habitual en Toulouse -Lautrec, la imagen interesará más po r lo s
rostros de las mujeres que por sus cuerpos que están g eneralizados y prolijamente
cubiertos de telas. Pero los rostros, por mucho que reflejen individualida des, no
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animan para nada la atmósfera aus ente de un salón. Parece un ambiente
silencioso, ninguna mi rada se encuentra con otr a; tres mujeres miran hacia la
derec ha y dos a l espectador, pero nada las anima ( Devoisins, 1985).
Au salon de la rue des Moulins, 1894
Óleo sobre tela, 132,5 x 111,5 cm. Museo Toulouse-Lautrec. Albi.
Figura 130
La dist inción que hace François J ourdan, ami go d e Toulouse -Lautrec,
entre una elev ada mor alidad o un tormento persona l a lo Dostoievski y el
distanciamiento que mantenía Toulouse -Lautrec frente a su tema vien e muy al
caso, y a que es principalmente en el campo literario y , en pa rticular, e n el de la
novela naturalista francesa, donde hallamos un paralelo con el enfoque de
Toulouse-Lautrec hacia este tema.
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En su arte, Toulouse -Lautrec no adoptó un único enfoque hacia las
prostitutas y los burde le s. En temas como “El Salñn”, explorñ el monume ntal
tedio del burdel, visto y vivido de manera desapasionada (Devoisins, 1985).
“Rue des Moulins”, es casi una crítica de l a humillaciñn que suponen los
requisitos lega les, en tanto que “Monsieur, Madame y el perro” e s una obra
especialmente humorística.
Monsieur, Madame y e l p errito (P a reja administradores del burdel), 1893,
Óleo y carboncillo, 48 x 60 cm. Museo Toulouse-Lautrec. Albi.
Figura 131
El propio Toulouse -Lautrec parece haber considerado la existencia de la
prostitución algo tan n atural como la caza. No pensaba que la reforma de la
sociedad ent rara dentro de su misión como artista, por más sim patía o afecto que
sintiera por alguna s de estas mujeres.
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Tomaban el tema con distancia, sin hipoc resía pero de manera honesta.
Los comentarios de Toulouse- Lautrec, especialmente de los hist oriadores
de la cultur a más radica les, han tendido a sit uar sus cuadros en el mu y amplio
contexto de la vida social y económica francesa d e fine s del X IX, pregunt ando en
qué medida son re presentativos de la ideología do minante.
A diferencia de los cuadros de burdeles de contemporáneos su y os com o
Willete o Forain, las imágenes de Toulouse -Lautrec no se prestan tan f ácilmente a
una lectura que su giere un desdén misóg ino o patriarcal.
Así, tampoco con su ausencia general de des nudos y sus mujeres d e
aspecto más bien mundano, invitan a la devoradora mirada masculina que algunos
historiadores feministas consideran un rasgo erót ico residual y pi cante de ciertos
cuadros na turalistas, inclu y endo “Olímpica” de M anet.
Es difícil determinar e xactamente la aco gida qu e tuvi eron estos c uadros en
la vida de Toulouse - Lautrec y l a reacción qu e produjeron entre los críticos pero
no parecen haber despertado la cacofonía de comentarios desagradables que
produjeron los cuadros de Degas. Sin embargo, ello se debió en parte a la
discreción con que Toul ouse- La utrec los exhibía, por ejemplo en salas privadas y
a quién los enseña ba, siempre aparte de la exposición principal (Milner, 1992 ).
La s chi cas que pasan po r los burdeles y que pint ó entre 1 891 y 1898, se
llaman:
Madame Posponle: Apodo de una hermosa prostituta retratada dos veces
por Toulouse-Lautrec. El nombre viene de piule, significa do de prostituta en
francés coloquial.
Mademoiselle P opo: Conocida como “L a Tras erito” y como amante de su
amigo Ma urice Guilbert.
Mademoiselle Poas-Vert: Era c onocida como “La Guisante ”.
Elsa: Conocida como “La vienesa”.
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Mirilla: Fue la pre ferida de Toulouse -Lautrec h asta que ella se marchó a
Argentina. Mirilla, le ha bía lleva do un bouquet de viol etas pasando por su taller y
Toulouse-Lautrec se em ocionó tanto por esta atención que lo diría en muchas
ocasiones a sus amigos.
Rolande: Modelo en varias pinturas lésbicas y de burdel de Toulouse -
La utrec, reconocible por su nariz respingona.
En el cuad ro de 1895 “ Las dos amigas” o “La entrega”, la pa rte superior
del torso se oculta por su compañera y un b razo doblado sobre la frente,
implicando tanto el lenguaje de l cuerpo como la expresión, una respue sta más
tentadora a las insinuacio nes de la otra mujer.
Las dos amigas o La entrega, 1895.
Óleo sobre cartón, 45,5 x 67,5 cm. Suiza, colec ci ón privada.
Figura 132
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Liderando el tono liberal del París de los años 90, el concejal Richard
propuso que la forma de persuadir a las prostitutas era considerarlas “no como
culpables sometidas al a rbitrio policial, sino como enfermas a las que se a yuda
como exige su estado”.
La s imág enes de Toulouse -Lautrec serán del mismo tenor; parece n no
sensacionalistas, la últ ima en particular tr ata de mantener la di gnidad de un
sistema sin piedad con ellas, mi entras deambulan en irónica procesión, no mu y
diferentes d e las vírgenes blancas de las pinturas de su contemporáneo Maurice
Denis (Devynck, 2011).
En Toulouse-Lautrec las “filles” resultan coherentes por su pasividad y
falta de comunic ación y también por el color de s u pelo. Su afición por el cabello
rojo, aquí será otro ele mento más en la sofocante uniformidad de la “maison
close” (Milner , 1992 ).
De todos los álbumes de litogra fías de Toulouse - Lautrec, e s “ Elles” el qu e
se sit úa de form a más d elicada entre las b ellas artes y la ilustra ción. To ulouse -
La utrec hará diez placas litográficas que las ti tula al principio, las pinta y de spués
encuentra un título mejor, más general, que engloba todo lo que la p rostitución
encierra para é l: “Elles” ( “Ellas”).
Recoge el ac ontecer de las prostitutas en los bu rdeles, siendo una serie
revolucionaria en cu anto a l tema y al manejo delicado y sutil de los medios
litográficos utilizados (Arnold, 2001).
Como ha señalado Novotny, el álbum recorre la gama d el r epertorio
litográfico de Toulouse -Lautrec, u tilizando tinturas monocrom as y multi colores,
superficies de corativas planas y formas sólidamente modeladas. Esta versatilidad
técnica no era tanto un p rograma como un producto de los procesos p reparatorios
del autor. Las imágenes de “Elles” tratan, en un sentido amplio, del mundo íntimo
de las muj eres y aluden a los sentidos: la mirada narcisista o complacida, el tacto
del pelo, la ropa interior o una esponja, incluso el gusto y el olfato en e l motivo
del “Desay u no ” (Figura141).
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Sin embarg o Toulouse- Lautrec segurament e usó más de dos modelos,
entre los que se encontraban la amante de Paul Guilbert, Mademoiselle Pauline
(Popo) y su madre M adame Barón. Tampo co ha y pruebas específicas para
sostener la extendida opiniñn de que “Elles” rep resentaba la vida del burdel, ni
mucho menos el establecimiento de la Rue des Moulins.
El título es seguramente la clave para interpretar el álbum “Elles”, título
anónimo y a la vez a mbiguo. Es implícitamente algo diferente de Nous, la
polaridad opuesta al varón. ¿Ese nous, se entien de por nosotros los clientes o los
consortes de las mujeres aquí repre sentadas, o el estudioso de este álbum ? Quizás
Toulouse-Lautrec no pretendió hac er ninguna distinción.
En “Mujer pein ándose” de “Elles”, Toulouse -Lautrec esco gió un punto d e
vista e levado, como en otras ocasiones, lo que puede si gnificar la sumisión de l a
mujer respecto al espectador/cliente. El tema sería un esqu ema de los requi sitos de
una prostituta: atracción física pero anonimato personal.
Mujer peinándose, 1891.
Óleo sobre cartón, 58 x 46 cm. Ashmolean Museum, Oxford.
Figura 135
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Toulouse-Lautrec en “ Mujer poniéndose su cors é” (“Femme metant son
corset. Conquêt e de passage” ), ne gñ al espectador masculino e l pa pel implí cito en
estas imágenes. El signif icado real de la escena ha sido controvertido, parece más
propio pensar en una escena del burdel de la rue des Moul ins, donde la pr ostituta
se desviste ante la mira da del cliente, mi entras éste espera. La muj er n o parece
posar sino más bien sorprendida e n una situación puntual y representada por
nuestro pintor de manera fre sca, dinámica, de jando la parte esboz ada para que sea
el espectador quien “complete” el cuadro con su imaginaciñn (Vigué, 2007).
En el estudio más completo del Museo de l os Agustinos de Toulouse, el
personaje se ntado es Charles Conder (1868-1909) pintor inglés que fue añadido.
En las demás litografías de “Elles” más aún, ridiculiz ñ c laramente e l pa pel
del varón.
Mujer poniéndose su corsé, 1896. Pr imera prueba.
Museo Toulouse-Lautrec. Albi.
Figura 136
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Mujer poniéndose su corsé, 1896
Oleo sobre papel, tela y otros m ateriales, 105 x 67 cm. Museo de los
Augustins, Toulouse. Fotografía Agosto 2011.
Figura 137
La s obras “Perf il de muj er en la ca ma ” y “Muje r en la ba ðera” de “Elles”
comparten una calidad plana y g élida y un emple o decorativo del c olor y la lí nea
que muestran a Toulouse- La utrec más próximo a sus contemporáne os n abis que
en ninguna otra obra (Ollero y De Luca, 1991 ).
Perfil de m ujer en la cama, 1896.
Litografía en color, 40,4 x 52 cm. Colección particular.
Figura 138
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Mujer e n la bañera, o mujer con tina, 1896.
Litografía en color, 40 x 52,5 cm. Colección particular.
Figura 139
En “Clown”, Toulouse- Lautrec nos muestra a u na chica de burdel en u n
baile de máscaras, donde sobre un banco está sentada una mujer pa y aso y todo
ello se convierte en expresión resaltando el ambiente (Devync k, 1990a ).
La payasa sentada, Mademoiselle Cha-U-Kao, 1896
Litografía en color, 52,7 x 40,5 cm. Colección particular.
Figura 140
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En otra l ámina, Toulouse - Lautrec representa un a mañana, pasada la no che,
en una de esas casas de prostitución, donde vemos a una chica en l a cama que
acaba de desayunar y un a mujer gorda que s e lleva el resto del desa y uno . Es la
image n de una madre sirviendo de doncella a su hija, una mantenida o un a
insoumise eran ha bit uales en las ilustraciones de la époc a y no menos en la obra
de Forain, tan admira do por Toulouse- Lautrec.
Ambas muj eres reflejan escalas del mismo camino, la joven de actitud
violenta, la mujer ma y or , c on actitud bondadosa, encargada de la casa y t ambién
de cuidar a las chicas.
Desayuno, 1896.
Litografía en sanguina, 52 x 40,3 cm. Colección particular.
Figura 141
Toulouse-Lautrec describía su mundo lejos de toda crítica social o
sentimentalismo, logrando representaciones de una gran humanidad y l lenas de
comprensión hac ia la reali dad social de las pr ostitutas.
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La s litografías de esta serie fueron las únicas obr as de dicadas a es cenas d e
burd el que el autor dio a conocer al público ya que la s pinturas de este tema nunca
se mostraron pública mente en vida del pintor (Felbinger, 2000 ).
Toulouse-Lautrec na rra l as verdades del burde l de la manera más humana
que alguien pued a hacerlo, y capta los sentimientos más ínt imos de esas mujeres y
su tragedia de vida con absoluto respeto. Desde su propio sufrimiento, marg inad o
por su familia y por la s ociedad a la que pertene ce, se identifica con ella s y las
hace sentirse dig nas al reflejarlas en sus cuadros y elegirlas c omo modelos.
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3. - Amores f emeni no s 18 92 -1898
Los cuadros de lesbian as de Toulouse - Lautrec, fuera d e unas pocas
imáge nes de mujeres que bailan juntas, beben en los bar es de lesbianas de
Montmartre o están en el teatro, han sido tratados en general como un a partado
dentro de sus cuadros de burdeles.
El lesbianismo, era común entre las prostitutas que viví an en los burdeles y
los visitantes, tanto masculinos como femeninos de los p rincipales
establecimientos de París, podían pagar par a presenciar espectáculos de diferente
actividad sexual.
Por ser un a de las fant asías masculinas más potentes y estereotípicas
relativas a las mujeres, existía entonces como ahora un sustancial mercado para
las fotografía s y los grabados porno gráficos sobre dicho tema.
Los cuadros sobre escenas íntimas de la vida que compartían las
prostitutas con el traba jo se dividirán en dos grandes grupos:
A) Varias series de p arejas que se besan, ab razan y contem p lan
mutuamente.
1º Dentro d el primer grupo ha y unos pocos cuadros soberbiamente
pintados que representan activa y cruda mente la i ntimidad física como “ El diván,
Rolande”. Rolande es la muj er sentada y una de las modelos favoritas de
Toulouse-Lautrec entre las prostitutas d e la R ue des Moulins. Este cuadro
pertenece a un c onjunto de tres de tamaño similar sobre P olande y su amante de
pelo negro que s e interpretan como una s ecuencia del antes, durante y des pués de
la intimidad sex ual entre lesbiana s. Éste r epresenta el pre ludio de la a ctividad
(Devoisins, 1985).
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El diván, Rolande, 1894.
Óleo sobre cartón, 51,7 x 56, 9 cm. Museo Toulouse-Lautrec. Albi.
Figura 142
2º Otro bloque, trata específicamente sobre determinadas parejas
besándose o acurrucándose bajo un mul lido cobertor, como “En l a cama”
(Devync k, 2011).
En la cama, 1893.
Óleo sobre cartón, 54 x 70,5 cm. Par ís, Mu seo d ’Orsay.
Figura 143
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3º Un tercer conjunto sobre parejas en c amisón, inmóvil es, y aci endo juntas
sobre lechos. Es generalmente considerado c omo la culminación de la obra d e
Toulouse-Lautrec y, a juicio de muchos, son sus mejores cuadros, como “La s dos
am igas”. Los historiadores han sugerido que L a utrec se inspirñ en Utamaro en
parte debido a la dificultad que han t enido para hallar precedentes oc cidentales
para las imágenes.
Aunque en al gunos d e lo s cuadros de burdel de Lautrec apa recen muj eres
en estereotipadas posicio nes a veces groseras y d egradantes, en la ma y oría, como
en este caso, no es así. La s mujeres llevan ropa de calle a medio quitar, y sugiere
una división masculino/femenino entre las dos, ya que hay una camisa almidonada
frotando contra una falda roja (Devynck, 2003 ).
Estaban destinados a ser vist os como conjunto y nunca fueron expuestos
en público.
Las dos amigas, 1895.
Óleo sobre cartón, 64,5 x 84 cm. Fundación E. G . Bü hrle, Zurich, Suiza.
Figura 144
E l a lco h o l e n tr e la v id a y la o b r a d e Hen r i T o u lo u s e - L a u tr ec – p ag . 3 8 3
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VII.-EL ALCOHO L EN LA VI DA
DE TOUL OUSE-LA UTREC
Todo lo demás es perfec to
Todo lo demás es todavía más inútil que la vida
Paul Éluard en “Ser” (1895-1952)
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1. -El alcohol en su vida
1.1.- Pri meros “uso s” y pri mera borrachera
En esta familia, los Toulouse- La utrec, que trabajaban y explotaban las viñas,
cultivando grandes extensiones de terreno de su propieda d, es de suponer, que
Henri muy precozmente probara el vino, aunque no se encuentren referencias de
ello. Quizá ¡era tan natural! No olvi demos que Albi es z ona vitivinícola, con
patrones de consumo m uy simil ares a los nuestros y qu e, por supuesto, en estos
planteamientos no se salvaban los niños, ni antes ni ahora , des graciadamente.
Encontramos una refere ncia de 1879 en la que se habla de que Henr i e stá
demasiado alegre, puede ser porque su amigo “el pequeño Bosu” le había
regalado un cac ho rrillo o como dice Adéle porque toma „ vino de quinina‟ .
También, en 1881, en uno de los viajes que hará a lo largo de su vida a Niza,
con 16 años, c uenta Henri en el „dia rio ilustrado‟ y que bautizará como “el
cuaderno de los z ig-zag”, su primera ex periencia de borrachera en el curso de una
boda a la que fue invitado y también la reprimenda que recibió (Fre y, 1996 ).
Ahora bien, el alcohol t ambién podría ser una f orma de saltarse el límite, la
norma impuesta por su madre; la demostración del “y o puedo ha cerlo”, como un
adolescente que necesita saber hasta dón de pued e llegar sólo en sus posibilidades
o en compañía de sus amig os, cuando se trata de ser aceptado o integrado por el
grupo de iguales; una manera de de finirse, de auto concepto por la rebeldía que,
aunque otros sup eran co n el fin de ese p eriodo evolutivo, otros en ocasio nes, se
quedan engancha dos al no poder resolver la resolución de esa crisis vital.
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1.2.- Un poco de absenta
La absenta, con el coñac, será la bebida preferida de Lautrec y se convertirá en
el símbolo mismo de la cultura de fin de siglo. Se le conocerá con el nombre de
“veneno francés” y todas las formas de exp resión artística le rendirán por entonces
tributo a la absenta.
Su nombre derivaba de manera si gnificativa d el griego apsinthion: imbebible
(Font Quer, 1980).
Hizo su aparic ión en la literatura y en las artes francesa s en los años 1870,
alcanzando el punto culminante de su popularidad meteórica entre 1880 y 1914.
La absenta e ra una bebida alcohólica mu y apre ciada por todas las ca pas de la
sociedad, cuando las cinc o de la tarde pasó a se r “la hora d el hada verde” o “la fé e
verte”.
La absenta tenía un gusto amargo, un seductor color verde y un alto cont enido
alcohólico, hasta 89,9º, donde se añadía una base de hierbas y flor es, con
predominio del ajenjo qu e le dará el s abor caracte rístico. Pero, quiz á el ritual que
acompaña ba ser servid a y tomada, aumentó su p opularidad, a la par que la plaga
que asoló los viñedos hacia 1875 en Franc ia y que p rodujo una subida
espectacular d el precio del alcohol de vino. Est o puso en jaque al liderazgo del
vino como bebida nacional por ex celenc ia de los franceses y aumentó la a ureola
maldita de aquel líquido.
Presentaba cier tam ente un carácter tóxico aunque al principio la absenta fue
reservada para fines mé dicos, sobre todo en Suiz a, donde su producc ión y su
venta habían sido prohibidas por le y en 1907. En Francia aunque los de b ates no
empezaron hasta 1914, su fabricación sería sancionada en 1915. Pero se dió un
sugerente y ex traño silencio entre los fab ricantes.
Desde 1998 se puede c omprar en la ma y oría de los países europeos.
La absenta no e ra cara, su precio era m enos de la m itad que el precio de una
botella de cerveza, y tenía la ventaja soci al de estar clasificada entre los aperitivos
consumibles a cua lquier hora del día o de la noche.
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 38 9
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La absenta er a la bebida ideal para sitios como El Moulin Rouge, sobre todo
para espectadores del tip o de Toulouse-Lautrec, a quien se le veía frec uentemente
sentado y bebiendo a so rbos el agua burbuje ante. S us efectos eran diversos pero
siempre se creían fo rmidables. Como a otros al coholes se le atribu y e si n razón
virtudes afrodisíacas, cuando sabemos que es lo contrario.
Envase absenta comerc i alizada actualmente. París
Figura 148
Oscar W ilde, sobre su experiencia, da una d escripción rev eladora de las
reacciones que provocaba:” ¡ La primera copa, se ven las cosas como quisi eras que
fuera n; la segunda, se les ve como no son; finalmente se les ve como son y es la
peor de las cosas a que puedes llegar! (Denvir, 1991 ; Renard, 2009 ).
Alude al mito de la absenta, cuando por su efecto, la propor ción de alcohol
ge neraba un efecto r elajante que deviene en una falta de inhibiciones, lo que se
creía producía resultados mu y placenteros; en cualquier medio establecido se
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 390
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pensaba que abría las p uertas de la creatividad donde los sueños se convertían,
cuando menos, en surrealistas, pero el verdadero peligro de la abs enta se
encontraba en el alcohol, no en la thujone, sustancia que se encuentra en el ajenjo,
y que sólo le da el sabor amargo.
Cartel publicitario absenta
Figura 149
Hay un a cita de O. Wilde que dice: “¿Cuál es la diferencia entre un vaso de
absenta y e l ocaso? ” (Anónima, 1989).
Popularmente ajenjo es lo mismo que absenta pero el ajenjo es una planta
medicinal, una Artemisa, también conocida como “tesoro d e los pobres”. Es una
planta leñosa que se seca en invierno, brotando con el buen tiempo, con vástag os
de dos a cuatro palmos de altura, con un vello ca noso en tallos y hoj as y un
intenso sabor amargo, mu y desagradable por lo p ersistente que le da un principio
amargo, l a absintina, sustancia amorf a, de color pardusco amarillento,
difícilmente soluble en agua pero fácil de disolver en alcohol (Font Quer, 1980).
El principal componente del ajenjo son las tuyonas alfa y beta y el alcohol
tuyílico li bre o combinado con otros ácidos. El uso del ajenjo com o planta
medicinal se ha lla libre de los desas trosos efectos de los licore s que se pr oducen
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 391
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con él, sobre todo porqu e su fuerte s abor amargo le ha ce apto para un consumo
poco abundante. Es un tónico estomacal pero la principal virtud y más conocida es
la aperitiva; con esta especie se prepara el vermut, nombre del ajenjo en alemán.
Pio Font Quer e n la pág i na 820 de su obra “ Plantas medicinales, el Dioscórides
renovado” , nos ha bla de lo siempre pelig roso del ajenjo, c ombinado con otros
ingre dientes como el al cohol, peligro que radica en habituars e a los aperitivos
preparados con ajenjos y a t ener la necesidad d e tomarlos antes d e s entarse a la
mesa para comer (Font Quer, 1980).
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 392
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1.3.- La otra carr era, ca mino hacia el alco holis m o.
Cuando Toulouse-Lautrec empezaba a pint ar, en la ca sa paterna, el cardenal
Boure t obisp o d e Rodez y amigo de la familia, le dijo: “Ha s elegido el más
hermoso de los oficios, pero también el m ás peli groso” . Pero esta frase de un
obispo, li beral hasta ser considerado un hombre de izquierdas, no hiz o ninguna
mella en Henr i aunque bi en parecía una profecía.
Para él, el peligro cons istía en no llegar a ser un gran artista, en no
arriesgar a lma y vida, como más adelante había respondido con hermosa audacia
a un sacerdote ami go de su madre, que le reprochaba no pensar en la eternidad:
“Es cierto padre, pero no se preoc upe, que y o cavo mi tum ba con el ra bo”.
Toulouse-Lautrec no s e t orturaba con el t emor a l a muerte, al diablo, ni si quiera
al mañana, simplemente quería vivir, en el sentido amplio de la palabra , igual que
el resto de sus compañeros y a migos ( Bouret, 1968).
Como buen alcohólico, vive el día a día, el ho y , mañana no lo ha visto n adie y
el pasado no merece la pena, ya pasó.
Con 20 años de edad, Montmartre será su campo de acción, Henri por pri mera
vez en la vida com e con sus am igos y en sus garbeos con los compañeros del
taller encuentra un nuevo amigo: el a lcohol.
“Soy goloso como el gato del cura” , afirma Toulouse- La utr ec y “a los gatos les
gusta el alcohol”. Es su etapa de “estudiante”, etapa que durará apr oximadamente
unos cinco años.
Ya en el taller de Cormon, donde como en la may o ría d e los estudios y tall eres
parisinos de la época, el alcohol era parte inte grante de l a vida estudiantil (vemo s
que hoy no ha cambiado demasiado) y al final de la jornada de trabajo en el talle r,
se iba todos los días con sus mejores amigos y más fuertes físicamente que él, a
beber.
Comienza a conocer el alcohol, a sentir sus efectos, aprox imadamente en 1882
y le g ustará todo tipo de alcoholes pero particularmen te “ tragar una copa de
absenta” (A rnold, 2001).
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extrañarnos de l a aten ción, muchas ve ces mani aca, con la que se apeg aba a l a
producción o a la venta de sus obras ( Boehringer, 1968).
A medida que avanza e n edad, su corre sponden cia contiene cada vez menos
cartas pe rsonales, ni a familiares ni a amigos. Sí con editores, impresore s,
comerciantes y críticos, pero las relaciones a fectivas con sus amigos s e distancian,
manteniéndolas con los que bebían como él.
Trabajaba dur amente y vivía peligrosamente mez clando la creatividad con los
placeres más desenfrenados, sobreponiendo las desventajas de su condición física
a una actividad artística y social tan produc ti va como agotadora.
El escritor Francis Carco, que l e ll amaba “ Monsieur Toulouse”, consid era el
consumo de alcohol d e Toulouse- Lautrec como una empresa delib erada de
autodestrucc ión d ecadente, característica de la mentalidad que se llevaba
entonces. Se encontraba esta dejadez y este desencanto en los medios int ele ctua les
y artísticos de la capital. El pesimismo estaba bien visto.
En toda Europa la palabra decade ncia simboliz aba este f in de si glo, del XIX.
Numerosos artistas e intelectuales pens aban que nuevas formas de creación
podrían surgir llevando al ex tremo los lí mites de la ex periencia y sometiéndose a
influencias, incluso prohibidas: drogas, alcohol, sexo (Czifra, 2000) .
En los años 1890, Toulouse- Lautrec frecuenta cada vez más asiduamente el café
Weber y el Irish y Ame rican Bar de la calle Ro yale; también el bar Picton ce rc a
de la Ope ra, lugar d e reu nión de jocke y , aficionados al deporte, periodistas y otros
bebedore s profesionales, los cuales inmortalizaría su aspecto en distint os croquis
como “Chocolate bailando” (F i gura 233 ).
En esta clase de locale s los más s obrios bebían güisqui u otros alcoholes
ordinarios aunque la ma yoría prefería lo que se llamaría más t arde cócteles, donde
se mez claban licores y al coholes par a componer el “Rainbow Cups” cuyo aspecto
exótico escondía efectos mortífe ros.
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Fot ografía d e Toulouse-Lautrec e n su estudio de la rue Tourlaqu e con una
mode lo hacia 1895, delan te del cuadro “Au Salón de la Rue des Moulins” y
otros cuadros.
Figura 151
Hacia finales de 1890, numerosos viajes y excursiones al extranjero le f ueron
propuestas po r ami gos que forzando la t emeridad, incluso prob aban reducirle s u
consumo de alcohol, cuyos efectos comenzaban a ser muy aparentes, intentando
de alguna manera frenarlo.
Los años 1891-92, son d e éxito repentino en su faceta artística, no para de pintar
y al parecer d e beber, p ues su primo Gabriel T apié de Céle yran a partir de este
momento le sigue a todas partes, como una sombra,” pero no puede hacer nada,
porque beberán los dos.
De 1892 a 1894 c ada vez son más los indicios de que se le escapa el control de
su vida y va abandonándose pro gresivamente al alcohol. Er a mu y irascible
mientras traba jaba, excepto con sus amigos íntimos ( Neret, 1999).
En 1892, pasará 10 días en L ondres donde volv erá posterio rmente más veces
por estancias de una s emana en 1894, 1895 y 1898, ciudad que por otro lado le
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 401
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encantaba. Sus amigos le persuaden para ir a Londres con la esperanza de debilit ar
su dependencia respecto al alcohol, según una teoría que nos cuenta Jo y ant: “En
ese país (se refiere a Inglaterra) donde la bebida es un triste r itual, Toulouse-
La utrec paradójicamente se paraba de beber”.
Toulouse-Lautrec, en I nglaterra no bebía nada pues encontraba l a manera de
beber de los británicos „de primente‟ . Des graciada mente como no podía estar
mucho ti empo sin beber, regresaba siempre a F ra ncia al cabo de algunos días y
recuperaba sus hábitos.
En septiembre de 1893, de nuevo con sus amigos, va a pasar unos días a S.
Sebastián para ju gar en un casino y asistir a co rridas de toros, una moda nueva
que hacía furor en ese tiempo. También se hiz o asiduo de las carre ras ciclistas.
En 1894, Henri no cesa de exponer y continua bebiendo, comenzando esta fama
de bebedor a tener gra v es consecuencias para su reputación.
Durante alg ún tiempo, alrededor de 1894, h ace sunt uosas recepc iones con
abundante alcohol los viernes en su taller . Después fr en ará e stas fie st as para
acoger nada más que a s us verdaderos ami gos ca da martes, p ero sólo los martes
(Frey, 1996 ).
También en el vera no de 1894 viajará a España con su amigo L uis Fabre. Se
encontrará con Darío d e Re goyos. Visitará San Sebastián, Bu rgos e irá a l a
catedral. En Madrid se aloj aran en el Hotel La Paz y visitaran Toledo (Cartas nº
383, 384 y 387 de Gallimard, 1992 ).
1.4.- Sin to m atolo gía alco hólica “encubierta” a través de
sus cartas.
A través de los textos de la correspondencia (Gallimard, 1992) que Henri
mantiene con su familia y sus amistades p rácticamente a lo largo de su vi da, desde
el 28 de a bril de 1871 fecha en la qu e Toulouse- Lautrec tenía seis a ños, hasta el
23 de jul io de 1901, justo siete semanas a ntes de su muerte, nos señala d e forma
“encubierta” los si gnos de sus problemas de salud y de su relación con el alcohol:
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 402
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A finales de otoño de 1885 le dice a su m adre en una c arta que bebe mucha
sidra (Carta nº 118 de Gall imard, 1992 ).
A finales de 1886, de nu evo les pide dinero a su madre y a su padre. Tiene 22
años y le comenta a su madre: “ Esto y trabajando fuerte y tra t ando de no beber”.
¿Quizá tenía conciencia de que beb er alcohol le producía daño o por lo menos le
crea ba problemas de rel ación c on sus amistades? (Carta nº 134 de Gallimard,
1992 ).
En una carta de junio de 1887, ha bl a de que con el bu en tiempo llega la
disminución del apetito: “Asc o del alimento”. ¿Pueden ser quiz á síntomas de
disminución del apetito al aumentar poco a poco la inge sta de alcohol, al aumentar
la tolerancia? (Carta nº 142 de Gallimard, 1992 ).
En enero de 1890, en una carta a su abuela paterna, le habla de qu e llora sin
saber por qué, tras cuatro días, apena s puede abrir los oj os.
En juni o de 1891 Toulouse-Lautrec comenta, “cada uno encuentra placer donde
puede” habl ando del viaje a l Congo que piensa hacer su amigo médico Bourges,
con una duración de ci nco meses a fin de r ealizar un informe sobre e l cólera
(Carta nº 182 de Gallimard, 1992 ).
A la caída de la tard e por re gla ge neral, Henri iba a l Moulin Rouge juntá ndose
antes en casa de J o y ant a las siete menos cuarto de la tarde. Pint a durante el día y
cena a la noche con los amigos (Carta nº 281 de G allimard, 1992 ).
En el 93 escribe: “estoy siempre vago, esperando la in spira ción”, “es agradable
no hacer nada”. Muestra desánimo, desinterés, melancolía, tristeza ( Carta nº 292
de Gallimard, 1992 ).
Durante la visi ta que hará Henr i a Bélgica y Ho landa del 12 al 20 de febre ro
1894 con L ouis Anqu etin y con J . Albert, le comenta a su madre desde
Amsterdam en una carta: “la cerveza que hemos bebido es incalculable y no es
menos incalculable la ge ntileza de Anquetin, que se aferra a mi pequeña y l enta
persona impidi éndome c orrer y h ace parecer que no padece” . Esta es una de las
pocas alusiones que Toulouse- Lautrec hace de su deformidad, de sus dific ultades
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 403
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para move rse, para andar, es en una carta a su madre del 15 de fe brero de 1894,
desde Amsterdam (Carta nº 343 de Gallimard, 1992 ).
Henri tenía 30 años y por sus palabra s p ensamos que tenía desa rrollada una
fuerte tolerancia, “a guantaba” grandes c antidades de alcohol, tenía muchos puntos
para de sarrollar la carrera del alcoholismo.
En una carta diri gida también a su madre a finales de 1895 dic e “consumir
según sus cálculos un tonel y media de vino al año”. Pero a esto había qu e añadir
lo que bebía e n las “bebi das” y sólo, sin la compa ñía de amigos. S eguramente, en
este caso minimizaba su ing esta para no preocupar tanto a su madre, engañándose
también él como todos l os dependientes de l alcohol (Carta nº 441 d e G allimard,
1992 ).
Bebía todo lo que te nía en casa y todo lo de los bares que frecuentaba.
En ma y o de 1896 pide de nuevo a su familia un to nel de vino y diner o. Tambi én
pedirá en agosto y en septiembre del mismo año.
En junio de 1 897 compra un tonel de vino bl anco. En noviembre de 1897 pide
dos toneles.
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1.5.- A partir del año 18 95, el otoño
En 1894 y 1895 trabaja intensamente pero su salud empeora por el abuso de
alcohol y por la sífilis.
Bebe mucho, demasiado, “la punta de su ba r ba nunca llega a estar seca” dice
Thadée Natanson. Casi nunca se e mborr acha, pero siempre anda algo beb ido. Le
basta oler un cóctel para que la mag ia del alcohol se apode re de él. Cuando dice
una vulgaridad, sus amigos se en cargan de tap arla lo más rápido posible (Neret,
1999). Ya no es grac ioso, la dependencia esta instaurada.
Los Natanson escondían los alcoholes fuertes de su casa d e c ampo cu ando
Henri iba de visita y Joyant s e preo cupaba, inte ntando descubrir tod a cl ase de
remedios y recursos posibles para que bebiese menos.
Toulouse-Lautrec bebía, en este tiempo, una mezcla especial de dos volúmenes
iguales de absenta y d e coña c, un cóctel que é l mismo había bautizado como
“terremoto o temblor de tierr a” (Denvir, 1991 ).
En el libro de Thadée Natanson, el autor habla de alcoholismo como vicio.
“Toulouse-La utrec no bebe para olvidar su desgra ci a, pero es v erdad que
bebiendo la olvida” ( Natanson, 1992 ). Considera al alcohol como alegría para
burlarse de su suerte, de la que a su amigo le ha tocado vivir.
“Todo le hac ía reír, le gustaba reír, el a lcohol le hacía reír. Ebrio, con lágrimas,
reía y cuando estaba ebrio no trabajaba. P ero incluso en sus peores momentos,
Henri de Toulouse-Lautrec imponía re speto” (Natanson, 1992 ).
El alcohol entre la vida y la ob ra de Henri Toulouse -L a utrec – pag. 405
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Fot ografía d e Toulouse-Lautrec después de una fiesta en casa de Alexandre
Natanson en 1895.
Figura 152
Hacia 1895, Toulouse- Lautrec no se privará de ninguno de los placeres, pasa las
noches en cabarets y b ebe g r andes cantidades de alcohol. Lo sopo rta todo menos
le “tentac ión” y a sea de t ipo artístico ya se trate de la s educción del placer y del
beber (Czifra , 2000).
Pasa noches ent eras en bares, salas de baile, se duerme en cualquier sitio, se
despierta y p asa un a no che entera en la impren ta trabajando en sus litografías.
Apenas ha cumplido 30 años pero está totalmente envejecido. No consig u e
aplacar su sed.
Desde primera hora d e la maña na beb e vino blanco y Marc alte rnativamente, en
grandes cantidades. El M arc francés e s un a guardiente obtenido por destilación de
orujos de uv a, es decir p or la p arte sóli da de la vendimia que n o tiene
aprovec hamiento en la p revia elaboración del vino. Tiene entre 70 -80 grados y
también es conoc ido como una versión más refinada de la Grappa italiana, siendo
el elaborado en Borgoña de gran reputación y calida d. Pertene c e al mismo tipo de
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 406
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bebidas que el o rujo nue stro, la grappa italiana, las bagaçeiras portu guesas o los
tsiroupos grieg os.
Henri se bebe todo, y sin importarle qué o dónde, pero no consigue
emborracharse. Esta al final de la carrera, su tolerancia es alta. Esto se reflejará
tanto en el humor com o en su trabajo. En su comportamiento ex céntrico se
intercalaran escenas escandalosas que re cuerdan a las de su padre el conde
Alphonse.
Lleva de una fina co rrea a Tom, su cormorá n, que pasea conton eándose d e la
misma forma que el dueño. Toulouse -Lautrec lo lleva a todas p artes consigo, a
pescar, a pas ear, a los cafés y pide incluso que le sirvan ajenjo. “Se ha
acostumbrado a l sabor”. Henri bebe de forma desmesurada.
Tom, gr an cormorán, 1893.
Museo de Bellas Artes de Nancy (depósito del Museo de Lore na)
Figura 153
Los a migos lo intentan entretener para que se tranquil ice y beba menos. Cuidan
de él pero por las no ches se escapa a menudo y los guardias suele n devolverle a
casa con un ojo morado o con la nariz partida. Tiene miedo de las moscas, que
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zumban por todas partes, tiene pesadillas, alucinaciones, delirium tremens “ahí es
donde se ve lo que nos espera ” habí a dicho Toulouse-Lautrec. El ajenjo, la sífilis,
habían hec ho mella en él. El alcohol y también la desesperación (Denvir, 1991).
Dejó de be ber por una temporada y lo gró recuperarse al go, porque así es el
proceso.
Sin embargo, su débil constitución y un e x agerado consumo de alcohol de
nuevo, fu eron ac abando con sus últimas fuerzas. Cada vez le resultab a más difícil
trabajar sin tom ar bebidas alcohólicas y algunas estancias en el ca mpo no
aportaron la menor modificación a su estado.
Del 1895 al 1899 se ve mu y afectado por los ex cesos de su vida. Se suceden
conflictos con amigos y parientes y en 1898 empie za a desarrollar un a manía
persec utoria que le alejará de su entorno ( Le Targat, 1988).
“El carácter imprevisible de su comportamiento convierte al hombre soci able en
un ser conflictivo” . Son l os milagros de l alcohol.
En el Irish and America n Bar, se s enta ba en un t aburete rodeado de la clientela
habitual de jocke ys, a rtistas de c irco y otras excentricidades y se h inchaba a beb er
copas de oporto (Frey, 1996 ).
Su madre y su amigo el doc tor Bourges le habían hecho prometer que no
bebería más vino. Siemp re preocup ado de hacer de la bebida un arte, llevaba con
él un licor de nue z moscada y un minúsculo queso para aliñar su oporto.
En el otoño de 1896, o lvidando la promesa hecha a su madre, bebe coñac,
„c ubiletes enteros‟. Las raras pinturas que hace en esta époc a tratan, en tonos rojos
y negros, de reencontrar entre sus personajes grotescos, bailes d e mas caras o
escena s de bu rdeles. Destacamos la figura siguiente de gran significado simbólico,
sugiriendo a la vez varios sentidos, donde Toulouse- Lautrec quizá int u y e e l final.
Jean Coctea u dijo una vez:”Cada día, al mirarme al espe jo, veo a la muerte
trabajando” (Barrucand y Barruca nd , 1971 ).
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 408
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Desnudo femenino ante el espej o, 1897.
Óleo sobre cartón, 62,2 x 47 cm. Rancho Mir age (CA), Walter Annenberg
Collection.
Fi gu ra 154
Tiene muchos proyectos, pero su traba jo no avanza.
Le dice a su madre que encuentra las noches muy vacías, que está ch afado
(Frey, 1996 ).
Al parecer, según coinciden va rios autores, haci a 1897, los problemas c on el
alcohol son y a crecient es (Denvir, 1991; Frey , 1996 ; J oy ant, 1926; ).
En la primavera d e 1897 descubrió lo que parecía ser el piso y el taller de sus
sueños, describiéndose lo c on entusiasmo a su madre en una carta. P ero poco
después de h aberse mud ado, tuvo una c risis de d elirium tremens c on miedo a los
microbios lo que le hace rociar su habitac ión entera con petróleo, en el curso de la
cual se rompe la clavíc ula.
Frecuenteme nte es acompañado por la policía qu e le llevará a su casa, siendo
cada vez más imprevisible su comportamiento en público.
M.Rosario Carca s Castillo – pag. 500
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A la vez, fue un comprometido activista democr ático y dura nte la Comuna se
encarg ó de la administración de los museos de París.
Tuvo fama de arrogant e, apuesto y sobe rbio, afirmando que: “Si dej o de
escanda lizar, dejo de ex istir”. También tuvo problemas con e l alcohol, muriendo
de cirrosis.
Elige para sus obras temas y personajes d e la realidad cotidian a, plas mando
formas más carnales. S u re alismo se convierte en mode lo de expresión de muchos
pintores e influenc ia en otros.
En las repre sentaciones de parejas de lesbianas en la cama, realizadas por
Toulouse-Lautrec e n 189 2, expresa con particular ternura el afecto mutuo e ntre las
dos mujeres y se acostumbra a contrastar su d elicadeza con el estridente aire
atlético del cuadro de dos lesbianas que duermen abrazadas, pintado por Courbet
en 1866 para Halil Bey, un antiguo embajador turco en San Petersburgo.
Toulouse-Lautrec refleja ca riño y respeto, no sólo realismo.
Es posibl e que Toulouse- Lautrec viera el famoso cuadr o de C ourbet, tal vez no
cuando fu e ex puesto públicamente en la Galeria Dur and-Ruel en 1878, si no más
adelante cuando y a formaban parte de la colección del barítono J ean -Baptiste
Faure (1830 -1914). El b arítono era patrocinador d e Degás y Du rand Ruel l o había
animado y convencido a comprar arte de moderno ( Milner, 1992 ).
3.4.3.- Honor é Dau m ier
Nace e n Marsella el 26 d e febrero de 1808 y fallece el 10 de febrero d e 1879 en
Valmondois.
Caricaturista, pintor, dibuj ante y escultor francés, también mu y prolífico,
produjo alrededor d e 4.0 00 litog ra fías, fundamen talmente de comenta rio político
y social, 300 dibuj os, unas 200 pinturas, así como dece nas de esculturas de
escayola y b ronce.
Sus litografías p ara diversos diarios y periódicos t ienen una c alidad cercana a la
pintura.
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