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El sol navegando en el firmamento azul. Traducido por Jon Kortazar.

Sarrionandia, Joseba

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Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 1 - Año 1999 Joseba SARRIONANDIA, El sol navegando en el firmamento azul. Traducido por Jon Kortazar. Euskal Herriko Unibertsitatea / Universidad del País Vasco “El tiempo que anda sobre nosotros, cuenta siempre todos nuestros pasos, sigue siempre nuestra vida, sin que nosotros sepamos de qué se ocupa, ni que proyectos tiene”. Jusef Egiategi El sol, navegando en el firmamento azul, parece una nave de fuego, y en su viaje, calienta y hace más hermosas, al atardecer, las colinas y los valles del mundo. En las piedras y en los troncos de los árboles crece el musgo, se doran sus reflejos, y las frutas amarillean y enrojecen. El viento produce un sonido suave en los árboles y en las torres de la vega, mientras que en el aire transparente los ruiseñores sueltan la madeja de su canto. También viven los insectos, pero en secreto, bajo las hojas caídas, como si estuvieran en otro mundo, en el del silencio. Perceval, caballero y héroe, coincide en el camino con un peregrino ciego, y van juntos, por la vega, por la estrada que cubren las hierbas finas y la camomila. Perceval cabalga en su caballo castaño, con su lanza y con su escudo. El peregrino ciego camina descalzo, lleva, como compañero de sus pies, una vara de avellano. Llegan a un manzanar, en el aire vuela un ligero olor a fruta madura, y hay sombra a trozos. Los rayos del sol entran a través de las hojas hasta la piel dorado de los frutos. –Señor caballero –le dice el peregrino ciego a Perceval– quisiera comer una manzana, ¿me podría coger una madura del árbol? Perceval quiere coger, sin bajar del caballo, una verde que pende de una rama más humilde. –Se lo ruego, para mi boca debe ser madura y blanda –le repite el peregrino–, casi no me quedan dientes. Perceval debe bajar de su caballo, entrega las riendas al peregrino y sube al árbol, a por una manzana madura de las ramas cimeras. Sube despacio, porque la armadura le pesa, pero casi ha llegado ya a la segunda rama. De pronto, ve a lo lejos a un animal blanco que desde el cañaveral sale al prado. - 1 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 1 - Año 1999 Cuando sus miradas, la del caballero y la del unicornio, se cruzan, el animal huye. También Perceval salta de la rama y corre sin mirar ni a su caballo ni al peregrino ciego. Corren tan de prisa, que casi no pueden verse ni uno ni otro; si Perceval es la piedra lanzada por la honda, el unicornio corre como un rayo blanco. Tras haberlo visto, Perceval, el héroe que cuentan los libros, sólo desea cazar al animal de la leyenda. El unicornio se vuelve de vez en cuando, y a veces se detiene, para que Perceval pueda acercarse, pero no ha nacido cazador que le alcance. Ambos han cruzado a nado el río, han pasado la fresneda, y monte arriba, el robledal. De pronto, Perceval tropieza y cae, cansado, sin aliento, sudando frío, y con la mente nublada. Aparece una doncella a caballo. Cuando Perceval recobra el sentido, apenas puede reconocer la figura en sus ojos confusos. Se siente como si hubiera combatido en un torneo y hubiera recibido una lanzada en el costado. La doncella desciende del caballo y pisa la hierba húmeda con sus blandos pies. –¿No tienes posada para la noche? –pregunta suavemente al caballero caído. Perceval no puede hablar, e intenta recuperarse apoyándose en los codos, pero cae de nuevo; ha perdido el conocimiento. Más tarde se despierta en una cama blanda, y junto a él, mirándole, se encuentra la doncella que antes vio en sueños bajándose del caballo. Perceval mira alrededor, el hogar, y también mira los ojos de la doncella. –¿Dónde me encuentro? –pregunta casi sin abrir la boca. Y lee en los ojos de la doncella una ternura que recuerda las alas de las tórtolas. Entonces, en ese momento en que siente tanto amparo y sosiego, no sabe si cerrar de nuevo los ojos o despertarse. –Hace unos días te recogí en la loma –oyó decir a la dulce voz de la doncella. Se despeja y, cuando ha reunido la fuerza suficiente para levantarse, se dirige a la ventana. Verá unos peñascos azules y desconocidos en el horizonte, y desde la casa hasta ellos un bosque verde y espacioso. –No hay casa en los alrededores –le dice la doncella–. Aquí vivimos mis tres hermanos y yo. La casa torre es alta y vieja, labrada con piedra. En sus paredes cuelgan algunas enredaderas. –¿Has venido tras el unicornio? –preguntan a Perceval los hermanos de la doncella. –Sí, pero no pude cogerlo. - 2 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 1 - Año 1999 También ellos confiesan que quieren cazar al unicornio. Que vinieron hace tiempo a estas tierras desde la casa de sus padres a la caza del unicornio, a este castillo del oeste del mundo. –¿Quieres quedarte con nosotros? –preguntan. Por la noche, Perceval toma a la doncella en sus brazos, de la misma forma que antes la tomó en sus ojos, y la acaricia entre las sábanas, como antes la acarició en el blanco de los ojos. Más tarde, en los días largos e inhóspitos, los hermanos de la doncella se esconden en los rincones más oscuros del bosque al acecho del unicornio; en el corazón del bosque, si es que el bosque tiene corazón en su rincón más oscuro. Mientras esperan, el pájaro carpintero agujerea la piel de los troncos, se siente el paso de una culebra roja bajo las altas hierbas, o de cuando en cuando, pasa un ciervo con sus pasos nerviosos y libres, sin ninguna protección. Se oye, sin descanso, el murmullo suave y transparente del río y la danza de las hojas, de todas las hojas, con el viento. Pero el unicornio no aparece, no se le oye. Los cuatro vuelven hacia el castillo al anochecer, pisando la hierba no hollada, en silencio, con las lanzas en la mano. A esa hora, siempre se ve a un gavilán volando, buscando una presa. Entonces, sueltan a su perro, cazan alguna liebre, para llevar a casa. Perceval la desollará en el portal del castillo, de noche, y la doncella lo cocinará. Los cinco se reunirán junto al fuego, y comerán la liebre. Y tras la cena, mirando las llamas flexibles, contarán cuentos del invierno. De vez en cuando, y por sorpresa, logran ver el unicornio. Suben a una colina, y desde allí, con la mano puesta sobre los ojos para darles sombra, cuando miran a la lejanía, quizás puedan verlo, pastando en una pradera, pero desaparece tan rápido como una flecha, porque no quiere jugar a simular la huida. Cuando está juguetón, el unicornio de ojos azules juega al escondite apareciendo y desapareciendo, aquí y allá, tras los árboles y los zarzales. Alguna vez se ha acercado al castillo. Desde la cercana estrada, o la lejana colina, el unicornio mira con su mirada de seda a la ventana del castillo. La doncella lo ha visto, y, medrosa, ha atrancado todas las puertas y no se ha atrevido a extender la colada en el prado. Para cuando los hombres volvieron al anochecer, el unicornio ya había desaparecido. Sus huellas se borran de noche en el herbar, en el barro, en la nieve. Ha llegado la hora de que nazca un niño de los amores de Perceval y la doncella. Cuando la que será nueva madre siente dolores de parto, como señal del hado, un cuervo negro se posa en las almenas del castillo. Perceval escoge una piedra redonda para su honda, la lanza, y el cuervo cae con el cuello rojo de sangre y sin fuerza. Entre tanto, en el castillo ha nacido llorando un niño sano; tiene los ojos azules para mirar al mundo. - 3 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 1 - Año 1999 Después, Perceval lo toma en sus brazos y lo lleva a la ventana para que mire el mundo. Allí, a lo lejos, está un animal que parece una cabra blanca, con un sólo cuerno en la frente, más imaginario que la cabra, o para mejor decirlo, más irreal. En sus ojos, aunque sea desde la lejanía, se siente una melancolía hacia el castillo, como si entre sus piedras se escondiera el corazón de su memoria. El niño aprende a andar en el portal del castillo. Juega a perseguir a los polluelos, sin fijarse en nada más. –El unicornio viene a mirar a nuestra hermana –dice uno de los hermanos–, está claro que nuestra hermana le atrae. –Si seguimos así no conseguiremos nada, sólo existe una forma de cazar al unicornio, y todos sabemos cuál es. En el corazón del bosque, los tres hermanos han atado a la doncella a un tronco. Después se han escondido tras los zarzales con Perceval y con su hijo. En el aire no se oye la música que la brisa produce en las hojas y, mientras transcurre el tiempo, sólo se oye, a ratos, el canto del petirrojo. Hasta que llega aquel animal elegante. Como una cabra blanca, con un cuerno en la frente, con su crin al viento. Viene nervioso, por su inocencia, por su atrevimiento, por su ansia. Sus ojos azules miran a todas partes, sus pasos se acercan cada vez más mansamente a la doncella que está sentada bajo el fresno. El unicornio solitario y amante ya ha concedido su corazón; no sabe que está perdido. El unicornio se reclina hacia el regazo de la doncella, acerca su cuerno a las rodillas de la doncella; y murmura un dulce sonido, como quien dice palabras amables o ruega, y cierra los ojos por melancolía, por vergüenza, o por placer. La doncella pierde el miedo, y pasa sus dedos por el lomo del animal, y acaricia suavemente el cuerno, liso y largo, de aquel animal elegante. El unicornio permanece quieto, respirando con sosiego, como si el amor fuera el sosiego más profundo. De pronto, un flecha roja sale de los zarzales, buscando herir el vientre del unicornio, luego una flecha más a sus ancas, y otra al pecho, y luego una lluvia de flechas. El pelo del unicornio se moja, pero no de sangre, se moja de agua. Y no se mueve, como si su cuerpo y su alma estuvieran en otro mundo, no se ha movido nada mientras su cuerno reposaba en las manos de la doncella. Después expira con una mirada de amor y queja. Sale agua de las heridas del unicornio. La doncella comienza a llorar, y aparecen lágrimas en los ojos azules del niño que desde el zarzal se dirige hacia su madre. La lluvia cae como un espejo roto, en las tierras del oeste. - 4 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 1 - Año 1999 En el castillo los tres hermanos despellejan el unicornio, y se emborrachan con vino mezclado con miel, con la alegría que sigue a una buena caza, y, sobre todo, a la victoria en una vieja guerra. Hoy cenarán unicornio asado. La doncella, esa mujer triste que fue doncella, en cambio, quiere huir de allí. Perceval toma a su hijo en brazos, salen del castillo y los tres se alejan bajo la lluvia. De golpe, un rayo, como un monstruo de fuego, golpea la almena del castillo y derriba las piedras, derriba todo el castillo, hasta que no queda piedra sobre piedra, aplastando todo lo que quedaba dentro. Y la lluvia es un espejo que se ha roto en mil pedazos. Perceval siente que la tierra es más blanda bajo sus pies. Con su mujer a su lado, con su hijo a horcajadas, el héroe sube una cuesta, sigue adelante, aunque sus pasos resbalen. Y el aguacero convierte en ríos los prados. Y Perceval en la negra noche, en el espejo húmedo y oscuro, debe correr cuesta arriba, por la vega, y cuando no puede correr, nada, mientras la riada lo inunda todo. Al final, en medio de la riada que quiere llevárselo todo, Perceval se agarra a un tronco. Lo coge con dificultad, ayuda a su esposa extenuada a subirse al árbol, pero Perceval también sube con su hijo a hombros hasta la última rama. Pero la riada sube, sube por el tronco del árbol, arrancándolo todo, llevándoselo todo, tragándolo todo en un espejo negro y terrible. La doncella toma el brazo de Perceval, extiende la mano asustada al héroe, pero cada vez se aleja más, la llevan las aguas. La mujer ha desaparecido en el vientre de la riada. Cuando Perceval alarga sus brazos, el niño se resbala, y el héroe no podrá atraparlo. Todo se perderá en el espejo de la riada. Perceval se ha quedado solo, no sabe si arrojarse a las aguas o sujetarse a la rama, y llora. Permanece un largo tiempo sobre el árbol, llorando, extenuado, adormecido. Ha escampado, han bajado las aguas y Perceval está sobre el árbol con cara de ensueño. –¿No vas a bajar? –dice el viejo ciego desde abajo–. Hace más de diez minutos que estás ahí arriba. Perceval abre los ojos, los seca con el borde de la camisa, y cae en la cuenta del ciego. Coge una manzana, roja, madura, y comienza a bajar. Entrega la manzana al viejo ciego, coge las riendas, y sube a su caballo. Y los dos se alejan en la tarde despejada. - 5 -