La crisis de 1895 a través de correspondencia privada
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225 LA CRISIS DE 1895 A TRAVÉS DE CORRESPONDENCIA PRIVADA Mª Luisa Martínez de Salinas Alonso De entre las múltiples fuentes que pueden encontrarse para estudiar cualquier aspecto de la historia, seguramente una de las más interesantes es la correspondencia privada, por cuanto nos ofrece una visión de primera mano de los hechos o acontecimientos a los que nos acercamos y en los que pretendemos profundizar. Consecuentemente, se trata de una documentación muy útil y que puede ayudar a un mejor conocimiento del pasado y del mundo interior de quienes vivieron en otras épocas, aunque en ocasiones este tipo de papeles sea difícil de localizar. Sin embargo, la fortuna ha querido que llegara a mis manos la documentación familiar generada por unos emigrantes castellanos que, como otros muchos, marcharon a Cuba a mediados del siglo XIX atraídos por las posibilidades que la isla ofrecía de lograr un buen trabajo, hacer rentables negocios y, con un poco de suerte, reunir un capital que les asegurara una vida acomodada cuando decidieran retornar a España. En este caso, justo es reconocer que lo lograron a tenor de lo que se desprende de la propia documentación, de las historias familiares y de las huellas materiales que en su lugar de origen han quedado de su paso por Cuba. Concretamente, se trata de la correspondencia mantenida en diferentes momentos de las últimas décadas del siglo XIX entre un gran comerciante procedente de un pueblo de Castilla y establecido en La Habana, donde realizaba negocios de importación y exportación de artículos de ferretería, y sus familiares de España. En ella se pueden encontrar noticias sobre asuntos muy diversos, pero lo que en este momento interesa son cuatro cartas fechadas en diversos meses de 1895, cuando estalló la crisis que culminaría con la independencia de la isla tres años después, y que el comerciante Francisco Álvarez, conocido familiarmente como “Pancho” y así las firma, escribe a su primo Hermenegildo Alonso, otro empresario establecido en Cuba y que debido a diversas circunstancias se encontraba entonces en la península, en las que le informa de la guerra, sus causas, sus protagonistas y otros muchos aspectos relativos a aquellos acontecimientos. Son, por tanto, unos documentos muy útiles para conocer esta parte de la historia de Cuba desde una perspectiva distinta, y más rica incluso, de la que nos puede ofrecer la documentación oficial, los despachos gubernamentales o la prensa, pues lo que aquí tenemos es la visión del mundo interior de unos hombres que fueron parte activa de la vida de la isla, sufrieron las consecuencias de la política española en aquel territorio, fueron testigos de los sucesos que desembocaron en la independencia en 1898 y plasman en estas cartas las preocupaciones de la vida cotidiana en una tierra muy alejada de la suya natal que atravesaba unas circunstancias realmente difíciles. En definitiva, se trata de ofrecer un punto de vista muy personal por supuesto, y puede que no compartido por muchos, sobre 16
226 los sucesos que estaban viviendo y la forma en que les afectaban. Lo cual, por otro lado, al tratarse de cartas privadas lo encontramos expuesto con un marcado carácter intimista y con la frescura y libertad que proporciona el convencimiento de que el destinatario de esta correspondencia es una persona cercana, que mantiene sobre ello los mismos criterios, o al menos los respeta, y en cuya discreción se confía. Como se sabe, en los primeros meses de 1895 dio comienzo en Cuba una guerra que a todas luces parecía inevitable y que había sido minuciosamente preparada. Los años de tregua en las alteraciones cubanas que se habían iniciado con el Pacto del Zanjón en 1878 concluyeron finalmente en 1895 cuando de nuevo se organizó la insurrección armada de los independentistas y autonomistas y se asistió a una radicalización de posturas que no fue otra cosa que el preludio de las acciones que desembocarían en la independencia en 1898. En realidad, el fin de la Guerra de los Diez Años y la pacificación consiguiente no significó en absoluto que se hubiera terminado con los brotes independentistas que se extendían por la isla y ni siquiera el plan de reformas elaborado por Martínez Campos al concluir la contienda consiguió acallar las voces de los que aspiraban a lograr mayores libertades políticas y económicas que las ofrecidas por el gobierno español.1 Para entonces, la idea de la independencia había arraigado ya firmemente en muchos cubanos y la paz fue entendida en ese momento solamente como un paréntesis que concluiría en el momento de plantear un nuevo desafío.2 El evidente desarrollo del separatismo impulsó, por otro lado, que en España se levantaran voces que abogaban por procurar un mejor entendimiento con amplias capas de la sociedad cubana y se buscaran aquellos puntos de coincidencia capaces de lograr la permanencia de Cuba en el seno de la Monarquía española en las condiciones más ventajosas para todos. Pero los pasos que se dieron en este sentido fueron tan lentos, cortos, inseguros y tardíos que no sólo no facilitaron en ningún momento el camino para una independencia pacífica sino que, al contrario, favorecieron el clima para la insurrección final.3 Así al menos hay que entender los planes de reforma elaborados por Maura en 1893 siendo Ministro de Ultramar y por su sucesor Buenaventura de Abárzuza en 1895, que fueron apoyados por el Partido Automista y abiertamente rechazados por los Constitucionalistas, pero que al final no fueron llevados a la práctica, el primero por ser rechazado en las Cortes españolas y el segundo porque llegó demasiado tarde Pues bien, en este ambiente en el que la insurrección que acababa de producirse en las provincias orientales y sus posibles consecuencias constituye la máxima preocupación para cuantos residen en Cuba; en una sociedad, además, altamente politizada, en la que se viven con mucha intensidad las discrepancias políticas entre los distintos partidos4 -el Liberal o Autonomista, el Conservador, llamado Unión Constitucional y el Reformista, nacido como una escisión moderada del segundoen la que también se aprecian fuertes vinculaciones entre los intereses económicos y la actividad política5 y en la que para casi todos es evidente el fracaso de la política española en la isla, se enmarcan las elocuentes cartas escritas a lo largo de 1895, que vienen a confirmar muchos de estos planteamientos. Su importancia reside sobre todo en que resultan fieles transmisoras de unas vivencias particulares relativas a acontecimientos que se están produciendo en ese mismo momento y que se intentan hacer comprender con la mayor claridad posible al destinata-
227 rio. Además, indudablemente estos documentos resultan así mismo, muy esclarecedores de la particular visión que sobre todo lo que entonces estaba sucediendo en la isla tenía una parte de la élite cubana, un grupo cuyas raíces culturales les impulsaban a manifestarse como defensores a ultranza y sin discusiones de una Cuba indisolublemente unida a España e integrante de la Monarquía, y que veía impotente y dolorosamente como todo llevaba a que finalmente se perdiera la Gran Antilla. Aunque en el fondo, estas cartas no dejan traslucir únicamente los fuertes sentimientos patrióticos que caracterizan a su remitente, sino que, en directa relación con ello y dada la amplitud de sus intereses económicos en la isla, es posible constatar también las graves implicaciones económicas que para este sector de comerciantes castellanos estaban planteando los conflictos cubanos. La primera de las cartas está fechada en La Habana el 27 de febrero de 1895, es decir, tres días después del Grito de Baire, y en ella se nos ofrece ya una relación pormenorizada de los hechos que a todos estaban conmocionando, descritos con el máximo detalle que permite una carta cuyo fin es fundamentalmente informar de la manera más clara posible al destinatario. Así mismo, se puede ver desde el principio cómo aflora en los comentarios que introduce el autor su particular posición política alineada abiertamente con el grupo conservador, por lo que no es de extrañar que haga responsables a los liberales o autonomistas de todos los conflictos que se estaban viviendo en Cuba y que la exaltación del remitente contra ellos, a quienes presenta como incapaces de ver el alcance y la intensidad del problema que ellos mismos habían generado y darle una solución, vaya subiendo de tono según se suceden los meses y se agrave la situación. Dado que el centro del interés en ese momento se situaba en la convulsión que se vivía en Cuba, la primera de las cartas está dedicada en gran parte a relatar el origen del alzamiento, que a todas luces parecía anunciado y perfectamente planeado, aunque, según la opinión de quien escribe, las autoridades habían cerrado los ojos ante las señales que así lo indicaban, negando incluso la existencia de brotes autonomistas. En realidad, sus comentarios apuntan a que no se trataba en absoluto de unos acontecimientos sorpresivos, sino, más bien al contrario, esperados y lógicos dados los derroteros que había ido tomando la actividad política y el auge de los movimientos separatistas, por más que su desarrollo se hubiera intentado ocultar o al menos restar su trascendencia a la población. Así, el párrafo en el que esto se relata resulta enormemente elocuente: Parece que ha tiempo venía (como siempre) fraguándose una vasta conspiración y el gobierno y las autoridades de ésta, incluso el partido reformista, no querían darse por entendidos y hasta negaban los hechos diciendo por medio de la prensa, a voz en cuello, que reinaba una paz octaviana y que la idea separatista había muerto gracias a los reformistas por supuesto; pero para desgracia del país hemos venido a tocar la realidad de las cosas aunque en vano tratan aún de quitar importancia a lo que en realidad la tiene.6 Desde luego, para Francisco Álvarez era evidente la importancia de lo que en la isla estaba sucediendo y por más que aparentemente las autoridades trataran de quitársela y presentar los sucesos de febrero como uno más de los levantamientos que periódicamente se producían y que eran rápidamente sofocados, en esta ocasión había varios indicios que llevaban a pensar que la situación era más grave de lo que se quería hacía creer, y el
228 más evidente, tal como aquí se expone, era la suspensión de las garantías constitucionales en Cuba que inmediatamente había decretado el General Calleja. Además, de acuerdo con las noticias que rápidamente llegaban a La Habana, no era una única sublevación lo que entonces estaba teniendo lugar, sino que los alzamientos se estaban produciendo por toda la isla desde Santiago de Cuba hasta el puerto de La Habana, lo que estaba forzando un amplio despliegue militar que hablaba por sí solo de la trascendencia de los hechos. Esta opinión se veía además reforzada por las informaciones que llegaban sobre las continuas detenciones de algunos de los principales cabecillas autonomistas habaneros, como Julio Sanguily, en un intento de evitar que el alzamiento se produjera también en la capital, algo que, lógicamente preocupaba, así mismo, sobremanera al remitente de estas cartas. Un aspecto que aparece claro a lo largo de todos los escritos y que encaja perfectamente con la particular posición política de quien los elabora, es el relativo a la responsabilidad última de los sucesos que en esos momentos estaban sacudiendo la vida de la isla. Así, a los ojos de este comerciante castellano que, como muchos de los miembros de este sector económico, militantes del Partido Constitucional y partidarios de una postura conservadora que rechazaba cualquier cambio político que implicase la concesión de algún grado de autonomía para Cuba, no eran otras sino las medidas que años antes se habían tomado en este sentido, y en concreto las reformas de Maura, las que, aún sin implantarse, habían alentado los brotes insurrectos, desde el momento en el que la elaboración de un plan de este tipo significaba la aceptación por parte del gobierno español de las pretensiones autonomistas. La cuestión era incluso para él más dolorosa si tenemos en cuenta que, tal como se indica en las cartas, uno de los artífices de aquel proyecto había sido Germán Gamazo, cuñado de Maura, y que por entonces era uno de los políticos liberales más influyentes del entorno de Sagasta. Este personaje había sido Ministro de Ultramar en 1885; más tarde, en 1892, fue nombrado Ministro de Hacienda y Administración Pública, y a finales de siglo, en 1898, ocupó la Cartera de Fomento.7 Pero lo realmente interesante en este momento es que Gamazo era paisano del autor de estos escritos, vallisoletano como él, y por ello se lamenta con amargura de que alguien tan cercano y conocido –perteneciente además, paradógicamente, a la misma agrupación política de la que era miembro el destinatario de las cartas, lo que no deja de recordarle continuamente, aunque ello no influyó nunca en su antigua y profunda amistadhubiera tomado parte en la elaboración de aquellos proyectos políticos, origen último del conflicto al que entonces se asistía. Así, teniendo en cuenta este planteamiento no puede extrañar que continuamente se refiera a esta circunstancia con frases tan expresivas como Todo esto y lo que falta aún son fruto de las malditas reformas que en mala hora prohijaron nuestro paisano Don Germán Gamazo y su cuñado Maura, de eterna recordación 8 y otras muchas en el mismo sentido. En su descargo, lo único que cabía pensar era que las medidas de reforma sin duda alguna habían sido elaboradas desconociendo la situación real de Cuba y basándose únicamente en informaciones partidistas a las que prestaban oído los gobernantes peninsulares. El desconocimiento había favorecido todo aquello, porque de otra forma era inexplicable que se hubiera llegado a tal la situación y que en España se siguiera pensando que cediendo a alguna de las pretensiones autonomistas y aprobando planes de reforma se podría conseguir la evolución pacífica de Cuba dentro del dominio español. Muy al con-
229 trario, para nuestro personaje está claro ya en 1895 que toda la clase política cubana, salvo los conservadores, lo que pretendían era obtener la independencia de la isla, por más que en España nadie pareciera darse cuenta de ello, y así lo expresa claramente en sus cartas: Tiene que convencerse el gobierno español que con reformas y sin reformas, ni aún con la autonomía se conforma esta gente. Su ideal es la independencia y todo lo que sea de España y huela a español lo detestan y les causa asco. ¡Ay! si nuestro pariente D. Germán los conociera como los conocemos tu y yo a buen seguro que nunca hubiera apoyado las malditas reformas de Maura, que han sido la causa de la situación actual.9 En definitiva, lo que aquí se evidencia es el convencimiento del fracaso de los esfuerzos que se habían realizado durante los últimos quince años para conseguir una reforma de Cuba dentro del sistema español,10 en lo cual tuvo no poca importancia el haber dejado de lado los planteamientos de los unionistas constitucionales. Este hecho, desde luego, era perfectamente achacable al gobierno liberal de Sagasta y su gabinete de Notables, sobre cuya actuación en estas cartas se opina que “han sido una calamidad donde quiera que han puesto la mano”.11 Por ello, su caída y la llegada de Cánovas en marzo de 1895 no puede menos que ser para su autor una esperanzadora satisfacción. Junto a la responsabilidad que de aquella situación les correspondía a los políticos españoles, para Francisco Álvarez, los graves sucesos que se estaban viviendo en la isla y que en un principio pensaba que, como otras veces, se solucionarían rápidamente, o al menos así lo hacían creer las noticias oficiales –aunque sobre este punto, tal como puede verse en los documentos de finales de 1895, pronto se desengañaríatenían también un inmediato culpable dentro de Cuba como era el Partido Reformista, que lo era incluso más que los propios autonomistas. Así, descarga sobre los reformistas continuas invectivas con las que trata sobre todo de poner de manifiesto la falta de honradez de los dirigentes de este partido que a lo largo del tiempo se habían proclamado defensores de la unión de Cuba a España dentro del marco de las reformas, pero que en el fondo lo único que pretendían era la independencia de la isla. Consecuentemente, con su política habían estado engañando al gobierno español, pues al animarle a introducir reformas que acallaran los brotes separatistas, lo único que pretendían era utilizar tales medidas de reforma para alentar los intentos de insurrección y, en última instancia, conseguir la independencia. De manera que su responsabilidad en el conflicto de 1895 era incluso mayor que la de los autonomistas, quienes, al fin y al cabo, siempre se presentaron partidarios de la idea autonómica y como tales la habían defendido tradicionalmente. En este sentido, seguramente las frases más elocuentes corresponden a uno de los párrafos de la carta de noviembre de 1895, donde nos ofrece su particular visión de la historia del partido reformista y para reforzar su punto de vista concluye diciendo que esta agrupación recogió todo lo inmundo, todo lo podrido, todo lo que causaba asco fue a parar al Partido Reformista. Luego de tenido en cuenta todo esto ¿quiénes son los causantes de la guerra sino los reformistas?.12 Esta forma de hablar resulta totalmente comprensible si tenemos en cuenta que el Partido Reformista surgió de una escisión del Partido Unión Constitucional al que quien así se expresa pertenecía.
230 Además de este partido político, otro de los objetivos de sus críticas es el gobernador de Cuba, general Calleja, que no gozaba precisamente de gran popularidad ni aceptación entre los conservadores españoles, quienes le acusaban abiertamente de contemporizar con los autonomistas y reformistas y de desoír las advertencias de los constitucionalistas sobre las consecuencias que tales directrices podrían tener.13 Así, esta opinión general de los conservadores aparece claramente reflejada en estas cartas, y ello hace que su autor se refiera a Calleja con calificativos muy graves -Imbécil, inepto y desgraciado-,14 acusándolo incluso de traidor a la patria. Su mala opinión sobre el gobernador se ve además reforzada por el convencimiento de que Calleja conocía desde meses atrás que en la isla se estaba fraguando un levantamiento pero no le dio la importancia que el caso requería y no tomó medidas para evitarlo por no enfrentarse con los autonomistas, conformándose tan sólo a que no se sublevaran mientras él estuviera de gobernador en la isla.15 De forma que Calleja, con su actitud pasiva ante lo que se veía venir, fomentó y amparó una insurrección que se estaba extendiendo rápidamente y que el gobernador era incapaz de contener. ¿Cómo sino se explicaba que España hubiera enviado inmediatamente a la isla una fuerza expedicionaria de 9.000 hombres para que, sumados a los 16.000 con que contaba el gobernador, intentaran solucionar el conflicto?. Indudablemente, este hecho ponía bien a las claras que los acontecimientos eran bastante más graves de lo que se quería hacer creer y reforzaba la opinión que sobre ello tenía desde el principio. La destitución de Calleja y la llegada de Martínez Campos a Cuba en abril de 1895 como Comandante en Jefe y Capitán General representó en principio una cierta esperanza de que la situación pudiera superarse, a pesar de que también se manifiestan muchas reservas hacia este personaje basadas fundamentalmente en su intervención en el fin de la Guerra de los Diez Años y la firma del Pacto del Zanjón, que, en opinión de Francisco Álvarez, no había sido beneficiosos para la isla sino que, al contrario, fue un factor fundamental en el ascenso de los autonomistas y la expansión de las ideas separatistas. Al principio se confía en la capacidad de Martínez Campos para solucionar el conflicto por la vía militar que, según el punto de vista que en estos documentos se ofrece, era la única que se podía y debía utilizar para lograrlo, dado que la insurrección se extendía rápidamente, cada vez encontraba mayor apoyo entre la población cubana y para entonces ya era impensable tratar de conseguir que los jefes rebeldes depusieran su actitud. Sin embargo, en la carta de noviembre puede constatarse un elevado grado de desilusión por la actuación del general que, en su intento de evitar que la guerra llegara al oeste de la isla, se dedicaba fundamentalmente a vigilar las carreteras y proteger a las ciudades, con lo que el campo cayo rápidamente en un estado de anarquía,16 pero no se decidía a aplicar medidas más drásticas capaces de concluir con la guerra en un corto espacio de tiempo. Mientras tanto, la isla continuaba en efervescencia y, evidentemente, la causa rebelde ganaba terreno. Las columnas de Maceo y Máximo Gómez se desplegaban por muchos puntos de la isla, e incluso pareció amenazada la propia Habana. Consecuentemente para gran parte de los españoles residentes en Cuba no se estaban aplicando en absoluto los sistemas más adecuados para zanjar la cuestión, y este parecer se percibe claramente en estos documentos, donde puede leerse:
231 ...hasta la fecha no hemos visto en nada práctico los resultados que nos prometíamos del gran general Martínez Campos, teniendo en cuenta los sacrificios de hombres y dinero que ha hecho España, pues cualquier general del ejército español hubiera hecho más, pero mucho más, que el gran pastelero, como aquí se llama a Martínez Campos. El elemento español en ésta se halla disgustadísimo con la política que observa el general, pues los insurrectos se burlan de los españoles de una manera tan descarada que no tiene límites y esto hace que el entusiasmo vaya decayendo”.17 Es más, se considera que de seguir las actuaciones por el mismo camino difícilmente serían capaces las tropas españolas de lograr la victoria, sino que, muy al contrario, el resultado de la política que hasta el momento se estaba llevando sería “arruinar la nación, enterrar cien mil hombres y al final no concluir la guerra.18 En el fondo, es preciso considerar que las opiniones aquí vertidas coinciden en gran parte con las que mantenía el propio Martínez Campos, quien ya para esas fechas de finales de 1895 no se creía capaz de solucionar el conflicto con métodos puramente militares –que eran los únicos que él podía aplicarsino que la gravedad y extensión del conflicto exigían medidas más drásticas y crueles incluso hacia la población civil, lo cual no estaba dispuesto a llevar a cabo. Por ello dimitió de su cargo y será su sucesor, Valeriano Weyler, quien se encargue de sofocar el levantamiento aplicando una política bastante más dura.19 Desde luego, no hay duda de que fue esta una etapa enormemente crítica en la historia de Cuba y como tal queda reflejado en los documentos que venimos analizando. En ellos, además de hacerse patente la particular posición política de quien entonces escribió estas cartas, pueden constatarse también unas impresiones muy comunes entre gran parte de los españoles que allí residían, como es el desencanto por la política que desde España se había aplicado en la isla –lo que hace decir incluso a Francisco Álvarez que “muchos españoles con su política hacen más daño que Máximo Gómez”20 generadora de los problemas que en ese momento se vivían, y, sobre todo, la falta de visión sobre la auténtica situación cubana, lo que imposibilitaba la adopción de medidas realistas y eficaces para encauzarla. Sólo quedaba esperar que se aprendiera de los errores pasados para planificar convenientemente el futuro de Cuba como territorio español. Aunque la historia se encargó de demostrar que ese futuro iba a ser realmente corto. Apéndice documental Documento 1 Habana, 27 de febrero de 1895 Querido Hermengildo: el domingo 24 por la mañana llegué a ésta sin novedad y continúo bien, alegrándome en el alma que por ahí suceda lo mismo. Afortunadamente no llegaron a confirmarse mis augurios, toda vez que encontré al encargado casi ya restablecido de sus dolencias; Bernardo no tenía novedad y todo lo demás seguía la marcha normal, aunque bien es verdad que la situación económica del
232 país es bastante mala y llegará a ponerse peor al seguir las cosas como van. Como podrás ver por los periódicos que mando a Ignacio se ha declarado la isla casi en estado de sitio. Parece que ha tiempo venía (como siempre) fraguándose una vasta conspiración y el gobierno y las autoridades de ésta, incluso el partido reformista, no querían darse por entendidos y hasta negaban los hechos diciendo por medio de la prensa, a voz en cuello, que reinaba una paz octaviana y que la idea separatista había muerto gracias a los reformistas por supuesto; pero para desgracia del país hemos venido a tocar la realidad de las cosas aunque en vano tratan aún de quitar importancia a lo que en realidad la tiene. El sábado 22 se levantaban en armas varias partidas de toda la isla, desde Santiago de Cuba hasta el puerto de La Habana, supuesto que una de las partidas, que pasa de ciento y tantos hombres armados de rifle y machete, se hallan en la jurisdicción de Matanzas. Todas las tropas veteranas han salido al campo y los voluntarios cubren las guardias que dejan los soldados. De esta capital han desaparecido muchos que figuraron en la pasada insurrección; otros, como Julio Sanguili, etc. se hallan presos en La Cabaña. ¡Y pensar que Sanguili estuvo a partir un piñón con los reformistas y con beneplácito del gobierno en las elecciones para derrotar al partido Unión Constitucional!. Los contrabandos y depósitos de armas cogidos son numerosos, y creo que, como te dejo dicho, tratan de ocultar la verdad. En un potrero no muy lejos de esta capital encontraron un depósito de rifles y otras armas; cerca de la playa también hallaron tres cajas de armas pues parece que algún barco tuvo que tirarlas al agua. Que la cosa estaba preparándose bien y que es grave no cabe duda alguna cuando el General ha dado un bando suspendiendo las garantías constitucionales que amparan a todo ciudadano español. No podía resultar otra cosa en vista de la tolerancia que han venido teniendo las autoridades de ésta y el gobierno, permitiendo que por todos los medios se hiciera propaganda separatista y persiguiendo, por otro lado, como a perros rabiosos a los españoles que no éramos reformistas. Todo esto y lo que falta aún son frutos de las malditas reformas que en mala hora prohijaron nuestro paisano D.G.G. [Don Germán Gamazo] y su cuñado Maura, de eterna recordación. ¡Ah! como se ve que la mayoría de los políticos españoles desconocen a la gente del país ¿Verdad chico?. En vista de este levantamiento ¿Qué diría ahora el Sr. Moret cuando hace días dijo en el Congreso que la idea separatista había muerto en Cuba?. En fin, veremos en que paran estos sucesos que tanto han alarmado al país y van camino de empeorar la situación más de lo que está. Yo creo que esta insurrección quedará pronto sofocada pues se ha acudido a tiempo y según dicen abortó; pero Dios quiera sirva de lección para lo sucesivo. Por lo pronto ya ha habido derramamiento de sangre de españoles, pues varios guardias civiles y soldados han pagado con su vida defendiendo la integridad de la patria. Y ¡vivan las reformas; y sigan los gobernantes creyendo que no hay separatistas, y que nos quieren mucho y que todo son visiones de los pícaros constitucionales!. Ahora lo que hace falta que esto haga abrir los ojos a muchos ilusos y vuelvan de sus yerros... Dile a Fabriciano que me ha entregado Ulpiano los documentos; pero sin haberlos yo entregado a nuestro paisano Carbajosa, desde ahora digo no podrá hacer nada con ellos en atención a que en su tiempo no fueron presentados a la liquidación para su conversión. De todos modos, ya te diré lo que me diga Carbajosa. Se me olvida decirte que Juan Domínguez corrió peligro en unas elecciones que hubo en el centro gallego, pues llevaron a dicha sociedad, que como sabes es de beneficencia, la cuestión política, y al hacer uso de la palabra Domínguez del centro de la reunión salió una voz que dijo ¡fuera
233 ese borracho y mal español! ¡Fuera! gritaron la mayoría y se armó un escándalo mayúsculo, viéndose Domínguez obligado a dejar el local en medio de un griterío espantoso. La candidatura que presentaba Domínguez por reformistas obtuvo 240 votos y la del contrario 1.800. Quedaron buenos los reformistas ¿Verdad?. El que está furibundo es Mertas, el célebre Mertas; ya quiere fusilar a media humanidad. Voy a concluir pues ya se va haciendo esto más largo de la cuenta y tengo algo que hacer; pero te doy todos estos pormenores para que estés al tanto de las cosas supuesto que conoces mucho este país. Manda a tu primo que te está muy agradecido y queda a la reciproca Pancho Documento 2 Habana 20 de marzo de 1895 Querido Hermenegildo: yo sigo bueno y me alegraría que tu no tuvieras novedad, lo mismo que esa apreciable familia. Las cosas por aquí no llevan trazas de mejorar, antes al contrario van presentado peor cariz. Las partidas insurrectas levantadas en armas cada día son más numerosas; hay en el campo muchos pueblos que están sin comunicación, rodeados de insurrectos y sin poderlos socorrer por nuestra parte porque no hay tropas con que poder hacer frente a los seis mil hombres que bien armados piden la independencia de Lenva y la Javita para los patanes ¿Sabrá nuestro ilustre paisano Gamazo lo que significa eso de la Javita?. Deberías tú de explicárselo cuando tuvieras ocasión. Han sido descubiertos varios depósitos de armas en estos días en esta capital, y por el campo sucede lo mismo; raro es el punto donde no hay fusiles y machetes escondidos. No hay quien piense en revoluciones, decían unos; la idea separatista ha muerto, decían otros; y los reformistas unidos a los autonomistas en tanto hacían la guerra para destruir al partido Unión Constitucional con ayuda del gobierno español ¡Que vergüenza!. A todas estas protestas de los autónomos la fuerza conservadora daba la voz de alerta diciendo a las autoridades que se conspiraba contra España, y en vez de atender tan patrióticas declaraciones se burlaban y sólo se ocupaban de engañar a nuestros gobernantes. Todavía hoy los autonomistas y reformistas dicen que esto no es nada, pero los hechos van encargándose de demostrar lo contrario. ¿Para que mandan venir ocho o diez mil soldados si no hay nada?. Figúrate como está la cosa que Manzanillo se halla hace días sitiado por los insurrectos y según Cartas del Comercio temen un golpe de saqueo sino llegan pronto tropas en su auxilio. ¡Y no pasa