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Castilla la Vieja entre el Imperio Romano y el Reino Visigodo: lección inaugural del curso 1970-71 de la Universidad de Valladolid / Pedro de Palol

Palol, Pedro de

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Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7 I. LA PRESENCIA DE RoMA EN CAsTILLA EN EL BAJO IMPERIO . . . . . . . . . 13 El Ejército romano: Fuentes literarias y Arqueología . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13 El fenómeno histórico a través de las fuentes literarias . . . . . . . . . . . . . . . 22 A) El mundo romano ................................................ 22 B) El mundo germánico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27 II. EL HECHO DEMOGRÁFico: AsENTAMIENTos VISIGoDos EN CAsTILLA Y SUS ÁREAS GEOGRÁFICAS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 31 III. LA ARQUEOLOGÍA ROMANA DE CASTILLA DESDE EL BAJO IMPERIO AL SIGLO VI ..... ..... .... .. . .. ... . .. . .. . .. . . . . . . . . . .... ... ... ... . . ... . ... ..... ... . . 35 IV. CoNCLUSIONES .............................. ···································· 47 Bibliografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49 Magnífico y Excelentísimo Señor Rector, Excelentísimos e Ilustrísimos Señores, Queridos compañeros y alumnos, Señoras y Señores: En el juego renovador de la historiografía actual, nada ejerce mayor poder de atracción que las que se vienen llamando «épocas de crisis» o las «épocas inciertas» de la evolución de la Humanidad. La metodología histórica moderna ha tenido que revisar sus procedimientos de trabajo y prestar su atención a un tipo de historia más diaria, más menuda, más llanamente humana donde las sociedades, los hombres y los pueblos están más presentes, más tangiblemente presentes que en la tradicional y vieja historiografía clásica. Hoy conocemos todas las batallas y todos los pactos, hoy nos preocupamos de los motivos subterráneos -demográficos, económicos, socialesque los hicieron realidad, lo cual nos pone ante los ojos no sólo la presencia de una aristocracia -para llamarla de alguna maneraque en la vieja historiografía tuvo, al parecer, el monopolio de promover el devenir y de encauzar este devenir histórico, sino también de todo un pueblo, un demos a la griega, para el cual y pensando en el cual se produjo la secuencia de hechos y efemérides cuya trama constituye nuestra Historia. Hay un proceso de socialización de la Historia, como pudo escribir en su día Childe, politizando esta corriente con un más amplio conocimiento del demos, de la demografía de las clases sociales vistas en su auténtica realidad vital y no como un simple sujeto jurídico. Esta metodología histórica es, muchas veces, el único refugio y la única realidad explotable que tenemos los historiadores al tratar de conocer algunas de las más densas e impenetrables «etapas in- -7- ciertas»; por otra parte siempre, o casi siempre, mucho más trascendentes en relación al devenir posterior, amplio y fecundo, que la propia realidad de este resultado. Me he permitido todas estas digresiones pensando en el tema que me he propuesto desarrollar en esta sesión de inauguración de curso de nuestra Universidad. Nada hay tan apasionante para el investigador del mundo antiguo y del mundo medieval como el paso -y no salto, como se ha pretendidoentre ambas realidades. La transformación del primero en el segundo, las modificaciones que en esta etapa medieval van a realizarse utilizando el trampolín del mundo antiguo, y lo mucho -y lo pocoque de este mundo antiguo se conserva, se salva o desaparece. Quizás la dificultad de una tal visión podríamos cifrarla en algunos hechos claros. Con sólo comparar la exigüidad de los párrafos que se dedican a esta etapa de la romanización en obra tan importante como fue -y sigue siendoel volumen de Historia de Roma de la Historia General de España dirigida por Menéndez y Pidal, con la casi excesiva producción de nuestra más joven historiografía sobre lo que se ha llamado «la crisis del final del mundo antiguo», aparecen a nuestros ojos las mil y una dificultades de esta etapa y el justificado atractivo que este momento tiene para el historiador. Ahora bien, quizá la dificultad mayor estribe, precisamente, en esta cualidad de crisis, de inestabilidad política, y por tanto de parquedad literaria, de fuentes, que viven estos siglos. Es totalmente imposible, con los textos que nos han llegado, intentar trazar un cañamazo congruente y claro, seguido y fácil de recorrer para explicarnos cómo un mundo romano desaparece y otro medieval surge. Hay que recurrir a fuentes de muy diversa categoría y muy poco utilizadas en la historiografía tradicional. Me refiero, en particular, a los estudios numismáticos y a las fuentes arqueológicas, no a las fuentes epigráficas, que han sido siempre cantera de primer orden para cualquier estructuración histórica o jurídica del mundo antiguo a la manera de Mommsen. Es en este aspecto, donde el arqueólogo de campo tiene un auténtico papel de historiador y me -8- debéis permitir que, como tal, intente daros mi visión personal y arqueológica de todo un devenir histórico en nuestra región que podríamos cifrar, desde un punto de vista cronológico, desde la caída del Imperio romano, hasta la afirmación del Reino visigodo; de aquí mi título: Castilla la Vieja entre el Imperio romano y el Reino visigodo. El atractivo primordial del tema estriba en poder reflexionar sobre un momento que preside la desaparición de Roma, por una parte; y, por otra, el montaje de una nueva estructura política, la creación de un nuevo Estado, el visigodo. Pero no pretendo explicaros hechos tan complejos y tan debatidos a una escala de alta política, con discusiones de tipo jurídico; sino fijarme, en particular, en las realidades diarias, del poblamiento, de los restos materiales que conocemos en forma muy directa, muy tangible, para intentar a través de ellos remontar a una historia un poco más general, más amplia. Tampoco pretendo a través del análisis de una región que tiene un real contenido geográfico humano, por lo menos desde la neolitización hasta la actualidad, elevarme a conclusiones válidas y absolutas para toda la vieja Hispania; pero es evidente que ciertos fenómenos con claro valor local pueden contribuir a una síntesis amplia y general. Es evidente que la historia no da saltos, como dicen los clásicos de la naturaleza. Los etnólogos y prehistoriadores lo saben muy bien. Ellos han acuñado el término de pueblos residuales, como persistencia de formas sociales que van languideciendo hasta desaparecer frente a construcciones más potentes, nuevas, innovadoras, que presiden eficazmente la dinámica de la Historia. Nada más claro en este sentido que el paso del mundo cazador y recolector, que no es capaz de producir riqueza sino tan sólo aprovechar lo que la naturaleza le ofrece, al mundo nuevo agricultor, creador de riqueza y de cultura, de reservas naturales económicas que le llevan, en una dinámica cada vez más creciente, a estructuras económicas y sociales como las actuales. Al historiador con fuentes arqueológicas se le hace muy difícil pensar en desertizaciones, tanto si son puramente geográficas, como sociales o ideológicas. -9- ¿Cómo desaparece nuestra sociedad y nuestra estructura romana, tan firme y potente durante cinco siglos, frente a la nueva realidad del reino político de los visigodos? Llega un momento en la historia escrita de la que disponemos en el cual Roma se esfuma. Insensiblemente ha dejado de existir. Oficialmente ha dejado de existir. Nada escrito, jurídico, literario, nos la recuerda como una entidad viva, aunque estuviera decadente. ¿Pero cómo y cuándo esta romanidad desaparece? ¿Qué han construido los godos que pueda sustituirla? Se trata de dos formas históricas y sociales que conviven como pudieron hacerlo los cazadores cuaternarios nietos del hombre de Altamira con nuestros primeros agricultores y ganaderos. Si bien debemos salvar las diferencias culturales entre esos últimos, a favor del pueblo renovador, mientras que en el caso de Roma y los visigodos la balanza cae todavía del lado de Roma. El análisis de los siglo IV, v y parte del VI que nos proponemos hacer, tiene que proyectar, por tanto, en una región geográfica concreta, Castilla la Vieja, en el valle medio del Duero, dos realidades de tipo hispánico entroncadas con un fenómeno auténticamente ecuménico -entendiendo un «oikumenos» clásicoque puede plantearse en estas dos facetas ya enunciadas. Por una parte, Roma, como gran realidad política y económica, va desapareciendo y los primeros síntomas de esta desaparición están en la debilitación del poder central ya desde el siglo III y, por consiguiente, en la disgregación territorial. Pero todo ello no significa que tengamos que borrar la romanidad en los territorios del Imperio. Roma desaparece. Lo romano, en un complejo amplio que comprende desde las gentes, las formas de vida, la cultura y todo lo que ella signifique, se convierte en grupos que podríamos llamar residuales que vivirán, más o menos, según las circunstancias políticas y económicas de cada una de las regiones que ocupan. Este languidecer de lo romano se nos hace muy evidente a través de la Arqueología y nos sorprende pensar que se produce precisamente en un momento en que Roma había podido superar -económicamentelas grandes crisis del siglo III. Pero no adelantemos conclusiones. Por otra parte, y simultáneamente, está apareciendo en la vieja -10- el triunfo de Honorio sobre Atalo, en 416. De toda maneras, el carácter de tropas privadas, pertenecientes a los potentiores hispanoromanos, también ha sido defendido para estos ejércitos de los familiares de Teodosio, y que juegan papel importante -sabemosen las luchas entre emperadores y pretendientes a la púrpura. El segundo grupo de tropas citado en la Notitia Occ. XLII 24/32, nos cita (ítem praepositurae magistri militum praesentalis a parte peditum) noticias concretas de la Legio VII y de sus cohortes, dándonos sus asentamientos y, en dos casos, su situación anterior. Según la Notitia, pues, hay tropas establecidas en León; en Paetaonio, quizá Rosinos de Vidriales en Zamora; ad cohorte gallicam, de localización desconocida; Iuliobriga, en Retortillo, Santander, cuerpo anteriormente en Brigantiae, cerca de Astorga, y Veleia (Iruña, Alava). Tanto el cargo de mando, como su localización correcta ha permitido afirmar se trata de limitanei, opinión defendida ya por Grosse, por Vigil y Barbero, García Bellido, pero discutida esta calidad de limitanei por Balil. Con estos pocos puntos de localización de tropas, en lugares estratégicos de los pasos de la cordillera cántabro-astur y en tierra de vascones, se ha pensado en la presencia de un limes hispanus, como dice Bellido y motivo de larga digresión por Vigil y Barbero, frente a los bárbaros y primitivos vascones y astures tal y como se nos presentan en las tintas de la epístola de Paulina de Nola a su maestro Ausonio, texto que juzgamos excesivamente tomado a la letra. En realidad, no hay posibilidad de definir claramente un «limes» con tan pocos asentamientos y -entre ellosde no fácil comunicación. Se trata, evidentemente, de prevenir todo peligro de los indígenas de más allá de las cordilleras del norte, pero dejando incomprensiblemente en un auténtico limes, brechas tan importantes como las del propio Pisuerga, anterior lugar de asentamiento de la IV Macedónica. Si bien sabemos -por la Arqueologíade la presencia de otro tipo de tropas en esta región, como ha demostrado últimamente la excavación de Guinea en Monte Cildá, o atestiguan los hallazgos superficiales del alto de Amaya en Burgos, ocupado como punto de defensa de la misma línea en el Bajo Imperio. La -17- presencia de grandes latifundia en esta concreta región palentina, como la villa que estamos excavando en Pedrosa de la Vega, junto a Saldaña, y el esplendor fastuoso de sus elementos, que debemos fechar muy entrado el siglo v, sino más tarde, debe responder solamente a dos realidades históricas: o bien que hay que dar menos crédito a la agresividad y fiereza de los cántabros -como hacen suponer textos del tipo de la carta de Paulino de Nolao bien que la presencia de ejércitos privados suplía muy ampliamente las fallas imperiales. Pero volveremos sobre estos ejércitos privados que constituyen, a nuestro modo de ver, uno de los más importantes ingredientes de la vida de los potentiores de los latifundia bajo imperiales de la zona. En 1958, a raíz de la excavación de la necrópolis de San Miguel del Arroyo, en Valladolid, planteamos la posibilidad de la existencia de un limes militar a lo largo de la línea fluvial del Duero, desde la provincia de Soria hasta su desembocadura, y con hallazgos de Soria a Salamanca. Nada hay en las fuentes escritas o epigráficas que nos apoyaran en aquella hipótesis, ni tampoco posibilidad de definirse en cuanto al carácter de estas tropas, o mejor colonos-soldados. Raramente existen villae cerca de las necrópolis conocidas para pensar en que fueran tropas privadas, aunque verdaderamente tampoco es preciso su asentamiento junto a la residencia del dominus romano. Además, la uniformidad de armamento y de utillaje funerario que aparece a lo largo de estas necrópolis, tan ampliamente extendidas, define gentes iguales en todas ellas con participación de una fuerte dosis de germanos incorporados a las tropas romanas, como demuestran algunos elementos de uso personal, particularmente los broches de cinturón y los acetres que tienen estrechísimos parecidos con ajuares laetes y germanos de las guarniciones del Bajo Imperio, a lo largo de todo el limes danubiano y particularmente occidental renano franco-belga. A estas piezas hemos dedicado últimamente un largo estudio en el último volumen de nuestro Boletín. Nuestra hipótesis de trabajo ha sido aceptada por los historiadores de la romanidad española, desde García y Bellido, Blázquez, Balil, etc. Este último autor insiste últimamente en ello, intentando pensar que pudieron -18- existir realmente laetes en Hispania asentados al igual que en las Galias o que los sarmati en Italia, y quizá la laguna que existe en la propia Notitia (Not. Occ. XLII, 44) pudiera haber hecho referencia a ellos. La Arqueología de lo estudiado por nosotros podría evidentemente apoyar esta suposición. Otra hipótesis avanza Balil en relación al carácter de estas tropas, pensando que quizá podría tratarse de burgarii independizados del servicio a potentes, seniores o domini por una constitución imperial recogida en el Códice de Teodosio (VII, 14, 1 del año 398). Es evidente que siempre, al lado de una necrópolis estudiada, existe un pequeño castro fortificado, y no únicamente en los lugares que cita Balil (Suellacabras y Taniñe, en Soria; y Las Merchanas en Salamanca), sino también en Nuez de Abajo y Hornillos del Camino en Burgos, en San Miguel del Arroyo y en Simancas en Valladolid, etc. Pero si puede tratarse de grupos de burgarii, originariamente mantienen entre ellos una evidente relación de orígenes y de armamento que hace pensar en una idea unitaria y más elevada de defensa militar general para ~ta parte norte de Hispania; máxime si tenemos en cuenta la posición de las necrópolis y de sus castros en puntos claves en las grandes vías romanas y en los ríos. Así, Suellacabras, Soria, queda a 8 km. de la vía de Astúrica a Caesaraugusta después de Numancia. Taniñe tiene la necrópolis en una hondonada donde pasa el viejo camino a Calahorra, y donde Taracena identifica el único tramo de la vía Numantia a Calagurris. Un nuevo hallazgo, inédito, en el Museo de Soria, procede de Aldea de San Esteban, junto a San Esteban de Gormaz, en pleno valle del Duero y no lejos del punto de cruce de la vía de Termancia a Uxama. Esta necrópolis de Aldea de San Esteban viene a constituir el nexo que nos faltaba entre las dos sorianas y el grupo de San Miguel del Arroyo, Simancas, en Valladolid, mientras los hallazgos burgaleses de Nuez de Abajo y Hornillos del Camino constituyen defensas en los valles del Arlanzón en la vía de Clunia a Cantabria, no lejos de Deobrigula (Lodoso) y tampoco lejos de la vieja Segisamón. Y un poco más abajo, junto al Hornazuela, hacia Pallantia y Septimanca, Hornillos del Camino. Gentes parecidas, aunque sus hallazgos no proceden de necrópolis y más bien de lugares estratégicos, tenemos -19- en Yecla de Silos, cuya situación en una vía romana es muy problemática, pero que constituye, desde tiempos celtibéricos, un enclave geopolítico claro. En los famosos «callejones» del peñasco, aparece una superposición de materiales que van de lo celtibérico a lo visigodo con un estrato intermedio, muy denso, de útiles de hierro para trabajos de carpintería y de campo, bronces, etc., de este momento del siglo IV avanzado, dentro de las mismas tipologías de nuestras necrópolis. Idéntica posición estratégica podríamos postular para tres conjuntos a lo largo de la vía romana de Cauca a Septimanca. Nos referimos a las necrópolis de Roda de Eresma, Segovia; San Miguel del Arroyo, Valladolid, junto al camino romano y la propia necrópolis de Simancas en el mismo Duero-Pisuerga. Por su parte, Las Merchanas, en Salamanca, defienden, junto al río, viejas explotaciones mineras como elemento residual de la rica economía imperial del noroeste peninsular. En nuestro trabajo de demografía y cartografía hispánicas de los siglos IV al VIII procuramos valorar estos hallazgos. El carácter de los ajuares de las necrópolis es muy importante. Aparecen las armas, pero con predominio del arma corta, particularmente el cuchillo puñal que hemos dado en llamar tipo Simancas y que se distribuye desde Aldea de San Esteban hasta Las Merchanas, con ejemplares muy bellos en Simancas y San Miguel del Arroyo. Junto a este puñal, cuya tipología hispánica hemos defendido en otra parte, hay puntas de lanzas o regatones de jabalina y hachas, la francisca (?) germánica, siendo el único elemento guerrero, si exceptuamos los broches de cinturón, típicos del utillaje militar. Estos broches -que hemos estudiado y publicado muy recientementeconstituyen uno de los fósiles más importantes para establecer la filiación de estas gentes. De estructura evidentemente romana, tienen ciertas características que les asemejan a utillajes parecidos a las piezas de necrópolis romano germanizadas militares desde la Panonnia y el Illyricum, en una área que sigue las líneas DanubioRin, hasta otros conjuntos, también militares de este momento -finales del siglo IV y principios del ven las guarniciones del Limes -20- africano, Tamuda principalmente. Además, su carácter es muchas veces difícil de definir ante la duda de si se trata de piezas estrictamente romanas o imitaciones de bronces romanos hechas, ya, por toreutas germánicos, laetas, por ejemplo, agrupados en estos ejércitos del Bajo Imperio. Lo mismo podríamos sugerir para otro tipo de hallazgos, como los acetres y ollas de bronce -que estamos estudiando-- con algún depósito tan importante como el de Ventosilla de la Vega, en la provincia de Palencia, quizá piezas romanas de importación, idénticas a las halladas en el limes centroeuropeo. Y de allá proceden, también, alguno de los más bellos vidrios de Roda de Eresma y de Hornillos del Camino, con toda seguridad de fábricas de Colonia, en el Rin. Una observación debemos hacer en cuanto al carácter sedentario de estas gentes, y es la falta total de utillaje de caballería. Unicamente conocemos un freno completo, muy destruído, en la necrópolis de San Miguel del Arroyo. Ahora bien, los hallazgos de arneses, y particularmente bocados de silla, no de doma, en los restos de las villae de los grandes domini del Bajo Imperio en Castilla es muy frecuente, lo mismo que el gusto por los caballos, corriente en la época para todo el Imperio y que lleva a las representaciones de caballos en los mejores mosaicos del momento, como aparecen en la villa romana de Dueñas, Palencia, de tiempos tardoconstantinianos, o en la villa también tardía de Aguilafuente, en Segovia, o en Torre de Palma, en Portugal, para citar sólo algunos ejemplos de nuestra área geográfica. Pero el problema de la existencia de una abundante caballería en los ejércitos de este momento no está claro, pues no hay más datos que los hallazgos de bocados y frenos de bronce en una área normal del mundo latifundista, sin que podamos afirmar el carácter estrictamente militar de estos objetos. Pero muchas veces coinciden con la aparición de las llamadas phalerae, condecoraciones militares que hallamos un poco en toda el área citada. Es evidente, pues, que la totalidad del país está militarizado, tanto si se trata de tropas oficiales estatales como si son los famosos ejércitos privados de los potentiores. Es interesante comparar el utillaje militar de los romanos del Bajo Imperio con el de la caballería visigoda. -21- Mientras los primeros tienden a proporcionar una gran agilidad de movimientos, con frenos ligeros, los bocados que conocemos del mundo visigodo, muy bellamente decorados algunos, con damasquinados, constituyen un freno durísimo, como si se tratase de frenos de doma, que contienen la energía normal del caballo. Estas diferencias nos sugieren infinidad de reflexiones en relación a un muy reciente trabajo de Sánchez Albornoz, dedicado al ejército godo, en el que habla de la desaparición de la caballería goda, que la Arqueología nos presenta muy pesada, tremenda desventaja frente a la agilidad de la árabe heredera, en este sentido, de las técnicas romanas del Bajo Imperio. Pero no podemos seguir con este tema. EL FENÓMENO HISTÓRICO A TRAVÉS DE LAS FUENTES LITERARIAS. A) EL MUNDO ROMANO.-Es evidente que este estado de cosas, la presencia de tropas y sus constantes movimientos debió afectar el normal desarrollo de las poblaciones romanas en esta parte Norte de Hispania, pero las fuentes que hacen referencia a los ejércitos, por lo que hemos visto, son escasas y muy poco explícitas. Nos gustaría conocer qué hicieron en esta región los dieciséis cuerpos de camitatenses distribuidos, como dije, en cinco legiones y once auxilia palatina. ¿Qué influencia pudieron tener en el desarrollo normal del mundo romano hispánico? ¿Permanecieron siempre en nuestra área geográfica? Ya veremos el juego que pudieron dar en las luchas entre los diferentes pretendientes a la púrpura y la parte de culpa que les atribuyen historiadores del tipo de Osorio, en relación a la entrada de los germanos en Hispania en el año 409. Si es difícil seguirles a través de los textos escritos, no lo es menos intentar paralelizar su presencia en la Hispania de los siglos IV y v con los restos arqueológicos de este momento. Los datos literarios que pudieran ilustrarnos sobre esta etapa, visto el aspecto estrictamente militar, son escasísimos y, geográficamente, del todo inconcretos, excepto rarísimas excepciones. En realidad, esta larga etapa final romana debe arrancar de las -22- incursiones francoalamanas de tiempo de Galieno, a consecuencia de la anarquía militar del Imperio. Poco sería lo que de ellas sabríamos sólo a través de los textos de Aurelio Víctor, Eutropio, Orosio y Nazario si la Arqueología no hubiera ayudado mediante el análisis de los depósitos monetales, de la actividad edílica militar de ciertas ciudades y del estudio pormenorizado de las villas. Pero, a pesar de todo, podemos decir que vislumbramos el fenómeno, conocemos bastante bien sus áreas geográficas pero su alcance y -sobre todosus consecuencias, muchas veces se nos escapan. A partir de este momento, Hispania vive de lleno dentro de las efemérides normales del Imperio. Participa de las luchas que deberán llevar a Constantino al poder unificando, de nuevo, la política de Roma. Las noticias que de ello tenemos son de una tal vaguedad, que se hace del todo imposible concretar en relación a la vida diaria, normal y clara de nuestra Historia interna. Así, a través de la circulación monetaria se ha intentado documentar el dominio de Póstumo, coetáneo y antiemperador (en expresión de Grosse), de Galieno. Monedas e inscripciones documentan el gobierno de Claudio II (268-270) también en Hispania. Según Zósimo, Marco Annio Floriano, hermano del emperador Tácito, ostentó la dignidad imperial, por algún tiempo, en el Occidente, entre los galos y los iberos. Durante el reinado de Probo (276-282) se sublevan hacia el 281 en las Galia, Bretaña e Hispania, Próculo y Bonoso. En la lucha de Constantino para hacerse con el poder, posiblemente Majencio pudo mantener su autoridad en Hispania hasta 31 O, a juzgar por los datos numismáticos. Desde este momento hasta la fecha de la última redacción de la Notitia Dignitatum, y la carta de Honorio a los Honoriaci de Pompaelo, es decir, hasta principios del siglo v, no hay noticias específicas sobre Hispania. Sabemos que Constante II, hijo de Constantino, enfrentado con el general elevado a la púrpura en las Galias, Magnus Magnencio, muere en Elna cuando se dirigía a Hispania. Incluso se ha supuesto que a este emperador debe corresponder el mausoleo de Centcelles, Tarragona, por una carta en la que Atanasio reprocha a su hermano, Constando -el cual, una vez vencido Magnencio levantó una tumba a Constante IIel hecho de haber -2.3- dado al armenio Arsaces, como esposa, a la viuda de Constante, Olimpia. Pero el dato carece de interés histórico ahora para nosotros. No volvemos a poseer efemérides escritas que puedan ilustrarnos sobre el estado social de nuestra Hispania del norte, hasta los hechos del priscilianismo cuando el Occidente, las Galias e Hispania están dominadas por el usurpador Magno Máximo (383-388) que desposeyó al joven Valentianiano II de su reino. La muerte de Prisciliano en el año 385 pudo desencadenar una persecución de los priscilianistas, que parece ser evitó San Martín de Tours. En cierta manera, por tanto, tenemos todo un siglo rv tranquilo, que pudo permitir una recuperación de la vida y de la economía hispanas, lo cual se nos hace patente en cuantos trabajos de excavación vamos realizando a lo largo de toda nuestra zona, recuperación que llevó a un nivel alto de vida y de cultura que no creemos fuera modificado durante el siglo v, a pesar de las incursiones bárbaras y de las luchas dinásticas y del respeto y miedo a los cántabros y astures, como puede hacernos conjeturar la presencia de ejércitos que hemos visto antes. Magno Máximo fue fácilmente vencido por Teodosio en 394 en el norte de Italia. La era teodosiana, quizá por el mismo hecho de ser hispano el emperador y de poseer extensas posesiones en la Península (según testimonios del Panegírico de Paca tus -IXy de Theodoreto, Hist. Eccl. V, 5, 1 ), debió ser próspera y el emperador tuvo empeño en que la provincia se defendiera, teniendo al frente de la misma a sus mismos familiares, cuatro de los cuales conocemos -Didimo, Vereniano, Teodosiolo y Ladoglio-. Los dos primeros defensores, en tiempos de Honorio, del paso por el Pirineo de las tropas de Constante, hijo del usurpador Constantino III que, elevado a la púrpura por las legiones de Britania, y siguiendo el mismo camino que otro hispano ya citado, Magno Máximo, quería apoderarse de Hispania. En la segunda intentona, Constante los vence y, rendidos, -según las fuentes griegas, particularmente Zosomenos (V, 2}---los ejecuta. En este momento tenemos la noticia, a través de estas fuentes y de Orosio, del saqueo de los campos palentinos efectuada por los ho- -24- noriaci, al mando de Constante; esta devastación -estamos en otoño del año 409es esgrimida por Orosio para acusar a Constantino III y a Constante de ser los culpables de la primera incursión de los bárbaros en España. Muy probablemente, de todas formas, el general Geroncio, desde el valle del Ebro, defendía la Tarraconense de las incursiones de los vándalos. Todas las efemérides posteriores, complejas, de luchas de la corte de Arles contra Geroncio y el usurpador nombrado por él, el último y efímero «emperador» hispano, Máximo, se desarrollan en el mediodía de Francia y en la parte oriental de la Tarraconense, sin implicar para nada nuestra área geográfica, a no ser un hecho del mayor interés. Me refiero a las noticias de un asentamiento de germanos en la Península, y su «reparto» de terrenos y áreas de influencia, como tradicionalmente se cita para toda Hispania, excepto la Tarraconense, en el año 411 en los textos de Hidacio, Chron. XLIX; Isidoro. Hist. Wand, 296; Orosio VII, 40, 9; o en 412 (Chron. Gall. ad. an. DXI, 557). Pero el carácter de estos repartos es muy distinto a lo pactado más adelante -pocos años después, en 418entre Valía y Constancia, que estableció el sistema de sortes góticas y tertias romanas. Courtois ha hablado de este hecho, poco trascendente para Hispania, por el rápido paso de los vándalos al Africa romana, y -para nosotrosmenos todavía, ya que el asentamiento de estos pueblos debería verificarse en las ,provincias del sur, quedando la Tarraconense libre de germanos. Por otra parte, el establecimiento del pueblo suevo tuvo como centro la ciudad de Braga. Continuando esta rápida descripción de acontecimientos en la última etapa de nuestra Hispania oficialmente romana, debemos llegar, decididamente, al momento de los disturbios y de la inestabilidad social causada por las revueltas de los bagaudas, particularmente en la segunda mitad de este siglo v. El fenómeno ha sido por demás estudiado y no pretendemos, ahora, añadir nada nuevo aquí. Su foco más importante debió ser el valle medio y alto del Ebro, si bien en 456 Hidacio cita su movimiento hasta Braga. La insurrección debió tener caracteres graves para los grandes latifundistas romanos de toda esta región, cuando el emperador Valentiniano III envió -25- a su general Asturio, en 411, a la Tarraconense para luchar contra ellos ( Asturius dux utriusque militiae ad Hispanias missus T arracinesium caedit multitudinem Bacaudarum} Hydat. 125). Es muy interesante que en la villa que estudiamos en Pedrosa de la Vega y que estamos citando continuamente ya, aparezca un freno de caballo que lleva el nombre del propietario del mismo y que coincide exactamente con Asturius. La posición geográfica de esta villa, y la calidad extraordinaria de sus mosaicos y demás elementos arqueológicos evidentemente muy tardíos, van a ser documento histórico de primer orden en cuanto a señalar la trascendencia de esta revolución bagauda en relación a la pervivencia o desaparición de estas grandes propiedades romanas. Pero hablamos de ello más adelante. No es preciso entrar en más detalles sobre este fenómeno, aunque señalemos otras noticias conocidas, como la sustitución de Asturius por su propio yerno, el general Merobaudes que derrota a los revoltosos en Aracelli, cerca de Pamplona ( 443 ); la nueva reagrupación de los bagaudas bajo el mando de Basilio, y sus correrías por el valle del Ebro, en 449; la llamada al visigodo Teodorico para que, federado de Roma, luche en Hispania contra los bagaudas, en 454, y la presencia del mismo movimiento en áreas tan alejadas de las originales del Ebro, Braga, en 456, todo a través de los textos de Hidacio. Vigil y Barbero han estudiado esta insurrección con bastante detalle. A nosotros nos interesaría conocer con más precisión el área geográfica de sus correrías, pero tenemos la sospecha que el desorden no se introdujo en la región actual del occidente de Burgos, PalenciaValladolid, León y que quedó marginado al Este en una zona posteriormente ocupada por los asentamientos visigodos. El hecho -de confirmarsetendría gran interés en relación a la posibilidad de dar cronologías más tardías a los hallazgos últimos romanos de esta zona, como muchas veces aconseja el «estilo» y los objetos, pero que nos cuesta trabajo atrevernos a ello ante la negra literatura que los textos hispanos dedican a esta revolución. Por ello dije, antes, que hay que ser prudentes al seguir con excesiva fidelidad a historiadores del tipo de Hidacio. Según los textos, la romanidad debería periclitar, definitiva- -26- cultivado en el más rígido y extenso sistema latifundista donde, por su misma escasez de población y extensión, es más fácil aplicar las divisiones de sortes y tertias de los pactos. Es evidente que la creación del reino visigodo no fue obra de estas gentes y que hay visigodos en todos los campos de la administración y del ejército en el ámbito total de Hispania, en particular en los núcleos no rurales. Un mapa de hallazgos sueltos de útiles típicamente visigodos que hemos trazado en otra parte, es muy denso para el siglo VII y en todo el territorio peninsular. ¿Qué influencia ha podido tener esta población, ahora asentada, sobre la existente? ¿Ha sido posible la convivencia, después de los repartos, entre los visigodos y los viejos possessores hispanorromanos de los latifundia? En otra parte he planteado el problema en forma total para una recta inteligencia de la realidad demográfica del reino hispánico de los godos, dentro de mi postura claramente romanista del fenómeno. No me interesa ahora aquí volver sobre ello, pero sí pensar en que las cifras que se han citado en relación a la demografía romana y visigoda de este momento, son del todo imprecisas. Frente a una población romana -para toda Hispaniacalculada entre los seis y nueve millones de almas en el momento de los asentamientos, las cifras de población visigoda han variado mucho. Desde los 300.000 godos esgrimidos por Pérez Pujol, a los 200.000 que defienden Menéndez y Pidal y Valdeavellano, junto con 100.000 suevos, hasta las reducidas de Reinhart, de 80 ó 90.000 como máximo, la ambigüedad es total, como lo es pensar, a pesar de los textos de Víctor de Vita aducidos por Courtois, en la cifra de 80.000 almas para el pueblo vándalo que pasó a Africa en el año 429. La verdad es que las necrópolis auténticamente visigodas, del momento de los asentamientos, son escasísimas. Apenas es posible citar ajuares de finales del siglo v, siendo todos o la mayoría de ellos del VI y -de nuevoescasean en el siglo VII y VIII, cuando se ha realizado de manera total la fusión demográfica existente desde siempre, pero definitivamente propugnada en tiempos de Leovigildo, como veremos. Con tales restos es del todo imposible llegar a cifras tan elevadas como las citadas, pero tampoco podemos negar la fra- -33- gilidad del dato arqueológico, ya que las necrópolis excavadas es posible sean sólo una parte de las existencia o destruídas. De las condiciones de vida de estos visigodos y de sus relaciones con los romanos sobre cuyas posesiones se asentaron, dependen, en definitiva la transformación rural del mundo romano en visigodo. La convivencia debió ser por lo general correcta ya que, como observa Torres, la agricultura no decayó durante el reino visigodo, sino más bien al contrario recibió un poderoso impulso, como puede presumirse a través de los textos del Liber. Todo ello habría sido resultado de la forma del asentamiento, para cuyo estudio sólo disponemos de las fuentes jurídicas, ampliamente discutidas por nuestros historiadores del derecho, entre los últimos, Torres y García Gallo, sobre todo. Pero no pretendemos terciar en el tema, que tratamos con más extensión en otra parte. En realidad, el hecho de la convivencia llevó a la fusión. Los obstáculos religiosos y jurídicos fueron poco a poco superados. La adopción de usos y costumbres romanas por los godos, como podemos ver a través de textos de Procopio y Sidonio Apolinario, por ejemplo, lo demuestran. A la ingente bibliografía que sobre ello hay, destaquemos la que le dedica García Gallo, las aportaciones de análisis de textos de Alvaro d'Ors o los agudos ensayos de Caro Baraja. Este sería, bajo el prisma de la historiografía del pueblo visigodo, el proceso de transformación de las poblaciones hispanorromanas y godas en hispanovisigodas, es decir, lo que podríamos llamar la desromanización de Castilla. ¿La realidad arqueológica puede concretar más estos datos jurídico literarios? Aunque Roma haya dejado de existir, ¿hasta cuándo y con qué fuerza persiste la romanidad? -34- III LA ARQUEOLOGIA ROMANA DE CASTILLA DESDE EL BAJO IMPERIO AL SIGLO VI Las condiciones de vida que podemos vislumbrar a través de los textos literarios y jurídicos nos podrían hacer pensar en la persistencia de las formas de vida romanas, especialmente en el ámbito rural, culto, de los grandes latifundistas del Bajo Imperio, incluso después de los asentamientos de finales del siglo v y del siglo VI. Hasta qué punto el análisis de las estructuras arqueológicas autoriza esta hipótesis es tarea que me interesa de forma decisiva y creo tiene un gran futuro, rico de resultados nuevos y sorprendentes para la historiografía de estos dos críticos siglos v y VI. Dentro del mejor conocimiento que tenemos, ahora, del último final del mundo romano, en particular en Oriente y en el Africa centro-occidental, desde un punto de vista arqueológico, el análisis de las formas hispánicas puede ser tarea grata y agradecida. l. La investigación arqueológica demuestra con claridad la decadencia urbana de nuestra Hispania después de las incursiones de los francoalamanos y el desarrollo del campo como contrapeso a este fenómeno social. Contribuye a ello la inseguridad en las ciudades atacadas y destruidas en parte importante por los francoalamanos que acabamos de citar; la imposibilidad de defenderlas por la escasez de tropas que, además, tienen otros problemas que atender, como hemos apuntado. Las dificultades que presentan los impuestos obligan a los possessores a retirarse a sus fincas rústicas donde su poder es cada vez mayor, al reunirse a ellos abundantes colonos y mantener ejércitos privados, construir una autonomía económica -35- para subvenir a sus propias necesidades con su misma producción, dentro de una fórmula de economía de base rural cerrada a que obliga la inestabilidad de las comunicaciones. La posibilidad de esta transformación del campo viene dada por la calidad de estos mismos possessores, muchos de ellos de familia imperialel caso de los Teodosio en nuestra región que hemos citado--, hecho también que explicará el carácter culto, casi áulico, que tienen sus residencias y el poder económico y social que desde ellas se difunde. Pocas son las ciudades, en este fenómeno de ruralización de Hispania, que van a mantener, en nuestra zona, el tono de vida que tuvieron en pleno Imperio. Naturalmente, la decadencia no fue tan acentuada en las capitales de las provincias ni en las ricas y más seguras ciudades del Levante de la Tarraconense, de la Bética y de la Lusitania. En las cartas cruzadas entre Ausonio y San Paulino de N ola, Caesaraugusta, T arraco y Barcino, por ejemplo, se citan como centros que no habían sufrido cambios de su estado anterior. No así las pequeñas poblaciones del valle del Ebro, Bilbilis, Calagurris e !lerda (Aus. Ep. XXIX, 50-52, 56-61; Aus. Ep. XXXI, Paulini Ep. X) desiertas y en ruinas, según estos textos. Prescindiendo del tono retórico de la noticia, la realidad es que después de las incursiones francoalamanas algunas de las ciudades· clave en la distribución urbana y militar de Hispania fueron rápidamente fortificadas y algunas de ellas, gracias a estas nuevas defensas, pudieron convertirse en la Edad Media en auténticos centros político-militares del renacer cristiano. Dos ejemplos claros los tenemos en Barcelona y León. De Oriente a Occidente conocemos arqueológicamente las defensas del siglo rv de Gerunda, Barcino, !lerda, Caesaraugusta, Pompaelo, Cantabria (Logroño ), Iruña, quizá Veleia romana; Asturica Augusta,. Leo,. Lucus, y, en Lusitania, Coria y Cáceres. La red de fortificación que ello significaba demuestra, también, un cierto abandono de los otros centros urbanos conocidos. Por cuanto afecta a Castilla la Vieja, debemos tener en cuenta, de todas maneras, ql}e no fueron muy importantes las agrupaciones urbanas, y no sabemos hasta qué punto pueden llamarse «ciudades», en el sentido social clásico, los lugares citados por Ptolomeo o por -36- los Itinerarios, en particular el antoniniano. De los veintisiete centros que aparecen en estos textos, muy pocos tienen una auténtica entidad ciudadana en el Bajo Imperio, lo que demuestra -junto a la total ausencia de restos arqueológicosla precariedad del contenido real que los lugares aducidos por los escritores clásicos debieron tener en la realidad. Ptolomeo cita, en tierra de vacceos -nuestra zonalas ciudades de Bargiacis, Intercatia, Viminatium, Porta Augusta, Antraca, Lacobriga, Avia, Sepontia Paramica, Gella, Arbocella, Rauda, Segisama Julia, Pallantia, Eldana, Congium, Cauca, Octodorum, Pintia, Sentice, Sarabris. Y el Itinerario de Antonino añade, Septimanca, Nivaria, Vico Aquario, Amallobriga y Acontia. ¿Qué restos tenemos en la Arqueología de estos lugares? Quizá, excepto Cauca y Pallantia, las demás no sean otra cosa que puntos fijos de la vía como referencia de itinerario, con población indígena poco numerosa siempre, como es la característica del habitat celtibérico del momento de la romanización. Es muy extraño, de no haber sido así, la extraordinaria escasez y, en muchos casos, la ausencia total de restos arqueológicos en los diversos lugares donde estas ciudades se han situado. En realidad, el estudio urbano de esta etapa de nuestra romanización, hay que hacerlo casi exclusivamente con los trabajos de Pallantia y, más al Levante, de Clunia y de Uxama. Clunia, con magníficas posibilidades arqueológicas, y Pallantia y Uxama, además, con citas abundantes y evidencias históricas confirmadas por la Arqueología, como veremos. Para Pallantia, el hecho de haber sido escenario por dos veces de depredaciones nos aseguran su importancia y riqueza que confirman otras noticias, como la existencia de un episcopado paleocristiano atestiguado por primera vez en el año 433, sin que ello signifique que no haya existido con anterioridad. Uxama tiene suficiente fuerza para heredar la capitalidad espiritual de la cabeza del convento jurídico, Clunia. Conocemos sus obispos desde 59'7. En el límite occidental de nuestra región, León y As torga mantienen su rango urbano y se cristianizan muy rápidamente, como podemos atestiguar por fuentes literarias ya en tiempos de San Cipriano, a través de su famosa carta a las comunidades de las ciudades -37- en relación a la apostasía de los obispos Basílides de Astorga-León y Marcial de Mérida durante la persecución de Dedo. La Arqueología viene a confirmar el dato permitiéndonos, además, dar una cierta continuidad a estas comunidades hasta muy avanzado el siglo VI. Así, en Marialba, muy cerca de León, existe un templo paleocristiano originariamente del siglo IV con permanencia de culto, que obliga a la construcción de un baptisterio en el siglo VI. Y es de muy a principios de este siglo IV, de época protoconstantiniana, el bello sarcófago de mármol procedente de un taller de Roma aparecido en San Justo de la Vega. La vida urbana y su evolución, en estos tiempos tardíos, es difícil de conocer y está clara su decadencia frente al auge del mundo rural. Nuestras excavaciones en Pallantia, junto a la plaza de la catedral actual, proporcionaron una rica estratigrafía que va desde la Pallantia vaccea de tiempos de Sertorio, con niveles augusteos superpuestos, hasta los estratos del siglo xv. Entre ellos hay un último momento romano, evidentemente rico y el más claramente urbanizado de la ciudad, que en la brevedad de las zonas removidas proporcionó un fragmento de mosaico, en una mansión junto a la vía norte-sur de la población, seguramente un cardo minar, de la ciudad. A pesar de ello desconocemos la auténtica entidad urbana de Pallantia, posiblemente mucho más importante en los dos siglos de cambio de la Era. Clunia nos ilustra mejor. Excavaciones metódicas permiten seguir la evolución de la ciudad y sus incidencias. La Arqueología demuestra que a finales del siglo III Clunia sufrió una auténtica devastación que cambió totalmente su aspecto urbano. El daño que sufrió Clunia fue grande, pero no puede identificarse como una destrucción y desaparición de la ciudad como tal. La merma de su importancia empieza precisamente en este momento, pero tiene fuerza suficiente para renacer, incluso con cierta brillantez, nunca pareja, de todas maneras, a la prosperidad de los distintos fundí rurales que la rodean. El tesoro hallado por Taracena en la casa número 1, con 34 denarios, nos da la fecha del año 285 para la ocultación, que hemos -38- interpretado siempre coincidente con la depredación urbana. En el lote hay ejemplares de Galieno, Aurelio, Floriano, Probo, Caro, Numeriano, Carino y Magna Urbica. Es probable, pues, que esta destrucción tuviera lugar en tiempos de Carino poco después del 285; por tanto, no corresponde a ninguna de las dos incursiones documentadas de francoalamanos, la del 260-262 de tiempos de Galieno, y la de finales de 275 de tiempo de Aureliano. Diez años después de esta última incursión, bandas de residuos germánicos y de saqueadores pueden dañar muy profundamente una ciudad que, en tiempos de Galba, era la más fuerte de la Tarraconense. Pero, incluso el propio centro urbano, se rehace pronta y ricamente. La misma casa donde Taracena halló este tesoro, modificó sus estructuras en tiempos tardoconstantinianos, construyendo nuevos mosaicos que hemos podido fechar perfectamente en el segundo tercio del siglo IV. También el foro ha sido reforzado y se ha cambiado el pavimento; y, a lo largo de toda la serie de tabernae que vamos ahora excavando, es evidente el estrato, denso y rico, posterior a las incursiones. Tampoco se ha interrumpido la circulación monetaria, como vemos al estudiar las series halladas en la excavación que ininterrumpidamente llegan a las últimas acuñaciones de Arcadio y de Honorio. Hay una gran riqueza de cerámica de la familia de la TSH, del Bajo Imperio, con abundantes moldes, ya, que presuponen ricos alfares. Aunque por el momento -tenemos los materiales en estudiopoco podamos conjeturar sobre la distribución, más allá del área propia de la ciudad, de todos estos productos siguiendo los mercados, por ejemplo, de la cerámica indígena de los alfareros celtibéricos -el de los pájaros y liebres, entre otroscuya difusión comprendió todo el convento jurídico, llegando a lugares tan apartados como la ciudad greco-romana de Emporion, en Gerona. No podemos extendernos sobre este tema, tan grato para nosotros, pero sí hacer algunas reflexiones apoyándonos, siempre, en los hallazgos arqueológicos. En primer lugar, son muy escasos los materiales típicamente de época visigoda y, cuando aparecen, los hallamos fuera del recinto urbano, en una necrópolis reducida, alejada -39- muy pocos kilómetros, pero visible desde el cerro de Clunia. Me refiero a los hallazgos de Hinojar del Rey, al sudeste del castro. Se trata, ya, de materiales dentro de los tipos del siglo VII, tardíos. Por el contrario, no hay broches ni fíbulas típicas del siglo VI, y es más frecuente el material del siglo IV y v, en particular cerámicas y broches. Una segunda reflexión creo que debe hacerse al señalar las fechas casi siempre constantinianas, o dentro del siglo IV, para las cerámicas hispánicas tardías. Casi se ha convertido en una rutina de los excavadores fechar en el siglo IV estas especies y los pocos restos de cerámicas estampadas paleocristianas. Desde luego es correcta la cronología para sus tipos originarios. Pero si reflexionamos que hay que colocar los hallazgos de las necrópolis de los foederati, de nuestra línea defensiva del Duero, en la segunda mitad del siglo IV y primera del siglo v, apoyándonos en las fechas que proporciona el conocimiento de los broches militares en las necrópolis de Germanía y Galias, y recordamos que en estos ajuares es normal y corriente la aparición de piezas excelentes de las cerámicas que estudiamos, hay que llevar estos productos a tiempos más modernos, y hay que llenar con ellos todo un siglo de Arqueología tardorromana en Hispania. Es verdad que no podemos apoyar esta hipótesis con la presencia de hallazgos monetarios, cuyas acuñaciones dejan de existir en el último cuarto del siglo v. Sólo un conocimiento más preciso de estas especies cerámicas y de su cronología, nos permitirá fechar con precisión las ricas villae de este momento y aventurar fechas modernas de acuerdo con los estilos del bello arte de sus mosaicos. Clunia, como agrupación urbana, tiene un renacer importante durante el siglo IV y pervive en el v. No sabemos que existieran comunidades visigodas del siglo VI, mientras que hay objetos del siglo VII -una hornacina en venera, para la ornamentación de un templo de tipo emeritensecuando la ciudad es para nosotros una incógnita. Clunia, lo mismo que el resto de la romanidad, se ha esfumado. Los incendios que hallamos, por ejemplo, en el grupo de tabernae del ángulo NE del foro, y que calcinaron elementos arquitectónicos, son, hasta ahora para nosotros infechables; y tanto -40- pueden atribuirse a los árabes en sus razzias bajo el mando de T arif, en su camino hacia Amaya, como a circunstancias posteriores después de su abandono. El panorama que nos presenta la excavación de esta gran ciudad de 130 hectáreas, fuerte, potente en sus estructuras urbanas en los siglos r y n, nos pone ante los ojos una cierta prosperidad que nunca es comparable a la riqueza, extensión y fuerza económica de las mansiones de los latifundia. 2. El estudio de los fundí o villae del Bajo Imperio, en Hispania requiere, ya, un trabajo metodizado y profundo total. El fenómeno de su auge en estos siglos, como ya hemos apuntado, es patente para amplias zonas del Imperio, como las Galias, Italia, Africa. Cada día se nos hace más evidente su importancia en Hispanía, y particularmente en nuestra Tierra de Campos, con grandes fincas dedicadas al cultivo de gramíneas, mientras las de la Bética explotan la producción de aceite y muchas veces la cría caballar, como en Africa. La literatura que poseemos concuerda perfectamente sobre la calidad de los personajes, tanto en su categoría social como intelectual. Los ejemplos les vienen dados por los mismos emperadores que poseen sus otti, sus fincas de recreo, del tipo de la de Piazza Armetina que, si no fue de un emperador, Maximiano Hercúleo, por su riqueza y calidad es digna de un gran dignatario cortesano. El estudio completo de estas villas y de su ambiente económico y cultural está por hacer. La Arqueología va dándonos a conocer uno tras otro sorprendentes establecimientos lujosos, ricos; y, en su ornamentación, profundamente intelectualizados y cultos. El mismo ambiente reflejan los datos literarios, tan citados siempre, y que podemos atestiguar en la obra de Sidonio Apolinario, por ejemplo, Los datos que a través de sus textos tenemos, además de proporcionarnos las mejores descripciones de las villas de la mitad del siglo v (Sidonio se fecha entre 430 y 486) revelan que, a pesar de la ocupación visigoda de la Aquitania, en la zona de Narbona a Burdeos existe lo que Layen ha llamado «toda una Academia» de gentes de -41- letras, de una gran mundanidad y refinamiento. Sidonio Apolinario nos da, pues, datos sobre la Galia, ya visigoda. A través del obispo de Pavía, Ennodio, nacido en Aries, fallecido en su diócesis en 521, autor de los famosos panegíricos a Teodorico, tenemos constancia de la vida de las villae italianas del siglo VI. Muy instructivas son, en este sentido, sus carmina o su epistolario. También para Hispania sabemos que grandes personajes, famosos en el campo de las letras o de la política, poseen villae en sus fundí. Ya hemos citado las posesiones de la familia imperial teodosiana. La misma categoría debió tener el propietario de la villa de Centcelles, en Constantí, Tarragona, que se ha postulado por Schlunk, pudo pertenecer a la misma familia de Constantino. Sabemos que Meropio Pondo Paulino, luego Paulino obispo de Nola y santo, cedió sus grandes propiedades en España después de su conversión en 392/393 y también que el gran poeta cristiano hispánico Prudencio, de Calagurris, después de una intensa vida política como consejero de Teodosio, se refugia en su villa ( secessus in villam) a principios del siglo v, retirándose de la vida mundana, como pudieron hacer otros autores. Naturalmente el Cristianismo tiene un excelente medio de desarrollo en estos centros rurales cultos. He insistido repetidamente en otros estudios sobre el papel de los grandes latifundistas hispanos en la formación del arte del viejo Cristianismo hispánico, papel que creemos importante y decisivo del llamado «ciclo artístico de los latifundia romanos» que, reflejando las creaciones de la corte, fueron para todo el Imperio los centros donde, de manera más fácil, pudo seguirse cultivando la creación de formas plásticas cultas. En el aspecto económico, desde los viejos trabajos de Rostovtzeff a Mazzarino, con base particularmente arqueológica y norteafricana, la evidencia del papel importante de las villae está fuera de toda duda. Está por hacer, todavía, el mapa completo de estos yacimientos arqueológicos en Hispania. Tampoco disponemos de excavaciones totales y correctas de los mismos, pero la lista que puede elaborarse, es muy densa y extendida por todo el ámbito peninsular. Entre las villas más frecuentemente citadas y conocidas, par- -42- MANSILLA, D., Orígmes de la organización metropolitana de la iglesia española. HS 12, 1959. MAzzARINO, E., Aspetti sociali del quarto s,ecolo. Roma 1951. Notitia Dignitatum, ed. Bocking. Bon 1839-1853. PALOL, P. de, Las excavaciones de San Miguel del Arroyo. Un conjunto de necrópolis tardorromanas en el valle del Duero. BSAA 24, 1958. -, -, -, -, -, Clunia Sulpicia. Burgos 1959. Etapas de la romanización. Pamplona 1959, 1.•r Symposium, etc. (Ed. 1960). Cuchillo hispanorromano del siglo IV de ]. C. BSAA 30, 1964. Demografía y arqueología hispánicas de los siglo IV al VIII. Ensayo de cartografía. BSAA 32, 1966. Arqueología cristiana de la España romana. Madrid-Valladolid 1967. PALOL, P. de,· CoRTES, J., Una nueva villa romana en Pedrosa de la Vega (Palencia). BSAA 33, 1967. PALOL, P. de, La necrópolis de San Miguel del Arroyo y los broches hispanorromanos del siglo IV. BSAA 34-35, 1969. 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