El ábside de San Martín de Fuentidueña
Full text
PIEDRAS VIAJERAS KL ABSIDE DE SAN MARTIN DE FUENTIDUEÑA por Carmen Gómez-Moreno * Al nordeste de la provincia de Segovia y cerca de su límite con la de Valladolid está situada Fuentidueña que pertenece al partido de Cuéllar. En esta pequeña villa y entre otras ruinas de iglesias y las de un castillo se alzan las de San Martín, cuyo ábside fue tras ladado a Nueva York a principios de 1958 con carácter de depósito y mediante un intercambio al que se llegó después de largas y com plicadas negociaciones entre el Museo Metropolitano y el Estado Español asesorado por las instituciones competentes. Este ábside, reconstruido y abierto al público en junio de 1961, forma ahora parte del edificio de Los Claustros, consagrado al arte medieval y dotado por John D. Rockefeller Jr. Este museo está edificado sobre una colina cubierta de bosque situada al norte de Manhattan que domina al río Hudson y la margen opuesta que corresponde al Estado de ISíevi^ Jersey. Al tratar de encontrar los orígenes del románico de la provincia de Segovia y, como consecuencia, de Fuentidueña, tenemos que tomar en consideración que esta provincia debió de estar deshabitada desde el primer cuarto del siglo viir hasta el último cuarto del siglo xi, con la excepción de escaramuzas e invasiones periódicas de los ejércitos * Este ai-tículo es una versión libre de otro publicado en el Boletín del Museo Metropolitano de Nueva York. Para más información véase: James J. Rorimer: Foreword; Carmen Gómez-Moreno : Hwtory, Stylistic Analysis and .Oismantling; Margaret B. Freeman: Rebuilding: A Thiimbnail Sketch, Bulletin of the Metropolitan Museum of Art, XIX, 10, June 1961. Copyright, 1961, The Metropolitan Museum of Art, New York, N. Y.
62 CARMEN GÓMEZ-MORENO cristianos y musulmanes. La primera invasión árabe de ( astilla la Vieja tuvo lugar cuando los ejércitos del Islam iban camino del noite de la Península, dos o tres años después de su desembarco en Tarifa en 711. Toda la zona comprendida entie la tionteia ci istiana tormada por las provincias del norte y la trontera límite de la España dominada por los moros, que iba de (.oimbia a Pamplona, debió de cambiar de manos repetidas veces sin que ni ciistianos ni musul manes fi jasen en ella su residencia con un cierto caiácter de esta bilidad. Si hubo alguna vez monumentos visigodos en la provincia de Segovia éstos debieron ser destruidos durante las incursiones de Almanzor a fi nes del siglo x. Como moros y cristianos no convivieron nunca en esta región antes de la Reconquista tampoco hubo lugar al desarrollo de la cultura mozárabe en ninguna de sus manifestdClOI10S La reconquista definitiva de Segovia por Alfonso VI tuvo lugar en 1079 pero la repoblación no debió de comenzar hasta 1087. Los nuevos habitantes tendrían que venir de las provincias del norte, aun cuando no faltan eruditos, como el cronista de Segovia Colme nares en el siglo XVII' y Carlos de Lécea en el xix -, que afirman que Segovia no fue abandonada completamente y que fueron los mismos segovianos los que habrían de repoblarla y que participaron luego activamente en la reconquista de Madri y e o e o. El primer paso después de ganar cualquier territorio a los inva sores debía de ser necesariamente el de construir fortalezas contra posibles contrataques. Esto explica la presencia de tantos castillos y recintos amurallados en los puntos dominantes de Castilla y de otras regiones españolas. Con el castillo habría de ir ligada la iglesia, no solamente a causa del fuerte carácter cristianizante de la Recon quista sino por la importancia creciente de las Oidenes Militares, alg^unas de las cuales, aunque fundadas en otros países, se habían establecido ya en España a mediados del siglo xi. Para fomentar la repoblación de las zonas lecientemente reco bradas, Alfonso VI concedió un gran número de privilegios a la Igle sia y a las Ordenes Monásticas con el fi n de facilitarles la cons trucción de iglesias y conventos en torno a los cuales habría de esta1 Diego de Colmenares: Historia de la insigne ciudad de Segovia y com pendio de las historias de Castilla, 2.®' edición, Madrid, D. Díaz, 1640. 2 Carlos de Lécea y García: La comunidad y tierra de Segovia, Segovia, Ondero, 1893.
I'IKDRAS VIAJERAS: EL ÁBSIDE DE SAN MARTÍN, ETC. 63 blecerse la población seglar. En numerosos casos, como debió ocurrir en Fuentidueña, el número de monumentos religiosos probablemente creció en mayor proporción que la población en torno a ellos, prime ramente porque esta jjoblación había sido desposeída en gran parte de sus tierras y también porque lugares que habían sido de impor tancia estratégica en tiempos de guerra, en cambio no reunían con diciones para los tiempos de paz, y los probables habitantes se iban en busca de sitios mejores donde establecerse. Alfonso VII, compren diendo este problema, trató de contener esta verdadera inflación del poder religioso devolviéndoles a los segovianos parte de las tierras concedidas por su padre a la Iglesia. Partiendo de Segovia, y después de recorrer unos 75 kilómetros por tierra llana y carreteras polvorientas, se llega a unas formacio nes rocosas que se levantan como una fortaleza natural sobre el valle del río Duratón. Encaramada sobre los riscos y dominando las llanu ras que se pierden en la lejanía aparece la que fue en otros tiempos importante villa de Fuentidueña, como una esfinge que ocultase se cretos perdidos para nosotros en el tiempo y la historia. Su situación geográfica única explica la importancia que debió tener durante los azarosos años de la Reconquista. Diego de Colmenares dice que Fuentidueña se llamó antes Castrillo de Lacer. Este nombre aparece por primera vez en 1123 en una bula de Calixto III en la que se confirma la sede episcopal de Segovia después de trescientos años sin jerarquía religiosa en esa región. Este mismo nombre de Castrillo de Lacer, o Castrellum de Lacer aparece después en otros documentos, y el nombre de Fuenti dueña, o Fonte-Donam, aparece por primera vez en 1136. Desde esta fecha en adelante el nombre de Castrillo de Lacer no se vuelve a mencionar y el de Fuentidueña aparece siempre en compañía de los nombres de otras poblaciones de la misma área segoviana y que antes se mencionaban con Castrillo de Lacer. Tales como Sepúlveda, Cuéllar, Coca, Iscar, Pedraza, Maderuelo, Fresno, Bernuy, Sacramenia y Bembibre. Esta sustitución de nombres hace muy probable la teoría de Colmenares de que los dos corresponden a la misma ciudad. Si rechazásemos esta teoría tendríamos que aceptar un documento fi rmado por Alfonso VII y fechado en 1136 como la primera men ción de Fuentidueña. Este rey, cuya amplia visión de los destinos de España le valió el sobrenombre de "Emperador", parece haberse H Op. cif., Vol. I, cap. XIV.
64 CARMEN GÓMEZ-MORKNO interesado grandemente por la región segoviana y l úe él. probable mente, el que patrocinó la construcción de las iglesias de Fuentidueña, entre las que se cuenta San Martín. Debido a las circunstancias especiales creadas pur la invasión musulmana y la reconquista del territorio español por los cristianos, la organización política de España tue en la Edad Media distinta de la de otros países europeos. En la España cristiana no hubo teudalismo sino una organización que tenía como base el poder real y el de los obispos. De aquí la facilidad que tenían los reyes para dar y quitar tierras y privilegios. En la mayor parte de los documentos que tratan de concesiones del rey a la Iglesia de Segovia durante el reinado de Alfonso Vil, y desde 1157 del de Alfonso VIII, Fuentidueña aparece siempre mencionada con más o menos el mismo grupo de ciudades tributarias de la misma región. Unicamente un documento hace mención especial de Fuentidueña. Sintiéndose enfermo Alfonso VIII se detuvo en la villa y otorgó testamento el 8 de diciembre de 1204 '. En el mismo docu mento constan donaciones a varios monasterios sin ninguna refe rencia a Fuentidueña ni a otras ciudades relacionadas con ella. Como Colmenares interpretó esta Fuentidueña como la villa del Duratón muchos de los eruditos que le siguieron aceptaron esta interpretación, sin pensar que pudiera tratarse de Fuentidueña de Tajo. Sin em bargo, es evidente que Alfonso VIII estuvo mucho más por la región toledana que por la de Segovia y parece mucho más posible que Fuentidueña de Tajo estuviese en su camino que no Fuentidueña de Duratón. Pascual Madoz » da Fuentidueña de Tajo como el lugar del testamento de Alfonso VIII, en cambio Quadrado ^ no sólo acepta la teoría extendida por Colmenares sino que llega a considerar Fuen tidueña de Duratón como un lugar a donde los reyes iban a descansar de los rigores de sus vidas azarosas. Después de un documento fechado en 1206 el nombre de Fuenti- * Este documentos que se conserva en el Líber privileyioruui ecclesie toletane, fols. 26v-28v, Archivo de la Catedral de Toledo, comienza así: "Testamentum Illustris Regis Adefonsi factum apud Fontemdoniam" y concluye: "Facta carta apud Fontemdoniam, Era IV^CC^XL" secunda, VIII"^ die Mensis Decembris, Rege expri [mente]". 5 Pascual Madoz: Diccionario Geográfico-Estadísfico-Histórico de Esparta y sus Posesiones de Ultramar, Madrid, 1850, VIII, pp. 252-253. 6 J. M. QuadradO: Recuerdos y bellezas de España. Ealamatira, Aidla y Reyovia, Madnd, 1865, pp. 523-525.
ÍMKDRAS VIAJERAS : EL ÁftSIDÉ DE SAN MARTIN, ÉTCÍ. 65 dueña desaparece completamente aunque no el de las otras pobla ciones que solían acompañarlo. Esta desaparición repentina es difícil de explicar, pero el caso es que solamente en contadísimas excepciones vuelve a aijarecer y esto con siglos de separación. En el siglo xiv Fuentidueña era una de las "aljamas" más im portantes de la provincia de Segovia " y muchos de los mercaderes indios de cierta categoría que habitaban en la capital llevaban el sobrenombre de "de Fuentidueña". No sería sorprendente que alguna de las ruinas que hoy encontramos en lo que queda de la antigua villa fuesen alguna vez una sinagoga. Hasta la fecha no se han encontrado documentos referentes al castillo o a las iglesias de Fuentidueña. Como el obispado de Segovia no fue confirmado hasta 1123 es muy posible que la mayor parte de los edificios religiosos de la provincia no se empezasen a construir, hasta después de esa fecha y no es probable que se comenzase la construcción de edificios de importancia en Fuentidueña después de haber perdido esta población su importancia a principios del siglo XIII Lo mismo que la repoblación de Segovia se debió verificar con gentes venidas del norte de España, ya fuese con antiguos habi tantes de Segovia o de otras provincias, las corrientes artísticas que habrían de dar orígen al románico segoviano tuvieron que venir tam bién del norte ya que ésta era la única zona que había permanecido fuera del dominio musulmán. Durante la segunda mitad del siglo XI fueron edificados un gran número de iglesias y monasterios a lo largo de la ruta de los pere grinos a Santiago de Compostela. Aun cuando muchos de estos mo numentos han desaparecido, los que aún se conservan dan idea de la enorme importancia que tuvo este camino, no sólo en la evolución del románico español sino también del de otros países. La añuencia continua de distintas corrientes del pensamiento y de la interpreta ción artística fue la principal razón de esta importancia. La provincia de Segovia, lo mismo que la vecina provincia de Avila, estaba fuera del itinerario de las peregrinaciones, pero lo más probable es que los artistas encargados de la construcción y decora ción de los edificios religiosos posteriores a la Reconquista en esta 7 Carlos de Lécea y García: La Iglesia del Corpus Christi de Segovia antigua Sinagoga. Monografía histórica, Segovia, Rueda, 1900. 8 Con la excepción de una iglesia probablemente del siglo xvil o xvill que también está en ruinas y que debió ser abandonada cuando la desamortización.
66 CARMEN GÓMEZ-MORENO zona habrían de venir de alguno de los centros artísticos situados a lo largo del camino de Santiago. La iglesia de San Isidoro de León parece ser la que reúne más probabilidades para explicar los orígenes del románico segoviano y, por lo tanto, del de la iglesia de San Martín de Fuentidueña que vamos a estudiar. Aun cuando comenzado en el siglo XI, San Isidoro no se terminó hasta bien entrado el siglo xii y por lo menos tres escultores traba.jaron en ella, el Ciltimo de los cuales pertenece ya por completo al siglo xii. Aunque no tan dotado como sus predecesores, es a este artista al que podemos atribuir mu chas de las características que encontramos en Segovia y Avila, así como la difusión de un cierto número de motivos decorativos que hemos de analizar más adelante y que, como un hilo invisible, van de unas ciudades a otras, de unos monumentos a otros, cubriendo largas distancias y poniendo en contacto lugares que, de otra forma, no hubiesen estado nunca en relación unos con otros. El tipo de iglesia de una sola nave sin crucero y con un ábside se encuentra muy difundido por la provincia de Segovia y a ese tipo corresponde San Martín de Fuentidueña, pero esta iglesia presen taba problemas que hacen su estudio más complicado de lo que habría de ser en otras circunstancias. Uno de estos problemas lo constituye el hecho de que, así como el ábside ha llegado hasta nuestros días en un estado de conservación relativamente perfecto, la nave y la torre de las campanas, situada a los pies de la iglesia, estaban ya en ruinas en el siglo XIX, según la descripción de Quadrado. Lo que queda de ellas muestra una fábrica muy pobre de piedras pequeñas y niortero, que probablemente estaba enlucida, y con refuerzos de piedra de sillería en los ángulos de la torre. Resulta difícil el encon trar una explicación para esta diferencia entre la riqueza arqui tectónica y escultórica del ábside y la pobreza de medios que muestra lo que queda del resto de la iglesia. Todas las iglesias de este tipo, e incluso las que son menores en tamaño y casi totalmente despro vistas de decoración distribuidas por toda la región, están construidas con piedra de sillería en su totalidad, como es lógico en una tierra donde abundan las canteras. Una explicación podría ser que la iglesia se comenzó por el ábside y que después la construcción se interrumpió o por falta de medios o porque las circunstancias cambiaron y más adelante se concluyó de la forma mencionada. Otro problema que hemos de afrontar es el por qué de edificar una iglesia en lo alto de una colina difícil de alcanzar. No existe ninguna indicación que haga pensar en la existencia de un monas-
PIEDRAS VIAJERAS: EL ÁHSIDE DE SAN MARTÍN, ETC. 67 terio del cual formase parte San Martín. El único monasterio docu mentado en la villa es el de San Juan de la Penitencia que estuvo siempre situado en el valle y cuya fundación se remonta a épocas anteriores a la invasión de los moros en que fue destruido y vuelto a construir después de la Reconquista *•'. La riqueza decorativa de San Martín descarta la posibilidad de que fuese de origen cisterciense, aparte de que no parece probable que lo fuese estando sola mente a unos pocos kilómetros de Fuentidueña el monasterio cisterciense de San Bernardo de Sacramenia, fundado el 30 de enero de 1141 por Alfonso VII, con monjes venidos de Escala Del en Francia. Tampoco podemos creer que San Martín fuese la iglesia parroquial de la villa porque ésta parece haberlo sido siempre la iglesia de San Miguel, situada más abajo en la colina y cuya construcción debió de tener lugar más o menos al mismo tiempo que la de San Martín. La proximidad de esta última a las ruinas de un castillo hacen más posible su relación con éste ya que la iglesia está incluida dentro del recinto amurallado. La fábrica del ábside de San Martín es de piedra caliza de sillería con el tono dorado característico de la región segoviana (Lám. I, a y b). Todos los elementos decorativos son de piedra muy semejante a la de los sillares, pero de grano algo más fi no y el color más grisáceo. La estructura está compuesta por un basamento algo saliente y con resalte en bisel en el exterior y que en el interior forma una banqueta con moldura de bordón. El cuerpo intermedio termina en la imposta sobre la que van las tres ventanas abocinadas y con arcos de medio punto y por cuya abertura muy estrecha había de entrar la única luz que recibía el ábside. Sobre las arquivoltas de las ventanas en el interior corre otra imposta que limita el tercer cuerpo y sobre la que se asientan la bóveda de cañón y la bóveda de horno. El arco de unión de estas dos bóvedas, apenas destacado, descansa sobre dos columnas esculturadas a modo de cariátides y la embocadura de la capilla está formada por un majestuoso arco triunfal. La bóveda de la nave, más alta que la de la capilla, habría de unirse a ésta por medio de un hastial del cual solamente se con serva parte. El exterior del ábside está reforzado por cuatro grandes 9 En 1946 el entonces arzobispo de Toledo, Fray Francisco Xiraenez de Cisneros, les dio a sus religiosos franciscanos, y por comisión del Papa Ale jandro VI, el convento que pertenecía hasta entonces a la advocación de San Juan de la Penitencia situado en la villa de Fuentidueña.
68 CARMEN GÓMEZ-MORENO columnas adosadas cuyas basas coinciden con la altura (leí basamento y cuyos capiteles, alternando con una serie de canecillos ron escul turas, soportan la cornisa decorada con billetes. Kn el interior y en el exterior los lados de la capilla presentan arcos ciegos áremelos. Los del interior son algo apuntados y están separados por columnillas dobles decoradas en las basas —enormemente deterioradas— y en los capiteles. Los del exterior son de medio punto con una columna única con esculturas a modo de cariátides. A ambos lados del ábside y coincidiendo con el arramiue de la bóveda de horno, como hemos dicho antes, se yerguen tres esculturas de tamaño considerable, San Martín al lado del Evangelio y la Anun ciación al lado de la Epístola. Esculturas de tal tamaño e impor tancia aparecen frecuentemente en las i)ortadas de otras iglesias pero no en el interior y en la posición que ocupan éstas. ¿ Sería posi ble que en San Martín se hayan conservado y (pie en otros casos fuesen destruidas al colocar los retablos barrocos que existen hoy día en muchas iglesias románicas de la provincia? También podría ser que las esculturas de San Martín estuviesen destinadas para otro sitio de la misma iglesia y que al no terminarla de la forma que estaba planeada las colocaron como ahora están. Todo tienen que ser hipótesis y ninguna muy convincente. Las dos columnas que soportan el arco triunfal están coronadas por capiteles esculturados. La imposta sobre la que arrancan las bóvedas tiene decoración de billetes y esta misma imposta forma también los cimacios de los capiteles que coronan las esculturas. Tam bién llevan decoración de billetes los arcos de las ventanas en el interior y en el exterior y la cornisa que soporta el alero del tejado, pero estos billetes no son del mismo tipo que los de la imposta supe rior. Esta última muestra una particularidad que es como un "leit motif" en las iglesias de Segovia y Avila: los espacios entre los billetes semicilíndricos están ocupados por un resalte angular que desde lejos da la impresión de unos escaloncitos corriendo a lo largo detrás de los billetes (véase Lám. V, a). Otra imposta va de ventana a ventana en el interior y en el exterior formando los cimacios de los capiteles. Los motivos decora tivos de esta imposta cambian de ventana a ventana sin repetirse nunca y llegan a ocho motivos diferentes, unos vegetales y otros de entrelazo. Entre los primeros están unas rosetas de cuatro pétalos rodeadas por círculos (véase Lám. II, b) que son uno de los motivos decorativos que provienen de San Isidoro de León y que de allí se
lMi:i)KAS VIAJKKAS: KL ÁUSIUE ÜE SAN MARTÍN, ETC. 69 e.xtiencien a muchas iglesias de Segovia y de Avila. Por falta de espacio no jjodemos dar en este artículo un estudio detallado de todos los motivos decorativos de la iglesia de San Martín y hemos de con centrarnos principalmente en el estudio estilístico e iconográfico de las esculturas propiamente dichas, así como de capiteles y canecillos. De todos los capiteles únicamente tres representan escenas rela cionadas con las Sagradas Escrituras, los demás representan seres fantásticos o animales que estaban probablemente llamados a tener un sentido simbólico, pero este simbolismo resulta oscuro en la mayor l)arte de los casos. En los comienzos de la Edad Media era costumbre el utilizar a modo de inspiración o referencia iconográfica los bes tiarios, y, entre ellos, uno de los más populares era el Physiologus. Varios de los animales y seres mitológicos que vemos en los capiteles de San Martín están descritos en este manuscrito, pero el sentido simbólico se ha perdido casi por completo en estas interpretaciones escultóricas llenas de vitalidad y gracia pero al mismo tiempo bas tante crudas. Por la época en que se edificó esta iglesia el arte romá nico se había alejado ya mucho de las fuentes primitivas y los escul tores se limitaban a copiar o a seguir con más o menos justeza otras obras que habían visto en alguna parte y de las que aprove chaban más el sentido decorativo que la significación iconográfica. Sin embargo, tanto los capiteles como los canecillos están lejos de ser obras decadentes; por el contrario, tienen una frescura y una calidad de primitivos que los hacen realmente atractivos. Los artistas que los labraron debían de sentir mucha más atracción por el castigo del mal que por la exaltación del bien. Animales torturados enredados en tallos de vid que parecen serpientes, monstruos devorando seres humanos, pájaros picando cabezas de muerto, todos ellos nos hacen sentir la existencia del infierno sin comunicarnos nada que tenga que ver con el cielo. De los capiteles del interior del ábside los que soportan el arco triunfal representan La Adoración de los Reyes, a la izquierda, y Daniel en el foso de los leones, a la derecha. En los arcos ciegos gemelos a ambos lados de la capilla los capiteles representan cen tauros, desgraciadamente muy mutilados. Los de las ventanas en el interior y de izquierda a derecha representan: dos pájaros con las cabezas colgando y enredados en sarmientos; dos seres con cabe zas de gallo y cuerpo y cola de reptil —algo entre un basilisco y un grifo— que picotean una cabeza calva; dos aves bicéfalas; dos pájaros de formas torturadas picoteando un racimo de uvas; dos
76 CARMEN GÓMEZ-MORENO les da a estas esculturas una cierta calidad de cosa sin terminar, como si al colocarlas hubiesen resultado demasiado cortas para el espacio que habían de llenar o como si hubiesen estado destinadas a otra parte de la iglesia. San Martín, obispo de Tours, es un santo que adquirió gran popularidad durante la Edad Media, sobre todo en Francia desde donde el culto se extendió a otros países de Europa. Italia fue el escenario de sus años juveniles cuando estaba consagrado a la vida militar, y España está relacionada con él a través de su humanitaria, si bien que frustrada, intervención para salvar la vida del hereje español Prisciliano. La pequeña iglesia de San Martín de Fuentidueña es una de las muchas consagradas a este santo. Aparece en ella representado como obispo, las manos y parte de los brazos rotos y desaparecidos, y la cabeza, que se había perdido, tue encontrada y vuelta a colocar en su sitio al ser reconstruido el ábside en su actual emplazamiento. Esta estatua de San Martín se yergue como una columna con un hieratismo al que no le comunican ningún mo vimiento los pliegues estilizados ni los bordes decorados de las ves tiduras. Los pies se apoyan sobre dos fi guras de animales difíciles de identificar y el capitel que remata la columna-soporte muestra una estructura corintia de una simplificación extrema, sobre todo si lo comparamos con los capiteles descritos anteriormente. Por el contrario, el grupo escultórico que representa la Anun ciación, está lejos de ser hierático. Ambas fi guras se yerguen sobre una base rectangular bajo la cual podemos ver unas fi guras desnudas a punto de ser devoradas por una enorme cabeza de león. Desgra ciadamente estas fi guras están muy deterioradas, pero los pequeños cuerpos de siluetas torturadas parecen pertenecer a seres humanos, aun cuando tienen garras en vez de pies. Probablemente representan las almas de los condenados y la boca del león las puertas del infierno. El capitel que corona la columna que sirve de soporte a las fi guras de María y del Arcángel, representa la Natividad, con una inter pretación típicamente románica del tema. En la cara frontal aparece la Virgen en el lecho y, sobre ella, el Niño envuelto en pañales y tendido en el pesebre, sobre el que se inclinan las cabezas de la muía y el buey para calentarlo con su aliento. Esta parte del capitel está bastante mal conservada, pero los dos pastores con caperuzas y cayados que se aproximan a la escena por la izquierda están bien conservados y las fi guras de rostros redondos en los que los ojos se abren con expresión atónita tienen un gran encanto.
I'IKDRAS VIAJERAS: EL ÁBSIDE DE SAN MARTÍN, ETC. 77 Las fi guras de la Virgen María y el Arcángel San Gabriel apa recen muy juntas, casi como si danzasen y con los pies colocados de manera (pie se adaptan a la forma cuadrada de la base. No pode mos hablar aquí de rigidez de ninguna clase. A pesar de que una de las cabezas falta por comiileto y la otra más que a medias, se puede casi ver la e.xpresión de los rostros, y el conjunto produce una sensación de ritmo y de intimidad. Los ropajes se adhieren a los cuerpos revelando los miembros esbeltos de la misma forma que hemos visto en los atlantes de los arcos ciegos en el exterior del ábside. Hay mucho en común entre aquel grupo y la Anunciación El estudio comparativo del San Martín y de la Anunciación muestra una gran similaridad en lo que se refiere al estilo: los mismos plie gues esquemáticos formados por dos o tres líneas paralelas, casi idénticas vestiduras, pero con una diferencia básica y ésta es que en el San Martín cuesta trabajo creer en la presencia de un cuerpo bajo estas vestiduras mientras que en la Anunciación ambas fi guras nos parecen perfectamente vivas. Esta diferencia hemos de admitir que es muy pequeña, acaso demasiado sutil para sacar conclusiones. Es únicamente la percepción de un algo en la Anunciación que no existe en la otra estatua; un toque ligero, un soplo tenue de la inspiración. Hay también otras diferencias. En el San Martín todo parece atenuado y sin estridencias de la base al capitel. En la Anun ciación, por el contrario, aparte de la vida que emanan las fi guras principales, el capitel y la base también tienen una importancia re presentativa. San Martín no tiene nimbo, la Virgen sí. El motivo decorativo que bordea las vestiduras de San Martín es distinto del de ambas fi guras de la Anunciación siendo el de éstas el mismo que hemos visto en varios de los capiteles de las ventanas. Es posible que estas diferencias no sean lo bastante fuertes para que podamos atribuir estas esculturas a dos maestros distintos. Pue den ser el producto de una mayor simpatía por parte del artista por un tema que por el otro. Si, por el contrario, aceptamos estas diferencias como básicas entonces habríamos de atribuir la Anun11 Aparte del estilo también pai-ece haber una relación en lo que se refiere a la unidad de los distintos significados iconogi-áficos de la base, las fi guras principales y el capitel. En la Anunciación el conjunto significa la salvación de la humanidad por medio de la Redención, simbolizada por la anunciación hecha a María y, en lo alto, la consumación del saludo angélico. Esta unidad podría dar fuei-za a la hipótesis interpretativa que hemos dado con respecto al significado simbólico del otro gi'upo. (Véase nota 10.)
78 CARMEN GÓMEZ-MORENO dación y los atlantes de la fachada norte del ábside a iina misma mano y el San Martín a otra. Al menos creemos estar en lo cierto al afirmar que si las fi guras principales fueron en todo o en parte ejecutadas por un solo artista los capiteles y las basas son induda blemente de dos distintos y que los de la Anunciación y los atlantes mencionados corresponden al que hemos llamado Maestro A. La cabeza del San Martín está muy deteriorada pero lo poco que se conserva de las facciones no parece coincidir con las características del Maestro B. Bien pudiera ser que el San Martín y el obeso atlante de la fachada sur fuesen obra del mismo escultor. Los dos tienen capiteles sin escenas y la escultura principal, a pesar de la enorme diferencia entre ellas, está tratada con mayor rigidez que en las otras dos. La presencia de un tercer escultor es completamente posi ble pero difícil de probar. Nada sabemos de estos artistas que trabajaron en esta iglesia ni de los que trabajaron en otras iglesias de esta zona, incluida la de San Miguel de Fuentidueña, ya que se carece por completo de ayuda documental ni de investigaciones recientes de solvencia sobre el románico segoviano. Hemos indicado al principio de este artículo que hay relación entre los motivos decorativos y algunos capiteles de San Martín con San Isidoro de León, pero no podemos decir lo mismo con respecto a las esculturas. Al fi nal del Románico, período al que pertenece San Martín de Fuentidueña, la influencia de Francia se había hecho ya muy intensa y lo iba a ser aún más durante el Gótico. Sin embargo, no se ven claras muestras de esta influencia en San Martín, y hemos de considerar también la posibilidad de influencias de la Italia del norte llegadas a España directamente o a través de Francia y, sobre todo, tenemos que tener en cuenta la poderosa imaginación de los españoles que, incluso en este período tardío, podían transformar cualquier influjo externo en algo inten samente personal y local. Es muy posible que existiese en la provincia de Segó vía un taller de escultores del que salían las esculturas que se distribuían por la región, porque los mismos motivos se repiten una y otra vez, aun cuando no siempre interpretados de la misma forma, lo cual hace aún más probable el que se tratase de un taller y no de artistas aislados. Nos hemos referido anteriormente en varias ocasiones a la portada sur de San Vicente de Avila. Las estatuas que se han inter pretado como Santa Sabina y San Vicente en dicha portada datan de la primera mitad del siglo xil y se podrían considerar por su estilo
l'IKDKAS VlA.Ifc:RAS : EL ÁHSIDE DE SAN MARTÍN, ETC. 79 como los precedentes más |)róx¡mos de algunas esculturas segovianas, incluyendo las del ábside de San Martín. Dentro de la región segoviana la escultura (pie nos parece más relacionada con las que esta mos estudiando es una representando a San Juan Evangelista, pro bablemente, y que se conserva en un nicho en la pared exterior de la iglesia de Santiago de Sepúlveda, pero que con seguridad proviene de otra iglesia acaso destruida. Esta escultura está mejor conservada que las de Fuentidueña y es de una gran belleza y muestra muchos puntos de contacto con el San Martín y la Anunciación, asi como con el San Vicente de la iglesia del mismo nombre, de Avila. Kingsley Porter también fue el primero en publicarla y, como en el otro caso, tampoco recibió ninguna atención por parte de otros investigadores aun cuando bien la merece La falta de documentación, unida a la escasez y deficiencia de publicaciones sobre el románico segoviano, hacen muy difícil el poder techar con cierta precisión el ábside de San Martín de Fuentidueña —la nave y la torre son indudablemente posteriores—. Alfonso VII mostró gran interés por la provincia de Segovia y dio impulso a la construcción de muchos de sus edificios. Como este rey murió en 1157 parece razonable que los monumentos situados en áreas que fueron de importancia estratégica durante un tiempo relativamente corto debieron comenzarse antes o al menos poco después de su muerte. Aun cuando la mayor parte de las obras que tienen relación con San Martín, y que hemos venido mencionando a lo largo de este estudio, fueron construidas antes de mediados del siglo xii, una fecha en torno a 1160 parece bastante razonable para esta iglesia, o, mejor dicho, para este ábside. Dadas las coincidencias que hemos encon trado entre ellas, la iglesia de Santa María de la Sierra en Sepúlveda debe ser contemporánea de San Martín y ambas algo anteriores a las iglesias de la ciudad de Segovia. * * * El desmontar un edificio por pequeño que éste sea no es cosa fácil y el ábside de San Martín de Fuentidueña presentaba proble mas que hicieron la tarea mas complicada aún de lo que se podía esperar dadas sus reducidas dimensiones. Las ruinas de la pequeña 15 Arthur Kingsley Porter: Romanesqne Sc.ulvhire of the PügHnjage Roadn, Vol. VI, pl. 805.
30 CARMEN GÓMEZ-MORENÓ iglesia de que formaba parte habían sido utiiizadavS como cementerio durante muchos años, para lo cual, el espacio comprendido entre las paredes había sido rellenado con tierra hasta una altura sufi ciente para hacer posibles los enterramientos, ya íjue no se podía excavar en la roca donde se asienta el edificio. Por razones legales muchas de las tumbas no se podían tocar y hubo (pie hacerse a la idea de realizar todo el trabajo en una compañía silenciosa pero bastante macabra. La primera operación consistió en levantar una planta completa del ábside^® y como era imposible el tomarla a ras del suelo hubo que tomarla a la altura del resalte abiselado del zócalo exterior y de la banqueta en el exterior ya que ésta quedaba justamente visible sobre el terreno de relleno. Para tomar esta planta se hicieron trian gulaciones y otras medidas que dieron los ejes y centros utilizados por los primitivos constructores para trazar el ábside. A esta primera planta y nivelación siguieion otras cuatro nive laciones, la última de las cuales determinó el comienzo de la bóveda de horno y la de canon y los fustes de las columnas adosadas al exterior del ábside. Al mismo tiempo y convenientemente distan ciadas unas de otras, se tomaron medidas verticales para relacio narlas con los niveles y obtener asi con exactitud la falta de horizon talidad de banqueta y zócalo y de las impostas. Quedó así aclarado que la fábrica había sufrido un movimiento debido a defectos en lá construcción o a un posible movimiento del suelo a través de los siglos. Por otra parte, la iglesia estaba edificada sobie una colina y no se niveló el espacio en que había de asentarse y esto se compensó construyéndola más alta de un lado que de otro en la base para que pudiera mántenerse vertical. Una vez obtenidas todas las medidas se hicieron cuidadosos planos de plantas y alzados anotando en ellos las dimensiones de piedras y elementos decorativos. Antes de desmontarla cada piedra era cuidadosamente numerada con pintuia negra en el sobrelecho. Esta numeración se hizo correlativa dentro de lo posible y también se maridaron sobre cada una de las juntas de las piedras que habían 16 Todos los datos técnicos han sido proporcionados por el arquitecto oficial mente encargado de este trabajo, D. Alejandro Ferrant, que dirigió personal mente todas las obras del desmonte del ábside y dibujó todos los planos de plantas y alzadas que fueron luego la base para la reconstrucción.
I'IKDKA^ VIAJERAS : EL ÁBSIDE DE SAN MARTÍN, ETC. 8l de venir sobre ella y sus números en rojo. En bastantes casos se con sideró necesario el dibujar también los contornos, sobre todo en los arcos (Lám. VI, a). De esta forma tan sencilla una vez colocada una hilada la segunda vendría ya determinada por la primera. Todos los números se iban apuntando escrupulosamente en los planos al mismo tiempo que en las piedras, para evitar errores. Irradiando de las paredes del ábside en el exterior había una serie de tumbas de distintos tamaños excavadas en la roca. No nos ha sido posible el averiguar cuándo y para quién se hicieron estas tumbas, pero parece ser que la gente del pueblo las llaman "las tum bas de los moros" Que fuesen para los moros no parece probable ya que no se sabe que estuviesen nunca en Fuentidueña, y menos aún después de edificarse San Martín. El hecho de estar fuera del recinto de la iglesia podría indicar que estaban destinadas a personas no cristianas o heréticas y es posible que la tradición hiciese asociar a los moros con todos los no creyentes en la mente de los habitantes de Fuentidueña. Muchas teorías se podrían hacer a propósito de tales tumbas, incluida la de que fuesen para los judíos, que sabemos que si habitaron en Fuentidueña, pero lo que aquí nos concierne es que al excavarlas dañaron considerablemente las basas de las columnas adosadas del exterior del ábside y fue necesario el tallar piedras nuevas —de la misma especie que las viejas y proveniendo, probablemente, de las mismas canteras— para reemplazar a las des truidas. Las que no estaban muy deterioradas se conservaron para evitar un exceso de restauración al reconstruir el ábside. También se cortaron piedras nuevas para completar el hastial, pero éstas no se han empleado en la reconstrucción porque se consideró que era mejor completarlo con las mismas que se han empleado para el resto de la capilla, evitando así un exceso de colores de piedras diferentes. También faltaban bastantes piedras de la cornisa y se decidió labrar en las piedras nuevas la misma labor de billetes que tienen las anti guas, y se hizo con tanta exactitud que apenas si se puede notar la diferencia entre unas y otras, sobre todo después de completar el tejado que va sobre ellas. Antes de desmontar el arco triunfal y las bóvedas se construyó una complicada armazón de cimbras que se ajustaban completamente a la fábrica y que se podían desensamblar y ensamblar de nuevo 17 Debo esta información a la amabilidad de D. Justo Hemansanz Navas, Secretario de Administración Local de Olombrada, Seffovia.
82 CARMEN GÓMEZ-MORENO para utilizarlas en la reconstrucción, cí)m() eíecti\aniente se hizo. Como esa parte del edificio es la más complicada, se tuvo especial cuidado para evitar futuros problemas y las juntas de las piedras y las dovelas de los arcos, así como sus números correspondientes, fueron marcados en la madera de las cimbras juntamente con marcas especiales que facilitasen el ensamblaje. El desmonte se comenzó por las piedras nue\ as del hastial y las enjutas del sobrearco triunfal hasta Ileyar a la imposta. Después se siguió por el arco propiamente dicho y las dovelas de la bóveda de horno comenzando por la clave. El ábside está formado por dos paredes que dejan un hueco que en la construcción primitiva estaba relleno de mortero y, en la reconstrucción, de ladrillos que dejan respiraderos (Lám. VI, b). Ambas paredes se fueron desmontando simultáneamente para conservar siempre el mismo nivel en el inte rior y en el exterior. La parte inferior del ábside, constituida por el zócalo saliente y la banqueta en el interior debería haber sido la parte más sencilla de desmontar ya que las complicaciones que supo nen las ventanas, columnas y esculturas había ya pasado, pero no resultó así porque esa parte se había construido con un mortero mucho más duro, sin duda para darle mayor resistencia para sopor tar el peso total del edificio y fue muy difícil el separar unas piedras de otras. Antes de desmontar las bóvedas se aplanó un área de terreno y se cubrió de cemento para constituir lo que se llama un "área de montea" en la que se dibujaron a tamaño natural las cimbras y después se colocaron sobre ella las piedras de todos los arcos para verificar su verdadera curvatura. Según se iban bajando las piedras se colocaban en el suelo ag-rupándolas según su situación en el ábside. Después de esta primera clasificación se procedió a otra según su forma y tamaño para faci litar el embalaje. Todos los cajones para las piedras labradas y las jaulas para los sillares se hicieron sobre el terreno y por los mismos obreros especializados que realizaron el desmonte. Nunca se podrá decir lo bastante en alabanza de este grupo de obreros que dirigidos por Severino, que es uno de esos hombres que merecerían pasar a la historia, realizaron una labor que raya en lo heroico siempre en estrecha colaboración con el. arquitecto. Todas las cajas se refor zaron con cantoneras y fl ejes de acero y los capitales y las esculturas se sujetaron a las paredes de la caja mediante listones con sección de cola dé milano que iban incrustados en los paramentos que no
l'IEÜRAS VIAJERAS: EL ÁBSIDE DE SAN MARTÍN, ETC. 83 son visibles una vez que la escultura o capitel se coloca en su sitio. En las esculturas grandes se completó este procedimiento llenando todo el espacio con serrín para conseguir una garantía de inmovi lidad y una protección conti-a la posibilidad de accidentes al car garlas o descargarlas. El que todas estas precauciones no fueron haladles lo demuestra el que todas las piedras, labradas o sin labrar, llegaron a Nueva York sin el más ligero desperfecto y, hemos de decir aquí, que se trataba nada menos que de 3.300 piedras. Una vez clasificadas las piedras cada grupo recibía una signa tura que correspondía a la inicial o iniciales del lugar de donde pro venían y esta signatura se escribía en cada caja juntamente con todos los números de las piedras contenidas en ella. Para revisar las cajas al enviarlas a Bilbao para ser embarcadas, después al embarcarlas y luego al desembarcarlas en Nueva York y por último descargarlas en Los Claustros se hizo una relación muy detallada en la que constaban todas las cajas con su signatura correspondiente y los números y dimensiones de todas las piedras contenidas y su relación con las piedras inmediatas. Nada de toda esta aparentemente complicada organización re sultó superflua. Lo mismo en España que luego en América todo se utilizó y todo se llevó a cabo con el mayor esmero. La reconstrucción también ha presentado sus problemas. Prime ramente hay que decir que Los Claustros, como San Martín en Fuentidueña, está edificado sobre una escarpada colina. Para solucionar el problema del desnivel la planta principal no está a nivel del suelo sino bastante más alta. Al plantearse el problema de la construcción de la nueva ala en la que se iba a reconstruir el ábside de San Martín lo primero que hubo que hacer fue demoler una parte del edificio primitivo en la que había una sala de exposiciones y, en el sótano, la zona destinada a descanso, comedores, etc., para los vigilantes de las salas y todos los demás trabajadores del museo. La nueva capilla, que tiene más o menos las proporciones y tamaño de la derruida iglesia de San Martín, se comunica a los pies con una de las salas, al lado izquierdo, mirando al ábside, con uno de los claustros y al derecho con el exterior. Al tener que estar en el mismo plano que el resto del edificio no hubo más remedio que levantar una especie de plataforma que a su vez está destinada a contrarrestar el acentuado desnivel del suelo. No era cosa de volver a construir el ábside más alto de un lado que de otro y más aún
S4 CARMEN GÓMEZ-MORENO cuando la diferencia entre ambos lados y de delante atrás es en el presente emplazamiento mucho más acentuada que en el primero. Esta es la razón, pues, de esa plataforma que ha sido muy criticada y que no pasa de ser una necesidad inevitable. El ábside no ha sido "colocado... —tal vez para poderlo ver mejor— sobre un vulprarisimo zócalo... que le alza ostentosamente. . .", como se ha escrito con notoria injusticia No se trata, pues, de un zocalo sino de una plataforma y el ábside se ve siempre desde ella o desde una especie de paseo de muralla que queda más distante y a nivel más o menos del ábside. Todas las piedras sin excepción han sido tratadas con un pre servativo especial, ya experimentado en otias piedlas anti^juas de Los Claustros, y que tiene la propiedad de aumentar la solidez de las piedras capacitándolas así para resistir la desintegración pro ducida por los cambios atmosféricos Aparte de esto, las piedras no han sido retocadas en ningún caso. Por el contrario, incluso se ha reducido el empleo de las piedras nuevas enviadas desde Fuentidueña a casos extremos, usando siempre que era posible las viejas, aun cuando para ello hubiese que pegar las que estaban rotas en pedazos y que se enviaron sin pensar que fueran a usarse nunca. Antes de colocar las piedras en definitiva se hicieron pruebas "en seco" con varias hiladas para determinai con exactitud las dimensiones de la planta del ábside y para ver con seguridad la altura que había que añadir hasta conseguir la horizontal, ya que las piedras nuevas que se enviaron para este fi n tuvieron que ser cortadas antes de desmontar el ábside y por lo tanto su tamaño no podía ser absolutamente exacto. Todo este proceso llevó más de dos meses pero era necesario hacerlo así. Una vez conseguida la horizontalidad y verticalidad de esas primeras hiladas se procedió a fi jarlas procurando emplear un mínimo de mortero para conser var, en lo posible, el aspecto primitivo del ábside. Las dos paredes se fueron construyendo simultáneamenete y el hueco entre ellas se rellenó de ladrillo, dejando ventiladeros para evitar la condensación. Antes de colocarlos en su sitio se hizo la misma prueba "en seco" con todo lo que podía producir dificultades: las ventanas, los nichos 18 Temas del momento: La Iglesia de San Martín de Fuentidnefia, Arqui tectura, Setiembre, 1961, XXXIII, .3." 19 La irtayor parte de los datos referentes a la restauración han sido propoi'cionados por Miss Margaret B. Freeman, Consei*vadora del Museo de Los Claustros.
[MEDRAS viajeras: EL ÁBSIDE DE SAN MARTÍN, ETC. en el interior, los arcos ciegos, etc. Las ventanas eran las más impor tantes ya que habían de unir exactamente las dos paredes y esto no podría ocurrir de haber un error. La pared oeste, que antes era norte, se empezó a construir a plomo pero se vio que los arcos ciegos no iban a encajar y tuvo que ser desmontada y vuelta a construir con un ligero desplome. Poco a poco y con gran cuidado fue progresando la recons trucción. En un principio se pensó en sustituir todas las esculturas por vaciados, pero por último se decidió no hacer esto más que con los atlantes de los arcos ciegos de la fachada norte, hoy oeste, y con el capitel de los leones agachados. Ambos originales se encuen tran ahora expuestos en el interior de la nave y en su lugar están los vaciados que apenas si pueden distinguirse de los originales. Cuando se llegó a la altura de las bóvedas y del arco triunfal se recurrió al uso de las mismas cimbras que se habían empleado en el desmonte. El arco triunfal, como ya se había visto cuando estaba •Mn situ" y se había indicado en los planos, estaba ligeramente abierto y algo alabeado y esto, que presta una gracia especial a los edificios antiguos, es una complicación para el constructor moderno y el re solver este problema tuvo sus dificultades. Toda la reconstrucción, contando los meses de pruebas "en seco", llevó aproximadamente un año. La capilla de la que el ábside de San Martín forma ahora parte tiene, como ya hemos dicho, más o menos la forma y dimensiones de la iglesia primitiva y se ha cubierto con techumbre de madera inspirada en los techos tradicionales de las iglesias segovianas. El que fue ábside de la iglesia de San Martín (Lám. VI, a y b) es ahora parte de un museo, pero la enorme cantidad de visitantes que acudieron a verlo en cuanto se inauguró lo contemplaban como si en realidad fuese un santuario. Aún ahora, al cabo de los meses, no ha decaído el interés despertado por este monumento desarraigado y emigrante, pero salvado de una desaparición total.