Una obra desconocida de Alonso Berruguete
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UNA OBRA DESCONOCIDA DE ALONSO BERRUGUETE De Beiruguele, y casi desconocida, puede reputarse la obra de cuya existencia queremos traer noticia, siquiera sea breve. Se trata de un San Jerónimo, en madera, pplicromada, de tamaño menor que el natural que se conserva en la iglesia parroquial de Santa María la Real de Nieva, en la provincia de Segovia. Recientemente nos hemos enfrentado con esta obra por primera vez, inesperadamente, en una de nuestras salidas de Seminario. Ni en obras de conjunto, ni aun en los más detallados inven tarios de la labor berruguetesca, aparece mencionada esta escultura, aislada, sí, pero positivamente valiosa y de no escaso interés. Que sea atribuible a la gubia, o en el peor caso, a la directísima inspiración del escultor de Paredes de Nava, es algo que se impone con muy ligeras dudas al más somero examen. Hay en ella categoría de obra grande, calidades de buena ley, y un brío y una espiritualidad sobre todo, del que Berrugucíe asume la exclusiva. Nos hallamos lejos aún —y tal vez estemos condenados a ello definitivamente— de poseer ni con aproximado detalle la iista de las obras que hubieron de salir de las manos y del taller —laboriosíginiQ de Berrugucte. La parquedad de informes de que se dispone sobre la personalidad artística y humana del escultor, noMo es menos en lo que a su producción se refiere. Apenas sobre unas cuantas obras suyas sabemos algo, precisamente sobre las que por su mayor envergadura podían atraer más vivamente el comentario del crítico y el mayor asombro del contemporáneo, y que son las que tradicional y comunmente se le conocen. Pero nada, sin embargo, o] poco,' sobre la otra labor, la menuda, la del santo aislado y el grupo modesto, que a buen seguro reclamarían iglesias rurales y entidades'.humildes, del escultor consagrado por las clases selectas y aureolado por los generales elogios. Una vida como la de Berruguete, del dinamismo que dejan traslucir sus rasgos conocidos, y un taller como el suyo, montado
56 J. PÉREZ VILLANUEVA catan a lo grande en medios y elementos de trabajo, no podían lógUu, mente llenarse con las obras actualmente conocidas, siquiera sean de la importancia que son. Hay, pues, que dejar margen en sus cuarenta años largos y aprovechados de ininterrumpida actividad escultórica para otra actividad más escondida (que hay que sospechar esperan zadamente no del todo perdida), con obras de categoría diversa, salida o de sus manos o de su taller, con el sello de una personalidad difícilmeníe confundible. Cieríameníe Berrugueíe no debió ser nunca entre sus contem poráneos un escultor popular; alardeaban sus esculturas de unos arranques y de una libertad a las que no estaba acostumbrada una sensibilidad media, trabajada entonces y siempre por caminos y con recursos más razonables y más asequibles. Pero, de todos modos, Berrugueíe fué desde los comienzos de su carrera el artista solicitado por las clases que por su posición y cultura estaban en situación de marcar ejemplo y esto había de acabar por abrirle en todos los campos sociales las más amplias posibilidades de trabajo. El pueblo, la clase media, tal vez no llegase a comprenderle nunca, pero acabó por admirarle y esto habría de traducirse en obras que, al crecer en número, no siempre podría él atender, pero sí inspirar y sugerir a sus ayudantes. Junto a las grandes obras, a las señeras y representativas, saldrían en buen número del taller de Berruguete obras de menores alcances, entre las que habría, junto a la producida con complacencia de artista que se recrea en ella, las, en mayoría, producidas casi en serie. Todo ello, o al menos en su gran parte, fué desapareciendo luego de su sitio, o maltratado como tantas cosas, o menospreciado una vez extinguida la dictadura que mantuvo Berruguete durante medio siglo sobre la escultura espafíola. Aquellos santos descarnados y «feos» no se avenían, y siguen y seguirán sin avenirse, con el gusto que normalmente se satisface con una belleza de percepción más sencilla y sobre todo más externa. Berruguete siguió siendo el escultor de minorías, cuyo arte, como sus santos, impresionan sin resistir el análisis ni el razonamiento en la mayoría de los casos. El San Jerónimo de Santa María de Nieva es sin duda una más deesas obras salidas del taller berruguetesco sin filiación especial. Sus limitadas pretensiones y su reclusión en lugar apartado la man tuvieron en un anónimo ajeno al comentario del crítico coetáneo y del posterior. Esperando como otras tantas, buenas y regulares, que una labor de investigación amorosa y continuada las vaya sacando a
UNA OBRA DESCONOCIDA DE ALONSO BERRUGUETE 57 la luz y rescatándolas para el lugar que en nueslra Historia artística las corresponde. Documeníalnieníe nada podemos aportar sobre la obra que comentamos. Sólo lo que ella misma proclama en su arte y estilo habrá de servirnos para la atribución que, con escaso margen de duda, proponemos, ya que ella es de por sí lo suficientemente elocuente como para que la llamada a berruguete se haga insistente y exclusiva. El San Jerónimo, personaje de enjuta vejez, aparece representado con todos sus atributos característicos. Toda la fi gura reposa en realidad sobre el león (convencional de tamaño y de todo), ya que la pierna izquierda apenas toca al suelo y el árbol no tiene otra misión que sostener el libro de rezos y dar lugar a que el brazo de ese lado tenga natural salida en actitud leve de posar al margen de una calavera allí colocada. La mano derecha, crispada en actitud dolorosa sujeta contra el pecho la piedra, como en un alto en su tarea morlifi cadora, de cuyo fervor e intensidad anímica, da idea la expresión dolorosa que exhala toda la fi gura. Toda ella encerrada en sus propios pensamientos, resulta de un dramatismo hondo y sentido que aunque agudizado en Intensidad, no deja de ser humano y conmovedor. La comparación que desde luego se impone entre esta escultura y el otro San Jerónimo más conocido de Berruguete (el del Museo de Valladoiid) no perjudica ni mucho menos a este de Nieva. Aquél tal vez le supere en genialidad y en arranques desusados, pero éste en punto a ejecución sincera y a mayor verdad artística, está sin duda por delante. El del Museo es la obra sublime de un espíritu artista con impulso de recio aliento; el de Nieva, producto de un esculto que conoce su oficio y que posee una gubia segura y sabia al servicio de una concepción de altos vuelos. y ambas obras de la primera madurez del escultor. Muy p época en que el re tablo de San Benilo, o acaso algo, poco tarde, saldría lainblén este San Jerónimo del taller de Berru¿n . En todo caso es obra hecha con cierta complacencia e intenciones^ de perfección. En época de luchas y vacilaciones religiosas, de erasmism 1_ Ropritmtotr» tal s i_ . UlOS V choques de ideas, Berruguete, tal vez rumiando por dentro su n blema, había planlado con su escultura el grito desgarrado de uT esplrilualidad estridente y angustiada que trata de cegar su v" ... . ' _ S mr\i ilcrkc .. . . 'UUS — . , . -t»"» ou Virus de reflexión con impulsos irrazonables y supraanímicos. Su obr agitada por un fuego de impulsos transcendentes, aspira a repre'
58 J. PÉREZ VILLANUEVA sentar, más que la vida común, la de su propio espíritu aquejado de mal de eternidad. Ante una empresa de tal magnitud la belleza externa es lo de menos, si no sirve para expresar y conmover, y la técnica, sobria e indispensable, sólo tendrá como misión plasmar unos sen timientos muy simples, pero muy agudos, que no son sino las reacciones de su propia alma. Hay, sin embargo, los naturales matices en la labor del artista que sabe plegarse a las circunstancias. Una obra como este San Jerónimo, ejecutada para ser exhibida aisladamente, habría de exigir cuidados de composición y de detalle de los que el artista se preocupó de dotarla; su teatralidad de actitud, su efectismo de líneas y su ejecu ción más esmerada de lo habitual están denotando preocupación por frenar una exaltación habitual situándola en el terreno de lo más llano y asequible. Obra más rica en perfecciones que en arranques. De hecho el San Jerónimo de Nieva, aunque no exento de ligerezas, destaca en esmeros de ejecución no siempre prodigados por el artista, situándose en méritos varios como jalón importante en la producción berruguetesca. Convencionalismos que no faltan, como esa pierna doblada sobre un león absurdo para disimular un apoyo que la actitud total del cuerpo no da como verdadero, se perdonan fácil mente en gracia a otros aciertos de primera fila. El nervudo cuerpo, de carnes escasas y enjutas, está ejecutado con verdadero acierto; la anatomía, conocida en sus menores detalles, está respetada (cosa no común en Berrugueíe) con bastante fidelidad y manejada con habi lidad maestra para resaltar actitudes y sentimientos. Tal carácter tienen, por ejemplo, esos tendones de manos y pies contraídos violentamente en vibración intensa, esas piernas ejecutadas con perfección detallista y ese tórax y hombro perfectamente acabados. La cabeza angulosa, barbada y casi llorona, es admirable de expresión y de vida honda. Un San Jerónimo a quien se ve sufrir y se comprende aunque no le falte ese dejo de amargura íntima e inconsolable que es el más típico legado de su artífice material. En policromía, la típica de Berruguete. Paños de un tono oscuro, animados con finos dibujos en oro mediante esgrafiado, oros abun dantes donde es permitido —el león— y colores vivos en las carnaciones. j. PÉREZ ViLLANUEVA