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Adalbert STIFTER, «Firme esperanza»

Quijano Peña, Paula

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HERMĒNEUS, 26 (2024): págs. 631-637 ISSN: 2530-609X Adalbert STIFTER, «Firme esperanza» Adalbert STIFTER, «Zuversicht» Traducido por PAULA QUIJANO PEÑA Universidad Europea del Atlántico. Departamento de Traducción e Interpretación y Lenguas Aplicadas. Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades. C/ Isabel Torres 21. 39011 Santander, España. Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea. Departamento de Filología Inglesa y Alemana y Traducción e Interpretación. Facultad de Letras. Paseo de la Universidad 5. 01006 Vitoria-Gasteiz, España. Dirección de c. electrónico: [email protected] ; [email protected] ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7819-4050 Recibido: 15/6/2023. Aceptado: 23/11/2023. Cómo citar / How to cite: Stifter, Adalbert, «Firme esperanza», trad. Paula Quijano Peña, Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación, 26 (2024): pp. 631-637. DOI: https://doi.org/10.24197/her.26.2024.631-637 SOBRE EL AUTOR Adalbert Stifter (1805-1868) fue un escritor austriaco nacido en el seno de una de una familia humilde de comerciantes de la ciudad checa de Oberplan (Horní Planá), por aquel entonces. A pesar de que no se llegó a graduar, estudió Gramática en la Escuela Benedictina de Kremsmünster y, posteriormente, combinó su trabajo de profesor e inspector en las escuelas de Alta Austria con el de escritor, que comenzó gracias a la publicación de su relato El cóndor (1840) en la revista Wiener Zeitschrift. En cuanto a su vida personal, Stifter tuvo que hacer frente a la adversidad en numerosas ocasiones, tales como en el fallecimiento de su padre, en su matrimonio frustrado con Amalia Homaupt o su enfermedad de cáncer. Todas ellas determinarían su visión pesimista de la vida latente en su obra y serían las responsables de la depresión que le acabaría llevando a cometer suicidio. Como conclusión, cabe destacar que Stifter figura entre los autores más prestigiosos en lengua alemana del siglo XIX. Entre sus obras destacan El solterón (Der Hagestolz, 1944), Brigitta (Brigitta, 1844), Las piedras de colores (Bunte Steine, 1853), y El verano tardío (Der Nachsommer,1857) entre otras. 632 Paula Quijano Peña HERMĒNEUS, 26 (2024): págs. 631-637 ISSN: 2530-609X SOBRE EL CUENTO Esta obra, ambientada en la Revolución francesa, pertenece a la compilación Bunte Steine und Erzählungen (Piedras de colores y narraciones, traducido al español) del austriaco Adalbert Stifter. En ella, se plantea el tema moral de la doble naturaleza divina y salvaje que inevitablemente existe en cada uno de nosotros, independientemente de que se encuentre aún dormida, y a la que tenemos que resistirnos continuamente. Para ello, Stifter aborda esta cuestión a través de sus personajes, quienes debaten sobre este asunto moral en una reunión presentando sus respectivos argumentos hasta que, finalmente, sacan a relucir la trágica historia de Marat, el maestro de idiomas, y su hijo, Mark Emil. A través de este relato se ejemplifica hasta qué punto se pueden cometer actos que uno no se creería capaz de cometer en otras circunstancias como consecuencia de los tiempos revueltos, pues son estos quienes despiertan al lado salvaje, previamente mencionado, y forjan el carácter de cada uno en función de los hechos. Finalmente, dicho debate concluye con el final del relato y con la siguiente moraleja: no se puede juzgar dichos actos en situaciones excepcionales a través de la naturaleza divina cuando se tiene la conciencia tranquila ya que, de esta manera, seríamos incapaces de entenderlos y, por ende, de juzgarlos de manera justa. FIRME ESPERANZA Hace poco, en una concurrida reunión giraba la conversación en torno a la Revolución francesa, donde hubo algunos juicios morales acerca de algunos de sus protagonistas. El tema resultaba atrayente y las diversas conversaciones sueltas fueron silenciándose poco a poco, hasta que todos los presentes se fueron implicando al fin en un único tema, cosa rara en grandes concurrencias. Se traía a colación esta y aquella acción, y se buscaba desentrañar sus motivos y recodos morales. Sin embargo, en lugar de abordar la cuestión fundamental sobre quién tenía o no razón, se intentaba explicar determinados fenómenos que, en contra de lo que se esperaba, se manifestaban de manera repentina en los protagonistas, así como buscar su origen y analizarlos a la luz de su interioridad personal. El orador principal era un hombre joven, que parecía haber hecho del estudio de la Revolución la ocupación de su vida, pues Firme esperanza 633 HERMĒNEUS, 24 (2024): págs. 631-637 ISSN: 2530-609X presentaba una cierta cantidad de datos procedentes de fuentes que antaño no eran conocidas, o que, al menos, no se conocían con tal cercanía.1 Después de haberse sorprendido un buen rato sobre los hechos y después de que la conversación volviese a la cuestión del infortunio, de que el tiempo había afectado a los individuos en su terrible estado de ánimo y les habían dado un sello tan despreciable que los apartaba de cualquier sentimiento, tomó de repente la palabra un hombre mayor de cabellos blancos, que hasta ahora no había pronunciado una sílaba, y dijo: «En realidad, yo no creo que la cosa haya que expresarla en términos de que el tiempo haya afectado al carácter, sino que este es el que los ha forjado pues, en otros tiempos, habría sido posible acumular una montaña de delitos sobre la espalda que finalmente acabarían por pesar demasiado y, pese a ello, ser considerado una persona inofensiva y un buen padre de familia a ojos de todos». Los presentes mostraron su desacuerdo con esta afirmación, diciendo que allí donde no hay desde el principio un sustrato salvaje, el tiempo tampoco lo puede hacer surgir. –Permítanme continuar –añadió–. En todos nosotros subsiste una naturaleza salvaje, al igual que tenemos una naturaleza divina y, mientras que la naturaleza salvaje continúa dormida, creemos que carecemos de ella. En ese momento domina únicamente la naturaleza divina con la que juzgamos tan injustamente los caracteres de estos tiempos revueltos porque, al actuar, se encontraban en un estado de enfermedad como, por ejemplo, de fiebre. Sin embargo, somos incapaces de identificar estas naturalezas en nosotros mismos y, por ello, juzgamos sus actos atribuyéndoles nuestro estado de plena salud y, por eso, no las entendemos. El hombre más grande, el virtuoso, es capaz de resistir a su naturaleza salvaje, ya despierta, y no deja que lo arrastre, mientras que el débil sucumbirá de una manera frenética. Ninguno de nosotros sabe cómo actuaría en estos casos, porque no sabemos qué clase de animales desconocidos podríamos despertar por el poder avasallador de los hechos y, menos aún, qué es lo que haríamos en el caso de tifus. –Entonces, ¿defiende usted a los hombres de los tiempos revueltos? –le preguntó otro. –No, ¡no los defiendo! –respondió el más anciano–. Lo que hago es llevar el juicio moral a otro ángulo distinto a cuando estamos aquí en el sofá sin nada que nos pese en la conciencia. 1 Entiéndase desde el punto de vista emocional, por haberlas vivido tan de cerca, como se verá más adelante (nota de la traductora). 634 Paula Quijano Peña HERMĒNEUS, 26 (2024): págs. 631-637 ISSN: 2530-609X –Pero es que hay determinadas cosas –dijo una dama–, de las cuales se sabe con certeza que uno no sería capaz de cometer, y hay caracteres tan insondables en los que nunca llegaremos a convertirnos como, por ejemplo, en el demente de Marat. –Usted es la que lo llama demente –replicó el hombre–. Pero yo no sé qué es lo que sucede en estos casos. Sin embargo, siempre que se habla de ellos (de este tipo de personas), pienso que tengo que dar gracias a Dios por ayudarme a hacer frente a mis pasiones, puesto que no soy capaz de desentrañar qué temibles fuerzas se pueden hallar latentes en mi corazón, las cuales quizá habrían podido subyugarme y empujarme a cometer cosas terribles. Me resigno y no dejo de reparar con inquietud en el viejo y decrépito maestro de idiomas.2 –¿Y quién es el viejo y decrépito maestro de idiomas? ¿Qué ocurre con él? ¡Cuéntenos! –exclamaron las damas. –Pues se trata del pequeño maestro de idiomas francés que siempre lleva la levita3 de color tabaco y se deja ver así en medio de las casas burguesas. Es la viva prueba de lo que les digo. –¡Pero si él –exclamaron un par de caballeros– es la persona más humilde e inofensiva que pueda haber! –En efecto es inofensivo –respondió el anciano–; sin embargo, no es más que la ruina y restos de una dinastía que se ha hundido de un modo terrible. Cuando4 estalló la Revolución, un viejo y honorable hombre, el único primogénito de la que una vez había sido familia importante, vivía en las Ardenas con su hijo, Mark Emil; el apellido de la familia en este caso es ahora irrelevante. El amor que se profesaban padre e hijo era tan grande que se convirtió en la comidilla del lugar: no podían estar el uno sin el otro. El padre crio y educó a su hijo en el castillo con los mejores maestros, y siempre se lo llevaba consigo adonde iba y se encontraba siempre a su lado. El hijo le correspondía con la gran diligencia y buenos modales que le caracterizaban y, llegada la vejez de su padre, mediante unas atenciones hacia el anciano que este no sería capaz de esperar mejores de una hija. Ambos vivían completamente solos en el viejo castillo, puesto que la madre había fallecido hace ya mucho tiempo y ningún pariente se acercaba por allí, porque 2 Téngase en cuenta que se trata del equivalente del arcaísmo romántico Sprachmeister (nota de la traductora). 3 Considérese la acepción romántica del término Rock. 4 A partir de este momento se sigue haciendo alusión al maestro de idiomas a través de una narración que el hombre comienza a contar a los presentes, en lugar de debatir con ellos. Firme esperanza 635 HERMĒNEUS, 24 (2024): págs. 631-637 ISSN: 2530-609X ya no le quedaba ninguno vivo. Emil dormía en una habitación al lado de la de su padre. La puerta solía permanecer abierta, porque el anciano se movía y se lamentaba en sueños y, por ello, despertaba al muchacho, que a continuación acudía a la cama de su padre y se detenía a contemplar durante un largo rato cómo dormitaba, hasta que finalmente regresaba a su habitación. Cuando Emil enfermaba, el padre pasaba día y noche sentado en su cama, le daba él mismo la medicación y permanecía despierto desde el comienzo de su convalecencia hasta su total recuperación. Y cuando el padre quería ir al bosque, Emil lo acompañaba ubicado a su derecha con su traje de cazador y, cuando quería salir a montar, el mismo Emil preparaba los caballos; le traía el vino de la bodega, movía las alfombras y probaba con su propia mano la blandura de los cojines. El padre apenas podía recompensarle a su hijo todo el amor que este le profesaba, pues Emil nunca le pidió, exigió, ni expresó ningún deseo a cambio: para él haber vivido en el castillo era suficiente. Solamente había ciertos asuntos en los que estaban en desacuerdo, y estas diferencias serían la causa de todo lo que acontecería después: Emil iba cada vez más a menudo de excursiones en las que el padre no le podía seguir. En una de estas ocasiones, conoció a una joven de padres burgueses y, poco después, ambos jóvenes se enamoraron el uno del otro. Emil, fiel a su amable y retraído temperamento, se entregaba al entusiasmo de ese sentimiento y lo mantenía en secreto. La joven, inocente, siguiendo los deseos del bello hombre, aceptó felizmente la idea de mantenerlo en secreto y de continuar con sus encuentros clandestinos en el jardín, en el bosque e incluso en las ruinas del viejo castillo. Este par de enamorados rebosaba de tanta dicha, que apenas podían pensar en otra cosa. Además, el hecho de no poder compartirla con nadie más les hizo estar aún más unidos y comprometidos el uno con el otro. Emil no se imaginaba que alguien pudiera tener algo en contra de ello. En el verano del segundo año la joven sentía que estaba esperando un hijo y, entonces, Emil superó su pudor, le contó todo a su padre y la pidió por esposa. Sin embargo, el padre montó en cólera, se dio la vuelta y corrió a la habitación, se arrancó los cabellos y, ese mismo día, ordenó que enviasen a su hijo a París para romper cualquier clase de vínculo con este. Ese fue el primer delirio y arrobamiento sucedido durante la República: Emil debía de haber sido introducido en círculos familiares y en la vida del mundo, pero la inestabilidad de aquellos tiempos lo turbaron todo, truncaron los acontecimientos convirtiéndolos en algo totalmente distinto y acabaron 636 Paula Quijano Peña HERMĒNEUS, 26 (2024): págs. 631-637 ISSN: 2530-609X con la correspondencia entre padre e hijo. A consecuencia de ello, Emil, presa del ímpetu de la juventud y de la desesperación, terminó en el ejército del general Dumouriez combatiendo a los emigrantes. Durante un combate irrelevante en el que, provisto de un fajín de oficial, montaba sobre un valeroso caballo, avistó justo enfrente por pura casualidad a un viejo, también a caballo, que tenía para él algo de familiar. Se acercó a él a lomos de su caballo y reconoció horrorizado a su padre. Este también le reconoció a él y, sacando su espada de la vaina, se lazó sobre él. Emil, al verlo, dio la vuelta a su caballo y salió huyendo. Los franceses, que habían vencido, no entendían cómo su líder había podido huir dándole la espalda a su escuadrón perseguido por un único hombre, y es que el padre iba tras el hijo; cabalgaba sobre un caballo tan ágil que Emil casi podía oírlo resoplar sobre su nuca. De repente, se quedó detenido delante de una zanja demasiado profunda y ancha como para saltarla. En aquel mismo instante se dio la vuelta y, sacando su pistola de la funda, disparó al anciano en medio del pecho, y este, tras tambalearse, cayó del caballo. Todo sucedió tan rápido que los soldados que acompañaban a Emil no sabían si acudir o no en ayuda de su líder. Pero, al oír el disparo se dirigieron a toda prisa hasta aquel lugar y vieron que el peligro ya había pasado, ya que el jinete enemigo yacía en el suelo. Algunos escuadrones más acudieron también a aquel mismo lugar y un coronel, mientras daba a Emil unas palmadas en el hombro, le dijo: –Te has lucido trayendo hasta aquí el viejo y deshacerte de él. Emil, sin embargo, se bajó del caballo y, sacando su otra pistola de la funda, se disparó en la sien. En el bolsillo interior del anciano, cubierto por la sangre de su propio corazón, se encontraba el borrador de una carta dirigida a Emil, en la que le informaba de que la joven había dado a luz a un precioso niño al que él mismo había conocido y visitado frecuentemente, y que aprobaba que Emil la convirtiera en su esposa legítima. El final de este mensaje recogía algunos reproches cariñosos en los que se preguntaba por qué no le había contestado a dos cartas, y preguntaba por qué no regresaba por los buenos momentos y por la legitimidad de estar a su lado. Los camaradas de Emil se quedaron perplejos ante tal acontecimiento y no supieron cómo asimilarlo. No fue hasta más tarde cuando se aclaró completamente el misterio y todos lamentaron el destino de la familia. El viejo y decrépito profesor de idiomas era el hijo ilegítimo de Emil. Los bienes de la familia fueron dilapidados por la Asamblea Nacional y hoy en día nadie en Firme esperanza 637 HERMĒNEUS, 24 (2024): págs. 631-637 ISSN: 2530-609X Francia se detiene si quiera a pensar en las pertenencias, ni en los miembros de esa familia. Cuando el anciano acabó su relato, se hizo el silencio durante un rato, porque cada uno de los presentes se quedó contemplando al demonio del parricidio con ojos sombríos. Entonces, hablaron sobre el profesor, al que todos habían visto allí mismo: lo conocían desde hace ya mucho tiempo y podían distinguir algún que otro de sus rasgos. Con todo, la conversación sobre el profesor se fue finalmente disipando y se pasó a hablar de otros asuntos que eran insignificantes. Finalmente, llegada la hora de despedirse, se dedicaron amables palabras, se fueron a casa, se acostaron en sus respectivas camas y se alegraron de no tener pecados graves sobre su conciencia. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS John, Johannes (2013). Stifter, Adalbert. Neue Deutsche Biographie, 25, pp. 339- 341. Recuperado el 5/3/2021 de https://www.deutsche-biographie.de/pnd 118618156.html#ndbcontent. La Santa Sede (s. f.). Catecismo de la Iglesia católica. Recuperado el 4/3/2021 de https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p123a12_sp.html. s. a. (2011). Adalbert Stifter. IMPEDIMENTA. Recuperado el 5/3/2021 de http://impedimenta.es/autores.php/stifter-adalbert. s. a. (s. f). Adalbert Stifter. Adalbert Stifter Institut des Landes Oberösterreich. Recuperado el 4/3/2021 de https://stifterhaus.at/adalbert-stifter/biografie. Stifter, Adalbert (1996), «Zuversicht». En Bunte Steine und Erzählungen (vol. 9, pp. 457-460). Artemis & Winkler Verlag, pp. 457-460.