Sobre el giro lingüístico en las filosofías anglosajona y alemana
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Taula, quaderns de pensament (UIB) núm. 23-24,1995 SOBRE EL GIRO LINGUISTICO EN LAS FILOSOFÍAS ANGLOSAJONA Y ALEMANA (OBSERVACIONES A LA RAZÓN COMO LENGUAJE, DE C. LAFONT; MADRID: VISOR, 1993) Cristina Corredor (Universidad de Valladolid) RESUMEN: El artículo pretende ser una contribución al dialogo crítico que el libro de C. Lafont ha abierto entre dos concepciones del lenguaje y de la racionalidad que habitualmente se consideran muy distintas. Se trata, de una parte, de la tradición analítica anglosajona a la que pertenece la teoría de la referencia directa de H. Putnam, y de otra parte de la pragmática filosófica del lenguaje alemana según el último desarrollo de J. Habermas. ABSTRACT: This paper aims at making a further contribution to the critica1 dialogue that C. Lafont's work has open between two (usually considered) very different views on language and rationality. Firstly, that of the anglosaxon analytic tradition, here represented by Putnam's theory of direct reference. and secondly the German philosophycal pragmatics on language, in its last achievement by J. Habermas. El texto de C. Lafont que se va a comentar parte de una caracterización precisa del llamado 'giro lingüístico' en filosofía y, con ello, del cambio de paradigma que ha tenido lugar en el pensamiento filosófico del s. XX. K.-O. Apel' ha defendido que este cambio de paradigma surge de una necesidad inherente al propio desarrollo del pensamiento y permite adscribir, a la filosofía del lenguaje, el estatuto de filosofía primem que Aristóteles confirió a la metafísica y más tarde correspondió a la filosofía trascendental o epistemología. Debido al 'reconocimiento del carácter simbólicamente mediado de nuestra relación con el mundo, el lenguaje sustituye al sujeto trascendental kantiano como instancia de la que proceden los rendimientos constitutivos de la experiencia -o del 'mundo'. ' K.-O. Apel [1976]: «The trascendental conception of language-comunication and the idea of a first philosophyn; en H. Parret (ed.): Histoty of lingilisric rhoilgiir arld corlretnporary liilg~tistics: Berlin: Walter de Gruyter, 1976.
Los fundadores griegos de lo que se llamó filosofia prinzera consideraron que el logos y los conceptos se dirigían a algo universal e independiente del uso del lenguaje: los nombres y los signos lingüísticos, diferentes en las distintas lenguas, no eran sino instrumentos convencionales de designación, al servicio del logos. Aristóteles hizo. de los significados, afecciones en el alma correlativas a la estructura ontológica de las cosas; eran, en principio, independientes de las palabras o signos lingüísticos: en ningún momento consideró la posibilidad de que sus categorías ontológicas fueran relati\ias a las categorías lógico-lingüísticas de la lengua griega. Así, a través de esta reducción onto-semántica de los sig~zificados al estatuto de entidades extra-lingüísticas (ideas para Platón, o afecciones intra-psíquicas en correspondencia con las cosas para Aristóteles), la ideiztidad intersubjetiva de los significados se veía como correlato natural y autoevidente de la estructura ontológica de las cosas -independiente, por tanto, del uso de las expresiones. A~-istóteles vio en este presupuesto de la identidad intersubjetiva de significados la garantía de la aplicabilidad del principio lógico de, identidad. Es decir, adoptó el supuesto intensionalista de que la identidad de significados (irzterzsiorzes) garantiza la ideiztidad de las referencias (exteizsiones). Esta concepción del lenguaje y su relación semántica con el mundo ejemplifica la tesis que. en La razó~~ ~01110 lenguaje (RL), C. Lafont enuncia como de la 'preeminencia del significado sobre la referencia'. Este presupuesto aristotélico de la identidad intersubjetiva del significado de los signos, como correlato de la identidad de las referencias, llevó a los doctores escolásticos a derivar consciente y metódicamente las categorías ontológicas de su concepción del mundo a partir de los textos canónicos latinos -que consideraban un leilgztnje ~uiiversal. El examen de la imagen del mundo resultante, mediante su confrontación con la experiencia, permitió el paso de la ontología como filosofía primera al análisis epistemológico de la conciencia. La doctrina que permitió la transición afirmaba la intuición inmediata de lo individual como contenido de la conciencia que precede a todo uso del lenguaje. El conocimiento pasó a considerarse una función, intuitiva que, en un primer momento, es independiente del lenguaje y solo después necesita hacer uso de los signos. para la 'fijación en la memoria' y la comunicación. Esta concepción del lenguaje subsumía lo que, haciendo uso de la expresión intioducida por Husserl, se ha denominado solipsismo netod do lógico: la creencia de que el sujeto epistémico puede alcanzar una comprensión de los datos presentes en su conciencia, incluida la comprensión de sí como un 'yo', sin presuponerse ya a sí mismo ~01110 un ser socializado en el seno de una comunidad lingüística. Cuando Kant preguntó, por primera vez. por las condiciones de posibilidad y validez intersubjetiva del conocimiento, no tomó en consideracion el lenguaje como corzdicióil ni a las categorías lingiiísticas sintácticas y semánticas como las formas de la experiencia posible. La filosofía de la conciencia de la Modernidad continuó insistiendo en la evidencia subjetiva de las 'ideas en el alma' como conciencia, sin reconocer que la síntesis de la apercepción transcendental es siempre función de una interpretación mediada por signos. Est'o subsume aún una concepción instrumentalista del lenguaje e introduce las premisas para la crítica que J.G. Hamann, J.G. Herder o W.V. Humboldt dirigieron a Kant. C. Lafont muestra cómo la tesis intensionalista antes enunciada se ve conducida, con estas críticas y su elaboración posterior por paste de la hermenéutica, a una radicalización de la perspectiva relativista en el modo de concebir el lenguaje. Pues el giro lin-
güístico efectuado en el contexto de la filosofía alemana se ha caracterizado por el reconocimiento del lenguaje como la instancia que. en su función de apertura del mundo, es «detenizinarzte de toda experierzcia inrrar?zundarzu posible».? Pero, en su nuevo estatuto detranscendeiltalizado. solo aparece bajo la forma.de una pluralidad de lenguas distintas y no es posible ya fundamentar una división estricta entre lo empírico y lo trascendental -es decir: entre lo válido a priori, o 'saber del significado', y lo válido a posteriori, o 'saber del mundo'. La consecuencia es ineludible: pues el carácter holista del significado: así entendido: «impide trazar una línea divisoria entre 'saber del significado' y 'saber del mundo'»: de modo que «cualquier diferencia -por pequeña que seaen el 'saber de fondo' de los hablantes trae consigo la imposibilidad de que estos logren alguna vez hablar sobre 'lo mismo'.»3 La instancia que integra y articula el saber de fondo es la apertura lingüística del mundo, deterniinarzte absoluto, según esta concepción hermenéutica, de la experiencia intramundana. El análisis crítico del modo en que esta categoría. entendida como Lebensrvelt o m~iizdo de la vicln . ha sido incorporada en el pensamiento de Jürgen Habemas, lleva a C. Lafont a identificar una dificultad 'grave' en el contexto de la teoria de la acción comunicativa: el intento de poner la 'constitución de sentido' bajo el control de prentensiones universales de validez desemboca. «en el plano de la teoría del significado, en la imposibilidad de aislar las 'condiciones de aceptabiliad' de los actos de habla del 'saber de fondo' que las determina y que, por elld. hace posible la comprensión de los mismos.»Ton ello, la teoría habermasiana se ve 'bloqueada' en su intento de proporcionar una teoría universalista e intersubjetivista de la interacción comunicativa que evite el contextualismo histórico y el relativismo hermenéuticos, es decir: la conclusión inevitable. desde esas premisas hermenéuticas, de que el lenguaje decide 'a priori' sobre lo que puede aparecer en el mundo. La propuesta final de C. Lafont es la de llevar a cabo una recuperación, dentro de este ámbito de la teoría del significado, de las teorías de la referencia directa desarrolladas por autores como Kripke, Kaplan, Donnellan y (muy en particular) Putnam. Lo que subyace a esta propuesta es un intento de prestar atención al liso cognitivo del lenguaje y, con ello, mo,strar cómo puede 'roinperse' el círculo hermenéutico que remite la relación lenguaje-mundo al perfecto apriórico (!.a sirnpre) del saber de fondo. Pero C. Lafont tendría que mostrar, a continuación, que la defensa de su propuesta no supone una vuelta a paradigmas anteriores y. sobre todo, que esta atención al uso cognitivo del lenguaje no cae bajo el alcance de la crítica que dese posiciones uni~~ersalistas e intersubjetivistas se ha dirigido al objetivismo de cualquier concepción instrumentalista del lenguaje. así como tampoco en el contextualismo 'historicista' que pretende contestar. Creo que algunos aspectos de la posición de Putnam sí son acreedores a esa crítica; y. sin embargo, encuentro en el texto de C. Lafont una aportación teórica original que permite superarlos. En lo que sigue no voy a hacer un resumen ni una discusión sistemática de lo expuesto -de forma muy brillanteen su texto, sino que me limitaré a algunas reflexiones sugeridas por su lectura. C. Lafont [1993]: La razón corilo leng~taje: Madrid: Visor; 16. (En adelante. citado simplemeiite coino RL.)
Si se aceptan las premisas de la concepción hermenéutica del lenguaje, la inevitable inconmensurabilidad de las aperturas del mundo lingüísticas conduce a consecuencias relativistas. Esta conclusión es característica del giro lingüístico en filosofía, tanto en la tradición alemana (como muestra el texto comentado) como,en la anglosajona (Quine: tesis de la indeterminación de la traducción radical; Davidson: necesario recurso al principio de caridad). C. Lafont ha visto la raíz de esta conclusión en la asunción general, por parte de estas concepciones del lenguaje, de teorías de lu refere~lcia irldirectu. Consisten en la reconstrucción de la función designativa de los nombres mediante la «traducción» de las expresiones denotativas al conjunto de atribuciones y predicaciones asociadas con lo denotado. Esta descripción indirecta sería la que fija la referencia o, eti los términos de Frege, la que constituye el serltido de la expresión denotativa o modo de darse lo designado. C. Lafont ve, a la base de esta reconstrucción, la tesis de la preeminencia del significado sobre la referencia: la función de designación de los nombres tiene lugar indirectamente, pues está «mediada por 'conceptos' (o significados) ---es decir. orientada por el modo del predicado y no del nombre^.^ Sin embargo, un acceso a estos 'conceptos' o significados solo es posible, explícitamente, vía algún procedimier~to de definición o explicación; las expresiones lingüísticas integrantes de éstas han de descansar, a su vez, en otros conceptos o significados. Aquí surge una alternativa: o bien, y ante la paradoja de una recursión al infinito -peligro ya visto por Wittgenstein en el Tructatus-, se intenta encontrar algún procedimiento de «bloqueo» que detenga la recursión, o bien se postula la existencia de una facultad prelingüística de pensamiento (paradigmas griego y moderno) que entraña una concepción instrumentalista del lenguaje. Con respecto a la segunda opción, sin embargo, C. Lafont muestra cómo a esta concepción tradicional del lenguaje le subyace una forma de objetivación que queda refutada y sin posible «marcha atrás» con el cambio de paradigma introducido por Humboldt: pues el lenguaje pasa, de ser un sistema de signos que «objetiva» el pensamiento. a ser una actividad (erzergeia) constitutiva, en sí misma, de la actividad del pensar y? como tal. condición de posibilidad de esta última.6 Extremando esta conclusión, cabe afirmar que el pensamiento no es sino actividad lingüística internalizada. Pero si no es viable, como C. Lafont inuestra vía Humboldt, un regreso a esta concepción tradicional del lenguaje, la opción que queda parece ser la parado-ja de una recursión al infinito en la remisión de unos conceptos o significados a otros. Creo que puede afirmarse que es este peligro el que subyace a la búsqueda, por parte de la primera filosofía analítica del lenguaje, de un lenguaje lógicurnerzte pecfecto: la (re-)construcción explícita de este lenguaje ideal debesía poder permitir un acceso a los conceptos o significados úlinios, no ulteriormente analizables, mediante la identifiación de las categorías lógico-lingüísticas más simples. Ello llevó a postular (Frege, Russell, joven Wittgenstein, Carnap) la necesidad de nombres propios erz serlrido lógico, que no podían identificarse con los nombres gramaticales. El sentido último de este postulado es RL 34, n 4' RL cap 11
TAULA 23-24 que, si bien se acepta para las expresiones denotativas del lenguaje natural una reconstrucción vía atribuciones y predicaciones (análisis por parte de Russell de las descripciones definidas mediante su traducción a enunciados existenciales), esto ya no ocurre en el caso de las expresiones gerzuiizanzente derzotativas. Estas deberian ser nombres, en sentido estricto, de aquellas entidades que se «asumen» como existentes en el dominio del que habla la teoría o el fragmento de lenguaje (también el lenguaje natural) considerado. Ello supone. claro está, la asunción de presupuestos epistemológicos o de algún otro 'tipo que no pueden quedar justificados desde dentro de la teoría. En «Uber Sinn und Bedeutung», Frege ironizaba con la observación de que. cuando decimos «la luna». deberíamos añadir por precaución la cláusula «en caso de que exista»; y Carnap insistía en el carácter puramente metodológico y relativo a la teoría de la elección de un conjunto de enunciados protocolares -sin que esto implicara algún tipo de decisionismo; Quine. a su vez: se ve obligado a reconocer que no podemos sustraemos a la convicción de que la «naturaleza de la realidad» ha de ser tal que haga que un marco conceptual resulte más eficaz «como procedimiento para elaborar una estructura manejable en el flujo de la experiencia».' Creo que esto hace que las críticas dirigidas por los teóricos de la referencia directa a esta posición8 no hagan entera justicia al análisis de la primera filosofía analítica. La distinción de Donnellan entre uso referencial y uso atributivo sitúa en el mismo plano dos niveles distintos de análisis, pues este último no es «uso» en sentido estricto: es resultado del análisis que intenta hacer transparentes los presupuestos orzto-semáizticos (por emplear el término de Quine) que entran en juego, dado un marco conceptual. Las expresiones denotativas a las que se atribuye una referencia indirecta solo pueden satisfacer esta función en la medida en que el análisis las revele como complejos de expresiones denotativas más simples que sí refieren directamente. El análisis trata de cumplir un doble objetivo: i) mostrar lo subsumido en el uso del lenguaje, y ii) mostrar que el uso de un lenguaje (de un marco conceptual) «arrastra» consigo un dominio o universo del discurso onto-semántica, susceptible de explicitación. El «valor de una variable» es. precisamente, aquello de lo que suponemos su existencia. Y el establecimiento del marco semántico (dominio, más conjunto de relaciones definido sobre éste) cae «fuera» del ámbito de la semántica: es un problema pragmático. Así, pues, en las teorías identificadas como de la referencia indirecta lo que se intentaba llevar a cabo era un análisis del lenguaje que hiciera trasparente la sintaxis lógica (Carnap), que «desvistiera» a la esencia del lenguaje del ropaje con que se disfraza en su uso ordinario (joven Wittgenstein) y, finalmente, reconstruyera formalmente el funcionamiento de las expresiones denotativas a fin de mostrar cómo incorporaría este mismo uso referencial, ya depurado de elementos innecesarios y confundentes, un lenguaje lógicat?zente pegecto (Frege, Russell). En todos los casos, la significatividad del lenguaje queda garantizada por la existencia de expresiones que refieren directamente - aquellas no ulteriormente analizables. ' W.V. Quine [1953]: «Two dogmas of Empiricism~; en A.P. Martinich (ed.): The Philosophy of Lnnguage; Oxford Unib. Press. 1990. p.38. Recogidas en RL 235 y ss.
La crítica de Quine a la distinción analítico/sintético de la teoría tradicional (Frege. Russell. joven Wittgenstein, Carnap), desde la perspectiva que interesa aquí, supone una «vuelta de tuerca)) en la radicalización del carácter «indirecto» de la determinación de la referencia. Pues incluso los elementos mínimos, no ulteriormente analizables del análisic alcanzan el estatuto de «mitos»: la elección de un dominio onto-semántica depende. en cada caso, de#criterios pragmáticos -como se vio antes. Ello llevaría a un contextualisn~o extremo, si np fuera porque Quine ha suplementado esta"teona lógico-lingüística con lo que llama una «ontología materialista)). Creo que esto es inevitable, si no se quiere caer en una paradoja que encierra su propia propuesta. La reducción que Quine lleva a cabo, postulando que todas las teorías de la ciencia pueden expresarse en el lenguaje de la lógica clásica de primer orden y probando que este lenguaje es equivalente a otro que prescinda de incorporar constantes individuales (que corresponderían a los «nombres propios en sentido lógico))), justifica la tesis de que «ser es ser el valor de una variable)): cualquier entidad puede ser interpretada: dentro del formalismo, como la entidad identificada con aquella que satisface un conjunto de atribuciones y predicaciones. Pero, al mismo tiempo, el punto de vista extensionalista permi- ,, te interpretar cualquier símbolo de predicado o propiedad (preddicado uniario) conlo un conjunto de (n-tuplas) de entidades: precisamente, aquellas que satisfacen el predicado o la propiedad. De modo que las entidades se «identifican» vía un racimo de predicaciones y atribuciones; y los predicados y atributos o propiedades se «identifican» vía el conjunto de entidades que los satisfacen. De ello resulta una paradoja circular (del tipo «qué es antes))) que se resuelve cómodamente. sin embargo, teniendo en cuenta que las primeras propuestas de Frege: Russell, Wittgestein o Carnap se formularon con anterioridad al trabajo semántico de Tarski. Es la distinción entre lenguaje objeto y meta-lenguaje, y la definición explícita de un marco semántico compuesto por un dominio o universo del discurso y (al menos) un conjunto de relaciones definido sobre éste, lo que permite 'dotar de significado' (es decir, interpretar) a las expresiones del lenguaje -y ello entraña la asignación de referencia a las expresiones denotativas, asociándolas con alguna entidad del dominio. Hasta aquí, sin embargo, el dominio considerado es semántico en sentido estricto. Si de lo que se trata es de decir qué existe «realmente», las nociones semánticas de veferencia de una expresión denotativa y de verdad de una oración existencia1 adolecen de lo que K.-O. Apel ha llamado vacuidad epistenzológica de la izoción tanskiarzu de iJei.- du$ y que E. Tugendhat también ha considerado críticamente.1° En la medida en que la teoría semántica de la verdad de Tarski no determina la asunción de una teoría epistemológica u ontológico-metafísica de la verdad, ya presupone que se cuenta con una determinación o definición adecuada de esta noción: remite a una compleción de carácter pragmático: en el sentido de la interpretación que ha de tener lugar en el seno de una comunidad científica y mediante el lenguaje natural como último metalenguaje. (Frente Y Cf. e.g. K.-OApel [1980]: «C.S. Peirce and the post-Tarskian problem of an adequate explicatiori of the meaning of truth»; en T/?e Morzisr 6313 (1980). "' E. Tugendhat [1960]: ~Tarskis semantische Definirion der Wahrheit u~id ihre Stellung innerhalb der, Geschichte des Wahrheitsproblem im Logischen positivismus»; en G. Skirbekk (Hg.): I.Vo/~cihr./ieirst/~cocihr.i~~~~; Fraricfort: Suhrkamp. 1977.
TAULA 23-24 a Carnap, que consideró esto un problema de pragmática empírica, Apel ha defendido la necesidad de postular una reflexión pragmático-trascendental en la que se evalúe la vali- .dez intersubjetiva de la interpretación del lenguaje, incluidas sus pretensiones de validez: y del mundo.) Lo que interesa por el momeno de esta posición epistemológica y filosófico-lingüística de la teoría de la referencia indirecta. en la versión más radical de Quine, es que va unida a una renuncia explícita a encontrar una fundamentación filosófica última: «En nuestra explicación de cómo es posible la adquisición de la ciencia no intentamos justificar la ciencia por alguna filosofía anterior y más firme»,'' y ello entraña la aceptación del 'saber de fondo' implícito en nuestra tradición cultural, incluida la ciencia, como el marco de referencia último: «Todo ser humano recibe una herencia científica más un bombardeo continuo de estimulación sensorial: y las consideraciones que le llevan a reelaborar su herencia científica a fin de que se adecúe a los continuos estímulos sensoria- : les son: si racionales, pragmáticas».I2 Aquí surge una diferencia importante entre este planteamiento y el de C. Lafont. Citando a Habermas, señala la necesidad de separar lo racional de lo mítico, mientras que para Quine cualquier suposición de un mundo exterior al marco conceptual merece el estatuto de «mito». De hecho. Quine justifica esto sobre la base de una tesis «fuerte»: lo que determina la decisión, por parte de una comunidad científica: de ampliar el universo del discurso incorporando un nuevo «objeto», es el contar con un conjunto de fenómenos que no se dejan expresar en el lenguaje de relaciones de la lógica de primer orden; y el tipo de razonamiento hipotético-deductivo que: en el plano pragmático del «mundo real», estos científicos desarrollan mediante el lenguaje natural, refleja básicamente esa lógica clásica. Lo fundamental es que este «mecanisino de retroalimentación» hace que el establecimiento de cualquier marco conceptual -y por tanto la determinación de lo que haysolo pueda efectuarse desde el «suelo» previo del marco conceptual más amplio del conjunto de teorías científicas y saber de fondo de lo que consideramos nuestro mundo real (holismo). Creo que puede afirmarse que lo que determina lo «relativo al contexto» de la noción de significado resultante, en el caso de las expresiones denotativas en general, no es tanto el carácter directo o indirecto de la fijación de la referencia cuanto el modo de explicar la introducción de una nueva entidad en el dominio semántica. Esta decisión no está determinada por el ya siempre del lenguaje, sino por una especie de todavía no: por la imposibilidad de expresar un conjunto de fenómenos como relaciones de primer orden entre elementos ya presentes en el marco conceptual, haciendo LISO de los medios lingüísticos disponibles. En la forn~ulación final de C. Lafont, a su vez,I3 aparece la necesidad de considerar (jcomo una «necesidad lógica» de la argumentación?) el presupuesto contrafáctico de un mundo que se s~~poize independiente de los medios lingiiísticos y que constituiría el horizonte último de la función referencia1 del lenguaje. Esto está en correspondencia y se justifica con una idea de Putnanl que me parece clave: la de que parece existir una 'brecha' entre nuestra teoría y los 'objetos' que impide suponer que la referencia quede fija- '' %'.V. Quine [1974]: Las raíces de la referenciu: trad. de Manuel Sacristán: Madrid: Alianza. 1988, p.50. '' W.V. Quine [1953]. p.39. I3 Cf.RL251.
da, indirectamente, vía el modo de designaciórl o sentido de la expresión denotativa considerada.'Treo que el fuerte contextualismo (o relativismo respecto al marco conceptual más amplio de la totalidad del lenguaje y de nuestra cultura), presente en la teoría de la referencia de Quine de forma explícita, queda también puesto en cuestión ante esta observació~~ que C. Lafont recoge -y para la que hay argumentos a favor en lo observado al final del párrafo anterior, a pesar de la autocomprensión del propio Quine. Esta idea me parece importante por dos motivos. En primer lugar? creo que la teoría del significado de Putnam subsume elementos que podrían volver a remitir al círculo hermenéutico del que se trata de salir, o a formas de objetivismo. Pero, en segundo lugar, en , RL se introducen elementos que suponen un giro con respecto a esta teoría y que son? precisamente, los que pueden impedir esa remisión. La teoría del significado de Putnam se basa en la crítica a dos presupuestos básicos de teorías del significado anteriores y en una hipótesis explicativa de carácter sociolingüí~tico.'~ Rechaza que conocer el significado de un término consista en encontrarse en cierto estado psicológico (de memoria, creencia, etc.) y, con ello, cualquier concepción ~llentalista o intencionalista del significado. Y argumenta en contra de la tesis que eri RL se caracteriza como de la 'preeminencia del significado sobre la referencia': en contra de'que sea el significado o intensión de un término el que determine su extensión, en el sentido de que la identidad de significado entrañe la identidad de referencia. Esto último supone rechazar que la referencia venga dada indirectamente mediante el modo de designación o sentido (Frege). Putnam defiende que algunas expresiones denotativas, como las palabras que designan géneros naturales u objetos físicos, son términos indéxicos (en el sentido en que lo son adverbios como 'aquí' y 'ahora', los pronombres personales o 10s morfemas de tiempo verbal). La idea es que se trata de desigiludores rígidos, en el ' sentido de Kripke: su referencia se mantiene fija en cualquier «mundo posible» o situación contrafáctica que quepa imaginar. Esta tesis 'fuerte' encuentra apoyo en lo que Putnam denomina hipótesis de la universalidad de la división del trabajo lii~giiístico'~ y en su introducción de la noción de estereotipo junto a la de significado operuciotial. La idea de Putnam es la de que una noción de significado satisfactoria puede lograrse si se especifica una 'forma normal de descripción del significado', que en el ejemplo de la palabra 'aguao estaría integrada por: 1. marcadores sintácticos asociados con la palabra (como 'nombre de masa'); 2. marcadores semánticos (como 'clase natural', 'líquido'); 3. una descripción de los rasgos adicionales asociados con el estereotipo (y que forman parte de lo que cualquier hablante H. Putnarn [1983]: Reulisrn und Reusoiz; cit. en RL 245, n.14. . 'j H. Putnan~ 119731: «Meaning and Referente)); en A.W. iwoore (ed.): ~Meuilitlg nild Referet1c.e: Oxford U.P., 1993, y H. Putnam [1975]: «The meaning of 'meaning'x, en K. Gunderson (ed.): Lailgitu~e, irziild aild kilowiedge; University of Minnesota Press. l6 «Ever>l liriguistic community ... possesses at least some terms whose associate 'criteria' are kriowri only to a subser of the speakers who acquire the terins, and whose use by the others speakers deperids upori a structured co-operation between them and the speakers in the relevant subsets.» (Putnam [1973], 156).
TAULA 23-24 9 3 competente en general conoce 'incoloro'. 'transparente', etc ), 4 finalmente, una descripción de la extensión, que sería la proporcinada por la comunidad de hablantes 'competentes en la materia' según la hipótesis sociolinguística de división del trabajo linguístico ('H70') m Esto permite a Putnam rechaza1 que un nombre solo refiera en el contexto de una oración (Frege, Russell, Wittgenstein, Carnap, Davidson). Esta explicación del significado (en términos de descripciones de vasios tipos) puede resultar paradójica, si se piensa que lo que Putnam está intentando elaborar es una teoría de la referencia directa -que no puede reducirse, por consiguiente, a una adscripción de predicaciones y,atribuciones. La solución al conflicto se encuentra en dos ideas fundamentales de Putnam: el presupuesto de una .epistemología 'realista', que atribuye a lo referido el estatuto de algo subsistente en sí mismo e independiente de la mediación del lenguaje (Le. una existencia extralingüística), y el requisito axiológico de salvar la existencia de términos traizsteóricos, cuya referencia sigue siendo la misma entidad extralingüística aunque el conjunto de descripciones que asociemos con nuestro conocimiento de ella (por tanto, con la expresión denotativa) se amplíe o varíe. Esta teoría del significado qúiere garantizar que, en un uso cognitivo del lenguaje, el objeto de referencia pueda ser identificado por series de predicaciones y atribuciones distintas (reflejo, P.e., de operaciones o procedimientos distintos: significado operacional) sin que esto entrañe que se habla de distintos objetos o que el significado de la expresión denotativa ha cambiado. El problema que interesa analizar es si esta teoría del significado es capaz, como C. Lafont defiende. de salvar el contextualismo lingüístico y de hacer innecesario «recunir a un 'saber de fondo' concreto y compartido que haya de ser considerado 'constitutivo' de los procesos de entendimiento en el sentido de la hemerzéutica».17 Creo que esto depende, más bien: de cómo se interprete esta teoría de Putnam. Pues hay elementos que sí supondrían esa remisión al 'mundo de la villa' en cuanto tal de la comunidad científica y que prestan cierta «ambigüedad» a la propuesta. Antes he intentado mostrar cómo a la contraposición entre un uso designativo y uno atributivo de las expresiones denotativas le subyace la equiparación de dos planos distintos: el del uso de los hablantes (referencia directa) y el de la reconstrucción del análisis (referencia indirecta de la expresión nominal y directa de los nombres geiiuinamente denotativos). En su interpretación al Tractatus del joven Wittgenstein, Stenius ha mostrado que solo es posible recuperar un uso cognitivo del lenguaje, supuesto un análisis completo del mismo, si se cuenta con una realidad también susceptible de ser analizada en esos elementos. Si la teoría de la referencia directa presupone que el lenguaje ordinario ya es un lenguaje completamente analizado (en el sentido de que las expresiones denotativas lo son geizuiizameízte), presupone también ese mismo análisis estructural como virtualmente identificable en la realidad. Las entidades nombradas «están ahí», formando parte de una realidad extralingüística. Pero esta posición presupone, de alguna manera, un regreso a paradigmas lingüísticos anteriores. Pues, aunque Donnellan insiste en que las teorías de la referencia directa constituyen tan solo unafigura (picture) o modelo del funcionamiento de las expresiones denotativas, Searle las ha podido calificar de teorías 'causales', por su presuposición
Pragmática Universal?»), el 'saber-cómo' pre-teórico de hablantes competentes; para ello se basaba en el presupuesto fundamental, ya no compartido con la hermenéutica. de . que la estructura de esta competencia comunicativa es formal y universal: no puede verse como algo que emerge del mundo de la vida, aunque éste proporcione el contexto social e histórico en e'l que dicha competencia encuentra realización. C. Lafont muestra cómo este punto de vista pragmático-formal, que se limitaba a intentar reconstruir los presupuestos pragnzáricos inevitables que constituyen la acción comunicativa desde la perspectiva de los participantes en la comunicación, subsumía una 'tesis fuerte' que requería a su vez fundamentación: la de que esta praxis particular. la acción comunicativa, representa e1,modo originario del uso del lenguaje -y puede erigirse en noción central para una teoría de la racioizulidud huinana entendida como razón comunicutiila. Ello ha llevado a Habermas a efectuar una serie de 'mejoras sistemáticas' (en TkH y trabajos posteriores) sobre una nueva base: abandonando la perspectiva de los participantes en la comunicación, se ha preguntado por las condiciones de posibilidad, en sentido kantiano 'fuerte', de todo proceso de entendimiento en general: - por consiguiente, por las condiciones que tienen que estar 'siempre ya' dadas. El análisis en RL se centra, a partir de este punto, en mostrar que el tipo de reforma sistemática exigida por la lógica interna de la teoría ha conducido a un acercamiento cada vez mayor a las tesis de la hermenéutica. Pues se hace imposible aislar las condiciones de aceptabilidad de los actos de habla del 'saber de fondo' que las determina y hace posible el entendimiento. Los actos de habla solo son comprensibles sobre el trasfondo del mundo de la vida, prerreflexivo y compartido, de un ((acervo lingüísticamente organizado de supuestos de fondo que se reproduce en forma de tradición cultural».34 Ello significa que cualesquiera pretensiones de validez (inteligibilidad, verdad, rectitud sinceridad), y la conexión entre significado y validez que es esencial a esta concepción habermasiana, se ven relativizadas por el carácter contingente e histórico de esta instancia constitutiva previa que -por su estructura holística y no disponible a \ioluntadimposibilita cualquier análisis formal y cualquier aspiración universalista. C. Lafont identifica esta «caída» en el horizonte hermenéutico en la aceptación, por parte de Habermas: de dos presupuestos, el segundo de los cuales subsume a su vez dos tesis. En primer lugar, la idea de que el 'significado literal' de una expresión no existe sino como resultado de una consideración abstractiva, siendo siempre relativo a este 'saber de fondo' procedente del mundo de la vida.35 En segundo lugar, y entrañado por lo anterior, que «con la aceptación del carácter 'constitutivo' del saber de fondo, lingüísticamente estructurado, que preinterpreta las situacioiies sobre las que los hablantes han de llegar a un acuerdo, se están aceptando las tesis centrales de dicha concepción [de la tradición hermenéutica, C.C.], a saber: la 'preeminencia del significado sobre la referencia' y el 'holismo del ~ignificado'.))'~ En el análisis de Habermas, la doble estructura del habla se descubre como el rasgo que hace posible que los actos de habla se 'identifiquen' a sí mismos, en el sentido de que hacen accesible a los comunicantes lafuerza de su componente ilocutivo, es decir: el coino qué cuenta el acto de habla primordial- !; J. Habermas [1976]; cir en RL 178 '' RL 180. '' RL 182.
TAULA 23-24 101 mente enunciado, promesa: testimonio, etc. Este análisis, que tenía lugar a partir de una incorporación de las aportaciones de la teoría de actos de habla (Austin, Searle), subsumía implícitamente, según interpreta C. Lafont, «la presuposición de que solo garantizando la 'identidad' de significados, mediante el recurso al 'significado literal' (o, lo que es lo mismo, a que los actos de habla se 'identifican' a sí mismos), podía garantizarse la intersubjetividad en la comunicación, es decir, el que los hablantes pudieran hablar sobre 'lo mismo'»;37 a esto se une la inviabilidad de postular un 'significado literal' fuera de todo contexto o: lo que es igual, la imposibilidad de que un acto de habla cuente 'como algo' sin el trasfondo de pretensiones de validez ya insertas en el mundo de la vida que los comunicantes comparten. El último paso en la crítica de C. Lafont es un giro de tuerca inevitable y decisivo, que muestra hasta qué punto los elementos teóricos fundamentales de la teoría de la racionalidad comunicativa habermasiana han quedado en suspenso. Pues el discu~o, como ámbito lingüístico privilegiado en e1 cual se someten a examen crítico las pretensiones de validez que en el curso de procesos de entendimiento fáctico se han visto problematizadas? no puede ser instancia de control de aq~lello que constituye su propia condición de posibilidad. C. Lafont alude a dos líneas de respuesta de Habermas que ella desestima, aunque afirma la validez de la intuición que las subyace. En primer lugar, el 'horizonte de comprensión del sentido' no puede verse como sornetido a la lógica de la verdad, pues es condición de posibilidad para cualquier juicio sobre la experiencia intramundana. En segundo lugar, Habermas no puede defender que las consecuencias de la praxis intramundana están en algún sentido izo prejuzgadas por el sistema.de1 lenguaje? pues esto equivaldría a una perspectiva 'objetivista'. La intuición falibilista que subyace en estos intentos de respuesta (y que sí conserva su validez para C. Lafont) es la implausibilidad de que el lenguaje decida lo que aparece en el mundo «previamente y con entera independencia de lo que ocurra de hecho erz éste»; pues la revisabilidad de la apertura lingüística del mundo ((tendria que estar en función de las consecuencias intramundanas de la misma».38 Creo que aquí está la clave que permite «frenar» las consecuencias de una concepción hipostatizadora del lenguaje. Pues, aunque en RL se considere cnticamente la aceptación de una praxis intramundana no prejuzgada por el sistema del lenguaje, la intuición falibilista tematizada ha de tomar necesariamente en consideración «las consecuencias intramundanas [de esa praxis humana, C.C.]». Si en RL se descubre.en el uso cognitivo del lenguaje la dimensión en que 'anclar' la revisabilidad de la apertura lingüística del mundo es, sin duda: porque es aquí donde esta apertura resulta arquetípicamente yroblematizada. El surgimiento de escisiones o brechas entre el lenguaje, de un lado, y el mundo objetivo que suponemos contrafácticamente como independiente de la teoría por otro, hace de estas problematizaciones «instancias constituyeiites» que impulsan una nueva apertura lingüística. Pero es preciso detenerse en e) carácter negativo del «desajuste», si no se quiere dar el paso de suponer alguna forma de experiencia o acceso al mundo no lingüísticamente mediados -regresando, con ello, a una concepción ontológico-metafísica o a una fenomenológica del lenguaje. Y esta escisión necesaria surge,
precisamente (a pesar de la crítica de C. Lafont), en el contexto de la praxis humana. Como se ha intentado mostrar antes, y en el caso del uso cognitivo del lenguaje, es en este contexto práctico donde se hace posible un uso 'rígidamente' designativo de las expresiones -que quepa considerar independiente de cualquier mediación lingüística previa. Al final de TkH aparece explícitamente esta idea: aquí no se postula una 'instancia de control intramundana' capaz de «aislar» las 'condiciones de aceptabilidad' de los actos de habla del 'saber de fondo' que las determina; Habermas explica cómo el saber de fondo se nos hace accesible, si bien siempre de modo fragmentario, cuando sc torna problel?zútico: «El saber que sirve de horizonte, que sustenta tácitaineizte a la práctica comunicativa cotidiana, es paradigmático de la certera con que nos es presente el trasfondo que es el mundo de la vida ... Solo bajo la presión de un problema que nos sale al paso quedan arrancados importantes fragmentos de ese saber de fondo de la modalidad de familiaridad incuestionada con que nos eran presentes, y son traídos a la. conciencia como algo de lo que necesitamos cerciorarnos.»39 El surgir de este problema no es algo que, a su vez: quepa remitir al mundo de la vida como «originariamente ya resuelto», ni ' la solución puede consistir en recuperar alguna prec~m~rensión que haya quedado sepultada: pues «no depende de la elección de uiza deternlirzadu actitud teórica el que un mundo de la vida escape en su opaca autoevidencia a la mirada indagadora del fenomenólogo o se abra a ella.))40 Lo anterior dista de resultar un argumento definitivo a favor de las respuestas haberrnasianas; de hecho, el contexto de estos párrafos es el de una argumentación en contra de los intentos 'f~indamentalistas' de la filosofía y de su pretensión de proceder en tér- . minos trascendentales -en la medida en que ninguna de las ciencias instituidas puede aspirar a hacerse con la totalidad del saber de fondo del mundo de la vida."' Y es cierto 39 J. Habermas [1981]: Teoría de la Acción Corni~r~icariva; trad. de M. Jiménez Redondo: Madrid: Taurus, 1987; vol. 11, 568. 'O TkH 11, 569. '' La respuesta de Apel a Habermas, en este punto, toma la forina de una imputación a la noción de verdad cot7zo coherencia que parece subsumir; Habermas parece darle la razón: la filosofía «tiene que ir acompañada de la conciencia falibilista de que la teoría de la racionalidad, que aritaño pretendió desarrollar en solitario, solo puede esperarse hogaño de la afortunada coherencia de fragmentos teóricos diversos. Pues a ese nivel en que las teorías guardan entre sí una relación de complementariedad y de presuposición recíproca, el único criterio de evaluación de que disponemos es la cohere?zcia, ya que verdaderos o falsos solo pueden scrlo los enunciados particulares que pueden deducirse de las teorías.» (TkH 11, 567). Apel observa que, en ese caso. «no se puede de hecho alcanzar una reconstrucción crítica de las reglas ... si se reconocen como bareriios de la reconstrucción las reglas vigentes, fácticamente operativas». Ello le lleva a apelar a la necesidad de operar «con haremos normativos fundamentados pragmático-trascendentalmente)) cuando se trata de identificar un uso discursivo del lenguaje en ei que se sometan a crítica las pretensiones de validez. Creo que esta postura de Apel subsume. sin embargo, un fuerte «idealismo de la linpliisticidad», que le lleva a afirmar como imposible la rebasabilidad del lenguaje y como posible la fundameiitación normativa de la identidad ((entre las condiciones universales de las reglas de la comunicación humana y las condiciones del discurso argumentativo, [identdidad que] tiene que efectuarse no naturalistamente sino, en cierto modo, 'desde arriba')) (cf. K.-O. Apel 119871: Teoría de la verdad y &rica del discitrso; Barcelona: Paidós. 1991; 121-22. n.84.) Es precisamente aquí donde cobra importancia la necesidad a que apela Habermas de que «se presente iiil desafío oi~jetivo ante el cita1 el rnidrido de /u vida se tortze problet~7áricox.
también que la dificultad de determinar la noción de 'mundo de la \!ida' (como instancia que sustituye a la base material de la teoría marxiana y que interactúa dialécticamente con el mundo sistémico que lo 'coloniza') parece constituirse en instancia última de validación de cualesquiera soluciones y procesos de racionalización. Pero es importante hacer valer, en este punto, que los problemas y escisiones que surgen en contextos prácticos no pueden remitirse, sin petición de principio, a la precomprensión y el acuerdo fáctico hemenéuticos. Aunque es cierto que la integración 'a posteriori' de cualquier conflicto o disenso parece situar de nuevo el origen de los criterios de validez actuantes en el trasfondo del mundo de la vida, del dominio preinterpretado de lo dado-por-supuesto -y nunca realmente, por tanto, bajo el alcance del control reflexivo del sujeto-, la afirmación de que hay mzotzes objetiiias" que, toman ese saber problemático e impulsan la revisión no se deja subsurnir ni bajo posiciones hennenéuticas (pues el proceso es racional): ni bajo posiciones objetivistas: pues la intuición falibilista, y el carácter contrafáctico de lo anticipado en esa escisión? no son idénticas a lo susceptible de explicitación mediante los enunciados de las ciencias particulares. Cualquier resultado de un proceso histórico puede verse remitido al trasfondo de lo 'ya siempre', lingüísticamente mediado. La única forma de «romper el círculo)), sin tener que apelar a postulados normativos pragmático-trascendentales (Apel)? parece ser la de identificar 'metodológicamente' lo dado en (constituido por) el mundo de la vida, en el sentido hermeneútico, con lo que aparece como aproblemático; y entender que son los desajustes prácticos los que ponen de manifiesto la necesidad de hacer explícito un potencial racionalizador cuyos rendimientos no están presentes aún en ese saber de fondo aproblemático. Estos desajustes se presentan, por ejemplo, cuando se da una falta de adecuación entre lo que asociamos atributivan~ente con una entidad o dominio objetual y lo que, en la interacción práctica con o sobre ese dominio, no «encaja» en las expectativas susceptibles de explicitación. Lq dimensión práctica de interacción con el dominio teórico dado, a su vez, subsume tanto el ámbito cognitivo (e.g. manipulación instrumental o experimentación) como el expresivo (e.g. manifestaciones ligadas a sensaciones y vivencias subjetivas) y el social (e.g. procesos de búsqueda de acuerdo). Si se acepta esta perspectiva práctica, resulta inmediato que no puede seguirse manteniendo el idealismo de la lingüisticidad que Habermas rechazaba. Pues ahora tampoco el lenguaje puede considerarse como una instancia irrebasable en el sentido hermenéutico; por el contrario, se explica como un elemento más en el plexo de actividades, comportamientos y actitudes en general que integran lo que Wittgenstein, en las Investigaciotzes Filosóficus (PU), denominó una,fornzn de vida. Toda forma de interacción lingüística queda sujeta a sus consecuencias intramundanas (en el sentido del establecimiento de relaciones interpersonales y la creación de expectativas recíprocas vía la fuerza ilocutiva de los actos de habla) y al carácter contrqfáctico de los dominios objetuales que se hacen entrar en juego desde el marco semántico. Las nociones de juego de '? «[La teoría] solo puede esperar estar a la altura de la rntio essetldi de sus objetos cuando exista razón para suponer que el propio contexto de la vida social en que se encuentra 'ya siempre' el teórico se encarga de que se Ic abra la rntio tognoscencli de esos objetos.» (TkH 11. 569). La diferencia entre este perfccto apriórico habermasiano y el de la herineneútica reside en que es el grado de desarrollo del pote~icial de racionalidad del mundo de la vida, disponible ya como saber explícito, el que permite esta apertura -del mismo modo que, en la teoría marxiana. era el grado de desarrollo de las fuerzas productivas. «en el propio contexto de la vida social». el que hacía surgir el tipo de conflictos o 'brechas' ol~jetivos dinamizadores de la praxis.
lenguaje y de regla en Wittgenstein permiten hacer de la experiencia intramundana, y del modo en que juzgamos su validez, algo que no está completamente decidido :a pnori': pues'jcómo explicar, en ese caso? el surgimiento de 'brechas' entre el lenguaje y el mundo? Habermas ha tematizado esto mostrando que lo que está aquí puesto en juego es la heteronomía del significado -si se permite esta licencia en la expresión. Ya en Conocimiento e interés, y en el contexto de una valoración positiva de la metodología hermenéutica, señala: ((Lenguaje y acción se interpretan recíprocamente; es lo que desarrolla Wittgenstein en su concepto de juego de lenguaje ... El lenguaje ordinario ... solo resulta completo a través de su concatenación con interacciones y formas corporales de expresión. La gramática de los juegos de lenguaje en el sentido de una praxis vital cornyleta no regula solamente la combinación de símbolos, sino al mismo tiempo la interpretación de símbolos lingüísticos mediante acciones y Esta heteronomía de la semántica vuelve a tratarse en TkH;j4 y aquí las nociones wittgensteinianas le sirven a Habermas para explicar una noción clave en el presente contexto: la de identidad de significados. En el contexto de una discusión crítica de las tesis de Mead, intenta mostrar cómo no basta ((con una constancia de significados percibida desde la perspectiva del observador; [Mead] tiene que exigir identidad de significados ... Y tal identidad de los significados solo puede venir asegurada mediante la validez intersubjetiva de una regla que fije de modo 'convencional' el significado de un signo.)) En el concepto de regla wittgensteiniano, Habermas descubre los dos momentos que caracterizan el uso de los signos lingüísticos: la identidad 'de significado y la validez intersubjetiva. Establecer esta conexión supone que la concepción del lenguaje defendida por Habermas se aleja de la que quedaría caracterizada como 'tesis de la preeminencia del significado sobre la referencia', según la cual la identidad de significados determina la identidad de las referencias, en la medida en que la explicación de la identidad de significados queda remitida a otra instancia: la identidad de una regla que adquiere validez intersubjetiva en la interacción -heteronomía de los significados. El alejamiento de Habermas respecto a la tesis intensionalista anterior se pone de manifiesto en su toma de postura crítica con respecto a las teorías atributivas de la referencia: «Con 'identidad' de un significado no se puede querer decir lo mismo que con identidad de un objeto que, bajo descripciones diversas, puede ser identificado por varios observadores como el mismo objeto. Este acto de identifiaciórz de un objeto sobre el que los hablarztes hacen determinados enunciados presupone ya la comprensióiz de los términos sing~4lares ... Los significados deben su identidad a una regulación convencional» [cursivas mías, C.C.] Si aceptamos, por ejemplo, que este tipo de regulación es el que subyace a las fijaciones de la referencia directas, el peligro de 'objetivismo' desaparece. El establecimiento de las reglas, en esta conceptualización de Habermas: no está dado de antemano de forma rígida, sino que se constituye en el curso de la interacción; esto se muestra en que la constitución de las reglas o, lo que es lo mismo, la identidad de una regla «no puede ser reducida a regularidades empíricas; antes depende de la validez intersubjetiva, esto es, de la circunstancia de que a) sujetos que orientan su comporta- " J. Habermas [1968]: Conocimiento e interés; Madrid: Taurus, 1992, 175 [cursivas mías, C.C.] " Se sigue brevemente la exposición en TkH 11, 27-37, páginas de las que se extraen las citas que siguen.
TAULA 23-24 105 miento por reglas se desvían de ellas, y de que b) pueden criticar ese comportamiento desviante como violación de las reglas». Las reglas rigen contrafácticamente, y ello abre la posibilidad de crítica recíproca y de mutua instrucción conducente a un acuexdo: «Al adoptar cada uno frente a sí mismo la actitud crítica del otro frente a la interpretación fallida de un acto comunicativo, están desarrollando reglas de uso de los símbolos ... De este modo se forman convenciones sernánticas y símbolos utilizables con significado idéntico.» En el caso de un proceso de aprendizaje' inductivo, puede entenderse que la referencia contrafáctica a un mundo 'exterior' es un elemento constitutivo básico, que permite articular la interacción y la fomación de esas convenciones semánticas. El razonamiento anterior ssubsume un peligro de circularidad (la precomprensión del sentido, a través de la identidad de significados, hace posible la interacción, que a su vez hace posible la constitución de reglas intersubjetivamente válidas que garantizan la identidad de significados y la precomprensión del sentido) si no se muestra la posibilidad de constituir nuevas reglas y de someter las pretensiones de validez criticamente a reflexión. Para ello, es necesario recuperar una idea ya mencionada: la pragmática universal pretende dar cuenta de una competencia comunicativa cuya estructura es formal y universal -por tanto, que no depende (parafraseando a Kant) de una 'experiencia' particular o de un contenido particular procedente del mundo de la vida, aunque no sea independiente de cualquier mundo de la vida en general: pues solo se realiza, como tal competencia, en un contexto social. En la medida en que todos somos competentes 'seguidores de reglas', podemos aprender a reconocer estas regularidades en el proceso de socialización para, después, integrarnos en procesos de interacción, elaborar hipótesis acerca de lo que 'cabe esperar' de nuestros interlocutores y revisar críticamente aquellas situaciones que no se ajustan a lo 'acordado' -abriendo, con ello, la posibilidad de constitución de nuevas 'regulaciones' que cubran la 'brecha', etc. Así, mediante el concepto wittgensteiniano de 'seguir una regla' Habermas retrotrae la identidad de significados a la capacidad de seguir reglas intersubjetivamente válidas en la interacción con, al menos, otro sujeto; y esta interacción -si es que ha de tener sentidopresupone la competencia de ambos para ajustar su comportamiento a reglas y enjuiciar críticamente tal comportamiento. Esta constitución de la identidad de significados sobre la base de una interacción regulada por reglas hace, de la praxis intramundana, no solo una instancia dependiente de una «comprensión de sentido previa»," sino consituyente de la gramática de los juegos de lenguaje. Esto permite resolver la dificultad, analizada ya antes, que surgía al defender una teoría de la referencia directa; pues incluso este uso referencia1 del lenguaje adolecía de una carencia: la de cómo se 'fija' la referencia de los designadores rígidos, que ahora puede explicarse en términos de la constitución de un nuevo juego de lenguaje -eliminando, así, la sospecha de que esta forma de praxis intramundana provenga de una previa constitución de sentido. La acción con sentido, por consiguiente, solo es comprensible desde unas reglas; la acción se nos aparece con sentido únicamente si podemos anticipar algún tipo de regu- " J. Habermas [1988]: Pensamienfo postmerafísico; cit. en RL 220, donde se considera «cuestionable la pretensión habermasiana de que 'las estructuras de la imagen del mundo, que mediante una una conlprensión de sentido previa hacen posible la praxis intramundana,' ... puedan ser puestas bajo control y cuestionadas precisamente por esa praxis que solo ellas hacen posible.))
laridad que subyace y que nuestros interlocutores están siguiendo. La competencia para identificar y ajustar el propio comportamiento a reglas, en cuanto tal competencia, es formal y universal: hace posible la fomlulació,i (le Izipótesis acerca de lo que 'vale como algo' en un curso de acción. Con ello, se abre la posibilidad de mod(ficar el horizonte de validez que proyectan las reglas, en la medida en que este se hace explícitamente accesible -por vía de una reconstrucción racional. La interpretación de situaciones nuevas obliga a una reinterpretación de las reglas y a este proceso le es inherente, como telos, la posibilidad de entendimiento o acuerdo sobre dicha interpretación. Esto ha permitido decir que las reglas son las 'depositarias del sentido'. En la misma mínea, cabe considerar que los actos de habla solo se 'identifican a sí mismos' en la medida en que son el correlato lingüistico de reglas de interacción -que subsumen la formación de hipótesis acek de las pretensiones de validez puestas en juego, expectativas recíprocas, etc., y permiten una confrontación con las consecuencias fácticas de lo contrafácticamerite supuesto. (Las reglas, desde esta perspectiva, anticipan contrafácticamente el sentido que solo cobra contenido como resultado de la interacción.) La tesis fundamental que se está intentando defender afirmaría que la propia praxis es corzstituye~ite del sentido y de la apertura lingüística del mundo. Evidentemente, esto no es algo obvio: subsume una determinada lectura-de las hlvestigaciorles que creo que es consistente, sin embargo, tanto con lo defendido por C. Lafont como por la interpretación llevada a cabo por Habermas. En las PU se encuentran dos proposiciones de carácter fuertemente 'hermenéutica': «¿Dices, pues, que la concordancia de los seres humanos decide lo que es verdadero y lo que es falso? -Verdadero y falso es lo que los seres humanos dicen; y los seres humanos concuerdan en el lenguaje. Esa no es una concordancia de opiniones, sino de forma de vida~(240); «A la comprensión por medio del lenguaje pertenece no solo una concordancia en las definiciones, sino también (por extraño que esto pueda sonar) una concordancia en los juicios» (242).j6 De hecho: lo que subyace a estas afirmaciones es la afirmación del carácter lingüístico de la noción de verdad y de la relación entre los seres humanos y el mundo. En este sentido: la observación de Habermas vista antes («verdaderos o falsos solo pueden serlo los enunciados que se deducen de las teorías))) parece apuntar en la misma dirección. Pero, si bien no podemos 'desprendernos' del lenguaje para buscar una comprensión no mediatizada de la realidad o del mundo, tampoco podemos 'desprendernos' de la realidad o del mundo si queremos dar cuenta de la naturaleza y el funciona~niento del lenguaje -en particular, de su uso cognitivo y de los procesos de aprendizaje (como se pone de manifiersto en RL). Pues, si bien lo que un objeto 'es' depende de la grat?zútica de su nombre (por tanto, de un usoreferencial), ello no obliga a un idealismo de la lingüisticidad extremo. De nuevo, Wittgenstein: «Observar no crea lo observado. (Esta es una Constatación conceptual))) (PU 11, IX). Es decir, que en la propia gramútica de las expresiones, e11 las estructuras inherentes al lenguaje mismo, se da esta remisión al presupuesto contrafúctico de un mundo independiente de dicha apertura lingüística. Esta perspectiva difícilmente armoniza con la puesta de manifiesto por Gadamer: «el lenguaje constituye el ver46 L. Wittgenstein: Invesrigacioiles filosóficas: trad. de 1. Reguera y A. García Suárez; Barcelona: Crítica, 1990.
TAULA 23-24 107 dadero acontecer hermenéutica ... puede decirse, con toda razón, que ese acontecer no es ízuestra acción con la cosa. sino una acción de la cosa misma.))" Lo puesto en juego aquí de modo esencial es la posibilidadd de una praxis 'emancipatoria', en correspondencia con un uso reflexivo del lenguaje capaz de revisar críticamente las pretensiones de validez puestas en juego en los procesos de interacción fáctico~. También aquí las Irzvestigaciones de Wittgenstein fuerzan a 'afinar' la interpretación. Pues algunos autores, entre ellos Ulrich Steinv~rth,~~ encuentran un fuerte paralelismo entre esta concepción del lenguaje y las tesis inarxianas: es la forma de vida, la pertenencia a una comunidad lingüística (el ser social) lo que constituye (determina) el pensamiento, la comprensión y el uso con sentido del lenguaje (la concietzcia). Pero ello va ligado: al mismo tiempo, a otro presupuesto 'fuerte': «Lo que hay que aceptar, lo dado -podríamos decirson formas de vida.» (PU LI, XI). El problema es? entonces, el mismo que plantea la noción de mundo de la vida: en qué medida es posible 'romper' con la regularidad y la costumbre prerreflexivamente dadas con una forma de vida y constitutivas de sentido. Es decir, en qué medida en el con~unto de juegos de lenguaje que costituyen la gramática de los conceptos, y en las condiciones que los hacen posibles, pueden surgir formas de reflexión y emancipación desde las cuales considerar críticamente el suelo previo de una forma de vida. En el caso de la teoría marxiana: el elemento que representa la base material, la objetividad o realidad sensible, deja de concebirse bajo la forma de la contemplación y pasa a verse desde la perspectiva de su constitución mediante una actividad sensorial, mediante una praxis. La categoría central para dar cuenta de esta praxis era, para Marx, la del trabajo. Se ha aludido ya a que, en su reconstrucción del materialismo histórico, Habermas consideró críticamente esta reducción:49 pues perdía de vista la importancia de la acción simbólica de la acción humana, así como sus consecuencias epistemológicas y políticas. La categoría básica de accióiz co~n~tnicativa remite a un marco de referencia de carácter cuasi-trascencental, en cuyo seno se construye la realidad social y se adquiere conocimiento. Pero, como ha señalado A. Wellmer, «Esta dimensión mediada lingüísticamente trasciende toda teoría de la historia, y constituye la condición de posibilidad más básica para poder hablar de limitaciones, de distorsiones o de bloqueos comun~cativos, asi como para efectuar su critica.»50 Se trata? por tanto, de 'anclar' esa posibilidad de una praxis que sea a su vez constituyente de las relaciones de sentido procedentes del mundo de la vida -así como de este mismo mundo. Retomando la confrontación con la cita de Gadamer que se veía antes. y la línea argumentativa en RL, renunciar a la tesis de la 'preeminencia del significado sobre la referencia' parece forzar una segunda consideración: puesto que ya no es el lenguaje el que «habla», se abre un espacio para la determinación de esa referencia (cómo, por parte de quién, en qué contextos. de qué modo dicha acción es relevante y confrontable críticamente con el curso subsiguiente de la acción.) Es esta posibilidad de produ- " H.-G. Hadamer [1960]: Verdad g vzérodo; cit. en RL 115 [cursivas mías, C.C.] " U, Steinvorth [1985]: ((Ludwig Wittgenstein: Sprache und Denkenn; en J. Speck (Hg.): Grilrldprobletile der groBei~ Philosophen. Philosophie der Gegenivnri 1; Gottingen: Vanderhoeck & Ruprecht. " J. Habermas [1976]: Lu reconstrucción del Marerialismo HisrBrico; Madrid: Taurus, 1981. '" A Wellmer 119761: «Comunicación y emancipación. Sobre el 'giro lingüístico' de la Teoría Crítica)); en Isegoríu 1 (1993), 15-48, 46.
cir una acción, regulada intersubjetivamente, junto con su mediación simbólica? lo que parece estar en juego -y a cuya defensa está encaminada, según creo. la propuesta que C. Lafont ha desarrollado. Los elementos fundamentales en este análisis serían: -eludir tanto la 'inmediatez' positivista (i.e. la afirmación de que algo es dado de forma no mediada: objetivismo) - como el ya siempré de la mediación simbólica dada con toda precomprensión del sentido (i.e., como el ya siempre de toda posible interacción según reglas susceptibles de consenso); - se traría de 'anclar' la revisabilidad de las pretensiones de validez del lenguaje, identificando las condiciones que hacen posible un uso reflexivo. Aquí es posible retomar la 'interpretación marxista' de las PU y su reformulación por parte de Habermas: pues de lo que se trata, desde la lógica interna de la argumentación, es de encontrar el punto donde se situaría la 'brecha' en ese corztinuum juegos-de-lenguajetforma-de-vida. Es el surgimiento de problematizaciones y conflictos lo que obliga a revisar críticamente (reflexivamente) el saber de fondo y a reformularlo como saber explícito (i.e haciendo ver como qué vale lo fácticamente dado); con ello, se hace posible el despliegue de un potencial de racionalidad (de búsqueda de entendimiento o consenso) formalmente inserto en las propias estructuras linguísticas -por consiguiente, en nuestros juegos de lenguaje y nuestra praxis. Este potencial de racionalidad no puede retrotraerse al ya simpre hermenéutico sin caer en una autocontradicción realizativa: pues remite a la constitución de un mundo objetivo e independiente de las mediaciones simbólicas constituidas. i Pienso que esto último es lo que el estudio de C. Lafont, con un rigor y una profundidad de análisis incontestables, pone de manifiesto en el caso particular del uso cognitivo del lenguaje: identificar la posiblidad de revisión como inherente a una determinada praxis y el momento de escisión o 'brecha' entre el objeto y la teoría como Constituyente de ámbitos objetuales no ya siempre predeterminados. Ulrich Steinvorth, a su vez, ha creído encontrar esta brecha también en el mundo aubjetivo y en el uso expresivo del lenguaje: en el caso de las expresiones de sensación (Empfindungsausdrücke), no siempre hay criterios estables ni fijos que garanticen su empleo 'correcto'. Yendo un poco más allá, cabría hacer del lenguaje expresivo el hinbito para la investigación y experimentación de posibles juegos de lenguaje no presentes en la regulación fáctica de la vida cotidiana. (Este punto de vista no es lejano al de la teona crítica de la Escuela de Frankfurt, pero se adecúa también 'peligrosamente' a tesis postmodernas que niegan los presupuestos de universalidad básicos en la propuesta habermasiana.) Pero aún quedaría por determinar qué uso del lenguaje, en el ámbito del mundo social, puede constituirse en reflexivo. Se ha discutido la posibilidad de que un criterio de no-autocontradicción realizativas' pueda constituirse en instancia capaz de identifiCf. T. McCarthy [1993]: «La pragmática de la razón comunicativa»; en Isegoría 8 (1993), 65-64. McCarthy argumenta a favor de la capacidad de la razón para servir como correctivo constante de pretensiones de validez fácticas. A su vez, esta cuestión centra la discusión entre Apel y Habermas. Cf. sobre ello A. Maestre [1993]: Argurnenros para una época. Diálogosfilosóficos en Alerriania; Madrid: Anthropos.
TAULA 23-24 109 car, metodológicameizte, los presupuestos inevitables y generales de todo uso discursivo. Precisamente, desde una posición crítica con Habermas y próxima a las tesis postmodernas, M. Jayj2 ha valorado positivamente el análisis habermasiano de la categoría de contradicción, entendida como contradicción realizativa, en el contexto del uso comunicativo del lenguaje. Lo que reprocha es su falta de aplicabilidad en el ámbito de la apzrtura lingüística del mundo, es decir: la falta de tematización acerca de cómo el surgimiento de escisiones y conflictos puede revelarse en el contexto del mundo objetivo previamente a su subsunción bajo categorías lógicas y una noción de verdad preexistentes. Si ello es así, el trabajo de C. Lafont -visto sobre el trasfondo de la crítica de M. Jayrevela un logro teórico fundamental. Quizá la investigación del uso cognitivo del lenguaje permita, como la lectura de RL llega a sugerir, afianzar la posibilidad de una teoría de la racionalidad comunicativa que no renuncie a su pretensión de universalidad. M. Jay [1989]: «The debate over the perforinative contradiction: Habermas vs the Post-structuralists»; en Hoi~iierh. McCarthy. Offe, Wellmer (Hg). Zivi.rrhetlhrtrrici~t~ing~~~. Inl ProzeB der A~lfiliir~4iig: Frankfurt a.M.: Suhrkamp.