Mundos históricos y mundos ficcionales en el teatro de Historia extranjera de Luis Vélez de Guevara
Abstract
Departamento de Literatura Española y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada
Full text
PROGRAMA D E DOC TORADO EN E SPAÑ OL:
LINGÜÍSTI CA, LITER ATURA Y CO MUNICACIÓN
TESIS DOCTORAL: MUNDOS HIS TÓRICOS
Y MUNDOS FICCIONALES EN E L TEATRO
DE HISTORIA EXTRANJERA DE LUIS VÉLEZ
DE GUEVARA
Presentada por R aquel Sánchez Ji ménez
para optar al grad o de
Doctora por la Uni versidad de Val ladoli d
Director:
Prof. Dr. Héctor Ur záiz Tortajada
AGRADECIM IENTOS
Dese o expresar mi g ratitud , en pri mer l uga r, a mi d irecto r d e tesi s, el Dr. Héct or
Urzáiz Tortajada, por e l apoy o brindado, los (muchos) libros prestados, los consejos y
las co rrecci ones proporcionados a lo larg o de estos años, sin los cuales est e trabaj o n o
sería lo que e s ho y. He d e agrad ecer, asim ism o, s u deci siv a acci ón par a la incorporación
de l a p resent e t esis do ctoral al pro y ecto I+D CLEMIT: Censuras y Licencias en
Manuscritos e Impresos Teatrale s , fina nciado por el Minister io de Economía y
Competitivida d ( FFI 2015-65197- C3 -3- P). Much as gracias por p erm iti rme form ar un a
pequeñ a p arte del gr an m und o acad émico e inv esti gado r.
Además , qui ero dejar con stan cia de l a colab oraci ón d e la Universidad de
Valladolid y del Banco Santande r con el correspondiente contrato predoc toral que me
fue conc ed ido en la Con vocatoria de 2016 y que proporcionó la financiación necesaria
para el desarrollo de mi inve stigación .
Dentro del ámbito de la UVa, otros pr ofesores m erecen u na men ci ón esp eci al: a l
Dr. Ge rmán Ve ga Ga rcí a - L ue ng os le a grade zco el eje mplar de las Comedias
escanderbecas que tan r ápidamente me entr egó poco después de ser impreso y que tan
útil me resultó para la e l aborac ión d el correspondiente capítulo. A l Dr. Al fonso Martín
Jiménez debo mostr arle mi grati tud p or la revi si ón de pa rte d el arm az ón teóri co d e la
tesi s; co ncretam en te, de aquel más relacionado con l os conceptos en torno a la ficción.
Muchas gra cias a amb os po r la a yuda p rest ada.
Finalmente, quier o mencionar a otras personas cuy a compañía ha supuesto un
importa nte pilar para mí : a mis padres, por estar si empre a mi lado y por dar de sí todo
lo necesario e incluso m ás. A mi hermana, por convertirse con su complicidad y su
preocupación en u na d e l as mej ores am i gas qu e ja más h e teni do y tendré. A m i abu ela,
por su inmenso cariño y su fe en mí. A mis amigos, por su constante pre ocupación y por
permitirme esos momentos de desa hogo tan nec esarios. A Roberto, por su a p o yo
incondicional y su gran comprensión. A todos, gracias por perma nec er conmigo en todo
mom ento a lo l argo de es t e tra yecto.
MUNDOS HISTÓRI COS Y MUNDOS FIC CIONA LES EN EL TEATRO DE HISTORIA
EXTRANJERA DE LUIS VÉLE Z DE GUEVARA
0. INTRO DUCCIÓN GENERAL ............................................................................................ 1
1. FICCIÓN, LITERATURA E H ISTORIA ................................................................................ 3
1.1. I NTRODUCCIÓN : FICCIÓN , DRAMATURGIA Y B ARROCO ..................................................................... 3
1.1.1 – El fenómeno fic cional en la contemporaneidad ................................................... 12
1.1.2 – Preceptiva po ética barr oca ................................................................................... 30
1.1.3 – Teatralidad , texto, escena .................................................................................... 4 1
1.2. M UNDOS FICCIONA LES : UN MO DELO SEMÁNTICO - PRAGMÁTICO ...................................................... 54
1.2.1 – El estatuto lógi co de la ficción según Dole ž el . ...................................................... 55
1.2.2 – Mundos ficci onales teatrale s miméticos y no miméticos .................................... 69
1.2.3 – El papel de la institu ción cultural .......................................................................... 77
1.2.3.1 – Mímesis pr oductiva y repr oductiva . ............................................................ 77
1.2.3.2 – Funciones de la i nstitución cultural ............................................................. 82
1.2.3.3 – El Barroco: sociedad, cultu ra y prácticas estético -ficcionales ..................... 90
1.2.3.4 – Ficción e hi storia en el barroco: el d rama histórico . ................................ . 12 5
1.3. E L MODELO DE ANÁLISIS FICCIONAL ......................................................................................... 14 0
1.3.1 – Mundos históric os y mundos ficcionales : lectur as de las obras de Vélez ......... 14 3
1.3.2 – Textos y conte xtos: un model o de comunicación literar ia ................................ . 14 6
2. EL A UTOR: LUIS VÉLEZ DE GUEVARA .......................................................................... 15 2
3. ANÁLISIS DE LAS COME DIAS ...................................................................................... 16 7
3 .1 – El triunfo mayor de Ciro, sa ber vencerse a sí mi sm o ..................................................... 16 8
3 .2 – Juliano a póstata ............................................................................................................ 21 6
3 .3 – Atila, azote de Dios ........................................................................................................ 2 59
3 .4 – El cerco d e Roma por el rey Desiderio ........................................................................... 29 7
3 .5 – El renegad o de Jerusalén ............................................................................................... 34 2
3 .6 – La nueva ira de Dios y gran Tamorlán de Persia ........................................................... 38 1
3 .7 – El príncip e esclavo (partes I y II) .................................................................................... 42 5
3 .8 – El marqués del V asto ..................................................................................................... 48 6
3 .9 – La jornada del Rey don Sebas tián en África .................................................................. 533
3.10 – Los amot inados d e Flandes ......................................................................................... 57 8
3.11 – El capitán prodigioso, príncipe d e Transilvania ........................................................... 62 5
3.12 – La cristian ísima Lis y azote de la herejía ...................................................................... 67 5
4. CONCLUS IONES FINALES ........................................................................................... 7 21
5. BIB LIOGRAFÍA ........................................................................................................... 72 8
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
1
0. INTRODUCCI ÓN GENERAL
Como señalaba hace y a algún tiempo el e x perto en teatro clásico Germán Ve ga ,
“el repertorio dramático de L uis Vélez de Guevara que hoy podemos leer es uno de los
más dil atados del tea tro universal” (2005: 49), pe se a las malas c ondiciones en las que
nos ha llegado su obra. Afortunadamente, gracias a los esfuerzos de numerosos
investigadores (Peale, M anson, Vega, P rofeti, Fer rer Valls, Urzáiz, González Martínez ,
Spencer, Sch evill y C otarelo, por mencionar a al gunos de los más desta cados), cada vez
una may or proporción de las c omedias del ecijano ha sido resca tada y editada en
ediciones moderna s, además de sometida a un rig uroso estudio que permite una
aproximación a su vida y labor literaria cada ve z más completa y rica en matices. La
presente tesis doctora l pretende constituir una aportación a esa gran labor colectiva que
es el estudio de un dramaturgo áureo que no está ex ento de dificultades al presentar sus
piezas unas circunsta ncia s de conservación y de datación notablemente complejas.
Como bien saben los velecistas y/o investigadores del teatro clásico español,
Vélez de Guevara es uno de los dramaturg os que más incursiones realiz aron en la
Historia para su plasm ación escénica. Tanto en el ámbito nacional como en el
extranjero, las divers as imáge nes del p asado supusieron un núcleo de interés p ara
nuestro autor, en quien es palpable una constante inquietud en las cue sti ones polí ticas
propias y ajenas, pretéritas y presentes, como corresponde a un espíri tu curioso y
comprometido con su propia época . Nuestra perspectiva de estudio pretende indagar en
el empleo barroco d e la Historia como fuente de entretenimiento y d e aleccionamiento
ideológico y moral; y, desde esta óptica, comprobar cuál era el lugar del ecijano en el
Raquel Sánchez Jimé nez
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intrincado sistema c omunicativo estético y soc io -político e n el cual s e encontraba
inmerso. Consideramos que su obra ha de ser abordada desde el conocimiento de sus
propias circunstancias vitales y d e la co yuntura hi stórica y cultural propia de su tiempo.
Así pues, someteremos a examen un corpus de doce comedias pertenecientes al
subgénero dram ático conocido como drama histórico desde una óptica multidisciplinar
que integra al gunos aspectos de la Teoría de la L iteratura con otros del ámbito de la
Historia y de la Historia de la Litera tura. La s piezas incluidas en dicho corpus
repre s entan el pasado d e otras naciones diferentes a la española inclu yendo a esta en la
diégesis en algunas oc asiones – aquellas re feridas al teatro hist órico propiamente
nacional fueron a naliz adas por González Martínez en su tesis doctoral El teatro
histórico nacional de L uis Vélez de Guevara (2006) – . Presentamos los dramas
cronológ i camente ordenados en función d e la época histórica en la que se sitúan sus
respec tivos argumentos, de modo que su disposición es la siguiente: El triunfo mayor de
Ciro, saber vencerse a sí mismo ; Juliano Apóstata ; El c erco de Roma por el r ey
Desiderio ; Atila, azote de Dios; El renegado de Jerusalén ; La nueva ira de Dios y gran
Tamorlán de Persia ; El príncipe esclavo (p artes I y II) ; El marqués d el Vasto ; La
jornada del rey don Sebastián en África ; L os amotinados de Fland es ; El capitán
prodigioso, príncipe de Transilvania y La cristianísi ma Lis .
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
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1. FICCIÓN, LITERA TURA E HISTORIA
En el pr esente epígrafe presentaremos el marco teórico en el cual se inserta
nuestra investigación. Antes de proceder al análisis individual de cada una de las obras
integrantes de nuestro corpus, explicitaremos los fundamentos de nuestra c oncepción de
la ficción: expondremos los antec edentes d e los conceptos manejados y justificaremos
nuestra elección de la po sición teórica concreta adoptada para la elaboraci ón de nuestro
modelo de estudio de las comedias de Vélez de Guevara .
1. 1- INTRODU CCIÓN: FI CCIÓN, DRAM ATURGIA Y BARRO CO
Consideramos pertinente, antes de abord ar los principales enf oques
contemporáne os de la ficción, ocuparnos brevemente de l término mímesis y su
significa do en la Poética aristotélica, dado que oc upa un lugar central en la labor teóric a
que nos ocupa. Esto implica, sin embarg o, hacerlo desde las actuales considerac iones
sobre el término, dado que se trata de un texto que recibe constantes reinterpretaciones y
exégesis y, por tanto, nuestra propia lectura no puede sino verse influida por estas. L a
ambigüe dad de la definición de este concepto en el texto de Aristó teles y el carácter
fragmentario de la ob ra han dado lu gar a un sinfín de interpretaciones acer ca de la labor
artística con importantes consecue ncias en las div ersas ontologías de l a ficción y de los
entes ficc ion ales.
La s relaciones entre mímesis y ficción han sido abordada s desde multitud de
áng ulos: algunos autores consideran qu e amba s mantienen una relación de sinonimia
Raquel Sánchez Jimé nez
4
(Hamburger, 1995: 47-156; Genette, 1993: 11-34), mientras que otros, como Kurt
Spang, oponen categorialmente ambos términos (1984: 153 -159) al ent ender que la
mímesis se refiere al proceso reproductivo de incluir elementos de la realid ad en la obra,
frente al inventivo que constituye la incorporació n de materiales ficticios. Sin embargo,
las nociones del término que más seguidores acumulan son las de mímesis como
producción y como re producción. Nos limitaremos, por ahora, a considerar las
posibilidades más trad icionales que prese ntan ambas vertientes, pues, como
comprobaremos en el apartado que hemos denominado “Mímesis productiva y mímesis
reproduc tiva”, es posi ble darle a est a última un sentido diferente del que veremos en
estas páginas iniciales. Hemos de precisar, asi mismo, que no consideramos ambas
dimensiones de la mímesis como polarmente opuestas, sino más bien como un modo de
indicar qué labor artística tiene un mayor pe so en la actividad mimética.
Así, podemos afirmar que la noción reproduc tiva de la mímesis entiend e que
esta es una actividad en la cual la imitación tien e preponderancia. Esto no significa , sin
embargo, eliminar la labor productiva ( poiesis , en términos aristotélicos) del proce so de
composición de la obra artística. Resulta esclarecedor a este respecto el c riterio de Díaz -
Tejera (1983: 179- 186), quien propone entender mímesis como “ representación
comprehensiva de aquellas notas más signific ativas y relevantes del acontecer humano o
de un momento d el acontecer humano ” (182). Basa esta noción en la definición
aristotélica de tragedia: “es representación de un a acción p erfecta y com ple ta y dotada
de cierta extensión […] . Compl eto es, en rea lidad, lo que tiene principio, medio y fin”
(Aristóteles, 1990: 9). Es decir, por medio de la mím esis el artista toma elementos de la
vida real y los somete a una serie de tr ansformaciones estética s: comprime, reordena y
matiza las acciones huma nas para p r esentarlas de una forma coh erente y placentera p ara
un determinado público. Creemos no tra icionar esta concepción del término al afirmar
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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repre s entación no tiene por qué ser de semejanza, con lo c ual no e s e strictamente
necesaria l a mí mesis como imitación
4
. Mucho más frecuente ser á, como apuntamos
previamente, esa mímesis produc tiva que imprim e una estructura lógica a las ficc iones
con el fin de dota rlas de un nivel de coh erencia y a ccesibilidad que raramente
encontramos en l a realidad. Un lector aplicará, en la lectura d e una obra, la misma serie
de procedimientos lógicos que apl ica en su de senvolvimi ento e n el mundo re al, y con
frec uencia dichos pro cedimientos tendrán más éxito en el conocimiento del mundo de
dicha obra del que se obtiene al ser aplicados en la realidad. Esto se debe a la
complejidad del propio mundo real, y bien podría decirse en este sentido que la novela
moderna y posmoderna , con sus elevados niveles de indeterminación, imitan mejor el
universo que el tra dicional realismo.
Como veremos, pue s, nuestra de fensa de la persp ectiva de los mundos posibles
contempla la entrada en estos de elementos de la rea lidad entendiéndola como una de
las arbitrarie dades dispu estas por la institución cultural. Creamos universos de ficción
imitando – o no – determinados aspectos de nuestro propio mundo y, sobre todo,
imitando la estructura lógica que desplegamos para conocer la realidad circundante. No
afirmamos con esto que la inclusión de entidades y/o estructuración lógica de la realidad
sean necesariamente producto de la arbitrariedad, sino que esta pu ede jugar un
importante papel, especialmente en lo relativo a las categorías de verosi militud y de
necesidad.
4
No identificamos tal falta de semejanza con la re alidad con la fantasía, sino con el hecho de que
pueden representar se entidad es del mundo real con unas propiedades diferent es de las q ue tienen en
la realidad. Por fantasía enten demos la d enominación r eservada par a aqu ellas obras q ue incluyen
elementos físicam ente impo sibles en nue stro modelo de mund o real.
Raquel Sánchez Jimé nez
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1.1.1- El fenómeno ficcional en la contemp oraneidad
Resulta pertinente, con el fin de justificar nu estra toma de postura t eórica,
esbozar someramente cuáles son las propuestas teó ricas contemporáneas más re levantes
que han abordado el fenómeno de la ficción artístico-literaria. Esta es una de las
cuestiones más complejas e interesantes que ocupan a la Te oría de la L iteratura, razón
por la cual consideramos necesaria una panorá mica de la cuestión ant es de exponer
nuestra posición teórica concre ta.
La actividad t eórico-literaria en torno a l a ficción aumenta co nside rablemente en
el siglo XX d ebido a que constit uye un fenómeno que incide en todos los aspectos de la
comunicación literaria y por ello es “un eje que incide en su raíz ” (Pozuelo Yvanc os,
1994: 12). S e trata, pues, de un aspecto medular que ha recibido atención de todas la s
corriente s teóricas a menudo de fo rma interdisciplinar en combinación con otras áreas
del saber como la Filosofía, la L ingüística y la Antropología.
Nuestro breve r ecorrido por los enfoques contemporáneos de la ficción prestará
más atención a los procedentes del ámbito de la Te oría d e la L iteratura, dado que son
los que más nos interesan, así como a las aportaciones recibidas de autore s de la
filosofía analítica, de ine ludible referencia. A este respecto cabe destacar que, si bien el
impulso recibido desde esta última ha sido muy valioso para los teóricos de la L iteratura
(Garrido Domínguez, 1997: 12), la c omunicación entre un a y otra dis ciplina no ha
permanecido exenta de problemas. Como señala Poz uelo Yvancos (1994: 12 -13), la
rigidez con que algunas vertientes d e la filosofía a nalítica contemplan el hecho ficcional
limitándolo al problema de la referencia, d espojándolo de su pertinente m arco espacio-
temporal, implican contemplar la L iteratura como una cuestión meramente lingüística y
no c omo el fenómeno comunicativo que realm ente es. De otra pa rte, no todas las
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aportaciones procedentes del á mbito filosófico que comentamos han sido debidamente
aprovec hadas por los teóricos li terarios, a raíz de lo cua l propone el autor el ejemplo d e
las g radaciones de la ficción que al gunos teóricos defienden; esto es, la consi derac ión
del realismo como má s ficcional que , por ejemplo, la novela fantástica ( cf . Villanueva,
1992). Este es un problema derivado de un a postura en exceso referencialista, que basa
el análisis de la fi cción en la compa rativa de su s elementos con los ex istentes en la
realidad, aspecto que, como veremos, no puede ser el criterio determ inante de la
primera. Veamos, pues, cuáles son estas corrientes teóricas que han venido ocupándose
de la ficc ión du rante e l si glo XX.
En el ámbito más tradicional de la Teoría de la Literatura se encuentra la
corriente mimético-refere ncialista ; preocupada por las relaciones entre L iteratura y
realidad y por el modo en el que esta se ve representada en los textos. Pode mos afirmar,
de modo mu y ge ner al, que la idea d e base de las teorías miméticas es que las entidades
ficcionales tienen su origen en la realidad y se constituy en como representaciones de
esta.
Resulta sencillo, a priori, most rarse de acuerdo con esta idea, y más si
consideramos nuestra incapacidad para cre ar algo de la nada estrict amente hablando.
No en vano se trata de la doctrina que tra dicionalmente ha dominado el pensamiento
estético occidental (Doležel, 1999 a: 20-21). Algunos de los partidarios de esta
concepción de l a fic ción se centran en la enunciación de las obra s, como Kat e
Hamburger y Gérard Genette. L a primera atribu ye a la ficción la capacidad de permitir
al lector hace r su yos vivencias y pensamientos ajenos, razón por la cual la enunciación
tiene para ella una g ran importancia. Esta autora la define como “enun ciación de un
Raquel Sánchez Jimé nez
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sujeto enunciativo sobre un objeto de enunciación”, donde el objeto es contenido
enunciado y el sujeto, con al gunas matizacion es, viene a coincidir con el sujeto
epistémico de la teoría del conocimiento (1995: 30 -31). Así, la oposición entre los
enunciados de realidad y los de ficción se funda menta en que los primeros disponen de
un sujeto real de enunciación, mientras los segundos carecen de él precisamente porque
sus sujetos son ficticios (1995: 97-98):
Se revela así la estructura lógica d e la ficción épica cate goria lmente opuesta a la
del enunciado de r ealidad. […] Ausencia de u n y o de ori gen real y c arácter
funcional d e la narrac ión de ficción son un mismo fenómeno ( H amb ur ger , 1 995 :
97-98 ).
Por tanto, los enunciados ficcionales tienen un sujeto enunciativo – en palabr as
de la autora, un “ yo - de - orig en”– ficticio constituido por los diversos p ersonajes de la
narración, que cuentan con capacidad mimético-poiética. El problema de este
planteamiento es qu e impli ca restringir la ficción al género dramático y al n arrativo
heterodiegé tico, pues el re sto de géneros constituyen un a mí mesis de e nunciación y no
“esa mímesis de la realidad misma de la que surge el género de ficción” ( 1995: 220):
El escritor narrativo no es un sujeto enunciativo, no cuenta de personas y cosas,
sino que cuenta p ersonas y cosas. [ …] Entre l o narrado y el narrar n o ha y
relación del ti po sujeto -objeto, es decir de enunci ación, solo mutua dependencia
funcional ( Hamb ur ger , 1 995 : 97-98 ).
Gérard Gene tte comparte con Hamburg er algunos de los aspectos que acabamos
de seña lar. A propósito de los rasgos que podría n considerarse definitivos de una obra
de arte te xtual – en otras palabras, en bus ca de la marca de literariedad de un texto – ,
este autor propone la división de las obras literarias en ficción y dicción
diferenciándolas como sigue: “e s literatura de ficción la que se impone esencialmente
por el carácter i maginario de sus objetos, literatura de dicción la qu e se impone
esencialmente por sus características formale s” (G enette, 1993: 27). La lírica constitu y e
para él, al i gual que p ara Hambur ger, una prá ctica li teraria al m argen de la fi cción,
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aunque este autor muestra más re servas a la hora de apartarla del fenómeno ficcional
por más que, c omo su colega alemana, entienda los enunciados de l a lírica c omo
enunciados del mundo real:
El enunciado putativo de un te xto literario no e s, pues, nunca una persona re al,
sino ora un persona j e ficticio (en la ficción) ora un y o ind eterminado (en la
poesía lírica), lo que constitu y e en cierto modo una forma atenuada de ficticidad:
tal vez no estemos tan le jos de las estratage mas de Batteux para hacer e ntrar el
lirismo en la ficción (1993: 20 ).
Ambos autores muestran rasg os mar cadamente neoaristotélicos: entre otros
factores, ambos parten de la base d e los conceptos de poiesis y mímesis e ntendiendo la
primera como actividad productora y la s egunda como representación o fingimiento de
acciones – y como sin ónimo de ficción – ; y en ambos encontramos vigente la
recomendación de A ristóteles: “e l poeta lo es más por los ar gumentos que los metros en
cuanto es poeta por l a imitación e imita las acciones ” (1990: 11). No es nuestro objet o
hacer una defensa del género líri co como i nteg rante del conjunto de prácticas
ficcionales, por más que en nuestra opinión al menos una parte de ella lo sea; sino hacer
hincapié en esta conside ración como herencia de la doctrina del Esta girita.
Además de la capacidad para transmitir la experiencia subjetiva que atribuye a la
ficción, Hamburger considera como evidencia de esta la d estemporalización o
presenc i alización de los pretéritos de las obra s ficc ionales (1995: 52 -63). Designa con
esto la distancia t emporal entre las formas verbales habitualmente em pleadas en la
narración, que suelen d arse en pas ado, y su actualización durante la lectura: como
lectores, p ercibimos la f rase “Nuestro protagoni sta nació un 10 de agosto de 1960”
como “Nuestro protagonista nace un 10 de a gosto de 1960”. Hamburger sitúa la causa
de este fenómeno “en que el tiempo d e la acción épica y esta misma no quedan referidos
a un yo-de-origen real, a un sujeto que habla o enunciativo, sino a los ficticios y oes de
Raquel Sánchez Jimé nez
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orige n de las figuras n ovelescas” (1995: 64). Las fo rmas ve rbales c arecen así de
auténtico valor temporal, limitándose a c onstituir otra de las marcas de la ficcionalidad.
Una explicación mucho más convince nte de este fenómeno la apor ta Martínez
Bonati (1992: 91-111), cu y a atribución del d iscurso narrativo al narrador como
instancia ficticia de enunciación permite r econocer todo tipo de narraci ón ficcional
como tal. Este autor ex plica el p retérito n arrativo por la dis y unción entre el tiempo
pasado del narrador y el pre sente del lector: cuando un lector o crítico resume el
argumento de una novel a lo hace en tiempo presente, mientras el narrador refiere los
acontec imientos e n ti empo pasado porque actualizamos mediante la lectura los hechos
pretéritos que el narrador plasma en la ob ra literaria. En esta aparente p aradoja juega un
papel fundamental la dist inción entre lo representado y su representación, siendo el
primero, lógicamente, anterior al segundo. Así pu es, las esca sas o casiones en las qu e el
narra dor refi ere algún hecho de l a trama en presente son momentos en los que la ficción
se vuelve autorreferencial (1992: 93). Esta distinción entre rep resentado y
repre s entación puede ex tenderse al dúo persona/personaje, que se co rresponderían
respec tivam ente con lo representado y su rep rese ntación, a la distinción que los
formalistas plantean entre fábula y sujeto e incluso, en las teorías del conocimiento,
entre objeto de percepción e im ag en subjetiva de quien lo percibe. Del mismo modo que
en el fenómeno cognoscitivo se produce plename nte cuando el objeto percibido y su
corre spondiente imagen subjetiva en la mente del observador coinciden, “representación
e imagen son entes cu ya actualidad eficiente coincide con su colapso” (Martí nez Bonati,
1992: 96). Esto ocurre gracias a que percibimos la representación precisamente como
tal, sin confundirla con el objeto representado, lo que determina que conscientemente
nos esforzamos en percibir la re presentación como lo representado. Esto da lugar, para
Bonati, a que la representación se revele como ficción, pues no se conforma con ser una
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image n qu e produce la ilusión del objeto representado, sino una “ilusión artísticamente
irónica” (199 2: 100).
Aceptar fi cción como representación, en el caso de elementos imaginarios ,
implicaría, en principio, aceptar que nos encontramos ante una r epresentación sin
referente, como veremos que afirman algunos autore s de la filosofía analítica. Sin
embargo, a Bonati no le resulta difícil señalar que la afirmación de qu e un determinado
personaje d e ficción no ex iste carece de ló gica, “pues, si no ex iste, si es nada, ¿de quién
o de qué decimos, entonces, que no existe?” ( 1292: 100).
La representación de elementos e fectivamente existentes funciona como objeto
doble, sustitu y endo la imagen po r su referente mientras cumple su función y
apareciendo como referencia una vez es contemplada con más atención, aspecto que
también se cumple en la repre s entación fic cional. Cuando la representación funciona,
siempre aparece ante no sotros lo repre sentado, cumpliéndose la ilusión pe rceptiva que
en al arte requiere de la especial mi rada que acabamos de comentar. P or lo tanto, la
existencia e n la realidad fe noménica de las entid ades designadas en el texto care ce en
realidad de relevancia para el le ctor, sabedor de que el individuo fic t icio no tiene más
presenc i a que la que posi bilita la obra li teraria única (1992: 106). En definitiva, la
repre s entación ficcional ti ene referente, y este se enc uentra en el propio tex to. Bonati
recurre a l enfoque pragm ático en e ste aspecto de su razonamien to:
Entramos en el mundo de la ficción sabiendo que se tra ta de ficc iones, de
individuos inexistentes, cuy a realidad es il usoria y está para siempre fijada en
una re presentación aspectual. Y, sin embar go, una vez de ntro de ese mundo, lo
vivimos como si fuese parte del mundo real y p oseyese todas sus propiedades
básicas (1992: 109).
La causa de nuestro comportamiento como lector es de ficción es, para este autor,
que el lenguaje d e estas obras es mimético, lo que determina su capacidad para
Raquel Sánchez Jimé nez
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presentar se él mismo como mundo (1983: 71). Nos hemos d etenido en los
razonamientos del pensador chileno acerca de representación y r eferente para recurrir
más adelante a alg unos de sus criterios, que considera mos im pecables, y porque
consideramos sus ideas clar ificadoras respecto a las consideraciones de los filósofos
analíticos acerc a de los r eferentes de la ficc ión, las cuales estamos a punto de estudiar.
El enfoque procedente de la filosofía analítica y d e la prag m ática ha traído
consigo, como afirmábamos previamente, inter esantes aportaciones que ha aprovechado
la teoría literaria, aun con los problemas de comunicac ión entre am bos campos
comentados por Pozuelo Yvancos ( cf . 1994: 13).
Dichas teorías tiene n su base en la distinción que hizo Gottlob Fre ge e ntre
“sentido” y “referente” como dos part es int egrantes del si gnifica do en su artículo de
1892 Sobre el sentido y la refere ncia . En este trabajo, el lógico a lemán ex plica cómo
una realidad puede ser designada por diferentes modos de expresión, lo que vendría a
constitui r el sentido. L as expresiones “América” y “El continente descubierto en 1492”,
por ejemplo, tienen e l mi smo referente; pero una expresión distinta que es convencional,
pues requiere la experiencia compartida por u na comunidad de hablantes para ser
empleada y comprendid a: un rec eptor que desconozca la fec ha del descubrimiento de
América o el he cho de que se trata de un continente no podrá conocer el r eferente de la
segunda ex presión propuesta. El sentido, por t anto, no es un asp ecto subjetivo para
Frege, que distingue entre este y la representación, que sí lo es ( 1974 : 34). La
referenc ia, por su parte, se identifica con el valor de verdad d e la expresión, razón por la
cual el autor priva a la Literatura de la posibilidad de que sus enunciados sean
verdaderos o fa lsos al n egar su conexión con unos determinados referentes:
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
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Claro que en poesía ti enen las palabra s solamente un sentido, pero en la ciencia
y en general donde nos ocupe la pregunta sobre la verdad, no nos contentamos
con el sentido, sino que tambi én deseamos unir s u significa do con los nombres
propios y l as palabras-co nceptos, y si por descuido no lo hacemos, es un a falta
que fác ilmente puede hacer que fracase nu estra reflexión (1974: 53).
La teoría semántica de Fre ge inauguraba la corriente de lo que Pavel deno minó
“segregacionismo clásico” (Pavel, 1988 : 21). Esta división entre referencia y sentido
obedece al rechazo del ps icologismo que este autor imputaba a la mera distinción entre
las palabra s y sus significados de l a tradición l ingüística pr evia, que entendía estos
últimos como contenidos mentales con cierto grado de subj etividad. Desde una
perspec tiva teór ico-literaria, que sí cree en la e xist encia d e referentes en e l len gua je de
la novela y en l a posibilidad de asi gnar valores de verdad o fa lsedad a los enunciados de
la obra li teraria , la principal aportación del pensamiento de Frege es la toma de
concienc i a de la necesidad de una semántica específica mente literaria, aspecto que se
encuentra asimism o en otros autores como Pavel (1975, 1988), Do l ežel (1988) y Tomás
Albaladejo (1992), entre otros, así como l a i ncorporación de importantes factores
pragmáticos al panorama del estudio de la Literatura, consecuencia de la s ustitución del
inmanentismo por el interés e n ella como proceso comunicativo.
Un continuador de este pensamiento en su línea más radical es Russell, que
frente al establ ecimiento por pa rte de Frege de la posibilidad de un estatuto lógico
diferenciado para el texto li terario considera qu e los enunciados literarios, al versar
sobre entidades inexistentes, carecen de toda validez lógica y son, forzosamente, falsos.
La pretensión por parte de la filosofía analítica de aplicación de las ciencias naturales
como modo de conocer el mundo lleg a en e ste a utor a su punto cúspide, al dec larar el
lenguaje litera rio como un uso no pertinente desde un punto de vista lógico.
Raquel Sánchez Jimé nez
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Como comentába mos, la cue stión decisiva para l a Teo ría de la L iteratura e s la
toma de consideración por parte del segregacionism o de la sit uación de enunciación
(Pavel, 1988: 23). Entra entonces en jue go el contex to, que Strawson (1950) introduce
como salida a la ne gación de la referencia de los enunciados y a la consecuente
suspensión de su carácter ló gico. Las frase s de la L iteratura, al enc ontrarse en un
contexto en el cua l el objeto que designan no existe en la r ealidad, constituye n un uso
ocioso no pertinente para la lóg ica (Pozuelo Yvan cos, 1994: 16).
Este enfoque conduce a una cuestión qu e habíamos anticipado: la seriedad de las
frases de ficc ión, bas e sobre la cual los trabajos de Austin y Ohmann han t raído consig o
interesantes aportaciones para la ciencia literaria. Al segundo se le atribu ye el mérito de
abrir el camino en el contex to de la t eoría literaria a la noción de acto de habla de
Austin (Pa vel, 1988: 28) . Este últim o acuñó dich o concepto para designar las acciones
que llevamos a cabo mediante el lenguaje en función de un a serie d e ar bitrariedades
pragmática s y principios de pertinencia (1962). Cua ndo mediante un ac to de habla
pretendemos hacer algo más que simplemente enunc iar unas palabras – acto locutivo – ,
como ocurre cuando res pondemos a una pregunta o hacemos una promes a, tenemos un
acto ilocutivo: c on los actos locutivos de decir “Sí” o “Te prom eto que vendré el
jueves”, pretendemos confirmar algo que un interlo cutor nos ha preguntado, en el
primer caso, y de formalizar un compromiso en el seg undo. Los efectos que estos actos
tienen en los o y entes, deseados o no por el emisor, son denominado por Austin “actos
perlocutivos ”. Cuando el acto locutivo y el ilo cutivo coinciden, hablamos de actos
directos: el hablante expresa abiert amente s u intención. De lo contrario, nos
encontramos ant e actos indirectos: el hablante tie ne una intención, pero no la manifiesta
directamente en su enunciado.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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al tipo II . Sin embargo, el texto puede ser ambiguo en cua nto a si los elementos
fantásticos se dan en el submundo de los personajes o en el propio subm undo rea l
efec tivo de l a obra, de modo que no quede cl aro s i nos encontramos en un relato de tipo
II o de tipo III (Martín J iménez, 2015: 222).
A nuestro entender, la s aportaciones más valiosas en este ámbito puede n
atribuirse al teórico checo Lubomir Dole žel. Su sistema literario constit uye una
semántica intensional del tex to literario con base ontol ógica. Veamos c uáles son sus
principales planteamientos, recogidos sobre todo en sus obras Heterocósmica: ficción y
mundos posibles (1999a) y Estudios de poética y teoría de la ficción (1999b ).
Tras una exposi ción de los problemas de la crít ica mimética, derivados de la
dependencia del mundo rea l propi a del r eferencialismo, Doležel propone abandonar el
modelo teórico de un único mundo para instaurar una semántica de mundos posibles.
Desde esta perspectiva, ofrece una serie de normas sobre los mundos ficcionale s
(1999b: 118-122):
La serie de mundos ficcionales es ilim itada: al no ser necesaria la
corre spond encia con la realidad, la libertad para crear mundos ficciona les es
toda la que la imaginac ión permita.
La serie d e mundos ficcionales tiene va riedad má xima: las ley es
que re gulan e l funcionamiento de cada universo de ficción pueden variar tanto
como el autor lo d esee. Su explicitación da a entender al le ctor qué es posi ble en
un mundo ficcional concreto y cómo funciona este.
Los mundos ficcionales son ontol ógica mente h omogéneos: con
independenc i a de cuál es sean el mundo ficcional y sus habitantes, nos
encontraremos siempre e n el estatuto ontol ógico de lo posible , por lo cual todos
ellos son parte de los infinitos mundos posibles que rodean nuestro mundo real.
Raquel Sánchez Jimé nez
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El protagonista de una novela realista concreta y un vampiro que aparezca en
otra de fantasía tiene n el mism o nivel de ficcionalidad.
Los mundos fic cionales son incompletos: crea r un mundo
lógica m ente completo requeriría una obra que ja más terminase. De otra p arte, la
presenc i a y dist ribución de “esp acios de indeterminación” ( cf . Iser, 1987 ) es un
aspecto estético de finitiv o tanto del modus operandi de c ada autor como de las
convenciones artísticas de cada época y cultura. En este sentido, Pavel ha hecho
notar cómo las soci edades y períodos con un a cierta estabilidad tienden a
minimizar la presencia de estos vacíos de i nformación; y aquellos más
convulsos, a maximizarlos (1986: 108-109).
Los mundos ficcionales son acce sibles desde el mundo rea l: tal
acceso solo se da e n e ste sentido y a tra vés de canales semióti cos. Esto implica
que la entrada d e materiales procedentes de la realidad conlleva su
ficcionalizació n: “todas las entidades re ales se convierten en posibles
ficcionales, con todas las consecuencias n ecesarias ontológicas, lógicas,
semánticas y estilísticas” (Doležel, 1999b: 22).
En definitiva, lo que n uestro recorrido por las teorías contempo ráneas de la
ficción pone de manifiesto es cómo esta cuestión ha tenido primordialmente dos focos
problemáticos: la referencia ficcional y , ligado a ella, el estatuto ontol ógico de los entes
de ficción. Considerar la L iteratura – y todas las artes – c omo una im it ación de las
diversas realidades es consecuencia de una mi rada en exceso depend iente de una
tradición en la cual lo estéticamente válido era una estricta adecuación a la lógica del
mundo real. La propia l abor literaria, que siemp re termina por desborda r los límites
impuestos por la teoría – y más cuando esta viene dada en forma preceptiva más que
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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descriptiva – , ha sido la e ncarga da de r eclamar para sí un paradigma que diese cabida a
las manifestaciones cuyos referentes no se encuen tran en la realidad.
La llamada de aten ción sobre esta cuestión por parte de la filosofía analít ica ha
resultado mu y valiosa, más que su radicalismo a la hora de negar la capacidad de
referenc i a al lengua je literario o d e señalarlo como un uso no pertinente. El principal
error d e estos ra zonamientos consiste en juzgar los usos lingüísticos literarios fue ra de
su correspondiente contexto, como si un lector afrontase la lectura d e una novela com o
la de un a rtículo científico o una noticia pe riodíst ica, por ejemplo, aspecto que la
pragmática viene a solventar. A estas disciplinas debemos la evidenc ia de la necesidad
de atende r a las cuestiones pragmáticas que deter minan la espe cificidad de lo lite rario,
así como el impulso necesario p ara un estudio alternativo sólido de la cuestión de la
referenc ia ficcional. Resulta difícil concebir el surgimiento de una teoría de múltiples
mundos sin estos aportes.
Como ex presábamos anteriormente, nuestra concepción de la ficción coincide en
buena medida con las ideas de Doležel, aunque con al guna s modificaciones que
permitirán su aplicación a la representación tea tral y qu e prest arán m ás atención a los
pertinentes aspectos pragmáticos. Adelantamos que nuestra di vergencia más importante
respec to a este autor es que , si bien c onsideramos los mundos múltiples c omo un
modelo perfectamente v álido para el análisis de la ficción literaria, la base de la
distinción entre la realidad y los mundos ficcionales, por más que presenten
caracter ísticas ontológicas diferentes, no es la ontología, sino la pragmática. Al fin y al
cabo, los procesos de escribir y consumir Literatura constituyen un tipo especializado de
comunicación, que es la comunicación literaria, la cual requiere sus propio s
procedimientos semánti co-pragmáticos. Esperamos, con a y uda de l a teoría de los
Raquel Sánchez Jimé nez
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mundos posibles y de la pragmática, construir un modelo de análisis de la ficción teatral
que aplicaremos a l corpus de obras seleccionado. Nuestra hipótesis es que tal estudio
arrojará luz no solo sobre las obras en sí, sino también sobre el autor que estudiamos,
Luis Vé l ez de Guevara, y sobre los hábitos interpretativos barr ocos.
1.1.2- Preceptiva poética barr oca: ficció n, verosimili tud, verdad po ética, verdad
histórica
Antes de c entrarnos en el aná lisis de cuestiones espec íficas del género teatral,
procede delimitar las características que en el período que nos o cupa, el Barroco, eran
atribuidas a la fi cción. Puede afirmarse en este sentido que la vi genc ia de las ideas
aristotélicas era entonces g eneralizada, si bien ha de precisarse que los preceptistas y
autores áureos tomaron del Esta girita alguna s id eas fundamentales y las adaptaron a las
necesidades de su propia época , lo cual conllevó algunas contra di cciones importantes
con el pensamiento aristotélico (Alsina, 1975). Esto responde a la mezcla de algunos de
sus prece ptos con los postulados hora cianos relativos a la doble finalidad del arte ; es
decir, la conocida dualid ad docere / delectare (Ho racio, 1942: 23): frente a la kátharsis
– en adelante, catarsis – del Esta girita, en base a la cu al la fin alidad de la tragedia es
purgar la psique del espectador de las emocion es de piedad y temor, el Barroc o a dopta
una nueva actitud. Esta pasa, en prime r lugar, por entender el en tret enimiento y l a
educación del público como las finalidades artísticas; y, en s egundo, po r extender la
acción de la catarsis a un abanico emocional más amplio, lo cual se empleará p ara
dignificar la tra gicome di a. En esta concepción, la catar sis no es un fin en sí misma, sino
el medio a través del cual se divierte y alecciona a la audiencia. Asimismo, como
tendremos ocasión de c omprobar, es mucho m ay or la import ancia co ncedida a la
finalidad ejemplariz ante que a la recreativa, lo que responde a la constant e búsqueda de
una justificación mora l p ara todas la s actividades que caracteriza al Barroco.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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Nos proponemos, pues, analiz ar la consideración que los autore s áureos daban a
los dos elementos centra les en la teoría aristotélica de la ficción: la mímesis y l a
verosimilitud. Analizaremos para ello algunos de los pre ceptos establecidos en tres de
las poéticas más trascendentes en el período áureo: la Philosophia Antiqua Poetica de
Lópe z Pinciano (Madrid, 1596), el Cisne de Apolo de Luis Alfonso de Carvallo (Medina
del Campo, 1602) y l as Tablas Poéticas de Francisco Cascales (Murcia, 1617). Estos
aceptaban la idea de qu e la tragedia es imitación – o mímesis – de las acciones humanas.
Esta definición imitativa se aplica también a la comedia, que Carvallo define según la
máxima atribuida a Cicerón: “comedia est im itatio vitae, speculum consuetudinis et
imago veritatis” ( cf . 1997: 259). Además, Cascales pres enta la siguiente noción de
comedia: “ es im itación dramática de una entera y justa actión humild e y suave, que po r
medio del pasatiempo y risa, limpia el alma de los vicio s” (2006: 157). Pinciano, por su
parte, la entiende así : “imitación es activ a la comedia; por activa, se diferencia del
poema épico y ditirámbico; y, por medio de delei t e y risa, se dist ingue y dife rencia de l a
épica y de la tra gedia ” (1973c:18). Es destacabl e, de estas no ciones, la justificación
moral que Cascales y el Pinciano aportan para la comedia: el primero no s olo argumenta
que esta p ermite pur gar la psique de los vicios, sino que integra est a propiedad en la
propia definición del subgénero; y el segundo l e atribuye l a c apacidad de ense ñar al
hombre prudencia para la vida ( 1973: 16-17). Fre nte a ellos, Ca rvallo adopta una
postura más permisiva al afirmar que el fin de la comedia es el divertim ento y que ello
no implica nada negativo; antes bien, el descanso permite al hombre regres ar a su labor
con mayor e ner gía ( 1997: 264).
Lo que nos interesa de estas conceptualizaciones es el común acuerdo en el
carácter imitativo del arte , a sí como su nec esaria sujeción al principio de verosimili tud
– que consideran la apariencia de verdad – : Carva llo, en su reflexión dialog ada sobre si
Raquel Sánchez Jimé nez
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mienten los poetas en sus ficciones, establece que, d e no ha ber v erosimilitud en e llas,
estos incurrirían en la mentira (1997: 103). Pincia no le otorga el papel protagonista de la
ficción al afirmar que la verosimilitud constituy e la propiedad más im portante de las
obras (1973 a: 268); y Cascales se r evela como el más conservador de los tres
prece ptistas tratados, p ues manifiest a su pr eferenc i a por los hechos realmente
acontec idos frente a lo s ficticios creíbles (20 06: 131). Contradice, por tanto, la
afirmac ión aristot élica de que “es preferible lo convincente imposible a lo imposible no
convincente” ( 1990: 388), ya que lo verdadero está para Cascales po r encima de lo
verosímil (Porqueras M ayo, 1972: 105). Sí admite, sin embargo, la m odificación de
algunos asp ectos para su ade cuación a las necesidades a rtísticas aproximándose e n
cierto modo a es a idea de la mímesis como “represent ación comprehensiva” que
señalábamos unas páginas atrás
9
. En lo que resp ecta a las relaciones entre P oesía e
Historia, Cascales se muestra de acuerdo con la afirmación del Estagirita de que la
primera se ocupa de lo general y la se gunda de lo particular, a propósito de lo cual
Pinciano declara que, a l igual que Aristóteles, considera la primera más elevada que la
segunda y que e l trabaj o del poeta, al consistir en invent ar y no en reco ge r lo y a
existente, es más meritorio que el del historiador (1973b: 10-11).
Li gada a dicha compar ación entre Poesía e Historia, entre imitación de hechos
ge nerales y particulares, se encuentra l a cuestión de la verdad poética, que los
prece ptistas suelen abordar preg unt ándose si mienten los poetas en sus textos al referir
hechos ficticios. Este no es un asunto bal adí, da da la acuc iante nece sidad d e
justificación moral de las ficciones que señalábamos: según la visión cristiana, la no
estricta ad ecuación a la v erdad equivale a la m entira, lo cual hace necesaria la búsqueda
de una suerte de verdad universal en las fábulas. Una visión estrictamente referencialista
9
N o se trata, sin embargo, d e una representación compr ehensiva asociad a a la ficción en tendiendo esta
como la n arración d e unos hecho s inventado s; sino de disponer – y modificar, si fuese necesario – unos
acontecimientos verídicos para componer la fábula.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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– y sujeta la férrea moral que acabamos de ex poner – se vería obli gada a admi tir que, en
efec to, toda aquella fáb ula integrada por perso najes y/o hechos inex istentes en la
realidad fenoménica no porta verdad entendiendo esta última como la referencia directa
a elementos del mundo real. La estrategia para salvar este escollo y a firmar que los
poetas no mienten en sus obras es la misma que vimos en el epígra fe int roductorio d e
este trabajo, en virtud de la cual la denominad a por Doležel “función mi mética” se
ampliaba a la mímesis universalista. Así, en la medida en la que los autores conceden a
la ficción la c apacidad de enseñar determinad os valores al público, le otorgan la
propiedad de ser portadora de ciertas verdades universales. Este es el regulador moral de
las ficciones junto con la verosimilitud, como vimos en el c aso de C arvallo y en e l de
Cascales; si bien este último presenta una ma y or rigidez al preferir lo históric o sobre lo
verosímil. De los tres pr eceptistas, el más innova dor en este sentido es Pi nciano, quien
instaura para la ficción un domi nio independiente en el aspecto ético que nos ocupa,
como demuestra Mestre Zarag ozá (2014: 57 -71). A partir de l a clasificación que el
teórico barroco hace de las fábulas y su distinción entre verdad histórica y verdad moral,
la autora llega al siguiente planteamiento:
La ficción puede asimilarse a la mentira sin que ello im plique un juicio neg ativo
a partir del momento en que « mentira» se opone a « verdad histórica» y no a
« verdad moral » . Así, el término mentira funciona casi siempre en la Philos ophía
como sinón imo de ficci ón hist órica, sin que ell o implique, pues, una mentira
moralmente re probable (2014: 61).
Incluso en el caso de las fábulas milesias, como denomina Pinciano a las q ue no
tienen basamento a l guno en la rea lidad – y que n o aportan una verda d un iversal, dado
que en su clasificación e stas son las apologéticas – , no nos encontramos a nte obras que
atentan contra la mor al, sino sencillamente ante fábulas disparatadas (1 973b: 8). El
camino para evitar est o, por tanto, es la ver osimilitud: si el preceptista tilda de
Raquel Sánchez Jimé nez
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disparatada s las nov elas de caballerías, no es por la narración de a contecimientos que
nunca sucedieron, sino porque estos nunc a podrían ocurrir en la r ealidad. En este punto
de su razonamiento cabría preguntarse, ante la n ecesidad antes s eñalada de que la ob ra
literaria entretenga y eduque para ser considerada buena, si las fábulas milesias no lo
son. La cl ave, como señ ala Zaragozá (2014: 63), se encuentra en el “ Pr ólogo ” d e la
Philosophia… , donde el pensador añade a l as f unciones didáctica y educativa de la
Poesía la capacidad de “alte rar y quietar las passiones del alma a sus ti empos
convenientes” (1973a: 1 56). Al i gual que ocurre en el caso de la comedia y de l a
trag i comedia, se recurre a las virtudes catárquicas de las obras p ara dotarlas de la
legitimidad de la qu e gozan otros géneros más respetados; bien por la preferencia
clásica por la tragedia so bre el resto de obras dra máticas, bien por el tra dicional apego
por la referencia a la realidad que acabamos d e ve r. Así, la cu estión vuelve a remitirnos
a la interpretación de la doctrina aristotélica de a cuerdo con las cir cunstancias concretas
del B arroco: la Contrarreforma im pulsó una vigilancia del aspecto moral de la ficción
que no se encontraba ori ginalmente en el Estagirita. Esta es una de las razones de que la
trag i comedia hallase, en sus oríg enes, tantos y tan duros detrac tores; tanto más cuanto
más moralista fuese su perspectiva: Cascales era un gran opositor a este s ubgénero en
consonancia con su rí gida visión de la verdad que lo llevaba a preferir lo hist órico sobre
lo verosímil . Esta preocupación por la ética de la fic ción – y por la ética de la vida en
ge neral – r espondía a un impulso de control de la voluntad de los individuos, como
señala Maravall (2012: 112-113). El objetivo es, afirma, “manejar hábil mente factores
ciegos, perturbadores, ex trarracionales, para ll egar a un resultado programado, en fin de
cuentas, para im poner d e todos mod os su dominio [de la voluntad]” (2012: 140). Este
aspecto no se le escapa a Lópe z Pinciano, que en su propia definición de P oesía afirma
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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que se trata de una “oración en metro, h echa para reformar y model ar las costum bres de
los hombres” ( 1973a: 194).
Podemos afirmar , por ta nto, que entre los teóricos barroc os de la ficción impera
la visión de esta como la mímesis conve nientemente regulada por la verosimilit ud. L a
ausencia de esta última constituy e una falta moral para e l c onservador Cascales y p ara
Carvallo – quien, sin embargo, realiza una lú cida de fensa de las narraciones de h echos
imposibles atendiendo a los sentidos con que la tradición bíblica interpreta los tex tos
sagrados: literal, moral, alegórico y an agógico – . En virtud de la utilidad e ducativa de la
fábula a partir de estas posibles interpre taciones, aunque conten ga hechos im posibles,
no habr á mentir a por parte de los poetas: “ la ficción del Poe t a no es significación de
cosa falsa por verdadera, ni con ánimo de e n g añar, antes si gnifica cos a muy ci erta como
es l o s ef e ctos d e l amor pintando un niño ciego, y su ánimo es de a p rovecharnos y
d ec lararnos l as ve rdades y lo que nos importa ” (1997: 106) . Pinciano, como hemos
visto, se muestra benévolo con las ficciones no v erosímil es, incluso cuando no portan
una verdad universal, al menos desde un punto de vista moral. Así pues, a ún nos
hallamos alejados de las teorías que alejan la referenc i a textual de la realidad, si bien
puede afirmarse que esa búsqueda de verdades más amp lias por parte de Carvallo y de
Pinciano constitu y e un tímido primer paso hacia la implantación de un dominio estético
autónomo para las prác ti cas ficcionales.
Sin embargo, la obra d e Casca les, posterior a estas dos poéticas, supondrá un
retroceso en lo referente a esta materia, dada su pr eferencia por la verdad en términos de
estricta corresponde ncia directa c on lo ex istente en el mundo rea l.
No puede faltar, y menos aún cuando hemos hecho un a breve referencia a la
trag i comedia, el criterio de L ope d e Vega respecto a la cuestión que nos o cupa. S u Arte
nuevo de hacer comedias en este tiempo (Madrid , 1609) instauró una nueva preceptiva
Raquel Sánchez Jimé nez
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dramática de enorme trascendencia que movi lizó los ánimos de todos los teóricos y
literatos de su tiempo, que reaccionaron po sici onándose a favor o en contra de los
principios en él defendidos. La s polémic as suscit adas por esta breve obr a son tantas y
tan profundas que no po demos detenernos en ellas, y a qu e nos lo que nos interesa del
Fénix es su criterio ace rca de la verosimili tud. Hemos de rec ordar, sin embarg o, que
Lope no e ra un teóric o, sino un literato, lo cual puede ll evarlo a marcar ciertas
distancias entre lo que propugna y lo que practica. A este respec to, c onsideramos
especialmente iluminado ra la siguiente afirmac ión d e Porqueras Ma y o:
En una importante obra alemana de Pabst, su autor llega a sentar la afirmación
de que Cervantes, L ope, son unos hipócritas porque dicen creer e n unos
principios para no chocar con la crítica oficial, y, luego, en sus libros, se apartan
de tales postulados. L os principios teóricos son como un e nmascaramiento para
que sus libros circulen sin dificultad. No, no podemos estar d e acuerdo. L os
autores han qu erido h acer al go de acuerdo con unos principios te óricos
aprendidos en los libros. Después, su genialidad cre adora los ha llevado quizá
por otros caminos, y al escribir sus prólogos, sie mpre a posteriori de los libros,
han intentado la síntesis, difícil, de conciliar lo que un inicio quisieron hacer, y ,
más tarde, en realidad, espontáneamente, han h echo. Pero esto no es hipocresía,
sino lucha, inquietud, es el misterio eter no de la literatura (1972: 107).
En cuanto al tema que nos ocupa, no encontramos, en el Arte nuevo … , más
referenc ias a la cuestión de la verosimilitud que la recogida por lo s versos 284 y 285:
“g uárdese de imposi bles, porque es máxima / que solo ha de imitar lo verisímil”. Esta s
palabras resultan demasiado extremas en relación a lo establecido por Aristóteles y
Horacio, y también a la propia prác tica dramátic a lopesca, lo cu al constituye un buen
ejemplo de ese alejamiento entre la teoría y la praxis que aca bamos de señalar .
Asimismo, esta brevísima alusión a la ve rosimilitud determina la necesidad de examinar
otros documentos con el fin de encontrar otr as menciones qu e puedan resultar más
reveladoras. J uana de José (1971: 180 -182) recoge las referencias de Lope a este
concepto en el prólo go a su Je rusalén conquistada , así como en sus de dicatorias de La
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
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dramático para emitir de modo simultáneo multitud de signos procedentes de diferentes
códigos. Esto es posible debido a su faceta espectacular, y este aspecto es el que ha ce
obligatorio admitir que el drama es, sencillamente, una parte del teatro de la que incluso
es posible prescind ir en mayor o meno r medida , cuestión demostrada por autores como
Samuel Bec ket ( Esperan do a Godot , Fin de partida ), aunque no sea lo habitual.
En su Diccionario del teatro , Pavis recoge las nociones más im portantes del
término. Aunque admite que en su sentido de especificidad d el género dramático “ es
imposible ponerse de acuer do” (1998: 471), esta es la definición que más parece
interesarle : “sería lo que, en la representación o en el tex to dramático, es
específicamente teatral” ( 1988: 468). El autor remite, para delimitar la teatralidad, al
criterio d el dramaturgo y e nsa y ista fra ncés Antonin Artaud: se trata de “todo aquello
que no obedece a la expresión de palabra, o si se quiere todo aquello que no cabe en el
diálogo ( y aun el diálo go como posibilidad de son orización en escena, y como ex igencia
de esa sonorización)” ( apud. Pa vis, 1998: 468) . En términos similare s se pronuncia
García Barr ientos, como se observa en su definición de “tea tro”:
[El teatro es] un tipo de espectáculo de acción – no de e s critura – que desarrolla
una peculiar operación representativa. Se trata, como esp ectáculo, de un
acontec imiento comunicativo cu y os productos so n comunicados en el esp acio y
en el ti empo […] en una situación definida por la presencia en un mismo espacio
y dur ante un mismo ti empo de actores y espectadores” [ …] y que se basa en una
convención representativa, específicamente teatral, que consiste en la
« suposición de alteridad » que deben compartir l os actores (por simulación) y el
público (por denegación ) y que dobla c ada ele mento representante en « otro »
repre s entado (2017: 21-22).
Consideramos, sin embarg o, que definir como lo propiamente teatral los
aspectos rel ativos a la representación escénica no ex cluy e el texto dramático al contener
este, en su texto secundario, una parte importante de los aspectos que se dirig en a tal
repre s entación contenidos de forma potencial. Un tex to dramático carente de teatra lidad
Raquel Sánchez Jimé nez
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sería un texto escrito – y , por tanto, leído – sin tener en mente su puesta en escena. Nos
situamos, pues en el e xtremo opuesto de las representaciones teatrales sin drama: un
texto dramático que no disponga de tex to secundario, ¿no vendría a ser sencillamente
una narración dia lo ga da?
Hemos de hacer un breve inciso para detenernos en un c oncepto que a cabamos
de emplear y que se e ncuentra profundamente relacionado con la cuestión de la
teatralidad y el debate so bre la preponderancia d e texto o repre sentación. Nos referimos
a nuestra alusión al texto sec undario, noción a cuñada, junto a la de tex to principal, por
Roman I ngarden (1998: 373) como componente del tex to dramático escrito. El tex to
principal, para el autor polaco, s e encuentra i ntegrado po r los parlamentos de las
personas representadas; y el se cundario o lateral, por las instrucciones para la
escenificación del d rama. Es decir, Ingarden distingue entre los diál ogos de los
personajes y las acotaciones. Sin embargo, re sulta sencillo comprobar que los
parlamentos de los personajes son mu y sus ceptibles de portar informacion es que afectan
al aspecto escénico. A este respecto, dice Bobe s Naves:
[…] Preferimos diferenciar en el texto dra mático escrito dos aspectos que
llamaremos T exto Lit erario , constituido fundamenta lmente por el diálog o, pero
sin excluir las acotaciones, que pueden ser li terarias, y Texto Espe ctacular
constituido por el conjunto de indicaciones, estén en las acotaciones o en el
mismo diálogo, que permiten la puesta en escena del tex to dramático y
adquieren en el escenario expresión en signos no v erbales. El Texto
Espectacular hace posible la puesta en escena del Texto Literario y ambos están
en el texto escrito, y ambos estará n en la puesta en escena , aunque bajo sistemas
sémicos diferentes: verbales el texto literario, paraverbales o no verbales el texto
espectacular (199 7: 296 -297).
Para esta autora, la dist inción entre los dos subtip os de texto ha de bas arse en el
código al que uno y otro remiten. Sin embargo, la dist inción entre ambos no siempre es
fácil de r ealizar y , en últ ima instancia, cabe preguntarse por la utilidad de su oposición
Tesis doctoral : Mund os históric os y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
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radical ante la evidencia de que solo con la conjunción de texto literario y espe ctacular
se da el tea tro:
Estamos refir i éndonos a la estructura profunda del texto teatra l, en la que las
diversas formas del texto se unifican. El que en su estructura superficial aparezca
o no la distinción y separación de estos dos niveles […] o el que apare zca uno
solo de los do s, es sin duda importante y traerá consecuencias definitivas sobre
la forma que adopte finalmente la representación, pero no afecta a los elementos
o rasgos constitutivos del hecho teatral (Trancón, 2006: 196).
Por las razones que acabamos de ex poner, manifestamos nuestra preferencia por
el término “didascalia s”. Como recoge Alfredo Hermenegildo (1995: 27 -35), estas
co nstitu y en una categoría más a mplia que las acotaciones, que se encuentran incluidas
dentro de las primeras. Distingue este autor e ntre las didascalias implí citas, que se
corre spond en con los casos en los que los diálog os contienen informac iones escé nicas;
y las explícitas, que engloban las acotaciones, además de la identificación de los
personajes antepu esta a s us co rrespondientes p arlamentos y en las nómina s iniciales de
la obra, los actos y las jo rnadas. Las segundas son clasifica das por Hermeneg ildo según
su función en a) identificac ión de los personajes antes de cada parlamento; b)
identificación de estos en las n óminas iniciales de las obras, actos y jornad as; c) introito
y epílogo y d) acotaciones escénica s. La s didas calias implícitas, por su parte, suelen
contener info rmación relativa al movimiento, el gesto o el vestuario de los personajes;
así como órdenes acerca de la disposición escé nica y la presencia de objetos animados e
inanimados. En esta categoría, el autor dist ingue entre los subtipos de informativas,
motrices, icónicas e informativas. Esta minuciosa clasificación que presenta
Hermeneg ildo, que deja patente que tanto el diálog o como otros elementos textuales
contienen información escénica y resulta especialmente il ustrativa de la ma y or
funcionalidad del término, prefe rido por él, de bloque didas cálico (1995: 32) en lugar
de las denominac iones t exto secundario y texto espectacular .
Raquel Sánchez Jimé nez
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Nos hemos detenido en la cuestión de la delimitación del texto secundario; o,
preferiblemente, del bloque didasc álico, para mos trar cómo se encuentra conectado con
la reflex ión en torno a la teatralidad – en su noc ión de sim ultaneidad sí gnica – como
aspecto específico del teatro: la representación teatral ofrece d e modo paralelo
elementos que las didascalias, dada su condición textual, presentan en una forma
necesariamente lineal.
Podemos ahora re tomar la cuestión d e la t eatrali dad para centrarnos en el uso
que l e da Abraham. Mediante su noción, el autor pone en contacto la semiosis del
desdoblamiento con los mundos ficcionale s dramáticos:
La tea tralidad, la evidencia de que ocurrirá el teatro, es generalmente un hecho
anterior a la representac i ón misma […]. L a tea tra lidad supone la ficción y , por
eso, la provoca me diante un proceso s emiótico de desrealización,
desdoblamiento, deneg ac ión (2008: 83).
Esta inclusión de la semiosis del desdoblamiento dentro de lo teatral, que , como
vimos, también García Barrientos toma en consideración, s e encuentra reco gida
asimismo en el Diccionario del teatro de P avis (1998: 469). Dijimos unas páginas atr ás,
a propósito del proceso de comunicación literaria, que se trata de un proceso semántico -
pragmático. Esta afirmación cobra especial relieve en el te atro, en el cual las
convenciones se despliega n de un modo aún m ás evidente. El esfuerzo por parte del
espectador por dirigir una mirada ilusionada es ma y or, y en virtud de esa paradójica
coincidencia entre la actualidad e ficiente y e l colapso de representación e image n que
señalaba M artínez Bonati (1992: 96), también la ilusión puede llegar a ser ma y or
siempre y cua ndo nos en contremos, claro está, ante una obra de teatro ilusi onista
12
.
12
Entendemos por teatro ilusionista aq uel que, como su nombre indica, busca sumergir al e spectad or
en la ficción de splegada sob re el escenario mediante la ilusión q ue la confunde con la re alidad p or
medio de la semiosis del desdoblamiento. El anti -ilusionista, por el con trario, pretende evid enciar los
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
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Delimitadas, pues, las cuestiones que consideramos releva nte aclarar de modo
previo a la ex posición de las adaptaciones a l as que Abraham (2008: 149 -175) ha
sometido el modelo de Doležel para su aplicación al teatro, podemos centrarnos en esta
cuestión. Sobre la base d e la posibil idad de conocer el mundo ficcional en virtud de las
operac ion es de verificación empírica y de juicio de ve racidad de los enunciados, el
investigador arg entino di stingue e ntre mundos ficcionales miméticos y no miméticos.
El acceso a los mundos f iccionales teatrales no se produce, como ocurre con los
narra tivos, únicamente a través del discurso verbal. Esto se traduce, como primera y
más eviden te conse cuencia, en la ausencia de narra dor
13
, lo que implica su sustitución
por la presencia escénica com o máximo ex ponente de la autoridad autentificadora d e la
existencia ficcional:
El espectador es quien confiere exist encia a lo que ve, a todo desplieg ue en
presenc i a. […] El criterio constructivo de la presencia escénica como
config urador de lo ficcionalme nte ex istente no es sino e l proce dimiento
semiótico propiamente teatral que inte ractúa c on una or ga nización interna
establecida como convincente por la institución mimética (Abraham, 2008: 155).
Para Abraham, por tanto, no asumimos que al go e xiste cuando lo vemos so bre el
escenario por acción de una mera fe per ceptiva. Nuestra concesión de la categoría de
“existente ficcionalmente” a lo que vemos no es natural, sino institucionalmente
mecanismos p or lo s cuales o pera dicha semiosis para manten er la constan te con ciencia del p úblico d e
que se encuentra en ante u n espectáculo d ramático.
13
Es decir, en la au sencia de un narrador tal como se presenta en la narrativa: como la instancia
enunciativa de la cual emana la autorid ad ve rificadora de la existencia ficcional a través del código
semiótico lingüísti co. En el teatro, con la ex cepción d e aquellos casos en lo s qu e un p ersonaje se erige
como narrador, pueden considerarse en cierto mod o las di dascalias como las marcas de la p resencia de
un “ narrador mudo” (Hermenegildo, 1995: 31), modo es te de re ferirse al h echo d e que la informaci ón
de las did ascalias, presentadas en código lingüístico, se tr ansforma en otros códigos, frecuentemente
visuales y sonoro s. Esta expresión de Her menegildo alu de asimismo a que las d idascalias impl ícitas
aparecen en boca de los personaj es, si b ien es esa e specie de narrado r quien s e h a encarga do d e
enunciarlas en p rimer lugar. Una consecuencia importante de esta au sencia de narrad or que aca bamos
de matizar, así como d e la representación co mo horizonte ideal de la mayo ría de lo s textos dramáticos,
es la presencia de numero sos espacio s de ind etermin ación que los directores es cénicos han de
completar por sí mismos. Esto frecuentemente ocasiona notables d iferencias entre dos
representacione s de la misma o bra.
Raquel Sánchez Jimé nez
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construida en base a los valores de verd ad y de ex istencia ficcio nal. El teatro chino
tradicional, en el cual es común que los t ramo y istas se mu evan por el escenario durante
la representación, permite comprender m ejor el fenómeno de convencionaliz ación de la
presenc i a escénica com o validación de la existe ncia ficcional . El vestido es, en este
caso, el signo convencionalizado que pe rmite al espectador saber que el tramoyista no
forma parte d e la función, por ello estos suelen emplear ropas negras. Resulta necesario,
pues, conocer esta arbitrariedad p ara no tomar a estas fi guras por ac tores – o, activada la
semiosis del desdoblamiento, por persona jes – .
Roman I ngarden se refiere a la prese ncia escénica como forma primaria de
validación de la existencia ficcional describiendo los elementos que deben dicha
existencia a su presencia e n escena como “realidades objetivas [ …] que s e muestran al
espectador mediante la acción de los actores o por la disposición del decorado,
remitiendo solamente a la percepción” (1997: 1 57). Con esto últ imo se refiere a la
semiosis del desdoblamiento, íntimamente ligada al criterio de la presencia escénica. En
virtud de dicha semiosis vemos al actor sobre el escenario y lo percibimos como un
determinado pe rsonaje que, por el mero hecho de e ncontrarse allí, tiene existencia
ficcional. Sin embargo, por medio d e un mecanis mo de desrealización , es posible que el
espectador llegue a asumir que algo que ti ene presencia escénica no tiene presencia
ficcional, lo que se consigue en virtud de la autori dad autentificadora de los parlamentos
de algunos pe rsonajes. E stos pueden, en ocasiones, lleg ar a ostentar más autoridad que
la propia pr esencia escénica y anular, mediante su negac ión, la existencia d e algo que se
encuentra sobre el escena rio, si bien no es lo más habitual.
Al igual que ocurre en la narrativa, los parlamentos de los personajes consti tuyen
el modo más frecuente de acceder a lo s mundos de creencias de estos. Es más, la
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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ausencia de narra dor e n el teatro de termina que el punto de vista
14
del público siempre
presentará conside rables limitaciones, sobre todo en relac ión a la perspectiva
privilegiada que ofre ce el narrador omnisciente. Dicho de otro modo, los parlamentos de
los personajes teatrales suelen constituir el único modo de acceder a su s mundos de
cree ncias, lo que supon e que el punto de vista del teatro sea con frecuencia más simil ar
al que presenta la te rcera persona subjetiviz ada en la na rrativa qu e al resto d e
modalidades. García Ba rrientos se pronuncia en los mismos términos cuan do parafrasea
a Étienne S oriau: “La técnica narrativa más próxima al punt o de vista dramático sería la
de contar en tercera persona, pero de forma que nos haga entrar « en la piel de un
personaje que es c omo el testigo principal… »” (2004: 116) .
Otra sim ilitud con el gé nero na rrativo es que cuando los parlamentos de los
personajes introducen información re ferente a algún hecho n arrativo, estos se
encuentran sujetos al jui cio de verdad en virtud de su concordancia con lo establec ido
por la presencia escénica. S i un personaje afi rma la inexistencia de algo que se
encuentra sobre e l escenario, por ejemplo, el espectador sabrá que el personaje miente
porque contradice lo establecido como hecho narra tivo. Así, “en tanto elemento
fundamental del modo t eatral de producción de sentido (MMt), la presencia escénica
asume la condición de cr i terio básico de legitimación de la existencia” (Ab raham, 2008:
154). Pero las fun ciones de los parlamentos no terminan aquí, sino que a menudo estos
son esenciales para conocer el mundo ficcional matiz ando o incluso susti tuyendo al
recurso de la presencia escénica como constructor de dicho mundo. En estos casos,
puede afirmarse qu e los parla mentos están dotad os de la fuerza performativa análoga a
14
Con “punto de vista” designamos el equivalente a la focaliza ción narrativa. García Barrientos (2004:
114) se refiere a este como “p unto de vista dramático” y reserva la denomin ación “pun to de vista
escénico” para los aspectos pr opios de la repre sentación.
Raquel Sánchez Jimé nez
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la que en la narrativa poseen los enunciados que constru y en aspecto s del mundo
ficcional, y e n este sentid o emplearemos el término para referirnos a ellos.
En el c aso de la introducción de hechos na rrativos únicamente en boca de los
personajes, con frecuencia la concesión de esta fuerza performativa a sus parlamentos se
debe a una limitación considerable de la inst it ución tea tral respecto a la narra tiva:
mientras los mundos ficcionale s narra tivos pueden dar cabida a cualquier elemento que
la imaginación sea capaz de concebir, los teatrales se topan con la dificultad de llevar a
escena todos los elementos de la diégesis. Una batalla, por ejemplo, puede ser relatad a
en una nov ela con todo lujo de detalles y en ella puede ocurrir todo tipo de
acontec imientos porque el único medio necesario es una sucesión de discursos
procede nt es de diferentes fuentes ficcionales. La representación teatral de una batalla,
por el contrario, puede presentar nume rosos problemas: ¿cómo mostra r sobre las tablas
una multitud de personas luchando entr e sí? ¿Cómo escenificar un cañonazo que
destruy e las muralla s de una ciudad durante la contiend a? Estas limi taci ones mot ivan
que la convención oto rgue a d eterminados parlamentos de los pe rsonajes una autoridad
autentificadora de igual fuerza que el criterio de l a presencia escénica p recisamente por
delegac ión de esta última. Estos parlamentos son los monólog os, los apartes y los
parlamentos introductores de mot ivos narr ativos que no ll eg an a escenificarse. Roman
Ingarde n define los mot ivos introducidos en el mundo ficcional de este modo como
“rea lidades objetivas que no acceden a la representación má s que a través del lenguaje;
no son mostradas « sobre la escena», aunque estén en el texto principal ” (1997 : 158).
Veamos un ejemplo de la dramaturg i a de nuestro autor, Luis Vélez de Gu evara,
procede nt e de su comedi a La cristianís ima Lis . En este fragmento, la reina de Francia y
su criada Ysbella se encuentran en un lugar se guro mientras las tropas france sas, con el
rey Luis XIII en cabeza, se enfrentan con los hugonotes en Montauban. L a reina narra el
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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combate a su criada, constitu ye ndo este el recurso diegético para poner en su boca los
enunciados performa tivo s que representan el acontecimiento:
R EINA . Aquellos tercios primeros
que al muro se va n llega ndo
rige el gran duque de Umena,
soldado, Isbella, bizarro;
con vida le vuelva el cielo
y con vi ctoria.
I SBELLA . Alentando
madame Tisbe de Umena
va en la retaguardia e l ca mpo .
R EI NA . ¡ La valerosa francesa!
Ya comienzan a ir trepando
soldados la batería.
Mas, ¡cielos!, si no me eng año
aquel es, Isbe lla, el re y
que ha caído de un caballo
que le han muer to y sale herido
de una mujer e n los brazos.
I SBELLA . Aquella es mada m e Fénix,
luterana.
R EI NA . I sbella, vamos
a encontrarle, que me tiene
el alma con dos cuidados
de mis celos y su vida
no fueron mis sueños vanos.
(Vélez de Gue vara, L a cristianísima Lis . Fol. 58r)
Ante la dificultad de repre sentar a tantas personas luchando y , sobre todo, al rey
cayendo d e un caballo, Vélez opta por validar esto s aspectos como h echos narrativos en
boca de la reina, cu y os parlamentos pasan a ost entar en este momento una autoridad
mayor que la mera tra nsmisión d el mundo de creenc ias de esta.
Los monól ogos y los apartes merecen una conside ración especial, d ado que por
convención establecen u na comunicac ión directa entre el personaje y el público dejando
en suspenso, momentán eamente, l a acción que acontece en el es cenario. Las demás
figuras qued an en un segundo plano y e xcluidas de esta comunicación, de modo que
Raquel Sánchez Jimé nez
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quien enuncia el monólogo o el aparte puede hacer partícipe al público de
in formac iones que el resto desconoce. V eamos, pues, un ejemplo de este recurso
procede nt e de la misma c omedia que el anterior fragmento expuesto, La cristianísima
Lis . En él asistimos a un monólogo de Madame Fénix, aliada d e los hu gonotes, qu e
después de disparar contra Luis XIII y errar el tiro queda prendada del valor del
monarca:
F ÉNIX . Yo he sido poco dichosa,
erré al Re y. Pero no he visto
pecho que con tan he oric a
constancia e stuviese vien do
matar un hombre, a tan poca
distancia de sí. El valor
que ha tenido me e namor a,
pues con el mismo semblante,
deuda a su grande za propia,
camina reconoc iendo
la muralla, bien pregona
quién es su mismo valor
que como divino asombra
lo que somos las mujeres,
que fác ilmente en una hora
lo mismo que aborrecemos
nos agrada . Ya me enoja
la memoria del Señor
de Soubisse, y la memoria
casa de aposento he hecho
al alma para el Rey toda.
(Vélez de Guevara, La cristianísima Lis . fol. 26 v)
En el momento en el que Madame Fénix pronuncia este monólogo, se encuentra
sobre la muralla de la ci udad de Saint J ean d’Angél y , y el re y y sus súbditos están bajo
esta. Nadie puede oír, s in embargo, cómo la dama expresa el ráp ido cambi o de sus
sentimientos que, como da a conocer más a delante, le llevarán a proteger l a vida de Luis
XIII. Sin este soliloquio, cuy a intención es hacer saber al público qué le ocurre a la
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
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ficcional, como se deduce de su afirm ación a raíz de la refle xión sobre su ejemplo
quij otesco: “que el Quijote es una « novela realista» y po r ello no pu ede ad mitir gigantes
en su mundo fundamental no es el presupuesto, sino la consecuencia de que no
encontremos a llí giga nt es y otras c osas de esa índole” ( 1992: 34). Aunque resulta
innegable que p ara atribuir un género determinado a una obr a resulta imprescindible la
lectura y el examen de sus características, entre l as cuales se encue ntra el propio mundo
ficcional, la e xperiencia común es la del lector que sa be a qué tipo de novela se
enfre nt a: nadie se sumer ge en una novela histórica esperando encont rar entre sus
pág in as drag ones, unicornios o, por propone r un ejemplo de otro g énero, una sociedad
distópica ubicada en el siglo XLVII . Habitualmente, los lectores saben el género de las
obras que se proponen leer, aunque este no constit uya el criterio más defini tivo a la hora
de decidir q ué e lementos pueblan el mundo ficcional de cada una de e llas. I gualmente,
no afirmaremos qu e el escritor, al per filar los p rimeros r asgos de su obra, tenga en su
mente un esquema de rasgos correspondientes a u n determinado g énero, a unque lo más
probable es que su novel a acabe por ceñirse a alguno: podrán existir novelas de ciencia
ficción en las que aparezcan magos y brujas, pero no será lo común – y , de serlo, esta
práctica t erminaría vi éndose cristalizada en una forma ge nérica nueva y , por t anto,
sujeta finalmente a la con vención – .
Hemos pretendido ilustrar con esta reflexión cómo puede establecerse una
jerarquía de autoridad de los diversos actos de habla de un a novela, donde lo establecido
por el narra dor será necesariamente verdadero y determinará los valores lógicos de lo
enunciado po r los personajes. Esta es una norma que la narración heterodie gé tica
cumple a l a perfección : en ella, l as frases miméticas del nar rador siempre son
verdaderas, mientr as que las de los personajes pu eden no serlo, d ebido a que estos estén
mintiendo o engañá ndos e. Así, cuando no ha y a nada en el texto que contradiga lo
Raquel Sánchez Jimé nez
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afirmado por los person ajes, sus f rases serán verdaderas . En este tipo de relato, es
posible que los ca racteres dialoguen sobre algún aspecto que el narrador no menciona.
Si se contra dicen entre sí, solo será posible sabe r con absoluta certeza quién de ellos
tiene razón si el mundo de la obra proporciona información de termin ante para confiar
má s en el discurso de u no sobre el de otro. Ret omaremos esta re flexión más ade lante,
una vez expuesto el modelo de Doležel y los ajustes que c onsideramos necesarios.
Como estamos a punto de c omprobar, el r elato h omodiegético permite explo rar
aún más posibilidades d e la estructura lógica ficcional. Al ser el narra dor uno de los
personajes de la propi a obra, su capacidad para establecer la ex istencia y los valores
lógicos ficcionales pu ede verse conside rablemente limitada : no debe existir
co ntradicción entre lo afirmado por este narrador y lo establ ecido en otro lugar del texto
para que la prime ra información pueda darse por verdadera . Como expresa el propio
Bonati, la inseguridad c onstitutiva de este ti po de narración da lugar a “una imagen
concre t a del mundo que, de ntro de la ficción, c ar ece de solidez definitiva y puede ser
desvirtuada en cualquier momento” ( 1992: 48). Este e s un aspec to fundamental para la
narra tiva del si glo XX y d e nuestros días, en la que el ju ego con los niveles de
información de narrador, personajes y lector res ulta altamente eficaz para plasmar la
crisis de los conceptos tradicionales de verda d y r ealidad p ropia de la época. El
funcionamiento de este tipo de relato será ex plicitado al exponer el modelo de mundo no
binario de Doležel, c ategoría con la cua l este autor se refiere a los relatos en primera
persona y en tercera per sona subjetivizada; es decir, las form as narrativas carentes de
omnisciencia.
Veamos a continuación los planteamientos de la ontología y l a semán tica
narra tivas d e Doležel. Este autor distingue entre d os clases de texto: los que representan
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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el mundo real – textos de scriptivos – y los que construyen un determinado mundo – textos
constructivos, dentro de los cuales se encuentra la categoría de los ficci o nales – . Así, el
texto ficcional constru y e un mundo ficc ional a t ravés de la performatividad de algunos
de sus eleme ntos semióticos. El teórico checo define el concepto de mu ndo ficcional
como “ un pequeño mun do posible, moldeado por limitaciones g lobales c oncretas, que
contiene un número finito de indi v iduos que son composibles” (1999a : 42). Los mundos
ficcionales son de carácter intensional y autónomo para Doležel, aspecto fundamental
para su po ética antimimética. Su ontolog ía opon e la ex istencia real a la ficcional de la
siguiente manera: ex istir realmente significa hacerlo independi entement e de canales
semióticos, mi entras que ex istir ficcionalmente es e xistir como un posible construido a
través de medios semió ticos ( 1999a: 209). Estudiar el mundo fi ccional, por tanto,
consiste en explorar qué existe en él y con qué densidad se encuentra poblado, lo cual se
lleva a cabo mediante las funciones de autenticación y de saturación respectivamente
(1999a: 208).
Así, la existencia ficcion al es una cuestión central para Doležel que solo puede
conocerse observando cómo se ha construido el mundo semiótico que es la obra
narra tiva (1999b: 129). L a teoría de los ac tos d e hab la jue ga un papel esencial en la
teorización del autor checo, qu ien justifica por s us preceptos los diferentes niveles d e
autoridad de las diferentes fuentes de enunciación de la obra. Doležel considera los
mundos ficcionales narrativos como series de he chos narrativos ( 1999b : 132), que son
los motivos confirmados como auténticos mediante la función de autentific ación, cuyo
funcionamiento veremos a continuación, y se con stitu y en como las unidades básicas de
los mundos narrativos. Los motivos auténticos o hechos narrativos se enc uentran en las
frases c on un valor performativo que les viene asignado por las convenciones propias
Raquel Sánchez Jimé nez
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del género narrativo. Al darse las condiciones n ecesarias según la teoría d e los actos de
habla – esto es, la atribución de autoridad de autentificación a la fuente de enunciac ión
corre spondiente en virtu d de dichas convenciones – , las fr ases con he chos narr ativos o
frases auténticas cumplen con la función de construir el mundo ficcional. Así, son frases
auténticas aquellas que construy en el mundo de la obra mediante hechos narrativo s; y
son fra ses verdaderas aquellas que no introducen hechos n arrativos nuevos, pero
contienen información q ue concuerda con lo esta blecido por las primeras. La función d e
saturación, por su parte, tiene que ver con cómo se dist ribuye la información del te xto
ficcional, aspecto que se relaciona con su carácter incompleto. Doležel entiende que esta
condición de incompleto del mundo ficcional es una propiedad extensional, mientras
que la saturación es intensional (1999a: 241).
Otro aspecto de im portancia en e l sistema de Do ležel es el concepto de textura ,
que define como “l as palabras ex plícitas del tex to original junto con s u componente
implícito” ( 1999b: 101, n. 63). S e trata pues de l as palabras y su int ensión t extual – dado
que la semántica li teraria de este autor es intensional; esto es, de referentes situados en
el propio texto; concretamente, en su correspondiente mundo ficcional – que se
encuentras unidas por la llamada fun ción inte nsional . La tex tura tiene una gran
importancia para la atribución de la autoridad de autentificación a determinadas fuentes
ficcionales, como estamos a punto de comprobar. También e s esencial pa ra la fun ción
de saturación, pues a mayor textura explícita acerca de un elemento del mundo
ficcional, ma y or satur ación (1999a : 241 ); y a menor tex tura, ma y or indetermina ción o
hueco en la estructura del mundo, que satisface u nos determinados objetivos estilísticos ,
tal como estableció I ser al referirse a los espacios de indeterminación ( cf . 1976) .
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
63
A tenor d e estas c onsideraciones, y en función de las posibilidades de
autentificac ión d e las aserciones de los personajes e incluso de las de ciertos tipos de
narra dor, D oležel (1999 b : 125-148) establece tres modelos de mundo ficcional:
1. En e l modelo binario h ay dos clases de enunc iación clara mente
diferenciados: la del n arrador anónimo en tercera persona o Er -form
18
, dotado de
autoridad autentificadora; y la de los person aj es, carente de ella. La fuerza
performa tiva pa ra construir el mundo ficcional pe rtenece únic amente a los actos
de habla del narrador, razón por la cual es su discurso el que determina los
valores de v erdad/falsedad de las frases de los pe rsonajes acerca del mundo de la
obra. A este modelo pertenecen las obras con narrador anónimo en tercera
persona cu y o funcionamiento comentába mos a raíz del ejemplo del Quijote . Los
motivos introducidos por el p rimero siempre serán verdaderos y se constituirán
como hechos narrativos; mientras que los que aparecen en los actos d e habla de
los agentes na rrativos o personajes, en función de su concordancia con lo
establecido por el narrador, se dividen en verdaderos y fa lsos. En definitiva, solo
las frases del narrador son au ténticas, mient ras que las d el resto de fu entes de
enunciac ión se divi den en verdadera s y fa ls as. L a textura de las frases d e aque l
es lo que permite distinguirlas como auténticas, convirtiéndose así sus motivos
en hechos narrativos. De esta manera, el pro pio te xto construy e el contexto en el
que dichas frases son auténticas: como afirmábamos, en el ejemplo del Quijote
la afirmación de que lo q ue hay en el campo son molinos no admite discusión al
haberlo confirmado el n arrador. L a sospecha por parte del lector de que sería
18
Nos referimos al n arrador Er -form clá sico; e sto es, l a tercera p ersona narrativa o mnisciente.
Constituye el punto de vista y la autoridad autentificadora más pri vilegiados, puesto que tiene ac ceso a
todos los hechos qu e se suced en en la ob ra y a la interioridad de los personaje s.
Raquel Sánchez Jimé nez
64
Sancho quien tendría ra zón en el hipotético caso de que nada dijese el narrador
al respecto – es decir, la mayor confianza en sus palabras que en las de Don
Quijote – se daría precisamente en vi rtud de la frecuencia con que el acuerdo
entre el escudero y el narrador se produce en la obra.
La f rase del caballero de que en el campo ha y gigantes, por tanto, es falsa
porque contra dice lo que ha quedado establecido como hecho narr ativo. Su
función, entonces, p asa a ser la d e constituir el mundo de creencias de Don
Quijote, como ocurre co n todas las frases que ni son auténticas – según D oležel,
en el modelo binario se rían todas las frases de los personajes – ni ve rdaderas.
2. El mode lo no binario complica el estatuto lógico d e los
enunciados al mitigar la autoridad de la voz narrativa. Los dos únicos v alores
lógicos que hemos visto en el mod elo binario no se encuentran aquí polarmente
opuestos, sino que existe una gradación entre uno y otro en virtud d e esa
reducc ión de la autorid ad del narrador que car act eriza a este modelo. Se ubican
aquí las estructuras nar rativas de la Er -form s ubjetivizada y l a Ich-form o
primera persona narrativa. En el primer caso, encontramos un narrador -personaje
que cuenta la historia en terc era persona
19
, lo c ual pue de lleg ar a aparentar
formalmente la omnisci encia propia d e la Er -form , aunque carece de ella . El
nivel de información que se proporciona al le ctor resulta así limi tado al punto de
vista de un personaje, lo cual pe rmite el juego con el gra do de autenticidad de las
19
La Er -for m subjetivizada se correspond e con el nar rador h omodiegético no au todiegético, en la
terminología de Genett e; y con el narrador Yo test igo d e Friedman (1955). Este últim o es un tipo de
narración eminentemente en tercera p ersona, en la que u n p ersonaje narra u nos hechos qu e ha
presenciado, qu e puede inc luir breves pasajes en prim era p ersona en la medida en la q ue el narrad or s e
haya visto implicado en los acontecimientos. Así, a menor participación del narrador testigo en los
acontecimientos, mayor res u lta su coincidencia con la Er -form subjeti vizada. Sin embargo, es posible
que un relato de hecho s protagon izados por el narrado r sea clasificabl e dentro de este grupo: nos
referimos a los relatos en lo s que el narrador habla de sí mismo – y, claro está, del resto de personajes –
en tercera persona, como hac e Julio César en La g uerra de l as Galias .
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
65
fr ases de la obra. En concreto, el mundo ficcional se constru ye desde la ópti ca de
un(os) determinado(s) agente(s) narrativo(s) situándonos en un punto intermedio
entre el mundo absolutamente auténtico que constru y en los hec hos narrativos y
los mundos de creencia totalmente no auténticos de los personajes.
La Ich-form , de otra pa rte, es la narración que realiz a un age nte narrativo
en primera pe rsona, lo que hace qu e nos resulte más perc eptible la limitación de
información acerca del mundo ficcional. Por tant o, mi entras los narra dores de la
Er -form se constit uye n por sí mismos como autoridad autentificadora, el
narra dor en p rimera persona debe hacer un esfuerzo ex tra para situarse a nte el
lector como tal. P ara le gitimar su discurso como verda dero, la Ich-form dispone
de dos mecanismos: evid enciar las limitaciones de su cono cimiento e iden tificar
las fuentes de este. Es decir, ante info rmaciones que el narrador no puede
conocer de acue rdo con sus limitaciones como personaje, este debe admitir que
las ignora: “ La vi [a L oli ta] cuando se marchaba no sé adónde con una niña
morena llamada Rose” , nos cue nta Humbert Humbert en Loli ta (Nabokov, 2004:
54). Un narrador d e la Er -form podría decirn os adónde se diri gía Lolita y
contarnos algo más acerca de Rose sin que la ló gica de la obra se resintiese.
Humbert, al ser un personaje, no puede ten er este nivel de omniscien cia y por
ello señala que no sabe o recuerda a dónde iba L oli ta ni quién era Rose, además
de una niña morena. En este mi smo sentido, el narrador de la Ich- fo rm debe
identificar las fuentes de su conocimiento cuando nos hace partícip es de
informaciones qu e, sin d ichas fuentes, no podría saber sin menos cabar la lógica
del mundo ficcional:
Dolores Haze desempeñaba el papel de la hija de un granjero qu e se cr ee
una bruja de los bosques, o la diosa Diana, o algo así [ …] . Eso fue cuanto
deduje de unas cuantas hojas mal meca nografiadas y arrugadas del texto
Raquel Sánchez Jimé nez
66
de la f arsa que Lo dejaba desparramadas por t oda la c asa ( Nabokov,
2004: 247).
El acceso a los procesos y estados mentales de los personajes está vedado
para este tipo de narrador, que solo podrá dárnoslos a conocer citando a los
propios personajes cu ando enuncian sus propios estados mentales o
comentándonos sus propias creencias sobre lo que estos podrían pensar.
3. Los mundos sin autent icación
20
son mundos fic cionales en los
que las normas d e aut entificac ión se han visto modificadas e incluso destruidas:
ninguna fu ente de enu nciación está dotada d e la autoridad necesaria para
autentificar las frases de la obra y , por tanto, no podemos saber qué existe
realmente y qué no en e stos mundos ficcionales. En otras palabras, no e xisten
frases auténticas y, en co nsecuenc i a, no puede asignarse nin gún valor de v erdad
o falsedad al resto de frases, y a que no sabemos qué queda es tablecido como
hecho narrativo. Los mecanismos más comu nes para socavar la autoridad
autentificadora son la destrucción por parte del propio narrador de su propia
credibilidad al contradecirse o ser ambi guo en sus afirmaciones, por ejem plo, o
incluso ironiz ando sobre su autoridad v erificadora. En cualquier caso, l o que
caracter iza a este tipo de narrac iones es una inver sión de las normas que hemos
visto previamente: la entidad que e n los mundos binarios y no binarios cumple
con la función de autentificar de terminados hechos y mundos fi ccionales p lantea
en estos casos numerosas dudas respecto a la ex istencia de las cosas que, en
principio, a firma que existen. Nos encontramos, en definitiva, ante una r uptura
20
Respetamos, al citar de forma directa o in directa, la forma “autenticar” empleada por el traductor en
Estudios de poétic a y te oría de la ficción , pero emplea mos en el r esto del trabajo la for ma “autentificar”
por considerarla má s correcta.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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67
de las convenciones a la cual el arte siempr e tien de en su consta nte evolución y
superac ión d e normas.
Doležel advierte que, dado el dominio de nuestro pensamiento por la
tradicional semántica de dos valores, nuestro metalen gua je resulta insuficiente
para desc ribir el estatuto de estos mundos. Sin embargo, no deja de ofrecer unas
reflexiones interesantes al respecto: en primer lu gar, considera que la sup resión
de las normas – en la L iteratura en g eneral y en el caso que nos ocupa en
particular – , l ejos de s er un proceso destructivo, permite el sur gimiento de la
metaliteratura o narrativa auto -reveladora, pues, al de saparecer la autoridad de
autentificac ión, el propio conce pto de ex istencia ficcional pasa a formar parte
del jueg o narrativo: se trata de t extos auto -anulantes (1997b: 91-92). Por otra
parte, el teór ico reconoce las limitaciones d e la s emántica liter aria a la h ora de
explicar estructuras carentes de normas, razón por la cual esta dis ciplina
acostumbra a referirse a dichas estructuras como desviaciones del uso no rmal.
En este sentido, Doležel señala la inconsisten cia de los sis temas literarios que
entienden las estructuras carentes de norm as como desviaciones, asp ecto que
implica definir algunas de las obras fundamentale s de la Literatura – como las del
skaz ruso – de modo negativo. Este problema n o es nuevo en el arte, que se
caracter iza pre cisamente po r la dificultad para su definición
21
. Así pues, una
teoría literaria eficaz d ebe ser capaz, mediante un juego de modelos, d e dar
21
Uno d e lo s problemas centra les de la Estética y la Teoría del Arte es, precisamente, la d e ap ortar una
definición universalmente válida para es te. Sixto Ca stro (2005) r ecoge la s d ive rsa s aproximaciones al
fenómeno artístico q ue se han sucedido a lo largo de la Historia – institucional, histórica, intencional,
mimética, trascendental, fun cionalista, simbólica – , así como los principales cuestionamiento s, de la
mano de la Modernidad, de l a funcionalidad de una d efinición y la posibilidad de su sustitución p or la
enumeración de un a serie d e prop iedades de la obra a rtísti ca, en vi sta del carácter inap rensible del Arte .
En virtud de este, asimismo, no faltan autores, como Morris We itz (19 95), que con sideran estéril tra tar
de acuñar u na definición p ara el fenómeno a rtístico. Las similitude s de esta pro blemátic a con la cu estión
de la literariedad qu e planteaba el Formalis mo Ruso son evidentes, como demuestra la llamad a crisis d e
la literariedad q ue se da, precis amente, debido a la dificultad para delimitar firmement e el fe nó meno
literario y al carácter d ecisivo del factor p ragmático -context ual (Poz uelo Yvancos, 1988 :74 - 85).
Raquel Sánchez Jimé nez
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cuenta d e todas las posibl es estructura s, po r más que impliquen una cierta
contradicc ión entre sí.
Como bien explica Dol ežel, los mundos que dejan en suspenso los
valores de verdad y ex istencia ficcionales no pueden ser definidos por la fu nción
de dos valores que ve nía siendo úti l para los modelos binar io y no bin ario. Así,
sugiere un modelo de tr es val ores – auténtico, no auténtico y sin autenticación –
para e studiar este t ercer ti po de mundos “cu y a existencia es ambigua,
problemática, inde finida. Estos mundos no son ni auténticos, ni no auténticos,
sino que crea n un espacio indeterminado entre la existen cia ficcional y la no
existencia ficcional” (1999 b: 146). L os mund os ficcionales construidos por
muchas obras posmodernas y van guardistas son un ejemplo de este tipo de
narra tiva. Tal es el caso de la obra de Bret Easton Ellis American Psycho ( 1991),
protag onizada y na rrada por el joven Patrick Bat eman. La inestabilidad mental
del personaje confi gura un mundo ficcional donde es imposible saber co n
certeza si algunos de los crímenes r ecogidos en la novela han tenido lugar o son
solo un mero producto de su enferma imag in ación.
Vemos, pues, que t anto Martínez Bonati como Doležel atribuyen la máxima
autoridad de a utentificación a la voz del narr ador de la Er -form , de sde un a perspectiva
semántica mimética el primero y desde la semántica intensional de los mundos posibles
el segundo. Asimismo, la jerarquización de las informaciones contenidas en los
parlamentos de los personajes r ecibe un tratamiento mu y similar en ambos autores.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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75
con lo establecido por el mundo ficcional como las habituales excentricidades del
protag onista dotan de credibilidad a su discurs o. El narrador re fuerza este proceso
lógico que ha d e se guir e l lector mediante la r eacción de quienes rodean al caballero: lo
oye n h ablar con tal r aciocinio, nos dice, que acaban por creer que, en efecto, y a no está
loco. También aquí se c umple la confianza por parte del lector en el crit erio de los
personajes que rod ean a l caballero, aspecto que comentamos previamente a raíz del
ejemplo de los molinos: ante la duda d e que don Quijote pueda sencillamente aparent a r
cordura , p ero seguir esta ndo loco, el narrador nos cuenta que “añadió otras muchas tan
bien dichas, tan cristian as y con tanto concierto, q ue del todo les vino a qui tar la dud a, y
a hacer creer que estab a cuerdo” . El narrador pod ría desp ejar l a posible duda del l ector
afirmando él mi smo que el ca ballero ha recobrado e l juicio; p ero en lu gar de opt ar por
este re curso, nos c uenta cómo sus familiares y amigos acaban cre y endo que se h a
recuperado. Y esto por sí solo es perf ectamente s uficiente para que enten damos que la
locura del protagonista ha llega do a su fin.
Volviendo a nuestro análisis de la respuesta de Abraham a los postulados de
Doležel , rec ordemos que considera mos que la ontol ogía de la existencia ficc ional del
teórico checo resulta perfectamente válida. Sí ent endemos, sin embargo, que Abraham
no se equivoc a al def ender qu e el c riterio pa ra oponer tex tos constructivos a
descriptivos pasa necesariamente por la convención. L a distinción entre tex tos
constructivos y descriptiv os, tanto en su producción como en su rece pció n, se debe a
“un margen convencional históricamente tr azado” ( 2008: 63) qu e det ermina si la
referenc ia de dichos textos se dirige al mundo real o a un determinado mundo ficcional.
Al estudiar el pro ceso de recepción tex tual, pod emos comprobar que, e n esencia, los
procedimientos lógicos que despliega el lector son los mismos para tex tos descriptivos y
constructivos, como bien indica Abraham:
Raquel Sánchez Jimé nez
76
Una adecuada caracterización del modelo binario debería comenzar, entonces,
por explicitar – algo que, en mi opini ón, no hace suficientemente Doležel– que la
config ura ción autónoma de esos mundos ficcionales se encuentra sustentada por
el principio de verdad – unido al concepto de existencia – y por las operaciones de
verificación empírica (20 08: 62).
No es posible, pues, postular una total independencia de los mundos ficcionales
respec to d el mundo real cuando comprobamos que en la re cepción d el texto ficcional
ponemos en marcha la c omprobación de la correspondencia de los enunciados con la
realidad del mundo de l a obra , tal y como hacemos con los denominados por Doležel
textos constructivos. Los procedimientos de verificación empírica de la existencia
ficcional y los estatutos de verdad/falsedad ficcio nal, por más que orientados al mundo
ficcional del texto y no al mundo real, no dejan de ser ex actamente los mismo s que
operan e n la lógica de la rea lidad. Por lo tanto, debe admitirse que , como constructos
textuales, los mundos ficcionales mantienen cierta dependencia respecto de la realidad :
aunque sus referentes no se encuentren en ella , los procedimientos por los cuales se
ge nera e interpreta la re fere ncia son los mismos, porque esta es precisa mente nuestra
manera de conocer los difere nt es universos textuales, sea c ual sea su n aturaleza.
En vista de lo ex puesto, Abra ham propone que el criterio clasificatorio de l as
ficciones sea la presen cia o ausencia de la posibilidad de aplicar la función de
autentificac ión que postula Doležel. Así, podremos distinguir entre dos tipos de textos
ficcionales, los que admiten el procedimiento de verificac ión empírica y la valoraci ón
de la verdad de sus enu nciados como estatutos lógicos y los que no (2 008: 63). El
primer grupo, que Ab raham denomina “Mundos miméticos”, englobaría los modelos
binario y no binario de Dolež el; y el segundo, los “Mundos no mi méticos” de Abraham,
vendría a corresponderse con el modelo de mundos sin autentificar de Dole žel.
Sin las restricciones que supone resguardar la absoluta independencia del mundo
ficcional respecto de la realidad – y sin que ello reperc uta en su independenc i a
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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ontológica – , se puede tras ladar la mímesis al modo en el que el mundo ficcional es
construido y reconstruido. Nos encontraremos, pues, ante un mundo ficcional mimético
cuando este se encuentre construido de acuerdo a los procedimientos de verificación
empírica y de comprobación de la verdad fic cional; y ante un mundo ficcional no
mimético cuando su creación – y , en consecuencia, su r ecepción – n o siga estos
principios constructivos. Un ejemplo de estos últimos lo constituy en algunos de los
mundos ficcionales impo sibles de los que Martín Jiménez da buena cu enta en un trabajo
reciente (2015: 235-297). Estos mundos se carac terizan por socavar o contradecir
algunos de los preceptos reguladores de su propia lógica ficcional poniendo en
interacc ión categorías qu e de ordinario se mantien en se paradas, como son, por ejemplo,
las fi gura s del autor y del enunciador ficcional. Aunque la d esautorización de la
enunciac ión del narrador no es un elemento obligatoriamente constitutivo de estas
obras, en los casos en los que a sí ocurra, sus mund os ficcionales serán no miméticos.
1.2.3- El papel de la institución cul tural
Hemos vist o, hasta ahor a, el funcionamiento de los principios constructi vos de
los mundos ficcionales d ramáticos mi méticos. Nos intere sa, a continuación, estudiar el
papel de una p arte fundamental de nuestro modelo de a nálisis del fe nóm eno ficcional,
que es la institución cultural. Englobamos con este término el conjunto de una sociedad
con sus hábitos culturales y las convenciones que los reg ulan, siendo así el elemento
equivalente a buena parte del contexto en el que se produce la comunica ción estética.
1.2.3.1- Mímesis productiva y re productiva
En las pág inas anteriores hemos aludido en varias ocasiones a la institución y
los usos culturales que promueve. Ha llegado el momento, pue s, de expli citar su
Raquel Sánchez Jimé nez
78
importancia e n relación c on la mímesis, razón por la cu al retomamos la cue stión de la
mímesis productiva y reproductiva. En el primer capítulo vimos las nociones más
habituales en rel ación a ambas facciones, y optamos por posponer hasta este punto de
nuestro análisis las nociones que estamos por explicitar al encontrarse rela cionadas con
la producc ión y la recepción de obras artísticas. Abraham (2008 : 97-103) propone una
exégesis de la Poética aristotélica que permite sustentar la noción pro ductiva de la
mímesis como la desplegada durante la creación de una obra d e arte; y l a r eproductiva,
como la puesta en mar cha en el proceso de re cepción. Los receptores del mensaje
literario, al enfrentarse a una obra determinada, ponen en marcha una serie de
dispositivos previstos por el autor para r eproducir el mundo ficcional producido por
ella. La vertiente productiva de la mímesis que esgrime este autor, que la considera ,
pues, un proce so creador de mundos ficc ionales, es compar tida – con sus
corre spondient es matices – por numerosos autores ( Doležel, 2010, 1999a, 1999b; Pavel,
2000, 1988, 1986; P ujante, 1 992: 49, 63-79; Rodríguez Pequeño, 1993: 139-194;
Ricoeur, 1983). La reproductiva, en cambio, pr esenta importantes dif erencias respecto a
la tradicional noción de l concepto que examinamos en el primer capítulo.
En definitiva, Abraham integra producción y reproducción en el mismo concepto
de mímesis frente a l a tradicional presentación de ambas como in terpretaciones
contrapuestas d el término, otorgándole un sentido mu y similar al que le dio P aul
Ricoeur (2005 : 113-148), cu y as mímesis II y III s e corresponden, respectivamente, con
los procesos productivo y r eceptivo
22
. Este es otro aspe cto diver gente respecto a
Doležel, quien considera que Ricoeur se aparta de Aristóteles con su mímesis III
(1 997a: 80, n. 2), porque su propia concepción de mímesis se inscribe en la c orriente
22
La mímesis I, por su parte, queda definida como una p ref iguración del m und o de la obra y de las
acciones en la mente d el autor, como paso previo a la producción en su forma textual (mímesis II) para
su posterior recon strucción p or parte d e uno o varios recep tores (mímesis III).
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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79
que la entiende co mo producc ión de ficción, como es común entre los parti darios de los
mu ndos posibles.
La a mbigüedad con la que el término queda expuesto en la Poética no impide
– antes bien, da lugar a multiplicidad de interpretaciones, lo c ual s e erige en una d e sus
virtudes – dar con algunas claves que permiten su aplicación a la génesi s e interpretación
de los textos, como bien señala Abraham. Las nociones de “posibilidad”,
“verosimilitud” y “necesidad” aristotélicas son esenc iales a este respecto, pues lo
posible, lo creíble y lo necesario s on categorías construidas sobre el acuerdo de una
sociedad (Rico eur, 2005: 109-110) acerca de qu é resulta necesario para qu e una fábula
funcione correctamente – lo que se en cuentra vin culado, mediante l as ca tegorías de lo
fantástico y lo realista, a una teoría de los géneros – , qué se ade cua a las norm as de la
realidad y , en última y p rincipal instancia, qué resulta c reíble y coh erente en una obra.
La confluencia de estos aspectos tiene gran releva ncia para nuestro modelo del
fenómeno ficcional.
De acuerdo con la reflexión que venimos planteando, result a más que lógica la
pregunta siguiente: lo que resulta convinc ente ho y, ¿lo era en la época que nos ocupa, el
Barroco? L a evolución d e las sociedades consiste, en buena medida, en ha cer posible lo
imposible : el motivo de un viaje a la Luna se encontraría, no hace mucho tiempo, en el
terreno de la fantasía o d e la ciencia fic ción; mientras que en la actualidad bien podría
formar p arte d e un a nove la realista
23
. Este proceso i mplica, asimismo, que el imaginario
colectivo no solo va int egrando nuevos eleme ntos como parte de la realidad efectiva;
23
Nuestro criterio sincrónico, sin embargo, esta blece q ue es n ecesario conte mplar la s obr as de acu erdo
al momento y el contexto en el que fueron compu estas. Esto implica que la novela de Julio Verne Un
viaje a la Luna ha de ser tenida p or una obra ficcional no verosímil al s ituarse en una época en la qu e
viajar a la Lun a resultab a imposible. Lo qu e aq uí n os interesa es señala r cómo el m ismo motivo, a raíz de
los cambio s en la p ercepción de la realidad por p arte de una comunidad – y de sus acuerdos acerca de
qué constituye u na realidad objetiva – , puede pasar de integrar un a obra ficcional no verosímil
(perteneciente al tipo de mun do III d e Tomás Albaladejo) a una verosímil (tipo I I).
Raquel Sánchez Jimé nez
80
sino que también, a su vez, va descartando ot ros. En nuestra sociedad, caracterizada por
un constante aumento de los logros científicos y t écnicos, los casos de ideas y pr ácticas
que en su día eran consideradas perfectamente válidas y han pe rdido su vigencia en la
actualidad son abundan tes. Un ejemplo lo consti tuye la t eoría hipo crática de los
humores, que constitu yó la concepción más c omún del funcionamiento del cuerpo
humano por parte d e mé dicos y físicos europeos desde tiempos de Hipócrates (460 aC -
377 aC) hasta m ediados de l siglo X IX, cuando se vio desplazada po r la m edicina
moderna.
En relación con el conju nto de creencias colectivas de l a sociedad, esta cu estión
remite ineludiblemente a las nociones de mi tificación y desmitificación
24
, según las
cuales el pensamiento de los grupos hum anos va adquiriendo una determinada for m a
que varía con el paso del tiempo. En virtud de estos procesos, las sociedades adoptan y
abandonan multi tud de concepciones sobre la realidad que l as rod ea – ¿o podríamos
decir la realida d que cre en que las rodea? – .
Este aspecto reviste un doble interés para nuest ra investigación, tanto para la
emisión como para la recepción de las obras q ue estudiamos: en relaci ón a nuestro
autor, es d estacable su gusto po r mi tos y le yendas del folklore relacionados con
personajes históricos notorios – monarcas, guerreros – y con la religión católica. Su
inclusión responde a una búsqueda de la reacción emotiva del público y de la ex altación
de determinados valore s, l o cual con ecta con u n elemento clave en relación a la
producción y recepción del teatro bar roco – y , particularmente, del drama hist órico – : el
interés propagandístico suby acente a los mundos ficcionales de estas obras.
24
En tendemos ambos procesos según la s línea s descritas en l os trabaj os de Gumbrecht (19 92: 281 -299)
y Martínez-Fal ero (2013: 481-496), quienes, d esde un a perspectiva pragmáti ca, entienden lo
fundamental d el cambio de con texto de recepción del mito p ara definir “d esmitificación”.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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De otra pa rte, la posibil idad de delimit ar ciertas creencias ge neralizadas por
parte de la sociedad española del siglo XV II nos permite comprender mejor las
caracter ísticas de su recepción de las obras, de naturaleza radicalmente dif erente a la d e
nuestros días. Una credibilidad respecto del m undo real tan distanciada de lo que
constituye ho y nuestro imaginario colectivo determina asimismo distintas posturas en lo
que se refiere a la credibilidad otorgada a la ficción. Como analizaremos en su
corre spondiente apartado, los niveles de supe rstició n y pensamiento mágico
ge neralizados en la socie dad barroca dispo nen, ante los elementos que hoy c alificamos
como fantásticos , una actitud forzosamente lejana de la nu estra, caracterizada por el
influjo de una mentalidad marcadamente racional y escéptica. Const ituy e esta, pues,
otra vía fundamental de actuación del contex to en la producción y la recepción del
mensaje literario.
Provisionalmente, y a dvirtiendo ciertas simplific aciones que habremos de
matizar más adelante, po demos afirmar que la institución cultural se encar ga de expli car
qué es la realidad y cuáles son sus relaciones con la ficción. En función de las
caracter ísticas observadas y atribuidas a la re alidad, las sociedade s configuran un
determinado mar ge n para las prácticas estétic as, a las cuales asignan ciertas funciones.
Esto es precisamente lo que dispo ne que en una época histórica concreta se cultiven
gé neros específicos, como es el caso del gusto barroco por el drama histórico: tal género
surge como respuesta a unas n ecesidades específicas, que responden a la clásica
dualidad horaciana doc ere / delectare . En este caso concre to, como vimos, la prioridad
corre spond e al primero, y a que el drama histó rico cumple una importante función
propagandística ; si bien es innegable que el cometido de entretener y deleitar no carece
de importancia en estas comedias. Sin embargo, como examinaremos e n el epígrafe
Raquel Sánchez Jimé nez
82
corre spondiente al drama hist órico, parte importante de esa labor de deleite del público
esconde la intención, más próxima al otro polo de la dualidad horaciana, de dirigir y
controlar el pensamiento del público. Aspecto que, de otra part e, no e s en absoluto
exclusivo del Barroco, aunque sí tuvo un peso decisivo. Procede, pues, realizar una
enumeración de las funciones que cumple la institución cultural como contex to de la
comunicación estética, para a continuación c entrarnos en sus c aracterísticas en el
período áureo.
1.2.3.2- Funciones de la institución cultural: re alidad, ficc ión y prácticas e stéticas
Pensemos en una situación que, ho y por ho y , r esu lt a de lo más común, dados el
crec imiento exponencial de mensajes que recibimos diariamente y la d eficiente labor de
identificación de las fuentes informativas. I maginemos a un individuo ante la pa ntalla
de su ordenador qu e top a súbitamente con un texto qu e asegura que en algún lu gar del
mundo ha ocurrido alg o insólito: por ejemplo, se ha descubier to un animal nunca antes
visto. L o p rimero que viene a la mente del lector, incluso antes de haber concluido la
lectura del texto, es la pregunta extrañada “ ¿E sto ha ocurr ido de verdad?”, tras lo cual
rápidamente comenzará una búsqueda en los medios que acostumbre a c onsultar para
confirmar o refutar lo afir mado por el texto. De no encontra r ninguna noticia que
corrobore lo que ha leído en este, dará por sentado que sus afirmaciones son falsas. P ero
imaginemos que, en su búsqueda, descubre que el texto es en realidad un t exto literario
que, por alguna razón, se propone imitar los ras gos for males de una noti cia, lo cual ha
conducido al lector a la confusión. En este punto, aunque la respuesta a la cuestión de si
es verdad lo a firmado po r el texto sea negativa, esta ha perdido su relevancia: de haber
sabido, desde un principio, que se trataba de un fragmento de una obra de ficción, el
lector no se habría preguntado si, en efec to, ha tenido lugar el descubrimiento de una
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83
nueva y rara especie animal. Su análisis textual no busc ar ía un referente en la realidad,
sino que se orientaría hacia un campo de referencia construido por el propio tex to.
Pasará, pues, a valor ar s us características estéticas y formales, así c omo su cohe rencia
interna. En última instancia, quiz á, pueda preguntarse si ex iste en él alguna posible
lectura orientada ha cia el mundo real, únicamente tras analizar los aspectos que
acabamos de seña lar.
Pretendemos ilustrar c on este ejemplo la importancia, como elemento
contextual, de la consciencia por parte del receptor de las normas que rigen un contexto
comunicativo determinado. La comunicación es tética, categoría dentro de la cual se
encuentra incluida la L it eratura, se ri ge asimismo por esa necesidad de consciencia de
dichas normas. Así pues, entre las funciones de la inst itución cultura l se encuentra la de
disponer un dominio estético cu yos t extos no necesitan ser juzgados en función de sus
corre spond encias con la realidad para juz gar la verdad de sus enunciados
25
, como sí
ocurre con los textos que no forman pa rte de di cho dominio. Este aspecto, al que nos
hemos referido con anterioridad, se corresponde con la distinción entre textos
descriptivos y constructi vos post ulada por Doležel (1999a: 48-49). Tal divi sión se
encontraba y a e n Schmidt, quien e n 1978 proponía una distinción semejante desde un
enfoque pra gmático. Coincidimos en buena medida con su concepción d el fenómeno
literario como proceso comunicativo con emisores, intermediarios y receptores. La
25
No pretendemos pasar por alto q ue los lectores de ficción pu edan interesarse por las posibles
relaciones de algunos elem entos de las obras con la re alidad con el fin de comprob ar si algu nos
elementos han sido elabora dos a través d e algu na in spiración en ella. Sin embargo, esto s son
conscientes de que muy probablemente lo s acontecimien tos narrados en un a novela histórica, por
ejemplo, no o currieron tal y como se cuenta n en ella, o que no todos su s per sonaj es existi eron
necesariamente. La búsqueda de información en el ejemplo que hemos propuesto se orienta a juzgar la
verdad d e lo conten ido en el texto en función de sus coincidencias con la realidad ta l y como
corresponde a una obra perteneciente al tipo de mundo I establecido po r Tomás Albal adejo. Una vez
comprobado que el texto no p ertenece a dicho tipo d e mundo , nada impide que el lector continúe
buscando información acerca de, po r ejemplo, las se meja nzas de la criatura imaginad a en la obra con
otras existentes en la realidad; si bien ta l búsqueda no s e orientará ya a la valoración de la verdad
contenida en el t exto en relación con lo efectivamente exi ste n te.
Raquel Sánchez Jimé nez
84
consideración de la L iteratura como un proce so de este tipo, defendida especialmente
desde el ámbito de la p ra gmática , s e basa en q ue cumple las cara cterísticas que d e
ordinario cumplen dichos fenómenos:
La comunicación se toma aquí como un conjunto de actos social es realizados
sobre la base de e squemas de actos (conve nciones, normas, etc.) po r mediación
de un código admitido por los participantes. La teoría de la comunicación
literaria no se o cupará, pues, de tex tos aislados, sino de las condiciones,
estructuras, funciones y consecuencias d e los a ctos que se concentran en los
textos literarios (Schmidt, 1986: 201).
26
Siegfr i ed Schmidt y Francisco Chico Rico, a nuestro c riterio, dan bue na cuenta
del papel de la institución cultural – en palabras de este último, del sistema social de las
acciones literarias – como elemento regulador de las pr ácticas estét icas de una
comunidad, entre las cua les se e ncuentra la producc ión y recepción de textos
ficcionales. Su enfoque eminentemente pragmático, que integran con la perspectiva
semántico-intensional y semántico-extensional d e cara a la cuestión d e la referencia
ficcional y la referencia orientada al mundo re al respe ctivamente, puede se r solidario de
una teoría d e los mun do s posibles y ex plicar de modo satisfactorio la naturaleza
convencional de la ficción:
La expresión « ficcionalidad » debe entenderse como la denominación de l a que
disponemos para referirnos a un sistema especial de reglas pragmáticas que
prescribe n de qué manera los receptores, en la interpr etación de los textos
literarios, han de consi derar las relaciones qu e los mundos o sistemas de
mundos construidos por dichos textos mantienen con sus modelos de re alidad
experiencial, obligándolos, por otra parte, a tratarl os adec uadamente a parti r de
las normas poéticas y valores estéticos desarroll ados históricamente en el
sistema social de las acciones literarias (Chico Rico, 1994: 71).
26
Aunque no pretendemos entrar en el debate sobre la literariedad, somos con scientes d e su evidente
relación con las cu estiones qu e estamos tratando. A e ste respecto, somos partid arios de situar esta
característica en el plano de la comunicación en lug ar de li garla ú nicamente al el emento textual. Así, los
rasgos específicament e litera rios n o se encontrará n solo e n el texto, sino qu e también los factores que
intervienen en su produ cción, mediación y recepción presenta n ta l cará cter. De otra parte, nos
mo stra mos d e acuerdo con la idea de q ue la ficcionalidad no constituye por sí sola la marca de la
literariedad, aun que sí se tr ata de un rasgo n ecesariamente con stitutivo d e lo literario, por más
inspiración en la r ealidad qu e existe (Pozuelo Yvanco s, 1988: 91; Schmidt, 1986: 2 11- 212).
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
91
del momento en que se producen estas obras. Calderón y sus espectadores
pertenecen a un a comunidad de habla, historia, de cultura, problemas soci ales y
convencionalismos. Pero el contexto no es una pirámide de datos hist óricos y
sociales, económicos y políticos, sino una estructura significativa que actúa
sobre la producción po ética. El orden escénico poético está inser tado en un
marco de refere ncia que es el orden real de la vida (2001: 116).
En e ste aspec to, lo que es válido para Calderón lo es para nuestro dra maturgo,
Luis Vélez de Guev ara, y p ara c ualquier otro autor áureo, dado que todos operan
efec tivamente a través d e un contexto compartid o con sus re ceptores. En el subg énero
concre to que nos ocup a, el d rama hist órico, l as circ unstancias políticas adquieren
asimismo una g ran relevancia, dado que, como comprobare mos, el tema de las obras
dramáticas d e este ti po nunca es elegido de modo casual, sino guardando una dec isiva
relación con su propio p resente qu e se orienta a t ransmitir un mensaje específico sobre
este. Así, si bien nos ocuparemos de la situación polí tica concreta c on la qu e cada drama
histórico de nuestro corpus se relaciona en el epígrafe correspondiente a cada uno de
el los, señalaremos aquí, además de los aspectos socioculturales, al gunos de los
elementos históricos y políti cos más releva ntes del Barroco español.
Como señala Elliott, el gran tamaño del imperio h eredado d e Felipe II, junt o con
la amena za protestante en Europa, provocan temor y desconfianza en los dirige ntes
españoles, que perciben a las nac iones extranjeras como potenc iales amenazas ( 2007:
151-153). Como bien es sabido, el siguiente en ocupar el trono fue Felipe III , cu y o
reinado se extendió entre 1598 y 1621. Tal como haría su sucesor, este monarca dele gó
la ma y or parte d e sus responsabilidades políticas en su va lido, Francisco Rojas de
Sandoval, más conocido como el duque d e L erm a, responsable del tr aslado de la corte
real a Valladolid entre 1601 y 1606 y del famoso ca so de corrupción asociado a dicha
ciudad, entre otros (Alvar Ezquerra, 2010: 178 ). En lo que respecta a la pol ítica exterior,
la prioridad era la conservación de los territorios integ rantes de la Monarquía Hispánica
Raquel Sánchez Jimé nez
92
y de su correspondiente reputación o prestigio internacional c omo poten cia colonial y
defensora del catolicismo (Peña, 2003: 265), lo cual no sería tarea fácil. E scasos meses
antes de su muerte, en 15 98, F elipe II había firmado con Francia la Paz de Vervins y
transferido el gobierno de los Países Bajos a l os Habsburgo austriac os: Alberto de
Austria y su propia hija Isabel Clara Eugenia ( Peña, 2003: 266). Sin embargo, estos
territorios no rec onocieron su autoridad y fue precisa l a firma de la t regua de los Doce
Años – 1609 – para darle un respiro a Castilla, principal financiadora de la guerra,
además d e la p az con Inglaterra en 1604. No s e conoce con exactitud la verdadera
motivación de esta política pacifista por p arte de Lerma, especialmente en el caso de las
Provincias Unidas, pu esto que suponía un duro golpe para la im agen de Esp aña como
defensora de la fe católica. Elli ott la entiende como una salida for zada por las
circunstanc i as que llevaron a la Monarquía Hispá nica en general, y al Reino de Castilla
en particular , al agotamiento económico y anímico (2007: 153 -154). Peña, por su parte,
considera posible que se tratase de un período de descanso tras el cual se produc iría la
reunificación con la casa de Habsburgo de Austria, volvi endo así los territorios rebeldes
del norte a manos españolas (2003: 266).
El duque de Le rma aband onó la corte en 1618, año en el cual se hizo carde nal y
se retiró de la vida pública. Esta fue una estratagema que l e permitió librarse de las
repre s alias por el descontento que había creado en la corte debido a su gestión polít ica
– además de las tramas de c orrupción qu e llevaban su nombre – : en 1615 consiguió
acercar las coronas española y francesa por med io de una polí tica matrimonial – el re y
ga lo L uis XIII se casó con la española Ana de Austria, y el futuro Felipe IV contra jo
matrimonio con la francesa Isabel de Borbón – , aproxim ación a la dinas tía borbónica
que supuso un alejamiento de la casa d e Austria y que le v alió numerosos rencores en la
corte española, donde la influencia austriaca era notoria. Otro de los problema s que
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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93
caracter izaron la políti ca exterior de L erma fue ron las complejas intrigas diplomáticas
en la Serenísima República de Venecia, que desembocaron en la Conjuración de
Venec i a (1618). El virrey de Nápoles, el duque de Osuna – asistido por Francisco d e
Quevedo, su secretario – , el gobernador d e Mil án, marqués de Vil lafranca y el
embajador español en la z ona, el marqu és de Bedmar, confabularon para que se
produjese una situación caótica que justificase la interve nción de la flota española en
Venec i a, con el objetivo de hacerse con el poder en e sta. Se aseguraría d e esta forma el
control de otro te rritorio más en el norte de Italia y s e añadiría un nuevo p aso al famoso
Camino Español, que permitía conec tar el Mediterr áneo con Flandes. El complot fue
descubierto y s e desató una seri e de hostil idad es contra los españoles presentes en
territorio venec iano. El suceso provocó la destitución de los nobles im plica dos de sus
corre spondientes cargos y añadió un nuevo episodio a la L ey enda Negra sobre España ,
cuy o origen quedaba ya lejano
30
.
En lo que s e r efiere a l a polí tica interior, la m ás desta cable de las acciones
emprendidas durante el reinado de F elipe III f ue la expulsión de los morisc os entre 1609
y 1614, que se saldó con la salida de España de unos 275.000 de ellos (Elliott, 2007 :
281). Una de las r azones aducidas fue d e or den demo gráfico, en al usión a una
sobrepoblación que ho y se sabe falsa: “a comienzos del siglo X VII los moriscos apenas
alcanzaban los 320.000, aproximadamente un 4 p or 100 de la población to tal española”
30
Lóp ez Moreda (2015: 67-90 ) demu estra cómo el estado d e opinión con trario a lo hispán ico cuy o
inicio, supu estamente, se co rresponde cronológica mente con los reinados de Carlos V y Felipe II y,
geográficamente, con los países donde triunfó la Reforma, comenzó en realidad muc ho antes, en el
contexto del Humani smo itali ano, debido a la presencia d e castellanos y ar agoneses en esta penín sula.
Señala, asimismo, q ue existía n intereses particu lares po r parte d e los propios h umanistas en la difusión
de estas id eas, pue s buscaban justificar su ocupació n educ ativa e historiado ra en la ccorte de los Reyes
Católicos (8 6). Pese a ello, como señala Roca Bar ea, parece existir en lo s ita lianos un a suerte d e
ambivalencia en lo que respecta a su actitud hacia los españo les. Al fin y al cabo, estos propo rcionaban,
en tiempos del imperio, d efensa con tra los tu rcos y los berberiscos en el Mediterráneo, y la relación de
Italia con franceses y aleman es parecía s er peor que la mantenida con los h ispanos (2016: 156 -157). La
Leyenda Negra alcanzó su mayor virulencia entre los protestan tes, donde los españoles llegaron a
adquirir u n statu s de seres demoníacos que no alcanzaron en la penín sula itálica.
Raquel Sánchez Jimé nez
94
(Peña, 2003: 270). Otro de los razonamientos se refería a la necesidad d e darle un cierre
al proceso d e Reconquista, interrumpido hacía m ás de un siglo. Pese a esto, la ex pulsión
de los moriscos no cont ó con un re spaldo mayoritario entre la población , ni tampoco
con el visto bueno d e la I glesia C atólica. La razón auténtica d e este hecho, según
acuerdan la ma yor parte de los historiadores, fue la desconfia nza ante la i nsistencia de
los moriscos en mantener su cultura y su reli gión (Peña, 2003: 271). La dec adencia en la
que se encont raba sumi da España hizo, a simismo, que algunos echasen la vist a atrás y
desease n la vuelta a un mitificado pasado de pureza, pa ra lo cua l la expulsión de lo s
moriscos, percibidos como una de las causas del re ceso, constituía un ex celente prime r
paso (Elliott, 2007: 312).
El duque de Lerma fue s ucedido por su hijo, Cristóbal Gómez de Sandoval y de
la Cerda, como valido de Felipe III. Sin embargo, su tiempo en el carg o fue breve , pues
accedió a él en 1618 y el monarca falleció, como dijimos, en 1621. Comenzaba
entonces el reinado de Feli pe IV y el poder de su propio valido, el famoso – y odi ado por
muchos – conde-duque de Olivares. Este había ido escalando posiciones políti cas
durante los últimos años de Fe lipe III y, al inicio del gobierno de su sucesor, comenzó
un programa d e reforma que lo hiz o altamente impopular. Ante la crisis de Castilla, era
necesario obtener medi os financieros y mili tares de otros territorios, para lo cual
Olivares pres entó en 1626 su proyecto de Unión de Armas, cu y a finalidad era que tod os
los territorios de la Monarquía Hispánica a portasen dinero y hom bres para su
mantenimiento. El descontento provocado por esta medida fue el factor de sencade nante
de las revueltas de 1640 de Cataluña
31
y Portugal, que durante la década siguiente s e
31
Cuando, en 1635, los franceses inter vinieron en el conflicto y declararon la g uerra a España, Olivares
trasladó a Catalu ña un contingente de 15.00 0 hombres (Peña, 2003 :339), a los cuales la región , en
virtud de la Unión de Arm as – que ya había pro vocado tensiones entre las cort es catalanas y la
Monarqu ía – , tendría que aportar otros 6.000, ad emás de acoger a los tercio s q ue se encaminab an a la
lucha con Francia. Las t ensiones provocadas por e stas e xigencias y p or lo s ab usos de los soldados
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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extendieron a Aragón, Andalucía , Nápoles y S icilia. De todos estos territorios, solo
obtuvo la independencia P ortuga l, ya que el resto de rebelione s fu eron neutralizadas.
Sin embarg o, la situación c on Cataluña no sería fácil debido a su pr oximidad con
Francia, cu y a en emistad con España volver ía a a florar a ra íz de la g ran guerra eu ropea
del siglo XVII : la Guerra de los Treinta Años.
El conflicto, que había comenzado en vida de Felipe III en 1618, se ex tendió
hasta 1648 y tuvo un or igen de n aturaleza políti co-reli giosa constitu yendo una pugna
por la hegemonía de Europa. Comenzó como una rebelión en el Sacro I mperio Romano
Germánico: la Paz de Augsburgo, que el emperador Carlos V ha bía firmado en 1555
con los príncipes alemanes, otorgaba a estos la libertad para pra cticar, en s us respectivos
territorios, la conf esión r eligiosa que deseasen. Sin embargo, a la mu erte d el emperador
Matías de Habsburgo, lo sucedió su hermano, Fernando II. Este trató de im poner el
catolicismo en Bohemia y en todo el I mperio Romano Germáni co, ante lo cual estalló lo
que se conoce como Revuelta de Bohemia, en l a cual los bohemios eligieron como
príncipe a F ederico V del Palatinado. Fernando II, como descendiente d e los Habsburgo
de Austria, solicitó a yuda a los esp añoles, lo que determinó la entrada d e l a Monarquía
Hispánica en el conflicto con la pretensión real de proteg er sus posesiones en I talia y l a
integrida d del Camino Español. La intervención sucesiva d e S uecia, Dinamarca y
Francia en el conflicto fue inclinando el resultado hacia la victoria protestante. Francia,
por su parte, era católica; su entrada en la guerra estaba motivada por su rivalidad con el
Sacro Imper io y con España.
El enfrentamiento finaliz ó, como apuntábamos, en 1648, con la firm a del
Tratado de Westfalia, que re conocía la sobe ranía de los príncipes del I mperio y
garantizaba su libertad relig iosa – lo cual, en un sentido ideológico, suponía otro
afincados en Cata luña provocaron un a revuelta du rante la cual el prin cipado llegó a estar bajo s oberan ía
francesa.
Raquel Sánchez Jimé nez
96
varapa lo para una potencia cu ya imagen se basaba e n buena medida en su pape l como
defensora a ultra nza de la fe católica y la lucha contra la herejía – . Asimismo, Francia se
anexionó los territorios fronterizos con Alemania de Alsacia y Lore na, y confirmó su
primacía en Europ a sobr e España. Esta, notablemente debilitada por este conflicto y por
la crisis de 1640, perdió su domini o sobre los Países Bajos, que lograron su
independenc i a, y d evolvió a Francia el territorio de Artois, además de entregarle el
Rosellón y la Alta Cerdaña, todo ello en la firma de la Paz de los Pirineos.
Mientras tanto, Olivares había caído en desgracia a conse cuencia de los
levantamientos provocados por su pro yecto de Unión de Armas, el fracaso de su intento
renovador y su propia corrupción. En 1643 abandonó su ca rgo y, tras un breve período
de gobierno personal de Felipe IV, el cargo de valido volvió a s er ocupado por u n
sobrino del conde-duque, L uis de Haro y Guzmán, que permaneció como tal hasta su
propia muerte en 1661. Bajo su mandato se produjo la firma de la Paz de los P irineos y
de la de W estfalia, así c omo la independencia d e los Países Bajos y el fracaso en el
intento de recuperación de los territorios po rtugueses. Pese a ello, este políti co pudo
proclamar la victoria sob re la rebe lión catalana. A l fallecimiento de Felipe I V le si guió
un período d e re ge ncia de su mujer, Maria na de Austria, hast a q ue su único heredero,
Carlos II, cumplió la ma y oría de edad en 1675. Durante el rein ado del último de los
Habsburgo españoles la Monarquía Hispánica no perdió m ás territorios y experimentó
una cie rta m ejoría econ ómica gracias al apo yo de los consejeros del rey – en otras
potencias europea s había caído en desuso la figura de l valido, y España sig uió el
ejemplo (Peña, 2003: 384), si bien era p atente la incapac id ad del rey p ara g obernar – .
Carlos II falleció en el año 1700 sin descendenc ia, iniciándose así el co nflicto sucesorio
entre Borbone s y los Habsburgo de Austria por el trono español.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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Expuestos los sucesos más relevantes relativos con l a España b arroca, nos
encontramos en condiciones de abo rdar los aspectos relativos a cultura y soci edad de
este ámbito. Puede afirm arse, desde un punto de vist a teórico, que la época barroca fue
testigo de la primera cultura de masas moderna. En su obra La cultura del Barroco ,
Marava ll señal a la masifica ción como uno de los rasg os definitorios del período, junto a
su carácter diri gido, urbano y conservador (2012: 107 -242). Este autor presenta una
visión del Barroc o co mo una estructura cultural, acomodada a las circunstancias
socioeconómica s d e su tiempo, que agrupa un conjunto de mecanismos controlados por
los pode res políti cos y religiosos en respuesta a la sit uación de crisis que desde fina les
del siglo XVI se dio en Europa en g eneral, y en España en particular ( M aravall, 2012:
51). Atendiendo a es ta perspectiva resultan más que r azonables los ra sgos
caracter izadores de esta cultura arriba presentados. El carácter masivo de la cultura
barroca no se refiere, co mo podría aparentar, a u na población masificada en un sentido
demográfic o
32
, sino a su conce ntración en núcleos urbanos y al estable cimiento de unos
dispositivos orientados a integrar a todas las capas de la sociedad bajo una suerte de
“vinculación protonacional” ( Maravall, 2012: 180) – sin que por ello cada individuo
debiese abandon ar su correspondiente lugar dentr o de tal socied ad – . Tales dispositivos
están orientados a actu ar de modo masivo en la sociedad, para lo cual el teatro
constituye un excelente medio: una comedia, a cu y as representaciones asisten
individuos procedentes de todos los estratos sociales, ha de ser capaz de comunicar y
32
Por el contrario, las sucesivas epide mias de p este, las hambrunas, la expulsión d e los mor iscos en
1609, los conflicto s armados, la in corporación al clero de numerosas persona s que carecían de otros
medios para gara ntizar su sustento – con su cor respondiente ad opción d el celibato – y las malas
condiciones hig iénicas y san itarias fueron factores d ec isivos para u n i mportante descenso d e la
población y la tasa de natalidad. A este respecto , resulta n reve ladore s los datos p roporcionad os p or
M artínez Gi l para la ciudad de Toledo: “de los cas i 11.000 vecino s con que contaba en 15 91, solo
quedaban 4899 en 1639” (2000: 320). Aporta , asimismo, estremecedores porcentajes para el con junto
de España de mortalidad b ruta – entre 35 y 45 ‰, que coyunturalm ente podían llegar a dis parars e h asta
el 400‰– e in fantil – entre 44 y 54 ‰– (2000: 323).
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actuar sobre todos ellos, siendo este prec isamente el rasgo que determina l a eficacia de
una cultura masificada .
La s ca racterísticas presentadas por Maravall son interde pendientes, de lo que se
desprende qu e, si encontramos en la cultura barroca este carácter masivo, es
precisame nt e por ese interés por diri gir el pensamiento e inmoviliz arlo en l as posi ciones
más conservadoras qu e señala este historiador. En el siglo X VII s e en cuentra instalada
en la población una aguda percepción de decadencia, agravada en la conciencia d e una
sociedad habituada a triunfar en años p recedentes (Elliot t, 2007: 305). Las
caracter ísticas de esta recesión se dieron en el resto de potencias europeas (2007: 275),
si bien su virulencia fue may or en la z ona mediterránea y, particularmente, en la
hispánica. La gran canti dad de documentación sobre el tema que conservamos en el
caso español manifiesta un elevado nivel de pes imismo que se incrementa conforme
avanza la centuria.
El agotamiento financie ro, demográfico y emocional experimentado en estos
momentos tiene consecuencias interesantes en el pensamiento: por una parte, se g enera
el mito del au ge y dec live de los imperios, d e donde sur ge una explicación con
pretensión científica del destino del I mperio Hispánico (Maravall, 2012 : 216; Elliott ,
2007: 307-308). De otra parte, se hace vit al el fomento de la participación en el sistema
establecido d e se ctores de la sociedad que hasta el mom ento h abían permanecido en
segundo plano o, incluso , entre los grupos no privilegiados, como es el caso de la figura
del campesino ric o:
[El régimen] necesita en el siglo XVII aumentar considerablemente el número de
los implicados e interesados en el sistema, porque para la e ficaz defensa de éste
necesita más medios financier os, militares, psicológicos; necesita gastar más,
disponer de más hombres armados, conta r con más adhesiones. No hay más
remedio que dar participación, de alg una manera, en el rég imen de privilegios y
valores de la sociedad tradicional a los individuos de grupos nuevos, los ric o s de
la ciudad y los del ca mpo ( Maravall, 2012: 216).
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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99
En términos económicos, puede decirse que el régimen busca adherir a su causa
a la burguesía del momento: una burg uesía reducida – en relación con su presencia e n
otros países – y primitiva en el sentido de que nos encontra mos aún lejos de un sistema
de rasgos abiertamente capitalistas, pero p erfectamente reconocible por sus
caracter ísticas y func iones dentro de esta sociedad. L a s pretensiones del poder político
son, precisamente, integrar estos grupos dentro de su sistema con el fin de perpetu arse:
no solo los recursos financieros de estos sectores son necesarios, sino que, además, es
preciso que participen de algunos privilegios reservados a las capas nobiliarias con el
fin de evitar que se conviertan en una amenaza para el statu quo . Por estas ra zones, lo
que podría p asar a primera vist a como un cierto apertur ismo, al permitirse cierto nivel
de as censo so cial a g rupos tradicionalmente no p rivilegiados, es, en realidad, una astuta
estrategia de mantenimiento de los rasgos conservadores. Este es un aspecto muy visible
en las manifestac iones li terarias del momento; particularmente, en el tea tro, donde uno
de los valo res que abren la pu erta a la promoción social es, precisamente, la firme
defensa d el acatamiento de los valores tradicionales que deciden cuál es el lugar de cada
individuo en la sociedad. Bajo esta fórmula en apariencia paradójica se oculta la
promesa de una recompensa a la conducta deseada: “el hombre que en su medio aldeano
respeta al soberano y al orden social que en este culmina, e s rico y virtuoso , vive feliz y ,
precisame nt e por e stos méritos de acatamiento del orden, ascienden él o sus hijos,
incluso ca sados con nobles por mano del rey” (Maravall, 1972: 76). Este hec ho no es
exclusivo de los labradores cu y a situación les había permiti do adquir ir una buena
cantidad de tierras y hacer fortuna; puede extenderse asimismo a otros g rupos, como
determinados tipos de c omerciante s. Sin emb argo, las características d e la e conomía
española, de base eminentemente agraria, hacen que el primero sea el colectivo más
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enriquecido; y , por lo tanto, el más necesario p ara los intereses de un est ado ávido d e
financiac ión.
Por tanto, además de este interesante fenómeno económico -social cuy a
importancia habremos de tener en cuenta, se desp rende de lo que acabamos de comentar
que las comedias requieren una le ctura profunda que ten ga pr esente las pretensiones
alecc ion adoras señaladas. La p resentación de una apariencia novedosa y f lexible se
orienta, en última instancia, a conseguir el apo yo de toda la soci ed ad a la estructura
rígida y conservadora que constituía el modelo señorial; y , aunque las interpretaciones
de las comedias no deben forzarse para obtener a toda costa esta lectura, hemos de
atender a las circunstanc i as señaladas para no caer en una visión errónea.
Sin embarg o, la interpr etación de Mara vall ha recibido críticas en atención a lo
que se ha califica do como un discurso en exceso monolítico que presenta el teatro como
un mero instrumento propagandístico que no en todos los casos se corres ponde c on la
realidad (Connor-Swietlicki, 1998: 123-129). Arellano ha calificado esta visión de
tópico perjudicial para la percepción actual del período barroco (2004: 70-71; 2011:
321-322), y Mosquera ha señalado que, al perder vigencia el enfoque sociológico
ma rxista frente a otros paradigmas que permiten contemplar más la individualidad que
el conjunto de comedias, ha sido posible vislumbrar valores no tradicionales en
determinada s obras (201 6: 266).
Se ha dicho, asimismo, que en su obra se nos presenta una L it eratura dramática y
de emblemas que abraza los elementos ne ga tiv os de la España d el momento y los
presenta como positivos, constituyendo esta una visión global de nuestros
comediógrafos nociva y que, además, no distingu e adecuadamente entre dramaturgia y
propaganda ( cf . Stern, 1982: 1-36). En suma, se ha tildado su concepción del Ba rroco
hispánico de “simplista” aduciendo que “no todos los li teratos vivieron a costa de sus
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Pero estamos adelantando conclusiones: sin un a sólida base de reli giosidad
fuertemente implantada en la población, una acción propa gandística y una ligazón de
política y fe c arecería n de u tilidad re al. Nos movemos, pues, en la complejidad de lo
que se ha d ado en llamar historia de las mentalidades , un concepto q ue, desde su
surgimiento a mediados del pasado siglo, no ha dejado de desarrollarse y dar lugar a
fructíferas investig aciones capaces de trascender el modelo del suje to histórico
individual, c on un indudable valor para el estudio del contexto económico, político y
social:
La historia de l as ment alidades [ ...] se sitúa en el punto de conjunción de lo
individual con lo colectivo, del t iempo largo y de lo cotidiano, de lo inconsciente
y lo intencional, de lo estructura l y lo coyuntural, de lo marg inal y lo general. El
nivel de la historia de las mentalidades es el de lo cotidiano y de lo automático,
lo que escapa a los sujetos individual es de la historia porque es rev elador del
contenido impersonal de su pensamiento, es lo que César y el últ imo de sus
soldados [ …] tienen en común. La hist oria de l as mentalidades es a la hist oria de
las ideas lo que la historia de la cultura material es a la historia económica (Le
Goff, 1980: 87-88).
En el contexto de la hist oria de las mentalidades, las diferencias entre el Barroc o
y el período precedente tienden a des aparecer (Sánchez Lora , 1993 : 1 25) bajo la
amplitud de lo qu e Braudel denominó historia de larga duración (1970: 6 4, 73 -76). Los
elementos colectivos y contex tuales, como el pensamiento de una comunidad, nece sitan
una periodización mucho más a mplia que la tradiciona l para ser estudiados en toda su
magnitud. Sin embargo, para nuestra finalidad será n ecesario ceñirno s al período
barroc o, dado que no es tamos e laborando tal tipo de historia, sino tom ando prestadas
algunas de sus consideraciones para elaborar una panorámic a de la mentalidad barroca.
El factor decisivo p ara el triunfo de la religios idad es el miedo; más
específicamente, el hor ror ante la muerte: “para l a Iglesia, el sufrimiento y la
aniquilación (provisional) del cuerpo son menos temibles que el pecado y el infierno. El
Raquel Sánchez Jimé nez
108
hombre no puede nada contra la muerte, pero – con la ayuda de Dios – le es posible
evitar las penas eternas” ( Delumeau, 1989: 49). Ante lo inevitable del fin de la vida, su
relativización a través de la idea de la eternidad inferna l, un mal mucho peor, puede
permitir una su erte de consuelo. Sin embargo, lo que p ropugna e l Barroco, con su
caracter ístico pesimismo, es un discurso sobre la muerte como algo positi vo, en virtud
de la revitalización d el tó pico del contemptus mu ndi : la vida es dur a; el mundo, hostil; y
la muerte es, en último lugar, el paso hacia la vida eterna libre de sufrimiento y h acia la
anhelada visión de Dios. Pero ¿cómo saber con certeza si las obras de uno están
efec tivamente garantizando este de stino en la otra vida? Entra aquí en juego la autoridad
eclesiástica , la cual, estipulando cuáles eran las conductas deseables en un buen
cristiano, constituía un ex celente instrumento de control d el comporta miento de los
individuos y contribuía a crear conciencias p articularmente escrupulosas, temerosa s de
que sus actos no fuesen s uficientes para su s alvación (Ga rcía Hinojosa, 201 3: 37 -40). El
temor hacia la muerte, pues, fue un valioso re curso psicológ ico que, convenientemente
espoleado, permitía manipular la me ntalidad y la c onducta de las c omunidades:
Desde que despiert an la s energías del moderno individualismo , el tema de la
muerte preocupa a las sociedades que contemplan el otoño me dieval,
produciéndose en ellas una honda transformación de ese tema. Pero en el
Barroco todavía se r egistra una a gudización. S i el siglo XV había mostrado una
verdadera obsesión por l a muer te, el X VII — obs erva E. Mále — supera todavía
en esto y consigue dar una versión más temible e impresionante de aquella
(Maravall, 2012: 268).
La s epidemias de peste y otras enfermeda de s altamente contag iosas, las
hambrunas, los con flictos armados y la mala situación económica fueron f actore s
decisivos para un a elevada mortalidad, así como para suc esivas c risis demog ráficas a lo
larg o del si glo XV II . En este contexto era habitual el enfrentamiento del hombre
barroc o con e l trauma de una terrible muerte de familiares y amig os. El frecuente
contacto con esta, unido a las temibles letanías eclesiásticas sobre l a c onveniencia d e
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
109
fallecer convenientemente preparado y sobre las terribles con secuencias d e no hacerlo,
hacía que im perase no solo el temor a l a muerte, sino también una terrible angustia ante
la posibilidad de que esta lle ga se sin h aber recibido los correspondientes sacramentos y
haber dispu esto el alma para el tránsito al más allá ( cf . García Hinojosa, 2013: 89 -102).
Se imponía, pues, la necesi dad de reflexionar y hallarse listo para este trance en todo
momento, dado que la insi stencia en la natura lez a humana pecadora im plicaba que el
hombre raramente se hallaba li mpio de pecado. Asistimos, en el período barroc o, a una
revitalización de las idea s de la buena y la mala muerte, y de sucesivas ediciones de
manuales del bien morir de corte medieval, que alcanzan su punto álgido a mediados del
siglo XVII (García Hinojosa, 2013: 97). Asimismo, la constante recreación en la muerte
es explicada por Delume au por medio del conce pto psiquiátrico de objetivación (1989:
39), aplicable al gusto por lo cruento que estamo s a punto d e comentar. Dicho término
describe la actitud huma na de re godearse ante los elementos que inspiran temor en lugar
de huir de ellos, re acción de clar a rai ga mbre tanática. Sánchez L ora y Rodríguez -San
Pedro lo reflejan en términos similares: “la sociedad del si glo XVII fue capaz de crear
una cultura para la mue rte. El siglo d e la prud encia, del artificio y la paradoja, se
propuso escapar de los terrores de la muerte aprendiendo a morir” (2000: 218).
A la obsesión con la m uerte y el temor a ella debe unirse la fijación con la
violencia propia del Barroco. A este r especto a firma Maravall que, si bien es probable
que no fuese ma y or la violenc ia de esta época que la de las pr ecedentes, es perceptible
una ma y or consciencia de esta que instauró una suerte de estética d e la crue ldad, un
gusto por lo truculento in stitucionalizado en forma de eventos de exaltación del sadismo
de las que son buena mu estra el entusiasmo generalizado por los toros y las ejecuciones
públicas, así como una parte importante de las manifestaciones artísticas, como es el
caso de la picaresca :
Raquel Sánchez Jimé nez
110
Una carta de un jesuita (27 de ma yo de 1634) relata el caso de uno a quien
ahorca n, como un suceso de risa. […] Los toros, como fiesta, da n ocasión
también a poner de ma nifiesto sentimientos de violencia sangrienta. P or eso,
Barrionuevo no gusta de ellos — también en esto se nos revela el autor como un
personaje de oposición — y nos confiesa que no acude a ese agobiante y feroz
espectáculo (Marava ll, 2 012: 265-267).
La unión entre miedo y violencia, así como la sublimación de estas en el culto
re ligioso, quedan perfectamente sintetizadas en estas palabras de Sánche z Lora:
Hay mucha p erversión e n el Barroco, sob re todo por ser la expresión exacerbada
de una sociedad en crisis que p ervirtió todos sus valores h asta la mons truosidad,
y si lo religioso expresa siempre lo humano, en cualquier m edida, aquella
relig iosidad no podía escapar a la impr egnación morbosa de la cultura y de las
mentes en que se desarro lla (1993: 128).
Es decir, la d evoción está asimismo impregnada de la tend encia hiperbólica
barroca, lo que deriva e n lo que este autor califica como “histe ria religiosa”. En est e
fenómeno tien e un a ind udable importancia el s ermón, instrumento empleado por los
predicadores para ex tender una auténtica retórica del miedo y la muerte, en la que se
empleaban todo tipo de t écnicas y efectismos con el fin de impresionar a u n y a de por sí
ang ustiado auditorio. Sánchez Lora y Rodríguez -San Pedro remiten a testimonios acerca
de los sermone s del jesuita aragonés Jerónimo López, re cogidos por su correligionario
Martín Lana j a, de los que reproducimos el siguiente por considerarlo sobradamente
repre s entativo de lo que venimos señalando:
El mostrar al auditorio una calavera, hablando con ella el predicador, es
espectáculo tan provechoso, que no solamente despierta emoción en los
corazones, sino que tamb ién ataja abusos y escándalos públicos [ …] ¿Qué mejor
sermón que una muerte impensada y repentina? (Sánc hez L ora, Rodríguez -San
Pedro, 2000: 218).
Precisamente, el púlpito es el punto de converg encia de los dos elementos
caracter izadores de la cu ltura barroca que añadíamos a su descripción general: la
relig io sidad y la teatralidad, a la cual nos referiremos en breve. La retórica barroca de la
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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111
muerte, impulsada por el fe rvor religioso, constitu y en un ex celente recurso psicológico
de disol ución de la individualidad, aspecto que la sociedad de privilegios necesit aba
mantener controlado. No nos referimos a un m ero dominio de las conductas a trav és de
las doctrinas eclesiásticas, sino a la gra n uti lidad del contemptus mundi , con todo lo que
este implica, como elemento perpetuador d el orden establecido mediante los
mecanismos que hemos observado. El menospr ecio del mundo terrenal y l a visi ón de la
vida como un mero tránsito hacia la muerte, d eseable encuentro con l o divino que
acapara todos los asp ectos y preocupaciones d e la vida, constitu y e un discurso cu y a
minimización de las miserias sufridas por las clas es más bajas se erige en un im portante
punto de apoy o para mantener a ra y a los efectos que puede n surgir de su descontento:
“la muerte es un inst rume nto al servicio de unos fines espirituales pero también de otro s
muy imbricados en la vida ter rena. Macabra, pr esente, moralizante, rec ubierta de g ran
apara to y ceremonial” (Martínez Gil, 2000: 317).
Sin embargo, esta c apacidad de control por parte de la institución eclesiástica
debe matizarse por un aspecto en el que Sánchez L ora ha insistido e n varias ocasiones
(2004: 180; 2000: 207-209; 1994: 65-69; 1993: 119-134; 1989: 125-145): se trata de la
inoperancia, en el cont exto barr oco, del t érmino “religiosidad popular” . Al respecto, el
historiador expresa lo siguiente:
[El concepto desi gna ] unas prácticas y creencias caracterizadas por un peso
preponderante de las formas externas, ritualistas, sensoriales, con un a fue rte
confusión de elementos religiosos y profanos. […] La s for mas simbólicas de lo
sagrado adquieren un va lor autónomo, con lo que se transforman en objetos y
ritos cuasi mágicos, abriéndose en una galería de portentos, milagrerías y
espantos (2000: 209, 1994: 66-67, 1993: 127).
La razón que Sánchez Lora aporta para manifestar su contr ariedad al empleo de
dicha expresión e s que durante e l Barroco este tipo de re li giosidad era común a clases
populares y altas, y se encontraba ex tendida asimismo entre la jer arquía clerical; por
Raquel Sánchez Jimé nez
112
tanto, no ha y motivos para emplear una t ermi nología dif erenciadora referida a la
es piritualidad de estos g rupos sociale s. El estudioso, tras analizar numerosos tex tos de
autores de los siglos XVII y XVIII , conclu ye que la Ig lesia r espaldaba y ha cía su y as las
cree ncias anteriormente descritas: “con esta teología adquieren estatuto de verd ad todas
las artes m ágicas, d esde el art e adivinatoria, a morosa, hasta la creencia en brujas y
poderes d escomunales de los magos” (1994: 69 ). Su condena a estas p rácticas por
superstición, añade, no s e debía a que fuesen con sideradas falsas, sino a q ue se atribuían
a la obra demoníaca .
La presencia de este ti po de creencias en tod os los sectores de l a sociedad,
llega ndo a la nobleza e incluso a la realeza
33
, responde a que el discurso relig ioso
contrarrefor mista situó c omo antagónicos los elementos pertenecientes a la mentalidad
protestante, y no concedía tanta im portancia a la introducción de prácticas y creencias
de proc edencia claramente pagana p ara conseguir una fe rvorosa adh esión a su propia
relig iosidad (Sánchez Lora, 1994: 74).
Así, nuestra insistencia e n la importan cia del pe nsamiento re li gioso no se debe
únicamente a su preponderancia en el control de las mentalidades en la sociedad
barroca. Constituye , además, un fa ctor con importantes consecuencias en la recepción
de las obras. Aunque nos detendremos más adelante en esta cuestión, podemos señalar,
de forma generalizada, que en lo referente al s ubgénero te atral que nos interesa, el
33
Son nu merosos los testimon ios q ue reflejan q ue en los sectores social es más cultos y alfab etizados
estaba generalizada la mentalidad que concedía au tenticidad a las c reencias de caráct er tau matúrgico.
En relación con esta cu estión, nos p arece particularmente r epresentativo el co mportami ento en torno a
las reliquia s, de las cuales e l mismo F elipe II llegó a ac umular u na gran colección: 7.422 en total
(González Lopo, 1 993: 249). E n este trabajo (247 -260), el historiador recoge caso s com o el de Ana de
Austria, es posa de Lu is XIII de Francia, que en 1637 recibi ó un dedo de San Isidro que hab ía solicitado
como remedio para un grave mal familiar ( Guerra Chavar ino, 2012: 66); así co mo el más impactante: el
de Carlos de Au stria, hijo de Felipe II y María Man uela de Portu gal, conocido p or su tendencia a la
enfermedad. Durante una de sus cris is, el cuerpo de San Di ego fue trasladad o a las dependencias reales
e introducido en e l lecho d el jo ven p ríncipe llegand o incluso a descoserse p arte de la mortaja del
cadáver (Gonzá lez Lopo, 1993 : 248- 249).
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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113
drama histórico, exist ía una suerte de acuerdo tácito: si bien el argumento debía tener
una base hist órica, el poe ta tenía licencia para aña dir elementos ficticios no verosímiles;
particularmente , relac ion ados con la fe ca tólica . Sin embargo, ¿consideraría un público
con el elevadísimo nivel de taumaturgia que acabamos de estudiar que los elementos
mágicos y /o religiosos i ntroducidos en algunas comedias son ficticios? No podemos
responder de form a absoluta a esta cuestión, pero no consideramos descabellado estimar
que, mu y probablemente, tomasen parte importante de los acontecimientos
sobrenatura l es de las comedias por ciertos. Una sociedad convencida de que su
institución monárquica tiene un poder emanado de la voluntad divina, a la cua l atribuye
asimismo tanto los éxitos como las derrotas m ilit ares e incluso la a guda crisis que
atraviesa , como una penitencia debida a su em peo ramiento moral, ¿por qué no habría d e
creer que un milagr o representado en una obra dramática ocurrió en la realidad? Com o
señalamos anteriormente, una concepción del mundo fenoménico e n la que el
pensamiento mágico ocupa aún tan im portante lugar implic a unas relaciones entre
aquella y la f icción notab lemente diferentes a las dispuestas en nuestro tiempo.
Alfonso Martín Jim énez (2015: 225 -231) aporta una interesante reflexión a este
respec to tomando como punto de pa rtida los modelos de mundos posi bles pr opuestos
por Tomás Albaladejo (1986, 1992). R ecordemos que este últ imo distinguía tres tipos
de modelos de mundo que podemos enc ontrar en los tex tos: el tipo I se corresponde con
lo verdadero y sus referentes se encuentran en el mundo real. L os tipo s II y III son
ambos modelos de mundo ficcionales; ve rosímil e inverosímil re spectivamente – en
relación con las le ye s físicas que ri gen el m undo real, no en la concepción de
verosimilitud interna de la obra – , de modo que la novela Moby Dick pertenece al
modelo II ; mientras que El señor de los anil los se corr esponde con e l modelo III . El
texto liter ario funciona presentando modelos de mundo de tipo II y III al lector, que
Raquel Sánchez Jimé nez
114
me diante e l proceso de lectura le asigna uno u otro tipo en función d e la le y de máximos
semánticos y su restricción. No se rá la intención del autor hacer que el lec tor lo entienda
como un texto con un modelo de mundo de tipo I – es decir, ni Melville pretendía que
tomásemos su novela por el diario de un auténtico pescador de ballenas a la caza de u n
cachalote blanco llamado Moby Dick, ni Tolkie n buscaba que el lector creyese en la
existencia de la Ti erra Media y sus habitantes – . Pero puede ocurrir que los a utores d e
textos que c ontienen mundos del tipo III los pre senten como si pertene ciesen al tipo I :
es lo que ocurriría en el ejemplo que propusimos sobre el animal inaudito si el tex to con
el que topó el lec tor, en lugar de tratarse de un ejercicio estético -literario, hubiese sido
escrito con el fin de afirmar la existencia de dicho animal en el mun do real efectivo. Tal
como señala Ma rtín Jiménez, este es precisamente el caso de los relatos mitol ógicos,
relig iosos o esotéricos, tipolog ía a la cual pertenecen los Evangelios : se trata de textos
que contienen elementos ficcionales no verosímiles con el propósito de que el lector los
tome por auténticos, y es decisión de este últim o interpretarlos de una u otra forma.
Asumiendo que quienes escribieron los Evangelios eran cre y entes, nos en contramos con
autores que, en su propia percepción, fijan textualmente un modelo de mun do de tipo I y
que considerarán erróne as las int erpretaciones que lo sitúen en el modelo de tipo III .
Pero “a esa propuesta del autor se unen, en e l nivel pragmático, las creencias de
determinados g rupos sociales o reli giosos, que apo y an con sus ediciones, comentarios e
interpretaciones de los Evangelios su pertenencia al tipo I” ( 2015: 228).
Nos hallamos, en el ca so de la comedia barroca, e n el ter reno de la ficción: no
estamos ante un dramaturgo que pretende que sus comedias sean tomadas como
documento histórico, apa rezcan o no elementos sobrenaturales en ellas. Sin embargo, en
el caso del drama histór ico se asume por convención cierto basamento hist órico, de
modo que algunos de sus elementos serán considerados como pert enecientes al ti p o I de
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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115
mundo. En este mismo sentido, si una de estas comedias presenta motivos relig iosos
sobrenatura l es, mu y p robablemente serían i nterpretados en su época como
pertenecientes al tipo de mundo I, precisame nte en virtud de la importancia que esas
cree ncias de los grupos sociale s o reli giosos que seña la Martín Jiménez ejercían en el
siglo XVII. Podemos afi rmar, pues, qu e elem entos que pertenecen al tipo de mundo III
eran considerados en esa époc a c omo de ti po I o, al menos, de tipo II: quiz á los
espectadores barrocos n o int erpretaba n que el suceso sobre natural en cuestión ocurr ió
tal como lo veían sobre las tablas al igual que, por medio de l a convención estética ,
comprendían que no tod os los hechos históricos ocurrier on exactamente igual que como
mostraba la correspondiente representación. Sin embargo, en virtud de la relig iosidad
imperante en la época, sí considera rían tales elem entos sobrenaturales como parte de la
realidad fenoménica; por lo tanto, aceptarían la pe rtenenc ia del elemento sobrenatural al
tip o de mundo II . Por ejemplo, en La jorna da del rey don Sebastián en Áfri ca , asistimos
a una seri e de malos pr esagios que s e le presentan al joven re y portugués y que Vé lez
presenta como a visos providenciales d e los terribles a contecimientos que e stán por
su ceder en la cruenta Batalla de Alcazarquivir. Co nsideramos altamente improbable, en
el contexto barr oco qu e hemos trazado, que la opinión generalizada del público ante
tales presagios fuese la de que se trata de elementos fantásticos, pertenecientes al
modelo de mundo de tipo III. Dado el elevado nivel de superstición y las características
de la religiosidad de la é poca, serían juzgados c omo pertenecientes al tipo II.
De otra parte, resulta int eresa nte tener en cu enta , asimismo, cuál sería la
intención del autor mediante la introducción de estos mot ivos: dada la
convencionalización del juego entre ficción verosímil y realidad e n el drama histórico,
muy p robablemente su int encionalidad era la de añadir componentes que juzgaba
extraordinarios, pero posibles, con una finalidad estética deter minada; por tanto, según
Raquel Sánchez Jimé nez
116
su mentalidad estos pertenecerían a un modelo de mundo de ti po II. E n el ejemplo
concre to que presentamos, ha y un objetivo espe cífico en la incl usión de los
mencionados augurios n egativos, lo c ual no elimina la probabilidad de que Vélez,
influido por la mentalidad de la época, los consi derase pert enecientes a un modelo de
tipo II .
En definitiva, la mentalidad má gico-religiosa de la época, que adopt a numerosos
motivos de carác ter sobrenatural como int egrantes de la realidad, dispone una
credibilidad diferenciada para su aparición en l a ficción; no conside rándolos, como
haría un lector o esp ectador de la actualidad, factores pertenecientes a la fantasía o a lo
inverosímil, sino a lo p osible creíble. Est o cons titu y e unas condicion es de recepción
notablemente diferentes en las que el e fecto propagandístico de la atribución a entidades
divinas o maravillosas de determinados hechos que, en ocasiones, podían llegar a
afec t ar a la tr ama política del drama, fue ran funcionales en la mentalidad colectiva de la
época; algo que difícilmente podría ocurrir e n nue stra sociedad actual.
En lo que respecta a la te atralidad, cabe señalar u na importante dim ensión social
que, en nue stra definición del concepto en su faceta más específicamente estética,
decidimos reservar para tratar en este punto de nuestra investigación. Hemos tratado
previamente la te atralidad como un element o diferenciador de l a comunica ción
dramática frente a la especificidad de otras prácticas artístic as; y como la convención
que permite surgir la mi rada ilusionada del espectador qu e permite el surgi miento de la
ficción dramática. El Barroco añade una noción al término que afecta a la v ida ordinaria
de la comunidad: la teatralidad como la actitud afecta da y ritualizada, sin la cual la
acción modeladora del teatro sobr e la menta lidad colectiva no hab ría tenido la
efec tividad que conoció. Esta eficacia s e encuentra asimismo direc tamente relacionada
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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123
así como la aparición de la Santa Cruz emerg iendo del techo. Las esculturas que
parecen a punto de abandonar el pedestal, el estilo abiga rrado de estas y de las
construcciones y el gusto por los retablos son asimismo elementos que busc an envolver
a quien las contempla y a traparlo en la expresión de la obra .
El propósito de e sta irrupción del a rte en la vida, y de esta absorc ión d e la vida
por su parte, busca la ex presión saturada para im pactar y emocionar. Tanta importancia
se le concede a este objetivo que incluso, en e l ca so de alg unos recursos estéticos se
sacrifica parte de la v erosimil itud en pro de esta expresión exuberante. Tal es el caso del
empleo del soliloquio, que, si bien constituy e un recurso de desbordamiento
comunicativo (Orozco, 1 969: 55 -68), implica, como el aparte, un cierto a bandono de lo
verosímil de la fábula. P or medio de la convención, sin embargo, el espectador es
perfectamente capaz de normalizar esta téc nica sin que se rompa la ilusión de la
repre s entación, puesto que, sin un debido proceso de convencionalización , podría tener
un ef ecto d e distanciamiento en e l público. Así, la institución teatral barroca consta de
unos dis positivos que, d ebidamente codificados, son capaces de envolver al espectador
en la fic ción teatral y, pe se a trat arse por definició n de procedimientos poc o ilusion istas,
introducirlo aún más en la ficción que ac ontece en el escenario.
Otro ejemplo de similares condiciones en cuanto a l a verosimilitud y que
constituye un despliegue de te atralidad dentro del propio teatro es el disfra z, por el cual
un personaje, a trav és del cambio de apariencia, s e hace pas ar por otro. En este caso, un
espectador poco familiariz ado con la convención teat ral podría no aceptar que, por el
mero he cho de cambiar de vestimenta y , quiz á, modi ficar el tono de voz , el disfraz
result as e creíble pa ra el resto de personajes (Orozco, 1969: 231). Se trata, sin embargo,
de uno de los re cursos más habituales en el tea tr o áureo, y su ele tener un e fecto
antitético sobre quien lo emplea, transformando un ti po en su opuesto: de cr iado en
Raquel Sánchez Jimé nez
124
señor, de ga lán e n dama – y viceversa –, con el fin de conseg uir “un juego apare nte de
tensiones, pues el desenlace […] anula las d isidencias que han ido produciéndose por el
desacuerdo entre apariencia y realidad” (Díez Borque, 1986: 25). Así, el disfraz no solo
encarna la idea barroca d el engaño de los sentidos, sino que constitu y e asimismo una de
las más evidentes manif estaciones del gusto de l a época por la teatr alidad: el espectador
asiste a una doble actuación : la del actor que finge ser un personaje, el cua l, a su vez, se
hace pasar por otro pe rsonaje. Este aspecto conecta de modo directo con el tópico del
theatrum mundi , bajo la noción de qu e todos, en la vida, interpretamos un papel y no
siempre nos mostramos como somos en realidad.
A través de los aspectos de la cultura barroca que h emos estudiado
– masificación, dirigismo, conservadurismo, urbanismo, religiosidad y teatralidad – ,
espera mos delimitar las principales circunst ancias de l contexto de produc ción y de
rece pción de las obras en relación a la mentalidad propia del Barroco. Hemos visto
cómo, sobre las ex igencias de verosimilitud operantes en la preceptiva del momento,
actúan unos factores socio -políticos que deben guiar nuestr a lectura de las obras en
cuanto documentos que, respe cto a su propia época, funcionaban como elementos de
ocio y de propaganda y que, en relación a la nuestra, pueden servir como documen tos
históricos. Nuestra finalidad es, a través de su lectura en la clave que hemos ido
señalando, construir una visión lo más fidedi gna posible del mundo histórico barroco y
de los mensajes que la Literatura y el espectáculo podían hacer llegar a la poblac ión; así
como, en la medida de lo posible, los efe ctos que estos artefactos podían surtir.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
125
1.2.3.4- Ficción e historia en el Barroco: el drama histór ico
El corpus de obras de Vélez de Guevara que nos p roponemos analizar pertenece,
como y a h emos mencio nado, al grupo subgénero teatral denominado “dra ma hist órico”.
Comenzaremos, pues, por esbozar una serie de criterio s que permitan su definición. Una
primera aproximación n os permitiría a firmar que se trata de la Historia dramatizada;
esto e s, la selección de unos determinados hec hos históricos filtrada por un tamiz que
permite su representación y busca una recepción deter minada. Así lo define Juan Matas
Caballero (2015: 59 ):
[Se trata de] la dramatización de un hecho hist órico, considerado así por los
espectadores, en un determinado momento y espacio del pa s ado más o menos
lejano o reciente , y la posibilidad de establecer una analogía entre el hecho
histórico dramatizado y e l tiempo presente del espectador (2015: 59).
Matas Caballero r emite a definiciones pretéritas como la de Kur t Spang y la de
Felipe Pedraza, ambas sim ilares a la que él ofrece. Nos interesa cómo ambas hacen
hincapié en l a mezcla de hechos hist óricos y ficticios que caracteriza este género: Span g
(1998: 26) habla de “c onstrucción perspecti vista, estéticamente ordenada d e situaciones
documentables a caballo entre la ficción y la re fere ncialidad ” ad aptando al teatro la
definición que Harro M üll er dio a la novel a histórica
36
; y Pedraza (201 2: 7 - 8), de
“dramas que tienen un referente c laro y pre ciso en la realidad so cial (e xtraliteraria), y
los protagonizados por personajes qu e se corresponden y remiten a ot ros efectiva m ente
existentes”.
Queremos detenernos en esa fusión de elemento s ficticios e históricos, factor
esencial del género junto con l a doble temporalidad que conecta a contecimientos
36
En otro tra bajo suy o, Spa ng presenta su propia trad ucción del alemán de la d efinición q ue Mü ller
aporta para la novela histórica: “la novela histórica es una construcción perspectivista estéticamen te
ordenada de situaciones d ocumentab les a caballo entre la ficción y la referencialidad, construcción
dirigida por un determinado a utor a u n determinado p úblico en un d eterminado momento” (1998: 85).
Raquel Sánchez Jimé nez
126
presentes y pasados. Podemos dist inguir dos nivele s en t al mezcla de ficc ión y r ealidad:
el primero sería el que recoge la definición de este subgé nero dramático; es decir , la
mezcla de hechos y personajes que efectivamente tuvieron lugar en la Historia con
acontec imientos y fi guras procedentes de la imag inación del autor y/o de fuentes
míticas. El segundo nivel, de naturaleza semiológica, lo establece la dramatización de
todos estos factores, en virtud de la cual todos ell os son ficcionales. Ante s de centrarnos
en las especificidades contenidas en el primer nivel, detengámonos brevemente a fin de
aclarar la afirmación qu e acabamos de realiz ar , basada en la concepción de la ficción
que hemos venido ar gumentando en los epígrafe s precedentes.
Aun sin establecer una dist inción en el género literario, nuestr a visión del
fenómeno ficcional desde la teoría de los mundos posibles entiende que la ordenación y
plasmación de hechos y personajes históricos en una obra li teraria implica su inclusión
en un mundo de ficción; esto es, su fic cionalización. A partir de ellos, el t exto ficcional
tiene sus referentes no en la realidad, sino en ese universo ficcional que él mismo
config ura. Nos encontramos en los preceptos d e una semántica fic cional, en virtud de la
cual el referente del pers onaje de Felipe II en una novela histórica, por ejemplo, no sería
el monarca español, sino la construcción tex tual basada en él que realiza la obra . Esta
circunstanc i a se redobla cuando nos movemos desde el g énero narrativo al dramático.
En la dramatización de unos hechos determinados, por más que se guarde una gran
fidelidad al modo en el que sucedieron en la Hist oria, se encuentra forzosamente
incluido el proceso d e ficcionalización de estos e n virtud del desdoblamiento que tiene
lugar sobre las tablas. Recordemos que, c omo la concibe Luis Emilio Abraham, la
teatralidad viene a ser el proceso por el cual un espectador comprende que lo que
sucede sobre las tablas es ficción en virtud de unas det erminadas prácticas culturales
adquiridas (2008: 83). Desde el momento en el cual la audiencia dej a que obre en su
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
127
perce pción la semiosis del desdoblamiento, sur ge la fic ción mediante los
procedimientos que c ont emplamos en el epígrafe correspondiente.
Así, el espectador barroco que asiste a la visión de un partido de pelota en el que
participan el p ríncipe C arlos de Austria y don J uan de Austria en un a comedia de El
águila del agua , comedia de Vélez de Guevara, conoce varios aspectos en virtud de las
convenciones que acabamos de señalar : el primero de ellos es que lo que ve sobre las
tablas son unos actores que, según lo establecido por la convención teatral, fingen se r
estos personajes jugando. Sabe, asimismo, –de forma no necesariamente consciente–
que, por e fecto de la teatr alidad, debe aceptar momentáneamente que los actores son los
personajes hist óricos a los que representan. Por últim o, en una reflexión acerca de la
posibilidad de que los hechos que ve r epresentados hay an ocurrido, el espectador sabría
con certe za que en nin gún momento tuvi eron luga r . T omando como punto de refere ncia
la verosimilitud de los acontecimientos, consideraría extremadamente improbable que
dos miembros de la realeza, contra todo lo dispu esto por las normas de d ecoro social,
jugase n a la pe lota c on un grupo de delincuentes, como ocurre en la c omedia del
ecijano. El carác ter extremadamente convencional de la repre sentación teatral dispone
que, en un nivel semioló gico, la fic ción sea un ra sgo necesario para ella, si por ficc ión
entendemos la orientaci ón de l a r eferenc i a de l a obr a hacia sí misma y el universo
ficcional que despliega por acción de la c onvención. S i “e l signo escénico es sig no de
signo y no signo de cosa ” (Díez Borque, 1978: 54); si , por medio de la c onvención, e l
espectador interpre ta que el signo “ac tor ” remite, en última instancia, a un don Juan de
Austria ficcional que úni camente existe en el mundo de la obra – y no físicamente sobre
el escenario, dado que lo que el actor pro yecta es, en primer lugar una versión es cénica
del don Juan de Austria hist órico; ni tampoco como refere nte ex terno, pues se tr ata de
Raquel Sánchez Jimé nez
128
una versión ficcional suya–, es gracias a la acción conjunta de teatralidad y ficción
37
. U n
texto de carácter literario puede no se r necesariamente ficcional. Su autor puede dotarlo
de unas características que lo conviertan en un tex to literario, pero manteniendo la
orientación de sus re ferentes hac ia la realidad: un texto periodístico o un ensay o, por
ejemplo, pueden mostrar características li terarias, pero las con vencione s de dichos
gé neros estipulan que ni el autor constru ye un mundo de ficción en ellas, ni el receptor
entiende que sus referentes son otros que los existentes fuera del propio tex to. La
dramatización de unos determinados hechos, p or más que estos no sean ficticios,
ficcionaliza estos en el nivel sígnico porque el signo teatral no remite dir ectamente a la
realidad externa, sino a u na construcción escénica que , a su vez, remite a ot ra que pu ede
tener más o menos basamento en ella, pe ro que en nin gún ca so es dicha realidad
38
. P or
acción del desdoblamiento, el espectador deja de ver actores en escena y pasa a ver
signos de unos personajes históricos que, aunque puedan lle gar a r emitir a sus versiones
reales –si bien no es lo común–, no lo son. Se trata de versiones escénicas de dichas
personalidade s históricas que, en el caso del drama hist órico –así como en la mayoría de
subgéneros dramáticos–, remiten, en últ imo lugar , a construcciones ficcionales basa das
en ellas. En definitiva, en este primer nivel que señalamos la dramatización implica una
37
T eatralidad y ficción, tal como las definimos, son ne cesarias para e l teatro ilusionista. El teat ro anti -
ilusionista, que s e caracteriza por obstaculizar la acción d e la se miosis del desdob lamien to a través del
juego con la t eatralidad, se trad uce en una tra nsgresión de la ficción teatral convencion al.
38
No negamos la posibilidad de dra matizar un a n oticia o cualquier otro texto cuya referencia es l a
realidad fenoménica. Nue stra afirmación es q ue, en e stos casos, exi ste a simismo un nivel de ficción en
función d e la dramatiza ción, ya qu e la teatralidad d ispone que la actividad intelectual del especta dor le
permite visualizar u nas version es escénicas qu e, en lugar d e remitir a u n mundo d e ficción, se refieren
directamente a las reales. E s necesario, en este caso, el co nocimiento de esta circunsta ncia po r parte de
la aud iencia para qu e proyecte estos referente s escénicos a la prop ia realidad y no a un mundo ficcional
construido a par tir de diferentes elementos suy os debid o a que la convención estética estipula que
suspendamos las condiciones habituales de credibili dad a las q ue sometemos un texto n o ficcional. De
forma tácita, dramaturgos y pú blicos asumen que lo representado es ficcional, y lo contrario ha de ser
convenientemente indicad o, por la misma razón p or la que en nuestro ejemplo del texto sobre el animal
fantástico era necesario el co nocimiento de l receptor d e qu e se trataba de una con struc ción ficc ional. La
convención estable ce unos campos de r eferencia hab ituales par a cad a práctica textual y/ o espectacular,
y la transgresión de dicho hábito necesita s er c ono cido, o, como mínimo, sosp echado por el
lector/espectador par a que te nga lugar u na correcta recepción .
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
129
ficcionalización porque cada representación de s pliega unas versiones escénica s de las
entidades que pueblan el mundo ficcional de la ob ra, de modo que sus referentes son, en
primer lugar , dicha s vers iones, y, en se gunda inst ancia, los seres ficcionales a los que
aquellas re miten.
Al nivel de la fábula, el espe ctador juz ga la posi bilidad de que lo re presentado
hay a tenido lugar en la realidad en func ión de la verosimilitud de los ac ontecimientos.
Esto responde a la convención de los dramas hist óricos que dispone que pu eden integrar
en su fábula he chos histó ricos y he chos ficti cios, así como a una concepción
referenc ialista de la ficción por la cual se orientan al exterior los referentes textuales y
se entiende que son f iccionales si no ha y constan cia de su existencia en la realidad
39
. La
verosimilitud juega aquí un importante papel: ante la imposibilidad de saber si
absolutamente todo lo que aparece en una obra f iccional ha tenido lugar en la realidad,
la lógica del espectador lo lleva a considerar las probabilidades de que así ha y a sido.
Pero la existencia ficcional no implica nece sariamente la no existencia de los elementos
en el mundo real efectivo, como sí lo hace el carác ter de ficticios. L a relación entre
realidad y ficción no es ex cluye nte y , por ello, el hecho de que la representación teatral
de un a contecimiento hi stórico le otorgue un carácter ficcional no s e traduce en la
negación de que tal evento ha ya tenido lugar en la Historia. Por esta razón consideramos
imp ortantes los matices introducidos en las definiciones que hemos señalado: Matas
39
Aprovechamo s para recordar q ue, en n uestra visión de la ficción , no es lo mismo ficticio qu e ficcion al ,
y que aplicamos tal distinci ón en todo s los pu ntos de este trabaj o: el primer concepto designa
elementos in tegrado s en una obra de ficción que proceden exclusivamente de la imagin ación del autor
sin una inspiración directa de la realidad. El segundo h ace refe rencia a todas las entidades que pu eblan
un mundo de ficción; es decir , que tienen existencia ficcional, tengan o no una cierta inspiración direct a
en ve rsiones existentes en la realidad – qu e, en n ingún ca so, constituyen los referente s de la obra de
ficción – . Así, todos los elementos ficticios s on ficcionales, pero no todos los elem entos ficcionales son
ficticios: la versión d e don Jua n de Au stria que ju ega a la p el ota en El águila d el agua es fi ccional pero n o
ficticia, p orque se trata de un personaje para cuy a creación ha sido necesaria la exi s tencia del don Juan
histórico.
Raquel Sánchez Jimé nez
130
Caballero nos habla de Historia dramatizada; S pang, de sit uaciones documentables y
Pedraza, de referentes en la realidad social ex traliteraria, postura que identificamos, al
me nos parcialmente, co mo próxima a lo que D oležel denominó mímesis universalist a
(1999a: 20 - 26, 1997b: 72).
Así, además de la re presentación de acontecimientos históricos en las
condiciones que acabamos de matizar, otro elemento al que hemos hecho r eferencia será
imprescindible para considerar un a obr a como dr ama histórico: la doble temporalidad.
Este es el aspecto que reviste ma yor importancia de cara a señalar las funciones del
gé nero, pues en los paralelismos establecidos entr e los hechos pretéritos representados y
el momento concreto en el que se concibe la ob ra se encue ntra l a propia r azón de ser de
estos dramas, mu y frecuentemente compuestos p or enc argo con un d eterminado in terés
político y social. González Ca ñal se pronuncia así al respecto: "El te atro histórico
presenta una doble temp oralidad que pe rmite un diálog o entre unos hechos situados en
el pasa do que aparecen en la acción d ramática, y el tiempo presente del espec t ador"
(2017: 16). La s convenciones del género se encontraban en ambos polos de la
comunicación tea tral, como i ndica Spang :
Ambos recursos [ situar al espectador en un tiempo pasado e incorporar
personajes históricos] en realida d son po co ve rosímiles y solo son admitid os por
lectores y espectadores familiarizados con la convención li teraria y a través de
un « pacto » entre autor y receptor (1998: 26-27).
Encontramos, pues, un nuevo uso conv encionalizado que, pese a quebrantar la
verosimilitud de la obr a, no supone un obstác ulo para la corre cta recepción . Algo
similar ocurría con los recursos del disfraz y del soliloquio, como vi mos en el
subepígrafe anterior. Las palabras d e Span g re miten a la idea d el pact o ficcional en
virtud del cual e l lec tor , en el proceso de inmersión en un mundo de fic ción, suspende
los criterios que habitualm ente emplea en la le ctura de un tex to no ficcional. De su
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
131
necesaria cons ciencia d e que se encuentra ante un a obra de ficción sur ge esa suspensión
de criterios que le permiten aceptar la p resencia de elementos fantás ticos o poco
verosímiles sin preguntarse por su e xist encia efectiva como lo haría durant e la lectura
de una noticia periodística o una crónica hist órica. En el caso del drama histórico, cabe
hablar de un caso peculiar de este tipo de pacto, como indica Oleza:
El género histórico, en textos li terarios, parec e exigir un pacto de audiencia (o d e
lectura, en su caso) por e l que autor y espectadores asumen que lo que se cuenta
o representa, o parte de lo que se cuenta o rep resenta, acaeció en el pasado, por
más licencias que la poética autorizara a utilizar para su ornato (2012: 71; 2013:
154).
Así pues, el drama histórico reclamaba para sí una cre dibilidad diferenciada que,
si bien no implicaba que el públic o aceptase como irrestrictamente v erdadero todo
cuanto veía sobre las tablas en re l ación al mundo real, per mitía la inmersión y e l disfrute
de la obra. Daba cabida, asimism o, a la introducción de elementos que, pese a ser
ficticios, resultaban aceptables en su totalidad al no transgredir las normas de la
verosimilitud y permitían una visión favorable para los intereses de quie nes sufra gaba n
la s repre sentaciones. En definitiva, la fusión de aspectos históricos y ficticios constituía
una excelente herra mi enta para la introduc ción de mensajes moralizantes y
propagandísticos. P or ello, Oleza destaca la importancia de los factores pragmáticos en
la producción y la recepción de la obra (2013: 154), aspecto de fundamental imp ortanc ia
para su e studio: e s en función de aquellos como los contenidos educativos de las obras
son escogidos y codificados.
Así, lo que se persig ue en e l drama hist órico, a través de ese diálogo entre dos
épocas dife rentes, e s la emergencia d e una verda d universal o verdad poética capa z de
trascender lo particular, según lo dispuesto por las preceptivas áureas, de naturaleza
eminentemente r eferencialista. Esta circunstancia no inv alida la necesidad de estudiar
qué hechos históricos repre senta la pieza o si los elementos ficticios son obra del autor o
Raquel Sánchez Jimé nez
132
procede n de una fuente externa de carácter mítico -religioso, aspe ctos q ue, sin duda,
arrojarán luz sobre los i ntereses qu e sustentar o n la gé nesis de c ada drama. Asimismo,
tener en cu enta las convenciones en la produ cción y la recepción d e los dramas
históricos pe rmitirá c onocer los hábitos crea tiv os e interpre tativos generales – o, en
palabras de Abraham, los usos miméticos de la institución cultural domina nte – de este
gé nero barroco.
Los tr abajos de J oan Oleza presentan otros elementos para caracterizar el género
que nos ocupa. Este autor, tras examinar los dramas historiales
40
de L ope de Vega,
señala una serie de requisitos para que una comedia pueda considerarse int egrante de tal
subgénero trazando una distinción entre este y la comedia g enealógica ( cf . 2013: 153-
156). C onsideramos que de estas c ondi ciones pu eden ex traerse dos rasgos propios de l
drama hist órico: el marco histórico y la pres encia de personajes histórico s. La primera
caracter ística im plica qu e no es suficiente que u na obra se sitúe en una época pa s ada
para s er considerada un drama histórico, sino qu e tal traslación a otro ti empo debe tener
una incidencia en la a cción. Adem ás , es necesaria la presencia de uno o varios
personajes hist óricos, con un papel protag onista, antagonista, testigo o se cundario. Con
frec uencia este últ imo, cuando recae sobr e re ye s, suele tener la función de restablecer el
orden alterado por la trama.
En su trabajo ti tulado “Convenciones genéricas d e los dramas hist órico -políticos
del teatro áureo”, Martínez Ag uilar añade otros rasgos caracterizadores d el subgénero.
Estos son el desarrollo d e una trama amorosa qu e aligera el contenido histórico -político
de la obra, una gran complejidad y sofisticación de la puesta en escena, apl icación de las
unidades de lugar y tie mpo – más que una adhesión estricta a ellas, el drama histórico
recurre a su emple o en virtud de la verosimilitud – e intervención de los principios de
40
Oleza opta por emplear el adjetivo áureo historial para ev itar las resonan cias má s re strictivas que
conlleva el empleo d el términ o h istórico .
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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139
sentimientos y sus obligaciones como monarca y otra cu y o mot ivo centra l es la disputa
entre seño r y alde a contendrán mens ajes propagandísticos, pero diri gidos a difer entes
sectores soci ales. Es n ecesario tener en cu enta que con est o nos referimos a su
destinatario inicial, de acuerdo con el cual el dramaturgo con cibe el conflicto y sus
caracter ísticas, lo cu al no impide la rec epción de la obra por otros públicos . El dra ma
histórico, en el cual el conocimiento por parte de la audiencia del cont exto histórico
adquiere un gran peso – recurriendo por ello sus autores a materi as y fuentes que
garantizasen dicho conocimiento – , fácilmente podía pasar de la r epresentación
cortesana a un corral de comedias, caracterizado por una g ran pluralidad de públicos; o
estar destinado a su representac ión en una fiesta teatral determinada, en la que podía
haber muchos y muy difere ntes tipos de público. Así lo ex presa Díez Borque:
Ni el público es uno ni la comedia es una. El pú blico es muchos públicos y la
comedia es una articulación de niveles distintos, de planos distintos de atención
que van dirigidos a los dist intos receptores [ …]. L os dra maturgos – y pa ra mí
esto es clave par a entender en bloque el teatro del siglo XVII – eran consci entes
de esa pluralidad de rec eptores (2011 : 41-42).
Así pues, a partir de las carac t erísticas específicas del género dramático
histórico, incorporamos tres criterios fund amentales al modelo de análisis que nos
proponemos aplicar a los dramas históricos de Vé lez. Uno se refie re a la proporción en
la que pod emos encontrar elementos históricos y elementos ficticios ate ndiendo a l as
consideraciones qu e señalábamos en las páginas precedentes. Estudi aremos, si empre
que sea posible, las fue ntes en las cuales Vélez se inspi ró para l a compos ición de sus
obras y la consideración que recibían en su mom ento. Mantendremos presente que en el
Barroco “ los relatos bíblicos y las le y endas hagiográficas tenían una estricta
consideración histórica ” y “ las fábulas sobre los o rígenes de Esp aña podían en trar en la
Raquel Sánchez Jimé nez
140
Crónica General ” (Oleza, 2013: 152), lo cual con figura un paradigma diferenciado del
actual en lo que se refiere a la división discursiva entre Poesía e Historia.
El segundo criterio a apli car atañe a la división en tre dramas de hechos pú blicos
y de he chos privados, que, como señalábamos, nos será de utilidad para determinar, en
la medida d e lo posible, qué receptor tenía Vélez en mente al componer cada texto. A
estos efectos examinaremos , asimismo , la información disponible sobre aspe ctos
pragmáticos tales como las representaciones d e cada obra, los efectos de la censura
sobre ellas y las circunstancias en las cuales fueron compuestas. Esto úl timo implica
tener en cuenta aspectos biográficos d el poeta, dada su estrecha relación con a l guna s
familias nobles, que permitan interpretar las comedias en clave coyuntural y
considerando si fueron fruto de un encargo.
Otro aspecto a considera r será la dobl e temporali dad, de ineludi ble refere ncia de
cara al estudio de esa ve rdad universal capaz de trascender las circunstancias
particulares. El mensaje que pretende transmi tir el comediógrafo, en base a las
convenciones propi as del gé nero, necesitará de una lectura que ponga en rel ación los
acontec imientos históric os representados por el drama con su contexto de composición.
1.3- EL MODELO D E ANÁLISIS FICC IONAL
Ha ll egado el mom ento de aclarar qu e, si bien hemos señalado algunas
limitaciones del enfoque mimético y nos h emos mostra do pa rtidarios de los mundos
posibles y de al gunas aportaciones de la pragmática de ca ra al análisis de la ficción,
somos conscientes de que nuestro modelo parece albergar cierta similitud con la
mímesis universalista. Ya apuntamos, sin embargo, – concretamente, en el subepígrafe
1.1.1 – que la mímesis e n su sentido imita tivo n o resulta incompatible con el hecho de
que las ob ras literarias crean mundos ficcionales. No obstante, cabe p reguntarse si la
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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141
semejanza entre los entes de un mundo ficcional determinado con los del mundo real se
debe siempre a una labor intencionadamente imit ativa o si el esfuerzo debe ponerse, por
el contra rio, en idear entidades diferentes a las de nuestro campo de experiencia. En
otras palabras, dad a nuestra incapacidad par a crear de la nada manifiesta en la
necesidad de materiales externos a nosotros con los que construir un mundo ficcional,
contenga este o no entidades ficticias, ¿cabe h ablar de auténtica im itación? Aunque
consideramos posible responder ne gativamente a esta cuestión, hemos de tener presente
que hemos optado, com o Abra ham, por mantener la denominación de mimético para
aquellos mundos ficcionales construido s de acuerdo c on el sistema lóg ico que
empleamos para conocer el mundo real, pertenezcan estos al modelo de m undo de Tipo
II de Albal adejo o al III . En términos aristotélicos, pues, serían miméticas aquellas obras
que se esfuerzan en mantener su coherencia interna p ermitiendo conocer los asp ectos
del mundo ficcional con la aplicación de los mismos procedimientos – esto es, mediante
las cat egorías de existente/no existente y de verdadero/falso – que de ordinario nos
sirven para conocer nuestro entorno. La s obras an timiméticas, por lo tanto, son aquellas
que se esfuerzan en romper estos valore s ló gicos dejando en suspensión las categorías
de existencia y de verdad ficcional.
La decisión autori al de construir un mundo ficcional mimético o antimimético
no se da de forma aislada e independiente del contex to: para que surja la práctica
estética de construir un mundo con características lógicas más o menos indefinidas, es
necesario un resquebrajamiento de la confianza por parte de la sociedad en las
estructuras lógicas. Como vimos, Pavel señalaba que los períodos históricos con mayor
estabilidad se carac t erizan por una ficción con menos espacios de indeterminación,
frente a la ma yor presencia de estos en las etapas más convulsas ( 1986: 108-109) . Esta
observac ión apunta en la misma dire cción que las nuestras y viene a d emostrar que la
Raquel Sánchez Jimé nez
142
mímesis como imitación de las estructuras ló gicas tiene, pues, un carácter convencional.
El siglo XX, como hemos comentado, ha supuesto una crisis de valores que ha
posibilitado la ruptura d e la lógica ficcional mimética ori ginando unas prácticas de
negación de esta que, sin la institución cultural, n o podrían existir ni tampoco alcanzar
un proceso de recepción adecuado. Para que la mímesis se dé a un nive l productivo y
reproduc tivo, pues, es n ecesaria la pr etensión del autor de crear il usión y del receptor de
sumirse en ella.
Así pues, lo que motiva que una obra s ea má s o menos mimética no es la
aparición en la dié ge sis de elementos que no cumpl en con las normas de la realidad,
como un unicornio o un hombre de 300 años de edad. Esto implica ún icamente qu e
dicha obra cumple con lo que está arbitrariamen te estipulado como obras de fantasía.
Tampoco es este el factor decisivo para que una obra sea ficcional: si durante la lectura
de una narración fantástica resulta más evidente p ara el lector que s e encuentra ante un a
obra de ficción, esto se d ebe a la ten dencia a li gar la categoría “ficcional” con la de “no
existente en la realidad” derivada del gran peso que la tr adición ha venido otorgando al
enfoque referencialista . Asociándola, sin em bargo, a la de “existente en su
corre spondiente mundo ficcional”, se hace evidente que la ex istencia en el mundo rea l
de dicha entidad resulta en realidad indiferente a la categ oría de “ ficcional”. En
términos ontológicos, la naturaleza ficcional de l as entidades estipula que su orig en se
encuentra en la ac tividad de inven ción y d e fijaci ón textual por parte de un determina do
autor
42
, lo cual siempre resultará más evidente durante la lectura de un a obra fantástica.
Pero, como vimos, la úni ca dependencia que existe en un J ulio César de ficción respecto
42
Esto ha de ser así porqu e las alternativas a nu estro modo d e existencia d eben forzo samen te comenzar
en nuestra actividad mental; con cretamente, en la de imaginarlas, a par tir del modelo de mundo que
hemos adquirido y formado duran te nuestra socialización. Asimismo, un mundo ficcional necesita una
fijación textual para ser convenientem ente comunicado e, incluso, para ser propiamente un mundo
ficcional, dado que sin ser comun icado dicho mundo será ún icamente un mundo posible.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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143
del real es que la ex istencia del primero resulta ne cesaria para que un determi nado autor
tome la decisión de crear un mundo ficcional que incluya su réplica ficcional – o, como
Doležel los denomina, possi ble counterpart ( cf . 2010) – . Así, en últim a instancia, vuelve
a ser la institución cultural la que posibilita la existencia del J ulio César ficcional y su
correcta recepción por p arte d e los lectores, pu es sin mediación de esta el autor podría
no saber de l a existencia, en primer lugar, del J ulio César real , o, en segundo, decidir la
plasmación de su r éplica de ficción e n un a obra siguiendo una s erie de arbitrarie dades.
Tampoco los receptore s, por su parte, interpretarían debidam ente la obra en cuestión sin
el conocimiento de quién fue Juli o César o de l as convenciones que le s permiten saber
que el referente de la obra no es este, sino la versión ficcional construida por ella.
Por tanto, a tenor de estos planteamientos, y aun ent endiendo que, en térmi nos
ontológicos, los mundos ficcionales mantienen un importante nivel de autonomía
respec to de la realidad, se h ace necesario adm itir que estos no son completamente
independientes del mundo real. Esto se deb e a que, como constructos l iterarios, los
mundos ficcionales nacen sujetos a unas determ inadas época y circunstancias, como
ocurre con cu alquier producto cultural.
1.3.1- Mundos hist óricos y mundos ficcio nales: lecturas d e las obras de Vélez
Concebida la L iteratura como un proceso comunicativo cu yo contexto es la
institución cultural, que es la encar ga da de r egular el funcionamiento de la ficción y de
la mímesis, re sulta pertinente referirnos ahora a la segunda noción que da título a este
trabajo: los mundos históricos. Este término aparece como r éplica al postulado
posmoderno de que todo discurso e j erce una fun ción constructiva más que descriptiva
Raquel Sánchez Jimé nez
144
bajo el paradigma de que no ex iste realidad objetiva. La r adical consecuencia de la idea
de que “como artefactos verbales, la Historia y la s novelas son indistinguibles” (White,
1978: 122)
43
es la consideración de que exist e un único dominio, el del discurso, y que
por tanto no ha y diferencia entre el discurso literario, el histórico y el empleado, por
ejemplo, en la medicina. Dado nuestro posicionami ento en favor de parte de las ideas de
Doležel y d e las de Abraham, así como nuestra preferencia por un a pr agmática que
entiende que el carácter de ficcional y de li terario de un texto no depende únicamente de
la mi rada del receptor, sino que comienza precisamente en los pro cesos p roductivos del
texto, no es necesa rio aclarar que no somos partidarios de esta concepción de la
ficcionalidad. El hecho d e que un lector pued a to mar el t exto ficcional sob re Juli o César
que antes tomábamos por ejemplo como uno hist órico se traduce en una recepción
inadecua da d e este, dado que se trata de un texto construido en y para el dominio
estético. La e xtrema tecn ificación del lenguaje científico, cu y a principal característica es
la monosemia, busca precisamente elim inar cualquier confusión derivada del desvío de
la referencia de sus té rminos hacia un domini o diferente del d e su correspondiente
disciplina.
Como cabía esperar, Doležel también reacciona contra estos planteamientos ( cf.
2010: 29-44). El teó rico checo considera que, en cualquier caso, la valo ración de los
textos en términos lóg icos y referenciale s sigue r esultando funcional p ara su división en
descriptivos y constructi vos. L os valores de verdadero/falso, en la ficción, se orientan
únicamente al mundo ficcional que el texto construye, porque este es su campo de
referenc ia. En los textos históricos, por el contrario, la referencia s e orienta a la realidad
– a un modelo de re alidad pretérita o “modelo c ognitivo del pasado” (2010: 33) para
43
Traducción p ropia.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
145
cuy a denomina ción el te órico checo acuña el término mundo hist órico – , por lo que sus
aserc ion es sí son evaluables de ac uerdo con los valores de verdadero/falso.
Pero no es nu estro propó sito arg umentar aquí con tra la teorización posmo derna,
sino aclarar el uso qu e pr etendemos darle a la ca t egoría de mundo histórico , que resulta
perfectamente ac orde con su definición por parte de Doležel. Entendemos que, en
efec to, a ma yor lejanía cronológica del período histórico a estudiar, mayor es el carác t er
de modelo cognitivo de los textos que se ocupan de él. Ello se debe a l a m enor c antidad
de información dispo nible sobre los períodos más antiguos, aspecto que reduce el nivel
de descripción de un tex to y aumenta el d e constr ucción. Esto no implica que los textos
históricos sean constructivos, pues la d escripción sigue siendo su principal
caracter ística: que ten gamos más dificultades para conocer una época histórica
únicamente complica la evaluación empírica d e si las aserciones sobre ella son
verdaderas o falsas, p ero en ningún caso implica la suspensión de sus valores lógicos .
La aparición de evidencia histórica es la encargada de refutar o confirmar las teorías de
los hist oriadores, quienes construyen sus modelos con el objetivo evidente de
desarrollar hipótesis que resulten cier tas. Que hay a un nivel ligeramente mayor d e
act ividad constructiva en estos modelos coincide , pues, con su carácter d e hipot éticos,
y a que en el momento en el que una hipótesis so bre un aspecto histórico se de muestra
cierta, e st a se convierte en hecho histórico.
Así pues, dado que nuestro estudio de los mund os ficcionales construidos por
nuestro autor se interesa por el contexto de producción y r ecepción de o bras literarias,
hemos de servirnos de modelos del mundo hist óric o barroco que permitan, en la medida
de lo posible, tener una visi ón lo más compl eta posible de dicho contexto. Hemos de
servirnos para ello de textos descriptivos de mundos históricos; esto es, de la pertinente
bibliografía que se ocup a del período áureo y d e sus aspec tos políticos, económicos,
Raquel Sánchez Jimé nez
146
sociales y estéticos. Nu estro trabajo, en la medida en la que aporta información histórica
acerca de dichos aspectos y constituy e, a tr avés de esta, una aprox imación a nuestra
historia cultura l, construy e un mundo histórico; es decir, un modelo co gnitivo de las
práctica s e stéticas del si glo XVII. Realizaremos, pues, una doble lectura de los textos
dramáticos de V élez: una orientada al análisis de los mundos ficcionales contenidos en
sus comedia s y otra qu e, al relacionar estos con su contexto comunica tivo, profundizará
en el estudio del mundo histórico al que acaba mos de referirnos.
Asimismo, la temática histórica de las obras a estudiar y nuestra distinción,
dentro de sus mundos fi ccionale s, de los elementos hist óricos ficcionalizados fr ente a
los propia mente ficticios – divididos estos, a su ve z, en los motivos procedentes de la
imaginación de nu estro comediógrafo y los tomados de otras fuentes, bien ficcionales,
bien consideradas hist óricas en su tiempo – implica el esboz o de unos determinados
modelos cognitivos de las épocas representadas por cad a tex to dramático; esto es, de su s
corre spondientes mundos históricos. Así pues, nuestro estudio profundiz ará en el
conocimiento del mundo histórico barroco med iante análisis de las representaciones
ficcionales que Luis Vélez de Guev ara realizó del pasado a partir de otros mundos
ficcionales, por un a parte, y d e ciertos mundos históricos, por otro, en función de las
fuentes consultada s.
1.3.2- Textos y c ontextos: un model o de com unicación literaria
Como y a anticipamos, consi deramos pertine nte e studiar el corpus de comedias
que hemos seleccionado a través de un esquem a comunicativo, dado que es posible
entender la ficción como uno de los rasgos específicos no del t exto literario, sino de la
Literatura como proceso comunicativo específico que se produce dentro del dominio
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
147
estético. Concretamente, la fi cción constituye u n elemento, como vim os, semántico-
pragmático :
La expresión « ficcionalidad » debe entenderse corno la denominación de la que
disponemos para referirnos a un sistema especial de r eglas pr agmátic as que
prescribe n de qué manera los receptores, en l a interpretación d e los textos
literarios, han de considerar las relaciones que los mundos o sistemas de mundos
construidos por dichos textos mantienen co n sus modelos de realidad
experiencial (Chico Rico, 1994: 71).
La s conv enciones que posibili tan la emerg encia de la ficción de un texto l iterario
deben ser analizadas en sus relaciones con cada uno de los e lementos de l esque ma de
comunicación literaria. Antes de proc eder a especificar el objeto de es tudi o de cada
categoría del modelo comunicativo, conviene aclara r la peculiar acción del contexto,
pues se revela como e l elemento omni presente del fenómeno comun icativo, que
impreg na y redefine al resto de factores. Así, nos encontramos con que al gunos aspect os
de cu y o examen nos ocupamos en una se cción distinta de la contextual se ven afectados
y son susceptibles de verse incluidos en el apartad o dedicado a esta sec ción del modelo.
Ello es debido al lu gar especial que los componentes pr agmáticos ocupan en la
comunicación literaria , como hemos podido comprobar en las páginas precedentes.
La categoría del emisor comprende la bio grafía de nuestro autor, así como las
fuentes en l as cuales se b asó para escribir sus comedias y, en la medida de lo posible , la
propues ta de una f echa o período aproximado de composición. Esto implica que una
parte de e ste elemento comunicativo, la semblanza biográ fica de Vélez, será común a
todas las obras; y otra, la que se ocupa de las diversas fuentes y el lapso temporal
dedicado a la e scritura de las obras, será detallada al tratar cada una de ellas.
Por su parte, los factores que motivaron la compos ición de las piezas, si bien son
susceptibles de inte grarse en la sec ción que acabamos de des cribir, serán analizados
dentro de la etiqueta de los intermediarios. C on fr ecuencia, las comedias barrocas e ran
Raquel Sánchez Jimé nez
148
encargada s a los dramaturgos por alg ún noble o mecenas con algún interés concreto en
la representación de determinados motivos y /o personajes, y consideramos que e n este
sentido dicha práctica coincide con el concepto que Schmidt plantea para la función de
intermediación ( cf . 1986: 199-200) al dotar a las obras y a sus autores de una pro ye cción
o prestigio dentro de la institución cultural . En virtud de esto, podría tomarse como
intermediación asimismo la informac ión disponible acerca de la fortuna de cada obra ,
pues tanto los fenómenos de mecenazgo y encargo como el éxito cosechado por los
dramas suponen la afirmación institucional del c arác t er liter ario y del cr édito de estos
que señala Schmidt a proximándose a la actual la bor crítica y de mediación actual. S in
embargo, consideramos los aspectos relativos a las representaciones más próximos a l
apartado que res ervamos a la recepción. En últ ima instancia, la proximidad entre
rece pto res e interm ediarios responde a que estos pasan necesariamente por un primer
proceso de r ecepción (Sc hmidt, 1986: 204), lo cual implica que no son sino un tipo de
rece pto r especializado. Así pues, consideramos esta categoría v ál ida para darle al
patrocinio y al mecenazgo e l lugar que merecen e n la inst itución c ultural barr oca ,
mientras que entendemos como recepción propi amente dicha la escenificación de l as
obras.
Además, incluiremos dentro de esta etiqueta el estudio de las compañías
teatrales enc ar ga das de la escenificación de las distintas piezas, dado que su función
dentro de la comunicación teatra l barroca es, preci samente, la de actuar co mo mediador
entre l a emisión pura, que vendría a ser la composición de las obr as por parte d e V élez,
y la recepción por un determinado público. Una aproximación a quiénes eran los
comediantes encargados de llevar los dr amas a las tablas y cuál era su lu gar dentro de l a
institución teatral barroca contribuirá al aná lisis de la proyecc ión artística y so cial de
nuestro autor en su momento – y aun en épocas posteriores – .
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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251
cuales destaca la escenificación de Los tres mayores prodigios de C alderón durante l a
noche de San Juan de 1636 en el Palac io de Buen Retiro.
Fernández falleció entre el verano de 1639 y diciembre d e 1640, pu esto q ue la
última noticia de su activi dad teatral es un a ob lig ación contraída en n ombre de su
compañía por uno de sus miembros, Jacinto Q uiñones, por la c ual se acorda ba la
escenificación, en Málaga, de un total de 25 piezas a partir del 1 d e agosto de 1639. La
siguiente información dis ponible es una escritura fechad a en Madrid el 11 de diciembre,
por la cual J uana de Es pinosa, viuda de Fernández, acogía en su c ompañía al actor
Antonio Mesía.
CONTEXTO: TÓP ICOS EN JULIANO APÓS TATA . LA IMPORTANCI A DEL HONOR
Como hemos señalado previamente, Juliano apóstat a es una obra cargada de
contenido ideológico exaltador de los va lores c ristianos y contrarreformistas. Vé lez
supo emplear la image n del emperador Juli ano, cuyo rechazo al cristi anismo es,
precisame nt e, el aspecto más recordado de su breve mandato, para t ransmitir una
image n d el paganismo que lo vincula al despotismo, la injusti cia y la crueldad. A partir
de estos defectos y, sob re todo, de su abuso d el poder p ara conseguir los favores de
Sofonisba, el césar es presentado como un ejemplo de mal gobernante. En contra ste con
el modelo de monarca que el ecijano esboza en El tri unfo mayor de Ciro , donde el rey
persa apa rece caracterizado como un excelente hombre de Estado a partir de su
prudencia y su c apacidad de autogobierno, Juli ano constitu y e una representación de los
vicios no deseables en u n lí der. Es de señalar que, si bien es común en el teatro ba rroco
español la exaltación de los valores consagrados como católicos e hispánicos con la
finalidad de incidir en una identidad común para todos los reinos integrados en la
Monarquía Hispánic a ( cf . subepígrafe 1.2.3.3, p. 106; subepígrafe 1.2.3.4, pp. 137 -138),
Raquel Sánchez Jimé nez
252
es te no es el caso de Juliano apóstata , en la cu al la única referencia a lo español, a
modo de guiño de Vélez a su público, se encuentra en el v. 2306. La s tropas de Ju liano,
en su enfre nt amiento con los persa s, se lanz an al ataque al g rito de “¡Cierra, Españ a!”
con el cua l solían jalears e los tercios espa ñoles.
Si bien este emperador no practicó, como vimos, la persecución violent a ni el
martirio contra la cristiandad, sino una suerte de segregación religiosa, l a comedia lo
presenta capturando a M ercurio y sometiéndolo a unos terribles tormento y muerte. Esto
se debe, en primer lugar, a la voluntad de ser fiel, dentro de los cauces establecidos por
la verosimilitud, a la hi storia del santo; y , en s egundo, a la ma yor efectividad que
alcanza la rep resentación del anticristianismo como una amenaza físic a contra los
adeptos de esta fe que c omo un sistema de barreras inst itucionales. L a importanc ia d el
martirio como modo de al canzar la gloria , ad emás, adquiere un a gran pr esencia en el
texto:
B ASILIO . No os aflijáis,
amigos. ¿No os ac ordáis
de la gloria que alcanzaron
los que por Cristo acabaron
las vidas?
1. º Dices muy bien,
¿pero no peca n también
los que el peligro buscaron?
Ejemplos hemos leído
de algunos que presumieron
ser mártire s y perdieron
el ánimo, y el sentido.
2. º ¿Temer la mue rte es razón?
B ASILIO . Sí, mas no es bien que por ella
perdáis la c orona bella,
que de las flores sermón
os han de dar los martirios,
pues tras de penas crueles
son jazmines los laureles,
son azucenas los lirios (vv. 1946-1964).
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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253
Entre los vv. 1937-2008, se produce un excurso en la diégesis de la obra en el
cual se ensalza el martiri o como forma d e alcanzar las máx imas a spiracion es de la vida
cristiana, dentro del modelo de exempla s anctorum en el cual se inserta la
repre s entación que de M ercurio realiza Juliano apóstata . Esta exaltación de los valores
más puramente fe rvorosos de la fe se re laciona con lo que Sánchez L ora denomina “ la
histeria religiosa del Barroco” ( cf . 1993: 119-13 4), en relac ión a la re li giosidad áurea
que se encuentra teñida, como estudiamos ( cf . s ubepígrafe 1.2.3.3, pp. 10 5-116), de
rasgos mágicos, taumatúrgicos y ritualistas: “ la hist eria relig ios a barroca no es separable
de una de las clave s esenciales de la propia cultura del Barroco, me refiero al binom io
miedo-violencia que, p or utilizar la afortunada ex presión de Delumeau, hacen de
Europa una ciudad sitiada ” (Sánchez Lora, 1992: 128).
Los discu rsos reli giosos y literarios barrocos, pues, se servían d el recurso que el
propio Delumeau denominó objetivación (1989: 39), en virtud del cual, a nte el temor a
la muerte, s e producía un aparentemente paradójico fenómeno de r ecreación en los
aspectos más terribles y morbosos de aquella. En e ste contexto cobra pleno sentido la
llamada por Maravall estética de la crueldad (2012: 265). En palabras d e Orozco, “ se
trata de una nueva sensi bilidad que se recrea, casi morbosamente, en pintar lo violento,
cruel y sang uinario” (1988: 263). Dentro de esta lógica, el motivo del martirio adquiere
especial r elevancia al constituir uno de los puntos de convergencia entre la retórica
barroca de la muerte y la religiosa, como se aprecia en la entusiasta descripción del
suplicio que pone fin a la vida de Mercurio en boca de Basilio que y a reprodujimos
previamente. L o mismo puede a firmarse del suceso narr ado por un cristiano, Celio, en
la e scena en la cual Juliano concede audiencia a sus súbditos, se gún el c ual unos
Raquel Sánchez Jimé nez
254
paganos han violado y arrojado a unas monjas a las fieras (vv. 767 -790)
80
, y comido la
carne de un obispo asesinado, pues su terrible destino es prod ucto de la intolerancia
contra su fe :
C ELIO . Al fin, murieron c omidas,
con martirio tan estraño
de animales, y de spu és
cog i eron su obispo santo,
muerto con varios tormentos,
le abrieron y l e sacaron
la asadura, y entre todos
la comieron a bocados (vv. 791 -798).
En últ ima inst ancia, es posi ble relacionar los valores promovidos por esta
estética, en su vertiente p ropagandística , con el dirigismo y el conservadurismo con los
cuales Maravall caracterizó a la cultura del siglo XVII ( cf . 2012: 107-141, 1972: 21-40):
por medio de la exaltación de tan exacerbada rel igiosidad, punto ce ntral de la vida e,
incluso, de la muerte a tra vés de la presentación de la muerte por Dios como un objetivo
deseable, se desviaba el foco de atención de prob lemas socioeconómi cos r especto a los
cuales el orden monárquico-señorial no carecía de responsabilidad y se conseg uía,
además, una pavoros a adhesión a lo institucionalmente dispu esto como el
comportamiento moralmente vá lido:
Con el testimonio espectacular , truculento, de la mi sma [ la violencia], se
alcanzaba el objetivo h acia el que se orient aba t odo el planteamiento pat ético y
pesimista del Barroco: la necesidad de poner en claro la condición humana, para
dominarla, contenerla y dirigirla (M aravall, 2012: 268).
En este mismo sentido incide el tópico de la bu ena y la mala muerte, del cual
encontramos va rias alusiones en la com edia que no s ocupa (vv. 1767-1774, 2497-2505,
2517-2544). Resulta pa rticularmente si gnificativo, a este resp ecto, el p arlamento de
80
Podría entenderse la muerte de estas monjas co mo una refe rencia a un detalle de la leyenda de San
Mercurio, según el cual los p adres d el beato, tra s con v ertirse al cristianismo, fuero n arrestados y
arrojados a las fieras por los romanos. Al igual que en l a fábula And rocles y el leó n , de Esopo, los
animales se n egaron a devora r al matrimonio, q ue finalmente recibió el ind ulto del e mperador.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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255
Máximo en alusión al falle cimiento de J uliano que ya parafraseamos anteriormente:
“Mal J uliano murió. / No e s mucho si vivió mal” (vv. 2 419-2420). En efecto, según la
mentalidad de la época , a una vida que no había transcurrido conforme a los códigos
morales de la cristiand ad le seguía una penitencia en el pur ga torio o en el i nfierno, cu y o
proleg óm eno e ra una mala muerte, caracterizada por una terrible agonía que s e
interpretaba como un estremecimiento del alma debido a los pecados cometidos – si bien
otras formas de fallecimiento, como los violentos, repentinos o como producto de una
catástrofe natural, solían recibir la misma consideración – ( cf. García Hinojosa, 2013:
91-112). En el parlamento de Sofonisba se aprecia qué entendía la mentalidad barroc a
por buena mue rte: aque lla serena, reposada, qu e permití a el arrepentimiento por las
faltas y que se c reía ausente de las c aracterísticas ente ndidas como señales de un a mala
concienc i a:
S OFONISBA . Mas ya la losa me impide
el gozar de vuestros brazos,
y mi desma yo me dice
que se acerca e l fin dichoso.
¡Oh, qué alegre me previne!
¡Oh, qué venturosa muerte!
Ya siento que se divide
el alma, y el cuerpo deja
y erto, helado, solo y triste.
¡L l ega, llega , fea imagen
que a todos por igual mides,
y las tiaras y ce t ros
como los cayados rinde s! ,
que no te temo, llevando
en mi tránsito apac ible,
en mi adorado Mercurio,
tal padrino que me guí e
de su sepulcro abrazada ( vv. 2524-2541).
En el fragmento reproducido también se encuentra presente el tópi co mors
aequat omnia , que pone de manifiesto el poder i gualador d e la muerte. Sofonisba muere
Raquel Sánchez Jimé nez
256
jubilosa al saber que Dios le ha concedido la merced de abandonar esta vi da para, en la
siguiente, pe rmanecer ju nto a él y junto a su amado, como premio por las virtudes
mostradas a lo largo de su vida y que, en la comedia, se manifiestan en su devoción
relig iosa y en su fidelidad hacia Merc urio.
En esta misma línea de inmovilismo tanto económico como social se manifiesta
el motivo del “so y qui en so y” que, como señalamos, se encu entra e xplícitamente
recogido en un parlamento de Sofonisba (vv. 693 -700) y también, de modo más
indirecto, en el destino sufrido por Mer curio. El soldado romano, aunque amenaza a
Juliano en defensa de su propio honor y del de s u esposa, no le inflige daño al guno ni,
más adelante, hu ye d e Constantinopla, pese a saber que el emperador tom ará represalias
contra él por su insubordinación. Solo la int ervención divina por medio de S an Miguel
repone el orden alterado por los hechos de la tr ama, dado que es la única autoridad que
se encuentra por e ncima de quien re presenta el poder real en Juliano apóstata : el
emperador. L os p ersonajes, de acuerdo con esta fórmula, renuncian a lo que constitu y e
su volunt ad individual para actuar de a cuerdo a lo estipulado en función de su lu gar en
la sociedad ( cf . Maravall, 1972: 97-104). De Sofonisba, como mujer, se espera que se
mantenga fiel a su marido e, incluso, sumisa a él:
S OFONISBA . Cuando mi esposo no fuera
quien es, y o sola bastara
a defe nderme, y mostrara…
M ERCURIO . Que no e s justo, considera,
que hables, estando y o a quí.
S OFONISBA . El obedecerte e s justo.
J ULI ANO . ¿ Tanto te humillas al gusto
de tu esposo, ingrata?
S OFONISBA . ¡Sí! (vv. 617-624)
En e l fragmento s e aprecia no solo la obediencia d e S ofonisba, cuyo
comportamiento acorde con la fórmula del “ so y quien so y ” se v erá recompensada con
una buena mu erte qu e l e permitirá gozar de la vida eterna junto a su s anto esposo.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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257
También queda manifie sto cuál es conducta e sperable d e Mercurio e n calidad de
marido: la de protector del honor del matrimoni o. L a respons abilidad de la joven
empieza, por tanto, cuando, por a lguna razón, su espos o “ no fuera quien es” , es decir,
cuando no se encargase é l mismo de defender su honor.
Como aca bamos de comprobar, ínt imamente liga do a la cuestión del “so y quien
soy” se encuentra el tema del honor. Este es uno de los temas centrales de Juliano
apóstata , y su defensa, uno de los rasgos qu e p ermiten caracterizar a M ercurio como
héroe. L os intentos d e J uliano de s educir a Sofonisba son el elemento desenca denante
de la acción, pues, a partir de ellos se genera también un conflic to entre los esposos
producto de los enredos introducidos por Juli ano y po r Máx imo. El honor, tantas veces
mencionado en la obra – vv. 605-608, 693 -700, 1209-1215, 1233-1238, 1245-1246,
1289-1290, 1356-1360, 2143-2144, 2495-2496 – , adquiere una importancia mayor que
la propia vida en el contex to barroco al erigirse como el más relevante valor social.
Como señala Maravall, la ex tensión de este valor desde los estamentos nobiliarios a
otros inferiores responde a una estrategia por la cual, a cambio de pequeñ as concesiones
a los sectores más desfavorecidos social y económicamente, se garantizaba la
estabilidad de los rasg os fe udales a ún vi gentes en el sistema barroco ( cf . 1972: 21-30,
73-95). La suje ción al código d el honor por parte de Sofonisba y Mercurio, al
aproximarlos al ideal no biliario , les dota de una dignidad y una grandeza trágica que en
la mentalidad áurea res ulta difícil conse guir po r otros medios; y pe rmite situar a la
comedia como elemento propagandístico no solo de la cristiandad, sino también del
orden social establecido. L a vu lneración del honor de la pareja supone un vuelco de
dicho orden, dado que donde cabe esperar ma yor adhesión a este valor es, p recisame nt e,
en los estratos sociale s m ás elevados:
Raquel Sánchez Jimé nez
258
S OFONISBA . ¡Mundo, apenas te conozco,
que el poder oso s e agravia
de que sea la mujer
firme, honra da, honesta y casta! (987-990)
La máxima inst ancia conocida por el hombre barroco, la voluntad divi na, es la
que ha de intervenir en e sta ocasión devolviendo al mártir a la vida mome ntáneamente
para restaurar la armonía quebrada por Juliano en sus constantes a taques a la honra de
Sofonisba y de la propia fe cristiana. Mercurio q ueda así transfor mado, a l igual en la
tradicional leyenda que lo consagró como el port ador de l as dos espadas, en soldado de
la Tierra y del Cielo.
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3.3 – Atila, azote d e Dios
En las siguientes pá ginas nos ocuparemos del análisis de una come dia de
juventud de nu estro d ramaturgo caracterizada funda mentalmente por su elev ado
contenido religioso y ta umatúrgico: se trata de Atila, azote de Dios , cuy o conflicto
central gira en torno a la famosa le ye nda se gún la cual, al disponerse el rey huno a
saquear la ciudad de Roma, tuvo un encuentro c on el pontífice León I , tras quien pudo
divisar a San Pedro y a S an Pablo amenazándolo de muerte y p rotegiendo así la Ciudad
Eterna. Esta n arración adquirió tal popular idad que fue inmortalizada po r Rafael en su
fresco El encuentro de L eón Magno con Atila entre 1513 y 1514. Asimismo, la
subtrama amorosa p ropia de los dramas históricos se en cuentra, en es ta ocasión,
sustituida por otra de carácter religioso, basada en los exempla sanctorum , que sin duda
debió de entusiasmar al público de su época.
Hemos de aclarar que, en esta ocasión, nuestro esquema comunicativo se
encuentra incompleto: d ado que no se conocen, ha sta ho y , noticias relativas a ninguna
repre s entación de esta o bra, ni tampoco evidencias o señales tex tuales que permitan
señalar la posi bilidad de un encargo o de al guna posible referencia la udatoria en el
texto, los apartados de dicados a la rec epción y a la intermediación s e encuentran
ausentes en nu estro análisis de Atila, azote de Dios . Finalmente, señalamos que, para las
referenc ias a versos co ncretos d e la comedia, nos serviremos de la numeración
establecida en la edición de William R. Manson y C. Ge or ge Peale (2009), de la serie
Juan de la Cuesta Hispanic Monog raphs.
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260
MENSAJE/TEXTO: VERSIONES TE XTUALES , A RGUMENTO, MUND O FICCIONAL,
PERSONAJES
Atila, azote de Dios ha ll egado hasta nosotros en tres sueltas, todas ellas sin año.
Una de ellas, carente de pie de imprenta, se encuentra en la New Yo rk Public L ibrar y
– NPL p.v. 523, no.8 – , según Be rgman y Szmuk (1981: 117):
ATILA AZ OTE DE DIO S | COMEDIA | FAMOS A, | DE LVI S VELEZ D E
GVEVARA.
Suelta, s.a., s.l., s. i., A-D 4 , [30 pp.] 3 cols. pp. [31-32 ].
Iglesias, cuy a edición cr ítica de la obra se basa en esta versión textual, señala
que esta parece ser la versión más antig ua del texto (1979: 130).
De l se gundo testimonio hay cu atro ejemplares, además del digitalizad o que
puede hallarse en la página we b de Cervantes Virtual: uno, en la B ibliote ca Nacional
– T/5.697 – ; otros dos, en la Biblioteca Palatina di Parma – CC II .28057/2, n. inv. PAL
804274 y CC IV.28033/29, n. inv. PA L 803785 – ; y otro, en la Biblioteca de Menéndez
Pelay o – 33.777 – . Vega, Fernández y del Re y (2001: 165, v.1, n. 431) describen este
último como sigue:
Num. 197. | AT ILA AZOTE DE D IOS. | COMED IA | FAMOSA, | DE L VIS
VELEZ DE GVEVARA . | [ banda] | Con licencia: E n Sevilla, por L ucas Martin de
Hermosilla , Impressor, y Mercader / de Libros, en calle de Geno va, do nde se
hallaràn otras diferentes Comedias , / corregidas fielmente por sus Originales .
Suelta, s. a., 4° A-D4 [1]-32 pp. a 2 col. Separadas por banda.
Finalmente, del tercer testimonio, también impreso en Sevil la, existen dos
ejemplares en la Biblioteca Nacional – T/4.4 29 y T/14.795/19 – y otro en la
Universitätbibliothek Freiburg – E 1032, n -33 – (Peale, 2009b: 28):
Num. 155. | COMEDIA FAMOSA. | ATYLA, AZ OTE | DE DIOS. | DE DON
LUI S VE LEZ DE GUEVARA. | [banda] | [Colofón:] Con licencia: En Sevilla en
la I mprenta de J OSEPH PADRI NO,…
Suelta, s.a., 28pp.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
267
tanto la codificación como la recepción del mundo ficcional de la comedia se
produjeron c omo si esta perteneciese a un model o de mundo de tipo II , d e lo ficcional
verosímil, sobre la b ase de unas creencias generalmente a ceptadas en la é poca. Se gún
nuestra óptica, qu e tiene en consideración el contexto de las obras, esta clasificación h a
de ser aceptada. L os elementos no verosímiles a parecen en tres escenas. L a primera de
ellas se corresponde con el int ento de Sidomira de destruir la c ruz que Atil a había
colocado junto a a l gunos de sus propios ídolos:
[S IDOMIRA .] ¡Hec ho pedazos aquí
entre mis manos será s
sin que nuestro ca mpo m ás
nos engañe!
(Al tiem po que aprieta el Cristo, sale sangre.)
¡Ay de mí!
¿Qué sangre e s esta, qué fuego
que se me a brasan las ma nos?
¡Tente, D ios de los cristi anos,
no abrase s mi pecho ciego! (vv. 1637-1644).
La se gunda int romisión de elementos no verosímiles se encuentra en la e scena
en la qu e Lucifer se aparece ante Sidomira y trata de engañarla para que vuelva a una
vida de p ecado junto a Atila; y l a tercera, en la aparición de San Pedro y San Pablo
durante el encuentro entr e Atila y León I. Es fundamental tener en cuenta la credibilidad
concedida a los elementos relig iosos, taumatúrgicos y l egendarios del Barroco, según la
cual “ los re latos bíblicos y las le y endas hagiográficas tenían una estricta c onsideración
histórica ” (Oleza, 2013: 152), aspecto que podía convertir la int roducción de estos
motivos en el teatro en una poderosa he rramienta ideológica. Si bien el milagroso
suceso que hace que Sidomira se convierta en cristiana y la posterior aparición de
Luc i fer permiten exaltar la fe católica, y ambos debieron de gustar al público por lo
espectacular d e su representación – ad emás de recibir una credibilidad que, aunque no
necesariamente asumía q ue existió hist óricamente una mujer casada con A tila que , tra s
Raquel Sánchez Jimé nez
268
los hechos prodigiosos descritos, se convirtió al cristianismo y vivió una aparición de
Satanás, no pondría en duda la posibilidad de tales hechos – , el episodio de la
materialización de San Pedro y San Pablo resulta fundamental respecto a la acción
propagandística a la que nos referíamos. Como veremos, su consideración histórica de
la mano de un a le ye nda medieval surgida a partir de algunos textos históricos que
afirmaba n la v eracidad de tal suceso harí a q ue el público lo pe rcibiese como un
elemento pretérito tan real como los propios Atila y León I. Los efectos ideológicos de
esta circ unstancia serán ex aminados, pues, en el aparta do dedicado al contexto.
Por lo que respecta a la proporción de elementos históricos y ficticios pr esentes
en la comedia , Atila, azo te de Dios contiene más de los segundos qu e de los primeros.
De todos los hechos representados, el único documentado en textos históricos es el
encuentro entre L eón I y Atila – dejando a un la do la cuestión de la aparición de San
Pedro y S an Pablo – , que se incardina dentro del c ontexto más genera l de la invasión de
Italia por parte de los hu nos. Tras su huida del enfrentamiento con las trop as del general
romano Flavio Aecio, en la conoc ida como batalla de los Campos Cataláunicos (año
451), Atila r egresó en e l 452 a la Península Itálica, con el p ropósito, según algunos
autores, de reclamar su matrimonio con Honoria, hermana d el emperador romano
Valentiniano III (Martos, 2011: 224). Arrasó las c iudades de Aquilea, Padua, Verona ,
Bre s cia, Bérgamo y Mi lán; y puso rumbo h acia Roma. En el 452, e l emperador
Valentiniano abandonó la ciudad y hu yó a R ávena, quedando l a ciudad sin más
autoridad que la del Papa.
La r eunión entre León I y Atil a tuvo lugar en las proximidades de Mantua,
donde se había retirado e l pontífice al presentarse los hunos en Roma. Tras el encuentro,
el rey bárbaro cesó en su ava nce y se retiró a su reino; concre tamente, a la región de
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
269
Panonia. Ex isten diversas teorías acerca de las c ausas de su marcha, de las cuales la más
aceptada actualmente es la que a firma que el papa le pagó una sustanciosa porción del
oro de Roma a cambio de su repliegue (Martos, 2011: 228 -233). Esto, unido a las malas
condiciones de las trop as hunas a causa d e una epidemia de peste que se había
extendido por e l norte de I talia, constitu y e la explicación más lóg ica de la dec isión d e
Atila de retroce der hasta sus territorios. Por otra parte, el testim onio de Prisco de Panio,
que afirmaba qu e una d e las causas de esta marcha fue la superstición de los hunos
inspirada por la muerte el difunto visi godo Alarico, quien falleció poco ti empo después
de saquear Roma (Howarth, 2001: 136-137), resulta llamativo al implicar a un
personaje que también aparece en la comedia de Vélez. La inclusión de e ste re y , sin
embargo, responde al hecho de que fue el primero en asa ltar la Ciudad Eterna, ataque
ocurrido en el 410.
Otro aspe cto llamativo en lo que se refiere a l a fusión de elementos ficticios e
históricos es la presentación de los hunos como “godos” . A este respec to, conviene
considerar que una de la s dos ramas de los godos, los ostrogodos, fue asimilada por los
hunos en e l siglo IV, co n lo cual es posible que e sta denominación qu e el texto da al
pueblo de Atila responda a una confusión entre una y otra tribu. P or otra parte, dada la
decisiva importancia de los godos en la caída del Imperio Romano y su concepción
como un pueblo bárbaro amenazante p ara l a fe católica por parte de los cristianos,
parece más probable que la sustitución de un término por otro se deb a a una m era
ge neralización terminoló gica. Asimismo, Ig lesias (1979: 12-13) llama la at ención sobre
otro curioso uso del término en la obra. Se trata de las alusiones a Alfonso, el joven rey
de España, con este término:
Raquel Sánchez Jimé nez
270
[A LF ONSO .] ¡Júntese mi poder todo,
y pues la Iglesia defiendo,
aunque de godos deciendo,
seré c uchillo del Godo! (vv. 515 -518)
Además de la referencia del último verso a don Rodrigo, el último re y visi godo,
quien fue der rotado po r los musulmanes en la batalla de Guadalete a causa de una
traición interna, Alfonso se define a sí mismo como descendiente de los godos. También
Atila se refiere a él de este modo:
[A TILA .] Pero soy humano godo,
tú, godo y e spañol eres,
y en ingenio me prefieres (vv. 1581-1583).
Estas referencias manifi esta n la presencia del llamado “mito godo” , según el
cual los re y es post eriores a la caída del Reino Visigodo –la conocida como “pérdida de
España”– estab an direc tamente emparentados con los rey es de dicho período. A tra vés
de la vinculación con la época de es plendor de los visigodos en la Península, anterior a
la decadencia asociada a la llegada de los musulmanes, se le gitimaban las monarquías
cristianas posteriores a dicha época. A finales de la Edad Media, el mito godo permitió
sustentar los estatutos de lim pieza de sang re. Iglesias le otorga, en el cont exto de Atila,
azote de Dios , un signifi cado glorificador más amplio como remisión a unos ancestros
valerosos y combativos : “los españoles puede n considerarse descendi entes de los
visigodos valientes y herederos de todas sus cua lidades guerreras. Cu ando Alfonso el
español se jacta de su sangre goda […] , es la prueba se gura de su fuerza y valor” ( 1979:
13).
Asimismo, es de destaca r, con respecto a los elementos ficticios e históricos, la
mención del llamado Concilio de Ostén (v. 345). No hemos hallado información
relativa a ningún concilio celebr ado en dicha ciu dad, por lo que hemos de concluir que,
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
271
probablemente, se trata de una invención de Vélez. Sin embargo, es posible que se trate
de una referenc ia, un tanto imaginativa, a un hec ho contemporáneo al dramaturgo:
[C ARDENAL 1 º .] Ya que la quie tud sant a y divina
el mundo goza, c ónclave supremo,
como el señor de l cielo le encamina,
y a que va navegando a vela y re mo
la nave de San Pedro sob erana ,
y la paz ha llegado al punto ex tremo,
vuélvase a prose guir de sde mañana
el Concilio de Ostén, y a comenzado,
casos toca ntes a la fe cristi ana (vv. 338-346).
La s referencias a “la paz” y “la quietud”, así como el nombre de Ostén,
denominación que en la época recibía la ciudad de Ostend e, e n la actual Bélgica,
podrían remitir al fin d el sitio de dicha ciudad por los terc ios de Flandes, el cual se
prolongó entre 1601 y 1604 y finaliz ó con la rendición here je y con la a nexión de la
plaza a los Países Bajos Españoles. Dado que, como veremos, en el período de
composición propuesto para la comedia hab ría transcurrido po co tiempo desde el
suceso, es de considerar la posibilidad de que nos encontre mos ante un g uiño de Vélez
hacia el espe ctador de su tiempo. Ig lesias advier te, asimismo, que durante el papado de
Le ón I tuvo lugar un concilio, circunsta ncia que, de ser conocida por el poeta, quiz á
habría querido introducir en la pieza ubicándolo e n una ciudad que fuese conocida para
la audiencia de su propia época (1979 : 14-15). Un caso similar podría n constituirlo las
siguientes pa l abras del papa:
[P APA .] Gozad, hijos, agora los despojos
del Año Santo, pues os tiene e l cielo
abierto su tesoro a vista de ojos (vv. 306-307).
Esta referencia a l Año S anto o jubileo ( cf . Vélez, 2009: 132, n. 306) constitu y e
un anacronismo, dado qu e esta tradición no fue instaurada hasta el año 130 0 por el papa
Bonifacio VIII , quien di spuso que se celebrase cada cien años. En época de Vélez su
Raquel Sánchez Jimé nez
272
periodicidad era de cincuenta años, según lo dispuesto por Alejandro VI en el 1500. Es
de destacar que el 1600 fue un Año S anto, con lo c ual esta pu ede constituir otra
referenc ia de Vélez a su propio tiempo.
Así pues, Atila, azote de Dios es una comedia q ue, sobre la base de un evento
histórico – al cual otras fuentes con el estatut o de hist óricas añadieron un fuerte
componente religioso y t aumatúrgico – , desarrolla una serie de acontecimientos ficticios
que predominan en toda la obra. Si bien algunos de ellos, como la aparición de S a n
Pedro y San Pablo, tienen un orig en legendario, la ma y oría de dichos motivos ficticio s
son creación de Vélez.
PERSONAJES
El personaje central del reparto, Atila, se presenta como un re y bárbaro,
sanguinario y cruel h asta ex tremos histriónicos, pues sac rifica a p ropia su amada junt o a
Anselmo, cuya san gre b ebe, aunque este último aspec to no se muestre en escena. Su
caracter ización, po r tanto, es la d e un p agano temible y sádico, un “azote de Dios”,
como menciona su general, L eoncio, al comienzo de la dié gesis: “eres azo te de Dios, /
mas yo lo soy de la muerte” (vv. 47 -48). Probablemente, Vélez se inspiró en la ley enda
popular que afirma que u n ermitaño se dirigió a él con este apelativo, y el huno decidió
apropiarse del sobrenombre. Parece poco p robable, dado el habitual desprecio de los
bárbaros hacia el Dios c ristiano, que Atila adoptase para sí esta designación, la cual, por
otra parte, responde a una concepción plenamente católica que entendía a e ste personaje
como un castigo impuesto a los hombres por sus faltas contra la le y divina. Sin
embargo, dicha le yenda, recogida en el Poly chronicon Ranulphi Higden, Monachi
Cestrensis del cronista y benedictino Rudolph Higden (1280 -1364), aparece claramente
referenc iada en la com edia que nos ocupa, en la convers ación que mantiene Atila con el
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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273
ermitaño Anselmo, donde este último se dirig e a él como “Azote de Dios, / como tú
tomas por nombre” (vv. 783 -784).
El Atila histórico vivió entre los años 406 y 453 y llegó a constituir tal amenaza
para el Imperio Romano que se convirtió en la encarnación del terror y l a barbarie que
ha permanecido en Oc cidente a través d e los siglos. Esto explica la imagen tan extrema
que Vélez muestra del re y huno
82
, que, si bien presenta algunas similitudes con el
personaje de Desiderio de El cerco de Roma por el rey Desiderio , sobrepasa
notablemente su nivel de crueldad y su afán de s tructivo. Además, a diferencia del re y
lombardo, este fallece sin haberse convertido al cristianismo, lo cual, junto a sus
terribles actos, se traduce e n la caracterización de su fallec imiento como e jemplo de la
mala muerte :
[A TILA .] ¡V énguese el Cielo de mí,
muestre tu Dios venga tiv o,
en mí, todo su poder.
Ábranse mil abismos
y la sangre que bebí
de aque l sacerdote misto,
me sea también perdida,
¡[…] Tú descansas, y o me abraso,
tú ríes y yo me privo
de esperar miser icordia,
que ni la espe ro ni la pido! (vv. 2817-2834)
Como here je impenitent e, Atila se niega a aceptar la fe cristiana, pes e a saber
que, muriendo sin convertirse al cristianismo ni arrepentido de sus fa ltas, el destino de
su alma es el infierno: “los usur eros recalcitrantes, los blasfemos reconocidos, los
apóstatas, los herejes y l os asesinos sin contrición, estaban i rremisiblemente abocados a
82
Resulta intere sante, con respecto a la caracterización de l b árbaro, el hecho de qu e el ecijan o recurre,
en los vv. 4 35 -439, a la alusión a Sodoma y a Avirón, lugares co munes d e la literatur a áurea y de la
dramaturgia v eleciana. Avir ón, sacerdote qu e fue co ndenad o al infierno por sus pecado s, es
mencionado jun to a Atán en La cristianísma Lis y, como estudia Urzáiz, en Co rrer por am or fortuna
(201 7: 80 -81). Ambos t érminos con stituyen r eferencias a l a ind ecencia, la inmoralidad y la ambigü edad
sexual.
Raquel Sánchez Jimé nez
274
la condena c ión eterna c uyo prolegómeno e ra su mala muerte” (G arcía Hi nojosa, 2013:
92). El del re y huno es, sin duda, un final ter rible: envenenado, traicionado, herido por
los suy os y , aunque reconociendo al Dios cristian o como el verda dero, renegando de él.
La escena d ebió de impactar a los espectadores, pese a cumplir con el principio de
justicia poética que e stip ulaba que e l autor de tales abominaciones me recería un castigo.
Asimismo, Vélez se asegura de dejar patente que el pagano es claramente inferior a los
cristianos; concretamente, al re y español Alfonso, quien lo engaña pa ra conseguir que el
emperador de Alem ania quede en libertad
83
. Además, Atila aparece lleno de
incongruenc ias: cambia de opinión en numerosas oca siones respecto a l a de cisión de
crucificar a Sidomira y se enfada con sus sec uaces cuando lo hacen siguiendo sus
órdenes; libera a Alfons o, pese a saber que se trata del re y d e España y que podría
suponerle alguna ventaj a sobre los cristianos; y confiesa su gusto por la religión
católica, pero se niega a convertirse pese a saber que ello le costará una conde nación
eterna. En definiti va, aunque no sobrepasa la barrera de la digna representación de la
figura real, Vé lez nos presenta un Atil a que peca, en ciertos momentos, de
incompetencia.
Por lo que respecta a Sidom ira, la esposa de Atila, es un personaje ficticio que
repre s enta el contrapunto e n re lación a él. Al inicio de la c om edia la mujer presenta la
misma mentalidad que su amado y lo admira por sus hazañas, e incl uso calma sus
temores con una bella in terpretación de su inquietante sueño. Sin embargo, durante el
diálogo sobre cuestiones de fe cristiana que el rey mantiene c on Anselmo, e lla se
muestra molesta e irrita da por la actitud de curiosidad del primero. A partir de este
83
Es de destacar en este sentido que el juego con los niveles de información entre lo qu e la comedia
permite saber al espectado r y lo que se estipula qu e sabe Atila se realiza gracia s a la máxima auto ridad
autentificadora de motivo s fic cionales. A través de la pr esencia escénica y de las pre sentaciones qu e los
reyes han hecho de sí mismos al comenzar la ob ra, queda estable cido como verdad ero que la identid ad
de Valerio y de Alfon so e s tal, y p or ello, aun que Atila no sepa q uiénes son en re alidad sus dos
prisioneros, el e spectador con oce en todo mom ento la circu nstancia de su engañ o.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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275
momento, la pareja no v olverá a conocer la a rmonía, puesto que cuando, furiosa por la
liberación d el re y español por su esposo, S idomira trata de romper el Cristo que
Anselmo les había dado, el pe rsonaje da su vuelco definitivo convirtiéndose al
cristianismo y reneg ando de su relación con Atila con una firmeza pasmosa:
[A TILA .] ¡E jemplo de las ingratas!
¿Hasme aborr ecido?
S IDOMIRA . No.
No te quise ni te quiero,
Y así no podrás cre er
Que te pude aborrecer,
Pues no te quise primero (vv. 2337-2342).
Con este p ersonaje y su violenta tr ansición entre la pasión y la devoción
relig iosa, Vélez envía el mensaje, notablemente amplificado por el milagro que lleva a
Sidomira a abrazar la f e cristiana, del poder tr ansformador d e Cristo. De pagana y
esposa de uno de los may or es enemi gos de la cris tiandad, la dama pasa a convertirse en
mártir a manos de su propio amante. En la muerte de la joven pu ede apreciarse,
asimismo, la presencia del tópi co de la contraposición entre la buena y la mala muerte.
Pese a perecer crucificad a, tormento que inflige u n terrible sufr imiento físico, la mujer
muere calmada y en paz, a gra decida, in cluso, por recibir un martirio que la conducirá a
la vida eterna:
[S I DOMIRA .] Muero,
Atila, por tu mandado.
Gran bien e s el que me has dado,
y ma yor de Dios le e sper o.
Ya me han puesto tus criados,
como mandó tu rig or,
por mi Dios y miSeñor,
los pies y manos c lavado s,
y pues ellos satis face n
tu gusto y tu desvarío,
perdónalos vos, Dios mío,
pues no saben lo que hacen (vv. 2523-2534) .
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276
Los paralelismos entre el fallecimiento de Sidomira y el del propio Jes ucristo
son evidentes: ambos son tentados por el diablo en los momentos previos a su pasión y
fallece n con sus manos y sus pies clavados en la cruz, alanceados en el costado y
ro gando clemencia para sus propios torturadores. A través de este recurso, Vélez
muestra cómo la conversión de Sidomira es absoluta, pues en nin gún mo mento reniega
de su recién adquirida fe, sino que desea su supl icio sabiendo que est e le permitirá gozar
de la gloria eterna. Asimismo, antes de esta es cena, es capaz de reconocer el enga ño
llevado a cabo por L ucifer para tratar de tentarla y arrastra rla de nu evo a una vida de
pecado.
Alarico es, junto con Atila y L eón, el único personaje con basamento históric o
de todos los que encontramos en la comedia. L a identifica ción de godos y hunos que,
como vimos, lleva a c abo el texto en virtud de sus constantes enfre ntami entos con el
Imperio Romano y la cri stiandad, así c omo el hecho de que el Alarico histórico fue el
primer saqueador de Roma, aspecto proba blemente conocido por el públi co de los
corra l es, dota de pleno sentido a la inclusión d e una versión ficcional de l caudillo
visigodo en la diégesis. En el tex to, Alarico es un general de Atila que, con humildad, se
define como su devoto soldado (vv. 111-114). Aunque prácticamente carece de peso en
la a cción, su pre sencia es digna de señalar al constituir por sí sola una re ferencia
histórica que permite incidir en l a configurac ió n, junto con Atila y c on el fic ticio
Le on cio, de un bando godo, anticristiano y antirromano. Alarico vivió entre los años
370 y 410, y fue re y de los visig odos durante los últimos cinco años de su vida, entre
395 y 410. Arrasó la ciudad de Roma en tres ocasiones, en los años 408, 409 y 410 ( cf .
Arce, 2018: 109-140), y fa lleció por en fermedad dos o tres meses d espués del último
asedio, tras un infr uctuoso intento de llegar a África, en las proximidades de Cosenza.
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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283
público como en el priva do, consideramos qu e las llevadas a ca bo por el h un o ti enen un
carácter eminentemente público. La trama am orosa con S idomira, único elemento
susceptible de ser inte rpretado como privado, se transforma en una diégesi s de carácter
relig ioso, c onstitu y endo este el punto de inflexión a partir del cual entran a esc ena los
elementos propios de la comedia hag iográfica que hemos señalado previamente.
Otro de los elementos constituti vos del drama histórico, la comp lejidad
escenográfica, se encuentra presente en esta obra. Si bien el may or nivel de
complicación tramo yística lo adquieren las es cenas vinculadas al co ntenido que
asociábamos con el carácter hag io gráfic o de la pieza, el emblema visual por el c ual se
presenta e l cónclave al público constitu y e un excelente ejemplo de la elaborac ión que
este tipo de composiciones puede alcanzar, tanto en un sentido práctico, por lo
intrincado de la escena, como simbólico, por la im agen de pod er y solemnidad que
transmite.
Finalmente, otras características propias de los dra mas históricos, como vim os
en el subepígrafe 1.2.3.4, son el respeto a las unidade s de tiempo y de lugar, y el empleo
de los principios de decoro y de justicia poética. Con respecto a la prim era, podemos
afirmar que se cumple plenamente, dado que toda la acc ión transcurre en la ciudad de
Roma y sus proximidades, donde se encuentra Atila con su ejér cito – pese a que , como
vimos, el encuentro entre este y el papa no tuvo lug ar allí, sino en Mantua – . La unidad
de tiempo, de otra parte, se presenta ac orde con un mínimo principio de verosimilitud,
y a qu e la a cción resultar ía demasiado precipitada de ocurr ir en una única jornada. Así
pues, los hechos se reparten en dos días: el prim er y el segundo a cto se corr esponden
con el primero; y el tercero, con el segundo. A parti r de los vv. 1991 -2024, en los cuales
Sidomira, emocionada ante la visión de los “zafiros celestiales”, reconoce para sí que
solo Dios podría s er auto r de la b ella armonía celesti al, podemos saber que es de noche.
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284
Asimismo, un poco más adelante un parlamento de Anselmo indica, junto a un
inquietante pronóstico de su trág ico destino, que ha amanecido:
A NSELMO . Ya es de día, y el postrero,
hija, que habemos de ver.
S IDOMIRA . Si de tal gloria ha de ser,
con g usto inmenso lo esp ero.
Ven enhorabuena , día (v v. 2275-2279).
El dec oro y la justicia poética pueden observarse a la perfecc ión en el final de la
comedia. Como era de esperar en vista de las atrocidades cometidas por Atila a lo largo
de la fábula, el huno sufre una ter rible muerte en la cual el público tiene ocasión de
verlo traicionado, ens angrentado y colérico; pero su fallecimiento, como indi ca la
acotac ión QQ (Vélez, 2009: 124), no se p roduce e n escena, sino fue ra. Pr obablemente,
tras verlo desafiar a Roma y a toda la fe católica, someter a dos devotos cristianos a un
terrible tormento e, inclus o, beber la sangre de uno de ellos – aspe cto que, en otro
ejercicio de decoro, no se muestra directamente a l público – , la terrible muerte del
bárbaro ejercería un efecto catárquico sobre la aud iencia, quien se vería complacida ante
el final de tan e nojoso enemigo de la cristiandad.
Por lo que re sp ecta a la orientación d e Atila, azote de Dios , hemos señalado en
varias ocasiones que se tr ata de una comedia propagandística y exaltadora de los valores
relig iosos, con cie rto componente patriótico introducido gracias al personaje de
Alfonso, el joven re y español. En el apartado dedica do al contex to de la comedia, nos
detendremos c on ma yor atención e n aspectos c oncretos que caracterizan su acc ión
ideológica. En cuanto al rec eptor que Vél ez podía tene r en mente, nos inclinamos en
mayor medida por uno n obiliario en vist a de la elaboración escenográfica y tramo yística
que presenta el tex to, dado que se trata del sector social más propicio para costear los
complejos y gravosos m ontajes de obras como Atila, azote de Dios . De otra p arte, el
bando cristiano a parece representado por p ersonajes en su ma y oría de elev ada
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
285
extracción social, aspecto que también señala la posibilidad de una representación en un
entorno áulico.
EMISOR: LUIS VÉLEZ DE GUEVARA. FECHA DE C OMPOSICIÓN Y FUENTES
Si bien Atil a, azote de Dios procede, con seguridad, de la pluma de Vélez,
comparte con otras comedias del ecijano el problema de su datación. No h emos hallado
en el tex to ninguna referencia a su propio contexto que pueda aportar alguna pista
ace rca de la fecha en la cual pudo se r compu esto; así pues, h emos de ceñirnos a su
corre spondiente esquema métrico para proponer un período de escritura aproximado.
Los dos rasgos más dest acados de la evolución de la dramaturgia veleciana son,
desde el punto de vista de la versificación, un progresivo aumento de la pre sencia del
romance (Crivellari: 2008; Bruerton, 1953: 24 8 -253; 1947: 346-364) paralelo a l a
reducc ión de la proporción de redondillas (Bruerton, 1947: 346 -364). A t enor de estos
aspectos, podemos tomar en consideración los datos que arroja el estudio métrico de la
comedia r ealizado por G eorge Peale (2009b: 31- 32). Atila, azote de Dios prese nta, en
total, un 70,7% de redondillas, un 19,3% de romance, un 5,7% de quint illas, un 2,6% de
tercetos, un 1,1% de estancias y un 0.5% de sonetos.
Iglesias, atendiendo al porc entaje de quintillas en comparación con El rey don
Sebastián ( aq . marzo de 1607) y al hecho de que estas se empleaban más durante la
primera década del siglo XVII, sitúa la comedia que nos ocupa en di cho período. P eale,
por su parte, considera m ás probable que la composición de Atil a, azote de Dios tuviese
lugar en la s egunda d écada de l siglo XVII . Se b asa e n la prox imidad de su proporc ión
de quintil las respecto de obras como El primer conde de Orgaz – 5% – y Juliano
apóstata – 6,2% –, “que pueden fecharse se gura m ente entre 1610 y 1620” (2009b: 33); y
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286
en la similitud de los po rcentaje s de redondillas de nuestro t exto con los de El conde
don Pero Vélez – aq . 1620, 67,5% – y El cerco del Peñón de Vélez – 1615, 65% – .
Como mostramos en la tabla precedente, tomando en consideración,
simultáneamente, los tres metros más abundantes, que son, en orden descendente,
redondillas, romances y quintillas, hemos comp robado que el esquema métrico más
semejante a Atila, azote de Dios es el de La devoción de la misa , que Bruerton sitúa
cronológ i camente entre 1604 y 1610 (1953: 253). Esta mayor coincidencia general entre
las proporciones de ambas obras – 70,7% de redondilla, 19,3% de romance y 5,7 % de
quintilla en Atila frente a un 69,1, un 14,2 y un 2,2 en La d evoción – nos lleva a
inclinarnos más por la primera década de 1600 que por la segunda. Asimismo, es
perce ptible una not able s emejanza métrica en nue stra comedia respecto de El conde don
Pero Vélez , el texto con el segundo esqu ema métrico más cercano – 67% de redondilla,
28,1% de romance y 1,1 de quintilla – . Estos porcentajes, junto a la datac ión de la pieza
en 1615 tanto por Bruerton (1953: 253) y por Peale (2002: 84 -86), vendrían a confirmar
la tendencia al alza d el romance y la pro gresiva disminución de redondillas y
permitirían considerar c omo más probable la s egunda mitad de la primera década d el
siglo XVII . Así pues, Ati la, azot e de Dios , habría sido compuesta en torno a la segunda
mitad de la primera década de los 1600.
84
Bruerton, 1953: 24 9.
85
Bruerton, 1953: 25 1.
% Redondilla
% Romance
% Quintilla
Atila, azote de Dios
70,7
19,3
5,7
La devoción de la misa 84 (1604-
1610)
69,1
14,2
2,2
El conde don Pero Vélez 85
(1615)
67
28,1
1,1
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
287
Dado que en 1607 Vélez entró a trabajar como secretario para Diego Góm ez de
Sandoval de la Cerda, hijo del duque de L erma, no podemos saber con certe za si ya
ocupaba dicho cargo en el momento de componer Atila, azote de Dios . Sí puede decirse,
sin embarg o, que s e en contraba a ún en los primeros pasos de su carrera profesional y
del ascenso social que lo situaría en un buen lugar de la corte en los años de Felipe IV.
Por lo que respecta a las fuentes del drama, es de destacar que, como hemos
comprobado, este se basa más en aspectos legendarios que propiam ente históricos.
Probablemente, Vélez se inspi ró en algunas de las diversas narraciones d e las vidas de
santos y pontífices disponibles en su época. A este respecto, proponen Spencer y
Schevill (1935: 157-158) los apartados dedicados a la vida de L eón I de la s obras Vitae
et gesta omnia summorum Pontificu m Romanorum a D. Tetro usque ad Clementem
VIII, etc ., d e Alfonso C iaconio, publicada en dos volúm enes en Roma entre 1601 y
1602 y continuada po r otros autores en ediciones posteriores, as í como la Primera Parte
de la Historia Pontifical y Catholica de G onzalo de I ll escas (Dueñas, 1565).
Mencionan, asimismo, e l Supplementum omnes fere historias quae ab orbe condito
hactenus gestae sunt, iucunda admodum dice ndi brevitate complectens, etc ., d e
Giacomo F ilippo Foresti (V enecia, 1483). En cuanto al episodio del enc uentro entre el
papa Leo I y Atila, junto con la aparición de San Pedro y S an Pablo, señalan los autores
las sim ilitudes entre la representación propuesta por Vélez y la r elación re ali z ada por
Juan Antonio Tapia y Robles en su Ilustracion del renombre de Grande: pr incipio,
grandeza, y etimologia : pontifices, santos, empe radores, reyes i varones ilustres que le
merecieron en la voz pú blica de los hombres (Madrid, 1638). En efecto, los fo ls. 19-20
del volum en – en su primera edición – s e dedi can a la vida de “San León I, el g rande” y ,
entre los fols. 19v y 20r, narra el autor cómo, en el año 453, e ste se re unió c on Atila y
Raquel Sánchez Jimé nez
288
este último “ al lado de L eón vio a San Pedro, y San P ablo, desnudas l as espa das, qu e
defendiéndole al p ontífice la vida, amenazaban al Tirano la muerte” . Sin e mbarg o, dado
que este texto fue publi cado po r primera v ez en 1638 y que, como hemos señalado,
Atila, azote de Dios fue una comedia temprana de nuestro autor, no es po sible que la
consultase para su composición. Por su pa rte, Ne umeister señala que esta ve rsión de la
historia se encuentra en l a Leyenda aurea vulgo Historia lombardica dicta , de Santiago
de la Vorágine (segunda mitad del s iglo X I II), la más popular obra hagiográfica de su
época (2009 : 13). Probablemente, el relato más antiguo que recoge e l encuentro entre
Le ón I y Atila es el Epi toma C hronicon de P róspero Aquitano, contemporáneo a los
hechos a los que nos referimos. El historiador relata el encuentro como sigue:
El benditísimo papa León, confiando en la a yuda de Dios, qu e nunca abandona a
los suy os, tomó las rien das de esta difícil empresa. Solo lo acompañaron el e x
cónsul Avieno y el ex prefec to Trigetio. Su confianza e n Dios le fue
recompensada; pues la d elegación fu e respe tuosamente recibida y el re y [Atila]
estaba tan complacido p or la pr esencia del Sum o Pontífice que ord enó cesar la
guerra , p rometió hacer la paz y se r etiró más allá del Danubio (Aquitano, apud .
Maas, 2000: 324 ).
A partir de este relato, una biografía anónima del papa León I, Vita sancti Leoni s
papae , aña dió la visión de San Pedro y San P ablo, amena zantes junto al pontífice, por
parte del re y huno (East man, 2011: 88). Este aspecto sería incorporado por otras obras,
como la propuesta por Neumeister, o la que presentamos como posible inspiración para
Vélez: la Historia B. Pl atinae de vita pontificum romanorum, a D. N . Iesu Christo
usque ad Paulum II de Bartolomeo Platina (Ciudad del Vatic ano, 1479), c uyas pp. 65 -
66 – en la edición de 1568 – recogen informació n sobre la vida y hechos de León I, y
refieren e l suceso que no s ocupa como sigue:
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
289
Monitis pontificis optimi obtemperans Attila, quod du fimul l oquer entur, c ernere
duos viros supra caput suum strictos tenentes gladios, ac mortem minit ant e s, nisi
pareret, visus est. Ij Petrus & Paulus apostoli putati sunt. I nde mouens,
Pannonias repetit: ubi non ita multom post, effundente se hubertim propter
ebrietatem e naribus sanguine, moritur (1568: 65).
El fragmento rep roducido refiere cómo, al reu nirse Atila con León I, divisa
sobre la cabeza del pontí fice dos hombres amenazantes con espadas desenvainadas qu e
lo amenazan de muerte, que no son sino San Pe dro y San Pablo, con lo cua l el huno
opta por retirarse a la región de Panonia, donde murió poco después tras una hemorragia
nasal posiblemente causada, según Platina, por un e stado de embria gue z. Vélez, por su
parte, representa el prodigio como sigue :
( Aparece arriba S AN P ED RO , y S AN P ABLO , con esp adas de fuego. )
A TIL A . ¿Qué luces me desalumbran?
S AN P EDRO . ¡Tente, Atila!
S AN P ABLO . ¡Atila, tente!
S AN P EDRO . ¿ Dónde vas, bestia e nojosa?
S AN P ABLO . ¡Bárbaro maldito, vuelve!
¡No ofe ndas a Roma en nada!
¡Déjala libre!
( Desaparecen. )
A TILA . ¡Tenedme,
que me ha faltado e l valo r!
L EONCIO . ¿Dónde va s?
A LARICO . Le oncio, tenle,
que la visión le ha a somb rado.
A TILA . ¡Toque a recoger mi gente!
¡Venid, huire mos de Roma,
pues tales soldados tiene ! (vv. 2675-2686).
Dado que la Historia B. Platinae de vita pontificum , publicada ori ginalmente,
como dijimos, en 1479 y fue objeto de numerosas reimpresiones con sus respectivas
ampliaciones, resulta tarea imposi ble señalar d e cuál de ellas pudo servirse Vélez. Sin
embargo, una de e llas vio la luz en Colonia en e l año 160 0, lo que plant ea la opción,
considerando el rango t emporal propuesto p ara Atila, azote de Dios , de que nuestro
Raquel Sánchez Jimé nez
290
autor consultase esta edición; sin embargo, es i gualmente posible qu e se sirviese de
alguna de las anteriores a este año. El relato del rey huno aterrorizado ante la aparición
de los defensores de la I glesia Católica sin duda debió atraer al comedióg rafo, quien
supo ver sus posibilidades no solo dramáticas, sino también propa ga ndís ticas, puesto
que permite presentar de forma espe ctacular e l p oder de la fe cristiana y su capacidad
para transmitir temor a sus enemigos y presentarse como el único cult o verdadero.
Asimismo, es posible q ue la truc ulenta historia de la muerte de Atila desc rita por
Platina, que además t uvo lugar poco tiempo después d e los acontecimientos
escenificados, inspirase al comediógrafo para su propia representación del re y
envenenado, herido por los su y os y ensangrentado – acot. PP : “sale Atila, medio
desnudo, furioso y sangriento” – . El detalle de la p osible intox icación etílica i ntroducido
por la Historia B. Platinae de vita ponti ficum probablemente resultas e excesivo para la
mínima dignidad necesaria en la presentación de un rey ante el público que el propio
Lope re comendaba en su Arte Nuevo
86
, por más que se tra tase de un re y pagano y cruel.
CONTEXTO: AT ILA, AZO TE DE DIOS Y LA PROPA GAND A RELIGIOSO -PAT RIÓTICA
La comedia es, como y a hemos señalado, un a obra de prop aganda que, a tra vés
de mecanismos concre tos, busca impresionar y conmover al espectador s obre la base de
una seri e de recursos que en el Barroco tenían plena funcionalidad. A través de la
exaltación de un s entimiento religioso que se s abía ya presente en la población, las
instituciones culturales, el teatro entre ellas, buscaban la plena identificación entre lo
cristiano y lo español como base de la identidad de los tan ex tensos y dispares territorios
86
Lope propon ía los siguiente para la representación de las figuras regias: “Si hablare el rey, imite
cuanto pueda / la gravedad real” (v v.269 -270), qu e puede entenderse asimismo como una llamada al
decoro en u n sentido más general que el mera mente lingü ís tico. Co mo indica José Prad es, la pres encia
de un rey en la comedia ha de recibir una interpretación “que no desdore la intangible dignidad real”
(1971: 171).
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
291
que conformaban la Monarquía Hispánica. Co mo hemos seña lado anteriormente, la
corre spond encia ideoló gica entre religión y españoli dad permitía incidir, prec isamente,
en los únicos aspectos que todos los reinos integrantes del Estado español tenían en
común: el rey y la fe católica (Elliott, 1985: 25; 2007: 218). La idea, pu es, de que la
defensa y la expansión d e lo cristi ano era una prioridad pa ra España permit ía, respecto
al resto de potencias, justi ficar el expansionismo de los Austria (Elliott, 2007: 212 -213 ;
1985: 18-19) y constituía, de cara a la opinión pública de sus propios súbditos, la base
sobre la cual construir u na identidad española. A e ste respecto, el subgénero teatral del
drama histórico, particularmente, el de hech os públicos, suponía una excelente
herra mient a en los términos expresados por Oleza: “ el drama de hechos famosos
públicos desempeña una tarea de age nte de la memoria histórica, d e he rra mienta al
se rvicio de la construcci ón de una identidad colectiva, y se aso cia con el movimi ento de
ge stación de los estados nacionales modernos ” (2013: 59).
Aunque Vélez concede un papel de importan cia al monar ca español frente al
resto de los que intervienen en la el la, lo cual vi ene a apo y ar l a idea, presente en otras
obras, de qu e España result a particularmente necesaria pa ra la expansión y la protección
de la fe, Atila, azote de Dios no constituye una pieza en la cual l a presencia hispánica
resulte de cisiva en l a d efensa de la cristiandad: es la acción d el papa Le ón I y la
aparición d e los santos la que salva la ciudad d e Roma del saqueo de los hu nos. En ella,
sin que falten ciertos ele mentos patrióticos, la acción exaltadora se centra en el aspecto
propiamente religioso, sin incidir particularmente en la unión entre lo católico y lo
español. Posiblemente en su menor insi stencia en la unión de España y fe cristiana
resida la particular inclusión de elementos propios de la comedia hagiográfica: en un
público que recibía de forma constante mensajes re lativos a dicha unión, la ex altación
Raquel Sánchez Jimé nez
292
de uno solo de los motivos propagandísticos puede surtir, igualmente, un efecto
positivo.
La inclusión de tantos el ementos milagrosos como los que aquí encontramos en
un texto que, por lo de más, sigue los preceptos del drama histórico e influ y e en una
config ura ción mental determinada in crementando la credibilidad dispuesta para los
fenómenos de este tipo en virtud de lo convencionalmente e stablecido por la ca tegoría
de lo histórico:
El género histórico, en textos literarios, parec e ex igir un pacto de audiencia (o de
lectura, en su caso) por e l que autor y espectadores asumen que lo que se cuenta
o representa, o parte de lo que se cuenta o rep resenta, acaeció en el pasado, por
más licencias que la poética autorizara a utilizar para su ornato (2012: 71; 2013:
154).
Es decir, los mot ivos tan propios de la comedia hag iográfica que aparecen en
esta composición, sujeta a l as convenciones y a la credibilidad reserv ada al drama
histórico, y su recepción por un públi co cu ya concepción d e la reali dad dota de
existencia efectiva a ele mentos que, en la actualidad, entran d entro de los parámetr os d e
lo imposible y lo inverosímil, no hacen sino prolongar dicha concepción de la realidad.
Con esto no afirmamos que, por el mero hecho de asistir a una representación en la cual
una ap arición mila grosa de San Pedro y de San P ablo libra a Roma de s er saqueada por
los hunos y en la que, por obra de un prodi gio, brota sangre de una c ruz, el público del
barroc o dotas e de credibilidad a estos hechos. El efe cto de los elementos hagiográficos,
a este respecto, es rea firmar las creencias que ya se encontraban en la mentalidad de los
espectadores á ureos.
La fastuosidad de l as representaciones de event os prodigiosos s e corresponde
plenamente con la dualidad horaciana docer e / delec tare : Atila, azote de Dios está
concebida para someter a la audiencia a un pr oceso de (re)afirmación ideológ ica y ,
simultáneamente, f ascinarla por medio d el desbordamiento expresivo conseguido a
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
299
La s r estantes impresiones de El cerco de Rom a se encuentran dispers as en
distintas biblioteca s: la Universidad de Santiago de Compostela contiene tres de ellas
bajo las signaturas R.80. 483
100
, CG-P-075-9
101
y RSE.PAP.VAR 08 08
102
. Otra edi ci ón
se encuentra en la Biblioteca Estense di Modena – signatura A 56 G 4 (2)
103
– ; otra, en el
Museo Nacional del T eatro de Alma gro – FA 10 COM 4 cer
104
– ; y otra, en la
Universidad de Sevilla – A 250/203 (05)
105
– ; asimismo, la Biblioteca del Institut del
Teatre de Barcelona
106
alberga otros seis ejemplares diferentes a los que hemos señalad o
y a. De uno de ellos, que lleva la si gnatura 58.263
107
y procede de una edició n diferente
a todas las s eñaladas, V ega refuta su supu esta pro cedencia de la c olección de Cotarelo
(2009, n. 39). De los r estantes, dos proceden de la I mpresa de Santa Cruz de Salaman ca
y ti enen las sign aturas 58 .269 y 45 .038. Este últ imo, según el registro del c atálogo de la
BITB, procede del undécimo tomo de comedias sueltas de la mencionada imprenta
96
Procedente de la Impr enta de la Santa Cr uz d e Salamanca (s. XVIII). De esta mis ma edición, la
Biblioteca Nacional alberga otro s d os eje mplares, con las s ignaturas T/15 . 061(3) y U/9.240. Este ú ltimo
se encuentra digitalizado asimismo en la web d e la Biblioteca Digital Hispánica. Otro ejemplar s e
encuentra en la Biblioteca de Menéndez P elayo (San tan der) con la signat ura 33.784. Señala Ma rtín Abad
que esta edición también for mó parte de la colección de su eltas de la impr enta d e la Santa Cruz (1986:
169 -170).
97
Impresa entre 165 1 y 1750. Carece de pie d e imprenta.
98
Impresa en el siglo XVII. Car ece de pie de imprenta. Asimismo, señala Peale que dos ejemplares de
esta impre sión se encuentran en el Institut del Teatre de B arcelona con las signaturas 59.32 2 y 59.323.
Estos fueron publicado s en la Parte VI de la serie col ecticia Jardín ameno de varias y hermosas flo re s,
cuyos ma tices son d oce comedias escogida s de los mejo res ingenios de E spaña (2015: 31 ).
99
Impresa en el si glo XVII. Care ce de pie de i mprenta.
100
Procedente de la Impr enta de Alon so de Riego de Valladolid (s. XVIII) ( Couce, 20 00: 119).
101
Procedente de la Impr enta de la Sa nta Iglesia de Burgos ( ca . 1740) (Peale, 2015: 33 ).
102
Procedente de la i mprenta de Fran cisco Suriá y Burgada d e Barcelona (s. XVIII) (Couce, 2000: 119).
103
Carece de pie de impren ta. Peale señala que esta impresión procede, probab lemente, del taller de
Hermosilla de S evilla (2015: 3 1).
104
Pro cedente d e la Impr enta de la Santa Cruz de Salamanca (1793); i mpresa po r do n Francisco de Tója r
(Cerezo Rubio y González Cañal, 1994: 242). Un ejemplar de esta misma edición procedente de la
colección de Fernánd ez Gu erra se encuentra en el In stitut del Teatre de Bar celona co n la signatu ra
61.249.
105
Procedente de la i mprenta de José Padrino, mercad er de libros, en la calle Génova de Sevilla. La
Un iversidad d e Se villa, desd e su w eb destinad a a los fondos digitalizados, p one a disposici ón pú blica una
versión digitalizada de este text o.
106
En a delante, BITB.
107
Existen otros do s ejemplares de esta edición; u na se encuen tra en la Biblioteca H istórica Mu n icipal de
Madrid – FMR 11,5 – , y la o tra, en la Un iversidad de Oviedo – P-8-4 – .
Raquel Sánchez Jimé nez
300
salmantina. En efecto, el manuscrito de la Biblioteca Na cional titul ado Don Domingo
Casero Obispo administrador de la Imprenta de la Santa Cruz de Salama nca
– MSS/21418/9 – , que contiene una lista de todas las obras publicadas en la citada
colecc ión, r ecoge nu estro tex to en el fol. 1r con su títul o abreviado, El cerco de Roma .
Otros dos registros d el catálogo se refieren a d os ejemplares que carecen de pi e de
imprenta y que proceden de la colección de Montaner y Cotarelo. L levan,
respec tivam ente, las signaturas 56958 y 57396. Finalmente, otro impreso con signatura
32830 no presenta pie de im prenta ni información alguna de su procedencia en su
corre spondiente registro del catálogo. A estos s e suman los im presos d e la London
Library – P 943-2 ( cf . Gregg, 1984: 72 , n.º 273) – y los dos de la University of Toronto
Library (Molinar o et al ., 1959: 25, n.º 125 ).
Además de esta g ran cantidad de sue ltas, se conse rvan asimismo varios pliegos
de cordel que contienen los versos 1 -164 de la comedia – esto es, desd e “Soberbios
muros de Roma” hasta “que Italia bastará sola” – . Tres de ellos se encu entran en l a
Biblioteca N acional bajo las signaturas VE/1.191/24, VE/1 .351/9 y VE 1.349/13. El
primero fue editado en la imprenta de Rafael García Rodríguez de Córdoba; y Cortés los
fecha entre 1805 y 1844 (2008). La Real Acade mia Española dispone de otro pliego de
esta tirada bajo la signatura 39 -VII-15 (11). Los dos ejemplare s que citamo s en segundo
lugar pertenecen a un a mism a edición procedente de Lucena, de la imprenta de J osé de
Gálvez y Aranda, que fu e impresa entre 1791 y 1800 (Cortés, 2008).
Otro pliego vio l a luz en la im prenta y librería de D. Fé lix de Casas y M artínez,
en Málaga. Actualmente existen dos ejemplares d e esta edición, qu e se en cuentran en la
Biblioteca de Filosofía y Le tras de la Univ ersidad de Sevilla – Caja 30 (231) – y en la
Biblioteca Municipal de Málaga – T.1986(13) – . De la primera ha y disponib le, asimismo,
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
301
una versión digitalizada en la web de la Biblioteca de la Universidad de S evilla. Cortés
(2008) propone para este documento un período de entre 1781 y 1805.
En la University of Ca mbridge Library se encuentra otro ejemplar de estos
pliegos de cordel – 7743.c.107, item no. 20 – . Esta edición procede de la imprenta de don
Rafael García Rodríguez, sit uada en la calle de la Librería (Córdoba); y el catálogo la
fecha entre 1808 y 1814. L a web de esta universidad ofrece acceso a una digitalización
de este documento. Finalmente, Peale señala la presencia de otro pliego en la
Universidade de Coimbra – 12422 – impreso en Sevilla entre 1701 y 1729 (2015: 36).
Pese a no disponer de manuscritos que permitirían profundizar en el estudio de
diversos aspectos relativos a la comedia, el gran volumen de impresos co nservados qu e
acabamos de e num erar permite deducir que se t rató de una obra de indi scutible éxito
comercial y , probablemente, escénico. Nos ocuparemos más adelante de los factores que
pudieron motivar la popularidad de El cerco de Roma.
Por lo que respecta a l a presencia del texto en los catálogos teatrales, Cotarelo
(1917, 277) registra en su monografía varias sueltas, cu ya ubicación y si gna tura
actuales, que ya hemos señalado en las páginas prece dentes, i ndicamos entre corchetes:
16. Cerco (El) de Roma por el rey Desider io .
Impresa suelta: sin luga r ni año (siglo XV II ), 1 6 hojas numeradas. -Madrid,
Imprenta d e la c alle de la Paz, 1728 [BNE, T /2172] .-Sevilla, José Antonio de
Hermosilla, s. a., 32 páginas [ BNE, T/14975/17].-Madrid, Imprenta de la calle de la
Paz, 1740, 14 hojas sin numera r [ BNE, T/14955 (6)].-Madrid, Imprenta d e la ca lle
de la Paz, 1755 [ BNE, T/ 11269(22)].-Salamanca, I mprenta de la Santa C ruz, s. a.,
28 pág inas [BNE, T/4458; T/1506(3); U/92 40; Bib. De Men éndez Pelay o,
33.784].-Valencia, Orga, 1780, 28 páginas [BNE, T/4536].-Madrid, I mprenta de la
calle de la Paz, 1783, 28 páginas [Institut del Teatre, 58263
108
, BHMM, FMR 11,5,
U. de Oviedo, P-8-4] . -Madrid, Librería de Quiroga, 1792, 28 página s [BNE,
T/14975/18; BHMM, M R 572,10; Institut del Te atre, 70642] .-Valencia, Ildefonso
Mompié, 1822 [BNE, T 72150; Bib. De Menéndez Pelay o, 31.117; Rare B ook &
Manuscript L ibrar y de Penns y lvania, 63665649] .
108
Como señalamo s, Vega afirm a que no se trata del mismo ej emplar.
Raquel Sánchez Jimé nez
302
Entran : El re y D esiderio.- Leoncio, cardenal.-Valeriana, su h ermana.-Un
capitán, moro.-C arlo Magno.-Roldán.-Re y naldos.- Iñig o Arista.-Bernardo del
Carpio.-Adrián, pontífic e.-San Pedro.-Un alférez. -Dos moros.-Dos so ldados.-
Cuatro cardenales.
Por otra parte, El cerco de Roma aparece en los c atálogos de Medel (1735, 165),
Spencer y Sche vill (1935: 164-166), La B arrera (1969: 467) y Ur záiz (2002a: 700). El
segundo se refiere a la suelta que ocupa el primer lugar en el extracto de Cotarelo (BNE,
T/2.172); y el tercero recoge las sueltas de la R eal Bibliotec a – VIII/17131 (6); BNE, T/
11.269(22) – , de la BI TB – 57.396 y 56.958 – y de la Estense di Modena – A 56 G 4 (2) – .
ARGUMENTO DE EL CERCO DE ROMA POR EL REY DESIDERIO
Arranca la a cción con la llegada del re y lombardo Desiderio a l a ciudad de
Roma. Se muestra su c arácter cruel y orgulloso –“Contra las cristianas le yes / de suerte
me ensoberbezco, / que v ivo bebiendo sangre, / si es cristiana la que bebo” (vv. 33 -36) –
en su vanidoso desafío a la cristiandad –“¿Qué es de ti, Pastor de Roma ?, / que solo a
quitarte ven go / a fuerza de arma s, la silla / que los cobardes te dieron” (vv. 41 -44) – .
Sale a su encuentro el cardena l Leoncio, en calidad de embajador r omano, para
ofrecerle unas reliquias e informarle de que sus pretensiones de tomar Roma serán
frustrada s, pues la ciudad cuenta con re fuerzos franc eses, españoles e italianos. El rey
lombardo, contraviniendo la convención de inmunidad diplomática, apresa a Leonc io.
En este momento se asoma a l a muralla de la ciudad Val eriana, hermana del cardenal, y
Desiderio queda prendado de ella manifestando a sí un resquicio de duda r especto a sus
impulsos destructivos; pero se repone d e su estupor y exige un rescate p or la liberación
del cautivo, a lo cual la dama replica que l e será pagado y des aparece de escena. El re y
queda entonces dormido y sueña con las dos g randes fi gura s qu e representarán en la
comedia a Francia y a España: Carlomagno y Bernardo del Carpio, que aparecen
disputándose la sup remacía en el apo yo mi litar a Roma y encarnando el tópico del
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
303
constante enfre ntamiento franco-español. De sid erio despier ta con los lejanos ruidos
producidos por la proximidad de las tropas galas y manifiesta su inquietud ante el futuro
enfre nt amiento con B ernardo; y decide atormentar a L e oncio y ex ponerlo ante sus
enemig os para inspi rar temor en ellos. A cto seguido, regresa Valeriana pidie ndo la
liberación de su herman o ase gurando que se pagará el rescate e xigido y ofr eciéndose a
ocupar su lu ga r en el c autiverio. El monarca promete a la joven que liberará al cardena l
en breve, la envía con s u esposa Zarracina y a mbos salen de escen a. Se produce
entonces la llegada ante los muros romanos del ejército franco encabezado por
Carlomag no y sus gener ales: Roldán, Íñigo Arista y Reinaldos. Poco después, arriban
las tropas castellanas e ncabezadas por Bernardo del Carpio y , tras una arrogante
presentación por parte de este último, se dispo ne la marcha hacia el campamento de
Desiderio. Termina el acto con Carlomagno rezando a San Pedro; y este se le aparece, le
entrega un escudo con cinco flores de Lis y le p ide que libere a Leonc io y lo a y ude a
alcanzar e l papado, tras lo cual desaparece.
En la segunda jornada, el re y franco encuentra a Leoncio encadenado a un árbol,
donde ordenó abandonarlo Desiderio para que los cristianos lo hallasen. Se presenta
Íñigo Arista y , con extraordinaria fue rza, quiebr a la c adena que mantiene cautivo al
carde nal, ante lo cual Carlomagno, admirado, lo nombra re y de Navarra y le entrega las
armas de su escudo. Aparece en escena el anciano papa Adriano animando a su alférez a
ma rchar a la bat alla contra los lombardos y mostrándose dispuesto a morir en ella. Se
inicia la lucha, y vemos al re y lombardo pers eguir al malherido y moribundo Adriano,
quien pide ver a Carlomagno y , tras rogarle que se ase gure de que Leoncio ocupa el
cargo de pontífic e, fallece. Bernardo, al encontrar a ambos, culpa al monarca francés de
no haber protegido debidamente al difunto papa y sigue combatiendo. Desiderio ex presa
sus deseos de apresa r al héroe español, pues está provocando numerosas bajas en su
Raquel Sánchez Jimé nez
304
ej ército, y es informado de que Leoncio h a vu elto a c aer prisionero en combate, y
también Í ñigo Arista. E n este momento, el re y l ombardo vuelve a ser interpelado por
Valeriana, quien lo recrimina por h aber incumplido su promesa de li berar a su hermano
y l e pide que no le inflija daño. Se presenta entonces Í ñigo, a quien u n moro ll eva
encadenado, pa ra prot estar por el mal trato sufrido durante su cautiverio. El monarc a
desdeña sus palabras y s e produce el enc uentro e ntre el joven y Valeriana, en el cual
ambos que dan instantáne amente enamorados. A continuación, Bernardo se pre senta
ante Desiderio haciéndo se pasar por un m ensajero con la intención de verlo y poder
reconocerlo en comb ate para darle muerte. Tras su marcha, o ye el re y que los cristianos
han vuelto a comb ate y que sus tropas están revueltas; y pide a Leoncio, a quien ha
encargado cuidar de l os caballos, que le prepare un a montura. Pero este, que
previamente había conseguido engañarlo para que le permitiese llevar armas, hu y e a
lomos del corcel d e D esi derio y est e qued a solo lamentando su próxim a der rota y
declarando su intención de morir en ba t alla.
La t ercera jornada comi enza con un angustiado soliloquio de Valeriana,
temerosa de la batalla, preguntándose por el p aradero de su amado. La dama cae
dormida y s e escenifica su sueño: una cortina descubre a Íñigo Arista, tamb ién dormido,
con el escudo de sus armas y en compañía de “los dos últ imos duques de Béjar” (Vélez,
2015: 140, acot. SS ) y d e una fig ura coronada de laurel que representa el Tiempo. Del
joven brota un árbol que simboliza su futura estirpe. Valeriana despiert a e Íñigo s e
apresura a la ba talla. A continuación, aparece D esiderio, herido y con l as armas rot as,
quejándose de su derrota y pidi endo que sea Berna rdo quien se encargue de darle
muerte. Entr a a escena e l héroe español y se niega a ejec ut ar al re y , pues su honor le
impide matar a hombr es que y a est án lastimad os. Ante esto, el lomba rdo ruega s er
bautizado y , de modo milagroso, aparece una fuente. Desiderio r ecibe el bautismo de
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
305
Bernardo y fallece, qued ando este apenado. Ap arece entonce s Íñigo comunicá ndole la
victoria cristiana y la entrada triunfal en Roma de Leoncio y Carl omagno, p ero
Bernardo se limita a pedirle que le ay ude a sep ultar al rey. D a comienzo entonce s la
última escena de la comedia, ubicada en un teatro. Se trata de la solemne cere monia
para nombrar papa a L eoncio, quien pasa a ll amarse León III. Este, a su vez, otorga a
Carlomag no el título de emperador de Roma y concede la mano de Valeriana a Íñigo
Arista, quien ade más es oficialmente coronado rey de Navarra. Termina l a acción con
las palabras laudatorias d e Bernardo, quien no ha pedido ning ún favor, ha cia los nuevos
emperador y pontífice .
MUNDO FI CC IONAL DE LA OBRA. ELEMENTOS HI STÓR I COS Y FICTICIOS
El cerco de Roma por el rey Desiderio present a un mundo ficcional que se
corre spond e con el modelo de mundo de tipo III, de lo ficcional inv erosímil, de la
clasificación de Tomás Albaladejo (1992: 52-58). La aparición de San Pedro ante
Carlomag no al final de la primera jornada y la fuente que milagrosamente se materializa
hacia el fin al de la te rcera son elementos que pert enecen al dominio de lo imposible en
el mundo real y , por tanto, inverosímiles en este sentido. Sin embarg o, tomando en
consideración la credibilidad concedida a los motivos religiosos en la época que nos
ocupa, hemos de señalar que tanto su codificación como su recepc ión originales se
producirían entendiendo estos factores como pertenec ientes a un modelo de mundo de
tipo II , d e lo ficcional verosímil. P or lo t anto, esta es la clasificación que ha de
prevalecer en un análisis que tenga en cuenta el contex to de gestac ión de la comedia. Lo
decisivo a este respecto no es si Vélez o sus contemporáneos pensaban que,
efec tivamente, la ap arición de San Pedro o de una f uente de agua tuvieron o no lugar
históricamente – mu y p robablemente nadie creería verdaderamente que ambos sucesos
Raquel Sánchez Jimé nez
306
ocurrier on – , sino su creencia de qu e tales eventos podían ocurrir en la realidad. L a
introducción de San Pedro responde a un efec tis mo que pe rmiti ría legitimar el papado
de León III , así como la relación de este último con Carlomagno, la cual, como
veremos, fue mu y cercana:
S AN P EDRO . Estima mucho al que hallares,
que ha de ocupar mi lu gar,
y solo porque le ampares
te he movido a navegar
larg os y prolijos mares
Hasta ponerle en la silla
pontifical le ac ompaña,
que es hombre que ha de regilla
con la quietud más estra ña
que jamás tuvo Castilla (vv. 1046-1055).
La aparición de la fuente en los últimos mo mentos de vida de Desideri o
constituye otro modo, notablemente esp ectacular, de apuntar la vi ctoria c risti ana en un
sentido terrenal y moral. El conflicto bélico en torno a Roma no solo ha servido en la
diégesis, en última instancia, para convertir a un re y al cristianismo, sino qu e, a demás,
tal conversión ha tenido l ugar de la mano d el héroe español, Bernardo, y con el evidente
beneplác ito de la volunt ad divi na, l a cual f acilita milagrosamente los medios para qu e
tenga lugar e l b autismo:
D ESIDERIO . [ …] Dándome el bautismo.
B ERNARDO . ¡Ah, rey, qué cuerdo que estás!
D ESIDERIO . He conocido al Dios mismo
que tú conocido has.
B ERNARDO . Voy a buscar agua .
D ESIDERIO . ¡Presto,
que estoy acabando!
B ERNARDO . Voy.
(Aparéce se una fuente.)
Mas, ¡ay, sa nto Dios!, ¿q ué es esto?
Junto a una fuente estoy .
¡Milag ro es mu y manifiesto!
Quiero hacer tu pretensión.
Recibe e l bautismo santo ,
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
de Guevara
307
esclarecido var ón,
que hoy , muriendo, vences tanto
como, viviendo, Sansón (vv. 2300-2313).
Huelga decir que la conversión al cristianismo del rey lombardo es un hecho
ficticio, dado que no llegó a t ener lugar, al igual que su p ropia mue rte du rante el asedio
a Roma. La fusión de elementos históricos con los legendarios y los propiamente
imaginados por Vélez es particularmente elevad a en El c erco d e Roma , por lo que
conviene que detallemos brevemente las circunstancias qu e propi ciaron el asedio a la
ciudad por parte de las tropas longobardas. Desi derio, en el trono desde 756, y a había
tratado, infructuosamente, de hacerse con el control del papado intentando colocar en la
silla de San Pedro a un hombre de su confianza. Asimismo, Carlomagno había intentado
llevar a cabo una política de alianza con los lombardos casándose en el 770 con una hij a
de Desiderio a la cual repudiar ía, aproximadamente, dos años después. En el 772,
Adriano fue proclamado nuevo papa y solicitó ay uda a Carlomag no ante las constantes
ocupaciones lombardas de territorios como U rbino, Montefeltro, S inigaglia, Gubbio,
Otricoli y Viterbo, mu y próx imos al ducado de R oma (Halphen, 1992: 87) . La intención
del re y lon gobardo era, además, llegar a h acerse con el control d e los territorios de
Carlomán, he rmano d e Carlomagno, quien, a la muer te del padre de am bos, Pipino el
Bre ve, había heredado parte del reino franc o. En el 771 había muerto Carlomán dejando
a su herma no la preocupación por que el que había sido su reinado acabaría en manos
lombardas. Esta circunstancia, junto con las qu ejas por pa rte d e Adriano d el peligro que
suponía la presencia de Desiderio, hizo que el futuro emperador se decidiese por acabar
con la amena za. Ha cia fi nales de la primavera de 773, las tropas francas a tacaron a las
lombardas en Italia y provocaron su huida h asta Pavía, su capital, donde c omenzó un
asedio por parte de las p rimeras que se prolongó hasta junio de 744. Desiderio hubo de
rendirse y fue e nviado al cautiverio en t erritorio francés, falleciendo en el 786. Por su
Raquel Sánchez Jimé nez
308
parte, Carlomagno decidi ó no correr más riesgos eligiendo un nuevo re y l ombardo y se
proclamó él mismo como tal pasando a se r, a p artir de junio de 774, r e y de los francos y
los lombardos y confirmando a Adriano como el líder legítimo de los Estados
Pontificios. Hemos de señalar, por lo tanto , que los lombardos no asediaron
propiamente el ducado ni la ciudad de Roma, pero sí se encontraron muy próximos a
hacerlo. Vélez, por lo tanto, se toma la licencia de presentar la ofensiva de De siderio
contra los territorios cristiano s como un ataque dir ecto a Roma aportando al episodio un
sentido más rotundo y g rave.
El otro hecho histórico representado en la comedia es la coronación de
Carlomag no como Imperator augustus por L eón II I, que tuvo lugar en el año 800. L a
elecc ión d e este último c omo nuevo pontífice a la muerte de Adriano, en 7 98, no estuvo
exenta de desórdenes y ataques por p arte d e sus detra ctores, con lo cual la protección
del re y franc o fue fundamental para el nuevo p apa. El cerco d e Ro ma d eja constancia
del apoyo brindado por e l monarca francés a L eón III ante sus contrarios.
PERSONAJES DE LA COMEDIA
Po r lo que respec ta a los persona jes, es de señalar que todos , a excepción de la
hermana de Leoncio, Valer iana, de Bernardo y de Reinaldos, son históricos. S in
embargo, no podemos obviar que, par a los es pañoles de los si glos XV I y XVII el
carácter histórico d el héroe le gendario era indu dable (Mejía, 2003: 407). En primer
lugar, Desiderio es prese ntado como un hombre despótico y c arente d e ética que desafía
vanidosamente la integridad de los Estados P ontificios y ni siquiera respeta la
convención de protecció n diplomática apresando a Le oncio y manif estando su int enció n
de atormentar lo para atemoriz ar al bando cristiano. S in embarg o, la visión de Valeriana
sirve como pretexto para int roducir un resquicio de duda en el re y lombardo respecto a
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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Zúñigas, honraos con ellas! (vv. 1174-1199).
Destaca mos las palabras de Arista a fin de señ alar un aspecto introducido por
Vélez que permitiría el rápido reconocimiento de la dinastía de los Zúñiga por parte del
público: se trata de la al usión a la b anda y las c adenas distint ivos de l escudo de armas
de los duques de Béjar , presentes asimismo en el escudo del Reino de Navarra.
Finalmente, el p ersonaje de Val eriana es el único ficticio de creación
propiamente veleciana . Es, ade más, la única mujer que a parece en toda la comedia; y
tiene la finalidad concreta de provoc ar los primeros indicios de la inclinac ión hac ia el
cristianismo de Desiderio. Además, a través del sueño de la joven, V élez introduc e la
escena que vincula a Ar ista con los V y V I duq ues de Béjar s eñalándolos como sus
futuros desce ndi entes.
La nómi na de personajes que acabamos de d escribir da cuenta d e la complejidad
de la obra : desde un riguroso sentido histórico, puede a firmarse qu e El cerco de Roma
incurre en el anacronism o y la impr ecisión al incluir fi gura s que n ada tuvieron que ver
en la pu gna entre Carlomagno y D esiderio e, in cluso, a hé roes legendarias – Bernardo y
Renilados – cu y a impli cación en dicho evento no era afirmada por ninguna fuente épica
– al mar ge n de su a ctualmente evidente carácter ficticio – . En definitiva, nos
encontramos ante una pieza que junta, además de los personajes hist óricamente
implicados, a Roldán, Reinaldos, el futuro papa Le oncio, el héroe fictici o Bernardo, el
rey Í ñigo Arista e, inclus o, al mismo San Pedro. Sin e mbargo, Vélez consigue que esta
peculiar mezc la adquier a un sentido coherente y nacional para una nación que no
intervino en el conflic to t ratado por la obra:
Algunos de los personajes no concuerdan en el tiempo, pero esto no tiene
importancia porque s e a provecha para re unir en el escenario a estos pers onajes,
y a d e por sí identificados en una tradición, para co ndensar una mirada histórica e
ideológica y mostrar un universo donde los elementos de identificación nacional
Raquel Sánchez Jimé nez
316
pueden integrarse e n una anécdota extranjera pero también significati va para la
tradición española (Mejía, 2015: 15).
SUBGÉNERO D RAMÁT I CO Y OR IEN TACIÓ N PREFERENTE
El cerco de Roma reúne l as características propias del drama histórico de h echos
públicos Oleza, ( cf . Olez a, 2013: 150-187; 201 2: 61-102). Todas las a cciones qu e el
protag onista, Bernardo, l leva a c abo pertenecen al ámbito públi co. De hec ho, todos los
hechos dramatizados por e sta pieza lo son, a excepción del roma nce ent re Valeriana e
Íñigo, el cual, por otra parte, ocupa un pequeño es pacio dentro del conjunto de acciones
de la trama. Nuestra co media es, pues, un d rama hist órico de hechos estrictamente
públicos: se ubica e n un marc o histórico cuy a importancia en el desa rrollo de las
acciones es fundam ental; cuenta con una trama amorosa que alivia su contenido
histórico-político; está l lena de personajes hist óricos o le gendarios – s i bien, como
hemos señalado, el carácter hist órico de Bernardo estaba fu era de toda duda en época de
Vélez – ; ti ene una pues ta en escena compleja y sofist icada, como ejemplifican la
acotac ión SS (V élez, 2015: 140) y l a escena de la solemne ceremonia final; y cuenta con
la acción del principio de justicia poética: el Desiderio d e El cerco de Roma ,
contraria m ente a su versión histórica, mue re en el enfrentamiento c on el ejército
carolingio, destino que le correspond e al haber desafiado a Roma; pero su muerte es
pacífica y s erena al haberse convertido, finalment e, al cristianismo. Siguiendo la misma
lógica , el ejército que h a acudido en defensa de lo s Estados Pontificios para def ender la
causa de Dios de los ataq ues paganos resulta vencedor e n la contienda.
En cuanto a la orientación de la pieza, esta es de carácter indudablemente
propagandístico. Dado que, como veremos, El cerco de Roma fue fruto de un enca rgo
de Die go Gómez de S andoval y ti ene, po r lo tanto, unas funciones laudatorias
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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específicas, es de suponer que Vélez la concibió para su representación en un ambiente
cortesano, dond e más provechoso resultaría el efecto encomiástico para los interesados.
De otra parte , la dilatada huella textual del te xto que es tamos a punto de estudiar, así
como la prese ncia de elementos nacionalistas y religiosos, algunos de ellos enc arnados
por el popular héroe Bernardo, s eñalan una elevada probabilidad de que hubiese
escenificaciones fuera del entorno aristocrático.
EMISOR: FECHA DE COMPOSICIÓN Y FUENTES DEL DRAMA
Uno de los aspec tos e n los cuales una versión manuscrita de la comedia habría
podido ser de ayuda e s s u datación. Sin e mbargo, al gunos r asgos de El cerco de Roma
permiten propone r un período aproximado durante el c ual Vélez pudo componer esta
obra. Como indica e l estudio estrófico realizado por Peale (2015: 42- 47), el texto
presenta las sigui entes proporciones mét ricas: un 43,5% de quintil las, un 36,1% de
redondillas y un 20,4% de romance. Este último porcentaje, tomando en conside ración
el análisis al que Crivel lari somete la presencia del romance en las pi ezas de Vélez
(2008a: 18), permite aventurar que nos encontramos ante una pieza temprana de nuestro
dramaturgo. Los datos que aporta el vele cista i taliano acusan un in cremento de este
metro a lo lar go de la producción poética del ecijano; y situando la obra q ue nos ocupa
dentro de la s erie ascendente presentada en el citado trabajo, s e encontraría entre la
segunda parte de La hermosura de Raquel – que contiene un 11 ,8% de romance – y El
espejo del mundo – con un 27% – . La primera se estima compuesta entre 1602 y 1608
(Crivellari, 2008a: 18; V ega, 2007a: 309 ); y la segunda, entre 1602 y 1603, (Crivellari,
2017: 12, 2008a: 18; Peale, 2002: 119 ). Esto no s dejaría un m argen para El cerco de
Roma que i ría d e 160 2 a 1608. Sin embargo, es posible m atizar esta horquilla
cronológ i ca al considerar los demás metros: la segunda parte de La hermosura de
Raquel Sánchez Jimé nez
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Raquel pre s enta un 10,3% de quintil las y un 56,9% de redondillas (Pe ale, 2015: 4 7;
García Rodríguez: 2011, 122); y El espejo del mundo , un 14 % de l as pr imeras y un
49% de las segunda s (Garc ía Rodrí guez, 2011: 1 22, Pea le, 2002: 96). Esto determina
una ma y or similitud métric a de El cerco de Roma con El espejo del mundo que con La
hermosura de Raquel ; y, por tanto, una ma y or probabilidad de que la primera fuese
compuesta en unos años más próximos a 1602 -1603 que a 1608. Considerando, además,
que entre 1607 y 1618 Vélez entró a servir a Diego Góm ez de Sandoval (Pea le, 2015:
49; Vega, 2007a: 308), cuyo linaje ens alza en esta comedia, el período se reduciría a
1607-1608: durante los años en los que trabajó para este aristócrata, el ecija no compuso
piezas a petición suy a entre las cuales se encuentra la que nos ocupa , que “ ensalza el
linaje de los Zúñiga y de los S andoval, enlazándolos últ imamente en causa común ”
(Peale, Ojed a, 2017: 56- 57, n. 322). Sin embarg o, también es posible que la escritura d e
nuestra obra tuviese lugar antes d e que comenzas e la relación profesional entre a mbos.
En el apartado dedi cado a los int ermediarios nos ocupare mos de las circ unstancias que
rodearon el encargo d e e ste texto. De otra parte, i nformaciones relativas a la posi bilidad
de una representación de El cerco de Roma en octubre de 1606, que analizaremos al
estudiar la re cepción, permitirían acotar las fechas propuestas, que irían de 1603 a
octubre de 1606. Z iomek y Hughes a firman que el drama fue prob ablemente compuesto
en una fecha c ercana a 1 605 (1992, 29); y Peale, por su parte, propone los años 1604 -
1605 como los más p robables pa ra la escritura de l tex to (2015: 47) basándose asimismo
en patrones estróficos y en circunstancias biográficas de nuestro dramaturgo. Sin
embargo, Ve ga considera que El cerco d e Roma , como Amor en vizcaíno, los celos en
francés y torneos de Navarra , plantea ciertas dudas respecto a su inequívoca
pertenencia a l período creativo inicial de Vélez (2007a: 309, n.7).
Tesis doctoral: Mundos h istóricos y mu ndos ficcio nales en el te atro de Historia extranjera de L uis Vélez
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319
Por lo que respecta a las fuentes de inspiración de nuestro comedióg rafo, el
asedio a la Roma del papa Adriano I está tan am pliamente documentado que no nos es
posible localizar los textos concre tos por él con sultados, pues est os hechos “estaban
fácilmente disponibles para nuestro auto r en las numerosas crónicas, vidas de los
pontífices, etc., tanto en latín como en castellano, disponibl es en su tiempo” ( Spencer y
Schevill, 1935, 166)
110
. Entre ellas, Spencer y S chevill propone n los Annale s
ecclesiastici (César Baronio, 1588), la Historia gentis langobardorum (Pablo el
Diácono, 787-796), la Hist oria Langobardorum Beneventanorum (E r chemperto, siglo
IX) y l a Historia de vi tis romanorum ponti ficum (Anast asio, siglo IX). Ziomek y
Hughes, en su edición de la comedia (1992: 22), sug ieren como posibles fuentes sobre
la Historia antigua de España los poemas épicos y las cróni cas sobre Alfo nso el Casto e
Íñigo Arista de la Cró nica General iniciada en tiempos de Alfonso X ( ca . 1289)
–probablemente, la versión impresa por Ocampo en 1547, dado qu e es la conocida “por
casi todos hasta nuestros días” (Pelay o, 1966: 94) – y continuada en la C rónica general
de 1344 y la T ercera crónica gen eral (1541). Asimi smo, afirman que Vél ez
probablemente se sirviese de textos del Roman cero general pa ra re copilar información
sobre B ernardo del C arpio, Roland y Reinaldo s de Montalbán, así como de otras
comedias sobre el tem a como La casa de las pobrezas de Reinaldos (Lope de Vega,
1598). Mejía (2015: 14), por su pa rte, apunta la s obras histórica s Historia imperial y
cesárea (Pedro Mejía, 15 45) e Historia pontifical y cathólica en la qual se contienen la s
vidas y hechos notables de todos los Summos Pontí fices Romanos (Gonzalo de I llescas,
1565). La propuesta de esta últim a crónica resulta particularmente interesante, y a que en
ella se menciona a un familiar de Ca rlomagno llamado B ernardo que in tervino en la
defensa d e Roma contr a los lombardos que “probablemente diera la pa uta para que
110
Traducción p ropia.
Raquel Sánchez Jimé nez
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Vélez encontrara la forma de incluir a Bernardo del Carpio en el episodio carolingio”
(Mejía, 2015: 14-15). Ot ra obra qu e pudo ser consult ada por nuestro comediógrafo es la
Historia B. Platinae de vi tis pontificum romanorum, a D. N . Iesu Chr isto usque ad
Paulum III (B artolomé de Platina, 1474), que rec oge la vida de los papas entre los años
1 y 1474 y dedica unas páginas a la biografí a de Adriano I y al as edio a Roma por pa rt e
de Desider io (Platina, 1568: 118 -123).
RECEPCIÓN: REPRESEN TACIONES Y FORTUNA EDITORIAL
Al estudiar los abunda nt es testimonios impresos de El cerco d e Roma d e los que
hoy disponemos, pudimos comprobar que esta fue una comedia de i ncuestionable
popularidad, aspecto que contrasta con la escasez de testimonios relativos a sus
repre s entaciones. Tras un magistral análisis de est a ex traordinaria mente co mpleja huella
editorial, Peale (2015: 37-42) señala que la tradición textual de la pieza tiene un carácter
bimembre. Del autóg rafo de Vélez se generó un apógrafo, del cual surgieron dos lí neas
de transferencia, una r epresentada únicamente por el ejemplar que en la Nacional se
conserva con la signatura R/11 .269(22) y otra en la que s e sitúan los demás testimonios
y que en cabeza un posible apunte teatral c reado a partir del apógrafo del cual surgió la
versión del impreso custodiado en la Nacional c on la signatura T/55 .342(2). De este
texto, siguiendo tres líneas diferentes, se de riva el resto de reproduccion es, par a cu yo
análisis detallado re mitimos a las citadas páginas del velecista.
Por lo que respecta a las escenificaciones d e esta piez a, únicamente sabem os que
una obra titulada Roma sitiada , que posiblemente se corresponda con la que nos ocupa,
fue llevada a las tablas en Salamanca el 26 de octubre de 1606 ( Ferrer Valls et. al .,
2008; B úrdalo, 2000: 210). De otra parte, son se guras las noticias de que El cerco de
Roma fue representada en el te atro Coliseo de La Habana el 28 d e agosto de 1791
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