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En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones: una visión desde Europa pensando en Iberoamérica

Pérez Sánchez, Guillermo,Martín de la Guardia, Ricardo Manuel

Abstract

La creación de la Sociedad de Naciones (SdN) estaba auspiciada por los «Catorce puntos» del presidente Wilson, en concreto en su Punto 14: «Debe crearse por conciertos particulares una unión general de naciones, se suerte que se establezca una seguridad mutua para la independencia política y la intangibilidad territorial de las naciones grandes y pequeñas». Así, la Sociedad de Naciones, salida del Tratado de Versalles en 1919, y que entró en vigor en 1920, venía a sustituir al tradicional sistema de bloques o alianzas, que habían marcado las relaciones internacionales en tiempos pasados, con la finalidad fundamental de preservar la paz y la independencia de las naciones. Pero la SdN nació hipotecada, ya que el país que la había impulsado, los Estados Unidos de Norteamérica, no formó parte de ella. Sin embargo, para los países hispanoamericanos -o iberoamericanos contando a Brasil- fue la gran oportunidad de vincularse a la nueva sociedad internacional en igual de condiciones que las demás naciones del mundo, curiosamente, su vinculación a la SdN coincidía en el tiempo con el primer centenario de sus independencias. La presencia en la SdN de las naciones hispanoamericanas o iberoamericanas (su número ascendió a veinte) le dio un carácter especial, «universal», a la organización ginebrina y marcó indeleblemente el compromiso de estas con la nueva sociedad internacional en el marco de la SdN durante la época de entreguerras hasta el punto de llegar a tener un protagonismo inicial de relevancia en la heredera de la SdN, es decir, en de la Organización de Naciones Unidas (ONU) una vez puesta en marcha después de la Segunda Guerra Mundial.

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REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-35 ISSN 2530-9854 En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones: una visión desde Europa pensando en Iberoamérica* In the interwar world. The League of Nations: a vision from Europe thinking about Ibero-America GUILLERMO Á. PÉREZ SÁNCHEZ Y RICARDO MARTÍN DE LA GUARDIA Universidad de Valladolid. Instituto Universitario de Estudios Europeos de la Universidad de Valladolid. [email protected]; [email protected] ORCID: 0000-0002-0518-000X; 0000-0003-2595-898X Recibido: 10/12/2023. Aceptado: 24/01/2024. Cómo citar: Pérez Sánchez, Guillermo Á. y Martín de la Guardia, Ricardo, «En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones: una visión desde Europa pensando en Iberoamérica», Revista de Estudios Europeos 84 (2024): 8-33. Este artículo está sujeto a una licencia “Creative Commons Reconocimiento-No Comercial” (CC-BY-NC). DOI: https://doi.org/10.24197/ree.84.2024.8-33 Resumen: La creación de la Sociedad de Naciones (SdN) estaba auspiciada por los «Catorce puntos» del presidente Wilson, en concreto en su Punto 14: «Debe crearse por conciertos particulares una unión general de naciones, se suerte que se establezca una seguridad mutua para la independencia política y la intangibilidad territorial de las naciones grandes y pequeñas». Así, la Sociedad de Naciones, salida del Tratado de Versalles en 1919, y que entró en vigor en 1920, venía a sustituir al tradicional sistema de bloques o alianzas, que habían marcado las relaciones internacionales en tiempos pasados, con la finalidad fundamental de preservar la paz y la independencia de las naciones. Pero la SdN nació hipotecada, ya que el país que la había impulsado, los Estados Unidos de Norteamérica, no formó parte de ella. Sin embargo, para los países hispanoamericanos -o iberoamericanos contando a Brasilfue la gran oportunidad de vincularse a la nueva sociedad internacional en igual de condiciones que las demás naciones del mundo, curiosamente, su vinculación a la SdN coincidía en el tiempo con el primer centenario de sus independencias. La presencia en la SdN de las naciones hispanoamericanas o iberoamericanas (su número ascendió a veinte) le dio un carácter especial, «universal», a la organización ginebrina y marcó indeleblemente el compromiso de estas con la nueva sociedad internacional en el marco de la SdN durante la época de entreguerras hasta el punto de llegar a tener un protagonismo inicial de relevancia en la heredera de la SdN, es decir, en de la Organización de Naciones Unidas (ONU) una vez puesta en marcha después de la Segunda Guerra Mundial. * Este trabajo se ha realizado en el marco del Proyecto de Investigación Sociedad internacional y europeísmo. La huella de la(s) otra(s) Europa(s). PID2021-122750NBC22. Ministerio de Ciencia e Innovación. En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones… 9 REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 Palabras clave: Europa, Estados Unidos, Catorce Puntos de Wilson, Punto Catorce, Tratado de Versalles, Entreguerras, Sociedad de Naciones, Sociedad Internacional, Universal, Naciones Hispanoaméricanas, Naciones Iberoamericanas, Centenario de las Independencias. Organización de Naciones Unidas. Abstract: The creation of the League of Nations (LoN) was sponsored by the «Fourteen Points» of President Wilson, specifically in its Point 14: «A general union of nations should be created by particular concerts, it is hoped that a mutual security for the political independence and territorial intangibility of large and small nations will be established». Thus, the League of Nations, which came out of the Treaty of Versailles in 1919 and entered into force in 1920, came to replace the traditional system of blocs or alliances, which had marked international relations in the past, with the fundamental purpose of preserving peace and the independence of nations. But the LoN was born mortgaged, since the country that had promoted it, the United States of America, was not part of it. However, for the Latin American countries -or Ibero-American countries including Brazilit was a great opportunity to join the new international society on an equal footing with the other nations of the world; curiously, their joining the LoN coincided in time with the first centenary of their independence. The presence in the LoN of the Spanish-American or Ibero-American nations (their number rose to twenty) gave a special character, «universal», to the Geneva organization and indelibly marked their commitment to the new international society within the framework of the LoN during the interwar period, to the point of having an important initial role in the heir of the LoN, that is, in the United Nations Organization (UN) once it was set up after the Second World War. Keywords: Europe, United States, Wilson's Fourteen Points, Point Fourteen, Treaty of Versailles, Between the Wars, League of Nations, International Society, Universal, Spanish-American Nations, Ibero-American Nations, Centennial of Independence. United Nations Organization. «LAS ALTAS PARTES CONTRATANTES: CONSIDERANDO QUE PARA FOMENTAR LA COOPERACIÓN ENTRE LAS NACIONES Y PARA GARANTIZAR LA PAZ Y LA SEGURIDAD, IMPORTA: ACEPTAR CIERTOS COMPROMISOS DE NO RECURRIR A LA GUERRA; MANTENER A LA LUZ DEL DÍA RELACIONES INTERNACIONALES, FUNDADAS SOBRE LA JUSTICIA Y EL HONOR; OBSERVAR RIGUROSAMENTE LAS PRESCRIPCIONES DEL DERECHO INTERNACIONAL, RECONOCIDAS DE AQUÍ EN ADELANTE COMO REGLA DE CONDUCTA EFECTIVA DE LOS GOBIERNOS; HACER QUE REINE LA JUSTICIA Y RESPETAR ESCRUPULOSAMENTE TODAS LAS OBLIGACIONES DE LOS TRATADOS EN LAS RELACIONES MUTUAS DE LOS PUEBLOS ORGANIZADOS; ADOPTAN EL PRESENTE PACTO.» EXPOSICIÓN DE MOTIVOS DEL PACTO DE LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES (1919) INTRODUCCIÓN La creación de la Sociedad de Naciones (SdN) estaba auspiciada por los «Catorce puntos» del presidente Wilson, en concreto en su Punto 14: «Debe crearse por conciertos particulares una unión general de naciones, se suerte que se establezca una seguridad mutua para la independencia política y la intangibilidad territorial de las naciones grandes y pequeñas». 10 Guillermo Pérez Sánchez y Ricardo Martín de la Guardia REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 Así, la Sociedad de Naciones, salida del Tratado de Versalles en 1919, y que entró en vigor en 1920, venía a sustituir al tradicional sistema de bloques o alianzas, que habían marcado las relaciones internacionales en tiempos pasado, con la finalidad fundamental de preservar la paz y la independencia de las naciones, con un carácter universalista. Pero la SdN nació hipotecada, ya que el país que la había impulsado, los Estados Unidos de Norteamérica, no formó parte de ella. Sin embargo, para los países hispanoamericanos -o iberoamericanos contando a Brasilfue la gran oportunidad de vincularse a la nueva sociedad internacional en igual de condiciones que las demás naciones del mundo –en función, precisamente del carácter universalista de la nueva Organización Internacional-, curiosamente, su vinculación a la SdN coincidía en el tiempo con el primer centenario de sus independencias. La presencia en la SdN de las naciones hispanoamericanas o iberoamericanas (su número ascendió a veinte, veintidós contando a Portugal y España) le dio un carácter especial a la organización ginebrina, «universalista» 1 , y marcó indeleblemente el compromiso de estas con la nueva sociedad internacional en el marco de la SdN durante la época de entreguerras hasta el punto de llegar a tener un protagonismo inicial de relevancia en su heredera, es decir, en de la Organización de Naciones Unidas (ONU), como veremos, una vez puesta en marcha después de la Segunda Guerra Mundial. 1. EL FINAL DE LA GRAN GUERRA QUE ANUNCIA LA ÉPOCA DE ENTREGUERRAS La responsabilidad sobre el estallido del conflicto general (Gran Guerra/Primera Guerra Mundial) que finalmente se inició en el verano de 1914 generó en su momento una gran controversia –muy actual todavía en nuestros días– entre los historiadores tal cómo se refleja en la historiografía con la que se cuenta 2 . Ha sido por lo general moneda corriente resaltar que 1 En efecto, como señala Manuel Díez de Velasco Vallejo, la Sociedad de Naciones (SdN) «constituye el primer ejemplo de una O.I. de vocación universal (...) y competencia general, eso es, no solo técnica sino también política, destinada a desarrollar ls cooperación entre las naciones (grandes y pequeñas) y a garantizar la paz y la seguridad internacionales». Las Organizaciones Internacionales, Madrid, Tecnos, 2008, p. 41. 2 Vid. a este respecto el trabajo ejemplar publicado con motivo del nonagésimo aniversario de la Gran Guerra, dedicado al maestro Pierre Renouvin (y a su obra de 1925 En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones… 11 REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 para unos analistas constituyó toda una sorpresa, y es que, según éstos, la civilización occidental había alcanzado tal grado de desarrollo que parecía haber superado las grandes guerras como última ratio de su actuar en política exterior. Pensaban que los dos grandes bloques en que se había dividido Europa –la Triple Alianza y la Triple Entente– eran meramente defensivos (cuando en realidad se fueron transformando en ofensivosdefensivos con el paso del tiempo 3 ) y que, por tanto, no llegarían nunca a la agresión mutua (es decir, generalizada, como así ocurrió en realidad a partir de principios de agosto de 1914). Y opinaban que sería así porque las últimas grandes crisis, durante la primera década ampliada del siglo XX –las de Marruecos (1905 y 1911) y las de los Balcanes (primera y segunda guerra balcánicas de 1912 y 1913)– se habían podido resolver finalmente, como sabemos, mediante negociaciones y conferencias auspiciadas, precisamente, por las grandes potencias del Viejo Continente. En contraposición a esta interpretación, también ha sido moneda corriente señalar que para otros analistas de primera hora el estallido de la Gran Guerra no constituyó ninguna sorpresa, dado que la larga preguerra –los años de la Paz Armada: 1871-1914– sufrió de manera constante una confrontación latente, que produjo una inusitada tensión internacional, lo que originó una desenfrenada carrera de armamentos, todo lo cual tuvo una influencia decisiva en el estallido de la guerra, y, sobre todo, en la larga duración de la misma, aspecto, este sí, no esperado por nadie. Cómo se produciría el estallido fatal que incendiase Europa es lo que entró dentro de lo inesperado: que la mecha prendiera por el magnicidio de Sarajevo (que no fue el primer atentado terrorista de estas características que se intentó en la región). Lo que también resultó inesperado, como ya hemos apuntado, fue la larguísima duración del conflicto, la magnitud del mismo y las repercusiones y consecuencias que produjo, todavía presentes en nuestros días. Recuérdese que la consigna en la hora fatal de la Les Origines immédiates de la guerre (18 juin-4 août 1914), Paris, A. Costes, 1925), de PROST, Antoine y WINTER, Jay, Penser la Grande Guerre. Un essai d’historiographie, Paris, Éditions du Seuil, 2004, de manera especial el capítulo 9 «Penser la Grande Guerre», pp. 263-289; véase también –por ser especialmente significativo para el caso alemán– HAFFNER, Sebastian, Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial, Barcelona, Planeta, 2006. 3 Las alianzas que conformaron dichos bloques –a la postre antagónicos– terminaron por empujar a las grandes potencias que las sostenían –como «autómatas»– al precipicio de la Gran Guerra. Vid. CLARK, Christopher, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2014. 12 Guillermo Pérez Sánchez y Ricardo Martín de la Guardia REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 movilización general de los ejércitos en los últimos días de julio y primeros de agosto de 1914 fue: «En casa antes de que caigan las hojas» 4 o también «En Navidad todos en casa» 5 . Pero lo cierto es que se tardaron cinco navidades en regresar a casa, los que lo consiguieron (teniendo en cuenta que en los campos de batalla murieron más de ocho millones y medio de combatientes). También fue nueva la forma de combatir 6 : lo que los expertos definieron como «guerra total», donde nadie era superior al contrario, en un proceso de desgaste espeluznante de la mano de armas nuevas, incluidas las químicas que ambos bandos no dudaron en emplear por su capacidad letal 7 . En resumidas cuentas, si nos preguntamos por la inevitabilidad y responsabilidad por el estallido de la contienda: se puede responder, en primer lugar, que bien se pudo evitar, lo mismo que, como ya se ha apuntado, se habían conjurado otras situaciones de crisis muy recientemente. En cuanto a la responsabilidad –o a la «irresponsabilidad colectiva» 8 –, se puede afirmar que fue «compartida» 9 , que «todos tuvieron parte de culpa» 10 , y que, como afirma la sentencia bíblica, en el «pecado llevaron la penitencia». En todo caso, al reflexionar sobre el momento final de la Gran Guerra, y aceptando, primero, que la guerra bien se puedo evitar; y, segundo, que la responsabilidad fue colectiva, es decir, que ninguna de las grandes 4 Cit. en TUCHMAN, B. W., Los cañones de agosto. Treinta y un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo, Barcelona, RBA, p. 161. 5 Cit. en MAZA ZORRILLA, Elena, «La Gran Guerra (1914-1918)», en PAREDES, Javier (coord..), Historia universal contemporánea II, Barcelona, Ariel, 2004, Barcelona, Ariel, 2004, p. 478. 6 Sobre todo, después de «las batallas de las Fronteras» del 20 al 24 de agosto de 1914, episodio relatado de manera magistral en la obra ya citada de Barbara W. Tuchman: Los cañones de agosto. Treinta y un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo, en concreto en el epígrafe 14 «El desastre: Lorena, Ardenas, Charleroi, Mons», pp. 297-333. 7 Lo que se ve muy bien reflejado en la última parte de la gran obra del Premio Nobel de Literatura francés Roger Martin du Gard: Los Thibault. 8 Como se desprende de la interpretación aportada por Álvaro Lozano en su obra La Gran Guerra (1914-1918), Madrid, Marcial Pons, 2014. 9 Fue el historiador francés Pierre Renouvin, en sus años de Conservador de la Bibliothèque de documentation internationale contemporaine (BDIC), la antigua Bibliothèque-Musée de la Guerra de París, y de encargado de Curso –en su calidad de profesor Agregado de Historia– en la Sorbona (que dedicó, precisamente, a los orígenes inmediatos de la Gran Guerra), quien ya planteó a mediados de la década de 1920 –vid. su libro ya citado Les Origines immédiates de la guerre (18 juin-4 août 1914)– la teoría de la responsabilidad «mitigada» o «compartida». 10 Así lo sostiene, por ejemplo, Henry Kissinger en su obra ya clásica Diplomacia. En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones… 13 REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 potencias en liza se puede librar del estigma de haber coadyuvado – aunque, no todas, ciertamente, en la misma medida– al estallido del primer gran conflicto bélico del siglo XX, bien se puede concluir que a la postre «Europa perdió» 11 , todos los países del Viejo Continente perdieron, empezando por los beligerantes, ya que se vieron arrastrados a una época de crisis cuyo fatal desenlace fue el surgimiento de los totalitarismos (fascista-nazi y comunista) y como trágico corolario la Segunda Guerra Mundial 12 que generó una nueva marea negra más destructiva que su predecesora. En función de lo anterior, nadie puede negar, por tanto, que «la Primera Guerra Mundial fue una poderosa fuerza de la historia: derrocó imperios, alumbró revoluciones, sembró Europa de estados-nación nuevos, desangró a una generación, dinamitó el concierto de las naciones y dicen que acabó con la inocencia de los pueblos. Es muy difícil encontrar algún acontecimiento histórico más rico, diverso e influyente» 13 . Por todo ello, estamos obligados a revisar con la mirada de nuestro tiempo todo lo que hizo posible la contienda, así como el desarrollo de la misma, cuyas consecuencias siguen repercutiendo en nuestros días; aunque alguna de ellas de manera positiva: nos referimos al ideal europeísta que, después de su reactivación fallida en los años de entreguerras 14 , resurgió en la década de 1950 para impulsar el proceso de integración en marcha en actualidad. 11 Cfr. PÉREZ SÁNCHEZ, Guillermo Á., «Aproximación a la compleja causalidad de la Gran Guerra, cien años después», en MARTÍN DE LA GUARDIA, Ricardo y PÉREZ SÁNCHEZ, Guillermo Á., Causas y consecuencias de la Gran Guerra (1914-1918) y su influencia en el mundo actual, cien años después, Burgos, UNIPEC de Burgos, 2015, pp. 27-31. Vid. también MARTÍN DE LSA GUARDIA, Ricardo y PÉREZ SÁNCHEZ, Guillermo Á., «Las consecuencias de la Gran Guerra: la paz de Versalles y la Sociedad de Naciones. Una visión desde Europa», en SAMANIEGO B., Mercedes y MEDINA A., Andrés (Editores), De la Sociedad de Naciones a la globalización: visiones desde América y Europa, Concepción (Chile), Universidad de Salamanca y Ediciones UCSC, 2020, pp. 131-142. 12 Aquí encontramos el contrapunto de la «Europa triunfante» de la Exposición Universal de 1900. Cfr. MACMILLAN, Margaret, 1914. De la paz a la guerra, Madrid, Turner, 2013, p. 59. 13 ARTOLA, Ricardo, La I Guerra Mundial. De Lieja a Versalles, Madrid, Alianza, 2017, p. 19. 14 En relación al europeísmo de entreguerras, puede verse COUDENHOVE-KALERGI, R. N., Paneuropa. Dedicado a la juventud de Europa, -MARTÍN DE LA GUARDIA, Ricardo y PÉREZ SÁNCHEZ, Guillermo Á.: «Estudio Preliminar», pp. XI-XLVIII-, Madrid, Tecnos, 2002. 14 Guillermo Pérez Sánchez y Ricardo Martín de la Guardia REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 2. UNA MIRADA A LAS CONSECUENCIAS: LA ARTICULACIÓN DE LA PAZ Y DE LA NUEVA SOCIEDAD INTERNACIONAL DE LA MANO DE LA SOCIEDAD DE NACIONES Las consecuencias de la Gran Guerra. Como ya se ha dicho, tuvieron una repercusión inmediata en la época de entreguerras que anunciaba. Así, dejando de lado las consecuencias demográficas, económica y sociales, por no ser objeto de esta aportación, nos fijaremos en especial en las consecuencias político-territoriales. No obstante, y antes de centrarnos en el punto fundamental antes citado, sí debemos recordar que la guerra exigió un alto precio y actuó como un freno al movimiento de producción de riqueza, lo que significó el deterioro o caída en picado del nivel de vida, agravado todo ello por los problemas de integración en el medio familiar, laboral y comunitario en general (con la excepción de los Estados Unidos, que terminó la guerra como un gran acreedor mundial y aumentó considerablemente su riqueza nacional) . De este modo, que explica el comportamiento de la «generación del frente»: tras el final de la guerra se produjo un desengaño general en esa generación del frente, que se convirtió en una «generación desencantada», una «generación vacía», en suma, en una «generación perdida» 15 . Ello llevó a que la euforia inicial del cese de hostilidades se esfumara rápidamente y el desengaño subsiguiente favoreciera el rencor entre grupos sociales y entre naciones 16 . Las dificultades cotidianas tras la paz, el desarraigo que sufrieron los excombatientes, la fuerza adquirida por los distintos movimientos obreros tras el triunfo de los bolcheviques en Rusia muy pugnaces –con el ejemplo de estos– en la tarea de la subversión social, dejó a Europa en una situación de pesimismo (ya apuntado) absoluto que invadió todos los espacios de la vida, con el resultado trágico –en función de las políticas del odio generadas en la época de entreguerras– de todos conocido. Centrándonos en el aspecto fundamental más arriba anunciado, el de las consecuencias político-territoriales al finalizar la Gran Guerra, estas se pueden seguir a través de tres hitos llamados a tener una extraordinaria 15 O la «generación del hombre hueco», como tituló T. S. Eliot su célebre libro El hombre hueco. De este mismo autor, y en relación con lo anterior, es muy pertinente también su obra fundamental: La tierra baldía. Un ejemplo acabado de ese hombre hueco lo encontramos en la novela de Sándor Márai titulada Matarife. 16 Vid. a este respeto REY, Fernando del y ÁLVAREZ TARDÍO, Manuel (Dirs.), Políticas del odio. Violencia y crisis de las democracias en el mundo de entreguerras, Madrid, Tecnos, 2017. En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones… 15 REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 repercusión en los años posteriores, que se pretendieron encauzar de la mano de la Sociedad de Naciones, aunque sin el éxito esperado. El primero de ellos tiene que ver con la desintegración del Imperio Ruso de los zares (1917-1918) y la subsiguiente creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas –URSS–– (1922) 17 , momento a partir del cual nuevos y viejos países alcanzaron su independencia –aunque algunos de ellos la perdieron de nuevo ante el impulso bolchevique–: Finlandia, Polonia, Estonia, Letonia y Lituania, Ucrania, Georgia, Armenia y Arzerbaiján) 18 . El segundo comportó el cambio sustancial del mapa de Europa, en función de la desintegración del Imperio Alemán y la desaparición del Imperio de Austria-Hungría 19 , con la creación en su lugar de toda una pléyade de nuevos estados-nación, así: la Alemania de Weimar 20 , Austria, Hungría, Polonia, Checoslovaquia 21 y el reino de los Serbios, Croatas y 17 Vid, por ejemplo, HOSKING, Geoffrey, Una muy breve historia de Rusia, Madrid, Alianza, 2014, y FERNÁNDEZ RIQUELME, Sergio, El nuevo imperio ruso. Historia y civilización, Murcia, Cromática, 2014. Vid. también a este respecto, entre otras muchas aportaciones, PIPES, Richard, La revolución rusa, Barcelona, Debate, 2016. 18 Es interesante recalcar aquí el diferente destino histórico que corrieron Polonia y Ucrania. Como sabemos, con el final de la Gran Guerra, Ucrania no encontró un lugar entre las nuevas naciones independientes: «La negativa de los Aliados vencedores a considerar a Ucrania una nación con Estado marcó su destino en los años de entreguerras. (…). Polonia, por el contrario, sí logró consolidarse a partir de noviembre de 1918 como nuevo Estado-nación en el centro y este de Europa (…). De este modo, una Polonia independiente hizo imposible una Ucrania independiente (…).» PÉREZ SÁNCHEZ, Guillermo Á., «Ucrania: de un pasado incierto a un futuro de encrucijada, pasando por un presente, conflictivo», en MARTÍN DE LA GUARDIA, Ricardo, y PÉREZ SÁNCHEZ, Guillermo Á. (Directores), El colapso del comunismo (1989-1991). Visiones desde Europa y América, Valladolid, Ediciones Universidad de Valladolid, 2017, pp. 106-107. 19 En relación al final de la doble Monarquía, puede verse FETJÖ, François, Réquiem por un imperio difunto: historia de la destrucción de Austria-Hungría, Madrid, Mondadori, 1990. 20 Sobre Alemania después de la Gran Guerra, puede verse la trilogía de DÍEZ ESPINOSA, José Ramón, Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1996; La crisis de la democracia alemana: de Weimar a Nuremberg, Madrid, Síntesis, 1996, y El laberinto alemán: democracias y dictaduras (1918-2000), Valladolid, Universidad de Valladolid, 2002. 21 En relación con los nuevos países de la Europa centro-oriental, véase, por ejemplo, MARTÍN DE LA GUARDIA, Ricardo y PÉREZ SÁNCHEZ, Guillermo Á., La Europa del Este, de 1945 a nuestros días, Madrid, Síntesis, 1995. 16 Guillermo Pérez Sánchez y Ricardo Martín de la Guardia REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 Eslovenos 22 ; sin olvidarnos de estados preexistentes que conocieron cambios en su antigua representación cartográfica: Italia, Bulgaria y Rumanía 23 . El tercero de los hitos propició el cambio radical del mapa de Oriente Medio y Próximo en función de la desintegración del Imperio Otomano 24 . El proceso estuvo marcado por los denominados, según terminología de la Sociedad de Naciones, «Mandatos coloniales»: en especial el Mandato A u «Oriental», llamado a tener grandes repercusiones, no sólo en la región, sino en todo el mundo, que llegan, como sabemos, a nuestros días. En el marco de la SdN, además del Mandato anteriormente citado también se estipularon otros dos mandatos que afectaban a las antigua posesiones coloniales del Imperio Alemán: el Mandato B (o «Africano») por el cual: Camerún y Togo pasaron a control de Francia; Camerún N.O. y Togo O. pasaron a control de Gran Bretaña, y Ruanda y Urundi pasaron control de Bélgica; y el Mandato C (o «Colonial») por el cual: África del S.O. pasó a control de la Unión Sudafricana; Territorios del Pacífico N. (Carolina, Mariana, Marshall, Palaos) pasaron a control de Japón; Territorios del Pacífico S. (Nueva Guinea Oriental y Nauru) pasaron a control de Australia, y los restantes Territorios del Pacífico S. (Samoa Occidental) pasaron a control de Nueva Zelanda. En relación con Mandato A (u «Oriental», ya citado, debemos tener presente una serie de acontecimientos que incidieron en el final del dominio Otomano en el Oriente Próximo: la firma, en mayo de 1916, del acuerdo –secreto– anglo-francés (Acuerdo de Sykes-Picot) sobre la división del Próximo Oriente entre Francia (la Gran Siria: Siria y Líbano) y el Reino Unido (Palestina, Transjordania y Mesopotamia o Creciente Fértil). Dicho acuerdo secreto (aireado por los bolcheviques al tomar el poder en Rusia) fue refrendado por la Sociedad de Naciones en 1920 y 1922 mediante la creación, como ya se ha dicho, de este Mandato A u «Oriental» para el Próximo Oriente: dicho Mandato estipulaba la cesión en fideicomiso de una parte de la Gran Siria –los actuales territorios de 22 Por lo que respecta a este nuevo país balcánico, véase, por ejemplo, MARTÍN DE LA GUARDIA, Ricardo y PÉREZ SÁNCHEZ, Guillermo Á., La Europa Balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, Madrid, Síntesis, 1997. 23 Sobre Bulgaria y Rumanía, puede verse el libro ya citado de MARTÍN DE LA GUARDIA y PÉREZ SANCHEZ, La Europa del Este, de 1945 a nuestros días. 24 Vid. a este respecto ROGAN, Eugene, La caída de los otomanos: la Gran Guerra en el Oriente Próximo, Barcelona, Crítica, 2015. En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones… 23 REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 donde se venía a prohibir el uso de la fuerza en las controversias internacionales, antecedente del artículo 2.4 de La futura Carta de la Naciones Unidas), o la propuesta de «Asociación Europea» presentada en 1930 por A. Briand ante la SdN, en nombre del movimiento Paneuropeo impulsado desde principios de los años veinte por R.N.CoudenhoveKalergi. Sin embargo, al entrar en la década de 1930 el mundo comenzó a asistir a la quiebra de la seguridad colectiva que tantas, como hemos visto, esperanzas había despertado en los «felices veinte», aunque curiosamente en 1934 ingresaron en la SdN la Unión Soviética (expulsada en 1939 por la agresión a Finlandia) y Turquía, pero un año antes, en 1933, Alemania y Japón la abandonaron, y tres años después, en 1936, Italia siguió el mismo camino. Por tanto, desde mediaos de los años treinta la Sociedad de Naciones no pasó de ser un testigo de excepción del desmantelamiento del «espíritu de Ginebra» que ella misma había auspiciado. El fracaso de este proyecto «universalista» no dejó de afectar a todo el planeta, empezando por las naciones iberoamericanas que, como veremos a continuación, tantas esperanzas habían depositado en el nuevo orden internacional impulsado por la Sociedad de Naciones. 2. 2. Iberoamérica en la Sociedad de Naciones (SdN): una visión desde Europa La Sociedad de Naciones fue percibida por los países hispanoamericanos -o iberoamericanos contando a Brasilcomo la gran oportunidad de vincularse a la nueva sociedad internacional en igual de condiciones que las demás naciones del mundo, curiosamente, su vinculación a la SdN coincidía en el tiempo con el primer centenario de sus independencias. La presencia en la SdN de las naciones hispanoamericanas o iberoamericanas (su número ascendió a veinte, a veintidós contando a Portugal y España) le dio un carácter especial a la organización ginebrina, «universalista» 41 , 41 Cfr. NEILA HERNÁNDEZ, José Luis, La Sociedad de Naciones, op. cit, p. 22. También se apunta a que con la creación en el seno de la Sociedad de Naciones de la Comisión Internacional de Cooperación Intelectual (en 1922) y tres años después (en 1925) del IICI, especie de ejecutivo de la Comisión (ambos órganos fueron considerados como precursores de la UNESCO) «destinados a promover la cooperación intelectual universal se empezó a materializar el sueño de universalidad y solidaridad mundial de la humanidad». Lo anterior es considerado como la primera fase del multilateralismo en relaciones internacionales –aspiración a la que se vincularon los países hispanoamericanos e iberoamericanospero dicha «aspiración no sobrevivió al periodo 24 Guillermo Pérez Sánchez y Ricardo Martín de la Guardia REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 como ya se ha apuntado más arriba, y marcó indeleblemente el compromiso de estas con la nueva sociedad internacional en el marco de la SdN durante la época de entreguerras 42 hasta el punto de llegar a tener un protagonismo inicial de relevancia en la heredera de la SdN, es decir, en la Organización de Naciones Unidas (ONU), como veremos, una vez puesta en marcha después de la Segunda Guerra Mundial. En principio, sus países miembros fueron las 29 naciones consideradas vencedoras –firmantes del Tratado de Versalles-, más 13 neutrales –incluidas en el Anexo I del Tratado de Versalles de 1920-, 42 en total (sin participación de los vencidos). En este sentido, debemos resaltar la participación en esta organización de los países hispanoamericanos o iberoamericanos si contamos a Brasil: su incorporación a la Sociedad de Naciones (su número ascendió a veinte, a veintidós con Portugal y España) coincidió, como se ha dicho, con el centenario de sus independencias, por tanto, el mejor momento para su presentación en la nueva sociedad internacional en igual de condiciones con las demás naciones. El listado de los países de Iberoamérica que formaron parte de la SdN en sus inicios en su calidad de firmantes del Tratado de Versalles es el siguiente: Bolivia, Brasil, Cuba, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú y Uruguay (sin olvidarnos de Portugal) 43 . De los países neutrales este es el listado: Argentina 44 , Chile, de entreguerras». Correo de la UNESCO. Un solo mundo, voces múltiples, «El sueño de universalidad de la Sociedad de Naciones ante la dura realidad.» [https://es.unesco.org/courier/2020-1/sueno-universalidad-sociedad-naciones-durarealidad]. 42 Lo que significó que se pudiera mantener desde sus orígenes que, en el ámbito de las aspiraciones universalistas, la Sociedad de Naciones «se manifestó como un sistema básicamente euroamericano». NEILA HERNÁNDEZ, José Luis, La Sociedad de Naciones, op. cit, p. 27. 43 Este es el listado del resto de países: Australia, Bélgica, Canadá, Checoslovaquia, República de China, Francia, Grecia, India Británica, Italia, Imperio Japonés, Liberia, Nueva Zelanda, Polonia, Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, Reino Unido, Rumanía, Siam y Unión Sudafricana. 44 Es interesante resaltar aquí lo que pensaba al final de la Gran Guerra el intelectual argentino Leopoldo Lugones. Según Carlos Granés: «La instantánea de aquellos años, 1917, 1918, lo mostraba como un demócrata no del todo conforme con la neutralidad de Argentina, a la espera de que su país se integrara en la Sociedad de Naciones y emulara desde el Sur la acción de Estados Unidos. El monroísmo lo sedujo durante aquellos años, y acarició la idea de que Argentina pudiera ser una “entidad democrática y una nación monitora de la América Latina”.» Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina, Madrid, Taurus, 2021, p.31. Más allá del deseo de este intelectual, parece En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones… 25 REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 Colombia, El Salvador, Paraguay y Venezuela (sin olvidarnos también de España) 45 . Con posterioridad se vincularon a la Sociedad de Naciones 21 países más, resaltamos a continuación las naciones hispanoamericanos o iberoamericanos 46 : Costa Rica, en 1920; República Dominicana, en 1924; México 47 en 1931, y Ecuador en 1934. En resumidas cuentas, de un total de 63 países miembro de la Sociedad de Naciones 48 , 20 fueron hispanoamericanos e iberoamericanos (22 contando a España y Portugal), es decir, en la práctica un tercio de todos los países miembro 49 . evidente que la contraparte crítica con el influjo de Estados Unidos y su «Doctrina Monroe» (reconocida como sabemos en el Pacto de la SdN) y la «posible instrumentalización [de esta]» por parte de Washington, la encontramos en los planteamientos –defendidos públicamentede Costa Rica y Argentina como portavoces de los países hispanoamericanos, también muy suspicaces con todo ello. Cfr. NEILA HERNÁNDEZ, José Luis, La Sociedad de Naciones, op. cit, p. 57. En relación con lo anterior vid. SÁNCHEZ ROMÁN, José Antonio, «El multilateralismo como intervencionismo. Estados Unidos y la Sociedad de Naciones en América Latina (19301946)», Revista Complutense de Historia de América, vol. 41 (2015), pp. 47-69; y de este mismo autor «La Sociedad de Naciones y los orígenes del siglo americano», Ayer –avance en línea- (2023), pp. 1-27. 45 Este es el listado del resto de países: Dinamarca, Noruega, Holanda, Persia, Suecia y Suiza. 46 El listado del resto de países es el siguiente: Austria, Bulgaria, Finlandia, Luxemburgo y Albania, en 1920; Estonia, Lituania y Lituania, en 1921; Hungría, en 1922; Etiopía e Irlanda, en 1923; Alemania, 1926; Irak y Turquía, en 1932, y Afganistán y la Unión Soviética, en 1934, y Egipto, en 1937. 47 Como sabemos, la incorporación de México a la Sociedad de Naciones se retrasó –por problemas internos derivados del proceso revolucionario, así como de la interpretación desde los postulados revolucionarios de la sociedad internacional de entreguerrashasta el 23 de septiembre de 1931, pero la Organización Internacional no cejó desde un principio en intentar convencer a las autoridades mexicanas de la utilidad de su incorporación. En relación con lo anterior puede verse, por ejemplo, el artículo de Fabián Herrera León «La Sociedad de Naciones y el problema del distanciamiento mexicano: la misión internacional de Julián Nogueira en México, agosto-septiembre de 1923», Tzintzun, 57 (enero-junio 2013). 48 Cfr. WALTERS, Frank P., Historia de la Sociedad de Naciones, Madrid, Tecnos, 1971, pp. 77-78. 49 La evidencia de lo anterior debiera haber sido suficiente para que se multiplicaran las aportaciones sobre los países hispanoamericanos e iberoamericanos en el seno de la Sociedad de Naciones, pero no ha sido así hasta el momento. En un trabajo reciente José Antonio Sánchez Román se hace eco de lo expresado anteriormente y resalta que en nuestros días los historiadores de la SdN «se han aproximado a espacios no europeos de manera creciente, en particular Asía y América Latina, y es probable que esta tendencia se incremente en el futuro». «La Sociedad de Naciones en su centenario: un campo historiográfico en expansión», Historia y Política, 45 (2021), p. 343. 26 Guillermo Pérez Sánchez y Ricardo Martín de la Guardia REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 Curiosamente –aunque por diversos motivos, destacando la constatación del fracaso de las expectativas creadas- , de los veinte países iberoamericanos miembro de la Sociedad de Naciones, once de ellos solicitaron su retirada a lo largo de los años veinte y sobre todo en la década de los treinta 50 , así: Brasil (junio de 1926), Chile (junio de 1938), Costa Rica (enero de 1925), El Salvador (agosto de 1937), Guatemala (mayo de 1936), Haití (abril de 1942), Honduras (julio de 1936), Nicaragua (junio de 1936), Paraguay (febrero de 1935), Perú (abril de 1939), Venezuela (julio de 1938). Según Carlos Granés, fue una década la de 1930 tumultuosa y convulsa en la que se dieron todo tipo de revoluciones, o golpes de Estado, en numerosos países iberoamericanos, lo que explica la actuación de estos al decaer su compromiso con la Sociedad de Naciones y retirarse de la misma 51 , mucho antes, por tanto, de la disolución definitiva de Organización Internacional 52 el 17 de julio de 1947. España 53 también presentó su aviso de retirada efectiva en mayo de 1939, al finalizar la guerra civil. Como ya se ha dicho, la retirada de los países miembro de la Sociedad de Naciones se dio por desavenencias con sus procedimientos o por no servir a sus intereses nacionales. En este sentido, debemos recordar que la 50 En efecto, «la retirada de los estados miembro de la institución ginebrina por desavenencias con sus procedimientos y por no servir a sus intereses nacionales fue “in crecendo” a medida que se fue agravando la crisis internacional de los años treinta». NEILA HERNÁNDEZ, José Luis, La Sociedad de Naciones, op. cit, p. 27. 51 Cfr. Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina…, op. cit, p. 157. 52 De este modo, el «idealismo con que muchos países latinoamericanos se incorporaron a la Sociedad de las Naciones o establecieron su posición frente a ella fue desvirtuado, con el paso de los años, a medida que esta Sociedad se fue transformando de una organización con vocación universal, en lo que se llamó un “club europeo”». RODA, José María, «Latinoamérica en las Naciones Unidas», FI XI-2 (oct.-dic. 1970), p. 363. Cfr. PADILLA, Ezequiel, El hombre libre de América, México, Editorial Nuevo Mundo, 1943, p. 256. 53 Aunque España en la Sociedad de Naciones no es el objeto fundamental de nuestro estudio, su papel en la Organización Internacional en la época de entreguerras se puede seguir, entre otras muchas, en las siguientes aportaciones: ALGUACIL CUENCA, Pedro, «España: de la Sociedad de Naciones a Naciones Unidas», Anales de Derecho, 24 (2006), pp. 303-318. GAY ARMENTEROS, Juan, «España en el mundo de entreguerras», en SAMANIEGO B., Mercedes y MEDINA A., Andrés (Editores), De la Sociedad de Naciones a la globalización: visiones desde América y Europa, Concepción (Chile), Universidad de Salamanca y Ediciones UCSC, 2020, pp. 123-129. NEILA HERNÁNDEZ, José Luis, La Sociedad de Naciones, op. cit, pp. 75-78. YANGUAS MESSIA, José, España y la Sociedad de Naciones, Valladolid, s.e., 1919. En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones… 27 REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 SdN «asumía la tradición consolidada en las conferencias de La Haya para la solución pacífica de las disputas internacionales en los artículos 12 a 15 pero introduciendo importantes novedades, puesto que establecía un mecanismo internacional institucionalizado» 54 . Teniendo en cuanta lo anterior, dentro de las actuaciones de la Sociedad de Naciones en pro del desarme y la seguridad colectiva, y dejando de lado las causas que afectaron a países europeos, del Oriente Medio y Próximo, asiáticos y africanos, y en función de nuestro objeto de estudio fundamental, debemos reseñar el Arbitraje que se intentó en 1932 ante el conflicto que terminó enfrentando (1932-1935) a Bolivia y Paraguay –como abemos, países miembros de la Sociedad de Naciones-, conocido como la Guerra del Chaco. En dicho conflicto, en palabras de Carlos Granés, se impuso el «delirio nacionalista» 55 por encima de las normas de desactivación de conflictos de la SdN, es decir, el fracaso del Arbitraje en la solución de problemas entre estados miembro y en la defensa del sistema internacional. Por lo que respecta a este caso al que nos estamos refiriendo, que enfrentó a Bolivia con Paraguay, todo comenzó ante «las protestas internas [en Paraguay, un país marcado muy negativamente por conflictos bélicos anteriores, en especial por la guerra de la Triple Alianza, de 1864 a 1870, en la que se enfrentó a Argentina, Uruguay y Brasil] por la presencia del ejército boliviano en la región del Chaco Boreal». Y que, según relató Augusto Roa Bastos en Hijo de hombre, no fue otra cosa que «bolivianos y paraguayos matándose por un pedazo de desierto (…). Y todo por un par de espejismo: una vía fluvial con desembocadura en el Atlántico y posibles riquezas petroleras. También por la indefinición de las fronteras en un continente que no acababa de hacerse, y por encima de cualquier cosa por el nacionalismo (…). Tres años de combates [terribles] [en especial para] Bolivia, que se vio forzada a retirarse derrotada, pero también a Paraguay, que acabó en la ruina. Los dos países sufrieron un gran trauma (…)» 56 . En definitiva, también en este caso se demostró que la Sociedad de Naciones «nunca consiguió autoridad suficiente para imponer a sus miembros sus resoluciones de forma obligatoria». Así las cosas, cuando en 1934 la Asamblea General dictó una Resolución sobre el conflicto del Chaco – favorable a BoliviaParaguay –a la postre vencedor en la guerrano aceptó 54 NEILA HERNÁNDEZ, José Luis, La Sociedad de Naciones, op. cit, p. 29. 55 Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina…, op. cit, p. 222. 56 La presente interpretación es de Carlos Granés: Ibidem, pp. 222-223. 28 Guillermo Pérez Sánchez y Ricardo Martín de la Guardia REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 el fallo de la Organización Internacional y optó, en febrero de 1935, por retirarse de la SdN. Cerramos el presente epígrafe, resaltando lo que, a nuestro juicio, fue el logro más destacable de los países hispanoamericanos en la sociedad internacional, desde la época de la Sociedad de Naciones a la puesta en marcha de la Organización de Naciones Unidas: situar a la lengua española como idioma oficial y de trabajo de la ONU. Algo, también a nuestro juicio, pocas veces debidamente resaltado dada su importancia 57 . El proceso fue el siguiente: el 1de febrero de 1946, la Resolución 2 (I) de la Asamblea General de la ONU estableció como idiomas oficiales el chino, el francés, el inglés, el ruso y el español (en 1973 se incorporó el árabe), y como idiomas de trabajos el inglés y el francés. Pocos meses después, por Resolución del 24 de junio de 1946, el español pasó a ser idioma oficial del Consejo de Seguridad. Varios años más tarde, por Resolución del 7 de diciembre de 1948, el español pasó a ser idioma de trabajo de la Asamblea General. Finalmente, veinte años más tarde, por Resolución del 22 de enero de 1969 el español pasó a ser idioma de trabajo del Consejo de Seguridad. Misión cumplida. CONCLUSIONES La clave del fracaso anunciado de la Sociedad de Naciones, como ya se ha dicho, fue el rechazo de Estados Unidos a formar parte de la misma – teniendo en cuenta que había sido su principal valedor– al negarse el Senado estadounidense a ratificar el Tratado de Versalles. Pero al abandonar Estados Unidos 58 la Europa en ruinas después de la Gran Guerra 57 La reivindicación del español en contraposición al inglés y del mundo hispánico en contraposición al mundo anglosajón, y en especial estadounidense, la proporciono como nadie el poeta y diplomático nicaragüense Rubén Darío, a quien ahora honramos. Como botón de muestra estos versos A Roosevelt: «Eres los Estados Unidos, / eres el futuro invasor / de la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.» Cit. en GRANÉS, Carlos, ibidem, p. 28. 58 Lo anterior no significó que se replegara dentro de sus fronteras, sino que fijó su atención en el Pacífico. De hecho, la Conferencia de Washington sobre el Pacífico (19211922) se celebró a instancias de Estados Unidos que, aunque se habían desentendido de los problemas europeos, no querían dejar de lado la situación del Pacífico y el Extremo Oriente, y querían poner fin al expansionismo japonés, que tan beneficiado había salido de la Gran Guerra. La Conferencia, en la que participaron Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Italia y Japón, se materializó en la limitación de la carrera de armamentos navales. Pero, en realidad, se fundamentaba en el principio impulsado por Estados Unidos En el mundo de entreguerras. La Sociedad de Naciones… 29 REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 y al desentenderse de sus problemas, los países del Viejo Continente, empezando por las potencias vencedoras de la guerra, no lograron que el «espíritu de Ginebra», que se pretendió debía impregnar los nuevos tiempos, prevaleciera más allá de los efímeros, aunque «felices años veinte», no más del quinquenio de 1924 a 1929, frente a las controversias y disputas generadas por las nefastas consecuencias que afloraron después del conflicto y que marcaron los convulsos y atribulados años de entreguerras. Tal fue el fracaso de la nueva sociedad internacional salida de Versalles que solo veinte años después Europa y el mundo sufrieron una segunda «marea negra» 59 , un nueva guerra entre 1939 a 1945, superando en muertes, destrucción y penalidades a la anterior. En todo caso, el fracaso de la Sociedad de Naciones ya fue una evidencia a partir de la década de 1930. La falta de pulso de la Organización Internacional ginebrina llevó a la salida, por diversos motivos, de un número significativo de sus estados miembro. Por lo que se refiere a los países hispanoamericanos o iberoamericanos la clave estuvo en comprobar que la SdN había fracasado en su apuesta universalista encerrada en el obsoleto caparazón que en esos momentos representaba Europa. La desafección de los países hispanoamericanos e iberoamericanos también tuvo que ver en buena medida por el influjo – aunque no fueran otra cosa que «cantos de sirena»- de la política exterior de Estados Unidos y la pretensión de crear una zona de influencia en el hemisferio sur americano al margen de la Sociedad de Naciones, un nuevo panamericanismo. No obstante, y esto se demostró muy importante al conformarse la nueva Organización de Naciones Unidas (ONU), los objetivos de lograr cierta influencia en la misma al pergeñarse su Carta Fundacional durante los años de la Segunda Guerra Mundial por parte de los países hispanoamericanos se mantuvieron firmes hasta el punto de hacer del de «Puerta abierta» con respecto a China, lo que logró por la renuncia de Japón a la mayoría de sus ventajas sobre China (consolidadas en 1921 mediante las «Veintiuna demandas»). Pero, a la postre, todo ello fue sólo un espejismo: Japón, como sabemos, se convirtió en el gran rival de los Estados Unidos en la zona, lo que se explicitó durante la Segunda Guerra Mundial con la derrota final del Imperio del Sol Naciente. 59 En la línea de la profecía anunciada por Nietzsche poco antes de su muerte en 1900, tal como nos legó en su obra Más allá del bien y del mal, y que se hizo realidad entre 1914 y 1918, los años de la Gran Guerra: «Debemos esperar una larga serie de demoliciones, de ruinas, de cataclismos; habrá guerras tales como la tierra aún no las ha visto; Europa va a verse pronto envuelta en sombras, y asistiremos a la irrupción de una marea negra.» 30 Guillermo Pérez Sánchez y Ricardo Martín de la Guardia REVISTA DE ESTUDIOS EUROPEOS, 84 (2024): 8-33 ISSN 2530-9854 español, como hemos visto, idioma oficial, y luego también de trabajo, de la nueva Organización Internacional de la segunda posguerra llamada a dirigir las relaciones internacionales y arbitrar la colaboración entre todas las naciones del mundo. Como dicho éxito diplomático de las naciones hispanoamericanas a nuestro parecer no ha sido resaltado como se merece hasta el momento presente, aquí dejamos constancia de ello. BIBLIOGRAFÍA ARTOLA, Ricardo, La I Guerra Mundial. De Lieja a Versalles, Madrid, Alianza, 2017. CASTIELLA, Fernando María, Una batalla diplomática, Barcelona, Planeta, 1976. CLARK, Christopher, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2014. COUDENHOVE-KALERGI, R. N., Paneuropa. Dedicado a la juventud de Europa, -MARTÍN DE LA GUARDIA, Ricardo y PÉREZ SÁNCHEZ, Guillermo Á.: «Estudio Preliminar», pp. XI-XLVIII-, Madrid, Tecnos, 2002. DÍEZ DE VELASCO VALLEJO, Manuel, Las Organizaciones Internacionales, Madrid, Tecnos, 2008. DÍEZ ESPINOSA, José Ramón, Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1996. 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