Sobre el personaje representado por «El Greco» en su «retrato de un médico»
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SOBRE EL PERSONAJE REPRESENTADO POR «EL GRECO» EN SU «RETRATO DE UN MEDICO» Las incidencias de una investigación histórico-biográfica sobre uno de los más eminentes médicos del siglo xvi, nos han conducido a contemplar reiteradas veces este famoso cuadro del gran.Domenico. Se halla esta pintura en una de las Salas dedicadas al Greco en nuestro incomparable Museo del Prado en Madrid y está designada con el número 807. ¿Quién era el médico que mereció los honores de que se perpetuase su fi gura por medio de los pinceles, del gran pintor? Camón Aznar en su magnifico libro sobre Domenico Orecp, escribe al pie de la reproducción de este cuadro: «Retrato dé Don Rodrigo de la Fuente». Y en las líneas que sirven de comem tario al cuadro dice que el personaje en cuestión habia sido identificado por Allende Salazar y Sánchez Cantón en su libro Retratos del Museo del Prado, publicado en 1919. En efecto, en la página 95 de esta edición del libro de dichos autores, leemos que fundamentan su opinión ante el parecido de este personaje del Greco con un retrato del Dr. La Fuente existente en la BibliO' teca Nacional. Este Dr. La Fuente dicen «no sólo ejercía la medicina sino que, como poeta latino, fué premiado en el certamen que se celebró en Toledo en 1587; ser médico toledano famoso en los mismos años en que el Greco pintaba en la imperial ciudad, la rara comunidad de rasgos con el retratado en el Museo y aun en el vivir en los años que vivió -amplio margen para que el Greco le retratara unos treinta años más tarde que el desconocido pintor de la Biblioteca Nacionalcreemos que son indicios de alguna fuerza, y que sin temeridad puede lanzarse la hipótesis. Por la técnica, y es un nuevo apoyo, clasifica el maestro Cossío esta pintura como de la primera época del Greco entre los años de 1577 a 1584».
76 EMILIO ZAPATERO BALLESTEROS «Gesto y ademán son en el médico mesurados y dignos: bondad y sabiduría; diríase un maestro que despaciosamente, serenamente, está comentando un viejo libro». Ante la lectura de estas líneas decidimos contemplar los dos retratos: el del Dr. La Fuente de la Bibliiíteca Nacional y el pintado por el Greco del Museo del Pradt"). Y como por mucha buena voluntad que pusimos no encontramos parecido alguno, antes bien muy marcadas diferencias, entre los dos personajes, hicimos descolgar el del Dr. La Fuente y obtener de él una buena fotografía para compararla detenidamente con otra del famoso cuadro del Greco. Ambas fotografías las damos en las láminas I y II que ilustran estas líneas. Las dos reproducen ambos cuadros por entero. En la parte inferior del retrato de la Biblioteca Nacional se dice claramente «Doctor La Fuente», sin más, o sea sin el nombre. Don Rodrigo, lo que hacemos resaltar para tenerlo en cuenta en lo que diremos después. Con objeto de hacer más fácil la comparación de los dos personajes hicimos obtener la fotografía que reproducimos en la lámina IIL Antes de que hagamos los comentarios que nos sugiere la comparación es bueno decir que, según los señores Sánchez Cantón y Allende Salazar median treinta años entre el retrato de la Biblioteca (lámina I) y el del Museo (lámina II) del supuesto mismo perso' naje. Por lo tanto si el personaje en cuestión parece tener, según dichos autores, unos cincuenta años en el primer retrato habría de tener ochenta cuando lo pintó el Greco. Pues bien, nos gustaría poder dialogar con los lectores, si es que tenemos la fortuna de tenerlos, para que nos dijesen en qué se parecen los dos hombres de los dos retratos. Hay que procurar no ver el sombrero del primero para poder estudiar mejor el rostro y compararlo con el pintado por el Greco. Creemos que se puede afirmar rotundamente que, aun después de treinta años, no es posible que la nariz de una persona haya sufrido las modi fi caciones necesarias para que la del Dr. La Fuente se diferencie tan radicalmente de la del personaje del Greco. No creemos necesario describirlas, nos parece bastante que se contemplen los rasgos del apéndice nasal de uno y otro. Una nariz franca^ mente aguileña, cuya punta desciende casi hasta el labio superior (lámina I) no puede de ninguna manera, en nuestra opinión, ser la misma, que deja ampliamente al descubierto el labio y aun el bigote (lámina II), que la del personaje del Greco. Compárese
SOBRE EL PERSONAJE REPRESENTADO POR «EL CRECO», ETC. 77 la altura de este labio superior en uno y otro, véase, todo lo despacio que se quiera, la configuración de una y otra nariz, rasgo más sobresaliente del rostro del Dr. La Fuente, y dígase serena y desapasionadamente si los dos apéndices nasales pueden ser el mismo aún a treinta años de distancia uno de otro. A nosotros no parece sencilla y llanamente que no. Aún hay más. Véase en el Dr. La Fuente lo marcado de las arrugas de la frente, la del surco nasogeniano y sobre todo las bolsas del párpado inferior. Es lógico pensar que, en el transcurso de los años, al perder tersura y jugosidad la piel, esas arrugas y esas bolsas de los párpados inferiores, debieran haberse acen^ tuado. Y nada de esto se ve en el retrato del Greco. Los ojos del Dr. La Fuente aparecen a una distancia mínima de las cejas; en el retrato del Greco hay una zona relativamente amplia, entre el arco superciliar y el párpado superior, de tejidos blandos. Y así la configuración y posición del pabellón auricular, los pómulos y el óvalo del rostro. En suma: para nosotros, después de esta comparación, no existe el parecido entre los dos personajes que han creído ver Allende Salazar y Sánchez Cantón y en el que se funda Camón para poner al pie del cuadro del Greco el nombre de Don Rodrigo de la Fuente. Tanto es asi que llegamos a pensar si el retrato del médico toledano que vieron los referidos autores no sería el que se nos mostraba a nosotros y que hubiese otro retrato en la Biblioteca de otro Dr. La Fuente. Pero se nos dijo que era el mismo y que es el único de este personaje que hay en nuestra Biblioteca Nacional. Además el dicho retrato de La Fuente se publicó en la revista «La Esfera» en el número del día 11 de Agosto de 1917. Es el caso que Allende Salazar y Sánchez Cantón terminan su comentario en el libro citado, con estas palabras: «Con esta clase de reservas enunciamos la identificación». Es decir, que no afirman rotundamente que el personaje en cuestión sea el Doctor La Fuente, y sin embargo Camón, fundándose solamente en lo que dicen dichos autores, lo deja fuera de toda duda y al pie del retrato del Greco pone rotundamente el nombre del médico de Toledo. Nosotros hemos indagado acerca de la personalidad del tantas veces citado Dr. D. Rodrigo de la Fuente para ver si existía algún motivo por el cual su retrato fi gurase en el real Alcázar,
EMILIO ZAPATERO BALLESTEROS que es donde estaba el cuadro del Greco. Este, en efecto, en 1668 estaba aún en el palacio en la Galería del Cierzo, hasta que en 1773 pasó al Retiro y después ai Museo de! Prado Por más que hemos rebuscado en cuantas historias y trabajos hemos ])odido indíi^ar. referentes al reinado de Felipe II y a los médicos que prestaron sus servicios en la Real Cámara y a los miembros de la familia real, no hemos visto escrito en parte alguna el nombre de l^on Rodrigo de la Fuente. En La Historia Bibliográfica de la Medicina Es[)añola de Hernández Morejón (edición de 1843) en la que hay largas listas y notas biográficas de cuantos médicos licin tenido alguna nombradla en España, y especialmente en los tomos dedicados a las fi guras médicas del siglo XVI, tampoco aparece el nombre del médico de Toledo. Hemos llegado a la conclusión de que Don Rodrigo de la Fuente ha pasado a la Historia por el único hecho de que Cervantes lo cite en La ilustre fregona: «Venía enferma y descolorida y tan fatigada que pidió que luego le hiciesen la cama, y en esta misma sala se la hicieron los criados. Preguntáronme cuál era el médico de más fama de la ciudad. Díjeles que el Doctor de la Fuente. Fueron luego por él, y él vino luego; comunicó a solas con él su enfermedad, y lo que de su plática resultó fué que mandó el médico que se le hiciese la cama en otra parte y en lugar donde no le diesen ningún ruido». Trata Cervantes, en este episodio de su novela, de la «señora Peregrina» que ocultaba un embarazo fi ngiendo una hidropesía, con lo que el Dr. La Fuente es manejado por Cervantes en un asunto bien poco airoso. La niña que dió luego a luz la tal señora, fué andando el tiempo la bella Constanza, o sea. La ilustre fregona. Pues bien, es muy posible que si no fuese por esta cita de Cervantes en su celebérrima novela, no estaríamos aquí ahora ocupándonos del tal Dr. D. Rodrigo de la Fuente. Pero aún hay más: en el retrato en cuestión se dice solamente al pie «El Doctor La Fuente» sin el nombre de pila, y nosotros nos preguntamos: ¿por qué este doctor del cuadro ha de ser precisamente Don Rodrigo y no Don Jerónimo de la Fuente, también doctor, que existió a fi nes del siglo xvi y principios del xvii, y que, además, era «boticario del Rey»? Claro que este Rey era ya Felipe III, pero si el cuadro en cuestión fué a parar a la Biblioteca Nacional procedente de alguna dependencia palaciega ¿no es más lógico
SOBBE EL PERSONAJE REPRESENTADO POR «EL GRECO», ETC. 79 pensar que tenía más motivos el boticario del Rey que el médico de Toledo para que su efigie fi gurase en tal dependencia? En fi n, creemos tener razón al afirmar que el médico retra' tado por el Greco no es el Dr. La Fuente (¿Don Rodrigo o Don Jerónimo?) del cuadro de la Biblioteca Nacional. Entonces, ¿quién es el personaje retratado por el gran Domenico? El primero en emitir una hipótesis sobre la identificación del «Médico desconocido» de el Greco, o «Retrato de un Médico», fué el Dr. D. Nícasio Mariscal, quien en la introducción del Libro de la Peste del Dr. D. Luis de Mercado, hace un estudio de la vida y obras de este famoso médico de Felipe II, y en él hace una serie de razonamientos en virtud de los cuales el médico retratado por el Greco sería el Dr. Mercado. Vamos a desarrollar la hipótesis de Mariscal, reforzando algunos de sus argumentos y aportando las pruebas gráficas en que tal hipótesis se apoya, así como otras razones que nosotros creemos dignas de tenerse en cuenta para la identificación del citado personaje. En primer lugar, de un estudio sereno y desapasionado del cuadro del Greco, se deduce que el médico que retrató está en actitud de comentar el libro en que tiene apoyada su mano izquierda; que la derecha está en actitud de accionar al dirigirse a unos oyentes, a los que también tiene dirigida la mirada, ia que compone el gesto noble y sosegado del rostro. Es preciso tener en cuenta que los catedráticos de aquel tiempo «leían» sus cátedras, o sea que después de leer el texto en vigor lo comen taban, ampliaban y alegaban las razones que su saber les inspi raba. Pues bien; es esto lo que parece que está haciendo el personaje de Greco. Si ahora tenemos en cuenta que el Doctor Mercado, además de Médico de la Real Cámara de S. H Felipe II y Protomédico General de los Reinos, era catedrático de Prim de Avicena en la Universidad de Valladoiid, ya tenemos un dato importante. El Dr. Mercado era el médico más destacado de los d Cámara del Rey, como lo prueban numerosos datos que recotí ^ mos en la biografía de este ilustre médico vallisoletano que ten ' mos en preparación. Su fama había traspasado las fronteras hast' el punto de que sus libros se editaron en Francfort y Venecia ^ como historiadores de la medicina extranjeros dicen on» ' médico de nombre más conocido por aquel entonces en Eur uropa.
80 EMILIO ZAPATERO BALLESTEROS Luego, si era el médico de confianza de Felipe II, como después lo fué de Felipe III hasta su muerte acaecida en Valladolid el 18 de Diciembre de 1611. si era Protomédico General de sus Reinos, si entre 1577 y 1584 estaba entre los cincuenta y tantos y sesenta años (época en que Cosslo sitúa el retrato), si entonces era catedrático de la Escuela de Medicina de Valladolid ¿no son estos títulos más que suficientes para que los Reyes tuviesen en su Palacio el retrato? Frente a esto no encontramos razón para explicar que en el Real Alcázar fi gurase el retrato de un médico de Toledo que no aparece en ningún relato en relación alguna con los monarcas ni con la familia real. La fecha del retrato del Greco coincide con la de la máxima fama del Dr. Mercado (catedrático desde 1572 y médico de la Real Cámara desde 1578) y ya habia publicado varias de las obras que le dieron renombre internacional. Por parte del pintor hay también una coincidencia de fechas: Felipe II le habia encargado un «San Mauricio» para uno de los altares del Monasterio del Escorial, por lo que seguramente hubo de frecuentar la Corte, en la que tan importante papel representaba Mercado. Por otra parte éste también iba a Toledo llamado en consulta, por lo pronto sabemos que en Toledo observó su primer caso de garrotillo, en el hijo de Rodrigo Suárez (Mariscal). Creemos que tiene razón Mariscal cuando dice lo siguiente: «No senos objete diciendo que pudieron conservarlo —se refiere al retrato y el Rey— como una obra de arte, sin interesarles el personaje del cual era trasunto. Esto es muy bueno para algunos siglos después. Entonces no solo no era grande el aprecio que se hacía de las obras del Greco, sino que hasta quedó descontento el Rey Felipe II del encargo que le había hecho —el cuadro de San Mauricio— y no quiso colocarlo en el altar que se le había destinado. No le agradó, sin duda, su nuevo estilo». Es muy lógico, en nuestra opinión, pensar que si los reyes guardaron y conservaron el retrato lo hicieron más por afecto al personaje retratado que por admiración hacia el pintor, del que por entonces Felipe II no estaba muy satisfecho. Y ahora vamos con otro punto interesante, por la interpre tación que se le ha dado: el anillo que el médico del Greco tiene en el dedo pulgar de su mano izquierda, apoyada en el libro. Allende Salazar y Sánchez Cantón, en su tantas veces citado libro, dicen que para identificar como médico al personaje
SOBRE EL PERSONAJE REPRESENTADO POR «EL GRECO», ETC. 81 retratado por el Greco es digno de tomar en consideración el anillo que ostenta en el dedo pulgar de la mano derecha; y citan un texto de Quevedo, cuyo autor refiriéndose a algún médico dice: «sortijón del pulgar, con piedra tan grande que cuando toma el pulso pronostica al enfermo la losa». Aducen también que el cuadro «como médico se inventaría en 1686 en la Galería del Cierzo del Alcázar de Madrid. Además se aduce como prueba el citado texto de Quevedo». «Con esto —siguen diciendo— parece quedar fi rme que de un médico se trata; sin embargo es de advertir que en los retratos de Nicolás de Monardes no se ve el anillo en el pulgar». A esto agregamos nosotros que el llevar anillo en el pulgar era cosa limitada exclusivamente a los doctores. En aquel tiempo en la solemne colación del grado de Doctor se imponían las insignias siguientes: el birrete, como signo de varón y de la excelencia de Doctor; el anillo de oro, para significar su des posorio y unión perfecta, así como su amor, por la ciencia de que es creado nuevo profesor; en tercer lugar que se coloque al nuevo doctor en asiento situado entre el suyo y el del canciller para significar la seguridad con que enseñará en las cátedras públicas; en cuarto lugar se le presentaba el libro, dándole a entender con. ello el estudio, lectura y aprovechamientos que queda obligado; en quinto lugar se le da el beso de paz para demostrar el mutuo afecto y la caridad paternal... Por consiguiente, solamente los doctores, y por ello los catedráticos, podían usar el anillo, por lo que no es de extrañar que en todos los retratos de médicos no aparezca el anillo en cuestión. A tales términos se ajustaba la ceremonia de investidura del grado de Doctor, y a todas ellas se sometió Mercado en la Universidad de Valladolid, conforme relatamos en la biografía de este ilustre médico que tenemos en curso de redacción. Pues bien, el anillo que ostenta en el dedo pulgar el personaje del Greco (lámina IV) no tiene una sola piedra sino varias y hialinas, ninguna es de color, y en el inventario de los bienes del Dr. Mercado, que fi gura en el Protocolo de Tomás López en el Archivo de Valladolid (último tomo de 1611, folios 574 a 688, documento que reproduciremos íntegro en nuestro trabajo sobre el médico vallisoletano) fi gura «una sortija con cinco diamantes», y la del cuadro en cuestión parece corresponder a la que poseyó
82 EMILIO ZAPATERO BALLESTEROS el Dr. Mercado. Decimos esto por que Allende Salazar y Sánchez Cantón en apoyo de su hipótesis de que el médico del Greco fuese el Dr. La Fuente, dicen que este fué premiado en un concurso celebrado en Toledo, y como poeta latino, con «una sortija de cinco esmeraldas»: pero si fuese este el anillo del personaje del Greco hubiese dado éste a las piedras el color correspondiente, siendo así que en el cuadro aparecen sin color y hialinas, como corresponde a diamantes y no a esmeraldas. Uno de los libros de Mercado está dedicado al estudio de «las diferencias que hay en las coyunturas, y los modos que puede haber de desconcertarse. Asimismo cómo se pueden y se deben reducir a su fi gura y lugar». El libro está escrito por encargo del Rey y dedicado a los Algebristas, o sea a quienes se dedicaban a reducir las luxaciones y curar las fracturas de los huesos. De éste libro nosotros conocemos la edición en castellano (impresa en Madrid en casa de Pedro Madrigal, en 1599) y otra posterior impresa en Francfort y en latín. En esta última se reproducen los grabados de la edición castellana. La edición española existe en la biblioteca de San Carlos en Madrid, y la de Francfort en la Universitaria de Santa Cruz en Valladolid. Pues bien, en dichos grabados ilustrativos de este libro aparece un personaje que está en actitud de maestro, enseñando a sus ayudantes a reducir la luxación o la fractura. Este personaje es el mismo en diferentes grabados, por lo que hay motivos para pensar que el dibujante se inspiró en la fi gura del autor del libro, como maestro enseñante de la materia de que trata, y este perso' naje es el que aparece a la izquierda en la lámina V, el cual por el rostro, por la barba y por la edad, se parece, a nuestro juicio, al personaje retratado por el Greco. Ya Mariscal, al exponer su hipótesis, había observado la misma semejanza puesto que a propósito de este libro de los algebristas escribe textualmente; «...observamos que opuestamente a lo que suele acontecer en estas viñetas, donde las imágenes son, por lo general, especies de muñecos o maniquíes con rostros tersos e inexpresivos, más parecidos a fi gurines de modas que a grabados que reproduzcan las operaciones manuales e instrumentales que en el texto se describen, cuando no son, como ocurre en muchas obras italianas de esa época, fi guras clásicas, admirablemente dibujadas, tanto para representar al paciente como al profesor y ayudantes que le auxilian, se reproducía en la mayor parte de aquellos la imagen
SOBRE EL PERSONAJE REPRESENTADO POR «EL GRECO», ETC. 83 de un profesor venerable, de larga barba blanca terminada en punta y no con mucho esmero cuidada, de sesenta y tantos a setenta afios de edad, rostro grave e inteligente, sencillo en el vestir, noble en su aspecto, y supusimos que el tosco dibujante había querido representar allí la fi gura de un profesor que le era conocido, y que dedujimos podía ser la del autor del libro, la cual seguramente no se apartaría de su imaginación mientras estuviese cumpliendo su encargo». Estos razonamientos de Mariscal los hacemos nuestros al considerar la semejanza que encontramos en los referidos grabados del libro de los algebristas, el cual hemos estudiado con el detalle que merece en el curso de nuestro ya citado trabajo en preparación sobre la fi gura y las obras del Dr. Mercado. En el claustro que circunscribía el jardín interior de la antigua Facultad de Medicina de Madrid, había una serie de medallones con la efigie de unos cuantos médicos ilustres: Laguna, Monardes, Porcell, Servet, Valles y Villalobos, estaban allí fi elmente retratados; pues bien, por el mismo escultor, que tan fi elmente había retratado a estos médicos, se hizo un medallón de Mercado, que fi guraba al lado de aquellos eminentes médicos. Este medallón de Mercado le reproducimos en la lámina IV, se trata de un dibujo del referido medallón hecho por el concien zudo pintor de historia y hábil dibujante D. Ramón Pulido y Fernández, y que Mariscal da en su estudio sobre Mercado en la introducción del libro sobre la peste editado, para su" colección de Clásicos de la Medicina, por la Real Academia de Medicina de Madrid. El hombre reproducido en el medallón tiene un sorprendente parecido, aun apareciendo de perfil, con el médico retratado por el Greco: la misma forma de su barba, idéntica nariz, frente, mejillas, ojos, orejas...; cabe pensar que el uno estaba tomado del otro o ambos del original; pero como esto no es posible, pues que la parte más antigua del edificio en que el medallón estaba era del siglo xviii, cabe sospechar que el escultor sabía quién era el personaje retratado por el Greco, o tuvo a su disposición una QQpia^ auténtica que no conocemos nosotros y de ella se sirvió para esculpir el medallón (Mariscal). Y con esto hemos llegado al fi nál de nuestro trabajo a lo largo del cual creemos haber aducido razones suficientes para formular estas dos conclusiones: