Asentamientos informales y arquitectura vernácula: viejos y nuevos debates
Abstract
En las últimas décadas se han suscitado dos debates en torno a los asentamientos informales y su relación con la arquitectura vernácula. El primero gira en torno a si esa arquitectura y conjuntos pueden considerarse arquitectura vernácula. El segundo, más reciente y prácticamente silenciado desde las instituciones, se pregunta si aquellos pueden alcanzar la categoría de patrimonio cultural. Este artículo pretende demostrar que ambos debates no dependen tanto de la consideración epistemológica de los asentamientos informales como de la previa conceptualización de la arquitectura vernácula, y aboga por aplicar un criterio cultural y plenamente consecuente con nuestros principios democráticos y patrimoniales.
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CIUDADES, 27 (2024): pp. 229-246 ISSN-E: 2445-3943 Asentamientos informales y arquitectura vernácula: viejos y nuevos debates Informal settlements and vernacular architecture: old and new debates JAVIER PÉREZ GIL Doctor en Historia y Teoría de la Arquitectura Profesor titular de Universidad Universidad de Valladolid (Valladolid, España) [email protected] ORCID: 0000-0001-8803-9847 Recibido/Received: 03-07-2023; Aceptado/Accepted: 22-01-2024 Cómo citar/How to cite: Pérez Gil, Javier (2024): “Asentamientos informales y arquitectura vernácula: viejos y nuevos debates”, Ciudades, 27, pp. 229-246. DOI: https://doi.org/10.24197/ciudades.27.2024.229-246 Artículo de acceso abierto distribuido bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC-BY 4.0). / Open access article under a Creative Commons Attribution 4.0 International License (CCBY 4.0). Resumen: En las últimas décadas se han suscitado dos debates en torno a los asentamientos informales y su relación con la arquitectura vernácula. El primero gira en torno a si esa arquitectura y conjuntos pueden considerarse arquitectura vernácula. El segundo, más reciente y prácticamente silenciado desde las instituciones, se pregunta si aquellos pueden alcanzar la categoría de patrimonio cultural. Este artículo pretende demostrar que ambos debates no dependen tanto de la consideración epistemológica de los asentamientos informales como de la previa conceptualización de la arquitectura vernácula, y aboga por aplicar un criterio cultural y plenamente consecuente con nuestros principios democráticos y patrimoniales. Palabras clave: asentamientos informales, arquitectura vernácula, patrimonio cultural, teoría de la arquitectura. Abstract: In recent decades, two debates have arisen around informal settlements and their relationship to vernacular architecture. The first revolves around whether such architecture and ensembles can be considered vernacular architecture. The second, more recent and practically silenced by the institutions, asks whether they can reach the category of cultural heritage. This paper aims to show that both debates do not depend so much on the epistemological consideration of informal settlements as on the previous conceptualization of vernacular architecture, and advocates the application of a cultural criterion that is fully consistent with our democratic and heritage principles. Keywords: informal settlements, vernacular architecture, cultural heritage, architectural theory.
230 Javier Pérez Gil CIUDADES, 27 (2024): pp. 229-246 ISSN-E: 2445-3943 Según el último World Cities Report (UN-Habitat, 2022: XVI) del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos, unos 1.600 millones de personas —el 20% de la población mundial— viven en la actualidad en viviendas inadecuadas. De esta cifra, alrededor de 1.000 millones lo haría en barrios marginales (slums) y asentamientos informales (informal settlements). Estos hábitats conviven a su vez con los denominados asentamientos de ocupantes ilegales (squatters). Y si bien los tres tienen una acepción negativa y problemática, definida en términos de carencia, ese peso específico a nivel mundial los ha convertido en la forma de desarrollo urbano de más rápido crecimiento. Es más, muchas de las ciudades en desarrollo serían económicamente insostenibles sin ellos (Dovey & King, 2011). Como tipo específico, los asentamientos informales se caracterizan por desarrollarse sin control formal —al menos dirigido desde instancias externas— sobre la planificación, el diseño y la construcción. Estas condiciones han suscitado en las últimas décadas dos debates en torno a su relación con la arquitectura vernácula, uno ya histórico y otro relativamente reciente. El primero, que podemos remontar a la década de 1960, es si esa arquitectura y conjuntos pueden considerarse arquitectura vernácula. Este primer debate se ha planteado no tanto desde el campo de la teoría de la arquitectura vernácula —que sigue siendo una disciplina poco transitada (Kellett & Napier, 1995)— como desde aquellas instancias preocupadas por los propios asentamientos informales, tanto a nivel teórico —su planificación espontánea, morfología, realidad sociológica…— como práctico, de cara a extraer posibles relaciones o lecciones con respecto a la proyección de nueva arquitectura o planeamiento urbano en esos u otros enclaves geográficos (Gómez, 2010; Mollaahmetoğlu Falay, 2015; Malaque, Bartsch & Scriver, 2015; Ojo-Aromokudu, 2019). El segundo debate, más reciente, es el referido a si los asentamientos informales y su arquitectura pueden alcanzar la categoría de patrimonio cultural. En este caso, se trata de una posibilidad sumida en prejuicios arraigados de raíz aporofóbica y, por eso, todavía menos presente y eludida de manera unánime — como forma de rechazo— por parte de las instituciones, incluidas las propiamente patrimoniales. Sin embargo es, a su vez, un debate ya abierto por parte de las comunidades afectadas y que será imposible no afrontar, porque tarde o temprano el establishment patrimonial y las instancias normativas que predican el concepto abierto, participativo y democrático del patrimonio cultural no tendrán más remedio que aplicarlo con todas sus consecuencias (Pérez Gil, 2022a). Tal y como trataré de demostrar, ambos debates no dependen tanto de la consideración epistemológica de los asentamientos informales como de la previa conceptualización de la arquitectura vernácula, cuestión esta que, a pesar de contar con una tradición académica mucho más extensa, no es tan clara ni evidente como cabría esperar.
Asentamientos informales y arquitectura vernácula: viejos y nuevos debates 231 CIUDADES, 27 (2024): pp. 229-246 ISSN-E: 2445-3943 1. ASENTAMIENTOS INFORMALES Y ARQUITECTURA VERNÁCULA Si partimos de un escenario conceptual heredado y de uso ordinario —que se irá matizando a lo largo de este trabajo—, arquitectura vernácula y asentamientos informales son categorías históricamente relacionadas. Representan, en primer lugar, dos imágenes complementarias —y en principio negativas— de contraposición a lo culto-formal (Figura 1) en los ámbitos rural y urbano, respectivamente (Brunskill, 1978; Gómez, 2010). En segundo lugar, ambas expresiones han seguido sendas paralelas hacia su reconocimiento cultural; paralelas, pero no simultáneas, porque mientras que lo rural-popular fue identificado con anterioridad y consiguió liberarse de los prejuicios negativos, reconociéndose y prestigiándose a medida que se estudiaba, no sucedió lo mismo con lo informal-urbano. Esto último acabó dominando y representando todo el espectro de lo negativo. Figura 1: Asentamientos informales en Madrid a principios del siglo XIX. Fuente: Fernando Brambilla: detalle de la “Vista del Palacio Real desde las orillas del Manzanares, hacia 1825. Patrimonio Nacional. Hubo que esperar a bien entrado el siglo XX para que la percepción sobre los asentamientos informales y sus construcciones fuera variando entre determinados sectores muy minoritarios. Algunos autores comenzaron entonces a llamar la atención sobre las ventajas que podía tener la autoconstrucción, frente a la escasa o nula decisión que tenían los compradores al uso sobre un producto que se imponía casi cerrado (Grindley, 1976). La contribución de los usuarios al diseño, construcción y administración de su vivienda empezó a verse como un proceso liberador y de realización personal que estimulaba el bienestar individual
232 Javier Pérez Gil CIUDADES, 27 (2024): pp. 229-246 ISSN-E: 2445-3943 y social (Fichter, Turner & Grenell, 1976). John F. C. Turner fue una de las figuras más destacadas de esta reivindicación. Se empeñó en justificar las ventajas de los sistemas locales autogobernados para los asentamientos informales, así como los inconvenientes del dirigismo político y los sistemas de construcción prefabricados en boga, que consideraba antieconómicos y socialmente antifuncionales. En su lugar, reclamaba la necesidad de autonomía en la toma de decisiones en el planeamiento, construcción, administración y mantenimiento (Figura 2). No obstante, estas propuestas encontraron pronto también sus detractores. Tal reacción era esperable ante un punto de vista tan maniqueo como vehemente, según el cual las misérrimas casas autoconstruidas eran vistas como espacios que “maximizan las oportunidades familiares de mejorar” (Turner, 1977: 71), frente al resto de alojamientos, que supuestamente aíslan a los usuarios de sus fuentes de subsistencia y absorben sus recursos económicos, minimizando esas oportunidades. En este sentido, Hans Harms (1976: 61) criticó el método de análisis empleado por Turner y la sugerencia de que la actividad constructiva de las barriadas fuese autónoma o independiente de su contexto, lo que podía ser tanto como “confundir el término de autonomía con el de exclusión”. Figura 2: Dependencias de los sistemas de vivienda autónomos o heterónomos en relación a la planificación, construcción y administración, según John F. C. Turner. Fuente: Turner, John F. C. (1977), Vivienda. Todo, todo el poder para los usuarios, p. 47. Otro síntoma del cambio de percepción hacia los asentamientos informales lo encontramos en su tratamiento nominal. Como perspicazmente advierte la convocatoria de artículos de esta revista, las palabras no son neutras y los cambios en el léxico nos permiten comprobar transformaciones culturales, disciplinares o ideológicas más profundas (Yiftachel, 2006). Se ha llegado así a formulaciones
Asentamientos informales y arquitectura vernácula: viejos y nuevos debates 233 CIUDADES, 27 (2024): pp. 229-246 ISSN-E: 2445-3943 más o menos asépticas como la de “asentamientos informales” en lugar de otras que acabaron considerándose peyorativas (Dovey et al., 2020). Y esto en un contexto teórico y social que sigue siendo reacio a estas manifestaciones y que obvia, sin embargo, que la etimología de algunos de nuestros vocablos arquitectónicos más comunes —como el español o italiano “casa”— se remonta precisamente al estadio más humilde de las viviendas históricas (casae o tuguria) y no a lo que entonces se consideraba digno (domus) (Fernández Vega, 1999: 413-418). No obstante, la evolución en el significante de los conceptos pone de manifiesto no solo una modulación hacia el lenguaje políticamente correcto, imperante en nuestros días y creado con el fin de no herir ninguna sensibilidad o acaso de disfrazar algún conflicto demasiado evidente e incómodo. Revela también un cambio en el significado para algunos sectores, especialmente para las comunidades involucradas. 2. LOS ASENTAMIENTOS INFORMALES COMO ARQUITECTURA VERNÁCULA Más allá de esas relaciones o paralelismos, la clave para llegar a alguna conclusión cierta acerca de si la arquitectura de los asentamientos informales es arquitectura vernácula pasa ante todo por tener claro el referente. Ese segundo término de comparación debe estar bien definido, pues de su precisión depende la fiabilidad de la comparación. Y, en nuestro caso, esto no es siempre así, por más que pudiera darse por hecho lo contrario. No es el sitio ni el momento de abrir ahora esa otra cuestión, de demasiada enjundia y tratada incluso por mí en trabajos específicos, pero sí cumple establecer ciertas aclaraciones. En primer lugar, que la arquitectura vernácula adolece de un déficit de conceptualización y que históricamente se ha tratado desde enfoques y paradigmas diferentes, siendo el más prolífico e indiscutiblemente hegemónico el que podríamos denominar constructivo o formalista. Desde esta perspectiva, la arquitectura se analiza considerando principalmente —y casi en exclusiva— su realidad material, atendiendo a las tipologías, materiales, sistemas de construcción… Pero este enfoque, que es el que ha dominado y aún hoy domina muchos de los planteamientos académicos y de gestión-conservación europeos, deja de lado lo que a otros nos parece lo más importante: las personas que construyen, colaboran o usan esas construcciones. Autores de filiación antropológica, como Paul Oliver, nos recuerdan que no existen “edificios tradicionales” ni “arquitectura tradicional”, sino edificios que encarnan tradiciones (Oliver, 1989). En mi opinión, el enfoque cultural, si bien no suplanta ni priva de legitimidad a los otros —entre otras razones porque también participa de ellos—, es el que debe regir las aproximaciones a la arquitectura vernácula, por cuanto reconoce mejor que ningún otro su especificidad cultural y ser el único capaz de abarcarla integralmente.
234 Javier Pérez Gil CIUDADES, 27 (2024): pp. 229-246 ISSN-E: 2445-3943 Por otra parte, hay que advertir sobre la artificialidad de la dicotomía popular-culto de la que partíamos antes. No existe tal compartimentación estanca entre las personas que componen una sociedad ni entre sus expresiones culturales. No ha existido nunca ni mucho menos en la actualidad, donde las estructuras sociales, las comunicaciones y los flujos de información difuminan cualquier frontera y tienden a globalizarlo todo, incluso los ámbitos geográficos antes incomunicados entre sí o con el resto del mundo. Hasta la arquitectura del Movimiento Moderno ha influido sobre las favelas brasileñas (Lara, 2002). Y es por eso por lo que cabría incluso preguntarse si está justificado hablar de “arquitectura vernácula” y no de un único concepto de arquitectura (Davidson, 2013). Ahora bien, si entendemos la arquitectura vernácula como expresión cultural de una determinada comunidad y si aceptamos que no tiene sentido hablar de una “arquitectura vernácula” o de otra “culta”, tampoco lo tiene diferenciar o comparar la primera con la de los asentamientos informales. Todas son arquitectura, todas expresión cultural, todas portan significados valiosos para entender a la comunidad que las crea, disfruta o interpreta. Tan solo cabría diferenciar cuáles tendrían un mayor significado vernáculo, de significación de las circunstancias y valores de una determinada comunidad con respecto a su medio. Y, en ese caso, habría que decir que la arquitectura de los asentamientos informales encarna quizás mejor que ninguna otra los valores vernáculos actuales. Es más, Hossam Mahdy (2019) afirma que, en algunos contextos como el mundo árabe, donde el ámbito de la formalidad sigue los patrones occidentales, las actividades constructivas informales pueden ser la única vía posible para la genuina expresión arquitectónica de la comunidad indígena. La misma conclusión estaba implícita o expresada ya en los textos de los estudiosos de los asentamientos informales hace medio siglo. Desde un enfoque claramente antropológico que interpretaba la vivienda (housing) más en su acepción de proceso que como unidad de habitación, Turner (1976: 154-178) recordaba al reivindicar el papel de los usuarios en las decisiones de elección, construcción, uso y mejora de la vivienda, que esas eran todas “características tradicionales de los sistemas habitacionales locales”. Y Mark Lapping (1973: 447) no dudó en atribuir a los asentamientos ilegales una condición de vernáculo actual: “Essentially, then, the squatter settlements can be conceived of as modern vernacular environments in that they are spontaneous, incremental, popular dwelling environments closely tied to the desires of the masses which arise out of the need, latent and articulate, of non-specialized, every-day people for shelter 1 .” 1 “En esencia, los asentamientos ilegales pueden concebirse como entornos vernáculos modernos en la medida en que son entornos de vivienda espontánea, incremental y popular estrechamente ligados a los deseos de las masas que surgen de la necesidad, latente y articulada, de refugio de personas no especializadas y cotidianas” (Traducción del autor).
Asentamientos informales y arquitectura vernácula: viejos y nuevos debates 235 CIUDADES, 27 (2024): pp. 229-246 ISSN-E: 2445-3943 Algunos pensamos que pueden ser precisamente las construcciones de los asentamientos informales las que mejor identifiquen hoy los valores de una comunidad local. Para explicar esta afirmación hay que partir, en primer lugar, del paradigma cultural antes enunciado y, en segundo, de otras dos conclusiones emanadas del mismo (Pérez Gil, 2016). La primera, es la falsedad del axioma comúnmente aceptado de que la arquitectura vernácula es preindustrial por definición. Desde un punto de vista cultural, la materialidad no es más que el medio en el que se manifiesta la cultura; es en el proceso y no en el resultado donde estriba el valor de esta arquitectura. De este principio se colige a su vez la inexactitud de otro axioma igualmente aceptado que dice que la vernácula es una arquitectura en vías de extinción. En realidad, toda comunidad plasma su cultura en —y a través de— la arquitectura, aunque se trate de una versión más o menos evidente y diferente de las históricas. La segunda conclusión es que, aceptando la posibilidad de referirnos a la “arquitectura vernácula” por utilidad o convención, y aceptando esa indiferencia hacia los materiales, hay que discernir entre dos tipos de arquitecturas vernáculas: histórica y actual. La primera la integran aquellas obras y conjuntos que poseen valores antropológicos vernáculos, pero de carácter histórico, pues pertenecen a periodos o contextos culturales del pasado de esa comunidad. La segunda está referida a aquellos bienes que se manifiestan como patrimonio vivo, donde se verifican los valores antropológicos vernáculos de una comunidad que construye, mantiene o usa los primeros, con independencia del tipo de medios. Ambas arquitecturas nos ofrecen información sobre la cultura de una comunidad concreta. Ahora bien, en el caso de la actual, esa arquitectura será más auténtica —o más auténticamente vernácula— en la medida en que sus atributos materiales porten más valores de la propia comunidad y esto depende del grado de libertad al que se someta al proceso. Caniggia y Maffei (1995) se refirieron a ello a través de los conceptos de “conciencia espontánea” y “conciencia crítica”. La primera sería la aptitud del sujeto para actuar según la esencia cultural heredada sin necesidad ni obligatoriedad de mediaciones o decisiones, mientras que la segunda sería resultado de un ejercicio crítico. En este sentido, no cabe duda de que aquellas sociedades con menos condicionantes externos o normativos estarán en mejor disposición de expresar sus valores culturales, aun considerando que dichos condicionantes son a su vez parte del contexto cultural propio. Sirva como ejemplo la evolución histórica que han sufrido las techumbres de los edificios. En España, las cubiertas tradicionales de muchas comarcas del noroeste como las leonesas fueron vegetales —de cuelmo, centeno— hasta el siglo XIX, proscribiéndolas progresivamente las ordenanzas concejiles por su condición combustible y sustituyéndose por otras de teja o pizarra, las cuales nos han legado un paisaje urbano que no es tan ancestral como pudiera pensarse (Figura 3). Y en la actualidad ya no las cubiertas, sino cualquier tipo de construcción y aun de reforma sobre un edificio en esas
236 Javier Pérez Gil CIUDADES, 27 (2024): pp. 229-246 ISSN-E: 2445-3943 localidades debe someterse a un proyecto redactado por un facultativo y sancionado con la oportuna licencia administrativa, así como sometido a todas las normativas y estándares predeterminados, los cuales pueden homologarse a los de enclaves muy diferentes culturalmente. En consecuencia, las construcciones de esos lugares han pasado de ser diseñadas y ejecutadas por la propia comunidad —generalmente de la mano de constructores o especialistas locales— y con los materiales del lugar, a convertirse en obras en las que la participación de los usuarios es cada vez menor. Pero eso no significa, como a veces se deja entrever, que ya no haya participación cultural local, aunque, obviamente, esta sea menos acusada. Hassan Fathy nos recordaba que, incluso cuando el propietario no participa en la construcción manualmente, puede participar en el proyecto a través del seguimiento del mismo y de un diálogo constante con arquitectos y artesanos (Fathy, 2021: 62). Figura 3: Morales del Arcediano (León, España). Fuente: Autor (2011). Desde el campo específico de la Teoría arquitectónica-antropológica, Amos Rapoport se refirió también a ese proceso afirmando que, en tanto que fenómeno humano, aun bajo las más severas restricciones físicas y con la tecnología más limitada, el individuo siempre puede elegir en términos culturales (Rapoport, 1972: 67-68). Para ello desarrolló el concepto de “situación crítica” (critically) mediante el que ponía en relación las limitaciones en la edificación —clima, materiales, tecnología… pero también las reglamentaciones— con las
Asentamientos informales y arquitectura vernácula: viejos y nuevos debates 237 CIUDADES, 27 (2024): pp. 229-246 ISSN-E: 2445-3943 posibilidades de elección sobre la forma. Sostenía entonces que cuanto más graves son las presiones, menores las posibilidades de elección, pero eso no conllevaba su inexistencia (Rapoport, 1972: 80-82). En la actualidad, en las sociedades occidentales, esos condicionantes o limitaciones constructivas están generalizados y resulta prácticamente imposible sustraerse a ellos. Hasta el campo se integró hace mucho en la modernidad urbano-capitalista. Allí, de manera casi generalizada, la producción agropecuaria, la construcción o muchos hábitos han pasado a depender del exterior porque sus habitantes ya no trabajan con materiales propios o utensilios fabricados y reparados por ellos mismos, ni dedican los tiempos libres a la construcción ni se conforman con los antiguos medios y rutinas (Baigorri, 1983; González Claverán, 1999). A esto hemos de sumar las obligadas limitaciones de orden facultativo y normativo para la construcción o la planificación urbanística. Pero en nuestras sociedades existe aún un reducto donde la ilegalidad permite ignorar estos condicionantes en alguna medida y es, precisamente, el ámbito de los asentamientos informales. Aquí, las comunidades se adaptan al medio con los recursos disponibles, generalmente materiales industriales y de desecho propios de nuestras sociedades industriales, y esa libertad que faculta la ilegalidad nos permite contemplar construcciones y conjuntos realmente vernáculos, en tanto que son expresión auténtica de la adaptación de esa comunidad concreta a su medio específico, según su propia conciencia cultural. Figura 4: Huertos urbanos en Aubervilliers, París. Fuente: Autor (2022).
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