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El triunfo de la memoria. Los ciclos de la vida, el tiempo y los sueños en las «21 Odas de invierno» (2023) de David Pujante

Espejo Paredes, José Dionisio

Abstract

Las 21 Odas de Invierno de David Pujante constituyen una perfecta síntesis entre la herencia cultural occidental y la propia vida. Esa fusión se manifiesta en la preocupación por el tiempo y la historia, pero sobre todo por la forma en la que un hombre asume el envejecimiento y la muerte. Se intenta descubrir el nexo, el hilo narrativo que articula la totalidad del poemario. Y en esa investigación sobre el taller creativo de D. Pujante se muestra la forma en la que las imágenes, siempre en movimiento, con una retórica interiorizada, expresan un pensamiento dialéctico.

Full text

CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 El triunfo de la memoria. Los ciclos de la vida, el tiempo y los sueños en las 21 Odas de invierno (2023) de David Pujante The triumph of memory. The cycles of life, time and dreams in the 21 Odas de Invierno (2023) by David Pujante JOSÉ DIONISIO ESPEJO PAREDES Universidad de Murcia. Paseo del Teniente Flomesta, 5. 30003 Murcia (España). Dirección de correo electrónico: [email protected]. ORCID [se incluirá tras la evaluación anónima]: https://orcid.org/xxx. Recibido/Received: 18-1-2024. Aceptado/Accepted: 19-4-2024. Cómo citar/How to cite: Espejo Paredes, José Dionisio (2024). “El triunfo de la memoria. Los ciclos de la vida, el tiempo y los sueños en las 21 Odas de invierno (2023) de David Pujante”. Castilla. Estudios de Literatura, 15, pp. 278-307. DOI: https://doi.org/10.24197/cel.15.2024.278-307. Artículo de acceso abierto distribuido bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC-BY 4.0). / Open access article under a Creative Commons Attribution 4.0 International License (CC-BY 4.0). Resumen: Las 21 Odas de Invierno de David Pujante constituyen una perfecta síntesis entre la herencia cultural occidental y la propia vida. Esa fusión se manifiesta en la preocupación por el tiempo y la historia, pero sobre todo por la forma en la que un hombre asume el envejecimiento y la muerte. Se intenta descubrir el nexo, el hilo narrativo que articula la totalidad del poemario. Y en esa investigación sobre el taller creativo de D. Pujante se muestra la forma en la que las imágenes, siempre en movimiento, con una retórica interiorizada, expresan un pensamiento dialéctico. Palabras clave: David Pujante; teoría poética; Clasicismo; alegoría; dialéctica; retórica. Abstract: The 21 Odas de Invierno by David Pujante constitute a perfect synthesis between Western cultural heritage and life itself. This fusion is manifested in the concern for time and history, but above all for the way in which a man accepts aging and death. An attempt is made to discover the nexus, the narrative thread, that articulates the entire collection of poems. And in this investigation into D. Pujante's creative workshop, the way in which the images, always in movement, with internalized rhetoric, express a dialectical thought is shown. Keywords: David Pujante; poetic theory; Classicism; allegory; dialectics; rhetoric. El triunfo de la memoria… en las 21 Odas de Invierno de David Pujante 279 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 I. PRELUDIO La Editorial Milenio publicó en la primavera de 2023 el noveno libro de poemas de David Pujante: 21 Odas de Invierno. Treinta y siete años después de La propia vida (1986), y, desde la perspectiva de su obra poética, con este libro descubrimos aspectos que ya palpitaban en su poesía anterior, pero que aquí se presentan como nunca antes habíamos encontrado. Lo primero que quiere ser mostrado, así se organiza esta reflexión sobre el poemario, son las pulsiones que laten a lo largo del libro, no se trata de conectar los motivos fundamentales con los distintos poemas que se suceden sino de descubrir el carácter de verdad de la obra, sus centros neurálgicos dispersos en todo el recorrido poético. Quizá esta es una introducción teórica que nos prepara para el posterior análisis de los poemas. Solo más adelante, con el “comienzo del viaje”, desde la estación nocturna de la primera Oda, en la IV parte de este artículo, es cuando se intenta descubrir el nexo, a veces visible, otras veces oculto, que organiza cada uno de los poemas del libro, descubrimos su singular “dramaturgia” en su secuenciación. Y así, en la segunda parte de este artículo, se recorre ordenadamente cada una de las 21 Odas. Si la primera parte se centra en los temas, la segunda parte quiere descubrir el orden que articula el conjunto de cantos que constituyen este libro. El verso de David Pujante sale de las chispas que saltan en ese instante en el que el poeta recibe el impacto de un objeto externo, de un sueño o de un recuerdo, y normalmente se produce cuando se funden ambos elementos: la impresión y el verbo. Al leer este libro emprendemos un viaje doble, introspectivo y cognitivo. Es un viaje a la noche, al sueño, al corazón de Saturno. Allí encontramos enigmas e interrogantes como es el del lugar en el que se encuentra el pasado en lo actual, lo que lleva al poeta a triturar la distancia lógica, y no solo psicológica, que distingue las diferentes esferas temporales, acercándose, y acercándonos de esta forma a lo onírico, que es la expresión psicológica del deseo. Pero también es un viaje cognitivo que intenta explorar los límites del saber, esos que están más allá de las convenciones académicas, que fluyen en lo poético. Solo en el conocimiento, el segundo viaje, se resuelve el enigma de la caducidad a donde nos llevó el viaje a la noche. Hay una pulsión común entre todos los géneros en los que se expresa el poeta, investigación y poesía, y captar esa fuente es esencial para comprender estos versos. Esa pulsión es la del conocer, dirigido por una exigencia de verdad. Pero el nexo entre saber y verdad solo se desvela en la ficción creativa. Conocer es una necesidad, allí juega nuestra capacidad receptiva, 280 José Dionisio Espejo Paredes CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 pasiva, y de ella se deriva otra que es la creativa, donde la poesía es acción. Se trata de una ética del trabajo en la que lo racional y lo irracional se funden, entendiendo el trabajo-acción y el conocimiento como formas de redención, aunando el sentido weberiano y protestante (el trabajo redime) con el sentido platónico (el conocimiento como trascendencia). Y entonces surge la pregunta: ¿cómo se conectan poesía e investigación?La respuesta apunta a que el valor redentor del conocimiento se expresa en poesía, la obra donde se dignifica la vida. Por eso los contenidos se fusionan con las formas. 1 Resuenan las palabras de la Diótima platónica en aquello que conecta el parto de una mujer y la creación poética como formas de expresar el primitivo deseo humano de trascendencia biológica y simbólica. El poema señala el esfuerzo por transformar la vivencia del tiempo y la caducidad, por transfigurarlo simbólicamente, dignificando lo humano, tan brutalizado, tan degradado. Sí, el poeta quiere salvarse y con sus versos nos abre una puerta, nos muestra la “salida de la caverna”; la creación desprejuiciada es la puerta de la liberación. Y esa poderosa voluntad poiética, la misma vida declinante y fugitiva, se redime en estos versos. Y entonces parece que el poeta se ilumina sabiéndose partícipe de un acto de comunicación, cuando nos encuentra, atentos, a aquellos para los que se escribieron estas canciones. Pues todo anhelo mesiánico se realiza en la comunicación. Estas Odas están impregnadas de toda esa cultura, técnica psicológica de autoayuda milenaria, que nació en Grecia y que nos enseñó que solo el arte es eterno, que nosotros solo perduramos en nuestras creaciones donde se trasciende nuestra caducidad, no solo los dioses crean. Eso es lo que intuimos en el poema El tema de Gabriel. Aunque el arte para la industria del ocio es mero pasatiempo, para otros es un verdadero rito. Hay poetas que no nos entretienen, sino que nos transportan fuera de nuestra temporalidad. Y lo hacen precisamente forzándonos a tomar conciencia acerca de nuestra inmanencia y caducidad, y de los mecanismos espirituales con los que procesamos esas experiencias. Esa es la inmortalidad o trascendencia que alguna vez soñamos. Ciertamente, en este libro late una inquietud redentora. Aunque nadie escapa a la muerte aquí se evoca el sueño de lo eterno, quizá de lo inmortal, y ello, paradójicamente, desde un abismarse en lo temporal. Parece que se canta 1 Arendt recuerda que Benjamin tenía algo así como el “don de pensar poeticamente” (1990), y Zambrano apuntaba a ello en su “razón poética.” El triunfo de la memoria… en las 21 Odas de Invierno de David Pujante 281 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 al tiempo, pero para exorcizarlo, para que quede fijado, como en una canción que podemos oír una y otra vez. Y la tarea de superar a la muerte, se logra, así lo expresa Hermann Broch (1974, p. 42), en la misma esencia del yo cognoscente, que es incorpóreo, y que como sabemos es incapaz de representarse su propia muerte. Heidegger entiende la historia como “el olvido del ser”, pero ignora el olvido de la historia, de manera que ambos, metafísica e historia, constituyen dos figuras de ese olvido secular. Se recuerda en estas Odas el olvido metafísico: la creación poética debe descubrir un saber olvidado, desterrado o ignoto. Por eso uno de sus poemas centrales evoca El saber de las sirenas y la ambigua actitud de Odiseo. Pero sobre todo se activa en el poema una conciencia clara del olvido histórico y se propone un viaje entre lo que fue, lo perdido, lo añorado (que se encuentra con las víctimas) y lo que permanece, o lo que domina: los amos. Bien sabemos que de la historia solo queda lo que conviene al poder, lo demás lo arrastra el viento del progreso, como al Ángel de la Historia (Benjamin, 1989). David Pujante, en muchos de los poemas de este y de otros de sus libros, quiere aferrarse a una sabiduría que está en peligro, como la propia juventud y los recuerdos de los seres queridos, ahí está el Beatus Ille de Fadigati. Y es, precisamente en el libro, al amparo de estas Odas, donde todavía se avista en la lejanía el sueño redentor de Goethe por el que la poesía, y no la fe, salvarían al mundo. Esa obligación de conocer y crear se impone al poeta, ya que el hombre, bajo el imperativo poético, se pone, y así lo expresa Arendt en su texto sobre Broch (Arendt, 1990, p.125), en la situación de “repetir constantemente la creación del mundo”. Es así cómo el poeta trasciende su mortalidad, se salva, a través del conocimiento y la creación poética, en la forma del Logos, que como bien sabemos es la imagen bíblica del Padre. Su trascendencia, convertida en poema, en libro, es el medio para la nuestra, para la trascendencia de sus lectores. Esa es la magia liberadora de la comunicación. Este saber exige una voluntad que nos prevenga contra el olvido de la historia. Por eso la creación y el saber muestran cómo el poeta se estrella contra la dinámica de la historia, que es la del poder. La reflexión surge en la conciencia histórica, allí junto a Anton Webern (protagonista de uno de los poemas del primer libro de poemas de David Pujante), asesinado en la oscuridad de una noche, y allí es donde se pregunta si “¿el ángel de la muerte es el ángel del destino?” (Pujante, 1986, p.74). Hoy, bajo las sombras de nuestra cultura, que es la que reivindica David Pujante, nos seguimos interrogando: ¿podrían el pensamiento y la sabiduría haber 282 José Dionisio Espejo Paredes CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 herido la legitimidad del nuevo totalitarismo globalizado del capital que enredó a las multitudes con las “redes sociales”? Una pregunta que también quiere responder a la otra de cuál es el papel de la poesía en los tiempos que vivimos. No es el ángel de la muerte, ni el del destino, sino el ángel de la historia el que nos canta, en estos versos, cada vez que aceptamos escucharlo; y nos confiesa su incapacidad para detenerse y recomponer las ruinas que acumula ese huracán llamado progreso. El olvido o fracaso social y cultural, que no personal, de la poesía en ese empeño redentor no era una noticia nueva. Bien sabemos que la literatura, la música, y la sociedad se separaron hace bastante tiempo. Pruebas hay de que, en determinadas circunstancias, esa sociedad encandilada por la novedad tecnológica del progreso, como la que Pujante presenta en la última oda, Las rosas del silencio (Huyendo de las redes sociales), y que muta a veces en figuras horrendas, ha castigado toda forma de sublimación artística que no dependiera de los productos de la cultura de masas generados por los medios técnicos. Y ese es el aliento invernal de Páladas en El último heleno (otro poema de los que culminan el libro), quien contempla la destrucción de su mundo sin esperanza, y escribe irónicamente: “aprende a ser esclavo, es tu nuevo papel en esta farsa” (Pujante, 2023, p.62). La sociedad que valoraba y premiaba los viejos saberes literarios ha desaparecido, por eso, cuanto antes lo descubramos mejor. El poeta es un marginado y esto no es consecuencia de oscuras operaciones políticas, sino de la nueva industria cultural que se fue instalando después de la Segunda Guerra Mundial. La marginalidad de toda la cultura burguesa no es consecuencia de las ideologías del 68, sino del libre mercado y de la competitividad salvaje que tanto defienden algunos intelectuales. Quizá sea dramático que suceda esto en el arte en tiempos liberales, precisamente aquellos que apostaron por la cultura literaria en el siglo XIX. Es hora de reconocer que la racionalidad no resulta necesariamente liberadora, como pensó Kant. También servía para organizar un exterminio sistemático. ¿Y no es de justicia recordarlo? Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Eliot (1984), en Notas para una definición de Cultura, y Adorno (Minima moralia), reflexionan sobre el valor de la cultura. Eliot lo hace desde una perspectiva metafísica donde se ignora la historia, y Adorno dialectiza metafísica e historia y se cuestiona la posibilidad de la El triunfo de la memoria… en las 21 Odas de Invierno de David Pujante 283 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 poesía después de Auschwitz. 2 Se observa que, a lo largo de estas 21 Odas, el poeta siente el peso de la responsabilidad adorniana, no solo la de una tradición más o menos gloriosa, sino la de aquellos que fueron injustamente olvidados. Son muchos márgenes, y marginales, los que son dignificados en estas Odas, y esa defensa ya sugiere cual es la postura política y estética de nuestro poeta. Se llama justicia poética, e histórica. Pujante no canta solo a los grandes nombres, ni a las causas heroicas, canta a aquellos que están en peligro de desaparecer, incluso a algunos que fueron despreciados (Victrix causa diis placuit sed victa Catoni). 3 Estamos acostumbrados a diferenciar entre unos cuantos personajes representativos y una masa enorme de gentes. Diferenciamos entre los famosos circunstanciales y los que somos los demás, números de un cuadro estadístico. Si tuviéramos que pensar estas Odas desde el punto de vista histórico, habríamos de reconocer que la historia que se esboza no es la historia de los grandes personajes representativos, más bien al contrario, aquí se quieren evocar esos márgenes reconocidos que nos han hecho ser lo que somos, porque los nombres de las personas que amamos nunca formaran parte del relato histórico. Entre la verdad histórica y la poética se descubre una secreta identidad, y esta verdad poética es la verdad del mundo visto a través de la retórica, del lenguaje, descubriendo la esencia dialéctica de la historia. Porque solo desde esa visión que identifica la peculiaridad de cada esfera, la de las retóricas y la de los hechos, podemos separar, casi kantianamente, las interpretaciones de los hechos. Cuando la verdad histórica y la poética se contraponen, como el ser y el tiempo, surge el símbolo, cuando ambas se funden nos encontramos en lo alegórico. II. TEMPORALIDAD Y ALEGORÍA Hay una secreta conexión entre lo mítico y lo poético, en tanto que la poesía aspira a presentar la totalidad del universo desde la particular mirada del artista. Hay poetas que confunden esa pretensión poética con lo religioso, pero hay otros que buscan los arquetipos primigenios en la inmanencia de lo humano, figuras que toman el disfraz del mito. Así funciona lo mítico, especialmente el de la antigüedad grecolatina, en la 2 Lo encontramos desde Mínima Moralia, 1951, hasta Dialéctica negativa, 1966. 3 Primero Benjamin, después Arendt, recuerdan a Lucano y su poema Bellum Civile, de donde procede este verso. 284 José Dionisio Espejo Paredes CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 poesía de David Pujante, como una forma de encuentro con un origen pleno, pero no desprovisto de conflictos. La cultura es mito en tanto que actúa como paradigma vital. La distancia entre la plenitud clásica y nuestro mundo, o entre la vida pasada y la actualidad, crea una constante preocupación en nuestro poeta por la temporalidad. Nuestra tradición cultural, de cuño grecolatino, ha contrapuesto la temporalidad y la eternidad; ser y tiempo o ser y devenir eran excluyentes, verdaderas dicotomías para cualquier tentación pensante. La naturaleza (physis) era eterna, mientras que el arte (techné) era temporal. Sin embargo, nuestra tradición judeocristiana dinamitó esa dualidad e introdujo la posibilidad de una temporalidad o un instante donde se hacía presente, casi como una abreviatura, lo eterno. En la Antigüedad, y también para el burgués, lo dialéctico contribuyó a resolver tal paradoja, pero el burgués hoy vive el tiempo escatológico cristiano, por eso ser y tiempo se oponen y no se oponen a la vez. Y seguramente es en el gran arte, en las más excelentes producciones, donde esa dualidad se convierte en dialéctica y no en mera oposición o dualismo. El verso de Pujante nos reconcilia con la vida al acercarse a las armonías primigenias, eso que llamamos mito, el decir metafórico original. Por eso el elemento mítico, o metafórico, 4 la máscara, que es algo dialéctico, no resulta un ornamento del humano decir. La figura mítica funda la realidad, y descubrir sus rastros, arqueológica o poéticamente. Es la forma de restaurar la continuidad de la comunicación, transformar el devenir en eternidad. Por eso la máscara, apariencia y devenir, es la verdad, es decir, permanencia y eternidad. Esa compleja realidad, dialéctica, solo se percibe alegóricamente, expresada en forma de máscara o mito. Cada una de las imágenes que aparecen en estos poemas son mónadas, 5 abreviaturas de un conjunto mayor. Vemos en estos versos la capacidad de percibir el todo en cada uno de los fragmentos. Así se percibe en El cálido tocar de suave mano otorgando noble gracia, un poema del libro Estación marítima, del propio David Pujante: todo está en una frase musical de Bach. En una frase musical está el universo entero, “la armonía esencial de las esferas”, allí estamos nosotros, y “el misterio de la creación” (Pujante, 2020, p.27); allí, 4 Fue Rousseau el que nos recordó en su Ensayo sobre el origen del lenguaje, como luego hizo Nietzsche con su retórica, que la expresión primitiva es la metáfora. J. Derrida lo explicó en varios textos. 5 Concepto leibniziano que usa Walter Benjamin en El Origen del drama Barroco Alemán para caracterizar la “idea” y, en consecuencia, su concepto de alegoría. El triunfo de la memoria… en las 21 Odas de Invierno de David Pujante 285 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 en un fragmento está el silenciado saber de los silenos y de las sirenas, que es lo mismo, y debe expresar el arte sublime. Y esa es precisamente la esencia de lo alegórico. No debemos leer esta poesía suponiendo un profundo y oscuro sentido escondido tras la metáfora, pues no es simbolismo sino alegorismo lo que circula por las venas o los versos de estos poemas. En lo alegórico se cumplen tres operaciones: se distingue entre el decir y el mostrar, en segundo lugar, se identifica la máscara a través de personajes históricos o míticos y en tercer lugar se identifican dos fuerzas temporales contrapuestas, la del tiempo cíclico y la del progreso lineal. Y en muchos poemas se mezclan todas las operaciones. Por eso, en estas odas, los personajes del pasado se actualizan en los nuevos, pero también los ahora percibidos adquieren el rostro de los antiguos. Se quiebra el orden temporal, lo discontinuo, lo heterogéneo, se hace regla en sus yuxtaposiciones. En muchas ocasiones esos personajes o situaciones son simples máscaras donde se presenta el propio poeta, pudorosamente, a la contemplación del espectador, tal y como el propio poeta confiesa haber aprendido con la lectura de Kavafis, y está igualmente en Pessoa, en Yeats y seguramente procede de Baudelaire, y de sus correspondencias. Por eso (como nos muestra otro poema de las Odas) el Duque de Urbino, perplejo y en duda entre el preciosismo del manuscrito y el nuevo libro impreso, es simultáneamente el propio poeta entre dos universos, el de la cultura literaria burguesa y el de los nuevos medios digitales. Este modelo de temporalidad mítica de la máscara desconoce la linealidad del cronómetro. El juego de El viejo relojero que aparece en Animales despiertos (Pujante, 2013), aquí resuena en otro orden, es el instante benjaminiano (jetztzeit), pero también evoca dialecticamente el eterno retorno nietzscheano, dialéctica entre seriedad e ironía, confesión y broma. Leyendo las 21 Odas de Invierno de David Pujante se siente algo parecido, dentro de cada una de ellas se encuentran varias capas temporales, en distintas combinaciones, entendiendo la temporalidad desde una perspectiva objetiva o subjetiva. Se cruza lo objetivo histórico y literario con lo subjetivo de las impresiones producidas por algunas vivencias. Ciertamente la poesía de Pujante es un canto al inexorable paso del tiempo, pero también al arte que, sin negar esa temporalidad, apolíneamente, nos salva y nos protege de nuestra caducidad. Sí, en su poesía se recoge la tensión dialéctica entre lo apolíneo (la forma artística) y lo dionisíaco (la vida). Se trata de versos que acogen lo caótico, la generación y la corrupción, la caducidad, quizá ese es el saber que ocultan 286 José Dionisio Espejo Paredes CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 las esfinges o el que se llevaron las sirenas con su silencio. El mismo que quiso reflejar Borges en su soneto Edipo y el enigma, las edades de la vida, el eterno devenir, el poder, el deseo y la destrucción, esas certezas sobre lo humano cuya verdad “nos aniquilaría”. Entre el nacer, a cuatro patas, y el morir, a tres, todo parece marcado por un conjunto de pasiones destructivas que acompañan la natural destrucción de lo temporal. Sin embargo, a diferencia de Borges, o de Hobbes, en Pujante el mal no está en el hombre, todo deriva de la voluntad de poder, de unos cuantos, convertida en pulsión tanatológica de las fuerzas motoras del desarrollo. Por eso hay otra fuerza que predomina en la mayoría de estos poemas que es esperanzadora: el eros, y también es humana, y a veces es una sonrisa escondida en alguna de las escenas evocadas. Y esa fuerza quiere penetrar como esperanza en los poemas dominados por la destrucción temporal. Lo erótico se confunde con la forma, lo apolíneo; el horrendo rostro del sileno es así dominado por la forma, convertido en oda, canto esperanzado. En cierto sentido, lo que se está intentando es proteger todo cuanto está condenado a perecer bajo el flujo ininterrumpido del devenir. Así es la personalidad poética de David Pujante. Esa verdad existencial es como una balsa en medio del océano, necesita una forma para ser expresada y también para salvar al propio sujeto que accede a dicha revelación. En un determinado momento histórico, la época burguesa, la literatura llegó a ser un instrumento de ascensión social. Pero ¿qué valor tiene la cultura literaria y artística en tiempos donde ya no hay sociedad que la precise? ¿Para qué va a trabajar la industria cultural tradicional creando personajes representativos que hoy fabrican a cientos los nuevos medios tecnológicos? No solo ha pasado el tiempo para nuestra vida, también se ha pasado el tiempo de la cultura que conocimos. Esa doble experiencia se palpa, dolorosamente, en los versos de este libro, pero ninguna de esas circunstancias apaga la llama poética, erótica, ni la del entusiasmo del poeta y del hombre. III. IDENTIFICAR LAS HUELLAS Las alegorías de Pujante son imágenes dialécticas que surgen entre el desengaño y el entusiasmo. Y quizá es eso lo que recogen las citas de Margarit y Marcial cual anfitriones que hacen de pórtico de entrada a estas 21 Odas. En ambas citas se apunta al final de la obra, o de la vida, que se torna cíclica. Todo el libro es una forma de aprendizaje para llegar a esta edad madura para la que ni la educación ni los valores sociales nos El triunfo de la memoria… en las 21 Odas de Invierno de David Pujante 293 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 palabras de Ernesto Sábato: lo que somos hoy es gracias a otros que “nos han ido salvando la vida” (Pujante, 2023, p.23). La evocación del pasado no es solo nostalgia, es más bien la urgente necesidad de dignificar todo aquello que permitió que lo bueno que hoy es pudiera ser, el agradecimiento es la fórmula por la que el poeta evoca el pasado directa o alegóricamente. Sí, la Gracia, el agradecimiento, se han ido amplificando a lo largo del libro y pretende ganarle la batalla al tiempo que crea y destruye. Dialéctica temporal. La casa no es un lugar, no hace referencia al espacio físico, es más bien una figura del tiempo. Casi todo en este libro, incluso en su materialidad más desatada, como “el glande en granazón” del poema inicial (Pujante, 2023, p.9), presenta un territorio que es temporal, incluso diría que sonoro y no visual. Aquí los espacios son tiempos; todo fluye como en el tiempo y en la música, no vemos, sino que oímos, y leemos en silencio mientras oímos los versos convertidos en canciones, y si cobran apariencia de espacio es solo una ilusión. Esta oda titulada La casa es una evocación de la infancia, un canto a esa casa protectora que es alegoría del padre y de la madre. Y como siempre, en este péndulo dialéctico, aparece el tiempo, ese Saturno que todo lo destruye, y que deja la casa, que antaño fue poderoso refugio, convertida en un montón de escombros, y hay una barca, la barca de Caronte, al borde de la playa, de frente a ese mar que siempre estuvo ahí, pero que ahora representa a la muerte. La casa se fue transformando como la propia vida, ha sido rodeada por el desierto y sus arenas se han filtrado por todas sus grietas y ventanas. Se trata de una meditación sobre la fragilidad de la vida, y sobre la conciencia de tal estado. Meditación del tiempo, que es la siguiente oda del libro, sale de las entrañas de La casa, y es, si cabe, más honda. Aquí vive el desengaño, como en los Coloquios crepusculares de Michelangelo Buonarroti y Vittoria Colonna (del libro Animales despiertos) vive la melancolía. El tiempo que hace que la vida se convierta en un cúmulo de dones y misterios, de belleza y de desgracias pasajeras, se convierte en el protagonista de esta meditación que recuerda a ese oratorio handeliano Il trionfo del tempo e del disinganno, sobre un texto de Benedetto Pamphili, magnífica alegoría donde la Belleza, el Placer, el Desengaño y el Tiempo litigan: el tiempo “alimenta tu ser para la muerte” (Pujante, 2023, p.26). “Die Zeit, die ist ein sonderbar Ding” canta la Mariscala de Der Rosenkavalier. ¿Por qué hablar del ser y no más bien de la nada? se preguntaba Heidegger, que también quiso comprender esa constelación pensante que va del barroco al romanticismo, la nada que es la muerte, la 294 José Dionisio Espejo Paredes CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 muerte y la doncella schubertiana. Este mundo barroco es para Pujante, como fue para los poetas de la generación del 27, o para otros tantos poetas europeos de la esfera alemana, desde Goethe hasta Hofmannsthal, el centro de una cosmovisión de la vida que se percibía a través de la cultura, como representación, “El gran teatro del mundo”. No solo para Galileo la naturaleza era un libro escrito en clave matemática, para toda una civilización el mundo era eso, un libro al que le hemos dado forma con nuestro lenguaje, algo a lo que apunta el propio Pujante en sus reflexiones sobre “la construcción discursiva de la realidad” de su Retórica constructivista. Tenemos que descubrir en nuestro lenguaje las huellas del mundo y en el mundo nuestro lenguaje y para eso debemos renunciar a que las palabras sean designadores. Y es así, cuando nuestro lenguaje no es un mero instrumento del decir, cuando el lenguaje es la forma en la que las cosas se nos muestran, en ese acoplamiento entre palabras y cosas, o entre el tiempo y los sueños, donde todo cobra sentido, incluso la muerte. Esa es la lógica de lo alegórico, una forma de decir cuya complejidad quiere expresar la forma de la vivencia y la de su objeto. 6 VI. DE LA POSESIÓN POÉTICA A LA MEDIACIÓN LITERARIA Poetas y filósofos investigan sobre ese a priori que es la palabra. Hay que entrar en el laboratorio mental y establecer un orden, explorar el arsenal de palabras y conceptos que allí habitan, descubrir su procedencia, todos los signos son formas evolucionadas de las señales primigenias. Hay poetas que trabajan con esas palabras que nombran aspectos más directos de la vivencia, pero hay otros que se acercan a las estructuras míticas desde las que se nombran las vivencias. Pujante es de estos últimos. Quizá el problema de la poesía hoy son las expectativas de los lectores: los públicos quieren que la obra se les acerque, que sea como su propia palabra, necesitan símbolos de sus ideas y percepciones basadas en sus estereotipos. El poeta, para algunos públicos, es una mera representación de ellos mismos, de sus fantasías, de lo contrario su lenguaje no le dice nada. Eso no debe ser así, y hay muchas obras que no son así, por eso no son fáciles de leer para sus públicos. Hay obras que exigen que el lector salga de su confortable horizonte mental, obras que lo 6 Walter Benjamin quiso explicar su visión mística del lenguaje con un gran tratado sobre El origen del drama barroco alemán (Benjamin, 1990). El triunfo de la memoria… en las 21 Odas de Invierno de David Pujante 295 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 violentan, o lo obligan a elevarse como un Sócrates que arrastra al prisionero fuera de la caverna, así lo dice Hofmannsthal: El hombre exige de una obra de arte que le hable, que le diga algo, que se haga una con él. La obra de arte suprema no hace eso, como tampoco lo hace la naturaleza: ella está allí y conduce al hombre por encima de sí mismo, siempre que esté dispuesto. (Hofmannsthal, 1991, p.137) El verso alegórico y dialéctico de David Pujante es de ese tipo. La suya es una complejidad que no es perceptible de forma inmediata, su visión es así una revelación, deslumbra y nos deja enceguecidos, por eso parece ocultarse a primera vista, pero allí se muestra, no se dice, la tensión invisible que mueve la existencia, que la eleva. Se nos revela la fragilidad de una construcción que quiere ser real y es solo espejo de realidades. Algunos lectores buscan en vano confirmar sus filtros perceptivos, incluso ideológicos, confundidos con verdades intemporales, pero en este libro se descubre la verdad del tiempo, que como en el último libro de Zambrano (1998) se acerca a la verdad del sueño. No, la voluntad de estos versos no es hablarle al lector o a sus representaciones, sino transportarlo fuera de sí, sacarlo de su lugar común, conducirlo “por encima de sí mismo”, como en la salida de la caverna platónica, y eso supone un esfuerzo en el que se tensan los conocimientos y las experiencias del lector con unas pocas exigencias. Percibimos en estas Odas una poética de la lectura, y por así decir un pensamiento de la mediación como el que proponía Hofmannsthal. Cualquier teoría de la lectura que pretenda no reducir su objeto, libro o discurso, a la medida de los criterios del lector, y al mismo tiempo pretenda ser crítica tiene que vérselas con una serie de aporías necesarias. El planteamiento tiene varias exigencias. La primera es que el lector se convierta en un mero medio, así anula sus filtros, y todas sus premisas, hace una lectura que permite presentarse, hacerse presente, al escritor o el interlocutor del diálogo. De lo contrario, sin mediación, no hay escucha, ni hay lectura, la voz del otro es silenciada por la elocuencia del yo lector, siempre hablador, incapaz de escuchar. Por lo tanto, para que sea posible la lectura o la escucha hace falta la anulación del “yo” del lector, un despliegue de cierto ascetismo por el que el lector es poseído por la palabra del texto, y en cierto sentido anulado socráticamente. En ese momento hay que dejarse llevar. Y estas Odas nos empujan fuera, entre la furia de la 296 José Dionisio Espejo Paredes CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 tormenta y la dicha de un puerto protector, y entre ellos avanzamos desnudos, poseídos por un extraño daimon. VII. ONÍRICA LIBERTAD El mejor ejemplo de todo ese mundo es el que nos presenta la oda titulada La renuncia del duque de Urbino. En ella se perciben dos fuerzas contrapuestas, una pasiva, resignada o conservadora, racional, y otra activa, dialéctica. En este poema lo pasivo se expresa en forma de nostalgia y al mismo tiempo presenta una imagen dialéctica donde se contrapone lo originario y la técnica, no negado desde la nostalgia de lo pasado, solo interrogado, y es precisamente cuando domina lo dialéctico cuando se disipa la nostalgia. Entonces se produce un equilibrio extraño, una tensión de fuerzas, un querer de lo nuevo y un recordar con añoranza lo viejo, dos pulsiones activadas como fuerzas complementarias. En cierto sentido, esta renuncia es consecuencia de la seducción que produce lo nuevo, aunque quede la duda de si por lo nuevo se va a pagar un precio demasiado elevado, o si una sabiduría antigua y valiosa va a ser olvidada al ser sustituida su forma. Pero el poder quiere lo nuevo, se beneficia de ello, las viejas sirenas deben callar. Solo un leve declive de su fuerza de dominación torna nostálgico al poder. En esta oda se presenta la edad de oro en la biblioteca del Duque de Urbino, en sus manuscritos, en las conversaciones, en los juegos: eran restos que todavía permitían a aquellos hombres, los humanistas, considerarse los descendientes directos de la gloriosa Antigüedad. Por eso se pregunta el poeta en esta oda cómo pudo el egregio personaje traicionar su cultura dando acceso a su biblioteca a aquellos libros impresos. Evoca ese momento crucial en el que convivieron dos culturas y dos tecnologías, pero ese es también nuestro momento. Y ahí está el centro de esta oda; la tercera parte se llama Renuncia, trata de la transición de una concepción a la otra, también es alegórica porque habla del humanismo, de la transformación del mundo, de la galaxia Gutenberg, del libro impreso, pero hace referencia a otra, o mejor, nuestra era, donde el libro impreso, la biblioteca misma están a punto de desaparecer en el océano de lo virtual y las aventuras de las AI. Lo que se plantea es la percepción del que está en un instante decisivo, donde lo pasado se ha caído y lo futuro aparece amenazante. Esa figura vertiginosa de un pasado que ya no es y un futuro que no se sabe, es el lugar evocado en esta El triunfo de la memoria… en las 21 Odas de Invierno de David Pujante 297 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 colección de Odas, y, como en la tradición agustiniana, el presente queda borrado, es un mero tránsito donde todo se convierte en la nada que es el pasado, de ahí el vértigo o el nihilismo que transmiten por momentos estos poemas. No se puede estar en dos mundos o en dos tiempos, aunque la imaginación permite ese ir hacia todos los sitios y las épocas (Freud, 2002), porque algo se pierde al ser sustituido por lo nuevo, y esa pérdida supone una renuncia, derivada de una elección o acontecimiento involuntario. Igual que Cassirer dice, en Antropología Filosófica, que conforme avanza lo simbólico retrocede lo físico, aquí se interroga por la desmaterialización que se produce en el proceso técnico, se pregunta si “el producto se aleja de las manos, del olor y del tacto, del sueño y de la herida del artesano” por efecto de la transformación técnica de lo cultural. Y ese proceso es ya una evidencia histórica. Por eso se pregunta David Pujante por qué algunos, recordemos a Walter Benjamin, encontraron en esa transformación técnica, en el cine y la fotografía, aportes y novedades fundamentales para la práctica artística, derivadas de la pérdida del aura de la obra de arte tradicional, mientras otro, T.W. Adorno, aplicándolo a la música, descubría en la tecnología una pérdida de fisicidad y una regresión auditiva. Esa tensión entre afirmación y negación es la modernidad para el poeta, que aquí, reconoce con nostalgia, que nuestra época, la del olvido del ser, la de la des-auratización, es la de las renuncias ignoradas, quizá inconscientes e involuntarias. Pero cuando se ama la belleza de la juventud es muy difícil desconfiar de su novedad. Y eso aunque hay que reconocer que el mundo, con su técnica siempre renovada, se hace cada vez más viejo; puede suceder que lo nuevo sea viejo, y que lo viejo sea nuevo como insinúan estas Odas. En este libro de versos la fuerza dominante de la novedad técnica revela su fragilidad y su mentira, no es la mentira de lo joven sino del poder. Por eso, aunque parezca nostalgia de señor, lo que leemos es melancolía de pueblo, que recuerda el cuerpo que fue, los amigos que lo acompañaron y los padres que lo protegieron (pienso en la oda titulada Permanencia). No es añoranza de un poder que desapareció, sino el recuerdo de una vida que se escapa, no es el dogma de un tiempo sin mácula, sino la fragilidad de una era de contradicciones. La fuerza del poder, por muy concretas que sean sus aplicaciones técnicas, es abstracta y fugitiva, mientras la fuerza de la vida es concreta y perpetuamente renovada. Por eso, frente a una inexorable fuerza saturniana que todo lo tritura, el poeta se fija en lo que permanece. Como en El Tema de Gabriel, 298 José Dionisio Espejo Paredes CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 en Permanencia regresa el mismo interrogante, una variación y una repetición, alguna de las estrategias usadas por el maestro de la retórica que es David Pujante. Y ahora, el interrogante no es sentido frente a una música, la misma ahora que cuando la oímos hace años, sino frente a un mar, el de la Caleta (Cádiz) que, muchos años después, permanece idéntico, y es donde el poeta nos plantea la dialéctica entre el ser y el devenir. La imagen original está impresa en la memoria, es reconocible el lugar, pero a esa imagen mental le falta algo. Vista de nuevo, parece una repetición, o mejor, en el poema se busca la repetición, pero es imposible, porque se ha convertido en una variación inapelable, una pérdida irrecuperable, una resurrección imposible. ¿Se ha convertido el mundo en una imagen como supuso Heidegger, y explicó Foucault en Las palabras y las cosas (1984)? La imagen, en el recuerdo, es incompleta cuando la actualizamos, no se acopla a su fundamento empírico, no contiene la fluidez de lo temporal. Pujante podría querer que la imagen mental o la palabra sea “la cosa misma” pero no puede confundir los dos territorios, su lucidez le impide consolarse con tal ilusión identitaria. No, nuestras imágenes y nuestros recuerdos, nuestras palabras, no son mágicas, no reconstruyen por sí mismas un pasado que es irrecuperable. Las imágenes no son cosas, aunque las construyen. Y, sin embargo, somos imágenes, pero cambiantes, y esa representación mutante y fluida no es percibida por la razón sino por el sueño. La razón dialectiza de otra forma, no comprende la vida en tanto que se encamina a la muerte, su negación racional. Y como somos imágenes, así es nuestro lenguaje, el que quiere captar esa compleja pareja que es la del cuerpo y su representación, debe captar lo que media entre la palabra y la imagen. En esa encrucijada encontramos alegorías como la de las Variaciones sobre un vaso roto, una oda que aparece en el centro del libro, protagonizada por unos labios sedientos de vida que recogen cada gota y la paladean sabiendo que es lo que merece la pena “de paisaje, fraternidad y amor”, sin saber cuándo se secará la boca, cuándo se romperá el cristal, cuándo vendrá la muerte. Cuerpo reducido a labios, a sed y deseo de supervivencia. Ese vaso roto es la vida más cerca del final que del principio, es “el fondo quebrado de su alma” (Pujante, 2023, p. 33) en el verso de Francisco Brines de la cita inicial de la oda. Y como siempre, lo que permanece, eventual tabla de salvación: la música, que suena acompañando el inexorable finale. Certeza que se alcanza en otra oda titulada Zhuang Zi hace balance. Lo barroco fluye como sangre viva por estos poemas y precisamente en eso, de frente a la caducidad misma, El triunfo de la memoria… en las 21 Odas de Invierno de David Pujante 299 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 emerge la esperanza. Así, con la certeza de la muerte, la vida se amansa, igual que cuando Epicuro nos dice que la muerte no es, solo es el temor que nos agita, y es el temor, no la muerte lo que nos oscurece la vida. Pues la sapiencia de lo mortal, del límite, enriquece lo ilimitado de la vida; libres de todo temor y de todo deseo, como Emily Dickinson en un poema del primer libro de Pujante (2020, p.19), “ella la nunca elegida”, que realizaba su vida no en el aplauso sino en el verso, “Y la idea de la muerte le era una ola de paz acariciante”. Solo tiene miedo a la muerte el que no vive, para el que su vida depende de los otros, del reconocimiento, del aplauso o los likes. Ese vive su vida en la muerte. El equilibrio entre la experiencia desordenada, dolorosa, inarmónica y la forma que cuestiona y embellece la experiencia, Nietzsche lo llamó la armonía entre lo apolíneo y lo dionisíaco, que se expresa en la vida y toma forma excelsa en el arte. Por eso el arte nos enseña a vivir, no se poetiza para los demás sino para uno mismo, por necesidad. Es una dialéctica sujeto-objeto, autor-lector, no racional sino poética y existencial. Parece que cada poema surge de un diálogo imaginario que se produce en la mente del poeta, donde los amigos se multiplican como los libros, o los libros como amigos. De libros habla otra oda, de esos que salieron de la imprenta y llegaron a las manos, embargaron los ojos, y sedujeron el alma. Es una oda (De libros) que dedica a su amigo psicoanalista vallisoletano J. M. Álvarez. Se trata de evocar una sensación que sentimos todos los que fuimos coleccionistas de libros, de una sensación que solo se produce cuando los contemplas ahí, en su sitio. Los libros están vivos y nosotros estamos conectados a ellos, pero ellos se quedarán ahí, y aunque los poseímos y son una parte de nosotros, un día ellos estarán y nosotros no. Ellos nos hicieron ser lo que somos, y quedarán para los que quieran ser ellos mismos, salidos del libro, salidos de la vida sin engaño, la verdadera Madre al decir de Bataille. Como la vida, que está trenzada en un conjunto de imágenes, la oda Evocación, otoño 2020 es un recorrido por una variada secuencia de imágenes-recuerdo de los puentes florentinos sobre el Arno. Y como sucede a lo largo del poemario también aquí las imágenes se convierten en alegorías, en ellas se cruzan lo histórico y lo natural, como nos enseñaron los maestros del Barroco, fundiendo en una misma imagen lo material y lo espiritual. Por eso se mezclan elementos, la cultura renacentista italiana, o la ocupación nazi de Florencia, con elementos físicos como el agua, la roca o el cielo. Contra la racionalidad convencional, casi roussonianamente, aparece de nuevo la lógica de la ensoñación, y la apología del recuerdo, 300 José Dionisio Espejo Paredes CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 “arcadas somnolientas”, pues ahí es donde fluye la vida, regada por afluentes de imágenes y de sueños, con su paso lento como las aguas del Arno. La vida, que es cuerpo y alma fundidos, se virtualiza en la forma de las imágenes que pueblan la psique, lo consciente y lo inconsciente. Y en el otoño de la vida del poeta se cruzan todas las imágenes que el poema intenta ordenar, las de su vida, amores y desamores, lecturas, viajes, todo son flujos, más o menos intensos o continuos. El poema se convierte en un sueño donde el poeta cruza el puente de un lado al otro, del ayer al hoy, de la vigilia al sueño, donde los ríos se multiplican fluyendo, y la vida quiere detenerse en los recuerdos, y no llegar a la mar, “que es el morir”. Ese es el mundo ensoñado de El muchacho de Cross Plains, el mundo de lo que fue, el tiempo de la infancia, el de la familia protectora. Se puede vivir en el pasado, pero es negar el flujo de la vida, se puede vivir en el sueño, pero es perder el olor a la sal de los cuerpos, en esa tensión vive también este personaje en el que ahora se desdobla el poeta. El suicidio, que nos deja el olor a pólvora al final del poema, resuelve el conflicto en este caso. La muerte, que se hace presente a lo largo de todo el poemario, aquí pierde su protagonismo frente al individuo, y de nuevo dialécticamente, el individuo vence a la muerte con su suicidio, afirmando su voluntad, no la del tiempo y el destino, en un acto en el que el escritor de best seller Robert E. Howard adquiere la dimensión de un Séneca, de un Benjamin, de un Celan o de un Pavese, ante la libertad y ante la vida, o ante la soledad. Pero no es solo libertad el camino de Robert E. Howard, también lo es el de Leopold Bloom que “divisa gaviotas a mediodía” (en Estación marítima, Pujante, 2020, p.36) mientras medita sobre la incomodidad del suicidio. De nuevo una articulación entre dos mundos, ahora es el de la alta cultura y el de la cultura de masas que evoca al destinatario de esta oda, Juan Varo, “erudito de lo culto y de lo popular”. Si en esta oda (El muchacho de Cross Plains) se homenajea la cultura popular, el resto de los poemas que vienen seguidamente es un repaso de ese conjunto de imágenes que ha constituido el mundo del poeta, que comparte con nosotros sus representaciones y alcanza, especialmente en la siguiente oda, homenaje a Yourcenar, Copa de bronce y vino espeso, la serenidad de mujeres como Dickinson, Yourcenar o la propia madre. Entre las imágenes que pueblan el mundo espiritual de David Pujante, está la preocupación por la tarea del escritor, su conciencia de autor, y el destino de su obra. Por eso el poeta insiste en la fortuna literaria, que no es lo que debería ser (la necesaria búsqueda de interlocutores, amigos, con los que comunicarse al más alto nivel), sino que está confundida con el éxito. En El triunfo de la memoria… en las 21 Odas de Invierno de David Pujante 301 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 la feria de las vanidades literarias, “no es oro todo lo que reluce”, sino “osadía mediocre” que se asienta en “la injusticia, la envidia y la casualidad”. Aquí no hay interrogantes, hay certezas: “la grandeza yace en el silencio” (Pujante, 2023, p.46). Una obra merecedora de aprecio no es reconocida porque el público y la crítica aplaudirán lo superficial, a aquellos que, aun sabiendo de su mediocridad, hacen grandes alardes y gran espectáculo y ocupan el lugar que no les corresponde, como esas superficiales pero triunfantes “hermosas de su tiempo que volvían de ese centro del mundo que entonces fue Paris” y cuya insignificancia triunfante evoca el poema ya antes aludido Emily Dickinson (Pujante, 2020, p.19). Parece que no son tiempos para la poesía, menos aún para el pensamiento, ni siquiera para un arte que quiera sacar a los públicos de su confortable pantalla, caverna desde donde contempla a los elegidos por la industria cultural. Triunfa una vana voluntad de poder que más adelante recoge el poeta en El saber de las sirenas, y para eso solo resta el pesimismo silencioso del que va “Huyendo de las redes sociales” (Pujante, 2023, p.65). Pero eso no desanima al poeta que se entrega a sus personajes alegóricos con más pasión que nunca: Unamuno, Borges o Machado, Fadigati, Odiseo, y todos aquellos amigos literarios que irrumpen en la última oda, Las rosas del silencio. VIII. EROTOSOFÍA PRIMERA Dentro de este elocuente laboratorio poético nos acercamos a El Deseo. Nada de nuestra personalidad y de nuestras relaciones puede comprenderse al margen de esa energía, fuerza, que algunos llamaron voluntad, pero que con deseo se destaca su aspecto irracional, su “volcánica verdad de la Naturaleza”, Eros. Ese concepto dio título a la obra completa de Cernuda, La realidad y el deseo, fue el centro de una especulación filosófica que iba de Foucault a Deleuze. Spinoza le llamó “conatus”, para Nietzsche fue “voluntad de poder”. Desde Epicuro a Lucrecio, desde Séneca a Marco Aurelio toda la cultura clásica se esforzó por enseñarnos a canalizar esa fuerza creadora y destructora, es la fuente de la creación y de la guerra. Heráclito la divinizó. Todo eso circula por esta oda, donde aparece de nuevo el flujo acuático, ensoñador; no somos otra cosa, el deseo nos consume y nos recrea, nos gasta y también nos permite gestar nuevas vidas. Solo debemos ser conscientes, conocer la identidad entre nuestro dialéctico orden mental y el de las cosas, eso y la voluntad de escribir. Ya protagonizó el deseo el segundo libro de David 302 José Dionisio Espejo Paredes CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 278-307 ISSN 1989-7383 Pujante: Con el cuerpo del deseo (1990), pero en los 33 años que han transcurrido desde aquel libro donde el deseo evocaba el cuerpo añorado, hemos llegado a un deseo que quiere recuperar el tiempo perdido. Se ha producido una transformación en el objeto de deseo que ha afectado profundamente al sujeto deseante. El deseo sigue siendo el motor vital pero la erótica ha cambiado de rumbo. Profundizando en ese “poder que nos agita”, el deseo, la siguiente oda, La felicidad de las lentejas, quiere distinguir entre dos formas de amor. El poeta crea un nuevo escenario y muta en el pensar de Unamuno, se hace doméstico, y evoca la mesa de camilla y los olores que venían de la cocina en la que la mujer-madre preparaba amorosamente unas lentejas. Hay un amor que no es el eros pasión que han construido todas las representaciones amorosas que circulan por la literatura y las canciones de moda. Es un amor tranquilo, protector, cómplice. Precisamente ahí, en ese pequeño y doméstico sentimiento está el “gran sentimiento”, pues es este el que “apuntala nuestras vidas”. Estamos sometiendo nuestras relaciones a determinadas exigencias, construcciones literarias que vienen del amor cortés, imágenes del amor como conquista y posesión, y no nos damos cuenta de otra forma de amor que no se forja en la distancia sino en el contacto, que no viene de la idealización del objeto deseado sino de la realidad de cada día, un amor burgués de verdad, aunque también lo hay de conveniencia. Con Fadigati (en la oda Los anteojos rotos del profesor Fadigati) las reflexiones sobre el deseo llegan más a lo hondo, a lo paradójico. Son la cruz de la forma del sentimiento que se descubre en los “pensamientos” de Unamuno, al calor de un guiso de lentejas. Nos presenta el deseo destructor en la desolación de la edad. Ahora es felicidad incluso lo precario. El alter ego del poeta se expresa aquí mientras repite los versos de Dryden-Purcell como si fuera un coro de King Arthur o de Indian Queen, que interviene regularmente, “el tiempo y la experiencia…” (Pujante, 2023, p.53) y nos presenta a este delicado y frágil profesor Fadigati feliz en la infelicidad de un amor imposible. Quién sabe si las tres últimas odas no las escribió el propio profesor Fadigati, y precisamente por eso tuvo un tiempo de dicha en su indigencia final. Son tres extraordinarias reflexiones sobre lo espiritual, sobre el saber, sobre la escritura y sobre su destino. Hemos explorado imprevisibles recovecos de la memoria, que el de Hipona nos habría dicho que nos conectaba con la imagen misma del Padre, de su eternidad, lo hemos visto