«El hereje» de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI
Abstract
Este artículo examina la recreación de la Medicina del siglo XVI en El hereje (1998), cuyo vigésimo quinto aniversario se ha celebrado en 2023. Ponemos de relieve cómo la abundante presencia de enfermedades y enfermos, remedios y sanadores, a lo largo del texto, se imbrica en la trama de la novela, contribuye a la caracterización de los personajes y da realce a diferentes episodios. Con el análisis de los aspectos médicos que aparecen en la obra y las notas sobre sus fuentes (directas e indirectas) se demuestra hasta qué punto y cómo se documentó el autor acerca de diversos aspectos relacionados la Historia de la Medicina, que enriquecen considerablemente el marco histórico de la novela y se integran en ella con total maestría.
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CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI* Miguel Delibes’s The Hereje (The Heretic) in light of 16th Century Medicine ANA ISABEL MARTÍN FERREIRA Universidad de Valladolid. Grupo Speculum medicinae. Departamento de Filología Clásica. Facultad de Filosofía y Letras. Pza. del campus s/n. 47011. Valladolid (España). Dirección de correo electrónico: anaisabel.martin[email protected]. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-2215-8437. Recibido/Received: 17-1-2024. Aceptado/Accepted: 3-4-2024. Cómo citar/How to cite: Martín Ferreira, Ana Isabel (2024). “El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI”. Castilla. Estudios de Literatura, 15, pp. 496-525. DOI: https://doi.org/10.24197/cel.15.2024.496-525. Artículo de acceso abierto distribuido bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC-BY 4.0). / Open access article under a Creative Commons Attribution 4.0 International License (CC-BY 4.0). Resumen: Este artículo examina la recreación de la Medicina del siglo XVI en El hereje (1998), cuyo vigésimo quinto aniversario se ha celebrado en 2023. Ponemos de relieve cómo la abundante presencia de enfermedades y enfermos, remedios y sanadores, a lo largo del texto, se imbrica en la trama de la novela, contribuye a la caracterización de los personajes y da realce a diferentes episodios. Con el análisis de los aspectos médicos que aparecen en la obra y las notas sobre sus fuentes (directas e indirectas) se demuestra hasta qué punto y cómo se documentó el autor acerca de diversos aspectos relacionados con la Historia de la Medicina, que enriquecen considerablemente el marco histórico de la novela y se integran en ella con total maestría. Palabras clave: Miguel Delibes; El hereje; medicina española renacentista. Abstract: This paper analyzes the recreation of the 16th Century Medicine in El hereje (1998), the very last book written by Miguel Delibes, whose 25th anniversary celebrations were held in 2023. It is noted how the wide range of diseases and patients, medicines and healers is intricately related to the novel’s plot, contributes to the description of the characters and highlights some episodes. The analysis of this text and its sources (direct and indirect) reveals how the author was well informed about several topics of History of Medicine which considerably improve the historical framework of the novel and completely fit into it. Keywords: Miguel Delibes; El hereje; Renaissance Spanish Medicine. * Este trabajo se ha realizado en el marco del Proyecto de Investigación “Amato Lusitano y su tiempo: Literatura médica, pacientes y enfermedades en el siglo XVI”, subvencionado por la Junta de Castilla y León. Referencia: VA222P20.
El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI 497 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 INTRODUCCIÓN Nuestro trabajo pretende analizar la recreación de la enfermedad y la medicina en el Valladolid de la primera mitad del siglo XVI en El hereje, la última novela de Miguel Delibes, publicada en 1998. Con ella puso “el broche de oro a una larga, intensa y reconocida producción novelística, iniciada 50 años antes” (Ortega, 2023, p. 598) y fue el “testamento literario e ideológico” de su autor (Sotelo, 2014, p. 37). Existe a día de hoy una bibliografía sobre ella que abruma y que sorprende, más si se tiene en cuenta que solo han transcurrido 25 años de su primera edición; a esta han seguido muchas, en diferentes idiomas, y desde 2019 contamos con una excelente edición crítica del texto, con un amplísimo estudio introductorio a cargo de Mario Crespo, 1 que reúne 18 páginas de referencias bibliográficas. Esta cantidad de estudios a que ha dado y sigue dando lugar la novela es directamente proporcional al conjunto documental generado por el propio autor en relación con su escritura y publicación. 2 Pero podemos decir que hay dos tipos de bibliografía cuando se habla de El hereje: la externa, la de todo lo que se ha escrito acerca del texto en sí, y otra interna, la que el autor manejó para escribirlo. Y es que Delibes se documentó a fondo, estudió a conciencia, preguntó y trató de incluir todo cuanto llegó a saber para trasladarnos 500 años atrás a aquella ciudad del siglo XVI, “asentada entre los ríos Pisuerga y Esgueva, (...) una villa de veintiocho mil habitantes” (p. 187), la ciudad del autor, que tiene un protagonismo absoluto, y todo ello se integra en el texto, sin dar la sensación de pastiche (Morán, 2010, p. 149). Así se entretejen también los aspectos médicos, ayudando a crear un clima que añade tensión por momentos en numerosos pasajes de la obra y en no poca medida contribuye a construir el retrato de los personajes: las enfermedades que sufren, los remedios que utilizan, las personas que los atienden están indisolublemente unidos a su estatus social y a su esencia. Lo mismo que se recrea un paisaje rústico y urbano, al igual que se cuenta cómo eran las ropas, las arquitecturas, los muebles y la decoración, la alimentación y la bebida, los libros que se leían, los medios de transporte, la situación 1 En lo sucesivo citaremos por ella a lo largo del artículo. 2 Un total de 3450 hojas de papel custodiadas en tres carpetas, testigos de la lenta y concienzuda preparación de la novela, estudiadas por Alfonso León, “nudos” originados por su actividad literaria que recientemente analizaba Ortega (2023, pp. 599-600) en el artículo sugestivamente titulado “La estratificación de la memoria en el archivo imperceptible de Miguel Delibes”.
498 Ana Isabel Martín Ferreira CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 económica, social, política y religiosa de aquella Castilla, también hay una voluntad de reflejar en la novela cómo se enfermaba, se curaba o se moría en Valladolid, como un ingrediente más de la intrahistoria, tremendamente realista, por momentos trágico, en consonancia con la historia y el pesimismo subyacente en ella. Sin discutir si El hereje es o no una novela histórica, 3 resulta evidente que existe un conocimiento previo de los sucesos históricos y que “es una novela con un fondo histórico” (Sotelo, 2014, p. 39); el último de los paratextos que incluyó en la obra, una breve nota con los nombres de los historiadores a los que expresa su reconocimiento, es fundamental para llegar a sus hipotextos. 4 En el terreno que nos ocupa es evidente que contrajo una deuda muy bien administrada y basada en la amistad que le unía a Anastasio Rojo Vega, catedrático de Historia de la Medicina de la Universidad de Valladolid. 5 Delibes dispuso de fotocopias de diversos artículos y conferencias del Dr. Rojo; de su obra Médicos y Sanadores en la Castilla del siglo XVI (1993) tomó diferentes notas acerca de la peste, el médico, los enfermos y la terminología técnica, como muestran también sus archivos (Crespo, 2019, p. 92, nota 306) y algunos datos más, como veremos a continuación. También es muy posible que manejara otras obras del historiador, como señalaremos, pero hay otro hipotexto, no escrito, transmitido y asimilado de manera oral, compuesto por las obras de otros estudiosos de la historia de la medicina, por los tratados médicos originales de la época y toda la documentación e información archivística, el material de años de docencia e investigación, que Rojo conocía al detalle, 6 un tesoro de sabiduría que contaba como anécdotas, y que a Delibes le 3 Delibes repetía que no lo era (Crespo, 2019, p. 12). 4 Al final de la novela, leemos: “Aparte de los libros y autores expresamente mencionados en la novela, hay historiadores como Jesús A. Burgos, Bartolomé Bennassar, Carmen Bernis, Germán Bleiberg, Teófanes Egido, Isidoro González Gallego, Marcelino Menéndez Pelayo, Juan Ortega y Rubio, Anastasio Rojo Vega, Matías Sangrador, J. Ignacio Tellechea y Federico Wattenberg que con sus obras me han ayudado a reconstruir y conformar una época (el siglo XVI). A todos ellos expreso por estas mi reconocimiento”. 5 Falleció prematuramente, a los 62 años, en 2017. 6 Tenía recopiladas y fotocopiadas un sinfín de obras médicas del siglo XVI, que en la era de Google digital también había ido pasando a memorias externas por desconfianza en que siempre estuvieran ahí, a disposición de todos. Él siempre compartió estos conocimientos, con sus discípulos y colegas, y también con los amigos y el público en general, en los últimos años a través de su web (www.anastasiorojo.com), hoy clausurada.
El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI 499 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 entusiasmaban. 7 Lo que hizo el novelista con todo este arsenal de datos fue lograr lo que al historiador le estaba vedado, prescindir de las enojosas notas a pie de texto, entretener con los datos científicos, trascenderlos y dotarlos de vida y sentido al encarnarlos en los personajes y su contexto. Rojo Vega reconocía en la presentación de su primer Anecdotario histórico de Valladolid (1997, pp. 9-10): Como historiador tiendo a la erudición y a dar por hecho que todo el mundo sabe de qué estoy hablando, pero no es así. En los temas de investigación pura en que me muevo puede que seamos cuarenta o cincuenta —España, medicina, ciencia, libro, Siglo de Oro—; nunca podré conseguir que mi mujer y mis hijas lean un libro de esos temas, hasta yo me aburro conmigo mismo. Sin embargo, el profesor Rojo consiguió más lectores y esquivó el aburrimiento a través de sus artículos periodísticos reunidos en este libro, en lo que él consideraba “entretenimientos hechos sobre documentos y sucesos auténticos”, demostrando que “Valladolid tiene historia y pequeñas historias” (1997, p. 10). Su amigo Delibes corroboró este aserto reinterpretando los datos desde la estética y el oficio de escritor, construyendo una novela que también tiene mucha intrahistoria de la ciudad a la que va dedicada. 1. SINOPSIS DE LA NOVELA La novela se articula en tres libros, precedidos por una especie de preludio, que pone en situación al lector, pues todo lo que viene a continuación será un largo flashback en el que se reconstruye la vida del protagonista. Al tiempo real se vuelve prácticamente al final de la novela. En este primer episodio viaja de regreso a Castilla en un barco de bandera alemana un hombre que ha abrazado definitivamente la causa luterana, con un fardo de libros de contrabando. Lo que todavía no sabe el lector es que apenas falta un año y siete meses para que tenga lugar el auto de fe celebrado en la plaza mayor de Valladolid, el 21 de mayo de 1559, en el cual este hombre va a ser condenado a la hoguera. Se trata de Cipriano Salcedo. 7 Así lo contaba su hijo Germán Delibes en una entrevista el 25 de febrero de 2019 (Crespo, 2019, p. 92, nota 307).
500 Ana Isabel Martín Ferreira CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 Los tres libros siguientes en los que se divide el texto nos introducen de lleno en la historia del protagonista: viene al mundo en Valladolid el 31 de octubre de 1517, acaso predestinado por la fecha a ser eso, el hereje, ya que ese mismo día proclama sus 95 tesis en Wittemberg Lutero, artífice de la Reforma religiosa en Europa, que derivará en el llamado “protestantismo”. Nuestro personaje es hijo único y tardío del matrimonio formado por D. Bernardo Salcedo y Dña. Catalina Bustamante, huérfano de una madre que no supera el puerperio, por lo que, para su padre, Cipriano será siempre “el pequeño parricida”, y el odio, la frialdad y la distancia con su progenitor marcarán el resto de su vida. Su único calor y amor será el de la nodriza, Minervina Capa, una joven de quince años. De ella sufre una primera separación cuando el padre decide internar a Cipriano en el colegio de niños expósitos. Allí conocerá la soledad, la crueldad, los abusos, pero también su fuerza. El niño vuelve a casa al morir su padre y entonces vivirá con la propia nodriza el despertar sexual adolescente para volver a ser separado de ella, ante el escándalo descubierto por sus tíos que lo tutelan. “Cumplida la mayoría de edad, el joven Cipriano se doctoró en Leyes” (p. 313), que era la carrera por excelencia entonces en el Studium vallisoletano; comienza a ocuparse de los negocios y tierras de su padre y asistimos al ascenso económico y social del protagonista. En el aspecto sentimental, tras buscar sin éxito a Minervina, conoce a la que será su esposa, Teodomira, la llamada “reina del Páramo”, por su destreza como esquiladora. Su relación, en principio apasionada, se va deteriorando progresivamente, a la par que la salud psíquica de la joven, obsesionada con la idea de ser madre. El tercer plano de este libro es el crecimiento progresivo de los escrúpulos de conciencia de Cipriano, sus dudas, su búsqueda del perfeccionamiento moral, su descubrimiento de la hipocresía en el ámbito religioso. Todo cambia cuando empieza a relacionarse con el doctor Agustín Cazalla, con el hermano de este y con su madre, doña Leonor Vivero. En el conventículo o conciliábulo reformista luterano que estos mantenían en su casa, Cipriano cree encontrar el calor fraternal, se siente importante y querido. Sin embargo, en el libro III, titulado precisamente “El auto de fe”, todo hace presagiar el final de Cipriano en la hoguera, como un nuevo Jesucristo. Ha enviudado, apenas hace siete meses que ha regresado de su viaje a Alemania y, en este acto final, el eje central son las persecuciones, su detención y la de sus correligionarios, la cárcel secreta de la Inquisición, la tortura, las vejaciones, la violencia extrema y la muerte en la hoguera a
El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI 501 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 la que acude simbólicamente a lomos de una borriquilla. Camino del particular calvario tendrá el último consuelo y la compañía de Minervina, protagonista absoluta de la declaración final que cierra las páginas del libro. 2. LAS ENFERMEDADES A lo largo de esta trama, definida con acierto como una auténtica “tragedia humana” (Crespo, 2019, p. 70), tiene una relevancia especial la enfermedad (“La enfermedad no deja nunca de salir al paso de cualquiera” Esta sentencia de Rojo [2014, p. 237] abre el artículo del Dr. Fernández Salazar, donde se comentan “algunas de las muchas alusiones a la medicina, las enfermedades y los enfermos, que podemos encontrar en «El hereje»” [2021, p. 20], señaladas exclusivamente desde un punto de vista clínico); es la gran responsable del sufrimiento humano y del sentimiento de pérdida, una constante en la obra de Delibes desde La sombra del ciprés es alargada (1947), donde el protagonista, Pedro, huérfano, también pierde a su amigo Alfredo por culpa de la tuberculosis y sobre el texto planea la sombra permanente de la depresión y la aceptación de la muerte. 8 Si en la primera novela aparecen las enfermedades en consonancia con la época y el espacio en que se ambienta, también en la última, cerrando el círculo, encontramos la enfermedad en sus diferentes caras, es decir, las enfermedades del cuerpo y las enfermedades del alma. 2. 1. La enfermedad en general En la introducción a la obra Enfermos y sanadores en la Castilla del siglo XVI, fuente principal y muy consultada por Delibes para escribir El hereje, leemos (Rojo, 1993, p. 7): El castellano del siglo XVI, como el de todas las épocas, enfermaba y, también como en todas las épocas, ponía todos los medios a su alcance para vencer los males que le aquejaban. Tales medios eran variados y diferían bastante, tanto en lo referente a la capacidad intelectual de los sanadores como en los precios, aunque diferían más en lo que respecta a lo primero, que a lo segundo. Existía la medicina casera, existían los médicos notables y existía el recogimiento en un hospital, entre otras posibilidades. 8 Cf. Talavera (2007, pp. 315-337).
502 Ana Isabel Martín Ferreira CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 La gente enfermaba, o al menos lo notaba, como ahora, cuando empezaba a encontrarse mal. Pero para los médicos de la época se trataba de una cuestión de desequilibrio de los humores corporales (sangre, flema, cólera o bilis amarilla y humor melancólico o bilis negra), que dejaban de encontrarse en su adecuada proporción, al menos en la proporción propia de cada individuo; Galeno, que escribió multitud de páginas acerca de los distintos temperamentos, pensaba que las diferencias en la naturaleza de cada individuo se debían a las distintas combinaciones de esos cuatro elementos básicos del cuerpo humano llamados humores y de sus cualidades (calor, frío, humedad y sequedad). Así, el predominio de una de estas cualidades y humores sobre otras daba lugar a un tipo fisiológico distinto de consecuencias psicosomáticas: colérico, sanguíneo, melancólico o flemático. El equilibrio, el temperamentum eucratum (Galeno, Hipp.Aph., Kühn 17b, p. 565), era un ideal humano en el plano teórico, inalcanzable, pues cada individuo tenía la mezcla propia de su temperamento y enfermaba de acuerdo con ella, bien por exceso o defecto, por encima de lo habitual, de alguno de los humores fisiológicos. Conforme a esta teoría, siguiendo las bases de Hipócrates, padre de la medicina, los mecanismos de curación pasaban por eliminar lo que sobraba e intentar restaurar lo que se suponía que faltaba, para recuperar el estado de salud. Partiendo de esta premisa, el novelista, alumno aplicado de ese tipo de explicaciones, seguro que también leyó La medicina española renacentista de Luis Sánchez Granjel (1980), “la mejor síntesis que existe sobre la medicina castellana del periodo” en palabras de Rojo (1993, p. 7), para recrear las enfermedades y desequilibrios, en amplio sentido, que aparecen en la novela. 2. 2. Enfermedades femeninas y de carácter sexual La ginecología es, sin duda, la especialidad más representada en el texto, no en vano el catedrático vallisoletano Luis Mercado, “la imagen perfecta del médico escolástico” (Rojo, 1995, p. 59), que protagoniza un “cameo” en el texto, va a escribir a finales de siglo XVI (1579) en Valladolid, una de sus obras más importantes y difundidas (Blanco Pérez, 1999, p. 62): el tratado sobre las enfermedades de las mujeres, De mulierum affectionibus libri quatuor, obra coetánea de las numerosas que escribieron al respecto los médicos luteranos y calvinistas del norte de Europa (Jakob Ruf, Martin Akakia, Gaspar Bauhin, etc.) considerados los
El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI 503 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 adelantados en la materia. 9 Efectivamente, durante esta centuria hay un creciente interés por la misión biológica de la mujer (Granjel, 1980, p. 195), que no es otra que concebir y parir hijos. Ya desde la Edad Media, los grandes tratados médicos, las sumas y enciclopedias dedicaban capítulos completos sobre todo a desgranar recetas para descubrir las causas de la esterilidad y ponerle remedio. Y en este contexto se refleja muy bien el problema central del matrimonio de Cipriano y Teodomira. 2. 2. 1. La esterilidad o escasa fecundidad de los Salcedo Una cuestión recurrente en la novela es la “escasa fertilidad de los Salcedo”; el padre de Cipriano tarda en engendrarlo, su tío paterno no tiene hijos, nuestro protagonista no los va a tener. Agobiado por esta circunstancia, el primer Salcedo, su progenitor, consulta al médico acerca de este asunto y le hacen a su madre una de las pruebas más frecuentes en la época para descubrir la esterilidad: la del ajo. Efectivamente, tal y como lo cuenta Rojo Vega (1993, p. 45), a doña Catalina el Galeno de turno le introduce un ajo en la vagina tal que una noche y se presenta a la mañana siguiente para comprobar si el aliento le huele a ajo, en cuyo caso será circunstancia probatoria de que la mujer no presenta las vías opiladas (en terminología de la época), sino que las tiene expeditas y listas para concebir. Esta prueba en el Medievo podía ser aún más espectacular, y resulta recurrente en todos los capítulos relativos a la esterilidad femenina de los compendios al uso, como puede leerse en el Lilium medicine de Bernardo de Gordon 10 (lib. VII, 1, f. 316r): se ponía a la mujer totalmente tapada de la cabeza a los pies, en una silla perforada por abajo, con las únicas aperturas de la vagina y la boca, y se le aplicaban sahumerios olorosos por debajo; si el olor y los vapores ascendían hasta la boca, sus vías estaban desopiladas y listas para procrear; de lo contrario, se la consideraba estéril. Había otra prueba, no obstante, que involucraba a la pareja, muy habitual en la literatura ginecológica medieval (Rojo, 1993, p. 45 y Recio y Martín, 2019, pp. 208-209): consistía en hacer orinar a ambos cónyuges 9 La recopilación más famosa de obras ginecológicas (Gynaecia) conoció tres ediciones diferentes a lo largo del siglo XVI y una enorme difusión: Casparus Wolphius, Gynaeciorum, hoc est, De mulierum … affectibus et morbis ..., per Thomam Guarinum, Basileae 1566, pasando por la segunda: per Conradum Waldkirch, Basileae 1586, hasta la tercera: sumptibus Lazari Zetzneri, Argentinae 1597. 10 Bernardi Gordonii … Lilium medicinae, Parisiis, 1542.
504 Ana Isabel Martín Ferreira CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 en sendos calderos con salvado o harina; si al cabo de unos días se encontraban gusanos en uno de ellos, la culpa era del que hubiera orinado en él. Probablemente, de las documentadas Delibes eligió la primera, más expedita y también más vistosa desde el punto de vista literario. Aunque, como veremos, no se resiste a insinuarla, por boca de un doctor Almenara, el ginecólogo que la atiende, anacrónicamente “científico” y poco amigo de tales experimentos. El nombre del médico es real y responde a un tal Alonso de Almenara, galeno de nutrida biblioteca, presente en los archivos y adscrito a los llamados médicos de la época imperial (Rojo, 1993, p. 15 y Rojo, 2014, p. 237). Los capítulos sobre concepción y alumbramiento de los tratados médicos medievales son fascinantes (Conde, Montero y Herrero, 1999); además de diagnosticar la esterilidad, tratan muchas veces sobre el tema del doble esperma, una teoría de los antiguos que se da por buena aún en el Renacimiento. Hombre y mujer poseen semen por igual y ambas simientes deben encontrarse para concebir un hijo. Lógicamente no tienen la misma “cualidad”, pero este encuentro es un requisito indispensable para la concepción (Montero y Conde, 2001, pp. 383-391). En la novela también encontramos los ecos de esta teoría, cuando un desesperado don Bernardo, al que le cuesta pensar que él pueda ser el causante de la falta de descendencia, mantiene la siguiente conversación con el médico: —En medicina dos y dos no siempre son cuatro, señor Salcedo. (...) Existe la posibilidad de que ambos estén en perfectas condiciones de procrear y, por lo que sea, sus respectivas aportaciones no se entiendan. El señor Salcedo guardó cauto silencio. Le constaban los conocimientos del doctor Almenara, sus éxitos (...). Asimismo era del dominio público que en su biblioteca se alineaban trescientos doce volúmenes (...) suficientes para dar idea de su grado de ilustración. (...) Sin embargo inquirió: —Y ¿la ciencia no dispone de ninguna otra prueba, doctor, digamos menos afrentosa, un poco más delicada? —Podríamos someter a su esposa a la prueba de la orina, pero es una operación asquerosa y tan poco fidedigna como la del ajo. (pp. 194-195). Como puede observarse, Delibes, lejos de relatar al detalle toda la información obtenida al respecto (Rojo, 1993, 193, p. 45), la insinúa elegantemente en labios de un médico del siglo XVI, y hemos de pensar que el plano de la oralidad se deja entrever en la última frase; en conversaciónes con su fuente, seguro que la prueba también fue tildada de “asquerosa”.
El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI 511 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 2. 3. Otras enfermedades 2. 3. 1. La peste y los apestados Don Bernardo muere víctima de la peste que asoló Valladolid en 1527, una suerte de justicia poética en el texto. Pero la peste en aquella época podía ser cualquier tipo de brote epidémico, no necesariamente la “peste bubónica” o peste negra que asoló Europa sobre todo en el siglo XIV. Cuando se declaraba una situación de emergencia de este tipo, las autoridades en las ciudades tomaban medidas especiales, de la mano y consejo de los médicos universitarios. Testigo de ello son los numerosos “regimientos” de peste que se escribieron y en los cuales los galenos daban pautas para hacer frente a la epidemia a través de una serie de recomendaciones y remedios para prevenir o tratar la enfermedad. Constituyeron un género literario muy prolijo, sobre todo a raíz de la peste negra de 1348, y en el periodo en que se ambienta la novela el más famoso era probablemente el ya mencionado Sumario de la medicina con un tratado sobre las pestíferas bubas de López de Villalobos (1498), al que se añadieron después muchos otros como los del médico cortesano Luis Lobera de Ávila, el sevillano Francisco Franco, Andrés Laguna o el propio Luis Mercado, catedrático de Medicina en Valladolid, por citar solo algunos. Pero, ante los medios con los que se contaba, los aliados de la salud solían ser el paso del tiempo y el clima. Delibes describe un panorama “de libro”: cómo se extiende el mal en plena Conferencia de Valladolid, evento de altísimo nivel que hubo de trasladarse y aplazarse sin fecha, cómo se vive en principio sin demasiado pesimismo, cómo se produjo una segunda oleada, cómo se tapaba la boca la gente, las medidas de confinamiento, etc. Hubo varios brotes a lo largo del Siglo de Oro (Bennassar, 1994, 88-92 y Rojo, 1984, pp. 107-115), y el retrato de nuestro autor es compatible con cualquiera de ellos, sin olvidar el imprescindible Libro de la peste que el Dr. Mercado publicó en 1599: Por aquellos días Valladolid se sintió sobresaltada por una preocupación de otro signo: un criado del mariscal de Frómista que venía de camino, herido de una seca 14 de pestilencia, infeccionó por contagio a tres criadas del mariscal, todas ellas mozas, y los cuatro fallecieron en pocos días. Paralelamente, la sanidad declaró un enfermo de pestilencia en Herrera de 14 Se trata de otro de los términos habituales en el castellano de la época para referirse a las bubas; cf. Rojo (1993, p. 62).
512 Ana Isabel Martín Ferreira CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 Duero y una mujer en Dueñas. En pocas horas, en las esquinas de las calles, florecieron hogueras donde se quemaban tomillo, romero y flor de cantueso con objeto de depurar el ambiente, aunque las gentes caminaban desde días tapándose la boca con el pañuelo. El Concejo nombró una Junta de Comisionados para que se informaran de la salud de la villa y de los pueblos próximos y echó mano de los dineros de las sisas del vino y del pan para organizar la defensa contra la enfermedad. Publicó después un bando que los pregoneros divulgaron exigiendo limpieza en las calles, (...) organizando la atención médica, botica y alimentos para los pobres, puesto que el hambre facilitaba el contagio de la enfermedad. En cambio los ricos se apresuraban a recoger sus enseres y objetos preciados y, por las noches, abandonaban furtivamente la villa en sus carruajes para instalarse en el campo, en sus casas de placer, 15 junto a los ríos, en espera de que la epidemia cediera. (...) Unos meses después aparecieron los primeros fríos y la gente respiró aliviada. Existía el convencimiento de que la peste era consecuencia del calor y, por contra, el frío y la lluvia atemperaban sus efectos. A los pocos días templó y la peste volvió a picar en los pueblos y ciudades castellanos. En esta segunda oleada se empezó a hablar de la peste del año seis, más grave que la del dieciocho. (...) Fue por aquellos días, en la última fase de la epidemia, cuando su tío (…) le comunicó que don Bernardo, su padre, estaba gravemente enfermo. Hacía días que se había contagiado de la peste aunque él siempre pensó que este mal era enfermedad de pobres. Y él, que desde niño había aborrecido las enfermedades asquerosas, la padecía ahora en su forma activa, el cuerpo cubierto de landres abiertas, purulentas, como en la peste del año seis. (pp. 302-305) Pero la fuerza que el término ‘peste’ poseía hizo que también se usara en sentido figurado para referirse simbólicamente a la fe luterana, a la herejía (33); de ahí que en la novela los luteranos sean “herejes y apestados” (p. 480). Y otra enfermedad del alma o simbólica es la lepra, de connotaciones tan negativas desde el Medievo a nivel religioso, político y social; es enfermedad del alma (Martín, 1994, p. 276) que se usa como sinónimo del 15 El referente nos traslada a Sedano, la residencia familiar de los Delibes en verano, en cuyos alrededores, concretamente en Pesquera de Ebro, se lee en alguna de las ventanas: “Jesús, María, esta es casa de placer y gente de alegría. Ave María”; eran aquellas casas, muchas de ellas de indianos, construcciones solariegas destinadas al ocio y recreo, cerca de los ríos, lejos de las ciudades. En El disputado voto del señor Cayo (1978), el joven Rafa reacciona como el turista moderno al leer “casa de placer” en la inscripción y la confunde erróneamente con un prostíbulo.
El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI 513 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 protestantismo en numerosos pasajes: cuando se cuenta que el Doctor Cazalla al regresar de Alemania “llevaba ya la lepra consigo” (p. 157) o cuando el pueblo enardecido, exigiendo auto de fe, llamaba a los luteranos “leprosos” (p. 484). 2. 3. 2. El tabardete o tabardillo El tabardillo o tabardete o pintas corresponde a lo que los médicos llamaban “fiebre punticular” (Granjel, 1980, p. 209) por la presencia de petequias o pequeños puntos de sangre debajo de la piel. Se trataba de una enfermedad considerada nueva por los médicos renacentistas, infecciosa y la mayoría de las veces mortal. En la novela se dice que ha sido la causa de la muerte de Gonzalo Maluenda (p. 436) sin entrar en más consideraciones, pero teniendo detrás presente la definición del término dada por Rojo Vega (1993, p. 62), que la equipara a lo que hoy conocemos como tifus exantemático. Las epidemias de tabardete fueron objeto de varias monografías escritas a finales del siglo XVI, como las de Alfonso López de Corella y el propio Luis Mercado. 2. 3. 3. Escotoma Delibes, al que imaginamos prendado del nombre, seguramente decidió adoptarlo para que sufriera de accesos de “escotoma” uno de los correligionarios de Cipriano, Juan García (p. 452). Se trata de una de las definiciones de Rojo Vega (1993, p. 58): “visión de moscas, pelos y otras cosas inexistentes”. Pero este helenismo en realidad designaba una especie de aturdimiento que conlleva la pérdida de visión repentina y pasajera; derivado de σκότωμα (“vértigo”) y σκότωσις (“oscuridad”), en los textos medievales se había confundido por atracción paronímica con σκοπός y μῦα, creando una falsa etimología, con el significado de “visión de moscas”, muy popular en la literatura médica medieval, como atestiguan Gilberto Ánglico y John de Gaddesden, por ejemplo, autores de dos compendios muy difundidos aún el Renacimiento. Así leemos en el Compendium medicine (1510) del primero de ellos, fol. 99ra: “Scothomia et vertigo nomina sinonima sunt. Dicitur enim scothomia quasi scopomia a scopos quod est videre et vel intendere et mias quod est musca, quasi videns muscas vel corpora nigra ante oculos volitantes” (Escotomia y vértigo son nombres sinónimos. Pues se dice ‘escotomia’ como ‘scopomia’ de ‘scopos’ que es ver o extender y ‘mias’ que es mosca, algo
514 Ana Isabel Martín Ferreira CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 así como visión de moscas o cuerpos negros que vuelan ante los ojos 16 ). Y en el segundo, en su Rosa Anglica (1492), fol. 170ra: “Et dicitur scothomia a scothos quod est videre et mias quod est musca quasi visio muscarum”. (Y se dice ‘escotomia’ por ‘scotos’ que es ver y ‘mias’ que es mosca, algo así como ‘visión de moscas’). 2. 3. 4. Tremor cordis, perlesía y un poco de melancolía El afán del autor por acercarse a la época es tal que, lejos de caer en la tentación de achacar a un anacrónico infarto la causa de la muerte de doña Leonor Vivero, la madre de Cazalla, la hace morir de un “tremor de corazón”, lo que traducido a la medicina renacentista era tremor cordis, cardiaca passio o palpitación: “Por la mañana había sentido un vago tremor de corazón y, después de comer, quedó muerta en la mecedora sin que nadie lo advirtiera” (p. 453). Igualmente llama “perlesía” y no “apoplejía” al accidente sufrido por el “corresponsal de Torrelobatón” (p. 226), en aras de una mayor sonoridad y un distanciamiento lingüístico de la época actual. 17 Solo se desliza anacrónicamente la astenia de Cazalla, “un poco femenina”, como señala el autor, que muy bien podría responder, según el patrón de la época, a la melancolía. Sin embargo, sí se describe como acceso de melancolía, aunque fingida, la que padece don Bernardo nada más enviudar, pues así era “como él llamaba pomposamente a sus meses de vagancia” (p. 233). Se trataba de una afección a la que se dedicaron muchas páginas y tratados en los textos médicos latinos, pero Delibes tendría en mente la Dignotio et cura affectuum melancholicorum de Alonso de Santa Cruz, un tratadito de 44 páginas, escrito en forma de diálogo, que describe los síntomas y las terapias tradicionales, desaconsejando los métodos coercitivos, incluido el encierro (que no es competencia del médico), y en el que defiende el trato amable y la empatía con el enfermo. Cervantes debió de conocer este opúsculo de Alfonso de Santa Cruz, pues parece haberlo utilizado, aunque fuera en versión manuscrita, 18 en la descripción del caso clínico del protagonista en El licenciado Vidriera (Rojo, 1984, 153). Otro homenaje, indirecto, de Delibes a Valladolid y sus nombres ilustres. 16 Las traducciones son nuestras. 17 Ambos términos se recogen en el glosario de Anastasio Rojo (1993, pp. 55 y 62). 18 El diálogo fue publicado a título póstumo por su hijo, Ponce de Santa Cruz, junto a otras obras (Madrid, 1622), bajo el título Opusculum de melancholia.
El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI 515 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 Como hemos podido comprobar, el recorrido por las enfermedades del siglo XVI es bastante representativo de la época, en su mayoría afectan en la obra a las clases pudientes, por ser el estamento social en que se mueven casi todos los protagonistas; podrían echarse en falta otras, desde las fiebres en general, con toda su tipología, y que entonces se consideraban una enfermedad y no un síntoma, hasta la disentería, otro clásico, pasando por toda la serie de parásitos que infectaban a la población en general y que, como muchas otras afecciones, tenían un denominador común: la falta de higiene que se desprende de la descripción de Valladolid “polvorienta y árida en verano, fría y cenagosa en invierno y sucia y hedionda en todas las estaciones” (p.190). No obstante, además de utilizarse de manera general y sabiamente dosificada para recrear un ambiente determinado en la obra, estas y no otras enfermedades, sobre las que poseería también información el autor, son las especialmente indicadas para retratar a los personajes/pacientes concretos en su contexto. Hubo una información previa y una necesaria selección supeditada al objetivo de la creación literaria, también palpable en los remedios y en los encargados de aplicarlos, pues los enfermos fueron legión, pero la lucha contra las enfermedades requirió también de otros elementos esenciales en la novela de Delibes. 3. REMEDIOS UNIVERSALES: MEDICINA HIPOCRÁTICO-GALÉNICA Ya decíamos al comienzo de estas páginas que la medicina humoral y de base hipocrática de la época persigue el equilibrio de los individuos, muy atenta a todo lo que sobra y a compensar lo que falta en el cuerpo. En el primer sentido, los grandes remedios eran la sangría y la purga, casi siempre por este orden y muchas veces aplicados a la vez. Son sangrados en la novela el mencionado enfermo de perlesía, la recién parida madre de Cipriano, y el “pletórico” 19 viudo, con desiguales resultados obviamente: “la actividad desaforada desplegada por don Bernardo vino a restablecerle de la plétora causada por sus excesos gastronómicos, restablecimiento al que ayudó sin duda la sangría practicada por Gaspar Laguna, que, en su día, había intervenido también a su señora inútilmente” (p 235). 19 La plétora en la época es sinónimo de repleción, de sobra de cualquiera de los humores presentes en el cuerpo humano, que había que eliminar por diferentes medios (fundamentalmente purga y sangría) para reestablecer el equilibrio humoral. El Dr. Laguna, aunque no lleve su nombre de pila, también recuerda demasiado al célebre médico segoviano del siglo XVI, Andrés Laguna.
516 Ana Isabel Martín Ferreira CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 La purga solía conseguirse con sustancias como el ruibarbo (p. 199), un remedio muy común entonces, el purgante humoral y laxante por excelencia en la farmacopea medieval y renacentista, que, por ejemplo, “mueve el vientre” de la parturienta doña Catalina sin el resultado esperado, ya que no progresan las labores del parto. Tampoco podía faltar la tisana hipocrática (p. 178), que en puridad era el agua de cebada, aunque realmente en el siglo XVI el término hacía referencia a cualquier tipo de infusión de hierbas medicinales, como se descubre en las recetas medievales y renacentistas. Así era también “el agua de artemisa” (p. 199) con la que de nuevo se intenta que progrese el alumbramiento de doña Catalina. La artemisa (arthemisia) es una de las hierbas más citadas en los textos médicos para estimular la menstruación en el caso de amenorrea y también favorecía el alumbramiento (O’Dowd, 2001, p. 87). No olvidemos que el nombre se relacionaba con la diosa Artemisa o Ártemis, hermana gemela de Apolo, asimismo con poderes en el ámbito de la medicina, que se pensaban capaces de trasladarse a los medicamentos por la vía del nombre. Otro de los remedios universales, también citados en la novela, era la salvia (p. 389); de esta hierba ya se decía en el poema médico medieval Flos medicinae (De Frutos, 2010, 186, vv. 371 y 378) que quien la tenía a mano se curaba de todo, pues su raíz, etimológicamente hablando, se hacía coincidir con la de salus. Y cuando fallaban los remedios más “simples” se acudía a los compuestos de cierto nivel; el más afamado solía ser la theriaca o triaca (p. 206). Se trataba de un medicamento muy caro, solo apto para ricos, cuya receta escuece en el ánimo del miserable don Bernardo, cuando el médico la prescribe como último recurso para acabar con las fiebres puerperales de su esposa: Pero, como al día siguiente, doña Catalina continuara en el mismo estado, don Francisco Almenara abrió un nuevo camino a la esperanza apelando a la triaca magna: —Hay que dársela. No queda otro remedio. La matrona asintió. Don Bernardo, resignadamente, buscó unas monedas en los bolsillos de la ropeta para el remedio, pero el doctor, al advertir su ademán, le informó de que se trataba de un medicamento caro. ¿Cómo de caro? —inquirió Salcedo. Doce ducados –concretó el doctor. ¡Doce ducados! —estalló don Bernardo. El doctor argumentó las razones de este
El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI 517 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 precio: Tenga usted en cuenta que solo se fabrica en Venecia y que en el preparado entran más de cincuenta elementos distintos. (p. 206) Con este nombre se aludía a diversas composiciones medicamentosas que tenían en la base la teríaca o triaca magna de Andrómaco, transmitida por Galeno, un compuesto de larga tradición médica y literaria (BoudonMillot, 2020). Su descripción, así como la de las víboras que están en la base del remedio, ocupó varias páginas en la obra del autor grecorromano (Ther. 13: Kühn 14.265-270), pero ya antes Dioscórides (Dsc. 1.16) y Plinio el Viejo (Plin. Nat. 29.70) habían tratado el asunto. En la exposición celebrada a propósito de El hereje, en Valladolid en 2013, y titulada “El viaje de los libros prohibidos”, pudieron verse cinco botes de farmacia de cerámica de Talavera del siglo XVII con ingredientes de este apreciado medicamento (Sánchez, 2014, pp. 128-129). Su presencia en el texto sirve para enmarcar la mezquindad de Bernardo Salcedo. Delibes siguió al pie de la letra las explicaciones de Rojo (1993, p. 68) sobre la triaca más apreciada de todos, la veneciana, que se fabricaba siguiendo un ritual certificado por las autoridades: La triaca magna es un medicamento fabricado únicamente por la república de Venecia, preparado una vez al año con gran pompa y en el que entran nada menos que los siguientes compuestos, que lo convierten en el medicamento más complejo de todas las épocas: corteza de raíz de díctamo blanco, etc. Sigue un largo párrafo, efectivamente con más de cincuenta ingredientes distintos. La labor de síntesis y recreación de la justificación del precio por parte del doctor Almenara-Delibes es magistral. No menos de moda estaba el filonio romano, que se menciona hasta cuatro veces en la novela (p. 432, 436, 445, 456) y era un compuesto con opio, un calmante muy bien traído a cuento para tratar en la novela a una Teodomira que, sedada con este medicamento, ya no tenía ganas de pelea; incluso la última cita del compuesto corresponde al Doctor Cazalla, que también usaba este sedante para su estado de “ansiedad”, si se nos permite el anacronismo. Este medicamento se denominaba así a partir de su autor, Filón de Tarso, quien versificó la receta (Delgado-García, RodríguezNávarez y Estañol, 2016). Entre el listado curioso podríamos citar además las escorias de plata y acero, que, como las láminas de oro (que no se citan, pero podrían haberse citado), formaban parte de los medicamentos de origen mineral y de
518 Ana Isabel Martín Ferreira CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 elevado coste hace siglos, en definitiva, de los remedios destinados a gentes pudientes, como los Salcedo. Más normales y accesibles eran los julepes, cuya variedad Delibes no especifica, 20 cuando recurre a este arabismo introducido en el castellano a través de la medicina; el que le recetan a Teo (p. 430), bien podría haber sido el de rosas o violetas, los más frecuentes y de efecto calmante. Ya en la parte baja del escalafón farmacológico, caldos y jugos de carne, también presentes en la novela, nos remiten a los remedios caseros que cualquiera tenía al alcance de la mano para reponer fuerzas, por sus propiedades reconfortantes y restauradoras. Podemos decir, a modo de resumen, que el autor ha seleccionado una muestra suficientemente representativa de la farmacia habitual en la época fruto de sus lecturas y conversaciones con el profesor Rojo Vega; los mencionados eran fármacos tan frecuentes entonces que contribuyen a componer con sumo acierto el retrato de un periodo histórico, pero la botica habla también de los pacientes, de los efectos que produce en ellos, de su nivel adquisitivo y, por ende, social. 4. LOS SANADORES Finalmente, tras ocuparnos de enfermos, enfermedades y remedios, el triángulo de la medicina no estaría completo sin los encargados de conservar y restablecer la salud. Los médicos son los sanadores principales en la novela; no olvidemos que la familia de Cipriano es una familia acomodada, por eso a lo largo de la vida del protagonista, desde su nacimiento hasta su muerte, intervienen en ella galenos de reconocido prestigio. En este periodo vital, que abarca poco más de cuarenta años, vamos a asistir a la aparición en escena de tres médicos distintos; podemos decir que, con el asesoramiento de Anastasio Rojo, quiso el autor introducir en el texto, de una manera un tanto forzada, cronológicamente hablando, a los representantes de las tres generaciones de médicos renacentistas, siguiendo al pie de la letra la división hecha por Luis Granjel: cuando viene al mundo Cipriano en 1517 y ocho años antes, durante los avatares de su concepción, interviene un profesional perteneciente a la llamada “primera promoción” (Granjel, 1983, p. 17), el 20 Sin duda, tenía el glosario de Rojo anotado, cuando, sin entrar en otras disquisiciones, lo define como “bebida refrescante, normalmente a base de agua de rosas en el XVI, que se considera ideal para conciliar el sueño y para que este resulte sosegado” (1993, p. 74).
El hereje de Miguel Delibes a la luz de la medicina del siglo XVI 519 CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 doctor Almenara. Se trata de un galeno aún anclado en el Medievo, aunque es un médico titulado, con inquietudes, leído, que preludia ya el Renacimiento. Ataviado al uso de la época, cumple todos los rasgos distintivos de su profesión para dar seguridad a los pacientes, buena formación, buena clientela, con experiencia, bien vestido y enjoyado: Don Francisco era el más prestigioso médico de mujeres en toda la región. Autorizado para curar en 1505 por el Real Tribunal del Protomedicato después de brillantísimas pruebas, sus prácticas junto al acreditado doctor don Diego de Leza no hicieron sino confirmar los esperanzadores auspicios. Hoy la fama del doctor Almenara había salvado fronteras y los más famosos comerciantes de Burgos acudían habitualmente a su consulta. (...) Días después el noble porte del doctor Almenara, embutido en su loba de terciopelo oscuro, el rubí pendiente del gorjal, su luenga barba puntiaguda y la disforme esmeralda que ornaba su pulgar derecho, acabaron con sus escrúpulos y reticencias. (pp. 191-192) Sobre el retrato del médico del siglo XVI señala Rojo (1993, p. 9): Su retrato es el de un hombre vestido de manera lujosa, con largas ropas de terciopelo, grandes barbas, grandes anillos, sobre todo uno con una gran esmeralda en el pulgar, una buena mula y, detrás, un criado, para cuidar de que no roben dicha mula cuando el amo entra a visitar una casa. La falta de barba es mala para conseguir clientela pues hace sospechar a los posibles clientes que se encuentran ante un médico nuevo y sin experiencia. La falta de elementos lujosos sobre la persona del galeno, como pueden ser gruesos anillos y cadenas de oro, conduce a la misma conclusión. El enfermo y la familia piensan que no debe ser médico muy bueno el falto de oro, puesto que tal falta es indicio de que no gana lo suficiente para comprarlo, esto es, que no tiene muchas consultas y que las que tiene no son con personas “de calidad”. El segundo médico que encontramos ya supone un avance, pues cuando aparece por primera vez el doctor Galache, para tratar la esterilidad del joven matrimonio, se aparta completamente de los métodos aplicados por el anterior para traer a Cipriano al mundo (pp. 378-379). El tercer médico que interviene en la novela, en el momento en que Teodomira enferma mentalmente, es un joven que va a ser el exponente de los médicos de Felipe II, una “eminencia en ciernes” (p. 432): Luis Mercado. Se completa la terna: médicos prerrenacentistas, médicos imperiales y
520 Ana Isabel Martín Ferreira CASTILLA. ESTUDIOS DE LITERATURA, 15 (2024): 496-525 ISSN 1989-7383 médicos de Felipe II. El anacronismo se esquiva por la mínima, ya que el floruit de Mercado se sitúa justamente a finales de la centuria y representa el movimiento contrarreformista, que va a acabar justamente con el Humanismo médico. Las páginas de la novela se ajustan a las directrices de Rojo (1993, pp. 12-14). En este contexto hay algunos detalles que escapan a la realidad pero cuya inclusión no afecta en absoluto a la verosimilitud del texto, antes bien, es necesario el anacronismo para que el lector se ponga en situación: el doctor en el Renacimiento no posee una consulta a la que acuden los enfermos (p. 195), sino que, al revés, es llamado para ir a visitarlos a sus domicilios, siempre a enfermos de cierto nivel, evidentemente, pues la consulta física del médico entonces no existe como tal. También cabe señalar que los métodos de exploración al paciente difieren bastante: a un médico universitario, catedrático como Mercado, es difícil imaginárselo visitando a una enferma y menos haciendo labores y maniobras de ginecólogo. Por otra parte, la medicina del XVI es una medicina en la que escasamente puede hablarse de especialidades, aunque es cierto que algunas surgen tímidamente en la época, como pueden ser la pediatría, la psiquiatría o la propia ginecología, pero hablar de estos profesionales como “médicos de mujeres” resulta asimismo un tanto anacrónico, porque esta praxis estaba preferentemente en manos de comadres y parteras, como por otra parte se deja ver en el episodio del alumbramiento de nuestro protagonista, en buena parte pro pudore. Más aventurado aún resulta, en este sentido, aunque suponga desde nuestro punto de vista un homenaje y un guiño al gran médico local, hacer de Mercado “la máxima autoridad en enfermedades mentales” (p. 432), una cuestión que causa sorpresa desde el punto de vista bibliográfico. Vaya por delante que el homenaje y la licencia poética justifican esta actuación y que Delibes no está haciendo de historiador, sino de escritor, y el homenaje a su ciudad pasa también por homenajear a uno de los máximos exponentes que ha dado Valladolid a la Historia de la Medicina. Tampoco quiso dejar de mirar el autor a esa medicina de los pueblos de entonces, fiel a su mirada al campo, presente en toda su obra. En la novela intenta reflejar cómo en el medio rural la población se curaba sin necesidad de médico ni barbero (p. 261), aunque esto también sucedía entonces en las propias ciudades, entre la gente menos favorecida económicamente, y cómo las labores más bajas en el escalón de la medicina, como la aplicación de la sangría, estaban en manos de los barberos y cirujanos (p. 235), entonces sin formación universitaria. Ni