Arte y prelados en la Catedral de Palencia (1500-1520). Entre la tradición y la modernidad
Abstract
Departamento de Historia del Arte
Full text
PROGRAMA DE DO CTORADO EN PATRI MONIO CUL TURAL Y
NATURAL. HISTORIA, A RTE Y TERRITORIO
TESIS DOCTORAL:
ARTE Y PREL ADOS E N LA CATED RAL
DE PALENCIA (1500-1520).
ENTRE LA TRADICIÓN Y LA
MODERNIDAD
Presentada por Juliá n Hoyos Alon so para
optar a l grado de
Doctor por la Universidad de Valladolid
Dirigida por:
María Jo sé Redo ndo Ca ntera
AGRADECIMIENTOS
Sirvan las prime ras palabras de esta t esis – las últimas que esc ribo – para agradecer
a cuantas personas e instituciones han favorecido, facilitado y apoyado, de una u
otra forma, l a conclusión de este trabajo. E n primer lugar, d ebo agradecer a María
José Redondo Cantera que acced iera a guiar me en esta in vestigación, sin cuyo
apoyo, magisterio y consejo no habría llegado a materializarse. Por otro lado, Este
trabajo ha sido posi ble graci as a la financiac ión del Prog rama FPU del Minis terio
de Educación, Cultura y Deporte (Ref.: AP2010 - 2813) así como a las ayudas
recibidas pr ocedentes de la Un iversidad de Val ladolid para estancias tempo rales y
para la asistencia a C ongresos. De l a misma manera, ha sido respald ado por el
proyecto de investigación: “La materialización del proyecto. Aportación al
conocimiento del proceso constructivo desde las fuentes documentales (siglos XVI-
XIX)” ( Ref.: HAR201 3 -44403- P) y por el Grupo de Investigación Reconocido de
la Universidad d e Valladolid “Identid ad e intercambios artís ticos, de la Edad Media
al Mundo C ontemporán eo" (IDIN TAR ).
Durante el tiempo que ha durado la elabo ración de esta tesis se ha n visitado
numerosa s institu ciones, fundamen talmen te archivos y bibliotecas, a cuyo personal
agradezco su labo r y su paciencia; e specialment e a D. Ángel de la Torre –canónigo
archivero – y a D. Tomás Valver de –auxiliar– del Archivo d e la Catedral de
Palencia, un espacio al q ue se acudió con regularidad. También agradezco a Didier
Martens su acogida du rante la estancia en l a Universidad Libre de Brusela s, así
como los consejos de Bart Frans en , responsable del Centre d'étude des Primitifs
flamands (K IK/IRP A).
De la misma manera, deseo expresar mi gratitud a los m iembros del Depa r tamento
de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid que me han apoyado en esta
tarea. Merecen especial mención aq uellos compañeros – becarios o inve stigadores
en formació n – con los que he tenido el privileg io de comp artir esta eta pa: C ristina
Hern ández, Victoria Alonso , Laura Vegas y R ubén Fernández. Tambi én agradezco
a los miembros del Ár ea de Historia del Arte de la Universidad de Bu rgos, en
especial a René Jesú s Payo, María José Zaparaín y a Lena Saladina Ig lesias su
interés po r este trab ajo y s us respectivas cont ribuciones, ya fuera en forma de
Índice de C ontenidos
4
consejos o de nuevos enfoques. Gracias también a Andrés Bustillo y a David Chec a
por su desinteresad a contribución a la reconstrucción digi tal de las obras a rtísticas.
Por último, gra cias a mi familia por su apoyo , en especial a mi madre . Y sobre todo
gracias a ti Virginia que has sufrido ausencias y momen tos de desánimo y siempr e
has encontrado una palabra de aliento.
A todos, gracias.
ÍNDICE DE CONTENIDO S
I. INTROD UCCIÓN ........................................................................................... 11
SIGNIFI CACIÓ N DE LA CAT EDRAL D E PALENCI A ......................................................... 11
Importancia para el desarrollo de la ciudad ................................................................................ 13
LOS OBISPO S. PASTO RES Y PR OMOTOR ES ...................................................................... 17
Las pe rsonal ida des de l os obispo s de Pa lenc ia a princ ipios del s igl o XVI ................................ . 18
UN CONTEXT O DE CAMBIO S: LA CAT EDRAL EN LOS COM IENZOS DE LA E DAD
MODER NA .................................................................................................................................... 19
La catedral, entre las pervivencias y las novedades .................................................................... 22
MARCO CRONOL ÓGIC O Y NE CESIDA D DEL E STUDI O LLEVA D O A CABO ............ 26
Justificación del estud io .............................................................................................................. 29
OBJETIVOS .................................................................................................................................. 30
ESTADO DE LA CUESTIÓN ..................................................................................................... 32
METODOLOGÍA ......................................................................................................................... 45
II. EL OBI SPO DE PAL E NCIA Y SU DIÓCESIS . ESPACIO ,
PROYECC IÓN Y RELACI ONES CO N LA CORO NA ................................. 51
EL ESPAC IO DI OCESA NO EN EL SIGLO XV I: TER RITORIO, POBL ACIÓN Y
TENSIÓ N ESPAC IAL .................................................................................................................. 52
El obispo de Palencia, señor temporal y espiritual de la ciudad. Auge y decl ive ....................... 60
LOS OBISP OS “ANTE LA CORON A” ENTRE LOS SIGL OS XV Y XVI: CONT ROL,
LEALTAD Y PR EMIO ................................................................................................................ 69
La elección y formación de los capitulares palentinos ................................................................ 74
Los prelados y las élites religiosas en el “paisaj e artístico” de la monarquía católica en la
Corona de Castilla ....................................................................................................................... 76
III . PRESENCIA EPISCO PAL, CEREMO NIAL D E PODER Y CO NTROL
DEL ESPACIO .................................................................................................... 87
LA PRIME RA ENT RAD A DE LOS OBIS POS EN L A URBE : ART E, CERE MONIAL Y
RITO .............................................................................................................................................. 88
La actividad previa, preparat ivos y orga niza ción ....................................................................... 89
El recib imiento, fór mulas rituales d e aceptació n y sumisión ...................................................... 92
Visualizació n de las diferencias con motivo del recibimiento .................................................. 1 04
OBISPO , CATE DRAL Y TIEMP O SAG RADO ..................................................................... 108
El obispo en las celebraciones catedralicia s .............................................................................. 108
Lo que se ha de haze r y prove er qua ndo el pr elado muere y de spues de su mue rte ................. 113
VIVIENDAS EPISCOPA LES Y CONTROL DEL ES PACIO ............................................... 114
Índice de Contenidos
6
El Alcázar palentino .................................................................................................................. 116
La fortaleza de Villamuriel ....................................................................................................... 129
IV. EL OBISPO Y SU CATEDR AL: DEV OCIÓ N, FINANCI ACIÓN,
PROMOCI ÓN Y MECENA ZG O .................................................................... 137
SAN ANTO LÍN EN L A REFU NDACIÓ N DE LA IG LESIA PALENTI NA: MIT O,
LEYEN DA, MI LAGROS Y RELI QUIAS ................................................................................ 138
EL OBI SPO Y S U CAT EDRAL : OBLI GACIONE S, D ONACIO NES Y E SPOLI OS ......... 148
Obligac ione s de los prela dos: “ Las cos as de que el seño r obispo suele y de ve pro veer a la
iglesia” ...................................................................................................................................... 1 49
“Así c omo e l agua mat a el fuego, así l a lim osna mata el pec ado” . Lega dos y otra s
contribucion es a la iglesia ......................................................................................................... 151
La catedral, ¿lugar de descanso tras el lar go camino? ............................................................... 163
LA CATE DRAL DE P ALENCIA EN EL FI NAL DE UN LAR GO PR OCESO
CONST RUCTIVO ...................................................................................................................... 172
FRAY A LONSO DE BURGO S: E L DESA RROLL O ARTÍST ICO DE LA CATEDR AL DE
PALENCI A EN L AS PO STRIME RÍAS DEL SIG LO XV ...................................................... 176
V. FRAY DI EGO DE DEZ A EN LA CATE DRAL DE PALE NCIA; UN
OBISPO ENTR E LA TRADI CIÓN Y L A RENOV ACIÓN ARTÍ STICA .. 187
UN OBISP O AL S ERVICI O DE L A CORO NA CON VOCA CIÓN REFORMA DORA .... 189
EN LA SE NDA DE FRAY ALON SO DE BURGO S, LA PUERTA DEL SALVADOR O DE
LOS NOVIOS . .............................................................................................................................. 199
UN PROYE CTO CO NTIN UISTA E INT EGRA DOR. MA RTÍN RU ÍZ DE SOL ÓRZANO Y
LA PROP UEST A DE FI NALIZ ACIÓN DE LA C ATEDR AL ............................................... 204
La integración del ed ificio anterior ........................................................................................... 213
La cate dral de 1219, u na revi sión de su edifi cio a pa rtir del cont rato co n Mart ín de Soló rza no
.................................................................................................................................................. 216
LA RENOV ACIÓN DE LOS LIBRO S DE CO RO, U NA OBR A “A LA ROMA NA” DE
DIFÍCIL IDENTIFI CACIÓN .................................................................................................... 219
PEDRO DE GUADALUPE, FELIPE BIGARNY Y EL RETABLO MAYOR DE LA
CATEDR AL DE PALE NCIA. PARA DIGMA DEL C AMBIO DE G USTO Y DE LAS
NOVEDADE S ARTÍST ICAS E N CASTI LLA A PRIN CIPIOS DE L SIGLO X VI .............. 226
El prim er pr oye cto de reta blo: refe rentes, co nciert o y v olun tad de ren ovaci ón ........................ 2 27
En torno a la contrataci ón fallida de Alejo de Vahía ................................................................ . 2 41
1505: Felipe Bi garny, entre el vi ejo y el n uevo lengua je .......................................................... 245
La iconografía del r etablo: exaltación de la orden domin ica, glorificación de la labor episcopal y
reflejo de la iglesia palen tina ..................................................................................................... 258
FRAY DIEG O DE DEZA, E L CABILD O PALENT INO Y LAS D IF ERENTES O PCIONES
ARTÍSTICAS EN EL CAMBIO D E SIGLO ............................................................................ 266
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
7
VI. JUAN RODRÍGU EZ FONS ECA EN LO S ALBOR ES DE LA
MODERNI DAD: OBI SPO, DIP LOMÁTI CO, HO MBRE DE ESTA DO Y
AMANTE DE L AS ARTES ............................................................................. 269
UN OBISPO AL SERVI CIO REGIO ....................................................................................... 272
GUSTO E CLÉCT ICO PO R LAS ARTES ............................................................................... 278
Do naciones, leg ados y pr omociones familiares ........................................................................ 287
La casa solariega en Toro y el pa nteón familiar en Coca .......................................................... 293
LAS INT ERVEN CIONES DE FO NSECA EN L A CATE DRAL DE P ALENCI A:
RENOVA CIÓN, CAM BIO Y ORNA TO .................................................................................. 297
JUAN GIL DE HONT AÑÓN. L A RENO VACIÓ N DEL CLAU STRO Y L A NUEVA S ALA
CAPITUL AR ............................................................................................................................... 298
JUAN D E RUES GA . EL ÚLTIMO ACUERDO PARA FINALIZAR EL TEMPLO .......... 314
Condicionan tes que motivaron la ampliación del templo ......................................................... 321
EL CONTROL DEL TIEM PO. PEDRO DE TA LAHIER Y EL RELOJ CATEDR ALICIO
....................................................................................................................................................... 323
RENOVA CIÓN Y JERAR QUIZAC IÓN. LA TRA NSFORMA CIÓN DE L INTERIO R
CATEDR ALICIO ....................................................................................................................... 3 26
EL CORO Y SU N U EVO CERRAMIENTO EXTER IOR ..................................................... 328
LA ELE CCIÓN DEL TR ASCORO COMO E SPACI O DE E XALTACI ÓN PER SONAL . 335
Las misas de la salve “ante el bulto del m esmo o bispo sacado del natural” ............................. 363
La uni ón sim bóli ca de Fonse ca co n sa n Antol ín y e l tem pl o primi tiv o .................................... 366
Sobre los ot ros retabl os pét reos e n l os ce rrami entos del c oro ................................................... 373
JUAN DE F LANDES . LA AMPLIAC IÓN DEL R ETABLO MAYOR ................................ . 376
¿Nuevas pinturas para el retablo? ............................................................................................. 381
EL TRASL ADO DEL CO RO Y SU RE NOVACIÓ N INTERI OR ......................................... 3 83
EN TORNO A LA DECORA CIÓN DE L AS PUERT AS DEL CRU CERO .......................... 393
LOS “PAÑO S RICOS” DEL OBISPO FON SECA Y SU GENE ROSA DONA CIÓN A LA
CATEDR AL PALENT INA ........................................................................................................ 400
La serie de tapices de la Historia de la Reden ción del Hombre ................................................ 401
Los tapices de la Salve. Un encargo personal para completar el relato del trascoro ................. 412
Vestir espacios con narraciones sagradas. U sos y funciones de los paños de Fonseca ............. 425
OTRAS DONACI ONES DE FON SECA: ROPAS L ITÚR GICAS Y PLATERÍA ............... 4 33
Los cálices de Santa Eulalia de Paredes de Nava, de la catedral de Valladolid y d e San Lázaro
de Palencia ................................................................................................................................ 434
VII. J UAN FERNÁND EZ DE VELASCO , EL FI NAL DE UN A ÉPOCA Y
DE LAS GRAN DES OBRAS C ATEDRAL ICIAS ........................................ 442
UNA APRO XIMACI ÓN A JUA N FERNÁN DEZ DE VEL ASCO ......................................... 444
LA CON CLUSIÓ N DE L A CATE DRAL ................................................................................. 451
CAMB IOS E N LA CAPIL LA M AYOR ................................................................................... 454
Cristóbal de And ino y la reja de la capilla ................................................................................ 457
Índice de Contenidos
8
EL RET ABLO MAYOR, EN TOR NO A L A FINAL IZAC IÓN DE UN P ROYECTO
COMPLEJO ................................................................................................................................ 461
El Calvario de Juan de Val mas eda ........................................................................................... 464
El retablo después d e Juan Fernández de Velasco .................................................................... 4 66
El segundo contrato para la policromía y los cambios en la traza ............................................. 470
El Monasterio de la Piedad en Casalarreina ............................................................................. 474
VIII. CONCLUSIONES .................................................................................... 482
IX. BIBLI OGRAFÍA ......................................................................................... 499
I. Introducc ión
16
catedral, la más próxima al alcá zar, el Cabildo p oseía numerosas cas as, algunas d e
las cuales fu eron alquilad as a distintos artistas en torno a 1513. En la calle del Hoyo
residieron el pinto r Francisco de la Cruz 10 y el cantero Rodrigo de Astudillo 11 ; allí
también viv ió el Ma estro Portillo 12 . En el corral del Sacristán lo hacía el ent allador
Juan Ortiz 13 y en la Puerta del Ar co, cerca del Tab lado, el p latero G onzalo
Rodríguez 14 . En el cua derno del repartimiento de las alc abalas de la parroq uia de
San Antolín del año 1533 se menciona a nu merosos artífices que trabajar on en la
catedral, tan to en aquel momen to como en las pr imeras décadas d e la centuria. L a
mayor parte de ellos se co ncentraban en l a z ona meridiona l del t emp lo, un distrito
de gran acti vidad económica en to rno a las ca lles de Mejora da 15 , Barrionuevo 16 y
Gil de Fuentes 17 , e l mismo espacio en el que residían numerosos miembros del
10 El artista vivía en “vnas casas lind e de vna parte la dicha calle de barrio nu euo y de la otra , casas
del hospital […] ”, Archivo d e la Catedral d e Palencia (ACP), Secc. histór ica , arm. VI , leg 7, 1234,
Libro de las cas as del Cabil do e n la ci udad de Pal enci a , ff. 216 v - 217 v.
11 Así se dice: “ Yten yendo de aqu í por la calle abaxo contra la puerta del sol en esta misma hazera
vnas casas q[ue] tiene Rodrigo de Astodillo can tero linde de la vna parte las dhas casas del hospital
[…]”, Ibid ., ff. 218 - 219.
12 “Yten veniendo de las carneçerias por esta call e en la otra haçera de mano der echa vnas casas que
tiene el v[e]n[er]able ración[ero] Andres gutierrez linde de la vna parte casas del ma estro portillo,
entallador, y de la otra casas del ca b[ildo] que tiene el seño r Ar[edia]no de palençia […], y entr ando
vn port al de reci bmy[e nto] y en ell a port al a mano derec ha vna entra da c on su p uert a con çerra dura,
çerrojo y llaue a vna sala t oda enesa da, y la s pare des pinta das de figur as y vna ve ntani lla co n vna
reja d e yerro […]”, Ibid ., f. 233.
13 “Aquí vie nen v na s ca sas q h ubo del cabil do de l a cof radía de los ç apat eros y está n en es quina
saliendo del corral de çapateros a ma no yzquierda y tiene la g arcia de ravanal q vive a la pre[ sen]te
y es tendero […] y de fynes la a d e morar juº Ortiz entallador […]”, I b id ., f. 1 48.
14 Ibid ., f. 1 41v.
15 Consta la presencia de Gonzalo d e la Maza, entallador; de Domingo de Heraso, yesero; d e
Bartol omé de Heras o, yes er o, s u herm ano; de Jua n de Mal donado, pint or; de Garc ía R uiz, pintor
que se vino de Paredes; de Gaspar de So lórz ano, cante ro, de Ferna ndo, re loje ro; Fr ancis co de
Sali nas, ent all ador; de Fe rnand o de Pare des, cant ero; y de Andrés de C ast ro, ca nter o. GAR CÍA
CHICO, E steban, Docume ntos p ara el Estudi o del A rte en Casti lla , t . 3, Pint ores, I, Vallado lid,
Univers idad de Va lladolid, 1946, pp. 11 - 16. En el Ce nso tamb ién se m encio n a a Ju an de V alm ased a
sin asignación de oficio, FUENTE PÉREZ, María Jesús, “La informática aplicada al estudio de la
demografía histórica. La población de Palencia en 1533”, PITTM , 60, 1989, p. 197. S ob re e l
entrama do urb ano y su po blaci ón véa se: ES TEBA N RECI O, As unción y VAL DEÓN B ARUQU E,
Julio, “Esbozo de una geografía social. Pale ncia a f ine s de la Edad Me dia”, Studia historica . Historia
medieval , 3, 198 5, pp. 117 - 142 ; SÁNCHEZ GARCÍA, José Luis, Las calles de Palenc ia , Palencia,
Región Editor ial, 2006 y AUSÍN ÍÑIGO, M argar ita, Palenc ia. L a ciud ad de la Ed ad M edia y su
tránsit o a l a M oderni dad , Palencia, Graficolor, 2014.
16 Franci sco Orti z, ima ginari o; J uan O rtiz , ima ginari o; y Cant oral (¿Jua n?), c ant ero: GARCÍA
CHICO, E steb an, Doc ument os… Pi ntore s, I …, pp. 11 - 16.
17 Parede s ( ¿Cri stóbal ?), plate ro; Pe dro de Fla ndes , enta ll ador; A ntón Ferná nde z, entallador;
Solórz ano, pintor , Ib.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
17
cabildo. En la zona del Mercado viejo, junto al alcázar y a la iglesia de santa Marin a,
consta la presencia d e diferentes artis tas que trabajaron en las obras de la catedral 18 .
LOS OBISPOS. PASTO RE S Y PROMO TORES
“Ni hay ob ispo palent ino en el sigl o XVI que n o merezca especi al menció n, ni
pontifica do en e l que no se d istinga algún indi viduo de l clero, ya por sus obr as en pro de
la iglesia y ci udad, y a por su afición a las artes y las l etras” 19
En la sociedad española del Ren acimiento los r eyes, grandes nobles y prí ncipes
de la iglesia fue ron quienes g racias a su p oder económico fomentaron la
construc ción y embe llecimien to de los más d iversos edific ios. E n la Castill a regida
por los Reyes Católicos la prom oción artística estuvo protagonizada, además de por
la acción regia, p or des tacados mi embros d e famil ias tan importa n tes como los
M endoza, lo s Velasco y los F onseca. La a ctitud de todo s ellos an te las art es fue
ambigua y sus intereses diversos, no obstante, compartieron su preocupaci ón por la
donación de obras a catedrales e i glesias, por edif icar capillas y mo numentos
f unerarios y po r le vantar palacios, templos y otras construcciones para mayor gloria
del linaje.
En el ámbito palent ino del siglo X VI, especialmente du rante las dos pr imeras
décadas de la centuria, los obispos s e convirtieron en los principales promotores
artísticos, ya que con sus acciones impulsaron tanto la finalización como la
redistr ibución y amuebla miento de la cat edral, l a obra m ás impo rtante de cuanta s
se estaban llevando a cab o en la ciudad en aquel momento. Así mismo, como ya se
ha apuntado, fueron ellos quienes estuvieron detrás de aquellos primeros avances
hacia las nuevas for mas artísticas y quienes tuvieron la p rivilegiada posi ción que
les permitió liderar el cambio de gusto artístico, puesto que aunar on los
conocimientos, la sensibilidad y las posibilidades económicas necesa rias para ta l
intervención.
18 “ Plaza y calle de las Carnecerías: Pedro González, platero; Cristóbal Paz, cantero; Juan Gil,
yeser o; Sol órza no, e ntall ador; Texeri na (¿Ma rcos? ), pi ntor; San Juan , enta llado r, e s u ma dre; Guil lén
(¿Ferraz?), entallad or”, Ib.
19 PELÁEZ ORTIZ, Clodulfo M., El clero en la Historia de Palencia y la Univer sidad Palentina ,
Palenc ia, Ti poli t. de Alo nso y Z. Me nénde z, 188 1, p. 67.
I. Introducc ión
18
No se debe obviar que la m itra palentina se convirtió en una pre ciada
recompensa para los obi spos comprometidos co n las reformas auspic iadas por los
Reyes, leales a la caus a y eficiente s en sus c ometidos. Lo cual explica que en
Palencia recalasen a lgunas de las má s destacadas figuras religiosas del momen to.
Como señalara Vie lva Ramos, los o bispos palent inos de este p eriodo: “era n de regia
estirpe o personajes de noble al curnia que ascendían ordin a riamente a la sede
palentina, después de haber ocupado otras como premio a sus merecimientos o
personales o de fam ilia” 20 .
No cabe duda de que la i mportancia de los obispos que ocuparon l a sede
palentina entre fin ales de l siglo X V y princ ipios de l XVI est á directament e
relacionada con la relev ancia de su mitra. D e hecho, so n varias las caracter ísticas
que todos ellos co mpartieron: s e trataba de figur as vinculadas a lin ajes de cie rta
alcurnia, que adq uirieron una elev ada formación cultural e intelectual en l a
Universidad de Salamanca y con una carrera religiosa ascende nte. Así mismo, todos
ellos simultanearon e l gobierno de la sede con t areas de diversa re sponsabilidad
encomendadas por los Reyes Católicos, lo cual enriqueció sus respectivos gustos,
puesto qu e pudie ron entrar en contacto con distintos centros artísticos de primer
nivel, tanto del territorio castellano como de otras regiones europeas, conocer a
artífices ajen os al ámbito palentino y adquirir biene s de la más diversa pro cedencia .
L AS PERSONALI D A DES DE LOS OBISPOS DE P ALENCIA A PR INCIPIOS DE L SIG LO
XVI
El comportamien to de los prelados palentinos en rel ación con las art es se
perfilaba en un horizonte de cambios, un momento en el que se introdujeron en los
reinos hispánicos las tradiciones ant icuarias y clasicista s asociadas al pa radigma
itálico. Un tiempo entre la tradición y la modernidad, entre los viej os esquemas y
los nuevos modelos protagonizado por tres obispos: fray Diego de Deza (1500-
1504), Juan Rodríguez de Fonseca (1505 - 1514) y Juan Fe r nández de V elasco
(1514-1520).
C on fray Di ego de D eza arrib aron ta nto la r enovac ión relig iosa co mo la ar tística
a la Catedra l de Palen cia. Du rante su gobiern o se firmab a el contra to para fina lizar
el templo con Martín de Solórzano (1504) y, s obre todo, aqu el mismo año se
20 VIELVA R AMOS, M atías , La C atedr al de Pal enci a , Pale ncia, 1953, p. 49.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
19
contrataba con Pedro de Guadalupe el retablo mayor de la iglesia, una obra “al
romano” que p asa por ser uno d e los primero s realizados en base a la s nuevas
formas de r aigamb re itali ana.
Juan Rodríguez de Fonseca asumió la sede en 1 505. Durante su gobierno se
reestruc turó el interio r cated ralicio, donó diversas piezas para su ornato y favoreció
la llegada a la capital d e artistas como Juan d e Flandes, Jua n Gil de H ontañón o
Juan de Ruesga. Al final de su prelacía se impusieron de forma progr esiva aq uellas
formas italianas llegada s en la etapa a nterior, tal y como se puede ap reciar en la caja
de la escalera d e la cripta y en las pu ertas monumenta les del cruce ro.
Con Juan Fernández de Velasco se pudo dar por concluida la iglesia. A través
de s us promociones también se atisb a un notable interés por las f ormas italian as,
pues contrat ó a Cristóbal de Andino p ara que realiza se la reja de la capi lla mayor,
una de las primeras del R enacimient o hispano. Se puede decir que con él se cerraba
la etapa más impor tante en tér minos artísticos de la historia de la ca tedral, todo el lo
a pesar de que n i siquiera llegó a rea lizar su entrada sole mne en la ciudad .
UN CONTEXTO DE CAMBIOS : LA CATE DRAL EN L OS COM IENZOS
DE LA EDAD MO DERNA
Si bien es cierto que la ll e gada del año 1500 no supuso una rupt ura o cierre con
el pasado inmediato, ni tampoco un cambio repentino en las form as artísticas, es
incuestionable que en aquel momento afloraron nuevas fórmulas de expresión y un
Renacimiento incip iente que son perfectament e apreciables en la catedral de
Palencia, uno de los lug ares donde más tempra namente se utilizó el término “al
romano” en rela ción con la decoració n de una obra art ística 21 .
Respecto a estas cuest iones, es preciso señalar que, cuando los investigadore s
ab ordan el estudio d el arte castellano producido entre l as décadas fina les del siglo
XV y las p rimeras del si glo XVI, s iempre destac an la multip licidad de tenden cias
artísticas que en aq uel momento t uvieron cabida. Un periodo de tránsito, no de
confrontación , en el que coexistie ron las fo rmas del Gó tico fina l o Tardogó tico, qu e
lejos de supon er un arcaísmo o u na rémora del pasad o se iden tificaba con la
21 17 de marzo de 1501 en el c ontrato con Pedr o de Guadalupe para hacer los armarios de la sacristía,
ACP, Secc . hist órica, ar m. I, le g. 4, Li bro de contr atos de obras de la igles ia Catedr al de Pal enci a ,
f. 26.
I. Introducc ión
20
Modernidad y la suntuosidad. Junto a ellas el art e pr ocedente del No rte,
especialmen te de Flandes, vincu lado al lujo y a la oste ntación, llegad o a Ca stilla d e
diferente s maneras: c omo part e signif icativa del fluid o tráfico/ interc ambio
comercia l entre ambos territor ios, a trav és de sus artí fices o imp orta do por las élites
del momento. A demás de esas obras importadas, a veces s in establecer b arreras, se
empezaron a introducir las formas renacientes p rocedentes de Italia, inic ialmente
inspiradas en reper torios gráficos e incorpo radas de manera epidérmica a
c onstrucciones y objetos muebles 22 hasta que, a partir de la d écada de 1520, se
impusieron de forma generalizada con una comprensión de su sentido, de sus
fuentes y de su “sintaxis” propia.
En lo tocante a la Arquitectura, el periodo seleccionado se caracteriza por la
pervivencia de las for mas góticas, entonces deno minadas como “modernas”, que
mantuvieron su vigen cia durante las primeras dé cadas de la centuria, las cuales se
vieron enriquecidas con una mayor comple jidad de diseño y con una mayor
profusión decorativa 23 .
Se trata de un arte producido en un p eriodo de t ransición. Mar ías señaló el “reto
que suponía eleg ir entre la con tinuidad y el cambio” en la s formas artísti cas de
principio s del Quin ientos y al p roblema del “bil ingüismo ” de los artí fices que las
llevaron a cabo 24 , quienes ut ilizaron los distintos modos como alt ernativas, de
22 Los gra bados fue ron pr oporc iona dos ocasi onal mente por los pr omoto res. Sir va com o ej emplo l o
que suc edi ó en Salama nca e n 15 18 con la o bra d el Mo naste rio de la Victor ia, c uando se c ompra ron
“dos mue stras de l roma no de foll ajes y best ione s”, CAST RO SANT AMA RÍA, Ana , Juan de Á lava ,
arquitecto de Renacim ie nto , Salama nca, 2002, p. 1 53 .
23 Tar dogótico es el término utilizado con más frecuencia para referirse a la arquitectur a del periodo.
Marías señal ó l o apro piad o del nomb re (MAR ÍAS F RANC O, Fe rnand o, “A prop ósito del
manierismo y el arte español del siglo XVI ”, en SHE ARMAN, J., M anieris mo , Madrid, Xarai t
Edicion es, 1984, pp. 7 - 47), lo cual fue adopt ado e n di ferent es t rabaj os y reuni ones c ient ífic as. S obre
esta cuestión remitimos al trabajo de ALONSO RUIZ, Begoña, Arquitectura tardogótica en
Castilla. Los Rasin e s, Servic io de Publ icac ione s de la Universidad de Cantabria, Santander, 2003,
especialmente pp. 15 - 52, co n bi bliogr afía ante rior; así c omo a dive rsos text os co ordina dos po r la
misma a utora: ALONS O RU IZ, Be goña (c oord.), Los últimos arquitectos del Gótico , Mad rid, 2 010;
ALONSO R UIZ, Begoña, (coord .), La Arqui tect ura t ardog ótica c aste llana e ntre Eur opa y A méri ca ,
Madrid, Sílex, 2011; A LONS O RUIZ, B egoña y R ODRÍGUE Z EST ÉVEZ, J uan Cl emente
(coords .), 1514. Arquitecto s tardogó ticos en la encru cijada , Universi da d de Sevi lla, 2 016. Con un
p lanteamiento más pro longado temporalmente, GÓM EZ MARTÍNEZ, Javier, El Góti co es pañol de
la Eda d Mo derna . Bóve das de cruce ría , Valla dolid, Univer sidad de Valla doli d, 199 8.
24 MARÍA S FRANCO, Fernan do, El lar go sig lo XVI . Los u sos a rtísticos del Renacimiento e spaño l ,
Madrid , Ta urus, 1 989, p. 33. En est e se ntido e s im presci ndibl e el c apít ulo I “Leng uas y front eras.
La c ontemp orane idad de l o dife rente” y el apa rtad o tit ulado “La unida d bil ingüe: sis temas , c orrient es
y tendencias”, Id ., pp. 33 - 44. So bre el bil ingüis mo del pri mer Q uinient os e spañ ol véa se t ambién
MARÍAS, F ernand o, El siglo XVI. Gótico y Renacim iento , M adrid, Sílex, 1 992, pp. 17 - 51
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
21
forma mixta o de manera intenc ional, asociadas a u n fin concreto. En este mismo
sentido se pronunció Nieto Alcaide, quien aludió a la indefinición estilí stica del
periodo y al uso de las formas “a la antigua” por parte de l os promotores con un
afán diferenciador, en v ez de ser utilizadas com o un elemento de modernidad, lo
cual ejemplifica e l autor en la dispo sición testamenta ria que hizo Pedro González
de Mendoza (1494) para el retablo de la capilla del Colegio de Santa Cruz de
Valladol id 25 . Más recientemente C astro ha vuelto sobre el tema. La auto ra, aun
centrando su atención en la ciuda d de Salamanca, reflex iona tanto sobre la
coexistencia de distintas formas artísticas en aqu el periodo de cambio, como sobre
la necesidad de conocer ad ec uadam ente a los promoto res y su universo cultura l,
junto con los destinatarios y su recepción; todo ello en aras de responder
adecuadamente aqu ellas preguntas re lativas a la p referencia de los mode los y para
un mejor conocimiento del hecho artístico 26 .
En r elación con esta cuestión, y centrados en el medio palentino, son de gran
interés los te xtos redacta dos por Yarza y A zcárate con motiv o del primer Congreso
de Historia de Palencia. Ambos fijaron su aten ción e n el arte producido en la
provincia en torno a 1500, aunque para su estudio partieron de presupuestos
diferente s: el p rimero a tendió a las perviven cias med ievales del últi mo Gótico , el
segundo centró su atención en la aparición de las formas del primer Ren acimiento.
Así, Yarza señalaba qu e:
“Los años fi nales del siglo XV y primeros del 500 se presentan en lo que se
refiere a la pintura y escultura palentinas con una compleji dad notable que
deriva de la falta de d efinición […], en cuanto a persistenc ia de lo s modelos
tardogóticos, entremezclados con desig uales in trusiones de elementos
renacientes, mala intelección d e los nuevos modos, etc. […] po r la
existencia de diversas corrientes dentro de la fidel idad a las fórmulas
25 N IETO ALCAIDE, Víctor, “El prob lema de la asimilación del Renacim iento en España”, en Act as
del IX Con greso E spañ ol de Historia de l Arte. El arte español en épocas de tran sición , v. I, León,
Univer sidad de León , 1994, pp. 105 - 116, espe cial mente p. 1 07. Del mis mo aut or, es de obli gada
consulta: NIETO ALCAIDE, Víctor, “Renovació n e indefinición estilística, 1488 - 1526”, en NI ETO
ALCAID E, Víc tor, MOR ALES , Alfre do J. y C HECA CREMA DES, F ernan do, Ar quite ctura del
Renac imient o en E spañ a, 1 488 - 1599 , Madri d, Cátedra , 1989, pp . 11 - 96.
26 CASTRO SANTA MARÍA , Ana, “Ta rdogóti co versus Renacimiento”, en ALONSO RUI Z,
Begoña (co ord.), La arqu itectura tardogótica castellana entre Europa y América , Madri d, Síl ex,
2011, pp . 253 - 280.
I. Introducc ión
22
tardogóticas enraizadas a lo flamen co […]” 27
Por su parte, Azcárate realizaba una aprec iación que complementaba lo ya
expuesto por Yarza. A sí, cuando trataba sobre el art e del primer Renacimient o
castellano y los edificios erigidos en los dos primeros decenios del siglo, no
apreciaba en ellos “ una ruptura con e l inmediato pasado cultural y a rtístic o. Ha d e
considerarse, mas bien, como la culminación de un proceso evol utivo al que se
aportan nuevos elementos que lo enriquecen” 28 . En definitiva, un periodo sugestivo
donde perviven las formas del pasado que se funden con l as más novedosas, lo que
genera un arte caracterizado por la indefinición y por la riqueza ornamental.
L A CATEDRAL , EN TRE L AS PERVI VENC I AS Y LAS NOVED ADES
Durante esos momen tos de cambio s e fomentó la fina lización de la Cat edral de
Palencia , a lo que siguie ron distin tas reform as en su interior y numerosas piezas
para su amueblamiento. Algunas de ellas, las má s ambiciosas, las de may or calidad
o las más novedosas se debieron en exclusiv a a la promoción art ística ejercida por
sus obispos, quienes en muchas ocasiones contrataron a a rtíf ices de la máxi ma
cualificación p ara tales labores. Otr as, algunas también d estacables, pero con un
tono más conservador, fueron promovidas por importantes miembros de su cabildo.
A pesar de que lo acont ecido entonces en el principal templo me tropolitano no es
un caso aislado, por lo que en n ingún caso ha de verse como una exc epción, sí es
un ejemplo de singular importancia y sint o mático para valorar el proceso d e
pervivencia, cambio y d e asimilación de las formas artís ticas en un espacio y en un
tiempo conc reto, así como para d estacar el rol desempeñad o por los obispos en
aquel proceso.
Diego de Deza, quien se implicó d irectamente en la finaliza ción de la ca tedral,
firmó en 15 04 el pri mer contr ato con Ma rtín de Soló rzano para tal fin. Allí se
planteaba con insistencia la idea de continuidad y la necesida d de dotar de unidad
formal al edificio, puesto que tanto pilares, como bóvedas o claves debían tomar
como modelo las formas existentes; Solórzano d ebía ceñirse a un estilo moderno,
en concordancia con lo ya realizado y de acuerdo con las formas tardogóticas. Algo
27 YARZ A LUA CES, Joa quí n, “Defi nic ión y am bigüe dad de l tard ogótic o pa lenti no: Esc ultura ”, en
Actas de l I C ongre so de Histo ria de P alenc ia , t. I: Art e, Ar queol ogía y Edad A ntigu a , v. 1, Palen cia,
Diput ación Provinc ial de Palenc ia, 19 87, p. 37 .
28 AZCÁRATE RISTORI, Jos é María, “El brote del Renacimien to en Palencia”, en Id . , p. 61.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
23
que volvía a ponerse de relieve en el segundo contrato con Juan de Rues ga
auspiciado por Fonseca 29 . N o obstante, fueron estos maestros canteros y sus
oficiales quienes, aún formados en la tectónic a gótica, comenzaron a incorporar
decoraciones “al rom ano” en sus obr as por mandato de los distinto s comitentes. D e
esta manera, y e n paralelo a la construcción del edificio, apar ecieron en la catedral
las primeras referenc ias renacentistas en forma de dec oración s uperfic ial, las cuales
enriquecían la apar iencia de los espacios, pero si n llegar a modificar su estruc tura
esencialmen te medieval. E ste fenómeno de si mbiosis de lengua jes se puede aprec iar
en los lienz os de cerramiento d el coro, espec ialmente en e l trascoro, as í como en
las puertas de Santa Ma ría y de San J uan.
Fig. 2. Dibujo para el ar mari o de la sac rist ía de la cat edr al de P alenc ia . Pedro de G uada lupe.
1501. A CP.
La mixti ficació n del vo cabula rio y la asimi lación epidérm ica de las noved ades
29 La mi sma idea de c onti nuida d y de u nidad form al se mant uvo a lo largo del siglo XVI, lo cu al se
expres aba e n 1569 c on m otiv o del r emoza do de l a capi lla de S anta Lucía promovida por el arcediano
de Pale ncia don Fra ncisc o de R ibade neyra . Entre otra s cue stione s, se pedía el ornat o de la ca pilla a
través del retablo y de “otro e n la sacristía y hac er la sacristía en lugar que para ello aia conforme a
las otras sacristías de las capillas antes dell a”, ACP, Secc. histórica, arm. V II, leg. 2, 1258,
Documentos y papeles tocantes a la capilla de Santa Lucía…, f. 1.
I. Introducc ión
24
formales proced entes de Italia afectaron a tod as las artes. D e esta manera, el 17 de
marzo de 1501, justo después de que Di ego de Deza hubiera asumido la mitra
palentina, Pedro de Guadalupe, entallador, vecino de Valladolid “tomo e rescibio a
hazer los armarios de la sacristia y sag rario de la dicha iglesia” . Allí se comprometía
a que “encima de lo s dichos caxone s altos ha de yr vna mol dura romana entallada
de la forma de la muestra” 30 . Esta es probable mente la primera vez que se menciona
la vinculación a la Antigüedad en una obra del medio palentino. Una pieza
tradiciona l a la qu e tímid amente se incorpo raba la decoración renaciente 31 . A pesar
de que no nos ha llegado la obra, sí se conserva la muestra (fig. 2), lo c ual nos
permite apreciar como aun siendo av a nzado en las intenciones todavía mantiene las
formas tradicional es, pues es mayor el volumen de las supervivencias que el de las
innovaciones 32 . Poco tiempo después Deza enca rgaba a G uadalupe la realización
del retablo mayor para la catedral, un a obra sin concesiones a la tradición, lo que
confirma el aludido “bilingü ismo” de algunos artífices del prime r Quinie ntos,
quienes realizaron las obras en uno u otro estilo a discreció n de los comitentes, y
no tanto por incapacidad o por no ha ber asimilado por completo la verdadera
naturaleza de aquel las novedades.
L as “intrusi ones” de ele mentos rena cientes en las f or mas tr adiciona les – tanto
góticas como flamen cas – tambi én aparecieron en forma de cita puntual en pi nturas,
rejas o tapices. Esto sucede, por ejemplo, en las tablas con l a Cena de Emaús (fig.
3) y la Pentecostés (fig. 4), que Juan de Flandes re alizó a petición del obispo
Fonseca par a el retablo mayor de la catedral. En ambos casos, en los sitial es donde
se representan las figura s de Cristo y de la Virgen, respectiv amente, se incorpora
30 ACP, Se cc. histórica, arm. I, leg. 4, Libro de contr atos de ob ras de l a igl esia C ate dral de Pale ncia ,
ff. 26 - 28, POR TELA SA NDOVAL, Fra ncisc o José, La es cultur a del R enaci mient o en Pal enci a ,
Palencia, Diputación Provincial de Palencia, 1977, p. 402.
31 Sabe mos que en ciudades ce rcanas como Vall adoli d este tipo de dec oraci ón apa reci ó en l a últi ma
década del siglo XV de la mano del Ca rdenal Mendoza, quien aludía a e lla en su testamento. En
Burgos se doc ume nta por pri mera vez co n moti vo del cont rato del se pulc ro del ob ispo Luis de
Acuña, de Dieg o d e Siloe el 2 de julio de 1519, donde se especificaba que “ha de ser del romano”
(MARTÍ NEZ Y SANZ, Ma nuel , Histori a de l Tem plo Cat edral de Bur gos. Escri ta co n arre glo a
docume ntos de su archi vo , B urgos, Im prent a de do n Anselm o Revi lla, 1866, p. 289. Co ntrat o
compl eto: pp . 288 - 2 89). T odo e llo a pesa r d e que, por e jem plo, e n tor no a 1515 F ranci sco de Col onia
ya ha bía i ncor pora do aque lla s for mas e n la puert a de la sa cri stía de la capi lla de l C ondes table de la
propia catedral.
32 Ma ravall apreciaba que la “apari ció n de la Mo derni dad y s u prime r epis odio, el pre - Re nacimiento,
no es una r uptura , sin o que e n él , com o en t odo pr oces o hi stóric o, sie mpre es ma yor el vol umen de
las supervivencias que el de las in novaciones”, MARAVALL, José Ant onio, E stu dio s de Hi sto ria
del pe nsami ent o esp añol , Madri d, C ultura Hispá nica, 1984 , p. 21.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
25
decoración a candelieri , en clara relación con los adornos de la mazonería del
retablo 33 . Algo parecido a lo que ocurre con la reja encargada por Juan Fernández
de Velasco a Cristóbal de Andino, en la que se funde lo tradicional del en cargo con
las formas renovadas.
Fig. 3. La cena de Em aús . J uan de Fla ndes . Ca . 1509 -
1519. Catedra l de Palencia
Fig. 4. Pentecostés (detalle). Juan de
Flande s. 151 4 - 1519. Muse o Nacio nal
del Prado © (P02935)
Las novedades i talianas también llegaron a Palenci a a través de o bras
importadas tal y co mo sucedió con la serie de tap ices de los Vicios y Virtudes ,
compuesta por cua tro paño s y manufacturad a en Bruselas, que llegó a la catedr al de
Palencia en 1519 34 . Se t rata de piez as compuestas y diseñadas en base a es quemas
tradicionales, en las cuales se muestra una i conografía de raíz med ieval. Tan sólo
se escapa de esta tónica la parte ce ntral del tapiz de la Danza (fig. 5), donde se
33 E l pintor repitió las mismas formas a candeli eri en el sitial q ue ocupa la Virgen en la tabla titulada
La venid a del Es pírit u Sant o que re alizó entre 151 4 y 1 519 para el retablo mayor de l a iglesia de
San Lázaro de Palencia, h oy en el Museo N acional del Prado (fig. 4).
34 Actual ment e en l os Mus ées Roya ux d'A rt et d'Hi stoi re de B rusel as.
I. Introducc ión
32
Así mismo, están entre los ob jetivos de es te trabajo aver iguar el gus to y la
voluntad estética reflexiva de los obispos, unos car a cteres que o casionalmente son
apreciables gracias a las obras qu e ellos mism os financiaron y donar on. Con
respecto a esta cues tión es necesario señalar que las limi taciones tanto temporales
como espaciales de este trabajo impiden un estudio con la prof undidad deseada. No
obstante, es posible extr aer conclusi ones de inte rés cuando las o bras artísticas s e
ponen en relación con las condi ciones sociales en las que se produjeron, con el
origen social de los personajes o con la formación de estos, todo el lo sin o lvidar l as
relaciones e ntre individuos y las p osibles pert enencias a grupos cl ientelares que
favor ecieron los enca rgos e interca mbios 44 .
Como ya se ha señalado, en las primeras d écadas del siglo XVI convivier on en
la catedral v arias tenden cias artística s, por lo que se h ace ne cesario esclarece r la
posible re lación existente entre el ca mbio en la s formas y la llegada de lo s nuevos
prelados, así como la predilección por unas fórmulas de representación en
detrimento d e otras. Par a profundizar en esta cue stión s e exa minarán los d istintos
contratos de obras firmados en el periodo.
Por otro lado, también es necesario averiguar el contenido, mensaje e
intenciones de las piezas artísticas. E s posible qu e los progra mas iconográficos de
las obras encargadas po r los pre lados respondan no sólo a una demanda litúrgica
sino también a inte reses personales, familiares o so ciales.
Además de los obje tivos expuestos, será de g ran interés par a la investigación
perfilar la repercusión que tuvieron las obras promovidas por los obispos palentinos
en el desarrollo artístico castellano, la progresión en la asimilación de los difer entes
cambios, así como su re lación con ot ros focos artísticos.
ESTADO D E LA CUESTI Ó N
L A C ATEDRAL
Son abundantes las publicaciones centradas en el estudio de la construcción y
evolución de la catedral de Pa lencia, así como de las dist intas obras promovid as y
44 Bordieu estableció a tra vés de un estudio c omplej o y de gr an trasc ende ncia el condi cion amie nto
social del gust o y las evide ntes conexi ones entre aquél y la perte nenci a a un estrato o capa de la
socieda d, BOR DIEU, Pi erre, La distinción . Criterios y bases socia les del gusto , Madrid, Taur us,
1988.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
33
custodiadas en su interior. En ellas s us autores se han referido irremediab lemente a
las labore s de patrocin io desarrolladas por los obispos palentinos del primer
Renacimiento, así como a su determinante pape l en el result ado final. A finale s del
sigl o XIX A gapito Re villa esc ribía u na monog rafía de la princip al igles ia
metropoli tana, imp rescind ible para ab ordar el estudio de cualquier cu estión relativ a
a la promoc ión artís tica del edif icio 45 , a la cual siguieron algu nos artículo s
centrados en espacios c oncreto s del mismo, c omo el coro o la cripta 46 . Revilla
Vielva publicó en 1945 sus M anifestaciones ar tísticas de la catedra l de Palencia ,
pocos años después Vielva Ramos (1953) 47 escribía su monografí a sobre el templo
y Milicua (1954) hacía lo propi o con su Palencia Monumental . En 1994 Díaz - P inés
centraba su atenc ión en la arquit ectura de la cate dral y rea liz aba varios estudios en
los que recogía de manera porme norizada su evolución con alusiones a la labor de
patrocinio los obispos 48 , t odo ello acompañado de los corr espondientes planos,
imprescindibles para cualquier investigación posterior que versara sobr e el edif icio.
A este le siguió la obra de Sancho Campo (1996) quien rep etía en gran medida
cuestiones ya pu blicadas 49 . La Catedral de Palencia. Catorce siglos de Historia y
Arte es la última gran ob ra sobre la c atedral y sus colecciones art ísticas (2011 ). El
45 AGAPIT O Y REVILL A, Juan, La C ate dral …. Co n ante riori dad ya se ha bía a borda do e l est udio
del templo, aunque de manera menos preci s a, en: Q UADR ADO, Jo sé Mª, PARCER ISA, F rancisc o
J., Recuerd os y belle zas de Es paña, t. IX: Vall adolid, Pal enci a y Z amora, Barcelona Imp . de Joaquí n
Verdague r, 18 61; S ALDAÑA R AMÍRE Z, Pe dro, Descripción histórico artística de la Santa Ig lesia
Catedr al de Pa l encia , Palenc ia, I mp. de Al onso y Z. Menénde z, 18 88.
1923, VI ELVA RAM OS, Matías, Mono grafí a acerca de la catedr al de Pale ncia , Palencia , Im prenta
provi ncial , 1923.
46 AGAPITO Y REVILLA, Juan, “L os coros de la catedral de Pale ncia”, Boletín de la Sociedad
Es pañol a de E xcurs iones , 2, Vall adolid, 19 05, pp. 65-7 0; AGAPIT O Y REVIL LA, Jua n, “La cueva
de San Antolín en la cate dral de Palencia”, B ol etín de la Socie dad Cas tel lana de E xcur siones , 2 ,
Valla dolid , 1905, pp. 193 - 196. T ambién, SIMÓ N NIETO , Fra ncisco, “Desc u brimientos
arqueológicos en la Catedral de Palencia”, Boletí n de l a Socie dad C astell ana de Excur sione s, 14,
158, 190 6, pp. 65 - 82.
47 VI ELVA RAM OS, M atías, o b. cit.
48 DÍAZ - PINÉ S MATE O, Ferna ndo, Santa Igl esia C ate dral de San Ant olín de P alenci a, a nálisi s e
historia de la arquitectura de la "Bella Des conocida" , Valladol id, Unive rsida d, 199 4; DÍ AZ - PINÉS
MATEO, Fernando, “La catedral gótica de Palencia: un esquema de las tra nsformaciones de la Bella
Descon ocida”, en NAVASC UÉS, Pedr o y GUTIÉRR EZ ROBLED O, José Lu is, Medievalismo y
neome dieval ismo en l a arq uitec tura e spañol a. L as c atedral es de Casti lla y León, I , Ávi la, Fu ndaci ón
Cultural Santa Tere sa, 19 94, pp. 117 - 14 5; DÍAZ - PINÉS MATEO, Fernando, “La Torre de la
Catedral de Palencia precisiones sobre su historia arquit ectónica ”, en CALLEJ A GONZ ÁLEZ,
María Valentina (coord.), Actas del III Co ngres o de Hist oria de Palenc ia , v. 4, 199 5, pp. 493 - 510.
49 SANCH O CAMPO, Ángel, La Cat edral de Palenc ia, un l echo de cate drale s , Le ón, E dile sa, 1 996.
I. Introducc ión
34
trabajo realizado p or Martínez González 50 que versa sobre los prim eros años del
1500 y la repercusión de la labor episcopal en la s distintas obras acometi das en el
templo, es de gran in terés para nues tro estudio.
Como ya se ha mencionado, durante el ti empo que los prelados estudiados se
mantuvieron al frente de la sede palentina se encargaron de patrocinar un nutrido
conjunto de obras artísticas, en unas oc asiones relacionadas co n la construcción de l
templo catedralicio y en otras con su ornato. La mayor parte de l os contratos de
obras generado s durante aquell a intensa activ idad artística h an sido publ icados tota l
o parcialmen te en distintos textos 51 , aunque en la mayor parte de las ocasio nes sin
el acompañamiento de un estudio en profundida d de las respect ivas obra s. García
Cuesta reunió en dos artículos todos los contratos sobre los trabajos de cantería de
la catedral (1952 -1953) 52 , tanto aquell os que generan más inte rés por la magnitu d
de la obra, principalmente los de la iglesia con Martín de Solórzano y –
posteriormente– c on Juan de Ruesga y el del claustro con Juan Gil, como los
acuerdos para sacar piedra o enlosar algunas partes del edificio. El mismo auto r
también daba a cono cer los concierto s para la realizac ión de las rej as (1954), de lo s
relojes (19 5 7) o de las vidrieras (1959) 53 . San Martín Payo en 1985 recopilaba más
informac ión sob re las rejas, así como el ma terial r elativo a los canto rales
encargados en tiempos d el obispo Deza.
L OS O BISPOS Y SU MUNIFIC E NCIA
Es perfecta mente sabid o y conocido que las obr as de arte so n el resultado d e un
proceso comple jo en el que interv ienen e interfi eren múlt iples fa ctores p or lo qu e
para su correcto aná lisis es necesari o atender al contexto so cial, polít ico, religioso
50 M ARTÍNE Z GONZ ÁLEZ, R afae l, “Una época de esplendor. El Renaci miento en la catedral”, en
PAYO HE RNÁNZ, René Jesú s y MARTÍN EZ GONZÁL EZ, Raf ael (co ords.) , La Catedr al de
Palencia . C atorce siglos de historia y arte , Bur gos, Promec al, 2011, pp. 290 - 353.
51 Como nor ma general, en el texto se hará referencia a la publicación impresa sin citar la fuente,
salvo en los caso s donde no se haya publicad o ese fragmen to o se haya realizado de m anera
incompleta.
52 GARCÍA CUESTA, Timoteo, “La catedral de Palencia según los protocol os”, Boletín del
Semina rio de E studi os de Ar te y Arque olog ía (en ad el ant e BS AA ) , 19 , 1952, pp. 102 - 140; ID, “La
catedral de Palencia según los protocolos. La o bra de cantería”, BSAA , 20, 1 953 - 1954, pp . 91 - 142.
53 GARCÍA CUESTA, Timoteo, “Cinco rejas de la cat edral de Palencia”, BSAA , 21 - 22, 1954 - 56,
pp. 109 - 135; ID, “Los dos rel ojes de la ca tedral de Palencia en el pr imer tercio del siglo XVI ”, BS AA ,
23, 1957, pp. 77 - 89; ID, “Las vidrieras pintadas de la catedral de Palencia (siglo XVI)”, BSAA , 25,
1959, pp . 69 - 88 .
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
35
y económico en el que estas se llevaron a cabo 54 , a la capac idad artístic a de los
artífices que las re alizaron, así co mo al gusto e in tenciones del promo tor.
A pesar de que en Eu ropa los trabajos que centraron su atención sobre el
patronazgo artístico son más tempranos que los hispanos 55 , en nuestro país se
produjo un punto de inflexión con motivo de l VII Congreso del Comité Español de
Historia del Arte (1988) que versó sobre Patronos, pro motores, mecenas y
clientes 56 . Entre los texto s presentados a la c itada reunión científ ica destacó l a
54 En palabras de Jonathan Brown, se atenderá a la his toria contextual del arte, la cual “intenta situar
la obra de arte dentro del esquema de referencias histórico - ideológicas en el que fue creada,
manifes tand o el modo e n el que c onsi gue e xpresa r idea s dent ro del lengua je int ens o y tu pido del
lenguaje ar tíst ico”, BR OWN, J onatha n, Im ágenes e Ide as en l a pi ntura españ ola del sigl o XVII ,
Madrid, Alianz a, 1981, p. 26.
55 Entre los primeros estudios sobre el p atronazgo en la Italia del Renacimiento son reseñables:
ANTAL, F rederi ck, El mundo floren tino y su ambient e soc ial. La repúb lica burgu esa an terior a
Cosme de M édic is, si glos XIV - XV, Madrid, Guada rrama, 1963 ; SANDE RSON CHAM BERS,
David, Patrons and Artists in the Italian Renais sance , Unive rsit y of S outh Car olina Press , 19 71;
BURKE, Pet er, Tradi tion a nd Innov atio n i n Ren aissa nce It aly: A Soc iol ogical Appr oac h, Fontana,
1974; L YTLE, Guy Fit ch y ORGEL, Stephe n (eds .), P atron age i n the Ren aissanc e , Princeton,
Princet on Unive rsity Press , 1981; HOLLING SWORTH , Mary, Pat ron age i n the Sixt eenth Centu ry
Italy P aper back , Lo ndres, John Murray, 1996, para u n conoc imie nto bibliog ráfic o más extens o
remit imos a est e úl tim o text o. S obre e l a rte b arroc o aú n ma ntiene su vige ncia por s u me todol ogía y
resultados: HASKELL, Franc is, Mecenat i e pitt ori, st udi o sui r appor ti t ra art e e s oc ietà italiana
nell'età ba ro cca , Firenze, Sa nsoni, 19 66, ID., Patrono s y pi ntore s. Art e y socie dad e n la Itali a
barroc a , Madrid, Cátedr a, 1984.
56 Son m últi ples los est udi os sobre art e espa ño l que han t enid o en c uent a la promoc ión artís tic a como
parte del he cho artístico , especialme nte a partir de la década de los 80 del siglo XX. Precursor de
aquello s trabaj os: BRA NS, J. V. L., I sabel L a Cat ólic a y el arte hi span o - flam enco , Madri d, Cult ura
hispánica, 1952. Son de especial relevancia en este campo los trabajo s de Yarza, e ntre ot ros:
YARZA LUA CES, J oaquí n, “G usto y pro moto r en l a époc a de los R eyes Cat ólicos ”, E phial te.
Lecturas de Hi storia del Arte , 3, 19 92, pp. 51 - 70 ; YARZA LUACES, J oaquín, Los Reyes Católico s:
paisaj e artí stic o de un a mona rquí a , Madri d, Nerea, 19 93; YARZA LU ACES, J o aquín, La noblez a
ante el rey. Los grandes lina jes castellanos y e l arte en el siglo XV , El Viso, 20 03. So bre los
Mendoz a: NADER , Helen, Los M endoz a y e l Renac imie nto es pañol , Guadalajar a, Institución
Provincial de Cu ltura 'Mar qués de Sa ntil lana', 1986; FE RNÁ NDEZ M ADRID, Marí a Teresa , El
mecen azgo de los M endoz a en Guadal ajara , Guadalajar a, Ins titución Prov incial de Cultura
'Marqués de Santillana' , 1991; HERNÁNDEZ CASTELLÓ, María Cristin a, Poder y p romoci ón
artística. El Con de de Tend ill a, un M endoz a en t iem pos de los Reye s Cat ólicos , Valladolid,
Edici ones Univers idad de V alla dolid, 2016. E n el ca mpo a rqui tect ónico: DÍEZ DEL C ORRAL
GARNIC A, Rosari o, Ar quite ctura y mec enazg o, la i mage n de T oled o en e l Ren acimi ent o , Madri d,
Alianza, 1987; BAYÓN, Da miá n, Mecena zgo y ar quitec tura e n el domi nio cast ellan o (14 75 - 1621) ,
Grana da, Di put ación Provi nci al de Grana da, 1991. En Ca sti lla: CAMP OS SÁ NCHEZ BOR DONA,
Mar ía Dolore s, Arquit ectur a y mece nazgo de la Cas a de Graj al de Cam pos , Le ó n, Uni versi dad de
León, 19 95. Por ot ro lado, destacan los textos de las ponencias presentadas en el V Seminario
Inter nacio nal d e Hist oria de l a F undaci ón C arlos de Ambe res en: C HECA CRE MADES , Fe rnan do
y GARC ÍA GARC ÍA, Be rnardo J . (eds .), El arte e n la c or t e de los Reyes Católico s. Rutas artíst ica s
a princ ipios de l a Eda d Mode rna , Ma drid , Fundaci ón Ca rlos de Am beres , 2005; sobre tapi ces:
CHECA CREMADES, Fernando y GARCÍA - GA CÍA Bern ardo J. ( eds.) , Los Tri unf os de Ar acne .
Tapic es flame nc os de los Aust rias en el Re nacimien to, Madr id, Funda ción C arl os de A mberes, 2 011.
I. Introducc ión
36
ponencia presentada por el profesor Joaquín Yarz a titulada “ Clien tes, pro motores y
mecenas en el arte medie val hispano” 57 , en cuyas líneas introdu ctorias re flexionaba
sobre las obras art ísticas y quienes las encargaron :
Es la Edad M edia un lar go periodo en e l que se da una nota ble pa radoja, a jena a l
mundo act ual: Las ob ras que llama mos artí sticas fuer on much o más import antes y
tuvieron u na incide ncia m ayor en la vida de los hombre s, del que tienen hoy en dí a,
causando est upo r a veces y lleg ando a alcanzar co stes e conómico s muy altos.
Inversamente , ni fuero n considerad as especialm ente desd e una persp ectiva qu e, de
un modo ambi guo, desi gnamos c omo estétic a, ni s e valoró apenas el pap el que en
ella jugaro n sus autores ma teriales, lo s artesano s, a los que hemos reba utiza do con
el más recien te nombr e de artistas. S i bien hay otros, el mot ivo princi pal de esta
situación está en el p oder del que en carga las obr as de acuerdo con la sociedad en
la que vive ” 58
Seguidamente se detuvo en la definición de los dis tintos términos con los que
se designan a las person as encargadas del patronazgo a rtístico en relación su
implicación en el resultado final –me cenas, promotor, patrón, patrono y cliente – y
realizó un anális is panorámico de lo s principales promotor es de la Edad Media
hispana – monarcas, nobles, obispos, burgueses, parroquianos y órdenes religi osas –
cuyas activi dades, como es e l caso de los de los o bispos estudiados en es te texto,
tuvieron continuidad en las primeras décadas del siglo XVI.
Yarza avanzaba entonc es que entre los grand es promotores hispanos, tanto
religiosos como no, estaban los obispos 59 . A ellos dedicaba una buena parte de su
estudio. Entre otros, avanzaba i mpresiones sobre Juan R odríguez de Fo nseca y
sobre Diego de D eza además de ref lexionar en to rno a las diferen tes forma s de
actuar en re lación con l as artes. Aquella s apreciacion es sobre ambos pr elados se
expusieron con mayor profundidad en las Jornadas sob re la Catedral de Palencia
Entre l os cat álog os de e xposi ción: Eras mo en Es pañ a. La re cepci ón del Hum anismo en el primer
Renac imient o esp añol [ca tálog o de expos ici ón], Ma dri d, SE ACEX, 2002; Isabel la Católica. La
magnificenc ia de un reinad o. Quint o Cente nario de Isabel la Cat óli ca, 15 04 - 2004 , Madri d,
Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales - Junta de Castilla y León, 20 04; CABAÑAS
GONZÁLE Z, María Dolores (c oord.), El sue ño de Cisne ros . V Ce ntenar io de la e dici ón d e la Biblia
Poligl ota C ompl utense , Universid ad de Alcalá, Servicio de Publicaciones, 2014, SÁNCHEZ
GAMERO, Juan Pe dro (c oord .), Cis neros. Arque tip o de v irtude s, es pej o de pr elado s , Cabildo
Prima do Ca tedra l de T oled o, 20 17.
57 YARZA LUACES, Joaqu ín, “Clientes, pr omotores y mecenas en el arte medieval hispano” , e n
Patronos, promotores, mecenas y clientes. Actas. Mesa I, Mu rcia, 1 992, pp. 15 - 50.
58 Id ., p. 17.
59 Id. , p. 34.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
37
dirigidas por el profesor Martín González y ce lebradas en el añ o 1988 (1 - 5 de
agosto). En aquella ocasión la catedral de Palencia fue el obj eto de estudio con un
novedoso enfoque, puesto que se pre staba atención preferente a las obra s ar tísticas
promovidas por los obispos en la principal iglesia de la diócesis a lo la rgo de los
siglos; en co nsecuencia, se at endía a la i mplicación d e aquellos y a la relevan cia de
sus decisiones en el resultado fina l.
En lo tocan te al aspecto biog ráfico, las pri meras inform aciones sobre lo s
prelados palentinos fueron aportadas por Alonso Fernández de Madrid (Arcedi ano
del Alcor) e n la Silva Palentina , una obra escrita por durante la primera mita d del
siglo XVI en cual se recoge, tal y como consta en su subtítulo, la Compilación o
catálogo de los obispos que por escrituras antiguas hallamos haber preçidido en
la Iglesia de Palencia, con algunas concurrencias notables que, en tiempos de cada
uno acaecieron 60 . D e esta manera se mezclan aspectos b iográficos de cad a uno de
los personajes junto con noticias de gran interés acontec idas durante los difere ntes
gobiernos, desde que se refundó la d iócesis hasta 1554, cuando falleció el
Arcediano. Muchos de los datos al lí recogidos fueron repetidos por otros er uditos;
así, entre fin ales del sig lo X VI y principios del sig lo XVII J uan Ascens io García
escribía la Vida y martirio del glorioso San Antolín 61 , un texto manuscrito donde se
trataba sobre los orígenes y fundación de la dió cesis, noticias sobre el Santo patrón
y también inco rporaba un apartado con la bio grafía de los ob ispos que hasta
entonces lo habían sido junto con una reseña de s us principales acciones en materia
artística 62 . En este mis mo sentido des taca el Teat ro Clerical de Pedro Fernández
del Pulgar publicado en 1679, en el cual se compilaba nuevamente la bio grafía de
los prelados palentinos 63 . Álvare z Reyero completaba en 1898 la visión del
60 SAN MARTÍ N PAYO , Jesú s, “Qué es la Silva P alent ina”, P ITTM , 38, 1977, pp. 23 7 - 272. La obra
fue transcrita y editada por Matías Viel va Ra mos quien la p ublicó origi nalm ente e n tres vol úmene s
FERNÁN DEZ DE MADR ID, Al onso, ob. ci t. (1942); el tomo tercero fue redacta do y cor regi do por
Ramó n Revil la Vie lva. Fue re unida en u no sol o vol umen e n: FER NÁND EZ DE MA DRID, Al onso
(Arcedi ano del Alc or ), Silva palentina (SAN MART ÍN PAYO , Jesús , ed. ), Pale ncia, Diputa ción de
Palencia, 1976). Para la elaboración de este trabajo se ha recurrido preferente a la edición e n tres
volúme nes por se r un t exto a cce sible online :
https://bib liotecadigital.jcy l.es/es/con sulta/resultados_o cr.cmd?materia_numc ontrol=&autor_num c
ontrol =&i d=1251 &tipoR esul tad o s=BIB&posicio n=1&forma=fich a .
61 ACP, Biblioteca de libros manuscritos, 130.
62 Estas cuestiones se tr atan en el libro V, c apít ulo I que l leva por tí tulo “De l os obi spos y sus
nombres que ha avido en esta yglesia asta es te año de 1608”.
63 FERNÁN DEZ DEL PU LGAR, P edro , Teat ro cl eric al apos tóli co y secul ar de l as i glesi as
catedr ales de Españ a, I. Hist oria se cul ar y ecl esiást ica d e la ciudad de Palencia, Palencia , Merino,
1981 [R eprod. facs. de la ed. de: Mad rid: Vi uda de F rancis co Niet o, 167 9]
I. Introducc ión
38
episcopado palentino en sus Crónicas episcopales palentinas 64 , donde i ncorporaba
numerosos datos proced entes de los libros citados . Todos los te xtos citados son una
fuente de informac ión impresc indible p ara abor dar cualquier investigación sobre
los citados prelados, las cuales se pu eden complement ar con las corresp ondientes
semblanzas que aparecen en lo s episcop ologios de las otras se d es que gobernaron 65 .
Desde principios del siglo XX un goteo pausado pero constante de
publicaciones ha tenido como objeto profundizar en la biografía de los obispos
palentinos, en n umerosas ocasiones centrad as en su relevancia his tórica, no
obstante, en di versas oc asiones se han d etenido en sus respectivas l abores como
clientes o promoto res de las artes. El obispo Juan Rodríguez Fonseca ha sido el má s
estudiado de todos ellos, Alcocer le d edicó una monografía en 1926 centrada en su
actividad diplo mática, r eligiosa y po lítica 66 ; años después, en 1960, Tom ás Teresa
León escribía un importante artículo titulado “El obispo Juan Rodríguez Fonseca,
diplomático, mecenas y ministro de las indias”, en el cual, además de aportar nuev a
documentación sobre sus diversas labores, incorporaba un apartado dedicado a su
actividad como p romoto r de las artes, aunque sin profund izar en la t rascendencia
64 ÁLVAREZ REYER O, Anto nio, Cr ónic as episc opal es pal entinas o dato s y apunt es bio gráfic os,
necrol ógic os, bibl iogr áfic os e históri cos de los señores o bispos de Palencia : desde los primeros
siglos de la Igl esia Cat óli ca hast a el día de hoy , Palencia, 1898.
65 PADILL A, Fran ci sc o de, Segund a parte de la His toria ecclesi á stica de Esp aña: co ntie ne dos
Centur ias dende [si c] el año de quini entos y v no hasta el de setecientos del Nacimiento de Christo ,
Málaga, Claudio Bo lan, 1605; GONZÁLEZ DÁVILA, Gil, Teatro ecl esiást ico de las igl esias
metro poli tanas , y c atedr ales de l os Rey nos de l as dos Cas till as: v idas de s us arz obisp os, y obi spos,
y cosas me morabl e s de s us s edes. T omo se gun do, que c ont iene l as igl esi as de Sev ill a, Pale ncia,
Ávil a, Zam ora, Cori a, Cal aho rra, y Pla senci a , Madri d, imprenta de Ped ro de H orna y Vi lla nueva,
1647. So bre Die go de Deza : DE JI MENA JU RADO, Martín, C atalo go de l os obis pos de las igles ias
catedr ales de la Dioc esis de Jaen y annale s ec lesi asticos dest e obisp ado , Ma drid, Domi ngo García
y Morr as, 1654; GÓME Z BRA VO, Juan, Catál ogo de l os obi spos de Cór doba , y brev e notic ia
histór ica de su i glesi a cated ral, y obisp ado , t. II, Cór doba, 1 778.; ORT IZ DE Z ÚÑIGA, Die go,
Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, metrópoli de la
Andal u cía , t. III, Madri d, Impre nta Rea l, 1796; V ICENT E BAJ O, Juan Ant onio, E pisc opolo gio
salmant ino de sde la Ant igü edad has ta nue stros días , Imprenta de Calatrava, 1901; ALONSO
MORGADO , Jo sé, Pr elados sevillano s o episcopolog io de la s anta iglesia m etropolitana y
patri arcal de Sevi lla con not ici as bio gráfic as de los señore s obis pos aux ilia res y otr os rela cion ados
con est a sant a igl e sia , Sevill a, Lib. e Im p. de Izqui erdo y C ompª, 19 06. Sobre Juan Fer nández de
Velasco: SALOMÉ E SCOBAR , M., Epis copol ogio c alag urrit ano de l si glo X VI, Calahorra,
Impre nta nue va, 19 09; OLIVARES TEROL, María José , “Los obispos de la diócesis ca rtaginense
durante el siglo XVI y sus relaciones con el cabildo catedralicio”, Murget ana , 109 , 2003, pp. 47 - 65.
66 AL COCER Y MART ÍNEZ, Mari ano, D. J uan Ro drígue z de Fonsec a: Est udio críti co bio gráfic o ,
Valla dolid , Impre nta de la Ca sa Soc ial C atól ica, 19 26. Pre vi amente había sido publi cado un breve
texto sobre sus ini cios e n la carr era religi osa: FIT A COL OMÉ , Fide l, “ Órde nes s agra das d e D. Juan
Rodrígu ez Fonseca, arcediano de Sevilla y de Ávila, en 149 3”, Boletí n de la Real Aca demi a de la
Historia , 2 0, 1892 , p. 1 78.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
39
de sus acciones ni en los resultados. Le han seguido otros estudios no menos
importantes, entre los cuales d estacan los realizados por la profesora Sagarra
Gamazo, quien va loró la relev ancia política d e Fonseca en sus múltip les facetas 67 ;
ya fuera como obispo de Palenci a 68 , como gestor de la empresa d e Indias 69 , como
diplomático 70 o como humanista 71 . En relación con este últim o aspecto de su
poliédrica personal idad, reciente mente Varela y Vasallo han abordado su activ idad
c omo cartóg rafo 72 .
Las figuras de los otros obispos también han sido examinadas en div ersos
estudios, aunque en ell os se ha mostrado escaso inte rés por su papel como
promotor es de las a rtes. En re ferencia a fray D iego de Deza e l primer en sayo
biográfico que vio la luz fue el realizado por C otarelo y Valedor en 1902, una
extensa obra en la cual su autor s e detenía en los hitos logrados por el obispo, desde
que inicia ra su forma ció n en Salamanca hasta que ocupó el arzobispado sevillano.
En el mismo dedica un a partado a su etapa c omo obispo de Palencia 73 , aunque nada
se decía sobre su ac tividad como p romotor de la s artes. En 19 26 Alcocer 74 escribía
otro ensayo sobre Deza, en el cual se incluía una breve referencia sobre el tiempo
que el obispo estuvo en la sed e pa len tina y ponía de relieve el encargo del r etablo
67 SAGARR A GAM AZO, Adel aida, E l desa rrol lo de u na pol íti ca real enga po r Jua n Rodrí guez de
Fonsec a (1451 - 1524), (tesis doctoral in édita), Un iversida d de Vall adol id, 19 90 ; ID. , “Los Fonseca
en el horizonte político marcado por Isabel de Trastámara en Castilla e Indias”, en MARTÍN
ACOSTA , Eme lina (c oord.) Isabel I de C astil la y Amér ica. H ombres que hi cier on posi ble su
política, Va lladolid, Insti tuto Int eruni versit ari o de E studi os de Ibe roam éric a y Portugal, 2003 , pp.
29 - 92 ; ID. (coord.), Juan R odrígue z de Fonseca. Su imagen y su obra , Vall adoli d, Uni versi dad de
Vallado lid, 2005.
68 ID. , “Don J uan Ro drígue z de Fonse ca, o bispo de Pale ncia ”, en Actas del II Con greso de Hi storia
de Palencia , t. 4, 199 0, pp. 489 - 500.
69 ID . , Juan Rodríguez Fons eca. Un tores ano en dos mun dos , Zamora, Insti tuto de E studi os
Zamorano s Flor ián de O campo, 20 06. Véase también PATTER SON, Jack E., “El obispo Rodríguez
de Fonseca y la ‘empresa’ de América”, Mar Ocea na. Revista del Humanismo Espa ñol e
Iberoa mericano , 13, 2003 , pp. 109 - 120.
70 SAGARR A GAMAZ O Adelai da, “ El pr otagoni smo de Jua n Ro drígu ez de Fonsec a, ge sto r
indiano, en la diplomacia y la política castellana desde su sede epi scopal de Burg os”, Boletín de la
Institución Fe rnán Gon zález , 211, 1995, pp . 273 - 318. En un apartado de este te xto realiza un
interesante análisis del testamento del obispo en el cual ap orta diferentes datos de gran interés sobre
los bie nes del pre la do , Ibid ., pp. 306- 316.
71 ID., “Eli o Antoni o de Nebri ja y Juan Rodríguez de Fonseca: de la Gramática a la cartografía al
servicio de la Reina”, Revi sta de Estudi os Col ombi nos , 2, 2006, pp. 29 - 40.
72 VARELA MARCOS , Jesús y VASALL O TORA NZO L uis, “La ca rtog rafía americana en el
testamento de Fonseca”, Revi sta de Est udios Colo mbin os , 12, 2016 , pp. 27 - 36.
73 COTAREL O Y VALLE DOR, A rman do, Fray Diego de Dez a, ens ayo bi ográf ico , Madrid,
Imprenta de José Perale s y Martín ez, 1902 , pp. 1 27 - 156.
74 ALCOCER Y M ARTÍN EZ, Ma ria no, D. Ju an Ro drígue z d e Fonse ca. Estudi o c ríti co biogr áfi co ,
Valladolid, Imprenta de la Casa Social Católica, 19 26, pp. 95 - 97
I. Introducc ión
40
mayor. El mismo autor escribió una monografía sobre el destacado papel que jugó
en el descubrim iento de Améric a 75 . También han sido examinadas otras facetas de
su personalidad, en especial su pensa miento. De este m odo, Navajas trató sobre sus
trabajos teológicos y doctrinales 76 , en t anto que Díaz lo hizo sobre sus estudios
como exégeta de los es critos tomistas 77 .
Los diversos estudios dedicados a los obispo s anteriormente men cionados
contrastan c on la escase z de referencias b ibliográfic as referidas a Juan Fernández
de Velasco, cuya figur a permanece aún ocu lta tras las de los miem bros más
conocidos de su linaj e. Este prelado está aún ne ce sitado de un profundo estudio
tanto de su personalidad y actividades, como de su labor al frente de la diócesis
palentina.
Las m encionadas ponencias presentadas en las Jornadas sobre la cat edral de
Palencia fueron reunidas y publicadas en un libro 78 que supone el punto de par tida
más importante pa ra nuestra inv estigación. E specialmente relevante fue el texto
escrito por Yarza: “Do s mentalida des, dos actitudes ante las forma s artísticas :
Diego de Deza y Juan Rodríguez de Fo nseca” 79 , centrado en el estudio de la
ac tividad promotora de los dos obispos que ocupar on la sede palentina en los
primeros quince años de la deci mosexta centuria. Como se puede deducir a través
del título, en el mismo contraponía la labor de ambos prelados y sus diferentes
personali dades: por un lado, Deza, al que describía como un hombre de iglesia con
un peso importante en el reina do de los Reyes Católicos, aunque con un limitado
interés por las artes; por otro lado, Fonseca, de quien d estacaba su actividad
diplomática y gusto por las artes. A este texto le sigue el estudio realizado por
Parrado, quien iniciaba su trabajo con el pon tificado de Pedro Gómez Sarmiento
(1525-1534) 80 , por lo que las acciones promovidas por Juan Fernández de Velasco
75 ID., Fray Diego de Deza y su intervención en el de scu brimi ento de Amé ric a , Valladolid, Impr enta
de la Casa Social Católica, 19 27
76 NAVAJAS, Francisco, “La doctrina de la Gracia en D iego de Deza O. P. (1443 - 1523) ”, A rchivo
teológi co gr anadi no , 20, 1957 , pp. 5 - 153.
77 DÍAZ DÍAZ , Gonzalo , Hombr es y doc ument os de l a Filo sofía e spañ ola , v. II, Madrid, Inst ituto
de Filosofía Luis Viv es, 1980, pp . 535 - 538.
78 AA.VV. , Jorn adas s obre l a cate dral de Pal encia , Pale ncia, Diputación Provincial de Palencia,
1989.
79 YARZA LUACES, Joaqu ín, “Dos mentalidade s, dos actitud es ante las formas artística s: Diego
de Deza y Juan Rodr íguez de Fonseca”, en AA . VV., Id. , pp. 105 - 135.
80 Véase PARRADO DEL OLMO, Jesús María, “Evolución artística de la catedral de Palencia a
través del gobi ern o de los obi spos del Renac imi ento (1 525 - 1594)” , en AA . VV, I bid. , pp. 143 - 180.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
41
no fueron tratadas, algo que por otro lado nos propo nemos solventar en esta
investigación.
A aquel trabajo pionero de Yarza le siguieron otros no menos impor tantes que,
partiendo de los presupuestos ya conocidos, ampliaron el estudio de las obras y de
las diversas acciones e mprendidas por los pre lados palen tinos en su labor como
promotores artíst icos. En cualqu ier caso, debem os señalar que en l a mayor par te de
los estudios los divers os trabajos promocionados por obispos palentinos del periodo
no son tratados de forma aislada, si no como una etapa más dentro de sus respectivo s
cursus honorum . En este sent ido, es reseñabl e el trabajo d e Redondo C antera “Juan
Rodríguez de Fonseca y las artes” (2005) 81 , en el cual se rea liza un anál isis
diacrónico de las p rincipales ob ras promovidas por el ob ispo en las diferentes sedes
donde ejerció su ministerio, con espe cial atención a Palencia y Burgos. Más
recientemente se han publicado varios textos de gran relevancia, por un lado, el
artículo de Teije ira titulado “De B adajoz a Burgos: Juan R odríguez de Fonseca en
sus catedral es” (2018), donde la autora realiza un estud io actualiza do de las
diferentes o bras promovidas por Fo nseca en rela ción con las catedrales de las que
fue obispo y, por otro l ado, indaga en su papel como patrón artístico, para lo cua l
presta espec ial atención a la contratación de artífices, a la búsqueda de nuev os
modelos artísticos o a la adecu ación funcio nal de los distintos espacios
catedralicios 82 . Por su parte, Vasallo ha p ublicado rec ientemente Los Fonseca .
Linaje y patronato artístico , una ob ra impr escin dible para entender el p apel que
jugaron los mie mbros del linaje de l os Fonseca, con cretamente los del se ñorío de
Coca y Alaejos, en distin tas promociones art ísticas familiare s entre los sig los XV y
XVI. Allí se pone de relieve la figura de Juan Rodríguez de Fonseca y el uso que
hizo de la s artes co mo estra tegia de a firmació n del lin aje 83 .
En relación con la actividad promotor a de Diego de Deza en Palenc ia
recientemente hemos p ublicado “Fra y Diego de Deza en la catedral de Palenc ia, un
81 REDONDO CAN TERA, M aría Jos é, “Juan Ro drígu ez de Fonseca y las artes”, en SAGARRA
GAMAZ O, Adel aida (coor d.), Ju an Rodrí gue z de F onsec a: su image n y s u obr a, Valladolid, 2005,
pp. 175 - 206
82 TEIJEIR A PA BLOS, Ma ría Dol ores, “ De B adajoz a Bur gos: J uan R odrí guez de Fons eca e n sus
catedrales”, Labor atori o de Arte, 29, 201 7, pp. 53 - 82
83 VASALLO TORA NZO, L uis, Los Fonseca. Linaje y patrona to artístico , V alladolid, Edicion es
Univers idad de Va llad olid, 2018 , pp. 221 - 307.
I. Introducc ión
48
historiado r del arte ha de hacer fre nte a numerosas dificult ades cuando aborda
cualquier estudio documental, “las fu entes esp añolas, por ejemp lo, son ricas en
inventarios de las colec ciones pero pobres en documento s personales […]” 91 , más
escasas cuando nos adentra mos en el estudio de las artes e n los albores del siglo
XVI, lo que dificulta aún más la búsqueda documental y la obtención de datos
valiosos. O tras investigaciones p recedentes ce ntradas en el anál isis artístico de l
Renacimiento palent ino ya plantearon la escasez de noticias en lo s archivos,
especialmen te en el primer tercio d e la centuria 92 .
En cualquier caso se ha de destacar, p or su importancia pa ra la investigac ión, la
documentación hallada y consultada en el Archivo de la Catedral de Palencia, tanto
en su Sección Histórica, como en la Biblioteca d e Libros Ma nuscritos y e n los libros
de Actas Capitul ares. De igua l forma, en la S ección Histórica del c itado A rchivo se
custodia un libro que reúne una gran parte de los contratos de obras de la cated ral
de Pal encia firmados en el siglo XVI 93 , muchos de los cuales fueron dados a
conocer en distintas publicaciones, como s e ha seña lado en el apartado
correspondiente, aunque han sido releídos para la investigación en el d ocumento
original, lo cual ha generado felice s hallazgos.
Además del Archivo catedralicio palentino, se ha consultado documentación en
los siguien tes centros: A rchivo General Diocesan o de Palencia, Archivo H istórico
Provincial de Palencia, Archivo Histórico Municipal de Palencia, Archivo de la
Catedr al de Valladolid, Archivo General Diocesano de Valladolid, Archivo de la
Real Chancillería de V alladolid , Archiv o Históric o Provin cial de Valla dolid ,
Archivo General de Simancas, Archivo Catedralicio de Burgos, Arc hivo de la
Diputación de Zamora, Archivo H istó rico Na cional, Archivo Históri co de la
Nobleza, Archivo de la Casa D ucal de Alba (Madrid). Así mismo se ha podido
consultar online documentación muy valiosa para la investigación procedente de
diversos archivos de titularidad nacional a través de la pl ata forma PA RES. D e la
misma man era se han c onsultado o tros repo sitorios digitale s como la f ototeca y
pla noteca d el Insti tuto del Pa trimo nio Cultur al de Esp aña (IPC E) o aqu ellos
accesibles a través de Europeana.
91 BROWN, Jona than , El t riunf o de l a pi ntura . Sobr e el cole cci onismo cort esano en el sig lo XV II,
Madrid, Nerea, 1995, p. 7.
92 ZALAM A RODRÍG UEZ, Mig uel Ángel , La arquitectu ra del si glo X VI en la provi ncia d e
Palencia , Palenc ia, 199 0, p. 13 .
93 Archivo de la Catedral de Pal encia, Sección Histórica, arm. I, leg. 4, 89.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
49
Llegados a este punto se hace neces ario señal ar que, aun ha biendo consultado
la mayor p arte de bibliog rafía específ ica y document ación de arch ivo en las
primeras etapas de la i nvestigación, e sto no ha sido óbice par a que se hayan revisado
regularmente nuev as publicaciones relac ionadas con el tema obj eto de estudio y, de
igual forma, se hayan visitado distintos archivos para interesarnos por nuevas
noticias. Por otra p arte, avanzada la investigac ión se realizó una estancia en la
Universidad Libre de B ruselas , gracias a lo cual se pudo consultar una gran cantidad
de bibliografía sobre arte producido en las regi ones del Norte de Europa. En este
sentido se visitó la Bibli oteca de la Universidad L ibre de Bruselas, así como la de l
Institut Royal du Patrimoine arti stique ( KIK/ IRPA) , el Centre d'études des
Primiti fs flamands y la Bibliothèque Royale de Belgique (KBR) , al mismo tiempo
que se pudie ron consultar dis tintas fuentes p rimarias en los Archives d e la Ville de
Bruxelles , especia lmente el L iber Authenticus de la Cof radía bruselense de los
Dolores de la Virgen 94 .
R EDACCIÓN Y PROP UESTA S
En coincidencia con el d esarrollo de las fases ant eriores se realizaron nu merosas
visitas a la c atedral de Pa lencia y a di ferentes esp acios en lo s que se custod ian obras
relacionadas con los obispos estudiados, tanto dentro como f uera de la diócesis
palent ina. Estas han sid o tratadas c omo fuentes pri marias y a través d e su estudio
directo se ha podido analizar tanto su contenido, como el le nguaje artístico y valorar
el estado de conservación. De igual manera se obtuvieron datos rel ativos a medidas,
material es y cuantos aspectos se creyeron relevantes, ad emás de tomarse las
fotografías oportunas como apoyo a la investigación y testimonio visual.
En la fase final de la investigación se pudo proceder a la ordenación de todos
los datos extraídos y acometerse l a confección de un corpus de obras relacionadas
con los obispos palentinos del periodo para, finalmente, elaborar los materiales y
proceder a l a redacción de la tesis do ctoral. En este momento también se proced ió
a la reconstrucció n digital del retablo mayor, para lo cual se contó con el apoyo de
David Checa, miembro de 3dUBU 95 , y se elaboró una propuesta visual de
disposición de tapices en su espacio origina l.
94 Archives de la Ville de Bruxelles (AV B), Archives Histor iques, 4313.
95 Equip o de rec onstr ucci ón digit al del patri moni o de la Uni versi dad de Burg os: http://3dubu.es/ .
La Crucifixión (detalle). Ju an de Flan des. Ca . 1509 - 1519. Mus eo N acional del Prado.
II . EL OBISP O DE PALENC IA Y SU DIÓC ESIS. ESPA CIO,
PROYECCIÓN Y RELACIONES C ON LA CORON A
“Los prelad os desta ciu dad son y an sido siempre muy estimad os y de gran autoridad
en estos Reynos y poc a s veces se da/ la per lacia desta yglesi a sino a perso nas de gran de
merecimien to letras y linaje y es ten ida en much o asi po r su grande au toridad y renta y
por estar en lo mas grueso y fértil d e castilla q ue es tierra d e Campos d onde tod os los
señores como habemos dic ho procura n te ner y tie nen hacie nda […]” 96
Juan Ascensio, re cogiendo las p alabras de quien es le anteced ieron escribiend o las
crónicas diocesanas 97 , señalaba varios aspectos relevan tes en referencia al obispo
palentino y al territo rio que gobern a ba: la autor idad y estima de la que go zaban los
personajes que ocupaban la sede palentina, el hecho de se r prelados letrados y de
noble linaje y, por último, el interés que tenía la sede por enc ontrarse en una zona
fértil y de grades ren tas. Esta valo ració n variaría a partir de 1595, cuando se produjo
la segregación de una buena parte del territorio diocesano para crear la nueva
demarcación episcopa l vallisoletana.
Desde que la diócesis fuera erigida, los prelados palentinos gozaron de gran
relevancia y pro tagonismo, tanto religioso como civil. La figura del obispo abarcaba
diferentes aspectos de la vida social, política y religiosa. En su persona se aunab a
96 ASCENSIO GA R CÍA, J uan, Li bro de l a vid a y mar tiri o del glori oso S an Ant olín, con la f und ación
de esta iglesi a de Pale ncia, los obi spos que e n ella h a habi do, la anti güed ad de P alenci a, Ca . 1607,
ACP. Biblioteca d e libros manuscritos, 130, f. 52r y v.
97 Este autor re pite lo que había dicho con anterioridad el Arcediano del Alcor: FERNÁNDEZ DE
MADRID, Alo nso, ob. cit ., t. I, p. 77.
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
52
el poder político, como señor de la ciudad; nobiliario, como conde de Pernía; y
religioso en tanto que obispo. En este último nivel su misió n era triple: enseñar,
santificar y regir. No siempre cumplieron con sus obligaciones y no todos los
prelados mostraro n el mismo in terés p or hacer las cumplir, máxime cuando sus
titulares se ausentaron con frecuen cia y abdicaron de sus funciones.
En este sentido, la mitra palentina se convirtió en una de las más preciadas,
desde la que se accedía a aq uellas sedes de mayor prestigio. El control ejerc ido por
la Corona para la provisión de obispados vacantes determinó que los titular es de las
distintas sed es, entre otras de la pa lentina, fue sen fieles s ervidores reales. U n premio
por el trabajo , la lealtad y la f idelidad al servic io a los monar cas.
EL ESPACI O DIOCESANO EN EL SIG LO XVI: TERRI TORIO,
POBLACIÓ N Y TENSI ÓN ESPAC IAL
Desde que en el s iglo XI se restau rase la dióces is palentina y sus límites fueran
definidos en el Fuero de Sancho III (1033) 98 , estos no dejaron de variar hasta
adquirir su forma d efinit iva en el sigl o XIV 99 , manteniéndose sin alteracione s hasta
bien ent rado el siglo XVI 100 . El Arcediano del Alcor decía que el término de la sede
palentina se extendía “desde donde corre el río Cea, hasta que se difunde en el río
98 Se amplió en el año 1035 por Ber mudo II I al es te del río Pis uerg a, FERN ÁNDEZ DE MAD RID,
Alonso, ob. cit. , t. I, p. 102.
99 A parti r de 11 2 1, c on la crea ción de l as di óce sis de Seg ovia, Ávila y Z amo ra, la s dim ensi ones de
la dióc esis palent ina variará n com o cons ecue ncia de las t ens iones t er ri torial es (POL ANCO P ÉREZ,
Arturo, L a cat edr al de P alenc ia en el sigl o XV ( 1402 - 1470): poder y comportami entos social es a
final es de l a Edad Me dia , Palencia, 2008, pp. 44 - 45) . Las po blaciones d e Olmedo y Aréva lo
estuvi eron b reve mente baj o domin o de la mit ra pal entina ; as í fue ha sta 1 139, c uando se re staur ó de
forma definitiva la d iócesis abulense (BARRIO S GAR CÍA, Áng el, L a catedr al de Ávil a en l a Eda d
Media: Estructura socio - jurídica y económ ica , El Dia rio de Á vila, 197 3, pp. 97 - 98). So n conoci dos
los casos de conflicto entre la sede palentin a y la segoviana por los territo rios de Portillo y Peñafiel,
resuelto s en 1 190 ( HERRE RO DE LA FU ENTE, Mart a, “L os d ocume ntos sobre la c onco rdia y
compr omis o entre las dióce sis de Palenc ia y Seg ovia del año 1190”, en CAL L EJA GONZÁLEZ,
María Va lentina, Acta s del II C ongres o de Hi stori a de Pale ncia , v. 2, 1990, pp . 261 - 287). Así como
los problemas con la sede zamorana por las poblaciones de Urueña y Villardefrades, resueltos en
1255 (BUENO DOMÍNGUEZ, María Luisa, “Las tensio nes del episcopado de Palencia y el de
Zamora: siglos XIII y XI V”, en CAL LEJA GONZ ÁLEZ , María Vale ntina, Act as del II C ongres o
de Hist oria de Palenc ia , v. 2, 1990 , pp. 401 - 414).
100 En 1345 e l ll amado Becerr o de los Beneficios da cu enta de las parroquias, a rciprestazgos y
arcedianatos que componían la diócesis (SAN MARTÍN PAYO, Jesús, “La más antigua estadística
de la Diócesis de Palencia (a 1345)” , PITT M , 7, 1951, pp. 1 - 122), con escasas variacion es si lo
compar amos c on lo q ue se dice en los sí nod os dioc esa nos ce lebra dos en el si glo XVI c omo el de
Cabez a de Vac a (154 8) o Álva ro de Men doza (15 85).
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
53
Duero; y de la otra parte a donde nace el río Pisuerga y va h asta el Castro de Peñafie l
y el mism o Castro con sus términos antiguos y Portillo con sus términos antiguos y
Siete Iglesias co n sus términos an tiguos hasta el r ío Duero” 101 . Es decir, que durante
la práctica total idad del siglo XVI — hasta 1595 — la diócesis de P alencia ocupaba
un extenso terri torio comprend ido e ntre las mo ntañas cántabras y el río Duero 102 ,
incluyendo la ciudad de Valladolid, limitando e n los extremos oriental y occidental
por los obispados de Burgos y León, respect ivamente. En el costado oc cidental, la
diócesis leonesa ocup aba una buena parte de la actual de marcación pal entina e
integraba a poblacion es como Capillas o Cisne ros, en plena Tierr a de Campos,
llegando a limitar co n el térm ino mun icipal de P aredes de N ava. Sobre plano, la
diócesis adoptaba una forma indefinida, alargad a, más anch a en la parte sur,
estrechándose de for ma paulatina ha cia el norte.
Administrativ amente, el territorio diocesan o se dividía en cuatro arcedi anatos,
los de Carrión, Campos, Cerrato y A lcor, que, a su vez, se dividían en un número
variable de arci prestazgo s, en ninguno de los cuales se incluía la capital 103 . Esta
fragmentación territorial se produjo en el año 1190, durante la prelacía de
101 FERNÁN DEZ DE MADRI D, Alonso, Silva palentina , t. I …, p. 102. El rey Alfo nso VII y s u
esposa Berenguela, mediante un diploma fechado en 1140, establecieron que los límites diocesanos
en el sur de la demarcación fueran Tordesillas, Portillo, Peñafiel y Simancas (GONZÁLEZ DÍEZ,
Emil iano, “ Form ación y desa rroll o del do minio señorial de la I glesia pa lentina (1035 - 1351) ”, Actas
del I Congr eso de Hist oria de Pal enci a , v. 2, 1987, pp. 286 - 287)
102 En 11 81 se i ncor poró l a Per nía en el e xtre mo nort e de l a dióc esi s, fi nali zando l a am plia ción e n
ese sector de la demarcación (PÉRE Z MIER , Laure an o, “El conda do d e Pernía”, Semana Pro
Ecclesia et Pa tria , 1934 , pp. 1 61 - 213; GO NZÁ LEZ DÍEZ , Emilia no, “ Formaci ón y desar rollo …,
p. 295) .
103 El arcedianato de Carrión era el que contaba con un mayor número de arciprestazgos, debido a
su extenso territorio y disp ersión, y en él est aban c ompre ndido s los de Carri ón, P obla ción, Avia ,
Herrera, Ojeda, Ordejón, Castrejón, Renedo, Poblaciones, Cardaño y Bed oya. C ampos co ntaba con
seis arciprestazgos: de Cueza, Becerril, Paredes de Nava, Castromocho, Medina de Rioseco y
Torde humos . E n Cerrato existían cinco arcipr estazgos: Astud illo, Baltanás, Cevico, Peñafiel y
Portil lo. E l Al cor c onta ba co n cinc o má s : Dueñas, Simancas, Tordesillas Torrelobatón y Urueña.
Consti tucio nes si nodale s del obi spad o de Pale ncia, c ompi ladas, he chas y ordena d as, c onfor me al
santo C oncil io de Trent o, por el Il ustri ssim o y rev eren dísim o señor don Á lvar o de Me ndoça … , Ca sa
de Philip pe de Iunta, B urgos , 158 5, pp. 22 - 23. En 13 45 e ran q uinie ntas sete nta y seis par roqui as las
que co nform aban l a dióces is, corre spon diendo c ient o nove nta y c uatro a l arc edia nato d e Carr ión;
ciento quince al de Campos; cinto sesenta y seis al de Cerrato y noventa y una al del Alcor: SAN
MARTÍ N PA YO, Je sús, “ La más a ntig ua e stadí stic a…, p. 4. A media dos del siglo XVI su n úmero
había di smin ui do n otabl emen te, en gran me dida debi do al e levad o núme ro de l uga res que e n ese
moment o se e ncont raba n des pobla dos a sí se p uede leer en las Constituciones sinodales de Cabeza
de Vac a (15 45), ibide m, p. 3. En 1589 , poc o ante s de la desm em braci ón del obispa do , eran
trescientas sesenta y dos las villas y lugares poblados y cuatrocientas treinta y nueve las pilas
bautismales, ver: GARCÍA ESPA ÑA, Eduar do, Cens o de Cast ill a de 15 91. Est udi o anal íti co,
Madrid , Insti tut o Naciona l de E stadís tica , 1986, p. 302.
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
54
Arderico 104 , ate ndiendo a un repart o equitativo de l as rentas decimales. Tres siglos
después, en 1490, se creó el ar cedianato de Palencia 105 erigido a imitación del de
Toledo, “con las mesmas prehe minencias y antelacio nes y preuilegios q ue
aquella” 106 .
A excepción de las m ontañas, en el extremo septentrional, la de marcación
diocesana no se veía limitad a o condicionad a por ningún accidente geográfico, lo
que permitía una circula ción flu ida entre la sed e episcop al y las princ ipales ciu dades
cercanas, como Valladolid o Burgos 107 . El hecho de que las grandes vías de
comunicación no pasaran por la capi tal y de que la urbe no fuera un centr o
comercial o art ístico, no imp idió la llegada d e artíf ices de di versa catego ría o de
numerosos bienes suntuarios, que embellecieron viviendas, tempos o capillas
repa rtidas por la diócesi s palentina, especi almente en el Arce dianato de Campos 108 .
Est a situación tampoco fue un imped imento para que C arlos I en su primera entrada
en España (1517) sigu iera un itine rario que atravesab a el territorio d iocesano
palentino desde H errera de Pisue rga hasta Tordes illas, una rut a poco “frec uentada
y de penoso trán sito” 109 .
El territo rio más impo rtante de la diócesis p alentina, t anto en tér minos
económicos como esp aciales, se enc ontraba en la mi tad sur de la misma. Allí se
ubi caba l a cap ital, en lo “más grues o y fért il de cas tilla”, y los a rcedian atos de l
Alcor, Cerr ato y Campos. Destacaba especialmente este úl timo, un territorio llano,
de gran extensión, con ligeras ondulaciones y dedica do fundamentalmente al
cultivo del cereal, donde se recogían “hasta un millón de fanegas de trigo y medio
104 POLA NCO PÉRE Z, Artur o, La cat edr al de Pale ncia…, p. 166.
105 El arcedianato de Pale ncia fue creado por el Papa Inocencio VIII e n 1490: “a suplicación del
mesm o obisp o Don Al onso [ de Bu rgos], e l papa Inoce ncio V III cri ó de nue vo en e sta iglia . una
digni dad que ll aman Arcediano de Palencia, que antes no parece que la había, y el primero que hubo
en esta digni dad f ué un Docto r Sanc ho de A cebes, c an ónigo y provi sor d el me smo O bispo, e l cual
después fue O bispo de Astor ga”, FE RNÁN DEZ DE MADR ID, Alons o, ob. cit. , t. I, p. 346.
106 Ibid ., nota 3.
107 Cock situa ba a la ci uda d de Palenc ia e n un lugar pri vile giado, e n l a “p rovinci a q ue se dic e de
Tierra de Campos, ocho leguas distan te de Valladolid y siete leguas de Carrión de los Condes y
catorz e de Bur gos”: COCK, Enri que , Jor n ada de T araz ona he cha por Fe lipe II en 15 92 pas ando
por Se govia, V all adolid, Pale ncia, B urg os, Lo groño, P am plona y T udel a (recopila da por Enriqu e
Cock; prece dida de una int rod ucció n, anot ad a y publ icada de Re al Orde n po r Alfre do More l - Fatio
y Antoni o Rod rí guez Vill a), Ma drid , Im prenta y fu ndició n de M. Tel lo, 1 879, p . 37 .
108 Portela, en su estudio sobre la escultura del siglo XVI en Palencia, decía que “sería más exacto
que tomásemos como ámbito terr itorial de nuestro trabajo la coma rca de Tierra de Campos, por
cuanto es la zona más rica en obras de arte de l a época a que vamos a hacer referencia” PORTEL A
SANDO VAL, Fra ncisco Jo sé, La esc ultur a del Renac imient o e n Pale ncia , Palencia, 1977, p. 5.
109 RUIZ MARTÍN, Felipe, “Jornad as del Emperador Carlos V en Palenc i a”, PITTM , 5, 1950 , p. 4.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
55
de cebada” en un año 110 . Contrastaba con lo que sucedía en la mitad norte donde ,
en palabras del obispo Fernando Mi guel de Prado, “lo que cae a rriba de Palencia,
que son montañas , [es] tierra ruin y esté ril” 111 . Un territorio alejad o de la capita l y
de escasa productividad, donde se generaba una mala situa ción religiosa
determinada, en gran medida, por su situación geográfica y, sobre todo, por el
desinterés de sus obispo s.
En el Arcedianato d e Campos se encontraban las pob laciones más ri cas y
pobladas de la dióc esis, en consonan cia con las posibilidades económicas, todo lo
contrario de lo que sucedía en la zona norte, donde escaseaba la población. Esta
diversidad se recoge en los censos de población del sig lo XVI; según el “de
pecheros” de C arlos I, la ciud ad de Palenc ia contaba en 1526 con 1.346 v ecinos de
aquella condición, seguida de las pobl aciones cercanas de P aredes de Nava (989) y
Becerril de Campo s (815). En el extre mo sur, ya en el arcedi anato del A lcor,
destacaba To rdesillas con 60 9 vecinos pecheros 112 . Una dis tribución irregular de la
población que se concentraba en Campos y Cerrato, con 55.500 y 19.370 almas,
respectivamen te, a finales del siglo XV I, un número simil ar al que se computaba a
mediados del siglo XVIII. Mientras que los pequeños puebl os de los valles de
Boedo y de Ojeda no sumaban más de 9.480 fieles 113 .
La capital, situada en el centro de la comarca de Tierra de Campo s, fue descrita
en breves líneas por Andrea Navagero, quien vi sitó la ciudad de Palencia en 1527
y se refirió a ella como: “una ciudad no muy grande, per o harto buena; tiene una
hermosa calle, y la catedral es grande y b ella; junto a sus muros pasa un río llamado
Carrión, y quizás sea esta la Pal lantia de los antiguos” 114 . Era un a ci udad
110 CABEZA RODRÍ GUEZ, Antonio , “La Edad Moderna” , en: EGIDO LÓPE Z, Teó fanes (coord. ),
Historia de las dióce sis españ olas , (Igl esias de P alenci a, V allad olid y Seg ovia) , v. 19, 2004, p . 70.
111 Ibid .
112 Cens o de Pec heros , Carl os I , 1528, v. II, Madri d, I nstit uto Nac iona l de Est adíst ica, 2 008, pp. 1 -
39 .
113 MARCOS MART ÍN, Al berto, “P alenci a en el siglo XVIII” , en GONZ ÁLEZ, Julio (dir. ),
Histor ia de Pal encia. II, E dade s mode rna y cont empo ráne a, Palencia, Diputación Provincial d e
Palencia, 198 4, p. 8 6.
114 NAVAGER O, Andr és, “Vi aje por E spaña d el Mag nífico Micer Andrés Navage ro emba jador de
Venecia al emperador Carlos V”, en GAR CÍA MERC ADAL , José, ob. cit. , p. 40. A fi nes de l si glo
XVI se reconocía que “la ci udad está muy bien cercada con hermosas torr es y p u erta s p ar a en
tiem pos pasa dos” , COCK , Enri que , “La J ornada de Ta razona que S u Ma jest ad hizo el año 1592” ,
en G ARCÍA MERCADA L , José , ob. cit. , t. II, p. 584). La vi ncula ción de la c iuda d con un pasa do
roman o ha sido reco gida en di vers os te xtos. Así Medina afi rmó que “esta ciudad de Palencia, según
tiene nuest ro Pon poni o Bela y Est rab ón, es la que prim ero s e di jo Pa lanci a, ci udad mu y antigua de
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
56
amurallada, en la que destacaba su catedral, y se dividía en dos por una calle que,
debido a su extensión, recibía los nombre s de Mejorada y de Pan y Agua, la ac tual
Calle Mayor.
Sobre el valor económico del obispado, es muy rica la información recogida por
Antoine de Lalaing en la narrac ión del primer v iaje de Felipe el Hermo so por
España (1501). Allí se informa sobre el importe de l os obispados castellanos,
destacando entre todos ellos el pale ntino, que ocupaba un lugar aventaj ado con un
valor de 14.000 florines de oro, tan sólo por detrás de los cuatro grandes
arzobispados – Tole do, Sevilla, Granada y San tiago – y de los de Burgos (23.000
florines) y Sigüenza (18.000 florines) 115 . En 1534 mantenía su posición, con un
valor estimado de entre trece y c atorce mil ducados 116 , y, a finales del siglo, según
el “Censo d e los obispos” de 1 587, la r enta de l a diócesis d e Palencia a scendía a
40.000 ducados, conservando su lugar entre las sedes más ricas 117 .
“La tercia pontifical”, segú n cálculos, asc endía a 25.000 ducados la rgos,
“aunque los obispos no dejasen de insistir que eso sólo ocurría en años
excepcionalmente buenos, que es cuando en realidad podía llegar a los treinta” 118 .
La situación varió a partir de 1595 cuando se desgajaron los arciprestazgos de
T ordesillas , Po rtillo y S imancas, y el lug ar lla mado V illabáñ ez, todos ellos en el
arced ianato del Alcor, p ara incorporarse a la recién erigida d iócesis de Vallado lid.
La pérdida se calculaba en 9.000 ducados de renta, por lo que la dióc esis palentina
se vi o relegada en relevancia y valor.
España la cua l fu ndó el r ey Pa late o”, MED INA , Pedr o de, Libro de gr ande zas y Cosas memor ables
de Esp aña, Alca lá de Henare s, 1 548, f . 100.
115 LALAING, Antonio de, “Primer viaje de Felipe el Hermoso a España en 1501”, en GARC ÍA
MERCADA L , Jo sé, ob. cit. , t. I, p. 457. En ese momento la Corona de Castilla contaba con cuatro
arzobi spad os y ve inti siet e obi spados .
116 AZCONA , Ta rsici o de, “R efor ma del e pisc opado y del c lero de Espa ña en t iemp o de los Reyes
Católicos y de Car los V (1 475 - 1558)”, e n GONZÁL EZ NOV ALIN, J osé Lui s (dir. ), Historia de la
Iglesi a en E spaña III - 1º. La ig lesi a en la España de los s igl os XV y XVI , Ma drid, 19 79, pp. 186 - 187.
117 ASCENS IO GARC ÍA, Jua n, ob. cit. , f. 20v .
118 CABEZA R ODRÍ GUEZ, Antonio, “ La Eda d Moder na… ”, p. 70. En la Jorna da de T araz ona, se
dice que el obi spo “t endrá hast a veint e y c inco mil d ucados de renta en ca da u n año” , COC K,
Enrique , ob. c it. , p. 37.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
57
L OS LÍMIT ES DE LA DIÓCESI S PALEN TINA EN E L SIGLO X VI. U NA
DEMARCACI ÓN EN CONF L ICTO 119
Uno de los principales frentes que tuvo que batallar el obispado de Palencia
durante e l siglo X VI fue e l desafío secesionis ta de la abad ía vallisoletana. E sta
última aspiraba a erig irse en diócesis autónoma, lo que se conv irtió en una constante
fuente de proble mas. Los primeros intento s de ca mbiar e l orden es tablecid o
tuvieron lugar durante el gobierno del dom inico f ray Diego d e Deza (150 0 -1504).
Este propuso fusionar la abadía val lisoletana y la iglesia palentina, creando una
nueva sede con el nombre de Palenc ia y Valladolid 120 . El proyecto no fructificó, a
pesar de la conformidad del papa Alejand ro VI y de su sucesor, Julio II , q uie n
despachó la bula de unión el 26 de noviembre de 1503 121 . La resistencia al a cuerdo
del abad don Fernando Enríquez le llevó al extremo de resignar la Abadía en don
Alonso Villarroel, una argucia que le permitió invalidar los efectos del docum ento.
Pocos años después, en 1530, Pedro Gómez Sarmiento (1525 - 1534) resc ató la
119 Para conocer con precisión estos cambios ver: CABEZA RODRÍGUEZ, Antonio, “La Edad
Moderna …, p p. 61 - 11 9. Exi sten a bunda nte s fuent es pu blica das y d ocume ntaci ón de a rchi vo que
tratan e sta cue stión: FERNÁ NDEZ DE L PULGAR , Pedr o, Teatro clerica l apostólico y secu lar de
las igl esia s ca tedral es de Espa ña, II - ·III. Historia secula r y eclesiástica de Pa lencia desde la
reedificación por el rey Don S ancho, Palencia , Merino, 1981 [Re prod . facs . de la ed . de Madri d,
Viuda de Fra nci sco Nieto, 1 679] (t . II, l. II), p. 210. Las actas capitulares de la Catedral de Pale ncia
relatan las diferentes decisiones tomadas por el ca bildo, c on e specia l int ensi dad en l os últ imos a ños
del si glo: Ac uerd o capit ular, jueve s 25 de fe brer o de 159 3,“Sol ici tud para que re yn oso defienda los
intereses de Palencia sobre la segregación del obispado”, ACP, Armario de Actas Capitulares (en
adel ante AAC), Actas capitulares 1591 - 1595, f. 1 1 v; Ac uerd o capitul ar, vier nes 12 de octu bre de
1593, “cartas de Madrid sobre la dismemb ración del obispa do” , Ibid ., f. 46 v y 47; Acuerd o capit ular,
19 y 22 de novi embre de 1593, “ sobre la divi sión del o bispa do ”, Ib id ., f f. 47 v y 48; A cuerdo
capit ular, 1 4 y 18 de octubre de 1593, “s obre l a dismem braci ón del obi spad o”, Ibid ., f. 43 v; Acuerd o
capi tular, lune s 19 de se ptie mbre de 159 4, “q ue no se pu eda tr atar e n e l cabi ldo de la unión de l a
iglesia de V alladolid, Ibid ., f. 41. Asc ensi o Garcí a de dicó a est e asunt o el capít ulo 26 t itul ado: “De
lo que se trató sobre unir la abadia de Valladolid al obis p ado d e Palen cia” (ASC ENSIO GA RCÍA,
Juan, ob. cit. , ff . 76 - 81v).
120 “El año de M D, poc o más o menos, l os R eyes C athól icos Don Fe rnand o y Do ña Isa bel, según d
se puede conjeturar por descargo de s us consciencias y por satisfacer al ob[is]po de Palencia algo
d el da ño q ue le auía n hec ho en t oma rle es ta c ibdad y s u juri sdicc ión t empo ral, que a la verda d er a
suya, ac orda ron de su pplic ar al papa que unies e y anexas se l a Abbadí a de Val ladoli d. al ob [is]pa do.
de Pal encia , y que el o b[is]p o fue sse j unta ment e ob[i s]p o de Pale nci a y Abba d de Va lladol id.” ,
FERNÁN DEZ DE MADRI D, Alons o, ob. cit. , t. II, p. 315 .
121 CABEZA ROD RÍGU EZ, Anton i o, “La Edad Moderna…, p. 65 . El Arcediano del Alcor decía
sobre la Bula: “[…] segúnd paresce con más favor de la igl[es]ia. y villa de Va[l lado]lid y perju icio
de Palencia, y despachóse la bulla c on esta cláusula, que el obpo. de Palencia fuesse también
ob [is]po. de Va[llado]lid y que ambas iglias. fuessen Cathedrales y de ambas se llamase ob[is]po. y
cada cabildo tuviesse su mesa y hacienda apart e” FERN ÁNDEZ DE MADR ID, Alons o, ob. cit. , t.
II, p. 315.
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
64
La escenific ación de los confl ictos entre la ciudad de Pa lencia y su s eñor se
fueron sucediend o desde el siglo XI II, alcanzando co tas de máxima ten sión en el
siglo XIV. Esteban Rec io ha cata logado la situación vivida entre los años 1280 y
1320 como de ofensiva antiseñorial 143 , un periodo de revueltas en Castilla que
afloraron en Palenci a en forma de t ensiones internas en tre obispo y concejo. El
nombramiento de p relados cer canos al poder real, c uand o no familiares, que
intentaron aumentar sus prerrogativas con el ap oyo de la Corona no hicieron más
que empeorar la s ituación 144 .
Las diferencias entre las partes se fueron sucediendo hasta que , en 1465, durante
la prelacía de G utierre de la Cueva ( 1461-1469 ), se alcanzó el punto de tensión más
grave. Nuevamente, las pugnas por el poder exi stentes en Castilla gen eraron un
conflicto a gran esca la que enfrentó a la noblez a sublevada, quienes nomb raron rey
al príncipe Alfonso, contra los partidarios del rey Enrique IV. En la ciudad de
Palencia se vivió un reflejo de estas divergen cias a través d e las figuras de l obispo
don Gutierre, hermano de Beltrán de la Cueva y partidario del rey, enfrentado a don
Sancho de Castilla representante d el concejo pa lentino y defen sor del príncipe don
Alfonso. La ciudad de Palencia recibió y juró al infante “por rey a XXVI de Junio
del dho año [1465] y por su mandado, como dixim os, derribaron el alcázar del
obispo Don Gutierre, el qual era de la parte del rey Don Enrique, a ca usa de l duque
Don Beltrán de la Cueva, su hermano” 145 . El símbolo del poder del obispo sobre la
ciudad fue destruido, aunque, presuponiendo lo que iba a acontecer, don Gutierre
se refugió en el cas tillo de Magaz.
A pesar de que la destrucción del a lcázar se encuen tra ligada a un conflicto de
mayor alcan ce, no podemos a islarla de l as diferencias seculares qu e enfrenta ron a
los poderes palentinos y que en última instanci a se materializab a en una pugna
desigual entre el obi spo y sus vasallos. Es ta brecha se agudizó en los años
siguientes, fundamentándose en los diversos problemas religiosos, econó micos y
sociales que afectaron a la población. Después de recuperar el poder, don Gutier re
decretó el entredicho, prohibiéndose los oficios religiosos para los habitante s de l a
143 ESTEBAN R ECIO, Asunción, ob. cit. , pp . 154 - 167.
144 En 12 82, Sa ncho I V con firmó l os pri vil egios del o bispo de Pal enci a sumá ndol e dife rente s
concesiones entre las que destacaba la capacidad de nombrar los alcaldes de la Hermandad de
representantes de Palencia. Gracias a esta prerrogativa, el ob ispo podría bloquea r y contro lar los
intereses del concejo en esta institución. A ello se sumaría el problema de los excusados y de las
minoría s no cri sti anas, EST EBAN RE CIO, Asunci ón, ob. c it , p . 156.
145 FERNÁ NDEZ DE MADR ID, Alo nso, ob. cit. , t. I, p. 427.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
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ciudad, lo que produjo un costoso pleito que enfr entó al concejo de Palencia con su
obispo y señor 146 . Esta situación se agravó poco tiempo después, en 1466, c uando
se produjo una elevada mortandad entre la población como consecuencia de
diversos pro blemas de salud pública. Todo ello generó una situación insostenible
para la población que no pudo recibir cristiana sepultura 147 .
La situación en el siglo XVI. Ejerc icio del poder
Sobre el señorío temporal de los obispos de Palencia, el Arcediano del Alco r
cons ideraba a mediados del siglo XVI que era “poco en comparación de lo que
tuvieron antiguamente los prelados, de lo cua l solamente les han quedado como
para señal a quellas pree minencias de h acer y poner en cada un año, el primer
domingo de marzo, los r egidor es, que han de regir l a ciudad” 148 . Este relato de
Alonso Fernández de Madrid nos muestra cómo el poder del prelado, en relación
con el señorío que ostentaba, se había ido desdibujando hasta ser un eco de lo que
un día fue.
146 El proble ma del entredi cho fue manife stad o por fray Di ego de De za en 1512. En opini ón del
prela do, era nec esario e vit ar la arbi tra rieda d de q uien l os decr etaba, por lo que pr opuso que f ueran
previamente presentados al Consejo Real. El prelado escribía sob re l os e ntre dicho s: “que en e ste
reyno se pone n por muc hos e d ivers os juez es apo stól icos se sigue gran pe ligr o de las á nima s e much o
detrim ento del culto divi no e ot ros m ales e tur baci ones; sería neces ari o que […] s ean prime ro
prese ntados ant e su Conse jo R eal para q ue [… ] los pue blos no padezc an tanto daño” ,
DOUSS INAGUE , José M., Fernando el Católico y el cisma de Pisa , Mad rid, Espas a - Cal pe, 194 6.,
p. 535. Esta situación excepci onal no afectaba a toda la población de la misma manera, puesto que
cómo se lame ntaba e n otro a pa rtado era la población más necesitada la que sufría las consecuencias,
llega ndo a vers e obl igada a sa lir de la c iuda d: “ en est os re ynos ay ta nta m ulti tud de conf esiona rios
y facultades para tener altar po rtátil personas particu lares en sus cas as con f acu lt ad que puede n oyr
misa e n su ca sa en t iemp o de e ntre dicho… se e ngendra dell o muc ho esc ánda lo y mal exem plo c erca
de los crist iano s tem eros os de Dios” , Ibid ., p. 537.
147 E l Arce dian o del Alc or habla de una Pestilencia g ravísima q ue se pr oduj o hacía 1466, d ur ante la
prelacía de Gutierre de la Cueva, “…tant o que afirman m orir en algún día 100 personas, y que en
una mes ma se pult ura e nterr aban 10 o 1 2 cue rpos j unto s; y l a may or lá stima era se r en tiem po de
entre dicho, que ni se t añí an cam panas por l os di funt os, n i se decía n Misas , ni exe quias , y muy poc os
se enter raban e n sagra do”, FER NÁNDEZ D E MADR ID, Alons o, ob. ci t., t . I, p. 424. FERNÁN DEZ
DEL PUL GAR, P edro, Te atr o cleri cal apost ólico y sec ular de las i glesi as cat edral es de España, I.
Historia secular y eclesi ástic a de l a ciud ad de P alenci a, P alenci a , Merin o, 1981 [repr od. facs. de
la ed. de: Madr id, Viu da de Fra ncisc o Nieto , 1679] , p. 127 .
148 FERNÁN DEZ DE MADRI D, Alonso, ob. cit. , t. I, p. 83. ASCENSI O GARCÍA, Jua n, ob. cit. ,
Cap. 8. De c ómo l o s obispos elligen los Regidores de Palencia: “Del se ñorio temporan que agora
tiene el o bispo en l a ci udad no esc riv o lar go, p orque ya ell o es poco e n co mpara xion de l o que
tubier on a ntig uament e los Pre lados de l o qua l s olament e ha que dado como para s eñal a quella
pemine ncia de hacer y pone r en c ada u n año e l prime r domi ngo de ma rço l os doce regi dores que a n
de regir la ciudad y la forma que se tiene en los elegir es esta”, f. 53.
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
66
No obstante, los derechos d e la r ealeza en la provisión de obispados
favorecieron la presencia de personaj es cercanos a sus interes es al frente de la sede
palentina. De la misma manera que había sucedido tiempo atrás, los monarc as
ampararon la labor política de l os obispos y sustentaron e l régimen señorial
palentino; actuando como jueces en los conflictos que se suc edieron entre el poder
señorial y el concejil y posi bilitando el mantenimiento de una situación que les
resultaba muy favorable. Durante la prelacía de don Diego Hurtado d e Mend oza
(1471- 1485), Juan de Arze informa de que hubo muchas contiendas entre el obispo
y los ciudadan os sobre el señor ío que estos ten ían en la ciuda d, “esta fué un a de las
causas porqu é los Reyes C atólicos pusieron de su mano corr egidor en esta c iudad,
que h asta entonces se gobernab a por alcaldes o rdinarios puestos por mano del
Obispo, y esto fué cerca del año 1483, y después acá siempre hubo corregidor por
el Rey” 149 . Aunque en un primer momento pueda parecer que con esta decisión la
Corona restó poder a los p relados, en este cas o, deberíamos entende r la acción
“como una fórmula de asegurar el régimen señorial y no como un intento de
menoscabarlo” 150 , al funcionar como un a barrera que impedi ría el asentamie nto en
la ciudad de la a lta nobleza caste llana, alg o que ya había sucedido en otros
importantes n úcleos de población d e Castilla 151 .
Cuando se analiz an las causas qu e favorecieron el final del régimen seño rial
palentino en manos de los obispos, se valoran dos factores determinantes; por un
lado, el paulatino deterioro de su poder durante la Baj a Edad Media, al que ya
hemos hecho referencia, y, p or otro, las escasas r entas que re cibía el pre lado en el
ejercicio del po der señorial 152 . A estas variables deb eríamos sumarle una terc era, la
activa corriente de p ensa miento que desde el ámbi to eclesiástico se mostraba
contraria a la existencia de señoríos en poder de los obispos. Alonso Fernández de
Madrigal – “El Tostado” – diferenciaba entre el cargo episco pal de la p rimitiva
iglesia y el existente en el siglo XV, “con sus s eñoríos temporales y los abusos de
149 FERNÁ NDEZ DE MADR ID, Alo nso, ob. cit , t I, (Apé ndice V I), p. 98.
150 CABEZA ROD RÍ GUEZ, An tonio, Clérigos y señores, política y religión en Palen cia en el Siglo
de oro , Palencia, Diputación Provincial de Palencia, 1996, p. 31
151 El primero en sugerir esta hipótesis: SUÁ REZ FERNÁNDEZ, Luis, “Palencia en la época de los
Reyes Católicos” , Actas d el I Cong reso de Hist oria de Pa lenci a , v. 2, Palenc ia, 1987, p. 328. Lo s
Velasco, Manrique, Enríquez y Pimentel, intentaron llegar a la capital a través de la Tierra de
Camp os, au nque si n é xito.
152 CABEZ A RODRÍ GUEZ, A ntonio, Cléri gos y señores… , p. 29.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
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esto derivados”, y rechazaba el deseo o aceptac ión de un obispado así con cebido 153 .
Teniendo present es todas estas cu estiones, entendemo s por qué los prelados
palentinos del sig lo XVI mostraron un escaso i nterés por e l mant enimiento del
señorío e intentaron d esprenderse del mismo en varias oc asiones.
Por su parte, el concejo realizaba movimiento s para menoscabar el poder
temporal de los obispos, llegando a señalar que la Reina pidió en su testamento que
el entonces obispo d e Palencia D iego de Deza “ren unciase toda s las dicha s
jurisdiciones y otros derechos temporales que en dicha cibdad tenía en su alteza” 154 .
En octubre de 1528 , desde el concejo se insistía en la misma idea:
“Justicia e re gidores [ …], nombrado s para ello, fueron a suplicar a su majestad q ue
fuese servid o de dar orden como cumplimient o el testamento de la Reina Catho lica
que haya g loria se concluy ese e acabas e las pend encias qu e la ciudad tien e con el
obispo cerca de las ju risdic ciones qu e dice que t iene en el la e como S. M r espondió
que lo ma ndaría a ve r en la prim era consulta e mostró m ucha voluntad de lo
concluir y que por e ste negoci o es tan i mportante a l buen gobi erno de la ciuda d que
su voto e petición es q ue antes qu e su maje stad se alejase m as desta ti e rra se
enviasen p erson as a suplicar a SM que en este n egocio hay senten cia […]” 155
153 AZCONA, Tar sicio de , “El ti po ide al de obis po e n la Igle sia es pañol a ant es de la rebel ión
luterana”, Hispani a Sac ra , 11, 1958 , p. 2 3.
154 CABEZA RODR ÍGUEZ, A ntonio , Clérigos y señores… , p. 32. Parece que los deseos de la Reina
iban en sentido contrario , ya que en el co dicilo se recoge la intención de f acilitarle la go bernabilidad:
“cuant o el O bispo de Pale nçi a a pedi do la çiuda d de Pal ençia dicie ndo, que pe rtenec iend o a su
Dignid ad reçiue agrav io en le poner en ella Corr egidor e otras Jus ticias y en le aver qui tad o un
d erecho en la dicha ciudad que se diçe del pesso e otros derechos e preeminencias que el dicho
Obispo dic e ser s uyas y del Cabi ldo de su Iglesi a, e porq ue so bre el lo e s toma do assi ent o con e l
dicho Obispo, mando que aquel aya efecto e sino huviere efecto su pplico al Rey mi marido , e mando
a los otr os mis te stame ntari os que lue go haga n ver lo q ue el dic ho Obis po pi de a Pers onas de sçiengi a
e consciençia e todo lo ot ro que se deua ver sobre ello e breuemente determinen lo que hallaren por
just icia, e aq uello e xecuten e cumplan por manera que mi ánima sea descargada”, FERNÁNDEZ
DE MADRID , Alonso , ob. cit., t. II, p. 362. E n un memorial de la ci udad se dice que “a cavsa d'estas
diferencias la cibdad se despob lava y no estaba pacífica e la gouemac ión della es taua perdida , su
alte za quiso manda r vee r tod os los previl lejos y dere chos que los Obis pos a l o suso dicho t ienen , e
también los que la Cibdad tien e, e visto todo, su alteza mandó tomar cierto asiento el qüal se tomó
con don Diego de Deza , que a la sazón era Obi spo de Palencia, para que renunciase todas las d ichas
jurisdí cione s y otros dere chos tem porale s que en di cha c ibda d te nía”, CAB EZA R ODR ÍGUEZ,
Antoni o, Clérigos y señ ores… , p. 32.
155 Acue rdo del concej o, 14 de oct ubre de 15 28, Arc hiv o Muni ci pal de Palencia, Actas Municipales
del Ay untamie nto de Pale ncia, 1 527 - 28 , A - 21 - 008, f. 16 2. La prime ra co nsulta sobre es ta cues tió n
tuvo l ugar un a ño ante s, el 30 de ago sto de 1527, dur ante l a est ancia del Empe rador en la ciuda d de
Palencia, allí se habló “cerca de los ple ytos y difere ncia s que l a ci udad t iene c on el obi sp o de
Palencia […] e de suplicar a S.M. mande ver una cláusula del testamento de su catholica reina que
haya gloria que habla sobre este caso” , AMP, Actas Municipales del Ayuntamiento de Pa lenc ia,
1527 - 28 , A- 21 - 008, f. 15 6r.
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
68
Lo cierto es que Juan Rodríguez de Fo nseca, sucesor de Deza en la mitra
palentina, acordó con Fernando el Católico – quien ac tuaba en nomb re la reina
Juana– ce der el señor ío de la ciudad a la Corona, debiendo recibir como
contrapartida 300.000 maravedíes de juro perpetuo 156 . Aunque las negociaciones
no pasaron de proyecto, parecí a un buen concierto para el cabildo palentino. En el
Archivo catedralicio se conservó un borrador del texto, quizá con la intención de
retomar el pacto o co mo punto de pa rtida para fu turas conversaciones.
En 1522, siendo ya obispo de Bur gos, Juan Rodrígue z de Fonseca volvió a
tomar contacto con el problema del s eñorío palentino, aunque est a vez co mo parte
de una comisión d e not ables nombrada por el rey donde d ebían reso lverse las
demandas de los vecino s respecto de que la Corona recobras e los derechos sobre la
ciudad. Las conversa ciones no fuero n satisfactorias par a los intereses del concej o,
ya que los reg idores se quejaron de las feas pa labras pronunciadas por Fonseca,
quien mostró su “enemistad en la dicha Cibdad y diciendo que en e llo haría quanto
mal podiese a la dich a Cibdad e ve cinos” 157 . No deja de sorprender e ste proceder
del obispo cuando, como hemos visto, años antes había llegado a un acuerdo con el
rey para devolver el señorío de la ciudad a la Corona.
Pedro Gómez Sarmiento (1525 - 1534), siguiendo la senda mar cada por Fonseca
durante su episcopado, i ntentaría nuevamente la liquidac ión de la autorid ad
temporal de los prelados palentinos devolviendo el señorío a la Corona, algo que
no llegó a consumarse 158 . Hubo que esper ar al pontificado de don Juan Zapata de
Cárdenas (1570 - 1577) para que se diluyesen los poderes temporales de los prel ados
palentinos. Felipe II, aprovechándose de un breve del Papa Gregori o XIII 159 ,
enajenaría en 1574 los pueblos de Villamartín, Villalobón, Grijota, Magaz,
156 ACP, Secc . hi stóric a, ar m. I II, le g. 4, 398 , Com promi so e ntre el re y do n Fer nando e n n ombre de
su hija doña Juana y el obispo Fonseca, sobre la recompensa por la ciu dad de Palencia.
157 CABEZ A RODRÍ GUEZ, A ntonio, Clérigo s y señ or es …, pp . 34 - 35.
158 Ibid. , p. 35.
159 La Bula de Gregorio XIII se otorgó el 6 de a bril de 1574, en ella se permitía al rey vender lugares
de señ orío hast a un valor máx imo de cua rent a mil ducad os: “desm embra r, qui tar, apart ar y vende r
perpetuamente cualesquiera villas y lugare s, ju risdic cione s , forta leza s y otros hereda mient os, con
sus rentas, derechos y aprovechamientos, pe rtenecientes en cualquier manera a cualquiera Iglesias
Catedrales de estos Reinos […] con tal que no excediese la renta de las villas y lugar es que así se
des mem br asen y v en diesen de l valo r de 40 .000 d ucad os de re nta e n cada u n año y que la
desmembración la pudiese hacer sin consentimiento de los prelados”, MOXÓ Y ORTIZ DE
VILLAJOS, Salvador, “Las desamortizaciones eclesiásticas del siglo XVI”, A nuar io de Historia del
Derecho español , 31, 1961 , p. 351.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
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Mazariegos, Palacios, Villajimena y Santa Cecilia 160 , junto con los doce
regimientos del concejo 161 . Suprimidos los podere s del señorío ep iscopal, el obispo
de Palencia mantuvo un título que le repor taba diferentes rentas, como l a martiniega
y el derecho de portazgo, hasta que a principios del siglo XIX se dispuso la
incorporación a la Corona de los señoríos eclesiásticos 162 .
LOS OBIS POS “AN TE LA CO RONA” E NTRE LOS SI GLOS XV Y XVI:
CONTROL, LEALTAD Y PR EMIO
El obispo, desde el momento en e l que asumía el gobierno diocesano, se hacía
responsable del con trol de las cuesti ones religiosas relat ivas a su demarcación, y,
junto a estas , asumía la obligació n de velar por el respeto a las a utoridades
establecidas, tanto civiles como eclesiást icas. Como ya se h a mencionado, el
manejo de estos resort es se acompañaba de notables rec ursos económicos, e n
relación d irecta co n l a sede a gobe rnar . De esta manera, g racias a su pod er, haciend a
y estilo de v ida, los pre lados se encon traban entre los person ajes más influyentes de
cada uno de los territorios diocesanos hispanos 163 .
La Corona siempre pretendió que los obispos fueran afines al poder temp oral y
respetuosos con los monarcas. Co n la llegada al poder de los r eyes Isabel de Castilla
y Fernando de A ragón se definier on con clarida d las líneas maes tras que debían
cimentar las rela ciones entre ambas partes; basa das en el respeto y, sobre todo, en
la dependencia de los obispos respecto de la Corona. Esta institución se e ncargaría
de seleccionar a las pers onas adecuadas para regir las dife rentes sedes, por su grado
de colaboración y fideli dad con la institución. D e esta herramienta de contro l se
sirvie ron los reyes para asegurarse, no sólo el apoyo social, político y religioso de
160 F ERNÁNDEZ MARTÍN, Luis, “Enajenaciones de la reale za en los siglos XVI y XVII”, Historia
de Palencia , t. II, Diputac ión de Pa lenci a, Pal encia, 1 984, p. 48. CAB EZA RODRÍG UEZ, Ant onio,
Clérigos y señore s… , p. 41.
161 “De aquí pare ce cesó el s eñorí o muc ho má s, si ngular mente habie ndo vendid o el Rey en el
ponti ficad o de Don J uan Z apat a de Cá rdena s doc e re gimie ntos de l a ciu dad e n 10. 600 d ucados ; pe ro
«aunque pe rdida quasi toda l a j urisdi ció n temp oral del Obi s po respecto de la ciudad, aún la cons ervó
en las demás villas y lu gares a él sugetos», si bien la tal jurisdicción d uró ya poco tiempo”,
FERNÁN DEZ DE MADRI D, Alons o, ob. cit. , t. I, Apé ndice V I, p. 9 8.
162 Real Cédula d e 25 de f ebrero de 1805 . GARCÍA HERRERO S, Almudena, La Diócesis de
Palenci a al fi nal del antig uo régi men ( 1753 - 1822): organizac ión y reforma ben eficial , Palencia,
Institución Tello Téllez, 2008, p. 40.
163 BARRIO G OZALO, Ma ximi liano, “La jera rq uía eclesiástica en la España moderna. Sociología
de una él ite de pode r (1 556 - 1834)”, Cuader nos d e Hist ori a Mo derna , 25, 2000, p . 18.
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
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los prelados, sino ta mbién el económico, d ebido a las gr andes rentas q ue estos
administraban y controlaban.
Para lograr sus fines, los monarcas católicos contaron con la ayuda de
importantes asesores, expertos en legislación civ il y religiosa. Estos allanaron e l
camino para consegu ir, más allá de la facultad d e presentaci ón, el derech o para la
provisión de obispados. Así, en 1487, el obi spo de origen palentino don Juan de
Castil la demandaba qu e “[…] las provisiones de las iglesias de C astilla y León
hechas o por hacer por el vic ario de Cristo son nulas sin el consentimiento de
nuestros reyes cri stianísimos y es c larísimo que p oseen pleno derecho a interven ir
en ellas por privileg io del derecho” 164 . En est e sentido, el Arcediano del Alcor
afirmaba que los obispados de España eran de patronazgo real desde 148 2, que en
tiempo de don Diego Hurtado de Mendoza:
“se confi rmó y quedó aver iguado que los obisp ados de España son del p atronazg o
real, en tal maner a que los reyes h an de nombrar y elegir los perlad os en todas las
iglesias y lo s po ntífices ro manos no h an de pro veer sino a las person as por los r eyes
nombrad as y a su supl icación, la qual con cordia se vino a h acer sobre much as
discord i as y diferencias, q ue hub o entre el pap a Sixto IIII y los reyes cató licos Don
Fernando y Doña I sabel , porque el papa habí a dado e l obispad o de C uenca a un
carde nal sobrino suyo, y acá no le había n dado la pose sión: final men te el papa [… ]/
revocó la provis ión que ha bía hecho de Cuenc a a su sobr ino, y a s uplica ción de l os
reyes proveyó de aque l obis pado a fra y Alonso d e Burgos, s u confes or, que
entonce s era obispo de Córdoba , y enton ces se asentó que dende en a delante ningún
o bispado proveyese el pap a en España, si no a sup licación de lo s reyes de ella” 165
En 1516, tras la muerte de Fer nando el Católico, los Reyes ya h abían conseguido
importantes privilegio s: se había logrado la acept ación pontificia de la súp lica real,
que les permitía des ignar candida tos para las sedes vacantes de los reino s de Castill a
y Aragón; tras la conquista del reino de Granada consiguieron la present ación del
prelado para est a sede, así como para las d e las Islas C anarias; y, por último,
obtuvieron el derecho de patronato y presentació n para las sedes diocesanas de l
164 AZCONA , Ta rsici o de, “R efor ma del e pisc opado y del c lero de Espa ña en t iemp o de los Reyes
Católicos y de Car los V (1 475 - 1558)”, en GONZ ÁLEZ N OVALIN , José Luis (dir. ), Histo r ia de la
Iglesia en España , t. II I -1 . La igles ia en l a Es paña de l os sig los XV y X VI , Ma drid, 1979, p. 145. E n
la Universidad de Salamanca se argumentó y justificó la pretensión de los Monarcas: AZCONA,
Tarsicio de, Juan de Cast ill a, rec tor de Sal amanc a: s u doc trina sobre el dere cho de l os Rey es de
Españ a a la pre sentaci ón de obisp os , Salamanca, Universidad Pontificia de Salamanca, 1975.
165 FERNÁ NDEZ DE MADR ID, Alo nso, ob. cit., t. I, pp. 454 - 455.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
71
Nuevo Mundo.
A pesar de todo, no fue hasta 1523 cuando el p apa Adriano VI otorgó al rey
Carlos I el derecho de present ación de can didatos par a ocupar los ob ispados d e
Castilla y Aragó n 166 . Esta conquist a fue una extensión y el punto culminante de los
objetivos previamente definidos por los Reyes Católicos. La decisión papal tuvo
dos claras c onsecuencias qu e, en m ayor o menor m edida, ya se habían p uesto en
práctica en las d écadas anteriores : por un lado, el derecho de presentaci ón servía
como instru mento de control para el acceso a puestos d e responsabi lidad en los
ámbitos religiosos y civiles, y, por otro, era un premio para quienes desempeñaban
con corrección las t areas demandada s. Los nom bramientos episcopales fueron, por
tant o, una herramienta r egia que fomentaba el ascenso de l os prelados a sedes de
mayor renta en relación directa con los servicios prestados al rey, pasando a un
segundo plano las cualidades religiosas del aspirante. En o tras palabr as, “la carrera
episcopal co nstituía u n autént ico cursus honorum en el que s e ingresaba
generalment e por una diócesis pobre y se ascendía por antigüedad y méritos a las
más importantes y r icas” 167 , siempre bajo la sup ervisión regia.
Los candidatos escogidos para hacer se cargo de los ob ispados hispanos debían
ser receptivo s y solidarios a la políti ca Real. Entre los crite rios que debían cumpli r
los religiosos para llega r al cargo estaban la necesidad d e que fueran letrado s,
honestos, naturales de lo s reinos hispan os y, a en la medida de lo posible, vinculados
a familias de alcurn ia, pero preferen temente aleja dos de la alta aristoc racia 168 .
Todos estos condicionan tes tenían la intenc ión de fortalece r las sedes y premiar
a los prelados origin arios de cada uno de los reinos, siemp re a discrec ión regia,
evitando de esta manera las ausencias o la salida de capitales que se producían con
el nombramiento de extranjeros. La necesaria c ercanía de cada pre lado con su
respectivo obispado estaba en relación con es t as normas. No obstante, el
nombramien t o de obispos para presidir instituciones como el Consejo Real o las
chancillerías 169 , granadina y valliso letana, as í como para asu mir dive rsos encargos
166 La ú l tima actualización sobre esta cuestión en: A ZCONA, Ta rsicio de, “El privilegio de
prese ntaci ón de obis pos e n Es paña c once dido por t res pa pa s al e mpera dor C arlos V ( 1523 - 1536)”,
Anuari o de His tori a de la Igl esia , 26, 2017, pp. 185 - 215.
167 BARRI O GOZALO, Ma xi miliano, “La jerarquía eclesiástica…”, p. 30.
168 AZCON A, Ta rsici o de, “R ef orma del epi scopa do…” , pp. 153 - 259.
169 MARTÍN POST IGO, Ma ría de l a Sote rraña, L os pre side ntes de la Real C hanci ll ería de
Valladolid , Valladolid, Institución Cu ltural Simancas, 1982. Se pu eden destacar diferentes
personalidades, polifacét icas y de el evada for mació n com o las de Jua n Aria s de Villa r, obi spo de
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
72
relacionados con embajadas 170 , vis itas u otros negocios, tanto en territorio nacional
como en e l extran jero, produjeron continuada s ausencias y alejamiento d e las sedes.
Esto sucedió con la práctica totalidad de los obispos palentinos del periodo,
destacando el caso de Juan Rodríguez de Fonseca, quien viajó por toda E uropa
ocupado en labores diplomáticas.
En es ta misma línea, debemos desta car la neces idad de que f uesen letrad os y de
elevada cultura, es decir, forma dos en la Universidad. Muchos de ellos procedieron
del Estudio General salmantino, dinamizado y protegido por l os Reyes, destacando
especialmen te los que se vincularon al Colegio de San Bartolomé 171 . En este
sentido, se creó una importante nómina de obispos intelectuales y humanistas,
capaces de promocionar culturalmente las sedes que gobernaban, que servirían
como modelo para los religiosos de la demarcación diocesana y guía cultural para
los feligreses bajo su gobierno. Algunos de los más estrecho s colaborador es de los
Reyes Católicos se fo rmaron en Salam anca y llegaron a o cupar los cargos más
importantes dentro de la jerarquía e clesiástica hispan a. Entre otros, destacan los
nombres del arzobispo de Granada, fr ay Hernando de Talavera (1430 - 1507); de
Pedro González de Mendoza (1428 - 1495) y de F rancisco Jiménez de Cisneros
(1436-1517), los dos últimos arzobispos de Toledo y cardenales.
Entre los do ctos rel ig iosos formados en la ciudad del Tormes ocupan un lugar
privilegiado los que, gracias al favor real, en algún momento asumieron la mitra
palentina. En todos ellos se aprec ia cómo el incremento de responsabilidades
po líticas se produjo en parale lo a la adj udicación de gobiernos diocesanos de
categoría ascendente. De esta manera, nos encontramos con Diego Hurtado de
Oviedo y S egovi a, q ue en 149 1 fue nom brad o pres ident e de la R eal C hanci ll ería de Vall adoli d. L uis
Osorio de Ac uña, obis po de J aén, ocup ó car gos c omo el de capell án del prí ncipe J uan, p residente de
la Real Chancillería y desempeñó diversos encargos para la Corona como el que le llevó a acompañar
a la princesa Juana para su matrimonio con el príncipe Felipe . También es reseñable el pape l juagado
por Diego Ramírez de Villaescusa, que viajó a Flandes Junt o a Luis de Os orio, fue n ombra do obi spo
de Málaga y, finalmente, asumió la presidencia de l a Real Chancillería vallisoletana (1515 - 1521).
170 Entre los t exto s que a nali zan l as la bores dipl o máticas en tiempos de los Reyes Católicos destacan
RA NERO, Juan de, La di plo macia e spa ñola e n ti empo de los Rey es C atól icos , Ti pografía de Tomás
Minues a de los Ríos, 18 92; MART ÍN GARC ÍA, Jua n Manue l, Arte y dipl omaci a en el reina do de
los Reyes Ca tólicos , Madri d, 2002; VV. AA., Coron a y Dipl omacia. La monar qu ía e spañol a en l a
Historia de las rela ciones internaciona les , Madrid , 198 8. VÁZQUE Z DUEÑ AS, Ele na, “ Entre l a
política y el arte. Los embajadores de Felipe el Hermoso” en ZALAMA RODRÍGUEZ, Miguel
Ángel (d ir.), Juan a I en T ord esil las: s u mun do, su e ntor no, V alladolid, 2010, p p. 373 - 382 .
171 GÓMEZ MORENO, Ángel, “Las u niversidades en la época de los Reyes Católicos”, en
SALVAD OR MIG UEL, Nic asio y MOYA GAR CÍA, C rist ina (coo rds.) La li terat ura e n la ép oca
de los Reyes Ca tólicos , 2008 , pp. 59 - 77.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
73
Mendoza quien, tras su nombramiento como obispo de Palencia, fue cardenal
presbítero d e Santa Sabina, pre sidente del Con sejo de Castilla y arzob ispo de
Sevilla. A este le sucedió el confesor real fray Al onso de Burgos quien, conocedor
del valor de la formación y la educac ión, fundó el Colegio de San Gregorio en
Valladolid. El también dominico fray Diego de De za alcanzó, entre otros cargos, el
prio rato del mon asterio de San Esteban en Salamanca, una cáted ra en la
Universidad salmantina y, tras asumir el cargo de maestro del príncipe don Juan,
fue nombrado obispo de diversas diócesis en progresión ascendente has ta ser
propuesto arzobispo de Toledo, p oco antes de falle cer. Un caso similar fue el de
Juan Rodríguez de Fonseca, quien tuvo como preceptor y maestro a Elio Antonio
de Nebrija, y llegó a opositar a una c atedra de Retórica en la Universidad de
Salamanca 172 . Tras obtener la confian za real estu vo e ncargado de los asuntos
indianos a través de la C asa de Contratación o del Consejo d e Indias y llegó a
ostentar la mit ra burgalesa. Tod os ellos encarn aron las principales vi rtudes que
caracterizaron al prototipo de hombre de estado durante el r einado de lo s Reyes
Católico s: de cond ición rel igiosa, co n gran nivel cu ltural, doc to en Artes L iberales,
buen jurista y bien relacionado.
La nómin a de perso najes q ue rig ieron la mitra palentina nos p ermite a firmar
que, durante el tiempo que los Reyes Católicos estuvieron al frente del gobierno de
los reinos hispánicos, éste fue un cargo codiciado por los miembros del alto clero
que formaban parte d el entorno áulic o. A las grandes rent as de las que gozab an los
titulares de la sede debí a sumarse l a posesión del título de condes de P ernía, el
señorío de la ciudad y, en segundo or den, de la impunidad de la que gozaban por
sus ausencias, una excepción convertida en norma que estaba indisociablemente
unida al cargo y que, generalmente, encontraba su justificación en las al ta s
responsabili dades que desempeñ aron al servicio rea l. Los titula res de la sede
palentina componían, por tanto, una selecta nómina de fieles funcionarios regios,
de elevada formación cultural, que eran premiados con e sta sede gracias a los
servicios presta dos a la C orona. Así mismo, la llegada a Palencia era el punto de
172 Esta cátedra rec ayó en Diego Ramír ez de Villaescusa, OLMEDO , Félix G., Diego Ramírez
Vill aescus a (1459 - 1537 ), fu ndad or del Cole gio de Cue nca y autor de los cuat ro di álog os so bre l a
muerte del Prí ncipe Do n Juan , Mad rid, Edit ora Naci onal, 1944; S AGARR A GAMA ZO, Adelai da,
“Lo s Fonseca en el horizonte político marcado por Isabel de Trastámara en Castilla e I ndias”, en
MARTÍN AC OSTA, Eme lina (co ord.), Isabe l I de Cas ti lla y Améric a. Hom bres que hici ero n
posibl e su polí tica, Va lladolid, Instituto Interuniv ersitario d e Estudio s de Iberoam érica y P ortugal ,
2003, pp . 72 - 73 .
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
80
principales benefac tores del edificio. Convencido de la necesar ia reforma espiritual
del clero, promovi ó, dentro de la demarcación diocesan a palentina, la construcción
del Colegio de San Gregorio de Valladolid. La estética del edifico, especialmente
su fachada, p articipaba de lo s mismos pr esupuestos que otras constr ucciones
tardogóticas levantadas en el no rte de Europa, en contraste co n el Colegio de Santa
Cruz, en la misma ciu dad y de similar cronol ogía. A pesar de las diferencias,
utiliza ron formas a rtístic as perfec tamente vá lidas y muy elogiadas. Cuarenta años
después de su finalización, Cristobal de Villalón dijo de ellos:
“ ¿Qué Memp his ó q ué Pirámides s e pued en comparar con el mon asterio y colesio
de Sant Pab lo, aqu í en Vall adolid ? ¿Y qué edifi cio de más excelen cia qu e el colesio
que hizo aquí el reuer endíssimo Cardena l don Pero Gon zález de Men doza, é c on
las casas que h izo aquí el Con de de Benauent e, y el palacio imperi al que hizo
Francisco d e los Cobo s?” 192 .
Fig. 7 . Faldón, Armadu ra de cub ierta del Cole gio de San
Gregorio
(Museo Nacional de Escultura ). Valladolid.
Fig. 8. Panel con el emblema
her
áldico de fray Al onso de
Burgos .
Victoria and Alber t,
Londr es. Núm. in v.: 2 45 - 1864
193
.
Un rico exterior que tiene su eco en el interior, donde nos encontramos,
nuevamente, con la exuberancia del último g ótico en el patio y la escalera, así como
192 VILLAL ÓN, Cri stóbal de, Ingenio sa co mpar ació n entr e lo antig uo y l o pres ente , Valladolid
[1539 ], (edi ción de SER RAN O Y SANZ , M.), Madri d, S ocie dad de B iblió filos españ oles , 1898, p.
173.
193 http://collectio ns.vam.ac.u k/item/O131137 /panel/ (consul ta do: 04 - 08 - 2018).
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
81
con la mezc la de formas artísticas, en sintonía con el gusto del momento. Esa
mixtificació n artística se aprecia en las techumbr es de alguna s de sus sala s, donde
se fusionan la f actura mud éjar con la po licromía renac iente en tiran tes y faldones
(fig. 7). L a decorac ió n, rica y variada, se extendía a todo tipo d e superficies y piezas
muebles que formaban parte del Colegio, donde se representaba, sin treg ua, la flor
de lis y e l emble ma h eráldico del promotor, ya f uera aislado, flanqueado por leones
o inserto en laure as r enacientes (fig. 8).
A estos les sigu ieron en el cargo dos fig uras ca pitales d e la iglesia pale ntina:
fray Diego de Deza y Juan Rodríguez de Fonseca. Aunque tendremos ocasión de
analizar deten idamente su labor, e s necesario esb ozar sus aportaciones. Diego de
Deza detentó la mitra pa lentina duran te cuatro año s escasos; a pesar de ello, contrató
a Martín de Solórzano para finalizar el templo, a Pedro de Guadalupe para la
rea lización de un nuevo retablo “al modo e manera de lo antiguo y romano” y a
Felipe V ig arny para que se encargase de la imaginería. Un prelado culto, fiel a los
reyes y centrado en l as obligaciones religiosas que no renunció a l as empresas
artísticas. Y , por ú ltimo, Juan Rodríguez de Fonseca, con toda seguridad el prelad o
más importa nte, en térmi nos artísticos, d e cuantos han regido la diócesis palent ina.
De imposible definición debido a sus múltiples cargos y actividades, Yarza dijo de
él que fue “enemigo de las estrecheces y señor del lujo, al tiempo que promotor
espléndido de obras tanto para uso de la dióc esis como para el suyo propio” 194 . A
su munificencia se d eben los tapices de la Salve y de la Historia Sagrada , los más
importantes que aún hoy custodia la catedral, e l Retablo de la Compasión en el
trascoro o la escalera de bajada a la cri pta; con trató a Juan Gil de Hontañón y Juan
de Ruesga para las labor es de cantería y a Juan de F landes para realizar las pintu ras
del retablo mayor. Se preocupó por el estado de las obras del templo durante su
gobierno y continuó haciéndolo cuando ya ocupa ba la sed e burgalesa. En d efinitiva,
un prelado imprescindible para entender la catedral de Pal encia y algunos de sus
bienes más preciados.
Los miembros de los c abildos, entre las fo rmas y los cambios a rtísticos
A pesar de la distancia qu e separaba al pr elado de los miembros de su cabildo,
especialmen te en cuanto a gusto, inte reses o poder, en Palenci a las relacio nes entre
194 YA RZA LU ACES, Joa quín, Los Reyes Católicos : paisaje artístico … , p. 183.
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
82
ellos no fu eron excesiv amente con flic tivas, de la mi sma mane ra que ta mpoco lo
fueron en otra s sedes d e menor entidad . A ambos poderes les unían objetivos
comunes : compartían el s eñorío de la urbe, el int erés po r finalizar e l templo y cierta
sintonía en t érminos reli giosos. Nada que v er con lo que par alelamente suced ía en
las mitras más poderosas, donde l a conflictividad fue constante; así sucedió en
Toledo con los cardenales Mendoza y Cisneros, o en Burgos con Juan Rodríguez
de Fonseca. Este último caso es espe cialmente sign ificativo si lo comparamos con
su gobierno palentino. En Burgos lo s problemas fueron constantes, especialmente
probl emáticos a raíz de la apertu ra de la Puerta de la Pellejer ía y las consecuencias
que esto acarreó.
Tan sólo un asunto distanció de forma constante al cabildo de su obispo en este
tiempo y d urante todo el sig lo XVI , el de “ jurar los es tatutos”. Est as norma s
limitaban el poder del obispo, obligándole a c onsensuar con el cabildo distintas
cuestiones jurídi cas y religiosas. La acción de jurar se producía en do s ocasiones:
cuando alguien designado por el prela do tomaba posesión del obispado en su
nombre y cuand o este lo hacía personalmen te. Mientras uno s intentaron liberarse
de las restricciones que limitaban s u autoridad, otros hicieron valer sus derechos
seculares. No dejaba de ser la esc enificación de dos poderes qu e luchaban por sus
intereses, en ocasiones c ontrapuestos, y que trataban de pone r límites al poder del
contrario.
La actividad artís tica y promotora desp legada por los príncipes de la iglesia, ya
fuera en la s distinta s cated rales q ue rigiero n o en pro mocione s personales,
ocasionalmente cont rastaba con las prefe rencias de los capit ulares. Si los grand es
prelados se caracteriza ron por contratar a los más prec iados artistas activos e n
Castilla, los miembros del cabildo, por el contrario, se decantaron, preferent emente,
por artífices locales, con indepen denc ia de sus cu alidades artísticas, para acomete r
obras en la iglesia o para hacerse cargo de sus fund aciones particulares. A pesar de
que algunos pertenecie ron a las oligarquías locales , estuvieron en la corte po ntificia
o tuvieron una formación de prime r nivel, cuand o se trataba de encargos artíst icos
recurrieron a maestros presentes en la ciudad o cercanos a esta, ya fuera por
desconocimiento de las tendencias a rtísticas del momento, por desin terés hacia
estas o por considerar q ue las formas “ tradicionales”, en ocasiones retardatarias,
podían representar mejor sus inqui etudes e interes es. A todo esto, debemos sumar le
un conocimiento más cercano de los problemas diocesanos, el interés por lo local,
por la ciudad en la que vivían y por el espacio en el que desarrollaban su carrera,
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
83
algo que no sucedía con los prelados, quienes detentaban el poder du rante un corto
espacio de tiempo y gen eralmente no resid ían en la sede.
Esta preocup ación por l a economía de la ciudad y por los a rtistas asent ados en
la misma, s e manife stó cla ramente a finales d e siglo XVI e n la so licitud q ue el
cabildo p alentino h izo al rey para tr atar de i mpedir la fusió n entre la abadía de
Valladolid y el obispado de Palencia. Como ya s abemos tal de cisión, en palabras
de los capitu lares, pr oduciría la decadencia de la ciudad, puesto que si se continuaba
por esa senda los pintores, plateros, bordadores, imagineros y canteros que vivían
en la urbe, en g ran medida gracias a las obras diocesanas y cate dra licias, s e irían a
Valladolid, lo que s ería catastrófico p ara la econo mía local 195 . Por todo ello, no es
extraño pensar que, cuando algún miembro de este grupo contrataba a artífices
avecindados en la ciudad, o en poblaciones cercan as , también tenía la inte nción de
mantener e l tejido artíst ico y soci al de la urbe, algo que suponía una importante
fuente de ri queza. Ocasional mente, cuando el artista era foráneo, se le pedía que
residiera en Palencia, justificando tal propuest a porque así podían controlar su
trabajo y, co mo no, por el beneficio social y económico que esto reportaba 196 .
A pesar de que los miembros del cabildo componían un grupo heterogéneo, en
el que existí an notables diferen cias y distintas facciones 197 , en l a mayor parte de sus
promocio nes artísti cas s e aprecia una actitud común: la de contrat ar a artífices
cercanos o de la propia ciudad sobre los que se podía ejercer un mayor control. Esto
sucedió con diversas pe rsonalidades, como el Deán Enr íquez 198 , relevante por el
195 CASTR O ALONSO , Manuel de, Episc opol ogio v alli solet ano… , p. 126.
196 Así s ucedi ó con J uan de Flande s o con el reje ro seg oviano Gaspa r Rodrí guez , quie n se
comprometió a residir en la ci udad de Palencia durante el tiempo que durase la ejec ución de la reja
del coro de la catedral: “que tod a la di cha rrexa e s u obra se ha de hac er e n est a dic ha ci udad d e
Palenc ia y no e n otra part e, e q ue yo e l di cho gaspa r Ro dríguez sea obli gado a rre sidir , e resida y
esté presente en la dicha obra todo el tiempo que en ella se entendiere”, “Contrato y obligación con
Gaspar Rodríguez, rexero, vecino de Se govia, sobre la rexa del co ro de la santa i glesia de Palencia”,
2 de n oviemb re de 155 5, ACP, S ecc. histó ric a, arm. I , leg. 4, 89, Li bro de contr atos de la c atedr al ,
ff. 73 - 8 3v, tra nscripci ón tom ada de: GARCÍA C UEST A, Timoteo, “Cinco rejas de la catedral de
Palencia”, BSAA , 21- 22, 1954 - 1956, p. 12 7.
197 La ocupación sistemática de puestos de prestigio en el cabild o palentino po r parte de las mismas
familias, las r edes clientelar es o los inter eses políticos de esto s ha sido estudiado de forma ejemplar
por Cabeza Rodríguez, quien considera a la catedral como un centro de poder en el que “unos a otros
se cedieron cano njí as y digni dades rese rva das c omo si fue ran parte del pat rimoni o fa mil iar”
CABEZA R ODRÍGUE Z, Antoni o, Clér igos y señores… , p. 128 (ver especialmente: pp. 115 - 128 y
247 - 271) .
198 El epit afio del sepul cro dic e: “HIC REQ ( VI)E(S )CIT D( OMI)N(V )S R(O DERICV) S ENR IC I
DECAN VS ISTI VS ECC (LESIA) E FIL IVS AL MIRANDI CAST (ELL)E OBII T II D IE
II. El obispo de Palen cia y su dió cesis
84
cargo que ostentó y, más aún, por se r hijo del A lmirante d e Castilla 199 . El Deán
mandó ser sepultado en la catedral, colocándose su sepulcro en uno de los costados
del primitivo coro, el más próximo al altar en el lado del Evangelio. El monumento
funerario está fechado en 1465 y firmado por el e scultor Alonso de Portillo, quien
dirigi ó un t aller en Pal encia del que sal ieron numerosas piezas con destino a
distintos puntos de la diócesis 200 . Junto a este, otros art ífices como el prol ífico Alej o
de Vahía, co n taller en B ecerril de C ampos –localidad cer cana a Pale ncia – , tra baj ó
sin tregua para la s élites religiosas p alentinas. Al taller de V ahía se ha atribu ido,
aunque con dudas, el sepulcro de Francisco Núñez, Abad de Husillos 201 , sit uado en
el mismo costado que el del Deán Enríquez. Así mismo, se h a s upuesto que
realizaría el sepulcro de Dieg o de Guevara, Arcediano d e Campos (1509) 202 , y la
Santa Ana Triple donada por el racionero Antonio Martínez Pesebre , una de las
piezas de mayor calidad de todas cu antas realizó. Otros miemb ros del cabildo, co mo
el Deán Gonzalo Zapata, mostra ron interés por el trabajo de Alejo de Vahía y su
preferenc ia por el art e del último gó tico como s e pone de ma nifiesto en el retabl o
de su capilla en la ig lesia de San Pab lo (Palencia).
En esta amplia nó mina de capitula res aparec en personajes que viajaron dentro
y fuera de la península, algo que podrí a haber variado su gusto y fomentado el
interés hacia o tro tipo de formas artísti cas. Así, sabemos que frecu entemente se
movieron dentro de los terri torios de la Corona de Casti lla; c onsta que en mayo de
1496 el Licenciado Gr ego rio soli citó per miso par a visitar a l a rzobispo de Toled o,
donde sería recibido como canónigo teólogo, por lo que no podía ausentarse más d e
tres meses 203 , de la misma manera que const an las visitas de canó nigos al
Monasterio de G uadalupe o a los dif erente s lugares donde se encontrase el obispo
de turno. También lo hicieron fuera de nuestras fronteras, desplazados en misiones
FEBROAR II ANNO D(O MI)NI MCC CCLXV” , A RA GIL, Clementina Julia, “E l taller palentino
del entallador Alons o de Portillo (1460 - 1506) ”, BSA A , 53 , 1987, p . 218.
199 Sobre la pos ib ilida d de q ue fuera hijo bas tardo del Almir ante, véase I b id ., nota 1 8.
200 Ibid .
201 Fue atribuido a Vahía en: ARA GIL, Clementina Julia, En torno al escultor Alejo de Vahía (1490 -
1510), Va llado lid, 1974, p.57 y pues to e n cues tió n en: YARZA LUAC ES, Joaq uín, “ Defi nición y
a mbigüe dad de l t ardogót ico p alent ino: es cult ura”, Actas del I Congre so de Hist oria de Pale ncia , 1,
Palencia, 1987, p. 44.
202 El 10 de ene ro de 1497 Di ego de Gue vara fue rec ibi do para la pos esi ón del arce dian azgo de
Campos, Ac uerdo ca pitular, AC P, Actas ca pit ulares , v. 3 4, f. 41. F RANC IA LOREN ZO, Sa ntiago,
Catálo go, se rie II. II, Act as c apitul ares … , p. 231.
203 Acu e rdo capitular, 5 de mayo de 1496, ACP, Actas capitulares, v. 34, f. 27v. La concesión se
acord ó el 8 de julio de ese año, 29v, FR ANC IA LORE NZO, Sa nti ago, Catálogo, serie II. II, Actas
capitul ares … , p. 228)
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
85
diplomáticas o para solv entar asunto s diocesanos. A sí cuando el A rcediano de
Campos, Diego de Guevara, logró un permiso del ca bildo p ara ausenta rse cuatro
meses, se hizo cons tar que fue gra cias al tiempo q ue estuvo de embajador en
Inglaterra, “así lo habían pedido los reyes y el obispo por su nobleza” 204 . En la corte
romana estuvieron el canónigo Salvador, para defender el litigio de su c anonjía 205
o el prior Juan de Ayllón, como pr ocurador del cabildo 206 . E ste último logró en
1503 una licencia para enterrarse en la iglesia, adquiriendo de inmediato el
compromiso de ha cer un altar. Pa ra su rea lización pudo r ecurri r a talle res pi ctórico s
foráne os, rompiendo de esta manera no sólo con el formato – al ser una obra de
pintura y no de escultura – s ino también con la “norma ” de encargar objetos
artísticos a artífic es palentinos.
204 ACP, Act as capit ulares, v. 35, f. 4r, FRA NCIA L ORENZO, Santiago, Catálog o, seri e II. II,
Actas c apit ular es… , p. 206.
205 Acuerdo capit ular, 17 de oct ubre de 1 494, AC P, Act as capi tulares , v. 33, f. 34, F RANCIA
LORENZO , Sant iago, C atál ogo, s erie II. I I, Act as ca pitul ares … , p. 215 .
206 El 18 de sept iembre de 1498 e l obis po Alons o de B urgo s daba un po der a Jua n de Aylló n,
procur a dor e n la cort e rom ana para s egui r el pl eit o entre el c abild o y Al onso de B azán, Arce dian o
de Carri ón, sobre u na pre bend a (ACP, Acta s capi tula res, v. 34, f. 67). C onti núa con otro p oder da do
por el obispo a Ayllón por el pleito co ntra el Arc ediano en relac ión con l os de lit os come tidos contr a
el cabil do y su obispo (Ac uer do capit ula r, 4 de octu bre de 14 98, ACP, Acta s capitul ares , v. 34, f.
68r; F RANCIA LO RENZO, S antiag o, Catálogo, serie I I. II , Acta s capi tul ares… , p. 238). J uan de
Aylló n es si n du das u n perso naje c ontr overt ido al que e n j ulio de 149 4 se l e permi tía “vol ver a s u
casa c on la s eguri dad de no ser m olest ado po r el o bispo ni p or el ca bil do p or la q uerel la d e adul teri o
que se dio cont ra él”, Acuer do capi tular, 28 de jul io de 14 94, ACP , Acta s capi tul ares , v. 33, f. 29;
FRANCIA LORENZ O, Santi ago, C atálog o, se rie I I. II, Actas capi tular es… , p. 214.
Puerta del Obispo . Catedral de Palencia. Laurent, J. Ca . 1870 . BNE
II I. PRES ENCIA EPISCOP AL, CEREMONI AL DE PODER Y
CONTROL DEL ESPACI O
La posición y el poder de los pre lados palentinos se manifestaron ante los dif erentes
componentes d e la socie dad palentin a de forma v ariada; ya fuera median te los fastos
y ceremonia s que tenían lugar en la ci udad con su primera entrada, ya fuer a a travé s
d e la ocupación espac ial de las viviendas ep iscopales – tanto en la ciudad como en
los terr itorios b ajo su do minio – , o d el ceremonial que se producía en e l interior
catedralicio con m otivo de las diferentes ce lebraciones y f estividades.
De entre todo s los a ctos destacó el que tenía lugar en la urbe con motivo de la
primera entrada del prelado. A través de diferente s hitos perfectament e
reglamentados, los distintos poderes, junto con el pueblo llano, participaban en la
recepción de la máxima autoridad de la c iudad. Un acto que casi siempr e estuvo
acompañado de cierta ti rantez entre sus p rotagonistas, ya fuer a debida a los rituales
de sumisión de la ciudad hacia el obispo, ya fuera por l a tensión que se producía en
el momento que este d ebía jurar los e statutos cate dralicios.
Tras asumir el cargo, l os diferentes prelados p asaban a ocupar una posició n
preeminen te den tro de las celeb racion es litúrgic as de la cate dral. La p rincip al figura
rel igiosa de la diócesis se d istinguía de l resto de participantes a través de su
posición, de l papel desempeñado en las distintas ceremonias y de la riqueza d e sus
ornamento s. De la misma manera, el fa llecimien to del obispo o bliga ba a la
realización d e un cer emonial perfectamente pautado para honrar al prelado.
Por otra parte, durante la decimose xta centuria los obispos palentino s apenas
residieron en la ciudad, sino q ue se establecieron o casionalmente en alguna de las
poblaciones q ue formaban par te de su señor ío, especialmen te en Villa muriel de
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
88
Cerrato, mientras que también fue común que habitara n en Valladolid. Tras la
destrucción del alcázar palentino (1465) se sucedieron los obispos que se
interesaron por su reedificación, ya que con él habrían podido contar con una
vivienda dign a para su residencia, ju nto con distintas estan cias de administrac ión,
y además habrían restablecido la imagen de poder del prelado dentro de la trama
urbana, algo a lo que se opuso frontalmente el concejo de la ciudad.
LA PRIMERA ENTRAD A DE LO S OBISPO S EN LA U RBE: ART E,
CEREMONI AL Y RITO
“La primera e ntrada y nuevo reci bimiento de los seño res obispos d e palençia en la
cibdad s uele se r muy triunpha nte, com o de poderos o y gran s eñor que es” 207
La ceremonia que tenía lugar con motivo de la primera entrada d el obispo en la
ciudad fue uno de los acontecimientos más important es que, ya desde el siglo XI y
de forma va riable, tuviero n lugar en la urbe. E l recibim iento y su ritual estaban
cargados de simbolismo y significación, ya que el obi spo reunía en su persona el
poder temp oral y espiritu al, además d e llevar a parejad o el tít u lo de Conde de Pernía.
Esta acumulación de poderes en una sola perso na merecía que el protocolo s e
formalizase de la maner a más solemne po sible y se aco mpañara d e un a seri e de
escenificaciones y ritos que evidenciaban su prestigio, poder y posici ón social .
Además, debemos tener present e que en Palencia, de la mism a manera que sucedió
en otras sedes 208 , el clero ca tedralicio instrum entalizó estas solemn idades co mo un a
es trateg ia de afirma ción d el dominio episcopa l y capitu lar sob re las autor idades y
élites locale s.
Las celebrac iones de las primeras entradas episcopales en la c iudad gozar on de
207 Acue rdo ca pitul ar, sá bado 9 de novi emb re de 1 595, Ce remo nial de ent rada de l obis po P edro
Gómez Sarmiento , ACP, AAC, Libro de actas capitular es 1521 - 1530, ff. 1 85v - 191v. Ya en e ste
moment o se lame ntaba n de q ue muc hos a ctos de l a ent rada se ha bían per dido, “como otra s cos as se
suelen c aer y olvidar” . FER NÁNDEZ DE M ADRID , Alons o, ob. cit., t . I, (apén dice V), pp . 79 - 83.
En la segunda mitad del siglo se dice: “t odavía ha q uedad o y se usa que el pre lado en su pri mera
entra da sea resc ebido e n la dicha ciuda d con t odo el apa rato y regoz ijo p osible ”, ACP , Secc .
histórica , arm. IV, leg. 4, 834 , Lib ro de l os est atutos y c ostum bres …, 1572, f. 17r.
208 PAIVA, J osé Ped ro, “ A li tur gy of p ower: sole mn epi scop al ent rance s in E arly M odern Euro pe”,
en SCHIL LING, Heinz (ed.), Cult ural Ex ch ange i n Earl y Mo dern E urop e, Vol ume 1, Rel igion and
Cultur al Exc hange in Europe, 1400 – 17 00 , Camb ridge, Cambri dge Univer si ty Press , 200 6, pp. 1 40 -
161.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
89
gran fasto durante la Baja Edad Media, llegando con el máximo esplendor a finale s
del siglo XV, tal y como sucedió con la venida de fray Alonso de Burgos. Las
decisiones políticas de ámbito peninsular producidas durante su gobie rno, en
especial la expulsión de los judíos de los territorios hispa nos, determinaron el
adelgazamiento del protocolo, algo que ya se reflejó en la toma de posesión de
Diego de Deza en el año 1500. En este momento, el ritual de recepció n y entrada
estaba perfe ctamente reglamen tado y en él pod emos distinguir tres e stadios: los
preparativos del recibimiento, desar r ollados en l os días previ os al aconte cimiento;
los actos de toma de posesión del poder precedidos por la entrada triunfal en l a
ciudad y, por último , el ritual rel igioso 209 . Durante el transcurso de esto s últimos,
la ocupación d e los espacios y la p osición de los actor es que formaban parte del
ceremonial no era azaro sa, sino que tenía la intención de mo strar las jerarquías y el
poder de cada uno de ellos dentr o de sus respec tivas categor ías. Para ello debemos
tener muy presente la doble di mensión del ceremon ial - interior y exterior - y
reconocer, por un lado, el significado del lugar que ocupaban los personajes en tanto
que pertenecientes a un determinado grupo soci al y, por o tro, la imagen que de este
se ponía de manifiesto, aspecto este que generó no pocas c ontroversias.
Avanzado el siglo y en coinc idencia con la disminución de los poderes del
obispo en el ámbito tem poral, el ceremonial se vio mermado de ciertos rituales y de
relevancia política. T odo ello a pesar de que este tipo de ex teriorizaciones de pode r
se vieron ref orzadas en s u dimensión religiosa, es pecialmente a par tir de la seg unda
mitad del siglo XVI, tras los acuerdos salidos del Concilio de Trento y, a finales d e
la centuria, con la publicación del Ceremoniale episcoporu m de Cleme nte VIII.
L A ACTIVID AD PREVIA , PREP ARATIVO S Y ORGA NI ZACIÓN
Los preparativos p ara festej ar la entrada com enzaban una v ez era conoc ida la
209 Esteban Recio e Izquierdo hablan de tres ceremon ias: un ritual de sumisión de las autorid ades
civiles y religiosas antes de entrar en la ciud ad; el pleito homenaje ante la puert a del mercado y, por
últi mo, la rec epci ón del cabil do com o señ or espi ri tual de la ciudad; ESTEBAN RECIO, Asunción e
IZQUI ERDO GARCÍ A, Ma ría Jes ús, “Pa lenc ia en l a Eda d Medi a, una ciuda d de señorí o
eclesiástico”, en TORREMOCHA HERNÁ NDEZ, Margarita ( coord.), El Estud io Genera l de
Palenci a, his toria de los oc ho siglo s de la Univ ersidad Española , Valladol id, Uni versi dad de
Vallado lid, 201 2, pp . 30 - 31. Por otr o lado, es im presc indibl e el e studi o de: P OLANC O PÉR EZ,
Artur o, “Cer emo nias de reci bimi ento y despe dida a los Obispos en la tradición palentina (S. XV -
XVIII)” , PITTM , 69 , 1998 , pp. 401 - 478. Tambié n ESTEB AN RECI O, Asun ción, ob. c it. , pp. 148 -
150, a unque e n e ste ca so se ce ntra e n la B aja E dad Me dia y sólo se ocupa del acto de vasal laj e y no
de la actividad com pleta.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
96
los judi os que l os unos y los otr os era n vasa llos del obi spo y co n ello s el ra bi mayor
que lleua ua la tora que era vn rollo de per gamino de bezer ro arroll ado en que es taua
escripto el P entateu co el qual yv a puesto en un a vara alta co n una mang a rica como
agora a costumbr a lleva r la cruz y dentro de la ma nga yva el di cho roll o, aunque no
lleuaua cruz, y quando e l obispo v eya aquell a tora la a cataua y l a tomaba d e mano
del rabí” 239
Antes de acceder a la ciudad, el prel ado debía cumpl ir con u n trámite d e gran
trascendenci a política; el pleito homenaj e ante la Puerta del Mercad o: “por ser
puerta y calle mas princi pal y mas lexo de la yglesia y por que se goze mas y mejor
la fiesta de t odo” 240 . Previamente a su llegada se cerraban l as puer tas y un caballero
nombrado por el obispo “haze omenaje en manos del que la ciudad nombró y el de
la ciudad en manos del nombrado” 241 . Du rante este ritual, el concejo juraba
fidelidad a su señor y el obispo se comprometía a guardar todos los buenos usos y
co stumbres de la urbe 242 . No consta que el acceso se decoras e de forma esp ecial o
239 D iciendo en alto, para ser escuchado por todos los allí prese ntes, las siguientes palabras: “sanctam
legem viri hebrery et lau damu s et bene ram us ut p oteq ue ab om nipot enti D eo pe rsona mus tradit a est
patribus vest ris, o bserva tio nem ver o vest ram et vanam interp retat ione m damna mus at que
impro uamus qua s alvat orem quem ad huc frust ra ex pect atis a ppost olic a fide s iam p rude m adue rnisse
docet et predicat. Dominus no strum jesu christum qui cum patr e et spiritu sancto viuit et regn at.
Deus per Omnia secula seculorum” , ACP, Se cc. histó rica, ar m. IV, leg . 4, 834, Libr o de lo s estat utos
y costumbres …, 1572 , ff. 18r y v). Fer nández del Pulgar recoge este acontecimiento y señala que se
realizó por última con motivo del r ecibi miento de f ray A lons o de B urgos, donde “h ubo gr ande s
fiest as, y e speci alme nte lo re goci jaro n los M oros y l os Ju díos que mo raba n en la ciuda d, que eran
sus vasall os; lo s Mor os con divers as da nças y inve ncio nes, y l os Ju díos i ban e n proce sió n canta ndo
cosas de su le y, y detrás ve nía un Rabí que tra ía un roll o de pergam ino e n l as ma nos; c ubi erto c on
un pañ o de broc ado, y esta decí an que era l a Tora h, y llega do el obi spo él hizo acatamiento como a
ley de Dios, porque diz que era la santa Escritura del Testament o Viej o, y c on aut orida d la t omó e n
las man os, y lueg o la ec hó a trás , po r en cim a de Sus esp ald as, a dar a en te nde r, qu e ya er a pas ad a, y
así por detrás la tornó a tomar aquel Rabí; la cual fué ce remonia digna de ponerse en esta memoria,
porque fué l a últ im a ve z que se hizo, a causa q ue despué s, de a i a pocos años se torna ron
Christi anos”, FERNÁN DEZ DEL P ULGAR , Pedro, Teatro clerical a postólico …, III, p. 139;
POLAN C O PÉREZ , Arturo, “ Ceremoni as…”, p. 41 6.
240 ACP, AAC, Libro de estatutos y as ientos capitulares, 1407 - 1544 , 36, 1525, f. 366.
241 ACP, S ecc. hist órica, a rm. I V, le g. 4, 83 4, L ibro de los e st atutos y cost umbr es…, 1 572, f. 19v.
El 4 de abr il de 15 06 el obi spo Fo nseca h izo su pri mera entra da solem ne en la ci uda d, j urando
guarda r las libe rtade s y c ostu mbres en ma nos del se ñor d on Sa nch o de Ca sti lla “ estando de pa rte de
fuera de la ci bdad” , AC P, AA C, Lib ro de e stat utos y a sient os capi tular es, 1 407 - 1544, 36, ff. 277 -
279; ACP, AAC, Libro de actas capitulares 1501 - 1511, f. 13 7; ARZE , Juan de , ob. cit. , ff. 62v- 63r.
242 El o bispo Jua n Ro drígue z de Fon seca jur ó “fa zer pleyt o hom enaje de guar dar a la ci bda d y a los
vecin os dell a todas s us franq uezas y libert ades y bue nos u s os y costumbres […] e hazer guaradar a
la dha cib dad e esta tuto del vino y la sente ncya de l os ga nad os [… ] que si a su pode r vini ere la
merin dad de la dha ci bdad que no n lieue ni pu eda lle uar más derec hos q ue aque llos que se contie nen
en el arancel y tabla de la cib dad q ues da do po r pro visió n del r ey y de la reyna n[ ues] tros seniores
[…] q ue la car cel de los pres os e stará toda una en casa llana y dentro de la di cha c ibda d y no en
torre s ni e n f ortal ezas [… ] de gua rdar la se nte ncia que se di o ent re el señ or don Pedro de Castilla de
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
97
que el concejo promoviese la erección de a lgún elemento s imbólico de prestigio,
como las enramadas u tilizadas con motivo de la en trada de Felipe II 243 .
La ciudad, escena rio del re cibim iento
Tras el juramento en l a Puerta del Mercado, ac cedían a la ciudad y se re alizaba
la solemne procesión p or las calles, engalanadas de for ma especial p ara tan
relevante ocasión. A sí mismo, en d istintos lugares del recorrido se desarrollaba un
espec táculo públ ico con música, representa ciones teatrales o danzas. Se tra taba del
acto más popular y relajado de la recepción. En ese momento la población, que n o
había aparecido en n inguna otr a etapa del ritu al, participa ba como espectado r y
protagonista, va lidando y l egitimand o la entrada.
Durante esta fase, el prelado se ay udaba de “las más prin cipales personas y
cavalleros” que le acompañarí an:
“se apean y le toman las ri endas y le ad rezan la cap a sobre el ca ballo b usca las
orejas […] y assy acompa ñado viene por tod a la calle que l laman de pan y agua y
calle mejorad a y por la de las carnec erías hasta la p laza, reparan do po r el camino
donde ov iere alguna rep resentación , o farsa, o dan za, porqu e destas cosas se sol ian
hazer este dí a muchas y b uen as funzion es y sie mp re el prela do por el c amino va
santigua ndo y c obrando la bendición a todos ra llando ” 244
Su desarrollo estaba perfectamente organizado y reglado, como s e
desprende de las d isposiciones conc ejiles y catedral icias. Estas de terminaban el
recorrido d e la c omitiv a así como e l estado en e l que debían e ncontrarse l as vías y
buena memori a y l a dic ha cibda d para que los que fuere n un añ o regid ores q ue no lo pue dan se r el
año se gund o fa sta el tirc ero a ño e que los nonb rara/ […] no me tiese nse s uya nyngu na n y ge nte de
guerra ni de gr ande ni ngu no dest e rre yno e nla d ha ci bdad n y con sentir en e llo pa ra qu e se aya n de
apode rar de la dha cibda d”, A CP, AAC , Libr o de est atuto s y asie ntos capitu lares , 1407 - 1544, 36, ff.
277v - 278r; POLANC O PÉRE Z, Artur o, “Cerem onias…” , p. 417.
243 “Delante de la puerta de la ciudad estava hecha una enramada grande para el rec ibimiento de Su
Magestad házia la parte dond e dava el sol, empe ro no era de provecho p ara este efecto, porque ya
estava puesto, y quando se ac abó el recibimiento uvo de entrar Su Mageta d con hachas”: COCK,
Enrique , J ornad a de Taraz ona he cha por Feli pe II e n 1592… , p.36 . Las enram adas fueron un
recurso habitual de pervivencia me dieval para conmemorar ac ontecimientos como estos en las
ciudades don de existían p ocas posibilid ades económicas: BON ET CORREA, Anton io, “La
a rquitectura efímera del Barroco en España” , Nor ba. Rev ist a de arte , 13, 1993 , p. 32.
244 ARZE, Jua n de, ob. cit. , f.6 3r. En refe renci a a l a entra da de Álva ro de Men doza: “ Su se ñorí a que
se detubo un buen rato en llegar a causa de zi ertas representaciones que la z ibdad le hi zo y danzas y
otros regozi jos”, ACP, AAC, Libro de actas capitulare s 1575 - 1580 , f. 10v; ACP , Secc. hi stóric a,
arm. IV, leg. 4, 834, Libr o de los estatut os y cos tumb res…, 1572, f. 20 v.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
98
su decoración 245 . En ese sentido, se aderez aban los ba lcones de las v ivienda s
mejorando el aspecto de la ciudad por unas horas: “toda a quella calle h asta la
yglesia esta por mandad o de la j usticia muy limpia y las ventanas ade rezadas con
alombras cada vno co mo mejor puede e se suele hazer para la en trada de
príncipes” 246 .
El acto religioso en la plaza de la catedral
Una vez que los repres entantes de la ciud ad habían aco mpañado a su nu evo
seño r por la s calles, és te se dirigía a la plaza de san A ntolín, donde se escenificaba
la tercera parte del c eremonial. Allí el prelado tomaba pose sión de su cargo como
señor espiritu al. La cere monia finalizaba en la catedr al, con la r ecepción del nuev o
obispo por par te del clero.
El cabildo, q ue se había apresu rado a regresa r a la catedral d esde la ermita d e
San Sebastián, se encarg aba de ultimar los ac tos religiosos y esp eraba en procesión
la llegada del prelado. La comitiva ocuparía un amplio e spacio de la p laza, “d esde
la puerta de Nu estra señora hasta pasada la otra pu erta de la yglesia de l a
audiencia” 247 . Cada miembro se colocaba de acuerdo a un orden previament e
establecido, vistiendo sobrepellices, “seis caperos, dos dignidades y quatro
canónigos con capa s ricas y cetro, el pre sidente del cab ildo con la capa de preste
precediendo la cru z Professional con sus acólitos cerof erarios” 248 .
Al contrario de lo qu e sucedía con l a Puerta del Mercado, la Puerta de S anta
María o del Obispo se decoraba co n una arquitec tura efím era en forma de arco
triunfal que centraba el espacio d onde se desarro llaba la cere monia:
“y ante la di cha puerta d e la yglesia su ele sie mpre hauer al gún b uen adornamien to
a manera de arco triumph al y su altar y estancia para l os músico s y menestr ales, y
de una par te y d e otra, a l os dos lad os de la pu erta, est ará bien entapi zado con
muchos escu dos de l as armas de su seño ría y letreros y otras cosas a pro pósito y en
245 Acuer do muni cipal , 23 de oct ubre de 153 4, “hac er lim p iar las calles por la venida del obispo”,
AMP, A- 21 - 009, envoltorio 11 , 1534, f.101 r.
246 ACP, S ecc. hist órica, arm . IV, l eg. 4, 834, Libr o de l os est atut os y cost umbre s…, 1 572, f. 20 v .
247 Acuer do ca pitul ar, d oming o 9 de fe brero de 15 78, re cibi mient o del seño r obispo D. Álvaro de
Mendoza, ACP, A AC, L i bro de actas capitulares 1575 - 1 580 , f. 10r . Cua ndo en los text os me nciona n
la puerta de la Audiencia se están refiriendo al entorno de la Puerta del Salvador.
248 ACP, Sec c. hi stórica, arm. I V, leg. 4, 834 , Libr o de los estatutos y cos tumbres… , 1572, ff. 20 v-
21.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
99
la placeta q ue está an te la di cha puerta es tá un si tial rico y en él un a cruz y tie n en
allí el acetr e con ag ua bendita” 249 .
El arco que all í se levantaba e ra una máquina de grandes dimension es y fácil
ensamblaje, la c ual se guardaba en de pendencias catedralicias y volvería a montarse
para conmemorar las en tradas de los prelados 250 . Así, la a rquitectura e fímera
adquiría un papel des tacado en la ceremon ia, puesto que a tra vés de ella se exaltab an
las cualidad es del persona je y su po der religioso. Todo su contenido –inscripciones,
pinturas y decoración – era permanente, variand o únicamente los es cudos del obispo
con cada nu evo acceso. E l arco debi ó de servir, también, para realza r la entrada de
Carlos V en la ciudad, tal como s ucedió en 1522 251 y de su esposa, Isabel de
Portugal, en 1527. En esta última fec ha, debido a la trascendencia del
acontecim iento, desde el municipio se solicitó al obispo y a su cabildo que
estuvieran a punto para el recibimiento y que, en l a iglesia mayor, hubiera algún
arco triun fal 252 .
Con motivo de la entrada de don Álvaro de Mendoza se montó un arco triunfal
“muy sumptuoso, que llegaba a l texado de la m isma puerta con muchas histo rias
pintadas y figuras y otr as ymbinziones, sonetos, versos en la tín y en romanze con
mucho adorno de taspizería y capas de brocado” 253 . La decoración se extendía a
otras partes del exterior ca tedral icio, como la pared del cl austro que daba a la plaza,
la cual apar ecería vestida con ricas colgaduras desde el co rredor hasta el sue lo 254 ,
249 Ibid ., 1572, f. 21r.
250 Los ca nóni gos obre ros debía n tene r “en el hospi tal o en el tal ler pr ovisi ón de ma dera y cl avazón
assy pa ra el m onume nto y e stra dos co mo pa ra otra s neces idade s que siemp re ocur ren y todo l o
susodi cho e sté tras l lave y a b uen rec abdo” (AR ZE, Jua n de , ob. cit. , f.113 r.).
251 El emperador entro en la ci udad de Palencia el martes cinco de agosto, “do fue recibido con toda
solenidad de los eclesiásticos y seglares y con arcos triunphales, resi nencione s y pal io ric o de c omo
a tal y tan g rande enperador Rey señor convenya”, ACP, AAC, Libro de actas capitulares 1521 -
1530, f . 63v.
252 AMP, Libro de Actas capitulares 1527 - 1528, A- 21 - 008, f. 150 v. Desde la catedral se cumplió
con la s olic itud, puest o que el miérc oles 21 de a gosto de 15 27 se a c ordó colocar arcos triunfales
para el recibimiento de la emperatriz: ACP, AAC, Libro de actas capitulares 1521 - 1530, f. 258 v.
253 ACP, AAC, Libro de actas capitu lares 1575 - 1580, f. 10 v.
254 POLANC O PÉREZ , Arturo, “C eremonias…”, p. 457 . Esta forma de decor ar la plaza aún se
practi caba en e l si glo XVIII, p uesto que c on motiv o de l a e ntrada de J osé Rod ríguez Co rnejo (25 de
marzo de 1746) se dice que la “pared estaba ricamente adornada con colgaduras desta santa Iglesia” ,
RAMOS DE CASTRO, Guadal upe, “El acontecer artístico de la catedral de Palencia durante el siglo
XVIII (16 85- 1800 )”, en VV . AA., Jorn adas s obre l a cat edral de Pal enc ia , Palencia, Dipu tación
Provi ncial de Pa lenci a, 198 9, p. 218. L os te xtil es colga ban de sde la galería, existente sobre el ala
occide ntal de l cl austro , hast a el s uelo. E ste aña dido se eli minó e n el si glo XV III para solve ntar los
daños estructurales que estaba causando al recinto claustr al (HOYOS ALONSO, Julián, “El claustro
de la catedral de Pal encia, origen, funciones y cambios”, en RO S SI VAIRO, G iulia y RAM ÔA
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
100
lo que mejoraba sustan cialmente el a specto del espacio.
El prelado accedería a l a plaza desde la calle de l Cuervo. En la puerta de la
Audiencia le esp eraba la com itiva, allí se apeaba d el caballo y avanzando a p ie,
acompañado de los caba lleros que co n él venían, se dirigía ha sta la cruz que portab a
el subdiácono, donde, “poniéndole dos mucha chos de coro una almohada de
ter ciopelo colorado, se humilló en ella adoró a la cruz y los dichos niños le quitaron
las espuelas ” 255 . Una vez puesto en pi e, el Arcedian o de Palencia y el Deán se
disponían a ambos lados del prelado el cual, entre música y villancicos que loaban
su figura, l e acompañaban al si tial colocado en f rente del arco triun fal 256 . Es te se
adornaba con alfombras y almohadas “y una cruz de pie, la qua l el dean o prest e
toma en las manos y la da a besar al pr elado, y allí descansa un poco” 257 . A
continuación, tomaba el hisopo y bendecía a tod os los allí pr esentes 258 .
MELO, Joana (coor ds.), Claustros no mu ndo mediter rânico ( séculos X - XVIII) , Coimbra, Almedi na,
2016, pp . 333 - 347.
255 ASCENS IO GARCÍA, Juan, ob. cit., f. 156v. L os ni ños de Cor o tam bién le r e tiraban las b otas,
anill os y pect oral (POL ANC O PÉREZ , Art uro, “Cerem onias …”, p. 421 ). Así mis mo, le despoja ban
de las calzas colorada y negra; el secretario del cabildo llevaría el caballo blanco a su ca sa (ARZE,
Juan de, ob. cit. , f. 63r y v.) y el ba rber o de l cabildo tomaba el capelo (ACP, Secc. hist órica, a rm.
IV, leg . 4, 834, Libro de los est atut os y cost umbres …, 157 2, f. 21r ).
256 La puerta aparece citada de diferente manera en los distintos textos consultados: Puerta del
Cruce ro, con motiv o de la ent rad a de Zapata de Cár denas (1570), ACP, AAC, Libro d e Actas
capitulares 1569 - 1573, ff. 76 - 77 (ta mbié n en ARZE , Juan de , ob. cit. , f. 63 r); Puerta de Nu estra
Señora , cua ndo hizo s u ent rada Álva ro de Men doza; y, Pue rta de l os Apóst oles , tal y com o s e
menciona c on moti vo de la entrada de Fel ipe de Ta ssi s ( ASCENS IO GAR CÍA, J uan, o b. cit ., f. 157).
257 ARZE, J uan de , ob. cit. , f. 63.
258 “el pressidente con capa toma el ysopo de mano del maestro de ceremonias y besándole le da al
prelado el qual echa agua bendita a si y a los que estan cabo el y luego toma la cruz del sitial y se la
da a besa r al prel ado y aca bado el respo nso los mozos de l choro dizen el verso y el preste la oración
siguiente: Deus omnium fid elium pastor et r ector…” (ACP, Se cc. histórica, arm. IV, leg. 4, 834,
Libro de l os est atut os y cost umbre s…, 1572 , f. 2 2). C on m otivo de la e ntrada de Álva ro de Men doza,
el ca bildo ma ndó ha cer un a nue va ar a sobre l a que debí an dis poners e los di fere ntes objet os
relac ionad os c on la cere moni a. Co nocem os e sta c uesti ón gra cias al conflicto que generó su
decoración pictórica: “petición por parte de los pintores que pintaron el Ara que se hizo p ara la
entrada de su Santidad significando el grand e engaño que contra ellos abia abido en el conzierto de
la pint ura que s uplica ban a s us mos. fuesen servidos de les satisfacer su daño”, Acuerdo capitular,
miércole s 25 de febre ro de 1 578, AC P, AAC , Libro de ac tas capitulares 1575 - 1580, f. 12 v. El
cabildo accedió a la petició n de los pintores, “ visto claramente el engaño que e ntre ello s ubo y lo
mucho que se ac reszio e n la obra de lo que al prinz ipio se enten dió aco rdaron s us Ylus tris imos de
cometer a los señ ores obrer os de n quat ro c argas de t rigo a los sus odich os pi ntore s po r toda s la s
acrecencias y cosas que hizieron y p or satisfación del daño que dizen recibieron”, Ibid ., f. 13.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
101
Fig . 9 .
Libro c on e l
formul ario de Jurame nto
de pose sión de los
obisp os
. 1564. ACP,
Secc. hist órica , arm. IV,
leg. 1, 754, s/ f.
Tras este acto llegaba el secretario co n los estatutos y la fó rmula de l juramen to
para, a continuación , proceder a su a catamiento. Fue en la segunda mitad del siglo
XVI cuando se estableció definitiva mente que el obispo jurase los esta tutos en el
exterior de la cated ral, frente a l arco triunf al y sob re el siti al dispues to para ta l
efecto 259 (con anter ioridad este aco ntecim iento po día re alizars e en el interio r del
templo, n ormalmen te en el coro 260 ) . Allí se ubicaba el cuaderno, con la fórm ula
259 Con motivo de la entrada de Juan Zapata de Cárdenas: “Acabada la oraci ón llega el secretario
del cabildo al dicho sitial con el press idente del cabildo y ponen sobre e l sitial la forma del juram ento
ordina ri o”, ACP, Secc. hi stóri ca, ar m. IV, le g. 4, 83 4, Libr o de los estatut os y cos tum bres…, 1572,
f. 21v. L a fór mula del ju ramen to a parece re cogida en POLANC O PÉRE Z, Arturo , “Cere monias …”,
pp. 421 - 422 .
260 ARZE, J uan de, ob. cit. , f. 63r. Constan las referencias d el jura ment o en l a pla za: “ y a l a pue rta
de la iglesia estará un sitial donde estará la cruz e allí su señoría hará antes que entre en la iglesia el
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
102
codificada del juramento que pronunciaría el prela do al tomar posesión de s u
cargo 261 , abierto por la página donde es taba representada la cruz con los cuatro
evangelios, sobre la que debía poner su mano derecha 262 ( fig. 9 ). Tras este acto, los
mozos de coro h acían “[…] un a brebe y muy graziosa rep resentación en el arco y
acabada una orazión en latín que ta mbién se dixo a su sª se entró en la yg lesia con
mucha música de min istriles y los músicos canta ndo el tedeum laudam en canto de
órgano” 263 .
El ceremon ial en e l interior d el templo
Desde la plaza, la comiti va accedía a la catedral por la Puerta de San ta María,
atravesando el ar co de triunfo er igido para tal oca sión. La ele cción de esta entr ada
n o era casual, ya que aun aba el carácter simb ólico y el funcion al; la Virgen era una
de las advocaciones del templo –su imagen presidía la puer ta y el retablo mayo r –
y, sobre todo, conectaba directamente con el a ltar mayor y con el coro, los do s
lugares más destacados e n el interior cated ralicio 264 .
El primer lugar al qu e se d irigía el obispo era a la cap illa may or, all í llegaba
acompañado por los “señores seis caperos y as istentes” para real izar la bendició n
pontifica l, tras lo cual se re citaban varias oraci ones y se entonaban diferentes
canciones del repertorio musical 265 . Seguidamente, el cabildo acompañaba a l
prelado a su silla del coro, donde recibía el último acto de sumisión y obediencia
brindado por su ig lesia: “allí llegan todos los b enefiaciados por su orden y otros
jurame nto ac ost umbra do”, A CP, AAC , Lib ro de est atutos y asi entos ca pit ulares, 1407 - 1544, 36,
1525, f . 369.
261 ACP, Secc. histórica, arm. IV, leg . 1, Cuader no e n per gami no q ue co ntie ne el f ormul ari o del
jurame nto … [1564], 754.
262 “P onese sobre el sitial un mi sal abierto, una cruz que est á en el mismo libro del j uramento, un
tanto de los Estatuto s principales… ”, AC P, Secc. hi stóric a, arm . IV, le g. 3, 828. Tra nscrito
íntegra ment e en: POLA NCO PÉREZ, Art uro, “C erem onia s…”, p. 45 8.
263 ACP, AAC, Libro de actas capitulares 1575 - 1580, f. 11r .
264 Los personajes que aparecen en las arquivolt as se han relacionado con personajes del ant iguo
testamento que dan acceso al nuevo a través de la figura de María, que en origen ocuparía el parteluz
Por otr o lado, debemos tener presente que cuando se p royectó la edificación de la puerta, y su
progra ma ic onog ráfic o, la c omu nidad j udía que vi vía en la ciudad participaba activamente en las
primeras entradas del obispo escen ificando el abandono de la V ieja Ley e n fav or de la N ueva , algo
que pud o te ner su re fle jo en l a Pue rta por donde el o bisp o hací a su p rime ra entra ba s olem ne: AR A
GIL, Cl emen tina Julia, “La a ctividad artística en la catedral de Palencia durante los obispados de
Diego Hur tado de Mendo za y Fray A lonso de Bu rgos (1471 - 1499)” , en AA. VV., Jor nadas sobre
la cate dral de Palenci a . Palencia, Diputación Provi ncial de Palencia, 1989, p. 94.
265 POLANC O PÉREZ , Arturo, “Ceremoni as…”, p. 4 22.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
103
muchos capellanes clé rigos y cantores y offi ciales de la igle sia y le besan la mano
y el prelado solam ente a las d ignidades y canó nigos rescibe ad oscu lum pares
besando en l a mejilla y d iziendo pax rerum ” 266 . P reviamente a e se acto, el pr elado
debía haber acatado los estatutos: “s i a la puerta de la igles ia, estando e n el sitial,
no vuo lugar por la muchedumbre de la gente para haze r el juramento sobredich o
allí, en la si lla, le haze antes que se le b ese la mano [… ]” 267 . El secretario se
p resentaba con el texto que debía jurar para, a continuación, continuar con el acto.
En ocasiones, el p relado se comp rometía a acat ar los estatutos po r partida doble, en
el exterio r y en el in terior catedral icio 268 .
Finalizado el jur amento y el besa manos se p roducía un pequeño expolio. Entre
otras obligaciones, los prelados debían proveer a qui enes le habían acompañado ese
día de una serie de objetos de gran carga simbólica y va lor económico. Como ya
hemos visto, este se iba despo jando de di ferentes bie nes a medi da que se
desarrollaba el acto: al secre tario del cabildo le entregaba el caballo blanco con el
que entraba, el cap elo era para el barbero de l cab ildo – en ambos casos la entrega se
producía en el exterio r del temp lo – ; tras el besamanos, los mozos de cor o quitaban
“a su sª las calzas y zap atos, una negra y otra colorada, y el pertiguero quitó a su
señoría la capa que abí a traído porque era suy a” 269 , y el sochantre los guantes 270 .
Previamente, los criados del obispo habían si do advertidos del procedimiento, pa ra
que tuvieran prepar ada en la sacri stía la ropa qu e debía vestir el obispo antes d e
dirigirse a su casa.
266 ARZE, J uan de , ob. cit. , f. 64 v.
267 ACP, Sec c. hi stórica, arm. I V, le g. 4, 834, Libro de lo s est atut os y c ostumb res…, 1572 , f. 22 v.
268 “El juramento algunas vezes se haze dos vezes una al sitial de la puerta de la iglesia y otras bezes
paresce que basta fazerse e n la silla pontifical”, ACP, AAC, Li bro de estat utos y a sientos
capitul ares , 14 07 - 1544 , 36, 152 5, f. 36 9 v.
269 Acuer do ca pitul ar, d oming o 9 de fe brero de 15 78, re cibi mient o del señor obis po D . Ál va ro de
Mendoza, ACP, AAC, Libro de actas capitulares 1 575 - 1580, f. 11. En el cuadern o que c ontiene el
jurame nto de l obis po se di ce que entre ga, “q uando vi ene pe rsona lme nt e, al secretario del cabildo el
caval lo bla nco en q ue se ha de e ntrar y al por tero de l cab ild o la c apa d e cho ro c omo e sta q ue t ra en
los señores de la yglesia desde t odos los sancos a pascua de Resurrection y a de ser la metad negra
y la o tr a me tad co lo rad a la qual trae vestida y al barbero del ca bildo el sombrero el sombrero o
capello assi mesmo de dos c olore s ne gro y c olo rado c on sus cord ones y borlas y gua rnic ión y a l os
moços de choro las espuelas y las calças y estas calças también ha de ser la vna colo rada y la otra
negra. Y el cauallo a le de dexar al secretario luego en acercándose cerca de la yglesia y l as espuelas
en haziendo oración en la yglesia y la capa en acabando de tomar la possessión en el choro y las
calças a la noche quando la s dexare”. AC P, Sección histórica, arm. IV, l eg. 1, Cu adern o en
pergamino que contiene el formular io del jurame nto… [1564 ], 754 .
270 ASCE NSIO GAR CÍA, Juan , ob. cit. , (Capit ulo 47 . Entra da de l señ or obi spo D on Phel ip e), f. 1 56
v.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
104
El cabildo no estaba obligado a acompañar al prelado hasta su residencia,
aunque sus miembros lo hicieron habitualmente 271 . Los obispos palentinos del sig lo
XVI se alojaron en difer entes casas alqu iladas al cabildo aunq ue, en el último cuarto
del siglo, ya ocupaban la vivi enda que se estaba construyendo sobre la ruina del
alcázar; así, a Álvaro de Mendoza le acompañó todo el c abildo con “mucha s hachas
po r ser ya noche, fue ron con su s[ eñori]ª hasta sus casas del a lcazar junto a la iglesi a
[…] dexaron a su señ oría en el patio de su casa y su señoría d espidió a todos con
mucho amor y agradecimiento. Y ansi se ac abó el dicho rec ibimiento haziendo de
parte de la cibdad […] muchas danzas y rego zijos y representacion es” 272 .
A principios del siglo XVII la celebración y su ri tual se había desdibujado
sustancial mente. Si en l os primeros años de la centuria anterior se indica que, como
consecuencia d el Decreto de Conv ersión dictado por los Re yes Católicos, ya no
existían miembros d e otr as relig iones para salir a recib ir a su s eñor, algo que hab ía
repercutido negat ivamente en la vis tosidad del ac to, a fin ales del siglo, l a pérdid a
de los privilegios asociados al señorío de la ciudad determinó que la celebración,
tal y como se venía desarrollando hasta ese momento, fuera inviable, tanto por la
pérdida de actores en la ceremon ia como, también, por la ausencia de valor
simbólico de ciertos acontecimientos. Con motivo de la entrada de Felipe de Tassis
(1608- 1616), se valoraba la cuestión de la siguiente manera: “después que se quitó
la ciudad a los obispos, cuya er a, el regimiento sale a caba llo a recibirle y n o hacen
la ceremonia que solían, ni tom an el pleyto menaje como qu ando la dicha ciudad
era de los obispos. Jura los estatutos de la yglesia y toma l a posesión en e l choro” 273 .
V ISUALIZACI ÓN DE LAS DI FERENCIAS CO N MO T IVO DEL R ECIBI MIENT O
Los puntos de fricción entre los distintos poderes de la ciudad fueron
271 “va n los que quiere n y q uando l os se ñore s obisp os van a la casa epi scopal le acom paña n mucho s
por es tar c er ca”
272 Recibimiento del señor obi spo Ál varo de M endoza , domi ngo 9 de fe bre ro de 157 8, ACP, AAC ,
Libro de actas cap itulares 1575 - 1580, f. 11. El Libro de los e stat utos dice “se va a su posada
acompañándole todos con sus sobrepellices hasta su casa si es cerca y va a pie y sin o hasta la puerta
de la iglesia”, ACP, Secc. histórica, arm. IV, leg. 4, 834, Libro de los estatutos y costumbres…,
1572, f. 22 v.
273 ASCENSIO GARC ÍA, Juan, ob. cit., Cap it ulo 47. Entra da d el se ñor obi spo Do n Phel ipe, f . 156 v.
En oct ubre de 16 57, c on mot ivo de la entrada de Antonio d e Estrada, las actas capitulares describen
con de tall e el recibi mient o e xtram uros por parte del ca bildo y de la c iudad , si n que se me ncio ne
ning ún acto especial en la Puerta del Mercado, POLANCO PÉREZ, Arturo, “Ceremonias…”, pp.
464 - 465.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
105
abundantes, a unque se hacían más evidente s con motivo d e un acont ecimiento tan
importante como la primera entrada del pr elado en la urbe. Podríamos hablar d e
dife rentes focos de tensi ón y a diferentes niveles. En primer lugar, el permanente
enfrentamiento entre el conc ejo y el obispo; en segundo lugar, las discrepancias
existentes entre el prelado y el cabildo sobre los estatut os, y, por último, las
diferencias en t re los diversos miembros del cabildo, que pugnaron por exteriorizar
su posición jerárquica e imponer su por encima de lo es tablecido en el reglamento.
Como ya se ha señalado, el acuerdo entre cabildo y obispo no siempre existió.
Ambas partes mantenían po siciones enfrentadas en torno a diversos temas pero, en
especial, so bre los Esta tutos y su j uramento. Las n ormas regulaban el cargo y
limitaban el poder del obispo, obligándole a consensuar con el cabildo decisiones y
sentencias que, de no existir, podría haber tomado y dictado en sol itario. Los
prelados no ceja ron en su empeño de lib erarse de u nas restricciones que ponían coto
a su auto ridad, lo q ue les e nfrentaba irremed iableme nte a los miembros d el cabild o,
quienes tenían la firme intención de hacer valer sus derech os seculares. Est as
fricciones entre ambos poderes afloraban con m otivo de las primeras entradas
episcopales en la ciudad; así algunos prelados se negaron a seguir el proce dimiento
como estaba determinado y otros pretendieron innovar en la fórmula. En el año
1500 se estableció de forma precisa “que cualqu ier prelado que venga proveído a
este obispado, no le darán su obediencia si no jura los estatutos” 274 , entre los que
destacaban especi almente tres, “los qu ales heran muy út iles y para el s ervicio d e
Dios y de la dicha yglesia […], uno hera de met er vino en esta cibdad y el ottro de
corrección e pugnició n y el otro de alternar con el obispo en probeer de las calongias
y raciones que acaes an o acaece rían vacar en esta dicha iglesia” 275 .
El estatuto más controvertido fue el de Correcci ón y Punición , que regulaba los
castigos y penas d e los delitos cometidos p or los beneficiados palentinos. Este
obligaba al obispo a consensuar con el cabildo lo s “delitos enormes”, un hecho que
menoscababa su stancialmente e l poder efectivo y disuasorio del prelado sobre la
274 Sob re el j uram ento de los esta tutos por pa rte del o bispo , 13 de e nero de 15 00, AC P, A AC, Li bro
de esta tut os y a sient os capi tul ares, 1407 - 1544, 36, 1525, f. 227r - 229.
275 Ibid. El estat uto de C orrecc ión y punic ión, apr obado por M artí n V a p rinci pio s del siglo XV, fue
el más confl ict ivo de todo s, da ndo l ugar a const ante s te nsione s e ntre e l obis po y su ca bildo, lo q ue
desembo có en un largo p leito en el s iglo XVI, dura nte el g obierno de Luis Cab eza de Vaca, véase
CARBAJAL IBÁÑ EZ, Teresa, “El estatuto c apitular de corrección y punición ”, PI TTM , 59, 1988,
p. 543.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
112
colocaba la segun da hostia consagra da en la misa de aquel día. A llí permanecía
hasta los oficios del Vie rnes Santo , cuando se c onsumía. En l a catedral de Palencia
se practicab a este ritual con la participación d el obispo ya q ue, de las d os formas
que se cons agraban, “la una con suma el prelad o y la otra r eserve en el Relicario
para llevar al monume nto […] ponela en el reliqua rio / que se ha de lleva r al
monumento y cubriese con un paño de seda negro […], con todos los ministros se
va a la silla y quedan dos caperos acompañando al sacram ento” 295 . El prelado,
asistido por dos ministros que le sustentaban l os brazos, portaba el relic ario e n
procesión y “l legados a las grad as del monumen to quedanse en su proce sión allí
todos de rodillas y solamente sube el prelado y asistentes y ministros con algunas
hachas ardiendo y asy encierran a l sacramento en el ar a” 296 .
Ese mismo día, “a las dos hora s después de med io día o an tes si ovieren salido
temprano de las ho ras”, el obispo hacía el mandato , reme morando lo que hizo
Jesucristo c on los doce apó stoles en la ú ltima cen a. Para ello, en la peana de l
monumento se disponía una silla y dos bancos para
“doze pob res, los quales el pr elado haze veni r vestidos de nuevo a su costa y sus
oficiales tien en cargo d e traer agua tib ia con yerbas olo rosas y bacias o fu entes y
paños. E l sacristán apar eja en la sacri stía para el prelado l os ornamento s fe riales
que se siguen, a mito, a lba, cíngul o, capa morada , mitra bl anca y ve stido el pr elado
sin báculo […] el o bispo se levanta y quitanle la capa y danl e un cíngulo larg o de
lienço con que se ciñe y en alba co n la Mitra en la cabeça se po ne de rodi llas ant e
cada uno de los dic hos pob res y c on toda hum ildad con s us mism as manos le lava
un pie y con un paño nue vo de buen li enço s e le lim pia y le bes a y dal e la limosna
que le pareci ere y el mi smo pañ o con q ue le limpio y desta man era haze a todos lo s
otros” 297
parezca muy bien y este con la decençia necesaria”, Acuerdo capitular, viernes 6 de abril de 1584,
ACP, AAC, Libro de actas capitular es 1581 - 1585, f. 14
295 ARZE , Juan d e, ob. cit. , f. 10v - 11. La estructura y material de los monumentos de Semana Santa,
micro - arqutiec turas efí meras en el inte rior de los t empl os, se guar daban e n el H ospi tal de San
Antol ín. L os c anóni gos obrer os era n los en carga dos de q ue se reali zase n “c on ti empo , y t engan
cuy dado que la made ra y cla vazó n no se de sperdi cie y se guar de ( Ibid ., f.113r). E l monum ento se
adorna ba c on t apice s, los mis mos que c ubrí an l os m uros de l a ca pilla may or: “ Los c amp aneros son
obligados a entapizar y descolgar los paños de la iglesia en la cap illa mayor desta maner a, la/ víspera
de na vida d an de ent apiza r la capi lla y los pa ños estará n al lí ha sta el sá bad o ante s de la se tuagé sima
o hasta que se pase la fiesta de la purificación y entonces descuelgan e sacuden l os paños tornados
a colgar al monu mento”, ( Ib id . , f. 1 49).
296 Ibid ., f. 1 1v.
297 Ibid . f . 13r.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
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L O QUE SE HA DE HAZER Y PROVEER QUANDO EL PRELA DO MUERE Y DESP UES
DE SU MUER TE 298
“Sabido lo q ue se haze y deu e hazer con los seño res prelados en su vida es justo
saber lo que se ha d e hazer en su mue rte” 299 . Con esta frase comien za el título quinto
del Libro de estatutos de la catedral de Palencia. En ella se destaca la necesidad de
regular un acontecimiento tan luctuoso como era la m uerte del prelado y que este
era tratado co mo un momento más de su pres encia en la sede, mostrán dole el
máximo respeto y despidi éndose d e él como merecía su di gnidad. En todos los
casos, sin distinc ión, llegada al cabildo la not icia de su fa llecimiento, “ mandan tañer
por él, y al principio con l a campana grande y despacio se dan CCCC campanadas
a badajo se hacen tres clamores” 300 . Se trataba de u n lenguaje codificado y
fácilmen te comp rensible para la época, q ue tran smitía como ningún ot ro la no ticia
del suceso a t oda la ciudad.
El ceremoni al catedralic io tenía en cuenta todas las v ariables y dis tinguía su
actuación entre dif erentes s upuestos. Cua ndo el personaje fal lecía fuera de la ciudad
y estaba ma ndado enterrar en un lugar di ferente a la catedral , el cabildo esperaba
un día para saber lo que este había ordenado. Pasado ese tiempo, y si no existían
otros deseos, se procedía de forma ordinaria, colocando “una tumba bien adrezada
entre los dos choros y encima una cruz de pie y una mitra y una dozena de
candeleros de sus h achas” 301 . Acabadas las completas, do s dignidades to maban las
capas de seda negra y cetros y se dirigían al coro a de cir el invi ta torio, y al día
siguiente se decía la misa con toda s olemnidad.
Cuando el obispo fallecía fue ra de la ciudad y elegía la ca tedral co mo lugar par a
el descanso eterno, prim eramente debía concre tarse el espacio selecc ionado para tal
acontecimien to “y la ly mo sna que a la yg lesia se ha de d ar”. En segun do lugar,
298 Ibid ., ff. 70 - 71.
299 ACP, A rmario IV, le g. 4º, 834, Li bro de los estat utos y cost umbre s …, 1572.
300 ARZE , Juan de , ob. cit. , f. 70 v, e n el m argen se di ce: “ y lo mesm o en todas las i gles ias de la
ciuda d”. La i nfor mació n se re pite y a mplí a en 15 72, ma nda ndo “ta ñer po r el y al pr incipio con la
campana grande y de espacio se dan cuat rocientas campanas a badajo y luego con las cam p an as
grande s en pino y quat ro es quil ones a badaj o se haze n tre s cl amores e lo mesm o ma nda que sea e l
cabildo en las otras iglesias de l a ciudad”, ACP, Arm ario IV, l eg. 4 º, 834, Libro de l os e statut os y
costumbres …, 1572 , f. 26 r.
301 ARZE , Juan de , ob. cit. , f. 70v, “se pongan en la tumba y candeleros escud os de armas del
prela do”, Ibid ., f. 71 r.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
114
debía de terminarse la fórmul a para rec ibir el cu erpo del f inado. Para ello, el cabildo
actuaría del mis mo modo que se h acía con las primeras entradas, acudiendo en
procesión con cirios ardiendo hasta “donde salieron a le rescebir […] quando la
primera vez entro en esta iglesia que es quando toda la procesión se puede extender
y algo más y allí recibe n el cuerpo y cantando la letanía Re dentor deus” 302 . Si su
muerte se producía en la ciudad y la sepultura se hacía en la iglesia, “el cabildo i rá
a su casa con cruz y c irios y dicho allí el rezo y oración trayrán el cu erpo a la
iglesia” 303 .
Arce se hací a eco de la e scasez docu mental existente acerca del pro cedimiento
para el traslado del cuerpo del difunto hasta l a catedral. Ello s e debía a dos razon es
fundamentales: el ab sentismo del prelado cu ando se trataba d e residir en la ciudad
y el nulo interés por ser enter rados en el templo. De este mod o, se lamentaba de que
en cuanto “a las persona s que han de traer las andas no h allamos otra cosa scripta
ni acostumbrada por aver muchos años que no se sepultó aquí prelado ninguno”
VIVI ENDAS EPISCO PALES Y CONTROL DEL ESPACI O
Con anterioridad al Concilio de Trento, cuando se decretó la obligatoriedad de
que l os prelados residieran en su s respectivas sedes 304 , los obispos palentinos
apenas pasaban tiempo en la ciudad. Los trabajos en el ámbito cortesano le s
mantuvieron alejados de la capital durante largas tempo radas por lo que, en la
mayoría de los casos, no exi stió una presencia e fectiva de esto s 305 .
A ello debemos suma rle que el alcázar pa lentino, el lugar de residencia del
obispo, fue destruido en el siglo XV, por lo que a lo largo del siglo XVI estos
302 ARZE, Juan de , ob. cit. , f. 70v. “començando/ de la puerta de la yglesi a que l lama n de nue stra
señora hasta la de sant salvador do esta el audiencia y allí reciben el cuerpo y cantan la letanía
Redem ptor deusd os di gnida des y resp ondie ndo l os ca ntore s le t raen hast a la se pult ura y dizes e el
respo nso en ca nto de o rgan o y orac ión c omo e stá orde nado e n las se pul turas de los ff. 26v - 27r.
303 ARZE, J uan de , ob. cit. , f. 71.
304 En la sesió n XXI II del Conci lio, c eleb rada e l 15 de juli o de 15 63 – la VII en tiempo del Papa Pío
IV – , se indi có que to dos l os Past ores que g ober naba n en iglesias patriarcales, primadas,
metropolitanas y catedrales, estaban obligados a residir personalmen te en su igles ia, o en la diócesis
en que debí an e jerce r el m inis terio que se le s habí a enco menda do.
305 Es habitual encontrar en las Actas ca pitulares asientos en los que se hace referencia a la ausencia
del obi spo y a l a nec esida d de que una comis ión, o una per sona, vaya n a vis itar a l obisp o al lugar e n
el que se enc uent ra. Así , el 20 de a gosto de 149 3, se e ncom endó al Aba d de Hu sil los que visi tase a l
obisp o fra y Al onso e n Val lad olid, donde est aba la cort e, pa ra tr ata r sobre un plei to c on el Arce dian o
del A lcor , ACP, AAC, Li bro de ac tas ca pitula res, v. 3 3, ff. 12 - 12v. FRANC IA LOR ENZO,
Santiago, Catá logo, seri e II. II, Ac tas c apit ulares … , p. 209 .
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
115
residieron sólo de forma ocasional en la sede diocesana, donde ocuparon dif erentes
viviendas qu e el cabildo c atedralicio puso a su se rvicio. L o más habitua l es constatar
su presencia en la cercan a ciudad de Valladolid, donde existía una residencia p ara
su alojamien to, y en el pa lacio - forta leza de V illam uriel. La ci udad d el Pisuer ga fue
el lugar pre ferido par a residir den tro de l territor io dioces ano; all í se instal ó Álvaro
de Mendoza, junto a su hermana, en el pal acio de Francisco de los Cobos 306 y
Zapata de Cárdenas harí a lo propio, excusándose d e no estar presente en Palenci a
por s u condición de presidente de la Real Chanci llería. Estos casos son el ejemplo
de una práctica habitual puesto que, entre los motivos esgrimidos por e l Cabildo
palentino para impedir la er ección del ob ispado val lisoletano, se encontraba el
he cho de que “a quaren ta años que los o bispos de Palencia an r esidido en Vallado lid
siempre sin estar quin ce dias continuos en Palencia cada año . Allí residió
Baltodano, Don Joan Capata presidente, Don Aluaro de Mendoça todo el tiempo
que fueron obispos” 307 , si n que su prese ncia sirviera para corregir los vicios y
pecados de la ciudad. Los vallisoletanos utilizaron el mismo argumento, pero en
sentido contrario, para solicitar la creación del nuevo obispado, estimando que los
prelados palentinos descuidaban su sede debido a su s largas ausencias 308 .
No obstante, y a pesar de que se ha adm itido que los prelados palentinos se
despreocuparon de reconstruir el alcázar o de promover una n ueva vivienda en la
ciudad, esta no es una hipótesis que podamos valorar como cierta, puesto que
ex istieron difer entes in tentos par a reed ificar la fortal eza, a lgunos de ellos
propuestos d esde el mismo mo mento en que e sta fuera de struida. Tan ansiada
aspiración se convirtió en una realidad llegado el último tercio de la centuria, todo
ello a pesar d e la oposición del concejo.
306 Don Álva ro de Mendoz a fu e co ndena do a p agar c uatro mil d ucad os, de bido a que había resi dido
demasi ado t iemp o en Va llad olid, e n c ontra de lo disp uest o en los sagra dos c án ones. El dine ro f ue
repartido a partes iguales entre la fábrica de la catedral y los pobres de la di ócesis . Manda do en
Madrid a 12 de se ptiem bre de 15 86, AC P, Se cc. hi stóri ca, arm. I, le g. 1, 2 5.
307 C ASTRO AL ONSO, Man uel de, Epi scop ologi o val lisol etan o …, p. 14 7.
308 Hasta el 25 de septiembre de 1595 la Abadía vallisoletana, conver tida a partir de entonce s en
sede episcopal, dependió del Obispado de Palencia. En la solicit ud a Roma para la cr eación del
ep iscopa do vall isole tano se hiz o hinca pi é en se ñala r que los obi spos pa lenti nos residí an
habitua lme nte e n la ci udad de Val ladoli d, de scui dando s u sede pale n tina: “Su Obispo siempre reside
en Vall [adol ]id. [ …] y es a nsí que no sol o Don Ál varo d e Men doza p or s er natural y Don Joan
Zapata por ser presidente de la Chancillería residieron en Vall[adol]id. Pero lo mismo hicieron sus
antecesores. Porque nunca esperan a tener tan forcosa ocupación como es la presidencia sino
cualquier achaque les vasta y n on se halla ra re medi o para re sida n en Pale ncia sino se les qui ta del
todo la oc asió n de vivi r en Va lladol id”, Ibid ., pp . 183 - 184.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
116
E L A LCÁZAR PALE NTINO
La existencia de una vivienda en la que pudieran residir con la dignidad
requerida los obispos p alentinos ap arece por primera vez e n la fundación d e la
Canónica o Mesa Capitular palentina, donde s e recogía la se paración de los bienes
episcopales de los capitulares y se concedía a los canónigo s “medio h uerto de
Palacio” 309 . A diferencia d e lo que sucedió en ot ras sedes dioc esanas próxi mas a
Palencia, como León o Burgos, la residencia no se encontraba junto a la Cate dral,
sino que se levan taba a cierta dis tancia de esta. E l alcázar del ob ispo, como se cita
en los docu mentos, estaab a “sobre e l muro, en la p laza que se decía del Mercado
Viejo” 310 . Sobre este m ismo solar en el que s e levanta el ac tual palaci o episcopa l
edi ficado a instanc ias del obispo Jo sé Luis de Mo llinedo a fin ales del sig lo XVIII 311 .
De los textos se desprende que constituía una vivienda fortaleza y que formaba parte
de la muralla, ad emás de ocupar un a situación privi legiada cerca d el río. Desde e l
edific io se podía con trolar el pu ente so bre el Car rión y las hu ertas, ademá s de una
amplia extensión de terreno.
En una carta del rey Juan II al corregidor de Palencia, donde se cuestionaba la
propiedad episcopal del edificio, se dan a conoce r algunos detalles d el inmueble,
como que tenía un a “puerta falsa en l a cerca […] por donde fa cer entrada y salid a
a ella él [el prelado] y los que él quis iere” 312 . Así mismo, disponía al menos de una
torre, utiliza da ocasionalmente como cárcel de capitulare s 313 . U n elemento, est e
309 FERNÁ NDEZ D EL PUL GAR, Pedro, Tea t ro cler ical apos tólico …, t. II, Lib . II, pp. 112 - 113,
CULEBRAS MAJO LERO, No emí, “La mo rada de los obis pos pale ntino s y el inici o del pr oces o de
construcción de la nueva resi dencia episcopal tras la destrucción del Alcá zar a la luz de las fuentes
de arc hivo ”, PITTM , 79, 2008, p. 232.
310 MARTÍNEZ GO NZÁLEZ , Rafael , La arqui tect ura g ótica e n la c iuda d de P alenc i a (1165 - 1516) ,
Diputación Provincial de Palencia, Palencia, 1989, p. 151. Álvarez Reyero repite lo transmitid o con
anteri orida d por Alo nso Ferná ndez de Madri d cuan do dice que “e l primi tivo de Pa lenc ia no ofrec e
duda a lguna que esta ba a dosado al muro o mur alla de e sta , en la parte que se de nomi naba , y s e
conoce hoy tod aví a, por la Plaza del Mercado Viejo, hoy de Santa Marina”, ÁLVAREZ REYERO,
Antoni o, Cróni cas episc op ales pal enti nas o dat os y apu ntes bi ográf icos , nec rológi cos,
bibli ográf icos e histór icos de l os se ñores obisp os de P ale ncia: desde los pr imer os sig los de la
I glesi a Catól ica hast a el dí a de hoy , Palencia, 1898, p. 265.
311 URREA FERNÁNDEZ, Jesús, “El palacio episcopal y otras noticias sobr e el urbanismo y la
arquitectura del siglo XVIII en Palencia”, Actas del II Congr eso de Hi stori a de Pale ncia, t. V,
Palencia, Diput ación P rovi ncial de Palenc ia, 199 0, pp. 2 43 - 260.
312 MARTÍNE Z GONZ ÁLEZ, R afael, La arquitectura gótica…, p. 151.
313 En 14 63 prela do y c abil do orde naron que el canó nigo “J uan de Cuél lar se a pues to pr eso luego e n
la torre del Alcáçar”. ACP, AAC, Libro de actas capitu lare s, v. 23, fol. 11 r, CULEBR AS
MAJOL ERO, Noe mí, “La morada de los obis p os palen tinos…”, p. 232 . Años des pués, dest ruido ya
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
117
último, que refor zaba el carácter d efensivo de la construcción y se co nvertía en un
símbolo del poder episcopal.
Los documentos que narran los sucesos acaecidos entre los siglos XIII y XIV
citan, de forma aislada y con motivo de algún suceso determinado, la residencia d e
los obispos. Este sería el pa lacio del obispo don Tello Téllez ( 1208- 1246) donde
falleció Enriq ue I en 1215, a causa un accid ente, y en e l que s e incendió una de su s
torres a finales del sig lo XIII 314 , o en el que se ref ug ió el obispo don G ómez (1314-
1321) cuando huía del pueblo llano, que le perseguía a pedradas.
En la segun da mitad del siglo XV el alcázar fue destruido. Lo s enfrentami entos
entre la ciudad y su prelado generaron una serie de disturbios que alcanzaron su
momento cu lminan te durante la prelacía de Gutierre de la C ueva. El suceso más
grave tuvo lugar cuando un grupo de fieles al obispo, en una de sus salidas del
alcázar, dio muer te a un criado de don Sancho d e Castilla, contrario al m onarca y
por tanto al obispo. Tras pedir don Sancho la entrega del autor, y negárselo desde
el alcázar, éste asaltó la fortaleza el viernes 12 d e julio de 1465, cuando “ los de la
ciudad de Palencia por pregón público dado fue ron todos con palos e acadones e
palancas de fierro e o tro s pertrechos e c a rpinteros en que a via mas de quinientos
omes a derribar e comen çaron e derribaron el dicho alçazar de la dicha ciudad e
después lo continuaron fasta lo acabar” 315 .
Primeros intentos d e reedificación y viviendas pro visionales
Como nos dic e Álvarez Reyero, era “natural que tan preclaro s señores, como
obispos y magnates, siguiendo la tradicional costumbre de otros no tan elevados,
tuvieran en l a ciudad lo que podía ll amarse su ca sa solariega ó de nobleza, sob re la
cual ejercieran pleno dominio y propiedad” 316 . De sde el m ismo momento en que el
alcázar fue destruido, Gutierre de la Cuev a y sus sucesores en el cargo se
propusieron reconstruir el edificio. En 1483 Diego Hurtado de Mendoza (1471-
el alcázar, el obispo F onseca juraba “que la ca rcel de los presos estará toda una en casa ll ana y dentro
de la dha cibda d y no e n tor res ni e n fort alez as” ( 4 de ab ril de 150 6, Re cepc ión de l o bisp o Fons eca ,
ACP, AAC, L ibro d e est atuto s y as iento s ca pitul ares, 140 7 - 1544 , 36, f. 278r.
314 FERNÁ NDEZ DE MADRI D, Alons o, Ob. cit., t. I, p. 464. MAR TÍNE Z GONZÁLE Z, Rafael ,
La arqui tectura gó tica… , p. 15 1.
315 MARTÍNE Z GONZ ÁLEZ, R afael, La ar quit ectur a gótic a… , p. 152 ; FRANC IA LOREN ZO,
Santiago, Catá logo, seri e II. II, Ac tas c apit ulares … , p. 460
316 ÁLVARE Z REYER O, Anto nio, ob. cit. , p. 265.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
118
1485) planteó su reedificación, para lo cual contó de inmedia to con el rechazo de
los miembros del concejo palentino, ya que la fábrica se ve ía como un símbolo del
poder temporal del prelado sobre la ciudad y s u reconstrucción supondría una
reafirmación de esta pe rcepción 317 . Las diferenci as entre amba s partes eran más que
evident es y prueba de el lo es que en e se mismo año se inició un costoso pleito que
enfrentó al concejo de Pal encia con su obispo y señor, que se prolongó durante
veinte años 318 . Parece incuestionab le que en este c lima de confron tación l a ci udad
iba a imped ir que lo s prelados palentinos lograsen reconstruir su vivienda y con ella
recuperasen posicion es y preeminenc ias del pasado .
No obstante, Juan Rodríguez de Fonseca intentó que se construyese una
vivienda para los obispos, como puede intuirse a travé s del acuerdo con Fernando
el Católi co para liqui dar el s eñorío p alentin o. El do cumen to, ade más de las
compensaciones económicas contraídas por la Corona, recogía las cargas que
debían asumir los ve cinos de la ciuda d, entre otras la const rucción de “un as casas
de aposentamiento” para los obispos palentinos, junto con “quince possadas de
casas moradas de person as legas para vu estros criados” 319 . Este acuerdo no llegó a
tener efecto, tal vez por la oposición de la ciudad . La preocupación d el obispo por
mejorar las residenc ias episcopales y a se había manifestado e n su etapa anterior al
frente de la mitra cordobesa, cuando promovió la construcción de una parte del
palacio de los obispos. Aún perviven algunos restos de su ac tuación en la facha da
occidental, donde destacan dos orn amentadas ventanas bajo cuy o arco conopial se
dispone el escudo de Juan Rodríguez de Fonseca 320 .
Tuvieron que pasar más de setenta años desde la dest rucción del a lcázar para
que surgieran los primeros intentos encaminados a levantar una nueva vivienda
317 El 23 de j unio de 14 83 las pretens iones del obi spo e ncont raron una f irme oposic ión en los
oficiales con cejiles, quienes dijeron “qu e en quanto a estas dos cosas del alcáçar, que non se faga”,
FUENTE PÉREZ, María Jesús, L a ci udad de P alenci a e n el s iglo XV. A port ación al e studi o de las
ciudade s c astel lanas e n l a Baja E dad Medi a , Madr id, 1989, p. 58 3, n. 9 1.
318 La razón fundamental de esta causa era la liquidación del señorío episcopal de la ciud ad, puesto
que los vecinos pretendía n depender únicamen te de la Corona. As í mismo, en 1502 ambos pod eres
esta ban enfr ent ados p or otr os asu ntos: “ co n la Ygl esia s obre la propi edad del rí o”, o “cont ra el
corregidor sobre las pontezillas”, FUENTE PÉREZ, María Jesús, Finanz as y ciuda des: el t ránsit o
del siglo XV al XVI, Mad rid, B anco de España , 1992, pp. 33 y 40 .
319 F UENTE PÉREZ, María Jesús, La c iud ad de P alenc ia …, pp. 550 - 55 (nota 115) y 585 .
320 VELASC O GARCÍA , Rocío , El pal acio e pisco pal de Córdo ba: hi stor ia y tr ansf ormac iones
(tesi s doct oral) , Ser vicio de Publ icaci ones de la Univer sidad de Cór doba, Córdo ba, 2 013, p p . 110 -
113; VA SALL O TORA NZO, Lui s, Los Fonseca. Linaje y patronato artístico , Valladolid, Ediciones
Univers idad de Va llad olid, 2018 , p. 2 31.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
119
digna y adecuada para los prelados palentinos. Durante bue na parte de ese tiempo
estos residieron en la vecina ciudad de Valladolid, donde fueron constantes las
referencias al obispo y al palacio que poseía en la calle P edro Barrueco 321 . La
construcción de esta v i vienda fue auspiciada por el obispo don Pedro de Castilla,
quien falleció en la misma tras un a ccidente 322 . Diego Hurtado de Mendoza, poco
tiempo después de su nombramiento como obispo de Palencia, legó ci erta cantidad
de dinero para la recuperación de las casas v allisoletan as del obispado y , en su
testamento, mandó extraer de su hacienda “doscientos mil mrs. e se den al moderno
don Diego de Deza obis po de Palencia pa ra el reparo de la casa de Vall adolid” 323 .
Lo mismo h izo f ray Alo nso de Burgos, quien mandó ven der las cas as donde viví a,
antes de pasar su residencia al col egio de san Gregorio, y que del valor de estas se
tomasen mil florines par a el reparo de las casas d e la obispalía sitas en V alladolid 324 .
Esta omnipresenci a del obispo palentino en la ciudad del Pisuerga fue utilizada
como recurso a su favor por parte de la abadía de Valladolid cuando tuvo que
exponer los motivos por los que debería erigirse la nueva diócesis de vallisoletana
321 La mansión vallisoletana, además de utilizarse c omo vivienda, funcionaba a veces como sede
judicial de la Real Ch ancillería caste llana, institució n que presidían los obispos p alentinos, la
siguiente noticia r efleja este h echo: “Estando asentado (el oidor Don Juan G onzá lez Ace vedo)
faciendo audiencia públicamente en los Palaci os del Obispo de Palencia, que son en dicha villa
[Valladolid] en la calle Pero Barrueco [actual Fray Luis de León] donde el dicho Joh an González
doctor acostumbra a facer la audiencia ”, en GONZÁLEZ -GARCÍ A VALLAD OLID, Casimi ro,
Valla dolid , rec uerdos y gran dezas, t. II, Val ladolid, 19 01, recogid o por URREA FE RNÁN DEZ,
Jesús, “El palacio episcopal…”, p. 244.
322 “ Muerte de sastra da del obp o. Don Pedro de Castilla, MCCCCLX/ : El dho. seño r obi s po Don
Pedro de Castilla […] edif icando otra casa en Vallid., cerca de Sant Esteban, cayó del mism o edificio
abaxo y m urió de la ca ida a XXV II de Abril año de MCC CC LXI, y fué se pulta do en el Monasterio
de Aniago, cerca de Simancas ”, FERNÁNDEZ DE M ADRID, Al ons o, ob. cit., t. I, p. 421.
323 ACP, Secc. Histórica, arm. I, leg. 1, 11, Testamento del Cardenal Don Diego de Mendoza,
fecha do en Ma drid a 1 0 de oct ubre de 15 02.
324 Fray Al onso de Burgos residi ó de man er a continuada en Valladolid. Así se expresa en su
tes tamento, d onde se r efiere a la viv ienda vallisoletana de los obis pos y a la suya en el Co legio de
San Gregorio: “algunos de los obispos nuestros predeceso res dejaron caer e destruir las casas de esta
nu estra obispalía, que son en la calle Pedro Barrueco de esta dicha villa [Vallad olid] e como qu ier
que el repa ro de las di chas casa s no e ra ni es a nuestr o ca rgo pero por se rvi cio de Nuest ro Se ñor…
mandam os que sean vendida das e se venda n por l os dich os nue stros testamentari os las c asas que nos
ovimos com prado a los here deros de d oña Marí a Man rique, donde nos viví amos e mora bamos ante s
que nos pasá semos a vivi r a n uestr o Colegi o [C olegi o de sa n Greg orio] . Que se tome n mil florine s
o su va lor para repara r l as casas de la obispalía”, El testamento completo en: Bi blioteca de la Real
Academia de la Historia (BRAH), Colección Salazar y Castro, F - 18, ff . 139r - 160r, re cogi do por:
ARA GIL, Clementina Julia, “La activid ad artística en la catedral de Palencia…”, p. 85; y estudiado
por DÍAZ IBÁÑEZ , Jorge , “El testa mento de l obisp o Alo nso de B urgo s, rel igiosi dad, c onst rucci ón
de la memoria y p reeminencia eclesiástica en Castil la a fines del siglo X V”, Estudios de Historia de
España , 19, 201 7, p. 104.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
120
explicando que:
“la yglesia d e Palenci a se quex a de que su obispo reside siempre en Valladol id […]
/y es ans i que no s olo Don Aluaro de Mendoça por ser na tural y D on Joan Ça pata
por ser pr esidente de ch ancillería r esidiero n en Valladol id pero lo mismo hizieron
sus anteceso res porq ue nunca esper an tener tan forso ssa ocupaçi on como es la
presidenci a sino q ualquier ach aque le s vasta y n o se h allara re medio para q ue
residan en P alençia sino se les qu ita del tod o la occassio n de vib ir en Valladolid , y
no obsta de cir que ya el conçi lio provi nçia l de Tole do lo reme dio condena ndo á
D on Aluaro de Mendoza en çiertas penas de dine ro por esta razón. Porque se
respond e que estubo Absente de su yglesia sin dar causa ni razón de l as que señal a
el Conçi lio Pero qua lquier obispo que vinier e podra dar color a la vibienda de
Valladolid con inten tar la visita y hazer actos po ntificales y p ara solo dar este co lor
esforçara lo s plei tos y pretensi ones qu e tiene de do nde se sigui ra daño á la yglesia
de Palencia con l a Absençia d e su obi spo y a la d e Valladolid con la molestia de
los pleitos” 325 .
Durante el último tercio del siglo X V y todo el sig lo XVI los prelado s pale ntinos
dividieron su residen cia entre la ciud ad de Valladolid y la for taleza de Vill amuriel,
de forma ocasional, aloj ándose en unas casas arren dadas al cabildo de la ciudad de
Palencia. Tenemos const ancia de que, con posteri oridad a la destrucción d el alcázar,
los Señores residieron “ cerca de la puerta de l arco e tornan do contra la puerta de
Monçón” 326 . A través de la descrip ción que hicieron de la vivien da los veedo res del
obispado sabemos que constaba de dos plantas, patio y bodega, que era de pequeñas
dimensiones y qu e junto a ella se encontraba “u na casa gran de donde se vende e l
vino” 327 . En la bodega se mencion a la presencia de “u na tina de (?) e otra cuba de
sesenta cánt aras que puso el P r elado, que Dios aya, e otra [cuba ] de quarenta
cántaras e quatro toneles que dexó el dicho Prelado” 328 . Desconocemos quien fue
el prelado que allí residi ó, aunque contamos con la certeza de que su sucesor en el
325 CASTR O ALONSO , Manu el de, Episc opol ogio v alli soletan o …, pp. 140 - 141 .
326 A sí aparece recogido en el Libro de las casa s que el ca bildo poseí a en l a ci udad de Pale nci a,
ACP, Ar mari o VII, leg. 7, 123 3, f. 5r. E ste doc ument o se fecha en 146 1, basá ndo se e n unas
anotaciones que apa recen a l final del libro (SAN MARTÍN, Jesús, Catálogo del Archivo de la
Catedr al de Pal encia, Palenc ia, Di putac ión P rovinci al de Pale ncia, 1 983, p p. 295 - 296). No obs tante ,
como dice Culebras Majolero, esta fecha debería revisarse, puesto que la destrucción del alcázar se
produj o en 146 5 y no ten dría s entid o q ue los obispos residieran en otra vivienda cuando el alcázar
aún es taba en pi e (CULE BRA S MAJ OLER O, Noe mí, “La m orada de l os obi spos pale nti nos…”, p.
235).
327 CULEBRAS MAJO LERO, Noemí, “La morada de los o bi spos pa lenti nos…” , Apén dice
docume ntal I, p. 249. So bre la rec onst rucci ón, Ibid ., pp. 2 37 - 239.
328 Ibid ., p. 23 6.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
121
gobierno de la diócesis no continuó con el ar rendamiento, puesto que la palabra
obispo, escrita al marg en de la descripción, apare ce tachada seguida por e l nombre
del nuevo inquilino 329 . No obsta nte, si comparamos la importancia de su ocupante
con la descripción aportada, podemos concluir que se trataba de una morada
modesta cuyas estan cias no estaban a la altura d el obispo.
Avanzado el siglo XVI, sabemos que Pedro la Gasca (1551 - 1561) residió
ocasionalmente en una vivienda propiedad de l cabildo cercana a la Puerta de
Monzón 330 . Fue el Vicario General, el L icenciado Gómez de Mora, quien, en 1552,
se encargó de p roporcionar tal morada al obispo P edro la Gasc a antes de q ue hiciera
su primera entrada en la ciudad 331 . Esta estaba vaca nte tras la muerte de Fra ncisco
de Carvajal, abad de Husillos, con un precio de alquiler de die ciocho mil
maravedíes al año 332 .
En el contrat o de arrenda miento el p relado se ob ligaba a man tener “los edifiçios
e de la manera que l as rresçibo”, p ara lo cual la v ivienda debí a ser visitada “p o r los
señores veedores de las casas d e los dichos señores deán e cabildo”, quie nes debían
dar cuenta de la situac ión del edificio, de tal manera qu e cuando finalizase e l
acuerdo “todo lo que estuviere deteriorado de como se me da y estub iere designado
en la primera visita del dicho a rrendamiento, que yo, e mis fiadores seamo s
obligados a lo reparar e r reaçer y edificar”. En el dicho documento se rec oge cómo
el cabildo se hacía cargo de unas obras v aloradas en cuar enta mil ma ravedíes “que
se hecharon de rep aro al dicho señor abbad de Husillos que antes tuv o la dicha
casa” 333 . Seguidamente se dice qu e las reparacione s emprendida s debían con tar con
la aprobación del Cabildo, descontando lo gastado de la renta del m ismo año de
reparación: si “quisiere l abrar e edificar algo en la dicha casa, sea obligado a pedir
para ello liç ençia a los d ichos señores, deán e cab ildo e a los beedores de sus casas,
329 En el texto se hace referencia a que el obispo había fallecido, por lo que suponemos que se refiere
a Alons o de Bur gos, qui en muri ó en 14 99, c uando a ún era obi spo de Pal enci a.
330 En esta s vivie nda s Pedr o la G asca pasó decla raci ón a a quell os ca nóni gos q ue se había n o puest o a
revali dar un a bula , CABEZ A RODR ÍGUEZ , Anto nio, “La Edad Mo derna …”, p. 6 6.
331 El pre lado e nt ró por prime ra vez en la ciuda d e l 2 5 de marz o de 15 53, aun que ha bía sido
nombra do obis po de Pa lenc ia en 1 551. E n el doc ume nto se puede l eer que el a rrendami en to come nzó
a corre r “de sde el día de S an J uan de Juni o del año pasa do de mil e quini ento s e çi nque nta e dos
años”, CULEBRAS MAJOLE RO, Noe mí, “La morada de los obi spos pale ntinos …”, p. 254.
332 En la escrit ura de arre nda miento, reali zada por el nota rio Ant onio Álva rez e l 5 de agost o de 1553,
se dice que “ el obisp o La Gasca vivía ya en las citad as casas prin cipales y que el arrend amient o
correrí a des de Sa n Juan de Juni o del a ño pasa do (15 52), hast a que cesara de ser obi spo ” , SAN
MARTÍN PAYO, Jesús, “Don Pedro de la Gasca (15 51 - 1561)”, en PITTM, 63, 1992 , p. 298.
333 Ibid . , p . 299.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
128
un año por dos mil quinientos ducados. La actividad constructiva se ce ntró en la
fachada, donde debían “elegir tres puertas de piedra, la una, la princi pal d e la pared
de la calle que tenga die z pies de hueco con sus ado rnos de pilastras y la bores a lo
romano por de fuera, y la otra frente a ella que tenga ocho p ies de hueco labrada
rasa, porque en tre la una y la otra a de ser zaguán […] con forme a la tráza v ieja” 357 .
Con referencia a l prelado, A scensio García de cía que “Si d ios Nuestro seño r le
guar dara algunos años acabara la casa donde viven los seño res obispos porque ya
yua edificado y tenía allí mucha mad era, column as y piedra” 358 .
Su sucesor, Martín de Axpe y Sierra continuó con la obra, centrándose en la
fachada que daba al río y en el p atio donde tan sólo pudo construir el lado
meridional del mismo. En 1608 la obra no había avanzado mucho, ya que con
motivo de la primera e ntrada d el obispo F elipe de Tassis, se di ce:
“Advier tese que no esta obliga do el ca bildo de yr ac ompañando al se ñor obispo
h asta su casa , van los q ue quieren y quando los señor es obispos v an a la casa
episcopal l e acompañan mu chos po r estar cerca, ser ía muy justo que los señ ores
obispo s la viviesen y la fu esen edificand o por estar más cerc a de la yglesia y d e sus
prevenda dos que ca si todos vive n junto a l a yglesi a porque la s ombra del pr elado
hace milagros ” 359 .
El palacio, o parte de este, d ebió de estar en condicione s aceptables en 16 15,
durante el obispado de fray José González, ya que, como refiere Álvarez R eyero en
sus Crónicas 360 , el Príncipe de Gales s e hospedó en all í durante su es tancia en la
ciudad de Palencia. Sin embargo, este no fue el lugar elegido por los obi spos
palentinos para su re sidencia, ya qu e se decantaron por uti lizar el Palaci o de don
Sancho o de Tordesillas, donde “desde el sigl o XVII de ordinario viven los
e a las condiciones que están ordenadas, para así acerse la dicha obra”, AHPPa, Protocolos, 7769,
PUER TA DE LA RUA, Franc isco de la (1591 - 1609), C ontra to de la obra de la cas a de l o bisp o co n
Francisco del Ri o y Jua n de Bues a, f f. 36 9 - 372, la s condi cione s de la o bra en ff . 373 - 376. Véase
ZALAMA RODR ÍGUEZ , Miguel Ángel , “Doc umentos de His toria del Art e en Palenc ia. I.
Arquitecto s y edificios del siglo XVI”, PITTM , 66, 1995, pp. 301 - 307.
357 Ib id . En una nota ma rginal de la Historia S ecular y eclesiástica d e Fernández del Pulgar
conser vada en la Bibli oteca Naci onal se dice que Fe rna ndo Mig uel de Prado “ prosi gui ó algo de la
fábrica que el señor Baltodano avia hecho en el palacio, que a la puerta, en la clave del a rco pri nci pal
están estas, sus armas”, FER NÁNDEZ DEL P ULGAR, Pedro, Teatro clerical a postólico … , t. II,
libro II I, p. 256 , reco gido por C ULEBRA S MAJOL ERO, Noemí, “L a mora da de l os obispos
palent inos… ”, p. 2 48)
358 ASCENS IO GARC ÍA, Jua n, o b. cit., f. 32r.
359 Ibid ., f. 1 56v.
360 ÁLVARE Z REYER O, Anto nio, ob. cit. , p. 270.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
129
obispos” 361
L A FORTALEZA DE V ILLAMURIE L
“Tienen lo s prelado s a una legu a desta ciu dad en s u lugar de V illa Muri el una muy
hermosa casa de mucho apossento y fortaleza cercada de buena R ivera, huerta, soto y
a rboledas y otra legua la su villa y f ortaleza de Maga z cosa d e mucha calid ad e
importanci a para en esta ti erra” 362 .
Como ya se ha indicado, la proyecc ión señorial de los obispos pal entinos se
extendió sobre distint as poblaciones cercan as a la capital d e las cuales percibían
rentas, tenía n atribuciones jurisdi ccionales o dis frutaban de po sesiones, entre las
que se contaba alguna residencia. Parece claro, pu es, que la paulatina consolidación
del poder temporal de los obispos se encontraba indisociablemente unid a a aquellas
poblaciones y , en especial, a Vi llamuriel de C errato y su fortaleza, con vertida ésta
con frecuencia, b ien por n ecesidad, b ien por pl acer, en morada episcopal. Incluso,
durante los momen tos más conflictivos d e los respectivo s episcopad os de los
prelados palentinos el edificio se convirtió en un refugio seguro, donde el titular de
la mitra pudo mantenerse a salvo d e las disputas q ue se producían en la ca pital.
Son pocas l as descripcio nes que tenemos sob re la res idencia de Vi llamuriel y
las que no s han llegado son tan esc uetas que ni siqui era indican e l espacio que
ocupaba. No obstante, gr acias a ellas sabemos que se trataba d e una plaza fuerte,
utilizada como re sidencia por los prelados pale ntinos y próxima al río C arrión.
Existe consenso al señal ar que el palacio estaba u nido a la iglesia de Sant a María,
cuya construcción se inició, probablemente, durante el obispa do de Arderico (1184-
1207) 363 y que, desde es e momento, se pudo levantar la vivienda adosada al templo.
Las principales transfor maciones del recinto se realizaron en 1461, por iniciativa
del obispo Pedro de Castilla (1440 - 1461) quien e dificó la torre “y mucha p arte de
la casa y ygl[esi]a. de aquel lugar” 364 . De sus i ntervenciones pueden proceder los
elementos de fortif icación que aún se aprecian en el exteri or de la iglesia. Las
361 S ÁNCHEZ GARC ÍA, José Luis, Las calle s de Pal enci a , Pa lenci a, Regi ón Edi tori al, 2 006, p. 67.
362 ASCENS IO GARCÍ A, Juan, ob. cit., (Capitulo 9. De los lugares de la obisp alía), f . 54v. E sta
misma desc ripc ión es la que hi zo con anteri ori dad FERNÁ NDEZ DE MADR ID, Alo nso, Ob. ci t.,
t. I, p . 85.
363 Así lo estima ARA G IL, Clementin a Julia, Villamurie l de Cerrat o. I glesi a de S anta M aría l a
Mayor , Diputación Provin cial de Palencia, Palenci a, 19 92. p. 7. Las obras se pudiero n terminar
durante el mandato del obispo Tello Téllez de Meneses, su sucesor en el c argo.
364 FERNÁ NDEZ DE MADR ID, Alo nso, Ob. cit., t. I, p. 421.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
130
principales estancias del edificio se encont raban en el costado sur y en diversos
aposentos situa dos por encima de l as naves late rales, comunicad os ambos espacios
por un pasadizo del interior del templo que se hallaba encima del coro alto 365 .
La vivienda corrió la misma suerte que su obispo y, al igual que había sucedido
años antes con el alcáza r de la capital, su res idencia en Vill amuriel fue destru ida
por la multitud durante las Revuelt as de las Comunidades. En septiem bre de 1520
los vecinos de la ciudad, opuestos al señorío que ostentaba Pedro Ruiz de la Mota,
decidieron ataca r la fortaleza después de llega rles rumores de q ue el alcaide tení a
abandonada la pla za. El arcediano de l Alcor recog e el suceso de esta manera:
“Así me smo, juntándose un día t odo el pue blo a cam paña ta ñida, inducid os por
algunos h ombres revoltosos y amigos de es cándal o, fueron con mano armada a
Villamuriel, q ue es la casa y fo rtaleza del o bispo, donde h abía muy bueno s
aposentam.o s y la quemaron toda, derri baron la mayo r parte de la torre, y esto fu e
a 15 de se ptiembre de [1]520; des pués ta laron y destr ozaron la mayor part e del s oto
del obisp o, que llaman d e Santillan a, cerca de Vi llamu riel” 366 .
Pocos años después, siendo obispo Antonio de Rojas (152 4 - 1525), se acometió
la reedif icació n del palac io:
“En est e mesm o año, el d[i]c ho señor pa tria rca, por n o dar ma l por m al, per donó a
t odos los veci nos de Pal encia los daño s que habían hecho en Villamuriel , y en el
soto, en tiempo de las al teraciones p asadas, y co n poca satisfa cción de d ineros, que
por vía de s isa se cobrar on de la ciuda d, y con lo que el mesm o obispo puso, s e
tornó a hac er la torre de Vi llamuriel, y un quarto alto de la casa” 367 .
A pesar de lo s esfuerzos de lo s prelados palen tinos por mant en er el ed ificio e n
las mejores condiciones 368 , con el paso de los sigl os este fue ocupando un lugar
365 Sobre estas cuestion es, ARA GIL, Clementina Julia, Villamuriel de Cerrato … , p. 30; CAMINO
OLEA, Ma ría S oleda d y LEÓN VALLE JO, Fra ncisc o Javi er, “Igl esia de Santa María la May or de
Villamuriel de Cerrato, Palencia. Co nstrucción y cambios en el edi ficio hasta su apariencia act ual”,
en H UERTA FE RNÁND EZ, San tiago (ed. ), Actas del Se xto Con g reso Na cional de His tori a de la
Construcción , v. 1, 200 9, pp. 289 - 300; asimismo, SANC HO PRA DILLA , Greg orio, “ Monument os
histórico - artístico s palentinos . La iglesia de Villamu riel”, Boletí n de la Socie dad C aste llana de
Excursiones , 5, 1912, p. 342.
366 ARA GI L , Clementina Julia, Villamu riel de Cerrato … , p. 4 06.
367 FERNÁ NDEZ DE MADR ID, Alo nso, Silv a pale ntina ..., t. II , p. 120.
368 Los disti ntos p relad os pale ntinos del s iglo X VI se preoc uparo n por l a rep araci ón y ma nten imient o
de las casas de l a obispalía. Este aspecto se mencionaba en e l testamento de Fray Alonso de Burgos
( 1499), quien mandaba 50.000 maravedíes para el reparo de la fortaleza de Villam uriel (BRAH,
Salazar y Castro, F - 18, Nº 32 935, f. 14 7v) y, a pri ncipi os del siglo XVII , en las c uentas re a lizadas
tras el falle cimie nto del obisp o Martí n de Ax pe y Sie rra. En el doc umento se pue den lee r los ga stos
de reparación de la vivienda de Villamuriel: “onçe mil y treinta y siete mrs que pago a diego de
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
131
secundario entre sus interes es y perdi endo funciones hasta que terminó por
desaparecer. En la segunda mitad del siglo XVIII, los Libros d e fábrica de la igles i a
de Santa María la Mayor aluden a l palacio como m era referenci a de la ubicación de
las obras a r ealizar en el temp lo; así, en 1761 de bía reparars e “la reja que está al
salir del cementer io contiguo a palac io”, en 1771 “dar cal a al fachada pral. de dych a
iglesia y la q ue mira al Palacio ”, y en 1776 “co mponer la pu erta de la yglesia qu e
mira a Palacio” 369 . Se tienen noticias de que, en 1802, poco después de la
finalización del palacio episcopal de la capital 370 , los prelados palentinos cedieron
la casa fuerte a la Parroquia de San Seb astián de Villamuriel, hoy desaparecida. En
1837 se menciona de nuevo, pero en 1850 poco debía de existir, puesto qu e ya no
aparece men cionado en el D iccionario de Pascual Mado z. A finale s del si glo XIX
Reyero constata la desap arici ón del edificio al señalar que “el palacio no ofre ce á
la consideración pública más que un solar, de recuerdos inapreciables” 371 . No
obs tante, en los dibujo s de Parcerisa que aco mpañan el texto de Q uadrado
Recuerdos y bellezas de España, se puede valo rar la existencia de un cuerpo por
encima de l a nave sur y unas v entanas que pe rtenecerían a las habitacio nes de la
residencia (fig. 11) 372 .
aranda carpintero de los días que esta ocupado el y sus ofi ciales y de madera y puertas ventanas y
yeso y tablas que se gastaron por su ma no en rreparo de las casas de villamuriel”, AHPPa,
Protoc olos, 6873 , ante Franci sco Gonzál ez, f. 1283; “siet e mil y quatro cient os que pago a juº de
rros zerraj ero d esta c iudad po r las cerraduras ceroxos llaves bisagras goznes picaportes arrendaderos
que dio para las dichas casas de v illamuriel”, Ib id . , f. 1283r; “tr einta y dos mil y quatrocien tos y
nov ta y ocho mrs que el dho pº de ara na gast ó en repa rar los texados de l as casas de villamuriel
parede s y suel os”, Ibid ., f. 1285.
369 ARA GIL, Clementin a Julia, Villamuriel de Cerra to…, p. 29.
370 En el escudo que corona la parte central de la fachada del Palacio episcopal de Palencia se
encue ntra grab ada la fec ha en que se di o p or concluida la construcción del edificio, allí se lee: “AÑO
DE [17] 97”. VIG URI, Migue l de, Her áldi ca pale ntina . I , p. 82. Este d ato lo recogió c on anterio ridad
Sancho Cam po, q uien afirm ó que la fec ha fue visible tras las labores de restauración del edific io
llevada s a cabo entre 1997 y 1999. SA NCHO CAMPO, Áng el, El museo diocesano de P alencia.
Orige n, dif usió n y es tado actu al, Palencia, 1999 , p. 48.
371 ÁLVARE Z REYER O, Anto nio, ob. cit. , pp. 173.
372 QUADR ADO, José María , y P ARCERI SA, Fra ncisco J., Recuerd os y bell ezas de Es pañ a.
Palenci a. Valladolid, Á mbito, 198 9, [186 1], pp. 32 y34 .
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
132
Fig . 11 . Villamuriel y Parroqui a de Vill amur iel . F rancisc o J. Parce risa. 1861. I nclui das e n la o bra
Recuerdos y bellez as de Es paña .
Actualmente no queda nada de la vi vienda pero, a través del análi sis de los
paramento s del muro merid ional del templo, pod emos apreciar la exi stencia de
algunos restos del edificio que se levantaba junto a él. En un o de los contrafuertes
aú n se mant iene un capi tel, así co mo el arranqu e de un ner vio de la bó veda, que
pudo pertenecer a una sa la o habitación del palac io. Este posee una fina decoración,
lo que nos indica que en origen formó parte de un espacio interior. También nos
encontramos c on dos puertas de d iferente tamaño, actua lmente cega das, que
servirían de comunicación entre la iglesia y las edificaciones a nexas. Ara G il recoge
la posible e xistencia de un claustro, “de acue rdo con la d isposición de l as puertas
en los ed ificios c isterc i enses” 373 . La entrada al recinto pal acial debió de situarse a
los pies del templo, en el citado lado sur de la fachada, puesto qu e se conserva parte
de un muro de piedra, perpendicular al hastial, con el arranque de un arco 374 .
373 ARA GIL, Clementin a Julia, Villamuriel de Cerra to …, p. 30.
374 Ibid . , p. 30.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
133
Usos y funciones de la f ortaleza
El edific io sirvió ocasio nalmen te como alojamie nto a mi embros d e la f amilia
real; allí se instaló María de Molina en 1308 y 1311, lo mismo que hizo su hijo, el
infante don Juan, cuando huía de Fernando IV. Sin embargo, lo más habitual fue su
uso como re sidencia e piscopal, es pecialmente tra s la destrucción d el alcázar
palentino y durante la mayor parte del siglo XVI. Este fue el lugar de residencia
habitual de Juan Rodríguez de Fonseca cuando se encontraba en la ciudad, como
ejempli fica que en la for talez a de Villamu riel se firmara en abril de 1506 el cont rato
que convertía a Juan de Ruesga en el nuevo en maestro de obras de la c atedral de
Palencia 375 ; el mismo lugar en el que años después, en 1508, se aprob aba la
fundación, capítulos y tratados de capilla m ayor de san Lázaro de Palencia en favor
de Sancho de Castilla 376 ; y el palacio donde se celebraron las v elaciones y
capitulac ione s matrimo niales entre Mayor de Fonseca, sobrina del obispo, y
Rodrigo Mejía el 9 de agosto de 1511 377 . Su sucesor en el cargo, Juan Fernández
de Velasco, residió en V illamurie l durante todo el tiempo que sus ob ligacio nes
como obispo hacían necesar ia su prese nc ia en la diócesis. Precisament e aquí se
firmó su compromiso de residir en la ciudad durante el tiempo que fuera obispo de
Palen cia. Junto a los prelados también se alojaron en el castillo a lgunos miembros
de su familia. El caso m ás llamativo es el de Pedro la G asca, cuya madre habitó en
la viviend a hasta e l fallec imiento d e su hijo en 1559 378 , como está documentado por
el testa mento de éste, al dejar un leg ado a las mujeres que sirvieron a su madre en
Villamuri el durante aqu el tiempo 379 .
El edific io también sirvió como cá rcel. A sí se mencionaba en los motivos d ados
375 GARCÍ A CUEST A, Tim ote o, “La ca t edral de Pa lenc ia seg ún l os prot ocol os. L a obra de
cantería”, BS AA , 20, 1 953 - 1954, p. 13 0.
376 Decreto de aprobación, en Villamuriel a 8 de f ebrero de 1508, Arch ivo Diocesano de Palencia
(ADP), Parroquia d e San Lázaro (0 6.209.08) , Fundacion es (4808 - 101 .7).
377 VASALL O TORA NZO, L uis, Los Fonseca. Linaje y patronato artístico… , p. 67.
378 Acue rdo c apit ul ar, martes 5 de fe brero de 155 9, “or denar on que el domi ngo pri mero que viene
se diga a la tar de una vigil ia y ot ro dia lune s una mis a […] por su madre del Obis po [… ] que mu rió
en Villamuriel ayer lunes” , ACP, AAC, Libro de actas cap itulares 1544 - 1560 , f. 2 56. L a Ga sca
ocupó este palacio cuando se encontraba en Palencia, algo que se puede rastrear a t ravés de las cartas
que envió desde este emplazamiento: como la “Carta del obispo de Palencia a Antoine Perrenot de
Granvel le, [Ob ispo d e Arras], enviada desde Villamuriel de Cerrato el 23 de julio de 1559, Real
Biblioteca (RB), Corr espondencia del Cardenal Granv elle, II/2291, f. 76r.
379 En las cláusulas del testamento de Pedro Lagasca (Siguenza 6 de noviembre de 1567), encarga a
su herma no y s uces or en s u ca sa y mayorazgo, el doctor Diego Gasca, dejar un dinero a las “dichas
mugere s que nos huvi eren servi do o en tie mpo de nuestr a madre en Vil lamuri el o des pues de su
fallesc imient o”, ACP ., Secc . hist órica, a rm. VI I, le g. 1, 12 56.
III . Presencia episcopal , ceremon ial de po der y con trol del espacio
134
por la cle recía pa lentin a para imp edir l a erecci ón del ob ispad o vallis o letano, se
relataba la pérdida d e privileg ios y villas bajo do minio del pr elado, de las cuales tan
sólo restaba “vn lugarejo junto a Palencia que se dize Villamuriel donde el obispo
tiene casas y Cárcel en ellas/ para los clérigos, y la prou ision para su casa” 380 .
El castillo de Mag az de Pisuerga
Por último, es necesario recordar que los obispos pal entinos también
dispusieron de u na fortaleza en la vec ina localidad de Magaz de Pisuerga, d e la que
apenas quedan restos. Este fue el refugio del obispo Gutier re de la Cu eva, tras ser
destruido el alcázar palentino, y allí falleció el 27 de abril de 1469 381 . Ya en el sigl o
XVI, Juan Rodríguez de Fonseca inició un plan de reformas a rquitectónicas en los
edificios pertenec ientes a la mitra que afectaron a la prin cipal iglesia de la diócesis,
así como a l as fortalezas de V illamuriel y Mag az. Esta preo cupación de l prelado
debió de iniciarse en torno a 1505, coincidiendo con el ascenso al trono de Felipe
el Hermoso y la consiguiente su stracción de resp onsabilidade s cortesanas. Parece
que las obras emprendidas por Fonseca fueron cuantiosas y necesitaron de mucha
mano de obra. Así lo aval a el contenido de una sentencia, dictada en 1514, en
relación con el plei to iniciado por los concejos d e las villas de Maçarieg os y de
Gr ijota y Villa martín [d e Campos] y Palasçios e Torre, de l a una parte, y el muy
reverendo don Juan Rodríguez de Fo nseca, ob ispo de Palen çia, de la otra”, en la
que se les lib eraba de las obligaciones impues tas por el o bispo de llevar p iedra a las
fortalez as de Magaz y Vi llamuriel 382 .
Esta preocup ación de los obispos por las casas y for talezas epis copales se
mantuvo a lo largo del siglo, pues habitualme nte los obispos dispusieron en sus
respectivos testamentos qu e se mandasen c iertas cantida des de dinero par a
r econstruir, reedificar o mantener aquellos edificios. Sir va como ejemplo Juan
Fernández d e Velasco, q uien legó ve inti cinco mi l maraved íes para los re paros d e
las casas del obispado de Palenci a 383 .
A finales del sig lo XVI el cas tillo, junto con la villa, fuer on apartados de la
380 CASTR O ALONSO , Manuel de, Episco pol ogio v alli solet ano …, pp. 143 - 144 .
381 FERNÁ NDEZ DE MADR ID, Alo nso, Silv a pale ntina ..., t I, p. 434.
382 Enero de 1514, Real Biblio teca, II/2371, f. 59r - v.
383 Testamento de Juan Fernández de Velasc o, Archivo Histórico de la Nobleza (AH No), FR IAS,
caja 416, doc. 23 - 37, f. 1 0. E l obi spo t ambi én man daba 50.0 00 ma rave díes para los re paros de l as
casas de Calahorra.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
135
jurisdicción eclesiástica. La aprobación papal llegó en 1574, aunque hubo que
esperar hast a 15 81 para que esta se hiciese efectiva a cambio de un juro de 9.215
maravedís.
Misa de San Gre gorio (detalle). Retablo de l a Capilla de San Gre gorio . Catedral de
Palencia . Juan Ortíz el Viejo I (atr.). Ca . 1530 .
IV . EL OBISPO Y SU CATEDRAL: DEVOCIÓN ,
FINANCIACIÓ N, PROMOCIÓN Y MECENAZG O
Los grandes promotores catedralicios del mundo medieval hispano fueron sus
obis pos. A su acción e inacción se debe el avance o retraso d e las obras, la
contratación de artistas, la imposició n de nuevos gustos estéticos en la consecució n
de edificios o la dotación de ornamentos. Se ha afirmado, no sin razón, que los
obispos constituyeron “el grupo más abierto, culto, sensible, exigente y dinámico
de todos los promotores medievales hi spanos” 384 .
Los prelados que ocuparon la sede palentina durante los años finales del siglo
XV y las dos pri meras décadas del siglo XV I se erigieron en los p rincipa les
impulsores de la fin alizació n de la catedral. E l temp lo esta ba a medio constru ir
cuando llegó a la diócesis fray Alonso de Bur gos (1485 - 1499), y fue su
determinación la que permitió que se finalizara en un breve periodo de tiempo,
treinta años d espu és de que hiciera su primera entrada en la urbe. Esto sucedió en
1516, poco tiempo después de llegar a la s ede Juan Fernández de V el asco (1514-
1520).
Los recursos eco nómicos para lograr la culm inación del te mplo tienen d iversa
procedencia: los prelados contribuyeron con donaciones e conómicas directas,
aportaban las cantidad es fijas estipuladas en el reglamento cate dralicio, obtuvieron
que, desde Ro ma, se autorizase el uso d e parte de los ingreso s catedralicios para la
construcción de la fábrica y promov ieron la ven ta de indulge ncias y de espacios
384 YARZA LUACES, Joaqu ín, “Clientes, promo tores y mece nas en e l ar te me dieval his pano” , en
Patronos, promotores, mecenas y clie ntes, Actas del V II Co ngreso del CE HA (Mu rcia, 1988),
Murcia , Unive rsida d de Mur cia , 1992, p. 33 .
IV. El obispo y su cat edral: devoción, financ iación, promoción y m ec enazgo
144
su correspondiente identificación 402 , todas ellas almacenadas en la “sacristía mayo r,
en ca xones auiertos, y no en aquella veneración q ue deuían” 403 . La importan cia d e
las reliquias de san Antolín deter minó que el re ceptáculo en el que s e hallaban se
distinguiera del resto, de la misma manera que sucedió con otras “grandes reliquias”
de insigne c ategoría 404 . De este modo, se dispusieron en relicar ios elaborados co n
los materiales más ricos, dotándolas de la mayor dignidad y pudiendo ser
contempladas a través de portezuelas o vidrios. Por todo ello, algunos prelados que
ocuparon la sede palentina no se resistieron a la posibilidad de que su nombre se
uniese de manera perman ente al del santo patrón de la diócesi s y, con este propósito,
encargaron relic arios en los que figu ra su emblema herá ldico.
De esta for ma se hace constar en el inventario d e las re liquias (1481) en poder
del templo d esde la visit a que Diego Hurtado de Mendoza realizó a la cat edral. El
documento d iferencia la s piezas almacenad as en arqu illas y cajas, l as de menor
importancia, y aquellas otras alojadas en relicarios de pla ta. Entre el los destac aba
uno muy elaborado, hallado en el sagrari o, con reliquias de san Antolín, san Vicente
y san Lorenzo, donado por el Arzobispo Gutierre Álvarez de Toledo (1426-
1439) 405 . Junto a él se hallaba “vn braço de plata sobredorado con su mano […] que
es d e santo Antolín con armas de los manueles […], e un veril en medio donde
paresçe el br aço, e en el pie de p lata dos band as de letras” 406 . Una pieza, esta última ,
encargada probablemente por el obispo Gutierre de Toledo 407 , que hacía pareja con
402 En 1481, con mot i vo de la visita qu e Diego Hurtado de Mendoza realizó a la catedral, se d etalla
la existencia de ricos recipientes para guardar reliquias, como una “caxa redonda de marfil esmaltada
de ne gro c on c erra dura de la tón [… ], u na ar ca re donda de hueso con tres pie s de plata […], ot ra arca
blanca de hueso labrada de unas l etras moriscas en que está una caxuela redonda con reli quias […],
otra caxuela enbuelta de un paño de unos águilas e flor es de lis en que están reliquias de Santiago
apóst ol [ … o] una a rquil la de hueso toda esmaltada con sus aldabillas de latón”, Visita que hi zo a l a
santa i glesi a cat edral de P alenci a el obisp o don Dieg o Hu rtado de Me ndoza , esta c omenzó el 5 de
noviem bre de 148 1, ACP, Ar mario IV, le g. 8, 884, ff. 15v - 17r.
403 FERNÁ NDEZ DE MADR ID, Alo n so, Silv a pale ntina ..., t . II, p. 228.
404 Las rel iquias que pe rtene cie ron a l os sant o s, aquellas “grandes reliquias” que eran básicamente
corporales se dividen en tres categorías: insignes (cráneo, fémur, t ibia), notables (mano, pie) y
menores (diente, costilla): véase MARTÍN ANSÓN, Marí a Luisa, “El culto a las reliquias en las
Cantigas de Santa Marí a de Alfo nso X el S abio” , Espacio, tiempo y forma. Se rie III, Histo ria
medieval , 24, 2011, p. 187.
405 La pieza pesó “veintisiete l ibras y media, que son treinta y ci nco marcos”, la más fastuosa de
todas cuantas allí s e hallar on, ACP, Arm ario IV, le g. 8, 88 4, 17v.
406 Ibid .
407 “Hall o en l os libros anti guos de est a igl [es] ia. que est e seño r obi spo D on Gut ier re de Tole do,
cerca del año de MCCCCXXX hizo haze r un brazo de plata g rande, que oy está en la iglia., para q ue
se pusiesse la canilla d el brazo de l glorioso mártir Sant An tolín”, FERNÁNDEZ DE MADRID,
Alonso, Silva palen tina..., t. I, p. 405.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
145
el brazo de san Vicente 408 .
Las reliquias de san Antol ín y de san Vicente fueron objeto de una cu riosa
solicitud por parte del obispo Luis Ca beza de Vaca, quien pidió al cabildo una parte
de ellas para su uso personal. Fue su provisor quien trasladará la súplica al cabildo ,
“por la mucha devoción que su señoría tenya a los gloriosos mártires señor san
Antolín, patrón n[ues]tro, e san viçente cuyas rreliquias e canyllas de los braços
avia en esta s[an]ta ygl[es] ia catedral […]”. Reunidos en la sala capi tular los
capitulares aceptaron tal p etición, tras lo cual “co metieron a los señores a rcediano
del Alcor e Juan de Fuentes e Baltasar de ll anes canº que hezi esen serrar o quebra r
de las dichas rreliqu ias e canyllas sen dos pocos y lo d iesen a su señoría […]” 409 .
No obstante, el re lic ario más sin gular y, a la vez, aquel que sufrió má s
transformaciones en el tiempo fu e el que acog ió la espalda del santo. En 1481 se
describe como una p ieza de p lata sobredorad a “con tres án geles, los do s de abajo
con sus ençensarios, e e l de arriba con una reliquia e n la mano […] e con las armas
de tres roeles e tres torres” 410 . A finales del siglo XV el obispo Alonso de Burgos
financió la obra de un n uevo relicario de p lata. Este reproducí a la figura del santo
de cuerpo entero, con una portezuela en l a p arte trasera po r donde s ustraer o
introducir la esp alda de san An tolín. La descr ipción más antig ua de la piez a se hizo
en 1525:
“Sant A ntolín […] con un libro y a mito con s u diadem a y casulla y en el pi e las
armas de l obispo don Alon so de Burgos que lo dio y ocho a ngeles que tienen los
escudos y och o pilares en tre los di chos escud os, y el cuer po hueco co n su
portezuel a detrás, y de ntro la rel iquia de la espalda de Sant Antolín y una palm a de
408 “otro braz o so bred orado e n c on un libro en l a ma no e con otro veril en me dio por do[nde ] po der
ver el braço el qual es de sant Viçente con las mismas armas de ste otro e con su pie en que es tan do s
bandas de le tras ”, ACP , Arma rio IV, l eg. 8, 884 , f. 1 7v. Am brosi o de M oral es pud o ver es tas piezas
en la sacristía: “un brazo de plata de quasi una vara en alto, y dorado en partes, una Canilla entera
de S[an] Vicente Mar tir veese por una portecita en medio […] otro brazo de plata semejante, aunque
menor , y al go a ntigu o, ti ene dentro una cani lla de S[an ] Ant onino . En otr o braz o sem ejant e ot ra
Canilla del mism o Santo […]”, Via ge de A mbrosi o de M orales por or den del rey D. P helipe II, a
los rey nos de Leon, y Gal icia, y P rincip ado de As turi as, par a re conoc er l as rel iqui as de sant os,
sepul cros r eale s, y li bros manusc ritos de l as cat hedr ales y mon asteri os da le à l uz co n not as, co n la
vida de l aut or, y c on su ret rat o (edición de He nriq ue Flore z), Mad rid, An tonio Ma rín, 1 765 [158 2],
p. 22.
409 Acuerdo ca pit ular, miérc oles 4 de ene ro de 154 2, “R eliq uias pa [ra] su se ñorí a”, AC P, AAC, Li bro
de Actas capitulares 1541 - 154 4, f. 71 v.
410 ACP, Ar mario IV, leg . 8, 884, 17v.
IV. El obispo y su cat edral: devoción, financ iación, promoción y m ec enazgo
146
plata en la ma no” 411
Respecto a su ubicación, sabemo s que en 1570 la imagen se encon traba en la
sacristía, donde pudo verla Ambrosio de Morales 412 . Tiempo de spués, en 1725, se
hallaba en la capil la de las reliquias, e ncabezando el inventario de este t ipo de piezas
existentes e n el oratorio 413 . Además, tenemos constancia de que cuando la s
necesidades litú rgicas hacían ne cesaria la pr esencia del r elicario en el interior de l a
cripta, esta se d isponía sobre “una a rca de ebano chapeada toda de p lata historiada
forrada por dentro con tafet án carmesí que si rbe por pean a a esta ymag en de san
Antolín cuando se pone en la cueba, diola el señor obispo de Cordoba Reynoso” 414 .
Desgraciadamente, l a figura se fundió en 1760 para realizar un nuevo relicario,
justificándose esta actuación por lo anticuado de la obra 415 . La nueva pie za estaba
conclu ida al año siguiente, au nque con una diferen cia, en esta ocasión la teca para
alojar la reliqu ia se disp uso en la pa rte fron tal, a la altu ra del pecho 416 .
Por último, debe añadirse que las reliquias del santo desempeñaron difere ntes
usos y funciones en las c elebracione s litúrgicas de la catedral. Así, aunque sabemos
que el braz o era utiliza do frecuentement e en las proc esiones del in t erior de la
411 “Su mar io d e la s santas reliquias que se hallaron en el sagrario de la sant a iglesia de Palencia e n
la visi taci ón que hiz o y man dó hace r para el mes de octu bre del a ño del Se ñor de mi l y qui nient os y
veinte y qu atro años e l muy ylustre y re verendí sim o señor do n Antón de Rojas, por la m isericordia
divina primer p atriarca de las I ndias, obispo d e Palencia” ACP, Secc. h istórica, arm. IV, leg. 8, f.
13. Véase ARA GIL, Clementina Julia, “La act ividad artística en la catedral de Palen cia…”, p. 92.
412 Decía el erudito que “como l a igle sia t iene l a advoc aci ón de S . Anto nino, han p rocura do muc has
reliquias de él […] así tienen una imagen suya de plata de más de una vara en alto con una portecita
disimul ada en l as Es paldas por donde se ve com o ti ene dentro una Espal da entera del Sant o. La plata
se está toda blanca, y es nueva, y rica labor”, Viage de A mbrosi o de M orales por or den de l rey D.
Phelipe I I , pp. 21 - 22.
413 “Primeramente una imagen de plata de Nuestro Patrón San Antolín, tiene en la mano un libro y
en la otra una palma y en el hombro un c uchil lo co n su di adema, y un pi e sob re och o pil ares bie n
labra dos, d os Ange les c on la s armas de la i glesi a, aun que hera n oc ho, y en la es palda una pue rt a
abiert a co n su c andadi llo y lla be p or donde se pone y quita la reliquia deel santo, y en e l brazo
izquierdo un manípulo todo ello de plata menos la llave… pesaba antigua mente sin la reliquia treinta
y un marc os”, Invent ario de las alhajas que t iene l a fá bric a de es ta Sant a igl esi a Cathe dral de
Palenci a , 1725 , ACP, Se cc. hi stóric a, arm . I, l eg. 8, 95 - a, f. 78v.
414 Ibid ., 78v.
415 BRASAS EGI DO, José Carl os, L a plat ería pale ntina , Pa lenci a, Di putaci ón P rovi ncia l, 19 82, p .
45.
416 Las nueva s an das y la i mage n del sant o se real izaron en 1761 e n sala man ca y s e de ben a l pla tero
Luis Garc ía, R EVILLA VIELVA , Ramón , Manifes taciones artística s en la Cated ral de Palen cia ,
Palen cia, D iputa ción Provinci al, 1954, p . 66 ; ANTIG ÜEDAD DEL CA STILL O - OLIVARE S,
María Dolores, “Orfebrería religiosa en Palencia (capital)”, PITTM , 37, 197 6, p. 14 2.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
147
iglesia 417 , fue el relicario con la imagen de san Antolín, el que contenía el hueso d e
su espalda, el que adquirió una mayor relevancia, al ser objeto de una exposición
litúrgica que tenía lugar el 2 de septiembre, el día de su festi vidad. Esta f echa era
una de las más destacadas del cale ndario litúrgico cated ralicio, por lo que los día s
previos a la celebración se procedía al adorno y aderezo de la cueva 418 . El día
anterior a la fies ta, “ ha se d ezir la nona an tes de comer pa q ue el officio c omienze
en las vísperas a las qua les han de tañer a la una y media y también una h ora entera”.
En esa fecha la iglesia de bía estar enra mada y el espacio del trascoro, por donde se
bajaba a la cripta, ornament ado con espadañas y textiles. Los campaneros se
encarga rían de que en la cueva hubiera:
“vela s ardie ndo y quemar cosas que den buen ol or por razón de la mucha humedad
que tiene y los obreros haga n poner una mesa con un t apete y pa ño de s eda y u n
plato y la bula de l os perdones que son MD día s de perdón a t odos l os que aque l
día y otros qu atro fiestas d ieren limosn a. La procesi ón de las vísp eras viene a
incensar el a ltar que est á sobre l a cueva y hay maitin es general es y procesi ón
solemne de to das capa s y ofrece el cabi ldo y ay sermón de tabla del monasterio de
Sant Fran cisco” 419
Durante las celeb raciones, el relicario con la espalda del san to presidir ía el altar
de la cripta y el día de su festividad era objeto d e un curioso ritual, consisten te en
sumergir el hueso en vino blanco para que este adquiriera poderes curativos y
medici nal es. Previamente, los obre ros debían hacer acop io de una im portante
cantidad de vino blanco, de buena calida d , para que “acab ada la misa se lava la
417 Sobre las reliquias en poder de la catedral, Ascensio García destacaba la existencia de “[…]
muchas y gra ndes reliquias de santos y es pecialmente la espalda entrera y braço del glori oso martir
San Ant olin nu estro patró n, otro braç o de san Vicente, es el menor, por que el mayor es el de nuestro
patron , est os bra zos se sac an de ordi nari o en la proce sión que se haze por la i glesia […]”,
ASCEN SIO GA RCÍA, J uan, o b. cit., f. 1 3v. A estas se sumaban “[…] la c abeça entera de una sancta
de las Onzemil virgines, otra cabeça entera de los sanctos de cardeña y una canilla que se trasladaron
el año pasado de 1606 , la quixa da de San A lvino y otra s mucha s […]”, pero estas n o part icipa ban
en las procesiones ordinarias por el interior de la cate dral , ibid. , f. 13v.
418 Acue rdo capi tul ar, vi ernes 1 de sept iem bre 159 5, “Co misión para el ador no de la cueva de sant
An tol ín ”, A CP, Lib ro de Act as capi tula res 159 1 - 159 5, f. 45. E l es pacio y su mant enimie nto
forma ban pa rte de las pr eocu paci ones de l cab ildo dur ante todo el año , así e n abril de 15 81 se pe día
“[…] a los señores obreros hagan a drezar el altar de la c ueva de esta santa yglesia y que est é co n la
decencia que convien e y muy limpia la cueba por ser ob lig[lacion]. y razón for zosa” (Acuerdo
capitular, sáb ado 8 de abril de 1581, “Adecentar la cueva”, ACP, Libro de Actas Capitulares 1581 -
1585, f. 19 v).
419 ARZE, Juan de, ob. cit. , f. 31 v. En otr o capí tulo de l mis mo t exto m enci ona, entre l as o bliga ciones
de los cam pane ros, q ue “ Teng an cui dado de que est e dí a d e Sant Antolin la cueva del soterraño este
muy li mpia y enrram ada y a rdan a quel la noc he ciri os o ha chas de ntro y fuera y en el oc ta vari o no
falte al menos una lámpara”, Ibid . , f. 114 r.
IV. El obispo y su cat edral: devoción, financ iación, promoción y m ec enazgo
148
espalda de Sant Antolín. Y allí l legan todos clérigos y legos a gust ar un poco con
la mesma espalda y todo s por devoción pa[ra] salud llevan de aquel vino a sus casas
[…]” 420 . Esta práctica afectó nega tivamente a la rel iqu ia. A fi nales del siglo X VI,
tal y como se menc iona en las Actas cap itulares, se hizo necesario proteger la
reliquia puesto que corría peligro de desintegrarse 421 . El encargado de acometer el
trabajo fue Juan de Benavente, un platero conocido por los capi tulares puesto que
años atrás había sido el encargado de realizar la cu stodia proce sional. Así, el cabi ldo
acordó “guarnece r la reliqu ia de la es palda del señor san Antolín de manera que no
se vaya gastando y consumiendo con el vino que por ella se pasa y est o lo haga Juan
de Benavente platero de Valladolid y traigan primero al cabildo la fa cion y modelo
como se haya d e hazer […]” 422 . La ve neración d e la cle recía palentina a l santo y a
sus restos redundó en un uso continuado de los mismos, lo que les afec tó
n egativamente. Así, sab emos que en 156 3 la costilla de “[…] s [an]to Antolin estab a
sentida y en peligro d e quebrarse y que era jus to se engastonas e, cometieron a los
señores thesorero con los señores obreros pa[ra] que la ha gan engastonen según
como mejor l es pareci ere que convien e” 423 .
EL OBISP O Y SU CATEDRA L: OBLIG ACIONES, D ONACI ONES Y
ESPOLIOS
Desde que la catedral fue reedi ficada, su edificio mer eció que el obispo y el
clero capitular se preocupasen por su construcción y ornato. Para lograr esos
objetivos se donaron diferentes aportaciones, a lgunas de las cuales figur aron entre
las obligaci ones ordinarias que adquiría e l prelado al h acerse cargo d el obispado.
Mientras que otra s fueron aporta ciones extraord inarias como parte del espolio de
los bienes del ob ispo. También se incorporaron a este grupo las donaciones inter
420 ARZE, J uan de, ob. cit. , f. 31v. El vi no se sust ituyó por a gua a part ir del siglo XVII (CA BEZA
RODRÍG UEZ, Ant onio, Cléri gos y señores… , p. 237 ). En Sariñe na e xistí a el m ismo rit ual de “da r
vino ve ndit o e l día del santo a dos de septiembre de cada vn año […]”, y llegada esta noticia a
Palencia, se solicitó una reunión del ca bildo “para t rat ar que se de e n esta sant a igle sia el vino vendit o
como allí esta que es mejor orden que la que aquí se tiene […]”, Acuerdo c apit ular, jue ves 19 de
enero de 1589, ACP, AAC, Actas capitulares 1586 - 1590, f. 5.
421 Acuer do capit ular, vi ernes 7 d e septiembre de 1591, “comisión para guarnecer la reliquia de san
Antolín”, A CP, AAC, A ctas capitu lares 1591 - 1595, f. 3 5.
422 Acu erdo capitul ar, 3 de septi embre de 1593 , ACP, AAC , Li bro de Act as capi tula res 15 91 - 1595,
f. 37r.
423 Acuer do ca pitul ar, 3 de se ptie mbre de 1563, A CP, AAC, Libr o de Act as capi tulare s 1560 - 1563,
f. 156.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
149
vivos , de piezas de ajuar o p ecuniarias, legad os testamentarios o im ágenes de
dev oción personal que pretendían reforzar ciertos cultos y que, en ocasi ones,
llevaban aparej ados conjuntos de mayores dimension es, como sucedió en el
trascoro.
O BLIGACIO NES D E LOS P RELADOS : “L AS COS AS DE Q UE EL SE ÑOR OBI SPO
SUELE Y D EVE PROV EER A LA IGLESIA ”
Con la llegad a a la sede episcopa l, el obispo debía toma r una serie de dec isiones
relacionadas con el gobierno diocesano y con otras instituciones dependient es de la
catedral, como la Cáted ra de Gramática o el Hospital 424 . Junto a estas, y de acuerd o
con lo que s e dice en el Consuetudinario del doctor Arce, el o bispo adquiría con la
primera iglesia de la diócesis otras obligaciones de carácter económico y suntuario
que redundarían en beneficio del templo. Algunas de ellas fueron incorporadas a
las Co nstituciones sinodales del obispado y otras - la may or parte - formab an parte
de las costumbres y e statutos de la c ated ral.
Muchas de esas normas se cen traban en cuestione s económicas. A sí, con motivo
de la llegada del prel ado a la catedral, este ha d e “dar a la sa cristía de la iglesia se is
mill mrs para una capa por estatuto hecho por el obispo Don Pedro de Castilla el
q ual esta inserto en las constituciones synodales que hizo imprimir el ob ispo Don
Luis Cabeza de V aca. Añ o de MCCC CXLV” 425 . Tal estatuto se mo dif icó con
posterioridad, obligándose el obispo a entregar “una c apa pluvial tal qual conui ene
a tal prelado ” 426 . Así m i smo, debía encargars e del gasto que generaban l as velas
situadas en el al tar mayor durante dife rentes celebracion es:
“ El señor obis po por ordenanza y costumbr e antiquí sima usada sie mpre y gu ardada
de los bien es de la ob ispalía es ob ligado a proveeer d e todas las ve las de cera q ue
arden al altar mayo r a maytines y tercia y missa mayor y vísp eras no mas, y estas
velas se pon en de esta manera en l as fiestas princi pales que so n dobles mayores,
arden och o velas en las dob les menores que llaman de vi capas seis velas. En los
doming os y otras fiest as qu e llaman d e cuatro c apas IIII velas, en las fiest as
symples y feri ales dos vel as y al sacristán le pueden pagar su salar io po r que tenga
aiudado de encender y matar esta cer a a sus tiemp os, pero en lo s maytines
424 POLANC O PÉREZ , Arturo, “Ceremoni as…”, pp . 423- 424.
425 ARZE, Juan de, ob. cit. , f.65v, CABEZ A DE VAC A, Luís, Constituciones s inodales deste
obisp ado de Pal encia , Diego Fernández de Córdoba, P alencia, 1548.
426 ACP, Secc . históri ca, arm. IV, le g. 4, 834, Li bro de los es tatutos y costumb res… (157 2), f. 25.
IV. El obispo y su cat edral: devoción, financ iación, promoción y m ec enazgo
150
mode rarse algo mas” 427
El prelado obtenía anu almente distintas ren tas, procedentes de diez mos o
censos, que debía compartir con el cabildo o con la mesa c apitular para su sustento.
Así entregaba cada año una tercer a parte de las rentas del portazgo, se obligaba a
dar a la mesa capitular “en cada un año dos mil y quinientos mrs. por el censo de
las hazeñas que llaman del postigo” y, por último, según el Estatuto del obispo don
Rodrigo ( 1247- 1254), hecho en el año 1249, el obispo aportaría a la sacristía los
diezmos de sus heredad es y villas de
“Magaz, Vill amuriel, M azariego s, Grijota, Villamartín y santa Marín a cerca d e
Astudillo y estos diezmos l leva ahora l a sacristía en ca da un año. Y porque tamb ién
los diezmos de las hered ades p ropias qu e los prelad os tienen en Palenci a y
Santillan a de Requexo qu e llaman las sernas p or estatuto An tiguo pertenecen a la
sacristía y fuera cosa di ficult osa hazer divis ión de aque llos die zmos a todos los
otros de l a ciudad quel cab ildo goza. Fu e acordadd o que de la mesa c apitular se
diesen en cad a un añ o a la sacristí a o fáb rica IIII U D II mrs que d evía ser la su ma
que entonc es podían vale r los dic hos di ezmos según parece por los r egistros
capitulares d e C año s a esta parte” 428 .
También asumía obligaciones menos importantes, comparadas con las
cantidades de dinero a nteriormente mencionadas. Entre ell as se encontraban la
provisión anual de dos doblas par a las est eras del coro: “ antiguamente pro veían de
todo el heno que era menester en ynvierno para echar en el choro lo qual ceso por
mas l impiez a” 429 , y todos los ramos procedentes de sus sotos “ que fueren necesar ios
para onrra r las fiestas princip ales en la igl esia y otras cosas ordinarias y
extraordinar ias quando acaece ser meneste r y los obreros han de cortar y traerlos a
costa de la f ábric a” 430 . Con motivo de la celebración del obispillo, una festividad
con gran arraigo en la catedral, su señoría debía “ayudar en cada un año al obis pillo
427 ARZ E, Ju an de, ob . cit. , f. 65r.
428 ARZE, J uan de , Cere monial consue tudi nari o de la igle sia de Palenc ia …, f. 6 5v. En 1572 e stos
aumentaro n hasta los 5.000 maravedíes : “paga por ellas a la sacristía cinco mill marauedís en el
gasto ordi nario que com únment e se llam an s e rnas y estas goza agora ca da año la sacristía, ACP,
Armar io IV, leg. 4º, 834 , Libro de l os est atut os y cost umbre s …, f. 26r . A princi pios del sigl o XV II
Ascensio García recogía qu e eran “seyscientos mrs del p ortazgo tercera parte dos mil y quinientos
mrs po r el censo de las hac eñas y po r las ser nas de Vi llam uriel y ot ros pue blos quatro mi l y
seteci entos mrs .”, ASCENS IO GARC ÍA, Ju an, ob. cit., f. 129.
429 ARZE , Juan d e, ob. cit. , f. 65 v. En 1529 se plante ó, si n éxi to, l a p osibil idad de p oner el suel o del
coro d e azulejos para evitar esta situación, Acuerdo ca pitular, miércoles 12 de mayo de 1529, ACP,
AAC, Libro de Actas capitulares 1521 - 1530, f . 315r.
430 ARZE, J uan de , ob. cit. , f. 65v.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
151
para su acompañam iento y colacion es con CCCCº mrs” 431 .
En la segunda mitad del siglo XVI, el prelado que ocu paba la sede deb ía “dar a
la fábrica cuatrociento s ducados quand o muriere o ascendiere dejan do este/
obispado por estatuto hecho por el obispo don christ oual valtodano y su cabildo año
de mill e quinientos e sessenta y nueve confirmado por el papa Pio quin to el mesmo
año” 432 .
“A SÍ COMO EL AGUA MATA EL FUEGO , ASÍ LA LIMOSNA MATA EL PEC ADO ”.
L EGADOS Y OTRAS CONTRIBU CIONE S A LA IGLESIA
A pri ncipios del siglo XV era evidente que los recursos ordinari os con los cuales
contaba el cabildo resultaban insuficien tes p ara acometer la const rucción de la
catedral y que esta avan zase de forma satisfact oria y sin interrup ciones . Por ese
motivo, en mayo de 1432 Gutierre III e scribía una carta a los diocesanos
expresándoles las dificultade s existentes para co ntinuar la o bra 433 . Habían pasado
más de cien años desde q ue se colocara la primera piedra y no se había conseguido
pros eguir las actuaciones de forma satisfactoria: “por no haber de suyo renta propia
ni ayuda e limosnas de las buenas gentes fasta el día de oy , no se pudo continuar ni
acabar como conplia a seruiçio de Dios e de la V i r gen […] e del dicho glorioso
431 El Arcediano del Alcor relata esta fiesta e n la vida de fray Hernando de T alavera, diciendo qu e
“de antiguo tiempo acá e n las iglesias catedr ales el día de San Nicolás, ele girse entre los mozos de
co ro un obis pillo, c uya digni dad dura hasta el día de los i noce ntes, que es su propi a fi esta, y ent onces
se muda n los ofic ios de l os m ayores en los men ores, y éstos man dan, y los ot ros obe dec en, y s on
servi dos y a cat ados aq uel día los que t odo e l año son s ub jetos sirvie ndo”, FERNÁNDEZ DE
MADRID, Al onso, Silva palentin a..., t. II, p. 29). Una fest ivi dad en l a que se invertí an l as jera rqu ías,
los oficios y el orden establecido, así: “el Deán y Arcedianos servirán de candeleros e incensarios y
otras Dign idades y Canónig os hace n to dos los ofici os me nores , que l os moc hach os de C oro s uele n
servi r, y l as m esma s Dig nida des y Ca nónig os si rven de asistentes para el obispillo […], y el Preste
y los Minist ros y Ca peros han de se r Ca pella nes de Núm ero, y los Mozo s de Coro y Capellanes están
en las sillas altas d el Coro y las Dign idades y Canónigos en las sillas bajas” (A RZE, Juan de, ob.
cit. , f. 77 v y ss) .
432 ACP, Secc . hist órica, a rm. IV, l eg. 4, 8 34, Libr o de los e stat utos y cost umbres …, f. 25. E n las
Actas Capitu lares d el año 1 570 ( Acue rdo ca pitula r del jueve s 27 de a bri l) se di ce que el pre lado
debía pa gar 40 0 duca dos por s u salida del obi spad o, propo niend o que estos se gastasen en dorar la
reja del coro, ACP, Actas capitulares 1569 - 1573, f. 61 v.
433 Carta del obispo Gut ierre III a los dioc esanos expre sán doles la difi cult ad pa ra c ontinua r la obra
del templo catedralicio (12 de mayo de 1432, ACP, Sinodales, a rm. IV, le g. 5, 1, ff . 55 - 59) Rec ogido
por GAR CÍA CUEST A, Tim oteo, “La ca tedra l de Pa le ncia se gún los prot ocolos . La obra de
cantería…”, nota 4, p. 93.
IV. El obispo y su cat edral: devoción, financ iación, promoción y m ec enazgo
152
mártir sant Antolín” 434 .
En consecuencia, el prelado s e implicó d irectamente en la financiación y
desarrollo de los trabajos considerando, acertadamente, que estos no se podían
llevar a cab o sin las limosnas de lo s feligres es diocesanos. De su contri bución a la
obra l os parroquianos obtendr ían diferentes ben eficios, entre los qu e destacaba la
redención de p ecados y hon rar a la dióces is al ensalzar la catedral “q ue es la madre
de todas las iglesias del obispado” 435 .
Además, debían esfo rzarse en hacer las limosnas en vida y no esperar a que otro
las hiciese después de su muerte, “que mas mon ta vn dinero d e limosna en vida que
diez después de muerto […]” 436 . Así lo había hecho Sancho de Rojas, su predeceso r
en el cargo, que asumió el ornato de la entonces capilla mayor 437 y apor tó dos mil
maravedíes para acometer la n ueva sillería del coro. Incluso mantuvo la
financiación y el interés por la obra después de haber dejado la sede pa lentina,
siendo ya arzobispo de T oledo. En una carta que el cabildo escribió al obispo, se
mostraba e l agradecimiento por:
“el donati vo que hizo a la Iglesia y dand o cuenta d e la construcció n de la sillería
del coro [ …] de esta igl[es]ia. qu e V . Sa. mandó hazer , […] serán acabadas en
breve, pl aciendo a dios. E la S illa principal ob ispal está acabada, en la qual, por
vro. ser vi cio hizimos pon er quatro escudo s en campo d orado, con su s estrellas,
segund q ue vras. armas se suelen p oner en semej antes ob ras, para lo qu al V . Sa .
434 Ib. Unos a ños a ntes, el 8 de a bril de 152 6, poco t iem po des pués de hacer se c argo de la di ócesi s
de Palencia, enviaban una carta al Papa en la que expresaban la necesidad de estímulos para la
construcción de la catedral : “El obispo y el capítulo de la iglesia de la Virge n Marí a y de S an Antol ín
de Palencia, en ruinas y demolida, cuyas obras de reestructuración y reparación habían iniciado con
no suficientes recursos, suplicaban al papa Martín V la concesión de diez años de i ndul gencia en l a
fiesta de San Anto lí n, y e n ot ras fe stivi dades , a c uanto s col abore n a la repa raci ón de l dic ho te mplo”,
RUIZ DE LOIZAGA, Saturnino, “Documentos vaticanos de la diócesis de Palencia e n la Edad
Media (siglos XIV - XV)”, PITTM , 77, 20 06, pp . 377 - 378.
435 Ib. Se ha es tima do que fue en este momento cuando se modificó el plantea miento inicial del
templo, ver MARTÍNEZ GONZÁLEZ, Ra fael, “La catedral de Palencia y los obispos de la Baja
Edad Me dia… ”, pp. 50 - 51 , MARTÍ NEZ GONZ ÁLEZ, R afael , La Cat edral de P alenc ia, his tori a y
arquitectu ra , Pal encia, Meri no, 1 988, pp. 39 - 40.
436 GARCÍA CUESTA, Timoteo, “La cated ral de Palencia según los protocolos. La obra de
cantería…”, nota 4, p. 93.
437 R UIZ SOUZ A Juan Ca rlos y GARCÍA FL ORES , A., “Ysa mbart y la reno vación de l góti co final
en Castilla: Palencia, la capilla d el Contador Saldaña en Tordesillas y Sevilla. Hipótesis para el
debate”, Anales de Historia del Arte , 19, 2009, p p. 49 - 52.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
153
hizo ayuda de dos m ill flori nes [ …]” 438
A t ravés de estos dat os podemos afirmar qu e la implicación ma terial e
intelectual de los o bispos resultó imprescind ible, pero a tod as luces insuficiente.
Esta no fue constan te ni estaba reglamentad a y dependía del grado de interés, gusto
u obligaciones de los diferente s prelados, d ignidades u o tros personajes que se
interesaron por la cated ral, como se puede apreci ar a través de la labor de Gutierre
III o de Sancho de Rojas
La necesidad de iniciar o finalizar lo s diferentes trabajos que se iban suc ediendo
llevó a que el obispo y cabildo ideasen difer entes fórmulas para fin anciar las
actividades. Se buscó la generosidad de aquellos que tenía n posibilidades
económicas, relig iosos o laicos, para que p atrocinasen algu na de las obras en
marcha. En estas actuac iones no se buscaba el an onimato; así , desde el templo se
promovía la inclusión de emblemas heráldicos del pr omotor , de su pr opia figura
orante o la iconograf ía que estos est imasen, lo qu e permitiría man tener la memo ria
de sus actua ciones y pod ría estimular el interés por la promoci ón. A la vez, también
se buscó la part icipación de cualqu ier devoto p ara la realización de mobiliario y
ajuares litúr gicos.
Uno de los casos más si ngulares es el de doña Inés d e Osorio, noble palentina
fallecida en 1492 y considera da como: “dama linajuda, viuda sin familia y rica en
abundancia” 439 , la cual contribuyó al embellecimiento y finalización del templo con
“808.096 maravedíes y otras cosas” 440 . Entre e llas se encontrab a un altar de plata,
que se colocó en la cap illa mayor l a c ual, con el paso del tiempo, se d enominó
Capilla del S agrario 441 . Este estuvo en el citado espacio hasta 1529, cuando se
438 FERNÁ NDEZ DE M ADRID, Alonso, Silva palen tina..., t. I, p. 38 5. FERN ÁNDEZ DEL
PU LGAR , Pedro, Teatro clerical apostólico y sec ular de l as igl esias cat edr ales de Es paña , v. II,
libro I II, p. 89.
439 VIELVA RAMOS , Ma tías, Monograf ía ac erca de l a catedr al ..., p. 2 1.
440 Tambié n se h abla de 2.50 0 flori nes c uand o se refi ere n a la donaci ón (Acue rdo ca pitula r, 3 de
enero de 1494 , ACP, AAC, Li bro de Ac tas c apit ulares, v. 33, f. 94v. ) En el año 150 0 se fi niquita ba
con el c anóni go Jua n Gonz ále z Mati lla l a donaci ón de Inés de Oso rio y s e decí a que tod o el dine ro
procedente de la donación se había gast ado en l a fáb ri ca de l a ig les ia (A cu erdo capitular, 13 de abr il
de 150 0, ACP, AAC , Lib ro de Act as capi tulares , v. 34, f. 94v.) FRANC IA LORE NZO, Sa ntiago,
Catálogo, serie II. II, Actas cap itulares… , p. 246. Do ña Iné s habí a entre gad o otras propie dade s como
u nas colmenas en Villarramiro (Palencia), cuyo desti natari o aú n esta ba por deter minar – si era para
la fábrica o para el obispo fray Alons o – (ACP, AAC , Libr o de Actas ca pitulares , v. 33, f. 6r.).
441 En una inscr ipci ón de su se pul cro, que se mant iene desde su creación en el costado septentrional
de l a entonc es capil la mayor, s e puede leer “ AQUI YACE LA MAG NIFIC A SEÑORA DOÑA
INES DE OSORI O... DE XO TO DO LO SUYO A EST A IGLES IA E F IZO EST E RE TABLO E
LAS CAPAS BLANCAS” (ARA GIL, Clemen tina Julia, “La actividad artís tica en la catedr al de
V. Fray Dieg o de Deza en la catedral de P alencia
256
Curiosamente es en las esculturas d e la Asunción y de El Salvador (fig . 49 )
donde se ha vis to un mayor influ jo flamen co, lo q ue las diferen cia del re sto de
esculturas d el retablo y d e otras piezas ho mónimas como la Virgen para l a capil la
de la Universidad salma ntina (fig . 48 ) . Estas imágenes, que debían ocup ar las dos
alturas de la calle centra l, el lugar donde se colocaba la iconog rafía más rele vante,
muestran un as formas más tradicionales, acor de s con l os gustos de la clerecía
palentina , por lo que se han puesto en relación con la labor de Juan de Cobrejos 735 .
Fig . 49 . El S alv ador. Felipe Bigarny y taller. 15 07 - 1509.
Realizada para el Retablo mayor de la catedral de Palencia .
Hoy en u no de los altares pétreos del cerramiento del coro de la misma catedral.
735 Ibid ., p. 78. Por otro lado, Isabel del Río destacó las diferencias de estas piezas c on respecto a
otras o bras de Bigarn y, de e llas dice que son “huesudas, de pómulos muy salientes, tal ladas po r un
manejo duro de la gubia, rasgos no observados en las o bras de Felipe”, Ibid ., p. 79.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
257
Llegados a este pun to se hace nece sario recordar que aunque Cobrejos era
maestro de talla y no imaginero pudo tener una participación determinante en el
encargo ; así, f ue el encargado de lleva r las imágen es hasta Palen cia , act uó de
interlocu tor con el cab ildo , y recibió las indicacion es y preferenc ias palentina s en
relación con el encargo. Esto podría justificar que en las primer as figuras entregada s
se aprecie c on mayor claridad las formas de Bigarny 736 , aquellas que motivaron el
encargo por parte de Deza, y que en las po steriores se dejaran sentir las preferen cias
del cabildo palentino , más cercanas a las formas de A lejo de Vahía, m áxime cuando
su promotor se había distanciado d el proyecto .
Fig . 50 . S an Anto lín.
Felipe Big arny y
taller. 1506. R etablo
mayor de la c atedral
de Palencia .
Fig . 51 . San Felipe.
Felipe Big arny y
taller. 1506. R etablo
mayor de la c atedral
de Palencia .
736 “En las 17 pri meras figu ras que hizo en 1507 , hay u n esti lo más ac orde con Biga rny. Repit e un
aspe cto de s u tra dició n vis ual: el de l os enca nta dores santo s, caracterizados como personajes muy
human os, y el destac able rasgo morf ológi co de los cue llos muy c ortos […] en l a líne a co n los de
Salam anca , corpule ntos y es tát icos […] . Los pr ofetas y sant os de l a predela son de inferior calidad
[…]”, Ib.
V. Fray Dieg o de Deza en la catedral de P alencia
258
Por último, cabe destaca r dos imáge nes: la de Sa n Antolín y la de San Felipe
(fig s. 50 -51) . La primera de ellas es, en palabras de P ortela, “una de las mejo res
tallas del retablo, en la parte concer niente a Bigarny, de quien podría ser en su
totalidad” 737 , aunque, eso sí, muy alejada del virtuosismo técni co que el art ífice
mostró en el trasalta r burgalés. Esta f ue posiblemente la figura que más intere só al
C abildo, por lo que se e ntregó policromada y tras la en trega fue la única que se
colocó en la primitiva capilla mayor y no en el Hospital. La segunda, l a de San
Felipe , destaca por la expresividad de su rostro y por el m ovimiento de sus paños ,
en ella se aprecia co n claridad la ma estría de Biga rny y aquellas cara cterísticas ya
enunciad as sobre los plegados envolventes y voluminosos en relación con la
plástica borgoñona.
L A ICONOGRAFÍ A DEL RE TABLO : EXALT ACIÓN DE LA OR DEN DOMINICA ,
GLORIFICA CIÓN DE LA LA BOR EPI SCOP AL Y RE FLEJO DE L A IGLESI A PAL ENTINA
En relación con la calidad de las figuras, Y arza valoró qu e el obispo se interesó
poco por lo artístico, puesto que segu ramente “[…] no le afectaba más q ue en tanto
colaboraba al decoro conveniente en una obra religiosa” 738 . Esta reflexión le llev ó
a tratar sobre la iconografía que , a su juicio , deb ió de ser la princ ipal preo cupación
del prelado.
Aunque no compar timos la total idad del plante amiento de Yarza, ya q ue Deza
estuvo de trás de las principales con trataciones de artis tas para las obras
catedralicias , tanto en Palencia como en las otras sedes que gobernó, hay una
cuestión muy cierta y es que la implicación del prelado fue más allá de la
designación de artistas, puesto que a él se debe el diseñó del programa iconográfi co
del conjunto.
Tras contemplar e l proyecto original podemos valorar cómo el prelado previó
que el santoral ab andonase los espacios secund ari os que ocupaba en conjuntos
anteriore s , generalmente en entrecalle s y gua rdapolvos , para conquistar posiciones
más destacadas y pasar a convertirse en su fundamento. Según ya se ha expl icado,
en el contra to con Guadalupe s e determ inó que la calle cen tral d el retab lo debía
estar ocupada por la Quinta Angustia en el banco y l a Asunción de la Virgen en la
737 PORTEL A SANDOVA L, Fran cisco José, ob. cit. , p. 52.
738 YARZA LUAC ES, Joa quín, “ Dos ment alid ades… ”, p. 1 14.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
259
calle central. Con posterioridad se incluyó la figura del Salvador , que debía situarse
en el extre mo super ior del mis mo . Esta icono grafía se confir mó y defin ió en el
acuerdo con el Bigarny, donde se recogí an asuntos tan imp ortantes como las
medidas de las imág enes, sus atributos, la posición o su acompañamiento.
A continuación se t rataba sobre las f iguras que debían apa recer en cada u no de
los tres niveles de l re tablo , tanto en el banco como en sus dos cuerpos. El ra sguño
q ue acompaña aquel acuerdo se realizó con el único objetivo de determinar el lugar,
nombre y atributo de los santos que debían c ompletar la iconografía del retablo,
como se ha expuesto más ar riba . Así, en todo momento se dice que “[… ] vuestra
señoría ha de mand ar nombr [ ar ] cuáles imágene s serán y esc ribir su nomb re en cada
encasamento, etc”. En el diseñ o se puede leer co n claridad el nombre de cada un a
de las figuras y el espaci o que estas deb ían ocupar, ya fuera a petición del obispo o
de los miembros del cabildo . De izquierda a dere cha y de arrib a abajo dice :
“[la]s arma s/ [de] su S. con su/ [ca]pel o y +[a]sy en todas/ [q ua]tro esq [ui] n as/ en
estos VI / encasamen tos/ co mo esto no / ha de aver yma/ gen alg [un ] a sino/ obra de
talla/ Sant Salvador con q [u] atro euangeli s/tas alred edor sob re su nub e/ [S.]
P[etr] us mártir/ +/ (pérdida) un achel / [pe]cho/ S. Dom i nicus/ +/ libro y palma/ S.
gr e gorius/ (o leandre)/ +/ papa con tia/ra y +/ (Sant Jo)/ S. agustin/ + yga y †/ Sant
pao/ S. Ambro.o/ S. isidorus/ + /arç obpo san/ti guando y +/ S. Th omas/ + /libro
cali/çe /S. cat hena/ d e sena/ +/ cruçif ixo y/ coraç on//
S. Barthous/ S. Andreas/ S. pedro/ +/ llaues/ y li/bro a bierto/ S. Antol i n/ +/ palma
y co/chill ida/ La asumçion de n [uest] ra señ ora con/ syet angeles q. la suben/ S. Juo
bap/ tista/ S. pablo/ +/ libr o cerrado/ y espada/ S. J acobus/ S. philipus/ +/ libro
cerra/doy alça las/ fald as//
aquí dize f i z q. se ponga/ los euangel istas o profetas/ como pareçiere al cab i ldo/
ysayas/ +/ ba culo/ mo ysen +/ las tab las/ S. Jeron imo/ +/ carden al el/ leó n/ la qu inta
angustia/ S. Leandro/ Arçob [is] po i/ dotor/ + /libr o y +/ da uid/ +/ la har pa/
Salom o n/ +/ ceptro/ va testado d o dize en dos caxas san p o i en otra do dez ia
oleandre” 739
Tras la lec tura del do cumento puede c oncluirse que, a excepció n de las im ágenes
cuya presencia s e explica por el cult o catedralici o, como son la Virgen, el Salvador,
San Antolín y S an Juan, así como aquellos ev angelistas y p rofetas que debían
formar par te del banco, donde el prelado dejó libertad para que se dispusieran
739 ACP, S ección His tóri ca, arm. 1 , leg. IV , 89, Libro de Con tratos , s/f.
V. Fray Dieg o de Deza en la catedral de P alencia
260
“como pareçier e al cabildo” 740 , existe una significativa pr esencia de r eligiosos ,
teólogos y pensadores junto con un nutrido grupo de santos dominicos, la misma
orden a la que pe rtenecí a el ob ispo. Esta fili ación dominica ya se apuntaba en el
contrato con Guadalupe, donde se pedía que en tre las labores romanas e stuvieran
lirios y azuc enas: “en los lados e traviesas, han de yr sus labores romana s antiguas
[…] y donde pudiern vennyr deben se poner algunos li li os e az ucenas y otr as labores
romanas quales su seño ría diere debux adas e fuere content o” 741 , probablemente
aludiendo a la iconografía que habitualmente acompaña a santo Domi ngo de
Guzmán y que, por otra parte, también pueden vinc ularse con la imagen titula r .
La presencia de los santos domin icos en este retab lo es fácilmente exp licable y
debida exclusivam ente al interés d e fray Diego de Deza por pr estigiar a la o rden de
Santo Domingo, ensalzar la actividad inquisitor ial y fortalec er la lu ch a antihe rética ;
en ese mismo sentido refuerza el carácter int electual y teológico de sus miembros ,
algo que ya había realizado el p ropio Deza a t ravés de sus e scritos . Por otro lado ,
debemos recordar que el prelado fue Inquisidor General entre 14 98 y 1507,
coincidiendo con su etapa palentina, por lo que no podemos disgregar el cargo que
ostentó de su labor pastoral y de sus prom ociones artísticas. Así, el prelado
determinó que , en los encasamentos de los extremos del cu erpo superior , debían
coloca rse cuatro santos dominicos: San Pedro Mártir de Verona, Santo Domingo
de Guzmán, Santo Tomás de Aquino y Santa Catalina d e Siena. Todos ellos
presentes a quí por su labor anti - he rética y dogmática, así como por su defensa de
los estud ios univers itario s y t eológico s, fundamentales para la predicación.
En el lado del Evangelio había de ub icarse San Pedro de Verona, inquisidor y
mártir, el primer dominico en morir por defender la causa a manos de unos herejes.
Se acompaña de una palma con t res coronas en alusi ón al mart irio, libro en
referencia a la orden y un puñal en el pecho. Su presencia es habitual en los
conventos domini cos, especialmen te en los lig ados a las activ idades del S anto
Oficio como Valladolid o Ávila. A su lado, Santo Domingo de Guzmán 742 , fundad or
de la o rden de predicadores. Aparece revestido con el hábito de la orden, sujetando
una vara de lir ios en su mano der echa - su atributo habitual en alusión a la pureza -
740 Así se puede leer en el esquema del retablo mayor que realizó Bigarny, concretamente en l a
predela, Ib.
741 Ibid ., f. 108 r.
742 PÉREZ SANTAMARÍA, Aurora, “Aproximación a la iconografía y simbología de Santo Tomás
de Aquin o”, C uader nos de Art e e Ic onogr afía , 3, 5, 1990 , pp. 31 - 54.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
261
y un libro en la izquierda. La presencia de la imagen de este santo en el retablo,
ad emás de por las razones menciona das , también se explica po r el hecho de que el
santo resid iera dur ante un tiempo en Palencia do nde pudo formarse en su Estudio
General, algo que sin duda tuvo en cuenta el prelado y debió de complacer a la
clerecía pale ntina .
Fig . 52 . Santo Tomá s . P edro Berruguete . ca. 1500 .
Retablo mayor de la igles ia de
S anto T omás . Ávila.
Fig . 53 . San to Tomás. Felipe Bigarny y
taller. 15 06. R
etablo mayor de la
c atedral de Palencia
En el lado de la epís tola está Santo Tomás de Aquin o 743 (fig. 53), filósofo,
teólogo y estudioso de las sagradas escrituras. Como ya hemos tenido ocasión de
exponer, fray Diego de Deza fue un ferviente tomista, defen dió su pensamiento y
sus posicionamien tos teológicos a través de diversos textos, de la m isma manera
que se sirvió de su s estudios para arre meter contra las her ejías. Se le rep resenta con
743 CABALLE RO ESCA MILL A, Soni a, “Los santos domini cos y la propag anda i nquisitorial en el
conve nto de Sant o To más de Ávil a”, A nuar io de Es tudi os Me diev ales , 3 9, 1, 200 9, pp. 367 - 370.
Canoni zado e n 13 23, lo s dom inicos l e vene ra ban com o el quinto Doct or de la Igles ia, e n 1567 Pío
V decret ó que s e le diera el mis mo cult o que a los Padres de la Iglesia.
V. Fray Dieg o de Deza en la catedral de P alencia
262
birrete de doctor, que también hace alusión al casquete que portaban los
inquisidores, y un libro en la mano izquierda sobre el que se encuentra un cáliz y
dentr o una Sagrad a Forma, en referencia a sus escritos en defensa de la Eucaristía.
Esta manera de rep resentar al santo debemos ponerla en relación con el moment o
histórico que se estaba viviendo a p rincipios del siglo XVI, cuando la Eucari stí a se
había convertido en el símbolo del cr istiano y a su vez era despre ciada por los
judíos. Se trata, po r tanto, d e una represen tación simbó lica a través d e la cual,
además de produ cirse la exalt ación de este sac ramento, se va lora la figura de S anto
Tomás como teólogo defe nsor del mis mo y de la orden dominica que, como
inquisidores, er an sus principales valedor es. Así mismo, es n ecesario poner esta
imagen en re lación con el retablo de S anto Tomás de Ávila, centro de la inquisición
en Castilla, donde Pedro Berrugue te represe ntó al teólogo de la misma manera (fig .
52) . Finalmente, Santa Catalina de Siena cierra la nómina d e santos dominicos en
el retablo. Aparece aquí poco tiempo después de ser canonizada (14 61) y , en su
iconografía, se incluye una corona de es pinas, crucifijo y corazón e n una de sus
manos. El culto a esta m ística cobr ó mayor fuerza tras la traducción de su s obras al
castell ano por iniciativa de Cisneros.
No podemos olvidarnos de que la presencia de estos santos dominicos en el
retablo pa lentino está en relació n con otros conjuntos icono gráficos desarrollados
en los monasterios dominicos c astellano s. El Inquisidor General fr ay Tomás de
Torquemada desarrolló un complejo programa en S anto T omás de Ávila, sede d el
Tribunal de la Inquisición, que incluía la escultura monumental de su portada, los
retablos d e su interior e i ncluso las v idrieras. Allí cobra ban espec ial prota gonismo
S anto Tomás, S an Pedro Mártir y S a nto Domingo 744 . Anteriormente Torquemada
había planteado la mis ma iconografía en la fachada de S anta C ruz de Segovia 745 ,
donde fue prior en los años 1474 - 149 6. Ambos son perfectos muestrarios en los que
aparecen los principa les miembros de la orden “que destacaron en la defensa de la
744 En el ni vel m ás alt o de la p orta da apar ecen e stos t res sa ntos ju nto a San Vicente Ferrer y en el
inferi or Santa Cat alin a de Al ejan dría , San Juan B autis ta, Sa n J uan Ev ange list a y Santa Catalina
de Sien a. Los r etabl os de su i nter ior estaban de dicados a los santos dominicos, el principal a Santo
Tom ás y los laterales a Sa n Pedro már tir y a Santo Domingo de Guzmán , véas e CABALLERO
ESCAMILLA, Sonia, “F ray Tomás de To r quema da, i conóg rafo y prom otor de las a rte s”, Archivo
Español de Ar te , 82, 325 , 2009 , pp. 19 - 34.
745 CARRERO SANTAMARÍA , Eduardo, “Patrocin io regio e Inquisición. El programa
iconográfico de la cueva de Santo Domingo en Santa Cruz la Real de Segovia”, Gil de Siloé y la
escult ura de s u tiem po, A ctas del C ongre so I ntern aciona l , Burgos, Ins titución F ernán Gonzále z,
2001, pp . 447 - 462.
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
263
fe católica frente a la s herejías [a trav és de los cuales se estab lecieron …] vín cul os
con la situación presente, en la qu e se estaba luchando contra la expa nsión del
judaísmo” 746 . La p resencia de estos san tos en el ex terior de una iglesia d e la orde n
se repetiría de nuevo en la fachada de San P ablo de Valladolid patrocinada por fray
Alo nso de Burgos. En este caso, y de la misma manera que en l os conjuntos
anteriormente señalado s , l a nómina de santos dominicos se concentra sob re la parte
inferior, en torno a la puerta 747 . El program a iconográfico desarrollado en estos tres
templos, es pecial mente en el abulense, debió d e pesar entre lo s miembr os de la
orden cuando se decidieron a promover otras obras o conjuntos y, especi almente ,
en Diego de Deza como Inquisidor General.
a
b
c
Fig. 54. San Gregorio (a), San A gustí n (b) y Sa n Isidoro ( c) . Felipe Bigarny y taller. 1506.
Retablo mayor de la catedral de Palencia.
746 CABAL LERO ESC AMIL LA, S onia, “ Fray T omás de Torq uemada…” , p. 27.
747 Aparece n los c uatro s antos domi nicos univer sale s: a l a izqui erda es tá Sa nto Do mingo de G uzmán
y San Pedr o de Ve rona; en e l la do d erecho Santo Tomás de Aquino y San Vicente Ferrer, véase
ANDRÉS ORDAX, Salvador, “San Telmo, San Gil y otros dominicos en la i conografía de la fachada
de San Pablo de Valladolid ”, Boletín. Real Academ ia de Be llas Art es de la Purísi ma Conce pció n ,
41, 2006 , pp. 55 - 66.
V. Fray Dieg o de Deza en la catedral de P alencia
264
El nivel superior del retablo t ambién glorifica l a labor episcopal a través de
cuatro figu ras de máximo n ivel en la histor ia de la iglesia : San Gregorio, San
Agustín, San Ambrosio y San Isidoro . Tres obispos y un Papa, tr es padres de la
iglesia y un doctor de la iglesia hispana que tienen en común una intensa labor
intelectual y su defensa de la iglesia católica, en oposición a otras corri entes
heréticas del momen to que les tocó viv ir.
San Greg orio aparece con la tiara papal y bácu l o (fi g. 54- a). Reformador,
escribió un manual de m oral y predic ación para obispos en el qu e se fijó Deza. Otro
dominico, fray Alonso de Burgos, se acordó de este sa nto para erigir un colegio con
su nombre en Vallad oli d. L e acompaña San Agus tín (fig . 54 - b), con báculo, mitra
y la maqueta de una iglesia en su mano izquierda. Obispo y teólogo se mostró
especialmen te combativo co ntra las here jías. Al otro lado debía ub icarse San
Ambrosio , padre de la iglesia j unto a los tr es anteriores, se muestra porta ndo báculo
y un libro abierto en su mano izquierda. Cierra este grupo San Isidoro (fig . 54- c) ,
arzobispo sevillano, el mismo puesto que ocupaba Deza en el mo mento que
encargaba a Bigarny la iconografía del retabl o. Su pres enc ia se justifica p or ser
doctor de la iglesia h ispana, escritor de tex tos tan importan tes como las
Etimologías , por su intensa la bor en la conversión de arrianos al cri stianismo o por
las reformas empr endidas en el seno d e la iglesia peninsular como el
establecimie nto de las escuelas catedralicias.
Como ya se ha señalado, la iglesia palentina e staba representada en la calle
central a través de las figuras de l Salvador y de la Asunción de la Virgen , es ta últ ima
flanqueada por San Antolín y San Ju an Evangelista en el primer cuerpo de l retablo.
Todas ellas eran las advo caciones que tenía el templo a principios del siglo XVI.
Por lo tanto, s u presencia escapaba a los deseos del prelado , especi alme nte en lo
que se refiere a El S alvador , cuya inclusión se produjo con posterioridad al contrato
con Guadalupe.
El primer cu erpo, el más d irectamente relacion ado con la As unción de la Virgen ,
fue el elegido por el prelado pa ra colocar el apostolado , a excepción de los ya
mencionados San Juan y San Antolín . El red ucido número de encasam entos libres
determinó q ue fueran seis figuras la s que representaran a l resto de apóstoles y que
su importancia se midie se por la cercanía a la imagen cent ral. De esta manera, la
relevancia de los per sonajes representados en la z ona central es mayor,
reduciéndose hacia los extremos. San Pedro y San Pablo debían acompañan a San
Arte y prelad os en la cated ral de P alencia (1 500 - 15 20)
265
Antolín y a San Juan Bautista , re spectivament e; a estos se le s suman San Andrés y
Santiago el Mayor . En los extremos de ambas c alles, San Bartolomé y San Fe lipe .
Todos ellos con el atributo colectivo del libro, además de los propios que les
singulariz an.
En el banco se incluirían las figuras de evange listas o prof etas a discreció n del
cabildo, estos debían servir de soporte para el apostolado y, a su vez, par a lo s santos
defensores de la Iglesia de los cuerpos superiore s. El cabildo rea lizó una selec ción
variada; re currió a Isaías y a Moisés como profetas, a los reyes David y Sal omón
como los más reconocibles miembros de la genealogía de Cristo en el Antiguo
T estamento y, final mente, a San Gerónimo y San Leandr o , el primero p or ser el
traductor de la Bibli a y padre de la iglesi a, el que faltaba para completar lo s cuatro
miembros d e es e grupo junto a los tres ubicados en el último cuerpo. La a parición
del segund o se explica por ser uno d e los más im portantes impu lsores de la igl esia
hispana.
E l relieve de l a Quinta Angust ia debía ser el centro de la pred ela. Su presencia
en esta zona se deb e a que fue un tema de gran devoción en el contexto espiritual
del moment o, dentro y fuera de nuestras fronteras, equiparable al culto surgido en
torno al sacr amento de la E ucaristía. D e hecho, este rel ieve se puede relacionar con
los santos defensore s de la Eucarist ía que aparece n en el retabl o, conectando de esta
manera las z onas superio r e inferior del m ismo.
Finalmente, podemos concluir que el retablo pa trocinado por Diego de D eza
nunca existió en la forma que el prelado lo ha bía ideado, de esta f orma lo aseveran
la mayor parte de los es tudios que se han ocupado del conjunt o 748 . Como tendremos
ocasión de valorar, la decisión d e trasladar la cap illa mayor a un lugar más cercano
al nuevo crucero anuló la posibilidad de que el retablo fuera montado en e l e spacio
para el que había sido proyectado, cercenando l a ocasión de que sirviera d e modelo
para otros que se enc argaron en aqu el tiempo en el medio palentino 749 y, lo más
748 RÍO DE LA HOZ , Isabel, ob. cit. , p. 80. Cuando Yarza se refiere a la entrega de las últimas
escult uras p or part e de Bigar ny en 1509 dic e que “ el retabl o no es taba mont ado ni ll egará a estarlo
jamás”, YARZA LUACE S, Joa quín, “Do s mental idades …”, p. 112.
749 PARRADO DE L OLMO, Je sús María, “Pe dro Guadal upe…”, p. 7 6. Se ha tratado sobre la
relación existente entre el retablo palentino y el que fuera retablo may or de la colegiata de
Val ladoli d. Est e últ imo fue vendi do p or el ca bil do vall isole tano e n 16 76 al luga r de Re nedo, q ue a
su vez l o ve ndi ó en 1 751 a la l ocali dad de Amus quill o, d onde se en cuent ra actu alme nte . Las
similitudes con el retab lo palentino han permitido atr ibuir su ensamb laje a Pedro de Guadalupe:
VI . Juan Rodr íguez Fons eca e n los albore s de la modernidad
272
trascoro y contra tó a Juan de Fland es para que real izara las pintura s del reta blo
mayor 760 .
UN OBISP O AL SERV ICIO RE GIO
El 4 de abril de 1506 Juan Rodríguez de Fonseca entraba por primera vez en la
diócesis palentina. L legaba tras año s al servicio de los R eyes Católicos, bajo cu yo
gobierno había ocupado diferentes puestos de responsabilidad y logrado el evadas
cotas de p oder.
Formado en la Universidad de Salamanca, donde entre los años 1468 y 1470 se
instruyó en Artes y Teología, al lí también llegó a opositar en 1471 a una Cátedra de
Retórica en aqu ella institu ción que fin almente recayó e n Diego R amírez de
Villaescusa 761 . Gracias a su tío Alonso de Fonseca, entonces ar zobispo de Sevill a
(1469- 1473), se convirtió en discípulo de Elio Antonio de Nebrija , con quién
completó su formación y pudo asimilar conocimient os muy novedosos en campos
como la geografí a, la cosmogra fía y la cartografí a 762 .
Su nexo con la religión fue tardío, lo que contrasta con su rápido ascenso en la
jerarquía religiosa. En este campo se inici ó junto a fray Hernando de Talavera,
quien debió de ejercer una notab le influencia en su pupilo 763 . Ocupó, de forma
su cesiva, el arced ianato de Olmedo e n la diócesis abulense ; fue canónigo, arced iano
y deán de Sevilla, así como provisor de fr ay Hernando, siendo este arzobispo de
760 FER NÁ NDEZ DE M ADRID, Alons o, ob. cit. , p. 385; y A SCEN SIO GARCÍA, Juan, ob. cit. , ff.
32v - 33r.
761 SAGARRA GAMAZO, Adelaida, “Los Fon seca en el horizonte…”, pp. 72 - 73.
762 SAGAR RA G AMAZO, Adel aida, “ Elio Antoni o de Nebrij a y Ju an R odrí guez de Fonse ca: de la
gramática a la cartografía al servicio de la R eina”, Rev ista de Estudios Colomb inos , 2, 200 6, pp. 29 -
40 So bre Fonseca como cartógrafo véase VARELA MARCOS, Jesús y VASALL O TORANZO Luis,
“La cartografía americana en el testamento de Fonseca”, Revi sta de Est udios C olo mbin os , 12, 2016 ,
pp. 27 - 36.
763 Si güenza dijo de Fonseca: “quísole mucho la reina Isabel, no pudo mostrarle mejor lo mucho que
lo amaba, que con arrimarle a fray Hernando de Talavera”: SIGUENZA, José, Hist oria de l a orde n
de San Je róni mo , Val ladoli d. Junt a de Cast il la y León, 2000, p p. 303 - 319.
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