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El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer

Damián, León A.

Abstract

: Retomando la metodología foucaultiana de la arqueología de las ideas y el concepto de «contrasexualidad» de Paul B. Preciado, en este artículo se realiza un análisis reflexivo sobre algunas nominaciones históricas para la práctica erótica de la penetración anal entre hombres, primero en los griegos y luego los años ochenta durante la crisis del sida, para contrastar de la manera más radical posible las apreciaciones sociales que se derivan de tal práctica. Si bien este marco analítico es experimental y parcial, pues no nos ocuparemos estrictamente de la historia del conocimiento sexual sino más bien de las reglas, efectos de sentido y códigos sobre dar y recibir por el culo, ensayaremos la construcción al modo de una ingeniería inversa sobre las formas de las experiencias singulares de Eros en la carne misma del cuerpo del sujeto del deseo, mediante la recuperación de pasados probables para imaginar el devenir queer de futuros posibles. Concluimos con una reflexión sobre la necesidad de teorizar críticamente las arqueologías y genealogías contrasexuales del placer de dar y recibir por el culo, así como sus antecedentes recientes con el fistfuck y la reactualización de las prácticas bareback.

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MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer The butthole of Eros. An archeology of anal countersexualities and queer micropolitics LEÓN A. DAMIÁN Universidad Autónoma de Querétaro. Cerro de las Campanas s/n C.P. 76010. Santiago de Querétaro, Qro. México. Dirección de correo electrónico: laf[email protected] ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8135-1974 Recibido/Received: 01/02/2024. Aceptado/Accepted: 08/05/2024. Cómo citar/How to cite: Damián, León A. (2024). El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer. MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1), pp. 193-234. DOI: https://doi.org/10.24197/mcreilq.1.2024.193-234 Artículo de acceso abierto distribuido bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC-BY 4.0). / Open access article under a Creative Commons Attribution 4.0 International License (CC-BY 4.0). Resumen: Retomando la metodología foucaultiana de la arqueología de las ideas y el concepto de «contrasexualidad» de Paul B. Preciado, en este artículo se realiza un análisis reflexivo sobre algunas nominaciones históricas para la práctica erótica de la penetración anal entre hombres, primero en los griegos y luego los años ochenta durante la crisis del sida, para contrastar de la manera más radical posible las apreciaciones sociales que se derivan de tal práctica. Si bien este marco analítico es experimental y parcial, pues no nos ocuparemos estrictamente de la historia del conocimiento sexual sino más bien de las reglas, efectos de sentido y códigos sobre dar y recibir por el culo, ensayaremos la construcción al modo de una ingeniería inversa sobre las formas de las experiencias singulares de Eros en la carne misma del cuerpo del sujeto del deseo, mediante la recuperación de pasados probables para imaginar el devenir queer de futuros posibles. Concluimos con una reflexión sobre la necesidad de teorizar críticamente las arqueologías y genealogías contrasexuales del placer de dar y recibir por el culo, así como sus antecedentes recientes con el fistfuck y la reactualización de las prácticas bareback. Palabras clave: penetración anal; sexo entre hombres; culo; homosexualidad; sexualidad; queer Abstract: Returning to the Foucauldian methodology of the archeology of ideas and the concept of “contrasexuality” by Paul B. Preciado, this article performs a reflective analysis on some historical nominations for the erotic practice of anal penetration between men, first among the Greeks, and then in the eighties during the AIDS crisis, to contrast in the most radical way possible the social appreciations that derive from such a practice. Although this analytical framework is experimental and partial, since we will not deal strictly with the history of sexual knowledge but rather with the rules, effects of meaning and codes about giving and receiving up the ass, we will 194 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 rehearse its construction as if reverse engineering the forms of singular experiences of Eros in the very flesh of the body of the subject of desire, through the recovery of probable pasts, to imagine the queer becoming of possible futures. We conclude with a reflection on the need to critically theorize contrasexual archaeologies and genealogies of the pleasure of giving and receiving up the ass, as well as its recent antecedents with fistfucking and the re-actualization of bareback practices. Keywords: anal penetration; gay sex; butthole; homosexuality; sexuality; queer INTRODUCCIÓN Este artículo está dedicado a la memoria de Jean Allouch ¿Cómo aproximarse al uso de los placeres y analizar críticamente los elementos discursivos, los significados sociales y los datos históricos que intervienen en el diseño del cuerpo sexual? ¿Qué es la sexualidad? ¿Cuáles son los códigos, signos y gramáticas corporales del acto de follar por el culo? ¿Cómo trazar una arqueología sobre los placeres anales entre sujetos simbolizados con los rasgos de la identidad masculina? ¿De qué manera esos sentidos simbólicos crean, moldean, aglutinan y confeccionan la subjetividad del sujeto del deseo? Los significados atribuidos a los actos eróticos son históricos, contextuales y situados, siendo el efecto resultante de la correspondencia entre componentes biológicos, morales, legales y culturales, que a su vez se encuentran articulados con las relaciones y procesos sociales entre individuos, las performativas de los cuerpos y las prisiones de la carne, el lenguaje, las redes del poder y la identidad. El uso de los placeres, los sufrimientos, goces y sus sentidos sociales y culturales tienen diversas mutaciones de acuerdo con los contextos situados y los discursos que construyen un sentido particular para determinados individuos que a su vez forman parte de colectividades y eso hace a los cuerpos agentes y prisioneros de esa discursividad por su propio sentir, pero, además, por el significado que implica ese sentir y deseo para un sujeto de manera singular. En el libro La aparición de la sexualidad (2004), el profesor de filosofía Arnold I. Davidson realizó una crítica al enunciado «somos nuestra sexualidad». En sus estudios, siguiendo la senda abierta por Foucault, Davidson se pregunta sobre cómo la construcción de las identidades sexuales ha devenido categórica y determinante para la producción del conocimiento de la psiquiatría, la sociología, la El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 195 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 antropología, el derecho, la historia, la educación, la literatura y en algunos momentos para el psicoanálisis vertido en una práctica psicológica, es decir, los discursos de los saberes y conocimientos reunidos y clasificados en el conjunto de las ciencias humanas por Michel Foucault en Las palabras y las cosas (2010 [1966]). La sexualidad no son datos objetivos, sino experiencias modernas, discursos opacos, prácticas situadas y contextuales, cuyo conjunto puede ser problematizado como objeto de análisis y estudio histórico, lingüístico y filosófico, con alcances epistemológicos. Michel Foucault investigó en sus libros y cursos de la década de los setenta el fenómeno discursivo de la epistemología histórica y la formación de los conceptos del dispositivo de sexualidad y las identidades productoras del sujeto moderno efectuadas por el poder disciplinario a partir del siglo XVIII. Con el establecimiento metodológico en La voluntad de saber (1975) es posible estudiar a la sexualidad como un dispositivo histórico y una invención moderna enmarcada en complejos lazos discursivos. La afirmación foucaultiana de que la sexualidad es una invención de experiencias modernas y producto de un dispositivo histórico de poder provocó un cambio de paradigma sobre las investigaciones filosóficas, antropológicas, sociológicas, históricas y psicoanalíticas, pues permitió descartar cualquier premisa de una «naturaleza» justificada en procesos reproductivos y restringida a un supuesto binarismo genital. Así, la sexualidad entendida como una variabilidad contextualmente situada del uso de los placeres eróticos se posiciona epistemológicamente como un fenómeno cultural y se establece como un punto de captura localizable en la genealogía del devenir del sujeto del deseo. La sexualidad es el producto y efecto de relaciones de poder históricas que, mediante los desplegados de sus dispositivos (discursos, instituciones, leyes, medidas administrativas, costumbres sociales, diseños y usos de los espacios, etc.) producen binarismos suplementarios, correlativos y consustanciales como las duplas heterosexuales/homosexuales, hombre/mujer, normal/anormal, salud/enfermedad, sexualidad sana/perversión. De esta manera, la sexualidad no es únicamente una cuestión de sensaciones, afectos o placeres, sino también de juegos de verdad y falsedad, criterios de clasificación, una taxonomía y ecología de los cuerpos vivos en una norma simbólica reproductora, es decir, un campo del dominio del saber sobre el cuerpo del sujeto. El discurso de la ciencia médica, criminológica, psiquiátrica y racial, por medio de su conjunto como scientia sexualis (Foucault, 1975), heredó 196 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 el modelo de la confesión eclesiástica del catolicismo medieval para construir sus nosografías y saberes clínicos con lo que surgió a finales del siglo XIX la sexualidad patológica y las identidades de los perversos, pero también las de los «sanos heterosexuales» (Katz, 2012). Foucault estudió en sus cursos El Poder Psiquiátrico (2005 [1973-1974]) y Los Anormales (2000 [1974-75]) cómo el discurso de la scientia sexualis inventó, a través de la literatura psiquiátrica del siglo XIX, la figura de los perversos sexuales y criminales degenerados, como movimiento de legitimación simbólica para establecer una figura universal de sexualidad, ciudadanía y familia asociadas a la salud pública, sosteniéndose en regímenes de juegos de verdad y aparatos de verificación productores del sujeto sexual moderno. De pronto, diversas prácticas eróticas y placeres corporales triviales devinieron en identidades y especies clasificadas en dos lados: uno «saludable» con la pareja heterosexual monógama reproductora, y por otro lado los «enfermos» maleantes, perversos y degenerados. Esta narrativa le adjudicó a la naturaleza cierta moral prescriptiva a las prácticas sexuales, sosteniendo la existencia de un instinto sexual genésico que conduciría a los cuerpos hacia la efectuación de la función reproductiva de la especie, donde las desviaciones de ese instinto (en prácticas que van desde la masturbación, pasando por el travestismo, el sexo anal o el sadomasoquismo) serán connotadas como «patologías» de esa supuesta «función reproductiva». Para la antropóloga lesbiana Gayle Rubin, la connotación simbólica de los actos eróticos, sexuales, afectivos y de filiación se sostienen en estructuras sociales instituidas, la simbolización cultural de la diferencia sexual cristalizada en el binarismo de género y los discursos sociales. Estos marcos simbólicos dan sentido al reconocimiento social preciso de los cuerpos, las identidades y las experiencias en relación con cierta actividad erótica particular, lo que genera la ficción de un esencialismo sexual en el que se considera que hay únicamente una forma benigna del uso del cuerpo para los placeres sexuales, que es universal y que debería funcionar para todos los sujetos, instituyendo una valoración jerárquica de los actos sexuales. Las sociedades occidentales modernas evalúan los actos sexuales según un sistema jerárquico de valor sexual. En la cima de la pirámide erótica están solamente los heterosexuales reproductores casados. Justo debajo están los heterosexuales monógamos no casados y agrupados en parejas, seguidos de la mayor parte de los demás heterosexuales. El sexo solitario flota El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 197 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 ambiguamente. El poderoso estigma que pesaba sobre la masturbación en el siglo XIX aún permanece en formas modificadas más débiles, tales como la idea de que la masturbación es una especie de sustituto inferior de los encuentros en pareja. Las parejas estables de lesbianas y gays están en el borde de la respetabilidad, pero los homosexuales y lesbianas promiscuos revolotean justo por encima de los grupos situados en el fondo mismo de la pirámide. Las castas sexuales más despreciadas incluyen normalmente a los transexuales, travestís, fetichistas, sadomasoquistas, trabajadores del sexo, tales como los prostitutos, las prostitutas y quienes trabajan como modelos en la pornografía y la más baja de todas, aquellos cuyo erotismo transgrede las fronteras generacionales. (Rubin, 2018 [1984], p. 18) En el transcurrir de los siglos se han construido y utilizado múltiples nominaciones y categorías asignadas a los hombres que practican actividades eróticas y sexuales con otros hombres. Estas nominaciones y categorías se encuentran ligadas a la época y los esquemas que demarcan y recubren las experiencias, prácticas y deseos en lo referente a Eros. Pero en nuestro régimen heteronormativo, farmacopornográfico petrosexoracial (Preciado, 2022), machista, misógino y binario, así la jerarquía de las prácticas sexuales se traduce y sostiene en un poder vertical que se expresa en insultos, odio y actos de violencia, donde el culo y el placer anal (principalmente para los hombres cis-género) es el sitio de la prohibición y abyección, siendo además un punto de cruce entre las normativas de género, raza, clase social y poder. Es decir, en esta jerarquía una de las prácticas sexuales más despreciadas es el sexo anal entre hombres, o el «que te den por el culo». El culo es el gran lugar de la injuria, del insulto. Como vemos en todas partes, la penetración anal como sujeto pasivo está en el centro del lenguaje, del discurso social, como lo abyecto, lo horrible, lo malo, lo peor. Todas estas expresiones traducen un valor primordial, unánime, generalizado: ser penetrado es algo indeseable, un castigo, una tortura, un acto odioso, una humillación, algo doloroso, la pérdida de la hombría, es algo donde jamás se podría encontrar placer. Es algo que transforma tu identidad, que te transforma de manera esencial. A partir de ese acto «eres» un jodíopolculo, un enculado, un maricón. (Sáez y Carrascosa, 2011, p. 16-17) Leo Bersani plantea las siguientes preguntas: «¿Dónde comienza el verdadero sexo? Tocar un seno a través de una blusa ¿Cuenta? ¿Hacerse chupar constituye una relación sexual o […] debe haber una penetración genital? Finalmente —¿y por qué no?— ¿la sodomía constituye una 198 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 relación sexual?» (1999, p. 8). Es importante retomar estas preguntas e indagar sobre la simbolización cultural de los placeres anales entre hombres, pues la denostación del ano como un oscuro objeto de deseo y su utilización con consecuencias y represalias subjetivas, culturales, penales e inclusive letales, muestra un rasgo fronterizo sobre la edificación de las identidades dentro de la soberanía del régimen heterosexual (Rubin, 2018; Wittig, 2010). Al respecto, Bersani señala: Por otro lado, siempre se ha dudado de eso: lo que hacen los gays es, propiamente hablando, innombrable. No se trata de que no se pueda describir una penetración anal, pero, ¿Se puede decir el género del placer que aporta? ¿Hay un orgasmo anal? ¿o un orgasmo bucal? ¿O se trata de un goce noorgásmico? […] Excluidos (hasta ahora) de los imperativos conyugales y reproductores que domestican el sexo para la sociedad heterosexual, los gays tienen el privilegio (que a menudo pagan muy caro) de ser los portadores de un mensaje totalmente diferente: la promiscuidad, por la que somos tan justamente condenados, es inherente al sexo. […] Exaltación mezclada con espanto porque, después del sida, se ve que este goce que no llega ni a fijar ni a decir, de todos modos, puede matar. […], porque rechazamos o somos incapaces de practicar un sexo adaptativo útil, un sexo que sirva para algo. (1999, p. 9-10) Desde otro costado, el escritor Didier Eribon, en sus Reflexiones Sobre la Cuestión Gay, menciona que «es sorprendente que sea siempre el “trasero” donde se focalizan los insultos y las burlas en cuanto se trata de homosexuales», pues «[…] parece evidente que en la mirada exterior sobre los homosexuales hay siempre la idea de que un gay es necesariamente un hombre que renuncia a la virilidad al aceptar o estar siempre en disposición de aceptar el rol “pasivo” en el acto sexual» (2001, p. 131). El erotismo se encuentra en el lenguaje, en la cultura, en manifestaciones y elaboraciones sociales, pero el placer es también una edificación particular para cada cuerpo, es decir, resulta singular para cada sujeto deseante. Retomando los trabajos del proyecto de Michel Foucault sobre la historia de la sexualidad como un marco epistemológico y sus premisas como base argumentativa, es posible realizar una arqueología de las representaciones, discursos, funciones sociales, instituciones y sistemas de reglas que correspondan a distintas épocas sobre la penetración anal entre hombres, el uso del ano como lugar de experiencias eróticas, es decir, hacer una arqueología del culo de Eros como si se tratara del análisis de capas geológicas sobre los usos de los placeres. El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 199 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 En el presente artículo aplicamos la metodología arqueológica de Michel Foucault, pero con una vuelta de tuerca a partir de la perspectiva de la contrasexualidad de Paul B. Preciado ya no para hacer un análisis de la sexualidad y sus discursos, sino para para trazar un seguimiento panorámico de algunas nominaciones que han signado la práctica erótica de la penetración anal entre hombres en dos momentos muy distantes de la historia (primero con las sociedades griegas y romanas, recuperando trabajos que se basan en referencias a las investigaciones de Foucault, y luego durante los años ochenta durante la crisis del sida), para contrastar de la manera más radical posible las apreciaciones sociales que se derivan de tal práctica, no sin necesarios rodeos que nos permitan también considerar algunos de sus efectos y alcances como técnicas de producción del sujeto del deseo. Consideramos importante aclarar que en este artículo, cuando nos referimos a la «sexualidad» de las sociedades griega y romana, el punto de partida es la lectura que ofrece Foucault, de manera muy general, como una analítica del uso de los placeres a partir de determinadas normatividades sociales ligadas a las prácticas de sí (Foucault, 1987) y las tecnologías del yo (Foucault, 1990) en el mundo Antiguo, donde no es la exaltación de una prohibición lo que comanda el deseo, sino el despliegue de experiencias, usos y relaciones con el placer a partir de relaciones complejas, conflictivas y contrastantes en la distinción de códigos sociales, morales y simbólicos entre el tipo de actos permitidos para determinados sujetos. En este sentido, reconocemos los problemas epistemológicos y metodológicos que implica no recurrir a fuentes originales y primarias, así como sus limitantes en la bibliografía consultada.1 Los trabajos que recuperamos sobre las formas de entender el Eros en la antigüedad nos proporcionan aquí una brújula para revisitar las posturas y posiciones iniciales de los gays and lesbian studies, los gender studies y la teoría queer contemporánea, centrándonos en una recapitulación de algunos conjuntos de actos asociados al placer anal, para distinguirlos de las formas en que los antiguos griegos y romanos los clasificaron, de un modo muy 1 Para profundizar en el tema de la metodologia historiográfica queer y lo referente a otros estudios sobre las expresiones eroticas de la antiguedad remitimos a le lectore a los siguientes libros: Greek Homosexuality de K. J. Dover (Harvard Universitu Press, 1989); Eros en la Antigua Grecia de Claude Calame (Akal, 2002); El sexo y el espanto de Pascal Quignard (Minuscula, 2005); San Foucault. Para una hagiografía gay de David Halperin (El cuenco de plata, 2007); Thinking Sex with the Early Moderns de Valerie Traub (University of Pennsylvania Press, 2015). 200 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 diferente a las categorías normativas e identitarias de la scientia sexuales, no sin dejar de reconocer la problemática y advertencia de no proyectar las categorías actuales a los comportamientos de la antigüedad; es decir, como bien lo señalan los trabajos de Sandra Boehringer (2021), el problema de traducir un término de experiencias y categorías que ya no existen, tema que no abordaremos aquí, pero que es importante mencionar. Excavar en el suelo de las ideas, localizar las diferentes tonalidades y compuestos discursivos de las capas de la sexualidad, diseccionar contrasexualmente las documentaciones y estudios sobre el erotismo entre hombres para extraer únicamente lo que concierne al culo, ese lugar de injuria, permite poner en tensión y reflexión una reconstrucción de la sociabilidad, el simbolismo del placer y las experiencias del sujeto del deseo y cómo ese conjunto de discursos y representaciones simbólicas enmarcan las vivencias, sus límites, pero también sus posibilidades en cuanto a las experiencias del goce en el cuerpo. Lo anterior sostenido en regímenes sutiles, pero identificables. Si bien este marco analítico es experimental y parcial, pues no nos ocuparemos de la historia del conocimiento sexual sino más bien de las reglas, efectos de sentido y códigos sobre dar y recibir por el culo, ensayaremos la construcción al modo de una ingeniería inversa sobre las formas de las experiencias singulares de Eros en la carne misma, mediante la recuperación de pasados probables para imaginar el devenir queer de futuros posibles. 1. DE LOS MUSLOS DEL MUCHACHO AL ANO DEL CIUDADANO Francis Mark Mondimore, psiquiatra y profesor estadounidense, siguiendo las tesis de Michel Foucault en La voluntad de saber (1975) problematiza y cuestiona la existencia de la homosexualidad entre hombres griegos, al plantear que sus formas de relacionarse de manera sentimental, erótica y sexual respondían a coordenadas discursivas muy distintas de las actuales. Menciona que «aquellos hombres no eran homosexuales en el sentido moderno del término. Los griegos no disponían de esta palabra ni de este concepto» (Mondimore, 1998, p. 24). La propuesta anterior se puede argumentar elaborando una comparación entre las ideas y representaciones contemporáneas que hay para las relaciones de pareja en general puestas en contraste con las prácticas, nociones y categorías de la Grecia Antigua, así como las reglamentaciones para sus ciudadanes. El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 201 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 Actualmente, el ideal inculcado sobre una relación amorosa anhelada y deseada se encuentra definido a partir de un esquema heterosexual, monógamo y patriarcal, desde el cual su máxima expresión consiste en la formación de una pareja que se configura por medio de relaciones de poder basadas en la simbolización binaria de la diferencia sexual encarnada en los mandatos y relaciones entre los códigos, gestos repetitivos, semióticas y performativas del género (Butler, 2006). Bajo este esquema normativo «el amor romántico conduce al matrimonio, y este conduce a la sexualidad y la procreación» (Mondimore, 1998, p. 25). Para la sociedad de la Grecia Antigua, sexualidad y procreación eran categorías constituidas y articuladas de manera distinta, por supuesto: «el sexo era necesario para la procreación, y el matrimonio el único marco legitimo para ello» (Mondimore, 1998, p. 25). Sin embargo, los hombres podían acceder al placer sexual y erótico de forma extramatrimonial, pues la nominación de fidelidad respondía a otros significados. Pero no solo la sexualidad y la procreación eran reglamentadas de manera diferente en la dinámica de la pareja griega, sino que todo el conjunto —y, más profundamente, la relación entre sexualidad, cuerpo y género que al mismo tiempo ella constituía— era lo que formaba un sistema de vida íntegramente distinto. De acuerdo con al estudio realizado por el sociólogo estadounidense Richard Sennet en su libro titulado Carne y Piedra (1997), la sociedad griega se encontraba organizada por una lógica de categorías donde existían sujetos privilegiados a los que se subordinaban otros de menor rango, y este sector dominante se encontraba compuesto por conjuntos de hombres cuya clase era asignada a partir de la nominación de ciudadanos. Un punto importante sobre la categoría de ciudadano para la Grecia Antigua (y que lo diferencia por mucho del estatus de ciudadanía actual en los Estados-nación), es que no bastaba con ser hombre y haber nacido dentro de una buena familia para poder acceder a este privilegio. El joven debía ser entrenado, formado, preparado física e intelectualmente para obtener el derecho de ser nombrado ciudadano y ejercer los distintos derechos que le concedían. Hay toda una serie de elementos que se deben construir para que el joven varón pudiera acceder al lugar de dominación, pues la premisa era que, para ser un buen ciudadano y eventualmente un buen gobernante, primero se debían atemperar las pasiones y lograr el cuidado y el dominio de sí (Foucault, 2011 [1984]). Para los griegos antiguos, la virilidad y la posición de dominador plasmada en la categoría legal y discursiva de ciudadano se perfila a través de una ardua educación (a diferencia de nuestra cultura, donde el varón ya posee una posición 208 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 esta dificultad la que explica a la vez el silencio del que se ha rodeado de hecho esta relación entre adultos y la bulliciosa descalificación de quienes justamente rompían ese silencio al marcar su aceptación, o mejor su preferencia de ese papel «inferior». (Foucault, 2011, p. 239) Hay que aclarar aquí que la posición escabrosa en el acto paedico era la del varón receptivo, aquel que era penetrado, que deseaba serlo y experimentaba placer de esta manera. Lo anterior era particularmente atacado cuando se trataba de un ciudadano, pues: Todo lo que en el comportamiento sexual podría hacer cargar sobre un hombre libre —y más aún sobre un hombre que por su nacimiento, su fortuna, su prestigio, ocupa, o debería ocupar, los primeros rangos— las marcas de la inferioridad de la dominación sufrida, de la servidumbre aceptada, no puede ser considerado más que como vergonzoso: vergüenza mayor aún si se presta como objeto complaciente del placer del otro. (Foucault, 2011, p. 234) A lo anterior hay que añadir que: La relación entre dos hombres maduros será más fácilmente objeto de crítica o de ironía debido a que la sospecha de una pasividad siempre mal vista es más particularmente grave cuando se trata de un adulto. (Foucault, 2011, p. 211) La argumentación anterior permite señalar dos puntos llamativos. El primero es que había un horror aún más marcado hacia aquellos hombres que deseaban y experimentaban placer de manera pasiva en el acto paedico, por el significado de degradación que era atribuida a esa posición, e incluso más al desearla. El segundo punto es que, a pesar de la estricta norma que reglaba la erótica entre hombres, los argumentos presentados por Michel Foucault permiten pensar que es erróneo suponer que los actos intercrurales eran la única forma de placer entre los hombres de la Grecia Antigua. Lo anterior se refuerza aún más al observar imágenes de vasijas y platos que datan de aquellos tiempos cuyas escenas hacen alusión a penetraciones anales e incluso la felación (Dover, 1989). Pasemos entonces a la problematización del acto anal entre hombres pues, a pesar de su marginalidad en los registros históricos, estableció una categoría que fungió como soporte del ciudadano ideal en la Grecia Antigua. El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 209 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 1. 2. El placer del acto paedico y su coacción en los Antiguos John J. Winkler, profesor de estudios clásicos, realizó un análisis en su libro Las coacciones del deseo (1994) de las formas en que los actos son regulados a través de la cultura y cómo a partir de estás regulaciones se expresan sus significados sociales, restricciones sociales y las formas políticas del gobierno de los cuerpos. En la primera parte de su libro, Winkler realiza un estudio minucioso de la Oneirokritiká (Análisis de los sueños) de Artemidoro de Daldis, un analista de sueños que viajó por las principales ciudades griegas. Los estudios y la información que se pueden extraer de la Oneirokritiká son importantes porque se trata del único manual antiguo sobre el sentido interpretativo de los sueños que ha llegado íntegramente hasta nuestros días y es un documento de singular valor para las investigaciones de la Antigüedad, pues contiene registros de elementos sociales comunes, muestra el funcionamiento del protocolo androcéntrico basado en el sexo y género y, no obstante, se mantiene exterior a ellos en su narrativa. Winkler, por medio del estudio de los textos de Artemidoro, observa que las lógicas discursivas de los comportamientos y actos eróticos se encontraban subrogadas bajo dos elementos principales que son naturaleza (phüsis) y convención (nomos). Sin embargo, concluye que en donde se lee «naturaleza» en realidad hay que entender «cultura», pues «Artemidoro usa la palabra “naturaleza” no como un juicio de valor, sino como un término categórico para señalar un límite importante en este campo de la significación social. Por “antinatural” entiende simplemente que ciertos actos son imposibles o irrelevantes, es decir, son no significativos dentro de los términos del significado social del sexo» (Winkler, 1994, p. 56). Ahora bien, debido a que los protocolos y reglamentaciones que normaban las conductas «consisten en que el contacto sexual es entendido en los contextos públicos como iniciado por el varón, falocentrado y estructurado en torno al acto de la penetración» (Winkler, 1994, p. 56), es interesante observar que, en la postura de Artemidoro, «los actos “naturales y convencionales” son aquellos en los que el hombre penetra a un inferior social (esposa, amante, prostitutas en los burdeles, trotacalles, mujeres que venden en los mercados, esclavas o esclavos, las esposas de otros hombres), es penetrado por otro hombre o se masturba» (Winkler, 1994, 49). Lo anterior sin embargo era interpretado por Artemidoro en función de la persona que narraba el sueño, a partir de un cálculo de beneficios determinado por el estatus relativo de los participantes del 210 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 sueño y de sus grados de placer, por lo cual no había interpretaciones universales, sino caso por caso. Por ejemplo: Imaginarse penetrado por otro hombre puede ser bueno o malo, dependiendo de si quien lo penetre es más viejo y más rico que él (lo que significa que el soñador recibirá algo bueno) o más pobre. Para un hombre, ser penetrado por un esclavo de su casa es poco auspicioso, no a causa del sexo del esclavo o por el acto sexual en sí mismo, sino porque un inferior social es representado como un superior sexual y, así, el alma del soñador juzga con repugnancia un contacto semejante. (Winkler, 1994, p. 49-50) Por otro lado, en el sistema de Artemidoro, los actos «anticonvencionales» contemplan el incesto y los contactos oral-genitales (fellatio); mientras que los actos «antinaturales» eran: «necrofilia, sexo con un dios, sexo con un animal, autopenetración, autofellatio y una mujer que penetra a otra mujer» (Winkler, 1994, p. 51). ¿Qué ideas de la naturaleza-cultura eran las que le otorgaban sentido a la interpretación de Artemidoro, cuál era la base de su sistema de pensamiento? Foucault, en su texto tardío La Inquietud de sí (1984) da la respuesta a esta pregunta y muestra de manera explícita que no solo la base en acto de las dinámicas discursivas clásicas, sino también la expresión del poder mismo en esas relaciones antiguas, era patente en el significado de los actos mismos: Ese acto de penetración —meollo de la actividad sexual, materia prima de la interpretación y foco del sentido para el sueño— es percibido de forma inmediata en el interior de una escenografía social. Artemidoro considera el acto sexual en primer lugar como un juego de superioridad y de inferioridad: la penetración coloca a los dos participantes en una relación de dominación y sumisión. Es victoriosa, por un lado, y derrota, por el otro; es derecho que se ejerce en uno y necesidad que es impuesta al otro; es estatuto que se hace valer o condición que se soporta; es ventaja que se aprovecha, o aceptación de una situación cuyo beneficio se deja a los demás. (Foucault, 2010, p. 37) Foucault comenta a propósito del Análisis de los sueños de Artemidoro que: Encontramos aquí fácilmente los caracteres principales de la experiencia moral de las aphrodisia, tal como había aparecido en los textos de la época clásica. Y […] en la medida en que no formula una ética, sino que utiliza para interpretar los sueños una manera de percibir y de juzgar los placeres El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 211 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 sexuales que le es contemporánea, da cuenta de la duración y solidez de esa forma de experiencia. (Foucault, 2010, p. 43) El análisis realizado por Winkler y los comentarios de Foucault, sobre la Oneirokritiká de Artemidoro, ejemplifican los lineamientos prescriptivos plasmados en aquellos registros, que dan cuenta, por un lado, de la semántica general sobre los significados públicos de los actos eróticos y, por otro, de la apreciación de la normalización que coaccionaba o permitía esos mismos actos, en donde esos lineamientos definían la relación del sujeto con su acto, siempre en función del acto viril de penetrar. Ahora bien, en la segunda parte del apartado que dedica Winkler al comportamiento de los hombres (andres) en la Antigua Grecia, aborda dos figuras culturales que articulaban el modelo ideal de ciudadano y su contraparte entregada a los vicios y el deshonor. Y es que, al parecer, los dramas de los actos circulan en la lucha entre los hombres por alcanzar posiciones honorables en la política y al mismo tiempo evitar la humillación pública. Encontramos entre las figuras de la masculinidad a la figura del hoplita, quien era un ciudadano soldado, rico como para poseer un conjunto de armas y personificaba el ideal al que todo joven efebo debía aspirar en convertirse cuando ocupara su posición social futura. Al respecto, Winkler comenta lo siguiente: La imagen comunitaria evocada coherentemente en la oratoria pública era la del ciudadano hoplita. Toda la disciplina privada ejercida por el administrador de la casa sobre su cuerpo, sus lujos y sus dependientes […], estaba moldeada y justificada por este discurso público sobre la necesaria hombría de cada ciudadano responsable y con deberes compartidos. (Winkler, 1994, p. 62) El hoplita además era un ciudadano cuyos apetitos (comida, bebida, dormir, sexo) eran sometidos a un estricto régimen de dietética por ellos mismos, es decir, el cuidado de sí que ellos ejercían daba cuenta también de su capacidad para cuidar de quienes los rodeaban y por lo tanto les otorgaba una injerencia de mayor peso frente y entre sus congéneres. Pero no solo eso, además se mantenían siempre en el acto y el deseo erótico en la posición del penetrador, del portador del falo, del beneficiario del poder y de su principal ejecutante y encarnación en la continua danza de sus relaciones personales, intimas y públicas. Lo anterior se debía a su creencia 212 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 de la construcción de la virilidad, misma que no era perpetua, sino que debía ser ejercitada continuadamente para que el hombre no se deslizara a lo servil y pasivo. Winkler nos dice que «semejante atención preventiva al comportamiento está presupuesta según la creencia de que la vida del varón es una guerra, la masculinidad es un deber y un logro arduamente conquistado y la tendencia de desertar es muy grande» (Winkler, 1994, p. 65). Esa tendencia a desertar, a volverse servil y pasivo, era plasmada en la figura del kínaidoi, que era una especie de hombre social y sexualmente desviado. Antes de continuar, es importante dejar clara la advertencia de que el kinaidoi es distinto del «homosexual», pues se estructura como una categoría específica que no responde a la división homo/hetero, sino a la polaridad de las mancuernas actividad-penetración y pasividad-receptiva; es decir: en este sentido, la orientación sexual no era estrictamente una categoría social en el sentido actual del término. Así: La concepción del kínaidos era la de un hombre socialmente desviado en todo su ser, observable en especial en el comportamiento que violaba o contravenía de manera flagrante la definición social dominante de la masculinidad. En esta medida, kínaidos es una categoría de personas, no solo de actos. (Winkler, 1994, p. 60) De acuerdo con Winkler había tres componentes que integraban la imagen del hombre pasivo: la promiscuidad (rechazo de la dietética en el uso de los placeres), el pago (prostitución) y la experimentación de placer en la penetración de otro hombre (el acto paedico). Había que cumplir con estos tres componentes, que más profundamente se encontraban sostenidos en el significado de la preferencia, el deseo y placer de ocupar una posición receptiva en la dinámica erótica jugada entre partenaires; hombres en un estatus social y un contexto históricamente determinado. Es importante mencionar que el kínaidoi también ocupaba la categoría de ciudadano y que aquí lo que opera es el sentido social, discursivo, político y de experiencia sobre la dietética y el uso de los placeres, es decir, una función que no se acota únicamente a determinadas prácticas eróticas, sino más ampliamente al lugar comunitario que ocupa determinado sujeto de acuerdo con las prácticas de sí, su coacción y el conflicto con sus contradicciones. Así como había una amplia valoración de la penetración, también había una normada y muy rigurosa vigilancia del ano del ciudadano. El El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 213 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 ano del Amo griego era intocable, inaccesible, impenetrable y en la lógica de aquel sistema de pensamiento era lo adecuado, lo honorable, lo esperado, que jamás alojara el pene de otro hombre. Pero no era solo la cuestión del paedico entre hombres lo que ocasionaba un intenso señalamiento a tal acto: lo que más horror, pero también más intriga y curiosidad causaba, era el deseo de algunos hombres de ser penetrados analmente, de disfrutar, gozar, sentir placer al ser follados y sometidos. Winkler nos comenta que «contrario a todos los preceptos sociales que prescriben la necesidad de que los hombres pongan en práctica sus deseos de un modo que muestre su dominio de sí mismos y sobre los otros, el kínaidos desea, lisa y llanamente, ser dominado» (Winkler, 1964, p. 69). Y es que no era el placer del acto lo que causaba curiosidad nada más, el deseo también era el objeto de un profundo cuestionamiento y análisis. Aquí conviene mencionar otro texto antiguo analizado por David M. Halperin, donde justamente podemos apreciar la problematización del deseo de los hombres por ser penetrados. El texto es el noveno capítulo del Libro Cuarto de De Morbis Chronicis, parte «de un gran trabajo ahora perdido sobre enfermedades crónicas del médico griego Soranus, quien ejerció y enseñó en Roma durante la primera parte del Siglo II d. C» (Halperin, 2000, p. 32). Este capítulo, nos cuenta Halperin, se encuentra consagrado a los «hombres blandos», que son aquellos que se apartaban de la norma social de la masculinidad y deseaban ser sometidos por otro hombre. Lo interesante aquí es el comentario que hace Halperin sobre el documento y las consideraciones de su autor: No hay nada médicamente problemático, entonces, en el deseo de los varones por obtener placer sexual en el contacto con otros varones, con tal de que los protocolos falocéntricos sean cumplidos. Lo que le preocupa a Caelius, tanto como a otros antiguos moralistas, es el deseo del varón de ser sexualmente penetrado por varones, porque tal deseo representa un abandono voluntario de la identidad masculina culturalmente construida en favor de la femenina. (Halperin, 2000, p. 33) Resulta bastante interesante la lógica en la que se inscribían las dudas y cuestionamientos griegos en torno al deseo y placer por medio de la penetración anal experimentado por hombres. Por un lado encontramos la injuria que significaba, el deslizamiento de clase social que suponía, que un ciudadano cediera ante otro en una condición de receptividad, en donde lo que se movilizaba y problematizaba era más bien una vigilancia 214 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 normada sobre el funcionamiento y estabilidad del estatus social, más que de sexualidad en sí misma; sin embargo, por otro lado, parecía haber una fascinación muy resaltada por algunos pensadores, médicos y filósofos por encontrar las situaciones o causas de lo que ellos entendían como una coacción en el cauce del deseo y placer que podía experimentar un cuerpo (de hombre) al cual se le atribuían rasgos muy específicos, cuya supuesta congruencia era expresada en actividad, deseo y placer al penetrar. Las imágenes presentadas por Foucault, Halperin, Sennet y Winkler no son las de homosexualidad masculina en su sentido contemporáneo, pues las categorías, nociones y actos se regían bajo otro código discursivo de significados y normas. El rastreo arqueológico realizado por estos autores permite observar un elemento interesante de la censura que tenían, ya no digamos de las relaciones amorosas entre hombres, sino del acto de la penetración anal en sí mismo. Este elemento de censura es que al crear una categoría (kinaidoi) específica para el hombre que se desvía de la norma, también se crean las nominaciones y adjetivos que sostienen y dan congruencia a esta misma categoría. Es decir, en ese esquema de polaridad, la categoría del enigmático varón que deseaba y disfrutaba de ser penetrado analmente era compuesta también por las otras asignaciones (prostitución, promiscuidad) que se sostenían en una tendencia a la pasividad y lo servil: eso era lo que se vigilaba. En la lógica anterior, la vigilancia más severa, hostil y degradante recaía únicamente en un tipo muy específico de hombres. Entonces, ¿Quién quedaba fuera? Pues aquellos soldados, ciudadanos, muchachos y ancianos que, por su percepción viril expresada continuamente, no permitían hacer suponer que disfrutaran de tal forma de placer. Era una estrategia tramposa, pero al parecer bastante útil (y más en un contexto con tantas intrigas y dramas), que los únicos señalados eran aquellos que expresaban, de manera más vistosa, cualidades que hicieran suponer pasividad o ablandamiento. Dadas ya las especificaciones que eran evidentes a la vista de todos para delatar a los hombres «blandos», ¿Qué sospecha se puede permitir sobre un hoplita que disfrute de ser penetrado analmente? Para finalizar este apartado hay que subrayar que no hay un discurso heterosexual en estas reglamentaciones de las actividades sexuales, sino una configuración del comportamiento a partir de una jerárquica de poder androcéntrica, donde lo que se rechaza principalmente en el comportamiento de los hombres no son los contactos eróticos que pudieran tener con otros hombres, sino presentar rasgos de pasividad, servilismo o El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 215 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 sometimiento, pues estos rasgos se inscribían en los hombres que deseaban y experimentaban placer al ser penetrados por otros, lo que era visto como una forma de renuncia voluntaria a la posición de dominación. Así mismo, aunque los registros muestran que los juegos de normas morales y sociales eran muy rígidos y específicos, no necesariamente reflejaban la cotidianidad de la vida en los Antiguos. Es difícil creer que los kinaidoi eran los únicos hombres que deseaban y disfrutaban de ser penetrados analmente por otros, así como pensar que entre los hoplitas no se dieran encuentros eróticos de este tipo; de igual modo resulta ingenuo pensar que el erastes siempre actuaba eróticamente con su joven eromenos a la manera honrosa, o que incluso un eromenos no asumiera el rol activo respecto a su erastes de vez en cuando. Es decir, que aún y con la marcada polaridad bañada de poder que supuestamente regía los actos y los normaba, la gama de placeres era extensa y los participantes variados, y si bien había actos que eran mal vistos en la esfera pública y social, eso no cancelaba o eliminaba que sucedieran: de hecho, las rígidas reglas y protocolos se pueden conjeturar como un muestrario de la diversidad erótica y de los intentos por coaccionar los deseos que de sus placeres expresaban. 2. MICHEL FOUCAULT MURIÓ EN UNA PANDEMIA. SOBRE LA RELACIÓN ENTRE LAS METÁFORAS DEL SIDA Y EL VIH, EL PLACER DE SER FOLLADO POR EL CULO, LAS IDENTIDADES SEXUALES Y LAS MICROPOLÍTICAS ACTIVISTAS Y COMUNITARIAS Tenemos delante el mayor desafío: el desafío de salvar millones de vidas extendiendo el acceso a los tratamientos de sida a quienes lo necesiten, al tiempo que luchamos contra las fuerzas sociales y económicas que han acelerado la propagación del VIH/sida Zackie Achmat, Activista sudafricano En 1979 se registró en los Servicios de vigilancia epidemiológica de los Estados Unidos un aumento significativo en las prescripciones de medicamentos utilizados para tratar infecciones oportunistas (las cuales se desarrollan en personas que ya tienen enfermedades graves previas o el sistema inmunológico debilitado). El 5 de junio de 1981 se convocó a los medios de comunicación de la ciudad de Los Ángeles, en Estados Unidos, para una conferencia de prensa por parte de los Centers for Disease Control and Prevention (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades). En dicha conferencia fueron presentados cinco casos de 216 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 varones enfermos de neumonía por Pneumocystis carinii. Un mes después aparecieron varios de casos de sarcoma de Kaposi, un tipo de cáncer de piel. Los médicos encargados de la atención de dichos pacientes no podían explicar de manera clara la aparición conjunta de neumonía por pneumocystis carinii y el sarcoma de Kaposi, así como el rápido deterioro en cuerpos jóvenes y a simple vista con buena salud. Varios de los pacientes aquejados de tales afecciones también padecían de otras enfermedades crónicas que pronto se agravaron. Muchos eran hombres homosexuales con una vida sexual activa. Todos fallecieron en un periodo relativamente corto de tiempo debido a diferentes complicaciones de salud. Para finales de 1981, los registros indicaban que 121 personas habían muerto por esta nueva enfermedad y también se documentaron los primeros casos en Reino Unido y Suecia (Llamas, 1998). En 1983 se reportó el primer caso en México; sin embargo, la presencia de la enfermedad no fue reconocida por el gobierno mexicano hasta 1985 (Herrera, Kendal y Campero, 2014). La desinformación de los medios de comunicación fomentó el miedo y el temor, y no únicamente fue el inicio del estigma que hoy en día perdura, sino que permitió el abierto rechazo y marginación de cuerpos que ya eran considerados abyectos e indeseables (Galaxina, 2024). El poder de las metáforas sobre el virus modificó las formas de sociabilidad cotidiana, las percepciones sobre los riesgos biológicos inherentes a la vida y las representaciones sobre la vulnerabilidad de los cuerpos y las gestiones de la precariedad. Nos encontramos ante una partícula, un conjunto de moléculas, una secuencia proteínica que incidió de manera histórica en la producción de subjetividad y en la mutación del sujeto farmacopornográfico petrosexoracial. La transversalidad de la fuerza de las metáforas sobre el VIH lleva irremediablemente a interrogar una vez más las tecnologías de control de las poblaciones, las formas de gestión de los territorios y la implementación de dispositivos de seguridad, en el mega laboratorio tecnobiopsiconecropolítico en el que ha devenido el planeta, pero al mismo tiempo en el uso de los placeres corporales y en particular del culo como vía y técnica sexual de identidad, expresión de deseo y formación discursiva. La incidencia del virus ha hecho caer el velo translúcido que cubría la enorme estructura disciplinaria (arquitecturas de encierro, diseños espaciales para la segregación, edificaciones para la optimización y sujeción de los cuerpos con fines de producción de capital), junto con las tecnologías blandas farmacopornográficas (biomoleculares, El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 217 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 farmacológicas y digitales), en su trenzado con las técnicas necropolíticas que exponen al riesgo de enfermar, morir o ser lanzadas a la indigencia a un gran número de personas. En los ensayos La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas, Susan Sontag reflexionó sobre cómo la expresividad de las metáforas referentes a las enfermedades, al encontrarse teñidas de afectividad, emociones, estéticas y sentimientos, tiene una incidencia subjetiva y política en las formas de la experiencia y la racionalidad tanto en las esperanzas que provocan como en el terror que difunden. La operación de disección literaria que realiza Sontag no es un ejercicio de estilismo ensayístico, sino el retrato descriptivo del poder performativo del lenguaje que envuelve al cuerpo vivo y mortal de sujeto, en un estudio sobre la fuerza de las figuras metafóricas y su impacto discursivo en la experiencia de las enfermedades asociadas al recelo y la sospecha de estar infectado, el riesgo de contagio y el estigma de enfermar. Basta ver una enfermedad cualquiera como un misterio, y temerla intensamente, para que se vuelva moralmente, si no literalmente, contagiosa. […] En todas las epidemias infecciosas anteriores, la epidemia equivalía al número de casos contabilizados. En el caso actual se supone que la epidemia consiste ahora en ese número más un número, que se calcula mucho mayor, de quienes, aunque aparenten buena salud (la aparentan, pero están condenados), sin embargo, llevan consigo la infección. Constantemente se hacen cálculos, y aumenta la presión para que se identifique y etiquete a esas personas. Con los tests biomédicos más modernos es posible crear una nueva clase de parias vitalicios, los enfermos del futuro. […] Paciente significa aquel que padece, y etimológicamente viene de sufrimiento. No es el sufrimiento en sí lo que en el fondo más se teme, sino el sufrimiento que degrada. (Sontag, 2012, p. 8) Sontag también hace una crítica incisiva del uso de las metáforas bélicas para hablar sobre las enfermedades, el cuerpo y la vida, explorando un campo complejo de alegorías en las que la aparatosidad del lenguaje envuelve en niebla difusa una experiencia de temor a aquel sufrimiento que degrada y virtual o literalmente aniquila. Las metáforas puestas en marcha por los discursos biopolíticos de los Estados Nación a nivel global sobre el VIH fueron aquellas que siguen las lógicas bélicas de las técnicas de la guerra lo cual muestra, además de su reverso necropolítico, la vía de utilización de las técnicas psicopolíticas de control, regulación y 224 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 Estas nuevas formas de relaciones tendrían que estar advertidas de la violencia y muerte que impera actualmente en los esquemas amorosos y de filiación vigentes. La conciencia de la violencia, y de las lógicas por las cuales sus manifestaciones son asimiladas como cotidianas o normales, permite ver que son construcciones y formas de relación social con efectos terribles, pero además intervenir reflexivamente en lo cotidiano sobre las mismas. Bersani además afirma que una forma de combatir la violencia homófoba y la misoginia implica necesariamente dejar de considerar la posición pasiva, el lugar del penetrado, el ser follado por el culo, como algo degradante y reconocerlo abiertamente como algo placentero. «El sida», escribe Watney, «nos ofrece un nuevo signo para la maquinaria simbólica de la represión al hacer del recto una tumba». Pero si el recto es una tumba en la que el ideal masculino de una subjetividad orgullosa es enterrado (un ideal compartido de manera diferente por hombres y mujeres), entonces debería ser glorificado por su potencial efectivo de muerte. Trágicamente, el sida ha vuelto literal este potencial como certeza de una muerte biológica y ha reforzado la asociación heterosexual entre el sexo anal y la aniquilación de sí, identificada originariamente con el misterio fantasmático de una sexualidad femenina insaciable e inextinguible. […] […] La obsesión de los gays por el sexo, lejos de ser negada, debería ser glorificada —no por sus virtudes comunitarias, no por su potencial subversivo para parodiar el machismo, no porque ofrezca un modelo de pluralismo a una sociedad que al mismo tiempo lo celebra y lo castiga, sino más bien porque nunca deja de representar el internalizado falo masculino como un objeto de sacrificio infinitamente amado. La homosexualidad masculina pregona el riesgo de lo sexual en sí mismo como el riesgo de la disolución de sí, de perder de vista el sí, y al hacerlo propone, y representa peligrosamente, el goce (jouissance) como una forma de ascesis. (Bersani, 1999, pp. 70-72) Con estas ideas Bersani concluye su ensayo, proponiendo redimir, reelaborar y resignificar, las representaciones, sentidos y pluralismos simbólicos que permiten las prácticas sexuales entre hombres. Estas reelaboraciones también pueden apostar a la disolución crítica de las categorías normativas de género, enlazando lo anterior, a las conclusiones de Javier Sáez y Sejo Carrascosa en su libro Por el Culo. Partiendo de la propuesta de estos dos últimos autores, podemos ubicar que habría un reverso inadvertido basado en los usos del placer anal, que sería el negativo del dispositivo sexo-género que divide a los seres humanos, a partir de sus El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 225 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 diferencias anatómicas, en hombres y mujeres; y del dispositivo que clasifica los deseos en las rejillas: heterosexual, bisexual, homosexual. El poder formular y argumentar estas ideas nos permite avanzar junto con los autores un poco más para decir que el placer anal estaría marcado simbólicamente por las representaciones de género, en tanto el ano, si es penetrable, es femenino; si es impenetrable, es masculino. Es más, se podría decir que el culo cumple un papel primordial en la construcción contemporánea de la sexualidad en la medida que está cargado de fuertes valoraciones sobre lo que es ser hombre y lo que es ser mujer, sobre lo que es un cuerpo valorado y un cuerpo abyecto, un cuerpo marica y un cuerpo hetero, sobre la definición de lo masculino y lo femenino. […] Estos dos dispositivos (el basado en el sexo genital, y el basado en sexo anal) se entrecruzan y se solapan. La hegemonía mediática, explícita, la tiene el modelo genital (polaridad pene-vagina como presunto organizador de las identidades sexuales). El otro sistema, basado en el culo y en su penetrabilidad, está mucho más oculto, es silencioso, vergonzoso, no se habla de él. Es un silencio que, a su vez, está rodeado de discurso, de injuria, de insulto. (Bersani, 1999, p. 172) Descubrir el reverso y el correlato en los dispositivos del sistema sexogénero, y en las clasificaciones de las orientaciones sexuales y su relación discursiva con las expresiones de género, nos permite analizar críticamente el modelo normativo heterocéntrico y machista en el que vivimos. Este análisis implica un desmantelamiento de las bases simbólicas, imaginarias y discursivas sobre las que se sustenta dicho modelo. Tal desmantelamiento abre las puertas a potencialidades y posibilidades de crear mundos mejores, donde el despliegue de deseos, las formas de relacionarnos, las prácticas eróticas y nuestras diferencias culturales y contextuales no sean motivo de segregación, violencia y asesinato sistemático. Reconocer que algunos hombres sienten placer al ser penetrados por otros y reivindicar de manera explícita y pública tales formas de placer, desmantelando sus connotaciones de abyección, vergüenza y homofobia, es tan crucial y necesario como entender la relación arqueológica entre los placeres del cuerpo, la historia política de las representaciones sociales del sida y el VIH, y las genealogías de las micropolíticas activistas y queer. Es vital para comprender cómo el placer erótico se traduce en formas comunitarias y en acciones subversivas contra la hegemonía heterosexual, y para entender que la sexualidad es siempre política. 226 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 A partir de los años ochenta, con la consigna Silencio=Muerte, una multitud de agrupaciones activistas comenzaron a hacer presión política con la que paulatinamente consiguieron el acceso a tratamientos junto con mensajes y campañas de información libre de prejuicios. Sus batallas fueron brutales y muchas muertes acontecieron en esos años. A esos cuerpos insurrectos les debemos los logros que tenemos hoy, porque sus iniciativas fueron rápidas, valientes y sin complejos. La conciencia política es la base de los movimientos contra el sida y sus prejuicios, lo que permitió la creación de grupos activistas que consiguieron el derecho a la asistencia sanitaria y a los tratamientos médicos. La respuesta a la emergencia sanitaria de aquel entonces no vino sino a pesar de los heterosexualismos del Estado tecnopatriarcal, vía la organización micropolítica y comunitaria de los cuerpos trans, maricas, putas y bollos. En el artículo «Nadie hablará del sida cuando estemos muertas», incluido en El libro del buen amor. Sexualidades raras y políticas extrañas editado por Fefa Vila y Javier Sáez, Sejo Carrascosa reflexiona a partir de algunas preguntas vinculadas a los silencios, los progresos, las particularidades políticas, las redes afectivas y de cuidados, así como sobre la prevención de transmisión del VIH y los lenguajes biopolíticos y capitalistas en torno a la pandemia del sida. La historia del sida estará llena de silencios, los silencios de todas las personas que murieron entre el miedo y el estigma. El silencio de las vidas truncadas de aquellos cuerpos que no comprendían cómo el placer tenía un precio tan caro. ¿Desde dónde articular las palabras? ¿Serán estas el eco de aquellos silencios que significaban la muerte? Hablar del sida es encarnar la vergüenza de sentirse superviviente. Su historia es la de un virus en continua mutación. El VIH sida hace mutaciones continuas en los cuerpos en los que se encarna. El virus muta desde la enfermedad a la muerte, del estigma al control. El lenguaje es un virus, sentencia William Burroughs, pero el virus también es un lenguaje. El lenguaje del VIH está en continua transformación y gracias a ella empezamos a conocer y usar palabras mientras el virus crecía en nuestros cuerpos. Aprendimos a encontrarlo, aprendimos que había pruebas como Elisa o PCR, aprendimos cómo medir sus efectos en la cuenta atrás de los CD4, aprendimos a nombrar sus tránsitos, sus caminos, infección, contagio, transmisión, también aprendimos las patologías que generaba, herpes zóster, pneumonia carinii, sarcoma de Kaposi, toxoplasmosis, aprendimos, con desesperanza, los nombres para combatirlo, inhibidores, Abacavir, Nevirapina, Kaletra, terapia antirretroviral de gran actividad TARGA…, aprendimos a saber de su estado, número de copias, El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 227 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 indetectable, y a nombrar las formas de su prevención, condón, profilaxispostexposición, profilaxispreexposición… Nuevas palabras, tropos y nuevas nociones que se han ido acumulando necesariamente en el diccionario para matizar términos como enfermedad, estigma, sexo desviado, muerte… Un diccionario que quizá se finalice pronto con la erradicación del virus. Palabras y términos que quedarán en desuso como tantas otras que pasaron a la historia, como también lo hará el sida. (p. 59) Michel Foucault murió en una pandemia junto a otros como Hervé Guibert, Guillaume Dustan, Steve McEachern, Cynthia Slater y muchas otras vidas maravillosas que se extinguieron demasiado pronto. Siguiendo las tesis de Paul B. Preciado, en la era farmacopornográfica petrosexoracial las enfermedades, la sexualidad y los cuerpos comparten los mismos soportes farmacéuticos, mediáticos, cibernéticos y semióticos (Preciado, 2020/2022). Las tecnologías microprostéticas nos prometen salvaguardar la vida. El horizonte de una prometedora vacuna para el VIH, el uso de píldoras como Truvada tanto para tratamientos como para PrEP y del condón, nos permiten construir debates sobre cómo los dispositivos bioquímicos al aplicarse individualmente al cuerpo de los sujetos tienen efectos en las sociedades, las poblaciones, en las relaciones, en la sexualidad y en los afectos. Este nuevo contexto permite nuevos debates y discusiones sobre las responsabilidades colectivas y particulares, las prácticas políticas y subjetivas, las mutaciones somatopolíticas y el optimismo de otro capítulo de un imparable devenir queer. CONCLUSIONES: DISEÑO CONTRASEXUAL DE LAS UTOPÍAS SANTIFICADAS DEL AGUJERO DEL CULO La propuesta del Manifiesto contrasexual de Paul B. Preciado apunta a la escritura de una teoría de los anormales elaborada desde la periferia por los sujetos queers y mutantes. La contrasexualidad propone una nueva teoría del cuerpo y de la sexualidad, entendiéndolos como archivos somáticos vivos constituidos por tecnologías múltiples que son posibles de ser reconvertidas, agenciadas críticamente y resignificadas. La principal herramienta que propone la contrasexualidad para la producción de conocimiento situado y, por lo tanto, para la reinvención del uso de los placeres y del fin de la naturaleza como ficción normativa, es el cuerpo del sujeto como experimentador de afectos, deseos y placeres. Este saber resultante es justamente desterritorializar el cuerpo propio en singular y 228 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 compartir conocimiento en plural a través de las redes de las micropolíticas del deseo y los comunismos somáticos. En los «Principios de la sociedad contrasexual», Preciado propone la resignificación del cuerpo mediante la puesta en marcha de investigaciones experimentales con prácticas high-tech, con el objetivo de inventar, encontrar, proponer, formular, concebir, nuevas formas de sensibilidad y afecto, así como maximizar las superficies eróticas y favorecer el desarrollo, teorización y producción de saber-placer. Para Preciado la contrasexualidad es al mismo tiempo la deconstrucción sistemática de la idea hegemónica y universal de Naturaleza, la investigación de nuevas formas de experimentar y teorizar las prácticas de intensificación de placer y la invención de nuevas tecnologías para una transformación radical de los cuerpos. Ante las fronteras del régimen político de la heteronormatividad necro-bio-psico-política, la contrasexualidad propone 1) una nueva significación del cuerpo, entendiéndolo como un archivo somático vivo y reivindicando la equivalencia (y no la igualdad) entre los cuerpos hablantes, lo cual quiere decir que a todo sujeto debe garantizársele el acceso a las técnicas de enunciación, sitios de gestión y lugares de gubernamentabilidad; 2) una nueva epistemología diversa y variada con múltiples formas de hacer investigación y producir saber y conocimiento sobre la sexualidad, las tecnologías del género, el erotismo y el placer; 3) una nueva forma de diversificar la producción del conocimiento mediante la experimentación, el registro y la teorización del saber-placer; y 4) una nueva forma de contrato social entre cuerpos hablantes fundado en la equivalencia comunitaria, produciendo una mutación y diversificación de los lazos sociales, las formas de vinculación y filiación, y de las sociedades en devenir. El ano y el dildo son algunos de los órganos principales para teorizar las potencialidades corporales de erotización en las prácticas de inversión contrasexual que propone Preciado (que incluyen la desgenitalización de la sexualidad vía actividades como «El ano solar de Ron Athey», «Masturbar un brazo: citación de un dildo sobre un antebrazo», «Cómo hacer gozar a un dildo-cabeza: citación de un dildo sobre una cabeza», etc.). La erotización del ano, el estudio a detalle de las distribuciones del poder en las prácticas BDSM, la propuesta de pensar al dildo como uno de los instrumentos principales para la producción de placer, son elementos de la dildotectónica pensada como una herramienta de escritura y reinvención de los efectos de excitación, satisfacción y disfrute sexual, El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 229 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 donde la primera dildotopía es el propio cuerpo del sujeto deseante. El verdadero objetivo de la contrasexualidad, además de la reinvención del uso de los placeres, es la experimentación, la creatividad somática, la reapropiación micropolítica del cuerpo y la invención de la libertad. Es por lo anterior que es crucial y necesario teorizar las arqueologías y genealogías contrasexuales del placer de dar y recibir por el culo. De acuerdo con el psicoanalista Jean Allouch (2001), en el siglo XX el fisting (la introducción del puño en el ano) fue posiblemente la única práctica sexual nueva inventada junto al sexo por teléfono y ahora mismo su mutación en el sexo virtual mediante las prótesis cibernéticas de los móviles. Pero ¿dónde se encuentra el potencial subversivo del fistfuck en relación con el dominio de Eros? La invención de esta práctica de intensificación del placer es una fisura, una ruptura en los usos del cuerpo y en pensar al ano como sitio privilegiado de placer, pues el falo y su representación encarnada en el pene se vuelve accesoria, porque el puño u otros instrumentos o juegos sexuales se vuelven dildos potenciales, además de que cada encuentro se enmarca en protocolos donde el consenso, la ética, el respeto y la intimidad entre les participantes son elementos básicos, necesarios y el tubo dérmico de cuerpo muta, por momentos, en una fuente inagotable de satisfacción donde el placer orgásmico se expresa y manifiesta en danzas orgiásticas de deseo para los sujetos. No veo cómo podríamos evitar vincular esa invención [del fistfucking], tanto más notable dado que en materia de erotismo las invenciones son raras (Foucault lo lamentaba, y también Lacan), con la prohibición capital del katapugon que afectaba la sexualidad del amo en la antigua Grecia. Más radicalmente que el acto llamado sodomita, el fist-fucking sella un determinado fin (¿relativo?) de la imposición de ese «aterrador contra-modelo» (Winkler) que era el katapugon. ¿Qué significa? Esa invención, esa práctica, esa subcultura le pusieron término a la ancestral estrategia del amo cuyo objetivo era conservarse como tal incluso entregándose a la esclavitud de caer preso de las ansias de Eros. Antes afirmé que esa estrategia consistía en conservar firmemente una parte de su cuerpo, particularmente el recto, separada del sexo, manteniendo el dominio (esfinteriano), con lo cual el amo, en cuanto al resto de su cuerpo y especialmente su falo, podía mostrarse desfalleciente, cosa que el orgasmo no deja de imponerle. El amo no es tanto «un boludo», como decía Lacan, sino lo que más bien hay que llamar un agujero del culo. (Allouch, 2001, p. 240-241) 230 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 Al respecto, una de las investigaciones más interesantes es la que realizó Gayle Rubin sobre Las catacumbas, que fue un club de encuentros privado consagrado a las prácticas del fisting y el BDSM de gays y lesbianas que funcionó en el área de South of Market en San Francisco de 1975 a 1981 y luego de 1982 a 1984. El fisting en Las catacumbas permitió la emergencia de prácticas con la experimentación de la intensificación de los placeres por el tipo de vínculos que permitieron establecer y legar a la posteridad en la historia genealógica de las comunidades electivas contrasexuales y la subcultura del BDSM en el planeta. Rubin nos dice: El fisting es un arte que consiste en seducir uno de los más tensos y estrechos músculos del cuerpo. Las catacumbas fue diseñado para ayudar a que el ano se abra, se relaje y se sienta bien. El espacio se creó para minimizar cualquier distracción de la práctica de la penetración profunda y otros placeres corporales extremos. El lugar fue construido cuidadosamente para mejorar la capacidad de concentrarse en las sensaciones físicas intensas. El sexo en Las catacumbas significaba diferentes cosas para diferentes personas en diferentes momentos. Las catacumbas se destinaban a la recreación de adultos y a pasar un buen rato. Pero, para muchos, la gran intensidad de las actividades en las que se implicaron agregó otras dimensiones a sus experiencias. El buen fisting y S/M requiere mucha atención, intimidad y confianza. Debido a esto, incluso los encuentros casuales podían generar un profundo afecto y una amistad duradera. (Rubin, 2004, pp. 126-128) Por este y otros motivos este templo consagrado al agujero del culo de Eros es un hito crucial para el devenir genealógico de las multitudes queer6. Ahora bien, el cuerpo del sujeto se integra de un sistema de signos, es archivo político vivo y sitio de inscripción, producción y reproducción de discursos contextualmente situados. A partir de la diseminación y distribución de los medicamentos antirretrovirales para el tratamiento del VIH, no sin los problemas consustanciales que vienen de las lógicas mercadológicas de las industrias farmacéuticas, se ha modificado la ecología política de la sexualidad y por lo tanto también las gramáticas, estéticas y formas de experimentar el placer del sexo anal. En un mundo conectado y enlazado globalmente por distintos tipos de tecnologías, el cuerpo sexual del sujeto del deseo se encuentra diseñado al mismo tiempo 6 Para un estudio más minucioso de este lugar remitimos al libro Tecnologías de Eros. Contribución para una teoría micropolítica del placer (Egales, 2023). El culo de Eros. Una arqueología de las contrasexualidades anales y sus micropolíticas queer 231 MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 por moléculas comerciales, representaciones y tráficos en arquitecturas inmateriales en los espacios digitales y nuevas formas de entender las relaciones de amistad, afecto, amor y comunidad. En este contexto, los «condones químicos» (Preciado, 2019) pueden contener el potencial de ofrecer un nuevo tipo de soberanía sobre el cuerpo y el culo al reactualizar las prácticas barebacking (penetración anal entre hombres sin el uso del condón), donde el semen, sustancia fuertemente erotizada, deja de verse restringida por barreras y reemerge como otra posibilidad de reinvención contrasexual del uso reflexivo de los placeres. Finalmente, hablar sobre el culo de Eros implica comprender que la morfología de los cuerpos, las estéticas de la diferencia sexual y los órganos a los que se ha limitado la capacidad de gozar, son construcciones normativas. Las potencias orgásmicas de los cuerpos, sus capacidades orgiásticas, sus devenires comunitarios y micropolíticos incluyen, pero no se limitan, a un desplazamiento contrasexual donde la teorización del uso reflexivo de los placeres se considera como artefactos de diseño multifuncional. Por primera vez en la historia, existe la posibilidad de un gran movimiento transversal revolucionario de los cuerpos vivos, con agenciamientos heterogéneos, que se reúnen como parlamentos de cuerpos disidentes. En este sentido, la revolución somatopolítica implicará la invención de nuevas formas de libertad y vinculación, donde Eros retomará su posición micropolítica y el placer del culo escurriendo chorros de lefa, fluyendo con una intensidad renovada, inaugurará la era de un nuevo sujeto del deseo y el cuerpo utópico. Con este despertar, se abrirá el camino hacia una justicia erótica y un renacimiento corporal que desafiará y reconfigurará los límites de nuestro entendimiento del deseo, el placer, el amor y la libertad. BIBLIOGRAFÍA Allouch, Jean (2001). El sexo del amo. El erotismo desde Lacan. México: Epeele. Bersani, Leo (1999). ¿El recto es una tumba? Argentina: Edelp. Boehringer, Sandra (2021). Female Homosexuality in Ancient Greece and Rome. Nueva York: Routledge. 232 León A. Damián MariCorners: Revista de Estudios Interdisciplinares LGTBIA+ y Queer, 1(1): pp. 193-234 ISSN 3020-9552 Butler, Judith (2006). Deshacer el género. Barcelona: Paidós. Davidson, Arnold I. (2004). 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