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La defensa y consolidación de las fronteras en el Septentrión novohispano: Geografía y desarrollos cartográficos (1759-1788)

Porro Gutiérrez, Jesús María

Abstract

Producción Científica

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Anuario de Estudios Americanos, 68, 1, enero-junio, 19-50, Sevilla (España), 2011 ISSN: 0210-5810 La defensa y consolidación de las fronteras en el Septentrión novohispano: Geografía y desarrollos cartográficos (1759-1788)/ Boundary Defence and Consolidation in Northern New Spain: Geography and Cartography Developments (1759-1788) Jesús María Porro Universidad de Valladolid Planteamos en este trabajo la situación de la frontera septentrional en Nueva España durante el reinado de Carlos III, centrándonos en los aspectos relativos a su exploración, defensa y consolidación. Concedemos prioridad a los desarrollos cartográficos de la época, por lo que analizamos los mapas más significativos sobre ese territorio —si bien utilizamos de forma complementaria fuentes de archivo y bibliográficas-, argumentando así sobre el fortalecimiento de la frontera, la contención de los apaches y el valor de la cartografía generada, al posibilitar la actualización de los conocimientos geográficos. PALABRAS CLAVE: Frontera; Defensa; Apaches; Exploraciones; Mapas. This paper deals with the situation along the Northern boundary of New Spain under Charles III, focusing on the features referred to its exploration, defence and consolidation. Cartography developments of that period are considered especially important and therefore we study the most meaningful maps related to that territory, and at the same time we use sources from archives and bibliography in a complementary way. On that basis we reason about the boundary strengthening, the restraint of the apaches and the significance of the produced cartography, which made possible the updating of geographical knowledge. KEYWORDS: Boundary; Defence; Apaches; Explorations; Maps. 19 Introducción A lo largo del siglo XVIII, con la implantación de la dinastía borbónica en España, comenzó a desarrollarse una larga etapa de reformas, tendentes a modernizar el país e impulsar su desarrollo económico. En las posesiones hispanas en América la fase más amplia y profunda de las reformas borbónicas se desarrolló en la segunda mitad de la centuria, al coincidir el deseo de modernizar las instituciones y someterlas a un mayor control (potenciando la explotación de las diversas riquezas ultramarinas), con las inquietudes del Estado y la Corona, provocadas por la potencial amenaza de posibles injerencias o usurpaciones extranjeras en los territorios fronterizos españoles, derivando en no pocas preocupaciones y situaciones de alarma. La cuestión de la implementación de dichas reformas durante el reinado de Carlos III ha sido ya estudiada,1y no es nuestro propósito establecer una valoración de conjunto, ni tampoco para la Nueva España, pues las implicaciones más evidentes del proceso reformista fueron resaltadas en sus aspectos económicos, administrativos y políticos,2por lo que aquí nos centraremos en el tema de la consolidación fronteriza en el septentrión novohispano, a través de la exposición de los condicionamientos geográficos y el análisis de los testimonios cartográficos. Si el siglo XVII estuvo dominado, en la frontera norte de la Nueva España, por las diversas sublevaciones de los grupos indígenas diseminados por aquel amplio territorio, el XVIII —particularmente la segunda mitad— fue la etapa de los ataques de dos poderosos grupos nómadas: los apaches y comanches. Transcurridas las primeras décadas de la nueva centuria, las autoridades virreinales mostraron un mayor interés por las provincias septentrionales: su ocupación era prioritaria desde el punto de vista geopolítico, si bien se antojaba muy complicada, ante la enormidad de las distancias existentes (tanto entre ellas como respecto a la capital), así como por la manifiesta belicosidad de los citados indígenas. Tras la amarga experiencia de la gran sublevación de los indios pueblo en 1680,3se reforzó el sistema de presidios, máxime cuando hacia 1689 se confirmó la presencia de aven1 Para una primera aproximación y una visión general, Navarro García, 1992b; del mismo autor, 1985, pp. 9-16; para las cuestiones gubernativas, Burkholder y Chandler, 1977 (ed. Española, 1984); Paquette; 2008; respecto a la economía, Fisher, 1985. 2 Pietschmann, 1996; Vázquez (coord.), 1992; Navarro García, 1964 y 1992a, pp. 395-409; Brading, August 1973, pp. 389-414; Archer, 1977 y January 1981, pp. 315-350. 3 Knaut, 1995; Weber, 1999. JESÚS M.ª PORRO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 20 tureros franceses en Texas, pues la relativa y desigual riqueza minera del septentrión novohispano4no pasó desapercibida para galos y británicos. Así pues, durante el reinado de Carlos III, la reorganización de las Provincias Internas de la Nueva España —aparte de sus implicaciones administrativas— tuvo mucho que ver con el problema apache —y, en menor medida, de otros indios nómadas—, si bien se mantuvo latente la inquietud ante posibles intromisiones francesas o británicas. Nos centraremos en los sucesos acaecidos en el Septentrión, con el planteamiento de los intereses políticos y el temor de la Corte española, que provocó el reforzamiento de las fronteras (con medidas pobladoras y defensivas), y obligó a actualizar los conocimientos geográficos y cartográficos sobre aquellos amplios espacios, para disponer de unos mapas adecuados, que pudieran ofrecer las suficientes garantías de operar con la capacidad estratégica y defensiva convenientes. Teniendo en cuenta el periodo contemplado (17591788), esbozaremos la problemática geográfica-cartográfica en la zona norte de la Nueva España partiendo del comentario de los pocos ejemplares anteriores, para a continuación analizar los mapas más representativos de los citados años: los regionales de Middendorf, Tienda (1761) y Medina y Cabrera (1768), los de Urrutia y Lafora sobre el Septentrión (1768, 1769 y 1771), los de Mascaró (1777 y 1782), así como los levantamientos de Escalante sobre Utah, Garcés de la Pimería, Font sobre el Moqui (todos de 1777), Miera sobre Nuevo México (1777 y 1779) y Utah (1778) y el de Rocha sobre el Gila (1784). Citaremos también diversos ejemplares —México y el Septentrión— de Alzate (1767, 1768, 1769 y 1779), el de Duparquet (1778), algún anónimo (1779), el de Vial (1789) sobre el ámbito Mississippi-Río Grande, y los de Bonne relativos a Nuevo México (1780 y 1787). Las lejanas Provincias del Norte: presidios, misiones y pueblos En la zona norte de la Nueva España, el límite de la expansión española durante la primera mitad del siglo XVIII, estaba formado por una serie de asentamientos (presidios, misiones, pueblos, reales de minas y ranchos), diseminados por un amplio territorio que abarcaba desde el norte de la Baja California hasta la bahía del Espíritu Santo en Texas, pasando por el norte 4 Navarro García, 1960, pp. 17-31, donde señala la exigua vida de los yacimientos. LA DEFENSA DE LAS FRONTERAS EN EL SEPTENTRIÓN NOVOHISPANO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 21 de Sonora, el sur de Arizona, el norte de Nuevo México hasta Taos y la franja de San Antonio de Béjar: esa era la amplia zona de frontera, escasamente poblada, poco cohesionada y de difícil defensa, con una extensa «tierra de nadie», por donde transitaban frecuentemente partidas de indios bárbaros e infieles —como se denominaba a los no civilizados—, que amenazaban los enclaves fronterizos; para facilitar la labor defensiva se habían construido fortificaciones (llamadas presidios) en lugares estratégicos, guarnecidas por escuadrones de caballería —de composición variable—, cuya principal misión era perseguir a los indios hostiles, castigándolos por sus actividades depredadoras. De entre aquellas gentilidades, soportaron una evidente leyenda negativa, por parte de los españoles, los apaches acusados de crueldad (cuando ellos podrían hacer lo mismo con los hispanos que los hostigaban con frecuencia).5 Las escasas poblaciones españolas en el Septentrión se vieron reforzadas con la explotación minera y la presencia de diversas misiones y presidios, que contribuyeron a cohesionar la frontera; pronto crecieron centros como Chihuahua, Santa Eulalia o San José del Parral, comunicados con otros más modestos como Santa Fe o Santa Bárbara, por los pocos caminos, muy transitados por comerciantes, misioneros, militares, mineros, colonos y arrieros, transportando en acémilas o carros mercancías de diversa especie. Tres rutas se habían consolidado por entonces: el camino real de Tierra Adentro (el más antiguo, pues fue abierto por Oñate en 1598), uniendo Parral, Durango y Zacatecas (al sur) con Paso del Norte y Santa Fe (al norte), y las dos vías que comunicaban Chihuahua con las misiones jesuitas de la Tarahumara y con Sonora, a través de Buenaventura, Casas Grandes, Janos y el Paso del Púlpito. Tales rutas enlazaban estancias, misiones, presidios, centros mineros, poblados y casas de labranza, agrupando un poblamiento mixto de peninsulares, criollos, indios, mestizos, negros y mulatos, y vertebrando el desarrollo de un amplio territorio en cuya morfología externa, a menudo, resultaba difícil distinguir el ámbito urbano del rural. Una de las prioridades de las autoridades hispanas consistió en reforzar y modernizar los escasos presidios de las provincias septentrionales, con vistas a una acción más eficaz ante el creciente peligro apache y las posibles intromisiones francesas y británicas. Pese a su carácter militar, los 5 Al respecto ver el informe de Bernardo de Gálvez: Noticia y reflexiones sobre la guerra que se tiene con los indios apaches en las provincias de Nueva España (descripción recogida en Velázquez) y Velázquez, octubre-diciembre 1974b, pp. 161-176. JESÚS M.ª PORRO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 22 presidios compitieron con las misiones como centros de avanzada de la ocupación española; su aportación civilizadora y de arraigo de la población no era desdeñable, ya que no sólo cumplían misiones defensivas (protegiendo a los pobladores y resguardando los caminos frente a los grupos indígenas hostiles), sino que actuaban como centros de poblamiento, pues aparte de las familias de los soldados, no pocos vecinos optaron por vivir cerca, por la seguridad que ofrecían. Consecuentemente, la proyección social de los presidios y las milicias fronterizas fue evidente.6 El mencionado proceso de modernización administrativa y estratégica afectaba en particular a los presidios novohispanos e implicaba la realización de mediciones topográficas, astronómicas y geodésicas, así como la elaboración de mapas más precisos.7Especialmente preocupado por la frontera norte se mostró el virrey marqués de Casafuerte, celoso del peligro indígena y la posible penetración francesa.8 Cuando se ordenó la inspección de los presidios del norte de la Nueva España, el brigadier Pedro de Rivera recibió el encargo de acometer dicha tarea, informando además sobre la situación de las lejanas provincias. Rivera necesitó casi cuatro años (noviembre de 1724 a junio de 1728) para cumplir su doble cometido, siendo acompañado por el ingeniero militar Francisco Álvarez Barreiro, quien realizó los primeros levantamientos cartográficos sistemáticos del Septentrión; ambos visitaron lugares tan distantes como Chihuahua, El Paso, Santa Fe, Janos, Arizpe, Álamos, Casas Grandes, Saltillo, Monclova, San Antonio de Béjar o Monterrey. Poco después del regreso de Rivera —casi al mismo tiempo que se editaba el Diario con las impresiones de su viaje9— y siguiendo las pautas de su informe,10 el virrey Casafuerte promulgó el reglamento de todos los presidios, que tendría una vigencia de casi cuarenta años, hasta las reformas motivadas por la visita de Rubí y Lafora. Rivera denunció el mal estado de las fuerzas presidiales —incapacitadas para reaccionar con rapidez y eficacia—, 6 Velázquez, 1974a, donde alude a la mezcla racial que afectaba a la mayoría de los soldados presidiales (p. 133), así como al interés de la política española por acercar los presidios a los centros de población (p. 136) 7 De hecho se compuso un mapa, con datos relativos a pueblos, vecindarios y misiones, número, calidad, etc. si bien se mantuvo oculto ante el temor a que fuera conocido y aprovechado por potencias enemigas; Antochiw, 2000, pp. 71-88 8 Al respecto Weddle, 1991. Para una visión sobre la cartografía de la época en la amplia zona fronteriza ver Moncada Maya, 1987, pp. 25-34; Wheat, 1957; Jackson, 1998; y Weddle, 1995. 9 Rivera, 1946, 1993 y 2007. 10 Naylor & Polzer (comps. and eds.), 1988. LA DEFENSA DE LAS FRONTERAS EN EL SEPTENTRIÓN NOVOHISPANO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 23 así como el descuido de los centros,11 proponiendo la supresión de algunos y el cambio de ubicación de otros; además, recomendó separar el territorio de Sonora de la Nueva Vizcaya, como provincia independiente, petición que fue sancionada en 1733.12 En el reglamento se establecía que soldados de los presidios debían escoltar a viajeros y caravanas, complementando esa tarea con recorridos de inspección por diversas zonas. Además, el brigadier diseñó una línea defensiva que vertebraría los presidios de costa a costa (del seno mexicano al golfo de California), al estilo del antiguo limes romano, unificando la zona septentrional, siguiendo en la parte oriental el curso del Río Grande.13 Antes de los levantamientos cartográficos de Álvarez Barreiro eran muy pocos los mapas que reflejaban el ámbito del Septentrión novohispano: apenas podemos señalar los ejemplares del jesuita italiano Eusebio Francisco Kino, válidos sólo para las Californias y Sonora (excepto el de 1710, con alusiones a Nuevo México y Nueva Vizcaya); el del franciscano veneciano Vincenzo Coronelli sobre Nuevo México (1689), muy esquemático y pobre; y ya en la tercera década del XVIII, el del explorador francés Jean Baptiste Bénard de La Harpe (1723) centrado en el territorio situado al oeste de Louisiana, realmente decoroso por su hidrografía y toponimia; y el anónimo de 1725, muy sobrio e inferior al anterior, si bien señalaba los presidios, junto a algunos datos de orografía e hidrografía. La labor de Álvarez Barreiro14 —ascendido a teniente coronel en 1727— fue notable y concienzuda (señalamiento de distancias y rumbos, cálculos de latitudes y longitudes), lo que le permitió componer varios mapas interesantes de las provincias del norte en 1727: Nuevo México, Sonora, Nueva Vizcaya, Coahuila y Texas, además de los dos generales del Septentrión (1728 y 1729, que formaron su Plano corographico e hidrográfico), los más valiosos de la primera mitad de la centuria, realmente detallados, si bien con información limitada; el ingeniero completó su labor 11 Hasta la década de 1760 —con la creación del ejército regular de Nueva España— no hubo oficiales militares profesionales; muchos de los capitanes eran comerciantes y los soldados de las guarniciones mestizos endeudados con sus jefes; además, la mayoría de los capitanes cometía abusos de poder, ocupando a sus soldados en negocios o asuntos personales; todo ello entorpecía el eficaz funcionamiento de los presidios. Navarro García, 1964, pp. 60-63. Respecto a los presidios, Moorhead, 1975; Arnal, agosto de 2006; Borrero Silva, 1998; de la misma autora, 1993, pp. 181-197. 12 Borrero Silva, 1992, pp. 126-137. 13 Navarro García, 1964, pp. 61-72, 80, 137 y 138, expone que Rivera fue el primero en dar cierta cohesión a los territorios del norte. 14 Borrero Silva, 2002, pp. 51-57. JESÚS M.ª PORRO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 24 con una muy aprovechable Descripción de las Provincias Internas de la Nueva España. Hacia mediados de siglo la relativa paz que durante algunos años habían disfrutado pueblos, misiones y presidios, se trocó en inquietud generalizada, motivada por los movimientos apaches en la frontera. ¿Qué había provocado en tan pocas décadas el cambio de actitud de estos indios? A comienzos del siglo XVIII los apaches habían consolidado su presencia en prácticamente la totalidad de Arizona y Nuevo México, así como la parte occidental de Texas, pero la presión de otras tribus indígenas, especialmente los comanches (que les disputaban los vastos cazaderos de bisontes en las praderas), desde los años 20, empujó a los apaches hacia la frontera española, pues sus enemigos les cerraron el paso a las factorías francesas de la zona del Mississippi y el noreste de Texas, impidiendo que pudieran adquirir de los traficantes galos y británicos las armas de fuego que los propios comanches consiguieron, y los españoles negaban a los apaches; estos fueron forzados por los comanches a replegarse hacia el suroeste de Texas y el sur de Nuevo México, manteniendo su presencia en Arizona. Ante la precariedad de esa nueva situación, los apaches comenzaron a hostigar los establecimientos españoles en busca de ganado, enconándose la situación al ver éstos en ello no una forma primitiva de lucha por la subsistencia, sino solamente robos, rebeldía, asaltos y guerra. Así, no pocos militares de frontera y misioneros, cansados de la supuesta o real belicosidad apache, solicitaron el empleo de medidas radicales, con frecuentes episodios de violencia (castigos corporales y esclavitud), que enfurecieron a los apaches, muy celosos de su libertad y autonomía (también sufrieron deportaciones).15 La recuperación de esa vida de rapiña tuvo mucho que ver con las fuertes presiones que el encarecimiento de los alimentos y las mercancías imponían sobre los sectores más vulnerables de la población.16 Pese a la exitosa campaña de Toribio de Urrutia en 1745,17 sólo tres años después el capitán del presidio de Conchos, Barroterán, llamaba la atención sobre el establecimiento de un nutrido grupo apache en el Bolsón de Mapimí; desde entonces la Nueva Vizcaya estaría en situación casi permanente de inseguridad. El peligro de que las partidas apaches pudieran contar con la colaboración de grupos fugitivos de tarahumaras rebeldes era 15 Velázquez, 1974b, pp. 170-172 y 1974a, p. 133. 16 Así lo plantean Ortelli, 2007, pp. 102-112, y De la Torre Curiel, otoño 2008, pp. 11-31. 17 Suceso que motivó el que tres grupos apaches de otras tantas gentilidades solicitaran la paz, en 1749, estableciéndose en ambas márgenes del Río Grande; Navarro García, 1964, p. 100. LA DEFENSA DE LAS FRONTERAS EN EL SEPTENTRIÓN NOVOHISPANO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 25 grande, pues estos conocían muy bien el terreno que ahora comenzaban a frecuentar aquellos; hacia 1751 ya eran habituales las incursiones apaches en los asentamientos y rutas españolas del norte de la Nueva Vizcaya. El problema de la frontera y las depredaciones indígenas A comienzos del reinado de Carlos III, los apaches se agolpaban a lo largo de la frontera española, dividiéndose en tribus y parcialidades que actuaban de forma independiente y, a veces, chocaban entre sí (las más numerosas eran las de los chiricahuas, mezcaleros y lipanes, siendo representativos entre los grupos menores los mimbreños, gileños, coyoteros y faraones);18 a finales de esa década ya eran constantes sus asaltos sobre los pueblos y ranchos de españoles, ante la posibilidad de adquirir vacas, caballos y un botín diverso en sus correrías y razias. Su dominio de los caballos, junto a su considerable rapidez, astucia,19 conocimiento y adaptación al medio físico, convirtió a los apaches en enemigos sumamente peligrosos; sus incursiones afectaron a toda la zona fronteriza, causando terror entre los viajeros y arrieros españoles. Por otro lado, hacia 1760, el Septentrión del Virreinato contaba con una escasa población (apenas un cuarto de millón de personas, distribuidas la mitad en Nueva Vizcaya, algo menos en Sonora, apenas 20.000 en Nuevo México, y 7.000 entre Coahuila y Texas), lo que suponía una dificultad añadida para resguardar los enclaves de frontera de la hostilidad indígena. En 1761 el obispo de Durango, don Pedro Tamarón y Romeral, dio alarmantes noticias sobre la situación del territorio de su jurisdicción20 (abandonos de haciendas y ranchos, reducción de los hatos, muertes de vecinos y arrieros, inseguridad de los caminos e incapacidad de los cuerpos presidiales para contener a los apaches), solicitando el envío de más tropas, la erección de otros dos presidios y la 18 Mención aparte merecen los jicarillas, establecidos al noreste de Nuevo México, que no fueron hostiles a los españoles. Sobre los apaches, ver Moorhead, 1968; también Curtis, 1993; un buen resumen en Flagler, 2000, pp. 221-234. 19 Antonio de Pineda, gobernador de Sonora, ya comentaba la habilidad y cautela de los apaches en sus ataques; Rodríguez Pérez, 2001, pp. 69-128. 20 Por carta del 8 de enero de 1761 Tamarón notificaba al secretario de Indias Julián de Arriaga, la deplorable situación de inseguridad, así como las enormes pérdidas en vidas, haciendas y comercio, provocadas por los apaches; Informe de don Pedro Tamarón y Romeral, obispo de Durango, al rey sobre los curatos y misiones de la Provincia de Zacatecas y la Custodia de Nuevo México (1765), Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, Colección Archivo Franciscano (BNM, FR, CAF), 16/294.1, f. 1-5v. JESÚS M.ª PORRO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 26 creación de cuerpos auxiliares de civiles —vecinos de los pueblos y trabajadores de las haciendas— para combatir a los belicosos nómadas; dos años antes, Tamarón había iniciado una larga visita por su Obispado y, con los informes acopiados, escribió una relación muy provechosa para conocer el estado de la Provincia.21 A mediados de los años 60 los apaches habían consolidado tres grandes rutas en sus asaltos a la Nueva Vizcaya:22 la del noroeste, desde Janos y Casas Grandes, llegando hasta Papigochic; la del norte, atravesando El Paso y Encinillas, hasta la villa de Chihuahua; y la oriental, partiendo del Bolsón de Mapimí hacia los ríos Florido y Conchos, afectando particularmente al valle de San Bartolomé y al territorio entre Guajoquilla y Julimes. ¿Qué conocimientos de la geografía física y qué grado de familiarización tenían, por aquellos años, las autoridades civiles y militares novohispanas sobre el inmenso territorio de la frontera norte? Poco podían saber, pues —desde la época de Álvarez Barreiro— apenas hubo un grupo de religiosos, militares, colonos y comerciantes que, por su experiencia, aportó algo a la escasa y modesta cartografía del Septentrión. El mapa del visitador franciscano Juan Miguel Menchero (1745) señalaba las misiones ribereñas establecidas entre el Paso del Norte y el río Conchos; sin referencias astronómicas, la carta tiene una estructuración hidrográfica y, pese a su interés, resulta muy limitada (la alusión a poblados y sierras apenas sirve para rellenar los espacios vacíos). José de Escandón, encargado de la colonización y el poblamiento del territorio de Nuevo Santander, elaboró un curioso ejemplar (Mapa de la Sierra Gorda y costa del Seno Mexicano, 1747), que reflejaba también la parte oriental de las jurisdicciones de Charcas y Coahuila, con un buen desarrollo hidrográfico y alusión a los núcleos urbanos, pero apenas presentaba la zona del Septentrión. Otro ejemplar aprovechable, si bien de ámbito regional, fue el mapa del jesuita Juan Antonio Baltasar —antiguo visitador y por entonces provincial de la orden— sobre las misiones de Sonora (1752), pues contaba con un buen desarrollo topográfico y una decorosa aproximación hidrográfica. También regionales son los dos mapas de Bernardo de Miera Pacheco sobre Nuevo México (1758 y 1760), bastante detallados y con notable información antropológica, hidrográfica y orográfica. La carta del visitador jesuita 21 Tamarón y Romeral, 1937. 22 Para la situación en la Provincia, Jones, 1979; respecto a la frontera en general, Gerhard, 1982; y Piñera Ramírez, 1987. LA DEFENSA DE LAS FRONTERAS EN EL SEPTENTRIÓN NOVOHISPANO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 27 y 3 de auxiliares indígenas completaban las fuerzas defensivas de la frontera. A cambio de su prestación militar, los colonos tenían derecho a portar armas y gozaban de exención de impuestos. Tanto Lafora, que, tras acompañar a Rubí, había ejercido como asistente de O Conor, como el franciscano fray Juan Agustín de Morfí, que lo era de Croix en su recorrido por las provincias del norte, coincidían en sus apreciaciones —confirmando las negativas impresiones de Tamarón—, al señalar el peligro que la amenaza apache representaba para la supervivencia de la Nueva Vizcaya.41 El propio Croix solicitó a Morfi copia de su Diario, así como la confección de un croquis corrigiendo los errores que observara en el mapa general de las Provincias Internas, basándose en su experiencia del viaje.42 Por entonces, en julio de 1778, partió Anza hacia Santa Fe llevando instrucciones de Croix relativas a concluir un padrón de la Provincia, levantar y remitir mapas de cada jurisdicción, y formar o mejorar el funcionamiento de las oportunas milicias,43 transcurriendo el resto del año con los habituales asaltos, robos y alarmas. Pero también hubo otras novedades positivas ya que los citados viajes de Anza, Garcés, Domínguez y Escalante, más los diversos reconocimientos de Croix o sus delegados, permitieron la realización de interesantes muestras cartográficas que aparecieron a lo largo de 1777 y 1778: un mapa de Font sobre las Californias, Sonora y Nuevo México, con interesante planteamiento hidrográfico y topográfico; otros dos de Garcés —uno en colaboración con Font— sobre el mismo ámbito, indicando (además de los datos físicos) los presidios y naciones indias; un cuarto, obra de Escalante, sobre el territorio de Utah, con un delineado cuidadoso de ríos, sierras y lagunas, situando los respectivos grupos indígenas; otros tres mapas, levantados por Miera, sobre los reconocimientos del territorio situado al noroeste de Nuevo México: aquí se aprecia la mano de un experto cartógrafo, con minuciosidad, precisión, riqueza de detalles y graduación (destacando las 41 Morfi aludía a los continuos robos apaches, seguidos de persecuciones casi siempre estériles (Morfi, 1967; se trata de la versión más amplia del Diario (la privada), finalizada a punto de regresar a la capital, el 1 de junio de 1781; la reducida, que abarca desde la salida hasta la llegada a Berroterán (el 24 de febrero de 1778), es la pública y más conocida; véase Morfi, 1935. 42 BNM, FR, CAF, 2/23.2, f. 2; nota de Croix a Morfi solicitando la corrección del mapa y el envío del diario, Chihuahua, 31 de marzo de 1778. Quizá ese encargo motivara la confección, por parte del franciscano, de su Compendio del diario del viaje a las Provincias Internas, firmado en la citada villa, el 26 de abril de 1778. Se conserva un ejemplar en la CAF, 3/25.1, f. 1-6 v. 43 AGI, Guadalajara, 267, notificación de Croix a Anza, fechada en Chihuahua, el 22 de julio de 1778. JESÚS M.ª PORRO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 34 lagunas de Timpanogos y Miera como posible curso fluvial); también apareció un excelente ejemplar del ingeniero Manuel Agustín Mascaró, sobre las Provincias Internas, constituyendo una auténtica enciclopedia sobre los descubrimientos y conocimientos geográficos del momento, pues, basándose en Lafora, incorporó las últimas referencias en la costa pacífica, el Colorado y Nuevo México, trazando los caminos de México a Santa Fe y Tucson y recogiendo los itinerarios de Domínguez-Escalante y Teodoro de Croix; el propio Mascaró —quien había acompañado al comandante general en su recorrido por las Provincias Internas— proporcionó la información necesaria a Miguel Constansó, que le permitió actualizar el mapa de Lafora; Carlos Peison de Duparquet —quien también acompañó a Croix como geógrafo— fue autor de un modesto levantamiento cartográfico, correspondiente a la zona oriental.44 En los primeros meses de 1779 hubo algunas tentativas de paz, por parte de grupos sueltos de apaches en la zona de El Paso: fue la presión militar española, junto a las ventajas que podían obtener dedicándose a las transacciones comerciales, lo que decidió a los mezcaleros del grupo de Patule a solicitar la paz en el otoño; sin embargo, los españoles desconfiaban de tales acuerdos, pues se habían dado casos en que los apaches los buscaban y utilizaban para poder combatir con libertad a sus acérrimos enemigos comanches; y, en otras ocasiones, acordaban la paz en un lugar, atacando a continuación en otro. Entre agosto y septiembre realizó Anza su primera gran campaña en Nuevo México contra los comanches, contando con un cuerpo mixto de soldados, civiles y auxiliares indios, a los que adiestró con la táctica conveniente —marchas silenciosas, nocturnas y rápidas, borrando sus huellas—, quebrantando notablemente su poderío al obtener una gran victoria y matar a varios jefes (incluyendo al temido Cuerno Verde);45 a Miera se atribuye un interesante levantamiento cartográfico que abarca una amplia extensión de tierra situada al norte de Santa Fe, indicando ríos, sierras y localidades, y explicando el territorio descubierto en esa campaña, así como el lugar en el que fueron derrotados los comanches. En ese mismo año elaboró Miera un buen mapa de Nuevo México, 44 Se trata del Mapa desde Veracruz a los Presidios del Norte y de estos a Chihuahua, del 17 de mayo de 1778. 45 AGI, Guadalajara, 271, oficio de Teodoro de Croix a Gálvez, Arizpe, 23 de enero de 1780, incluyendo el Diario de Anza (leg. 278). Flagler, 1988, p. 140, expone que esa fue la primera ocasión en la que Anza probó su política hacia los hostiles, realizando primero una enérgica demostración de fuerza, para obsequiar luego con dádivas a los diversos caciques. LA DEFENSA DE LAS FRONTERAS EN EL SEPTENTRIÓN NOVOHISPANO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 35 riguroso y preciso, indicando las Alcaldías Mayores. Contrasta con el anterior un ejemplar anónimo —de la misma fecha— que muestra un delineado erróneo del Río Grande, si bien presenta una amplia toponimia hidrográfica y topográfica. A pesar de haber estrenado su mandato en una situación muy delicada, Anza finalizaba el año 1779 siendo el pacificador de la pradera, pues pocos meses después el nuevo jefe comanche pidió la paz que, finalmente, fue concertada; así, el gobernador consiguió un apreciable aumento de la seguridad y tranquilidad en la frontera oriental, pues la alianza comanche —teniendo en cuenta su número, valor, lealtad y secular odio hacia los apaches— sirvió de alivio y contrapeso a los españoles de Nuevo México, en su esfuerzo por contener a éstos. Además, en ese año se produjo un hecho relevante para las guarniciones y poblaciones de los territorios fronterizos: el establecimiento del servicio regular de Correos, organizado a caballo y con escolta. A comienzos de 1780 Croix se estableció en Arizpe (pasando así la localidad a ser la sede efectiva de la Comandancia General), tras emplear más de un año en tomar diversas disposiciones y familiarizarse con el territorio (recorriendo las provincias de su jurisdicción); había residido largo tiempo en Chihuahua, por tratarse de la población con mejor ubicación estratégica, la más céntrica de todo el Septentrión. Durante esa etapa de permanencia Croix trató de organizar el gobierno y buen funcionamiento de la Comandancia General sin mucho acierto, pues había fuertes obstáculos que impedían su consolidación: su considerable extensión territorial, la escasez y diseminación de la población, la deficiencia e insuficiencia de las vías de comunicación y los problemas de insumisión indígena (tanto internos como externos). Por otro lado, no todos los grupos comanches aceptaron la paz, ya que muchos se desplazaron en masa a Texas, constituyendo un evidente peligro para la provincia, pues asaltaban ranchos, presidios y misiones, por lo que el año 1780 reflejó las típicas correrías y escaramuzas que amenazaban la seguridad de la frontera: los lipanes, temerosos de los comanches, se replegaron a la zona entre Béjar y Río Grande; algunos mezcaleros abandonaron sus poblados, asentándose junto a los presidios y, en diciembre, un nutrido grupo comanche penetró en Coahuila, siendo rechazado por los presidiales de Monclova. Al mismo tiempo, la estabilidad de Nuevo México se vio dificultada por la alianza entre navajos y apaches gileños. Parecía que todas las Provincias Internas se agitaban, pues en Sonora se recrudeció el problema seri, decidiéndose la creación de tropas presidiales de indios aliados: dos compañías de ópatas —con sede en JESÚS M.ª PORRO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 36 Bacoachi y Bavispe— y otra de pimas altos -en San Ignacio—, para ayudar a derrotar a los insurgentes.46 En noviembre de 1780 salió Anza de Santa Fe, intentando llevar a la práctica un viejo proyecto suyo: buscar una comunicación directa entre esa capital y Sonora; para ello, se dirigió a la zona de San Cristóbal y siguió el curso descendente del Río Grande, cruzándolo, luego atravesó la sierra de Mimbres y otras —cambiando de rumbo con frecuencia debido a la fragosidad de los terrenos y la escasez de agua—, apareciendo por la sierra de En medio, casi frente al presidio de Janos en Nueva Viz - caya, siendo su objetivo el sonorense de Santa Cruz); cuando llegó a Arizpe —39 días después— había recorrido 221 leguas. Anza creía poder recortar considerablemente esa distancia (dejándola en menos de 150 leguas) si hallaba un paso entre las sierras de Mogollón y Mimbres, ofreciéndose para ello; cuando regresaba a Santa Fe, en enero (1781) fue atacado por un grupo apache —los mezcaleros continuaban con sus depredaciones en la zona meridional de la provincia— en la Jornada del Muerto, si bien unos meses más tarde —en septiembre— consiguió establecer la paz, que sería ya duradera, con los comanches, que en el futuro actuarían como aliados. El invierno de 1781-1782 discurrió con frecuentes asaltos y robos de los mezcaleros —sobre todo la banda de Patule el Grande— en las zonas fronterizas de Nuevo México, Nueva Vizcaya y Coahuila; tras varios episodios de guerrillas, el gobernador Juan de Ugalde consiguió batirlos en el Bolsón de Mapimí, infligiéndoles severos reveses entre enero y mayo;47 además, en octubre Muñoz desbarató la ranchería de Bigotes en la Sierra de San Cristóbal, matando al jefe. Era difícil evitar los desmanes de grupos hostiles en diversas poblaciones, pese a que en el siguiente otoño-invierno (septiembre de 1782-marzo de 1783) Ugalde desarrolló su tercera campaña en el Bolsón. En mayo el presidio de Tucson sufrió un violento ataque por parte de un grupo apache, que fue rechazado. Por entonces (1782) Mascaró realizó un excelente levantamiento cartográfico de las Provincias Internas, muy técnico, preciso y riguroso, aportando la novedad de la ruta de Anza desde Santa Fe hasta Arizpe, así como los viajes que enlazaron Sonora y la Alta California; un segundo mapa, anónimo (copia del de 46 Mirafuentes Galván, 1993, pp. 93-114. 47 Comenta Flagler, 2000, p. 225, que las tropas de Ugalde mataron a numerosos apaches, incluyendo cinco jefes, y recuperaron unos 500 caballos y mulas. LA DEFENSA DE LAS FRONTERAS EN EL SEPTENTRIÓN NOVOHISPANO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 37 Mascaró), incide en las reformas y los topónimos, señalando el dispositivo defensivo en el Bolsón); otro ejemplar notable de Mascaró es el correspondiente a la Provincia de Texas, con cuidadoso delineado e interesante planteamiento hidrográfico. En febrero de 1783 Felipe de Neve —el comandante inspector de Fronteras, antiguo gobernador de California— fue nombrado comandante general de las Provincias Internas, sustituyendo a Croix, que era ascendido a virrey del Perú. En esa época se recrudecieron las rebeliones de seris en Sonora (combatidos en el Cerro Prieto por presidiales y ópatas) y tarahumaras en Nueva Vizcaya (en agosto se creó la compañía volante de Saltillo para controlar sus correrías en el Bolsón), además de producirse algunas incursiones de apaches gileños, rechazados por los pimas de San Ignacio. El fortalecimiento de la frontera en la parte central hizo fracasar los intentos apaches de atravesar el territorio entre los presidios de Janos y Fronteras, para dirigirse al sur; por ello, fueron trasladándose progresivamente hacia el Poniente, hostigando los de Terrenate y Tucson. El año 1784 comenzó con una notable actividad militar en Sonora, donde finalmente fueron reducidos los últimos grupos insurrectos de seris; en febrero y marzo hubo nuevas incursiones de apaches —reforzando los chiricahuas y mimbreños a los gileños— sobre Santa Cruz y Tucson. En esa situación, gracias a la buena labor desarrollada durante el mandato de Croix, pudo Neve organizar y ejecutar la campaña general contra los apaches occidentales (previamente hubo algunas exploraciones para descubrir las zonas de refugio de los chiricahuas en la cuenca del Gila): esta se inició a mediados de abril, participando cinco destacamentos procedentes de cuatro presidios, y constituyó un éxito notable,48 debido a la acción de los ópatas, que combatieron ágilmente en un terreno escabroso, donde no podía actuar la caballería, y a la buena guía de las operaciones, gracias al cuidadoso mapa levantado por el ingeniero Jerónimo de Rocha, que señalaba el distrito del Gila con detalle y los itinerarios por donde se debía efectuar el ataque. Aunque la victoria no resultó definitiva, sí contribuyó a disminuir la intensidad de los asaltos apaches en Sonora y Nueva Vizcaya. A principios de julio finalizó la campaña pero Neve apenas pudo disfrutar de los buenos resultados, pues de camino a Chihuahua enfermó y falleció a finales de agosto, asumiendo interinamente el mando de la 48 Según Flagler, 1988, p. 139, en la campaña fallecieron 68 apaches y los españoles consiguieron gran cantidad de pertrechos, pieles y alimentos, así como 168 caballos y mulas. JESÚS M.ª PORRO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 38 Comandancia el coronel José Antonio Rengel (comandante inspector de los presidios), quien había llegado de España poco antes, recién ascen - dido.49 A lo largo de esos meses hubo incursiones aisladas de apaches —como represalia por las operaciones en el Gila— sobre San Javier del Bac, Tucson y Fronteras, siendo rechazados por las milicias ópatas y pimas. En noviembre se produjo la última gran incursión apache en Nueva Vizcaya, participando más de 400 chiricahuas y gileños, que fueron desbaratados en un amplio escenario comprendido entre Julimes, la sierra de los Mimbres y la de Carretas; al no conseguir robar ganado50 y encon - trándose faltos de mantenimientos, los chiricahuas se vieron obligados a pedir la paz. A lo largo de 1785 hubo duros y frecuentes enfrentamientos con los apaches en la frontera norte de Nueva Vizcaya, si bien en los restantes territorios su actividad disminuyó notablemente (en Nuevo México, las medidas preventivas de Anza51 evitaron que los navajos pasasen a zona gileña actuando como aliados); hubo varias batidas desde las Sierras Escondida y Mimbres hasta el río Puerco. Desde Janos, organizó Rengel la última campaña general contra los gileños —diciembre a enero de 1786—, con modestos resultados. Por entonces hubo dos novedades importantes: Bernardo de Gálvez fue nombrado nuevo virrey (entrando en México en noviembre) y el brigadier Jacobo de Ugarte y Loyola era designado (a instancia de Gálvez) comandante general de las Provincias Internas (finalizando así la interinidad de Rengel). Las depredaciones apaches seguían afectando periódicamente a la frontera, movidos éstos por «justa satisfacción de sus agravios» —palabras de Gálvez—, su inconstancia, carácter insumiso, tendencia natural al robo y diversidad de tribus y grupos, a quienes no obligaba lo acordado por los demás. Por ello, la guerra continuó, de forma intermitente, contra mezcaleros y lipanes, si bien el virrey Gálvez era partidario de evitar las hostilidades cuando fuera posible —pese a reconocer que los apaches constituían el verdadero problema y eran los grandes enemigos en las 49 El caso es ilustrativo sobre la confianza del monarca en los altos mandos del ejército —profesionalizado apenas dos décadas antes—, quienes fueron objeto de notables privilegios reales. Sobre el ejército, Marchena (coord.), 2005, CD-Rom. 50 Comenta Rodríguez Pérez, 2001, que los españoles recuperaron 775 caballos robados. 51 Según Flagler, 1988, p. 139, Anza prohibió a los navajos desarrollar su lucrativo comercio con los indios pueblo y los españoles de Nuevo México, enviando patrullas para evitar su contacto con apaches, hasta conseguir que negociaran la paz; algunos grupos incluso actuaron como auxiliares durante los siguientes meses. LA DEFENSA DE LAS FRONTERAS EN EL SEPTENTRIÓN NOVOHISPANO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 39 Provincias Internas—, ofreciendo la paz y, si fuese despreciada, combatiendo con la máxima dureza posible.52 Aprovechando la reciente hostilidad entre mezcaleros y lipanes, Anza consiguió un importante éxito diplomático, al lograr renovar a finales de 1785, la anterior paz con los comanches, convirtiéndola en estable y duradera; la potencial amenaza de éstos (al este) y de los yutas (al norte) hizo que los grupos navajos renuentes aceptaran abandonar a los apaches y deponer su actitud hostil hacia los españoles. El comandante general Ugarte —quien recibió su instrucción de gobierno en agosto de 1786— recogería los frutos de esa paciente política de los años anteriores pues, durante su mandato, los chiricahuas empezaron a pedir la paz por grupos, buscando establecerse en la zona de Arizpe o Bacoachi. Comenzó así a funcionar, con una moderada eficacia, la nueva política en el Septentrión mexicano, basada en el intento de pacificar a los apaches mediante su instalación en asentamientos agrícolas. Por entonces se dispuso una reorganización de las Provincias Internas: la Comandancia principal quedaba reducida a las Provincias de las Californias, Sonora y Sinaloa (al mando de Ugarte), creándose dos subordinadas: la del centro, formada por Nuevo México y Nueva Vizcaya (bajo la autoridad de Rengel), y la oriental, constituida por Texas y Coahuila, siendo poco después añadidas las Provincias de Nuevo León y Nuevo Santander, más los distritos de Saltillo y Parras, gobernadas por Juan de Ugalde. Ese año de 1786 se decretó el cambio —que se produjo uno después— en Nuevo México, pues Fernando de la Concha sustituiría en el gobierno de la Provincia a Anza; además, fue preciso cubrir interinamente el gobierno superior, ya que a finales de noviembre falleció Gálvez cuando apenas llevaba un año en el cargo. El nuevo virrey Manuel Antonio Flores llegó a México en agosto de 1787 y, en diciembre, reorganizó las Provincias Internas, reduciendo a dos las comandancias: la occidental o de Poniente (Californias, Sonora, Nueva Vizcaya y Nuevo México), gobernada por Ugarte, y la de Oriente (Coahuila, Texas, Nuevo León, Nuevo Santander, más los distritos de Saltillo y Parras), bajo el mando —puramente militar— de Ugalde; debía haber correspondencia y acuerdo entre ambos comandantes para dirigir las operaciones militares.53 52 Según Gálvez, tanto la mucha contemplación —que insolentaba a los indios—, como el excesivo rigor —que los desesperaba— habían sido las causas de la irremediable guerra que asolaba a las Provincias. 53 Navarro García, 1964, p. 462 y del mismo autor, 1963, p. 124. JESÚS M.ª PORRO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 40 La actuación de Ugarte en su Comandancia fue positiva54 pues, gracias a sus desvelos y notables esfuerzos diplomáticos, la frontera norte conoció una apreciable situación de paz y orden55 —pese a las escaramuzas aisladas, si bien violentas, de grupos de mimbreños y mezcaleros—,56 con la mayoría de los apaches viviendo en pueblos, dedicados a la agricultura y la cría de ganado. En 1788 entraba en vigor la ordenanza del sistema de Intendencias en la Nueva España y en el mes de diciembre fallecía el monarca Carlos III.57 En cuanto a la producción cartográfica no hubo novedades apreciables en esos años y resaltaremos solamente dos mapas: el modesto pero interesante levantamiento del explorador francés Pierre Vial58 (1789), que refleja el viaje realizado,59 por orden del gobernador de Texas Domingo Cabello y Robles, desde San Antonio a Santa Fe y la vuelta hasta Natchitoches (1787) —perfilando el territorio de Texas, Nuevo México, Oklahoma y Louisiana—, apenas un croquis, que señala la zona comprendida entre los ríos Mississippi y Grande, con otros cursos fluviales y algunos detalles de orografía y toponimia. El segundo corresponde a un ejemplar curioso: el sencillo —si bien decoroso— mapa de Melchor Núñez Esquivel (mapa de los pueblos y lugares de Saltillo, Parras, Álamo, Hornos y Cuencamé, de la Intendencia de Durango, Nueva Vizcaya, 1787), que proporciona una interesante información sobre la hidrografía y orografía de la zona comprendida entre la región lagunera y el Bolsón de Mapimí.60 54 En octubre de 1789 el nuevo virrey Francisco de Güemes, segundo conde de Revillagigedo, criticó el desempeño de Ugalde, al tiempo que alababa a Ugarte por su talento y prudencia, pidiendo su sustitución por su avanzada edad —con menos años, opinaba, hubiera sido la persona idónea para regir la Comandancia— y recomendando su ascenso al empleo de mariscal de Campo, así como el traslado a una gobernación más descansada. Por real orden de marzo de 1790 fueron atendidas sus peticiones. 55 Porro, 1996, pp. 179-199. 56 Entre abril de 1786 y finales de 1787 las depredaciones y los correspondientes enfrentamientos ocasionaron 306 muertos y 30 prisioneros entre los españoles, que infligieron a los apaches de las distintas parcialidades 326 muertos y 360 cautivos, rescatando 21 prisioneros y recuperándose aproximadamente la mitad de los 4.000 caballos robados; Rodríguez Pérez, 2001, pp. 127 y 128. 57 Como complemento a la bibliografía citada, pueden consultarse las siguientes obras: Hernández Sánchez-Barba, 1957; Represa, 1990; Moncada Maya (coord.), 1999. Una vez elaborado el trabajo hemos sabido de una reciente publicación que contiene diversos capítulos sobre la presencia española en el Septentrión: Martínez Laínez y Canales Torres, 2009. 58 Mapa del territorio comprendido entre la Provincia de Nuevo México y el Fuerte de Natchitoches y Texas 59 Loomis y Nasatir, 1981. 60 Corona Páez, julio y agosto de 2004, pp. 2-5 y 2-7 respectivamente, afirma que el autor del mapa no fue Esquivel, sino el presbítero Dionisio Gutiérrez, párroco de Parras. Puesto que Esquivel levantó dos mapas, no sabemos si Corona se refiere sólo al segundo o también a éste. LA DEFENSA DE LAS FRONTERAS EN EL SEPTENTRIÓN NOVOHISPANO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 41 Aunque con una precisión menor que los nacionales, los reconocimientos hispanos en la frontera norte fueron reflejados por algunos de los cartógrafos europeos de la época, casos del citado Rigobert Bonne o el italiano Antonio Zatta. Ya en 1778 el británico Thomas Kitchin había delineado una carta que abarcaba casi todo el territorio mexicano, en la que su esfuerzo por recoger las novedades del Septentrión era loable, si bien su plasmación fue modesta y limitada. El mapa de Zatta (1785) resulta tan amplio como poco detallado; en cambio el ejemplar de Bonne de 1780 se centra en las Provincias Internas, aportando una decorosa información que, en algunos aspectos resulta muy pobre e imprecisa (el delineado de la Baja California); en su mapa de 1787 intenta Bonne perfilar todo el noroeste del Virreinato y, pese a las limitaciones, la mejoría resulta evidente, aportando datos interesantes; además de sus respectivas graduaciones, ambas cartas presentan escalas de leguas. Conclusiones A lo largo del trabajo hemos constatado la relación existente entre el deseo o la necesidad de proteger las zonas fronterizas de la Nueva España y la conveniencia de desarrollar una adecuada política en lo tocante a las exploraciones terrestres, para asegurar un conocimiento geográfico lo más amplio y profundo posible de cada una de las áreas de frontera, con vistas a una eficaz defensa de las Provincias Internas ante las posibles intromisiones, ocasionadas por militares o súbditos de otras potencias (cuestión más hipotética que real) o debido, sobre todo, a los múltiples problemas creados por la presencia apache y, en menor medida, de otras etnias.61 Esos planes defensivos implicaron la necesidad de organizar una política pobladora eficaz, fijando población en territorios estratégicos, como principal medida disuasoria (ese planteamiento favoreció la colonización y asimilación territorial de la lejana Alta California). Además, el sistema de presidios y misiones creado en el Septentrión novohispano aseguró —si bien con frecuentes sobresaltos— la subsistencia de las poblaciones españolas. El ejército profesional, de reciente creación, cumplió un eficaz papel en la defensa de la frontera y el refuerzo de los presidios, aparte de desta61 Como señala Velázquez, 1974a, p. 137, «cada región visitada, poblada o disputada fue una referencia en el mapa del norte de la Nueva España, contribuyendo a precisar las distancias y los accidentes geográficos». JESÚS M.ª PORRO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 42 car su rol social como acicate de la actividad pobladora; por otro lado, algunos de los altos mandos militares desempeñaron los cargos más importantes (gobernador provincial, comandante inspector de los presidios o comandante general de las Provincias Internas) en el Septentrión. Hubo un campo en el que los esfuerzos realizados fueron bien aprovechados: todo aquel cúmulo de viajes y exploraciones, con las mejoras geográficas aportadas, resultó fundamental para reforzar los levantamientos cartográficos españoles relativos a aquellos lejanos y marginales territorios fronterizos, apareciendo —a raíz de los episodios señalados— unos mapas más modernos y rigurosos, que armonizaban mejor con el nuevo espíritu ilustrado de avance en los conocimientos científicos y revitalización de la cartografía hispana en América. La importancia de las acciones y campañas militares fue notable para el desarrollo de la cartografía del Septentrión: a veces, los levantamientos fueron consecuencia de la mejoría en los conocimientos geográficos, provocada por las operaciones bélicas, si bien hubo algún caso en el que el delineado de mapas resultó fundamental para poder organizar y desarrollar las oportunas campañas (por ejemplo el ejemplar de Rocha sobre el distrito del río Gila). Consecuentemente, en esa triple labor de exploración, asimilación territorial y pacificación, fue fundamental la aportación de los ingenieros militares, llegados de la Península para cumplir diversas tareas: personajes como Urrutia, Lafora, Mascaró, Constansó o Pagazaurtundúa revitalizaron la cartografía novohispana de la época. Constatamos que en el proceso de expansión, organización y asimilación de los inmensos territorios fronterizos fue importante el papel desempeñado por diversas comunidades indígenas: unos indios por su condición de aliados (pimas, ópatas), otros por su actitud voluble y cambiante (comanches, navajos), otros como enemigos (seris y tarahumaras), siendo particularmente complejo el caso de los apaches, imprevisibles en su actitud, astutos y, llegado el caso, encarnizados y contumaces enemigos. Además, la propia caracterización tipológica de las tribus y los grupos apaches, con tendencia al nomadismo, la dispersión y la acción autónoma, complicaba notablemente los aspectos relativos a la actitud, tanto diplomática como militar, que podían adoptar los españoles con estos indios atípicos en muchos de sus comportamientos; en efecto: mientras unos grupos acordaban paces, otros guerreaban, e incluso algunos observaban una actitud pacífica en determinados lugares, pasando luego a otras zonas en actitud hostil. Relacionado con ese problema estaba la cuestión de la dificultad LA DEFENSA DE LAS FRONTERAS EN EL SEPTENTRIÓN NOVOHISPANO Anu. estud. am., 68, 1, enero-junio, 2011, 19-50. ISSN: 0210-5810 43 Represa, Amando: La España ilustrada en el lejano Oeste: viajes y exploraciones por las provincias y territorios hispánicos de Norteamérica en el siglo XVIII, Valladolid, Junta de Castilla y León, 1990. 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