La utilización de mitos medievales en la obra historiográfica de Modesto Lafuente
Abstract
Departamento de Historia Antigua y Medieval
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Facultad de Filosofía y Letras Grado en Historia La utilización de mitos medievales en la obra historiográfica de Modesto Lafuente Miguel Ramos Abad Tutora: María del Socorro Asunción Esteban Recio Departamento de Historia antigua y medieval Curso: 2023-2024
2 Tabla de contenido 1. Introducción .................................................................................................................. 4 2. Modesto Lafuente y el nacionalismo del siglo XIX ..................................................... 6 3. Fundamentos medievales del nacionalismo según Modesto Lafuente ......................... 9 4. Significados, contextos y análisis de mitos ................................................................ 12 4.1. Pelayo y Covadonga. El origen de la nación ....................................................... 13 4.1.1. Visión nacionalista ....................................................................................... 13 4.1.2. Las fuentes medievales ................................................................................. 14 4.1.3. Contexto histórico y visión historiográfica .................................................. 16 4.2. Los Jueces y la autonomía de Castilla. Fernán González .................................... 19 4.2.1. Visión nacionalista ....................................................................................... 19 4.2.2. Las fuentes medievales ................................................................................. 21 4.2.3. Contexto histórico y visión historiográfica .................................................. 24 4.3. El Cid, ¿baluarte de la Reconquista? ................................................................... 26 4.3.1. Visión nacionalista ....................................................................................... 26 4.3.2. Las fuentes medievales ................................................................................. 28 4.3.3. Contexto histórico y visión historiográfica .................................................. 29 5. Conclusiones ............................................................................................................... 31 Bibliografía y referencias electrónicas ........................................................................... 34
3 Resumen En el presente estudio trataremos de acercarnos a algunas de las concepciones míticas medievales que vertebraron la historiografía liberal del siglo XIX, principalmente de la mano de uno de sus autores más influyentes en la construcción del relato nacional oficial, Modesto Lafuente y su Historia General. Los mitos de Pelayo y Covadonga -origen de la patria nacional católica-; Jueces de Castilla y Fernán González -referentes de la independencia y supremacía castellana frente a León-; y el Cid Campeador -referente de la Reconquista frente al islam-, constituyen los fundamentos identitarios de la patria que se estaba creando. El análisis de las fuentes medievales que dieron origen a los mitos y el estudio de los contextos y la realidad histórica en los que se escribieron nos permitirá contrastar la diferencia entre la Historia como disciplina científica y la Historia como instrumento al servicio de intereses particulares, en este caso de signo nacionalista. Palabras clave Edad Media, Pelayo, Castilla, Fernán González, Cid, Reconquista, nacionalismo liberal, Modesto Lafuente, Historia General, siglo XIX. Abstract In this study we will try to approach some of the medieval mythical conceptions present in the liberal historiography of the nineteenth century, mainly by one of its most influential authors in the construction of the official national narrative, Modesto Lafuente and his Historia General. The myths of Pelayo and Covadonga -origin of the Catholic national homeland-; Judges of Castile and Fernán González -referents of Castilian independence and supremacy against León-; and El Cid Campeador -a reference point for the Reconquest against Islamconstitute the identity foundations of the homeland that was being created. The analysis of the medieval sources that gave rise to the myths and the study of the contexts and historical reality in which they were written will allow us to contrast the difference between History as a scientific discipline and History as an instrument at the service of particular interests, in this case of a nationalist nature. Key words Middle Ages, Pelayo, Castile, Fernán González, Cid, Reconquest, liberal nationalism, Modesto Lafuente, Historia General, nineteenth century
4 1. Introducción1 El objetivo de este análisis es realizar una síntesis historiográfica a través del tratamiento de algunos de los mitos fundacionales del Estado-nación español. La Edad Media constituyó una gran fuente de estos relatos para los intelectuales del siglo XIX, los cuales se encargaron de sentar las bases del recientemente instaurado sistema liberal, proyectando su ideología en hechos pretéritos, hasta el punto de reescribir la historia si fuera necesario. Pero para atender el presentismo liberal decimonónico y a las fuentes medievales debemos esclarecer un concepto esencial sobre el que han trabajado diversos historiadores, la “tradición inventada”. La tradición inventada fue un término expuesto por el historiador inglés Eric Hobsbawm que hace referencia a un grupo de prácticas y rituales cuya génesis resulta en primera instancia difícil de rastrear científicamente, probablemente imaginada, con gran calado en la sociedad y que contienen una clara intención continuista con el pasado histórico al que remiten2. Para el autor, el siglo XIX será la centuria de las invenciones por excelencia al tratarse de un contexto de transgresión cuyo objetivo es dar forma a la nueva sociedad que se intenta moldear, otorgándole una cohesión favorable para las élites que lideran el proceso utilizando diversos medios, como pueden ser la literatura, el arte o la propia historia y recurriendo al empleo símbolos -banderas-, himnos y figuras míticas3. El historiador francés Patrick Boucheron aportó en su obra historiográfica, con publicaciones como Conjurar el miedo: Siena, 1338 y cursos impartidos en el Colegio de Francia, otro lúcido concepto para el tema de nuestro estudio, el de “ficción política”. Relacionado con el campo del derecho, la literatura, la imagen, la representación y de la teoría política y escritura de la historia, el concepto expresa el arte de fundamentar un proyecto político sobre una realidad que, inexistente o distorsionada, permite organizar el ente político4. Ambas ideas nos conducirán a examinar tanto los hechos históricos como las producciones historiográficas que han suscitado, pues en el “qué” y en el “cómo” se cuenta la historia se revela el presente que quiere sustentar el autor. Para ello, hemos 1 El método de citación empleado será el de la revista Investigaciones Históricas. Época Moderna y Contemporánea. 2 HOBSBAWM, Eric, “Introducción: la invención de la tradición”, en Hobsbawm, Eric y Ranger, Terence (eds.), La invención de la tradición, Barcelona, Crítica, 2002, pp. 7-8. 3 Ibíd., pp. 13-16; 19-20. 4 MUÑOZ GÓMEZ, Víctor; “Ficciones políticas en torno a un golpe de Estado: la minoría de edad de Juan II de Castilla”, en II Seminario Interuniversitario de Alta Divulgación. La construcción de lo político en la Edad Media, 16/02/2024. URL: https://www.youtube.com/watch?v=uOiIzfsO2-c&t=465s. Consultado el 26 de febrero de 2024.
5 seleccionado tres pasajes medievales de gran relevancia para el devenir de la nación por su afianzamiento en el imaginario colectivo, sus consecuencias políticas en época medieval y su recuperación posterior, entre la que nos detendremos en la figura del palentino Modesto Lafuente. Los episodios siguen un eje que vertebrará España desde la perspectiva política mediante referentes históricos, ideológicos y figuras míticas. Para ello es preciso que en primer lugar definamos el concepto: entendemos por “mito” un relato simbólico de base histórica transformado por el tiempo y la imaginación, dando como resultado una versión idealizada en la memoria colectiva, tanto por añadidos de grandeza como por capítulos de amnesia, con fuerza legitimadora al servicio de la ideología y la política5. El vínculo fundacional se establece con la monarquía y el legado visigodos, siendo Pelayo el eslabón que una el reino de Toledo con el astur, protagonista a su vez de la Batalla de Covadonga, que dará inicio al proceso de recuperación de la patria y la fe. Por otro lado, Castilla se afirmará frente a León no solo por su mayor dinamismo -Claudio Sánchez Albornoz afirmaba que mientras la segunda vivía del pasado, ésta miraba hacia el futuro-, sino por su particular forma de gobernarse. Los Jueces de Castilla serán el punto de partida de la “independencia” del condado que culminará con dos figuras señeras: el conde de “toda Castilla” Fernán González y el Cid Campeador, encarnación del espíritu de la Reconquista. De esta manera, aunque no era la primera vez, los regeneracionistas del 98 no tuvieron ninguna duda en identificar a Castilla con España. Álvarez Junco, especialista en Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales, constituye una de las principales referencias para el estudio de la mitología nacional. En su obra Qué hacer con un pasado sucio realizó un detallado análisis de la autoimagen de España en el siglo XIX, resultado de la revisión de un discurso nacionalizador en la que participaron diversas corrientes hasta 1898. Esta misma temática ya fue tratada en Dioses útiles, aunque si hay un texto que destaca es Mater dolorosa. Esta obra contiene un amplísimo e innovador catálogo de ideas relativas a la cuestión, que han sido enriquecidas con aportaciones procedentes de la Antropología y la Historia del Arte, campo en el que habría que destacar a Tomás Pérez Vejo, uno de los principales expertos en el estudio de los nacionalismos, con su obra España imaginada. Historia de la invención de una nación. El historiador Fernando García de Cortázar en Los mitos de la historia de España, nos ofrece una visión clara de las percepciones 5 GARCÍA DE CORTÁZAR, Fernando, Los mitos de la Historia de España: historia de la invención de una nación, Barcelona, Editorial Planeta, 2003, pp. 9-10.
6 decimonónicas sobre Castilla inspiradas, según el autor, en los cronistas medievales, que vieron en la extinta Corona un “horizonte común imaginado”, en palabras de Ramón Montaner. Ricardo García Cárcel, por su parte, siguiendo la estela de autores que ya habían abordado la cuestión, como el medievalista Julio Valdeón, profundizó en La herencia del pasado la problemática que suscitaba el término “España”. 2. Modesto Lafuente y el nacionalismo del siglo XIX El siglo XIX español fue la centuria de quebrantamiento del orden establecido por el Antiguo Régimen, una etapa propicia, según Hobsbawm, para la construcción del Estado-nación debido a la pugna entre los renovadores -y victoriososliberales y los continuistas del absolutismo a lo largo del siglo. En su obra Naciones y nacionalismo desde 1780, define el Estado-nación decimonónico como la suma de unos territorios delimitados y definidos de un Estado coincidentes con los de una nación cultural bajo un mismo poder político que impulsa la construcción de una unidad identitaria homogénea, predominante y legitimadora en el interior de sus fronteras6. El gran desencadenante para la fabricación identitaria nacional española fue la Guerra de la Independencia. Ya los liberales de Cádiz apelaron a la legitimidad histórica7, actitud a la que se acogerán el resto de los movimientos decimonónicos, lo que afectará a la figura del “historiador” en cuanto a su importancia social, constituyendo el momento en que se conformará la disciplina. Prueba de ello fue la publicación en plena guerra de la obra de Martínez Marina, Teoría de las Cortes, en la que exponía de manera idealizada el pasado medieval español, al tiempo que equiparaba los precedentes parlamentarios de España con los de Francia e Inglaterra8. La Edad Media será un recurso manido en la búsqueda de los orígenes nacionales. Sin embargo, la memoria histórica española carecía de consenso. Si bien la burguesía tenía claro que la imposición del liberalismo debía ser apoyada por la literatura, el arte o la educación, no predominó el espíritu de nacionalizar a las masas, pues se atisbaba algo innecesario9. Por este motivo, la Historia se presentó como la mejor candidata para unificar el relato histórico en pos de la creación nacional e identitaria, desfasado por la 6 HOBSBAWM, Eric, Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica, pp. 17-18; 23-24. 7 GARCÍA CÁRCEL, Ricardo, La herencia del pasado. Las memorias históricas de España, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2011, p. 372. 8 ÁLVAREZ JUNCO, José, Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Madrid, Grupo Santillana de Ediciones (Taurus), 2001, p. 219. 9 Ibíd., p. 147.
7 vigencia que todavía albergaba la Historia general de España del Padre Mariana10, pese a que respondía al mismo objetivo de forma pionera haciendo del pueblo español el protagonista de su narración11. La Restauración intentó aparcar los arquetipos cainista y guerracivilista que habían proliferado durante el XIX en lo que podríamos considerar la génesis de “las dos Españas”. Para Cánovas y el resto de las élites liberales, la nación era una realidad objetivable, una concesión de la burguesía al pueblo que, aunque tomara un cariz esencialista y atemporal, había sido “redescubierta”. Esta convicción del régimen por historizar oficialmente la nación fue trasladada directamente a la institución de la Real Academia de la Historia, que tomó el nuevo Estado como eje ideológico de sus publicaciones, conscientes sus miembros de la influencia que el presente ejercía en sus escritos, como afirmó Godoy Alcántara en 187012. La pintura histórica también sirvió a los intereses liberales por medio de dos vías oficiales de difusión: las exposiciones y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Dar forma al pasado de la nación se convirtió en un trasunto político en detrimento de la dimensión puramente estética cultural, por lo que la Edad Media constituyó una imaginería acorde a la cultura de las élites. En palabras de Pérez Vejo: “los pintores españoles, patrocinados y tutelados por el Estado, imaginaron, en el doble sentido de pensar y de dar imágenes, la historia de la nación como una gran epopeya colectiva”13. No obstante, la oficialidad también contó con cuestionamientos y detractores en función de cuándo situaran los autores los orígenes de la nación. Mientras los romanistas buscaron en el pasado equilibrio y desarrollo cultural, la vertiente indigenista se nutría de la vetustez étnica peninsular. Sin embargo, la época hispano-goda recibió el mejor de los tratamientos al ser considerada el germen de la unidad política y religiosa14. En este contexto se desarrolló la actividad de nuestro autor. Modesto Lafuente y Zamalloa nace en Rabanal de los Caballeros, al norte de la provincia de Palencia, en 1806. Durante la Guerra de la Independencia, fue a vivir a Cervera de Pisuerga, donde se escolarizó con los agustinos de la localidad. A los 14 años ingresó en el seminario para 10 LÓPEZ SERRANO, Francisco de Asís, “Modesto Lafuente como paradigma oficial de la historiografía española del siglo XIX: una revisión bibliográfica”, en Chronica nova: Revista de historia moderna de la Universidad de Granada, 28 (2001), p. 316. 11 GÓMEZ MARTOS, Francisco, La creación de una historia nacional. Juan de Mariana y el papel de la Antigüedad en la Edad Moderna, Madrid, Instituto de Historiografía Julio Caro Baroja, 2018, p. 235. 12 GARCÍA CÁRCEL, op. cit., pp. 380-383; 414-423. 13 PÉREZ VEJO, Tomás, España imaginada. Historia de la invención de una nación, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2015, pp. 404-406; 469. 14 GARCÍA CÁRCEL, op. cit., pp. 113-114.
8 seguir la carrera sacerdotal, aunque no llegó a ordenarse. Durante los años de formación eclesiástica, estudió Teología y Leyes en la universidad de Valladolid y fue nombrado catedrático de Filosofía en el seminario de Astorga (1831). Su pensamiento político se fue alejando progresivamente de los postulados absolutistas que defendían muchos de los miembros del alto clero, como Roda, obispo de León, al tiempo que se reafirmaban sus convicciones liberales, hasta el punto de que en 1833 renunció definitivamente a la carrera eclesiástica y optó por la política. Lafuente demostró su sintonía con el reinado de Isabel II en una misiva al obispo Torres en la que dejaba patente su “más juiciosa y sincera adhesión al gobierno de S.M. la Reina doña Isabel II, inculcando continuamente a los jóvenes las doctrinas más favorables al gobierno representativo y libertades patrias”15. En 1837 alcanza el cargo de primer oficial de la gobernación civil leonesa, iniciando su recorrido como escritor liberal. Ese mismo año fundó el periódico Fray Gerundio16, desde el que, utilizando un tono satírico-cómico, pudo difundir ideas y valores del liberalismo y realizar una crítica costumbrista política que le valió el reconocimiento de liberales y absolutistas17 -y algún bastonazo, como el que le profirió el general Prim-. En 1850 inició su Historia General de España desde los tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VI, que se convertiría muy pronto en referencia cultural y le proporcionaría su nombramiento como miembro de la Real Academia de la Historia en 185318. Su evolución política le fue acercando a las filas conservadoras, en la que concurrió durante el Bienio Progresista (1854-1856) a las elecciones como miembro de la Unión Liberal de O’Donnell, alcanzando un anhelado escaño en representación de León y la posibilidad de participar en la redacción de la Constitución 19. Su voz sonó en las Cortes Constituyentes en defensa del catolicismo confesional del Estado, que consideraba tan español como el propio liberalismo: “con la unidad religiosa, creció la independencia nacional, y nacieron y crecieron las libertades populares”20. En el ámbito historiográfico, habría que añadir su dirección de la Escuela Superior de Diplomática y la presidencia de la Junta Superior de Archivos y Bibliotecas, áreas a 15 PÉREZ GARZÓN, Juan Sisinio, “Modesto Lafuente y Zamalloa”, en Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia. URL: https://dbe.rah.es/biografias/11534/modesto-lafuente-yzamalloa. Consultado el 10 de febrero de 2024. 16 ALONSO CABEZA, María Dolores, El costumbrismo de Modesto Lafuente (1806-1866), (Tesis Doctoral), Universidad de Oviedo, 1980, pp. 21-22. 17 PÉREZ GARZÓN, op. cit. 18 ALONSO CABEZA, op. cit., pp. 74-75. 19 Ibíd., p. 78. 20 PÉREZ GARZÓN, op. cit.
9 las que otorgaba un gran valor ya que consideraba a los archiveros el punto de unión esencial en la oficialización del saber histórico21. Finalmente, el historiador palentino falleció en 186622. Su incuestionable legado se ve reflejado en la influencia de Lafuente en las siguientes generaciones de manuales históricos que calaron en la conciencia del pueblo hasta mediados del siglo pasado. La información inédita obtenida de los archivos y la bibliografía de autores extranjeros que aportaron sus obras fueron un claro un intento de acercar la disciplina española a las corrientes europeas. Todo ello sin olvidar el contexto de conformación de la conciencia nacional, de la cual será partícipe por su doble vía, la ideológica y la científica. No obstante, el reconocimiento por parte de la historiografía no se produjo hasta la segunda mitad del siglo XX. Los primeros elogios vinieron de la mano del inglés J. Gooch, para quien la importancia de la obra de Lafuente era similar a la que tuvo en Francia Henri Martin. Unos años después, en 1955, Manuel Fernández Álvarez destacó la contribución de la obra del historiador palentino a la creación de la conciencia nacional, una tesis que fue avalada posteriormente por autores como Joseph Pérez, Teresa Elorriaga, Paloma Cirujano o Juan Sisinio Pérez Garzón23. Su obra sirvió como referencia para multitud de manuales de profesores, encargados de formar la mentalidad nacional burguesa de las clases medias, perviviendo en la actualidad muchos aspectos míticos de su discurso24. Lafuente, por tanto, fue el iniciador de una historiografía nacional equiparable a la europea, representante por excelencia del liberalismo nacionalista español de carácter “unificador” en sus vertientes legislativa, religiosa y de soberanía territorial, llamada a constituir la base de la nación. Españolidad, cristianismo, legislación y unificación nacional quedan totalmente reforzados en la obra25. Su Historia General concede a Lafuente el reconocimiento de ser la mejor referencia historiográfica para la “creación” histórica de España26. 3. Fundamentos medievales del nacionalismo según Modesto Lafuente La Edad Media será el período del que se nutran buena parte de las historias nacionales decimonónicas. El liberalismo intentará unificar el relato histórico en aras de 21 Ídem. 22 ALONSO CABEZA, op. cit., p. 95. 23 LÓPEZ SERRANO, op. cit., pp. 316-320; 326-330. 24 FUERTES ARBOIX, Mònica, “El discurso mítico de la Edad Media en la «Historia General de España» de Modesto Lafuente”, en Lectura y signo: revista de literatura, 12 (2017), pp. 283-286. 25 LÓPEZ SERRANO, op. cit., p. 330. 26 PÉREZ GARZÓN, op. cit.
16 previsto”. De este modo, las crónicas rotense y ad Sebastianum se erigen como reinterpretaciones legitimadoras de una continuidad visigoda que se pretende ininterrumpida y que enlaza con el reino astur, fruto de una ardua tarea de depuración ideológica. De forma paralela, otro de sus objetivos fue oficializar la historia sobre el reino y su linaje dirigente60, sentando así las bases que fundamentarán la recuperación contra el infiel a cargo del nuevo Israel: el pueblo astur61. El propio lenguaje utilizado en la Crónica de Alfonso III es muestra de la ideología imperante, pues el relato debía convencer y ser entendible para el conjunto de la comunidad sociopolítica, buscando así transformar la autoridad de facto en dominación de iure. Por ello, aparecen en los documentos una serie de recurrencias legitimadoras de manera reiterada. Dichos tópicos son los elementos religiosos, los de tradición visigoda, los de reminiscencia clásica y los de procedencia mozárabe, clichés manidos durante toda la redacción62. La continuada presencia en el texto de conceptos como “rex” o “regnum” pretende mostrar a la monarquía como cabeza visible de un reino propio, legitimados sus orígenes con la elección de Pelayo y sacralizada su dinastía63. Los conceptos en origen geográficos comenzarán a adoptar dimensiones ideológicas, cuyo culmen podríamos situar en la Crónica albeldense, narración en la que “Spania” es empleado como sinónimo del reino godo y, por tanto, asimilado a “Asturias”, cada vez menos presente al ir contra la grandeza de miras que implicaba la misión restauradora del dominio cristiano subyacente en el primero. El cambio se aprecia incluso con mayor contundencia si tenemos en cuenta que los conceptos “Hispania”, “AlÁndalus” y “Sefarad” originalmente hacían referencia a la misma entidad geográfica, por tanto, un sinónimo distinto para cada casta, empleando la terminología de Américo Castro64. En definitiva, todo ello vendría a confirmar lo que ya apuntó uno de los mayores expertos en el estudio del ciclo cronístico alfonsino, Amancio Isla: “el vocabulario empleado por los cronistas no es anecdótico, sino por el contrario, muy exacto”65. 4.1.3. Contexto histórico y visión historiográfica A la conquista musulmana de la Península, totalmente efectiva y comprendida entre los años 711 y 714, le siguió un reparto territorial y de responsabilidades 60 PÉREZ MARINAS, op. cit., pp. 47-51. 61 SOLANO FERNÁNDEZ-SORDO, op. cit., pp. 118-119; 139. 62 Ibíd., pp. 113-114. 63 ÁLVAREZ JUNCO, Dioses útiles, op. cit., p. 140. 64 VALDEÓN BARUQUE, op. cit., pp. 350-351. 65 SOLANO FERNÁNDEZ-SORDO, op. cit., pp. 122-129.
17 gubernamentales entre dirigentes árabes y bereberes, división étnico-cultural de los conquistadores. Serán los compatriotas del Profeta quienes ocupen las cuencas, campiñas y valles de los grandes ríos. A causa de esta división, que conllevaba un control efectivo más complejo y un cobro de tributos menos gratificantes -sumado al primitivismo económicopara los bereberes, los hostigamientos en las montañas se tornarán rápidamente en laxitud y repliegue hacia territorios más amables. Así las cosas, algunos líderes cristianos conseguirán establecer “poderes autóctonos independientes”66. En este contexto encontramos la figura de Pelayo. Todo apunta a que fue hijo de Fáfila, dux de Cantabria, antigua circunscripción visigoda, y cercano a la corte regia. Será expulsado por Witiza a Asturias y no regresará a Toledo hasta la muerte del monarca para, después de Guadalete, retornar al norte. Su notabilidad quedaría probada cuando fue enviado en calidad de rehén a Córdoba, una estrategia musulmana para asegurar la asimilación islámica y el cumplimiento de los pactos con los sometidos67. Como fugitivo, Pelayo se instaló en las montañas asturianas logrando agrupar un número incierto de seguidores, siendo designado líder antes o después de la Batalla de Covadonga, motivo de debate tanto por su fecha como por su propia existencia, aunque es aceptado que el episodio, magnificado por los cristianos y denostado por los musulmanes, correspondió al culmen de una serie de rebeliones acaecidas en la zona contra el valí de la región, entre los años 718 y 722, la fecha más aceptada a la estela de las investigaciones de Sánchez Albornoz. Al-Maqqari recoge al respecto las palabras de al-Razi: No había quedado sino la roca donde se refugió el rey llamado Pelayo con trescientos hombres […] y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo: ¿Treinta asnos salvajes, qué daño pueden hacernos?68. Otros autores, argumentando la tardía elaboración de los vestigios que tratan el choque, el silencio de fuentes más próximas y las contraofensivas islamitas contra los territorios vasco-navarros del 733, consideran el relato de Covadonga una reelaboración totalmente ficticia basada en estos últimos ataques, entre los que destaca Chalmeta69. Arcadio del Castillo y Julia Montenegro sostienen las incongruencias de diversas fuentes, 66 PEÑA PÉREZ, Francisco Javier, El surgimiento de una nación. Castilla en su historia y en sus mitos, Barcelona, Crítica, 2005, pp. 15-16. 67 MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo, El Condado de Castilla (711-1038): la historia frente a la leyenda, vol. I, Valladolid, Junta de Castilla y León, Consejería de Cultura y Turismo y Marcial Pons, 2005, pp. 57-63. 68 CASTILLO ÁLVAREZ, Arcadio del, y MONTENEGRO VALENTÍN, Julia, “En torno a la conflictiva fecha de la Batalla de Covadonga”, en Anales de la Universidad de Alicante: Historia medieval, 8 (19901991), pp. 8-9. 69 MARTÍNEZ DÍEZ, op. cit., p. 70.
18 todas de procedencia islámica, como argumento para una datación diferente a la canónica. Sánchez Albornoz se sirvió de los textos recogidos por cronistas musulmanes, que no convergen en el valiato en el que sucedieron los sucesos. Aunque coinciden en el enfrentamiento armado, los cuatro fechan los hechos inmediatamente seguidos de la sublevación, al igual que las fuentes cristianas. Por ello, los críticos defienden el 718 como el año válido para la batalla70. La importancia de Pelayo y Covadonga reside en las connotaciones históricas que se les ha conferido, indisolublemente unidos a los orígenes del reino astur e inicios de la Reconquista. La utilización del mito permitió legitimar la recuperación de unas tierras pertenecientes por derecho propio al presentarse la monarquía astur como sucesora de los reyes godos, es decir, enalteció la preeminencia del derecho histórico-legal frente al de conquista. Para ello, resultó clave destacar el origen nobiliario y visigodo de Pelayo. Igualmente, la restauración de la religión frente al infiel fue otro de los pilares con los que se entendió la Reconquista. Sin embargo, en estos primeros momentos ésta ni era un proyecto real ni había un poder que lo encarnara71. Además, los pueblos que ocupaban la franja cantábrica ya habían mostrado anteriormente fuerte resistencia ante la llegada de poderes ajenos, por lo que las revueltas se adscriben a la resistencia secular norteña. Pelayo, aglutinando a los pueblos del norte contra un enemigo común, instauró un poder cristiano en Asturias con capital en Cangas de Onís72, apoyado por su yerno, el futuro Alfonso I, hijo del duque Pedro de Cantabria y casado con su hija Ermesinda. La insumisión quedó consolidada debido, en buena medida, a la sucesión coetánea de catorce valíes y a la división interna de los conquistadores, la cual desembocará en la revuelta bereber. Así, la capacidad de mantener acciones militares prolongadas destinadas a acabar con los rebeldes quedó mermada, sumado al objetivo principal del poder musulmán: los territorios más allá de los Pirineos73. Alfonso I el Católico, cuyo matrimonio permitió el establecimiento definitivo de la monarquía -controlada por los hispanogodosunió el ducado cántabro al reino. El monarca optó por conservar los límites en las montañas a la par que desgastaba económica y poblacionalmente el desierto estratégico de la meseta ofrecido por los musulmanes. El 70 CASTILLO ÁLVAREZ y MONTENEGRO VALENTÍN, op. cit., pp. 8-14. 71 Vid., BARBERO DE AGUILERA, Abilio, y VIGIL PASCUAL, Marcelo, Sobre los orígenes sociales de la Reconquista, Barcelona, Ariel, 1974, pp. 141-195. 72 PEÑA PÉREZ, op. cit., p. 19. 73 MARTÍNEZ DÍEZ, op. cit., pp. 61; 69-72.
19 resultado fue el traslado de habitantes de las zonas devastadas, que impusieron una nueva estructura social y económica sobre el resto de pueblos74. Será Alfonso II el Casto el encargado de realzar el carácter institucional del reino. Logró la autonomía política y religiosa del reino con el cese del pago de los tributos islamitas y la desarticulación de la Iglesia visigoda, facilitada por la herejía adopcionista. Esto favoreció la llegada de numerosos mozárabes, que influyeron en la restauración de las instituciones y tradiciones góticas. La leyenda de la independencia astur pasó a constituir una realidad extendida al campo eclesiástico. Ejemplos de ello serán la oficialización de la unción regia, práctica bíblica desarrollada a partir de la teología política75, o la restauración del Palatium y el Liber Iudicum76, todos ellos elementos visigodos. Se favoreció la búsqueda de referencias religioso-culturales privativas77, como los obispados de Oviedo -que intentó suplantar a Toledo, símbolo del poder visigodo y fatídico recordatorio de la pérdida de España mientras continuara bajo regencia ismaelita, con una potente política ediliciay Compostela, cuyo cenit fue la invención del hallazgo del apóstol Santiago. Sentadas las bases institucionales, el objetivo fue extender la frontera al Duero. Todo ello favorecerá la aparición de un sentimiento de preeminencia astur sobre el solar ibérico, pues el resto de los núcleos cristianos apenas habían rebasado sus límites originales. Los pensadores áulicos del Rey Magno buscaron ensalzar de nuevo las instituciones utilizando dos criterios: la herencia goda depositada y mantenida por el reino de Asturias y su primacía sobre el resto de los núcleos, jerarquización formalizada con el título de “emperador”78. El renacimiento cultural procedente de la corte ovetense, proceso simultáneo a un reforzamiento de la nobleza contestataria de las directrices del monarca y la consolidación del resto de entidades cristianas contrarias al poder califal79. 4.2. Los Jueces y la autonomía de Castilla. Fernán González 4.2.1. Visión nacionalista La figura de los Jueces de Castilla será tratada en varios capítulos de la obra de Lafuente aunque, a lo que nuestro análisis respecta, los más destacados son el XIV y el XVII, situando la acción del mito entre los años 912 y 950. Narra Lafuente que, ante la 74 PEÑA PÉREZ, op. cit., p. 19. 75 SOLANO FERNÁNDEZ-SORDO, op. cit., p. 144. 76 VALDEÓN BARUQUE, op. cit., p. 351. 77 PEÑA PÉREZ, op. cit., p. 20. 78 VALDEÓN BARUQUE, op. cit., p. 355. 79 SOLANO FERNÁNDEZ-SORDO, op. cit., pp. 116-117; 129; 156.
20 arbitrariedad de los entonces monarcas leoneses y la indignación de los castellanos, la elección de los Jueces respondió a un deseo de hacer justicia en el ámbito militar y legislativo, recayendo las funciones en Laín Calvo y Nuño Rasura. La importancia de éstos reside en tres factores: la estricta aplicación del Fuero Juzgo visigodo, el sistema “semi-republicano” castellano hasta su establecimiento como condado independiente y la descendencia que dará lugar al Cid y a Fernán González, respectivamente80. En las notas a pie de página podemos ver la suspicacia de Lafuente sobre las fuentes y su gran investigación para aportar datos históricos, ofreciendo nuevamente varias hipótesis sobre un mismo relato. Sin embargo, consciente de las alteraciones que ha podido sufrir el acontecimiento histórico y su difícil cabida en una estructura jurídicopolítica anacrónica, así como sus consecuencias históricas, replica el mito sin grandes variedades. Sus críticas palabras rezan lo siguiente: El empeño de hacer á Fernán González descendiente directo é inmediato de los jueces de Castilla, y el error de suponer hereditario el condado de Castilla en un tiempo en que todavía no lo era, ha suscitado cuestiones cronológicas de dificilísima solución […]. Lo que más averiguadamente consta es que esta parte de España nombrada antiguamente Bardulia, que desde las conquistas de los primeros Alfonsos […], comenzó también entonces á ser regida por condes ó gobernadores á estilo de los godos, pero dependientes de los reyes de Asturias y León81. Por otra parte, el tratamiento que hace Lafuente de Fernán González es ciertamente descriptivo, narrando los hechos más importantes de su mandato a través la cronología de su obra. Llegado el año de su muerte, el palentino sintetiza así la biografía del Gran Conde: […] acaeció en el propio año en Burgos (970) la muerte del célebre conde de Castilla Fernán González, que tantas inquietudes había causado á los reyes de León; que tantas batallas, ya prósperas, ya adversas, había sostenido contra los musulmanes, uno de los más activos y briosos adalides de aquella edad, y el fundador de la independencia de Castilla82. El historiador no duda en calificar a Fernán González como la cúspide del legado iniciado por los Jueces -con los que guardaría dudosos vínculos familiares-, encargados de administrar la justicia que acusaba Castilla. Sería Fernán González el que supo sobreponerse al resto de condes en un territorio que, todavía dependiente del reino de 80 LAFUENTE Y ZAMALLOA, op. cit., p. 307. 81 Ibíd., pp. 346-347. 82 Ibíd., p. 344.
21 León, venía buscando su libertad, culminando una hazaña que se pretendía ancestral. Su esfuerzo y destreza servirán para alcanzar dicho objetivo, erigiéndose el fundador de una región soberana que estuvo llamada a la preponderancia de los reinos cristianos “hasta absorber en sí con el tiempo todas las demás monarquías de España”83. La tradición afirmaba que el conde cedió al rey leonés un caballo y un halcón de su gusto, propiedades de Fernán, y que, ante el mal comportar del monarca, exigió su pago años más tarde. Ante el incremento del valor de la entrega, imposible de sufragar por las arcas regias, el rey optó por concederle la independencia de su condado como pago. Dicho motivo narrativo, el de un objeto de valor escaso del que un individuo se adueña inconscientemente y que debe ser pagado posteriormente a cambio de un precio inconmensurable, fue muy empleado ya desde la Antigüedad en muy diversas culturas, como estudió José Manuel Pedrosa Bartolomé84. Lafuente, por su parte, destierra la leyenda puesto que “tal es su carácter de conseja que hasta los historiadores menos críticos y menos escrupulosos miran ya como cargo de conciencia el admitirla”85. Lafuente contribuyó a la pervivencia del sentimiento castellanista que hacía de los Jueces y de Fernán González el hilo conductor para la constitución de una nación asimilada a Castilla. La “espina dorsal” que significó Castilla para España, según Giner de los Ríos, predominará en las concepciones historiográficas nacionales, reforzadas con el pensamiento regeneracionista de finales de siglo. Mientras una minoría del movimiento achacó el hundimiento del país a la zona mesetaria, la mayor parte de ellos -entre los que se encuentran Unamuno, Machado o Menéndez Pidalsaldrán en su defensa, como muestra la célebre máxima efectuada por Ortega y Gasset: “Castilla hizo España”86. 4.2.2. Las fuentes medievales El mito de los Jueces tomó su forma definitiva durante el siglo XIII, resultado de los escritos de Jiménez de Rada, de ideología filocastellanista; de Lucas de Tuy, más proclive al neogoticismo leonés, y las genealogías establecidas en el Liber regnum. La última fuente data la elección de los Jueces en el infructuoso interregno que sucedió a la muerte de Alfonso II sin descendencia, no considerando el carácter comarcal de Castilla 83 Ibíd., pp. 347-348. 84 PEDROSA BARTOLOMÉ, José Manuel, “Fernán González, el usurero mítico: entre la epopeya y el cuento”, en Revista de Poética Medieval, 25 (2011), pp. 344-346. 85 LAFUENTE Y ZAMALLOA, op. cit., p. 346. 86 GARCÍA DE CORTÁZAR, op. cit., pp. 119-122.
22 en la primera mitad del siglo IX. Además, impondrá por primera vez el vínculo genealógico con los futuros héroes castellanos. A lo largo de la centuria los estudios genealógicos quedarán relegados a un plano menor en beneficio de la “rebeldía castellana”, ideal ya definido en el campo histórico e inalienable de la personalidad castellana. Tanto el Tudense como el Toledano, conscientes del patente vínculo entre Castilla y Asturias primero, León después, en la cronología marcada por el Liber y de la inutilidad de un interregno en el relato, desplazaron los orígenes de la independencia a comienzos del siglo X. Según el Chronicon mundi de Tuy, la execrable insubordinación contra el rey Fruela desembocó en la elección de Nuño y Laín, aunque la inadmisión del segundo dejará vía libre al establecimiento de la dinastía condal87. De rebus Hispaniae de Rada narra la imposibilidad del correcto desarrollo del derecho, seguridad e integridad del territorio castellano a causa de la tiranía leonesa, siendo el detonante el asesinato de tres nobles castellanos llamados a la corte leonesa y el despotismo de Fruela. Entonces serán elegidos ambos jueces, uno con capacidad militar para la defensa de las fronteras y otro con poder judicial. El arzobispo estuvo muy influido por la consolidación del derecho castellano, proceso iniciado a finales del XII que dio lugar a un favorable ambiente para la forja mítica. Así, Rada proporcionó una explicación al cese de la disminución territorial castellana combinando el sentido de autonomía y la forma del antiguo caudillaje con la magistratura judicial de su tiempo88. Para Diego Catalán, es precisamente “esa continuidad sin paralelo de la monarquía gótica en el soporte jurídico [la] que permite considerar a Castilla como el único heredero legítimo del reino de España en toda su extensión”89, dejando entrever en las propias crónicas la supremacía de Castilla sobre León. Como hizo Rada, los cronistas bajomedievales recuperaron la idea de una “España” común para todos los reinos, independientes en la práctica y con señas de identidad propias, como la lengua o la legislación. Del mismo modo, la “guerra divinal” se aprecia como una empresa colectiva para todos ellos. La pérdida y el deseo de reconstrucción que emanan las crónicas desprenden una idea de España que, según Maravall, se entendía como “una entidad humana asentada en un territorio que la define 87 RAMOS Y LOSCERTALES, José María, “Los jueces de Castilla”, en Archivo de filología aragonesa, 28-29 (1981), pp. 260-265; 268-271. 88 Ibíd., pp. 272-277. 89 VALDEÓN BARUQUE, op. cit., p. 355.
23 y caracteriza y a la cual le sucede algo en común, toda una historia propia”90. Por ello, defender la contribución que cada reino aportó a la Reconquista y la antigüedad de sus particularidades se hizo imprescindible, mucho más acuciante para Castilla por el lugar preeminente que había adquirido en el solar peninsular. La figura de Fernán González será la que refleje todas las facultades castellanas, plasmadas definitivamente en el Poema de Fernán González, escrito alrededor del 1250. Revestido de neogoticismo, el texto presenta una Castilla reticente a la invasión musulmana, integrados sus habitantes en el conjunto de espannoles, sinónimo de christianos, y encomendados a un conde que encarna todas las virtudes de la nobleza y el deseo de convertir su territorio en reino91. Entiende la independencia de Castilla como un hecho providencial con la intervención del apóstol Santiago bajo el pretexto de desvincularse de los reinos vecinos y enfrentar al enemigo musulmán. De este último se toma la idea de guerra santa -djihady reverdece la concepción mosaica del Pueblo Elegido, ahora el castellano como lo fue el godo cristiano, del que se considera heredero92. Este y otros documentos que recogieron las ideas de Rada manifestaron la trascendencia política, poderío contra el enemigo, capacidad de mando y superioridad cultural y militar de Castilla frente al resto de reinos, lo que permitió a los monarcas castellanos proclamarse herederos legítimos de los godos93. La historiografía castellanista surgirá a partir de 1230, tarde en comparación a la construcción de la memoria histórica leonesa y la pionera navarra. Se evocó a la figura de los Jueces como los introductores del derecho consuetudinario castellano en contraposición al Fuero Juzgo de León -a diferencia de lo afirmado por Lafuente-. Además, se recogió el mito de una Castilla con libertad democrática, igualitaria, comunitaria y plagada de costumbres populares enfrentado al León feudal, aristócrata y centralista. Esta exposición, sin embargo, no buscaba resaltar las diferencias, sino defender las justificaciones del prestigio castellano “aportado a León y demostrar los orígenes de la vocación reconquistadora de Castilla y la necesidad de colaboración entre los distintos reinos cristianos”94. La forja de una Castilla imaginada relegó a un segundo 90 Ibíd., pp. 350-352. 91 VILLA PRIETO, Josué, “La alabanza a Castilla en el Poema de Fernán González (ca. 1250). Su reflejo en los tratados bajomedievales”, en Tiempo y sociedad, 9 (2012), pp. 35-42. 92 MORENO HERNÁNDEZ, Carlos, “Raíces medievales del nacional catolicismo: el Poema de Fernán González”, en Anuario de estudios medievales, 30/1 (2000), pp. 455-461. 93 VILLA PRIETO, op. cit., pp. 53-55. 94 GARCÍA CÁRCEL, op. cit., pp. 181-183; 189.
24 lugar a León en un relato que vinculó Covadonga hasta su culmen con la conquista de Granada95. 4.2.3. Contexto histórico y visión historiográfica Extendida la monarquía astur hasta el Duero, Alfonso III nombrará hombres a su cargo encargados de coordinar las acciones que equiparasen las fronteras orientales con las occidentales, contexto en el que empiezan a aparecer en la documentación los primeros jueces de la primitiva Castilla. Por su mejor posición estratégica, García I trasladará la capital del reino a León en el 912, dando lugar al reino astur-leonés. Paralelamente, Abderramán III recobrará el poder efectivo andalusí desde Córdoba, decidido a combatir el avance cristiano en la meseta. El mantenimiento de ambas estrategias en sus sucesores propició un siglo de continuos enfrentamientos en ambas orillas. Sin embargo, el nuevo organigrama ideado por Ramiro II, basado en condados más amplios liderados por hombres leales a su servicio -como fue Fernán González-, traerá consigo grandes victorias hasta llegar a Salamanca. Las postrimerías de la centuria se caracterizaron por el retraimiento de los lindes nuevamente al Duero por el recrudecimiento bélico que defendía la política exterior de Almanzor. La crisis andalusí, consumada en la división de las taifas en 1031, y el intervencionismo navarro de Sancho el Mayor en León marcarán la tónica del siglo XI96. Mientras tanto Castilla, originada en las merindades noroccidentales de Burgos, experimentará una radical expansión hasta asentar sus fronteras en el Duero, en el mismo año 912. El propio término procedente de Castella -en árabe al Qila-, en referencia a las numerosas fortificaciones que se erigieron en la zona, desde su aparición en el año 800, desplazará con celeridad al tradicional “Bardulias” y se superpondrá en el sentimiento identitario de las entidades menores que conformaban el territorio, con probabilidad por el armonioso desarrollo de agricultura y ganadería, la menor estratificación social, la solidaridad aldeana, los bienes comunales y la sumisión a los poderes locales de forma pactada. Sea como fuere, las sucesivas adhesiones territoriales bajo el poder de una sola figura dieron lugar al “Gran Condado”, con gran relevancia en el reino leonés97. Los estudios más recientes indican que la existencia de una figura como la de los Jueces no se adecúa históricamente a una reconstrucción verídica de los siglos IX y X castellanos. El mito que presentó la singularidad primigenia de Castilla vincula a Laín 95 PÉREZ VEJO, op. cit., p. 85. 96 PEÑA PÉREZ, op. cit., pp. 21-24. 97 Ibíd., pp. 27-31.
25 Calvo, del que no tenemos constancia documental fidedigna, con Nuño Rasura, personaje inventado en la Crónica Najerense. El supuesto abuelo del Gran Conde tendría que aparecer en las posteriores confirmaciones del Fuero de Brañosera, del año 824, entre las que sí aparece el propio Fernán González, permitiendo a los historiadores delimitar cuidadosamente su linaje. Otros argumentos en su contra son la normalidad con la que discurrió la sucesión a la muerte de Alfonso II98, la inexistente presencia en las crónicas de tan novedosas figuras -incompatible, por otro lado, con el sistema judicial vigentey la indiscutida soberanía astur-leonesa en territorio castellano durante la primera mitad del siglo IX, por mucho que sus regiones estuvieran unificadas políticamente99. En este mencionado contexto de debilitamiento creciente del poder real y la ampliación nobiliaria de sus bases de poder económico y atribuciones sobre campesinado y gobernantes locales se alcanzarán varias autonomías a nivel interno, es decir, entes políticos sin independencia formal100. Castilla es el paradigma de un proceso común a todos los grandes condados, la diferencia fue su mayor entidad política y las más notorias repercusiones para la monarquía leonesa. Además, por su marcado carácter fronterizo, el condado se expandió en base a una sociedad altamente militarizada. La paulatina feudalización del territorio, nutrida a su vez por la política repobladora, favoreció la aparición de tendencias secesionistas y la unificación de los pequeños condados101, proceso en el que fue clave Fernán González. Dichas consecuencias se engloban en un ámbito occidental en el que las estructuras socio-económicas no podían desarrollarse plenamente en grandes extensiones, debido a la falta de medios del poder central para someter a los territorios centrífugos102. Las concesiones territoriales realizadas por Ramiro II permitieron a Fernán intitularse conde de toda Castilla en el 932 y, mediante hábiles políticas matrimoniales, se convertirá en un patrimonio hereditario con preeminencia entre los condados que formaban el reino de León103. Castilla finalmente alcanzó la condición de reino con bastante fortuna, pues las estrategias matrimoniales de Sancho III y Fernán González desembocarán en la herencia de Fernando, hijo del monarca navarro y, a su vez, bisnieto del Gran Conde, tanto del 98 MARTÍNEZ DÍEZ, op. cit., p. 287. 99 PEÑA PÉREZ, op. cit., pp. 59-65. 100 MOXÓ ORTIZ DE VILLAJOS, Salvador de, Feudalismo, señorío y nobleza en la Castilla medieval, Madrid, Real Academia de la Historia, 2000, pp. 104-105. 101 MÍNGUEZ FERNÁNDEZ, José María, “En torno a la génesis de las sociedades peninsulares altomedievales. Reflexiones y nuevas propuestas”, en Studia Historica. Historia medieval, 22 (2004), pp. 186-188. 102 MOXÓ ORTIZ DE VILLAJOS, op. cit., p. 98. 103 MARTÍNEZ DÍEZ, op. cit., p. 11.
32 nutrió a la identidad española conservadora de sus dos grandes pilares: el catolicismo y la monarquía133, desde la alianza trono-altar que supuso el III Concilio de Toledo. El testigo pasará a la historia castellana, principal instrumento nacionalizador; usada por el nacionalismo, deformada por los regeneracionistas y raptada por el nacional catolicismo134. El análisis de los grandes mitos que dan forma a la canónica epopeya nacional, la “Reconquista”, nos permite entrever las fases de su creación y, por consiguiente, las justificaciones que se planteaban en cada período. En primer lugar, la leyenda de Pelayo y Covadonga, creada en la Crónica de Alfonso III, permitió a la monarquía astur legitimarse como heredera indiscutida del poder visigodo por medio de la ideología neogoticista, en un contexto en el que varios núcleos de resistencia cristianos estaban dando sus primeros pasos. La “Restauración” de la fe y del reino visigodo fue el motor ideológico del devenir astur. En los siglos X y XI, fruto del proceso de feudalización y del aumento de poder de los nobles alejados de la capital, comenzarán a erigirse condados que, si bien estaban vinculados a la monarquía por sus vínculos formales vasalláticos, gozaron de gran autonomía, como fue el caso de Castilla. La cronística bajomedieval se encargó de enfatizar las diferencias entre el nuevo condado y el reino asturleonés, particularidades castellanas iniciadas por los Jueces de Castilla y culminadas por Fernán González, personificación de una independencia anacrónica. El papel de liderazgo que ostentaba Castilla en el momento de elaboración de las crónicas obligó a sus autores a legitimarlo mediante la conexión con el proceso iniciado en Covadonga, en detrimento de León. “Castilla se estaba preparando para su futuro papel de dirección”135, en palabras de Pierre Vilar. Legitimada la guerra contra el islam, el paradigma ideal del proceso será Rodrigo Díaz, el Cid Campeador, cuyas “vivencias” fueron pregonadas en cantares de gesta y poemas por toda la Península. De esta manera, el mito y la realidad quedaron sumamente entremezclados. El Cid simbolizó la perfección del caballero cristiano: un noble fiel a su rey incluso en el exilio, con sentido de la justicia y del honor y temible espada para los musulmanes. En el contexto de los escritos, sin embargo, se atisba la exitosa expansión de la ideología de Cruzada o guerra santa surgida en el seno del papado con el objetivo 133 ÁLVAREZ JUNCO, Dioses útiles, op. cit., p. 139. 134 GARCÍA CÁRCEL, op. cit., pp. 193-201. 135 VALDEÓN BARUQUE, op. cit., p. 356.
33 de direccionar la violencia feudal sistémica contra el infiel y el mensaje claro de superioridad nobiliaria frente a la autoridad regia. Las leyendas fueron reproducidas en la Historia General con grandilocuencia liberal y patriótica, pero sin grandes cambios sustanciales, por lo que Lafuente contribuyó al intento de creación de una conciencia nacional unitaria, abierta a la religión y española -en base a la castellana-, que ya relucía desde inicios del medievo para el autor. De esta manera, durante la Restauración decimonónica se intentó superponer los intereses comunes a las diversas conciencias nacionales136. Pese a no conseguir la nacionalización de las masas que el sistema pretendía, la obra de Lafuente tuvo un peso importante en las enseñanzas y memoria histórica españolas durante décadas y en la aproximación de la historiografía nacional a las corrientes europeas. La historiografía actual ha tratado de desterrar el carácter mítico de los hitos que fundamentaron la Reconquista -concepto que no se ajusta a la diversa realidad medieval137y los orígenes del Estado-nación, enfocando sus análisis no solo en los relatos per se, sino en sus repercusiones. Los historiadores han podido discernir el significado que escondían las leyendas y sus manifestaciones en el imaginario popular y político colectivo, concluyendo que “la perfecta coincidencia entre culturas y unidades políticas no es más que una fórmula de laboratorio”138. 136 GARCÍA DE CORTÁZAR, op. cit., p. 127. 137QUEROL ALCARAZ, Ricardo de, “Henry Kamen: «no hubo Reconquista. Ninguna campaña militar dura ocho siglos»”, en El País, 25/02/2020. URL: https://elpais.com/cultura/2020/02/24/actualidad/1582544863_181774.html. Consultado el 23 de febrero de 2024. 138 PÉREZ VEJO, op. cit., p. 188.
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