La Catedral de Valladolid y el concurso para su terminación
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LA CATEDRAL DE VALLADOLID Y EL CONCURSO PARA SU TERMINACIÓN Reflexiones sobre la crítica de Arquitectura. Enraizada la obra arquitectónica a la vida colectiva —pues es ello, sin duda, exigencia indeclinable de su justificación—, todo el que se halle familiarizado con la historia de las artes ha podido observar que los grandes períodos de la Arquitectura coinciden siempre con un interés directo en la edificación monumental por parte de las clases gobernantes. Muchos de los monarcas famosos en la Historia han pasado y permanecen con legítimo y no disputado derecho en los anales del pasado, por las construcciones que iniciaron y son hoy testimonio de la grandeza de sus concepciones. En el deseo de regir el mundo y de imponer leyes, surge como correlativa necesidad espiritual la de imponérselas a la materia, organizándol.a en agrupa ciones monumentales, en grandiosas masas pétreas que surgen por tensión de voluntades conjuntas para albergar las supremas necesi dades humanas. Puede ciertamente pensarse con cuánta frecuencia han podido extinguirse inéditas grandes vocaciones de arquitectos, si no han hallado la fortuna de sintonizar con una voluntad política rectora, o mejor, de servirla. Pero nos hacemos a la idea de que en las socie dades del pasado la selección de las capacidades era naturalmente fácil y, sin difusión ni propaganda, sin premios ni escuelas, cuando se trataba de edificar una vasta y representativa obra, el monarca que la iniciaba tenía la seguridad de hallar sin titubeos una alta capa cidad a su servicio. En esto, como en tantas otras cosas, nos llevan ventaja las épocas pasadas. De todas las artes fué, sin duda, la Arquitectura la que cayó mas bajo en el siglo xix. Convirtióse, por un conjunto de circunstancias históricas, en una industria en cuanto a sus condiciones de reali zación, y en una técnica en lo que a las capacidades del arquitecto
108 ENRIQUE LAFUENTE FERRAR! se refería, entendiendo la palabra técnica en un sentido ingenieril, muy respetable, pero que alejaba considerablemente de toda preocu pación artística la concepción fundamental de la obra. Los arquitectos se esforzaron inútilmente por convertirse en ingenieros, o derivaron hacia la Arqueología; pero, en lodo caso, se fueron desenlendiendo de la misión esencial de crear un arte para su época. Las gentes correspondieron a esta dejación desentendiéndose de la Arquitectura, y puede decirse en realidad que, prácticamente, dejó de pesar la Arquitectura de un modo efectivo en la vida artística, a partir de la segunda mitad del siglo. Engendros monstruosos e insinceros o pastiches grotescos de los estilos de la antigüedad fueron los productos de este extravío, representativo de su época. Pues cuando la Arquitectura se descarría, mal va todo el negocio del arte. Que no puede abdicar la arquitectura, sin graves consecuencias, de su papel principal de hermana mayor de las artes todas; si se desmoraliza o prostituye, perdida queda la familia de las Musas. Se inicia hoy en las nuevas generaciones una preocupación preferente por la arquitectura y un gusto por lo específico de sus problemas, que acaso deba interpretarse como un síntoma, uno más, de ese retorno al orden que exigen las necesidades y la vocación de la época presente. Y debemos ayudar en la medida de nuestras fuerzas a esa reinstauración de la jerarquía de las artes, otorgando a la arquitectura su noble puesto entre ellas dentro de la vida artística española. Para que este deseo llegase a ser plenamente una realidad, sería preciso predicar sin cansancio unas cuantas verdades y reeducar en cierto modo al público interesado, poco habituado a ver y juzgar la arquitectura del presente. Siempre nos ha parecido una incongruencia lamentable el hecho de que la más insustancial exposición de acua relas o de óleos de un pintor, en muchos casos modesto y aun a veces simplemente añcionado, merezca indefectiblemente los honores de un comentario en los periódicos y en las revistas, mientras se silencia la erección de las edificaciones que con mayores o menores pretensiones de monumentalidad se van imponiendo en calles y plazas a nuestra mirada, y van alterando de modo poco rectificable la fi sonomía de nuestra ciudad. De los óleos a las acuarelas insus tanciales no volveremos, afortunadamente, a acordarnos; pero la arquitectura, aunque sea del más lamentable género, se nos impondrá a nuestro pesar, aparecerá constantemente a nuestra vista y asistirá presente e inevitable al deambular ciudadano de nuestros afanes.
-W. LA CATEDRAL DE VALLADOLID Y EL CONCURSO, ETC. 109 sirviendo de fondo permancnle, de paisaje obligado, a a pe icu a colidiana de nuesira vida urbana. El monumento grato o e orri e adefesio los encontraremos ahí, una y otra vez, al levantar os ojos de nuestra preocupación ambulante, imponiendo su o su esíu pida evidencia a ios azares de los días, y llegaremos quiza a amaros o a detestarlos con violencia e incluso a concederles e po er de modificar nuestros humores. Creo que, ciertamente, no sean emasiadas las gentes con una sensibilidad agudizada de este mo o para impresionarse ante la arquitectura; pero su número no importa. Basta que ello sea posible para que quede bien patente a rssponsa bílidad estética del arquitecto al presentarnos de modo perenne e inamovible el fruto desús logradas o inmaturas vigilias. Pero es el caso, y a ello íbamos, que ésta es una responsabilidad casi nunca exigida, y que lo menos que para hacerla efectiva se necesita es la existencia de una crítica de arquitectura. Que no quede sin la sanción de un juicio público, favorable o adverso, la obra nueva de fábrica que un día se nos muestra libre de* andamies en la vía pública. Que reciba plácemes o vituperios el arquitecto por su trabajo, con mucho mayor motivo que el pintor que por breves días o semanas expone su obra en local cerrado, al que no es obligado, sino volun tario, acudir. Y así, al que nos impone de por vida la visión de su descabellado proyecto, impongámosle por unos momentos ¡blanda penal— la expresión pública de nuestro desagrado. No cabe, pues, mayor justificación ni mejor fundamcntación moral de la necesidad de la existencia de la crítica de arquitectura. Pero no es sólo nece sidad: es justicia. Es lamentable que los esfuerzos del talento afortu nado queden tan silenciados como el fracaso del inepto, y que sea el arquitecto el único artista que no coseche de sus contemporáneos el tributo de admiración o vilipendio, el testimonio corroborado!" de su mejor o peor fortuna, de labios y plumas de contemporáneos.- Pues si el juicio contemporáneo es a veces recusable, otro tanto pudiera afirmarse en el caso de la pintura o la escultura. Es el caso que en España no sólo se levantan obras y monu mentos, sino que con relativa frecuencia se acometen empresas de algún vuelo o se celebran concursos de proyectos importantes, sin que, aparte la exposición de los trabajos — cuando más— y la publi cación de los fallos, tengan el menor eco ni logren comentarios que prueben un interés socialmente denso en estos asuntos. Pero conviene salir al paso de equívocos y errores que más de una vez he escuchado de labios de arquitectos. Pretenderán algunos
r»' t '-'V K . . 110' ENRIQUE LAFUENTE FERRARI que sólo arquitectos pueden juzgar de arquitectura. Nótese que veni mos hablando de responsabilidad artística y de criterio estético^ o sea aquellos puntos de vista únicos que pueden servir para justificar una crítica de arquitectura. A los profesionales, lo puramente técnico; pero de /o otro, es decir, de lo que es arte en la arquitectura, de éso pueden y deben juzgar los no arquitectos. No caigan, y a esos errores me refiero, en un espíritu de Cuerpo mal entendido, en una soberbia profesional cerrada a dar oídos a los no iniciados. Con ese - - estrecho criterio, sólo podrían hablar de pintura los pintores, y de teatro los autores dramáticos. El Zapatero, a tus zapatos, es muy sabio aforismo referido al hacer, pero no al juzgar; pues el que sabe dónde le aprieta el zapato es precisamente el que lo usa y, padece, y no el artesano que io fabrica. Y ya hemos visto que las obras de los arquitectos las usamos y aun las padecemos todos. Quede, pues, bien entendido, que recusamos y combatiremos dondequiera que aparezca ese sórdido criterio sindical que desearía erigir su profesión en coto vedado a los juicios y opiniones de los demás. Ese puede ser, y de hecho lo es, criterio aceptable para las profesiones de mera técnica; pero nunca podrá ser válido ese clandestino hermetismo para aquellas actividades humanas que pretenden entrar en e! recinto, abierto no a la mera capacidad técnica, sino a la sensibilidad y al gusto, reservado a la creación artística. La catedral de Valladolid y su significación en nuestra arquitectura. Era preciso este introito, al menos para el que esto escribe, porque quería salir al paso de opiniones oídas a veces en la conver sación privada, que pretendían justificar esta recusación del no profe sional para juzgar obras de profesionales; y no puede extrañarnos la aparición de este error entre los arquitectos, ya que entre los mismos pintores y escritores se da, de vez en vez, la fobia del crítico, la recusación del crítico. Pero basta ya de preliminares para decir que todo esto viene a propósito de que creemos deben discutirse y airearse jas cuestiones referentes a las grandes empresas arquitectónicas que en nuestros días se acometen, y que la mejor señal de que se siente ia arquitectura como algo vivo y de general interés, es que no se pasen en silencio las pocas o muchas iniciativas de verdadera impor tancia que surgen y toman cuerpo entre nosotros. , Créemos no errar mucho al decir que los concursos más
LA CATEDRAL DE VALLADOLID Y EL CONCURSO, ETC. 111 importantes que han tenido lugar en España desde el fi n de nuestra guerra han sido el convocado por el Ayuntamiento de Zaragoza para la edificación de una nueva Casa Consistorial, y el que nos va a ocupar en estas páginas: el anunciado por la Dirección de Bellas Artes para premiar proyectos de terminación de la catedral de Valladolid. Todo el que tenga sentido histórico y sensibilidad no sólo para gustar de las obras de arte como productos brutos, sino para ese engarce entre lo artístico y sus circunstancias, ha tenido que sentir una singular emoción contemplando la inconclusa iglesia metropo litana de la ciudad del Pisuerga. Se desprende de aquellas adarajas de los lienzos de muros, brutalmente interrumpidos, un símbolo a la vez de la alta ambición y de la tremenda fatiga que se dieron en nuestro esfuerzo histórico del siglo xvi. La unidad nacional estaba hecha y la potencia española se dejaba sentir en lodo el mundo; pero todo se había precipitado con exceso y no estaba aún bien trabado —la posteridad lo demostró— el cimiento sobre el que se edificaba una grandeza demasiado expuesta a fi suras y grietas. La unidad no había tomado cuerpo en una concreción representativa del Estado; España no tenía capital. La elección de Madrid fué un tanto improvi sada y provisional. Se sentía la necesidad de un centro de irradiación del Poder; al no elegirse una ciudad costera, marítima acaso, por no descentrar la sede del gobierno, las diversas y opuestas atracciones con que nuestra Monarquía se hallaba solicitada dieron por resultado una solución neutra, más racional que vital. Entre Europa y el Estrecho, entre la Italia mediterránea y las rutas atlánticas, imanes de nuestros intereses geográficos y políticos, tan opuestos, las fuerzas se neutralizaron y vino a pensarse en una ciudad de la esteparia Castilla. Y aun así, las dudas y oscilaciones mantuvieron el péndulo indeciso entre Madrid, villa insignificante, más próxima el centro geométrico del ruedo ibérico, pero apenas enraizada a intereses y economía fuertes, y, la llana Valladolid, villa abierta, cabeza de región triguera y de ya secular abolengo universitario. Los cazaderos próximos de El Pardo y de la Sierra y la proximidad de El Escorial decidieron la capitalidad para Madrid, lo que fué, probablemente, uno de los varios errores del Buen Rey Prudente. Pero frente a la triun fante Madrid, Valladolid, que al fi n y al cabo era la villa natal de Felipe II, mantuvo su crecimiento y su ambición de ser más. Ello cuajó en dos iniciativas que significan, en algún modo, cierto latente anhelo de capitalidad que Valladolid no ha dejado de abrigar a lo
112 ENRIQUE LAFUENTE FERRAR! largo de su historia. Mientras Madrid no vio erigirse sobre su pobre recinto medieval monumento alguno de importancia —aparte los forzosos ensanchamientos de la casa de los Reyes— que atestigüe su rango mas nominal que efectivo de Corte de la primera Monar quía de Europa, Valladolid ve comenzar su catedral, formidable iniciativa que no llegó a término. Mientras Madrid sigue hasta hoy con su moderno titulo de viila, que vino a ser por su incongruencia casi una coquetería para una urbe sin ambiciones, Valladolid alcanza el rango de ciudad por provisión de Felipe II fechada en 9 de Enero de 1596. El año anterior había logrado e! propio Rey que el Papa Clemente VIII, Hipólito Aldobrandini, erigiese una nueva Silla epis copal en la ciudad del Pisuerga. elevando a catedral su colegiata, sede que con el tiempo y el crecimiento de la población vino a exigir en el Concordato de 1851 su elevación a metropolitana, cuando, como es sabido, Madrid no alcanzó ser cabeza de sede episcopal, y para eso unida en el título a la antigua y languideciente Aléala, hasta 1885. Cuando la concesión papal se otorga a la ciudad de Pedro Ansurez, ya estaban en actividad, desde hacia quince años, las obras de la actual catedral vallisoletana. Y no deja de ser singular el hecho de que hasta en las circunstancias de su erección concurran particula ridades notables que no he visto en ningún autor comentadas. Son las catedrales obra y misión de las ciudades medievales, y el gótico el verdadero estilo representativo en nuestra Patria de las iglesias madres de nuestros burgos. Por ello aparte las raras excepciones —catedrales del xviii de Cádiz o nileva de Lérida, o reconstruc ciones como en Vich—, son nuestras catedrales obras del gótico en su mayor parte, pues las andaluzas se elevan ya en obra renacentista —con la crisis significativa del cambio de estilo en la de Granada—, por consecuencia natural del retraso en la reconquista para la fe cristiana de aquellas regiones. La catedral de Valladolid es, y de aquí su valor representativo, la fábrica filipina que había de significar entre nosotros ¡a gran catedral de ¡a Contrarreforma. Surge, pues, inmediatamente después de la edificación singular de El Escorial, la que a los ojos de la Historia representa hoy la tensión hispánica, personalizada en el Rey Prudente, en pro de la lucha europea por el mantenimiento de la fe católica. El genio del Rey y del arquitecto Juan de Herrera dieron en sutil colaboración evidente expresión adecuada y española al movimiento conírarreformista, y por ello no ha pasado sin ser advertido por los más sagaces historiadores de la
LA CATEDRAL DE VALLADOLID Y EL CONCURSO, ETC. 113 Arquilectura, el hecho de que, tanto en su espíritu como en sus formas, puede percibirse, por el que no se paga de lugares comunes, en el magno cenobio serrano, un viraje hacia el barroco de la Arqui tectura clásica bebida en fuentes italianas. Ahora bien: El Escorial es un monumento aislado, único, apar tado por decidida voluntad de su erector de toda concentración urbana. Lugar de sepulcro y de retiro, ascéticamente vuelto de espaldas al mundo y de frente a las cumbres de granito y al límpido zafiro del puro cielo de alta montaña. El Escorial simboliza ese mismo deseo de apartamiento y de desgana, piadosa desgana que fué un error político, de Felipe 11, el rey que no quiso como corte a Lisboa, centro natural de nuestra política de expansión atlántica. El Escorial quedaba, pues, como un teorema, claro, sencillo y verdadero; pero relegado a una esfera racional inoperante, como monumento y como ejemplo, respecto de la vida española. La catedral de Valladolid venía por tanto a corroborar en una iglesia de plena función urbana, un estilo ya logrado; y las formas severas de ese estilo afirman con tensa energía consciente esa voluntad y esfuerzo de contrarreforma que, presidiendo una ciudad con su categoría de recinto episcopal, manifiestan lo que hay de sentido pleno y de significación profunda en las iniciativas del rey Felipe y en las fórmulas artísticas de Juan de Herrera. Era, pues, mejor dicho, iba a ser la de Valladolid la única y magna catedral de ¡a arquitectura de ¡a Contrarreforma en España y se erigía en el Centro de Castilla y en la ciudad que acaso por razones geográficas e históricas hubiera podido ser la capital de la gran España. Pues bien: para acabar de ser representativa a nuestros ojos de un destino histórico, esa catedral iba a resumir en sí también ese conjunto de esfuerzos incompletos, de empresas fracasadas, de suprema fatiga de iniciativas gigantescas que vemos repetirse en la historia de nuestro siglo XVI. Si queremos dejarnos llevar por ese gusto spcngleriano de las aproximaciones entre fenómenos de muy distintos órdenes, para acercarnos de una manera intuitiva y no racional a la explicación de las cosas de la Historia, podríamos decir que el muñón lisiado que hoy nos ofrece en su inconclusión la catedral de Valladolid, nos presenta ese mismo rasgo de fracaso de otras empresas españolas. La catedral de Valladolid no se termina, sin duda, por razones históricas seme jantes a las que hacen que la Armada Invencible se pierda sin hacer mella en el poderío naval inglés; y así del mismo modo, queda sin ■domar la rebeldía protestante, y sin conquistar la orilla superior de
114 ENRIQUE LAFUENTE FERRARI África Menor, nido de piratas y amenaza constante; sin expulsar at. Turco de Europa, ni lograr ser abatido el poderío francés... Alta ambición, esfuerzo sobrehumano, escasos medios, inconstancia y, finalmente fatiga...; éste parece ser el sino de las magnas empresas nacionales de aquella gran época. La catedral va a ser la gran obra personal de Juan de Herrera, ya que en El Escorial tuvo el pie forzado de iniciativas anteriores. Su historia aún no está hecha, y sería ésta una buena ocasión para que un investigador vallisoletano acometiese los archivos para expli carnos las etapas y vicisitudes de su construcción. El problema es muy distinto del que se planteaba en El Escorial: gran catedral proce sional con planta de cruz latina con el crucero en el centro, sin cúpula, presbiterio rectangular, tres naves y dos más de capillas embebidas, y cuatro robustas torres de ángulo que son, sin duda, lo más escurialense del proyecto. Sobriedad decorativa análoga a la del monasterio, dentro del mismo lenguaje arquitectónico; al exterior, pilastras sin capitel a modo de fajas, recuadros lisos, ojos de buey, nichos, guardapolvos sobre las puertas, remates de bolas, cúpulas trasdosodas en las torres. Orden toscano en las portadas, y en los vanos de los balcones fuertes dinteles que rebasan la anchura de las jambas, iniciando asi lo que después serán las orejas del barfoco. En el interior, grandeza nobilísima de las proporciones; concisión de ornato templado por el rico capitel corintio; perfecto juego de clásicos volijmenes en los cañones, lunetos y pilastras. En vez de la cúpula a la italiana de El Escorial, la modesta y española solución de labóveda baída en el crucero. Muere Herrera, muere el rey, los dineros escasean y el empuje hispano decae bajo el anodino y piadoso rey Felipe III. El péndulo de la capitalidad lleva la Corte por pocos anos a Valladolid, que dice definitivamente adiós a sus esperanzas. En 1668 se celebra la primera función religiosa en el templo; la decadencia se acentúa, España languidece exhausta. Se multiplican en Europa las ediciones del Quijote, y cuando se quiere rematar de algún modo la fachada incon clusa, ya España se ha entregado a la dinastía rival, y el gracioso barroco de Alberto Churriguera, movido y no exento de fuerza y sentido, altera los severos ritmos herrerianos. Nuestro genio deriva en abundosidad expresiva una voluntad educada en más severas disciplinas. No deja, con todo, de trabajarse algo, y el siglo xix aun ve levantarse una absurda torre que parece poner un incongruente yr mal entendido recuerdo de los prismas octogonales de las torres^
LA CATEDRAL DE VALLADOLID Y EL CONCURSO, ETC. 115 del gólico caíalán en una fachada que exigía mayor seriedad en sus enmendadores. y así llegamos a nuestros días. La conciencia de Iff significación del inonumento vallisoletano mueve a la Oíirección de Bellas Artes a pensar en ofrecer como tema posible a los jóvenes arquitectos, plenamente encendidos hoy en el culto de Herrera, la terminación de la caledral, y surge el concurso que, celebrado hace unos meses y fallado ya, merece ciertamente ser comentado en las páginas de este Boletín. Las soluciones para su terminación; el concurso de 1943. Los proyectos presentados han sido cuatro. Sin duda, los dos más importantes han sido el de los Sres. De Miguel y Martínez Chumillas, de un lado, y el de los Sres. Chueca, Sidro y Subirana, por otro. Obtenido el primer premio por el de los dos primeros señores citados, fué objeto el segundo de los honores de ser pro puesto para una recompensa mucho más elevada de la fijada para el segundo premio, en atención a sus notables calidades. Los otros dos fueron obra de los Sres. Candeira —que obtuvo un accésit— y González Iglesias. Cada uno de los proyectos acometió el problema de la terminación de la catedral con criterio personal y soluciones propias, que merecen ser aquí expuestas con la brevedad que el espacio nos impone. El proyecto premiado en primer lugar (De Miguel-Martínez Chumillas) era, sin duda, el mejor presentado, el que llevaba una documentación más extensa en pianos y alzados. Tenía,, sobre todo, el interés documental de presentar estudios detallados del estado actual de la catedral truncada: pueden verse dos de ellos en la Láms. I y IIPuede en ambos apreciarse el verdadero carácter de muñón arquitec tónico de lo edificado, la impresión pobre y ruinosa de la edificación interrumpida en el crucero, la pobre solución adoptada por los que quisieron aprovechar io construido para el servicio del cuito. Todo ello pregona, con lección histórica, la ruina y achicamiento de la Castilla del quinientos al correr de la centuria siguiente. La planta deja ver asimismo el caos de edificaciones que se penetran unas en otras en lo que había de ser la gran planta del templo según la traza de Herrera, traza qüe no presentaron De Miguel y Chumillas, y que
.\AC\0\Al m AVTF.P»OYr.(.-TO ÜF. S^.vcióv' DI >• .a . V- -^'•-.v>' -•i' Lámina III. Catedral de Valladolíd. —Proyecto de solución de los arquitectos De Miguel-Chumillas.
Lámina IV. —Catedral de ValladoUd.—Sección longitudinal del pro^'ecto De Miguel-Chumillas.
-Ml^inrros ««<1441*4 y n.vi*4Trn* 4i:\'ffkLA4 •«•«■emrwi»4i , covcvuso vaciovAl DB ARQVITECTYRA ANTEPIim'ECTO DE SOLVCiÓV DE CIJVCEIJO PArA EA CATEÜ«\E DE J'^^EADOLÍD Lámina V. —Catedral de Valladolid. - Crucero y cabecera. Proyecto De Miguel-Chuinillas
• • /, covcvH^o \.\c io\\i ni: Micmti í r\!í\ A^■TP.l'HO^■F,CTo nt 'jOíAí iüx Pi; nr\( i;!io 1'\ií\ i \ < \Tiri!\i n \ \m r^s'i \ti\ i>0)TrHinif Lámina VI.—Catedral de Valladolid.—Fachada posterior. Proyecto De Miguel-Chumlllas
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CATEDRAL DE ■/ALLADOL!D rt .V,Y7A l 5kaTÍ JLCf « HlUífí A Lámina VIH. —Catedral de Vailadolid.-Planta de Herrera, según Chueca-Sidro-Subirana
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^ UniM umu Itcil KJJI H KIIIILk ■ C/ríORAL ' DE ' VALLADCJDIO ' ■ ».k^00e9 fMm ^ * 'U^Áá U Cotátn¿Ji mtMUX.* 4/ ^ \&,n4/di», ie^é^iki dtyí^ * — » _ .«^AéA.jm , 3lj Lámina X, Catedral de Valladolid,—Fachada lateral según Herrera. Dibujo del estudio Chueca-SidrO'Sublrana.
, ; 1 1 N I I i • ¡ : IlirlOlt UIXniTI'DlkAL ÍBltrtl'T.MVl CATEDRAL DE VALLADííLIiD' lamina Xl.-Catedral de Vailadoiid.-Sección longitudinal del proyecto Chueca-Sidro-Subirana.
í CATEDRAL DE VALIA .. rjft, C^JSÍTlf .ii^'iaUiM'Lt. .-rriínuJ.' , :. ,_rt> . M bK "t^saák /Je^ i_ _ . r t ? .**«*«•»*** KT Lámina XII.— Catedral de Valladolid. — Una de las soluciones de fachada del proyecto Chueca-Sldro-Subirana.
eoNcvRSo Nacional de ARovrri -c r\i¿\ ano m( n\i ii A.sTnPROYbCTo Dt >()L\rioN i)i:l atvcmio dh la (atj.dpal dií xai i xdomi) roi? i r. i.os'OKA dinai. á-' . 1 =hci-' ^ Q -Ji ifí j! t n •! A -■-♦ *?T-í?í' ,üi 331 l ia-ai Jr M :: ■ Lámina XIX. —Catedral de Valladolid-—Sección longitudinal del proyecto de Gonzáli