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"De oráculos y de cenicientas: la crítica ante el fin de siglo español"

Blasco Pascual, Francisco Javier

Abstract

Análisis de la manipulación ejercida por cierta crítica conservadora (cuando no fascistoide) para reinterpretar la literatura finisecular desde unos parámetros mqniqueos. A ello responde la etiquetación de modernismo (universalismo, esteticismo, bohemia, malditismo) y de generación del 98 (compromiso, nacionalismo, regerenación)

Full text

RICHARD A. CARDWELL y BERNARD McGUIRK, Editores ¿QUÉ ES EL MODERNISMO? NUEVA ENCUESTA EVAS LECTURAS SOCIETY OF SPANISH AND SPANISH-AMERICAN STUDIES e Copyright, Society of Spanish and Spanish-American Studies, 1993. The Society of Spanish and Spanish-American Studies promotes bibliographical, critical and pedagogical research in Spanish and SpanishAmerican studies by publishing works of particular merit in these areas. On occasion, the Society also publishes creative works. SSSAS is a nonprofit educational organization sponsored by the University of Colorado at Boulder. lt is located in the Deparlment of Spanish and Porluguese, University o{ Colorado, Campus Box278, Boulder, Colorado, 80309-0278. U.S.A International Standard Book Number (ISBN): 0-89295-067-6 Library of Congress Catalog Card Number: 92-64364 Printed in the United States of America Impreso en los Estados Unidos de América This te:xt was prepared by Sandy Adler, Foreign Language Word Processing Specialist for the College of Arts and Sciences, University ofColorado at Boulder. 1 1 1, j l, i 11 ! 1; ÍNDICE N ata preliminar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1 Introducción Richard A Cardwell . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3 ¿Qué es el modernismo? D.L. Shaw . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11 El modernismo visto por sus contemporáneos: las encuestas en las revistas de la época María Pilar Celma Valero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25 / Modernismo y Modernism "" John Butt . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39 ···"'··· De «Oráculos» y de «Cenicientas»: la crítica ante el fin de siglo español Francisco Javier Blasco Pascual ...................... 59 Lo moderno en el modernismo ~"1 Germán Gullón ............................... . 87 Figura femenina y escritura en la España finisecular Noel Valis . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103 La misión regeneradora de la literatura: del romanticismo al modernismo pasando por Krause Derek Flitter . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 127 La crisis de fin de siglo a la luz del «emotivismo»: sobre Alma contemporánea (1899), de Llanas Aguilaniedo José~Carlos Mainer . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 14 7 «Una hermandad de trabajadores espirituales»: los discursos del poder del modernismo en España Richard A. Cardwell . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 165 Las cumbres del modernismo: aproximación a la novela finisecular española John Macklin ................................ ·. 199 Simultaneidad y modernismo en Tirano Banderas de Ramón del Valle-Inclán Gonzalo Díaz Migoyo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 217 Modernismo frente a noventayocho: según las revistas de la época (1897-1907) Patricia McDermott . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 229 Hacia un discurso crítico del modernismo concebido como sistema Ivan A. Schulman . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 257 El cisne: del signo imaginario al signo ideológico en la poesía de Darío Zunilda Gertel . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 277 Delmira Agustini y el «reino interior» de Rodó y Darío Gwen Kir kpatrick . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 295 Sus epítetos casi siempre: Leopoldo Lugones a través de Jorge Luis Borges C. E. Feiling . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 307 /Modernismo, positivismo y (des)herencia en el discurso de la historia literaria Adam Sharman . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 319 «Yo sé ... », «Yo persigo ... », «Yo no sé ... »: el modernismo y la meta-historia literaria Bernard McGuirk.............................. 339 Entre el modernismo y las vanguardias: dialogismo y polifonía anárquica en Trilce de César Vallejo Susana Reisz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 355 Contradicciones latinoamericanas: ¿Modernismo sin modernización? N éstor García Canclini ..... ~ . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 371 Bibliografia selecta de la crítica sobre el modernismo hispánico John Wainwright . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 379 Av::~(~ c:tt c,A:Ri-Q, ~6e 3J 13m Q_\_5 ~---~-_VD k q [l!i Jo-, J.rJ ~:!}o'-t_c:,·¿ La. Vl rM S~----¡ o-~~(!/--{ t_,~ DE «ORÁCULOS» Y DE «CENICIENTAS>>: LA CRÍTICA ANTE EL FIN DE SIGLO ESPAÑOL JAVIER BLASCO PASCUAL ):; '& ft-fY ~~ Dl~\illA~~~~U(Z_crJ Aunque, desde varios frentes, publicaciones recientes, como las de .Celma V alero y el monográfico de lnsula, hayan intentado introducir un elemento corrector que hay que valorar muy positivamente, las letras españolas del fin de siglo1 pasado siguen· constituyendo uno de los capítulos peor conocidos, y peor valorados, de toda nuestra literatura, siendo ya muy pocos los que, hoy, todavía se niegan a reconocer que el desafortunado intento de estudiarla bajo los marbetes «discriminadores» de Modernismo y Noventayocho ha contribuido decisivamente en este desconocimiento. El acierto guía la pluma de Ricardo Gullón al acuñar el término invención para calliicar esa compleja (y a la vez simplificadora) construcción mental que la crítica ha ido levantando sobre el marbete de generación del 98: «la generación del 98, según con frecuencia dijeron Baroja, Unamuno y Maeztu, nunca tuvo realidad. La que ahora tiene es la de una ficción cómoda tras la cual se esconde el inmovilismo predominante»2 (La invención del 98 11). Pero dando un paso que el maestro Gullón-llevado quizá por la generosidad que presidió toda su labor crítica-apenas insinúa, hay que decir que tal invención oonceptual forma parte de una profunda falsificación de la realidad literaria finisecular. Y una falsificación que no surgía de un error de enfoque o de análisis crítico, sino que respondía a muy claros condicionamientos. Muy interesante-----eomo ya he apuntado («Estudio crítico» )3 -me parece que podría resultar el estudio y análisis de la (<circunstancia» desde la que Azorín-y tras él la larga. lista de críticos generacionistas--inventa el 98. Algo apuntaré, más tarde, sobre este tema, pero ahora me centraré en la reflexión sobre algunas de las consecuencias «didácticas» que ha traído consigo la mencionadá falsificación 4. Al hilo de la construcción generacional emprendida por la crítica, tras los pasos de Azorín, se ha producido una reducción del panorama literario español del fin de siglo altamente empobrecedora. Tras la revisión de lo que han dado de sí tales estudios queda la impresión de que, en muchos casos, el objetivo perseguido por los mismos tenía que ver más con el intento de probar _la fun59 cionalidad de una plantilla crítica-el concepto de generación aplicado a la literatura---:gue con la valoración realista y objetiva del mundo literario furlsecular5. En cualquier caso, el querer encorsetar en un esquema «geométrico» la realidad literaria e ideológica del momento ha desembocado casi siempre en la elaboración artificiosa de unas nóminas que-a pesar del nulo consenso crítico acerca de los posibles componentes de las mismas6 -han servido para prestigiar ciertos nombres, en tanto que al resto se lo condenaba a un olvido vergonzante 7• Basta abrir las páginas de exquisita edición del catálogo de la «Biblioteca Renacimiento» de Mainer -donde «están todos cuantos emprendieron su carrera literaria con el siglo» (16)-para comprobar la peligrosa reducción que trae consigo--sea, cual sea la nómina que se tome como referencia-el concepto de Generación del 98. Aún aceptando la existencia, más allá de la ficción, de una supuesta generación del 98, habría que darle a la misma (tal y como hasta hoy ha sido definida) una muy escasa representatividad en el marco literario general del cambio de siglo. Y no vale invocar, en respuesta, criterio de calidad alguno, ya que es peligroso trazar la «historia» sobre tales distinciones y ya que, además, toda valoración es siempre relativa y, hoy por hoy, estamos todavía muy lejos de poseer una visión panorámica adecuada de la época a la que nos estamos refiriendo. Sin olvidar que el muy positivo aprecio de los noventayochlstas-hoy en pleno proceso de revisión8 -se halla cimentado sobre una axiología. vinculada a unas circunstancias sociopolíticas muy concretas y especiales. Con estas mismas circunstancias tiene que ver otra reducción no menos significativa y peligrosa que la anterior: «en el estudio del parecido generacional-afirma Laín Entralgo-he dirigido mi atención, muy predominantemente, al que existe entre todos ellos por su condición de españoles»; ~~la generación del Noventa y Ocho es fundamentalmente española, fiel a una encrucijada geográfica e histórica», sentencia DíazPlaja, para líneas más abajo añadir acerca de los componentes de la misma: «[Antonio Machado], a dos años de distancia de su hermano Manuel, sigue fiel, sin embargo, a la grave manera ética de Castilla, frente a la ligera manera estética de Andalucía» (108, 158). Creo que los ejemplos aducidos me ahorran cualquier tipo de reflexión acerca del «interés» manifestado por la crítica del «noventayochlsmo» por demostrar el españolismo y la gravedad de la literatura en una parte de la nómina del fm de siglo9. Pero no debe dejarse sin anotar que esta peculiar forma de patriotismo crítico ha traído consigo un error de enfoque singularmente perturbador. Bien es verdad que el tipo de crítica a que me estoy refiriendo no ha evitado señalar, en literaturas diferentes a la española, la influencia de ciertos «héroes», ~<mentores», «guías», «jefes» 60 (exquisita terminología crítica) que han ejercido su magisterio sobre los autores españoles del momento. Pero ha sido ridículamente roma al reducir tal influencia a una cuestión de fuentes, y al no saber percibir la extraordinaria sintonía de la literatura española de aquel momento con el resto de las literaturas occidentales. Intentar leer la literatura finise.. cular española en claves exclusivamente nacionales (cuando no nacionalistas) es empobrecer su significación, ya que sólo en un marco mucho más amplio (Cataluña, Hispanoamérica, Inglaterra, Francia, Italia ... ) se encuentran las verdaderas raíces de la crisis de pensamiento-más allá de todos los noventayochismos--que le da coherencia y sentido a toda la época. Reducir la geografía física de la literatura finisecular española es reducir, también, la geografía mental por la que la misma discurre10. Finalmente, de la reducción del rico y multiforme panorama finise.. cular al fenómeno marginal del 98, se deriva la muy injusta discriminación axi.ol6gi.ca, que recoge la trayectoria crítica en que se gesta la invención del 98. Sólo un paso media entre la reducción del modernismo a términos de ((mera estética» y la descalificación valorativa; un paso que la crítica ha tenido poco empacho en dar, como demuestra el siguiente texto de Díaz-Plaja: La problemática del Noventa y Ocho, de índole extraestético, sigue vigente y sus escritores mantienen su alto papel de oráculos~ mientras el Modernismo, actitud meramente estética, ha dejado de tener-por imperativo de los cambios del gusto literario-una presencia real en las letras hispánicas y ha pasado a ser para la crítica de hoy la Cenicienta de este período. (xix) Definido el 98 por su españolismo, su virilidad, su ética y la densidad de su pensamiento, todo lo que no cabe bajo tal definición se despacha con una vaga referencia a una pura cuestión de formas, dando por sentado que, fuera del 98, no es posible una literatura con proyección de futuro y con una dimensión ideológica reseñable. De tales posturas surge una clara falsificación de la literatura del fin de siglo. Atendiendo exclusivamente a la crítica española, la historia de la invención del 98 y la historia de la reducción valorativa, puesta en pie por la crítica al Modernismo, constituyen una misma y sola historia. O, dicho de otro modo, para que la invención funcionase con mínima coherencia, se imponía como necesaria la reducción. Cada un9 de los pasos que se han dado hacia la afmnación del98 resultaba ser, en segunda instancia-pero no por casualidad-, un paso contra el Modernismo. Invención y reducción simplificadora se presentan, a esta luz, como operaciones paralelas y complementarias, cuya única razón de ser 61 sólo puede concretarse, hoy, en la necesidad que una determinada critica sintió de erigir un mito españolista, para, desde él, conjurar los demonios y fantasmas de una literatura dificilmente asimilable por el sistema ideológico en el que dicha critica se instala. No es este el momento de someter a revisión, desde esta perspectiva, la historia de la invención del 98 cuyo discurso ha estudiado Cardwell ( «Degeneration, Discourse and Differentiation» ). Me limitaré, con miras a clarificar ciertos puntos esenciales para la historia de la falsificación de nuestro fin de siglo, a trazar el contexto que explica la necesidad del mencionado «mito» y a valorar cuáles son los «fantasmas» de los que con él se pretende huir. Sobran argumentos para justificar una lectura «no discriminatoria» del fin de siglo español Por ello, creo que es hora ya de dejar a un lado el estéril debate critico abierto por la invención azoriniana, invención cuyos sucesivos pasos revisa Ramsden; levantar la «censura moral» que parte de la literatura fmisecular ha tenido que soportar a lo largo de todo nuestro siglo; y pasar de la discusión teórica a una lectura desprejuiciada de los textos. La historia de la literatura finisecular, que está todavía por escribir, no podrá emprenderse con seriedad, en tanto no se revisen a fondo los fundamentos de esa extravagante axiología que hemos generado en tomo al98. Y el primer capítulo para tal revisión pasa, sin duda, por la recuperación de la historiografia literaria del fm de siglo. Es abrumadora-aunque muy explicable-la ausencia de monograffas de calidad sobre periódicos y revistas como Renacimiento, La República de las letras, Sophia, Luz, Ciencia social, La Ilustración española e hispanoamericana, Blanco y Negro, La Anarquía literaria, Nuevo Mercurio, Revista blanca, Gente joven, etc. En sus páginas--y en las de revistas algo mejor conocidas: Juventud, Germinal, Alma española, Vida Nueva, Helios 11 -se encuentra, ajena todavía a las falsificaciones posteriores, la crónica de urgencia-Bemardo G. de Candamo, Llanas Agu.ilaniedo, Angel Guerra, Antonio de Zayas, Silverio Lanza, Rafael Urbano, Emilio H. del V:a.llar, los González Blanco, Camilo Bargiela, Gómez de Baquero, Carlos Navarro Lamarca, Silva Uzcátegui, Alejandro Sawa, Francisco Navarro Ledesma, Ruiz Contreras, Cansinos Assen.s, Gómez Calrino, Luis París, L6pez de Chavani, etc. -de un movimiento· cuya historia se ha escrito totalmente de espaldas a la realidad. Estoy convencido de que la revisión y el análisis sistemático de estos materiales--lo que ya urge-nos obligará a replantear muchos de los dogmas críticos que, sobre la época, han llegado hasta nuestros días12. Desde los datos que hoy poseemos, resulta posible, con todo, esbozar una hipótesis que haga comprensible el origen y las causas de esa falsificación critica, que traen consigo la ((invención» del 98 y la ((reducción» a límites exclusivamente retórico-estéticos del Modernismo_ español. 62 El día en que alguien se decida a trazar la historia del antimodemismo en la critica española, se comprobará-ya lo he anticipado---cómo la «invención» del 98 y la ~(reducción» del modernismo coinciden en el tiempo y responden a idénticas motivaciones criticas. Hasta 1907-1913, la historiografia no distingue entre modernistas y noventayochistas13. El único enfrentamiento que es posible rastrear en el fin de siglo español es el que se produce entre la gente viiUa y lagentejoven 14, como documenta H. Ramsden ( «The Spanish 'Generation of 1898' ») a partir de textos de U:namuno, de Azorin, de Maeztu, de Bargiela, etc. Así defme el último de los citados, en 1900, la situación de los intelectuales españoles: Están los intelectuales españoles :irremisiblemente separados en dos ramas: modernistas, que significa tanto como espíritus expansivos abiertos a todas las corrientes científicas y artísticas, y otros varones que yo llamo anticuados, por no denominar con otro adjetivo más fuerte y gráfico. (ii) Se oponen los modernistas-entre los que Costa figura junto a Rueda-a los representantes de la gente vieja, y no a los noventayochlstas. De tal forma esto es así que hasta 1910 la crónica del fin de siglo no precisa de otro nombre que el de modernismo para referirse a la nueva literatura. La distinción de dos grupos entre la gente joven empieza a apuntar, cuando, en el marco temporal que las fechas arriba citadas encierran, se produce un proceso de autorrevisi6n critica que afecta tanto a los que luego hemos estudiado como noventayochistas, como a los que luego se ha seguido motejando de modernistas. Unos y otros hacen examen de conciencia; un examen de conciencia que lleva implícito un firme propósito de enmienda. Como argumento a favor de la «discriminación» del fm de siglo en dos coexistentes «generaciones», se ha repetido hasta el absurdo el rechazo que los noventayochistas--iquién no recuerda los exabruptos unamunianos!-manifiestan hacia el modernismo. No se ha advertido, sin embargo, que, por las fechas en cuestión, idéntico rechazo pueqe documentarse en casi todos aquellos a los que luego se nos ha presentado como modernistas arquetípicos. Juan Ramón-inspirador de ~(Génesis», manifiesto de los «paladines de nuestra muy amada Belleza» publicado en el primer número de Helios (1903)-, hacia 1912 rechaza ya -en las páginas de sus libros amarillos-la estética del «ensueño melancólico» de sus primeros libros: «aunque tarde, he comprendido una cosa: el hombre no debiera nunca soñar, sino intentar realizar los elementos de sus sueños» (762). ~(No seas la ilusión que vuela de la frente», le pide a su poesía, «Bino la realidad constante y verdadera» (689). En los libros de las fechas arriba citadas el lector puede seguir cómo, paso ~ paso, 63 modernistas «apuñalan la moral pública»; Clarín lo considera inmoral y desmoralizante. Las novedades formales, sin embargo, apenas despertaron otra oposición que la de los académicos dogmáticos y la de los caricaturistas de Gedeón o del Madrid Cómico, como dice L. Litvak: U na de las características más notables de la crítica antimodernista es su virulencia. Esto es interesante, sobre todo si el modernismo se considerase únicamente como una renovación formal de la poesía Si a ello se hubiese reducido, probablemente la crítica no hubiera reaccionado tan hostihnente. La violencia de esta respuesta revela que en realidad el modernismo intentaba llevar a cabo algo más impo~te: un cambio de fondo y no sólo de forma, y presentaba una nueva escala de valores que iban más allá de la poesía. (397) Parece innegable que la critica finisecular veía con desconfianza a la joven literatura del momento, por considerarla como una fuerza social y moralmente disgregadora. Un cambio radical se produce, sin embargo, a partir de las fechas anteriormente señaladas. Y, haciendo abstracción del significado profundo de la innovación modernista, desde 1913-fecha en que aparece La guerra literaria, de Manuel Machado--los ~~excesos» modernistas quedan reducidos, para la critica, a aspectos meramente formales: «El modernismo, que realmente no existe ya-asegura el sevillano--, no fue en puridad más que una revolución literaria de carácter principalmente formal» (112). Y Pedro Salinas, años más tarde, perfila esta defmición, reduciendo también el modernismo a una mera «renovación del concepto de lo poético y de su arsenal expresivo». Tal lectura reduccionista se consagra en los trabajos de D. Alonso, Díaz-Plaja, y Laín Entralgo, que durante mucho tiempo han conseguido desviar la atención del fondo ideológico modernista. Como han visto muy bien R. Grass y W. Risley (10), la critica española sobre el fin de siglo refleja una incompleta apreciación del simbolismo-decadencia. Por lo general, el componente simbolista de la estética fmi8ecular está siendo--en los últimos tiempos-justamente valorado, pero no ocurre lo mismo con el componente decadentista. Se percibe una clara resistencia a admitir que la esencia de la literatura simbolista ~omo señala A. Balaki.an---es el decadent spirit de sus contenidos. Los contemporáneos percibieron con bastante claridad que simbolismo y decadencia eran términos equivalentes44• Pero la critica posterior ha tendido a desunir los dos elementos de la ecuación. En resumen, es justamente entre 1907 y 1913, cuando se produce el cambio de actitud critica; y lo que para los contemporáneos había sido 70 un intento de renovación de los valores ideológicos heredados, pasa a ser, para la crítica posterior, una mera renovación del lenguaje literario. Error de crítica, sí: pero error calculadamente promovido por algunos de los propios protagonistas de la literatura fmisecular, que, a partir de las fechas señaladas, revisan sus posiciones de juventud y entonan un «sentido» mea culpa respecto al ya envejecido decadentismo de sus primeros escritos, como ha señalado l. Prat (x n. 4). La ~~invención» del 98 y la «reducción» formalista del modernismo representan la doble vía por la que se produce la revisión crítica mencionada. Lejos ya de las posiciones ideológicas del fin de siglo, los protagonistas de esa literatura se empeñan en negar, con toda fn-meza, los elementos «disolventes» del componente decadentista de la misma. Manuel Machado lo hace reduciendo el significado de la renovación literaria finisecular a una mera cuestión de formas, en tanto que Azorín sigue el camino opuesto; admite el significado ideológico de la citada renovación, pero lo falsea haciendo abstracción de todos aquellos componentes que resultaban discordantes con su~ posiciones ideológicas de 1913. Uno y otro se inventan un fin de siglo a su medida; o, mejor, a la medida de un momento en el que la «bohemia intelectual» ha dejado de ser un valor vigente, para convertirse en excepción o en recuerdo (Tuñón de Lara 162). La herencia decadentista no se ha perdido, y su pervivencia permite trazar-a través de publicaciones como Prometeo o El cuento semanal-toda una serie de líneas de continuidad del fin de siglo, por la vía del humor o de la ironía, a las primeras vanguardias. Pero, de 1907 a · 1913, se registra, ciertamente, una muy marcada tendencia a la deserción de todo aquell~atracción morbosa por ciertas sicologías, sensualismo, erotismo decadente, idealismo, actitudes anarquistas próximas al socialismo utópico, exaltación esteticista del arte frente a la vida45 -que podía atentar contra las nuevas posiciones éticas que triunfan en ese momento. Son claves estos años en la gestación de un nuevo clima espiritual, en el que el enfrentamiento entre dos éticas (que ya se podía percibir en el texto con que N. Salmerón p,esenta el libro de Max Nordau en su versión ~añola) se resuelve a favor de la austeridad y puritanismo kra~sista 46. La creación de la «Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas» (1907), la del «Centro de Estudios Históricos» (1910), la de la «Residencia de Estudiantes» (1910), la del «Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales» (1910), la de la ~<Escuela Española de Roma» (1910), revelan el nuevo impulso y la creciente influencia social e intelectual, que el «institucionismo» y su ética pedagógica alcanzan por las fechas en cuestión. Son los años en los que los nietos de don Francisco Giner (Jiménez Fraud, Ortega, Juan Ramón, Antonio Machado, García Morente, Américo Castro, Manuel Azaña, Madariaga, 71 etc.) clausuran la ética «negativa» del fin de siglo, para declarar inaugurada una etapa en la que un nuevo espíritu, mucho más constructivo y optimista, pone en marcha el proyecto intelectual de la creación de una nueva España. Ha pasado el tiempo de las lamentaciones; ha pasado la hora de la melancolía y del morboso recrearse en el aná]jsjs clínico de la patología individual o nacional aunque, como demuestra Cardwell en el presente volumen, una actitud melancólica o angustiada también parecía ofrecer un posible punto de partida para la anhelada regeneración espiritual. «Habiendo negado una España-decía Ort~ en 1914-, nos encontramos en el paso honroso de encontrar otra» 4 7. El alma nacional --oomo el alma individual-hay que crearla, en vez de buscarla en vano en un pasado ya muerto. Ya no se trata de «sentir» intensa y matizadamente el paisaje («paisaje interior», por supuesto), sino de crearlo y construirlo. La abulia ha de ceder el paso al vitalismo. En palabras, otra vez de Ortega, <<la España de villorrio no nos interesa; queremos y creemos posible una España mundial [ ... en] que todo español [esté] especialmente obligado a ser mañana más inteligente que hoy» (El Sol7-XII-1917). La nueva actitud se percibe muy bien--oomo he estudiado en otro lugar (Antología Poética )-en la poesía juanramoniana de estas fechas (1906-1913). Pero es en Ortega donde, quizás, se aprecia con mayor claridad. Cuando Ortega, en 1907 en El Imparcial (5-X-1907), propone la «reforma del carácter, no ·la reforma de costumbres», está proponiendo un planteamiento del problema de España radicalmente diferente del noventayochista. Y, desde este momento hasta la creación de la Liga de educación política española, toda su labor de publicista-bien descrita por V. Romano-tiene por objetivo dotar de contenido dicho planteamiento, con una serie de momentos claves marcados por sus polémicas con Azorin, Unamuno48 y Maeztu. A Azorin y a Maeztu les reprocha falta de precisión y exceso de literatura. <<Estamos obligados a convencer y a concretizar», «O se hace literatura, o se hace precisión, o se calla uno», razonaba desde el Faro (9-8-1908), semanario que él crea como «instrumento de vigorización cerebral» del país. Su Liga de Educación Política Española-creada precisamente al calor del entusiasmo político que' despierta la recepción, por parte del Rey, de la plana mayor del «institucionismo» (Romano 121}-quiere ser trampolín para un proyecto de «gobernación intelectual de España», del que la ética-estética finisecular queda excluida49. El Homenaje a Azorin en la Fiesta de Aranjuez (1913) -tan inteligentemente analizado por Juan Manuel Rozas-significa la clausura y despedida de una literatura que carece ya-estética e ideológicamente-de toda vigencia; al menos eso es lo que, en las palabras de Ortega en aquel acto, se le comunica a un Azorin, que con su reivindica72 . ,, '•. ción reduccionista del fm de siglo aspiraba a ocupar un espacio en el proyecto orteguiano. Es desde esta nueva((circunstancia» intelectual desde la que los protagonistas de la literatura del fm de siglo hacen revisión de sus viejas posturas decadentistas. Tal es el caso de Azorín y tal es el caso de Manuel Machado. Ambos intentan, en sus respectivas revisiones (desde 1913) de la literatura fmisecular, una reducción de la misma que-a pesar de seguir caminos diferentes-coincide en eliminar el componente decadentista, como algo que, en las fechas en que ambos escriben sus estudios, resultaba ya inadmisible para el clima estético e ideológico que entonces apuntaba. Para uno, la dimensión ideológica de la literatura finisecu.la.r no existe; para otro, queda reducida a una preocupación por España. Y no seré yo quien niegue la existencia de dicha preocupación, pero sí que quiero matizarla refni.éndola al contexto de un debate intelectual que no es exclusivamente español, sino mucho más amplio, y en el que no sólo la idea de España, sino la de todos los valores heredados, entra en crisis. Desde este punto, la persecución de su yo profundo que inicia A. Machado, a través de profundas galerías, en nada difiere de la intrahistórica persecución del alma de España iniciada, pongo por caso, por Unamuno. Y tampoco los fantasmas que uno y otro encuentran, como resultado de dicha persecución, se diferencian tanto. El sentimiento de la «decadencia española» y el sentimiento disolvente de la «decadencia espiritual del individuo» son inseparables. El componente decadentista de la literatura fmisecular, que, hacia 1888, tanto había preocupado a «liberales» como Valera50 o como Ferrari por su poder corrosivo y por servir a unas ideas «ni muy edificantes ni muy consoladoras», sigue siendo un elemento de dificil asimilación para los «liberales» de 1910. Y, a partir de estas fechas, queda marginado en una dirección que llevará hasta las vanguardias o queda reducido a escombros de una ironía que en el contexto del modernismo español no ha sido todavía convenientemente estudiada. · La trivialización de los idola fmiseculares por parte de los propios prot~gonistas de esa literatura, en una basta operación de remozamiento ético-estético, ha sido elevada, por la critica posterior, a categoría de valoración histórica, condicionando extraordinariamente una visión limitada y !imitadora del momento en cuestión. Cierto que hoy nadie, después del estudio del aprendizaje modernista de Jiménez, de Cardwell (1977), se atreve a negar ya la dimensión ideológica-más allá de la tantas veces pregonada especialización retórica-estética-del modernismo. Pero cierto, también, que setenta años de prejuicios antimodernistas siguen entorpeciendo la visión de nuestro fin de siglo, y la polémica 98 enfrentada con el modernismo está aún muy lejos de cerrarse. Hoy, el 73 modernismo sigue despertando el mismo rechazo visceral que despertara hace noventa años, de modo que el antimodernismo se ha convertido en una constante de la crítica literaria. que se ocupa de nuestro fm de siglo51, aunque, sin posibilidad ya de negar el importante relieve del pensamiento modernista, los juicios ahora no apuntan hacia el ~~vacío,. mental, sino hacia el carácter regresivo y conservador-antimoderno, en suma-del movirirlento como señaló Allegra (35). Conservador o no-no es este el momento de abrir de nuevo una polémica genera.lizadora-el modernismo, ampliando las fronteras mentales de la literatura del momento, inaugura una visión del mundo muy del siglo XX. Así lo defme Saúl Yurchievich: La ruptura del confmamiento regional se complementa con el afán de novedad, con el registro modernólatra de una actualidad cognoscitiva, tecnológica, urbana, social que a los modernistas entusiasma Ellos son los primeros en consignar la utilería del siglo mecánico, los nuevos medios de locomoción. Son los primeros en utilizar la yuxtaposición simultaneísta, el montf\je disonante, el feísmo y el prosaísmo flagrantes, los contrastes léxicos, los saltos tonales, la articulación fracturada, todos los recursos para representar un mundo discordante, entreverado, móvil y mudable: el mundo moderno. Con los modernistas comienza otra temporalidad y otra subjetividad: las nuestras. (22) Además, sienta las bases (más allá de los «excesos verbales» propicios para la caricatura) de lo que será el lenguaje literario de todo nuestro siglo. Escribe Yurkievich: Los modernistas van a desbaratar la escritura atinada para que irrumpan los pujos insumisos, la pulsionalidad reprimida, el psiquisroo entrañable. La h'bido se explaya sin eufemismo, la sexualidad se exhibe al desnudo, la neurosis deshilvana el discurso. Aspirado por las profundidades de la conciencia, atraído por los desórdenes íntimos, el ,poema modernista registra, como sismógrafo hipersensible, el «terremoto mental». Presa de esa tenebrosa turbamulta, el signo poético se vuelve opaco, anómalo, arbitrario. La oscuridad, el desvarío, la desmesura, la sinrazón devienen los propulsores privilegiados de la sugestión poética. Los modernistas arbitran los dispositivos textuales aptos para representar una subjetividad conflictiva, caleidoscópica, convulsa. Anticipan nociones y figuraciones psicológicas, un modo de introspección netamente modernos. (22) 74 Le ha faltado y le sigue faltando a la crítica serenidad y distanciamiento, para acceder «sin discriminaciones apriorísticas» a los textos. Carecemos, además, de ediciones fmbles y modernas para una gran parte de la poesía finisecular. Está todavía por hacer la historia de la prosa de este momento; una historia que, desde luego, no debe conformarse--como hasta ahora-con los artificiales límites del llamado 98, sino que más bien deberá emprender Una. revisión integradora y global sobre la prosa crítica, la novela y el teatro. Sigue siendo aún muy parcial el conocimiento de la historiograffa, y no se ha hecho tampoco el adecuado proceso de autorrevisión al que en estas líneas me estoy refiriendo 52. Sabemos-y lo sabemos con documentación fidedigna-que el exotismo (Litvak, El sendero del tigre), el idealismo antipositivista (Litvak, Transformación industrial), el erotismo (Litvak, Erotismo fin de siglo)- fuente de permanentes tensiones entre actitudes hedonistas y vagos anhelos místicos-, los gestos y las m.osofías decadentes, la atracción estética por el lenguaje y pensamiento de muy variadas doctrinas ocultistas y gnósticas, el prestigio-también estético-que desde los prerrafaelitas se proyecta sobre lo primitivo, dan carácter a toda la literatura occidental del fin de siglo. Todos estos rasgos dibujan un contexto literario que excede con mucho lo español y en el que lo catalán, lo castellano y lo hispanoamericano vienen a sintonizar con muy pequeños desajustes cronológicos-es la cultura europea del momento 53. Sabemos esto, pero todavía no se ha llevado a cabo una lectura contextualizadora de la literatura española que responde a tales rasgos. En tanto no se den respuesta a las premisas enunciadas en el párrafo anterior-para lo que se hace obligatorio un descenso, desprejuiciado y no discriminatorio, a los téxtos-, cualquier intento de definir el modernismo concluirá en una generalización que se predica sobre el vacío. NOTAS l. 'Para el éxito, en torno a 1900, de la expresión/in de siglo, que actualmente se ha impuesto en la crítica hispana, véase Hinterhauser 9-17. En este trabajo aparece muy claramente señalada la relación fin de siglo-decadencia, que más adelante va a servir de eje a mis reflexiones. 2. Más recientemente, véase su estudio de 1985, donde a los conceptos de «invención», para la etiqueta de generación del 98, se añaden otros, como el de «provincianismo», para calificar la tarea intelectual de los que acuñaron y pusieron en circulación el término. 75 3. Después de esta fecha, y desde una perspectiva diferente a la nuestra, se ha ocupado de revisar la historiograffa crítica, en que se gesta la oposición modernismo/98, Ignacio Zulueta (95-102), con una muy interesante puesta al día de la bibliograffa que, en los últimos años, se ha ocupado por conseguir una renovada visión del «modernismo». Con el trab~o de Zulueta coincide el mío, sobre todo, en señalar la fecha de 1907 como término ad quem del «movimiento modernista». Las razones en que. él y yo nos fundamos son, sin embargo, claramente distintas. Más razonada que la de Zulueta, para destacar significativamente la fecha de 1907, me parece la argumentación de María Pilar Celma Valero (La pluma), donde se señala la necesidad de volver a la historiograffa del modernismo para una lectura desprejuiciada de las tendencias artísticas del momento. Véase también Gómez-Lobo. 4. Para un resumen de los argumentos «didácticos» que se han esgrimido para justificar la división de la literatura del fin de siglo en dos bloques enfrentados, remito a las tesis de Díaz-P~a (xx:i y ss). 5. Sorprendente resulta la manipulación que la crítica ha realizado sobre los testimonios críticos de la época. Así Díaz-P~a lleva su rastreo del concepto de «generación del 98» hasta Daría y González Blanco. Del primero cita las siguientes palabras: «Se encuentran diamantes intelectuales como los de Ganivet-iel pobre suicida!-, Unamuno, Rusiñol y otros pocos». Y, a continuación, comenta: «Con todas sus imprecisiones (y la confusión de incluir a Rusiñol ... ) , ésta es la primera alusión que yo conozco al bloque generacional del Noventa y Ocho» (92). Del segundo afirma: «Estudia González Blanco en este grupo a Azorín., a Unamuna y a Baraja y-con menos justificación-a Trigo», (93) (en ambos casos la cursiva es mía). 6. Véase a este respecto el espléndido resumen que, de la crítica noventayochista, hace Ramsden («The Spanish 'Generation of 1898'»). 7. Estoy, en casi todo, de acuerdo con las palabras de G. Siebenmann, al enjuiciar la labor crítica de estudiosos como Laín Entralgo y Sánchez Granjel: «Las publicaciones sobre estos poetas preocupados por el ser y el porvenir de España no sólo desplazaron cuantitativamente el tema del modernismo, sino que a menudo pasaron por encima de él como sobre un capítulo poco honroso de la historia patria» (63) (énfasis mío). 8. Veánse los estudios de E. Tierno Galván, Rafael Pérez de la Dehesa, J. L. Abellán, C. Blanco Aguinaga, E. Inman Fox, J. López Morillas y M. Tuñón de Lar a. 9. Ni el criterio de separar prosistas de poetas, ni el de distinguir, como hace Sobejano (214), entre «sacerdotes de la belleza» y «paladines de la verdad», resultan convincentes, cuando la literatura del fin de siglo se estudia en la total complejidad de sus manifestaciones y en relación con la «crisis» de la Europa del momento. Véase Gómez-Lobo (48), para comprobar cómo la historiografia del fin de siglo no distingue, al analizar las manifestaciones literarias de la época, entre un género y otro, o entre una óptica y otra 10. Allegra ha visto con claridad el problema: «La rica bibliograf'Ia sobre el Modernismo, abundante en el análisis de las técnicas, del estilo, en la investigación sobre la incidencia y fortuna de una cierta imagen (raramente sobre su sen76 tido), casi siempre ha despachado en una pocas páginas el aspecto doctrinal correspondiente» (12). 11. Insuficientes, a todas luces, resultan los estudios generales que existen sobre el tema. Los estudios de G. de Torre, de G. Bleiberg y de D. Paniagua contemplan-siempre desde una perspectiva generalizadora-una porción demasiado restringida de publicaciones fmiseculares. Y, por lo que se refiere a estudios particulares, éstos siguen siendo todavía muy reducidos: para la Revista Nueva, contamos con el estudio preliminar que J. C. Mainer hizo para su reimpresión facsimilar; para Alma espafiola y para Helios, contamos con sendos estudios de Patricia O'Riordan; para La Revista Blanca, el trabajo de Federica Montseny. 12. El primer paso para paliar esta carencia se halla en el espléndido trabajo de María Pilar Celma, Literatura y periodisTTW en las revistas del fin de siglo (18881907) (1991). Asímismo, de la misma autora, es de obligada consulta el estudio y antología de La crítica de actualidad (1989). Con estos trabajos, que han aparecido mientras mi artículo estaba en curso de realización, varía sustancialmente el panorama crítico a que arriba se hace referencia. 13. Véase al respecto los interesantes artículos de Cardwell: «Juan Ramón Jiménez y una página verdaderamente dolorosa», «ModernisTTW frente a noventa y ocho: The Case of Juan Ramón Jiménez (1899-1909)», «Myths Ancient and Modern: Modernismo frente a noventayocho», "Juan Ramón, Ortega y los intelectuales», y la Introducción a Platero y yo. 14. Bastante bien conocida es la revista Gente vieja, órgano importante de oposición a los aires de renovación que el nuevo siglo trae consigo. Apenas, sin embargo, sí aparece mencionada en lugar alguno la revista salmantina Gente joven. En cualquier caso, los títulos de ambas publicaciones son suficientemente representativos del «Conflicto» que defme el fm de siglo español 15. Véase La guerra literaria, ed. cit., y la «Introducción» a la Antología de Manuel Machado de Cardwell (1989). 16. Para una revisión más detenida de la evolución experimentada por Pérez de Ayala en las fechas mencionadas, véase García de la Concha (201 y ss). Para el estudio de la «bohemia», a la que el asturiano renuncia en Troteras y danzadera (Obras Completas [Madrid: Aguilar, 1964-1969] I, 628-29), véase Graña y Sobejano (178 y ss). Documento importante es el libro de E. Bark, La santa Bohemia (Madrid: Biblioteca Germinal, 1913). 17. Para la actitud «bohemia» del fin de siglo, véase el espléndido trabajo, aún sin superar, de Sobejano. 18. Para el decadentismo en la literatura occidental, pueden consultarse los trabajos de A. E. Carter, P. Jullian, I. López Lapuya, K W. Swart, M. Calinescu, R. Gilman, J. Milner, y Louis Marqueza-Pouey. Entre los pocos estudios sobre el decadentismo en España, resaltan los de Litvak («La idea de la decadencia» y Erotismo fin de siglo) y de Cardwell («Juan Ramón Jiménez and the Decadence» y Juan R. Jiménez: The Modernist Apprenticeship). En cualquier caso, creo que la idea de un «decadentismo» español debe revisarse y, desde luego, no creo que pueda reducirse a ese «hombre sin voluntad, neurótico y soñador» que, según Hinterhauser (12), encarna la «peculiar versión nacional» del héroe decadente. 77 19. Aunque repetidas veces se ha señ.alado la influencia de Schopenhauer en la literatura finisecular, carecemos todavía de un estudio que-a la manera del de Sobejano para Nietzsche-dé cuenta suficiente del fenómeno. Los estudios que se recogen en en el tomo editado por Anne Henry, ignoran absolutamente el panorama español 20. La influencia de lo oriental en el fin de siglo europeo ha sido bien analizada en el reciente libro de Litvak, El sendero del tigre. 21. Fundamentai para el estudio del dandy sigue siendo el libro de Prévost. Para lo español, véase .Villena, Corsarios de guante amarillo, aunque su visión deba matizarse con las notas que dedican al tema Cardwell (Juan R. Jiménez: The Modernist Apprentweship), Hinterhiiuser, y Gutiérrez-Girardot. 22. Véase sobre todo Degeneración, de Max Nordau (Madrid: 1902), cuya traducción al castellano prologa Nicolás Salmerón con las siguientes palabras: «Cuanto dice Nordau de los 'prerrafaelistas' y de los 'simbolistas' tiene exacta aplicación a la juventud literaria española; la debilidad del espíritu, innata o adquirida, y la ignorancia, la predisponen fatalmente al misticismo [ ... ] Nuestra vida intelectual, empobrecida y estrecha, no puede producir más que afiliados a estos bandos y camarillas de que habla Nordau» (20). Y los estigmas «somáticos» que N ordau atribuye a tales camarillas son: locura moral, impulsividad, indolencia, adinamia, abatimiento, histerismo ... Asímismo, es preciso releer, de Pompeyo Gener, Literaturas malsanas. Estudios de patología literaria contemporánea (Madrid: Fernando Fe, 1894), especialmente 209 y ss. Para un análisis del impacto de los dictámenes de Nordau, Gener, Lombroso, etc. en la futura creación de la teoría del enfrentismo y su consecuente reducción del modernismo véase Cardwell, «Degeneration, Discourse ... ». 23. Cfr. Paulhan y Michaud. Véase también los estudios de Senior y Mercier. 24. «Creyéndose fin-escribe de los decadentes Villena («Los tonos de la total rebeldía» )-deciden gozar y apurar ese último instante que pasa, ese último momento de esplendor, previo a la caída, y entonces se engalanan y teatralizan, como emperadores romanos de la decadencia». 25. A tal 'estirpe' pertenecen la mayor parte de los protagonistas de la llamada «novela de artista», característica de la literatura finisecular. Pero, sobre todo, me interesa señalar cómo los escritores del fin de siglo sienten una clara predilección por las figuras citadas para retratarse a sí mismos. Baste recordar a Machado, en El mal poema; a Baroja, en La busca; o a Hugo von Hofmannsthal, en el cuento con que ilustra su conferencia sobre El poeta y este tiempo. Cfr. Gutiérrez-Girardot 68. 26. V éanse particularmente al respecto Ramsden (La ruta de Don Quijote y The 1898 Movement in Spain); también Cardwell («Modernismo frente a noventa y ocho: The Season for Spain», Introducción a Manuel Machado, «Modernismo frente a noventa y ocho: El caso de las Andanzas» y «Antonio Machado: ¿Modernista, noventayochista o poeta finisecular?»), quienes destacan los recursos empleados para la autoproyección y la autocontemplación. 27. Véanse Senior, Lorenz, Skyrme, Sigstedt y Mclntosh. Espléndida, en concepto y bibliograf'J.a, es la puesta al día que del tema hace Allegra, especialmente 140 y SS. 78 28. Lugones llama «cretinos» a las personas a que se ha convenido en llamar sensatas, porque su única forma de pensamiento es para ellos el pensamiento racional, esgrimiendo, frente a ellos, lo que llama la imaginación creadora. Cfr. Faurie (221 y ss). Véase también Aguirre (131 y ss) y Argullol (85 y ss). Para la valoración, dentro de la literatura finisecular, del pensamiento analógico, véase Olivio Jiménez. 29. Especialmente véase Litvak (ErotisTTW fin de siglo). El origen romántico de la valoración que el fm de siglo hace de lo erótico ha sido bien visto por Argullol (70 y ss) y Cardwell («Juan Ramón Jiménez and the Decadence»). 30. «Lo bello-escribe Gutiérrez Nlljera, defmiendo a la perfección el poder metaf'ISico que los modernistas conceden a la belleza-es la representación de lo infinito en lo finito; la manifestación de lo extensivo en lo intensivo; el reflejo de lo absoluto; la revelación de Dios [ ... ]; un ideal sublime que Dios presenta al espíritu como el término de sus luchas, como la realización de sus aspiraciones, como el bien supremo. Lo bello tiene que ser necesariamente ontológico: es lo absoluto, es Dios». Cfr. Gullón (El ModernisTTW visto por los TTWdernistas). 31. Véase Cardwell («Juan Ramón Jiménez and the Decadence», Juan R. Jiménez: The Modernist Apprenticeship, «'Introducción' a Juan Ramón Jiménez») y Clay Méndez (155 y ss); también Carter («The Cult of Artificiality» 464). 32. Prat rastrea la presencia de esta preocupación metafísica en la literatura española desde Bécquer: «la prosa (más aún que el verso) del último cuarto de siglo no fue ajena a la previsión del poeta 'maudit', del 'huesped de las nieblas' surrealista; así, e. g., la formulación de las cuestiones esenciales ('De dónde vengo ... ', '¿Adónde voY?' [Rima LXVI]) halló eco inmediato en los modernistas». (xü n 10). Para una reseña de la profunda crisis metaf'ISica que caracteriza el modernismo, véase Shaw, López Morillas, y Cardwell («Darío andEl arte puro», «Los 'borradores silvestres' », Juan R. Jiménez: The Modernist Apprenticeship, «'Introducción' a Manuel Machado»). 33. No obstante, contra una lectura excesivamente unilateral de los datos que Allegra maneja, véase Meyer-Minnemann 34. Darío, Los raros (Obras Completas 11 [Madrid: Afrodisio Aguado, 1950] 503). 35. Véase, de Holderlin, «Pan y vino» (1800-1801). Cfr. Gutiérrez-Giradot. 36. Remito a «El poeta». Cfr. Blecua. Algunas notas respecto a la insistencia con que la literatura modernista vuelve sobre el tema pueden seguirse a través de Gutiérrez-Girardot 62-63. 37.' La Belleza-con mayúsculas-se convierte en «Génesis» (Helios I [abril 1903]) en el principio fundamental del texto que la crítica ha venido considerando como el manifiesto estético del modernismo español Cfr. Cardwell, «Darío andEl arte puro)) y Juan R. Jiménez: The Modernist Apprenticeship. Y lo mismo ocurre, por lo que se refiere al modernismo hispanoamericano, con el texto programático que encabeza el primer número de la Revista de América (Buenos Aires) (19-81894), en Gullón, El modernisTTW visto por los modernistas 47-48. 38. Sobre el significado de este motivo modernista han escrito inteligentes páginas Hinterhauser 149 y ss.; también Faurie 57 y ss. 79 --. «Los tonos de la total rebeldía (sobre esteticismo y decadentismo)». Estetas y decadentes. Madrid: J. Tablate, 1985. Yurkievich, Saul «Modernismo: arte nuevo». Insula 487 (1987): 22. Zulueta, Ignacio. La poUmica modernista. El modernismo de mar a mar (18981907). Bogotá: Caro Cuervo, 1988. 86