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La imaginación modernista en las crónicas de Gómez Carrillo

Blasco Pascual, Francisco Javier

Abstract

Producción Científica

Full text

EL MODERNISMO RENO V ACIÓN DE LOS LENGUAJES POÉTICOS 1 Volumen coordinado por TOMÁS ALBALADEJO, JAVIER BLASCO y RICARDO DE LA FUENTE UNIVERSIDAD DE VALLADOLID SECRETARIADO DE PUBLICACIONES INSTITUTO DE CIENCIAS DE LA . EDUCACIÓN DEPARTAMENTO DE FILOLOGÍA ESPAÑOLA (LITERATURA) 1 9 9 o © Los autores, Valladolid, 1990 SECRETARIADO DE PUBLICACIONES UNIVERSIDAD DE VALLADOLID Avda. de Ramón y Cajal, 7 47005 VALLADOLID -ESPAÑAISBN: 84-7762-108-X Depósito Legal: S. 319-1990 Fotocomposición e impresión: Gráficas V ARO NA. Teléf.: 923 26 33 88 37008 Salamanca ÍNDICE Presentación Tomás Albaladejo Mayordomo 9 La imaginación modernista en las crónicas de Gómez Carrillo Francisco Javier Blasco 13 Métrica y poética en Rubén Daría José Domínguez Caparrós 31 Rubén Darío y la gestación del lenguaje modernista Teodosio Fernández 47 Valle-Indán y el ocultismo: la conexión gallega Virginia Milner Garlitz 61 Modernismo y Edad Media Ángel Gómez Moreno 81 Modernismo no-exotista. ¿Cotidianismo, familiarismo, humildismo? José María Martínez Cachero 93 La silva y el Modernismo Isabel Paraíso de Leal 105 Avanzando en la lírica de la modernidad: Moreno Villa Víctor García de la Concha 117 L LA IMAGINACIÓN MODERNISTA EN LAS CRÓNICAS DE GÓMEZ CARRILLO Francisco Javier Blasco Universidad de Valladolid Tiene razón R. Gullón cuando afirma que «la invención de la generación del 98, realizada por Azorín, yla aplicación a la crítica literaria de este concepto ... , me parece el suceso más perturbador y regresivo de cuantos afligieron a nuestra crítica en el presente siglo» 1• La invención del98 y, sobre todo, su posterior definición como categoría crítica en oposición -artificiosa, !imitadora y malintencionadaal Modernismo, proyectó sobre la literatura del fin de siglo una serie de errores, que ha costado mucho desterrar de la crítica moderna. Es cierto que, hoy, han desaparecido las condiciones que hicieron posible, en su momento, la lectura maniquea de aquella literatura. El libro El modernismo. Notas de un curso, de Juan Ramón 2, pone ante los ojos de la crítica un material documental y un enfoque del fin de siglo que, inevitablemente, deja en evidencia tesis como las de Salinas 3, Laín En traigo 4 y Díaz Plaja 5, abriendo un camino que, después, han seguido con inegable provecho Ricardo Gullón 6 y, tras 1 La invención del 98 y otros ensayos (Madrid, Gredas, 1969), p. 7. Avanzando un paso sobre los planteamientos de Ricardo Gullón, en otro lugar [«De 'Oráculos' y de 'Cenicientas': la crítica ante el fin de siglo español», lbero-Romania (en prensa)] defiendo que no se trata sólo de una «invención», sino que tal invención encubre un proceso de falsificación, que arranca ya de los propios protagonistas del movimiento modernista, empeñados en negar sus iniciales vinculaciones con determinadas actitudes finiseculares (decadentismo, anarquismo, esoterismo ... ). Véase también, para un enfoque semejante de la cuestión, la «Introducción» que, en colaboración con Pilar Celma, pusim0s al frente de Manuel Machado, La Guerra literaria (Madrid: Narcea, 1981). 2 Ed. Ricardo Gullón y Eugenio Fernández Méndez (Madrid: Aguilar, 1962). 3 «El concepto de generación literaria aplicada a la del Noventa y Ocho», Revista de Occidente (diciembre, 1935). 4 La generación del 98 (Madrid: Editora Nacional, 1945). 5 Modernismo frente a noventayocho (Madrid: Espasa-Calpe, 1951). 6 Véase, sobre todo, Direcciones del modernismo (Madrid: Gredas, 1963) y el citado trabajo de La Invención del 98 y otros ensayos, op. cit. 14 Francisco Javier Blasco él, R. Ferreres 7, F. López Estrada 8 y Lily Litvak 9, entre otros. Con sus respectivos trabajos, estos autores que acabo de citar han hecho triunfar, sobre cualquier lectura maniquea pasada, una visión unitaria del fin de siglo de la que hoy nos estamos beneficiando. El trabajo de todos ellos tiene en común d hecho de que, dejando a un lado la elucubración teórica y descontextualizada que caracteriza a la crítica literaria de los años 50, acierta a situar el objetivo de su análisis en los textos del fin de siglo, sin pretensión alguna de construir con ello ningún gran edificio teórico. Y, gracias a su esfuerzo, hoy contamos ya con estudios importantes sobre algunos de los núcleos más significativos (erotismo 10, exotismo 11 anarquismo 12 ) de la sensibilidad finisecular; igualmente conocemos con bastante detalle cómo se produjo y hasta dónde llegó la influencia de ciertas escuelas (simbolismo 13 , decadentismo 1\ prerrafaelismo 15 ) que dominan en la literatura europea de aquel momento; finalmente, sabemos -y lo sabemos con todo lujo de apoyaturas textualesque existe una profunda comunión de los hombres tradicionalmente nombrados como noventayochistas (Unamuno, Azorín, Ganivet, Antonio Machado, etc.) con los principios fundamentales de un pensamiento que, hasta hace muy poco, se adscribía, de forma exclusivista y condenatoria, en el debe de los llamados modernistas. Muchas son todavía, sin embargo, las carencias de información crítica en relación con un discurso -el modernistaque, cuando la lente del analista se ha acercado a él, se ha revelado como enormemente rico: 7 Los límites del modernismo (Madrid: Taurus, 1981). 8 Los primitivos de Manuel y Antonio Machado (Madrid: Cupsa, 1977). 9 Con varios trabajos importantes para enfrentar aspectos de modernismo tradicionalmente mal entendidos, entre los que quiero destacar su libro Transformación industrial y literatura en España (1895-1905) (Madrid: Taurus, 1980); y su estudio del exotismo finisecular en El sendero del tigre (Madrid: Taurus, 1986). 10 Lily Litvak, Erotismo fin de siglo (Madrid: Bosch, 1979). 11 Para un desarrollo en profundidad de la presencia de este tema en los distintos órdenes de la cultura española del momento, véase, además del trabajo de L. Litvak [E/ sendero del tigre, op. cit.], Marie Joseph Faurie, Le modernisme hispanoamericain et ses sourcesfranfaises (París: Centre de Recherches de l'Institut d'Etudes Hispaniques, 1966), pp. 145 y ss. 12 De la propia Lily Litvak, véase Musa libertaria (Madrid: Bosch, 1981). 13 J. M. Aguirre, Antonio Machado, poeta simbolista (Madrid: Taurus, 1982) y José Olivio Jiménez, ed., El simbolismo (Madrid: Taurus, 1979). 14 Véase el trabajo de A. W. Phillips, «Decadent Elements in the Poetry of Manuel Machado»? en Waitingfo Pegasus, ed. Roland Grass y W. R. Risley (Western Illinois University: 1979), pp. 65-76. Algún dato de interés ofrece también, aunque no acierta a ver en profundidad el tema, el libro de López Lapuya, La bohemia española en París a fines del siglo pasado (París: 1927). Estamos, con todo, lejos de contar para la crítica del fin de siglo español con un tratamiento similar al que se le ha otorgado a este tema en la crítica francesa, con trabajos cuyos planteamientos generales son sin duda aplicables a muchos de nuestros modernistas. Cfr. A. E. Carter, The idea of Decadence in French Literature (1 830-1900) (University of Toronto Press: 1958); P. Jullian, Dreamers of Decadeni:e: Symbolist Painters of the 1890 (Londres: 1971 ); K. W. Swart, The Sense of Decadence in Nineteenth Century France (Hagne: 1964); y el reciente trabajo de Louis Marqueza-Pouey, Le mouvemente décadent en France (París: PUF, 1986). 15 F. López Estrada, Los primitivos de Manuel y Antonio Machado, op. cit.; y, aunque limitado tanto en el objeto de su estudio como en el alcance general del mismo, M. A. Cerá y Surroca, Els Pre-Rafaelites a Catalunya (Barcelona: Curial, 1981). La imaginación modernista en las crónicas de Gómez Carrillo 15 1.- Apenas se han dado todavía los primeros pasos en el estudio de la historiografía modernista. Los trabajos existentes sobre las revistas del fin de siglo resultan a todas luces insuficientes (se quedan en un plano meramente descriptivo), hasta el punto de que aún no poseemos unos índices fiables de los contenidos de las publicaciones periódicas de este momento 16 • Urgente, es, asimismo, la necesidad de contar, para un correcto entendimiento del fin de siglo, con datos suficientes y fiables sobre ediciones y traducciones, o sobre los diferentes tipos de lector y sus preferencias 17 • Sólo cuando contemos, en estas direcciones señaladas, con materiales suficientes estaremos en disposición de entender algunos fenómenos de la literatura de la época que, en mi opinión, pueden resultar enormemente significativos; fenómenos tales como el de la relevante dependencia del arte, a pesar de todo lo que éste tiene de reacción antipositivista, en relación con el progr:eso de ciencias como la sicología, la sociología, la antropología, la lingüística; tales como el de la presencia en la literatura modernista del humor y la ironía, que, enprincipio, parecen tan alejados de la gravedad melancólica o del intimismo de la poesía de esta etapa; o tales como el de la frecuente recreación, fuera de toda intencionalidad confesional, de temas religiosos. Sobre todo, los periódicos y revistas del fin de siglo constituyen un corpus espléndido para observar cómo ciertos temas y motivos van tomando cuerpo en nuestra literatura, determinando así, dentro del modernismo, una evolución que todavía la crítica no ha sabido ver en toda su profundidad y extensión. 2.- Tampoco se ha prestado la atención que el tema merece a importantes constituyentes de la espiritualidad modernista. Especialmente quiero poner de relieve la importancia que en esta literatura tienen las corrientes esotéricas y ocultistas, llegando a ser algo más que una moda con sección fija en muchas de las publicaciones del momento. Novelas como Morsamor, de Juan Valera, como El idilio de/loto blanco, de Ramón Maynadé, o como otras muchas de Mario Roso de Luna, dan buena prueba de ello. 3.- Necesarias se hacen asimismo distintas monografías que otorguen el relieve que les corresponde -poco o muchoa toda una galería de escritores (el propio Roso de Luna, Gómez Carrillo, Alejandro Sawa, Viriato Díaz Pérez, Rafael Altamira, los hermanos González Blanco, etc.) que han quedado sepultados bajo el peso de los grandes nombres y cuyos trabajos iluminan aspectos esenciales de la sensibilidad que hizo posible el nacimiento de obras capitales del fin de siglo. 16 Remito al estudio de María Pilar Celma, Las revistas del Fin de Siglo. Estudio e índices (en preparación), que, por primera vez revisa en su conjunto todas las revistas literarias del fin de siglo español desde unas coordenadas diferentes al tradicional enfrentamiento modernistas/noventayochistas, en que se movían todos los estudios existentes sobre el tema hasta este momento. Un paso importante en la recuperación de la historiografía modernista se ha dado también con la reimpresión de algunas de las revistas más representativas del momento. Así, Alma Española, ed. Patricia O'Riordan (Madrid: Turner, 1978); Revista Nueva, Ed. J. C. Mainer y R. Asún (Barcelona: Puvill, 1979); y Azul, ed. J. L. Calvo Carilla (Zaragoza: Institución Fernando el Católico: 1989). 17 En la dirección acertadísimamente señalada por los trabajos que, abriendo un camino nuevo en la investigación del Fin de siglo, reúne José Carlos Mainer en La doma de la Quimera (Universitat Autonoma de Barcelona: 1988). 16 Francisco Javier Blasco 4.- Especial urgencia, para acabar con esta rápida enumeración de carencias que presentan los estudios del fin de siglo, reclama la prosa de este momento. Desde luego se hace preciso reexaminar toda la prosa de la llamada generación del noventayocho a la luz de lo que hoy sabemos acerca de la novela modernista 18 • Pero sobre todo urge llainar la atención, al margen del corpus noventa yochista, sobre una importante cantidad de materiales, a los que hasta el presente se les ha prestado poca o ninguna consideración. Me refiero al ensayo no regeneracionista, género bajo el que se adscriben títulos importantes (de Rueda, de Roso de Luna, de Altamira, de Díaz Pérez) para el análisis de la reflexión estética en el fin de siglo. Me refiero también al cuento, género especialmente interesante para observar las conexiones entre los dos extremos de la tradicional dicotomía 98/modernismo. Me refiero asimismo a la crónica, género característico de la prensa lit~raria de este momento. Y me refiero, finalmente, al poema en prosa, eslabón esencial en la cadena que vincula la novela lírica de los años veinte con la narrativa finisecular. Con dos espléndidos trabajos (la introducción al catálogo de la «Biblioteca Renacimiento» 19 y la serie de artículos recogidos en La doma de la Quimera 20 ), 1 osé Carlos Mainer, al enfocar el estudio del modernismo desde la ladera del receptor, revela una variedad de intereses (estéticos, temáticos) que desmiente rotundamente todas las reducciones que de la época se habían hecho hasta ese momento. Colocando como telón de fondo el índice de carencias que acabo de enumerar, centraré mi intervención de hoy en el estudio de una obra de Gómez Carrillo, concretamente, en La mujer y la moda. De un lado, me interesa Gómez Carrillo, porque es una de esas figuras secundarias para la crítica literaria, que el historiador de la literatura debe rescatar y reivindicar de cara a conseguir una visión menos parcial que la actual para el fin de siglo. Sea cual sea el juicio que hoy le merece al crítico, conviene no olvidar que Gómez Carrillo, en el fin de siglo, ocupa por derecho propio un lugar entre la élite del modernismo. Angel Guerra 21 , por ejemplo, tras dejar constancia que de «Rubén Darío no me es adorable como escritor», añade: En cambio, Gómez Carrillo me encanta. Es poeta siempre en medio de sus prosas gallardas y siente cuanto dice con la intensidad de un obsesionado. Todo _ el París íntimo de los bohemios, de los poetas, de los músicos, de las mancebas, de los críticos, de las modelos, ha: pasado por sus crónicas tentadoramente su18 La prosa modernista española sigue siendo, fuera de las aportaciones excepcionales de ciertos trabajos aislados, un campo inexplorado. Entre los trabajos a que me acabo de referir destaca el de M. A. Lozano, Del relato modernista a la novela poemática: la narrativa breve de Ramón Pérez de Aya/a (Universidad de Alicante: 1983). Carecemos, sin embargo, de un panorama de conjunto semejante al que ofrecen, para el ámbito hispanoamericano, los trabajos de A. González, La novela modernista hispanoamericana (Madrid: Gredas, 1987) y los ensayos recogidos por José Olivio Jiménez en Estudio críticos sobre la prosa modernista hispanOamericana (Nueva York: Eliseo Torres, 1975). 19 Biblioteca Renacimiento, ed. José Carlos Mainer (Madrid: El Crotalón, 1984). 20 Op. cit. 21 «Sensaciones de arte», La vida literaria, 24 (1899), p. 385. La imaginación modernista en las crónicas de Gómez Carrillo 17 gestivas ... , por ellas ... hemos comprendido la satánica musa de Verlaine y las desventuradas blasfemias de Mallarmé, los poetas malditos ... 22 · Y, si Ángel Guerra le reconoce Un destacado papel como introductor en España de algunos de .los autores más representativos de la sensibilidad moderna, con idénticos elogios Manuel Machado encarece el valor literario de su prosa y pondera el relieve histórico de un Gómez Carrillo que «ha influido poderosamente en casi todos nuestros cronistas y en no pocos poetas», ejerciendo sobre la prosa española una renovación similar a la que Darío llevó a cabo para la poesía: Las primeras crónicas y novelas de usted que se leyeron en Madrid -afirma-, fueron la revelación de un nuevo florecimiento de la lengua ... Fue usted el primero y muchos le ha seguido; los unos al pie de la letra, otros sin copiarle; todos admirándole 23 • · No menos significativo resulta el juicio de José Francés, quien, intentando dar. con un nombre capaz de aglutinar, como en otro momento había hecho la Pardo Bazán con La cuestión palpitante, «los nuevos latidos y las vibraciones nuevas que han remozado y purificado la vieja alma española», no duda en afirmar: El hombre es usted. Usted, que posee como nadie la modernidad del estilo y del sentimiento, usted, que nos abrió hace mucho tiempo ventanales hacia lumbraradas de belleza; usted, que nos reveló poetas desconocidos e ignoradas orientaciones; usted, en fin, que es maestro de muchos que hoy marchan triunfantes hacia la maestría» 24• Y, en efecto, así fue, aunque hoy su nombre haya quedado en un segundo plano en la valoración de lo que fue la renovación modernista. Afincado en París durante gran parte de su vida, ejerció un importantísimo papel como periodista y sus crónicas -sobre temas literarios, políticos, socialesllegaron a constituir un auténtico breviario de modernidad para el lector medio. Amigo de la élite literaria de un lado y otro de los Pirineos, a él le correspondió el honor de informar y poner al día a muchos de nuestros escritores del fin de siglo acerca de cuáles eran, en el campo de las letras, las preocupaciones y los intereses que guiaban la literatura europea de ese momento 25 • Me interesa, además, la obra de Gómez Carrillo, porque, si alguna etiqueta genérica admite, es la de crónica, siendo él uno de los autores más cotizados y representativos de lo que fue el género en el fin de ¡; siglo 26• Por una y otra razón, por ser una de esas figura de segundo or22 lb. id. 23 «Enquete» sobre el modernismo», El Nuevo Mercurio, 3 (1907), pp. 337-338. 24 «Enquete» sobre el modernismo», El Nuevo Mercurio, 6 (1907), p. 657. 25 Su sugerente autobiografía, Treinta años de mi vida (Guatemala: 1974), da cuenta de la importancia que realmente tuvo en el fin de siglo español, como embajador, ante España, de las nuevas corrientes (moda, bohemia, exotismo, decandentismo, simbolismo, cine, etc.) del fin de siglo francés. Sobre Gómez Carrillo, véase S. Demetriou, «La decadencia y el escritor modernista: Enrique Gómez Carrillo», en Estudios críticos sobre la prosa modernista hispanoamericana, op. cit., pp. 223 y ss.; también, J. Mendoza, Enrique Gómez Carrillo: Estudio crítico-biográfico (Guatemala: Muñoz Plaza, 1940). 26 Importantes, dentro de la moda finisecular de lo oriental, son sus libros de viajes De Marsella a Tokio (1906) y El Japón heroico y galante (1912). 24 Francisco Javier Blasco Es a la imaginación de esta mujer, que «al abrir un libro» lo primero que busca es «el vestido de la marquesa o el chapeo de la cortesana» (p. 142}, a la que Gómez Carrillo se dirige, poniendo en pie, ante la realidad sociológica, pobre y limitada, de esa lectora concreta, una imagen femenina que resulta intensa y efectivamente emblemática de la espiritualidad modernista; de una determinada forma de espiritualidad modernista. Desde luego, no es el bolsillo de sus lectoras lo que solicitan -a l modo de la naciente propaganda 43 -las crónicas de Gómez Carrillo, sino su imaginación, elevando ante ellas un modelo de mujer que encarna un ideal femenino mucho más sugerente y cautivador; ideal que el autor siente amenazado y en trance de desaparición, ante el ataque de moralistas, de médicos e higienistas, de afiliados a las ligas del cada vez más fuerte movimiento feminista, y de los defensores de un concepto clásico de belleza. Frente a la pobre concepción que los moralistas tienen de la mujer, reproduce el texto de un folleto que se repartía a la entrada de todas las iglesias españolas: un poco de percal» [(Madrid: Sanz Calleja, 1907)]; el baile de sociedad, en que se puede asistir a escenas como la que nos narra José María Carretero en Desamor: un joven se acerca a la damita y le pregunta: -«¿Quiere usted concederme este baile? Yo sería completamente feliz». -«¿Éste ... éste?» -balbucea mientras consulta el carnet de baile, para responder: -«Me parece que lo tengo comprometido. Ni me acuerdo siquiera». «Le he dicho -insiste élque sería plenamente feliz». Y ella: «Si tuviera ya concedido este -deploró con profunda coquetería- ¿sería feliz con que bailásemos todos los demás?» [(Madrid: Mundo Latino, 1921)]. En medio de esta intensa vida social, cualquier descuido puede ser fatal para la reputación de la joven señorita : «Verá usted -comentan dos personajes de La honrada, de Octavio Picónlo que hizo. Al levantarse de comer, la chiquilla cogió una flor del ramo que había sobre la mesa, se la puso en la boca, luego en el pecho y por último fue y se la plantificó a él en el ojal de la levita ¡Figúrese usted qué escandalosa! -Sí -sentencia el interlocutormás claro, agua» [(Madrid: Renacimiento, 1924)]. Las relaciones con personas del otro sexo no resultan, en la sociedad española del momento, nada fáciles a juzgar por los billetitos que se ven obligados a escribir los protagonistas de esta novelística del fin de siglo. El protagonista de La bien pagada, de José M!~ Carretero, se dirige así a una mujer a la que apenas conoce: «Señorita: si hubiese encontrado un medio de ser presentado a usted, no recurriría a este de enviarle una carta, pero forastero yo y escasas las relaciones de ustedes, procurarme el honor de visitarlas es difícil. En estas circunstancias y resuelto a que usted sepa algo de mí ¿quiere oirme? Dígame a que hora abrirá diez minutos su ventana y se lo agradeceré con toda mi alma» [(Madrid: Mundo Latino, 1920)]. La novia que va a casarse toda la información que recibe, ante sus dudas y miedos, es: «-No, muchacha, no hay tal sacrificio. Tu novio es un muchacho discreto que te tratará con tino y delicadeza. Además, como todos, será maestro. Tú no te pongas demasiado tonta. En último término, a ello, que a ello vas. De señorita a señora se pasa, ¡zas!, en un segundo. La novia callaba. -Oye -preguntó a la madre la madrina- ¿habrás tenido en cuenta las fechas» [Jacinto Octavio Picón, La honrada, op. cit.]. Según Trigo, en El amor en la vida y en los libros, es la mujer del fin de siglo «un ser socialmente amasado de miedos y de hipocresías ... la naturaleza la formó armónicamente como al hombre, pero la sociedad se encargó de destrozarla» [(Madrid: Renacimiento, s.f.)]. Su única liberación y escape lo encuentra en la lectura: «ayuna como está de toda impresión bastarda -escribe Zamacois, en Ince$fO-, lee ávidamente al azar, codiciosa de sorprender los secretos de una sociedad cuyo alegre rumor percibe a través de las puertas que le guardan» [(Madrid: Ramón Sopena, 1900)]. Y sus lecturas son: Vida Galante, una revista, al decir de Zamacois en Un hombre que se va, «traviesa, con historietas de mujercitas locas y maridos de vodevil... con el aroma de alcoba que perfuma la literatura francesa del siglo XVIII» [(Barcelona: A.H.R., 1964)]; y El duende, que «aventaba -también según Zamacoislo más íntimo, lo que no suele confesarse ni aún bajando la voz ... Los secretos de alcoba fueron sus preferidos». Véase, para un más preciso retrato del ambiente femenino en el fin de siglo, de Manuel Longares, La novela del corsé (Barcelona: Seix Barra!, 1979). 43 Véase La mujer y la moda, op. cit., p. 144. La imaginación modernista en las crónicas de Gómez Carrillo 25 Accediendo a los deseos del ilustrísimo señor obispo de la Diócesis, la Junta de Unión de Damas Españolas del Sagrado Corazón desea ayudar a esta obra propagando las instrucciones de dicho ilustrísimo señor; son como sigue: Según enseñan los moralistas, deben considerarse como trajes o vestidos: 1.- Honestos, los que sólo dejan al descubierto los pies, las manos y del cuello para arriba. 2.- Menos honestos: los que dejan al descubierto los brazos, algo de la espalda o el pecho, son demasiado cortos, o marcan con excesivo relieve las formas del cuerpo. 3.- Obscenos o deshonestos: los que dejan a descubierto más que lo señalado en las dos reglas precedentes. Se recuerda, pues, a todo fiel cristiano, la obligación que tienen de usar siempre y en todas partes vestidos o trajes honestos, con exclusión de los deshonestos y menos honestos; y se previene a los que se acerquen al comulgatorio con traje obsceno o menos honesto, que se les negará la Sagrada Comunión, por exigirlo así «la reverencia y decencia debidas a tan augusto Sacramento, recordadas por el canon 849» (p. 58). El texto es, a la vez, elocuente y absurdamente inútil en su elocuencia, pues, como apunta el autor de La mujer y la moda, La gente grave no le da a lo frívolo sino una importancia de detalle. Más teme el Papa a un Combes, a un Briand, que a todas las mujeres juntas. Y, sin embargo, os juro, hermanas, que si, dentro de unos cuantos años, las bellas del mundo se visten -o se desvistencomo las parisienses que acabo de ver en los pasillos de la Comedia Francesa, nosotros, los hombres, nos convertiremos inconscientemente al paganismo. No son mujeres, en efecto, estas mujeres. Son ninfas que no huyen cuando los ojos del sátiro se vuelven hacia ellas. Son ninfas que han descubierto el secreto de la debilidad de los hijos del dios Pan, y que, en vez de correr, van muy despacio, muy despacio, muy despacio ... (p. 56-57). No menos inútiles se revelan, ante la mujer moderna que Gómez Carrillo ofrece a la imaginación de sus lectoras, los consejos y recomendaciones de los médicos e higienistas: Insistid en combatirlo [el corsé]. Decidles que a causa de tal instrumento · de tortura, sus cuerpos se deforman. Decidles más aún, que no sólo sufren en sus cuerpos, sino en los de sus hijos, por culpa de la terrible coraza ... Repetidles las frases del doctor Dartigues, que cada día es más terminante ... Leedles tratados de higiene y tratados de anatomía. Probadles que al disminuir las inspiraciones pulmonares, disminuyen sus recursos vitales, y que al oprimirse el torax se preparan una vejez dolorosa ... -Es cierto -os contestarán todas-, es cierto. Pero un momento después, irán a apretarse un poquito más los cordones de sus corsés, para tratar de parecer tan delgadas de talle cual mademoiselle Colaire (p. 24). Y es que: la moda, la elegancia, el adorno femenino, tiene una importancia que los hombres desconocen. Por eso intentan oponerse a sus caprichos. Si fueran cuerdos, se contentarían con tratar de colaborar a la labor del embellecimiento sabio de la mujer (p. 25). 26 Francisco Javier Blasco Ante los ataques de las militantes feministas contra una moda en la que ellas ven la causa principal de la esclavitud de la mujer, Gómez Carrillo exalta, por el contrario, el tremendo poder que la mujer elegante es capaz de ejercer sobre su sociedad: Una mujer pasa; un rey la ve; al día siguiente, los ídolos son destruídos; otros ídolos los reemplazan ... Y ahora no es una mujer la que pasa. Es la «Mujer». Ligera, perfumada, ondulante, deslízase por la vida dominándonos a nosotros que, en nuestra loca vanidad, nos creemos sus señores, cuando no somos sino sus esclavos. Abre los ojos y la luz nos ciega. Extiende la mano, y la marcha de la Humanidad se detiene (p. 56). Y es que «los que aseguraban, hace unos cuantos lustros, que con el triunfo del feminismo desaparecería la locura de la suntuosidad, ven ahora que, por el contrario, a medida que más victorias alcanzan las mujeres, más aumenta la fascinación de los trapos y de los adornos» (pp. 61-62). En otro lugar, contestando también -ahora con palabras de Madame Delarue-Mardrusa las feministas, exhorta a la mujer moderna así: Expresad valientemente vuestra animalidad. Escribiendo o bailando, amando o pensando, esculpiendo o pensando, expresad vuestra animalidad. Gracias a ella, que os permite ser bárbaras con talento o con genio, podéis expresar lo que el hombre, ser artificial a causa de su educación clásica, ignora (pp. 131-132). Ante los ataques que ese ideal de artificial belleza femenina, por él defendido, recibe del lado de los clasicistas, de los defensores de un concepto clásico de belleza «natural», se defiende: Las lindas actrices parisienses que se figuran ser más mujeres, es decir, más seductoras, mientras menos vestidas se muestran, han recibido una lección de estética. Y esa lección no es un sabio viejo y malhumorado quien se la ha dado, sino una linda dama: la señora Delaure-Mardrus. «Vosotras -les dice-, vosotras que creéis que la divinidad femenina reside en los descotes, os equivocáis». Y luego, franca, agrega: «El principio esencial, la causa profunda del prestigio todopoderoso de la mujer en todas partes en donde reina, y lo mismo en los palacios que en el fondo de los bosques, es lo que desde tiempos inmemoriales exalta y domina: la eterna fa~da» ... «Además con la desnudez, el misterio desaparece, y el misterio es toda la mujer». La frase es bella y oportuna. La mujer es el eterno enigma, el eterno arcano. Dejándose adivinar, domina mejor que mostrándose. Haciendo como que esconde, enseña más que desnudándose ... Y en esto, que es uno de los principios elementales de la sicología estética, está tal vez el verdadero fundamento de la indumentaria, de la moda y del lujo (pp. 126-128). Respondiendo a unos y a otros -moralistas, parnasianos, higienistas, feministas-, Gómez Carrillo va poniendo en pie, ante los ojos admirados de la burguesita a la que se dirige, la imagen frívola de una pequeña princesa, a la que el arte de vestirse es capaz de convertir en un icono, en un ídolo de elegancia y de seducción. Haciendo de su libro una profundización en los cánones del evangelio de la idolatría femenina que iniciase Baudelaire, pone ante su lectora burguesa la imagen de una mujer que, por «el cultivo exquisito» de «sus gracias, sus La imaginación modernista en las crónicas de Gómez Carrillo 27 miradas, sus sonrisas, sus movimientos» (p. 149), puede llegar a convertirse en «el más divino animal de la creación» (p. 132); una mujer que, por milagro del arte, consigue llegar a ser «el eterno enigma», que «seduce y avasalla» (p. 149), que «extiende una mano» y «la marcha de la Humanidad se detiene» (p. 56). Sólo de ella puede decirse que, «así como el hombre fecunda el cuerpo de la mujer en el amor, la mujer fecunda el espíritu del hombre en la voluptuosidad» (p. 53). El fin de siglo emblematiza la valoración maniquea -e irreconciliableque tiene de la mujer en dos motivos que llegan a hacerse tópicos: la mujer frágil, delicada flor rubia, símbolo de todo lo espiritual; y la mujer fatal, morena, violentamente sensual, atractiva y animal. Gómez Carrillo funde ambos motivos en esa imagen fantástica que, en contestación a todas las fuerzas que la amenazaban, él ofrece a sus lectores como modelo. La suma de ambos motivos la cifra en la paradoja que sirve de título a uno de los artículos de esa Lucía .Delarue que tan presente está en La mujer y la moda: «La mujer es una bestia divina» (p. 130). Gómez Carrillo comenta así la frase: La palabra «divina» suaviza la otra palabra; y cuando uno quiere cristalizar la imagen que ambos vocablos sugieren, no puede menos que ver una esfinge viva que, con su cuerpo de gran felino voluptuoso, con sus garras cubiertas de terciopelo y con su palpitante rostro, domina el mundo (p. 130). El arte de adornarse, que ha de cumplir con la norma de acertar a «expresar valientemente» lo que la mujer tiene de «felino voluptuoso», ha de cumplir también con la norma de hacer igualmente visible y evidente la «divinidad» de la mujer. Así conjuga Gómez Carrillo, al final de su libro, ambos tópicos modernistas: En ninguna parte he encontrado este no sé qué tan sutil, tan insinuante, tan exquisito, tan diabólico y tan peligroso que se llama la joliese parisiense. Las francesas, en efecto, aun sin ser bellas, poseen una gracia que cautiva y que nos obliga a detenernos ante sus rostros como ante obras casi divinas. Y, sin embargo, no es obra divina, sino obra humana, muy humana esa seducción ... Sus gracias, sus miradas, sus sonrisas, sus movimientos, sus mismas líneas, sus curvas delicadísimas, son producto de un cultivo exquisito ... Pero le repito que no se trata de la mujer deliciosa, sino de la mujer bonita, de la mujer que analizada conforme a los cánones clásicos, puede hasta no ser ni siquiera bella; pero que, por un milagro del arte, seduce y avasalla (pp. 148-149). «La moda, dirá el autor en otro lugar, es lo que se impondrá siempre a la realidad» (p. 49). Porque, desde luego, no es la moda, una moda, lo que a Gómez Carrillo le interesa, sino las sugerencias que los adornos de tal moda son capaces de despertar. No son las perlas lo que Gómez Carrillo exalta, sino el «aspecto de sultana oriental milyunanochesca» que son capaces de proyectar sobre la mujer que las lleva (p. 83). Frente a la realidad sociológica de la mujer del fin de siglo (una realidad no muy halagüeña ciertamente 44 ), la literatura impone un reino imaginario, erigiendo unos modelos de belleza que se definen tanto por su 44 Véase de Lidia Falcón, Mujer y sociedad. Análisis de un fenómeno reaccionario (Barcelona: 1969). 28 Francisco Javier Blasco contestación a concepciones clasicistas reverdecidas por el parnasianismo 45, cuanto por su rebeldía ante la «democratización» (p. 39) de la idea de belleza, que movimientos como el feminismo o urgencias de una vida marcada por las prisas, o por el comercio, venían atraer a una sociedad cada vez más decididamente embocada hacia el uniformismo burgués. Me parece que, con lo que, hasta aquí, hemos visto, estamos en disposición de extraer algunas conclusiones ya significativas para perfilar mejor la definición de lo que fue la «crónica» en el fin de siglo. Si tomamos como punto de referencia La mujer y la moda, podemos observar cómo, sin perder con ello un agudo sentido de la actualidad, se sustrae este género periodístico de los riesgos de una excesiva circunstancialidad, para hacer de él un pequeño tratado de estética aplicada, un «breviario de elegancia», en el que se pretende apresar los secretos de la «divina gracia moderna, la gracia que se aprende, la gracia que se adquiere cultivando las líneas con voluptuosidad egoísta, la gracia que es el producto maravilloso de una docta enseñanza» (p. 150). Conviene que no nos equivoquemos. A pesar del aire intrascendente de estas crónicas, en las páginas de La mujer y la moda hay todo un tratado de estética moderna, o mejor modernista; tratado que podemos cifrar en los siguientes puntos: 1.- Valoración del arte por encima de la naturaleza, lo que se resuelve en un aprecio mayor de la elegancia que de la belleza: Más que la belleza misma, que según Renán, es una de las virtudes, la elegancia -escribe Gómez Carrillo en una de sus crónicasnos entusiasma. Es uno de los signos de la decadencia moderna. Venus, sin su traje de la Rue de Paix, no nos seduce. En nuestro orgullo diabólico, queremos corregir la obra de la Naturaleza ... La belleza, como la virtud y el heroísmo, son cosas pasadas de moda. Lo que nosotros adoramos es algo menos grande y menos raro, algo que no es divino, algo que tiene su parte de artificio y su parte de capricho, algo que puede llamarse gracia o elegancia ... , pero no belleza (p. 38). Pero, gracia, no olvidemos, que «se aprende», porque «la belleza ha hecho bancarrota». Detrás de esta valoración, no es preciso recordarlo, está Baudelaire y su afirmación de que «el arte no imita la naturaleza, sino que la corrige y la embellece» (p. 34). 2.- Preeminencia de lo frívolo, lo pequeño, lo delicado, lo superficial, loornamental, sobre lo grave, lo magnífico, lo serio, lo profundo o lo esencial. Contra «los que no saben comprender la profundidad de las frivolidades», Gómez Carrillo cita a Mallarmé, quien, En un ambiente de pedantería, entre compañeros que no hablan sino de grandes problemas literarios, de ideas nuevas y de filosofías extraordinarias, él, más que todos, empero, grave, escribía notas sobre las pantomimas, sobre la dimza, sobre las flores y sobre los trajes. Las escribía con una solemnidad casi religiosa, dando tanta importancia a una cinta o a una pluma como a la idea de la inmor45 Véase, no obstante, lo que Gómez Carrillo -en clara referencia a un tipo de belleza que cualquier parnasiano hubiera podido firmarapunta: «todas las que en nuestra época contribuyen amantener viva la idea de belleza pura, tan combatida por la idea de la bonitez provocante o de fealdad diabólica; todas las que, sencillas y tranquilas como símbolos, ofrecen sus mármoles vivos a la adoración pública, cumplen una misión religiosa y redentora» (p. 54). La imaginación modernista en las crónicas de Gómez Carrillo 29 talidad del alma. Porque para este poeta nada era insignificante, ni aun lo ligero; nada era baladí, ni aun lo frívolo ... En el mundo, en efecto, apenas hay nada que sea tan interesante como un adorno, como un traje, como un sombrero, como una flor, como una cinta ... (pp. 133-134). 3.- La clave última de esta ·estética, que valora lo frívolo por encima de lo grave y que exalta la preeminencia del arte sobre la naturaleza, radica en la valoración del producto estético en función de su capacidad para mover al espectador, para emocionarlo. Y, en este sentido, todas las artes de la elegancia contribuyen a perpetuar «entre las masas el sentido de la divinidad humana. Su misión ... es apostólica. Aumentando el encanto de la mujer, aumentan el goce de la existencia, y la alegría de vivir, y el orgullo de ser» (pp. 105-106). El secreto de esta belleza de la que nos habla Gómez Carrillo, una belleza que se aprende 46 , reside e:p. su capacidad de seducción, en «un sutil aliento de voluptuosidad que hace alrededor de ellas [de las obras de arte; en este caso, las mujeres] palpitar las sienes; es un fuego ligero que, cuando ellas pasan, enciende los sentidos; es un misterio, en fin, un diabólico misterio de esencia ideal» (pp. 150). No cabe duda de que una tal estética, asentada sobre los puntos que acabo de mencionar, difiere radicalmente de la estética parnasiana, tanto como de la estética simbolista, que alumbra, por ejemplo, en textos como «Génesis», manifiesto de Helios. Apunta por el contrario hacia una posición «decadentista» -recordemos que el propio autor de La mujer y la moda, al definir su concepto de belleza, ha señalado su parentesco con la «decadencia moderna»-, que es la que hace posible, dentro de nuestro modernismo, una literatura sin la cual no serían explicables obras como las de Manuel Machado. En efecto, desde El mal poema, del poeta sevillano, se comprenden perfectamente los elogios que éste dedica a Gómez Carrillo. A él remite esa mujer «ideal y animal», «gata y ángel», del poema inaugural; o esa phriné, un poco más adelante, que «lo tiene todo bonito 1 .. ./ desde el cabello hasta el pie/ chiquito»; a él, también, remiten las estampas de actualidad que en re~lidad son los versos de «Madrid canta» y el gusto por la comedia del arte que se nos revela en «Carnavalina»; a él, muy especialmente, remite ese breviario de estética que Manuel Machado nos da, concentrado, en un «Retrato». Recordemos algunos versos del mismo: Me acuso de no amar sino muy vagamente una porción de cosas que encantan a la gente ... La agilidad, el tino, la gracia, la destreza, más que la voluntad, la fuerza y la grandeza ... mi elegancia es buscada, rebuscada. Prefiero a lo helénico y puro lo chic y lo torero. Un destello de sol y una risa oportuna 46 Esta belleza -afirma Gómez Carrillo, citando a una parisiense- «no resulta de una combinación natural de líneas y de colores: se fabrica con alma y con esprit. Esa belleza es admirable testimonio de la actividad vital: exige una vigilancia constante, un esfuerzo permanente. Y no me refiero solamente a los coloretes y a las tinturas, sino al arte sutil que permite escoger la inclinación de la cabeza, la sonrisa, el gesto, así como el sombrero más tentador -el arte de matizar una mirada y de arreglarse el cabello» (p. 60). 30 amo más que las languideces de la luna. Y antes que un tal poeta, mi deseo primero hubiera sido ser un buen banderillero. Francisco Javier Blasco Es cierto que la estética decadentista llegó a nuestras letras tarde y muy rebajada de excesos y rebeldías, pero es también cierto que tuvo en ellas un relieve, que todavía no ha sido valorado justamente, y que en la historiografía de dicha estética a Gómez Carrillo le corresponde un papel importante. Es innegable que, por esta razón, La mujer y la moda es un libro importante, para la historia de la crónica como género del fin de siglo. El estudio del texto de Gómez Carrillo creo que puede aportar datos para complementar la definición que del género han elaborado José Olivio Jiménez y Ángel Rama, permitiendo documentar cómo, frente al reportaje o al artículo periodístico -que son formas de discurso que tienen como referencia a la realidad-, la crónica, aun arrancando de la realidad y de la actualidad, da lugar a un discurso en el que lo que se privilegia es la imaginación; un discurso especialmente dotado para preparar la sensibilidad de un público lector para la recepción de la nueva poesía y de la nueva novela. No me cabe ninguna duda de que el día que conozcamos un poco mejor la historia de la crónica nos sorprenderemos de la importante cantidad de temas y motivos que la crónica había ya popularizado, antes de que tales materiales comenzasen a fecundar la poesía y la novela modernista.