Tropelía o novela: notas cervantinas sobre el "que yo soy el primero que ha novelado en lengua castellana"
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1 Tropelía o novela: notas cervantinas sobre el “que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana”. Javier Blasco Universidad de Valladolid Desde la afirmación que da título a este trabajo, pretendo profundizar en algunos aspectos del arte narrativo cervantino y quiero hacerlo sobre dos premisas: el reconocimiento de importancia de la novela corta cervantina -lo que Cervantes llama “novela ejemplar”- en la configuración originaria de la novela moderna; y la constatación de que la "novela ejemplar", como invención narrativa cervantina, está ya perfectamente perfilada en 16051 y aún antes, si consideramos las historias de "Timbrio y Silerio" y de "Lisandro y Carino"2, en la Galatea. La crítica deberá considerar que la "novela ejemplar" -tal y como Cervantes originariamente la concibedepende de un marco, cuidadosamente evitado en 1613; pero evitado sólo para que no se produjera lo que ya había ocurrido en el Quijote, de 1605: "que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de don Quijote", dejasen de "darla a las novelas", pasando "por ellas, o con priesa o con enfado, sin advertir la gala y artificio que en sí contienen" (Q, II, 44). Sin embargo, si remitimos el origen de la “novela ejemplar” a las experiencias de los relatos episódicos incorporados a La Gatea o al Quijote, habremos de concluir que, para Cervantes, la “novela” depende de una estructura superior que le sirve de marco y que, como he intentado probar en otro lugar, se caracteriza por el hábil entretejido de tres modalidades diferentes de discurso: una fábula dispuesta, sobre el modelo del “romance”3, como sucesión de aventuras; los diálogos y discursos de los 1.- Francisco Ayala, "Técnica de composición en Cervantes", en Las plumas del Fénix (Madrid: Alianza, 1989), pp. 148 y ss., ya apunta el origen de las “novelas ejemplares” al tiempo del Quijote de 1605. 2.- Celina Sabor de Cortázar opina que tales historias fueron concebidas como unidades independientes de la estructura global de La Galatea. Cfr. "Observaciones sobre la estructura de La Galatea", Filología, XV (1971), p. 231. 3.- Gonzalo Sobejano defiende el empleo del término "romance" -incluso en castellano, donde carece de tradición-, para distinguir con él, como ocurre en la órbita de la critica literaria sajona, una tipología narrativa radicalmente diferente ("seguridad, omnisciencia, contraste de buenos y malos, tutela del personaje..., integración en la sociedad..., desenlace feliz, abstracción, acronología...") de aquélla a la que denominamos con el término de "novela" ("incertidumbre, ambigüedad, perspectivismo, complejidad, personaje autocreativo..., particularidad..., detalles históricos, sucesión cronológica..."): "El empleo de 'novela' para Lazarillo de Tormes y romance para Diana o Amadís, pero sobre todo el uso de uno y de otro término en descripciones y reflexiones teóricas -cada día más necesariasaclararía mucho las cosas". Cfr. "Sobre tipología y ordenación de las Novelas ejemplares",
2 personajes de esa fábula, que crean sobre los acontecimientos un complejo entramado ideológico, con frecuentes referencias a los debates de época en torno a las más variadas cuestiones; y las narraciones ejemplares propiamente dichas. En esta revolucionaria estructura, la doble dimensión a que, como demostró Márquez Villanueva, el narrador renacentista precisa atender, al presentar a sus héroes -la del hacer (aventuras) y la del pensar (diálogos y discursos)-, se ve enriquecida en Cervantes por una tercera dimensión, al servicio de la cual funcionan los episodios que viene a insertarse en el Quijote de 1605. La relación que estas tres formas de discurso adoptan en el Quijote, de 1605, constituye, a mi entender, una cuestión esencial para comprender qué es lo que Cervantes entiende por novela, así como para explicar algunos de los rasgos esenciales de la pretensión de “ejemplaridad” que, en 1613, atribuye a los relatos de su colección. E. Orozco4, al examinar la presencia y la función del diálogo (de los múltiples diálogos) en el Quijote, le asigna a esta forma de discurso la función estructural de enlace entre las diferentes aventuras, que constituyen la fábula caballeresca propiamente dicha. Su función estructural es, sin embargo, mucho más compleja, y lo mismo puede decirse de su función semántica: el diálogo, en el Quijote, está, sobre todo, al servicio de la alternancia que se ha señalado de momentos de presencia y momentos de referencia (o, si se quiere, de mimesis y de diégesis), abriendo, desde tal alternancia, la posibilidad del debate teórico de ciertas ideas, que luego se examinará cómo funcionan aplicadas a las vidas. Si los críticos HR, 46 (1978), pp. 65-75 (las citas en pp. 67 y 69). Pero conviene tener en cuenta que, aunque bajo el término de "novela", tal y como hoy lo empleamos, caben tanto algunas de las narraciones cervantinas de mayor extensión, como los relatos breves de sus Novelas ejemplares, los contemporáneos de Cervantes distinguen perfectamente entre uno y otro tipo de textos. Para obras como el Quijote o el Persiles, en la época, se prefiere utilizar la etiqueta de "historia", en tanto que la de "novela" se reserva para formas escritas de narraciones más breves. De hecho la etiqueta de novela sólo se le aplica a las "novelas cortas" escritas a la manera cervantina. Además del ejemplo cercano del Quijote, recordemos cómo, incluso en el marco de un género tan definido como el de los libros de pastores, Lope afirma de lo narrado en su Arcadia que "es historia verdadera, que yo no pude con más fábulas que las poéticas" (Segunda parte de las rimas, Madrid, 1602, fol. 244). Sólo en 1722, en el prólogo de Castillejo a la Nueva Cariclea, documenta Alvarez Barrientos la primera aparición del término novela para denominar, no ya al relato breve (como ocurre hasta ese momento), sino una forma genérica, que puede servir también para las narraciones más amplias, a las que tradicionalmente se les denomina "historias". Cfr. La novela del siglo XVIII (Madrid: Júcar, 1991), p. 47. Si “novela” se opone, hoy, a “romance”, en la época a que nos estamos refiriendo se oponía a “historia” y -por utilizar la terminología de Lopea “fábula poética”. Esto conviene tenerlo en cuenta para no caer en anacronismos imperdonables. 4.- “Sobre los elementos o "miembros" que integran el "cuerpo" de la composición del Quijote de 1605” en Serta Philologica....Fernando Lázaro Carreter (Madrid: Cátedra, 1985), pp. 365 y ss.
3 no hubiesen reparado ya en cómo las historias del “Curioso impertinente” y del “Capitán cautivo” son una extensión narrativa de las palabras de don Quijote, en su discurso sobre “Las armas y las letras”5, bastaría tener en cuenta el hecho de que el narrador se refiera a este discurso (Q, I, 39) como “preámbulo” del relato autobiográfico del capitán, para probar, una vez más, la relación de dependencia entre narratividad y discursividad, hacia la que apunta mi trabajo. La "novela ejemplar", atendiendo a las primeras manifestaciones cervantinas, responde con exactitud a lo que Pinciano denomina "episodio" (componente prescindible de la "fábula" épica, cuya lectura depende del marco superior, el argumento o acción principal, en el que se resuelve la plenitud de su sentido6). Desde esta perspectiva, las "novelas interpoladas" en el Quijote distan mucho de ser, como afirma Zimic, meras experiencias personales que se comunican para alivio de quienes las cuentan o de quienes las escuchan, porque "las desgracias y trabajos cuando se comunican suelen aliviarse". La "indiscreta curiosidad" o la voluntad de "intercambio de confidencias" por parte de los personajes, si justifica argumentalmente -como quiere Zimic7las narraciones interpoladas, no las explica funcionalmente. En este sentido, conviene tener en cuenta que tales relatos, en el Quijote, nunca son relatos exentos, sino que vienen suscitados por la curiosidad intelectual de unos personajes ante las vidas de otros y que a su vez suscitan siempre comentario, interpretación y discusión entre quienes los oyen. Las novelas insertadas, a modo de episodios, en la fábula del Quijote, constituyen, pues, un componente de la fábula inseparable de los 5.- Véase, al respecto, Hahn, Juergen “El capitán cautivo: the Soldier’s Truth and Literary Precept in Don Quijote, part I.” JHP , 3 (1979), p. 284. 6.- "Advierto que quando digo fábula, solamente entiendo el argumento -que por otro nombre dize hipóthesi, o cuerpo de fábulay quando episodio, entiendo las añadiduras de la fábula, que se pueden poner y quitar sin que la acción esté sobrada o manca, y quando dixere la fábula toda, entiendo argumento y episodios juntamente". Y advierte: “todos los tipos de fábula -la épica, la trágica y la cómicaexigen la presencia de episodios, pero estos serán más largos en la épica, que en cualquier otro tipo de fábula”. Cfr. López Pinciano, Philosophía Antigua Poética, ed. Alfredo Carballo Picazo, II (Madrid: CSIC, 1973), pp. 1517. En la terminología de G. Genette, las novelitas cervantinas incorporadas a la historia central son "récits seconds" o "métadiégétiques". La característica esencial de tales "récits second", siempre según Genette, es su independencia, en lo que a los contenidos narrativos se refiere, de los personajes de la historia principal ("c'est-à-dire se rapportant à des personnages entièrement différents et donc en général à une histoire sans rapport de contiguïté avec l'histoire première". Pero, inmediatamente añade que esto, "bien entandu, n'exclut pas une relation d'un autre ordre, d'analogie, de contraste, etc." Cfr. "D'un récit baroque", en Figures II (Paris: Seuil, 1969), p. 202. En estas relaciones de contraste o analogía, que los "récits seconds" cervantinos guardan con la "histoire prèmier", se hallan, me parece, claves importantes para comprender lo que Cervantes entiende por "novela ejemplar". 7.- S. Zimic, "Cervantes, lector de Aquiles Tacio y de Alonso Núñez de Reinoso", DA, 26 (1965), pp. 56-57.
4 diálogos o de los discursos que motivan. Son -creo que podría analizárselas asíuna forma de amplificación narrativa de los múltiples diálogos que la fábula principal acoge. El componente discursivo del Quijote de 1605 es muy relevante. A su servicio están la mayor parte de los diálogos, así como los discurso que pronuncia el caballero manchego. Pero, en Cervantes, ni diálogos ni discursos corren nunca el peligro de derivar hacia lo abstracto, hacia el puro debate teórico, ya que él está siempre mucho más interesado por las vivencias que por las ideas. Cervantes se aprovecha de las posibilidades del diálogo para matizar, desde ellos, la personalidad de don Quijote, del cura, del canónigo, de Vivaldo..., pero, además, Cervantes se sirve de ellos, en el Quijote, para introducir ciertos temas, que pertenecen al cúmulo de ideas y de preocupaciones de la época. No son temas cervantinos, salvo por la responsabilidad que siempre implica cualquier selección. Todos los grandes temas del Quijote remiten a un debate de época, en el que Cervantes apenas interviene, porque lo que a él realmente le interesa -pongo como prueba todo el Quijotees ver cómo ciertas ideas -más o menos mostrencasfuncionan al encarnar en vidas concretas8. Y es, en este punto, donde la novelas interpoladas en la historia del caballero, vienen a cumplir un papel relevante, dando lugar a un escenario, en el que los personajes prueban, con su vida, la viabilidad o inviabilidad de tales ideas. Diálogo o discurso, y narración, enriquecen y complican la fábula caballeresca que constituye el marco, otorgando a la misma una profundidad que no está presente en los “romances”, respondan estos a la estructura de ensartado propia de los libros de caballerías o a la más rica de los relatos de aventuras imitación de Heliodoro. Diálogos y narraciones episódicas quedan perfecta y funcionalmente integrados en la fórmula narrativa que, con el Quijote, Cervantes nos propone: un perfecto entramado, donde las partes dialogadas y las partes narrativas se entrelazan, invitando al lector a un continuo vaivén, desde la discusión teórica de ciertas ideas (principios humanos o religiosos de carácter universal) a la comprobación experimental de cómo tales ideas funcionan encarnadas en vidas concretas de individuos imaginarios, presentados como trasuntos de personajes de la época. Este juego narrativo lo que revela es el hallazgo, por parte de Cervantes, de un fórmula que le permite casar un hilo narrativo a un hilo discursivo, de manera que los dos discurran en paralelo, interfiriéndose, a lo largo de toda la fábula. El hilo discursivo nos presenta a unos personajes, en su "pensar", que, en distintos planos estético (literatura), sentimental (amor) y moral (justicia), discuten acerca de la necesidad de diferenciar entre 8.- Es a correspondencia estética del cervantino "bien predica quien bien vive, y yo no sé otras tologías" (Q, II, 20). “En lugar de definir y analizar los sentimientos..., Cervantes nos entrega a los personajes viviendo sus pasiones, incluso cuando reflexionan sobre ellas”. Cfr. Joaquín Casalduero, “La Galatea”, en Summa cervantina, ed. J. B. Avalle Arce y E. C. Riley (Londres: Támesis Books, 1973), p. 32.
5 verdad y mentira, llegando a establecer en la teoría ciertos límites y fronteras de distinción. El hilo novelesco nos sitúa, por el contrario, ante unos personajes incapaces de mantener, en la vida, los distingos que en teoría parecían nítidos y evidentes. Cervantes logra que uno y otro hilo, en un perfecto entrelazado, se confundan y, confundidos, los refleja el espejo de la "ficción". Si diálogos y discursos actúan al servicio de la presentación de un universo de ideas, que la época siente como problema, las "novelas" insertadas en la historia de caballero y escudero funcionan a modo de defectuosos "exempla" de tales ideas9. Son novelas ejemplares en el más puro y estricto sentido de lo defendido por la lectura que los retóricos del momento hacen de Quintiliano y, sobre todo, de Aristóteles; y, no, en el sentido de la interpretación restrictiva que acompaña la práctica del "exemplum" en la Edad Media. En los diálogos y coloquios de los personajes de la fábula principal se someten a debate teórico una serie de ideas que, luego, Cervantes nos hará ver contextualizadas y encarnadas en las vidas concretas de los personajes episódicos, Así, por ejemplo, el "amor gratuito o desinteresado", que don Quijote dice profesarle a Dulcinea, se ve contrapunteado por el amor vivido de los personajes de las siete historias de amor, que se desarrollan en torno a la venta. En esta “arte combinatoria” cervantina hay, ciertamente, mucho de juego literario, de experimentación. Pero tal juego no deja de tener, también, una trascendencia que desborda lo puramente literario. Tomemos la materia desde un poco más atrás. Novela o romance 9.- Defectuosos exempla, porque el "suceso" particular que narran no funciona (condición fundamental en la definición del exemplum medieval) ni como prueba, ni como ornato, de la "cuestión" con que establecen relación. Muy por el contrario, el "suceso", al poner sobre el tapete una casuística muy particular, somete a prueba la "doctrina" general y problematiza su validez universal. Aunque estructuralmente, en la tesis que propongo, "novela ejemplar" y "ejemplo" guarden cierto parentesco, semáticamente la distancia entre una y otra forma narrativa es mucha. Si el “exemplum” es un tipo de narración que se justifica desde la perspectiva de una sentencia y la sentencia se justifica como tal en la perspectiva de un “exemplum” que la ilustra y verifica, la novela establece entre ambos elementos una relación muy diferente. La narración, al no ilustrar ni verificar la ley general, deja de tener cualquier valor normativo o paradigmático. Por eso la novela carece de la moralización de los contenidos que caracteriza al “exemplum”. La vinculación de las "novelas" interpoladas del Quijote, de 1605, con los núcleos de pensamiento, a que responden los discursos del caballero manchego, se ha convertido para la crítica en eje fundamental de cualquier lectura moderna del Quijote.
6 Con frecuencia las reflexiones de la crítica literaria cervantina, a la hora de valorar la escritura del alcalaíno, se han centrado en la dimensión estética que la trayectoria de su obra describe. Pero todo discurso implica, además de un canon estético, una visión del mundo y de la realidad. Quizás, porque se ha privilegiado siempre un enfoque estético, la crítica ha derivado frecuentemente en un cierto bizantinismo, que no me parece de grandes alcances y que, en breve, se centra en la cuestión de si la obra cervantina evoluciona del romance a la novela (como sería de esperar) o si lo hace a la inversa. Para cierta crítica, la trayectoria que describe la narrativa cervantina desde La Galatea hasta el Quijote, pasando por las Novelas ejemplares, señala el momento de la aparición de la novela moderna, de eso que hoy llamamos novela y que, teóricamente, distinguimos tan precisamente de lo que llamamos "romance". Hay un acuerdo casi unánime en afirmar que el "romance" domina -casi en exclusivala narrativa de ficción, hasta que con el ejemplo del extraordinario edificio narrativo de Cervantes se abre un tiempo nuevo, que es ya el de la novela moderna. El propio Cervantes tiene en muy alto concepto la capacidad de su “rara invención”. Pero la historia no resulta tan simple. Es cierto que, escrita al modo de los libros de pastores, entonces en boga, su Galatea, en 1585, pone ya en evidencia la imposibilidad (inverosimilitud y falta de decoro) del universo al que la fórmula pastoril respondía. En este sentido se han interpretado las discrepancias de Cervantes con ciertas convenciones de los libros de pastores y las innovaciones, puntualmente reseñadas por Juan Bautista Avalle Arce, que consecuentemente esta obra introduce. De manera mucho más evidente y explícita, en 1605, la parodia del Quijote, ahora con los libros de caballería como referencia, ensancha la brecha con el “romance”, que la obra anterior ya había apuntado, y da pasos importantes hacia una nueva fórmula, que será, en esencia, la de la novela moderna. Pero el entusiasmo con que, en los últimos años de su vida, Cervantes lleva a cabo la redacción del Persiles, así como el propósito, mantenido hasta sus últimos días, de escribir una continuación de La Galatea, desmienten y hacen imposible la interpretación que de la trayectoria narrativa cervantina he apuntado más arriba. Esto lo han visto bien quienes, en oposición a la opinión anterior (la que defiende una evolución, en Cervantes, del "romance" a la "novela"10), mantienen la existencia de un proceso inverso, que obligaría a leer la trayectoria narrativa cervantina en el marco de una evolución que, contra lo que es el signo de la historia del género, llevaría de la "novela" al "romance"11. 10.- Véase sobre todo Agustín G. de Amezúa, Cervantes creador de la novela corta (Madrid: CSIC, 1956), I, pp. 482 y ss. 11.- Es la tesis que defiende Ruth El Saffar, en Novel to Romance (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1974).
7 El debate al que los párrafos anteriores remiten me parece -he dichobizantino e inútil. En primer lugar conviene tener en cuenta que, si bien la distinción entre "novela" y "romance" puede resultar funcional desde una perspectiva crítica, su utilidad es más dudosa desde una perspectiva histórico-literaria. Es preciso aclarar, con puntualidad, en qué sentido se están utilizando los conceptos, ya que puede haber problemas al intentar reducir a categorías de nuestro presente una realidad histórico-literaria muy diferente a la que a tales categorías conviene. Y, en este sentido, resulta absolutamente necesario dejar bien claro que, en la época que estamos estudiando, los términos “novela” y “romance” -con el sentido que la crítica anglosajona les ha dado a ambossólo tiene razón de ser, si junto a ellos definimos y valoramos lo que los contemporáneos de Cervantes entienden por “novela”. Cuando menos la oposición novela/romance, en Cervantes, me parece peligrosa e inoperante; inoperante, porque la novela -tal como la modernidad la ha definido luegono existe todavía, se está creando12; y peligrosa, porque supone la aplicación de una categoría crítica de nuestro presente a una época, en la que el término “novela” tiene ya un significado muy preciso (narración equívoca de una acción centrada en un único suceso, próximo al tiempo de los lectores, sin concesiones a la digresión) que, desde luego, no coincide con el que hoy nosotros le otorgamos. En efecto, aunque es cierto que en España, en el momento en que Cervantes da a la estampa los relatos recogidos bajo el título de Novelas Ejemplares, el concepto de "novela" no cuenta con respaldo teórico claramente definido13, todo hace suponer que, en la práctica -y en contra de lo que habitualmente se viene afirmando-, para el lector de la época, la identificación del término "novela" con unas formas y con unos contenidos precisos (que, desde luego, no coinciden con "lo que -en palabras de Rileyhoy llamamos novela") no resultase tan complicada. Bargagli14, por ejemplo, ya distingue entre "novela" y “facecia” o dicho agudo, haciendo de la acción una exigencia fundamental para la definición de la primera15. Asimismo, distingue entre "novela" y “ejemplo”, al exigir para aquélla un modo 12.- Como acertadamente -y con graciaha apuntado Anthony Close: “todas las narraciones cervantinas deberían llevar la modesta advertencia preliminar Aquí estamos de obras, perdonen las molestias”. Cfr. (Close), ***97. 13.- Respaldo que sí que existe, por ejemplo, en Italia, donde Girolamo Bargagli, para la “novela” (De’givochi che nelle vegghie sanesi si usano di fare, 1575), y Giraldo Cinthio, para el “romanzo” (Discorsi intorno al comporre de’romanzi, delle comedie, delle tragedie e di altre maniere di poesie, 1554), se han encargado de poner fronteras claras para las dos formas de discurso que, en los inicios de la modernidad, canalizan lo más importante de la ficción narrativa. 14.- Cfr. Jean-Michel Laspéras, La nouvelle en Espagne au siècle d’or (Paris: Editions du Castillet, 1987), pp. 172-175. 15.- Afirma Bargagli: “Quindi potete, si io non mi inganno, afermare che le novelle... che solamente in un detto, e in una arguta risposta consistono, e non in fatto o in attione alcuna propriamente novelle dire non si possono”. Cfr. Jean Michel Laspéras, La nouvelle en
8 de enunciación equívoco16; y, finalmente, distingue entre "novela" y "romance", al hacer de la novela una narración de un único suceso y al no admitir, para ella, la digresión17. Cervantes y Lope, asimismo, tienen bastante clara la distinción entre “cuento” y “novela”. Existen, pues, datos que nos permiten pensar que el término "novela" poseía ya, en tiempos de Cervantes, suficiente concreción conceptual y que las traducciones de "novellas" habían familiarizado al público con la visión del universo por ellas representada18. Así, Luis Gaytan de Vozmediano, en 1590, es capaz de percibir, con claridad, en el espacio textual que describen los relatos de la tradición boccacciana, un territorio virgen que "los naturales" todavía no han descubierto: Entiendo que ya que hasta aora se ha usado poco en España este género de libros, por no auer començado a traduzir los de italia y Francia, no sólo aurá de aquí adelante quien por su gusto los traduzca, pero será por ventura parte el ver que se estima esto tanto en los estrangeros, para que los naturales hagan lo que nunca han hecho, que es componer Novelas19. Espagne..., op. cit., p. 173. Para la diferencia que la época percibe entre novela y otras formas narrativas, más o menos afines, véase Jean-Michel Laspéras, La nouvelle en Espagne..., op. cit., pp. 161-167. 16.- Tal equivocidad es incompatible con la definición canónica del “exemplum”. “El relato ejemplar rechaza, por incompatible con su naturaleza y función, la indeterminación del sentido”. Cfr. Aníbal A. Biglieri, Hacia una poética del relato didáctico: ocho estudios sobre “El conde Lucanor” (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1989), p. 112. 17.- De nuevo Bargagli sentencia: “Conviene avvertire che una attione e un avvenimento solo, e non multi, la novella dee contenere”. Y los narradores españoles se hacen eco exacto del precepto. En efecto, para Lugo y Dávila: “Esta fábula [la de la novela] es imitación de la acción, y no digo de las acciones, porque no le es permitido a la novela abrazar más que una acción” Cfr. Jean-Michel Laspéras, La nouvelle en Espagne..., op. cit., pp. 172 y 174. 18.- Así lo prueba la lista elaborada por Laspéras, en la que se hace el seguimiento de cómo la narrativa italiana halla su eco en la obra de los novelistas españoles de finales del siglo XVI y del siglo XVII: Mateo Bandello, Giovanni Boccaccio, Ludovico Domenichi, Giovanni Fiorentino, Agnollo Firenzuola, Giraldi Cinthio, Masuccio Salernitano, Girolamo Parabosco Franco Sachetti, Francesco Sansovino y Straparola da Caravaggio conocen la adaptación en castellano de alguna de sus “novelle”, gracias a su influjo en la obra de Timoneda, de Castillo Solórzano, de Diego de Agreda y Vagas, de Matías de los Reyes, de Vicente Espinel, de Luis de Guevara, de Antonio de Torquemada, de María de Zayas, de Lugo y Dávila, de Mateo Alemán o de Juan Pérez de Montalbán. Y a esta lista, y para lo que nos interesa, habría que añadir la lista de traducciones y de libros importados de “novelle” que circulan por la península en este tiempo y que también dejan sentir su huella en el público lector del momento. La acusación cervantina, en el prólogo de sus Ejemplares, contra “hurtos e imitaciones” halla plena justificación en el puntual y exacto seguimiento que Jean-Michel Laspéras (op. cit., pp. 35 y ss.) hace del mercado del libro, en la España en que vivió Cervantes. 19.- En el “prólogo” a su traducción de los Hecatommithi, de Giraldo Cinthio, en 1590, bajo el título de Primera parte de las cien novelas de M. Iuan Baptista Giraldo Cinthio (Toledo: Pedro Rodríguez, 1590).
9 Para él, no existen dudas terminológicas: ese espacio -que para los italianos era el de la "novella"- había de ser para los españoles el de la "novela". La existencia en tiempo de Cervantes de una adscripción tan precisa y matizada para el término “novela”, como la de Bargagli o la de Vozmediano, obliga a replantear la trayectoria de la narrativa cervantina desde otros parámetros críticos diferentes a los de la moderna distinción entre “romance” y “novela”. Sólo si por novela entendemos lo que entiende Bargagli y lo que parece entender el propio Cervantes, el binomio novela/romance podrá resultar operativo para juzgar la trayectoria literaria de nuestro autor, pues será, a partir del diálogo que Cervantes acierta a establecer entre ambos términos, de donde nacerá eso que modernamente llamamos “novela” y que es algo diferente, a la vez, del “romance” y de lo que el propio Cervantes llamaba “novela”. En efecto, cuando Cervantes escribe, y cuando etiqueta algunas de sus narraciones como novelas, su actitud es absolutamente inequívoca: de lo que él habla no es de nuestra “novela”, sino de su “novela”; esto es, de la narración escrita de “una única acción”, referible al universo de lo particular cotidiano, en el que se inscribe la existencia de sus lectores reales. Por eso, coincidiendo con la distinción establecida por Bargagli, no usa jamás el marbete genérico de novela para referirse a narraciones mayores como la Galatea, el Quijote o el Persiles (que son “libros” o “historias”), aunque no tiene empacho alguno para etiquetar de novelas sus relatos breves (comenzando por los incluidos en la primera parte de su Quijote20). Y no lo hará, porque el término “novela” tiene ya un significado preciso que no encaja con la multiplicación de "aventuras" de sus narraciones mayores. La diferencia de los modelos narrativos que convienen al relato breve (de un único suceso) y al relato largo es todavía demasiado nítida, para que Cervantes pueda confundir uno y otro bajo una misma etiqueta. Sucede que el Quijote, por ejemplo, para Cervantes y para sus contemporáneos, sigue siendo formalmente un "romance"; y la "novela", que, si recurrimos a conceptos críticos de nuestro presente, ciertamente hay en él, sólo se le ofrece al lector, cuando éste es capaz de percibir en su lectura que, más allá de lo que tal romance tiene de parodia de las viejas fórmulas y de reserva hacia las posibilidades de ese nuevo "poema épico en prosa" perseguido por los preceptistas neoaristotélicos, este libro da acogida en sus páginas a una nueva visión de la realidad, en la que el "poder ser" y el "querer ser" cobran -frente a las “cosas como son” de la historia y frente a las “cosas como deberían ser” de la poesíaun gran protagonismo. Cuando E. C. Riley afirma que "Cervantes... no habría podido escribir nunca el Quijote si no hubiera conocido la diferencia entre lo que hoy llamamos “novela” y 20.- Véase el capítulo 44 de la segunda parte del Quijote.
16 historia. Si es posible “inventar” una fábula que hable “en general” de “lo que podría suceder”, también habría de ser posible “inventar” una fábula que hablase “en particular” de “lo que podría suceder”. Si es posible una fábula cuya invención “diga” de “lo general”, ¿por qué no pensar, también, en una fábula que, desde “el poder ser” se pronuncie sobre “lo particular”? Tomando como base la relación de verosimilitud que, frente a la “verdad” de la historia (“lo que ha sucedido”), la literatura establece con la realidad, los contemporáneos de Cervantes, modificando la distinción aristotélica, conciben dos formas diferentes de poesía (narración de lo que podría suceder), según el texto potencie un enfoque -muy próximo al de la filosofía (Varchi, Menechini o Tomitano)- de lo general (poesía épica) o de lo particular. Bastará con dotar de voz, desde la imaginación, a todos aquellos silencios del discurso histórico, para que esta segunda forma de poesía cobre vida. A la cabeza de quienes se hallan situados en este proyecto, está Fray Antonio de Guevara, con su peculiar manera de entender la Historia34. Guevara falsifica todo el proceso creativo del historiador (autoridades, erudición, modos de trabajo, tipos de discurso, etc.), de modo que sus obras acaban siendo un magnífico contrapunto irónico de la historiografía y de la erudición humanistas35. Y, si desde las filas del humanismo se habían denunciado las limitaciones de la “poesía” (al menos de la forma de poesía que representan los “romances”) para dar cuenta de la realidad, Guevara pondrá su punto de mira en las limitaciones de la “historia”36. Antes de Guevara, ya lo hemos visto, otros autores de obras ficticias se sirven propias por narraciones ajenas”. 34.- Interesantísimo, para centrar la figura de Guevara como antecedente de Cervantes, es el trabajo de A. Castro, “Antonio de Guevara, un hombre y un estilo”, en Hacia Cervantes (Madrid: 1967). En la misma linea, hay que mencionar también el capítulo que dedica al tema F. Márquez Villanueva, Fray Antonio de Guevara y Cide Hamete, en Fuentes literarias cervantinas (Madrid: Gredos, 1973), donde se particularizan y describen muchas de las técnicas cervantinas anticipadas por la escritura de Guevara: la de concebir un discurso que “parezca a la vez como presente y como pasado, como vida y como historia; la valoración del detalle humano concreto sobre el dato curricular frío de la historia; una nueva valoración del concepto de verosimilitud, etc. 35.- Cfr. F. Márquez Villanueva, Fuentes literarias cervantinas, op. cit., p. 192. 36.- Tampoco desde el punto de vista teórico estaban muy claras las diferencias. La concepción de la poesía como compendio universal de todas las ciencias y como discurso de verdades universales (frente a las verdades particulares de la historia) determinó en muchos posiciones teóricas harto confusas. Si tanto B. Varchi (L'Hercolano, 1560), como el resto de preceptistas platónicos (Ricchieri, Tomitano, Menechini) elogian el valor de la verdad universal de la poesía (Cfr. J. E. Spingarn, Literary criticism.... Op. cit., p. 16), los propios teóricos de la historia (Francesco Patrizi, Della historia, Venecia, 1560) identifican en su definición historia y poesía en no pocas ocasiones, llegando a definir la historia como poesía en prosa. Por lo general, no obstante, el poema épico en prosa de la preceptiva renacentista, que se aleja de la historia en cuanto imitación, se aproxima a ésta por reducir, como ella, el ornatus propio del verso. Como demostración de esta confusión de géneros, dentro de la cual la narración ficticia se desarrolla con pretensiones de historia, en tanto que la historia tiende a la novelización, hay que recordar las “pseudo-historias”, la viciosa aparición -con bastante éxito en la épocade historias apócrifas, cuyo modelo mas cercano
17 de ciertos recursos de la narración histórica, para dar a sus fantasías visos de verosimilitud. Pero con Guevara la falsificación de la historia se convierte en un fin en sí misma. Para Guevara, el dato histórico -verdadero o falsoes sólo el punto de partida para elevar sobre él las construcciones de su imaginación. A partir del dato frío, él reconstruye imaginativamente la situación cotidiana y humana (es decir, novelesca) que rodea y humaniza el dato, acentuando con el detalle la singularidad del personaje. Guevara remeda el lenguaje de la tradición erudita a que pertenece el historiador humanista y -"gran falsario", en el decir de Márquez Villanuevase inventa a sí mismo como narrador, superponiendo una máscara a su propia personalidad histórica. Todo ello proyecta sobre lo narrado una pluralidad de sombras y de quiebros irónicos. Él ya no imita las fórmulas de la historia, sino que, mucho más allá, inventa la "novela paródica de la historia"; inventa la "ficción oficialmente abordada como historia”, la encamina al territorio de la realidad histórica y la hace concentrarse en los pequeños sucesos que constituyen la cotidianeidad37. Le basta con reconstruir imaginativamente, sobre el marco de la historia, los silencios del discurso histórico para con determinados casos o circunstancias vitales y cotidianas de los personajes, para que surja así un relato ficticio, que -desde un punto de vista lógicoseguirá siendo mentira, pero mentira verosímil; mentira con capacidad de hablar del mundo concreto e histórico de los lectores38. De estos, de los lectores, se exige algo muy diferente a lo que los “romances" reclamaban. Se les exige que sean conscientes del “artificio” con que autor ha sabido fingir la “verdad” en su discurso, para que, así, puedan apreciar, en lo que vale, la coherencia de su “mentira”. Si para Cascales39, los sucesos reales históricos no pueden ser objeto de imitación y, por lo tanto, quedan fuera de los límites de la poesía, para Soto de Rojas40 “la forma sustancial de la poesía es la imitación variada con narración de cosas, en parte verdaderas y en parte fingidas”. En esta “imitación variada” -tan del gusto, puede hallarse en las Historias sarracinas, de Pedro del Corral, que ya Wardropper se ha encargado de poner en relación con la manera que Cervantes tiene de construir su narrativa, poniendo en relación del libro de Cervantes, en cuanto pseudo-superchería, con la historiografía apócrifa, tan abundante en la España de la época. Cfr. B. W. Wardroper, "D. Quijote. Story or History?”, en MPh, LXIII (l965), pp. 8-9. 37.- Algunos fenómenos declaran, muy explícitamente, esta aproximación de la narrativa al territorio de la historia: el gusto contrario a la ficción que domina una buena parte del siglo XVI; la tendencia a enmarcar históricamente los relatos; la atención a historias reales y cotidianas... Cfr. W. Nelson, Fact o Fiction: the Dilemma of the Renaissance Storyteller (Harward University Press: 1973). 38.- Para el aprovechamiento que Cervantes hace de la realidad histórica en sus novelas, véase Hahn, Juergen, “El capitán cautivo: the Soldier’s Truth and Literary Precept in Don Quijote, part I.”, JHP, 3 (1979) pp. 271-272. 39.- Tablas poéticas (1617), ed. Benito Brancaforte (Madrid: Espasa-Calpe, 1975), pp. XVII-XVIII 40.- “Discurso sobre la Poética, escrito en el abrirse de la Academia Selvage”, en Obras de don Pedro Soto de Rojas (Madrid: CSIC, 1950), p. 25.
18 por otro lado, de Cervantes41abre un espacio entre poesía e historia, que la novela sabrá aprovechar ventajosamente42. La misma apuesta por una forma de discurso que fuese narración de “lo que podría suceder”, desde una perspectiva de “lo particular”, puede seguirse en la manera de concebir la ficción de otro tipo de relatos, como, por ejemplo, los que emergen del campo de la picaresca. También la fábula picaresca pone en pie unas aventuras que, ante todo, se configuran como texto y que, en consecuencia, son resultado de la “poiesis” de un autor, por lo que, desde el punto de vista de las acciones narradas, conservan una absoluta independencia con relación al universo extra-textual. La acción o acciones que imitan no son previas al discurso, sino creación de éste. Sustancialmente, y vistas desde la realidad de los lectores, son tan “mentira”, como las acciones de los libros de caballerías. Pero, a diferencia de lo que ocurría en éstos, son “mentiras” que no contravienen la imagen del mundo en que los lectores se hallan instalados. Y lo mismo vale para la “novella”. Si el "romance", por las vías que la preceptiva neoaristotélica le abría, busca una salida a través del poema épico en prosa43, la "novella", buscando también el respaldo de un cauce “autorizado”, se inclina del lado de la historia44 (o, mejor, del lado de las deficiencias e 41.- Recuérdese, por ejemplo, lo que el mono, a la pregunta de lo narrado por don Quijote sobre la cueva de Montesinos era falso o verdadero, dice al oído de Maese Pedro: “El mono dice que parte de las cosas que vuestra merced vio, o pasó, en la dicha cueva son falsas, y parte verisímiles”. 42.- Véase a este respecto el prólogo de Lope de Vega a La Dorotea, donde se insiste en etiquetar su relato, a la vez, como obra poética y como historia. Cfr. La Dorotea, ed. E. S. Morby (Madrid: Castalia, 1980), pp. 60 y 61. 43.- Desde una perspectiva teórica, la conexión de las modernas formas de ficción con la épica se hallan expuestas ya en tratadistas como El Pinciano. Más tarde la crítica, con Hegel a la cabeza, ha insistido en la definición de los contactos sobre los que tal vínculo se asienta. 44.- Como estudia W. Nilson (Fact o Fiction: the Dilemma of the Renaissance Storyteller, Harvard University Press, 1973), la naciente novela tiende a exagerar las afirmaciones de historicidad de la materia narrada; tiende a inscribir la materia ficticia dentro de unas coordenadas históricas concretas (preferentemente contemporáneas) y a convertir a los personajes de ficción en protagonistas o en testigos de sucesos históricos; finalmente y de acuerdo con todo lo anterior, tiende a presentarse al lector como "casos" realmente ocurridos: las primeras novelas modernas son (o lo pretenden) historias fingidas. Véase Foa, Sandra M. Feminismo y forma narrativa (Valencia: Hispanófila, 1979), p. 103. En este marco, explorando las posibilidades de la narración desde los presupuestos de la historia, se situaría -y su ejemplo habría de ser decisivo para el triunfo de la "novela" sobre el "romance"- el Lazarillo. Sobre las vinculaciones de novela con géneros propios de la historia, como la biografía, véase también Pabst, Walter, La novela corta en la teoría y en la creación literaria (Madrid: Gredos, 1972). Luckács, E. Rhode, E. Schwartz, B Lavagnini, J. Ludvikovsky, M. Braum [véase Darío Villanueva, "Historia, realidad y ficción en el discurso narrativo", en El polen de ideas (Barcelona, PPU, 1991), pp. 115-116] han insistido en la conexión de la novela bizantina con la historiografía
19 incapacidades de la historia) y se aprovecha de la reflexión teórica que, sobre este último género, se desarrolla en las filas del humanismo, para poner en pie un discurso que debería atender, desde la perspectiva de “lo que podría suceder”, a lo particular. La solución cervantina No es extraño, sino todo lo contrario, que, ante el camino sin retorno al que moralistas y preceptistas han conducido la ficción, sea en el seno de la preceptiva y en los límites por ella aceptados donde primero se busquen salidas. Las más significativas vías de solución, que se apuntan para resolver el conflicto que la narrativa tiene planteado a lo largo de todo el siglo XVI, señalan, como ya he dicho, hacia la epopeya y, aunque sea de forma paródica, hacia la historia. Pero ni la historia ni la epopeya, tal como la preceptiva las entiende, podían responder adecuadamente al ansia de “honesto entretenimiento” que el lector de la época, tan finamente retratado en tantas páginas del Quijote, está reclamando. Entre las laderas de la “universalidad” de la épica y la “particularidad” de la historia, en dirección a un mar que no es el de la ejemplaridad, corren, sin cauce todavía, las aguas de un torrente, difícil de sujetar en esquemas simplistas. Lo concreto, cotidiano e intrascendente, que la historia desprecia por vanal o irrelevante y que se escapa también de esa mirada “sub especie aeternitatis” que persigue la épica, ha ido cobrando voz a lo largo del siglo XVI -Guevara es un ejemplo y el Lazarillo, otroy está reclamado, al filo del nuevo siglo, una expresión, que sólo la novela acertará a darle. Las dos opciones defendidas por los personajes en el cap. II, 3 del Quijote demuestran la sensibilidad cervantina ante la problemática que las páginas anteriores han querido describir. Ante la curiosidad que, en don Quijote y en Sancho, suscita la noticia de sus aventuras corren impresas desde Portugal hasta Amberes, Sancho pregunta a Sansón Carrasco: Dígame, señor bachiller -dijo a esta sazón Sancho-: ¿entra ahí la aventura de los yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojó pedir cotufas en el golfo? A lo que el bachiller responde: helenística, conexión que el aprecio barroco por Heliodoro reverdece en tiempos de Cervantes.
20 No se le quedó nada al sabio en el tintero; todo lo dice y todo lo apunta: hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta. Y más abajo el mismo bachiller, portador de la información que da lugar al diálogo, añade una afirmación que será la que dará lugar a las divergencias sobre la actitud que amo y escudero presuponen que debería de tener el narrador. Dice Sansón Carrasco: Con todo eso, dicen algunos que han leído la historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don Quijote. Ante tal afirmación, Sancho protesta: Ahí entra la verdad de la historia. A lo que don Quijote replica: También pudieran callarlos por equidad, pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero. El bachiller, a todo ello, concluye: Así es; pero uno es escribir como poeta y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna. La defensa que Sancho hace de la "verdad" de la historia, frente a la que hace don Quijote de la "esencialidad" de la épica, refleja perfectamente el meollo de la cuestión que a los preceptistas preocupa, a la vez que da cuenta de la insuficiencia de ambas formas “sancionadas” por la tradición y “autorizadas” por la preceptiva. Aristóteles sólo reconoce dos actitudes posibles ante la narración: la de la historia y la de la poesía. Pero una cosa son los preceptos y otra, muy distinta, la realidad. El diálogo anterior revela la conformidad de Cervantes con los planteamientos generales de la reflexión que el siglo XVI construye en torno a la Poética y , a la vez, su desacuerdo con la frontera, tan clara, que la preceptiva quería trazar entre historia y poesía. Frente a la actitud de los preceptistas, Cervantes rompe los límites y se complace en mezclar ambos textos, el imaginado por don Quijote y el
21 reclamado por Sancho, poniéndolos a dialogar. Este diálogo será el que la novela vendrá a potenciar, y, complacida en examinar los teóricos contrastes entre poesía e historia, entre literatura y vida, acabará descubriendo por este camino un espacio virgen, al que ni la historia ni la poesía, hasta ese momento, habían prestado -ancladas como estaban en ciertos principios fundamentales, no podían prestárselola atención debida. Este espacio será el de la novela moderna. En esta clave deben de leerse las protestas del autor del Quijote contra las ficciones que, para la solución del enredo que plantean, recurren a lo maravilloso, abriendo con ello una brecha entre la realidad del "libro" y la realidad de los "lectores". La Galatea y El Persiles son "romances", pero "romances" aptos ya para dar acogida a lo cotidiano; aptos para atender a la representación de los intereses del individuo (y ya no tanto a las "esencias" representativas de la colectividad), o aptos para interpretar el mundo de la vida cotidiana; un mundo, en el que las fronteras entre el "ser" y el "deber ser" no son diáfanas ni infranqueables y en el que la realidad está preñada de sueños, o al revés. Al poner en comunicación la “novela” con el “romance”, no sólo pone a dialogar dos formas literarias diferentes, sino que, ante todo, somete a confrontación dos maneras distintas de mirar la realidad. Ya la "novella", en la tradición italiana, había acertado a circunscribir con precisión el universo de lo concreto y particular. Fascinado con la historia de su tiempo, Bandello, admirado por los traductores e imitadores hispanos de la época, había conducido las aguas de la "novella" hacia la circunstancialidad de la pequeña historia: Non mira el cielo con tanti occhi in terra alora che è piu lucido e sereno, quanti sono i varii e fortunevoli casi che in questa vita mortale avvengono. E se mai fu età ove si vedessero di mirabili e differenti cose, credo io que la nostra età sia una di quelle ne la quale, molto più che in nessun'altra, cose degne di stupore, di compassione e di biasimo accadono... E certo noi possiamo dire che pochissime età hanno veduto così subite mutazioni come noi veggiamo tutto il dì...45. La "novella" ha entrado, al menos con Bandello, en una dinámica en la que la narración está absorbida por la atracción del "suceso" -particular y concretoen sí mismo. Para él, el papel del "novellatore” y el del cronista vienen a coincidir. La vida cotidiana y particular entra en el universo de la literatura y ya Cristóbal Suárez de Figueroa no tiene empacho en proponer, como literatura de entretenimiento, una forma de novela dedicada a “manifestar” 45.- Le novelle, ed. G. Brognoligo (Bari: 1910), parte III, novela 62.
22 alguna “passión” del narrador, con una sola recomendación: “mudando los nombres y dándose a entender el todo con cifras, con alusiones y cosas así”46. Cervantes sabe apreciar el valor de la "novella" como narración de un "suceso", pero da un paso más, que a la postre habrá de resultar decisivo para la constitución de la novela moderna. Desde la concepción de la realidad en que se apoya la escritura cervantina, lo particular reclama una interpretación que la "novella" no podía ofrecerle, en tanto que lo universal precisa una cierta concreción que, desde luego, tampoco el "poema épico", tal y como la preceptiva lo imagina, podía conseguir. Cervantes es consciente de que el discurso del Quijote y el de El curioso impertinente responden a dos fórmulas diferentes, que no tenían por qué resultar incompatibles; muy por el contrario, podían complementarse47. Cervantes es perfectamente consciente de ello y, al convertir la novela una forma de episodio de sus narraciones mayores, acaba generando con el conjunto un producto nuevo, que ya no es el "romance" tradicional, pero que tampoco tiene mucho que ver con el "poema épico", ni con la "novella" de la tradición italiana. Entre el universo al que remite el yelmo de Mambrino (el del "deber ser") y aquel otro, al que remite la bacía de barbero (el del "ser"), existe -y está reclamando vozel universo del baciyelmo (el del "poder" o el del "querer ser"). Es decir, el universo de las relaciones que un yo, al interpretar la realidad, establece con las cosas; un universo en el que es la "función", y no la materialidad o esencialidad, lo que da valor de realidad de las cosas. Ahora me interesa insistir en el hecho de que no es el binomio novela/romance -tal como la crítica moderna utiliza ambos términosel que para Cervantes, o para la preceptiva de la época, centra el problema, sino el binomio literatura/vida. Y no es contra una fórmula narrativa contra lo que Cervantes reacciona (diga lo que diga su prólogo al Quijote de 1605), sino contra un tipo de discurso incapaz de apropiarse de ese espacio, inédito y sin voz, al que, por su naturaleza híbrida, ni la historia ni la poesía podían prestar atención. Este espacio (a mitad de camino de la historia y de la poesía, que no es el del “ser” de las cosas, 46.- El Pasagero (Madrid: S.B. E., 1914), p. 257. 47.- En este punto, Cervantes es seguro que tiene presente la tradición italiana de la "novella", tal y como Ariosto la reinterpreta en el Orlando furioso, con la inclusión en el marco de las aventuras del héroe de narraciones independientes del relato principal. Este procedimiento, con antecedentes clásicos (Apuleyo), cobra nuevo prestigio en las letras del Renacimiento. La primera edición del Orlando (1516) cuenta con 10 narraciones interpoladas, que se convierten en 13 en la edición revisada de 1532. A Ariosto lo sigue de cerca Torquato Tasso, con su Gerusalemme liberata, cuyas narraciones episódicas, que suscitan enconadas polémicas, ha estudiado Georges Güntert, interpretándolas como otras tantas islas de "cotidianidad burguesa" en el marco de la épica narrativa. La "cotidianidad burguesa" se introduce en el "maravilloso" universo del poema épico a través de la "novella". Cfr. Güntert, Georges. L’epos dell’ideologia regnante e il romanzo delle passioni (saggio sulla “Gerusalemme liberata”) (Pisa: Pacini, 1989).
23 ni el del “poder ser”) será, sin duda, el espacio de la novela moderna y la contribución de Cervantes a la constitución del mismo resulta, desde un punto de vista histórico, esencial. Pero lo que vamos a encontrar, en la época en la que Cervantes escribe, no es todavía la novela moderna (la novela tal y como la define el siglo XIX), sino los tanteos que, desde dentro del romance, van a conducir a ella. La “novela” de Cervantes mantiene un permanente diálogo con el “romance” -y no sólo por nacer en su senoy con la historia. Conviene no olvidar que, si atendemos a su origen, las novelas cervantinas no son sino un elemento constitutivo más de una fábula superior que le sirve de marco. Formalmente, la “novela” no es, para Cervantes, sino uno de los modos posibles de conformación de los episodios, dentro de una fábula que guarda todavía estrecho parentesco (a veces desde la parodia y casi siempre desde la crítica) con los viejos romances o con las fórmulas que la preceptiva sugiere en su persecución del poema épico en prosa. Pero Cervantes entiende la relación de los episodios (que son sus novelas intercaladas) con la fábula propiamente dicha, como una relación dialéctica, de la que se sirve para traer a escena el problemas de las limitaciones de la ficción (de las distintas formas de poner en marcha la ficción, que su tiempo le ofrece) para dar cuenta de la imagen de la realidad, que emerge del modelo de mundo que su época está intentando alumbrar. Si la "novella", al margen de la propuesta de la historia, había dado carta de naturaleza a una forma de narración centrada en el "ser" de las cosas; si el soñado poema épico de los preceptistas pretendía también dar forma a una moderna manera de narrar el "deber ser" de las cosas, Cervantes se complace en poner en diálogo el "ser" y el "deber ser", abriendo un riquísimo espacio entre ambos. Se trata de un espacio, cuya naturaleza metafísica es la del "poder" o la del "querer" ser48; espacio de lo cotidiano, en el que se desarrolla la lucha del individuo -casi siempre fracasadapor conseguir el acercamiento de la realidad a los sueños; lucha del individuo, y dentro del individuo, por lograr la reconciliación de Alonso Quijano con don Quijote. Pues, conviene (después de tanto maniqueísmo unamuniano) no olvidar que la verdad del protagonista cervantino no está ni en don Quijote (como Unamuno predica en la Vida de don Quijote y Sancho), ni tampoco en Alonso Quijano (como había predicado el mismo Unamuno en su "Muera don Quijote"), sino en la pugna de Alonso Quijano por ser don Quijote, o en la de Sancho por ser gobernador. Lo que Cervantes pretende, en definitiva, es rescatar para la literatura y dar voz a ese espacio -el de la vida de todos los días, por decirlo en breve-, en el que historia y poesía se confunden y al que ni la historia ni la poesía, confinadas en los límites que el neoaristotelismo había diseñado para ellas, podían atender. Es, precisamente, para esta realidad para la que la tradición literaria carecía, hasta Cervantes, de modo de expresión. Y 48.- El "querer ser" es lo que caracteriza a los personajes cervantinos, frente al "dejarse ir" de las narraciones anteriores, según nos enseñó ya hace tiempo A. Castro, en "Cómo veo ahora el Quijote", prólogo a su edición del Quijote (Madrid: Alianza, 1971).
24 creo que, por lo que en el "Prólogo" a sus Novelas ejemplares escribe, Cervantes tenía plena conciencia de ello, como demuestra el modo en que redefine el concepto de “novela”, que hereda de sus contemporáneos, de una parte, al declarar que él ha sido “el primero en novelar en lengua castellana”, y de otra, al comparar su fórmula de la novela con “una mesa de trucos” y al etiquetarla de “ejemplar”. El emblema de este diálogo queda perfectamente ilustrado en ese “querer ser” (del personaje, pero también del propio narrador) que dibuja la distancia que va del “histórico” Alonso Quijano al “romancesco” don Quijote y que refleja la pugna entre el modelo literario y la vida. De alguna manera, contemplando la narrativa de la época, podría afirmarse que, en el marco del debate sobre la superación del "romance" y sobre las siempre difíciles fronteras entre “prosa poética y prosa historial”, surge una propuesta que, como ya he intentado reflejar, busca respuestas sobre el modelo de la épica, en tanto que, en otra dirección, se intenta una solución al problema sobre los modelos narrativos desarrollados sobre las pautas de la historia. Una de las consecuencias más brillantes de esta última búsqueda se halla en los logros del Lazarillo otra, en Cervantes, quien, rechazando el realismo dogmático de la picaresca49, se empeña en una empresa que tiene como objetivo la apertura de un fecundo diálogo entre lo universal poético y lo particular histórico, y este diálogo -que es el que da personalidad propia y diferencial a obras como el Quijoteno estaba ni en el "romance", ni en el renovado "poema épico" soñado por la preceptiva, ni tampoco estaba en la "novella". Según T. S. Eliot, el siglo XVI, como siglo de la filosofía, es el siglo de la razón pura, en tanto que el siglo XVII en su segunda mitad, es el siglo de las matemáticas, de la ciencia. En medio de ambos momento, se extiende un período en que el hombre, que ha dejado de ser racional, no ha aprendido todavía a ser científico. Esta realidad, la del hombre que ha dejado de ser racional y aún no ha aprendido a ser científico, es la que no podían atender convenientemente las gastadas fórmulas de la narrativa precedente y la determinará, precisamente en el período de "interregno", el nacimiento de la novela moderna en el Quijote. Literatura y vida 49.- Véase Blanco Aguinaga, Carlos “Cervantes y la picaresca. Notas sobre dos tipos de realismo”, NRFH XI, pp. 313 y ss. Al realismo “dogmático” de la novela picaresca, opone el realismo “objetivo” de la fórmula cervantina.
25 A pesar de la oposición de los teóricos, aquellos que tienen que habérselas todos los días con la ficción saben que la "imitación" también es conciliable con los mecanismos del discurso histórico. Para Aristóteles, los lectores, disfrutan viendo las imágenes, pues sucede que, al contemplarlas, aprenden y deducen qué es cada cosa, por ejemplo, que éste es aquél; pues si uno no ha visto antes al retratado, no producirá placer como imitación, sino por la ejecución o por el color o por alguna cosa semejante (Poética, ed. García Yebra, 1448b, 4-19). Bastaría esta cita para entender la permanente insistencia de Cervantes en el “artificio” y “gala” de sus novelas (Q, II, 44). El placer del texto literario, de una parte, reside en la eficacia y acierto con que se han producido sus estructuras formales de representación, como Fray Alonso Remón sentencia en sus Entretenimientos y juegos honestos y recreaciones christianas para que en todo género de estados se recreen los sentidos (1623): Demás desto se siguen en el discurso de la declaración el entretenerse y recrearse con mucho gusto en la ennarración del caso, o quento, y en el modo y método de referirlo50. La "ejecución" del texto entraña, pues, una gran importancia y de ello son conscientes casi todos los contemporáneos de Cervantes. De la correcta ejecución de tales estructuras narrativas dependerá, en alto grado, tanto el tipo de pacto de lectura que el texto establezca con el lector51, como el logro de la verosimilitud. Pero, junto al "placer por la ejecución", está también el "placer como imitación", que necesariamente implica el problema de las relaciones entre discurso y realidad, entre literatura y vida. La definición que Timoneda hace de la "patraña" revela ya una conciencia muy clara de este problema en la insistencia hacia el lector, para que éste, a pesar de la verosimilitud conseguida en la narración, no confunda los "sucesos" contados con sucesos reales y para que repare en el "suceso" como artificio, como construcción y como composición literaria52. Pero, puesto que “si uno no ha 50.- Entretenimientos y juegos honestos y recreaciones christianas para que en todo género de estados se recreen los sentidos (Madrid: Viuda de Alonso Martínez, 1623), p. 56v. 51.- Para un inteligente planteamiento de la cuestión, véase J. M. Pozuelo, Poética de la ficción (Madrid: Síntesis, 1993), pp. 11-63. Esta insistencia en la “ejecución” es muy clara en El cisne de Apolo, de Luis Alfonso de Carballo, que cifra la esencia de la poesía en la disposición y en la elocución, tanto como en la invención. Para Soto de Rojas, en su “Discurso sobre la Poética, escrito en el abrirse la Academia Selvage”, la poesía se define en “tener las imitaciones vivas”, pero también en “[tener] las fábulas artificiosas”. 52.- “Como la presente obra sea no más de algún pasatiempo y recreo humano, discreto lector, no te des a entender que lo que en el presente libro se contiene sea todo verdad, que lo más es fingido y compuesto... y por más aviso el nombre dél te manifiesta clara y distinctamente lo que puede ser, porque Patrañuelo deriva de patraña, y patraña no es otra
32 engaños mútuos que tienen la configuración de tropelías”63. Y en efecto es así. Pero los engaños, con los que el lector de estos dos relatos se encuentra, son muy diferentes. La tropelía, o juego de manos, crea una ilusión de realidad; erige sobre la realidad un simulacro, una imagen de la realidad; invita a los espectadores a ingresar en un espacio, en el que aparentemente funcionan las mismas leyes que rigen en la realidad cotidiana, pero en el que, a pesar de ello, ocurren cosas admirables, por maravillosas, que son ajenas a la realidad. Su realidad es fingida, no se levanta sobre el concepto de verdad, sino sobre el de verosimilitud. Si lo que el autor pretendiese fuera el hacer pasar esos simulacros de la realidad, que él ha creado, como verdad, sería un mentiroso y un estafador, como lo es -¡y caro que le cuesta!- Campuzano con la viuda, o como los son los autores de los libros de caballerías; pero si lo que pretende, como el mago y el prestidigitador, es que los lectoresespectadores aplaudan el “artificio” con el que se ha sabido fingir la realidad, en los simulacros que de ella han acertado a poner en pie los relatos, su posición es muy otra, como muy otra es también la intención que preside su trabajo. Al definir Cervantes sus novelas, desde el prólogo, como “mesa de trucos”, lo que hace es proponer a sus lectores un pacto de lectura, “para que adopten ante sus relatos una actitud similar a la que exige el juego”64. La escritura del Quijote es, ante todo, una propuesta por parte de Cervantes en favor del “juego” y del “diálogo” y contra la “seriedad” e “intransigencia”, que refleja la prosa, tan abundante durante todo el siglo XVI, de preceptistas y de moralistas, en su empeño por negar a la ficción ese espacio que en los libros de caballerías -como representantes más sobresaliente de otras muchas formas de narraciónhabía encontrado durante siglos y que ahora -en eso todos están de acuerdoya éstos no podían proporcionar. Con esta reflexión, algo -creoque hemos avanzado de cara a un correcto entendimiento de la narrativa cervantina como juego. Pero todavía no hemos dicho nada acerca de en qué consiste el juego que, a través de la tropelía, se nos propone, ni cuáles sean sus funciones. La doble naturaleza del juego que es la novela En el propio san Agustín encuentran soporte quienes se empeñan en ensayar una forma moderna de ficción, para afirmar que no todo “fingimiento” es necesariamente “mentira” (“Non enim omne quod fingimus mendacium est: sed quando id fingimus quod nihil significat, tunc est mendacium. Cum autem fictio nostra refertur ad aliquam significationem, non est mendacium, sed aliqua figura veritatis”65). El contar “con 63.- Art. cit., pp. 164-165. 64.- Peña Ardid, Carmen, “La mesa de trucos de Miguel de Cervantes”, art. cit., p. 93. 65.- Quaestionum Evangelorum. Cfr. B. W. Ife, Reading and Fiction in Golden-Age Spain
33 propiedad un desatino” de Cervantes66 resulta ser, aunque libre, una traducción a lengua vernácula bastante próxima a lo manifestado por el obispo de Hipona; una traducción que plantea la necesidad de distinguir entre la mentira que simplemente busca el engaño y el artificio de una “fábula”, que esconde en su seno una verdad. El “misterio” que “levanta”, según el prólogo, las Novelas ejemplares, de Cervantes, debe leerse en esta dirección: la narración ficticia puede ser un discurso que dice la verdad desde el puro “fingimiento”. El lenguaje de la ficción no es, necesariamente, el de la mentira, sino el de la figuración de la verdad, ya que los poetas nunca tuvieron ojo a fingir mentiras, sino a encubrir verdades...El mentir de los poetas para en el sonido de las palabras, mas no en el sentido que hacen, so pena que no merecerían el nombre de sapientísimos que todos les dan, sino de pierdetiempo y palabras, como los componedores de libros de caballerías67. El prestigio estético de la alegoría, en los inicios del siglo XVII, se explica desde razonamientos como este. Así, convertido el problema de la ficción en un problema de lectura, más que de escritura, muchas de las objeciones que se le habían lanzado contra libros, como los de caballerías, quedan sin base, aunque eso mismo dé pie para que, ahora, los detractores esgriman la incapacidad de ciertos lectores para distinguir la “corteza” de las palabras del “fruto” de la alegoría, que las mismas esconden. El lector que la narrativa cervantina prefigura ha de tener muy claro que se las tiene que ver con una mentira, pero que tal mentira habla de la verdad. Como el juego, la literatura crea un espacio de libertad, que no compromete la existencia real del lector, pero que sí que puede funcionar como modelo “ficticio” de comportamiento. Es la puesta en acto del “vamos a hacer como si...” Como el espectador ante una sesión de prestidigitación, el lector de un texto literario debe poseer, a la vez, la capacidad de participación en la “ilusión” creada por el texto y la del distanciamiento del que sabe que todo es producto de la habilidad en el manejo, por parte del autor, del “artificio” adecuado para crear un simulacro de la realidad. Sólo desde esta suma de distanciamiento y de participación, es posible concebir un texto, que cumpla con la función catártica que Aristóteles le había asignado a la fábula, sin correr, a la vez, el riesgo de violar las fronteras entre realidad y ficción. Don Quijote carece del necesario distanciamiento, olvida que se halla ante un juego de prestidigitación, y por ello está presto a inmiscuirse siempre en el universo de la ficción (Cambridge University Press: 1985), p. 183, n. 58. 66.- Viaje del Parnaso, IV, vv. 25-27, en Viaje del Parnaso. Poesías completas, ed. Vicente Gaos (Madrid: Castalia, 1974), p. 103. 67.- Diálogos familiares de la agricultura cristiana (Salamanca: 1589), ed. Meseguer Fernández (Madrid: Biblioteca de Autores Españoles, 1963-64), I, p. 73.
34 de los personajes que pasan ante sus ojos. Los títeres de maese Pedro son un buen ejemplo de ello. Lo contrario le ocurre al canónigo y por ello es incapaz de la catarsis: De mí sé decir que cuando los leo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que todo es mentira y liviandad, me dan algún contento; pero cuando caigo en la cuenta de lo que son, doy con el mejor dellos en la pared (Q, I, 49). Volviendo a las citas que van al comienzo de este capítulo, (puesto que la ficción “non est mendacium, sed aliqua figura veritatis”), leer un texto bien compuesto sólo como mentira (“cum autem fictio nostra refertur ad aliquam significationem”) equivale a ser incapaz de interpretar las verdad que, tras la mentira, esconde la fábula; de la misma manera que inmiscuirse en las acciones de la ficción, como hace don Quijote o como Campuzano le sugiere a Peralta que haga, supone tomar la “figura de la verdad” por la verdad misma. Es otra forma de equivocar la lectura. Cervantes, en un pasaje que los exégetas del Quijote han desatendido, revela una perspicaz inteligencia del problema de la doble naturaleza de la ficción: Lotario, en el marco de la ficción que por amistad con Anselmo se ve obligado a representar, escribe un soneto amoroso a Camila, que sirve de punto de partida para un correcto planteamiento de cómo debe encararse la lectura de un texto literario. Anselmo, tras escuchar el soneto de su amigo, “le alabó y dijo que era demasiadamente cruel la dama que a tan claras verdades no correspondía”, y ello da pie para que Camila pregunte: “¿Luego todo aquello que los poetas enamorados dicen es verdad?”. La respuesta de Lotario no puede ser, para la cuestión que ahora nos ocupa, ni más clara ni más exacta: “En cuanto poetas no la dicen, más en cuanto enamorados, siempre quedan tan cortos como verdaderos”. Y es que “el mentir de los poetas -ya lo hemos recordado antespara en el sonido de las palabras, mas no en el sentido que hacen, so pena que no merecerían el nombre de sapientísimos que todos les dan, sino de pierdetiempo y palabras, como los componedores de libros de caballerías”. Los libros de caballerías son mentira tanto en las palabras, como en el sentido. Son una forma de ficción que “nihil significat” (“tunc est mendacium”, sentencia San Agustín). Por el contrario, la forma de ficción que persigue Cervantes tiene una doble cara: las acciones que refieren son mentira, en cuanto que -a diferencia de lo que ocurre con la historiacarecen de correlato en la vida real, de ahí la preocupación por crear -a través del juego de la enunciación ya estudiadouna necesaria “distancia”; pero son verdad, en cuanto que tienen la capacidad “refertur ad aliquam significationem” de la realidad, de ahí la promesa de un “misterio escondido que las levanta”. En esta capacidad de la nueva ficción -la que llevará al nacimiento de la novelade “refertur ad aliquam significationem”, reside no sólo uno de los argumentos básicos de la
35 justificación de la ficción, frente a la enemiga de los moralistas, sino que también explica la nueva situación pragmática en que los relatos cervantinos pretenden situar al lector. El lector habrá de ser capaz de distinguir en ellos la verdad y la mentira que los constituyen; habrá de ser consciente de que son “mentira” en lo que a las acciones narradas se refiere, pero que encierran una “verdad” en lo atañe a su capacidad de significar. Son ficciones y por lo tanto remiten sólo a una realidad textual, creada por el texto; pero, a la vez, tienen capacidad para, desde esa realidad textual, hablar y significar (en “figura veritatis”) en la realidad extra-textual en la que se hallan instalados los lectores. Como ocurre con la realidad emergente de un juego, de cualquier actividad que pueda identificarse con el juego, “la ficción literaria no representa un mundo ya creado, que el artista copie o relacione: crea las propias condiciones de ese mundo y es en su eficaz ejecución o transposición en estructuras de la representación donde se resuelve su ser realidad”68. Y, por lo tanto, desde el punto de vista de la realidad, en que se inscribe la vida del lector, toda ficción es mentira. Pero, como todo juego, la ficción literaria mantiene siempre una relación con la realidad, que asegura y hace lícita su calificación como verdad: “Merced a su carácter artificial... la actividad lúdica -ha escrito López Quintás del juegopermite al hombre realizar una y otra vez experiencias decisivas para el desarrollo de su personalidad, sin correr los riesgos que implican tales experiencias creadoras en los niveles de la realidad cotidiana... El juego puede encarnar plásticamente los elementos lúdicos que vertebran el acontecimiento humano o cósmico, sin provocar conmoción alguna”69. Exactamente lo mismo podría afirmarse de la ficción tal y como la entiende y la practica Cervantes en sus Novelas ejemplares. Juego literario Pero todavía no hemos dicho nada acerca de en qué consiste la mecánica del juego que Cervantes nos propone a los lectores con sus relatos. Prioritariamente, es un juego literario, que se concreta en el diálogo que logra establecer con la literatura de su tiempo. Lo que demuestran -tanto el Quijote como las Novelas ejemplareses una extraordinaria sensibilidad hacia la pluralidad de voces y de registros que constituyen lo más representativo de la literatura -y de la preceptivade su época70, a la par que sugieren la 68.- José María Pozuelo, Poética de la ficción (Madrid: Síntesis, 1993), p. 54. 69.- Estética de la creatividad. Juego. Arte. Literatura (Madrid: Cátedra, 1977), pp 56-57. 70.- E. Orozco, citando palabras de Menéndez Pelayo, concluye: "Con el Quijote sólo podría adivinarse y restaurarse toda la literatura de imaginación anterior a él..., porque Cervantes se la asimiló a su obra". Cfr. “Sobre los elementos o "miembros" que integran el "cuerpo" de la composición del Quijote de 1605,” en Serta Philologica...Fernando Lázaro Carreter (Madrid, Cátedra, 1983), pp. 365 y ss. Efectivamente, de una manera u otra, todos los géneros literarios que podía conocer un español de su época están incorporados al Quijote,
36 inestabilidad de cualquier marca de género, susceptible siempre de adoptar unas características diferentes en función del marco en el que se inscribe y de la misión que se le confiere. Vieron muy bien el problema aquellos que, después, han vinculado los orígenes de la novela al diálogo. En primer lugar, conviene recordar lo que Ortega dice, sobre la novela, en "Adán en el paraíso": Pintura y novela son artes románticos, modernos, nuestros. Maduraron como frutas del Renacimiento, es decir, como expresiones del problema del individuo. (...) Frente al mundo de las cosas fijas, firmemente asentadas en el espacio, surge el mundo fugaz de las emociones, esencialmente inquieto, fluyente en el tiempo. Este reino vital de los afectos halló al punto su expresión estética: la novela. (...) la vida de nuestro espíritu es sucesiva (...) Por eso, el principio unitivo que emplea este arte temporal es el diálogo. En la novela el diálogo es esencial, como en pintura la luz. La novela es la categoría del diálogo (...) La novela acaba de nacer en España: La Celestina es el último ensayo, el último esfuerzo de orientación para fijar el género. Cervantes, en el Quijote (...) ofrece a la humanidad un nuevo género literario. Ahora bien: el Quijote es un conjunto de diálogos (...) La luz es el instrumento de articulación en la pintura, su fuerza viva. Esto mismo es, en la novela, el diálogo71 La invención de la novela tiene mucho que ver, evidentemente, con la apertura de las estructuras monológicas de la literatura precedente, a través del diálogo. La novela favorece la puesta en marcha de un discurso, que, potenciando el diálogo entre una pluralidad de discursos de diferente procedencia, da voz, “frente al mundo de las cosas fijas, firmemente asentadas en el espacio”, al “mundo fugaz de las emociones, esencialmente inquieto, fluyente en el tiempo”. El Quijote es un texto que se complace en la creación de un marco, en el que, rozando los límites de lo permitido por el “decoro”, se hace posible la covivencia de toda la literatura de su tiempo. Decididamente, se apuesta así por una apertura y un pluralismo - ideológico y formal, a la veznada frecuente en el espíritu de su tiempo. La novela, desde sus orígenes, parece ser un género extraordinariamente dotado para asimilar cualquier otra forma de discurso. Desde este punto de vista, la principal vía de acceso a la novela se halla en la parodia de las formas y de los lenguajes convencionales de otros géneros; una parodia que implica su propia autocrítica y una marcada capacidad para que así se nos ofrece como un auténtico mosaico de todas las formas literarias de su tiempo y como un profundo y sabio debate sobre las posibilidades de las mismas. 71.- “Adán en el Paraíso” (1910), en OC, pp. 488-9.
37 incorporar a su seno una pluralidad géneros no específicamente literarios (la carta de relación, el sermón, el discurso retórico...), abriendo nuevos canales entre lo literario y lo que no lo es. Con la acogida de la casi inacabable variedad de formas que reúne en su seno72, el discurso cervantino -en el Quijote, por ejemploacaba convertido en el escenario sobre el cual el novelista pone a dialogar a cada una de las diferentes formas de ficción narrativa con todas las demás; y a todas ellas, a la vez, con el discurso reticente de moralistas y de preceptistas. Pone a dialogar a la vida con la literatura, al presente con el pasado, a la teoría con la práctica, a lo particular con lo general. En esta apertura del discurso narrativo hacia lo dialógico se concreta, me parece, uno de las características esenciales de ese juego que le permiten al autor calificar sus relatos como "mesa de trucos". Frente a la pretensión de servir de vehículo a la verdad (a una forma de la verdad, al menos), propia de los géneros canónicos que reconoce la tradición normativa, la novela levanta, contra la tradición, un discurso que quiere ser un simulacro de la vida humana y que, como ella, exige para su intelección de perspectivas complementarias. Más allá de la literatura -de lo que la tradición normativa considera como literatura-, ese complejo dialógico de discursos, que es la novela, convierte la ficción en el escenario de una nueva percepción de la realidad. Esta, la realidad, ya no es un conjunto de “realia” de los que se pueda predicar inequívocamente determinados “verba”. La realidad se vuelve plural y circunstancial. Su significado variará de valor en función de la posición en la que el observador se halle y en función, también, de las circunstancias físicas, pero sobre todo morales, en que se produzcan los hechos que llamamos realidad. Toda doctrina con pretensiones de universalidad y atemporalidad fracasa ante la rotunda evidencia de los “sucesos” concretos. La doctrina cede el protagonismo del primer plano al “caso”. En el juego que Cervantes propone a los lectores con sus relatos, se reclama de éstos un permanente ejercicio de confrontación de "ciertos sucesos" (las novelas) con el sistema de valores (la fábula), en el que estos mismos lectores se hallan instalados. Se trata, en consecuencia, de un juego que trasciende los límites de la escritura, para insertarse en los de la vida73. Cervantes, según Riley, "se complacía de manera manifiesta en tratar puntos en 72.- Significativa es la insistencia con que, en los últimos tiempos, la crítica se ha ocupado de la presencia (tan evidente, por otro lado) de lo libresco en el Quijote. Así A. Castro, pone de relieve cómo "leer y escribir son aficiones o tareas de casi todos los personajes del Quijote y cómo "el tema clave de muchos diálogos de los personajes, en esta novela, son los libros". Cfr. “La palabra escrita y el "Quijote"”, en Hacia Cervantes, Madrid, Taurus, 1967, pp. 359-408. 73.- . Pero lo hace, sólo, desde la teoría de la eutrapelia. La literatura es un entretenimiento y, en cuanto tal entretenimiento, tras distender el arco de la seriedad del negocio con el juego del ocio, permite regresar a la actividad con mayor eficacia y mejor predisposición.
38 que la jurisdicción de las reglas establecidas parecía dudosa o extraña. A veces, su genio narrativo parece deleitarse sacando a la luz las limitaciones y contradicciones de las reglas"74 y, para ello, se sirve de “casos” límites y excepcionales, en los que la doctrina resulta dudosa o de difícil aplicación. Así sucede, efectivamente, en la obra cervantina y no sólo a veces, sino que ese "sacar a la luz las limitaciones y contradicciones de las reglas establecidas" constituye, globalmente, la clave del juego a que se nos invita con la lectura de las novelas. Pero conviene analizar cómo ello se lleva a cabo. Clifford A. Soon señala que un "important constituent" de la tradición española de la facetia es su "destructive irreverence toward traditional orthodoxies and systems of values"75. Por lo que se acaba de apuntar para Cervantes, podría pensarse, inicialmente, que su narrativa guarda cierta dependencia con esta tradición. Pero no es así. Cervantes mantiene una actitud, en relación a las "reglas establecidas", que dista mucho de caer en la "destructiva irreverencia" a la que Soon remite para definir la facetia. Novela es, para Cervantes, la narración de un caso, inicialmente concebido como episodio de una fábula superior, en cuyo seno se justifica, y contado como realidad contemporánea del lector, desde la que se cuestionan (no se contradicen o se niegan) los principios ideológicos fundamentales a los que la fábula sirve de vehículo. La novela traduce a los términos de una casuística concreta determinadas cuestiones que forman parte del debate intelectual de la época. Por ejemplo, en el Celoso extremeño, la cuestión de “si es condenable la mujer que engaña a un marido celoso”. No es historia, aunque se ocupe de "lo particular", porque no tiene que ver con “lo que ha sucedido”, sino con “lo que podría suceder”. Es una mesa de trucos, un juego, una tropelía. Y la tropelía no imita la realidad, sino que la finge; como el tropelista, el novelista crea una realidad ilusoria, que tiene una capacidad “ejemplar”. Novela y exemplum Como las "novelle", las novelas cervantinas sirven a la necesidad de "honesto entretenimiento" (son una "mesa de trucos"), pero además estas últimas contienen -y, con el "prologo" que firma Cervantes, todos los textos de las "aprobaciones" insisten en ello- "algún misterio... escondido que las levanta", hasta convertirlas en "sabroso y honesto fruto". "Sabroso y honesto fruto" que, es preciso anotarlo, no tiene por que pender del árbol de la moral76. No se puede negar que estas novelas implican la referencia cierta a un sistema El entretenimiento, si se ciñe a las normas de la moderación, es potencialmente una virtud. 74.- Teoría de la novela en Cervantes (Madrid: Taurus, 1981), p. 39. 75.- The Traditions of the "facetia" and the Jest-Book in the Spanish Península, from the Introduction of printing to about 1750 (Harvard: Tesis Doctoral, 1971), p. 11. 76.- No creo que la promesa cervantina pueda reducirse a la ejemplificación, en diversos
39 de valores, pero, si es verdad que “une definition a minima de la nouvelle du Siècle d’Or en fait le lieu de programmations tant idéologiques que rhétoriques qui, alliées à l’emergence d’une catégorie personnages à l’étiquette délibérément aristocratique, arc-boutent le discours narratif dans un projet d’intentionnalité dont le message s’adresse, au-delá d’une didactique et d’une morale, au groupe dominant”77, la narrativa cervantina dista mucho de coincidir con la norma de su tiempo y de ajustarse a tal aserto. El error de la crítica, al intentar definir la ejemplaridad de las Novelas ejemplares reside, sobre todo, en el hecho de perseguir tal ejemplaridad en un nivel abstracto, en vez de acudir al plano de la experiencia que es el que la escritura cervantina potencia. En la obra de Cervantes lo que se potencia, precisamente, es un enfrentamiento entre “programmation” y “vida”. Las verdades generales y los principios universales, cuando hacen acto de presencia en la obra cervantina constituyen tan sólo un punto de referencia, en relación con el cual se erigen toda una serie de sucesos concretos, a modo de excepciones o de limitaciones. En relación dialéctica con el "romance", la "novella" había supuesto un paso muy importante hacia la conquista de una forma de ficción capaz de hablar, desde la perspectiva de lo particular, de “lo que podría suceder”. Sin embargo, las novelas de Cervantes no son (o no quieren ser) "novellas", sino que tienen la pretensión de ser "novelas ejemplares". Mucho se ha debatido acerca del sentido en que deba entenderse el concepto de la "ejemplaridad" cervantina. Muy discutible me parece la adscripción de la novela (para no olvidar ninguna de las líneas que se han apuntado para explicar las novelas cervantinas) a la tradición hispánica de los "exempla", adscripción en la que insiste Menéndez Pelayo78 y que, sin más documentación, la crítica ha repetido con cierto automatismo79. Con “casos” de la idea de culpa, caída y redención. Como sugiere Pabst, Walter, La novela corta en la teoría y en la creación literaria (Madrid: Gredos, 1972), p. 235. 77.- Cfr. Jean-Michel Laspéras, La nouvelle en Espagne..., op. cit., p. 24. 78.- Preocupado por una lectura nacionalista llega a negar la influencia italiana y sitúa los antecedentes de la novela en la tradición del Disciplina clericalis o en los apotegmas orientales de los siglos XIII y XIV: “Los orígenes más remotos del cuento o novela corta en la literatura española hay que buscarlos en la Disciplina clericalis, de Pedro Alfonso, y en los libros de apólogos y narraciones orientales traducidos e imitados en los siglos XIII y XIV. Más independiente el género, con grande y verdadera originalidad en el estilo y en la intención moral, se muestra en el Conde Lucanor, y episódicamente en algunos libros de Ramón LLul y en la Disputa del asno, de Fray Anselmo de Turmeda. Pero cortada esta tradición, después del Arcipreste de Talavera, la novelística oriental y la española rudimentaria que había criado a sus pechos cede el puesto por más de una centuria a la italiana. Este período de reposo y nueva preparación es el que rompió triunfalmente Miguel de Cervantes en 1613 con la publicación de sus Novelas ejemplares, que sirvieron de pauta a todas las innumerables que se escribieron en el siglo XVII”. Cfr. Orígenes de la novela (Madrid: CSIC, 1962), III, p. 3. 79.- Véase, por ejemplo, W. Pabst, La novela corta en la teoría y en la creación literaria, op. cit., p. 195: “España producirá novelas cortas, novelas muy distintas a las del Renacimiento
40 suficiencia, M. Laspéras demuestra que el "exemplum" y la "novela", tal y como Cervantes la practica, constituyen, tanto semántica como sintácticamente, formas tan alejadas, que toda confluencia entre ellas resulta problemática. Existe, con todo, la cuestión del título de Ejemplares, que su autor les da. ¿Cervantes, con el título bajo el que recoge sus narraciones, no estará apuntando, acaso, a una fórmula narrativa, nueva y original, en la que la tradición de la "novella" y la del "ejemplo" pudiesen reconciliarse?80 Ya Boccaccio, en el "Prólogo" del Decamerón utiliza el concepto de ejemplaridad en un sentido muy diferente al de los libros de sermones, situando la ejemplaridad en una esfera exclusivamente social, y ya no espiritual. Desde luego, no resulta tarea sencilla precisar en qué sentido se concreta la "ejemplaridad" prometida en el título de la obra cervantina. Para Ortega, la ejemplaridad italiano, novelas de una asombrosa libertad temática, aunque siempre sometidas a la fórmula mágica del ‘exemplo’... terca supervivencia de la teoría de los ejemplos en la España del siglo XVI”. El propio Jean Michel Laspéras, que tan acertadamente encara el significado de las Novelas ejemplares, sostiene que las traducciones de Bocaccio en España reconducen la novela española hacia la tradición del "exemplum" con moralización. Cfr. La nouvelle en Espagne au siècle d’or, op. cit., pp.139-140. Sin embargo, sólo dos de las novelas cervantinas, dentro de la colección de las Ejemplares (El celoso extremeño y La española inglesa), llevan pegada -como ha estudiado Carmen Peña Ardiduna moraleja a modo de conclusión. Cfr. “La mesa de trucos de Miguel de Cervantes”, Angélica, 4 (1993), 83-101. 80.- La nouvelle en Espagne..., op. cit., p. 145 y ss. La singularidad y univocidad del "caso" o "suceso" propuesto por la “novela”, así como la pluralidad de interpretaciones de que es susceptible, se opone a la universalidad y equivocidad del “exemplum”. No obstante, Laspéras (op. cit., p. 115) habla de una etapa en la tradición del “exemplum”, la tercera y última de su historia, en que se funden las estructuras del "exemplum" y de la novela. Así Laspéras anota que la "novella" entra en crisis hacia 1590, cuando el Concilio de Trento y la Contrarreforma le imprimen un giro didáctico y moral, hasta llegar a producir un género nuevo, más cercano a la ideología oficial que a los gustos del lector: el concepto clásico de recreación se matiza con otros como honestidad y ejemplaridad (op. cit., p. 66). En esta historia, la vuelta de la “novela”” al “exumplum” no es regreso a la Edad Media, sino imposición de la censura, después de una etapa en la que el acento se ha colocado en el “divertimiento”. La moralización precede y sigue a la defensa de la literatura como divertimiento, lo se explica a partir de ciertas presiones moralizantes de la sociedad española. Trento parece imprimir sobre la narrativa una fuerte impronta moral, de manera que las traducciones de “novelle” italianas revelan, a partir sobre todo de la supresión del marco y de la incorporación de enunciados interpretativos, una vuelta de este tipo de relatos hacia el modelo medieval de las colecciones de "exempla". Si es cierto, como afirma Laspéras con referencia a las Cient Novelas (título de la traducción del Decamerón), que los traductores españoles de “novelle” imprimen sobre “la nouvelle italienne... une mutation essentielle, puisqu’en l’absence de récit-cadre ou de thème organisateur décidé préalablement par les conteurs, des termes et expressions viennent doter le recit d’une orientation moralisatrice dont il était dénué initialment” (Ibidem, p. 139), también es cierto que, en las de Cervantes, resulta difícil precisar cual sea la “orientation moralisatrice” (op. cit., p. 173 y ss.).
41 cervantina hay que leerla, en la clave de la “heroica hipocresía ejercida por los hombres superiores del siglo XVII”, como una hábil estrategia para mantenerse a salvo de los lectores críticos y para desarmar a los censores. Para E. C. Riley, con el título de ejemplares Cervantes desearía desmarcar sus novelas de la tradición italiana de los “novellieri”, demasiado identificada con contenidos lascivos81. Para Walter Pabst, la promesa cervantina de ejemplaridad no es otra cosa que un reclamo publicitario, por el que el autor intenta acercarse al gusto del lector medio español82. Para Avalle-Arce, se traduce, tan sólo, en términos estéticos83, y nunca en términos morales, como ciertos críticos han apuntado84. No me convencen las tesis que defienden la ejemplaridad moral. Pero tampoco apostaría nada en favor de la tesis estética. Si las novelas cervantinas ejercieron, en su siglo, una innegable influencia, no creo que Cervantes, en 1613, les diera el nombre de “ejemplares” en previsión del magisterio que habría de seguirse de su presumible éxito. Quizás Cervantes, al apellidar las suyas como "ejemplares", pretendiese, simplemente, desmarcarse de la acusación de inmoralidad que sobre las "novelle" pesaba desde antiguo. Quizás la ejemplaridad de estas novelas sea "una idea que tuvo el autor al publicarlas y no al escribirlas"85. Sin embargo, resulta ciertamente difícil de aceptar -y la insistencia de la crítica en buscar un sentido al título de la colección cervantina es una demostración de lo que digoque el mencionado título esconde tan sólo una fórmula retórica86. No creo, por ello, que debamos renunciar a la hipótesis de que, detrás de dicho título, se esconde la clara conciencia de que las narraciones que preside no son meras "novelle". La fórmula cervantina de la “novela” -y en esa dirección creo que apunta la etiqueta de "ejemplaridad" que acompaña a las suyas, desde el mismo títulono se explica totalmente en ninguna de las direcciones arriba apuntadas. En efecto, tanto la "novella" como los libros de aventuras, así como la manera que Guevara tiene de “novelizar” la 81.- Teoría de la novela en Cervantes, op. cit., p. 166. 82.- La novela corta en la teoría y en la creación literaria, op. cit., p. 184 83.- Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, ed. Juan Bautista Avalle Arce (Madrid: Castalia, 1982), p. 10. 84.- Ed. Avalle Arce p. 14, n. 4. Según Laspéras, Cfr. Jean-Michel Laspéras, La nouvelle en Espagne..., op. cit., pp. 137 y ss. 85.- Cfr. Moreno Baez, Enrique, “Perfil ideológico de Cervantes”, en Summa cervantina, Ed. Juan Bautista Avalle-Arce y E. C. Riley (Londres: Tamesis Books, 1973), p. 254. 86.- Cfr. W. Pabst, La novela corta en la teoría y en la creación literaria, op. cit., p.184: "Los ejemplos provechos que promete Cervantes en el “Prólogo” a sus Novelas ejemplares" es tan sólo "como una frase publicitaria, bien adaptada al gusto actual, en la sobrecubierta de un best-seller... Con la promesa de lo ejemplar, Cervantes ofrece sus Novelas ejemplares... como productos adaptados al lector medio español, a la tradición católica".
48 notables (1564), de (López de Mendoza). Y, a partir de la enseñanza de Cervantes precisamente, Tirso de Molina define la novelas como una narración de sucesos, frente al poema épico, que es una narración de hazañas, y frente a los libros de pastores, que son narración de amores. Para María de Zayas, de la misma manera, la novela ha de ser narración de “casos verdaderos”98. Y en la misma dirección apuntan los testimonios de la recepción francesa de las Novelas ejemplares. Las palabras del novelista Charles Sorel, en 1644, no pueden ser más explícitas, al definir la narrativa breve cervantina como “historias verdaderas de algunos accidentes particulares de los hombres”. Pero un “caso” no basta para que haya novela. Si algo le molesta a Cervantes de los libros de pícaros ello es, precisamente, la facilidad con la que los mismos -remito a las alusiones que al respecto desgrana el Coloquio de los perroscaen en la murmuración, al abrir de par en par las puertas, con la excusa del “caso”, a ciertos aspectos de la vida privada. Al focalizar su interés en la narración de "sucesos" contemporáneos y socialmente próximos a la experiencia del lector, la novela corría el peligro de derivar por cauces peligrosos y un número importante de narradores es plenamente consciente de ello. Cervantes, a través de Cipión, en el Coloquio de los perrros, avisa reiteradas veces sobre el peligro de este tipo de discurso que, a cada paso, corre el riesgo de caer en la "murmuración", riesgo que le es ajeno a la épica, mucho más atenta a “verdades” generales que a la particularidad de los “casos” que son materia de la novela. Los avisos contra las "malas lenguas" se repiten en el prólogo de la Filosofía vulgar, de Mal Lara, en el texto del Galateo español, en la obra de Timoneda, en el prólogo de Castillo Solórzano a sus Tardes entretenidas y muy especialmente en Mateo Alemán, quien centra en esta cuestión toda la "Dedicatoria" de su Guzmán. Al hacer gravitar sus narraciones sobre "lo oído, visto y leído", Timoneda, en su Alivio de caminantes, demuestra una clara conciencia del problema y avisa de que, "si en algunos [cuentos] he encubierto los nombres a quien acontecieron, ha sido por celo de honestidad y evitar contiendas"99. Ciertamente las pantanosas aguas de la "murmuración" amenazaban continuamente este discurso, centrado por definición en la narración de sucesos contemporáneos, de la misma manera que los riesgos de caer en la “predicación” amenazaban, en la orilla opuesta, a aquellas otras formas de narración atentas 98.- Desengaños amorosos, II, ed. Agustín G. de Amezúa (Madrid: Aldus, 1950), p. 10. Es cierto, no obstante, que el pasaje a que ahora me refiero es suficientemente ambiguo, pues si es verdad que María de Zayas se pronuncia por una novela que sea narración de “casos verdaderos”, su época -se deduce del uso del término “novelera”- parece identificar la “novela” con lo extraordinario y maravilloso inventado: “se dispuso de esta suerte: en primer lugar, que habían de ser las damas las que novelasen (y en esto acertó con la opinión de los hombres pues siempre tienen a las mujeres por noveleras); y en segundo, que los que refiriesen fuesen casos verdaderos”. 99.- Juan de Timoneda, “Epístola al lector”, en El sobre mesa y alivio de caminantes, ed. Pilar Cuartero y Maxime Chevalier (Madrid: Espasa-Calpe, 1989), p. 202.
49 a lo universal100. Las palabras “rezo poco, y en público; murmuro mucho, y en secreto; vame mejor con ser hipócrita que con ser pecadora declarada”, que pronuncia la bruja en el Coloquio de los perros, más allá del tipo de conducta que describen, ponen en evidencia muchas de las limitaciones de la picaresca, a las que Cervantes quiere escapar. Muchos son los que perciben el peligro, pero sólo Cervantes señala, con segura mano, la manera de vadearlo, al establecer en el mismo Coloquio una distancia clara entre "filosofía", "predicación" y "murmuración". Todo lector del texto cervantino recuerda la insistencia con la que Cipión previene a Berganza acerca del peligro que el discurso de su “historia” corre de caer en la murmuración: Por haber oído decir que un gran poeta de los antiguos que era difícil cosa el no escribir sátiras, consentiré que murmures un poco de luz y no de sangre; quiero decir que señales y no hieras ni des mate a ninguno en cosa señalada; que no es buena la murmuración, aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes agradar sin ella, te tendré por muy discreto101. Pero la murmuración no es el único escollo con el que la “historia” se encuentra. Y Cipión se ve en la necesidad en varias ocasiones de interrumpir el relato de Berganza, “que no quiero que parezcamos predicadores. Pasa adelante”102. No obstante, si Berganza con frecuencia roza la murmuración, es Cipión quien, en sus advertencias, está más próximo de la predicación. Y, así, cuando necesita justificar la pregunta a Berganza, sobre el modo que éste tenía de entrar al servicio de los diferentes amos, Cipión se desboca en una dilatada oración (“Porque según lo que se usa, con gran dificultad el día de hoy halla un hombre de bien señor a quien servir. Muy diferentes son los señores de la tierra del Señor del Cielo; aquellos, para recibir un criado, primero le espulgan el linaje, examinan la habilidad, le marcan la apostura...”), es ahora Berganza quien se ve obligado a frenarle y lo hace con estas palabras: “Todo esto es predicar, Cipión, amigo”. A lo que Cipión no tiene otro remedio que asentir: “Así me lo parece a mí, y así callo”103. Frente a la historia-murmuración y frente a la historia-predicación, los dos perros parecen estar de acuerdo en apostar por la historia-filosofía: 100.- Para la crítica de Cervantes a la predicación, en el Coloquio, véase W. Pabst, La novela corta en la teoría y en la creación literaria, op. cit., p. 221. 101.- “Coloquio de los perros”, Novelas ejemplares, ed. Avalle Arce (Madrid: Castalia, 1985), p. 251. 102.- Ibidem, p. 257. 103.- Ibidem, p. 258.
50 Cipión, hermano, así el cielo te conceda el bien que deseas -suplica Berganza, en un determinado momento de su relato-, que, sin que te enfades, me dejes ahora filosofar un poco; porque si dejase de decir las cosas que en este instante me han venido a la memoria de aquellas que entonces me ocurrieron, me parece que no sería mi historia ni cabal ni de fruto alguno104. No siempre el discurso de Berganza se ajusta a esta historia-filosofía. A veces la filosofía es sólo el “velo” tras el que se oculta la murmuración o una forma de digresión que “hace soga, por no decir cola” la historia. Pero cuando no ocurre así, Cipión no tiene otro remedio que aplaudir el relato de su compañero: “Esto sí, Berganza, quiero que pase por filosofía, porque son razones que consisten en buena verdad y en buen entendimiento”. Son esas “razones que consisten en buena verdad y en buen entendimiento” las que, frente a los contenidos de la murmuración o de la predicación, hacen la “historia cabal y de fruto”. A diferencia de lo que ocurre con Guzmán, los narradores cervantinos del Coloquio de los perros son conscientes de que siguen instalados en el mundo pecador que critican, y que, frente a él, sólo valen las acciones; nunca, las palabras y menos si estas palabras proceden de tan probados pecadores y tan poco autorizados legisladores, como son los pícaros. “Bien predica quien bien vive” y, como el autor, los dos perros renuncian a “otras tologías”. A la doctrina Cervantes responde con las “vidas” (¿Q, II, 20?) y, en la narración de éstas, refrena la tendencia a la murmuración con “razones que consisten en buena verdad y en buen entendimiento”. Todo ello conlleva un mismo rechazo de toda pretensión de valor absoluto tanto para los discursos monológicos, al servicio de unas ideas dominantes, como para los ejemplos de lo particular y circunstanciado. Su filosofía se cifra en la “duda metódica” que surge de la confrontación o del diálogo de lo particular con lo universal Al hacer depender su "narración de sucesos" mucho más del primer término (filosofía) que de los otros dos (la murmuración y la predicación), que caracterizan tan precisamente el estilo del Guzmán de Alfarache105, Cervantes está marcando un rumbo que la narrativa del siglo XVII tendrá muy presente. Los seguidores de la técnica narrativa cervantina son plenamente conscientes de lo que esta actitud implica: "el contar o el oír una historia bien dicha es poner el manjar en la boca, y el argüir después sobre ella, es el mascarla y digerirla"106. La fusión de "contar" y "argüir" constituyen, como en la vieja 104.- Ibidem, p. 266-267. 105.- Véase Yvonne Yarbro-Bejarano, The Tradition of the "novela" in Spain, from Pedro Mexía (1540) to Lope de Vega's "Novelas a Marcia Leonarda" (1621-1624) (New YorkLondon: Garland Publishing, 1991), p. 121. 106.- Antonio de Eslava, Noches de invierno (Madrid: 1942), p. 16.
51 tradición de los "exempla", tan gratos a la predicación, parte esencial de la técnica ensayada por Mateo Alemán, para escapar de los peligros de la “murmuración”. Pero Cervantes no sólo quiere evitar la "murmuración", sino que está también contra la -en palabras de Lope107- "novela sermonario" y contra los que, “guardando en esto un decoro tan ingenioso”, “en un renglón han pintado un enamorado distraído y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo oílle o leelle”108. Por eso, en su escritura, la fusión de "contar" y "argüir" se realiza de una manera muy diferente a la que el "exemplum" propicia109 y a la que parecen adscribirse el juego de ”consejos” y “consejas” del Guzmán o el juego de “escarmientos” y “ejemplos” de la Guía y aviso de forasteros. El "filosofar" de la narrativa cervantina. Se ha señalado que, a partir de 1590 aproximadamente, el Concilio de Trento y la Contrarreforma ejercieron una presión fuerte sobre la tradición de la "novella", imprimiendo sobre ella un giro didáctico y moral, que la hace evolucionar en una dirección más próxima a la ideología oficial que a los gustos del lector, de manera que lo lúdico de la narración queda subordinado, en torno a las fechas señaladas, a los conceptos de "honestidad" y ejemplaridad"110. No quiero entrar ahora en debate de esta cuestión, pero sí que señalaré que las premisas que suponen se avienen mal con lo que es, en la práctica, la narrativa cervantina. El mecanismo con el que nos encontramos en Cervantes, como demuestra la estructura narrativa de su Quijote (1605), supone la permanente confrontación de unos presupuestos o cuerpo de doctrina, que son los dominantes en su época, con unos "sucesos" o "casos", en los que la aplicación de tales presupuestos resulta problemática y ante los cuales el lector, puesto que nunca se le resuelven las disonancias que la mencionada confrontación plantea, se halla siempre obligado a decidir. Todo ello en un proceso -proceso literarioque parte de la ficción para apuntar hacia la vida, y regresar finalmente, de nuevo, a la ficción. Cervantes consigue en sus novelas un permanente canal de comunicación entre vida y literatura; convierte sus novelas en una reflexión, desde la literatura, sobre la vida. Pero, a diferencia de lo que ocurre en otras formas de ficción -como la encarnada por el Guzmánno se queda nunca en el plano de la vida, sino que extrema los 107.- Novelas a Marcia Leonarda (Madrid: Atlas, 1950), p. 128. 108.- Don Quijote de la Mancha, I, ed, Martín de Riquer (Barcelona: Planeta, 1990), p. 13. 109.- Y esto se mantiene a pesar de la evolución que en los siglos XIV y XVI conduce el “exemplum” a los límites de la facecia, vaciándolo de sus contenidos parenéticos, inclinándose decididamente por el entretenimiento y apostando por la particularidad (frente a la generalidad) de sus personajes. Cfr. Jean-Michel Laspéras, La nuovelle en Espange..., op. cit., pp. 119 y ss. 110.- Véase nota 75.
52 mecanismos de la enunciación de manera que estos obliguen al lector a regresar de nuevo a la ficción, a tomar conciencia de que no sólo la fábula es ficción, sino que también ese viaje que propicia el acto de lectura es, en sí mismo, parte de la ficción, y que, en consecuencia, habrá de ser muy prudente el lector a la hora de querer convertir en vida las conclusiones a las que la ficción le haya conducido. Al final de todo el proceso de lectura de Cervantes, el lector, como hace el licenciado Peralta en el Coloquio, debe ser consciente de que, “recreados los ojos entendimiento”, conviene “no volver más a esa disputa” la ficción pone en marcha, porque la misma es, antes que nada, producto del “artificio y de la invención”. Como ha señalado Carmen Peña Ardid, atendiendo a la inflexión que el "realista" Coloquio de los perros (considerado como marco de las Novelas ejemplares) imprime a los anteriores relatos "idealistas", “diríamos que Cervantes opta, una vez más, por una solución lúdico/artística ante los conflictos que no se resuelven fácilmente en la vida práctica y menos aún con sentencias moralizantes. El mundo (soñado) del Coloquio pone tal vez en solfa algunos valores defendidos en los relatos de las novelas anteriores, pero al tiempo que los afirma como otros tantos sueños de los que podrá gozar el lector que esté dispuesto a tomárselos en "serio"”111. A diferencia de la trascendencia que propician otros relatos picarescos, el lector que crean los relatos cervantinos, al final de cada lectura, acordando su voz con la de Berganza en el Coloquio, habrá de poder decir: "vengo a pensar y creer que todo lo que hasta aquí hemos pasado y lo que estamos pasando es sueño, y que somos perros; pero no por esto dejemos de gozar de este bien del habla que tenemos y de la excelencia tan grande de tener discurso humano todo el tiempo que pudiéramos"112. Ni “banalización escapista”113, ni murmuración, ni predicación. Las novelas cervantinas constituyen un puro juego; son una “mesa de trucos”, pero una mesa de trucos sobre la que, mediante el examen de la doctrina a través de la conciencia de las vidas de los personajes, se alumbra en el universo de la ficción esa “duda metódica” que constituye la base filosófica de la edad moderna. Desde León Hebreo el conocimiento se define como necesidad de concordancia entre las “dos caras del alma”: la del entendimiento (que discurre con universal y espiritual conocimiento) y la de los sentidos (que pone su foco de atención en lo particular de las cosas)114. Y la novela recoge perfectamente la necesidad de conjugar ambas formas del proceder de la mente. Significativamente, Juan de Piña, en el prólogo a sus Varias fortunas 111.- Art. cit., p. 99. 112.- Novelas ejemplares, ed. cit., p. 306. 113.- Cfr. Rodríguez, Evangelina, ed. Novelas amorosas de diversos ingenios del siglo XVII, op. cit., p. 25. 114.- Como recuerda, a propósito del propio Cervantes, Sampayo Rodríguez, J. R., Rasgos erasmistas de la locura del “Licenciado Vidriera” (Kassel: Reichenberger, 1986), p. 42.
53 señala, desde su propia experiencia de narrador, que uno de los principales problemas de la escritura de novelas (“que eran fábulas”) residía en resolver “cómo se debía usar de los instrumentos de razonamiento, y de qué la debía formar en lo universal...”115. Sin embargo, para Cervantes no existía tal problema. En cuanto tal "narración de sucesos", es a la novela a la que se le asigna el papel principal de ese "tratar puntos en que la jurisdicción de las reglas establecidas parecía dudosa o extraña", en que Cervantes, según afirmación de Riley, se complace. Se servirá Cervantes, por el contrario, del marco -marco casi siempre fiel a la estructura del "romance"- para dar forma las "reglas establecidas". Narración de "vidas" -o de "sucesos" concretos de una vida-, para examinar cómo, al encarnarse, funcionan las ideas que constituyen el sistema de valores de la época, es, por encima de cualquier otra consideración, la novela para Cervantes . Si los personajes de las narraciones precedentes "se dejaban ir" y se comportaban según las exigencias estéticas del género y de acuerdo con el sistema de valores que el género representaba, lo que caracteriza a los personajes cervantinos -lo apuntó Américo Castro116es su voluntarismo, su "querer ser". Y es este "querer ser" el que permanentemente les empuja a enfrentarse -”con la iglesia hemos dado, amigo Sancho”- con las "reglas establecidas", a las que el marco “arromanzado” en el que las novelas se inscriben responde. Pero todavía es necesario hacer una precisión más, para no malinterpretar el arte cervantino de la novela, en ese juego de “casos” y de “doctrina que la misma propicia: en textos como El Crótalon, dentro del marco del diálogo lucianesco entre Micilo y el gallo, podemos encontrar que, como "a nadie aplace -se nos informa en el Prólogoque en sus flaquezas le digan la verdad", se hace preciso ocultar la "doctrina" en "facecias, fábulas, novelas y donaires"; muy al contrario, Cervantes evita las conclusiones y la "doctrina" de manera sistemática y no como estrategia de la enunciación. El comentario-diálogo (a la manera que tan perfectamente ejemplifica el Coloquio), y no el comentario-sermón, es lo que da carácter al discurso narrativo cervantino117. A diferencia de lo que Mateo Alemán hace, él nos sitúa ante una pareja que narra y comenta. Elimina el narrador-predicador y hace que su narrador se se limite a plantear la confrontación y a invitar al lector a que, por sí mismo y sólo para sí mismo, saque las conclusiones oportunas; conclusiones, que tampoco tendrán una validez absoluta, sino que serán particulares, provisionales y circunstaciales. Frente al poeta satírico o al autor de vidas de pícaros, Cervantes pinta la realidad desde fuera, sin la pretensión de un discurso que agote su significado. Sus 115.- (Madrid: 1627). BNM, R/11411. 116.- A. Castro, en "Cómo veo ahora el Quijote", prólogo a su edición del Quijote (Madrid: Alianza, 1971). 117.- Cfr. E. C. Riley, “La profecía de la bruja en el Coloquio”, en Actas del I Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (Barcelona: Anthropos, 1990), p. 93.
54 personajes no están hechos, no son seres cerrados, sino que nos los presenta en su “hacerse”. Ese es el gran reproche que la obra de Mateo Alemán le merece. Cuando Ginés de Pasamonte, que está siendo conducido a galeras, informa a don Quijote de que tiene escrito el libro de su vida, éste, desde su radical concepción de la narración como “poesía” y como “imitación”, tiene curiosidad por saber si tal libro, “intitulado La vida de Ginés de Pasamonte”, está acabado. A lo que el “autor”, desde el más puro sentido común, responde: ¿Cómo puede estar acabado, si aún no está acabada mi vida? Lo que está escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última vez me han echado a galeras (Q, I, 22). Si el punto de vista de la narración determina y condiciona el punto de vista de la historia narrada, difícilmente lo que cuente un libro concebido como vida podrá considerarse definitivo; será, sólo, la interpretación provisional de unos acontecimientos, susceptible siempre de variar si cambian las circunstancias vitales desde las que la escritura echa a andar. No existen hechos; existen interpretaciones y estas dependen profundamente de las circunstancias en que se halla el sujeto de la interpretación. Cada individuo es sujeto de una lectura interesada y condicionada (por su cultura, por su credulidad...) de la realidad y, además, autor de un discurso -cuando quiere dar cuenta de tal lecturaque no siempre es fiable y que, por lo tanto, no puede tener nunca pretensiones de universalidad. En la obra de Mateo Alemán, toda la narración -y no sólo la de las "novelas" interpoladas, sino también la de cada uno de los episodios que constituyen la vida del protagonistasresponde a una estructura ejemplar, de forma que "cada experiencia de Guzmán, aunque en su vida se haya dado antes de la meditación, es concebida por el novelista como ejemplo de un concepto anterior a la historia, una especie de determinante superior, a la que su personaje no puede escapar"118. La relación "cuestión" -prefiero este término al de "concepto", por fidelidad a la retóricay "experiencia" narrada parece estar presente, de modo muy efectivo, en los experimentos narrativos de finales del siglo XVI, aunque, desde luego, el planteamiento de la mencionada relación es muy diferente en Cervantes y en Mateo Alemán, pues en aquél, en absoluto, se da el determinismo que Blanco Aguinaga119 denuncia en el Guzmán. En Cervantes no hay definiciones ni dogmas; él trabaja sólo con “conjeturas verosímiles”120. 118.- La soledad y el aislamiento social desde el que se produce la formulación del discurso autobiográfico del pícaro desemboca, necesariamente, en un texto dogmático y deformador de la realidad. Cfr. Blanco Aguinaga, Carlos, “Cervantes y la picaresca. Notas sobre dos tipos de realismo”, NRFH XI, pp. 315 y 326. 119.- Ibidem. 120.- Ibídem, p 329.
55 Además Cervantes multiplica las fórmulas, como ya hemos visto, que afirman el carácter exclusivamente literario de la realidad referida, en tanto que la novela picaresca -sobre todo en el Guzmánse desarrolla a partir de la pretensión de lograr el desengaño y el desentrañamiento de la realidad extra-literaria, oculta bajo la capa de las apariencias. Tanto Krömer como Pabst, al hacer la historia de la novela corta en la tradición occidental, son capaces de percibir la originalidad de la fórmula cervantina y la independencia que sus novelas reflejan respecto a la fórmula italiana. Pero, a la hora de explicar tal independencia, insisten -la verdad es que con razones no siempre convincentesen la deuda de la narrativa breve española, en tiempos de Cervantes, para con la tradición medieval de los "exempla"121. En la tesis que ahora defiendo, las Novelas de Cervantes son ejemplares en un sentido muy diferente al que la tradición occidental da a los materiales que, durante toda la Edad Media, se conocen como "exempla"122. Recuperando el sentido estricto con que, en Quintiliano, funciona el término "exemplum", Cervantes convierte las suyas en laboratorio para someter a prueba, en la vida que encarnan los personajes protagonistas del suceso, la funcionalidad de una determinada cuestión123. Son, en el marco que la retórica otorga al exemplum en la argumentatio, el desarrollo narrativo de una quaestio. Marcel Bataillon ha estudiado cómo era corriente introducir narraciones (folklóricas o no) en textos con pretensiones científicas, con la función de reforzar narrativamente una determinada argumentación. Eso es lo que hace el doctor Laguna atribuyéndose, como sucesos realmente vividos por él, anécdotas que tienen un bien 121.-Todos insisten en que en tiempos de Cervantes la novela pierde libertad y se hace ejemplar. Es cierto que las tradiciones retóricas y poética, las preceptivas, la petrificación de determinados "topoi" y de ciertas fórmulas, el esquema del marco narrativo..., junto con la presión de los debates sobre su dudosa moralidad de la “novella”, pudo agotar la "libertad italiana", , hasta determinar la metamorfosis del género (La novela corta en la teoría y en la creación literaria, op. cit., p. 195), pero dudo mucho que el “exemplum”, en la forma que la tradición medieval sancionó, tuviera mucho que ver en dicha metamorfosis. 122.- Con relación a la novela barroca, Jean-Michel Laspéras afirma: “Contrairement à l’exemplum, où chaque énoncé était chargé d’intentionalité et concourait à une fin interprétative univoque, les formes qui ont été citées sont théoriquement libres vis-à-vis de l’exemplarité. Mais programmer le discours narratif n’est pas programmer l’intentionalité du texte, ce qui oblige à interoger l’appareil fhétorique de la nouvelle sur les conditions qui font que des énoncés puissent participer à l’exemplarité”. Cfr. La nouvelle en Espagne..., op. cit., p. 394. No obstante, Laspéras sigue pensando que las novelas de Cervantes son ejemplares en un sentido moral: su ejemplaridad no es intrínseca al texto sino a la lectura unívoca que pueda hacer el lector. Ibídem, 182-83. 123.- También podría verse, en este sentido, una relación del procedimiento cervantino con lo que en la pedagogía de la época se conoce como "reparo". Véase, sobre el “reparo”, Laplana Gil, José Enrique. “La oratoria sagrada del seiscientos y el escritor aragonés Ambrosio Bondía” , en II Curso sobre Lengua y Literatura en Aragón (Siglos de Oro) (Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 1993), p. 101, n. 71
56 conocido origen folklórico. Así, en este mismo sentido, puede leerse la historia de Grisóstomo y Marcela como auténtico y canónico exemplum de lo defendido por don Quijote en su discurso a esos cabreros, que de acuerdo con las ideas del siglo ven en el celibato y en el matrimonio las dos únicas alternativa de la sociedad al tema amoroso. Y lo mismo ocurre con el resto de novelitas: la narración viene a poner en tela de juicio, cuando no a contestar abiertamente, núcleos ideológicos más o menos arraigados en la época, vengan estos formulados en forma de sentencias y aforismos -como Lope parece sugerir que debe hacerseo se presenten, simplemente, como parte del entramado mental de los personajes. Los sucesos, a los que atienden las "novelas" del Quijote, si sirven al "entretenimiento" de los personajes de la "historia" marco, no cabe duda de que también, y más allá del puro entretenimiento, son inseparables de toda una serie de ideas establecidas que constituyen el estado de pensamiento de la época sobre las más diversas cuestiones, especialmente de tema amoroso. Sucesos (que atienden a la "vida") y cuestiones (que, encarnadas en la ideología de los personajes, reflejan el entramado de ideas de la época) constituyen, conjuntamente, el alma de un género, la novela, cuyo origen, en la formulación cervantina, está ligado al destino del "romance" de una manera que no conviene olvidar; de una manera que Cervantes no olvida y cuya actualidad, en la práctica narrativa cervantina, el Persiles vuelve a reverdecer con la interpolación de historias "independientes", que, en palabras de Diana de Armas funcionan "as framed novelas ejemplares, exemplary both in the sense of providing templates for a reader's imput and of serving as models for future fiction"124 Por lo que se refiere a la ejemplaridad, las novelas, en la concepción cervantina, lo son (más allá de la retórica), en el sentido de que, como Lionel Trilling apunta, son aptas para actuar a modo de "eficaz agente de la imaginación moral"125. Las novelas, construidas sobre una muy moderna observación de la realidad cotidiana, serán, a la vez y a lo largo de todo el siglo, narración y tratado, aunque cada autor desarrolle más ampliamente uno u otro elemento. En la "Dedicatoria" de sus Noches de invierno (1609), Antonio de Eslava declara que su intención, al escribirlas, ha sido "aliviar la pesadumbre dellas, halagando los oídos del lector con algunas preguntas de la Filosofía Natural y moral, insertas en apacibles historias"126. Desde la perspectiva que nos ofrece esta suma de preguntas y de apacibles 124.- Diana de Armas, Allegories of love. Cervantes’s “Persiles and Sigismunda” (Princeton University Press: 1991), p. XVIII. 125.-"Su grandeza y su utilidad práctica están en su irremisible efecto de implicar al lector mismo en la vida moral, invitándole a someter a examen sus propias motivaciones". Cfr. "Las maneras, los hábitos y la novela", en La imaginación liberal (Barcelona: Edhasa, 1971), 222. 126.- (Madrid: 1942), p. 4.
57 historias, si tomamos a Cervantes como punto de referencia, creo que deben revisarse los presupuestos que, para la evolución de la "novella" a la "novela", se han venido barajando. Como Francisco Ayala ha apuntado en alguna ocasión, la revolución que Cervantes lleva a cabo, con la invención de la novela, guarda un significativo paralelismo con la que le corresponde a Descartes, en el campo de la filosofía; ambos "ponen entre paréntesis -...- todo el saber tradicional, práctico o teórico, para reconstruirlo a partir de la conciencia individual, método que podrá conducir a una revalidación de su entera fábrica (...), pero que a lo mejor pudiera también demolerla"127. Las palabras de Ayala no pueden ser más exactas, si las entendemos como descripción del espíritu de una época, que siente como propia la necesidad de poner en pie unas formas de pensamiento (y de discurso) que permitan, desde la conciencia individual, revisar la totalidad de la carga de saberes heredados. Descartes, en el terreno de la especulación y del método filosóficos, remite todos esos saberes al examen de su propia conciencia. Carga las tintas sobre el "pienso". Cervantes lo hace sobre el "existo"; o mejor, sobre el "existen” de unos personajes cuyas vidas y conciencias se ven convertidas en escenario de idéntica revisión. 127.- "El arte de novelar en Unamuno", en Las plumas del Fénix ( Madrid: Alianza, 1989), p. 424.