La vida es un soplo: Oscar Niemeyer 1907-2012
Abstract
The life and work of Oscar Niemeyer was always intimately connected to his beloved Rio de Janeiro and its sensual shapes. In the late 30’s, at the age of 29, he developed his first profesional steps in Rio where he took part of the team led by Lúcio Costa in charge of the project for the Ministry of Education and Health. Almost 50 years later, having built an extraordinary amount of projects in Brazil and abroad, he came back to Rio and got the commission for the Museum of Contemporary Art in Niterói, on the other side of the Guanabara bay. After having built the MAC he developed a series of cultural public facilities in the seafront of Niterói known as the Niemeyer Way.
Full text
En el proceso de elaboración de esta entrevista hemos pedido a los estudiantes que nos propongan una pregunta para usted. Hemos seleccionado la de la alumna Mónica Sambade: ¿Cuál debería ser, según su opinión, la actitud docente que permitiera hacer visibles de nuevo las estrategias basadas en la importancia de la historia como referente de proyecto al que acudir? ¿Proyectar es simplemente buscar y producir imágenes, o es una manera de conocer? La Historia, como se sabe, estaba excluida de la enseñanza de la Bauhaus. No había Historia. Y tampoco estaba presente en las propuestas y codificaciones del movimiento moderno. Tiene una explicación, creo que muy evidente, y es que el fin de la guerra dejó tremendos traumas a los que había que responder apartando todo el pasado. La creencia en un hombre nuevo al que acompañaban una sociedad nueva, una ciudad nueva, era contraria a la preocupación por la historia. Pero la continuidad de los hechos hizo aflorar de nuevo todo aquello que estaba latente. Tras la creencia en la tabula rasa, tiempo después, la continuidad emerge de nuevo y, por tanto, la historia reaparece en los cursos de la universidad. Es la manera de entender mejor a los hombres y a la sociedad, no tanto una clave para encontrar o reproducir soluciones hoy. Ayer escuchaba a un historiador en la televisión que afirmaba no tener previsiones para la situación tan dramática que atravesamos y pensé que, sin embargo, sí sería capaz de hablar de lo que pasó. Seguramente el futuro no sea su tema, lo sería para un adivino o para un profeta. Hay tantas cosas que cambiar que no es posible vislumbrar el futuro, pero también es cierto que esa fuerza latente de la continuidad del pasado, aunque no se traduzca en formas concretas, es un soporte casi subconsciente para nuestro trabajo. 05 EN MEMORIA Tras la creencia en la tabula rasa, tiempo después, la continuidad emerge de nuevo y, por tanto, la historia reaparece en los cursos de la universidad. La preocupación por lo social era muy fuerte en el campo de la arquitectura y la vivienda de los años 60, en Europa al menos, pero esto cambió bastante. Y la manera de afrontar estos problemas en los años 70 fue precisamente a través de la participación, el respeto de las particularidades y necesidades de los grupos sociales. Esto ya no es prácticamente un tema de debate, o solo puntualmente, cuando era motivo de referencia de las revistas de arquitectura de los años 70. Hoy oír hablar de la participación parece como hablar de arqueología. Incluso quien lo haga es seguramente considerado un pésimo arquitecto puesto que parece incorrecto abordar este tema desde la conversación directa con la gente que tiene las necesidades. Se trata de un problema político. Una pregunta que hacemos a todos nuestros entrevistados. ¿Qué haría si fuera director de la Escuela de Arquitectura de Barcelona? No aceptaría por conciencia, no por una cuestión de competencia, sino por disponibilidad. No conozco el momento de la Escuela de Barcelona hoy, pero sí otros momentos altos en el pasado. La gente de mi generación como Oriol Bohigas, Federico Correa, jugó en España un papel importantísimo en la preparación para el cambio político y hoy ese papel ha de ser distinto. En realidad pasó algo muy diferente en España y Portugal a lo largo de esos cambios. En España, el nuevo poder político utilizó a los arquitectos más capaces. En Portugal no ocurrió lo mismo, la herramienta para abordar una situación nueva en Lisboa y en Oporto no era tan consistente, o tenía otras preocupaciones, y por eso no provocó la introducción de nuevos programas. Esto solo sucedió después del 25 de abril, con los programas del SAAL. No surgieron de una preparación bien estructurada que diera respuesta a una nueva manera de hacer las cosas en el país, sino de manera mucho más espontánea. En la escuela de Oporto fue casi un accidente, porque se hallaba junto a una asociación de vecinos. En el caso de los políticos, la casualidad quiso que el secretario de estado fuera arquitecto... En España, la generación de arquitectos fue bien preparada y fue buscada. Aún hoy, todos los años por medio de un programa de becas, un estudiante español realiza un periodo de prácticas de 6 meses en el despacho. Debo decir, sin exagerar, que hasta hoy son todos buenos y algunos muy buenos. Naturalmente no son los mejores estudiantes, pero he quedado impresionado con su preparación en Barcelona y también en Valencia. Hay tantas cosas que cambiar que no es posible vislumbrar el futuro, pero también es cierto que esa fuerza latente de la continuidad del pasado, aunque no se traduzca en formas concretas, es un soporte casi subconsciente para nuestro trabajo. Afirmaba Oscar Niemeyer que André Malraux tenía un museo imaginario donde guardaba todo lo que había visto y amado en su vida. Desde su famoso estudio en Copacabana, con la mirada sobrevolando las playas y los morros cariocas a través de la ventana corrida que recorre toda la fachada, Niemeyer proyectaba cada día su propio museo particular que, como es bien sabido, se alimentaba de las formas sensuales de Rio de Janeiro. Las curvas de las mujeres, de las montañas, de las playas, de las frutas tropicales consumidas con avidez sobre los ondulantes pavimentos dibujados por su amigo y colaborador Roberto Burle Marx. Sin demasiada credibilidad, con aquella ingenuidad provocadora tan característica, el arquitecto brasileño más querido en su país defendió durante años que toda su insipiración y atracción por la curva venía exclusivamente del cuerpo de la mujer –soy un bicho como otro cualquiera, sólo pienso en eso3-, y no de la exhuberante geografía carioca como sostenía Le Corbusier. Pero quien ha estado en Rio entiende que es un lugar del que no se puede escapar, que define el carácter y, sobre todo, forja el talante. Rio es, además, el lugar donde Niemeyer dio sus primeros pasos profesionales, y es probable que el espíritu con el que emprendió aquella colaboración en el equipo liderado por Lúcio Costa marcara de forma decisiva ese talante, que conservó durante toda su larga trayectoria. A los 29 años conoció a Le Corbusier, que llegó a Rio para asesorar -e intentar hacerse conel proyecto para el Ministerio de Educación y Salud desarrollado por el equipo, observó la propuesta del maestro europeo -que difería sustancialmente de la original-, y dibujó una tercera alternativa por su cuenta. Carlos Leão, uno de los arquitectos del grupo, la vio y quiso que Costa la valorase pero, según cuenta el propio Niemeyer, él mismo la había lanzado por la ventana pensando que su iniciativa no tenía cabida. Tuvo que bajar a buscarla, mostrarla al equipo y ver como su propuesta era elegida como la solución final. Y así, tal y como estaba definido en ese croquis, se construyó el edificio que, si bien aceptaba sin complejos la lección de Le Corbusier, imprimía al mismo tiempo un carácter esencialmente carioca, leve, venciendo al espacio. A principios de los 40, Niemeyer recibió desde Belo Horizonte su primer gran encargo en solitario, de la mano del entonces alcalde de la ciudad Jucelino Kubitschek, que más tarde se convertiría en Presidente de la República y artífice del sueño de Brasilia. Tras el éxito de esa primera colaboración, el proyecto alucinante para la nueva capital fue adjudicado, sin fisuras, a Lúcio Costa y Oscar Niemeyer. En los registros en los que ambos explican su experiencia en Brasilia, la sensación es de aventura salvaje en el far west. Más allá de la apuesta política por el interior del país, dando de alguna manera la espalda al colonizador europeo y afrontando su futuro americano y su idiosincrasia brasileña, la construcción de la ciudad en tres años y medio fue un reto difícilmente alcanzable del que Niemeyer no solo salió airoso sino que hizo suyo hasta las últimas consecuencias. Aceptó la responsabilidad de construir el paisaje del Brasil moderno, que no sería otro que su arquitectura en medio de la nada donde se trazó la famosa cruz que definiría los ejes de la futura capital. Renunció con gusto a cualquier tipo de comodidad y se mezcló alegremente con los miles de operarios que trabajaban día y noche para completar la hazaña. Se resignó a los plazos cortísimos Pero la vida continúa y así vamos tirando, querido lector, mientras fingimos creer en cosas sin importancia, vestidos de arquitecto, discutiendo sobre arquitectura con una devoción que este mundo injusto seguro que no justifica. Oscar Niemeyer, Las curvas del tiempo. Memorias 2 que mediaban entre la concepción de un edificio y su inmediata ejecución y, lejos de amedrentarse, disfrutó y se creció con el ritmo vertiginoso de los trabajos. Para entonces ya era un símbolo nacional de compromiso y lucha social, un comunista declarado y activo que nunca se tomó demasiado en serio la relevancia y el beneficio económico que su prolífica producción le iba reportando. Llegó la dictadura militar en 1964, y el posterior exilio en París, y el regreso a Rio de Janeiro a principios de los 80. Aún tendría que pasar una década para que construyera el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói, al otro lado de la bahía de Guanabara: un lugar desde el que poder contemplar Rio en todo su esplendor. Cuentan que Niemeyer se reunió con el alcalde de Niterói para formalizar el encargo. Fueron a comer a una churrascaria y durante la comida el arquitecto dibujó, en una servilleta, un edificio aterrizando sobre una colina que avanzaba en el agua, con el mínimo apoyo vertical, y que surgía de aquella geografía tan familiar igual que una flor. Él mismo escogió el lugar, imaginó el edificio y, como cuando de niño dibujaba formas en el aire, dejó ir aquellos trazos que definían de forma muy precisa los rasgos y motores principales del proyecto: la contemplación plácida del entorno desde el interior, así como la voluntad manifiesta de no perturbar la naturaleza existente, que visualmente quedaría por debajo del edificio casi flotante y de la rampa, concebida como una promenade architecturale. El Pan de Azúcar, las colinas, la bahía, toda aquella geografía casi venerada con la que el MAC dialoga de forma familiar, como las voces y los instrumentos mezclándose en una bossa nova. Una vez más Niemeyer sedujo a su cliente, y al poco tiempo el alcalde le encargó una serie de equipamientos culturales municipales con el fin de revitalizar el frente de Niterói, la cara visible de la ciudad desde Rio, que se baurtizó como el Camino de Niemeyer. Algunos edificios aún no han sido construidos, pero resulta evidente que la libertad y práctica arbitrariedad del conjunto contrasta significativamente con el orden amablemente monumental de Brasilia, y al mismo tiempo ambos comparten ese placer objetual, donde cada edificio responde a su propia idiosincrasia, tal vez nacida de una intuición casi naïve del arquitecto. En alusión a su amada ciudad, Oscar Niemeyer citaba a JeanPaul Sartre cuando dijo “quién sabe si el mundo no sería mejor sin los hombres“. Soñaba con haber conocido Rio de Janeiro cuando aún era virgen, antes de ser ocupada y violada por la mano del hombre, que en general temía y despreciaba. Tal vez por eso, hasta su muerte a los 104 años, insistió en definirse como un ser humano insignificante con la única misión de atravesar la vida, que es un soplo. La arquitectura, obviamente, no le ha dado la razón. Admirando ese carácter humilde, despreocupado, cínicamente ingenuo, opuesto a la solemnidad, resulta aún más gratificante reconocer la irrepetible aportación del maestro brasileño. 1 Traducción del título del documental dirigido por Fabiano Maciel sobre la vida y obra de Oscar Niemeyer, 2007, A vida é um sopro. 2 NIEMEYER, Oscar. Les corbes del temps. Memòries. Barcelona, Col.legi d’Arquitectes de Catalunya, 1999. (Traducción de la autora) 3 Oscar Niemeyer. Un architecte engagé dans le siècle. Bélgica, Wajnbrosse Productions, 2000. Dirigido por Marc-Henri Wajnberg. Dibujo de Oscar Niemeyer. Fuente: NIEMEYER, Oscar. Les corbes del temps. Memòries. Barcelona, Col.legi d’Arquitectes de Catalunya, 1999. Cecília Obiol es arquitecta por la E.T.S.A.Barcelona, donde ha sido profesora de proyectos así como en la ETH-Zurich. La vida es un soplo Oscar Niemeyer. 1907-2012 Cecília Obiol 1 PALIMPSESTO #08 septiembre 2013