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La reflexión del lenguaje en el novecentismo: Ortega, María Zambrano y Julián Marías

Villanueva-Martín, María del Mar

Abstract

Este trabajo intenta descubrir, partiendo del conocimiento sobre lo que fue el novecentismo, las aportaciones que le hicieron y las influencias que sobre este movimiento cultural ejercieron Ortega y sus discípulos Zambrano y Marías, especialmente en el aspecto lingüístico. Las hipótesis de trabajo que lo motivaron fueron las siguientes: apreciación de la solidez del sustrato idiomático fijado por Ortega y sus discípulos en el novecentismo, el grado de liderato que ejerció Ortega en la generación del 14, si este pensador fue innovador en lo idiomático y hasta dónde y cuándo se mantuvo su pervivencia lingüística y la de sus alumnos citados. En cuanto a los objetivos del trabajo, fueron estos: a) indagar en el panorama lingüístico del novecentismo; b) fijar la auténtica significación de Ortega, Zambrano y Marías en ese movimiento; c) señalar y delimitar los aspectos del lenguaje tratado por cada uno de ellos; d) su influencia individual en lo idiomático; e) las aportaciones de Ortega en relación con los “usos sociales”, “la razón histórica”, la lengua hablada, la metáfora, la palabra y la etimología; f) las nociones de palabra, razón y corazón en Zambrano; y g) las teorías del lenguaje y del decir en Marías. De estos objetivos se han conseguido todos, al menos en lo esencial, con ampliación, incluso, a objetivos no previstos. La metodología ha consistido en selección de textos de las obras de los autores estudiados, con el comentario y análisis de contenido de dichos textos. Ha sido un método analítico, deductivo, lógico, comparativo y reiterativo, cotejando siempre lo inferido con la oportuna bibliografía sobre la ciencia lingüística.

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UNIVERSIDAD DE MÁLAGA FACU LTAD DE FIL OSOFÍA Y LETRAS Departam ento de F ilología Españ ola, Ital iana, Rom ánica, Teor ía de la Literatur a y Liter atura Com parada TESIS DOCTOR AL L A REFLEXIÓN SOBR E EL LENGU A J E EN EL NOVECEN TISMO: ORTEGA , M A R Í A Z A M BRAN O Y JULIÁN M A RÍ A S Dirección: D. Francisco Carriscon do Esquivel Program a de Doctorado regulado por e l R.D . 56/2005 María del Mar Villa nuev a Martín Málaga, 2015 AUT OR: María del Mar V illanueva Martín http://orcid.or g/0000-0001-5203-7137 EDIT A: Publicaciones y Divulgación Científica. Universidad de Málaga Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial- SinObraDerivada 4.0 Internacional: http://creativecommons.or g/licenses/by-nc-nd/4.0/legalcode Cualquier parte de esta obra se puede reproducir sin autorización pero con el reconocimiento y atribución de los autores. No se puede hacer uso comercial de la obra y no se puede alterar , transformar o hacer obras derivadas. Esta T esis Doctoral está depositada en el Repositorio Institucional de la Universidad de Málaga (RIUMA): riuma.uma.es 1 1 ÍNDICE … ……………… …………… ……………… ……………… ……………… ……………… …….1 PREFACIO ……………… … ………………… …………… …………. …………… .. ...... ........ ........ ....... 11 PRIM ERA PARTE: ESTUDIO A NALÍTICO DE L NO VECENTISM O ………… ........................... 23 CAPÍTULO 1: FIJACIÓN TEM POR AL DEL NOVEC ENTISMO Y SU S ANTECED ENTES IDEO LÓGICOS .......... 23 1.1. DEFI N I CIÓN Y CRONOL OGÍA ……… ……………… ……………… ……………… ……………… ….23 1.1. 1. Inserción en el siglo XX o vig ecentismo…… …………………… …………………… ………… ….… 2 4 1.1. 2. Las repercusion es novecentistas……… …………… ……… …………………… ………… ………….. 25 1.1.3. Aclaración……………… …………………………………………………………………… ……………. 27 1.1. 4. La gene ración del 48 o novec entismo avanza do…………………… …………………… ………… ... 2 7 1.2. LA EDA D DE PLA TA D E LAS LETRAS ESPA ÑOLA S ………… ………………… …………… …………..28 1.2. 1. Las ambig üedades cronoló gicas………… …………………… …………………… ………… ……….. 29 CAPÍTULO 2: SITUA CIÓN HIST ÓRICA - SOCIAL DUR ANTE EL N OVECENTISM O ........................................ 31 2.1. A MBI ENTA CIÓN HISTÓ RICA PARA EL NO VECENTI SMO …………… ……………… ……………… ….31 2.1.1. Problemas s ociopolítico s…………………………………………………………………… …………... 33 2.1. 2. El descon tento político-socia l……………………… ………… …………………… ………… ………... 37 2.1. 3. El persona lismo dictatorial………… ……………… …… …………………… …………… …………... 38 2.1. 4. El radicalismo y sus consecuen cias…………… …………………… …………………… ………… …. 39 2.1. 5. Otro pun t o de vista en torno a l novecentismo …………………… …………………… ………… …... 40 2.2. O RTEGA Y LA GENERA CIÓN DE 1914………………… …………… ……………… ………………... 41 2.2. 1. Las genera ciones sub si guientes…… …………………… ………… …………………… ………… …… 42 2.2. 2. Avance del criterio científico d e estudio… …………………… …………………… ………… ………. 44 2.3. LA LL E GADA DEL ESTUDIO CI ENTÍFI CO DE LA FILOLOFÍA .………… ……………… ………………...4 5 2.3. 1. La irrupción de la lingüística como ciencia universal…………………. ……………… …………… 46 2.3. 2. El quehace r lingüístico y filológ ico del no vecentismo y sus impa ctos idea lógicos-políticos..... . 47 2.3. 2.1. El momento de la primera restauració n monárq uica………… ……………… ……… ...…...4 8 2.3. 2.2. El momento del reinado de Alfonso XII I……………… …………… …………… ………...4 9 CAPÍTULO 3: RASGOS LINGÜÍ STICOS - LITERARIOS DEL NOVECENTISMO .............................................. 51 3.1. A SPECTOS LING ÜÍSTICOS DEL NOVECENTI SMO …………………………… …………… ……………5 1 3.1.1. La gramática del sigl o XIX………………………………………………………………… …………… 52 3.1. 2. El alcance d el discurso lingü ístico…………………… ………… …………………… ………… …….. 55 3.1. 3. Logros ling üísticos del novec entismo…………… ..……………… …………………… ………… …… 5 6 3.2. LA ESCUEL A LINGÜÍ STICA ESPAÑOL A Y SUS CONDI C IONES …..………… ……………… ……………57 3.2. 1. La Escuela Lingüística Espa ñola y sus aportacion es……………..………… ………… …………… 58 3.2. 2. Corrientes que in fluyeron e n la Escuela Lingüística Espa ñola……… ………..……… …………... 60 3.2. 3. Los aspecto s etimológico y léx ico de la ling üística..……………… …………………… ………… … 62 3.3. LA S TA REAS PENDI EN TES SOBRE EL NOV ECENTIS MO …….…..………… ……………… ……………5 5 3.3.1. Acepciones sobre el nov ecentis mo………………………………………………...............………….. 55 3.3. 2. Vinculac i ón d el novecentismo con tendencias y movimientos gen eraciona les…..…………..….. 56 3.3. 3. Esquematiza ción de las características d el nove centismo …………………… …..…… …………… 58 3.4. OT RAS PU NTUALI ZACION ES MÁS SOBRE L A G ENERACIÓ N DE 19 14 ….…………………………… …67 3.4. 1. Esquematiza ción de las características d e la ge neración de 1914……… …………….…… …….. 70 3.4. 2. Comparació n entre novecentismo y gene ración de 1914…… …………………… ………… ……… 72 3.4. 3. Los componen tes de la gen eración de 1 914……………….… …………………… ..…… …………... 72 2 2 3.4. 3.1. Ram ó n Pérez d e Ayala ………… ……………… ……… ………... ........ ........................ .......73 3.4. 3.2. Juan Ramón Ji m énez ……………….. .…………… ………… ……………… …………… ...73 3.4. 3.3. Eugenio D´Ors…… …………..… ……….……… …………. …………… ……… …………73 3.4. 3.4. José Ortega y Gasset ………………… …….… ……………… ….... ........ ........................ ......74 3.4. 3.5. Rafael Cansinos Assens………… ……...…… …… ………………… ………… …………... 74 3.4. 3.6. Julio Camba………… ………… ………………. …… …..………… ……………… ….……75 3.4. 3.7. Américo Castro… …………… ……....… ………… ………………… ……… …………….. .75 3.4. 3.8. Wenceslao Fernández Flórez… ………..……… …...…… ….………… ………… …………76 3.4. 3.9. Salvador de Madariaga………… ………… …….… ……………. ........ ........................ .........76 3.4. 3.10. José M oreno Villa…….. .…………….. .………………… ………… …………… ………...7 6 3.4. 3.11. Gregorio Marañón…………… …………….… ……. .………………… …………. ………77 3.4. 3.12. Ramón Basterra.. ............ ................…...… …………………… ………… ………… ……...77 3.4. 3.13. Ramón Gómez d e la Serna….... .......…… …….……….. ………………… ……… ….……77 3.4. 4. Faceta lingü ística literaria de la generació n de 1914………… …………………… ………… …… 78 3.4. 5. Estilos de leng uaje en la ép oca del novecen tismo……….…… …………………. .……… …………. 79 3.4. 5.1. El lenguaje de la clase culta……… .…………… ………… …….... ........ ........................ .......79 3.4. 5.2. El lenguaje de la lengua literaria……. .………… ………… ………… …………… ………..8 0 3.4. 5.3. El lenguaje vulgar r ústico…...………… …….…… …..………… ……………… ….………8 0 3.4.5.4. El len gu aje vulgar u rbano................. ............ ...... ........ .....……… …………………… ……...80 3.4. 5.5. El lenguaje co loquial……………… …..………… ………… ……………… ……… ………81 3.4. 6. Innovaciones id iomáticas del n ovecentismo …………………… …………………… ………. ………. 81 3.4. 6.1. Innovaciones idio m áti cas en transpo rtes y co municaciones… …....... ................ ...................82 3.4. 6.2. Innovaciones idio m áti cas en indu mentaria y moda… ……......……… …………… ………..83 3.4. 6.3. Innovaciones idio m áti cas en sociedad ……….…… …..………… ……… ………….……… 84 3.4. 6.4. Innovaciones idio m áti cas en ocio y espectáculos... ........ ................ ....……………………. ..84 3.4. 6.5. Innovaciones idio m áti cas en trabaj o……………… …..………… ………… ………………8 5 3.4. 6.6. Innovaciones idio m áti cas en política…… ….…… …..………… ……………… ….………..8 6 3.4. 6.7. Innovaciones idio m áti cas en ciencia…… ……….... ........ ...................…… ……………….. .86 3.4. 6.8. Innovaciones idio m áti cas en urbaniza ción……... ……..………… ……… …………………8 7 SEGUNDA PARTE: P RESENTACIÓN Y DESG LOSE DE TR ES PERSONAJ ES D EL NOVEC ENTISMO : JOSÉ ORTEGA Y GASSET, MARÍA Z AMB RANO Y J ULIÁN M ARÍAS ... 89 CAPÍTULO 4: PRESEN TACIÓN Y DESGLOS E DE LOS PERSON AJES AQUÍ TRATADOS : JOSÉ O RTEGA Y GASSET , MARÍA Z AMBRAN O Y JULIÁN MARÍ AS ……………………… ……………… ……………… …89 4.1. EN JUI CIA MIENTO DE LA CUESTIÓ N ………… …………… ………………… …………… …………..89 4.2. L A FIG URA Y SIGNI FICACIÓN D E O RTEGA Y G A SSET …………...……… ………………. ……….…..91 4.2. 1. La figura de Ort ega y Gass et…………………………………….…………...…………… …………… 91 4.2.2. Etapas en s u evolución ………………………………………………………...………… ……………… 92 4.2. 3. La doble p reocupación orteguia na: lo filosó fico y lo nacion al…………..… ………….………….. 94 4.2.4. Comienz os y primer a madurez………..……………………………………...…………… …………… 95 4.2. 5. Segunda eta pa de esplendo r orteguiano …………………… ..……………. ..……………… ………... 99 4.2. 6. El "uso" c omo elemento de unión entre lo filosófico, l o socia l y lo lingüístico en Ortega… .... 103 4.2. 7. Influencia y significación d e Ortega y valoración de su obra…… …………………… …….….... 104 4.3. L A FIG URA Y SIGNI FICACIÓN DE MARÍA ZA MBRANO ………….. .……………… ………. ……….…115 4.3.1. La figura de María Zambrano………...……………………………………...………………………. 115 4.3. 2. Actividad pensante y su evolució n...………..… ……..………… …………...… ………… ………….. 119 4.3. 3. Los maestros e in structores de María Zamb rano…… …..…………… …...………… ……………. 123 4.3. 4. La idea y si gnifica ción de "alma" en María Za mbrano…………… …………………… …….. .…. 129 4.3. 5. Relación de Zambrano con intelectuales y "generaciones cu lturales" d e su tiempo………….. 132 4.3. 6. Pervivencia de la obra de Zambrano y su universalizac ión………… …………………… ………. 142 4.4. L A FIG URA Y SIGNI FICACIÓN D E JULIÁ N MARÍA S …..…… ……...……… ……… ……….………. …145 4.4.1. La figura de Julián M arías………………………………………………….……………….………... 145 4.4. 2. Los tiempos d e juventud de J ulián Marías…………… ………… …………………. ………… …….. 149 4.4. 3. El sentido de la realidad en Marías…………… ………… …………………. .…………… .……….. . 151 3 3 4.4. 4. La idea de hombre en Julián Marías…………… ………… ……………….. .………… ……………. 155 4.4. 5. La idea de España y de los espa ñoles en Julián Marías………… ……..………… …... …………. 157 4.4. 6. Fijación de etapas en la trayecto ria de Ma rías………… …………………… ………… ………….. 163 4.4. 7. Distintas opin iones sobre la p ersonalidad d e Julián Marías…………… ……...... ........ .. ........ .... 166 4.4. 8. La obra de Marías y su influen cia posterior……….… …….. ……………... …………………… …. 172 4.4. 9. Permanen cia del influjo orteg uiano en Marías………………… …………………… ………… ...... 181 4.4. 10. El "uso" y la "circunstancia" en la vida de Marías……………… …………………… …….… .... 186 CAPÍTULO 5: ESTI LO LITERA RI O DE ORTEGA Y GASSE T Y SU LEGADO LINGÜÍSTICO .......................... 193 5.1. A PROXI MACIÓ N FILOLÓGICA AL PERSONAJE ……………………… ……………… ……………….1 93 5.2. EL L EGADO LI NGÜÍSTICO DE ORTEGA …………………… ………………… …………… …………197 5.2. 1. El legado lin güístico de Ortega p or su filosofía …………………… …….…………… ….…… …... 197 5.2. 2. El legado lin güístico de Ortega p or su socio logía……………… …………………… ………… …. 199 5.2. 3. El legado lin güístico de Ortega p or su socio logía del arte…………… ….………… ….………… 205 5.3. EL GÉN ERO DEL ENSAY O EN ORTEGA ……………… ……………… ……………… ……………….21 0 5.4. LA NO CIÓN DE CONCEPTO EN O RTEGA ………………….. ………… ……………… ……………….21 4 5.4. 1. La metáfora orteguiana co mo con c epto…… ……………….. ……………... …………………… …. 216 5.5. LA SIN CER I D A D COMO NORMA RETÓ RI CA ORTEG UIANA ………… …..……………… …………….2 21 5.6. LA INT ERPRETA CIÓN EN EL D ECI R DE ORTEGA ………… ……………..……… ………………… …224 5.7. EL D I ÁLOGO COMO F ORMA DE EXPRESI ÓN ORTEGUIANA ………… …..……………… ……………22 9 5.7. 1. Los género s literarios como c ategorías e stéticas en Ortega ...………… ...…………… …………. 230 5.8. O RIGI NALIDAD , COMP RENSI B ILIDA D Y CIRCUNSTA NCIALIDA D EN LOS ESCRI TOS DE ORTEGA .. …….2 31 5.9. I DEA S LINGÜÍ STICAS Y PROYECT O DE NUEVA FILOLOGÍ A EN ORTEGA … ……… …………………. ..233 5.9. 1. La semántica o semasiología en Ortega …………………………… …….…………… ….…… ….... 235 5.9.2. La fras e en Ortega.…… …………………………………………..………………………… …………. 236 5.9. 3. El empleo e invento de palab ras en Ortega …………………... ………….……… ……….………. .. 239 5.9. 4. La importan cia de la e ti mología en Ortega …………………………… …………………. ………… 245 5.9. 5. El origen etimológico de la metáfora seg ún Ortega.…… …………………… ………… …………. 247 5.9. 6. El "uso" o rteguiano como término y como aplicación………… ……...……. .………….…… …… 249 SECCI ÓN 2: BLOQU E TEMÁTI CO DOCUMENTAL ……………… …………...……….. ………… …………251 5.10. I NDI CACI ONES SOBRE CON TENI DOS Y PROCEDI MI ENTOS ………………… …………… ………….251 5.11. TEXT OS ORT EGUIA NOS …………… ……………… ……………… ……………… ………………2 60 5.11.1. Sobre la co nceptuali zación…………………………………….………….……………… .………... 260 5.11.1.1. Texto 1. La conceptu ali zación de lo abstracto……… … ……………………………………….. .260 5.11.1.2. Texto 2. El con cept o como definición de lo concreto………………………………………..… ..264 5.11.1.3. Texto 3. P ercepció n y conceptualización…………………………………………………….…..267 5.11.1.4. Texto 4. El con cept o "percepción"……………………………………………………………… .271 5.11 .2. Sobre la c aptación o apercep ción cogn itiva…………… …………………… ………… …………. 274 5.11.2.1. Texto 5. El enlace cognitivo………………………………………… ……………………..……27 4 5.11.2.2. Texto 6. La vida del lenguaje…………………..………………… ……………………...………279 5.11.2.3. Texto 7. Posesión por la palabra…………………………… ……………………………………28 2 5.11.2.4. Texto 8. La apercepción………………………………………………… ……………………….287 5.11 .3. Sobre el co ncepto y la realidad percibida …………………...… ……….………… …….……….. . 289 4 4 5.11.3.1. Texto 9. El conocimiento…………………………… …………………………………………...289 5.11.3.2. Texto 10. Con cepto y realidad………………………………………………………………….. .293 5.11.3.3. Texto 11. El concepto, base del con ocer……………..…………………………………………..296 5.11.3.4. Texto 12. La abstracción como ordenación c onceptual……….......……………………………..300 5.11.3.5. Texto 13. La idea y la abstracción psicológica……………………………………… …………..303 5.11.4. Sobre la p alabra.………………………………….…………………………………………………... 307 5.11.4.1. Texto 14. Las palabras………………….……………………………… ………………………..307 5.11.4.2. Texto 15. La noción d e palabra…………………………………………… ……………………..310 5.11.4.3. Texto 16. El concepto de "palabra"………………………………… ……………………………314 5.11.5. Sobre el ha bla..………………………………………..………………………………………………. 318 5.11.5.1. Texto 17. El habla……………………………………………………… ………………………..318 5.11.5.2. Texto 18. Palabra y habla………………………………… ……………………………………...322 5.11.5.3. Texto 19. Fraseismo………………………………… …………………………………………...327 5.11.5.4. Texto 20. Fraseolo gía… …………………………………..... ................................... ..........……...331 5.11.5.5. Texto 21. Bueno y mal hab lar….………………………………………………………………...335 5.11.5.6. Texto 22. La función p e nsante del habla……………………………………………………….. .339 5.11.5.7. Texto 23. Habla y sociedad…… …………………………………………………………………343 5.11.6. Sobre el l enguaje…… ….……………………………….………………...……..………….………… 347 5.11.6.1. Texto 24. Nacimiento de un a lengua……………………………………………………………..347 5.11.6.2. Texto 25. El "decir" y el origen d el lenguaje…………………………………………………… .352 5.11.6.3. Texto 26. Lengua y habla..... ..........……………………………………………………………....35 6 5.11.6.4. Texto 27. Hablar es palabras y gestos………………..…………………………….. ....................361 5.11.6.5. Texto 28. Fonemas y gestos………………………. .…………………………..……..………….365 5.11.6.6. Texto 29. Lenguaje y pensamie nto………… ……………………………………………………37 0 5.11.6.7. Texto 30. Lenguaje científico…………..………..………………………………………………3 74 5.11.6.8. Texto 31. Origen y generación del lenguaje………..……………………………………………3 78 5.11.6.9. Texto 32. Lengua materna…….……………… …………………………………………………38 2 5.11.6.10. Texto 33. E l decir de la gente…………………………………………………………… ……..386 5.11.7. Sobre eti mología y "uso"….………………….……………….…………………………… ………... 389 5.11.7.1. Texto 34. Etimología de las palabras……………………………………. .……..……………….389 5.11.7.2. Texto 35. Estilo filosófico.... ......... ............................…………………………………………….3 93 5.11.7.3. Texto 36. El "uso "…… ………………………………..………………. ………………………...398 5.11.7.4. Texto 37. El "uso " com o me canismo de la colectividad… ………………………………………40 2 5.11.7.5. Texto 38. Los "usos" como elementos coactivos……………… …….…………………………..4 05 5.11.7.6. Texto 39. El sent ido im perativo de los "usos"………………………………………………….. .409 5.11.7.7. Texto 40. Metáfora o el sentido verdadero…………… ….……………………………………...412 5.11.7.8. Texto 41. Lenguaje y sociedad………………………………. …………………………………..416 5.11.7.9. Texto 42. Los usos "v estir" y " estado "……..……………………..……………………………. ..420 5.11.7.10. Texto 43. Los u s os: el saludo……….… … ...…………………………………………………... 423 5.11.7.11 Texto 44. Los uso s y la lengua…………….…………………………… ………..……………...427 5.11.7.12. Texto 45. Los u s os y las costumbres…….………………………………………….… ………..430 5.11.7.13. Texto 46. Uso s decadentes……….…………………………………… ……………..……….... 433 5.11 .8. Sobre etimolo gías, vigencia s y opin iones….………….. ……..………… ……………… …………. 436 5.11.8.1. Texto 47. Etimología………………………………… ……………………..................................436 5.11.8.2. Texto 48. Estilo filosófico-etimológico…………………………………… …………………….439 5.11.8.3. Texto 49. Etimologías como explicación del sign if icado de las palabras………………………..443 5.11.8.4. Texto 50. Etimología y realidad h istórica………………………………………………………..4 48 5.11.8.5. Texto 51. Tópicos, vige ncias, opiniones y decires………………………………… …….………451 5.11.8.6. Texto 52. Vigencias, opiniones rein antes……………….……………………………………….455 5.11.8.7. Texto 53. Opiniones públ icas y particulares.………………………… ………………………….459 5.11 .9. Sobre la m etáfora y e l s entido de las p alabras..……………... ………….……. .……….……… ... 462 5.11.9.1. Texto 54. La metáfora................................…………….……………………………………… ...462 5.11.9.2. Texto 55. Origen de la metáfora....... ......……………… ………………………………………... 466 5.11.9.3. Texto 56. El rap s oda.......................................………………………….………………………. .469 5.11.9.4. Texto 57. V er dad y comunicación hablada……………………………………………………… 473 5.11.9.5. Texto 58. La metáfora y su u s o……………..……… …… ………………………………………4 76 5.11.8.6. Texto 59. Las palabras y su sentido……………………………………………………………...479 5.11.8.7. Texto 60. Origen del español… ……… .…………………………………………………………48 3 5 5 CAPÍTULO 6: ESTI LO LITERA RI O DE MARÍA ZA MBRANO Y SU APOR TACIÓN LINGÜÍSTICA ................. 487 SECCI ÓN 1: BLOQU E TEMÁTI CO I NF ORMATIV O ……………… ………………… …………… ………….487 6.1. A PROXI MACIÓ N FILOLÓGICA AL PERSONAJE ………………………..… ……………… …………...48 7 6.1.1. La palabra y la vida… ……………………………….……………….…………………… …………... 489 6.1.2. La metáfora en Zambra no………………………………………..………………………… …………. 490 6.2. L O META FÍ S I C O Y RELI GIOSO EN ZA MBRAN O …………… ………………… …………… …………495 6.2. 1. Rasgos esen ciales del pensa miento d e Zambrano… …………………….……… ………. ………… 498 6.2. 2. Bases filosóficas- literarias de l pensamien to de Zambra no………… …………………. .………… 501 6.2. 3. La comp lejidad significativa d e la palabra p ara Zambrano ...…..…….… …………….…… …... 502 6.2. 4. Deseos de co nciliar la poesía co n la filoso fía………………………… …………………. ………… 503 6.2. 5. El conflicto temático entre la pa labra poética y la palabra filosófica………… …..…………… . 505 6.3. LA HERMEN ÉUTI C A DE LO S TEXTO S ZAMBRANIA NOS ……………… ……………… ………………50 7 6.3. 1. La orienta ción órfica del filosofa r zambrania no..……………… ……….………… …….… ……… 510 6.3. 2. Reflexión y ensoñación en Zam brano… …………………… …………………… ………… ………... 512 6.3. 3. Orientación e inspiración e n su sistema d iscursivo……………… …………………… ………… ...514 6.3. 3.1. La componente teosó fica del d iscurso zambrania no………… …...... ............ ......................5 14 6.3. 3.2. El arte en la inspiració n za m braniana …………… ….…….. ....…………… ………………5 17 6.3. 3.3. La síntesis religiosa -poética en la " razó n poética" de María Zam brano… ….…….... …….5 21 6.3.4. El est ilo de María Zamb rano………………………..………………………………………………… 523 6.3. 4.1. Paralelis m o y discrep ancia entre "r azón vital" o rteguiana y "r azón poética" zam braniana.52 5 6.4. EL PERSON ALI SMO I NTI MIS TA DE LA CONFESI ÓN EN MARÍA ZAMBRANO …………. . ………………5 26 6.4. 1. La insepa rable componente po ética en los texto s de Zambran o……….…… ………….……… ... 529 6.4. 2. Influencias g eneracionales e intelec tuales qu e actua ron sobre Zamb rano...………… .……….. 531 6.4. 3. Pluralidad o multiplicidad d e la "razón poé tica" zambrania na………… ………..……… ……… 533 6.4. 3.1. La razón d el corazón………… ……………… ………… ………... ........ ........................ .....534 6.4. 3.2. La razón d el rencor…………… ……………… …….… …......…………… ……… ………535 6.4. 3.3. La razón d e la poesía o liter aria…………… ………………… ………..… ….…….. ..…….5 36 6.4. 3.4. La razón mediador a….. .…………………… ………. ……...... …………………… ………53 6 6.4. 3.5. La razón p oética-dramática…..……… ………… …………… ………..… ….…….. ..…….5 37 6.4. 3.6. La razón integrado ra…………..… ………… ...……… ……………….. …….…….. ..……. 538 6.4. 3.7. La razón lírica y filosó fica..…..……… …………… ………… ………..…… .……... .…….539 6.4. 4. El factor h ipnológico en los escritos za mbranian os. El " sueño"……… …………..…… ……….. 542 6.4. 4.1. El "yo" d el sueño como entidad personal…... ………………….. ........ ............ ....................54 3 6.4. 4.2. La imagen mediado ra" o j ustif icación de la s cosas po r lo que son, y no p or sus apariencia s....……......……………………………................. ............... ...... ...... ............ ...... ............. 544 6.4. 5. Presencia d e la mitología clásica en la ra zón poética zamb raniana ……………..… ………...… 546 6.4. 5.1. La épica homérica co mo fuente de inspiración …...…………. …..... ............ .......................547 6.4.5.2. El m ito de A polo....……………………………........................ ...... ............ ...... .......... ........ 549 6.4.5.3. El m ito de Dion isos ........………………………........................ ............ ...... ............ .... ........ 550 6.4. 6. El lenguaje místico-filosófico d e María Za mbrano y sus posib ilidades……… ………….……. .. 552 6.4. 6.1. La especial signi ficación de las palabras en los textos za m brania nos…........ ........ .... ...... ....556 6.4.6.2. La h uel la de lo vi tal en el m étodo zambrani ano…................... ...... ............ ...... .......... ......... .557 6.5. LA INT ERPRETA CIÓN DEL " CORPUS ZA MBRANI ANO "…… ………………… …………… ….………558 6.5. 1. El intento de rescatar realida des del pasad o en la propuesta de Zamb rano.……….…..……… 560 6.5. 2. El tono persua sivo de Zambra no en pro del cambio hacia otras conc e pcion es vitales……….. 561 6.5. 3. Las razones p ara buscar el sentido unitario de las cosas……… ……..………… ………… …….. 563 6.5. 4. El simbolismo en el lengua je de Zambran o……….……………… .…………..… ………… ……… 566 6.5. 5. La búsqued a de un orden n uevo basado en los sentimiento s que insp iran los "dictámen es del corazón"………………………………………………………………………………….....…………………… 568 6.5. 6. La palabra como única compa ñía, en su sentido poético y primigenio… .....………………… … 569 6.5. 6.1. El concepto com o co m pañero de la p alabra……………… ………... …........ ................ .........570 6.5. 7. La utilización del recurso epistola r por Zamb rano……………… ……..…... ..……………… …… 572 6 6 SECCI ÓN 2: BLOQU E TEMÁTI CO DOCUMENTAL … …………… …………...… ……………… ……….…573 6.6. I NDI CACIONES SO BRE CONT ENIDOS Y PROCEDIMI ENTOS ………………………… ………………. ..573 6.7. TEXT OS ZAMBRANI ANO S ………… ……………… ……………… ……………… ………………...5 78 6. 7.1. Sobre l a metáfora…… ………………….……………………….………….……………… .……….... 578 6.7.1.1. Texto 1. La metáfora com o revelación… ……………………..……………………….. … ………578 6.7.1.2. Texto 2. Las dos metáforas……………………………… …………………………….…………. 581 6.7.1.3. Texto 3. Metáfora del corazón……………………………………… ….………….……..……….585 6.7.1.4. Texto 4. La razón del corazón………….…… …………………………..………………………...589 6.7.1.5. Texto 5. Metáfora y mito…..……….… …………………..………………………..……………..5 92 6.7.1.6. Texto 6. Cualidades del corazón…………… …………………………………….……………….596 6.7.2. Sobre el lenguaje……………………………….………………………………………………………. 599 6.7.2.1. Texto 7. Lenguajes poético y filosófico…………………….. ……………………….…..……….599 6.7.2.2. Texto 8. Significación d e la razón poética…………………………………………… ….………..603 6.7.2.3. Texto 9. Lenguaje sagrado y poesía……………………………………………… ...……..………605 6.7.2.4. Texto 10. Lenguaje épico y poético…………..…………………………..…………… ………….609 6.7.2.5. Texto 11. La poesía líri ca …………….…………………..………………………..………………6 11 6.7.3. Sobre l a palabra…………..……………………………………...………….……………….……….... 614 6.7.3.1. Texto 12. La palabra en sueño s………………………………..………………………..…………614 6.7.3.2. Texto 13. La palabra………………….. ……..……………………………………….…………...61 8 6.7.3.3. Texto 14. La democracia………………………………………………….…… …….……..……..622 6.7.3.4. Texto 15. La tiniebla de la palabra……..….…… ..…………………………..……………………62 5 6.7.3.5. Texto 16. Reflexión sob r e el destino …………………………..………………………..…………629 6.7.3.6. Texto 17. Antes de que se pro firiese n las palabras…………………………………….…………. 633 6.7.3.7. Texto 18. La palabra del bo sque…..……………………..………………………..………………6 36 6.7.3.8. Texto 19. La palabra perdida…………… ……………………………………………….……….. 640 6.7.3.9. Texto 20. La palabra que se guarda…………………………………….... ………….……..……..643 6.7.3.10. Texto 21. Lo escrito…………………………………………………………. .………………….647 6.7.3.11. Texto 22. Só lo la palabra……………………..……………………………….… ……..……..…651 6.7.3.12. Texto 23. La palabra inicial……………………………………………………… …….………..654 6.7.3.13. Texto 24. La ocultación : el nombrar…………………….………… …………………………….658 6.7.4. Sobre l enguajes es peciales…….………………….…………………………………………………... 662 6.7.4.1. Texto 25. Lenguaje no ve rbal……………………..……………………………………………….6 62 6.7.4.2. Texto 26. El hab la a ntigua y la actual………………..……………………………….…… ……...665 6.7.4.3. Texto 27. El lenguaje d e l a masa…………………………..…………. ……….……..…………...669 6.7.4.4. Texto 28. S ignos y semillas…………………….……………………………. .…………………..673 6.7.4.5. Texto 29. Lenguaje no ha blado: balbuceo……………………..……………………….. ………...676 6.7.4.6. Texto 30. El lenguaje y la palab ra……………….…………………………………….…………..679 6.7.4.7. Texto 31. Carácter histó ri co de las lenguas….………………..………………………..… … ……683 6.7.4.8. Texto 32. La raya de la escritura………………… …………………………………….…………6 86 6.7. 5. Sobre la pa labra, el habla y el lenguaje…… …………………… …………………… ………… …... 690 6.7.3.1. Texto 33. La palabra auroral…………………………… ……..………………………..…………69 0 6.7.3.2. Texto 34. Las logomanía………….………… ……………………………………….……………6 93 6.7.3.3. Texto 35. El valor lingüístico de la confesión…………………………….………….…… ..……..697 6.7.3.4. Texto 36. La me tá fora……………...……………………………………..………………………. 701 6.7.3.5. Texto 37. Lenguajes hablado y escrito…………………………………………………. .………...704 6.7.3.6. Texto 38. La escritura…………………………………………… …………………….………….707 6.7.3.7. Texto 39. La inefabilidad……………………..………… …………………..…………..………...711 6.7.3.8. Texto 40. Habla poética y hab la f ilosófica……………………………………………….… ……..715 6.7.3.9. Texto 41. P alabra primigenia………………………………………. ………….……..…………...719 6.7.3.10. Texto 42. Palabra n acie nte……………………………………………..… ……………………...722 CAPÍTULO 7: ESTI LO LITERA RI O DE JULIÁN MARÍ AS Y SU AP ORTACIÓN A LA LINGÜÍSTICA ……… . . 725 SECCI ÓN 1: BLOQU E TEMÁTI CO I NF ORMATIV O ……………… ………………… …………… ……………7 25 7.1. LA OBRA DE JULI ÁN MA RÍAS Y SUS T EMAS ……..……… ………………… …………… …………..725 13 1 1ª) Es evidente que el lenguaje de l a len gua es pañola alcanzó unas elevadas cotas de calidad y maest ría durante l a época del novecentismo, gracias al prestig io de sus escritores y filólogos, mas ¿en qu é medid a contribu y eron a ello Ortega y Gasset y la escuela de sus discípulos, especia lmente María Za mbrano y Julián Marías? 2ª) Inde pendientemente de que a Ortega s e le con sidere como al l íder y fu ndador de l a g eneración del catorce ( 1914), ¿ hasta q ué punt o fue el pa trocinador de l as corriente s idiomáticas de su época ? 3ª) Teniendo en cuenta las novedades aportadas al idioma español por Orte g a (metáfora, us o, etimolog ía…), ¿puede ser tenido como un auténtico renova dor e innovador del lenguaje ? 4ª) No cabe duda de que, merced a su actividad doce nte universitaria, Ortega congregó en t orno a sí una nut rida escuela de seguidores, entre los que destaca n J ulián Marías y María Zambrano, lo que induce a preg untarse ¿hasta dónde y hasta cuándo alcanzó la sombra de s u influenc ia y en qué proporción lo gr ó qu e arraiga sen sus crea tividades lingüísticas? Todas estas hipotéticas interrogantes, que casi podr ían reducirse a una sola (la del sustrato idiomático fijado por Orteg a y s us discípulos, en el lenguaje durante el periodo novecentista y m as allá de él) son las que se formulan como hipótesis que sirva de punt o de partida para la acometida del trabajo investigador que aho ra se propone y con el que se consiga esc larecer tax ativamente las incertidumbres que se m enciona n, sin 14 1 menoscabo a otros posibl es descubrimi entos afines que, en el d ecurso de la exploración, pudieran ir dá ndose a conocer. La hipótesis, en suma, viene a s er el indic ativo de que aún quedan p arcelas por estudiar, en un sentido científico y ri g uroso, d e la materia sobre la que se hable, siendo susceptible, por ello, de ser transf ormada tal hipót esis en tesis o ce rtidumbre. 3. OBJETIVOS Es lógico, po r no decir f undamental, que todo t rabajo de investi ga ción, se a del t ipo que fuere , se haga por unos m otivos o deseos de conocer algo que aún no se sabe o que está por descubrir, consti tuyendo tales motivos los “o bjetivos” primordiales que im pulsan a realizar la actividad investigadora que se intente verificar. En el pr esente caso, al tratarse de unos contenidos sobre el lenguaje, los objetivos marcados son de carácter netamente lingüísticos, aunque también muestren sus derivac iones temátic as en relación con otras materias ad y acentes en afinidad con lo tratado, dado que, el estudio de un objeto determinado, exige que se efec túe considerando el entorno que lo rodea y con el que se relac iona. Concr etando más sobre el caso del pr esente estu dio, ha y que decir que sus objetivos se dirigen a l as incidencias lingüísticas de tres grandes fig uras de la cultura española a comienzos del siglo XX, que son Ortega y Gasset, María Zambrano y Jul ián Marías, en el m ovimiento lingüístico cultural del novecentismo e, incluso, con posterioridad al mismo. 15 1 Por ese motivo, los objetivos fijados par a este tr abajo pueden i rse enumerando de la siguie nte manera: 1º) Conocer a travé s de fuentes fidedignas y p or contrastación de criterios y aportacione s el p anorama l ingüístico y filológico del novecentismo, contemplándolo desde el oportuno sustrato cultural, social e histórico de tal época. 2º) Descubrir la si gnificación auténtica que Orte ga, Zambrano y M arías tuvieron en el tiempo novecentista, con sus corre spondientes aporta ciones, especialmente la lingüística. 3º) Indagar en l a parcela afín con el lenguaje que Ortega, Z ambrano y Marías cultivaron en especial y l a importancia e innovación que cada una de ellas t uvo para la lingüística y la cultura de entonce s. 4º) Excavar en los fundamentos, así como las distintas i nfluenc ias que Ortega; Za mbrano y Marías tuvieron en la elaboración de sus respec tivas vi siones, teorías y opiniones en torno al lenguaje. 5º) Anotar la s ignif icación prioritaria que, como profesor, O rtega tuvo para sus alumnos Zambrano y M arías, igual qu e las enseñ anzas que éstos recibieron y aplica ron de su maestro en ma teria l ingüística . 6º) Dar a conocer el sentido social de la leng ua efectuado por Ort ega part iendo del estudio que hizo de los “usos” sociales. 16 1 7º) Mostrar la indagació n ve rificada por O rtega sobre el verdadero y aut éntico significa do d e las palabras a partir de sus etimologías o valor es originarios que tuvieron las mismas. 8º) I ncidir en el interés d enotado por Orte ga acerca de la m etáfora, como palabra inferida a partir de otra basándose en la abstr acción de similitudes establecidas entre ambas, hacie ndo igual co n la etimología y su derivada la “razón histórica”. 9º) Apuntar la g ra n importa ncia que p ara Orte ga tiene el lengua je habl ado, en relación c on el escrito, por se r expresión del vit alismo de quienes lo pr actican y una muestra patente de l as di námicas d emudatoria e i ndividualista a que todo lenguaje está siempre sometido. 10º) Decir l a acepción que Ortega a las nociones de “conc epto” y “palabra”, de acuer do con el conocimiento vivido s obre la realidad. 11º) Explicar el sentido de “re velación” que Zambrano atribu y e a la metáfora. 12º) I ncidir en la “metáfora del corazón” (o de las “entrañas”) ideada por Za mbrano como símbolo de significados puros y dictaminados por el sentimiento. 13º) Hablar d e la dimensión “sagrada” que concede Zambrano al len gua je como portador de la “Palabra” que encierra y transmite la verdad. 17 1 14º) Puntualizar qué es la palabra primigenia en el complejo de los distintos lenguajes que ha n ex istido, de a cuerdo con la visión de Zambrano al respecto. 15º) Aludir al lenguaje y la palabra como cosas di stintas y hasta contrapu estas, en opinión de Zambra no. 16º) Citar el lenguaje poético y l a especial importancia que posee para Za mbrano. 17º) Vicular el habla y la “teoría de l decir” según M arías. 18º) Tratar del habla, lenguaje y socied ad en sus relaciones mut uas, d e ac uerdo con Marías. 19º) Razonar que es la “t eoría de l lenguaje” para Julián Marías. 20º) Ex plicar lo de las “modas lingüísticas” y el deterioro a ctual del espa ñol, en la versión de Marías. 21º) Diferenciar: conceptualización, palabra y significado, a decir de Marías. 22º) Señalizar conceptos e ideas comunes y discrepantes que aparezcan e n los tres autores consultados. 18 1 Todos estos objetivos se han de complementar c on otros intentos más, a modo de aportes subsi diarios, a unque también puede da rse el caso de la confluencia de varios de estos objetivos en uno solo, por similitud de finalidades, lo que puede reducir el número de los mismos. De todos modos, la tot alidad de la pretensión perseguida, compone un espec tro de contenidos bastante am plio, lo que implica la necesidad d e sintetizar m áximamente, dentro de lo posi ble, tanto el material de estudio recopilado como las consideraciones que de él se puedan inf erir. El ries go de que, ante el acopio d e lo constatado, quede algo fuera de l a apreciación que se siga, es m uy pl ausible, si bien el esfuerzo integrador que se persigue, p ermite confiar en que todo lo esen cial y di gno de consideración ha de tener cabid a en el trabajo cu y os objetivos quedan, con lo dicho planteados. 4. METODOLO GÍA En lo concerniente a la metodología, ha y que decir que ha tenido como eje central e l manejo y utilizac ión de las fuentes de información, que han sido de dos clases: los tex tos de las obras escritas por l os autores estudiados y los libros y do cumentos temáticos de di stintos tratadistas empleados com o referentes autorizados sobre los temas que s e ha y an de to car . En lo que respecta a la primera clas e de fuentes utiliz adas, se especificará que inclu y e l a obr a completa de los autores que se menci onan, siempre empleando la edición más solvente y repitiendo, en ciertos casos, la lectura de un mismo te xto en disti nta s e diciones que de é l hubiese , e n la búsqueda de la mejor fiabilidad y calidad. En cuanto a la documentación t emática , se han manejado desde las obras de prestigiosos l ingüistas y filólogos hasta manuales de uso frec uente que pudiesen contener algún interés para lo consultado, sin desdeñar el “librito curioso” que 19 1 pudiese venir en ayuda de algún pasaje de lo que s e comentara. Un proc edimiento muy empleado, además, ha s ido el del cotejo d e las fuentes consultadas, p ara inferir, por comparación, la ex actitud de lo buscado, desechando lo que no interesase. Otro procedimiento practicado ha sido el reitera tivo, que se ha tenido en cuenta tanto en el hecho de rep etir varias veces l a lectura de un text o como en incidir en distint as ocasiones en un mi smo asunto. También se ha ej erc ido la reite rac ión en e l caso de l os textos documentales, para deja r probado con ello el interés puesto por los autores estudiados en algunos d eterminados asuntos del lenguaje. Otro aspe cto metodológico muy t enido en cuenta ha sido el de la semántica o estudio mi nucioso del significado de las palabras, tanto de las aplicada s en la escritura del documento investigador realizado como de las que dejan escritas los autores anali zados, y a las que muc has veces les conceden unos significados particulares o, en otros m omentos, unos sentidos en función del contexto que estuvier an escribiendo. Pa ra un mejor entendimiento, asi mismo, se ha procura do tener en consider ación e l peculiar e stilo de expresión de cada uno de esos autores, a fin de poder interpretar mejor su mensaje. Otro procedimi ento metodológico seguido es el d el recha z o de lo dudoso, lo impreciso y lo poco fiable. E n cua nto a la forma de ex presión, el método aplic ado, es e l literal o narrativo pero de maner a razonada, evitando la retórica innecesaria y razonando todo cu anto se dice, con un criterio objetivo y avalando los ar g umentos esgrimidos con las op ortunas citas bibliográf icas que proceda en cada caso. Ha y qu e hacer constar, en tal sentido, que el aparato crítico, tan imprescindible en cualquier tr aba jo de investigación que se pr ecie de ser serio, en el caso p resente se ha aplicado en la medid a precisa, si bien, por evitar el abuso exhaustivo de l as citas a pie 20 2 de pág ina, se ha ido interc alando en el texto, con las referencias a las autoridades en la materia que se haya n tenido que verificar en cada ocasión. Como últim as consideraciones metodoló gica s, puede apuntarse que, a más de l o dicho, la metodolog ía empleada ha sido, a manera de part es de un mismo proceso, triple: exposi tiva, porque se basa en la manife stación de unos tex tos dotados de unos ciertos contenidos; comentada, porque su dinámica reside en la sagaz int erpr etación de esos textos, y ; deductiva, porque se trata de extraer de esos textos la informa ción en forma de conclusiones, que se pretende obtener, sobre todo en materia lingüística. Sobre las fuentes de tr abajo, se tendrán en cuenta tanto la tipología co mo el ámbito de las m ismas. Por la tipolo gía se acudirá a las fuente s m a y ormente impresas, debido a las fechas de p roducción de di chas fuent es, inclu y éndose en ellas las obr as de Ortega y las de sus seguidores Z ambrano y Ma rías, aparte de todos los de más t extos temáticos que se empleen como m ater ial compro batorio y asesor de criterios y consulta informativa, siempre orie ntado m ay ormente a la temática lingüística y filológica. Por el ámbito, se ha d e ten er en cuenta que l as fuentes pueden proc eder así de bibliotecas como de archivos, localizables en mu y diversos puntos, tanto de ámbito nacional como de otros países. Por supuesto, que se han v alorado y cot ejado ad ecua dam ente todas las fuentes utiliz adas para c alibrar el valor e importancia d e cada una de ellas, dentro d el ámbito de trabajo propuesto. 21 2 5. PLAN DE L A OBR A Tras el si guiente prefacio, se inclu yen dos partes, que son las si guientes: 1ª, estudio analítico del novec entismo centra da en la reflexión sobre el lenguaje, y que incluye la fijación temporal, la situación histórica-social, y l os rasgos li ng üísticos-lit era rios del novecentismo, y; 2ª, el análisis de la p roducc ión orteguiana, d e Zambra no y de M arías, en la que se procede a: la presentación de los personajes tr atados (vid a, profesión y face ta lingüística), la exposición del legado lingüís tico de José Ortega y Gasset, la exposición del legado lingüístico de Mar ía Za mbrano, la exposición del l eg ado lingüístico de J ulián Marías, y la indic ación de an alog ías y diferencias en sus formas de lenguaje y e n las apreciaciones lingüísticas de est os tres pe rsonajes, así como de sus aportacione s correspondientes al terreno de la lingüísti ca. Con esto como precedente, se puede decir, de una forma y a m ás detallada, que el plan de t rabajo i mplica la señalización de cuatro apa rtados, que son los si g uientes: 1º, estudio del novec entismo en sus a spectos g enerales y mu y especialmente lingüísticos; 2º, estudio de Ortega y Gasset como miembro de ese movimi ento, con las divergenc ias y afinidades que mantiene con é l; 3º, estudio de los discípulos de Ortega, principalmente María Zambrano y J ulián Marías, advirtiendo las difere ncias y concomitancias con su m aestro; 4º, señalar a m odo de conclusión las aportac iones de estos personajes a la lin güística. A estos cuatro apa rtados le siguen las conc lusiones pertinentes rematándose el trabajo con la opor tuna relación bibliográfica utiliz ada. 22 2 29 valoración de épocas se hace en función no de méritos, sino de jui cios socio-políti cos (Abad 1986: 19-20). De cualquier m odo, aunque co y unturas momentáneas minusvalorasen la significación liter aria de esa época reciente d e l a l iteratura española, nadie, ni dentro ni f uera de España, puede pon er en duda la enorme creativi dad ni la gran calidad de los escri tores de la Edad de Plata, aparte de que el enjuiciamiento histórico-literario de dic ha Edad de Plata todavía no ha terminado de hacers e. Lo que sí ha qu edado claro es la fijación temporal del novecentismo, tanto en su acepción dilatada como en la restringida, así como la diferencia conceptual que mantiene con respecto al Novecientos, ente ndido éste como el conjunto total de a ños corre spondientes al siglo XX, es decir, desde 1901 hasta el año 2000 inclusive. 1.2.1. LAS AMBI GÜED ADES C RONO LÓGICA S Aclara ndo, no obstant e, algo más sobre los lí mites cronológ icos que se v an a manejar en este estudio, ha y que punt ualizar que esos lí mites quedan comprendidos entre los años 1914, que es la fecha oficial del surgimiento de la generación l iteraria que impulsó al novecentismo, y 1936, que es el año que, marca el rupturism o de es e proceso lingüístico, o sea, de un a m anera aproximada, y a que en estos casos las cronologías rígidas no t ienen cabal aplicación, el primer t ercio del siglo XX, sie mpre con la salvedad, como se ha insi nuado con anterior idad, de que las incursiones por fechas tempranas o m ás tardías a las ex presadas serán una constante tan frecuente como lógica en el ámbito de la presente investigac ión, pa ra la que, por ello, además d e esa fijación temporal re stringida que se ha señalado, habrá q ue delimitar ot ra cronología amplia o 30 extensa, que va de 1861 a 1965 y que inclu ye las siete ge neraciones históricas e intelectuales anteriormente mencionada s. 31 CAPÍTULO 2: SITUA CIÓN H ISTÓRIC O - SOCIA L DU RANT E EL NOVEC ENTISMO Antes de entrar en el estudio de aspectos li ng üíst icos concretos y de los escritores que centran este trab ajo, es p reciso ha ce r un inciso, mu y oportuno y conveniente, con este capítulo, para explicar, e n lo esencial, la situación hist órica de l pe riodo t emporal que abarca este trabajo, y a que esa situación hist órica condiciona b astante la vida en ese tiempo e influ y e poderosamente en los escritores de tal época, así como en las temáticas que aparecen en sus escritos. Sin conocer la historia es difícil entender lo que dicen. 2.1. AMBI ENTACIÓ N HISTÓRIC A PAR A EL NOVECENTI SMO La s ideas que estructuran el novecentismo ya se columbran en 1854 y siguen en au ge hasta que las interrumpe bruscamente la Guerra Civil de 1936, dando orige n a una fragmentación ideológica de los españoles en tres grupos: los de la España nacional, los del e xil io ex terior y l os del exil io i nterior. Esta situación se prolo nga hasta el acaecimiento de la se gunda restauración monárq uica, en 1975, tras la que resurge el espíritu unificado del novecentismo y vuelven a ponerse en marcha sus ideas, aunque ya algo demudadas por el paso del t iempo. El “novecentismo puro” o de la Edad de Pl ata corre sponde, histórica y culturalmente, a las épocas de la primera restauración monárquica y de Alfonso XIII , arrastrándose, luego, durante l a Segunda República, hasta que entr a en sus pensión en 1936 con l a Guerra Civil (Abad 1986: 20-21). Quizá a l abor dar aspectos históricos del novecentismo, sea uno de los a suntos más destaca bles el de l a crisis de identidad que sufr ió España por esas fechas y que, con 32 más o menos oscilaciones, ha pe rdurado dur ante todo el s iglo XX, habiéndose colado también, como legado in deseable, en el si glo XXI. Este novecentismo, en efecto, va de crisis a crisis, pues empiez a con l a de 1898 (Gue rra de Cuba) y t ermina con la de 1936 (Guerra C ivil), siendo las crisis, obvio es decirlo, etapas muy p roclives a la aparic ión de problemas de i dentidad, tanto individuales com o naciona les. Y el español, fuerza es decirlo, ya venía aquejándose de ese p adecimiento desde el si g lo XVII, ju sto cuando el desgobierno de los “Au strias Menores” sumió a España en un de chado de m ales sin cuento, de los que mu y modestamente pudo r ecuperarse en la centuria siguie nte, al modo de la leve m ejoría que un enfe rmo incurabl e puede ex perimentar en el decur so de su enfermedad. Así las cosas y sin h aber logrado la salud completa, vino a producirse otra dolorosa recaída, con el crítico espasmo del desastre colonial de 1898, lo que, agrava ndo el problem a identificativo hispano, se prolongó durante el pri mer t erc io del siglo XX hasta desencadenar, no otro e spasmo sino las a gónicas convulsiones de una guerra d e facciones, que sólo se contentaba con la aniquilación total del ba ndo enemigo. Porque, por supue sto, aquí se ha lla en presencia, ig ualmente, el a sunto identitario, hábilmente manipulado por espur ios intereses al servicio de ciertas ideologías. Es por ello que la fec ha de 1898 es como un inevitable punto de partida, ya que en ella se constituye la generación del 98, que viene a convertirse en el símbol o de esa España a complejada y ex traviada que ot ea entre brumas de confusión en l a búsqueda de sus señas identificativas, situación a la que, por cier to, llega por la sistemática desvalorización que v enía haciendo de lo pro pio y po r l a t endencia a olvidar y menospreciar lo anterior, con la ex cusa de hab er pasado de moda. T al est ado de cosas fue ut ilizado para h acer creer la ide a de naufragio , ut ilizada en el dobl e s entido de tener 33 que hac er una r enovación a fondo de los valores patr ios como en el de verificar una demudación tan radical de todo lo nacional que la “criatura” así resultante fuese un engendro en nada semejante a las cenizas de que la habían formado (Marías 1993: 57- 60). Se ha comentado, además, que los últi mos dece nios del siglo X IX f ueron de gr an mediocridad cultural, aunque no parece que, en realidad, fu era así, a lo que se agrega el hecho de que , se empeza ra a producir una profun da renovación de la soci edad española, que se hace realidad durante el siglo XX (Marías 1993: 60-63). 2.1.1. PROBL EMAS SOCI OPOLÍ TICOS Frente a los problemas que se plante aban, la época de la R estauración prefirió no enfre ntarse di rectamente con ellos, aunque l os h ubo y de gr an ca lado, p ues la his toria contemporánea de Españ a, que parte de 1808, es sumamente convulsa, con la guerra de la Independe ncia, la emancipación de América, las g uerras civiles, las revoluciones, los pronunciamientos y las perse cuciones. L a restauración si gnific ó un a vuelta a la “normalidad” p erdida p ero si n olvidar el p asado inmediato, ante el qu e no propuso soluciones profundas, por lo que los males que no se habí an cu rado volvi eron a estallar, arruinando la estabilidad de esta etapa d e bonanza. El mal que más pronto r eventó fue el de los ter ritorios de ultramar, que le explotó al gobierno en pl eno rostro, al tener que firmar la humillante paz de París de 1898. Otro problema e ra el de la “ cuestión social”, motivada por la s ituación del campesinado (exceso de latifundios y m inifundios y d eseo de roturaciones) y la de los obreros de la industria (indust rialización tardía , bajo nivel de 34 vida y llegada de l as ide ologías marx istas o anarquistas). Un mal de larga proy ección fue, asimism o, el de los regionalismos na cidos en las dos postreras décadas del siglo XIX, p atentes sobre t odo entre catalanes y vascos y que se convierten en “naciona lismos” con aspiraciones independenti stas y p rovocan intencionadas deformaciones históricas urdida s por los separatistas y d eformadoras de la realidad nacional (Marías 1993: 63-67). Los problemas españoles, especialmente el del desastre de 1898, originan dos tendencias, que son la d e los “regeneracionistas” (representados por J oaquín C osta y que pedían una europeización de España) y l a de la generación del 98 (representada por Unamuno y otros es critores que pedían una rehabilitación de España pa rtiendo de lo propio o desde dentro). Orte ga y Gasset, padre d e la generación de 1914, se inclinó por el regeneracionismo eur opeizante. Otro asunto discordante fue el de la forma de gobier no, pues, si bien la monarquía tenía muchos partidarios y Alfonso X III empezó su reinado en 1902 b ajo un si g no esperanzador, el republicanismo, abr iga do por los movimientos obreros y l os intelectuales, si guió manteniéndose t ras hacer su aparición durante el reinado de Isabel II y pe se al rotu ndo fr acaso que significó la Primer a República, procl amada en 1873. M arxistas y anarquistas, si endo antimonárquicos, se hacían pasar por republicanos, que a su vez eran anticlericales, estando muy convencidos los republicanos de que la república era la forma “racional” y la más “lógica” de gobierno, en tanto que la monarquía l a veían irracional y anticuada. P or eso llamaron “antiguo régim en” a todas l as ed ades a nteriores a la contemporánea, por estar caracter izadas por el predomini o de gobiernos monárquicos. Este republicanismo fraguó lo del desnivel español en relación a Europa, por haber en ésta si stemas republicanos y 35 perdurar en España el régimen monárquico, siendo motivo de una creciente opos ición al reinado de A lfonso X III (Marías 1993: 68-71). Frente al modesto p apel internacional de Esp aña en el pl ano polí tico, su reputación i ntelectual en el exterior fue grande sobre todo en literatura, que sólo es comparable con la del Si g lo de O ro. La i nseguridad, además, se not aba en el asesinato de los presidentes d el gobierno Antoni o Cánovas del Castillo, José Canalejas y E duardo Dato, lo que no dejaba de tener su repercusión en el papel de España de cara al exterior, determinando esa doble vertiente española ante el mundo: l a política-social, que fu e poco prestigiosa, y la cu ltural, que fue meritoria y de gra n r enombre, al que en buena medida contribu y ó l a generación de 1914, con un numeroso elenco de p ersonalidade s, nacidas en t orno a 1886 y lide radas por Or tega y G asset, que opt aba por la “europe ización”, como l a del “98”, al decir que Europa er a la solución del problema de España. La “ Gran Gu erra” o Primera Guerra Mundial supuso una decepc ión respecto a esa expectativa que se abrigaba en torno a Europa, ya qu e s e solía mover por intereses partidistas, sin claras intenciones de mejorar la sociedad (Ma rías 1993: 81-8 6). 2.1.2. EL DESC ONTEN TO POLÍ TICO - SO CIAL Se produce descontento y radicalización en l a política, los partidos l ibera l y conservador se dividen en grupos discordantes, toma fuerza el partido socialista, aparece la “conjunción republicano-socialista” y aparecen posturas “revolucionarias” que desenca denan la huel ga general de 1917, año este en que se implanta el comuni smo en Rusia, con el que surge el correspondiente partido comunista en España, escindido del 36 socialista. L a monarquía , la constitución de 1876 y el parlamento con su Cong reso y Senado empiezan a cuesti onarse , aunque, con más confia nza en esas estructura s, se hubiera podido r esolver l a situación sin llegar a ma yor es (Marías 199 3: 86-88). No obstante, la aparición del “particularismo”, por el que cada grupo deja de sentir como los demás y sól o se preocupa de sí mism o y sus propuestas, lo impidió, convirtiéndose en un grave problema d e la Esp aña del siglo X X (Marías 1993: 97 ). De ese modo, el régimen de l a Restauración se agota y extingue en 1923, ante la presión que ejercen sobre él los asesinatos del presidente Eduardo Dato y el cardenal Soldevilla, los desastres del Annual y M onte Arruit en Marruecos y el recrudecimiento del nacionalismo catalán. Lo único esperanzador entonces era , como señalaba Ortega y Gasset, el prestig io e interés que suscitaban los intelectuales españoles en el extranjero, de donde se infiere qu e debe rían s er los int electuales quienes sa case n a España del “tenebroso p anorama” en que se veía envuelta, sin que dichos intelectuales quedaran subordinados a la política. El h echo político que pone fin a la Resta urac ión es la dictadura del general Primo de Rivera, refrendada por Alfonso X III como recurso transitorio para poner fin al d esorden, malestar e inse gur idad que había (Marías 1993: 100-102). 2.1.3. EL PERSO NALI SMO DICTATORI AL El general Primo de Rivera dio un carácter personal a su m andato, suspendió temporalmente la constit ución de 1876, estableció un Directorio Mil itar, impidió cualquier orientación pol ítica de su gobie rno y ma ntuvo su poder de 1923 a 1930. En un principio, su propuesta fue bi en vista, aunque , poco a poco, fue engrosando una 37 corriente de opini ón adv ersa qu e le hiz o compre nder que no había l ogrado extirpar de raíz el mal que aqu ejaba a España. Para conectar con el pueblo, publicab a en la prensa sus “notas oficiosas” y, además, consiguió resolver el problema d e Marruecos, logrando un triunfo rotundo sobre el ca udillo rifeño Abd-el-Krim, en 1926. Mejoró, además, la situación económica d e España y fundó la Un ión Patriótica, a modo de asociación política que no llegaba a ser partido. L uego, pasados los años duros de su mandato, cambió el Directorio M ilitar por el Directorio Civil, con presencia d e civiles en el gobier no. L os lo gros de la dictadura fueron i nnegables, pero junto a ellos hubo arbitrarie dades, il egalidad constitucional y autoritarismo, que sirvieron para que sus enemig os lanzasen el grito de protesta, hasta el mismo Alfonso XIII l e retiró su apoy o. La creac ión intelectual, pese a todo, fue riquísima en este periodo, hasta el punto de marcar el cenit de la llam ada Ed ad de Plata de la Cult ura Español a, que se exti ende entre 1898 y 1936 (Marías 1993: 104-108). En el año que siguió a la dimi sión de Primo de Rivera s e produjo una gran variación en Esp aña, p ues se cruzó la frontera de la Mon arquía a la R epública, proclamada el 14 de abril de 1931. Este cruce implicó el olvidar el fraca so que supuso la Primera R epública Esp añola y el menosprecio a l pasado monárquico de España, por culparse a la Monarquía de l os errores de gobier no y de la d ecadencia que había suf rido España en el tiempo pas ado. A esto se uni ó la in diferencia de los que se consideraban monárquicos, que nada hicieron por salvar la M onarquía cuando estaba en peli gro. De ese m odo se entró en l a etapa republicana en medio de la indiferencia de m onárquicos y conserva dores y del ex ceso de confianza e i lusión de los republicanistas. El entusiasmo cundió al principio pero pronto dejó paso a la cruda rea lidad de las extra limitaciones, 38 que terminaron por desb ordar l a situación (Marías 1993: 109-112). A cau sa de ello, la Segunda R epública Española duró mu y poco y h asta desenc adenó un conflicto armado, no obs tante lo cual se la ha miti fica do h asta el p unto de que h a ir radiado su ex istencia hasta nuestros días en el sentido de presentarla como la mejor y más ideal forma de gobier no que ha tenido E spaña en toda su historia, razón por la cual se la pre senta como ejemplo y modelo de estructura polít ica a qu e se debe de prop ender. Quizá el descontento de algunos por el apoyo que el re y había prestado a la dicta dura ex acerbó los ánimos en pro de la repúblic a, fo rzando un republicanismo dé bil. En la co alición republicana-socialista ha bía fuerzas e intereses mu y di stintos, que i mpidier on una actuac ión conjunta y provechosa, desacreditándose bastante po r los desmanes de algunos d e sus componentes (quema de i glesias, persec ución a los religiosos, ocupación de fincas, demasiadas h uelgas, etc.), lo que confirió un tono beligerante a la pasión republicana , que llegó a despresti gia rla en m enos de dos meses, h aciéndola e ntrar en una espiral de radi calismo de la que y a no pudo librarse (Marías 1993: 112-116). De entrada, los int elec tuales, con Unamuno a la cabeza, apo y aron la r epública, pero fue del hartazgo que sentían de l a monarquía y l a d ecepción que les aportó la dictadura , si bien su reacción ante el g iro que t omó el m ovimiento republicano no se hi zo esperar y muchos se apartaron de él. S e mejoraron l as u niversidades y se fundaron escuelas, manteniéndose el alto nivel cultural que ya venía de años anteriores a l os republicanos (Marías 1993:116-119). 45 debe tratar d e resolver el problema de l as relaciones entre el ser y el pensar, m arcando las competencias entre sujeto y objeto, en clara alusión a su ori ginalidad metafísica (Laín 1993: 21-27). D e Ramón Menéndez Pi dal, científico, int elec tual, filólogo e historiador, no ha y más que d ecir que fue el al ma del Centro y una de las ma y ores fulguracione s de esa Eda d de Plata que se está comentando. 2.3. LA LLEGAD A DEL E STUDI O CIENTÍ FICO DE LA FI LOLO GÍA En los años siguientes a la Primera Guerra Mundi al, la Escuela Filológica de Madrid o Centro de Estudios Histó ricos es cuando alcanza s u madurez y se pone fin al retraso de España en el estudio científico de la lingüística rom ance , aunque manteniéndose en los límites de lo hispano o cultura patria, sin entrar en el “romanismo” de ámbit o internacional. A la fec unda actividad de Menéndez P idal se unía la de una segunda ge neración de especialist as, como Améri co Castro y Tomás Navarro, qu e, a su vez, dejó paso a una tercera ge neración de e xpertos, que fue, a partir de los años veinte, la de Dámaso Alonso y Amado Alonso, con lo que se fijan los cimientos de una esc uela perdura ble de investigaci ón, en la que, de acuerdo con Menéndez Pidal, s e mantuvo la unión entre filología y lingüística, conser vando el principio de la unidad d e las ciencias filológicas (filolo gía , lin güística, historia política-social e historia y críti ca literarias). Esta sólida opinión de la unidad insepara ble entre l eng ua, hist oria y cultura sobrevivió al Centro de Est udios Históricos y aún si g ue influyendo en sus diversos descendientes o seguidores. Rasgo encomiable de él es, asimismo, la tolerancia doctrinal, q ue siempre la hizo conciliable con el rig or científico y que evitó disputas y revolucion es teóricas entr e “ancie ns et modern es”, haciendo posible que t odo s e renovara continua mente y sin 46 conflictos, merced a la amplitud de miras del maestro que l o dirigía (Catalán 1974: 38- 42). 2.3.1. LA I RRUPCI ÓN DE LA LIN GÜÍSTI CA COMO CI ENCIA UNI VERSAL Después de esa etapa esplendorosa, parece que, hacia lo futuro, el esfuerzo de los estudios hispanorrománicos ha de ir encaminado a perde r ese ca rácter localista que le imprimiese el Centro, para que puedan ir contribu y endo al progreso de la lingüística como ciencia universal. Así parecen pr eludiarlo obras como Lingüí stica estructural , de Francisco Andrados (Madrid, 1969) y Lenguas y protolenguas , de L uis Mi chele na (Salamanca , 1963 ). El panorama lingüístico his pánico va por el camino, pues, de renovar se sustancialmente en un futuro no mu y l ejano, desarrollando ac tit udes críticas sobre nuevas corrientes y absorbiendo ideas y t écnicas de dis tantes y distintas procede ncias. A esto, nat uralmente, ha de ll egar tr as una f ase rec eptiva impuesta por la normal dec adencia de los proce dimientos que ha venido usando, no obstante su excelencia, y a qu e la evolución de la ciencia si gue un curso imparable, al q ue ha y que ir acomodándose. Du rante tal fase receptiva adoptará cosas en forma desorde nada, incluso de fuera de la romanística, dependiendo el fr uto de esa desigual absorción de la capacidad de las nuev as generaciones para desarrollar una actividad crítica y constructiva, a pa rtir de las tradiciones recibidas. Quiz á lo m ás conveniente, al respecto, sea dejarse de mono grafías y d edicarse a form alizar una teoría lingüística (Catalán 1974: 330-333). La ge ografía lingüística y l a paleo-geografía li ng üística ya habían dado información sobre la estrecha vinculación entr e f actores sociales y fa ctores lingüísticos en el desarr ollo d e lo s cambios, lo que indica que sólo se puede apreciar e l 47 desenvolvimiento total de un cambio en los do cumentos antig uos, excediéndose del marco si ncrónic o de las t res genera ciones, como hi zo notar Menénde z Pidal. Asimi smo, un cambio se generaliza int erna mente de fo rma gradual y eso ex ige estudi os diacrónicos, que será otro aspecto a t ener en cuen ta para el devenir de la lingüística y su estudio. Por el momento, ha tenido que renunciar a su privil eg iada situación, cua ndo historia, historia cultural y estudios l iterar ios giraban alrededor de ella, aunque sigue en pie la tradición d e no separar los estudios lingüísticos de las humanidades, de modo que es probable que sobreviva el “integralismo” de Menéndez P idal. Parece cl aro, además, que la li ng üística ha entrado en un periodo d e mucha eferve scencia a escala mundial. También es probable qu e la romanística, aprovec hando la circunstancia, intente abrirse nuevos caminos, pudiendo augurarse br illantes perspectivas para la sociolingüística y mayor ori g inalidad al aplicar t écnicas de análisis formal, dentro, conc retamente, d el ámbito de los estudios hispanorr ománicos (Catalán 1974: 341-343). 2.3.2. EL QUEHACER LIN GÜÍSTICO Y FI LOLÓGIC O DEL NOVECENTI SMO Y SUS I MPACTOS ID EOLÓGICOS - PO LÍTI COS Bueno es aludir a la estela dejada por el novecentismo en su buen hacer ling üístico y filológico, aunque ello impli que e l excederse sus límit es cr onológicos. Es interesante anotar, como y a se ha m enciona do, que, frente a es a situación tan espléndida del panorama filoló gico, la ambientac ión sociopolítica dejase bastante que desear , con situaciones convulsas y de frecuente i nestabilidad, por ese secular enfrentamiento entre las dos fuerzas pol íticas que se configuran al llegar la edad contemporánea, y que son la de los li bera les o izquierda y la de los c onservadores o derecha. Indudablemente, los 48 escritores, y a s ean filósofos o literatos, no pueden exi mirse de esas i nfluenc ias, decantá ndose unos hacia un bando y ot ros hac ia el contrario, posicion amiento que, como más adelante se v erá , no dejaría de influir en las ideas de cada uno y en los escritos que fueron dejando, impregnados de l as pertinentes defensas o ataques a determinados se ctores e instit uciones. El parlamento, como expresión de vida políti ca, era un hervidero de ani mosidad, con cruces de acusaciones, contradicciones, insultos y escena s t umultuarias. La calle, a su vez, como expre sión del ambiente popular, era fiel reflejo d e la tensión ciudadana. Claro qu e no todo el lapso temporal q ue abarca el novecentismo es de idéntica factura, pudiendo distinguirse en él el periodo de la primera restauración monárquica y el reinado de Alfonso XIII. 2.3.2.1. El momento de la primera re stauración m onárquica. La época de la primera Restauración monárquica (periodo del reinado de Alfonso XII y de l a Regencia de María C ristina) ofr ece cierta estabili dad con el modelo gubernamental diseñado por Cánovas del Castillo y l a constit ución moderada de 1876. La clase medi a o burg uesía dirige l a pol ítica, l os negocios y la a dministración pública, mientras que las clas es populares no ven frenada su progresiva propensión al empobrecimi ento. Las tendencias partidistas concre tas son el falansterismo o s ocialismo utópico; el partido socialista, fundado por Pablo I glesias; el Partido Socialista Español, fundado en 187 9 con carácter filocomunista; la Unión General de Trabajadores, que deriva d e la Internacional Socialista de París, de 1889, que fue la Se gunda; el s indicalismo, que fue violento, propuso huelgas y efectuó atentados a través d e su sección “ L a Mano Ne gra”; el anarquismo, que fue mantenido por hombres de acción y que, al fusionarse con el sindicalista, dio origen al P artido Anarcosindicalista. También existía la masonería y 49 muchos intelectuales fueron anticlericales. En la opcionalidad gubernamenta l, se encuentran la monarquí a y el r epublicanismo, al que se adhiere gran parte de la intelectualidad. Este p eriodo finaliza con el desastre colonial de 1898, que origina, precisame nte, el nacimi ento de la ge neración literaria del noventa y ocho. A pesar de todos estos vaivenes políticos, la escuela filológica matuvo su buen hacer durante todo este tiempo. 2.3.2.2. El momento del reinado de Al fonso X III . L a época del reinado de Alfonso XIII mantiene las estru cturas políticas, sociales y cons titucionales del ré g imen nacido en la primera restauración m onárquica, aunque es m ás convulsa e inestable, según unos porque decae el modelo y , según otros, po rque ent ra la corrupción en el sis tema, si bien es cierto que empeoró mucho la si tuación la l legada de fuerzas y corrientes ideológicas procede ntes del exterior de inusitada violencia. L os movim ientos político sociales preponderantes son, concretamente, el obrerismo, que es de tono revolucionario y de ideología m arxista revolucionaria; el anarquismo, que funda la Confederación Nacional del Trabajo (C.N. T.); e l sindicalismo anarquista, que se ins pira en el anarquismo marxista; el P artido Socialista, que funda el sindicato de la Unión General de Trabaja dores (U.G.T.); el Partido Comunista, que surge en 1917, inspirándose en el bolchevismo soviético; el Sindicato L ibre de los Patronos Catalanes, que se convirtió en la patronal de los empresarios. S ocialmente, l a arist ocra cia se aparta del gobier no y s e interesa por la industrializ ación; la burg uesía se enriquece y es la que gobierna; las clases ba jas progresan y hacen huelgas rev olucionarias par a pedir dere chos; la población aumenta y pasa a ser de 25.000.000 de habitantes en 1936 en toda España; el campesinado emigra a las ciudades, d ejando el campo d espoblado, se funda l a 50 Institución Libre de Enseñanza, la Escuela Moderna; surgen las centra les sindicales anarc osocialistas; se busca la esencia de España; se pide la descentralización; toma fuerza el separatismo; políticos y pensadores, como los d e la generación del noventa y ocho, piden la renovación y modernización de España, ofr eciendo, para ello, la postura liberal, que defendía su europeización, y la tradicional, que er a la nacionalista que defendía lo propio, fr ente a lo ext ranjer o, y los va lores patrios. Un p anora ma, en suma, el de esta época, bastante complejo y tan conflictivo que, a la postre, terminó desembocando en una guerra civil. No obstante las divergencias de opi nión, los estudios lingüísticos avanzan en esta época, empujados p or el d eseo d e búsqueda de la esencia española, que hace hincapi é en lo idiomático. 51 CAPÍTULO 3: RA SGOS L INGÜÍST ICOS DEL NOVE CENT ISMO 3.1. ASPEC TOS LI NGÜÍSTICO S DEL NO VECENTISMO Tras hablar de la t emporalidad y de la ambientación hi stórica- social del n ovece ntismo, procede ahora detenerse en los asp ectos lin güísticos de esta etapa cultural, como asunto de pleno interés p ara el trabajo. Eso lleva a la t oma de contacto con el saber lin güístico y a l a ut ilización adecuada de sus contenidos, de modo que, para que sea así, habrá qu e hacer lo de forma ordenada empezando por el principio, que enfre nta, como paso primero, con la noción de lingüística. De acuerdo con Eugenio Coseriu (Coseriu 1986:11), lin g üíst ica es la ciencia que estudi a desde todos los puntos de vista posibles el leng uaje humano articulado, tant o en general como en sus formas específicas, o se a, en los ac tos lingüísticos y en l os sistemas de isoglosas que, convenciona lmente se l laman l eng uas. No hay, pues, que confundir la lingüística como ciencia del conocimiento práctico de los idiomas, ya que un lingüista no tiene que saber hablar el idioma que estudia ni tiene que ser polígloto (Coseriu 1986: 11-1 2). Tampoco ha de confundirse la lingüística con filología, aunque ex istan afinidades entre ambas ciencias, h asta el punto, de que, a veces, se e mplee el té rmino filología p ara d esignar ciencias lin güísticas ( Coseriu 1986: 12). En sentido estricto, por f ilología se entiende hoy l o que es la críti ca de textos y , en sentido amplio, la ciencia de t odas las informaciones que se deducen de los t extos, sobre todo los antig uos, sobre la vida, la cultura, actividades e id eas de los pueblos en que fu eron escritos, de modo que el lingüista ve los tex tos como hechos li ngüísticos y el filólog o como documentos culturales (Coseriu 1986: 13). La lingüística se convi erte , así, en la ciencia aux iliar de la 52 filología, por l o que el lingüista ha de ser un poco filólogo y éste un po co l ingüista. En sus l ímites extremos s e confunden ambas ciencias. Alg o dif erenciador será que el filólogo se ocupa comúnmente de una sola len gua, mientras que el lingüi sta, siguiendo el criterio comparativo, se ocupa de muchas lenguas. Por todo ello, ha y qu e decir que l a filología se ocupa d e h echos de historia , sobre todo la antigua y lite raria, y qu e la lingüística se interesa p or los hechos de l engua o, mejor aún, d e lengu aje (Coseriu 1986: 14-15). Si la lingüística es la ciencia del leng uaje, ha y que defini r qué es el lenguaje . De éste se p uede decir que es cua lquier sistema de si gnos si mbólicos empleados en l a i ntercomunicación social, es decir, cualquier sistema de signos que sirva para ex presar y comunicar ide as y sentim ientos. Eso permite idear una l ingüística muy extensa como ciencia de todo lenguaje posibl e, lo que Fer dinand de Saus sure llama semiología , por lo que es mejor infer ir que la ling üística prefiere queda rse, en sentido estricto, con la parte del lenguaje que tiene “signos” formados por palabras que se constituyen por sonidos, o sea, e l lenguaje articulado (Coseriu 1986: 15-16). Por ot ra parte, ha y qu e decir que la lin güística en ge neral d epende de la observac ión aplicando el método de la comprobación, incluso observando in situ o in vivo los testimonios que quedan incompletos con los documentos escritos. El problema metódico de l a li ng üística suscitado por la “ comprensión” implica que no se puede prescindir del saber específico del filólogo en observac iones lingüísticas de primera mano. El filólogo e s el que, como el médico, da el diag nóstico del te xto que tiene a mano, dando su interpretación exacta y seg ura, propia de la función her menéutica (Bühler 1979: 32-33). 53 3.1.1. LA GRA MÁTIC A EN EL SIG LO XIX Respecto a la g ramática, durante buena parte del siglo X IX, aplicando al lenguaje las categoría s lógicas, p redominó la gramática general, que pretendía formular pr incipios válidos para todas l as leng uas, pero con el tiempo tiende a imponerse la gramática particular o específica de cada l engua, que en el caso d e Españ a, es la d el español o gramática de l a lengua castellana. Bue na aportación al respecto fue la del venezolano Andrés B ello, con su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (Santiago de Chile, 1847), en la que afirmaba que “el habla de un pueblo es un sistema artificial de signos, que b ajo muchos respectos s e diferen cia de los otros sistemas de la misma especie” , con lo que se decanta por la necesidad de estudiar cada lengua i ndependie nteme nte de las demás. Esta fue una postura mu y moderna que s e anticipaba en s etenta añ os a l a de Fe rdinand d e S aussure . Según tal pri ncipio, Bello recha zó, igual que el gramático Vicente Salvá, las especulaciones de la gramática ge neral, en p ro de l a part icular aten ción a la lengua castellana, debiendo de conta r esa gramática del castellano con una t eoría que mo strara el sistema de l a lengua en la “generación y uso de inflexi ones y en l a estructura de sus o rac iones”, porque incumbe a la gr amática exponer el valor de las inflexiones y combinaciones, tanto el natural y primitivo como el secundario y el metafóric o, siempre que h ayan entrado esas inflexiones en el uso general d e la len gua. Bello, pues, apo rta con su Gramática dos novedades que son: 1ª, la visi ón orgánic a de la len gua ; 2ª, la i nvestigación de los valores funcionales desempeñados por sus formas y construcc iones. Ambos logros aún mantienen vigencia ( La pesa 1984: 356-357). 54 Volviendo a los criterios de C oseriu, s e puede decir que participa, asimismo, de esta postura, al afirmar que la t écnica de cualquier lengua se p resenta en l a descripción como c asi inf initamente complicada, pudiendo afirmarse que, de todas las t écnic as desarrolladas por el hombre, las más complejas son las lengua s, aunque las lengua s, en la práctica, se hablan y “se realiz an” sin dificultad y con espontaneidad, acaso porque se piensa que el hablar es una actividad en buena medida inconsciente y qui en habla no conoce las re g las de su lengua. El hablar y entender lo h ablado, en realidad, no implica un saber teórico como el de los lin g üistas y gr amáticos, pero sí un s aber claro y se guro. A este s aber Leibniz lo llamó “claro-confuso”, o s ea, que er a seguro mas no se podía justificar argumentalmente, y también “distinto-inadecuado”, porqu e sólo era justificable parc ialmente, siendo, en suma, un saber técnico . S e trata de trasladar lo presentado en la intuici ón al plano d el s aber “teórico” o “distint o-adecuado”. El hablante lo intu y e aunque no conozca las reglas gramatica les; y es o le vale. La dificultad la tienen los gramáticos al intentar enseñar o dar a conocer las l ey es que han elaborado, qu e son di stintas a la gramática intuiti va de los hablantes, aunque, de todas formas, dich a intuición requiere una estructura científica y bien fijada y regulada, para que la lengua pueda funcionar de forma estable y no se atomice. La gram ática cumple, pues, la misión de dotar a la lengua de unos pr incipios reguladores y u nas leyes de funcionamiento que l e permitan subsistir y ser aprendida mediante un aprendizaje académico. Los gramáticos, por su parte, serán lo s expertos que se ocupen en describir la leng ua desde un saber teórico pero razonado científicamente (Coseriu 1991: 19-20). 61 dicha mente o pensa miento muer e. De i gual opi nión fue Menéndez Pidal y demás autores de l a Escu ela Es pañola, por pr eferir lo i ndividual y pa rticular de las ciencias históricas y s ociales a lo generalizante de la ciencia natural. Los n eogramáticos preferían, en c ambio, lo expresivo no individual y lo expresivo lógico y abstracto del idioma, decantándose, así, a favor del idealismo. J osé Orteg a y Gasset, por su parte, opinaba que posi tivismo y materialismo eran dos maneras de ig norancia filosófica. Rafael Altamira llegó, incluso, a d ecir qu e a los pueblos hay que estudiarlos en todos sus aspectos, escribiendo la historia de las civilizac iones. El posit ivismo decimonónico es falsado, en s u aspe cto estricto, po r la investigación española, preparando el pensamiento del si glo XX, que intenta ahondar en la radicalidad de l os hechos. El idealismo en l ingüística queda como una de l as falsacione s que hace la ciencia idiomática al modelo neogramático, y a que, com o enseña Eugenio C oseriu, tanto el idealismo como la geografía lin g üística y el estructuralismo coinciden en que intentan falsar el ej emplo fijado por una visión del lenguaje solamente atomista, evolucionista y nada más que fonético-fisiológica (Abad 1986: 260-263). En contra de esto, Menéndez Pidal se esforzó en alg unos de sus estudios en aclarar y desarrollar asp ectos del lengua je en los que lo considera como “ener gé ia” y como tradición, a lo que tambié n alude en su inconclusa Historia de la lengua española (Catalán 1974: 125-127). Con esta obra, además, entra en la consideración d e la estilística, que, por los años 40, se convierte en una disciplina mu y uti lizada, divi diéndose en “est ilística de la len gua” y “estilí stica del habla” o de los estilos individuales, muy en consonancia con lo psíqui co y, po r supuesto, con lo poético (Catalán 1974: 132-133). Est e concepto de energeia es empleado, asimismo, por Ortega y Gasset en su El hombre y la gente . También se refuerza el estudio de l a lengua con el análisis de las lenguas pre rromanas que hubo en 62 la Romania, de lo que se ocupan arqueólogos e historiadores, i gual que los antropólogos y los l ingüistas comparatistas, a través de reliquias toponímicas, léxicas y morfológicas que han perdurado en l as lenguas romances, lo que, p ara Hugo Schuc hardt y p ara Graziadio I . Ascoli, es de interés porque no aceptan un latín vulgar unitario sino un latín con diferencias reg ionales a efectos de esos i nflujos prerromanos de la prehistoria y protohistoria de los pueblos luego romanizados. A esto se le llama estudi os de “sustrato de la paleolingüística de territorios circ um-mediterráneos” (Catalán 1974: 136). 3.2.3. LOS ASPE CTOS ETI MOLÓGI CO Y LE XICOGR ÁFICO DE LA LINGÜÍSTI CA Aspecto de gran interés, i gua lmente, tanto p ara el conocimiento lingüístico como para el presente trabajo, es el etimológico y lexicográfico, en cu y o sentido abrió un hito importante el Diccionari o crítico etimológico de l a lengua castella na , de Joan Corominas (Madrid-Bern, 1954-1957), en cuatro volúmenes y que avanza en la inexplorada selva de la i nvestigación etimológica, comparando y h aciendo la historia de cada palabra. Más modes to, aunque valioso por la documentación diale ctal que incluye, es el Di ccionario etimológico español e hi spánico , de Vicente García de Diego (Madrid, 1954). Ad emás, bajo la dirección de Raf ael Lape sa y contando con excelentes filólogos funciona en l a Academia de la Lengua el Seminario de Lexico g rafía, demostrando un c reciente interés por la lexicografía, en lo que tambi én de staca la publicación, empezada p or Samuel Gili Gaya en el Centro de Estudios Históricos, del Tesoro lexicográfico ( 1492-1726 ) (Madrid, 1947) , inicialmente conocido como Corpus Glossariorum , más tarde complementado con el Universal Vocabulario de Palencia. Registro de voces españ olas int ernas , de J ohn M. Hill (1957). Con todos ellos se va 63 aclarando el significado de arcaísmos y neologismos, palabras mo nosémicas y polisémicas y voces pop ulares (vulgarismos) y cul tas (cultismos) (Catalán 1974: 255- 261). 3.3. TAREAS PEN DI ENT ES SOB RE EL N OVECE NTIS MO Como tar eas pendientes aún para el mejor conoc imiento lingüístico del novec entismo, de acuerdo con Francisco Abad (Abad 1994: 23-24), podrían cita rse las s iguientes: 1ª ) estudio global de la “Eda d de P lata”; 2ª) reedición filosófica de las Obras Completas de Unamuno; 3ª) hacer obra de conjunto, l iterar ia e i deológ ica, del noventa y ocho; 4ª) dar a conocer al lingüista y p ensador Ángel Amor Ruibal, sobre el que el Secretar iado del Compostel Consello de Cultura Ga llega y a ha publicado, en 2009, una obra titulada Amor Ruibal, filólogo; 5ª) hacer un estudio inicial de conjunto de la generación de 1914; 6ª) sistematizar lo s valores de la generación del 27; 7ª) en la actualidad se está llevando a cabo un pro ye cto de lex icografía en l a Universidad da Coruña (U.D.C.), se trata de la preparación de un diccionario de la edad de plata (Diccionario español de la Edad de Plata), llevado a cabo por José Ignac io Pérez P ascua l. 3.3.1. ACEPC ION ES DEL NOVECENTI SMO Matizando algo más en los ras gos concretos del n ovecentismo, a partir d e lo dicho, ha y que puntualiz ar que tal m ovimiento tiene una triple acepción, la literaria, la estética y l a artística. En lo literario, sus autores s e sitúan entre los de la ge neración del 98 y los de l a ge neración d el 27, conociéndoseles, po r ello, co mo generación d el 14, s i bien no es 64 exactamente lo mi smo tal g eneración que el novecentismo. En realidad, tal denominación fue acuñada por el es critor cat alán Euge nio D´Ors, en 1 906, cuando llamó noucentisme a l a propuesta de inventar un arte con fondo cívico y so cial , que rebasará los límites d el modernismo y del simbol ismo y qu e s e manifestará principalmente en las artes plásti cas. A los componentes de esa tendencia, que inicialmente estuvo restri ng ida al espacio catalán, se l es l lamó noucentistes , destacando entre ellos el mismo D´Ors, J osep C arne r, Narcís Oller, J oaquín R uy na, J acinto Grau y Carles Soldevilla, entre otros. Los escrit ores, preocupados por el catalanismo, intentaban poner la cultura catalana al nivel de la europea, buscando perfección formal y belleza, para lo que gustaban de palabras a rcaicas, referencias clásicas y ritmos armónicos. Lueg o, esta iniciativa cat alana tomó dim ensiones nacionales y pasó a convertirse en novecentismo, inspirando a l os autores de la ge neración del 14, cu y os rasgos, lógica mente, fue ron muy semejantes a los del grupo catalán, tanto en lo e stético como en lo ideológico. Los n ovec entistas, qu e, no obstante, nunca tuvieron conciencia de grupo ni se identificaron con la generación del 1 4, sí tuvieron en común con ella y con su precedente catalán la elevada preparación intelectual de que hicieron ga la, el g usto por la literatura ensa y ística, el europeísmo en oposición al castellanismo d el 98, el deseo de hacer obras bien hec has y la preocupación por la forma. En lo artístico, el nov ecentismo se vincul a a las van guardias a rtísticas de principios del siglo XX, aunque sin entrar en ellas directamente. Por su parte , el grupo noucentista catalá n origina el mediterraneísmo , c uando se aplica a los arti stas plásticos, 65 y la arquit ectura del noucentisme , al r eferirse expresamente a su dimensión arquitectónica (Menénde z 2006). 3.3.2. VINC ULACIÓN DEL NOVECENTISMO CON T ENDENC IAS Y MOVIMI ENTOS GENER ACIONA LES No obstante ser dif erente novecentismo y generación del 14, h ay que reconocer q ue es a partir de 1914 cuando esa tendencia logra s u máximo esplendor y gracias, justamente, a dicha generación de art istas y es critores que, s eg ún Azorín, era di stinta a la d el modernismo, porque sus escritores eran m ás metódicos y m ás r acionales que los modernistas y , ade más, solían ser mucho más intelectua les que artistas, al revés de lo que ocurrí a con los del modernismo. El profesor Guill ermo Díaz Pl aja puntualiz a más aún, cuando dice que el movimiento novecentista es lo que y a no es ni m odernismo ni noventa y ochismo pero tampoco es todavía vanguardismo, s iendo este profesor el que, precisame nte, introdujo el término novecentism o , que era la caste llaniz ación de su homónimo cata lán nouc entisme , el cu al, como derivado de la Renaixença , tuvo una procede ncia política-catalanista, que, como es natural, no conoció el novecentismo. Los escritores del novecentismo coinciden con los del 98 en su preocupación por los sucesos patrios de f inales del si glo XI X y su desdén al sistema d e la primera Restauración, pero dejan de coincidir en todo lo demás, pues Ortega y Gasset discrepa abiertamente d e Unamuno, Maeztu y Pío Baroja, en tanto que Ramón Pérez de Aya la propone actuar d e forma práctica, dejando a un lado las denuncias y los lamentos. Además, los del 14 muestran tende ncias políticas, defendiendo el liberalismo y el 66 republicanismo, a difer encia de los del 98, cu y os ar gumentos se quedaron en lo histórico, social y étnic o. Tratan, pues, de rehacer España, pero de ma nera activa e interviniendo en política. Inc luso buscan cambiar a los indivi duos, dándoles una nueva formación con amplios conocimi entos en estética. Por ello, se interesan po r los géner os literarios, la novela, l a poesía, los nuevos lenguajes y el arte en general. La búsqueda de un ace rcamiento a Eu ropa les lleva a aprender cultura europea, viaja ndo y estudiando por distintos países europeos. Gracias a eso, modernizan la Universidad y escriben ensayos con gran rigor, favore cidos por una potente industria editorial. La simpatía hacia lo van guardista, además, induce a la búsqu eda de un a rte que sea puro, l impio y sin sentimentalismo ni dramatismo. Es así que se reflexiona con frialdad, se emplea una prosa elegante y s e aplican toques de humor para de sdramatizar. El novecentismo viene, pues, a ser un estilo académico, propio de una formación universitaria, algo frío y desap asionado y q ue marca la as censión de las élites intelectuales y juveniles al poder. 3.3.3. ESQUEMATI Z ACIÓN DE LA S CARACTERÍSTI CA S DEL NOVECENTI SMO Para una mayor claridad, podrían resumirse las características del novecentismo en los siguientes puntos: 1º L a narrativa usará d igre siones, humor y poco argumento, prefiriéndose el ensayo como género literario. 67 2º P rác tica de equilibrio, distancia miento, pulcr itud y desapasionami ento o deshumanización de las obras realizadas. 3º Se prefiere la intelectualidad fr ente a lo sentimental y estético. 4º Se busca la renovac ión del lenguaje. 5º La presencia de lo académico se ve en el rechazo a lo vulgar y a lo fácil. 6º El novecentismo implica la vuelta a los clásicos grecorromanos. 7º Hay un a postura c osmopolita, con un europeísmo que t iene mucho de euroce ntrismo, rechaz ándose lo miope de los planteamientos nacionalistas. 8º Las divergencias con la generación de l 98 no l leg ó a ser ruptura sino distanciamiento por las diferencias temáticas e ideológicas que se trataron. 9º Se muestra int eré s por lo civil y lo urbano, fr ente al ruralismo de la ge nerac ión de 1898. 10º Los componentes del novecentismo t oman conciencia de s er una élite, por sus ideas vanguardistas, tanto en lo estético c omo en lo intelectual y social. Los rasgos d el novecent ismo desembocarán en l a generación del 27, tras haber condicionado a la generación de 1914 y determinado sus post ulados (V V.AA. 1906- 1926). 3.4. OTRAS PUN TUALIZ ACIO NES MÁS SOB RE LA GENE RACIÓN DE 191 4 Aunque ha quedado, con l o dicho, bastante probada la estrecha relación ex istente entre novecentismo y generación de 1914, se pueden agre g ar al guna s puntualizaciones más acerca de la generación d el 14, sólo sea por poder presentar la como entidad de conjunto. 68 Se puede decir, al respecto, que, historiográficamente hablando, por generación de 1914 se entiende la p resencia de un grupo generacional de escritores ubicado entre las ge neraciones de 1889 y 1927, recibiendo ese no mbre por obra del peda g ogo Lorenzo Luzuriaga , que, en un art ículo de 1947, sobre las Obras Completas de José Ortega y Gasset, denominó así al grupo, partiendo de la base de que en 1914 fue cuando Orte ga y Gasset publicó el libro Meditaciones del Quij ote , que fue su p rimera ob ra importante, a lo que añadió su confer encia Vieja y nu eva polít ica , con la qu e asentó su presencia pública. Esto hace que t ambién s e l a conoz ca c omo generación de Ortega , y a que a Ortega se l e tiene que co nsiderar como su padre o fundador. Y, por supu esto, como se ha re petido, también s e la conoce por generación del novecie ntos o g eneración de l os novecentistas, por su afinidad con el movi miento catalán de Eugenio D ´Ors noucentisme . T ambién, por el género cultivado, se la ha ll amado “generación d e l os ensay istas”. Algo que dejó mu y marcada a esta generación fue el estallido de la Prim era Guerra Mundial en ese año j usto de 1914, cuando se constitu y e la generación homónima. Esto aviva la discusión entre los que de cían que había que europeizar España y los que sostenían que había que españolizar Europa , siendo Orte ga y los del 14 partidarios d e la euro peización de España, en t anto que los del 98, con Unamuno a la cabeza, defendían la e spañolización de Europa . L a europeización de España se identifica con el regener acionismo, en tanto que la españolización de Eur opa tiene una procede ncia de raíces ant igua s, afines al casticismo. 69 Sobre la p rocedencia del cambio, h ay dos posturas: la d e los qu e d ecía n que el cambio ha de venir desde arriba y l a de los que declar aban que había de venir desde abajo . En el primer caso sería la minoría intelectua l o élite culta l a que impondría sus normas, mientras que, e n el segundo caso, habr ía de ser las usanzas popul are s de la mayor ía inculta la que determinara los ca mbios y los modos de las form as cultura les, caso del habl a popul ar y de la sabiduría d el vu lgo adquirid a por trans misión oral de ge neración en generación. L os posicionamientos al respecto no siempre fueron fij os ni se mantuvieron i nalterables tanto en personas como en grupos, pues el mismo Juan Ramón J iménez, defensor de la inculturación desde arri ba , también dijo que se deber ía proyectar el cambio estético de forma tal que cambiase la sensibilidad de la mayoría , haciéndola entrar en el mundo de l a ciencia y l a cultura selectas. También Orte g a y Gasset, aunque con una sólida base intelectual y h abituado a impartir sus enseñanzas en aulas universitarias, pro ponía la irradiac ión cultural hacia l as masas, en un deseo de hacer las salir de su ancestral ignoranc ia. L a generación del 14 partió, pues, del posicionamiento desde a rriba , pero fu e d erivando hacia posturas m ás abier tas, en qu e el pueblo pudiera ser partíci pe de las innovaciones estética s-culturales. El mism o Ortega llegó a decir, en El hom bre y la gente , que había que tener mu y en cuenta el acervo popular contenido en los modos y usos de la cl ase popular. Incluso, tras el advenimiento de la S egunda Repúblic a, expresó su desencanto con respecto a ella, al notar que se desentendía de la erradicación del analfabetismo y la incultura de sectores bajos de la población, lo que le llevó a pronun ciar su frase: “ No es esto, no es esto ”. La basculación hacia la post ura popularista o del desde abajo lle garía a im plantarse de cididamente con la lit era tura social de la posguerra, al d edicar sus escritores sus obras a l a inmensa mayoría . L a c risis sociopolíti ca que vi vió la genera ción del 14 se evidencia en estos 70 profundos cambios que ex perimentó en el decur so de su traye ctoria productiva e ideológica. 3.4.1. ESQUEMATI Z ACIÓN DE LAS C ARAC TERÍSTI CAS DE LA GENERACI ÓN DE 1914 Ya se han anotado las características del novecent ismo y , p ese a que coinciden bastante con las de la generación del 14, parece procedente, al menos por comparación, enumerar ahora las d e esa generación. L as ca racterísticas de la ge neración de 1914 son las siguientes: 1) Practica el racionalismo y l a sistematiz ación en sus propuestas, partiendo de un a sólida formación intelec tual. 2) Presta atención a los valores de la civiliz ación que se contienen en la ciudad o lo urbano, dese ntendiéndos e de lo rural o ca mpestre. 3) Se compara a España con Europa, planteándose l as diferenc ias entre e spañolismo y europeísmo , donde se opta por la modernización intelectual y estética de España mediante la introducción del europeísmo , si bien hubo discrepancias al respecto entre sus miembros, con cambios de posicionamiento entre éstos, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial y de la Guerra Civil Espa ñola. 4) Se desea el pode r, pr acticándose un a ctivismo en el terreno pol ítico e institucional, en el intento de transformar el país según el modelo propuesto, rebasando la dimensión de los textos escritos. 77 3.4.3.11. Gregor io Marañón (1887-1960). Es uno de los más destacados intelectuales españoles del siglo XX . Tuvo gran erudición y un brillante estilo literar io. Como médico, se especializó en endocrinolog ía, escribiendo el Manual de diagnóstico etiológico (1946). También escribió ensa y os, en la modalidad de “ensayo biológico”, sobre personajes hist óricos, descubriendo el motivo biológico de s us com portamientos. No se quedó en lo médico sino que analizó a s u s pacie ntes y a sus personalidades de forma inte g ral, inclu ye ndo en su estudio, j unto con lo biol óg ico, lo moral, lo religioso, lo cultural y lo soc ial e histórico. 3.4.3.12. Ramón de Basterra (1888-1928). Enco ntró el sentido uni versa l de España en la historia, gracia s a los viajes que realizó como diplomático, y fue principalmente poeta, a unque también e scribió e n prosa. L l egó a ex perimentar en los vang uardismos, empleando técnicas futuristas y cantando al porveni r de l as máquinas. El tiempo en sus tres dim ensiones es al go que l e interesa, por l o que pasa de l o hist órico ( La obra de Trajano , 1921) a la anticipación ( Virulo , mediodía , 1927). 3.4.3.13. Ramón Góme z de la Serna (1888-196 3). Fue un escritor mu y fecundo y un periodista español de tendencias vanguardistas, claramente adscrito al novecentismo y a la generación del 14. Co mo novedad propia, destaca la invención de la greguería, que es una s entenc ia in ge niosa y b reve, producto de un choque ca sual entre realidad y pensamiento y que el mismo Ramón la define como la suma de humorismo más metáfora . La greg uería f ue precursora del surr ealismo y po r ella se hizo f amoso en los periódicos, dedicá ndole varios volúmenes ( Greguerías , 1917; Flor de greguerías , 1933; 78 Total de greguerías , 1955; e tc.), pero no se quedó ahí sólo sino que c ultivó el e nsayo ( Ismos , 1931; El rastro , 1915; etc.), igual que la novela, en l a que destaca la de tipo crítico y la erótica. T ambién practicó l a biografí a y la autobiografía ( Automoribundia , 1948) y hast a se atrevió con un teatro d e v anguardia qu e no gustó ( Los medios sere s , 1922). También colaboró en la Revista de Occiden te . De cualquier modo, fue escritor d e personalidad mu y a cusada, muy entusiasta de l o nuevo y su produ cción incluye un centenar de tít ulos, que empiezan, cronológ icamente hablando, con la obra Entrando en fuego (1905). 3.4.4. FACETA LI NGÜÍ STIC A - LITERA RIA DE LA GENERACIÓN DE 1914 Esta somera r elación d e los personajes que inte g ran la g eneración del 14 en manera alguna pretende se r exhaustiva sino que sólo se intenta hacer una br eve a lusión a cada uno de ellos, para consignar los rasgos o moti vos por l os que se les cons idera como pertenecientes o más o menos vinculados a l grupo generacional indicado y, consiguiente mente, insertos en el movimiento literario del nov ece ntismo. P arec e, pues, que con l o dicho qued a claro el significado d e cada uno dentro de la generación de 1914 y su correspondiente aportación a esa t endencia o forma lit era ria que fu e el novecentismo. Aspecto en el que, por otra p arte, apenas sí se ha entr ado, es el de l a opción política de estos escritores, y a que lo que procede toc ar en el pr esente trabajo es su faceta lin güística- literaria, si bien puede ap untarse, aunque sea de paso, que la mayor ía de ellos manifestó sus veleidades republicanas, como lo prueba el hecho de que buena parte de ellos determinara ex iliarse con la llegada de la Guerra Civi l, siendo preciso matizar, al re specto, que las va riantes izquierdistas de los intelec tuales del 79 novecentismo fueron muy numerosas y acusadas y qu e muchos d e ellos, además, no se marcharon huyendo del Alz amiento Nacional sino del Frente Popular, que l es exigió lealtad a sus principios y que condenaran formalmente dicho Alzamiento. 3.4.5. ESTI LOS DE LENGUA JE EN LA ÉPOCA DEL NO VECENTI SMO Antes de terminar este r ec orrido po r los r asg os lingüísticos-literarios del novecentismo y las personalidades que l o componen, re sulta conveniente hacer un br eve repaso al estilo de lenguaje que por entonces se utili zaba , junto con sus correspondientes variedades lingüísticas socioculturales, ya qu e los esc ritores del novece ntismo se forman en esa modalidad estilística del momento y es la que les sirve de punto de partida para elaborar sus creaciones. Te niendo en cuenta lo que, al r especto, señala la Historia de España , de Menéndez Pidal ( La pesa 1994: 27-29), ha y que d ecir que decir que, como cualquier otra lengua, la española tiene variedades geográficas, que van mu y vinculadas a la historia, y ot ro tipo de variedades, entre las que se puede n apuntar las siguientes: las de la l engua culta, las de l a lengua liter aria , l as del lenguaje vulgar rústico, las del lenguaje vulga r urbano y las del lenguaje coloquial. 3.4.5.1. El lenguaje d e la lengua culta . El l enguaje de l a len gua culta , tanto escrita como oral, es m editado y escogido detenida mente, tiene frases de fo rma mantenida, respeta las normas y evi ta incongrue ncias. La forma escrita es homogénea, social y ge ográficamente hablando y la hablad a pres cinde de gestos y ademanes. El nivel m ás alto de este lengua je pe rtenece al lenguaje científico, técnico y filosófic o, que ha de tener rigor má ximo y especiales nomenclaturas. 80 3.4.5.2. El lengua je de la lengua literaria. El lenguaje de la len gua literaria tiene sus palabras ex acta s, pero no sólo conceptua lmente sino también en los aspe ctos volitivo, plástico y afectivo. Cambia a lo largo de l a vida del escritor y según el género literario que culti ve y la intenció n que ll eve al escribir. Influy e mucho en el hablar de la ge nte con la novela y el teatro y mantiene siempre una f uerte actividad creadora. 3.4.5.3. El lenguaje vulgar rústico. El l eng uaje vulgar rústico posee gran riqueza de palabras, con abunda ncia de arcaísmos por el tradicional aislamiento en que ha vivido la ge nte del campo, siendo el que, por ello, mejor ha cons erva do los ras g os dialectales, aunque hoy día están perdiéndose por causa del despoblamiento o éxodo rural. Pero en el primer t erc io del siglo XX estaba en pl eno esplendor y abundaba en palabras sobre flora, fauna, a gricultura, ganadería, industria agropecuaria, activida des, usos y costumbres del agro. Por eso los escritores del 98, como Azorín, Unamuno, etc., recogieron muchas p alabras campesinas, en el intento de encontrar l as raí ces profundas de España. No sólo en el vocabulario sino en frases o “dichos” pintorescos y sentenciosos es igualmente rico el lenguaje rústico. No ha y más que recordar la riqueza del “refranero” español p ara convencerse de ello. 3.4.5.4. El lengua je vul g ar urbano. El len g uaje vulgar urbano va d esec hando lo anterior y busca lo moderno y la novedad. La creatividad es incesante y no deja per durar cosa alguna. Emplea muchos tropos, qu e d an un sentido fig urado al l enguaje, utiliz ados por delincuentes y gente inculta. También inclu ye gitanismos, barbarismos y palabras sincopadas ( cine en vez de cine matógrafo , auto en vez de automóvil … ). Ricardo de la 81 Vega, L ópez Silva y C arlos Arniches recogieron e ste lenguaje popul ar de l Madr id novecentista y lo plasmaron en sus sainetes. 3.4.5.5. El lenguaje coloquial. El lenguaje coloq uial es el que se utiliz a al hablar y está muy condicionado por l a s ituación que guarden los hablantes entr e sí, que puede s er familiar, comercial, respetuosa, protocolaria , solemne, de superioridad, de subordinación, distendida o impaciente. Unas f órmulas habituales para el saludo, la petición, el r echazo y la despe dida. También emplea omisiones que se dan por entendidas, f rases sin acabar, exclamaciones, gran expresividad, imperativos y errores gramaticale s. Util iza frase s hechas y la entonación emotiva es fundame ntal. 3.4.6. I NNOVACIO NES IDI OMÁTICAS D EL NOVECENTI SMO Junto a estas formas d e l enguaje y sus modificaciones im puestas por el di namismo que marca el c ambio en las lenguas, ofrece el nove centismo gran cantidad de innovaciones idiomáticas, que viene n determinad as por lo s avances que ex perimentan en las comunicacione s, la técn ica, el t rabajo, la ciencia, la higiene y l a for ma de vida, afec tando, sobre todo, al léxi co, que s e ve i nvadido por el aluvión de vocablos nuevos. Ese fenómeno empieza a plantearse en l a se gunda mitad del si glo X IX , to mó fuerza en el segundo te rcio de es e si g lo y en el primer tercio del siguiente cuando se convierte en avalanc ha incontenible. Los diccionarios académicos de 1884 y 1899 advirtieron y a ese problema y t rataron d e ponerse al dí a, aunqu e pronto quedar on desfasados. Siguiendo con las indicaciones de l a Historia de Esp aña, de Menéndez Pidal (Lapesa 1994: 30-38), se van a divi dir esas novedades lex icológicas en los ocho grupos siguientes: 82 comunicacione s y transportes, indumentaria, sociedad, o cio, trabajo, política, ciencia y urbanización. 3.4.6.1. I nnovaciones idiomáticas en tr ansportes y c omunicaciones. En comunicacione s y transportes es donde se prod ujo el cambio más espectacular, con inventos insospechados que requerían su propio nombre, por lo qu e se e mpezó a hablar de telégrafo , teléfono (1884), telegrafiar , telefonear , auricular , cable eléctrico (1899), cablegrama (1925), cable g rafiar (1936), radi otelefonía (1925), radiotelegrafía , radiotransmisor , radiar , emisora , emitir (1936), r adio (1923 – 1924) y an tena (1925). El transporte terrestre cuenta con el ferrocarril o tren desde mediados del siglo XIX y todos sus derivados ( vagón , furgón , tren expreso , tren botijo , túnel , mina , ferroviario y maquinista ). El automóvil llega a fin del s iglo XIX (Jacinto Benavente l o cita en una comedia en 1903) inclu y endo los términos auto , gasol ina , claxon , garaje , etc. Derivados de este transporte son el autobús (1922), camión (1899), camioneta (1936), taxímetro ( 1925) y ta xista . Otros transportes son el tranvía , la bicicle ta (1899) , la motocicleta (1925), el tr ansatlántico (1899), el yat e (citado po r Benavente en 1903), la motonave (1932), el aerostato (1899 para el DRAE), el avión (1914), el globo di rigible , etc. La guerra de 1914 a 1918 fomentó el vehículo de combate y el armamento militar, hablándose a p artir d e entonces d e ametralladora (1914), tanque ( 1925), carro de asalto , acorazado , cruce ro , torpedero , cañonero , destroyer ( destructor en el DRAE d e 1936) y submarino (inventado por Isaac Peral en 1887 y utiliz ado para l a guerra desde 1914). 83 3.4.6.2. I nnovaciones idiomáticas en indumentaria y moda. En indument aria, el léx ico va al vaivén de la moda, que fue m uy vari ada. Para el traje m asculino aparecen el frac , el chaqué y el smoking (españolizado como esmoquin ). También aparecen el impermeable (1899), el t rinchera (1919) y la gab ardina (citada en el DRAE de 1899). Otras prendas son el gabán y la americana (con equivalente de abri go y chaqueta para mujeres). La blus a fue obrera y campesina y, l ueg o, prend a femenina y d e varón. La falda era talar o larga y las jovencitas usaban l a falda tobil lera (algo más corta). Después se acortó sin descubrir l as rodillas. Los jerséis y suéteres anglosajones se impusieron. En ropa inte rior, el hombr e usó cami seta y calzoncillo (que fue reducción del calzón ). En la m ujer se sustit uy ó el corsé por la faja y el sostén (1930), en tanto que la braga desplazó al pantalón íntimo, igual que la combinación hizo desapa recer a la chambra y a la enagua . La ropa de casa era la bata y el batí n y, más tarde, el kimono y el pijama , que suprimió al camisón masculino. El sombrero femenino era signo de alta alcurnia, pero en actos religiosos llevaban las mujeres velos y mantillas . A nivel aldeano empleaban el pañuelo a la cabeza. Entr e hom bres el sombrero era símbolo de cortesía ( descubrirse ante las d amas, s uperior es, amigos y compañ eros era de rig or). El sombrero flexible de fieltro desplazó al sombrero de copa o chistera y al sombrero hongo . L a gorra y la boi na l a usaron obreros y m enestra les. El sins ombrerismo empezó entre jóvenes y pronto se extendió por toda la p oblación masculina, i nflu y endo en ello la Guerra Civil. L os cuidados del cuerpo e higiene r ecibe n, asimismo, nue vas terminologías, como dentrí fico , bañera , bidé (registrados los tres en el DRAE de 1899), desodorante , manicur-ra (recogidos en el DR AE de 1914), bañador de playa (1936), etc. 84 3.4.6.3. I nnovaciones idiomáticas en sociedad. E n sociedad, h a y aristoc racia (de linaj e o de dine ro), clase m edia, con el burgués (DRAE de 1899), y clase ob rera campesina. Además, había clas es basadas en el buen gusto y la cultura, qu e son la élite (1936), también llamada crema (por Pío Baroja y ot ros) y gente bien (c on derivados en pollo bien , niño bien , gente pe ra y niño o niña pera ) (1925). En 1865 aparee el t érmino cursi (pretende ser elegante y no lo consigue), usado por Benavente en 1901 ( Lo cursi ). El mal gusto se expresa con ordinari o , rastacuer o , horteril y hort era (d ependiente de tienda de comestibles). A los presumidos se les l lama gomosos ; a los conquistadores, calaveras y; a los v ándalos, gamberros (1936 ). El cabaret es el lu gar de alterne (1920). En 1899 se anota picante (chiste obsceno); en 1936, pornograf ía y en 19 32, sicalíptico (“pornográfico”). S e fija ban días de visitas, en las que se obs equiaba al visitante y se hacía c anto y b aile (al ri godón , valses , polcas y habaneras del siglo XIX, le siguieron, en el XX, el pas odoble , el chotis escocés, el tango argentino, el fox-trot norteamericano y el charleston norteamericano, la cachupinada era el juego de las prendas. L a puesta de largo era l a entrada en sociedad de una joven, que y a podía recibir l os requiebr os de los guayabos o galanes. Lo de hacer el amor era halaga r a la pr etendida y se hacía “a” y no “con”. Ella otor g aba el “sí” o el “no” ( dándol e calabazas ). El flirtear (d el anglicismo flir ) estaba má s cerca del mariposeo que del amor. 3.4.6.4. I nnovaciones idiomáticas en ocio y espectáculos. En ocio, a demás de la tauromaquia, los espectáculos a los que asistían los hispanos entre 1898 y 1936 fueron la ópera, l a z arzuela, el drama, la tragedia, la co media, el circo, el t eatro de variedades (con canzonetistas y cupletistas y los caricatos desde 1925) y el cinematóg rafo , del que deriva film , película , est rella , vedette , pant alla ( por escenario ), cámara y cine sonoro 85 (1927). Al circo van uni dos el domador , el equil ibrista , el funámbulo , el hipnotizador , el payaso y el pr estidigitador . La músi ca s e oía e n conciertos ( concertista anotado en el DRAE en 1899) y en gra bacione s con fonógrafo ( 1889), gramófono de dis cos grabados , gramola y pianola (tér minos reg istrados en 19 25). El deporte se reactualiz a en 1899 (“recreación” , “p asatiempo”) y en 1914 s e convierte en dive rsión, poniendo de moda términos como spor t (anglicismo), d eportista , deportividad , fútbol (1936), boxeo (1936), ciclismo (1914), etc. 3.4.6.5. I nnovaciones idiomáticas en trabajo. En el trabajo había funcionarios del Estado (convertidos en cesantes cuando cambiaba el gobierno) y empleados de empresas privad as. C on el tiempo se logró e stabi lidad e n e l empleo y pensión de jubilación. Los no estatales t ambién mejoraron y p odían ser contables , caje ros , gerentes y prácticos en mecanograf ía , llamados mecanógrafo o mecanógrafa (anotados en el DRAE en 1914), persistiendo además la t aquigrafía , los taquígrafos , los chupatintas , los botones o recaderos y la buro cracia con sus t rámites burocráticos (DRAE, 1899), a los que y a aludió Larra (“Vu elva ust ed mañana”). La pr ensa (el cuarto poder) trajo muchas palabras y e xpr esiones nuevas, como periódico , diario , revista , semanario , artículo de fondo (1899), artículo editorial (1925), reporte (del galicismo rapport que es “informe”), reportero (“informador”, desde 1 925 en el DRAE), r epórter , máquina rotativa , rotati vos “periódicos”, salir en los papele s (por “aparecer en los periódicos”), etc. La industrialización también fue pródiga en palabras nuevas, en los casos de masa obrera , patrón o patr ono , sindicato , sindicalismo , patronal (desde 1925 en el DRAE), comité (1914), huelga , terrorismo , pist olerismo , b oicot , sabotaj e , etc. 86 3.4.6.6. I nnovac iones idi omáticas en política. En pol ítica, se m antienen términos del siglo XI X, como dere cha , izquierda , anarquía , progresist a , demóc rata , democracia y los acuñados dura nte la Primera República ( cantón , cantonal , federalismo , federal , autonomía , centralismo , desc entralización , tradicionali smo , intransigencia y reformista ) y durante l a R estauración ( conser vadurismo , posibi lismo , absentismo , burocracia , objetante y patr iotería ), como anota el DRAE de 1899. En el de 1914 viene socialismo y so cialista . Términos con carga visceral o emotiva e ran cacique , caciquismo , canovismo , maurismo , clerical y ant iclerical . Las sufragistas vienen en el DRAE de 192 5, lle g ando lue g o el feminismo y l as f eministas , que estrenaron el voto femenino en las elecciones de 1933. De la revolución rusa ll egaron marxismo , checa , bolchevique , maximalista , soviet , comunismo y comunista . En la Segunda República crec ió el núm ero de partidos polí ticos y ap arecieron los vocablos fascista , falangi sta , cedista , reaccionario , retógrado , radi cal , facha , comecuras , masón , rojo , anarco- sindicalismo , ugetista , cenetista , camarada , frente y estraperlo . Son signos claros de la animosidad que había e n España durante el primer tercio del siglo XX. 3.4.6.7. I nnovaciones idiomáticas en ciencia. En ciencia el panorama era más alentador, pues se avanz ó bastante y la i nvestigación se puso al mismo nivel de la del mundo occide ntal, l o que se tradujo en una valio sa i ncorpor ación léxica. En la física se introdujeron voces como amperio , corriente eléct rica , voltaje , voltímetro , vatio (DRAE de 1899), relatividad de Albert Einstein, física cuántica de Max Plank (conocida antes de 1936), etc. A la química pertenecen los neolo gismos cafeína , cocaína , hemoglobina , deshidratar (puestos en el DRAE de 1899), hormona , vitamina (en el DR AE de 1936), etc. La biología apo rta lo s conceptos de célula , po len (DRAE d e 1899), partenogénesis 93 Para P aulino Garagorri se pueden distinguir en la evolu ción de Ortega estas etapas: 1ª, la liberal-socialista no m arxista (entre 1904 y 1912 ); 2ª, la del “perspectivismo”; 3ª, la del “rac iovitalismno” (curso ¿ Qué es la filosofía? ); 4ª, l a del “historicismo” (expuesta en Histor ia como sistema ) y 5ª, la del “radicalis mo” (1936- 1955), en l a que quiere ll egar al fundamento úl timo o final de las cos as (Abad 1994: 30- 32). Aunque referidas estas etapas a la tra y ectoria filosófica, no cabe duda de que también condiciona n, junto con su forma de pensar, s u mane ra d e ex presión, terminología y estilo l ite rario propio, como bien se advierte, por ejemplo, en la búsqueda de una sem ántica y etimol og ía cada vez más depuradas y precisas. Por ello, se hará revisión de dichas etapas, siempr e, por sup uesto, ex tray endo princi palmente su aspecto ling üístico-literario. Otra clasificación a tener en cuenta es la d e Fra ncisco Abad, que concreta las etapas orte g uianas sobre su pensamiento en la de comienzos, que lle g a hasta 1915; la d e transición, que va d e 19 15 hasta 1932; y la de madur ez, que va de 193 2 hasta el final (Abad 1994: 33). La etapa de comienzos la ini cia cuando y a contaba los 27 años con el artículo “Adán en el P araíso”, en el que expone su idea sobre el antropo centrismo al afirmar que todo es lo que es si lo es para el hombre, puesto que la realidad es el binomio de las cosas má s el hombre y , si éste falt a, ya no ha y realidad, pu esto que falta el referente definidor d e ella. El arte, además, es artificio, al no r efleja r la realidad sino ser una construc ción arti ficial o inventada que, sim plemente, alude, a su modo y con su técnica, a la realidad (Abad 1994: 34-35). De aquí se puede inferir qu e el lenguaje, 94 como una manifestación mu y afín con el arte, tampoco sirve para describir la realidad, quedándose en un intento por conseguirlo, incompleto, por supuesto, y constituido por una mezcla de tec nicismo y esteticismo, sobre todo c uando s e alcanz a el le nguaje literario. 4.2.3. LA DOBLE PREO CUPACIÓ N ORTEGUIANA : LO FI LOSÓFIC O Y LO NACI ONAL Mucho más depura do en sus concepciones aparece Ortega en sus Me ditacione s del Quijote , publicado en 1914, donde parece asumir la idea kantiana d e que el mundo no tiene realidad en sí, si no que carece de ex istencia fuera del hombre q ue lo piensa, criticando, además, el provincianismo español, en el sentido de un país que se aísla y deja e stancadas sus ideas. Su influencia en ideas de P ío Baroja y de R amón Pérez de Aya la se hace patente e n esa obra y , con ello, cierta asimilación del tono estilístico- literario, que es el estilo de aquel momento (Abad 1994: 36-41). Lógicamente, también acusa Orte ga el impacto que le causa Unamuno ( Del sentimiento t rágico de la vida en los hombres y en los pueblos , 1913), si bien más en lo ideológico (p roclamación de la primacía de la vida para poder pensar y s entir) qu e en lo lingüístico, i gua l que le sucede con Edmund Husserl (ha cer de l a filosofía una ciencia estricta, con métodos correctos y que vaya a los comienzos verdaderos d e las cosas). Ortega ve a los hombres, como a las cosas, en sus p ropias circunstancia s y como const itutivos del mundo, teniendo un sentido hi stórico incuestionable, viendo la en fermedad de España c omo res ultado de su alejamiento de Europa y del progreso y , en consecuencia, de un olvido de su devenir histórico y de ese pasado en común con los pue blos europeos (Abad 1994: 41-46). 95 En las Meditaciones del Quijote , lanz a, pues, su eslogan de “ y o s o y y o y mi circunstanc ia”, dependiendo esa circunstancia de la interdependencia entre unas cosas y otras, si endo una heroicidad el que cada uno s ea él mismo, sin ambicionar otra cosa. Cuando se pierde l o exce lso y aumenta lo mediocre , la situación empeora, es el caso de lo que le h a ve nido a suceder a España (Abad 1994: 47-49). Cuando dice que “no se trata de aprender lo que han dicho los filósofos sino averig uar lo que las cosas son”, está y a incidiendo e n su idea semántica de que las palabras, lexi cológ icamente, son un simple anunc io de la r ealidad y qu e, para conocer su sentido pro fundo y lo que los escritores han qu erido de cir al escribirl as, ha y que ir al espíritu de la letra, buceando en significa dos p rofundos y ancestrales. Esto se consigue con m ucho aprend izaje, mucho estudio de clásicos y mucha escolaridad, porqu e, de otro modo, no se podrá ha cer nueva ciencia. Con la p alabr a s e pued e hacer cu asi-ver a los demás la realidad, pero siempre tendrá el comunicador un resto inexpresado e inex presable de la realidad que no podrá transmitir a los dem ás. Así, indica Ortega cómo el lenguaje es un imperf ecto medio de comunicación social, aunque, ante la i mposibilidad de dar con otro más completo, se da por ace ptable (Abad 199 4: 51-53). 4.2.4. COMI ENZ OS Y PRIMERA MADUR EZ Ortega empezó a escribir pronto, con artículos de crítica literaria, cultural o polít ica. Esa crítica su y a podía ser un a opinión su y a o enjuicia miento o una censura. Com o ocupado en lo profesoral y profesional, se ex presó con “ensayos de varia lección”, cursos profesionales y confer encias en sociedad, si empre en su p apel d e “escritor y 96 catedrático”, de modo q ue Ortega fue un filósofo li tera to, o sea, que la f ilosofía acaso fue el pretexto para ejercitar su gra n vocación, que fue la de escritor. En ese sentido es bueno apuntar (como anota Alfredo Deaño) que en todo tiempo ha habido filósofos científicos y filósofos es critores, perteneciendo O rtega al segundo de estos dos grande s grupos, aunqu e apostando desde su púlpito de escritor por l a importancia de la ciencia, de la que di ce, en 1908, que es la única garantía de supervivencia moral y material en Europa, si bien se s upone que por ciencia enti ende todos aquellos razonamientos sólidos, hechos mediante juicios categóricos o irrefutable s, que p ermiten mantener valores incuestionables, buscando, para ello, las esencias, tal como propone l a fenomenología, al hacer la descripción pura de esas esencias a través de apreciaciones hechas e n con-ciencia (A bad 1994: 58-61). Pasada l a época d e los años juveniles, entra Ortega en la de su prim era m adurez o primera pl enitud, que va desde 1916 hasta 193 2, publicando el libro Personas, obras , cosas , con el que cie rra su mocedad y l a deja a trás, empezando, s eguidamente, la publicación de El Espectador , con el que da paso a su época mejor y más rica, reaf irmándose en su com promiso con la verdad, t anto al hablar d e la vida y del universo como al entrar en la acción política o t ratar sobre his toria (Abad 1994: 62-63). También entra en la estética, declarándose formalista, al afirmar que el arte en su esencia es artificio y no tiene n ada que ver con la realid ad, aunque copie lo natural. Análogo formalismo denota al hablar de la novela ( Ideas sobre la novela ), de la que dice que interesa por los personaj es, a los que s igue y acompaña el lector hasta entrar en su mundo o atmósfera. La novela tiene que ser larga y el lector ti ene que convi vir con sus personajes y sentir a la p ar que ellos. Debe ser como una relación real que satisfaga el 97 deseo de comunicación del lector y su curiosidad por entr ar en casas y en vidas ajenas. De ese modo, el argumento tiene que ser ex tenso y ha d e ser contado poco a poco para que el lector se ente re hasta de los menore s detalles y quede satisfecha su c uriosidad. Ha y que conseguir qu e el lector sienta la sensación de ver direct amente a sus personajes, con los que termina implicándose. Para su ra ciovitalismo, la novela es un “puro vivi r” en un “ser y estar” d e los p ersonajes en su ambiente. Algo, pues, aproximativo a la realidad, inversamente a lo que presupone la inventiva de la estética del arte. Acerca de la l engua , ap artándose de los t emas artísticos, señala Ortega, tras leer los Orígene s d el españ ol de Menéndez P idal, que ha y qu e ex igir una ciencia del lenguaje que sea tan rigurosa como la física y que atienda a la diacronía, diatopía y causas de los cambios li ngüísticos. Est os cambios lingüísticos están condi cionados por la cinemática o ciencia d e los movimientos, que es una ciencia de r ealidades, que toma el referente de la evolu ción y l a traslación de los sonidos. Ante esto, l a li ngüística tiene que estar atenta a la entidad empírica de la verdadera realidad (Abad 1994: 70-77). En el curso ¿Qué es fil osofía? (1929) retoma Orte g a el conc epto filos ófico, aseverando que filosofía es el conocimiento d el universo, es decir, el conocimiento del ser en su tot alidad, con l o que ent ra en la ontol og ía o ciencia del estudio del ser. Aquí hay dos post uras: que el pensar es un resultado de l ser (realismo) y que la estructura del ser procede del pensar mismo (idealismo). Sobre esto ha y que decir que sólo en parte el ser coincide con el pensar, de modo que la postura del idealismo es la menos aceptable y la que rechaza Ortega y es e rechazo es lo que llama el tema de nu estro t iempo , que lo plantea como el objetivo a superar por la “razón v ital”, que no entiende d e idealismos y dice que lo úni co cierto que ha y en el univ erso es “mi vivi r”, pero la vida es fatalidad y 98 libertad, ofreciendo posibilidades o destinos diferente s, pudi endo decidir se cada cual por el desti no que prefiera. O sea, que “vid a es destino” (Abad 1994: 74-76). Terminología , en suma, de filosofía e xistencial. En 1930 publica Orte ga La rebelión de las masas , donde dice qu e las masas populares llegan al pleno poder social m ediante una reb elión, por la que han impuesto una hiperde mocracia, siendo ese el hecho más de nuestro ti empo. Hombre masa es el que no se preocupa, se v e igual a todos, no tiene aspiraciones y anda a la deriva. Quiere que el estado l e r esuelva todo, es egoísta, im pone su opinión y es insolidario. El hombre selecto se exige mucho a sí mi smo, se rodea d e di ficultades, hace tarea de héroe y parece duro po rque quiere sac ar adelante una empresa. La rebelión de las masas tiene su orige n en el Ochocientos, por tr es r azones: la d emocr acia li beral, la ex perimenta ción científica y el industrialismo. Un derivado de ese triunfo de las masas es el nacionalismo. Con eso desaparecen las personalidade s y los protagonistas y sólo queda un coro de voces monocordes que cantan a l uníson o (Abad 1994: 70- 80). Con todo esto, como se ve, qued a mu y enriquecido el diccionario de con ceptos sociológicos, tanto con términos nuevos como con términos de antiguo uso pero con nueva o re novada si g nificación. Tras estas conceptualiz acione s sobre la existencia y lo social, entra Ort ega a hacer conside raciones de metafísica, a pr opósito del curso Principios de metafí sica según la razón vital , impartido de 1932 a 1933, asegura ndo en él que ha y que saber lo que de cierto ha y, o sea, cuál es la realidad, p regunta que es ya d e metafísica. Al 99 respec to, dice que, por la postura realista, la rea lidad es el conjunto de las cosas que ha y , es decir, todo el mundo. La otra postura es l a idealista, por la qu e realida d es el sujeto que piensa el mundo. De la realista, pues, se pasa a la idealista, de la que es partidario Ortega, argumentando para ello que, al decir “la r ealidad son las cosas”, es un sujeto el que dice y piens a eso, pasando de aquí al vitalismo, al razonar que, para que un sujeto piense, es n ecesario qu e t enga vida y que esté vivo, en un vivir que impli ca coexist encia de ese “ y o” subjetivo con las cosas que piensa como que son la realidad. Se ll eg a, así, a la deducción de qu e “mi vida, que es la realidad, se compone de mí y de las cosas” (Abad 1994: 80-82). Se tra ta, como se ve, de otros tantos términos del léxico filosófico orteg uiano con su sentid o espec ífico. 4.2.5. LA SEGU NDA E TAPA D E ESPLEN DOR ORTEGUI AN O El año 1933 es importante par a Ortega, pues, como dice su biógrafo Julián Marías, siente que ha llegado a la cima, asegurando que l a vida sólo crece a partir de uno mismo, que desea ponerse fue ra d e lo vulg ar y cotidiano, que re chaza l a indolencia y estupidez y que qui ere e ntregar se al pens amiento auténtico, que es la filosofía (Abad 1994: 86-88). Dispuesto, así, a rec orrer su segunda etapa d e esplendor, la empieza en 1933 con un curso en torno a Galileo, donde afr onta el problema del propio ser y de la necesidad d e “saber”, po rque en ello va la condición humana, ya qu e es incuestionable que el hombre necesita saber. Menos adecuada es la definición de que el hombre es un animal inteligente, un ser racional o un homo sapi ens , porque ni de los sa bios mayores ni de las inteli genc ias más preclaras se pu ede decir qu e sepan y entiendan todo con plenitud de entendimi ento y con inconmovibl e e i nteg ral saber. Vivir, por ot ro l ado, es 100 interpretar una vid a a la que s e ve l anzado un indivi duo sin s aber cómo y por qu é se encuentra ahí, empleando una técnica y una ide ología que le i mponen y tratando d e realizar su vida con esos utensili os que le ofrecen. Ti ene que empez ar, por eso, adivinando cómo, cuá ndo y por qué cambia la vida, y a que en ello está la sustancia de la historia. Cada generación cambia un poco el mundo y el m undo vi g ente es el fruto de ese cambio generacional. La cambiante realidad h istórica la forja l a sucesión progresiva de generacione s humanas (Abad 1994: 89- 94). Tras estas elucubraciones intelectivas, se asoma Orteg a al asunto de la técnica, sobre el que postula que la técnica es el conjunto de pro cedimientos que nos permite, en lo posible, obtene r l o que no h a y en la naturaleza pero que lo n ece sitamos, siendo, así, como la reacción enérgica contra la naturaleza que lleva a crear entre ésta y el hombre como una se gunda naturaleza o sobrenaturalez a. L a t écnica es la reforma de la naturaleza. El movim ie nto biológico general es la ada ptación del sujeto al medio. También ada pta el medio al suj eto, pero sujeto que se deja adaptar, n o es hom bre, porque la vida humana i mplica no sólo estar s ino estar bien, y hombre qu e no lucha por ello, no es hombre. Ade más, el hombre que se convence de que no podrá lograr el bienestar o algo que se le parezca y que t endrá que contentarse con el simple estar termina sui cidándose, pues el bienestar es la necesidad de las necesidades o necesidad fundamental (A bad 1994 : 95-97). Hacia 1934, como lo atest igua en s u “Prólogo par a alemanes” y como lo acredita su dis cípulo Julián Marías, retirado de la actividad pol ítica, se entrega Ortega a su labor de profesor universit ario e intenta formar un clima intelectual auténtico que fuese punto 101 de partida de una escue la filosófica, consciente de que los cincuenta y un años de edad son los mejores para lograr la plenitud intelectual, en lo que se atiene a una afirmac ión del propio Aristóteles (A bad 1994: 97-99). Aludie ndo a la historia, di ce qu e ha y que dar con las creencias que caracterizan a cada época, pues de ellas parten las ideas que condicionan la forma de pensar que hubo. La ciencia físi ca no acl ara nada sobre el hombre, puesto que éste es un acontecimiento vital y no una n atura leza. La “sustancia” de la vida humana es e l ca mbio que va experimentando la vida, o sea, que es el argumento del “drama” de la vida y el “sujeto” al que le acontece es fu nción de ese “drama”. Por ello, siempre se gún Orte g a, la histo ria es la ciencia de l a realidad radical que es la vida y la totalidad específica por la que genéricame nte somos o ex istimos, en tanto que la filosofía deb erá estar en el comienz o de la razón histórica (Ab ad 1994: 101- 103). Continuando con lo filosófico, indica que la filosofía tritura sus sistemas e intenta nacer en cada etapa de una nueva forma de razón o sistema, sin ac umular experiencias históricas. Si empre , claro está, con el empeño de dar con una realidad máxima y auténtica que hag a comprender la re alidad de todas las demás cosas. Se opone, en cont ra d el idealism o, al pensamiento i ndependiente d el mundo, porque no existe ta l i ndepe ndencia si no un mutuo e xisti r, por la historia. Ade más, el hombre descubre a los otros hombres y ve en ellos su alter ego o sus semejantes, que para él s on los otros “yo” (Aba d 1994: 104-107). Todas las filosofías tienen una mismidad, por ser fruto de ex perienc ias intelectuales en la búsqu eda de la verdad, s iendo provechosos los errores y desaciertos 102 de sist emas anteriores porque de ellos se apren de a pensa r contra ellos, que son los adversarios de l os nuevos pl antea mientos. L os problemas filosóficos, al respecto, se plantean en sí mismos quie ra el hombre o no. El destino del hombre es la felicidad y cuanto éste hace es por ser feliz , siendo la física el órgano de la felicida d (en cu anto que es transformador a del mundo). El fenómeno siste mático de la fenomenología es, como punto de partida, la vida humana (A bad 1994: 108-112). La fenomenología o feno menalismo es el sistema filosófico en el cual sól o se da importancia a lo que afecta a los sentidos. En una aceptación m ás simple y general, la fenomenología es el tratado de los fenómenos. Para el vitalismo es lóg ico qu e el fenómeno si stemático y reiterativo por excelencia sea la vida humana, y a q ue ésta es lo esencial pa ra conocer y ex perimentar cualquier realidad o forma de existencia, lo que es muy asumido por Orte ga, al pertenecer al vitalismo, en esa modalidad q ue instit uy ó él mismo y que denomin ó raciovitalismo o vitalismo con su razón propia de ser o circunstanc ia específica para cada uno. En lo que respecta a la cienc ia, para O rtega no es sólo erudic ión sino también teoría y construcción. De ahí que la ciencia histó rica deba de situar l a realidad de que habla en un “campo hi stórico inteligible”. La vida humana, por ot ra parte, es un aceptar vivir y que c ada persona llegue a ser la -que-es, mediante la práctica d e una moral heroica. El intele ctual es el que clama desde su soledad radical, que es la que le confiere su verdad, o sea la v erdad que él mism o ha encontrado y que le permite ver l a realidad tal como es, a diferencia de la ma yor ía de las p ersonas que jam ás llegan a verla ni a tener i dea de ella. De to dos modos, ese clamor del int elec tual desde su s oledad es para 109 serio compromiso con la verdad, cultivando la intelectualidad, por la que lle gó a la filosofía, siendo, al respecto, su obr a M editaciones del Quijote (1914) su primer trabajo auténticamente filosófico, y a que, en su “meditación preliminar”, lanza su primera versión de l a m etafísica de la razón vital. Ade más de esto, l a filosofía de Ortega es circunstanc ial, porqu e arranca de su circunstanci a, que es el entorno ( circun -statio ) en el que vivió, o sea El Escorial, en l a provincia de Madrid, con toda España c omo horiz onte lejano o racional. Eso le lleva a l a con clusión de que tenía que salvar a su nación para salvarse a sí mism o, de tectando que de los tres peligros que la amenazaban era l a cursilería, la cha bacanería y el envilecimiento, junto con la tontería, q ue es pla ga universal. Por ello, antes de salvar a su p atria, para predicar con el ejempl o, empieza salvándose él de tales peligros y se a rriesga a s er lo que su vocación le dict a, asumiendo todas las responsabilidades y riesgos que esa de cisión le aportase, porque el envilecido es el ca nalla que s e nie ga a ser el que tiene qu e ser, convirtiéndose en un sui cida que sobrevive a su propio suicidio. Ortega vivi ó 72 años y n ació en Madrid en 1883, aunque de niño y de much acho estudió en Málag a, en el colegio j esuita de M iraflores del Palo, quedándole de ello com o estigma el hab erse con vertido en un “emperador en una gota de luz”, seg ún él decía. Igualmente, y a más mad uro, dijo s er un proyecto, porque toda persona es un pro yecto con su vocación, p rograma y misión por cumplir, ya que la vid a es misión , como advierte el cristianismo, pese a que se le acusa de haber hablado poco de Dios, si bien nadie s e cono ce que se haya h echo ateo le y e ndo a Ort ega. Lo que sucedió es que tuvo más en cu enta l os influjos r ecibidos de la R evista de Occidente . A su vuelta, puso a España a la “altura de los tiempos” en publicaciones especializadas. Vivió pobre, porque p refirió ser él mismo y no otro, pero fu e or gulloso porque s abía quién era. Además, era irradiante, cálido, hospitalario, comunicador y hombr e de 110 magister io con su natural de sdén de maestro y vi vió en soledad gran part e de su vida (Marías 1971: 111-119). Continuando con las disertac iones del discípulo J uliá n Marías sobre su maestro Ortega, ha y qu e considerar que éste ha sido muchas veces v alora do negativamente, p ese a lo cual ho y se habla más de “superación”, que puede ser la de ir más lej os que él o la de ref utar ciertos aspectos de la doctrina orteguiana. La primera es di fícil, porque en sus textos vienen ya eleme ntos que s e anticipan a to do ulterior añadido. L a s egunda, sólo puede ha cer se desde l a mala fe, d escubriendo errores en Ortega qu e él y a había superado o esquivado. Muc has veces, incluso, no se entra en su pensa miento y se explica de él una cosa pa recida pero no la que dijo y pensaba en realidad. Su carácter de anticipador, además, lo coloca como un pensador de la segunda mit ad del siglo XX, más por la ignorancia filosófica que ha y y po r no haberlo leído concienzudamente, se desconoce esa faceta suya, p ese a que Or te ga h a querido ser l eído y co mprendido por muchos y ha ex tremado su accesibilidad. Afortunadamente, el interés actual po r la filosofía está haciendo que y a sean muchos los que entienden a Ortega. El método para hacer nu estra filosofía es repensarla . En este filós ofo han vivido los puebl os hispanos la experiencia pl ena de l a filosofía, pero d e una fil osofía española , que es lo que faltaba hasta Ort ega, que fue el primero que hi zo una int erpr etación filosóf ica española del mundo. S u filosofía es la que podemos llamar nuestra los que hablamos espa ñol, siendo, además, una filosofía a l a altura de los tiempos , o sea al nivel filosófico de Occidente . P or ello, ha y que entender a Orte ga p ara comprender l a realidad española a partir del siglo XX, y a q ue es él quien incorpora l a filosofía a nuestra realidad histórica, fundando, así, la filosofía española, al igual que Descartes funda l a filosofía francesa y 111 Le ibniz y Kant la alemana. Por eso, Ortega es para nosotros la posibilidad misma de la filosofía y no se le puede superar pasándolo por alto sino que ha y que pose er efec tivamente s u filosofía para hacer posible la filosofía española. La auténtica superac ión d e la filosofí a orte g uiana será su cul minación y cumpli miento, haciéndola llegar más allá en la hi storia. El futuro de Ortega importa porque es nuestro futuro (Marías 1971: 131-138). Respecto al ambiente intelectual que predominaba en l a época de Orte ga, que fue la de l os comienzos del siglo XX, siguiendo con Juli án Marías, se puede decir que estaba ca rac terizado por la erudición, que es una vasta i nstrucción enci clopédica con datos mu y diversos que s ólo se unen en la mente de quien los posee. Esto a Orte g a no le agrada ba, porque deseaba que hubiera un pensamiento teórico que fuese ciencia efectiva y , sobre todo, filos ofía. Por ello, tuvo que escoger entre cultivar la filosofía no española que se estudiaba entonces o encerrarse en sí mismo y crear po r su cuenta una filosofía española, que estuvies e i ncluida en su concepto d e europeísmo, triunfando, al fin, esta segunda postura, renunciando, así, a la idea de ser una gran figura de la ciencia internacional, manteniéndose fiel a esa idea vo cacional pa ra poder seguir siendo él mismo . La s facetas por l as que pasó su fi gura pública son las si guientes: 1ª ) recabar información intelectual de primera mano y al dí a; 2ª) adoc trinamiento en l o político y social para proponer fo rmas elevadas de vid a cole ctiva; 3ª) hacer l a “ref orma d el entendimiento” para con seguir la maduración de la mentalidad española; 4ª) practicar, desde s u cátedra de meta física, una rigurosa actividad filosófica, para pode r forma r una escuela española de filosofía (Ma rías 1971: 12-15 ). 112 Parece que, con lo dicho hasta aquí, queda bi en p erfilada y encuadrada la figura de Ortega y Gasset, con su personalidad, sus inq uietudes, el ambiente que lo rodeó, su significación histórica, su papel intelectual, s u p ro y e cción en el campo de la lingüística y del idioma y su temática preferente que, por supuesto, fue la filosofía. Tras las referencias con signa das por su incondicional discípulo J ulián Marías, bueno es tomar algunos informes sobre Orte g a y Gasset inspirados por su s eg uidora María Zambrano. Para ello, se va a seg uir su obra tit ulada España, sueño y verdad , en la que dedica una p arte a di sertar sobr e su maestro. Reconoce, al respecto, que la filosofía de Ortega es la de la “Razón Vit al, Histórica o Viviente”, distinguiéndose de l a gr iega en que ésta nació de la fe o confianza en la “Razón” buscadora de la crítica para modificar la vid a, en t anto que la ort eguiana arranca de l a fe o se gur idad en la vida, criticando la “Razón”, si bien ambas se nutren de la certeza de poder encontrar la “Vida en la R azón” y la “Razón en la Vida”, respe ctivamente. La fe filos ófica es la que contiene la necesidad del pensamiento en su búsqueda de evidencias. Es e pensamiento, a su vez, es el que se hace a sí mismo a través de la búsqueda de la realidad antagonista (“lo otro” ), por la que toma constancia de su propio existir. Tal condición la cumplió Ortega, lo que le supuso el enfr entamiento con el problema de ser español y ser filósofo, y a que en España, aunque había filósofos, no estaba presente la filosofía como escuela nacional propia, acaso por el escepticismo e i ndifere ncia del español a r econocer sus valores genuinos, sínt omas que empiezan a mani festar se en el siglo XV II, a raíz de la llamada “decadenc ia esp añola”, al go que puede p ara ngonarse con un suicidio nacional, similar al que Án g el Ganivet asumió en sus propias car nes. Semejante atrocidad implica el ensimi smamiento o encerramiento en sí mis ma, aislándose herméticamente de todos 113 los influjos e impidi endo salir hacia fuera los su yos propios, lo que estrangula la vida, impidiendo llegar a la s certidumbres hasta hacerla morir por con sunción. L as “creencia s” desap arecen, dejando paso a un frío “rac ionalismo”, que por fortuna, termina por dejar p aso al “antirracionalismo”, como reacción opu esta. También la falta de c ertidumbres d esencadena el “quietismo”, que se dio en España en el siglo XV II y que, contrariamente a l o que se puede suponer, termina desencadenándolo actitudes violentas y a narquistas (Zambrano 2011: 1069-1079). En estas circunstancias de anquilosamiento ani quilante, Ortega y Gasset se decidió a ser filósofo, llegando a entender metafísica por haber vivido su autoaniquilación, de lo q ue surg ió el filósofo que fue, dispuesto a pensar y a m editar, primero en la muerte, de la que venía, y lue go, en l a vida, a la que mar chaba, por lo cual titula Meditaciones del Quijote su primer libro filosófico, donde llega a conclusiones tales como que el filósofo tiene que filosofar par a hacerse y no deshacerse, víctima de l a banalidad. Igualmente de duce que el hacer filosofí a era lo mejor para sacar a España d el anonadamiento comatoso en que se encontraba y lo grar su “conversión” , algo que ya había intentado Miguel de Unamuno desd e la poética, razón por l a cual se le ve contrapuesto a Ortega, si endo así que ambos perseguían i gual fin. Eran aptitudes distintas, simpl emente, pues Ganivet se estrelló contra el muro del aniq uilamiento, al querer atravesarlo, Unamuno aceptó su situación histórica y no lo intentó, quedándose con su trágico sentimi ento de la vida, y Orte ga prefirió poners e a estudiar filosofía metafísica, para abatir el “muro” i ntelectua lmente, tras buscar las conex ione s ocultas de las cosas, para darlas a c onocer en su ser más profundo. En Marburgo se hizo filósofo en la escuela neok antiana y , después, vol vió a España para meditar anóni mamente, 114 manteniéndose fiel a su condición de español, si n olvidar su vocación fi losófica. Por ello, ante lo negativo, pide ref ormas y , frente a l o positivo, exig e obediencia. De este doble posicionamiento viene su conversión o equi librio equidistante entre positividad y negatividad, entendido con perspectiva histórica. Yendo, así, a la raíz del p roblema, crea su filosofía original y encuentra en l a meditaci ón l a autenticidad de su pensamiento, guiado por su “certidumbre” de p ersonal ge nialidad. Cualidades que c aracterizaron su pensamiento son: la claridad (fruto de la coherenci a de su pensar y de su actitud frente a la vida), l a generosidad intelectual (la convierte en caridad por la fe en el pensamiento y el amor a la circunstanci a tradicion al), la objetividad (viene del amor total a lo pensado, con el amor d el “eros” hacia los puntos incógnitos y el amor de la caridad cristian a hacia todo lo qu e está n ecesitado d e cono cimiento o explicación) y la or igina lidad (su filosofía brota de la realidad de la vida española) (Zambrano 2011: 1080-1093). Merced, pues, a O rtega, vino a nacer o renacer la filosofía en España, con un mayor o menor grado de originalidad, que d ependía del grado de abstine ncia filosófica que hubiese cuando ll egó ese renacer. C omo el e spañol se había resistido a la filosofía, igual que a su cultura y a su propia historia, quiere decir que el a y uno filos ófico en que vivía era i ntenso como pr olongado, por lo que ese renacimiento de su filosofía hubo de ser necesariamente original de alta graduación. El espacio reservado al fil osofar est aba lleno de cosas superfluas y mundan as, aunque no llegasen a inmundas, razón por la cual Ortega se dispuso a emplear su inteligencia para ordenar la c aótica si tuación, tomando como referente la vida , y no l a “f ysis” de los presocráticos, en lo que coincide con Platón, que se inició como poeta trágico y fue l a su y a, por ende, una filosofía de la vid a. La s M editaciones d el Quijot e , por ci erto, ti enen mucho de pl atónicas, pues inciden en 115 aspectos afines con l a p oesía, la política, la s abiduría y la ciencia d e la información, siempre en el intento de escla recer la trage dia vital humana hasta verla con t otal transpare ncia. De ahí colige que vida y razón han de entenderse bien para q ue el hombre sea vi rtuoso, así como que la vida no tiene que huir de l a r azón ni ésta ha de esconderse de la vida (Zambrano 2011: 1093-1099). Con estas conspicuas reflex iones de Zambra no so bre Ortega, puede d ecirse que la figura del mismo, sin ol vidar lo antes dicho, q ueda correctamente dibuj ada, en lo que atañe a p ersona lidad, inquietudes, ambiente e n que se desenvolvió, sig nificación histórica, papel intelectual que desempeñó, su pr oyección en el campo d e la lingüística y su temática preferente, que, por supue sto, fue la filos ofía. 4.3. LA FI GUR A Y SIGNIFICACIÓ N DE MARÍA ZAMBRA NO 4.3.1. LA FI GURA DE MARÍ A ZAMBR ANO Es natural que, con su ex cepciona l aportación a la filosofía española, Ort ega y Gasset institu y es e una gran esc uela filosófica que mantuviese vivo su legado y que estuviera compuesta por un nutr ido número de discípulos entre los cuales se encontrarán, personalidade s de recono cido prestig io en el campo filosófico y en el literario, como son los casos de F erna ndo Vela, J osé Gaos, J ulián Marías y María Zambrano, entre otros muchos. De todos ell os y como contribuci ón al conocimiento del panorama novecentista en lo lin güístico-literario, se va a hablar, a continuación, de dos en particular, que son María Za mbrano y Julián Marías. 116 Empezando por María Zambrano, y a que, cronológicamente hablando, es anterior, h abría que decir que, como Ortega, fue una gran ensa y ista y dis cípula dilecta suya, i g ual que también lo fue Xavi er Zubiri, lo grando en las ob ras qu e escribió una mezcla singular y un especial “unimismamiento” entre lite ratura , filosof ía, historia y poesía. Ejemplos de esta cohesión son sus traba jos Filosof ía y poesía y La confesión, género literario y método , entre otros (Zambrano 2011: 975). . Acaso no sea arr ies ga do de cir que Ma ría Za mbrano (1904–1992) es la más original y destacada filósofa de l os tiempos recientes en España, si bien la belleza de su escritura ha h echo qu e m uchos de sus lectores hayan fijado su at ención en su aspecto estético o poético, s in reparar en el p rofundo calado metafísico qu e d estilan sus páginas y en la innovación de método y de contenido que supone su obra para la historia del pensamiento occidental, mu y en consonancia con los valores que re claman para el tercer milenio. Junto a l a novedad de apertura a nuevos horizontes de su obra, también destaca el apasionamiento y aut enticidad que denotó en s u vida, a l a qu e consi deró como un puente tendido ent re dos épocas, siendo así un a mujer de f rontera que a brió caminos nuevos para la vida y el pensamiento, por lo que su vida marca un c amino generacional y ha sta d e época, que nos pone ante un nuevo “horizonte de int elec ción”, como decía Xavier Zubiri, del que fue discípula y a y udante en la docencia. Su protagonismo no solo fue en lo filosófico sino también en ot ros much os campos del sab er (Ortega Muñoz 2006: 10 y 11). Su nacimiento fue en la localidad de Vélez-Mál aga, el 22 de abril de 1904, acontecimiento que para ella fue siempre mu y importante, pues, e n contra de 117 aquello que decía Martin Heidegger sobre que el hombre es un ser para la m uerte , ella creía qu e el humano era un ser para la vid a y qu e por eso estaba sometido a un continuo nacimiento. A par te de esa opi nión ella r ecordaba su i nfancia como un periodo fundamental de su vida. Su padre , Blas Za mbrano, ejerció sob re ella, además, una gr an influencia, tanto por su cultura como por sus t endenc ias ideoló gica s, d ebiéndole a él su decisión de estudiar filosofía. Lueg o, lle ga el trasl ado a Madrid y, d espués, a Segovia, donde cursa el B achillerato y tiene ocasión de conocer a Antonio Machado y a varios miembros de la generación del 98, de lo que dejaría constancia en s us memorias personales (Ortega Muñoz 2006: 15-37). Tras los estudios de Enseñanza Media, estudia Filosofía en la Facul tad de Filosofía de Madrid, con unos profe sores t an excepcionales como Ortega y Gasset, J uan Zaragueta, Jul ián Besteiro, Xavier Zubiri, etc. D emostrando hacia ellos un gran cariño y admiración, s iendo, entre ellos, a Ortega al que tomó como su “maestro” orientador, junto a la pasión por la filosofía, tuvo la de la política y hasta fue per iodista, colaborando en v arios periódicos. P ropuso a Ortega formar un grupo político responsable, se adhirió a la República y , al acaecer l a guerra, se march a de España, emprendiendo un lar go exilio, que le pe rmitió dar a conocer su fil osofía a num erosos públicos (Ortega Muñoz 2006: 39-64). Duró, exacta mente, su ex ilio desde 1939 hasta 1984, o sea, 45 años, que fueron los más producti vos y originales d e su vida intelectual, porque el exi lio le dio liber tad pa ra pensar y, por eso, l e resultó fecundo en creacione s, hasta el punto de que lo llegó a conside rar como s u patria, aunque, en ot ro sentido, el exilio llegó a suponerle el olvido de quienes la conocier on en España y l a suplantación de sus ideas por p arte de los que las llegaron a conocer antes de que se ex iliara , como se 118 advierte, po r ejemplo, en La espera y la esperanza , de Pedro La ín Entral go, que alude a esa esperanza que descu bre Zambrano tras su ru ptura con Ortega, al dife renc iar entre “ideas” y “creencias”. Del fallecimiento de su mae stro, e l 18 de octu bre de 1955, también se enteró en el ex ilio y lo lamentó mucho, a pesa r de la brecha i ntelectual que se había abierto entre ambos. L a divergencia vino de que, partiendo los dos de la “razón vital”, Ortega se adentró en la “razón histórica” mientras que Zambrano lo hizo en la “razón poética” (Or te ga Muñoz 2006: 67-79). Aunque deambuló mucho en el exilio, hay en el la una parte americana y otra europea , que empieza en 1946, con una primera escala en París, para pasar luego a Roma, de cuyo tiempo son sus obras El hombre y l o divino , Persona y democrac ia , La España de Galdós y Los sueños y el t iempo , don de m anifiesta una inclina ción nihilista muy similar a la de El ser y el t iempo , de Martin Heidegger, pues coin cide con una etapa d e crisis que ex perimentó por aquel entonces, coincidiendo con s u entrada en la madurez, como describe en su a rtículo “Las siete edades d e l a vida human a”. Es como la sensación de soledad que se nota tras haber hecho una obra importante. Tal crisis de los 49 años no le fue traumática y salió d e ella sin esfuerzo, superándose a sí misma en los planos metafísico y r eligioso. Desd e que se v uelve a Fra ncia y se fija en L a Pièce, donde escribe La tumba de Antífona y C laros del bos que , encontrándose mu y satisfecha, pu es piensa que Francia es lo más europeo de Europa y not a que la si ente como una gran unidad e n la que se halla incluida íntegramente (Ortega Muñoz 2006: 86-107). Por fin, el 20 de noviembre de 1984, r egresa Zambrano a Españ a, fijándose en Madrid, donde m uere el 6 de febrero de 1991. Como en otros m uchos casos, tanto por el exilio como por el ol vido, María Zambra no fue conocida antes en el ex tranjero que en 125 perdida, como tampoco le interesó el orden musical en medio de la barahúnda de sus contradicc iones. En cuanto a Zubiri, que ni era intelectual, como Ortega, ni espiritua l poético, como Unamuno, sino filósofo puro y riguroso, se mos tró incompatibl e con l a idea poética-religiosa de su alumna, prefiriendo el concepto de religación que ya h abía propuesto (Cerezo 2004: 191-196). A pesar de las diferencias de opini ón, mantuvo Za mbrano un gran respeto hacia su maestro du rante toda su vida, evocando d e él sobre todo, como influjo auroral, su libro Meditaciones del Quijote , en el que se compendia la ma y or parte de la deuda hereda da por la alumna de su mae stro. Fue a hí donde aprendió, con agrega dos d e Spinoza como fondo, que la fil osofía es “la ciencia gene ral de amor”, tanto vidente como intelectual y r elacionador de todas las cosas que existen. Este amor t ransc endente lo aprendió con O rtega, lo convirtió en razón de amor y , de ella, pas ó a la raz ón poética . Cl aro, para esto precisa qu e se presente el trío vida o realidad radical, logos o razón vi tal y ethos o método para afrontar las circunstancias que se ofrezcan. El suj eto de la vida es el yo individual o entidad por l a que un individuo sie nte de forma intransferible sus propias pulsiones de conciencia, a d ec ir de Ortega. Pero su alumna, partiendo de esta aseveración, apunta a un nuev o centro p ersonal, que es el corazón, fusionando las “ra zones del cora zón” de que habló Blaise P asca l con la orientación órfico-pitagór ica y la herencia de San A g ustín sobre el hombre que muere con la muerte y se salva con el amor, dentro de un a estructur a metafísica de un suj eto provisto de alma, a la que Z ambrano pretende lle gar a través de oráculos reli g iosos y símbolos poéticos-literar ios. Así vincula el s ímbolo, el mito y el concepto con la r elig ión religando poesía con filosofía . Most ró a su maestro el camino que había trazado, mas 126 Ortega lo rechazó y l a r uptura entre ambos fue total, si bien ella siguió explorando ese camino que desc ubrió (C erezo 2004: 196-200). De Unamuno parece que Za mbrano tuvo conocimiento por un libro que leyó de él siendo muy joven y que le sirvió para conv ertirlo en su daimon tut elar, adm irando del personaje su ejemplaridad personal, aunque afirma que su pens amiento no es fil osófico porque no qui ere s alvarse por la filosofía. Le a cepta , en cambio, que d iga cómo el sentimiento prevalece sobre el entendimiento en la vida del alma, porque lo pensado es, a no duda r, lo se ntido. También comparte con este escritor la visión trágica de l a existencia humana, que a él l e genera angustia y, a Zambrano, una herid a o desgarro. Este sentir ang ustioso nutre a la imaginación creadora y pone de manifiest o que el alma tiene una respiración pn eumática o espiritual, que da ori gen a la ide a, según Unamuno. De la idea vien e el deseo o anhelo, cu ya meta sería la deificación, como este pensador expuso. Z ambrano tom a esta noción y asegura qu e vivir es anh elar y qu e d esea r tiene su orige n en el apetito del hambre origin aria , es decir, la de saber lo que se necesita conocer . En esta apetencia, el alma busca la id ea y ésta bus ca el alma, lo que le permite a Zambrano distinguir entre la vida, que equivaldría al alma, y el ser, que s e equipararía con la idea. Por ese tr ansitar llega Unamuno a la noción de Dios, que l o considera bajo tres aspectos: el Dios ló g ico, el Dios biót ico y el Dios amor a g ustiniano. En el ensa y o La religi ón poética de Unamuno , deja ver Zambrano su comunión de i deas con don Miguel, aunque difieren en la actitud, qu e para és te es de clamor o rue go apremiante y , para Zambrano, e s de intuición ex pectante y sosegada (Cerezo 2004: 200-203). 127 Respecto a Xavier Zubiri, puede decirse que Zambrano fue primero alumn a de él y , d espués, comp añera d e trabajo, ya que llegó a susti tuirlo en sus clases d urante al guna de sus ausencias. Era un profesor exi g ente y m antenía mu y buen a rel ación con Ortega y Gasset, del que fue al umno en s us años de estudiante. En sus posicionamientos intelectuales, e ra r acionalista y antiide alista, considerando el sentir, en la forma de toma de conta cto con la realidad, como ori gen de l a ex perienc ia, si endo lo q ue Aristóteles llamó nous . Ese ór ga no sentiente permite al hombre, ad emás, que s e pueda sentir a sí mismo, recordando que, al ser íntimo del sentir, los antig uos lo ll amaron “fondo abismal del alma”, que los místicos interpretaron luego como la chispa del alma ( scintilla animae ). Se entiende que Z ambrano tomó nota de e sa explicación, porque e n ella fundamenta parte de sus argumentos (sentir la realidad, el alma, y su fondo abismal). Zubiri, gran lector d e Aristót eles, tomó de éste su teoría de la i nteligencia sentiente . Al sentirse el ser hum ano a s í mi smo, las prim era s sensaciones que experimenta son la de errar y padecer, de modo que lo abismal ocul to se muestr a trágicamente. A este encuentro con lo propio profundo y ori ginario es a l o que Zubiri denomina religación , concepto qu e recoge Za mbrano pe ro dándol e el sentido de ruptura con lo ancestral primitivo e inicio de un a marcha ha cia un nuevo y dist into horiz onte vive ncial. Por ese mismo sistema ha y que buscar al Dios int eriorizado o Deus absconditus , entrando, así, en contacto con lo religioso interno, donde se advierte l a ínt ima con exión entre la cuestión de Dios y la cuestión del hombre. Cuando el ser se abre a esas rea lidades ocultas se conforma la “persona”, que tiene y a alg o d e absoluto, en opi nión de Za mbrano, y supone el haber pasado por los tres estadios de “sujeto”, “yo”, “persona”, hasta desembocar en el “ser personal”. De estos conocimientos hiz o acopio Zambrano, 128 dejando probado l a notable influencia formativa que Zubiri ejerció sobre ella (C erezo 2004: 203-207). La influencia mayor, no obstante, le vino de su maestro O rtega, a pesar de las diferencias qu e la sepa raron d e él y qu e vení an principalmente de que Za mbrano s e abrió a una fil osofía pe rsonal y O rtega no adm itía que una dis cípula s uya disint iera sobre lo que él proponía. También influ y ó en la rupt ura el posicionamiento político de ambos, pues la alumna, más ex altada o menos madura que el maestro, instó a éste por escrito a que, como intelectual, se posicionar a a favor de la república y en contra d e la monarquía, y , aunqu e en un principio así lo izo, pronto, desenc antado po r el giro que tomaba el republicanismo, se apartó de su po stura y , ante las nuevas presiones de Za mbrano, llegó a dec ir, algo molesto, que su alumna lo estaba som etiendo a un chantaje, al pr esionarle ba jo amenazas a firmar ma nifiestos en de fensa de posturas extremistas, aunque Z ambrano no se consideraba ligada a partido polít ico alguno sino sólo defensora de l a inde pendencia de España. La zanja separadora s e ensa nchó cuando, y a en su ex ilio, tuvo noticia de la adhesión ortegui ana al Alz amiento Na cional, ante lo que, según dic e, s e quedó sin palabras. Pese a to do, al mediar el si glo XX, re toma la figura d e s u m aestro, sit uándolo en un limbo ex culpatorio de atemporalidad y reconoc iendo que el Ortega “maestro” h abía desa parecido al s er tr agado por las circunstanc ias que no pu do entender ni cont rolar y que el Orte g a “real” y posterior a esos hechos era un ser a bismado en una lej anía que ella nun ca lle garía a salvar, porqu e sus diferenc ias con él se lo i mpedían (A dán 2004: 353-359). 129 4.3.4. LA I DE A Y SIGNIFICACIÓ N DE A LMA EN MARÍ A ZAMBR ANO Pero, pese a todo, lo que más interesa del distanciamiento entre Z ambrano y Orte ga , es el motivo intelectual, sobre el que, a m ás de lo y a di cho, se aducen buenas razones en el ensayo Hacia un saber sobre el alma , en el que Zambrano habla ya de l a razón poética, fijando unos lugares en los que Orte ga jamás qui so entrar y sobr e los que le dijo a su discípula: “Estamos a quí todavía y us ted ha querido dar un salto al más allá” . Marca, pues, en este escrito la “aurora de la razón poética”, abriendo la di sensión con la “auror a de la razón histórica” que defendía Ortega, pues con ello defiende q ue llega a la meditación sobre el alm a sin pasar por el ide alismo alemán, o sea, dando un salto al vacío metafísico, cosa q ue Orte ga no podía sop ortar, y a qu e, en su ens ay o Vi talidad, alma y espíritu (1924), se atien e él a la línea trazada sobre el part icular por el fenomenólogo alemán M ax S cheler , dibujando en tal obra la “gra n topo grafía de nuestra intimidad”, que, según a firma, no tiene unos contornos fijos sino flexibles, pudiendo pasarse de una dimensi ón a otra con holgura, de modo que no se puede determinar dónde termina el cuerpo y empiez a el alma. La parte de ésta más en co ntacto con el cuerpo ori gina el carácter y es el “alma corpor al”, “alma carnal” o “vitalidad” . A la parte más interna y supe rior del alma la ll ama “es píritu”. El alma, en con secue ncia, ha de someter se al espíritu, porque es el que control a y valor a l os impulsos del a lma. El espíritu se identificaría con el principio masculin o y , el alma, con el femenino. De aquí nacer ía la separación dist intiva entre varones y he mbras, pues en l as mujeres predomina el alma y, en los varones, el espíritu. Así sucede que la muj er queda sujeta al deseo, como les ocurre a los p ueblos jóvenes, prefirien do la esfera privada, mi entras que el varón prefiere la esfera pública y la “norma universal transubjetiva”. El alma o ánima, 130 de acuerdo con Carl Jung, se identificaría con el “eterno femenino”, que t iene como un superior conocimiento de las leye s vitales, aunque es una sabiduría “ sin di g nidad”, ya que es el espíritu el que ha de someter tal conocimiento anímico al aná lisis y clasificación de las categor ías conceptuales l ógicas. Zambrano no rechaza la propuesta sino que pide dar voz a l as palabras del alma y buscar un pensamiento v álido para las dimensiones del sentir desconocidas, sin rechazarlas de entr ada por el hecho de que no cuadre n con los procedimientos estructurales de la lógica (Lau-Renzi 2004: 533-538). Al hacer Hacia un sab er sobre el alma Zambrano declara que “hace razón vi tal” orteg uiana pero en el s entido de que parte d e ella para s eguir luego por otros derroteros, y a que pronto dice que vislum bra una conciencia desconocida en las cosas del alma, al acceder a una idea d e la “razón ínte g ra” que a barca “la razón de t oda la vida del hombre”, tr as rebasar el nuevo ho rizonte abierto por Ortega con su “razón vital”. Lo novedoso de Zambrano, en tal sentido, es que, t ras las huellas de M ax S cheler , que tan en cue nta tiene Ortega, reclama la ex istencia de un orden a moroso ( ordo amoris ) que viene del corazón (sentimi ento) y que la razó n aún descono ce, pudiendo llegar a conocer se ese orden sent imental de las “delicadas cosas del alma” con hu mildad, osadía y perseverancia, y a que la vida interior es m u y compleja y exige a ctitud mediadora y moderación. Ese s aber sobre el alma implica que ésta s ea sujeto y no objeto de conocimiento (Lau-Renzi 2004: 538-540). Con es os planteamientos, el ensa y o Hacia un saber sobre el alma vien e a ser un programa de lo que posteriormente iría desarrollando en nuevos t raba jos, como Filosofía y Poesía , Pensamiento y Poesía en la vida española , La visión del corazón y San Juan de la Cruz (de la “noche oscura” a la más clara mística) , en los que de fine l a filosofía po ética en torno al s aber del alma. Parece, 131 además, que aprovecha ese asunto p ara elucubrar sobre la di ferencia de sex os, dedicando varios ensayos a la “cuestión femenina”, que arranca d e su fil osofía del alma. Admite, ciertamente, un a “diferencia fem enina”, por predominar en la mujer el “alma” sobre el “espíritu”, de lo que se ha de ocupar la psicología de los s exos, pero alega qu e merece tanta consideración la divergencia f emenina como la mas culina. A ca so, ins inúa, una hi storia bien contada de las mujeres pod ría es clarecer l a contribución de lo femenino en el devenir histórico. No t rata de in ventar algo nuevo, po rque se li mita a utiliz ar los argumentos de S immel, Jung y Ortega, úni camente que dá ndoles la vuelta para que, vist os de ese m odo, se entienda que h ay un sab er femenino específico, al que hay que ot orgarle di gnidad filosófica y puntos de vis ta apreciables pa ra la construcción de la filosofía occidental (Lau-Renzi 2004: 540-542). Asociando esta idea se xista a la religión, llega Zambrano a deduci r que el cristianismo, en la versión de S an Agustín, reivindica el cuidado y aten ción del alma como medio para alcanzar la vía de la verdad, es decir, que la mentalidad femenina puede contribuir mucho al conocimiento de las verdades esenciales. Por eso, refuta Za mbrano el i dealismo, que lo v e li gado a l a men talidad masculina del espíritu, sacando a relucir, en cambio, un c oncepto tan humanizante como es la “piedad” , que no significa compasión sino “matriz originaria de la vida del sentir”, siendo, sobre todo, punto de partida de l os sentimi entos amorosos. Une lo cósmico con lo í ntimo i nd ividual, al estar en comunicación con la s vibraciones del cosmos y alber g arse en lo m ás profundo e íntimo de cada persona. Un ser humano que escu cha y reconoce a su propia alma puede comunicarse y recibir l a gran diversidad del entorno circunstancial que lo rodea y pued e ser m ás auténtica su relación con la realidad ex terna, al mismo t iempo que pone en 132 orden su interior individ ual, siendo procesos recíprocos, porque, cuanto más se adentre el sujeto en sí mismo, mejor conocerá la realidad ex terior (L au-Renzi 2004: 544-547). El pro y ecto zambraniano, por lo que se infiere, era poner el alma en el cen tro de la conciencia, separando sujeto y objeto y d efiniendo de nuevo lo que s on ambos. Eso hace que cambie la objetivi dad de las cosas, al verlas con un sentido d e amor hasta quedar en amora do del objeto ante el que se detien e el obs erva dor. El amor por las cosas es condición impr escindible de la conciencia que se interesa de verdad por ellas. La mirada en estos casos es reveladora, puesto que si rve para enjuiciar aquello que tenemos delante y puede si gnificar el ini cio de un enamoramiento, quedando m arcada la imagen del objeto en las ví scer as (el corazón) y no en la mente, como dice el ideal ismo. Es bien patente aquí la imagen d el “alma enamorada en llama de amor vi va” del poeta San Juan de la Cruz, meta que fue, por tanto, de María Zambrano, t ras el recorrido que efectuó a partir de la “razón vital” de Ortega ( La u-Renzi 2004: 548-549). 4.3.5. RELACI ÓN DE MARÍA ZAMB RANO CON INTELECTUALES Y “ GE NERACIONES C ULTURALE S ” DE SU TI EMPO Aspecto entre lo biográfico y lo profesional es el de la relación de Ma ría Zambrano con la generac ión literaria de l 27, lo que, d ada s u contemporaneidad y la s imbiosis zambraniana entre lo poético y lo fil osófico, habría d e ser mu y si g nificativo. No obstante, su vinculación a ese grupo no fue total, pues sólo se interesó por algunos de sus componentes y h asta llegó a negar el caráct er ge neracional del grupo e n su conjunto. Para O rtega era evidente que cada quince años surgía una generac ión nu eva en España, 133 para poner ord en y corregir los defectos provocados por la masificación con su pl étora de incultura, cosa que Zambrano rechaz aba porq ue, consultando la histori a, no veía t al regularida d. Ad emás, ponía la im portanc ia de una generación en el cambi o que pudiera imprimir en la conciencia histórica de la socieda d, mientras que para Ortega la ge neración nacía par a sa lvaguardar l a continui dad hist órica- cultural de las sociedades. A ella le interesan las fu erzas de cambio y de transformación sur g idas en el “momento histórico” prec iso para verificar esa demudación. Teniendo en cuenta su sincre tismo entre lo hi stórico y lo poético, el tal momento tiene sentido religioso y reve lador indicando que, en el c aso de su época, asume t ono de t ragedia y un destino sacrificial, porque impl ica su propia inmolación en aras de un cambio revitaliz ante y renovador. Por eso l lamó a la su y a l a “generación del toro”, porque había na cido para ser sacrificada, igual que lo es el t oro en los festejos taurinos. Ad emás, la g eneración d el 27 no actuó en solit ario, pues fue la cumbre de un esfuerzo ascensional que ya venía de antes (Antonio Machado. Juan R amón J iméne z, Gustavo Adolfo Bécquer, Rosalía de Castro, Unamuno, etc.), se gún Zambrano, qu e pone, pues, el punt o álgido d e su “momento histórico” en la fecha en que se constit uy e la generación del 1927. De esos poetas prefiere a l os que tenían “visión religiosa” de la poesía, como es el caso de García Lorca, Emil io Prados y J osé Bergamín, todos ellos de prosapia andaluza, imbuidos por la religión de lo popular y dispuestos a aceptar el sacrificio de la m uerte por renuncia. No todos l os poetas andaluces del 27 se dejaron contagiar por la religiosidad de lo popula r de la cultura andaluza, como es el caso de Luis Cernuda, que por ello, marca el contrapunto con respecto a los dichos (Vale nder 2004: 2 71-275). 134 De García L orca, sí dejó cla ro Z ambrano que f ue un poe ta popula r porque estuvo repleto de la sabiduría ancestral de su pueblo, con una especial actitud ante los enigma s d e la vida, el am or y la muerte. La muerte, según Lorca , está en el centro de l a vida e, i nsepar able de e lla, va la muerte, de modo que es una trilogía que siempre camina de l a mano. P ara que renazca un ser, tiene que morir otro; es la vi sión religiosa de la vida. Y l o mismo pasa con la cr eación artística y con la li terar ia. La vi da y la obra de L or ca tienen esa agónica lucha espiritual: se introduce en la muerte para conseguir una nueva vida en libertad. Es alg o universal, no sólo andaluz. Ese e s el sentido “religioso” que le otorg a Z ambrano, porque estab a di spuesto a sacrificarse por favor ecer la vida espiritual de sus prójimos. Fue como un regreso a la sangre y a la muerte en el instante en que lo nec esitaba el pueblo de España, pero a t ravés de la poesí a, en opinión de Zambrano. El poeta se esfuerz a por recuperar su infancia perdida y transformarse, renac iendo a una vid a nueva, tras morir y d ejar su soplo de fue g o que n o se apa ga. El sueño creador de este po eta se encuadra en un ámbito religioso, dado que, al asumir su muerte, consi g ue dar vida. J unto a la trilogía vida-amor-muerte, añade un cu arto elemento, que es l a máscara o forma nu eva q ue adopta el poeta para tran sformar se en otro, como signo d e ex presión y de inmol ación, tras el s alto aniquilante al vacío que realiza. Porque la poesía es nacer y morir de for mas nuevas, para ir con siguie ndo la revelación espiritual y religiosa necesaria para que el hombre se rec oncilie con el orige n sagrado de s u propia vida. En L orca descubre Zambrano el modelo más exacto de este tipo de poeta puro y auténtico (Va lender 2004: 276-279). Del poeta Emilio Prados di jo Zambra no qu e guardaba parent esco poétic o con García L orca, puesto que hablab a de mu erte y persecución en los mismos términos 141 de sus ra zonamientos que , aunque surgidos en la cultura hispana y bajo una situación patria determinada, son de un calado m undial, con clara vocación universalista. Así lo demuestran sus p roposiciones, mientras qu e su n arrativa, amable y mu y es tética aunque tornasolada y escurridiza en sus deducciones, invita a sumergirse en su lectura. En ello hace claro hinc apié Héctor Ciocchini en un artículo-ponencia (Ciocchini 2004: 76-90) repleto de referencias mitológicas, en el que tr ata de probar el alcance mundialista de las simbologías zambranianas. Empieza considerando que es mu y difícil co mentar obras poéticas y filosóficas, tras lo que m anifiesta el entusiasmo que le causó la lectura d e Claros del bosque , que fue l a primera obra qu e le yó de l a autor a de que s e habla, asociando pronto esa obr a con l a de Sim one Weil. Dice que tanto en Zambr ano como en Simone Weil la filosofía se transforma en sabidurí a y qu e ambas fueron seres solitarios y sufri entes, con un pensamiento que se presenta bajo el signo de la revelación en esas dos figuras. R epara en q ue asegura Zambrano ( Filos ofía y poesía ) que la filos ofía es encontrarse uno consi go mi smo hasta l leg ar a posee rse y alcanzarse, rebasa ndo la barrera del ti empo, para lo que puede disponer del pensamiento, que es capaz de correr más veloz que el tiempo, adelantándose a su curso, para llegar antes que él y estar preparado para lo que traiga. Es una ambición muy el evada y, po r eso, se puede tachar de ambicioso al filósofo . Así se expresa Zambrano aunque es mejo r no parafrasearla, porque nunca se sabe hasta dónde quiere lle gar. Lo qu e s í está claro es q ue, junto con Machado, Lorca, Unamuno y otros, ha contribuido a poner a España en la Edad de Plata de su cultura, a la altura de sus grandes clásicos del Siglo de Oro. Su novedad como pensadora es que se at reve a h ablar d el alma, pr ecisamente en un mom ento en que las corriente s ideológicas no eran m uy proclives a des arr ollar s emejante t ema. Ello, claro, la relaciona con los m ísticos y también con los pensadore s alejandr inos Plotino, 142 Jámblico y Proclo, l os cuales admitían, siguiendo a Homero y a Parménide s, una cadena o encade namiento ( Aure a C atena ) de leyes y est ructuras que rigen, desde los espacios celestes hasta l os í nferos o partes más hondas, con un eje común. Esto es lo inefable o sublime “per se”, lo cual es anterior a la afirmación y a la ne gación y per mite apo y arse en su realidad para inferir consecuencias y deduc ciones, que es lo qu e hiz o Zambrano, acercándose, así, a la teurgia neoplatónica, con la que la pluralidad de dioses del Olimpo grieg o s e orienta ha cia el Dios único y conciliador. Por eso, al conmover los órdene s de una sensibilidad que es anterior y posterior al alma y al pensamiento y que es innominable, Zambrano se hac e universal, colocá ndose por e ncima del discur so. A tal altura, las l íneas o caminos para indagar sobr e el ser y su continui dad son tantas, que se hace imposi ble estable cer una de claración previa de principios generale s a seguir. Toda la filosofía de Zambrano es un fervie nte himno de pasión y de conf ianza en la vuelta circular del eterno reto rno, buscando en l a razón poética al amor que cond uce a l a luz , a través de los misterios, el número y la palab ra. La obra z ambrania na se convierte, pues, en el himno filosófico di rigido a un “logos” i gnorado, por el que s e pueda ll egar a ser luz, lo que confiere universalidad. La repetición, además, de su lectura, causa como una reiteración que es distinta, cual si buscase un o bjeto imposibl e por s endas diferentes cada vez. Por eso, María Zambra no puede per durar en una especie d e inmanente creación t rascendenta l. Ell a sacrificó su vida en el dolor para ser le y enda, mito y v erdad íntima del alma, con lo que se acerca al rango de la heroína. Intentó mostrar que el dolor es necesario p ara la creación y para la ascensión a las es encia s qu e permit an ver l a obra crea dora del Dios visible en el Universo, como dec ía S pinoza, parece, con sus frec uentes alusiones a San Juan de la Cruz, San Agustín y Mi guel de M olinos, que su misticismo apuntaba haci a una totalidad mística, siendo nece sario tener lo en cuenta para 143 poder enjuiciar debidam ente su trabajo. Así, ve mos en él signos de un a t eurgia mu y patente, como el asumir el sa crific io, el aceptar la cruz del s acr ificio, el admitir la muerte para pod er conocer y el hundirse en el abismo (los í nfer os) para eternizarse en el cielo, tras ascender por el eje de su Aurea Catena . Recorrió, ciertamente, l as tres et apas del conocimiento, la estética, la ética y la religiosa. De ese modo, llegó a Dios a través de la belleza. Es e asp ecto revelador también lo une al “sueño” y ello le permite deslizarse por las entr añas profundas, llegando a l inframundo y al intramundo, en los que, con ojo avizor, halla una realidad ignota. E l arte sería como el comienz o de ese viaje a s us p rofundidades, pues en la e statua, por ejemplo, ve algo d e ultratumba, porque queda d etrá s de la muerte. Las ruinas las considera un pres ente eterno que permite una vis ión auroral, por ser despojos qu e hablan de un fin o u na muerte y anuncian un na cimiento o comienzo, llev ando en sí el indicio de un de sastre pero l a espera nza de una resurrección. Por eso, frente a la decadencia de Europa y la crisis de España, no s e desespera y pi ensa que todo se arreglará, p ero con el mensaje de la poesía, que ofr ece generosidad y continuismo por la estética. La o bra de Marí a Za mbrano está recorrid a por una línea unificadora y tiene coherencia. Además, e s optimista, por afirmar que el mundo m arc ha hac ia el conocimiento de la verdad y que no ha y que perder l a es peranza ante l os g randes problemas de la humani dad. Todo consiste en pone r belleza a l a vida y conocerse a sí mismo en pro fundidad. Son mensajes universales qu e le dan un sentido uni versalista a esa obra, l a cual s e une al grupo de las obras maestras de todos los tiempos en una suerte de memoria universal. La reflexión de Zambrano, por otra parte, siempre se encaminó a saber qué es l o que somos como personas y que es lo que ha y que hacer para lo grar una vida mejor y 144 más jus ta. L a crisis de la razón, de principios del siglo XX, l e afectó, como a todos los filósofos europeos, y se apo y ó en la idea orte guiana de que l a vida hum ana e ra l a realidad más firme para iniciar un razonamiento o buscar una expl icac ión al problema de la crisis de id eas que había. Esa vi da, realida d primera, se compone de voluntad, pensamiento, deseos y e spera nzas, debiendo de ser todo valorado en ella en su j usta medida, sin desprecio ni menoscabo de p arte alguna d e ella, p ara lo q ue había qu e empezar con un estudio concienzudo s obre el alma humana, si n excluir facetas del conocer tan poco exploradas como la mitología, la reli g ión y l a poesía ( Maillard 2009: 10-11). Criticaba la cultura que había her edado y busc aba una forma de pensar que ay udase al ser humano a conve rtirse e n persona, pero no creía que todo se redujese a motivos económicos, pues, si desapareciese la explotación económica, apar ece rían otras formas de ex plotación, d e modo que nunca compartió el m arxismo. El hombre es un ser incompleto que tiene que ir formándose a l o largo de su vida y no le vale l as estructuras vitales rígidas y prefabricadas, pues cada sujeto es un ser distint o, en contra de la igualda d que propugna el comunismo (Maillard 2009: 64-65). El exilio de Zambrano terminó con su regreso a España en 1984, fijando s u residencia en Madrid, donde vivi ó hasta su fallecimiento en 1991. Durante ese tiempo publicó manuscritos inéditos y reeditó libros que se habían agotado, apareciendo entonces sus libros: Los sueños y el tiempo , L os bienaventurados , De la Aurora , Persona y democracia , Pensamiento y poesía e n la vida española , El sueño creador , Los intelectuales en el d rama de España y Algunos lugares de la pintura . Fueron años de reconocimiento d e su labor, durante los que f ue agasajada hasta por l a visita de sus majestades los R ey es de España. Su vis ión del mundo contemporáneo, no obstante, se 145 hizo cada vez más pesi mista, llegando a decir que Oc cidente pade cía un a orf andad de indiferentismo, donde daba i g ual que todo estuvi era salvado como que todo estuviera perdido, ya que cualquier acont ecimiento, sea del ti po que fuere, podí a tener el mism o grado de aceptación que otro diametralmente distinto (Maillard 2009: 109-111). 4.4. LA FI GUR A Y SIGNIFI CACIÓN DE J ULI ÁN M ARÍ AS 4.4.1. LA FI GURA DE JULIÁN MA RÍAS Tras hab er di sertado sobre Ortega y Gasset, en la primera parte de este capítul o, y s obre María Zambrano, en la segunda, se va a hacerlo ahora, en esta tercera parte, sobre el escritor, filósofo e intele ctual Jul ián Marías, también vinculado al novecentism o y a la ge neración de 1914 como discípulo que fue de O rtega y G asset, del que se considera el más fiel seguidor y continuador, aunque añ adiendo sus peculiares puntos de vista a lo aprendido por su maestro, sin que darse sólo en un mero repetidor de lo esc uchado en clase, razón por la cual la filosofía y las opini ones de este pensador tienen originalidad propia y m erecen ser estudiadas. De Marías puede decirse que hizo todo o casi todo bien pero sin e stridencias, prefiriendo quedarse en l a sombra y acomp añando l a modesti a a su ingente la bor de escrit or y a su g ran capacidad de comunicador. Sus cualidades c omunicativas e intelectuales las ejerció a tra vés de sus publicaciones en pr ensa (periódicos y revistas) , así como en las conferencias que pronunció y en l as entre vistas que se le hicieron, algunas de ellas radiofó nicas. Lo hizo así, no por ostentación sino por el compromiso, como pensador, qu e asumió de 146 denunciar los males e ilustrar adecuadamente a los ciudadanos con su visió n responsable. P or ello, nunca se i dentificó con un partido político y su lema al respecto fue “ni con unos ni con otros”, lo que hizo pensar a muchos que estaba contra todos, de modo que ter minó qued ándose solo, cosa que n o le im portó, porque é l era intelectual por voc ación y no por afán de notor iedad pública. Rechazó la s c onexiones que le parec ían indeseables y e vitó complicidades con l as causas de los males visibles, para no soportar las consecuenci as que esas vi nculac iones pudieran acarrearle, limi tándose a aportar su propu esta de s olución a los problemas existentes, para que, en l a medida que le fuera posible, “por él no quedase ” (Atencia 2007: 24-26). Como filósofo, Marías practica la objetividad y el realismo con la satisfacción de saber qu e est á ejerciendo una visión responsable del mundo, a sabiendas de ir su vida unida a la filosofía y , ésta, a su vida. Sus referentes filosóficos m ás inmediatos son Unamuno y Ortega, a partir de los cuales realiza s u intento de renovación de la filosofía, que cree s er posible buscando la r ealidad radical y la visión responsable ya mencionada . En su obra Antropología metafísica muestra una concepción estruc tural de la realidad humana, señalando en ell a un ni vel metafísico (circunstancia), otro antropológico (la vida humana) y otro pe rsonal (la persona con su cuerpo). La cir cunstancia puede s er muy dive rsa, el “ y o” se pro y ecta hacia el f uturo y l a persona es un “ quién” o un “alguien corporal” con un aspecto real y , otro, i rreal. La persona, adem ás, im plica convivencia con el “otro” en particular y los “otr os” en general, y a que vivir es siempre convivir, participa ndo, así, en un pro y ecto colectivo. Dimensiones de la persona humana son la ética-moral, la ilusión, la aute nticidad, la pro y e cción futurista y la fidelidad consi go misma . Como pensador cristia no, considera Marí as, ad emás, que la 147 proyecc ión histórica de la persona no acaba con la muerte sino que está orientada a una supervivencia en común-unión con todos los “otros” o semejantes, para celebrar el ágape fraternal del triunfo sobre el mal y e l dolor (Atencia 2007: 26-32). En su opcionalidad políti ca, Marías se dec laró libera l o contrario a los totalitarismos tanto de izquierda como de derecha. Ese li bera lismo le es connatural a su pensamiento, distinguiendo, al respecto, l a actitud liberal y la políti ca liberal u organización social en f unción de la libertad, q ue siempre dependerá d el respeto y vigilancia que s e haga d e l a verdad, puesto que libertad sin verdad no es posibl e. La verdad, a su vez, se sostiene en la p alabra, que ha de ser la b ase de un a convivencia pacífica . No cabe duda de que Marías desde s u e mplazamiento e n la penumbra y casi soterrado, hizo mucho por mejorar la situación de España y convertirla en un país li bre (Atencia 2007: 22-24). La censura que sufrió la cultura en años de post guerra no fue garantía de libertad, aunque no se ll eg ó al colapso y p ronto llegó el r ebrote cultural con bastante fue rza, como as eg ura Marías, que no ve ruptura cultur al en el siglo XX sino continuidad con r especto a la cultura d el siglo XIX y a la Ed ad de Plata de las l etras españolas. El elemento político ha influi do en esa visión, porque, mi entra s que para los de un bando la si tuación fue paupérrima, para los del otro no hubo tal crisis y sí sólo un deseo de agigantar el vic timismo (Atencia 2007: 20-22). Este es critor, en efec to, s e vi o inmerso en el lit igio de las “dos Españas” que había provo cado la Guerra Civil , en la que señala, adecuadame nte, tres factores que la incrementaron, como so n: el refuerzo recibido por ambos bandos de movi mientos totalitarios extranjeros, la violencia políti ca que soportó y que superó a la b élica, y la prolon gación del espíritu de l a guerra tras su fin. Muchos pensadore s y escritores se marcharon, pero Marías, igual que otros, prefirió 148 quedarse , p ensando que debía de hacerlo pa ra procurar qu e la vida en España pudi era hacer se posibl e y se guir adelante, pese a todo (Atencia 2007: 16-17). No se ex ilió pero escogió un “exilio del Estado” , del que s e mantuv o distante, igual que de l a vida oficial, intentando vivir en el mu ndo a tr avés de España, v iendo las cosas desd e un a perspectiva española, como un auténtico español. Su filosofía no fue una “filosofía en el destierro” sino una “f ilosofía desterrada” o excluida del ámbito ac adémico, sin que se haya tributado aún el justo reconocimiento, pese a qu e, extraoficialmente, fue un autor de éxito, aplaudido por un público amplísimo, que leg ó sus decenas de libros y c entenares de artículos, con cu y os escritos trató de hacer filo sofía española, p ensada y es crita para los que están instalados en lo español (Atenc ia 20 07: 18-20). Julián Mar ías nació en Valladolid en 1914 y, en 1919, se trasladó a Madrid, donde estudió Filosofía entre 1931 y 1936, siendo discípulo de García Morente, Ortega y G asset, Xavier Zubiri, J osé Gaos y J ulián Besteiro. En 1934 empezó a p ublicar en la revista Cruz y Raya y lueg o colaboró en ABC , Blanco y Negro y Hora de España , decantá ndose por el repu blicanismo, si bien nunca estuvo con los vencedores ni contra ellos. S u primera gran obra fue Hist oria de la Fil osofía , aparecida en 1941, en la Revista de Occidente . A Ortega y Gasset lo conoció en 1932 y , junto a Za mbrano, ha sido su discípulo más destac ado, l legando a fundar con él, en 1948, e l Instituto de Humanidades, siendo continuador e impulsor de la obra d e su maestro, matizando y ampliando su idea de la “razón vital”. También fue un estudioso de Unamuno. Probablemente h a sido el alumno de Ortega que h a des arrollado el pensam iento de éste de un modo más fiel y coherente, demostrándolo en los temas del método histórico de las generaciones, l a formulación de una antropología centra da en la razón vital, la ética 149 de la a utenticidad, el an álisis de la realidad pe rsonal y l a atención al tema de España, entre otros. I gualmente que su profesor, fue un gran comunicador, que conectó con el público por medio de la conferencia, el periódico y sus es critos filosófico s y li terarios, intentando siempre dar luz en los asuntos españoles sobre la vida, la sociedad y la política. C on su muerte, ocurrida en 2005, s e perdió una fi gura de imp ortancia en la cultura espa ñola (Atencia 2007: 13-15). 4.4.2. LOS TI EMPOS DE JUVEN TUD DE JULI ÁN MARÍA S Fueron turbulentos los tiempos de juventud de Marías, por el marco histórico que le tocó vivir entonces, pero t uvieron una gran vi talidad, con una juv entud que confiaba en la República y que est aba fo rmada po r los ya mencionados J osé G aos, Antoni o Rodríguez Huéscar, P aulino Garag orri y José Antonio Mar avall, junto con Marías, seguidores de maestros tan insignes como Ortega, Morente, Zubiri, Bestei ro y Castro. Europa Occidental e ra el centro pol ítico-cultural del mundo y aqu ella Facultad madrileña en que se inició Marías parecía ser el faro desde el que se cont emplaba la situación mundial. La ide a de l trabajo toma fuerza y a la R epública española se le quiere imprimir un rumbo social-demócrata, tomado de la deriva humanitaria de la idea de frater nidad universal expuesta por L egal, pa ra l a cual se precisa de un a revolución , aunque también se puede seguir el camino de la democ racia , siempre con el proy ecto último del progreso , que sólo se puede alcanzar descargando a cada indivi duo del l astre de egoísmo que lleva consigo y que le i mpide p ensar en los demás y comp artir con ellos lo que tenga. Est as ideas, sobre todo l a segunda, n o s on nuevas, porque ya las predicó el cristianismo mucho ante s, por lo qu e Marías, como católico que e ra, ten ía que verlas 150 bien, a l menos hast a cierto punto, razón por la c ual simpatizó, de e ntrada, c on la república de tipo social-demócrata como la exi stente en los países escandinavos. L uego cambió la situación, pero no dijo que “no se puede” sino que siguió al pie del mástil haciendo lo qu e buenamente podía y , en 1949, ejecuta un diccionario de li teratura , en el que pone juntos a todos los autores tanto a los proscritos como a los aceptados, poniendo fin, así, a l a Guerra Civi l, en s u aspecto cultural, al hacer qu e todos los autores pudieran ser estudiados por igual. Es un ejemplo claro de que irse al ex ilio a otro país fue más cómodo y men os provechoso que qu edarse en su elo patrio trab ajando por el progreso, como hizo Marías (Andreu 2007: 41-46). Porque el exilio pue de ente nderse de m ucha s maneras. Marías tuvo su propio exilio, éxodo y cautivi dad en el mantenimiento de su posición innata en lo so cial, político y religioso, sufriendo el natural y consiguiente extrañamiento de cuanto lo rodeaba (Andreu 2007: 6 4-65). Para m uchos, el exilio se tom a como l a alternativ a a no quedarse en el reino del mal, ex tremando, así, la graveda d d e la situación de la que hu yen, al tiempo que dejan sus espaldas a salvo y h asta pueden granjear se alguna aureola de h eroicidad. Motivos, empero, no le f altaron a Marías para marcharse, pues la República le dec epcionó a las pocas horas de proclamarse, dando todo por bi en empleado al seguir aquí y unir su destino al de su pueblo. Se reclu y e m ás en su tr abajo e intenta da r contin uidad al nivel alcanzado en la Facultad de Filosofía con Ortega y Zubiri, Morente y Cast ro, Estanislao Zuleta y Besteiro y otros pare s más. Funda la academia Aula Nueva y , desde 1941, logra que, quienes quieran estudiar Filosofía, pued an ha cerlo como se hacía en los años 30 en la Compl utense. Pronto e scribe una Introducción a la Fil osofía y ree dita tex tos clásicos, siempre manteniendo la distancia con el Estado, igual que lo hiciera Orte ga a partir d e 253 sobre el fondo y la f orma del texto ni tampoco una paráfrasis del mi smo (ampliar repitiendo l o que el documento dice) ( Lá zaro 1998: 17). I g ualmente, se prescindirá de aportar los conocimientos propios sobre el t ema, dado que el texto no debe ser un pretexto para presumir de saber ( Lázaro 1998: 18). Explicar un escrito documental es dar cu enta d e lo que un autor di ce y de cómo lo dice, cosa que impli ca el coger el punto de vist a del autor o ese “por qu é” de lo qu e h a escrito (Lázaro 1998: 20). En ri gor , no hay comentario único, pues depende del punto d e vista de cada com entador. L a única condición para qu e tenga validez es que s ea razonado en cuanto a la forma y el fondo del tex to (L ázaro 1998: 20-21). L o qu e sí es evidente es que se precisa un método, pues sin método no ha y come ntario (Lázaro 1998: 21) . Un comentario d e text os, asimismo, exige un orden para que no se entremezclen las o bservaciones. Pese a que hay dis tintos métodos, las fases a se g uir en semejante orden d eben ser l as siguientes: I . L ectura atenta del tex to; II . L ocalización del mi smo; III . Determinación del tema; I V. Averiguación de la estructura textual; V. Análisis de la forma partiendo del tema; V I . L a conclusión (Lázaro 1998: 25). Lo qu e, en suma, vi ene a decir Lázar o Carreter en su libro es que: a) hay que entender, no interpretar; b) ha y que l ocalizar el tex to dentro de la obra a q ue pe rtenece; c) el t ema se d efine con claridad; d) la estru ctura textual consiste en decir los apartados que hay; e) el tem a se expresa en la fo rma, cada rasgo, pues, es exigido por el tema, f) la conclusión pretende ser un balance de lo observado honesto e n el tema (Lá zaro 1998: 26-47). 254 Claramente s e advierte la concomitan cia entre estas dos clasificaciones y cómo la de Ramoneda aporta un reagrupamiento de fases, con respecto a la de Lázaro Carreter, aunque , en esencia, son mu y similares. Insistiendo en la imposibilidad de un procedimiento único de interpretación, tenemos la aportac ión de Gregorio Torres Nebrera en Comentario lingüístico y literario de textos españoles , según la cual no ex iste método fijo y concreto que, aplicado a cualquier autor o época, facilite los mism os rendi mientos y s ea igualmente satisfactorio, porque la autonomía que cada tex to tiene en sí mismo exigiría una manera en singular de tratarlo. C omentar o analiz ar un texto, en realidad, ha de consist ir en aprehe nder lo más exhaustivamente posi ble su forma literaria (cómo está hecho, códi g o emisor- rece ptor, et cétera) y la visión del mundo que de ello s e traduzca. Ambos aspectos (forma lit eraria y vis ión del mundo) serán los asuntos que habrá que entender bien para la correcta realización de un comentario tex tual, porque, en realidad, sí se puede elaborar un método que, con libertad de aplicación, pueda servir de guía para abordar un texto por el punto común que t odos tienen, en cu y o caso el comentario de un texto literario es piedra de to que para l a cultur a filológica y literaria en general, lo que, empero, depende de la sagacidad policial del co mentarista. En este sentido, habrá que entender por comentario de texto “una i ntegración de posiciones a t ravé s de un desarrollo evolutivo”, lo que obliga a t ener en cuenta estos fr entes: a) etapa previa de fijación y aclaración text ual; b) a nálisis for mal e structuralista del texto; c) a nálisis estilístico; d) análisis comparativo (Ariza 1981: 151-152). Estos son l os aspectos que habrá que considerar en el análisis de textos viéndolos como elementos e senciales del proceso evolutivo de la cul tura filológica y lit eraria, según el autor mencio nado, aunqu e 255 en el caso presente se escapa esa clasificación a la intención analizadora que se sigue y sólo sirve para corroborar la y a expuesta opinión de que el método clasificador de t extos único es difícil de enc ontrar por l a het eroge neidad que implica. No ob stante, eso sí, ofrece p erspectivas aplicables para este caso qu e se está si guie ndo, como puede ser la del análisis comparativo entre l os tex tos de los disti ntos autores que aquí se someten a estudio. Abundando más en el as unto, el esquema de co mentario de textos que propone José María Díez Borque es el siguiente: Etapa c ero. Es la etapa previa al c omentario y supone la compre nsión del text o y la solución de dudas; I . Etap a ex terna, con la aplicación de cono cimientos previos a) poner el texto en su mano, b) géne ro literario y forma de expresión; II. Etapa de análisis del conte nido (a) auto r y actitud del mismo, b) argumento, asunto y ton o, c) estructur a del conteni do, d) t ema e idea central); III. Etapa de análisis de la forma: (a) plano fónico-fonológic o-prosodemático, b) plano morfosintáctico, c ) plano semántico); I V. El t exto en cuanto comunicación lit era ria en sociedad: a) el t exto co mo comunicación, b) el texto en sociedad; V. Conclusión y crítica personal (Díe z 19 96: 15). Pese a su det allado m étodo de comentario, este m ismo autor reconoce que no cree en la ex istencia de un procedimiento infalible, insus tituible y útil por igual para todos l os textos, porque los resultados del comentario también dependen de la habili dad y conocimientos del comentarista, si bien estima que se puede hacer un orden de comentario qu e sirva de método para cualquier te xto li tera rio y sirva de pa uta y a yuda a quienes intenten valora r, analizar y enjuiciar un documento litera rio, siendo e se el 256 objetivo perseguido por dicho a utor en su libro, en el que ofrece una relac ión de principios generales, lim itada e incompleta p ero sí suficiente, p ara una iniciación en el comentario de textos, con la que f acilite los conoc imientos teóricos necesarios (en retórica , estilíst ica, gramática y literatura) y el panorama de los aspectos o cuestiones que puede plantear el tex to (Díez 1996: 9). También aclara que es vicio por ex ceso el pretender ver en el tex to que se analice t odos los puntos i ndicados en el m étodo que él propone, pues unos t extos se prestan a ello y, otros, no. El análisis tex tual debe sintetizar críticamente el sistema de valores que se presenten en el texto, entendidos dichos valores en un s entido amplio. Ademá s, la realidad re presentada (realidad literaria) toma elementos de la r ealidad circundante (realidad auténtica), o rganizándolos el autor d e una manera especial que crea un m undo literario intencion al, para lo que usa procedimientos macroestructurales (género l iterario, estructura text ual, etcétera) y microestructurales (figuras de len g uaje, léxic o, etcétera), explicando cada r asg o particular en función de l conjunto tex tual (Díez 1996: 10). De todos lo apartados en que se pueda dividi r el comentario de t extos, el principal, indudablemente, es, de acuerdo con lo que dice Delmiro Antas García (Antas 1987: 17-18), la determinación del asunto o tema de que trata el texto, pues de ello depende el que se comprenda éste y el que se pueda fij ar su valor e importanc ia. P ara ello, siguiendo al dicho Antas García, ha y que quedarse con la i ntención del autor al escribir, que es el fondo que cohesiona todo e l tex to. L a de finición del t ema, para no llamar a equívocos, ha d e ser, por consi guiente, cl ara , breve y exacta, centrándose en la palabra clave y abstracta que sintetice la inte nción del autor ( reflexión, rebeldía, desesperación, etcétera) y conside rando que, t an importante como el tema, es el 257 tratamiento que le de al mis mo ese autor (tratamiento festivo, pesimis ta, desengaña do, optimista, etcétera), porque es eso lo que permi te situar el t exto en su época y en la ideología del escr itor, siempre de conformidad con el mencionado Antas García. Al analizar un text o, por otra parte y de acuerdo con el César Hernández A lonso, no se puede olvidar la importancia del lenguaje como vehículo de expresión, y a que, sin lenguaje, no ha y tex to litera rio ni mensaje. Cualquier text o, efectivamente, y a que, sin lenguaje, no ha y text o li terar io ni mensaje. Cualquier texto, efectivame nte, nace de l a combinación de sig nos (un signo es una unidad lingüística) que componen la obr a en que se i nserta. Todo t exto supone un proceso de comunicación entre emisor y receptor y porta uno o más mensaj es. En realidad, todo texto es un macrosigno y, a su vez, un conjunto de signos, que ha y que desentrañar y ve r cuanto pu eden encerrar . No se pu ede analizar un texto presc indiendo del len g uaje, t anto s i se qui ere d escubrir s u cosmovisión como si se desea analizar su psicología o sus condicionantes (Hernández 1993: 9 y 10) . Considerando el va lor del lenguaje ha y que procurar que el análisis minucioso no oscurezca ni im pida l a comprensión global del texto (Hernández 1993 : 10), siendo preciso comprender con la mayor profundidad posible el texto que se comente desde su forma d e expresión (la expresión es unidad fonológica) y su forma d e contenido ( el contenido es unid ad de si g nificado) (Herná ndez 1993: 11). Por sup uesto que el comentario lin güístico no es un tom ar el t exto c omo pretexto, ni encasillar el t exto en una época, ni sacar el tex to de su context o, ni par afrasear el texto (paráfrasis es explicación ex haustiva del text o) (Hernández 19 93: 12). S e trata, pues, de ver qué y cómo se dice, vi endo el qué y el cómo cual dos partes indisol ubles de un t odo (Hernández 1993: 13). Primeramente , ha y qu e tener claro que no todos los t extos 258 ofrecen las mis mas posi bilidades ni en todos es tán por i gual todas las unidades de comentario, por lo qu e habrá qu e concentrarse en los elementos que o frezcan ma y or riqueza e importancia (H erná ndez 1993: 14). Tras los testimonios ex pue stos, queda claro lo di fícil que es aplica r un método rígido de come ntario a t odo ti po de tex tos, así como el hacer una enumeración exhaustiva de la totalidad de los puntos de ex am en que propon g a ese m étodo, ante el peligro de perderse en detallism os no imprescindibl es en det rimento del asunto principal, que es el que debe resaltar. La nec esidad de dar coherencia a los comentarios cuando estos se suceden en gran núm ero, como es el caso del presente trabajo, es otro motivo para agilizar esos tratamientos, recogie ndo y m encionando lo más sustancial de los textos que se vayan ex poniendo. También se ha visto l a importancia del lenguaje como recurso de plasma ción del contenido textual, cosa que, en esta investigación, toma una especial relevancia por su temática lin güística. Lo de las posibilidades que ofrece cada texto es otra indicación de que a cada documento tex tual ha y qu e interpretarlo según es as posibilidades que contenga , sin pretender sacarle otras que no posee. En cuanto a l punto de l a op inión personal del analizador, es a lgo que no s e puede hacer , porque el investigador h a de cotejar datos y ex traer resultados, pero si opinar sobre lo que ha deducido o analizado. En referencia, ya , a los textos recog idos, ha y que decir que el primer p roblema ha surgido en su selección, dado que la riqueza temática y literal de l as obras completas de Ortega y Gasset permitía recoger muchísimos fragmentos, mientras que el imperativo de con cre tar ha obligado a pon er límite al acúmulo de t extos, de suerte que, al final, se 259 han extraído aquellos que son más rele vantes y si gnificativos para el propósito perseguido. En ese sentido, se ha tratado d e no repetir, remitiendo, si es preciso, al text o que ex ija traerlo a colación. No obstante, sí se dan casos de repetición de materias por tangencialidad te mática o por compleme ntariedad de contenidos u opiniones. Los tex tos selecc ionados han sido 77, los cua les se han agrupado en 18 secciones temátic as, que son las siguientes: 1. Los objetos como punto de partida de la conceptua lización (12 te xtos, del 1 al 12); 2. El conce pto (5 text os, del 13 al 17); 3. La palabra (5 textos, del 18 al 22); 4. La frase (2 tex tos, el 23 y el 24 ); 5. El habla (8 tex tos del 25 al 32); 6. La len gua (5 textos, del 33 a 37 ); 7. El estilo lingüístico (3 textos, del 38 al 40); 8. El uso (12 textos, del 41 a 52); 9. Las etim ología s (4 text os 53 al 56); 10. Opiniones, vigencias y tópicos (3 t extos, del 57 al 59); 11. La metáfora (2 tex tos, el 60 y el 61); 12. La ora toria (5 t extos, del 62 al 66). Con estos textos no se intenta repasar una discursiva lingüística ni lit era ria completas, sino sólo acudir a las apo rtaciones más importantes de O rtega y Gasset a estas disciplinas, par a fijar su sig nificación al respe cto en el novecentismo y el pertinente lega do que transmi tió a los componentes de la escuela cultural que fundó. Se ha prefe rido, por otra parte, orde nar los tex tos por contenidos y no por sucesión cronológica, d ado el m ay or rigor cientí fico que dicha ordenación supone, si bien se consigna en cada documento la fe cha en que fue es crito o publicado. 260 5.11. TEX TOS ORTEGU IAN OS 5.11.1. SOBRE LA CON CEPTUALIZ ACIÓN TEXTO 1: LA CO NCEPTU ALIZ ACIÓN D E LO ABSTRACTO (VII , 351-352) El ámbito d e lo representable, de lo p erceptible somete, es cierto , a los ob jetos en él comprendi dos a las condi ci ones generales q ue l o constitu y en como tal ámbito. P ero el á m bito d e lo matemático, po r ejem plo, ta m bién impone a sus objetos condi cion es q ue son bi en distintas d e las perceptibles. Así, n ingún triángulo visible puede representarse sin representar ade más su colo r, pero un triángulo matemático no tiene q ue ver con color alguno. Es, pues, de importancia primaria no con fundir lo que es valedero p ar a objetos con stitutivam ente incluidos en el ám bito de lo intuib le c on lo que otras clases de objetos exigen. Los ob jetos, por tanto, son d ependientes o independientes por su misma esencia, n o po r nuestra capa cidad o incapacidad subjetiva de rep resen tarlos aislados. Pues b ien, aquello s objetos que son partes dependientes de un todo, que n ecesitan de o tras partes p ara cumplir su sentido se llaman partes abstractas u objetos abstractos y ta m bién momentos . En un sonido, l a intensidad y la cualidad son momentos o p a rtes abstractas; en un a su perficie visible lo son el color y la extensión. E n u n organismo lo s órgano s, pues aunque la m ateria en que esos ó rganos se realizan pueda d espedazarse sólo ella como tal materia se despedaza no el objeto ideal « organismo» (Ortega 2007: 351-352). El presente tex to, incluido en el gr upo “Los objetos como punt o de partida de la conceptua lización”, pertenece a un artículo, publicado en 1913 e incluido en Para un diccionario f ilosófico , establece un a clasificación de los objetos en dependientes (en el caso del triángulo visible , porque necesita un soporte) e independient es (en el caso del triángulo mat emático, que existe por su valor p ero no precisa d e soporte). El primer 261 caso pertenece a lo perceptible; el segundo, a lo i deable . En el primer caso los objetos son momentos de un todo (v.g.: sonido). Así clasifica Ortega los objetos desde una perspec tiva filosófica, int erpre tando que “objeto” no es sólo cualquier cosa material sino que también puede s er algo inmaterial, entrando aquí en el t érmino abstracto , que es lo ge nérico o l o no concret o, pero qu e, aunque es algo id eable, puede tener más realidad y ser más independiente q ue lo perceptible, cu yos objetos, s in independencia propia, se presentan como partes de un todo. Llevado esto al terreno de la conceptualización, queda patente que Ortega establece dos puntos de partida para el acto d e conceptuar: 1º cu ando se conceptúa a partir de una percepción; 2º cuando se hace a partir de una abstracción mental. Esto implica que la precisión y ge neraliz ación de la conceptualización pueden ser muy variables y diferentes, ya que la basada en lo perce ptivo puede tener un campo de aplicación bastante dilatado, en tanto que, la inspirada en los procesos m entales, ha de ser aplicable a un campo hum ano mucho más reducido, y a que depende de condicionantes mentales y sociales bastantes delimit ados. Además de esto, ta mbién anota Ortega que pu eden most rar se los obj etos perceptibles como manifestaciones aisladas o como entidad es en afinidad unas con otra s. En el primer c aso precisarán de una conceptualización específica , que se base en un esfuerzo algo creativo y de una estructura m etafórica, donde la ima g inación creat iva y va g a simili tud se u nan para dar paso al nuevo concepto. En el segundo caso, l a conceptualización se establece por asociación directa con los objetos previamente conocidos y designados, de modo que el concepto elabo rado ha d e ser derivado d e uno de esos conceptos denominadore s de los 262 objetos s imilares observados. A partir de ellos se forman, pues, conjuntos semánticos o familias de palabras emparentadas. En el caso p rimero, lo s conceptos nuevos o unívocos, se p resentan como expresiones aisladas o irrepe tibles, aunque sie ndo susceptibles de for mar cadenas conceptua les, convirtiénd ose en puntos de partida de nuevas familias conceptuales. En l o que respecta a l a conceptualización basada en la abstracción mental o sin objeto externo de refe rencia, aunque con la imprecisión ya mencionada, pueden darse, igualmente , los casos de l concepto aislado o de nueva creación y del co ncepto hecho por asociación con sim ilares idea s previas, a las que se los une para engrosar la corre spondiente familia conceptual abstractiva. Ocurre, asimismo, siguiendo el texto orteguiano, que hay conceptos que designa n, no un objeto sim ilar o parecido a otro, s ino alg o que es sólo parte de un objeto y a conceptualiz ado, ante lo c ual aparece lo que Ortega llama mom entos u objetos abstractos, qu e engendrarían conceptos dependientes de otros, aunque no coincidieran plenamente con el sentido etimol óg ico del concepto de que dependieran. Esto podría originar la aparición de familias conceptuales emparenta das. Está clar o que aquí habla Or tega del origen de l a conceptualización, en el que fija dos m otivos, que son el ex terno, o mundo que rodea al observador, y el interno, o propio mundo mental que se encierra d entro de c ada persona , siendo la 269 Aunque, aparéntemente, parece describir un proceso físi co, expone, con ello, Ortega el complejo m ecanismo de la formación y configuración del len guaje, dado que anota cómo éste empieza en la percepción por los sentidos de las cosas qu e rodean a los sujetos, cómo esa captación es llevada al cerebro por los estímulos del sistema nervioso, cómo en el cerebro el es tímulo nervioso es traducido en una opi nión o i dea mental, cómo el ce rebr o etiqueta seguidamente al obj eto con un término apelativo, y cómo la perce pción es devuelta al objeto observado para identificarlo con el nombre que se le ha puesto. Tras este viaje co gnoscitivo, la cosa recién pr esenciada y a no sería igual que al principio sino que se l e parecería más al elemento con el que se le hubiese asemejado por le y de asociación ver ificada en el cerebro, encargándose los sentidos d e ponerle los rasgos que le falten para tener un claro parecid o con el ser con el que se l e hubi ese vinculado. Es un arco per ceptivo, per o no meramente instintivo, puesto que hay en él una parte de comprensió n de l a realidad percibida, que permite utilizar, mejor o peor, el conocimiento mnemológico que se posea. La s etap as o p asos, en concreto, que men ciona O rtega p ara esta fase inicial de l a formación del lenguaje, especialmente de la conceptualización o c reación de conceptos, son las siguientes: 1ª) aparición de un objeto ex terno; 2ª) presencia de algún obs erva dor que lo perciba; 3ª) acto de perce pción efectuado por el observador; 270 4ª) valor o calidad de la percepción, por lo que puede ser completa (bien realizada) o inc ompleta ( mal rea lizada); 5ª) reflexión o análisis sobre lo percibido; 6ª) valoración lingüística de lo observado, para aplicarle una denominación; 7ª) aplicación de la designación decidida al objeto contemplado. Prácticamente , l a idea central del texto ocupa l a m ay or p arte de éste y gira, por tanto, en t orno al proceso de con ceptualización que el s er hum ano lleva a cabo como resultado del contacto con la realidad natural y humana que lo rodea, proceso que conduce a dos resultados: el conocimiento y aprehensión del mundo en que vive, y ; la invención del lenguaje c omo forma de e xpresión de la realidad percibida. Los r ecur sos ex ternos usados por el autor son convincentes, al emplear éste un método expresivo categórico, que no deja lu gar a l a duda ni a la i nseguridad. Tiene dicho método un carácte r científico o d emostrativo y resulta, por consi guiente, sobrio y care nte de figuras retór icas. Es directo y preciso, utilizando las palabr as estrictamente necesarias y adecua das. A modo de con clusión, puede de cirse que el text o está a la altura de la mentalidad del tiempo en que se escr ibe (a ño 1013) y que describe un pr incipio de l a formación del lenguaje mu y a tono con los descubrimientos lingüísticos que por entonces s e estaban verificando y que se ha mant enido y aún se conserva como una de las tesis más defendidas y aceptadas en torno al origen del lenguaje y de la conceptua lización, que es, de aquél, uno d e sus aspectos fundam entales. Algo que 271 también se infiere a modo conclu y ente sobre lo dicho, e s que, de l a perce pción o captac ión sensible, viene la re flexión o acto de pensar. TEXTO 4: EL CON CEPTO “ PER CEPCIÓN ” (VII , 355) Leibniz al notar que el ruido del mar p rocede fisiológicamente d e las excitaciones mínimas que envían una por una las olas conclu y ó q ue en la p ercata ción del ruido total se h allaban latentes las percataciones d el ruido de cada un a de las olas. Oímos estos m ínimos ruí dos puesto que oímos su con junto, pero los oímos en diverso grado. Del conjunto nos damos cuen ta que lo o ím os, sus componentes menudos lo s o ímos sin darnos cuenta: estas meras aud iciones llámolas petites perception s , aquella con ciencia de la audición, aquel -por decirlo así- oír el oír, denom ínolo apperceptions . Y ya tenerno s el o rigen hi st órico de este tér m ino -jun tam ente con su ori gen racional (Ortega 2007 : 355). En relación con la pe rcepción, está la apercepción y l a p equeña percepción. La primera viene de apperceptions , como l a llamó Leibniz, y es la suma d e sensacion es sonoras o d e cualquier o tro tipo que componen la percatación (qu e es ad vertir) d e una sensación total o completa. L os estímulos o sensacione s particulares que integran la apercatac ión son l as p equeñas percepciones, a lo que Leibniz llamó petites percepcions . Este es el origen racional del término apperce ptions . P uede aclarar se que el término apercepc ión ha p erdido la “a” y y a se dice percepción . También la palabra percatación se emplea m ás como per catamiento. Con lo dicho en este text o, en suma, lo que qui ere indicar Ortega, tomado el refe rente de Leibniz , es que toda im presi ón sensible o perce pción es un estímulo grande y bien captable por el sentido que lo re coja, que está compuesto por otros muchos estímulos de pequeña intensidad, que apenas se recoge n por los sentidos o s on, en condiciones normal es, imperceptibles, aunque tanto la 272 “apercepción” o sensación grande como las “pequeñas percepciones” t ienen una gran importancia tanto a nivel psicológico como a nivel lingüístico, por re flejar , en este segundo caso, muchos matices de la comunicac ión hablada. Es en este último aspe cto come ntado en el que interesa este texto para n uestro objetivo lingüístico, ya que las p ercepciones que captan l os sentidos no ll egan pur as ni diferenciadas separadamente, si no mezcladas con otras much as sensaciones qu e impurifican y dificultan la captación de la s ensación principal. Est o se da en todas las perce pciones; lo mismo en l as visuales, adultera ndo la i mag en qu e se quiere interpretar y denominar , que en l as auditi vas, dificultando la corr ecta definición del sonido escucha do. En el caso de percepciones vi suales, la comparsa de percepciones secundar ias que l a suele n acompañar obstaculiza el correcto y exacto conocimiento del objeto percibido y pued e ser motivo de que equivocadamente se le asocie con lo que no corre sponde y se le ponga una denominación que no es la su y a, dando origen a fenómenos a los que se le conoce con un nom bre inadecuado, que no les cuadra en manera alguna. Est e se ría el caso de las denom inaciones im propias. En cuanto a l as perce pciones auditivas, los sonidos acompaña ntes que lleva n influy en mucho en el lenguaje h ablado, haciendo difíciles de clasificar algunos fonemas y estableciendo las desigua ldades que se acusan en la forma hablada entre unos idiomas y ot ros e, incluso, dentro del m ismo len gua je, a un nivel r egional y l ocal. Esto indudablemente, conduce al tema de l os sonidos fonéticos puros, que hacen pensar e n unos fonemas universale s y comunes para toda la humanidad, los cuales, más por razones de empleo que fisiológicas, s e han ido d eforma ndo de unos sitios a ot ros, al aparecer aco mpañados de elementos sonoros secundarios, que les ha n deformado su inicial timbre sonoro. 273 En e l matiz sonoro de los fone mas hay , por supuesto, intenc ión, aunque e l hablante no se advierta de ello, pues lo hace en fo rma habitual y no lo piensa al hacerlo, aunque sí lo desea, y a que todos al hablar bus can que se les entienda. L os sonidos acompaña ntes de los fonemas pueden s er ilimi tados, aunque éstos sí son lim itados y únicos en su especialidad, caso, por ejemplo, del fonema “n ”, que, siendo, como todos los fonemas, ex clusivo, puede tener en el español un sonido dental, otro palatal, otro velar, etcétera. Lo que h a hecho que se llegase a hablar de fonemas como d e una famil ia de sonidos, constituida por un sonido im portante, que desempeñaría el p apel de “cabeza de familia” y que, po r s us acompañantes, unas veces t endría más o men os intensidad, otras varia ría su duració n y, otr as, su entonación , pudi endo emitirse también de forma abierta o cerrada, como defe ndía la escuela de D. Jones, en 1950 (Lázaro 1968: 190). En las percepciones, pues, ha y elemento principal y elementos secundarios, siendo la suma de amb os tipos de el ementos l o que constitu y e la p ercepción en su totalidad, llamándose imáge nes a estos elementos, en el caso de l as percepciones visuales u oculares, y ruidos o sonidos, en el caso de las pe rcepciones auditivas. Se capta todo, tanto en un caso como en otro, pero, como anota Orte g a en “di verso grado”, destacando en la percepción, interpretada desde el punto de vista cognoscitivo, el elemento más i ntenso, fuerte, dom inante o ll amativo, que será siempre el mencionado “elemento prin cipal”, en lo que, por supuesto, ju gará un papel primordial l a capacidad discernidora o dif erenciadora del sujeto observador, lo que es, y a, una función intelectiva básica , que implica racionalidad en quien la ejerce. 274 Destaca en el tex to la atenc ión que el autor concede al concepto “percep ción”, hasta el punto de que ha ce girar todo el fragmento en torno al mi smo, pas ando por las distintas formas léxicas por las que ha ido exponiéndose hasta llegar a la actual, en lo que nos encontramos c on: “percatación”, “apperceptions”, “apercepción” y “percatamiento”. Reconoce, al respecto, que Leibniz, aun siendo germa no, fue el que le otorgó al término su ortografía, al llamarlo “apperceptions”. En todas sus modalidades viene a si g nificar la advertencia que s e lle ga a comprender por el entend imiento ante algún estímulo sensible recibido, lo que, aplicado al aspec to de los sonidos (percepción auditiva) tiene especial importancia como fundamento del leng uaje h ablado, aunque también las percepciones de otros t ipos tienen gra n valor como punt os de partida de la conceptua lización. La idea central del texto queda claro que es el origen r acional que tie ne la perce pción, lo que la dis tingue de la sensa ción, que es sólo biológica y también s e presenta en los animales. Esto, llevado al aspecto que aquí interesa, nos viene a decir que el lengua je, tanto con la conceptualización como con el habla, tiene origen racional y no animal, ar g umento al que nos conduce este razonamiento orteguiano. 5.11.2. SOBRE LA CAPTACI ÓN O APERC EPCIÓN COG NITIVA TEXTO 5: EL ENLA CE COG NITIVO (VII , 359) Sea A el alma y S o tra substancia q ue entra en colisión con ella. A respond e a l a perturbación con lo que Herbart llam a un a au toconservación , es decir, toda ella toma una cualidad o carácter d eterminado. A esas 275 autocon serv aciones es a lo qu e se lla m a s ensaciones. Co m o las p erturbaciones so n de distintos o rígenes, un as de substancias más a fines, o tras de sub stancias má s disparejas o curre q ue un as p erturbaciones so n id énticas, otras semejantes y o tras m uy diversas. La simplicidad de A que ante S ha respon dido con la sensación a no perm ite ante S´ una sensación b , si S´ es muy d ifere nte de S . Sob reviene u na lucha en tre b y a , entre la excitación nueva y la sensación que actualmente constituye el estado de la substancia-concien cia alm a. En esa lu cha com i enza a po r ser estorbada viniendo luego a una situación en q ue se complica con b (o se fund e si b es afín, por ejem plo del mism o orden c ualitativo color o son ido). Esta comp licación ab es un a nu eva unid ad, no es a y b en simpl e co existe ncia. Fusiones y co mplicaciones for man los estados de segundo grado, ya más co mplejos qu e llam amos representacio nes . Entre éstas se repite la m isma mecá nica: una representación nueva sólo llega a pasar el umbra l de la conciencia , es decir, sólo llega a la percatación c uando las re-presentaciones y a existent es en el alma se la h an asimilado, reformándola, i nterpretándola a su imagen y s eme janza. He aquí el p roceso d e la apercepción. Nada entra en la conciencia sino en continuidad con lo qu e en ella h ay pre viame nte. Darse cuenta es dar entrada en la percatación a lo nuevo envuelto e informado por lo viejo: sólo así se con serv a el carácter último y esencial de la con ciencia, la unid ad, la identidad (Ort ega 2007: 359). Tras la apercepción ll egan las fusiones y complicaciones, para l a nueva repre sentación, la cual sólo pasa el umbral de la concienc ia o llega a ser percatada cuando es asimilada por otras representaciones que había ya en el alma. Todo entra, pues, en la conciencia si va de la mano de lo qu e y a había en ella; si no, es rechazado. Esto quiere decir que l o nuevo entra a través de lo vi ejo. Eso es lo que mantiene la unidad de conciencia. Apli ca do tal principio a la lingüística, significa que la conceptua lización de cu alquier objeto nu evo s e hace a partir de otros conceptos y a adquiridos y aprendidos, utilizando el principio de analog ía, si n obviar el de diferenciación, de conform idad con los datos que aporta la percatación de lo percibido. Esto explica la semejanza entre unas palabras y otras y , sobre todo, que muchas pala bras posean una raíz común. 276 Mantiene Orte g a en este texto la i dea, co mo queda dicho, de que el conocimiento nuevo entra en la mente de las p ersonas a través del conocimiento anterior que ya tuvie ran, lo qu e, por su parte, i mplica do s posicionamientos o actitudes en las personas, qu e son: 1º, el rec hazo o desconfianza a lo extraño o desconocido, y; 2º, el deseo de mantener una postura coherente consi go mismas, preservando lo propio o asimilado de posibles intrusismos peligr osos. P or eso se prec isa qu e lo y a establecido en el conocer propio otor gue franquicia de paso por el men cionado u mbral de la concienc ia a las nuevas ideas o saber es para que éstos puedan instalarse e n el alma o concienc ia del sujeto. Parece que esto af ecta a lo conductual y , aunqu e es así, no es sólo a ello, sino que también se extiende por el campo del saber científico, con la ex ige ncia de veracidad y de mostra bilidad de lo que accede al ámbito de la conciencia propia. Aplicado tal pr incipio a la l ingüística , queda patente que no se admite imaginación ni imprecisiones en e lla si no que se intenta tratarla con un rigor estrictamente científico, aceptando sólo concepto s válidos y fidedi gnos. Con esa actitud se r econoce l a gran responsabilidad que r ecae sobre l a lengua, al ser l a correa de transmisión del saber y d e la cultura de los pueblos y de las personas, así como también el medio de asomarse al pasado, m ediante el con ocimiento de l a Historia tanto escrita como expresada e n form a de tra dición oral. Todo esto es lo que notifica Ortega en su comuni cac ión textual, pareciendo advertir de esta alta mis ión del leng uaje humano y del importante significado que posee para el progreso y desarrollo hum anos, así co mo los preligros que derivan d e un envilecimiento y empobr ecimiento del sist ema lingüístico, de acuerdo con l a afirmación 277 de que el estado de s alud de una len gua r evela el estado de salud del p ueblo que l a utiliz a. Queda entendido, con est o, que la ide a central del texto se refiere a la cadena cog nitiva en que se basa el saber humano, al enlazarse los nuevos conocimi entos con los anteriore s, en una rel ación ininterrupida y coordinada, en la que lo vi ejo av ala l o nuevo, si lo estima conveniente. De los recur sos ex ternos ut ilizados por el autor, apare ce como mu y d estacado su método de exposición tan científico, por el que gradual y razonad amente v a exponiendo su idea, con el int ento de presentar su certidumbre y de qu e sea comprendida. C on esto, se aproxim a a la expl icac ión matemática, en la que el profesor qui ere hac er ver qu e, sin entender lo que se diga primero, no s e puede lle g ar a saber lo que viene después. Ha y , en consecuencia un mé todo mu y pedagógico, asequible y propenso a la claridad expositiva. La s terminologías en est a relación razonada tienen su propio sentido, destacando entre ellas las siguientes: “autoconservación”, “sensación”, “p erturbación”, “apercatación”, “fusión”, “complicaciones”, “repr esenta ción” e “identidad ”. De forma sintética, dichos términos vienen a significar textualmente lo que sigue: − autoconservación: instinto a defender lo propio conoc ido ante lo foráneo o llega do de fuera; − perturbación: alteración en la conciencia por e l ch oque con lo nuevo; 278 − sensación: estímulo determinado por la autoconservación; − complicaciones: conflict os y luchas interiores qu e, ante la presencia de lo n uevo, se produce n en la concie ncia; − fusión: unión del saber viejo con el llegado nuevo; − repre sentación: es lo que se admite t ras la compl icac ión sur gida y la f usión posterior; o sea, la idea resultante admitida; − apercatac ión: el conocimiento de la nueva idea asimilada a partir de otras anteriore s, que ya se tenían; − identidad: preservación del carácter unitario de la conciencia, tras la fusión de sabere s antiguo y nuevo. A modo de conclusión, puede servir este último conc epto anotado, de la “identidad”, porque frente a lo nue vo siempre se produce un re chazo, a unque, por contra, el hombre no puede vivir sólo de unas e structura s inmut ables, de modo que la lucha entre conservaduri smo e innovación es co nsustancial al ser humano y al g o que siempre lo ha c aracterizado, por lo que no se pue de ver como una crisis sino como una tendencia r evitalizante que, bien llevada, aporta sus beneficios, lo que, de acuerdo con Ortega, trasuntado al te rreno lingüístico, se convierte como en la esencia germinativa de esas c omplicaciones y n ovedade s, siempre con la condición de que no desaparezca la unidad identitaria. 285 TEXTO 8: LA APER CEPCI ÓN (VII, 362) Que en nu estra conciencia falta la respon sabilidad del nuevo contenido. En t al caso la apercepción es pasiva. El p roceso d e la apercepción pasiva es la a sociación: los elem ento s se fund en, complican, asimilan, se reproducen (m emoria) diríamos que por sí mismos. Los contenido s resultantes están llamados a formar solamente la zona n o atendida de la co nciencia. Dejém oslos ya que tien e su estadio mejor y pro pio lu gar bajo la palabra asociación. El segundo caso se refiere a los con tenidos que «se p rodu cen inmediatamente bajo la influencia de la atención » . Los p rocesos en que se generan son conocidos por la experiencia vulgar bajo los nom bres d e pensar, reflexión, fantasía, inteligencia. Constituyen el piso alto de la actuación psíquica. (…) La atención , en v irtud d e este su carác ter, dota a los contenidos d e esa ob jetivi dad, independ encia o transcendencia a que aludíamos en la p rim era parte de esta no ta. La su cesión, enlaces y co m plicacio nes d e las represen taciones q ueda sometida en la aperc epción a un régimen voluntario . E scogem o s las imágenes y las pon em os en el eje de la visualidad interior, apartam os otras o las descuartizamos quedándono s con a lgunos d e sus elem en tos o n otas que unimos a otros hasta edificar representaciones totales, etcétera, etcétera. Es lo más in teresante q ue la apercepción activa o pera siempre sob re contenidos q ue encuentra ya formados por l a a percepción pasiva: sus funciones son de segundo grado, sus produ ctos multim embrados (Ortega 2007: 362 ). La asociación, según el texto, es el proceso de la aperc epción, por el que se reproducen o r ecuerdan, asimil an y asocian l os eleme ntos y los contenid os resultantes pasan a zona poco ate ndida de la conciencia (s e refier e el d ato a la conclusión). L a 286 atención, además, produ ce contenidos de i nmediato, de los que s e si gue el pens ar, el inteligir, el reflexionar y el fantasear. Es el piso alto del actuar psíqui co. L a ate nción, también, otorga objetivi dad a los contenidos, mientras que la voluntad decide los actos de enlaces, suce siones y representaciones de lo apercibido. Con este texto, como se comprende, pr osigue Ortega con el proc eso cognitivo, marca ndo esa marcha de la apercepción a l a asociación de los objetos percibi dos, de l a asociación a la ex tracción de datos concretos, de esos datos a la conclusión y , por últi mo, a la fijación de contenidos resultantes a z onas po co frecuentadas de la conci encia . La atención, además, es mu y valiosa en estos actos po rque determina el esfuerzo de pensar y reflexionar (uso de la inteligenc ia), lo que Orte ga denomina “piso alto” del actuar psíquico, por tratarse de una alta función. Todo esto s e completa con el emple o de la voluntad, que es el acto libre que decide y ejecuta l as operaciones de conocimiento que más conven ga n (enlaces, sucesiones y r epresentaciones de lo apercibido) . Es evidente la importancia d e este encadenamiento en e l as pecto ling üístico. Habla en este t exto Ortega de la apercepción o entrada de un conocimiento en la concienc ia o conocer propio, lo que puede hacerse con sentido de la responsabilidad o sin él. Cuando la apercepción se hace con r esponsabilidad, se da la apercepción activa y , cuando se hace si n sentido de la responsabilidad, tenemos la apercepción pasiva. L a apercepción activa implica, pues, que se conoce o intenta hacer un uso o aplicación de ello de tipo provechoso y adecu ado. En la apercepción pasiva, en c ambio, no se tiene conocimiento de l a utilid ad o perjuicios que puedan devenir de lo adquirido ni voluntad de tenerlo en cuenta, por lo que no hay sentido ético en el acto de la aperc epción. Est o puede ser aplicable a m uchos aspectos, entre ell os al del l enguaje, con l as palabras y 287 comunicacione s que puedan resultar en ga ñosas y de dobles sentidos y que hay que saber aplicarlas convenientemente, cosa que induce a en trar en el asunto de l os “sig nificados” que varían muc ho de acu erdo con los grupos soc ia les y sus formas de interpretación. La palabra, en efecto, es tá cargada de responsabil idad, por cuanto que tiene un significa do que compromete desde el momento en que se lanza la ieda q ue contiene ese significa do. Otra función de la apercepc ión es la de la “asociación”, por la que lo nuevo aperc ibido se relacion a c on ideas y conocimientos que y a s e tenían, para comprobar los efec tos que se pueden obtener con ello, así como los conocimientos de rivados que puedan surgir . L l evado esto al aspecto lingüístico, aporta al go t an de primera importancia como es la verificación de “juicios”, con sus correspondientes premisas y consiguiente s conclusiones. Este asunto, aunque propio de la lógica , ti ene ta mbién interés para la lengua , y a que los juicios se construy en con pala bras y con frases. Otro punto de la ap ercepción a tener en cuenta, es el de la “atención” que se ponga a la inform ación apercibida, pues de e lla surge el “ pensar”, si se reflex iona bastante en lo apercibido, el “razonar”, si s e pi ensa con bu en criterio en lo apercibido, y la “fanta sía”, si se usa la imaginación libre en el pensar sobre lo apercibido. De todo ello pueden pro ceder fo rmas de lenguaje específicas , como el comunicado científico, el filosófico y el literario. 288 De la ape rce pción vi ene t ambién el ejercicio de la “valoración”, por el que s e evaluan los contenidos a perc ibidos, con la inteción de encontrarles y aplicarles su just o valor, en lo qu e se verá si son obj etivos, si son transcende ntes, si son autén ticos, si son personales o si son ciertos o incier tos. Ante esto, se aplicará a di chos contenidos el “valor” que me rezca n. Es indudable que la palabra y la “oración gramatical” s on los medios de ex presión de los conocimientos apercibidos y los elementos a utiliz ar para fijar la “valorac ión” de lo aper cibido. Tras todos los procesos derivados de la apercepción, descritos ha y que te ner en cuenta también el elemento de la “voluntad”, en virtud del cual, dentro de l o apercibido, se escoge o eli ge lo que más convenga, int ere se o se estime mejor. Las expresiones y el léxico empleados son aquí piezas claves a la hora de decidirse por lo apercibi do. Está claro que el texto t iene c omo idea central la apercepción y las funciones que comporta su asimi lación por el s ujeto, lo que, aunque par ece al go distante a lo lingüístico, no lo es en absoluto, pues mantiene fuerte rel ación con la con ceptualización y el len gua je en general, y a que Orte ga envuelv e t odos sus contenidos e n unas ideas comunes que, a v eces, hacen necesario conocer t oda su obra, pues en tod a ella flotan unas ideas pr edominantes que dan unidad a sus manifestaciones sean so bre el aspecto que fuere. Así lo entiende Guill ermo A ra y a, cuan do afirma que “cualquier a que s ea el aspecto de la obra de Ortega que nos interese, esta mos en la obligación de vérnoslas con el todo; porque esta t otalidad es el verdadero objeto que generó su escritura y en el cual cada uno de sus miembros posee su sentido real…” ( Ara y a 1971: 68). 289 De acuerdo c on lo dicho, se pue de decir que el tex to ofrece un gra n va lor lingüístico, y a que se aproxi ma bastante al análisis documental, al orientar sobre cómo profundizar con acierto en el valor y sentido de unos contenidos informa tivos. Esa es, pues, la conclusión que se puede extraer sobre el presente tex to: la cotejación o confrontación de unos datos con otros para sacar deducciones y obtener certezas. 5.11.3. SOBRE EL CONCEPTO Y LA R EALI D AD PERCI BIDA TEXTO 9: EL CON OCI M IENTO (VII, 768) El cono cim iento es, pues, un est ado de un su jet o -llámesele i dea, pensamiento, representación , juicio, teoría-, un estado de u n sujeto que pretende ser, a l a vez, un est ado objetivo, o d icho de o tro modo: cono cim iento es el hecho de la pretensión d e que las cosas se com portan por su lado tal y como no sotros las pensam os. Como p retensión se presenta el conocimiento. Y el problema de la teoría del conocimie nto no es otro que hallar las razones suficientes de aqu ella prete nsión. ¿Es ésta justi f icada o vana? (…) Hay un a teoría d el conocimiento espontánea y pri m aria, un primer ensayo de ju stif icación o fundamentación del con ocim iento. Según ella, la congruencia entre lo subjetivo =mis ideas y lo objetivo =las cosas se comprende porque el co nocim iento no es sino un a c opia que el suj eto hace del ob jet o. Esta opinión envuelve dos afirmaciones: 1ª Qu e e xisten las cosas fuera del sujeto y previamente a ser cono cidas: si no existiesen, ¿có m o podrían ser copiadas? 2ª Que el sujeto por medio de su s representaciones ejecuta esa copia de ellas. (…) 290 Nos encon tram os, pu es, en el dintel mismo de la filosofía con el famoso prob lem a q ue suele lla ma rse erróneamente «de l a realid ad del mundo exterior» , y que en la mente d el vulgo se considera co m o el má s representativo de n uestra ciencia. P ara muchas gentes es, ante t odo, el filósofo un h om bre qu e duda de la realid ad que le envuelve, por tanto, u n ho m bre p róxim o a un a pacífica demencia; cu ando menos, un hombre entretenido en cuestiones caprichosas y barrocas (Ortega 200 7: 768). Según el tex to, para Ort ega conocimiento es el estado de un sujeto que inte nta ser objetivo; pero también: pretensión de que las cosas se comportan por su lado t al y como nosotros las pensamos; lo que implica: a) que l as cosas ex isten fuera del sujeto y antes de s er conoc idas, y b ) que el s ujeto pu ede hacer esa copia cognitiva de ellas valiéndose de sus métodos de r eprese ntación. El conoc imiento, según esto, es una pretensión de sab er al go, surgiendo l a teoría d el conocimiento cuando nos preguntamos si hay razones suficientes para ava lar o justificar es a pre tensión de conocer. El conocimiento es la copia que el suj eto h ace del objeto y , por ahí, parece tener justificación la teoría del conocimiento, ante el noble deseo del sujeto de convencerse de que la copia que h a hecho de al go e n su ment e es válida y está conforme con la realidad. Con esto se llega a la fil osofía, al obligar ese deseo de valimi ento a enfrentarse con el problema de la “r ealidad del mundo exterior” y l a correspondiente posi bilidad de su conocimiento. Eso no implica en modo alguno qu e el filósofo dude de la realidad que lo envuelve sino que busca certezas profundas. Con todo lo dicho, se puede inferir que, de acuerdo con el t ex to, el “conocimiento” consiste en quer er pr etende r saber alg o. Parece normal que las personas quieran saber cos as, pero la duda está en asegurarse de si t iene sentido y s e justifica ese deseo de saber. La respuesta pa rece imprecisa, po rque se presta a una doble versión: 1ª , 291 sí, t iene sentido el deseo de saber y el poder s aber, para conoc er mejor lo que nos rodea y s entirnos m ás se guros; 2ª, no, porque nunca se puede conocer la verdad ni tener conocimientos ciertos. Ante esa doble opcionalidad parece como más normal o m ás humano el intentar arriesgarse a profundizar en el conocimiento de las cosas, si endo ese el objetivo de esa parte de la filosofía llamada teoría del conocimiento. S in entrar en es a disciplina, ha y que apuntar que el conocimiento depende d e la copia que en su m ente hace un sujeto del obj eto que qui ere conocer. Si l a copia está conforme con l a re alidad, ese cono cimiento será cierto y válido; si dicha co pia no está con forme con la realidad el tal conocimiento será malo e inservible. Aquí e s, en e fec to, donde se pr oduce e l enfrentamiento con la r ealidad de l mundo exterior, en lo que, además de ese aspecto filosófico del asunto y a mencionado, hay una dimensión léx ica y lingüística muy considerable. No se puede negar que a Orte ga , como filósofo que era, le atraí a más el tema filosófico del conocimiento que el lingüístico, aunque no ha y qu e descartar que la parte del lenguaje también le interesaba e, incluso, l a t enía presente en sus opiniones al respec to, aunque no la m enciona se directamente. Lo lingüístico, en efect o, tiene que estar pres ente en todo bu en filós ofo o razonador de realidades, puesto que cualquier con ocimiento que se efec túe ti ene que ir seguido d e l a denomina ción o aplicación d e un a palabra o nombre a lo que se va conociendo. De esta mane ra, cua nto mayor e s el c ampo del c onocimiento, más se incrementa el vocabulario de términos designado res de realidades y m ás conex iones se 292 efec túan entre las palabras y los conce ptos que d esig nan, d e donde s urgirán familias de palabras empa renta das por una raíz común, cuy o origen, i ncluso, pueden e ncontrase en un idioma distinto al de la correspondiente familia de palabras, y hasta puede hallarse en alguna lengua muerta o sin uso directo actual. La idea cent ral del tex to está en el conocimiento, su justi fica ción y sus posibilidades, visto, pues, como una op cionalidad a la que se enfrenta el ser humano desde s us orígene s, en cuanto que es un ser r aciona l y pensante, cuya m isión es “inquirir” sobre todo cua nto a su alca nce perceptivo se ofrezca. Los recursos comunicadores utiliz ados por el autor, son la clar idad expositiva, la sistematización y la expresividad tende nte a introducir al lector en el tema que desarrolla. A modo de conclusión, puede decirse que es un asunt o de amplís imo espectro de aplicación, en la que, de manera connatural, destaca la vertiente lingüística del vocabulario, ante l a necesidad que ha y de pone r nom bre a todo lo que se va conociendo, de m odo que, al aumento del conocimiento, va unido el del enriquecimiento corre spondiente del léxico. Esto es, indudablemente, lo que nos sugiere Ortega en este texto, aunque no lo llegue a decir directamente. Siguiendo a Guillermo Araya, en efecto, era Ortega d e la opi nión de que los g iros del idioma s eñala n perspicace s descubrimientos de la realidad, surgidos de l a complejidad de la vida hu mana, ante lo cual ha ido dejando el h ombre en el lenguaje s us propios puntos de vista, de modo qu e todas l as “entrevisiones” que ha ido teniendo sobre su vi vir les ha depositado en el 293 idioma, por lo que éste puede propo rcionarnos d atos sobre l a vida, con t odo lo que ha ido recibiendo de cada u no y que o rigina un a “id eolog ía primaria”, b asada en “todo lo dicho” (Araya 1971: 169-171). Con esta mención añadida, queda bi en patente a quello que Ortega no menciona explícitamente en su texto pero que lo deja elidido, en referencia al lenguaje. El término “entrevisiones” , por otra parte, puede considerarse como un a aport ación léx ica netamente orteg uiana. TEXTO 10: CONC EPTO Y R EALI DAD (I, 784) Sería, pu es, oportuno que nos preguntásemos: cuando además de estar viendo algo, ten emos su con cepto, ¿qué n os proporciona éste sob re aquella visión ? Cuando so bre el sentir el b osque en torno nuestro como un misterioso abrazo, tenem os el concepto del bo sque, ¿qué salim os g anando? P or l o pronto, se nos prese nta el con cepto como un a repetición o rep r oducción de la cosa m isma, vaciada en una m ateria espectral. P ensamos en lo que los egipcios llamaban el doble de c ada ser, u mbrátil dup licación del o rganism o. Co m parado con l a cosa m isma, el concepto no es más que un esp ect ro o me nos aún que un espectro. Por consiguient e, a nadie que esté en su juicio le puede o currir cam biar su fortuna en cosas por una fortuna en espectros. El concepto no p uede ser como una nu eva cosa sutil destinada a suplantar las cosas materiales. La misión d el concepto n o estriba, pu es, en desalojar la intuición, la impresión real. L a razón no puede, no tiene q ue aspirar a sustitu ir la vida. Esta m isma op osición, ta n usada hoy por los que no q uieren trabajar, entre l a razón y la vida es ya sospechosa. ¡Como si la razón no fuera una función vital y espon tánea del mismo linaje que el ver o el palpar! (Ortega 2004 : 784). 294 Del conocimiento deriva el concepto, que es lo q ue abord a Ort ega en este tex to: define al concepto como la cosa que se ve o se no mbra di ferentes ve ces p ero vaciada de sus adornos o rasgos di ferenciadores hasta qu edar convertida en la esenc ia pura de la cosa que se percibe o me nciona. Es como el cono cimiento en profundidad o esencia l ya comentado. Para la d esignación del concepto exhibe Ortega su riquez a expresiva, comparándolo con dist intos elementos. Dice q ue es como una “materia espectral” (metáfora); lo que los egipcios llamab an el doble , que era “umbr átil dupli cac ión del organismo” (metáfora); y qu e, comparado con la cosa m isma, es “menos que un espectro” (metáfora). Em plea también si g nos de interrogación y de admiración para dar más vivacidad y calidad comunicativa a lo que est á diciendo (termina con l a afirmación, entre signos de admiración, de que la razón es función tan vital y espont ánea como e l ver o el palpar). Después de esta revisió n al conte nido general del tex to, ha y qu e aproxi marse algo a su aportación lingüística. El concepto, nos dice el autor, pr oviene de la captación de al g o externo, pero no consiste en apropiarse m entalmente d e ese algo y grabárselo en la mente, sino en quedarse con lo esencial del mismo, deshechando todos s us elementos secundar ios o accesorios. Sería quedarse con lo esencial del objeto prescindiendo de los detalles. Al ha cerlo así quedaría en la mente un “ente de ra zón” que no e xistiría en la realidad pero que sería predicable de muchos seres rea les parecidos a él en lo esencial. La ejecución de este ejecicio mental no es esfuerzo baldío sino bastante provechoso, porque evita tener que grabarse en la mente todos los sere s que se van conociendo y que muestr an algún parecido entre sí, para quedarse, a c ambio de eso, con 301 especie im plica el género, como éste i mplica a l a especie, porque el género contiene a las especies en sí preformadas. Aunque se tr ata de ex presiones filosóficas, son imprescindibles para entende r el sistema cognitiv o en que se fundamenta la l ingüística y el punto de partida que, como filósofo, toma Ortega para la considerac ión conce ptual. Es claro, por otra pa rte, que cuantas menos notas esquemáticas t enga un conce pto, mayor amplitud desig nativa tendrá : a menor c ontenido, mayor extensión. A may o r implicación, menor extensión; a menor implicación, más e xtensión. Trata Orte ga en este t ema de l a abstracción, ejercicio que, de entrada, lo considera filosófico, aunque también ofrece s us derivados lingüísticos, c omo se ha anotado. Ba ste, para ello, rec ordar la g ran división gramatical que se hac e entre los nombres concretos y l os abstrac tos. En general, lo concreto es todo aquello que se puede considerar en sí mismo, mientras que, lo abstracto, es algo predicable, como una cualidad, pero con exclusión de sujeto. Respecto a los nombres abstractos, se consideran como ta les a los que designa n seres que sólo se pe rciben por la inteligencia. L os nombres concretos designa n objetos que son p erceptibles por los sent idos. En ese aspecto, el criterio de Or tega y Gasset fue que, lo s concretos, e ran nombre s de objetos independientes, al tiempo que los abstractos, eran nombres de objetos no independie ntes o que ne cesitan apo yarse en algo p ara subsistir, ca so de la blancura , la honradez , etcétera. En cambio, árb ol , casa , etcétera son nombres concretos porque s ubsisten por sí mismos ( L áz aro 1968: 19). La abstracción es una función mental que, según lo dicho, consiste en extraer l as cualidades de un determinado objeto o suj eto para analizarlas por separa do, 302 participando, por ello, de lo psicoló gico, po rque s e realiza en el ce rebr o, pero también de la lóg ica, porque para su estudio y selección, hay qu e a plicar c riterios lógicos. También ha y que emplear lo lin güístico a la hora de pro y ectar el estudio en cuestión y de poner de nominación a l as cua lidades extraídas. Igualmente, es as cualid ades extraídas, que se convierten en conceptos, dan orige n a agrupamientos conceptuales ordenados, que pueden ir de m ayor a menor o de menor a ma y or según el número de cualidades co munes al grupo que ten ga c ada uno de sus indivi duos. Si es de ma y or a menor, la abstracción ló g ica realizada se l lama “determinación”, y si es de menor a ma y or, l a abstracción l óg ica realizada se llama “generalización”. Estos orde namientos c uentan, a su vez, con agrupa ciones clasificatoria s, con más o menos rasgos en común, como son: especie, género, subgénero, orden, familia y v arieda d. La desi gnación léxica de todos eso s ejemplares, lleva consigo un diestro dominio del vocabulario y gran habilidad pa ra el manejo del diccionario, incluso de los diccionarios de otr as lenguas, como el latín o el griego. No se puede ne gar en conse cuencia, que l a abstr acc ión tiene una estrecha vinc ulación con el quehacer ling üístico. El t exto, no obstante, incide más en el aspecto lógico d e la abstracción, dejando elidida la connotación conceptual y lin g üística que pueda tener la misma, si bien es cierto que la conocía e in vitaba el autor a sus o y entes y lectores a que l a conociesen. Esa es la idea centra l. 303 De los rec ursos idiomáticos utilizados, se mues tra el autor algo sobrio en el empleo de pro cedimientos expresivos, prefiriendo, por el contr ario, la claridad y el buen orden en su relación, para centrar el interés en lo que iba diciendo. A modo de conclusión, ha y qu e re conocer que, par a el estudio del l eng uaje, se trata de un tex to de gran interés, y a que la abstracción es elemento clav e para estudiar la gé nesis del len gua je y l a si tuación a ctual de mismo. TEXTO 13: LA I DEA Y LA ABSTRACCI ÓN PSICOLÓGIC A (VII, 347) El acto p or el que “entendemos” la significación “árbol” es otro cualitativamente qu e aquél en que pensamos “este árbol”. Lo q ue o c urre es qu e este acto últi m o en cue ntra una representación o imagen en la conciencia real dond e es recono cida la signif icación “este árbol” de una manera adecuada. Y, en cambio, el acto de pensar “árbol” no halla satisfa cción p le namente en n inguna imag en. El c aso, adviértase, no es priva tivo del pensar l o general: cuand o pienso “esta casa” ocurr e que el objeto “entend i do” se halla representado intuitivamente por un lad o sólo d e la casa, único qu e veo o po r su died ro. Pero la casa cúbica no aparece nunca en mi co nciencia real tal y como la pienso; hay siempre una distancia entre lo presente ant e m i visión psíqui ca y mi “intención”. La abstr acción co m o función p sic ológica no es, según resulta de lo di c ho, un p r oblem a especial si por ella se ent iende el viejo tema de cómo existen en noso tros « id eas» gen erales. Toda psicología explicativa se hallará con que salvo en las percepcion es e intuiciones y ace en tod as las dem ás formas de la actuación noética o intelectiva de la conciencia, en todas aquéllas con que no s referim os a objeto s como tales, en qu e “entendemos”, “pensamos” o “mentamos” algo, la mism a in adecuación entre lo que realmente (es decir, intuitivamente) po seemos o es co ntenido nuestro y lo que expresamente constitu y e el objeto de nuestra intención (Ortega 2007 : 347). En el texto anterior s e d ecía que la abstracción puede ser lógica y psi cológica. Vista la l óg ica, ahora h abla Ortega de l a psicológica. La abstracción com o mecanismo 304 psicológico conduce al t ema de cómo existen “ideas” generales en l as pe rsonas; porque la psicología explicativa refleja que en toda forma noética o intel ectiva de la conciencia en que s e ha ce referencia a obj etos como t ales, ha y inadecuación entre el objeto que “entende mos”, “pensamos” o “mentamos” y lo que poseemos de él como contenido nuestro. Eso, desde el p unto de vi sta del len g uaje, quiere decir que no h ay cor relac ión plena entre lo que se dice y la ide a aprehe ndida de aquello de lo que se habla. A ello ha y que añadir que, por razones físicas y de capacidad perceptiva, las cosas nunca se captan tal y como l as fijamos en nuestro conocimiento (v. g.: el vol umen si empre l o v emos inscrito en un plano). La abstracción psi cológica es la que se enc arga de marcar ideas ge nerales en la razón o mente de las personas, lo que posibilita mediante el concepto lógico, que se rá la i dea genuina y uni versal de una determinada cosa, d esprovista de toda nota refere ncial y con un mínimo grado de implicación. La abstr acción psi cológ ica revela que ha y dif erencia entre lo que se piensa y lo que se capta con l os sentidos, o sea, entre la sensación rec ibida y la idea que de ella se forja en l a mente. Est o se debe a qu e, por lo general, la m ente suele representarse una escena o situa ción prácti camente completa, mientras que con los sentidos sólo se puede repre sentar lo que puede ser captado por la sensibilidad. De tal modo hay que deducir que la mente tiene mucha más capacidad de captación que los sentidos, por lo que mentalmente se pued e llegar a la formación d e “ideas universales”, pero con los sentidos sólo se puede llegar a conocer la re alidad i nmediata o de l o qu e es perceptible mediante la sensibilidad. La a bstracción psicoló gica es, pues, la que, ampliando e l campo de lo recogido po r la impresión sensible, forma ideas más complet as y extensas de las cosas que lo que comunican los sentidos y, de ese modo, puede p roducir “ideas 305 ge nerales” aplicables a una totalidad de individuos o cosas que ofrezcan simi litudes entre sus componente s. Esta es la gra n utili dad d e la abstracción: que, em pleando el método dedu ctivo, puede ampliar la noción de lo que trate desde lo particular hasta lo más general o extenso; e, inversamente, desde una pluralidad tot al, puede ir elim inando componentes hasta llegar a una individualidad única . Lingüísticamente hablando, la abstracción, para m aneja r conjuntos di latados y hacer a g rupaciones de c osas, necesita recurrir al vocabulario, para nombrar todos esos conceptos y , de ahí, viene su estrecha dependencia de la l ingüística, ya que la clasificación necesita pal abras con las que d esignar los dichos conceptos. El concepto, en realidad, es algo p ensado, en t anto que, la palabra con que se le menciona, es un a construcción gramatical de sílabas y letras, que no coincide plenamente con el concepto, por lo que puede af irma rse que es más, en significados, el concepto que la palabra, aunque ha ya que hacer el razonamiento deductivo a ba se de palabras. Por ello, al comunicar oral o escrituralmente hablando, se ex presa menos de palabra que lo que ha y en el pens amiento sobre el particular, aunque, de todos modos l a comun icación de l as impresiones y d e las ideas tenidas sólo puede transferirse a los demás mediante el lenguaje, en el cual la palabra es el principal ins trumento o pieza de uso comunicador. La m ejora de tal dificult ad o li mitación puede conseguirse en l a búsqueda de términos precisos, que sean válid os para portar la si gnificación propia de los conceptos l óg icos, que, por su propia naturaleza, deben ser universal es. 306 La idea central de este tex to radica en la abstracc ión psicológica, o abstracción centrada en la actividad pensante del cerebro, l o que, pese a que parece ser un asunto de mera psicología, tiene sus impli ca ciones ló gicas o dedu ctivas y lin güísticas, de tipo semántico en especial. Es l a posibilidad del conoc imiento lo que se estudia y , como es natural t ratándose de Ort ega, de su t ransmisión a los demás seres humanos, empleando, para e llo, el lenguaje. De los recursos idiomáticos utilizados por el autor, puede decirse qu e usa lenguaje expli cativo, con aplicación frecuente del recur so didáctico del “ejemplo”, para hacer se entender mejor p or sus oye ntes y lectores, en un deseo de igualar lo poseído con lo expresado. A manera de con clusión sobre el análisis tex tual, hay que decir que es asu nto de gran interés el qu e trata el texto y que, aunque no se centre en la faceta li ngüística d e la abstracción psicológ ica, sí que per mite obtener valiosas informaciones derivadas o indirectas par a el asunto en cuestión, de forma tal que resulta mu y útil y o portuno tener en cuenta sus opiniones para el estudio lingúístico de que se trata. Lo ling üísti co apa rece como t ema sobreentendi do pero, no obst ante, te nido en cuenta por el a utor, como en otros casos y a com entados sucediera . 307 5.11.4. SOBRE LA PALABRA TEXTO 14: LAS PALA BRAS (VI, 87) Porque es evidente q ue el signi f icado real de cada vocablo es el que tien e cuando es dicho, cuando funciona en la acción h uma na qu e es d ecir, y depend e, por tanto, de q uién lo dice y a q uién se dice, y cuánd o y dónd e se d ice. Lo cual equ ivale a advertir q ue el si gnificado aut éntico de un a palab ra depen de, como to do lo hu m ano, de las circunstancias. En l a operación de h ablar, esto es, de entenderse verbal m ente, lo qu e llamam os id ioma o lengua es sólo un ingrediente, el in gredient e relativamente est able qu e necesita ser completado po r la escena vital en q ue se hace uso de él. E l ejemplo más claro, por ser a la vez e xacto y caricaturesco, es éste dado po r alguno s lingüistas: ¡Imagínese la cantidad de cosas que pu e de significar el vocablo “negra”! Son t antas que no nos dice nada: ante ella, la mente renun cia a entender, indec isa frente a lo innumerable, pues n i siquiera ob liga a que p ensem os en u n color, ya que, a veces, habla m os de “nuestra negra suerte”. Y, sin e m bargo, basta que el cliente de un “bar” grite “Negra” para que el ca m arero a cuda solícito tray endo el vaso espumante de oscura cer veza . Todo lo que la palabra “negra” n o dice por sí misma, lo añ ade, d iciéndolo, muda, la circunstan cia. El id ioma o lengua es, p ues, un t exto qu e p ara ser entendido, n ecesita sie mpre de i lustraciones. Estas ilu straciones co nsisten en la realidad viviente y vivida d esde la cual el ho m bre h abla: realidad por esencia inestable, fugitiva, q ue llega y se va para no volver. De to do lo cual resulta que el sentido real d e un a p ala bra no es el que tiene en el Diccionario, sino el q ue ti e ne en el instan te. ¡Tras veinticinco siglos de adiestrarnos la me nte para con tem plar l a r ealidad su b s pecie a eternitatis , tenemos que co m enzar de nu evo y forjarnos una técnica intelectual que nos permita ve rla s ub specie instantis ! (Ortega 2006: 87 ). Entrando en el apartado 3 de los textos, se l leg a a los criterios de Orteg a sobre la palabra. A firma, al r especto, que el significado auténtico de las palabras depende de las circunstanc ias y es el que ti enen cuando son dichas, no el que poseen en el diccionario. Por ello, el idioma o lengua es un t exto que necesita de i lustraciones p ara s er entendido. La palabra ti ene que expresar la realidad y ésta no es inmóvi l sino que está en continuo cambio y es dinámic a, por lo que la pa labra ti ene que evolucionar y adaptarse a cada momento para hacerse inteligible, por lo que s ólo se la pu ede entender e n función d el 308 contexto histórico y de las circunstancias en qu e se dice. De aquí que, siguiendo a Ortega, el sentido más ex acto de la palabra se en cuentra en el len gua je ha blado y no en el escrito. Acaso en ello impere l a fó rmula del “todo por entend erse”, ya que es la primera condi ción del l enguaje. Al diccion ario y al manual de gramática los considera como adminículos de segunda importancia. Toma Ortega, como se ve, un tema mu y d e su interés y en el que i nsistió en diversas ocasiones, sobre todo cuando escribió El hombre y la gente , en cuya obr a hace patente su i nterés por lo l ingüístico (5.6.). Como idea principal acerca de l vocablo, se reitera ba O rtega en lo d el sentido de las p alabras cuando aparecen fuera de contexto, como es el caso del diccionario, y cuando s e pr onuncian en compañía d e otras, para exponer sentimientos o ideas, siendo en este segundo sentido cuando adquieren, no toda su sig nificación, sino su significación circunstan cial, de ac uerdo con el mom ento, el motivo de util ización y l a intencionalidad del habl ante, así como s us o ye ntes y el lu gar en que s e pronunci an, o sea, el conjunto de f actores conver g entes a l que da Ortega el nombre de “circunstancia”. Com o ingredientes propios de todo vocablo, están el habla y , como ingrediente se cundar io, la expresada “circunstancia”. Otro accesorio del vocablo hablado, es el “s ilencio”, pues equivale a todo lo que no se puede o no se quiere decir, aparte de contribuir a la comprensión de lo que se pronuncia, al marcar la separación entre las palabras, para que se puedan entender. Lo del significado mo mentáneo de las palabras, según cont exto en que se pronuncien, lo asocia Or tega a s u propia ide a sob re el ser humano, al que lo considera como una e specie qu e es tá en continuo cambio y qu e, por ello, se muestra disti nta en 309 cada momento de su vida y de su evolución. No puede h aber cosa fija en el hom bre y, por tanto, el significado i nmutable que parece dar el diccionario a las pal abras, es algo antinatural a la naturale z a humana. A propósito de esto, anota C arr iscondo Esquivel que O rtega relacion aba la concepción humboldtiana del lenguaje como enérgeia , o sea. qu e la veía al modo de una manifestación de la realidad en un continuo hac er, el cual equivalía a la vida de las palabras a partir de sus r aíce s u orígenes, igual que las plantas se originan y reviven, a base de ener géia , a partir de s us propias s emillas o raíces (vid. Ortega (1983:V III , [59]- [556] ). Esa opi nión viene a demost rar , siguiendo la apo rtación del autor citado, qu e Ortega creó una arqueología semántica, guiado por su pro y ecto de etimologización o búsqueda de sentido originar io, oculto o más verdadero y aut éntico de las pa labras, y para di cha búsqueda en profundidad se valió de la filosofía como buscadora de causas últimas. Con semejante propósito empezó s u descenso buscador en 1914 ( Meditaciones del Quijote ), en pos de la palabra en su stat us nascendi o significación m ás antigua, a la que los antiguos llamar on etymon de la palabra (Carriscondo 2005-2006: 42-43). Más adelante, el autor c itado aclara qu e Ortega insistía en que las palabras se debían de entender en sus rela ciones mutuas y d e acuerdo con la sit uación vital a que aluden. Esas relaciones mutuas de palabras, ade más, conf orman campos semánticos, que tienen sus correspondencias con c ampos pragmáticos de la lingüística estructural. También añade dicho au tor que Ortega, en El hombre y la gente , editado en 1957 (vid. Ortega (1983: VII, [69] -[272]), relac iona l a his toria con la e timolo g ía, a p artir del concepto de uso, que se convierte en palabra cuan do es conocido, llegando, por ello, a la 310 afirmac ión de que la hist oria universal viene a ser como una giga ntesca etimología, en la que se contiene la “razón histórica”, que tiene componentes sociológicos e histórico- culturales, además de los lingüísticos (Carriscondo 2005-2006: 43-44). El text o que se estudia, por todo lo apuntado, viene a ser de tipo fil osófico, con inclinación científica y marcada tendencia didáctica, ya que es muy aclara tivo. Se refiere, como idea central , a las palabras o vocablos y posee un gran inter és, dado que en él alude a aspectos mu y si gnifica tivos de su p roy ección l ingüística. Los recursos de expresión que utiliza son la sistematización ordenada d e lo que va ex poniendo y los ejemplos llamativos que aplica como recur so didáctico que contribuya a la m ejor comprensión y memorización de lo dicho. La conclusión será qu e las ideas emitidas en el texto por el autor tienen máx ima importancia para pode r entender los criterios semánticos y l ingüísticos que maneja habitualmente Ortega y Gasset en sus comunicacione s. TEXTO 15: LA NOC I ÓN DE PALABR A (VII, 318) Entendamos la palabra yo con una signi f icación de i m perativo. El q ue qu iera conquistar poderosa individualid a d apod érese d e la mayor cantid ad posib le d e mundo, respire con pulmones bien abiertos, asimílese el universo. Lo d em ás es quietismo, sob erbia y a lucinación . Cosas, cos as individu alizadas son la hacienda del individuo. La magnífica Y de n uestro pri m er pro nom bre person al se presenta d esde luego como una ten aza pa ra hacer l as cosas mías . Y esta subli m e paradoja de qu e el yo se forma con lo qu e no es él, con l o de fuera, con el grande m und o en torno, es la expresada tan p aradójicamente po r Cervantes: Cada u no es hijo d e sus ob ras. Es d ecir, primero son las cosas, el bien mostrenco que alum bra ind ife rente el sol y luego las cosas f or m an un peculiar rem olino , un a un idad de movim ient o, y esto es el individuo. 317 sí mismos a qui enes las pronuncian, qu e sirven de confesión par a ve rter l as inquietudes propias sobre almas aje nas y que intentan romper las soledades que imponen las hipocresías y falsedades de la vida social. Son utilidades o aplicaciones de las palabras que “todo el mundo” l as entiende y que, por ello , pueden p redisponer al auditorio que las escucha a favor de l c onfere nciante que las pronuncia. La idea central d el tex to queda dicho que es la palabra, o sea, hablar d e lo que es “la palabra”, con tod a su importanc ia como elemento ese ncial de la c omunicación humana. Se trata, pu es, de un texto filosófico-lingüísti co de tono ex plicativ o e intención aseverativa. Los recurso s expresivos, y a se ha dicho que son una promesa intrigante (murmurar d el pasado) y una afirmación de que l as p alabras estaban siendo desprestigiadas, por lo cual había que acudir en su ay uda. Son recursos moti vadore s. La conclusión, tratándose de un asunto que toca tan de lleno a la lingüística, ha de ser que, lo tratado, es mu y valioso e interesante por su tem a, su ver acidad y su actualidad. Quizá convenga completar lo dicho sobre el tema por Ortega con una alusi ón a lo que sobre el mismo hacía Martín Heidegger, al afirmar “donde falta la palabra es ninguna cosa. Ninguna cosa es donde carece de palabra, a s aber, la pal abra que cada vez nombra una cosa… solamente cuando se ha encontrado la palabra para la cosa e s la cosa una cosa… algo es sola mente cuando la palabra apropiada y pe rtinente lo nombra como siendo y lo funda así ca da vez como tal… el ser de cualquier cosa que es, reside en la palabra… La palabra se declara a l poeta como lo que mantiene y sostiene una cosa en su ser… y la usa como fue nte del ser. La renuncia es la supresión de la relación que el 318 poeta sostenía con la palabra, aunque también es disponi bilidad para ot ra relación” (Heidegger 1987: 146-151). Coinciden ambos autores en hablar de la “palabra” en tono épico, casi ditirámbico, en sus intenc iones de apuntar la im portancia de la palabra en el si stema de la comunicac ión y de la expresión de pensamientos y sentimientos. Acaso por esto Heidegger considera l a palabra poética, que es a la que se refiere en su escrito, como la que encie rra el sentido más puro y completo d e todas las palabra s usadas. También alude, coincidiendo con Orte ga , en l a diversidad de significados que puede tener un a palabra s egún el contex to en que se emplee. Asi mismo, asegura que l a p alabra es lo que otorga “ cosidad” a la cosa en tanto que la no mbra. La palabra, en re alidad, es algo complejo, por lo que, como dice el diccionario, es de difícil definición, hasta el punto de que algunos lingüistas h an negado su existencia como unidad, conc ibiéndola como un simple agregado de morfema y semantema ( Lá zaro 1968: 308). 5.11.5. SOBRE EL HABLA TEXTO 17: EL HAB LA (IX , 203) EL HOMBRE Y LA GENTE (CONFERENCIA EN ROTTERDAM) Casi todo lo que hacernos es bastante utóp ico. Por ejemplo, esto que yo voy a h ace r ahora: inten tar ponerm e en contacto con ustedes, llegar hasta usted es. (…) 319 Estas con fe rencias no so n más qu e eso: un ensayo de conocernos mutua m ente, de p enetrar u stedes en mí y y o en ustedes. Pero ¿no es e m peño tal pura utopía? ¿ Se pued e, de verdad, llegar hasta el pró jimo? ¿E s el pró jim o una costa tan llana y suave que pueda en ella deslizar su quilla la nave estremecida de nuestra intimidad? A l pron to, n ada parece más fácil. Basta con que hablemos. El habla, suele decirse, es un maravilloso in strum ento de comunicación. Pero ¿lo es verdaderamente? Sin duda, la existencia del l enguaje y su ejercicio im plican u n profundo anhelo, una ardiente volunt ad en el hombre d e co m unicarse con l os demás, d e salir de sí mismos e inyectarse en el otr o, y viceversa de ab sorber al o tro y r ecibirlo en nu estr o interior. Sin duda, el hablar es un genial intento de transmigrar. Pero, al mismo tiempo, todo s nos he m os dado cuenta algun a vez d e hasta qu é punto ese intento es utó pico. Cuando hemos qu erido contar a nuestro mejor amigo el amor de que sufrimos o de q ue gozábamos h emos advertido que nuestras palabras traicionaban la realidad. Sin que sepam os có mo, nuestro am or, eso que efectivamente h abíam os sentido, qued aba siempre fuera de nuestro decir, como un p ájaro arisco que no entra en la red . El lenguaje, en rigor, no d ice más que cosas -y to da cosa, sea material, sea esp iritual, lo veremos en esta serie d e con f erencias ho la ndesas- no es más que un a a bstracción. Las cosa s, sean cualesqu iera, no ti enen realidad sino como elemen tos d e tu vida, d e m i vida. Sep a radas de ésta son como piezas sueltas de una máquina (Ortega 2009: 203). Se trata aquí de una conferencia que es propedéuti ca de la gran obra de Ortega El hombre y la gente , de la que l leva el mismo título. Como pieza oratoria ll eva un comienzo atractivo, recurso muy usado por este orador para despertar el interés del auditorio. En este caso, la frase de en ganche ini cial es: casi todo lo que hacemos es bastante utópi co . L uego ex plica que la utopía es que él quiera llegar hasta los oy entes y que éstos se aproximen hasta él dada la dificultad que entraña l a comunicación humana, desembocando, por últ imo, en lo qu e r ealmente quiere de cir: que ese portento de intercomunicac ión l o puede hac er posible el lenguaje, o sea, el habla, sob re la pre gunta (para intere sar a los oy entes) ¿es un maravilloso instrumento de comunicación?, afirmando seguidamente que sí lo es, si n duda, porque el l enguaje y su práctica es un anhelo de comunicac ión con los demás y de salir de sí mismo, metiéndose en el otro y , 320 éste, en nosot ros, absorbiéndolo. Por ello define al acto de hablar como un genial intento de transmigrar . Añade que el lenguaje hace solo abstracciones, puesto que dice cosas, y l as cosas no tienen realidad, tanto si s on materiales como espiri tuales, y a que son nada m ás que el ementos de tu vida, de mi vida , cual pi ezas sueltas de una máquina. Es este texto un buen ejemplo de capacidad de Ortega como orador y su expresividad al respec to. Como y a se ha indicado, pertenece el tex to a una conferencia, pronunciada en Rotterdam, en 1936, de modo que la clase de documento es un a pi eza de orato ria o lenguaje hablado, que sie mpre fue el pr eferido por Ortega y Gass et para comunicar con la colectividad. El tí tulo de la conferencia es “ El hombre y l a gente”, un tít ulo mu y significa tivo y a que fue el mismo que llevó su obra póstuma, en la que trataba el asunto del l enguaje como fo rma de rela ción con los demás, o la relación del h ombre con la ge nte. Por ello, es decir, por lo que pensaba exponer, empieza diciendo que intentaría que los oyentes conocieran al orador y qu e éste pudiera conocer a los o y entes, que repre sentaban para él la ge nte o público. El intento, advierte, se veía mu y posible, y a que, aparentemente, pare cía que era suficiente, para ello, con empezar a hablar, si bien, cuando se intenta, se ve que no es suficiente con ello, hasta el punto de ser una pretensión utópica, al qu e darse en un d ecir vacío que no ex presa ba la realidad interna de los hablantes. Locuc iones vacías, palabras mal empleadas, etcétera provocan que no se dé a conocer lo que se quiere y que el o y ente no capte el mensaje que le llega. El lenguaje del que habla dice “cosas”, pero esas “cosas” son si mples abstracciones, 321 mientras que no se empleen con un sentido p ropio o específico po r quien habla, se gún Ortega. En lo que respecta a los recursos ex presivos empleados en el texto, puede decirse qu e son diversos y mu y propios del autor. Para empezar, entra, como solía hacer , con una ll amada de atención p ara despertar el interés. Esa llamada es la primera frase que pronuncia: Casi todo lo que hacem os es bastante ut ópico . Esta frase, prece dida y s eguida de un silencio, deja a la gente pensativ a y p erpleja, predisponiéndola a oír todo lo que se diga a continuación. A lo l arg o del texto emplea abundancia de m etáforas, casos de: “costa llan a”, en equivalencia a próji mo; “nave ” en equivalencia a intimidad propia; “iny ectarse e n el ot ro”, en equiva lencia a s er comprendido por el ot ro o el o y ente; “intento d e transmigrar”, en equivalencia a entrar en la mente o ser comprendido por el o yente al ejecutar e l acto de habla, etcé tera. Al habla la define como “u n maravilloso intento de comunicación”, aunque reconoce que, por desgracia, ese instrumento suele fallar, convirtiéndo con fre cuencia en una utopía. La mala disposición de ánimo o predisposición a no entenderse, por ani madversión, intereses contrapuestos o falta de volunt ad son m otivos sociales que contibu y en a que el lenguaje o el ha bla sea ineficaz para lle g ar a buen entendimiento con las personas. El método expositivo empleado por el conferenciante es disuasorio, intentando con él conducir al o yente a su terreno, para qu e pu eda entender con claridad aquello que le quiere transmit ir. La reiteración, el ejemplo y el dicho o currente son también procedimientos que tra ta n de conduc ir al mismo fin, o sea, el de ser entendido. 322 La conclusi ón ext raíble tras el trabajo con el texto, es que dicho texto ofrece un doble interés: 1. ser un buen ej emplo del estilo lingüísico de Orte ga , y; 2. ser una importante muestra d el empleo conjunto de los s aber es orte guia nos en lin güística y en sociología, pa ra la elaboración de l a sí ntesis teórica que deseaba realizar sobre len g uaje y sociedad. Conviene añadir aquí sobre la noción de habla que Ferdinand de Saussure l a delimitaba, en 1916, diciendo que es un acto individual de voluntad y de inteligencia, en el que intervenían l as combinaciones por l as que el sujeto hablante ut iliza el códi g o de la lengua para expresar su pensamiento personal y el meca nismo psi cofísico que le permite a ese hablante ext eriorizar las dich as combinaciones que le posibili tan el uso d e ese código de la lengua que emplee; por lo cual el habla resulta ser la suma de cuanto la ge nte dice, compr endiendo, así, l as combinaciones individuales, dependientes de la voluntad del hablante, y los actos de fonación, t ambién voluntarios, que son precisos para e jecutar tales combi nacione s (Lázaro 1968: 215). Se trata, como se aprecia, de una i dea del h abla, y t ambién del len gua je, m uy próxima a la esti mación de Ortega, aunque desprovista de l os inconve nientes sociales que, según éste pensador le obstaculizan su correcto y adecuado empleo. TEXTO 18: PALABR A Y H ABLA ( X, 299) En el d iccionario las palabras son posibles significaciones, pero no dicen nada. Son curiosos estos obesísimos lib ros que llam amos diccionario s, vocabul ari os, léxicos: en ellos están to das las palabras de una lengua y, sin em bargo, el autor de ello s es el ú nico hom bre q ue cu ando las escribe n o las dice… Lo cual nos po ne delante de la 323 más imprevista paradoj a: que si e l lenguaje es decir, el vocabulario, el d iccionario es to do lo con trario del lenguaje. Y que las palabras no son p alabras sino cuando son d ichas por alguien a alguien . Sólo así, sólo f uncion a ndo como concreta acción, como acción viviente de u n ser humano sobre otr o ser humano, tienen realidad verbal. Y com o los hombres entre q uienes l as p alabra s se cruzan so n vidas humanas y toda vida se halla en todo instante en una determinada circunstan cia o situación, es evidente que la re alidad “palabra” es in separable de quien la d ice, d e a quien va dicha y de la situación en que esto aco ntece (Ortega 2010 : 299). Habla Ortega en este t exto de las palabr as, d e las qu e señala que, en el diccionario, las palabras son pos ibles signif icacio nes , aunque nada dicen. Otras formas de nombrarlas son “voc abularios” y “léx icos”, pe ro quie n las escribe no dice esas palabras, es de cir, no las ha util izado hablando; y el lenguaje es decir o hablar, que es pronunciar palabras e n un contexto circunstancial determinado. Por eso, el diccionario es lo contrario del len guaje, pues no habla o no dice las palabras sino que las deja escritas y almacenad as e n el libro a priori o antes de ser pronunciadas. La s palabras son tales cuando son dichas por alg uien a al guien. Así son “acc ión viviente” de un ser humano sobre ot ro ser humano y toman realidad v erba l. P or eso la realidad “palabra” va unida a l a ci rcunstanc ia de quien l a dice y qui en l a escucha, dentro de la circunstancia en que esto acontece, con su deseo de comunicar con las pe rsonas por medio de la palabra h ablada, lle ga ndo, incluso, a aseg urar que las palabras no son p alabras hasta que son dichas por un a persona a ot ra pe rsona, lo que las convier te en una acción concre ta como acción vivi ente de un ser humano sobre otro se r humano. Tras este des g losamiento del tex to, aproximándonos un poco más a su contenido podemos decir que se en cuentra n cinco puntos sobre los qu e se puede razonar acerca del dicho texto: 1º, en los diccionarios, también llamados léxicos y voc abularios, las 324 palabras son posibles significados, aunque n ada dicen específicament e; 2º, los diccionarios, que su elen s er unos libros muy obes os, contienen t odas las pa labras de un a lengua, pero con l a particularidad de que sus autor es o person as que los escriben no han dicho o pronunc iado las palabras citadas antes d e escribirlas, es de cir, q ue no l es han dado vida; 3º, las palabras no son palabr as hast a que no son dichas por alguien a al guien por lo que nos encontramos con que el lenguaje es “decir”, en tanto que, por igual motivo, el diccionario, ha de se r el “no decir”; 4º, establecida la prevalencia del lenguaje hablado, ha y que admitir que las palabras sólo t ienen re alidad verbal cuando funcionan como acc ión viviente de un ser hum ano sobre otr o ser humano; 5º, la realidad “palabra” tiene que s er insep ara ble de qui én la di ce, de a quién la dic e y del entorno circunstancial en que la dice. Expuesto esquemá ticamente el contenido del tex to, ha y que pasar a sus puntos de comentario: 1º, clase de texto: es un texto de conte nido fil ológic o, o sea, de carácter científico, con método d emostrativo y raz onado; 2º, idea central: las diferencias que, según el autor, exi sten entre las palabras cua ndo se pronuncian e n lenguaje hablado y las que aparecen escritas con orden alfabético en l os diccionarios; 3º, recursos expresivos: el autor utiliza un lengua je comunicativo para hacer se comprender, dando a su discurso un sentido muy ex plicativo y mu y asequible; 4º, según el autor del text o , hay que ext rae r, a modo de conclusión, la idea de que la palabra, en su pleno sentido, es la que se dice ve rbalmente cuando s e expresa en el lenguaje hablado, y no l a que permanece escrita en el di cc ionario, sin ser pronunciada. Es una visión de la palabra muy en conson ancia con el criterio “vitalista” de Ortega , aunqu e, pese a su subj etividad, posee una base d e evidente veracidad, y a que es el contexto de la conversación l o que 325 decide el matiz significativo de una palabra, que dando circunscrito el sentido que le otorga el l éxico o dicciona rio a una sugerencia u orientación significativa, que, qui en la escriba o pronun cie, tend rá que complet arla con l a indicación que crea oportuna aplicar a la palabra que cite. Ha y que tener en cuenta, al respecto de lo r ecién dicho que, como filós ofo que fue, Ortega i ntentaba l leg ar al fondo del origen de los temas que estudiaba, de modo que, a las palabra s les buscaba s us más recónditos s ignif icados, que, en su criter io, eran los originarios o más an tiguos que tuvie ron, en lo que el lenguaje h ablado, como el primero que uti lizó el ser humano, fue el portador de los arcaicos o más pristi nos significa dos qu e pose y eron las palabra s. Por ello, y d e acuerdo con el investigador Carriscondo Esquivel, se puede decir que Ortega creó una arqueolo g ía semántica en su proyecto de etimologización o búsqueda del sentido originario, oculto y más auténtico que tuvieron las palabr as. Así , se puso en el positivism o, que buscaba sentidos verdaderos a las palabras , y para esa inda ga ción en profundidad, s e sirvió de la filosofía por ser ésta la buscadora de causas últim as. Semejante descenso ha cia el encuentro con la palabra en su status nascendi lo empleó en 1914 ( Meditaciones de Qui jote ), siendo considerada por los antig uos esa forma originaria como la etymon d e la palabra, de donde proce de el término de etimología (Carriscondo 2005-2006: 43). Esta referencia aclara ba stante bien el por qué del interés d e Ortega por conocer el l eng uaje hablado en detalle, l legando hasta e l inicio u origen de las palabras en el tiempo. Respecto al diccionario, el mismo investigador Carriscondo Esquivel refiere que, pa ra Ortega, es la e nérgeia o fuerza de l a l engua en su hacer, lo que hace saltar el 326 resorte de las necesidades expresivas en el hombre, ante la riqueza de su propio mundo interior, de m odo que cu ando, inversamente, las p alabras se qu edan en el diccionario sin usarlas, se da un caso de “metalenguaje”. Además, la significación de l diccionario, según Orte ga , s e reduce al esqueleto o, tal vez mejor, la matriz del sentido de las palabras que ex pone, para que luego sea maleada tal si g nificación por quien dice la palabra. Esqueleto y mat riz son, pues, el esquema que p ermitirá r eac tualiz ar la palabra con la práctica del uso. Esto implica l a aceptac ión de la polisemia u homonim ia en Ortega, al admit ir e l sentido de las pala bras en el habla y no en el léx ico, con lo que descar ta la d efinición s ensu stricto de las palabras en el diccionario, r educiendo sus significa dos en el mi smo a un mero sentido gross o modo (Carriscondo 2005-2006: 55- 59). Con estas aportaciones del profesor Carriscondo se ac lara la idea de que, el interés de Orte ga por la lengua hablada y sus unid ades las palabras, era por profundizar en el sentido léx ico del lenguaje, estudiándolo e n el entorno h ablado y en su aspecto originario, alejándose en la búsqueda de significados en las palabras hastar arribar en los primeros o más antiguos que tuvieron, para ent ender, así, el sentido de términos y de expresiones que respond en a la exactitud y m ejor definición y ent endimiento de lo que describan. Por eso mismo, se entiende qu e las pal abra s del dic cionario forman un caso de inanición léxica que Ortega ll ama “metalen guaje”, o sea, de palabras que quedan como fuera del len guaje, en estado d e vida latent e y casi convertidas en esqueletos o matrices de p alabras, que aguardan ser rescatadas por alguien, para que l es dé vida y las devuelva al campo de la c omunicación, en el le nguaje hablado: sólo l a “vida” las salvará 333 la pronuncien. P orque, sin duda, el principal problema que le atribuye el autor a las frases, es la falsed ad o in clinación al engaño d e qui enes las hacen o las rep iten. Por ello, el asunto del tema es la mentira que contienen la s frases y l a po ca credibilidad que, por ello, ofrecen, siendo eso lo que indujo a Ortega a d esconf iar de ellas. Sobre la clase de documento, ha y que decir que se trata de un t exto que habla de una temática del lenguaje, que es la fraseolog ía, y que, por esa raz ón, tiene carácter científico, riguroso, de ductivo e imparcial. De la idea central o prin cipal de que habla el t exto, hay que señ alar qu e, dentro de la temática de la fraseología, se centra en el asunto que Ortega llam a “pensar en frase” y qu e consiste en la manera d e cont ar, d escribir o in formar de algo pens ando imaginar iamente, o sea, con la expresa intención de mentir. No hay en eso falsedad sino falsificac ión, de m odo que no se refleja l a realidad sino que s e la adorna, most rando un mundo imaginario que e n nada coincide con el r eal. Al no desear o frecer lo auténtico, no se comete error y cuanto s e di ce es pura imaginación, con la que se puede dar a conocer una realidad i nventada, qu e describa un mundo utópico con el que l as personas se ll amen a engaño y t erminen desorientadas y si n saber qué es lo bueno o lo malo, lo justo o lo injusto o lo verdade ro o lo falso. L as frases, en ese sentido, ingeniosamente elaboradas, pueden ejer cer un efecto seductor, sugiriendo una posible r ealidad mu y halagüeña y cómoda p ero inalcanzable. Lo peor, i ncluso, es qu e l as frases forjan unas pseudorea lidades fijas e inamovibles que, al perpe tuarse repetiti vamente, terminan siendo creída s y si rven d e i mpulso estimulante para que, quienes se las crean, se puedan estrellar c ontra el muro de la auténtica realidad. 334 De los recursos ex presivos, se advierte que se aplica al texto un estilo narrativo, que otorga al tema desarrollado un s entido episód ico, que aumenta el int erés por él y lo hace má s comprensible e impactante. De la conclusión se pu ede anotar, si guiendo la orientación del autor, que la realidad efectiva, no de hecho, basada en sofism as y utopías de lo g ro inalcanzable, termina por desconcertar y h acie ndo que no se sepa cómo es y que se dude de las le y es, las verdades y todo lo que defiende con sus dic hos o frases, al comprenderse que s e asienta sobre una base de juicios erróne os. Ahora se da mucho ese tipo de falsificación o impostura, según Ortega . Volviendo a lo dicho al comienzo del comentartio, hay que aclarar que la frase vista en ese s entido de expresión popular t radicional en que la toma el autor, es una falsificac ión, porque tiene algo de verdad, aunque su finalidad es enga ñosa y la misma verdad qu e encierra sirv e para robustecer el engaño. Cuando se comete n errores por desconocimiento de la verdad, no ha y mentira ni f alsificación, porqu e s e a ctúa de buena voluntad y se y erra por desconocimiento o ignorancia, como sucedía en la Edad Media, por ejemplo, en cu y o tiempo, no obstante, s e falsi fica ba menos que ahora, a d ecir de Ortega. 335 TEXTO 21: BUENO Y MA L HAB LAR (IV, 581) Podí a muy bien llegarse a d eterminar lo qu e es el habla estudiando un a d e sus má s frecuentes desvirtuaciones: la lata . El latoso es el q ue usa d el h ablar indebidam ente, contra la finalidad propia del ejercici o enunciativo; e n suma, que dice lo que no es necesario decir. Pues bien: lo contrario d e lo que hace el latoso es lo que hace el hab la en su u so p ropio y consti tutivo. Nos “ dan la lata ” en la medida en que nos manif iestan cosas que y a sabíam os, qu e y a teníamos presentes, o que si no nos eran presentes d eseam os -po r fa lta de interés- que sigan ocultas ante noso tros. Es, p ues, la r igorosa in versión del hab la, cuya función consiste en d escubrirnos lo para no sotros arcano. Hablar es, p or eje m plo, narrar. La narración presenta al o y ente lo ausente, lo q ue éste no ha p resenciado. Es, pues, siem pre p oner d e manifiesto lo que estaba oculto, p atentiza r l o laten te, desnudar lo e ncubierto. ¿ No es esto lo que en sus etimologías signific a “decir”? Deico (de las inscripcion es latinas), deiknu mi (griego), disami (sánscrito) = mostrar, hacer ver. Dike , la justicia, significó primitivamente “acusar”, esto es, revelar o descubrir un crimen. Lo mism o la o tra raíz qu e va en n uestro negativo “ inefable ” o indecible: f emi , fasco (griego), bha (sánscrito) = lucir, resplandecer, hacer aparecer (Ortega 2005 ). Pasando al grupo temático cinco, que recoge aspectos sobre el h abla, dice Ortega que se puede ll ega r a determinar qué es el habla d iciendo su oponente: la lata , teniendo en cuenta qu e dar la lata alg uien a alguien es molestarlo o fa stidiarlo ins istentemente (Martínez 2009: 257). Si dar la l a ta es decir lo que no es necesario dec ir, hablar será decir lo que conviene decir, dando a conocer cosas que no se sabían o que er an un arca no p ara nosotros, los que oímos lo que se habla. P or la nar ración se muestra al oye nte lo que p ermanece lejos o está ause nte d e él y también lo que no ha visto ni vivido y está o culto a su conocimiento. Función d el decir es, en consecuencia, mostrar , mientras que most rar equivale a revelar o exhibi r alguna cosa o circunstancia. Como definición, Orte ga a firma que hablar es narrar , de ahí que habl ar s ea acto vocal de 336 emisión de sonido articula do, mientas que narrar es la utilidad o aplicación práctica del acto de hablar. También alude a la etimología co n las palabras decir (del latín deico , el grieg o deiknumi y el sánscrito disami , que equivalen a mostrar o ha cer ver) e indecible o inefable (del g riego femi , fasco y del sánscrito bha , que equivalen a lucir, resplandecer y hacer aparecer). Por la reseña del cont enido que se ha expùesto, se entiende que este tex to trata de mostrar y d e confrontar l as dos formas de h abla que se pueden dar por l a calidad d e lo hablado, y que son el buen hablar y el mal ha blar, a modo de modelos de lo que se debe y lo que no se debe hacer cuando se habla. − El “bue n habla r” lo describe Orte ga como la ejerc itación del habla para descubrir lo oculto, m ostrar y hac er ve r al go ne cesar io o conv eniente. De ese modo el habla se asocia con el ejercicio de hacer aparecer o hacer que reaparezca al go. Al acto del habla se asocian, asim ismo ot ros conceptos, como: “narrar” (mostra r lo ausente), “de cir” (procedente de la raíz indoeuropea deik- , que significa mostrar, i ndicar y pronun ciar solemnemente) (Roberts 1996: 33- 306), “acusar” (proceden te del sánscrito disami , que significa descubrir o hace r constar al go) y “lucir ” ( que procede d el sánsc rito bha , que significa s acar a la luz o hacer aparecer alg o). − El “mal hablar” lo identific a Ortega con la faena de “dar l a lata” y con la fig ura del “latoso”, lo que viene a equivaler al habla desvirtuada, qu e es la que no comunica cosas provechosas. El latoso d e Ortega, en efecto, es el sujeto que dice 337 lo que no es necesario d ecir; hace un uso indebi do del habla; di ce lo que ya s e sabía, o lo que se había olvidado porque no interesaba, y; hace lo contrario del hablar, que es dec ir cosas necesarias y que se desconocían. Sobre los puntos concretos del comentario pue de exponerse lo siguie nte: 1º) De la clase o tipo de doc umento hay que d ecir que es un t ema lingüístico el que trata y que, po r ello, corresponde al género científico, con una metodología expositiva, con buen sentido pedagógico. 2º) De la id ea central, y a se ha mencionado, pudiendo decirs e que es la indicación de que, por el contenido que se le dé, el habl a puede ser de dos clases, que son: el habla buena o buen hablar, que es la que ex presa cosas útiles, provechosas y constructivas, y ; el hab la mala o mal hablar, que es la que ex presa cosas innecesarias, carente s de utilidad, falsas y hasta perjudiciales. 3º) De l os recursos expresivos del autor, hay que a puntar que, por tratarse de un tema de contenido lingüí stico, se muestra aquél sobrio en su ex presi vidad, destacando, mayorme nte , la cl aridad expositiva, la sistematización seguida por el mismo y el tono ex plicativo que le da a su comunicación textual. 4º) De l a conclusión que del te xto se pueda extra er, ha y qu e r econocer que la temática ex puesta resulta bastante ilustrativa y co n un sentido mu y didáctico, ya que hace la dis tinción entre l os buenos y los malos hablador es, pero 338 valorándolos desde el punto de vista del contenido de sus conv ersaciones y en función de los efectos y resultados que éstas puedan tener en sus o ye ntes o contertulios. Ha y , pu es, una alusión a l a implicación mor al que pu ede tener cualquier comunicación halada. También podría decirse lo mismo de los buenos y de los malos escritores, aunque, en este caso, no mencione Ortega el aspecto de la lengua escrita. Quizá en el habla, como en text o anterior se dijo (texto 18), sea donde mejor se pue da encontrar el ori gen o etimología de las palabras, ya que el primitivo sentido de éstas parece conservarse m ejor en la len gua hablad a que, durante m uchos milenios , en la época conocida como protohist oria, el ser humano sólo tuvo lenguaje hablado, practicando la llamada “tradi ción oral”, por la que los conocimientos se transmitían oralmente de generación en generación, conserva ndo, así, el significado de las palabras de forma muy fija, dado que, de ello, dependía bastante la seguridad, las prácticas laborales y la conservación de las experiencias adquiridas. P or l as relaciones entre si gnifica dos de las palabras, surgieron campos pr agmáticos de palabras, que originaron, a su vez, los campos semánticos de significaci ón, en los cuales las palabras más determinantes se convirtieron en “usos”, v erificándose una etimologización de la historia c uando ésta pudo lleg ar a contarse a partir de los “usos”, con sus empleos y aplicaciones corre spondientes, que hubo en cada una de sus distintas épocas. Por eso l le gó a concebir Ortega la historia como una inmensa etimología, como bien se apuntó anteriormente (texto 14), de acuerdo con deter minada referencia d el p rofesor Carriscondo. 339 TEXTO 22: LA FUN CI ÓN PENSA NTE DEL HAB LA (I V, 581) Cuando p ienso, es decir, cuando me h ablo a mí mismo, inten to ev identemente aclarar m e algo, y tod a mi labor en ese hacer intelectual es desnudar l as cosas de su cobertur a confusa para traerlas a la lu z del día, para p onerlas en la sup erf icie o de ma ni f iesto. Lo ot ro, lo conf uso, qu e an tes de pensar tenía in m ediatamente ante mí, no era, p ues, la cosa misma, aut o hen , l o auténtico. O lo q ue es igual, no era la cosa en su verdad. Noten que aquí la verdad no significa por lo pron to el atributo de una proposición o juicio, de un decir, sino d e la realid ad misma. Un o d e los errores m ás radicales y permanent es d e la f ilosofía ha sido suponer que la verdad es originariamente un atributo del juicio, del p ensar. Sólo en el escolasticismo se entrevé oscuramente qu e la verdad es por lo pronto un atributo de las cosas. Y ello es b ien claro: si se pregunta en qué co nsiste l a verda d d e un juicio, se responde qu e es aqu el carácter poseído p or éste cuando lo que en él pensa m os de un a cosa correspo nde a lo que esta cosa es . Queda así trans fe rida la verdad desde el ju ici o al ser de la co sa. El breve diálogo filosó f ico del Pretorio lo declara mejor: “¿Qué es la verdad?” “La verdad es lo que es ”. Pero ahí está la cu estión: ¿ qué de la co sa es su ser, q ué de la cosa es su verd ad? La cosa misma - esta l uz- tiene múltiples valores o aspectos; por lo p ronto es tal y como aparece. P ero esa su apariencia no es ella misma. Si lo fuera, con verla bastaba y holgaríamos la faena de p ensar sobre ell a (Martínez 2 009: 257). Continuando con el habl a, señ ala O rtega que hablar es desnuda r las cosas para verlas tal como son, o se a, verdaderamente, ent endiendo por verdad la r ealidad misma. La verd ad es atributo de l as cosas y no d el j uicio o del pensar, po rque, como decía el escolasticismo, lo que se dice de un a cosa corres ponde a lo que r ealmente es (el juicio es verdadero cuando lo que en él s e piensa de una cosa corresponde a lo que esta cosa es ). Así, se puede resumir la verdad di ciendo que “la verd ad es lo que es ”, es decir, lo que auténticamente es el objeto del cual se predi ca. Esto puede pa recer fá cil de entender pero en la práctica se com plica cuando se advierte que l a verdad es r elativa y que no existe una verdad úni ca s ino que, a cada uno de los múlt iples aspec tos que presentan las 340 cosas, le corresponde su propia ve rdad, d e lo que se desprende que puede haber muchas verdade s según los dis tintos puntos de vista desde los que Ortega fue un ardi ente defensor. Con estas indicaciones genera les se comprende que el tex to se refiere al habla, aunque referida al aspecto del “pensar” , que, según anota Ortega, es el acto mental del hablar consi go mismo, con la intención de aclararse algo. Para eso, tiene que dejar que la luz de l a razón y del discernimiento ilumine reposada mente el objeto que quiere valorar, a fin de poder v erlo tal como es, pues, si no lo entendía ni comprendía bien, es porque no lo veía con claridad. Al verlo claramente, conoce lo que es y ya no tiene problemas para enjuiciar lo de manera correcta. La clara visión del objeto le aporta la verdad sobr e dicho objeto y, así, y a no le ofrece dudas ni tiene problemas acerca de su identidad. Esto implica q ue, la interpretación razonada d e lo que se observa, conduce al conocimiento verdadero de lo observado, cosa que puede se r cierta siempre que posea el criterio suficiente como para hacer un juicio fidedi g no sobre el particular y que, además, la visión u obse rvación que s e pued a efectuar en torno al tal o bjeto sea lo suficientemente completa para qu e no quede del mismo resquicio alguno de desconocimiento, aunque, como el mismo Orte ga reconoce, semejante lo g ro nunca se alcanza, dado que, l a visión de las cosas, está condi cionada por la p erspectiva o ángulo desde el cual se l as contemple o enjuicie. De esta manera, lo que, de co mienzo, parece fácil, interpretado con de talle, se hace mu y difícil. Es decir, que la verdad de las cosas es esquiva e induce a en g año, al darnos a e ntender que, cuando la alca nzamos, no er a eso lo que se pretendía lograr. 341 Con s emeja nte tesitura, parece dar a entender Ort ega que la “verdad absolut a”, si existe, es a nivel de adqui sición humana, imposi ble o mu y difícil de conseguir, por lo que es más pr udente h ablar d e “verdad r elativa”, que es aque lla, si guiendo con el razonar de Ortega, que depende del punto de vista o aspecto según el cual se quiera o se pueda interpretar la cosa que se analiza. Esta forma de pensar concue rda con el pe rspectivismo o relativismo que defiende Ortega en su teoría sob re el conoc imiento, lo que, aplicado al campo de l a lingüística, es algo que se i nterfie re con l a semán tica y la conceptualiz ación, al darnos unas definiciones de palabras que puedan resultar incompletas, parciales o fragmentarias, si bien Ortega intent a sosla y ar ese inconveniente y endo al sentido originario o etimológico de ca da palabra. Del tipo de documento, hay qu e decir que, por el contenido, pertenece a l a clase de texto filosófico-lingüístico, por la re flexión profunda que expone sobre un asunto del lenguaje. De la i dea principal, se tiene que i nfer ir que alude al habla, aunque de la silenciosa, es decir, d el habla consi g o mism o o pensamiento, con el que el sujeto s e plantea p roblemas y él m ismo se los respond e o resuelve. En este caso el problema planteado es el de averiguar si se pued e conocer l a verdad de las cosas o s i éstas han de quedar inme rsas en un limbo de i mprecisión. A esta pregunta el autor p arece no vacilar al decir que lo único verdadero que se puede saber de las cosas es l a p arte o aspecto d e las mismas bajo el cual se las contemple o consideren. 342 De los recur sos e xpresivos e mpleados po r el autor, se puede citar la f orma ordenada y metódica que va empleando en su razonamiento, consciente de la dificultad de compr ensión que podía entrañ ar un asunto t an compli cado como el que exponía. También, para l anzar al oyente la adverte ncia de que iba a tratar de un tema mu y intimista, empieza su co municado hablando en p rimera p ersona, con l a frase: “ cuando pienso”. Asimismo, es m anife stación de expresividad la terminación que le pone a su texto, pues lo termina co n interrogaciones, como dando a entender que, tras lo que había dicho, nada quedaba claro y él continuab a, lue go de mucho pens ar, medit ar o hablar consigo mismo, lleno de dudas y rodeado de incertidumbres. Quizá su pre gunta clave, de todas las que e l texto formula, sea: “¿dónde está la verdad de las cosas?”. De la intención del autor al hablar de este asunto, puede creerse que fuera el dar a conocer s u postura relativist a o perspe ctivista sobre la verdadera realidad de las cosa s y l a esencia de las mismas, pero, igualmente, parece detectarse la intención de invit ar a las personas a que s e esfuerc en en conocer y com prender la verdad del m undo y de sus habitantes. De la conclusión ha y qu e decir que, pese al tono filosófico del tex to, ha y en él un fondo lingüístico, en el sentido del uso de palabras clave (v erdad, autenticidad, apariencia…) y en la utiliz ación del len gua je como instrumento de comunicación d e las ideas pertinente s. 349 la len g ua h abla de lenguas sucesivas pero no ex plica su hace rse, cos a que está po r investigar . La historia de la len g ua la reducen a l éxicos y gramáticas. Ha y que tener en cuenta que “decir” es anterior a “hablar” y , ést e, anterior a la “len g ua”, “len gua je” o “idioma”, aunque parezc an la misma cosa. Decir es ex presar o manifestar algo; hablar es el acto físico por el qu e se da a conocer lo que se quiere decir; lengua o idioma es el método léxico-gramatical que se utiliza para habl ar en un tiempo y lu gar determinados. Así pues, mientras que el “decir” es al go espontáneo, el “hablar” es usar un a leng ua que y a está hecha y que , en buena medida, es imp uesta por la so ciedad al hablante. La lingüística debe de prof undizar en la genética d e l a l engua, indagando en sus raíces, antes de estar hec ha la palabra, o sea in statu nascendi . Habla O rtega en este tex to de la “len g ua”, como y a se ha consignado, pero tratando de hacer ver lo que es y cómo sur ge , nace o se hace. Por su continua dinámica, nunca se puede decir que una lengua sea un “he cho”, en efecto, puesto que j amás está “hecha”, de modo qu e to da lengua está som etida a un continuo proceso de i r haciéndose y deshaciéndose en una permanente cre ación y u na incesante destrucción. Quiere decir Ortega con esto que no merece el esfuerzo estudiar la hist oria de una len g ua como al g o que y a está configurado, si no que es mejor irse a s us raíces u orí ge nes, para conoc erla y estudiarla en su status nascendi , que es donde se ori g ina y d e donde proceden sus significa dos auténticos. Partiendo, pues, de esos significa dos radic ales y trasladándolos al momento prese nte, es como hay que estudiar el leng uaje, pr escindiendo, así, de los avatares hist óricos por l os que ha y a ido p asando y considerándolo siem pre hist óricos por los que haya ido pasando y considerándol o siempre como cos a e n formación e inacaba da, intentando encontrar, con ello, la dinámica formativa que lo condiciona y 350 que lo va condicionando para que pueda mantenerse y subsist ir con identidad propia aunque no esté del todo terminado. En l as raíce s o c ausas genétic as de las palabras, antes de que é stas, se hay an forma do, es donde hay que situarse pa ra conoc er un lenguaje en su esencia y , a p artir de eso, intentar hallar los meca nismos que lo van acciona ndo. Este proceso se da en todos los i diomas, repitiéndose por ig ual en e l presente que como lo hi zo en el pasado o lo seguirá haciendo en tiempos futuros. La ge nética de un idiom a, e n consecuencia, condiciona el carácter y la vida de éste, se g ún expone Ortega y Gasset. Una vez que la l engua está hecha, viene su ut ilización, ya qu e la vida de una lengua depende de que s e use o emplee po r un colectivo hum ano, dado q ue una lengua que no se usa, se convierte en una lengua muerta, fase a la que, inex orablemente, tienen que llegar todas las lengua s, aunqu e en contra se este fatal fin, luc han las fuerzas coerc itivas d e que est án provistos l os idiomas para, si no impedirlo, al menos retra sarlo cuanto sea posible. El us o de la lengua está en el “hablar” practicado por l a “sociedad” que la ha generado. H abla y soci edad son, por t anto, los instrumentos de aplicación con que cuentan los idiomas para pode r exist ir. L a lengua no se hace de inmediato sino poco a poco, puesto que se tie ne que ir inventando a partir de la socied ad que la genere, y este es un asunto gradual y casi inapreciable al nivel de la duración d e una vi da humana. Lo que motiva la i nvención o nacimiento de una le ng ua nueva es la aparición de nuevas necesidades, que ha cen que la lengua exist ente se quede inse rvible o insuficie nte pa ra las exigencias modernas y , entonces, se hace p reciso inventar una len gua nueva que sirva para dar nombre a las novedades que h a y an surgido. La lengua, pues, se inventa para d ecir lo que se tie ne que “decir ”, entendi endo, en ese s entido, que “decir”, que 351 equivale a “expresar algo”, es anterior al “hablar”. Cuando ha y que “decir”, hay y a una lengua, de modo que el “decir” equivale a la génesis li ng üística ori ginaria, aclarando que, en dicho “de cir” s e podrían incluir las proto-palabras o principios generativos d e las mismas. Por todo ello, se entiende que “decir” , “expresar” y “hablar”, aunque parecen lo mismo, no s on lo mismo sino pasos correlativos en el proceso de la comunicación hablad a, como indica Ortega. En e sto, par ece ap roximarse Ortega al criterio de Guiller mo H umboldt c uando asegur a que e l len gua je no es un ergon o producto, sino una en érgeia o fuerza viva, es decir qu e no es una formación por acumulacione s sino el efecto de una ener g ía o fuerza vital, que nace como una eclosión vitalista y se mantiene con su propia vitalidad mientras perdura como lengua viva (Mounin 1968: 199). En cuanto a la clase de documento es un texto científico que trata de la lingüística en relación con el aspe cto del nacimiento de una l eng ua. En el que la idea central: es sobre los orígenes del idioma y l a estr echa vinculación que di chos orígenes ma ntienen con la sociedad, y a que surge como el sistema más avanz ado de comunicación r acional que ha sido capaz de inventar el ser humano, t ras supera r la ancestral forma de comunicación por m edio de signos auditivos y gestos cor porales y faciales. Tal superación comunicativa se vio empujada a su realización ante l a apremiante necesidad que sentía el s er humano de “decir” muchas cosas a sus sem ejantes, según O rtega y Gasset. De este origen interno o psicológic o del lenguaje como un deseo que nace de dentro mencionado por este aut or también hace alusión Guil lermo de Humbold t, al asegurar que hay una fo rma interior de l a lengua anterior a toda articulación (Mounin 1968: 198), con lo que parece querer decir que, antes de que inventara el lenguaje, el s er humano ya 352 deseaba invertarlo para poder expresar a las otras personas todo cuanto deseaba decirles, que sería mucho, como es de suponer, y a que, de no ser así, no hubiese sen tido t al deseo crea tivo.Como recurso emplea l a sistematización exposi tiva, la cual predom ina sobre lo retórico. La intención del autor es mostra r el origen psicosocial del lenguaje humano. En conclusión, se trata de un texto de gran interés por most rar el origen psicosocial del lenguaje humano. TEXTO 25: EL “ DE CIR ” Y EL O RIGE N DEL L EN GUA JE (X, 305) El d ecir es un estrato más pro fundo qu e el habla y a ese estrato profundo debe ho y dirigirse la l ingüísti ca. No existirían las lenguas si el Hombre no fuese con stitutivamente el Dicente, esto es, el q ue ti ene cosas qu e decir. Por tanto, postula u na n ueva discip lin a básica de to das las d emás q ue in tegran la lingüística y qu e lla m o Teoría del decir . ¿Por qué el hombre es decidor y no silente o, a lo sum o, un ser como los demás, q ue se l im ita a señalar a sus semejantes con gritos, aull idos , cantos, un re pertorio de situaciones prácticas dado de una ve z para siem pre? (…) Uno de los inconvenientes de no partir del decir —función humana ant erior al hablar— es que se consid era el len guaje como la expresión d e lo qu e querem os com unicar y m anifestar, siend o así que un a parte m u y grand e d e lo que queremos m anifestar y co municar q ueda inexpreso en dos dim ensiones, una por encima y otra p or debajo del lenguaje. P or en cim a, todo lo i nef able. Po r debajo , todo lo que “por sabido se calla”. Ahora bien , esto, este silencio actúa constantemente sob re el lenguaje y es causa de muchas d e sus for mas. Humboldt y a nos di jo: “En la gra mática de toda lengua hay una parte expresamente designada o declarada y otra sobreañad ida qu e se silencia. En la len gua china, aquella pri m era parte está en una relación infinitam ente pequ eña con la últim a. (…) Pero si el hombre es el que dice, urgiría d eterm inar qué es lo que dice, o expresado d e otro modo, cuáles son las direcciones p rim arias de su decir, qué co sas son las que le m ueven a d ecir y cuáles las que le dejan silencioso, esto es, qu e calla. Es patente que esta nece sidad de d ecir, y no u na va ga y cualquiera, sino un preciso sistem a de cosas que tení a n que ser dichas, es lo que llevó al invento y ex istencia posterio r de las lenguas (Ortega 2010: 305). 353 En este tex to afirma Ortega que lo que llevó al invento de las lenguas fue el preciso sistema de cosas que los hombres s e tenía n que decir y no la s vaguedades superfluas. Ha y que determinar cuáles son la dir ecciones primarias del decir y cu áles las que se dejan en sil encio, pues parte d e lo que s e quiere m anifestar que da inexpreso, tanto por encima (r eferente a lo inefa ble) como por debajo (referente a lo que “por sabido se calla” ). L o que se queda inexpreso orig ina los sil encios del leng uaje y produce muchas de sus formas. L o sobr eañadido en la gramática d e toda len gua, como dij o Humboldt, seg ún re coge Ortega, se silencia y no se declara. La complejidad del decir humano o de l o qu e se tenía que comunicar es lo que mot ivó el invento de l as lenguas. La s l enguas no se h an hecho pa ra de cir simpl ezas. Al estudi o de los contenidos temáticos de las lengua s lo l lama Orteg a Teoría del decir . Queda p atente que, s egún Ortega, el invento del lenguaje viene im puesto por la necesidad de “decir” que sentía el se r humano, aunque matizando que se trat aba de dec ir lo importante, y no supe rficialidade s, de m odo que este s er hum ano y a di stinguía entr e el decir v alioso y lo qu e se dic e sin fundamento. Por ello, pensando qu e había cosas importantes que se debían de comunicar y que no se podían olvidar, inven tó el hombre el idiom a o lenguaje, p ara que los demás supi era n y no se olvidas en esos logr os mentales y d e la experiencia que iba adquiriend o. S eg ún esto, el lengua je debería de tener un a aplicación sele ctiva, que ex cluy ese lo banal y qu e sólo se emple ase en c asos serios de la comunicación, de modo que, de ser así, t endría el lenguaje un origen noble. El “decir”, como el estímulo desenca denante y m ás profundo del lengua je, y anterior, por tanto, al habla, es el que debe de c entrar el mayor int eré s en el estudi o idiomático, 354 como parte esencia l y que se relaciona con todas las demás de di cho estudio. Por ello, la Teoría del decir es una materia lingüística básica , en la que el hombre es el Dicente o la persona que tiene cos as que decir, de donde resu lta que es el ser hum ano l a auténtica causa del lenguaje, y que éste no podría ex istir si no existiese aquél. Llegando a este punto, Ortega se pr egunta: ¿ por qué el hombre es decidor y no s ilente? El habla no puede ser el moti vo porque es posterior al decir, de modo que ahí, el argumento de Ortega es que fue el “preciso sistema de cosas que tenían que ser dichas” lo que convirtió en d ecidor al hombre. Acaso, su capacidad intelectiva, que le h acía comprender el valor de sus deducciones mentales, junto con la posibilidad fisiológica que le permitía disponer de un complejo aparato fonador, capaz de articular y modular una enorme cantidad d e sonidos di stintos, fuesen las razones que invit aron al hombre a poner en práctica su “necesidad de decir”. Reconoce, asimismo, Ortega que el l enguaje, pese a su perfección como si stema de comunicación, no llega a d ecirlo t odo, unas veces porqu e ha y cosas “in efa bles”, que se quedan por encima de la posibilidad expresiva del idioma, y, otras, porque, lo q ue corre sponde decir, queda por debajo del lenguaje y se omite por ser “cosa sabida”. Estas apreciaciones, en general, apuntan al asunto del origen del lenguaje, tema que interesó mucho a los gramáticos y filólo gos del siglo X IX , lo qu e tam bién alcanza a la época de l nov ecentismo, a comienzos de l si glo X X, cosa que explica el interés orteg uiano por la cuestión mentada. Uno de estos investigadores fue Franz Bopp (1791- 1867), que fundó la gramática comparada e indagó sobre el origen del len g uaje, s obre lo que dijo que dicho o rigen se encontraba en el sánscrito, al que lo consideraba como el [Document text truncated for crawler view.]