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El giro antropocénico Manuel Arias Maldonado Universidad de Málaga XIII Congreso de la AECPA, San Sebastián, 13-15 julio 2015 GT 1.1. Nuevos horizontes de la Teoría Política: la especie en la era digital. _____________________________________________________________________________________ Resumen: De acuerdo con los datos amasados por los científicos naturales, la colonización humana de la naturaleza ha alcanzado tal grado que hay razones para pensar que hemos dejado atrás el Holoceno para adentrarnos en una nueva era geológica caracterizada por la influencia humana sobre el funcionamiento del sistema planetario global: el Antropoceno. Lejos de constituir una mera curiosidad científica, esta recategorización de las relaciones entre el ser humano y medio ambiente global representa un giro epistemológico de profundas consecuencias normativas, que plantea nuevos desafíos para la especie en su conjunto a la vez que nos empuja hacia esa autorrepresentación. Esta ponencia expondrá los orígenes y el contenido de esta rompedora hipótesis, prestando especial atención a la teoría política del Antropoceno. Palabras clave: Antropoceno, medio ambiente, democracia, agencia, tecnología. _____________________________________________________________________________________ Introducción: el giro antropocénico. Desde hace al menos dos décadas, hablamos del fin de la naturaleza. Aunque la conversación pública sobre las relaciones socionaturales no se ha desprendido de sus tradicionales supersticiones y se sigue invocando 'lo natural' como fundamento para las políticas de sostenibilidad, los observadores más realistas son conscientes de que la idea de una naturaleza intacta ha perdido todo sentido. Ya se trate de sociólogos de la modernidad o medioambientalistas elegíacos, está asumido que la marca de nuestra época es la imbricación socionatural y no la naturaleza virgen. En otras palabras, la vieja naturaleza prístina se habría transformado -historia medianteen medio ambiente humano. Porque el fin de la naturaleza tiene que ser también, forzosamente, el comienzo de algo. Y un nuevo concepto, acuñado en las ciencias naturales pero cuyo alcance las desborda, puede ayudarnos a entender la índole de las relaciones socionaturales después de la naturaleza, así como sus consecuencias para la autocomprensión de la especie. Propuesta por el químico holandés Paul Crutzen y el biólogo norteamericano Eugene Stoermer, la noción de Antropoceno trata de reflejar el impacto cuantitativo que la masiva influencia de los seres humanos sobre los sistemas biofísicos globales tiene sobre el medio ambiente planetario provocado en las relaciones entre los seres humanos y el medio ambiente global por la masiva influencia de aquellos sobre los sistemas naturales que componen éste (Crutzen y Stoermer 2000). Se sugiere así que el cambio cuantitativo es tal que debe verse como un cambio cualitativo: la Tierra estaría dejando atrás su actual época geológica -el Holocenodebido al impacto de la actividad humana, lo que significa que la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica de pleno derecho (Steffen et al. 2011a: 843). Esta hipótesis geológica está siendo evaluada por la Comisión Internacional de Estratigrafía. Mientras, el número de artículos académicos dedicados al tema crece cada día. Incluso Nature (2011) ha pedido el reconocimiento del término. Extramuros de la academia, el Antropoceno ha sido objeto de atención de la prensa generalista -sobre todo en Alemania y el mundo anglosajóny de pioneras exposiciones, como la celebrada en el Deutsches Museum de Munich. Se sugiere por tanto que la influencia humana sobre el medio natural posee tal alcance que ha conducido al entremezclamiento irreversible de los sistemas sociales y naturales. Ambos estarían ahora literalmente "acoplados" (Liu 2007). El cambio climático es el resultado más espectacular y emblemático de semejante
El giro antropocénico 2 desarrollo, pero está lejos de ser el único: añádanse la desaparición de la superficie virgen, la urbanización, la agricultura industrial, la infraestructura de transporte, las actividades mineras, la pérdida de biodiversidad, la modificación genética de los organismos, los avances tecnológicos, la creciente hibridación, la acidificación de los océanos. Puede comprobarse que no se trata de procesos súbitos, sino de largos recorridos históricos acelerados desde la Revolución Industrial. Desde este punto de vista, el Antropoceno puede contemplarse como la sobrevenida percepción social de una transformación comenzada hace ya mucho tiempo: "Tomados en su conjunto, las pruebas parecen más que suficientes para probar la hipótesis de que el presente estado de la biosfera terrestre es preponderantemente antropogénico, con formas y procesos ecológicos que, sin precedentes en el Holoceno o con anterioridad, son heraldos de la emergencia del Antropoceno" (Ellis et al. 2010: 1026). Nótese que la contundencia de los datos que apuntan hacia una influencia masiva de los seres humanos sobre los sistemas biofísicos no son necesariamente indicativos de una influencia visible o forzosamente destructiva. Por ejemplo, un ecosistema puede seguir cumpliendo sus funciones básicas a pesar de estar influido por procesos antropogénicos. Asimismo, no todas las partes del planeta se han visto afectadas de la misma manera; si bien es razonable esperar que una gran parte de las mismas termine por ser colonizada por la actividad humana, en alguna de sus formas. Sea como fuere, estas alteraciones de origen humano sobre el funcionamiento del planeta han sido tan insidiosas y de tal magnitud que la Tierra parece estar moviéndose hacia un estado diferente. Para Steffen y sus colegas, la conclusión es clara: "El fenómeno del cambio global representa un profundo cambio en la relación entre los seres humanos y el resto de la naturaleza" (Steffen et al. 2007: 614). De ahí que podamos hablar de un incipiente giro antropocénico visible ya en los estudios medioambientales y en la reflexión normativa sobre las relaciones socionaturales. Ahora bien, es preciso puntualizar que el término Antropoceno denota, en puridad, dos significados diferentes aunque complementarios. Por un lado, es un período de tiempo, un tracto histórico que para un número creciente de científicos naturales debe ser reconocido como una nueva época geológica en razón de aquello que sucede durante el mismo. Sucede que tales hechos o desarrollos, que pueden sintetizarse en la transformación antropogénica de la naturaleza a escala global, nos lleva a usar el término en una forma diferente: como una herramienta epistémica. En otras palabras, el Antropoceno es (i) una cronología que, agrupando un conjunto de procesos y fenómenos cuyo rasgo común es la influencia antropogénica sobre el planeta, termina por designar asimismo (ii) un determinado estado de las relaciones socionaturales. Aquel en que, justamente, nos hallamos. La dimensión moral del Antropoceno: la especie ante el espejo. Hay que empezar por alertar contra cualquier lectura triunfalista del Antropoceno. Marcel Wissenburg (2015) ha apuntado con razón hacia la "megalomanía" latente en el mismo. No obstante, su reconocimiento no supone descartar la posibilidad de que este gran proceso transhistórico -que, como ha sugerido John McNeill (2000), ha hecho de la Tierra un laboratoriotermine siendo una gigantesca desadaptación de consecuencias imprevisibles. O quizá no; no lo sabemos. El experimento está en marcha y demanda una decisión colectiva sobre su curso. Es por eso que el Antropoceno no puede dejar de ser una hipótesis científica cargada de implicaciones morales, por cuanto la afirmación de que los seres humanos han transformado masivamente la naturaleza significa también que ellos -nosotrostenemos una responsabilidad hacia el planeta: como hábitat para la especie humana, como hábitat para otras especies, como entidad significativa en sí misma. Dicho de otra manera: aunque las decisiones individuales y colectivas del pasado nos obligan a vivir en un Antropoceno, las decisiones que adoptemos en lo sucesivo
Manuel Arias Maldonado 3 tendrán influencia sobre el futuro, de manera que, hasta cierto punto, podemos decidir qué Antropoceno será (Ellis y Trachtenberg 2013). Desde este punto de vista, el Antropoceno proporciona un marco conceptual innovador para reconsiderar la relación entre la naturaleza y la cultura, entre la sociedad y el medio ambiente (Trischler 2013: 6). Y el tenor dominante es claro: "Somos la primera generación con el conocimiento de que nuestras actividades influyen en el sistema terrestre, y por tanto la primera generación con el poder y la responsabilidad de cambiar nuestra relación con el planeta" (Steffen et al. 2011b: 749). De ahí el imperativo de que los seres humanos se conviertan en "administradores" del planeta (Schnellhuber 1999). Pero, dicho esto, es preciso dilucidar qué significa exactamente serlo: qué consecuencias políticas tiene ese mandato moral. Ya que las respuestas posibles -el contenido concreto de esa administraciónson muchas. Y es que el Antropoceno es pura ambivalencia. Tiene que ver "tanto con el descentramiento de la humanidad como con nuestra creciente importancia geológica" (Clark 2014: 25). Su campo semántico incluye el poder y la fragilidad humanas, la continuidad y el cambio históricos, la humildad y la temeridad de los actores sociales. Su lección moral -si la tieneno es clara. Un método científico que se conduce con arreglo a una lógica cuantitativa, para empezar, propenderá a homogeneizar la capacidad y responsabilidad humanas (Luke 2009). Pero no todos los grupos humanos, ni todos los individuos, han contribuido de la misma manera a producir las consecuencias que el Antropoceno describe. En palabras de Malm y Horborg, "la humanidad parece una abstracción demasiado débil para asumir la carga de la casualidad" (Malm y Horborg 2014: 4). Muchos seres humanos, por ejemplo, no han participado de la economía fósil que ha causado el cambio climático. Dicho de otra manera, hay diferentes sociedades humanas, grupos, individuos: cada uno con su propia historia causal. Las abstracciones universalistas simplifican la atribución de responsabilidad. El Antropoceno, en fin, no es automáticamente "la narrativa hiperbólica de una humanidad totalizada" (Wakefield, 2014: 12). O así se sostiene. Es una cuestión de perspectiva. Un punto de vista de especie, que subraya el impulso universal hacia la adaptación agresiva al entorno, resulta tan explicativo como el análisis detallado de los distintos procesos socio-históricos que, sobre una distinta base cultural, permite distinguir entre varias 'capacidades'. Más aún, ya se ha sugerido que las teorías de la interacción socionatural que giran en torno a la capacidad humana no son incompatibles con la idea de que la concreta dirección adoptada por la especie pueda resultar desadaptativa a largo plazo. Si podemos distinguir entre la naturaleza 'tal como es' y el modo en que ha sido 'socialmente construida', bien puede haber desajustes cognitivos entre una y otra, de forma que los seres humanos puedan interactuar con el medio natural de manera perjudicial para ellos mismos y otras especies (Evanoff 2005: 77). El colapso ecológico se mantiene, pues, como escenario posible. Sin embargo, debería ser posible adoptar un punto de vista neutral cuando consideramos la historia de la humanidad entendida como especie. Bajo este punto de vista, el éxito es innegable, por cuanto éste se mide en términos de supervivencia y propagación de la población. Se abre una diferente perspectiva cuando se introducen criterios normativos, de forma que la óptica de especie es reemplazada o al menos complementada por la del sujeto moral que toma en consideración el efecto de su conducta sobre otras criaturas y procesos naturales. Antropoceno y percepción de especie (I): reafirmación de la singularidad.
El giro antropocénico 4 ¿De qué manera puede interpretarse el Antropoceno, pues, en relación al problema clásico de la singularidad de la especie humana? ¿Supone una refutación de la tesis, un recordatorio de la inapelable pertenencia humana a la naturaleza, o por el contrario confirma nuestra excepcionalidad como especie y convierte a ésta en la clave explicativa del Antropoceno même? Darwin (2008) demostró que los seres humanos son parte de la naturaleza; que somos, de hecho, animales. Pero es evidente que no somos como los demás animales: las diferencias son tan significativas, al menos, como las similitudes. Y aunque éstas pueden subrayarse, con objeto de componer un relato sobre la historia de la humanidad, parece más fructífero atender a las diferencias si queremos explicar otra historia: la de las relaciones socionaturales. Ya que es la excepcionalidad humana la que ha hecho posible la dominación y apropiación humanas del medio natural -un triunfo para la especie, sea cual sea el juicio moral que esa dominación o los medios que la han asegurado pueda merecer. Es a través de la dominación adaptativa, o adaptación agresiva, que los seres humanos se han separado de la naturaleza. Pero, ¿qué es peculiar de la adaptación humana a la naturaleza? Se ha apuntado, en el contexto del largo intento por definir aquello que nos distingue como especie, que nuestras facultades potenciadas -el entendimiento, el lenguaje, la cultura, la moralidadse ven intensificadas por la cooperación, que sería así el rasgo distintivo que nos permite superar la competición que frena el desarrollo de otras especies (Tomasello 2014). Mediante la cooperación y su vehículo cultural podemos compartir, acumular, almacenar y transmitir información dentro de y entre generaciones, creando así las condiciones para establecer una relación con el medio ambiente que difiere dramáticamente de la de otras especies. En suma, la principal diferencia radicaría en la capacidad humana para dar forma al medio ambiente en el curso de la adaptación al mismo. Pues bien, hay un enfoque de la teoría evolucionista que ha adoptado la construcción de nicho como el factor explicativo fundamental del desarrollo humano y puede servirnos para integrar este rasgo en una concepción de las relaciones socionaturales que enfatice el poder transformador de la especie humana -sin dejar de reconocer con ello otras formas de 'agencia'. Un interesante precedente de la teoría de la construcción de nicho es la Ecología Histórica, que adopta también un enfoque basado en la long durrée. Su punto de partida es que los acontecimientos históricos, más que los evolutivos, son responsables de los principales cambios en la relación entre las sociedades y sus entornos, de manera que "se centra en la interpretación de la cultura y el medio, más que en la adaptación de los seres humanos al entorno" (Balée 1988: 14). Es el entorno el que es adaptado a la sociedad humana, si bien ésa es también la peculiar forma que los seres humanos tienen de adaptarse al entorno. No se trata de un juego de palabras. A diferencia de la ecología cultural, para la que el entorno no es suceptible de transformación y son los seres humanos los que deben adaptar sus culturas y poblaciones a él, la ecología histórica reconoce la agencia humana y el poder de alterar, de manera sustancial, ese entorno natural (véase Balée 2006). El principal hallazgo de la teoría de la construcción de nicho también proviene de esta sutil distinción. La construcción de nicho no sería el efecto de una causa anterior (la selección natural), sino también una causa de cambio evolutivo (Laland y Brown 2006: 6). O sea, que los organismos y los ecosistemas mantienen relaciones recíprocamente causales (Laland and Sterelny 2006; Laland et al. 2011). En lugar de adherirse a la idea estándar según la cual los organismos siempre se adaptan a sus entornos y nunca al revés, la teoría apunta hacia el hecho de que los organismos cambian sus entornos, describiendo así una interacción dinámica y recíproca entre los procesos de selección natural y la construcción de nicho (Laland y Brown 2006: 96).
Manuel Arias Maldonado 5 Es importante destacar que la construcción de nicho es un rasgo exhibido por todos los organismos vivos (Odling-Smee et al. 2003). Por eso, también aquí es la cultura un factor determinante para explicar la magnitud de la construcción de nicho humana en comparación con la de otras especies. La construcción cultural de nicho es aquella en que comportamientos aprendidos y transmitidos socialmente modifican entornos, amplificando así el loop evolutivo generado por la construcción de nicho biológica. Los seres humanos son constructores de nicho especialmente eficaces debido a su capacidad para generar cultura (see Smith 2007; Kendal et al. 2010). La hipótesis del Antropoceno, basada como está en una notable cantidad de pruebas empíricas sobre el actual estado de las relaciones socionaturales, supone un importante recordatorio de la necesidad de tener en cuenta la teoría de construcción de nicho. Isendahl (2010) ha sugerido que el Antropoceno nos fuerza a reconsiderar los modelos adaptativistas de interacción entre los seres humanos y el medio natural, para poner en cambio el acento en en los poderes transformadores de la especie humana -reorientación que, si no da para cambio de paradigma, cuando menos muestra un cambio en las premisas epistemológicas dominantes. Además, esta reorientación nos permite contemplar el problema como potencial solución: la agencia humana como fuente de resolución de problemas es más rica de lo que deja ver su habitual descripción como fuerza meramente destructiva. Puede así concluirse que el Antropoceno viene a respaldar el excepcionalismo humano, que entiende que el dualismo humanidad/naturaleza, aún careciendo de todo soporte ontológico, es el producto de un desarrollo histórico que se produce a medida que el ser humano culmina su proceso de adaptación agresiva al entorno. Este proceso, como subraya la teoría evolucionista de la construcciónd de nicho, tiene una base a la vez biológica y cultural, que se refuerzan recíprocamente. La singularidad de la especie es tal que la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica de pleno derecho. Resulta así inútil tratar de disolver la humanidad en la naturaleza, toda vez que ha quedado demostrada la capacidad que la primera posee para transformar la segunda. Antropoceno y percepción de especie (II): universalismo y particularismo. Ya se ha señalado que el Antropoceno, categoría abarcadora donde las haya, puede convertirse en una abstracción homogeneizadora que oculta innumerables matices en la compleja relación socionatural. En ese sentido, al apoyarse científicamente en el cambio medioambiental global, cambio climático incluido, oscurece involuntariamente las variaciones regionales y locales que aquella relación exhibe. Y aunque puede ponerse en relación con el avance del capitalismo global, tambien puede explicarse a partir de la habitación humana del planeta. En ambos casos aúna lugares y tradiciones culturales dispares, estrechando nuestra comprensión de la naturaleza y acaso reduciendo la panoplia de recursos morales disponibles para relacionarse con ella. De este modo, se corre el riesgo de que una visión compartida se imponga sobre una rica variedad de ellas. La hipótesis del Antropoceno sugiere que está en curso una homogeneización de las formas en que los seres humanos y las sociedades se relacionan con la naturaleza, de manera que las variaciones locales son ya menos relevantes que el proceso global de hibridación socionatural. Entre otras cosas, porque las sociedades quizá piensen de formas distintas sobre la naturaleza, pero lo que hacen con ella se parece bastante. Se produce así una creciente homogenización que va de la mano del proceso paralelo de globalización y de la gradual universalización del capitalismo.
El giro antropocénico 6 Ahora bien, ¿es la actual relación socionatural un resultado del capitalismo y la modernidad, o más bien el resultado de una relación que conduce inexorablemente a algún tipo de dominación humana? ¿Es el capitalismo, o es la humanidad que produce el capitalismo? Es aquí donde se vuelve más aguda la tensión entre universalismo y particularismo. Que diferentes culturas posean distintas concepciones de la naturaleza y exhiban diferentes prácticas en su trato material con ella parecería indicar que no existe una forma humana de relacionarse con el medio natural -tampoco una relación socionatural, sino muchas posibles relaciones. En suma, no existiría un nosotros, sino distintos marcos culturales y narrativas. El Antropoceno sería una narrativa más. Sin embargo, ¿de verdad no hay un nosotros? Más allá de las diferencias particulares en la relación humana con la naturaleza, puede argüirse que hay en ella algo verdaderamente universal: la necesidad humana de adaptarse al entorno para sobrevivir como especie. Ya hemos visto cómo la adaptación humana es una adaptación agresiva, caracterizada por la capacidad, intensificada por la cultura, para la construcción de nicho, o creación del propio entorno. La transformación de la naturaleza en medio ambiente humano pudo ser gradual en los orígenes de la historia, pero se ha radicalizado desde al menos la Revolución Industrial. Las variaciones culturales reflejarían entonces distintas condiciones biofísicas y grados dispares de progreso material y conexiones con otras culturas, pero no serían suficientes para disipar la impresión de que estas versiones particulares de la relación socionatural son justamente eso: variaciones sobre un impulso universal, una adaptación agresiva que combina creación y destrucción. Y con el paso del tiempo, tiene lugar una convergencia entre estas distintas variaciones, reflejo de la paulatina emergencia de una cultura global y de la generalización del capitalismo y la tecnología avanzada. Ciertamente, esto puede parecer una forma de reduccionismo que desatiende las alternativas existentes a la concepción occidental de la naturaleza, indebidamente tomada como descriptora -o prescriptorade la esencia de ésta. Dicho con otras palabras, podría tratarse de una reificación de la concepción dominante de la naturaleza. Pero no es forzosamente el caso. Ha habido, hay aún, otras concepciones de la naturaleza, así como diferentes conjuntos de principios normativos sobre el modo en que los seres humanos hayan de tratar al mundo no humano. Todos ellos, empero, pueden verse como versiones de la más amplia orientación humana hacia la supervivencia y el gradual mejoramiento de las condiciones materiales de vida. Obsérvese que esta posición no implica un juicio normativo sobre cuál de esas diferentes concepciones es preferible: señalar la prevalencia de un tipo concreto de relación socionatural, basada más abiertamente que las demás en la transformación y el control humanos del medio natural, no precluye el debate en torno a cuál sea la más deseable relación socionatural. Otra razón para elucidar diferentes concepciones de la naturaleza es la creación de posibilidades políticas alternativas a las contenidas en el modelo liberal-capitalista. Es con ese propósito que surge la ecología política, un enfoque interdisciplinar, en los años 70. Alimentándose de los hallazgos de la antropología, la geografía y la economía política, analiza el modo en que los patrones locales de consumo de recursos están influidos por dinámicas de poder entre distintos grupos dentro de una comunidad (véase Buck 2015). La ecología política rechaza así cualquier noción esencialista de la naturaleza y propone explícitamente una concepción anti-esencialista de la misma (véase Escobar 1999). Así, por ejemplo, la idea misma de naturaleza resuena de manera diferente en Norteamérica (donde es vista como wilderness o naturaleza salvaje), Europa (un jardín cultivado) y Asia (un espacio sagrado). En última instancia, este debate remite a la oposición entre universalismo y particularismo. Desgraciadamente, esta dicotomía es a menudo concebida como un código binario que categoriza normas, prácticas sociales y patrones de interacción socionatural bien como expresión de un rasgo universal o como una particularidad irreductible que sólo puede explicarse a partir del contexto sociohistórico que la
Manuel Arias Maldonado 7 produce. Es discutible, sin embargo, que esta oposición tenga sentido alcanzado este punto de la historia de la especie. En un mundo crecientemente digitalizado e interconectado, las sociedades tienden a compartir normas, prácticas, técnicas. En otras palabras, el capitalismo global y la ciencia moderna están acabando paulatinamente con las diferencias regionales y locales, universalizando así de facto una cultura local, la occidental, en detrimento de otros particularismos -engullidos por un particularismo victorioso. Es pertinente anotar que un presupuesto de la potencia que posee la concepción occidental de la naturaleza es su capacidad unificadora, que ha servido inmejorablemente a los fines de adaptación de la especie. Ya que ha sido la cultura occidental la que ha contemplado la compleja abundancia de leyes universales, materia física y vida orgánica como una entidad singular y única: la naturaleza (Norwood 2003: 876; Arias-Maldonado 2015a). Bien puede tratarse, como señalara Jacques Derrida (2008), de una narrativa más entre muchas -pero desde luego es una especialmente adaptativa mientras no se demuestre lo contrario. También es una cada vez más dominante, que da lugar a un patrón de interacciones socionaturales cuyas variaciones locales reflejan no tanto la fuerza de las correspondientes culturas locales como las especificidades geográficas del medio natural que, en casa caso, demanda una 'respuesta' humana. Dos observaciones son pertinentes cuando se trata de distinguir entre universales y particulares. Por un lado, sería demasiado rígido concebir esta dicotomía como un antagonismo irremediable, como si los rasgos universales y particulares fueran incompatibles. Las relaciones socionaturales muestran tanto rasgos universales como variaciones particulares, siendo estos últimos el reflejo del hábitat específico al que los seres humanos se adaptan (agresivamente) en cada caso. En lugar de exhibir los mismos rasgos con independencia del tiempo y lugar en que tiene lugar, las relaciones socionaturales varían relativamente de un contexto social a otro, de forma que emergen distintos patrones de interacción entre los seres humanos y el mundo natural (Fischer-Kowalski and Haberl 2007). La oposición entre universalismo y particularismo debe así de ser reconceptualizada como un continuo. Sin embargo, por otro lado, el enfoque anti-esencialista presenta un claro riesgo teórico. Al denegar que la naturaleza posea esencia alguna, mientras simultáneamente enfatiza las variaciones locales en la relación socionatural y sugiere que su supresión 'naturaliza' una visión particular (occidental) de la naturaleza, ese enfoque no acierta a comprender que hay rasgos de esas relaciones auténticamente universales. És este una adjetivo que demanda cautela, pero no deja de remitir a una de las lecciones del darwinismo: la evolución natural no es precisamente un fenómeno local, sino universal. La dificultad subsiguiente radica en separar lo universal de lo particular, distinguiendo entre aquellos aspectos de la relación socionatural que puede explicarse dentro del marco proporcionado por la teoría de la evolución de aquellos que introduce la variabilidad social y cultural. Esas diferencias, en cualquier caso, se están desdibujando a medida que las distintas sociedades nacionales convergen en torno a un conjunto de valores, prácticas y tecnologías que podríamos considerar constitutivas de la visión occidental del mundo. Está así emergiendo una relación socionatural global, como el Antropoceno viene a demostrar. Ambas perspectivas -universalista/esencialista y particularista/anti-esencialistapueden ser reconciliadas, si distinguimos dos niveles distintos de ocurrencia y análisis: (i) el hecho universal de la adaptación humana a la naturaleza, que, aún conteniendo prácticas simbióticas y cooperativas, adopta mayormente la forma de una construcción de nicho intensificada por la cultura que equivale a la reconstrucción social de la naturaleza; y (ii) los hechos particulares de un proceso de adaptación contextualizado que refleja las singularidades locales y produce así una variabilidad relativa en los patrones de interacción socionatural. Antropoceno y percepción de especie (III): la gran hibridación.
El giro antropocénico 8 La mutua imbricación de las sociedades y su medio natural a lo largo del tiempo muestra que la acción humana ha sido, como el Antropoceno viene a confirmar, una fuerza mayor en la evolución natural, lo que dificulta a su vez establecer una clara separación entre sociedad y naturaleza. Sin embargo, la historia socionatural puede leerse como un largo proceso de hibridación mediante el cual la naturaleza deviene cada vez menos autónoma, por cuanto un número creciente de procesos, seres y formas naturales se ven interna y/o externamente influidos por acciones humanas y procesos sociales, ya sea intencionalmente o no. A este respecto, el Antropoceno puede verse como la Gran Hibridación. Al mismo tiempo, esta intimidad socionatural significa que la naturaleza es una fuerza en la historia social. A su vez, se abren así interrogantes de interés sobre cuestiones de agencia: humana y natural, pero también 'agencias' particulares en contextos concretos. La hibridación se refiere a una visión del mundo como compuesto de materialidades heterogéneas agrupadas entre sí de un modo que pone en cuestión las distinciones entre sujeto y objeto, lo natural y lo artificial, lo digital y lo analógico. Se identifican así conjuntos de agencias dentro de una red de relaciones, dando pie a otra forma de contemplar la realidad. Para los seres humanos, la metáfora más exitosa para representar la hibridación tecnológica de la especie humana acaso sea la del cyborg, propuesta por Donna Haraway (1991). A medida que distintos tipos de tecnologías se han introducido en los cuerpos y hogares humanos, proceso llamado a acelerarse exponencialmente en la era digital, los seres humanos no pueden ya ser vistos como 'puros'. Si los híbridos carecen de pureza, también los seres humanos. Por su parte, han sido Bruno Latour (1993, 2004, 2005) y sus seguidores quienes más han hecho por explicar la cualidad híbrida de la naturaleza. Para el filósofo francés, la naturaleza siempre es un 'cuasiobjeto' que, aún siendo real en un sentido material, es también discursiva, narrativa, histórica. Los objetos naturales son objetos naturales/culturales que resultan de prácticas sociales. Esta hibridación convierte en obsoleto el viejo concepto de naturaleza. Aunque hay ciertamente 'naturaleza' en la realidad material de la naturaleza, el ensamblaje de lo natural, lo artificial, lo social y lo cultural es más significativo que cualquier ontología. Así lo señala la conocida teoría del actor-red, un enfoque constructivista nacido en el campo de la sociología de la ciencia: "Si se apela a la noción de naturaleza, el ensamblaje resultante cuenta infinitamente más que la cualidad ontológica de 'naturalidad' cuyo origen vendría a garantizar" (Latour 2004: 29; mi énfasis). En definitiva, la naturaleza no está simplemente 'ahí fuera', ni la encontramos 'hecha'. Es un espacio sociopolítico o un artefacto tecnológico que cobra vida y gana significado a través de prácticas representacionales y tecnologías (Baldwin 2003). Un buen ejemplo de las posibilidades -y los límitesde este enfoque nos lo proporciona Jane Bennett (2006) con su intento por desarrollar "una ecología política de las cosas" a partir de la noción latouriana de 'actante': una fuente de acción, humana o no humana, que influye sobre un determinado curso de cosas. De acuerdo con Bennett, es preciso avanzar hacia una teoría de la 'agencia distributiva', para la que, por ejemplo, una central eléctrica debe ser incluida en el "ensamblaje agencial" que explica un apagón. Ni siquiera la cultura, sugiere nuestra autora, es un producto 'nuestro', influida como está en su desarrollo por fuerzas biológicas, geológicas o climáticas. ¿No se sugirió, durante el caso del contagio del virus del Ébola en España, que los ciudadanos dejasen de saludarse besándose en la mejilla o apretándose las manos? Esta perspectiva abre así incontables posibilidades para la investigación. La propia Bennett recuerda la célebre observación de Darwin sobre la influencia evolutiva de los gusanos, un agente hasta entonces poco reconocido en la historia humana. Bakker (2004) llama la atención sobre cómo el agua es poco cooperativa con los intentos humanos por usarla y mercantilizarla. Sindney Mintz (1985), en su clásica
Manuel Arias Maldonado 9 historia del azúcar, muestra cómo el creciente consumo del nuevo producto en Europa entre 1650 y 1900 contribuyó a explicar la transición de las formas tradicionales de vida a las modernas. Más que un objeto pasivo de la acción humana, la naturaleza emerge como una entidad dinámica que cambia autónomamente y en contacto con la humanidad, mientras que influye a los seres humanos en distintos niveles y escalas: del gusano al clima. No obstante, hay algo insatisfactorio en este planteamiento. Aunque teorías como el nuevo materialismo y el actor-red en que se inspira proporcionan una explicación convincente del modo en que el entramado socionatural es 'producido', es también notablemente infructuoso. Porque, ¿qué significa afirmar que los gusanos, las centrales eléctricas o el café poseen agencia y actúan como actantes en la escena socionatural? Nada nos dice sobre la forma o la razón por la cual nacen esos ensamblajes o qué causalidad puede discernirse en su producción (Fuller 2000; Kirsch and Mitchell 2004). O sea que lo ganado con la nueva forma de ver las relaciones entre seres humanos, no humanos y cosas se pierde desdibujando las distinciones entre ellos, en detrimento, con ello, de la fuerza explicativa. Una solución consiste en mantener el equilibrio analítico correcto entre la agencia no intencional de los actantes naturales y el reconocimiento de que la agencia humana -intencional y no intencionalha sido mucho más influyente que aquélla. Esta agencia se ha ejercido en el curso de un largo proceso de adaptación agresiva al medio natural, resultado del cual es un alto grado de hibridación, i.e. una contaminación social de la naturaleza confirmada por el Antropoceno. Por más que haya agentes no humanos -actantesejerciendo su influencia sobre los actores humanos (en última instancia seres biológicos, o mejor dicho psicobiológicos), y pese también a que las condiciones medioambientales constriñen de suyo las decisiones humanas, la capacidad de la especie humana -por las razones antes señaladaspara transformar sus circunstancias vitales y a la propia naturaleza no admiten dudas, más allá de las que puedan plantearse moralmente a la vista del sufrimiendo causado a otros seres vivos. Dicho esto, el dibujo de la realidad que nos presentan estas ontologías relacionales es útil para comprender algunos aspectos del proceso de hibridación socionatural que ha culminado en la realidad descrita por la noción de Antropoceno. Traducido al lenguaje de la filosofía moral, esto significa para la especie humana una confirmación de su papel preponderante como fuerza transformadora, así como la introducción del matiz que comporta su entretejimiento en redes compuestas por actantes orgánicos e inorgánicos. La especie es dominante, pero no está sola ni es la única que tiene algo que decir sobre su propio destino. Hacia una conclusión: alternativas morales y lecciones de especie Hasta aquí, este trabajo se ha ocupado de exponer el contenido y significado de la noción ascendente en el campo de los estudios medioambientales, la hipótesis geológico-ecológica del Antropoceno, con especial atención a su dimensión moral y a sus implicaciones para la autocomprensión de la especie. Esencialmente, el Antropoceno supone la plena confirmación de la colonización humana de la naturaleza, hasta el punto de que no tiene sentido hablar de ésta ya como entidad autónoma de la sociedad (salvo si la identificamos con los poderes causales y las estructuras biofísicas profundas que el ser humano está aprendiendo a modificar, pero con las que tiene forzosamente que trabajar) y sí en cambio como medio abiente humano. Esta constatación, a su vez, reafirma el papel decisivo de la especie humana como fuerza ecológica de primer orden y el grado formidable del cambio antropogénico en los sistemas biofísicos planetarios.