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UNIVERSIDAD DE MÁLAGA
DEPARTAMENTO DE HISTORIA DEL AR TE
PROGRAMA DE DOCTORADO “BELLAS ARTES Y NUEVAS TECNOLOGÍAS”
FACULTAD DE BELLAS ARTES
EL ARTE TRANSGRESOR DE FINALES DEL SIGLO X X: DE LA PROVOCACIÓN ARTÍSTICA
COMO ÚLTIMA UTOPÍA.
ELISABET MARTÍN GORDILL O
TESIS DOCTORAL
BAJO LA DIRECCIÓN DE L OS DOCTO RES SALVAD OR HARO GONZÁLEZ Y JOSEFA CANO
GARCÍA.
MÁLAGA, 2015.
AUTOR: Elisabet Martín Gordi llo
EDIT A: Publicacion es y D iv ulgación Científi ca. Univ ersidad de Má laga
Esta obra es tá sujeta a una licen cia Crea tive Com m ons:
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pero con el r econocim iento y atribució n de los auto res.
No se puede ha cer uso comercial de la obra y no s e pu ede alterar, t ransform ar o hacer
obras deriv adas.
Esta T esis Doctor al está depositada en el Repositor io Institucion al de la Universidad de
Málaga (RI U MA): riuma.u m a.es
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ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS.
0. INTRODUCCIÓN. 5
0.1. OBJETIVOS ………………………………………………………… ………… 8
0.2. METODOLOGÍA ………………………………………………… …………. 10
0.3. FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA ………………………………………. 12
0.4. FUNDAMENTACIÓN HISTÓRICA …………………………………… 14
0.5. FUNDAMENTACIÓN PLÁSTICA …………………………………….. 15
0.6. ESTRUCTURA Y PROCESO DE TRABAJO ……………………….. 16
PRIMERA PARTE: LA TRANSGRES IÓN COMO SISTEMA.
1. TABÚ Y TRANSGRESIÓN: UNA LECTURA ANTROP OLÓGICA. 18
1.1. LA NATUR ALEZA DEL TABÚ. 21
1.1.1. Lo sagrad o y lo profa no … ………………………………………. 28
1.1.2. Lo puro y lo impuro ……………………………………………….. 32
1.1.3. El peligro de los márgenes …………………………………….. 38
1.1.4. El poder infeccioso del tabú …………………………………… 43
1.1.5. Teoría de las prohibiciones ………………………………… …. 48
1.1.5.1. Las prohib iciones del Levíti co ……………………. 50
1.1.5.2. Canibalismo e incesto ……………………………….. 57
1.1.6. El chivo expiatorio ………………………………………………… 65
1.1.7. La contaminación en el arte ………………………………… 70
1.1.7.1. Peligro que amenaza las fronteras externas. 77
1.1.7.2. Peligro de transgredir las líneas internas…… 78
1.1.7.3. Peligro que aparece en los márgenes………... 79
1.1.7.4. Cont radicción interna y confusión epistemo -
lógica………………………………………………………… 80
1.2. LA TRANSGRESIÓN. 81
1.2.1. Etimología y definición …………………………………………. 82
1.2.2. La transgresión, un mito de origen ……………………….. 88
1.2.3. El dios transgresor Dionisos ……………………………… … .. 94
1.2.4. El nacimiento de la tragedia …………………………………. 102
1.2.5. El carnaval ……………………………………………………………. 108
1.2.6. Sade, o los infortunios del arte …………………………….. 113
1.2.7. Georges Bataille: hacia un modelo de transgresión. 125
1.2.7.1. El erotismo transgresor …………………………….. 130
1.2.7.2. Potlatch y patrones de cultura ………………….. 136
1.2.7.3. Lascaux , el origen del arte …………………………. 142
1.2.8. Gesto aberrante y repetición ………………………………… 147
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SEGUNDA PARTE: LA TRANSGRESIÓN COMO PROYECTO.
2. GENEALOGÍAS DE LO TR ANSGRESOR. 1 56
2.1. HACIA UNA TEORÍA DE LA FEALDAD. 158
2.1.1. Lo siniestro ……………………………………………………………… 178
2.1.2. El asco ……………………………………………………………… …….. 191
2.1.3. Lo ab yecto ……………………………………………………………… . 211
2.1.4. Lo informe ………………………………………………………………. 234
TERCERA PARTE: LA TRANSGRESIÓN COMO GÉNERO: EL ARTE TRANSGRESOR
MIMÉTICO.
3. ICONOGRAFÍA DE L A TRANSGRESIÓN. 252
3.1. LITERALIDAD EXTREMA. 255
3.2. NUEVE CATEGORÍAS: U NA PROPUESTA DE CLASIFICACIÓN. 274
3.2.1. El cuerpo fragmentado ……………………………………………. 278
3.2.2. El doble y el m onstruo …………………………………………….. 306
3.2.3. Fluidos corporales …………………………………………………… 344
3.2.4. Basura y excrementos …………………………………………….. 376
3.2.5. El cadáver ……………………………………………………………….. 410
3.2.6. El animal/la víctima del sacrificio …………………………….. 446
3.2.7. Blasfemia religiosa ………………………………………………….. 485
3.2.8. Traumatóf ilos …………………………………………………………. 517
3.2.9. El arte inefable ………………………………………………………… 556
CUARTA PARTE: DE LA PROVOCACIÓN ARTÍSTIC A COMO ÚLTIMA UTOPÍ A.
4. HIPERVISIBILIDAD. 583
4.1. El papel de Charles Saatchi …………………………………………….. 585
4.2. Youn g British ar tists ……………………………………………………….. 590
4.3. El premio Turner ……………………………………………………………. . 599
4.4. Guerras culturales y campaña contra la NEA ………………….. 609
5. EL ARTE DE LA PR OVOCACIÓN. 621
CONCLUSIONES 632
BIBLIOGRAFÍA 63 9
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AGRADECIMIENTOS
El trabajo de tesis siempre es un empeño solitario al que contribuyen, sin embargo,
muchas personas sin las cuales esta investigación no hubiera sido posible.
En lo aca démico, quisiera dar las gracias a mi profesor y amigo Jesús Conde, que me
ofreció con sejos d e gran valor y sincerid ad, así como a los dos directores, Pe pa Cano y
Salvador Haro. A Pepa Can o, por su cariño, su comprensión y su i ncreíble sentido
práctico. La manera en que sabe analizar una situación y exponerla con sencillez es una
de las virtudes más necesarias. Siemp re me tendió la mano, sin i mportar h ora o
vacaciones, y recuerdo con afecto nuestras largas conversaciones tel efónicas.
Todo mi respe to a Sal vador Haro, que ha contribuido con su gran experiencia y
profesionalidad a llevar a cabo este trabajo. Su gu ía resultó siem pre útil, sus
indicaciones certe ras. En él siempre encontré alguien d ispuesto a sacrificar su t iempo
para escucharme.
La generosidad de ambos es un raro don que no suele abundar.
En lo p ersonal, quisiera dar las gracias a mi b uena amiga Élida por su aliento. Ella, con
su inusual capacidad para alentar y mo tivar, fue la p resencia const ante que nunca dejó
de estar ahí.
También, por supuesto, a mi familia, sin cuya comprensión y p aciencia no podría hab er
hecho nunca este trabajo. Cualquier esfuerzo prolongado su ele desgastar, pero el
acopio de energías necesario p ara culminar este pro yecto tuvo, antes bien , una
continua fuente de renovación en las incesant es conversaciones mantenidas con mi
marido, Julio Gracia. Sin su incondicional apoyo y el d e mi hija An gélica este proyecto
no hubiese sido posible.
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EL ARTE TRANSGRESOR DE FI NALES DEL SIG LO XX: DE LA PROVO CACIÓN ARTÍ STIC A
COMO ÚLTIMA UTOPÍA.
0. INTRODUCCIÓN
A lo largo de la d écada de los noventa de finales del siglo p asado, el arte
contemporáneo alcanzó una gran notoriedad a nivel público y mediático. En estos años
turbulentos en los que se llevó a términ o el proceso de glob alización, el arte f ue objeto
de una publicidad continua. La naturaleza de esa publicidad e ra diversa e incidía
siempre en un ama rillismo que mez claba técnicas de shock de las van guardias
históricas con estrategias de promoción propias de la sociedad de la comunicación.
Artistas y promotores usaron a los media en su propio beneficio, p rovocando a su
audiencia repetidame nte. Po r su parte, los medios de comunicación empezaron a fijar
su atención en el ámbito del arte contemporáneo, dando u na imagen escandalosa de
obras y art istas, y elab orando una serie de mitologías para el consu mo del gran p úblico
que en buena parte estaban basadas en viejos mitos d e la historia del art e, resucitad as
con ocasión de la mundialización de la cultura.
Así, en los medios de comunicación, artistas dispares se mezclaban confusamente b aj o
la dudosa e tiqueta de t ransgresores. Escándalos locales y de escasa trascendencia
daban la vuelta al mundo en función de su repercusión med iática. Algunos jóvenes
artistas construyeron t oda su reputación sobre u na única ob ra controvertid a. Inclus o
comenzó a ser p eligrosamente f ácil discurrir una obra que ofe ndiese a alguien en
alguna parte. Muchas veces el escándalo estaba del tod o i njustificado o se trataba de
algo que sólo podía atañer, forzosamente, a un sector reducido de la población, y sin
embargo alcanzaba una cobertura que una generación anterior de artistas nunca
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hubiera imaginado. La célebre p regunta “¿Es esto arte?” empezó a transmutarse en la
propia esencia del arte en los med ia.
Por su parte, la institución arte acogió la expectac ión p rovocada en su t orno como u na
publicidad gratuit a de tipo wildeano , y siemp re bajo la coartada de la libertad artística
y su libertad hermana, la libert ad de expresión, urdió una serie d e exposiciones que se
convertían en el acto en reclamo p ara gra ndes masas de púb lico. El mundo del arte
jugó a la provocación, y la apuest a re sultó ganadora. La lógica d el postcapit alismo se
extendía a mercados más amplios, y occidente explotó el legado se xy y vendib le del
arte: las mitologías de artistas y su potencial s ubversivo.
El veh ículo de esta subversión era la transgresión de la norma, una figura qu e se hizo
omnipresente y q ue tenía solvencia por sí misma. Po r mediación suya el artista
expresaba una verdad que había quedado oculta. Continuamente se celebraba esa
capacidad del arte para revelar lo escondido, para most rarnos verd ades que d e alguna
forma h an sido marginadas, bien sea en la sociedad o dentro d e nosotros mismos, bien
enraizadas en la propia historicidad del hecho artístico.
La t ransgresión era a la vez u n atributo del arte que se pretende en posesión de una
verdad que proclamar, y un inestimable f enómeno de masas d e alta rentabili dad para
las in stituciones q ue la apoyaban. Incidiendo en la n aturaleza descarnada, últ ima, de la
empresa transgresora, se desvela una suerte de intimidad ficticia con la p arte más
terrible de n osotros mismos, esa p arte que nos es in accesible por procedimientos
racionales y directos. Es necesario, pues, el con cur so y la mediación del arte
transgresor p ara sacar a la superficie todo aquello que teóricamente n o queremos ver,
pero sobre lo que p esa u n p avoroso es tigma d e hip ervisibilidad en la act ualidad.
Irónicamente, si hay un arte público, un arte famoso y un arte omnipresente en los
medios, es el arte que habla de aquello que supue stamente está oculto.
Aunque muchas veces todo apuntaba más a viejas estrategias de shock por parte del
coleccionista o galerist a, el agente de esta tran sgresión era el art ista, que rec uper aba
para sí el estatus sagrado de medium o chamán, de entidad privilegiada que ab ría a los
demás un camin o a otra re alidad. Lo que el público estaba ciego para ver, él estaba allí
para descifrarlo y codificarlo en una retórica que la mayor ía de la s vec es era
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reduccionista y abusaba d el símbolo, p ero que se d aba en general por buena si tocaba
un solo t ema escabroso. An te la conmo ción med iática q ue muchas veces se desat aba
en torno a un creador o creadora, éstos adoptaban una ac titud ambivalente.
Los artistas transgresores, galvaniza dos a lo largo de la década en dos epicentros
significativos: Reino Un ido y Estados Unidos, con sú bitas réplicas en lu gares tan
dispares como Suiza o China, utilizaron p rincipalmente dos líneas de investigación. La
primera y más directa fue la del tabú d el moti vo. M uchas obras de este período ,
seguramente mu cho más q ue en décadas anteriores, tocaban temas tabuizad os por l a
cultura: muerte, p ederastia, parafilias, violencia extrema, b lasfemia religiosa. Dentro
de este apartado c omenzó a ser difícil competir, y algunos art istas llegaron al extremo
de la necrofilia y el canibalismo en sus inves tigaciones en torno a la prohibición.
La ot ra d irección adoptada fue el desafío a las presunciones sobre el arte. Se mez claba
así lo b ajo y lo alto, lo puro y lo impuro, los productos d e la cultura canónica con las
producciones más peregrinas de la baja cultura: la pornografía, el panfleto, Internet, el
telediario o los tabloides. Lo bajo y lo alto también se identificaron en las narrat ivas d e
una d e las tendencias predominantes de los años n oventa: el arte abyecto, consagrad o
como estilo de pleno derecho a partir de la contr overtida Bienal de Whitney de 1993.
Ninguno de los dos caminos emprendid os estaba exento de contradicciones, dando
lugar a un llamativo corpus de ob ras que siempre invocaban como coartad a su
potencial para el debate. Los motivos d e alg unas ob ras son profundos y obedecen a
razones in conscientes. Otras responden a una sintaxis de provocación q ue ha dado
lugar a u na estética cara cterística y a u na iconografía p ropia. Algunas producciones no
existen, de facto, hasta qu e son rechazadas por algún colectivo. La mayoría de las
veces, este rechazo provoca la adhesión incondicional de algún otro grupo, y las
argumentaciones a favor y en contra p odrían usarse en cualquier otro tema de índole
social sin relación alguna con el arte.
Son objeto de esta tesis las obras escandalosas, las p rovocaciones, las manifest aciones
que el espectador y/o parte d e la crítica rechaza como arte. Pero, s ob re tod o, nos ha
interesado el art e q ue era cap az de atraer mu cha at ención sobre sí, el arte q ue estaba
en las portadas y en las ed iciones de los telediarios, porque representaba, a n uestro
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entender, el f in de un ciclo que empieza en la modernidad como re acción contra la
Academia, contra la norma en el arte y en la vida, y culmina convirt iendo la rebelión
contra la norma en la norma en sí .
0.1 - OBJETIVOS.
Nuestra investigación intenta responder a un interrogante que se f ormula a p artir del
intenso deb ate gen erado por las obras t ransgresoras. A f in de cuentas, la mayoría de
estas obras no son reales . So n pro puestas q ue se ofrecen al espect ador en un plano
simbólico. ¿Por qué causaban tanto malestar, tanta indign ación? ¿Por qu é las id eas d e
un artista o su f orm a de vida, generalmente toleradas en la vida cotidiana, re sultaban
tan ofensivas al ser trasladadas a la galería de arte?
Nuestro estudio n o pretendía ser un in ventario de las últimas perversiones artísticas,
ni un listado de provocaciones gratuitas. Antes b ien, nuestra intención era p rofundiza r
en el tema sin prejuicios y sin partir de una p osición definida, ni a favor ni en contra.
No queríamos elaborar u n alegato en defensa d e la libertad artística, ni cond enar a
priori un t ipo de arte oportunista. Tampoco queríamo s limitarnos a enu merar los
abundantes casos de censura du rante los noventa y apresurarnos a saca r conclusiones
sobre el signo d e los tie mpos. Lo que se n os presentaba, una y otra vez, por d ebajo d el
ruido me diático y d e la oratoria pública que desencadenaban las ob ras, eran una serie
de rasgos comunes en el corpus estudiado. Las estrategias plásticas, f ormales y
conceptuales nos remitían a una ú nica estética, cuya homogeneidad apuntaba a u n
doble mo vimiento: de un lado, la idea, p ersistente, d e una cierta un idad de estilo, y de
otro, la búsqueda de autolegitimidad en el estatu s de obra transgresora.
Todo ello dab a pie a la conf iguración de una estética de la t ransgresión e n un períod o
en q ue el arte contemporáneo d ifícilmente podía ceñirse a al go que n o fuera la
propuesta individual de u n artista, su visión pe rsonal. Frente a la anarquía, el arte
presuntamente subversivo p odía, paradójicamente, clasificarse d entro de un estilo e
incluso obedecer a una lógica y a unas normas.
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el marco hist órico en el que ubicamos la t ransgresión contemporánea, como heredera
y parásita de las grandes epopeyas de los siglos XIX y XX, y deposit aria de la gran
tradición de reivindicación de libertad artística.
0.5. FUNDAMENTACIÓN PLÁSTICA.
En nuestro estudio y catalogación de artistas y obras t ransgresoras, acudimos siempr e
que estuvo a nuestro alcance a las exposiciones con trovertidas, especial mente a las
retrospectivas de la Saatchi Gallery londinense. Frecuentamos la institución del
Goldsmith Co llege a prin cipios de dos mil, rec abando a través de los catálogos la
eclosión del joven artista británico y acudiendo a las exposiciones d el este l ondinense.
Confiábamos en un a primera im presión como medio de conocimiento más fiabl e, ya
que a veces la recep ción de obras muy famosas estab a siempre mediatizada por su
hipervisibilidad en los medios.
Como parte fundamental d e la investigación, co nsultamos l os catálogos de
exhibiciones emb lemáticas como Sensation. Catálo gos individuale s y mo nografías de
artistas también fueron piezas imprescindibles mient ras se configuraba la relación de
obras significativas del período. Una vez elaboradas las fichas de los autores n os
centramos en la contextualización d e sus representaciones, buscando antecedentes,
influencias y parecidos en las obras. Est ablecimos, por así decirlo, una f iliación dentro
de la h istoria del ar te que pudiera sostener las p ropuestas transgresoras, en contrando
que se mantenía una relación ambigua con la tradición del arte eu ropeo, a veces
repudiándola, por considerar que el arte de vanguardia re chazaba la tradición , y a
veces evo cándola como f orma d e legitimar una ob ra, nor malmente en apuros, y
apelando por tanto a su d efensa formal. Los argu mentos a favor o en cont ra de la
historia d el arte oscilab an según las necesidades del momento. Estábamos d ispuestos
a aceptar cualquier ma terial, cu alquier so porte y cualquier tipo de propuesta, por
peregrina que fuera, pero encontramos qu e la mayoría d e la obra censur able que era
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objeto de estudio era de orden figurativo, y si se quier e, incluso conservador en
términos artísticos. A partir de ahí procedimos a su clasificación en función de sus
similitudes o genealogía.
0.6. ESTRUCTUR A Y PROCESO DE TRABAJO .
Las prin cipales dificultades d e la tesis nacieron de las barreras id iomáticas y
geográficas. Cuando se c omenzó el tema de estudio apenas había material en nuestra
lengua sobre el tema, y hu bo que recurrir a las fuentes en el idioma original. En la
actualidad, muchos de los libros que se tradujeron con esfuer zo, cue ntan ya con
versiones en castellano.
Una de las grandes dificulta des de la tesis la re presentó la necesidad, en prime r lu gar,
de encontrar y ordenar una inge nte cantidad de docu mentos, procedentes de un tipo
de prensa barata y ef ímera, t eñidos de amarillismo y actu alidad, y por tanto
desechables. De la mis ma forma, cabe mencionar los especiales de Chann el 4 , canal
consagrado en buena medida al arte c ool del momento, así como o tros d ocumentos
audiovisuales, y la visita continuada a las bibliotecas de la Tate M odern , de lib re
acceso. Estas ú ltimas proporcionaron una inestimab le cant idad de información en
forma de cat álogos, revis tas de arte y monografías que sin duda hubiera sido imposible
conseguir de otra manera. Sus fond os nos fac ilit aron una ventajosa perspectiva d e la
realidad america na, que p or motivos obvios nos resultaba muy lejana y representaron
una asistencia continua para cubrir la información en torno a las galerías
norteamericanas, las cronologías y las ex posiciones. La act ividad de las galerías
londinenses, desde la White Cube a la Saatchi Gallery , que apoyaban d ecididamente al
nuevo arte, resultaron fu ndamentales para documentarse y p ercibir las nu evas
tendencias.
Una vez de vu elta en España, el p roceso de t rabajo se ce ntró en estructurar los d atos y
se utilizó como b ase para la investigación los fondo s de la Universidad de Málaga, así
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como la refer encia d e revistas especializadas de carácter nacional como Lápiz o Exit .
Internet, así mismo, fue un a fuente fundamental de información, que se consu ltó a
menudo. Noticias en los periódicos, galerías que representan a artistas e in cluso
artículos de opinión, se cuentan entre las fuentes más consultadas.
La est ructura de est a tesis resp onde a la necesidad de c rear un marc o t eór ico de
análisis d el fenómeno t ransgresor mediante el análisis antropológico. En ese sentido,
la prime ra parte con siste en una búsqueda de la significación de los conce ptos de tabú
y transgresión en las diversas sociedades y en especial en la occidental, en fatizando su
filiación clásica y judeocristiana.
En segu ndo lugar, h abía que establecer las ge nealogías de la transgresión a nivel
cultural, por lo que se p rocedió a analizar las categorías que f ecundan la empresa
transgresora en nuestros días, pon iéndola en p erspectiva con respecto a su s
antecedentes y su legitimación histórica.
La tercera parte de la tesis analiza las categorías que podem os considerar
transgresoras, sus p eculiaridades con resp ecto al énfasis en el t rauma, el mot ivo
escabroso o la vulnera ción d el tabú, enumerando a continuación u na propuest a de
clasificación .
18
PRIMERA PARTE
EL ARTE TRANSGRESOR DE FINALES DEL S. XX. LA TRANSGRESIÓN COMO SISTEMA
Iniciamos n uestra investigación creando u n marco teórico para nuestro estudio.
Analizaremos en primer lugar los términos tabú y transgresión para estab lecer el
contexto en el cual esta dialéctica de interdicto -transgresión opera a un n ivel
antropológico, simbólico y cultural. Para ello es preciso averiguar las con diciones en las
que nace y se desarrolla este sistema de transgre siones.
1. - TABÚ Y TRANSGRESIÓN: UNA FUNDAMEN TACIÓN ANTROPOLÓGICA.
El acto d e transgredir implica cruzar un límite, vul nerar un p rincipio. La transgresión es,
por tanto, un acto cultur al q ue no puede existir por sí mismo. L o transgre sor opera en
una din ámica en la qu e el t abú y su violación f luyen y se influyen mutuamente. Para
entender la relación interdicto/transgresión hay que situarla en el contexto d e una
teoría de las prohibiciones. El tabú es algo cultural mente construido desde los orígen es
de la humanidad. La d efinición de la t ransgresión, como la def inición de la mod ernida d
o de la postmodernidad, d ebe p resentarse, a nuestro modo de ver, como un modelo
incompleto. Son ta ntas las variab les que operan sobre ella , y tan complejas, que
difícilmente puede arrojarse una conclusión definitiva so bre la misma. Ocupándon os
en este est udio de la t ransgresión en el arte, o más bien, de la transgresión c omo
sistematización de una categoría estética, no podemos obviar l as profundas raíces
culturales y psicológicas q ue la sostienen y la fundamentan. La magnitud de la tarea es
de gran en vergad ura por cuanto la naturaleza del t abú, como bien saben los
antropólogos y los científicos sociales, varía y se transmuta en fun ción de las diferentes
culturas, e incluso en función de los dif erentes momentos de esas mismas cu lturas.
Intentaremos no su cumbir a la ten tación del relativismo, pero t ampoco ofreceremos
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una d efinición d efinitiv a y excluyente. M ás que a la t ransgresión como co ncepto
abstracto o gesta psic oanalítica o filosófica, nuestro empeño es referirnos a la
fenomenología contemporánea de lo t ransgreso r . Est a consigna impedirá digresiones.
Las obras transgresoras provocan reacciones d esproporcionadas. La visceral repulsión
que llegan a generar es algo d ifícil de entender para los que sostienen la teoría de la
inocuidad del arte. Desde est a p erspectiva, si el arte es un producto simbólico, q ue
acontece en el terreno de la entelequia, ¿por qué se reacciona a sus supuestas
provocaciones de manera tan desmedida?
Hay quien se admira de que una actividad t an minoritaria pueda d espertar tanta ira.
Pero esto ya no es d el todo cierto. En los ú ltim os años, h emos asist ido a u na mayor
presencia del mercado en la institución art e, y los museos se han flexibilizado al
extremo de multiplicar su presencia en municipios y ciud ades. El ocio cultural ha
pasado a formar parte de nuestras actividades habituales, y la visita al centro de arte
contemporáneo es una cit a obligada en las guías d e oci o de la mayor ía de las re giones.
Buscando competir con ot ras atracciones, los centros de arte a menudo p rograman
exposiciones espectaculares que buscan sin complejos la máxima af luencia de púb lic o
posible. A este respecto, la impre sionante p uesta en escena de in stalacio nes como The
Weather Project (200 3) d e Olaf ur Elliason en la Ta te Modern, donde un gran disco
solar se reflejaba en el espejo cen ital del Hall de las Turbinas provocando
exclamaciones de sorpresa y admiración entre la concurrencia, o la creciente búsqueda
de espectacularidad en las exhibiciones, son inte ntos q ue nacen con el pr opósito d e no
dejar a nadie indiferente y de provocar una masiva concurren cia a la sala de
exposiciones.
En ocasiones, esta popularidad era alcanzada especialmente med ia nte la transgresión
de un tabú. Obras que vulneraban las creencias o asu nciones de algún colectivo o de la
mayoría, que indignaban a los espectadores o conseguían mucha aten ción mediática.
Los ejemp los abundan , y no han sido infrecuentes, desde finales d e siglo pasado, los
actos de vandalismo e intentos de destrucción so bre las mismas.
20
Olafur Elliason , The Weath er Projec t, 2003.
Ante ciertas ob ras, que se deslizan en u na incómoda tierra de nadie entre el arte y la
ley, es c omún que en tre en escena el mecan ismo represor est atal. La censura ha
actuado siempre que ha tenido ocasión, tratando de silenciar manifestacione s
incómodas o inoportunas. Cuand o se ha re conocido impotente para reprimir lo
expuesto, manifestacion es p opu lares como la prensa masiva ha venido a remover la
conciencia ciudadana, provocando mo vilizaciones y h asta agresiones y amen azas de
muerte a los artistas.
Lo q ue resulta llamativo es la san a indignación con que el arte es recibido p or p arte d e
las masas. M uchas veces, los medios han adoptado un tono fatalista y casi apocalíptico
para referirse a los desmanes que, en su opinión, se comet en en nombre d el arte. Es
como si la voz popular sufriera una decepción y una ansiedad más allá de los límites de
la prop ia experiencia estética. ¿De dónde proviene esta angustia, esta mort ificació n
por los desmanes del arte? ¿Por qué el nuevo arte (utilicemos este epítome caduc o
nada más exp resarse) es capaz de concentrar sobre sí t anta frustración, tanta rabia?
¿Por q ué se le describe en términos muchas veces biológicos, empleando palabras
como d egeneración, corrompido, enfermo, agonizante…? Las invectivas de un Jesse
Helms no casualment e recuerdan a las del Hitler fuera de sí por el cariz que estaba
tomando el arte de va nguardia. ¿Hacia dónde va el art e? A los conservadores se les
antoja un negocio fraudulento, un engañabobos a la alt ura de aquel traje invisible de
21
emperador. A otros les parece un juego de la ruleta rusa dejado en manos d e cuatro
niños irresponsables.
Los ejemplos de reacciones en su contra abundan: la derecha americana se exp resaba
en términos escatológicos sob re el arte de su país. Una fotogr afía de Andrés Serrano
fue rota en el Senado en 1989 por el senador D’Amato. El propio ministro de cultura d e
Inglaterra se refirió al arte contemporáneo con el coloq uial vocablo bullshit . Ciertas
exposiciones provocaro n repulsa, actos iconoclastas y dimisiones. A lgunos artist as
fueron insultados en la prensa, o demon izados por amplios sectores de la población.
En los tab loides, Marcus Harvey era el joven bastardo . Mappletho rpe y Serran o fueron
obsequiados con un aura satánica.
El arte q ue vulnera un límite no de ja a n adie indiferente. Pero, ¿por qu é provoca
reacciones tan viscerales? ¿Cuáles son los sustratos in conscientes que re mueve el arte
transgresor?
1.1. LA NATUR ALEZA DEL TABÚ.
En primer lugar, hay que definir la transgresión ligánd ola a su reverso inevitabl e, el
tabú. Para que exista transgresión , es necesario que exista una prohib ición . Si no existe
la n orma, no puede existir su violación . Para ello es necesario d elimitar su ámbito de
influencia, recurriendo a fu entes etnográficas y acotando su acción y alc ance dentro de
una demarcación de actos prohibidos.
La palab ra tabú es de origen p olinesio. El vocablo, vertido a nu estra lengua, designa,
según el Diccionario María Moliner:
1. m. Prohibición religios a, entre pueblos pri mitivos, de comer o tocar
determinado objeto. ʘ (yuxtapuesto a un susta ntivo en plural puede u sarse
como adjetivo invariab le: “temas tabú”)
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adj. y n. m. Se ha generalizad o su aplicación a c ualquier prohibición
supersticiosa o funda da en preju icios o en pre ocup aciones irracionales de
alguien.
2. M. Cosa sobre la que recae esa proh ibición.
3. Ling. Pala bra o expresión proscrita por razones religiosas, porque se considera
contraria al buen g usto, etc., y que, generalmente, es susti tuida por otra
denominada eufemismo.
1
El tabú apunta a una costumbre o uso q ue acaba convirtiéndose en ley. Es muy posib le
que sea el antecesor del derecho, del código escrito. Repre senta la p rohibición en un
estado primitivo de con ciencia. La Enciclopedia Británica lo circunscribe a las siguientes
nociones:
a) El carácter sagrado (o impuro) de personas u objetos, b) la naturaleza de la
proh ibición que de est e carácter emana , y c) la consagración (o impurificación)
resultante de la violación de la misma.
2
El an tropólogo estructuralista Emile D urkheim ha centrado su análisis en relación a
fenómenos como el totemismo en Australia, en su obra seminal La s formas
elementales de la vida religiosa (191 2). Po r d efinición, lo sagrado debe mantenerse
lejos de lo profano, y a t al fin se consagran una serie de ritos que tratan de impedir
toda mez cla, de imposibilitar cualquier contagio en tre una categoría y otra. Du rkhei m
lamentaba que un término propio d e la Polinesia hu biera t erminado designando toda
prohibición, pues éstas están p resentes en cada manifestación religiosa. Por esa razón
prefería el término interdicto .
1
Di cciona rio de uso d el español María Moliner , Vol. P -Z, Mad rid, Gredos, 200 8, p. 380.
2
Citad o en Freud, Sigmund . Tótem y tabú , Madrid, Alianza, 1967, p. 36. Sigue la cita: Desde un más
amplio punto de vista, pu eden distingu irse varias clase s de ta bú: 1.º Un tabú natural o d irecto, produc to
de una fuerza misterio sa (m ana ) inh erente a una persona o a un a c osa. 2.º Un tabú transmitid o o
indirecto, e manado de la misma fuerza, pero que pude ser: a) adquirido, o b) tran sferido por un
sacerdote, un jefe o cualquier otra persona ; y 3.º Un ta bú intermedio en tre los dos q ue antecede n,
cuand o se dan en él ambo s facto res, po r eje mplo, en la apropiación de una mujer por un h ombre (…) El
castigo de la vio lación de u n tabú quedaba abandonado pri mitivamente a una fuerza inte rior que habría
de ac tuar de un modo automático. E l tabú se ve ngaba a sí mismo. Más ta rde, cuando empezó a
constituirse la representac ión de la existencia de seres superiores demoníaco s o divino s, se enlazó a ella
el tabú y se supuso que el po der de tales seres superiores d esencad enaba autom áticamente el castig o
del culpa ble. En otros casos, y probablemente a c onsecuencia de un desarr ollo ulterior de dicha noción ,
tomó a su argo la sociedad el c astigo del atrevido , cuya falta atraía el peligro sobre sus sem ejante s. De
este mod o, también lo s primeros sistemas pena les de la h umanidad resultan enlaza dos con el tabú.
23
Ya que su función es la de prevenir las mezc olanzas y acercamientos indebidos, l a
de impedir la intrusión de un dominio en los terrenos del otro, estos ritos no
pueden establecer más que ab stenciones, es decir, actos negati vos. Por esta
razón, p roponemos denominar culto nega tivo al sistema que forman ta les ritos
especiales. Est os no pres criben que el fiel realice prestaciones ef ectivas, sino q ue
se limitan a prohib irle ciertas maneras de actuar (…).
3
Para el materialista cul tural M arvin Harris implica “una p rohibición culturalmente
determinada de una actividad, vegetal, animal, persona o lugar”.
4
Su expresió n
siempre es negativa, pr escriptiva. El t érmino contrario, noa , in dica libertad, algo qu e
no está sujeto a reglamentación alguna. El poder d el tabú p roviene del miedo a la
acción d e fuerzas demoníacas, a la creencia en la magia y en el mal contagioso. Para la
mentalidad primitiva, el tabú se relaciona con lo sagrad o y lo impuro, y en un p rincipi o
lo u no es in discernible de lo ot ro. Su f unción es oper ar como un gozne que mantiene
ambos ámbitos separados. Las ideas sobre la purificación ritual b uscan rest ituir un
orden e n el que lo pu ro d ebe estar rígidamente separado de lo impuro. La prohib ición
sería una herramienta útil para evitar que est os d os ámbitos antagó nicos se mez cle n
entre sí. Para protegerse de su mu tua in fluencia, el tabú está sujeto a un castigo
terrible e inmediato, puesto que el que transgrede el or den establecido no sólo se
pone en riesgo él mismo, sino que proyecta su falta sobre toda la sociedad.
La comu nidad ha de vigi lar, p or tanto, la ob servancia de la norma para preven irse del
efecto infeccioso d e la transgresión. Su pone una forma primitiva d e ley, un a manera
de estructurar sociedades en las qu e no exist e est ado. El tabú ot orga coher encia a la
organización, al formular una demarcación d e pares que forman parte de un sistema
ordenado. Sa lvaguarda, así, al mundo del caos y la indiferenciación. Mantiene las
fronteras defendidas, actúa como mem brana impermeab le frente a dos poderosas
fuerzas antagónicas que, de lo contrario, irrumpirían la una en la otra, sumiendo al
mundo en el caos primigenio.
3
Durkheim, Emile. Las forma s elem entales de la vida religiosa. Un estud io del totemismo en Australia ,
Madrid, Akal, 1982, pp. 160 -161.
4
Harris, Marvin. El desarr ollo de la teoría antropológica. Una historia de las t eorías de la cultura ,
Editorial Siglo XXI, Madrid, 2003, p . 560.
24
La gran mayoría d e l os mit os fundadores apelan a una condición d e indiferenciación
primordial, donde el h ervidero, el caos, el vacío, permanece como un no - lugar que
inspira repulsión y horror. Es la nada.
Encontrar una exp licación a la formación del mund o exige la polaridad de con ceptos
que se excluyen el uno al ot ro: luz y oscuridad, orden y caos, cielo y t ierra. Po r un lado,
las sociedades trad iciones establecen una oposición entre el “Mundo” (nuestro
mundo), el Cosmos y el “otro mundo”:
Un espacio extraño, caótico, poblado de larvas, de demonios, de “extranjeros” (…)
De un lado se tiene un Cosmos, del otro un C aos. Pero se verá que, si todo
territorio habitado es un Cosmos, lo es precisament e por haber sido consagrado
previamente, por ser, de un modo u ot ro, obra de los dioses, o comunicar con el
mundo de és tos. El “Mundo ”, (es decir, “nuestro mun do”) es un univers o en cuyo
interior se h a manifestado y a lo sagrado y en el que, por consiguiente, se ha
hecho posible y repetible la ruptura de niveles .
5
En la cosmología de Hesíodo, el Caos re presenta un vacío d evorador, algo q ue sugiere
una aglomeración indisti nta de l a n ada.El mundo mítico de Saturno, del Caos, se opone
al mundo del “trabajo, de la insuficiencia, de la economía”.
6
Para que exista la comunida d de los hombres, es n ecesario que se cree n dioses por
oposición a éstos. Con la llegad a de los d ioses aparece lo sagrad o. En todas las culturas
existe un a separación entre lo sagrado y lo pro fano, dos esf eras primordiales de mutua
exclusión q ue entrañ an peligro de contagio y d estrucción recíproca. Se pro cede así a
establecer las categorías de lo puro y l o im puro, un a gradación que encontramos
plasmada, por ejemplo, en la dist ribución del z oco islámico: las especias, joyas y
objetos nob les se d isponen en los comercios más cercanos a la mez quita, que es lugar
de emanación de lo sagrado, en t anto el comerc io más grosero se ve relegado a los
sitios más lejanos. El t abú suele asociarse a un acto d e civilización, a una p rohibición
que per manece como símbolo del pre cio d e vivir en la sociedad ordenada, con normas
y ritos.
5
Elíade, Mircea. Lo sagrado y lo profano , M adrid, Ed. Guad arrama/Punto Omega, 1 981, p. 20.
6
Caillois, Roger. E l homb re y lo sa grado , México, Fo ndo d e Cultu ra Econó mica, 1984, p. 120.
31
estas disciplinas guardan parecidos de familia con el ritual rel igioso. El arte se mu estra
en lugares que se asemejan a templos, que suelen ser superficies inmaculadamente
blancas, siguiendo el credo de la celda en el cielo . Es seleccionad o y most rado en virtud
de decisiones que se fundamentan usualmente en una autorid ad “superior” o más
instruida, h asta el extremo de haber dado luz a las teorías d e G. D ickie
14
, que legit ima n
ontológicamente la obra de arte p or el hech o de haber sido sele ccionadas por una
autoridad en la materia.
Algunos artistas pued en requerir para sí mismo s la cond ición de chamanes o médiums,
apelando a un misticismo qu e a menudo parafra sea la experiencia re ligiosa. Es el caso
de Joseph Beuys, q ue tomaba en su obra elemen tos de la religión antigua y, de hecho,
proyectó alguna crucifixión que pasó desap ercibida para el Va ticano en su momento.
El art ista M ark Roth ko es el aut or de la Cap illa qu e lleva su nombre en Houston, un
espacio que está concebido como un santu ario en el que meditar, un lugar apto para
todas las confesiones qu e fomenta la peregrinac ión y permit e oficiar ceremon ias
religiosas como bodas, bautizos, bar mitzv ahs y servicios funerarios. “La sobria belleza
del espacio la convierte en u n ambiente ideal para ceremonias simples pero elegantes.
El san tuario interconfesi onal crea una atmósf era tranquila para la contemplación y la
memoria ” .
15
Mark Rothko , Capilla Ro thko, 1964.
14
Dickie, George . El c írculo del a rte. Una teo ría del arte, Barcelona, Paid ós, 2005, passim.
15
Citado en la p ágina www.rothko chapel.org ., 7 de febrero de 2012, 15.30 h .
32
Otros creadores están insistiendo en los aspectos más líricos d e la mit omanía a l
respecto, en una suerte de folklore de la condic ión artística. Es un a estrategia que
puede ser rentab le, p ues el púb lico suele preferir los mitos y las grandes gestas. Los
fieles pueden acudir al temp lo d el arte sin entender mu y bien la l iturgia que se les
ofrece, y en ese sent ido el florecimiento de centros artísticos y las obras allí expu estas,
de naturaleza críptica o indescifrable bajo la ó ptica popular de lo q ue es el arte,
requieren la plena aquiescencia del espect ador, su total conf or midad con aquello que
se les muestra.
Sólo el arte es capaz de produ cir verdad ero consuelo en un mundo sin r eligión;
mejor consuelo, en efecto, que cualquier religión; el arte es lit urgia religiosa
ilustrada , síntesis de razón y religión: t rasciende la i nmanencia en su
interroga ción sensible acerca del misterio e ilumina de modo elíptico esa
trascendencia c on ideas est éticas que en la o bra se encarnan sin el concurso del
concepto.
16
1.1.2. Lo puro y lo impuro.
La pureza es horror a la vida , odio a l homb re, mórbi da p asión po r la nada. Un cuerpo químicamen te
“puro” ha sufrido un tratam iento b árbaro para llega r a ese estado, a bsolutamente “ contra natu ra”. El
hombre do minado po r el demonio de la pureza siembra la ruina y la m uerte a su a lrededor. Purificación
religiosa, dep uración p olítica, salvaguarda de la pureza d e la raza: much as son las variacio nes sobre este
tema a troz, pero todas d esembocan de m anera monóto na en innumerables crímen es, cuyo instrumento
privilegiado es e l fuego, símb olo de la p ureza y del infiern o.
Michel Fournier, E l rey de los alisos.
Lo sagrado y lo pro fano son conceptos ind isociabl es de lo puro y lo imp uro. La purez a y
la impureza son estados d e los seres, los objetos, las producciones, los sign ificados,
que suponen ser o no se r en el m undo. Lo pu ro está p resente en lo sagra do como una
fuerza enigmática e ingobernable, que emana de la deida d misma. Lo impuro es
16
Trías, Eugenio. Lo bello y lo siniestro , Barcelona, Sei x Barral , 1982, p. 34.
33
aquello de signo execrable, infeccioso, re legado a los márgenes por la hist oria y la
cultura.
En principio, el cosm os es in diferenciado. Aparece la estructura como contraste a lo
inarticulado, lo desestructurado de la p rimitiva cosmología. El día y la n oche, lo
sagrado y lo profano, el bien y el mal, lo femenino y lo masculino, suponen la división
binaria de los opuestos. Así, algun as sociedades, como la musulmana, relegan la mano
izquierda a las tareas consideradas sucias o impu ras.
La an tropóloga Mary Do uglas d esarrolló u na teoría de corte estructuralis ta en su ob ra
canónica Pureza y peligro (196 6). En su análisis, D ouglas relaciona las n ormas
dietéticas kosher contenidas en el lib ro bíb lico del Levítico como rep resentación de
fronteras sim bólicas que tienen por objeto la demarcación de la exp eriencia,
circunscribiéndola a un ámbito en el cual:
Las ideas acerc a de la se paración, la p urificación, la demarcación y el castigo de
las transgresiones t ienen por p rincipal función la de imponer un sistema a la
experiencia, q ue de por sí es poco ordenada. Sólo exagerando la diferencia entre
adentro y afuera, encima y debajo, macho y he mbra, a f avor y en contra se crea
la apariencia de un ord en .
17
La emp resa de agrupar los alimentos en las categorías de pu reza e impureza le p areció
a Douglas, en un prime r momento , u na forma de establecer u na relación con lo que
nos rodea a partir de un número red ucido de modelo s d e pen samiento o conducta. El
estudio de la h igiene, por ejemplo, nos ofrece u na guía para comp render aspectos
ocultos a la conciencia en t orno a la contaminación y la impureza. Cuand o nos
referimos a la impureza, n os re ferimos por lo gene ral a u na categoría esencial, la
suciedad. Sin emb argo, Dou glas sostiene que no hay una noción absoluta de suciedad,
sino qu e depende para su clasificación de criterio s culturales su bjetivos. El or den ideal
de la sociedad es aquél en el que la suciedad, o lo imp uro como tal, se encuentra
excluido y es cust odiado por un anillo de prohibiciones que lo blinda frente a las
posibles transgresiones.
17
Douglas, Mary. Pureza y peligro. Un an álisis de los con ceptos de c ontam inación y tabú , Madrid, Ed. S.
XXI, 1973, p. 1 7.
34
La suciedad, o más b ien, lo impuro, es a lgo qu e no debiera estar ahí, algo qu e amenaza
el orden del mundo. Por ejem plo, cuando n os referimos al poder transgresor de las
primeras obras de Damien Hirst , hay que recon ocer que gran parte del mismo
provenía d e hab er llevado a la galer ía de arte algo que en modo alguno perten ecía a
tal esfera. La carne, la casquería, la putr efacción, la cabeza agusanada de una vaca era
algo qu e podía considerarse contagiado de impureza. Algo man ifies tamente espurio en
un contexto de asepsia cultural.
Damien Hirst, A thousan d years , 1990.
La obsesió n con la pureza ritual se halla presente en todas las religiones. Los
musulmanes q ue celebran la Fiest a del Sacrificio deben sacrificar el cord ero de
acuerdo a ciertas nor ma s de higiene, y el cordero d ebe ser un ejemplar sin mácula. El
animal no debe presentar enf ermedad o defecto alguno, y, d ebe ser desangrado hasta
la muerte. En ningún caso puede trat arse de “un animal muerto o d e sa ngre
derramada, o carne de cerd o, pues es una impureza; o que sea una perversión, al
haber sid o sacrificado en nombre de otro q ue Allah. Pero quien se vea forzado a ello
sin deseo ni ánimo de transgredir” .
18
En el espacio cu ltural d el Antiguo Testamento, todas las secreciones físicas incapacitan
para ir al templo. Actos d e p urificación como las ablu ciones de los musulmanes están
encaminados a no profanar el espacio sagrado.
18
Corán . Sura 6; aleya 145, Ma drid, Debolsillo, 200 9.
35
La pureza es otra co nstante en religiones como la católica, d onde Jesús nace de una
virgen mediante una concepción inmaculada , en la que no se requiere e l concurso de
la est igmatizada energía sexual. Lo sagrado en su versión de santidad es in tegridad,
perfección del cuerpo, purez a sin mácula. El san to basa su identidad e n la imitación
escrupulosa d el ser sob renatural. “En b reves palabras, la idea de la san tidad recibió
una exp resión externa y física en la p erfección del cuerpo considerado como recipiente
perfecto”.
19
Es necesario acceder a ot ro est ado de conciencia, desh acerse de la tiranía
del deseo. El cuerpo se purifica mediante ascesis, abstinencia sexua l y dietét ica,
oración o p rivaciones. Hay q ue aislar el cuerpo, sacralizarlo, para hu rtarlo a la grosera
experiencia de lo corp oral. El misticismo eur opeo castigó la carne mediante la
mortificación para separarla de la experiencia de lo humano. Un ejemplo extremo sería
el de los gnósticos en la Edad Med ia. En Oriente, el ayu no, la purificación ritual,
permanecen como vía de acceso a lo sagrado. Nor mas d e cont rición, castigos auto
infligidos, rechazo d e uno mismo. Hay que am bicionar ser otro, ser santo, no s er
humano, a fin de cuentas. Es el conjunto de prácticas que co nstituyen, en palabras de
Foucault, las tecnologías del yo ,
20
el dom inio de u no mismo qu e nos permite utilizar los
signos y op eraciones para transformar nuestros cu erpos y nuest ras almas y alcan zar un
estado dado de pureza, de sabiduría o de perfecc ión.
Uno de los casos más extremos del t abú d e la impureza es el que rodea a todo un
estrato social, el de los Int ocables de la I ndia. A objeto de excluir de la esfera de lo
social a toda u na casta, el t abú regulaba s u comportamiento a través d e una p rolija
legitimación religiosa.
Por ejemplo, se considera que los intocables son t an impuros que deben
esconderse cuando alguien de una c asta superio r (o más exact amente, alguien
con una p osición de cast a) se encuentra e n el lugar o, si esto n o es posible, deben
inclinarse con la cara hacia el suelo .
21
Como resid uo del sistema d e castas japonés, tod avía persiste en el Japón
contemporáneo el p rejuicio contra los Bura kumin , grupo social q ue c oncentraba a
19
Douglas, M. Op. Cit ., p. 74.
20
Foucault, Michel, Historia d e la sexua lidad III. L a inquietud de sí , Madrid, Ed. S. XXI, 1987, passim.
21
Kerbo, Harold R. E stratificación so cial y desigu aldad, Ma drid, McGraw Hill, 2003, p. 53.
36
trabajadores impuros como sepultureros, carniceros o curtidores. Entre los Buraku , se
distinguían los eta (basu ra ext rema) de los hinin (inh umanos). Incluso la nat uraleza
humana de los Bura ku se ponía en duda, alegándose que eran más animales que
humanos. Los oficios que desempeñaban los intocables japon eses est aban
relacionados con la impureza q ue la religión sin toísta atribuye a los q ue t ratan con
sangre o cadáveres. El horro r a la contaminación es t al q ue todavía hoy existe un
registro público, el Koseki , para comprobar los antecedentes Buraku de un futuro
pariente o empleado.
En las ciud ades d e la Eu ropa medieval, las calles que llevaban nombres de of icios como
los d e curt idores o carniceros eran evit adas. Los oficios q ue eran fuente de malos
olores quedaban generalmente relegados fuera de las murallas de la ciu dad.
Lo p uro respondería por tanto a un ideal, una aspiración d e autosuficien cia, de
mantenerse a salvo del contagio y de la mezcla. Su antítesis sería lo bajo, lo híbrido o lo
turbio, el peligro siemp re acechant e de la mezcla o del con tacto con algún margen o
lugar limítrofe como lo enfermo o lo muerto. La imp ureza se concibe como una
irrupción, u na mancha que se pro yecta d esde lo particular a lo general, del ind ividuo a
lo social.
Douglas afirma que allí donde hay sucie dad hay sistema. La suciedad supone una
extrapolación de los conju ntos b inarios pureza/impureza, orden/desorden. La
impureza pu ede presentarse bajo muchas f ormas: p odemos hablar de u n leng uaje
impuro, d e alimentos impuros, d e un co mport amiento im puro. Tod os ellos
comprometen el orde n y la segu ridad del grupo, pues s uponen transgresiones. El
lenguaje puede ser blasfemo, el alimento puede envenenarnos, el comportamiento
inapropiado puede arro jar deshonra sobre el grupo. Incluso los pensami entos pueden
catalogarse como impuros o sucios .
La suciedad implica u n asalto a la estructura, algo que hay que re primir o desplazar. El
pensamiento clasificado r bu sca ordenar las cualidades d e la materia en u na serie de
oposiciones que formulan la idiosincrasia de su naturaleza:
(…) la oposición entre lo curvo y lo derecho, pertenece ahora a la geometría, la de
lo puro y lo impuro a la aritmét ica, la de lo limpio y lo sucio a la higiene, la de la
salud y la enf ermedad a la medicina; la del bien y el mal se reserv a a la ética y la
37
religión conserva l a de la gracia y el pec ado. Todo se ha afinado, pa rcelado,
independizado .
22
Las categorías son sintomáticas de la organización de una sociedad dad a. Cuando el
pensamiento clasificador op era, es natural q ue uno d e los pare s d el bin omio se asimile
a lo bu eno o lo permitido, y el contrario a lo profundamente condenable, lo reprimid o
o lo erróneo. La an omalía, la d eformidad, la abominación, surgen como sínt omas de
un contagio transgresor. Es hab itual encontrar que e stas categorías provocan rechazo
u h orror en diverso grado, pero t ambién sucede q ue se excluye a una d e “las más
abominables e imposibles” para incluirla de un marco de referencia que la sep ara de l
resto de la experiencia: “El mar co garantiza que las categ orías man tenidas por las
evitaciones normales no se vean amenazadas ni afectadas en modo alguno ”.
23
El rit o surge entonces como la ceremo nia que separa o u ne a est as d os pot encias, lo
puro de lo impuro. Durkheim insiste en la importancia de los rituales, cu ando se refiere
a ellos como normas de con ducta que prescriben la man era en que los hombres deben
comportarse ante lo sagrado. Por otro lado, los ritos expresan ese carácter ambiguo
que se at ribuye a las cosas sagradas en su doble potencial creador y dest r uctor, y cuya
naturaleza est riba en ser símb olo tanto de la forma como d e lo infor me. Si bien , y tal y
como se pon e de relieve con tinuamente, la condición de lo uno y lo otro est á cargada
de un a ambivalencia que les dota de flexibilidad p ara ocupar el espa cio de lo santo y
de lo profano sucesivamente:
(…) El alma del muerto, que inicialmente es un principio de t emor, se transforma
en genio protec tor una vez que el rito ha dado su fin. (…) El animal totémico es el
ser santo por excelencia; pero constituye un p rincipio mortal para aquél que come
su carne i ndebidamente. De una manera general, el sacrílego es simplement e un
profano qu e está contagiado por una f uerza benéfica. Esta cambia su naturaleza
al cambiar d e ubicación: contamina en vez de santific ar.
24
Es, pues, a través de las prescripciones y estrictas reglame ntaciones del ritual como los
hombres acceden a lo sagrado, convirt iendo su p oder y peligro en fu ente de
22
Caillois, R. Op. Cit., p. 59.
23
Douglas, M. Op. Cit ., p. 220.
24
Durkheim, É. Op. Cit., p . 382.
38
renovación. Se entie nden a part ir de aquí las catego rías de lo puro y lo impuro y la
estrecha relación que mantienen entre sí:
Lo puro y lo im puro no constituyen, pues, do s géneros separados, sino dos
variedad es de un mism o género que comprend e t odas las cosas s agradas. Hay
dos v ariedades de lo sa grado, lo f asto y lo nefasto, y no es sólo que n o existe
solución de continuidad entre estas dos f ormas opuestas, sino que a demás un
mismo objeto puede pa sar de la una a la otra sin que cambie su natura lez a .
25
1.1.3. El peligro de los márgenes.
En Tótem y tabú (1913), Sigmu nd Freud propone una distinción ent r e tabúes
permanentes y tabúes temporales:
Los sacerdotes y lo s jefes, así como los mu ertos y todo lo qu e con ellos se
relaciona, pertenecen a la primera clase. Los tabúes pasajeros se enl azan a
ciertos es tados y act ividades, tales c omo la men struación y e l parto, el est ado del
guerrero antes y desp ués de la expedición, la caz a y la pesca, etc. Hay también
tabúes generales que, a semejanza de un i nterdicto de la I glesia, p ueden se r
suspendidos sobre una extensa reg ión y mantenidos durante muchos años.
26
Podría decirse que el tabú se halla más fuertemente expresado en los estado s
limítrofes, e n los extremos, en la realeza, en la condición más servil. En la distinción
batailleana de lo homogéneo y lo heterogéneo lo primero pertenece al mundo racion al
y pro ductivo del trabajo, y lo segundo al ámbito d e lo sagrado, el trance, el delirio
erótico:
Por tanto, pertenecen a lo heterogéneo t anto lo superior, lo soberano, Dios, el
rey, el jefe, como lo inferior y excluido, los “desechos” de la sociedad: el criminal,
el reo, el loco, la prostituta. Sin embargo, entre esos opuestos ha y un a ident idad
fundamen tal, p ues ambos se mueven en un m undo libre de interdictos, hab itan
en la transgresió n y provocan por ello una t errible fascinación que arruina el
25
Íbid , p.383.
26
Freud, S. Op. Cit ., p. 36.
39
mundo de las convenc iones sosas y los pensamientos bien ordenad os qu e
constituyen la sociedad .
27
En los p eríodos de indefinición y marginalid ad es cuand o se atraen los mayores
peligros sobre uno mismo y la comunidad. Por ejemp lo, la mujer me nstruante o la
parturienta son aisladas en muchas culturas como portadoras de un gran poder
contaminante. En algunas partes se les prohíbe incluso tocar alimentos y ob jetos de
uso cotidiano d urante esos momentos, en otras, la proh ibición de mantener relaciones
sexuales aparece como una forma más benigna d e p reservarse d e su potencial
destructor. En los ritos d e iniciación, como los que separan la muerte ritual del
renacimiento ritual, los neófitos se encuentran temporalmente p roscritos de la
sociedad. A menudo abandonan las aldeas, pero:
(…) a vec es v iven lo b astante c erca como para que t engan lugar algunos
contactos fortuitos entre los seres sociales de pleno derecho y los expulsados.
Vemos entonces que éstos se compo rtan como peligrosos criminales. Tienen
permiso para asaltar, robar, violar. Incluso se les prescrib e esta conducta. El
comportamiento an ti-so cial es la debida ex presión de su cond ición marginal.
Haber estado en los m árgenes es haber estado en contacto con el peligro,
haberse enco ntrado junto a una fuente de p oder. Resulta coheren te c on l as ideas
acerca de lo forme y d e lo in forme tratar a lo s iniciad os que reg resan de la
reclusión como si estuvieran ca rgados de poder, de calor, de peligro, c omo si
requiriesen un período de aislamiento y el tiempo necesario p ara enf riarse. La
suciedad, la obscenidad y la ausencia de ley son tan simbólicamente propios a los
ritos de reclusión como otras expresion es rituales de su condición .
28
Los márgenes se identifican con el límite, con los estados extremos. Cuan do René
Girard se refiere a los signo s victimarios que condenan al chivo expiatorio, alude a
cualidades ext remas como fealdad, vicio o debilidad exagerada, pero también a su
contrario: belleza o virtud impensables. Las situaciones o personas en posiciones
limítrofes tienen el poder neto de de sencaden ar las iras colectivas. La tara física o
moral, la absoluta indefensión d el an ciano o del niñ o, el mendigo, el desahuciado, la
27
Navarro, Ginés. El c uerpo y la mirada. Desvelan do a Ba taille , Barcelona, Anth rop os Editorial, 2002, p.
49.
28
Douglas, M. Op. Cit., pp. 132- 133.
40
viuda absolutamente indefen sa…son habitantes del margen que su p ropia
marginalidad convierte en víctimas propiciatori as p referentes. De la misma forma,
alguna carac terística excepcional, dist inta d el común, que en principio es p ositiva y
atractiva, como el poder en los más fuertes, puede convertirse repentinamente en
debilidad : “Las multitudes se revuelven contra aq uellos qu e en un primer t iempo
ejercieron sobre ellas un dominio excepcional”.
29
En el espectro opuesto se en cuentran los miembros de la realeza, cuyo p oder es tal
que puede precipitar en el desast re a un pueblo entero si no se t oman det erminadas
precauciones. La figura del rey es el f etiche de la marginalidad pura. Siguiendo el
estudio canónico de Frazer
30
, el cuerpo del rey en África es el cuerpo p roductor de
fertilidad y orden , y en f unción de q ue la sociedad n o se desmo rone y se disuelva está
condenado, antes o después, al sacrificio.
La persona divina es tanto un manantial de peligr os como de bendiciones; no sólo
debe ser g uardada, sino tamb ién hay qu e guardarse de ella si su organismo
sagrado es ta n delicado que cu alquier contacto puede desordenarlo, ta mbién,
co mo si estuviese carg ado eléctricamente con una f uerza poderosa mágica o
espiritual, puede descargarse c on efec tos morta les en t odo lo que llegue a estar
en contacto con ella.
31
Al rey le está prohibido enveje cer o mo strar señales d e enfermedad o impotencia. El
precio de su realeza es pon er fin a su d egeneración por medio d el sacrificio. De no
hacerlo así, el mal con tagioso se ext endería a toda la n aturaleza. El sacrificio, sobre el
que volveremos más adelante, se destina a aquéllos que a menudo se han int rod u cid o
en su estatus perpetrando algú n tip o de infracción. En tre los pende del Zaire, el rey
accede al poder “media nte una doble tran sgresión: el in cesto y el asesi nato. Se un e
ritualmente a su hermana, mientras que algunos d e su s p arientes próximos son
29
Girard, René. E l chivo e xpiatorio , Barcelona, Anagrama, 20 0 2, p. 30.
30
Frazer, James. La rama dorada. Mag ia y religión, Madrid, Fon do de Cultura Económica, 1981. A pesar
de que la antrop ología con te mporánea alberga dudas sob re la fiab ilidad de la s fuentes etnográficas de
Frazer, y de la animadversión q ue cau sa el etnocentrismo de sus descripcion es, La rama do rada sigue
siendo un referente mon ume ntal en cuan to al t ema que nos interesa.
31
Íbid. , p.173.
47
cubierto, en su s propios platos, esperando quienes los cuidan qu e de este modo sean
mejor aceptados en la sociedad”.
46
Robert Mapp lethorpe, Self portrait, (X Po rtfolio) , 1978.
La idea de contagio implica además un asp ecto de exclusión, al establecer la n ecesidad
de protegerse de la infección evit ando contacto alguno con el foco de impurez a. Tiene,
además, connotaciones políticas y sociales, pues es fácil asociar el instinto de la propia
preservación, que nos p reviene de los riesgo s del contagio, a met áforas sociales q ue
equiparan a seres humanos con “ piojos” o “rata s”, d e acuerdo con la retórica abusiva
del Tercer Reich. El miedo a la epidemia, a la plaga, subyace en un p lano más allá de la
estética, pues, tal y como apunt a Douglas, “la acusación de ser sucio no bastaría p ara
excluir a los pobres, p er o desde el momento en que con sideramos que la su ciedad es
una fuente de contagio la estamos convirtiendo e n algo fuertemente exclu yente ”.
47
La contaminación se relaciona con la organización de las ideas, es un a fórmula a través
de la cual se protege a sí mis ma. Sin embargo, D urkheim sostiene q ue las sociedades
tratan de no perder contacto con lo impuro, manifestando con ello u na necesid ad de
continua renovació n d e su est ructura. De ahí la amb ivalente condición d el binomi o
pureza/impureza.
46
Íbidem.
47
Íbid., p p. 47- 48.
48
Aunque sea temido po rque los seres y l as cosas q ue lo simbolizan r esultan
ambiguas y mist eriosas, en ocasiones t erribles, se sabe que no se puede
perman ecer apartad o de ello, ni vin culado a el lo sólo p or el rechazo, y a que
implicaría un pelig ro, qu e esta vez afectaría a nues tro pro pio orden: el peligro de
su sentido y esterilidad. Los contactos, en el marco dado p or el ritual, con los
poderes prohibidos, con lo impuro , constituyen la p osibilidad de renova ción y
fecundidad de la sociedad.
48
Para exorcizar la cu lpa de la transg resión y el mal contagioso, es necesari o instituir u n
ritual purificador. Pero el ritu al se introduce por medio de símb olos, y la simbología es
el territorio del arte, su ámbito de in fluencia privilegiado.
1.1.5. Teoría de las prohibicion es.
Siguiendo a Georg es Bataille, uno de los grandes ideó logos d e la gesta tran sgresora
sobre el qu e volveremos con detalle más adelante, la propia comunidad humana es
engendrada por la interacción y la ten sión que se da entre dos opuestos: la regla y su
violación, ordenadas p or la mediación d e la religión. La religión f inalmente asume l a
responsabilidad de regular el interdicto y declarar su nu lidad puntual en ciertos casos.
En el tabú recae el equilibrio de t oda la sociedad. Est a con cepción t iene su origen en la
dialéctica de Hegel.
Todo hombre y todo cuerpo se mueven entre dos polos de atracción: la norma (lo
mismo, la identidad) y la desviación (lo otro, la diferencia), y se configuran como
un campo de tensión entre ellos que representan al mismo tiempo la belleza ideal
y la fealdad.
49
Como se ha visto, Durkheim d istingue lo sagrado y lo pro fano en relación a la
prohibición: las cosas sagradas son aquellas que las in terdicciones t ratan de proteger
48
Rubio, Rogelio.” P resenta ción ”, en Lo puro y lo impuro , Op. Cit., p. 15.
49
Citado en Navarro, G. Op. Cit ., p . 89.
49
del contacto contaminante de lo p rofano impuro; las cosas p rofanas, aq uéllas qu e
deben mantenerse aisladas a toda cost a de las primeras. Se establece así, u n sistema
de prohibiciones en la base misma de lo social.
Las pro hibiciones no p ueden t omarse s eparadamente de la sociedad en la que se
imponen. Forman un sistema que sólo alcanz a sentido al relacionarse con su historia
sagrada, su mitología o sus costumbres. Su misión es preservar el orden del sacrilegio.
Sin embargo, en contramos las mismas constantes: reprimir la violencia o legitimarla
sólo en ciertos casos o e n manos de cierto s grupos, prohibir el in cesto, salvaguardar el
cadáver…
Freud p ropuso una teoría de la represión de los inst intos en la que el arte, el mito,
afloraban como construcciones sublimadas de lo inexp resado a n ivel con sciente. Lo
reprimido por la civilización, e l p recio que hay q ue pagar para vivir en la comunida d
humana, re gida por el orden y la ley, es ren unciar a la satisfacción de los propios
instintos. Nuestros impulsos, que pivotan sobre d os conceptos básicos, Eros y Tánatos ,
son sofocados desd e la infanci a, de forma que pueden ser sublimados en el arte o
emerger, por ob ra y gracia de la teoría d e los desplazamientos, en forma de patología .
El deseo esencialmente oscila entre el d eseo amoroso y el d eseo homicida, y los dos
tienen su raíz en la infancia, en la fascinación por los padres.
La conocid a tesis del comp lejo de Edipo implica la in trodu cción del in fante en la
sexualidad al precio de ren unciar al objeto amoroso primario que es el cuerpo de la
madre: “La fuerza de la prohibición, universal, del incesto y d el castigo (castración, real
o simbólica) inherente a la transgresión d e esa ley fundadora de sociedad y de cul tura
demuestra la fuerza, la intensidad, el vigor de ese deseo incestuoso y ho micida”.
50
Pero es la más sagrad a de las p rohibiciones, la más t ajante y la más interiorizada, la
que es necesario transgredir en ocasiones p untuales, y así empieza a insin uarlo Freud:
En las islas Fidji, son especialmente rigurosas estas prohibicion es y se aplican, no
solamente a los parientes c onsan guíneos, sino tamb ién a los hermanos y
hermanas de grupo. Nos asombra también averiguar q ue est os salvajes conocen
50
Trías, Eugenio. Lo bello y lo siniestro , Barcelona, Sei x Barral , 1982, p. 133.
50
orgía s sagradas, en el curso de las cuales, realizan p recisamente las uniones
sexuales más estrictamente prohibidas. Pe ro quizá esta misma contradicción
puede darnos la clave de la prohibición.
51
Esta última apreciació n de Freud en cuentra su eco en la f undamentación batailleana,
que concibe la civilización como un movimiento construido simultáneamente sob re el
interdicto y su transgresión. En muchas socied ades pr ecisamente aquello más
prohibido y más t abuiza do es lo que se violenta durante una transgresión colectiva que
adopta la forma de la ceremonia o el ritual.
Y es que, a menudo las prohibiciones no cumplen su cometido, sino que acrecientan el
interés por lo que proscribe. “Su carácter sobre t odo negativo, como Pablo
comprendió mu y bien, aviva forz osamente en n osotros la tenden cia mimét ica a la
transgresión”.
52
Algunos casos esp eciales, como el tabú d ietético o el horror universal
a la unión incestuosa, permane cen como ámbitos permanentes de la prohibición y
resisten una interpretaci ón u nánime. El uno y el ot ro son paradigmas clásicos de los
dos extremos de la proh ibición: por un lado, la natu raleza extremamente mutable d el
tabú, y por otro, su observancia más estricta y universal.
1.1.5.1. Las prohibiciones del Levítico.
3. No c omerás cosas abo minables. 4. Estos son los anima les que p uedes comer: el b uey, la oveja, la
cabra. 5. e l venado , la gacela, el corzo, la cabra monté s, el íbice, el a ntílope, y el carnero mo nta raz. 6.
pero entre lo s que hien den la pezuña y tienen la pe zuña hendida e n dos y qu e rumian, sí los podéis
comer. 7. S in emba rgo, entre aquellos que rum ian o tienen la pezuña hen dida, éstos no c omeréis: el
camello, la liebre y e l damán, porque rumian pe ro no tienen partida la pezuñ a, son para vosotros
impuros. 8. y el c erdo, po rque tiene partida la pezuña p ero no rumia, es p ara vosotros impu ro. No
comeréis su c arne, ni to caréis sus cadáveres (…)
Levítico.
51
Freud, S. Op. Cit ., p. 19.
52
Girard, René. Veo a Sa tán caer com o el relám pago, Mad rid, Anagrama, 2002, p . 31.
51
Si algo ha puesto de relieve el mundo de la glo b alización, es el carácter
extremadamente volátil de la restricción alimentaria. La sociedad occidental ha elegido
unas pocas especies comestibles y las produce industrialmente. Fuera de su caden a de
producción de aliment os, el resto d e los animales aparec e proscrito, en contraste con
la liber alidad dietética q ue podemos en contrar, por ejemplo, en el continente asiát ico.
Recientemente, alg unos reality shows h an incidido en estas diferenci as culturales ,
obligando a sus participantes a convivir con tribus pre estatales, y hacien do un
espectáculo televisivo de la repulsa que inspira a los occidentales la ingesta de ciertas
especies animales como orugas, serpientes o perros.
53
Algunos animal es, co mo los insectos, son tabú alim en tario en nuestra sociedad.
(…) la lista de car nes de los reyes egipcios quedaba limitada a la t ernera y al
ganso. En la Antigüedad muchos s acerdotes reyes de p uebl os bárbaros se
abstenían t otalmente de carne como alimento (…) El heredero del t rono de
Loango tiene prohibido desde su infancia comer puerco; desde su más temprana
niñez tiene vedado comer en compa ñía nuez de cola. En la pubertad, un sacerdote
le enseña a no comer más aves que las que é l mismo mate y cocine, y así un
número de tabús que va n aumentando al c ompás de los años. (…)El jefe su premo
de los massai no puede c omer más que miel, lech e e hígad os de c abra asados,
53
Perdidos en la tribu se e mitió en Can al 4 dura nte 2010-2 012.
52
pues si pa rticipa de c ualquier otra c om ida perderá su virtud d e adivino y de
confeccionador de encantamientos.
54
Lo cierto es que la restricción alimentaria existe y ha existido en todas p artes, y en
muchas ocasiones está muy relacionada con los aspectos d e pureza e impureza, y/o
sagrado y profano que hemos expuesto anterior mente. En la t radición judeo cristiana,
la relación con los an im ales viene d ictada por rígidas normas sobre su c onsumo, un
código misterioso que cond ena a muchas especies a la imp ureza ritu al, a ser
detestables a ojos de los h u manos. Su mero contacto, como sucede con la san gre
menstrual, contamina. Para limpiarse de su influencia corruptor a, hay q ue pu rgarse ,
hacer abluciones, segui r el ritual. Un horror a la infección domina la moral. La
prohibición regula y sanciona los an imales comestibles y los que no, los que están en
un estado de pureza y los que se mueven siempre dentro de las fronteras de lo
impuro.
El caso del Levítico y de las restricciones alimenticias es clásico en el estudio del
interdicto. El texto bíblico per siste inexpugnable a la int erpretación. En un principio
estuvo muy extendida la justificación que h izo Maimónides, “ prototipo del
materialismo médico en el siglo XII”:
Sostengo que la comi da que la Ley prohíbe es malsana, que no se puede p oner en
duda el c arácter dañin o de las diferentes clases de c omida prohibida, salvo el
cerdo y la manteca. Pero incluso en est os casos no está justificada la duda. Pues
el cerdo c ontiene más humedad que la necesaria (para la comida hu mana), y
exceso de materias superfluas. La r azón principal por la c ual la Ley proh íbe la
carne del cerd o se halla en la c ircunstancia de que sus costumbres y alimentación
son muy sucias y aborr ecibles.
55
La argu mentación de que el cerdo es portador de infecciones letales para los humanos
no se sostiene en un mundo en el q ue se d esconoce p or completo la existencia de los
microorganismos. Más bien p arece relacionado con la circun stancia de que este an imal
presente rasgos ambiguos, p ues tiene las p ezuñas hen didas p ropias de los ungulados,
54
Frazer, J. Op. C it ., pp . 201-202.
55
Citado en Dou glas, M. Op. Cit., 1973, p. 49.
53
pero n o rumia. D e alguna forma, el cerdo se saldría de la lógica t axonómica, pero no
sería el ú nico. Es desorbitante el número de animales que son tabú, y las
contradicciones que existen entre unos y otros. C omo ejemplo:
41. Todo bicho que anda arrastrándose sobre la ti erra es cosa abominab le; no
deberá ser comido. 42. Cualquier ser qu e anda so bre su vientre, y cualquiera qu e
anda a c uatro patas, o cualquiera que tiene muchas p atas, es decir, ningún bicho
que se arrastre por el suelo ha s de comer; pues son abominación .
56
La pre scripción puede ser religiosa, como sucede en el caso de musulmanes y jud íos, o
en las restricciones de la Cuare sma cristiana. Los h indúes no comen carne de vaca, y
los occid entales no comen perros, gatos o insectos. En algún momento, la especie se
ha segregado d e las demás, bien sea por su carácter extremamente impuro o sucio,
como en el caso del cerdo, o precisamente por su naturaleza sagrada, c omo sucede
con la vaca en la India.
La vaca tiene un ca rácter de a nimal sagrado en la India, a l considerarse la re encarnación d el dios Vishn ú.
Esta ordenación en pares an tinómicos sería un recurso para co nstruir la existencia a
salvo d el caos, lej os d e las ame nazas de la suciedad y lo impuro . Así, la imagen de la
bestia a menaza el orden porque pone en peligro la in tegridad del se r hu mano, le
devuelve la imagen de su prop ia barbarie, su ca ricatura al fondo de la naturaleza. El
cuerpo humano viene a con vertirse entonces en un a imagen especu lar de ese ot ro
cuerpo social, el cuerpo encarnado en la colectividad.
57
56
Santa Bib lia , Levítico XI, Op. Cit.
57
Douglas, M. S ímbolos n aturales , Madrid, Alia nza E ditorial, 1978, passim.
54
Entre nuestro apetito sin freno y la comida se imp one un mecanismo de seguridad, el
asco. Para Freud, la repugnancia puede s er un trasunto de un aspecto culturalmente
más profundo, el miedo al canibalismo:
(...) nuestro asco puede ser una manifestación d e c ierta culpabilid ad esencial, no
tanto por matar al padre, c omo por comérselo. Como ya he indicado
anteriormente, el miedo y el asco pueden ser hacia el canibalismo. Esto podría
ayudar a explicar esa gran reluctancia a c omer animales carnívoros, sob re todo
los carroñeros, q ue podrían haberse dado un festín con papá o los restos de otro
ser humano, mientras que los animales herbívoros se c omportan de una manera
más discreta e indirecta al comer la hierb a que crece en las tumbas.
58
Es habitual que ciert as culturas clasifiquen las criatu ras comestibles de acuerdo con
aquellos que las van a comer . Se producen analogías con las carac terísticas d el animal
y las facultades que q uiere cult ivar el q ue lo com e. Po r ejemplo, u n g uerrero devorará
el corazón del león p ara q ue le haga más fuerte, o re husará comer carne d e t ortuga
para no contagiarse de su lentitud. Son casos paradigmáticos d e magia simpat ética u
homeopática, tal y como refier e det alladamente Frazer. El caso de la t ribu de los Lele
que estudió Mary Dou glas en el antigu o Congo Belga es sintomático. Algunos animales
o ciertas partes de éstos son adecuados para que los coman los h o mbres, otros para
las mujeres, otros para los niños, y finalmente ot ro grupo era apropiado sólo para
mujeres embarazadas. Algunos estaban explícitamente prohibidos:
De un modo otro, los animales que ellos rechazan como ina decuado s para el
alimento humano o feme nino resultan ambiguos con respecto a su esquema de
clasificación. Su taxonomía animal separa a los animales diurnos de los
nocturno s; los animales de arriba (pájaros, a rdillas y monos) de los animales de
abajo: animales de agua y animales de tierra. Aquellos cuyo comportamient o es
ambiguo se consideran como anomalías de un género u otro y son elimin ados de
la dieta de algunas personas. Por ejemplo, las ardillas voladoras, al no ser aves ni
animales, incurren en ambigüedad y por eso las evitan los adu l t os que saben
discriminar. Pero los niños pueden comerlas. Aunque ninguna mujer que se
respete las comería, y los hombres sólo si se v en obligados p or el hambre (…) Los
58
Miller, Ian. An atomía d el asco , Madrid, Gru po Santillan a de Ediciones, 1998, p. 81.
55
pollos causan un pequeño problema de casuística que los lele re suelven
considerando poco decoroso el hec ho de que las mujeres coman pollo, au nque los
hombres pueden comerlo e incluso encontrar qu e el plato es excelente.
59
Los Lele rendían culto al p angolín, u n monstruo híbrido que Dou glas id entifica con una
anomalía clara de su s sist emas de clasificación, pues si bien tiene escamas como un
pez, es un animal que trepa a los árboles; tiene un a ap ariencia de reptil y deb ería
poner huevos, y sin embargo es mamíf ero. Las crías del pangolín nacen aisladamente,
y cuando se encuentra en peligro, se enro sca formando una pelota.
60
Un desafío para las tax onomías: el extrañ o pangolín.
El pangolín, en el esquema representativo de l os Lele , se ritualizaba junto al símbolo
del éxito reproductivo por excelencia: el padre de gemelos o trillizos humanos, hazaña
que se consideraba una transgresión positiva de las limitaciones de l a naturaleza
humana. Sin embargo, este an imal no era consi der ado impuro, sino que era capturado,
llevado en p rocesión p or la aldea y f inalmente devorado como parte de un rito de
iniciación que genera en los neóf itos la pro pie dad de otorgar gran fecundidad a su
propia especie.
La raz ón por la que comemos un porcent aje de especies animales realmente mínimo
en relación al número de especies que podríamos comer, permanece como un misterio
para los in vestigadores. La antropología cultural da a est a p roblemática una respuesta
puramente funcional:
59
Douglas, M. Op. Cit., 1973, p. 222.
60
Íbid., p . 224.
56
El cerdo f ue, probab lem ente, la primera espec ie domesticada que se volvió
demasiado c ara para se rvir como fuente de car ne. Gracias al Viejo Testamento,
sabemos q ue los israelitas rec ibieron el ma ndato de abstenerse de c omer cerdo
en los primeros tiempos de su historia (…) No es posible ordeñarlo s ni montarlos,
no puede ayudar al pastoreo del g anado, tirar de un arado, transportar u na carga
ni cazar ratones. Pero como sumin istrador de carne el cerdo no tiene rivales (…).
61
Sin embargo, criar un animal como el cerdo, que acaba compi t iendo con los humanos
por los mismos recursos, sale demasiado caro a la larga. Segú n la escuela del
materialismo cultural, es por esa raz ón que la vaca es sagrad a en la India, porque es
más útil viva qu e mu erta, produciendo leche, excremen to que es usado como
combustible, y alimentándose p or su cuenta d ebido al precepto de respetarla que une
a la comu nidad. Históricamente, es la razón por la q ue muchos pueblos n o comían
caballo, porque tenía más utilidad como medio de transporte y animal de tiro .
Algunos pueblos rehúsan probar la carne del animal que representa su tótem. La
identificación totémica está eriza da de tabúes. En Australia, la ad scripción al tótem
regula asp ectos más comp lejos como el parentesco o el in cesto. Freud analizó la
relación entre el t ótem y la figura del padre, resolviendo que la imagen de éste último
se desp laza a un antep asado mítico. Durkheim, por otro lado, concibe las
representaciones totém icas como maná, una fu erza impersonal que se encarna
eventualmente en el animal o la planta del t ótem, que serían “ la forma material bajo la
cual la imaginación representa esta sustancia inm aterial ”.
62
El castigo por transgredir la prohib ición es ter rible y sirve como estrat egia disuasoria
para futuros infractores:
Pero si no obedeces a la voz de Yavéh t u Dios y no cuidas de pract icar todo s sus
mandamientos y sus preceptos, los que y o te prescribo hoy te sobrevendrán y te
alcanzarán todas las m aldiciones siguientes. Maldito t ú se rás en la ciudad y
maldito en el campo. Malditos serán t u cest a y tu artesa. Maldito el fruto de tus
entrañas y el f ruto de tu suelo, los partos de tus vacas y las crías de tus ovejas.
61
Harris, Marvin . Caníba les y reyes , Madrid, Alianza , 1995, p. 187.
62
Ripoll Perel ló, Ed uardo. “ Los an imales en e l arte paleolíti co. Su in terpretación . El caso de Alta mira”,
en: V VAA, La imagen del a nim al. Arte prehistó rico, arte contempo ráneo , Madrid , Min isterio de Cult ura,
1983 -84, p. 33.
63
Andrés Serra no, E dipo (The interpretation of Dreams) , 200 0.
El incesto es, d e facto, la prohibición más ext endida en todas las socied ades human as,
incluso en aquéllas que no tenían ningún tipo de conocimiento sobr e los riesgos
genéticos de la endogamia, ya que, de he cho, n o atribuían responsabilidad alguna al
hombre en la con cepció n p orque no est ablecían relación de causalidad entre el coito y
el embarazo.
El est ructuralismo, y particularmente Lévi Strauss
72
, lo racionalizó como un recurs o
para favorecer la exogamia a partir del intercambio de m ujeres entre dos grupos
diferentes. Con cibiendo la reciprocidad como u n conju nto de bienes que circulan p ara
estrechar lazos entre distintos grupos sociales, más interesados en construir alianzas
que en competir por los recu rsos , Levi-Straus s concib e a las mujeres como las
posesiones más valiosas de l os hombres, y las hace objeto d e intercambio, d e forma
que l a exogamia es un seguro protector frente a la guerra y la violencia. Así, la
necesidad de exogamia es el aspecto positivo de la prohibición del incesto.
Sin embargo, resulta u na constante comprobar que, como señala Caillois, la pare ja
original de la explicación mitológica está formada por hermana y hermano:
72
Levi-Strauss, Clau de. Las est ru cturas de l parentesc o, Barcelona, Paid ós, 1988.
64
Sucede así en múltiples tribus oceánicas, africanas y americanas. En Egipto, Nut,
la diosa Cielo, venía todas las noches a unirse con su hermano Keb, el di os Tierra.
En Grecia, Cronos y Rhea son igualmente hermanos y si Deucalión y Pyrrha, que
repueblan al mundo tr as un diluvio, no lo so n, por lo menos son primos de
aquellos a quienes separan la ley exogámica. M ás aún, el incesto es característico
del Caos: se i mplican mu tuamente. El Caos es el t iempo de los incest os mític os y
en genera l se supone, ya lo v imos, que el incesto desencadena catást rofes
cósmicas.
73
La rep ulsa al acto incestuoso surge, pues, como un producto de la civilización. Ap arece
expresamente prohibido en la Biblia.
74
La tragedia de Edipo, tomad a más tarde com o
símbolo y metáfora clave del p sicoanálisis freudiano, representa el íntimo espanto q ue
provoca la idea de violar tal p recepto. La mancha de Ed ipo, que es doblemente
culpable y doblemente transgresor, por p arricida y por incestuoso, se extiende a toda
la ciud ad, provocando enfermedad y cont aminación en un modelo paradigmát ico del
poder infeccioso d el t abú, que sólo puede p urgarse mediante un acto de expiación del
infractor a modo de p urificación. Al acto impío del incesto le sigue inevitablemente el
padecimiento, el dolor, la plaga:
Se supone tal c orrespondencia entre el efecto y la c ausa que, en las soc iedades de
parentesco clasificatorio donde la v iolación de la exogamia es a veces difícil de
descubrir, se deduce la existencia de un “incesto” p or la aparición d e a lguna
anomalía en el orden n atural; por ejemplo, el b rote de dos calabazas o de dos
pepinos en el mismo t allo. (…) De la unión de in dividuos de la misma naturaleza
sólo pueden nacer a bortos o monstruos. En China se considera necesariamente
como degenerados a l os hijos de esposos no emparentados consanguíneamente,
pero que llevan igual no mbre, y es que la similitud de nombre es allí el signo de la
identidad de natura lezas. Los t ransgresores de la ley de exogamia so n cast igado s
73
Caillois, R. Op. Cit., p. 134.
74
Santa Bib lia. Levítico XVIII, 6 -20, Op. Cit.
65
de tal manera que su sangre vertida no entre en contacto con el suelo: lo haría
estéril (…).
75
Se hace así necesario encont rar una víctima propiciator ia sobre la que recaiga el peso
de expiar el pecado que atormenta a la comunidad.
1.1.6. El chivo expiatorio.
¡Hace falta sang re!, ¡Sang re hu mana! Si no este mund o vacío p alidecerá y aca bará po r
marchitarse. Debemos cog er la sang re fresca de este marino y, con ella, hacer u na transfusión
al universo morib undo, al ci elo moribu ndo, a lo s bosqu es moribun dos, a la ti erra morib unda.
Yukio Mishi ma, El marino q ue perdió la g racia del ma r.
El lat ino expiare, “expiar”, se interpreta et imológicament e como “hacer salir (de sí) al
elemento sagrado q ue la mancha contraída había int roducido”.
76
La expiación permite
al infractor d el tabú reincorporarse al mundo de lo profano sin sufrir mal ni precipitar a
los d emás en la catástrofe. Pu rificarse de l a mezcla, volver a pert enecer a uno de los
mundos.
Las grandes ciudades griegas como Atenas manten ían a sus expensas a un a víctima
destinada al asesinato colectivo con mo tivo de las targelias y ot ras fiestas dion isíacas.
77
Los pharmakói eran torturados de forma ritual y finalmente asesinados. Reunían
sobre sí signos victimarios que los destinaban a redimir a la comunidad mediante una
violencia colectiva. Lib ra n a la ciudad de la miasma, liberándola d e su co ntaminación o
la calamid ad que se ha volcado sobre ella. La víspera de la batalla de Salamina, según
75
Caillois, R. Op. Cit ., p. 89.
76
Caillois,R. Op. Cit., p. 31.
77
Vernant, Jean -Pierre. Mito y t ragedia en la An tigua Grecia , Barcelona, Paidós, 2002.
66
Plutarco, Temístocles hizo sacrificar prision eros persas.
78
Ya h emos visto cómo la figu ra
del monarca aparece como chivo expiatorio en circunstancias d e grave conflictividad.
Las ep idemias se ha n explicado a menudo en fun ción de un crimen s in expiar. L a
enfermedad, la calamidad, la crisis, apunta a que una violación colectiva de las normas
está arrastrando a la comunidad a su perdición. A lo largo d e la historia encontramos
infinitos procesos victimarios, d esde la q uema de h erejes inquisitorial a la Alemania
nacionalsocialista que sucumbe al delirio colectivo de lo irracional de un pogr omo a
gran escala. El p ueblo azteca estaba obligado a h acer la guerra, no para exp andir su
territorio, sino p ara procurarse víctimas propiciatorias para sus inagotables rituales
sacrificiales. En la religión arcaica siempre hay un elemento sacrificial, al gunas veces
humano, la mayor p arte d e origen animal. Su sentido es ofrecer un a vía de escap e a la
angustia colectiva, una purificación:
La significación que pued e extraerse de la palabra “expiar” debe buscarse en esta
superación: expiarse, de l griego hilaskomaï, del hebreo kipper, que implica no
tato el hecho de “experimentar un castigo” como una reconciliación (“mostrarse
favo rable a alguien, dejar a Dios qu e se reconcilie con uno mismo”). Es posible en
efecto buscar el origen semán tico del verbo “reconciliar” en el verbo griego allasö
(“hacerse otro”, “cambiarse respecto a algu ien ”), lo que con duce a ver en el
sacrificio c ristiano expiatorio no tanto la v iolencia de la sangre derramada como
la ofrenda d e un don aceptable y aceptado .
79
Girard sostiene que se elige a la víctima en función n o de sus pecados o crímenes, sino
de los signos victimarios que la señ alan como chivo exp iat orio adecuado.
80
Volviendo
al caso parad igmático del Ed ipo Rey de Sóf ocles, apu nta a la acum ulación de
circunstancias que con vierten a Edipo en víctima perfecta, responsable ideal de l a
peste q ue como estereotipo d e persecución, asola Tebas. Edipo presenta una
sintomatología completa de rasgos victimarios:
78
Girard, R. Op. Cit., 2002, Veo a Satán ...p. 114.
79
Kristeva, Julia. El c risto muert o de H olbein , en M. Feber (Ed .), Fragm entos pa ra la historia del c uerpo
humano (3 volúmenes), Vol. I. , Editorial Tau rus, Madrid, 1991, p. 253.
80
Gi rard, R., Op. Cit ., 2002, El ch ivo expiat orio... , p . 35.
67
Aparece en p rimer lugar la invalidez: Edipo coje a. Además, n adie conoce a ese
héroe recién llegad o a Tebas, extranjero de hecho si no de derecho. Finalmente,
es hijo del rey y rey él mismo, heredero legít imo de Layo. Al igual que tantos ot ros
personajes mític os, Edipo se las ingenia para acumular la marginalidad exterior y
la mar ginalidad interior. Al igu al q ue Ulises al final de La Odisea, unas v eces es
extranjero y mendig o, otras monarca omnipotente.
81
La condición d e chivo exp iatorio arroja un a descon certante ambigüedad. Son
individuos ideales p ara el phármakos los muy viejos, muy f eos, muy pob res, pero
también los muy jóvenes, muy b ellos, mu y ricos. El chivo expiatorio es siempre un
carácter extremo y alejado de la norma.
Se cree que los sacrificios h umanos d ieron paso con el tiempo a la sustitución de las
víctimas por animales. En ese sentido funcionaría el mito d el rey Tántalo, que tras
sentar a los dioses a su mesa no encuentra ninguna comida mejor qu e ofrecerles que a
su propio hijo Pélope, sacrificado p ara la ocasión. Pe ro Zeus repara en el engaño y
reconstruye con el marfil de un delfín a la víctima, a la que adoptará como servidor
tras reconstruir le el hombro que había devorado la diosa Démeter. Tá ntalo será
castigado por insistir en los sacrif icios hu manos, prohibidos en adelante p or los dioses.
El animal será a continuación la víctima prefere nte de los sacrificios rituale s.
El cu lto religioso exige q ue los animales dest inados al sacrificio sean in maculados.
Deben ser ejemplares puros:
De este modo, nos enco ntramos c on que los ritos de sacrificio especifican qué
clase de animal ha de emplearse, joven o viejo, macho, hembra o neutr o, y que
estas reglas representan diversos aspectos de la situación q ue exige el sa crificio.
También se dict amina el modo en que el animal ha de sacrificarse. Los dinka
cortan el anima l longitudinalmente partiendo de los órganos se xuales si es que el
sacrificio se destina a deshacer un incesto; por la mitad, en su cuerpo, p a ra
celebrar una tregua; en algunas ocasiones lo pisotean ha sta causarle la muerte.
82
81
Íbidem, p. 37.
82
Douglas, M. Op. Cit ., 1973, p. 156.
68
La víctima sacrificial acumula sobre sí la impureza, como una batería que se hubiera
cargado del mal, pero a part ir d el sacrificio ritual puede reintegrarse en el ord en y
devolver la paz a la comunidad asolada: “La víctima inmolada en los sacrificios
expiatorios se encuentra cargad a d e impure za, ya qu e sobre ella se han concen tra do
los p ecados que se trata de expiar. A p esar de ello, una vez inmolada, se emplea su
carne y s u sangre para usos píos”.
83
En la tradición cristiana, dos grandes actos trágicos rep resentan la epope ya h umana: el
pecado d el primer hombre (la transgresión de la nor ma) y la redención de Cristo a
través de su muerte (expiación). El p ecado del primer hombr e tuvo u n carácter
infeccioso: se extendió a todo el género humano, maldito por siempre por ese acto
único de transgresión. Pero la posibilidad de expiar el p ecado y ob tener el perd ón está
siempre abierta en el Cri stianismo, a través de ri tuales como el ba utismo, la comu nión
o la confesión.
Aparece perfectamente expuesta en la mitologí a cristiana lo que Girar d d enomina la
“colaboración mimética de la víctima” ,
84
en la que p one el ejemplo de las b rujas que
eligen la hoguera, concienciadas de su p ropia vileza . Cristo redime a la humanidad de
todos sus pecados medi ante su sacrificio en la cruz. Acepta su martirio y colabora con
los verdugos. También encontramos en ot ras culturas la idea de u n chivo expiatorio
que se presenta como víctima voluntaria, que o ficia esa colaboración mimética:
Al igual que del carnero de Abraham en su zarza y de Cristo, del pango lín se habla
como si f uera una v íctima voluntaria. No se c aptura , sino que más bien ent ra solo
en la aldea. Es una víct ima pri ncipesca: la aldea c onsidera a su cadáver como si
fuera un jef e vivo y exige para él el comportamiento de respeto que se tien e para
con un jefe so pena de futura desgracia .
85
En la india, los intocab le s o D alit son víctimas p ropiciatorias ideales, y a men udo son
objeto de violencia, linchamientos y violacion es. Como es habitu al, hasta hace poco
han aceptado su destino sin mostrar indicio alguno de rebelión.
83
Durkheim, É . Op. Cit ., p. 382.
84
Girard, R. Op. Cit ., 2002, El c hivo expiatorio... , p. 88.
85
Douglas, M. Op. Cit., 1973, p. 225.
69
Bob Flanagan y Sheree Rose, Los Ángeles , 1988.
Como señala Bataille, hay un componente festivo, d e espectáculo, en la acción del
sacrificio. Y t ambién el arte, de una forma u ot ra, incorpora la natu raleza d el
sacrificado a su propia esen cia. En las narrativas contemporáneas, hay artistas que
parecen abrazar la causa de la propia autoinmolación. Baudelaire, Rimbaud, Na n
Goldin, Wojnaro w icz, Bob Flanagan, Orlan… Son algun os de los art ist as que se of recen
a sí mismos como víctimas sacrificiales, que buscan abiertamente el trauma o el
martirio como una forma de conocimiento.
También las propias obras pueden encarnar los signos victimarios d el chivo expiatorio
de man era mimética. Hay en el cuerpo de un b uey sacrificado de Rembrandt un
paralelismo claro con la sit uación social. De hecho, el sacrificio ritual, como tal, ha sido
el mo tivo mismo de ciertas prácticas artísticas como las llevadas a cabo por Hermann
Nitsch en el Teatro de las orgías y los misterios (196 2-1998). Junto con u n uso sin
precedentes del animal en el mundo del arte, representa un contin gente t an
importante de obras que las trataremos separa damente.
70
Hermann Nitsch, Teatro d e las orgías y los m isterios , 1962- 1998.
1.1.7. La contaminación en el arte.
El discurso de la purez a siempre ha estado presente en el arte como ideal superior al
que hay que aspirar. En términos d e estética, se h abla de la “pureza de línea”, la
pureza de un color o de un estilo. Se dice q ue una época en la producción de un art ista
es pura porque se preserva d e influencias de sig no diferente al de su propio estilo. El
término t iene u na co nnotación positiva, mientras q ue su contrario evoca y justifica
rechazo y desconfianza. Se aspira a la pureza artística como un a característica de lo
inmaculado, sin mancha, inalterado, sin mezcla:
En todas las a rtes plásticas, la pureza de una lí nea es la nitidez de su diseño, su
elegancia y su car ácter de trazad o simple y de un solo trazo. En pi ntura, el
término “puro” aplicado a un color tiene v arios significados. Se llama color puro:
71
1) a un col or del es pect ro solar que corresponde a una longitud d e onda
determinada ; 2) a un c olor, en el se ntido de pigmento c oloreado, muy c ercano a
un c olor del espec tro solar sin estar mezclado con otros t onos; 3) a un color que
no se puede obtener por la mez cla de pigmentos (también se dice “ color
primario”); 4) a un color tal c omo s ale de l t ubo, sin mezclar con otros
pigmentos.
86
La forma pura se mantiene fiel a sí misma. Si es pintura, se ciñe a las prerrogativas del
estilo que sustenta, n o tom a préstamo alguno , evita lo b astardo y lo h íbrido. Se
considera una catedral de estilo “gót ico puro” cuando no pre senta ninguna corrupción
ajena en su con cepción. El cíclico retor no a las f ormas clásicas ha p ermanecido como
reserva de pureza que se podía esgrimir ante los excesos del arte. Al desb ordante
concierto barroco le sucedió la d epuración n eoclásica, al art e de vanguardia europeo
se opuso el ideario estético ari o, una narra tiva gran dilocuente que extrapolaba l o
clásico como síntoma de lo racialmente puro, incontaminado.
La indign ación ante la Olympia (186 3) de Manet era de ord en moral, p ero también
participaba de la reprobación que suele provo car el art e cu ando mez cla lo alt o y lo
bajo, lo comúnmente ac eptado como artístico, con algo que m anifiestamente no lo es
en ab soluto. En la época, un cuadro exhibido en un escap arate como un a vulgar
mercancía, la prostituta que se muestra ostentosamente s in la coartada del Gran Arte.
El escán dalo que suscitan tales obras suele adoptar la forma del grit o elemental: Esto
no es arte . El u rinario de D uchamp representaba una irrupción de lo bajo radical en el
espacio telúrico y sagrad o del arte, d ando lugar a l a canon ización de lo abyecto en la
gran historia del arte.
En 1918, Oz enfant y Le Corb usier proponen una alternativa a la confusión dentro de la
confusión
87
extendida d entro del cubismo, publicando un manifiesto, Aprés le cubisme,
en el que caracterizan el movimiento p ictóric o del Purismo . En él establecen la
necesidad d e retroceder hacia los únicos elementos del arte: " la for ma pura, el color
puro, de los cuales hay que b uscar las leyes. El arte deb e, por ello, generalizar, es decir,
86
AAVV. Diccion ario Akal de e stética , Ba rcelona, Akal, 1998, p. 925.
87
Íbidem.
72
pintar lo que la forma t iene d e in variable, lo que es permanente para alcanz ar la
belleza de nuestra época".
88
La bú squeda de la forma p ura les hace hu ir del color, al que consideran accesorio,
adorno superfluo, y buscar la objetividad en el rigor de la geometría. Sin ir más le jos, el
Neoplasticismo fue u n intento d e buscar la f orma ob jetiva y ab soluta, desvinculada de
la tiranía de lo real.
En especial, durante el Expresionismo abstracto se llevó a cabo la mayor
experimentación en tor no a la pureza del arte como entidad a utónom a de la propia
realidad. Las pinturas de Pollock, Hofmann, Newman y Rothko trat aban de
desembarazarse d e todo adorno u ornamento o referencia figurativa y llegar a la pu ra
abstracción vacía de contexto, f iguración o signifi cado. El propio soporte y su rela ció n
se convierten en el objeto de la obra.
El crítico Clement Greenberg fue uno de los mayores ideólogos en este sentido, al no
considerar la abstracción como un “simple” estilo artístico, sino como un medio en sí
mismo. En los años 40 promovió el trabaj o d e artistas como Jackson Pollock porque su
arte, configurado como constelaciones d e pura p intura, le p arecía a Greenberg lo más
cercano a la abstracción posib le. Según su ideario estético, u na pintura qu e mostrara
signos de contenido nar rativo o forma f igurativa estaba contaminada fatalmente de
una naturalez a ajen a a la pintura: la forma lit eraria. La impureza en que i ncurría
consistía en combinar estructura literaria y pintura por la vía de tratar de sobornar al
ojo con la ficción de una escena, o la cr eación de una t ridimensionalidad en gañosa
para dist raer la percepción. Un trabajo completamente abstracto se mantenía porque
no aspiraba a mos trarse más que como lo que era: pintura. Tras esta aspiración a la
depuración d e toda narración o accesorio lat ía el ideal pla tónico d e las Ideas que
permanecían como entidades absolutas en un mu ndo ultraterren o, y de esta n oción
surge la intuición d e que la obra d e arte es autotélica, es decir, con finalidad en sí
misma. “Que el arte visual se confine exclusivamente en la experiencia visual y no
contenga referencias a nada procedente d e otro orden de experiencias, es un principio
cuya única justificación se encuentra en el méto do científico”.
89
88
Íbidem.
89
Greenberg, Clement . La pint u ra moderna y o tros ensayos, Madrid, Siru ela, 2006, p.118.
79
1.1.7.3. Peligro que aparece en los márgenes.
Las lín eas internas se diluyen al colapsar bajo la ab igarrada etiqueta de técnica mixta.
Los esfuerzos d el cubismo d e incorporar la realidad tangible a la ficción del art e, o los
hallazgos del art povera , son algunos de los preliminares de lo que sería una eclosión
de técn icas y propuestas a las qu e asistimos hoy. Hay ob ras qu e no p odemos clasif icar
con certeza dentro de una disciplina u otra. Los géneros t radicionales se han absorbido
unos a ot ros. El arte ha ido despla zándose hasta los propios márgenes del discurso, y lo
que en modo alguno podría ser con siderado como artístico, ocupa un lugar de pleno
derecho en el museo de n uestros d ías. No es ya la problemática sob re la f amosa Caja
Brillo a la que a punta Arthur Danto, sino que objetos de desec ho, d esperdicios e
inmundicias, rituales, tabúes, actos ab yectos, h an ocupado el lu gar central d el
discurso. Los pro pios géneros se h ibridan entre sí. Tal es el ca so de los audiovisuales,
del empleo de las nuevas tecnolo gías en el arte, de la eclosión d el lenguaje pu blicitari o
que invade y parasita las obras y hasta las estrate gias de marketing de los artistas.
Cindy Sherman, Untitled # 31 5 , 1995.
80
1.1.7.4. Contr adicc ión interna y conf usión epistem ológica.
El arte contemporáneo cump le todos los rasgos de la impureza. El arte es un híbrido.
Epistemológicamente, es difícil precisar con exactitud qué es el arte, y la t radicional
crítica art ística se reconoce impot ente para emitir juicio alguno sin la asisten cia de
disciplinas como la filo sofía del arte o la ley de la oferta y la demanda del mercado.
Incluso el argumento d e autor idad h a venido a rescatarse p ara tratar d e fijar la cada
vez más h uidiza y evasiva nat uraleza de lo que es el art e. Se ha hab lado del f in del arte
porque asistimos en nuestra época a un cambio de p aradigma sin precedentes. Los
límites entre el arte y la vida dejaron de estar claros a partir de los años sesenta, y
desde entonces la confusión epistemológica no h a dejado de crecer.
Yves Klein, Saut dans le vid e (Salto al va cío), 19 65.
81
1.2. LA TRANSGRESIÓN.
La palab ra transgresión ap arece a menudo enunciada en una relación dialéctica con su
teórico inverso: el límit e. Tradicionalmente, el acto de transgredir es siemp re un
crimen execrable. La noción de pecad o está u nida a ella. La reacció n de indignación
que se experimenta ante u n crimen atroz podría relacion arse con el estado de repulsa
absoluta que provoca el pecad o. Pero un solo crimen, por más abomin able que sea, no
amenaza el orden del mundo. El pecado, en cambio, descompensa el eq uilibrio de
fuerzas con D ios, y puede suponer u na afrenta irrep arable o irreversible. La
transgresión de Eva en el Génesis sume a la h umanidad en un estado culp able que
nunca se extingue, por más que se expíe en la san grienta crucifixión de una víctima
propiciatoria. La enfermedad, el trabajo, el parto con dolor, la muerte, son el castigo
desencadenado por esa acción irre sponsable, más t errible que cualquier crimen. Y es
que el pecado su pone un desafío, un golp e a la volu ntad suprema d e Dios. En el
Antiguo Testamento, la n oción de pecado puede ser ajena a lo moral, tal y como hoy
se nos ap arece. Se relaciona más bien con imprudencias, con contactos azarosos, hasta
involuntarios, con algún ob jeto cargad o de p oder. El Arca de la Alianza es un o bjeto
fetiche colmado de energía sagrada. Tocarla representa una profanación, aunque sea
de f orma accidental. Quedan mancillados tanto el infractor como el altar, y esta
contaminación, como hemos visto, puede extend erse a toda la comunidad. Esta
vulneración del tabú representa un estado negat ivo, que es castigado
inexorablemente. Es el reverso inevitable del interdict o, implica la superación de éste y
fundamentará a largo plazo la idea de progreso. En esta dialéctica, la t ransgresión
desdibuja la frontera de lo permiti do o la traspasa abiertamente.
82
1.2.1. Etimología y definición.
Inicialmente, en su sentido etimológico, la palabr a t ransgred ir , del lat ín t ransgred ior -
transgressus - tra nsgressio, fue un t érmino relativamente inofensivo, que sólo imp licaba
el paso de un lugar a ot ro, el vencimiento d e un obstáculo. Para el mundo
grecorromano, t ransgredir no tenía un sentido de vu lnerac ión de un principio moral.
Antes b ien, su significado er a exclusivamente relativo al d esplazamiento físico. En su
aspecto más básico, la acción de t rasgredir equivalía a salt ar, traspasar o vulnerar un
punto en el espacio.
Anthony Julius, que ha dedicado un importante volumen al estudio de la t ransgresión
en el arte, se refiere al sent ido d e profanació n religiosa d erivado del origen del
término, que conserva al go d e es te alcance en su versión moderna. En un princip io, la
transgresión tiene u n sentido re lig ioso. Sin emb argo, esta acep ción teológica p ronto se
seculariza y alcanz a a nominar cualquier quebranto de la n orma, sea ésta civil, mo ral,
ética o cultural. El estudio de Ju lius, que es jurista, incide en los orígenes de la
celebración positiva a la v iolación de la ley , resaltand o el trasp aso de las conn otaciones
negativas que tiene en principio la transgresión:
(…) El verbo inglés “Transgredir” adquiere en el s XVI (aunque después la pierde)
una acepció n transitiva: el tran sgresor transgrede a una persona cuando la
ofende en algo muy serio. En este c aso, la t ransgresión se aleja de la violación
de reglas y se c onvierte más bien en una su erte de agresión, aunque no
necesariamente físic a: puede se r un i nsulto, tal vez, o una provocación. (…) En
ese sentido, subvertir una jerarquía, poniendo l o subordinado por e ncima de lo
elevado, o mez clar conceptos o sustancias distintos, alterand o demarcaciones
autorizadas t ácita o institucionalmente, podría ser un acto transgresor. Tr as la
transgresión, lo ordenado pue de desordenarse o reord enarse, o bien puede
revertir a su estado orig inal.
95
Foucault vincula muy específicamente el pensamiento del límite y la transgresión con
el espacio d iscursivo d el len guaje. A su vez, re coge la id ea expuesta por Bataille en
torno a la mu erte de Dios dentro d el marco de la ética (o más bien deberíamos decir,
95
Julius, Anthon y. Transgresio nes. El a rte como provocación, Barcelona, Destino, 2002, p . 18.
83
antiética) d e Sade. Al concebir la sexualidad como un lenguaje de f ormas prohibidas, el
ser hablante se coloca en el centro del discurso, y cada palabra y cada acto lo remite a
un recordatori o de su propia muerte.
Y si hubiera que dar, por o posición a la sexualidad, un sentido preciso al
erotismo, sería sin duda éste: una experiencia de la sexu alidad que liga po r sí
misma la superación del límite con la muerte de D ios (…), y de ese discurso
sobre D ios que Occident e ha mantenido durante larg o tiempo - sin da rse c uenta
claramente que “ no podemos añadir al lenguaje impunemente una palabra q ue
supera todas las palabra s” y que estamos c olocados por ella en el límit e de t odo
lengua je posible- , una experiencia singular se dibuja: la de la transgresió n .
96
Cabría definir la transgresión, pues, como un movimiento dialéctico que conlleva de
forma inevitable la existencia de algún t ipo de demarcación. Si n o hay una barrera que
cruzar, tampoco hay transgresión. Durante buena p arte d e nuestra historia, la
transgresión fue u n crimen aborrecible y hor rendo, contra Dios antes q ue contra la
humanidad. Per o e n algún momento, el acto de transgredir comen zó a te ner una
connotación positiva, especialmente en el ám bito científ ico y cultu ral. A un n ivel
psicológico, Occidente ha encontrado u na justificación id eológica para la transgresión
al ligarla a un concepto de fund amental t rascendencia p ara exp licarse a sí mismo: la
idea de progreso. La cultura occidental no p uede explicarse ni entenderse sin recurrir a
la noción de avance. Desde camp os tan dist an tes como la polít ica o la b iología, la
noción de evolución está firmemente arraigada. El discurso central, culmin ado por la
aparición del laicismo y los Derechos del Hombre, n o p uede con cebirse sin el concurso
de u na serie de mitologías q ue, ad ecuadamente escalonad as y or ganizadas de forma
lineal, convergen p ara entregarnos, en cada ép oca, una versión mejorada y más
perfecta de l a propia idea de Occidente sobre sí mismo. Esta con cepción lineal de la
historia es sin duda una f alacia. La historia no av anza n unca en línea recta ni d e forma
monolítica y al un ísono. La supu esta homogeneidad de nuestra historia no es más q ue
una simplificación académica. Pero la tendencia es conceb irla como un movimiento
siempre hacia d elante, en una progresión de hallazgos q ue cu lminarán algún día en un
mundo mejor q ue está por llegar en un f uturo relat ivamente cercano, de la misma
96
Foucault, Michel. Entre Filo sofía y L iteratura. Ob ras Esenciales , Vol. I, Mad rid, Pa idós, 1999, p. 166.
84
manera que el crist ianismo esperaba encontrar la redenció n en un mund o
extracorpóreo. Un a consecuencia de esa tendencia reduccionista sería que lo
transgresor se ident ifica con lo que h ace avanzar n uestra sociedad, por lo que goza d e
una especie de prestigio. Lo q ue avanza, lo que ro mpe, lo que contradic e al sis tema,
tiene un cari z más positivo en nu estros días que lo que se estanca, no ava nza o
simplemente no cambia.
Edouar d Manet, Le Déjeun er sur l'herbe, 1862 -1863.
Julius, desde la per spec tiva juríd ica, designa cuatro significados esenciales para lo
transgresor: la negación d e las verdades doctrinales; la infracción de las reglas, ent re
las que se incluye violación de principios, convenciones, creen cias o tabúes; la
comisión de una o fensa seria; el traspaso, la eliminación o el d esorden de lími tes
conceptuales o físicos.
97
En el t erreno d el arte, la tran sgresión, o la estética de lo
transgresor , se ha convertido en una especie de misión sagrada, pero el crédito de lo
transgresor también alc anza a otras disciplinas. La ciencia, que h a sido considerada
tradicionalmente el baluarte de toda objet ivid ad, n o está a salvo de las mo das
98
y
conserva con reverencia a sus prop ios mártires, la mayoría de los cuales conocieron un
destino mucho más trágico que los artist as t ransgresores. En 1996 Alan Sokal mandó
un artículo a una revista ame ricana de renombre, Social Text , parodia ndo la for ma
abusiva en que se extrapolaba la t erminología de las ciencias exactas a las ciencias
sociales. El artículo fue publicado, a pesar de no contener más que disparates, debido a
97
Julius, Anthon y. Op. Cit ., p.19
98
Ver Kuhn, Tho mas. La est ructura d e las revoluc iones cien tíficas , Mad rid, FCE E spaña, 2006.
85
que remedaba convincentemente el discurso intelectual en boga, mayormente al estil o
francés de Lacan, Deleuze, y ot ros militantes y ex milit antes del est ructuralismo y d el
postestructuralismo. No es casual q ue el título del mismo fuera: “ Transgredir l as
fronteras : hacia una hermenéutica transfo rmativa d e la gravedad cuán tica ” .
99
Tampoco es casual que Sokal parodiase la ret órica d el pensamiento f rancés
contemporáneo, por cuanto representa una de las modas intelectuales más
influyentes d e fin ales de siglo. Hay que señalar que se trata de u n movimiento que
está directa o indirecta mente en deuda con el filósofo excrementicio Georges Bataille,
figura seminal e n la épica transgresora. Su ap ortación fue la for mul ación de un
discurso en el que la transgresión ocupa una p osició n central, relacionando la
sexualidad n o rep roductiva, est o es, el erotismo, con una teoría de la existencia t eñida
de misticismo. Bataille es u n sólido heredero d e Sade y d e todos aquellos infames que,
en palabras d e Foucault, habrían hecho de la infamia “una modalidad d e la universal
fama” .
100
Decimos qu e u na obra es t ransgresora cuando viola algú n precepto estético, social,
político o cultural. Podrí amos h ablar d e una progresión de obras transgresoras en la
historia del arte, hasta que en el siglo XX se p roduce el advenimiento de lo tran sgreso r
como gesta característ ica. Forma p arte d e la ética de la moder nidad la irrupción de la
causa contra la Academia, la h egemonía d el arte q ue resp onde a lo canón ico con su
propia mitolo gía de insumisión. La sucesión de l os ismos de vanguardia comportan la
violación del est ilo p recedente c omo j ustificación ontológica. Su potencial creat ivo
deviene destrucción cuando se configura como posib ilidad antitética de la historia y
del arte. El antiarte es el fund amento de la tran sgresión p ura, pues pretende derriba r
la institución desde s us mismos cimientos, cue stionando todas y c ada una de s us
premisas de partida. La iconoclasia supone la violación última del límite, pues como el
hijo qu e destruye al pa dre en el mito f reudiano, a nhela destruir la p ropia estructura
para sobrevivir como transgresión pura , incon testable. En un drama d e tintes edípicos,
asesinar al maestro sería el último y extremo acto de amor del discípulo. E s lo que hace
Picasso con la gran tradición de la pintura y lo que hace Jackson Pollock con Picasso en
99
Bricmont, J. y Sokal, A. Im posturas intelec tuales , Barcelona, E diciones Paidós Ib érica, 199 9.
100
Foucault, Michel. La vid a de lo s hombres infame s , L a Plata, Altamira, 1996, p . 127.
86
orden d e poder existir. En la segunda mitad d el pasado siglo, Rau schenberg ele gía al
representante del expresionismo abstracto q ue más admiraba, De Kooning, para
proceder a borrar uno de sus dibujos, mientras An dy Warhol se preguntaba si Picasso
habría oído hablar de la Factory .
Robert Rauschenber g , E rased de Ko oning Drawing (Dibujo bo rrado de De Koo nin g), 1953.
No deja de r esultar ir ónica la sa tisfacción per versa que la quema del almacén de
Leyton en que se guarda ba parte de la cole cción Saat chi provocó en un extenso sector
de la pob lación b ritánica.
101
An te el espectáculo de la tien da con los amant es de Emin
reducida a ceniz as y del mismo Hell coagulado en una amalgama de p lomo, las
actitudes de los filisteos y de la vanguardia se tocaban p ara atribuir al fuego el mismo
carácter purificador.
En su obra El retorno de lo real , Hal Foster formuló las d os direcciones esenciales qu e
adoptó el ar te d e los noventa: por u na parte el cu erpo y lo a byecto derivado de sus
funciones y procesos; y por o tro, lo social y lo site-specific .
102
Es en la primera d e est as
tendencias donde la transgresión se presenta a sí mism a como vehículo y resumen de
unas narrativas que hunden sus orígenes en el comien zo de los tiempos: el cuerpo
101
Jones, Jonathan. “ Up in smok e ” , L ondres, The Gua rdian , 27 de mayo de 2004.
102
Foster, Hal, E l retorno de lo real. La va ngua rdia a finales de siglo , Madrid , Akal, 2001, p ass im.
87
como entidad vulnera ble, fragmentada, informe y abyecta. Los c ódigos de la
representación que fueron violentados co n ocasión del advenim iento de l a
modernidad son desplazados a u n lugar aún más pro fundo, invadiendo el terreno de la
antropología y la filosofía. El propio Bataille había manejado con soltura conceptos
derivados del estudio comparado d e los pueblos, como el potlatch o los mecanismos
psíquicos d el tabú d el i ncesto. Es aquí donde la transgresión encuentra su expresió n
cultural más celebrada, donde presuntamente está destinada a arrojar u na luz sobre
aquello que ha quedado ensombrecido por la prohibición ancestral.
De hecho, u na nutrida fracción de la profesión artística identifica arte con t ransgresión
hasta el punto de no entender lo uno sin lo otro:
Para mí, el arte tiene que ser perturbador o p rovocador, si n o, c arece de interés.
Mi obra se concentra e n el cuerp o. Y d e ahí q ue empiece c on artistas que
trabajan con s u propio c uerpo como Vit o Acconci, el cual decía que el cuerpo es
el lugar donde sucede todo.
103
En el texto del catálogo de la exp osición más representativa d el joven arte b ritánico de
finales d e siglo XX, Norman Rosenthal insi stía e n que “el arte no trata sólo de t ener
una visión, si no también d e imp oner esa visión”.
104
Como pru eba evidente, Rosent hal
traía a colación la proverbial reticencia con que las obras realmente innovadoras o
transgresoras habían sido acogidas, n o sólo po r parte del público, sino de los propios
críticos, coleccionistas y hasta artistas.
103
A b ramović, Marina, en Gras Balaguer, Melani e . “ En los bord es del miedo”, Revista Lá piz , Noviembre
1996, Año XV, nº 126, p. 61.
104
Rosenthal, Norman. The blo od must continue to flow , en Se nsation Young British artists from the
Saatc hi Collection, Lond res, Royal Acad emy of Arts, 1997, p . 9.
88
1.2.2. La transgresión, un mit o de origen.
El hombre per tenece a a mbos mun dos (el de la p rohib ición y el de la transgr esión), entr e los
cuales, por más que quie ra, está de sgarrada su vida.
Georges Bataill e, El E rotismo.
La cultura occidental, de raíces grecorromanas y judeocristianas, está sólidamente
fundada en torno a transgresiones. Nuestras mitologías, la pagana y la cristiana, se
nutren amb as de actos impíos, de des obediencia a los diose s, de accion es contrarias a
los preceptos de la ley. La Antigüedad abunda en casos de transgresión que trastocan
el orden establecido y que son purgadas al precio de u na terrible expiación .
Producciones humanas como la cultu ra o la ci encia no p ueden ser entendidas sin las
transgresiones, ya que conllevan u n t elos , incorporando a la interpretación u n senti do
de trasp osición del lími te que es imprescindible para que se produzca el avance y e l
progreso. Si n traspasar la frontera de lo fam iliar, lo mítico, lo sagrado o lo
comúnmente acep tado no hay evolución . Sólo a t ravés d el acto transgresor se
consigue el conocimiento. No todas las culturas en tienden la tran sgresió n como algo
positivo ni como acto básico d el progreso. Por ejemp lo, la pal abra Is lam tiene el
significado or iginario de “sumisión”. Posiblemente, debido a las raíces paganas del
cristianismo, éste incorporó, aun a u n nivel inconsciente, la retórica t ransgresora y su
sentido de perfectibilidad autotélica.
Los h éroes griegos enfer man de una af ección que el pensamiento clásico supo
identificar y catalogar a la perfección: la hybris ( ὕϐρις húbris ). Aquello s dominados por
la hybris se dejan llevar por la d esmesura, el orgullo desp roporcionado. En la Teogonía
de Hesíodo, Urano, el cielo, cubre permanentemente a Gea, la tierra, si n permitir que
todas las criaturas que lleva en su seno n azcan y existan d e f orma autónoma. Gea
convence a su h ijo Cronos para que castr e a su pad re, y es a través de esta castración
que los seres vivos pueden surgir al fin del vientre de la mad re. Pero mientras Urano se
aleja y se queda p ara siempre en las alt uras, lanza una terrible maldici ón sobre sus
hijos: “Os llama réis Titanes, les dijo, haciendo un juego de palabras con el verbo t itaíno
95
locura ritual, el extranjero . También era conocido como Baco ( del griego, Βακχος
Bakkho s ), nomb re con el que p asará al pa nteón romano, s ustituyendo a l dios itálic o
Líber Pa ter. Hijo de una mortal y del padre d e los dioses, su naturaleza errará
continuamente entre lo divino y lo p rofano. Su nacimiento ya resu lta excéntrico y
contra natura. Su madre, Sémele, exhorta a su amante Zeus a que se le muestre en
toda su maj estad. Ta nto insiste que Zeus, al revel arse b ajo su f orma de dios, la f ulmina
estando embarazada de pocos meses. Pero su padre ext raerá al feto, y abriéndose una
herida en el muslo, lo alojará allí para que termine su formació n. Debido a lo inusual de
su nacimiento, d el q ue existen varias versiones, D ionisos es t ambién conocido como el
nacido dos veces. De hech o, el renacimiento er a ob jeto principal d e los cult os
mistéricos, p or cuanto su figura está u nida a la idea de muerte y resurrección. Ten ía
paralelismos con otros dioses d e Asia Menor y Orien te que n acían y renacían, d ioses
como Adonis, Atis u Osiris.
En otra versión del mito:
Se decía que Dionisos h abía sido el hijo bastardo de un rey cret ense lla mado
Júpiter. Al marcharse al extranjero, Jú piter cedió trono y cet ro al jove n Dionisos,
pero sabiendo que su mujer Juno acariciaba un celoso resentimiento hacia el
niño, confió a Dionisos al cuidado de guardianes con cuya fidelidad crey ó podía
contar. Sin emb argo, Juno compró a los guardas, y entreteniendo a la c riatura
con un sonajero y un espejo diestramente labrado, le atrajo a una emboscada,
donde sus satélit es, los Titanes, se abalanzaron sobre él, le descuartizaron,
hirvieron su cu erpo c on varias yerbas y se lo comieron. Pero su hermana
Minerva, que había tomado parte en el hecho, guardó el corazón de Dio nisos y
se lo entregó a Júpiter cuan do volvió, revelándole la histori a completa del
crimen. En s u fur or, Júpit er condenó a los Tit anes a mo rir torturados y para
aliviar su pena po r la pé rdida del hijo, hizo un a i magen de él, en l a que encerró
el corazón del niño, y despu és construyó un templo en su hono r.
114
Esta versión del mito con tiene la explicación del origen del mal de la humanid a d. Pa ra
la p oesía órfica, la ra za humana surge del humo de los restos de los Titan es , que s e
hace heredera de sus d efectos y vicios , “moderadas por un a diminuta porción de
114
Frazer, James. La ram a dorad a. Ma gia y religión, Madrid, Fondo d e Cultura E conómica, 1981. p. 328.
96
materia anímica divina, q ue es la sustancia del d ios Dionisos , q ue sigue obrando en los
hombres como un yo oculto”.
115
A pesar de la ambivalencia del mito, o tal vez p or esa causa, D ionisos es p erseguido sin
descanso. En otras t ranscripciones, la celosa esposa de Ze us , Hera, no dejará d e
acosarlo y atormentarlo durante tod a su infancia y j uventud. Zeus lo p rotegerá
siempre, pidiendo ayuda a los demás diose s para ocultarlo, transformándolo en
animal, y finalmente enviándolo a Asia, d onde andará sin ru mbo hasta perder la razón.
“A un tiempo vagab undo y sed entario, re presenta de entre los dios es griegos, de
acuerdo con la fórmula de Louis Gernet, la f igura del Otro, d e lo q ue es diferente,
desorientador, desconcertante y anó nimo ”.
116
Su abuela Rea lo sanar á de la locura, y f inalm ente, d escubriendo las virt udes de la
planta de la vid, introducirá y extenderá el u so d el vino entre los p ueblos. Su culto
arraigó al extremo de ser el más popular de los dioses, aunque Homer o no le había
prestado atención apenas. En Roma se le consideraba protector de la fertilidad de los
campos y del ga nado, y se le ad oraba bajo el sign o de un falo. S e le asociaba al p ino, a
la yedra y a la higuera, y t ambién se le llamaba El rey Fructífero , El de la fruta v erde , El
Fructificador .
117
So lía representarse, si n embargo, b ajo la apariencia de un c hivo o
unido a la imagen de un toro, en cuya forma fue descuartizado por los Titanes. Sus
seguidores de Tracia solían adornar su cabeza con cuernos. Se decía asimismo que
había ideado la forma de uncir el ga nado al arado, liberando a los hom bres de esta
tarea. Especial importancia revi ste el tema de la re surrección de Dionisos, narra do de
muchas y variadas maneras, y que se ligaba a los signos de la reaparición de la
primavera. El culto a Baco se exten dió a través de sus fiestas, las Bacanales, hast a que
el Senado romano l as proh ibió en el 186 a. de C. La Iglesia haría algo similar al
remplazarlas por el Carnaval.
El rit o primitivo era exclusivamente de muje res para mujeres y p rocedía d el cu lto
original al d ios Pan. Las sacerd otisas or ganizadoras de la ceremonia se llamaban a sí
mismas Bacantes o M énades y el nom bre ha quedado asociado a las or gías romanas.
La celebración estaba vinculada al vino, al baile, a la orgía ritual, y durante sus
115
Dodds, E .R. Op. Cit ., p p. 151- 152,
116
Vernant, J. Op. Cit., p. 154.
117
Frazer, J. Op. C it., p. 326.
97
ceremonias se cantaba el di tirambo, un a forma de himno “esencialmen te d istinto de
todo otro canto coral”.
118
Dionisos se h acía acompañar de un séquito - el thyaso - compuest o por seres como
sátiros, ninfas y silenos, además d e las Ménades o Bacantes, las d anzantes que,
embrujadas por la locura ritual, sucumbían al frenesí incontrolado. Ceder a Dionisos
puede ser algo peligroso. Las mujeres:
abandonan a sus hijos, interrumpen de repente sus tareas caseras, dejan a sus
maridos y se van a las montañas, a las tierras sin c ultivar, a los b osques. Allí se
pasean con unas ind umentarias impropias de damas tan dignas, y se entregan a
toda c lase de locuras, que los campesinos contemplan c on se ntimientos
contradictorios, a u n tiempo estupefactos, admirado s y esc anda lizados.
119
Pablo Picasso , L a joie d e vivre (La aleg ría de vivir), 1946.
En otoño ten ía lugar el banquete ritual de Dionisos, llam ado la Ambrosía. Robert
Graves asegura que cuando l as Ménades recorrían la campiña helena desped azando
animales o n iños a su vuelta de la India, no se habían embriagado únicamente con vino
o con c erveza de hiedra . Los seguidores de Dion isos consumían “una droga mu cho más
fuerte: a saber, u n ho n go cru do, amanita muscaria , qu e p roduce alucinaciones,
118
Nietzsche, Friedri ch. E l nacimien to de la tragedia , Madrid, Alianza, 1973, p. 18: Las ví rgenes que s e
dirigen solemne mente hacia el templo d e Apo lo c on ramas de laurel en las manos y que entre tanto van
cantan do una canción proc esional con tinúan siendo quienes son y conservan su nombre civil: el coro
ditirámbico es u n c oro de transformado s, en lo s que h an queda do olvidados del to do su p asado civil, su
posición soc ial: se han convertido en servidores intem porales d e su dios, que v iven fuera de tod as las
esferas sociales. Todo e l resto de la lírica c oral d e lo s he lenos es tan sólo una giga ntesca ampliac ión del
canto r ap olíneo individua l; mientras qu e en el ditirambo lo q ue está a nte nosotros es una com unidad de
actores inc onsciente s, que se ven u nos a otro s como transformados.
119
Vernant, J.P., Op. Cit., p. 164.
98
desenfrenos insensatos, visión profética, energía erót ica y un a n otable f uerza
muscular”.
120
Dionisos t ambién es conocido como Ly sios , el Libertador . Inspira el respeto p or el loco,
que está en contacto con lo sob renatural. Las Bacantes f ueron inmortalizadas en el
drama homónimo de Eurípides. En él se nos p inta su asp ecto terrorífico: los cabellos
caídos sobre l os hombros, la nébrida desatada, cinturones d e serpientes “q ue lamen
sus mejillas” .
121
Los hombres estaban excluidos de sus ceremonias. Hay quien sostiene
que el menadismo representa una transgresión del orden controlado masculino
122
,
donde las Ménades (mainades o “mujer loca”) violan todos su s d eberes, ab andonando
sus casas y a su s mari dos p ara adentrar se en el éxtasis dionisíaco. De hecho, la
oreibasía , la ascensión al mo nte, f orma parte del rito dionisíaco porque representa el
alejamiento de la civiliza ción y la búsqueda de refugio en la naturaleza.
¡Vestida con la moteada piel de corzo, c íñete con la s tiras t renzadas de la na de
blanco vellón! ¡Consagra la vara de tu tirso ca rgado de furor! Pr onto la co marca
entera danzará, cuando Bromio conduzca sus cortejos al monte, al mon te,
donde aguarda el f emenino tropel, lejos de t elares y ruecas, aguijoneado p or
Dionisos.
123
De ahí que los hombres las p erciban como una amenaza al ord en patriarcal qu e ellos
han instituido, y traten de rep rimirlas. De hecho, las Mén ades o Bacant es
personificaban las fuerzas d e la naturaleza, los esp íritus orgiásticos. Poseíd as del
frenesí, no pueden sino bailar y cantar has ta la extenuación.
En muchas otras culturas las danz as d esenfrenadas son el preámbulo del holocausto.
Los sacrificados de Technotitlán , incluidos los n iños, h abían sid o obligados a danzar
durante horas y hor as s in descanso, antes de ser con ducidos a la p iedra sacrificial.
Existen abundantes ejemplos de este tipo de acto compulsivo.
A estas Ménades se les at ribuía, además, el acto salvaje de descuartizar a sus hijos de
corta edad, el spara gmós ritual, y luego proceder a devorarlo s, la omophagia . Bataille
apunta al parecido entre el lamento de los cabritos al ser degollados y el llanto d e un
120
Graves, Robert. Lo s mitos g rieg os I , Madrid, Alian za Editorial, 1985, p. 4.
121
Eurípid es. Las Bacante s , Trage dias , Vol. II, Madrid, Bib lioteca Gredos, 2006, p . 569.
122
Burkert, Walter. Greek religion , Oxford , 2000, p.161- 162.
123
Eurípid es. Op. Cit ., p. 544.
99
niño, raíz quizá de la confusión entre la víctima animal y la humana. Dodds, en Los
griegos y lo irr acional , refiere tres ejemplos extraídos de difere ntes cult uras: danza de
caníbales en la Columb ia británica, que acaba con el despedazamiento y la decocción
de un cuerpo humano; una danza sagrada de comedores de cabras en Marruecos y
una última sacada de una descrip ción clín ica de la histeria p osesiva por un doctor
francés. Bat aille, en Las lágrimas de Eros , describ e los ritu ales extáticos de los cultos
vudú. La antropología abunda en ejemplos de canibalismo ritual.
Durante la Edad Media alemana tambié n iban de un lad o a otro, can tando y bailando,
“presas de esa misma violencia dionisíaca” ,
124
multitu des que re cordaban a los coros
báquicos. Son las mismas danzas macabras que representarán Holbei n y Durero.
Hans Holbein el Viejo , Danse Macabre (Da nza Mac abra) , 1538.
Las Bacantes son protegidas por su dios, contra el que peca de hybris aq uél que ose
desafiarlo. En la tragedia griega, Penteo es el rey de Tebas, hijo de Esquión y Ágave,
hija de Cadmo, el fundador de Tebas, y de la diosa Harmonia. Su madre Ágave es
sacerdotisa del culto dionisíaco, del cual él desconfía p rofundamente. La llegada de un
extranjero coincidiendo con las celebraciones de D ion isos le hace descon fiar aún más.
Prohíbe l os ritos y encadena y en cierra al extranjero . Pero éste, llegada la noche, ve
124
Nietzsche, F. Op. Cit ., p . 7.
100
caer sus caden as y abrirse tod as las p uertas, ya que se t rata del propio dios disfrazado
de mortal. Penteo sucumbe a la locura que le in spira Dionisos y, travestido, va a espiar
las ceremon ias de las mujeres subiéndose a la copa de un árbol. Pero su madre y otras
Bacantes, que vagan por los campos presas de locura extática, lo h allan y lo confunden
con un animal, d espeda zándolo con sus p rop ias man os. Las leyendas de la muerte de
Penteo y de Licurgo, dos reyes que compartieron u n trágico final, el uno desp edazado
por Bacantes, el otro por caballo s, deb ido a su oposición a los ritos dionisíacos p ueden
ser, según Frazer, p ervivencias en el tie mpo de una antigua costu mbre: la d e sacrificar
a los reyes para esparcir después los tr ozos de sus c uerpos por los c ampos, para
fertilizarlos. Probablemente no es una simple coinciden cia que el mismo Dionisos fuera
descuartizado en Te bas, en el mismo lugar en que Penteo encontró una mu erte similar
a manos de las Bacantes .
125
Penteo es castigado por su hybris . Incluso su nombre, q ue significa “hombre d e las
penas”, lo destina a la traged ia, y así se lo hace n otar Dionisos con iro nía. Ha desafiado
al dios, negando su d ivin idad, lo ha apresado y encadenado como a un simple mortal .
Su castigo es ser tratado como una víctima propiciatoria:
Como el phármakos qu e recoge sobre sí lo s pecado s de la com unidad para
expiarlo s con su muerte, inmolado en un sparagmós ritua l, un despedazamiento
en vivo a manos de las Ménades (al c ual en el ritual debía se guir la omo phagia,
la comida de la carne c ruda del animal sacrificado, a los que en la tragedia de
Eurípides s ólo se alude). El travestimiento de Penteo con indume ntaria
femenina y báquica, su refugio en el árbol, que no será cortado sino arrancado
de cuajo, la conducción de su empalada cabeza como un triunfo de caza, evocan
actos de un ritual di onisíaco (…) c omo su primo Ac teón, paga con el
descuartizamiento la tr ansgresión de una nor ma religiosa, s u vocación de
inconsciente teómaco, adversario de una divinidad que en s u tremendo poder se
revela como procurador de libertad y alegría, pero también c omo implacable y
cruel vengador d e su gloria afrentada .
126
125
Frazer, J. Op. C it., p. 330.
126
VVAA . “Introd ucción”, en E urípides, Bacante s , (Tragedias, Vol. I I), Madrid, Gredo s, 2006, p. 523.
101
El loco, el artista, e l poseído p or el espíritu del dios, adq uiere la condición de méd ium,
algo destinado s ólo a u nos p ocos ele gidos, pero la experiencia dion isíaca es
“esencialmente colectiva o congregacion al y, lejos d e ser un do n raro, es sumamente
infecciosa ” .
127
En cont raste con Apolo, que era un dios más aristocrát ico, sus goces se
mostraban accesibles incluso a los esclavos.
El cu lto dionisíaco movía a alcanzar la éktasis , una especie de olvido de uno mismo y
de olvido de las propias respon sabilidades, impul so sofocado siemp re p or la sociedad
en el or den y el cumplimiento del deber. Dionisos alienta ese instinto de salir d e uno
mismo, de huir de las cargas a través d e la or gía y de la fiest a. D e ahí que la función
social del primitivo rito dionisíaco fuera catártica:
Purgaba al individuo de esos impulsos irraciona les infecciosos que, al ser
obstruidos, hab ían dado lugar, como lo han hecho en otras culturas, a explosion es
de danza maniática y a otras manifestaciones semejantes de histeria colectiva; el
ritual dionisíaco venía a ser para ellos una vá lvula de escape. Si es to es a sí,
Dionisos fue en la é poca Arcaica, un a necesidad social en la misma medida que
Apolo; cada uno servía, a su modo, a las angustias características de una c ultura
de c ulpab ilidad. Apolo prometía segurida d: “Comprende tu condición c omo
hombre; haz lo que el P adre t e dice, y es tarás s eguro mañana”. Dionisos ofrecía
libertad: olvida la d iferencia y hallarás la identidad” .
128
En todas las cult uras han existido rit uales cuyo pro pósito es el de reforzar el
sentimiento de un idad en la comunidad. Pero cuando la sociedad crece dema siado o
se vu elve paulatinamente más compleja y diversa, el p rimitivo ritual se muestra
inoperante para canalizar la angustia. Aparece ent onces la ex trapolación art ística. La
forma de subli mar tal violencia reprimida por la civilización termina derivando en el
arte, y su p rimera versión terapéutica será la tragedia. ¿Estará desemp eñando el arte
contemporáneo del exceso este papel en un mundo desacralizado?
127
Dodds, E .R. Op., Cit ., p . 75.
128
Íbid., p . 82.
102
1.2.4. El nacimiento de la tragedia.
La estatu a, en cua nto bloque de mármol, e s algo mu y real, pero lo real de la estatu a en
cuanto figura onírica e s la persona viviente d el dios. Mientras la estatua flo ta aún como imagen d e la
fantasía ante los ojo s del artista, éste continúa j ugando con lo real; cua ndo e l artista traspasa esa
imagen a l mármol, juega con el sueño (…). ¿Qué son ahora pa ra él las imáge nes y las estatu as? El ser
humano no es ya un artista, se ha c onvertido en u na obra de arte, c amina tan e xtático y erguido co mo
en sueño s veía ca minar a los dio ses.
F.Nietzsche, E l nac imiento de la tragedia.
Platón y Arist óteles introdujeron la condición mimética del arte en la h istoria de la
estética. Mímesis deriva de mimos y mimeisthai , términos que aludí an en sus inicios a
los cambios experimentados p or los f ieles durante ciertos rituales, cuando éstos
sentían que se encarnaban en ello s seres de naturaleza no humana. En un principio, los
mimos fueron los partic ipantes en la fiesta dionisíaca que mugían como toros.
Mimeisthai no es tanto imit ar como representar, encarn ar a un ser ale jado d e uno, sea
éste de naturaleza animal, divina, o la encarnación de algún héro e.
129
La op inión sobre la imita ción de Platón es b ien conocida, y en La Repú blica exilió a los
artistas por considerarlos impost ores. Sin embargo, Aristóteles analizó la f orma d e la
tragedia en su Poética , conced iendo a la rep rese ntación u n valor catártico y didáctico
para el espectador. Así, la tragedia toma de la realidad sus ele mentos, imit ándolos,
pero los enriquece con el lenguaje y el lib re juego del ingenio. El verso, el rit mo, la
música, se conjugan de forma q ue no sólo reproducen servilmente lo q ue existe, sino
que lo adornan y embellecen para escenificar la acción. “La tragedia es e n esencia una
imitación no de las personas, sino de la ac ción y la vid a, d e la felicidad y la
desdicha”.
130
En última instancia, la tragedia construye una acción y la estru ctura dentro d el orden
del arte. A pesar d e que le con cede un rasgo d e imitación, d istingue específicamente al
129
Adrados, Francisco Rodrígue z. Fiesta , c omedia y tragedia. S obre los o rígene s griego s del teatro,
Barcelona, Planeta, 1972 , p. 5 2.
130
Aristóteles. Poétic a , Mad rid, Espasa -Calpe, 1976, p. 15.
103
historiador del poeta , del artista. El historiador narra lo que ha acon tecido, mientras
que el poeta fabula co n lo que p odría h aber sucedido. “De aquí que la poesía sea más
filosófica y de mayor dignidad que la hist oria, puesto que sus afirmaciones son má s
bien del tipo de las universales, mientras que las de la historia son particulares”.
131
Aristóteles tomó el término catarsis (del griego κάθαρσις kátharsis , purificación ) de la
medicina. La catarsis implica u n acto de purificación emocional, de salir de uno mismo
para observar lo re-presentado. Es u na purga de las emociones negativas , de los bajos
impulsos, u na forma d e separarse de lo neg ativo al proyectarse en los actores. A este
estado catártico se llega med iante la compasión ( éleos ) y el miedo ( phobos ). La
tragedia serí a la imitación de una acción noble y d e gran alcan ce, que se hace artística
por medio del lenguaje y cuyo fin es purifi car las emociones de la audiencia.
La mímesis su giere un pun to d e identificación del esp ectador con el protagonista. De
esa forma, sus emociones serían secuestradas por la acción, y la liberación del ánimo
sólo llegaría con la catarsis . Sup ondría, en t érm inos psicoanalíticos, la canalización o
sublimación de un sentimiento negativo hasta un status superior artístico, o p ositivo.
En la tragedia:
(…) siente el espectador d os emociones contrapuestas que se entrecruzan y
refuerzan: compasión y temor, éleos, f obos. Temor ante la f alta en que el héroe
incurre, impiedad, desafío a una potencia superior, transgresión de alguna ley,
ley clara de la ciudad o ley oscura y familiar de la san gre; temor, sobre todo,
ante la expectativa que sugiere la acción, las consec ue ncias lógicas entrevist as
que de ella se desprenden, el castigo que se espera .
132
Aristóteles sugiere que la pu rga que se p roduce en el es pectador l o libera de la
violencia y de los sentimientos negativos, “con incidentes que excitan p iedad y temor,
mediant e los cuales realizan la catarsis de t ales emociones”.
133
¿Se exp resaría aquí la
idea de un ritual p urificador en el arte, algo que libera de la maldición de la violencia y
el odio? Sería como el ritual purificador de la violación del tabú en los pueblos
primitivos:
131
Íbid., p . 20.
132
Trías, Eugenio. Lo bello y lo siniestro , Barcelona, Sei x Barral , 1982, p. 130.
133
Aristóteles. Op. Cit., p. 10.
104
Catharsis sería liberación; en un c aso se entenderá liberación de emociones y
pasion es qu e dominan pecaminosamente el alma; en el otro liberación p síquica
de emociones y pasiones , pero entendiendo l a psi que y su t ratamiento según el
modelo médico hipocrátic o del cuerpo, como arm onía de pasiones y afectos que
pueden sufrir desequilibrios y excesos, del mismo modo c omo los ele mentos
constituyentes del cuerpo y los “humores” correspondientes pueden truncar la
armonía en q ue ev entualmente se hallan por predominio unilateral de alguno
de ellos.
134
Bajo est a perspectiva, el arte tendría una f unción terapéutica y med icinal. Su sen tido
primordial sería proporcionar con suelo o redención a los espect adores. Les aliena de
sus p ropias sensacion es, al exterior izar las y mostrarlas en un contexto art ístico. Se
permite así al público d istanciarse de sus bajas pasiones, canalizar la ansiedad colectiva
hacia un espacio simbólico, d onde los excesos quedan en suspensión y sin efecto. Se
justifica así, t al vez, la desconfi anza que sienten los hombres del mundo clásico hacia
las pasion es. Dodds sostiene que el hombre griego hab ía enfrentado siempre la pasión
con desconfianza, como la experiencia de u na fuerza desbordante y aterradora, q ue lo
poseía en lugar de ser poseíd a p o r él. La palabra pa thos y su eq uivalente lat ino passio
lo confirman, al signif icar algo q ue le acontece a uno, algo d e lo que se es víctima
pasiva, y así Aristót eles compara al h ombre llevado por la pasión con los q ue están
dormidos, locos o embriagados, r efiriéndose a que la razón qu eda en s uspenso ante
semejantes transportes .
135
La ventaja inmediata que of rece esta salid a de uno mismo p ara contemplar la t ragedia,
es la p royección de los malos sentimientos en otro, así como las consecuencias de la
hybris en un tercero. La t ragedia pose e un sentido d e ad vertencia, un valor didáctico.
El teatro, la líric a, la poesía ór fica, la visión dionisíaca del mundo no son, según
Nietzsche, lo maldi to o lo prohibido, sino la contrapartida a la mesu ra, al equilibrio y
orden exigidos por la sociedad. Los griegos encontraron la manera de escindir ambas
naturalezas en el culto a dos dioses antagónicos. Dionisos por un lado, con sus cultos
orgiásticos y excesivos, y Apolo p or otro, que representa el mundo ordenad o del
134
Trías, E. Op. Cit ., p. 131.
135
Dodds, E .R. Op. Cit., p. 177.
111
El an tecedente más directo del Carnaval son las Saturnales , don de el mundo al revés
se convierte en la norma, y la permisividad alcanza su máxima expresión. Las
Saturnales correspond ían oficialment e a una f estividad en honor al dios Saturno, en el
día 17 de d iciembre, p ero eran tan populares que en la práctica se extendían hasta el
23 de diciembre. También era conocida como la fiesta de los esclavos .
Lo que de ordinario est aba prohibido, se a utorizaba en estos días locos. Las
leyes contra el lujo permitían en las Sa turnales ga star en comidas una c antidad
mayor que en los dí as c orrientes y quien no ap rovechara la oportunidad para
cogerse una melopea res ultaba desagradablemente llamativo (…). Pe ro, en
especial, en el interior de la familia se elimin aban todas las barreras que
separaban al esclavo d el hombre libre. El jueg o de los dados, es trictamente
proh ibido en fec has normales, aunaba a seño res y siervos.(…) Esto podía
entenderse en sentido est rict amente litera l. Sabemos que en las Sa turnales el
esclavo tenía licencia para “dar la vuelta a la tortilla” y decir a su señor
verdades incómodas. El mundo quedaba patas arriba y podía ocurrir q ue los
señores sirvieran a sus propios esc lavos. (…)En las saturnales se jugaba al
mundo al revés y se caricaturizaban leyes y cargos públicos. La dignidad de rey
de las S aturnales, que presidía aquel enloquec ido ajetreo provisto de la
autoridad suprema , se echaba a suertes.
144
La inversión de la jerarquía y las nor mas culmina en unos “reyes de la risa”, trad ició n
muy extendida en Francia, d onde est os reyes – rey y reina - p residen un banquete en el
que la lógica ced e a la inversión de las ca tegorías: “había que invertir el orden de lo
alto y lo bajo , arrojar lo ele vado y antiguo y lo perfecto y terminado al infierno de lo
“inferior” material y corporal, donde moría y volvía a renacer ” .
145
Así suced e en la famosa escena del Quijote en la que a Sancho se le promete una
ínsula, y d onde queda patente la intención de reírse de la grosera lógica y prosaicas
ambiciones del escudero:
144
Schultz, Uwe. La fiesta , Mad rid, Alianza, 1988, p.16- 18.
145
Bajtin, Mija il. Op. Cit. , p . 78
112
El materialismo de Sancho, su omb ligo, su apetito, sus a bundantes nec esida des
natura les co nstituyen “lo inferior absoluto” del realismo grotesc o, la alegre
tumba corpor al (la barriga, el vient re y l a tierra) abierta para aco ger el
idealismo de Don Quijote, un idealismo aislado, abstracto e insensible; el
“caballero de la triste f igu ra” necesita morir p ara renacer más f uerte y más
grande; Sancho es el correctiv o natura l, corpora l y universal de las pr etensiones
individuales abstractas y espir ituales; además Sa ncho representa también la
risa con correctivo popular de la gravedad unilateral de esas pretensiones
espirituales (lo inferior absoluto ríe sin cesar, es la muerte qu e ríe y engendra la
vida). El rol de Sancho fr ente a Don Quijote podría ser comparado con el rol de
las parodias medievales con relación a las ideas y los cultos sublimes; con el rol
del bufón frente al c eremonial serio; el de las C arnestolendas c on relación a la
Cuaresma, etc .
146
Lo qu e es más ferozmente reprimido e n los períodos “normales”, en la rutina, la
existencia cotidiana, en aras d e la convivencia pacífica y la entre ga virtuosa al mundo
del trabajo, es abolido temporalmente para afirmar la vitalidad, la embriaguez, l a
violencia, el éxtasis y la orgía. Es obligado asaltar cole ctivamente la prohibición que
pesa sobre la comunidad los restantes días d el año. Su finalidad es rejuvenecer a la
sociedad, distraerla de las p reocupaciones, hacer estallar la risa y la sexualidad sin
freno como forma de evadirse de la angustia.
Como señala u na apología qu e figura en una circular de la Facultad d e Teolo gía de
París del 12 de marzo de 1444:
Los hombres son como t oneles desajustad os que el vino de la sabi duría haría
estallar si prosiguiese fer mentando incesantemente bajo la presión de la p iedad
y el terror divinos. Hay que ventilarlos para que no se estropeen. Por es o nos
permitimos en ciertos días las bufonerías ( ridiculizaciones) para regresar luego
con duplicado celo al servicio del señor.
147
146
Íbid. p p. 26- 27.
147
Bajtin, M. Op. Cit., p. 72.
113
1.2.6. Sade, o los infortunios d el arte.
En me dio de toda esa ruido sa epop eya imperial se ve flamear esa cabe za ate rradora, ese pecho enorme
surcado de relámpago s, el hombre - falo, perfil augusto y cínico , gesto de t itán terrible y sublime ; en esas
páginas m alditas se sien te circular c omo u n escalofrío de infinito, se sien te vibrar sobre e sos labios
quemados, c oma un sopl o de i deal tor mentoso. Aproxi maos y oir éis palpitar en es a carr oña cenagos a y
sangrante a rterias del alma u niversal, venas hinc hada s de sangre d ivina. Esta c loaca está amasad a con
azul de cielo; hay en e sas letrinas algo de Dios. Cerrad los o ídos al c hoque de la s bayonetas, al gañido de
los caño nes; apartad la vista de esa ma rea oscilante de batallas perdidas o g anada s; entonces veréis
destacarse de esa som bra un fanta sma inme nso, deslum brante, inexpresable; veréis pe nder por enc ima
de tod a una época sem brada de astros el rastro eno rme y sin iestro del marqué s de Sa de.
Swinbourne.
La idea d e Dios es e l único mal que n o puedo perdona r al hombre .
Sade
En esos cien años aproximados que van d e la publicación de Ensayo sobre el
entendimiento humano (1690) d e John Locke hasta la Revolución Fran cesa, se gesta
ese tramo virtuoso del espíritu occidental que llamamos Ilustración. Para Kant, la
Ilustración representa la salida del hombre de su minor ía de edad culpable. Un secto r
de la cultura en el que las id eas d e progreso, determinismo y n aturalismo alcanzaron a
la p ropia concepción del cu erpo y d el sujeto. E n 1748, el médico J. O. de La Mettrie
publica El hombre máquina , “la mejor hipótesis p osible para explicar hechos
recientemente descubiertos, tales como la irritabilidad de los músculos y la peristalsis
de los intestinos”.
148
A la i nterpretación mecanicista que adoptaría la cienc ia méd ica
en adelante, se sumaba un a declaración de principios: sólo se aceptará como válidas la
experiencia empírica y la observación directa.
Donatien Alphonse François d e Sade (1740-1814), M arqués de Sade, también conocido
como el Divino Marqués , vivió la época convulsa de la Re volución Francesa, dio
nombre clínico a u na conocida p erversión erótica y escribió una obra subversiva sob re
la libertad hu mana que pagó con 29 años d e su vida re partidos en diversos cau tiverios.
Por sus p áginas discurre un incesa nte, vertiginos o d esfile d e perversión y parafilia q ue
148
Harris, Marvin. E l desarrollo de la te oría antropo lógica. Una historia de las te orías de la c ultura,
Madrid, Siglo XXI d e España Editores, 2003, p. 19.
114
nunca decae y nunca se extingue. Su insistencia en el horror nos impide afrontar su
obra desde otra perspectiva que no sea la pura, direct a, provocación. A p ropósito de
su ob ra más conocida, Justine o los infortunios de la virt ud (1791), dice M aurice
Blanchot: “Si hay u n i nfierno en las b ibliotecas, es para semejante libro. Hemos de
admitir que en n inguna literatura d e ninguna época h a existido una obra tan
escandalosa”.
149
Sade es, po r exc elencia, el autor maldito, el c ronista de las contradic ciones d e su
época. A lo largo de las en umeraciones licenciosas, de las detalladas relaciones de
desenfrenos, la lógica sadiana sigue un modelo r acionalista, heredero de La Mettrie, de
d’Holbach, de Descartes. Sad e es la su ma de conocimientos de su tiempo dedicada al
proyecto inconcluso del Mal, u n proyecto inconcluso qu e tratan de culminar sus
discípulos p osmodernos. Un mal absoluto donde la belleza sólo conspira para
mostrarnos la anomalía, lo monstruoso o lo abyecto. La belleza se convie rte en rehén,
nos seduce para obligarnos a mirar y a apartar sucesivamente la mirada. La belleza nos
ha traicionado, como el arte.
Andrés Serrano, Martyr (A h istory of sex), 199 7.
La lógica burguesa va a irrump ir en este mundo para autoafirmarse, con el tiempo,
como la ún ica lógica posible. Contra est a lógica se alza el p royecto d el marq ués de
Sade, un a furia incont rolada que arremete contra el antiguo régimen, pero t ambién
149
Blanchot, M aurice. Lau tréamont y Sade , México, FCE, 1990 , p. 1.
115
contra el vacío dejado por la supresión de los dioses y la norma. Si no hay norma, no
habrá ninguna norma .
Pero al rasgar la carne de sus víctimas literarias, Sad e desgarra t ambién las
contradicciones d e ese momento privilegiado de la razón h umana que es la Ilustración.
Un siglo de las luces que no lo fue para todos, q ue postergó a las mu jeres y q ue h izo
del Progreso y de la ciencia un nuevo credo que en la práctica sucumbió a todos los
excesos y ab usos del Terro r. Un t iempo corrompido por el sueño de la razón , en el que
el marqués de Condorcet mu ere en prisión escribiendo sobre la perfectibilidad
humana, y un Robespierre abolicio nista t ermina siendo el artífice e ideólogo del Gran
Terror. Y Sade se alz a en med io del caos, sin denunciarlo, p ero sin dejarse arra strar p or
él, observando como una figura fuera de escena, incomprendida y orgullosa.
Se h izo desaparecer buena p arte de su obra (de hecho, quedó muy afligid o por la
pérdida de Las 120 jornad as , y murió sin saber qu e se había salvado d e la toma de la
Bastilla), y fue principalmente su familia la q ue se t omó esta libertad. Toda la vida de
Sade, en realidad, parece destinada a esfumarse en la n ada. Su obra fue d emonizada
sin ambages, entendida como la qu intaesencia d e lo escandaloso.
Sepultado en una prisión buena parte d e su existencia adult a, sus novelas
desvanecidas o silenciadas durante siglos, y él mismo resuelto a llevar a cabo su
voluntad última de disolución:
Una v ez cubierta la fosa se mbrarán encima de ella bellotas para q ue después…
las huellas de mi tumba desaparezcan de la superficie de la tierra; me
complazco en pensar que mi memoria se bo rrará t ambién en el espírit u de los
hombres….
150
Su destino, hasta la recuperación por el Surreal ismo y por Apollinaire, fue desaparecer
sin ruido en las páginas de la h istoria. Será entonces d ivinizado, analizad o y festejado
por la intelectualidad europea de prin cipios del S. XX, que encuentra en este prisionero
al prime r hombre consciente de sí mism o y d e su libertad. Tal vez su obra es valiosa
porque nos formula una p regunta que p ermanece lat ente, p ero inexpresada, hasta
que el marqués se a treve a plantearla. Es u na pregunta en torno a la libertad humana,
y pu ede que ni siquiera h oy t enga una respue sta plausible. Sade, en el ejercicio de su
150
Citado po r De Beauvoir, Simo ne. ¿Hay que quema r a Sade ? , Buenos Aires, Leviat án, 1956, p . 4.
116
libertad soberana y en s u asunción coherente de los rasgos de autonomía q ue se l e
atribuyen al sujeto, construye desde la subjetividad u na obra en la que el otro es
concebido no bajo el p risma cristian o d e identif icación piadosa con el prójimo , sino
desde la óptica de un ser opuesto o supeditado al propio placer, cuyo mayor d olor
siempre cuenta menos que el menor de sus capri chos. Es, a fin de cuentas, la primera
vez que se expre sa en voz alta una intuición c oheren te con la n ueva ideología del
individuo. En su p ensamiento se exp resa el p esimismo del Lev iatán hobbesiano y se
encuentra esbozada la ciencia lú gubre de Spencer, su superhombre an ticipa al de
Nietzsche. Sus relatos se art iculan en torno a una lógica det erm inista, basada en la
repetición de un ú nico gesto fatalista. Verdugos y víctimas se combin an en una cruenta
relación de crímenes q ue son siempre el mismo: la transgresión de la norma, sea a
través de la perversión sexual o del asesina to.
Pier Paolo Pasolini, Saló o las 120 jornad as de S odoma , 1975.
El superhombre sadiano es un n ihilista declarado que co nc ib e la t ransgresión como un
circuito en el que el crimen y el castigo circulan y fluyen en ambas direcciones. Está por
encima de t odo, por cua nto el castigo no le hace mal: sus protagonistas disfrutan con
el castigo tanto como disfrutan castigando.
Así, t odo comienza a s er claro: para el hombre integral, que es el todo del
hombre, no hay m al posible. Si h ace mal a otros, ¡ qué v oluptuosidad! Si los
otros se lo hacen a él, ¡ qué goce! La virtud le da pla cer, porque ella es débil y él
117
la aplasta, y del v icio o btiene satisf acción por el desorden que enge ndra,
aunque sea a sus expensas.
151
En el mo mento en el que el mecan ismo de sujeción falla, porqu e el miedo al castigo se
anula en ese deseo vol uptuoso de recibir t anto d olor como se da, la l ey p ierde todo
poder sobre nosotros. El movimiento p unitivo, enton ces, deja d e ser ef ecto de la causa
para convertirse en resorte de un mismo i mpulso: castigar o ser castigado, es lo
mismo, u na única re alidad. No forma parte y a de un orden j erárquic o ni goza de
capacidad p ara c ontrolar el gast o, el exceso o la infracción, sino q ue es el mismo
reverso de la infracción, y la muerte como castigo supremo es fruto del propio azar
responsable de la adjudicación de papeles: hoy verdugo, mañana víctima. Las propias
víctimas tien en la oportunidad de escapar a su dest ino de chivo exp iatorio sólo en
función de tomar part ido p or el Mal. Lo único qu e no pueden hacer es permanecer
neutrales. La neutralidad les convierte en víctimas au tomáticamente. Tienen que
ejercer su soberanía sobre otro se r humano p ara eludir su propia culpa, y así lo asume
Juliette, a diferencia de su infortunada hermana.
152
El sist ema sadiano arranca de la radical negación de Dios. Huérf anos del sistema que
hasta el momento regu la nuestra ética y nu estra moral, si Dios no e xiste, el ser
humano qued a abandonado a sus deseos, a sus in stintos. La mald ad o el bien, todo s e
vuelve indistinguible, y, desd e luego, insignificante. N o h ay diferencia entre la acción y
su con secuencia, los personajes de Sade op eran en un mu ndo man ifies tamente f alto
de destino, y el sentido que tienen su s acciones se ha p erdido, encasqu illados en una
especie de eterno retorno, donde es el acontecimiento (un único acontecimiento de
perversión) el que se privilegia sobre la narración .
Pero si Dios ha d esap are cido, va a ser rempla zado por una noción mu y de moda en e l
Siglo de las Luces: la noción de Naturaleza. La Naturaleza es una fuerza a la q ue todos
se p liegan, imperiosa, t irana, p rofundamente indiferente. El estado de naturaleza de
alguna forma justifica el M al porque sus leyes son ciegas, no ent iende de noblez a de
sangre ni de privilegios. El hambre es su único título. Acechado por la muerte y la
necesidad, el hom bre de Hobbes tiene un únic o d erecho primordial, que es el de
151
Blanchot, M . Op. Cit., p. 11.
152
Sade, Don atien Alphon se François. Juliette o las prosperida des del vic io , Barcelona, Tusquets, 2009.
118
defenderse d e la muerte viol enta, a veces a costa de la muerte d e un ser más d ébil.
Esta concepción pesimista de la naturaleza y de la sociedad , presente tanto en Hobbes
como en M andeville, se man ifiesta en una lu cha d e todos con tra todos de la que
participa la obra de Sade, en la qu e sie mpre h ay hueco p ara la blasfemia religiosa. Los
más b lasfemos son prec isamente los hombres de iglesia, como el ob ispo de Las 12 0
jornadas , del que se nos dice que “nunca concebía un crimen sin concebir al instante
uno nuevo”.
153
Joel-peter Witkin, Testicle Stretch with the posssibility of a crushed face , 1982.
La blasfemia de Sade brota corrosivamente de un imp ulso d e negación tan p rofundo y
tan rotundo que representa un mo vimiento especular en torno a la libertad humana,
de la misma forma que Justine es un cuento de h adas invertido, donde cada b uena
acción es recompensada con nuevo s ataques, golpes y ab usos. Supone la n egación de
toda doctrina, todo d ogma, todo vestigio del antiguo régimen, y en ese sen tido, en su
abrumadora colección de blasfemias, e l arte transgresor contemporáneo es su legítimo
heredero.
No hay nada en lo que creer, no hay nada que esperar, no h ay sen tido para el h ombre,
que no tiene otro lu gar en el proyecto d e la Naturaleza que el qu e el azar o la
153
Sade, D. A. F. Las 120 jornada s de Sodo ma , M adrid, Ak al, 2004.
119
necesidad quiera darle. N o es du eñ o de sí mismo en la medida en qu e una
insignificante ola en la marea no es dueña de su d estino.
Si el crimen es el espír it u de la naturaleza, no hay crimen contra natura y en
consecuencia, no hay cri men posible. (…) Es que negar la po sibilidad del c rime n
le permite negar la moral, Dios y t odos los valores humanos, pero negar el
crimen es t ambién renunciar al espíritu de negación, admitir que és te podría
suprimir se a sí mismo .
154
Nobuy oshi Araki, 67 Shooting Back , 2007.
Los p rincipios que vertebran la razón de sus protagon istas, libertinos prestos a
entregarse a todos los excesos y a tod as las orgías, son los propios d e un hombre de su
tiempo. El lenguaje de Sade es el de un racionalista, su vocabulario el de un segu idor
de d’Holbach y La Met trie. La energía d e la q ue extrae su ateísmo es la de un
mecanicista entregado a la causa d e la ciencia. En esto se refleja el pen samiento de su
contemporáneo d ’Holbac h, cuand o afirma, que “No h ay accidente en la natu raleza, no
hay casu alidad (...) En consecuencia, el hombre no es lib re n i un solo i nstante de su
vida”.
155
A la luz de esta ética de la Naturaleza q ue invade ahora una so ciedad de
hombres amordazados por el oscu rantismo y la superchería, puede construirse a partir
de la aberración siempre n egada o relegada, puede extraerse de esa abominación de
los sent idos un p royecto de vida mo nstruoso. Esta vida monstruosa se cumpliment a e n
154
Íbid., p . 21.
155
Citado en H arris, M. Op. Cit. , p.19 y 20.
120
el programa d e un insta nte. Más allá de un espasmo provocad o a través d e u na serie
de ingeniosas combinaci ones de perversiones, no hay n ada, y el in stante mismo no es
nada, apenas un a cier ta ant elación del goce. Por eso hay que consagrar toda la
existencia a la búsqueda de ese in stante de perversión ab soluta, de atroz negación de
todo lo humano en ese homb re que se trasciende a sí mismo por med io del M al, que
se convierte en superhombre, en Dios, violando y mancillando.
El duqu e de Banglis dice a las m ujere s reunidas en el castillo de Silling para p rocurar
placer a los libertinos:
Estáis aquí fuera de Francia, al fondo de un bosque inhabitado, más al lá de
montañas escarpadas c uyos parajes han sido aniquilados inme diatamente
después de que vosotras los habréis franqueado; estáis encerradas en una
ciudadela impenetrable, de la cual n adie sabe, pues os encontráis sustraídas a
vuestros amigos, a vuestro s padres, vosotras ya estáis muertas para el mundo, y
sólo respiráis para nuestros placeres .
156
Es ciert o, com o dice Blanchot, qu e las jóvenes s ecuestradas p or Sade son som bras, o,
en palabras de Klossowsk i: “los prot agonistas de Sade son sonámbulos en pleno
día” .
157
Pero no es menos cierto que son sombras l iterarias, y que el cas tillo en el que
se las confina es la imaginación del marqués, a través d e la que procederá a det allar
prolijamente los horrores que va a i nfligir a esa carne jo ven, tierna y sustraíd a a las
mejores familias. Las b ellas figuras tortur adas sobreviven misteriosamente a
inacabables tormentos desfigu radores, reteniendo p arte de su belleza. Ese cuent o de
mutilación, violación y transgresión (de la norma, del otro, del lector pero sin duda
también de sí mismo) sucede en el terreno d e la fan tasía, es una transgresión tan
imaginaria como la que operan los Chapman sobre sus anatomías trágicas.
156
Sade, D. A. F. Op.Cit., 2004 , p. 35.
157
Klossowski, Pierre. S ade, m i prójimo , Buenos Aire s, Ed. Sudamericana, 1970, p .78.
127
Un cada vre, pan fleto anti-Breto n apar ecido el 15 de enero de 1930.
La p ublicación estaba d efinida por su h eterogeneidad, con ce pto sob re el que Bataille
volvería u na y otra vez, tocando temas que irían desde la arq ueología a la etnografía.
Fundó la sociedad secreta Acéphale, cuyo símbolo era un hombre sin cabeza.
La revisión del p ensamiento de Bataille, donde la transgresión oc u pa un lugar
privilegiado, vien e realizada por autores postmodernos asociados al núcleo del
estructuralismo o el postestrucutalismo francés. Reviste imp ortancia la influencia que
ejerce sobre Michel Foucault, Philippe Sollers, Jacques Derrida, Maurice Blan chot, y, en
gran med ida, el círculo asociad o a la p ublicación Tel Quel . Su reflexión se caracter iza
grandemente p or la in terdisciplinaridad. Bataille su po sacar partido de los datos
etnográficos de su époc a, y manejar con soltura los p lanteamientos de Levi - Strauss.
También acusó la influ encia de las ideas del antropólogo M arcel M auss.
Filosóficamente, fu e deudor de Hegel, Freud, Marx y N ietzsche, a quien defendió
cuando se lo apropió la ideología nazi. Novelas como Historia del ojo (1928) o M adame
Edwarda ( 1937) no t uvieron ot ra lectura q ue la pornográfica cuando se publicaron. Sin
embargo, con el tiempo, h a ocupado un luga r relevante dentro de la liter atura
transgresora de nuestro tiemp o, y su influ jo ha salt ado notablemente al arte,
revisionado por el p ostestructuralismo, pero también a través de la influencia ejercida
128
en la semióloga Julia Kristeva o la exposición d e Lo Informe (1996) de Rosalind Krauss
en el Centro Georges Pompidou de París.
165
Hans Bellmer, Ilu stración para Mada me Edwarda , 1965.
Bataille está en deuda con el que es considerado el padre de la etnología francesa,
Marcel Mau ss. En su Ensayo sobre el don (192 5), Mauss hab ía sent ado las bases de la
reciprocidad en la que descansa toda asociación humana. Po ner en circulación bienes
o dones supone la creación de obligaciones mutuas para las p artes, ya que hay que
corresponder obedeciendo a u na triple lógica: dar, recibir, devolver. Si para Mauss es
Hau , el don, lo que estrecha los lazos contractuales de la solidarid ad y el intercambio,
para Bataille es el potlatch , el derro che, el exceso, como noción contraria al concepto
de ahorro s obre las funciones y operaciones d el cuerpo, como la sexual, y su
rendimiento, en el ámbito del trabajo productivo. Est a dicotomía tiene orige n
religioso. En este pensamiento en contramos un a crítica al id ealismo de la raz ón
occidental y la centralización de nociones como heterogéneo (he terología),
materialismo básico o escatología. Sigu iendo a Nietzsche, at aca especialmente todo
idealismo filosófico.
165
Bois, Yve-Alain y Krauss, Rosa lind. L’In forme: Mode d ’emploi (catálo go) , Par ís, Centro Georges
Pompidou, 1996.
129
Bataille se apoyó resueltamente en los datos etn ográficos de su época. Con el
pensamiento de Levi-Strauss surgieron ciertas divergencias. Como se ha visto, Le vi -
Strauss si túa el principio de evi tación del i ncesto en el origen del int ercambio
endogámico, mientras q ue para Bataille la in stitución del tabú d el i ncesto es un
requisito propio para su violación. El sexo reproductivo es para Bataille un mero
trámite del expediente posit ivo d e la reproducción animal, u n ejerc icio prosaico
mediante el cual la naturaleza se replica a sí misma. Como tal, no encierra misterio ni
ambición. No es p ropiamente t ransgresor, sino su radical contrario. Esclaviza al ser
humano, al trab arlo al instinto de la propia preservación. Lo opuesto a este acto
positivo de supervivencia lo sitúa Bataille en el término de lo erótico, concepto
diametralmente opuesto que supone la liberación del hombre. El erotismo sería el
elemento que define el principio de individualismo, la independencia radical del sujeto ,
su afirmación como ser autónomo y soberano.
Aida Makoto , Dog Women , 1998.
Tanto para B ataille como para Levi -Strauss las mujeres son el don supremo. En el
esquema del segund o, las mujeres son el objeto d e intercambio y los h ombres los que
realizan el i ntercambio. Para Bataill e, los hom bres se co nvierten en humanos por
medio de la profanación del don pu ro : las mujeres.
Las mujeres son se res naturales, “positivo s” que se abandonan a sí mismas.
Dado que se dan ellas mismas en pura abnegación de sus identidades
subjetivas, no sufren la pequeña muerte , el orgasmo, como los hombres, y, por
ello, no experimentan l a transcendencia. Por ello, tanto en el orden económico
130
cono en el simbó lico, las mujeres son las intermediarias a través de las c uales
los hombres construyen l a cultura en contra de su naturaleza, bien a tr avés del
intercambio recípro co, bien a t ravés de la tran sgresión y el gasto.
166
La sexualidad es tran scendente y transgresiva en virtud de su comp leta separación de
la naturaleza, d e la bio logía y del trabajo . Si la socied ad existe, es a través de la
productividad positiva del trabajo, del or den, d e la superestructura que se define a sí
misma p or medio de lo s tabúes y de la moralidad, de la organización política y la
solidaridad social. Pe ro estos valor es, por sí solos, no son suficientes. Es preciso qu e lo
sagrado dé sentido a lo absurdo y a la falta de sentido de la m uerte.
Han s Bellmer, Unica Zürn , 1958.
1.2.7.1 . El erotismo transgresor.
- Pero vos, inte rrumpe Juliette, ¿creéis realme nte que vos form áis parte de lo s hombres?
- Oh, no, n o, cuando se les d omina con tanta energía es imposible ser de su raza.
- Ella tiene razón, dice Sain t-Fon d, sí, nosotro s somos dioses.
Sade , Juliette I .
Esa sexualidad transgresora se basa en un mecanismo de vital importancia: el
erotismo. Represe nta la afirmación de la vida incluso en la muerte. El ero tismo es una
cualidad human a. El animal carece de él. Si bien hoy sabemos q ue especies como los
166
VVAA. S exo y socialidad. Etnografías com parativas d e objetivac ión sexual , en: José Anton io Nieto
(Ed.), Antro pología de la Sexualidad y la diver sidad c ultural , Madrid, Talasa E diciones, 2003, p. 134.
131
chimpancés bononos o los d elfines cop ulan sin fines rep roductivos, lo erót ico es una
categoría de la actividad intelectual. El erotismo, sin emb argo, se sitúa fuera de la
sociedad y de sus normas, se alza en co ntra de ella. Supone una transgresión que
levanta la p rohibición sin su primirla del todo. La pieza central del discurso t ransgresor
de Bataille es la energía sexual que n o se emplea en el sexo sancionado como
productivo, sino en el gasto sin objeto. El yo diferencia entre sí mismo y su semejante,
su prójimo, y al con struirse en oposición al ot ro, se priva al sujeto de su continuidad. El
yo, p or tanto, es un síntoma de la discontinuidad del ser. Los seres humanos vivimos
añorando esa continuidad perdida. Hay dos formas de incorporarse a la continuidad a
la qu e renunciamos al emprender el proyecto de nuestra individualidad. Una es la
sexualidad, donde, mediante la fu sión con otro ser, re cuperamos la continuidad de la
existencia. El otro camino es la mu erte, do nde abandonamos la existencia, la
individualidad discontinua del su jeto, p ara entregarnos a la corriente d e la con tinuidad
biológica, donde el cuerpo muere y se pudre a fin de integrarse en el f lujo del devenir.
Bataille hizo un análisis convincente de la importancia que todas las culturas d an a
estas d os vías de continuidad dentro de lo discontinuo, enfatizando la carga semántica
que ambos procesos conllevan en t odas las sociedades. Códigos, normas, aspectos
reguladores de am bas prácticas, don de el ser deb e cump lir con las obligac iones que le
impone la colectividad. Tanto el ejercicio del erotismo como la muerte y el sacrif icio de
la víctima terminan siendo los rituales que nos exige la continuidad para disolvernos en
ella. Pa ra fundirse e n la cont inuidad e s imp rescindible renunciar a la propia identidad,
y los ins trumentos para alcanzar este es tado indifere nciado del suje to son sexo y
muerte, orgasmo y muerte (fenóme nos que a menudo liga Bataille y convierte en uno
solo). En t orno a estas n ociones giran t amb ién aspectos importantes de la filosofía
batailleana como son el gasto, el exceso, lo informe o el ojo.
Bataille re niega de la represión a la qu e la civilizac ión som ete lo corporal, la carnalid ad
y el erotismo, a favor del imperio hege mónico e higiénico de la Razón humana. Frente
a esta ascesis de la carne, Bataille reivindica l a suciedad, el placer, la t ortura, el
erotismo… tod o lo que de algun a forma pu ede trastocar y transgredir, en d efinitiva, el
orden social.
132
Para Bataille, “la t ransgresión no es la n egación de lo prohibido, sino que lo supera y lo
completa”.
167
La pro hibición resp onde a la necesidad de expulsar la viole ncia fuer a del
curso habitual de las cosas. La violencia es pertu rbadora del orden social, lo p one en
peligro y lo c uestiona. La colec tividad reacciona al riesgo evidente d e contagio de la
violencia. La re gula en la gu erra, la condena en el cadáver, al que escond e. Só lo la
permite en actos transgresores san cionados p or la comunidad: el sacrificio, el
encuentro erótico, la fiesta… La reli gión ordena la vulneración de las pro hibiciones, se
hace responsable de la p rescripción que protege al mu erto de los otros. An tes del
cristianismo, en la orgía sagrad a se genera un orden invertido, con el esclavo sirviendo
al amo y a l a in versa. Todo lo que es considerado impuro se alin ea con lo profano, en
oposición a lo sagrado.
La or gía, el ritual d ionisíaco, se presenta así como requisito piadoso de la religión que
busca una comunión con las f uerzas de la continuidad. El erotismo representa , pues, el
núcleo d e la transgresión desde el momento en que se separa de la naturaleza y de la
biología, p ero también d el mun do d el trabajo, al que se contrapone el gasto, el
potlatch sin objeto. Bataille ve una prueba de est a hipótesis en las imágenes
representadas en las monedas tracias, donde se advierte la p romiscuidad propia d e las
Bacanales. Du rante los siglos siguientes, se reproducen escenas orgiásticas de ritos
dionisíacos en vasijas de cerámica.
Por otra parte , estas t ardías figuraciones nos ayudan a compr ender un
desarro llo en el que la violencia inhumana de los orígenes había desaparec ido:
las bellas pinturas de l a Villa de los Misterios, en Pompeya, nos permiten
imaginar la brillantez que alcanzaron las refinadas ceremonias del siglo I de
nuestra era. Lo que sa bemos de la sangrienta represión del año 186 a. C.
relatada por Tit o Livio, levanta dudosas acusaciones que sirvie ron de base a u na
acción política destinada a c ontrarr estar una in fluencia exótica debilitan te (en
Italia, el culto de Dionisos, a despec ho de u n Dionisos latino, el dios Lí ber, fue
considerado c omo una importación oriental). Los alegatos de Tácito o los
relatos de Pe tronio nos inducen a creer que, al menos en parte, el culto de
Dionisos degeneró en vulgar desenfreno orgiástico. Por u na p arte, creemos
167
Bataille, G. Op. Cit , p. 46.
133
tener la certeza de que, en los primeros siglos del Imperio, el auge del
dionisismo fue t al que h ubiera podido se r considerado c omo el poderoso rival
del c ristianismo. Por otra parte, la existencia t ardía de u n dio nisismo más
prudente, de un dionisismo dec ente, parece demost rar que el miedo a las
confusiones incit ó a los fieles d e Dion isos a o ponerse a l a virulencia de los
primeros tiempos.
168
Con la ap arición del cristianismo, la gratificación erótica se rep rime. La recompensa
final tiende a d iferirse y a relegarse a una existen cia extracorpórea. El satanismo
supone una réplica d ire cta a esta p ostergación o negación d el placer. El erotismo es
relegado en las artes a las representaciones del infierno. Pero en el Re nacimiento, los
coleccionistas comienzan a en cargar obras eróticas. La violencia de las pasion es se
refleja en forma angustiosa en la obra de Dure ro, Lucas Cranach o Baldung. Bataille
advierte una obsesión erótica en la representación de las d amas desnudas tocadas con
grandes sombreros de Cranach, pero también alude a las representaciones de un
ajusticiado serrado a p artir d e la entrepierna como “algo más qu e un sentimiento de
diversión en el artista”.
169
Este vínculo entre er otismo y dolor, sexo y sadismo, lo trazará Bataille a lo largo de
toda su obra. In siste una y otra ve z en el éxtasis de un cuerpo torturado y otro que
hace el amor, sin ad vertir distinciones entre a mbos. Según asegura, la escena del
erotismo es una escena esen cialmente violenta. Ya Delacroix hab ía ad vertido la
relación entre muerte y erotismo. Pe ro Manet es el primero en apartarse de los
convencionalismos de la p intura. Y no es la violencia, sin o la perversión , la obsesi ón
sexual, la q ue une las mórbidas figuras de Gustave Moreau al erotismo. Tant o Friedrich
Fussli como Balthus trabajan en la dirección que apunta Bataille, subrayando la
perversión de lo erótico en su obra.
168
Bataille, G. Las lág rimas de E ros, Barcelona, Tusquet s, 1981, p . 87.
169
Íbid., p . 95.
134
E. Delac roix, Muerte de Sardanápalo (d etalle), 1827.
Pero hay un antes y un después en la reflexión Batailleana, en ese ligar la mu erte o la
tortura al erotismo. Nos ref erimos al traumático hallaz go d e los clichés fotográficos de
un episodio de t ortura en la China imperial. Las turbadoras imágenes n unca dejaron d e
atormentar a Bataille, h asta el pun to de refle xionar sobre la irreversi bilidad de l a
mirada, de la posibilidad de que lo que se ve nunca lo abandone a uno.
Los clichés del suplicio del magn icida Fu Tchu Li f ueron publicados por D umas y
Carpeaux , siendo este último testigo en persona del castigo. El prisionero fue hallado
culpable d e atentar contra el emperador y condenado a ser cortado en ped azos el 10
de abril de 1905. Lo q ue a Bataille le resul ta turbador sobremanera es la mirada de
éxtasis del condenado al q ue descua rtizan vivo, mirada q ue identifica en el Éxtasis de
Santa Teresa de Bernini. Ya había insistido el filósofo en el carácter mu ndano y
venéreo de t al transverbenación, enfatizando la forma harto equívoca en q ue la
mística había descrito su encuentro sobrenatural:
Vi a un ángel cabe mí hacia el lad o izquierdo en forma corporal (...) No era
grande, sino pequeño, h ermoso mucho, el r ostro tan encendido que pare cía de
los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan (...) Veíale en las manos
un dardo de oro largo, y al fin del hier ro me parecía tener un poco de fuego.
Este me parecía meter por el corazón algunas vec es y que me llegaba a las
entrañas: al s acarle me parecía las llevaba consi go, y me deja ba t oda abrasada
135
en amor grande de Dios. Er a t an grande el dolor que me hacía dar a quellos
quejidos, y t an excesiva la suavidad qu e me pone este grand ísimo dolor que no
hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que D ios. No es dolor
corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el c uerpo algo, y aun
harto. Es u n req uiebro t an su ave que pasa entre el alma y D ios, q ue su plico y o a
su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento... Los días que duraba est o
andaba como emb obada, no quisiera ver ni hablar, sino a brasarme con mi
pena, qu e para mí era mayor gloria, que cuantas hayan tomado lo criado.
170
Fotografías toma das por el e ditor Carpeaux, 1905.
La víctima fotografiada durante el tormento es la imagen más angustiosa que ca be
imaginar. El suplicio es el de los Cien Pedazos , que data de la d inastía Manchú,
reservado a los delitos más graves. Bataille estaba convencido de que, con el fin de
prolongar el t ormento, al condenado le era admin istrada una dosis de opio. La
apariencia de la víctima es sin duda extática, casi b eatífica. El filósofo rec onoce que el
regalo de ese cliché tuvo un papel decisivo en su vida. Nunca dejó de estar
obsesionado por esta imagen d e dolor y éxtasis: “Imagino el partido qu e, aun sin asist ir
al suplicio real, con el q ue soñ ó, aunque le fue inaccesible, el marqués de Sad e hubiera
sacado de la imagen que contiene: esa imagen que, de una manera u otra, tuvo
siempre ante los ojos (...)
171
A Bataille y a esta tort ura alud iría la escultura de los Herman os Chapman Ciber-iconic
Man (1996), donde un man iquí es colgado por los pies y la sangre que pierde a causa
170
De Jesús, Santa T eresa. E scritos d e San ta Teresa de Jesús , Tomo I, M adrid, B iblioteca de Auto res
Españoles, 1860, cap. XXIX, p. 89.
171
Bataille, G. Op. Cit., 1981, p. 238 .
136
de su mart irio le es reintegrad a a través de una máq uina d e d iálisis. La obra es a la vez
textual e irónica.
Por encima de la estét ica de m ut ilación, genética frenétic a y terror apocalíptico
que infecta las escultura s de la s obras de los Chapman, una d ébil risotada
puede oírse ahogada por el estruendo amplificado de la sangre cayendo y las
máquinas de diá lisis.
172
Jake y Dinos Chapman , Cibe r-ic onic m an , 1996.
1.2.7.2. Potlatch y patrones de cultura.
El potlatch es u na ceremonia originaria de los indios del noroe ste d e Norteamérica y
Canadá qu e siempre h a intrigado a los antropólogos. Pu eblos como los Haida , los Nuu-
chah-nulth , los Kwakiutl o los Salís solían dar festines pantagruélicos en los que s e
dilapidaba toda su riqueza.
El potlatch fue descrito famosamente p or la ant ropóloga Ruth Benedict en su
importante obra Pattern s of culture (1934), ob ra p aradigmática del relativismo
cultural. Benedict es una de las fun dadoras de la escuela de Cultura y personalidad ,
junto con Franz Boas y Margaret Mead, escuela que tiene uno de sus fundamentos
172
Falconer, David. Do ctorin’ t he Retardis , Chapman world (catálogo ), Lond res, ICA, 1996, p. 7.
143
intuiciones. U na escena al fondo d e la cueva mu estra a un b isonte, herido, con las
entrañas a la vista, que sin emb argo hace f rente y arremet e contra una figura h umana.
El hombre que cae desplomado tiene ca beza de pájaro:
Pero nosotros, ahora, nos desesperamos ante la sombría im agen que nos
ofrecen las pareces e la c ueva: la de un hombre de cabeza de pájaro y sexo
erecto que se desploma ante un bisonte herido de muerte, con las ent rañas
colgando, y que pese a todo le hace frente. Un c arácter oscuro, e xtraño,
individualiza esta escena patétic a con la cual no puede compararse ninguna
otra pintura de la misma época. Por debajo del hombre caído u n pájaro de
idéntico trazo, que c orona la extremidad de una estaca, acaba de
desorientarnos. Algo má s allá, hacia la izquierda, un rinoceronte, se guramente
aj eno a la escena en la que el bisonte y el hombre -pájaro parecen unidos por l a
proximidad de la muerte, se aleja. El abate Breuil ha sugerido que el rinoceronte
podría alejarse lentamente de los agonizan tes, después de haber destrozado el
vientre del bisonte; pero, ev identemente, el se ntido de la pintura atribuye al
hombre, al venablo que tan sólo la mano del moribundo pudo arroj ar, el origen
de la herida.
182
Hombre c on cabeza de pájaro en la g ruta de Lascaux, pintura rupestre de unos 13. 500 añ os a. de C.
182
Bataille, G. Op. Cit ., 1981, pp . 54 - 55.
144
En esta imagen, congelada en una nebulosa de misterios y suposiciones, ve Bataille
esbozados los principios del “ crimen y la expiación ” .
183
Su enigma es el e nigma mismo
de lo sagrado. La lógica d e la retribución, presente en muchos pueblos primit ivos,
repara una muerte co n otra, asume los carg os de apropiarse de una vida para
alimentar la p ropia. En ese vínculo el sexo act úa como el resorte entre dos mu nd os. El
de la vida y el de la muerte. Pero también el del ser humano y el animal. Ya n o es
posible ser animal nunca más.
Así, el animal, interdicto y proscrito, es lo que el hombre fue pero no debe ser,
aquello frente a lo cual no debe, si qu iere seguir si endo hombre, ceder. El animal
representa todo lo “otro” contra lo cua l el hombre se construyó hu manamente.
La atención que B ataille presta al anima l es rea lmente con tinuación de sus
antiguas preocupaciones por lo het erogéneo. Rec orda remos que in tentó
caracterizar una heterol ogía, una c iencia del otro, que conduciría , en la medida
en que eso fuera posible, a una caracterización positiva del otro. La delimitación
del animal como territorio del ot ro, formaría parte, pues, del intento de
delimitación de lo humano.
El animal no trabaja, no viv e en el proyecto, sin tiempo ni historia , vive en el
instante, está más allá del pasado y del f uturo y a ello se debe la inmaculada
calma que se a dvierte en su mirada. Carece de co nsciencia desgarrada y n o hay
escisión entre él y su mundo; v ive así en perpetua unidad, en un “continuum
vital” que le libra de la pesada carga de la indiv idualidad. Como unidad plena,
no experimenta el vacío íntimo que corro e el coraz ón del homb re desde que éste
se apartó de la Na turaleza (...). N o tiene razón que combata a sus instintos .
184
Con la cult ura, con el arte, el h ombre h a renegado d e su con ducta animal, y el camino
que h a emprendido es un camino irreversible. Se prohíbe a sí mismo actuar como tal,
ceder a los d eseos y sensaciones de su n at uraleza irracional. Mira al animal con deseo
y nostalgia, con reverencia por capacidades que imagina superiores, dot adas de
voluntad, belleza, intención. Se deja cazar sólo después de seguir ciertos rituales y
ciertas ceremo nias mágicas. Sólo por medio del con juro en trega el animal que hu ye su
183
Íbidem.
184
Navarro, G. Op. Cit., p. 133 -134.
145
vida a los h ombres. El dios-animal causa admiración pero t ambién terror, p orque a nte
su grand eza el hombre no es nada, arriesgará la v ida y posiblemente mo rirá; el animal
anuncia la angustia de la muerte, presagia la muerte y es por ello sagrado .
185
La ind escifrable imagen en el f ondo de la cueva de Lascaux cautiva a Bataille y es
piedra angular de su pensamiento. Lo que se representa allí es la tensión entre
interdicto y transgresión, el h ombre sometido a esas fuerzas c iegas y vacías, q ue
desencadenan la violencia que siempre retorna, o bstinada, contra uno mismo.
El homb re muere matando. El bisonte arrastra sus vísceras, pero el h ombre - pájaro va a
expiar su pecado co n la propia muert e. Su sexo erecto t al vez re presente una rebelión
temprana, la afirmación terca de la vida hasta en la muerte, el llamado del sexo como
transgresión. Tanto la muerte como el sexo amen azan la estab ilidad del ser, le h acen
promesas de continuidad en la discontinuidad. El sexo er ecto individuali za la figura, l e
diferencia de las demás representaciones, le aísla y lo devu elve bajo una identidad
transgresora. El cazador de cabeza de pájaro se construye p or oposición enigmática a
sus semejan tes. Su individualidad es un síntoma d e la discont inuidad d el ser. Ahor a
regresa, mor talmente herido, a la continuidad añorada, incorporándose por la doble
vía d e la mu erte y el sexo. O, más bien , el erotismo , que le entrega de nuevo a la
corriente de la continuidad biológica, donde el cuerp o muerto y descompuesto es
reintegrado al flujo del devenir.
Códigos, normas, cultura, el ser se p liega al interdicto que le asegura la pertenencia a
la comunidad… La reivindicación de Bataille se dirige a lo marginal, a todo lo que de
alguna forma puede transgredir el orden so cial. Lo animal frente a lo humano.
Finalmente, Bataille sostiene que el tema de la pintura no es otro que el del crimen y la
expiación. La redención del chamán por habar tomado una vida. La caverna supondría
el esp acio sagrado que el ser humano trata d e recuperar construyendo t emplos y
catedrales:
Aquel enorme es pacio propicio para la aparición de las somb ras de Dios, de sus
imágenes, del Dios mismo (…) Y en esa soledad oc ulta, la más solitaria de todas,
íntima y última se producirá la revelación del eni g ma de la existencia, en igma
que no puede se r reducido a conceptos, pues es su ruina, que sólo p uede ser
185
Íbid., p . 136.
146
aprehendido y expresado por el símbolo, por la im agen, p or el arte, en “la visión
del más solitario”. Es necesario descender a la oscuridad de la tierra para
escuchar “la voz bárba ra y desgarr ada que viene de la profundidad del v ientre”,
al ser profundo q ue n os habita más allá de la s uperficie, de las ropas, l a piel y la
apariencia, y para acceder a nuestra otra part e, animal, sagrada, pues el
hombre no es sól o laboral y racional. H ay un espacio y u na situación sagrados
que se repiten en todo cuerpo, desde la tierra a l as c onstrucciones. La revelación
de esa realidad que cons tituye el núcleo de la existencia se da en el afuera, en el
interior de la gr uta más inaccesible, en el pozo de Lascaux. Y Lascaux es por ello
el signo y el límite de la huma nidad .
186
No es casual que Bataille cifre u n potente símbolo en una cavern a, inicio de la
humanidad, de la mism a manera que Pla tón postula el d ualismo de l a naturalez a
humana en el mito de la caverna. Sin emb argo, la con clusión de Bataille es
diametralmente opuesta: no sublimarse en el anhelo de un ideal superior y
extracorpóreo, sino sucumbir a la exigencia efímera de la carne, entregarse al éxtasis,
salir de uno mismo para at isbar la continuidad interrumpida por la propia conciencia
de la individualidad, asomarse a la muerte desd e el vértigo del orgasmo . Un
movimiento inverso al qu e sostienen los pilares d e la civilización, hacia lo alto,
hundiéndose hacia lo bajo. Un a atracción hacia el abismo que en realidad supera al
propio abismo.
Bataille argumenta que las prohib iciones responden a la necesidad d e expulsar la
violencia fuera del curso h abitual de las cosas. Reprimida por la re ligión, o a ca usa
precisamente de su p rohibición, aparece la ambigüedad del interdicto. Su propia
naturaleza d e cosa prohibida invita a su transgresión. Est a d oble concepción permite
que lo p rohibido sea revisado a p artir de esta du alidad. Cuando Freud h abla de la
prohibición q ue se opone al c ontacto del cad áver debe representarse el tabú que
protegía al mu erto refiriéndolo al deseo que otros tenían de comérselo. Las escenas d e
caza y de guerra ref lejadas en las cuevas, en los c uadros, son un intento extemporáneo
de arrojar la viol encia al plan o simbólico. El cristian ismo sanciona los recursos
sexuales, regula la administración d e la energía erót ica, condenando a lo impu ro a
186
Navarro, G. Op. Cit., p. 125.
147
transmutarse e n lo profano, a organizar un mundo en los márgenes. Los mismos
márgenes a los que los transgresores son arro jados por lo prohibido.
1.2.8. Gesto aberrante y repeti ción.
Dos globo s del mismo c olor y consistencia se habían animado con movimie ntos co ntrarios y simultáneos.
Un testículo b lanco de toro había pen etrado la carne rosa y negra d e Simone; un ojo había salido de la
cabeza del joven torero. Esa coinc idenc ia ligada hasta la muerte a una especie de licuefacció n urinaria
del cielo , un mome nto me devolvió a Marcelle. E n ese in stante incapta ble me pareció toc arla.
Georges Bataille , H istoria d el ojo.
Bataille reconoce en Sade la figura seminal q ue anuncia la gest a transgresora qu e se
desencadenará en la modernidad. El h ombre soberano de Sade se atreve a soñ ar sin
límites, a imaginar lo inimaginable. Su obra ilust ra a la perfección la teoría de Bataille
que intu ye al erotismo como una act ividad siempre violenta. La sexualidad de Sade
opone el deseo d el yo al de todos los d emás, que no pueden sino ejercer d e víctimas
en un sistema en que la p ropia voluntad es la única protagonista. Sin embargo, al
abolir toda ley, al su peditar toda acción al imperio d e la voluntad soberana de este
hombre nacido de las cen izas del A ntiguo Régimen, se sigue una objeción. El individuo
capaz de t oda transgresión está ocupando el vacío d ejado por el Dios destronado. Sade
va a vulnerar t odos y cada uno de los principios d e u n D ios en el que no cree. Y así,
focalizando el propio interés como aspecto central de la propia existencia, Sade incurre
en la fatal contradicción: al t ransgredirlo todo, al no respetar ningún límite, al aceptar
como válida solamente la prop ia voluntad de un o, se sigue q ue es p recisamente esa
vocación de voluntad despótica la que no puede transgredirse nunca. Así, se da la
ironía de que aquellos que no viven más que para el placer, los que el siglo XVIII
conoció como liberti nos, “ sólo son grandes porque han aniquilado en sí toda capacidad
de placer ” .
187
Y Sade se ve obligado a reconocer que p or esa razón, por la imposib ilidad
187
Bataille, G. Op. Cit ., 1997, p. 129.
148
de sentir , estos libertinos bu scan la anomalía, p ues la voluptuosidad norma l ya no les
basta.
En el p royecto batailleano, muchas de su s novelas alcanz an un estatus pornográfico,
como la célebre Historia del oj o . No sólo por el cont enido, que bu sca, en la mejor
estela de Sade, turbar al lect or con su catálogo t riunfal de obscenidades, culmin ado
por el in sólito vaciado del ojo del t orero y su singular destino, sin o, como ha señalad o
Vargas Llosa, por su propia concep ción formal. Dice acertadamente Vargas Llosa qu e
Historia del oj o es un a novela gótica, “un mundo qu e parodia una parodia ”.
188
Su ún ica
aspiración es la t ransgresión, y una monótona serie de atrocidades se encadena, como
en la obra de Sade, para ofrecer esa “exacerbación del romanticismo ”
189
que produjo,
entre el siglo XVIII y el X IX, un a predilección por el miedo, lo macabro, lo horrible y lo
sobrenatural.
Esta propensión la p odemos en contrar en buena p arte del arte objeto de este estudio,
legitimada bajo etiquetas como lo abyecto o lo informe. Porque no sólo en sus temas el
arte t ransgresor contemporáneo toma préstamos de lo bajo cultural y de la cult u ra de
masas en general, sino que en su propia estét ica ha adoptado un corpus d e lo gótico,
lo grosero, lo propio de serial B y demás p roductos residuales de la producción cultural
de masas.
Al in terés p or lo sórdido y lo macabro h ay q ue un ir la insistencia en la serie, en la
repetición. Las obras de Sad e son largos inventarios de variaciones sobre un mismo
tema. Una página tomada al azar del manuscri to de Las120 jorna das (1785) procede a
una rutinaria enumeración de atrocidades:
“ DIA D IECISIETE. 89. El del 30 de enero de la Martaine y del q ue la mism a
Desgranges habló el 15 de febrero, corta las tetas y las nalgas de un a
muchacha , se las come, y coloca sobre las llagas unos emplastos que queman
las carnes con tal violencia que l a h acen morir. La obliga a c o mer también de su
prop ia carne, que le acaba de cortar y que ha asado.
90. Un malvado ha ce herv ir a una niña en el interio r de una marmita.
91. Otro m alvado: la hace asar viv a ensartada en el asador, después de
188
Vargas Llosa, Mario. “E l place r glacial”, en Bataille. Histo ria del o jo , Barcelona, Tusqu ets, 1978, p. 11.
189
Íbidem.
149
haberla poseíd o por detrás.
92. Un hombre cuy a primera pasión era la de hacer joder an te él, por el
culo, a muchachas y muchachos por pitos muy gran des, empala por el ano y
deja morir así mientra s observa las con torsiones de la mujer.
93. Un malvado: amarra a una mujer a u na rueda y, sin haberle hecho antes
ningún daño , la deja morir así naturalmente .”
190
La insistencia en el inventario contrasta con las acciones d el Teatro de las Org ías y los
Misterios de Nitsch, donde encuentra una fortaleza sadiana a imagen y semejanza del
castillo de Silling. El programa para la performance d e 1998 realizada en su castillo de
Prinzendorf empieza como sigue:
Día 1º, Lunes 3 de Agosto de 1998.
Hora 5.32. Alba.
Asesinato y descuartizamiento de un animal.
Hora 15.00.
Procesión c on camillas sobre las que so n transportados los actores pasivos
acostados y sentados y anima les descuartizados (toros, cerdos, cabras).
Final de la primera noche.
El toro se fija en el muro del castillo; la orqu esta acompaña la acción.
Hora 0.30.
Acción en la cantina del castillo; desmembramient o y acción con un cerdo
descuartizado.
Hora 2.00.
Descanso en los campos cercano s del castillo.
191
Ambas enumeraciones nos remi ten a un único gesto a berrante, una única escena
perversa o malvada, que se repit e una y otra vez. La estructura de las n ovelas sa dianas
es circular. Desde las primeras páginas se hace apologético, doctrinal. El estilo a
menudo es d escuidado, apremiante. Sade parece ap resurarse a ca ptar todos los
excesos q ue le d icta su imaginación, todas las formas p osibles de mu tilación y crimen,
hasta el punto de que, como el arte contemporáneo al que me refiero, se olvida de
190
Sade, A.D.F. Op. Cit., 1991, p. 238.
191
Amorós Blasco, Lo rena. Ab is mos de la mirada. La e xperiencia límite e n el autorretrato ú ltimo , Mu rcia,
Cendeac, 2005, p p. 111-11 2.
150
que al ot ro lado hay u n lector/espectador mortalmente anestesiado por el ted io que le
provoca el inventario. Sugiere Bataille que de la monstruosidad de la obra de Sade se
desprende aburrimiento, pero ese mismo aburrimiento constituye, a su vez, su
sentido. Pierre Klo ssows ki afirma que“ sus interminables novelas se parecen más a los
devocionarios que a los libro s que nos divierten ” .
192
Lo d ice Simo ne de Beauvoir en su
ensayo “¿ Hay que quemar a Sade ?”: “Una vez más Sade olvid a al lector y se d irige a sí
mismo”.
193
Cabría preguntarse si ciertas obras de arte tra nsgresor no adolece n de un mism o
ensimismamiento. Su solipsismo las hace obras absor tas, repetitivas. En ocasiones se
sospecha que desprecia n al espectador como Sade desdeña a su l ector, y van d e
exceso en exceso como meros catálogos de p erversiones. Vargas Llosa compara su
escritura impersonal con los textos de los alienad os:
En los q ue, no obstante el deslumbramiento que pueden producirnos por
momentos la audacia de sus imágenes o lo asomb roso que cuentan, es
imposible est ablecer un c ontacto dura ble. En ellos el autor se dice, no nos dice
ciertas cosas, se cuenta alg o a sí mismo, no nos lo cuenta a nosotro s.
194
Una prosa obsesiva, narcisista, en la que el marqués desgran a sus dep ravaciones con la
misma frialdad que atribuye Vargas Llosa al t exto de Bataille:
Su carácter gla cial, esa frialdad q ue, de principio a fin, hiela el fuego del sexo y
el es píritu sadomasoquista que en él lla mean, y q ue es la misma que
deshumaniza y v uelve mero c onocimiento, en un libro científ ico, las pasiones o
sufrimientos del hombre.
195
Así sucede t ambién en las ob ras de arte nacid as de la pura sub jetivi dad del artista,
donde éste se niega a compartir un mis mo cód igo con el espectador. Y de igual forma
que en la escritura de Sade, ésta no es puramente descriptiva u ob jetiva, sino
interpretativa. Su sentido rad ica en unir el gesto aberrante o t ransgresor a la razón
aplicada a la naturaleza sen sible. En est e es quema, lo ultrajado ha d e mantenerse
incólume para servir de pilar a lo que se ultraja. Po rque de lo contrario, al obligar a la
192
Citado en Bataille, G. La liter atura y el m al , Madrid, Taurus, 1959, p. 164.
193
De Beauvoir, S . Op. Cit., p. 29.
194
Vargas Llosa, M. Op. Cit., p. 1 6.
195
Íbidem.
151
razón a servir como re ferencia de lo an ómalo, y a ésta a remitirse a aquélla, la
transgresión termina siendo un sof isma más, pur o ejercicio intelectual, y en med io de
la insurrección generalizada de la revolución, el prop io sad ismo n o sería más que “ una
ideología utópica entre otras”.
196
Aristóteles sostiene en la Poética que el temor trágico y la pied ad pu eden ser
provocadas por el esp ectáculo, pu eden su rgir d e la est ructura, de la acción que se
desarrolla en el drama. Juzga el filósofo que conmover al espectador a través de la
narración es líci to, y así n os sobrecogemos sólo al oír relatar la historia de Edipo. Pero
también juzga con dureza a los que se valen del puro espectáculo, del efecto, para,
colocando ante nuestros ojos lo q ue es “simplemente monstruoso”, t ratar d e
conmovernos: “desconocen p or completo el sentido de la t ragedia; n o se deb e exigir
de la tragedia cualquier clase de pla cer, sino sólo su propio placer ” .
197
Cabría entonces decir que no nos vale cualquier clase de transgresión. Colocar ante los
ojos del espectador un mismo gesto aberrante que se realiza a sí mismo a costa de
comprometer la sensibilidad del espectador, p uede derivar en un arte más abusivo que
transgresor. Así, hay obras que n o pue den reali zarse si no es a costa de alguien. U n
catálogo particularmente extenso de esta categoría lo constituyen las obr as blasfemas.
Martin Kippenb erger, Rana c ruc ificada , 2008.
196
Klossowski, P. Op. Cit., p p. 9- 11.
197
Aristóteles. Op. Cit. , p. 27.
152
En el devenir d e la h istoria del Arte, resulta claro que, tal y como observa Klossowski,
“cada t ransgresión debe engendrar otra ” .
198
Es d ecir, la transgresión no se genera de
un acto subversivo, si no de la ten sión entre las fuerzas que colisionan a través de ella.
Es la t ensión la qu e la alumbra, por eso se reitera a sí misma hast a el in finito. Desde
Goya a los Chapman fluye por un mismo circuito que c ompromete a todas las
producciones culturales d e una sociedad. Buscan incesantemente un límite que
transgredir dentro de lo artístico. El art ista trabaja con símbolos, con abstracciones,
con imágenes. Se apropia de una serie de representaciones que son cus t odiadas por
una poderosa institución, añad iendo un n uevo gesto a un gesto q ue es po r su esencia
virtualmente infinito. Un Cristo que es un esqueleto, un Cristo que es una rana, un
Cristo sumergido en orina… no tienen o tro sentido que cualquiera de los cie ntos de
gestos de coprofilia y parafilia contendidos en la narrativa sad iana.
Descontextualizados no son n ada, inmersos en la riada d e g estos blasfemos p articipan
de la transgresión que los con tiene y de la cual son el vehículo. Cada uno en gendra
uno nuevo. Sólo pocas transgresiones resis ten el paso d el tiempo, y sin embargo cada
día asistimos a la exposición de nuevos acciones artísticas qu e p ueden ser
consideradas como gestos aberrantes, acciones que conllevan la inevitable
desaparición del límite. Si la monstruosidad se vu elve la nor ma, si la anomalía es lo
usual, ¿cómo transgredir?
199
La reiteración es por tanto la vía de expre sión natural de la t ransgresión: Sade, Bataille,
lo exponen a través de su ob ra convirtiendo ésta en un mismo gesto aberrante para
demostrar que su subversión no pertenece a la esfera d el impulso ocasional, sino que
constituye un sistema ordenado, donde trans gredir se convierte en una acción
metódica, realizada con perfecto acue rdo de la razón, y sien do uno dueño de todas sus
facultades. Extremar la lucidez es fundamental, p orque si fuesen tomados por locos e l
discurso se derrumbaría.
La reiteración es ante t odo la condición requerida p ara q ue el monstruo
perman ezca al nivel de la monstruosidad; si la reit eración es puramente
198
Klossowski, P. Op.Cit ., p.13.
199
Íbid ., p. 12. Klossowski se interroga acerca de una hipotética human idad formada ín tegrame nte po r
malvados: Si to da la espe cie humana “degenerase”, si no hubiese más que perversos confesos - si la
monstruosidad integ ral se volviese, pu es, efec tiva - , se podría c reer logrado el “fin” de Sade, e s decir, que
ya no h abría “mon struos” y el “sadismo” de saparecería.
255
3.1. LITERALIDAD EXTRE MA .
Para que todo ca mbie, es necesario que todo siga igua l.
Giuseppe T omasi di Lamp edusa.
A lo largo de esta investigación, hemo s con sta tado cómo el arte transgresor mimético
recurre a la tradición una y otra vez. D e preferencia, es un arte figurativo, realista,
incluso insospechadame nte literal. Al contrario que otras ma nif estaciones como el
conceptual, el Minimal , la performa nce , el happening , el land art , este tipo de arte no
puede per mitirse el lujo d e ser tan críptico qu e los medios de comunicación , en su
alianza simb iótica, no puedan diseminarlo al n o reconocer su pro vocación implícita,
puesto que una de sus características es la hipe rvisibilidad.
Si bien es u n hecho que la obra incomprensible genera hostilidad en el público, es
necesario que el espectador comprenda, al menos, su espíritu p rovocador. Esto se
logra mediante la literalidad extrema de las propuestas, que a menudo no deja n otra
vía que la de una interpretación única.
El arte tran sgresor mimético es esencialmen te un arte figurativo, incluso h iperrealista,
y no hace f alta est ar f amiliarizado con la hist ori a del art e para entenderlo. De hech o,
cuanto menos familiarizado se e sté, más innovador y original resultará. En este
sentido, hay que circunscribir a est e ap artado las manif estaciones antiartísticas, pu es
consideramos que el antiarte también forma ya p arte de la tradición.
El arte de experimentac ión de las primeras vangua rdias, y el d e los años 60 y 70,
renunciaba expre samente a los caminos de la figuración re alista. Aparecen nuevas
formas que surgen como reacciones contra tod as las as unciones sobre el arte,
centradas en aspectos residuales del mismo. Lo que estab a en tonce s en la periferia: el
gesto, lo efímer o, la acc ión… ha ido ocup ando, con el avance d el siglo, una posición
256
central. El dadaísmo aspiraba a d estruir todo lo que alguna vez se entendió como arte.
Con el tiempo, la profanación surrealista terminó convirt iéndo se en una salida honrosa
para volver a los camin os d e la tradición. Detrás de las formas cubistas está otro tipo
de arte, hoy p erfectam en te asimilado, perfectamente artístico. Lo negro , lo otro , es
hoy consagrad o en nuestra memor ia cultural como un sín toma más d el colon ialismo
cultural que iba a producirse a todos los niveles. La abstracción se ha vu elto
decorativa. Nadie se indigna ya ant e un cuadro de Kandinsky, p erfectamente asimilado
por la industria y la moda.
Sam Taylor -Wood, S till Life , (DVD), 2001.
El art e transgresor necesita la tradición del arte, aunque sea p ara negarla. Y la
comparación con el b lasfemo no es en absoluto irre levante. El b lasfemo, a d iferencia
del ateo, precisa de dios para dar contenido a su blasfemia.
Muy al contrario de lo qu e ocurre en el arte con temporáneo, cuyas propuestas son a
menudo inclasificables o beben de fu entes muy diversas, el arte transgresor mimé tico
tiene siempre una referencia figurativa. Algunas obras de arte, cuando su naturaleza es
especialmente desastrada o innoble, t ambién s on capaces d e suscitar escánd alo. Sin
embargo, tal vez no entren en el apartado de arte tran sgresor mimético, por cuan to no
usan la estrategia común de provocación premeditada, sino que participan de otro tipo
de desencuentro, el que se da en gen eral entre el arte de nuestra época y el público.
Aquéllos que se resisten a acep tar que las t iras de fieltro d e Robert Morris se exhib an
en un museo, con siderarán, por ende, que todo lo creado a partir d el s. XX t ampoco
merece por lo general tal honor.
257
Miguel Áng el Buon arroti, El ju icio final , 1537- 1541 ; Marc Qu inn, N o Visible Me ans o f Esca pe IV , 1996;
Juan Valverde d e Amusco, El de sollado vivo , 1556, y su versión en The Body Worlds , 2000 .
Las reacciones desproporcionad as a este t ipo de obras la mayor ía de l as veces están
totalmente infundadas, y t ienen su origen en una p ercepción sentimental y anacrónica
del hecho artístico. Las discusion es sobre la autoría o la animadversión por la falta de
soporte físico no tienen un fundamento re al. Cuan do los medios lanzan su pregunta
258
capciosa: ¿es esto arte?, olvid an que a finales d el s. XIX los art istas entablaron una
disputa contra la Academia y la con cepción de lo art ístico como algo sujeto a la norma.
Olvidan q ue la Academia perdió ostensiblemente esta disputa. La nostalgia por las
formas esculpidas en mármol de Carrara, o esparcidas al óleo sobre una tela , h izo su
reaparición sin futu ro a p ropósit o de ciertos regímen es totalitarios, pero podría
afirmarse que el arte académico perdió la batalla.
Dice Mario d e Micheli q ue la muerte del ideal del S. XIX p rovoca la irrupción de la
modernidad.
Van Gogh es el primer ca so evidente en el arte, del mismo m odo que Rimbaud,
en los años que siguen a la Comuna, es el primer caso evidente en la liter atura
(...) Como Van Gogh, Rimbaud ha bía visto destruir aquello en lo que creía.
También él había t enido un sueño de rede nción: “Hay destrucciones neces arias.
Hay otros viejos árboles que es necesario cortar y otras seculares sombra s cuya
costumbre perderemos. Est a misma sociedad: por encima de ella pasaremos las
hachas, las azadas, los rodillos niveladores. Todos los valles serán colmados y
las colinas desmochadas; l os senderos tortuosos se en derezarán y los
accidentados serán a lla nados. Las fortunas ser án raídas h asta el suelo y se
abatirán los orgullos individuales. Un hombre ya no podrá decir “Yo soy
poderoso porque soy más rico”. La amarga envidia y la estúpida ad miración
serán sustituidas po r la pacífica concordia y el trabajo de todos para todo s ” .
325
325
Micheli, Mario de, Las vang uardias artísticas del S iglo XX , Mad rid, Alian za Ed itorial, 2006, p. 34 -35.
259
Yinka Shonib are, Diary of a Vi cto rian Dandy , 1998.
La vanguardia es concebida inicialmente como pa rte de un movimiento dialéctico
Que preside el desarrollo de l a cult ura artística desde mediados del siglo XIX,
aquella que se produce entre la ideología artística hegemónica que en c ada
momento despliega la “instit ución arte” y la que se levanta frente a ella,
instrumentando su crítica y oponiéndole una determinada alte rnativa.
326
Este es uno de los problemas de la adopción de tácticas d e ch oque her ed adas de la
vanguardia. En princip io , est as est rategias están d iseñadas como armas de rebelión
contra el p redominio del art e acad émico. Po r tanto, son med idas extremas por cua nto
implican una rebelión, una salida de los cauces establecidos para el arte. En el caso que
nos ocupa, el shock se halla canon izado d entro de la institución art e. No adoptan la
forma d e una subversión contra lo establecido en el arte, sino que suced en en la
misma estructura del arte. En realidad, hoy todo es aceptado. El p roblema empieza a
ser, por tanto: ¿contra qué rebelarse?
326
Brihuega, Jaime. “La s vanguard ias artísticas: teoría s y estra tegias”. En Boza l, Valeriano (E d.) H istoria
ideas estéticas y d e las teorías artísticas conte mporánea s, Vol. II, Mad rid, Visor, 1999, p. 229.
260
Katarzyna Kozyra, Olimpia, 1996.
L a rebelión d el artista vanguardista puede ser vista como u n intento de re cobrar la
dignidad p rometida en el Renacimien to, d ignidad qu e le ha sido f inalmente arrebatada
a través de las vías anónimas del clientelismo y el coleccionismo de art e en el
capitalismo:
En este punto, al artist a le quedaron dos opciones: podía integrarse en el c uerpo
de un academicismo burocratizado por el sistema de los galardones ofic iales e
intentar satisfacer el apetito estético, ét ico e intelectual, cada ver más
banalizado , de la nueva legión de parvenus. Si algo caracterizaba a esos
potenciales c lientes era l a c arencia del hilo co nduct or familiar de una form ación
profunda en sus ideas y en sus gustos. Por est a vía optaron la m ayoría de los
artistas que hoy conocemos c omo pompiers. Jurados, enseñanzas artísticas,
poderes públicos, m useos de arte contemporáneo, gran part e de la crític a...
toda la “institución arte”, se irá haciendo cómplice de est a operación, en l a que
el artista se convertía en un mero co nfeccionador de recipientes visuales para
unos contenidos estét icos trivializados, preexistentes o fácilmente instalab les en
la conciencia del púb lic o y la eventual c lientela potencialmente contenid a en
él.
327
La segunda vía, que implicaba la recuperació n de esa dignidad perdida desde el
Renacimiento, pasaba por la militan cia en la vanguardia. “Para ello ech aba mano de
327
Brihuega, J., Op. cit . p.234.
261
una buen a p arte d e los fermentos inmediatos contenidos en el ideal romántico y, en
general, de la extensa memoria ac umulada en torno al mitologema de su dignidad”.
328
La estrategia para la recuperación de la dign idad del art ista p asa por el recurso a
categorías pro scritas d el ámbito de la representación como lo asqueroso o la adopció n
de un estilo de vida llamativamente antisocial. El preced ente más d irecto de este estil o
reivindicativo tal vez sea Charles Baudelaire.
No obstante, en el arte transgresor que nos ocupa, y dentro del marco de una vuelta a
la trad ición solapada, una característica común de las piezas que escandalizaro n al
mundo a finales d e siglo, fue su legib ilidad. Estas propuestas p arasitaban la tradición, o
más bien, parasitaban las narrativas de revueltas contra la tradición como si esta
estuviera tan viva y custodiada por la Academia c omo lo estuvo en su día.
Tiziano, Ven us de Urbino , 153 8, y un cadáver plastinado en la exposición The Body Wo rlds , 2000.
Un caso llamativo es el de M yra (199 5), d e M arcus Harvey, u na de las o bras que más
furia d espertaron entre la audiencia. Myra Hindley es tristemente f amosa en Inglaterra
por ser la autora, junto a su en tonces compañero, d e los asesinatos conocido s como
los Moor Mur ders , algo así como los Asesinatos d el Páramo . Esta pare ja de asesin os en
serie op eraba en el Oeste d e Londr es du rante los añ os sesen ta, y mantuvo a tod a la
nación en vilo con su s infanticidios, en u n caso en el que se ceb aron a partes iguales el
sensacionalismo y los tabloides, el horror y la fascinación. Finalmente ambos fueron
arrestados y ambos m u rieron en la cárcel (Myra con cretamente a finales de 2002), s in
que la justicia oyera ninguna de sus p eticiones de reducción de pena. A título póstumo,
328
Íbidem.
262
en todas las n ecrológicas d e la homicida se u nía su n om bre al fam oso retrato de
Harvey.
La M yra d e Harvey resume varias influencias . En p rimer lugar, tiene un ilustre
precursor en Warhol, ese ot ro genio de la autopromoción. E n la década de los sese nta
Warhol se h allaba fascinado p or escenas de desastres, disturbios raciales y accident es
de coche, en una est ética que pareció rescatarse con mo tivo de Sensation pero
también en relación a la película de Cronenberg del mismo año, Crash (1996). En este
film, que fue muy polémico en su d ía, una ser ie d e freaks se movían p or la pant all a
obteniendo p lacer erótico de las colisiones de automóviles, en un p athos que
recordaba a trabajos del tipo Ambulance disast er (1963) de Andy Warhol. A este
respecto, particularmente sig nificativa es la serie de los ho mbres más buscados de
Norteamérica, donde el autor retrataba a crimina les famosos.
Andy Warh ol, The most wanted ma n , 1964.
Tanto la literatura como el cine se han hecho eco de la f ascinación contemporánea por
los asesin os en serie en obras biográficas com o Henry, retrato de un ase sino (John
McNaughton, 1986) o Ciu dadano X (C h ris Gero lmo, 1995), así como en la película
crítica de Oliver St one Asesinos na tos (1994). El retrato del psicópata parece ofrecer un
seguro espejismo de transgresión, como ponen de relieve éxit os d e venta como el de
la novela de Bret Easton Ellis American Psycho (1991).
263
Podemos afirmar, por tanto, que la capacidad transgresora de Myra re side en el objeto
de la obra, en su t ema. Desde el punto de vista técn ico, o incluso ontológico, Myra
recurre a la ale goría, un recurso habitual en el Renacimiento, es decir, el mo mento de
la ep ifanía figurativa por excelencia. De h echo, existe u n retrato d e Herodes de mano
de Arcimboldo q ue opera exactamente a t ravés d e la misma analogía. El infantici da
está retratado a partir d e los cuerpos de sus víctimas apostadas, flexionadas y
estiradas para conformar su retrato. Varios siglos d espués, el retrato de Harvey
comparte la misma su perposición de idea -forma y comp one un retrato de la asesina
mediante la estampación de las manos infantiles de sus víctimas.
Giuseppe Arcimbo ldo, Herodes , 1566, y Marcus Har vey, Myra , 1995.
Harvey concibió el re trato de una asesina de niños realizado con manos de niñ os. En
literatura, el tropo metonimia consiste en designa r una cosa con el nombre de alguna
otra que está con ella en alguna relación. L a metonimia ha sido ampliamente
desarrollada en el cine d e efectos especiales, con el que me parece que la Myra de
Harvey está en más estrecha relación que con otros parientes l ejanos d e la h istoria del
arte. La obra está realizada en acrílico sob re un formato bidimensional según las
normas convencionales de la p intura. Sin embargo, la búsqued a del efecto metonímico
264
pareció añadir un insulto más al shock que recibieron las famili as al en contrarse el
monumental retrato de la asesina de sus hijos en una galería de arte.
Porque el poder d e My ra n o reside en sus aspectos formales, sino en su cu alidad
icónica, en la inn egable fotogen ia del personaje. A pesar de qu e la foto original qu e
Harvey ut ilizó como m odelo provenía de los archivos de la p olicía, Myra t iene cierto
aire de estrella de rock, l a pose de alguien que estuviese destinado a la cel ebridad.
Claro qu e después de todo el escándalo generado es muy d ifícil mirar la pin tura de
forma objetiva, sin que su au ra de obra transgresora n os seduzca o repela. Tal vez el
principal problema de Myra resid a en la idea de que el género del retra to tiene como
propósito fijar en la memoria a alguien que merezca ser recordado. Evidentemente,
tanto el público como los med ios lo interpretaron como un homenaje o como una
provocación.
Hans Sebald Beha m, El triunfo d e la mue rte , 1541 y Laurie Lipton, Death and maiden , 2005.
Con Arcimb oldo estarían también en deuda los dioramas construidos con basu ra de
Tim Noble y Sue We bster. Su s piezas parecen una herencia de l os trucos visuales de
Dalí, componiendo una imagen bucólica a partir de un deforme montón de d esecho s.
Su obra a menudo alud e a la re afirmación d e l a p areja como enti dad autosuficiente
que se eleva sobre l a b asura a través de las imágenes de la cultura p op. Aunque
utilicen el culto a l o excrementicio contemporáneo como coart ada, y sus instalaciones
con la luz en cendida recuerden a las manifestaciones más abigarradas del Arte Povera ,
271
Sin embargo, sus razonamientos no alcanzaron el status de informe de experto, y se
quedaron en op inión a secas. La forma en que el abogado d e Barrie ter minó de
convencer al j u rado parecía digna de recogers e en uno de esos t elefilmes sobre
tribunales. Puesto qu e se ap licaba una sentencia del tribunal Supremo de 1978 en el
caso Miller vs. California , y ésta propugnaba en una d e sus cláusu las que para ser
considerado obsceno “ el trabajo , tomado en su totalidad, debía carecer de un serio
valor literario, artístico, p olítico o científico ” ,
334
el letrado estableció una comparaci ón
con la famosa tarta de manzana am ericana. “ Si una recet a necesitaba de t res
ingredientes para hacer una tar t a de m anzana , arguyó, meramente u n o o dos no
serían suficientes p ara conseguir el resultado deseado ” ,
335
Si n o se daban tod as las
condiciones para que algo fuera obsceno, simple mente no era obsceno.
Sin embargo, el triunf o del arte fue una victoria triste, en cierto sentido. La distancia
entre el arte y el ciudadano/a de a pie parecía más in salvable que n unca. La man era en
que se obligó literalmente a reconocer a los miembros del jura do q ue no en tendían de
arte, y por tan to no estaban autor izados para opinar, nos remontaba a una lección d e
elitismo propia de siglos pasados. Como ha observado Danto:
Una declar ación de esa clase abrió entre el populacho y las obras de arte una
brecha q ue la Dotación tenía como objetivo cerra r. Una Dot ación n o tendría
realmente ninguna r azón de ser si la percepción de los expertos y las del
espectador c orriente son t an r adicalmente intraducibles como el tes timonio de
los expertos en este caso.
336
La literalidad de buena parte del arte que alca nzó el estatus de transgresor en los
noventa resultaba s orprendente. Cadáveres entregados a la putrefacción, sex o
explícito, revisio nes de ep isodios de la historia del arte, maniquíes hi perrealistas…
Todo p refiguraba un a vuelta de la figuración cen trada en los aspectos más sór didos o
morbosos de la realidad.
334
Dubin, Steven C., Op. Cit., p. 177.
335
Íbid., p . 189.
336
Danto, Art hur C., 2003, Op. Ci t., p .169.
272
Anya Gallaccio, Red o n green. The beau tiful life and d eath of 10.000 roses , 201 2.
Estaríamos tal vez ante un manierismo de la transgresión, donde el arte se vue lve
autorreferencial y se cita a sí mismo u na y ot ra vez. Pero el recurso a la transgresión
era in teresado. Se anunciaba con bombo y plat ill o en los medios de comunicación, y el
arte que pretendía confrontarnos con una verdad ocul ta se volvía h ipervisible. El
clamor provocado a menudo era esgrimido com o la cond ición per se de la obra, como
si el único mérito de recabar oposición fuera suficiente para considerarl a transgresora.
273
Adel Abdessemed, Le Vase a bominab le , 2013, Yasumasa M orimura, Exc hange of Devou ring , 2004 y
Francisco de Goy a, Saturno d evorando a su h ijo , 1819-1823.
Olvidamos, sin emb argo, que es relat ivamente fácil provocar en u n mundo globalizado,
donde el arte es m ot ivo de escrutinio público, y siempre hay alg uien dispuesto a
escandalizarse. No es suficiente, a nuestro entender, q ue la ob ra alcance re percusió n
para just ificar su status tran sgresor. An alizando algunas d e las piezas que p rovocaro n
más at ención mediática a f inales de siglo p asado, en contramos que la mayoría de las
propuestas h an hech o s u yo el discurso d e lo transgresor sin ofrecer, re almen te, u na
propuesta realmente subversiva.
274
El art e t ransgresor mimético se aprovecha, p ues, de las vías d e r eb elión abiertas por
las vanguardisa históricas y las convierte en caminos para la autopromoción. No
emplea re almente un discurso tran sgresor, sino simplemente su apariencia. Es,
además, un sólido camino que sigue de plena actualidad en nuestros días.
La estrategia ha tenido un éxit o considerable, si se tiene en cuenta el grado de
hipervisibilidad que alca nzó el arte durante estos años.
3.2. NUEVE CATEGORÍAS: UNA PROPUESTA DE CLASIFICACIÓN.
Con estos supuestos, y siguiendo las genealogías de l a feald ad contemporánea antes
descritas: lo sinestro , el asco, lo abyecto y lo informe, resulta necesario proceder a
realizar una clasificación provisional de las obras q ue pud ieran enmarcarse dentro de
estos parámetros.
Para conformar este corpus, nos gu iaremos por todas aquellas ob ras conflictivas que, a
pesar de la disparidad de mat eriales, autores y prop uestas, tienen en comú n la
capacidad de crear rechazo o controversia.
En primer lugar, prestaremos atención a aq u ellas obras que p resentan bu ena
representación en los medios de comunicación. La hipervisibilidad sería, pues, el
primer parámetro a analizar. N os centraremos en obras q ue han aparecido en las
noticias, los catálogos de exposiciones calificadas como controvertidas, protestas
organizadas en su contra o incluso listas de internet del tipo “Las 20 obras más
repulsivas”. Este tipo de arte se representa a sí mismo siempre bajo el ap elativo de
transgresor y responde a la caracterización de arte tran sgresor mimético: escándalos,
provocación a algún colectivo, negación de su naturaleza artística, acu saciones d e
manipulación o falta de escrúpulos y búsqueda de atención a toda costa.
275
A partir de estas pautas, re uniremos un con siderable número de piezas, la mayoría
pertenecientes a la última década del siglo XX. A medida vamos sistematizando
nuestra búsqueda, encontraremos un segundo punto de inflexión que sirve d e víncul o
entre la p ráctica totalidad de las propuestas analizadas: el recurso a la f iguración. De
hecho, la mayoría de las obras se caracterizan por su literalidad. No solo por tener un
referente f igurativo, sino por la sensible reducción de su signific ado a una
interpretación ún ica e inapelab le, derivada de lo explícito de la propuesta. Puede que
no todas respondan a este p rincipio, pero sí un número lo suficientemente alt o co mo
para merecer nuestra consideración.
Una t ercera con stante q ue se repite en las obras analiz adas es el motivo. El tema
guarda a menudo relación con algu no de los supuestos descritos en la primera p arte
de esta tesis, en especial con los discursos de la impureza. Esta gra n corri ente cultural
subterránea af lora a la sup erficie a t ravés de los cuat ro vectores principales que son lo
siniestro (maniqu íes, dobles, amb igüedad del motivo…), el asco (mat eriales in nobles,
propuestas que r ep ugnan al espectador…), lo abyecto (una respuesta al mat erialismo
bajo de Bataille a t ravés de una retórica de las pérdidas corporales y lo
excrementicio…) y lo informe (todo aquello que avanz a disimuladamente por los
márgenes de la historia: el fragmento , lo borroso, lo silenciado; a fin de cuen tas, el
universo que es como una araña o un escupitajo según Bataille…)
Con est os p receptos: obras bien representadas en los med ios d e comunicación,
literales, y q ue responden a u na o varias de las genealogías ante riormente descritas, se
realizará una propuesta de clasificación en nueve apartados: el cuerpo fragmentado; el
doble y el monstruo; f luidos corp orales; b asura y excrementos; el cadáver; el animal/la
víctima del sacrificio; bla sfemia religiosa; traumatófilo s y el arte inefable.
Así, la rep resentación del cuerpo, lejos de las n arrativas gloriosas y épicas de otros
tiempos, p uede agruparse b ajo el signo de lo feo y lo abyecto: antes en p iezas que
completo, la mayoría de las veces fragmen tado o ro to, o d escrit o en sus momentos de
máxima vulnerabilidad: enf ermo, muerto o entregado a la putrefacción. Tanto el
cuerpo fragmentado como el cadáver pueden insp irar asco, ot ra de las tenden cias
introducidas por el arte transgresor mimético.
276
Una tercera ca tegoría relacion ada con lo corporal, o más bien con sus pérdidas, se
correspondería, además d e con lo abyecto y lo f eo, con lo informe y el asc o: es el arte
realizado con flu idos corporales, y dentro de este último, merecería una c ategoría
aparte el art e re alizado con basura y excremen tos, ya qu e las ob ras escatológicas
abundan en el arte transgresor.
Con lo siniest ro estaría esp ecialmente en deuda el arte del autómata, el d oble, el
monstruo, p roductos de la alteridad extrema, que por ser diametralmente opue sta a la
identidad del se r humano (que ha sido históricamente completa, p erfecta, entera,
elevada, “superior”), supone su reverso abyecto y oculto.
De la misma for ma sugerim os qu e el animal como víctima p ropiciatoria participe en
esta corriente, pues son legión las o bras que tienen como objeto a animales, a menudo
representados físicamente: vivos, muertos, disecados... En cierta forma, pudiera ser
que la insistencia en la victimización d el cuerpo animal responda a la necesidad de
encontrar un chivo expiatorio cuando l os tradicionales (mu jeres, minorías…) h an sido
eliminados de la escena artística. Es el rad icalmente excluido, igual q ue lo es el
monstruo.
Abrimos la posibilidad de que la blasfemia religiosa ocupe su lugar en este inventario,
porque la blasfemia t radicionalmente ha sido considerada un acto de ab solut a
abyección; un pecado impensable. De hecho, en muchas sociedades contemporáneas
aún lo es, como se d esprende del hecho d e que se castigue con la muerte. Para la
mentalidad del creyente, pocas cosas hay tan r epugnantes como las obras que
atentan, ridiculizan o relacionan con materias de d esecho a su dios.
De igual manera, nos resultan abyectas y pueden inspirar asco y rechazo, las acciones
contra la propia seguridad. En ese sentido, l a exhibición del dolor, la búsqueda
intencionada del trauma y la herida, puestas de relieve en obras de per formance en las
que el artista se p riva deliberadamente de comida o aire, se aísla sen sorialmente, se
golpea y corta, anda so b re cristales o come materias repugnantes, pero ta mbién se
regodea en s u propia ab yección a partir de excesos sentimentales, confesiones
incongruentes, la exhibición incontinente de la propia intimid ad… Situaremos este arte
del exceso en el apartado de traumatófilos.
277
Por último, encontramos que p ersistía un remanente de obras, un corpus qu e rehuía
cualquier clasificación. Obras que no encontraban su lugar en las narrativas
contemporáneas, porque su naturaleza entraba en conflicto con el límite entre el arte
y el derecho, entre la responsabilidad civil y e l delito… obras inclasificables q ue se
sitúan a sí mismas en un lugar emergente dentro del arte transgresor mimético.
Procederemos a incluirlas en un ap artado lo su ficientemente flexible como para
contenerlas que denominaremos arte inefa ble.
Excluiremos las obras qu e at entan contra la esencia del a rt e p or consid erarlas
generalmente ajen as al in terés del gran público (y cuando lo atraen, normalmente
pueden relacionarse con algun a de las catego rías anteriormente descrit as), y tamb ién
porque suponemos que el antiarte es una cat egoría de p leno d erecho d entro de las
múltiples tendencias artísticas de nuestros días.
278
3.2.1. El cuerpo fragm entado.
El advenimiento de lo corporal en el art e cont emporáneo t ransgr esor ap arece
configurado a t ravés de su s man ifestaciones más ext remas y dolientes. El cuerp o, gran
protagonista, se representa como herido, f ragmentado, roto, sexualizado o asexu ado,
siniestro, vulnerable, enf ermo, muerto o en estado de descomposición.
Podría decirse qu e el cuerpo es un obj eto metafórico de la sociedad en la que habita.
Cada cuerpo ocupa un espacio dentro de un esquema externo a él, construido por la
ideología del momento histórico en el q ue existe el sujeto. Éste se p ercibe a sí mismo a
través d e lo que la so ciedad sanciona como b ueno o normal. En una sociedad
capitalista, sujeta a la lógic a de la acumulación c on sumista, la vida, u tilidad, cui dado y
apariencia de los cuerpos, el p ropio valor de los mismos, responderá a las leyes de la
oferta y la demanda del mercado.
Michel Foucault apunta qu e la f orma en que pensamos el cuerpo varía a l o largo d e l a
historia, y está influida por las aspiraciones y anhelos de cada sociedad. El sujeto, por
tanto, no percibe nunca su cuerpo, sede de su id entidad, como algo lib re de toda
influencia, sino como una entidad profundamente enraizada en el mundo que lo
produce.
El cuerpo h umano entra en un mecanismo de poder que lo ex plora, lo desarticula
y lo recompon e. Una “a natomía política” que es igualmente una “mecá nica de
poder”, est á naciendo; define cómo se puede hacer presa en el cuerpo de los
demás, no simplemente para q ue ellos hagan l o que se desea, sino para que
operen c omo se quiere, con l as técnicas, según la r apidez y la efic acia que se
279
determine. La disciplina fabrica así cuerpo s some tidos y ej ercitados, “cuerpo s
dóciles ” .
337
El cuerpo, desde una perspectiva simbólica, sería el escenario idóneo para transgredir
las funciones, h ábitos y prohibiciones que lo social hace pesar sob re él, cuestionando
lo que s e concibe como normalidad. En est e sentido, el arte de las última s d écadas ha
privilegiado el físico d el art ista como soporte y mat eria. Si el cuerpo humano es un
síntoma del momento histórico en el que acontece, es significativa la insistencia en
presentar el cuerpo como algo roto, f ragm entado o mu tilado, así como el énfasis en lo
extraño y lo grotesco.
Como se ha visto, Hal Foster, en su ensayo El retorno de lo re al ,
338
propone que lo real,
reprimido, ha vuelto bajo la f orma de trauma. Ofrece, así, un a vía de d iscusión
alternativa a los con ceptos de abyecto e informe. Aun dentro de un análisis
psicoanalista, con énfasis en la per spectiva lacaniana, su enfoque es más historicista. El
surrealismo, p ieza fundamental de su teoría, es retomado también a través de Bataille.
Para Fo ster, la serie de Warhol Death in Americ a (196 2-1963) tiene un interés clave en
el en unciado traumático en que se desen vuelve el arte q ue nos ocupa. La rep resión de
lo real se plasmaría en el autom atismo de Warhol, su insistencia en no sentir, en se r
una máquina , objetu alizar a sus colab oradores, d istanciarse de lo que le rodea
adoptando u na pose d eliberadamente superficial y anodina. L o real, qu e no puede ser
representado, únicamente puede ser repetido, a la manera d e los automatismos d e un
neurótico.
El arte que trans grede lo s límites del cu erpo empieza violando dos p rincipios básicos e
inherentes al pensamiento de lo cor poral: el principio de unidad y el de ver t icalidad.
(…) El “principio de unidad ” será sust ituido por e l principio de fragmentación, y el
“principio de verticalidad” po r el de derrumbamiento, consecuencias ambas que,
sumadas y pu estas en diálogo en el marco de un discu rso volcado en la
representación anarquitectónica de lo c orpora l, s e resuelven en l a aparición de un
cuerpo paratáctico, es decir, un cue rpo que, siguiendo el “paradigma
337
Foucault, Michel. Vigilar y ca stigar , Buenos Aire s, Edicion es S. XXI, 2002, p. 126.
338
Foster, Hal. E l retorno de lo real , Madrid, Ediciones Akal, 2001.
280
Frankenstein”, se per forma como una yuxtaposición no sintáctic a de
“escombros”.
339
En 1947, Antonin Artaud, por encargo d e la Radio Nacional Francesa, realizó el poema
Para aca bar co n el juicio de Dios . La emisión fue censurad a y el p rograma n o fue
radiado hast a 1973. Artaud, ingresado en un psiquiátrico, enuncia la n ecesidad de
deshacerse de los órganos, de crear un c uerpo sin órg a nos :
El hombre está enfermo po rque está mal construido.
Átenme si quieren,
pero tenemos que desnudar al hombre
para rasparle ese microbio qu e lo pica
mortalmente
dios
y con dios
sus órganos
porque no ha y nada más inútil que un órgano.
Cuando ustedes le hayan hecho un cuerp o sin
órganos lo habrán lib erado de todos sus automatismos
y lo habrán devuelto a
su verdadera libertad.
340
339
Cruz Sánch ez, Pedro A. La vigilia d el cue rpo. Arte y expe riencia corporal de la contemporaneida d ,
Murcia, Tabu larium, 2000, p. 95.
340
Artaud, Antonin. Para terminar co n el juic io de dios y otro s poemas , Bu enos Aires, Edicion es Caldén,
1975, p. 30-31.
287
derecho está prisionero en la madera del asta, el izquierdo est á libre y vibra, f lota
y se estremece con toda su estameña entre la vehemencia de los meteoros.
349
Si bien, cabría añadir q ue la realidad supera a la ficción . Hoy día, gracias a los avances
de la moderna medicina, e s posible recuperar un miembro amputado gracias a un
trasplante. En 2001, el primer trasplantado de mano se hizo amputar de nuevo el
miembro ajeno al afirmar sentir por él un vivo rechazo:
Tal y como explicó el pasado viernes a la BBC, se había convertido en un
crecimiento ajeno a su c uerpo que le hacía sentirse un ser extraño. Más larga y
ancha que su mano izquierda, la trasplantada se había llenado de costras y solía
ocultarla para no ser mirado con horror.
350
En la historia d el arte, los bocetos de miembr os, manos, brazos, piernas, están
perfectamente documentados. Theodore Géricault, perteneciente a un a generación de
artistas postrevoluciona ria, dispone elegantes bod egones de miembros y cabez as
desgajados de una man era q ue se adelanta a las composiciones contemporáneas de
Joel-Peter Witkin. Con mo tivo de los bocetos p reparativos de La balsa de la M edusa
(1819) , Géricault p inta decenas de bocetos de miembro s humanos. Sin emb argo, la
serie conocida como M iembros amputados (18 18-1819) presenta un virtuosismo
técnico que d esmiente que se t rate d e un simple b oceto d el natural. La disposición, l a
elegancia d el encuadre, el recurso a la pintura al óleo, nos d a la idea de una obra
plenamente t erminada. Hay algo profundamente perturbador en estos bodegones
macabros de piernas, brazos y cabezas.
349
Fourier, Michael. Lo s meteo ros , Madrid, Alfagu ara, 1986, p. 468-4 69.
350
Ferrer, Isabel. “E l primer tras planta do de mano se la hace amputar en L ondres”, Mad rid, E l País , 4 de
Febrero de 2001.
288
Theodore Géricault, Boc etos p ara La b alsa de la Medusa, 1818.
Los miembros h umanos se han abstraído a su atrib uto de divisibilidad, dejando a un
lado la ret órica d e la violencia est etizada por el nacional ismo o la ideología. Estas
partes corporales son las huella s tangibles del dolo r y sufrimiento human o. El
inagotable origen de los inagotables padecimientos que traen consigo guerras,
enfermedad, muerte.
El t error aquí no reside t anto en que el tema sea la locura, la desmembración y la
muerte, sino en q ue esa locura y esa amputación se pueda y se teng a que dibujar
en serie. Sabemos que sólo (...) llegaron hasta n osotros algunos de los esbozos y
pintura s de los am putados, pero más profundamente sabemos que la se rie se
volvería (digamos: se ha v uelto) infinita. Y ahí reside el t error, porque cuando la
serie se amplía – com pletarla se ría t écnicamente imposible- llegamos a la
conclusión de que es l a propia realidad, c uando se pin ta, cuando se mira, cuando
se vive en ella, la que es terro rífica. Y el arte la descubrió .
351
Pero la representación parcial del cuerpo, n o como esbozo, sino como obra acabada,
es un atributo de la mo dernidad. Karl Marx, en el Manifiesto Comunista (1848) ,
observó: “Todo lo q ue se creía pe rmanente y perenne se esfuma, lo santo es
351
Leyte, Arturo. El arte, e l terror y la muerte , M adrid, Ab ada Editores, 2006, pp . 51 -52.
289
profanado, y, al fin, el h ombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a
contemplar con mirada fría su vida y sus relaci ones con los demás ” .
352
Aparece el ferrocarril, la sociedad industrial, el t ranseúnte, la iluminación nocturna. Un
mundo que p uede ser en trevisto a un a velocidad nunca antes apreciada. Los
experimentos plásticos del impresionismo, los nuevos encuadres alumbrados por la
técnica fotográfica, la descomp osición del movimiento y los ensayos con e l color dan
lugar a un arte del fragmento, donde lo narrado se ext iende más allá del cuadro,
donde inusuales composiciones dejan entrever tan sólo una fracción de la realidad.
La modernidad de Auguste Rodin radica en su t rabajo con el fragmento, tendencia que
sobresaltó e indignó a sus coetáneos. Su s esculturas podían p arecer inacabadas, o
jugar con partes aisladas del cuerpo. En 18 65 sufrió un gran rechazo en el Saló n oficial,
cuando su busto El ho mbre de la nariz rota (1865), d el que lu ego realizaría otra s
versiones, fue rechazado por considerarse fragmentario. La misma crítica alcanzó a su s
estudios de tor sos, q ue mo straban la influencia de la estatuaria grecolatina y d e la
última época del gran escultor del Renacimiento Miguel Ángel.
Auguste Rodin, Torso de Adèle , 1882.
A pesar de las críticas, Rodin exploró ampliamente el arte del fragmento, componiend o
obras como La Catedral (190 8), en la q ue alude al edificio religioso p or mediación de
unas manos unidas.
352
Marx, Karl. Manifiesto co munista , Madrid , Fund ación de investigaciones mar xistas, 2013 , p. 55. En
otra trad ucción, qu izá más conocida, la frase empieza: Todo lo que es sólido se d esvanece en el aire;
todo lo sagrado e s profanado…
290
Auguste Rodin, La Cated ral, 1908.
Otro cuadro emblemátic o del n acimiento de la mod ernidad es la Olimpia (1863), el
retrato desafiante d e una p rostituta que Mane t sitúa sólidamente en el cen tro de la
composición, acomp añada de elementos más in estables o confuso s, como la sirvienta
y el gato que prácticamente no se distinguen del fondo oscuro que los enmarca:
La mujer se presenta ante nosotros como una t otalidad, todo lo demás (salvo el
espejo) es f ragmento. Por lo general, c on el método artístico de la fragment ación,
se intenta da r una impresión de a z ar, de desorden, d e una “tranche de vie”
registrada espontáneamente (…)
353
La estética del fragmento tiene relación con las nu evas f ormas de percep ción
introducidas por la modernidad; la velo cidad, la dispersión, la fabricación en serie. El
cine había dado lugar a una realidad pulverizada en miríadas de movimiento: el
fotograma. Ead weard Muybridge p uso fin a u na ant igua polémica sobre si un caballo a
galope siempre tiene u na de sus patas en contacto con el suelo o si, por el contrario,
puede quedar con las cuatro pat as en el aire. Muybridge diseñó un circuito de cámaras
fotográficas cuyo obturador saltaba al paso d el caballo p ara d escomponer el
movimiento del mismo.
353
Hofmann, Wern er. El mito de N ana , Mad rid, Alianza Forma, 1991, p . 18.
291
Eadweard Muy bridge, Descomp osición d el movimie nto de un cab allo , 1873.
Otro f amoso caso de fragmentación, ést a re lacionada con un corte de en trepierna
característicamente pornográfico, es la de la obra d e Gustave Courbet El origen del
mundo (1866). Cuadro que fue en su día propiedad del psicoanalista Jacques Lacan, ha
pasado la mayor parte de su historia oculto hast a ser f inalmente aceptad o y expuesto
en el M useo d’Orsay de París. Recientemente ha sido noticia porque se ha descub ierto
el rostro d e la mujer que sale del encuadre, y también por una sorpresiva per formance
realizada en 2014 por la artista l u xemburguesa Deb orah de Robertis, que ex hibió su
sexo ante la concurrencia sentándose debajo d e la f amosa obra. Vestida con un traje
de lentejuelas amarillas a ju ego con el marco dorado del cuadro, con el Av e María de
Schubert de fond o, se recita un poema: “Yo soy el origen, yo soy todas las mu jeres. No
me has visto, quiero q ue me reco nozcas. Virgen como el agu a cread ora de
esperma…”
354
La performance , que sorprendió a los visitantes y al prop io museo, que
no h abía sido avisado, se grabó en video y fue censurado en varias platafor mas, si bien,
como se manifiesta en la misma noticia, le vali ó a la artis ta “fama mundial”.
355
354
Sin firma. “Una artista muestra su sexo delante d el cuadro d e Courbet “E l origen del mu ndo ” , Madrid,
ABC , 5 de Junio de 2 014.
355
Ibídem .
292
Gustave Courbet, El origen d el mun do , 1866 y Deborah de Rob ertis, Espe jo del o rigen , 2014.
El discurso de las van gua rd ias, al p rincipio una amenaza para el orden establecido, será
aceptado y celebrado. N o podemos p asar p or alt o el acto de cortarse un a or eja de
Vincent Van Gogh, gesto de martirio por antonomasia. La exp resión de la exclusión
social y la desesperación alcanza aquí sus más altas cotas. En un contexto
contemporáneo, la atroz mut ilación hubiera sido vista sin d uda como una acción d el
arte extremo
356
. Así es concebida, sin du da, por Bataille:
No obstante, es posible dudar de qu e aun los más frenéticos que alguna vez se
hayan desgarrado y m utilado en medio de gritos y golpes de tambo r hayan
abusado de esa maravillosa libertad como lo hi zo Vince nt Van Gogh: haciendo
llevar la oreja que acaba ba de c ortarse precisamente al sit io que más repugna a
la bu ena sociedad. Es admirable que de tal modo diera pruebas a l a vez de un
amor q ue no tomaba nada en cuenta y de alguna manera escupiera a la cara de
todos aquellos que conservan la consabida idea elevada, oficial, de la vida que
han recibido. Tal vez la práctica del sacrificio desap arece de la tierra po rque no
pudo ser suficientemente cargada con ese elemento de odio y de asco sin el cual
se nos revela como u n servilismo. Sin embargo, la oreja monstruosa enviada en su
paquete sale bru sc amente del círculo mágico dentro del cual f racasaban
estúpidamente los ritos de liberación. Sale de all í junto a la lengua de An axarcos
de Abdera cortada con los dientes y escupid a san g rante a la car a del tiran o
Nicocreón, junto a la le ngua de Ze nón de Elea escupida a la cara de Demilós…
356
La pieza clave de la locura de Van Gogh, el hecho de qu e se cortas e un a o reja el d ía de N avidad d e
1889 y se la entrega se luego a una prostituta, ha sido puesta en entred icho p or do s h istoriadore s de
Hamburgo, H ans Kaufman n y Rita Wild egans, qu e sosti enen qu e fu e Gauguin e l q ue se la amp utó:
Amón, Rubén . “¿Cortó Gaugui n la o reja a Van Gogh ?”, Madrid, El Mu ndo , 6 de Jun io de 2005.
293
filósofos ambos que fueron sometidos a es pantosos suplicios, el prime ro
machacado vivo en un mortero.
357
Los surrealistas inventaron fórmul as para burlar la vigilancia con sciente y d ejar aflora r
el mu ndo de las pu lsiones ocultas, el d eseo reprimido y el lenguaje de los sueños. La
escritura automática, o el ju ego visual y verb al emblemático del mo vimien to, el
cadáver exquisito, fueron algunas de las técnicas de las que se valieron. El cadáver
exquisito estaba basado en un ju ego d e mesa de la época, llamado Consecuencias , y
consistía en un dibujo o texto que era compuesto en tre todos los participantes, sin que
ninguno tuviera acceso a la t otalid ad h asta que estaba t otalmente com puesto. Cada
uno a ñadía un fragmento, y cad a parte descontextualizada y aislada termina ba
creando una figura o frase que h abía elu dido por completo las reservas del conscient e.
Era automatismo puro . El ju ego se llamó así a part ir de la frase escrita en francés que
surgió en una de estas dinámicas: “El cadáver exquisito beberá el vino nuevo ” .
358
El artista J.A. Boiffard, próximo al surrealism o hasta ser expulsado por Breton de l
movimiento, realizó u na serie de fotografías de d edos g or dos del pie para ilu strar el
artículo de Bataille “Le gros orteil” . Los dedos, descontextualizados y emergiendo de
un fondo negro, representan una réplica fetichista a las pala bras de Bataille:
El dedo gordo del pie es la parte más humana del cuerp o humano, en el sentido
de que ningún otro el emento del cuerpo se diferencia tanto del elemento
correspondiente del mono antropoide (chimpancé, gorila, orangután o gibón) Lo
que obedece al hecho de que el mono es arborícola, mientras que el hombre se
desplaza p or el suelo sin colgarse de las ramas, habiéndose convertido él mismo
en un árbol, es decir, levantándose derecho e n el aire como un árbol, y tanto más
hermoso en la medida en que su erec ción es correcta. De modo que la función del
pie humano consiste en darle un asiento f irme a esa erec ción de la que el hombre
está tan orgulloso (el de do gordo deja de servir para la prensión eventual de las
ramas y se aplica al suelo en el mismo plano que los demás dedos).
357
Bat aille, Georges. La c onjurac ión sagrada. E nsayos 19 29 -19 39 , Buenos Aires, Adri ana Hidalgo
Editores, 1970, p. 89- 90.
358
Bradley, Fion a. Movimie ntos en e l arte mo derno. Surrealismo , Lon dres, Tate Gallery, 1997, p.24.
294
Pero cualquiera que sea el pap el desempeñado en la erección por su pie, el
hombre, que tiene la cabeza ligera , es decir, elevada hacia el cielo y las cosas del
cielo, lo mira como un es cupitajo so pretexto de q ue pone ese pie en el b arro (…)El
pie humano es sometido ge neralmente a sup licios grotescos que lo vuelven
deforme y raqu ítico. Es imbécilmente destinado a los callos, a las durezas y a los
juanetes (…)
359
J.A.Boinffard, Dedo g ordo del pie. S ujeto masc ulino. 30 añ os , 1929.
Jean Arp, Dalí, Miró, Giacomet ti, Magritte, usaron en u n momento u otro una
iconografía del cuerpo desped azado. Puesto que el arte clásico se fundamenta en los
conceptos d e u nidad y jerarq uía, el elemento no puede darse aislado, sino como p arte
de una totalidad más amplia, que le otorga su sentido.
La forma vanguardista, en cambi o, parte d e u na idea f ragmentaria. Su signif icado no
está condicionado por su posib ilidad de completarse. La ob ra de arte es autónom a.
Incluso en su más insignificante parcelación y fragmentación.
La def orme y monstruosa an atomía de Cons trucción blanda con judías c ocidas.
Premonición de la guerra civ il (1936), de Salvador Dalí, juega con la descomposición del
cuerpo en una sintaxis d esconcertante: cabeza, pecho, pierna, apoyándose y siendo
exprimida a su vez por ot ra re pugnante ris tra de carne inferior. La informe figura
359
Bataille, G. Op. Cit. , p. 44 - 45
295
representa el presagio de la guer ra como la luc h a de dos masas antagónicas q ue se
recortan con tra el cielo, la u na apoyad a en la otra; la superior pisando la inferior,
mientras que d e esta ú ltima brota u na espantosa mano -garra que oprime el pecho del
fragmento superior, en una metáfora d e la guerra fraticida q ue se desencadena en el
36.
Salvador Dalí, Con strucc ión blanda c on judías cocida s. Premonición de la guerra civil , 1936.
El artista belga René Magritte emp leó en numer osas ocasio ne s fragmentos del cuerpo
humano para, recomponiénd olas o hibri d ándolas en tre sí, crear escenas de significado
ambiguo. Sus obras ensamblan partes corporales de forma que su bviertan el sen tido
de la p ercepción del despertador. Aso ciaciones inu suales, extraña s mut aciones y
desplazamiento de sentido son la b ase de un lenguaje q ue j uega con el fragmento
corporal para ed ificar una nueva anatomía surrealista. L’entracte (1927) mu estra una
serie d e fig uras com p uestas p or piernas y b razos unidos, e n un escenario fan tasmal.
Unas yacen, como d esfallecidas, a ambos lados del cuadro. Parecen bultos inertes,
formas abandonadas. Otra sujet a un telón . En el cen tro, un a monstruosa amalgama de
pierna y brazo se enlaza a otra fantasmal figura como ella.
296
René Magritte, L’entracte , 1927.
Magritte jugó con el fragmento en su obra d e 1930 L’ev idence eternale , d onde
descompuso la figura de una m uje r en p equeños frag mentos que se exhib ían, sin
miembros superiores, encad enados en una sucesión de planos: ro stro, pechos, pubis,
rodillas y pies. En La violación (1934), sust ituye el rostro de una mujer por su torso, de
manera que su i dent idad es sust ituida p or l os fragment os in d iferenciados de s u s
rasgos sexuales.
René Magritte con su obra L’evide nce e ternale , 1930.
De la misma forma, en La raza blanca (1937) pro pone u n extraño jue go de rasgos
desfigurados, narices, ojos y boca sin rostro, en equilibrio unos sobre otro s.
303
De izquierda a d erecha: Joel -P eter Witkin, Fac e of a wo man , 2004; Louise Bourg eois, The hidden past ,
2004 ; Jake y Din os Chapman, Great Deeds ag ainst the d ead , 1994; Kiki Smith, Hard S oft Bodies , 1992 ;
Zo e Leonard, Anatom ical model of a head’ s woman crying , 1993 y Robert Gober, Untitled , 1991.
304
En el año 2000, Teresa Margolles, cofundadora del colectivo art íst ico mexicano
SEMEFO, realizó, como p arte de su trabajo con cue rpos mu ertos y cadáveres, la
escultura de una lengua humana. Comprada a la familia a cambio de f acilitar el d inero
para enterrar al di funto, la lengua er a un fragmento esp ecialmente elocuente de las
razones por las que se puede morir a manos del cártel.
Teresa Margolle s, Leng ua , 2000.
En estas piezas el horror está inscrito en el primer plano de significación de la
imagen, lo que también quiere decir que el uso del fragmento co rporal, por
ejemplo una lengua o l a exhibición de la interi oridad del cuerpo y el rictus d e
muerte, se inscriben en el or den de la sensación y l a emoción como primer
registro de sig nificación de la o bra para el espectador, funcionan como a nalogías
donde la estabilidad de lo presentado (el objeto) conduce al interpela do a la
captación del est ado de descomposición de sí mismo y a la suspensión de su
conciencia. Lo conducen a un estado primario de reacción que sobrepasa la
identidad y la individualidad del sujeto, desintegrando la subjetividad de la
emoción para integrarla al impulso primario de la reacc ión orgánica. En es te
contexto, es importante señalar que los aspectos textuales y conceptuales de las
305
piezas se generan gracias a este nivel primario de pres ignificación. Inun dan, por
decirlo de alguna ma nera, el enunciado desde la organicidad de la materia.
364
El fragmento corporal, lo incompleto, la ob ra truncada o inconclusa, es un a tendencia
que provoca al espectador. El cuerp o mu tilado siempre atrae la aten ci ón . Instituido en
metáfora de la sociedad, su parcialidad, su imperfección, t ransmiten un men saje de
angustiosa desintegración. Fre nte al cu erpo completo, perfecto, acabado, como
síntoma del discurso de lo bello y lo buen o, se alza el cuerpo ro to que pre figura la
enfermedad y la angu stia, un relato que n ació en los márgen es del arte of icial y que
poco a p oco conquistó su espacio en las narrativas contemp oráneas. El f ragmento
como retórica de lo transgresor nace con la revolución y la modernidad, y encuent ra su
sitio en la sociedad industrial y postcapitalista, que por definición es una sociedad
fragmentaria, múltiple, c aleidoscópica e inestable.
364
Barrios, José Luis . Sem efo: Una lírica de la desc omposición , Madrid, Revista Fractal, n ° 36, 2005, p.41.
306
3.2.2. El doble y el monstruo.
La ambición de crear un doble perfecto, un Doppelgä n ger, se en cuentra presente en
nuestra h istoria sagrada, n uestra mitología, nuestro arte, nuestra literatura y en
general nuestra cultura, donde man ifestaciones como el cine han exprimido
prácticamente todas sus posibilidades narrativas.
El encanto que ejerce sob re nu estra imaginación se nutre del mito fundador del
Génesis, cuando Adán es amasad o d el b arro y del polvo, y también persiste en la
tradición heb rea, donde el Golem es un h ombre de arcilla que cobra vida a t ravés del
conjuro de la palabra. El kolosso , en la antigua Grecia, era un doble que provocaba
temor por su pare cido al ser humano, pero también porque permitía entrar en
contacto con el mundo de los muertos.
365
En la mitología helena, Zeus usurpa la identidad de Anfitrión p ara yacer con su mujer.
Tampoco nace Pandora, sin o que es const ruida por los diose s para ser entregada como
regalo envenenado a Epimeteo. Se atribuye también a su constructor, Hefesto, la
fabricación de autómatas y un gigant e de bronce, Talos, que debía gu ar d ar la isla d e
Creta.
La atracción por el doble h a promo vido u n arte y u na ciencia d el autómata desde la
Antigüedad. En tre las grandes creaciones de la Escuela d e Alejandría figuraría una
Apoteosis de Baco , qu e según el Tratado de Herón (Siglo I a.de C.), most raría al dios
escanciando vino en tanto las bacantes danzaban a su alred edor. Otro hito en la
historia del automatismo sería el famo so Autómata de Filón, que incorporaba la
ciencia neumática a la fabricación de dispositivos automáticos.
La escue la alejandrina in fl uiría en la civilización árabe y luego en el Renacimiento. Al -
jazziri describe autómatas de mú sicos que navegan en un barco, o personajes que
365
Bozal, Valeriano . Míme sis: las imágen es y las cosas , Mad rid, Visor, 1987, p. 67.
307
escancian vino o usan un a servilleta. La fabricación d e mecanismos de relojerí a
evolucionaría con tal virt uosismo que en el siglo XV III Jacques de Vaucanson diseñ ó un
pato mecánico que remedaba el funcionamiento d el sistema digestivo, siend o capa z
de excretar lo que engullía. A pesar d e estos y ot ros logros, unidos a mecan ismos
hidráulicos o a la cien cia de los re lojes, la idea de constr uir una réplica perfecta nunca
nos abandonará. En cada feria de robótica ja ponesa el objetivo parece estar más
cercano. Las nuevas tecnolo gías han permitido la re -creación de seres artif iciales o
ficticios , reagrupando miembros y facciones p ara perfecciona rlas en base a los
principios del arte del montaje.
Sin ir más lejos, recientemente, la cantante Aimi Eguchi fue la p referida de mu cho s
japoneses hasta que se d escubrió que no era re al, sino una reformulación informática
de los rasgos más agraciados de sus compañeras de grupo musical.
366
La falsa cantan te Aimi Eguchi.
Pero sin duda, don de más hondamente cala el e spíritu del doble es en la literatura y el
cine. Guy de Maupassant, en la inolvidable pieza corta El Horla (1886), teje una sombra
invasiva que va apoderándose imperceptiblemente de la vida del p rotagonista,
tendiendo una red d e engaños que termina por no diferenciarse de la realid ad. De
Rostand a Shelley, Dostoievski o N abokov, de Poe a Cortázar, hacerse pasar por otro,
366
Bell, Melis sa. Aimi Agu chi joins othe r virtua l, fictiona l Japa nese pop idols , The Washington Post, 23 de
junio d e 2011.
308
usurpar o ser usurpado, es un tema que permea l a literatura y que pasará al cine desde
sus inicios.
En el medio cinematográfico, el tema del doble, sea concebido como usurp ador o
imitador en su réplica más perfecta, el robot, ha sido recreado en t odas sus
posibilidades. Si en el caso de Metrópolis ( 1927 ), el robot ap arece como fuerza del mal
impostora que viene a semb rar la confusión entre los obrero s de esta distopía
capitalista, donde la androide es d iseñada para corromper a los ob reros, los Nexus-6
de Blad e Ru nner (1982) son “más humanos que los h umanos”, tal como reza el slogan
en la película. La invasión de los ultracuerpo s (1956 ) esb oza un a usurpación masiva de
las volunt ades, un rapto d e toda la especie humana a manos de una forma
extraterrestre que guarda parecidos de familia con el cont exto de la gu erra f ría. El
tema del d oble fluye por toda la cinematografía d e t error y serie B, do nde el f rí o
encanto del maniquí y el muñeco de cera ha dado l ugar a historias macabras sin
cuento. También se halla presente en el cine la concepción del ot ro como versión más
perfeccionada d e nuestra especie. La otredad puede ser también el espacio en el que
uno realiza y completa la propia identidad, como mostró el cineasta D avid Cronenberg
en Inseparab les (1988), d onde concibió al yo escin dido en una gemelarid ad
claustrofóbica. Baudrillard afirma que la alteridad radical, el d eseo profundo de crear
al otro, se manifiesta en la clonación.
Sueño de u na gemelaridad ext erna sust ituyendo la procreación sexuada que, por
su parte, va unida a la m uerte. Sueño c elular de esc isiparidad, la forma m ás pura
del parentesco, ya que permite finalmente prescindir del otro y pasar del mismo
al mismo. Ut opía mo nocelular que, por el camino de la genética, permite que los
seres complejos accedan a l destino de los protozoos .
367
Freud hizo un inventario de cosas y situ aciones q ue resultan siniestras, en tre las que
califica a un individuo que puede ser portador d e maleficios y de presagios f unestos,
“que p uede tener el carácter de un d oble de él o de algún familia r muy pró ximo (el
367
Baudrillard, Jean. La transparencia del mal. Ensayo sobre los fen ómeno s extremos , Barcelona,
Anagrama, 1991, p.124.
309
padre)”.
368
El t ema del doble se asocia, obviamente , con el tema de lo siniestro, al
provocar “La dud a de que un ser aparentemente animado sea en efecto viviente; y a la
inversa: de que un objeto sin vida esté en alguna forma animado”.
369
En genera l, sugiere Fre ud, se da lo siniestro cuando lo fantástico (fantaseado,
deseado por el sujeto, pero de forma oculta, velada y autocensurada) se produce
en lo real; o cuando lo real asume enteramente el cará cter de lo f antástico.(…)
Produce, pues, el sentimiento de lo siniestro la realización de un deseo escondido,
íntimo y prohib ido.
370
El estudio d e Freud estaba influenciad o por el de Otto Rank, El doble (1914), q ue
relaciona la imagen vista en el espejo con lo que él denomin a como “la somb ra” y el
miedo a la muerte. Lacan exploraría estos vín culos en su t esis de psiq uiatría De la
psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad (193 2), y desp ués de la
Segunda Gu erra Mu ndial, los desp lazaría al interés d el n iño por su p ropia image n en
tempranos estadios de su desarro llo en El estadio del espejo como formador de la
función del yo tal como se nos revela en la experiencia analítica (1949).
368
Freud, Sigmund. Lo sinie stro . CIX. Obras co mpletas , Madrid, Biblioteca N ueva, 1997, p. 2483.
369
Íbid.
370
Trías, Eugenio. Lo bello y lo siniestro , Barcelona, Sei x Barral , 1982, pp. 33- 35.
310
El tema del robo t e s un clási co d e la ciencia -ficción. En la imagen, de izquierda a d er e cha: la Eva de
Metrópolis , Fritz Lan g, 1927; Hal 9000 en 2001. Una odisea en el espacio, Stan ley Kubrick, 1968; la
modelo bási co de placer P ris en Blade Runn er , Rid ley Scott, 1982, y un fotograma de la p elícula AI.
Inteligen cia artificial , Steven Spielberg, 2001.
Podría d efinirse lo siniestro como la realización absoluta de un d eseo, por ej emplo, el
ya con ocido tópico freudiano de la muert e del p adre. Por med iación de ese objeto
fetiche absoluto, el otro, p odría hacerse realidad el deseo reprimido, como la muerte
en efigie, antaño, operaba en un nivel simbólico p ara erradicar al enemigo:
La acción hostil se perpe tra sobre la imagen en vez de sobre la persona. Cuando
se colgaba una efigie o en los c uadros infam antes, no se a puntaba tanto a la
persona c omo a su hon or. La ima gen sirve para perpetuar y difundir en forma
311
gráfica una acción hostil, un prejuicio o una de gradación. Ella es comunicación
más que acción inmedia t a.
371
Un ejemplo que ilustra esta fantasía siniestra p odría ser la obra Dead Dad (1996 - 199 7),
del artista australiano Ron Mueck.
Ron Mueck, Dead Dad , 1996- 1997 .
La obra con qu e se dio a conocer Ron Mueck fu e una de las más polémicas de la
exposición Sensation . Dead Dad mostraba al padre del artista (un fabricante de
juguetes del q ue Mueck ha bía heredado el of icio) reducido en escala (un metro de
longitud), desnudo y cen iciento sobre el suelo. La figura, como todas las de Mueck, era
de u n realismo extremo. D etalles como arrugas, poros o vello corpor al pod ía n
apreciarse con toda claridad. La pr esencia mustia d el p rogenitor pod ía conjurar el
miedo infantil a perder a nuestros padres y quedar h uérfanos. Tamb ién jugaba con la
idea de nuestra per cepción d e la figura pat erna, que nunca es objetiva. L a producción
de Mueck, muy escasa debido a la canti dad de tiempo que exigen su s piezas, p areci ó
basarse inicialmente en una distorsión de la escala.
Los maniq uíes coloreados de man era d emasiado realista h an sido en general relegados
por la hist oria del arte a manifestaciones marginales como el man iquí ana t ómico o,
andando el t iempo, la imaginería industrial. La apariencia demasiado real había sido,
de hech o, rechazada de p lano p or los n eoclásicos, que se resistían a la idea de que los
371
Fernández Ruiz, Beatriz. De Ra belais a Dalí. La im agen grotesca del cuerpo, Valencia, PUV, 2004, p .
112.
312
griegos pod ían p olicromar sus escult uras. En el imaginario occidental, l a est atuaria
clásica deb ía conservar el fantasmal color de la pied ra, las tonalidades del b ronce. La
certidumbre de que los griegos usab an artimañas como p elucas, pezones d e cuero y
ojos de vidrio parecía inaceptable en un p rincipi o. El Gran Arte era monoc romo. Pe ro
las evid encias lo contradecían. Los griegos pintaban sus esculturas. Le dab an u na
pátina del infame “tono carne”. La aplicación del color sobre ciertas esculturas puede
resultar abyecta. La pieza Beverly Edmier 1967 de Keith Edmier, ilustra el u so turbador
del color. La escultura, una mujer embarazada, está recreada en tonos rosados, como
si t odo su ser, incluido el pelo, ropa, guantes, se h inchase como un a gran vejiga al
recibir la san gre bombeada para alime ntar el f eto que se transparenta en su vient re. Es
como si la muje r h ubiera perdido su identidad y se h ubiera convertido, en tera, en un
órgano reproductivo.
Keith Edmier, Beve rly Edmier 1967, 1998.
Si b ien el uso de la réplica se generalizó a principios d el siglo p asado, hay que señ ala r
que se usó como soporte el humilde man iquí de comercio, al que se manipulab a o
modificaba con prótesis o afiches. De hecho, el man iquí, el robot, el autómata, fu ero n
una moda generalizada en la Eu ropa de los años vein te. Hausmann toma una cabez a
de maniquí d e madera y le anexiona un ap arato para medir el coeficiente intelectual.
319
Allen Jones, Chai r,Table, Hatsta nd, 1969
En 1973, la teórica Laura Mulvey propuso en su artículo Spare rib
377
qu e los prob lemas
de Jones no eran con las mujeres, sino con su pro p io complejo de castración. Siguiendo
una p erspectiva f reudiana, M ulvey razonó que Jones h abía desviado su ansiedad por la
castración a un ob jeto fetiche, en este caso mujeres -mu ebles. Una versión de Chair f ue
exhibida p or la Tate gallery en 1986, como p arte de una exposición colectiva. El 8 de
marzo, Día internacional de la mujer , fue rociada con ácido.
378
El art e de la réplica había llegado a su mo mento álgido en la Bienal de París d e 19 71,
donde se acuñ ó el t érmino “h iperrealismo” por primera vez. Los críticos rechazaron
estas nuevas propuestas “por su banalid ad, su carencia de tod a consecuencia
filosófica, política, moral o emo cional ” .
379
Las nuevas resinas sintéticas permitier on a
escultores como D uane Hanson o John de Andrea la emulación literal de un turista en
vacaciones o un a mujer desn uda en actitud suge r en te que podrían llegar a confundirse
con seres de carne y hueso. Los dos d eclinaban su trab ajo, a su vez, d e las prop uestas
de George Segal. Segal n o había trab ajado f igur as h iperrealistas, pero sí vaciados de
377
Walker, John Albert. Art and outrage, provocatio n, co ntroversy and the visual arts , Lo ndres, Pluto
Press, 1999, 148.
378
Íbidem.
379
Alfano Miglietti, Francesca. E xtreme bodies. Use an d abus e of the body in art , Milán, Skira, 2003, p.
213.
320
gente real a la que sit uaba en contextos cot i dianos. D e Andrea empezó t rabajando con
moldes de chicas desnudas con asp ecto de pertenecer a la clase media. Su acabado era
sorprendentemente re alist a. Hanson introdujo algunas escenas de catást rofes
modernas como Motorcyc le accident (1969) antes d e d edicarse a retratar a su s
conciudadanos, a veces con gran sentido de la mordacidad, como cuando compone
parejas de t uristas ataviados con camisas ch illonas, cámaras de fotos y gorras, o al
norteamericano medio tirando de un carro de la compra ates tado de comid a.
Duane Han son, Que enie II, 1988.
Pero en los noventa convergieron varias circunstancias que renovaron el int erés por el
do ble. En primer lugar, la clonación exitosa de la oveja D olly, con todo el imaginario en
torno a la clon ación que despertó en la f icción y en los medios de comunicación. En
segundo, la idea insidiosa q ue rondaba a algunos intelectuales (mayormente
franceses) de estar viviendo u na suerte d e simulacro, d e que la realida d había sido de
alguna forma sust ituida p or u na ficción. Jean Baudrillard llegó a afirmar, en diversos
artículos aparecidos en 1991 en el diario Libération , que la Gu erra del Golfo realmente
nun ca había existido, que era una construcció n de la televisión y la in geniería de
telecomunicaciones, un simulacro.
En arte, la insistencia en el doble se debió seguramente al coleccionista Charles
Saatchi, qu e impuso la moda del maniquí como soporte prefer ente del p resunto arte
extremo. El gusto afinado en la are na de la p ublicidad impac tante del supercollector
321
provocó u na coerción inconsciente en la h ornada de nu evos artistas británicos, que se
entregaron a cultivar el estilo Saatchi con verdadero celo. L a estética del shock por el
shock cun dió en las exhibiciones de arte emergente y operas prima s de recién
graduados, donde reinaba una inquieta ex pectación ante la p osible ap arición de
Saatchi con su talonario.
La década de los noventa fue llamada la Déca da Saatchi
380
por algunos de sus
glosadores más entu siastas, en parte gracias a su p osición est ratégica en los med ios de
comunicación, y en p arte a su habilidad para imprimir su propio estilo al arte que
coleccionaba. Las adquisiciones masivas de Saatchi dela taban su debilidad por los
maniquíes y los muñecos de cera, los animales muertos y la congelación, como se
seguía de su empeñ o en su bvencionar o comprar obras de autor es que trabajaron en
un momento u ot ro en tal sentido: Abigail Lane, Gavin Turk, John Isa acs, Ron Mueck,
los hermanos Chapman, Tim Noble y Sue Webster, Thomas Grünfel d , M arc Quinn,
Rose Finn-Kelcey o Jane Simp son, sin olvid ar al profesionalmente siniestro y millonario
Damien Hirst.
Así, cualquiera que entrase en la Galería Saatchi a principios d e dos mil, tenía la
sensación de en contrars e en un extraño híbrido en tre el M useo de Cera d e Madame
Tussaud y algú n p unto sin re torno d el arte contemporáneo brit ánico . Estab an las
fotografías de Hiroshi Sugimoto, una galería d e esposas muertas de En rique VIII
congeladas en su impecable mortaja de blanco y negro, guiando la vista hacia la gran
cámara cen tral donde aguard aba el famoso t iburón de Hirst como p ieza estrella de la
colección. Las figuras, procedentes del museo de cera londinense, estaban
fotografiadas bajo un vel o de luz tan sutil que resultaba difícil, a primera vist a, decidir
si se trataba de criaturas viv as o de frías muñecas.
380
Co rk, Richard y Kent, Sarah. Young British Art. The Saatchi Decade , H ong Kong, Booth- Clibborn
Editions, 1999.
322
Hiroshi Sugimoto, Las sei s mujeres de E nrique VIII , 1999.
En Pop (199 3) , Gavin Turk realizab a un canje esq uizofrénico de personalidades en un
maniquí p rotegido por una urna de cristal: un autorretrato d e sí mismo travest id o
como Sid Viciou s en el acto d e can tar su versión d el My Way de Sinatra, ap untando al
espectador con una pistola de juguete en la pose en que And y Warhol retrató a Elvis
Presley. Era un cruce incestuoso e n tre el pop a rt y la mú sica p op, entre la atracción
para turistas y el arte contemporáneo.
Gavin Turk, Pop, 1993.
Cabe recordar que Ron Mueck, al que ya se ha mencionado, conoció la f ama a travé s
de la promoción d e Saatchi. Su s esculturas siempre causan una angustiosa expect ación
323
entre el pú blico. Su hiperrealidad, su p erfección, llegan a resultar tan esp ectaculares
como inquietantes.
Ron Mueck, A girl, 2004.
Los h ermanos Chapman tamb ién cultivaron la estética del maniquí, inaugura ndo su
carrera con un ejercicio de tor tura incruenta en Great deeds against the Dead (1994),
calco literal en tres dimensiones del grabado de Goya ¡ Grande hazaña! ¡Con muertos!
procedente de la serie Los desastres de la guerra (181 0). En la misma lín ea conceptual,
sus Tragic Anatomies (1996) presentaban n iños mutantes en un entorno idílico. Se
sucedían los d esdoblamientos y deformidades fantásticas, una p ercepció n
fragmentada y enferma de los seres. Su s criaturas, herederas de las anatom ías
patológicas de Henry Darger, las composiciones de El Bosco y la t eoría freudiana,
tenían penes y vaginas en l u gar de n arices y b ocas y se unían e n u n ejercicio de
monstruosidad cuyos puntos de i n tersección podían co n vertirse inesper ad amente en
canales de parto.
324
Hermanos Cha pman, Tragic An atomies , 1996.
Ubermensch (1995), era la irreverente visión de una de las mayor es inteligencias d el
planeta, Stephen Hawking, al borde mismo de un abismo sobre su silla d e ru edas. El
humor irreverente de l os Chap man no se contentó co n f iguras de tamaño real.
También usaron maquetas en Hell (1998-2000) y su nueva versión, Fucking Hell (2008).
Jake and Dinos Chap man, Ube rmensch, 1995.
Un caso peculiar era el de los yBas mer itorios, la segunda hornada de artist as que
Saatchi incorporó a su colección. En la estela d e la p r imera tanda de nuevos artistas,
Tim Noble y Sue We bster desarrollaron su ob ra como una ap elación consciente a la
imaginería escandalosa que atraía al supercoleccionista. A través de exposiciones
como British Rubbish (199 6) o The New Barbarians (1997-99 ), la pareja articuló un
325
discurso interesado en relación a t emas como lo p rofano o lo popular, e in cluso
probaron suerte con los maniquíes por los que notoriamente se pirraba Saatchi,
autorretratándose como u na pareja de neandertales en fibra de vidrio en The New
Barbarians .
Tim Noble y Sue W ebster, The ne w Barbarians , 19 96- 1997.
A continuación, tuvo lugar el proc eso de trivialización de la réplica perfecta de resina, o
la completa ubicuidad del maniquí hiperrealista en la sala de exposiciones. Charles Ray,
Reuven Cohen, Az iz + Cucher, Judy Fox, Miran Fukuda, Cesare Fullone, Nancy Graves,
Jeff Koons, Mariko Mori, Y asu masa Morimura, I nez Van Lamsweerde… son algunos de
los art istas que han ut ilizado en algún momento el maniquí como pieza clave de su
discurso.
En un ejercicio de narcisismo especular, el art ista Charles Ray compuso un a bizarra
escena de orgía. La composición , muy barroca, muest ra al f acsímil sorprendido en una
relación sexual consigo mismo. Una fantasía mast urbatoria en la que el doble se
multiplica para satisface rse a sí mismo. Ray también había p ropuesto esculturas de
mujeres a mayor escala de la normal ( Fall’91 , 1992), p erfectamente trajeadas y con
aire d e suf iciencia, con los braz os en jarra y el pelo d e p eluquería, ante las qu e el
espectador aparecía disminuido e insignifica n te.
326
Charles Ray, Oh Charley!, Cha rley, Charley, 1992.
Sin emb argo, fue el italiano Maurizio Cattelan el que más partido supo sacar al
potencial paródico d e la cop ia, a su cap ital simb ólico y su bversivo. Desd e sus p rimeras
obras con animales disecados, Cattelan siempre h a hecho gala de un humor mordaz y
surrealista en la composición de paradojas visu ales. Hit ler, Picasso, guardias d e p olicía,
incluso su galerista, fueron re-creados en la galería de arte, siempre en actitudes
satíricas. El propio Cattelan se ha autorretratado a menudo, a veces asomándose por
una grieta del suelo, o ahorcado pendiendo de un a soga.
Mauricio Cattelan, HIM , 2001.
327
Su obra más irreverente, La nona hora (1999), muestra un inquietante d oble del papa
Juan Pablo II ro deado de cristale s rotos, f ulminado p or un meteo ri to sob re una
moqueta roja. Es una ob ra que tu vo la vir t ud de en furecer a m uchos s ectores. La idea
de un papa derrotado por la ir a divina ten ía un pot encial blasfemo y agresivo. En 2004
Cattelan produjo una serie de maniquíes de niños concebidos para ser ahor cados en
diferentes ciudades europeas. La obra ( Sin título , 2004) provocó apasionadas
reacciones en cont ra, in cluyendo la caída de un t ranseúnte que trató de
descolgarlas
381
. Poco impor taba que Cattelan argu mentara que se t rataba de
autorretratos suyos, de n iño. La idea d e niños ahorcados, aunque se t ratara de u na
réplica, era insultant e para muchos espectadores. Sin embargo, el autor declara no
sentirse un provocador. “No me interesa la provocación, me interesan las reacciones.
Una obra no est á nunca com plet a sin las voces y comen tarios de la gente. Yo no hag o
nada, es el público el que hace la obra ” .
382
Maurizio Cattelan , Sin título , 2004.
En España, el maniquí h iperrealista y polé mico t ambién h a tenido su oportunidad
mediática. La pieza Always Franco (2 011) de Eu genio Merino, presentada en ARCO
2012 c omo trasunto p aradigmático de maniquí potencialmente conflic tivo, ha si do
puesta en el d isparadero de la atención pública. La pieza mostraba u n alter -ego
hiperrealista y uniformado del Caudillo, pre servado e n el interior de una nevera de
bebidas re frescantes. Su con tinua presencia en los not iciarios d aba la errónea
sensación de q ue en la feria de arte n o había otra cosa que la efigie del fascista, pero al
381
Molina, Margot. “La Bienal Internacio nal de Sevilla n o re tirará la escultura de un niño ahorcado ” ,
Madrid, El País , 4 d e octubre de 2004.
382
Le Mieux- Ruibal, Bru no. “N o disparen a la ard illa ” , Revista Lápiz, 223, Año XXV, Mayo 2000, p. 41.
328
mismo tiempo parecía c lamar por algún t ipo de protesta enérgica que p rolongara y
justificara la aten ción dedicada a la escultura. Fin almente, la Fundación Franco se d io
por aludida, y se personó en la f eria, n otario incluido, p ara d enunciar el uso de la
imagen del dictador.
383
Eugenio Merino, Always Fran co , 2012
La ob ra d e M erino se caracteriza por mant enerse en un p unto crítico en tre la
provocación y el ch iste visual. Po lí ticos europ eo s pre stan sus cabezas como punchs
para practicar boxeo , o viejas glor ias d e la revolu ción son caracterizadas como
zombies , en u na re-interpret ación literal del sentir popular. Ha osad o ret ratar de forma
cáustica a las t res religiones monoteíst as con “Stairway t o heaven” (201 1). El mundo
del arte tampoco h a quedado incólume. Criticó su mer cantilismo en Pretty Muraka mi
(2009), y p uesto qu e todo lo que está en la cultura de masas es susceptible de trocarse
en un icono, el artista Damien Hirst se c onvertía en objeto de arte él mismo, y se
revisitaba su famo sa calavera, o se hacían juegos de p alabras entre su nombre y el
383
Suscasas Fernánd ez, Ángel Lu is. “La ju ez desestima la d emanda de la Fun dación Fran co contra
Eugenio Merino”, Madrid, E l País , 17 de julio de 2003.
335
Francisco de Goy a, Capricho n°. 43: E l sueño d e la razón produce mo nstruos , 1799.
Johann Heinrich Füssli, en la estela del Romant icismo, delat ará el gusto por lo grotesco
en las d os versiones que realizó de la célebre La pesadilla o El ín cubo (1781)
inspirándose en el arte clásico. En ambas, una mujer d ormida tiene sentado sobre su
pecho u n horrible demonio, un íncubo que in du ce a una lectura erótica de la
composición. En segundo plano, la monstruosa cabez a de un caballo contempla la
escena con los ojos desorbitados.
Henry Füssli, The Nigh tmare, 1781.
El Romant icismo, con su én fasis en la negatividad, lo perverso o la rareza, alumbrará a
monstruos como el Frankenstein de Mary Shelley y d ará lugar a la estética simbolista,
de la cual Odilon Redon es u no de sus más oscuros re presentantes. Red on cultiva la
forma monstruosa en unas obras que dan cuent a de su fascinación por lo extraño.
336
Odilon Redon , And the e yes without he ads were floating like m olluscs, 1896.
Los temas de Re don parecían extraídos de las pesadillas de la ci encia o
remontarse a los tiempos prehistóricos: una flora monstruosa s e extendía sobre
las rocas, y, entre los erráticos bloques de pi edra y las c enagosas corrientes
glaciales, apa recían seres simies cos cuyo aspecto - pesadas mandíbulas, cejas
protub erantes, frentes huidizas y cráneos achatados- recordaban la cabeza
ancestral del hombre del primer período cuaternario, del hombre frugívoro y
carente del don de la palabra, contemporáneo del mamut, del rinoceron te
peludo, d e los grandes osos de las c avernas .
389
Los monst ruos son rutinariamente extrapolado s como “ot ros ” . El M r. Hyde de El
extraño caso del doctor Jekyll y M ister Hyde (188 6) rep resenta lo escondid o, la parte
oscura de la p sique reprimida por la sociedad. Simb oliza un d eseo o impulso narcisista
que desprecia al otro o lo ob jetualiza, con virtiendo la propia voluntad en l a ún ica ley.
De algun a forma, el monstruoso Hyde liberado cruz a la frontera entre lo lo mo ral y lo
primitivo y al hacerlo se hace libre. D e igual manera, otra nove la d ecimonónica, esta
vez debida a H.G. Wells, relat a la horrible con figuración d e la natural eza h umana y
animal en La isla del doctor Moreau (1896).
Los monstruos encarna n lo socialme nte inacepta ble y pu eden dist inguirse por su
fuerza d esmesurada (una visión posit iva de los mismos serían los superhéroes de los
cómics), su brutalidad, su amo ralid ad, su falta de disciplina y d e autocontrol, su
389
Huysmans, Jori s-Karl. A rebours , citado en Cort és, José Miguel. Orden y Caos. Un estu dio so bre lo
monstruoso e n el arte , Anagrama, Barcelona, 1997 , p.156.
337
peligrosidad p ara la comu nidad human a, su incon tinencia. Puede ser también l a
víctima, como Quasimodo o John Merrick, El hombre elefante .
John Merrick, fotogra fiado p ara la ciencia en 188 8.
El monstruo será ut iliza do como atracción de feria. Hasta bien entrado el siglo XX,
barracones amb ulantes mostrab an la d esgracia d e pe rsonas aquejad as por
enfermedades y malformaciones biológicas. El cinea sta Tod Browning retrató
magistralmente el ambi ente d e una de estas ferias en la p elícula de culto Freaks!
(1932).
Las hermanas siamesas Dai sy y Violet en Freaks! de Tod Bro wning, 193 2.
El arte p uede heredar esa fascinación por el monstruo que h a medrado en el cine de
masas, donde este tipo de películas son un género en sí mismas. Cindy Sherman se
338
inspiró, de h echo, en las p elículas de terror p ara su serie Horro r pictures (199 5). Con
maniquíes, piezas anatómicas o ju guetes sexuales , Sherman comp one monstruos
antropomórficos. Sus seres aparecen fragmentados, asimétricos y ab yectos. La
muñeca, como en Untitled # 31 6 (1995) se convierte en un símbolo turbador de la
infancia al presentarse rasguñad a y al terada.
Cindy Sherman, Untitled # 31 6 , 1995.
Otra posibilidad es presentar al ser humano como herido, con vertido p or la
colectividad en monstruo humano. La alusión a la mutilación, y en concreto, a l a
mastectomía, es un f antasma tabuizado en nuestra sociedad. El cáncer, si b ien funesto
en todas sus formas, op era como agente d eformante y destruye la autoim age n
femenina en este caso. Los problemas de autoestima, así como la necesidad de
ocultación del p roblema, son expuestos p or la artista Jo Spence, q ue se autorretrata
como “monstruo” portando una máscara y con la p alabra escrita sobre l a piel, en cima
del pecho que le ha sido extirpado. Spence se retrató durante todas las f ases de su
enfermedad, documentando detalladamente sus sent imientos, f rustraciones y
temores.
339
Jo Spence, Untitled (Self-Portrait, Cultural Snip er Series), 1990.
Aunque con un propósit o muy diferente, Jake y Din os Chapman son au t ores de una
ob ra que juega ampliamente con conceptos como desmembramiento, fragment ación
o abyección, haciendo del monstruo biológico una de sus señas más reconocibles. Una
de las influencias prin cipales de los Chap man es el p intor esp añol Francisco de Goya.
Los disparates , los ca prichos, las pinturas negra s de la Quint a del Sord o, han
actualizado a Goya como precursor ilustre de esta tendencia del horror de f in de siglo.
En ese sentido, su f amoso aguafuerte de 1799 El sueño de la razón produce monstruo s,
adquiriría nuevos e inesperados significados. Los siameses grotescos de los Ch apman,
¿serían el producto de un sueño de la razó n de naturaleza tecnológica o c ien tífica?
En exposiciones como The rape of creativity (2003) en el Museum Kunst Palast , en
Dusseldorf, en la White Cube d e Londres y en el Museum of Modern Art de Oxford, los
Chapman incorporaron referencias a la simbología de grandes empresas como
McDonalds en esculturas de aspecto t otémico. El logo de la multinacional vino a
sustituir la anterior u bicuidad de la c ruz gamada naz i, en una iconología falsamente
primitiva y llena de su gerencias. La ob ra Hell (19 98-2000), que evocaba aquel otro
infierno d e El Bosco, consistía en un terrario en forma d e esvástica. Dentro del
diorama, u nos cinco mil nazis diminutos tortur aban o eran torturados en un paroxismo
de bestialidad, mutación y horror. Las piedras, árb oles y alambradas, sacadas de las
340
tiendas de modelismo, estaban cuidadas hasta el último detalle. Las figuras fueron
pintadas a mano. Toda la escena recordaba al ambi ente paroxístico de Apocalypse
Now (197 9), cit aba el mismo lengu aje en loquecido d el final de El cora z ón de las
tinieblas de Josep h Conrad (1899). El t ítulo, Infierno , alu de a u n castigo católico, y no
es casu al que los protagonistas de est a orgía de sad ism o sean los malos p or definición
del siglo XX. En el imaginario occidental de fin de siglo, no existe nadie más perverso
que los nazis. Pequeños soldados uniformados torturan a prisioneros d esnudos, pero
son a su vez torturados con fusamente p or h omínidos mu tantes con varias cabez as o
los torsos y los miem bros du plicados. Por doquie r se amonton an crán eos y restos
humanos. Los cuer pos están mutilados, a veces hechos p edazos. Multitud de buitres se
hallan posados sobre las alambradas o los tejados. Los soldados n azis alimentan las
cámaras de gas con ot ros soldados nazis, mientras que en quirófanos ensangrentados
se sugieren horrendos exp erimentos médicos. La esvástica p arece tener ahora el
sentido de su man if estación hindú c omo símbolo de lo infinito. La proporc ión del
castigo alcanza ahora la dimensión de una purga para toda la eternidad.
Jake y Dinos Chapman , He ll , 1998-2000.
Es curio so que supervivientes y sold ados que lucharon en la II Guer ra Mundial hayan
interpretado Hell como u na reconstrucción literal d el espanto de los campos,
341
admirando su capacidad para recrear el horror vivido. Sin embargo, el p rograma d e los
Chapman tiene mu cho más que ver con los videojuegos de estrategia y nuestra
fascinación ante las legítimas visiones del demonio y del infierno q u e nos prop orciona
la t elevisión. La industri a au diovisual ha h echo del régimen nazi el espectáculo de la
maldad absoluta, y a la abundancia d e películas hay q ue sumar ahora el auge d e los
videojuegos que recrean la II Guerra M undial. Pero presentando a lo s nazis como una
suerte de enemigo universal, y a su régimen como algo transgresor , en el sentido de
opuesto a t oda norma o mo ral o ética, h an causado una extraña fascinación que es la
que parece alentar este trabajo. Esta fascinaci ón no sería muy difere n t e a la que
provocaban por ejemplo los cuadro s d e Hierony mu s Bosch y sus tremend as visiones
del infierno. Con el espíritu de El Bosco y su extravagan cia estarían todavía más en
deuda las creaciones de los Chap man de niñ os mut antes como DNA Zygotic (199 7) o
Tragic Anatomies (1996). Estas obras, enfocadas desde la p erspectiva de tremendas
mutaciones genét icas, presentan desdoblamientos y deformidades f antásticas, una
percepción fragmentada y enferma de los seres.
Jake y Dinos Chap man, The U n-na mable , 1997.
El artista John Isaacs t ambién hace uso de conceptos extraídos de la cienci a médica y la
biotecnología p ara crear un mon struo. Isaacs se sirve de las técnicas de efectos
especiales propias de las películas de Hollywood. Ron Mueck, como se ha visto,
342
procedía del mismo medio. La ét ica de la b iología genética y las mo dificaciones del
cuerpo constituyen algunas de sus propuestas.
John Isaacs, Th e Matrix of Amnesia , 1 998.
En este sentido, la ob ra de Pa tricia Piccinini también explora la combinatoria genética
que posibilita los últimos avances de la ciencia médica y la biot ecnología,
componiendo imáge nes de híbridos y monstruos. M uchas d e su s obras comp arten la
ontología del maniquí contemporáneo, deformado y represe ntado como monstruoso.
Patricia Piccinini, The Young F amily y d etalle, 2011.
Bebés con rostro de cerdo, extrañas criaturas transportando ancianas, formas
animales en las que se diluye lo humano, seres anómalo s proceden tes del museo de
anatomía... en Piccinini, el monstruo se hace clásico.
Los man iquíes colo reados de manera realista, la figura de cera que trata de replicar a
su original tan fielmente como sea posib le, normalmente no se incluyen en la corrien te
hegemónica de la h istoria del arte occidental. La estatua policromada, q ue podía
incorporar pelo natural, ropas y oj os de vidrio, estaba reservada a la imaginería
cristiana, a la escultura de santos y santas, u na producción que, con excep ciones,
podía oc u par un pues to hu milde en la esfera ar tística. Pe ro la fascinación que el dob le
343
y el monstruo ejercen ya capturó la imaginación de los ro mánticos, que buscaron esa
sombra en manifestaciones como la nove la gótic a. Estamos, pues, ante otra vuelta de
tuerca de un tema decimonón ico por a ntonomasia.
344
3.2.3. Fluidos corporales.
Cada comunidad humana posee un corpus de teorías precientíficas que comparten el
mismo atemporal asombro frente a los misterios del nacimiento, la reproducción o la
muerte. En tod as ellas, los humores del cuerpo han sido estigmatizados o connotados
como significantes de la c ondición human a.
Todos los márg e nes son peligrosos. Si se los inclina hacia un lado o hacia otro, se
altera la forma de la experiencia fundamental. Cualquier estructura de ideas es
vulnerab le en s us márgenes. Era de esperar que los orificios del cuerpo
simbolizaran sus puntos especialmente vulnerables. Cualquier materia qu e brote
de ellos es evidentemente un elemento marginal. El esputo, la sangre, la leche, l a
orina , los excrementos o las lágrimas por el solo hecho de brotar ha n atr avesado
las fronteras del cuerpo. Lo mismo sucede con los restos corporales, los recortes
de la piel, de las uñas, del pelo y el sudor. El error radica e n considera r a los
márgenes c orporales como si estuvieran aislados de todos los demás
márgenes .
390
Todo el simbolismo de la contaminación gira, d e preferencia, alrededor del cuerp o. Sus
materias, d egradación, márgenes y cambios de estado nos remiten a la idea de
desintegración. La pérdida, el gasto del que hablaba Bataille, si se q u iere, es una
amenaza a la integridad corporal. Tod o lo que brote d el cuerpo en forma de flu idos o
humores, todo lo q ue traspase sus límites tiene un aspecto de peligro potencial. En la
historia d el arte, la s angre como materia ha estado presente d esd e sus mismos
comienzos. En cambio, otro s fluidos como esp utos, leche, semen, orina o heces, han
permanecido completamente invisibles h asta hace poco. Desde los años sesenta, y en
especial a partir de los noventa y la famo sa exposición de la Bienal de Whitney en
1993, con su catálogo programático Abject art , la in clusión de estas mat erias de
390
Mary Dougla s. Pu reza y pe ligro. Análisi s de lo s conce ptos de c ontamina ción y p ureza, Madrid, Siglo
XXI de España Editores, 1973, p. 165.
351
No deja de ser sign ificativo que la ob ra seminal del arte contemporáneo repre sente un
orinal. La escultura de Duchamp Fontain, p resentada en 1917 a una exposición
independiente, qu e se perdería y luego sería reed itada, ha sufrido innumerables
versiones. Desde entonces los orinales han sido ob jetos artísticos por derecho propio.
La más conocida, quizá, la de Sherrie Levine, que iro niza, al realizarla en bronce, con el
sentido mítico de la pieza como parte de su estra tegia apropiacionista.
-
Sherrie Levine , Fo untains, after Ducham p , 1991; Robert Go ber, Three Urinals , 1984 ; Davi d Hammons,
Toilet Tree , 200 4.
352
Robert Mapplethorpe y Andrés Serrano tambi én han usado la orina como motivo
transgresor cuando retratan la sexualidad desviada, como parte de p rácticas
sadomasoquistas en Jim and Tom, Sausalito (1977-78) y Leo’s Fantasy (1996), donde
un hombre y una mujer orinan sobre la boca de un hombre, respectivamente.
David Hammons, Pissed o ff , 1 981.
A principios de los ochenta, David Hammons realizó una acción en la que orinaba sobre
una f amosa escultura de acero de Richard Serra (acción por la qu e fue
convenientemente arrestado). Todas estas acciones e inst alaciones tienen su origen y
razón de ser no sólo en la obra duchampiana, sino en la revisión q ue hace Warh ol de la
obra del expresionista abstracto más famoso de su tiempo: Jackson Pollock.
Andy Warhol había comenzado a exper imentar con ori n a en su serie Oxidations
Paintings (1977-1978), a part ir de obras que había realiz ado una década antes. Con la
colaboración de su asistente Ronnie Cutrone, y más tarde de sus propios amigos ,
Warhol estudió las reacciones qu e p roducía la orina al entrar en co n tacto con pinturas
metálicas, dando lugar a tonos d orados, verdes y cobrizos. Las pin turas podían ser
consideradas tanto una parod ia como un homenaje a los p intores d el Expresionismo
Abstracto q ue dominaban la escen a artística neoyorquina cuando Warhol comen zó a
despuntar en ella, en especial a Jackson Pollock.
Ya antes de su consagración como artist a pop , es decir, incluso cuando “Andy el
Ganapán”, el artist a mercader, andaba b uscando la forma de entrar en el arte de
galería, Warhol ya había seguido e l ejemplo de Pollock como punto de pa rtida. En
353
1961 había extendido lie nzos en blanco ante el portal de su c asa de ma nera que
la gente tuviera q ue pis arlos al pasar, dejando as í un reguero de huellas oscuras.
Ese mismo año había realizado lo que daba en ll amar “ pinturas de pis”, creadas
con materiales que, en posteriores reproducciones, se especificaro n com o “orina
sobre lienzo” - es en es ta convergencia de las pis adas y la orina do nde se explicita
al máximo l a lec tura formal que Warhol hiciera del acto de P ollock de labrar s u
trabajo “horizontalmen t e”.
394
Las Oxidation paintings han sido leídas como una traslación h omosexual de la técnica
del goteo. En 1977, para Warhol había adquirido una connotación erótica:
Warho l n o habría necesitado de la educada n ota a p ie de pág ina sobre “orinar en
el f uego” que h allamos en El m alestar en l a c ultura de F reud para es tablecer est a
relación. Freud podría haber hablado de la primera de las grandes gestas de la
civilización, la capacidad del h ombre para reprimir el impulso de orinar en el
fuego, deseo que en su opinión nacía de u na pri mitiva experiencia de las llamas
en cuanto fálicas, de mo do que “extinguir el fueg o orinando representaba un acto
sexual con un hombre, el disfrute de la pote ncia masculina en la riv alidad
homose xual”. No o bstante, para W arhol las Oxidations Pai ntings volvían a se r
simplemente motivos que c onectaban la alta y baja c ultura - la pintura de acción y
el mundo de los baños y sus duchas de oro - unidos en el vector de la notoriedad o
la “fama”.
395
La art ista con ceptual Sophie Calle utilizó el acto de or inar como b ase de una f antasía
de usurpación del otro e n The divorce (1990), una serie fotográfica en la que recreaba
detalles autobiográficos de la separación de su mar ido. En correspondencia a la
fantasía en la que ella toma el p apel del hombre, hay otra fotografía en la q ue el
cuerpo de él oculta su pene, feminizándose.
394
Krauss, Ro salind. El in consciente ó ptico , Madrid, tecnos, 1997, p. 289.
395
Íbid., p . 292.
354
Sophie Calle, The divor ce , 1990.
Entre mis fantasmas está el de ser hombre. En mis fantasías soy yo el hombre.
Greg se dio cuenta e nseguida. Quizá por eso, u n día me propuso hacerle orinar.
Eso se convirtió en un ritual entre nosotros: me colocaba tras él, desabotonaba a
ciegas su pantalón, cog ía su pene, me esforzaba por colocarlo en la po sición
apropiada, apuntando bien. Des pués, lo recogía indolentemente y c erra b a la
bragueta. Poc o después d e nuestra separa c ión, p ropuse a Greg hacer la foto
recuerdo de aquel ritual. Aceptó. En tonces, en un es tudio de Brooklyn, bajo la
mirada de la cámar a, le hice orinar en un c ubo de plástico. Ese cliché me s ervía de
pretexto para p oner, por última vez , la man o sobre su sexo. Aquella mism a tard e
acepté el divorcio.
396
Kiki Smith, Untitled , 1987 -1990.
396
Calle, Sophie . Relat os , Barc elona, Fundació n la Caixa, 1996, p. 90.
355
Kiki Smith fue una precursora del arte abyecto de los noventa. Una d e sus primeras
obras consiste en doce bot ellas que recuerdan antiguas redomas de boticario, con
letras góticas impresas sobre ellas detallando lo que contienen: lágrimas, orina, sangre,
leche, semen, pus, vómito… En otra de sus piezas, u n cuerpo replegado sobre sí mismo
deja atrás un reguero de pérdida y desecho.
Kiki Smith, Pee b ody , 1990.
El artista polaco Piotr Nathan invitó a amigos y extrañ os a tumbarse en un a cama y
relajarse al extre mo de orin ar en las sáb anas. El pro yecto se lla mó Solidified Leap
(1993), y consistió en un gigantesco mural de 50 metros de largo con las sábanas
manchadas de orin a unidas entre sí. Cada mancha era in dividual y única, para Nathan
“las firmas de las 37 personas q ue pasaron por su estudio durante ese pe río do,
llegando a ser un lugar de obscenidad un a conf irmación de la en fermedad que
proliferaba en los círculos gays ” .
397
La invitación p ara la exposición en Berlín en 199 3,
era la reproducción de un a de estas manchas con el siguiente texto: “E l plan d e esta
obra muestra u na ampliación del contorno de una man cha de orina en el colchón de
una persona que está muriendo de sida”.
398
El uso de los f luidos corporales también puede ser u n p retexto para el er otismo, como
en el caso de Le pet it jardinier (1980) d e Pierre y Pilles, un a imagen kitsch propia de las
publicaciones homoerótic as.
397
Miglietti Alfano, Francesca, Extreme bodies. The u se and abuse of the body in A rt , Milán, Skira
Editore, 2003, p.159.
398
Íbidem.
356
Pierre et Gilles, Le p etit jardinie r , 1980.
La malograda artista británica Helen Chad wick t ambién centró su interés en la orina a
principios d e los noventa. Junto a su marido, realizó la obra Piss Flowers (1991 -1992),
consistente en el vaciado de la imp resión que p roducía la orina de ambos sobre la
nieve. El resultado serían esculturas que recordaban formas de flores.
Helen Chadwick, Pi ss Flo wers, 1991 - 1992.
También otras secreciones, como las lágrimas o la grasa corporal, h an sido objeto d e la
atención de este tipo de arte.
357
Rose-Lynn Fisher, The Top ography o f Tears, 201 3.
La Topografía de las lá grimas (201 3) es un proyecto de Rose -Lynn Fisher qu e ab arca
cien fotografías de lágrimas vistas a t ravés del mic roscopio. La serie recuerda a paisajes
captados desde el espacio, o estudios topográficos, tiene similitudes con u n atlas. Sin
embargo, e stos paisajes son diminutos, só lo pued en verse al microsc opio y est án
compuestos de agua, hormonas, proteínas, encimas y min erales, las su stancias qu e en
general componen las lágrimas humanas. La art ista busca las similitudes y d iferencias
en la composición de l as lágrimas debidas a dif erentes motivos: felicidad, pena,
soledad, miedo…
Las lágrimas son l a f orma de lenguaje más primario en momentos tan im parables
como la muerte, t an básicos como el hambre, y tan complejos como un rit o de
paso. Son l a ev idencia de nuestra vida interior desbordando sus límites,
derramándose en la co nciencia. Mudas y espontáneas, ellas nos liber an de la
posibilidad de realienación, re unión, catarsis: mudando l ágrimas, mudando la piel
vieja. Es como si cada una de nuestras lágrimas portara un microcosmo s de la
experiencia hu mana colec tiva, como una got a en un océano.
399
399
Fisher, Rose-Lyn n. w ww.ros e-lynnfisher.co m/tears.html . Con sultada el d ía 1 de ago sto de 2014,
12:20.
358
Marina Abramović, The Onio n , 1996.
Marina Abramović ya había u tilizado las lágrimas en su trab ajo The On ion (199 6). En
lugar d e la fruta p rohibida del paraíso , Abramović procede a comer, du rante la
performance grabada d e veinte minutos de du ración, una cebolla cruda. Las
propiedades sulfóxidas de la cebolla arrasan sus ojos en lágrimas, borrando el
maquillaje. Abramović mira al cielo a la vez que come, las uñ as pin tadas de rojo
brillante mientras muerde la cebolla y se la f rota con tra su rostro. Su voz, monótona,
recita un torrente de pequeñas molestias cotidia nas:
Estoy cansada de cambiar tantas vec es de avión , de esperar en las salas de
espera (…), est oy c ansad a de equivocarme siempre que me enamoro (…), quiero
irme tan lejos que n o p uedan contactar conmigo ni por fax ni por t eléfono (…).
Quiero no querer más.
400
La artista brasileña Lydia Clark, p re ocupada sobre todo por el aspecto sensor ial de
nuestro cu erpo, la recepción d e sensaciones y las limitaciones de la p ercepción, creó
Baba antropofágica en 19 73. Los participantes tenían u n carrete de hilo en la boca e
iban enredando en é l a un colaborador tumbado en el suelo, de ma n era que los
sabores y líquidos se iban mezclando.
400
Gras Balaguer, Menene. “ En los bord es del miedo ” , Madrid , Revista Láp iz , n° 126, noviembre 1996, p .
54.
359
Lydia Clark, Baba a ntropofágica , 1973.
La tendencia, en crecimiento, ha seguido desarrollándose, y los artistas, de un modo
que puede re sultar absurdo, se han puesto a recolectar mocos, cerum en, suciedad del
ombligo, grasa de liposucciones…
El acto de la masticación ha sido introducido por Janine Antoni, que como ya se ha
mencionado masticó y escup ió el material de una inst alación. La art ista Sue Williams
dispuso una piscina de vómito en la Bienal de Whitney de 19 93. Algo más de una
década más t arde, la inglesa Millie Brown se dedicó a i ngerir leche co n pigmento para
vomitarla luego sobre el lienzo. En 2009 conoció fama mundial cuando la cantante pop
Lady Gaga la fichó para que vomitase sobre ella en su gira Monster Ball Tour . Como
viene siendo habitual, Brown se defendió de las muchas cr íticas recibidas alegando que
sus actuaciones pretenden "desafiar los concept os de belleza existentes".
401
También cab e mencionar el interior del cuerpo, la posibilidad de ver lo que se esconde
bajo la p iel. La emb lemática obra de Mat Collishaw titulada escu etamente Bullet Hole
(1988) fue una de las más comentadas de la exposición Freeze . La piez a mostraba un
limpio orificio de bala sobre un cráneo , ampliado y mon tado sobre quince cajas de luz.
En parte a causa del t ema q ue tocaba, y en parte a su notable p ar ecido a cier ta
distancia con una vagina abiertamente exp uesta, Bullet Hole pasó a asociarse
rápidamente a la estela de t rabajos escandalosos que arrastraría tras de sí el
fenómeno de Sensation .
401
Prieto, Darío. “La mujer que vo mita arte ” , Madrid , El Mu ndo , 21 d e marzo de 2014.
360
Matt Collishaw, Bul let Ho le , 1988.
Nuestro interior, cuando se presenta sellado, nos proporciona una ubicación para
lo inmaterial, espiritual y caracteriológico; es el e spacio en el que se elab oran las
metáfo ras e imágenes asociadas con el valor positivo de “profundidad”, mientras
que la belleza externa alberg a imá genes de frivolidad y superficialidad.
El asco, que s urge c uando se a bre el cuerpo con un cuchillo o penetra e n él una
bala, no se limita sólo a la po rquería q ue sale, sino sobre t odo a lo incorrect o qu e
es destruir la integridad del sello del c uerpo. Pe ro est e se llo ya está roto en varios
orificios, que de ben sop ortar la carga de la oposición entre interior y exterior
porque en ellos es donde reside el peligro que supone la falta de claridad y el
desorden. Son los agujeros que permiten la entrada a lo qu e contamina el alma y
el camino a través del c ual penetran sustancias que pu eden mancillarnos a
nosotros y a los demás .
402
Orlan, tras re alizarse una l iposu cción en París (1990) mientras lee La robe de Eugénie
Lemorne, guarda la grasa result ante en relicarios como si de una sustan cia preciosa se
tratara, y los pone a la ve nta.
Teresa Margolles, artista mexicana fundadora d el grupo SEM EFO, t rabajó desde e l
principio con materia orgánica y fluidos. En Dermis (1996) expuso las im p resiones que
producen los humores de la d escomposición sobre una sábana. La ob ra recordaba a las
célebres Antropométries (1960- 1961) de Yves Klein, en las que mujeres desnudas se
402
Miller, W.I., Ana tomía d el asco , M adrid, Grup o Santillan a, 1998.
367
Damien Hirst, Blood , 2003.
Por su parte, el ar tista británico M arc Quinn la ha usado como escultura. En su obra
más famosa, Self (1991), ha realizado un busto de sí mismo con su propia san gre que
debe con servarse para su exposición siempre dentro de un ref rigerador. La pieza está
en un curioso punto entre el arte y la ciencia. Después de todo, tanto uno como otra
han ofrecido tradicionalmente una promesa de eternidad. Los grandes artistas est aban
destinados a sobrevivir a su época, la ciencia siempre ha ambicionado la conqu ista de
la in mortalidad. Quinn ha recurrido al pragmatismo. Ofre ce su trabajo como art ista
pero tamb ién su A D N para una hipotética clonación en el futuro. La obra decae
continuamente y dep ende de la unidad de refrigeración para mantenerse. Su fragilidad
es tal que un corte en el suministro eléctrico la de rre tiría casi inmediatamente.
Quinn rehace el busto cada pocos años, sacando su sangre p eriódicamente y
almacenándola hasta d isponer de los casi cinco li tros que contiene el cuerpo humano.
Desde la primera versión de 1996, h a creado cinco cabez as que testimonian el paso del
tiempo, a la manera en que Rembrandt reali zó su s autorretratos a medida que
envejecía.
368
Marc Quinn, Se lf , 1991/2000.
Artistas de performance como Franko B y Ron Athey em plean la san gre de f orma más
violenta. El uso d e la sangre en las acciones d e Franko B es el produ ct o de cortes,
sacrificios y cierto sadomasoquismo. En una de sus accion es más con ocidas, I Miss you
(2003), Franko camin aba sobre un lienzo t endido en el sue lo a modo de pasarela de
modelos. A ambos lados los espectadores observaban sus desp lazamientos, al final se
habían colo cado los fotógrafos, reforzando, junto con la iluminación, el efecto de estar
ante un evento de mod a. Pero Franko caminab a, en realidad, sob re alambre de espino,
y en sus idas y venidas iba dejando la huella de sus pies ensangrentados.
Las performances d e Franko B tienen siempre un sentido clínico, de curación. Suele
usar sillas de ru edas, jeringuillas y parafernalia médica en sus obras, q u e también
incluyen collages e instalaciones. Durante éstas, el art ista establece unas relaciones de
dominio y poder con su audiencia. Ante ellos, aparece vulnerable, herido, pero como
todo masoquista, es él en realidad el qu e tiene el control.
369
Franko B, I Miss Y ou , 2003.
La p urificación por la sangre, las p rácticas chamánicas o la imit ación de ritos católicos
como la Eu caristía, o la adopción d e la liturgia religiosa la encontramos de nu evo en el
arte profundamente pertu rbador del artista de performan ce Ron Athey. Ath ey exh ibe
tatuajes y pier cings sobre su cuerpo. Sus acciones son sangrientas, a veces con
elementos de sexo hardcore o sadomasoquista. En el curso de u na de su s acciones en
Minneapolis el sufrimie n to que impone a los espectadores ll egó a su pu nto álgid o.
Athey, que es seropositivo, arrojó t iras de papel impregnadas en sangre contaminada a
la audiencia, entre la que se registraron reacc io nes histéricas.
409
Ron Athey, Self Obliteratio n I & II, 2011.
409
Freeland, Cynth ia. But is it art?, New York, O xford Univer sity P ress, 2001, p. 4.
370
Pero una de las primeras art istas en utilizar la s an gre en sus acciones fue la cubana
residente en Estados Unidos A na Mendieta. La malograd a artista, víctima de un
sospechoso asesinato, of reció d esde sus prim eras ob ras u niversitarias un a visión
catártica, visceral y d olie nte de realidades como el cuerpo, la desaparición y la
violencia. Como in tegrante del movimiento f eminista es tadounidense de los años
sesenta, Mendieta u só su cuerpo como plataforma y soporte de la reflexión en torno a
cómo eran tratadas las mujeres en la época, en una busca de igualdad de d erechos y
oportunidades.
Una de sus performances más f amosas y p ertu rbadoras es Rape Scene , d e 1973. La
artista, mu y afectada por la bru tal violación de una comp añera de universidad, planeó
una siniestra escenificac ión d e la violación en su piso. En la penumbra, Mendiet a
reprodujo los detalles sangrientos del asalto. Impotent e, atada y cub ierta de san gre, su
cuerpo se ofrecía como víctima propiciatoria a la audiencia que fue confro ntada con un
auténtico escenario del crimen.
Ana Mendieta, Rape S cene , 1973.
De igual forma, vertió sangre en la calle para intrigar a los tran seúntes que tran sitaba n
por las aceras aleatoriamente. Los p aseantes eran así c onvertidos en involuntarios
espectadores de su obra, y la cámara captab a sus reacciones de sor presa, int erés o
indiferencia.
371
Ana Mendieta, People looking at blood motif , 1973.
La misma estrategia siguió en 1992 la artista española Pilar Alb arracín cuando situó
mujeres en sangrentadas en las aceras para visu alizar problemas como la violen cia y los
abusos contra las mujeres.
Pilar Albarracín, San gre en la calle , 1992.
El art e feminista d e los sesenta atendió especialmente a la c asu ística d e la sangre, en
concreto se multiplicaron las obras relacionadas con el tabú d e la sangre menstrual y el
parto. En mu chas culturas, la sangre men strual es altamente contaminante, o al
menos, sospechosa. En Grecia, “lo qu e es fuente d e impureza y causa de prohibición
372
puede ser objeto obligatorio de con sagración”.
410
Las ad olescentes núbiles de Atenas
ofrecían a Artemisia su prime ra mancha menstrual, así como las ropas de las mujeres
muertas du rante el parto eran consagrad as a Artemisa -Ifigenia de Brauron .
411
Durkheim también apunta a q ue “con f recuencia se utiliza como remedio contra la
enfermedad la sangre que pro viene de los órga nos genitales de la mu jer, a pesar de
que, como las menstruaciones, sea evidentemente impura”.
412
A las mu jeres q ue padecen la menstruación se les exige rit uales de p urificación y
separación, así como la parturienta debe purificarse después del parto. Se regulan
penitencias, ayunos, “a cualqu ier m u jer, seglar o religiosa, que h aya entrado en un a
iglesia, o haya comulgado, durant e la menstruaci ón ”.
413
La sangre producida por el parto es igualment e una sustancia tabuizada, pero en
general se la considera de forma más b enigna. En ocasiones la impureza es de tal
naturaleza que p uede alcanzar al recién nacido, qu e debe permanecer aislad o junto
con su madre hasta que la impureza se disipe.
La impureza de la mujer que da a luz no deriva del parto mismo, sino de la
pérdida de sangre. Asi mismo, en las secrecio nes sexuales femeninas, pasa a
primer plano la sangre y, en las m asculinas, el seme n. Sangre y se men son fuerzas
vitales, directamente asociad as con la vida. Su pérdida representa la muerte. En
las “afecciones de la piel” late el mismo prob lema. Las leyes correspon die ntes no
se centran tanto en la enfermedad cuanto en los síntomas extern os (…) Las
afecciones cutáneas sugieren descompo sición y muerte.
414
Los ejemplos antropológicos son abundantes:
Entre los indios B ribri la impureza del p uerperio es mucho más peligrosa aun qu e
la catamenial. (…) El caso es aún por que la impuri ficación es toda vía más
410
Citado en: Cailloi s, Roger. E l h ombre y lo sa grado , Méjico, Fond o de Cultura Económica, 1984, p. 4 5.
411
Íbidem.
412
Durkheim, É. Las formas elem entales de la vida religiosa, M adrid, Alian za Ed itorial, 1993, p. 382.
413
Douglas, Mary. Pureza y peligro. Un a nálisis de los conc eptos de contamina ción y tabú , Mad rid, Ed.
Siglo XXI, 1973, p. 86.
414
García López, F élix. “Lo pur o y lo impuro en la tradición judía ” , en: Lo puro y lo impuro , Madrid,
Revista de Occ idente, n°222, Noviembre 199 9, p. 59.
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