Utopía. Luciérnagas : (poesía)
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104 105 Número 19 Enero 2016 Ana María Prieto del Pino Utopía Hay que navegar, la muerte está en la tierra. En tierra no hay luz; las flores son de tela. Quien no surca el mar no vive, no ha vivido. Hay que hacerse a la mar. El mar es la vida. Cada uno como quiera, como alcance, como pueda. Cada cual como le dejen, como sueñe, como sepa. Cada quien como imagine, como esté, como sea… ¡A la mar a nado, con remos, con motor, a vela…! Yo bogo en un pecio que encontré en la arena varado y maltrecho; mas no siento miedo: tras cada naufragio, más fuerte es el barco. El cielo se espeja atezado en el agua. No hay estrella polar en el firmamento. “No busques astros”, me advirtió un capitán. “Lo primero es ubicarse cuando hay que viajar… Olvídate de azafeas y luceros, propios de soñadores, de gente de no fiar… Usa un sistema de posicionamiento global, compás de satélite y agujas de marear…”. Seguí largo tiempo las rutas marcadas, Mas siempre a la costa conducen los mapas; ¡no hay vía trazada que no lleve a tierra!
106 pArAdigmA Revista Universitaria de Cultura Suspendido en la bruma, el horizonte va ensanchando el infinito en cada ola. Tal parece… ¡Y, sin embargo… el mar acaba! Cada ola… ¡más me asemeja a Caronte! Sólo la espuma y la sal tienen sentido si todo termina arribando a una playa. Pero el lugar que veo al cerrar los ojos… el rumbo que sigo cuando lo anhelo… ¡Esa vía me aleja de cualquier puerto! Hacia allí me dirijo, sé bien dónde está: ¡yo soy quien lo soñó… soy yo quien lo ha creado! La altura: el cielo; lo imposible: el acimut. Utopía me aguarda donde el mar se acaba. Hay que ir a Utopía. Utopos: la no tierra. Cada uno como quiera, como alcance, como pueda. Cada cual como le dejen, como sueñe, como sepa. Cada quien como imagine, como esté, como sea… ¡A Utopía a nado, con remos, con motor, a vela…! La no tierra en el mar, en la mar… ¡Más vida…!
106 107 Número 19 Enero 2016 Tuya, nuestra es esta luz que contemplas Dime, ¿es que acaso ya no la recuerdas? Esa noche, perdidos, entregados, quedó para siempre la suerte echada; la sentencia, inclementes, firmamos: sin antes lavarlas, unimos las manos y el cielo entero se cubrió de ascuas. Un leteo enjambre de luciérnagas, una alada constelación vibrante, inundó de repente todo el espacio. Cesó el latido sombrío del tiempo, calló su canto rancio la nostalgia; vencido quedó el invierno, humillado huyó a la guarida de una alimaña. Lumbre infinita, insólita luminaria, no hubo tregua alguna para la calma. Suspendidas, fingiendo indiferencia, con el mismo desdén premeditado, Luciérnagas
108 pArAdigmA Revista Universitaria de Cultura soberbio, con el que imposta la lluvia no saber que de ella el agua se escapa, denunciaba su luz nuestra presencia. En vano hemos tratado de espantarlas, y de apagarlas soplando y soplando; como haría un niño con las velas de una inmensa tarta de cumpleaños. ¿Para qué negarlo? De nada sirve. Hemos intentado incluso marcharnos, mas su destello, constante, nos sigue. Tu voz en mi muñeca se ha enredado, y al alejarte te vas deshaciendo. No es un buen guía un hilo devanado si en el laberinto reinan las tinieblas. Yo te espero en la puerta, aún te aguardo. La luz de las luciérnagas, la nuestra, delatora fiel, sigue destellando.