scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

El purgatorio como dispositivo, una manifestación del poder

Conde Morales, José Roberto

Abstract

El purgatorio fue, a partir del siglo xii, el «tercer lugar» al que las almas podrían llegar después de la muerte en la tierra. Para establecer esta idea fue necesaria la implementación de diversas técnicas y prácticas a nivel social que pudieran ser interiorizadas en cada miembro de la Iglesia católica. El purgatorio se estableció como un dispositivo que permitió ejercer el poder sobre todo un campo social a través del saber. El saber y el poder crearon una subjetividad. El objetivo de este trabajo versa sobre la construcción de este dispositivo. La noción de dispositivo de Michel Foucault se muestra como una heterogeneidad estratégica que trata de responder a una urgencia.

Full text

REVISTA LAGUNA, 42; 2018, PP. 119-133 119 DOI: http://doi.org/10.25145/j.laguna.2018.42.007 Revista Laguna, 42; julio 2018, pp. 119-133; ISSN: e-2530-8351 EL PURGATORIO COMO DISPOSITIVO, UNA MANIFESTACIÓN DEL PODER José Roberto Conde Morales Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (México) [email protected] Resumen El purgatorio fue, a partir del siglo xii, el «tercer lugar» al que las almas podrían llegar después de la muerte en la tierra. Para establecer esta idea fue necesaria la implementación de diversas técnicas y prácticas a nivel social que pudieran ser interiorizadas en cada miembro de la Iglesia católica. El purgatorio se estableció como un dispositivo que permitió ejercer el poder sobre todo un campo social a través del saber. El saber y el poder crearon una subjetividad. El objetivo de este trabajo versa sobre la construcción de este dispositivo. La noción de dispositivo de Michel Foucault se muestra como una heterogeneidad estratégica que trata de responder a una urgencia. Palabras clave: purgatorio, técnicas, prácticas, dispositivo, poder, saber, subjetividad. THE PURGATORY AS A DISPOSITIF, A MANIFESTATION OF POWER Abstract The purgatory was, from the 12th century on, the third place where the souls would arrive afther death on earth. To set this idea up, it was neccesary the implementation of diverse techniques and practices on a social level which could be internalized by every member of the catholic church. The purgatory established itself as a dispositif which allowed to execute the power on a whole social field through a Knowledge. This power and this«knowledge» built the subjectivity. The target of this work is to analyze the development of this dispositif. The Michel Foucault’s notion of dispositif shows itself as an strategic heterogenity trying to respond to an urgency. Keywords: purgatory, techniques, practices, dispositif, power, knowledge, subjectivity. REVISTA LAGUNA, 42; 2018, PP. 119-133 120 La intención del presente trabajo es analizar la idea del purgatorio como un dispositivo que normativiza y regula la vida humana entre los miembros de la comunidad católica a partir del sigloxii. Sin embargo, no nos limitaremos al aspecto meramente regulador de ese dispositivo; haremos una reflexión acerca de cómo es que ese dispositivo ha sido construido. Por ello, nos enfocaremos al mismo tiempo en la idea del purgatorio como un saber generado por una tradición que desemboca en la concepción católica de un lugar que sirve de antesala para la vida eterna. Los miembros de la comunidad católica que vivieron con la incertidumbre de la espera por la salvación, necesariamente tuvieron que «doblar la fuerza»1 sobre sí mismos para tratar de asegurar un lugar dichoso en el más allá; por lo tanto, vemos que entre ellos se da una subjetivación. Tomando en cuenta estos elementos, tenemos que remitirnos al filósofo cuya obra se conforma por los ejes del saber, poder y la subjetividad, Michel Foucault. A la preocupación en vida sobre la salvación, que es la que todo cristiano pretende alcanzar, se sumó, durante el siglo xii, la inquietud, desde la muerte, acerca del tránsito hacia esta. La penitencia había sido ya un medio para alcanzar este estado; la misma penitencia se mostraba como un estatus2. Quien se mostraba a sí mismo como pecador, quien mostraba la verdad de su ser como indigno de la gracia de Dios, tenía que hacerlo no sólo frente a la institución, sino ante la sociedad en general. Sin embargo, parece que para el periodo antes mencionado, la penitencia que se realiza en el mundo de la vida ya no es suficiente; esta se convierte en sólo una etapa de un proceso más largo y penoso. Será en el purgatorio donde la penitencia termine de realizarse; será en el fuego del purgatorio donde las almas expiarán sus faltas. No obstante, la idea de un sufrimiento pasajero en ese lugar de tránsito era preferible a la otra opción, el infierno, un lugar donde ya no existe redención posible. Es comprensible que, ante la idea del sufrimiento por el que se habría de atravesar, la comunidad católica hiciera todo lo posible por tratar de cortar el tiempo de estancia en este lugar. Es durante el siglo xii cuando presenciamos la aparición de un lugar dentro de la tradición cristiana. Los dos sitios a los que ya se encontraba acostumbrada la sociedad de la Edad Media vieron nacer un «tercer lugar». Será Dante quien nos haga una de sus descripciones más famosas. Sin embargo, los elementos que lo conforman pertenecen a las más diversas representaciones provenientes de los tiempos pasados. El purgatorio, ese tercer lugar, viene a cambiar, a partir del sigloxii, la relación entre los vivos y los muertos. Es un lugar en el que el vínculo entre ambos se establece de una manera más fuerte y directa. El más allá ya no representó un límite para el poder. 1 Deleuze, Gilles: La subjetivación: curso sobre Foucault III. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Cactus, 2014, p. 224. 2 Foucault, Michel: Del gobierno de los vivos. Buenos Aires, FCE, 2014, 441 pp. REVISTA LAGUNA, 42; 2018, PP. 119-133 121 1. EL «DISPOSITIVO PURGATORIO» ¿Qué es lo que Foucault entiende por dispositivo? En una entrevista de 1977, Michel Foucault responde a Alain Grosrichard acerca de este concepto3. Foucault había apenas publicado el primer tomo de su Historia de la sexualidad: la voluntad de saber, y se encontraba con grandes dudas en su proceder a la hora de escribir este trabajo. No se atrevía a decir aún «esto es lo que pienso», así que se sentía dispuesto en aquella época a discutir lo que proponía en su libro. Foucault no quería caer en una historia de la sexualidad a manera de como lo hacía la historia de las ideas, o a la manera en la que la historia de la ciencia lo hacía a través de la biología y la botánica; el autor hablaba de un «dispositivo de sexualidad». ¿Cómo debemos entender esta idea? Para el filósofo francés, el nombre designaba un conjunto heterogéneo, el cual comprende a los discursos, a las instituciones, a los espacios arquitectónicos, a los reglamentos, a las leyes; a los enunciados científicos y a las proposiciones filosóficas y morales, etc. Los elementos que conforman el dispositivo son tanto discursivos como no discursivos. «El dispositivo es la red que puede establecerse entre estos elementos». En el dispositivo existe una naturaleza del vínculo de la relación que podía existir entre los elementos heterogéneos, esto es lo que quería situar Foucault. De esta manera, «ese discurso puede bien [aparecer] como un programa de una institución, bien por el contrario como un elemento que permite justificar y ocultar una práctica, darle acceso a un campo nuevo de racionalidad». Para el autor, existe un juego entre los elementos discursivos y no discursivos en el que estos pueden cambiar de posición, a la vez que permutan sus funciones. Podríamos tomar el ejemplo del cambio de posición que existe en la pastoral cristiana respecto a «las prácticas de sí» con aquella que tenía en el mundo grecorromano. Por último, Foucault entiende el dispositivo como cualquier formación histórica que fue necesaria gracias a la existencia de una «urgencia». Tomando en cuenta esto, se debe comprender que el dispositivo es creado como una estrategia. El filósofo francés nos da un ejemplo claro de esto: ... esta pudo ser. [...], la reabsorción de una masa de población flotante que a una sociedad con una economía de tipo esencialmente mercantilista le resultaba embarazosa: hubo ahí un imperativo estratégico, jugando como matriz de un dispositivo, que se fue convirtiendo poco a poco en el mecanismo de control-sujeción de la locura, de la enfermedad mental, de la neurosis. Tomando dichas ideas del dispositivo, nos proponemos el análisis del purgatorio como perteneciente a esta clase de estrategia. El purgatorio es, según nuestro entender, el resultado de la heterogeneidad, de lo discursivo y no discursivo; del ver y del hablar. El juego que se ha dado entre dichos elementos, dentro de la comunidad 3 Foucault, Michel: «El juego de Michel Foucault», en Saber y verdad. Madrid, Ediciones de la piqueta, 1984, pp. 127-162. REVISTA LAGUNA, 42; 2018, PP. 119-133 122 católica, se ha desarrollado de diversas maneras a lo largo de la historia. Y sobre todo, dicha estrategia responde a una urgencia dentro de la institución. No es para nada casual que el purgatorio surja durante el siglo xii, justo en el momento histórico en el que se habla de una crisis estructural del feudalismo. Se trata de una crisis que no sólo se desarrolla en el ámbito económico, sino que se siente con toda su fuerza en la institución que reguló la vida durante toda la Edad Media. Es importante para nosotros el comenzar el análisis tomando en cuenta uno de los elementos que forman parte de dicha vida y que se relacionan con el ámbito del «más allá», el cual forma parte del monopolio que la Iglesia sustentaba. Nos referimos a la penitencia. 2. LA PENITENCIA COMO MODO DE SUBJETIVACIÓN Como el purgatorio es un lugar en el que la penitencia continúa, es importante tomar en cuenta los orígenes de dicha práctica. En los tiempos del cristianismo prístino la penitencia sólo era una: el bautismo. El paso por el agua establecía la relación sujeto-verdad; era el reconocimiento de los pecados y la aceptación de una fe, a la vez que se fundaba el compromiso de mantenerse en santidad. Sin embargo, con el tiempo esta postura comenzará a suavizarse. Uno de los problemas con los que primeramente se enfrentó el cristianismo fue el del pecado que se repite a lo largo de la vida. La institución intentó apresuradamente dar soluciones a este problema. Foucault nos plantea que hasta mediados del siglo ii, «el cristianismo se consideraba una religión de perfectos, de puros, de gente incapaz de caer en el pecado»4. Ante la realidad del comportamiento humano, se plantea la idea de una segunda forma de penitencia: el jubileo. Este no es admisible para aquel que haya sido bautizado recientemente, sólo tendrán acceso a él aquellos que ya hayan tenido una relación con la verdad hace tiempo. La característica principal del jubileo es la de no ser ya una penitencia individual, se hace de forma colectiva. Dicho acto es el momento del arrepentimiento en la penitencia colectiva que busca nuevamente el perdón de los pecados. El jubileo como segunda oportunidad abrirá el camino para un tercer tipo de penitencia, aquella cuya característica es la de ser indefinidamente renovable. Las teorías de una penitencia única a través del bautizo y las teorías que hablan de una segunda oportunidad de redimir los pecados son abordadas por Foucault a través de un texto que data más o menos del año 140 de nuestra era, El pastor, de Hermas. En este, el autor se representa a sí mismo en un diálogo con el ángel de la penitencia en el que le pregunta por la veracidad de lo que dicen «algunos doctores» acerca de la imposibilidad de otra penitencia que no sea la del bautismo. El ángel responde lo siguiente: 4 Foucault, Michel: Del gobierno..., op. cit., p. 200. REVISTA LAGUNA, 42; 2018, PP. 119-133 123 Quien ha recibido el perdón de sus pecados no debería [...] pecar más, sino mantenerse en santidad. [...]. Por lo tanto, el Señor ha instituido una penitencia únicamente para quienes han sido llamados antes de estos últimos días. Pues el Señor conoce los corazones y, al saber todo por anticipado, conoció la debilidad de los hombres y las innumerables intrigas del diablo, que engañará a los servidores de Dios y ejercerá contra ellos su malicia. En su gran misericordia, el Señor se conmovió por su creatura e instituyó esta penitencia, y me encargó su dirección. Pero, te lo digo: si después de este llamado importante y solemne alguien, seducido por el diablo, comete un pecado dispone de una sola penitencia; más si peca una vez tras otra, [...] la penitencia es inútil para un hombre semejante: ha de costarle mucho disfrutar de la vida eterna5. A pesar de que la discusión acerca de la existencia de una segunda oportunidad para el perdón de aquellos individuos que ya han sido llamados a la verdad con el bautismo puede ser muy interesante; a Foucault le llama la atención otra cosa: la significación de la repetición de la penitencia dentro de una concepción de la salvación y la significación de la repetición misma del pecado6. Los textos apostólicos de principios de nuestra era mencionan que una vez que el individuo ha llegado a establecer una relación con la verdad a través de la primera penitencia, que es el bautismo, dicho vínculo ya no puede ser restablecido cuando el hombre cae en el pecado. Como ya hemos mencionado, esta postura se irá atenuando. Lo que nos puede llamar la atención, de la misma manera que a Foucault, es el porqué de esta permisibilidad hacia el pecador de la repetición de las faltas. Ya veremos que esta aparición de los atenuantes es una manifestación del poder mismo. Lo que nos interesa acerca de la cuestión de la penitencia es que esta es un movimiento de la fuerza. La fuerza en el individuo se dobla sobre sí misma, haciendo que este se reconozca a sí mismo como un pecador. La verdad que se manifiesta de igual manera en la falta es el principio para el desarrollo de las prácticas sobre sí. Es decir, el individuo no sólo se reconoce como un pecador, sino que trata al mismo tiempo de enmendar su falta. Las prácticas de los primeros cristianos muestran un dramatismo: confesión pública de las faltas en la plegaria, la súplica a Dios por el perdón, la exclusión provisoria del pecador a los rituales propios de la comunidad y el dar algo del fruto del trabajo para redimir el pecado7. Este último punto es importante en nuestra investigación, ya que la limosna será una de las prácticas más socorridas, junto con la plegaria y el ayuno, en el catolicismo con respecto al perdón del pecado. El hombre que cae en el pecado tiene una segunda oportunidad, el jubileo. Ya hemos dicho que este se desarrolla de forma comunal. Esta es una de las primeras atenuantes. Así, existe una segunda oportunidad de redimirse. Con el tiempo, el 5 Hermas, Le Pasteur: citado en Foucault, Michel: Del gobierno de los vivos. Buenos Aires, FCE, 2014, p. 196. 6 Ibidem, p. 200. 7 Ibidem, pp. 205-207. REVISTA LAGUNA, 42; 2018, PP. 119-133 124 cristianismo aceptará que el hombre es en sí un pecador, aun quitándose de encima el pecado original. «El malo» se encuentra siempre al acecho. La invención del purgatorio pudo ser una respuesta estratégica ante el estatus del individuo como pecador. Se forma de esta manera otro atenuante. Muestra de ello es que para el sigloxvii, época del auge del purgatorio en el medio católico, ya no se pone en cuestión la estadía en el tercer lugar; el individuo vive con el estatus de pecador, y este se reconoce a sí mismo como tal. Las prácticas que los individuos realizaron en aquel tiempo lo demuestran. Creemos que de esta forma nos encontramos con una nueva relación entre el sujeto y la verdad: el sujeto como continuo pecador. Un sujeto que ya no se encuentra seguro de su propia salvación y que realiza prácticas que aseguran la salvación de aquellos que se le han adelantado a través de las oraciones y las indulgencias, y que asegura que dichas prácticas sean realizadas en su nombre, aun después de morir, a través de las obras pías que son resultado del dinero que alguna vez tuvieron en vida. 3. LA CONSTRUCCIÓN DEL «TERCER LUGAR» El purgatorio es un lugar que fue consolidándose vía la teología escolástica de santo Tomás, san Buenaventura, Alberto Magno y otros. El papa Inocencio IV proclamó su creencia en este sitio a mediados del siglo xiii. Se lo considerará de forma dogmática a partir del año 1274 durante el IIConcilio de Lyon. Otros concilios, el de Ferrara (1438) y el de Trento (1563), vendrán a confirmar su existencia8. Aparece de esta forma toda una época que hace ver un tercer lugar y hace hablar de este, aunada a una institución que proclamará el monopolio del «más allá» a través de las practicas que ella regulariza y que garantizan el tránsito a la salvación. Saber y poder se nos muestran aquí como un estrato y una estrategia. Se trata de un tercer lugar que completa el paisaje del universo. La Edad Media tiene una «cosmografía» propia que va a llegar incluso a la era moderna. Se trata del sistema ptolemaico: la Tierra al centro, rodeada de siete esferas concéntricas que contenían un astro. El astro más cercano era la luna, después seguía el sol e, inmediatamente, los cinco planetas conocidos hasta el momento: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Por encima de ellas, se encontraba una octava esfera, la cual contenía las estrellas del firmamento, que se creían inmóviles. Las esferas carecían de un movimiento propio, estas tenían que ser impulsadas por los ángeles. Arriba de la última esfera, se encontraba el cielo; mientras que el infierno, el purgatorio y los limbos eran arrojados a las profundidades de la corteza terrestre9. El purgatorio se 8 Fogelman, Patricia: Una economía espiritual de la salvación. Culpabilidad, Purgatorio y acumulación de indulgencias en la era colonial, Andes, num. 15, Salta Argentina, Universidad Nacional de Salta, 2004. 9 Von Wobeser, Gisela: Certezas, incertidumbres, y expectativas en torno a la salvación del alma, creencias escatológicas en Nueva España, siglos Xvi y Xvii, Historia Mexicana, vol. lxi, núm. 4, abril-junio, Distrito Federal, México, El Colegio de México, 2012, pp. 1311-1348. REVISTA LAGUNA, 42; 2018, PP. 119-133 125 encuentra cerca, en esta representación, de aquel lugar al que tanto teme el cristiano. Sin embargo, el ocupar ya un espacio en dicho lugar vendría a reconfortar un poco al alma. Se trata de un espacio de transición hacia aquel sitio que se encuentra por encima de toda esta cosmografía. Los lugares de los que se habla en todo este largo periodo –la Edad Media y la Modernidad– son resultado de la «dispersión» como es entendida por Foucault10. Es decir, la conglomeración de discursos e imágenes, provenientes de los «focos de poder», que forman un objeto de conocimiento. Todo lo que una época hace ver y todo lo que una época hace decir sobre dichos lugares conforman el «saber» sobre estos. Un ejemplo muy próximo a nosotros podemos encontrarlo en la evangelización que se desarrolló en América. Los frailes encargados de tal misión hicieron uso de instrumentos cuya carga ideológica buscaba ciertas reacciones entre los colonizados: la idea de salvación, la esperanza y el miedo. La descripción minuciosa de los lugares se realizó a través de los sermones, el catecismo, la pintura mural, los libros devocionales, etc. Todo con el fin de introducir a las personas, en especial a los indígenas, en la moral cristiana11. Es quizá a través de la imagen la manera en que un lugar como el purgatorio tiene una mayor difusión entre la población. Para el vulgo existía la pintura mural que se encontraba en los sitios, o los lugares de visibilidad, a los que la comunidad cristiana acudía regularmente; mientras que para la gente letrada, los grabados dentro de los libros diseminaban una imagen tomada como fidedigna. Un elemento es constante en las representaciones del purgatorio, también de las del infierno: el fuego. Las almas aparecen dentro de este mientras claman por la salvación. Pero el fuego representa dos fines distintos; en el infierno es un fuego que abrasa y castiga, mientras que en el purgatorio se trata de un fuego que consume y purifica. Por un lado consume los pecados en los que se ha caído; por el otro, purifica el alma, que prontamente alcanzará la salvación. El paso por el fuego se convertirá con el tiempo en condición de salvación. Como menciona Jacques Le Goff, el cristianismo había heredado de las religiones y civilizaciones más antiguas toda una «geografía del más allá»12. Los elementos que forman la representación del purgatorio son provenientes de culturas tan antiguas como la hindú y la judía. Sin embargo, una de las representaciones más famosas pertenece a la Edad Media. Hablamos de aquella representación que aparece en La divina comedia, de Dante Alighieri, escrita entre los años de 1307 y 1321. La geografía del lugar en el que Dante es conducido se asemeja a cualquier sitio en la Tierra: existen montañas, ríos y mares. Pero todo se encuentra rodeado de una atmósfera turbia e inquietante. Las almas se hallan en este sitio para «embellecerse» y se olvidan de tal fin cuando ven a un hombre vivo entre ellos13. 10 Deleuze, Gilles: El saber: Curso sobre Foucault. Buenos Aires, Cactus, 2013, p. 256. 11 Von Wobeser, Gisela: op. cit., p. 1321. 12 Le Goff, Jacques: El nacimiento del purgatorio. Madrid, Taurus, 1981, p. 10. 13 Alighieri, Dante: La divina comedia y la vida nueva. México, Porrúa, 2002, p. 394. REVISTA LAGUNA, 42; 2018, PP. 119-133 126 Durante su estancia en el purgatorio, Dante es interferido por una de las almas que los guiarán en su ascenso por una montaña. Se trata de Manfredo, hijo del emperador Federico II, quien fue muerto por el ejército de Carlos de Anjou en 1266. Este personaje nos anuncia el tipo de relación que se establece entre los vivos y los muertos a través de la idea de un purgatorio. Manfredo había sido excomulgado y sus restos fueron desenterrados y arrojados fuera del reino de Nápoles. Manfredo le pide un favor a Dante. Este consiste en que una vez regresado al mundo de los vivos, Dante busque a la madre de Manfredo y le explique que este no ha caído de la gracia de Dios, sino que se encuentra en el tercer lugar expiando sus pecados. Pero también le pide algo más significativo: Es verdad que el que muere contumaz para con la santa Iglesia, por más que al fin se arrepienta, debe estar en la parte exterior de esta montaña un espacio de tiempo treinta veces mayor del que vivió en contumacia, a menos que no se abrevie la duración de este decreto merced a eficaces oraciones. Calcula, pues, lo dichoso que puedes hacerme, revelando a mi buena Constanza cómo me has visto, y la prohibición que pesa sobre mí, que puede alzarse por los ruegos de los que existen allá arriba14. La súplica de Manfredo nos muestra la relación que comienza a gestarse entre los vivos y los muertos. Manfredo ha sido excomulgado, por lo tanto el lugar más acorde para él sería el infierno. Sin embargo, ruega a Dante para que dé la noticia sobre su localización en el purgatorio con el fin de que tenga una ayuda para sortear rápidamente este sitio. Las oraciones dirigidas a su alma son el medio para lograrlo. Dicha práctica es una de las más representativas en el catolicismo: la oración por las ánimas del purgatorio. Con el tiempo, tal práctica irá perfeccionándose, haciéndose más racional, hasta alcanzar lo que Le Goff denomina una «aritmética de la salvación»15. La idea de la existencia del purgatorio no fue acogida con entusiasmo por todo el mundo cristiano. Las iglesias reformadas fueron las primeras en negarse a ella. Fue necesario que se enfatizara la necesidad de que el purgatorio fuera introducido en la creencia. El Concilio de Trento llamó la atención sobre el asunto: ... que existe el purgatorio y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles y particularmente por el aceptable sacrificio del altar; manda el santo Concilio a los obispos que diligentemente se esfuercen para que la santa doctrina sobre el purgatorio, enseñada por los santos padres y sagrados concilios sea creída, mantenida, enseñada y en todas partes predicada por los fieles de cristo16. El tercer lugar comienza a mostrarse en este tiempo con características bastante parecidas a las del infierno: un lugar oscuro y cavernoso, en el que el fuego reinaba. Algunos «expertos» en el tema llegaron a mencionar que era el mismo 14 Ibidem, p. 119. 15 Le Goff, Jacques: op. cit. 16 Denzinger: El Magisterio de la Iglesia, en Von Wobeser, Gisela: op. cit., p. 1323. REVISTA LAGUNA, 42; 2018, PP. 119-133 127 fuego el que alimentaba tanto al infierno como al purgatorio. Una de las diferencias principales radicaba en el tiempo de estadía en ambos lugares; el infierno era un lugar en el que las almas penarían eternamente, mientras que el purgatorio era un lugar de transito temporal. Se hace mención de que el purgatorio adquirió una primacía en el discurso durante el siglo xvii. El interés en el infierno decayó durante esta época y no vino a adquirir renombre nuevamente sino hacia mediados del sigloxviii. La causa de este renacimiento se debe al avance del laicismo. Los jesuitas, principalmente, promovieron el infierno como lugar que debía ser temido17. El purgatorio a partir del siglo xvi, por lo menos en el caso novohispano, tuvo una pronta aceptación. Las recomendaciones establecidas por la Iglesia para la pronta liberación de las almas fueron convirtiéndose en prácticas de manera más rápida. Para aquellos que se encontraban fuera del seno de la Iglesia católica no había salvación. Junto con los homicidas, los adúlteros y los criminales en general, todos los paganos, herejes, judíos, luteranos y, en el caso de las colonias, indígenas no bautizados tenían por lugar seguro el infierno. Incluso los niños no bautizados iban a un lugar diferente: el limbo. Llegó el momento en que sólo unos pocos tenían la salvación garantizada: los niños bautizados y aquel bautizado que no haya tenido tiempo de pecar antes de la muerte. También el ascetismo y el martirio eran un medio para la salvación. Los ascetas se alejaban de los tres peligros para el alma: la carne, el mundo y el demonio18. Las señales de la salvación se mostraban en los cuerpos de los difuntos. Es muy grande el número de testimonios de personas que habían visto resplandores y levitaciones en el cuerpo del difunto o justo antes de que este muriera. Había otros que decían haber escuchado música o percibido olores agradables en el ambiente cuando alguien moría. Otro signo de salvación era la conservación de un cadáver aun cuando hubiera pasado un tiempo considerable desde la muerte19. Estos testimonios, estas experiencias, forman parte del saber de una época. Para nuestra época, tales aseveraciones sólo pasan a formar parte de la superstición. Hemos mencionado que durante el siglo xvii se da el auge del purgatorio. Para ese momento, ya casi nadie escapa a una estadía en este lugar. Las representaciones pictográficas de la época muestran a personajes como ascetas, curas, papas, obispos y monjas en las llamas del fuego purgatorio. Juan de Palafox llegó a mencionar que incluso santos canonizados habían tenido que purgar sus imperfecciones. Ante tal situación, en la que incluso los hombres más cercanos a Dios tenían que purgar sus faltas, es comprensible el miedo de los hombres por la posibilidad de una estadía larga en el purgatorio. Es por ello por lo que se instituyeron varias prácticas para contrarrestar tal situación. 17 Ibidem, p. 1324. 18 Ibidem, p. 1326. 19 Ibidem, p. 1327.