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Educar para el encuentro: integración territorial de las diferencias culturales e inclusión de la diversidad como retos pedagógicos

Touriñán López, José Manuel; Pollitzer, Clara

Abstract

Partimos de la convicción de que la educación es el elemento fundamental para el éxito de la integración en el mundo. Para enfrentar el desafío que supone para la convivencia el contexto actual de la globalización, la interculturalidad y los flujos migratorios, proponemos una educación para la ciudadanía basada en los derechos humanos, con el objetivo de formar personas tolerantes y respetuosas de la diversidad, a través de una formación integral, personal y patrimonial. Se abre así una perspectiva nueva en la educación en valores que debe estar orientada a la aceptación y acogida del otro y, para ser efectiva, debe ser enseñada, conocida, estimada, elegida y realizada. Para todo esto, es imprescindible una estrecha colaboración entre escuela, familia, y sociedad. En definitiva, se propone una educación que forme sujetos glocalizados, capaces de pensar globalmente y actuar localmente, ejercitando la responsabilidad social y la tolerancia

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Educar para el encuentro: integración territorial de las diferencias culturales e inclusión de la diversidad como retos pedagógicos José Manuel Touriñán López y Clara Pollitzer* Universidad de Santiago de Compostela, *Universidad Católica Argentina Resumen Partimos de la convicción de que la educación es el elemento fundamental para el éxito de la integración en el mundo. Para enfrentar el desafío que supone para la convivencia el contexto actual de la globalización, la interculturalidad y los flujos migratorios, proponemos una educación para la ciudadanía basada en los derechos humanos, con el objetivo de formar personas tolerantes y respetuosas de la diversidad, a través de una formación integral, personal y patrimonial. Se abre así una perspectiva nueva en la educación en valores que debe estar orientada a la aceptación y acogida del otro y, para ser efectiva, debe ser enseñada, conocida, estimada, elegida y realizada. Para todo esto, es imprescindible una estrecha colaboración entre escuela, familia, y sociedad. En definitiva, se propone una educación que forme sujetos glocalizados, capaces de pensar globalmente y actuar localmente, ejercitando la responsabilidad social y la tolerancia. Abstract We assume that education is the fundamental resource for the success of integration in the world. To face the challenge that living together in the current context of globalization, interculturality and migratory flows supposes, we propose an education for democratic citizenship based on human rights, having as an aim the education of tolerant people who show respect for cultural diversity, and performed through an integral, personal and patrimonial education. This opens a new perspective on education in values that must be directed toward the acceptance and reception of the others, and that must be taught, known, estimated, chosen and realized. This is why a narrow collaboration between school, family, and society is indispensable. In conclusion, we propose an education aimed at forming glocalized people, capable of thinking globally and acting locally, exercising social responsibility and tolerance. Correspondencia: José Manuel Touriñán López. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Santiago de Compostela. E-mail: [email protected] Aula Abierta, 86 (2005) 141-154 Introducción Últimamente, se escucha con frecuencia a diversos grupos de la sociedad civil manifestar su preocupación por el incremento de hijos de inmigrantes y niños con necesidades especiales en las escuelas públicas. Esta cuestión pertenece al ámbito de la política educativa y nuestro objetivo es llamar la atención sobre una cuestión que dificulta la intervención pedagógica: de alguna manera, seguimos pensando que el otro es un problema, que la diversidad presenta una dificultad, y priorizamos este imaginario social sobre la percepción a la riqueza que el otro, distinto, también aporta. En el contexto actual de la globalización, la interculturalidad y los flujos migratorios, la diversidad se presenta como una realidad que se impone. La educación, y la sociedad toda, se enfrentan al importante reto de formar personas capaces de respetar e impulsar la diversidad cultural, creando así una cultura de tolerancia y de paz. Es esta situación la que nos lleva a reflexionar, a lo largo del artículo, acerca del papel de la educación como motor del cambio en el mundo globalizado, para lograr el éxito de la integración en el mundo, y para promover y proteger la identidad. Planteamos la necesidad de una educación para la ciudadanía basada en los derechos humanos, analizando el lugar que los derechos de tercera generación deben ocupar en la formación de personas con conciencia glocalizada. A su vez, se reflexiona sobre las características de una educación intercutural que busca el encuentro entre culturas y entre personas diversas, destacando el papel de las escuelas y de la necesidad de colaboración entre ellas y las familias y la sociedad en su conjunto. Se intenta puntualizar las características que debe tener una educación que procure la integración territorial de las diferencias culturales y la inclusión de la diversidad. La educación como motor del cambio en el mundo globalizado Muchos especialistas insisten en la necesidad de reflexionar acerca de la sociedad para la que queremos educar, como punto de partida para desarrollar proyectos de educación para la ciudadanía (Touriñán, Ortega, Escámez, 2006). Para saber qué tipo de ciudadanos queremos formar, debemos tener bien claro para qué sociedad estamos educando, a qué sociedad apuntamos, y qué aspectos de la sociedad real en la que vivimos necesitan ser transformados para alcanzarla. Touriñán López y Pollitzer / Aula Abierta, 86 (2005) 141-154 142 EDUCAR PARA EL ENCUENTRO: INTEGRACIÓN TERRITORIAL DE LAS DIFERENCIAS CULTURALES Nuestra sociedad, la sociedad occidental abierta y pluralista, está caracterizada por la globalización, la interculturalidad, la sociedad de la información y los flujos migratorios. A diferencia del término mundialización y de sus diversas formas en las lenguas latinas, que siempre significan la dimensión geográfico-espacial de un acontecimiento, el término “global” mantiene un significado sinónimo de holístico en el mundo anglosajón, de donde procede. Global expresa la idea de unidad totalizadora y sistémica (SID, 1999). La globalización es un hecho, tanto en el mundo más desarrollado como en el menos desarrollado, y, precisamente por eso, podemos caracterizar el mundo actual como global, ya que la globalización está afectando en su misma raíz a la sociedad en todos los planos: político, económico, social y cultural (Touriñán, 2004). Es un sentir común que existe una afinidad entre las distintas globalizaciones (económica, política, cultural y socioeducativa). Pero existe también la convicción de que esa pluralidad sin unidad de las globalizaciones hace que no sean reductibles unas a las otras, ni explicables unas por las otras (Berger y Huntington, 2002). Todas ellas deben entenderse y resolverse a la vez en sí mismas y en mutua interdependencia, de tal manera que, en el entorno de las tecnologías de la información y las comunicaciones, cada vez cobra más fuerza la propuesta de defender la existencia de sociedades del conocimiento en el mundo globalizado, frente a la existencia de la sociedad del conocimiento en ese mundo, pues parece evidente que la implantación de un modelo uniforme a escala planetaria no responde al sentido ordinario de la historia de nuestros tiempos, ni al sentido de la diversidad (SID, 2000; Gray, 2000). Lo ajustado al proceso de cambio no pensar en un mundo homogéneo y uniforme, sino complejo, pural y mestizo (Touriñán et al., 2006). Asumiendo con Stiglitz que la globalización puede ser una gran oportunidad, siempre que esté enmarcada por reglas que sean justas y equitativas, pues ese es el alegato central de su obra “El malestar de la globalización” que denuncia la política antisocial del Fondo Monetario Internacional (Stiglitz, 2002, 2006), conviene insistir en que, desde la perspectiva pedagógica, se destacan, cuatro rasgos en la globalización. Desde la perspectiva pedagógica, se destacan cuatro rasgos en la globalización (Touriñán, 2004): — es un proceso de interpenetración cultural, rasgo que lo diferencia de las relaciones internacionales; — es un hecho inevitable que, en tanto que proceso histórico, se orienta hacia el futuro; 143 — es un fenómeno que se singulariza por su extensión, su ritmo acelerado de crecimiento, la profundidad de su impacto y su carácter multidimensional; — es un sistema complejo con dimensiones interconectadas en el que las redes de información, los flujos migratorios y financieros y las corrientes culturales tienen un lugar específico. En palabras de Altarejos, las corrientes culturales bullen tanto como los intercambios comerciales y los flujos financieros, y los movimientos migratorios ponen el interculturalismo en el primer plano de la dinámica social (Altarejos et al., 2003). También se va desarrollando, sutil y discretamente, pero de modo constante y creciente, un proceso interno de revisión cultural -que es de verdadera inculturación en muchos países-; proceso en el que se ponen de manifiesto y se acentúan las notas propias de las comunidades, al tiempo que se perciben más vívidamente las influencias ajenas en la configuración de la sociedad. Precisamente por eso, mantiene el profesor Altarejos que: “la globalización puede definirse también, y no de modo secundario y derivado, como el proceso de creciente intercomunicación de las culturas. De este modo, al impregnar todas las dimensiones de la sociedad, tanto en su dinámica interna como en su proyección externa a las relaciones internacionales, la globalización es el fenómeno que mejor caracteriza el mundo actual. Se puede ser más o menos consciente de ello; se puede estar razonablemente orientado o torpemente confundido respecto de su sentido; pero es imposible ignorar el nuevo rumbo que marca al futuro del mundo” (Altarejos et al., 2003, p. 16). Desde los trabajos más clásicos en la literatura pedagógica, se acepta que la sociedad es un factor de desarrollo educativo, al igual que la educación es un factor de desarrollo social. Desde esa doble relación, tiene sentido la pregunta formulada en el Congreso mundial de la Sociedad para el Desarrollo Internacional: qué tipo de globalización queremos (SID, 1997). En nuestra opinión, y en la de muchos especialistas, la tendencia es afrontar el papel de la educación como factor de desarrollo social, es decir, como un compromiso de voluntades personales e institucionales orientado a la alianza de “civilización” para vivir juntos y en paz en un mundo mejor en el que la educación es , cada vez más, el instrumento eficaz de transformación y adaptación del hombre como ciudadano del mundo, pero localizado, que es capaz de solucionar conflictos reales sin convertirlos en guerras de religión y/o identitarias. Como dice Morín, se plantea a las socieTouriñán López y Pollitzer / Aula Abierta, 86 (2005) 141-154 144 EDUCAR PARA EL ENCUENTRO: INTEGRACIÓN TERRITORIAL DE LAS DIFERENCIAS CULTURALES dades conocidas como democráticas la necesidad de regenerar la democracia, mientras que, en una gran parte del mundo, se plantea el problema de generar democracia, al mismo tiempo que las necesidades planetarias nos piden engendrar a su nivel una nueva posibilidad democrática: “la regeneración democrática supone la regeneración del civismo; la regeneración del civismo, supone la regeneración de la solidaridad y la responsabilidad” (Morín, 2000, p. 120). No es extraño, por tanto, que, en este mismo sentido, nos diga Reboul que la buena educación, ya sea de las maneras, de la mente o del corazón (voluntad, inteligencia y afectividad), “tiene valor de símbolo y lo que simboliza es la realidad social; pues la buena educación es de esencia democrática; ser bien educado con alguien es tratarlo como a un igual” (Reboul, 1999, p. 207). El análisis de los textos de las múltiples Convenciones, Declaraciones, Informes realizados por la ONU y de la UNESCO en los últimos años1, nos afirma cada vez más en la meta de una sociedad en la que se respeten los derechos de todos los hombres, donde las diferentes culturas se encuentren y tengan su espacio específico, es decir, una sociedad cuya base esté constituida por el respeto y la práctica de los derechos humanos, por la tolerancia y el respeto a la diversidad cultural. Lejos de una visión apocalíptica de algunos que creen que la globalización significa el fin de los derechos del hombre (basándose en los hechos de que la pobreza y la desigualdad se han agudizado en los últimos años), y también de una visión demasiado optimista, lo que se propugna en general es la necesidad de conocer y aceptar la realidad, con objeto de poder actuar en ella y mejorarla; se trata de entender globalización como instrumento que sirva para reforzar el compromiso cívico a favor de las identidades culturales regionales (SID, 1997). En palabras de la Conferencia de Ginebra, se trata de entender y actuar en el sentido coherente de convivencia y encuentro global, pues, “en un mundo cada vez más globalizado, aprender a vivir con los otros no se puede reducir a la relación con los vecinos inmediatos” (Conferencia de Ginebra, 2001, p. 37), sino que exige una convivencia orientada desde los derechos humanos por los principios integración territorial de las diferencias culturales y de inclusión transnacional de la diversidad. Hay que ser conscientes de que existe el peligro de que la propia identidad se diluya, a pesar de que nunca antes hubo tantas oportunidades para conocer al otro, y precisamente por eso la educación es factor de desarrollo fundamental para el éxito de la integración en el mundo, y para promover y proteger la identidad (Touriñán, 2001, 2002, 2003). 145 En busca de una educación glocalizada, el papel de los derechos de tercera generación Existe actualmente un consenso bastante generalizado de que los derechos humanos constituyen la base de una ética universal y de la educación para la ciudadanía tanto local como global. A su vez, la globalización puede contribuir a la toma de conciencia de la necesidad de proteger y garantizar los derechos fundamentales a todas las personas del mundo, así como de la necesaria solidaridad entre todos los miembros de la sociedad mundial para que esto sea posible. Y es aquí donde los derechos de tercera generación tienen especial protagonismo, ya que más que ningunos han despertado la conciencia de la necesidad de colaboración entre todas las personas del orbe, y han puesto de manifiesto la interdependencia de todos los países del mundo. Al hablar de derechos de tercera generación nos referimos a “los derechos de los pueblos o de la diversidad y la cultura socio-identitaria (derecho a la libre determinación, al desarrollo, al medio ambiente sano, a la paz, etc.), es decir, nuevos derechos humanos surgidos de la especificidad de las circunstancias socio-identitarias de los pueblos” (www.eurosur.org). Los derechos de tercera generación se corresponden con el momento histórico actual, caracterizado por la globalización, la interculturalidad y la sociedad de la información, y, basándose en el valor de la solidaridad, abogan por el cumplimiento del derecho a la calidad de vida (caracterizada por el desarrollo de los pueblos y un medio ambiente equilibrado) y a la paz, de todas las personas del planeta. En contraposición con los derechos de la primera y segunda generación, que están recogidos en las constituciones y cartas de gobierno de los diversos países, los derechos de tercera generación siguen un camino inverso: gozan de reconocimiento en los textos internacionales, pero sólo de manera muy aislada y particular están recogidos en aquellos textos constitucionales de países que han reformado recientemente su carta fundamental de gobierno (IEPALA, 1991). Los derechos de tercera generación afectan de manera especial a la educación. La ciencia y la tecnología y la sociedad de la información, con su impronta de globalización, hacen que las palabras desarrollo, progreso y occidentalización se equiparen intencionalmente, corriendo el riesgo de generar una tendencia en el desarrollo imponiendo las soluciones particulares de occidente a cualquier país en cualquiera de sus circunstancias. Es preciso tener bien claro que globalización y occidentalización no son lo mismo, y que es necesario trabajar, especialmente desde la educación, para que esta Touriñán López y Pollitzer / Aula Abierta, 86 (2005) 141-154 146 EDUCAR PARA EL ENCUENTRO: INTEGRACIÓN TERRITORIAL DE LAS DIFERENCIAS CULTURALES “relación directa” de ambos conceptos, que llevaría a la homogeneización cultural, no ocurra. Para ello, la cuestión clave es encontrar la forma de crecer juntos y no sólo bajo la forma de ayuda “extranjera”, y es aquí donde los derechos de tercera generación y la educación adquieren protagonismo de manera singular. En el contexto de la globalización, el pluralismo y los flujos migratorios, se debe buscar un equilibrio entre interculturalidad, diversidad e identidad localizada. El término “glocalización” expresa claramente esta idea (Touriñán, 2004). Es necesario partir de la premisa de que la diversidad es riqueza, y no sólo fuente de desigualdad. Si seguimos pensando en el “otro” distinto, como un peligro, una molestia, una dificultad, no lograremos un verdadero encuentro entre las culturas que lleve a la tolerancia y la paz. Es preciso cambiar nuestra visión, y ver al otro como una persona que nos puede enriquecer y nos puede ayudar a aprender a convivir, ya que es viviendo con el otro, encontrándonos con su rostro, en el sentido levinasiano, como se hace más factible la posibilidad de estrechar lazos positivos con él (Lévinas, 1993; Ortega, 2004). Desde la perspectiva de la tercera generación, los derechos se construyen de manera solidaria, pues en la consolidación de los derechos sociales, no es el otro quien nos impone los límites a nuestro desarrollo personal, sino que el otro es aquel con quien podremos lograr la vocación común de ser personas. A su vez, en los derechos de tercera generación se desvanece el sentido de territorialidad y subsidio de los derechos sociales, porque la transnacionalidad y la glocalización aparecen como condiciones inherentes (Touriñán, 2004). Ya no hablamos simplemente de derechos sociales que requieren la subsidiación del Estado con unos medios que no pertenecen a ningún individuo en particular; hablamos de derechos que reclaman la cooperación positiva de los estados y la sociedad civil, más allá de las fronteras territoriales. Esto modifica el carácter de territorialidad del Estado y el sentido del compromiso de la Sociedad civil, y el enfoque que debemos darle a la educación para la ciudadanía (Touriñán, 2003). Estamos convencidos de que es un reto ineludible afrontar estrategias de encuentro a través de la educación. El mismo se favorece, si se propician principios de cooperación a favor de la justicia y del reconocimiento del otro a través de la educación. Por ello, es necesario repensar la interculturalidad, porque la educación intercultural no se agota en el respeto a la cultura del otro, sino que debe llevar, además, a la aceptación y acogida de su persona” (Ortega, 2005). 147 El sentido transnacional de la cultura y la cooperación en el mundo globalizado cambia el marco territorial restringido de la acción educativa en la sociedad pluralista y multiétnica. El interculturalismo es una cuestión de derechos y un compromiso de voluntades respecto de la educación, que nos obliga a formular propuestas de integración territorial de las diferencias culturales y propuestas de inclusión transnacional de la diversidad, en orden a la concreta formulación y reconocimiento de libertades como ejercicio específico de tolerancia. El reto intercultural es pensar en el individuo como ser capaz de combinar la cultura universalizada y la circundante, realizando “desplazamientos” de una a otra sin problemas, porque su yo multifacético está inevitablemente abierto a influencias procedentes de fuera de su contorno. La cuestión no es el derecho a una cultura universal, sino el derecho a combinar libremente la experiencia personal y colectiva bajo la garantía de reservarse el derecho de entrar y salir en cada oportunidad cultural (Dahrendorf, 2002; Gimeno, 2001; Pérez Díaz, 2002; Touriñán, 2005 y 2006). Este nuevo desafío tiene que asumir las consecuencias de entender la transnacionalidad y la glocalización como condiciones inherentes de los derechos de tercera generación, y esto exige replantear los problemas en la sociedad civil desde una ética que asume la realidad del otro y que está elaborada a partir de la singularidad de las situaciones y la universalidad de los valores. Las propuestas de glocalización (que implican pensar globalmente y actuar localmente) no buscan la confrontación, sino la sinergia y la convergencia de líneas de trabajo que identifiquen los sistemas educativos y las comunidades como instrumentos de desarrollo, identidad y diversificación (Touriñán, 2004 b). En nuestra opinión, la educación es el elemento fundamental para el éxito de la integración en el mundo, para promover y proteger la identidad cultural y para conseguir personas autónomas capaces de defender y promover los derechos en un mundo globalizado. La educación en derechos humanos, sobre todo desde los derechos de la tercera generación, y para la ciudadanía y la convivencia han abierto una perspectiva nueva en la educación en valores, desde la que se busca optimizar el sentido de la alteridad, del respeto al otro, de lo social, de la democratización, del respeto a la diversidad. Tiene como objetivo la integración de todos, desde sus diferencias, para la construcción de una sociedad justa y solidaria. Esta integración, entonces, ha de hacerse no en nuestra sociedad y en nuestra cultura, sino en una sociedad distinta que tenemos que ir construyendo (Touriñán et al., 2006). Touriñán López y Pollitzer / Aula Abierta, 86 (2005) 141-154 148 EDUCAR PARA EL ENCUENTRO: INTEGRACIÓN TERRITORIAL DE LAS DIFERENCIAS CULTURALES Los derechos humanos como fundamento y medio para educar en la diversidad cultural y la tolerancia desde el encuentro El respeto por la diversidad cultural es inseparable de un contexto democrático. Por lo tanto, es necesaria una educación para la ciudadanía democrática, como medio para la construcción de sociedades respetuosas y tolerantes. Este nuevo civismo requiere una educación del ciudadano del mundo, pero localizado, que se comprometa con la formación moral de los alumnos, de modo que sean capaces de comprometerse en la búsqueda del bien común y de la convivencia pacífica. La defensa de los derechos exige, por coherencia, favorecer, en el ámbito de las actitudes humanas, la creación o agrupación interdisciplinar de estrategias que permitan fomentar una actitud positiva y comprometida hacia todo aquello que genéricamente se identifica con el lema de la educación para la convivencia (Touriñán, 2004 b). No creemos que sea este el lugar adecuado para desarrollar un programa de ese tipo, pero es posible establecer sus contenidos generales, que deben contemplar: un conjunto de conocimientos capaces de permitir la comprensión del mundo actual en sus mecanismos y engranajes; un grupo de valores orientados hacia la participación consciente en ese tipo de problemas del desarrollo desde la óptica de la cooperación, la solidaridad y la justicia; y un conjunto de procedimientos capaces de operativizar las estrategias de acción que por el momento, Organizaciones no Gubernamentales (ONGs) y Voluntariado Internacional intentan aplicar de modo ejemplar con su principio general de pensar globalmente para actuar localmente (Touriñán, 1998). Si pretendemos que nuestras escuelas sean instrumentos para la integración, para el respeto por la diversidad, para la tolerancia y la paz, deben ser capaces de formar ciudadanos con conciencia glocalizada, de desarrollar en las personas valores fundamentales tales como el diálogo, el respeto, la cooperación, en donde se fomente el encuentro real entre alumnos, profesores, padres, personal, y sociedad en general. Para ello, entendemos que la escuela toda debe estar impregnada por los derechos humanos y los valores de una ciudadanía universal. Esto supone un gran desafío para la tradicional forma de manejar y dirigir las escuelas, una verdadera transformación. En este sentido, deberían implicar a los alumnos en las decisiones institucionales, así como potenciar su participación en todo lo que atañe a la política escolar, fomentando que realicen asambleas. La vida del aula es un elemento esencial en la formación del ciudadano, ya que si se pretende desarrollar valores tales como la tolerancia, la justicia, el res149