Estudio empírico de las causas subyacentes en la hipótesis de la curva de kuznets ambiental : influencia de factores exógenos y análisis de descomposición
Full text
UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
DEPARTAMENTO DE ECONOMÍA APLICADA
ESTUDIO EMPÍRICO
DE LAS CAUSAS SUBYACENTES
EN LA HIPÓTESIS DE LA CURVA
DE KUZNETS AMBIENTAL:
INFLUENCIA DE FACTORES EXÓGENOS
Y ANÁLISIS DE DESCOMPOSICIÓN
María Rosario Díaz Vázquez
Santiago de Compostela, 2007
UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
DEPARTAMENTO DE ECONOMÍA APLICADA
ESTUDIO EMPÍRICO
DE LAS CAUSAS SUBYACENTES
EN LA HIPÓTESIS DE LA CURVA
DE KUZNETS AMBIENTAL:
INFLUENCIA DE FACTORES EXÓGENOS
Y ANÁLISIS DE DESCOMPOSICIÓN
Tesis que, para la obtención del grado de doctor, pre-
senta la licenciada Dña. María Rosario Díaz Vázquez,
y que ha sido realizada en el Departamento de Eco-
nomía Aplicada de la Universidad de Santiago de
Compostela, bajo la dirección del Profesor Dr. D. José
Javier Álvarez Olariaga, Catedrático de Política Eco-
nómica de la Universidad de Santiago de Compostela.
Vº
María Rosario Díaz Vázquez Prof. Dr. D. José Javier Álvarez Olariaga
A Alberto y a Pablo.
A mis padres.
Agradecimientos
Agradecimientos
Son muchos los amigos, com pañeros y familiares que han contribuido, directa o
indirectamente, a que este trabajo haya sido posible. A todos ellos quiero expresar mi
más profunda gratitud y deseo que sepan que retengo en mi m emoria cada m inuto de
su precioso tiempo que han dedicado a responder a mis dudas, a darme ánim os o,
simplemente, a escucharm e.
En especial, desearía destacar a Xabier Álvarez Olariaga, director de esta tesis
doctoral, por su esmero y su apoy o incondicional; a Maite Cancelo Márquez porque
sin su dedicación y su entusiasmo este trabajo habría sido irrealizable; a Carmen Ló-
pez Andión por tratar mis preguntas com o propias; a Pilar Díaz Vázquez porque sus
sugerencias me han permitido mejorar el original; a M. Carmen Guisán Seijas y a su
equipo de investigación por consentirme trabajar y aprender con ellos; a los “resuel-
ve-dudas” Carlos Pío del Oro e Isidro Frías Pinedo.
También deseo expresar mi agradecim iento a Emilio Gutiérrez porque, aún no sé
muy bien cómo, ha conseguido empujarme para que term inase lo que parecía inaca-
bable.
Por último, aunque no en orden de importancia, a mi m arido Alberto porque ha
padecido estoicamente todas mi s “neuras” y a mis padres porque han estado siem pre
dispuestos a apoyarme cuando ha sido necesario. Gracias también a mi pequeño, Pa-
blo, por soportar las ausencias de su madre.
María Rosario Díaz Vázquez
Índice
16
CAPÍTULO 6.- DESCOMPOSICIÓN DE LAS TASAS DE CRECIMIENTO DE LAS EMISIONES
DE CO 2 Y DE AZUFRE ................................................................................................................... 415
6.1. Introducción.............................................................................................................. .............. 417
6.2. Descomposición con datos agregados : explicaciones de primer nivel ................................... 418
6.2.1. Descripción de la técnica de descom posición y de los datos utilizados ....................... 418
6.2.2. Descomposición con datos agregados para el periodo 1973-1999 ............................... 424
6.2.2.1. Resultados de la descomposición .................................................................... 42 5
6.2.2.2. Crecimiento de las em isiones de CO 2 y de azufre en el periodo 1973-1999 ... 427
6.2.2.3. Explicaciones de prim er nivel sobre el crecimiento de las em isiones de
CO 2 en el período 1973-1999 .......................................................................... 432
6.2.2.4. Explicaciones de prim er nivel sobre el crecimiento de las em isiones de
azufre en el período 1973-1999 ................................................................... .... 436
6.2.3. Descomposición con datos agregados por subperiodos ............................................... 440
6.2.3.1. Resultados de la descomposición .................................................................... 44 0
6.2.3.2. Análisis de los resultados de la descom posición por subperiodos de la
tasa de crecimiento de las em isiones de CO 2 ................................................... 447
6.2.3.3. Análisis de los resultados de la descom posición por subperiodos de la
tasa de decrecimiento de las emisiones de azufre ............................................ 455
6.2.4. Conclusiones de la descomposición con datos agregados ............................................ 469
6.3. Descomposición econom étrica ............................................................................................... 476
6.3.1. El impacto de los precios de la energía ........................................................................ 47 7
6.3.2. El efecto de la energía nuclear .................................................................................. .... 483
6.3.3. Estimación del m odelo para la descompos ición econométrica..................................... 488
6.3.4. Conclusiones de la descomposici ón econométrica ....................................................... 500
CONCLUSIONES ............................................................................................................................ 503
APÉNDICES ............................................................................................................................... .... 533
BIBLIOGRAFÍA .............................................................................................................................. 5 57
Introducción
19
Introducción
El incremento de los problemas m edioambientales (cambio clim ático, acidifica-
ción, desertificación, pérdida de biodiversidad, contaminación de las aguas, etc.) ha
encendido la luz roja de alarma y ha obligado a los investigadores y a los políticos a
plantearse la posibilidad de que el deterioro y agotamiento de los recursos naturales,
fruto de un crecimiento descontrolado, pueda llegar a suponer un freno al propio cre-
cimiento económico e incluso pueda llegar a poner en peligro la supervivencia de la
especie humana.
El aumento de la población mundial y de sus necesidades amplía constantem ente
las dimensiones del sistema económ ico global ejerciendo así una presión cada vez
mayor sobre el medio ambiente natural con consecuencias im predecibles. Es por ello
que, desde varias disciplinas, y entre ellas desde la propia Economía, se han levantado
voces en defensa de una revisión de los objetivos, sistemas de gestión y toma de deci-
siones que caracterizan a los modelos de desarrollo económico actuales. A este res-
pecto, resulta muy gráfica la propuesta de Boulding (1989) sobre la necesidad de una
transformación en nuestra gestión de la economía global que debería transitar desde la
“economía del vaquero” − la de las llanuras extensas y casi ilimitadas en la que ni la
disponibilidad de los recursos ni la eliminación de los residuos supone un problema–
hacia la “economía del hombre del espacio” –en la que la m ejora de la calidad de vi-
da debe sustentarse sobre la minim ización tanto del uso de los recursos como de la
producción de residuos, precisamente como se actúa en el universo lim itado de una
nave espacial.
María Rosario Díaz Vázquez
Introducción
20
Algunas pruebas de que nuestros modelos actuales de desarrollo pueden estar pre-
sionando excesivamente sobre el ecosistema global son los síntomas de la insostenibi-
lidad ambiental que hemos recogido en el Cuadro I.
Aunque no lo hemos incluido en la tabla, no debemos ignorar la presión demográ-
fica en tanto que fenómeno socioeconómico de fondo que presiona sobre los recursos
renovables y no renovables y que, por lo tanto, contribuye a acelerar la dinámica de
los restantes problemas medioam bientales.
Si prestamos atención al contenido del Cuadro I, podemos obtener alguna infor-
mación adicional sobre la naturaleza del problema y sobre las pautas de comporta-
miento que lo generan.
Por un lado, podemos comprobar que algunos de los m ás importantes problem as
medioambientales tienen carácter global: el cam bio climático, el adelgazamiento de la
capa de ozono, la extinción de especies, la deforestación o el agotamiento de recursos
no renovables. Esto implica que, independientemente de donde se genere el problema,
tarde o temprano afectará a toda la humanidad. Adem ás, también puede observarse la
interconexión existente entre algunos de los principales síntomas de insostenibilidad.
Por ejemplo, la deforestación favorece la degradación del suelo, la extinción de espe-
cies y el cambio climático.
Por otro lado, los principales problemas no se centran en los recursos no renova-
bles, limitados por definición, sino que parecen haberse desplazado hacia los recursos
renovables. Aunque la idea de renovabilidad parece relacionada con un uso indefini-
do, lo cierto es que la gran presión que se esta ejerciendo sobre los sistemas naturales
por encima de su capacidad regenerativa, exigiéndoseles cada vez más (no sólo para
que proporcionen más recursos sino para que absorban más residuos), está degradan-
do su capacidad productiva y no puede descartarse la posibilidad de que conduzcan a
un colapso del ecosistema 1 . Por el contrario, la lim itación de los recursos no renova-
bles ha favorecido la aplicación de una serie de medidas y avances tecnológicos que
permiten progresivamente una m enor dependencia de dichos recursos.
1 “En suma, los ecosistemas explotados por el hombre pueden perder su equilibrio dinám ico al ser conta-
minados o explotados en exceso. (...) La codicia y el deseo de dominación, ambas miopes, nos están llevando
al desastre ecológico en escala planetaria. Pero este des astre puede evitarse con ayuda de la ciencia y de la
técnica, siempre que se cree la voluntad política de utilizarlas con ese fin” (Bunge, 1989, p. 170).
María Rosario Díaz Vázquez
Introducción
21
Cuadro I.- Síntom as de insostenibilidad ambiental
PROBLEMA PRINCIPALES AGENTES ANTROPOGÉNICOS
CONTAMINACIÓN
Cambio climático (Aire) (global) Emisión de CO 2 , N 2 O, CH 4 , CFCs (y HFCs), O 3 (troposférico)
Deforestación
Disminución de la capa de ozono
(Aire) (global) Emisión de CFCs y HCFCs y de bromuros de metilo
Acidificación (Aire) (continental) Emisión de SO 2 , NO x , NH 3 , O 3 (troposférico)
Contaminación del aire urbano Benceno, metales pesados, NO 2 , ozono troposférico, partículas, SO 2
Sustancias tóxicas y peligrosas
(Aire, agua, suelo) (continental)
Metales pesados, hidrocarburos, pesticidas, organoclorados, monóxi-
do de carbono
AGOTAMIENTO DE RECURSOS RENOVABLES
Amenazas contra la biodiversidad/
Extinción de especies (global)
- Introducción de especies foráneas
- Destrucción del hábitat por cambios en el uso del suelo (deforesta-
ción, fragmentación, plantaciones monoespecíficas, urbanización, in-
fraestructuras) y por degradación del suelo
- Caza
- Actividad pesquera insostenible
- Contaminación (incluida la acidificación y la eutrofización), espe-
cialmente en las áreas acuáticas
- Cambio climático (posible)
- Agotamiento del ozono (en el futuro)
Deforestación (global, regional)
- Cambios en el uso del suelo (agricultura, pastoreo, urbanización, in-
fraestructuras)
- Explotación insostenible
- Cambio climático (posible en el futuro)
Degradación del suelo/
desertificación 2 (regional, nacional)
- Agricultura insostenible
- Erosión
- Urbanización e infraestructuras
- Contaminación
- Cambio climático (posible en el futuro)
Presión sobre los recursos hídricos
(regional, nacional)
- Uso insostenible
- Contaminación por vertidos de aguas residuales urbanas, industriales
y agrícolas y por lodos residuales contaminados
- Cambio climático (posible en el futuro)
AGOTAMIENTO DE RECURSOS NO RENOVABLES
Agotamiento de varios recursos
(global, nacional)
OTROS PROBLEMAS MEDIOAMBIENTALES
Residuos
Contaminación acústica
Liberación de organismos
modificados genéticamente
Riesgos naturales o tecnológicos
FUENTE: Ekins (1994, p. 28) y elaboración propia.
2 Como precisa Azqueta (2002, p. 10): “Se suele entender por desertificación , neologismo que no aparece
en el Diccionario de la lengua española, el proceso físico-geológico de transformación del suelo en desierto,
mientras que desertización se reserva para el proceso de aba ndono de la población en un territorio dado”.
María Rosario Díaz Vázquez
Introducción
22
Por último, aunque tradicionalmente parece haberse responsabilizado del deterioro
medioambiental a los m odelos de producción y consumo, despilfarradores de recursos
naturales, de los países industrializados, un repaso al Cuadro I nos permite apreciar
que también la pobreza en la que vive una gran parte de la población mundial (unida
al crecimiento demográfico) presiona insosteniblem ente sobre los recursos naturales,
especialmente sobre los renovables 3 .
Los pobres dependen directamente de los recursos naturales para su supervivencia.
Aunque esto ha sido siempre así, lo cierto es que los aumentos continuados en la po-
blación llevan a una explotación cada vez mayor e insostenible de los recursos dispo-
nibles. Pero a esto es necesario unir también los nuevos patrones de consumo de re-
cursos y de emisión de residuos de las áreas urbanas e industrializadas de los países
del Sur, que no sólo imitan a los modelos despilfarradores del Norte sino que, al dis-
poner de tecnologías menos eficientes, emiten gran cantidad de residuos sin tratar. Es-
to redunda en una peor situación para los pobres que ven deteriorarse sus m edios de
subsistencia (por ejemplo, por emisiones de residuos sin tratar a las aguas), intensifi-
cándose así la presión sobre los recursos. Las migraciones son una de las consecuen-
cias de esa escasez de recursos (Instituto de Recursos Mundiales, 1996).
Es por ello que la erradicación de la pobreza ha pasado a convertirse en una piedra
angular del desarrollo sostenible global. Pero el crecim iento económico necesario para
combatir esa pobreza requiere recursos naturales y, por lo tanto, aumentaría la presión
so br e e l e c os is t em a g l o ba l. Los problemas de deterioro ambiental y de disponibilidad
de recursos se agravarán cuando los países del Sur se industrialicen y exijan su dere-
cho a utilizar los recursos del planeta.
La compatibilidad entre el crecimiento económico y la sostenibilidad ambiental es
uno de los debates que aún siguen abiertos en el seno de la ciencia económ ica. La razón
de las divergencias está, como tendremos ocasión de exponer en este trabajo, en los su-
puestos que cada uno de los enfoques establece sobre las posibilidades de sustitución en-
tre el capital natural y el capital manufacturado.
3 “Las dos causas principales de la degradación ambiental son la pobreza continua de la mayoría de los
habitantes del planeta y el consumo excesivo por parte de la minoría. Esta tendencia es insostenible y la pos-
tergación de la adopción de medidas ya no es una opción viable. (...) especialmente en muchas partes del
mundo en desarrollo, la pobreza, sumada al rápido crecimiento demográfico, está causando una degradación
generalizada de los recursos renovables, principalmente de los bosques, suelos y el agua” (PNUMA, 2000,
pp. 2-3).
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Introducción
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OBJETO Y ESTRUCTURACIÓN DE LA PRESENTE MEMORIA DOCTORAL
Al debate teórico sobre la posibilidad de compatibilizar el crecimiento económ ico
y la sostenibilidad ambiental se han sumado desde principios de la década de los no-
venta una serie de trabajos empíricos dirigidos a contrastar la hipótesis conocida co-
mo Curva de Kuznets Ambiental (en adelante CKA) la cual sugiere que la relación
entre la renta per cápita y la degradación medioambiental podría representarse por
una U invertida, de forma que el deterioro ambiental m antendría una relación crecien-
te con la renta hasta alcanzar un nivel crítico de ingreso per cápita a partir del cual los
incrementos de la renta irían acompañados de m ejoras en la calidad medioambiental.
Pues bien, nuestra investigación aborda el análisis de las posibles causas que pue-
den explicar la dinámica de la relación entre la renta y los indicadores medioambien-
tales como la que postula la hipótesis de la CKA. En efecto, el hecho de que el dete-
rioro medioambiental no crezca al m ismo ritmo que el PIB (parte decreciente de la
curva), puede ser analizado desde dos niveles.
El primer nivel tendría un carácter fundamentalmente descriptivo de los aconteci-
mientos económ icos que generan ese comportamiento. Estos acontecim ientos pueden
agruparse en tres efectos: efecto escala, efecto composición y efecto tecnológico. Por
el efecto escala, el crecimiento de la actividad económica debería producir, ceteris
paribus , un incremento proporcional de las emisiones contam inantes. Por lo tanto, si
el crecimiento de la actividad económica va acompañado de un m enor crecimiento de
las emisiones se debe a que están operando otros efectos − el efecto com posición y/o
el efecto tecnológico − que han com pensado parcial o totalmente el efecto escala. El
efecto composición (también denom inado efecto estructura) recogería los aumentos o
disminuciones en las emisiones debidas a una variación en la com posición sectorial
de la producción, permaneciendo el resto constante. El efecto tecnológico recogería
las variaciones en las emisiones provocadas por los cambios en la tecnología, perm a-
neciendo los demás efectos constantes.
El segundo nivel analizaría las condiciones económico-sociales que deben concu-
rrir para que se produzcan esos acontecimientos, esto es, qué condiciones favorecen
conductas cuyo resultado sea que el efecto composición y el efecto tecnológico com-
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Introducción
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pensen parcial o totalmente el efecto escala. Que el efecto composición y el efecto
tecnológico lleguen a compensar el efecto escala puede ser el resultado tanto de ac-
tuaciones intencionadas como de actuaciones no intencionadas. Vogel (1999, p. 26 y
ss.) diferencia entre los efectos composición y tecnológico que suceden de form a no
intencionada, esto es, como efectos colaterales que de form a natural o accidental
acompañan al crecimiento económ ico provocando menores emisiones, y los efectos
composición y tecnológico que son el resultado de medidas deliberadamente adopta-
das para mejorar la calidad medioam biental y, por tanto, intencionados.
El supuesto implícito en la hipótesis de la CKA es que la forma de U invertida se
produciría como consecuencia de la existencia de factores intrínsecos al proceso de
crecimiento económico que permitirían la aparición de efectos composición y tecno-
lógicos (tanto intencionados como no intencionados) que actuarían compensando el
efecto escala. El corolario es obvio: si esa relación en forma de U invertida se debi-
era a factores exógenos − no relacionados con el proceso de crecimiento económico −
no se cumpliría, por lo tanto, dicha hipótesis.
Dicho esto, precisemos que el objeto de nuestra investigación doctoral consiste en
analizar, desde una perspectiva empírica, si, en los casos en los se ha detectado una
relación en forma de U invertida, se ha debido a factores intrínsecos al proceso de
crecimiento económico –y, por lo tanto, obedecería a lo predicho por la hipótesis
CKA − o, alternativamente, ha sido la consecuencia de factores exógenos. A priori no
parece tan claro que el hecho de haber alcanzado un nivel de renta elevado sea una
condición ni necesaria ni suficiente para garantizar una mejora en cualquier indicador
medioambiental. La duda surge porque, com o veremos, aunque el proceso de creci-
miento económico puede crear algunas condiciones que facilitarían com portamientos
que pudieran conducir a la mejora de los indicadores medioam bientales, lo cierto es
que estaríamos en presencia de externalidades medioambientales. Por lo tanto, si no
existe algún mecanismo a través del cual los dam nificados por la externalidad puedan
expresar su demanda de calidad ambiental, no resulta evidente que vayan a llevarse a
cabo las actuaciones necesarias para que pueda corregirse la externalidad, indepen-
dientemente del nivel de renta logrado.
Para llevar a cabo nuestro estudio hemos seleccionado dos indicadores de presión
medioambiental, las em isiones atmosféricas de dióxido de carbono y las de azufre,
María Rosario Díaz Vázquez
Introducción
25
para comprobar si en esos casos se observa una relación entre la renta y el indicador
medioambiental que describa una curva con form a de U invertida. Se han selecciona-
do estos dos indicadores por dos razones: primera, porque son para los que se dispone
de series temporales más largas de datos; y, segunda, porque se trata de dos contami-
nantes con características diferenciadas ya que, a pesar de estar ambos tipos de emi-
siones generados mayoritariamente por el uso de com bustibles fósiles, los efectos de
las emisiones de dióxido de carbono tienen una naturaleza global y afectarán funda-
mentalmente a las futuras generaciones m ientras que los efectos de las emisiones de
azufre están más localizados y son y a padecidos por las generaciones actuales. Es im-
portante tener en cuenta las características de cada indicador medioambiental pues los
resultados pueden estar condicionados por la elección del indicador.
Por otra parte, nuestro trabajo prioriza el análisis de lo sucedido en países indivi-
duales. Hemos optado por esta alternativa debido a que algunas de las críticas formu-
ladas a los estudios econométricos sobre la CKA sugieren que es bastante probable
que un modelo CKA global único, en su forma reducida, esté mal especificado puesto
que intenta imponer CKAs isomorfas a países con experiencias diferentes. Es por ello
que puede resultar útil conocer los rasgos comunes que comparten los contam inantes
y países donde las emisiones decrecen y la renta sigue aumentando (Harbaugh et al ,
2002).
Así pues, esa será la preocupación central de nuestra investigación. No obstante,
consideramos pertinente realizar una comparación previa: estim aremos el m odelo
CKA convencional con los datos disponibles lo que nos permitirá cotejar nuestros re-
sultados con los correspondientes a otros estudios que utilizan los mism os indicado-
res.
El siguiente paso consistirá en desarrollar un análisis por países, en el que selec-
cionaremos los indicadores y los países en los que se observa una trayectoria con
forma de U invertida y, acto seguido, trataremos de detectar si se han producido acon-
tecimientos políticos o económicos que, al m argen del proceso de crecimiento eco-
nómico, pudieran explicar la inflexión en la curva.
En un tercer paso, realizaremos un análisis de descomposición del crecimiento de
las emisiones en sus factores causales de primer nivel por países, para estudiar qué
Capítulo 1
Desarrollo sostenible y crecimiento económico:
principales enfoques económicos
sobre la relación entre medio ambiente y economía
y sobre la compatibilidad entre
desarrollo sostenible y crecimiento económico
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Capítulo 1
Desarrollo sostenible y crecimiento económico:
principales enfoques económicos
sobre la relación entre medio ambiente y economía
y sobre la compatibilidad entre
desarrollo sostenible y crecimiento económico
1.1. INTRODUCCIÓN
A pesar de la interrelación existente entre el proceso económico y su me-
dio ambiente natural, la Ciencia Económica parece haberse construido de espaldas a esa
evidencia. Resulta en este punto interesante el trabajo realizado por Naredo (1987)
recogiendo y analizando el proceso de formación y posterior asentamiento de algunas de
las categorías esenciales en la form ulación del pensamiento económ ico convencio-
nal.
Naredo recuerda como, a raíz de la que denomina “ruptura posfisiocrática”, com ienza
a producirse la separación entre la naturaleza y la conformación del objeto de estudio de
la Economía heredado de Robbins (1935) 1 . Para los fisiócratas, nociones tan im portantes
como las de producción y riquezas están indisolublemente asociadas con el m edio físico,
idea que expone con claridad Naredo (1987, p. 84) cuando explica que: “viendo que en la
1 Por supuesto que en el seno de la corriente dominante contamos con propuestas que trascienden el reduc-
cionismo de este último autor. Dos ejemplos significati vos: Samuelson (1961, p. 5) y Lipsey (1980, p. 66 ).
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
36
agricultura se generaba un excedente de productos después de reponer los medios nece-
sarios para su obtención, los fisiócratas la consideraron como la actividad productiva por
excelencia, aun cuando dieron el carácter de tales a todas las actividades encaminadas a
obtener aquellas producciones de la tierra consideradas de utilidad para los hombres. En
consecuencia con ello la minería, como tam bién la pesca, encabezan junto con la agricul-
tura las actividades productivas incluidas por Quesnay en su famoso Tableau économi-
que . Actividades entre las que no se incluy en las de los industriales o artesanos porque se
consideraba que estos podían modificar la materia pero no producirla como era el caso
de la agricultura, la minería o la pesca” 2 . El hombre puede intervenir en el acrecenta-
miento del producto neto (excedente) a través del trabajo (por supuesto, en actividades
productivas) pero siempre sometido a las limitaciones que impone la naturaleza. El con-
cepto de producción de los fisiócratas se basa en una visión física de generación neta de
valor de uso y pierde su sentido si se trata de enfocar desde el punto de vista de los valo-
res de cambio (Naredo, 1987, p. 105).
Es con los autores clásicos cuando comienza a deslindarse el universo económico del
mundo físico, proceso que culminará con los m arginalistas en el s. XIX. Las nociones de
producción y de riquezas comienzan con los clásicos a desvincularse de lo físico y a si-
tuarse en la esfera de lo social. El trabajo, y no la tierra, se convierte en el motor de la
producción y de la creación de riquezas y, como señala Naredo (1987, p. 99), “Smith no
consideraba el trabajo como posible productor de materia, sino de valor (de cambio) ca-
tegoría esta eminentemente social pues sólo se concibe como fruto de relaciones entre in-
dividuos”. Esta idea será común entre los autores clásicos pero pueden percibirse aún in-
fluencias fisiocráticas en algunos de los autores, como es el caso del propio Adam Smith
que considera el trabajo agrícola más productivo que el trabajo industrial o comercial
porque en el trabajo agrícola a lo producido por el hombre se añade lo aportado por la na-
turaleza (Naredo, 1987, p. 93).
Como expone Naredo, aunque los clásicos dan los primeros pasos para separar el
mundo económico del m undo físico no dan el paso definitivo hacia la creencia en el po-
2 En relación con el carácter productivo de la minería, apunta Naredo (1987, p. 83) que en la época de
Quesnay aún se mantenía vivo el afán de acelerar también el crecimiento de los m inerales imitando los pro-
cesos seguidos por la naturaleza.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
37
sible crecimiento ilimitado de la producción y la riqueza. Esto se debe, especialmente, al
carácter diferencial que conceden a la tierra entre el resto de los recursos naturales. La
tierra, para los clásicos, no es ilimitada y además está sometida a la ley de los rendimien-
tos decrecientes con el consiguiente impacto sobre el crecimiento de la población y la po-
sibilidad de alcanzar un estado de estancamiento. De esta forma, el acrecentam ien-
to ilimitado de las riquezas se encuentra con un límite físico. Serán los autores neoclási-
cos, a finales del S. XIX y principios del XX, los que supriman estas trabas en su con-
cepción del mundo económico. Es así como la idea de escasez que desarrollan y que hace
referencia a una escasez relativa − pues depende de las necesidades que los individuos
tengan de determinados bienes y, por tanto, se define independientemente del
tiempo histórico − constituye el paso definitivo para deslindar la producción y las rique-
zas de las limitaciones del mundo físico y ubicarlas exclusivam ente en el ám bito de lo
social 3 .
Así pues, el objetivo primordial de los autores marginalistas es hacer de la Ciencia
Económica una ciencia positiva, libre de juicios de valor, que la convierta en un cam po
científico parangonable en rigor y objetividad a las ciencias de la naturaleza. Tra-
tan así de desarrollar principios y categorías abstractos, universales y liberados de
toda subjetividad sobre los que apoy ar todo el edificio teórico de la Ciencia Eco-
nómica.
Por tanto, una vez deslindado definitivamente el universo económico de las li-
mitaciones impuestas por el m undo físico, unido a una fe casi ciega en el progreso cientí-
fico y tecnológico y a la creencia en la inagotabilidad de los recursos naturales,
no hay nada que impida creer en la posibilidad de una expansión ilimitada de la riqueza
social y convertir al crecimiento continuo de la producción en el principal objeti-
3 Naredo (1987, p. 231 y ss.) analiza en su trabajo las consecuencias del “divorcio” entre la noción subjeti-
va de escasez, basada en la limitación con respecto a la demanda y, por tanto, guiada por un sentimiento
humano puntual, y la escasez objetiva (o absoluta), que hace referencia al carácter físicamente limitado de los
recursos de los que dispone el hombre: “(...) la diferencia entre estas dos nociones de la escasez ha dado pie a
la paradoja de que a medida que la ciencia económica se abrazó más firmemente a la primera de ellas, aban-
donó por completo la segunda. Cuando la ciencia económica se circunscribió con los neoclásicos a aquel uni-
verso de lo escaso que Walras había adaptado a la medida de lo valorable e intercambiable , es cuando echa
por la borda las preocupaciones por las consecuencias económicas derivadas de esa otra escasez física con-
creta de los recursos que habían sentido desde Malthus hasta Jevons” (p. 232).
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
38
vo de la actividad económica, desapareciendo así el fantasma clásico del estado estacio-
nario.
Dicho esto, interesa destacar ahora que los síntomas de deterioro e insostenibilidad
medioambiental percibidos en la década de los sesenta provocaron un giro de muchos
economistas hacia el m edio ambiente 4 . Desde entonces, se ha visto notoriamente incre-
mentado el interés por el análisis de las relaciones entre los procesos económicos y el
medio ambiente por parte de autores por lo demás adscritos a las distintas escuelas de
pensamiento económico 5 . Ahora bien, dos son los enfoques que han centrado su atención
en el análisis de las interrelaciones entre la actividad económ ica y el entorno na-
tural y es en ellos en los que nos detendremos en el apartado 1.2: la Economía del Medio
Ambiente (o Economía Ambiental) y la Econom ía Ecológica. La primera ofrece un plan-
teamiento revisionista del enfoque económico convencional. La segunda propone cam -
bios conceptuales que la sitúan en un ámbito analítico alternativo diferenciado de este úl-
timo.
Consecuentemente, estamos ante distintas visiones preanalíticas en el sentido schum-
peteriano del término (Schumpeter, 1971, pp. 77-80), lo que lógicamente desem boca en
planteamientos teóricos alternativos, sean estos positivos o normativos. En particular: la
concepción misma de la categoría desarrollo sostenible; el análisis de la compatibilidad
entre este último y el crecimiento económico; y, por último pero no menos im portante, la
selección y desarrollo posterior de los criterios aplicables para una gestión sostenible de
los recursos naturales, cuestiones todas ellas que serán objeto específico de nuestro inte-
rés más adelante (apartado 1.3, infra ).
Veamos a continuación lo esencial de los distintos enfoques teóricos em anados de las
correspondientes visiones que los preceden.
4 Para una breve pero sugestiva panorámica del estado de la cuestión, cf. “El proceso de crecim iento”, In-
formación Comercial Española (1971), nº 455, julio, pp. 55-63; y para una presentación más extensa y rigu-
rosa en el plano analítico, Segura (1971).
5 Sirvan como ejemplos representativo los alegatos de O’Connor (1990, 1998) a favor de un “marxismo
ecológico”; los trabajos de Ciriacy-Wantrup y Kapp desde el institucionalismo (Aguilera Klink, 1995); y, en
el ámbito de la economía evolucionista, las aportaciones de Clark et al (1995). Véase también el trabajo de
Sachs (1974) en el que proporciona una diáfana aproximación a las principales tendencias ideológicas que se
distinguen en las discusiones medioambientales.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
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1.2. PRINCIPALES ENFOQUES ECONÓMICOS SOBRE LA RELACIÓN
ENTRE MEDIO AMBIENTE Y ECONOMÍA: ECONOMÍA DEL MEDIO
AMBIENTE Y ECONOMÍA ECOLÓGICA
1.2.1. LA ECONOMÍA DEL MEDIO AMBIENTE
1.2.1.1. El medio ambiente como un “fallo de mercado”
La Economía del Medio Ambiente 6 –tam bién conocida como Economía Am biental −
es el resultado de intentar incluir los problemas medioam bientales en el marco analítico
de la Economía convencional, la cual se desarrollaba sobre una visión del sistema eco-
nómico ajena al medio natural. La Econom ía del Medio Am biente arranca del pensa-
miento económico convencional pero, por la propia naturaleza de los problemas ambien-
tales, se ve obligada a introducir algunos cambios en el mism o, modificaciones que, sin
embargo, no lo alteran en lo sustancial.
El pensamiento económico convencional, siguiendo a Naredo (1987), se asienta so-
bre la equivalencia entre el universo de lo útil y escaso y el de aquello que tiene valor de
cambio, pero dicha equivalencia “sólo puede sostenerse si se adopta el camino tautoló-
gico que supone definir como cosas útiles y escasas aquellas que sean ' valorables e in-
tercambiables' a la vez que se propone al valor de cam bio como medida del grado de uti-
6 En la literatura se distingue entre Economía del Medio Ambiente y Economía de los Recursos Naturales.
El flujo de materia y energía del sistema natural al económico sería el objeto de estudio de la Economía de
los Recursos Naturales y el flujo de residuos del sistema económico al natural sería el de la Economía del
Medio Ambiente. En esta última se incluiría el análisis económico del suministro de bienes públicos me-
dioambientales ya que estos bienes supondrían un uso del sistema natural que compite con su función de re-
ceptáculo de residuos (Buñuel González, 1999, p. 10). Por tanto, la Economía de los Recursos Naturales se
preocuparían de la asignación intertemporal de los recursos renovables y no renovables, aplicando métodos
de control dinámico al análisis de problemas de uso intertemporal de los recursos y , por su parte, los dos
principales problemas que caracterizarían a la Economía del Medio Ambiente serían la regulación de activi-
dades contaminantes y la valoración de los servicios medioambientales (Cropper y Oates, 1992, p. 677). Co-
mo estos últimos reconocen, la línea divisoria entre estos dos campos es bastante borrosa. En este mismo sen-
tido, Romero (1994, p. 8) puntualiza que “no existe un marco analítico para la economía ambiental y otro pa-
ra la economía de los recursos, sino un único marco analítico que engloba todos los recursos naturales, in-
cluido el ambiente como un recurso más”; aún así, por razones de costumbre opta por mantener la distinción
entre recursos ambientales y naturales.
En el contexto de este trabajo, utilizaremos la denom inación Economía del Medio Ambiente (o Econom ía
Ambiental) en un sentido amplio que englobaría a las dos anteriores. Deberá entenderse así como una rama
derivada del enfoque económico convencional que aborda los principales problemas relacionados con el uso
óptimo de los recursos naturales (considerando la capacidad de asimilación del medio como un recurso más)
que son: la asignación de los derechos de propiedad, la corrección de los fallos de mercado e internalización
de las externalidades medioambientales y la elección de la tasa de descuento.
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lidad y de escasez de las cosas.” (Naredo, 1987, p. 210). La escasez será entonces un
concepto subjetivo y el valor de cambio la medida de la escasez. Pero para que algo ten-
ga valor de cambio debe ser apropiable, valorable e intercambiable, y es este el subcon-
junto de todo lo útil sobre el que se asientan los conceptos de riqueza y de producción en
los que centra su atención la Ciencia Eonómica. El sistema económico com enzará así
con la generación de valor de cambio y se extingue cuando este desaparece y es en el
mercado donde se canaliza adecuadamente dicha información conduciendo a la asigna-
ción más eficiente de los recursos “escasos”. De esta forma, se rom pe con el universo de
lo físico dado que el valor de cambio es un concepto em inentemente social y subjetivo.
El universo económico se asienta así sobre procesos reversibles y queda cerrado a las
posibles irreversibilidades del universo físico. El homo economicus y el individualismo
metodológico se convierten en herramientas fundam entales de su análisis.
Es precisamente a partir del mencionado aislamiento, que em erge la Economía del
Medio Ambiente. Desde este enfoque se centra la atención en el estudio de los proble-
mas me dioambientales como fallos de m ercado. Los bienes y servicios medioambienta-
les carecen en muchas ocasiones de las propiedades de apropiabilidad y de intercam bia-
bilidad, por lo que su valor de cambio no puede ser recogido adecuadamente por el mer-
cado de forma que no puede asignarlos eficientemente, existiendo así un fallo de m erca-
do. El mercado los trata como recursos gratuitos o muy baratos, lo que conduce a su so-
breexplotación y deterioro. Desde la Economía del Medio Ambiente, el deterioro y ago-
tamiento del capital natural se aborda desde la perspectiva de las externalidades y las so-
luciones al problema pasarán por la internalización de esas externalidades, para lo cual
será necesario imputar valores de cambio a esos bienes para los que el mercado no fun-
ciona correctamente.
El concepto de externalidad es una pieza clave en este enfoque 7 . Utilizarem os la
definición dada por Baumol y Oates (1982, p. 19):
7 Esta afirmación puede parecer excesivamente simplista si tenemos en cuenta los divers os problem as a los
que se enfrenta la Economía del Medio Ambiente considerada, como en nuestro caso, en un sentido amplio.
Ciertamente, muchos de los problemas abordados por la Economía del Medio Ambiente están relacionados
con casos de bienes públicos o de recursos comunes pero cabe recordar que estos fallos de mercado pueden
ser considerados como un caso particular de externalidades (Cornes y Sandler, 1986, p. 4; cit . en Azqueta,
1994, p. 5). Además, las decisiones sobre el uso óptimo de cualquier recurso natural se basan en la compara-
ción entre costes y beneficios (marginales o totales) y el problema subyacente es si se están considerando to-
dos los costes y beneficios relevantes para la toma de decisiones o si existen efectos externos.
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Condición 1. “Existe una externalidad siempre que las relaciones de utilidad o pro-
ducción de algún individuo (digamos del individuo A) incluyan variables reales, cuyos
valores son elegidos por otros (personas, sociedades mercantiles, gobiernos) sin atención
particular a los efectos sobre el bienestar de A”. Según Baumol y Oates, deben excluirse
los casos en que alguien hace deliberadamente algo para afectar al bienestar de A 8 .
Según estos autores, para que la externalidad genere ineficiencias y mala asignación
de recursos debe cumplir una segunda condición:
Condición 2. “El agente decisor, cuya actividad afecta a los niveles de utilidad de
otro o entra en las funciones de producción, no recibe en (pago) compensación por su
actividad una cantidad igual en valor a los beneficios o costes (marginales) ocasionados”
(Baumol y Oates, 1982, p. 19).
Baumol y Oates estiman que la condición 1 se aproxima a lo que Buchanan y Stub-
blebine denominaron una externalidad , mientras que las condiciones 1 y 2, conjunta-
mente consideradas, forman lo que estos autores denominaron una “externalidad rele-
vante en el sentido de Pareto” (Baumol y Oates, 1982, p. 20).
Como señalan también Baum ol y Oates, deben excluirse de la definición las externa-
lidades (o pseudoexternalidades) denominadas pecuniarias. Por tanto, sólo deben incluir-
se los efectos directos sobre el bienestar de A, entendiendo por efectos directos aquellos
que “resultan de la sensibilidad de una actividad con respecto a otra, normalmente una
sensibilidad física, y excluyendo la amplia gama de interdependencias de mercado que
operan a través del mecanismo de precios” (Burrows, 1995, p. 244).
Las externalidades pueden ser positivas, cuando el efecto externo es beneficioso para
A y negativas, cuando provocan un daño o pérdida de bienestar a A. En este sentido, de-
be resaltarse la naturaleza subjetiva de la externalidad, es decir, el daño considerado no
8 Esta última afirmación resulta confusa si tenemos en cuenta que la mayor parte de las externalidades me-
dioambientales no son casos accidentales sino que suelen ser el resultado de actividades regulares cuyos efectos
externos son conocidos (Burrows, 1995, pp. 244-245). Por tanto, bastaría decir que la externalidad se producirá
cuando el que genera los efectos externos está dispuesto a ignorarlos o cuando no tiene obligación legal de tenerlos
en cuenta, en el sentido de que no existen incentivos impuestos externamente para que tenga en cuenta el daño (be-
neficio) que causa a la hora de determinar su nivel de actividad (Burrows, 1995, p. 244). En este sentido ya se ex-
presaba Mishan cuando decía que el fallo no debe atribuirse al mercado “sino al marco legal dentro del cual actúa.
En especial, debemos recordar que lo que constituye un coste para la empresa depende de la legislación existente”
( cit . en Aguilera Klink, 1991, p. 177).
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dades. Tras una revisión más profunda de estas últimas, Aguilera Klink recuerda que Pi-
gou diferencia las situaciones en las que existen relaciones contractuales entre los agen-
tes de aquellas en las que no existen tales relaciones. Cuando existen relaciones contrac-
tuales (lo que equivaldría a postular que los derechos de propiedad están claramente es-
pecificados), Pigou señala que pueden alcanzarse soluciones a través de acuerdos volun-
tarios entre los propietarios y sólo propone, como una posibilidad, la aplicación de im-
puestos y subvenciones en el caso de que no existan relaciones contractuales entre los
agentes implicados. Además, “para Pigou intervención estatal no es sinónimo de aplica-
ción de impuestos, como sim plista e interesadamente se ha difundido, sino que existe in-
tervención estatal desde el momento en que se prom ulgan leyes o se crea el marco insti-
tucional en el que se va a desenvolver la actividad económica y por lo tanto la actividad
humana, punto en el que también estaría de acuerdo Coase, ...” (Aguilera Klink, 1992a,
p. 33).
Por otra parte, y tras analizar las distintas soluciones propuestas por Coase, Aguilera
Klink (1992b, p. 33) recuerda que en el caso del humo, es decir, cuando las externalida-
des son verdaderamente importantes, “Coase propone la m isma solución que le critica a
Pigou desde la primera página de su artículo, es decir, la intervención estatal tal como
ellos la entienden”. El Estado puede intervenir, según Coase, im poniendo regulaciones
que especifiquen lo que la gente puede o no puede hacer.
Todavía más, Aguilera Klink percibe escasa claridad en el artículo de Coase puesto
que “después de estar empleando a lo largo de su artículo un razonamiento basado en la
comparación entre los valores monetarios de las diferentes soluciones alternativas − dan-
do a entender que todo, incluy endo el medio ambiente, la salud,... etc., es reducible a va-
lores monetarios expresados a través del mercado– (...) al final, lo que nos viene a decir
Coase es que lo deseable es no limitarnos a valoraciones de mercado” (Aguilera Klink,
1992a, p. 36) 13 .
13 En este sentido, Aguilera Klink apunta que Coase, en la última página de su artículo, cambia totalmente
de postura indicando que “En este estudio el análisis se ha limitado a comparaciones del valor de la produc-
ción medido por el mercado. Pero, naturalmente resulta deseable que la elección entre diferentes arreglos so-
ciales para la solución de problemas económicos se lleve a cabo en términos más amplios que estos y que el
efecto total de estos arreglos en todas las esferas de la vida llegue a tenerse en cuenta . Como ha recalcado
con tanta frecuencia Frank H. Knight, los problemas de la economía del bienestar deben disolverse en última
instancia en un estudio de estética y moral” (Coase, 1960, p. 273, cit. en Aguilera Klink, 1992a, p. 36; subra-
yado de Aguilera Klink). Aguilera aclara que la cita de Coase corresponde a la versión en castellano de
Hacienda Pública Española , nº 68, 1981, pp. 245-274.
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En resumen, en el debate entre los planteamientos de Pigou y Coase y sus impli-
caciones para la política pública, las coincidencias parecen ser mayores que las di-
vergencias y, en el fondo, ambos reflexionan e inducen a la reflexión sobre el papel
que el marco institucional y la determinación de los derechos de propiedad desempe-
ñan en el terreno económico y sobre sus efectos sobre el resultado económ ico
final.
En esa línea, no es ocioso recordar que posteriormente se ha resaltado en la literatura
el hecho de que la asignación inicial de los derechos es determinante para el resultado
“óptimo”, existan o no costes de transacción (Mishan, 1994) 14 . Como recuerda Padrón
Fumero (1992, p. 45), la asignación inicial de derechos “refleja la estructura institu-
cional prevaleciente que afecta a la naturaleza de una negociación eficiente y que de-
termina también la asignación final de recursos y la distribución de la renta”. El pa-
pel del Estado es determinante en la asignación inicial del derecho a contam inar y a
usar el medio ambiente. Podría sostenerse que la “intervención estatal” com ienza ya
c o n l a a s i g n a c i ó n d e t a l e s d e r e c h o s . I n c lu s o c uando la actuación del Estado se caracte-
riza por la inhibición no puede entenderse más que como la concesión al contam inador
de un derecho de facto 15 , que determinará las decisiones sobre el uso del recurso. Y para
mayor abundamiento, creem os necesario matizar que no debe confundirse derecho de
propiedad con propiedad privada 16 . Siguiendo a Schmid (1995, p. 46), “los derechos de
propiedad son conjuntos de relaciones ordenadas entre personas que definen sus oportu-
14 Mishan (1994) demuestra cómo la asignación inicial de los derechos de propiedad puede influir en el re-
sultado óptimo final de la negociación incluso cuando los costes de transacción son nulos, lo que supone una
crítica al planteamiento de Coase. La argumentación de Mishan se basa en las diferencias existentes entre la
disposición a pagar (si no se tiene un derecho) y la disposición a ser compensado (si se tiene un derecho). La
divergencia entre ambas sería el resultado del hecho de que lo que se percibe como un coste o como un bene-
ficio está fuertemente condicionado por la estructura institucional subyacente (aspecto en el que insistiremos
más adelante al tratar de la valoración monetaria del me dio ambiente). A lo anterior se puede añadir que la
disposición a pagar está limitada por los recursos disponibles, mientras que esto no sucede con la disposición
a ser compensado.
15 En este sentido se expresa Schmid (1995, p. 46) cuando, tras preguntarse qué queremos decir cuando
afirmamos que la actuación del contaminador tiene un efecto externo que no se ha considerado adecuadamen-
te, se plantea “¿Puede esto ser algo más que una afirmación de que una persona en lugar de otra debería ser la
propietaria de la explotación de un recurso particular?”.
16 Recuerda Azqueta (1994, p. 9) que el hecho de que un bien sea común y carezca de precio no es una
condición que deba necesariamente presentar algún problema pues son numerosos los casos de bienes comu-
nales gestionados por una comunidad que no ha padecido los problemas de agotamiento y deterioro que, por
el contrario, si han sufrido algunos bienes que pasaron de ser gestionados por un colectivo a ser de propiedad
privada (lo cual supuso no sólo su deterioro sino incluso su desaparición).
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nidades, su exposición a los actos de otros, sus privilegios, y sus responsabilidades. (....)
Debería enfatizarse que los derechos son relaciones entre los individuos con respecto a
los recursos más que la relación entre un individuo y un recurso. (...) Los derechos defi-
nen el modo individual de participación en las decisiones sobre el uso de los recursos y
así son parte y parcela del poder económico”, de ahí que determ inen quién puede parti-
cipar en la toma de decisiones. Como sostiene Schmid (1995, p. 48): “lo que aparenta
ser una mejora de Pareto entre dos partes puede no serlo si má s partes son relevantes”.
Consecuentemente, la solución de mercado entre los que tienen un derecho directo sobre
el recurso, no tendrá en cuenta los intereses que sobre el mismo puedan tener otros que
no poseen ese derecho directo (por ejemplo, futuras generaciones), a no ser que una ley
proteja sus intereses. O sea, la consideración de los intereses que cuentan afecta a los
costes de transacción y al resultado final de la negociación.
Por lo tanto, si la solución óptima no es única sino que depende de la asignación ini-
cial de los derechos es ineludible plantearse previamente la determinación de qué intere-
ses cuentan (y cómo) en las decisiones sobre el uso de los recursos. Cualquier valoración
de costes y beneficios estará condicionada por las decisiones previas adoptadas con res-
pecto a la distribución de los derechos.
Podemos así afirmar que la intervención del Estado com ienza, en cualquier caso, con
la asignación inicial de los derechos de propiedad, esto es, definiendo (de forma explícita
o no) qué intereses deben tenerse en cuenta en los procesos de toma de decisiones sobre
el uso de los recursos. Resulta pues inevitable la introducción de consideraciones mora-
les.
En cualquier caso, y una vez “resuelto” el problema de la asignación inicial de los de-
rechos, puede ya plantearse si es aplicable la solución negociada o si es pertinente el uso
de incentivos fiscales.
La posición de la Economía del Medio Ambiente en esta cuestión queda, a nuestro
juicio, suficientemente representada por la siguiente afirmación de Baumol y Oates: “es
sorprendente la cantidad de lectores de la literatura sobre el tema que consideran que la
flecha de Coase ha asestado en la práctica un golpe fatal a la solución de Pigou porque si
la negociación aproxima la asignación de recursos hacia la solución ideal, el estableci-
miento, además, de im puestos óptimos pigouvianos sería ya dem asiado. El argum ento,
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así expuesto, es válido. Pero si en los problemas más importantes de externalidades, la
negociación es impracticable y virtualmente inexistente, el daño infligido a la posición
pigouviana por aquel resultado difícilmente podrá ser serio” (Baumol y Oates, 1982, p.
12).
En resumen, el problema reside en que, para el caso de las decisiones medioam bien-
tales, la negociación es en la mayor parte de los casos inviable porque suelen ser muchas
tanto las partes causantes como las partes afectadas, de forma que los costes de transac-
ción son muy elevados y, además, resulta difícil en muchos casos relacionar un afectado
concreto con un causante concreto (Common, 1988, p. 130). Y a este hecho puede aña-
dirse que muchas externalidades medioambientales se caracterizan por la no rivalidad en
el consumo (lo que Baumol y Oates denominaron externalidades inagotables). También
debe tenerse en cuenta, como ya señalamos, que los intereses de las futuras generaciones
quedarían al margen en una negociación de mercado.
Se comprende pues que todas estas razones hayan conducido a que los autores de la
Economía del Medio Ambiente muestren una preferencia clara por los incentivos eco-
nómicos (instrumentos fiscales y creación de mercados ambientales 17 ) frente a la solu-
ción negociada, lo que no excluye esta cuando sea conveniente.
Concluyamos, pues, que a partir de todo lo señalado hasta ahora puede sostenerse
que la preocupación característica de la Economía del Medio Ambiente se identifica con
la corrección de los fallos de mercado, sin ignorar que también es objeto de su interés la
corrección de algunos “fallos del sector público”, centrándose en este terreno en la eli-
minación de los incentivos públicos (por ejem plo, impuestos o subvenciones) que favo-
recen comportamientos perjudiciales para el m edio ambiente.
17 Un ejemplo claro de la creación de mercados ambi entales son los permisos de contaminación negocia-
bles. Aunque hay autores que sitúan estos mercados en la línea de la solución negociada de Coase, lo cierto
es que existen razones para diferenciarlos de esta. Buñuel González (1999, p. 13) señala dos: “En primer lu-
gar, un sistema de permisos de emisión negociables es teóricamente equivalente a un impuesto pigouviano
(...). En segundo lugar, los permisos negociables sólo añaden a la regulación habitual la flexibilidad de hacer
transferible la cuota de emisión permitida por la regulación, lo que está m uy lejos de atribuir un derecho de
propiedad sobre el recurso contaminado, como supondría la aplicación del teorema de Coase al caso de la
contaminación”.
En el caso de los permisos de contaminación negociables no es la negociación la que determina el nivel óp-
timo de externalidad, sino que este está previamente determinado.
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1.2.1.3. Tratamiento y corrección de las externalidades medioambientales
Comencemos reiterando que, cuando existen externalidades, el mercado no asigna
eficientemente los recursos, es decir, el mercado “falla”, puesto que existen costes
externos que no son valorados adecuadamente a través de sus propios m ecanismos.
De esta forma, los agentes económicos determ inan su nivel de actividad teniendo en
cuenta únicamente los costes y beneficios privados, actuando en el nivel de actividad
que maximiza su beneficio y alcanzando así un óptimo privado pero no social. Si
existen costes externos que el agente no tiene en cuenta, incluso bajo condiciones de
competencia perfecta su nivel de actividad puede estar siendo mayor que el social-
mente óptimo, pues el nivel de externalidad puede superar el nivel óptim o de exter-
nalidad para la sociedad.
Dicho esto, precisemos que el objetivo de la Economía Am biental no es elim inar
completamente la externalidad sino alcanzar su nivel socialmente óptimo, puesto que
eliminarla completam ente sería el resultado de tener en cuenta exclusivam ente las ga-
nancias de bienestar de los perjudicados pero no las pérdidas del que la provoca. El nivel
socialmente óptimo de externalidad es aquel en el que se m aximizan la suma de benefi-
cios sociales menos la suma de costes sociales (Pearce y Turner, 1995, p. 95). Como ya
se indicó anteriormente, desde la Economía Ambiental se considera que la solución ne-
gociada no es aplicable para la mayoría de las externalidades medioambientales, por lo
que para alcanzar el nivel socialmente óptimo de externalidad será necesaria la interven-
ción estatal que conduzca a la internalización de las externalidades.
Desde esta perspectiva, el tratamiento de las externalidades supone considerar dos
problemas:
a) La determinación del nivel óptimo de externalidad.
b) La selección de los instrumentos más adecuados para lograrlo.
A continuación recogeremos las respuestas que se han dado desde la Economía Am -
biental a estas dos cuestiones para el tratamiento de las externalidades medioambienta-
les.
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♦ La determinación del nivel óptimo de externalidad . El criterio para determinar el
nivel óptimo de externalidad − es decir, el nivel de externalidad que maximiza el benefi-
cio neto social total − , es que el beneficio privado marginal neto se iguale al coste mar-
ginal externo 18 .
La condición expuesta es inequívoca cuando la curva de coste marginal externo es
siempre convexa. Si la curva de coste marginal externo no es siempre convexa la condi-
ción anterior (condición marginal) será necesaria pero no suficiente por lo que, como de-
fiende Buñuel González (1999), es necesario utilizar las condiciones totales, es decir, los
beneficios netos totales deben ser mayores que los costes externos totales en el nivel óp-
timo de externalidad 19 . De esta forma, para poder determinar el nivel eficiente será nece-
sario conocer el daño asociado con cada unidad de la actividad que genera la externali-
dad. Puede también suceder que el nivel óptimo de externalidad sea cero. Como apunta
Buñuel González (1999, p. 45), el análisis coste-beneficio puede considerarse un intento
de llevar a la práctica las condiciones totales.
Ahora bien, para poder llevar a cabo la comparación entre costes y beneficios es ne-
cesario que unos y otros estén expresados en las mism as unidades, para lo que se requie-
re disponer de la valoración monetaria de los costes externos. Desde la Econom ía Am-
biental se han dirigido importantes esfuerzos hacia el diseño de mecanism os que permi-
tan captar o expresar la valoración monetaria que los individuos hacen de los bienes am-
bientales para los que el mercado no funciona correctamente (cuestión en la que nos de-
tendremos en el siguiente epígrafe).
Pero ha sido precisamente la dificultad para obtener una valoración monetaria del
medio ambiente lo que ha llevado a algunos autores, no m ayoritarios, de la Economía
18 El criterio expuesto sólo es válido en el caso en que el único mecanismo para reducir la externalidad es dismi-
nuir el nivel de producción, es decir, si el nivel de externalidad es únicamente función del nivel de producción. Si
existen otros mecanismos, entonces los beneficios sociales totales se maxim izan cuando se minimiza la suma de
los costes totales externos y los costes totales de reducción, y esto se produce cuando el coste marginal externo se
iguala al coste marginal de reducción, ver Pearce y Turner (1995, p. 126).
19 Buñuel González (1999) subray a la diferencia entre externalidades marginales e inframarginales. Una exter-
nalidad es marginal cuando una modificación del nivel de actividad y afecta al bienestar de A. Una externalidad es
inframarginal cuando una modificación marginal del nivel de y ya no afecta al bienestar de A, pero los niveles pre-
vios (inframarginales) de y sí lo afectaron. Teniendo en cuenta esta clasificación, Buñuel llama la atención sobre la
necesidad de tener en cuenta aquellas situaciones en las que la relevancia de la contaminación se debe a la em isión
de unidades inframarginales intermedias y, por ello, será necesario atender a las condiciones totales, especialmente
cuando se trate de externalidades stock (irreversibles). Para este autor, comparar sólo el coste y el beneficio margi-
nal sería incorrecto y podría llevar a graves errores de política económica.
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Ambiental a proponer un objetivo alternativo al nivel óptimo: el nivel “adecuado” de ex-
ternalidad. Esta opción es defendida por Baumol y Oates (1982) tras poner en evidencia
aquellas situaciones, no precisamente infrecuentes, en las que los problem as para obte-
ner una valoración monetaria fiable del medio am biente son insuperables 20 . En tales ca-
sos, la solución que sugieren para conseguir el nivel “adecuado” de externalidad consiste
en la selección de un conjunto de normas (est ándares) que recojan los niveles mínimos
que deben cumplirse con objeto de alcanzar lo que puede describirse como “una calidad
de vida razonable” (Baumol y Oates, 1982, p. 165). Según estos autores, “al no existir
un conjunto adecuado de señales de mercado, se necesita recurrir a un proceso político
(es decir, a un método de elección colectiva) para determinar el nivel de actividad. Des-
de esta perspectiva, la selección de normas para el medio am biente puede considerarse
como un procedimiento concreto utilizado en un proceso de toma de decisiones colecti-
vas, que trata de determinar el nivel adecuado para actividades que generan efectos ex-
ternos” (Baumol y Oates, 1982, p. 179). Por lo tanto, no se trata así de determinar el ni-
vel óptimo, sino simplem ente un nivel socialmente aceptable.
Debe, sin embargo, señalarse que muchos autores de la Econom ía Ambiental se resis-
ten a reconocer la inconmensurabilidad de las externalidades medioam bientales y son
reacios a aceptar la aplicación de estándares que no se basen en la comparación entre
costes y beneficios.
♦ La selección de los instrumentos más adecuados . Una vez determinado el nivel óp-
timo de externalidad − o, en su caso, la norma que determina el nivel aceptable de exter-
nalidad − , será necesario utilizar los instrumentos más adecuados para alcanzarlo. Ya ex-
pusimos, en apartados anteriores, las razones por las que los autores de la Economía del
20 Baumol y Oates dudaban de la cuantificabilidad de muchas de las externalidades ambientales: “es difícil
ser optimista acerca de la disponibilidad, en un futuro previsible, de un cuerpo completo de datos estadísticos
que incluy an el perjuicio marginal neto de las distintas actividades generadoras de externalidades en la eco-
nomía. El número de actividades implicadas y el número de personas afectadas por ellas es tan grande que,
sólo por eso, la tarea adquiere proporciones hercúleas. Añadamos a eso la naturaleza no cuantificable de mu-
chas de las más importantes cons ecuencias (los perjuicios a la salud, los costes estéticos), y la dificultad de
determinar un equivalente monetario para el perjuicio marginal neto resultará clara” (Baumol y Oates, 1983,
p. 163). Es cierto que desde que escribieron esto han sido importantes los avances en los métodos de valora-
ción monetaria, pero también es cierto que Baumol y Oates no mencionan algunos de los problemas más im-
portantes a los que se enfrenta la valoración monetaria como los intereses de las generaciones futuras, la va-
loración de especies no humanas, la incertidumbre y la irreversibilidad.
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Medio Ambiente consideraban difícilmente aplicable la solución negociada de Coase (lo
que no significa que la rechacen e incluso pueden considerar adecuado su uso cuando se
den las condiciones para ello); y como han mostrado una preferencia clara por los ins-
trumentos económicos (tributos, ayudas y permisos de contam inación negociables 21 )
frente a los controles directos de las políticas llamadas de “mandato y control”, tanto si
el objetivo es alcanzar el nivel óptimo de externalidad como si lo es lograr una norm a o
estándar preestablecido 22 . Desde una perspectiva teórica se ha prestado mayor atención
al denom inado “impuesto pigouviano óptimo” es d e ci r , u n i mp u e s t o p o r u n id a d d e
emisión igual a los costes marginales externos en el nivel óptim o de externalidad.
Con ese impuesto se consigue que, en el óptimo, el precio se iguale a los costes margina-
les sociales (suma de costes marginales privados y costes m arginales externos), y la
asignación de recursos resultante cumple así las condiciones de optimalidad paretiana
(se consigue así internalizar la externalidad).
Aunque la mayor parte de la literatura de la Economía del Medio Ambiente se ha
centrado en los instrumentos económicos, merece ser brevem ente glosado aquí el conte-
nido argumental de lo que Tietenberg (1997) ha denominado la tercera fase en la evolu-
ción de las políticas de control de la contaminación 23 : las estrategias de información. Es-
te autor se plantea si, en ausencia de la intervención gubernamental, se generará la canti-
dad de información eficiente. Analizando varios escenarios, Tietenberg señala que, in-
cluso en el caso en que exista relación contractual entre el productor de la contaminación
y el perjudicado, no necesariamente el mercado ofrecerá la cantidad de inform ación ade-
cuada, ya que los productores tienen algo que perder al ofertarla y los consumidores no
tienen normalmente un incentivo para su adquisición debido a que los costes de obtener-
la son muy altos en relación con los beneficios individuales, incluso aunque las ganan-
cias sociales sean elevadas. En estos casos, la intervención estatal, induciendo a la in-
21 Véase, por ejemplo, Franco Sala (1995) para una exposición más detallada de los instrumentos económi-
cos.
22 En este último caso, los instrumentos económicos -concretamente, los impuestos y los permisos nego-
ciables (aunque el impuesto pigouviano óptimo no sería aplicable)- permitirían alcanzar el estándar con m e-
nores costes que si se utilizasen los controles directos. Para que este resultado sea válido no es necesario que
se cumplan las condiciones de competencia perfecta sino que basta con que el comportamiento de las empre-
sas sea minimizar costes (Baumol y Oates, 1982, p. 167).
23 La primera fase sería la aplicación de políticas de “mandato y control” y la segunda serían los enfoques
basados en el mercado como los impuestos o los permisos negociables.
María Rosario Díaz Vázquez
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formación en el mercado y asegurando su fiabilidad, puede conducir a que el m ercado
adopte una solución eficiente.
Pero, como advierte Tietenberg, la introducción de estrategias de información es más
compleja cuando no existe relación contractual entre el que produce la contam inación y
el perjudicado. Dado que el fallo en la provisión de información aumenta la cantidad de
contaminación, el daño causado sería una externalidad. Este autor, partiendo de las cua-
tro funciones básicas que caracterizan una estrategia de información típica –i) estableci-
miento de mecanismos para detectar los riesgos medioambientales; ii) asegurar la fiabi-
lidad de la información; iii) difundir la información y iv) actuar sobre la información, es-
to es, establecer los canales a través de los cuales puede presionar la información − anali-
za los problemas y soluciones que pueden plantearse para este caso y los aspectos en los
que sería necesaria la intervención pública.
Señalemos, finalmente, que adem ás del uso de los instrumentos económicos y de las
estrategias de información para corregir los fallos de mercado, la Economía del Medio
Ambiente también hace hincapié en la necesidad de suprim ir “fallos del sector público”,
entendiendo esto último como la obligación de eliminar o corregir los sistem as de incen-
tivos públicos que introducen distorsiones en las decisiones de los agentes favoreciendo
comportamientos m edioambientalmente perjudiciales.
1.2.1.4. La valoración monetaria del medio ambiente: principales métodos y
críticas
Creemos haber justificado, en las líneas precedentes, hasta que punto la Economía
Ambiental considera relevante la valoración de los costes y beneficios ambientales en el
proceso de toma de decisiones que conforman la política am biental. También hemos se-
ñalado que, a pesar del programa de normas y gravám enes propuesto por autores como
Baumol y Oates, son muchos otros los que se resisten a aceptar la inconm ensurabilidad
de los daños medioambientales. Dado el singular papel que desem peña la valoración
monetaria en la conformación positivo-norm ativa de aquel enfoque, consideramos
necesario detenernos brevemente en los métodos propuestos de valoración m onetaria y
en las principales críticas que a los mismos se han dirigido, lo que nos perm itirá
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
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desvelar el contenido de posiciones rivales em anadas de enfoques alternativos, así
como las contradicciones mi smas que afectan al desarrollo de la Econom ía Am -
biental.
En efecto, las reglas convencionales de la eficiencia económica exigen comparar los
costes y beneficios pero, para poder hacerlo, deben estar ambos expresados en las mi s-
mas unidades, considerándose el dinero como la unidad adecuada ya que es la medida
que se utiliza en los mercados de los demás bienes. Por lo tanto, para que la com paración
tenga sentido, será también necesario disponer del valor de m ercado de los bienes me-
dioambientales.
Si esto es así, y lo que se pretende es obtener una valoración monetaria, el hecho
de que los individuos atribuyan al medio ambiente un valor económico positivo sig-
nifica que, en un hipotético mercado, estarían dispuestos a pagar por obtenerlo o es-
tarían dispuestos a recibir un pago por cederlo. Los esfuerzos, por tanto, se
deben dirigir a tratar de captar esa valoración que los individuos hacen de los bienes
y servicios ambientales, es decir, cuánto estarían dispuestos a pagar por seguir disfru-
tando de ese bien o cuánto estarían dispuestos a recibir como compensación si
se les privase de ese bien. El principal escollo estriba en que una gran parte de las
externalidades medioambientales tienen características de bien público lo que des-
emboca lógicamente en el controvertido problem a de la revelación de prefe-
rencias.
La valoración monetaria se asienta así sobre un enfoque antropocéntrico e
individualista, en el que el medio ambiente tiene un valor porque los individuos de la
generación actual, que son los que expresan sus preferencias, se lo asignan,
de forma que las otras especies y las futuras generaciones sólo se tendrán en cuenta
en tanto que influyan en el bienestar de los individuos de la generación ac-
tual.
Siguiendo a Pearce y Turner (1995, p. 173 y ss.), el valor económico total (VET)
de los recursos ambientales incluye no sólo el valor de uso actual sino también el va-
lor de opción (se valora dejar abierta la opción de usarlo en el futuro por el propio
individuo o por otros individuos incluidas las generaciones futuras) y el valor de
María Rosario Díaz Vázquez
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rantizarles que los demás también lo serán (por lo que aunque ellos actúen de form a al-
truista el problema puede quedar sin resolverse y podrían ser los únicos que habrían pa-
gado por ello).
Por lo tanto, la paradoja de Sen, combinada con el argumento de la seguridad, perm i-
ten conjeturar (sino aseverar) que al menos una parte de los intereses individuales con-
cernientes al medio ambiente, no se reflejan adecuadamente en el mercado (o no lo hacen
en absoluto), como sí lo harían los correspondientes a los demás bienes y servicios y ,
consecuentemente, la expresión adecuada de esos intereses, que podemos denominar
“sociales”, requeriría algún proceso a través del cual pudiesen surgir normas que guiasen
los comportamientos en esa sociedad (por ejem plo, el proceso político). De esta forma,
los individuos podrían estar dispuestos a expresar esos intereses porque tendrían al me-
nos ciertas garantías de que su actuación podría conducir a resolver el problema (y no a
perderse en un mar de individualismos) y de que sus intereses podrían ser socialm ente
respetados.
Añadamos que estas críticas a las capacidades del comportamiento individualista para
captar determinados valores se ven reforzadas por la crítica a la consideración de que las
preferencias de los individuos son unidimensionales. Detengám onos brevemente en esta
cuestión, a través de la “dicotomía consumidor/ciudadano” expuesta por Sagoff (1988) 30 .
Según exponen Blamey y Common (1994, p. 179), para Sagoff los individuos actúan
como consumidores tratando de satisfacer sus propios intereses individuales pero tam-
bién actúan como ciudadanos preocupándose por el bienestar de la comunidad, por el in-
terés público. Estos dos tipos de intereses pueden ser conflictivos y los agentes tratarán
de equilibrar las preferencias que de tal dicotomía se derivan. En cuanto a los intereses
por el bienestar colectivo, parece obvio que descansan sobre argumentos éticos y morales
y estarían en el origen de la “regulación social” emanada del proceso político. Precisa-
mente por ello, y para Sagoff, ante decisiones “importantes” guiadas por una racionalidad
ética, como son muchas de las relacionadas con el m edio ambiente, los individuos actúan
como ciudadanos y no como consumidores. Co n s e c u e n t e m e n te , a n t e e s t e t i p o d e c o m -
portamientos, la determinación de objetivos no puede basarse en la agregación de las
preferencias individuales de los agentes en tanto que consumidores sino que deben
30 Cit . en Blamey y Common (1994).
María Rosario Díaz Vázquez
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surgir del debate en el seno de la sociedad civil, o sea, en el ám bito del proceso políti-
co.
Por otra parte, hay autores que sugieren que los actuales métodos de valoración con-
tingente en realidad demandan que los individuos consultados elijan entre bienes ordina-
rios (ingresos) y un principio moral (Vatn y Bromley, 1995, p. 9). De hecho, en la prácti-
ca de la valoración contingente suele ser importante el grado de no respuestas, lo cual
puede estar mostrando un rechazo de los individuos a tal planteamiento (Azqueta, 1994,
p. 167). Pero aunque los individuos no rechacen responder, las valoraciones monetarias
obtenidas podrían considerarse bastante arbitrarias si responden como ciudadanos tratan-
do de expresar un posicionamiento ético, ya que, en estas circunstancias, cada agente de-
fendería su posición con independencia de las cifras que se manejen en la valoración mo-
netaria.
Es difícil negar la dimensión moral de muchas elecciones m edioambientales, no sólo
con respecto a la vida humana (y su calidad) sino también al derecho a la vida de otros
seres y a los derechos de futuras generaciones. A ello se une el hecho de que estamos an-
te decisiones caracterizadas por la incertidumbre y la posible irreversibilidad. En suma,
existen una serie de terrenos en los que el individuo no parece moverse por la norm as
económicas de comparación en el m argen. Según Vatn y Bromley, en esos casos, “el de-
bate colectivo es necesario para formar un entendimiento colectivo, y para construir unas
bases coherentes para la elección” (Vatn y Bromley, 1995, p. 18). Si se considera que en
l a form ación de las preferencias individuales influyen decisivamente los procesos so-
ciales a través de los cuales los individuos interiorizan normas y valores y que los in-
dividuos forman sus preferencias como parte del grupo social al que pertenecen, todo
parece indicar que la s n o rm as y c onvenciones sociales emanadas de ese proceso se con-
vierten en instrumentos que permiten a los individuos enfrentarse a decisiones caracteri-
zadas por su gran importancia y complejidad, difícilmente manejables desde la racionali-
dad privada (Vatn y Bromley, 1995, p. 17).
c) Críticas relacionadas con la influencia de la estructura de derechos subyacen-
te . Como ya señalamos, en la valoración contingente los individuos expresan sus prefe-
rencias a través de su disposición a pagar (DP) o de su disposición a ser compensados
(DC). Sin embargo, aunque desde la teoría pueda parecerlo, no es irrelevante en la prácti-
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ca cuál de las dos medidas se utilice. S i a mb a s d i f i er e n , l a v a lo r a c ió n mo n e t a r i a e s p r o -
blemática ya que se podría justificar una política de prevención de pérdidas si utili-
zamos la DC pero no justificarse si utilizamos la DP. De h ec ho, en los ejercicios de va-
loración contingente se observa que la DC es sistemáticamente m uy superior a la DP. E s -
to se debe, por una parte, a que en la DP los individuos perciben la restricción im -
puesta por el ingreso, lo que no sucede en la DC. Pero en la literatura se ha destacado
que esa diferencia puede también estar explicada porque los individuos valoran de
forma asimétrica las pérdidas y las ganancias, y lo que consideren una pérdida o una
ganancia estará muy condicionado por la percepción que tienen de la estructura de de-
rechos (reales o presumidos).
Según Pearce y Turner (1995, p. 173), el hecho de que los individuos perciban de
forma diferente pérdidas y ganancias ha sido caracterizado por los psicólogos en tanto
que una “disonancia cognitiva”. Los individuos parten de una posición inicial que
consideran “normal”. Cualquier ganancia con respecto a esa posición “normal” se
considerará un beneficio adicional valorable, pero cualquier pérdida con respecto a lo
“normal” adquiere la dimensión de una renuncia a sus “derechos”. En el prim er caso
se observaría una “estructura de adquisición” mientras que en el segundo se produci-
ría una “estructura de compensación”. Por lo tanto, en este contexto, los individuos
valoran más una pérdida que una ganancia, desde la posición “normal”, y relacionan
la pérdida con la compensación y la ganancia con el pago. Ahora bien, que algo se
considere como una pérdida o como una ganancia dependerá de los derechos de pro-
piedad presumidos o reales, y como la compensación se relaciona con la pérdida y el
pago con la ganancia, la DC y la DP están introduciendo implícitamente considera-
ciones opuestas sobre los derechos de propiedad. Consecuentemente, no es irre-
levante que la cuestión se plantee en términos de DC o de DP, ya que, en el primer
caso se les está transmitiendo la señal de que pierden un derecho por lo que deben ser
compensados, mientras que en el segundo obtendrían una ganancia a la que no tendrí-
an derecho por lo que deben pagar por ella, y esto quedará reflejado en las valoracio-
nes (Azqueta, 1994, p. 44), de manera que si lo que efectivamente se pretende es ob-
tener valoraciones que puedan utilizarse en el proceso de toma de decisiones, deberá
ponerse especial cuidado al elegir entre la DC y la DP, es decir, al seleccio-
nar la posición “normal”. En efecto, según Vatn y Bromley (1995, p. 15), si se pre-
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sume que un individuo tiene derecho a algo, el enfoque relevante es la DC, mientras
que si se supone que no lo tiene, lo adecuado es la DP. No obstante, como matizan es-
tos autores, el problema de fondo radica en la ambigua estructura de derechos
de propiedad de muchos de los bienes y servicios medioambientales, lo que puede
llevar a confusión a los propios individuos, pero también puede crear conflicto entre
lo que percibe el encuestado y lo que percibe el encuestador (Vatn y Bromley, 1995,
p. 16).
En resolución, y como señala Azqueta (1994, p. 45), para poder elegir adecuada-
mente entre la DC y la DP será necesario adoptar previamente una decisión sobre los
derechos de la persona y los de la sociedad, lo cual trasciende el ámbito estrictamente
técnico de la cuestión. De ahí que el problema presente complicaciones adicionales.
Tal es el caso si los individuos a los que se les pregunta en tanto que consum idores
responden en tanto que ciudadanos, es decir, si los individuos parten de la considera-
ción de que el activo medioambiental es propiedad de toda la sociedad, lo que puede
no sólo generar divergencias entre la DC y la DP sino, adicionalmente, aunque se
presuma un derecho, dar como resultado la inadecuación de la DC. En el caso de que
a los individuos que razonan como ciudadanos se les pregunte por la DP para mante-
ner un bien que consideran de propiedad colectiva (o en el que se introduzcan consi-
deraciones morales como el derecho a la vida de otras especies), esa valoración puede
estar sesgada porque puede tener simplemente el carácter de donación para ayudar a
mantener un activo cuya preservación consideran que es responsabilidad de la acción
colectiva. Por el contrario, si se les pregunta por la disposición a recibir un pago por
el hecho de que desaparezca un bien que se considera propiedad social, los individuos
pueden interpretarlo como un soborno por actuar inmoralm ente, por lo que, o bien
pueden rechazar el planteamiento, o bien la compensación exigida deberá ser muy
elevada para que ellos acepten abandonar sus responsabilidades como ciudadanos
(Blamey y Common, 1994, p. 200).
Estimamos, por lo tanto, que la generalidad de las críticas dirigidas a la divergen-
cia entre la DP y la DC relativizan el resultado de la valoración monetaria y de la
comparación entre costes y beneficios, ya que aquel no será unívoco sino que depen-
derá de la estructura de derechos subyacente. Estamos pues ante una crítica dirigida a
los autores que pretenden eludir las consideraciones morales inherentes a la adjudica-
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
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ción de derechos utilizando el argumento de los beneficios y los costes stricto
sensu .
Además de las críticas mencionadas debem os hacer referencia a otro importante
problema que es el de la elección de la tasa de descuento puesto que adquiere gran
importancia en la Economía del Medio Ambiente para la actualización de la corriente
de costes y beneficios y para la determinación del ritmo de uso de los recursos.
Los argumentos que se utilizan para justificar el uso de tasas de descuento positi-
vas son básicamente dos (Pearce y Turner, 1995, p. 269) 31 . El primero es que los in-
dividuos son impacientes, prefieren obtener sus beneficios ahora y no en el futuro. El
segundo se basa en la productividad del capital ya que, si se decide sustituir consumo
presente por inversión, los recursos invertidos permitirán un ma yor consumo en el fu-
turo que si se consumieran ahora. Ahora bien, el uso de una tasa de descuento positi-
va y elevada puede tener efectos negativos sobre las generaciones futuras (Pearce y
Turner, 1995, pp. 278-79):
− Cuanto mayores sean las tasas de descuento, tendrían más posibilidades de superar el
test del análisis coste-beneficio los proyectos cuy os beneficios se obtienen fundamen-
talmente a corto plazo y cuyos costes se producen principalmente a largo plazo.
− Los proyectos que ofrezcan beneficios sociales a largo plazo no se verán favorecidos
por el análisis coste-beneficio si las tasas de descuento son elevadas.
− Elevadas tasas de descuento pueden desanimar la inversión y dism inuir así la herencia
de capital de las generaciones futuras.
Teniendo en cuenta estos posibles efectos sobre las generaciones futuras, se ha plan-
teado la posibilidad de una diferenciación entre una tasa de descuento privada y una tasa
de descuento social que serían el resultado, respectivamente, de las preferencias indivi-
duales actuando en su propio interés y de las preferencias de los individuos como ciuda-
danos. Con esta diferenciación se pretende destacar el hecho de que las tasas de descuen-
31 Véase una panorámica de la lógica del descuento y de sus principales críticas en Pearce y Turner (1995,
p. 267 y ss.) y Azqueta (2002, p. 143 y ss.).
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
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to del mercado o privadas serían demasiado elevadas al no recoger adecuadam ente la
consideración de los individuos hacia las futuras generaciones, consideración que sí po-
dría reflejarse en las tasas sociales, debiendo así ser estas últimas más reducidas.
Sin embargo, Pearce y Turner encuentran algunos problemas en estos planteamientos.
Por un lado, consideran que los defensores de disminuir las tasas de descuento no se pro-
nuncian sobre el quantum de la reducción, lo que se traduce en una teoría indeterminada
sobre la selección de la tasa. Por otro lado, señalan que la relación entre elevadas tasas de
descuento y deterioro medioambiental no es única, si tenemos en cuenta que elevadas ta-
sas de descuento podrían tener efectos depresivos sobre la inversión y, por ello, sobre la
demanda de recursos naturales. Además, tasas elevadas de descuento podrían desincenti-
var proyectos de desarrollo que compiten con usos más ambientalmente benignos de los
recursos. Por tanto, no es fácil predecir un efecto claro entre la elección de la tasa de des-
cuento y el ritmo de uso de los recursos, razón por la que estos autores plantean comple-
mentar la valoración monetaria con un requerim iento de sostenibilidad, cuestión sobre la
que volveremos en el siguiente apartado.
En fin, las críticas vertidas sobre la valoración monetaria del medio ambiente han
conducido a que incluso autores defensores de la valoración monetaria y del criterio cos-
te-beneficio adopten una posición de cautela ante el uso exclusivo de este criterio para la
toma de decisiones medioam bientales en los casos en que estas se caractericen por una
gran incertidumbre y por la irreversibilidad. En este sentido se expresa Azqueta ( 1996, p.
45) cuando afirma que “la fortaleza de estos métodos se encuentra en descubrir lo que
la gente pagaría en un hipotético mercado por el valor de uso de una serie de servicios
no esenciales de los recursos ambientales: sería incorrecto pretender otra cosa de
ellos”.
1.2.1.5. Cambios introducidos por la Economía del Medio Ambiente en el enfoque
económico convencional
En todo lo expuesto hasta ahora nos hemos centrado en el carácter nuclear del con-
cepto de externalidades en las aportaciones de la Economía del Medio Ambiente y
hemos señalado los principales problemas que plantea la internalización de las externali-
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
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d ad e s m e di oa m bi en t al es d ad o su ca r ác te r es p e cí fi c o (debido fundamentalmente a la
existencia de externalidades stock y d e e x t e r n a l i d a d e s d i a c r ó n i c a s ) . Sin embargo, y
como ya hemos argumentado, la corrección de las externalidades basada en la valoración
monetaria del medio am biente no es considerada suficiente por todos los autores de este
enfoque para garantizar la sostenibilidad del desarrollo económico. Precisamente por
ello, trataremos a continuación de presentar los principales cam bios analíticos que la
Economía del Medio Ambiente ha planteado en el enfoque económ ico convencional, lo
que nos va a permitir especificar los dos criterios principales para la sostenibilidad que
de ella surgen y que serán analizados in extenso en el apartado 1.3.2.
En efecto, y como ya hemos señalado en epígrafes anteriores, la Economía del Medio
Ambiente no propone un planteamiento rupturista con el pensamiento económico con-
vencional aunque se le haya calificado, en ocasiones, de revisionista ya que la importan-
cia de la interacción entre la economía y el medio natural conllevará necesariamente la
incorporación de algunas modificaciones en la visión económica tradicional, pero sin al-
terarla en lo sustancial. Procedamos pues a analizar tales cambios.
Como matiza Roberto Berm ejo (1994), el paradigma convencional se basa en tres
puntos fundamentales: 1) El libre mercado asigna eficientemente los recursos; 2) El cre-
cimiento económico está directamente relacionado con el bienestar, y aparece suficien-
temente representado por los indicadores de renta de las contabilidades nacionales; 3) Es
posible y necesario el crecimiento ilimitado. Pues bien, las modificaciones que introduce
la Economía del Medio Ambiente según Roberto Bermejo son las siguientes: “1) El
mercado asigna normalm ente bien los recursos, excepto en el terreno ambiental, por lo
que hay que valorar los daños ambientales y añadir estos valores a los precios para que
el mercado sea de verdad universalmente eficiente; 2) El crecimiento económico es si-
nónimo de bienestar, siempre que el bien ambiental no sea alterado sustancialm ente. Si
lo es, a los indicadores de riqueza (bienestar) habrá que restarles el valor asignado a este
bien; 3) El crecimiento ilimitado es posible y necesario, pero hay que preocuparse de
que los recursos físicos fundamentales del planeta no sean destruidos” (Bermejo, 1994,
pp. 103-104).
A partir de la cita precedente, vale la pena profundizar en el alcance de esos cambios
introducidos por la Economía del Medio Ambiente en el enfoque convencional, desta-
cando los seis que consideramos má s significativos.
María Rosario Díaz Vázquez
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En primer lugar, se enfatizan las funciones económicas que desempeña el medio na-
tural y, a través de ellas, se establece la interacción entre economía y medio ambiente.
Se distinguen, en este contexto, tres funciones económicas del medio am biente:
a) Proporciona recursos al sistema económico.
b) Es el receptor último de residuos.
c) Proporciona utilidad estética y bienestar espiritual.
Estas funciones del medio son económicas “porque todas tienen un valor económico
positivo: si las vendiéramos o compráram os en el mercado, todas tendrían precios posi-
tivos” (Pearce y Turner, 1995, p. 70).
En segundo lugar, la relación entre el proceso económico y el medio ambiente se
percibe como un flujo circular − denominado por Pearce y Turner (1995, p. 70) eco-
nomía circular o modelo de “balance de materiales” − , frente a la visión lineal del sis-
tema económico tradicional. Este flujo circular considera que el proceso económ ico
se inicia con un flujo de recursos naturales destinados a la producción de bienes de
consumo que posteriormente serán consum idos generando utilidad o bienestar. Pero,
tanto en el momento de obtener los recursos naturales como en los procesos de pro-
ducción y consumo, se generan residuos, algunos de los cuales pueden ser reciclados
y pueden así volver a utilizarse en la producción como recursos, pero otros se pierden
inevitablemente como se deriva de la Segunda Ley de la Termodinámica, por lo que
será necesario que sean asimilados por el medio am biente. Se incorpora así la Segun-
da Ley, aunque sólo en la medida en que se reconoce que el sistema económico gene-
ra residuos que no son siempre reciclables de form a que el m edio ambiente, como
sumidero de residuos, cumple también una destacable función económ ica. En este
esquema circular se tiene también en cuenta que el medio am biente puede proporcio-
nar directamente utilidad o bienestar a los individuos en forma de disfrute estético y
bienestar espiritual.
En tercer lugar, debido precisamente a las funciones señaladas, se reconoce la posibi-
lidad de que, si no se utiliza racionalmente, el m edio ambiente puede suponer un lím ite
María Rosario Díaz Vázquez
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al crecimiento continuado (entendido como el increm ento continuado del ingreso real
per cápita). Si no tenemos en cuenta la importancia de las funciones económicas presta-
das por el medio natural podemos disfrutar de un crecim iento económico intenso pero
breve. De ahí la necesidad de disponer de criterios que conduzcan a un uso racional del
medio ambiente.
En cuarto lugar, el deterioro del medio ambiente se debe a la sobreexplotación a la
que se ve sometido. El origen de esa sobreexplotación está en que para muchos de los
bienes y servicios que presta el medio natural el mercado no funciona correctam ente, por
lo que carecen de precio (o son muy baratos). Es así necesario dotar de racionalidad eco-
nómica al uso del medio ambiente y el criterio más adecuado para guiar los procesos de
toma de decisiones es la comparación entre los costes y beneficios monetarios, para lo
cual será necesario imputar valores monetarios al m edio ambiente que permitan esa
comparación y eviten su despilfarro. Pero, a diferencia de otros bienes y servicios en los
que su valor económico está relacionado con la capacidad de excluir a otros de su uso (o
de su propiedad), el valor económico (VET) de los activos m edioambientales incluye el
valor de uso actual, el valor de opción y el valor de existencia.
En quinto lugar, la base de la valoración monetaria en la Economía del Medio Am -
biente sigue estando en la expresión de las preferencias de los individuos en el mercado.
Ahora bien, si el valor económico total del medio ambiente incluye un valor de opción y
un valor de existencia, las preferencias del individuo no responden al típico patrón egoís-
ta convencional. El comportamiento del individuo podría así estar guiado por una racio-
nalidad ampliada en la que tiene cabida el altruismo en la forma de interés, sim patía o
respeto por otros seres humanos, presentes o futuros, y por otras especies, con lo que se
incorporan aspectos éticos que chocan con la racionalidad egoísta de mercado propia del
supuesto convencional, lo que conduce a serias contradicciones cuando, para estimar el
VET, se recurre a simular aquella racionalidad.
En sexto y último lugar, el objetivo ya no es el crecimiento económico sino el creci-
miento económico sostenible. Esta am pliación temporal supone, consecuentem ente, la
necesidad de tener en cuenta las implicaciones que las decisiones económicas actuales
tienen sobre las futuras generaciones. La Economía Ambiental trata de incorporar en sus
valoraciones monetarias a las generaciones futuras aplicando una tasa de descuento, mé-
María Rosario Díaz Vázquez
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todo que, como y a hemos visto, ha sido muy discutido y considerado insuficiente por al-
gunos autores 32 .
A pesar de todas las modificaciones señaladas, hemos insistido en que no alteran en
lo sustancial el enfoque convencional puesto que, aunque trate de ampliar su objeto de
estudio a bienes que, por su propia naturaleza, no son apropiables ni intercam biables (ca-
recen de valor de cambio en el mercado), la solución adoptada es la de imputar valores
monetarios a esos bienes simulando, para ello, m ercados hipotéticos, por lo que sigue
siendo un enfoque centrado en los valores de cambio, si bien, ahora, a través de la m en-
cionada imputación. La escasez sigue siendo subjetiva y se trata de captar a través de esa
valoración monetaria. Por lo tanto, aunque se tengan en cuenta las funciones que desem-
peña el capital natural no se hace referencia a su escasez física absoluta, por lo que per-
siste un enfoque analítico cerrado al mundo físico y, consecuentemente, no trasciende la
esfera de lo social (en el sentido convencional del término).
Ahora bien, ante las debilidades que muestra este planteamiento frente a la posibili-
dad de pérdidas naturales irreversibles, ya comentadas en las críticas a la valoración mo-
netaria y a la elección de la tasa de descuento, algunos autores de la Economía del Me-
dio Ambiente han considerado que el criterio de toma de decisiones basado en la compa-
ración de la corriente actualizada de costes y beneficios no es suficiente para garantizar
la sostenibilidad del crecimiento económico.
Precisamente al hilo de esta insuficiencia, Pearce y Turner proponen un procedi-
miento alternativo que permitiría incorporar el requisito de sostenibilidad en la toma
de decisiones. Estos autores defienden que el requisito de sostenibilidad quedaría
bien representado en la exigencia de mantener constantes las existencias de capital
natural. Por tanto, “al evaluar decisiones, podemos integrar la sustentabilidad en la
decisión imponiendo la limitación de que, sean cuales sean los otros beneficios y cos-
tes asociados a la decisión, las existencias de capital natural deben ser constantes. (...)
Por ejemplo, para apoyar un determinado proyecto los beneficios deberían ser ma yo-
res que los costes, pero sería un requisito que cualquier daño ambiental producido
por dicho proy ecto debiera ser compensado a través de la restauración y la rehabilita-
ción”. Y concluyen: “Obviamente, la idea del principio de sustentabilidad es contro-
32 Cuando no radicalmente criticado. Es el caso de Georgescu-Roegen. En el contexto de la presente nota,
baste referenciar la breve pero incisiva glosa que hace Martínez Alier (1994, pp. 46-49) a este respecto.
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a) La naturaleza entrópica del proceso económico.
b) La escasez absoluta de los recursos.
c) La evolución unidireccional irreversible del proceso económico.
d) La imposibilidad del crecimiento económ ico ilimitado.
e) La complementariedad entre los recursos naturales y otros factores de producción en
el proceso productivo.
a) La naturaleza entrópica del proceso económico . Como sostiene Georgescu-Roe-
gen no podemos entender el proceso económico com o un proceso circular y cerrado tal
como lo concibe la economía convencional. Debemos, por el contrario, entenderlo com o
un proceso unidireccional y abierto que, para mantener su propio orden, absorbe del me-
dio materia-energía en estado de baja entropía que posteriorm ente se devuelve al medio
en estado de alta entropía. En otras palabras, el proceso económico toma recursos natu-
rales y emite residuos (termodinám icos) sin valor (Georgescu-Roegen, 1989, pág 62), es
decir, en alto grado inservibles para su reutilización en tanto que inputs energéticos. En
este sentido, el proceso económico es un proceso entrópico que no crea m ateria ni ener-
gía sino que “simplemente” transform a baja en alta entropía.
b) La escasez absoluta de recursos . Como resulta evidente, a partir de la escala de
valores dominante, el objetivo perseguido por los procesos económicos no es convertir
recursos en desperdicios sino el disfrute de la vida (a través de la diversificación acumu-
lativa de bienes y servicios), lo que, en definitiva, constituye una finalidad inmaterial.
Pero para poder mantener ese flujo y, por tanto, para colmar aquel objetivo, la disposi-
ción de la baja entropía proporcionada por el entorno físico-material se hace im prescin-
dible. A ello se añade el hecho de que todos los objetos con valor económico tienen una
estructura ordenada y, en consecuencia, una entropía baja. Estas consideraciones, unidas
a las expuestas en el punto anterior, conducen al autor a estas dos reflexiones: primera,
que “la lucha económica del hombre se centra en la baja entropía del medio” y, segunda,
“que esta es escasa en un sentido diferente al de la tierra ricardiana que, como los yaci-
mientos carboníferos, se halla disponible en cantidades limitadas. La diferencia estriba
en que un pedazo de carbón se puede utilizar sólo una vez” (Georgescu-Roegen, 1989,
p. 66). Por tanto, “la ley de la entropía es el meollo de la escasez económica. Si no fuera
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por esta ley usaríamos la energía de un pedazo de carbón una y otra vez, transformándo-
la en calor, el calor en trabajo, y el trabajo otra vez en calor” (Georgescu-Roegen, 1975,
p. 789).
Ciertamente, podría argumentarse que la Tierra flota en un gran almacén de energía
disponible (esto es, en un estado aprovechable para el hombre) pero esto “no significa
que el hombre pueda realmente usar cualquier energía disponible sin tomar en cuenta el
lugar y la forma en que se encuentre. Para que la energía aprovechable [disponible] ten-
ga algún valor para la humanidad debe también ser accesible ” (Georgescu-Roegen,
1975, p. 790, cursiva en el original) y que su aprovechamiento no suponga un gasto
energético mayor que la energía que podemos aprovechar.
De ahí que resulte indispensable analizar cuáles son las principales fuentes de baja
entropía disponibles para los humanos: por un lado, la energía libre recibida del Sol y,
por otro lado, la energía libre y las estructuras materiales ordenadas que están almacena-
das en las entrañas de la Tierra. Mientras que la energía solar es un flujo, la energía y las
estructuras materiales de la Tierra que proporcionan baja entropía son un acervo. El pro-
blema radica en que las bases productivas y organizativas de la sociedad industrial no
han sido diseñadas para el aprovechamiento del flujo solar ni de la energía libre (eólica,
por lo esencial), sino para la explotación irrestricta del acervo limitado que proporciona
la Tierra, cuy os recursos asequibles son, obviamente, finitos: “Por principio, existe el
sencillo argumento de que, precisamente como ha ocurrido con muchas leyes naturales,
las leyes en que basamos la finitud de los recursos accesibles serán, a su vez, refutadas.
La debilidad de este argumento histórico es que la historia prueba con más fuerza aún,
primero, que en un espacio finito solamente puede haber una cantidad finita de baja en-
tropía y segundo, que la baja entropía continua e irrevocablemente va dism inuyendo”
(Georgescu-Roegen, 1975, p. 798).
Como ya se vislumbra en la cita anterior, las consideraciones de Georgescu-Roegen
sobre la escasez de los recursos le han conducido a criticar lo que él ha denominado “la
falacia de la sustitución infinita”, es decir, la idea de que la humanidad, mediante el pro-
greso tecnológico continuado, siempre encontrará recursos adicionales para sustituir
aquellos que se vuelven escasos.
Adopta así el autor una postura contraria a la de los econom istas afectos a la corriente
principal, los cuales suelen oponerse a la idea de una posible escasez real y general de
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Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
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los recursos que impida el crecimiento acum ulativo. Es más, algunos han defendido la
imposibilidad de referirse a la escasez absoluta de recursos naturales ya que la definición
básica de la categoría “recurso” cambia con el tiempo: lo que actualm ente consideramos
como tales pueden no serlo en el futuro, y viceversa, dependiendo tanto de los avances
tecnológicos como de los cambios institucionales. Pero, según Georgescu-Roegen, estos
autores olvidan no sólo los principios de la accesibilidad y disponibilidad sino que, ade-
más, “ y dado que todas las clases de recursos juntas representan una cantidad finita,
ningún cambio taxonómico puede ir más allá de esa finitud ” (Georgescu-Roegen, 1975,
p. 800, cursiva en el original). Razón por la que, finalmente, se opone a la idea de la sus-
titución infinita puesto que “ la sustitución dentro de una existencia finita de baja entro-
pía accesible , cuya irrevocable degradación es acelerada por el uso, no puede posible-
mente continuar para siempre” (Georgescu-Roegen, 1975, p. 802, cursiva en el origi-
nal) 38 .
c) La evolución unidireccional irreversible del proceso económico . Como sostiene
Georgescu-Roegen (1989, p. 67), “el proceso económico está cimentado sólidam ente en
una base material sujeta a determinadas restricciones. En razón de estos obstáculos, el
proceso económico tiene una evolución unidireccional irrevocable” y, por lo tanto, es
irreversible como lo es cualquier otro proceso de la vida. Es más, “debido a la ley de la
entropía, entre el proceso económico y el medio ambiente hay un nexo dialéctico. El
proceso económico cambia el medio ambiente de forma irrevocable y es alterado, a su
vez, por ese mism o cambio también irrevocable” (Georgescu-Roegen, 1994, p.
312).
d) La imposibilidad del crecimiento económico ilimitado . En un mundo finito no es
posible el crecimiento económico continuado, tanto porque los recursos (baja entropía)
son limitados, como porque la capacidad de asimilación de residuos del medio también
lo es. En palabras de nuestro autor: “Debido a la naturaleza entrópica del proceso eco-
nómico, los desechos son un producto tan inevitable como el insumo de los recursos na-
turales” y como, por añadidura, “la ley de la entropía no prevé formas de enfriar un pla-
neta sometido a calentamiento continuo, la contam inación térmica puede ser un obstácu-
lo de mayor importancia para nuestro desarrollo que la finitud de los recursos accesi-
38 T a m p o c o el reciclado permite escapar de tal finitud y a que ello exige la utilización de “una cantidad adicional
de baja entropía mucho may or que el decremento registrado en la entropía de lo que se está reciclando. No existe el
reciclaje gratuito, como tampoco una industria sin desechos” (Georgescu-Roegen, 1989, p. 68 ).
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bles” (Georgescu-Roegen, 1975, pp. 795 y 797). Si a todo ello añadimos que tanto la
creciente puesta en práctica de procesos de reciclaje, como el control y, en su caso, la
disminución de la contaminación am biental, exigen el consumo progresivo de energía
adicional, de todo ello se colige que no sólo estamos ante la imposibilidad referida, sino
que, por añadidura, esta va asociada, por una parte, a una consecuencia preocupante a
nivel planetario: el cambio climático; y, por otra, al inevitable problema del incremento
de los costes energéticos.
Pero nuestro autor no limita su crítica a los términos antedichos. La extiende a la mo-
derna tesis del estado estacionario. En efecto, Georgescu-Roegen (1975, p. 811) sostiene
que “el error decisivo consiste en ignorar que no sólo el crecimiento, sino también un es-
tado de crecimiento cero, es más, aún un estado declinante que no converja a la aniquila-
ción, no puede existir para siempre en un medio ambiente finito”. Dicho de otra form a,
se reafirma en los límites temporales de todo proceso económico: un eventual estado es-
tacionario también estaría sometido a una duración finita.
En última instancia pues, no parece realista la prohibición de detener (ya no digam os
de invertir) la marcha del proceso entrópico; a lo más que podemos aspirar es a “preve-
nir cualquier deterioro innecesario de los recursos y del medio ambiente, pero sin pre-
tender que sabemos lo que significa exactamente ´ innecesario` en este contexto” (Geor-
gescu-Roegen, 1975, p. 805).
e) La complementariedad entre los recursos naturales y otros factores de producción
en el proceso productivo . Georgescu-Roegen se refiere aquí a la (su) distinción entre
stocks , fondos y flujos, es decir, a lo que se ha denominado el modelo de flujo de fondos.
La intensidad en el consumo de los stocks puede decidirse, es decir, pueden llegar a ago-
tarse a un ritmo de explotación creciente o, alternativamente, cabe plantear un uso lento
de los mism os. La explotación de los stocks produce flujos. El proceso económ ico se
alimenta de un flujo de recursos naturales de baja entropía (materias primas). El fondo
de agentes, que en el proceso económico serían fundamentalm ente el trabajo y el equipo
de capital, son los encargados de la transformación de los flujos de recursos pero no se
incorporan físicamente al producto. Puede haber gran sustituibilidad entre los dos fon-
dos, el del trabajo y el del capital, o entre diversos flujos de recursos pero es m uy escasa
la sustituibilidad entre los fondos y los flujos. De ahí que en el proceso de producción,
los fondos y los flujos son complementos antes que sustitutos entre sí (Daly y Cobb,
María Rosario Díaz Vázquez
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1993, pp. 180-181) 39 . Consecuentemente, con el modelo de flujo de fondos, Georgescu-
Roegen pone de manifiesto la incoherencia lógica en la que incurren las funciones de
producción neoclásicas que se asientan sobre el supuesto de sustituibilidad casi perfecta
entre los recursos naturales (flujos) y el trabajo-capital (fondos).
De las ideas de Georgescu-Roegen expuestas se deducen claramente críticas a la base
misma de la visión del proceso económ ico convencional. Pero el autor no se limita a
cuestionar esta última sino que también pone en tela de juicio los planteam ientos “neo-
energetistas”. Veamos esto con algún detenimiento.
Por una parte, critica lo que ha denominado “el moderno dogma energético” que,
centrando el problema en la energía, considera que disponiendo de suficiente energía
podían obtenerse los materiales deseados, es decir, podría reciclarse la materia com ple-
tamente por mucho que se disipase, por lo que la relación entre la existencia de la huma-
nidad y el medio ambiente se reduciría a un problema energético. Sin embargo, el propio
Georgescu-Roegen (1983, p. 837) estima erróneo caer en el reduccionismo energetista y
olvidar los procesos de disipación continua de la materia.
Por otra parte, rechaza también las propuestas neo-energetistas de desarrollar una teo-
ría energética del valor económico y de que el proceso económico pueda reducirse a un
proceso energético. Como él mism o señala, “he rechazado explícitamente la idea de que
(el proceso económico) pueda reducirse a un sistema puramente term odinámico y que
pueda representarse eventualmente por un vasto conjunto de ecuaciones termodinám i-
cas. Todo sistema termodinám ico que se mantiene a sí mism o lo hace convirtiendo la
energía y la materia disponibles en desechos de una u otra clase. Por lo tanto, sería to-
talmente absurda la concepción del proceso económico como un sistem a que sólo pro-
duce desechos. El verdadero producto del proceso económico no es un flujo material de
desechos sino un flujo psicológico: el disfrute de la vida. Si no incluimos ese factor
esencialmente humano no estarem os en el campo económico” (Georgescu-Roegen,
1983, p. 857). Critica, asimismo, la posible equivalencia entre energía incorporada y va-
lor económico puesto que aunque todo lo que tiene utilidad para nosotros se compone de
39 Para ilustrar la cuestión, estos autores ofrecen el siguiente ejem plo: “podemos construir la misma casa
con menos carpinteros y más sierras eléctricas, pero ninguna cantidad de carpinteros o de sierras eléctricas
nos permitirán reducir en mucho la cantidad de madera y de clavos. Por supuesto, podemos usar ladrillos en
lugar de madera, pero ésa es la sustitución de un flujo de recursos naturales por otro, antes que la sustitución
de un fondo por un flujo” (Daly y Cobb, 1993, p. 181).
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baja entropía, “esto no significa que la entropía baja sea una condición suficiente para
que un objeto tenga valor: piénsese en los hongos venenosos” (Georgescu-Roegen,
1983, p. 853).
♦
Relevancia económica de la Ley de la Entropía
Aunque las aportaciones de Georgescu-Roegen incorporan un sólido punto de partida
para la consideración económica de la Ley de la Entropía, el debate sobre hasta dónde
alcanzan las implicaciones de dicha Ley sobre la Economía aún permanece abierto en el
seno de la Economía Ecológica.
Si tenemos en cuenta que el sistema económico es un sistem a abierto y la Tierra es un
sistema cerrado, podemos llegar a la conclusión de que la Ley de la Entropía no describe
adecuadamente lo que sucede en esos sistemas dado que ninguno de ellos es aislado.
Esta es una de las objeciones que se le han formulado al planteamiento de Geor-
gescu-Roegen puesto que introduce confusión al aplicar la Ley de la Entropía a sis-
temas que no son aislados. Aunque define la Tierra como un sistema cerrado que in-
tercambia energía pero no materia con el exterior, sus reflexiones posteriores la con-
sideran como si de un sistema aislado se tratase en el que la baja entropía es finita y
la entropía siempre crece. Pero olvida que, al ser la Tierra un sistema cerrado, la en-
tropía también puede decrecer bajo determinadas circunstancias (aunque evidente-
mente provocando aumentos de entropía en otras partes del sistema total aislado que
lo contiene). De ahí que las conclusiones a las que llega Georgescu-Roegen sobre los
límites al crecimiento económ ico hayan sido consideradas excesivam ente pesimistas
por algunos autores 40 .
40 En este sentido se expresan Faber et al (1996) cuando, al referirse a la contribución de Georgescu-
Roegen, señalan que “las consecuencias que pueden extraerse de esta visión del proceso económico son ex-
tremadamente pesimistas. Todas las actuaciones económicas no pueden sino incrementar la entropía. Cual-
quier cosa que hagamos (incluyendo el reciclado) devalúa la energía y/ o materia y deja menos ener-
gía/materia disponible para las futuras generaciones. No sólo el crecimiento económico resulta ser una ilu-
sión, sino también una economía de estado estacionario incrementará inevitablemente la entropía y así no po-
dría ser sostenible” (p. 107); a lo que, algo más adelante, añaden: “Georgescu-Roegen no explica adecuada-
mente el hecho de que la entropía puede también decrecer en sistemas cerrados, por medio de flujos apropia-
dos de energía que atraviesen las fronteras del sistema (...), posiblemente porque esto no se ajusta a su visión
pesimista del mundo” (p. 120).
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Pero, con todo, es necesario reconocer que algunos subsistemas de la Tierra pueden
en la realidad funcionar como sistemas aislados si tenem os en cuenta la escala temporal
en la que se desarrollan los procesos. La rapidez de la evolución de los sistemas econó-
micos contrasta con la escala temporal a m uy largo plazo en la que se desarrollan los
procesos de evolución y regeneración de algunos de los sistemas naturales. En concreto,
el acervo de recursos no renovables y la continua acumulación de contaminantes por en-
cima de la capacidad de asimilación del medio, pueden describirse perfectam ente por la
Segunda Ley, imponiendo límites absolutos al crecimiento económ ico (Faber et al ,
1996, p. 133). Tanto los recursos no renovables como los desechos no degradables no
pueden ser regenerados o eliminados en una escala temporal comparable a la de los pro-
cesos económicos.
Teniendo todo esto en cuenta, procede ahora resaltar las dos implicaciones m ás im-
portantes de la Segunda Ley para la Economía Ecológica:
1) La necesidad de incorporar la irreversibilidad temporal en el marco analítico y
conceptual de la Economía . Como ya se ha subrayado en numerosas ocasiones en la lite-
ratura, el enfoque neoclásico se asienta sobre la mecánica newtoniana que incorpora la
Primera Ley de la Termodinámica pero no la Segunda. Com o recuerda Georgescu-
Roegen: “Para cualquier persona que permanezca solamente al nivel de los fenómenos
mecánicos, cada pizca de materia y cada porción de energía mecánica que ingresa en un
proceso debe resultar en exactamente la mism a cantidad y calidad . La locomoción no
puede alterar ni la una ni la otra” (Georgescu-Roegen, 1975, p. 784). De esta forma, el
enfoque neoclásico se consolida sobre la consideración de un tiempo abstracto perfecta-
mente reversible. Es el tiempo absoluto newtoniano.
La incorporación de la Ley de la Entropía y sus efectos sobre los sistem as tanto aisla-
dos como abiertos conducen a considerar la irreversibilidad temporal recogida en lo que
Faber et al (1996, pp. 110-111) han denominado las dos flechas del tiem po. La primera
flecha vendría dada por la evolución entrópica de los sistemas aislados y la segunda fle-
cha por la tendencia de algunos sistemas abiertos (como el sistem a económico) hacia un
orden cada vez más complejo, pues desarrollan una evolución no predecible ex ante y
dependiente de la senda histórica del pasado. Esto último obliga a tratar no sólo con la
irreversibilidad sino también con la incertidumbre que sería inherente a la evolución de
esos sistemas abiertos.
María Rosario Díaz Vázquez
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2) La escasez objetiva y los límites últimos de la actividad económica . Ciertamente,
como destacan Faber et al (1996, p. 133), concluir que la Segunda Ley impone un límite
absoluto al crecimiento económico puede resultar excesivam ente pesimista ya que la
Tierra no es un sistema aislado y la energía (baja entropía) que recibimos del sol ofrece
“un potencial creativo para la formación de estructuras crecientemente complejas”. No
obstante, también se ha reconocido que la Segunda Ley de la Termodinám ica no perm ite
obviar el problema de la escasez objetiva, ante la que no puede hacerse abstracción del
tiempo, cuando nos referimos a stocks de recursos (incluyendo como recurso la capaci-
dad de asimilación) que no pueden ser regenerados en una escala temporal comparable a
la de los procesos económicos. En este sentido, sí existen límites absolutos al crecim ien-
to económico.
Aunque dentro de la Economía Ecológica exista, en general, bastante acuerdo sobre
las dos implicaciones de la Segunda Ley señaladas, son mayores las divergencias cuan-
do se trata de decidir si debe ser utilizada com o una herramienta del análisis económ ico.
Como ya mencionamos, el propio Georgescu-Roegen considera que explicar el sistema
económico en términos de un sistem a puramente term odinámico es un reduccionismo
que no permite comprender ni explicar la com plejidad de los comportamientos económ i-
cos ni del valor económico.
También Faber et al (1996) se pronuncian en este sentido: “creem os que el concepto
entropía es fundamental para la Economía Ecológica; revela las interacciones entre eco-
nomía-medio am biente que no estarían disponibles de otro modo” (p. 133) pero “la en-
tropía no es una herramienta analítica para la Economía, sino una parte necesaria de un
marco conceptual adecuado para la Economía Ecológica y para la Econom ía en general”
(p. 134). La Ley de la Entropía no nos dice lo que debe hacer el sistema económico sino
lo que no puede hacer, estableciendo así los límites últimos a las actividades económ i-
cas.
1.2.2.2. Cambio en el objeto de estudio y en los métodos de análisis
Como ya hemos señalado, el objetivo de la Economía Ecológica es alcanzar la
síntesis entre la Economía y la Ecología con el fin de lograr una gestión sostenible
María Rosario Díaz Vázquez
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del ecosistema global. Ahora bien, como quiera que estamos ante un novedoso pro-
yecto analítico todavía sometido a resistentes “barreras de entrada” por parte del es-
tablishment ortodoxo, consideramos necesarias las siguientes observaciones.
En primer lugar, como matiza Naredo (1987, p. 505), “no cabe esperar que un
cambio tan profundo de enfoques como el que estamos planteando, tome cuerpo des-
de el principio en una alternativa perfectamente coherente y acabada”. Precaución es-
ta en cualquier caso pertinente a lo largo de la historia del análisis económico cuando
este se enfrenta a drásticos cambios que afectan a la visión preanalítica dominante y,
consecuentemente, a las categorías básicas que se proponen para aplicar su posterior
desarrollo en el contexto de validación correspondiente 41 .
En segundo lugar, la dificultad de analizar las interrelaciones que se producen en-
tre sistemas complejos exige el desarrollo de nuevas bases metodológicas que permi-
tan el tratamiento de la complejidad. Ello ha llevado a autores com o Norgaard 42 a de-
fender el pluralismo metodológico en la Econom ía Ecológica argumentando, entre
otras razones, que aún es demasiado pronto para limitarlo y que no puede afirmarse
que exista actualmente una metodología que pueda considerarse superior a sus com-
petidoras para el tratamiento de la complejidad.
De ambas consideraciones se deduce que no existe aún una visión unificada de-
ntro de la Economía Ecológica pero, como ya señalamos, nuestra intención en este
capítulo es recoger los rasgos básicos característicos de este enfoque 43 ya que permi-
ten diferenciarlo de enfoques alternativos.
Dicho esto, ¿es posible alcanzar una verdadera síntesis entre Economía y Ecolo-
gía? Mientras algunos autores defienden la posibilidad de una integración completa
entre las dos disciplinas, otros consideran que sólo se podrá lograr lo que se ha de-
nominado una “fertilización cruzada”, es decir, que una disciplina toma de la otra
41 Estamos aquí ante el recurrente problema ya planteado por J.R. Hicks (1967, p. 5) para la generalidad de
los casos afines: “...es perfectamente adecuado cambiar de método cuando se cam bia de perspectiva o cuando
tiene lugar un cambio en los hechos...; sería realmente impropio no hacerlo. Pero aunque el cambio es nece-
sario, no por eso deja de producir confusión; confusión para el estudiante y también confusión para el escritor
(o profesor) que efectúa el cambio”.
42 Norgaard (1989) citado en Bergh (1996, p. 35).
43 Nos detendremos en las subcorrientes del mismo en el capítulo 3.
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aquellos aspectos que puedan serle útiles para lograr el objetivo com ún de la sosteni-
bilidad.
Independientemente de cuál sea el resultado final del proceso, lo cierto es que el
camino hacia esa posible síntesis entre Economía y Ecología se va consolidando a
través de pasos previos caracterizados por su diverso grado de integración entre as-
pectos económicos y ecológicos, es decir, en la línea de una fertilización cruzada. Es-
to es debido, fundamentalmente, a que las im portantes diferencias en las metodologí-
as dominantes entre ambas disciplinas y las diferentes delimitaciones en sus ámbitos
de estudio, no permiten un camino fácil hacia la síntesis.
En este sentido, en relación con las diferentes orientaciones metodológicas, la
fuerte influencia del positivismo lógico sobre el pensamiento económico convencio-
nal ha conducido a la Economía por la senda de la abstracción en la búsqueda de un
conocimiento universal y objetivo, quedando la observación (experimentación) en un
claro segundo plano cuando no completamente rechazada. Por el contrario, aunque es
difícil hablar de metodologías asentadas en Ecología debido a que se trata de una dis-
ciplina relativamente nueva, la corriente mayoritaria parece centrarse en la observa-
ción y en la descripción, dejando en un segundo lugar el desarrollo teórico abstracto,
lo que la situaría en la línea del pragmatismo 44 (Shogren y Nowell, 1995). La dife-
rencia básica entre ambas posiciones metodológicas es el lugar que se considera ade-
cuado para la experimentación, por lo que un entendimiento podría derivarse de la
adopción de posturas intermedias.
Estas diferencias que se observan en las orientaciones metodológicas dominantes
también se producen en el ámbito de estudio de las dos disciplinas. En efecto, la tarea
de integración no parece fácil si tenemos en cuenta la separación tradicional existente
entre la Economía y la Ecología. Como señala Naredo, es evidente “el diálogo de
sordos que muchas veces se produce entre economistas y ecologistas: mi entras que
los primeros circunscriben su razonamiento al oikos más restringido de los valores de
cambio, los segundos razonan sobre aquel otro más amplio de la biosfera y los recur-
sos, con independencia de que sean o no valorados” (Naredo, 1994, p. 378). Sin
44 El pragmatismo implica que los m étodos y elecciones son el resultado de la práctica del sentido común
más que de unas reglas formales de evidencia. Esto puede dar como resultado una amplia base metodológica
de teorías que compiten sin una jerarquía de axiomas teóricos, leyes y “verdades”.
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mico en relación con el sistema global del que form a parte indisociable 46 . De ahí que
se postule que la pervivencia en el tiempo de los sistemas socio-económ icos pasa ne-
cesariamente por no destruir las bases biofísicas finitas que los sustentan y, para lo-
grarlo, será necesario determinar aquella dentro del sistema global. Esa escala óptim a
se corresponde con (y, en este sentido, garantiza) el uso sostenible de los recursos
disponibles y el consecuente respeto de los límites de asim ilación de residuos por
parte de los ecosistemas. Comoquiera que la Ec onomía convencional m argina la cues-
tión de la escala física óptima del sistema económ ico puesto que ignora los lím ites biofí-
sicos a los que está sometido, ello explica que su edificio analítico se concentre en el pa-
pel que representa el mercado como m ecanismo para una asignación eficiente de los re-
cursos, por una parte, y en la preocupación por garantizar un crecimiento económico
continuado, por otra. Sin embargo, la Economía Ecológica, según Daly y Cobb (1993, p.
61), trasciende tal pretensión, a través de la siguiente tríada de objetivos básicos: la asig-
nación eficiente, una distribución justa y una escala sostenible (óptima).
Nos apresuramos a subray ar que, sin perjuicio de estos tres objetivos, la Economía
Ecológica sigue considerando el mercado la institución básica para la asignación de re-
cursos (a pesar de sus “fallos” que sería necesario corregir), puesto que las decisiones
descentralizadas permiten manejar la gran inform ación existente de forma m ás eficiente
que la planificación central.
Ahora bien, más allá de aquellos “fallos”, el mercado no perm ite tratar adecuadam en-
te ni el problema de la distribución ni mucho menos el de la escala óptima. Com o ya ha
sido sobradamente recogido en la literatura económica, la eficiencia no im plica equidad
distributiva. Tampoco el mercado, por sí m ismo, tiene la tendencia a conducir a la eco-
nomía hacia su escala óptima. Com o señalan Daly y Cobb: “en algún punto, una escala
creciente convierte en bienes escasos muchos bienes que antes eran libres. Los costes
marginales del aumento de la escala se vuelven finalm ente mayores que los beneficios
marginales. Pero el mercado no mide los costes y los beneficios marginales de los cam-
bios de escala, sino los costes y beneficios marginales de los intercambios y las reasig-
46 Procede dejar constancia de que la obra pionera en defensa de la referida perspectiva es de la autoría de
von Bertalanffy (1968), y la aportación más reciente a nuestra disposición, dentro del mismo enfoque, es ori-
ginal de Bunge (2004), especialmente capítulos 3 (“El enfoque sistémico”), 5 (“Sociedad y artefacto”) y 8
(“Tres puntos de vista sobre la sociedad”).
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naciones. Las condiciones que se imponen a la frontera se ocupan de la cuestión de la
escala óptima (o por lo menos sostenible). Los precios de m ercado resultantes logran la
asignación óptima de recursos particulares entre usos rivales, dentro de la escala selec-
cionada del transumo 47 total de los recursos. Los valores reconocidos en la selección de
la escala se interiorizan en cierto sentido en los cambios de precios resultantes de la res-
tricción de la escala” (1993, pp. 135-136). Para estos autores, la determinación de la es-
cala dificultaría la aparición de externalidades generalizadas (como, por ejemplo, el efec-
to invernadero), por lo que se evitaría el complicado, y en muchos casos arbitrario, cál-
culo de costes requerido para su “internalización”, al ser sustituido por el de la “capaci-
dad de sostenimiento” que, aunque no exento de ellas, presentaría menos am bigüedades.
Como los propios Daly y Cobb reconocen, y como consecuencia de las mencio-
nadas ambigüedades, la determinación de la capacidad de sustentación se enfrentará
a cuestiones que la ciencia no podrá resolver y a decisiones que será necesario adop-
tar en condiciones de gran incertidumbre. Para mayor abundam iento, y aunque la
pervivencia de los sistemas socio-económicos y ecológicos en el tiempo (o, al m enos,
el máximo tiempo posible) puede ser compartido en tanto que un objetivo deseable
en sí mismo, es innegable que, com o cualquier otra finalidad últim a, incorpora jui-
cios de valor, especialmente relacionados con la distribución intergeneracional de los
recursos 48 . No resulta, por lo tanto, sorprendente que, desde el enfoque de la Econo-
mía Ecológica, autores como Martínez Alier se hay an pronunciado sobre la insufi-
ciencia (para la adopción de decisiones relacionadas con la gestión y uso de los re-
cursos naturales) de los criterios basados tanto en la racionalidad económica como en
47 En esta obra se utiliza el término transumo –expres ión no recogida en el diccionario de la RAE- como
traducción de la palabra inglesa throughput . Ya en Daly (1989, p. 335) se define transumo (también denomi-
nado procesamiento) como “el flujo físico entrópico de materia y energía proveniente de fuentes naturales
que pasa por la economía humana y regresa a los sum ideros de la naturaleza”.
48 L a cuestión que se plantea es la siguiente: ¿cómo determinar el ritmo de uso de unos recursos naturales fini-
tos? Ni la Termodinámica ni ninguna otra ciencia pueden ofrecer una respuesta “objetiva” a esta pregunta ya que la
cuestión planteada introduce consideraciones distributivas in tergeneracionales que se mueven de lleno en el terreno
de la ética, las ideologías y las valoraciones.
Si debemos preocuparnos o no por las futuras generaciones no es algo a lo que se le pueda dar una respuesta libre
de juicios de valor. El conocimiento acumulado puede alumbrar ese proceso de toma de decisiones indicando las
consecuencias de nuestras actuaciones o resaltando las situaciones en las predomina la incertidumbre debido a la
insuficiencia del conocimiento científico. Son las consideraciones morales y la aversión al riesgo frente a la incer-
tidumbre los principales factores que determinarán el objetivo a lograr y , de nuevo, podrá recurrirse al conocimien-
to acumulado para encontrar la mejor forma de alcanzarlo.
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la puramente ecológica, destacando la importancia de los procesos políticos de deci-
sión: “Los intentos de tomas decisiones, no sobre la base de la Ciencia Económica
(que no consigue valorar las externalidades diacrónicas) sino sobre una racionalidad
únicamente ecológica, también están destinados al fracaso, pues para poder com parar
costes y beneficios es necesaria una asignación de valores y la Ecología no puede
proporcionar tal sistema de valores sin depender de la política. (...) la im posibilidad
de una racionalidad económica que tenga en cuenta las externalidades y las incerti-
dumbres ecológicas, y la imposibilidad, por otra parte, de decidir los asuntos huma-
nos de acuerdo con una planificación racional puramente ecológica, lleva a la politi-
zación de la economía” (1991, p. 24).
Así pues, la determinación de la escala, la distribución intra e intergeneracional (e in-
traespecies), la toma de decisiones bajo condiciones de gran incertidumbre y la irreversi-
bilidad, introducen el problema de las preferencias sociales y de los juicios éticos en el
análisis de la Economía Ecológica. Estamos ante decisiones que el individuo debe adop-
tar como mi embro de una comunidad y no como consumidor, y que deben plantearse
previamente a la cuestión de la eficiencia, prelación que resulta insoslayable puesto que
las decisiones de los individuos como “ciudadanos”, por cuanto definen los límites y las
normas que deben regir el comportam iento social, también delimitan el ámbito de las
decisiones económicas que pueden dejarse al mercado.
Insistamos en el hecho de que dentro del ámbito propio de la Economía convencional
los agentes económicos actúan individualmente tomando decisiones racionales m ovidos
por el propio interés, y es precisamente este com portamiento racional m aximizador el
que garantiza el buen funcionamiento del mercado competitivo com o asignador de re-
cursos así como la consecución de la eficiencia económica. Como se ha argumentado en
múltiples ocasiones en la literatura económica, esta caracterización del “sujeto económ i-
co” puede considerarse una abstracción necesaria dentro del marco del análisis deducti-
vo por cuanto no pretende reflejar al hombre real sino que simplemente trata de abstraer
aquellos rasgos del comportamiento humano que se consideran estrictam ente relaciona-
dos con la esfera de lo económico. En otras palabras, si este comportamiento racional
egoísta y maximizador es útil para el pensamiento económico convencional la razón úl-
tima se encuentra en el hecho de que la maxim ización de la utilidad (equiparada al bien-
estar) sólo puede conseguirse a través de la adquisición y consumo de bienes y servicios
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
99
intercambiables en el mercado: m ás allá de sus fronteras funcionales toda argumentación
rebasa la casuística de lo “puramente económico”. Pero com o ya expusimos al referirnos
a la Economía Ambiental, m uchas de las críticas a los métodos de valoración contingen-
te se basan precisamente en que el comportamiento de los individuos, ante m uchas de las
decisiones en el terreno medioambiental, parece no ajustarse a ese com portamiento ego-
ísta maximizador. Esto se debe a que las decisiones basadas en la disponibilidad indivi-
dual a pagar o a ser compensado obligan a los agentes a responder racionalmente en tan-
to que consumidores ante una mercancía a la que deben asignarle un valor de cam bio,
cuando la mayoría de los bienes medioam bientales no reúnen las características propias
de una mercancía.
La causa de este comportamiento se encuentra en que existen problem áticas, como es
el caso de muchas de las decisiones relacionadas con el medio ambiente, en las que el
individuo se comporta como “ciudadano”, de form a que sus decisiones parecen inconsis-
tentes con las que expresaría como “consumidor” (la ya referida dicotom ía consumi-
dor/ciudadano de Sagoff). Es decir, cuando el individuo adopta decisiones sobre los lí-
mites, los valores y las normas que deben regir el comportam iento social está com por-
tándose como ciudadano, por mucho que juegue el papel de consumidor ante bienes m e-
dioambientales que presentan características similares a las me rcancías; pero, en cual-
quier caso, no parece verosímil que pueda manifestar ese com portamiento ante cuestio-
nes tales como la desaparición de especies o el deterioro de la capa de ozono, sobre cuy a
relevancia no nos extenderemos aquí. Nos limitarem os a subrayar que la importancia de
las decisiones sociales para el proceso económico desde la perspectiva de la Economía
Ecológica conduce a J.M. Harris, en la introducción a la segunda parte de Krishnan et al
(1995, p. 49), a sostener que “la distinción entre análisis positivo y normativo, tan enfati-
zado por los economistas teóricos, falla cuando intentamos incluir cuestiones del im pac-
to a gran escala de la actividad económica sobre el mundo natural”.
Teniendo todo ello en cuenta, la Economía Ecológica ha considerado más adecuado
− como señalan Daly y Cobb − sustituir los supuestos del Homo Economicus tradicional
por un nuevo modelo de Homo Economicus como m iembro de una comunidad, de for-
ma que este modelo de la persona en la com unidad no busca sólo la provisión de bienes
y servicios para los individuos sino también un orden económico que sostenga el patrón
de las relaciones personales que forman la comunidad” (1993, p. 154). Esto no excluye
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
100
que en algunas facetas de su comportamiento actúe individualm ente ya que “las transac-
ciones de mercado se caracterizan generalmente bien en térm inos individualistas. Ade-
más, estos individuos están sin duda interesados en la adquisición de bienes, y gran parte
de este comportamiento expresa justam ente el egoísmo racional atribuido al Homo Eco-
nomicus en la economía dominante” (p. 153).
1.2.2.4. Un programa de acción para la sostenibilidad ambiental
Puesto que la Economía Ecológica se orienta hacia la consecución de la sostenibi-
lidad ambiental del sistema económico y, para ello, considera necesario determinar la
escala óptima del sistema económico en el sistema global, lo que, a su vez, permitirá
establecer el ritmo de uso del capital natural, considera insuficiente la comparación
de costes y beneficios para la toma de decisiones, aunque dicha comparación incor-
pore el valor monetario del medio ambiente 49 , ya que no garantiza que la economía
se sitúe dentro de las capacidades de regeneración y asimilación de los ecosis-
temas.
Por lo tanto, una vez que la sociedad ha aceptado la sostenibilidad ambiental co-
mo objetivo, será necesario determinar científicam ente los límites ecológicos a las
actividades socioeconómicas, esto es, los límites que imponen la capacidad de rege-
neración y asimilación de los ecosistemas, y, por esa vía, proceder al establecimiento
de estándares de sostenibilidad ambiental. Ahora bien, puesto que no siempre se dis-
pondrá de los conocimientos científicos necesarios para establecer esos estándares,
debería primar un criterio de precaución ante decisiones caracterizadas por una gran
incertidumbre y por la consiguiente irreversibilidad de sus efectos. En cualquier caso,
deberán ser las sociedades –los individuos como ciudadanos y no como consum ido-
res − las que decidan los límites al uso de los recursos ya que, como reconoce Ekins
(1994, p. 45), lo que puede considerarse como un “efecto insostenible” es algo que
49 Algunos economistas vinculados a este enfoque incluso admiten que esas valoraciones puedan ser teni-
das en cuenta, pero nunca como criterio exclusivo. Para tratar de captar la complejidad inherente a los proce-
sos de toma de decisiones sobre el uso de los recursos naturales, varios autores (Froger y Munda, 1998; Fau-
cheux, Froger y Munda, 1998) han propuesto los métodos de decisión multicriterio como alternativa al análi-
sis coste-beneficio. Defienden estos métodos porque permiten clarificar los diferentes intereses en conflicto e
incrementan así la transparencia de los procesos de elección (Froger y Munda, 1998, p. 177).
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
101
sólo puede ser parcialmente resuelto por la ciencia, siendo las consideraciones éticas
y la aversión al riesgo factores muy significativos en su determinación.
En relación con los instrumentos a utilizar para lograr los estándares, los autores
de la Economía Ecológica, en general, no muestran una preferencia explícita por ins-
trumentos concretos, debiendo ser seleccionados en función del criterio coste-efi-
cacia 50 . Debe recordarse que el objetivo es alcanzar los estándares de sostenibilidad
(la escala óptima del sistema económ ico con relación al sistema global) y no el nivel
óptimo de la externalidad en términos de eficiencia económica com o hace la Econo-
mía del Medio Ambiente 51 .
1.3. DESARROLLO SOSTENIBLE Y CRECIMIENTO ECONÓMICO
En apartados anteriores hemos intentado profundizar en las respectivas visiones
que sobre la relación entre el medio ambiente y la economía caracterizan a los dos
principales enfoques económicos que han centrado su estudio en esta cuestión. El
conocimiento de las diferentes percepciones de dicha relación es fundamental para
aproximarse a las diversas concepciones del objetivo desarrollo sostenible y a las po-
sibles interpretaciones sobre la compatibilidad entre desarrollo sostenible y creci-
miento económico. Dedicarem os el presente epígrafe a esta problemática. Nos deten-
dremos, en primer lugar, en el concepto desarrollo sostenible. Introducirem os algu-
nas de las interpretaciones que pueden atribuirse al objetivo desarrollo sostenible, lo
que nos permitirá ir delimitando las ideas clave que, a nuestro entender, deberían de-
finir dicho objetivo. En segundo lugar, recogeremos los principales criterios para la
sostenibilidad que se han propuesto en la literatura económica. Cada uno de esos cri-
terios tiene su germen en un enfoque distinto sobre la relación entre medio am biente
y economía y representa una visión diferente del objetivo desarrollo sostenible. Por
50 Según Aguilera Klink (1998, p. 51), la Reforma Fiscal Ecológica podría convertirse en un punto de en-
cuentro de carácter instrumental (no conceptual) entre la Economía Ambiental y la Economía Ecológica. Esta
reforma fiscal, también llamada “ verde”, consistiría en una reorientación del sistema impositivo en la que se
iría sustituyendo paulatinamente parte de la imposición que actualmente recae sobre los factores de produc-
ción trabajo y capital por imposición sobre el uso de los recursos naturales no renovables.
51 Obsérvese, sin embargo, que el enfoque de los estándares de sostenibilidad está muy próximo al sistem a
de estándares que, como y a hemos explicado, proponían Baumol y Oates (1982) desde la Economía del Me-
dio Ambiente.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
102
ello, la exposición de dichos criterios nos permitirá presentar las distintas concepcio-
nes del desarrollo sostenible (y, en el fondo, de la relación entre medio ambiente y
economía) de los enfoques económicos. Por últim o, y basándonos precisam ente en
esos diferentes criterios y enfoques, expondremos las claves del controvertido debate
sobre la compatibilidad entre crecimiento económ ico y desarrollo sostenible.
1.3.1. DESARROLLO SOSTENIBLE: CONCEPTO
Aunque la idea de un desarrollo sostenible y a se había ido gestando en documen-
tos y conferencias precedentes, lo cierto es que es desde la publicación en 1987 del
Informe Brundtland, Our common future, por la Comisión Mundial para el Medio
Ambiente y el Desarrollo, cuando se ha ido generalizando y popularizando como un
objetivo clave ante la cada vez más evidente percepción de que los modelos de desa-
rrollo actuales actúan socavando las mism as bases físicas que los sustentan, limitan-
do así las posibilidades de desarrollo de las generaciones futuras. Según el Informe
Brundtland un desarrollo sostenible es el que satisface las necesidades actuales sin
comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias ne-
cesidades.
El atractivo de este objetivo ha conducido a su rápida difusión y a que sean cada
vez más las asociaciones, organismos internacionales y gobiernos que lo incluyen en-
tre los objetivos de sus programas. Sin embargo, la capacidad del desarrollo sosteni-
ble para captar adeptos se debe especialmente al fuerte componente subjetivo que se
encierra tras el término desarrollo, puesto que cada sociedad e incluso cada individuo
tienen su propia idea de lo que debe entenderse por el mismo, y a las diferentes opi-
niones sobre lo que debe entenderse por sostenibilidad.
Trataremos a continuación de hacer explícitas las diferentes concepciones del ob-
jetivo desarrollo sostenible las cuales, como ya hemos indicado, van a pivotar sobre
las diversas interpretaciones que se dan a los conceptos de desarrollo y de sostenibi-
lidad. Precisamos, pues, su contenido, lo que nos permitirá establecer la relación
existente entre ambos, así como otras dos categorías que consideramos cardinales pa-
ra definir el desarrollo sostenible: la equidad inter e intra-generacional y la globali-
dad.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
103
1.3.1.1. Desarrollo y sostenibilidad
Tras el término desarrollo sostenible subyacen en la literatura diferentes concep-
ciones tanto de lo que debe entenderse por desarrollo como de lo que debe entenderse
por sostenibilidad. Detengámonos brevemente en sus respectivos contenidos.
♦
Desarrollo
Como ya señalamos, la idea de desarrollo incorpora un fuerte com ponente valora-
tivo, lo que conduce a que sea percibido por cada uno de los agentes como una meta
deseable. Es por ello que, si se pretende que el desarrollo sostenible se convierta en
un objetivo que oriente los comportamientos públicos y privados, es necesario evitar
las ambigüedades y definir el tipo de desarrollo que se persigue, lo que nos exige
hacer referencia, aunque somera, a la conceptualización del término desarrollo.
Jiménez Herrero (1996) recoge los principales cambios que ha experim entado la
noción de desarrollo hasta desembocar y asentarse en la concepción del desarrollo
sostenible. En efecto, la construcción del concepto desarrollo comenzaría, según este
autor, en el terreno económico con la identificación de los términos crecimiento eco-
nómico y desarrollo económico y, poco a poco, habría ido incorporando aspectos so-
ciales, políticos, ecológicos y axiológicos, hasta abrirse paso el concepto que hoy re-
conocemos como desarrollo humano sostenible .
El objetivo de un desarrollo humano se hizo oficial en 1990 en el Programa de
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En el glosario del Informe sobre Desa-
rrollo Humano 2000 del PNUD se define aquel objetivo como sigue: “Es el proceso
de ampliación de las oportunidades de la gente, aumentando las funciones y capaci-
dades humanas.(...) En todos los niveles de desarrollo las tres capacidades esenciales
consisten en que la gente viva una vida larga y saludable, tenga conocimientos y ac-
ceso a los recursos necesarios para un nivel de vida decente. Pero el ámbito del desa-
rrollo humano va mucho más allá: otras esferas de opciones que la gente considera en
alta medida incluyen la participación, la seguridad, la sostenibilidad, las garantías de
los derechos humanos, todas necesarias para ser creativo y productivo y para gozar
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
104
de respeto por sí mismo, potenciación y una sensación de pertenecer a una comuni-
dad. En definitiva, el desarrollo humano es el desarrollo de la gente, para la gente y
por la gente” 52 .
El objetivo del desarrollo humano es, por lo tanto, crear un entorno en el que las
personas puedan desarrollar sus potencialidades. En esta perspectiva del desarrollo,
el crecimiento económico y tecnológico es insuficiente si no se dan otras condiciones
en el ámbito social, político e institucional que conform en ese entorno propicio para
el desarrollo de las personas.
A pesar de que la idea de la necesidad de un desarrollo humano se ha ido abriendo
paso, lo cierto es que tanto en la arena política como en la propia Ciencia Económica
sigue predominando la práctica identificación del desarrollo con el desarrollo eco-
nómico y este, a su vez, con el crecimiento económico entendido com o la evolución
positiva de un agregado macroeconómico (PIB o PNB) 53 .
Teniendo esto en cuenta podemos decir que tras el término desarrollo sostenible
subyacen en la literatura al menos dos variantes del desarrollo: el desarrollo econó-
mico y el desarrollo humano.
La diferencia entre estos dos tipos de desarrollo, económ ico y humano, puede te-
ner importantes implicaciones cuando se proponen com o objetivos. En el caso de que
el objetivo sea el desarrollo económico, la prioridad que se otorga al crecim iento
52 El Informe sobre Desarrollo Humano 2000 y el glosario del que se ha extraído esa definición están dis-
ponibles en http://hdr.undp.org/reports/global/2000/en/ (consulta 11/12/06).
53 Ciertamente se ha tratado de diferenciar en la literatura político-económica entre un objetivo crecimiento
económico y un objetivo desarrollo económico pero si atendemos a las definiciones que se suelen dar de am-
bos, y mucho más si lo hacemos al indicador que los m ide, observaremos que las similitudes superan a las di-
ferencias. Respecto al objetivo crecimiento económico, en el m anual de Política Económ ica dirigido por
Cuadrado Roura, se señala que este se ha definido de múltiples formas, “Pero, en líneas generales, la mayoría
de los economistas consideran que el crecimiento económico consiste en la expansión del PIB potencial de
una zona geográfica determinada (región, país, conjunto de países...) . Lo cual representaría una ampliación
de la frontera de posibilidades de la producción en ese territorio considerado. Es decir, las cantidades máxi-
mas de productos que se pueden obtener dadas unas disponibilidades de factores de producción y una capaci-
dad de generación o adquisición de tecnología. Por tanto, el crecimiento económico es un hecho que acaece a
largo plazo” (Cuadrado Roura, 2000, p. 222). A pesar de que posteriormente se da una definición de desarro-
llo económico en la que se pretende dar un carácter más cualitativo, lo cierto es que más adelante se indica
que “para conocer el grado de desarrollo económico de un país, lo cual se materializa en el largo plazo, el in-
dicador más apropiado es la evolución de la renta por persona ” (Cuadrado Roura, 2000, p. 233). Recorda-
mos que la Renta Nacional no es más que el PNN. Por lo tanto, según esto, un país se estaría desarrollando si
su producción crece por encima del crecimiento de su población.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
105
económico puede suponer que se persiga ignorando o incluso en detrimento de otros
aspectos humanos, sociales o medioam bientales que puedan entrar en conflicto con
ese objetivo prioritario. El desarrollo humano, por su parte, debería suponer que el
crecimiento económico se convierte en un componente m ás del desarrollo y puede
mantener relaciones de complementariedad o de conflicto con otros com ponentes, re-
laciones que deberán hacerse explícitas para poder adoptar decisiones que conduzcan
a un equilibrio entre los diferentes factores que integran el desarrollo humano. Desde
esta perspectiva, el crecimiento económico dejaría de considerarse como un fin (de-
bido a la identificación del medio-crecimiento con el fin-bienestar) y adquiere la con-
sideración de un medio para lograr otros fines de orden superior. Es en esta línea en
la que consideramos debe apuntar el desarrollo sostenible.
♦
Sostenibilidad: equidad inter e intra-generacional
La finalidad del desarrollo sostenible no consiste en lograr únicamente el desarro-
llo para las generaciones actuales sino que, como su propio nombre indica, tiene que
ser sostenible.
La idea de sostenibilidad implica la capacidad para mantener un determinado pro-
ceso en el futuro. Pero ¿qué es lo que de ese proceso debe mantenerse en el futuro?
¿nuestro propio modelo de desarrollo o la capacidad para que las generaciones futu-
ras puedan desarrollar sus propias potencialidades? ¿Qué debemos legarle a las gene-
raciones venideras? El desarrollo sostenible plantea así el problema de la equidad in-
tergeneracional 54 .
Si lo que debe mantenerse es la capacidad futura para desarrollarse es innegable
que ello depende de múltiples factores. Jiménez Herrero (1996, p. 119) matiza la
multidimensionalidad del desarrollo sostenible en el que deben integrarse las dim en-
siones económica, social, política, institucional, humana, tecnológica, ética y ambien-
tal. En realidad, podría afirmarse que todas estas dimensiones conform an una con-
54 Algunos autores defienden que si cada generación se preocupa del legado que deja a la siguiente la soste-
nibilidad estaría garantizada. Sin embargo, hay consecuencias de nuestras actuaciones presentes cuyos efec-
tos negativos sólo pueden observarse en un plazo más largo. La incertidumbre y posible irreversibilidad de
los efectos de nuestros comportamientos actuales debería conducir a que el principio de precaución se incor-
porase en nuestras decisiones.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
112
Así pues, a tenor de ambas puntualizaciones, el criterio propuesto supone admitir
que el capital natural puede ser perfectamente sustituido por capital fabricado, por el
conocimiento y por la tecnología. El progreso técnico y el conocimiento se convier-
ten, por esta vía, en piezas claves y se considera que su evolución futura permitirá el
crecimiento económico independientemente de lo que suceda con los recursos natu-
rales ya que se está suponiendo que permitirá mejorar la eficiencia en el uso de los
recursos, aprovechar otros recursos aún no utilizados o simplemente sustituir el capi-
tal natural por capital fabricado.
1.3.2.2. Criterios de sotenibilidad fuerte
Como ya dijimos, los criterios de sostenibilidad fuerte ponen en duda las posibili-
dades ilimitadas de sustitución entre capital natural y capital fabricado. Es necesario
buscar la relación óptima entre capital natural y capital fabricado pero adoptando cri-
terios basados en la precaución en el uso del capital natural.
Los principales argumentos que se han elaborado para defender un criterio de pre-
caución en el uso del capital natural pueden resumirse en los siguientes (Pearce y
Turner, 1995, p. 79):
− El capital natural es necesario para producir el capital artificial.
− El capital natural no sólo actúa como sum inistrador de recursos o asimilador de
residuos sino que desempeña múltiples funciones indispensables para el sosteni-
miento de la vida.
− Nuestro desconocimiento acerca de dichas funciones conduce a que muchas de las
decisiones sobre el uso del capital natural se adopten bajo condiciones de gran in-
certidumbre.
− La complejidad de la decisión de sustituir capital natural por capital hecho por el
hombre es aún mayor si consideramos que las pérdidas de capital natural pueden
ser irreversibles e irreemplazables.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
113
− El desarrollo tecnológico puede mejorar la eficiencia en el uso de los recursos o el
aprovechamiento de recursos alternativos, pero difícilmente permitirá independi-
zarse de los recursos naturales.
− Las existencias de capital natural incrementan la resiliencia de los sistemas ante
perturbaciones externas.
Así pues, y a tenor de los argumentos precedentes, parece razonable adoptar una
postura de precaución al utilizar el capital natural dado que este desempeña impor-
tantes funciones básicas para la vida y, si además tenemos en cuenta la incertidum bre
y la irreversibilidad, una economía debería garantizar que las principales funciones
del capital natural se mantengan a lo largo del tiempo, de forma que la futu-
ras generaciones puedan seguir utilizándolas. Ambas consideraciones, derivadas de
los referidos argumentos, han permitido especificar tres criterios generales (Pearce y
Turner, 1995, p. 74; Daly, 1991, pp. 39-40) que deberían orientar el diseño de las po-
líticas económicas compatibles con la sostenibilidad fuerte. Se trata de los si-
guientes:
a) La tasa de recolección de los recursos renovables debe ser igual a su tasa de rege-
neración.
b) Las tasas de emisión de residuos al medio am biente deben ser iguales a la capaci-
dad de asimilación del medio ambiente. (Este punto podría incluirse en el anterior
ya que la capacidad de asimilación puede considerarse un recurso renovable más).
c) La explotación de los recursos no renovables, que reducirá necesariam ente el
stock de estos recursos por la propia naturaleza de los mismos, debe ser compen-
sada con la creación de sustitutos renovables.
Se propone pues que la estricta observación de estos criterios garantizaría el ajuste
de la economía global a los límites, tam bién globales, impuestos por el sistema natu-
ral. Es más, dentro de este contexto normativo podemos distinguir varias posibilida-
des de actuación, las cuales, a su vez, implicarían diferentes tipos de políticas eco-
nómicas sobre el uso de los recursos naturales. Veámoslas a continuación.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
114
♦ Enfoque monetario
Para este enfoque − propuesto en Pearce et al (1991) y en Pearce y Turner
(1995) − , la precaución necesaria en el uso del capital natural y los tres criterios de
sostenibilidad podrían lograrse simplemente ma nteniendo constantes las existencias
de capital natural (no de capital total como propone la sostenibilidad débil). Sin em-
bargo, plantea importantes problemas:
a) En la medida en que sólo hace referencia al mantenim iento del stock agregado de
capital natural está dando por supuesto que son perfectas las posibilidades de sus-
titución entre los componentes del capital natural, lo cual es difícil de sostener si
tenemos en cuenta la diversidad y multifuncionalidad del capital natural.
b) Teniendo en cuenta esa diversidad y multifuncionalidad, resulta com plicado en-
contrar una única medida que permita agregar los diferentes tipos de capital natu-
ral (y hacer comparaciones entre ellos), ya que tanto la agregación en unidades fí-
sicas como las basadas en valoraciones monetarias presentan serias dificultades
como estos mi smos autores plantean (Pearce et al , 1991, p. 11). Ahora bien, a pe-
sar de reconocer los principales inconvenientes de la valoración monetaria de las
funciones ambientales, consideran indispensable avanzar en esa línea para poder
adoptar decisiones económica y ambientalmente razonables.
Debemos señalar que, en el caso que nos ocupa, la toma de decisiones sobre el
uso de los recursos naturales debería estar basada en la comparación de los costes y
beneficios derivados de su uso expresados en términos monetarios, incluyendo el va-
lor económico total del recurso natural. Por lo tanto, la valoración monetaria se con-
sidera indispensable para lograr decisiones económicas am bientalmente fundam enta-
das.
Observamos así que se están proponiendo dos criterios diferentes para orientar la
toma de decisiones (por un lado, el criterio coste-beneficio y , por otro, el criterio de
sostenibilidad basado en el mantenimiento de las existencias de capital natural), en
los que las decisiones que se adopten siguiendo el primero de ellos no garantizan el
cumplimiento del segundo. Aunque sus defensores sostienen que este último debería
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
115
prevalecer sobre aquel (fundamentalmente por la necesidad de adoptar una postura
de precaución y por las dificultades para incorporar los intereses de las futuras gene-
raciones en el análisis coste-beneficio), lo cierto es que se ha profundizado poco en
los mecanismos para integrar ambos criterios en la práctica. En este sentido, Pearce y
Turner (1995, p. 283) esbozan una posible vía para integrar ambos criterios: que cada
proyecto se decida en función de una comparación entre los costes y beneficios pero
que si esas decisiones suponen una disminución de las existencias de capital natural,
deberían llevarse a cabo otros proy ectos que compensen esa disminución. De esta
forma, la suma del daño am biental provocado por un conjunto determinado de pro-
yectos debería compensarse por otros proyectos dirigidos a la reposición del capital
natural (el proy ecto de reposición no tendría necesariamente que ser llevado a cabo
por quien causa el daño, ni en el lugar en el que se causa el daño, ni en el mom ento
en que se causa el daño).
Por último, para el enfoque monetario el crecimiento económico es posible y ne-
cesario, por lo que el problema no estaría en si se crece o no, sino en cómo se crece.
Debe orientarse el crecimiento económico hacia una senda ambientalm ente más ra-
zonable y, para ello, es necesario tener en cuenta el valor económico total (VET) del
medio ambiente en los procesos de tom a de decisiones y modificar los indicadores
tradicionales de crecimiento (PIB, PNB,..) para que incorporen el VET de los recur-
sos naturales.
Como hemos señalado, el criterio de m antener el stock agregado de capital natural
implica la consideración de que existe sustituibilidad perfecta entre los componentes
del capital natural. Posteriormente se ha matizado en algunos casos este supuesto al
aceptar la existencia de componentes del capital natural que no pueden ser sustitui-
dos, por lo que deberían considerarse componentes críticos que no deberían dismi-
nuir a lo largo del tiempo. Pero, según este enfoque, dicha m atización no debe llevar
a no considerar las diferentes opciones de sustitución que pueden darse entre los dife-
rentes tipos de capital. Y dado que el crecimiento económico es necesario, es impor-
tante seleccionar aquella estrategia para la sostenibilidad que sea menos costosa en
términos de crecimiento económico y esto sólo se conseguirá si se tienen en cuenta
todas las posibilidades de sustitución entre los diferentes tipos de capital (incluidas
las referidas a la sustitución entre los componentes del capital natural). Com oquiera
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
116
que esas posibilidades de sustitución pueden ser también espaciales o temporales, en
el primer caso se trataría de compensar las dism inuciones en el stock de capital en
una región por los incrementos en otra, mientras que, en el segundo, deberían tenerse
en cuenta las posibilidades de que el stock de capital pueda dism inuir temporalmente
(con incrementos en el consumo) pero ser compensado con aumentos posteriores
(con incrementos en el ahorro).
En este sentido, Dubourg y Pearce (1996, p. 33) advierten del elevado coste en
términos de bienestar que puede suponer una elección inadecuada de la unidad de
análisis al tratar de tomar decisiones sobre la preservación del capital natural. Insis-
ten en que “la clave para políticas de desarrollo sostenible eficientes es reconocer el
grado en que los diferentes tipos de capital pueden ser sustituidos unos por otros.
Cuando la sustitución es posible, debemos hacer énfasis en las políticas a “alto ni-
vel”, basadas, quizá, en un esquema de contabilidad nacional modificado, para ase-
gurar que la reinversión en los sustitutos es suficiente para compensar la disminución
en cualquier otra parte. Cuando la posibilidad de sustitución es limitada, podem os
formular políticas sectoriales dirigidas a tipos específicos de capital para asegurar
que no sufren un daño neto en el largo plazo”.
Señalemos finalmente que, en general, las posibilidades de sustitución estarán
muy condicionadas por el estado del progreso tecnológico y científico a la hora de
elaborar las decisiones de política económica correspondientes.
♦ Enfoque entrópico
Propuesto por H. Daly y sus seguidores, este enfoque defiende que la única vía
para lograr la sostenibilidad del desarrollo es reduciendo los flujos de materiales y
energía utilizados en los procesos económicos para ajustarlos a los límites bio-físicos
impuestos por la naturaleza, límites que, de form a general, pueden resumirse en los
tres criterios de sostenibilidad ya mencionados. Como enfatizan Daly y Cobb, “la
economía está obligada a operar con volúmenes de flujos de recursos que se encuen-
tran dentro de las capacidades de regeneración y absorción de desechos de la biosfera
renovable”, es decir, “la economía tiene una escala apropiada en relación con el eco-
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117
sistema. Entendemos aquí por ‘escala’ el tamaño físico, o sea, la población m ultipli-
cada por las tasas de uso per cápita de recursos” (Daly y Cobb, 1993, p. 134). Dados
los límites referidos, las sociedades deben ajustarse a ellos seleccionando la combi-
nación deseada entre el tamaño de la población y el uso de los recursos.
Precisemos que el enfoque entrópico se asienta sobre dos principios básicos, to-
mados a su vez de la obra de Georgescu-Roegen y a los que ya hicimos referencia al
beneficiarnos de las aportaciones de este autor: a) por una parte, la naturaleza entró-
pica, unidireccional e irreversible, del proceso económico; b) por otra, la comple-
mentariedad existente entre el capital natural y el capital construido.
Veámoslos separadamente, siguiendo a aquellos autores.
a) A partir de este principio básico, deducen que la única manera de ralentizar el pro-
ceso entrópico es limitar los flujos de materiales y energía a los límites biofísicos im-
puestos por la naturaleza.
En este sentido, este enfoque considera que, ya que los recursos (baja entropía) y la
capacidad de asimilación del medio son lim itados, la única forma de ralentizar (no de
evitar, pues es inevitable) el proceso entrópico para garantizar una mayor longevidad al
sistema económico es obligándolo a funcionar dentro de sus límites biofísicos (recogidos
por los tres criterios de sostenibilidad). Se t r a t a r í a, p o r l o t an to , d e q u e e l s i s t e ma e c o -
nómico funcionase en una escala óptima en relación con el sistema total. Para ello,
será necesario ajustar los flujos de materiales y energía usados en los procesos eco-
nómicos a los límites biofísicos im puestos por la naturaleza 61 .
b) Partiendo de este segundo principio, llegan a la conclusión de que el crecimien-
to económico conduce inexorablemente al crecim iento en los flujos de materiales y
de energía y, es más, esos dos tipos de crecimiento pueden prácticamente identificar-
se. De ahí que, el modelo de flujo de fondos de Georgescu-Roegen sirva de base ar-
61 Obsérvese que, al evaluar las distintas alternativas para alcanzar un determinado fin, debería optarse por
la que minimice el flujo de materia-energía para evitar así acelerar el proceso entrópico. En este sentido,
puede interpretarse que el análisis coste-beneficio ampliado y los proy ectos de compensación que proponía el
enfoque anterior pueden conducir a la aceleración del proceso entrópico puesto que no se están teniendo en
cuenta los flujos de materia y energía al tomar las decis iones, de forma que, al llevar a cabo el proy ecto y su
compensador, se puede estar consumiendo más energía y materiales que si la decisión se hubiese adoptado en
función de la minimización del uso de materia y energía.
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Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
118
g u me n t a l p a r a s o s t e n e r q u e las posibilidades que ofrecen el progreso tecnológico y el
reciclado para superar los límites que la naturaleza impone al crecimiento económ ico
so n m uy l i m i t ad as y a q ue consideran que el capital natural y el capital artificial son
sólo marginalmente sustitutivos debido a las diferentes funciones que desempeñan en
el proceso de producción. Como señala Daly (1991) es importante mantener intacto
el capital, tanto natural como fabricado, a un nivel óptimo. Pero a la hora de determi-
nar la combinación adecuada entre capital natural y capital fabricado es necesario te-
ner en cuenta que, en el proceso de producción, son básicamente complem entarios y
sólo muy marginalmente sustitutivos, es decir, “el capital es sustitutivo de los recur-
sos en el limitado ámbito de la m inimización y el reciclaje de los desechos del m ate-
rial utilizado. Pero esta posibilidad de sustitución es ínfima en comparación con la
abrumadora complementariedad que existe necesariamente entre lo que se transforma
(recurso) y el agente de la transformación (capital)” (p. 39).
Si a todo lo anteriormente expuesto se añade que, para este enfoque, los importan-
tes problemas medioam bientales actuales no son más que la constatación de
que el sistema económico ha alcanzado ya sus límites biofísicos, la única alternativa
viable es frenar el crecimiento económico. Como señala Daly (1991, p. 40): “El cre-
cimiento cuantitativo tanto de las poblaciones como de la producción y consumo de
mercancías deberá, en último término, finalizar; pero la mejora cualitativa puede pro-
seguir en un régimen de desarrollo sostenible”; a lo que añade “Lo discutible
es si el crecimiento, en el margen actual, nos está haciendo en verdad m ás ricos.(...)
El crecimiento, como cualquier otra cosa, puede costar má s de lo que vale en el mar-
gen. El crecimiento, al que dimos en referirnos habitualm ente como ‘crecimiento
económico’ mientras estábamos por debajo de la escala óptim a, se convierte en ‘cre-
cimiento antieconómico’ una vez se ha sobrepasado dicho óptimo” (Daly, 1991, p.
41).
En definitiva, las sociedades pueden y deben progresar ajustándose a los límites
biofísicos, por lo que el objetivo final para este enfoque no debe ser el crecimiento
económico sino el desarrollo social y humano en un sentido amplio y, por tanto, es
necesario elaborar indicadores que permitan medir el progreso de las naciones y que
sustituyan a las tradicionales medidas de crecimiento.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
119
♦ Enfoque dinámico-ecológico
Para este enfoque, la condición para lograr un desarrollo económico sostenible es
mantener la resiliencia del sistema conjunto (económ ico-ecológico) pero eso sólo
puede garantizarse si se mantiene la resiliencia del sistema ecológico. Una gran parte
de nuestra explicación de este enfoque está basada en Perrings (1996).
En efecto, se considera aquí que el desarrollo sostenible no puede analizarse desde
una perspectiva estática. El sistema económico y el ecológico coevolucionan, es de-
cir, existen conexiones entre ambos de forma que los cam bios en una parte de uno de
ellos provocan cambios en ambos sistemas por interdependencias y mecanismos de
retroalimentación. De ahí la pertinencia de un análisis dinámico para el sistem a con-
junto económico-ecológico.
Pues bien, una de las características importantes de la dinámica del sistema con-
junto es la existencia de múltiples equilibrios localmente estables separados por equi-
librios inestables o umbrales − tam bién denominados variedades inestables ( unstable
manifolds ) − , de forma que, el paso de un equilibrio estable a otro supone profundos
cambios en la estructura y organización del sistema, cambios que no tienen por qué
ser ni continuos ni graduales. Así, entre dos equilibrios localmente estables existen
umbrales que al ser traspasados producen cambios radicales, irreversibles e im prede-
cibles, en la estructura y organización del sistema, y este pasa a converger hacia el
nuevo equilibrio estable. La magnitud de la perturbación necesaria para provocar di-
chos cambios será diferente dependiendo de la posición del sistema, esto es, si el sis-
tema se encuentra en una posición próxima al equilibrio estable (en cuyo caso una
gran perturbación puede provocar pocos cambios) o en una posición próxima al um -
bral (en este caso una pequeña perturbación puede conducir a cambios im predeci-
bles) (Perrings, 1996, pp. 234-235). Por consiguiente, no puede hablarse de un único
estado de equilibrio ni, por tanto, de una única escala óptima del sistem a económico
con relación al sistema ecológico. El sistema económ ico y el sistema ecológico, co-
mo sistemas abiertos y vivos, evolucionan continuamente hacia formas de organiza-
ción más complejas y la evolución de uno influye en la evolución del otro así com o
en las relaciones entre ellos.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
120
En este preciso contexto, es importante considerar la resiliencia del sistema con-
junto, entendiendo por tal “una medida de la perturbación que puede ser absorbida
antes de que el sistema cruce una variedad inestable [ unstable manifold ] , y converja a
otro estado de equilibrio” (Perrings, 1996, p. 243) 62 , de manera que a m ayor proxi-
midad del sistema conjunto a los umbrales de resiliencia, m ayores son las posibilida-
des de cambios irreversibles e impredecibles. Ahora bien, aunque nos estam os refi-
riendo a la resiliencia del sistema conjunto económico-ecológico, lo cierto es que,
como señala Perrings, la diferencia entre capital producido y capital natural en ese
sistema es, en un sentido amplio, la diferencia entre la parte controlable y la incontro-
lable del sistema, de forma que, aunque podamos elegir la inversión en capital pro-
ducido y, por tanto, la ratio entre capital producido y capital natural, sólo podremos
hacerlo si podemos predecir lo que sucede con la parte ecológica “incontrolable” del
sistema total. El problema es que sólo podem os predecir la dinámica del sistema eco-
lógico si este mantiene su resiliencia, dado que las nuevas situaciones de equilibrio
no pueden ser conocidas sin una observación previa. De ello deducimos que m ante-
ner la resiliencia de los ecosistemas es una condición previa (necesaria pero no sufi-
ciente) para poder mantener la correspondiente al sistema conjunto. La conversión de
capital natural en capital producido, derivada del desarrollo económico, supone un
coste y ese coste es precisamente la pérdida de resiliencia tanto de los ecosistemas
como del sistema global.
Como advierte Perrings, desde esta perspectiva no tiene sentido hablar de la com-
paración entre costes y beneficios ya que la dinámica del sistema es desconocida una
vez traspasados los umbrales de resiliencia y no puede ser inferida por la historia del
sistema. Además, los precios de m ercado no recogen si nos estamos o no aproximan-
do a esos umbrales de resiliencia. La raíz profunda del problema se encuentra en que
en la mayoría de los casos los procesos ecológicos clave no pueden observarse ni
62 Disponemos de otra definición de resiliencia en la literatura ecológica entendida ahora como una medida
de la resistencia del sistema a la perturbación y la velocidad para retornar al estado de equilibrio. En este caso
se relaciona el concepto con el retorno a un determinado estado de equilibrio (se estaría centrando en las pro-
piedades de un sistema próximo a un estado de equilibrio estable), m ientras que en la prim era definición esta-
ría relacionado con la perturbación que puede absorber antes de que se produzca el cambio hacia otro estado
de equilibrio diferente (se centraría en las propiedades de un sistema alejado de un estado de equilibrio esta-
ble). En cualquiera de los dos casos, la resiliencia se refiere a la capacidad de un sistema para mantener su es-
tructura organizativa ante la perturbación.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
121
controlarse: “Ni la asignación de derechos de propiedad, ni la reforma de las políticas
de precios de los gobiernos, ni la estimación de la disposición a pagar por los bienes
públicos puede cambiar esto. En estas circunstancias, lo mejor que puede lograrse a
través de la gestión medioambiental es la estabilización del sistema a niveles sosteni-
bles de actividad, y esto es lo mismo que proteger la resiliencia del sistema” (Pe-
rrings, 1996, p. 248).
Debe tenerse en cuenta que la intervención humana puede disminuir pero también
puede reforzar la capacidad del ecosistema para ser resiliente ante el estrés. También
es necesario subrayar que la propuesta de Perrings de “estabilizar el sistema a niveles
sostenibles de actividad” no garantiza el control de la evolución del sistem a conjunto
puesto que, aunque gestionemos la parte controlable del sistem a, no se puede dirigir
lo que suceda con la parte incontrolable y no perfectamente conocida del mism o por
lo que pueden producirse cambios organizativos en el ecosistema que inducirían a
cambios en la organización del sistema económ ico.
♦ Enfoque tecnológico-evolucionisa
Antes de referirnos a los planteamientos y criterios de este enfoque creemos nece-
sario justificar su consideración en este apartado puesto que se integraría dentro de la
corriente económica evolucionista e incluiría a muchos autores de esa corriente que
se han interesado por las cuestiones de sostenibilidad desde esta perspectiva. En este
sentido, su inclusión deliberada aquí podría resultar discutible ya que, en general, los
autores de este enfoque no hacen explícitos criterios específicos para el uso del capi-
tal natural, como sucede con todos los enfoques mencionados anteriormente, aunque
suelen partir del reconocimiento de la existencia de restricciones ecológicas a la evo-
lución del sistema económico (lo que de alguna form a implica que no se acepta la
sustituibilidad perfecta entre capital natural y capital producido). Pensamos, sin em-
bargo, que procede ser examinada porque, como podrá verse, sus planteamientos
pueden considerarse casi complementarios a los de algunos de los enfoques anterio-
res, y, consecuentemente, sus criterios de acción pueden asimilarse (también com -
plementariamente) a los m ismos, aunque no hagan una referencia explícita a criterios
de uso del capital natural.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
128
servicios con muy diferentes requerimientos de recursos por unidad; 2) a través de la
sustitución entre inputs , especialmente las posibilidades de sustitución entre capital
natural y capital de fabricación humana; 3) a través del progreso técnico.
Las consideraciones sobre la relación entre el crecimiento económico y el creci-
miento material descansan así sobre el papel que puedan desempeñar las posibilida-
des de sustitución y el progreso técnico en el incremento de la productividad. Por
tanto, la posibilidad de que el deterioro del capital natural pueda suponer un freno al
crecimiento económico dependerá de la tasa de progreso técnico y de las posibilida-
des de sustitución, ya que, como señala el propio Lecomber, el límite al crecim iento
(económico) se retrasa indefinidamente si la productividad de los recursos crece a la
mism a tasa que la producción. Permítasenos recordar que ya nos hemos referido ex-
tensamente a los diferentes supuestos que se han planteado sobre las posibilidades de
sustitución entre capital natural y capital de fabricación humana.
En cuanto a la relación entre el crecimiento Tipo 2 y el crecimiento Tipo 4, ya
hemos visto, como el propio Ekins indicaba, que, aunque podría esperarse una rela-
ción positiva entre ambos, esa relación sería compleja debido a la existencia de ex-
ternalidades negativas 65 . Aún así muchos autores siguen defendiendo que, dado que
ha existido una buena correlación entre el crecimiento del PIB y el crecimiento del
bienestar económico puede seguir utilizándose el crecimiento del PIB com o una bue-
na aproximación al crecimiento del bienestar económ ico sin poner en tela de juicio ni
la naturaleza ni la calidad de ese crecimiento. Este planteamiento puede tener su ori-
gen, como sostienen Daly y Cobb, en la propia naturaleza confusa del indicador: “Lo
que queremos decir es que desde el principio ha habido cierta tensión en la conside-
ración de lo que mide el PNB. La tensión es visible en las indicaciones de los libros
de texto. Por una parte se destaca la actividad del mercado. Por otra hay un interés
por la formulación de juicios acerca del mejoramiento del bienestar. El PNB ha des-
65 Procede aquí citar el trabajo de Mishan (1971) en el que se analiza el impacto de esas externalidades ne-
gativas para concluir que “si a los hombres lo que les interesa primordialmente es el bienestar humano y no la
productividad concebida como un bien en sí misma, deben abandonar el desarrollo económico como un fin
prioritario de la política, a favor de una política que busque aplicar criterios de bienestar más selectivos”
(Mishan, 1971, p. 213). Frente a esta posición, Beckerman (1971, p. 40) argumenta que “algunas relaciones
técnicas entre crecimiento y bienestar definido más ampliamente –las que derivan de las externalidades en
general y la polución en particular- son más complicadas de lo que podrían parecer a primera vista, y que se
necesitan hipótesis especiales para establecer que el desarrollo es malo para el bienestar sobre la base de esas
externalidades”.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
129
tacado al mercado pero ha hecho modestos ajustes en la dirección del bienestar im pu-
tando un valor a la producción de bienes consumidos por los propios productores
agrícolas y a la vivienda ocupada por el propietario. Pero la mism a lógica que justifi-
ca la inclusión de estos rubros justificaría la inclusión de muchos otros. (....) ¿No se-
ría preferible tener una medida de la actividad del mercado que funcionara bien para
los propósitos más técnicos a los que se destina el PNB, y que no hiciera ningún ajus-
te en lo tocante a la medición del bienestar? Entonces podría formularse con mayor
claridad y neutralidad la cuestión del grado de la correlación existente entre el incre-
mento de la actividad del mercado y el bienestar económico de la población” (Daly y
Cobb, 1993, pp. 67-68) 66 67 .
Debe, además, tenerse en cuenta que la relación positiva entre crecimiento eco-
nómico y bienestar económico (y también bienestar hum ano) que se ha producido en
66 Cabe recordar que la cifra que proporciona el PIB no aporta ninguna información sobre la calidad de los
bienes y servicios consumidos ni sobre la distribución del tiempo entre ocio y trabajo ni sobre la distribución
de la renta. Y, salvo muy pocas excepciones, tampoco nos dice nada acerca de los bienes y servicios produci-
dos en una economía pero que no pasan por el mercado.
Tampoco considera adecuadamente el medio ambiente y el capital natural. En el PIB se incluy en, en gene-
ral, los bienes y servicios finales producidos por una economía durante un periodo de tiempo determinado.
Pero no se incluyen los bienes y servicios que presta el medio ambiente para los que no existe mercado pero
que sí influy en en el bienestar de los individuos. Entre ellos cabe destacar las funciones medioambientales de
regulación, soporte o recreación. Además, al tratarse de una magnitud flujo, no computa el deterioro que las
actividades productivas pueden estar provocando en el stock de capital natural, que en muchos casos es irre-
versible. El problema se agrava si se tiene en cuenta que las actividades de extracción de recursos naturales
se consideran producción y que el gasto necesario para defenderse de la contaminación y del daño m edioam-
biental también se considera producción.
La percepción de todas las deficiencias del PIB como indicador tanto de desarrollo como de sostenibilidad
ambiental ha dado lugar a propuestas de diversa índole cuy a pretensión es avanzar en la construcción de un
indicador (o indicadores) de desarrollo sostenible. Véase una revisión de las principales iniciativas en Tomás
Carpi (2003).
67 En cuanto a la posibilidad de que el crecimiento del PIB suponga un aumento del bienestar en los países
desarrollados se pronuncia Ay res (1996, p. 118) al afirmar que el crecimiento del PIB en estos países es bási-
camente una ilusión y que implica poco o ningún progreso en el bienestar humano en términos “reales” (sa-
lud, alimentación, vivienda, educación, etc.). Esto se debe, según este autor, a que el crecim iento en el PIB
puede atribuirse fundamentalmente a los gastos resultantes de tres tendencias: a) los costes inevitables aso-
ciados con el trabajo en sí mismo; b) a la creciente necesidad de protección frente a las amenazas a la vida, la
salud y la propiedad debidas a la urbanización, industrialización y a efectos colaterales de otras actividades
humanas, unidos a la creciente necesidad de compensar o reparar tales daños; y c) la destrucción de stocks de
recursos naturales sin reemplazarlos o sustituirlos. A estas tres tendencias, Ayres añade dos más: la m onetiza-
ción de la agricultura de subsistencia y la monetización del trabajo en el hogar.
Las tendencias del crecimiento económico señaladas por Ayres en la s economías ya desarrolladas supon-
drían un pequeño o incluso nulo aumento en las posibilidades de elección de los ciudadanos en la medida en
que se trataría fundamentalmente de gastos destinados a defenderse de los efectos negativos generados por el
propio proceso de desarrollo económico, por lo que no aportarían nada nuevo en términos de bienestar eco-
nómico.
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
130
determinados contextos no tiene por qué mantenerse en otros y bajo condiciones di-
ferentes. Adoptando una perspectiva más global, y recordando de nuevo a Boulding
(1989), el crecimiento del PIB que puede haber sido una buena aproxim ación a la
mejora en la calidad de vida en la economía del vaquero, puede no serlo en las con-
diciones de la economía de la nave espacial en las que la “calidad” de los bienes y
servicios deberá primar sobre la “cantidad”.
Consideramos pues que, a tenor de lo hasta aquí expuesto sobre los diferentes ti-
pos de crecimiento, podemos corroborar que las distintas posiciones sobre la relación
entre crecimiento económico y desarrollo sostenible que señalamos al comienzo del
presente epígrafe tienen su origen en diversas concepciones del objetivo desarrollo
sostenible y en diferentes supuestos sobre la sustituibilidad entre capital natural y
construido. Comentaremos brevem ente esas posturas.
a) El desarrollo sostenible se identifica con el crecimiento económico sostenido .
Para los defensores de esta posición el desarrollo sostenible consiste en garantizar el
mantenimiento de los niveles de consumo a lo largo del tiem po y para lograrlo es su-
ficiente con mantener las existencias totales de capital (criterio de sostenibilidad dé-
bil).
Por tanto, desde esta perspectiva, se está identificando el desarrollo con el desa-
rrollo económico y este, a su vez, con el crecimiento económico (calidad de vida
igual a nivel de vida), y a que el objetivo es mantener el consumo a lo largo del tiem -
po.
Además, esto no supondría ningún tipo de conflicto entre el sistema económico y
el natural dado que se adopta una posición que podría considerarse optimista sobre
las posibilidades de sustituir capital natural por capital fabricado (de hecho, una per-
fecta sustituibilidad entre capital natural y fabricado). El progreso tecnológico in-
herente al proceso de crecimiento económico permitirá un uso m ás eficiente de los
recursos naturales y menos emisiones contam inantes y, en el caso de que algunos de
los recursos naturales utilizados puedan agotarse a lo largo del proceso de crecimien-
to, será precisamente el propio progreso tecnológico el que permitirá encontrar susti-
tutos que desempeñen las mi smas funciones en el proceso productivo, por lo que el
agotamiento de esos recursos no supondrá un freno al crecimiento. Aún así, el ago-
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
131
tamiento no es considerado el supuesto más realista ya que la creciente escasez con-
ducirá a un incremento de los precios de esos recursos que obligará a la búsqueda de
sustitutos antes de que se agoten definitivamente.
b) El desarrollo sostenible requiere atender no sólo a la “cantidad” sino también
a la “calidad” del crecimiento económico . En general, los autores que pueden situar-
se dentro de este grupo coinciden en que debe aplicarse el principio de precaución en
el uso del capital natural debido a que, por su multifuncionalidad, no es perfectamen-
te sustituible por el capital construido. El mantenimiento de las importantes funcio-
nes que desempeña el capital natural, tanto como proveedor de recursos al sistema
económico como en su papel de sustento de la vida en el planeta, establece los lími-
tes al uso del capital natural. Sin embargo, adoptan una posición relativamente opti-
mista sobre las posibilidades que ofrecen la tecnología y el conocimiento, a la vez
que consideran que el ser humano puede también intervenir incrementando la resili-
cencia de los ecosistemas. Pero esos avances no son una consecuencia automática del
crecimiento económico sino, por el contrario, serían el resultado del compromiso so-
cial, político y económico con un desarrollo ambientalmente sostenible. Por lo tanto,
en una estrategia para el desarrollo sostenible, el problema es “no si crecemos o no,
sino como se crece” (Pearce et al , 1991, p. 22).
Ahora bien, aunque hemos concentrado nuestra atención sobre la caracterización
general de los defensores de esta posición, también podrían establecerse dentro de la
mism a clasificaciones más detalladas en función de los diferentes grados de sustitui-
bilidad que se aceptan entre el capital natural y el capital fabricado o entre los dife-
rentes tipos de capital natural, cuestiones que ya se expusieron en el epígrafe ante-
rior.
c) El desarrollo sostenible sólo es posible si se frena el crecimiento económico .
Los partidarios de frenar el crecimiento económico defienden la complem entariedad
fundamental entre el capital natural y el capital construido. De esta forma, aunque la
tecnología y el reciclado permitan un cierto grado de sustitución entre los dos tipos
de capital, sólo puede considerarse en tanto que una posibilidad muy marginal. De-
fienden también la existencia de una única escala óptima del sistema económ ico en
relación con el ecosistema global. Para estos autores, los crecientes síntomas de in-
sostenibilidad evidencian que el uso del capital natural está superando los límites que
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
132
impone la escala óptima, razón por la que la única alternativa posible para la sosteni-
bilidad es frenar el crecimiento material lo cual, dada la complementariedad abruma-
dora entre capital natural y fabricado, implicaría también frenar el crecim iento eco-
nómico. Por tanto, los esfuerzos deben dirigirse a mejorar los aspectos cualitativos
del desarrollo y, dado que en los países menos desarrollados aquel va a estar aún
muy ligado al crecimiento material, deberá m ejorarse la distribución de los recursos
disponibles.
Creemos que, a partir de todo lo que anteriormente hem os expuesto, procede ase-
verar que el debate abierto en su día por el Informe Meadows sobre los límites del
crecimiento económico 68 , no sólo se mantiene vivo 69 , sino que se ha visto sustan-
68 Meadows, D.H.; Meadows, L.D.; Randers, J.; y Behrens III, W. (1972): The limits to growth: a report
for the Club of Rome´s Project on the predicament of mankind , Potomac, Londres. (Hay disponible versión
en castellano, publicada en 1973 por el Fondo de Cultura Económica). Procede mencionar aquí el análisis
realizado por Tamames (1985, capítulo 10) tanto del contenido y conclusiones del Informe como de las críti-
cas de las que fue objeto. En relación con las conclusiones, los autores del MIT ( cit . en Tamames, 1985, pp.
125-126; pp. 23-24 en la obra original) las resumen en tres, que son: “1) Si continúan sin cambios las tenden-
cias actuales de crecimiento de la población mundial, de la industrialización, contaminación, producción de
alimentos y agotamiento de recursos, los límites al crecimiento del planeta se alcanzarán dentro de los
próximos cien años. El resultado más probable será un declive súbito e incontrolable tanto de la población
como de la capacidad industrial. 2) Es posible modificar estas tendencias de crecimiento y establecer unas
normas de estabilidad ecológica y económica que puedan ser mantenidas por mucho tiempo de cara al futuro.
El equilibrio global podría diseñarse de modo que las necesidades básicas m ateriales de cada habitante de la
Tierra puedan ser satisfechas, y de forma que cada persona tenga iguales oportunidades de realizar su poten-
cial humano individual.3) Si los pueblos de la Tierra se deciden por esta segunda alternativa y no por la pri-
mera, cuanto antes empiecen a trabajar a favor de ella mayores serán sus posibilidades de éxito”. Entre las
principales críticas al Informe Meadows (Tamames, 1985, p. 126 y ss.) destacan las que se dirigen a los su-
puestos tecnológicos del modelo utilizado para la predicción y simulación: aunque se acepta un progreso téc-
nico sostenido se suponen rendimientos decrecientes en la agricultura y los recursos naturales a lo que hay
que añadir que no se considera la posibilidad de una m ejora continua en la tecnología anticontaminación.
Más reciente es la respuesta de los autores a dichas críticas en un trabajo que ha sido considerado la conti-
nuación del Informe anterior y cuyos resultados se sintetizan en el siguiente párrafo: “las tres conclusiones
que delineamos en Los límites del crecimiento siguen siendo válidas, pero se deben reforzar. Ahora las hemos
dejado establecidas como sigue: 1) La utilización humana de muchos recursos esenciales y la generación de
muchos tipos de contaminantes han sobrepasado y a las tasas que son físi camente sostenibles. Sin reducciones
significativas en los flujos de materiales y energía, habrá en las décadas venideras una incontrolada disminu-
ción per cápita de la producción de alimentos, el uso energético y la producción industrial. 2) Esta disminu-
ción no es inevitable. Para evitarla son necesarios dos cam bios. El primero es una revisión global de las polí-
ticas y prácticas que perpetúan el crecimiento del consumo material y de la población. El segundo es un in-
cremento rápido y drástico de eficiencia con la cual se utilizan los materiales y las energías. 3) Una sociedad
sostenible es aún técnica y económicamente posible (...)” (Meadows et al , 1994, p. 23).
69 Merece ser referenciada aquí, por reflejar las claves del citado debate, la serie de entrevistas realizadas a
destacados científicos por parte de Willem L. Oltmans ( ed .) (1975). Respecto de la motivación de la presente
nota, destacamos las respuestas de los siguientes autores: Paul R. Ehrlich (pp. 96-102); William D. Nordhaus
(pp. 143-150); Ernest Mandel (pp. 155-162); Barry Commoner (pp. 194-200); Erza J. Mishan (pp. 244-251);
Gunnar Myrdal (pp. 271-277); Kenneth E. Boulding (pp. 495-500).
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
133
cialmente ampliado en varias direcciones, de manera que estam os aún lejos de con-
formar un criterio unificador, a lo que hay que añadir las incertidumbres que
todavía debe despejar la Ciencia Económica − lato sensu − , en todo caso cada vez más
y más compelida a incorporar crecientes dosis de interdisciplinaridad en el fu-
turo.
Nada mejor para ilustrar tal situación que beneficiarnos de la singular aportación
de Naredo (1987), lo que nos permitirá concluir el contenido del presente capítulo de
nuestra Memoria Doctoral.
En efecto, nuestro autor, decididamente partidario de un enfoque ecointegrador
(entre lo económico y ecológico) sostiene que este no puede tener como objetivo el
crecimiento de una magnitud com o el PIB pero tampoco el crecimiento cero, puesto
que propugna un estancamiento difícilmente com patible con la propia noción de sis-
tema económico. Com o señala Naredo: “Este enfoque [el ecointegrador] trata sim-
plemente de proporcionar las orientaciones necesarias para que tal sistema [el
sistema económico] evolucione en el territorio considerado, no ya hacia la estabilidad
ecológica y el equilibrio financiero que garantizan su viabilidad a largo plazo, sino
también básicamente a favor de los valores vitales de sus habitantes, siendo la espe-
ranza de vida uno de sus valores más sintéticos y relevantes. Y esa evolución
entrañará sin duda la expansión de ciertas actividades y la regresión de otras,
la apropiación, transformación y uso acrecentado de determinados materiales y
energías y el abandono de otros, todo ello claro está dentro de los límites que plan-
tean los recursos y las tecnologías disponibles en el marco de estabilidad propuesto.
El objetivo de la estabilidad ecológica no puede oponerse, pues, a una perspectiva
evolucionista de la gestión de los recursos naturales (...)” (Naredo, 1987, pp.
514-515).
Si no hay una escala óptima única del sistema económico en relación con el eco-
sistema global sino que la escala óptima depende en cada m omento de la coevolución
de los sistemas, el crecimiento cero es un objetivo tan arbitrario como el crecim iento
del PIB. La evolución del sistema económico deberá orientarse al desarrollo sosteni-
ble, lo que implica rechazar el crecimiento indiscrim inado y adoptar una planifica-
ción previa que, a nuestro entender, debe basarse en cuatro pilares:
María Rosario Díaz Vázquez
Desarrollo sostenible y crecimiento económico...
134
− Un estudio en profundidad de los materiales y de las fuentes de energía disponi-
bles.
− Un conocimiento lo más preciso posible de los efectos de las actuaciones hum anas
sobre el ecosistema global en cada mom ento.
− Orientación deliberada de la tecnología puesto que no es neutra y nada garantiza
que se dirija automáticamente hacia el desarrollo sostenible.
− Educación ambiental (en valores).
Capítulo 2
Aproximación empírica a la relación entre
crecimiento económico y medio ambiente:
la Curva de Kuznets Ambiental
137
Capítulo 2
Aproximación empírica a la relación entre
crecimiento económico y medio ambiente:
la Curva de Kuznets Ambiental
2.1. INTRODUCCIÓN
En el capítulo anterior, hemos presentado diferentes posturas ante la relación entre
medio am biente y crecimiento económico. Mientras algunos autores establecen una
relación positiva entre el crecimiento económico y el deterioro medioam biental − de-
fendiendo así la necesidad de establecer un límite al crecimiento − , otros propugnan el
crecimiento económico com o el único camino viable para la protección del medio na-
tural.
La hipótesis que se ha denominado Curva de Kuznets Ambiental (CKA) se ha
unido desde principios de los noventa a este debate. Esta hipótesis sugiere que la rela-
ción entre la renta per cápita y la degradación medioambiental podría representarse
por una U invertida, de forma que el deterioro ambiental m antendría una relación cre-
ciente con la renta hasta alcanzar un nivel crítico de ingreso per cápita a partir del
cual los incrementos de la renta irían acompañados de m ejoras en la calidad me-
dioambiental 70 .
70 Azqueta (2002, pp. 329-333) incluye una breve referencia a la cuestión en su manual de Economía Am-
biental.
María Rosario Díaz Vázquez
Aproximación empírica a la relación entre crecimiento...
144
otros regresores, lo que no es probable que suceda. Si esa correlación existe, modeli-
zarlo como un efecto aleatorio generará una correlación entre la perturbación y el re-
gresor lo que provocará un sesgo en los coeficientes estimados por el modelo de efec-
tos aleatorios. Como advierte Green (1999, p. 548), en el caso de que exista dicha co-
rrelación “el tratamiento de efectos aleatorios puede ser inconsistente, debido a varia-
bles omitidas”.
Con el fin de determinar si el modelo adecuado es el de efectos aleatorios, se utili-
za el contraste de Hausman para analizar la posible correlación existente entre la per-
turbación y los regresores. Bajo la hipótesis nula de no correlación entre la perturba-
ción y los regresores, el modelo de efectos aleatorios es aplicable y el estimador de
mínim os cuadrados generalizados factibles (MCGF) es consistente y eficiente (Ken-
nedy, 1998, p. 227). Las consecuencias del resultado de este contraste para los estu-
dios CKA se analizan en la sección dedicada a las principales críticas econo-
métricas.
Una vez estimado el modelo, el segundo paso en los trabajos em píricos sobre la
CKA es estimar el punto crítico (en adelante PC), esto es, el nivel de renta per cápita
en el que el indicador de deterioro medioambiental alcanza su valor m áximo y, a par-
tir del cual, los valores del indicador disminuyen a medida que aumenta la renta per
cápita (sería así el punto en el que la curva alcanza su máximo). Si el modelo CKA
está especificado en la forma cuadrática tomando las variables en niveles, el PC esti-
mado se calcula:
τ = - α 1 / (2 α 2 ) (2.6)
Si el modelo está especificado en la forma cuadrática tom ando las variables en lo-
garitmos, el PC estimado se calcula:
τ = exp (- α 1 / (2 α 2 )) (2.7)
Una vez presentados los aspectos básicos relativos al modelo CKA estándar, y an-
tes de proceder a la exposición de los principales resultados de los trabajos empíricos,
debemos detenernos en la cuestión, no precisamente baladí, de la selección de los in-
dicadores utilizados. Como veremos en epígrafes posteriores, los estudios econom é-
María Rosario Díaz Vázquez
Aproximación empírica a la relación entre crecimiento...
145
tricos sobre la CKA han utilizado diversos indicadores medioambientales: em isiones
de contaminantes a la atmósfera y al agua; concentraciones de contaminantes en el
medio (agua y aire); la tasa de deforestación o el agotamiento de los nutrientes del
suelo para reflejar la degradación del suelo; el acceso a agua potable y al saneamien-
to; los residuos municipales; la intensidad tóxica; el volumen de tráfico; o el consum o
de energía.
De todos ellos, los más estudiados han sido los de contam inación atmosférica y
entre ellos, especialmente, las emisiones y concentraciones de SO 2 .
Una revisión rápida a la lista de los indicadores nos permite observar la diferente
naturaleza de los mism os, lo que a priori puede condicionar los resultados de las es-
timaciones. Para profundizar en ello podemos recurrir al conocido sistem a de Pre-
sión-Estado-Respuesta para la clasificación de los indicadores medioambientales 73 .
En este sistema se desarrollan tres tipos de indicadores (Ministerio de Medio Am-
biente, 1996):
− De presión, que representan las presiones directas e indirectas sobre el m edio am-
biente.
− De estado, que reflejan la calidad del medio ambiente.
− De respuesta, que recogen los esfuerzos realizados en políticas ambientales y de
recursos naturales.
Por tanto, las emisiones de un contaminante son un indicador de presión, mientras
que las concentraciones en el medio de dicho contaminante son un indicador de esta-
do.
73 El marco de análisis Presión-Estado-Respuesta ha sido el modelo de desarrollo de indicadores medioam-
bientales utilizado por la OCDE y es el modelo en el que se basa el Sistema español de indicadores am bienta-
les (véase, por ejemplo, en Ministerio de Medio Ambiente, 1996, 1998 y 1999). Este modelo se basa en el
concepto de causalidad: “(…) las actividades humanas ej ercen presiones sobre el medio y cambian su calidad
y la cantidad de recursos naturales. La sociedad responde a esos cambios a través de políticas ambientales,
sectoriales y económicas. Esto último crea un bucle hacia las actividades humanas de presión. En términos
generales, estos pasos forman parte de un ciclo de política am biental que incluye la percepción del problema,
la formulación de políticas, y el seguimiento y evaluación de las mismas” (OCDE, 1998, cit. en Ministerio de
Medio Ambiente, 1996, p. 12).
María Rosario Díaz Vázquez
Aproximación empírica a la relación entre crecimiento...
146
El acceso al agua potable, el acceso al saneamiento urbano y el porcentaje de áreas
protegidas se incluirían en el grupo de indicadores de respuesta y cabe esperar que,
cuando la respuesta requiere una inversión en infraestructuras, los esfuerzos realiza-
dos aumenten con el nivel de renta, esto es, a priori se esperaría una relación positiva
entre la renta y ese tipo de indicadores, y no en forma de U invertida.
Tal y como se formula la hipótesis CKA en la literatura, la relación debería esta-
blecerse entre un indicador del desarrollo económico y un indicador que permita re-
coger los cambios en la calidad medioam biental. Hemos me ncionado que en los estu-
dios empíricos suele utilizarse la renta per cápita como indicador de desarrollo eco-
nómico y acabamos de señalar la variedad de indicadores m edioambientales que se
están empleando. Ahora bien, no todos ellos permiten recoger el deterioro o la mejora
efectiva de la calidad medioambiental.
Con ese propósito parecería más adecuado un indicador de estado que un indica-
dor de presión o de respuesta. El indicador de presión no tiene por qué estar directa-
mente relacionado con la calidad del medio ya que no se está teniendo en cuenta la
capacidad de asimilación y de adaptación del entorno natural. Tampoco recoge la ca-
lidad del medio el indicador de respuesta. Sin em bargo, el indicador de estado tam-
bién presenta limitaciones; podemos citar dos im portantes.
Por un lado, las variaciones en un indicador de estado (o en cualquier tipo de indi-
cador medioambiental) sólo son relevantes si el medio natural no ha entrado en un
proceso de deterioro irreversible. En este caso, ni, por ejemplo, la disminución de las
concentraciones en el medio podría asociarse a una mejora en la calidad medioam -
biental.
Por otro lado, existen contaminantes con efectos transfronterizos, por lo que de-
terminar el estado del medio am biente en un territorio determinado no sería en ese ca-
so representativo del daño medioambiental realm ente causado, com o sucede, por
ejemplo, con el SO 2 (y con algunos contaminantes atm osféricos). En este caso, los re-
sultados de la estimación, especialmente los PC com o veremos, pueden variar si el
indicador elegido son las concentraciones de SO 2 en el medio (estado) o las emisiones
de SO 2 (presión). En el caso concreto del SO 2 y de otros contaminantes que no sólo
tienen efectos locales sino también efectos transfronterizos, la diferencia entre con-
María Rosario Díaz Vázquez
Aproximación empírica a la relación entre crecimiento...
147
centraciones y emisiones debe tenerse en cuenta ya que, como advierte Ekins, “el da-
ño medioambiental, al contrario que el daño a la salud humana, es más probable que
esté relacionado con las emisiones agregadas que con las concentraciones urbanas”
(Ekins, 1997, p. 810). Dada la naturaleza transfronteriza de los problemas de la acidi-
ficación, las concentraciones de SO 2 en un punto no representarían el daño causado al
medio ambiente.
Es por ello frecuente que, en el caso de algunos contaminantes atmosféricos, se se-
leccione un indicador de presión en términos de emisiones per cápita, com o también
haremos en este trabajo. Esto plantea a su vez otro problema ya que, al estar expresa-
do en términos per cápita, una disminución del indicador no supone necesariamente
una reducción efectiva de las emisiones. Puede im plicar, simplem ente, que las em i-
siones siguen creciendo pero menos que la población, lo que no podría realm ente in-
terpretarse como una disminución absoluta de la presión ejercida sobre el entorno na-
tural. Trataremos de recoger estas diferencias en nuestro estudio.
2.3. PRINCIPALES CONCLUSIONES DE LOS ESTUDIOS EMPÍRICOS
Antes de exponer las conclusiones debemos recordar que Stern et al (1996), Ekins
(1997), Barbier (1997), Stern (1998), Stagl (1999), Dasgupta et al (2002) y Stern
(2003b) ofrecen revisiones de la literatura en las que incluy en completos re-
súmenes y tablas que recogen los resultados de diversos estudios empíricos realiza-
dos. Además, en 1997 la revista Environment and Development Economics , 2(4), de-
dicó un número especial a la CKA y lo mism o hizo en 1998 la revista Ecological
Economics , 25(2).
2.3.1. PRINCIPALES CONCLUSIONES DE LOS ESTUDIOS EMPÍRICOS SOBRE LA
CKA BÁSICA
Trataremos de sintetizar a continuación las conclusiones más destacadas resultan-
tes de la estimación del modelo básico de la CKA con datos internacionales. Enten-
demos por modelos CKA básicos cualquiera de los especificados en las ecuaciones
María Rosario Díaz Vázquez
Aproximación empírica a la relación entre crecimiento...
148
(2.2) a (2.5). Aunque en ese modelo se incluyen tanto efectos país como efectos tiem-
po, también se considera modelo CKA básico cuando se incluye sólo uno de los dos
efectos o una ordenada en el origen común. También considerarem os como m odelos
CKA básicos aquellos en los que a la forma polinómica en la renta per cápita se le
añaden variables explicativas como la densidad de población, una tendencia temporal,
diferentes tipos de ficticias de localización, el valor medio anual de la temperatura del
agua (en los contaminantes del agua) o la tasa de urbanización, ya que consideram os
que su inclusión no supone la introducción de hipótesis diferentes a la hipótesis CKA
básica.
No se considerarán en este punto los modelos CKA que incluyen otros tipos de va-
riables explicativas con la finalidad de contrastar hipótesis adicionales ni los estudios
centrados en los casos de países individuales ya que se les dedicarán posteriormente
epígrafes específicos.
Dividimos las conclusiones de los estudios empíricos sobre la CKA básica en tres
grupos:
− Principales conclusiones sobre la relación entre los indicadores medioambientales
y la renta: forma de las curvas estimadas.
− Principales conclusiones sobre los PC estimados.
− Conclusiones sobre la robustez de la relación estimada en los estudios CKA.
2.3.1.1. Principales conclusiones sobre la relación entre los indicadores
medioambientales y la renta: forma de las curvas estimadas
Con la finalidad de comentar los principales resultados sobre la forma de la curva
estimada de los estudios CKA, presentamos un cuadro resumen (Cuadro 2.1) en el
que se recoge la forma de las curvas resultantes de la estimación econométrica del
que hemos considerado modelo CKA básico, tal y como se ha descrito pre-
viamente.
María Rosario Díaz Vázquez
Aproximación empírica a la relación entre crecimiento...
149
Cuadro 2.1.- Form a de las curvas estimadas en estudios em píricos sobre la CKA
INDICADORES DE CONTAMINACIÓN ATMOSFÉRICA
ESTUDIOS CO 2
(epc) SO 2,x
(epc) SO 2
(cu) DM
(cu) MPS
(cu) MPS
(epc) NO 2,x
(epc) CO
(epc) CH 4
(epc) CFCs
(epc)
GK(1991)EA N N \
GK(1991)-EF N N /
HES (1992) ∩ (F)
G (1993) N N
P (1993) a,b ∩ ∩∩
S (1994) e / ∩∩
GK (1994) d,f N ∩ \
SS (1994) a,c ∩ ∩∩ ∩
CRB (1997) a,q ∩ (F) ∩ ∩∩ ∩ ns ∩
MU (1997) N
P (1997) c N (F)
TB (1998) N N \ m
AC (1999) a,g ∩
GL (1999) ∩
HMB(2001) a,b / ∩∩
SyC(2001) (I) a,c,o ∩ (F)
SyC(2001) (II) a,c,o ∩
HLyW (2002)-EA inN ∩ \
HLyW (2002)-EF U
HM(2002) ∩∩ ∩
INDICADORES DE CONTAMINACIÓN DEL AGUA
ESTUDIOS d.O 2 n f.col. (c) t.col. (c) Pb (c) Cd (c) Hg (c) As (c) Ni (c) DBO DQO Nit (c)
G (1993) U ∩ N N \ N N inN ∩∩ inN
S (1994) e \ N
GK(1994) d,f U ∩ N N inN ns N ns ∩∩ ∩
CRB(1997) (I) a,p ∩
CRB(1997) (II) a,p ∩ (F)
TB (1998) / ns
OTROS INDICADORES
ESTUDIOS Energ.
(cpc) Car.
agua pot. Car.
san. Vol.
traf. Res. urb.
(pc) Energ.
trans. (cpc) HE Tasa
defor. Int.
tóx. ANS AP
(%)
HLW (1992) ∩ h
HLW (1992) / i
P (1993) a,b ∩
S (1994) e \ \ / ns
CG (1994) a,j ∩
CG (1994) a,k ns
CRB(1997) a ∩ (F) ∩ (F) U (F) ∩ (F)
H (1997) /
R (1998) a /
TB (1998) N l N l
SC (1998) a ∩ (F)
AC (1999) a,g ∩
HMB(2001) a,b \ \ ∩ ns
B (2002) a,b U
María Rosario Díaz Vázquez
Aproximación empírica a la relación entre crecimiento...
150
Cuadro 2.1 (cont.).- Form a de las curvas estimadas en estudios em píricos sobre la CKA
INDICADORES MEDIOAMBIENTALES
− Contaminación atmosférica : CO 2 , dióxido de carbono; SO 2,x , dióxido de azufre u óxidos de azufre; DM,
smoke ( dark matter );MPS, materia particulada en suspensión; NO 2,x , dióxido de nitrógeno u óxidos de ni-
trógeno; CO, monóxido de carbono; CH 4 , metano; CFCs, incluye CFCs y halones.
− Contaminación del agua : d.O 2 , oxígeno disuelto; f.col, coliformes fecales ; t. col, coliformes totales; Pb,
plomo; Cd, cadmio; Hg, mercurio; As, arsénico; Ni, níquel; DBO, demanda
b
iológica de oxígeno; DQO,
demanda química de oxígeno; Nit., nitratos.
− Otros : Energ, consumo de energía; Car. agua pot., carencia de agua potable (%); Car. san., carencia de sa-
neamiento (%); Vol. traf., volumen de tráfico; Res. urb., residuos urbanos; Energ trans., consumo de ener-
gía del transporte; HE, huella ecológica; Tasa defor., tasa de deforestación; Int. tóx., intensidad tóxica;
ANS, agotamiento de los nutrientes del suelo; AP, (%) área nacional protegida.
ABREVIATURAS
EA, efectos aleatorios; EF, efectos fijos; F, PC fuera de la muestra; epc, em isiones per cápita; cu, concentra-
ciones urbanas; c, concentraciones; cpc, consumo per cápita; ns, no significativa; pc, per cápita.
FORMAS DE LA CURVA
/, curva con pendiente positiva no necesariamente lineal; \, curva con pendiente negativa no necesariam ente
lineal; U, curva en forma de U no necesariamente simétrica; ∩ , curva en forma de U invertida no necesaria-
mente simétrica; N, curva en forma de N no necesariamente simétrica; inN, curva en forma de N invertida
no necesariamente simétrica.
AUTORES
GK, Grossman y Krueger; HES, Holtz-Eakin y Selden; G, Grossman; P, Panayotou; S, Shafik; SS, Selden y
Song; CRB, Cole, Ray ner y Bates; MU, Moomaw y Unruh; TB, Torras y Boy ce; AC, Agras y Chapman;
GL, Galeotti y Lanza; HMB, Heerink, Mulatu y Bulte; Sy C, Stern y Common; HLyW, Har
b
augh, Levinson
y Wilson; HM, Hill y Magnani; HLW, Hettige, Lucas y Wheeler; CG, Cropper y Griffiths; H, Horvath; R,
Rothman; SC, Suri y Chapman; B, Bimonte.
NOTAS
a En estos estudios no se estima la especificación cúbica.
b Estos estudios utilizan únicamente datos de sección cruzada.
c En estos estudios se estima el modelo con efectos fijos y con aleatorios pero, al obtenerse la misma forma
de la curva (no los PC) en ambas estimaciones, se incluyen en el Cuadro como un único resultado. El esti-
mador de efectos aleatorios sólo es consistente en la sub-muestra “O CDE” del estudio de SyC (2001).
d En este trabajo los autores sólo utilizan el estimador de efectos aleatorios.
e Estos autores estiman tres formas funcionales en logaritmos: lineal, cuadrática y cúbica. Las curvas recogi-
das en el Cuadro corresponden a los resultados del modelo que presenta mayor capacidad explicativa en ca-
da caso.
f Estos autores añaden entre las variables explicativas la forma polinómica cúbica del PIB per cápita medio
de los últimos tres años y una tendencia temporal lineal.
g Del estudio de estos autores se recoge aquí el resultado del que denominan modelo CKA tradicional. El
modelo está en la forma cuadrática en logaritmos con efectos fijos de tiempo y país pero además del PIB in-
cluye como variables explicativas el logaritmo del cociente entre im portaciones de bienes manufacturados y
PIB y el del cociente entre exportaciones de bienes manufacturados y PIB.
h La variable dependiente es la intensidad tóxica por unidad de PIB.
i La variable dependiente es la intensidad tóxica por unidad de output industrial.
j Forma de la curva resultante de la estimación de la CKA para África y Latinoamé rica. El modelo CKA es-
timado está en la forma cuadrática en niveles a la que se añaden algunas variables como la densidad rural de
p
oblación, el cambio porcentual en el PIB per cápita, el cambio porcentual en la población, el precio de la
madera, una ficticia para cada país y una tendencia temporal.
k Forma de la curva resultante de estimar el modelo anterior pero para Asia.
l En estos casos, las variables dependientes no son la carencia sino el porcentaje de población con acceso a
agua potable y el porcentaje de población con acceso a saneamiento.
m En este caso la variable dependiente son las concentraciones de partículas pesadas.
n El aumento del oxígeno disuelto supone una mejora de la calidad del agua.
o (I) Estimación para las muestras “mundo” y “no-OCDE”; (II) Estimación para la muestra “OCDE”.
p (I) Estimación en niveles; (II) estimación en logaritmos.
q También estiman el modelo para las em isiones de SO 2 , NO 2 y MPS del transporte y obtienen curvas con
forma de U invertida.
La información sobre los trabajos G(1993), P(1993), SS(1994), HLW(1992), CG(1994) y H(1997), se ha
tomado de Stern et al (1996), Ekins (1997) y Stern (1998).
María Rosario Díaz Vázquez
Aproximación empírica a la relación entre crecimiento...
151
En muchos de los estudios incluidos en el Cuadro 2.1, se estiman varios m odelos
CKA pero, entre ellos, hemos seleccionado aquellos má s próximos a lo que hemos
descrito como modelo CKA básico. Si en algún caso se seleccionase un modelo que
incluyese variables explicativas diferentes a las anteriormente señaladas para el mo-
delo CKA básico, se indicará en las notas o en los comentarios sobre el Cua-
dro 2.1 74 .
También es frecuente que los autores realicen la estimación del modelo tanto en
niveles como en logaritmos. Cuando la form a general de la curva (no necesariamente
los PC) resultante de ambas estimaciones coincida, se señalará como un resultado
único en el Cuadro.
Antes de analizar la información contenida en el Cuadro 2.1, es necesario añadir
algunas precisiones sobre las formas de la curva en él recogidas debido a que, en al-
gunos estudios, los autores advierten que los PC estimados quedan fuera del rango de
renta de la muestra, de lo cual se deduce que la forma de la curva en ese rango será
diferente a la resultante de la estimación. Por ejemplo, la curva obtenida puede ser
una U invertida, pero si el PC estimado supera el nivel máximo de renta de la m ues-
tra, la relación estimada es, de hecho, creciente en la muestra considerada. Es por ello
que, aunque hemos destacado en el Cuadro 2.1 con una (F) aquellos trabajos en los
que el PC estimado queda fuera del rango de renta de la muestra, consideram os opor-
tuno ampliar dicha información explicando cuál es la forma de la curva que resultaría
en el intervalo acotado por la muestra de renta. Concretamente, debemos puntualizar
ese dato en los siguientes casos:
− En todos los trabajos señalados con una (F) en los cuales la curva estimada ha sido
una U invertida, el PC ha resultado superior al nivel máximo de renta de la m ues-
tra. De ello se deduce que la relación entre el PIB y el indicador es creciente en la
muestra de renta considerada. Además, aunque no es exactamente el caso que aca-
74 Remitimos también, para una inform ación más detallada, a los cuadros que incluiremos en el siguiente
apartado en los que recogeremos los principales estudios CKM sobre el CO 2 y el azufre. Aún así, debemos
subrayar que una gran parte de los estudios recogidos en el Cuadro 2.1 incluyen, entre los indicadores me-
dioambientales que analizan, bien las concentraciones o emisiones de azufre bi en las emisiones de CO 2 o
bien ambos contaminantes y , además, que suelen utilizarse casi las mismas variables explicativas para todos
los indicadores en cada estudio.
María Rosario Díaz Vázquez
Aproximación empírica a la relación entre crecimiento...
152
bamos de describir ya que no ha sido señalado con una (F), debem os mencionar el
resultado de la estimación para las emisiones de CO 2 en Hill y Magnani (2002)
porque conduce a una conclusión similar. Ciertamente, el PC que obtienen queda
dentro del rango de renta pero advierten que está muy próximo al nivel máxim o de
PIB de la muestra, por lo que la relación renta-indicador sería prácticamente cre-
ciente en la muestra 75 .
− La curva en forma de U obtenida para los residuos urbanos en Cole et al (1997)
resulta ser una relación creciente entre el indicador y el PIB per cápita en la mues-
tra.
− En el caso de la curva con forma de N invertida obtenida en Panayotou (1997) pa-
ra las concentraciones de SO 2 , el autor señala que los resultados de la estimación
indican la presencia de una relación en forma de U invertida considerando el rango
de los datos de renta (Panayotou, 1997, p. 476).
Una vez expuestas estas matizaciones, procedemos a comentar los resultados re-
cogidos en el Cuadro 2.1.
Si atendemos a dichos resultados, la hipótesis CKA parece cumplirse, en general,
para las emisiones de contaminantes atmosféricos, excepto el CO 2 y e l CH 4 , y para el
DBO y DQO, en los casos de contaminantes del agua. Sin embargo, cabe señalar que
en la mayoría de los estudios sobre emisiones de contaminantes atm osféricos no se
contrasta la especificación cúbica.
En el resto de los casos los resultados son más am biguos. Tanto en las concentra-
ciones de contaminantes atmosféricos como en las de contam inantes del agua apare-
cen con frecuencia curvas en forma de N 76 .
75 Cabe advertir que, en el trabajo de Hill y Magnani (2002), se realizan varias estimaciones del modelo
CKA: primero, con datos de sección cruzada; segundo, para grupos de países y , tercero, se estima un modelo
más global en el que se combinan ambos tipos de datos. Las formas de la curva incluidas en el Cuadro 2.1
son las obtenidas de la estimación de este último. Aún así, los resultados de este estudio serán analizados más
detenidamente en los próximos epígrafes.
76 Comentario aparte merecen los resultados y conclusiones obtenidas en Harbaugh et al (2002) para las
concentraciones de azufre, que dejamos para los siguientes epígrafes con el fin de evitar extendernos excesi-
vamente en este punto.
María Rosario Díaz Vázquez
Aproximación empírica a la relación entre crecimiento...
153
En el caso de las emisiones de CO 2 , en cinco trabajos (si incluimos el de Hill y
Magnani, 2002) se observa una relación positiva entre el PIB y las emisiones de CO 2
en el tramo de renta considerado; en otros dos, se obtiene una curva con forma de U
invertida; y, sólo en un caso, la curva estimada tiene forma de N (cuestión esta sobre
la que nos detendremos en breve).
Para el volumen de tráfico, el consumo de energía 77 , el consumo de energía del
transporte y los residuos municipales, la relación de estos indicadores con la renta se-
ría positiva en el rango de PIB de la muestra.
Como cabía esperar, por el hecho de estar relacionados con inversiones en infraes-
tructuras, tanto la carencia de agua potable como la de saneamiento decrecen al au-
mentar la renta. En el caso del porcentaje de población con acceso a agua potable y a
saneamiento, el trabajo de Torras y Boyce (1998) detecta que “inicialmente aumentan
con la renta, después disminuyen ligeramente para, posteriorm ente, seguir creciendo”
(p. 154). El otro indicador de respuesta, el porcentaje de área protegida, refleja una
curva en forma de U, resultado que se mantiene cuando Bim onte (2002) incluye en el
modelo otras variables explicativas que recogen la distribución de la renta, la educa-
ción y el acceso a la información 78 .
La huella ecológica (Wackernagel et al , 1997) 79 es una medida que trata de esti-
mar la tierra y el agua requerida para mantener sosteniblemente la media del consum o
per cápita en cada nación. Incluy e el consumo de alimentos, de m adera, la energía di-
recta e incorporada y el área edificada. Este indicador muestra una relación creciente
con la renta.
77 En el trabajo de Agras y Chapman (1999) no se ofrece el dato del PC estimado.
78 Según Bimonte (2002, p. 148), una posible explicación para esa curva en forma de U sería que, con ni-
veles de desarrollo más bajos, la presión de la demanda de servicios ambientales sería baja pero las autorida-
des podrían adoptar medidas de protección medioambiental por precaución o por el interés turístico dado que
el terreno es abundante y no compite con otros usos alternativos asociados al proceso de crecimiento econó-
mico. A medida que el proceso de crecimiento continúa, esa competencia se incrementa y las autoridades re-
ducen su gasto en protección medioambiental para dirigirlo a infraestructuras. En fases de desarrollo más
avanzadas, las preferencias sociales cambian desde los bienes privados a los bienes públicos, lo que induciría
a las autoridades a gastar más recursos en la protección medioambiental.
79 Cit . en Rothman (1998, p. 190).
María Rosario Díaz Vázquez
Explicaciones subyacentes a la hipótesis CKA...
256
se explica mejor por una variación constante en el tiempo. En seis casos es la renta
la que explica mejor ese efecto. Sólo en el caso de las emisiones de NO x en Ale-
mania Occidental se incluyeron ambas variables en la regresión. Los precios de la
energía ( β 3 ), resultaron ser no significativos en la mayoría de los casos.
Stern (2002) propone un modelo econométrico para la descom posición, que aplica
a las emisiones per cápita de azufre. Según este autor el modelo econom étrico, a dife-
rencia de los ADI, le permite recoger los rasgos comunes que comparten los países a
medida que avanzan en el proceso de desarrollo económico y no únicamente la expe-
riencia individual de cada país (p. 204).
Stern explica la evolución de las emisiones per cápita en función de las cuatro va-
riables siguientes ( proximate variables ):
− La escala de la producción (efecto escala). Suponiendo constantes los restantes
efectos, un aumento de un 1% en la producción debe dar lugar a un aum ento de un
1% en las emisiones.
− Los cambios en la estructura económ ica (efecto estructura o output mix ), ya que
las diferentes industrias tienen diferentes intensidades de contaminación.
− Los cambios en la combinación de inputs ( input mix ), ya que pueden sustituirse
inputs medioambientalm ente menos dañinos por otros más dañinos y viceversa. En
la medida en que el resto de los efectos permanece constante, este efecto sería
equivalente a desplazarse a lo largo de la isocuanta en la función de producción
neoclásica.
− Las mejoras en el estado de la tecnología (efecto tecnológico) que incluirían cam-
bios en la eficiencia en la producción, en el sentido de utilizar menos ( ceteris pari-
bus ) inputs contaminantes por unidad de output , y cambios en los procesos, de
forma que se emite m enos contaminantes por unidad de input 113 .
113 Si tomamos com o referencia la ecuación (3.36), el efecto tecnológico de Stern tendría relación con el
efecto intensidad energética y el efecto coeficientes de emisión, ya que la intensidad energética ( E i /Y i ) recoge
la relación entre los inputs contaminantes (energía) y el output , mientras que los coeficientes de em isión
( C ij /E ij ) recogen las emisiones producidas por cada input .
María Rosario Díaz Vázquez
Explicaciones subyacentes a la hipótesis CKA...
257
Resalta Stern (p. 42) la necesidad de diferenciar entre el efecto de un cambio en
las emisiones por unidad de output en una determ inada industria y los cambios en la
composición del output que reducen las em isiones. Considera esa diferenciación im-
portante porque una disminución de las emisiones por cambios en la com posición del
output podría estar producida por un efecto desplazamiento, de forma que aunque
disminuyesen las emisiones en ese país no sucedería lo mismo con las em isiones
mundiales. Por el contrario, si lo que disminuyen son las em isiones por unidad de
output en una determinada industria esto supone, ceteris paribus , también una dism i-
nución en las emisiones globales.
Para llegar al modelo econométrico de descom posición, se parte de la siguiente
función:
()
, , , it it it i it A x y f S = (3.45)
donde y it es un vector de J outputs j en el país i en el año t , x es un vector de K in-
puts k , S son las emisiones totales de azufre, y A representaría el estado de la tecnolo-
gía. Stern (p. 42) señala que este índice tecnológico no el índice convencional de la
productividad total de los factores ( total factor productivity , TFP) sino que es un ín-
dice de los cambios en las emisiones de azufre m anteniendo la TFP convencional y el
resto de las variables explicativas constantes.
Stern considera que la función (3.45) es homogénea de grado uno en los inputs y
homogénea de grado cero en los outputs . Según Stern (1999), estos supuestos son ra-
zonables, ya que un aumento proporcional de todos los inputs manteniendo el output
y su composición constantes aumenta las em isiones en el mismo porcentaje m ientras
que un aumento en el output m anteniendo los inputs y la estructura productiva cons-
tantes (lo que equivale a un aumento en la productividad total de los factores) no ten-
dría efectos en las emisiones.
En principio selecciona una forma funcional tipo Cobb-Douglas para la función
(3.45). Sin embargo, en el caso de los inputs la posibilidad de que algunos de ellos
puedan tener valores cero en algunos países, como puede ser en el caso de inputs re-
levantes como la energía nuclear o el gas natural, impide aplicar una función logarít-
mica de los inputs . Además, la función Cobb-Douglas im pondría la condición impro-
bable de que cuando aumenta un input m ientras el resto de los inputs se mantienen
María Rosario Díaz Vázquez
Explicaciones subyacentes a la hipótesis CKA...
258
constantes, las emisiones aumentarían a una tasa decreciente. Estas consideraciones le
llevan a seleccionar una función lineal para los inputs . Esta función lineal se multipli-
ca por una función Cobb-Douglas para los outputs , llegando con ello al siguiente mo-
delo no lineal:
it
K
k
kit k
J
j
jit Jit t i it x y y A S j
J
j
j
ε
α
¸
¹
·
¨
©
§
¦
= ¦
∏ =
−
=
¸
¸
¹
·
¨
¨
©
§ − −
=
1
1
1
Į
ȕ Ȗ
1
1 (3.46)
donde los α ´ s , β ´ s , γ ´ s y A ´ s , son los coeficientes de la regresión que deben ser esti-
mados y ε es la perturbación aleatoria.
Después de algunas transformaciones se llega al siguiente modelo:
it
it
kit
K
k
k
J
j it
jit
it
Jit
it
t
it
it
i
it
it
X
x
Y
y
Y
y
TFP
A
P
Y
P
S j
J
j
j
İ ȕ Ȗ
1
Į
1
1
Į
1
1 ¦
∏ =
−
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¸
¸
¹
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¨
¨
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§ −
×
¸
¸
¹
·
¨
¨
©
§
¦
¸
¸
¹
·
¨
¨
©
§
=
−
= (3.47)
siendo P it la población, Y it el output agregado, X it los inputs agregados y TFP it = Y it /X it .
La ecuación (3.47) descompone las emisiones per cápita en cinco com ponentes:
Y it /P it : escala.
A t : efecto tecnológico específico de las emisiones.
1/ TFP it : efecto tecnológico del conjunto del progreso técnico.
( y 1it /Y it ),....,( y Jit /Y it ): efecto estructura.
( x 1it /X it ),…,( x Kit /X it ): combinación de inputs .
Simplificando y aplicando logaritmos se llega a:
() ( ) ( )
it
K
k
kit k
Jit
jit
J
j
j t i it v x
y
y
A S +
¸
¹
·
¨
©
§
+
¸
¸
¹
·
¨
¨
©
§
+ + = ¦ ¦ =
−
= 1
1
1
ȕ ln ln Į ln Ȗ ln ln (3.48)
donde v it es la perturbación aleatoria transformada.
María Rosario Díaz Vázquez
Explicaciones subyacentes a la hipótesis CKA...
259
Los efectos país y tiempo ( γ i y A i ), se estiman utilizando variables ficticias explí-
citas. El autor señala que así se estima el estado de la tecnología com o una tendencia
estocástica común a todos los países.
Stern trabaja con un panel de 64 países desde 1960 a 1990. Una conclusión impor-
tante del estudio es que aunque la combinación de inputs y la de outputs son estadísti-
camente significativas en el modelo de regresión, su papel en la cambio de las emi-
siones globales de azufre es pequeño. Por el contrario, serían el aumento de la escala
y el efecto compensatorio del cambio técnico las principales fuerzas que explicarían
el cambio en las emisiones. Aunque los efectos de la composición de los inputs y de
los outputs varía con los países, no parece que estén relacionados con la renta excepto
la composición de los outputs en el caso de los “Tigres” asiáticos (Stern, 2002, p.
217).
Para finalizar debemos señalar que, por razones que más adelante expondremos,
utilizaremos como referencia para la descomposición econométrica que realizarem os
en el Capítulo 6 el modelo propuesto por de Bruyn et al (1998).
Capítulo 4
Emisiones de CO
2
y emisiones de azufre:
características de los problemas
medioambientales asociados
y estimación econométrica del modelo CKA
263
Capítulo 4
Emisiones de CO
2
y emisiones de azufre:
características de los problemas
medioambientales asociados
y estimación econométrica del modelo CKA
4.1. INTRODUCCIÓN
Como ya se ha comentado extensamente en el Capítulo 2, es bastante probable que
un modelo CKA global único en la forma reducida esté m al especificado ya que in-
tenta imponer CKAs isomorfas y con un PC com ún a todos los países. Harbaugh et al
(2002), ante la fragilidad de los resultados de los estudios CKA, proponen como línea
de trabajo que: “Más que tratar de ajustar una relación renta-contaminación universal
en la forma reducida, sería útil conocer qué rasgos comunes com parten los
contaminantes y países donde las emisiones están decreciendo y la renta está aumen-
tando” (p. 549). De esta forma podrán me jorarse las explicaciones teóricas y su con-
trastación, y permitirá a los analistas extraer implicaciones políticas más convincen-
tes.
De aquí en adelante, nuestro estudio empírico se va a enfocar en esa línea. Se tra-
tará, por tanto, de buscar rasgos comunes entre contaminantes y entre países en los
que parece cumplirse la hipótesis CKA que permitan esclarecer la relación renta-
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
264
contaminante y ayuden en la toma de decisiones políticas. Nuestro trabajo se centrará
en el análisis de los dos indicadores medioambientales de presión para los que se dis-
pone de más y mejores datos (y, precisamente por ello, han sido los más estudiados
en la literatura CKA): las emisiones de dióxido de carbono y las emisiones de
azufre.
En este capítulo, profundizaremos, en el apartado 4.2, en las características de am-
bos contaminantes y en las principales actuaciones políticas de carácter internacional
que se han llevado a cabo para reducir sus emisiones.
En el apartado 4.3 realizaremos un análisis econométrico para un panel de datos
utilizando el modelo CKA básico. Aunque, como acabam os de señalar, un modelo
CKA único en forma reducida puede estar mal especificado, estim aremos ese modelo
como paso previo al análisis por países que desarrollaremos en los capítulos posterio-
res. Compararemos nuestros resultados con los de otros estudios CKA que utilizan
los mism os indicadores y prestaremos especial atención a la evolución de los efectos
fijos temporales. Nuestro propósito es obtener algunos resultados preliminares que
puedan aportar información relevante para el análisis por países que realizaremos en
los capítulos 5 y 6.
4.2. EMISIONES DE DIÓXIDO DE CARBONO Y DE AZUFRE: FUENTES
ANTROPOGÉNICAS Y ACUERDOS INTERNACIONALES
4.2.1. EMISIONES DE CO 2
4.2.1.1. Efectos y fuentes de las emisiones de CO 2
El efecto invernadero se produce por la existencia de gases en la atmósfera que
permiten el paso de la radiación solar pero absorben las radiaciones infrarrojas proce-
dentes de la tierra, es decir, retienen en la atmósfera parte de la radiación solar refle-
jada por la superficie terrestre, calentando la superficie de la Tierra y la parte inferior
de la atmósfera. Gracias a este efecto la tierra disfruta de temperaturas suaves que
permiten la vida sobre ella.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
265
Los gases que provocan el efecto invernadero son en su mayoría com puestos natu-
rales como el vapor de agua, dióxido de carbono (CO 2 ), m etano (CH 4 ), óxido nitroso
(N 2 O) y ozono (troposférico) que se emiten a la atmósfera a través de procesos natu-
rales. Sin embargo, la mayoría de estos gases tam bién pueden ser emitidos a la atmós-
fera por procesos no naturales como consecuencia de las actividades humanas. A
ellos hay que añadir compuestos industriales como los clorofluorocarbonos (CFCs),
los cuales también actúan como gases de invernadero. Es, por tanto, necesario distin-
guir entre un efecto invernadero natural y un efecto invernadero antropogénico (o in-
tensificado) causado por las actividades humanas.
Pues bien, el problema que se plantea en la actualidad reside en la presencia de un
efecto invernadero intensificado. En efecto, existe un elevado grado de consenso en-
tre los expertos del clima sobre la existencia de un calentamiento progresivo, obser-
vable en el incremento de las temperaturas globales en la tierra, cuya causa estaría en
el aumento en la atmósfera de las concentraciones de gases invernadero como conse-
cuencia de las emisiones originadas por las conductas humanas.
Según recoge el Intergovernmental Panel on Climate Change 114 (IPCC, 2001) en
su informe Cambio climático 2001: Tercer informe de evaluación , desde 1750 las
concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso han au-
mentado en aproximadamente un 31%, 151% y 17% respectivamente. A lo largo del
siglo XX, la temperatura media global de la superficie ha aum entado en torno a un
0,6 ºC (siendo, muy probablemente, la década de los noventa la más cálida y el año
1998 el más cálido registrado) y el nivel del mar entre 10 y 20 cm. La opinión de que
el calentamiento se ha acelerado en las últimas décadas se apoya también en la obser-
vación de fenómenos como la rapidez con la que se han derretido los glaciares fuera
del polo durante los últimos años y la disminución de la cantidad de nieve en algunas
zonas. Según el grupo de expertos del IPCC, las reconstrucciones de los datos del
114 El IPCC fue creado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y por
la Organización Mundial Meteorológica (OMM). Es un cuerpo intergubernamental científico y técnico que
está encargado de elaborar informes en los que se valo ren el estado de la investigación y los avances científi-
cos en relación con el cambio climático. El primer informe del IPCC se publicó en 1990 y colaboraron en él
casi 400 de los más importantes expertos del clima del mundo. Este informe fue puesto al día en 1992. El se-
gundo informe fue publicado en 1996 y el tercero en el año 2001. Los informes recogen las actividades de
tres grupos de trabajo encargados, respectivamente, de los aspectos científicos, los impactos socioeconómicos
y las estrategias de respuesta al cambio climático. Véase la página oficial del IPCC http://www.ipcc.ch (con-
sulta 11/12/06).
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
272
para algunas economías en transición), aunque para los tres últimos gases se puede
utilizar como año base 1995.
Según el Artículo 3.3, para lograr los compromisos adquiridos por los países del
Anexo I, se usarán “las variaciones netas de las emisiones por las fuentes y la absor-
ción por los sumideros de gases de efecto invernadero que se deban a la actividad
humana directamente relacionada con el cam bio del uso de la tierra y la silvicultura”.
Las variaciones en los sumideros que se tendrán en cuenta para alcanzar los compro-
misos fijados estarán limitados a la deforestación, reforestación y forestación desde
1990, medidos como variaciones verificables en el carbono almacenado en cada pe-
riodo de compromiso 118 .
Según el Artículo 3.13, si una parte logra reducir sus emisiones por debajo de los
niveles fijados para el periodo de compromiso, puede solicitar que esta diferencia se
añada a las cantidades asignadas para esa parte en futuros periodos de compromiso.
El Protocolo no incluye nuevos compromisos para las Partes que no son del Anexo
I, sólo reafirma los ya existentes en la Convención.
El Protocolo introduce tres mecanismos orientados a proporcionar un cierto grado
de flexibilidad a las Partes del Anexo I para el logro de sus compromisos de reduc-
ción de emisiones. Estos tres mecanismos son: el com ercio internacional de emisio-
nes, la aplicación conjunta y el mecanismo para un desarrollo limpio. El primero
permite a los países del Anexo I alcanzar sus objetivos a través del comercio de per-
misos de em isión. El segundo y el tercero permiten a los países Anexo I obtener dere-
chos de emisión financiando proy ectos en países que tienen objetivos de emisiones y
en países en desarrollo respectivamente.
El Protocolo quedó abierto a la firma del 16 de marzo de 1998 al 15 de marzo de
1999. Para que entrase en vigor, debía ser ratificado por al menos 55 partes, siem pre
que fuesen responsables, como mí nimo, del 55% de las em isiones mundiales. Aunque
118 Deforestación: ocurre cuando se clarea un bosque y no tiene lugar la reforestación (normalmente es
porque ese terreno se destina a otros usos, pero también normalmente esos otros usos secuestran menos car-
bono que el bosque). Reforestación: restablecer un bosque en un lugar en el que ha sido recientemente (o no
tanto) talado. Forestación: se refiere a la creación de un bosque sobre un terreno en el cual nunca (o durante
un periodo muy largo de tiempo) ha habido un bosque.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
273
más de 120 países lo habían ratificado en abril de 2004, estos sólo generaban el 44%
de las emisiones. Los anuncios de Estados Unidos a comienzos del año 2001 y de Ru-
sia a finales de 2003 de que no ratificarían el Protocolo impedían su entrada en vigor.
Finalmente, la aprobación del gobierno ruso a finales de 2004 permitió que entrase en
vigor el 16 de febrero de 2005 con la ratificación de 126 países, entre los que no se
encuentra Estados Unidos, que es precisamente el mayor emisor m undial de gases de
efecto invernadero.
La Unión Europea y todos sus Estados miembros ratificaron el Protocolo en m ayo
de 2002 119 . Aunque la Unión Europea se ha comprometido, en conjunto, a reducir las
emisiones en un 8% entre 2008 y 2012, existe un acuerdo legalm ente vinculante de
reparto de esa cuota entre los Estados miem bros. Según este, en general, los países
más ricos tendrán que reducir las emisiones: Austria (-13%), Bélgica (-7,5%), Dina-
marca (-21%), Alem ania (-21%), Italia (-6,5%), Luxemburgo (-28%), Holanda (-6%)
y Reino Unido (-12,5%). Finlandia y Francia deberán mantenerlas. El resto de los
países podrán incrementarlas: Grecia (25%), Irlanda (13%), Portugal (27%), España
(15%) y Suecia (4%). El sector más problemático para la reducción de las em isiones
en la Unión Europea es el sector transporte.
4.2.1.3. Naturaleza del problema medioambiental asociado a las emisiones de
CO 2
Podemos describir el problema del cam bio climático como el de la sobreutiliza-
ción de un bien público global. La tentación de actuar como free-riders abre el cami-
no para la adopción de medidas políticas basadas en el acuerdo y la cooperación. Sin
embargo, la posibilidad de lograr tales acuerdos pasa por superar los conflictos distri-
butivos subyacentes. Hemos clasificado esos conflictos distributivos en tres grupos:
distribución intergeneracional, internacional e intersectorial. Estos conflictos han in-
119 Tras varios documentos preparatorios, la Comisión Europea puso en marcha en junio de 2000 el Pro-
grama Europeo del Cambio Climático (PECC), con el objetivo de identificar y desarrollar todos los elemen-
tos necesarios para una estrategia comunitaria que perm ita alcanzar el objetivo de Kioto. Esta estrategia se
basa en dos pilares: a) la creación de un sistema de intercambio de derechos de emisión dentro de la Unión
Europea; b) la adopción de medidas específicas destinadas a reducir las emisiones de determinadas fuentes,
comenzando por los sectores de energía, transporte e industria.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
274
fluido en los acuerdos internacionales adoptados pero también en los no adop-
tados.
♦ Distribución intergeneracional
Tras los conflictos relacionados con la distribución intergeneracional subyace el
problema de la incertidumbre. Esto es así porque, com o ya señalamos, aunque existe
bastante consenso científico sobre la posibilidad de un calentamiento global generado
por las mayores emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, son aún
muchas las incógnitas sin resolver en torno al cambio climático y a su impacto; con-
cretamente, sobre su dimensión, sobre la distribución regional de sus efectos y sobre
el momento en el que se producirán dichos cam bios.
Tales incertidumbres y, como consecuencia, la necesidad de disponer de m ayor in-
formación y de avanzar en la investigación, abren paso a tres alternativas (no exclu-
yentes) para la actuación política:
− La actuación preventiva, ex ante .
− La dilación de las medidas hasta disponer de información m ás precisa.
− La postura adaptativa, adoptando las medidas para paliar o reducir los efectos del
cambio climático a m edida que estos se vayan produciendo.
Cada una de estas alternativas tendrá no sólo unos costes diferentes sino también
una distribución temporal de los mi smos diferente: la adopción de un enfoque preven-
tivo tiene costes para las generaciones actuales, mientras que una postura adaptativa
los traslada hacia las generaciones futuras. Por ello, se abre un amplio campo para el
debate en la arena política.
En opinión de Pearce (1991, p. 13): “Si el cambio clim ático resulta ser falso, las
generaciones actuales habrán sacrificado algún beneficio. Si, por supuesto, ese sacri-
ficio es importante, entonces están totalmente legitim adas para buscar un tradeoff en-
tre el presente y el futuro y decidir sobre la mejor evidencia disponible. Si las genera-
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
275
ciones actuales tienen que hacer un sacrificio comparativamente pequeño, entonces el
sesgo hacia el enfoque de precaución (ante la incertidumbre, irreversibilidad y escala)
se refuerza.”. Hay que tener también en cuenta que los costes de prevenir pueden ser
mínim os comparados con los costes de adaptación si las predicciones má s negativas
llegan a confirmarse.
Ahora bien, como señalan Pearce et al (1991, p. 16), existen al menos cuatro razo-
nes que inclinan la balanza hacia el enfoque preventivo frente a las otras dos alterna-
tivas:
i) Si en el futuro se cumplen las predicciones más negativas, los efectos podrían
considerarse catastróficos e incluso ser irreversibles.
ii) Cuanto más se retrase la adopción de medidas mayor será el nivel de calenta-
miento y, por tanto, más difícil de evitar y más costoso.
iii) Para poder establecer objetivos y diseñar políticas más eficientes, lo más adecua-
do sería esperar a disponer de mayor información, pero los costes de esperar
pueden ser elevados, por lo que parece más racional comenzar ya adoptando me-
didas de bajo coste para reducir la emisión de gases invernadero.
iv) Para hacer frente al problema será necesario alcanzar acuerdos internacionales.
Pero lograr esos acuerdos puede suponer periodos largos de tiempo dadas las di-
ferentes posiciones de partida de los distintos países y la incertidumbre sobre los
efectos regionales del calentamiento global. Todo ello supone que, cuanto más se
tarde en comenzar el proceso, mayor es el riesgo de calentamiento y el riesgo de
irreversibilidad.
De todo ello se concluye la necesidad de aplicar un criterio de precaución y de an-
ticipación ante las posibles consecuencias del cambio climático.
♦ Distribución internacional
El cambio climático tiene dim ensión planetaria. La atmósfera y la estratosfera de-
sempeñan funciones que son disfrutadas por todas las naciones sin excepción.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
276
Pueden así considerarse bienes públicos globales puesto que, una vez que se
proporcionan, ninguna nación puede ser excluida de sus beneficios. Esto, a su vez,
supone una alta probabilidad de que sean sobreutilizados si no se establecen
acuerdos y limitaciones a su uso. Del mismo modo, las em isiones masivas de gases
de invernadero pueden ser consideradas externalidades con características de bien
público.
Dada la naturaleza global del problema, resulta obvio que su solución no reside en
la actuación de un sólo país o de un grupo reducido sino, por el contrario, en la co-
operación del mayor número posible de países. Entre las razones que pueden aducirse
en defensa de la necesidad de cooperación internacional, cabe destacar las siguientes
(Wiener, 1992, p. 170):
− Si sólo un grupo de países adopta medidas para reducir las em isiones de gases de
efecto invernadero, las actividades más intensivas en emisiones pueden trasladarse
a áreas en las que no existan tales medidas.
− Si las medidas sólo son aplicadas en los países de la OCDE, podrían tener escasos
efectos en la disminución de las emisiones globales al verse com pensadas por los
rápidos incrementos esperados en las emisiones de los países en vías de de-
sarrollo.
− Si las medidas limitadoras varían significativam ente entre países, podrían introdu-
cir distorsiones en la competitividad, lo que desincentivaría la aplicación de las
misma s.
− Si sólo algunos países aplican medidas para reducir el consumo de com bustibles
fósiles, los precios de dichos combustibles podrían bajar e inducir así a otros paí-
ses a incrementar su consumo, compensando con ello las reducciones conseguidas
por los primeros.
Todos estos argumentos evidencian la necesidad de establecer acuerdos de carác-
ter global. Ahora bien, no es este un objetivo sencillo por varias razones, entre las que
podemos citar las siguientes:
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
277
− La incertidumbre sobre la distribución regional de los efectos del cambio climático
hace que algunos países tengan la expectativa de perder y otros de ganar con el
cambio.
− No todos los países parten de las mism as condiciones económicas y sociales.
− No todos los países han contribuido en la mism a medida al aumento de la concen-
tración de los gases de invernadero en la atmósfera. Han sido los países desarro-
llados los que más lo han hecho hasta el momento dado que sus procesos de cre-
cimiento económico se han basado, fundam entalmente, en el uso de com bustibles
fósiles. Es por ello que muchos países en desarrollo consideran injusto tener que
adoptar medidas que pueden perjudicar a su propio desarrollo cuando han sido los
países ricos los que se han aprovechado gratuitamente de los recursos comunes.
− Ante bienes públicos comunes, existe el riesgo de free-riders .
Sin embargo, existen también poderosas razones para tratar de alcanzar
acuerdos:
− Si se cumplen las predicciones más pesimistas, las posibilidades de que todos sean
perdedores son elevadas.
− Los países menos desarrollados son los que tendrían mayores dificultades para
adaptarse al cambio.
− Aunque hasta la fecha han sido los países desarrollados los que más han contribui-
do al efecto invernadero antropógeno, las previsiones futuras indican que serán los
países en desarrollo los que incrementen en mayor m edida sus emisiones.
Como se puede apreciar, el principal escollo para lograr un acuerdo es la diferente
percepción del problema que tienen los países en vías de desarrollo y los países desa-
rrollados (Gupta, 1997, pp. viii y x):
− Para los países desarrollados, el cambio climático es un problema per se . Un pro-
blema común y global que estará provocado tanto por las emisiones pasadas como
por las futuras. Temen adoptar medidas que puedan afectar a su crecim iento y a su
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
278
competitividad si no existe también com promiso por parte de los países en vías de
desarrollo, dado que los logros alcanzados por esas políticas podrían ser muy re-
ducidos en el largo plazo si se producen incrementos importantes en las em isiones
futuras de los países en desarrollo. Aunque admiten que la iniciativa debe corres-
ponderle a ellos y que deben colaborar en alguna medida con los países más vulne-
rables y en la transferencia de tecnologías, no lo hacen por considerarse responsa-
bles de unas actuaciones cuyas consecuencias eran, hasta el momento, desconoci-
das, sino simplemente porque son los que disponen de más medios financieros y
tecnológicos.
− Para los países en vías de desarrollo el cambio climático no es un problem a per se
sino que debe considerarse como un síntoma de un problema sistém ico, ideológico
y distributivo. Perciben el cambio climático como parte del conflicto Norte-Sur, en
el que una de las principales controversias reside en cómo lograr un reparto equita-
tivo de los recursos de la tierra. Consideran que son los países desarrollados los
responsables de la mayor parte de las emisiones de gases de invernadero. Por ello,
deben ser los primeros en adoptar medidas para m itigarlo y, además, deben ayudar
a los países en desarrollo a adaptarse a los potenciales impactos negativos del
cambio climático y a adoptar tecnologías que les permitan m inimizar los incre-
mentos en las em isiones de gases de efecto invernadero.
Según Ramakrishna (1996), el interés de los países en desarrollo en participar en
la búsqueda de soluciones para el calentamiento global se debe principalmente a la
cada vez mayor conciencia de su vulnerabilidad ante los efectos adversos de un cam-
bio en el clima y a las oportunidades que brinda un problema de naturaleza global pa-
ra reivindicar su derecho al desarrollo y a un orden económico internacional más jus-
to. El apoyo a la investigación, la transferencia de tecnología y la asistencia técnica y
financiera desde los países desarrollados se convierten en elem entos indispensables
para que los países en desarrollo puedan abordar los cambios requeridos en sus patro-
nes de inversión, producción o exportación para hacer frente al calentamiento global
y para que puedan evitar la degradación ambiental de procesos de desarrollo insoste-
nible. Sólo así podrán obtener beneficios y no verse perjudicados por las medidas de
protección ambiental adoptadas por los países desarrollados.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
279
En este contexto, resulta importante, como primer paso, crear las instituciones
adecuadas que permitan adoptar acuerdos globales cuando sea necesario.
♦ Distribución intersectorial
Como ya hemos indicado anteriorm ente 120 , la probabilidad de que se im plementen
políticas públicas para hacer frente a problemas medioambientales aum enta cuando
los causantes de la externalidad son pocos y están bien identificados (aún más si tie-
nen poca capacidad de presión).
Por el contrario, el problema del cambio climático es com plejo y, como se ha ex-
puesto, se caracteriza por la intervención de diferentes gases cuy o origen proviene de
diferentes actividades productivas y cuyo resultado final depende de la interacción
entre fuentes y sumideros. Es por ello que se ha defendido en diferentes ocasiones la
necesidad de adoptar un enfoque “amplio” en el cual las medidas adoptadas tengan en
cuenta la influencia de los distintos gases en el efecto invernadero y tanto las fuentes
como los sumideros. Se propone así evitar las acciones orientadas exclusivamente a
reducir las emisiones de un único sector ya que, entre otras razones, podrían introdu-
cir distorsiones y provocar el rechazo de los que deben adoptarlas.
En este sentido, Wiener (1992) identifica algunas de las ventajas medioam bienta-
les y económicas que se derivarían de la adopción de un enfoque “amplio”. Como
ventajas medioambientales señala:
− Que una política enfocada únicamente al CO 2 puede inducir cambios hacia activi-
dades que emiten otros gases de efecto invernadero.
− Y que, dada la incertidumbre y la evolución constante de la ciencia del clima, cen-
trarse en un único aspecto del problema (en un único gas o en un único sector pro-
ductivo) puede revelarse como insuficiente o incluso como inconveniente a m edi-
da que avance el conocimiento científico. Por el contrario, adoptar un enfoque
“amplio” puede incrementar la flexibilidad para responder a nueva información al
distribuir la atención entre todos los factores relevantes del problema.
120 Epígrafe 3.3.2.1 (Capítulo 3).
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
280
Por lo que respecta a las ventajas económicas, señala:
− Que las combinaciones de las emisiones de gases de efecto invernadero que intere-
san a cada país pueden variar en función de su sistema económico y sus valores
sociales y culturales.
− Que aunque para algunos países pueda resultar menos costoso reducir las emisio-
nes de CO 2 , puede no serlo para otros. La atención a un sólo gas o sector puede
desviar la atención de acciones más coste-eficientes en otros gases o sectores.
− Que el resultado de menor coste podría conseguirse permitiendo a cada país flexi-
bilidad para elegir su combinación óptima de políticas dirigidas a todos los gases
de efecto invernadero y a las fuentes y sumideros.
Teniendo esto en cuenta, según Wiener, un enfoque “amplio” debería:
− Tener en cuenta todas las emisiones de gases de efecto invernadero y su contribu-
ción relativa al cambio climático.
− Orientarse a reducir las emisiones netas (fuentes-sumideros) y no las brutas, pro-
porcionando incentivos para la conservación de los sumideros de gases de efecto
invernadero.
Ahora bien, aunque pueda ser conveniente adoptar una estrategia “amplia”, existen
sin embargo importantes argum entos que abogan en favor de dar una importancia es-
pecial a la adopción de medidas y estrategias para controlar las emisiones de CO 2 .
Además de que es uno de los gases que m ás contribuye el efecto invernadero, puede
transcurrir un periodo largo de tiempo antes de que los efectos de las actuaciones po-
líticas se trasladen plenamente a la evolución de las emisiones. A esto hay qua añadir
que, a diferencia de otros problemas ambientales (como, por ejem plo, las reducción
de las emisiones de SO 2 ), no existen soluciones tecnológicas que se puedan aplicar
con rapidez a costes relativamente bajos 121 . Por todo ello, sería conveniente comenzar
121 Cabe, si embargo, señalar que, según el IPCC (2001), desde 1995 se han producido avances significati-
vos en un amplio abanico de tecnologías en etapas diferentes de desarrollo como, por ejemplo, la introduc-
ción en el mercado de turbinas, los vehículos de motor híbrido, el desarrollo de la tecnología de células ener-
géticas y la demostración del almacenamiento subterráneo del CO 2 .
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
281
cuanto antes a diseñar una estrategia y a adoptar medidas para reducir las emisiones
de CO 2 .
Este problema es señalado por la Comisión Europea en una Com unicación prepa-
ratoria para la conferencia de Kioto (Comisión Europea, 1997), documento en el que,
dentro de un enfoque “amplio”, se resalta la necesidad de iniciar pronto acciones para
reducir las emisiones de CO 2 : “Puesto que las em isiones de CO 2 están inherentemente
asociadas al uso de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) y puesto que no exis-
ten todavía soluciones tecnológicas económicamente asequibles, el único m odo de
reducir las emisiones de CO 2 es a través de la m odificación de las estructuras, proce-
sos, equipos y comportamientos que, directa o indirectamente, utilizan com bustibles
fósiles. Debido al muy largo promedio de vida de las inversiones en el transporte y en
el sector de la energía y debido a la relativamente larga duración de muchos bienes de
consumo que utilizan energía (coches, electrodomésticos, etc.), una estrategia de emi-
siones de CO 2 necesitará un horizonte más largo para su aplicación que otros proble-
mas medioam bientales”.
A pesar del largo promedio de vida de las tecnologías e infraestructuras de pro-
ducción y suministro de energía, se estima que en un periodo de entre 50 y 100 años,
el sistema de aprovisionamiento energético será reem plazado al m enos dos veces.
Una estrategia coste-eficaz a largo plazo debería orientarse a aprovechar la rotación
normal del stock de capital en los sectores energético e industrial para reemplazar los
equipos e infraestructuras, a medida que se vayan quedando obsoletos, por otros me-
nos emisores de CO 2 y energéticamente más eficientes (IPCC, 1996). A corto plazo,
sin embargo, con una demanda global de energía creciente, las actuaciones para dis-
minuir las em isiones de CO 2 deberán hacer hincapié en las mejoras en la eficacia
energética.
El IPCC (1996) identificaba cinco sectores hacia los que debe orientarse de forma
prioritaria una estrategia global para disminuir las em isiones de CO 2 : el abastecimien-
to de energía; la industria; el transporte; la construcción y equipamiento de edificios
residenciales, comerciales e institucionales; y el sector forestal, este último debido a
su importante papel como sum idero de carbono 122 .
122 Señala también como importantes en una estrategia para disminuir las emisiones de gases de invernade-
ro otros dos sectores, agricultura y residuos, aunque más por su influencia en las emisiones de metano y de
óxido nitroso que en las emisiones de CO 2 .
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
288
♦ El Protocolo de Oslo de 1994 entró en vigor en 1998. El compromiso básico de
este Protocolo es que “las Partes controlarán y reducirán sus emisiones de azufre con
el fin de proteger la salud humana y el medio ambiente de efectos adversos, en parti-
cular de efectos acidificantes, y asegurar, tan pronto como sea posible, sin que supon-
ga costes excesivos, que las deposiciones de compuestos sulfurados en forma oxidada
en el largo plazo no exceden las cargas críticas para el azufre dadas, en el Anexo I,
como deposiciones críticas de azufre, de acuerdo en el conocimiento científico ac-
tual”.
Se introduce así el concepto de carga crítica que se define como una estim ación
cuantitativa de una exposición a uno o más contaminantes por debajo de la cual no se
producen efectos dañinos significativos sobre elementos sensibles específicos del
medio ambiente de acuerdo con el conocim iento actual.
Como primer paso para lograr el objetivo a largo plazo, el Protocolo fija objetivos
concretos de reducción de las emisiones anuales de azufre para cada una de las Partes
en un calendario que va desde el año 2000 hasta el 2010. En general, los países m ás
desarrollados de Europa debían reducir sus emisiones para el año 2000 entre un 70 y
un 80% respecto a los niveles de 1980, fijándose objetivos menores para los países de
cohesión europea 127 y para los del este de Europa. El compromiso de España era re-
ducir sus emisiones en un 35% en el año 2000 con respecto a los niveles de 1980,
mientras que la Com unidad Europea en su conjunto se comprometió a reducirlas en
un 62% en el año 2000.
♦ El Protocolo de Gotemburgo para combatir la acidificación, eutrofización y
ozono troposférico fue adoptado el 30 de noviembre de 1999 y entró en vigor el 17 de
mayo de 2005. Este Protocolo establece límites de emisiones para el año 2010 para
cuatro contaminantes: azufre, óxidos de nitrógeno, compuestos orgánicos volátiles y
amoníaco. Aplica así un enfoque multicontam inante y multiefecto.
127 Dado el contexto temporal en el que se sitúa nuestro trabajo, debemos precisar que, cuando utilicemos
la expresión “países de cohesión europea”, nos estaremos refiriendo a aquellos que recibían Fondos de Co-
hesión en la UE-14, esto es, España, Grecia, Irlanda y Portugal. Desde 2004, con la integración de los países
del este a la UE, se ha ampliado la lista de los países de cohesión, que han pasado a ser los siguientes: Grecia,
Portugal, España, Chipre, República Checa, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Polonia, Eslovaquia
y Eslovenia. Como se puede observar, Irlanda ya no figura entre ellos.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
289
Cada país tiene unos límites específicos en función de los efectos dañinos de sus
emisiones sobre el medio am biente y la salud y de los costes de reducción. España
deberá limitar sus emisiones de azufre en un 65% para el año 2010 sobre los niveles
de 1990. La Comunidad Europea en su conjunto un 75%. El Protocolo también esta-
blece límites sobre las emisiones de fuentes específicas, diferenciando entre nuevas
fuentes y las ya instaladas. Se estima que, una vez aplicado el Protocolo, el área euro-
pea con niveles excesivos de acidificación descenderá de 93 millones de hectáreas en
1990 a 15 millones de hectáreas.
♦ Acuerdo para la Calidad del Aire EEUU-Canadá (US-Canada Air Quality
Agreement)
En 1991, Estados Unidos y Canadá firmaron en Ottawa el Acuerdo para la Calidad
del Aire ( Air Quality Agreement ). Aunque en estos dos países las políticas para el
control de las emisiones de azufre llevaban ya años aplicándose 128 , el acuerdo preten-
día establecer un método formal y flexible para tratar los problemas de contaminación
atmosférica transfronteriza y establecer vías para la cooperación en diversos temas de
calidad del aire.
El acuerdo se centró inicialmente en la lluvia ácida, estableciéndose com promisos
de reducción para el SO 2 y el NO x 129 . Concretamente, para el caso del azufre, Canadá
se comprometió a reducir sus em isiones anuales en las siete provincias orientales a
2,3 millones de toneladas métricas ( tonnes ) para 1994 y mantener ese límite en dichas
provincias hasta 1999. Además, se estableció un techo para las emisiones anuales na-
cionales de 3,2 millones de toneladas m étricas (tonnes ) a partir del año 2000. Estados
Unidos se comprometió (en consonancia con lo establecido en 1990 en su Clean Air
Act ) a reducir sus emisiones anuales en 10 millones de toneladas ( tons 130 ) sobre los
128 En Estados Unidos los esfuerzos legislativos para el control del dióxido de azufre y de los óxidos de ni-
trógeno comienzan con la Ley de Aire Limpio ( Clean Air Act ) de 1970. Canadá, entre otras actuaciones, ya
había ratificado el Protocolo de Helsinki de 1985.
129 Posteriormente, se ha extendido la cooperación al control del ozono troposférico transfronterizo (en el
año 2000 se ha firmado un Anexo para el Ozono) y a la realización de análisis conjuntos de la materia parti-
culada transfronteriza.
130 1 ton ( short ton ) = 907,18474 kg.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
290
niveles de 1980 para el año 2000 (teniendo en cuenta créditos ganados por reduccio-
nes desde 1995 a 1999); a establecer un límite nacional permanente de 8,95 millones
de toneladas ( tons ) anuales para las centrales eléctricas a partir del 2010; y a fijar, a
partir de 1995, un límite nacional de emisiones para las fuentes industriales de 5,6 mi-
llones de toneladas ( tons ). En el informe de seguimiento de 1996 131 se señalaba que
Canadá había tenido éxito con su programa de reducción de emisiones ya que, en las
provincias orientales, habían disminuido de 3,8 millones de toneladas en 1980 a 1,7
millones de 1995, superando así los compromisos adquiridos. Además, en el año
2000 las emisiones totales de Canadá estaban un 20% por debajo del límite nacional
comprometido y se han fijado posteriormente m ayores objetivos de reducción. Los
Estados Unidos establecieron un programa en dos fases para incrementar las exigen-
cias de reducción a las centrales eléctricas que utilizan carbón. La fase I comenzó en
1995 y la II en 2000. Ya en el año 1995 las emisiones de estas centrales habían dis-
minuido acusadam ente.
4.2.2.3. Naturaleza del problema medioambiental asociado a las emisiones de
azufre. Comparación con el caso del CO 2
Al comparar los casos del CO 2 y del SO 2 , lo primero que debem os señalar es que,
en ambos, la principal fuente antropogénica de emisiones es la quema de com busti-
bles fósiles. Coinciden además en que el combustible que más em isiones provoca es
el carbón, seguido del petróleo y , en último lugar, el gas natural. Por tanto, una estra-
tegia dirigida a incrementar la eficacia energética, a utilizar más las energías renova-
bles y a sustituir el carbón y el petróleo por gas natural, tendría efectos positivos en el
control de ambos tipos de emisiones.
Pero al margen de estas similitudes, existen im portantes diferencias. En concreto,
en el caso del CO 2 y del cambio climático, identificábam os tres problemas distributi-
vos que podían ser determinantes en el comienzo y desarrollo de una estrategia para
reducir las emisiones. Como vam os a explicar a continuación, en el caso del azufre la
131 El sumario lo recoge la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos en http://www. epa.gov/
airmarkets/usca/uscan96.html (consulta 11/12/06).
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
291
naturaleza de estos tres problemas distributivos es diferente y ello da como resultado
una evolución distinta de los acuerdos y las estrategias de política.
♦
Distribución intergeneracional
Cuando comienzan las negociaciones para el CMCC, los efectos adversos del
cambio climático son predicciones que, probablem ente, afectarán a las futuras gene-
raciones; por el contrario, los efectos dañinos de la acidificación son ya una realidad
cuando comienzan las negociaciones sobre contaminación transfronteriza.
De esta forma, el problema de distribución intergeneracional (esto es, la distribu-
ción tanto de los daños como de los costes de adaptación y de control de las emisio-
nes entre generaciones) que se planteaba en el caso del cambio climático pierde peso
en el caso de la acidificación puesto que es ya la generación actual la que padece las
consecuencias de sus propios actos y de los de generaciones anteriores.
Debemos, sin embargo, ma tizar la afirmación precedente ya que, aunque la Con-
vención sobre Contaminación Atmosférica Transfronteriza se apoyó en descubri-
mientos científicos, se firma en un m omento en el que la incertidumbre y el debate
sobre la acidificación aún eran importantes.
Según Grennfelt (2000), cuando a finales de los sesenta los prim eros estudios
científicos revelan el carácter internacional de la acidificación, estos resultados son
acogidos con gran escepticismo porque la contaminación atmosférica tenía entonces
la consideración de un problema local. Aún así, la idea de que la acidificación fuese
la posible causa de la muerte de peces en los ríos noruegos y suecos impresionó tanto
a los políticos como a la opinión pública. Sin embargo, durante los setenta era fre-
cuente que se cuestionase la fiabilidad de las investigaciones sobre los efectos y la na-
turaleza transfronteriza de la acidificación, y no es hasta mediados de los ochenta que
la relación entre las emisiones de azufre y la acidificación escandinava se convierte
en algo generalmente aceptado.
Según el presidente de cuerpo ejecutivo de la Convención, Jan Thomson (2000),
tanto la Convención como el Protocolo de Helsinki de 1985 para reducir las emisio-
nes de azufre en un 30% obedecieron más a los intereses políticos que a los descu-
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
292
brimientos científicos disponibles. En relación con la Convención, señala que ha sido
más el resultado de la alta política, “puesto que fue tras la conferencia de Helsinki de
1975 cuando el medio ambiente em ergió como el terreno apropiado para la coopera-
ción entre las fronteras de la guerra fría”(p. 18). Con respecto al primer Protocolo del
azufre, cuando se firma “no había dem asiadas revelaciones científicas recientes que
movieran a los políticos a actuar, mientras la presión de la opinión pública en el con-
tinente surge por la revelación de la debilitación de los bosques alemanes” (p. 18).
Además, la cifra del 30% era arbitraria y no obedecía a ningún planteamiento cientí-
fico, pero se consideró un objetivo factible.
La firma de la Convención permitió, sin em bargo, ir construyendo un m arco insti-
tucional basado en la cooperación que permitiría un cómputo más preciso de las em i-
siones y el continuo desarrollo de la investigación científica en ese terreno, factores
que, posteriormente, favorecerían la adopción de acuerdos más exigentes. De hecho,
la interacción entre la actividad científica y la intención política ha sido una de las
claves del proceso. Según Thomson (2000), los resultados de la investigación han ido
ganando peso en el desarrollo de los acuerdos como sucede con la introducción del
enfoque de las cargas críticas. La cada vez mayor complicación y sofisticación de los
protocolos hace que la actuación política sea cada vez más dependiente de las aporta-
ciones científicas. El apoyo de la opinión pública es clave para instar a la acción polí-
tica pero también para animar al desarrollo científico.
Aunque nos hemos centrado en el problema de la acidificación y de su carácter
transfronterizo, hay que tener en cuenta que los efectos directos que las emisiones de
azufre tienen sobre la salud humana han hecho que este contaminante haya sido obje-
to de atención desde que comienzan las actuaciones medioam bientales, lo que no ha
sucedido con el carbono.
♦
Distribución internacional
El cambio climático es un problem a de dimensión global. Por ello, todos los países
pueden verse afectados, en distintos grados, por sus consecuencias (aunque, como ya
vimos, aún son muchas las incertidum bres sobre el reparto regional de los efectos)
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
293
pero resulta evidente que los países más desarrollados dispondrán de más m edios téc-
nicos y financieros para hacerles frente que los menos desarrollados. Como ya expu-
simos, las bases de la negociación se asientan sobre el conflicto de intereses Norte-
Sur, lo que dificulta la adopción tanto de decisiones sobre el reparto actual de la carga
entre los países como de comprom isos más exigentes.
Por el contrario, la acidificación nace como un problema transfronterizo pero de
dimensión regional. Tanto afectados como causantes pertenecen al grupo de los paí-
ses industrializados, aunque entre ellos pueda haber diferentes grados de desarrollo.
Además, en la mayoría de los casos, el país causante sufre también parte de los daños.
Todo ello facilita la adopción de objetivos cuantitativos de reducción entre partes con
niveles de desarrollo e intereses similares.
La introducción, posteriormente, del enfoque de la carga crítica, al centrarse en los
efectos, no exige reducciones lineales para todos los países sino que permite adoptar
criterios coste-eficaces, lo que favorece la incorporación de cada vez más firm antes a
protocolos más estrictos. Las estimaciones de la carga crítica permiten conocer con
mayor precisión la dimensión del esfuerzo requerido y los límites que im pone la natu-
raleza a la actuación humana (lo que no sucede en el caso del cambio clim ático).
Además, los procesos regionales de integración (com o la Unión Europea) pueden
haber arrastrado a participar en los protocolos a otros países del área en los cuales la
opinión pública no estaba tan sensibilizada con el problema.
A tenor de lo expuesto, pudiera parecer que el proceso de negociación estuvo
exento de dificultades, lo que no se corresponde con los hechos. Como ya se ha apun-
tado, tanto la Convención como el Protocolo de Helsinki de 1985 fueron, en gran me -
dida, el resultado de la alta política. El arranque del proceso se sitúa en 1975, cuando
se celebra en Helsinki la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa. Se
trataba de encontrar proyectos comunes que estabilizasen las relaciones entre los paí-
ses de Europa Occidental y Oriental, y la cooperación en el área medioambiental re-
sultó ser la menos controvertida. Cuando en 1977 se iniciaron las negociaciones para
la Convención, los países nórdicos (entonces los más afectados por la lluvia ácida)
presionaron para conseguir reducciones obligatorias de emisiones pero los países de
Europa Occidental se opusieron (especialmente Reino Unido y Alemania), mientras
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
294
que los países de Europa del Este apoy aron activamente a los países nórdicos para di-
vidir al oeste. En cuanto al Protocolo de Helsinki, fue firmado por 21 países (de Eu-
ropa Occidental y Oriental, además de Canadá) con las ausencias notables del Reino
Unido y de Estados Unidos. El Reino Unido no lo firmó porque consideraba que, al
tomar como año base 1980, no se tenía en cuenta las reducciones sustanciales en las
emisiones que este país había logrado antes de esa fecha 132 . Estados Unidos explicó
que sus regulaciones para el control de la contaminación eran ya muy superiores a las
de Europa Occidental y Canadá. Alemania occidental que, como ya hemos señalado,
se opuso a las reducciones obligatorias en las negociaciones de la Convención, apoyó
activamente el Protocolo, por un lado, porque ya era evidente que la acidificación es-
taba dañando los bosques alemanes y, por otro lado, porque quería evitar que los m o-
vimientos ecologistas alemanes y los antibelicistas se unieran en un gran movimiento
social (Takahashi, 2000).
En cuanto a los países de cohesión europea (España, Irlanda, Grecia y Portugal), la
acidificación no figuraba como una cuestión prioritaria en sus agendas y fue el proce-
so de integración en la Unión Europea el que ejerció de arrastre en la adopción de
medidas y comprom isos. Según recoge Takahashi (2000), estos países no firmaron el
Protocolo de Helsinki porque estaban atrasados en relación con los otros países de
Europa Occidental y , de hecho, habían negociado incrementos en las emisiones de
dióxido de azufre de sus grandes plantas de combustión para el año 1993 bajo la Di-
rectiva comunitaria de Grandes Plantas de Com bustión. Posteriormente, firmaron el
Protocolo de Oslo pero, como señala este autor, durante las negociaciones no se mos-
traron entusiastas por adquirir compromisos, prim ero, porque no estaban afectados
por los problemas de acidificación y, segundo, porque sí estaban preocupados por los
costes asociados a la reducción de emisiones. A pesar de todo ello, cabe resaltar que
España e Irlanda cumplieron con los objetivos de Helsinki, aunque no eran firmantes
del Protocolo.
Al margen de todas las complejidades del proceso, lo cierto es que las negociacio-
nes resultaron finalmente exitosas y en ello ha influido, como indicábamos al co-
mienzo, el hecho de tratarse de países con grados de desarrollo e intereses sim ilares.
132 Churchill, Kutting y Warren (1995), cit. en Takahashi (2000).
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
295
Precisamente por la coexistencia de economías con diferentes grados de desarro-
llo, Takahashi (2000) se ha preguntado qué posibilidades hay de que en el este de
Asia se reproduzca un acuerdo similar a la Convención sobre la Contaminación At-
mosférica Transfronteriza a Larga Distancia que, como hem os visto, ha tenido éxito
en países europeos y norteamericanos al favorecer el desarrollo y aplicación posterior
de compromisos de reducción cada vez m ás estrictos 133 .
Según este autor, aunque en la zona asiática no hay ninguna convención ni proto-
colos que aborden la cuestión, sí se ha alcanzado, durante la década de los noventa, el
acuerdo sobre la necesidad de promover la cooperación para hacer frente a la lluvia
ácida. Esto supuso un cambio en las posiciones de China y Corea del sur, países que
tomaban hasta entonces cualquier consideración sobre el tema com o una injerencia
externa. En la década de los noventa, Corea del sur comienza a preocuparse seriamen-
te por los contaminantes procedentes de China y ésta admite que los problemas de
contaminación también afectan a su territorio. En este contexto, Japón se convirtió en
el principal promotor de la Red de Supervisión de la Deposición Ácida en el Este de
Asia (EANET) 134 135 .
Takahashi (2000), en su análisis del proceso de negociación hasta llegar a la inau-
guración de las actividades de la fase preparatoria de la EANET en 1998, observa
como, al igual que sucedía en las negociaciones europeas, no sólo influyen los aspec-
tos medioambientales sino tam bién cuestiones económicas, sociales y políticas. Los
dos puntos más críticos en las negociaciones (que, en realidad, son las dos caras de la
133 Aunque inicialmente los problemas de lluvia ácida afectaban a Europa y Norteamérica, más reciente-
mente se ha observado este fenómeno también en Asia como consecuencia de la rápida industrialización de
estos países. En Taiwán se atribuye a China, Japón y Corea más de la mitad de los contaminantes que gene-
ran lluvia ácida en su territorio. En Japón, se considera que más de la mitad de la lluvia ácida que afecta a es-
te país es responsabilidad de China y de la República de Corea. También Corea se ve afectada por la conta-
minación generada por el gigante chino (Takahashi, 2000).
134 Japón organizó varias reuniones de expertos entre 1993 y 1997 a las que se invitó a todos los países del
este asiático interesados (asistieron, China, Indonesia, Japón, Corea del sur, Malasia, Mongolia, Filipinas,
Singapur, Tailandia y Rusia) y una reunión intergubernamental de la EANET en 1998. Los participantes a la
primera reunión intergubernamental acordaron inaugurar la fase preparatoria de las actividades de la EANET
en abril de 1998 dando un plazo de dos años. Por otra parte, Corea del sur organizó reuniones anuales de ex-
pertos en contaminación transfronteriza desde 1995 en las que participaron también China y Japón. A todo
ello hay que añadir que el Comité Económico y Social de Asia y el Pacífico (ESCAP) en colaboración con
Japón mantuvo una reunión de expertos en estimación y supervisión de emisiones, y recomendó que se ini-
ciase un proyecto sobre la cuestión (Takahashi, 2000).
135 Véase más información sobre el proyecto en su página oficial http://www.eanet.cc (consulta 11/12/06).
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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296
mism a moneda) eran, por un lado, el apoy o financiero a las actividades de la EANET
y, por otro, el liderazgo en el proceso. En relación con el primero, China defendió que
los países más desarrollados fuesen los que proporcionasen el apoyo financiero para
el establecimiento y mantenimiento de la red, debido a que en el este de Asia muchos
son países en desarrollo. Desde la inauguración de los congresos de expertos, Japón
asumió los gastos relacionados con el funcionamiento de las actividades de la
EANET y este comportamiento se m antuvo durante la fase preparatoria. Aunque Ja-
pón espera que, una vez en pleno funcionamiento la EANET, cada país participe en
algún grado en la financiación de los gastos, el resto de los países espera que Japón
los siga asumiendo, total o mayoritariam ente. Japón ha estado proporcionando apoyo
técnico y financiero a muchos países del este de Asia para llevar a cabo actividades
de supervisión, incluy endo a China pero excluyendo a Corea del sur por considerase
ya a este último un país desarrollado. Es así posible que la EANET funcione como un
mecanismo de ayuda a los países en desarrollo. En relación con el segundo punto crí-
tico, Corea del sur no consideraba que la EANET fuese realmente un proyecto inter-
nacional ya que todo, desde los borradores de los documentos hasta la financiación,
había sido preparado por el gobierno japonés. A ello hay que añadir que Corea del sur
no recibía un apoyo financiero importante de Japón (a pesar de sus problemas finan-
cieros tras la crisis económica) y, además, estaba desarrollando proyectos similares.
Por todo ello, Corea no estaba dispuesta a soportar los costes operativos de la
EANET.
Como conclusión de su trabajo, Takahashi (2000) sostiene que, desde comienzos
de la década de los noventa, la cooperación internacional sobre la cuestión está am-
pliándose gradualmente en el este de Asia y se estarían siguiendo los pasos dados por
los países europeos, comenzando por la organización de congresos de expertos y es-
tableciendo un programa internacional de supervisión. Ahora bien, en la me dida en
que los procesos de negociación, tanto en Asia como en Europa, están también influi-
dos por aspectos políticos, sociales y económicos y no sólo medioambientales, las di-
ficultades para alcanzar un consenso en el este de Asia son mayores debido a la ma-
yor heterogeneidad política, económica y social de esta región. “Para empezar, duran-
te el proceso de formación del régimen en Europa, la cuestión medioambiental fue
considerada la menos controvertida. Sin embargo, la preocupación medioambiental se
ha convertido en una de las cuestiones más críticas y problemáticas en la política in-
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
297
ternacional en la actualidad, especialmente en el contexto de las relaciones norte-sur.
Esto muestra que el proceso de negociación en el este de Asia será diferente al de Eu-
ropa” (Takahashi, 2000, p. 114).
♦
Distribución intersectorial
El problema de la acidificación requiere, al igual que en el caso del cambio clim á-
tico, un enfoque “amplio” ya que son diversos los contaminantes que provocan el
problema y proceden de diferentes sectores productivos. Mientras que el NH 3 procede
fundamentalmente del sector agrícola, los NO x están relacionados con la generación
de energía (muy especialmente con el transporte) y el SO 2 está asociado a la genera-
ción de energía y a procesos industriales.
Sin embargo, si nos centramos en concreto en las emisiones de azufre, sus fuentes
están mucho más localizadas que las de las em isiones de CO 2, aunque ambos conta-
minantes procedan fundamentalm ente del uso de combustibles fósiles. La principal
fuente de emisiones de azufre son las centrales térmicas que utilizan carbón como
combustible.
Tomando, por ejemplo, datos de veintisiete países europeos (de Europa Occidental
y del Este), en 1990 (Grösslinger et al , 1997) en torno al 90% de las emisiones de
azufre procedían de tres tipos de fuentes: generación de energía eléctrica (54%); plan-
tas de combustión comercial, institucional y residencial (25%) y combustión indus-
trial (11%).
En el caso de las emisiones de CO 2 , los tres grupos de fuentes citados suponían el
70% de las emisiones: generación de energía eléctrica (28%); combustión industrial
(24%) y plantas de combustión comercial, institucional y residencial (18%). Como se
puede apreciar, la distribución entre actividades generadoras en el caso del carbono es
más igualitaria que en el del azufre. A esta diferencia hay que añadir que el transporte
por carretera suponía el 15% de las emisiones de CO 2 mientras que tiene muy poco
peso en las de azufre. Esta diferencia es importante ya que la fuerte expansión que es-
tá experimentando el transporte por carretera acaba compensando cualquier aumento
en la eficiencia energética que pueda lograrse en ese sector y es, como ya vim os, uno
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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304
tán condicionados por la representatividad global de la muestra seleccionada. En con-
creto, el problema de fondo estriba en el hecho de que “(...) las diferencias en los pun-
tos críticos que se han encontrado para contaminantes diferentes pueden deberse, al
menos parcialmente, a las diferentes m uestras utilizadas. Si hay una relación CKA de
algún tipo, es posible que, debido a variables om itidas, los puntos críticos estimados
en la regresión cuando se utilizan sólo datos de países desarrollados pueden estar ses-
gados hacia abajo” (p. 163). De hecho, constatan en su estudio que, en el caso concre-
to que analizan (el de las emisiones de azufre), el PC estim ado utilizando únicam ente
datos de los países de la OCDE era mucho m enor que el estimado con datos mundia-
les.
De lo anterior se deduce que, si los estudios CKA para el CO 2 están, en general,
incluyendo más países no OCDE que aquellos para el azufre, obtendrán PC estimados
mucho más elevados, pero no com o consecuencia de la diferente naturaleza del con-
taminante sino, simplem ente, como resultado de la muestra de países utilizada.
Contrastaremos esta hipótesis utilizando para la estimación de la CKA la misma
muestra de países y años para ambos contaminantes. También com pararemos los re-
sultados de la estimación obtenidos con la muestra de países OCDE94 y con la de no-
OCDE.
La segunda cuestión del trabajo de Stern y Common (2001) que nos interesa aquí
es el análisis que llevan a cabo de la evolución de los efectos tiempo resultantes de la
estimación del modelo CKA para las emisiones de azufre. La causa de ese interés es-
triba en que, como ya se ha explicado en el Capítulo 2, los efectos tiempo recogen el
efecto de variables omitidas que varían con el tiempo y de shocks estocásticos comu-
nes a todos los países; por ello, dado que nuestro trabajo en los siguientes capítulos se
va a orientar a la búsqueda de rasgos comunes que caractericen el comportam iento de
contaminantes y países que han seguido una evolución compatible con la hipótesis
CKA, el análisis de los efectos tiempo puede aportar información prelim inar relevan-
te.
Comenzaremos explicando los modelos que se van a estim ar; compararemos, a
continuación, los resultados de la estimación CKA para las emisiones de azufre y de
CO 2 ; posteriormente, procederemos al análisis de los efectos tiem po; y, finalmente,
expondremos las principales conclusiones obtenidas.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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y emisiones de az ufre...
305
4.3.2.1. Modelos econométricos
El modelo estimado por Stern y Com mon (2001) es el modelo CKA básico en su
especificación cuadrática en logaritmos. La forma general del m odelo es la si-
guiente:
,
2
2 1 ln ln ln it
it it
t i
it POB
PIB
POB
PIB
POB
E
ε β β γ α
+
¸
¸
¹
·
¨
¨
©
§ ¸
¹
·
¨
©
§
+
¸
¹
·
¨
©
§
+ + =
¸
¹
·
¨
©
§ (4.1)
donde E son las emisiones del contam inante, POB es la población,
ε
es la perturba-
ción aleatoria, los
α
i son las ordenadas en el origen específicas de país, los
γ
t son las
ordenadas en el origen específicas de tiempo, el subíndice i se utiliza para países y el
subíndice t para años. En concreto, Stern y Common estim an el modelo para las emi-
siones de azufre (en toneladas de azufre).
Estos autores estiman el modelo (4.1) para tres muestras: la muestra “mundo” y las
sub-muestras “OCDE” y “no OCDE” 143 . Realizan la estimación tanto con efectos fi-
jos (país y tiempo) como con efectos aleatorios, esto último a pesar de que los resul-
tados del contraste de Hausman indicaban la inconsistencia del estimador de efectos
aleatorios en las muestras “mundo” y “no OCDE” y de que, adem ás, la consistencia
del estimador de efectos aleatorios en la de “OCDE” parecía muy sensible a la mues-
tra de países utilizada (si se eliminaban Portugal y Turquía, el estadístico pasaba a ser
altamente significativo).
Ante la posibilidad de no cointegración de las variables, Stern y Common (2001)
optan, en un segundo paso, por estimar el m odelo en prim eras diferencias para las tres
muestras con el fin de elim inar las potenciales tendencias estocásticas que pueden
143 La muestra “OCDE” de Stern y Common (2001) incluye prácticamente los mismos países que nuestra
muestra OCDE94. La única diferencia es que en nuestra muestra no figura Luxemburgo. Varían algo más el
grupo “no OCDE”, en el que Stern y Common incluy en 50 países. De ellos los siguientes no están en nuestra
muestra: Argelia, Barbados, Bolivia, Chipre, Guatemala, Honduras, Madagascar, Malasia, Mozambique,
Namibia, Nicaragua, Rumania, Singapur, Tanzania, Trinidad y Tobago, Túnez, Uruguay, Yugoslavia,
Zambia y Zimbabwe. Por el contrario en nuestra muestra incluimos los siguientes países que no figuran en la
de Stern y Common: Bulgaria, Etiopía, Hungría, Irak, Polonia y la República Democrática de Ale-
mania.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
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306
existir en las series 144 . También en estos casos analizan lo que les sucede a los efectos
tiempo estimados.
Estiman dos modelos en primeras diferencias. En el prim ero, utilizan una ordenada
en el origen constante, que en este caso representaría la tasa media de progreso técni-
co, y lo estiman por MCO. Este modelo sería:
,
2
2 1 ln ln ln it
it it it POB
PIB
POB
PIB
POB
E
ε β β γ
+
»
»
¼
º
«
«
¬
ª
¸
¸
¹
·
¨
¨
©
§ ¸
¹
·
¨
©
§
Δ +
¸
¹
·
¨
©
§
Δ + =
¸
¹
·
¨
©
§
Δ (4.2)
En el segundo, introducen efectos fijos de tiempo que les permiten capturar otros
efectos comunes relacionados con el tiempo adem ás del cambio técnico (en sentido
neoclásico). Este modelo sería:
,
2
2 1 ln ln ln it
it it
t
it POB
PIB
POB
PIB
POB
E
ε β β γ
+
»
»
¼
º
«
«
¬
ª
¸
¸
¹
·
¨
¨
©
§ ¸
¹
·
¨
©
§
Δ +
¸
¹
·
¨
©
§
Δ + =
¸
¹
·
¨
©
§
Δ (4.3)
Según estos autores, estos modelos presentaron mejores propiedades estadísticas
que el modelo (4.1).
Tomando como referencia el trabajo de Stern y Common (2001), realizaremos en
nuestro estudio las estimaciones del modelo (4.1) y del modelo (4.3). Entre los dos
modelos en primeras diferencias, hem os optado por el (4.3) porque tenem os un espe-
cial interés en los efectos tiempo.
Ahora bien, aunque tomamos com o base el artículo de Stern y Common (2001), lo
ampliamos en dos direcciones:
i) Estimamos los modelos tanto para las em isiones de azufre como para las de CO 2
(estos autores lo hacían sólo para las de azufre).
144 Debemos mencionar que la posibilidad de no cointegración fue analizada posteriormente por Perman y
Stern (2003) los cuales encontraron que las variables utilizadas en el modelo (4.1) podrían ser variables inte-
gradas. La aplicación de algunos contrastes de cointegración para paneles no ofreció resultados conluyentes
dado que algunos indicaban cointegración en todos los países y otros aceptaban la hipótesis de no cointegra-
ción. La existencia de un vector común de cointegración en todos los países es fuertemente rechazada (Stern,
2003b).
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
307
ii) Ampliamos el periodo m uestral. Recordamos que el que utilizan estos autores es
1960-1990 145 y el de nuestro estudio es 1950-1999.
Antes de presentar los resultados que hemos obtenido, debemos insistir en el hecho
de que las muestras de países que hemos definido (descritas en el apartado 4.3.1) no
coinciden exactamente con las de Stern y Common. Com o ya se ha indicado, la dife-
rencia reside fundamentalmente en los países que integran la m uestra no-OCDE.
4.3.2.2. Análisis de los resultados de la estimación. Comparación de los PC
estimados para las emisiones de CO 2 y de azufre
♦
Estimación del modelo (4.1) para las emisiones de CO 2 y de azufre
En las Tablas 4.3 y 4.4 ofrecemos los resultados de la estimación del modelo (4.1)
para las emisiones de CO 2 y para las emisiones de azufre con efectos fijos (MCO) y
con efectos aleatorios.
Tabla 4.3.- Resultados de la estimación del m odelo (4.1) con efectos fijos (MCO) y con efec-
tos aleatorios para las emisiones de CO 2
VARIABLE DEPENDIENTE: ln ( CO 2 /POB )
REGIÓN Mundo
n =2871 OCDE94
n =1091 No-OCDE
n =1780
MODELO E. fijos E. aleatorios E. fijos E. aleatorios E. fijos E. aleatorios
Constante -2,2371
(-27,43)* -3,2372
(-31,69)* -2,2647
(-18,97)*
ln PIB/POB 1,3237
(38,95)* 1,5855
(52,07)* 2,6375
(36,11)* 2,7307
(40,49)* 1,0588
(24,13)* 1,4174
(36,24)*
(ln PIB/POB ) 2 -0,1748
(-19,19)* -0,1705
(-18,73)* -0,4580
(-22,70)* -0,4509
(-28,64)* -0,0664
(-4,56)* -0,0856
(-5,68)*
R 2 ajustado 0,96 0,96 0,94 0,94 0,95 0,94
Durbin- Watson 0,17 0,16 0,l3 0,13 0,19 0,17
PC 44.039 104.431 17.798 20.664 2.884.079 3.932.287
Contraste
Hausman 77,9812
(0,0000) 17,8046
(0,0001) 226,6894
(0,0000)
Contraste
Bartlett 2235
(0,000) 480,7
(0,000) 1217
(0,000)
*Significativas al 1%.
NOTA: Las cifras entre paréntesis son los valores del estadístico t de los coeficientes de regresión y la pro-
b
abilidad asociada para el contraste de Hausman. Los PC estimados están expresados en dólares per cápita
(1990 US$).
145 Utilizan datos de ASL and Associates (Lefohn et al , 1999).
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
308
Tabla 4.4.- Resultados de la estimación del m odelo (4.1) con efectos fijos (MCO) y con efec-
tos aleatorios para las emisiones de azufre
VARIABLE DEPENDIENTE: ln ( S / POB )
REGIÓN Mundo
n =2830 OCDE94
n =1100 No-OCDE
n =1730
MODELO E. fijos E. aleatorios E. fijos E. aleatorios E. fijos E. aleatorios
Constante 0,7893
(4,75)* -1,2704
(-6,20)* 0,5002
(1,98)**
ln PIB/POB 1,5788
(21,43)* 1,6210
(25,44)* 3,9654
(26,44)* 4,4399
(31,09)* 1,0610
(11,05)* 1,1342
(14,17)*
(ln PIB/POB ) 2 -0,3269
(-16,56)* -0,3663
(-19,26)* -0,9523
(-22,88)* -1,0731
(-32,18)* -0,0826
(-2,59)* -0,1066
(-3,45)*
R 2 ajustado 0,87 0,87 0,82 0,80 0,86 0,87
Durbin- Watson 0,13 0,12 0,08 0,09 0,15 0,15
PC 11.188 9.140 8.020 7.915 611.320 204.560
Contraste
Hausman 61,2265
(0,0000) 106,9608
(0,0000) 9,0585
(0,0107)
Contraste
Bartlett 3039
(0,000) 372,50
(0,000) 1868
(0,000)
PC en SyC (2001) 101.166 54.199 9.239 9.181 908.178 343.689
*Significativas al 1%; **Significativas al 5%.
NOTA: Las cifras entre paréntesis son los valores del estadístico t de los coeficientes de regresión y la pro-
babilidad asociada para el contraste de Hausman. Los PC estimados están expresados en dólares per cápita
(1990 US$). Incluimos los resultados de los PC estimados de Stern y Common (2001), Sy C (2001) en la ta-
bla.
Para los efectos tiempo se ha introducido una variable ficticia para cada año.
Hemos eliminado la ficticia de 1950 para evitar la m ulticolinealidad perfecta en la
matriz de regresores.
Antes de proceder al comentario de los valores que figuran en las tablas, debemos
destacar que los resultados del contraste de Hausman (Green, 1999) revelan la pre-
sencia de correlación entre la perturbación aleatoria y los regresores en las tres mues-
tras de países, tanto cuando la variable dependiente es el CO 2 como cuando lo es el
azufre, por lo que el estimador de efectos aleatorios no es consistente en ninguno de
los casos. Por ello, centraremos más la atención en los resultados de la estimación con
efectos fijos.
Asimismo, con el fin de facilitar la interpretación de los resultados, estimam os
conveniente precisar que el nivel máximo de PIB per cápita de la muestra utilizada
son los 28.083 dólares de 1990 que alcanza Estados Unidos en 1999.
Tras las puntualizaciones previas, pasamos a comentar las principales conclusio-
nes que hemos extraído de la estimación del m odelo (4.1).
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
309
1º) Comparación entre OCDE94 y no-OCDE. Tanto en el caso del CO 2 como en
el del azufre, los menores PC se obtienen en las estimaciones para los países de la
OCDE94 y, los más elevados, para los no-OCDE. Comprobam os así que lo descrito
por Stern y Common (2001) para el azufre se reproduce en el caso del carbono, esto
es, los PC estimados son mayores cuanto mayor es el número de países no OCDE in-
cluidos en la muestra.
2º) Comparación con los resultados de Stern y Common ( 2001). Si comparamos
los PC que hemos estimado para las em isiones de azufre con los de Stern y Common
(2001), observamos que, en todos los casos, los PC que se desprenden de nuestra es-
timación son inferiores. Aún así, la magnitud de la diferencia depende de la muestra
que se considere:
− En el caso OCDE94, en el que la muestra de países que hemos utilizado práctica-
mente coincide con la de los citados autores (excepto en que no incluimos Luxem-
burgo), los resultados obtenidos en ambos estudios se aproximan, especialm ente
en la estimación con efectos fijos ya que, en este caso, el PC estimado por Stern y
Common es 9.239 dólares per cápita y el obtenido en nuestra estimación es 8.020
dólares per cápita.
− En el caso no-OCDE, los PC estimados en ambos estudios están m uy por encima
del nivel máximo de renta de la muestra, aunque los obtenidos por Stern y Com-
mon son muy superiores.
− Comentario aparte merece lo que sucede en la m uestra MUNDO. Mientras que en
nuestra estimación los PC presentan valores inferiores al nivel máxim o de renta,
los obtenidos por Stern y Common son m uy elevados, claramente fuera del rango
de renta considerado.
Si tenemos en cuenta que, en el caso en el que las muestras son similares
(OCDE94) los PC de ambos trabajos se aproximan, es posible que el hecho de que
Stern y Common obtengan PC notoriamente superiores a los que se desprenden de
nuestras estimaciones en las otras dos muestras (no-OCDE y MUNDO) se deba a que
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
310
en ellas incluyen un número mayor de países no OCDE, lo que seguiría confirmando
su hipótesis.
3º) Comparación entre CO 2 y azufre. En todas las muestras, los PC estimados para
el CO 2 han resultado superiores a los obtenidos para el azufre. Podemos precisar algo
más las diferencias en cada una de ellas:
− Para la muestra OCDE94, los PC estimados tanto para el carbono como para el
azufre están dentro del rango de la muestra de renta, aunque el PC sería menor en
el segundo caso.
− En la muestra MUNDO, el PC de las emisiones de azufre está dentro del rango de
la muestra de renta y bastante alejado del nivel máximo. Por el contrario, el PC de
las emisiones de CO 2 está fuera de dicho rango y muy alejado del nivel máxim o.
− Para la muestra de países no-OCDE, el PC estimado es m uy superior en todos los
casos al nivel máximo de renta pero ostensiblemente mayor en el caso de las emi-
siones de CO 2 .
En relación con lo anterior, recordamos que Stern y Comm on (2001) ponían en
duda el hecho de que los PC para las emisiones de CO 2 fuesen sistem áticamente su-
periores a aquellos para el azufre, puesto que dichos resultados podían estar condi-
cionados por el peso de los países no OCDE en las muestras seleccionadas en los dis-
tintos estudios. Ahora bien, en nuestra estimación del m odelo (4.1), hem os obtenido
que, utilizando las mism as muestras de países y años, los PC resultan superiores en el
caso del carbono en todos los casos.
En resumen, podemos concluir que los resultados de esta primera estimación apo-
yan la hipótesis de Stern y Common de que las m uestras con mayor peso de países
con renta baja (no OCDE) ofrecen PC estimados superiores. Hemos comprobado que
este hecho se produce tanto para el caso del azufre como para el del CO 2 . Ahora bien,
de nuestro análisis se desprende que, dada la mism a muestra de países, los PC esti-
mados para las em isiones de CO 2 sí son superiores a los de las emisiones de azufre,
por lo que se apoyaría en principio la idea de que el contam inante global presenta
mayores PC estimados.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
311
Al igual que Stern y Common, hemos llevado a cabo esta prim era estimación del
modelo (4.1) sin tener en cuenta la posible presencia de heterocedasticidad y de auto-
correlación. Dicho esto, corresponde matizar que estos autores sí detectan autocorre-
lación de primer orden, pero no indican que la tengan en cuenta en la estimación.
Tampoco hacen ninguna referencia al hecho de que haya sido contrastada la hipótesis
nula de homocedasticidad. Suponemos que ello se debe a que consideran innecesario
ir más allá dado que parten de la base de que el modelo (4.1) está m al especificado.
En nuestro caso, hemos contrastado la hipótesis de igualdad de varianzas utilizan-
do el contraste de Bartlett 146 y se ha rechazado la misma en todas las m uestras 147 .
Además, los bajos valores del estadístico Durbin-Watson advierten de la posible pre-
sencia de autocorrelación de primer orden, al margen de que esos valores tan bajos
estén indicando la mala especificación del modelo, com o ya hemos comentado exten-
samente en el Capítulo 2.
Ante estos resultados, y aunque nosotros también partimos del supuesto de que la
especificación del modelo CKA único en forma reducida es deficiente − de hecho,
nuestro análisis en capítulos posteriores se alejará de esta línea − , hemos optado por
incluir, sin ánimo de extendernos, los resultados obtenidos de la estimación del m ode-
lo (4.1) teniendo en cuenta la presencia tanto de autocorrelación como de heteroce-
dasticidad por grupos. Incluimos los resultados de la estimación en las Tablas 4.5 y
4.6.
Como puede apreciarse en dichas tablas, la contrastación de la hipótesis CKA re-
sulta más problemática cuando el m odelo (4.1) se estima por MCG. En primer lugar,
el término cuadrático del PIB deja de ser significativo en las muestras MUNDO y
OCDE94 para el azufre y lo es al 10% en la muestra OCDE94 para el carbono. En las
tres estimaciones restantes es significativo al menos al 5% pero en dos de ellas es po-
sitivo, concretamente en las muestras MUNDO y no-OCDE para el carbono. De
hecho, únicamente en dos casos, en la muestra OCDE94 para las em isiones de carbo-
no y en la muestra no-OCDE para las emisiones de azufre, el signo del coeficiente del
146 Judge et al (1985); Socal y Rohlf (1995).
147 En todos los casos se ha repetido la prueba utilizando los contrastes de Levene (Levene, 1960) y de
Brown-Forsythe (Brown y Forsythe, 1974), llegándose al resultado de rechazo de la hipótesis de igualdad de
las varianzas.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
312
término cuadrático del PIB es negativo. Aún así, los PC estimados en dichos casos
son muy elevados. Como ya hemos señalado en el Capítulo 2, es poco frecuente en la
literatura que se tengan en cuenta la heterocedasticidad y la autocorrelación en la es-
timación del modelo CKA.
Tabla 4.5.- Resultados de la estimación del modelo (4.1) con efectos fijos y MCG conside-
rando autocorrelación y heterocedasticidad por grupos (con ponderaciones cross-section ) para
las emisiones de CO 2
VARIABLE DEPENDIENTE: ln ( CO 2 /POB )
REGIÓN Mundo
n =2812
OCDE94
n =1069
No-OCDE
n =1743
ln PIB/POB 0,4599
(8,43)*
1,2165
(5,95)*
0,3099
(5,03)*
(ln PIB/POB ) 2 0,0406
(3,05)*
-0,0958
(-1,86)***
0,0854
(4,45)*
R 2 ajustado 0,99 0,99 0,997
Durbin- Watson 2,2490 1,2786 2,0582
PC 571.089
*Significativas al 1%. **Significativas al 5%. ***Significativas
al 10%.
NOTA: Las cifras entre paréntesis son los valores del estadístico
t de los coeficientes de regresión. El PC estimado está expresado
en dólares per cápita (1990 US$).
Tabla 4.6.- Resultados de la estimación del modelo (4.1) con efectos fijos y MCG conside-
rando autocorrelación y heterocedasticidad por grupos (con ponderaciones cross-section ) para
las emisiones de azufre
VARIABLE DEPENDIENTE: ln ( S / POB )
REGIÓN Mundo
n =2773
OCDE94
n =1078
No-OCDE
n =1695
ln PIB/POB 0,5400
(6,96)*
0,6983
(1,82)***
0,5250
(6,86)*
(ln PIB/POB ) 2 0,0024
(0,10)
0,0318
(0,36)
-0,0518
(-2,11)**
R 2 ajustado 0,99 0,99 0,99
Durbin- Watson 1,76 1,80 1,74
PC 158.427
*Significativas al 1%. **Significativas al 5%. ***Significativas
al 10%.
NOTA: Las cifras entre paréntesis son los valores del estadístico
t de los coeficientes de regresión. El PC estimado está expresado
en dólares per cápita (1990 US$).
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
313
♦
Estimación del modelo (4.3) para las emisiones de CO 2 y de azufre
Presentamos en las Tablas 4.7 y 4.8 los resultados de la estimación del modelo
(4.3).
Tabla 4.7.- Resultados de la estim ación del modelo (4.3) para las em isiones de CO 2 con
MCG introduciendo ponderaciones cross-section
VARIABLE DEPENDIENTE: Δ ln ( CO 2 /POB )
REGIÓN Mundo
n =2812
OCDE94
n =1069
No-OCDE
n =1743
Δ ln PIB/POB 0,7886
(12,93)*
1,5774
(8,19)*
0,6629
(9,61)*
Δ (ln PIB/POB ) 2 -0,0518
(-2,98)*
-0,1877
(-4,20)*
-0,0366
(-1,55)
R 2 ajustado 0,20 0,32 0,17
Durbin- Watson 2,17 2,31 2,15
PC 2.004.188 66.812 8.479.179
*Significativas al 1%. **Significativas al 5%. ***Significativas
al 10%.
NOTA: Las cifras entre paréntesis son los valores del estadístico
t de los coeficientes de regresión. Los PC estimados están expre-
sados en dólares per cápita (1990 US$).
Tabla 4.8.- Resultados de la estim ación del modelo (4.3) para las em isiones de azufre con
MCG introduciendo ponderaciones cross-section
VARIABLE DEPENDIENTE: Δ ln ( CO 2 /POB )
REGIÓN Mundo
n =2773
OCDE94
n =1078
No-OCDE
n =1695
Δ ln PIB/POB 0,7706
(9,10)*
1,5870
(5,12)*
0,6237
(6,79)*
Δ (ln PIB/POB ) 2 -0,1031
(-4,17)*
-0,1713
(-2,34)**
-0,0884
(-2,79)*
R 2 ajustado 0,14 0,31 0,08
Durbin- Watson 1,63 1,66 1,68
PC 41.934 102.769 34.094
PC SyC (2001) 33.290 55.481 18.039
*Significativas al 1%. **Significativas al 5%. ***Significativas
al 10%.
NOTA: Las cifras entre paréntesis son los valores del estadístico
t de los coeficientes de regresión. Los PC estimados están expre-
sados en dólares per cápita (1990 US$). Incluimos los PC esti-
mados (sin ponderaciones cross section ) por Stern y Common
(2001), SyC(2001) en la tabla.
María Rosario Díaz Vázquez
Emisiones de CO
2
y emisiones de az ufre...
320
A pesar de las diferencias existentes entre el Gráfico 4.4 y los Gráficos 4.2 y 4.3,
lo cierto es que algunas de las pautas expuestas se repiten. Quizá lo más destacable
sea que en los tres gráficos la fase de fuerte crecimiento de los efectos tiem po en los
países OCDE94 se frena en 1973 y que la reducción más acusada se produce después
de 1979. En el caso de los países no-OCDE, también los tres gráficos coinciden en la
importancia del año 1979 en el cambio en la trayectoria de la curva que representa los
efectos tiempo.
Por lo tanto, dado que los años 1973 y 1979 son las fechas en las que comienzan
las dos crisis petrolíferas, los efectos tiempo obtenidos, tanto en la estim ación del
modelo (4.1) como en la del m odelo (4.3), estarían recogiendo el impacto de dichas
crisis en la evolución de las emisiones de CO 2 . Parece así que los efectos tiempo es-
timados estarían apuntando a la existencia de factores (variables omitidas) que habrí-
an estado impulsando al alza la curva estimada en todas las m uestras hasta la década
de los setenta. A partir de ahí, si atendemos a los resultados recogidos en el Gráfico
4.4 (modelo preferible), habría factores que seguirían ejerciendo un efecto positivo
pero mucho más estabilizado desde 1979 en los países no-OCDE; por el contrario, en
el caso de los países OCDE94, las variables omitidas ejercerían un im pacto negativo
sobre las emisiones que comenzaría a notarse en 1973 pero se intensificaría después
de 1979.
♦
Los efectos tiempo para las emisiones de azufre
En el Gráfico 4.7, donde se representan los efectos tiempo de la estimación del
modelo preferible para el azufre, se observa que, al igual que sucedía con el CO 2 , los
efectos tiempo estimados son mayores en los países no-OCDE que en los países
OCDE94.
Los efectos tiempo obtenidos para los países no-OCDE son positivos durante todo
el periodo. Muestran una tendencia ligeramente creciente hasta 1979 y comienzan
una senda descendente a partir de 1985.
Los efectos tiempo estimados para la m uestra OCDE94 son negativos durante todo
el periodo. La trayectoria de la curva es marcadamente descendente y su pendiente se
agudiza a partir de 1979.
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