Armas de Orense / Benito F. Alonso
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BENITO F. zXLONSO ARMAS DE ORENSE ORENSE: 1891 IMPRENTA DE A. OTERO SAN MIGUEL, 18
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despiertan del letargo en que nos tienen embebecidos las frivolidades de un pres sente que ni aun á comprender llegamos: basta y sobra que una ley sobrenatural no consienta al hombre penetrar en los abis mos del porvenir. La costumbre de que los pueblos apa rezcan simbolizados por emblemas es antiquisima, y buena prueba de ello son las monedas que acuñaron los emperadores, los reyes ó conquistadores de una comarca ó de un pueblo cualquiera, representando en el troquel su origen, historia y condi ciones. Si á esta costumbre general y pri mitiva nos atenemos, dado el origen coitoromano de esta ciudad, por más que la nu mismática nada nos diga, que sepamos, os casi probable que las armas parlantes de la vetusta Or-ens — agua caliente — ó Aúnen se, con cuyo nombre se la conoce en el se gundo concilio de Braga, debieron hallarse representadas, por lo menos, en un símil del rio Miño, y otro de lo que hoy llama mos Burga. Esto no obstante, como sus orí genes so pierden en la oscuridad insonda ble de los tiempos, y hasta que los romanos establecieron en ella sus termas y planta ron después la viña, no comenzó á tener fama, de suponer es que su escudo no apa reciese hasta entonces, perfectamente discretado, ni fuese conocido en él concierto u
- do - do los restantes pueblos guerreros de Ga licia. como lo era ya por los años 480 de nuestra Era, cuando tanto se ha distingui do en las luchas sostenidas contra las hues tes de Remismundo. Á Orense conocíasele por sus hazañas militares, por la valentía con (pie rechazaba toda invasión extranje ra, por sus aguas calientes, y por la fertili dad y condiciones de su suelo. Más tarde, la cura milagrosa del hijo de Carriarico. verificada por medio de las uvas que maduraban en el parral que había en lo que es hoy plaza de la Magdalena, la con versión de los suevos al catolicismo, efec tuada en Orense, y el nombramiento del primer obispo suevo, Witimiro, acrecenta ron la importancia do la ciudad, que por aquella época, el rey Teodomiro había, adju dicado á la metrópoli de Braga. Erigida en obispado, bajo el imperio del monarca sue vo. se emprendió en ella la construcción de la primitiva iglesia do San Maitin, y poste riormente, las de Santa María la Mayor y la Basílica actual. Fui'* una de las ciudades que correspon dían al convento Bracaronse: antes, y aún después de tener obispo, sede vacante, es tuvo agregada muchos años á las metró polis de Braga y Lugo. Como provincia per teneció también á Braga, Braeara augusta desde tiempo inmemorial.
Más acá del ano GUO, el rey godo ChindasVinto mandó acuñar aquí moneda, y aumentaron tanto las riquezas y significa ción de Orense entre los pueblos de aquella fecha, que tiempo andando, y siendo ya tan crecido el vecindario y tan numerosos los cotos que en torno de la ciudad iban adhi riéndose al Concejo y á la silla; siendo tal su progresión y su fama por sus burgas; sus terrenos tan á propósito para el viñedo; su rio Miño, tan abundante en pesca, y sus olivos de tan opimo fruto; después de ha berla? elevado á la categoría y nombre de ciudad el rey Alfonso III, el Magno, por los años de 1112 al 1126; el obispo don Diego, con acuerdo de la reina doña Urraca, con cedió algunos privilegios á los moradores de la ciudad do Orense: y consistían estos «en que las casas <iue edificaren y los cam pos que labraren fuesen suyos, do sus hi jos y descendientes: que si por necesidad ó por mudas de tierra los vendiesen, lo hicie sen presente antes al obispo, por si quisiere quedarse con ellos en el precio en que los diere al vecino, y si el obispo no quisiere pudiesen hacerlo los canónigos, y si es
— 12 — tos tampoco, que los vendiesen libremente, como no fuese á siervo, procer ó persona de lugar realengo.» El rey D. Alfonso VII, desde Palencia, en 15 de Mayo de 1131, con cedió al obispo D. Martin y canónigos de Orense, «que los moradores de la ciudad no fuesen inquietados, vejados ni maltrata dos por nadie dentro ni fuera de la ciudad, y que no pagasen portazgo en tierra de Allariz ub). Según se deduce del Concilio de Braga, celebrado el año 572, Orense perteneció á aquella metrópoli hasta mitad del siglo VI. El Concilio Toledano III dice también que estuvo en poder de-los moros, después de lo cual volvió á Lugo. En 832 Braga y Oren se estaban en poder de los musulmanes. (España Sagrada, t. 40, app. 15). « El mismo rey Alfonso VII, en uno de los privilegios de ampl¡ación de cotos, expe dido en favor del obispo, llama á Oi'ense luculentis cicitatirus, que equivale á decir que era ya una de las más opulentas ciuda des de Galicia. Su nombre llegado hasta Muza, habíale valido que enviara éste á su hijo Ab-duLaziz, ante cuya presencia, de rribados los muros de la población y arra sadas las casas, sus moradores huyeron dis- (1) Colección de fueros y carUts-pueblas de Ks|iaña. por la Real Academia de la Historia, 1852. u
— 13 — persos á refugiarse en la montana. En 793, la habían saqueado los de Almanzor y en 970 los normandos, dejándola inhabitable, como asegura. D. Lucas de Tuy y antiguas crónicas refieren: ct auriam depopulacerunt usque ad soliim. Cerca de 200 años sin obispo y adscrita á la Sede de Lugo, á cuyo cuidado la puso el rey D. Alonso el Casto, no pudo ver restaurada su silla hasta que los reyes D. Fernando II, D. Alfonso IX y D. Fernando IV la conceden privilegios y la afirman en el poder temporal de los pre lados. El obispo Ederonio manda construir la iglesia de Santa María Madre, y D. Diego y sucesores, fundan y construyen la Catedral, el Palacio episcopal y el puente sobre el Miño, que en la actualidad existen. La res tauración de la Iglesia y los privilegios concedidos por los reyes á los prelados, cónstitüyerpn al obispo en señor natural de la ciudad y su tierra, con infinidad de cotos enclavados en la diócesis, siendo causa de (pie la época medieval se nos presente re vuelta en larga serie de perturbaciones, in trigas y odios, creados al calor de concesio nes, con las cuales, nunca quiso el pueblo transigir. El episcopado tenía, no obstante, su na tural é inquebrantable prepotencia. El Con cilio de Vaisón habíales conferido sus pou
dores y ios edictos de Honorio, Valentiniano III y Justiniano, de los anos 398, 4U8 y 512 dejaban al obispo en concepto de pri mer magistrado de su diócesis, autorizado para entender «en los negocios de la ciu dad, rentas, donaciones, legados, obras pú blicas, almacenes de víveres, acueductos. Jjaños, puertas, murallas, torres, puentes, caminos, etc., etc.» El prelado con más tres personas escogidas entre los primeros ciu dadanos. residenciaban y tomaban cuentas al fin de cada año, á todos los dependientes y empleados de la comarca ó la ]>rovincia. Fundados en estas prerrogativas, y con el derecho que les asistía por sus pasados sa crificios en pro de la independencia nacio nal, eran respetados y queridos por la ma yoría de los ciudadanos. Contra el desbordamiento salvaje de la nobleza, no se hallaba otra muralla más (jue la enérgica pretexta de las ideas re ligiosas, defendidas pór hombres que las oponían como único remedio contra la fuer za dominante. En dias tan aciagos como los de la irrupción bárbara nadie más (pie los obispos marcharon al frente de los opri midos, obligando á Atila y Genserico á res petarlos, y seguían hoy, como entonces, dispensando protección a los débiles, que al calor do sus altares habían ido á cobijarse: en la nobleza residía la fuerza y en el clero
15 — la educación: una atacaba y otro suavizaba por medio de las letras. La Iglesia comba tiendo, en fin, con la palabra y el ejemplo, pudo conseguir que el poder de la irrupción germana, contuviera la férrea maza que amagaba destrozarlo todo, concluyendo por inspirarles amor á la agricultura y por domesticar su salvaje ira: por ofrecer ho gar en sus monasterios á mercaderes y ar tesanos, conceder asilo y dispensar indul gencia á los ministros perseguidos y á los reyes destronados. III Bajo auspicios soinejantes y con títulos do valor tan inapreciable, nada de extraño tenía que el pueblo acatara la autoridad do sus obispos, que los reyes declinaran on ellos sus poderes, ni que los do Orense, con el cabildo, llegaran á ser dueños ele los cotos en cinco leguas á la redonda. Y lio aquí las razones por que en algunos cento nares de años no apareciesen en la ciudad otras armas qué una mitra y un báculo. Y esta verdad se torna cada voz más ve rosímil, si recorriendo la historia de nues tros obispos, que tan enlazada se halla con la historia de nuestro pueblo, nos aperciu
— IG 'biinos de la benevolencia personal con que los reyes, unos tras otros, distinguían á los prelados. D. Pedro I de Castilla, por otro nombre el Cruel ó Justiciero, en algunos privilegios y diplomas que al obispo don Pedro concede, hónrale con el nombre de su criado; al cual siendo deán de Orense, confíale ya la misión de acompañar al ca ballero D. Pedro Cabeza de Vaca, para que ambos negocien los tratados para termina ción de la guerra de Navarra. Algunos reyes dan al obispo cotos y lu gares para que tenga pan de trigo para su mesa; otros confirman sus privilegios y su poder temporal y aunque tiempo después, el pueblo reclamó los derechos en época, no muy remota conquistados, en Orense, por lo pronto, el obispo era dueño y señor de la ciudad y sus contornos. . El plieblo seguía, no obstante, así, ni ser vil ni lilDeral — como decía Tácito por Roma — igualmente incapaz de sufrir las cadenas del despotismo que de gozar do una liber tad tranquila. Allá en las lontananzas del pasado, una chispa de luz asomaba rasgando los celajes que ocultas velaban sus libertades. En'el año 1060 según Briz. ó en 1063 según Zurita, el rey D. Ramiro, hijo de San cho el Grande de Aragón, hizo celebrar un Concilio en Jaca: en él se trataron materias u
— 17 - religiosas y políticas: asistieron el rey y dos hijos suyos, varios abades, algunos mag nates, todos los ])róccres y personas de po derío y, lo que es más de notar, asistió el pueblo de ambos sexos, el cual confirmó las deliberaciones del Concilio. Este rasgo de las costumbres del siglo XI es suma mente notable, pues nos hace ver que el pueblo, que hasta entonces no había sido atendido, comenzaba ya á tener considera ción y á tomar parte en los negocios, exclu sivamente confiados antes al rey, al clero y a la nobleza. El pueblo de Orense no se hallaba, sin embai'go, en condiciones de vivir emanci pado del gobierno y consejo episcopal, y manteníase en buenas relaciones con su prelado á trueque de los favores dispensa dos y de la harmonía con que éste le brin daba. Pero, es ya harto conocido de todos que, aun siendo virtuosos y honrados los superiores, pueden sus subordinados com prometer su dignidad, abusando de la con fianza dispensada, ó faltando abiertamente á sus deberes en los asuntos que se le en comiendan; por esto, sin duda, y por el in teres de los prelados en no perder concesio nes otorgadas en buen hora por los reyes, los orensanos tuvieron por conveniente elevar sus quejas hasta la corona, y aun apoderarse de terrenos y franquicias prise •JN1VLRSID.U VL l.-XNl L\U u
- 18 — vativas <le la jurisdicción episcopal, smgiendo á consecuencia de ello algunos plei tos por el cabildo y obispo entablados. Lle garon hasta la corte sin que los monarcas hiciesen de ellos gran mérito: pero, repro ducidas las quejas y llegados los pleitos al Rey D. Alfonso X el Sabio, hallándose en Toledo en 5 de Febrero de 1259, dio a la ciudad de Orense unas ordenanzas de buen gobierno, que poniendo término á los plei tos, contribuyeran á la calma y tranquili dad de sus habitantes. Poco ó ningún caso vino á hacerse del real mandato, y así las cosas, el Rey 1). Sancho da por buenos los privilegios del obispo, quedando mle^amente emborronadas las armas reales de nuestra provincia y municipio. IV Más tarde, nuevas discordias entre don Pedro Yáñez de Nóvoa, provisor y apode rado del obispo, y los monjes del convento de San Francisco, muy queridos y apoyados por la población, engendran perturbacio nes que sobreexcitan los ánimos; y a con secuencia de haber acogido en el claustro al matador de un sobrino de Yáñez Nóvoa, éste, sin reparar en la enormidad del ci i-
2a zalo Cide. Estes dous son familiares do Abade é seas paniaguados é non son recyños. Manda dizer nosso Señor el Rey por sua carta firmada de sen nomen e sellada de sen selloTi todos ós omes de pé fillos-dalgo que viven é están en esta eibdade casados et por casar do vynte anos a Riba é de ciñqoenta á baixo que se presénten todos et suas espadas.et escudos et langas, et outras armas que toveren ante Lois González de Cordova su escripbano de camara á se escripvir en vynte tres dias de nobembro dcspois do medki dia, na praca do campo de San Francisco .... » Los Corregidores en quienes los reales"" nombramientos recaían, como los poderes que el monarca les daba, hacíanse exten sivos á todas las ciudades del reino de ' Galicia: las capitales y aún los pueblos, seguían gobernándose bajo la dirección tradicional de los obispos, con la interven ción popular, representada en el Concejo de Ayuntamiento de cada pueblo. 'Pódala turba de Alcaldes, Jueces, Regidores, ornes boos, arrendadores, escuderos, alguaciles y otros empleados de ambas potestades, armados de espada, ballesta, rodela y vesti dos de redingote casaca ó capa do pardillo, merodeaban por la ciudad, disputándose derechos, privilegios y rentas: armando ja-
ranas y prendiéndose los unos a los otros: dando una batalla iior un quilame allá esa paja, cuando no galanteando alguna dama ó asistiendo de chupa, grcgüescos y mediascalzas azules, al convite de Navidad, del dia de San Martinho. las Candelas ó en la pascua florida, que en Orense pagaban las cofradías y los gremios. Mientras no pudo la provincia contar con un Corregidor de capa, y espada, como entonces llamaban, no fué capaz de soste ner las regias prerrogativas, ni las liber tades populares alcanzaron desahogo. No faltó, sin embargo, algúu Corregidor que pretendiese conculcarlas, y aun extraliuli tándose de sus poderes, maltratar a los vecinos, quienes con entereza de carácter han sabido contenerle de la manera que a narrar vamos. En -23 de Junio de 1676, promovida por personas de distintos fueros, ocurrió en la ciudad una gran alteración del orden pu blico; y en menos tiempo del que pudiera imaginarse, aparecieron recorriendo las calles multitud de hombres que por su aspecto y manifestaciones demostraban el gran enojo que contra el Corregidor abri^ gaban. ’ , , Tal era y de tal calidad el número de los amotinados que la fuerza del corregimiento ni la intervención del prelado, que en me
■ - 27 - dio de la turba se esforzaba para calmarlos, fueron bastante para contener la alarma. Penetran en el Consistorio y, no hallando al Corregidor, como oleada que se desborda, parten á cercar su casa; y á pesar de la autoridad de que quiso hacer alarde, y de la defensa (pie él y sus hombres opusieron, los amotinados, echándole en rostro exce sos que en el ejercicio de sus funciones co metía, taladrando las paredes de las casas inmediatas y derribando las puertas de la del Corregidor, acuchillan á sus criados, y si él, desapareciendo por los tejados, no se pone á salvo, hubiera pagado con la vida sus despotismos. ■ Porque de corregidores se trataba, tuvi mos que alterar el orden cronológico de nuestras notas, pero retrocedamos de nue vo hasta mitades del siglo XIV, en cuya fecha, dijimos que los corregidores no se preocupaban del buen régimen y adminis tración desús jurisdicciones. VI La circunstancia de carecer de una autoiidad superior que tomara cartas en la política y administración de la ciudad orensana, hacia surgir innumerables quejas y ÜE SAN riAGO DE COMCOSI =1 u
el monarca velase en la. precisión de adop tar medidas de huen gobierno y Comuni carlas por ordenamientos y reales cartas. El año de 1346, según consta en un tras lado de reales cartas y ordenamientos de los reyes I). Alfonso y 1). Pedro, se man daba á los jurados, jueces y justicias de Orense, de Santiago y más ciudades del reino de Galicia, que hagan concejo dos dias en la semana (los lunes y los viernes), y que lean los fechos del concejo y traten de las cosas comunes de las ciudades, vi llas y lugares de sus términos. El Ayuntamiento de Santiago se reunía, según.costumbre, en el monasterio de San Payo de ant-altares, desde cuyo centro, por orden del Concejo y del rey, el notario pú blico de Santiago, Gómez Fernández, .expide y envía una copia al Concejo de Orense para que se enteren del real ordenamiento, en que les dice el monarca los poderes que les da, y los deberes que le son impuestos. No transcribo aquí la copia de todo el real man dato porque es largo y por no hacer fasti dioso este trabajo. Les dice el monarca la manera de hacer «.¡juntamiento x el cuidado que han de tener con los fechos del concejo. «Que de aquí adelante no se ajunten ni se faga concejo ni ayuntamiento en la ciudad, villa ó lugar, ni en su término, salvo por nuestras cartas cuando co-n el Juez de loro
<5 cotos y alcaldes qúé son ó fueren vieren que cumple délos Inzer ayuntar ó si alguno ó algunos fezieran ayuntamiento en otra manera que el nuestro juez ó los juezes y alcaldes que son ó fueren ó estos sobredi chos ó los que ubieren este officio en ade lante que los prendan ó los tengan presos é bien Recabdados et nos lo ymbien á djzir porque nos fagamos délo lo que de la nues tra voluntad fuere ..... » Que designen mandatarios para que ha gan derramas «por la ciudad é villas é lu gares fasta sus términos, é no más é dende ayuso las que vieren que es meester dese derramar é se fuere mas de la cuota de tres myl' maravedises viere que es mejor de se derramar por la tierra .... Que guarden nuestro servicio c nuestro señorío é cumpran nuestras cartas é nuestro mandado <5 guardaran el pro comunal de la cibdad c villas ó lugares é términos é no lo dexarán de fazer por amor nin por desamor nin por miedo nin por ruego nin por dadiva nin por prometimiento nin.por otra Razón al guna é se lo asi facieren que les yala Dios, é se non que los confunda Dios en este mundo ú los cuerpos ó en el otro á las al mas como almas que se prexuran en su vida é que pasen contra ellos como contra aquellos (pie non cümpléii mandado de su Rey é de su señor é dcsto lies mandamos
— 30 — nuestra carta seellada con nuestro seello dada en Villa real 8 dias do dezembre era de myl ó trescentos e ochenta é <|uatro. anos. — Yo Fernand Velasquesla íiz scripvir por mandado del Rey». VII En el segundo tercio del siglo XVI, ó sea desde 1542,el obispo D. Fernando Manrique de Lara, más celoso de los antiguos fueros y privilegios, con objeto de recobrar al gunos de los cotos que á la mitra hablan pertenecido, extremó con exceso "sus 1 ges tiones de señorío jurisdiccional, sostenidas con el mismo vital interés por sus suce sores en el episcopado, dando de mano á las quejas y pretextas de los vecinos. Los prelados continuaron ejerciendo actos de jurisdicción y el Concejo restando cuanto podía su influencia. En los promedios del siglo XIV, el ayun tamiento respeta aun los cobres del obispo, y acatando su autoridad sigue ofreciéndole el nombramiento de los jueces que han de regir la ciudad. El -Concejo pugnando, sin embargo, por la conquista de sus fueros, en cada uno de los actos de premio, do castigo ó de buen gobierno del pueblo, in
- 31 - teresábase en qua el poder jurisdiccional civil ejerciera su intervención directa por medio de la le pública y á virtud de un notario del Concejo. Para que se tenga una ¡dea de lo que era la presentación ele cobres, transcribo a con tinuación uno de estos actos: «Ena lgL 1 * do señor San Martinho junta dos no conccllo ó son de Campaa tangida ó sseñor Obispo D. Pedro Silva é provisor Fernando Calderón, Gonzalo Tellez da Veiga. Juan González de Deza Arcediano de Varonceli. los Regidores y Jidees, Alfon so Enriquez, Gonzalo Perez, Loys Vázquez, Juan Cortido, omes boos, alguaciles ó escudeyros, etc. Muy reverendo Señor Olipo: — Estes sson os ornes boos (pie nos os Regcdores desta vossa cibdade dourens presen tamos en este Scriptoque chamamos cobres ¡►ara (pie nos dedos Juices dous dellos (pie usen do ollicio do Julgado nesta dta. vossa cibdade este presente ano del nascemento de nosso sseñor Jhesuxpo. de mil ó quatrocentos et coronta ct nove anos ct que faca Justicia nesta dita cibdade por nosso sseñor el Rey ó por vosco ó dio. sseñor Obpo. este dito ano. — (Aquí los nombres). Et en oulros alguns non consentimos que nos diades por Juices este dito ano ct por (pie esto seja certo et non veña en duda mandamos Alvaro Alonso, notario dos nau S( JNIVUiSID^L
gocios (lo concellio doSta dita vossa cibdade e que o sellase co seello do dto. concelho. Feyto ó primciro día do mes de Fevreyro do sobredyto ano de córenla ó nove anos». La mitra y el báculo seguían, á pesar de todo, campeando en las puertas de en- • Irada de la población. Los reyés D. Pedro y D. Enrique habían mandado derrocar las fortalezas y castillos de la ciudad, y vueltos a restaurar, el Rey 1). Juan las arrasa nue vamente. La mitra, encuéntrase de consu no interpolada con el estandarte ó la ban dera del Concejo. Construyese el hospital de los lazarientos á espensas del conde de Lemos y á disgusto del obispo, y cabildo, los del pueblo fijan en la ermita el escudo de armas blasonado por un león rañipante alzando en la diestra (jarra una espada <pie toca los bordes del escudo con su pun ta. Sobre el jefe del escudo una corona condal en agradecimiento, sin duda, á las expléndidas mercedes del de Lomos, y á los lados del escudo una inscripción, que maltratada por la cal, dice todavía eOrense por el Rey». Y si hemos de decir verdad, antójasenos creer que, como deducirse puede del aspec to de la fiera allí esculpida para simbolizar derechos y franquicias, no sería aventurado suponer que no se había colocado en aquel sitio, sin ciertos miramientos y recelos, ton-
diendo á ridiculizar tal vez, la figura del león que tan mal parado lo dejó su autor. La ciudad de Orense debía al señor conde de Lemos grandísimas atenciones, y más de una vez le hizo regalo de carneros, jamones, vino y capones, sin perjuicio de hacer manifestaciones de pública gratitud; y como prueba transcribo aquí un docu mento que consta en el libro de actas del Concejo. Con fecha 4 de Febrero de 1597 el Ayun tamiento de Orense consigna en acta «que D. Francisco de Castro Andrade y su casa de Lemos, ayudaron á hacer y reedificar á su costa una gran parte de la obra del puente (jrande de esta ciudad, la ermita de San Lázaro^ algunas porciones de la ciudad y otros edificios públicos; por lo cual, y por haber ayudado y socorrido' y auxiliado á esta población en sus necesidades y peli gros en que se ha visto comprometida, so bre todo cuanclo vino contra ella el Conde de Benavente para la señorear y la comba tió y la dicha casa y señores della acudie ron de manera que quedó libre y en servicio del Rey nuestro señor, como al presente lo está, como ansi meimo en los pleitos y contiendas que tuvo sobre la jurisdicción Real della le ayudaron, por lo qual, esta ciudad en agradecimiento de lo dicho tuvo por bien, de poner sus armas en los dichos.
edificios públicos que ayudó á hacer á su cosía, como fué el dicho puente grande en tas puertas del Barrio nuevo y en la ermi ta de San Lázaro de esta ciudad. Y había venido á noticia del Conde que reedificán dose agora de nuevo la dicha puente grande los canteros y maestros por descuido é inad vertencia hablan sacado y quitado la piedra donde estaban las dichas sus armas (que era en la torre vieja) sobre el puente Real en que había rescibido agravio, por lo tanto pidió á la dicha justicia ó Regimiento le manden restituir y poner sus dhas. armas en donde solian estar y estaban en el dicho puente.» VIII En cuanto al régimen administrativo de * de la capital, el Ayuntamiento era el encar gado de establecerlo, designando para cada año las personas á cargo de quienes habían de hallarse los destinos públicos. En el último consistorio de cada ano (31 de Diciembre) nombraba el Ayuntamien to los empleados de la ciudad y sus tér minos, consistentes en «maestro de niños de la doctrina y gramática, relojero, portero v ó bcedor. guarda del campo, capellán, pro
— 41 — se algunos servidores del cabildo, que de continuo molestaban al vecindario de la población ocasionando multitud de quere llas, sobre todo en los años de 1454 a 5*.). La jurisdicción real adjudícase los cotos de Ce bollino, Sobrado, Piñor, Sejalvo, Moreiras y Villanueva de Rante, y el dualismo de las fraccionQS con sus pleitos de jurisdicción continúa por tiempo indefinido. Cansados todos de moverse en una at mósfera de sinsabores y disgustos, para suavizar asperezas y poner remedio á tan tos choques, el ano de 1509, ambas juris dicciones reunidas, hacen y juran cum plir y defender otras nuevas ordenanzas que todavía se conservan en el archivo del Ayuntamiento. Por los años de 1470 al 84 se construyen predios reales en Orense para que los corregidores los habiten, y en uno de estos edificios, de la plazuela del Corregidor, queda colocado en el frontis picio, el escudo de armas de los reyes Católicos, como aparece asimismo, para mejor testimonio de la nueva fase que en los negocios orensanos va marcándose, en la casa del Consistorio, y aun en el alto relieve que se ejecutó sobre el pórtico del norte de la catedral que sale á la Rúa da obra, ahora de Lepanto. De los dos escudos <iue flanquean la composición, el que están la derecha, es el <iue usaron los reyes don
Fernando y D. a Isabel, y el de la izquierda, del obispo D. Diego Fonseca, obstentando cinco estrellas en sotuer, que constituían el blasón de los Fonsecas: pertenecia á la casa de los condes de Monterrey. Con referencia á este prelado conviene advertir, según indica Muñoz y otros auto res que de nuestra historia se han pcupado, que aprovechando algunas cantidades que el conde de Benavente fué condenado á pa gar, llevó á término las reparaciones del daño causado en aquella parte de la cate dral y capilla de San Juan, por los condes de Benavente y temos, y otorgó á favor de la Iglesia de Orense, los términos de Rante, Soto del Obispo, y Santa María de Portovello. Que mandó hacer un libro Tumbo en donde las rentas del obispo y cabildo fue sen registradas, y en 17 de Julio de 1484. poco tiempo antes de abandonar la silla, mandó á Alvaro de Meson-frio, pagase á la mesa episcopal cincuenta maravedises nue vos, por el derecho de dominio de Carballeira, cuyo casero, debía dar á Alvaro un puerco y un carnero cada año. Un siglo después, más prepotente ya la real jurisdicción, con objeto de subvenir á las crecientes necesidades de la población, se acuerda la construcción de un matadero público, y al emprender la obra, sobre la puerta de entrada, queda ya fijo un escu
do do armas y sobre su campo de plata osténtase un león rampante empuñando con ambas garras la espada, y, una inscrip ción que dice «por el Rey. \ para represen tar mejor las libertades que simbolizaba, y aparecer como un fiel reflejo de los tiempos á que se refería, el león, preséntase esta veZi — nos atenemos á la fecha en que la construcción fué llevada, a término no co mo en la capilla dé' San Lázaro, sin golpes de cincel, sin arte ni actitud definida, antes bien con gala de sus bríos, encrespando la melena y volteada la cabeza, presenta las fauces y oprime con terribles fuerzas y con resolución la espada, como en son de lu cha semejando pulverizar todos los fueros y tradiciones que á interrumpir se atrevan las corrientes del progreso, que estorben la marcha de las ptraias libertades, ó la inde pendencia popular, por él patrocinadas. Sigue el Concejo con anuencia de ambas potestades, haciendo y publicando arance les para pan, pescados y mesones, y man teniendo la albóndiga y el pan del pósito. En 1583, se habían corrido cuatro toros en la plaza mayor por tiempo de Pascuas; y las barcas de Portovello, y del puente, poí no hallarse éste concluido, seguían ambas cruzando el Miño. En Julio de 1585, el dia do Santiago, se corrieron otros cuatro to ros, lo mismo que un año después. Los
— 44 — carniceros tenían obligación de costear y dirigir la fiesta, y proporcionar los toros, bajo la multa de mil maravedises cada uno y diez dias de arresto en la cárcel pública. En 7 de Agosto de 158G reunidos en Concejo el licenciado Gutiérrez Mantilla, Corregidor, los regidores Pedro Prado de Rivadeneira, Fernando de Prado, y el pro curador Nogueira, bachiller, dieron poder á éste para que fuese á la corte á pedir al Rey y Consejos reales de Hacienda, que les permita la incorporación á la ciudad, de los cotos y vasallos eclesiásticos que estaban en el contorno de la ciudad, una legua ó másá la redonda, para que la jurisdicción y cotos eclesiásticos sean gobernados y re gidos por el corregidor y regimiento, y so administre en ellos la justicia por el rey. Nuevas auroras comenzaron á despun tar para los partidarios de la jurisdicción real, y cuando los vientos se acentuaban prósperos ya para halagar las aspiraciones de la ciudad, corregidores enviados ad hoc fueron afianzando los cimientos de una. si tuación más duradera, y asegurando para la jurisdicción civil algunas rentas y privi legios que los alcaldes orensanos, en ausen cia de aquellos, habían ido abandonando. Demolido hasta los cimientos el célebre Gástelo Ramiro de allende el rio Barbaña, se llevó á cabo la reparación de las burgas, se LMVLZSID/WL DL SAN HAGO DE COMlWlUító; u
en cuvo frontispicio se descubre un león rampante, con toda ia 111 agostad de simoble continente, pero sin iracundia ni Ili vores. . Y bocho ya el esbozo de preliminares ofrecido, como por vía de resumen indis pensable para completar la respuesta á mi amigo el señor Gil, aun á riesgo de incu rrir en algunas repeticiones, transcribo a continuación una carta que, con ocasión de publicar el señor Barreiro de V. V. su tra bajo Insignias y Blasones ele Galicia, le he dirigido, y me hizo el honor de publicar como apéndice á su interesante librito. edi tado en Santiago el año de 1888. que es como sigue: Sr. D. Bernardo Barreiro de V. V. «Con verdadera curiosidad lie \enido leyendo en su Galicia Diploniátiea, de Santíago, las cartas en que V. publica los bla sones de las muy nobles ciudades de Gali cia. para complemento del escudo de armas regional. Son curiosísimos los datos que usted aduce y de importancia inapreciable las consideraciones en que se extiende,
— 46 — siendo verdaderamente de elogiar que una persona como V. inteligente, nos dé á cono cer un ramo de la ciencia que tan descui dada se halla en nuestra tierra. En la. nu mismática, como en la arqueología y en la heráldica, se refleja de consuno la historia de las familias y de los pueblos, y nunca por lo tanto estarán demás cuantos mate riales puedan arrojar luz á la obra monu mental de reconstrucción de nuestro pasa do, y al exclarecimiento de cualquier punto nebuloso de la historia regional que en tan tas sinuosidades aparece todavía. Fundado, pues, en estas consideracio nes, echando mano de apuntes inéditos que conservo, ha de permitirme que amplíe con ellos su apreciabilísimo trabajo, por lo que á las armas orensanas se refiere. El puente con que aparece blasonado el escudo de armas de la ciudad, no pertene ce á la época de Trajano, ni puede ser ro mana su consti-ucción; así al menos, cree mos haberlo probado en una carta, que vio la luz, no ha mucho tiempo, en el Album Literario, que V. lia tenido á bien reprodu cir en su Galicia Diplomática. Del puente de Orense sobre el rio Miño nada se sabe hasta los años de 1232 en que don Lucas de Tuy, dice que el obispo don Lorenzo la fundó (aunque se sabe que esta ban ya echados los cimientos) recibiendo
— 4/ grao impulso su construcción cuando el rey San Fernando, á instancias del prelado, vi sitó la ciudad de Orense; y en vista de la escasez de metálico en rpie la ciudad esta ba, arbitró recursos para que las obras del puente mayor, las de la catedral y palacio del obispo, que entonces se hallaban en susco mienzos, adelantasen cuanto posible fuera. XI • . Ahora, por lo que respecta á las armas de la ciudad, creemos que hasta fines del siglo XVI, no pudieron haber sido el león rampante, el puente ni el castillo, porque, si bien el león y el castillo sonlos atributos de nuestra unidad nacional, estos, no pudo [/ adoptarlos Orense, porque^ á ello se opo nían los privilegios de dominio que desde tiempo inmemorial tenían los obispos sobre la ciudad y sus cotos; y los reyes no tu vieron en ella jurisdicción total hasta poco tiempo ha: y cuando comenzaron á recabar . alguna parte de ella, hubo de serles forzoso compartirla con el poder episcopal, con los conventos y monasterios y con los señores de la nobleza que, en mucho tiempo fueron e dueños do una gran parte de las villas y lu gares de la provincia. u
Aquí mismo, en la capital, éran feudata rios del obispo todos los cotos de cinco le guas á la redonda, y hasta el año de 1484, que el rey envió un corregidor, no hubo míis justicia ni autoridad (pie la del obispo y cabildo, representada por un Concejo de Ayuntamiento que el prelado nombraba para que rigiera y administrara los desti nos de la ciudad. Tiempo andando, la jurisdicción vino á compartirse entre los corregidores y el obispo' cuyo dualismo, ocasionó multitud de pleitos y colisiones entre una y otra po testad. Las armas reales de la ciudad, eran por entonces las de los reyes católicos, don v Fernando y D? Isabel, simultaneando con la mitra y el báculo, atributos de la juris dicción episcopal. No eran sólo las armas reales y las del obispo las que en los edificios públicos aparecían, porque en una de las puertas de la ciudad (la de la Corredoira) estuvieron las de un tal D. Donis. hasta qué por man damiento y acuerdo del Concejo, jueces ordinarios, procurador, escribano y liomes honrados con fecha 11 do Octubre de 1509, en el Consistorio celebrado en la Iglesia del señor San Martinho se mandaron reti rar con motivo del requerimiento y petición que á los honrados señores del Ayunta miento hizo el procurador Alonso de Me-
son-frio, ante Rodrigo do Soto, escribano público de la ciudad. Y del acuerdo resulta, que al retirar de la puerta de la Corredoira las armas de D. Doiiis'pov virtud de dicho mandamiento: no se fijaron allí las armas reales de la ciudad, como les fuera preve nido, antes bien hizóse, notorio, que á los pocos dias aparecían en aquella puerta unha mitra é un bacolo. XII Desde el año 1458 que tuvo lugar la pri mera presentación ele cobres, el Concejo no aceptó del obispo más que la designación de dos alcaldes ordinarios que, si bien te nían por un año jurisdicción civil y eclesiás tica, á la voz, esta no bastaba, ni con mu cho, para contrabalancear la influencia del corregidor y regidores del Concejo que go bernaban la ciudad. En 20 de Octubre de 1572, según carta, que el licenciado Vibanco dirige al rey Felipe II, había tales desór denes en la población y era tal la confusión reinante, que no se hallaba apenas, un tér mino de la ciudad sin behetría, por cuyo motivo y á vueltas do luchar por la inde pendencia y la libertad, los poderes teocrá ticos, y la nobleza de hijos-dalgo, hubieron de sentir la falta de súbditos, porque, can u
— 50 sados de aguantar el yugo de los señores, acogíanse á la bandera real que por enton ces venia á ofrecerles mejores garantías. Y por esta evolución, tal vez, ó por aumen tarse á cada paso nlás, los partidarios de la jefatura del monarca, en una bandera de raso colorado aparecieron pintadas en el Ayuntamiento las armas de la ciudad, com puestas de dos leones pimpantes, con dos espadas altas rodeadas por un blasón que decía: «Pon el r ey t a n t o mo n t a ; po r el REY HASTA LOS MUCHACHOS QUE NACEN)), 611 memoria de la defensa que el monarca sos tuvo contra la jurisdicción y señorío tem poral á que el prelado intentaba someterla. Por entonces ni puente ni corona, se fi jaban todavía, pero en 1574, se eliminó uno 'de los leones del escudo, comenzando á ser corriente, en las armas orensanas, un león, _ con espada levantada en la garra deiecha y la corona de oro en la cabeza ó jefe del escudo, con el puente y el castillo, que son las que hoy lleva la ciudad como V. las describe en sus Blasones de Galicia. Y los motivos que á nuestro juicio, fueron mas que suficientes para tal innovación, no fué de los menores, que hasta entonces, no se hallaba terminado el puente, ni construido el castillo, como se manifiesta, en multitud de acuerdos del Concejo y mandamientos y privilegios de los reyes. u
forma de ciudad, visitaron y dieron la bien venida al señor Obispo. El cual dió las gra cias á la ciudad, y luego su señoría propu so y dijo que había entendido que sobre la qirccedencia del primer lugar en su recibi miento, había habido alguna diferencia por parte del Cabildo eclesiástico, que preten día llevar el primer lugar, y (pie su señoría deseaba que entre los dos, de acuerdo, hu biese concordia y paz completa, para lo cual le parecía bien que en llegando el Ca bildo al lugar de Sejaho, le visitase, y ha biéndolo hecho, se volviese luego, pues los clérigos y prevendados tenían que venir á vestir sobrepellices para recibirle á las puertas de la población, y que con esto so podía venir su señoría acompañado de la ciudad, todos en muía y que en ella quería venir su señoría y (pie no entendiese nadie que viniendo la ciudad en muía había de venir él en litera, que sólo el pensarlo na die, era falta de prudencia. Y con esto pidió á la ciudad que se apartase un poco y que á solas acordasen lo que les parecía. A este tiempo habiendo salido la ciudad para conferir, llegó el Cabildo y entró á ver y hablar, al señor Obispo; después de visita do, volvió luego á ponerse á caballo y se vino á la ciudad, y al Corregidor y regido res por parecerles ser justo lo acordado
por ir enderezado á la quietud de esta ciu dad, acordó venir acompañando al Obispo en la forma que lo había dispuesto. Para ello le envió recado con los señores 1). Juan Pardo Ribadeneira y D. Suero de Villama-> rín, los cuales fueron con el dicho recado y volvieron con respuesta del señor Obispo que daba gracias á la ciudad, y' decía que salía de muy buena gana en la forma di cha, pero que bien veía la ciudad que venia indispuesto y le haría daño ponerse en mula, y que así pedía á la ciudad de cortesía se viniese delanteporque su señoría se quería venir en litera hasta la puerta de la ciudad en donde se pondría en muía y comenzaría el recibimiento. Que esto sólo lo pedía de cortesía y que, sí á la ciudad le parecía ir á caballo lo ha ría luego y se irían en la forma que tenían combinado. En vista de esto la ciudad acordó se enviara segundo recado y se en vió al dicho señor Obispo, con los antedi chos dos señores regidores para que digan la voluntad que la ciudad tenía de servirle y que le vendrían acompañando en muía desde el lugar de Sejalvo en conformidad con lo primero que se había propuesto, y los señores regidores volvieron con recado de que saliesen y se pusiesen á caballo que su señoría también salí^ en muía. Y luego la ciudad se puso á caballo y el
dicho scDor Obispo salió en su muía y le recibió la ciudad llevándole en el lugar su perior, que fué entre su merced y el señor Corregidor y regidor más antiguo, y an dando el acompañamiento . dicho señor . Obispo dijo: — Bien poco debe mi salud á la ciudad, pues quieren que vaya de esta manera. A el Corregidor le respondió: — Vuesa señoría tenga la salud tan cum plida como la ciudad le desea y esté cierto que le quiere servir y que para mostrar ta les deseos, le va acompañando desde este lugar. Sin preceder otra cosa, á poco rato el se ñor Obispo, caminando ya, ha dicho con enojo: — Muy poco debo á la ciudad; bien poco mira por mí cuando tengo de ir de esta manera. Al ver tanto enojo, el señor Corregidor, hizo por disimular callando, pero luego, al volver á mirarles, su señoría le dice: vuestra merced, señor Corregidor, como viene con cara y la trae en mi ju risdicción? ¿No vé vuestra merced que no puede traerla? ¿También quería la ciudad hacer aquí actos de prevención contra mi jurisdicción? — Advierta vuesa señoría — responde el Corregidor — que el celo y ánimo de la ciu
dad fué de venir á servirle y acompañarle, que no á hacer actos de jurisdicción, poi> que no son actos de jurisdicción ir sirvien do á vuesa señoría. El señor Obispo, cada vez más enojado levantando la voz vuelve á replicar: — ¿Qué es eso sino venir á hacer actos de jurisdicción? Y prorrumpiendo en altas vo ces, movía con cólera lamano, diciendo: «llamen á nn Escribano, que venga un Es cribano que dé testimonio de lo que pasa, para que la ciudad de Orense no haga ac tos de jurisdicción.» Y diciéndole su mer ced el Corregidor que.su señoría advirtiese que no eran actos de jurisdicción venir á recibirle, y que la ciudad sólo lo hacía por servirle, y <iuc no reparase en si venían ó nó con vara, pues, además de venir en cuerpo de ciudad, podía ir su vara de jus ticia. El Corregidor tenia actualmente co misiones del Real gobierno, y el juez era ejecutor de alcabalas y el encargado de millones, con lo cual como juez de S. M. podía levantar vara en toda la provincia y reino. El señor Obispo no se quietó, antes bien montó más en cólera y dijo alzando la voz muchas veces: — No hay que tratar de eso, qué no me han de entrar en mi jurisdicción; llamen luego un Escribano, llamen un Escribano.
— (H — ¿Qué se me da á mí de estos recibi mientos? No cunero que me acompañe la ciudad; váyanse con Dios luego, que no quiero tal compañía: tráiganme la litera que me quiero meter en ella y no quiero ir con la ciudad. Y diciendo y haciendo el señor Obispo, bajó con presteza de la muía y se entró en la litera. — Perdone vuesa merced — replicó el Co rregidor — a la ciudad que entendió que le servía en venirle á recibir; á mí me pesa que no se haya acertado á servir á vuesa señoría y darle el gusto que la ciudad de sea, y una vez que gusta vuesa merced de ir en litera y que se vaya la ciudad, se ha de servir dar licencia para que se retire. Y hablando con la ciudad el Corregidor le dijo: Señores, el señor Obispo no gusta de que le vayamos sirviendo; vayan vues tras mercedes andando, y vámonos. La ciudad comenzó enseguida á cami nar en dirección á Mariñamansa. A este tiempo, el P. Fr. Pedro de la To rre, hermano del señor Obispo, y un don Diego, su criado, clérigo, y otros criados del palacio episcopal, clérigos también, em pezaron á dar voces contra los alguaciles que iban con la ciudad y contra el señor Corregido^ diciendo confusamente: — JldLccn las baras!... ¡Bubren las bau
— (ti — ras!... Lo cual muchas veces repetido, hubo de ocasionar muchísimo alboroto y muy grande pesadumbre; y de suceder algunas muertes, por estar su señoría haciendo de mostraciones y dando voces con señal de estar muy enojado, por ser entre sus vasa llos y tener como tenía en la calle dos hile ras de soldados piqueros y arcabuceros con arcabuces y cuerdas encendidas en las ma nos y hallarse entre ellos la ciudad. El dicho Fr. Pedro de la Torre llegó tan incomodado, alborotando y dando voces contra el Concejo y su Corregidor D. Juan de Losada, á los cuales quiso llevar á la cárcel, armándose una confusión en que unos sólo podían defenderse á puñadas de los arcabuces de los otros. Temióse gran pesadumbre por no ser posible hacer paz, y el dicho Juan de Losa da, al ver tanta cólera de parte del Obispo y sus criados, con no menor enfado les dijo: — Si me prendiere, Rey tenemos que me soltará; hacienda tengo para defenderme. Y tanta era la indignación, que inmediata mente dió órdenes á D. Juan Pardo Rivadeneira para que, como cabo de las compa ñías de la gente de guerra de esta ciudad y su contorno, y como ministro superior de guerra en ella, proveyese acto como tal cabo, y, notificase al capitán y oficiales de la compañía de soldados que estaban en el u
lugar de Sejalvo que se retirasen y fuesen á sus casas. . Y con esto la ciudad por escusar escán dalos y pesadumbres, visto que el capitán se revelaba, respondiendo al auto proveído que él era vasallo del señor Obispo, sin querer obedecer la orden del Corregidor, la ciudad se vino delante á todo paso hasta dejar al Corregidor en su propia casa. Y en vista de todo lo arriba dicho su merced el señor corregidor, propuso á la ciudad que conviene tratar y acordar el medio para obrar en semejantes ocasiones, y sobre todo en las entradas de lós señores Obispos, de manera que no se talle á la eoi - tesía que esta ciudad debe á sí misma y a los señores Obispos y que juntamente, se escusen pesadumbres, y la ciudad tenga prevenido el modo y forma que convenga para conservación de su autoridad. Se ha tratado y conferido de todo lo subsodicho y el señor D. Juan de Gay oso, regi dor y Alférez dijo que su voto era que, por ser la proposición del señor Corregidor de tanta consideración, se llame á todos los se ñores regidores que faltan, señalando día para que se haga Ayuntamiento sin que tal le ninguno, donde se podrá conferir lo me jor <|iie convenga al servicio de su mageslad y, en el ínterin, suplica al senoi Corregidor se sirva abrigua^ con informa
ción lo concerniente á la proposición de su merced, y hecha la obligación, dar parte.á la ciudad y al propio Alférez en su nombre, para que si conviene hacer alguna diligen cia en servicio de su merced y su real ju risdicción, se haga. Á este voto se adhi rieron los señores regidores don Juan de Losada y D. Juan Pardo Rivádeira. El señor Licenciado Espinosa dijo que, por cuanto, de la resolución de la proposi ción del señor Corregidor, consta la verdad de todo lo que ha pasado., por haberse ha llado todos los señores regidores que están en este Ayuntamiento presentes escepto el señor D. Juan de Gayoso y vieron todo lo contado en dicha proposición, sucedió pun tualmente como va referido, que su parecer es que esto basta por actuado para que la ciudad, junta en el consistorio, tome la re solución que le parezca, para lo cual el se ñor Corregidor señale dia. Y de este mismo parecer y voto fueron los Licenciados Nieto, Licenciado Salgado, D..Suero de Villamarín y Sebastián de Sanjurjo Procurador gene ral. Visto por su merced se conformó con la misma parte y señaló para dia de Ayunta miento en que se difiere en razón do lo subsodícho el domingo veintisiete de este mes. — Juan Barona de Soto. — Juan de Losada. — Inocencio Salgado. — J. Pardo. — Pasó ante mí. Diego Sánchez.))
— G5 XIV Queda dicho, pues, cuales fueron las . armas de Orense hasta muy entrado el presente siglo así como las razones de sus cambios; ahora si tratamos de saber cuales son las de la provincia, como esta, mien tras no se han creado las diputaciones y los gobernadores, vino siendo gobernada en lo civil y militar por la justicia y regi miento de la capital, y sobre todo, por el Capitán general del reino de Galicia; hasta entonces, desde la fecha en que nuestra na rración termina, no se usaron en los escu dos más que la Puente al natural en campo de plata, surmontacla ele una corona, un castillo y un león rampunte, con espacia clesnucla en la mang derecha, y en el jefe una corona real de oro, viéndose debajo las aguas del rio Miño, en ondas de asur. En tre estas armas y las que, en la colección de escudos, que por el cronista ó Rey de armas, de España, se adjudican á la pro vincia de Orense, hay una pequeña diferen cia de detalle, que consiste en que el escu do, está surmontado de una corona; y el puente al natural de estilo ojival, aparece en la Historia de España por Lafuente en
- 66 - la ya citada colección de escudos naciona les, sin el arco apuntado y de hechura muy distinta de la que en realidad tuvo y tiene: la cual imperfección ó diferencia será de bida, tal vez, al capricho del pintor ó dibu jante. Á otra genialidád ó capricho del dibu jante, por no atribuirlo á torcida interpreta ción de la Excma. Corporación provincial, que se empeñara en que las armas de la ciudad no eran compatibles con las suyas, creo que se debe asimismo, que los escu dos que se fijaron en las puertas del Go bierno civil de la provincia, y de los anti guos salones de la Diputación, aparezcan surmontados de una corona mural, que á nada responde aquí. No queremos ya pararnos en la anar quía advertida en los escudos <1110 en el si glo presente fueron colocados, que unos estén flanqueados por columnas como el de la fuente del León, hoy del Picho; otros, sin corona y sin castillo, como los del ma tadero y de las burgas: con el león empu ñando un cetro para alcanzar el castillo que flota en el aire; y con la espada intro ducida del todo, én la corona, ó bailándola como quien anuncia juegos de prestidigitación ó equilibrio. Y en resúmen, la única y esencial dife rencia que á mi juicio entre las armas del u
u se IINIVCRSlDADr DF. SANTIAGO
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