Discurso leído en la Universidad de Santiago en la solemne inauguración del curso académico de 1872 a 1873 / por Ramón Otero
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UNIVF.RSIDADF DE SANTIAGO DE COMPOSTÉ-A
se UNIVERS1DADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
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DXSpTHSO LEIDO EN LA. UNIVERSIDAD DE SANTIAGO, S0L2K1E INWGUF.ACI01I DSL CURSO ACADÉMICO DE 1872 Á 1873, POR EL DOCTOR D. RAMON OTERO, CATEDRÁTICO DE PATOLOGIA QUIRÚRGICA. teóo DeotDen ?eIct Q.^íU/QetóíDa.?. SANTIAGO: ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE JOSÉ M. PAREDES, Virgen de la Cerca núm. 12. 1872. se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO
UNIVERSIDAD^ DE SANTIAGO DE COMPOSTÉLA
3lmír» Señar: M^ e g ü n costumbre tradicional, voy á disertar breves instantes sobre un punto científico, en cumplimiento de la obligación que tenemos de anunciar solemnemen te la aperturti de estos antiguos estudios generales. Critica, muy critica es sin duda nuestra posición; no precisamente por la elección de tema, pues gran diosos y vastos se nos ofrecen en cualquiera de las facultades que constituyen esta Universidad, sino por que carecemos de las dotes de exposición y elocuencia de los oradores que vinieron á esta tribuna con el loa ble motivo de iguales solemnidades que la presente. En tal supuesto, nos ha parecido, que sin salimos de las asignaturas que desempeñamos en la renombra da Escuela Médica á que nos honramos pertenecer, u se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO
— 6 — debíamos tomar para objeto de este discurso un asunto asaz dilucidado: Vicisitudes y progresos de la Medi cina, como ciencia y arte en relación con los demás conocimientos. Conocemos la debilidad de nuestras fuerzas, y no hubiéramos intentado esta ardua empresa á no contar de antemano con la indulgencia de tan selecto con curso. Solo el cumplimiento de un estricto deber nos trae á este elevado puesto, sin títulos merecidos. No estrañeis, pues, que defraudemos vuestros deseos, y entibiemos vuestro entusiasmo con la falta de doctrina y lo inculto de la frase de nuestro discurso; pero aten ded menos á sus formas que á su fondo; os lo ruego. Si el desaliento ha embargado nuestra pluma en el momento que se trataba de pintar la alegría del triun fo, dispensad á quien acerbamente afectado por dolorosas é irreparables pérdidas, y por los tristes presen timientos, frutos de una salud quebrantada, cree oir una voz que le dice, como al anciano de la fábula; desecha las halagüeñas ideas y esperanzas. se UNIVERS1DADF DE SANTIAGO DE COMPOSTELA u
O r a v e y muy difícil es por cierto, reseñar, aun á grandes rasgos, las vicisitudes y progresos que esperimentára la Medicina en su evolución científica y de arte, cuando su historia puede reducirse á estos con ceptos: esfuerzos inauditos, inconmensurables trabajos, conquistas y peripecias sin cuento, grandes hombres, genios, y todo esto que sigue y seguirá por la impres cindible ley á la perfectibilidad. La Medicina, pues, no nació como Minerva armada de todas armas. Antes de la asociación, el hombre, abandonado, desnudo, débil y obligado á buscar pol la fuerza y la astucia una precaria subsistencia, dis putándola hasta á las fieras, recibe frecuentes heridas, UNIVERSIDADE w «iwTMrr DE COMPOSTELA
-14 — causa, que, á ejemplo de Potamon, fundador de la sec ta ecléctica que solo elegía lo que juzgaba mejor, y desechaba lo demás por inútil, estableciese Archigenes de Apamea, el Eclecticismo médico, sistema cómodo y erróneo, que consiste en tomar el término medio de las opiniones opuestas y tratar de equilibrar los ex tremos; sistema estéril, que es la negación de toda doctrina. • La Medicina romana yacía en la postración y aban dono mas lamentable, sometida á los mas extraños conceptos, y algunos de sus ramos importantes olvida dos y oscurecidos en manos de eclécticos, metódicos y empíricos; cuando en pos de Celso, que por su bri llante estilo alcanzó el renombre de Cicerón de los médicos, aparece Craleno que consiguió el de Príncipe de la Medicina por su autoridad científica. Sin Galeno, que conservó las buenas tradiciones, que coordinó los dispersos materiales, que sometió las encontradás opi niones,.que amalgamó las distintas sectas, que rehabi litó los clásicos modelos, que trazó, en fin, el verdade ro rumbo á las investigaciones médicas, se hubiera consumado la ruina de la ciencia. Galeno, que no po seía el génio creador ni la iniciativa de Hipócrates, filé sin embargo, robusto baluarte, firmísimo sosten de la Medicina que se desmoronaba, y hubiera caído en el caos sin su ayuda. Recogió con esmero las conquis tas de la Anatomía, discurrió con acierto en su trata do de Usu partium^ y sobre todo en el de Srntomahim, dirigiendo una estensa y profunda mirada sobre la Me dicina en estas palabras: Mánifestum est morborum csse vel operationis^ uel structuroe oblmsioncm. Lesión de ór gano y lesión de función; ¿qué otra cosa es esto en efecto, mas que la enfermedad? Galeno demasiado divinizado en algunos tiempos,
— 15 — absurdamente desdeñado en otros posteriores y justa mente admirado hoy, no es tan solo el comentador de Hipócrates; es el médico erudito y filósofo, elevando el arte al nivel de las ciencias de su época. La Meta física habla sido sacrificada á la observación por Hipó crates, la teoría especulativa renace con Galeno; se le lia imputado inspirarse demasiado por la Filosofía de Aristóteles. Nadie duda que esta haya dejado de arras trarle con 'frecuencia á distinciones mas especiosas que exactas. Pero, cuando los hechos faltan, y el espí ritu se impone la obligación de alcanzar la solución de todos los problemas patológicos, es necesario que el razonamiento ocupe el lugar de la experiencia; vale mas andar que permanecer inmóvil; el error provoca la verdad, como bien se dice. Galeno hizo mucho, de todos modos, por la ciencia, elevándola tan alta como creció su consideración so- , cial después de Constantino, que tuvo archiatros pelatinos, honrados con el titulo de Condes de primer orden, y desde el siglo V, equiparados con los Du ques ó Vicarios. No obstante, la Medicina vuelve á caer en la pos tración y el abandono, una vez privada del amparo di recto de Galeno, que por su elevado talento pudo de- • tener este término fatal, unciendo fuertemente al carro de su autoridad con la doctrina hipocrática, las de sus predecesores y coetáneos, encontradas, pero no opues tas; toda vez que entre los antiguos, amantes de la be lleza plástica, es intima la tendencia á no sacrificar la materia al espíritu que sustancialmente desconocian. Las emanaciones de Platón y los corpúsculos de Thales en último análisis se confundían. Verdad es que la idea que entrañan las sectas jóni cas, se significa materialista en el conjunto accidental se UNIVLRSIDADL DE COMPOSTELA
. — 16 — de los átomos, que admite la' escuela de Thales; en el círculo de los corpúsculos por sus poros, del atónismo médico de Asclepiades; en el: Omnis ut cst i/jitur per se naturoe duábus consistil rebus.nam corpora sunt et inane , de los cantos de Lúórécio. É igual puede decirse de que la idea que engendran las sectas itálicas, se ostenta espiritualista en el alma del mundo de los estoicos; en el cnormom de la escue la de Cós; en el pncuma de los platónicos y peripatéti cos; en el Totamque infusa per artas ..... mens agitat moíem el magnum si corpore miset.... del sublime Cantor de la Eneida. Pero el que los gérmenes de esas grandes doctrrnas se encuentren en épocas lejanas, no contesta que en estas el esplritualismo y el materialismo permanecie ron durante mucho tiempo confundidos como dos rios que mezclan sus aguas. • En la antigüedad los sectarios de la autonomía de la sustancia material y los de la espiritual, en sus res pectivos sistemas, entienden la animación de la vida, tal especie de facultad vital, sin determinar la causa próxima que individualiza los cuerpos vivos, lia salvado ' el propio abismo, el de la razón absoluta de las cosas. Desde que el pensamiento en posesión de sí mismo, ha podido echar una ojeada sobre el mundo y sobre el hombre, ha investigado su razón común de existen cia, tratando de apoderarse de lo absoluto relegado á lo profundo de la inmensidad. La Ciencia general da sus primeros pasos en el espacio esclusivo de la del ser, es decir, en la abstracción elevada á la suprema potencia. Dé ahí, que la antigüedad en el brillante vue lo de su vida intelectual, entregada únicamente á los • recursos del genio antes de la eda'd de la espérierricia, al elevarse á las causas y orígenes del Universo, y por
-17 — ende del hombre parte de su síntesis, no formuló si no hipótesis que eran eclipsadas por los progresos cien ti heos. • Las antiguas sectas filosóficas, de las que provienen las médicas, admiten la gran verdad de la universalidad de la vida, solo que para unos es propiedad de la ma teria, y para otros un principio distinto que desdoblan en mundanal que dirije los fenómenos cosmológicos, y micrósmico en el hombre que preside todas las funciones. Para los filósofos fatalistas de la escuela de Thales es la naturaleza la manifestación diversificada de un principio único, simbolizado por uno de los fluidos ge nerales que juegan gran papel en la economía de nues tro planeta, el aire, el agua, el luego. Este principio a la vez fuerza y materia lo es todo, infinito por su exis tencia general y limitado en los cuerpos que significan sus distintas modificaciones. Sin dejar de confundir el Universo y su causa, el reformador citado adelanta que el principio del mundo es inteligente. En esta primera escuela el genio de "la raza jónica inspira la ele los mecánicos que representan Anaximandro y Anaxágoras; la diversidad no se refiere a la unidad de principio. La materia no solo es eterna sino diversa y compuesta de numerosos elementos, peí o simples gérmenes, porque para producir los cueipos es necesario que un movimiento los agite, los separe de su original confusión, los asocie armónicamente. Todo fenómeno es un movimiento; todo cuerpo un resultado de movimientos. En cuanto á la causa unos la suponen inherente á la materia, ciega, fatal; olios la designan un motor inteligente. En este sistema de ten dencia al deísmo y que trasmitió á sus sucesores el dogma de la perpetuidad de la materia con el^ de una se UNIVERSIDADE DE SANTlÁCn DE COMPOSTELA
— 18 — causa inteligente, el jefe de los filósofos dichos dinamistas, separa decididamente el alma sensitiva de la racional, así en el hombre como en los animales; pe ro, en los últimos condenada á la inferioridad del cuerpo que completa el alma y limita su desarrollo. En las opuestas escuelas filosóficas la personalidad humana no es menos olvidada por la contemplación de la naturaleza. Para llenar la distancia de lo absoluto á Ja tierra, Pitágoras adoptó el número, sembrando el abs tracto de una abstracción mas para hacerla accesible al entendimiento. Pitágoras admite un principio de animación, de actividad, de movimiento, y, sin distin guir la esencia corporal de la espiritual, intenta la cla sificación de sus funciones y atributos y distingue el alma irracional venida del alma universal, armonía sirviendo de eco á la general del mundo, de otra alma racional y efímera. Platón sustituye al número la idea, místico tipo de toda cosa creada. Este progreso de hipótesis no es mas que alhajar en infinito con joyas de abstracto, separado é independíente de la naturaleza. Divinizando la crea ción, Platón puebla el cielo y la tierra de agentes per sonales libres, y á la cabeza de esta gerarquía coloca la divinidad suprema; la que toma la materia y produce el Universo, conforme á las ideas architípicas que se ostentan en él á perpetuidad. El mundo es un ser di vino que produce por sí propio los astros, divinidades secundarias formadas del elemento mas puro, el fuego, y los astros producen el hombre. Este, habiendo lle- ‘ gado á desmerecer, expia su falta descendiendo á las condiciones de un sexo mas débil, después á las formas mas y mas degradadas de la animalidad; de modo que en este sistema la mujer y los animales no pertenecen al plan primitivo de la creación, y desaparecerán de la DE SANTIAGO DE COMPOSTE
— 19 — . naturaleza, el día en que la expiación llegue a rehabi litar los individuos degradados. , Platón sacrifica la materia al espíritu, y proclama que la unión del alma con el cuerpo es una violencia momentánea y la muerte su libertad. En tan seductora é ideal doctrina, es el alma un prin cipio único y eterno en el que se distinguen tres fun ciones la sensibilidad, el deseo y la razón. Las dos primeras no están en juego sino durante el corto con sorcio del espíritu y la materia; pues, una vez roto, deja el alma de ser sensitiva y apetitiva, y no encuen tra su inmortalidad sino en la razón. Mas científico que sus predecesores, Aristóteles es tablece un orden de progresión que de la materia bruta se eleva á las plantas, á los animales y al hombre. La primera dá los elementos que los vegetales se apropian y trasmiten á los animales y al hombre. La naturaleza se eleva espontáneamente por una serie de esfuerzos que transforman la materia inorgánica en orgánica, y hacen pasar á esta por todas las formas, vegetales y animales, como por otros tantos grados hasta llegar al supremo en el organismo humano. Aristóteles admite una creación en que la d-ivinidad se limita á producir un mundo animado que lleva en si todas las energías necesarias á la especie de evolución de que el hombre es el término definitivo; los seres inferiores en este sistema no son tipos degradados, pero no pasan de bos quejos limitadísimos. En suma, Aristóteles solo invierte el métoilo de la filosofía griega, partiendo de la natura leza por una escala de Jacob llamada categoría, que . levanta del suelo al cielo asaltando lo infinito. Mas para desembarazarse de la abstracción y encarnarse en la realidad viviente la idea aristotélica no por esto fluctúa menos que la platónica á merced del viento. se UNIVERSIDADE DF SANTTACÓ DE COMPOSTELA
. — 20 — La escuela de Alejandría volvió á adoptar la de Eleo; pero, en lugar de dejar en paz lo abstracto ló pone en movimiento haciendo de esta manera el mundo efluvio de lo infinito. La ciencia general se estaciona prolon gándose el dominio de aquel gran Filósofo que no reco noce la independencia completa del espíritu y del cuer* po; que mira el alma viviente como una fuerza, como un principio de actividad, no es el cuerpo,- pero no puede existir sin este, de la propia suerte que no puede ha ber pesadez sin cuerpo, grave luz sin cuerpo luminoso. Esta doctrina, no menos esclusivista que las prece dentes, convergiendo al mismo-punto, lo absoluto, im pera sin limites interpretada en provecho de distintas teorías en lo antiguo; los estoicos la llevaron hasta el materialismo y los filósofos cristianos trataron' de re ' conciliaria con el esplritualismo; concediendo al cuer po no solo la sensibilidad, sino el sentido común, la memoria y cierta especie de juicio, y no reservando sino la razón mas sutil al aninnis inmortalis. Santo Tomás hallaba mal que en su sublime desden, Platón hubiese pretendido que el destino del alma era no estar unida al cuerpo, sino separarse de él definitivamente. El alma, escribía es tal la realidad del cuerpo animado, que por ella es cuerpo orgánico y facultad viviente. El alma unida al cuerpo goza de una vida completa. El dogma de la resurrección de la carne es el complemento del de la inmortalidad del almá. Un error filosófico al parecer destinado a perpetuar se, es sin duda, origen de los numerosos que registra . la filosofía médica antigua, y este error grave y tras cendental es el haber limitado el campo del conoci miento forzando la razón á recorrer constantemente la via esclusiva del análisis ó de la síntesis, y a abstraer de los objetos de su estudio ora lo fenomenal ó lo ca-
— 21 — su al, ora lo conocido y lo desconocido, á quienes se les conceden en el cuadro sistemático el lugar de prin cipio ó de axioma fundamental; de donde el espintiuilismo y el niíLtericilisnio con otros sistemas de matiz filo sófico menos característicos. Y, de aquí, que vencidos todos primero por el escepticismo idealista y después por el sensualista, condenado el espíritu ála inmovilidad, cegadas por el error las fuentes naturales del conoci miento, búscase el hombre con afan una via que satis faciese la imperiosa necesidad ele pensar y de creer, y el misticismo, último asidero de la razón humana, vi niera á cerrar la brillante historia de la filosofía y de la medicina griegas, dominando hasta finalizar el se gundo siglo de la era cristiana. Reasumamos: Hipócrates, Asclepiades, Galeno y muchos otros nombres conocidos representan el pri mer periodo científico de la Medicina, grande porque todo lo quiere esplicar, poético porque nada hubo en Grecia, donde tuvo su origen, que no lo fuera. En este período histórico, la Medicina aparece admirable, cual esas precoces criaturas en que se ostenta el criterio y la capacidad viril. En verdad que observa bien, pe ro no compara así; vé los conjuntos y apenas distingqe los detalles; quiere elevarse á la síntesis y se exe travia; se aficiona á los preceptos generales, ' pero se equivoca; aspira casi á lo infinito y se queda suspen dida en el espacio, faltándole el tiempo; es decir, el análisis. El empirismo antiguo como los dogmatismos de este período histórico, espresan una misma aspiración • á la perfectibilidad de la ciencia; pero, que se distingue según el punto cardinal que señala la aguja de la hu mana razón en el cuadrante de su evolución en el tiempo. Así el dogmatismo de la escuela de Cós en su peUNIVERSIDADE
— 22 — ríodo de decadencia dió solamente importancia á la teoría humoral que desenvolvió Platón, que amplió Praxágoras, al poder de los números, á la influencia de los astros, á la omnipotencia del arte; y la naturaleza medicatriz como base de la terapéutica hipocrática, fué reemplazada por la de contraria contraris carantur. Así la ciencia de la salud prolonga su infancia, y apenas si da señales de vida durante la larga noche que trageron las densas nubes desprendidas de las regio nes del norte, viniendo á completar la ruina del impe rio de occidente; en cuya decadencia se conservan las conquistas médicas por los Aecios de Amida, Alejan dro de Tralles, Oribasso y Pablo de Egina, célebres copiladores. II. Triunfos del arte, glorias del combate, poesía, re ligión, vida esplendente en la superficie, en el fondo oscuridad, lágrimas, tiranía, esclavitud, una sociedad que trata de constituirse en medio de dolorosas y continuas convulsiones; tal es el cuadro histórico de la edad media; ruda época en la que despunta de nuevo el clasicismo antiguo. En efecto; disipadas las primeras brumas de esa época dicha de las tinieblas,* vense brillar algunos puntos luminosos en el oscuro horizonte de las cien cias; gracias sobre todo á los Califas Abasides que, protec tores del saber y celosos partidarios de la unitaria, recon ciliaban la razón y la naturaleza con la idea de la reli gión, volvían á establecer la armonía entre el mundo físico y el intelectual y llamaban en su auxilio á todas
. — 23 — las ciencias, especialmente á las naturales. Y este rena cimiento del saber entre los árabes ofrece la particu laridad halagüeña para la Medicina, que médicos fue ron los que lo llevaron á cabo; Jorge Baktishua por encargo de Almanzor y Juan Mesuch por el de HarumAl-Raschil. Tanto estos principes ilustres como AtMamun y sus sucesores, fomentaron de todas las ma neras imaginables el cultivo de las letras; establecie ron Bibliotecas en Fez y en Larache; fundaron Escue las en el Cairo, Bagdad, Alenjandría,- Granada, Valen cia y Sevilla; Academias en Cufa, Basora y Játiva, y en Córdoba una sin igual. La Medicina llegó entre los árabes á un grado tal de esplendor, como nunca alcanzára ciencia alguna; pero, sus progresos reales no igualaron á su fastuosa apariencia. En general los médicos árabes no hicieron sino resucitar, ensanchándolas, las escuelas griegas, y su veneración hácia Hipócrates y mas todavía hácia Galeno, les sirvió de guia en sus trabajos. Imposible entre ellos la autopsia cadavérica, nada adelantaron en Anatomía, mas no así en Semiología, parte la mas estudiada por los árabes conforme a su génio y a la boga que alcanzó entre ellos el espíritu dialéctico. Como una curiosidad solamente merecen citarse los , médicos astrólogos Al-Kindi, Tofail y Honain que todo lo tradujo á su idioma; pero ya exigen mención especial AlMange que tenía la blanca mano de Moisés y el aliento del Mesías; Harón de Alejandría autor de las Pandectas, primer tratado de medicina árabe; Ali-Abas que escribió sobre todas las partes de la medicina, sobrepujando en conocimientos anatómicos á los griegos; Rhasis grao médico y operador; Avicena famoso médico y filósofo, cu yo canon es un gran repertorio de anatomía, fisiológia é higiene, química, medicina y farmacia, que fué duranse UN1VEKSIDADE DF SANTIAGO
— 30 — clones piadosas en Academias científicas; el que, ilus trada la Cirujía por la Anatomía, aunque continúa siendo ei objeto de una profesión distinta, la cultiva sen como tal ciencia prohombres del arte. Cuéntanse en tre estos, primeramente, los antiguos anatómicos Mondini de L u c í , Berenguer de Carpí, Frabricio de Aguapendente, Eustaquio, Falopio y Vesalio con sus coe táneos y émulos españoles, Rodríguez de Gue" vara, Gimeno, Valverde, Esteve, Lovera de Avila, Sánchez de Braga, reformador del trépano, Daza Cha cón, á quien Vesalio cedía el cuchillo para operar, Valero Tabar, que competía con Berenguer, Graíf y Sovammerdan en la delicadeza de sus inyecciones, con Ruisquio, Duverney y Desnoves por sus piezas anatómicas; de lo que es prueba las muchas de nuestro compa triota que figuran en los museos y gabinetes, como el de Londres que fué de Hunter, el de Gotinga que dirigió Haller; el de.Viena, París, Walter, Berlín y Flo rencia, como en los colegios de Boston, Nueva-York y Hospital de Baltimore; en fin, Hidalgo de Agüero y Arceo, que se señalan los primeros el método racional de curar las heridas y las úlceras. Los trabajos importantes de estos ilustrados prác ticos elevan la cirujía al rango científico de la medici na; y su restauración felizmente se consuma en el siglo XVII por Marco Aurelio Severino en Italia, y suce sivamente en las demás naciones por iguales cele bridades. Reasumiendo la Medicina de la edad media, ostenta dos fases notables de su evolución en el tiempo; pero poco importantes en su desenvolvimiento filosófico, puesto que lo paraliza el arabismo y lo sofoca el esco lasticismo, dominantes en ese largo período de lucha entre las antiguas y modernas civilizaciones, que, amal-
— 31 — gamadas al cabo, fundidas en el crisol del elemento germano, que introduce la nocion del derecho, y del elemento cristiano que fijaba la nocion de la perpetui dad de las ideas, produjeron la asimilación moral, base del equilibrio político, y principio de un reinado de ilustración y de t justicia. La historia testimonia que la imitación servil y cie ga del pensamiento antiguo, característica de este pe riodo por demás indefinido, ni las disidencias con siguientes, que hicieron necesaria en el campo de la filosofía, de la literatura y de las ciencias una revolu ción radical, fueron bastantes para servir de rémora al progreso de los conocimientos positivos. A pesar de las mas desfavorables condiciones, la Medicina dá un paso considerable en la via de su reorganización. Las traducciones, exposiciones y comentarios, que de la griega hicieron los mas ilustres médicos, forman el punto de partida, de que arrancan sus legítimos ade lantos. Y, á estos progresos, como á los demás cientí ficos contribuyen la pasión por los clásicos antiguos, la tendencia general de los. espíritus á los estudios bi bliográficos, el afan solícito en buscar los manuscritos originales qne yacían sepultados en el polvo de las bi bliotecas monacales, que satisfizo una necesidad profun da ya sentida de algún tiempo; y que tocará su maocimum'en esa época de regeneración intelectual que se acentúa desde los albores de la era moderna. III. En el siglo XVI comienza un movimiento inmenso; que continúa en los siguientes; se manifiesta un desarrose UNIVtRSIDADt DE SANTIAGO
— sa no prodigioso, un gérmen fecundo de emancipación, que dilata la esfera de las ideas relativas al mundo estertor y engendra en el hombre una imperiosa nece sidad de interrogará la naturaleza. No hay ya camino en que el espíritu humano no se engrandezca. Colon descubre un nuevo mundo; Klepéroy Copemido señalan leyes al sistema del Universo; y Harvey las de la vida, demostrando la circulación de la sangre, indicada 1 ya en el célebre Christianismi restitutio del infortunado teólogo y médico español Servet, á quien inmortaliza el fanatismo de CaiVino, haciéndole su víctima; Vísta y Harriot perfeccionan el análisis matemático; Galileo y Napier determinan el poder de la mecánica y la me dida de los astros; con la ayuda de Gutemberg por su descubrimiento de la imprenta, se forma una nueva li teratura; y para que Ta fantasía no sucumba ante la Iría razón, surgen Ariosto, el Dante, el Tasso, el Petrarca, Camoens, Calderón, Shaspearé, Murillo, Rafael y Mi guel Angel. Anda el tiempo y el espíritu filosófico se fortifica; vuelve en sí y trata de vencer el entusiasmo con la re gularidad, el fanatismo con la tolerancia, la originali dad del pensamiento con el recto juicio y el orden mo ral; el saber es poco, pero está sólidamente arraigado; crece el espíritu de investigación; las aplicaciones su ceden á los descubrimientos, el talento al génio. Bacon, Descartes y Leibnizt deslindan el campo de la filosofía, trazándolo; y las ciencias se reforman pro gresando; la legislación truena contra el privilegio; y el derecho nacional se funda sobre el derecho de gentes. Como no podía ser de otro modo en Medicina, sien do sus progresos solidarios con los demás positivos? durante ese largo espacio de tiempo tan someramente reseñado, esta ciencia sigue el impulso común de las se UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE COMPOSTE' A
— 33 — demás, pero con la particularidad de ser en ella mas marcado. Todas las ciencias especulativas, exactas, fí sicas y naturales la han prestado su contingente; otras nuevas han abierto para ella senderos desconocidos; ricos tesoros de paciencia, de erudición y de útilísima doctrina contienen sus libros; la ilustran nombres sin cuento gloriosísimos, cada uno de los cuales señala un triunfo, indica una conquista, recuerda un descubri miento, representa un sistema. Así, se ven suceder a los nuevos esperimentos, que demostrando la existencia y y el mecanismo de la circulación de la sangre, que dis minuyen la autoridad de los antiguos, los interesantes descubrimientos de los vasos linfáticos por Olaus Budbeck, de los lácteos por Aselli y del tronco co mún de los absorbentes por Pecquet; los notables de Malpigio y Ruych sobre la estructura vascular y glan dular, de Willis sobre la de los nervios, de Haller, se ñalando en la fibra la irritabilidad. Tan numerosas conquistas hechas en las buenas letras, en ciencias sagradas, especulativas, físicas, na turales, médicas y sociales, forman una época singu larmente gloriosa-de la literatura del siglo X\I \ si guiente á la que la España no es estraña, por mucho que se pretenda que en eso^ tiempos yacía en el ma yor estado de depravación, de corrupción y oprobio. Mas, ¿cómo borrar de la historia esos esclarecidos nombres, que registra en preferente lugar, de tantos es pañoles florecientes entonces? Los de Saavedra Fa jardo, Nebrija, Covarrubias, Cano, Maldonado, fineo, López de Vega, Quevedo, Argensola, Fray Luis de León, Herrera, Calderón y Cervantes en bellas letras, los de, López de Ayala, Mariana, Zurita y Solis en Critica'é Historia; los de Monzon, Barba, Córdoba y Rioja en Ciencias exactas. Además, para nadie es ya un secreto. se UNJVERS1DADE DE SANTIAGO
— 34 — como hecho histórico, que durante esos tiempos y afines, en Filosofía y Medicina no hay quienes escedan y po cos que igualen á los insignes españoles Vives y Valles, Basta para reconocer desde luego al iniciador del método esperimental en nuestro gran filósofo Vives, la atenta lectura de su obra inmemorial «.Gorniplis Disciplinisj) Y, es suficiente, teniendo á la vista los co mentarios á los libros de Galeno, «De locis patienUbiisD del divino Valles, para distinguir al restaurador y refor mador del Método de observación; á quien tuvo la imcomparable dicha de haber conducido la Medicina es pañola al término de cultura y esplendor que pudo ya emular la docta simplicidad de la escuela griega; sien do naturista y espiritualista de intención, y tan per fectamente interpretada por los Mercado, Collado, Fra goso, Villalobos, Laguna, Solano de Luque, Hidalgo de Agüero, Daza Chacón y otros muchos de nuestros ilustrados prácticos, pues, ninguno de estos la desnatu ralizó; pqr lo que, quizás, injustamente se les critica. Admitiendo el símil de Bacon, que compara la cien cia á una pirámide, en cuya base están las observacio nes y en la cúspide la especulativa, abundando aque llas y no faltando esta jamás en nuestra medicina; con razón dice Vairac «que el alma española es siempre metafísica;» pero esto es precisamente, lo que forma la belleza de la escuela clínica sintomatológica y anátomo-patológíca de Valles; que concediendo igual im portancia á la causa, síntoma y lesión, encomia el es tudio de la anatomía para apreciar esta debidamente; se pronuncia contra los empíricos; aconseja la práctica y el raciocinio; la adopción de los descubrimientos científicos comprobados al toque de la esperiencia y la razón, y, apartándose del esclusivismo sistemático de la Filosofía del Peripato, muestra su espíritu meta-
físico y ostenta su elevación de ideas en las investi gaciones médicas. Él fué el primero que penetrando en las entrañas de los seres vivos, vió el fuego insinua do en todos ellos y atribuyó á su actividad, sin inqui rir la esencia, las grandes operaciones de la naturaleza. Bien decía Boerhave, «Si creyese en la metensícosis, afirmaría que el alma de Hipócrates habla pasado al cuerpo de Valles; por cuya razón en su Método de aprender la Medicina, se espresa en estos términos: «El que tuviese los comentarios de este español, no ne cesita de otros, porque los modernos todos escriben por teorías, y yo únicamente doy alabanzas á aquel que con observaciones propias, esplica el sentido de Hipócrates.» En suma; cuantos se ocupen de nuestra historia convendrán sin dificultad, que, si Vives escribió con mucha anterioridad al Barón de Verulamio, sus pre ciosos tratados sobre las causas de la corrupción de las ciencias y el modo mas filosófico de enseñarlas, y si Valles retrajo por sus obras la medicina de los es tudios de Aristóteles y Galeno mucho antes que Sydenhan, que por lo mismo al igual del Canciller de Inglaterra ha llenado el mundo de su nombre, son aquellos, ciertamente, los primeros en la meritoria empresa de desatar las cadenas del entendimiento esclavizado en toda Europa al Estagirita y al Mé dico de Pérgamo; que cabe á dichos ingenios espa ñoles la propia gloria que á los citados ingleses; que á la vez compete entre estos obreros providen ciales en la delincación de la vía de los adelantos cien tíficos, á Vives y Valles el papel análogo de Camoens, y á Bacon y Sydenhan el de Vasco de Gama en el des cubrimiento del Cabo de Buena Esperanza. Y, ¿quié nes procuraron el progreso científico de la medici-
— 36 — na práctica ese período de decadencia, mas que los prácticos españoles notables, entre otros muchos, que á seguida anotamos? Alonso de Burgos, que en su tratado de la Peste, es tablece la doctrina de la Higiene y el modo de preservar se mientras cunde este azote; cuyos preceptos relativos á la asistencia mecánica, á la facultativa, ála civil, ála re ligiosa, sobrepujan á cuantos en siglos mas ilustrados han escrito el cardenal Gastaldi, Muratori y otros. Antonio López de Corrella que en su libro de «.Mor bo puslulato, » ofrece la prueba mas terminante de que el tabardillo, pintas, tabardete, fué conocido y descrito por los españoles, trescientos años antes que lo fuera esta enfermedad, atendida la irregularidad y falta de or den en su curso, con las denominaciones de fiebre atáxica, asteno-pirea y nerviosa por Pinel y Huxman. Juan de Villa Real que fué el primero en distinguir del garrotillo, dicha enfermedad délos españoles, angi4 na gangrenosa, la enfermedad sofocante, dicha, después croup, angina pseudo membranosa, sino también el primero que dispuso un cuerpo de doctrina acerca de este grave mal, y duradero porque copió á la misma naturaleza. Almenar, señor de Godellay Rocafort, que, co mo dice Gimeno, aumentó el lustre de la nobleza de su casa, con el de sus escritos quirúrgicos, y Juan de la Vega, médico del virey del Perú, conde de Chinchón; á quienes es debida la introducción en la Materia mé dica de la quina y el mercurio en el tratamiento de las intermitentes y de la sífilis. Mercado, cuya penetración práctica puso en claro el carácter de las liebres intermitentes, á que dió el nombre de perniciosas para distinguirlas de las benig nas, manifestando, que estas enfermedades tenían la .. se UNIVLKS1IMDI
-37 — particularidad de revestirse con síntomas propios de otras y que realmente eran de .suyo peligrosas y aun mortales; cuando, preocupados los médicos de todos los países, equivocadamente apoyados en la máxima hipocrática «.pebres cuomodocunuiue intermiserint bocreíanlo contrario; que las intermitentes, no eran mortales sino se les unían ó se complicaban con otra enfermedad mas grave. Gómez Pereira, que fué. el primero en combatir las preocupaciones que reinaban en favor del humorismo de los griegos y árabes, considerando a las liebres «co mo un esfuerzo saludable de la naturaleza medicatiiz para restablecer el equilibrio de la salud», sobre cuya idea hizo girar su plan terapéutico. No obstante tantos destellos, es forzoso confe sar que el pasajero eclipse de las luces en la nueva era se prolonga en España, mas que en Alemania, Inglaterra, Francia é Italia donde' solo se observa mientras dura el fuego de esas contiendas religiosas, que estraviando los ánimos, las entregó a una hor rorosa lucha que amenazaba sumir los pueblos en la mas ciega estupidéz, en la misma barbarie. Empero, tan dilatada rémora al progreso de las luces en Es paña, como adelanta la moderna crítica, fué ineludi ble por circunstancias especiales del país; ademas del despotismo simbolizado en la Inquisición, desas trosas guerras y persecuciones por la independencia nacional, desoladoras pestes, y despoblación y aban dono á consecuencia del estado político de la misma. Como en fatal represalia del crimen de lesa civiliza ción cometido por Ornar dentro de los muros de Ale jandría, solo porque se salvase el Koran, el Cardenal Ji ménez de Cisneros, dicese, fulmina la atroz sentenciado quemar las producciones literarias desús malditos seda-
— 38 — ríos, que al fin con sus ilustrados coetáneos, los ju díos, son proscriptos de España por los Reyes Cató licos y Felipe II. Solo una obcecación discupable, pudo llevar al protector de las letras españolas á tan contra ria determinación; ya que su ministerio sagrado le im pedia combatir al moro á lanzadas, entrega sus li bros á las llamas, después de la conquista de la deliciosa Granada. No puede negarse que la falta de protección á las letras por mucho tiempo, fué efecto también de la preocupación de nuestros hombres políticos, obcecados por las ideas de grandeza que despertaba.el ensanche de unos dominios en que no se ocultaba el sol; además, acrece el abandono, la emigración necesaria á su soste nimiento, y tanto mas escesiva y perjudical, cuanto la escasez de población se aumentaba por el celibatismo religioso en ambos sexos; y de todos modos inútil á las luces, pues lá riqueza que particularmente solía proporcionar, inspiraba repugnancia al estudio en la generalidad que no'trataba de fatigar su memoria ni la de sus hijos con las letras. Pero, dejemos á un lado la historia de esa desas trosa época, habiendo ya probado como, á pesar de su anómala marcha, no se paraliza el progreso cien tífico en España, y lijemos nuestra atención en el si glo WIII desde cuya mitad la literatura española re cobra su esplendor. El siglo XVIII es eminentemente filosófico, refor-" mador y grande en todos conceptos y en todas las se UNIVERSIDAD F DE SANTIAGO DE COMPOSTFI.A u
— 39 — naciones. En el Norte la Inglaterra y la Alemania, de carácter particular por su aplicación á las ciencias exactas la una, y por la profundidad de las ideas y por su metafísica la otra, siguen sin interrupción el es píritu progresivo déla época, manifestando sus numero sos autores en todos los ramos del saber, las mis mas tendencias respectivas, que ostentan Milton y Goethe en Literatura; Hobbes y Kant en Filosofía; Newton y Herschell en Ciencias físicas; Cuiten y Brown, Silvio de la Boe y Hoffman en Medicina; Bell y Cooper, Richtery Theden en Cirujía. Entre tas naciones meridionales, que tanto se ha bían elevado en siglos anteriores, se maniíiesta con igual brillantez el movimiento progresivo por las pro ducciones importantes de gran número de autores. Así en 'Francia sobresalen, entre otros muchos, en Ora toria Sagrada y Profana, los inimitables Masillon y Bosuet, y el sin igual Montesquíeu; en Literatura el dul ce Fenelon y el ático La Fontaine; los ílúidos poetas líri cos y dramáticos Fontenelle, el Abate Delille, Lamothe, La Harpe, y Moliere; en Filosofía é Historia los célebres Condillac y Locke, el ameno y sarcástico Voltaire; el sentimental y persuasivo Rouseau; el elegante D ’ Alamber, y el severo Diderot; en ciencias el florido BuíTon y los profundos Daubentom Fourcrby, Cuvier y Lamark; en Medicina y Cirujía los ilustres fundadores de escuela Corvisat y Bayle, Bichat y Desaul, Pínol, • Cavanis y Barthez. i En Italia el melifluo Metastasio, el grave Mafey y el fogoso Alfieri como los principales en el mimen de Talla y Melpomene; los célebres en Historia Tirabbsquí, Betinellí y Signprellí; en Legislación Guianome, Beccaria y Filangieri: en f ilosofía \ ico, AI- • gorotí y Rosellí; en Medicina a Borellí, Bellini, liase UNIVERSIDADE DE SANTIAGO
— 46 — semejanza de las efervescencias que se verifican en las diversas combinaciones químicas. Apenas fué conocida la circulación de la sangre cuando al quimismo se opone el Mecanicismo, esplicándose inmediatamente por ella todos los fenómenos fisiológicos y patológicos, coincidiendo con aquel des cubrimiento la propagación de la Filosofía cartesiana y de la Física esperimentat de Galileo. El mecanicismo se establece en consonancia por Borrelli que se ñala la dinámica muscular y se desarrolla por Bellini, que determina las leyes de los fluidos recorriendo sus canales: Boerhave no vé en los órganos mas que una porosidad infinita; Ruische un tejido vascular, y Malpigii una estructura glandulosa. La mecánica, la hidráulica, la química y la anato mía se apoderan de la sangre y la segunda era del Hu morismo se abre así al porvenir. Del autocratismo hipocrático de la naturaleza y de los arqueos de Van-Helmont, Sthal forma el Animismo. En este sistema es el alma la que constituye en estado de irritación á todo el organismo; ■ dá á todos los te jidos, á todos ios órganos sus propiedades vitales. Las enfermedades son primitivamente lesiones de este principio, que por sí puede reparar los desórdenes donde es atacado. Shtal pretende hacer ver que la ac tividad manifiesta del alma en sus pensamientos y voluntad, está en proporción con la de los movimien tos vitales; que así, por ejemplo, la inquietud moral del individuo se nota en la ejecución de sus movi mientos interiores; y hoy mismo no se desconocen estas armonías, estas solidaridades de nuestros órga nos con los fenómenos psíquicos. Al animismo sustituye el Sistema de los espíritus animales. HoíTman su autor metamorfoséa la psicolo-
— 47 — gia de Sthal en fisiología. La Ciencia con él elimina las esencias inmateriales y se aproxima ventajosamen te á los hechos. Aunque no sea posible su examen inmediato, los ílúidos vitales son menos etéreos que el espíritu, y el nervosismo que inicia aquel sistema, es por consiguiente menos metafísico que el animis mo. Hoílman admite que el principio nervioso produ ce todos los movimientos de las libras, que son el ori gen de las acciones de la economía animal. Los ner vios segregan ílúidos vitales, que circulan de aquí á los vasos y tejidos por medio de un ritmo comparable con el de sístole y diástole. Todas nuestras partes esperímentan un consensum general en sus funciones. Hay en este ya colapsus, ya crispacion morbosa. La reacción es la causa medicatriz. Prescindiendo de sus elucubraciones, este sistema es luminoso. Que la reac ción sea ó no espasmódica, siempre resulta que las múltiples alteraciones en las afecciones, son ininteli gibles si no se admite una modificación anormal del elemento sanguíneo y nervioso. Además el esfuerzo unánime de todos los órganos, el consensum espasmódico para neutralizar ó eliminar el agente morboso no es otra cosa que la ley tan general é importante de las simpatías. * . Aiene en pos del dinamismo mecánico el Eclecticis mo dogmático de Boerhave. Buscar las causas gene rales de las enfermedades en la viscosidad, la acrimo nia, la degeneración, la acidez ó putridez de los hu mores, en la relajación ó la rigidez de las libras, en el aumento ó disminución preternatural de los movi mientos y de la circulación ele la sangre; y de aquí esplicar las obstrucciones, la inllamacion, y encontrar la causa de las enfermedades agudas y crónicas; em plear medicamentos heroicos, la sangría hasta el desfase UNIVERSIDADE DE SANTIAGO
— 48 — llecimiento, admitir la esplicacion mecánica y química de los medicamentos; tal es en resúmen la doctrina de Boerhave. En semejante eclecticismo se reconocen el humorismo de Hipócrates y de Galeno, el solidismo de Themison, la Filosofía corpuscular de Asclepiades, la iatroquímica de Silvio y Willis y sobre todo la iatrotisica de Borehi y B ellini. Mas, si la invención y el pre dominio de las teorías mecánicas resalta hasta en la terapéutica de Boerhave, la práctica corrige en par te el error de sus especulaciones. A la teoría de la irritabilidad por Haller que acepta la escuela de Edimburgo, sigue la del sólido vivo de que proviene el Nervosismo iniciado porHoflman, y que anula el eclecticismo de Boerhave. Cullen adopta la influencia nerviosa como principio de la irritabilidad muscular que Haller había separado de aquella. A la escitabilidad y escitacion ó irritabilidad é irri tación, palabras que espresan la facultad que tienen los cuerpos vivos de producir esteriormente actos á resultas de un estimulo que los afecta, sustituyeBrown la de incitabilidail, que significa lo contrario; la poten cia interior de los mismos cuerpos vivos para afectar se mas ó menos, por los demás considerados como estimulantes; y la de incitación que es el efecto ejer cido sobre la incitabilidad, la cual es la causa primera y que se agota. La incitación en un grado conveniente constituye la salud; ella sola crea las enfermedades y procedente mente la oportunidad ó la disposición á ellas, diátesis^ cuando está en esceso ó en defecto. Es, pues, la inci tación para los cuerpos vivos el único origen de la vida, de la salud y de la enfermedad; porque el estado de los sólidos y de los humores es consiguiente siempre al de la salud, creado y determinado por la incitación.
-48 — Sin la menor duda, la naturaleza, la causa y el tia_ tamiento de las enfermedades, todas esténicas ó asté nicas, se encuentran simplificados en este sistema, mas no obstante, la medicina es incierta apoyada en tan débiles cimientos. Seguramente la mayor parte de los actos de la vida son reacciones de la sensibili dad ó, como dice Brown, de la incitabilidad, pero todos los fenómenos vitales no son movimientos. La debili dad como la fuerza pueden ser locales; sin embargo, quien dice estenia ó astenia espresa una fuerza y una debilidad general, y para nadie es desconocido que puede pasarse sin transición, caer bruscamente de un estado esténico en la adinamia. Rasori ha probado que los escitantes de Brown no escitan siempre, y hay además otros agentes que los contra-estimulantes que producen la postración instantáneamente, no es necesario citar á propósito mas que los electos diná micos primitivos de los miasmas. El antiguo método de observación había sido sacri ficado al espíritu sistemático; Sydenhan lo restauró en medicina, al paso que Bacon lo propone en ciem ias como un nuevo progreso. El fundamento del Lnipirismo dogmático que funda Sydenhan es el ^at^lns1no. La naturaleza, dice, cura las enfermedades; el deber del médico es socorrerla cuando ella padece; el de contenerla cuando se extravia y conducirla al punto que acaba de abandonar. La naturaleza sola termina las enfermedades ó puede operar al efecto todo lo ne cesario. Para esto no tiene necesidad de otra ayuda que de un corto número de remedios sencillos y aun á veces no tiene necesidad de ningunos. yo creo, dice Sydenhan, que para los adelantos de la Medicina es necesario primero, tener una historia o descripción de todas las enfermedades lo mas exacta se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
— 50 — y fiel posible, y segundo un método seguro y constan- ‘ te para tratarlas. Para atender al primer objeto, desde luego es nece sario reducir todas las enfermedades á especies preci sas y determinadas con el mismo cuidado y la misma exactitud que los botánicos lo hacen en sus tratados de las plantas. El medio mas cierto para descubrir las causas morbíficas que se trata de combatir ó las in dicaciones curativas, es el conocimiento claro y bien definido de los síntomas concretos. Las indicaciones mas verdaderas se sacan del fondo sintomatológico de las eníermedades y no de los errores de la imaginación. Restaurada la Escuela clínica sintomatoló.iica, que iniciara Hipócrates, por Sydenhan, se amplia ventajo samente por Baglivio, que le sucede, combatiendo'la especulación en Medicina y no admitiendo la hipótesis mas que como teoría de hechos. La malignidad era en tonces siempre invocada para explicar la gravedad ex cepcional de las enfermedades. Baglivio ensayó pero en vano, pues los tiempos no eran oportunos, el demos trar que el mal genio tiene sus causas evidentes mani fiestas en las lesiones anatómicas. Sin embargo, aclara notablemente el progreso médico dientifico, dando el golpe de gracia á la escolástica, con entronizar el mé todo de Observación sin condenar la teoría, puesto que esta es la espresion general de los hechos. Así distin gue en la malignidad desde luego lo que corresponde a las lesiones, al demostrar la importancia clínica de la predisposición-y de la causa próxima, que tan bien define en estas palabras «posita ponitw morbus, ablata abfertur.» La sintomatologia apenas puede llevar mas alia la ciencia de las alteraciones funcionales. Al nervosismo de Cufien y Brown sucede el Vitalis mo de Bailhez y Lordat. Barthes como Brown abusó se UNIVERSIDADE DE SAN TIAGO DE COMPOSTEU
— 51 — de la abstracción; reemplaza la clínica por la fisiología especulativa. EL vitalismo moderno acepta sin vacila ción principios inmateriales distintos como agentes causales de los fenómenos del organismo, que abstrae de la materia, considerándola instrumento pasivo de los mismos. Las enfermedades son funciones acciden tales del principio vital contra las causas morbígenas que perturban su armonía; y la terapéutica especiante en el mayor número de las enfermedades, y la medi cación perturbadora en algunos su consecuencia le gitima. - e El grande y dominante punto de vista, dice este autor, de la Ciencia del hombre está en considerarle como un ser esencialmente animado por las tuerzas vitales, cuya acción se subordina á las leyes de simpa tía sinergica. La razón anatómica singular de los fenó menos vitales, está en general en que los nervios que son mas frecuentes ó mas fuertemente simpáticos tienen entre sí: primero, una conexión próxima y superior ó en su origen de un tronco común ó en los plexos o en los ganglios; segundo, que estos nervios especialmente simpáticos tienen además entre todos los nervios juntos las mismas direcciones superiores, la en taja de distribuirse por las partes muy próximas. C ieitamente atendidos estos datos anatómicos y mecánicos sobre las simpatías y las sinergias, no se comprende que viene á ser ese nombre de principio vital. Sin em bargo, continúa Barthez, en el sistema entero de las fuerzas del principio vital, hay que distinguir las luerzas que el mismo principio hace obrar á cada instante en los órganos según se ha determinado por sus leyes primordiales ó por causas que le son estradas, jueT:<is actwas, de las fuerzas radicales, por las cuales, esta en potencia para continuar el empleo natural de las
— 52 — fuerzas activas. El conjunto ó agregación de estas dos clases de fuerzas, constituye lo que se llama el sistema entero de las fuerzas del principio vital. En verdad que las fuerzas activas representan el empleo del influjo nervioso segregado á costa de los reparadores ordinarios, y que por fuerza radical se entiende la facultad variable como los individuos de reparar estas pérdidas solo por medio de los centros de la inervación y de resistir de este modo á las cau sas de agotamiento de cualquier naturaleza que sean. Mas esto no obsta para que se diga con razón que la resolución de las fuerzas radicales no parece ser, por ejemplo, lo que constituye la malignidad de las enfer medades; ppes entonces el sistema de las fuerzas del principio vital se encuentra debilitado por una ver dadera revolución de las fuerzas de todos los órganos, que han originado las causas primitivas de las enfer medades, llevando el mayor desorden á la sucesión de las funciones. . Por esto contesta Borden la idea vitalista exclusiva, enunciando á su vez, quizás inconscientemente la organicista. «No es la sensibilidad la que constituye el principio de la vida en el hombre y en los animales; tampoco los movimientos del corazón desde su origen; los de la respiración y otros necesarios á la vida, son siempre el producto de impresiones que la sensibili dad recibe de las causas irritantes. Pero nada prueba que los movimientos vitales en su producción primi tiva continuamente repartidos según su vida cons tante, no sean efectos de la acción directa, inme diata de las fuerzas matrices de un principio vital, reu nidas y dirigidas por las leyes primordiales que las son propias. No se comprende que las fuerzas motrices, ejercen directa é inmediatamente su acción, cuando
— 53 — las fuerzas sensitivas concurren con ellas á la consti tución del principio vital, con esta misma cualidad de fuerzas, según lo demuestra la esperiencia, por su es* trecha relación con los órganos. Aibcitoniismo. La doctrina de esta obra, dice Bichat en su Anatomía general, no lleva el sello de ninguna de las que reinan en íisiologia y en medicina. Opues ta á la de Boerhave, difiere de la de Sthal y de los autores que, como este, lo lian referido todo en la economia viva á un principio único, abstracto, ideal y puramente imaginario, cualquiera que sea su nom bre de alma, principio vital, arqueo, etc. bajo el cual se le designe. Analizar con precisión las propiedades de los cuerpos vivos; demostrar que todo fenómeno fisiológico se refiere en último análisis á las propie dades consideradas^n su estado natural: que todo fenómeno patológico deriba de aumento, disminución ó de alteración; que todo fenómeno terapéutico tiene por origen su retorno al tipo natural, de donde se había separado; tal es la doctrina del anatomismo, ó del organicismo puro. La diferencia de esta fisiología, que tiene por base las propiedades de los cuerpos \ i- ■ vos respecto á las teorías fisiológicas especulativas, que reinaban entonces, es notable por su subordina ción á la filosofía analítica del tiempo. El estudio de la vida Lomó, en efecto, con Bichat la precisión de las Ciencias exactas; las propiedades de los tejidos vivos son inspeccionadas como las de los cuerpos inorgá nicos; en lugar del gran nombre del principio vital, Bichat pone la sensibilidad y contractibilidad orgá nicas sensibles, la sensibilidad y la contractilidad qiie se ocultaron á la conciencia. A las objeciones que puedan hacérsele responde de esta suerte «Se dirá acaso que este modo de ver es una teoría. \o digo se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO
— 54 — así mismo que es una teoría en las ciencias físicas que la doctrina que manifiestan la gravedad, la electiicidad, la afinidad, como principios primitivos de lodos los hechos observados en la ciencia, la relación de la> propiedades como causas, los fenómenos como electos, es un axioma casi repugnante de repetir hoy en Física, en Química, en Astronomía, etc. Si esta obra establece un axioma análogo en las Ciencias Fi siológicas, habrá satisfecho su objeto.» Bichat co noce mejor que nadie el porvenir ¿reservado á la Anatomía patológica; separad ciertos géneros de fie bres y de afecciones nerviosas, dice, y todo es casi en Patología del domieio de la Anatomía patológica. Cuan pequeños son los razonamientos, añade, de gran número de médicos, grandes en la opinión, cuando se los examina no en los libros sino sobre el cadáver. ¿Que es la observación cuando se ig nora el asiento del mal? La reserva de Bichat res pecto á las neurosis y á las fiebres particularmente, es, sin embargo, esplícíta. Ao creo, dice, que es impo sible no admitir un principio morbífico en la sangre en las enfermedades contagiosas; y si asi implícita mente debe entenderse en las discrasias, las bases de la Quiinica é Histología nosológicas están designadas. De la insuficiencia de los síntomas ha nacido la ciencia de las lesiones anatómicas. Á la antigua Escue la sin tomatológica viene á completar la nueva también -e.Umca anátomo patológica. El viejo edificio médico necesita mas sólidos fundamentos; los síntomas y hu mores son muy débiles: se necesitan los sólidos, las lesiones. La Medicina en esa era nueva hubiera encon trado sin duda su doctrina completa, si la lucha entre el pasado y el presente para la regeneración del por venir, pudiera alguna vez suspenderse. El anatomismo
— 55 — . filosófico, se desdobla en fisiológico y patológico, á los ([lie sigue el Histologismo y el Quimismo nosológicos. Broussais, Laennhee, Wirchow y Mihalle son los representantes de estas derivaciones del organismo. Inspirado Broussais por la filosofía anatómica de Bichat, solo vió el organismo con sus pormenores y compuesto de partes. Por lo tanto todo en su concepto se reducía á tejidos dotados de irritabilidad; porque la irritación es el tejido modificado localmente, lo que la incitación al sistema considerado en conjunto. De este modo la diátesis ó causa morbosa general é interna que estriba en esta idea de conjunto y de unidad, debió desaparecer en un sistema que estaba fundado en la consideración de las partes ó en el análisis de los te jidos. Siendo esto asi, ¿de dónde sino del exterior po día provenir la causa patogénica? ¿Có,mo concebir que no obrara localmente? Supuesto que solo perte necía á los agentes de la higiene, á la influencia escesiva, intempestiva ó demasiado débil de estos modifi cadores sobre una organización de la que se había escluido toda predisposición morbosa interna y esen cial, preciso era que las enfermedades fuesen reduci das á desviaciones meramente accidentales del estado fisiológico. Y asi es como ha sido oportunamente for mulado el pensamiento de Broussais en fisiología y en patología en breves frases: modificadores poniendo en ejercicio la sensibilidad, y la contractilidad, sosteni mientos de la vida por su acción; enfermemades casi siempre producidas por la sobrescitacion ó irritación; la mayor parte de los cadáveres presentan vestigios de inflamación; tal es en efecto la doctrina que desig nó Broussais con el nombre de fisiológica, y que mejor merece el epíteto de fisiologismo con que sele designa por los modernos patólogos. UNIVERSIDADE DE SANTIAGO
. — 62 — a la proliferación de elementos de tejido conjuntivo, cellula m cellula dicen los partidarios del celulismo. Y esto se comprendería fácilmente contes tan los detractores de ese sistema esclusivo, si no hu biese en la economía mas que células semejantes, pero vense tal cantidad de elementos distintos que no se concibe como unos pueden ser emitidos por otros. Se rehúsa, por ejemplo, admitir que los leucocytos ataca - bles por el agua, solubles en el ácido acético, provie nen por proliferación, ya de núcleos de tejido conjun tivo, ya epiteliales. No se comprende como las fibras musculares y los tubos nerviosos pueden emanar de glóbulos absolutamente desemejantes, bajo el aspecto de su composición y propiedades. Se observa, en efec to, que células individuales por segmentación son el asiento de una escisión que da origen á otras células; pero esto no acontece sino cuando las células madres lian llegado ó superado á su entero desarrollo y dimen siones normales. Este hecho pues, que ha venido á ser el punto de partida de la teoría celular es un fenó meno de evolución y no un hecho de producción. En fin, los autores de este sistema erróneo como los de mas esclusivistas en lo que niega, han desconocido lo que pasa cuando se ve suceder sucesivamente á cierto elemento anatómico otros elementos de espe cies^ diferentes, como adelantan los sectarios de la teoría del blastemo tan defectuosa como la celular por esclusivismo de sistema, á saber la liquidación de los primeros, después la formación de un blas temo en el que nacen los líquidos, es una ver dadera gmesis por sustitución y no una emisión directa, una proliferación, una generación endógena es decir, dentro de la célula; pues esto solo se obser va en casos escepcionales; lo que de ninguna mane-
— 63 — ra es contradictorio á lo dicho ni suficiente á sostener la doctrina de Schwann. El celulismo, como bien se ha dicho, es por lo tanto una doctrina tan falaz como cómoda y seductora, no obstante los puntos luminosos en que abunda. Es uno de los muchos errores que ha introducido en la cien cia alemana esa filosofía natural en la que demasiado se inspiran los contemporáneos de Schelling y de Oken. Ahora como siempre, conservando el arte su carác ter científico, la tendencia á la prueba, los sistemas mé dicos esclusivos llevados á sus ultimas consecuencdas no pueden sostenerse en el terreno practico. En tal concepto es mas fácil esplicar hechos contradictoi ios, que conformarse con el rigor de algunas fórmulas teóricas.rechazadas por la esperiencia; proceder empíri camente, que atenerse á los principios en que filosó ficamente aquella se apoya. Esta conducta, que es la escepcion de los sistemas esclusivos, sirve de regla á la doctrina de conciliación que promete la Medicina actual en la firme convicción sus ilustrados reformadores de la verdad relativa del pensamiento de Leibnitz: que la mayor parte de los sistemas tienen razón en cuanto á las cosas que ase guran y se equivocan solamente en lo que niegan, y v así también de que sin el sólido criterio de la espe riencia universal no es posible distinguir en ellos acer tadamente la verdad del error. Esta nueva doctrina no es el eclecticismo con suS fingidas bellezas, ni el empirismo con su pavorosa perspectiva, es solo la genuina espresion del pensa miento inclusivista de la idea médica moderna ilus trada por la filosofía científica. Efectívamante, sin ir al sincrolísmo, ó á la unidad de sustancia se trata hoy de conciliar las ideas vita-
— 64 — lista y organicista, conviniendo no conceder esckisivamente que las funciones dejíendan de la estructura, no incluyendo entre sus causas un sustractum matei ial y otro dinámico, al admitir el organismo viviente lormado de fuerzas y de órganos, y estos de sólidos y líquidos; determinando hechos puramente dinámicos y olios dependientes de lo material orgánico, y fenóme nos respectivos en el estado de salud y en el de enfer medad, sin exclusión de la influencia en todos de la síntesis de la economía animal viviente. En su con secuencia, que mas bien que diferente de la fisiolo gía es distinta la patología; que en esta juegan el pa pel piincipál dos elementos: uno el reaccionario ó fisiológico que se confunde ontologizándolo, y otro moihígeno que también se desnaturaliza esencializándolo; que este no ofrece sino grados de especificidad, y aquel aunque dominante representando las leyes de la ida, en ciertos casos es á su vez dominado. Además, que las enfermedades no son otra cosa que funciones diferentes de las normales, por el aspecto que presen tan las relaciones constitutivas del individuo según se las considere en su conjunto y en cada una de ellas; que la naturaleza del mal ó en lo que consiste no está solo en el fondo sintomatológico, sino también en el lesional, pues ambos revelan su causalidad mutuamente completándose. En fin, que para los estudios terapéuti cos como para el de las enfermedades no puede prescindiise mas del elemento racional que del esperimental.- La situación de la Medicina en laera moderna es análoga á la de la filosofía contemporánea. Tan estrecha fué la unión de las ideas médicas y filosóficas, que las primeras siguieron siempre los destinos de las segundas. He ahí, en prueba lo que testimonia la his toria, comentado someramente. .
— 65 — La doctrina de Aristóteles, que recibiendo la solem nidad del bautismo por el Angel de las escuelas, fué la creencia general de la edad media y continuó i ene jándose alternativamente con la platónica en la si guiente, es sustituida, sin embargo, en esta por la doctrina de Descartes; que rompe el lazo ontológico (fue unía el espíritu y la materia, atribuyendo al piimero el pensamiento y al segundo la estension, deján dolos en un estado de oposición perpetua. Es innega ble que todas las capacidades aceptaron la incompati bilidad de la estension y del pensamiento, pero lo es igualmente que la doctrina cartesiana lia dejado ha zas tan profundas que no hay un talento filosófico tpie no esperimente su influencia, y que, hasta protes tando contra ella, no manifieste las marcas de la ca dena que ha quebrado. No obstante, el divorcio del es píritu y la materia jamás es completo. Bacon esclusivamente físico, no admite sino un principio vital y cor poral, aunque invisible. Es bien conocida la tentativa de Leibnitz en su teoría de la armonía prestabilila, en sayando el volver á unir las dos sustancias. 1 ambien es distinto el matiz de la filosofía de Bacon en la de Newton. Este juicio es aplicable, en suma, á los demás siste mas que suceden á los precedentes. Efectivamente, mientras que por la apoteosis de la fuerza física se reproducía una doctrina idéntica á la de los fata listas de la escuela jónica, por otra parte se pedia una vez mas al puro racionalismo principios de filoso fía natural. Así, acreciendo la corriente de las ideas es cépticas, en la época de Hume lué opinión general, que no había para que pretender elevarse hasta la causa de las causas; que estas cuestiones eran superiores á nnestra inteligencia, siendo solo los fenómenos accesise UNIVERSIDADF DE COMPOSTELA
— 66 — bles á nuestros medios de investigación. [En su conse cuencia, que había que resignarse á esplorar la supeificie de las cosas; y aun asi que no se podía estar seguro de que tal superficie existiese en realidad con los caracteres que nuestros sentidos descubren en ellas; pues sea que interroguemos los cuerpos celes tes, sea que descendamos á las entrañas de la tierra, no salimos de' nosotros mismos. Y estas dudas llegan a coordinarse al íin, en el sistema mas fuerte que ha producido el idealismo. Incontestablemente, los principios del escepticismo de Kant se fundan en una historia fantástica del alma; todo es ingenioso, difícil, sutil, en su descripción de nuestras tacultades, faltando la imagen de la verdadera natuialeza humana ante una creación tan artificial. Mas, consta también que, admitiendo los resultados que suministra al gran escéptico, su examen de los procedimientos intelectuales, muchos talentos perma necieron aprisionados en un círculo infranqueable, si se prescinde del" estudio de la vida y del profundo análisis del alma. Siendo imposible salir de nosotros mismos, no llegando á conocer mas que las apariencias _ de las cosas, no pudiendo pasar de nuestras propias impresiones á las verdaderas realidades, forzoso seria, aceptando el yo absoluto, convenir que no hay para que hablar de la ley moral y de Dios, que la ha escrito en nuestros corazones. Esta doctrina esclusiva, como la de Hobbes, Reid. laparelli, Balines y célebres coetáneos; todos los siste mas alemanes, escoceses, escépticos y ultramontanos, siendo favorables á esa tendencia metafísica, que lleva á querer confundir las cosas mas estradas en una qui mérica unidad, sin duda pudieron fascinar por largo tiempo-esas inteligencias superiores, para las que todo
— 67 — era realidad, menos la realidad. Asi, los filósofos mo dernos especulativos ó escépticos por esclusivismo sis temático, procuran en ciencia las deducciones mas singulares. En el círculo de la ■vida por Moleschots, resalta cier ta cosa que es en todo, condición y causa, sin que la forma ni el pensamiento, el cuerpo ni el espíritu, nin guna existencia en general seria posible y por consi guiente, que en la eterna metamórfosis de todos los fenómenos, es lo solo digno del nombre de principio. Esta cosa única es áno dudar, el átomo. El materialis mo moderno vuelve á la antigua teoría del atomismo. Y tal es sin duda el sentido de las conclusiones de es ta reciente publicación. Nada hay inmortal sino la ma teria entregada á nuevas transformaciones. Las fuer zas no pueden concebirse fuera de la sustancia mate rial, y el alma no puede comprenderse fuera del cuer po. Una fuerza sin agente material que la soporte, es una representación absolutamente desnuda de realidad, una concepción abstrata y privada de sentido. La ciencia de la vida, continuación de la química y de la física, demuestra que estamos sumergidos en un mar de sustancias en movimiento, y que nosotros mismos no somos mas que una ola entre las olas de ese océano infinito; que el pensamiento se reduce á un movimien to de la materia cerebral, como el sonido resulta asi del aíre, la luz del éter, etc. En cuanto á nuestra vo luntad, que es la consecuencia necesaria de todos los movimientos que nos solicitan, y como el planeta lijo en su órbita, obedece también á una ley general de la naturaleza. Es preciso remontarse hasta Platón, para bailar al go análogo á la doctrina sistemática espuesta en la nueva producción de Carus, Naluralcza c Idea. C^ómo se UNIVERSIDADE DE COMPOS I LLA
— 68 — el titulo lo indica, los cuerpos no son sino ideas obje tivas, el alma es la indestructible idea del cuerpo, inconsciente en lo que respecta á las transformacio nes orgánicas . propiamente dichas, consistentes en el dominio de la inteligencia; pero, siempre principio y causa de todos los fenómenos del ser vivo, desde el pensamiento hasta el acto de la nutrición. El alma no está localizada, tiene su asiento en toda célula viva, en toda molécula orgánica, de las que cada una es en cierto modo el resúmen del universo. Esta doctrina es la evocación del animismo. Mas, no obstante, la perpétua lucha del idealismo y del sensualismo disputándose el dominio de la Filoso fía, ésta en nuestros dias después de ecléctica se cons tituye científica; gracias al acuerdo mas y mas decidido de empíricos y especulativos en aceptar el método esperimental. Sin embargo, es de notar, que, proclaman do la unidad de creencias, entre los nuevos reformadores aun se persiste en rehabilitar preferentemente las ideas capitales de que todas provienen en Filosofía, y Me dicina; en restablecer las doctrinas de Platón ó Aris tóteles, de Hipócrates ó Asclepiades. Empero, la filosofía contemporánea, espresando el espíritu de una época en que el libre exámen y el esperímentalismo ilimitados son el principio y fin de to do estudio, lo que se ostenta generalmente en sus teorías, es esencialmente científica. Esta nueva filosofía, derivación de la natural, llevado el pensamiento á las cuestiones de análisis y teniendo por criterio el buen sentido, viene eclipsando por un severo inclusivismo el esplendor del eclecticismo en el actual período de estraordinarios conflictos y de opiniones apenas di vergentes. No es pues el nuevo sistema filosófico ese eclecticismo vago, incoherente, superficial y tan
— 69 — incierto en su método y teorías, como intoleran te y esclusivo en sus conclusiones; en las que Pla tón, Descartes y Lebnitz formaban el fondo, Aris tóteles era sospechoso, Spinosa desechado bajo cier tos aspectos, Kant, Schelling y Hegel recibidos pri mero con entusiasmo y al fin escluidos; sistema, pere zoso y estéril en el que la iniciativa filosófica era sus tituida por la histórica. Al contrario, se ofrece el mo derno inclusivismo, con una precisión de hechos nuevos, con métodos mas seguros, con una esperiencia mas rica é instruciva, que vuelve á suscitar las cuestiones filo sóficas del siglo XVII y del XVIII, y las renueva dándo se mejor cuenta de las dificultades y con la firme reso lución de no traspasar los limites de la observación, y de abandonar al dominio de la fé y de la imaginación los problemas que no son susceptibles de una so lución científica. Cuanto puede decirse respecto á los adelantos de los demás conocimientos, abstracción hecha en la elevada región del sentimiento, en Poesía y Bellas Artes, os tensibles á todas luces por las numerosas producciones en ambos ramos, se reduce en lo esencial á este ligero comento de la apreciación del espíritu del siglo por sus mas competentes críticos. EL aprecio igual de to dos los ramos de las ciencias físicas y naturales es la . necesidad de la época en que la riqueza material de los Estados y su prosperidad, están fundadas prin cipalmente en un empleo mas ingenioso y mas ra cional de las producciones y de las fuerzas de la na turaleza. Una rápida ojeada echada sobre el estado actual de Europa, nos enseña que en medio de esa lu cha desigual de los pueblos que rivalizan en industria, conquista de la materia por la ciencia, el desaliento y una lentitud indolente producen indudablemente la se UNIVERSIDADI DF^ANTUGO DE COMPOS TELA
. — 70 — disminución ó el aniquilamiento de la riqueza nacio nal. El poder de las sociedades humanas-es la inteli gencia y este poder se eleva ó decae con ella En la vida de los pueblos sucede, como en la naturaleza la cual, según una espresion feliz de Gohette, en su im pulsión eternamente recibida y transmitida no recono ce reposo ni detención, y que ha unido su maldición a todo lo que retarda ó suspende el movimiento. Este an ema por fortuna no alcanza á las presentes generamones, en su mayoría no esclavas sino dueñas de a naturaleza, merced á sus progresos científicos ince santes, cuyas conquistas en el terreno de los hechos maravillan. El siglo XIX merece el título de siglo de las luces por su espíritu científico. Las ciencias en el día se dilatan sin cesar, haciendo sus progresos solidarios. La física, la química, y demás positivas, prestan su contingente á la historia natural; esta les da sus productos y el cálculo interviene en todas; que _ - convergen á la Antropología siendo por lo tanto tribu tarias de su sumidad, la Medicina; ciencia de la vida que necesitando mas que las otras de la vida de las ciencias, la Filosofía, evidencia el misterioso lazo que estrecha los conocimientos humanos, lamnion de las ciencias de lo conocido y délo desconocido. Es hoy mas Obvio que nunca, como las ciencias, ' mutuamente apoyándose, se ensanchan y fortifican las especulativas por las realidades de la dsperiencia y las positivas por las claridades de la razón, y vienen a acrecer mas y mas la ilustración y el bienestar general por la mayor difusión de luces; que elevan el alma, fortalecen la inteligencia, aumentan la activi dad, y escitan la sensibilidad á la armonía del mun do; que enseñando al hombre las leyes de su organis mo, le dan una idea mas ventajosa de su ser; y demos-
— 71 — trando cuanto vale la vida en todos los grados de la escala social, prescriben los derechos individuales. A la verdad que en el dia el término hacia al cual tiende directamente la ciencia es el descubrimiento de las leyes del principio de unidad que se revela en la vida universal de la naturaleza; mas, la observación en vez de rechazar el raciocinio lo reclama siempre como complemento. El espíritu científico y su tenden cia á la prueba positiva en los fenómenos naturales y vitales, y á sustituirla por la especulativa en la esplicacion de los fenómenos anímicos, de lo abstrac to, caracterizan el siglo actual. Por mas que los inmó viles admiradores de lo pasado propalen lo contrario, es constante que la Metafísica no ycice hoy sepultada bajo una pesada losa en la que se leen las palabras que escribió el Dante sobre las puertas del infierno, «Lasciate ogni spercmce.'i) Hemos llegado por último, de un modo analítico, á orillar aunque imperfectamente, la vasta síntesis sobre que versa el tema de este trabajo médico, que hubiera sido ininteligible además, sin el exiguo sumario que nos permitimos de los sistemas sucediéndose, y legan do las doctrinas sin las que no podría comprenderse las leyes orgánicas en el estado de salud y en el de en fermedad. Por lo mismo, y para la mejor inteligencia de esas doctrinas en la parte de verdad que encier ran, hemos procurado señalar el matiz filosófico em-: pírico ó especulatico al tenor de esta división admitida no solo en Filosofía sino en Ciencias. Es indudable, que filósofos y sabios se distinguen por una ú otra de estas tendencias: ora al estudio de la naturaleza, ora al del pensamiento. De ahí, que bien se diga, que en el mundo inteligente todo hombre pro viene de Aristóteles ó de Platón. La pretendida opo-