Carta Pastoral del Excmo. y Revmo. Señor Arzobispo de Santiago de Compostela sobre la unidad de la iglesia / [José Martín de Herrera y de la Iglesia]
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CARTA PASTORAL DEL EXCMO. Y REVMO. SEÑOR tefa» Í6 ik hytii, SOBBE , H UNIO&D DE Lí IGLESIA. SANTIAGO: Imp. y Ene. del Seminario C. Central 1897 se LNIVmSlDADK Dh SANTIAGO u
CARTA PASTORAL DEL EXCMO. Y REVMO. SEÑOR so bbz : U UNIDAD DE H IGLESIL SANTIAGO: Imp. y Ene. del Seminario C. Central 1897 se UX1VERSJDADE DE SANTIAGO DE rOMPOSTF.I A
CARTA PASTORAL NOS EL DOCTOR DON JOSE MARTIN DE HERRERA Y DE U IGLESIA, POR LA GRACIA DE DlOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓ LICA A r zo bispo d e S a n t ia g o d e C o mpo st el a , C a pe l l á n M a y o r d e S. M., J u ez O r d in a r io d e su R ea l C a pil l a , C a sa y C o r t e , N o t a r io M a y o r d el R ein o d e L eó n , C a ba l l er o G r a n C r u z d e l a R ea l y d ist in g u id a O r d en d e C a r l o s III, S en a d o r d el R ein o , d el C o n sejo d e S. M., et c ., et c . . ^.1 -VexieraTolo IDeán. 3^ Ca."biia.o 3.© ^.-j.e=tra Santa lica. y- ^vCetropoliLtaaaa. Iglesia 3.© Sa.aa.ti.ag ’ o 3.© Ccnsapcstela, al Venerable ATaaci CaT=113.o 3.© la Colegiata áe la Cor-ansa, á n-aeotroo Azclprestes, Fárrocoa 373.©más Cle ro, á los ZSeligriosos 37- ^©lig-losas, 37á los fi.eles toS.03 3.© nuestra ^-rclxid-lócesls: FAX VOBIS. — PAZ Á VOSOTROS. I 1 os vidas, nos dice San Agustín, reconoció la - — Iglesia por la predicación y recomendación de su divino Fundador: una en la fe dé lo que no vimos, otra en la contemplación de lo que es objeto de nuestra espe ranza, una en el tiempo de nuestra peregrinación so bre la tierra, y otra en la eternidad de nuestra mansión u se UNIVERSJDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTEI
- 4 - . en el cielo; una en el trabajo, y otra en el descanso; una en la vida activa de las buenas obras, y otra en la recompensa de la vida contemplativa, ó en la contem plación de Dios. Una se aparta-del mal y hace el bien, la otra no tiene mal alguno de que apartarse, y tiene un gran bien de que gozar. La una pelea con el enemigo, la otra reina sin enemigos. Una socorre al indigente, la otra está donde no se halla ningún indigente. Una per dona las ofensas de los demás, para que se le perdonen las propias, otra ni tiene ofensas que perdonar ni de qué pedir perdón. La una sufre el azote de los males, para no engreírse en los bienes, la otra con tanta plenitud de gracia carece de todo mal, que sin tentación alguna de soberbia permanece adherida al Sumo Bien. La una, por tanto, es buena, pero aún miserable, la otra es mejor y bienaventurada (l). u • “ Durante la vida presente tenemos designado por Dios un fin, al cual debemos dirigirnos mientras nos hallamos envueltos en los trabajos de este siglo. Y nos enca minamos á este único y supremo fin, en calidad de pe regrinos, que uo tenemos aquí ciudad permanente; por que aún estamos en el camino, mas no en la patria; aún deseamos nuestra felicidad, pero no disfrutamos de ella. Sin embargo, dirijamos á ese fin nuestros pasos y caminemos sin pereza y sin interrupción, para llegar finalmente á conseguirlo (2). u De aquellas palabras que el divino Maestro dirigió á Marta, según nos refiere San Lucas (cap. X), y cuya ex posición hizo San Agustín en las frases que dejamos transcriptas, tomó ocasión el mismo Santo Padre, para recomendar á sus oyentes, los fieles de la Iglesia de Hipona, la unidad de la Iglesia de Cristo, á la cual tenían la dicha de pertenecer , y lo hizo en los siguientes términos: “ Pensad en esa cosa única, hermanos míos, ó en la unidad, y ved si os place, que en la misma muchedum bre no hay sino la unidad. He aquí que vosotros sois muchos, por la misericordia de Dios, ¿quién os aguanU) S. Agus. Tract 124111 Joan. (2) Id. Serm. 26 de Verbis Dominj.
— 3 taría si no tuviéseis gusto en la unidad? . ¿De dónde este reposo en muchos? Dada la unidad, existe el pueblo; quitada, es una turba. ¿Porque qué es la turba sino la muchedumbre turbada? Mas oid al Apóstol: Os ruego, pues, hermanos que digáis todos lo mismo, y no haya divisiones entre -vosotros; sino que seáis perfectos en un mismo sentir y en un mismo parecer (1). Y en otro lugar: Sed unánimes, teniendo todos unos mismos pensamien tos, no haciendo nada por por fia ni por vanagloria (2). Y el Señor rogó al Padre en favor de los suyos, para que sean una misma cosa, según lo es Él con el Padre (3). Y en los Hechos de los Apóstoles: La muchedumbre te nía un sólo corazón y mía sola alma (4). Pues engran deced al Señor conmigo y ensalcemos su nombre á una voz. Porque una sola cosa es necesaria; una aquella cosa sobrenatural. Uno el misterio, en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son una sola esencia. Ved que se nos recomienda la unidad. Ciertamente la Trinidad es nuestro Dios; el Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Padre, el Espíritu Santo ni es el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu de ambos ; y sin embargo, las tres personas no son tres dioses, no tres omnipotentes, sino un sólo Dios omnipotente, la misma Trinidad es un sólo Dios: porque una sola cosa es necesaria; á ésta no llegamos si no te nemos todos un sólo corazón (5). “ Inflamado nuestro Smo. Padre, el Papa León XIII, en el desea vehementísimo de la reunión de' todos los hombres en la única Iglesia de Cristo, y muy particular mente de aquellos que se honran con el título de cristia nos, y viven sin embargo fuera de esa Iglesia, ya por culpa propia, ya por la de sus antepasados, no cesa de hacer amorosos 11 imamientos á todas las comuniones cristianas, para que los hombres de buena voluntad, las almas sencillas, que buscan de buena fe la verdad, y las muchedumbres que viven apartadas de la fuente de la vida, pero que desean saciar su sed de verdadera y (0 I Cor. c. I. v. io (i) Philip, c. II, v. 2 y 3. (3) Joan. c. XVII, v. 22. ( I j Act. c. IV, v. 32. (5) S. Agustín, de v¿rbu Evaugelii, Lucae,c, X, u
- 6 - eterna felicidad, vean por fin dónde se halla el único faro luminoso, que conduce seguramente al puerto de eterna salvación; lá única cátedra, puesta por el divino Maestro en la tierra, para enseñar á los hombres la ver dad que los libra del error y del pecado y los conduce al cielo; y la única fuente de agua viva, que brota hasta la vida eterua. Estos silbidos amorosos del Vicario del buen Pastor, que quiere conducir á las ovejas extraviadas al único redil, en donde se hallan libres de las garras del lobo infernal, si cooperan á la gracia de Dios, van obtenien do muy favorables resultados, que hacen concebir risue ñas esperanzas, á todos los amantes de lá Iglesia cató lica, Apostólica, Romana; los cuales no cesan de dirigir humildes plegarias al Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, secundando en esto los propósitos del Romano Pontífice. 1 ambién á Nós incumbe cooperar cuanto podarnos á la obra trascendental de la unión de todos los creyen tes, no sólo de aquellos que viven fuera del cuerpo visi ble de la Iglesia de Cristo, sino también de aquellos otros, que llamándose y gloriándose de ser católicos, no abundan sin embargo en aquellos sentimientos de paz, unión y concordia que de ellos exige la comunión en una misma fe, en una misma obediencia y en una misma caridad, al tenor de las instrucciones, exhortaciones y recomendaciones hechas por el Romano'Pontífice. Y » como la unión se ha de fundar en la unidad, por esto Nos creemos obligado á dirigiros, VV. HH. y aa. hh., esta Carta Pastoral sobre la unidad de la Iglesia de Cristo. I Siguiendo, escrupulosamente, las enseñanzas que nuestro Santísimo Padre el Papa León XIII consignó en su sapientísima Encíclica Satis cognitum, dada en Roma á 29 de Junio del próximo pasado año de 1896, ex pondremos el concepto genuino de la unidad de la Igle sia de Cristo, su principio generador, su nobilísimo ob jeto y los medios empleados por el divino Fundador de la Iglesia, para sostener esta unidad. u
-1 - La Iglesia es la congregación de los fieles cristianos, unidos por los vínculos de una misma fe, de un mismo • culto, de unos mismos Sacramentos, de unos mismos preceptos y consejos evangélicos, de una misma espe ranza y de una misma caridad. Sociedad divina en su origen, sobrenatural por su fin y por las cosas que próximamente conducen á ese fin, y humana por ser co munidad compuesta de hombres. Ergo Ecclesia societas est, ortu .(HDlua^ fine' rebusque finí ■proxiine admoventibus, supernaturaUs; quod vero coalescit hominibus, humana (1). Sociedad perfecta, cuyos miembros estre chamente unidos, admirablemente organizados y sabia mente subordinados, ocupando cada cual el lugar que le corresponde, forman el cuerpo místico de Cristo, autor y consumador de nuestra fe, tus y guía de todos los hombres, que comunica á ese mismo cuerpo vida y movimiento, orden y dirección, verdad y gracia, de cuya plenitud todos hemos recibido. No todos los miem bros tienen el mismo acto, pero todos forman parte del . mismo cuerpo místico de Cristo, de la ciudad fundada sobre un monte elevado, para que pueda ser vista de todas partes; del pueblo á que son llamados todos los pueblos de, la tierra; del reino, que en su amplitud com prende á todos los reinos del mundo, porque no tiene límites en su extensión ni en su duración. Como es uno el Criador y Señor de todas las cosas, y uno el Re dentor de todos los hombres, así también es una la Igle sia fundada por Aquel á quien dijo San Pedro: Tú eres el Cristo el Hijo de Dios v¿po (2). Aquel que lleva es crito en su muslo: Rey de reyes y Señor de los que domi nan (3). Aquel á quien ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra (4). Aquel, en fin, que envió á sus Apóstoles, como Él había sido enviado por su Padre (5), diciéndoles: Id, pues, y enseñad á todas las gentes, bautisándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espí ritu Santo , enseñándoles á guardar todas las cosas fi) E'icicL Satis Cognitum del Papa León Xlll de 29 de Junio de iSg6. (2) S. Mat , 16, v. 18. ' i 3 i Apqc., i()-l6. • (4) Math., 28-<8. (5i Joan., 20-21. UNIVERSIDAD! DE SANTIAGO DFCOMl'OSn u
- 14 - los libros que contienen los misterios divinos, y querer los condenar sin conocerlos? (1). No basta guardar la unidad de la Iglesia, con la uni dad de fe en todo lo que es objeto de su divino magis terio, sino que es necesario guardar esta misma unidad, en las cosas que se refieren al culto divino, que son principalmente, el Sacrificio y Sacramentos instituidos por nuestro Señor Jesucristo; siendo la Iglesia la única encargada de enseñar ñ los hombres la práctica de la virtud de la religión, que es la que nos enseña á dar á Dios el culto que por tantos títulos le debemos. Y así como no dejó su divino Fundador al arbitrio de los particulares, el sagrado depósito de fa revelación, así tampoco es del arbitrio privado el señalar los actos y ceremonias del culto divino, habiendo Jesucristo ins tituido su Sacerdocio, encargado exclusivamente de ce lebrar los divinos misterios, administrar los santos Sacramentos y dirigir los actos-del culto. A los Após toles y á sus legítimos sucesores y no á otras personas, se refieren aquellas palabras de Jesuristo: Id por todo el mundo, predicad el Evangelio: bautizándolos ..... Ha ced esto en mi memoria. A quien perdonáreis los peca dos le serán perdonados. Y asimismo, sólo á los Após toles, y á sus legítimos sucesores, concedió Jesús la potestad de apacentar, es decir, que gobernasen con po testad al pueblo cristiano: y claramente se deduce, que impuso á los fieles la obligación de obedecer y estar su misos. Esta doctrina* se contiene en aquella sentencia de San Pablo: Así nos tenga el hombre, como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (2). Para mantener íntegra é incorrupta en la Iglesia Ca tólica la unidad de fe, de culto, de Sacramentos y de dis ciplina, fué necesario, y asilo quiso su divino Fundador que hubiese en ella una postestad suprema, propia de una sociedad perfecta; una potestad universal, que se extendiese á todos cuantos cristianos hubiese en toda la redondez de la tierra; una potestad perpétua, que du rase sin intermisión, por todos los siglos, hasta el fin (r) De Util, cred., cap. XVII, núm. 35. (2) I corint. IV, i.
- 15 - del mundo; llenándose así los nobilísimos fines del Salvador Cristo Jesús: el cual eligió á San Pedro y á sus legítimos sucesores, para ejercer sus veces en la tierra; con todas las facultades que son indispensables al supremo Rector de una sociedad compuesta de hombres: y así como es imposible que subsista un edificio sin sóli do cimiento, y cuando éste falta viene á tierra todo el edificio, así también, queriendo el divino y eterno Fun dador de la Iglesia, que todos cuantos á ella pertenecie sen estuviesen unidos y coligados entre sí y con la cabe za de la misma, otorgó á San Pedro, y á cuantos legíti mamente le sucedan en el transcurso de los siglos, no solamente la potestad del magisterio y el poder sacerdo tal, sino también la autoridad suprema, que reune en sí, los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, encamina dos á mantener unidos con vínculos indisolubles á los miembros de esta misma sociedad. Tiene por lo tanto el Romano Pontífice, legítimo sucesor de San Pedro, el primado de honor y de jurisdicción sobre toda la Iglesia, y á él corresponde la suprema potestad, no solamente en las cosas pertenecientes á la fe, al culto divino, á la administración de los santos Sacramentos y á la moral, sino también á la disciplina y á todo cuanto pueda inte resar de algún modo al pueblo cristiano. Reviste esta potestad del Romano Pontífice, un ca rácter tan superior al de todas las humanas potestades, que el mismo Cristo al hacer á San Pedro fundamento visible de la Iglesia, príncipe de su reino, pastor univer sal de su rebaño y depositario de las llaves del reino de los cielos, no sólo le prometió que las puertas del infierno no habían de prevalecer contra él y la Iglesia, sino que todo cuanto él atase en la tierra, al hacer uso de las llaves, sería'también atado en el cielo, y todo cuanto él desatase sobre la tierra, sería desatado en los cielos. De modo que, la falta de respeto y obediencia á esta suprema potestad, es una especie de sacrilegio y una falta cometida contra el mismo Jesucristo. “ De este modo, dice Su Santidad el Papa León XIII, Aquel que es la piedra angular, que unió en uno al pueblo gentil y al judío, y que vino á congregar en la unidad á los hijos que estaban dispersos, hizo á San Pedro piedra, se UNIVhRSlDAOh DF. SANTIAGO OI C OMPOS ITI u
-16sobre la cual edificó su Iglesia contal solidez, que per maneciesen sus miembros unidos mientras no se aparta sen de la cátedra de Pedro. u D: entre todos los hombres del mundo entero, dice San León Magno, sólo Pedro Jué elegido , para ser puesto al fíente de todas las naciones llamadas á la fe, de todos los Apóstoles v de todos los Pa dres déla Iglesia: porque aun cuando en el pueblo de Dios hay muchos sacerdotes y muchos postores, sólo Pedro gobierna propiamente aquellos que de una manera más eminente gobierna Cristo (1). u Subsiste pues lo dispuesto por la verdad, y el bienal)enturado Pedro perseverando en aquella solidez de piedra, no ha aban ioitado las rica las del gobierno de la Iglesia, que le fueron encargadas (2). Por lo cual nie ga San Agustín que sea.católico el que se separa de la fe romana: No pienses tener la fe católica, tú que enseñas que no hay que profesar la fe romana. Non crederis veram ftdem tencre catholicam , qui fidem non doces esse servandam romanam (3). u Sin embargo, aunque la potestad de Pedro y sus sucesores es plena y suprem i, no creamos que sea sola. Porque aquél que puso á Pedro como fundamento de la Iglesia, eligió también á doce.... á quienes llamó Após toles (4). A la manera que es necesario que la autoridad concedida á Pedro permanezca constantemente en el Romano Pontífice, así también los Obispos, que suceden á los Apóstoles, heredan la potestad ordinaria de aque llos; de manera que, el orden de los Obispos, necesaria mente entra en la íntima constitución de la Iglesia. Aun que ellos no tienen la suma y plena potestad, no por eso se han de reputar vicarios del Romano Pontífice, porque ejercen una potestad que les es propia, y con muchísima razón se llaman Prelados ordinarios de los pueblos que rigen. u Mas como el sucesor de Pedro es uno sólo y los de los Apóstoles muchos, es conveniente examinar cuáles sean las relaciones que éstos tienen con aquél, por divi- (i) Serm. IV, cap. 2. (2) Serm. 111, cap. ?. (3> ¿an Agustín, serm. no, núm. [3. (4) Luc. cap. VI, v. i3. se U'JIVKRSlüADb: Dt: saxi i ia (;O i)r A u
- 17 - . na disposición. Y en primer lugar, es clara é indubitable la necesidad de que estén unidos con aquel que sucede á San Pedro; porque suelto este vínculo, se disuelve y se disgrega la misma sociedad cristiana, de manera que, ya no es posible formar un sólo cuerpo y un sólo rebaño. La salud de la Iglesia, dice San Jerónimo, pende de la dignidad del sumo Sacerdote, al cual si no se le reconoce una potestad emivíbnte y singular, se producirán en la Iglesia tantos cismas cuantos sacerdotes (1). Por lo tan to, hay que fijar la atención, en que nada se concedió á los Apóstoles separadamente de Pedro, y que mucho se concedió á San Pedro separadamente de los Apóstoles. Al explicar San Juan Crisóstomo aquellas palabras de Cristo (San Juan XXI-15) dice: ¿Porqué haciendo caso omiso de los demás habla sólo con San Pedro? Responde al instante: Era el más excelente entre los Apóstoles, la boca de los discípulos, y cabeza de aquella asamblea (2). Porque él sólo fué designado por Cristo como funda mento de su Iglesia; á él sólo le fué dada potestad de atar y desatar; y á él sólo se le dió poder de apacentar. Por el contrario, toda autoridad y dignidad que recibie ran los Apóstoles, la recibieron juntamente con San Pe dro. En este sentido dice San León NL: Todo aquello que la divina dignación quiso que los demás principes tuviesen común con él, todo aquello que no negó á los otros, jamás lo concedió sino por medio de él... De modo que habiendo recibido él sólo muchas cosas, nada pasó á ninguno de ellos sin su participación. Divina dignatio si quideum eo commune cacterisessevoluitprincipibus,numquam nisiper ipsum dedil , quidquid aliis non negavit. Ut cum multa solus accepit, nihil in quemquam nisi ipsius participatione transierit (3). De donde se sigue clara mente que con razón pierden los Obispos el poder de go bernar, cuando se separan de San Pedro y sus suceso res: porque se separan del fundamento que debe soste ner todo el edificio; y así no pertenecen al edificio, y pol la misma causa quedan separados del rebaño, cuya guía (i) Diálog.contra lucif. núm. g. (2) Hom. 88 in Joan. núm. i. (3) Sun León M., serm. IV, cap. 2, u
- 18 - es el Pastor Supremo; quedan desterrados del reino, cuyasuprema potestad fue solamente concedida;! Pedro. u Es por lo tanto indubitable, que así como hay en la Iglesia de Cristo una jerarquía sacerdotal, instituida por ordenación divina, y que consta de Obispos, Presbí teros y Ministros, así también, hay una jerarquía juris diccional, que consta de Sumo Pontífice, como legítimo sucesor de San Pedro y cabeza visibre de toda la Iglesia, y de los Obispos, que como legítimos sucesores de los Apóstoles, rigen y gobiernan las Diócesis que les están señaladas; pero de m mera, que su jurisdicción está su bordinada á la suprema potestad del Vicario de Cristo, que es el centro de la unidad, y supremo Jerarca de toda la Iglesia, con el cual es indispensable que los Obispos se hallen unidos, si no quieren quedar separados de la unidad. Por lo cual, dice N. S. Padre el Papa León XIII, que el orden de los Obispos entonces se debe conside rar unido á Pedro, según la voluntad de Cristo, cqando están sujetos á Pedro y le obedecen, pues de lo contra rio viene á convertirse en una multitud confusa y per turbada: porque para conservar la unidad de ley de comunión, no basta el primado de honor y de ministe rio, es absolutamente necesaria una verdadera autori dad, y ésta suprema, á la cual se someta toda la comu nidad. Si la facultad de atar y desatar, y la de apacentar, hace que cada uno de los Obispos , como sucesores de los Apóstoles, rija con verdadera autoridad el clero y pueblo que le está confiado; la misma facultad debe te ner aquel á quien se le ha confiado el cargo de apacen tar los corderos y las ovejas. Cristo luso á San Pedro no sólo Pastor, sino pastor de los pastores: apacienta, pues, Pedro los corderos y apacienta también las ovejas, apacienta los hijos y apacienta las madres; rige á los súbditos y rige á los Prelados, porque fuera de las ove jas x de los corderos no ha^ otra cosa en la Iglesia ( 1). Es un error manifiesto el sostener, que cada uno de los Obispos es inferior y está sometido á la jurisdicción del Sumo Pontífice, mas no así los Obispos reunidos, ó (i) S. Brunonis. Ep¡scopi. Siguiensis. Coment. in Joan, parte 111, cap. 21, púm. 55. • ■ u
- 19 - colectivamente considerados: porque no hay vínculo de unión, ni centro de unidad, ni título de superioridad sino en el Vicario de Cristo, pastor universal, fundamento de la Iglesia y único Jerarca que la congrega, preside y rige y gobierna. Cristo no dió ú los Apóstoles facultad alguna, prescindiendo de Pedro, y por tanto no pueden arrogarse los Obispos, sucesores de los Apóstoles, po deres que no han recibido de Cristo. Así los Romanos Pontífices han procurado siempre dar á los Obispos los honores y consideraciones que por divina institución les corresponden, puesto que el ho-nor que se da al cuerpo Episcopal refluye en aquel que ha sido constituido su cabeza visible, y ni por un momento debe alterarse el orden establecido por el divino Fundador de la Iglesia, de la cual es cabeza el Romano Pontífice. IV - Resumiendo el Sumo Pontífice la doctrina expuesta en " su magistral Encíclica sobre la Unidad de la Iglesia de Cristo, á todos nos dice en qué consiste esa unidad, cuáles son los elementos que la constituyen, cuál el ob jeto á donde se encamina, cuál el principio que la sostie ne y cuáles los medios de conservarla íntegra y perfec ta. No hay duda que los fieles dóciles á las enseñanzas de la Iglesia católica, seguirán firmemente adheridos á esta doctrina salvadora tan magníficamente expuesta por el "Vicario de Cristo. Tampoco podemos dudar de la eficacia de las palabras del Sumo Pontífice, si á ellas uniéremos las plegarias que Él nos ha encargado dirija mos al ciclo por la reunión de las Iglesias disidentes á la Santa Iglesia Romana, que es la única verdadera; y es par-a todos nosotros un deber sagrado, coadyuvar con la oración y el ejemplo á que se llenen cuanto antes, los deseos del Sumo Pontífice. • Pero es al mismo tiempo un deber propio de nuestro sagrado ministerio, el hacernos eco de la voz autoriza dísima del Papa, para proponer la unión, la paz y la con cordia de todos los que se honran con el nombre de cristianos. No puede darse verdadera unión entre aque* u
- 20 - líos que no acepten íntegramente los dogmas y enseñan zas expuestas por el Romano Pontífice, como maestro infalible de la verdad revelada. Tampoco pueden tener unión verdadera, aunque se llamen católicos, los que no se someten al magisterio de la Iglesia en sus en señanzas sobre puntos de fe y de moral. Por esto la Igle sia católica no puede aprobar el descabellado proyecto de un congreso de todas las religiones, como si se le re conociesen á todas iguales derechos que á la única ver dadera Iglesia de Cristo; siendo un absurdo inconcebible pretender la unión de los que niegan la divinidad de Jesucristo, con los que la admiten; de los que no reco nocen al Sumo Pontífice por Jefe supremo de la Iglesia y de los que lo confiesan adornado de la suprema potes tad que Jesucristo le concedió como sucesor de San Pe dro. Absurdo es también pretender amalgamar y con fundir en un congreso, á los que niegan la real presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía, con los que la confie san; á los que niegan el culto á la Santísima Virgen y los Santos, á sus imágenes y reliquias, con los que creen que debe tributárseles el culto que les corresponde, como amigos de Dios; á los enamorados de las li bertades modernas, condenadas por el Romano Pontí fice, con los que detestan los abusos de la libertad y si guen dócilmente las enseñanzas del Maestro universal de la Iglesia de Cristo. No es verdadera reunión, sino confusión babélica y panteística, la de los que mezclan y confunden el error con la verdad, la rebelión con la obe diencia, lo divino con lo humano y lo ortodoxo con lo he terodoxo. Desgraciadamente vivimos en una época de tal confusión de ideas en el orden científico, religioso, moral y político, que sólo mirando al faro luminoso, que brilla sin mengua ni sombra en el Vaticano^ pueden evi tarse los absurdos de las opiniones modernas ylos gran des males que está ya ocasionando en la sociedad, ese criterio de igualdad absoluta, de tolerancia indebida y de condescendencia criminal, con toda clase de aspiracio nes y opiniones. Mas nosotros, VV. HH. y aa. hh., debemos tener muy presente lo que nos enseña el Sumo Pontífice, acerca de la unidad de la Iglesia de Cristo, y seguir lo que dice
— 21 - San Agustín tratando de la unidad: El que quiere Divir del espíritu, de Cristo, no sólo debe Divir en el cuerpo de Cristo, sino hacerse miembro Droo de Cristo; no debe ser miembro podrido que necesite ser cortado del cuerpo , no debe estar dislocado, sino puesto en su lugar; debe ser hermoso, sano y dispuesto á ejercer las Junciones que le son propias... Tu alma, dice San Agustín, Dwifica los miembros que están en tu cuerpo; si quitas uno, ya no es vivificado por tu alma, porque no está unido á tu cuerpo. Digo esto para que amemos la unidad y temamos la separación. A nada debe tener el cristiano tanto miedo , como á la separación del cuerpo de Cristo; porque si que da separado del cuerpo de Cristo, ya no es miembro de Cristo, y sino es su miembro, y a no es animado por su espíritu ( l). Ahora bien; falta la verdadera unidad, base de unión firme y constante, si no hay humilde, sincera y rendida obediencia á las exhortaciones y amonestacio nes del Romano Pontífice, que no sólo es Maestro de la fe y de la moral, sino Pastor, guía y Jefe supremo de todos los que de católicos se precien. Una sola cosa es necesaria, que es: buscar el reino de Dios y su justicia, anhelar por los intereses eternos del individuo, de la familia y de la sociedad, sin agitarse ni turbarse por los intereses caducos y perecederos de la tierra. Una sola cosa es necesaria: la obediencia á la más legítima de todas las autoridades, que es, la del Romano Pontí fice, y la de los Obispos, puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios. Una sola cosa es necesa ria: la caridad, ó amor de Dios sobre todas las cosas, y el amor al prójimo en Dios, por Dios y para Dios. No condena la Iglesia católica la diversidad de opiniones en puntos que Dios ha dejado á la libre discusión de los hombres; pero sí condena la confusión de las ideas y la interpretación de sus enseñanzas por aquellos que no han recibido misión para ello. También conviene enca recer la importancia de la obediencia á la autoridad en todo aquello que no se oponga á las enseñanzas y pre ceptos de Dios y de la Iglesia. No quiere ésta que se (i) S. Agust. Hom. Tract., Í7, in Joan. u se UMiVKKSlDADh di : sani iago
— 22 — confundan el orden civil y el religioso; pero sí quiere que ante todo, se oiga su voz, que es un eco de la del divino Maestro, que dijo: Dad al César lo que es del César , 3' á Dios lo que es de Dios. Empero, Si son dignos de censura los que dejándose llevar de su espíritu privado, excluyen de la unidad de la Iglesia de Cristo á los que no han sido excluidos por el Papa y los Obispos, es también digna de reprobación, la conducta de aquellos-que admiten áesa misma unidad, á los que no pueden ser admitidos, según las recientes declaraciones de los Romanos Pontífices, el inmortal Pío IX y nuestro Santísimo Padre el Papa León XIII. Ciertamente que la Iglesia, siempre solícita por el bien de todos los hombres y la unión de las iglesias disi dentes á la cátedra de Pedro, quiere, con mucha más razón, que los católicos estemos todos en la verdadera unidad, y vivamos en la paz, unión y concordia que db nosotros exigen la unidad de la fe y el precepto de la caridad. Y nos recomienda con todo encarecimiento esta misma unión, en todo aquello en que la acción man comunada es indispensable, para la deíensa de los al tos intereses de la religión. A ningún católico por sabio y prudente que parezca, le es permitido sembrar la divi sión y la desconfianza, con sutilezas y distinciones, des conocidas á los fieles humildes y obedientes; los cuales, ni se permiten interpretar los documentos pontificios y episcopales, para excusar la obediencia, ni embarazan en lo más mínimo el movimiento de atracción y de unión, iniciado por el Jefe supremo de la Iglesia. Esta es la conducta que todos debemos seguir, y sin transigir jamás con el error, aunque venga disfrazado con las apariencias de la verdad; y sin dejarnos engañar por los que vistiéndose con piel de oveja, ti;aen escondido el veneno de opiniones perversas, ó compromisos de sec tas condenadas, debemos coadyuvar al Romano Pontí fice en sus trabajos por la unidad, y emplear los medios que Él nos indica, para sanar esta sociedad en que vivi mos y que padece tan grave enfermedad en su organis mo, por el virus de los errores modernos. Pidamos al Señor que abra los ojos á todos los que andan extraviados de la senda de la unidad, y que dirija u lili COMKlVi
- 23 - nuestros pasos por el camino de la humildad, de la obe diencia y de la caridad. Con esta ocasión os damos, VV. HH.y aa. hh., nues tra Pastoral bendición: En el nombre del. f Padre y del f Hijo y del Espíritu f Santo. Dada en Santiago de Compostela, firmada por Nós, sellada con el de nuestra Dignidad y refrendada por nuestro Secretario de Cámara y Gobierno, el día de la Cátedra de San Pedro en Roma, á 18 de Enero del año 1897. ' f JOSE, A.T&obis'po ¿Le. üe Com^osUAo. Por mandado de S. E. R. el Arzobispo, mi Señor, Lie. E u g en io d el B l a n c o A l v a r e z , Dignidad, de Chantre., Secretario. u se UNIVbRSlDADh ) SAN I ACO