Revisión do concepto de populismo
Abstract
En la actual década, las actitudes populistas han experimentado un nuevo auge en las democracias occidentales, tanto a la izquierda como a la derecha del espectro ideológico. Pero a pesar de este nuevo resurgir del populismo y su casi constante presencia en el debate público, la comunidad politológica continúa sin llegar a un consenso a la hora de establecer una definición del término “populismo”.
Full text
Universidade de Santiago de Compostela Facultade de Ciencias Políticas e Sociais Grao en Ciencia Política e da Administración TRABALLO DE FIN DE GRAO “Revisión do concepto de populismo” “Revisión del concepto de populismo” “Revision of the concept of populism” César Tilve Uzal Director do Traballo de Fin de Grao: Jose Manuel Rivera Otero Mayo 2021
Resumen: En la actual década, las actitudes populistas han experimentado un nuevo auge en las democracias occidentales, tanto a la izquierda como a la derecha del espectro ideológico. Pero a pesar de este nuevo resurgir del populismo y su casi constante presencia en el debate público, la comunidad politológica continúa sin llegar a un consenso a la hora de establecer una definición del término “populismo”. Palabras clave: populismo, concepto, definición, democracia Abstract: In the current decade, populist attitudes have experienced a new rise in western democracies, both to the left and the right of the ideological spectrum. But despite this new resurface of populism and its almost constant presence in the public debate, the political scientist community continues not achieving consensus when looking to establish a definition of the term “populism”. Keywords: populism, concept, definition, democracy Número de palabras: 32.890 Word count: 32.890 1
Índice: 1. Introducción…………………………………………………………………..……...Página 4 2. Antecedentes históricos: aparición y evolución del populismo………….…......Página 6 2.1 Imperio ruso, segunda mitad del siglo XIX……………………………..........Página 6 2.2 Estados Unidos de América, finales del siglo XIX…………………...……...Página 7 2.3 Latinoamérica, primera mitad del siglo XX…………………………….……..Página 7 2.4 Europa Occidental, segunda mitad del siglo XX……………………..…......Página 9 2.5 Latinoamérica, finales del siglo XX…………………………………….……..Página 9 2.6 Latinoamérica, finales del siglo XX y principios del siglo XXI………...…..Página 10 2.7 Otros “populismos”, siglo XX………………………………………..…….... Página 10 2.7.1 Europa Oriental………………………………………………………........Página 10 2.7.2 África…………………………………………………………………….…..Página 11 2.7.3 Asia…………………………………………………………………....….....Página 11 3. Revisión bibliográfica de las teorizaciones sobre el concepto “Populismo”....Página 12 4. Conclusiones extraídas de la revisión bibliográfica……………………......…..Página 74 5. Bibliografía……………………………………………………………………........Página 79 2
Índice de tablas: 1. Subíndice de las obras analizadas en la revisión bibliográfica. …….......Páginas 12-13 2. Tipos de sociedad según el acceso a la selección de las élites. …….……....Página 14 3. Tipos de sociedad según sus estándares culturales. …………………...….…Página 15 4. Características de los movimientos populistas (países subdesarrollados) según el tipo de grupos ajenos a las clases obreras que incluyen. …………………….Página 28 5. Características de los movimientos populistas (países relativamente desarrollados) según el tipo de grupos ajenos a las clases obreras que incluyen. ……........Página 29 6. Clasificación de los rasgos generalmente atribuidos a los fenómenos populistas, en 8 categorías. ………………………………………………………………...….Páginas 34-35 7. Resumen de los efectos positivos y negativos del populismo sobre la democracia liberal…………………………………………………………………………...…...Página 66 3
1.- Introducción ❝'Populism' is a concept both elusive and recurrent. Few terms have been so widely used in contemporary political analysis, although few have been defined with less precision. We know intuitively to what we are referring to when we call a movement or an ideology populist, but we have the greatest difficulty in translating the intuition into concepts. This has often led to an ad hoc kind of practice: the term continues to be used in a merely allusive way and any attempt to ascertain its content is renounced.❞ Ernesto Laclau en “Politics and Ideology in Marxist Theory: Capitalism – Fascism – Populism”, pág. 143. Durante múltiples décadas, intelectuales de la disciplina politológica han teorizado acerca del concepto de “populismo”, intentando definirlo y establecer una frontera o unas características que permitan discernir cuándo algo puede ser categorizado como populismo o no. Con ese fin, diversos autores han realizado avances individuales en la materia, definiendo con mayor o menor precisión lo que cada uno considera que debiera formar parte de la definición científica del término “populismo”. Pero la ambigüedad del término y su cabida para distintas perspectivas ha terminado produciendo diversas corrientes de opinión, que se complementan o contradicen entre sí, resultando en una histórica falta de consenso a la hora de establecer una definición para el concepto “populismo” dentro de la ciencia política. Consecuentemente, el campo del populismo es una de las áreas temáticas de la ciencia política que ha albergado mayor margen para nuevas teorías y conjeturas, siendo hoy en día fuente de discusión puesto que, a pesar de distintos acercamientos y la aceptación generalizada de algunos postulados básicos, continúa sin existir un consenso a la hora de establecer una definición científica universal aceptada. Esta falta de definición no viene sin consecuencias. Dentro de las ciencias sociales, la fragmentación que produce la falta de acuerdo actúa como un muro a la hora de producir avances teóricos conjuntos entre autores que no compartan una misma visión acerca del populismo. Además, conlleva también una dificultad importante en la aplicación empírica de los conocimientos en esta área. Pero las consecuencias van más allá, ya que esta falta de consenso dentro de la comunidad científico-social permea perceptiblemente al resto de la sociedad, puesto que cualquiera puede emplear indiscriminadamente el término “populismo” para referirse a lo que considere, sin que exista una comunidad politológica unida que refute ese empleo del término y proponga y enseñe una definición universal. Esta última consecuencia se ha puesto de especial manifiesto en la última década, con el auge de múltiples actores (movimientos, partidos, figuras políticas) generalmente denominados como populistas en la mayoría (si no totalidad) de sistemas democráticos, lo que ha aumentado exponencialmente el uso de la palabra “populismo” en la sociedad en 4
general, pero poniendo especialmente el foco en los medios de comunicación. En el caso español, este auge de actores denominados generalmente como populistas se ve representado primordialmente en la aparición de dos partidos políticos ideológicamente opuestos como lo son Podemos y VOX. Aunque ambas formaciones mantienen posturas contrarias en la mayoría de cuestiones, pudiendo decirse incluso que tienen una relación antagónica entre sí, ambos tienen algo en común: a pesar de sus grandes diferencias, dentro de la ciencia política buen número de intelectuales han caracterizado a ambos partidos como formaciones populistas. Ante la falta de cohesión detrás de alguna acepción del término, se ha establecido un uso excesivamente liberal de esta palabra, quedando casi vacía de significado siendo empleada de forma peyorativa como (erróneo) sinónimo exacto de “demagogia”. Este difundido uso inadecuado del término es, en mi opinión personal, responsabilidad directa de una comunidad politológica desunida, que no ha sabido todavía rectificar el empleo inadecuado de uno de los términos propios de su área científica, mostrándose quizás un tanto complaciente escudándose detrás de la ambigüedad del término y tolerando comportamientos que la disciplina de la ciencia política debería luchar por corregir. Innegablemente, el establecimiento de una acepción científica universal para el concepto “populismo” es una cuestión de gran complejidad que gira alrededor del cierto grado de ambigüedad inherente al término, puesto que su definición varía según la perspectiva subjetiva de cada sujeto, y al intentar establecer unos criterios objetivos, estos pueden estar separados de la realidad, coincidiendo parcialmente o no coincidiendo con fenómenos reales de carácter populista, es decir, produciendo una definición incompleta o demasiado ambigua que no recoge todas las características pertinentes. Además, otro punto que ha dificultado la producción de una definición clara del concepto en cuestión, es el nivel de variabilidad observable en distintos actores entendidos como populistas según diversas circunstancias, como su posición en el espacio, el tiempo, o el espectro ideológico. Debido al candente debate en torno al concepto “populismo” dentro de la comunidad politológica y a su reciente renacer e implementación en el vocabulario político contemporáneo, considero pertinente analizar las principales definiciones propuestas por intelectuales y autores del campo de las ciencias sociales mediante una revisión bibliográfica cronológica que permita establecer si existen puntos en común a través del tiempo y cómo ha evolucionado el término. Con este fin, se presentará en primer lugar un resumen de los principales casos históricos de populismos a modo de contextualización para que el lector tenga una base sobre la que juzgar las definiciones históricas que se han realizado para el concepto “populismo”. Una vez realizada esa contextualización, se realizará una revisión cronológica de algunas de las aportaciones más destacadas en el intento de definir el concepto, para así observar las distintas perspectivas y analizar su evolución en el tiempo. Finalmente, se expondrán en un apartado de conclusiones los aspectos más destacados derivados de esta revisión. 5
2.- Antecedentes históricos: aparición y evolución del populismo Antes de presentar las definiciones propuestas por distintos autores a lo largo del tiempo, es preciso tener presente la evolución histórica del populismo, especialmente sus orígenes, para tener una base contextual que permita entender de qué se habla al tratar el populismo y cómo se ha producido su evolución. Dado que el objetivo de este trabajo no es realizar una revisión histórica del populismo en sí sino de su evolución conceptual desde las ciencias sociales, este apartado no pretende profundizar en demasía en la cuestión historiográfica, tan solo presentar al lector una contextualización básica que permita una aproximación al concepto y a la ambigüedad que lleva ligada desde su nacimiento, puesto que existen distintos movimientos que han sido categorizados como populistas que a simple vista no parecen tener prácticamente nada en común entre sí. 2.1.- Imperio Ruso, segunda mitad del siglo XIX Tras su victoria contra el revolucionario Napoleón en el primer cuarto del siglo XIX, se instaló en la Rusia zarista, gobernada por la dinastía Romanov durante dos siglos en ese momento, un sentimiento contrarrevolucionario que veía con muy malos ojos la posibilidad de reforma, especialmente en lo referente al sistema feudalista de servidumbre. Y es que, mientras que la mayoría de países europeos habían abolido este sistema en los 5 siglos anteriores, en Rusia se conservaba recelosamente este sistema que dividía la sociedad en dos estamentos: la nobleza terrateniente y el campesinado, sirviendo estos últimos en régimen de semi-esclavitud a los primeros. A pesar de múltiples levantamientos e intentos de rebelión en contra de este sistema, todos fueron suprimidos, pero el hartazgo y la indignación continuaban creciendo entre el campesinado. A esto se le sumaba el hecho de que Rusia se encontraba en una situación de enorme atraso económico en comparación con las otras grandes potencias que habían adoptado sistemas liberales en los siglos anteriores, propiciando finalmente el abandono del sistema de servidumbre, que quedaba abolido legalmente en 1861. No obstante, a los campesinos se les impusieron unas condiciones abusivas para compensar la pérdida de tierras de la nobleza, generando gran malestar social. En la década de 1870, este malestar comenzó a materializarse en grupos de intelectuales y universitarios rusos quienes aborrecían la situación socioeconómica vigente y en su lugar abogaban por una reorganización social que tuviera como base la comuna campesina, y teniendo por objetivo último la creación de una sociedad campesina y completamente homogénea. Nikolai Mijailovski, ideólogo más reconocido del populismo ruso, reconoció la similitud básica entre el populismo y la teoría marxista, compartiendo incluso visiones parecidas sobre la 6
sociedad ideal, pero manteniendo discrepancias sobre cómo alcanzar esos fines, y perspectivas distintas acerca de sus aproximaciones teóricas, estando Mijailovski en desacuerdo con la doctrina del materialismo histórico de Marx. Con la explosión de la revolución rusa en 1917, se paró la producción teórica populista rusa, y gran parte de sus intelectuales se integraron con las doctrinas marxistas, acabando a efectos prácticos con la corriente populista rusa nacida en 1870. 2.2.- Estados Unidos de América, finales del siglo XIX Durante la segunda mitad del siglo XIX, los EEUU experimentaron una época de inmensos cambios en todos los aspectos de su sociedad. La revolución industrial, la guerra civil y un aumento exponencial en la población, incluyendo una creciente cantidad de inmigrantes año tras año, produjeron una situación de inestabilidad económica sin precedentes en la joven nación. Los principales afectados por la crisis fueron los agricultores, quienes veían cómo los precios de sus productos caían incesantemente, mientras que el gobierno favorecía los intereses privados de grandes empresas, bancos, y compañías de ferrocarril. Esta situación suponía una amenaza para la autopercibida imagen del granjero independiente y autónomo, que vivía una vida honrada y contribuía a su país con los frutos de su trabajo. Esta era imagen ideal del ciudadano americano rural, quienes se consideraban defensores del legado democrático de los mismísimos padres fundadores, y tenían la percepción de que los grandes actores del sistema jugaban en su contra, es decir, el gobierno, las instituciones, los bancos, las grandes compañías, y hasta los propios partidos Demócrata y Republicano conspiraban de alguna forma para beneficiarse a costa del pequeño terrateniente. Como resultado de esta creciente animadversión frente a las instituciones estadounidenses, en 1892 se creó el “People´s Party” o “Partido del Pueblo” que proponía medidas tales como la jornada laboral de ocho horas, el control directo del gobierno sobre los servicios públicos como el ferrocarril, o la implementación de tipo impositivo progresivo sobre la renta. Otra propuesta destacada y más controversial era la adopción de restricciones sobre la inmigración. Este partido obtuvo un 8,5% de los votos, un gran resultado para un partido minoritario en EEUU. A pesar de que los populistas apenas alcanzaron unas pocas posiciones políticas importantes, su relevancia quedó patente, por lo que a lo largo de las siguientes décadas y a medida que se consolidaba el sistema bipartidista estadounidense, los populistas se integraron en el Partido Demócrata y la mayoría de sus reivindicaciones fueron adoptadas por éste, haciendo desaparecer oficialmente el “People´s Party”. 2.3.- Latinoamérica, primera mitad del siglo XX El siguiente caso histórico de populismo se produjo en diversos países latinoamericanos de forma casi simultánea. Debido al número de países que experimentaron este acontecimiento y a sus variadas características nacionales, en este apartado se tratará Latinoamérica como bloque, y se mencionarán las cuestiones centrales de este proceso desde una perspectiva 7
generalista acerca de los países que pasaron este proceso, como Perú, Argentina, Brasil, Chile, México, Venezuela o Paraguay. Similar a lo sucedido en los EEUU unas décadas antes, el comienzo del siglo XX supuso para la mayoría de países latinoamericanos una época de grandes cambios, que afectaron en gran medida a las jóvenes democracias latinas. Entre el conjunto de condiciones que produjeron dichos cambios, pueden destacarse los siguientes hechos: La irrupción de la industrialización puso en jaque las economías agrícolas, produciendo grandes éxodos rurales de campesinos que se dirigían a las ciudades en busca de empleo. Esto produjo la cada vez mayor diferenciación entre las crecientes clase obrera y clase media frente a la estancada clase dominante. Los partidos democráticos tradicionales se encontraron ante una crisis de representación, puesto que ni la clase obrera ni la clase media se veían identificadas en estos partidos y reclamaban la creación de espacios políticos en los que no estuvieran excluidos, produciéndose así un auge de los movimientos obreros y sindicales que demandaban cambios de corte social y económico, demandas que se vieron incrementadas como resultado de las consecuencias económicas del crack del 29. Sumado a esto, el creciente imperialismo estadounidense comenzó a ser percibido como una posible amenaza hacia la soberanía de las naciones latinas, y como respuesta se produjo un aumento en las actitudes nacionalistas entre la población. Como resultado del clima de crispación, tuvo lugar una apertura que permitió la aparición de nuevos actores políticos que apelaban directamente a la población, haciendo referencia especialmente a la identidad nacional, más que a cuestiones como la clase social o el origen rural/urbano. Así, comenzaron a formarse movimientos políticos que giraban alrededor del liderazgo de un dirigente carismático, reuniendo apoyos desde los sectores más dispares de la población. El papel de estos líderes carismáticos fue tan fundamental para el surgimiento de estos movimientos populistas, que habitualmente se personifican los casos de populismo en esta época en cada país, con sus características y matices propios, bajo el nombre del líder, quedando así el “peronismo” en Argentina, el “lazarismo” en México, o el “getulismo” en Brasil. En muchos de estos casos, estos líderes carismáticos lograron llegar al poder de sus respectivos países, poniendo en marcha procesos de modernización y, en mayor o menor grado, reforma. Uno de los patrones más comunes de estos nuevos gobiernos era una centralización de los poderes y el aumento de la intervención estatal en distintos sectores, bajo el pretexto de que una intervención más directa del Estado permitiría mejorar la vida de sus ciudadanos. Mientras que en algunos casos estos actores populistas mantenían un cierto respeto por la democracia, otros tomaban tintes de carácter más autoritario y paternalista. 8
En cambio, en aquella sociedad con mayor homogeneidad cultural, primarán los estándares de masas, que pueden ser empleados por las élites para manipular y movilizar grandes números de gente. En consecuencia, una sociedad marcada por los estándares de masas no poseerá un apoyo cultural fuerte en la defensa de sus instituciones, especialmente aquellas propias de la democracia liberal. Dado que la sociedad de masas tiende a carecer de una vida grupal diversa, favorece la unidad cultural. En el ámbito político, la uniformidad recibe legitimidad cultural bajo el nombre de “populismo”. Se otorga la primacía a “the belief in the intrinsic and immediate validity of the popular will” (Shils, 1954, p. 104). La uniformidad de opinión entre grandes grupos de población se convierte en el estándar supremo, por encima de valores tradicionales o profesionales, o de la autonomía institucional. El populismo es causa y efecto en el funcionamiento de la sociedad de masas, y la internalización de esta creencia en la supremacía de la voluntad popular motiva a la gente a la participación activa en movimientos de masas que buscan influir en las instituciones. Cuando los estándares son manifestados por una masa conformada por un gran número de gente en lugar de por grupos sociales distinguidos, estos estándares a menudo presentarán cambios, por lo que se les asocia la fluidez como característica. En relación con la anterior tabla, Kornhauser resume así los tipos de estándares culturales que se pueden encontrar según sus características: Estándares diferenciados Estándares uniformes Estándares fijos tradicionalismo monismo Estándares fluidos pluralismo populismo Así pues, desde el punto de vista de la sociología Kornhauser determina que el populismo es un fenómeno propio de las sociedades de masas, especialmente propenso a aparecer en aquellos lugares con una mayor homogeneidad cultural que promueva el establecimiento de un estándar de masa (de carácter cambiante) que reine sobre la opinión pública, y el cual esté respaldado por la legitimidad que otorga el ser la opinión de la mayoría. 15
● Political Man, The Social Bases of Politics; Seymour Martin Lipset, 1960 En esta obra, Lipset habla de “fascismo” (comillas en original) de izquierda (comunismo y peronismo), de centro (fascismo) y de derecha (autoritarismo tradicional). Sus bases sociales se basan fundamentalmente en la clase trabajadora, la clase media y la clase alta, respectivamente. Considera que el “auténtico” fascismo es el autoritarismo de centro, basado en las clases medias liberales, principalmente los autoempleados, y que en cierta medida rechaza el socialismo y el capitalismo por igual. Dice que dentro de cada posición en el cleavage (izquierda, centro y derecha) existe una postura democrática y una postura extremista autoritaria. Los grupos extremistas tienen rasgos ideológicos correspondientes a los de su contraparte democrática. El mayor grupo extremista en la izquierda es el comunismo, pero también existe otra forma que ha sido ocasionalmente catalogada, al igual que el extremismo de derecha, bajo la etiqueta de fascismo. Este movimiento es el peronismo, hallado en países pobres subdesarrollados, y que apela a los estratos bajos contra las clases media y alta. Se diferencia del comunismo en que es nacionalista, y suele aparecer de la mano de oficiales del ejército que buscan crear una sociedad más vital destruyendo los estratos privilegiados corruptos, a quienes consideran responsables de mantener a las masas en la pobreza, la economía subdesarrollada y al ejército desmoralizado y mal pagado. Dado el oportunismo que caracteriza a los líderes fascistas, habitualmente han obtenido apoyos de distintos grupos con intereses y valores en conflicto. Así, un centrista extremista como Hitler fue apoyado por conservadores que contaban con usar a los nazis contra la izquierda marxista; o un conservador extremista como Franco mantuvo a los centristas entre sus seguidores sin cederles el control de su movimiento. Presenta la tesis de que un nivel bajo de sofisticación (principalmente representada por la educación formal y el aislamiento a experiencias variadas, es decir, el contacto con un único entorno) y un elevado nivel de inseguridad predisponen al individuo hacia una visión extremista de la política. Realiza un análisis muy incisivo en el que insiste en la existencia de una relación entre bajo nivel educativo y baja cualificación profesional con mayor intolerancia y mayor simpatía por el autoritarismo. Cita a Genevive Knupfer, psiquiatra americana, en “Portrait of the Underdog”: “Economic underprivilege is psychological underprivilege: habits of submission, little access to sources of information, lack of verbal facility… appear to produce a lack of self-confidence which increases the unwillingness of the low-status person to participate in many phases of our predominantly middle-class culture.” (Knupfer, 1947, p. 114). Entiende así que los estratos más bajos son aislados de las actividades, controversias u organizaciones de la sociedad democrática, lo que les previene de obtener una visión compleja y sofisticada de la estructura política que haga inteligibles y necesarias las normas de la tolerancia. En lugar de ello, esta situación conduce a la búsqueda de sistemas que permitan una cosmovisión simplista y fácil de entender de la política, cayendo a menudo en una visión maniquea. Establece así que los pensamientos extremistas en las clases bajas encontrarán mayor acogida en aquellos países más subdesarrollados económicamente y con democracias 16
inestables, donde la gente estará más predispuesta a reducir sus libertades a cambio de mayor igualdad y seguridad económica; mientras que la mejora en los estándares de vida y educación nacionales tiende a debilitar las posturas extremistas 1. Movimientos como el Macartismo, el Poujadismo, el fascismo italiano y el nazismo alemán y austriaco tienen en común que fueron en gran medida producto de las frustraciones sin solución de aquellos que se sentían desconectados de las principales tendencias de la sociedad moderna. En sus respectivos países, obtuvieron inmensos apoyos de aquellos individuos residentes en granjas o en pequeñas ciudades y pueblos provinciales. Éstos son las clases liberales en declive que habitan en áreas en declive frente a la urbanización y las tendencias centralizadoras. La burguesía empobrecida de estos sectores no solo sufre privación por el relativo declive de su clase, sino que son también ciudadanos de comunidades cuyo status e influencia entre el conjunto de la sociedad decaen rápidamente. Esto conduce a que, ocasionalmente, y dependiendo de ciertos factores históricos, su descontento les lleve a aceptar diversas ideologías irracionales. El peronismo, al igual que los partidos marxistas, se orienta hacia las clases más pobres, principalmente trabajadores urbanos pero también población rural. Defiende el fortalecimiento del Estado, de forma similar a lo estipulado por Mussolini (cabe mencionar que Perón a veces aceptaba la conexión con el fascismo y alabó a Hitler y Mussolini). Tiene también un fuerte contenido populista anti-parlamentario, haciendo énfasis en que el poder del partido y del líder nace directamente del pueblo, y que el parlamentarismo resulta en gobiernos incompetentes y políticos corruptos. Comparte con el autoritarismo de centro y de derecha un fuerte componente nacionalista, culpando de muchos de los problemas nacionales a los extranjeros, y la glorificación de la posición de las fuerzas armadas. Se diferenciaba de éstos en que mantenía una orientación positiva respecto a los trabajadores, los sindicatos, y la lucha de clases. Los movimientos extremistas apelan a los descontentos y los psicológicamente huérfanos, a los fracasos personales, a los aislados socialmente, a los económicamente inseguros, a los no educados, a los no sofisticados y a los autoritarios, a través de todos los niveles de la sociedad. En conclusión, Lipset relaciona directamente populismo como extremismo, y hace referencia a la demagogia discursiva como característica de los líderes populistas. Liga directamente el populismo a la antidemocracia. 1Es posible extrapolar esto a la relación entre el auge del populismo con los momentos de crisis: incluso en un país desarrollado, ante un momento de inestabilidad los movimientos extremistas aumentarán, aunque sea solo de forma temporal. 17
● Populismo: sus significados y características nacionales; Ghita Ionescu, Ernest Gellner, 1967 En 1967, tuvo lugar en la London School of Economics and Political Science una conferencia titulada “To define populism”. En esta conferencia, un aglomerado de intelectuales de una amplia gama de ciencias sociales se reunieron para discutir acerca del populismo y su concepción y, en un caso ideal e improbable, alcanzar una definición consensuada. Como resultado de esa conferencia, aparece este libro que recoge las principales intervenciones y sus contribuciones más relevantes al desarrollo del debate sobre el populismo. En primer lugar, considero pertinente comenzar con el resumen de las contribuciones de Isaiah Berlin, quien fue uno de los principales ponentes de la conferencia y presidió la última sesión de ésta, pero cuyas aportaciones no están recogidas en la compilación de Ionescu y Gellner 2. -Isaiah Berlin: Berlin dice que el populismo padece el complejo de Cenicienta, puesto que existe un zapato (populismo) pero no un pie (definiciones) que encaje perfectamente en él. Dice que los científicos sociales no deben conformarse con un pie que pueda llevar el zapato, sino que tiene que quedarle perfecto. Respecto a la misión de la conferencia de buscar una acepción general para el concepto de populismo, advierte la dificultad teórica de intentar caracterizar un fenómeno tan camaleónico: “I think we are all probably agreed that a single formula to cover all populisms everywhere will not be very helpful. The more embracing the formula, the less descriptive. The more richly descriptive the formula, the more it will exclude. The greater the intension, the smaller the extension. The greater the connotation, the smaller the denotation.” (Isaiah Berlin Virtual Library, 2013, pp. 7-8 ) Respecto a la caracterización del populismo, Berlin habla de que el populismo busca regeneración moral, defendiendo la creencia en el valor que posee pertenecer a un grupo o cultura e implementando un sentimiento de fraternidad. Mantiene que el populismo crece en grupos que se consideran (cierta o falsamente) mayoritarios, y que sienten que están siendo desfavorecidos por una minoría o grupo (élites económicas/políticas/raciales, capitalismo, judíos, extranjeros…) 3. Dice del populismo que es común a las sociedades al borde de la modernización, ya sea a favor o en contra de dicha modernización, pero siempre en sociedades con la desagradable consciencia del hecho de que no pueden quedarse quietos. Así, pueden aparecer grupos que consideran la modernización como un progreso y presionan para dar pasos hacia él. Por 3Aunque I. Berlin no lo menciona explícitamente, aquí deja entrever el principio de la visión maniquea de los populistas y la identificación de un enemigo, avanzando lo que más adelante se consideraría una característica clave del populismo. 2Las intervenciones de Berlin pueden encontrarse en la Isaiah Berlin Virtual Library (https://berlin.wolf.ox.ac.uk/published_works/singles/bib111b.pdf) 18
el otro lado, pueden aparecer grupos que vean su situación socioeconómica en peligro, por lo que deberán A) actualizarse para no quedarse atrás, o B) construir muros con los que resistir contra la modernización. Los populistas no aceptan la existencia de patrones inevitables en la historia. Consideran posible la creación de una nueva sociedad mediante la conjunción espontánea de la voluntad de lo “bueno/bondadoso”. Alega la existencia de falsos populismos: el empleo de ideas populistas para fines distintos de los del populismo, mediante la movilización de un sentimiento popular (hostilidad hacia el capitalismo, hacia los extranjeros, hacia los judíos…) con fines antidemocráticos. El sentimiento movilizado puede ser genuino, los “pseudo-populistas” no tienen que emplear cínica o maliciosamente las tácticas populistas, pueden simpatizar con los sentimientos populistas, pero emplearlos con el propósito de crear regímenes elitistas, o social o racialmente disgregados, lo que es incompatible con la premisa fundamental del igualitarismo que defiende el populismo. Propone un consenso general sobre 6 características del populismo: -Compromiso con una comunidad, que permite la idea de una sociedad integrada y coherente. -Populismo apolítico en el sentido de que no le interesan las instituciones políticas, puesto que cree en la sociedad antes que en el Estado. -Preocupado por devolver al pueblo a su condición natural y espontánea antes de ser sujeto de algún tipo de colapso espiritual. -Dirigido hacia el pasado, busca restaurar valores antiguos al mundo contemporáneo. -Aunque los populismos difieran en su concepción de “pueblo”, siempre alegan hablar en nombre de la mayoría. -Emerge en sociedades que están a punto de experimentar o experimentando una modernización. A modo de introducción, aunque por razones evidentes no era uno de los ponentes de la conferencia, los compiladores mencionan la valoración que realizó Vladimir Lenin acerca del populismo ruso: Lenin lo definió como una protesta formulada contra el capitalismo desde el punto de vista de los pequeños productores inmediatos, quienes, arruinados por el desarrollo capitalista, veían en él únicamente una regresión, pero a la vez exigían la abolición de las antiguas formas feudales de explotación. Cabe mencionar que su hermano mayor perteneció al grupo terrorista populista Naródnaya Volia, orquestradores del asesinato del zar Alejandro II, y fue ejecutado por conspirar para asesinar a Alejandro III. A pesar de esta cercanía, Lenin se mostró crítico con el populismo, catalogándolo como una “ideología pequeño-burguesa” utópica y reaccionaria y que negaba la lucha de clases, y distinguía en ella un elemento reaccionario, contrario al desarrollo capitalista, y otro marcadamente progresista y democrático, originado de la unión entre obreros y campesinos para enfrentarse al sistema feudal. 19
-Donald MacRae, sociólogo: Considerando el populismo como una ideología, asocia populismo con primitivismo. Dice que el subconsciente humano idealiza tiempos anteriores, romantizando la idea de regresar a tiempos más simples, e idealizando la vida rural en una comunidad agraria 4. En el caso de antiguas colonias, es común una reminiscencia a tiempos anteriores al colonialismo, idealizando el tribalismo o la democracia aldeana. Dice que el populismo busca el gobierno del consenso moral, “lo que es percibido como correcto”. Los populistas halaban la espontaneidad y la integridad, pero identificándolos ahora con los jóvenes, de forma que la figura del “joven ideal” ha reemplazado en buena manera a la del campesino simple e iletrado como personalidad a la que debe rendirse culto. Finalmente, propone la siguiente definición de populismo: Un programa de acción política que reúne las características siguientes: creencia en una comunidad y en un Volk (pueblo) como los únicos virtuosos; existencia de un sentimiento igualitarista y contrario a todas las élites, de cualquier índole que fueren; búsqueda de un pasado mítico para regenerar el presente; equiparación de la usurpación del poder con la conspiración extranjera; rechazo de toda doctrina que postule la inevitabilidad social, política o histórica; y, como consecuencia de esto último, creencia en un apocalipsis inminente e instantáneo, que puede ser contrarrestado por el carisma de los líderes y legisladores heroicos. -Peter Wiles, economista (quien hace énfasis en que no posee conocimientos específicos de populismo, por lo que lo describe desde su propia perspectiva personal): Propone la siguiente definición inicial: todo movimiento fundado en la premisa la gente simple, que constituye la aplastante mayoría, y sus tradiciones colectivas son las depositarias de la virtud. Propone también las siguientes premisas como características del populismo: El populismo es moralista más que programático, se valoran menos la lógica y la efectividad que la actitud correcta y el carácter espiritual. Existe una demanda sobre los líderes en lo que atañe a su vestimenta, formas de actuar y modo de vida, se demanda que se asemejen a los del “pueblo”. Tiende a arrojar a los líderes a un contacto místico con las masas. Carentes de este liderazgo, aparece mutilado. Es poco organizado y mal disciplinado. Es un movimiento antes que un partido. Posee una ideología imprecisa. 4Esto genera una reminiscencia al tópico literario latino del “Beatus Ille”, todavía presente siglos después, lo que parece corroborar en cierta manera la teoría de MacRae. 20
El populismo se opone con energía al orden establecido, así como a toda contraélite. Aparece cuando un grupo numeroso, al tomar conciencia de sí mismo, se siente alienado con respecto a los centros de poder. Esta alienación siempre es social, y se inclina así hacia las teorías conspirativas. El éxito corrompe y aburguesa al populismo. Pertenecer a un movimiento es más sencillo que gobernar. Dada su poca elaboración y carencia de estabilidad ideológica, esta degeneración sobreviene a una velocidad inusual y trágica. Los financistas y en especial los extranjeros figuran invariablemente en la demonología populista. Son adinerados, pertenecen al orden establecido y exhiben cierta aristocracia de modales. Los populistas no se oponen al fortalecimiento del Estado, siempre y cuando brinde su ayuda. Se opone a la desigualdad social y económica producida por las instituciones que no cuentan con su aceptación, pero acepta las desigualdades tradicionales originadas en el modo de vida de su propio electorado. No obstante, la igualdad completa de los campesinos no constituye una de sus metas. Se opone al establishment y recela de los impuestos fijados por un gobierno en el que no confía. Su política exterior es aislacionista, pero no pacifista, produciéndose un choque con el establishment militar. Es fundamentalmente nostálgico. Se siente a disgusto con el presente y el futuro próximo, por lo que busca modelar el futuro de acuerdo con su visión del pasado. Puede volverse discriminatorio contra las etnicidades que controlen la riqueza en su país. -Angus Stewart Considera que no puede establecerse una definición universal del populismo en general, sino que hay que considerarlo desde tres perspectivas diferenciadas: A) Como sistema de ideas, B) Como fenómenos históricos aislados, C) Como producto de un cierto tipo de situación social Para el surgimiento del populismo (como ideología y como movimiento) es condición necesaria el contacto con fuerzas e ideas asociadas con niveles de desarrollo superiores a los que se pueden hallar en la sociedad que produce dicha respuesta. De esta forma, el populismo crece con el enfrentamiento periferia versus centro ante las desigualdades (económicas, sociales, culturales); dicho enfrentamiento puede ser externo o interno, es decir, se enfrenta a las desigualdades con otros países del mismo entorno, o con las desigualdades dentro del propio país, según Edward Shils “un fenómeno de la tensión existente entre la metrópoli y la provincia” (Shils, 1960). Dice que los rasgos estructurales, y en particular los ideológicos, de cualquier movimiento populista son afectados en grado notorio por su relación con movimientos previos de protesta social, puesto que considera que el populismo constituye a menudo una 21
característica del segundo estadio de los movimientos de protesta social en las sociedades tradicionales. -Kenneth Minogue, teórico político: Considerando el populismo como un movimiento político, lo define como una suerte de conciencia colectiva producida por una sociedad industrial (individualista). Es decir, que considera que la modernización y la industrialización son condiciones sine qua non para la aparición del populismo. Alega que el populismo mantiene la teoría de las armonías naturales: la armonía reinará entre los productores una vez sean eliminados los explotadores. Dice que es característico del populismo la insistencia dogmática en las explicaciones simples. Considera que los individuos que conforman un movimiento sufren particular ansiedad con respecto al curso de los sucesos contemporáneos, y por ello producen explicaciones primitivas que tienden a derivar en teorías conspirativas. -Peter Worsley, sociólogo: Compara el concepto populismo con el término comunismo: a partir de una misma base teórica, aparecen distintas corrientes y movimientos que aseguran mantener unos “valores comunes” con los demás grupos bajo la misma etiqueta, pero en realidad se crean modelos distintos entre sí que impiden generalizar hablando de un único comunismo. A continuación, compara la conceptualización del populismo con la del capitalismo, que ante su complejidad y distintas variedades y corrientes, se le añaden calificativos para diferenciarlo (capitalismo “de pillaje”, “imperialista”, “neocolonialista”, “de estado”). No se puede hablar de “las ideas” de un movimiento como si existiera un auténtico ideal platónico y una forma inmodificable de estas ideas, puesto que los componentes sociales y culturales influyen en la percepción de los individuos, que recibirán e interpretarán los mensajes e ideas de formas distintas. Worsley considera apropiado caracterizar el populismo como una dimensión de la cultura política, o un síndrome, basado en la supremacía de la voluntad popular como fuente de justicia y moralidad, y en la relación directa entre pueblo y líder. Worsley dice que esta definición coincide con las características generales propuestas por el precursor del análisis del populismo Edward Shils: 1.- La supremacía de la voluntad del pueblo con respecto a cualquier otro patrón, con respecto a los estándares de las instituciones tradicionales y a la voluntad de otros estratos de la población. El populismo identifica la voluntad del pueblo con la justicia y la moralidad. 2.- Que se considere deseable una relación directa entre el pueblo y sus líderes, no mediada por las instituciones. 22
-George Hall, miembro de la oficina de Asuntos Exteriores: La última propuesta de definición de la conferencia, y que a pesar de no ser realizada por un académico fue aceptada como la mejor definición general de los movimientos populistas, lee así: "Populist movements are movements aimed at power for the benefit of the people as a whole which result from the reaction of those, usually intellectuals, alienated from the existing power structure, to the stresses of rapid economic, social, cultural or political change. These movements are characterized by a belief in a return to, or adaptation of, more simple and traditional forms and values emanating from the people, particularly the more archaic sections of the people who are taken to be the repository of virtue." (Berlin, I., Hofstadter, R., MacRae, D., Schapiro, L., Seton-Watson, H., Touraine, A., . . . Worsley, P., 1968, p. 179). ● “Populism”: A Brief Biography; John B. Allcock, 1971 En esta publicación Allcock repasa la evolución del concepto populismo, y dice que la primera referencia al concepto es de Edward Shils en 1954 con artículo “Populism and the Rule of Law”. Shils se centra en el caso norteamericano, considera que es un fenómeno ideológico y menciona sus orígenes rurales, sugiriendo que obtiene sus apoyos principalmente de las clases bajas. Considera que el populismo es una amenaza para la independencia del poder judicial, que es el pilar de la legitimidad en un régimen democrático. Haciendo referencia implícita al Macartismo, Shils considera que el populismo debe ser observado como una tendencia contradictoria inherente a la ideología igualitaria americana, que distorsiona y elabora hasta el extremo la tradición de la igualdad moral. Asume así que la democracia liberal conlleva el riesgo de surja un movimiento que acepte sus principios en la teoría, pero niegue las condiciones estructurales necesarias para la democracia en la práctica. En “Political Man”, 1960, Lipset coincide con Shils en generalizar desde el caso americano y la asunción de populismo como “movimiento de masas anti-democrático”, pero difiere en el enfoque, puesto que se centra en las bases sociales más que en el contenido ideológico. Menciona el apoyo que tenía el Macartismo entre los pequeños hombres de negocios que se sentían excluidos del sistema y veían en él un portavoz que expresaba su miedo y desconfianza hacia las grandes corporaciones, y las ideas subversivas que surgían de las ciudades y las instituciones que erosionaban las tradiciones y creencias antiguas. Estos movimientos encuentran apoyo en la pequeña burguesía y su ideología rechaza todo lo metropolitano. Para Shils, el populismo nace de la ideología intrínseca a la sociedad americana; para Lipset, nace del sentimiento de privación relativa 5respecto a otros grupos de la sociedad. 5Este es el sentimiento de un individuo o grupo que tiene la percepción de que obtiene menos recursos de los que considera que corresponderían a su status o grupo socioeconómico en comparación con otros grupos. 23
William Kornhauser, “Politics of Mass Society”, 1960, intenta clasificar las relaciones entre “élites” y “no-élites”, y dice que el populismo nace de los problemas de institucionalizar la autoridad. Así, la democracia populista sucede en aquellos sistemas donde existan métodos de representación democrática que no estén respaldados por un Estado de derecho igual de fuerte, conduciendo a la continuidad de métodos tradicionales de legitimación (la existencia de una Constitución o de una monarquía, por ejemplo). Pero en aquellos lugares donde no existan dichas tradiciones, la uniformidad de opinión entre grandes números de la población se convierte en el estándar supremo de legitimidad, superior a cualquier estándar tradicional o código profesional. En la década de los 60, el interés en el populismo se enfoca en los países subdesarrollados en lugar de Europa o Norteamérica. El cambio geográfico conlleva nuevos cambios en la conceptualización del populismo. Shils publica en 1960 un nuevo artículo donde cambia su propia concepción anterior. Dice que el populismo es un movimiento de intelectuales en los “nuevos Estados”. La modernización de las antiguas colonias, llevadas de la mano por sus antiguas metrópolis, produce un conflicto entre la occidentalización y la tradición local. Por ello, estos intelectuales buscan alcanzar el poder empleando símbolos culturales y tradiciones propios de su lugar de procedencia, reivindicando así la identidad nacional para legitimarse. Peter Worsley se centra en las relaciones históricas del colonialismo, y dice que estos países se refuerzan en la idea de ser el Tercer Mundo, como alternativa al Primero y Segundo (capitalismo y comunismo), sobresaliendo como característica su subdesarrollo económico. Incluso entran aquí países comunistas, pero cuyo sistema se diferencia del “comunismo del mundo desarrollado” (URSS) contra el “comunismo del mundo subdesarrollado”, con sus propias variantes, principalmente la cubana y la china. Worsley resume las principales características de las ideologías populistas así (Ionescu y Gellner, 1967): 1.- La proposición de que las clases socioeconómicas no son la entidad social crucial que sí son en los países desarrollados. Se espera que cesen de existir, que sean vestigios del colonialismo o que sean meramente incipientes (cuya emergencia se puede evitar mediante ingeniería social). 2.- Los principales antagonismos son aquellos entre la sociedad como un todo (la nación) y el mundo exterior, particularmente las potencias ex-coloniales, pero también cualquier poder o bloque que intente controlar directamente o influencias decisivamente el desarrollo de los países subdesarrollados. Estos poderes son sospechosos de aplicar su visión errónea de una forma que impide la liberación y desarrollo del Tercer Mundo, ya sea de manera consciente o inconsciente. Pero el nacionalismo individualista puro es dejado de lado por el atractivo de la identificación común como naciones “proletarias” y por los requisitos de soberanía racial y/o identidad continental. La experiencia pasada del colonialismo y el presente neo-colonialismo genera lealtades a entidades y agrupaciones más amplias que la propia nación. 3.- Se pone gran atención a las forma cooperativas y comunitarias de modernización y a la “autoayuda”, con la aldea como unidad social clave para los propósitos de desarrollo en las áreas rurales (que suelen conformar el grueso del país). La estrategia de modernización mediante industria pesada es desechada no solo por ser impráctica, sino porque se ve como 24
● Politics and ideology in marxist theory: capitalism, fascism, populism; Ernesto Laclau, 1977 Laclau comenta que existen cuatro aproximaciones básicas sobre el populismo; tres que lo consideran al mismo tiempo un movimiento y una ideología, y una última que lo considera únicamente un fenómeno ideológico. La primera de las aproximaciones enfoca el populismo como expresión típica de una clase social determinada según el contexto. Este análisis se centra en las bases sociales del populismo, lo que reduce el área de estudio a un aspecto concreto y cuyas similitudes no se pueden extrapolar a todos los casos históricos de populismo. Este enfoque aísla características concretas de los casos históricos de populismo y los compara entre sí para buscar la permanencia en el tiempo de ciertos rasgos, pero esta aproximación empírica supone una comparación, pero no una propuesta teórica para una definición de populismo. El segundo enfoque recoge la frustración causada por los problemas de la primera aproximación y, en lo que Laclau llama “nihilismo teórico”, considera que “populismo” es un término vacío de contenido, que debe ser eliminado del vocabulario científico-social y sustituído por métodos de análisis directo de los movimientos denominados populistas según la naturaleza de su clase, regresando una vez más al análisis de las bases sociales del populismo. El tercer enfoque intenta superar estas dificultades conceptuales restringiendo el término “populismo” a la descripción de una ideología, y no un movimiento. Las características que se asocian a esta ideología son la hostilidad hacia el statu-quo, la desconfianza hacia la política tradicional, la apelación al pueblo o el anti-intelectualismo. Así, el esquema ideológico presentado puede ser adoptado por cualquier movimiento social con diferentes bases según las condiciones históricas concretas, sobre los que no se pueden realizar generalizaciones a priori. Finalmente, el enfoque funcionalista considera el populismo como una aberración producto de un asincronismo en la transición de una sociedad tradicional hacia una sociedad industrial, es decir, el populismo como reacción a la modernización. Laclau considera el máximo exponente de esta aproximación la teoría de la modernización de Gino Germani y Torcuato di Tella. Tras repasar estas cuatro teorías, Laclau concluye que los elementos ideológicos del populismo deben ser observados en perspectiva de la estructura de la que forman parte y no en paradigmas ideales. Evidenciando su postura marxista, considera que dicha estructura es indiscutiblemente la estructura de clase. Laclau presenta la siguiente definición: “Our thesis is that populism consists in the presentation of popular-democratic interpellations as a synthetic-antagonistic complex with respect to the dominant ideology.” (Laclau, 1977, pp. 172-173). Así, Laclau se centra en el aspecto discursivo, pasando por alto otras cuestiones, lo que resulta en una definición mínima que considera populistas fenómenos realmente dispares, respecto a lo cual dice: “So we see why it is possible to call Hitler, Mao and Perón simultaneously populist. Not because the social bases of their movements were similar; not because their ideologies expressed the same class interests but because popular interpellations appear in the ideological discourses of all of them.” (Laclau, 1977, p. 174) 31
Considera que el auge inicial del populismo es un momento transitorio, que tarde o temprano se disolverá con la reabsorción de las interpelaciones populares por parte de los discursos de las ideologías de clase. Esta reabsorción puede producirse con dos resultados: El primero, que los elementos popular-democráticos se mantienen al nivel de meros elementos mientras que la aceptación por el marco ideológico dominante aumenta. Así, los partidos políticos experimentan una transformación en partidos populares, que afectará a las formaciones populistas pero también puede influir en los partidos tradicionales. El segundo resultado conlleva la organización de las interpelaciones popular-democráticas y su adaptación a los intereses de las clases que se expresan mediante ellas, presentándose como alternativa antagonista al marco ideológico dominante. Laclau considera que esta segunda opción es el populismo en estado más “puro”. Puesto que el populismo recoge apoyos tanto de proletarios como de burgueses, Laclau propone superar el “reduccionismo de clase”, considerando contraproducente limitar el análisis del populismo al de una clase social. No obstante, a pesar de considerar la transversalidad del fenómeno, propone una diferenciación del populismo en dos categorías: el populismo de la clase dominante (élites) y el populismo de los dominados (clases populares). ● Problemas teóricos alrededor del populismo; J. Álvarez Junco, 1988 En este artículo, el historiador José Álvarez Junco analiza algunas de las dificultades que se han encontrado a lo largo del tiempo aquellos autores que han tratado de teorizar acerca de la conceptualización del populismo. Así pues, menciona que habitualmente, los científicos sociales se aproximan al análisis del fenómeno intentando definirlo o bien en términos ideológicos (la doctrina que lo inspira) o bien en términos jurídico formales (el marco legislativo e institucional que aspiran a conseguir, observando especialmente la Constitución que propone). No obstante, al analizar el contenido ideológico del populismo o las bases sociales que lo apoyan, advierte: “Ante todo, por la sencilla razón, señalada por todos sus estudiosos, de que el interclasismo le acompaña como característica inevitable. En ocasiones, los populismos se autoproclaman movimientos agrarios, o proletarios, o de clases medias. Pero lo normal es que sus mismos portavoces nieguen todo contenido de clase al movimiento y apelen a la unidad popular o a la solidaridad del grupo en su conjunto, resistiéndose incluso a considerar su ideología tanto «de izquierdas» como «de derechas». Y, en verdad, estudiados de cerca, entre sus seguidores suele encontrarse una auténtica radiografía de la estructura social en cuestión, con la única excepción de aquellos grupos tradicionalmente privilegiados que se ven amenazados por el movimiento. Porque es también cierto que los populismos provocan agudos conflictos con las oligarquías tradicionales. De ahí los devanamientos de sesos sobre su carácter, en último extremo, obrero (esto es, revolucionario), pese a los aspectos obviamente «pequeño-burgueses» de su programa, o, 32
por el contrario, sobre la manipulación, el primitivismo o la insuficiente conciencia de sus intereses objetivos por parte del proletariado que este tipo de movimiento saca a la luz.” (Álvarez Junco, 1988, p. 285). Deja así patente la ambigüedad tan imbuida en el populismo, que puede resultar incluso en contradicciones manifiestas en los grupos que lo conforman y en sus objetivos. Desde un punto de vista más económico, menciona el planteamiento que E. Shils hizo, diferenciando un mundo tradicional (caracterizado por la producción agraria, la dispersión poblacional, la tradición y los valores comunitarios) y la sociedad moderna (basada en la producción industrial, la concentración poblacional en grandes urbes y los valores individualistas). La tendencia hacia la modernización del rural produce un gran contraste entre ambos modelos, por lo que durante el proceso de transición hacia una sociedad moderna existirá una resistencia que producirá solapamientos y asincronías en el proceso. Una consecuencia común a la modernización es el éxodo rural, por lo que puede esperarse un gran aumento en la migración interna dirigida hacia las ciudades, creando grandes grupos de personas que de forma repentina pasan de una sociedad a otra, y deben pasar un proceso de resocialización para intentar integrarse en la nueva sociedad; se convierten entonces en marginados sociales y políticos, puesto que no poseen los recursos ni la organización para expresarse políticamente de forma significativa. Esta situación conduce a la revolución de las expectativas 7en aquellos que contaban con conseguir una vida mejor, pero en su lugar solo han encontrado una frustración de sus esperanzas. Desorientados políticamente, esta frustración puede ser recogida por un “caudillo popular” que apele a su emocionalidad para movilizarse políticamente Lo planteado coincide con la teoría de la modernización de Gino Germani y Torcuato di Tella, sobre la que el autor dice: “La interpretación, en conjunto, tiene coherencia y explica muchos aspectos aparentemente contradictorios de estos movimientos; por ejemplo, el hecho de que el movimiento se declare democratizador del sistema e incluso preconice formas directas o «activas» de participación popular y que, sin embargo, genere con frecuencia relaciones de lealtad personal y de subordinación autoritaria hacia un dirigente carismático; o el que se defienda un retorno a valores «auténticos» o tradicionales de la cultura en cuestión a la vez que se adoptan proyectos de desarrollo acelerado, que van a acercar el país a modelos «modernos».” (Álvarez Junco, 1988, p. 289). A continuación, trata la aproximación al populismo de Laclau, no como una ideología o un movimiento, sino como una articulación discursiva. Respecto a este enfoque, dice que contra lo que piensan I. Berlin, E. Shils o P. Wiles, Laclau no cree que todo discurso basado en el referente «pueblo» pueda catalogarse como populismo, y menos aún como populismo progresista o revolucionario. Pues, en definitiva, lo esencial, y lo que da sentido a la batalla democrático-popular, es su inserción en la lucha social. Finalmente, propone el siguiente cuadro (presentado en dos tablas distintas para facilitar su visualización) en el que recoge los rasgos que generalmente se le atribuyen a aquellos fenómenos colocados bajo la etiqueta de “populistas”, dividiéndolos en ocho categorías (Álvarez Junco, 1988, pp. 295-296) 7Otro nombre más para la llamada “revolución de las aspiraciones” por di Tella o la “privación relativa” de Lipset. 33
Base doctrinal Principios ideológico-políticos de organización social Raíces sociohistóricas y autoidentificación Coyuntura política y económica en que surge Eclecticismo filosófico Tradicionalismo nostálgico idealizado. Aceptación del pasado histórico y ciertas instituciones y jerarquías tradicionales (pero no de las corruptas o traidoras) Pequeños productores independientes, artesanos, etc. País o sectores sociales en situación de frustración colectiva o en posición subordinada respecto de centros de poder imperial. Amenaza de aculturación. Tensión metrópolis/provincia o desarrollo/atraso Actitud antiintelectual (incluso si son intelectuales sus creadores: autodenigración) Democratismo básico, culto al pueblo (como referencia ética, más que como realidad histórica concreta) Fenómeno urbano, en general, aunque idealiza lo campesino Inexistencia de vías políticas para reformas. No cabe integración Fe en la ciencia, pero repulsa de toda superioridad tecnocrática Valor supremo (moral y político): la voluntad del pueblo Negación de las clases. Solidaridad popular Existencia de técnicas de comunicación de masas que posibilitan acceso directo líder-seguidores Antielitismo Exaltación de la clase media (=fascismo) Concentración urbana posibilita movilizaciones masivas. Ineficacia de represión gubernamental Fuerte sentimiento de marginación y persecución del pueblo por oligarquías, judíos, trusts, monopolios, imperialismo 34
Organización Tácticas Programa (modelo político y social) Consecuencias históricas del movimiento Movimiento, más que partido. Organización informal y poco disciplinada Demostraciones de fuerza, por reunión de grandes números. Dominio de las calles Imprecisión, poca elaboración doctrinal. Incluso negativa expresa a programas Es raro que alcancen el poder. Influyen desde la oposición Importancia del líder y de su contacto místico con el pueblo. Técnicas de acceso directo y redes personales Violencia esporádica Moralismo, más que pragmatismo. Insistencia en honradez, más que en soluciones técnicas Si llegan al poder, frecuente corrupción. Clientelismo. Pérdida rápida de pureza El movimiento expresa la unidad de la nación Denuncia del sistema político, pero utilización de las facilidades democráticas formales Gobierno fuerte. Pero no totalitarismo Afirmación nacional. Constitución de nueva unidad política o reforzamiento de la existente Antiinstitucionalización. Pero buena capacidad de encuadramiento (jóvenes, mujeres…) Espontaneísmo declarado, aunque cuidadosa orquestación de las movilizaciones Austeridad presupuestaria Homogeneización interior y aplastamiento de minorías. Racismo frecuente Ideal socioeconómico: la pequeña propiedad o el cooperativismo. No socialización de la propiedad Modernización económica. Industrialización de hecho con proteccionismo e impulso estatal Antiindustrialismo teórico Aumento de los servicios públicos (avance hacia el Estado social). Y de la participación política (aunque no inmediatamente) Búsqueda de competitividad internacional (económica y política). Autarquía Movimiento acaba absorbido por otros más estructurados e ideologizados (socialismos, nacionalismos) 35
En conclusión, se destacan tres rasgos de entre el modelo ideal propuesto, resumidos de la siguiente forma: A) La movilización coyuntural de masas, preferentemente urbanas, en procesos que desbordan de alguna manera la legalidad o las prácticas políticas habituales, que los populistas consideran ineficaces o manipuladas por élites caciquiles. B) Una retórica abiertamente emocional y maniquea, basada en: la exaltación del pueblo (las capas humildes o la gente vulgar y corriente) como depositario de virtudes sociales, y de sus instituciones tradicionales como solventadoras de la conflictividad social; y la denuncia obsesiva de un elemento antipopular o maligno, normalmente relacionado con innovaciones recientes o con élites modernizadoras, conectadas con el sistema de poder. C) Una destacada vinculación afectiva o identificación con un caudillo popular, cuya integridad, sinceridad y fuerza de voluntad garantizan (más que un programa con soluciones concretas o unas tácticas cuidadosamente diseñadas) la realización de los deseos populares. ● Populism; Paul Taggart, 2000 Taggart comienza diciendo que el populismo tiene una “conceptualización resbaladiza” inherente al propio fenómeno. Analiza 6 temas clave del populismo: -Populistas como hostiles a la política representativa -Populistas identificándose a sí mismos con un núcleo idealizado de la comunidad a la que favorecen (heartland) -Populismo como una ideología sin valores centrales -Populismo como una poderosa reacción a una sensación de crisis extrema -Populismo como contenedor de dilemas fundamentales que hacen que se auto-limite -Populismo como fenómeno camaleónico, adoptando los colores de su entorno, varía fuertemente en función del contexto en que se dé El populismo considera que la política es compleja y corruptora, por lo que solo participan de forma activa bajo circunstancias extremas, cuando perciben una crisis. Para esquivar la complejidad de la política representativa, los populistas abogan por las políticas simples y directas. El populismo tiende a identificarse con una versión idealizada de su gente escogida, excluyendo aquellos elementos que considera externos o corruptos, creando una distinción entre aquellas cosas que considera puras y las que no, entre el “núcleo” (emplea el término “heartland”) y los márgenes. La noción del “núcleo” es construida mirando hacia dentro y hacia atrás, creando un mundo que encarna las formas colectivas y la sabiduría de aquellos 36
que lo construyen, haciendo habitualmente referencia a la historia anterior (incluso si esta es idealizada). El “núcleo” está poblado por “el pueblo”, lo que otorga significado a las construcciones e invocaciones de el pueblo por los populistas. La sugerencia de que el compromiso con “el pueblo” es lo que define el populismo, pero esto es problemático porque “el pueblo” tiene significados fundamentalmente distintos para los diferentes populistas. El populismo ha sido una herramienta empleada a través de todo el espectro ideológico, y esta flexibilidad nace de la falta de compromiso del populismo con unos valores centrales. Este “vacío” explica por qué a menudo el populismo aparece atado a otras ideologías. Las grandes ideologías modernas son propensas a llevar pegado un adjetivo (ej.: liberalismo social), mientras que el populismo es más propenso a aparecer como adjetivo que adjetivado. Observar los ejemplos aislados de populismo en la historia puede resultar frustrante, puesto que invariablemente se cambia y adapta el concepto para que refleje las especificidades del caso en cuestión, explicando el contexto específico pero alejándose de la idea de un concepto universal de populismo. Los intentos de aproximarse al concepto desde una perspectiva generalista empleando un rango de casos históricos han resultado en que ningún caso de populismo posee todas las facetas que se le atribuyen al mismo. Esto ha llevado a que algunos autores abandonen la búsqueda de una “esencia” del populismo, contentándose con dividirlo en distintos tipos y clases. Respecto a las características del populismo: -Invocación del “pueblo”: es una idea flexible, lo que permite que el populismo la adapte a sus necesidades. Pero es necesario apreciar el distinto uso que hacen del concepto los diferentes populismos. El factor clave que hace atractivo el empleo del término pueblo es la implicación numérica que conlleva, puesto que supone que el pueblo es numeroso y mayoritario, confiriendo gran legitimidad a quien hable en su nombre. Se habla de la “mayoría silenciosa”, donde el silencio es parte de la virtud del pueblo, ya que este deriva del hecho de que están trabajando, pagando impuestos, siendo cívicos y productivos mientras que es una minoría ruidosa (élite) la que dirige el rumbo de la política. El discurso populista considera que la conexión entre la mayoría silenciosa y sus representantes se rompe por dos razones. La primera es que la política corrupta tiende a corromper a los propios políticos, y si además esto se da en un contexto de decadencia social y moral, este destino para los políticos es visto como inevitable. Los populistas de derechas apelarán a menudo a este problema, ya que su conservadurismo los vuelve más propensos a identificar este colapso moral y social como causa de la divergencia de sus valores favorecidos, inherentes a la sabiduría del pasado y fuente de estabilidad y orden. La otra razón se da cuando aparentemente una serie de “intereses especiales” hayan capturado el proceso político. Para los populistas de izquierdas, estos intereses especiales se identifican con gigantes económicos como las grandes corporaciones; para los de derechas, habitualmente se identificarán con grupos minoritarios que demanden derechos especiales, como los inmigrantes, los desempleados o las feministas. 37
La implicación de movilizar la mayoría silenciosa es que la mayoría es reticentemente política, y que sólo abandonan esa reticencia ante un sentimiento de necesidad provocado por condiciones extremas, una sensación de crisis o colapso. De acuerdo con los populistas, los años de silencio y consentimiento cívico confieren al pueblo un mayor peso, dándoles derecho a ser escuchados ya que han sido silenciados, demostrando ser el corazón productivo de la nación. En la práctica, los populistas acostumbran a estar más seguros de quiénes NO son, que de quiénes sí son. Su demonización de grupos sociales conlleva la construcción de una identidad basada en el antagonismo hacia dichos grupos, constituyendo así una masa heterogénea cuya principal similitud entre sí es la aversión hacia un tercero. La retórica populista emplea el lenguaje del pueblo no solo porque expresa profundas raíces democráticas sobre la soberanía de las masas, sino porque “el pueblo” son los habitantes del “heartland”, donde se concibe que habita una población virtuosa y unificada. El “heartland” es un territorio imaginado que representa los aspectos positivos de la vida diaria. Mientras que las utopías o las sociedades ideales tienen una proyección hacia el futuro, el “heartland” populista tiene una proyección hacia aquellas cosas del pasado que se han perdido en el presente. Donde los primeros son construcciones de la mente y la cabeza, el “heartland” debe su poder al corazón, a la evocación de sentimientos que no tienen que ser necesariamente racionales. La invocación del “heartland” produce otro comentario acerca del populismo: aunque en la práctica suele estar unido al apoyo de clases particulares, en la teoría el populismo es visto a menudo como algo superior a la clase. El énfasis en “el pueblo” implica la idea de que dicho pueblo es una masa indiferenciada, una colectividad homogénea unida que habita un único territorio. El “heartland” se construye no solo mediante la referencia al pasado, sino también mediante el establecimiento de fronteras, cuyas líneas de inclusión son difusas pero sus líneas de exclusión están claramente delimitadas. Parte de la concepción del “heartland” es que éste forma parte de un territorio que a su vez forma parte de una identidad (nacional o de otro tipo), pero es la parte “pura” de dicha identidad. La naturaleza introspectiva del populismo genera una apatía hacia el internacionalismo y el cosmopolitanismo, predisponiendo a los populistas hacia el aislacionismo, por lo que no es sorprendente que en ocasiones se asocie con el nacionalismo étnico o con el aislacionismo en materia de asuntos exteriores. Este desdén o desinterés hacia el exterior produce una sensación de refuerzo de la unidad del “heartland”, ya que fortalece las fronteras alrededor de este territorio imaginado. Aunque puede ser tentador atar esta introspección territorial al nacionalismo, es necesario clarificar que son conceptos diferentes. Aunque el populismo excluye a aquellos externos a la nación, no incluye a todos los que están dentro. En lo referente a la nación, el “heartland” es un nacionalismo muy cualificado que excluye explícitamente una serie de grupos sociales, basado alrededor de la idea de una comunidad orgánica que posee una solidaridad natural y por lo tanto está más circunscrito que los tipos de comunidad que se puedan encontrar dentro de los límites nacionales. Así, el populismo se identificará con el nacionalismo cuando éste sea una expresión de los valores del “heartland”, pero el compromiso con la nación derivará del “heartland”, y no al contrario. 38
La dominancia de las ideas democráticas y, por asociación, la soberanía popular, supone que el término “pueblo”, sea empleado muy ampliamente y con grandes variaciones en su significado, lo que lo despoja del significado específico que le otorgan los populistas. Por ello, el autor propone emplear la concepción del “heartland” como herramienta que permita identificar qué valores de “el pueblo” celebran los populistas para observar la similitud en sus distintas manifestaciones, pero permitiendo al mismo tiempo que cada caso de populismo construya su propia versión del “heartland”. -Dilemas institucionales del populismo: El atractivo instintivo del populismo lo dota de un gran dinamismo e ímpetu, especialmente en sus primeros momentos. Pero los costes se hacen notar en el largo plazo. Cualquier movimiento político que quiera sostenerse en el tiempo, lo que asumimos que querrán hacer puesto que lograr sus objetivos llevará tiempo, debe enfrentarse al problema de cómo organizarse y cómo institucionalizarse. El sentido de la espontaneidad propio del populismo dificulta este proceso, puesto que resulta contradictorio con el proceso de institucionalización. Debido a esto, la expresión política del populismo acostumbra tener un corto recorrido, ya que su actitud hacia las instituciones genera una serie de dilemas que lo limitan a sí mismo. Los partidos políticos son uno de los principales objetos de crítica del populismo, pero para materializar su reacción contra las instituciones representativas, inevitablemente el populismo debe hacer uso de esas mismas instituciones. Aunque el populismo esté predispuesto a desconfiar de los partidos políticos, se ve forzado a convertirse en uno de ellos. El dilema nace de la crítica de la política creada por los partidos dominantes, por lo que en su etapa de crecimiento, los populistas insisten en que ellos son distintos, pero la lógica institucional de la política representativa los obliga a adoptar la forma de los mismos partidos que critican. Como resultado, con el paso del tiempo los partidos populistas A) se vuelven menos populistas, B) se fragmentan por conflictos internos, o C) colapsan directamente. Una respuesta al dilema institucional consiste en enfatizar el rol del líder. La falta de valores o políticas clave del populismo lo vuelve especialmente propenso a la política de la personalidad. Es por esto que en muchos casos de populismo puede observarse la dependencia en un liderazgo personificado con un tipo particular de identidad: el liderazgo carismático. Esto produce una clara reminiscencia con la teoría de la clasificación tripartita de la autoridad de Max Weber entre autoridad carismática, tradicional y legal (Weber, 1968), donde propone que en la sociedad moderna se produce un auge de la autoridad legal, cuya legitimidad nace de las leyes e instituciones, y en el caso de la democracia, del consentimiento de los gobernados. La autoridad tradicional se legitima en la continuación de tradiciones antiguas. Y la autoridad carismática carece tanto de una estructura legal como de un background tradicional, sino que su legitimidad se fundamenta en las características particulares de sus líderes y en las cualidades que sus seguidores les atribuyen. 39
Se puede establecer una clara similitud entre esta concepción de la autoridad carismática y el populismo. El liderazgo carismático populista tiende a inspirar lealtad en sus seguidores, quienes pueden desarrollar una devoción cuasi religiosa. La naturaleza del liderazgo carismático es el reemplazo de las reglas e instituciones por la voluntad del líder. Esto permitirá evitar las complejas estructuras institucionales para adoptar medidas más inmediatas, lo que concuerda con la predisposición de los populistas hacia la simplicidad y la política directa. Tanto la autoridad carismática como el populismo surgirán en momentos de crisis, como medida desesperada en tiempos desesperados. La aparición de individuos con cualidades personales particulares en estos momentos acostumbran a generar una sensación de alivio entre sus seguidores potenciales, ya que proveen una solución inmediata ante una situación al borde del desastre. La última similitud entre el populismo y la autoridad carismática es que ambos tienen un carácter transitorio e inestable. El liderazgo carismático tendrá que convertirse en otra forma de autoridad o perecerá con el individuo con el que esté asociado, ya que la transmisión de este liderazgo de una persona a otra es extraordinariamente difícil. Por lo tanto, el populismo tendrá dificultad para sobrevivir allá donde dependa del liderazgo carismático, pero también la tendrá en donde no lo haga, debido a su conflicto entre la crítica de las instituciones y su propia institucionalización. La tendencia hacia un liderazgo carismático o al menos un liderazgo fuerte conducirá a menudo a una estructura centralizada dentro de los movimientos populistas, girando en muchos casos alrededor de la figura del líder, tanto a nivel simbólico como organizacional. -Democracia directa: Una de las formas de evadir el dilema constitucional del populismo es mediante la abogacía de métodos de democracia directa, lo que permite simultáneamente una expresión directa de la voluntad popular y la exclusión de los partidos políticos. No obstante, hay quien emplea los términos “democracia directa” y “populismo” como sinónimos, lo cual es reducir inmensamente la dimensión del populismo y centrarse únicamente en una de sus partes, que ni siquiera tiene que darse necesariamente en todos los casos populistas. -Teorías conspiranoicas La demonización de las élites por parte de los populistas genera una tendencia a recurrir a teorías de conspiración por parte de grupos de la élite, como los banqueros, los políticos o los grandes empresarios, quienes emplean un sistema corrupto buscando aumentar su poder a costa del poder popular. Este tipo de teorías poseen un gran poder de movilización entre los sectores de la población más desencantados, convirtiendo el empleo de estas teorías en una herramienta de gran importancia. La conspiración supone una profunda amenaza contra el “heartland”, y provee a los populistas de justificaciones con las que explicar sus dilemas constitucionales. 40
Cuando los partidos juegan un rol central en la estructuración de las preferencias electorales colectivas y las identidades políticas, se difumina la línea entre democracia popular y constitucional, evitando la tensión entre ambos pilares. Pero cuando la relevancia de los partidos comienza a declinar, suceden dos cosas. Primero, aumenta la separación entre los pilares popular y constitucional, ya que los partidos dejan de poseer la capacidad de legitimar esa unión. Y segundo, a medida que los partidos median cada vez menos en la democracia popular, ésta comienza a adoptar características de la democracia populista. Se fragmentan las identidades electorales colectivas, se difuminan las distinciones ideológicas y organizacionales, y surge un electorado de masas cuyas relaciones con el gobierno carecen de intermediarios relevantes. Si esta tensión entre los pilares se desarrolla, los actores neopopulistas podrán explotarla, señalando el fracaso del establishment a la hora de alcanzar las expectativas tradicionales. -Cas Mudde; In the name of the peasantry, the proletariat, and the people: Populism in Eastern Europe: Mudde dice que la cuestión central reside en si existe una única forma general de populismo, o si solo existen diferentes corrientes de populismos. Como herramienta para su análisis, define tres tipos ideales de populismo: agrario y político (categorías de Canovan), y económico, basado en el caso Latinoamericano. -Populismo agrario: originado en los casos del siglo XIX de EEUU y Rusia. Ambos movimientos compartieron una ideología anti-elitista en la que el campesino era considerado la fuente de moralidad y la vida agricultural, base de una sociedad funcional. Estos populistas se oponían a las élites urbanas y a las tendencias centralistas y materialistas del capitalismo, abogando por la preservación de las pequeñas granjas familiares, el fortalecimiento de las comunidades rurales y el autogobierno. A menudo percibidos como defensivos o reaccionarios, también tenían un lado progresista, demandando reformas económicas para mantener la pequeña agricultura como espina vertebral de la economía, y luchando para mejorar la vida del campesinado, aumentando y mejorando el acceso a la educación y sanidad en áreas rurales. -Populismo político: la noción más reciente sostiene que el populismo es un estilo particular de política, que hace referencia al “pueblo” como entidad homogénea, proclamando una conexión directa entre el pueblo y el actor populista, y empleando un discurso “plebeyo” informal. Esta definición ha sido atacada por su vaguedad, que sugiere que el populismo es virtualmente una técnica de campaña política. Para hacer una distinción, Mudde lo define como un estilo político que se construye sobre la dicotomía entre “el pueblo puro” y “la élite corrupta”. Estas categorías no se definen en términos formales, sino que son constructos morales. Los populistas tienen una relación ambigua con la política, puesto que por un lado la consideran un trabajo sucio caracterizado por la amoralidad de las élites, mientras que por el otro lado la necesitan para devolver el poder al pueblo; es decir, son reticentemente políticos, considerándolo un mal necesario. Paradójicamente, son firmes creyentes en la primacía de la política nacional, rechazando cualquier limitación establecida por presiones internacionales o económicas. En lo respectivo a sus políticas, abogan por la democracia directa, como por ejemplo el referéndum. El populismo político politiza emociones y sentimientos, principalmente el resentimiento o el rencor. Este tipo de política ha estado 47
principalmente, pero no necesariamente, ligada a la derecha, ya que se complementa bien con la creencia nacionalista de la “nación”, mezclándose en la dicotomía “pueblo nacional” contra la “élite anti-nacional”. -Populismo económico: la tradición latinoamericana considera el populismo como “a multi-class political movement, characterised by personalist, charismatic leadership, ad hoc reformist policies, and a repudiation of revolution” (Knight, 1998, p. 237). Mudde se centra en la dimensión económica, definiendo una especie de tercera vía entre el capitalismo y el socialismo, siendo los valores centrales del populismo económico en Latinoamérica “el crecimiento y la redistribución moderada”, con el núcleo de su programa siendo la industrialización por sustitución de importaciones. Generalmente, la política económica populista aboga por un rol activo del Estado, estableciendo tarifas protectoras, transfiriendo ingresos de la exportación al sector doméstico, redistribuyendo la riqueza, creando una infraestructura de apoyo, y expandiendo el Estado de Bienestar. El populismo económico ha sido definido por Kofi Annan, ex secretario general de la ONU, como una de las tres reacciones contrarias a la globalización, siendo las otras dos el nacionalismo y el iliberalismo. Las similitudes entre estos tres populismos son tan destacables como sus diferencias: respecto a uno de sus puntos centrales, cada uno tiene su propia concepción del “pueblo”; para el populismo agrario,se compone casi exclusivamente por el grupo del campesinado; para el populismo político, se incluye prácticamente a toda la población con la excepción de “la élite”; y el populismo económico usa una definición más amplia, pero que finalmente favorece a la clase trabajadora urbana. 48
● Populismo como concepto; Guy Hermet, 2003 En este artículo, Hermet repasa brevemente la trayectoria y características más relevantes del populismo, el cual dice que ha quedado como un concepto empleado como adjetivo peyorativo, pero vacío de significado. Destaca dos definiciones más antiguas del populismo: En primer lugar, la caracterización que hace Edward Shils en “Torment of secrecy”, quien define el populismo como: “proclama que la voluntad del pueblo en sí misma tiene una supremacía sobre cualquier otra norma, provengan éstas de las instituciones tradicionales o de la voluntad de otros estratos sociales” ; “una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura” ; “una ideología que identifica la voluntad del pueblo con la justicia y la moral” (Shils, 1956). En segundo lugar destaca la aportación de Helio Jaguaribe en “Problemas do desenvolvimiento latinoamericano”, quien dice que caracteriza a los populistas la idea de la “realización de sus expectativas sociales si lograran adquirir un poder suficiente”. Jaguaribe agrega: “Lo que es típico del populismo es por lo tanto el carácter directo de la relación entre las masas y el líder, la ausencia de mediación de los niveles intermediarios, y también el hecho de que descansa en la espera de una realización rápida de los objetivos prometidos” (Jaguaribe, 1967, p. 168). Hermet habla de tres características que considera centrales al populismo: la apelación al pueblo, el carácter antipolítico, y la preferencia por la democracia directa. Dice que existen 3 “pueblos” a los que el populismo se adscribe según el momento: cleavage nacional y unificador, de clase, o étnico. Finalmente, Hermet hace una diferenciación entre lo que llama “populismo de los antiguos” y “populismo de los modernos”, asociando el primero al populismo clásico y el segundo al neopopulismo. El primero sería inclusivo e igualitario, y dirigiría sus ataques hacia las élites y el Estado. El segundo, en cambio, sería selectivo y defendería el mantenimiento de las clases medias, y atacaría a los inmigrantes recientes que son vistos como una amenaza para la comunidad, y hacia el cosmopolitismo apátrida común en la alta burocracia. En pocas palabras, el populismo de los antiguos defendería la soberanía popular, mientras que el populismo de los modernos defendería más bien la soberanía nacional. Finaliza su caracterización diciendo que “el populismo de los modernos ya no pertenece sólo a los pobres; es la expresión de una población semi-acomodada que se opone ya no a los Gordos, a los Ricos, o a los Poderosos, sino a los desfavorecidos, con quienes no se sienten de ninguna manera solidarios” (Hermet, 2003, p. 15). 49
● Releer los populismos; Kurt Weyland, Carlos de la Torre, Gerardo Aboy Cortés, Hernán Ibarra, 2004 -Kurt Weyland; Clarificando un concepto cuestionado: “El populismo emerge cuando un líder individual busca o ejerce el poder gubernamental basándose en el apoyo de un gran número de seguidores. (…) Los aspirantes populistas buscan con urgencia el apoyo de grandes masas desorganizadas para acceder al poder gubernamental; y los presidentes populistas constantemente invocan el apoyo masivo para incrementar su propia influencia y para destruir los bastiones institucionales de sus oponentes. En situaciones de crisis, en las cuales los líderes populistas enfrentan la amenaza de perder el poder, se vuelve más evidente el que el respaldo de un gran número de ciudadanos comunes es el fundamento esencial del populismo.” (Weyland, de la Torre, Aboy Cortés, Ibarra; 2004, pp. 32-33). Weyland dice que el apoyo de la masa popular se liga directamente a la figura de un líder personalista mediante una relación cuasi-directa y fluida, pero dicho apoyo es frágil y puede desaparecer si el líder es incapaz de cumplir con las expectativas populares. Para compensar esta fragilidad, los líderes populistas acostumbran a crear conexiones intensas con sus simpatizantes mediante el carisma y la búsqueda de identificación popular con su liderazgo. “Prometen incluir a la gente común que largamente ha sido rechazada en la corriente principal del desarrollo y protegerla de fuerzas siniestras e implantar en sus seguidores un sentido de misión, para transformar el statu quo y trascender los confines del marco institucional establecido, a fin de encontrar la emancipación bajo su guía redentora” (Novaro, 1996). De alcanzar el gobierno, muchos líderes populistas buscan consolidar sus apoyos populares, reduciendo su volatilidad mediante su introducción en la organización partidista. Pero a medida que aumenta la organización del partido, disminuye la libertad de acción del líder, que puede acabar siendo visto como un mero funcionario del partido, transformando así su relación con sus seguidores. Por lo tanto, el éxito político transforma al populismo en una organización que emplea estrategias no populistas, o desapareciendo en caso de fracasar en la consecución de dicho éxito político, lo que dota al populismo de un carácter transitorio. Weyland propone la siguiente definición mínima: “Una estrategia política que se caracteriza por la base de poder que un cierto tipo de gobernante utiliza como la base principal de su sustento político. Bajo el populismo, el gobernante es un individuo - un líder personalista -, y no un grupo u organización. En referencia a las bases del poder, el populismo descansa en los números y no en una influencia especial. El populismo emerge cuando los líderes personalistas basan su gobierno en la masa, que es en su mayoría un apoyo no institucionalizado de un gran número de gente.” (Weyland, de la Torre, Aboy Cortés, Ibarra; 2004, p. 42). 50
-Carlos de la Torre; Un balance crítico a los debates sobre el nuevo populismo: En este capítulo, de la Torre menciona que el auge del debate sobre el populismo, debido a la aparición de los nuevos populismos (refiriéndose a los populismos neoliberales latinoamericanos), ha hecho reaparecer en el debate una serie de problemas sin resolver sobre el populismo clásico, los cuales se propone analizar. 1.- La relación entre el líder y sus seguidores, en especial la visión de éstos como “masas” desorganizadas: La concepción clásica de las bases populistas, fundamentadas en la teoría de la sociedad de masas, supone que los seguidores del populismo están desorganizados, y que actúan de forma irracional y emocional, la que permite que sean movilizados mediante la creación de un lazo con un líder carismático a través de la demagogia. No obstante, estudios más recientes han concluído que la actuación de los seguidores populistas tienen un carácter racional e instrumental, votando por aquellos políticos que ofrecen una mayor capacidad de distribuir bienes (tanto materiales como simbólicos), y cuya movilización puede producirse mediante la formación de redes clientelares, lo cual conlleva la posibilidad de que sean integrados en estructuras partidistas, contradiciendo así la teoría de la masa desorganizada. De la Torre considera que la insistencia en la concepción de los seguidores populistas como masa desorganizada puede deberse a la preponderancia en los científicos sociales de la teoría de Weber de la organización, con la distinción entre burocracia y carisma. Y dado que los partidos populistas no tienen la forma de una organización burocrática formal, automáticamente se asocian con desorganización. 2.- Los diferentes usos de la categoría “pueblo”: Es necesario comprender que el “pueblo” no es sino una construcción social, por lo que su definición y los grupos que incluye no son inmutables. Cada construcción del pueblo incluirá a unos determinados grupos, mientras que otros serán excluidos y antagonizados como parte de “la oligarquía”, y otros serán sencillamente invisibilizados. Pero no todas las concepciones del pueblo son positivas, ya que no es raro que las élites adopten actitudes que pueden ir desde el paternalismo hasta la hostilidad respecto al pueblo. Uno de los rasgos comunes del populismo aceptados generalmente es la construcción discursiva maniquea de la sociedad como enfrentamiento entre “pueblo” y “oligarquía”. No obstante, de la Torre considera que el análisis no debe limitarse al discurso y a las acciones de los líderes, sino que debe ser complementario al análisis de la recepción e interpretación que hacen sus seguidores de sus mensajes. 3.- Las relaciones entre el populismo y la democracia liberal: De la Torre considera que no se puede determinar una conclusión global acerca de la relación del populismo con la democracia, sino que debe estudiarse cada caso independientemente. No obstante, reconoce en el personalismo del populismo una cierta tendencia hacia el autoritarismo, al reconocerse el líder como encarnación de la voluntad popular y al reducir la capacidad de las instituciones de limitar su poder de gobierno. Denomina “democracias delegativas” 8 (término acuñado por el politólogo argentino Guillermo O´Donnell) a los populismos, tanto nuevos como clásicos. 8Una democracia delegativa es aquella en la que un líder considera que haber sido elegido democráticamente le permite ejercer su gobierno como considere conveniente, sin intervención de los poderes legislativo y judicial, pudiendo incluso violar los derechos civiles en nombre del interés colectivo. 51
● Populism for political theorists?, Margaret Canovan, 2004 Canovan argumenta la existencia de 4 aspectos del populismo que ofrecen espacio para investigación teórica: 1.- Los problemas metodológicos en la identificación de “populismo” 2.- Los problemas que tienen que ver con la relación entre populismo y democracia 3.- La posibilidad del populismo como una posición ideológica diferenciada 4.- Los problemas causados por los significados y ambigüedades del concepto clave del populismo, “el pueblo” 1.- En la actualidad, el populismo al que es más probable referirse es el denominado Nuevo Populismo, un conjunto de movimientos, primordialmente en la derecha, que han aparecido en múltiples democracias liberales establecidas, desafiando a los partidos existentes y las políticas tradicionales. Con un estilo habitualmente confrontacional, estos movimientos aseguran representar la verdadera fuente de legitimidad del poder: el pueblo, cuyos intereses y deseos han sido ignorados por la clase política. Sus posiciones y valores dependen de su contexto local y del tipo de establishment político al que desafíen. Son críticos con los políticos profesionales y los medios de comunicación, y proclaman ser la voz del pueblo. Emplean un lenguaje cercano al de las bases, se encuentran más cómodos en la oposición, y a menudo reclaman que las decisiones las tome el pueblo mediante referéndum, saltándose a los políticos profesionales. Los problemas metodológicos no nacen a la hora de reconocer similaridades entre estos movimientos, sino al intentar decidir qué parte de ellos es “populista” y qué tienen o dejan de tener en común con otros movimientos pasados y presentes con la misma etiqueta. El término populista se usa principalmente con dos significados: las políticas confrontacionales que movilizan la gente ordinaria contra el establishment, y una táctica de márketing político de estilo catch-all que apela al pueblo en su conjunto. Los análisis anteriores se centraban en buscar una base socio-económica común al populismo, mientras que los estudios más recientes tienden a centrarse en el discurso populista, con su apelación retórica al “pueblo”. 2.- El enfoque dominante se centra en una teoría bipolar de la democracia, que propone que las democracias liberales modernas están formadas por la combinación entre dos grupos de principios distintos, el liberalismo por una parte y el populismo/democrático por la otra. El liberalismo defiende los derechos y el Estado de derecho, mientras que la variante democrática se centra en la soberanía de la voluntad del pueblo. Esta teoría argumenta la existencia de tensión entre estos dos pilares, y que los movimientos populistas amenazan su equilibrio. Pero Canovan considera que esta teoría es 52
una sobresimplificación, ya que el populismo eleva cuestiones más profundas respecto a la democracia. Menciona el “Problema Bagehot”, quien al hablar de la monarquía en el sistema parlamentario inglés, dice que “The best reason why Monarchy is a strong government is, that it is an intelligible government. The mass of mankind understand it, and they hardly anywhere in the world understand any other.” (Bagehot, 1872). Es la paradoja democrática, en la que para traer la política a las masas, es necesario crear redes y estructuras de gran complejidad, que la mayoría de gente no llega a comprender, y cuya opacidad genera la sensación de que los miembros individuales de la población no ejercen ningún poder. Para hacer comprensible la política, aparecen las ideologías, como estructura conceptual que proporciona un mapa de los asuntos públicos y une la teoría con la acción. La ideología democrática genera unas enormes expectativas que acaban generando decepción, y los populistas argumentan que esa decepción se debe a que el poder ha sido robado al pueblo. 3.- Canovan dice que existe un vacío en el actual espectro ideológico, que podría ser ocupado por una postura distinguidamente populista. La clave de la cuestión sería la creencia en el “Progreso” y el vanguardismo intelectual y político que conlleva. Exceptuando los fundamentalismos religiosos, todas las ideologías influyentes modernas prometen algún tipo de liberación progresista. Son universalistas, prometiendo que a largo plazo todo el mundo será liberado o hecho mejor; pero dado este enfoque hacia delante, alguien tiene que ubicarse en la vanguardia, mostrando el camino al resto. Este vanguardismo tiene el inevitable efecto de otorgar un status privilegiado a los más avanzados, por ende devaluando las opiniones, creencias y estilo de vida de la masa. Esto se aplica incluso a las ideologías más igualitarias, puesto que siempre hay una vanguardia más arriba en la escala del progreso, mientras que la mayoría de gente serán simplemente los receptores de liberación, educación, bienestar… etc. Pensando en el siglo XX, Canovan expone que no es absurdo cuestionar el vanguardismo: en su momento, fenómenos como la colectivización soviética, la eugenesia o la rápida imposición de la energía nuclear fueron considerados indiscutiblemente progresistas. Existen distintas formas que pueden considerarse populismos anti-vanguardistas. Por ejemplo, el explorado en la década de los 90 en la revista Telos, en donde se denunciaba el gobierno top-down por parte de una nueva clase de intelectuales y burócratas ilustrados, y se proponía una devolución del poder a las comunidades locales, ya decidieran éstas organizarse de forma políticamente correcta o no. Otro caso destacado de populismo anti-vanguardista sería el propuesto por G. K. Chesterton a principios del siglo pasado, donde en su ataque al progresismo y vanguardismo, cuestiona la asunción de que la generación anterior sea siempre la más avanzada y se puedan ignorar las disposiciones y convicciones anteriores. Para Chesterton, el respeto por las ideas de la humanidad supone que no se puede simplemente cancelar la experiencia previa, como tienden a hacer los modernistas, sino que hay que prestar mucha atención a la tradición. Chesterton convierte la tradición en un principio de la democracia populista, y la define de la siguiente manera: “Tradition means giving votes to the most obscure of all classes, our ancestors. It is the democracy of the dead. Tradition refuses to submit to the small and 53
arrogant oligarchy of those who merely happen to be walking about. All democrats object to men being disqualified by the accident of birth; tradition objects to their being disqualified by the accident of death.” (Chesterton, 1908). Este pensamiento implica que en lugar de asumir que la forma más reciente de hacer las cosas es la mejor, las costumbres y tradiciones populares deben ser tomadas en serio. 4.- Dice que el concepto “pueblo” tiene tres acepciones básicas: el pueblo como soberano, el pueblo como nación, y el pueblo común como contraposición a la élite gobernante. A la hora de identificar quién es el pueblo, existen conflictos internos y externos, puesto que el pueblo puede existir tanto a nivel interno como externo respecto a las fronteras de un Estado. Es decir, el pueblo puede componerse por poblaciones de Estados distintos, o solo por una parte de la población total de un Estado. En el nivel externo: ejemplifica con los casos de Alemania y Yugoslavia. Previo a la caída del Muro de Berlín, alemanes del Este y del Oeste proclamaban ser ambos un único pueblo. Tras el colapso del comunismo en Yugoslavia, surgieron movimientos secesionistas de minorías que defendían ser pueblos separados, conduciendo a una guerra civil y la limpieza étnica contra aquellos considerados pertenecientes a otro pueblo. En estos dos casos, el “pueblo” se entiende en términos étnico-nacionales, pero este no tiene por qué ser el patrón dominante. En el nivel interno: desde tiempos inmemoriales, el término “pueblo” ha sido usado para referenciar a la comunidad política en su conjunto, pero también a grupos más pequeños en su interior. Esto ha producido algunas diferenciaciones semánticas (en castellano también puede emplearse el término “gente” con el mismo significado que “pueblo”), como “el pueblo/gente común”, “el pueblo/gente soberano”, o “el pueblo/gente privilegiado”. La introducción del sufragio universal ha supuesto un declive de la noción entre el pueblo común y el pueblo privilegiado, pero el reclamo populista de “traer la política de vuelta al pueblo” explota esta ambigüedad mediante la cual “el pueblo” se entiende como contraste a aquellos que regentan el poder, pero también se amplía para referirse a la autoridad del pueblo soberano como totalidad del conjunto. El “pueblo” supone al mismo tiempo la existencia de una colectividad abstracta que pervive en el tiempo y la historia sobreviviendo a sus componentes individuales, pero a la vez se refiere a esos mismos miembros individuales siempre cambiantes y con sus propias vidas y opiniones, dotando al concepto de un cierto carácter mítico que parece indicar que son las acciones individuales las que pueden lograr el cambio colectivo y representar la autoridad de éste. 54
● El populismo como espectro de la democracia: una respuesta a Canovan; Benjamin Arditi, 2004 Esta es una respuesta al artículo de Margaret Canovan “Trust the People! Populism and the Two Faces of Democracy” (Canovan, 1999), en el cual Canovan teoriza lo siguiente: Canovan se refiere al conflicto entre elitismo y populismo denominándolos como las dos caras de la democracia, la cara “pragmática” y la cara “redentora”. Concibe el populismo como la invocación al “pueblo” antes que a las estructuras de poder ya establecidas y a las ideas y valores dominantes en la sociedad, y especifica tres matices: El primero es que la movilización antisistema del populismo se dirige tanto contra el establishment político y económico como contra los valores de las élites en el ámbito académico y los medios de comunicación. En segundo lugar, que los populistas toman al pueblo como autoridad que les confiere la legitimidad para levantarse contra las estructuras de poder. Además, los populistas emplean un discurso simple y directo y proponen soluciones políticas igualmente simples y directas. Y en tercer lugar, el populismo se caracteriza por el uso que hace de las emociones colectivas, obteniendo fuerza del entusiasmo o la frustración de la gente, y estas emociones habitualmente se enfocan hacia la figura de un líder carismático. Establecidas las características básicas, Canovan deja de lado el análisis ideológico o del contenido de las políticas populistas para centrarse en analizar la relación del populismo con la democracia. Es aquí donde entra en juego la distinción de las dos caras de la democracia. La cara redentora representa la creencia de que mediante el esfuerzo colectivo, la humanidad puede lograr su propia salvación, pero considera que la rigidez formal del gobierno y de las leyes puede suponer un obstáculo a la hora de lograr este fin. La cara pragmática supone que el alcance del poder del gobierno está limitado, por lo que su aspiración es mantener la paz y como máximo mejorar levemente el orden existente. Es en la tensión entre estas dos caras donde se desarrolla la democracia, y que cuando las tensiones provocan una brecha entre ambos polos, es en dicha brecha donde puede surgir el populismo. Destaca tres tensiones que pueden provocar la apertura de esa brecha: 1.- El pragmatismo considera que la democracia sirve para administrar los conflictos internos sin tener que recurrir a la represión y la violencia, mediante las instituciones representativas. No obstante, la democracia ofrece la promesa de que mediante la acción del pueblo soberano, es posible lograr un mundo mejor. Cuando la visión de la democracia como instrumento y la visión optimista se distancian, los populistas ocupan el espacio entre ambos bajo la promesa de poner fin a los negocios turbios de la política para reemplazarlos con una democracia renovada; cabe destacar el énfasis en la renovación, no la sustitución, puesto que los populistas buscan reformar el sistema existente más que construir uno nuevo desde cero. 2.- Existe otra brecha entre la promesa democrática de que es el pueblo quien regenta el poder, y el ejercicio real de este poder en la práctica, dependiente de factores como la 55
participación electoral o la actuación responsable de los representantes políticos. De aquí nacen algunas de las justificaciones populistas más fuertes, principalmente aquellas relacionadas con el ejercicio real de la soberanía popular. 3.- En último lugar, se produce otra brecha entre la institucionalización y profesionalización de la política contra la creencia de que la voluntad popular se expresa de forma espontánea, lo que se contradice con la rigidez y frialdad de las instituciones. La reacción populista ante esto consiste en elevar a un líder carismático que representa la promesa de romper con la burocracia en pos de una personalización de la política con una mayor cercanía con el pueblo. La aportación central de esta teoría de Canovan es que en estas brechas, el populismo se inclina por emplear la cara redentora de la democracia como forma de contrarrestar los excesos de la cara pragmática. Arditi dice que el populismo se da de tres modos, todos relacionados con la democracia, desplazándose en el espectro “entre la visitación, lo inquietante y la amenaza para la democracia” (Arditi, 2004, p. 12): -En primer lugar, en plena compatibilidad con la política representativa, la democracia de partido está siendo reemplazada por la “democracia de audiencia” gracias a la expansión de los medios de comunicación. Mediante los medios, los líderes de los partidos pueden saltarse los mecanismos burocráticos partidistas y establecer una conexión directa (aunque virtual) con el electorado, lo que les permite desarrollar su legitimidad individual al margen de los partidos. Otorga también visibilidad a quienes, verdadera o falsamente, se presenten como outsiders de la política desvinculados de los políticos profesionales respaldados por una maquinaria partidista. Esto extiende la práctica populista de apelar de forma directa al pueblo, y la tendencia de éste de apoyar a aquellos líderes que tengan una legitimidad externa a la institucional. Además, ante el presente contexto de rápidos cambios socioeconómicos, el electorado espera de sus líderes que sean capaces de reaccionar y tomar decisiones con la misma rapidez, haciendo primar la confianza en la capacidad de decisión rápida de un líder contra la lentitud del proceso legal/burocrático. Esto significa la preferencia por líderes políticos fuertes, convirtiendo esta característica populista en un ingrediente común a la democracia liberal. -El segundo modo en que aparece el populismo, es aquel que “incomoda” al sistema democrático, mediante una participación más brusca y alejada del orden institucional. Mediante acciones de protesta que pueden resultar en violencia esporádica, esta modalidad se distancia del civismo institucional promovido por las élites, y puede cobrar gran fuerza de forma espontánea, pudiendo interrumpir procesos políticos u obligando al gobierno a realizar modificaciones específicas para contrarrestar el descontento popular. -El tercer modo es aquel que supone una amenaza directa para el sistema democrático vigente. Nace de la desconfianza hacia la política, la pérdida de legitimidad de las instituciones y el desagrado hacia las complejidades administrativas del Estado de derecho. 56
● Populism: A very short introduction; Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, 2017 Mudde y Rovira basan su definición en la idea del populismo como contraposición a la democracia liberal específicamente, pero no como opuesto a la democracia per se. Así, consideran que la movilización populista se produce en sistemas que son democracias liberales o que aspiran a serlo. Proponen la siguiente definición mínima de populismo: “A thin-centered ideology that considers society to be ultimately separated into two homogenous and antagonistic camps, “the pure people” versus “the corrupt elite”, and which argues that politics should be an expression of the general will of the people” (Mudde y Rovira, 2017, p. 6). Al definir el populismo como una “ideología delgada”, se considera que puede adscribirse y adoptar elementos de las ideologías “gruesas” o clásicas (tales como el socialismo, el liberalismo o el fascismo). Se le presupone así al populismo un marco ideológico básico, incapaz de ofrecer respuestas complejas a cuestiones políticas modernas, y cuyas carencias suple con los contenidos de otras ideologías, explicando la flexibilidad del populismo y la variedad de formas que puede adoptar. Se dice que en cierto modo el populismo es independiente del espectro izquierda-derecha, por lo que el populismo vendrá determinado en gran medida por el contexto socioeconómico y sociopolítico en el que emerja. Para poner límites a su definición mínima, establecen dos opuestos que quedan fuera del populismo: el elitismo y el pluralismo. El elitismo comparte con el populismo la visión monista y maniquea de la sociedad, pero tiene la perspectiva inversa respecto a las virtudes de los grupos, puesto que consideran que “el pueblo” es vulgar y peligroso, mientra que “la élite” es superior moral, cultural e intelectualmente, por lo que deben ser las élites quienes dirijan la política con la menor involucración posible del pueblo. El pluralismo rompe con la visión dualista tanto del populismo como del elitismo, y considera que la sociedad se conforma por un amplio número de grupos sociales parcialmente solapados entre sí, con diferentes ideas e intereses. El pluralismo considera que la diversidad es una fortaleza, y que mediante el compromiso y el consenso, la política debe reflejar los valores e intereses del mayor número de grupos sociales. La idea central del pluralismo es que el poder debe estar distribuido a través de toda la sociedad para evitar que algún grupo específico imponga su voluntad sobre los demás. Para desarrollar una comprensión acerca del populismo, establecen tres conceptos clave: -El pueblo: “El pueblo” es una construcción que obedece a una simplificación de la realidad. Su definición es muy vaga, por lo que algunos autores proponen alternativas más específicas como “el heartland” (Taggart, 2002), mientras que autores como Laclau defienden que es precisamente la vaguedad inherente al término lo que le confiere su poder, permitiendo que grupos distintos se identifiquen como colectivo y se genere así una identidad compartida. Generalmente, la construcción del término “pueblo” se realiza con una combinación de tres significados: el pueblo como soberano, como la gente común, y como la nación. La distinción entre “pueblo” y “élite” obedece al poder político, la posición socioeconómica y la nacionalidad, respectivamente. 63
-La élite: La distinción entre “pueblo” y “élite” obedece principalmente a un criterio moral, siendo el primero “el pueblo puro” y el segundo “la élite corrupta”. Pero este no es el único criterio existente a la hora de definir quiénes son “la élite”. Se menciona anteriormente que “el pueblo” se construye en base al poder político, el status socioeconómico y la nacionalidad, de forma que “la élite”, que es su contraparte directa, se construye en torno a los mismos criterios. El primero, y uno de los más empleados, es que forman parte de la élite aquellos que regentan el poder, ya sea político, económico o mediático. Mediante esta lógica anti-establishment, en cuanto los populistas alcanzaran posiciones de poder, ellos mismos pasarían a formar parte de la élite, pero cuando esta situación se produce, a menudo los líderes populistas emplearán el argumento de que el poder real no reside en los representantes elegidos democráticamente, sino en poderes ilegítimos que actúan desde las sombras. La construcción económica de las élites supone que los grandes poderes económicos emplean sus recursos para hacer que sus demandas se superpongan a los intereses generales del pueblo. Es así que a menudo, tanto en populistas de izquierda como de derecha, acusarán a las élites de conspirar para defender sus intereses económicos, o incluso de sabotear la economía nacional en pos de intereses extranjeros. Estas acusaciones son fácilmente reconocibles en las críticas de los populistas europeos a la UE, o la acusación de los populistas latinoamericanos de que sus élites defienden los intereses de EEUU en lugar de los de su propio país. En tercer lugar, cuando el populismo adopta aspectos nacionalistas, puede producirse una discriminación étnica además de moral, y las élites serán definidas como extranjeras o como agentes de intereses externos al país. Por ejemplo, en el caso del populismo xenofóbico, se reconoce que las élites están formadas principalmente por población nativa, pero se les acusa de favorecer los intereses de los inmigrantes sobre los del pueblo nacional. -Voluntad general: Los populistas defienden la noción de la voluntad general del pueblo, cuya expresión se ve coartada por los límites de la democracia representativa. En este sistema, los ciudadanos se limitan a movilizarse periódicamente para participar en las elecciones, pero durante el período legislativo quedan relegados a un papel secundario; esto se debe a la incapacidad o el desinterés del establishment de tener en cuenta las demandas del pueblo. Por ello, haciendo apología de la idea del autogobierno y del derecho de los ciudadanos de participar en las decisiones políticas, se aboga por medidas de democracia directa tales como el referéndum o el plebiscito con la finalidad permitir que el pueblo se exprese y tenga un papel activo en la política, asegurando así una representación certera del principio de la soberanía popular y proporcionando una voz a aquellos grupos que no se sienten representados por el establishment político. Mudde y Rovira establecen que el populismo puede ser empleado para generar tres tipos de movilización: desde arriba hacia abajo (liderazgo personalista), desde abajo hacia arriba (movimiento social) o ambos (partido político), y dicen que un actor populista puede emplear los tres métodos a lo largo del tiempo: -Liderazgo personalista: Este tipo de movilización forma parte de la quintaesencia del populismo, en el que un individuo, independiente de las estructuras partidistas existentes, se presenta como un outsider de la política y como la personificación de la voz del pueblo, y 64
estructura un movimiento político alrededor de su figura, por lo que su liderazgo se convierte en parte indispensable del movimiento populista. En ocasiones, el líder populista no es solo el corazón del movimiento, sino también de su identidad política, observable en casos tales como el chavismo o el peronismo. A pesar de oponerse a la estructura de partidos, en la mayoría de ocasiones estos líderes acaban construyendo una organización política con el objetivo de competir en las elecciones. La estructura resultante no es un partido político en el sentido tradicional, puesto que la organización no tiene autonomía y depende de la figura personal del líder, sino que genera lo que los autores denominan un “vehículo electoral personalista”: “(...) we prefer to label this type of pseudo-organization a personalist electoral vehicle, a more or less ad hoc and powerless political structure that has been built, and is fully controlled, by a strong leader with the specific purpose of contesting elections.” (Mudde y Rovira, 2017, p. 44). -Movimientos sociales: Un movimiento social se forma cuando una protesta perdura a través del tiempo, dando lugar a una organización informal de individuos que promueven la acción colectiva en pos de un objetivo colectivo. Estas organizaciones generan una identidad compartida entre sus componentes, quienes llevan a cabo acciones fuera del marco institucional contra un adversario común. Los movimientos sociales populistas se caracterizan por la ausencia de un liderazgo centralizado, y su fuerza reside en su capacidad de emplear un sentimiento generalizado de ira hacia el establishment para generar una movilización bajo la proclama de la defensa o restauración de la soberanía popular. Recientemente, la Gran Recesión de 2008 facilitó la aparición de una amplia gama de estos movimientos, entre los que se pueden destacar Occupy Wall Street o el Movimiento 15-M. -Partido político: Para competir por los votos, los partidos políticos deben detectar los issues más relevantes para el electorado y elaborar un programa de políticas que respondan a la demanda. Durante este proceso de detección de issues y elaboración de un programa, se produce una interacción cercana entre activistas, miembros del partido y sus líderes; es decir, se genera una estructura que va más allá del simple contacto directo entre los simpatizantes y el líder. Como resultado, la organización no es tan dependiente del líder, lo que permite que el partido tenga una mayor supervivencia más allá de la de un líder específico. Aunque Mudde y Rovira establecen que un actor populista puede pasar por cualquier combinación de métodos de movilización, consideran que existen algunos factores que proveen un contexto más o menos favorable a alguna de las tres formas de movilización. Por ejemplo, consideran que en un sistema político presidencialista será más fácil establecer un liderazgo personalista, mientras que un sistema parlamentario incentiva la movilización en un partido político. Los movimientos sociales, independientemente del tipo de sistema democrático, serán más propensos a aparecer en aquellos países con una estructura de oportunidad política más restrictiva, por factores como un sistema electoral mayoritario, un sistema bipartidista o unas elevadas barreras de entrada financieras. 65
En lo respectivo al debate de la relación entre el populismo y la democracia, consideran que esta relación puede variar en gran medida según el contexto de cada país y el sistema político en el que surja. Así, consideran que el populismo tendrá un impacto positivo en el proceso de democratización en los sistemas autoritarios, pero su oposición al pluralismo en pos del mayoritarismo y la democracia directa erosionará las instituciones de una democracia liberal desarrollada. No obstante, esto no significa que el populismo sea necesariamente malo para la democracia liberal, sino que existe una relación ambigua que bajo ciertas circunstancias puede tener tanto un impacto positivo como uno negativo. Resumen los efectos positivos y negativos del populismo sobre la democracia liberal de la siguiente manera (Mudde y Rovira, 207, p. 83): Efectos positivos Efectos negativos El populismo puede dar voz a grupos que no se sienten representados por la élite política. El populismo puede emplear la noción del mandato de la mayoría para socavar los derechos de las minorías. El populismo puede movilizar sectores sociales excluidos, mejorando su integración en el sistema político. El populismo puede usar la noción de la soberanía popular para erosionar las instituciones especializadas en la protección de derechos fundamentales. El populismo puede mejorar la capacidad de respuesta del sistema político, fomentando la implementación de políticas preferidas por sectores excluidos de la sociedad. El populismo puede promover el establecimiento de un nuevo cleavage político, impidiendo la formación de coaliciones políticas estables. El populismo puede mejorar la responsabilidad democrática, introduciendo issues y políticas en el ámbito político. El populismo puede conducir a la moralización de la política, haciendo extremadamente difícil (cuando no imposible) alcanzar consensos. Una aportación interesante que realizan los autores consiste en la consideración del populismo como un fenómeno polifacético, que abarca distintos aspectos más allá de considerar exclusivamente una de ellas, tal como su expresión política, en donde se ha centrado gran parte del debate contemporáneo. De una de estas facetas dicen “populism is a moral and Manichean discourse that exists in society regardless of the presence of populist actors. Whether one likes it or not, many citizens interpret political reality through the lens of populism.” (Mudde y Rovira, 2017, p. 97). A la hora de considerar el éxito o el fracaso de los actores populistas, los autores consideran que el análisis no se debe limitar al resultado electoral que éstos obtengan, sino que la característica de los actores populistas es su potencial para elevar temas a la agenda pública (agenda-setting) y su capacidad para moldear las políticas públicas (policy impact). De esta forma, por ejemplo, aunque un partido populista no tenga un gran respaldo electoral y sea una fuerza minoritaria, puede influir en gran medida sobre qué temas se tratan en la esfera pública, e incluso forzar a otros partidos políticos a pronunciarse y actuar al respecto. 66
● Propuesta de definición del populismo desde el pensamiento de Karl R. Popper; Alfredo Ramírez Nárdiz, 2018 Esta no es una definición realizada por el propio Popper, sino una aproximación al populismo empleando su teoría de las dos sociedades como marco conceptual. El pensamiento de Popper establece la existencia de dos conceptos contrapuestos: la sociedad abierta y la sociedad cerrada. La sociedad abierta se caracteriza por ser racional, pluralista y tolerante, y que permite el cambio de gobernantes sin recurrir a la violencia; estas características coincidirían con la definición de democracia liberal. La sociedad cerrada, por el contrario, es una reacción contra la sociedad abierta, que Popper asocia con el totalitarismo, y cuyas características son el historicismo, el colectivismo y el antirracionalismo. El historicismo supone el pensamiento de que la historia viene predeterminada, y cuyo futuro desarrollo se puede prever mediante análisis. Este desarrollo de la historia es inevitable, y la acción humana no puede alterar de forma significativa su curso. El colectivismo supone el sometimiento de la parte al todo. Es decir, que el individuo debe someterse al interés colectivo, llegando a ignorar los derechos individuales en pos de los objetivos colectivos, en clara contraposición al individualismo que representa la democracia. El colectivo puede ser determinado de distintas formas, como los intereses del Estado, la nación, o incluso la raza, la clase social, o el pueblo. El colectivo se impone a sus miembros, cuya razón de existencia pasa a ser servir al todo superior. Establece una dicotomía mediante la que o se forma parte del colectivo, o se es su enemigo. El antirracionalismo reniega de la aplicación del método científico en la política. Presupone que los cambios sociales deben producirse como fruto de la intuición del pueblo, que es visto como un ente unitario y homogéneo, cuya voz es expresada a través de un líder o grupo de líderes cuyas decisiones representan la voluntad del pueblo. Se rechaza la posibilidad de introducir cambios de forma progresiva, resultando preferible llevar a cabo una reforma rápida y contundente. Además, el antirracionalismo depende de la emocionalidad, sirviéndose tanto de emociones positivas como la ilusión o la esperanza como de emociones negativas como el miedo y el odio. Popper considera que las ideologías propias de la sociedad cerrada comparten similitudes con la religión, cuyos seguidores poseen una fe ciega en un determinado credo indiscutible, cerrado a críticas o a un aproximamiento racional. El apoyo de la sociedad cerrada se nutre de los sentimientos de inseguridad o frustración con un mundo que resulta desencantador, por lo que se refugian en la concepción de una sociedad ideal cuyos valores se han perdido o todavía no se han alcanzado. Esta concepción conlleva una visión más simplista del mundo, que confiere confort y seguridad a quienes asumen la certeza de estos credos. 67
Adaptando estos conceptos a la sociedad contemporánea, podría establecerse el paralelismo entre sociedad abierta como globalización y la reacción de sociedad cerrada como populismo. Las principales características de estos fenómenos pueden resumirse de la siguiente forma: -Sobre la globalización: establecimiento de la democracia liberal como sistema dominante; internacionalismo, multilateralismo y pérdida de relevancia de las fronteras; debilitamiento del liderazgo político carismático en pos de las decisiones de gobierno técnicas y consensuadas; homogeneización cultural en favor de una cultura global; liberalización de la economía. La globalización acarrea ciertas consecuencias negativas, como el aumento de la precariedad laboral para aquellos sectores menos formados de la población en los países desarrollados, o la transferencia de parte de la soberanía nacional hacia organizaciones supranacionales, lo que sirve a las élites políticas para excusarse alegando que determinadas decisiones no dependen de ellos, aumentando así la frustración social hacia la clase política. Como respuesta a estos hechos surge el populismo, que recoge las críticas a la globalización y manifiesta la demanda de medidas para contrarrestar sus efectos. -Populismo: entendiendo el populismo como reacción contra la sociedad abierta que representa la globalización, estas son sus características más destacables. 1.- La existencia de un liderazgo carismático, que mantiene una conexión directa con el pueblo. Esto conduce a la personificación de la voluntad popular en la figura del líder, cuyas palabras tienen la legitimidad de ser la expresión de la voluntad del pueblo. 2.- La idea del pueblo como un conjunto unitario, que representa la bondad y la pureza, de las cuales se aprovechan sus enemigos. La fuerza del pueblo reside en su unión, por lo que las voces disidentes son consideradas dañinas. Según Laclau, las diferencias reales entre los diferentes grupos que conforman la comunidad son evitadas cuando uno de los grupos específicos asume la representación del todo, convirtiendo sus particularidades en características del conjunto. 3.- La apelación al pueblo, que se presenta en la construcción del discurso y en la defensa de mecanismos de democracia directa como método para hacer oír la voz del pueblo. 4.- La necesidad de oposición a un enemigo, ya sea a nivel interno o externo. El populismo justifica su existencia mediante la defensa del pueblo frente a un enemigo que amenaza su soberanía, por lo que se reafirma constantemente en la existencia de enemigos que conspiran contra el pueblo. Estos enemigos pueden categorizarse en internos o externos, y concretos o abstractos. 5.- Desconfianza hacia la política pluralista o del acuerdo. Dado que los populistas se consideran los legítimos defensores del pueblo y ven a los demás como enemigos, consideran a los demás actores políticos como rivales con intereses opuestos, por lo que no están dispuestos a ceder en sus ideales pactando con fuerzas no populistas, salvo en contadas ocasiones por motivos estratégicos. 68
6.- Defensa de un ideal social, asociado habitualmente con la romantización del pasado o del futuro. Los populistas dirigen sus esfuerzos hacia la consecución de una sociedad ideal, pero en este proceso las reglas y leyes suponen un obstáculo que evita la transformación del sistema vigente. Con la búsqueda de este fin, los populistas están dispuestos a luchar contra estas reglas bajo la alegación de la primacía de la voluntad popular. 7.- Primacía de la subjetividad y la emocionalidad frente a la racionalidad, y relativización de la realidad. Los populistas acostumbran a apelar a las emociones para motivar y movilizar a sus bases, pudiendo llegar a tergiversar hechos demostrables y racionales para que estos se adapten a sus argumentos emocionales, como se puede observar en la difusión del fenómeno de las “fake news”. 8.- Rechazo a la democracia liberal y sus mecanismos institucionales. Los mecanismos de control al poder ejecutivo son vistos como impedimentos a la hora de ejecutar la voluntad popular de forma directa, puesto que estos controles suponen la intervención de terceros que pueden obedecer a intereses contrarios a los del pueblo, contradiciendo las decisiones del líder populista. 9.- Oposición a la apertura económica y transfronteriza. Los populistas ven en la globalización económica una amenaza que fortalece a las grandes empresas y perjudica las condiciones laborales de los trabajadores. Como consecuencia, los populistas suelen abogar por el refuerzo del mercado propio con un mayor control estatal, y en ocasiones desemboca también en el deseo de cerrar sus fronteras nacionales para regular firmemente la inmigración, que es vista como perjudicial cuando los inmigrantes no son considerados parte de la comunidad que conforma el pueblo. 10.- Anti-internacionalismo y nacionalismo. A menudo la visualización del pueblo nace desde la concepción de nación, produciéndose una permeabilidad de asunciones nacionalistas . Cuando la nación se identifica con el Estado, se produce un fuerte rechazo a la cesión de poderes a organizaciones supranacionales, ya que esto supone una pérdida de parte de la soberanía nacional/popular. 11.- Transversalidad ideológica. El populismo surge en distintas formas según su contexto, y su contenido ideológico en cada caso puede estar adscrito o no al de una o incluso varias ideologías clásicas en el espectro izquierda/derecha, pudiendo incluso adoptar características de ambos lados del espectro al mismo tiempo. Así, aunque los populismos puedan enmarcarse dentro de unas características ideológicas u otras, pero todos se caracterizan por su pertenencia a un nuevo espectro en donde se ubican a favor o en contra de la globalización y la democracia liberal. Considerando estos rasgos, es posible establecer un paralelismo y enmarcarlos dentro de las tres características que Popper establece sobre la sociedad cerrada (historicismo, colectivismo y antirracionalismo). Desde esta concepción, el autor propone una definición de populismo como “ideología alternativa a la democracia liberal que, surgiendo como reacción a los cambios producidos por la globalización, apuesta por un modelo político antirracionalista, por un ideal social colectivista y por una concepción historicista del devenir público.” (Ramírez Nárdiz, 2018, p. 21). 69
● Populism, The Timeline of a Concept; Juan Francisco Fuentes, 2020 Una de las características paradójicas de estos movimientos es que su naturaleza anti-élites, anti-statu quo o anti-establishment es encarnado precisamente por una élite que habla en nombre del pueblo. También es característico que frecuentemente oscila entre el antidemocratismo y el hiper-democratismo, y combina la nostalgia por la democracia directa con el ejercicio de un liderazgo fuerte y el rechazo de cualquier tipo de mediación política. El populismo aboga por la expresión pura de la voluntad popular, sin rodeos institucionales o ideológicos, y recurre a métodos simbólicos y carismáticos para lograr su concepción redentora de la política, basada en una retórica maniquea. Bram Spruyt, Gil Keppens y Filip Van Droogenbroeck dicen que el populismo es “una política de esperanza”, “una promesa democrática de un mundo mejor” (Spruyt, Keppens, Van Droogenbroeck, 2016), un sueño de salvación colectiva tan atractivo como difícil de expresar en un programa específico y de encapsular en una definición. A pesar de ello, los autores anteriormente mencionados establecen una definición mínima basada en 4 aspectos: 1.- La existencia de dos grupos homogéneos, “el pueblo” y “la élite establecida”. 2.- Entre ambos grupos existe una relación antagónica. 3.- “El pueblo” es presentado como virtuoso, mientras que “la élite” es denigrada. 4.- La voluntad del pueblo (soberanía popular) es considerada como la indiscutible fuente de legitimidad. (Respecto a Populism: A Brief Biography, lectura en la lista) Este artículo se basa en la asunción del autor de que una definición universal de populismo nunca capturará su naturaleza cambiante y su significado a veces contradictorio. Si cada apelación al “pueblo” supusiera un discurso populista, el concepto de populismo amenazaría con abarcar casi todas las familias ideológicas. El “pueblo” en el populismo, más bien que un sujeto político o una clase social, constituye una categoría moral. El empleo recurrente del término “momento populista” en la última década es sintomático. Sugiere el carácter intermitente de este fenómeno, cuyas apariciones en la historia moderna vienen ligadas a un sentimiento de desafección con un sistema social y político en crisis. Sugiere también la inexistencia de conexión histórica entre los diferentes episodios populistas, como si respondieran a causas distintas y hubiera algo impredecible respecto a su aparición y desaparición. La crisis económica de 2008 convirtió el término en un cliché sobre las consecuencias políticas del descontento social, multiplicándose exponencialmente la aparición de la expresión “momento populista” en gran número de ensayos, artículos o discursos. Las doctrinas populistas muestran una gran resistencia en el tiempo; en el caso de EEUU, a pesar de la pérdida de impulso y visibilidad del movimiento populista a principios del siglo XX, sus ideas permearon en el sistema con la implementación de reformas reminiscentes al programa populista (el sufragio femenino, la creación de la Reserva Federal, o el control sobre los medios). Con el comienzo de la Gran Depresión en 1929, el populismo encontró un caldo de cultivo idóneo para propagar su mensaje de salvación social. No obstante, a pesar de la enorme 70
influencia del fenómeno, el empleo del concepto “populismo” era relativamente escaso, puesto que la radicalización política en Europa favorecía el uso de términos más agresivos, como “rojo”, “comunista” o “fascista”, mientras que en EEUU se conservó la noción de populismo para la formación de un consenso social en lo respectivo a las medidas a adoptar para luchar contra la Gran Depresión (destacando especialmente el carácter populista del paquete de medidas del New Deal). Tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, el populismo quedó privado de sus bases sociales y económicas en los países desarrollados, puesto que se produjo una frenética recuperación económica, la democracia parlamentaria se estableció como sistema político dominante, y la aparición del Estado de Bienestar introdujo estabilidad y justicia social en un sistema de capitalismo mixto. La aparición de movimientos populistas fue esporádica durante las décadas siguientes, con casos etiquetados como populistas como el Macartismo o el Poujadismo; no obstante, la influencia y duración limitada de estos fenómenos sugiere la dificultad para el populismo de encontrar el éxito en la sociedad industrial de la Guerra Fría. Durante este período de las décadas de los 40 y 50, se produce una especie de “sequía intelectual” en el campo del populismo, puesto que ante su reciente fracaso y el auge de los sistemas comunistas, el interés académico se desplazó, dejando una producción literaria muy reducida acerca del populismo. A partir de la década de los 60, se reinicia el interés académico por el populismo, influenciado en gran medida por los estudios de autores latinoamericanos, quienes produjeron grandes avances teóricos en su análisis de los populismos en América Latina. Uno de los casos más influyentes es el de Torcuato di Tella, que publicaba en 1965 la obra “Populismo y Reforma en América Latina”, donde establecería 3 premisas principales respecto al populismo que jugarían un rol fundamental en el debate académico posterior. Di Tella destacaba: 1.- El sentido peyorativo del término “populismo”. 2.- La importancia del lenguaje como parte esencial del populismo. 3.- La identificación de la base social del populismo con “el pueblo” o “las masas” mucho más que con la clase obrera industrial, explicando así por qué el populismo de ese momento era característico en países cuyo desarrollo del capitalismo industrial estaba incompleto, como América Latina o los países fruto de la descolonización. Una serie de relevantes intelectuales norteamericanos asumieron que el populismo que el populismo había abandonado su carácter aparentemente progresista en pos de una versión reaccionaria encarnada en el Macartismo, volviéndose predominante en los círculos académicos un juicio crítico y negativo respecto al populismo, del cual nace en 1960 “Political Man: The Social Bases of Politics”, en el que Lipset realiza una crítica retrospectiva del populismo. Como resultado de esto, la palabra “populismo” se convirtió en sinónimo de “demagogia”, “anti-pluralismo” o “monismo democrático”. En los 60, con el sistema bipolar entre EEUU y la Unión Soviética, el populismo aparentaba ser una “tercera vía” externa al conflicto entre capitalismo y comunismo, una fuerza de cambio alternativa capaz de resolver el problema de la revolución en las sociedades industriales, asociando el término “pueblo” con una connotación revolucionaria. En los 70, vuelve a producirse una reidealización del “pueblo” como sujeto de de redención ideológica, y tiene lugar una reevaluación del uso de la violencia; ante la inmutabilidad del 71
sistema a la oposición pacífica, se considera la violencia como método indispensable en una lucha entre el bien y el mal, produciéndose una proliferación de grupos terroristas inspirados por el Maoísmo y su lucha de guerrillas. Pero la aparición de actores populistas no se limitó a la extrema izquierda, sino que también aparecen actores populistas de derechas, como la fundación en 1972 del Frente Nacional Francés, considerado uno de los máximos exponentes del “nacional-populismo”. Tras la caída del muro de Berlín en 1989, el final de la Guerra Fría afectó a parte de las democracias occidentales, cuyo sistema de partidos estaba construido alrededor del antagonismo con el comunismo. En este momento, comienza el fenómeno denominado como “New Populism”, cuando a raíz de la crisis de legitimidad de los partidos tradicionales, comienzan a cobrar fuerza los actores populistas. Se produce también la subida al poder de populistas conservadores o neopopulistas en Latinoamérica, y en los antiguos países comunistas de Europa Central y del Este se produce un fuerte auge en las ideologías nacional-populistas. Los rápidos y fuertes cambios en Europa produjeron miedo y rechazo, lo que provocó la aparición del llamado “populismo territorial”, influenciado por la lógica nacionalista, y en el que se distinguen dos fenómenos: el populismo territorial de derechas y el de izquierdas. El populismo territorial de derechas se caracteriza por su marcado carácter xenófobo, con una vertiente interna (refuerzo de la identidad nacional y discriminación a las minorías e inmigrantes) y una vertiente externa (movilización contra los agentes externos poderosos, como la Unión Europea). En el caso del populismo territorial de izquierdas, la ausencia de una fuerte identidad de clase produjo la sustitución de la clásica concepción marxista del proletariado como actor revolucionario por una concepción del “pueblo” y el territorio nacional en el que habitan como baluarte de resistencia contra la globalización y el corporativismo. Durante la década de los 2000 se desarrolla la tesis de los “perdedores de la globalización”, y se considera que éstos serán los simpatizantes naturales del populismo territorial, produciéndose un gran debate en los medios de comunicación, especialmente presente en Europa Occidental. La crisis financiera de 2008 reforzó enormemente los sentimientos de rechazo a la globalización y al capitalismo financiero, nutriendo una concepción identitaria de la política con bases en el populismo territorial (defensa de lo local vs lo global, “los de abajo” vs “los de arriba”, rechazo a Wall Street). Cita una definición publicada en un artículo del periódico Washington Monthly: “Populism has evolved from a concrete set of policy demands to a rhetorical package for politicians wishing to create a distinction without a difference between themselves and their fellow partisans” (Julia R Azari, 2015). Así, la principal diferencia histórica del populismo desde sus orígenes es el peso retórica/programa (y la naturaleza de dicho programa) en cada movimiento populista, dependiendo de sus necesidades y objetivos en un marco temporal y nacional. Es por esto que, desde el punto de vista de la historia conceptual, el populismo debe ser puesto en relación con los distintos “momentos populistas”, caracterizados por los usos que los actores sociales, políticos y académicos han hecho del concepto. 72
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