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La construcción emocional de VOX

Castro Martínez, Paloma

Abstract

España, junto con Portugal, era el único país de Europa occidental que se resistía a la presencia de un partido de extrema derecha en sus parlamentos. Sin embargo, tras la irrupción de VOX en el Parlamento andaluz en 2018 y en el español en abril de 2019, ampliando su representación a 52 escaños con la repetición de las elecciones en noviembre del mismo año, España pasa a engrosar la lista de países que cuenta un partido de extrema derecha relevante en su sistema de partidos. La presente tesis doctoral, tras hacer una extensa revisión bibliográfica de la extrema derecha europea, trata de determinar qué variables determinan la explicación del voto a VOX, haciendo hincapié en la construcción emocional del voto. No se trata sólo de una construcción estructural del voto, sino de una construcción emocional. Para tal fin, se emplearán avanzadas técnicas estadísticas de análisis multivariante a partir da Encuesta Postelectoral de las Elecciones Generales de noviembre de 2019 realizada por el Equipo de Investigacións Políticas da Universidade de Santiago de Compostela.

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TESIS DE DOCTORADO LA COSTRUCCIÓN EMOCIONAL DE VOX Paloma Castro Martínez ESCOLA DE DOUTORAMENTO INTERNACIONAL EN ARTES E HUMANIDADES, CIENCIAS SOCIALES E XURÍDICAS DA USC PROGRAMA DE DOCTORADO EN MARKETING POLÍTICO, ACTORES E INSTITUCIONES EN LAS SOCIEDADES CONTEMPORÁNEAS SANTIAGO DE COMPOSTELA 2020 2 3 DECLARACIÓN DEL AUTOR DE LA TESIS La construcción emocional de VOX D./Dña. Paloma Castro Martínez Presento mi tesis, siguiendo el procedimiento adecuado al Reglamento, y declaro que: La tesis abarca los resultados de la elaboración de mi trabajo. En su caso, en la tesis se hace referencia a las colaboraciones que tuvo este trabajo. La tesis es la versión definitiva presentada para su defensa y coincide con la versión enviada en formato electrónico. Confirmo que la tesis no incurre en ningún tipo de plagio de otros autores ni de trabajos presentados por mí para la obtención de otros títulos. En Santiago de Compostela, 21 de setembro de 2020 Fdo . Paloma Castro Martínez 4 5 AUTORIZACIÓN DEL DIRECTOR / TUTOR DE LA TESIS La construcción emocional de VOX D./Dña. Erika Jaráiz Gulías INFORMA: Que la presente tesis, corresponde con el trabajo realizado por D/Dña. Paloma Castro Martínez, bajo mi dirección, y a utorizo su presentación , considerando que reúne l os r equisitos exigidos en el R eglamento de Estudios de Doctorado de la USC, y que como director de ésta no incurre en las causas de abstención establecidas en Ley 40/2015. En Santiago de Compostela, 21 de setembro de 2020 Fdo. Erika Jaráiz Gulías 6 7 AGRADECIMIENTOS Se cumplen diez años desde que, por primera vez, crucé las puertas de esta facultad para comenzar a estudiar el grado en Ciencia Política e da Administración, y no se me ocurre mejor manera de conmemorar estos diez años que presentar mi tesis doctoral. También hace cinco años que comencé a formar parte del Equipo de Investigacións Políticas de esta universidad, una vez había tomado la firme decisión de realizar mis estudios de doctorado. Han sido cinco años de duro e incesante trabajo, con un Máster en Técnicas Estadísticas de por medio. Pero también han sido años de continuo y gratificante aprendizaje. Por ello, tengo que dar las gracias, en primer lugar, a Petene, Nieves, María y, en especial, a Erika, mi tutora y guía en la elaboración de mi tesis doctoral. Gracias por darme la oportunidad de formar parte de este equipo, que ya es mi segundo hogar, y gracias por las enseñanzas y el apoyo a lo largo de esta etapa. Y, en segundo lugar, tengo que dar las gracias, a mis compañeros con los que trabajo codo con codo, pero con los que también comparto momentos de risas y alegría. Quiero dar las gracias también a mis amigos, especialmente a Olalla, a quien conocí precisamente en los primeros días de carrera, a los que muchas veces he dicho que no, anteponiendo mis obligaciones con la tesis, por su comprensión y sus ánimos. Pero, sobre todo, quiero dar las gracias a mi familia. Sin el apoyo de mis padres y de mi hermana estos años de doctorado hubiesen sido imposibles. Gracias María y gracias, mamá por ser mi timón cuando más desanimada me he encontrado. No ha sido un viaje fácil ni tranquilo, pero lo importante es que me habéis acompañado durante todo el camino, junto con papá, que sé que allí donde esté será el padre más orgulloso y feliz. A él, mi mayor fan y apoyo, le doy las gracias y le dedico, en especial, mi tesis doctoral. 8 9 ÍNDICE INTRODUCCIÓN .................................................................................................................... 12 CAPÍTULO I. EL DEBATE TERMINOLÓGICO DE LA EXTREMA DERECHA ............. 15 1.1. LAS OLAS DE LA EXTREMA DERECHA ............................................................ 16 1.2. LA CONCEPTUALIZACIÓN Y EL DEBATE TERMINOLÓGICO ..................... 19 1.3. TIPOLOGÍAS DENTRO DE LA FAMILIA DE PARTIDOS DE EXTREMA DERECHA ............................................................................................................................ 39 CAPÍTULO II. EL AUGE DE LA EXTREMA DERECHA EN EUROPA OCCIDENTAL . 47 2.1. EL LADO EXTERNO DE LA OFERTA: ESTRUCTURAS DE OPORTUNIDAD POLÍTICA ............................................................................................................................ 47 2.1.1. Contexto institucional ............................................................................................. 48 2.1.2. Contexto político .................................................................................................... 51 2.1.3. Contexto cultural .................................................................................................... 56 2.1.4. Contexto mediático ................................................................................................. 59 2.2. EL LADO INTERNO DE LA OFERTA: LOS PARTIDOS DE EXTREMA DERECHA ............................................................................................................................ 61 2.2.1. Ideología ................................................................................................................. 62 2.2.2. Organización ........................................................................................................... 65 2.2.3. Liderazgo ................................................................................................................ 66 2.2.4. Internacionalización................................................................................................ 69 2.3. EL LADO DE LA DEMANDA: TEORÍAS DEL VOTO A LOS PARTIDOS DE EXTREMA DERECHA ....................................................................................................... 70 2.3.1. La tesis de la ruptura social .................................................................................... 70 2.3.2. La tesis del postmaterialismo revertido .................................................................. 73 2.3.3. La tesis del interés económico ................................................................................ 75 2.3.4. La tesis del single-issue .......................................................................................... 79 2.3.4.1. Inmigración ...................................................................................................... 81 2.3.4.2. Unión Europea ................................................................................................. 88 2.3.4.3. Globalización ................................................................................................... 92 2.3.5. La tesis del voto protesta ........................................................................................ 94 2.4. LOS APOYOS SOCIOESTRUCTURALES DE LA EXTREMA DERECHA ............ 99 2.4.1. Género .................................................................................................................. 100 16 Los partidos de extrema derecha no reflejan el mero renacer de las contiendas del periodo de entreguerras ni la resurrección de los movimientos fascistas. Por el contrario, la extrema derecha contemporánea surge en circunstancias muy distintas a los periodos de preguerra y guerra. Estas fuerzas políticas son designadas como postindustriales porque son el reflejo y la expresión de los nuevos conflictos creados por la transición a la sociedad postindustrial (Betz, 1993b), en la que los intereses materiales han dejado de ser vitales y la burguesía y la clase trabajadora ya no son antagónicamente definidas, pues la economía de posguerra y el cambio cultural han desdibujado la división de clases, así como los alineamientos, fidelizaciones y orientaciones tradicionales (Ignazi, 1992). El desarrollo del sector servicios, el declive de la capacidad de las relaciones laborales para determinar las relaciones sociales y los procesos de atomización y secularización han creado diferentes cleavages y agregaciones. La pugna en la distribución de recursos deja paso a la dotación de valores. En este tránsito, la sociedad postindustrial toma forma, aunando cuestiones materialistas y valores postmaterialistas, como la identidad y la autorrealización (Ignazi, 2006). Los partidos de extrema derecha son, en definitiva, el producto de la expresión del malestar con la sociedad pluralista, multicultural, globalizada y conflictiva (Ignazi, 2002). En este contexto, las formaciones de extrema derecha ofrecen una respuesta a las necesidades y demandas generadas por la postindustrialización y la insatisfacción con los partidos del establishment. El cambio organizacional de los partidos de masas a los partidos catch-all, que debilita el posicionamiento de los líderes y sus formaciones políticas, al percibirse como ineficaces a la hora de ofrecer soluciones, produce el relajamiento de las lealtades partidistas (Ignazi, 1992) y el auge de la desafección política (Ignazi, 2002, 2006). Algunas de estas necesidades y demandas convergen en la defensa de la comunidad natural, la solicitud de más ley y orden, de harmonía y seguridad, y en el malestar hacia los mecanismos y procesos de representación, buscando, en su lugar, al líder carismático, una figura autoritaria que guíe a la sociedad, donde la autorealización y el individualismo han alterado la red protectora de los vínculos sociales tradicionales (Ignazi, 1997a, 2006). En definitiva, las condiciones y las causas que han dado lugar al auge de los partidos de extrema derecha podrían sintetizarse en la combinación de la convergencia en el espacio político de los partidos del establishment, la reacción en contra de la nueva izquierda o de los movimientos y partidos verdes, la fragmentación política y la representación proporcional, el aumento de la importancia del cleavage socio-cultural, la transición del materialismo al postmaterialismo, el desarrollo del Estado de bienestar, la economía postindustrial y la globalización, la disolución de las identidades y la multiculturalización, el racismo y la xenofobia, la crisis económica y el desempleo (Cuperus, 2003: 85-86), y del descontento, la desconfianza y la desafección política. 1.1. LAS OLAS DE LA EXTREMA DERECHA En la década posterior a la II Guerra Mundial, los restos de la extrema derecha subsisten en los márgenes de los sistemas de partidos de las democracias consolidadas, siendo la organización con mayor relevancia parlamentaria, el Movimiento Sociale Italiano (MSI, Movimiento Social Italiano), cuyos orígenes se remontan a la etapa fascista europea, aunque también sigue activo el Nationaldemokratische Partei Deutschland (NPD, Partido Nacionaldemócrata de Alemania). A principios de los años setenta, sin embargo, se fundan nuevas fuerzas políticas, como es el caso del Fremskridtspartiet1 (FP, Partido del progreso) en Dinamarca, del Front National2 (FN, 1 Hasta su división en 1999. 2 A partir de 2018, denominado como la Rassemblement National (RN, Agrupación Nacional). 17 Frente Nacional) en Francia, del Fremskrittspartiet (FrP, Partido del Progreso) en Noruega, o del Vlaams Blok3 (VB, Bloque Flamenco) en Bélgica, pero es en los años ochenta y noventa, e incluso posteriormente, tras la crisis económica, iniciada en 2008 (Lagares y Castro, 2020, en prensa), cuando se constituyen la mayoría de los partidos políticos de extrema derecha en Europa, como la Lega Nord4 (Liga Norte) en Francia y la Alleanza Nazionale5 (AN, Alianza Nacional) en Italia. Por tanto, en las dos últimas décadas del siglo XX, han proliferado los partidos de extrema derecha con la renovación de las viejas marcas y creación de nuevas, el repentino y pronunciado auge de organizaciones, hasta entonces, minúsculas y marginales, y con la radicalización de las formaciones políticas que anteriormente eran conservadoras o moderadas (Ignazi, 2006: 197). Si a principios de la década de los ochenta, los parlamentos nacionales de las democracias occidentales sólo disponen de unas cinco o seis fuerzas políticas que se podrían clasificar dentro de la familia de partidos de extrema derecha (Ignazi, 2006; Norris, 2009), a mediados de los años noventa, llegan a ser quince, logrando resultados electorales sin precedentes al duplicarse sus porcentajes de voto en países como Francia, Austria, Bélgica y Alemania; y, tras las Elecciones europeas de 1989, este fenómeno se extiende a países como Holanda, Suiza, Suecia, Grecia y España (Ignazi, 2006). Las olas de la extrema derecha han llegado a las orillas de Europa a partir de la segunda mitad del siglo XX tras el fracaso del fascismo (Eatwell, 1998: 3). En otras palabras, el auge de los partidos de extrema derecha en varias democracias de Europa occidental se ha producido en olas (Mudde, 1996: 225). Klaus von Beyme (1988, 2017) identifica tres olas, que Mudde (2019) recoge y renombra: la ola del neofascismo de posguerra (1945-1955); la ola de la miseria social o del populismo de derechas (1955-1980), y la ola del desempleo y la xenofobia o de la derecha radical (1980-2000). La primera ola está relacionada con el desarrollo histórico del nazismo y el fascismo (Caiani et al., 2012). Dado que casi todos los grupos y activistas de extrema derecha habían colaborado con los nazis y fascistas durante la guerra, casi todos los políticos de extrema derecha generan rechazo, sobre todo, en países como Alemania, Austria, Holanda o Italia, donde todos los nacionalismos se perciben de manera negativa (Helms, 1997; Mudde, 2019; von Beyme, 1988, 2017). La mayoría de los políticos europeos que habían ideológicamente apoyado u oportunistamente colaborado con los regímenes fascistas, se adaptan a la nueva realidad democrática, pero las organizaciones postfascistas, que permanecen leales a la doctrina fascista, son relegadas a una posición marginal (von Beyme, 1988, 2017). Aunque, en su mayoría, reciben la etiqueta de postfascistas, se trata de los viejos fascismos que permanecen fieles a su ideología y que se organizan fundamentalmente en organizaciones sociales, proporcionando camaradería y apoyo social a los héroes y mártires de la causa fascista. Debido a su localización en los márgenes del sistema de competición partidista, la mayoría de estas formaciones políticas no concurren en las elecciones o, si lo hacen, no consiguen sobrepasar el umbral de la representación parlamentaria, a excepción del Movimiento Sociale Italiano (Mudde, 2019; von Beyme, 1988, 2017). Durante la segunda ola, las agrupaciones postfascistas continúan subsistiendo en los márgenes de las sociedades occidentales, pero surge una variedad de partidos de extrema derecha, que en lugar de definirse por su lealtad a un régimen y a una ideología derrotados, se definen por su oposición a las élites de la postguerra, rebelándose en contra de las condiciones 3 Denominado desde 2004 como Vlaams Belang (VB, Interés Flamenco), al ser ilegalizado por racismo. 4 Denominada desde 2018 como la Lega (Liga) 5 Creada en 1995 como sucesora del Movimento Sociale Italiano (MSI, Movimiento Social Italiano), e integrada en 2009 en Il Popolo della Libertà (PdL, Pueblo de la Libertad), hasta su disolución en 2013. 18 sociales de la época, sobre todo, de la marginalización del rural, de la implantación de impuestos y del desarrollo del Estado de bienestar. La defensa de estas posturas se encarna en el poujadismo (von Beyme, 1988), movimiento francés, cuyo nombre proviene de su líder Pierre Poujade, que surge en 1954 con la creación de la Union de Défense de Commerçants et Artisans (UDCA, Unión de defensa de los comerciantes y artesanos), un grupo de presión de comerciantes que reivindica la defensa de los pequeños vendedores y artesanos frente a la apertura de las grandes superficies y frente al problema añadido del rápido desplazamiento de la población rural hacia las ciudades. A juicio de Lipset (1987), el poujadismo forma parte de un macroproceso social derivado del nazismo y de la crisis socioeconómica que convierte a la clase media-baja en extremista. Después de dos años, el movimiento había engendrado un partido que ganaría casi el 12% de los votos en las elecciones a la Asamblea nacional de 1956 (Eatwell, 1998). Cuando el general Charles de Gaulle inaugura la quinta República en 1958, el poujadismo rápidamente desaparece de la política francesa, aunque dejaría un importante legado, un nuevo movimiento liderado por Jean-Marie Le Pen (Mudde, 2019; von Beyme, 1988, 2017). La tercera ola de la extrema derecha en Europa occidental estaría causada por el desempleo y la xenofobia tras el fin del largo periodo de prosperidad (von Beyme, 1988, 2017). Su comienzo se sitúa a principios de los años ochenta, pero su cresta no se observa hasta los noventa, cuando, impulsados por el aumento del desempleo y por la inmigración de masas, los partidos de extrema derecha entran a formar parte de algunos los parlamentos nacionales, como es el caso del Front National, la Lega Nord o el Vlaams Blok (Mudde, 2019). De acuerdo con algunos autores, estas olas son similares en todos o, al menos, en la mayor parte de los países (Betz, 1994; von Beyme, 1988, 2017), mientras que otros consideran que son específicas (Antón-Mellón y Hernández-Carr, 2016; Rydgren, 2005). Una posición conciliadora entre ambas posturas es la adoptada por Minkenberg (2001, 2002, 2017a, 2017b), quien afirma que el renacer de los partidos de extrema derecha puede entenderse como el resultado del proceso de modernización general y de los cambios específicos en las estructuras de oportunidad de cada país. En lo que sí parece haber un consenso es en torno a la idea de que la tercera ola es el periodo de posguerra más exitoso, tanto en el sentido ideológico como electoral, de los partidos de extrema derecha (Arzheimer y Carter, 2006; Evans, 2005; Ignazi, 2006; Suleiman, 1995; Taggart, 1995). Incluso, aunque en la mayoría de los países, estas formaciones políticas permanecen como parias, definidas por Ignazi (2006: 232) como los partidos de extrema derecha que se encuentran más distantes a los partidos mainstream y al gobierno, algunas se establecen como parias políticamente relevantes como, por ejemplo, la francesa Rassemblement National (Mudde, 2000). Sin olvidar que a mediados de los años noventa, algunos de estos partidos políticos han logrado el suficiente apoyo electoral como para llegar a ser jugadores importantes en la conformación de gobiernos. Por ejemplo, en Italia, la Alleanza Nazionale y la Lega Nord entran a formar parte del gobierno en 1994, como socios minoritarios del primer gobierno de Silvio Berlusconi y, en 2001, integran la coalición gubernamental liderada por Forza Italia (FI, Fuerza Italia); y en Austria, el Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ, Partido de la Libertad de Austria) también entra en el gobierno en 1999, en coalición con el Österreichische Volkspartei (ÖVP, Partido Popular Austríaco) (Carter, 2005). Si bien, Mudde (2019) ya apunta al fin de la tercera ola, dando paso al inicio de una cuarta con el comienzo de siglo. Para el autor (Mudde, 2019: 3-4), mientras los veinte años de la tercera ola contemplan el auge y el éxito electoral de los partidos de extrema derecha (o de derecha radical populista, como el autor los denomina), aunque estas formaciones, con frecuencia, se encuentran condenadas a los márgenes políticos del sistema, al ser excluidas de 19 las coaliciones y al ser minimizados “sus” issues por parte de los partidos mainstream; la cuarta ola supone la integración y la normalización de los partidos de extrema derecha e, incluso, donde estas fuerzas políticas no han emergido, los sentimientos auspiciados por la extrema derecha coquetean con los políticos y los medios de comunicación. Todas las democracias occidentales, además de estar afectadas, de diferentes formas, por estos acontecimientos, ven como las ideas defendidas por la extrema derecha se debaten en los círculos políticos y como algunas de sus políticas son adoptadas, de una forma más moderada, por los partidos del establishment, agitando así el estatus quo político nacional e internacional y aupando una ola de islamofobia y protesta populista sin precedentes. En este proceso, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la gran recesión de 2008 y la llamada “crisis de refugiados” de 2015 habrían desempeñado un importante papel. Especialmente, la crisis de la eurozona ha alterado el panorama político a lo largo de Europa. La crisis no sólo ha causado dificultades económicas, sino que ha supuesto la implantación de considerables restricciones fiscales a ciertos gobiernos nacionales. Ante esta situación, buena parte del electorado ha reaccionado rechazando, como forma de castigo, a los partidos políticos tradicionales y optando, en su lugar, por nuevas y revitalizadas formaciones que retan el consenso mainstream de la integración europea y la austeridad. Estas nuevas organizaciones, entre las que se encuentran los partidos de extrema derecha, se oponen, ofreciendo una alternativa, a la respuesta mainstream a la crisis. Frente a la convergencia de la izquierda y la derecha mainstream en torno a la política de austeridad y la adhesión a las líneas sobre política fiscal impuestas por la Unión Europea, la extrema derecha reclama mayor soberanía nacional, especialmente, en lo que respecta a las competencias sobre el control de la inmigración y la repatriación de la Unión Europea (Hobolt y Tilley, 2016). Estos cambios a comienzos del siglo XXI, especialmente la crisis económica e institucional en la que ha estado inmersa la Unión Europea, han llevado a que la mayoría de los partidos de extrema derecha vean aumentar significativamente sus apoyos electorales, a que nuevas organizaciones pertenecientes a esta familia aparezcan en países que, hasta ahora, habían resistido al auge de la extrema derecha o donde habían permanecido de manera marginal, como Alemania, Suecia o España; a que muchas fuerzas de extrema derecha se encuentren entre los partidos mayoritarios de sus respectivos parlamentos nacionales, como el Dansk Folkeparti (DF, Partido Popular Danés) en Dinamarca o la Rassemblement National en Francia; y a que llegasen a ser actores relevantes en la conformación de gobiernos, ya sea formando parte de las coaliciones de gobierno, como el griego Laikós Orthódoxos Synagermós (LAOS, Rally Ortodoxo Popular o Alarma Ortodoxa del Pueblo), o concediendo apoyos puntuales a gobiernos minoritarios, generalmente, relacionados con políticas migratorias estrictas, como es el caso del DF en Dinamarca o del Partij voor de Vrijheid (PVV, Partido por la Libertad) en los Países Bajos (Antón-Mellón y Hernández-Carr, 2016; Mudde, 2019). 1.2. LA CONCEPTUALIZACIÓN Y EL DEBATE TERMINOLÓGICO Para referirse a la misma familia de partidos políticos, desde principios de los años ochenta, en el seno de la comunidad científica, han surgido una multitud de términos diferentes debido a la ausencia de un amplio consenso acerca de una clara e inequívoca definición (Arzheimer, 2017; Carter, 2005; Eatwell, 2000; Mudde, 2007). En su obra Populist Radical Right Parties in Europe, Mudde (2007) recoge el listado más completo en la literatura académica existente de las diversas denominaciones atribuidas a esta familia de partidos (tabla 1), prueba irrefutable de dicha discordia. 20 Tabla 1. Términos empleados para designar a la extrema derecha Término Autores Extrema derecha Akkerman, 2018; Arzheimer, 2009, 2017; Arzheimer y Carter, 2006; Billiet y De Witte, 1995; Burni, 2019; Caiani et al., 2012; Carter, 2002, 2004, 2005; Cutts et al., 2011; Dinas et al., 2013; Dülmer y Klein, 2005; Eatwell, 2000, 2003, 2017b; Falter y Schumann, 1988; Golder, 2003a; Hainsworth, 2000, 2008; Husbands, 1992; Ignazi, 1992, 1997a, 1997b, 2002, 2003, 2006; Knigge, 1998; Koopmans, 1996; Lubbers y Scheepers, 2001; Lubbers et al., 2002; Mudde, 1995b, 1996a, 1996b, 1999, 2000; Pedahzur y Weinberg, 2017; Rensmann, 2003; Schain, 2017; Spierings y Zaslove, 2015; Stöss, 1988; Ter Wal, 2000; van Donselaar, 2017; Voerman y Lucardie, 1992; von Beyme, 1988, 2017; Westle y Niedermayer, 1992; Zúquete, 2017 Ultraderecha Allen, 2017; Cheles et al., 1995; Cole, 2005; Edo et al., 2019; Mudde, 2019; Veugelers, 1997, 1999; Veugelers y Magnan, 2005; Virchow, 2007 Derecha Betz e Immerfall, 1998 Nueva derecha Chapin, 1997; Minkenberg, 1992; Statham, 1996 Derecha radical Akkerman, 2017; Art, 2017; Arzheimer y Carter, 2009; Betz, 1990, 2003; Careja y Fesnic, 2011; Harteveld, 2016; Holsti, 1974; Karapin, 1998; Kitschelt, 1995; Givens, 2004, 2017; Griffin, 2017; Merkl, 1997; Minkenberg, 2000, 2001, 2002, 2017a, 2017b; Norris, 2009; Polyakova, 2015; Rovny, 2013; Rydgren, 2007, 2017; Vasilopoulou, 2017; Zaslove, 2004 Derecha radical populista Antón-Mellón y Hernández-Carr, 2016; Betz, 1993a, 2002, 2004; Betz y Johnson, 2004, 2017; Castanho, 2018; Evans, 2005; Mudde, 2007, 2010, 2014, 2017; Rydgren, 2003; Spierings y Zaslove, 2015; Verbeek y Zaslove, 2015 Derecha populista Bornschier, 2010; Helms, 1997; Ivarsflaten, 2008; Koopmans y Muis, 2009; Mols y Jetten, 2016; Oesch, 2008; Oesch y Rennwald, 2010 Nacional-populismo Backes, 1991, citado en Mudde, 2007: 12; Brubaker, 2017; Taguieff, 1984 Nacionalismo populista Blokker, 2005 Nuevo populismo Lloyd, 2003; Taggart, 1995 Neopopulismo Betz e Immerfall, 1998 Populismo de derecha radical Betz, 1993b, 1994 Populismo exclusionista Betz, 2001 Populismo xenófobo DeAngelis, 2003 Etno-nacionalismo Rydgren, 2004 Nativismo Fetzer, 2000 Racismo Husbands, 1988; Meloen et al., 1996 Extremismo racismo Mudde, 2005, 2017b Antinmigrantes Boomgaarden y Vliegenthart, 2007; Fennema, 1996, 1997; Van der Brug y Fennema, 2003; Fennema et al., 2000, 2005 Fascismo Ford, 1992; Laqueur, 1996 Neofascismo Cheles et al., 1991; Karapin, 1998; Krejčí, 1995 Postfascismo Mellón, 2002 Tribalismo reaccionario Antonio, 2000 Integralismo Holmes, 2000 Antipartidismo Bélanger, 2004 Fuente: elaboración propia a partir de Mudde (2007) Un primer eje de la discusión reside en la utilización que, para referirse a estos partidos, hacen algunos autores de los términos “fascismo”, “neofascismo” y “postfascismo”, entendiendo que su esencia, al igual que la del fascismo clásico, descansa en las orientaciones políticas que ensalzan los valores y posiciones del propio grupo étnico: la nación, que en su concepción esencialista, se puede identificar por una historia, una religión, un estilo de vida y una lengua comunes, diferenciándose del resto de etnias de acuerdo con criterios raciales y/o 21 culturales (Krejčí, 1995: 1-2). Sin embargo, en general estos términos resultan problemáticos y obsoletos pues ya no son etiquetas precisas para los partidos de extrema derecha contemporáneos, dado que sugieren un continuismo histórico y muchas de estas formaciones políticas han abandonado las referencias al legado fascista (Carter, 2005; Minkenberg, 2000), mientras que estos vocablos se utilizan para referirse a partidos políticos que manifiestan explícitamente el deseo de restauración del Tercer Reich (Mudde, 2000). Siguiendo la definición mínima de Eatwell (énfasis del autor, 1996a: 313), la ideología fascista estriba en el renacer de la fuerza social basada en la tercera vía nacional-holística radical. Esta definición agrupa muchos aspectos cruciales para el fascismo (Ignazi, 2002). Las características del fascismo o neofascismo, sobre las cuales hay un amplio debate, pero que incluyen, entre otras, al nacionalismo extremo, al antiparlamentarismo, al anti-pluralismo y a la subordinación de los individuos a la voluntad de la nación y del Estado, que son posibles elementos constitutivos, pero no necesarios, de la extrema derecha. Por consiguiente, mientras todos los movimientos o partidos fascistas o neofascistas deberían ser considerados de extrema derecha, no todos los movimientos o partidos de extrema derecha pueden ser catalogados de fascistas o neofascistas (Carter, 2005: 17, 2017: 31; Fennema, 1996: 6-7, 1997: 481). Siguiendo esta lógica, la mayoría de los autores argumenta que el fascismo y el neofascismo son subfenómenos de la extrema derecha y que las organizaciones fascistas o neofascistas son, por lo tanto, tipos particulares de partidos de extrema derecha (Billing, 1989; Hainsworth, 2000, 2008; Fennema, 1997). Es más, tal y como apunta DeAngelis (2003: 88), aunque las organizaciones fascistas y de extrema derecha enfaticen la nación y el liderazgo, y exploten el miedo y el resentimiento de grupos sociales parecidos, los partidos de extrema derecha son un fenómeno nuevo. Dejando a un lado los términos que aluden al fascismo, del amplio abanico de denominaciones empleadas para calificar a esta familia de partidos políticos, las etiquetas utilizadas en mayor medida en la literatura, en multitud de ocasiones de manera intercambiable, y en torno a las cuales gira el debate académico son “extrema derecha” y “derecha radical”. Aunque se aprecia el uso frecuente de ambos términos para referirse a una ideología en particular, existe una gran variedad de definiciones de estos conceptos, multiplicidad causada no sólo por su empleo en la comunidad científica, sino también en las esferas política (Mudde, 1996, 2000) y mediática. Carter (2005) apunta a que la falta de una definición consensuada se debe a que los estudiosos de la materia todavía continúan en desacuerdo sobre cuáles son los atributos que un partido político debe poseer para ser considerado miembro de la familia de partidos de extrema derecha o de derecha radical. Algunos autores definen la extrema derecha o la derecha radical sobre la base de un único factor ideológico, como es el caso de Husbands (1981, 1992), quien señala la “exclusión racial” o el “exclusionismo étnico” como su principal elemento constitutivo. En esta misma línea, Hartmann y sus colaboradores (1985: 9, citado en Mudde, 1995b: 205, 1996: 228), aglutinan bajo este vocablo a todas las fuerzas hostiles y, más recientemente, Eatwell (2000: 412-413), considera que el nacionalismo, tanto el liberal como el holístico, es la característica definitoria de los partidos de extrema derecha de Europa occidental; Schain y sus colaboradores (2002a), afirman que el núcleo ideológico de estas formaciones se constituye de las apelaciones populistas a la identidad nacional exclusionista; y Rydgren (2007, 2017), opina que lo que une a estas organizaciones es su nacionalismo étnico, en función del cual, su objetivo es salvaguardar la cultura mayoritaria de la nación y mantenerla tan étnicamente homogénea como sea posible. Sin embargo, reducir esta familia de partidos políticos a una única variable produce un conocimiento limitado y distorsionado de un fenómeno tan complejo. Por ello, la mayoría de 22 los autores contempla una combinación de factores ideológicos para definir a los partidos de extrema derecha, oscilando el número de componentes de entre dos o tres hasta más de diez. El nacionalismo está presente, de un modo u otro, en gran parte de estas definiciones. Autores como Horchem (1975: 1) o Macridis (1989) señalan al nacionalismo, la idea de la omnipresencia del Estado y al racismo, aludiendo este último también a la xenofobia, como los pilares de la extrema derecha. Fennema (1996: 9-15, 1997: 483-485) subraya el nacionalismo étnico, que entiende la nación en términos étnicos, asumiendo que el Estado debería ser una expresión de la comunidad étnica; el antiparlamentarismo, al calificar a las élites políticas de corruptas, cobardes y astutas en la manipulación de la opinión pública; el antimaterialismo, al considerar que el liberalismo, con la búsqueda de los intereses privados, produce la fragmentación de la sociedad, y que el marxismo, al fomentar los servicios sociales, lleva a la igualdad y, por consiguiente, a la destrucción de la nación; y la teoría de la conspiración; Art (2017) también recalca la concepción étnica de la nación y la preocupación por la defensa de las amenazas externas, además del populismo, al tratarse de agrupaciones que atacan al establishment político; y Zúquete (2017) califica a estos partidos de nacionalistas, antisistema y exclusionistas. Otros autores inciden en las posturas antidemocráticas, como Backes y Jesse (1993: 474, citado en Mudde, 1996: 228, 2000: 10, y en Ignazi, 2006: 27), que sostienen que la extrema derecha es un colector que recoge las disposiciones y tentativas antidemocráticas, incidiendo en el rechazo del principio de igualdad (Backes, 2001, citado en Ignazi, 2006: 27). Betz (1990: 47) introduce el regreso a los valores morales tradicionales, el endurecimiento de una estricta ley para combatir el aumento del crimen y, lo más importante, la protección de la identidad nacional y colectiva frente a las amenazas de los inmigrantes y refugiados, negando la igualdad individual y social (Betz, 1994: 413). Kitschelt (1995: 4-5), influenciado por la tradición estructural, define a estos partidos sobre la base de su localización en tres dimensiones: la ciudadanía (cosmopolita vs localista), los modelos de decisión colectiva (liberal vs autoritario) y el sistema de distribución de los recursos (redistributivo vs mercado liberal). Por su parte, Bornschier (2010) establece dos atributos diferenciadores: el discurso anti-establishment populista y la estructura interna jerárquica capitaneada por el líder carismático; mientras que Hainsworth (2008: 6-7) también afirma que la extrema derecha se construye y se sustenta sobre dos bloques: el posicionamiento en contra de la libertad, la democracia y el progreso, y la organización, basada en la nación y en lo nacional, que se dirige clara, directa y únicamente a la gente. Caiani et al. (2012), en su concepción de la extrema derecha como un movimiento social, identifican hasta cuatro aspectos en su discurso y en sus acciones: el antimodernismo, el racismo, el anticapitalismo y el autoritarismo; y finalmente, Falter y Schumann (1988: 101) listan unas diez dimensiones de la extrema derecha: el nacionalismo extremo, el etnocentrismo, el anticomunismo, el antiparlamentarismo, el anti-pluralismo, el militarismo, la mentalidad de ley y orden, la demanda de un líder y/o ejecutivo fuerte, el antiamericanismo y el pesimismo cultural. Para Carter (2005:14), estos autores no sólo fallan a la hora de seleccionar tales factores, sino que sus definiciones se asemejan más a una mera “lista de la compra” que a una definición fundamentada conceptualmente (Minkenberg, 2000: 171), lo cual supone un problema a la hora de decantarse por el empleo de una u otra denominación. Aunque durante los años sesenta y setenta, el vocablo “extrema derecha” viene a reemplazar a la “derecha radical” como el principal término académico (Eatwell, 2000: 411), al ser utilizado por la gran mayoría de los estudiosos de la materia (ver Akkerman, 2018; Arzheimer, 2009, 2017; Arzheimer y Carter, 2006; Billiet y De Witte, 1995; Burni, 2019; Caiani et al., 2012; Carter, 2002, 2004, 2005; Cutts et al., 2011; Dinas et al., 2013; Dülmer y 23 Klein, 2005; Eatwell, 2000, 2003, 2017b; Falter y Schumann, 1988; Golder, 2003a; Hainsworth, 2000, 2008; Husbands, 1992; Ignazi, 1992, 1997a, 1997b, 2002, 2003, 2006; Knigge, 1998; Koopmans, 1996; Lubbers y Scheepers, 2001; Lubbers et al., 2002; Mudde, 1995b, 1996a, 1996b, 1999, 2000; Pedahzur y Weinberg, 2017; Rensmann, 2003; Rydgren, 2003, 2007, 2017; Schain, 2017; Stöss, 1988; Ter Wal, 2000; van Donselaar, 2017; Voerman y Lucardie, 1992; von Beyme, 1988, 2017; Westle y Niedermayer, 1992; Zúquete, 2017, entre otros), no se trata esta de una decisión que se pueda tomar en términos cuantitativos, ni tampoco se trata de una mera cuestión cualitativa o semántica (Rydgren, 2007: 242). Más allá de la nomenclatura, la decisión relativa al empleo de uno u otro término tiene importantes consecuencias sobre la definición y, por ende, sobre la composición de esta familia de estructuras políticas. Comenzando por el término “extrema derecha”, Mudde (1995b: 206, 1996a: 229), tras efectuar una revisión profunda de la literatura, encuentra cincuenta factores diferentes en veintiséis definiciones de extrema derecha, llegando a la conclusión de que sólo cinco de estos elementos son mencionados, de una forma u otra, por al menos la mitad de los académicos. En consecuencia, define la extrema derecha como una ideología que se nutre de cinco variables: el nacionalismo, el racismo, la xenofobia, el sentimiento antidemocrático y el Estado fuerte, conceptualizados tal y como figura a continuación: i. Nacionalismo: Doctrina política que proclama la congruencia de la unidad política: el Estado, y la unidad cultural: la nación. ii. Racismo: Creencia en las divergencias naturales y hereditarias, pudiendo diferenciarse dos vertientes. Por un lado, el racismo clásico identifica a los diversos grupos exclusivamente en función de la raza, asumiendo el postulado central de que la propia raza es superior a las demás; y, por otro lado, para el nuevo racismo, la cultura es el criterio discriminante, razón por la que a esta perspectiva se la ha denominado, en algunas ocasiones, como culturalismo. Además, a diferencia del racismo clásico, no asume la superioridad del grupo de pertenencia con respecto al resto, sino la incompatibilidad entre grupos. iii. Xenofobia: Miedo, odio y hostilidad hacia los extranjeros étnicos. Muy relacionado con esta fobia se encuentra el etnocentrismo, que hace referencia a un entramado de actitudes en el cual una actitud positiva hacia el grupo de pertenencia se encuentra vinculada a una actitud negativa hacia los grupos externos. iv. Sentimiento antidemocrático: El concepto de democracia es operacionalizado a través de dos enfoques: la noción de democracia es equiparada esencialmente con el pluralismo, de modo que la antidemocracia se interpretaría como el anti-pluralismo; y la idea de democracia se entiende como la aceptación de la igualdad fundamental de los ciudadanos, de tal forma que la antidemocracia sería el rechazado de la igualdad entre individuos. v. Estado fuerte: El Estado fuerte se trata de un término colectivo que agrupa a un conjunto de subfactores relacionados con la función represiva del Estado, como son el antipluralismo y el establecimiento de la ley y el orden, junto con la demanda de un fuerte castigo para aquellos que infringen las normas; y el militarismo, es decir, la presencia de un ejército fuerte para proteger los intereses nacionales. No obstante, tal y como apunta Carter (2005: 15, 2017: 30), sólo porque estos cinco factores aparezcan con mayor frecuencia que otros elementos en las definiciones existentes del concepto de extrema derecha, no significa que puedan ser considerados como fundamentos de la definición general. De hecho, cuatro de las cinco variables: el nacionalismo, la xenofobia, el racismo y el Estado fuerte, se localizan en posiciones inferiores en la escala de abstracción a la 24 del quinto aspecto: el sentimiento antidemocrático, por lo que, estas cuatro variables serían todas manifestaciones del concepto superior de sentimiento antidemocrático. Si bien, el nacionalismo, la xenofobia, el racismo y la existencia de un Estado fuerte podrían ser factores suficientes de la extrema derecha, no tienen por qué ser necesarios; contrariamente al sentimiento antidemocrático, el cual es un factor necesario, pues sin antidemocracia no hay extremismo (Backes, 1989; Backes y Jesse, 1989; Doll, 1990, citados en Mudde, 1995b: 218), pero no suficiente, ya que no todas las formaciones políticas que asumen este sentimiento pertenecen a la familia de partidos de extrema derecha. El extremismo es, con frecuencia, conceptualizado como la antítesis a la democracia liberal, caracterizándose por su rechazo de los valores fundamentales (derechos humanos), procesos e instituciones (libertad, igualdad, sufragio directo y secreto, competición partidista, pluralismo, parlamentarismo, Estado de derecho y separación de poderes) del Estado constitucional democrático (Backes y Moreau, 1993, citado en Carter 2005: 16) y por la adopción del absolutismo y dogmatismo (Backes, 2001: 22, citado en Carter, 2005: 16). Dado que los elementos anticonstitucionales y antidemocráticos pueden formar parte tanto de la ideología de izquierdas como de derechas, el extremismo político puede ser de izquierdas y de derechas. Por lo tanto, el extremismo de derechas es un tipo específico del extremismo político y es distinguible del extremismo de izquierdas en función de las actitudes hacia el principio fundamental de igualdad, principio que radica en el núcleo de la democracia liberal. Mientras el extremismo de izquierdas acepta y apoya este principio, incluso si se interpreta de tal forma que la total igualdad destruya las libertades garantizadas por las instituciones y las leyes del Estado (Backes, 2001: 24, citado en Carter, 2005: 16); el extremismo de derechas lo niega de manera categórica, enfatizando la noción de desigualdad entre individuos. Para la extrema derecha, la desigualdad se percibe de dos formas: como una diferenciación moral y social y como una jerarquía moral y social. Dado que la sociedad es diferenciada y jerárquica, la desigualdad es natural, es decir, hay diferencias innatas entre los seres humanos y los individuos tienen posiciones sociales diferentes (Fennema, 1997: 482-483). Ignazi (2006) señala que, empíricamente, el extremismo de derechas se determina de dos modos: midiendo la ubicación del partido en el espectro ideológico, aunque afirma que esta localización se encuentra sesgada, puesto que no clarifica el contenido de lo extremo, es decir, una formación situada en el extremo puede estar de acuerdo con los principios, reglas y tradiciones democráticas; y evaluando la ideología o el discurso político del partido, de forma que cuando se observa el rechazo de la igualdad y del pluralismo en la ideología de la organización, entonces, debería pertenecer a la familia de partidos de extrema derecha. Así, las características definitorias de estas fuerzas políticas son la ideología diferenciada del neofascismo y la percepción de su ubicación en la posición más a la derecha del espectro ideológico. Desde el punto de vista del autor, estas formaciones políticas son, fundamentalmente, antisistema debido a que socaban la legitimidad de los sistemas democráticos a través de su discurso y de sus acciones, los cuales recogen una serie de elementos monísticos y holísticos contrarios a los principios básicos de la democracia liberal contemporánea, al oponerse firmemente a la representación parlamentaria, defendiendo el corporativismo y los mecanismos directos y personalistas de representación; a la idea de pluralismo, porque compromete la harmonía social, y de igualdad universal, porque los derechos deberían asignarse sobre la base de los caracteres adscriticos, como la raza, la etnia y el idioma; y al priorizar la autoridad supraindividual y colectiva (Estado, nación, comunidad) sobre la individual. 25 A tenor de lo expuesto, Carter (2005: 17, 2017: 31), siguiendo a Stöss (1988: 35-36), define la extrema derecha sobre la base de dos elementos anticonstitucionales y antidemocráticos: i. El rechazo de los valores fundamentales, procesos e instituciones del Estado constitucional democrático (factor que hace que la extrema derecha sea extrema), lo cual implicaría el anti-partidismo, el antiparlamentarismo, la demanda de un líder y de un Estado fuertes, el énfasis en la ley y el orden y el militarismo. ii. El rechazo del principio fundamental de igualdad (factor que hace que la extrema derecha sea de derechas), lo cual aglutinaría al nacionalismo, a la xenofobia, al racismo, al etnocentrismo y al exclusionismo. Por tanto, el monismo político de la extrema derecha es expresado de dos formas: como el rechazo del sistema político democrático y como el rechazo de los valores democráticos igualitarios y universalistas (Rydgren, 2007: 243). En este punto, resulta preciso hacer una aclaración y es que, para Carter (2005, 2017), al igual que para Hainsworth (2008), aún en el caso de que cualquier partido de extrema derecha moderno parezca aceptar la democracia parlamentaria, diverge de los valores del sistema político en el cual opera, al rechazar la prevalencia de la cultura política liberal y cosmopolita. Esta idea emana de la argumentación de autores como Gardberg (1993: 32), quien expone que la cultura política de la extrema derecha puede ser interpretada como una corriente subversiva, antiigualitaria y antipluralista y que se opone, por ende, a los principios democráticos de los Estados constitucionales; o Voerman y Lucardie (1992: 35-36), quienes afirman que, incluso si el extremismo acepta la Constitución, rechaza la cultura política dominante y el sistema de partidos imperante. “No son extremos en términos de estar fuera o en contra del orden constitucional existente, sino en términos de ser extremos dentro del orden” (Minkenberg, 1997: 84-85), es decir, no rechazan la democracia per se, pero muestran reservas hacia su actual funcionamiento (Hainsworth, 2008: 12). “Los partidos de extrema derecha no sólo afirman su diferencia dentro del sistema, sino también con el sistema” (énfasis del autor, Dézé, 2017: 559). En síntesis, para muchos de estos autores la condición necesaria para la inclusión de las organizaciones políticas en la familia de los partidos de extrema derecha es la oposición al sistema a través de una ideología que menoscaba los principios constitucionales de los regímenes democráticos. Volviendo al debate conceptual, tanto el término “derecha radical” como su variante “derecha radical populista” también han sido empleados por gran parte de los académicos (ver Akkerman, 2017; Antón-Mellón y Hernández-Carr, 2016; Art, 2017; Betz, 1990, 1993a, 2002, 2003; Betz y Johnson, 2004, 2017; Careja y Fesnic, 2011; Castanho, 2018; Evans, 2005; Harteveld, 2016; Holsti, 1974; Karapin, 1998; Kitschelt, 1995, 2007; Givens, 2004, 2017; Griffin, 2017; Merkl, 1997; Minkenberg, 2000, 2001, 2002, 2017a, 2017b; Mudde, 2007, 2010, 2014, 2017; Norris, 2009; Polyakova, 2015; Rovny, 2013; Rydgren, 2007, 2017; Spierings y Zaslove, 2015; Vasilopoulou, 2017; Verbeek y Zaslove, 2015; Zaslove, 2004, entre otros), aunque de su definición se han encargado principalmente Kitschelt (1995, 2007), Betz (1994) y Mudde (2007). Kitschet (2007: 1178) define a los partidos de derecha radical como organizaciones políticas que rechazan la democracia o que la adoptan, pero poniendo en marcha movilizaciones xenófobas en contra de los inmigrantes. En este sentido, se tratan de formaciones nacionalistas que insisten en el paradigma de la cultura nacional dominante obligatoria para todos los residentes. Por su parte, Betz (1993a, 2002, 2003), en su definición de la “derecha radical populista”, subraya la distinción entre los valores y las reglas de juego. Para el autor, no es que 32 fundamenta en la cultura, la etnicidad, la raza o, de forma más general, en la sangre (Akkerman, 2003:151). Y, en tercer lugar, los populistas consideran que la relación entre el pueblo y sus representantes se mantiene por el sentido común. La desconfianza de los populistas hacia las instituciones intermedias entre el pueblo y los políticos queda patente en la forma simple y clara con la que los populistas movilizan a los votantes y proponen soluciones políticas (énfasis del autor, Akkerman, 2003: 152). La interpretación de populismo de Mudde (2007), no difiere sobremanera de la de Taggart (1995, 2017), quien emplea el término “nuevo populismo” para denominar a aquellos partidos políticos situados “en la derecha, en contra del sistema, y aun así autodefinidos en el `mainstream´” (Taggart, 1995: 36, 2017:160). En esta definición, el populismo se articula a través de dos aspectos: su negatividad y su amplitud. La idea de intolerancia es, con frecuencia, central para el populismo. En el populismo hay un componente importante de negatividad, al oponerse al sistema y a quienes trabajan en él, y al invocar una noción del “pueblo”, que se caracteriza más por quienes son excluidos, como los políticos, los burócratas, los intelectuales, los beneficiarios de las prestaciones sociales y los inmigrantes, que por quienes son incluidos. El “pueblo” siempre ha sido esencial en la retórica populista. La amplitud del electorado del nuevo populismo se debe a que es el resultado de la indignación derivada de su exclusión de la vida política. En nuevo populismo apela a las políticas mayoritarias y argumenta que el corporativismo y la relevancia de los grupos de interés han excluido a las bases sociales y han alineado al votante común. Por tanto, es el elemento exclusionista lo que justifica el calificativo populista del nuevo populismo, pues su ideología se define como una amplia negativa al “enemigo” (Taggart, 1995, 2017). Betz (2001), en sintonía con Taggart (2017), describe la ideología de los partidos de derecha radical como un tipo de populismo exclusionista, cuyo núcleo es una noción restrictiva de la ciudadanía según la cual, la genuina democracia se basa en una comunidad étnicamente, sino culturalmente, homogénea; en el hecho de que sólo los ciudadanos permanentes pueden ser miembros de pleno derecho de la sociedad civil y que los beneficios de la sociedad son para los ciudadanos o, al menos, para aquellos que pagan sus impuestos. De manera similar a Mudde (2007), Betz (2001) afirma que, en los casos más extremos, el populismo exclusionista adopta la forma del nativismo cultural. La derecha radical contemporánea plasma su agenda exclusionista mediante el lenguaje del liberalismo tradicional, insistiendo en los conceptos de “derecha”, de “pueblo étnico” o de “cultura”, y de la seguridad individual, que aborda los miedos más irracionales y profundos hacia la erosión de la identidad y de la tradición causados por la globalización. El objetivo del populismo exclusionista es proteger la sociedad, la cultura y las formas de vida propias frente a la intrusión y la contaminación de los extranjeros. Esto implica salvaguardar y defender los logros de la civilización y de la cultura europeas del reto planteado por la popular cultura americana o por el islam (Betz, 2001: 394). El rechazo al enemigo también es el eje que vertebra la definición de populismo de DeAngelis (2003). Para el autor, la nueva derecha es “populista” porque representa la movilización política, bajo un fuerte liderazgo personalista; el “pueblo” en contra de las élites y de los extranjeros. Pero, DeAngelis (2003) va un paso más allá y califica a este populismo de xenófobo. Los partidos populistas xenófobos representan a una amalgama de diferentes grupos unidos en “su hostilidad compartida hacia los inmigrantes, en su marca acusadora, exclusionista y provocadora de nacionalismo étnico, y su intensa aversión a las élites consolidadas” (énfasis del autor, DeAngelis, 2003: 84). Hasta aquí el populismo ha sido interpretado como una ideología soft o thin, pero no se trata esta de la única interpretación que los académicos han realizado de este concepto. El 33 populismo se trata de un término controvertido al referirse a un amplio fenómeno y al ser definido de diversas formas, sin que haya un consenso entre los autores (Akkerman, 2003). Además de la interpretación del populismo como una ideología “incompleta”, también se trata como estilo o estrategia política. Esta segunda interpretación es la adoptada por Betz (2001: 393, 2002: 198; Betz y Johnson, 2004, 2017). Al igual que para otros académicos, (Blokker, 2005; Burni, 2019; Rydgren, 2007), para el autor, el populismo no es tanto una ideología, sino un estilo o una estrategia política cuya retórica evoca a los agravios latentes y apela a las emociones provocadas por estos, ofreciendo soluciones simplistas e irrealistas a los problemas sociopolíticos. El populismo entraña una postura anti-establishment, la cual, a su vez, se fundamenta en la promesa de compensar la balanza de poder en la sociedad, de forma que el genuino gobierno popular pueda perseverar. Esto implica que el populismo, al menos programáticamente, también reclama la participación popular real y la representación por medio de la reforma radical de las instituciones políticas y del proceso político en su conjunto (Betz, 2003: 78). Un partido que emplea una estrategia anti-establishment intenta construir una imagen de sí mismo en oposición a la clase política, al tiempo que trata de no parecer antidemocrático, ya que, si una organización es percibida como antidemocrática, será estigmatizada y marginada por la mayoría del electorado (Rydgren, 2007: 245). La política no es sólo lo que la gente piensa, es también lo que creen que sienten, y el populismo descansa sobre las apelaciones emocionales, juega con una variedad de emociones, como el enfado y el desprecio (Fieschi y Heywood, 2004: 291). Para Betz (1990) es el resentimiento. La retórica populista es diseñada, aprovechando y explotando el resentimiento, para movilizar al pueblo en contra de la estructura de poder y de las ideas y valores dominantes en la sociedad (Betz y Johnson, 2004: 313), con el fin de obtener beneficios electorales; en tanto que el resentimiento es una emoción caracterizada, sobre todo, por la preocupación y la participación en el poder, reflejando culpa e indignación y un sentido abrumador de injusticia (Salomon, 1994: 103). Scheler (1992: 26) ha definido el resentimiento como un mecanismo psíquico basado en la experiencia de la inferioridad y/o debilidad individual, situándose entre la mera concienciación o reconocimiento de la injusticia y la activa búsqueda de los medios para la indignación personal, la atribución de responsabilidades y la obtención de compensaciones. Al mismo tiempo, el resentimiento es una expresión de la impotencia que conlleva un deseo de cambio radical (Betz y Johnson, 2004: 313). En este sentido, Betz (2003: 79) llega a afirmar que los partidos de derecha radical han logrado mayores éxitos electorales cuando han combinado la apelación al sentimiento anti-establishment con la demanda de la reforma o la renovación democrática. Más allá de la interpretación que se haga del populismo, Mudde (2007: 31) sostiene que la derecha radical populista es una forma especial de la derecha radical, más amplia, la cual también incluye ideas y movimientos no populistas. La derecha radical populista se percibe como una forma temporal dominante de la derecha radical y como un reflejo del Zeitgeist populista contemporáneo (Mudde, 2004). Betz (2001, 2002, 2003) coincide con Mudde (2007) al considerar que el rasgo diferenciador de la mayoría de los partidos de derecha radical, fundados durante los años ochenta y noventa en las democracias occidentales, es su atractivo populista. Por tanto, mientras el populismo puede ser un factor definitorio de la derecha radical de la era actual, esto no significa que la derecha radical sea siempre populista. En sintonía con Mudde (2007) y Bezt (2001, 2002, 2003), a la hora de contemplar el populismo como un rasgo diferenciador de los partidos de extrema derecha clásicos, Bornschier (2010: 2, 33) apunta a que la derecha populista no se adhiere al racismo ni rechaza otras culturas, sino que defiende un ideal etno-pluralista que preserva las tradiciones de la cultura nacional. En este sentido, en términos programáticos, a su juicio, representaría al subgrupo más moderado 34 dentro de la familia de partidos de extrema derecha en virtud de su nativismo diferencial o culturalista y de su renuncia al racismo clásico. A tenor de lo expuesto, al comparar las definiciones de los términos “extrema derecha” y “derecha radical”, podríamos afirmar que, si bien ambos conceptos presentan la misma noción de “derecha”, que se distingue de la “izquierda” sobre la base del igualitarismo/no igualitarismo y del universalismo/particularismo (Bobbio, 1994, citado en Mudde, 2007: 26, 2019: 6-7), es decir, la izquierda y la derecha se diferencian en sus actitudes hacia la igualdad: mientras la izquierda considera la desigualdad entre individuos artificial, tratando de superarla mediante la intervención del Estado, la derecha sostiene que la desigualdad es natural y positiva, por lo que se encuentra fuera de las competencias del Estado; divergen en su actitud hacia la democracia: mientras la derecha radical es democrática, incluso si se opone a los valores fundamentales y a las instituciones de la democracia liberal (incluyendo al Estado de derecho, la separación de poderes y los derechos de las minorías), la extrema derecha es, en esencia, antidemocrática, al oponerse al principio básico de la soberanía del pueblo, esto es, a la idea del gobierno de la mayoría y de la igualdad política (Mudde, 2007: 31, 2019: 30). En la misma línea, Backer (2000: 88) define la extrema derecha como un movimiento que rechaza el pluralismo político democrático en favor de una forma totalitaria o autoritaria de gobierno, a diferencia de la derecha radical, que tendría orientaciones antidemocráticas, pero sin llegar a ser totalmente hostil con la democracia liberal, compartiendo con la extrema derecha las mismas posturas nacionalistas y racistas. Minkenberg (2000: 175) todavía enfatiza más las diferencias entre ambos términos al afirmar que si la ideología de la derecha radical supone un reto explícito a la constitución de la democracia liberal, o si aboga por el uso de la violencia para lograr los objetivos políticos, entonces pasará a ser denominada extrema derecha. Desde el punto de vista de Mudde (2010: 1168-1169), la extrema derecha y la derecha radical populista se fundamentarían en valores opuestos, ya que, mientras el extremismo encarnaría la antidemocracia o, lo que es lo mismo, la antítesis de la democracia, el radicalismo aceptaría la democracia procedimental, a pesar de retar sus bases liberales, sobre todo, las relacionadas con el pluralismo y con las limitaciones constitucionales a la soberanía popular. Aunque la derecha radical no es antidemocrática en sentido procesal, los postulados de su ideología desafían la democracia liberal (Mudde, 2007: 138). La razón por la que Mudde (2019) afirma tajantemente que la extrema derecha es antidemocrática se debe a que, en su última obra, equipara la ideología de esta familia de partidos políticos con las ideologías fascista y nazi, entendiendo por fascismo, una ideología que, inspirada en las tradiciones antidemocráticas, defiende que el Estado no es sólo una institución legal, sino que también es una entidad orgánica, ética y espiritual, que requiere la completa lealtad y sumisión, así como el control absoluto de la sociedad (totalitarismo), al tiempo que ofrece una tercera vía entre el liberalismo y el socialismo: la doctrina económica del corporativismo, según la cual la sociedad se organiza en grupos corporativos, que trabajan de manera conjunta en beneficio del Estado, a fin de crear al “new man” (nuevo hombre) y de alcanzar el renacer nacional; y por nazismo, una ideología que comparte los factores clave del fascismo, pero que es explícita y fundamentalmente antisemita y racista, de modo que defiende la superioridad de la raza aria sobre las demás, especialmente, sobre la de los judíos, físicamente y moralmente inferiores, pero todavía política y económicamente poderosos, lo que legitima a los superhumanos a dominar e, incluso, a exterminar a los subhumanos (Mudde, 2019: 25-26). Además, tal y como Mudde (2004, 2019) define el populismo, se trata de una ideología prodemocracia, pero opuesta a la democracia liberal, y, en consecuencia, la extrema derecha no es populista, mientras que la derecha radical, sí lo puede ser (Mudde, 2019: 8). Por estas razones 35 a juicio de Mudde (2007), el empleo de dichos términos de manera intercambiable, como hacen muchos académicos, sería incorrecto. Sin embargo, el hecho de equiparar a la extrema derecha con las ideologías nazi y fascista no sólo implica un error en términos cualitativos y/o semánticos, puesto que una organización adopte una ideología con componentes derivados del legado fascista, no significa que sea estrictamente fascista; sino también un error en términos espaciales, ya que el nazismo se trata de un movimiento que se circunscribe a Alemania y el fascismo clásico se relaciona, especialmente, con Italia, por lo que no estarían presentes en todos los territorios que comprende la región de Europa occidental; y, sobre todo, temporales, pues tanto el nazismo como el fascismo son movimientos derrotados en la II Guerra Mundial, mientras que la primera ola de la extrema derecha se inicia al finalizar dicho periodo bélico. Es más, como se ha visto, el origen del nazismo y del fascismo reside en una serie de causas que nada tienen que ver con las circunstancias que propician la aparición y el auge de la familia de partidos de extrema derecha (Hainsworth, 2008; Ignazi, 1992). Concretamente, aunque el origen del término “extrema derecha” reside en la tradición aristotélica, en la cual la esfera político-institucional y moral se establece en oposición al ejercicio excesivo de poder, por lo que implica elementos anticonstitucionales y antidemocráticos (Backes, 2001: 21, citado en Carter, 2005: 16); el concepto de extrema derecha emana de la tradición alemana del estudio del fascismo tras el surgimiento de los regímenes totalitarios del siglo XX, no siendo hasta los años sesenta cuando se empieza a utilizar para designar a esta familia de partidos políticos (Mudde, 1995b: 204-205, 1996: 230), y hasta mediados de los años setenta cuando se adopta comúnmente (Hainsworth, 2008: 8), una vez que la Verfassungsschutzämter (Oficina de Protección de la Constitución) alemana distingue a la extrema derecha de la derecha radical (Eatwell, 2000; 410-411; von Beyme, 1988: 2). Precisamente la preferencia de Ignazi (2006) por el término extrema derecha deriva del debate en la literatura alemana sobre esta cuestión. En el trabajo seminal de Scheuch y Klingemann (1967, citado en Ignazi, 2006: 28), la extrema derecha ha sido redefinida sobre la base de la lealtad al orden constitucional, y en su informe anual, el Verfassungsschutzberichte, realizado por la Verfassungsschutzämter (Oficina de Protección de la Constitución), se define el radicalismo como una crítica radical al orden constitucional sin ningún significado o intención antidemocrática, contrariamente al extremismo, que se define a través de un enfoque antidemocrático, anticonstitucional y antiliberal (Eatwell, 2000: 410-411). Sin embargo, dentro de la misma nomenclatura, Ignazi (1992) diferencia a los viejos de los nuevos partidos de extrema derecha, como se expondrá detalladamente en el apartado siguiente, siendo la diferencia fundamental entre ambos, la adopción o el repudio del legado fascista, lo que supone la aceptación o el rechazo del consenso democrático, respectivamente. Hoy en día, es difícil encontrar en los programas de los partidos de extrema derecha ataques directos a la democracia, pero, en el discurso de la extrema derecha contemporánea, estos ataques adoptan la forma de ofensivas a la integridad moral de los partidos políticos y de los miembros del parlamento (Fennema, 1996). En la misma línea, bajo la etiqueta de partidos de extrema derecha, como se verá más adelante, con respecto a las actitudes de estos hacia la democracia, Carter (2005, 2017) agrupa a partidos políticos que rechazan totalmente los valores fundamentales, procesos e instituciones del Estado democrático constitucional y desean ver el orden democrático existente reemplazado por completo; pero también a partidos políticos que exhiben actitudes antisistema que demandan una reforma significativa que reforzaría al ejecutivo, debilitando el poder del parlamento y de las asociaciones de intereses, y que limitaría los derechos y libertades 36 individuales, pero aceptando el sistema democrático liberal; e, incluso, a partidos políticos que reclaman una reforma de las instituciones y procesos democráticos, pero, a diferencia de las agrupaciones anteriores, consideran que estos conducen a una democracia demasiado reducida. En síntesis, en la concepción de la autora y en sintonía con Ignazi (2006), un partido político no opta a ser de extrema derecha sólo por ser la organización ubicada más a la derecha en su sistema de partidos, sino que opta a pertenecer a la familia partidos de extrema derecha al negar, pero también, al menoscabar el orden constitucional democrático en el cual opera. Los partidos de extrema derecha siempre desacreditan la legitimidad democrática al expresar desconfianza hacia el sistema parlamentario y hacia la política, en general, y al enfatizar la debilidad del Estado (Ignazi, 1997a, 1997b). Por tanto, aunque Kitschelt (1995, 2007) y Betz (1993a, 2002, 2003; Betz y Johnson, 2004, 2017) emplean la nomenclatura “derecha radical”, tal y como la definen los autores, al implicar el rechazo del sistema político y sociocultural, es equiparable a la noción de “extrema derecha” de Ignazi (1992) y Carter (2005). El propio Betz reconcilia ambos términos cuando reconoce la capacidad de la derecha radical contemporánea de aunar el apoyo formal a la democracia con una doctrina política que es profundamente antiliberal, al afirmar que, en este sentido, estas formaciones pueden ser calificadas de extremistas (Betz y Johnson, 2004: 312313). Si bien es precisamente este componente antisistema el que Mudde (2007) señala como ajeno a la concepción de la “derecha radical” (populista). No obstante, a excepción de las formaciones políticas que rechazan totalmente el sistema democrático constitucional y de los viejos partidos de extrema derecha, tal y como los concibe Ignazi (1992), los partidos de extrema derecha y de derecha radical (populista), como los define Mudde (2007), son esencialmente lo mismo, pues tanto la extrema derecha como la derecha radical rechazan los valores pluralistas de la democracia liberal (Rydgren, 2007: 243). En otras palabras, la extrema derecha abarcaría a una variedad de formaciones políticas más amplia que la que englobaría la derecha radical. Esta afirmación se refuerza al recordar las palabras de Mudde (2007: 23) relativas a que la derecha radical (populista) no necesariamente implica una actitud antidemocrática, pero tampoco la excluye. De hecho, con la excepción de los estudios alemanes, como se ha visto, el uso del término derecha radical ha sido relegado hasta el punto de que se ha empleado de manera intercambiable con el vocablo extrema derecha (Ignazi, 2006: 28). Por otra parte, más allá de las similitudes y diferencias de los conceptos de extrema derecha y derecha radical (populista), la noción de derecha radical puede ser definida y delimitada de varias formas controvertidas porque, en cada caso, sucumbe a modos distintos de organización y a diferentes bases ideológicas (Griffin, 2017). Por esta razón, ha recibido críticas por parte de varios autores, comenzando por el propio Mudde (1996). En primer lugar, lo que se considera radical depende, en gran medida, de la cultura política del país, de modo que un mismo proyecto o discurso puede ser considerado radical en un país y moderado o mainstream en otro (Mudde, 2007: 25). En segundo lugar, Mudde (1996: 231) afirma que el término derecha radical es el predecesor del término extrema derecha. Contrariamente, Carter (2005: 21) sostiene que el empleo de las etiquetas derecha radical o nueva derecha radical son más comunes en la literatura reciente para denominar a los partidos de extrema derecha contemporáneos. Y, en tercer lugar, la principal objeción al uso del término derecha radical es que ha sido utilizado para referirse a una amplia variedad de movimientos, la mayoría de los cuales divergen bastante de los partidos de extrema derecha modernos (Carter, 2005; Ignazi, 2006; von Beyme, 1988, 2017). Perjuicio que también reconoce Mudde (1996: 231) al señalar que la mayor parte de los autores que definen el radicalismo de una forma distinta del extremismo parten de la 37 tradición alemana, en la cual la diferencia entre el radicalismo y el extremismo radica en que el primero se opone a los principios constitucionales, mientras que el segundo es directamente inconstitucional; o de la tradición americana, en la que el vocablo radical es todavía empleado de manera habitual, pero con un significado divergente al de la literatura europea, al denotar a una gran variedad de pequeños grupos y partidos políticos que reavivan una particular tradición del radicalismo de derechas. Backes (2001: 17, citado en Carter, 2005: 21-22) sitúa el origen del término en la Inglaterra del siglo XVIII, pero pronto se emplea al otro lado del Atlántico para hacer referencia a los defensores del utilitarismo, siendo rápidamente adoptado por los partidos republicanos de izquierdas en Francia e Italia. Sin embargo, en el siglo XX, la etiqueta se aplica a diferentes movimientos. Como apunta Ignazi (2006: 28), en Estados Unidos, esta denominación se introduce mediante el estudio pionero de Bell (1963), The Radical Right (una revisión del libro de 1955, The New American Right) y promovida por Lipset y Raab (1978), a través de su obra The Politics of Unreason, y por Hofstedter (1967), mediante The Paranoid Style. En estos estudios, con el término derecha radical se hace referencia a la Birch Society y a McCathyism, las cuales se tratan más de asociaciones y movimientos que de partidos, que han sido calificados de extrema conservadora en lugar de extrema derecha porque, a pesar de caracterizarse por el anticomunismo obsesivo y el tradicionalismo moral estricto, no son organizaciones antisistema (Ignazi, 2002). Tal y como señala Mudde (1996), el término derecha radical se emplea durante el periodo de posguerra inmediato a la II Guerra Mundial para denominar a los movimientos conservadores extremos, que comparten cierta afinidad con el fascismo (Eatwell, 2000: 411) y que se caracterizan por el ultranacionalismo, el anticomunismo y el tradicionalismo moral estricto (Holsti, 1974; Ignazi, 2006: 28) o el fundamentalismo cristiano, el sentimiento antinmigrantes y la orientación militarista (Mudde, 1996: 231); pero, en esta época (finales de los años cuarenta y cincuenta en América), las organizaciones no partidistas, no son antisistema. La etiqueta derecha radical ha sido utilizada para designar a estos movimientos y grupos que encuentran su molde ideológico en la tradición contrarrevolucionaria antimoderna y que, incluso, intentan llevar a cabo acciones violentas y terroristas. Desde esta perspectiva, como Ignazi (2006) señala, la variedad de sus usos dota a la derecha radical de connotaciones ambiguas, y el hecho de que haya sido asignada a movimientos que no muestran tendencias antisistema, significa que es demasiado relajada para ser fructíferamente aplicada al análisis de los partidos de extrema derecha. En definitiva, la derecha radical ocuparía un sector muy limitado de la extrema derecha contemporánea (Ignazi, 2006: 28). Finalmente, a las apreciaciones realizadas por los principales autores de la literatura especializada, cabe añadir que el término “extrema derecha” hace hincapié en la dimensión espacial, en la ubicación de esta familia de partidos en el continuum ideológico, mientras que el término “derecha radical” incide en el carácter del discurso enunciado por estos partidos, un discurso radicalizado respecto al discurso dominante en las sociedades democráticas actuales. Para cerrar el debate terminológico, cabe referirse nuevamente a la acepción “populista” que algunos autores atribuyen a los partidos de extrema derecha contemporáneos. Como ya se ha mencionado, el populismo es un término controvertido debido a la gran variedad de sus acepciones (Akkerman, 2003: 148; Mudde, 2004: 543). Se emplea fundamentalmente para describir una forma específica o un estilo de hacer política y no para denotar a una ideología en particular (Mudde, 1996: 231). Por consiguiente, se identifican dos usos distintos del término populismo en relación con el término extremismo: para describir a los partidos más moderados de la extrema derecha y para denominar exclusivamente a un cierto estilo político observado en 38 estas fuerzas políticas (Eatwell, 2000: 412; Mudde, 2000: 13). A la resolución de esta controversia, tampoco han ayudado la proliferación, en los años noventa, de un amplio abanico de etiquetas que incluyen la palabra populismo, como nacional-populismo, populismo de derechas, populismo de derecha radical, nuevo populismo, neopopulismo, populismo exclusionista o populismo xenófobo; ni que la mayoría de los autores argumenten que el populismo distingue a los partidos de extrema derecha modernos de la ultraderecha tradicional (Mudde, 1996: 231). Una postura diferenciada es la que mantiene Rydgren (2017: 9), quien considera que a los partidos de derecha radical contemporánea no se les debería calificar de populistas, no porque no reúnan ciertos elementos populistas, sino porque no es el factor más pertinente para estas organizaciones. No obstante, para Carter (2005), el calificativo populista no resulta problemático cuando se aplica a los partidos de extrema derecha contemporáneos, al considerar que se utiliza para describir o categorizar a ciertos partidos de esta familia, pero no para identificar o denotar a una familia de partidos políticos en su conjunto. Como la autora apunta, la utilidad del término es limitada cuando se aplica a los partidos de extrema derecha porque no todos los partidos populistas son de extrema derecha (o de derechas) y no todos los partidos de extrema derecha han adoptado un estilo político que puede ser calificado de populista. El populismo no es exclusivo de la extrema derecha, sino que es también una característica de otros movimientos, partidos y líderes políticos, incluso mainstream o de extrema izquierda (Akkerman, 2003: 149; Burni, 2019; Hainsworth, 2008: 21; Verbeek y Zaslove, 2015). Sin embargo, la falta de preocupación de Carter (2005) se debe a que es ajena a la definición de populismo ofertada por Mudde (2004: 543), expuesta anteriormente, en la que lo considera una ideología en sí mismo y no un mero estilo político, incorporándolo, dotado de esta acepción, como factor ideológico clave, a la definición de los partidos de derecha radical populista (Mudde, 2007). A diferencia de Carter, Ignazi (2006: 29) señala que las características sugeridas por el término populismo, como el estilo de liderazgo y de estructura organizativa, no recogen adecuadamente los casos de extrema derecha objeto de estudio. Es más, el populismo no entraña, a priori, posiciones antidemocráticas, sino que está estrictamente relacionado con la democracia (Mény y Surel, 2000). El populismo debería entenderse como una interpretación distinta de la democracia, en lugar de como una crítica general o el rechazo a la democracia (Blokker, 2005: 379). En Europa, los populistas se presentan como los salvadores, no como los oponentes, de la democracia, frente a las élites políticas y económicas de los niveles nacional y supranacional (Albertazzi y Mueller, 2017). Por su parte, el concepto de la “nueva derecha” hace referencia a un movimiento cultural defendido por algunos centros de estudio y empresas públicas, las cuales eran originarias de y operaban dentro del espacio político conservador. La versión francesa del término, Nouvelle Droite, es, incluso, más específica dado que connota a un pequeño grupo de intelectuales que intentan revisar y reconducir el mapa cultural de la derecha, como veremos. La Nouvelle Droite es similar a la nueva derecha en sus referencias al dominio cultural, pero no comparten la misma visión del mundo o los mismos valores. Mientras la primera es antiliberal y anti-Estado, la segunda es anti-Estado y proliberal (Ignazi, 2006: 29). El término que sí resulta problemático para Carter (2005: 23) es “ultraderecha”, ya que, aunque es utilizado de manera amplia por los académicos, los actores políticos y los medios de comunicación, su limitación estriba en el hecho de que sugiere qué casos son susceptibles de pertenecer a la familia de partidos de extrema derecha en función de su ubicación espacial. Sin embargo, como hemos visto, un partido político no es miembro de esta familia únicamente por su localización más a la derecha en el sistema de partidos, sino que una formación debería ser 39 considerada para su inclusión, de acuerdo con su aceptación o rechazo de los principios democráticos fundamentales. Contrariamente a lo que postula la crítica anterior, Mudde (2019) selecciona el término “ultraderecha” para identificar a los partidos antisistema, definidos, en la misma línea en la que lo había hecho Ignazi (2006), como organizaciones hostiles hacia la democracia liberal, de tal forma que englobaría tanto a la extrema derecha como a la derecha radical, subgrupos diferenciados en función del tipo de oposición que ejercen hacia el consenso democrático liberal de postguerra. Como se ha mencionado, siguiendo la misma argumentación que ya había expuesto el autor en obras anteriores (ver Mudde, 2007), para Mudde (2019: 7), la extrema derecha es revolucionaria al rechazar la esencia de la democracia, esto es, la soberanía popular y el gobierno de la mayoría, mientras que la derecha radical es reformista al aceptar la esencia de la democracia, es decir, aunque se oponga a los elementos fundamentales de la democracia liberal, sobre todo, al Estado de derecho, a la separación de poderes y a los derechos de las minorías, confía el poder al pueblo. Como hemos visto, Ignazi (2006) define a los partidos de extrema derecha como antisistema debido a que socaban la legitimidad de los sistemas democráticos a través de su discurso y de sus acciones, los cuales recogen una serie de elementos monísticos y holísticos contrarios a los principios básicos de la democracia liberal contemporánea. Por tanto, la interpretación que Mudde (2019) realiza de la ultraderecha no parece diferir de la definición de Ignazi (2006) de la extrema derecha. Además, dada la ventaja de que la noción de extrema, en el espacio político-ideológico, denota a las organizaciones y a los temas que se encuentran cerca del extremo del espectro ideológico, y a su relación con el conjunto de valores antisistema, Ignazi (2002, 2006) aboga por dicho término. Como Carter (2005: 23) concluye, el concepto de extrema derecha no sólo supera los problemas asociados a los términos alternativos mencionados, sino que presenta la ventaja de estar directamente relacionado con la ideología de los partidos y de evocar nociones de antidemocracia y antisistema. Desde esta perspectiva, no sería la ultraderecha la que englobaría a la extrema derecha y a la derecha radical, sino que sería la extrema derecha la aglutinadora. Dadas las ventajas del término “extrema derecha”, en la presente tesis doctoral, se selecciona el mencionado vocablo para referirnos a la familia de partidos políticos que se caracteriza por una ideología que cuanto menos menoscaba, sino rechaza, los principios constitucionales de las democracias liberales contemporáneas. La elección de esta denominación refleja la tensión entre los valores democráticos y los posicionamientos de estas organizaciones políticas. Si bien no se rechazan, sino que más bien se aceptan, el resto de los términos, pues el debate terminológico parece no afectar a la finalidad de la presente investigación: tratar de dar respuesta a aquellos factores que han llevado a los españoles a decantarse por la extrema derecha en las recientes Elecciones Generales de noviembre de 2019. 1.3. TIPOLOGÍAS DENTRO DE LA FAMILIA DE PARTIDOS DE EXTREMA DERECHA Con frecuencia, se habla de la extrema derecha como si fuese una entidad homogénea, una familia de partidos políticos idénticos a lo largo del tiempo y del espacio. Pero, la extrema derecha es más plural que singular, pues las formaciones políticas que la integran difieren en una gran variedad de factores. Algunos autores han apuntado a la existencia de diferentes subgrupos dentro de la familia de partidos de extrema derecha, con el objetivo principal de ilustrar la diversidad de las organizaciones catalogadas dentro de esta amplia familia. 40 Una de las primeras clasificaciones es la elaborada por Stöss (1988: 36-37), quien distingue cuatro tipos de extrema derecha en Alemania occidental en función de la postura de los partidos políticos sobre la cuestión alemana, pero sólo dos de las cuatro categorías tienen un alcance real: el “viejo nacionalismo” o la “vieja derecha” y el “nuevo nacionalismo” o la “nueva derecha”, estando su principal diferencia relacionada con su base ideológica: i. El “viejo nacionalismo” o la “vieja derecha” lo conforman los partidos políticos que se apoyan, por ejemplo, en las ideas de los nazis y del Deutschnationale Volkspartei (DNVP, Partido Nacional del Pueblo Alemán). Se caracterizan por su tendencia hacia un pensamiento estático y militarista y por la preferencia por una política exterior con un enfoque pro-occidente o de neutralismo europeo, así como por un férreo anticomunismo. ii. El “nuevo nacionalismo” o la “nueva derecha” se adapta a los cambios de las condiciones nacionales e internacionales de postguerra. Estos partidos políticos quieren encontrar un nuevo credo político, una “tercera vía” que les proporcione una concepción que, aun permaneciendo vaga, conduzca, sobre todo, a un sistema económico diferente del capitalismo y el comunismo, así como una política exterior basada en una Europa neutral libre de occidente y oriente. No obstante, Mudde (2000: 14) señala dos problemas fundamentales de la tipología de Stöss (1988). En primer lugar, se elabora para el contexto alemán, el cual es bastante específico, y, en segundo lugar, posee un valor limitado cuando se aplica a los partidos políticos con alguna relevancia electoral. Por su parte, Husbands (1992) subraya cuatro modelos distintos de extrema derecha: los partidos neofascistas, los partidos nacionales populistas, los partidos nacionalistas de extrema derecha y los partidos xenófobos tradicionales, pero no menciona el criterio de clasificación mediante el cual construye estos modelos. Una visión alternativa es la de Fennema (1997), quien establece una tipología de los partidos antinmigrantes, que, si bien no resuelve los problemas de categorización, a su juicio, puede clarificar la comprensión de esta familia de partidos (Fennema, 1997: 475). Dentro de los partidos antinmigrantes, diferencia a los partidos protesta, los partidos racistas y a los partidos de extrema derecha, tal y como se definen a continuación: i. Partidos protesta: Partidos antisistema no revolucionarios resultado de la alineación política que atraen a los ciudadanos descontentos con la situación política y que consideran que el Estado está corrompido. En cuanto al concepto de partido antisistema, se adopta la definición de Sartori (1980), esto es, organizaciones políticas que rechazan más al sistema político que a quien ocupa el gobierno, pudiendo, así, captar a los votantes que protestan no sólo en contra del gobierno, sino también del régimen político. En su visión del “ellos” (“them”) frente al “nosotros” (“us”), “ellos” están bien organizados y se cuidan unos a otros, mientras que “nosotros” somos los perdedores, los que se quedan con la peor parte. Si bien, contrariamente a los partidos revolucionarios, los partidos protesta no tratan de reemplazar al régimen existente, sino que su objetivo político es completamente “antipolítico” (Fennema, 1997: 477). ii. Partidos racistas: Partidos de tema único cuyo origen reside en el recelo ante la política de inmigración, de modo que su objetivo es el de deportar a los extranjeros a sus países de origen. iii. Partidos de extrema derecha: Partidos antisistema revolucionarios que implícita o explícitamente presentan una tradición política contraria al espíritu del capitalismo internacional. El axioma político de la extrema derecha, por un lado, es directamente opuesto al axioma democrático, por lo que se encuentra en los márgenes no 41 democráticos del sistema político pluralista y democrático; y, por otro lado, su base la conforma la desigualdad social, explicada y legitimada por referencia a la naturaleza. Sobre esta base, como se ha mencionado, la doctrina de la extrema derecha se compone de cuatro elementos: i.i. El nacionalismo étnico, expresado en términos de “sangre” y “cultura”, entiende la nación en términos étnicos, lo que la dota de una connotación biológica. Desde esta perspectiva, el Estado debería ser una expresión de la comunidad étnica, de forma que quien no pertenece a esta comunidad étnica es excluido de la nación. Así, en el discurso de la extrema derecha, los “ownness” (oriundos) y los “rooted” (arraigados) se yuxtaponen a los “alien” (extranjeros) y a los “uprootedness” (desarraigados) (Fennema, 1997: 483). ii.i. El antiparlamentarismo: la revolución en contra de la democracia es una revolución en contra de los políticos o de la clase política: una clase parásito. La élite política como un conjunto (énfasis del autor, Fennema, 1997: 484), de acuerdo con el discurso de la extrema derecha, no representa al pueblo ni persigue el bien común, sólo se preocupa por sus propios beneficios materiales, por lo que es corrupta; y, los líderes políticos se esconden detrás del proceso democrático porque son cobardes, al rechazar cualquier responsabilidad personal derivada de sus decisiones. Además, la democracia se asocia con la pelea, con los partidos políticos, por lo que la extrema derecha quiere suprimirlos. En el discurso antidemocrático de la extrema derecha, la clase política/los políticos se yuxtapone con el pueblo/el hombre común (Fennema, 1997: 485). iii.i. El antimaterialismo, al considerar que el liberalismo, con la búsqueda de los intereses privados, produce la fragmentación de la sociedad, y que el marxismo, al fomentar los servicios sociales, lleva a la igualdad y, por consiguiente, a la destrucción de la nación. Por el contrario, los individuos deberían estar subordinados al pueblo, a la nación, de tal forma que, en el discurso de la extrema derecha, los conceptos de patriotismo/heroísmo se yuxtaponen a los de individualismo/egoísmo (Fennema, 1997: 484). iv.i. La teoría de la conspiración sirve para explicar porque la nación no es tan fuerte como debería ser de acuerdo con la ideología de la superioridad étnica. Esta teoría está relacionada con la teoría de la corrupción política, en el sentido de que la búsqueda del enriquecimiento por parte de la clase política conduce a la “plutocracia internacional”, que menoscaba la unidad nacional y la prosperidad de la nación (Fennema, 1997: 485). Así, la similitud entre los partidos protesta y los partidos racistas descansa en el hecho de que ambos son los marginados del sistema político, mientras que los partidos protesta y los partidos de extrema derecha sólo comparten el sentimiento antipartidista y anti-establishment, y los partidos racistas y los partidos de extrema derecha, el nacionalismo étnico. La divergencia entre los partidos protesta y los partidos de extrema derecha reside en que los primeros no desarrollan una verdadera ideología y no logran controlar el poder del Estado, mientras que la diferencia entre los partidos racistas y de extrema derecha es que estos últimos no son partidos de tema único. Los problemas que presenta la tipología de Stöss (1988) son, para una gran parte de los académicos, superados por una clasificación semejante, la de Ignazi (1992: 7), quien distingue, dentro de la familia de partidos de extrema derecha, a los “viejos” partidos de los “nuevos”, de acuerdo con tres criterios ideológicos: a) el criterio espacial, que consiste en la localización de 48 2.1.1. Contexto institucional Los partidos políticos están condicionados en mayor o menor medida por las reglas de juego del sistema político en el que compiten. Por contexto institucional se entiende las reglas de juego del sistema político en el cual los partidos de extrema derecha operan, como la magnitud del distrito y la barrera legal, la ley electoral y la proporcionalidad del sistema, así como los requisitos de acceso a la concurrencia en unos comicios, a la retransmisión en los medios de comunicación y a las subvenciones concedidas por el Estado. El voto a los partidos de extrema derecha, como a cualquier formación política, tiende a estar influenciado por la proporcionalidad del sistema electoral y por las leyes electorales, por la cobertura de los medios de comunicación y por el derecho a las subvenciones del Estado (Carter, 2005). Por tanto, la hipótesis principal de esta dimensión sostiene que los sistemas políticos proporcionan diferentes oportunidades y limitaciones a los partidos de extrema derecha a la hora de alcanzar el éxito en la arena electoral (Jungerstam-Mulders, 2003: 29, citado en Mudde, 2007: 233). El sistema electoral es un factor institucional que se considera clave en la explicación de los resultados alcanzados por los partidos políticos que concurren en unas elecciones. Desde el trabajo seminal de Duverger (1961), Political Parties, se ha asumido que los sistemas electorales afectan a los porcentajes de voto que reciben las distintas fuerzas políticas y, por ende, a su representación parlamentaria. Esto se debe a que la fórmula mediante la cual los votos se transforman en escaños induce tanto a un efecto mecánico como a un efecto psicológico a los votantes, pero también a las élites partidistas (Carter, 2002, 2004, 2005; Nieves et al., 2020). Por un lado, el efecto mecánico se refiere a la infrarrepresentación sistemática causada por los sistemas electorales de los terceros partidos (Blais y Carty, 1991: 79). Independientemente del tipo de sistema electoral (Rae, 1977), este efecto se debe a la tendencia de ciertas leyes electorales a dar un bonus a los partidos mayoritarios y a perjudicar a los partidos minoritarios, al concederles menos escaños que los que les corresponderían en un sistema proporcional ideal (Taagepera y Shugart, 1989). Por otro lado, el efecto psicológico se produce cuando los votantes son conscientes de que, debido al funcionamiento mecánico del sistema electoral, los partidos minoritarios pueden estar infrarrepresentados. Los electores pueden pensar que malgastarán su voto si lo depositan en favor de un partido minoritario, por lo que, en lugar de apoyar a esta formación, pueden preferir votar al partido mayoritario que les produzca menos rechazo. Además, los líderes de los partidos políticos pueden anticiparse al funcionamiento mecánico del sistema electoral y decidir no competir en ciertas contiendas electorales en las que su representación no está garantizada (Blais y Carty, 1991: 79-81; Carter, 2002, 2004, 2005; Duverger, 1961; Nieves et al., 2020; Taagepera y Shugart, 1989). En síntesis, el efecto mecánico afecta a los escaños, mientras que el efecto psicológico afecta al voto (Blais y Carty, 1991: 80). En vista de la relación entre los efectos mecánico y psicológico de los sistemas electorales, se asume que cuanto mayor sea el efecto mecánico, mayor será el efecto psicológico tanto para los votantes como para los partidos políticos (Carter, 2002, 2004). De esta forma, cuanto más proporcionales sean los sistemas electorales, mayores serán los incentivos de los nuevos partidos políticos para participar en la competición electoral o de los votantes para decidir apoyar a las formaciones políticas nuevas o minoritarias (Eatwell, 2003); contrariamente, cuanto menos proporcionales sean los sistemas electorales, una mayor cantidad de organizaciones nuevas o minoritarias serán disuadidas de presentar candidatos y una mayor proporción de votantes estará desanimada a la hora de votar a estas formaciones, dadas sus reducidas probabilidades de lograr representación (Arzheimer y Carter, 2006). 49 Aunque, la mayoría de los sistemas electorales son sistemas proporcionales o sistemas mixtos con un carácter proporcional (Gallaguer et al., 1992), en general, el sistema electoral ha sido considerado un obstáculo para los partidos de extrema derecha (Mudde, 2007: 233). Sin embargo, con frecuencia, los estudios sobre la materia revelan hallazgos contradictorios acerca de los efectos de los sistemas electorales en el voto a los partidos de extrema derecha. Mientras ciertos análisis multivariantes han encontrado un efecto significativo de la desproporcionalidad del sistema electoral, ya sea favoreciendo el éxito electoral de los partidos de extrema derecha (Arzheimer y Carter, 2006) o perjudicándolo (Golder, 2003a; Jackman y Volpert, 1996; Swank y Betz, 2003; Veugelers y Magnan, 2005), también hay análisis univariantes (Carter, 2002, 2004), y multivariantes (Arzheimer, 2009; Carter, 2005; Norris, 2009; Van der Brug et al., 2005) que han demostrado que la proporcionalidad de los sistemas electorales no tiene ningún tipo de efecto sobre el apoyo a los partidos de extrema derecha. Esta ausencia de la relación negativa entre la desproporcionalidad del sistema electoral y el voto a los partidos de extrema derecha ha recibido dos posibles explicaciones: los votantes de los partidos de extrema derecha pueden no ser conscientes de las consecuencias de los sistemas electorales, o su concienciación puede ser eclipsada por otras preocupaciones más importantes que los efectos psicológicos de los sistemas electorales (Arzheimer y Carter, 2006; Carter, 2002). Entre estos últimos estudios, se encuentra un prolijo análisis realizado por Carter (2005) sobre la posible influencia de los diferentes elementos constitutivos del sistema electoral sobre el voto a los partidos de extrema derecha. En primer lugar, en cuanto a la magnitud del distrito, es decir, al número de representantes electos en cada circunscripción electoral, dado que se ha demostrado que, en los sistemas proporcionales, la proporcionalidad y la magnitud del distrito tienen una relación directamente proporcional, es decir, la proporcionalidad aumenta a medida que lo hace la magnitud, se espera que los partidos de extrema derecha obtengan mejores resultados allí donde la magnitud del distrito sea mayor (Carter, 2002, 2004; Lijphart, 1995; Katz, 1997: 134; Nieves et al., 2020; Taagepera y Shugart, 1989: 112; Veugelers y Magnan, 2005), pues el porcentaje de voto necesario para ganar un escaño es menor que cuando la magnitud del distrito es de tamaño reducido. Se asume que los votantes aprovecharán esta oportunidad de representación y que, por consiguiente, actuarán en favor del partido minoritario (Carter, 2002, 2004, 2005); así como que las élites partidistas dediquen más recursos a estos distritos porque el beneficio marginal en términos de votantes movilizados debería ser mayor (Golder, 2003a). No obstante, en presencia de la barrera legal, la magnitud del distrito puede no ser un factor determinante del porcentaje de voto a partido necesario para obtener representación parlamentaria. La barrera legal suele imponerse allí donde la magnitud del distrito es tan amplia que los partidos obtendrían representación parlamentaria con un porcentaje de voto muy reducido, situación considerada como indeseable dado que entraña el peligro de la fragmentación del sistema de partidos y de la inestabilidad gubernamental. Consecuentemente, la presencia de una barrera legal baja, en un sistema multipartidista, afecta positivamente a los resultados de la extrema derecha debido a que el número de partidos parlamentarios aumenta (Jackman y Volpert, 1996: 515-516), o, dicho de otra manera, los partidos de extrema derecha necesitan umbrales institucionales/electorales mínimos para entrar en la arena política (Ignazi, 2006). Si bien Golder (2003b) no encuentra evidencias del efecto de la barrera legal sobre el voto a la extrema derecha. En segundo lugar, en lo que respecta a la fórmula electoral, el método para convertir los votos en escaños, la fórmula mayoritaria produce un efecto mucho más desproporcional que la fórmula proporcional, por lo que tiende a favorecer sistemáticamente a los grandes partidos. 50 Para los partidos pequeños resulta difícil obtener representación, a no ser que el apoyo esté geográficamente concentrado, debido a sus escasas posibilidades de lograr la mayoría de los votos necesarios para obtener un escaño en un distrito electoral. A la luz de este efecto, es razonable asumir que los partidos de extrema derecha deberían lograr peores resultados bajo la fórmula mayoritaria que bajo la fórmula proporcional. Sin embargo, en la práctica, cuando ambos tipos de fórmulas electorales se analizan de manera conjunta, se observa una relación incierta entre el tipo de fórmula y los porcentajes de voto a los partidos de extrema derecha. Mientras estas formaciones políticas han obtenido pobres resultados bajo fórmulas mayoritarias, como en Reino Unido, también han logrado porcentajes de voto reducidos en países con fórmulas proporcionales, como Alemania, los Países Bajos, Grecia, España y Portugal. Igualmente, aunque los partidos de extrema derecha han obtenido resultados satisfactorios en países con fórmulas proporcionales, como Noruega, Austria e Italia, también han alcanzado éxitos electorales considerables bajo fórmulas mayoritarias, como en Francia (Carter, 2002: 133-134; 2004: 89-90, 2005: 156). Por tanto, en términos del éxito electoral de los partidos de extrema derecha, no se observan diferencias entre los países con fórmulas mayoritarias y proporcionales. De acuerdo con Kitschelt (1995: 60), mientras las leyes electorales tienen un impacto nada despreciable en la formación partidista y en la fragmentación de los sistemas de partidos, explican muy poco sobre las dinámicas de competición. Teniendo en cuenta únicamente las fórmulas proporcionales, se espera que los partidos de extrema derecha tengan mejores resultados en los países con las fórmulas más proporcionales, como es la fórmula Hare, y peores resultados donde las fórmulas son bastante proporcionales, como las de Sainte-Laguë o Droop, siendo todavía peores en los países con las fórmulas d´Hondt, Imperiali o de Hagenbach-Bischoff, las menos proporcionales de entre las fórmulas proporcionales. Sin embargo, Carter (2002: 135, 2004: 90, 2005: 158) observa que ciertos partidos de extrema derecha no han obtenido éxitos electorales relevantes a pesar de competir en sistemas con las fórmulas más proporcionales. En definitiva, la evidencia sugiere que los sistemas electorales tienen alguna suerte de efecto sobre la estructura de oportunidad electoral de los partidos de extrema derecha, pero apenas contribuyen a la explicación de las diferencias de sus éxitos electorales entre los distintos países, regiones y periodos (Mudde, 2007: 234). Por otra parte, los actores políticos son muy sensibles a los canales de acceso a las instituciones (Caiani et al., 2012). En relación con los requisitos de acceso para concurrir en los procesos electorales, es lógico asumir que los duros requisitos de acceso operarán en detrimento de los partidos nuevos o minoritarios, pues para las fuerzas políticas con un apoyo popular reducido, será más difícil conseguir el número necesario de firmas para competir en unos comicios. Asimismo, es más probable que los partidos nuevos o minoritarios sean más reticentes a pagar depósitos altos, especialmente si tienen posibilidades remotas de ser elegidos. Dado que los partidos de extrema derecha son todavía minoritarios, se espera que no presenten a muchos candidatos a las elecciones en aquellos países donde los requisitos de acceso son duros en comparación con los países donde tales requisitos son escasos. De ser así, los partidos de extrema derecha deberían tener una presencia menor en los países con elevados requisitos que en los países con pocos requerimientos. Pero, la evidencia no apoya esta hipótesis de manera clara (Carter, 2005: 167-168). La misma lógica responde a los requisitos de acceso a la retransmisión en los medios de comunicación. Se espera que los partidos de extrema derecha con éxito electoral se localicen en sistemas donde los requisitos de acceso a los medios de comunicación sean reducidos. Se podría confirmar esta hipótesis pues, en la práctica, los resultados sugieren que los éxitos de los partidos de extrema derecha están relacionados con las normas de acceso a los medios de 51 comunicación en varios países de Europa occidental y, en general, los partidos de extrema derecha tienden a tener mejores resultados en los sistemas donde el acceso a los medios de comunicación es relativamente sencillo (Carter, 2005: 176). En cuanto al acceso a las subvenciones otorgadas por el Estado, las leyes relacionadas con el financiamiento de los partidos políticos potencialmente influyen en los éxitos electorales de los partidos de extrema derecha. Se espera que las fuerzas políticas con mayores fuentes de financiación tengan mejores resultados que las organizaciones que dispongan de fondos escasos, dado que la capacidad de gasto proporciona a los partidos políticos una gran oportunidad para promocionarse entre los votantes. Esta hipótesis se cumple en la mitad de los casos del estudio de Carter (2005: 187). Estos casos parecen confirmar la hipótesis de que los partidos de extrema derecha obtienen mejores resultados en los sistemas con pocos requisitos de acceso a las subvenciones del Estado que en los países donde dichos requisitos son elevados. Sin embargo, no se debería sobrestimar la confirmación de esta hipótesis, ya que cierto número de casos la rechazan (Carter, 2005: 188). Además de hipotetizar que los partidos de extrema derecha tendrán mejores resultados en los sistemas en los que es relativamente fácil recibir subvenciones, estos resultados todavía serán mejores cuando las ayudas del Estado sean generosas. Cuando se tiene en cuenta la cuantía de las subvenciones del Estado, la relación entre las normas de acceso y el voto a los partidos de extrema derecha se intensifica. Por tanto, requisitos de acceso reducidos y abundantes subvenciones estatales se asocian con elevados porcentajes de voto a los partidos de extrema derecha, mientras que los obstáculos en el acceso y modestas cuantías se relacionan con bajos porcentajes de voto a estas formaciones políticas. Por último, considerando las tres normativas conjuntamente, los hallazgos de Carter (2005: 195) sugieren que los limitados requisitos de acceso a la concurrencia en elecciones, a la retransmisión en los medios de comunicación y al disfrute de las subvenciones del Estado favorecen el éxito electoral de los partidos de extrema derecha. También sugieren que, si se tiene en cuenta la cuantía de las subvenciones estatales, la relación entre estas normativas y el voto a los partidos de extrema derecha se intensifica. 2.1.2. Contexto político Los partidos de extrema derecha, como todos los partidos políticos, funcionan dentro de uno o más sistemas de partidos, por lo que la competición partidista, es decir, la interacción entre los partidos de extrema derecha y otros partidos políticos, especialmente los del establishment, crean o impiden, en gran medida, las oportunidades electorales de los primeros. En este punto, resulta preciso aclarar que, en contraste con la competición política, la competición partidista se desarrolla lo largo de una única dimensión, con frecuencia, a lo largo del continuum izquierda-derecha (Carter, 2005). Como señala Kitschelt (1995:14, 2017: 362), la consecución del éxito electoral por parte de un partido de extrema derecha depende de la estructura de oportunidad de la competición partidista. Al impacto de la interacción estructurada de las fuerzas políticas dentro de la arena electoral se le ha denominado la estructura de oportunidad electoral (Van der Brug et al., 2005). Los partidos de extrema derecha son capaces de obtener éxito electoral allí donde los sistemas de partidos dispongan de espacio para las nuevas organizaciones políticas. Habitualmente, existe un considerable retardo temporal entre los desplazamientos de los votantes y de los partidos dentro del espacio político, pues las formaciones políticas no son tan flexibles como los electores. Consecuentemente, un cambio rápido de la distribución del voto crea un vacío entre la demanda y la oferta política (Downs, 1957). Si un partido político puede posicionarse 52 en este nicho o hueco, dispone de una oportunidad excepcional para captar votos. (Rydgren, 2003, 2005; Veugelers, 1997). Las estructuras de oportunidad electoral se crean como consecuencia de la estrategia divergente o por la convergencia de los partidos de izquierdas y derechas convencionales (Kitschelt, 1995). Si los votantes son totalmente leales al partido político al que se sienten más próximos o cercanos, las nuevas formaciones políticas sólo podrán optar a los nuevos votantes, pero, si, por el contrario, se produce el declive de las lealtades partidistas, los nuevos actores políticos se movilizarán sobre las nuevas divisiones del conflicto para tratar de formar parte del panorama político. En relación con este escenario, resulta evidente, a juicio de muchos autores, que la volatilidad electoral se ha incrementado significativamente en Europa occidental, particularmente, desde los años noventa (Betz, 1990, 1994; Ignazi, 1992). Esta volatilidad puede ser consecuencia de que, en las pasadas décadas, los partidos políticos europeos se han tenido que enfrentar a varios procesos (postindustrialismo, inmigración de masas) y a temas nuevos (sociedad multicultural, medioambiente), de modo que se ha argumentado que los nuevos partidos podrían surgir debido a que los viejos no han abordado algunos de estos temas novedosos, que parte del electorado considera relevantes (Eatwell, 2000). Esto permite a los votantes apoyar los programas de los nuevos partidos políticos como consecuencia del enfado y de la frustración con las fuerzas políticas del establishment por ignorar los nuevos temas (Mudde, 2007). La tesis programática (Eatwell, 2003: 66, 2017b: 416) postula que los partidos de extrema derecha tienen una ideología clara (Mudde, 2000), pero no es esta la que influye en el comportamiento electoral de los individuos, sino que son los temas de campaña que abordan. Habitualmente, en toda coyuntura electoral, existen una serie de issues que adquieren una mayor visibilidad, los cuales son explotados por los partidos políticos, que se posicionan en torno a ellos y propician el debate. Si la extrema derecha consigue centrar su atención en un tema concreto, obligando al resto de partidos a ofrecer una visión sobre él, atraerá el interés del electorado sobre el tema en cuestión. Esta tesis también propone una particular “fórmula ganadora”, la cual implica una combinación de políticas antinmigrantes autoritarias con políticas económicas de libre mercado (Eatwell, 2003: 64, 2017b: 416). De forma similar, para Kitschelt (1997), la fórmula ganadora combina la economía promercado con las orientaciones autoritarias, etnocentristas y antiecológicas. Sin embargo, en lo que respecta a la economía, algunos autores señalan que la defensa del libre mercado por parte de estos partidos enmascara otros importantes aspectos (Betz, 2002). Betz (2003: 77) ve más la fórmula ganadora como una combinación del nativismo diferencial y del proteccionismo comprehensivo. Mucho más general es la fórmula ganadora propuesta por Bornschier (2010: 20), pues más que tratarse de un perfil programático específico, consiste en la flexibilidad estratégica de los partidos de extrema derecha para capturar los temas que otros partidos rechazan. Contrariamente, Eatwell (2000: 421) afirma que no existe una mágica fórmula ganadora fija. Estos argumentos apuntan a tres amplias conclusiones derivadas de la relación del programa y el voto. En primer lugar, lo principal a la hora de explicar el comportamiento de los votantes son los issues, los temas que conforman la agenda política, y no la ideología de los partidos. El issue voter tiende a reemplazar al votante tradicional que se identifica con un partido político (Ignazi, 1992: 4). Los temas específicos pueden atraer el apoyo electoral, especialmente si los temas son retratados de modo que se les otorgue alguna forma de legitimidad, pues las políticas basadas en estos temas parecen ser, sobre todo, atractivas para aquellos votantes que son relativamente menos sofisticados. En segundo lugar, los partidos de extrema derecha más exitosos suelen tener un programa económico ambivalente, el cual les 53 permite atraer tanto a aquellos electores de clase media que apoyan el libre mercado, la desburocratización y la bajada de impuestos, como a los que todavía solicitan la protección del Estado y las políticas chauvinistas de bienestar, entre los que se encuentran la clase trabajadora, los trabajadores que sufren la precariedad laboral o los desempleados. Y, en tercer lugar, excepto en periodos de crisis, la mayoría de los votantes muestran aversión al riesgo y buscan cambios más moderados que radicales (Eatwell, 2003: 65, 2017b: 417). Asimismo, a los nuevos partidos políticos también se les brindan oportunidades electorales, mediante la creación o la reducción del espacio del espectro ideológico disponible para los nuevos competidores derivado del posicionamiento de los principales partidos del establishment acerca de los viejos temas clave (es decir, los relacionados con la división izquierda-derecha). Sin embargo, esta argumentación ha generado alguna controversia que Mudde (2007: 238) ha designado como el debate Ignazi-Kitschelt-Ignazi. En primer lugar, Kitschelt (1995) señala que la convergencia ideológica de los principales partidos de (centro-) derecha y (centro-) izquierda, favorece a los partidos de extrema derecha. Kitschelt (1995) justifica esta afirmación mediante la siguiente argumentación: si los votantes actúan racionalmente y apoyan a los partidos próximos a su propia posición ideal, en un espacio euclídeo, la mayoría, pero no todos los partidos políticos, centrarán sus recursos en el rango ideológico que cubra el área principal en la que se distribuya su voto en un esfuerzo por maximizar sus apoyos electorales. No obstante, la distribución del electorado dentro del espacio depende de las actitudes de los votantes. De acuerdo con Kitschelt (1995: 5), estas actitudes están muy relacionadas con la situación de los individuos, es decir, con sus capacidades y habilidades, sus vínculos sociales y su localización en un sector económico particular, de tal forma que la distribución actitudinal en el espacio de competición ha sido más dinámica que estática (De Lange, 2017). Como se ha mencionado, Kitschelt (1995) asume que los partidos políticos siguen una lógica de maximización del voto, es decir, ocupan una posición distinta del espacio de competición, al menos, en los sistemas multipartidistas. Cuando la distribución de los votantes en el espacio competitivo cambia, los partidos se reposicionan para mantener sus porcentajes de voto. Sin embargo, se ven en la obligación de hacer concesiones y decidir a qué targets del electorado se quieren dirigir prioritariamente, lo cual puede dejar vacíos en el espacio de competición, áreas en las que hay un número considerable de votantes, pero no hay organizaciones que reúnan sus preferencias políticas. Esto crea una oportunidad para los nuevos partidos, que pueden entrar en el espacio de competición para dar respuesta a este electorado abandonado (De Lange, 2017). De acuerdo con Kitschelt (1995), el periodo de los años ochenta-noventa se ha caracterizado por fuertes tendencias centrípetas. El “fin de la izquierda y la derecha” supone la neutralización de las opciones políticas e ideológicas que formalmente han constituido el espectro político moderno y han marcado las principales divisiones ideológicas (Antonio, 2000: 45). Los partidos socialdemócratas y democratacristianos se han desplazado hacia el centro del espacio de competición para preservar sus bastiones electorales y potenciar, así, sus probabilidades de entrada en el gobierno, lo que produce una apertura en los extremos del espacio de competición a los nuevos partidos políticos. En esta situación, la extrema derecha funde las facetas antiliberales radicales de la izquierda y la derecha en una nueva y vibrante “Tercera Vía” (énfasis del autor, Antonio, 2000: 57). Si los votantes desean ver una alternativa real al gobierno y a la oposición mainstream, deberían depositar su confianza en los partidos de extrema derecha (Arzheimer y Carter, 2006: 6). Particularmente, ante la presencia de un nuevo competidor de extrema derecha, las estrategias de maximización del voto pueden ocasionar serias pérdidas electorales en favor de 54 los partidos de extrema derecha. Si los partidos conservadores moderados, actuando de manera racional, se autoubican en la posición media de su mercado, tan lejos de sus nuevos competidores como les sea posible, se producirá su convergencia con los partidos socialdemócratas, lo que crea una oportunidad para la extrema derecha, que induce a los votantes a abandonar su lealtad a los partidos conservadores o socialdemócratas. Allí donde los partidos de izquierdas y de derechas han convergido en sus posiciones políticas, a la extrema derecha se le presentan oportunidades favorables (Kitschelt, 1997: 140-141). Una de las pocas voces discordantes es la de Ignazi (1992), quien argumenta que la polarización es uno de los motivos clave para la contra-revolución del silencio de los años noventa. Desde esta perspectiva, la extrema derecha se beneficia del éxito de los neoconservadores (Ignazi, 2006), al constituirse como el puente entre el neoconservadurismo moderado y el extremismo de derechas explícitamente antidemocrático y violento (Minkenberg, 2001, 2017b). Ignazi (2006) responde al desafío de Kitschelt (1995), hipotetizando que la relación entre la polarización y la convergencia se materializa en un proceso de dos pasos. El primer paso es el de la polarización, resultado del desplazamiento hacia la derecha de algunos partidos de derecha mainstream a finales de los años setenta y principios de los ochenta; y entonces, se produce el segundo paso, el de la convergencia, o lo que es lo mismo, el regreso de los partidos tradicionales a una posición más centrista después de la mitad de los años ochenta. La aparición de la extrema derecha no se debe simplemente a la extensión del conservadurismo hacia el extremo derecho, sino al aumento de la polarización, la reestructuración del espectro ideológico y a la reagrupación del sistema de partidos (Castanho, 2018; Minkenberg, 2002, 2017a: 388). En cuanto a la polarización, los partidos de extrema derecha pueden obtener beneficios de la radicalización de las posturas de los partidos mainstream, al producirse el aumento de las distancias ideológicas y al formar parte de uno de los dos principales bloques de competición. Como resultado del desplazamiento de los partidos de derechas hacia la derecha y del mantenimiento de las posiciones por parte de los partidos de izquierdas, se incrementa la polarización. De acuerdo con la teoría espacial, si un partido de derechas se mueve hacia la derecha del espectro ideológico, al ocupar este espacio, inhibe el auge de los partidos de extrema derecha (Downs, 1957). Ignazi (1992) matiza este postulado al plantear dos posibilidades: en primer lugar, si un partido conservador se desplaza más y más hacia la derecha, abandonado su territorio tradicional, un potencial competidor podría surgir por su izquierda, pues se arriesgan a perder los apoyos de sus targets clásicos; y, en segundo lugar, el movimiento hacia la derecha de los partidos conservadores no inhibe el surgimiento de formaciones más extremas, como la teoría espacial postula, sino que, más bien, pavimenta el camino a los partidos de extrema derecha, ya que estos, sin ningún impedimento, darán voz a las interpretaciones de la agenda neoconservadora y a las promesas más radicales (Ignazi, 2002). En relación con esta situación, uno de los aspectos que ha causado más debate dentro de la literatura es el efecto “copia” de los partidos mainstream (Schain et al., 2002b), efecto causado por las formaciones de derechas tradicionales, al copiar las políticas y la retórica de las organizaciones de extrema derecha en un intento por reducir la pérdida o, incluso, adquirir éxito electoral. Dado que los partidos mainstream, en general, disponen de mayor acceso a los votantes que los partidos de extrema derecha, lo que les permite publicitar sus posiciones sobre los issues y que los votantes reconozcan su marca, los partidos “copia” del establishment serán más atractivos para los electores que los partidos de extrema derecha originales (Meguid, 2005: 349), de tal forma que el fracaso de la extrema derecha sería el resultado de las acciones de copiar de los partidos de derechas mainstream. Contrariamente, la extrema derecha puede lograr 55 mejores resultados electorales cuando los partidos tradicionales son ideológicamente bastante distintos, distinción que puede deberse a la falta de consenso entre las élites o a la tentativa por detener el avance de los partidos de extrema derecha (Arzheimer y Carter, 2006: 7). Sin embargo, los efectos de esta estrategia son variables y, en algunos casos, copiar puede favorecer a la extrema derecha. La acción de copiar de los partidos de derechas convencionales produce la legitimización de los temas de la extrema derecha al entrar en la agenda política mainstream, como la inmigración (Arzheimer y Carter, 2006, 2009; Jackman y Volpert, 1996), los cuales habían sido previamente excluidos de su discurso (Ignazi, 2006). Si un partido de derechas mainstream adopta una posición radical sobre los temas de la extrema derecha, la ciudadanía puede interpretarla como una señal de que estos issues son relevantes y, entonces, el contenido y el estilo de las políticas de la extrema derecha dejan de ser tabús. Como consecuencia, al menos una parte del electorado que apoya las políticas de la extrema derecha, pero que rehúye votarla por su estigmatización, ahora lo hará, y, además, otros ciudadanos que, previamente, no están al corriente de estos temas, pueden evaluar ahora a los partidos políticos en función de estas dimensiones políticas (Arzheimer, 2009). Cualquier movimiento que los partidos conservadores hagan hacia la derecha, suaviza el camino a apoyar a la extrema derecha, en lugar de inhibirla (Chapin, 1997: 60). Ambas dinámicas, en principio, parecen contradictorias, pero ambos resultados podrían producirse si interviene la variable del issue propio (Petrocik, 1996: 826): cuando la extrema derecha es capaz de persuadir a los votantes mediante el manejo de un tema que les resulta más beneficioso que a otras formaciones, el aumento de la visibilidad de ese tema favorecerá a los partidos de extrema derecha (Meguid, 2005; Mudde, 1999); mientras que si el partido de extrema derecha no se ha posicionado con respecto al issue, otras fuerzas políticas podrían hacerse con ese tema. En lo que respecta a la convergencia, la evidencia empírica parece apoyar esta tesis (Carter, 2005; Kitschelt, 1995). Los partidos moderados deberían haberse desplazado hacia el centro del espectro ideológico antes del crecimiento de los partidos de extrema derecha, movimiento que, a priori, debería haber producido un descenso de la polarización (Ignazi, 2006). Mientras la mayoría de los autores están de acuerdo con la tesis de la convergencia, se muestran en desacuerdo con respecto a qué formaciones políticas favorecen el éxito electoral de los partidos de extrema derecha cuando los primeros convergen. Algunos autores argumentan que no es tanto la convergencia de todas las fuerzas políticas tradicionales, sino más bien la posición centrista del mayor competidor de derechas mainstream (Arzheimer y Carter, 2006; Norris, 2009; Van der Brug y Fennema, 2003). Contrariamente, otros autores se centran fundamentalmente en el rol del principal competidor de izquierdas, es decir, del partido socialdemócrata, argumentando que los partidos de extrema derecha han ocupado el terreno evacuado por la izquierda (Cuperus, 2003). Por su parte, Carter (2005) demuestra que se trata de una combinación de ambas posturas. Como la autora argumenta, por una parte, las dinámicas de competición partidista en el lado de la derecha del espectro ideológico tienden a ser importantes en la explicación de la variación del voto de los partidos de extrema derecha. La proximidad ideológica de los partidos de derechas mainstream (los competidores más cercanos a los partidos de extrema derecha) condiciona la apertura del espacio a los partidos de extrema derecha, debido a que los primeros deciden cuánto espacio del espectro ideológico dejan disponible para los segundos. Independientemente de la distribución de los votantes a lo largo del continuum izquierdaderecha, cuanto mayor sea el espacio a la derecha del partido de derechas mainstream, mayor será el número de potenciales votantes a los partidos de extrema derecha. Por tanto, un partido 56 de derechas tradicional más centrista, dejará más potenciales votantes a los partidos de extrema derecha que un partido de derechas convencional con una agenda orientada más hacia a la derecha. La proximidad de los partidos de derechas mainstream es particularmente importante porque, en general, el intercambio electoral ocurre dentro de los bloques ideológicos más que entre estos, lo que implica que es mayor la probabilidad de que los partidos de extrema derecha ganen votos de o pierdan votos hacia los partidos de derechas tradicionales. Los cambios socioeconómicos, la secularización, el nuevo sistema de valores y la reorganización partidista afectan a la relación entre los partidos políticos y los ciudadanos, quienes se muestran menos vinculados emocionalmente con las organizaciones, disminuyendo su identificación y lealtad partidista, así como su implicación en la política. Pero, los votantes permanecen, en su mayoría, en el mismo bloque ideológico (Ignazi, 1992), dando lugar a una competición intra-bloques (Arter, 1992). Además de la influencia del tamaño del espacio político disponible a la derecha del partido de derechas mainstream en el éxito electoral de los partidos de extrema derecha, éste también depende de las posiciones ideológicas que estas formaciones decidan adoptar, es decir, manteniéndose el resto de los elementos constantes, los partidos de extrema derecha con posiciones más moderadas tendrán mejores resultados en las elecciones que los partidos de extrema derecha con posiciones más radicales. Por otra parte, los modelos de competición partidista en el centro del espectro ideológico pueden también influir en cómo los partidos de extrema derecha actúan en las elecciones. En otras palabras, el grado de convergencia ideológica entre la derecha y la izquierda mainstream puede beneficiar a los partidos de extrema derecha. Como Hainsworth (2000) ha argumentado, el terreno más favorable para la extrema derecha ha sido situaciones donde la distancia ideológica entre los partidos mayoritarios se ve reducida, con lo que se crea un vacío en la derecha que propicia el éxito de la extrema derecha. Una teoría que relaciona ambos enfoques, en la línea de la propuesta de Carter (2005), es la tesis de la estructura de oportunidad política (Eatwell, 2003: 58, 2017b: 412; Koopmans y Statham, 2000), según la cual, cuando los partidos políticos tradicionales que constituyen el sistema político se alinean en el centro del espectro ideológico, permiten que el espacio situado más hacia la derecha quede vacío. Entonces, la extrema derecha ocupa este espacio para captar el voto de aquellos electores más conservadores, al tiempo que critica la moderación del resto de fuerzas políticas. Existe un votante fidelizado del partido de derechas mainstream que se muestra descontento con las políticas que se están llevando a cabo en pro del Estado de bienestar, acortándose las distancias con el partido socialdemócrata y, por lo tanto, no se siente identificado con esta deriva. Si las demandas de este nicho de votantes son cubiertas por un partido de extrema derecha, es muy probable que estos individuos se decanten por esta formación, al no estar “contaminada” por la “corrección política”. 2.1.3. Contexto cultural Los marcos de acción de los actores políticos se encuentran influenciados por el contexto cultural, es decir, por los valores arraigados históricamente, así como, más contingentemente, por la opinión pública (Caiani et al., 2012). Algunas culturas pueden conducir en mayor medida al éxito de la extrema derecha que otras, lo que incluye a las tradiciones nacionales y al rol que juega el pasado del país en el discurso político del presente (Helms, 1997; Minkenberg, 2001, 2017b). Dentro de Europa occidental, la estigmatización es uno de los principales obstáculos al éxito político y electoral de los partidos de extrema derecha por su afinidad con el nazismo en 57 países como Alemania, Austria y Holanda (Falter y Schumann, 1988; Helms, 1997; Klandermans y Mayer, 2005), donde la II Guerra Mundial ha sido el punto de referencia para la distinción entre el bien y el mal en el periodo de postguerra. Los efectos perjudiciales de la estigmatización cultural sobre el éxito electoral de los partidos de extrema derecha pueden ser directos e indirectos, dando lugar a un círculo virtuoso: un aspirante de extrema derecha, que no tenga relación con los grupos extremistas de derechas, necesitará atraer al electorado de los partidos del establishment. Al mismo tiempo, este partido será muy atractivo para los extremistas de derechas, que ven en él una oportunidad para perder su estigma (Mudde, 2007: 247). Contrariamente, una cultura política favorable puede dotar de ventajas significativas al desarrollo de la extrema derecha. En los países donde los temas nativistas son el núcleo de la agenda política, varias asociaciones subculturales o la “uncivil society” (sociedad incivil), como Pedahzur y Weinberg (2017) las denomina, entendiendo por estas, organizaciones cuya identidad común se basa en una cultura similar, incluyendo ideas, símbolos y prácticas, más que en una afiliación institucional (Mudde, 2017b: 189), funcionan como puentes entre los partidos tradicionales y la extrema derecha (Mudde y Van Holsteyn, 2000). Estas asociaciones, que se diferencian de los partidos en la inestabilidad de sus estructuras organizativas (Mudde, 2019), se localizan y se definen operacionalmente en un continuum de acciones que van desde las estrategias legales, como el lobbying, hasta la violencia y el terrorismo (Pedahzur y Weinberg, 2017: 178). Organizaciones, como los skinheads o los hooligans de los equipos de futbol, fortalecen a los partidos de extrema derecha aumentando la relevancia de los temas nativistas en la política nacional, facilitando contactos entre los políticos mainstream y los de extrema derecha y/o funcionando como bases reclutadoras para los nuevos competidores. De esta forma, se produce un círculo virtuoso que genera una imagen positiva de la extrema derecha y que reduce su ya limitada estigmatización (Mudde, 2007: 248). A medio paso entre los partidos de extrema derecha y las subculturas, se encuentran los movimientos sociales. Existe una multitud de agrupaciones marginales de extrema derecha tan vinculadas que son parte de un movimiento social mayor, que aporta cierta estructura y estabilidad. Mientras todos los grupos comparten la ideología de la extrema derecha, desarrollan diferentes agendas y desempeñan actividades diversas, pudiendo clasificarse en organizaciones intelectuales, mediáticas y políticas (Mudde, 2019): i. Organizaciones intelectuales: La extrema derecha no es un movimiento especialmente intelectual, de hecho, algunos grupos de extrema derecha se declaran antintelectuales, calificando a los intelectuales de marxistas culturales. Pero, algunas asociaciones se focalizan en desarrollar y actualizar el ideario de la extrema derecha, y en educar a los activistas de estas formaciones, mediante la celebración de conferencias, la organización de escuelas de verano o la publicación de libros y revistas, como es el caso de las juventudes del Vlaams Belang (VB, Interés Flamenco), que se desplazan a lo largo de Europa. ii. Organizaciones de medios: La extrema derecha siempre ha contado con su propia organización de medios, pero suele ser una parte de los movimientos o partidos más amplios o, simplemente, mejor financiados. Sus publicaciones cuentan con una limitada audiencia, no abarcando mucho más allá de los miembros de estas formaciones. No obstante, durante la cuarta ola, han surgido nuevas organizaciones mediáticas de extrema derecha como consecuencia del desarrollo de las redes sociales. Tan pronto como se instala Internet en la década de los noventa, debido a la calidad de sus presentaciones, a su gran capacidad de distribución y, sobre todo, a su bajo coste, las incipientes asociaciones de extrema derecha ven las ventajas que les puede ofrecer a fin, 64 conservador y su amor por la inactividad, la harmonía y la unidad; postulando, en su lugar, la defensa de la autonomía y la autoconfianza. Por su parte, su homólogo americano, localizado alrededor del Hoover Institute y de la Heritage Foundation, difiere de la revisión británica del conservadurismo en el rol de Estados Unidos en la arena internacional y en la reacción a la agenda postmaterialista. El neoconservadurismo no supone simplemente el renacer del conservadurismo, sino que se constituye como el enemigo de los sectores de la nueva izquierda con orientaciones postmaterialistas (Minkenberg, 1992: 58). El neoconservadurismo americano rechaza más tajantemente la hegemonía intelectual de la tradición del New Deal. En esta perspectiva, la ausencia de un sólido sistema de bienestar y el relativo grado de la intervención del Estado en la economía son suplantados por el ataque a la agenda liberal de izquierdas. Los valores morales tradicionales, el orgullo nacional y la idea de comunidad reducida con un mismo destino, que garantiza la preservación de las diferencias frente a la masificación de las tendencias universales, se yuxtapone con el Estado nacional/central. A partir de estas dos vertientes, la ola neoconservadurista, que logra la hegemonía cultural en los años ochenta, primero, en el dominio angloamericano y, después, en toda Europa, se caracteriza por la autonomía del Estado central para contrarrestar a una sociedad exageradamente participativa, la expansión del rol del mercado en la sociedad, el individualismo y el emprendimiento para revertir la tendencia del bienestar colectivo y el desarrollo de una sociedad multicultural opuesta a una sociedad comunitaria homogénea; y por la reestructuración de la moral en contraste con los temas postmaterialistas (Ignazi, 2006). La nueva política económica va de la mano de un amplio cambio de valores que enfatiza la autoridad, el patriotismo, el rol de la familia y de los principios tradicionales, en respuesta al postmaterialismo (Bornschier, 2010; Ignazi, 1992). La extrema derecha es conceptualizada como la versión extremista-populista de la reacción neoconservadora al cambio de la cultura y de los valores de las democracias occidentales, con relación a la aparición de los nuevos ejes de conflicto que atraviesan los cleavages existentes. Esto supone que la extrema derecha no es simplemente la extensión del conservadurismo hacia el extremo derecho del espectro ideológico, sino que es el producto de la reestructuración del espectro político y de la reagrupación y realineación de los apoyos de los partidos del establishment de acuerdo con el cleavage de la nueva política en oposición a la vieja política (Minkenberg, 1992: 56), como se verá más adelante. La Nouvelle Droite, pero, sobre todo, el neoconservadurismo, no tienen nada en común con la ideología de la extrema derecha representada por el fascismo. Si bien, desde los años ochenta, la nueva extrema derecha ha sido capaz de explotar ambas corrientes, fusionándolas con las referencias tradicionales de la extrema derecha (Ignazi, 2006). El sistema de valores de la extrema derecha deriva de la tradición fascista y de la radicalización de la agenda neoconservadora, y se combina con los nuevos temas que surgen en las sociedades postindustriales (Ignazi, 1997b). En esta línea, Betz y Johnson (2004: 311) consideran que la ideología de los partidos de extrema derecha es antielitista, al hacer un llamamiento al sentido común de los ciudadanos normales; exclusionista, al apelar a la derecha, a la diversidad cultural y a la identidad; y discriminatoria, al evocar a la derecha y a la preferencia nacional. 65 2.2.2. Organización La mayoría de la literatura sobre la extrema derecha relaciona la organización del partido con su éxito electoral, argumentando que la infraestructura bien organizada del partido político es crucial para obtener resultados satisfactorios (Betz, 2002; Mudde, 2007). Además de para lograr efectividad, la organización es necesaria para la pervivencia de los partidos de extrema derecha (Heinisch y Mazzoleni, 2016). Varios autores han relacionado a los partidos de extrema derecha con un tipo específico de organización partidista (Taggart, 1995, 2017). En general, estos autores señalan que los partidos políticos que tienen una organización minimalista, es decir, estructuras simples y pocos miembros, se organizan de manera centralizada y jerárquica y bajo el dominio del líder personalista y carismático logran un mayor apoyo electoral. De esta forma, la estructura del partido político es fuerte en dos aspectos: las bases populares y los bastiones locales, que aumentan la oportunidad de persistencia electoral e, incluso, de supervivencia política; además de permitir la adaptación a las circunstancias cambiantes y a las estructuras de oportunidad más rápidamente que los partidos mainstream, los cuales interpretan los nuevos temas en términos de las estructuras del conflicto, por lo que parecen reforzar los cleavages existentes (Bornschier, 2010). Por tanto, de acuerdo con algunos autores, los partidos de extrema derecha se organizan sobre el principio marxista-leninista de centralismo democrático (Mudde, 1995a), es decir, una estructura autoritaria con un rígido centralismo, debido al número limitado de miembros activos dentro de la organización, lo cual crea un solapamiento entre las instituciones y las funciones, y a la importancia del patronaje del liderazgo, reforzado por el hecho de que muchos de sus representantes tienen carreras mediocres antes de llegar a ser políticos profesionales, sin disponer de la oportunidad de regresar a sus anteriores trabajos, como consecuencia de la estigmatización derivada de su compromiso con la extrema derecha. El centralismo se traduce en las carencias democráticas de los procesos de elección interna de los líderes de los partidos de extrema derecha. Aunque estas formaciones celebren elecciones internas para elegir a su líder, la orientación del voto es “guiada” hacia el candidato de la facción del partido controlada por los mandatarios de la organización. Este procedimiento garantiza que la relativa transferencia de poder fluya sin obstáculos, con cambios marginales en la ideología, la organización o en el personal (Mudde, 2019). Desde este enfoque, el éxito de los partidos de extrema derecha no depende completamente del comportamiento de sus competidores, sino que estas nuevas formaciones políticas deben ser capaces de construir estructuras y de diseñar las estrategias apropiadas para aprovechar el momento y explotar las debilidades de los partidos del establishment (Kitschelt, 1995). En la opinión de Ignazi (2006), estas estructuras deben incorporar redes organizativas y simbólicas para integrar a los apoyos potenciales, al proporcionales un fuerte sentimiento de pertenencia; y las estrategias deben ser flexibles para explotar al máximo las circunstancias favorables. A este respecto, Akkerman (2003: 153) reconoce que los partidos de extrema derecha son eficaces en la conformación de preferencias debido a su habilidad para combinar técnicas de marketing con un liderazgo fuerte y un posicionamiento simple y claro. Se presupone que los partidos de extrema derecha con líderes fuertes y carismáticos, aspecto que se abordará en el siguiente apartado, estructuras organizativas centralizadas y mecanismos eficientes para reforzar la disciplina de partido tienen mayores probabilidades de actuar mejor de cara a unas elecciones, al exhibir una imagen de cohesión interna y, por ende, mayor coherencia programática y electoral, aumentando su credibilidad, que los partidos con líderes débiles y sin carisma, estructuras internas menos centralizadas y niveles reducidos de 66 disciplina partidista (Carter, 2005). Mientras la cohesión interna es particularmente importante para los partidos de extrema derecha porque tienden a apoyarse en las cualidades carismáticas de sus líderes, quienes mantienen el control del partido (Taggart, 1995, 2017); los conflictos internos, las escisiones y los retos al liderazgo interno son especialmente perjudiciales para estos, dado que entorpecen su efectividad y, como resultado, su atractivo (Betz, 2002). A juicio de Betz (2002), sin la cohesión interna del partido y sin la estabilidad del liderazgo, no sólo los votantes no abandonarían a los partidos políticos mainstream por los que acostumbran a votar antes de la aparición de los partidos de extrema derecha, sino que los primeros no se tomarían en serio el reto planteado por la extrema derecha, ignorando su mera presencia. 2.2.3. Liderazgo El aumento de la centralización del poder y la personalización del liderazgo han sido fenómenos observados en los partidos políticos contemporáneos en general, pero se considera que estos procesos son todavía más pronunciados en el caso de la familia de partidos de extrema derecha (Mudde, 2007). Así, varios autores hacen referencia al líder carismático (Barraclough, 1998: Carter, 2005; Eatwell, 2000, 2003, 2006, 2017a, 2017b; Kitschelt, 1995; Zaslove, 2004) o, incluso, al “Führer” y “Führerpartein” (Gunther y Diamond, 2003). Esto es una consecuencia del hecho de que la extrema derecha contemporánea es todavía percibida, con frecuencia, como una versión del siglo XXI del fascismo del siglo XX. El fascismo se basa en el Führerprinzip (principio de liderazgo), según el cual, el líder representa la personificación del partido, el pueblo y el Estado, por lo que buena parte de la literatura sobre el fascismo explica su apoyo exclusivamente a través del líder carismático, un humano excepcional que capitanea los apoyos cuasi-religiosos de sus seguidores devotos (Mudde, 2019: 104). La teoría del líder carismático afirma que el líder no es carismático en sí mismo, sino que lo es cuando se relaciona e interacciona con la sociedad (Lindholm, 1992). Se trata de una concepción del liderazgo cultural y, por lo tanto, colectivista y social (Smith, 2000). Sin embargo, la concepción weberiana del líder carismático, que dota al líder de un sentido cuasireligioso y de una gran visión, por lo que atrae a un cuerpo de apoyos emocionalmente incuestionables, ha tenido escaso impacto en las sociedades europeas (Eatwell, 2003: 66, 2017b). Por su parte, el concepto del líder carismático contemporáneo se articula a través de un conjunto de atributos entre los que se incluye la jerarquía simbiótica, que se da cuando el líder se presenta así mismo como un hombre normal que simplemente obedece los deseos del pueblo, mediante el empleo de términos colectivos (“nosotros”) y de un lenguaje abstracto para dar la impresión de que posee habilidades más tecnocráticas que carismáticas; pero también cuando emplea narrativas sobre su propia vida, con frecuencia, haciendo hincapié en su esfuerzo y sacrificio; el magnetismo de su presencia, lo que implica tanto características físicas, como la confianza en sí mismo o el poder de oratoria y la habilidad especial en el uso de los medios de comunicación; la visión misionera o el sentido de la misión, que se trata del compromiso con la construcción de la identidad; y el uso de la categorización maniquea amigo-enemigo, técnica importante para mostrar que el público objetivo de la misión son los “otros”, los enemigos tanto internos como externos (Eatwell, 2003: 66; 2006: 144-148). Este concepto de carisma que abarca la capacidad organizativa y las habilidades tácticas, así como la personalidad y la imagen (Barraclough, 1998: 263), permanece como una herramienta útil, al ser el camino por el cual se produce la personificación del líder. La personificación ayuda a enviar señales políticas claras a algunos votantes, especialmente a 67 aquellos que no se encuentran alineados con la izquierda y la derecha y que muestran un escaso interés por la política o a aquellos que no tienen decidido su voto (Eatwell: 2017a: 232, 235). Los votantes se sienten atraídos por los líderes porque, con frecuencia, estos representan el medio mediante el cual pueden entender fácilmente el mensaje político. Los líderes carismáticos tratan temas populares como la economía, la cultura o los asuntos sociales, con el lenguaje del sentido común, al tiempo que cargan contra los partidos políticos y la burocracia para movilizar a los votantes (Zaslove, 2004). El líder carismático aumenta la eficacia del votante al generar la sensación de que el ciudadano tiene cierta influencia en los acontecimientos políticos y de que la política no es inútil, mediante la creencia de que el líder puede lograr cambios, pero, al mismo tiempo, de que es alguien que forma parte del pueblo y, por ende, puede estar influenciado por este (Eatwell, 2006: 151). Así, se crea un vínculo emocional entre el líder y sus seguidores (Eatwell, 2006: 142). Al mismo tiempo, en situaciones de disenso, los partidos orientados hacia el líder pueden minimizar las voces discordantes (Eatwell, 2003: 66-67, 69). De esta forma, dentro del liderazgo, se pueden diferenciar dos tipos, el liderazgo interno y el liderazgo externo, que se corresponden con las dos funciones clave de los partidos políticos (Eatwell, 2003: 65), la electoral y la institucional, respectivamente: i. Liderazgo externo: La literatura sobre populismo, en general, subraya la importancia de los líderes carismáticos. Mudde (2007) considera que, de forma similar, el liderazgo funciona en la extrema derecha contemporánea, es decir, el éxito electoral, con frecuencia, está relacionado con las presuntas cualidades carismáticas de los líderes políticos. En la misma línea, Ignazi (2006) apunta al liderazgo incontestable, carismático y atrayente, capaz de captar la atención de los medios de comunicación, como una de las condiciones necesarias para que los partidos de extrema derecha alcancen el éxito electoral. Siguiendo a Barraclough (1998), uno de los aspectos relacionados con el liderazgo carismático es la apariencia física. Habitualmente, se asocia el carisma a la imagen de un líder fuerte y viril, ejemplificado en Mussolini. Sin embargo, tal representación puede crear una correlación con el fascismo, lo cual degradaría al líder hasta generar una imagen ridícula y despreciable. En su lugar, un perfil menos portentoso permite enfatizar otra faceta del líder carismático: la de “víctima”. La clave de esta representación reside en que la apariencia física y la vestimenta, acompañadas de una oratoria poco recomendable para el debate político, en contraste con el tono calmado y mesurado de los líderes tradicionales, presenten a un líder con el que el principal target de los partidos de extrema derecha se pueda identificar. Se trata de mostrar la imagen del hombre común, de inclusión en un específico grupo social, gestando un sentimiento de proximidad, al tiempo que se proyecta la diferenciación o la exclusión de la élite corrupta, creando la percepción de que el miedo y el resentimiento que sienten esta sección del electorado son compartidos por el líder carismático. De este modo, la imagen es un medio para ganar popularidad (Barraclough, 1998: 264-265). Dado que el carisma se asocia con las épocas de crisis, cuando los líderes de extrema derecha proporcionan una guía autoritaria para el futuro incierto (Eatwell, 2000, 2006) y ofrecen una solución revolucionaria que es percibida por buena parte del electorado como la salvación. La personalidad del líder resulta vital para comunicar la visión del nuevo y mejorado sistema a los potenciales seguidores. El líder carismático puede minimizar el miedo, la ansiedad, que sienten, sobre todo, las personas con un vacío identitario, y el temor existencial o la angustia que experimentan los individuos 68 que se encuentran en situaciones en las que sus hábitos de vida han sido trastocados (Eatwell, 2006: 151). La cualidad indispensable para llegar a ser un líder carismático es la capacidad para generar la lealtad incuestionable e irracional de los simpatizantes, habilidad que relaciona el carisma con la autoridad (Barraclough, 1998). Sin embargo, en Europa occidental, hay varios partidos de extrema derecha, cuyo éxito no siempre ha dependido de personalidades carismáticas, y hay partidos de extrema derecha que no han alcanzado el éxito electoral con líderes considerados carismáticos. Esto podría deberse al amplio proceso de socialización de los votantes de los partidos de extrema derecha: mientras los líderes carismáticos son importantes en la captación de nuevos votantes, mediante lo que Eatwell (2006) denomina “carisma centrípeto”, son los partidos bien estructurados los que captan el verdadero apoyo para la organización. Los líderes carismáticos son casi siempre personalidades polarizadas, debido, en gran medida, a una lógica simbólica del carisma que depende de un código binario y de un discurso de salvación (Smith, 1997, 2000). Esto lleva a algunos autores a plantearse si existe un único tipo de carisma. Eatwell (2006) diferencia dos tipos: el carisma centrípeto, que consiste en la habilidad de los líderes de atraer a una amplia franja de apoyos mediante la personalización de la política; y el carisma de camarilla, que hace referencia al rol interno de los líderes, lo que nos lleva al segundo tipo de liderazgo. ii. Liderazgo interno: El proceso de institucionalización partidista se divide en tres fases distintas, cada una de las cuales requiere diferentes formas de liderazgo (Harmel y Svåsand, 1993): en la primera fase, el objetivo prioritario de los partidos políticos es la identificación, mediante la difusión de su mensaje, lo cual, se logra más fácilmente a través de un líder creador, comunicador y carismático; en la segunda fase, el énfasis se centra en la organización del partido con la finalidad de lograr el crecimiento electoral, lo cual requiere de un líder pragmático que pueda construir efectivamente la infraestructura y la estrategia del partido; y en la tercera fase, la de persistencia, el líder debería funcionar como un agente estabilizador, moderador y negociador, es decir, su reputación personal debería dotar de credibilidad y seriedad a la formación a fin de presentarse ante otros partidos como potenciales socios de gobierno. El líder personifica a la organización, al menos a través de los medios de comunicación, al dotar de una historia personal a la organización y a la ideología política (Deutchman y Ellison, 1999; Mudde, 2019). Contrariamente, para Taggart (1995, 2017) es el elemento carismático del liderazgo lo que representa el desafío simbólico a los modelos prevalentes de la organización partidista. Como la tesis del líder carismático sintetiza (Eatwell, 2017b: 417), si bien los partidos de extrema derecha de los años treinta basan su organización interna en su líder, quien apela a las masas y se presenta como el salvador de la nación frente al liberalismo y al marxismo, la nueva extrema derecha echa mano del liderazgo carismático para fortalecer la unidad del partido, evitando los debates internos o escisiones que pueda debilitar su imagen exterior, y para transmitir al electorado su discurso con el objetivo de lograr su movilización. La concentración del poder alrededor del líder carismático en las organizaciones de extrema derecha es una forma de apelar a los sentimientos autoritarios y a las aspiraciones del electorado (Kitschelt, 1995). Este liderazgo es una consecuencia de la pérdida de democracia dentro de la organización, debido a la visión negativa que esta provoca en la ciudadanía. No obstante, las investigaciones demuestran que el impacto del liderazgo es limitado. Mientras que atrae a nuevos votantes, estos, en su mayoría, se convierten en apoyos de la organización, de modo que si el líder cambia de formación, la gran mayoría permanecen fieles 69 al partido. Esta lógica se observa perfectamente en Austria en el año 2005, cuando Haider, el supuesto líder carismático del FPÖ, decide dividir su partido, fundando la BZÖ, pero el mayor porcentaje de los votantes elige al partido en lugar de seguir al líder (Mudde, 2019). 2.2.4. Internacionalización La colaboración internacional ha sido intrínseca a las organizaciones neonazis y a los nacionalistas blancos, cuya idea de nación se define racialmente y, por tanto, de forma internacional. En contraposición, la mayoría de estos grupos han luchado por organizarse dentro del panorama nacional, sin preocuparse por el escenario internacional. Consecuentemente, dentro de la extrema derecha, la colaboración internacional pocas veces ha ido más allá de las conexiones personales entre algunos líderes políticos de Europa occidental y de eventos esporádicos, como conferencias o conciertos; aunque, en ocasiones, la colaboración internacional se ha basado en un modelo “franquicia”, en función del cual, varias marcas adoptan un nombre similar, pero la colaboración y la coordinación entre estas es mínima, como es el caso del Movimiento de Resistencia Nórdico (en sueco, Nordiska motståndsrörelsen (NMR), en finés Pohjoismainen vastarintaliike (PVL), en noruego, Nordiske motstandsbevegelsen (NMB), y en danés, Nordiske modstandsbevægelse (NMB)), una organización neonazi con presencia en el norte de Europa (Finlandia, Noruega, Dinamarca e Islandia), y configurada en Suecia como partido político (Mudde, 2019). Schain y sus colaboradores (2002b: 16-17) han argumentado que la internacionalización del éxito de los partidos de extrema derecha puede ocurrir, al menos, a tres niveles: la asistencia y el apoyo de los partidos de extrema derecha a los partidos afines; proporcionando un modelo de éxito para otros partidos de extrema derecha; o contribuyendo, como consecuencia de su propio éxito en el país A, a que el programa de otro partido de extrema derecha en el país B goce de mayor aceptación. Sin embargo, las colaboraciones internacionales entre los partidos de extrema derecha nunca han sido especialmente exitosas debido a una multitud de razones. En primer lugar, la extrema derecha ha sido un fenómeno político muy volátil, con sólo unas pocas organizaciones estables. En segundo lugar, los partidos de extrema derecha disponen de recursos limitados. En tercer lugar, la mayoría de estas formaciones, como se ha visto, tienen líderes dominantes, quienes no están dispuestos a colaborar o a compartir poder. Y, en cuarto lugar, mientras algunos activistas de extrema derecha expresan su interés y/o solidaridad hacia sus homólogos de otros países, su nacionalismo y nativismo puede ocasionar diferencias irreconciliables (Mudde, 2019). Dentro del sistema político de la Unión Europea, la primera agrupación de extrema derecha con presencia en el Parlamento Europeo es el Grupo de la Derecha Europea (en inglés, The Group of the European Right, y en francés, Groupe des Droites Européennes) (1984-1989), conformado por el italiano Movimento Sociale Italiano (MSI, Movimiento Social Italiano), el francés Front National (FN, Frente Nacional), la griega Ethniki Politiki Enosis (EPEN, Unión Política Nacional) y, durante un breve periodo, el británico Ulster Unionist Party (UUP, Partido Unionista del Ulster); grupo al que le sucede el Technical Group of the European Right (DR, Grupo Técnico de la Derecha Europea) (1989-1994), en el cual, el FN reemplaza al MSI por el alemán Die Republikaner (REP, Los Republicanos), y el belga Vlaams Blok (VB, Bloque Flamenco) ocupa el lugar de la EPEN, que no consigue ser reelegida. Cuando los REP pierden su representación europea en 1994, la mayoría de los partidos de extrema derecha permanecen en el Parlamento Europeo como miembros independientes (no inscritos), aunque algunos son aceptados en grupos de derechas euroescépticos, como el Dansk Folkeparti (DF, Partido 70 Popular Danés) y la Lega Nord (LN, Liga Norte) en la Union for European of the Nations (UEN, Unión para la Europa de las Naciones). No es hasta 1997 cuando, para garantizar un grupo político oficial con presencia en el Parlamento Europeo y para obtener los beneficios materiales de su conformación, Jean-Marie Le Pen funda el EuroNat, el cual, a pesar de reunir bajo estas siglas a más de veinte organizaciones de extrema derecha, resulta ser ineficaz. La falta de éxito de esta formación, junto con la pérdida de identidad, tradición y soberanía, lleva a su disolución en 2007. Al EuroNat lo releva la European Alliance for Freedom (EAF, Alianza Europea para la Libertad) (2010-2016), en cuyo núcleo reside el FN, la LN, el VB, el Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ, Partido de la Libertad de Austria) y el holandés Partij voor de Vrijheid (PVV, Partido por la Libertad). Pero, a pesar de los éxitos electorales cosechados por esta agrupación, en 2015, Marine Le Pen funda la Europa de las Naciones y de la Libertad (en inglés, Europe of Nations and Freedom (ENF), y en francés, Europe des nations et des libertés (ENL)). Después del modesto éxito alcanzado en las Elecciones europeas de 2019, la ENF es reemplazada por un nuevo grupo, Identidad y Democracia (ID) (en inglés, Identity and Democracy, y en francés, Identité et démocratie), alineada más con Matteo Salvini que con Marine Le Pen, el cual ha atraído a nuevos miembros, como el DF y la Alternative für Deutschland (AfD, Alternativa para Alemania), aunque otros han preferido permanecer dentro de grupos de derechas euroescépticos, como el holandés Forum voor Democratie (FvD, Foro para la Democracia) en los European Conservatives and Reformists (ECR, Conservadores y Reformistas Europeos) o el Brexit Party (Partido del Brexit) en Europe of Freedom and Direct Democracy (EFDD, Europa de la Libertad y la Democracia Directa), mientras que algunos partidos de extrema derecha han preferido retirarse al grupo de los no adscritos, como Χρυσή Αυγή (Amanecer Dorado) (Mudde, 2019). 2.3. EL LADO DE LA DEMANDA: TEORÍAS DEL VOTO A LOS PARTIDOS DE EXTREMA DERECHA El lado de la demanda hace referencia a la perspectiva del estudio del comportamiento electoral de los ciudadanos. A partir de la década de los ochenta, politólogos, sociólogos e historiadores han elaborado una multitud de teorías para tratar de explicar el apoyo electoral a los partidos de extrema derecha (Arzheimer, 2017), las cuales se podrían sintetizar en cinco explicaciones: la tesis de la ruptura social, la tesis del postmaterialismo (revertido), la tesis del interés económico, la tesis del single-issue y la tesis del voto protesta (Eatwell, 2003, 2017b). 2.3.1. La tesis de la ruptura social Los cleavages son divisiones, desacuerdos en intereses u orientaciones, entre los grupos políticos o sociales que limitan el espacio para la movilización política y que pueden dar lugar a la aparición de un conflicto abierto (Rae y Taylor, 1970). Los conflictos políticos juegan un rol crucial en la perpetuación de las identidades colectivas causadas por los cleavages. Las férreas identidades pueden estabilizar los alineamientos políticos durante algún tiempo, pero si las interacciones en los sistemas de partidos no refuerzan las divisiones, los votantes no permanecerán ancorados en las viejas estructuras del conflicto. Cómo las divisiones se trasladan a los alineamientos partidistas depende no sólo del desarrollo social, sino de la habilidad de las élites para elaborar alianzas o cooptar a los grupos de votantes (Kitschelt, 1997: 132). El fin de las ideologías políticas tradicionales a principios de los años ochenta y en los noventa, debería interpretarse como una señal de la conformación de una sociedad íntegramente 71 modernizada y pluralista, en la que los votantes expresan sus preferencias más sobre la base de los candidatos y de los programas políticos, así como de sus intereses personales, que de la fidelidad ideológica. El comportamiento de voto relacionado con la identificación partidista, las lealtades familiares y las subculturas políticas tradicionales ha sufrido un serio deterioro, en favor del aumento de la movilidad de los votantes (Bull, 1996: 23). Los obstáculos a la creación de nuevas divisiones se desvanecen (Bornschier, 2010: 200). Los cleavages tradicionales definidos por Lipset y Rokkan (1967), como la clase y la religión, que han servido para explicar el voto durante la mayor parte del siglo XX, se diluyen al producirse cambios sustanciales con gran rapidez. Como los cleavages están dejando de condicionar la toma de decisiones de los votantes, estos ya no deciden su voto en función de la pertenencia a un determinado grupo social (Lipset y Bendix, 1951), lo que hace preciso la búsqueda de nuevos factores constitutivos del voto, pues el cambio social produce nuevos cleavages (Eatwell, 2000: 415). A este respecto, Veugelers (1999: 83), al igual que Bornschier (2010: 17-18) u Oesch y Rennwald (2010), propone una nueva fractura social que contrapone los valores tradicionales-comunitarios a los liberales-universales, mientras que Häusermann y Kriesi (2015: 203) argumentan que hay dos dimensiones fundamentales del conflicto que estructuran las preferencias individuales en las sociedades europeas: la dimensión Estadomercado y la dimensión universalismo-particularismo. Al desvanecimiento de los cleavages tradicionales contribuyen los partidos catch-all, quienes con el objetivo de ampliar su nicho de votantes abarcando un mayor espacio del espectro ideológico, favorecen los cambios e, incluso, las superposiciones en los ejes de competición lo que, a su vez, fomenta la aparición de nuevas formaciones políticas. En ciertos países de Europa occidental, los partidos de izquierda y derecha, más identificados con las líneas tradicionales del conflicto, han fallado al movilizar su clientela tradicional y, como resultado, han sufrido pérdidas electorales (Betz, 1990). En este escenario de incertidumbre debido a la reformulación del nuevo panorama político, el surgimiento de la extrema derecha es el resultado, en sentido amplio, de la profunda transformación de la estructura socioeconómica y sociocultural de las democracias avanzadas (Betz, 1994; Bornschier, 2010; Hainsworth, 2008). Los individuos pierden su sentido de pertenencia y se sienten atraídos por el nacionalismo étnico, que refuerza las percepciones del orgullo y de la eficacia (Eatwell, 2003: 52-53). Esta situación es aprovechada por los partidos de extrema derecha al poner de manifiesto la ineficacia e ineficiencia del sistema, avivando y explotando la inseguridad que sienten los ciudadanos con el objetivo de captar su voto. El éxito de la extrema derecha es el producto de los miedos e inseguridades que los individuos experimentan durante los periodos de crisis cíclicas (Gaus, 2004, citado en Mudde, 2010: 1171). La sociedad ha sido “hipermodernizada”, lo que ha dado lugar a nuevas formas de “destradicionalización”, real o percibida, como son la ruptura de las comunidades y de los colectivos sociales, las identidades disruptivas, la individualización, la fragmentación y la diferenciación (Cuperus, 2003: 93). Desde esta perspectiva, el auge de la extrema derecha parece compartir más similitudes con el auge del fascismo en el periodo de entreguerras que con el esporádico brote del radicalismo de derechas en el periodo de posguerra (Betz, 1994: 23). Uno de los argumentos centrales en la literatura sobre el fascismo, es que el fascismo y, por extensión, todos los movimientos de extrema derecha similares al fascismo representan una revolución en contra de la modernidad (Betz, 1994). Asimismo, casi todas las teorías de la aparición de los partidos de extrema derecha que se apoyan en la tesis de la patología normal (Mudde, 2010, 2017c) apuntan a que el declive de los cleavages es el resultado de alguna forma de crisis relacionada con algún tipo de proceso de modernización, como la globalización, la economía post-Ford y la postindustrialización (Betz, 1994; Swank y Betz, 2003; Rydgren, 72 2003), así como de sus consecuentes efectos, como la fragmentación e individualización característicos de la transición al capitalismo postindustrial (Betz, 1994) o el desarrollo del Estado de bienestar (Kitschelt, 1995); pues la modernización supone la transición de una Gemeinschaft (sociedad) cerrada, particularista, jerárquica y no diferenciada a una Gemeinschaft abierta, individualista, universal y funcionalmente diferenciada (Blokker, 2005: 373). La extrema derecha funciona como un catalizador al articular la variedad de puntos de vista estereotípicos en reacción al proceso de modernización (Rensmann, 2003: 116). En este sentido, el auge de los partidos de extrema derecha se encuentra relacionado con su oposición al proceso de modernización, mediante el cual la sociedad se transforma profunda y rápidamente. La expansión de la educación, la terciarización y la transición de la industrialización al sector servicios han ocasionado nuevas oportunidades para algunos grupos, mientras que han dificultado la vida de otros (Givens, 2005: 7). Esta transformación ha dado lugar a una división entre los autopercibidos como ganadores (profesionales del sector servicios) y perdedores (trabajadores y propietarios de pequeños negocios) (Betz, 1994, Cuperus, 2003; Oesch y Rennwald, 2010), siendo este último, el target principal al que la extrema derecha trata de atraer (Betz, 1994). La “nueva clase social” de los perdedores (Cuperus, 2003: 94) votará a la extrema derecha como forma de apoyo, o bien, de protesta, es decir, como la expresión de su enfado y frustración por la incapacidad, real o imaginaria, del Estado-nación y de los partidos del establishment a la hora de ofrecer una respuesta satisfactoria a este proceso global (Hainsworth, 2008). En síntesis, bajo condiciones de cambios masivos en la sociedad, los perdedores de la modernización votarán a los partidos de extrema derecha (Mudde, 2010: 1172). No obstante, no hay un consenso en torno a la composición del electorado de los partidos de extrema derecha: mientras investigaciones, desde la perspectiva de la política comparada, afirman que se trata de los perdedores de la modernización (Betz, 1990, 1994; Fetzer, 2000), estudios de caso sostienen que se compone tanto de ganadores como de perdedores. De hecho, las ambigüedades de los programas electorales de la extrema derecha pueden deberse a la duplicidad de su electorado, es decir, a la alianza entre perdedores y ganadores del proceso de modernización (Betz, 1993a). Además, si la mayoría de los votantes de los partidos de extrema derecha fuesen únicamente los perdedores de este fenómeno, sólo sería una parte minoritaria de la población (Mudde, 2007: 205), ya que se correspondería con el sector marginal de trabajadores no cualificados o semicualificados, los desempleados permanentes y los jóvenes sin estudios y sin experiencia laboral (Betz, 1994; Cuperus, 2003). El derrumbamiento prolongado de los cleavages y el desmoronamiento de las asociaciones sindicales o religiosas deja a los ciudadanos más individualizados y atomizados, más desalineados política y socialmente y, por ende, más disponibles al reclutamiento de las nuevas fuerzas políticas de extrema derecha (Hainsworth, 2008). Hay investigaciones que encuentran una relación entre los elevados niveles de aislamiento social urbano, incluyendo vínculos religiosos o sindicales, y el voto a partidos de extrema derecha (Eatwell, 2003, 2017b; Haegel, 2000), dado que la desintegración o marginación social y la anomia (Bull, 1996: 24; Parsons, 1942: 138-139) reafirman las actitudes negativas hacia los inmigrantes, especialmente entre aquellos con reducidas habilidades, quienes ya sufren la amenaza del desempleo o la pérdida de la vivienda (Koopmans, 1996). Estos estudios demuestran que los individuos aislados en áreas rurales o en pequeños pueblos (Falter y Schumann, 1988) o que se sienten excluidos de la sociedad, que no disponen de los medios necesarios para interpretar la esfera política, observan un desajuste entre sus aspiraciones y las acciones de los actores políticos y experimentan emociones intensas como el enfado y la ansiedad (Arzheimer, 2009), por lo que tienden a alejarse de la política y a elegir las opciones más extremas (Ignazi, 1997b: 311). 73 Sin embargo, el problema de estos análisis reside en que, independientemente de cómo se mida el aislamiento, resulta evidente que una gran proporción de votantes de partidos de extrema derecha no sufren de anomia, por ejemplo, la ratio de miembros de asociaciones, votantes del francés Front National (actualmente, Rassemblement National) no es significativamente distinta de la de otras formaciones políticas; y, en Italia, familias enteras, con jóvenes actuando como agentes socializadores, votan a la Lega Nord (actualmente, la Lega) (Bull, 1996). Estos ejemplos, a juicio de Eatwell (2003: 53-54, 2007: 408-409) apuntan hacia dos perspectivas importantes: con frecuencia, la familia es un agente socializador más poderoso que las asociaciones; y las redes pueden ser agentes preventivos y reclutadores, ya que los líderes de opinión fuertes pueden tener una gran influencia dentro de las redes. No obstante, a la hora de hipotetizar que el hecho de pertenecer a una asociación aumenta el sentido de pertenencia y las actitudes democráticas, resulta problemático no considerar la naturaleza específica de los grupos. Por ejemplo, las subculturas de los pieds noirs (Algeria francesa) han estado muy relacionadas con el voto al Front National en áreas del sur de Francia (Eatwell, 2003: 51; 2017b: 409). Una variante de la tesis de la ruptura social sostiene que su impacto ha sido particularmente importante en los sistemas de partidos consociacionales clásicos, como Austria, Bélgica y Suiza, donde se pueden encontrar grupos aislados, en especial, en torno a la Iglesia y a las clases trabajadoras. Aunque las políticas de acomodación de la élite clientelista abren la puerta a los ataques populistas, la estructura social obstaculiza el surgimiento de partidos que buscan apelar horizontalmente a través de las clases. Pero, como las estructuras están rotas, se producen oportunidades para los nuevos partidos políticos, especialmente, para los que ensalzan la comunidad nacional (o regional). A este proceso contribuyen los antiguos antagonismos entre los niveles o estratos de las sociedades de masas, los cuales hacen que, para los votantes, sea difícil cambiar su voto hacia otros partidos del establishment. Además, las estructuras sociopolíticas dentro de estos estratos se han vuelto diferenciales, es decir, sus votantes se muestran receptivos a las apelaciones al líder y al nuevo autoritarismo de la extrema derecha. Sin embargo, a pesar del punto de vista alternativo de esta teoría, la mayoría de los países europeos no han tenido sistemas de partidos basados en distintos niveles sociales e, incluso, aunque dispusiesen de estos, la mayoría de los votantes no se han vuelto de extrema derecha. De este modo, mientras la ruptura del sistema de partidos tradicional puede ser una condición necesaria para el auge de los partidos de extrema derecha, no es una condición suficiente (Eatwell, 2003: 54; 2017b: 409). 2.3.2. La tesis del postmaterialismo revertido Los valores materialistas, relacionados con la economía y la supervivencia, que han definido las prósperas sociedades occidentales a comienzos y finales del siglo pasado, han ido perdiendo peso, durante los años setenta y ochenta, en favor de los valores postmaterialistas, es decir, aquellos que guardan relación con el estilo de vida, la emancipación y la autoexpresión (Eatwell, 2003, 2017b), proceso al que Inglehart (1977) ha denominado “la revolución del silencio”. El postmaterialismo hace referencia al proceso por el cual los individuos, al tener las necesidades materiales completamente cubiertas y al estar menos preocupados por situación económica y por el bienestar físico (Veugelers, 1999), piden mejoras en la calidad de vida (Eatwell, 2000: 415). La introducción de nuevos issues por parte de los movimientos sociales, como la demanda de la mayor participación ciudadana, el feminismo o el ecologismo, propician su aparición en el debate político, otorgándole, cada formación política, un enfoque diferente. 80 dimensiones de la competición partidista. Estos partidos políticos retan el contenido del debate político. Según la tesis del single-issue, las fuerzas políticas centran su atención en un único tema en función del contexto político. Ciertos partidos políticos monopolizan un issue, de tal forma que los ciudadanos perciben que la formación política en cuestión puede gestionar de manera más efectiva este tema que las demás (Boomgaarden y Vliegenthart, 2007: 407). La extrema derecha coopta un tema al que la mayoría de los políticos del establishment, tanto de derechas como de izquierdas, no han prestado la suficiente atención o con el que no están de acuerdo (Zúquete, 2017). La explotación de dicho issue se debe a que se trata de una estrategia que beneficia a los partidos de extrema derecha, al obligar al resto de formaciones políticas a posicionarse al respecto. Si los partidos ignoran la división del electorado sobre un tema en concreto, las posiciones de los votantes sobre este tema deberían variar (Kitschelt, 1995). El declive de los cleavages abre una nueva oportunidad para los partidos de extrema derecha siempre que sean capaces de monopolizar el nuevo issue y de encontrar un target electoral, y siempre que los partidos del establishment permanezcan reacios o incapaces de competir sobre este tema (Betz, 1994). Esta tesis presenta el inconveniente de que los partidos de extrema derecha presentan amplios programas y son varios los temas que debaten durante las campañas electorales, por lo que, no se reducen a un único tema (Eatwell, 2003, 2017b; Ignazi, 2006; Mudde, 1999, 2019). Aunque adoptan posiciones sobre un conjunto de temas reducidos (Meguid, 2005), las formaciones de extrema derecha, por definición, no son “single issue parties” (Fennema, 1996: 26; 1997: 480), es decir, la extrema derecha no sólo es un fenómeno de tema único, que pueda entenderse como una respuesta a la crisis económica o al rápido influjo de inmigrantes no occidentales en las sociedades de Europa occidental (Kitschelt, 1995). De hecho, como consecuencia de la variedad de temas que han explotado los partidos de extrema derecha, como la inmigración, la globalización o la integración en la Unión Europea (Betz y Johnson, 2004: 312), narrados de tal forma que exponen el elitismo y la pérdida de contacto de los partidos y políticos del establishment con los ciudadanos, estas formaciones exhiben un electorado más diverso que los partidos catch-all tradicionales (Hainsworth, 2008: 119-120). Si bien, a juicio de Meguid (2005: 348), aunque el número de temas a los que apelan sus manifiestos se ha incrementado, los partidos de extrema derecha todavía son percibidos como single-issues parties por los votantes. Los votantes son incapaces de recordar las propuestas políticas específicas, pero tienen una idea general de la orientación de las políticas que los partidos defienden. Los issues impactan en los apoyos electorales porque actúan como importantes indicadores emocionales (Maddens y Hajnal, 2001: 320). Particularmente, aquellos problemas no solucionados que afectan a la ciudadanía de forma directa causan emociones negativas: los problemas no sólo ocasionan frustración a las personas afectadas por estos, sino que también producen preocupación y ansiedad a los no afectados. Ante esta situación, los partidos de extrema derecha ofrecen una vía para reducir, o al menos para canalizar, las emociones negativas (Rydgren, 2003: 53). Los ciudadanos también pueden experimentar desafección o desconfianza hacia las instituciones políticas debido a su incapacidad para dar respuesta a los temas que más preocupan a la ciudadanía, como el crecimiento económico, el desempleo, la inmigración, el crimen o la corrupción. Así, las prospecciones electorales de los partidos de extrema derecha dependen inversamente de la credibilidad de los partidos mainstream, pero no necesariamente implica el desplazamiento masivo de los votantes hacia posiciones extremas acerca de los issues sustantivos (Karapin, 1998: 214). 81 Las posturas de los votantes con respecto a los distintos temas, que los conducen a apoyar a cada uno de los partidos políticos, se localizan en el espacio político, lo que permite estimar la proximidad o la distancia relativa entre las posiciones de los ciudadanos y las formaciones políticas. Estos espacios definidos temáticamente constituyen las bases de la distribución de preferencias de los votantes sobre un amplio rango de temas. El espacio temático, de acuerdo con las opiniones de los votantes, es probable que sea multidimensional. En este escenario, cuanto más reducida sea la distancia entre el votante y el partido, mayor será la utilidad de la organización para el elector, más positiva será la evaluación que el individuo haga de la formación y, por ende, mayor será la probabilidad de que el votante prefiera a este partido que a otros (Maddens y Hajnal, 2001: 319). Sin embargo, la multidimensionalidad de las opiniones de los votantes no necesariamente implica que los partidos compitan también en el mismo espacio multidimensional, ya que algunos de los temas que dividen al electorado pueden no encontrar una correspondencia en las posiciones de los partidos políticos. Siguiendo el enfoque de Sartori (1980), el espacio de identificación del votante puede ser más complejo que el espacio de competición partidista. Los partidos no compiten sistemáticamente sobre los temas en torno a los cuales, las posiciones de los votantes son difíciles de modificar. Además, los partidos de tema único no plantean temas nuevos. Los esfuerzos de la extrema derecha por acaparar y delimitar un issue pueden tener resultados limitados como consecuencia de que estos ya habían sido expuestos, con anterioridad, por los partidos tradicionales, lo que supone un problema, puesto que los ciudadanos ya pueden tener definida su postura con respecto a ese tema. Los partidos de extrema derecha se centran en unos pocos temas, reduciendo significativamente la probabilidad de su impacto, incluso aunque gocen de visibilidad, y lo que es más importante, los temas socioeconómicos son secundarios para estas organizaciones políticas (Mudde, 2017d). La extrema derecha no busca introducir nuevos issues, sino reformular aquellos ya existentes en la arena política, pero los nuevos partidos políticos también deben asumir el liderazgo de los temas a fin de cristalizar al electorado potencial (Kitschelt, 1995). 2.3.4.1. Inmigración En las décadas recientes, la inmigración ha llegado a ser uno de los issues más conflictivos en gran parte de los países de Europa occidental (Edo et al., 2019: 99), y probablemente, más que cualquier otro tema, la extrema derecha contemporánea ha sido asociada con la inmigración (Hainsworth, 2008: 70). Por esta razón, uno de los issues más estudiados para explicar el renacer del voto a la extrema derecha en Europa occidental es el tema de la inmigración, es decir, el atractivo de las políticas antinmigrantes o los aspectos que pueden estar relacionados con estas, como la ley y el orden, el desempleo o el Estado de bienestar (Eatwell, 2003, 2017b). Algunos autores, incluso, han adoptado el término de “partido antinmigrantes” o “partidos racistas” para identificar a un tipo específico de partidos de extrema derecha, sugiriendo que sus agendas se reducen únicamente a este tema y que su discurso apela al resentimiento popular en contra de los inmigrantes y a las políticas de inmigración de los gobiernos (Boomgaarden y Vliegenthart, 2007; Fennema, 1996: 26-27, 1997: 478-480; Van der Brug y Fennema, 2003; Van der Brug et al., 2000, 2005; van Spanje, 2017); y muchos otros autores han sustentado que los electores de estos partidos se diferencian de los de otras formaciones de su sistema político en el mantenimiento de actitudes negativas hacia la inmigración (Allen, 2017; Betz, 1994, 2001; Billiet y de Witte, 1995; Carter, 2005; Chapin, 1997; Cutts et al., 2011; Esses et al., 1998; Ivarsflaten, 2005, 2008; Kessler y Freeman, 2005; 82 Lubbers, et al., 2002; Norris, 2009; Polyakova, 2015, Swyngedouw, 2001). La inmigración no sólo es un issue clave para los partidos de extrema derecha, sino que es un tema que también resulta crucial para los votantes de estos partidos (Akkerman, 2017; Fennema, 1997; Kinder y Sears, 1981; Knigge, 1998; Mudde, 2007). Esto no significa que necesariamente sus programas estén únicamente centrados en la inmigración (Betz, 2001), sino que los votantes identifican a estos partidos fundamentalmente con este tema específico. Desde esta perspectiva, se postula que el éxito de los partidos de extrema derecha, a finales de los años ochenta y noventa, ha sido fundamentalmente el reflejo de la desafección pública con las políticas de inmigración, resultado del incremento sustancial de la ratio de inmigrantes y del número de personas solicitantes de asilo y de refugiados en Europa occidental (Chapin, 1997), los cuales, a su vez, son una consecuencia, no sólo de la economía global y del desarrollo de las comunicaciones y de las redes de transporte (Esses et al. 1998), sino también de las políticas que habían paralizado la migración laboral. Para presionar a los partidos del establishment a buscar una solución, cierto porcentaje de electores deliberadamente votan a los partidos de extrema derecha por sus severas políticas antinmigración. De este modo, el apoyo a la extrema derecha puede ser interpretado como un uso racional y estratégico del voto para influir en las políticas públicas del gobierno con las que los votantes están en desacuerdo. La incapacidad de los partidos del establishment a la hora de proporcionar una respuesta al problema de la inmigración a lo largo del tiempo ha favorecido el desarrollo de los partidos de extrema derecha (Ignazi, 1992). Además, este enfoque sugiere que los ciudadanos continúan apoyando a los partidos de extrema derecha precisamente porque el apoyo previo resultó ser efectivo. Así, una vez que la mayoría de los gobiernos imponen severas restricciones al flujo de inmigrantes debido a un efecto contagio (Akkerman, 2017; Helms, 1997; van Spanje, 2017), cuando estén cerca de alcanzar el objetivo de inmigración cero, el sentimiento popular de antinmigración no desaparece, sino que se desplaza a la cuestión de los beneficios sociales. Esto es especialmente llamativo en el caso de los solicitantes de asilo, quienes, con frecuencia, reciben apoyo financiero público (Arter, 1992), sin que los gobiernos estén en condiciones de frenar la dotación de las ayudas a los inmigrantes, dada la naturaleza universal del Estado de bienestar. Este resentimiento también ha sido avivado por los recortes en beneficios sociales para hacer frente a las presiones de la globalización. En este sentido, el término recursos se refiere a la percepción de que, dentro de la sociedad, el acceso a estos puede ser limitado para ciertos grupos. La percepción de que los inmigrantes compiten por los recursos determina las actitudes hacia la inmigración y hacia los inmigrantes (Esses et al., 1998, Lubbers et al., 2002). Si la xenofobia es el resultado del conflicto en torno a los recursos escasos entre los nativos de clase baja y los inmigrantes, la proliferación de los impulsos racistas y del voto a la extrema derecha, puede interpretarse no sólo como una reacción emotiva, sino como parte de una estrategia instrumental (Arzheimer, 2009: 260). En esta situación, resulta sencillo para los partidos de extrema derecha apelar al miedo, a la ansiedad y a la aversión pública derivada de la presunta carga que suponen los desempleados extranjeros y los refugiados en un ya estirado Estado de bienestar (Betz, 1990, 2002). A este respecto, Betz (2002) puntualiza que, mientras este argumento parece ser una explicación factible del apoyo continuo a los partidos de extrema derecha en Europa occidental, no justifica las diferencias en los éxitos electorales. A través del issue de la inmigración, los partidos de extrema derecha muestran una visión xenófoba, al relacionar esta cuestión con problemas que preocupan a la ciudadanía, como el desempleo o la delincuencia y la criminalidad (Arter, 1992; Karapin, 1998; Schain, 1987). 83 En el primer caso, al presentar un discurso en el que se aboga por los trabajadores nativos frente a los procedentes de otros países, los votantes perciben la relación entre la inmigración y el desempleo, culpando a los extranjeros de la usurpación de los puestos de trabajo que deberían ocupar los nativos, quienes, desde este punto de vista, tendrían preferencia a la hora de encontrar trabajo (Kitschelt, 1995). La opinión pública en Europa occidental ha considerado que los inmigrantes y refugiados representan mano de obra barata y fácilmente explotable, y, por consiguiente, una amenaza a la seguridad laboral; y al ser solicitantes de los servicios públicos, recursos y ayudas económicas, suponen una carga económica y social considerable y, por ende, una amenaza para el Estado de bienestar (Betz, 1994). Especialmente en periodos de crisis económicas, los ciudadanos se posicionan en contra de los inmigrantes, basándose en la creencia de que estos grupos constituyen una amenaza para la seguridad económica, sentimiento que se transforma en apoyo a los partidos de extrema derecha (Boomgaarden y Vliegenthart, 2007). El argumento materialista matiza esta relación al apuntar que no es necesario que los inmigrantes realmente causen desempleo, sino que la gente crea que sí lo hacen (Golder, 2003a: 438). Arzheimer (2009), al igual que Knigge (1998), trata de testar esta causalidad en su análisis multivariante, demostrando que los partidos de extrema derecha en Europa occidental se benefician de los altos niveles de desempleo e inmigración, pero estos efectos no se refuerzan el uno al otro, pues las generosas prestaciones por desempleo parecen mitigar el impacto del desempleo cuando los niveles de inmigración son elevados. Otra posible explicación es que, a pesar de que los individuos pueden culpar a los inmigrantes de los elevados niveles de desempleo, como se ha visto, los partidos de extrema derecha, aunque proponen la reducción del número de inmigrantes, no desarrollan campañas específicas para mejorar los mercados laborales, de modo que los ciudadanos pueden percibir como otros partidos políticos si se centran en la mejora de la economía (Lubbers y Scheepers, 2001: 443). Sin embargo, Golder (2003a) sí observa dicho refuerzo, pero sólo cuando la ratio de población extranjera es elevada en el país; al igual que Lewis-Beck y Mitchell II (1993). Por su parte, Fetzer (2000) no encuentra evidencias de que el desempleo o el declive de las finanzas personales tengan un efecto significativo en el sentimiento antinmigración. En el segundo caso, el discurso divulgado relaciona la presencia de extranjeros en las sociedades europeas occidentales con el aumento de la delincuencia y la criminalidad. Para la extrema derecha, el crimen es fundamentalmente un “alien” issue (un tema de extranjeros), en el sentido de que su discurso se centra en los crímenes cometidos por los no nativos (Mudde, 2019: 34). De acuerdo con estas formaciones, el crimen aumenta de manera incontrolada debido a las políticas cándidas e ineficaces de los políticos del establishment. Cuando su discurso es rebatido con datos que muestran que las ratios de crimen han realmente decrecido y que son relativamente reducidas, como es el caso de la mayoría de las sociedades de Europa occidental, la extrema derecha los desestima, calificándolos de mentiras pronunciadas por la élite corrupta para tapar los fallos la sociedad multicultural (Mudde, 2019). En este contexto, los partidos de extrema derecha defienden el endurecimiento de la ley y el orden, incluyendo el aumento de los dispositivos policiales, condenas más duras, la previsión de regímenes penitenciarios más severos y, en algunos casos, de la pena de muerte (Hainsworth, 2008), pero el freno real al aumento del crimen, de acuerdo con la extrema derecha, es el freno a la inmigración (Mudde, 2019). Como consecuencia, los nativos, en general, han atribuido a la inmigración la responsabilidad del crecimiento de las ratios de crimen, por lo que los extranjeros suponen una amenaza a la seguridad física (Betz, 1994; Chapin, 1997). Los argumentos anteriores apuntan a la idea de que la inmigración es el issue vertebrador del discurso político de la extrema derecha, en el que se entremezclan otros temas como la 84 cobertura de las prestaciones sociales y la viabilidad del Estado del bienestar, la economía y el desempleo, y la delincuencia y la seguridad (Castro y Mo, 2020). La inmigración funciona como un issue ómnibus, es decir, como un embudo a través del cual pasan muchas políticas, como la educación, la sanidad, la vivienda, el gasto público, los asuntos sociales o la cultura y los estilos de vida (Hainsworth, 2008: 70). Por otro lado, el miedo, el resentimiento, la hostilidad o el odio hacia los inmigrantes en Europa occidental se explica a través del aumento de la preocupación no sólo por el incremento del número de refugiados e inmigrantes ilegales, sino también por el cambio de la composición de las poblaciones de inmigrantes y refugiados en Europa occidental. Como resultado, en muchos de los países de esta parte de Europa, la proporción de europeos occidentales ha permanecido estable, mientras que la población no europea se ha incrementado, lo que ha contribuido a la percepción de que Europa está siendo invadida por tradiciones, culturas y religiones extrañas que, en palabras de la extrema derecha, representan una amenaza a su propia cultura, costumbres y formas de vida (Betz, 1994; Lloyd, 2003). La gente que realmente se preocupa por la amenaza cultural que supone la inmigración, no cree que el voto a los partidos mainstream sea un medio para modificar significativamente la política migratoria (Golder, 2003a: 440). En Europa occidental, la demanda de restrictivas políticas de inmigración y de asilo derivan de la preocupación porque la diversidad religiosa, de las tradiciones y del lenguaje tengan un impacto negativo sobre la unidad de la comunidad nacional (Ivarsflaten, 2005; Oesch, 2008). Si inicialmente los partidos de extrema derecha se dirigen a los inmigrantes europeos, a mediados y finales de los años ochenta, cuando se produce el incremento continuo de inmigrantes procedentes de países situados fuera de las fronteras de Europa occidental (Fennema, 1996), comienzan a focalizar su discurso fundamentalmente en los no europeos. Además de los argumentos nativistas en contra de los inmigrantes en general, emplean otros argumentos en contra de los extranjeros procedentes de África, Oriente Medio y Asia, afirmando que son los demonios de la globalización capitalista y la resistencia a la homogeneización cultural (Antonio, 2000: 57); y en contra de la aceptación de los refugiados y de los solicitantes de asilo: “no son refugiados políticos reales, sino falsos inmigrantes económicos”, y “no hay sitio para ellos” (Mudde, 2007: 70). En los últimos años, el nacionalismo excluyente de los partidos de extrema derecha europeos se refleja en sus promesas relacionadas con el freno a la inmigración procedente de países no occidentales a fin de proteger la cultura nacional (Akkerman, 2018: 50). Con respecto a esto, en el siglo XXI, la teoría conspirativa de “Le Grand Remplacement” (el gran reemplazamiento), constituye el núcleo de la retórica antinmigración de la extrema derecha. Esta teoría, popularizada por los escritores franceses Raspail9 y Camus10, pero construida sobre las tradiciones antisemitas y racistas de finales del siglo XIX, argumenta que occidente está siendo invadido por un maremoto de inmigrantes no occidentales. Los partidos de extrema derecha creen que la inmigración de masas no es el resultado de la miseria de los países en vías de desarrollo, sino que es organizada por los políticos progresistas de los países desarrollados, quienes odian a su propio Estado o intentan compensar la pérdida de su electorado (Mudde, 2019: 32). Los nativos, con frecuencia, han recibido a las nuevas remesas de inmigrantes con una mezcla de aprensión, desconfianza y desdén, sentimientos transformados en una ola de ansiedad y resentimiento (Arter, 1992), emociones que, sin atarlas a términos directamente racistas, la extrema derecha ha transformado en beneficios electorales (Kitschelt, 1995). En su lugar, se 9 Raspail, J. (1973). Le Camp des Saints. Robert Laffont 10 Camus, R. (2001). Le Grand Remplacement. Blurb 85 han hecho eco de las críticas a la política de refugiados de Europa occidental, centrando la atención pública en la creciente carga financiera que los refugiados suponen para los países de acogida. Esto impacta doblemente en la conciencia de las sociedades europeas occidentales: los inmigrantes no sólo se perciben como una carga económica para los servicios sociales, sino que también se considera que arrebatan los escasos puestos de trabajo a los desempleados nativos. Sobre este argumento, la extrema derecha propone que, en lugar de privilegiar a los extranjeros, los gobiernos de Europa occidental deberían dar preferencia al mantenimiento del empleo, la vivienda y la asistencia social a los nativos y a los europeos (Betz, 1993a, 1994). Los esfuerzos por parte de los partidos del establishment y de los gobiernos nacionales, mediante la imposición de estrictas barreras a la inmigración, por controlar la creciente hostilidad hacia los foráneos y la retórica alarmista de los grupos de extrema derecha, quienes parecen explotar los miedos populares hacia el influjo incontrolado de inmigrantes (Arter, 1992), puede ocasionar un efecto contraproducente: bajo las condiciones de una política migratoria más restrictiva, los ciudadanos pueden percibir a los inmigrantes o a los solicitantes de asilo como un problema o pueden sentirse más libres de expresar sus posiciones antinmigrantes (Lubbers et al., 2002). Este efecto, junto con la oleada y la visibilidad creciente de los extranjeros no europeos y el consecuente éxito de los partidos de extrema derecha, provocan el resurgir del racismo y la xenofobia en los años ochenta y a principios de los noventa en Europa occidental (Betz, 1993a, 1994; Westin, 2003). El racismo supone la discriminación y la exclusión social del mercado laboral, la segregación en el mercado de la vivienda, la desigualdad de oportunidades en el sistema educativo, marcadas diferencias en las prestaciones del sistema sanitario y de los servicios sociales entre los inmigrantes y la mayoría de la población, y diferencias en el acceso al poder y a la influencia. El racismo se manifiesta no sólo en el voto a los partidos de extrema derecha, sino también en la construcción del nuevo antisemitismo, en las demandas populares de control y repatriación de los inmigrantes (Westin, 2003: 97), llegando a ser la violencia racista una enfermedad endémica en la mayoría de los países de la región (Fennema, 1996). No obstante, buena parte de las emociones negativas hacia los inmigrantes, así como los efectos del racismo sobre las preferencias de voto, son poco más que el resultado de prejuicios raciales ampliamente extendidos entre la población de la mayoría de los países de Europa occidental, lo que ha provocado que sea relativamente fácil para la extrema derecha evocar, enfocar y reforzar los sentimientos xenófobos preexistentes a fin de obtener ganancias electorales (Betz, 1994; Esses et al., 1998; Kinder y Sears, 1981). A este respecto, Kuechler (1994: 48-49) ha realizado una propuesta de clasificación de las emociones de los nativos hacia los extranjeros en tres categorías analíticas distintas, aunque no excluyentes: el racismo, la xenofobia o heterofobia y la autodefensa: i. El racismo, en sentido estricto, es la creencia en que la historia representa más una lucha entre razas que entre naciones o clases; en sentido amplio, es la creencia en la superioridad de la raza propia sobre el grupo étnico; en su forma más extrema, solicita el exterminio de otros grupos étnicos o raciales; y, en su forma menos extrema, niega la igualdad de derechos y oportunidades a otros grupos étnicos o raciales, sin importar su voluntad de asimilarse o aculturarse. ii. La xenofobia o heterofobia derivan del miedo al otro, es decir, a sus actividades, costumbres y comportamientos extraños a la propia cultura, lo que tiende a desarrollar mecanismos de defensa, como la exclusión y/o segregación en guetos o los ataques físicos y verbales a los extranjeros o a sus propiedades. iii. La autodefensa se trata de un modelo de apertura hacia los extranjeros, donde se ha tensado hasta el límite la capacidad de adaptación de los entornos nativos y donde hay 86 la percepción de que la identidad nativa y/o los intereses legítimos de los nativos se encuentran amenazados y, por tanto, necesitan ser defendidos. La autodefensa se entiende como un esfuerzo justo por preservar la identidad de los nativos, pues los extranjeros siempre representan una amenaza, que trata de ser frenada mediante la asimilación en la cultura dominante. Si se acepta este criterio de clasificación, lo que está más cerca de describir la respuesta de las poblaciones de Europa occidental al influjo de inmigrantes y refugiados es una mezcla de xenofobia y autodefensa (Betz, 1994). Así, el discurso en términos étnicos de la extrema derecha se caracteriza por una contradicción interna: las referencias a aceptar y a compartir los valores y las leyes humanitarias y antiracistas pueden aparecer intercaladas con las propuestas de exclusión de los inmigrantes a fin de proteger los intereses particularistas de la nación. Aunque los actores políticos puedan reafirmar su intención de eliminar las apelaciones racistas, sus discursos comunican el concepto de identidad que reproduce precisamente las nociones de la comunidad “natural” o de las diferencias “naturales” entre los grupos interno y externo (Ter Wal, 2000: 41). Hoy en día, casi toda la extrema derecha acepta la posibilidad de la asimilación de los no nacionales, habitualmente denominada con el término (menos negativo) de “integración”. Betz y Johnson (2004: 319) puntualizan que la asimilación va más allá de la integración, ya que implica la completa absorción. Este proceso, denominado por Brubaker (2001: 524) como “asimilación orgánica”, presupone no sólo el deseo de una parte de los inmigrantes de adoptar las normas, la cultura y las formas de vida de la sociedad receptora, sino también que a otra parte no se le permita debido a la inconmensurabilidad cultural. La “singularidad cultural” impide la asimilación (Wimmer, 1997: 25). En su deseo de construir la etnocracia, algunos partidos de extrema derecha han comenzado a discriminar fundamentalmente en base a la religión, argumentando que el islam es incompatible con la democracia liberal o “la civilización europea” y que los musulmanes, por lo tanto, nunca pueden asimilarse a ninguna de las naciones anfitrionas de la sociedad occidental (excepto cuando abandonan el islam) (Betz, 2001, 2003; Betz y Johnson, 2004, 2017; Mudde, 2007, 2019). Particularmente, después del 11 de septiembre, los partidos de extrema derecha han intensificado su postura autoritaria frente al islam y la comunidad musulmana. La amenaza del aumento de la presencia del islam en el continente y de la transformación de Europa en una nueva entidad geopolítica dominada por los musulmanes: Eurabia, se han convertido en factores ideológicos y en temas clave de la extrema derecha (Zúquete, 2017). La islamofobia, término empleado para designar la estigmatización de los musulmanes, se define como un pensamiento amplio y un discurso cargado de miedo, en el que se identifica al islam como el enemigo, los “otros”, como un bloque monolítico invariable y peligroso que es el sujeto natural de la merecida hostilidad de los occidentales (Zúquete, 2017: 104). Para la mayoría de los miembros de la familia de partidos de extrema derecha, sobre todo en Europa occidental, los musulmanes o los islámicos son el enemigo clave, lo que se hace plausible al observar el componente anteislámico de sus discursos, en los que, con frecuencia, se minimiza o directamente se defiende la violencia antinmigrante. Desde esta perspectiva, el islam se equipara al islamismo, esto es, a la interpretación política extremista del islam (Mudde, 2019). Sin embargo, a diferencia del antisemitismo (hostilidad hacia o prejuicios en contra de los judíos), la islamofobia es una forma de prejuicio, por el que el enemigo es temido debido a su número, pero no a sus cualidades (Mudde, 2007). En su islamofobia, los partidos de extrema derecha se presentan como defensores de la democracia liberal, incluyendo varias libertades que, hasta recientemente, estas organizaciones 87 habían negado, como la igualdad de género o la separación del Estado de la religión. El miedo a la “islamización” se traduce en el miedo a una cultura en la que habría muy poco espacio para para la autonomía y la libertad individual, especialmente, de las mujeres y los homosexuales (Brubaker, 2017). Los inmigrantes musulmanes, particularmente, aquellos que tienen un trasfondo fundamentalista, podrían suponer una amenaza para los valores occidentales (Cuperus, 2003: 88-89). La preocupación por el islam, además de haber dado lugar al auge del liberalismo, al menos en la retórica de los partidos de extrema derecha, también ha aupado el cristianismo, entendido no como una religión, sino como la identidad de la civilización, un modo de pertenencia más que de creencia; y el secularismo, como una forma de minimizar la visibilidad del islam en la esfera pública, pero también como un medio para eliminar o deslegitimizar los argumentos cristianos que promueven la solidaridad con los inmigrantes y los refugiados (Brubaker, 2017). Es más, estas formaciones raramente emplean el término “terrorismo” para otro asunto que no sea la violencia islamista. El término “terrorismo” ha sido calificado con el adjetivo de “islámico” o “islamista”, de forma que la extrema derecha asigna una perspectiva religiosa a los actos terroristas (Caiani et al., 2012). Desde su punto de vista, el terrorismo está estrechamente relacionado con los inmigrantes y el multiculturalismo (Mudde, 2019). Esta explicación del voto a los partidos de extrema derecha lleva a hipotetizar que este tipo de formaciones políticas tendrá mayor éxito electoral en los periodos en los que haya un mayor flujo y, por ende, una mayor preocupación de la ciudadanía por el tema de la inmigración (Dülmer y Klein, 2005; Edo et al., 2019; Golder, 2003a; Kessler y Freeman, 2005; Kitschelt, 1995; Lubbers y Scheepers, 2001; Swank y Betz, 2003). Sin embargo, el éxito de estos partidos políticos no necesariamente responde a las olas de mayor flujo de inmigrantes (Eatwell, 2003: 50, 2017b: 406). Además de en el aspecto temporal, este enfoque también presenta un problema espacial. El argumento más común ha sido el del “efecto de halo”, consistente en que el porcentaje de voto antinmigrantes es mayor en las áreas con grandes concentraciones de inmigrantes, áreas donde se percibe una amenaza de invasión del vecindario y del mercado laboral. No obstante, también se puede dar la relación contraria (Chapin, 1997). Según la hipótesis del contacto personal, el contacto frecuente con los extranjeros reduce las actitudes negativas hacia estos, de modo que los ciudadanos que viven en áreas con mayores porcentajes de inmigrantes deberían tener menos prejuicios y, por ende, menos propensión a votar a los partidos de extrema derecha (Boomgaarden y Vliegenthart, 2007). Este es el caso de Reino Unido, donde los porcentajes de voto a partidos de extrema derecha se han reducido a pesar de las significativas concentraciones de inmigrantes en algunas áreas urbanas. Asimismo, los partidos de extrema derecha han logrado éxitos electorales tanto en países receptores de una gran cantidad de inmigrantes como en países con porcentajes reducidos de población extranjera (Kitschelt, 1995). Se trata este de un tema que puede ser más una percepción que una realidad, es el miedo a los extranjeros más que su presencia lo que anima a los votantes a optar por la extrema derecha, por lo que los partidos de extrema derecha pueden, incluso, ser especialmente fuertes en áreas con bajos porcentajes de población inmigrante (Eatwell, 2003: 50; 2017b: 406). 88 2.3.4.2. Unión Europea Dado el predominio del nativismo en la ideología de los partidos de extrema derecha, la mayoría de estas fuerzas políticas se muestran en contra de la Unión Europea. Sin embargo, este no ha sido siempre el caso. Muchos de los partidos de extrema derecha de Europa occidental eran euroentusiastas, es decir, defensores del proceso de integración europea y de la Unión Europea propiamente dicha durante los años ochenta, pero se vuelven euroescépticos a partir de los años noventa, como consecuencia de la aprobación del Tratado de Maastricht en 1992, punto a partir del cual, comienzan a ver a la Unión Europea como una amenaza a la soberanía de la nación (Mudde, 2007). Esta amenaza se ve agravada por la intensificación de la transferencia de poderes en algunas áreas a las instituciones de la Unión Europea a lo largo de la década de los años noventa; así como por la necesidad de la flexibilización de los mercados laborales y de la transformación de las economías para hacerlas más atractivas al capital, a fin de mejorar la competitividad (Careja y Fesnic, 2011). A comienzos del siglo XXI, estas formaciones todavía apoyan la dirección de la integración europea, a pesar de que entre 2004 y 2007, como consecuencia de las nuevas incorporaciones, la Unión Europea pasa de ser un grupo de países más o menos homogéneo, tanto en lo que atañe a su historia democrática como al desarrollo económico, a un grupo heterogéneo (Careja y Fesnic, 2011); a excepción de la austriaca Bündnis Zukunft Österreich (BZÖ, Unión por el Futuro), el nuevo partido de Haider, tras su escisión del Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ, Partido de la Libertad de Austria) en 2005 (Merlingen et al., 2001; Mudde, 2007). El euroescepticismo es un término ampliamente empleado para describir las actitudes negativas hacia la integración europea (Vasilopoulou, 2017: 125). Taggart (1998: 366), el primer académico en definir el euroescepticismo, sostiene que se trata de la idea de oposición capacitada y contingente, así como la incorporación de la oposición no cualificada y directa, al proceso de integración europea. Szczerbiak y Taggart (2008), profundizando en esta definición, sugieren la distinción entre el euroescepticismo duro (principista) y el blando (contingente). Por un lado, el euroescepticismo duro implica el rechazo abierto al proyecto completo de la integración política y económica europea y la oposición a que su respectivo país se una o permanezca siendo miembro de la Unión Europea. El euroescepticismo duro defiende la salida de su país de la Unión Europea como resultado de su posición derivada del cambio y de la actual concepción del proyecto. Este rechazo se debe a la creencia de que la Unión Europea se opone a los valores tradicionales o, más bien, a que constituye la personificación de los valores negativos. Por otro lado, el euroescepticismo blando no compromete un rechazo principista a la integración europea, pero recoge la preocupación por una serie de áreas políticas que conduce a la expresión de la oposición cualificada a la Unión europea. Mientras Szczerbiak y Taggart (2008) argumentan que los partidos de extrema derecha adoptan el euroescepticismo duro, no todos los miembros de esta familia son euroescépticos duros, pues no todos los partidos de extrema derecha se oponen a que su respectivo país sea miembro de la Unión Europea, aunque se muestren en desacuerdo con el rumbo que está tomando el proyecto. Con la finalidad de superar este problema, Kopecký y Mudde (2002) sugieren una tipología alternativa que diferencia en base al apoyo difuso o específico a la Unión europea, entendiendo por difuso el apoyo a las ideas generales de la integración europea, y por específico, la práctica general de la integración europea, esto es, la Unión Europea y su evolución. La dimensión del apoyo difuso permite separar a los eurofilos de los eurofobos: 89 i. Eurofilos: Creen que las ideas fundamentales de la integración europea subyacen en la Unión Europea, estas son la cooperación institucionalizada sobre la base de la soberanía común (el factor político) y la económica liberal de mercado integrado (el factor económico). Los eurofilos creen en dichas ideas independientemente de cómo la integración europea sea definida y efectuada en detalle. Así, los eurofilos incluyen tanto a quienes ven la integración europea como un proyecto de creación de un nuevo Estado supranacional, es decir, a los federalistas, como a quienes ven la integración europea exclusivamente en términos económicos, esto es, la creación de una zona de libre comercio. ii. Eurofobos: No apoyan y, con frecuencia, incluso se oponen, a las ideas generales de la integración europea que subyacen en la Unión Europea. Los eurofobos adoptan esta postura porque pueden ser nacionalistas, socialistas o aislacionistas, o, simplemente, porque consideran que la idea de la integración europea es una insensatez en lo que respecta a la diversidad y, por ende, incompatibilidad, entre los distintos Estados europeos. Mientras que la dimensión del apoyo específico permite distinguir entre los eurooptimistas y los euro-pesimistas: iii. Euro-optimistas: Creen en la Unión Europea y en su desarrollo, ya sea porque están satisfechos con la forma en la que ha sido configurada, o porque son optimistas sobre la dirección de la evolución de la Unión Europea. iv. Euro-pesimistas: No apoyan a la Unión Europea o son pesimistas con respecto a su evolución. Sobre la base de estas dos formas de apoyo a la integración europea (eurofilos y eurofobos) y de estas dos formas de apoyo a la Unión Europea (euro-optimistas y europesimistas), Kopecký y Mudde (2002) diferencian cuatro categorías ideales de la posición de los partidos políticos ante la Unión Europea: i. Euroentusiastas: Partidos o grupos que combinan las posiciones eurofilas y eurooptimistas, de modo que apoyan tanto las ideas generales de la integración europea como las prácticas de la Unión Europea. ii. Euroescépticos: Combinan posiciones eurofilas y euro-pesimistas, de forma que apoyan las ideas generales de la integración europea, pero son pesimistas con respecto al futuro de la Unión Europea. iii. Eurorechazadores: Partidos o grupos que, al combinar las posiciones eurofobas y europesimistas, repudian ambas ideas, tanto las relacionadas con el proceso de integración europea como con la Unión Europea. iv. Europragmáticos: Este grupo combina posiciones eurofobas y euro-optimistas: no defienden las ideas generales de la integración europea, pero tampoco se oponen, apoyando, aun así, a la Unión Europea. Esta categoría contiene a partidos que no mantienen una firme opinión ideológica sobre la integración europea y, sobre la base de consideraciones pragmáticas, con frecuencia, utilitarias, deciden valorar positivamente a la Unión Europea porque consideran que reporta beneficios a su propio país. Una categorización menos idealista y de mayor aplicación empírica es la propuesta por Vasilopoulou (2017). En función del posicionamiento de los partidos de extrema derecha ante el proceso de integración Europa, o más concretamente, según su posición a favor o en contra de la definición de una cultura europea común, basada en las tradiciones romana, helenista y cristiana (Mudde, 2007); del principio de cooperación a nivel multilateral europeo, que señala el deseo de la voluntad de los partidos a cooperar de forma multilateral a un nivel superior dentro del marco de la Unión Europea; de la práctica política de la Unión Europea, la cual atañe 96 del establishment para que escuchen las demandas ciudadanas (Eatwell, 2003). El objetivo de la presión no es otro que el de devaluar la legitimidad de las élites políticas, lo que depende, en gran medida, de su retórica. La evidencia sugiere que los discursos basados en el enfado y en el resentimiento popular han tenido un impacto significativo en la movilización social (Betz, 2002). La competición partidista se ha desarrollado desde la estricta oposición al gobierno, proceso de cartelización mediante el cual se intenta atraer al electorado que expresa emociones negativas hacia los políticos y partidos del establishment (Katz y Mair, 1995). Los partidos de extrema derecha tienden a presentarse como antisistema y como una alternativa a los partidos políticos tradicionales, a los que califica de corruptos e inoperantes a la hora de atender las necesidades de la ciudadanía (Ignazi, 1992). Los partidos políticos del establishment son acusados de haber construido, en perjuicio del ciudadano medio, un sistema que todo lo abarca, sustentado en el intervencionismo, el clientelismo y el favoritismo. Partiendo del sentimiento de malestar general con la política, la prevalencia de los políticos en las instituciones y con las prácticas democráticas, la extrema derecha ofrece la visión de un mandato diferente (Kitschelt, 1995). Esto no significa que estas formaciones no tengan programas políticos, sino que la implementación de los programas no es la preocupación principal de sus líderes. El objetivo prioritario de los partidos de extrema derecha es el de desacreditar al establishment político, para lo que, sin presentar una alternativa real al régimen político actual (Fennema, 1997: 477), con frecuencia, pasan de los ataques neoliberales al Estado de bienestar a una agenda marcada por el autoritarismo racial, las políticas antinmigrantes o por las medidas relacionadas con la ley y el orden (Antonio, 2000: 69). La lucha contra la inmigración y el multiculturalismo sólo es un aspecto del ataque más general a los valores expuestos y promovidos por el establishment político (Betz, 2001: 417). En definitiva, la creciente crisis de representación política, marcada por el descenso de la participación electoral y por la desafección hacia la política y los políticos, produce el desalineamiento y realineamiento de los votantes, quienes dan la espalda a las formaciones mainstream al apoyar a los partidos no tradicionales (Hainsworth, 2008). Esta situación ha beneficiado a los partidos de extrema derecha, al presentarse a sí mismos como los verdaderos partidos antipartidos (Bélanger, 2004; Betz, 1994; Mudde, 1996b). Los partidos de extrema derecha son antipartidistas porque, en su código genético, se encuentra la idea de unidad harmónica y el miedo a la división de la comunidad étnica, local o nacional (Ignazi, 2006). Si bien, a juicio de Mudde (1996b), los partidos de extrema derecha no son verdaderos partidos antipartidos, ya que no rechazan a los partidos políticos per se, sino que critican las políticas, las acciones y los fines de otras formaciones políticas. Incluso cuando los partidos de extrema derecha critican a todos los partidos políticos, tanto a los del gobierno como a los de la oposición, no cruzan la fina línea para criticar a la institución que representan los partidos políticos, pues si la cruzasen, serían susceptibles de ser asociados con su pasado “negro” (Mudde, 1996: 272-273), es decir, con su legado fascista. No obstante, Van der Brug y sus colaboradores (2000: 82) consideran que cuando los partidos mainstream llaman “fascistas” o “racistas” a los partidos de extrema derecha contribuyen a crear una identity spoliled (imagen deteriorada) de estas formaciones con el objetivo de lograr su estigmatización. Una organización puede ser considera como partido protesta no porque se autoproclame como tal, sino porque el resto de los partidos políticos lo rechacen. Si los ciudadanos desean emplear su voto para atemorizar a la élite, un partido estigmatizado por la élite política será una opción atractiva (Van der Brug y Fennema, 2003: 60). La protesta hacia el establishment captaría el voto de aquellos electores que se muestran descontentos o desafectos con el sistema político en general (Fennema, 1996, 1997). Si los 97 votantes fuesen lo suficientemente desafectos con los partidos tradicionales de derechas e izquierdas, la bolsa de potenciales votantes de la extrema derecha se reuniría en torno a una nueva fuerza política (Kitschelt, 2017: 362). Por tanto, el voto a los partidos de extrema derecha se trataría de una expresión en contra de los partidos mainstream (Mudde, 2007). Como resultado, el voto a la extrema derecha tendría un reducido componente estructural o carecería de él, por lo que tendería a ser volátil. La tesis del voto protesta postula que el voto a la extrema derecha es socialmente desestructurado y pasajero (Eatwell, 2000, 2003, 2017b). En otras palabras, si la hipótesis del voto protesta es correcta, entonces los votantes de la extrema derecha no responderían a las variables socioestructurales (Kitschelt, 1995). En contraposición con el postulado anterior, la mayoría de los partidos de extrema derecha contemporáneos en Europa occidental han gozado de apoyos electorales socialmente estructurados y relativamente estables (Eatwell, 2000, 2003, 2017b), registrando más o menos éxito electoral continuo desde su revelación, por lo que no se puede interpretar el extremismo de derechas como un fenómeno pasajero (Hainsworth, 2008: 24). Durante los años ochenta, cuando tienen lugar las primeras señales del renacer de la extrema derecha, estos partidos normalmente reclutan a abstencionistas o a votantes de centroderecha y, sociológicamente, tienden a ser fuertes entre los hombres jóvenes o mayores que se dedican a los pequeños negocios o a los sectores artesanales de la economía, perfil que permanece en los años noventa. Pero, durante esta década, la extrema derecha también supone una amenaza para los partidos de centroizquierda, al atraer a votantes de la clase trabajadora (Eatwell, 2000, 2003, 2017b). Los electorados no son estáticos y la mayoría de los votantes protesta fidelizarán su voto, volverán a votar al partido por el que solían hacerlo o cambiarán de partido, de modo que la clave de la persistencia electoral de los partidos de extrema derecha es su habilidad para transformar a los votantes protesta en votantes leales (Betz, 2002; Rydgren, 2007). Si la movilización inicial se debe a la curiosidad o a la protesta, es razonable asumir que la curiosidad tenderá a desaparecer y que la protesta puede expresarse en forma de abstención, por lo que, a largo plazo, los votantes apoyarán a un partido nuevo sólo si demuestra algún grado de efectividad y, para ser efectivo, primero, debe asociarse con un tema específico, con respecto al cual, se perciba como competente (Betz, 1994). En síntesis, los votantes “protesta” se pueden transformar en votantes “apoyo” si ven que los partidos de extrema derecha consiguen implantar las políticas de las que son partidarios (Mudde, 2019). Dada la diversidad de los targets electorales de los partidos de extrema derecha, estas organizaciones parecen responder al modelo de partido catch-all protesta, en contraposición al modelo de partido protesta puro. Estas formaciones, al presentarse a sí mismas como un tipo diferente de partido, tienen un margen relativo para atraer a los votantes situados a lo largo del espectro ideológico, pues no se definen dentro de un entorno ideológico particular (Betz, 1993b; Taggart, 1995). Los partidos de extrema derecha no sólo son colectores del voto protesta de los sectores moderados (empleados y profesionales de edad media), que se ha radicalizado como consecuencia de su desafección hacia los partidos mainstream, sino que también representan a un electorado específico, movilizado por los sentimientos de alineación hacia el sistema político y de desafección hacia las dinámicas socioeconómicas de los procesos postmodernos y de globalización, de los que se sienten excluidos o perdedores (Fennema, 1997). Este apoyo se constituye principalmente de los estratos más débiles de la sociedad, con un sentimiento de pérdida de poder y marginación, que encuentran comprensión en los mensajes antisistema y anti-establishment populistas promovidos por los partidos de extrema derecha (Ignazi, 2006). Diversas investigaciones han expuesto que los partidos de extrema derecha en Europa occidental son respaldados por individuos con un fuerte sentimiento anti-establishment, o han 98 observado que los porcentajes de estos targets dentro de su electorado son superiores a los del resto de las fuerzas políticas (Bélanger, 2004; Betz, 1994; Fieschi y Heywood, 2004; Norris, 2009). Desde una óptica instrumental, el voto a los partidos de extrema derecha es un fin en sí mismo, no es tanto un acto en contra “del establishment”, sino más bien, un acto por las políticas ofertadas por la extrema derecha (énfasis del autor, Cutts et al., 2011: 420). Uno de los problemas de esta tesis radica en que es posible tanto los enfoques de la protesta como de la elección racional a la hora de explicar el voto de los ciudadanos (Billiet y De Witte, 1995; Eatwell, 2003: 51, 2017b). Los electores tienden a votar a los partidos por los que sienten algún tipo de afinidad ideológica o que mejor representan sus posiciones acerca de los diversos issues, pero también actúan racionalmente votando a los partidos que consideran que tendrán alguna forma de impacto político (Fennema, 1997: 476), lo cual implica que los partidos minoritarios tienden a mantenerse pequeños debido a que son percibidos como ineficaces, percepción que ha tenido lugar en contextos donde los partidos conservadores mayoritarios han sacado provecho de los sentimientos antinmigrantes. Siguiendo la tesis de la patología normal, la demanda de los partidos de extrema derecha se explica mediante dos factores: el apoyo y la protesta. La diferencia entre los votantes “apoyo” y los votantes “protesta” se basa en la cuestión de si los ciudadanos votan fundamentalmente por la extrema derecha o en contra de los otros partidos (Betz, 1990: 46; Mudde, 2019: 79). Los votantes “apoyo” tienen ideas de extrema derecha y eligen votar a estas formaciones porque se sienten cercanos a su ideología; mientras que los votantes “protesta” no creen realmente en la ideología de extrema derecha, pero utilizan a estas organizaciones para protestar en contra del comportamiento y de las políticas de los partidos del establishment (Mudde, 2019: 99). Ambas lógicas se basan en una afirmación similar: bajo circunstancias normales, sólo una mínima parte de la población de las democracias occidentales solicita las políticas propuestas por la extrema derecha. Por lo tanto, es necesario buscar, en aquellas circunstancias anormales, qué actitudes hacia la extrema derecha son las causantes de su auge (Mudde, 2010). La mayoría de las investigaciones proporcionan evidencias que apoyan tanto la tesis del apoyo como de la protesta. Los resultados de los estudios que analizan la relación entre la desafección política y el apoyo electoral a los partidos de extrema derecha apuntan en distintas direcciones: si bien, en su mayoría, hallan una relación significativamente positiva (Bélanger y Aarts, 2006; Cutts et al., 2011; Kessler y Freeman, 2005; Knigge, 1998; Lubbers y Scheepers, 2000, 2001, 2002; Lubbers et al., 2000; Mayer y Perrineau, 1992; Mudde y Van Holsteyn, 2000; Swyngedouw, 2001; Voerman y Lucardie, 1992; Westle y Niedermayer, 1992), otros, no (Norris, 2009; Van der Brug y Fennema, 2003; Van der Brug et al., 2000, 2005). Por su parte, en su análisis del Vlaams Block, Billiet y De Witte (1995: 194) demuestran que los indicadores del voto protesta reafirman las actitudes negativas hacia los inmigrantes. No obstante, resulta evidente que la mayoría de los países con partidos de extrema derecha exitosos, han experimentado un aumento de los niveles de desafección política (Mudde, 2007). Es más, los votantes de los partidos de extrema derecha muestran mayores niveles desafección que la media poblacional (Ignazi, 1997b). Estos resultados que, a priori, resultan contradictorios, dejan de serlo si se tiene en cuenta una tercera explicación: los votantes de los partidos de extrema derecha protestan en contra de los partidos del establishment y apoyan a los partidos de extrema derecha. Para Fennema (1996: 29), el voto protesta puede expresar tanto la falta de racionalidad del votante, como no cuestionarla, ya que la elección del partido puede no responder a su utilidad, sino que puede ser seleccionado por su aislamiento de las élites políticas, tratándose, así, de un voto en contra del establishment, una muestra del rechazo a todos los partidos políticos en general. Los votantes protesta muestran su descontento con la élite política votando por un partido que se 99 encuentra excluido de la arena política, de modo que el voto protesta es un votante racional cuyo objetivo es demostrar su rechazo al régimen político o a otros partidos (Van der Brug et al., 2000: 82). En este punto, es preciso puntualizar que los votantes no apoyan a los partidos de extrema derecha simplemente por oposición a otros partidos, pero las ideas y los programas de la extrema derecha no serían tan importantes como la aversión a las políticas de los partidos del establishment (Billiet y De Witte, 1995). Cuando un individuo está de acuerdo con las ideas de la extrema derecha, no sólo vota a los partidos que defienden estas ideas, sino que se oponen a los partidos contrarios a estas (Bélanger y Aarts, 2006; Mudde, 2019). La atmosfera de desconfianza y descontento con la política da el impulso definitivo a los partidos de extrema derecha, capaces y deseosos de obtener réditos electorales del resentimiento popular. Sin embargo, la relación entre el desencanto y los éxitos electorales de la extrema derecha no debe ser sobreestimada, pues el auge de los partidos de extrema derecha obedece a variables con un profundo calado en la sociedad derivadas de su transición a una nueva configuración, que tiene, como resultado, la creación de sociedades multirraciales, multiétnicas, multiculturales, multireligiosas y metalingüísticas. En este contexto, la extrema derecha alcanza relevancia sociopolítica como el reflejo de la expresión de las ansiedades profundas y masivas hacia el cambio radical de las sociedades contemporáneas (Betz, 1994). 2.4. LOS APOYOS SOCIOESTRUCTURALES DE LA EXTREMA DERECHA La elección de la estrategia a desempeñar por un partido político depende, sobre todo, de la composición de los grupos sociales que desea atraer, lo cual, a su vez, depende de la magnitud en la que sus posiciones ideológicas y sus propuestas políticas se corresponden con los valores e intereses de los grupos sociales objetivo, y de la medida que otras formaciones políticas están deseosas y/o son capaces de adoptar sus programas (Betz, 1994). Así, es posible establecer el target electoral de los partidos de extrema derecha en función de variables sociodemográficas, como el género, la edad, el nivel de estudios, la situación laboral y la clase social. La sociología política ha proporcionado una clara imagen del votante “tipo” de la extrema derecha: hombre joven o mayor con un nivel de estudios bajo, empleado del sector privado o desempleado, de clase media-baja y con ingresos reducidos, preocupado por los inmigrantes y la inmigración y con sentimientos anti-establishment (Betz, 1990, 1994; Arzheimer, 2009; Arzheimer y Carter, 2006, 2009; Eatwell, 2000; Falter y Schumann, 1988; Kessler y Freeman, 2005; Lubbers y Scheepers, 2001; Lubbers et al., 2002; Mudde, 2019; Taggart, 1995). Mientras muchos partidos de extrema derecha han sido exitosos haciendo importantes incursiones en otros estratos, este grupo conforma el núcleo del electorado de la extrema derecha en Europa occidental, lo que supone que la extrema derecha es una familia de partidos que representa a la clase trabajadora no tradicional (Arzheimer, 2017: 287, Taggart, 1995). No obstante, este retrato de los votantes de la extrema derecha constituye sólo una parte del electorado de estas fuerzas políticas. Cuanto más popular es el partido de extrema derecha, más diversidad se observa entre sus bases electorales (Mudde, 2019). Además, los apoyos a esta familia de partidos muestran una considerable variabilidad entre y dentro de los países de Europa occidental. Algunas de estas variaciones pueden ser explicadas por las diferencias en la composición social de las respectivas sociedades (Arzheimer, 2017: 280). La crítica a la identificación y clasificación de los partidos de extrema derecha sobre la base del perfil sociodemográfico de sus votantes la encarna Ignazi (2006), quien sostiene que las características sociodemográficas no juegan un rol directo en la definición y constitución de 100 la familia de partidos de extrema derecha. Dado que la estructura sociodemográfica no supone la explicación clave del comportamiento electoral en favor de los partidos de extrema derecha, un análisis enfatizando las relaciones deterministas entre la estructura social y el voto puede tener resultados infructíferos. Otra de las consecuencias de enfatizar la distribución sociodemográfica de los votantes de los partidos de extrema derecha es la importancia crucial que se le atribuye a la dimensión económica. Esta afirmación se apoya en el hecho de que los votantes de los partidos de extrema derecha nunca señalan a la política económica como su principal motivo de voto. Los electores de estas formaciones políticas nunca valoran su habilidad para intervenir en los asuntos económicos, sino que valoran su competitividad y eficacia en temas fundamentales, como la inmigración, la ley y el orden, y la corrupción, además de la identidad nacional y de la defensa del hombre común. 2.4.1. Género La mayor parte de los estudios sobre el perfil de los votantes de los partidos de extrema derecha se muestran de acuerdo con respecto al sesgo en función del género que se observa en los porcentajes de voto de estas organizaciones (Arzheimer y Carter, 2006; Betz, 1993b; Evans, 2005; Kessler y Freeman, 2005; Kitschelt, 1995; Givens, 2004, 2017; Lubbers y Scheepers, 2001; Lubbers et al., 2002; Mayer y Perrineau, 1992; Norris, 2009; Oesch, 2008; Spierings y Zaslove, 2015). La mayoría de los análisis nacionales han encontrado grandes diferencias entre los porcentajes de voto a los partidos de extrema derecha entre hombres y mujeres. La magnitud del “gender gap” (brecha de género) ha sido tal que, incluso cuando otras variables, como la edad, el nivel de estudios o la situación laboral han sido controladas, alrededor de un 40% más de hombres que de mujeres vota a estas formaciones políticas (Arzheimer, 2017: 283). La magnitud del gender gap es y sigue siendo “un puzle complejo y enigmático” (Betz, 1994: 176), existiendo un amplio abanico de explicaciones a dicho fenómeno. En primer lugar, se ha augurado que las mujeres están, en general, menos interesadas e informadas sobre política que los hombres, y, por tanto, su desconocimiento de las nuevas formaciones políticas es mayor. En segundo lugar, la extrema derecha todavía proyecta imágenes de hipermasculinidad, que describen a las mujeres como ultraconservadoras y antifeministas (Givens, 2004, 2017), lo cual puede resultar desalentador para buena parte de este target electoral. Una tercera explicación, reside en que los partidos de extrema derecha tienden a promover valores y propuestas políticas intrínsecamente perjudiciales para los intereses de las mujeres, como sus políticas antiaborto. Y, en cuarto lugar, los temas relacionados con la inmigración, el racismo y la xenofobia y con la ley y el orden no son, en la misma medida, un reclamo para las mujeres que para los hombres. Los hombres son más receptivos a la ideología pragmática y agresiva que caracteriza a los partidos de extrema derecha (Evans, 2005). Las mujeres son vistas por la propia extrema derecha como apolíticas, por lo que el discurso racista sólo las atrae a través de las afiliaciones políticas de sus padres o parejas. La lógica es circular: el racismo organizado es un terreno masculino, de modo que las mujeres que se unen a la extrema derecha lo hacen como apéndices ideológicos del hombre racista. Así, las actitudes, acciones y motivaciones son copias eventuales (Blee y Creasap, 2017: 258). Contrariamente, la evidencia empírica no respalda esta argumentación (Givens, 2004, 2017; Spierings y Zaslove, 2015). Aunque las mujeres son significativamente menos propensas a aprobar actos de violencia en contra de los inmigrantes y refugiados, apenas hay diferencias en cuanto a la hostilidad hacia los extranjeros en función del género. La mayoría de los estudios demoscópicos muestran que la diferencia entre hombres y mujeres en términos de sus actitudes nativistas se encuentra lejos de ser remarcable (Mudde, 2007: 114). 101 En relación con las explicaciones anteriores, se considera que todos los nativistas comparten un punto de vista muy tradicional de los roles de género, según el cual, la mujer es contemplada y tratada como un ciudadano de segunda. Las mujeres se reducen a ser madres que tienen el deber de asegurar la supervivencia de la nación, al concebir y proporcionar amplias descendencias (Nagel, 1998; Yuval-Davis, 1997). No obstante, la extrema derecha no va tan allá y sólo expone que las mujeres, en su rol de madres y amas de casa, son el único sexo que puede concebir, y la concepción es vital para la supervivencia de la nación (Mudde, 2007), tendencia que es más brusca en los países impregnados de la tradición fascista que en el resto de los países (Kitschelt, 1995). Particularmente, en Europa occidental, aunque la mayoría de las formaciones de extrema derecha mantienen un punto de vista tradicional de la mujer, la mujer trabajadora es tolerada e, incluso, apoyada, pero preferiblemente después de que la crianza de sus hijos haya finalizado (Mudde, 2019). En este punto, resulta preciso aclarar que las posturas de la extrema derecha con respecto al feminismo no siempre son las mismas, mientras algunos partidos y activistas rechazan todo lo relacionado con el feminismo, considerando a las feministas, con sus ideas innaturales sobre la igualdad de género, pervertidoras de las mujeres inocentes; otros reconocen la importancia de los logros alcanzados durante la primera ola del feminismo, como la igualdad en la educación y en el voto, así como las mejoras en los derechos y condiciones laborales, aunque se oponen al feminismo extremista de la segunda ola, que es considerado marxista, al promover la guerra de sexos, sustentada en las posiciones anti-hombres y en las políticas innaturales (Mudde, 2007). Por otra parte, como la mayoría de las variables sociodemográficas, el género es una categoría muy general que, con frecuencia, permite casi tanta variación dentro del grupo como entre grupos. Las investigaciones sugieren que, mientras la hipótesis general de que el porcentaje de voto de las mujeres es menor que el de los hombres a los partidos de extrema derecha, es correcta para la mayoría de los subgrupos de mujeres, no se confirma para todos. Los estudios electorales muestran el impacto en el voto de un complejo de variables interrelacionadas, en el cual el género resulta importante. Si bien, en combinación con otras variables, como el nivel de estudios o la situación laboral, el género tiene efectos diferentes, estas aparentes divergencias, normalmente, desaparecen en los resultados de los análisis multivariantes, de tal forma que se interpretarían como el artefacto de otras variables (Givens, 2004, 2017). Desde esta perspectiva, una quinta explicación estaría relacionada con la posición de las mujeres en el mercado laboral. Dado que la clase trabajadora está conformada mayoritariamente por hombres, quienes compiten directamente con los inmigrantes por los puestos de trabajo, los hombres mostrarán en mayor medida que las mujeres actitudes antinmigrantes y, por ende, votarán más a la extrema derecha. Las mujeres están más presentes en el sector público que los hombres, razón por la que no han sido víctimas de la racionalización de los trabajos industriales (Kitschelt, 1995), ni han estado tan expuestas a la competición con los inmigrantes (Spierings y Zaslove, 2015). Las funciones y actividades en el sector público generalmente implican cierto contacto con grupos marginales, como los inmigrantes y los refugiados, pero, al mismo tiempo, estos no suponen una amenaza para los puestos de trabajo. Una sexta posible explicación es que las mujeres son practicantes del culto religioso en mayor proporción y con mayor frecuencia que los hombres (Bull, 1996), y los votantes de los partidos de extrema derecha parecen no ser religiosos o estar menos implicados en las prácticas religiosas (Dülmer y Klein, 2005; Lubbers y Scheepers, 2001; Lubbers et al., 2002) que los de centroderecha, formación a la que, previamente, estos apoyan mayoritariamente (Betz, 1994). Esta explicación podría sustentarse sobre los resultados del análisis multivariante realizado por 102 Arzheimer y Carter (2009), en el que se examina la relación entre la religiosidad cristiana y el apoyo a los partidos de extrema derecha en Europa occidental. Estos resultados llevan a la conclusión de que la religiosidad tiene un efecto limitado sobre el voto a los partidos de extrema derecha, pues las personas religiosas no son ni más ni menos hostiles hacia las minorías étnicas y, por lo tanto, no son ni más ni menos propensas a votar a los partidos de extrema derecha. La razón por la que las mujeres no se encuentran disponibles para estas formaciones políticas es porque todavía son leales a los partidos conservadores o democratacristianos (Mudde, 2019). Por tanto, la religiosidad provoca un efecto “vacuna” frente al voto a la extrema derecha (Arzheimer y Carter, 2009: 1005). Sin embargo, esta explicación no parece robusta si se tiene en cuenta que la mayoría de los partidos de extrema derecha europeos se declaran culturalmente cristianos, en el sentido de que consideran que la cristiandad, o una denominación específica, como el catolicismo romano, es una parte de la cultura nacional. Incluso, algunas formaciones van un paso más allá y afirman que la religión es parte de la nación (Mudde, 2019). Y, en séptimo lugar, si se considera que las mujeres son más conservadoras en sus valores y actitudes políticas, se identificarán más con los partidos de centroderecha, al sentirse ofendidas por el radicalismo de la extrema derecha, o bien, se situarán más a la izquierda del espectro ideológico que los hombres (Arzheimer, 2017; Givens, 2004, 2017; Spierings y Zaslove, 2015). Inglehart y Norris (2000) afirman que las diferencias en el comportamiento electoral en cuanto al género se han realineado como consecuencia de la transformación de los roles de género en las sociedades industriales avanzadas, roles alterados por el proceso de modernización social que conlleva el cambio de los valores, los estilos de vida y las actitudes culturales de hombres y mujeres. Como consecuencia, las mujeres se han desplazado más hacia la izquierda que los hombres, situación que los autores han denominado la modern gender gap (brecha de género moderna) (Inglehart y Norris, 2000: 444). Pero, la teoría de la tendencia central (Hofmann-Göttig, 1989, citado en Mudde, 2007: 114) meramente describe la propensión de las mujeres a votar a los partidos de centro, sin proporcionar una explicación clara de las razones por las que lo hacen. Contrariamente, otros autores apuntan a que los cambios recientes en los roles de género y las consecuentes inseguridades de algunas mujeres pueden constituir una razón para votar a la extrema derecha (Hammann, 2002: 72-73, citado en Mudde, 2007: 114). Argumentación que supone la adaptación del paradigma postmaterialista (revertido), arriba expuesto, el cual es de igual aplicación a hombres y mujeres. Por último, si bien el gender gap en el electorado de los partidos de extrema derecha es un fenómeno que resulta evidente, conviene aclarar que la diferencia en el porcentaje de voto en cuanto al género es, con frecuencia, enfatizada en la literatura, dado que se analiza aisladamente, y no en comparación con los porcentajes de voto de los partidos mainstream de centroderecha; y, lo que es más importante, las razones que llevan a los votantes a apoyar a los partidos de extrema derecha no difieren entre hombres y mujeres (Spierings y Zaslove, 2015). 2.4.2. Edad Los partidos de extrema derecha han atraído en mayor proporción a votantes jóvenes que a personas mayores (Betz, 1993b). En este sentido, sus perfiles de edad se asemejan más a los de las formaciones liberales de izquierdas y a los de los verdes que a los de las organizaciones tradicionales, de lo que se deduce que, el reclamo de los votantes más jóvenes es independiente de la ideología y del programa de las fuerzas políticas. Es más, apenas hay diferencias con respecto a la edad entre los partidos xenófobos y sus homólogos neoliberales (Betz, 1994: 146). 103 Muchos estudios demuestran esta tendencia: los votantes menores de 30 años son los que tienden a votar en mayor medida a la extrema derecha (Arzheimer, 2017; Arzheimer y Carter, 2006; Dülmer y Klein, 2005; Edo et al., 2019; Kessler y Freeman, 2005; Lubbers y Scheepers, 2001; Lubbers et al., 2002). Este fenómeno se explica por el hecho de que el declive de los efectos de la estructura social no afecta a todas las generaciones por igual (Arzheimer y Carter, 2009). Los votantes más jóvenes, buena parte de los cuales votan por primera vez, pueden sentir que pertenecen a una “generación sin futuro”, al experimentar inseguridad acerca de las prospecciones futuras y al observar altas tasas de desempleo (Kessler y Freeman, 2005: 264; Falter y Schumann, 1988: 107). Además, en general, los más jóvenes no muestran lealtades ni vínculos partidistas tan fuertes como los votantes de otros intervalos de edad (Franklin, 1992: 395). Como resultado, los votantes jóvenes pueden ser menos reacios al cambio que el resto de los grupos de edad. Por el contrario, aunque por otras razones, algunos estudios apuntan a que son las personas de mayor edad las más tendentes a votar a los partidos de extrema derecha (Arzheimer y Carter, 2006; Falter y Schumann, 1988; Eatwell, 2000; Mayer y Perrineau, 1992; Voerman y Lucardie, 1992). Por un lado, se ha argumentado que se trata de un grupo poblacional que depende en gran medida de las prestaciones proporcionadas por el Estado de bienestar, de modo que el declive de la estructura social, así como los flujos de inmigrantes, afectan gravemente a los pensionistas (Arzheimer y Carter, 2006: 4); y, por otro lado, las personas mayores pueden haber adquirido ciertos marcos interpretativos y hábitos autoritarios durante sus primeros años de formación intelectual y social o de manera natural, debido a la tendencia de llegar a ser menos flexibles e intolerantes con la edad. Las personas mayores, que normalmente son el grupo de edad con menor nivel de estudios, pueden acusar la falta de experiencia o la tolerancia necesaria para tratar con el complejo fenómeno político y social (Falter y Schumann, 1988: 107). Sin embargo, a juicio de Evans (2005), actualmente, todas las cohortes edad tienen la misma probabilidad de votar a los partidos de extrema derecha debido a que el apoyo que reciben estas formaciones es más amplio. La convergencia de los grupos de edad parece razonable debido a la atracción que suponen los nuevos partidos para los votantes con lealtades partidistas muy débiles o sin ellas. 2.4.3. Nivel de estudios La educación es un predictor del voto a la extrema derecha en Europa occidental (Arzheimer, 2017: 284). En general, los ciudadanos con estudios universitarios son menos propensos a votar a la extrema derecha, mientras que, contrariamente, la extrema derecha goza de apoyos, superiores a la media, entre los electores con niveles de estudios más bajos (Arzheimer y Carter, 2006; Arzheimer, 2009; Dülmer y Klein, 2005; Kessler y Freeman, 2005; Lubbers y Scheepers, 2001; Lubbers et al., 2002). Los efectos del estilo cognitivo son los que explican la relación entre la probabilidad de votar a los partidos de extrema derecha y el nivel de estudios de los votantes (Weil, 1985). La educación aumenta el interés y la implicación en la política, al tiempo que un mayor nivel de conocimiento y de sofisticación intelectual reducen el compromiso con la autoridad tradicional y las actitudes autoritarias e incrementan la tolerancia hacia la diversidad (Weakliem, 2002) y la apertura de mente (Evans, 2005). Los ciudadanos con altos niveles de estudios tienden a mostrar valores más liberales y democráticos que otros individuos y, por consiguiente, son menos propensos a apoyar las políticas autoritarias de la extrema derecha. La educación universitaria expone a los individuos 104 a un rango de personas más diverso, a ideas y formas de vida y, en consecuencia, los universitarios tienden a abrir su mente y a ser más liberales (Evans, 2005). Mientras los altos niveles de estudios van de la mano del efecto “liberalizador”, de modo que los empleados cualificados muestran cierta apertura cultural, los individuos con niveles educativos inferiores pueden percibir la inmigración y la cultura de los extranjeros como una amenaza a su identidad (Oesch, 2008: 352). Otra posible razón reside en que los apoyos a la extrema derecha están fundamentalmente motivados por la competición étnica, es decir, dado que los inmigrantes disponen, en su mayoría, de habilidades reducidas, suponen una amenaza sólo para aquellos que ostentan niveles de estudios bajos o medios (Arzheimer, 2017; Edo et al., 2019), así como para aquellos que han recibido formación profesional o técnica (Betz, 2001; Evans, 2005). Estos grupos sociales tienden a votar a la extrema derecha porque estas formaciones se comprometen a defender sus intereses, limitando los derechos de los inmigrantes y de los solicitantes de asilo (Arzheimer y Carter, 2006). 2.4.4. Situación laboral Más que a la situación laboral, Kitschelt (1995, 2017) hace referencia a la segmentación laboral, al diferenciar cuatro públicos objetivo de la extrema derecha en función del tipo de trabajo que desempeñan los votantes: la clase trabajadora, la pequeña burguesía, los profesionales y estudiantes, y los desempleados, targets que responden a las lógicas siguientes: i. La clase trabajadora o los trabajadores de cuello azul: Dado que la mayor parte de los trabajadores desempeñan sus funciones dentro de procesos mecánicos, son, en su mayoría, hombres con bajos niveles de estudios y, dada la división sectorial de los sectores competitivos, no deberían ser de izquierdas, pudiendo expresar, en cierta medida, disposiciones autoritarias y particularistas. El avance en términos de apoyo electoral de los partidos de extrema derecha en los años noventa responde a la proletarización de su electorado. Se trata de trabajadores que se sienten abandonados o engañados por los partidos socialdemócratas, cuya tercera vía incluye la aceptación de la economía de mercado y la defensa de los valores cosmopolitas (Mudde, 2019: 79). No obstante, algunas investigaciones no encuentran relaciones significativas entre ser trabajador manual y la propensión de voto a la extrema derecha (Kessler y Freeman, 2005) ii. La pequeña burguesía: Se compone de hombres con niveles de estudios bajos o medios. Los manufactureros y mayoristas, al tratarse de propietarios de pequeños negocios independientes, tienden a estar expuestos, al menos indirectamente, a las presiones de la competición internacional. Por este motivo, tienden a manifestar una intensa aversión hacia las políticas redistributivas del Estado de bienestar, por lo que prefieren estructuras autoritarias y liberales orientadas al mercado. iii. Los empleados de cuello blanco, profesionales y estudiantes: Este grupo se constituye de los empleados del sector público o de organizaciones sin ánimo de lucro, que desarrollan tareas de atención al cliente. En este entorno laboral, se encuentra una gran proporción de mujeres jóvenes con elevados niveles de estudios, por lo que las disposiciones autoritarias y particularistas de este grupo deberían estar considerablemente por debajo de la media. Pero, estos grupos están internamente divididos con respecto a la distribución de los recursos económicos. Los profesionales independientes, como los abogados, contables y proveedores de otros negocios son el 105 grupo, probablemente, con más disposición hacia la economía de derechas y hacia las concepciones políticamente liberales. iv. La población residual sin empleo (pensionistas, amas de casa y parados): Dada la edad de la población residual, su nivel de estudios por debajo de la media y el tipo de trabajo que tienden a desempeñar, este grupo tiende más hacia las disposiciones autoritarias y particularistas. Aunque con respecto a la división económica de izquierdas o de derechas, la orientación de este grupo no resulta evidente. Los individuos de la clase trabajadora con ingresos fijos (pensionistas, parados con prestación de desempleo, etc.) se situarán más a la izquierda del espectro ideológico, pero los otros miembros de esta amplia categoría pueden apoyar el capitalismo de libre mercado. A tenor de lo expuesto, a juicio de Kitschelt (1995, 2017) y de acuerdo con otros autores (Arzheimer, 2017; Betz, 1993a; Lubbers y Scheepers, 2001; Oesch, 2008), en general, los potenciales votantes de los partidos de extrema derecha se encuentran, en su mayoría, dentro de la clase trabajadora, la pequeña burguesía y los pequeños empresarios, o, lo que es lo mismo, la nueva clase media-baja, además de los desempleados, lo que viene a corroborar que el electorado de la extrema derecha no se compone únicamente de los perdedores de la modernización. El apoyo mayoritario de estos grupos a la extrema derecha se debe a que compiten con los inmigrantes por los recursos escasos (Arzheimer, 2009). Contrariamente, los empleados de cuello blanco, como los directivos, los profesionales y los propietarios de grandes negocios, y, especialmente, los funcionarios de rango medio-alto representan perfiles minoritarios en el electorado de los partidos de extrema derecha (Arzheimer y Carter, 2006). Dado el alto nivel de educación, la perspectiva de la carrera laboral, la autonomía y los elevados salarios de los profesionales y directivos, estos son menos propensos a compartir los valores de la extrema derecha (Evans, 2005). Esta división puede ser una consecuencia derivada de la defensa del libre mercado y de las críticas a la intervención del Estado y al funcionamiento del Estado de bienestar llevadas a cabo por la extrema derecha (Betz, 1993a). Dada su preferencia por la producción sobre el consumo, por la bajada de impuestos y por la reducción del poder del Estado, los partidos de extrema derecha recibirían mayor apoyo por parte de quienes comparten estas preferencias que de quienes dependen de las prestaciones ofertadas por el Estado (Betz, 1994). Sin embargo, hay excepciones en cuanto a la relación entre la ocupación y el apoyo a la extrema derecha. Por ejemplo, Lewis-Beck y Mitchell II (1993) no observan que las variaciones en la clase social afecten a los porcentajes de voto de Jean-Marie Le Pen en Francia, y Mayer y Perrineau (1992), afirman que dentro de su electorado se encuentran fundamentalmente individuos con elevados ingresos y propiedades. 112 estos los perdedores o los ganadores de la modernización, alentados por situaciones laborales precarias o estables, motivados por las remesas de inmigrantes, por las consecuencias de la integración en la Unión Europa o de los desarrollos de la globalización, o por revelación a la ruptura de los valores tradicionales o sublevación a la clase política ineficiente e inoperante. Por ello, los trabajos publicados hasta la fecha no responden al componente emocional que subyace bajo las diversas tesis explicativas del apoyo a los partidos de extrema derecha. No analizan la preocupación de los ciudadanos por la pérdida de los valores tradicionales (homofobia) o de su identidad (orgullo nacional) o por la deriva europeísta; no estudian el miedo y la ansiedad que manifiestan los individuos al observar las consecuencias de la globalización; ni tampoco el miedo, el odio, el resentimiento o la preocupación hacia las remesas (reales o ficticias) de inmigrantes. Pero, sobre todo, las emociones que los ciudadanos manifiestan hacia la clase política, ya sea, el miedo, la ansiedad, el enfado y el resentimiento hacia los políticos y partidos del establishment, o el orgullo, el entusiasmo, la esperanza y la tranquilidad que les tratan de inducir los supuestos líderes carismáticos de las organizaciones de extrema derecha, quedan relegadas a meras conjeturas teóricas. Tampoco los trabajos desde el área de la Psicología política han estudiado la relación de las emociones hacia la clase política con el apoyo a los partidos de extrema derecha, sino que estas investigaciones han analizado las emociones que la ciudadanía manifiesta hacia un acontecimiento excepcional, como es el caso de los atentados terroristas perpetrados por Al Qaeda en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo, y el impacto que estas tienen en la conformación de actitudes autoritarias y en el apoyo a la extrema derecha francesa (Jost, 2019; Marcus et al., 2019; Vasilopoulos et al., 2018, 2019a, 2019b). La presente tesis doctoral analiza las emociones que los ciudadanos sienten tanto hacia los políticos del establishment como hacia los políticos que lideran los partidos de extrema derecha, trata de testar empíricamente el sustrato emocional de la teoría sobre el auge de esta familia de partidos en Europa occidental. Frente a las tradicionales explicaciones basadas en factores estructurales, a nivel epistemológico, rechazamos la política como un instrumento constituido de factores exógenos a la política (la economía, las características sociológicas de los individuos, etc.), y nos centramos en los elementos propiamente políticos. Se trata del paso del planteamiento estructuralista a la tesis constructivista emocional de la extrema derecha. Supone el salto del estructuralismo al constructivismo, según el cual, lo que determina las percepciones de los ciudadanos no es “lo que soy”, sino “lo que construyo a través de mis percepciones”. Al hilo de las investigaciones llevadas a cabo en el seno del Equipo de Investigaciones políticas de la Universidade de Santiago de Compostela (EIP-USC), en las que se analiza el impacto de las emociones en la conformación de las identificaciones partidistas (Lagares y Castro, 2020, en prensa) o de los liderazgos (Lagares y Mo, 2020, en prensa), en esta tesis doctoral, también se presta atención al papel que juegan las emociones en la construcción de la identificación partidista o de los liderazgos, como variables explicativas que tradicionalmente han dado respuesta a la decisión de voto. 113 CAPÍTULO IV. LA EXTREMA DERECHA EN ESPAÑA Hasta el año 2018, España, junto con Portugal, ha sido el único país de Europa occidental en el que los partidos políticos de extrema derecha no han sido exitosos (Carter, 2005). Pero España ha dejado de ser una de las excepciones europeas. Tras la irrupción de VOX en el Parlamento nacional, España ha pasado a engrosar la lista de Estados europeos bañados por la ola de la extrema derecha, situándose a la par de países como Alemania o Italia, países en los que estas formaciones políticas han alcanzado porcentajes de voto entre el 10% y el 20% (figura 1). El tiempo en el que los académicos atribuyen la ausencia de un partido de extrema derecha exitoso en España al recuerdo reciente del régimen autoritario de derechas de Franco ha llegado a su fin. Este país es un fértil campo de cultivo de las políticas de la extrema derecha. VOX ha hecho lo que otros partidos de extrema derecha no han sido capaces de conseguir anteriormente. Ayudado por circunstancias específicas, entre las que se incluyen las tensiones alrededor de la independencia de Cataluña y los masivos escándalos de corrupción del Partido Popular (PP), VOX no sólo ha logrado el éxito electoral, sino también la relevancia política (Mudde, 2019; Rivera et al., en prensa). Figura 1. Porcentaje de voto de los partidos de extrema derecha en elecciones nacionales Fuente: elaboración propia a partir de los datos de los ministerios del interior de los respectivos países. 114 Tabla 2. Porcentaje de voto de los partidos de extrema derecha en elecciones nacionales País Partido político Año Porcentaje de voto ALEMANIA Alternative for Germany (AFD, Alternativa para Alemania) 2017 12,60% National Democratic Party (NPD, Partido Demócrata Nacional) / German People's Union (DVU, Unión del Pueblo Alemán) 2017 0,40% AUSTRIA Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ, Partido de la Libertad de Austria) 2019 16,17% BÉLGICA Vlaams Belang (VB, Interés Flamenco) / Vlaams Blok (VB, Bloque Flamenco) 2019 11,95% BULGARIA Natsionalen Front za Spasenie na Balgariya (NFSB, Frente Nacional para la Salvación de Bulgaria) 2017 9,31% Vatreschna makedonska revoljuzionna organizacija-Balgarsko Natsionalno Dvizhenie (VMRO-BND, Organización Revolucionaria Interior Macedonia-Movimiento Nacional Búlgaro) 2017 Nacionalen Sǎjuz Ataka (Ataka, Unión Nacional de Ataque) 2017 CHEQUIA Svoboda a přímá demokracie (SPD, Libertad y Democracia Directa) 2017 10,64% CHIPRE Ethniko Laiko Metopo (ELAM, Frente Nacional Popular) 2018 5,65% CROACIA Hrvatska Stranka Prava (HSP, Partido Croata por los Derechos) 2020 0,44% DINAMARCA Fremskridtspartiet (FrP, Partido del Progreso) 2019 2,40% Dansk Folkeparti (DF, Partido Popular Danés) 2019 8,70% ESLOVENIA Slovenska demokratska stranka (SDS, Partido Demócrata Esloveno) 2018 24,92% ESPAÑA VOX 2019 15,09% ESTONIA Eesti Konservatiivne Rahvaerakond (EKRE, Partido Popular Conservador de Estonia) 2019 17,76% FINLANDIA Perussuomalaiset (Finns Party, Partido de los Finlandeses) / (True Finns, Verdaderos finlandeses) 2019 17,50% FRANCIA Rassemblement National (RN, Agrupación Nacional) / Front National (FN, Frente Nacional) 2017 8,75% GRECIA Χρυσή Αυγή (Amanecer Dorado) 2019 2,93% HUNGRÍA FIDESZ-Magyar Polgári Szövetség (FIDESZ, FIDESZ-Unión Cívica Húngara) 2018 49,27% Jobbik Magyarországért Mozgalo (Jobbik, Movimiento por una Hungría mejor) 2018 23,20% ITALIA Lega (Liga) 2018 17,35% Movimento Sociale Fiamma Tricolore (MS-FT, Movimiento Social Llama Tricolor) o Fiamma Tricolore (FT, Llama Tricolor) 2018 0,39% NORUEGA Fremskrittspartiet (FrP, Partido del Progreso) 2017 15,19% PAÍSES BAJOS Partij voor de Vrijheid (PVV, Partido por la Libertad) 2017 21,30% Forum voor Democratie (FvD, Foro para la Democracia) 2017 1,80% POLONIA Prawo i Sprawiedliwość (PiS, Ley y Justicia) 2019 43,59% REINO UNIDO UK Independence Party (UKIP, Partido de la Independencia de Reino Unido) 2019 0,10% SERBIA Srpska radikalna stranka (SRS, Partido Radical Serbio) 2020 2,13% SUECIA Sverigedemokraterna (SD, Demócratas de Suecia) 2018 17,53% SUIZA Schweizerische Volkspartei (SVP, Partido Popular Suizo) / Union Démocratique du Centre (UDC, Unión Democrática de Centro) 2019 25,59% Fuente: elaboración propia a partir de los datos de los ministerios del interior de los respectivos países 115 Hasta la fecha, como se ha mencionado, la ineficacia de los partidos de extrema derecha en países como Grecia11, España y Portugal, se ha atribuido tradicionalmente a sus periodos autoritarios, al no experimentar el consenso de los acuerdos de posguerra de la misma forma que el resto de los países de Europa occidental. La naturaleza de sus regímenes autoritarios y la transición democrática acarrean dificultades para la movilización de formaciones políticas de derechas alternativas a los partidos de los regímenes dictatoriales, ya que, en los periodos de consolidación de la democracia liberal, es posible observar cierta tendencia en los ciudadanos a renunciar a las opciones extremas. Es más, el hecho de que estos Estados experimentasen revoluciones se ha llegado a interpretar como el repudio a la extrema derecha (Taggart, 1995). Por tanto, siguiendo este argumentario, el destino de los partidos neofascistas no se revitaliza, desde los años setenta, mediante la promulgación del autoritarismo proto-fascista en las democracias de Grecia, España y Portugal. Por el contrario, en estos países mediterráneos, el neofascismo se encuentra con una limitada audiencia, siendo relegado al estatus de marginal (Ignazi, 2006). La extrema derecha, luchando todavía las viejas batallas del pasado, ha sido incapaz de superar su insignificancia electoral experimentando con nuevos issues (Kitschelt, 1995). Como resultado, Grecia, España y Portugal han visto a la derecha formando amplias alianzas para, perdiendo el vínculo con el legado fascista, obtener grandes apoyos (Taggart, 1995). Por su parte, Kischelt (1995) atribuye la falta de éxito de los partidos de extrema derecha en estos países, a que no reúnen los principales elementos del Estado de bienestar postindustrial como consecuencia de sus tardías transformaciones democráticas, de modo que la población aún tiene un nítido recuerdo de la naturaleza de los regímenes dictatoriales y de sus desventajas, aunque hayan experimentado cierto crecimiento económico y el aumento de los estándares de vida. Contrariamente, Bornschier (2010: 4), afirma que, al menos España, ha experimentado un proceso de modernización similar al de otras democracias europeas, como Alemania, Gran Bretaña o Suiza, cuyos sistemas de partidos también han sido resilientes al auge de las organizaciones de extrema derecha. 4.1. LOS INTENTOS FALLIDOS En el caso de España, la transición a la democracia, que supone el cambio de régimen de forma apacible a la par que rápida, deja atrás los principales componentes de la extrema derecha: por un lado, la nostalgia franquista, es decir, la continuidad del régimen garantizada por el ejército y por la proclamación de un sucesor: el rey Juan Carlos; y, por otro lado, el falangismo, pues algunos sectores del viejo régimen, durante años, ya habían estado trabajando con cautela hacia la apertura y la modernización del sistema político y de la sociedad (Ignazi, 2006). Así, durante la transición a la democracia, el fin de la dictadura franquista introduce en la política y en los mercados electorales una plétora de partidos y de grupos que se expanden a lo largo de todo el espectro ideológico. La extrema derecha no es la excepción. Si bien, la dictadura franquista es un régimen de partido único: Falange Española de las JONS (FE de las JONS), organización fundada por Franco en 1937, debido al éxito de la “ruptura pactada”, las primeras elecciones democráticas sorprenden a los vestigios nostálgicos del franquismo dispersos y escasamente organizados (Ignazi, 2006). Cuarenta años después de la fundación de la Falange Española de las JONS, al menos cuatro grupos de extrema derecha reclaman su legitimidad: Frente Nacional Español, liderado por el veterano falangista Raimundo Fernández Cuesta; Falange Española de las JONS 11 Hasta la entrada en el Parlamento griego, en el año 2012, del partido de extrema derecha Χρυσή Αυγή (Amanecer Dorado). 116 (auténtica), una organización falangista “no franquista” escisión de Falange Española de las JONS; la Junta Coordinadora Nacional Sindicalista, una organización orientada a los trabajadores; y los Guerrilleros de Cristo Rey, un grupo de violentos derechistas. Además de la Comunión tradicionalista, una asociación de veteranos de la Guerra Civil; Fuerza Nueva y el Partido de Acción Nacional, así como una multitud de pequeños grupos, fundamentalmente neofalangistas, pero también neofascistas, neonazis y ultracatólicos, que no participan en las elecciones, pero que tratan de influir en el desarrollo de la incipiente democracia española. En las primeras elecciones democráticas desde 1936, celebradas en 1977, los partidos de extrema derecha reciben unos 105.000 votos conjuntamente, lo que representa menos del 1% del total de los votos emitidos. Su rival más cercano, la conservadora Alianza Popular (AP) obtiene el 8% de los votos, mientras que la coalición de centroderecha, Unión de Centro Democrático (UCD), liderada por Adolfo Suárez, gana las elecciones con el 35% de los votos. Sin embargo, cuando las candidaturas de extrema derecha se presentan de nuevo a los comicios de 1979, doblan su porcentaje de voto (2,2%), aunque todavía con un apoyo por debajo de las 400.000 papeletas. De estas, 380.000 son cosechados por Unión Nacional, una coalición de tres partidos de extrema derecha: Fuerza Nueva, FE de las JONS y los Círculos doctrinales de José Antonio. En lo que respeta a Alianza Popular, resulta necesario hacer un inciso y es que, algunos autores llegan a considerar a esta formación como una organización de extrema derecha, al menos, en sus inicios (Ignazi, 1992, 2006). Esta categorización parte de que Alianza Popular se funda, a finales de 1976, con una vaga conexión con una federación de círculos, grupos y notables que habían sido ministros de Franco (López-Nieto, 1988, 1998). Esta agrupación de franquistas liberales había declarado su intención de garantizar una transición continuista y sosegada, por lo que, consecuentemente, logran ocupar la posición de la derecha moderada de la arena política. En principio, los elementos que definen a Alianza Popular permitirían considerarlo como un partido de extrema derecha tradicional, pero, en realidad, no sería el caso, pues en su tercer congreso, celebrado en 1979, declara sus intenciones de abandonar cualquier legado autoritario, elemento crucial para excluir a Alianza Popular de la familia de partidos políticos de extrema derecha. Alianza Popular puede ser perfectamente identificada con el conservadurismo (von Beyme, 1988: 3, 2017: 144). En las elecciones de 1982, celebradas anticipadamente bajo un convulso clima político tras el fallido golpe de Estado perpetrado por algunos bandos militares dirigidos por el teniente coronel Antonio Tejero, el 23 de febrero de 1981, los apoyos a la Unión Nacional caen hasta niveles de 1977, con 101.000 votos, y, poco después, la coalición rompe cuando Fuerza Nueva anuncia su disolución como partido político. En las siguientes Elecciones Generales, en 1986, el entonces compañero de coalición de Fuerza Nueva, FE de las JONS, presenta candidatos de su propia cantera que obtienen apenas 33.000 votos; aunque en las elecciones de noviembre de 1989, alcanzan aproximadamente los 50.000 apoyos, probablemente debido a la desilusión del electorado de derechas con Alianza Popular, refundada en enero de ese mismo año en el Partido Popular (PP), así como a la ausencia de contrincantes provenientes de Fuerza Nueva (Ellwood, 1992; González, 2001). No obstante, en 1986, a la luz del crecimiento de las fuerzas neofascistas y de grupos similares en Italia (MSI) y Francia (FN), el Frente Nacional aparece en España, reconstituido sobre los vestigios de Fuerza Nueva y liderado por Blas Piñar, notario y político que ya había sido diputado en las Cortes Generales por Unión Nacional. El objetivo inmediato del Frente Nacional es lograr representación en el Parlamento europeo tras las elecciones de 1987, a fin de fortalecer el grupo de la derecha europea. Aunque el Frente Nacional falla en la consecución de su objetivo, permanece activo, al igual que otras organizaciones de extrema derecha, algunas 117 de ellas de carácter abiertamente neonazi. Es más, a comienzos de los noventa, los grupos de skinhead (cabezas rapadas) comienzan a surgir en numerosas ciudades de España, siendo su principal táctica el uso de la violencia física y su principal target los grupos de personas socialmente marginadas, como los inmigrantes, okupas, homosexuales y drogadictos (Ellwood, 1992). A pesar de la presencia de estas agrupaciones en la sociedad española, la extrema derecha en España, en prácticamente continua debacle electoral desde la década de los ochenta, permanece irrelevante. Incluso la aparición, en 1995, de Democracia Nacional, partido que, en parte, representa el desarrollo intelectual de la Nouvelle Droite, al combinar el antielitismo con la defensa de la identidad nacional en contra del Tratado de Maastricht y de la autonomía regional, no ha supuesto la consecución del éxito electoral para la extrema derecha (Alonso y Rovira, 2014; Ignazi, 2006). La extrema derecha en España, oscilando entre la nostalgia y el tradicionalismo, en los años ochenta y noventa, no es más que un movimiento marginal, abocado a una espiral descendente hasta caer en el olvido (Eatwell, 2000; Taggart, 1995). Ni se dan las condiciones favorables en el periodo posterior a la transición democrática ni después de su consolidación. Además de la eficiente, sosegada y consensuada transición a la democracia y de los efectos desproporcionales del sistema electoral, la falta de éxito de la extrema derecha española se ha atribuido, en parte, a su conexión con la dictadura franquista, pues su ideología, demandas, estilos y símbolos han estado impregnados de la exaltación nostálgica del pasado “glorioso” de la dictadura (Álvarez-Benavides, 2019). La propia extrema derecha, al perseguir radicales políticas antisistema, ha impedido el refuerzo de la polarización. Y, en parte, a la competición, en los primeros años, por los mismos apoyos con un partido muy conservador (AP), pero leal, al régimen democrático; y, posteriormente, con el principal partido de derechas mainstream: el Partido Popular (PP). Aunque, a juicio de Carter (2005), al igual que en Noruega, el acaparamiento del nicho electoral de la extrema derecha por parte del PP se debe, contrariamente a lo esperado, a la propia moderación del principal partido de derechas mainstream. Esta paradoja, según la autora, puede deberse a que, si los partidos de extrema derecha no han alcanzado el umbral de relevancia, pueden experimentar pérdidas electorales, aunque los partidos de derechas mainstream moderen sus posiciones. En España, la convergencia entre la derecha y la izquierda mainstream ha tenido lugar en el periodo posterior a 1989. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) comienza a moderar sus posturas tras ganar, con mayoría absoluta, las Elecciones Generales de 1989, coincidiendo con el desplazamiento hacia el centro de los conservadores del PP (Vallés, 1994: 87). Una de las causas de la moderación del PSOE se debe a que, a principios de los años noventa, el Gobierno socialista comienza a aplicar políticas económicas, que incluyen severas medidas para combatir la inflación y el desempleo, diseñadas con el objetivo de que España cumpliese los criterios necesarios para su entrada en la Unión Económica y Monetaria Europea (Gillespie, 1996: 427), integración europea que ha contribuido enormemente a la modernización del país y la estabilización de las reglas democráticas (Westin, 2003: 110-111). A la derecha, el PP permanece vago en su política económica, concentrándose en criticar al Gobierno. Como resultado de la moderación de los principales partidos políticos y de la falta de compromisos políticos firmes por ambas partes, a mediados de los años noventa, apenas es posible observar diferencias políticas entre socialistas y populares (Gillespie, 1996: 427). A pesar de la convergencia entre los partidos mainstream, como ya se ha mencionado, los partidos de extrema derecha españoles no han sido capaces de alcanzar éxitos electorales desde 1989. 118 De hecho, tras el fracaso en las Elecciones europeas de 1987, el Frente Nacional no concurre ni en las Elecciones Generales de 1989 ni en las de 1993, disolviéndose, finalmente, al año siguiente. Ya en la década del 2000, emergen en el sistema de partidos, dos nuevas formaciones que se podrían catalogar dentro de la familia de partidos de extrema derecha: España-2000 (E2000), y Plataforma per Catalunya (PxC), fundadas ambas en el año 2002, esta última por Josep Anglada, seguidor, en su día, de Blas Piñar. España-2000, en su programa electoral, enfatiza la reducción de impuestos, la ley y el orden y las políticas antinmigrantes, mientras que Plataforma per Catalunya, además de llamar la atención de aquellos ciudadanos que se manifiestan en contra de los inmigrantes, apelan a quienes no se sienten representados por los partidos políticos del establishment y a quienes perciben que las instituciones de la democracia liberal han usurpado la voz del pueblo. Estas organizaciones consiguen lograr representación en el ámbito municipal (Alonso y Rovira, 2014; Álvarez-Benavides, 2019). Con relación al issue de la inmigración, el relativo reducido porcentaje de población extranjera en España y, consecuentemente, la apercepción de su contribución al desempleo o la escasez de servicios como la vivienda o la seguridad social ha sido uno de los factores explicativos de la falta de éxito de la extrema derecha en España (Eatwell, 2003; Ellwood, 1992; Westin, 2003). Contrariamente, en paralelo al incremento significativo del número de inmigrantes, a finales de la década de los años 200012, procedentes, sobre todo, del norte de África y de América Latina, se produce el aumento del sentimiento antinmigrantes. Ideas, normalmente asociadas a la extrema derecha, como la primacía de los derechos de los españoles sobre los de los inmigrantes, poco a poco han sido normalizadas por la sociedad española de la mano de su inclusión en el ideario y el programa de la derecha moderada. El sentimiento antinmigrante se materializa en la aparición de asociaciones, como Hogar Social Madrid, quienes se autodefinen como una organización española dedicada a la ayuda social a los españoles más desfavorecidos y en situación de precariedad, y que llevan a cabo acciones como el reparto de alimentos y ropa a los españoles, la ocupación de edificios para actividades culturales y para el realojo de familias españolas sin vivienda (Álvarez-Benavides, 2019). Sin embargo, el surgimiento de estas agrupaciones no responde a una nueva oleada de inmigrantes en nuestro país, pues el porcentaje de población extranjera se sitúa en torno al 10% en los últimos años. 4.2. LOS ORÍGENES Y EL CRECIMIENTO ELECTORAL DE VOX VOX habría de esperar cinco años desde su fundación, hasta lograr representación parlamentaria. El nuevo partido político se funda, el 17 de diciembre de 2013, con una mayoría de miembros provenientes del PP, agrupados en torno a la figura del, en otra hora, eurodiputado de esta formación, Alejo Vidal-Quadras, y motivados por la protesta en contra de la supuesta actitud dubitativa del entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy frente a la cuestión catalana. Su objetivo inicial es el de presentarse a las Elecciones europeas de 2014, comicios en los que VOX se queda sólo a 2.000 papeletas de alcanzar representación, al recibir 246.833 votos. Estos resultados provocan una división en el nuevo partido, abandonándola la mayor parte del grupo de Vidal-Quadras a fin de evitar la mayor fragmentación del voto de la derecha en las siguientes elecciones. 12 De acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), mientras en 1996, el porcentaje de población extranjera censada no alcanza el 2% de la población total, esta cifra ha ido en aumento hasta alcanzar el 12,2% en el año 2011. 119 El exmiembro del PP que no abandona la formación es su actual líder, Santiago Abascal, hijo de un comerciante vasco amenazado por ETA durante los años 90, y exasesor del PP, así como de otras fundaciones cercanas a éste, como la Fundación DENAES (Defensa de la Nación Española). Asimismo, las bajas del grupo de Vidal-Quadras se cubren con antiguos miembros de las organizaciones que se han situado en los márgenes del sistema político, como Fuerza Nueva, Frente Nacional, Democracia Nacional, España 2000 o Círculo Español de Amigos de Europa (CEDADE), unidos por la defensa a ultranza de la unidad nacional. Tras presentarse a las Elecciones Generales de 2015 y 2016, así como a las municipales y autonómicas de 201513 y a las Elecciones al Parlamento del País Vasco de 2016, sin superar en ningún caso el 1% de los votos, a excepción de en Ceuta (1,22%) y en Madrid (1,17%); las Elecciones al Parlamento andaluz celebradas en 2018, suponen el punto de inflexión, no sólo para la formación de extrema derecha, sino también para el sistema de partidos español (Rivera et al., en prensa). Por primera vez, en la historia de la democracia española, se produce la irrupción de un partido de extrema derecha: VOX14, en sede parlamentaria, aceptándolo como parte negociadora en la conformación del gobierno andaluz. La presencia en el Parlamento andaluz catapulta a VOX al escenario nacional. Si en las Elecciones Generales de abril de 2019, VOX obtiene 24 escaños en el Congreso de los diputados, tras la repetición de elecciones, se convierte en la tercera fuerza política con 52 escaños, al captar casi un millón de apoyos más15, sólo por detrás del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y del Partido Popular (PP). Gráfico 1. Porcentaje de voto válido a VOX en Elecciones Generales Fuente: elaboración propia a partir de los datos del Ministerio del Interior 13 En 2015 se celebran las elecciones a sus Parlamentos las Comunidades Autónomas de régimen común, presentándose VOX en nueve de estas trece comunidades, junto con las Elecciones municipales. 14 La irrupción de VOX se materializa en el 10,97% de los votos válidos, lo que supone la consecución de 12 escaños, según datos de la Junta de Andalucía. 15 En las Elecciones Generales de abril de 2019, VOX recibe 2.688.092 votos, lo que supone el 10,26% de los votos válidos y 24 escaños, mientras que, en las Elecciones Generales de noviembre de 2019, VOX logra 3.656.979, lo que supone el 15,08% de los votos válidos y 52 escaños, según datos del Ministerio del Interior. 120 Esto nos lleva a plantearnos la cuestión sobre qué acontecimientos se han producido en el seno de la sociedad española en los últimos años, para conducir a la aparición de un partido político de extrema derecha, como no lo había hecho antes ninguna de estas organizaciones, en el panorama político español. Cuatro meses después de las Elecciones Generales del 26 de junio de 2016, Mariano Rajoy es investido presidente del Gobierno el 29 de octubre, gracias al voto favorable de PP, C´s, Coalición Canaria (CC), Foro Asturias (FA) y Unión del Pueblo Navarro (UPN) y a la abstención de la mayoría de los diputados del PSOE, después de la dimisión de Pedro Sánchez como Secretario General del partido, quien siempre se había negado a facilitar la investidura del líder popular. Si hay un tema que marca la legislatura del nuevo gobierno conservador es el denominado procés catalán. Pocos meses después de que Mariano Rajoy fuese proclamado presidente, en marzo, el Parlament catalán aprueba iniciar la reforma del reglamento de la Cámara que permitirá aprobar la ley de ruptura con España, al tiempo que Artur Mas es inhabilitado dos años por la consulta sobre el futuro político de Cataluña, la llamada consulta del 9N; y en septiembre, aprueba la Ley del Referéndum, que será suspendida por el Tribunal Constitucional, al igual que la Ley de Transitoriedad Jurídica aprobada al día siguiente, lo que lleva a que el ejecutivo asuma el control presupuestario y el Ministerio del Interior, la coordinación de las fuerzas de seguridad de Cataluña. A pesar de ser declarado ilegal por parte del Tribunal Constitucional, el referéndum independentista se celebra en Cataluña el 1 de octubre, derivando en una ola de manifestaciones tanto a favor de la independencia como en defensa de la unidad de España. Diez días después de la celebración del referéndum, el president de la Generalitat, Carles Puigdemont declara, y acto seguido suspende, la independencia de Cataluña. Consecuentemente, el Gobierno de España aprueba la aplicación del artículo 155 de la Constitución española, por el que se interviene la autonomía de Cataluña hasta el 2 de junio de 2018. Seis días después de la intervención, el Parlament declara la independencia de Cataluña y el Gobierno destituye a Puigdemont y a su Govern y convoca elecciones para el 21 de diciembre de 2017. En los meses comprendidos entre la intervención de Cataluña y la celebración de las Elecciones autonómicas, la Fiscalía General del Estado presenta una querella contra Puigdemont y varios exconsejeros por delitos de rebelión, sedición y malversación, motivo por el que se trasladan a Bruselas; la jueza de la Audiencia Nacional, Carmen Lamela envía a prisión sin fianza por sedición a Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, "los Jordis”, y decreta prisión incondicional para Oriol Junqueras y siete excosellers, así como la detención e ingreso en prisión de Puigdemont y los cuatro exconsellers que se habían mudado a Bruselas; y el juez del Supremo, Pablo Llanera envía a prisión a la Presidenta del Parlament de Catalunya, Carme Forcadel. A su vez, el Tribunal Constitucional anula la Declaración Unilateral de Independencia (DUI) y la Ley de Transitoriedad Jurídica. A partir de aquí, se suceden las manifestaciones para pedir la libertad de los presos políticos y las negociaciones entre los partidos independentistas (Junts per Catalunya (JxCAT), Esquerra Republicana Catalunya-Sí (ERC-CatSí) y Candidatura d´Unitat Popular (CUP)) para formar gobierno. En enero de 2018, el Tribunal Supremo rechaza la demanda de Junqueras, Joaquim Form y Jordi Sánchez, elegidos diputados al Parlament de Catalunya, de ser trasladados a una cárcel de Cataluña y de acudir a los plenos; en febrero, Anna Gabriel, antigua diputada de la CUP, anuncia que permanecerá en Suiza a fin de evitar su detención al negarse a declarar ante el juez del Tribunal Supremo; y en marzo, Puigdemont anuncia desde Bruselas, su renuncia a ser el candidato a la investidura para la Presidencia de la Generalitat de Catalunya, y propone a Jordi Sánchez, número dos de la lista que encabeza, pero la CUP no lo aprueba. No 121 es hasta el 14 de mayo cuando Quim Torra, diputado electo por JxCAT, es investido president, no tomando posesión del cargo hasta el 2 de junio, día en el que se pone fin a la aplicación del artículo 155. Paralelamente al desarrollo del procés, se suceden los juicios por el caso Gürtel, que arrancan en octubre de 2016, además de los de otros casos de corrupción relacionados con integrantes del PP, como los juicios por las tarjetas “black” o por el caso Taula. Un mes después de la fallida moción de censura al presiente del Gobierno a propuesta de Unidos Podemos (cuya votación se produce el 14 de junio de 2017), Mariano Rajoy se sienta en el banquillo para declarar en condición de testigo del caso Gürtel. El 8 de marzo del año siguiente, se dictamina la primera sentencia firme del caso Gürtel y el 24 de mayo, la Audiencia Nacional condena a los principales acusados de dicho caso, entre ellos, al extesorero del PP, Luis Bárcenas, constatando así, la existencia, desde la fundación del partido en 1989, de una estructura de contabilidad y financiamiento ilegal del PP. En consecuencia, el PSOE, liderado por Pedro Sánchez, quien le había ganado las primarias a Susana Díaz a la Secretaría general del partido un año antes, registra la segunda moción de censura contra Mariano Rajoy, que, esta vez, sale adelante con el apoyo de Unidos Podemos, ERC, Partido Demócrata Europeo Catalán (PDeCAT), Partido Nacionalista Vasco (PNV), Compromís, Euskal Herria Bildu (EH Bildu) y Nueva Canarias (NC) y la abstención de CC, siendo Pedro Sánchez investido presidente el 1 de junio de 2018. Tras su cesión como presidente del Gobierno, Mariano Rajoy renuncia a su acta de diputado y deja la Presidencia del PP, sucediéndole Pablo Casado, tras ganar las primarias frente a la que había sido la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. Una proclamación no exenta de polémica, ya que Pablo Casado es acusado de beneficiarse de su posición política para la consecución de un Máster por la Universidad Rey Juan Carlos, la misma titulación que condujo a la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes a la dimisión, y de haber inflado su currículo al afirmar que había realizado un curso de posgrado en Harvard. Volviendo al procés, a diferencia del Gobierno del PP, el nuevo Gobierno de Pedro Sánchez parece que trata de acercar posturas con el Govern, prueba de ello es la entrevista que mantiene Pedro Sánchez con Quim Torra el 9 de junio en el Palacio de la Moncloa, en la que acuerdan convocar la comisión bilateral Gobierno-Generalitat, que no se había reunido desde el año 2011. En este contexto, el 7 de septiembre, C´s rompe su acuerdo de investidura con el PSOE de Andalucía y, casi un mes después, la formación naranja presenta una proposición no de ley en el Congreso de los Diputados para instar al Gobierno a volver a aplicar el artículo 155 en Cataluña; al igual que lo pide, días después, Pablo Casado, junto con la posibilidad de ilegalizar a los partidos independentistas que no condenen la violencia. Ante la falta de apoyos, el 8 de octubre, Susana Díaz convoca las Elecciones al Parlamento andaluz para el 2 de diciembre de 2018. Un mes antes de los comicios andaluces, la Fiscalía del Estado acusa a los líderes del procés de rebelión, mientras que la Abogacía del Estado la reduce a sedición. Ante esta situación, Pedro Sánchez se encuentra entre los partidos independentistas, quienes anuncian la retirada del apoyo a su gobierno, y los partidos de derechas, PP y C´s, quienes acusan al presidente de “indecente” e “inmoral” por supuestamente haber presionado a la Abogacía del Estado para que rebajara su acusación. En este clima de crispación, marcado por el Proceso Soberanista de Cataluña, se celebran las Elecciones autonómicas andaluzas que, como ya se ha comentado, suponen el cambio de Gobierno en San Telmo tras más de cuarenta años de hegemonía del PSOE, producto 128 Hipótesis III: Entre los componentes tradicionales, los issues que aportan más explicación al voto a VOX están relacionados con el tema de la independencia de Cataluña. Hipótesis IV: La importancia del componente emocional en el votante de VOX refleja los efectos de las emociones positivas y de las negativas. Hipótesis V: El efecto de las emociones sobre el voto se vehicula de forma directa y, también, a través de los componentes tradicionales. Hipótesis VI: Los nuevos votantes de VOX tienen un componente emocional diferenciado de los votantes tradicionales. A partir de las hipótesis arriba enunciadas, es posible plantear un modelo explicativo del voto a VOX en las Elecciones Generales de noviembre de 2019, que se recoge de manera esquemática en la figura 2. En el planteamiento de nuestro modelo, se representan las cinco tesis que tradicionalmente han explicado el voto a la extrema derecha en Europa occidental: la tesis de la ruptura social, a través de las variables sociodemográficas y de los cleavages, respondan a elementos estructurales o no; la tesis del postmaterialismo revertido, mediante las variables relativas a los valores postmaterialistas; la tesis del interés económico, a través de la valoración de la situación económica y de otras variables relacionadas con la misma; la tesis del singleissue, que se materializa en tres temas fundamentalmente, la inmigración, la Unión Europea y el independentismo catalán, issues que, a su vez, representarían uno de los factores clave de la ideología de la extrema derecha: el nativismo; y la tesis del voto protesta, mediante aquellas variables relacionadas con la desafección ciudadana, como la confianza en la clase política y en las instituciones democráticas; las actitudes populistas y la clase política. En nuestro modelo, bajo la etiqueta de clase política, se denomina al conjunto de los líderes y partidos políticos del establishment, tanto en lo que respecta a la valoración de la gestión del gobierno o de la labor de oposición, como en lo que a las valoraciones de los candidatos de las principales fuerzas políticas se refiere. Desde nuestro punto de vista, las percepciones acerca de los líderes y partidos políticos mainstream se encuentran condicionados por las emociones negativas, como la ansiedad o la aversión, que despiertan en los ciudadanos, desencantados y frustrados al no ver sus intereses representados. Pero los individuos no sólo expresan emociones negativas hacia la clase política, sino que son capaces de sentir, al mismo tiempo, emociones positivas, como el orgullo o el entusiasmo, hacia el líder, Santiago Abascal, y hacia la organización de extrema derecha, VOX, emociones que no sólo influyen en el voto a la extrema derecha, sino en el propio liderazgo y en la identificación partidista hacia esta fuerza política. Por consiguiente, mientras las variables socioestructurales y de índole económica constituirían los elementos estructurales, las emociones, tanto negativas como positivas, y la identificación partidista con la formación de extrema derecha, conformarían los componentes emocionales del voto a VOX en las Elecciones Generales de noviembre de 2019. Figura 2. Modelo teórico de explicación del voto a VOX Fuente: elaboración propia A fin de testar las hipótesis formuladas y representadas en la figura anterior, se desarrolla un prolijo análisis empírico que se estructura de acuerdo con diez apartados. Tras presentar el perfil político de los votantes de VOX en las Elecciones Generales de noviembre de 2019, a fin de conocer la procedencia de este target electoral, se debaten cada una de las tesis sobre el auge de la extrema derecha en Europa occidental, con el objetivo de evaluar el peso explicativo de los componentes clásicos. Para ello, con relación a cada una de estas teorías, se expone un análisis descriptivo a partir de una serie de variables de la Encuesta Postelectoral de las Elecciones Generales de noviembre de 2019 realizada por el Equipo de Investigaciones Políticas de la Universidade de Santiago de Compostela (EIP-USC), al que le sucede un análisis inferencial, mediante el empleo de la técnica estadística de las ecuaciones estructurales (SEM), del efecto de las mencionadas variables en el voto a la extrema derecha española. Una vez analizado el peso de los componentes tradicionales de manera individual, se expone un modelo en el que se combinan los resultados obtenidos del estudio previo de cada una de las teorías, que nos permite conocer el peso conjunto de los componentes clásicos en el voto a VOX y, por ende, el alcance de las teorías que tradicionalmente han explicado el apoyo a la extrema derecha en Europa occidental. La lógica seguida en el análisis de las tesis del lado de la demanda de los partidos de extrema derecha se adopta para el estudio del liderazgo, pues, como se ha mencionado, aunque la literatura sobre la extrema derecha ubica este aspecto dentro del lado interno de la oferta, desde nuestra perspectiva, se trata de un fenómeno indispensable para explicar el comportamiento electoral de los ciudadanos. Además, frente al excesivo estructuralismo de las investigaciones en el campo de la extrema derecha, la investigación llevada a cabo en esta tesis doctoral persigue el objetivo de comprobar el peso del componente emocional en la explicación del voto a la extrema derecha. Para tal fin, al análisis descriptivo de las emociones que los votantes de VOX sienten hacia el conjunto de la clase política, le sigue el estudio de las emociones que han llevado a los ciudadanos a apoyar a VOX en las Elecciones Generales de noviembre de 2019, a través de la aplicación de los modelos de ecuaciones estructurales. Gracias a la Encuesta Postelectoral de las Elecciones Generales de noviembre de 2019, que nos permite disponer de una batería de un total de trece emociones: orgullo, esperanza, entusiasmo, tranquilidad, miedo, ansiedad, preocupación, enfado, odio, desprecio, resentimiento, amargura y asco, se lleva a cabo un análisis inferencial en el que se estudia el efecto de las emociones en el voto a la extrema derecha, estructurado en dos apartados: el papel de las emociones positivas hacia Santiago Abascal y hacia VOX, donde se recogen los modelos SEM de voto a VOX mediante las mencionadas emociones, y el papel de las emociones negativas hacia los líderes y partidos políticos de izquierdas, donde se recogen los modelos SEM de voto a VOX mediante estas emociones hacia Pablo Iglesias, Pedro Sánchez, PODEMOS y PSOE. El motivo por el cual se seleccionan los líderes y partidos políticos del bloque de la izquierda y del mínimo nacionalismo español se debe a que, como veremos, estos son los actores políticos hacia los que los votantes de VOX sienten fundamentalmente emociones negativas, siendo el número de casos relativos a las variables de las emociones negativas hacia los líderes y partidos políticos de derechas muy reducido. Cada uno de estos dos apartados se divide en otros dos subapartados, en los cuales se recogen los procedimientos mediante los que se tratan las cuestiones relacionadas con las emociones a fin de discernir cuál es la mejor metodología para el tratamiento de dichas variables. El primero de los procedimientos consiste en efectuar los modelos SEM de voto a 131 VOX a partir de las emociones, como variables explicativas, sin agrupar en variables latentes; mientras que el segundo de los procedimientos consiste en elaborar los mencionados modelos, agrupando las emociones en las dimensiones que la Teoría de la Inteligencia Afectiva sugiere, es decir, en las variables latentes que reciben el nombre de entusiasmo, aversión y ansiedad, tras la realización de un previo análisis factorial mediante el método de extracción análisis de componentes principales, seguido del análisis de fiabilidad, que nos indica la idoneidad del constructo emocional resultante de la agrupación de las emociones sugerida en el análisis factorial. A partir de los resultados obtenidos mediante uno y otro procedimiento, se elabora un modelo de voto a VOX en el que se testa el peso explicativo de los componentes emocionales en la explicación del voto a la extrema derecha, tanto en lo que a las emociones positivas como a las emociones negativas se refiere. Finalmente, se plantea el modelo de voto a VOX en las Elecciones Generales de noviembre de 2019, en el que se combina el modelo a partir de las tesis del voto a los partidos de extrema derecha en Europa occidental, el estudio del liderazgo y el modelo a partir del componente emocional, a fin de testar el peso de éste frente al peso de los componentes clásicos que tradicionalmente han explicado el voto a la extrema derecha; modelo al que le siguen las conclusiones finales de la presente investigación. 5.2. POBLACIÓN Y MUESTRA DEL ESTUDIO DEMOSCÓPICO Para llevar a cabo el análisis de la presente tesis doctoral, se ha empleado el estudio demoscópico Encuesta Postelectoral de las Elecciones Generales de noviembre de 2019 realizada por el Equipo de Investigaciones Políticas de la Universidade de Santiago de Compostela (EIP-USC) en colaboración con el laboratorio de encuestas telefónicas asistidas por ordenador de la Universidad de Granada, que ha llevado a cabo el trabajo de campo entre el 14 de enero y el 22 de febrero de 202016. El universo lo componen los ciudadanos españoles mayores de 18 años. Para la recogida de la muestra se ha empleado el muestreo probabilístico, más concretamente, el muestreo aleatorio estratificado con afijación proporcional por cuotas de sexo, edad y provincia. El estudio posee un tamaño muestral de 1000 entrevistas, bajo el supuesto más desfavorable de p=q (50%) con un nivel de confianza del 95,5% y con un error asociado de ± 3,1%. Dada la estratificación por cuotas por sexo y edad, la siguiente tabla muestra la representación de la población del estudio. Tabla 3. Muestra de la Encuesta Postelectoral Elecciones Generales noviembre 2019 Grupos de edad Total 18 a 29 30 a 49 50 a 64 65 o más años Género Hombre 51,4% 50,3% 49,0% 43,0% 48,3% Mujer 48,6% 49,7% 51,0% 57,0% 51,7% Total 100,0% 100,0% 100,0% 100,0% 100,0% Fuente: elaboración propia a partir de los datos de la Encuesta Postelectoral Elecciones Generales noviembre 2019 realizada por el EIP-USC 16 En el apartado Anexo II se adjunta el cuestionario del estudio demoscópico Encuesta Postelectoral de las Elecciones Generales de noviembre de 2019 realizada por el EIP-USC. 132 Por otra parte, la presente tesis doctoral se enmarca en la línea de investigación del Equipo de Investigaciones Políticas de la Universidade de Santiago de Compostela (EIP-USC) sobre el comportamiento político y el componente emocional. Nuestro interés por esta última cuestión surge hace algunos años y se plantea tanto desde posiciones teóricas como empíricas, en un intento por retomar la importancia que las emociones tienen en la decisión política y, en consecuencia, por averiguar hasta qué punto pueden influir en el comportamiento político en general, y electoral, en particular. En esta tesis doctoral se presenta un análisis del comportamiento electoral en el que las emociones que los ciudadanos sienten tanto hacia VOX, como hacia el líder de la formación, Santiago Abascal, se convierten en un factor explicativo más, junto a otros componentes del voto que ya han sido incorporados en los trabajos previos con este objeto de estudio. Si desde el enfoque teórico, es amplio y diverso el tratamiento que se ha realizado del estudio de las emociones (Bodei, 1995; Damasio, 1994, 2003; Elster, 1999a, 1999b; Nussbaum, 1994, 2008; Solomon, 1993), desde el punto de vista empírico, esta cuestión se complica todavía más. Uno de los principales escollos a la hora de abordar la medición de las emociones es la falta de acuerdo en el ámbito de la Psicología cognitiva, y mucho menos, en el área de la Ciencia Política, sobre cuáles son las emociones que se deben medir para explicar el comportamiento político. Las propuestas desde ambas áreas de conocimiento son innumerables (Abelson et al., 1982; Bradley y Lang, 1994; Ciuk et al., 2015; Marcus y McKuen, 1993; Marcus et al., 2000, 2006, 2017; Neuman et al., 2007; Plutchik y Conte, 1997; Russel, 1980; Watson y Clark, 1997; Watson y Tellegen, 1999), sin olvidar los estudios realizados por la American National Electoral Studies en Estados Unidos, en los que también se ha abordado la medición de las emociones. Tal y como se recoge en el artículo de Jaráiz et al. (2020a), tras una pormenorizada revisión, se ha considerado como uno de los planteamientos más adecuados el propuesto por Marcus y sus colaboradores (2000)17, ya que ha sido testado en varias ocasiones en el ámbito del comportamiento político (Conover y Fieldman, 1986; Marcus et al., 2000, 2006, 2017). Partiendo de dicho planteamiento, el Equipo de Investigaciones políticas de la Universidade de Santiago de Compostela (EIP-USC) realiza, con motivo de las Elecciones Generales de 2015 (Estudio Postelectoral 2015), el primer estudio político en el que se trata de medir las emociones a través del método de la encuesta (Ciuk et al., 2015). A este primer estudio demoscópico, le sucede un segundo: Elecciones Generales en España 2016. Emociones y Comportamiento electoral (Estudio político 2017), en el que se le concede un valor fundamental a la medición del componente emocional que los ciudadanos expresan no sólo hacia los líderes políticos, sino también hacia sus respectivos partidos políticos. En este segundo estudio, se depuran algunos problemas derivados de la forma de medición planteada en el Estudio Poselectoral 2015, y se llegan a plantear un total de trece emociones, cuya medición se plantea a través de tres preguntas: a) la primera hace alusión al hecho de si el entrevistado ha sentido o no en alguna ocasión alguna emoción (presencia de emoción); b) a continuación, se aborda la intensidad con la que ha sentido dicha emoción (intensidad de la emoción) y, por último, se plantea si sigue sintiendo dicha emoción actualmente (duración de la expresión emocional). De este modo, se ha reducido 17 Si bien en sus estudios, Marcus et al. (2000) mencionan el estudio de las emociones que los individuos sienten hacia los líderes políticos, en la presente tesis doctoral, al igual que en estudios precedentes (Jaráiz et al., 2020a), se han incluido dichas emociones no sólo hacia los líderes políticos, sino también hace los partidos políticos. Entendemos que esta es una cuestión relativa al contexto del sistema político en el que se encuadra el trabajo de los autores, Estados Unidos, donde, a diferencia del caso que nos ocupa, consideramos que la identificación con la marca del partido no resulta fundamental. 133 considerablemente el porcentaje de no respuesta del estudio de 2015. Para la mejor comprensión de estas cuestiones, se puede observar en la figura 3, de manera comparada, las formas de medición de las emociones en los estudios demoscópicos de 2015 y 2017. La validez del método de medición de las emociones empleado en el estudio político de 2017 se ha confirmado con la realización de nuevas encuestas electorales a los niveles autonómico y municipal, así como con los estudios postelectorales realizados con motivo de las Elecciones Generales celebradas en abril y noviembre de 2019. Figura 3. Comparativa del método de medición de las emociones Estudio Postelectoral 2015 A continuación, le voy a mencionar una serie de líderes políticos. Le agradecería que me dijese si los conoce y, en caso de conocerlos, nos gustaría saber si le producen alguna de estas reacciones o sentimientos. En una escala de 0 a 10, donde 0 significa ningún/ninguna (sentimiento) y 10 mucho/mucha (sentimiento). Mariano Rajoy Pedro Sánchez Pablo Iglesias Albert Rivera Alberto Garzón Punt. (0-10) Ns/Nc (99) Orgullo Miedo Esperanza Ansiedad Entusiasmo Enfado Tranquilidad Odio Desprecio Estudio Político 2017 Piense ahora en sus emociones, en las emociones que nos hacen sentir los políticos, aunque a veces no seamos muy conscientes. Le voy a citar una serie de políticos (y partidos) y le ruego que me diga si alguna vez le han hecho sentir alguna de las emociones de las que le voy a hablar y con qué intensidad la han sentido, en una escala de 1 a 5 siendo 1 poco/a intensidad y 5 muy/mucha intensidad ¿Sigue sintiéndola ahora? Sí ---------------------------------------- 1 No ---------------------------------------- 2 Nc ---------------------------------------- 99 Mariano Rajoy PP Pedro Sánchez PSOE Pablo Iglesias PODEMOS Albert Rivera C´s Alberto Garzón IU Si No Punt. (1-5) Ns/Nc (99) Orgullo Miedo Esperanza Ansiedad Entusiasmo Enfado Odio Desprecio Preocupación Tranquilidad Resentimiento Amargura Disgusto Fuente: Elaboración propia a partir del Estudio Postelectoral 2015 y del Estudio Elecciones Generales en España 2016. Emociones y comportamiento electoral, realizados por el EIP-USC 134 Al igual que en los estudios precedentes (desde el estudio Elecciones Generales en España 2016. Emociones y comportamiento electoral), en el Encuesta Postelectoral de las Elecciones Generales de noviembre de 2019 se ha trabajado con una batería de un total de trece emociones, de las cuales doce se corresponden con la solución ortogonal full set planteada en la Pilot Study ANES 1995 (Marcus et al., 2000)18: orgullo, esperanza, entusiasmo, miedo, ansiedad, preocupación, enfado, odio, desprecio, resentimiento, amargura y disgusto/asco, a las que se ha añadido una más: tranquilidad19. En cuanto a la emoción disgusto/asco, existe cierto dilema. Si bien, en la versión anglosajona, el término empleado es disgust, de modo que la traducción al castellano admite las acepciones “disgusto” y “asco”, ambos conceptos tienen significados muy dispares en nuestro idioma. Ante esta situación, tanto en el Estudio Postelectoral 2015 como en el Estudio Político 2017, se ha optado por emplear la acepción “disgusto”, pero, tras una nueva revisión y teniendo en cuenta el modelo de tres componentes emocionales propuesto por Marcus et al. (2000), se ha considerado que su traducción correcta es “asco”, acepción ya incorporada a los estudios realizados tanto a nivel autonómico como a nivel municipal con anterioridad a los estudios postelectorales de las dos Elecciones Generales celebradas en 2019. 5.3. VARIABLES OBJETO DE ANÁLISIS En este apartado se recogen, de manera sintética20, todas las variables empleadas en el análisis de la presente tesis doctoral, agrupadas de acuerdo con los apartados en los que se divide el capítulo VI de esta investigación. Tabla 4. Tabla resumen de las variables empleadas en el análisis (Parte I) Variable Tipo Interpretación Recuerdo de Voto Elecciones Generales noviembre 2019 Categórica con 7 categorías 1: Unidas Podemos 2: PSOE 3: C´s 4: PP 5: VOX 6: Otros 7: Ns/Nc Voto VOX Categórica con 2 categorías 1: Voto VOX 0: Voto otros partidos políticos Fuente: elaboración propia a partir de los datos de la Encuesta Postelectoral Elecciones Generales noviembre 2019 realizada por el EIP-USC 18 Tal y como explican los autores, desde el año 1980, el estudio realizado por la ANES incluye únicamente cuatro emociones (dos positivas y dos negativas), pero en el año 1985, se amplía la batería a un total de doce, añadiendo un nuevo ítem positivo y siete negativos. 19 La decisión de añadir tranquilidad a la batería inicial se debe a que, en el primer Estudio Postelectoral 2015, esta era una de las emociones que mejor mide la relación de los ciudadanos hacia los líderes y partidos políticos, tal y como se dedujo de los análisis exploratorios realizados. 20 Para más información, consultar el apartado Anexo II, donde se adjunta el cuestionario del estudio demoscópico Encuesta Postelectoral de las Elecciones Generales de noviembre de 2019 realizada por el EIP-USC. 135 Tabla 5. Tabla resumen de las variables empleadas en el análisis (Parte II) Variable Tipo Interpretación LOS VOTANTES DE VOX Votante habitual Categórica con 3 categorías 1: Votante habitual 2: Votante no habitual 3: Ns/Nc Comportamiento habitual (Pregunta filtrada por aquellos encuestados que afirman no ser votantes habituales del partido por el que votaron en las Elecciones Generales de noviembre 2019) Categórica con 13 categorías 1: Unidas Podemos 2: PSOE 3: C´s 4: PP 5: VOX 6: Otros 7: No tiene un comportamiento habitual 8: No tenía derecho a voto 9: Nulo 10: En blanco 11: Abstenerse 12: Ns 13: Nc Momento de la toma de decisión de votar Categórica con 4 categorías 1: Antes de la campaña 2: Durante la campaña 3: En los primeros días de la campaña 4: Ns/Nc Motivo por el que votó por ese partido político Categórica con 16 categorías 1: Por su candidato a presidente 2: Porque es el partido al que siempre voto 3: Porque es el más capacitado para gobernar 4: Porque me gusta como gobierna ese partido 5: Para evitar que ganase el partido adversario 6: Porque España necesitaba un gobierno 7: Porque no estoy de acuerdo con un pacto PSOE-C´s 8: Porque no estoy de acuerdo con un pacto PSOE-Unidas Podemos 9: Porque no estoy de acuerdo con un pacto PP-C´s-VOX 10: Porque no estaba de acuerdo con el comportamiento del líder del partido al que había votado 11: Porque no estaba de acuerdo con la formación de la coalición Unidas Podemos 12: Porque no quería un gobierno de izquierdas 13: Porque no quería un gobierno de derechas 14: Para evitar que entrara en el gobierno un partido de extrema derecha 15: Otro motivo 16: Ns/Nc Recuerdo de Voto Elecciones Generales 2016 Categórica con 12 categorías 1: Unidas Podemos 2: PSOE 3: C´s 4: PP 5: VOX 6: Otros 7: No tenía derecho a voto 8: Nulo 9: En blanco 10: Se abstuvo 11: Ns 12: Nc Fuente: elaboración propia a partir de los datos de la Encuesta Postelectoral Elecciones Generales noviembre 2019 realizada por el EIP-USC 136 Tabla 6. Tabla resumen de las variables empleadas en el análisis (Parte III) Variable Tipo Interpretación LOS VOTANTES DE VOX Recuerdo de Voto Elecciones Generales abril 2019 Categórica con 12 categorías 1: Unidas Podemos 2: PSOE 3: C´s 4: PP 5: VOX 6: Otros 7: No tenía derecho a voto 8: Nulo 9: En blanco 10: Se abstuvo 11: Ns 12: Nc Grado de acuerdo con el crecimiento electoral de VOX Continua 0: Muy en desacuerdo 10: Muy de acuerdo Simpatía Categórica con 7 categorías 1: Unidas Podemos 2: PSOE 3: C´s 4: PP 5: VOX 6: Otros 7: Ns/Nc TESIS DE LA RUPTURA SOCIAL Los cleavages ideológicos Autoubicación ideológica Continua 0: Posición más a la izquierda 10: Posición más a la derecha Autoubicación nacionalista española Continua 0: Mínimo nacionalismo español 10: Máximo nacionalismo español Autoubicación nacionalista (Pregunta filtrada por aquellos encuestados residentes en Galicia, Cataluña, País Vasco o la Comunidad Valenciana) Continua 0: Mínimo nacionalismo 10: Máximo nacionalismo Sentimiento español/CCAA Categórica con 7 categorías 1: Únicamente español 2: Más español que de su CCAA 3: Tan español como de su CCAA 4: Más de su CCAA que español 5: Únicamente de su CCAA 6: Ns 7: Nc Ubicación ideológica de los líderes y partidos políticos Continua 0: Posición más a la izquierda 10: Posición más a la derecha Ubicación nacionalista española de los líderes y partidos políticos Continua 0: Mínimo nacionalismo español 10: Máximo nacionalismo español Los componentes estructurales Género Categórica con 2 categorías 1: Hombre 2: Mujer Fuente: elaboración propia a partir de los datos de la Encuesta Postelectoral Elecciones Generales noviembre 2019 realizada por el EIP-USC 137 Tabla 7. Tabla resumen de las variables empleadas en el análisis (Parte IV) Variable Tipo Interpretación Los componentes estructurales Hombres/Mujeres Categórica con 2 categoría 1: Hombre 0: Mujer Edad Continua 18-98: Edad de la persona entrevistada Grupos de edad Categórica con 4 categorías 1: 18-29 2: 30-49 3: 50-64 4: 64 o más años Jóvenes Categórica con 2 categoría 1: 18-29 0: Otros grupos de edad Nivel de estudios Categórica con 7 categorías 1: Sin estudios 2: Algunos años de estudios primarios 3: Estudios Primarios 4: Estudios Secundarios 5: FP 6: Estudios Universitarios 7: Nc Estudios bajos Categórica con 2 categoría 1: Estudios bajos: nivel de estudios inferior a estudios secundarios 0: Otro nivel de estudios Estudios universitarios Categórica con 2 categoría 1: Estudios universitarios 0: Otro nivel de estudios Situación laboral Categórica con 7 categorías 1: Trabajador 2: Estudiante 3: Tareas del hogar 4: Parado 5: Jubilado 6: Otra 7: Nc Trabajadores Categórica con 2 categoría 1: Trabajador 0: Otra situación laboral Desempleados Categórica con 2 categoría 1: Parado 0: Otra situación laboral Nivel de ingresos Categórica con 12 categorías 1: Hasta 300 euros/mes 2: De 301 a 600 euros/mes 3: De 601 a 900 euros/mes 4: De 901 a 1200 euros/mes 5: de 1201 a 1800 euros/mes 6: De 1801 a 2400 euros/mes 7: De 2401 a 3000 euros/mes 8: De 3001 a 4500 euros/mes 9: De 4501 a 6000 euros/mes 10: Más de 6000 euros/mes 11: Ns 12: Nc Clase social Categórica con 3 categoría 1: Clase baja: Desde menos de 300 a 1200 euros/mes 2: Clase media: De 1201 a 3000 euros/mes 3: Clase alta: De 3001 a más de 6000 euros/mes Fuente: elaboración propia a partir de los datos de la Encuesta Postelectoral Elecciones Generales noviembre 2019 realizada por el EIP-USC 144 𝐶𝐹𝐼=1− 𝑀𝑎𝑥[(𝜒2−𝑔𝑙),0] 𝑀𝑎𝑥[(𝜒2−𝑔𝑙),(𝜒𝑏 2−𝑔𝑙𝑏),0] Los valores del índice varían entre 0 y 1, de tal forma que, por convección, debe ser superior a 0,90, lo que indicaría que, al menos el 90% de la covarianza en los datos puede ser reproducido en el modelo, aunque idealmente el valor de corte es 0,95 (Hu y Bentler, 1999). Por último, en cuanto a las medidas de parsimonia son especialmente útiles cuando se trata de comparar modelos construidos con las mismas variables, pero con distinto número de parámetros, al tener en cuenta la parquedad del modelo. Algunas de las más utilizadas son el AIC (Akaike Information Criterion (Criterio de información de Akaike) y el BIC (Bayesian Information Criterion). Aunque ambos índices son muy similares, pues se basan en la diferencia entre la matriz de covarianzas observadas y la matriz de covarianzas predichas, divergen en la penalización introducida a la complejidad del modelo, siendo el criterio BIC ligeramente más conservador que el AIC. Al establecerse la comparación entre dos modelos, el mejor ajuste será el de aquel modelo con el valor del criterio menor. [Document text truncated for crawler view.]