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Carta pastoral / [Valeriano Menéndez Conde]

Menéndez Conde, Valeriano

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\32. 121 00063337 CARTA PASTORAL Nos el Dr. D. Valeriano Menéndez Conde, POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA, OBISPO DE TU Y, ETC., ETC. AL CLERO Y FIELES DE NUESTRA DIÓCESIS SALUD V GRACIA EN NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO. Tu os Pctrus, ct super hanc petram sedificabo Ecolesiam meam, et portee inferí non pnevalerunt advorsus eam. Tu eres Pedro, y sobre esta pie  dra edificaré mi Iglesia, y las potes  tades del infierno no prevalecerán contra ella. (S. Mateo, cap. XVI, v. 18.) Venerables l^rganos y arpados tñjos: A todos los Obispos del orbe deben considerarse dirigidas las palabras de S. Pablo á su discípulo Ti  moteo, cuando le dice que inste oportuna é inoportanciniente en enseñar á los fieles la sana doctrina, • porque siempre y en todas partes subsiste la causa que las motiva: porque siempre y en todas partes la sana doctrina debe ser objeto de nuestra fé, sin — 2 — salvación eterna. Y siendo este el fin soberano del hombre; la única cosa necesaria, según expresión del divino Maestro, la inoportunidad en inculcar las verdades de la fé y cuanto coiftribuya á esclarecerla y arraigarla en Ids espíritus no existe realmente; y si S. Pablo la menciona, es con relación á los juicios de los hombres, guiados por la prudencia y discre  ción de la carne. Sin embargo, aún desde este punto de vista nos creemos en el caso de dirigiros nuestra palabra, por  que se nos presenta para ello una ocasión, que no podrá menos de ser calificada de oportuna. Acabamos de regresar de Roma; y dada la signi  ficación é importancia de esta ciudad famosísima en la historia de la Religión y de la Iglesia cristiana, no podemos resistir al deseo de comunicaros nues  tras impresiones y de haceros las reflexiones que nos sugieren acerca de Roma, del Papa, de su ac  tual situación y de las consecuencias que pueden sobrevenir. — Tal es el tema que nos proponemos desarrollar en la presente instruccción pastoral, contando con la ayuda de Dios, cuya gracia de co razón pedimos. I La Iglesia es esencialmente una, porque es la sociedad de los que creen en Dios, tal como El se re  vela y la inteligencia humana puede conocerlo, y u — 3 — conformándose con sus enseñanzas y preceptos, as piran á realizar el fin para que fuimos criados; y co  mo Dios es uno y siempre el mismo, una ha de ser la Religión que á El nos liga, y una la sociedad que la profesa. Si bien es cierto que Dios no revela con la misma claridad ni revela las mismas cosas á to  dos y á cada uno de aquellos con quienes se digna ponerse en comunicación, es evidente que no puede contradecirse, ni puede por consiguiente haber con tradición en lo revelado por El en diferentes tiem  pos, á diversas personas, y de varios modos. Estas uiversas revelaciones no constituyen toda la verdad, porque, siendo la verdad infinita, no es el hombre capaz de abarcarla, ni es por otra parte ne  cesario para los fines de la revelación. Pero aunque no son toda la verdad, son todas ver dad, y no puede serlo nada de cuanto las contradiga. Y consignemos de paso, aunque sea incidental  mente, la importante consecuencia que de esto se deduce, á saber: la monstruosidad doctrinal del indeferentismo religioso, que pretende ser potestativo del hombre adoptar una religión cualquiera; por ejemplo, la dominante en el país, ó la que aprendió de sus padres, ó la que mejor se acomode á sus pro  pias ideas particulares gustos. Una religión cualquiera puede servir para los cálculos de la política, ó para otros fines puramen  te terrenos; pero no servirá para el fin propio de la Religión, que es el supremo del hombre. Para este solo sirve la verdadera, que no puede ser más que una; y esta es la que el hombre debe adoptar, y á la se UMVLRSIDADL' DE SANTIAGO u sociedad que la profese debe pertenecer, sopeña de quedar excluido de la herencia inmortal, propuesta por Dios como premio, salvo el caso de error inven  cible, al cual pueden inducir sin duda la educación y otras circunstaiícias. En la breve noción que de la Iglesia hemos da  do, tomándola en su sentido más amplio y general, no cabe ni aún limitación de tiempos. — Es ima y siempre la misma desde el principio del mundo, porque aunque ya el primer hombre se rebeló mo  mentáneamente contra Dios, y su rebelión depositó en la naturaleza de sus descendientes un germen maldito que produjo abundantes y amarguísimos frutos en todas las generaciones sucesivas, sin em bargo nunca dejó de haber en la tierra quienes ado  rasen á Dios en espíritu y en verdad; quienes cre  yesen en sus enseñanzas; quienes obedeciesen á sus mandatos, confiasen en sus promesas y aspira  sen á conseguir la eterna recompensa mediante la sumisión á su santa voluntad. Estos constituían la verdadera Iglesia de Dios, y á ella pertecieron Abel, Henoch, Noé, Abrahan, Melquisedec .... y todos los demás justos de aque  llos tiempos, siendo de notar que estos antiguos Patriarcas, al mismo tiempo que eran jefes de fa  milia ó de tribu, y algunos verdaderos Reyes, ejer  cían también las funciones de sacerdotes, hasta que después de la solemne promulgación de la Ley mosáica, constituido y organizado el pueblo de Israel en nación independiente ó autónoma, se instituyó un sacerdocio regular y perenne, que comienza en u — 5 — Aaron, y permanece hasta Jesucristo, vinculado á una de las doce tribus, cuyos individuos eran espe cialmente dedicados á este santo objeto por medio de ritos sagrados. La Iglesia tomó entonces una forma especial de organización externa para el pueblo judio, y se lla  mó Sinagoga; nombre que suena mal á nuestros oídos cristianos por la execrable conducta que sus principales dignatarios observaron con N. S. Jesu  cristo; mas no por esto dejaba de ser verdadera Iglesia, constituida según ordenaciones divinas y regida por especial providencia, como demuestran entre otros hechos las frecuentes revelaciones de sus Profetas. — Y si bien la oi'ganización externa y los ritos especiales habían sido establecidos para el pueblo de Israel, de ella á nadie se excluía, y á la verdadera Iglesia pertenecían de todos modos, en  tonces como siempre, todos los verdaderos creyen  tes y adoradores del verdadero Dios, de cualquier j-aza ó nación que fuesen. Si estos fueron muchos ó pocos, es cuestión que afecta profundamente y de manera extraña á la mayor parte de los espíritus y sirve á los incrédulos para formular impíos cargos contra la providencia siempre adorable de Dios. — Es inútil, y aún perju  dicial, tratar de inquirirlo con excesiva curiosidad, porque no somos capaces de resolver con acierto. — Baste saber, como clave de todas las dificultades, y principio que no puede fallar, que Dios jamás niega á nadie los medios de realizar el fin que señala y exige, ni jamás impone castigo sino por falta perUMVLRSIDAÜL DE SANTIAGO u sonal y propia, libremente cometida, porque Dios no puede dejar de ser justo y santo. Pero bajo el imperio de la Antigua Ley, natu  ral ó escrita, ninguno podía obtener su fin sobre  natural, ninguno podía alcanzar la salvación eter  na, sino por los méritos del Redentor futuro, pro  metido por la divina clemencia en el mismo nefasto día en que el hombre se hizo reo, porque solo el Redentor divino podía ofrecer á la justicia eterna la satisfacción requerida por el agravio inferido á la majestad del Excelso. Ni aún la fe en el Redentor futuro producía inmediatamente su efecto salvador, puesto que las almas de los justos, si bien preser  vadas de los eternos suplicios, permanecían en ex  pectación del premio hasta que fuese consumado el gran sacrificio reparador. • Mas el divino Redentor no limitó su misión á esto; sino que como Verbo encarnada de la infinita sabiduría, sin contradecir en nada á la revelación antigua, antes confirmándola y apoyándose en ella la completó con nuevas y más sublimes ins trucciones; la hizo más creíble con la santidad de su vida y las incomparables obras de su soberano poder; le dió mayor eficacia con los medios prácti  cos de santificación, y la confió á sus Apóstoles, no solo para que la custodiasen íntegra y pura, sino también para que la propagasen por todo el mun  do en conformidad con los santos designios que San Pablo expresa cuando dice que Dios c[uiere que todos los hombres se salven, viniendo al conocimiento de la verdad. DE SANTIAGC DE rnMwict u Aquí comienza la Iglesia cristiana, á la que co  munmente nos referimos cuando de la Iglesia ha  blamos; sublime creación de la omnipotencia y bondad divinas, simbolizada en la misteriosa piedrecita del sueño de Nabucodonosor, la cual des  prendida de las alturas del monte y rodando hasta las profundidades del valle, después de haber derri  bado el coloso que representaba los grandes impe  rios del mundo, se agrandó súbita y prodigiosa  mente hasta ocupar toda la superficie de la tierra. ¡La Iglesia! ¡Cuantas bellas cosas se podrían de cir de la Iglesia! El arca salvadora que sirve de re  fugio á los que Dios quiere preservar de la catás  trofe del diluvio .... La casa del Dios de Jacob, co  locada sobre la-cumbre de una montaña, que sobre sale por encima de todos los collados vecinos, atra  yéndose las miradas de todos los pueblos, los cuales se invitan recíprocamente á concurrir á ella para que el Señor que la habita les enseñe sus caminos.... La misma ciudad maravillosa de las visiones apocalípticas con sus doce puertas, tres por cada lado, abiertas á todos los vientos .... Pero nos place sobre todo recordar su cualidad, bíblica también, de esposa del Rey celestial, cuyos místicos despo  sorios canta el Espíritu Santo en el inimitable poe ma del Cantar de los Cantares; porque en efecto la Iglesia es la esposa amada de Jesús como carne de su carne y hueso de sus huesos, ya que, á semejan  za de la dulce compañera del Adán terreno, la Iglesia fué formada de la sangre y agua que brotó del costado herido del Adán celestial momentos después de morir. Esposa virgen, inmaculada y pu  ra de Jesús, como la madre de Jesús fué esposa virgen, inmaculada y pura del Espíritu Santo, pero también madre fecunda de innumerables hijos, á quienes enjendra y nutre para la verdadera vida, para la gloria de la eternidad: tarea gloriosa y no  bilísima, pero también dolorosa y trabajosísima, de la cual jamás descansa, porque su juventud es eter  na, y su fecundidad constante, y su amor indeficien  te. — ¡Madre bendita, amante y cariñosa cual nin  guna! ¿Cómo, siendo tú tan amable, hay tantos que te desprecian ú odian? Esta madre no es más que una, como una sola es la esposa legítima. El que no seahijo de ella tampoco es hijo de Jesús, ni tiene por consiguiente derecho á su herencia. — ¡Cuán terrible consecuen  cia para las sectas disidentes, por más que solla  men cristianas! La unidad que hemos predicado como propiedad esencial de la verdadera Iglesia, no puede dejar de predicarse de la Iglesia cristiana. S. Pablo la pro  clama con aquella enérgica concisión que le carac  teriza, sobre todo cuando inculca doctrinas de la mayor importancia, y quiere grabarlas en el cora  zón de los fieles con tanta fuerza como están gra  badas en el suyo propio. Uno es el Señor, una la fe, uno el "bautismo, dice: y como quien da la razón su  prema de lo que dice, añade: Uno es el Dios y Padre de todos, yue es sobre todos y gobierna todas las cosas. — 9 — En esta razón fundamental de la unidad de la Iglesia está igualmente el fundamento de su uni  versalidad; y por esto la verdadera Iglesia cristiana se llama y es también católica, es decir universal. Esta universalidad no ha de entenderse de hecho; es decir, en el sentido de que todos los pueblos de la, tierra, y mucho menos todos los hombres, perte  nezcan efectivamente á la sociedad de los creyen  tes. Esto es lo que anhela y procura con ardientb simo celo la amantísima madre, á quien llena de dolor el extravío y la consiguiente perdición de las almas, pero no es posible, dada la condición del hombre, realizar en absoluto tan bello ideal, y el concepto de universal no depende del mayor ó me nor número de los fieles. Son estos muchos, á Dios gracias, y siempre será una prueba magnífica de la divinidad de la Iglesia la rapidez asombrosa con  que se extendió.por todo el mundo á despecho de las más violentas contradicciones. A la universali  dad se acerca también en sus efectos cuanto es po  sible, pero no es este, repetimos, el sentido en que le atribuimos esta propiedad. Es universal, por que siendo obra de Dios para la salvación del género humano, y siendo Dios el Padre de todos los hom  bres y para todos el mismo; siendo voluntad de Dios que todos se salven, salva la libertad del hom  bre en virtud de la cual puede éste condenarse; ha  biendo Jesucristo muerto por todos, y siendo su sa  crificio eficacísimo de suyo para salvar á todos, re  sulta que su Religión es para todos, sus dogmas son verdad y por consiguiente objeto y norma de fe 2 UNIVERSIDA) - DL SAN UAG' DE COMPOST i u Pontífice, que hoy ocupa su puesto, goza de los mis  mos privilegios, desempeña la misma misión, que el Salvador confirió al primero de sus discípulos. IV Los Cismáticos de Oriente, y los protestantes de Occidente, y en general todos los cristianos que se llaman disidentes, no convienen con nosotros en es  ta doctrina, no admiten la primacía del Obispo de Roma, como sucesor de S. Pedro, sobre todos los de más Obispos y fieles de la Cristiandad. ¡Es natural! Porque admitiéndola, toda disiden  cia en cuanto á lo substancial de la Religión es im  posible; y si se. da, resulta necesariamente rebelión injustificable. Por eso aunque la causa de la disidencia sea otra, luego vienen á parar en esto, en negar la au  toridad suprema y el magisterio infalible del Jefe de la Iglesia, cuyas prerrogativas combaten más bien que con la fuerza del raciocinio con los esfuer zos del odio. ¡Esfuerzos vanos! ...... Es decir, vanos precisamen  te, no, por desgracia, porque con ellos han conse  guido arrancar de los brazos maternales de la ver  dadera Iglesia incalculable número de almas, y con ellos consiguen mantener en el error á muchos que, si no fuera por las preocupaciones de educación y de escuela, volverían al seno de la unidad. Pero deci — 17 — mos vanos, en cuanto no es posible que prevalezcan contra la sana doctrina. Sería ocioso repetir las brillantísimas demostra  ciones de los doctores católicos en su defensa, y solo para prevenir á los creyentes contra el espíritu de insubordinación é independencia que el Protestan  tismo ha logrado difundir aún en los países católi  cos, y contra las audaces tentativas de la malhada  da secta en nuestra región, haremos notar breve  mente sus principales fundamentos. Para los que se dicen creyentes y adoradores de N. S. Jesucristo, y admiten como norma de fe la Sagrada Escritura, especialmente los Santos Evan  gelios, algo deben significar las palabras que el Sal  vador dirige especialmente á San Pedro. — Sin duda, si, algo significa el hecho de que á San Pedro solo dirija las palabras que dirigió también á los demás Apóstoles, pero no á cada uno en particular, sino á todos en conjunto, cuando les confirió la sublime potestad de atar y desatar, es decir de perdonar ó retener los pecados. — ¿Y qué puede significar, sino que los demás Apóstoles, á quienes se confiere en conjunto, debían ejercerla con subordinación á aquel á quien se confiere especialmente? Algo significa también el hecho de haberle in  terpelado, el Salvador á San Pedro, con tanta insis  tencia acerca del amor que le profesaba — como si Jesús no conociera los sentimientos que abrigaba el corazón de su discípulo — para confiarle después de su contestación el cuidado de apacentar á los corde  ros y á las ovejas; es decir, á grandes y á pequeños, 3 u — IB - á padres y á hijos, á todo el rebaño como Pastor úmco; pero único no en el número, puesto que en la Iglesia son indispensables muchos, y de hecho ya lo eran los demás Apóstoles, sino único en su clase, en la potestad suprema. Algo también, y algo más importante todavía significa el hecho de prevenirle á él especialmente — á Pedro — contra las tentativas de satanás, que pretende zarandearles como á trigo en la criba; más ijOj añade, he rogado por ti para que no falte tu fe; y tu, después de tu conversión, confirma á tus hermanos en ella. — ¿Qué podríamos juzgar de la eficacia de la. oración de Jesús, si faltase la fe de Pedro ó de quien su lugar haya según el tiempo? Algo, en fin, significan las palabras que hemos adoptado por tema: Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las potestades del inferno no pre  valecerán contra ella. Aquí no cabe torcida interpretación ni hay ter  giversación posible. Esto no deja lugar al fantasma de honor á que algunos quieren reducir las prerro  gativas de la Santa Sede. Ese honor es muy discuti  ble en si mismo, porque separado de la jurisdicción no es fácil determinar en que consiste. Es además injurioso para N. S. Jesucristo suponer que con to  do el aparato de los discursos que hemos citado solo quiso dar á su Vicario lo que solo sirve para fomen  tar la vanidad. Pero ésto aparte, tal suposición es incompatible con el sentido ovio del texto. El fun  damento es algo como esencial al edificio, porque edificio sin fundamento puede existir en la imaginase UNIVLRMDADT DE SAtmÁGtf DF COMPOSTEI.A u 19 — ción, pero en la realidad no. Pedro es fundamen  to de la Iglesia, según la mente del Salvador, y por consiguiente la Iglesia no existe sin Pedro! Y como la Iglesia no fue fundada para los días de S. Pedro solamente, sino que ha de perseverar hasta el fin de los tiempos, se necesita que Pedro tenga sucesor con las mismas prerrogativas, y lo tiene efectiva  mente en el Romano Pontífice; he aquí todo. En realidad este es el argumento que siempre podríamos hacer valer contra nuestros adversarios, aunque en el Evangelio no existiese ninguno de los textos que hemos aducido, ó aunque no significa  sen lo que significan. La Religión y la Iglesia nece  sitan indispensablemente de una autoridad supre  ma, sin más límites que la de Dios para su régimen y gobierno, y de un magisterio irrecusable, infali  ble que dirima todas las controversias doctrinales y mantenga la pureza é integridad en la fe y la se  guridad en las conciencias. De otro modo no sería posible sostener la unidad, que es esencial á la Iglesia, ni atajar las heregías que de continuo pulu  lan en el espíritu inquieto de muchos hombres, co  mo la experiencia está demostrando. Si existe, si ha de existir una Religión y una Iglesia para la santi  ficación y salvación eterna de los hombres median  te la profesión de la verdad según Dios se ha digna  do enseñarla, y la práctica del bien según su volun  tad soberana lo determina, Dios no ha po'dido dejar estas instituciones indefensas, á merced de las pa  siones humanas, que en nada son tan temibles como en materias de religión y moral. u — 20 — Y no vale decir que esa autoridad y ese magis  terio existen en efecto, pero no en una persona, sino en la Iglesia misma tomada colectivamente; porque esta colectividad está dispersa por todo el mundo, y además de las dificultades inherentes á está disper  sión, á las potestades adversas les sería facilísimo impedir el funcionamiento regular de un organismo tan vasto; y antes que se pudiera poner el oportuno remedio las necesidades más graves y perentorias resultarían irremediables; y la sociedad más exce  lente que debe estar mejor ordenada, como efecti  vamente lo está la Iglesia Católica, estaría en cons tante confusión y desorden. Los mismos protestantes — y los cismáticos tam  bién han demostrado sentir la necesidad que veni  mos defendiendo, y han puesto en práctica la doc  trina por ellos combatida por una inconsecuencia monstruosa que le cubre de oprobio; pues la autori  dad que negaron al Romano Pontífice la reconocie  ron en un Príncipe secular ó en un Parlamento, del cual no tuvieron empacho ni vergüenza de recibir los artículos de su Credo. Y débese observar que esta nueva autoridad religiosa tuvo que ser reputada in  falible, aún sabiendo de cierto que no lo es; porque si no la reputaran infalible, ¿qué seguridad podría ofrecerles la fe que ella les dictaba? — Y como los Príncipes seculares suelen tener diferente criterio ssgún las diferentes condiciones políticas de sus res  pectivos Estados, resultan infalibilidades contradic  torias; y así los partidarios del Cristianismo puro se encontraron muy pronto con varios Cristianismos, — 21 — todos — por su puesto — tan puros como los primeros reformadores. • Así vinieron á parar en la máxima despótica cuju.s regio, íUius religio, que además de oponerse á las verdaderas propiedades de la verdadera Religión, una g universal, procede de un falso supuesto, pues las regiones, los pueblos, los territorios, no son pro  piedad de los soberanos que en ellos reinan, sino que Dios se los encomienda para que los gobiernen con arreglo á justicia y á la pública conveniencia. . — Asi los errores religiosos llevan siempre consigo errores políticos y sociales. Así cundió entre ellos, y cunde siempre entre todos los disidentes de Roma, la indiferencia, el excepticismo, la incredulidad; porque roto el vínculo de unidad y negada la autoridad doctrinal del Pastor , Supremo, cada cual cree lo que se le antoja, no son capaces de ponerse de acuerdo ni aún acerca de lo más fundamental, y acaban por no creer en nada. — Apenas tienen más principio do cohesión entre si que la negación de lo que creemos los católicos y el odio á los católicos mismos. — ¡A cuantas aberracio  nes conduce el orgullo! • V Parece, amadísimos hermanos, que nos hemos separado de nuestro objeto, mas no es así. Nos hemos distraído demasiado tal vez con los disidentes de se UNIVF.R$ID,M DL SAN HAG< DE COMPOSTF u - 92 - nuestra fe, que nos han salido ai paso, pero al de  mostrar la necesidad y la verdad de las prerrogati  vas que Jesucristo se dignó conceder á su primer Vicario en la tierra, además de inculcaros un dog  ma importantísimo, hemos explicado la verdadera causa de la supremacía de la Iglesia romana. La Iglesia de Roma prevaleció sobre todas las demás Iglesias particulares, porque en Roma fijó su Sede el Príncipe de los Apóstoles, á quien Jesucristo cons  tituyó Pastor y Maestro universal, Jefe de toda la Iglesia; y habiendo heredado esta preeminencia sus sucesores en la mencionada Sede, la Iglesia de Ro ma resultó necesariamente la Madre y Maestra de todas las demás Iglesias, y no es, no puede ser Igle  sia; verdadera la que no profese la misma fe que la de Roma. Por esto cuando hacemos protesta de creer todo cuanto cree y enseña la Santa Iglesia Católica y Apostólica, añadimos la palabra Romana, porque no hay más Iglesia Católica que la Romana. Por esto debe reputarse necedad ridicula la pretensión de aquellos que quieren llamarse católicos y apostóli  cos, pero españoles, y no romanos. — ¡Como si la con dición de españoles fuera impedimento para que nos llamemos y seamos católicos romanos, ni la condi  ción de católicos romanos nos quitara de ser es  pañoles! — ¿Acaso no lo fueron, y mejores que no  sotros, nuestros antepasados, que eran más adictos á la fe romana y á la Santa Sede? — La cualidad de Romanos no se refiere á la patria, sino á la Reli  gión, que no tiene Patria, y si se quiere que la ten  u — 23 — ga, es todo el mundo. Roma es la Patria de todos los creyentes, como con afortunada frase cantaban los Andaluces en la peregrinación del pasado Octu  bre. En ella ninguno de los creyentes es extranjero, ni ella es extraña á ninguno — por lo menos, no de be serlo — porque es la residencia oficial del Jefe supremo de la Iglesia, y por consiguiente la capital del mundo católico. VI Nunca desmintió Roma esta condición nobilísi  ma, porque sus Pontífices siempre respondieron á la gran misión que el cielo les confiara. Los primeros tuvieron que luchar con el formi dable poder del Imperio en los días de su mayor pujanza; y como no disponían de elementos mate  riales para la lucha, ni los hubieran empleado aun  que los tuviesen, es claro que materialmente habían de sucumbir, y sucumbieron. S. Pedro y todos sus sucesores hasta los tiempos de Constantino, por es pacio de más de tres siglos, murieron mártires. Pero como, al decir de Tertuliano, la sangre de los cristianos era como semilla que los multiplicaba, con mayor razón la de los Pontífices mártires era extraordinariamente fecunda, porque el ejemplo es tanto más eficaz cuanto de más alto viene. Roma tuvo en consecuencia incalculable número de már  u — 24 — tires, incomparablemente mayor que ninguna otra ciudad del mundo. Así fué que los paganos se asombraron de tanto hoioismo; se cansaron de perseguir y matar, y aca  baron por rendirse á la fe los mismos perseguidores. Con la conversión de Constantino dejó Roma de ser capital del Imperio, porque el César cristia  no comprendió que allí no cabía más que la majes  tad humilde, pero augusta, y superior á todas las terrenas, del Vicario de Jesucristo, y se retiró á Bizancio. Pero entonces precisamente comenzó Roma á cumplir el glorioso destino que le hemos asignado en el orden providencial. Roma siguió dando leyes al mundo; pero sin apoyarlas en la fuerza bruta, sino solo en la autolidad de sus Pontífices, voluntariamente reconocida y acatada. Roma siguió mandando sus ejércitos en todas direcciones, á todas partes, pero no para establecer una dominación tiránica y opresora, sino para re  dimir á las almas del imperio del error; y someter  las al yugo suave de la ley de Jesucristo. Roma civilizó á los bárbaros, á quienes llegó un día en que no pudieron detener en su marcha de vastadora las legiones imperiales, y salvó á la laza vencida fundiéndola con la vencedora median  te la fraternidad cristiana. Roma ordenó los elementos dispersos en medio de la confusión sobrevenida, y presidió á la forma  ción de los nuevos Estados que cual otra creación — 25 — brotaron maravillosamente del fondo de aquel in  menso caos, y llegaron á ser las Naciones más cul- ' tas, más florecientes y poderosas del mundo. Roma luchó incesantemente contra el despotis  mo de los Reyes y contra las insanas pasiones de las muchedumbres revoltosas; contra la barbarie y con  tra la corrupción de costumbres, contra el error y contra el mal en todas sus manifestaciones; y si no logró extirpar completamente los grandes vicios so  ciales, se puede sin embargo asegurar que hizo cuan  to es posible, y que nadie ha hecho tanto como ella. Cierto es, y no debe olvidarse, que el buen re  sultado se debe en principio á la virtud redentora y vivificante de la doctrina evangélica y á la gracia del Redentor, que, al confiar á sus Apóstoles la mi  sión de predicarla en todo el mundo, les prometió su asistencia, no solo para cumplir fielmente esta misión, sino también para hacerla fructuosa. — Pero Roma fué siempre la impulsora y reguladora del movimiento, y por esto esa ciudad bendita debe ser mirada con respeto y con cariño por todo el que de cristiano se precie, y á ella debemos volver los ojos todos cuantos sentimos necesidad — ¿y quién no la siente? — de luz y fuerza para marchar rectamente por las sendas de la vida hacia la verdadera patria, y con mayor razón los que estamos obligados á en  senarlas á los demás, y á sostenerlos en ellas hasta que llegan á dichoso término. — Por esto á los Pas  tores subalternos se nos ha impuesto el deber de vi  sitarla periódicamente, á no ser que justas causas nos lo impidan, como frecuentemente sucede. — Por 4 DE COMPOST u — 32 — si mismos las facultades con que perciben, discu  rren, juzgan y aprenden. Lo mismo sucede en las artes. Veráse, por ejemplo, á un hombre que asiste in  diferente á los más bellos espectáculos de la natura  leza pararse extasiado, ó fingiendo que lo está, an  te una tabla de unos cuantos centímetros donde aparece pintada una embarcación, invadida por olas de natilla; con el imprescindible detalle de unas cuantas gaviotas, que lo mismo podrían ser vencejos, las cuales revolotean, ó mejor dicho no revolotean, sino que están inmóviles y como incrus  tadas en una especie de pasta que, gracias á la ima  ginación, se llega á tomar por aire; y además y por remate una mujer en la playa con el desaliño poco honesto de las que por allí suelen andar. Pero no queremos que se diga que calumniamos á los pintores. Supongamos que las olas 1 se mueven, y al estrellarse contra la barca, se resuelven en blan  ca espuma: que las gaviotas agitan las alas, que la mu  jer se sale del cuadro y hasta se va: que se siente la frescura de aquel ambiente tan propio ....En una palabra, que la obra es perfectísima en su género. Aún así preguntamos: ¿porqué esa especie de idola tría en presencia de ella, cuando á todas horas se tienen delante de los ojos escenas vivas y animadas, mucho más interesantes que la, que allí se reprodu  ce, y sin embargo no llaman nuestra atención? ¿Por qué? — El principio es siempre el mismo; siempre la tendencia, neciamente orgullosa, al en  diosamiento: porque aunque el artista sea otro, es u — 33 — de la misma especie; y el hombre divinizándo, por decirlo así, al artista, se diviniza asi mismo. — Tam  poco aquí se hace cargo de que toda la habilidad y perfección del artista se reduce á ■imitar, y que si las obras de imitación tienen algún mérito, mucho ma  yor, incomparablemente mayor lo tienen las obras de creación que sirven de modelos. Pues bien: muchos de los extranjeros que van á Roma, van imbuidos en este error, y llevan estas disposiciones y tendencias, acaso sin haberse dado ni pedido cuenta de ellas. — Y como uno de los gran  des atractivos de Roma es el arte; como cada uno de sus templos es un museo de pintura y escultura, la mayor parte de estas gentes, después de haber visitado los lugares más devotos, van á los templos no á rezar, si no á satisfacer su curiosidad artística; y unos por su verdadera afición y otros por vanidad, por echársela de inteligentes y por que no se diga que no tienen sentido estético, se creen en el caso de permanecer como embobados ante una obra que las Guias les señalan como notable, y á repetir las ridi culas exclamaciones de rúbrica, y á comunicar á los demás en alta voz los comentarios aprendidos de memoria, sin oir la campanilla que á su lado ó á su espalda anuncia la elevación de la sagrada hostia, y sin acordarse cuando se retiran de doblar la rodilla ante el divino Sacramento. — Y si en esta revista se les agrega alguno de los ganapanes que, adscrip* tos al servicio de la iglesia ó no, en todas partes es  tán en acecho del viajero que por sus trazas ofrezca la esperanza de una lira por ir haciéndole una des5 se UNIVERSIDAPE DL SANTIAGO u — 34 — cripción minuciosa de cada objeto y por contarle historias, verdaderas ó falsas, entonces el desastre, desde el punto de vista piadoso, resulta completo. Y hay más todavía. En Roma tiene completo predominio en las artes el estilo del Renacimiento, que no es el más á propósito para excitar en el alma sentimientos piadosos. Los artistas tropezaban de masiado frecuentemente con obras maestras de la antigüedad pagana para no sentir su influencia. Más aún: si algún cargo se puede hacer á los Papas bajo este respecto, es el de haber sido excesivamente solícitos en conservar estas obras, y excesivamente condescendientes con los grandes artistas á quienes protegieron. Pero ¿qué no se hubiera dicho de ellos, si hubiesen escondido, por ejemplo, el Apolo de Bel  vedere, ó si hubiesen puesto trabas al genio gigante de Rafael? — A los severos Aristarcos que se escandalizán, ó fingen escandalizarse, de encontrar el re  trato de la Fornarina entre la multitud que aguarda al pié del monte, en cuyas alturas se verifica la Trasfguración, ¿les parecería bien que fuese desechada ó destruida la obra á causa de este detalle? — ¡Cómo si no fuera lógico suponer que entre la multitud hay alguna mujer hermosa, y como si los artistas saca  ran de su cerebro la hermosura con facciones con cretas! En realidad ¿qué puede deducirse de todo esto? — Que en Roma progresaron maravillosamente las bellas artes bajo la influencia de la Iglesia. Que los Politices quisieron ponerlas con excelente acuerdo al servicio de la Religión, y por esto protegieron eficaz u — 35 — y generosamente á los grandes maestros. Que los grandes maestros, que dan la ley y la imponen, pol  lo menos mientras viven, no siempre respondieron fielmente á los fines de la Religión y al piadoso pen  samiento de los Pontífices. Que el mismo pueblo ca tólico que no regula su devoción por la belleza de las imágenes, sin duda porque el instinto secreto de su fe le dice que la belleza que él adora no es capaz de representarla fielmente ningún artista, admira las grandes obras que tanto abundan en los templos de Roma, pero aunque sean de carácter sagrado no las venera. Que por falta de este sentimiento de ve  neración, y por exceso de admiración, y por otras causas que dejamos apuntadas, resulta ese aire de disipación, ese porte poco respetuoso á que nos ve  nimos refiriendo, siendo el abuso mucho mas nota  ble por parte de los extranjeros no católicos, que sin consideración alguna á lo sagrado del lugar y á los actos religiosos que acaso se están celebrando, se vuelven en todas direcciones, armados de instru  mentos ópticos de varias formas y tamaños para examinarlo todo con curiosidad nimia é irrespetuo  sa. Cosa bien deplorable por cierto, pero que no tie  ne fácil remedio, sobre todo en las presentes cir  cunstancias, y en manera alguna puede justificar el malicioso proverbio. Tal vez los que lo han inventado y los que lo repiten se refieren á otra cosa. Probablemente quie ren decir ó insinuar que también allí, en Roma, en la misma Corte pontificia y entre los que más se acercan al trono augusto del Jefe de la Religión, se ÜMX'LRSJDADL DE SANTIAGO u — 36 — existen miserias que no debieran existir. Insinua  ción pérfida, y bastante á menudo calumniosa. — Por nuestra parte no las hemos visto, pero no du  damos que las haya. Y ¿dónde no las hay, y poi  qué eso ha de ser motivo para que nadie pierda la fe? — Eso no puede ser más que un pretexto fútilísi  mo que utilizan para excusarse los que la tienen perdida ya. El sistema nos es bien conocido, porque es muy general. Si nos es lícito parodiar al poeta, usando de ejemplos pequeños para explicar cosas grandes, diremos que ese sistema es el de aquellos infelices, que, si no se les arreglan pronto y sin dis pendio ni trabajo alguno por su parte las diligen  cias para contraer matrimonio, amenazan con vivir en público concubinato. O el de aquellos otros que, porque el Obispo no les concede una gracia que no puede concederles, ya se sienten tentados á no creer en nada. O el de aquellos otros, que, porque no lo  gran ponerse de acuerdo con su Párroco, aún cuan  do tal vez se trate de asuntos no religiosos, llaman á un pastor protestante para que los dirija ... ¿En qué consiste la fe de todos estos que están dispues  tos á renunciar á ella por cualquier contrariedad? La fe, amadísimos hijos en el Señor, no debe per  derse por tan poca cosa, ni por nada de cuanto pueda sucedemos, porque perdiéndola nos perdemos noso  tros: es el único fondo para el áncora de nuestra es  peranza. Si no la conocemos bastante, debemos ins  truirnos en ella con la mayor diligencia, y enton  ces veremos claro que jamás hay motivo suficiente para abandonarla, ni aún cuando viéramos entroniu — 37 — zaclos en el Santuario mismo los vicios que ella con  dena, que eso podrá suceder algunas veces y en al  gunas partes, pero no sucederá nunca como regla general.---Es irracional y absurdo pretender y exigir que entre tantos como estamos dedicados al servi  cio del altar y al despacho de los negocios eclesiás  ticos, aquí y en Roma y en todas partes, no haya ningún desdichado que se olvide de su dignidad y de su deber; ó^que aún los mismos que tenemos el de  ber por norma y nos esforzamos en cumplirlo sea  mos irreprochables siempre y en todo. Pero es más absurdo y más irracional renegar de la verdadera fe porque se oiga, ó se vea, ó se crea ver, que alguno de nosotros falta. ¿De que sirve dejar de creer en Dios, si Dios no deja de existir por eso? ¿De qué sir  ve no creer en otra vida, si al final de la presente nos encontramos con la eternidad, y á sus puertas el tribunal severo é incorruptible que fijará para siempre nuestros destinos, según hayan sido nues  tras obras? ¿Y creéis que entonces quedaréis justi  ficados con alegar que habéis visto tales ó cuales faltas, ó que habéis oído tales ó cuales cosas respec  to á los que intervienen en el gobierno superior de la Iglesia? — Si fuérais invenciblemente inducidos á error, sin duda. Pero cuando vuestros pies tropiezan con un obstáculo, ¿por qué no volvéis los ojos á la luz para poder salvarlo sin que os ofénda, ó para seguir otro camino desembarazado? u — 38 — IX No solamente no es cierto que en Roma se en  cuentren motivos para perder la fe, sino que los hallará muy poderosos para confirmarse en ella quien lo necesite. A cada paso que se da se tropieza con el recuer  do de algún hecho interesante, glorioso para nues  tra Religión, demostración ó indicio de la verdad de sus dogmas, ó efecto precioso de su soberana vir  tud. Con los datos precisos de una historia perfecta  mente conocida y dilucidada es fácil reconstituir la escena sobre el terreno mismo en que tuvo lugar, y parece que se la está presenciando, y hasta que se toma parte en ella. ^quí parece resonar todavía el acento vibrante de S. Pablo que desde la prisión dicta sus admira  bles Epístolas, ó reprende la obstinación de sus her  manos los Israelitas, ó mantiene grave discusión con algún renombrado Filósofo: allá está el sitio donde se despidió de S. Pedro para marchar ambos al suplicio. — Esta es la fuente que brotó milagrosa  mente en la cárcel para bautizar á los carceleros convertidos, aquellas las cadenas con que el Prínci  pe de los Apóstoles estuvo aprisionado. En este lu  gar estaban los jardines de Nerón que en algunas noches estuvieron iluminados por cristianos hechos antorchas vivas .... En las interminables galerías de las Catacumbas se siente el perfume de santidad que era patrimonio UMVLRS1DA DE SANTIAG DE COMPnc' u — 39 — común de loa heroicos cristianos de los primeros si  glos, que proscriptos de la sociedad, se veian preci  sados á enterrarse vivos al lado de sus muertos pa  ra celebrar los actos del culto y prepararse á morir Allí parece que se asiste á alguna de aquellas reu  niones extraordinarias, á la cual llegan presurosos é inquietos nuevos concurrentes como palomas que vuelan asustadas hacia el nido después de haber sentido los rumores de la tempestad que se avecina. — Pero es de advertir que los unos temen por los otros, y estos otros por los primeros, pues cada uno por lo que á si propio se refiere repite de corazón las palabras del gran Apóstol: Yo sé "bien á quien he creído y estoy bien seguro de lo que creo; y asi ni la tri  bulación ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la espada exter minador a, ni nada, será capas de se  pararme de la caridad de Cristo. — Se nota el extremecimiento de la concurrencia cuando llega el men  sajero, encargado de procurar noticias ciertas, con la de que ha sido publicado ya el fatal edicto que condena á todos los cristianos al exterminio. — Se oye luego al anciano Pontífice que dirige á la mu  chedumbre palabras de resignación y de aliento, tal vez de felicitación, tal vez de prudencia para que los más ardorosos no se expongan temerariamente al peligro, ora con ellos implorando los auxilios de la gracia para los perseguidos y el perdón para los perseguidores, y antes de despedir á los primeros les reparte por medio de los Diáconos el pan consa grado para que puedan fortalecer su alma con el manjar del cielo en el momento del peligro. u — 40 — Si luego volvemos al tumulto de la gran ciudad, presenciaremos escenas imposibles de describir. En los tribunales á las amenazas de los verdugos res  ponden las alabanzas de Jesucristo y la confesión intrépida de su fe. — Aquí el insigne Diácono S. Lo renzo sale al encuentro del Pontífice S. Sixto y se le queja amorosam ente porque va á ofrecer el sa  crificio de su vida sin llevarle consigo á él que siem  pre le acompañaba cuando ofrecía el sacrificio del altar. Más allá la Patricia Inés se burla graciosa  mente de sus verdugos porque no encuentran espo  sas capaces de aprisionar sus tiernas manos de niña; y cuando le hacen proposiciones halagadoras para su porvenir en el mundo en armonía con la eleva  ción de su rango y con su discreción y hermosura, contesta arrobada súbitamente en éxtasis dulcísimo con las palabras más deliciosamente enrevesadas, más púdicamente espresivas y más profundamente espirituales que conocemos para explicar la íntima unión de una alma enamorada con el celestial espo  so, y las castas delicias que siente. — Apenas pueden traducirse. — Dándome su anillo en prenda me com  prometió para esposa suya mi Señor Jesucristo; amando al cual, permanezco casta; tocándole, per  manezco limpia, recibiéndole permanezco virgen. Si continuamos nuestras investigaciones, podre  mos percibir los ecos de otra voz muy diferente, vi gorosa é indignada:] es la del valiente y ejemplar Oficial, Jefe de la primera Cohorte, que después de haber sido asaeteado, librado milagrosamente de la muerte; en vez de ponerse en salvo, se escapa furtiu — 41 — vamente del lecho donde convalecía para salir al encuentro á Diocleciano que va rodeado de su Corte, ó increparle con enérgica dignidad por la ferocidad cobarde con que persigue á los cristianos indefensos. — Es S. Sebastián. Si nos atrevemos á llegar al Circo atestado de espectadores que presencian con brutal placer la muerte de semejantes suyos despedazados por las fieras, veremos en la arena un grupo do fieles que, cuando el león está ya sobre la pista y olfateando la codiciada presa, no saludan al César para morir con el aparente estoicismo é ignominiosa bajeza de los gladiadores; pero dirigen al cielo su postrera oración con una calma que solo puede inspirar el Dios de fortaleza soberana, porque la naturaleza de suyo no puede mostrarse impasible en tan horrible tran  ce. — ¡Y esto se repite un día y otro día, durante los largos períodos de las varias persecuciones genera  les por espacio de más de tres siglos! ¡O Roma! ¿quién se atreverá á despreciar tu fe, que tan asom brosos prodigios realizó y tan admirables efectos produjo? . Pero si no bastaran los recuerdos de la misma Roma, allí están también los de la tierra Santa, por Roma heredados y recogidos con el amor y esmero que merecen, ya que el Señor permite por inescru  tables designios que la Tierra Santa permanezca bajo el dominio de infieles. Vayan los peregrinos cristianos á Santa María la Mayor, y en el precioso altar de il Santo Bambino hallarán las toscas tablas que sirvieron de cuna al 6 DE COMPOSTF1 u — 48 — Mientras el momento ansiado llega los peregri  nos entonan diversos cánticos religiosos por grupos de región ó nacionalidad, y con dificultad se dejan turno unos á otros. De repente, después de una especie de extremecimiento que pasó por la concurrencia como una rá  faga de brisa por la superficie de las aguas, se res  tablece el silencio. El Papa está orando en la capi  lla del Sacramento, y los misteriosos efluvios de la oración se trasmiten, no sabemos como, á la mu  chedumbre, porque no estando aquella á la vista, solo contadas personas pudieron advertirlo. Pero momentos después, al presentarse en la nave conti  gua llevado en hombros de sus servidores en la sedia gestatoria, el entusiasmo estalla como una ola formidable que se deshace estruendosamente al cho  car contra la arena. Y tras aquella otra, y otras, á medida que avanza hacia el altar, incorporándose y sonriendo á la multitud que le aclama frenética  mente. Otra vez se restablece el silencio mientras el Santo Padre ora de rodillas y se cantan las preces de costumbre, tras las cuales da solemnemente su bendición al concurso; pero en el momento de con  cluir esta, otra vez estalla con mayor fuerza la tem  pestad de aplausos y aclamaciones; y no cesa ni mientras el Pontífice se entretiene con los Obispos allí presentes, ni menos cuando al retirarse atra  viesa la nave central. Por nuestra parte lo confesamos, en nada hemos contribuido á aquella ovación, á no ser en lo que se UMVLKSJDADL DE SANTIAGO u — 49 — puede contribuir la presencia de uno más. El esta  do de nuestro espíritu no nos permitía otra cosa: emoción semejante jamás la hemos experimentado. Pero apesar del estado de nuestro espíritu, ob  servábamos y reflexionábamos; ó por lo menos sen  tíamos con bastante fuerza para reflexionar un poco después. — Aquellos aplausos y aclamaciones ho se dirigen al hombre, ó por lo menos no terminan en él. — Somos demasiado orgullosos para rendir tales homenajes á ninguno de nuestros semejantes, solo por la superioridad que sobre nosotros le dan las ventajas puramente accidentales de la naturaleza ó de la fortuna: allí se ve ó se adivina algo más. — Allí se verifica de hecho lo que nuestro Señor Je  sucristo estableció como derecho: Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia — Apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas. — Confirma á tus herma  nos en la fe. Otras reflexiones bastante diferentes nos ocu  rrían también. Los agentes del gobierno detentador de la sobe  ranía de Roma, que de derecho pertenece al Papa, parece que ni siquiera advierten que dentro de la iglesia de S. Pedro se grita á voz en cuello. ¡Viva el Papa-Rey! — Nada hacen para impedirlo, y en esto obran cuerdamente: sería inútil oponerse. — El gran  dioso Anfiteatro de Flavio está allí todavía, y aun pudiera utilizarse para espectáculos públicos; pero repetir las bárbaras escenas y sangrientas hecatom  bes que en él tenían lugar en tiempo de los -Césares pagamos sería harto peligroso para los usurpado  7 — 50 — res. — ¡Ah! ¡Si los católicos fuéramos revoluciona' ríos ! — Es decir; si no tuviéramos reparo en em  plear contra nuestros adversarios los procedimien  tos que ellos emplean contra nosotros; ¡cuán dife  rente sería nuestra situación respectiva! XI Las últimas palabras que dejamos escritas nos llevan naturalmente á tratar de la actual situación del Papa en Roma. Sabéis, venerables hermanos y amados hijos, que el Papa era desde hace muchos siglos soberano temporal de Roma y de un pequeño territorio cir  cunvecino, de la cual soberanía fué despojado por la Revolución, valiéndose ésta para conseguir su in  tento de los reprobados medios que suele emplear sin exceptuar la violencia, y habiendo consumado el despojo el día 20 de Septiembre de 1870, en ocasión en que en la Basílica del Vaticano se celebraba el Concilio general de este nombre. — Desde entonces el Papa es prisionero, por más que su cárcel sea un magnífico Palacio. Y no queremos decir que el propósito de los in  vasores haya sido, ni sea actualmente, tener al Pa  pa encerrado sin permitirle salir á la calle, no: evi  dente es que el encierro del Papa, no solamente no entraba en sus cálculos, sino que les contraría y mo  lesta. Pero un Soberano destronado no puede ser más que prisionero ó desterrado. Más como el destierro podría traer consigo mucho mayores males, el Papa optó por la prisión, y prisionero fué desde entonces el despojado, y prisionero se constituyó su sucesor desde el momento en que fué elegido. No queremos exagerar los efectos de la usurpa  ción, recordando las palabras de Jeremías, que llo  raba amargamente sentado sobre las riiinas de la ciudad santa, enm populas ejus cad.eret sub mame hostili, et non esset auxiliator. En Poma parece que no se advierten los estragos de la dominación hostil y que todo marcha regularmente. En realidad cree  mos que existe una especie de tregua, ó una calma relativa, porque los nuevos dominadores se han he  cho cargo, sin duda, de lo que iba á ser Roma el día que dejara de ser capital del Catolicismo, por más que siguiese siendo capital del Reino de Italia. En  tonces si que podríamos imitar al Profeta de las la  mentaciones, llorando sobre sus ruinas. Los domi  nadores de hoy no son de la raza de los Escipiones para poder resucitar su antigua grandeza ni siquie  ra para conservar la que ahora tiene. Por eso no extreman las medidas de rigor, y tienen la genero  sidad de dejar en paz á los católicos que viven en Roma, y de permitir que á Roma vayan los de otras partes, y de que so comuniquen libremente — 52 — con el Santo Padre, y aún de adoptar algunas me didas de precaución para protegerlos contra las salvajadas que pudieran cometer los sectarios furi  bundos. Sin embargo, se equivocaría grandemente quien creyese que esta situación es lisonjera para la Reli  gión y para el Jefe de la Iglesia: al contrario la Re  ligión padece gravísimo daño, y su Jefe agravio in  merecido. Prescindiendo de los principios que informan la política y la administración del Gobierno detenta  dor, basta hacerse cargo de los elementos de vida material, de fuerza y de poder, y por consiguiente de influencia, que en su mano y á su disposición tie  ne el Estado para comprender cuánto daño puede hacer á la Iglesia, no estando de acuerdo con el Je  fe de ésta. El Ejército, la Magistratura, el Profeso  rado; los innumerables funcionarios y dependientes de la administración que el Estado paga ó favorece de algún modo, tienen que participar en más ó en menos de esa disposición de ánimo, que si no es abierta hostilidad, es por lo menos recelo y descon  fianza hacia la Religión y sus ministros, de lo cual proviene cuando menos el retraimiento y abandono de los deberes cristianos. . ■ . ¿Se dirá que el Papa tiene la culpa de ello, por no aceptar el órden de cosas establecido? — Se dirá, sí: pero no lo dirá ninguno que merezca el nombre de católico de veras. El Papa no puede aceptar el órden de cosas es — 53 — tablecido, porque es contrario al que el mismo está encargado de mantener en la sociedad: el Papa no puede aceptar nunca un órden de cosas que permi  te que en la capital del mundo católico funcione el Supremo Consejo de la Masonería: que se erijan templos protestantes, que se glorifique á los apósta  tas del catolicismo, y hasta que se rinda culto á Satanás. El Papa no puede consentir en ser súbdito de ningún Príncipe secular, porque este podría impedir i* ó entorpecer el ejercicio de su augusta misión, y porque necesita libertad omnímoda para tratar con todos los demás Príncipes, que tienen súbditos ca  tólicos, sin hacerse sospechoso á ninguno. El Papa no puede fiarse de ninguna ley de ga  rantías, porque no hay garantía posible para su dig- » nidad. apareciendo entre sus antiguos súbditos co  mo uno de tantos: ni la hay bastante eficaz para su seguridad personal, puesto que se ha llamado á Ro ma á sus enemigos; ni la hay de hecho para su ho nor, puesto que se permite ultrajarle; ni en fin me  rece tal nombre ninguna ley en el moderno sistema de gobierno, puesto que si un Parlamento la vota, . otro puede abrogarla, y si un Rey la sanciona, otro puede sancionar su abrogación. ■v ■ .»' Y por último el Papa no •puede reconocer y aprobar el orden de cosas establecido eli Roma, 0 porque está fundado en la usurpación, en el robo, en la violencia, en la iniquidad; y el Papa es el más alto representante de la justicia, y tiene la misión UNIVLRSIÜADL DE SANTIAGO u y el deber de defender su imperio — el de la justicia — en todas partes y sobre todos.. El Papa no puede consentir que prevalezca el derecho de la fuerza bruta, que es la ley de las fie  ras, sobre la fuerza del derecho fundado en los eter  nos principios de la moral del Evangelio, que es la ley por la cual deben regirse los hombres; y obran  do así, no solamente se muestra digno de su misión y cumple con su deber, sino que presta inaprecia  bles servicios á, la causa de la humanidad y de la civilización verdadera. Ved las consecuencias de la contraria doctrina. — Como se ha despojado al Papa de los Estados que poseía, se nos ha expulsado á nosotros de los terri  torios descubiertos por nuestros marinos, conquis  tados por nuestros guerreros y civilizados por nues  tros misioneros. Ved las infamias que ahora mismo se están co  metiendo con las pequeñas Repúblicas del Africa del Sur, siguiendo el mismo principio, el derecho del más fuerte. — ¡Desgraciada humanidad el día que este sistema bárbaro no tuviera el contrapeso de la doctrina católica! — ¿Quién nos asegura que íñanafia no serán objetó de los mismos atropellos las péquenas naciones ué' Europa, cuya posesión pueda excitar la codicia dé sus vecinas más fuertes? Pero las consecuencias serán mucho más terri  bles si tales principios se aplican á las relaciones particulares, como es lógico que suceda, si se les de  ja imperar. Si á un Príncipe le es lícito incorporar los Estados del vecino á los suyos bajo pretexto de — 55 — redondearlos geográficamente, y aún bajo el de go  bernar mejor á los incorporados, ¿porqué no ha de ser lícito también á un vecino de cualquier pueblo que tenga fuerza, maña, ó influencia para ello, in  corporar á sus haciendas las de los otros vecinos pobres para mejorarlas y hacerlas producir más, ó para emplazar más á su gusto la casa de su resi  dencia? Pero no se crea que este peligro amenaza sola  mente á los pobres. Así lo han creído seguramente algunos ricos sin entrañas, y están ya recibiendo su merecido. Porque, si es lícito excitar las pasiones de la muchedúmbre contra su legítimo Soberano, combatiendo las creencias religiosas por hacer odio  sa la autoridad eclesiástica, como se ha hecho en Roma, ¿porqué no será lícito también excitar á los pobres contra los ricos para apoderarse por fuerza de lo que los ricos legítimamente poseen? Ved, pues, venerables hermanos y amados hijos, al lado de quien conviene colocarse; si al lado de los que emplean la fuerza para despojar al Papa, ó al lado del Papa que invoca la justicia y el derecho para condenar la espoliación de que es víctima. La elección no debe ofrecer duda: la cuestión romana no tiene más solución aceptable que la reversión al Papa de la soberanía de que se le ha despojado. UNIVLRMDADL DE SANTIAGO u — 56 — XII Solo nos resta, hijos muy amados en el Señor, deciros dos palabras acerca de las consecuencias que pueden sobrevenir de la actual situación del Papa en Roma. Apesar de la aparente calma que reina hoy en la ciudad de los Papas, bien podría suceder que la revolución se desencadénase fieramente, porque los usurpadores del patrimonio de S. Pedro se han ser  vido de ella para consumar su iniquidad, y aún la fomentan y sostienen, aunque pretendiendo encau  zarla, y no sería extraño que un día, irritada y fu riosa, se desentendiese de sus directores de medias tintas ó tal vez los sacrificase, y arremetiese ense  guida contra el Vaticano. ¡Dios sabe lo que enton  ces pasaría! — ¡No permita su bondad que tengamos que lamentar un espantoso sacrilegio! Pero cualquiera cosa que suceda, no temáis nun  ca por la suerte de la Iglesia. Las potestades del abismo no prevalecerán contra ella; la palabra de Dios no puede faltar. El Pontificado no ha de sucumbir tampoco por la misma razón, porque " es institución divina. León XIII morirá de una ú otra manera, como han muerto todos sus antecesores, como morirán todos los que le sucedan; pero el Pontífice Romano, el Supremo Pastor del rebaño de Jesucristo, revivirá como el féniz de sus cenizas. Contra la institución se UX1VERS1DADE DE SANTIAGO u — 57 — nada pueden ni el puñal del asesino, ni la tea del incendiario, ni el furor de las turbas, ni los manejos de la diplomacia, ni la fuerza de todos los ejércitos del mundo. La institución es obra de Dios, y Dios permite muchas cosas á los hombres, pero no se de ja vencer por ellos. Otra cosa pudiera también suceder: que la si  tuación, siempre difícil, del Papa en Roma se agra  vase de tal suerte que llegase á ser intolerable, y el Papa entonces abandonase la prisión y optase por el destierro. Mas tampoco en este caso debe vacilar nuestra fe, ni debilitarse la firmeza de nuestra ad  hesión á la Santa Sede. El Pontificado entra en la constitución divina de la Iglesia, pero la residencia en Roma, no. — Ubi, Petrus ibi Ecdesia, debemos re  petir con un Santo Padre. En donde está Pedro, allí está la Iglesia: en donde quiera que esté León XIII, mientras viva, y quien legítimamente le suceda des  pués, siempre será para nosotros el mismo; el Vica  rio de Jesucristo, el Supremo Pastor, el Maestro in  falible en lo esencial de la Religión, el Padre de to  dos los creyentes, á quien debemos amar, respetar y obedecer como requieren su bondad, su dignidad y su autoridád. Tales son, venerables hermanos y amados hijos, las ideas y los sentimientos que quisiéramos ver arraigadas en vuestro espíritu y en vuestro corazón tan profundamente, que nadie ni nada fuese capaz de arrancároslos, porque con ellos os arrancarían el fundamento de vuestras mejores esperanzas, el gérmen que fructifica para la eternidad. se UNIVLRSIDADL DE SANTIAGO DF COMroíTr! u